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Yolanda Colom MUJERES EN LA ALBORADA

Ediciones del Pensativo Colección Nuestra Palabra

Revolucionaria y educadora guatemalteca con experiencia de varios lustros en

docencia no oficial ni institucional entre sectores sociales marginados, oprimidos

y explotados.

Durante once años militó en el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y por

nueve años en Octubre Revolucionario. Posteriorm ente dedicada al trabajo editorial y divulgativo de la obra literaria

y política de Mario Payeras, dirigente

revolucionario, filósofo y escritor, fallecido en 1995. Cofundadora y miembro del equipo de formación de la Fundación para la Democracia Manuel Colom Argueta.

Adem ás del presente libro, ha elaborado artículos, conferencias y docu­ mentos, muchos de los cuales se han publicado en periódicos y revistas culturales y políticas dentro y fuera del país. Entre ellos: "Aparatos ideológicos del estad o " (1971), "C rite rio s y

m etodología de alfabetización para capacitar a dirigentes y activistas sociales como alfabetizadores" (1974), "Insurgencia

y contrainsurgencia en Guatemala" (1984).

Tam bién ha elaborado num erosas

ponencias y artículos sobre la obra política

y literaria de Mario Payeras, así como

sobre la exp erien cia revolucionaria guatemalteca.

MUJERES EN LA ALBORADA

Yolanda Colom

MUJERES EN LA ALBORADA

Guerrilla y participación femenina en Guatemala 1973-1978

Testimonio

Ediciones del Pensativo

Colección Nuestra Palabra

© Ediciones Artemis Edinter

Primera edición 1998

© Yolanda Colom 1998

© Ediciones Puerto, Puerto Rico

Segunda edición: 2000

© Yolanda Colom 2000

© Ediciones del Pensativo,

Tercera edición 2007 5a. Avenida Norte No. 29 Antigua Guatemala Guatemala, Centroamérica Teléfono: (502)7832-0729 Fax: 7832-1477

Correo electrónico: delpensativo@gmail.com Página web: www.delpensativo.com

© Yolanda Colom 2007

Diseño de portada: Hanna C. Godoy Cóbar Portada: Arnoldo Ramírez Amaya, noviembre 26 de 2006 ISBN: 99922-65-31-0

Diagramación: Nancí Franco Luin Correcciones: Hanna C. Godoy Cóbar Cuidado de edición: Gabriela Grijalva

A la memoria de los revolucionarios caídos en silencio por la vida y la justicia en Guatemala.

A la memoria de Benedicto, quien me introdujo en mundos de amor, belleza, sabiduría.

A la memoria de Mario Payeras revolucionario universal, por sus sueños y sus ejecutorias.

AGRADECIMIENTO

Este libro no se habría escrito sin la iniciativa y el estímulo de Norma Stoltz Chinchilla —Profesora y directora del programa sobre estudios de la mujer en la Universidad Estatal de California, en Long Beach —y de Bobbye Ortiz (+1990) —Editora asociada de Monthly Review y destacada activista de Women 's Intemational Resource Exchange, WIRE, de Nueva York —. Para ellas mi profundo agradecimiento por hacerme ver el valor humano, social y político de dar a conocer algo de mi experiencia como ciudadana y revolucionaria guatemalteca. Partes completas de este trabajo son respuesta a sus inquietudes e interrogantes.

La autora

NOTA DE LA AUTORA*

Metamorfosis Así como los caracoles guardan el eco del mar, así mi corazón ha retenido sus memorias, sueños y muertos. En el libro Mujeres en la alborada consigno un fragmento de esas memorias, sueños y muertos; una fracción de la gesta revolucionaria armada en el inicio de su segundo ciclo; una ínfima partícula de lo acontecido en las mon­ tañas y selvas del noroeste. La mayor parte, la epopeya de la población civil de aquella región, que resistió a los embates del ejército con piedras, palos y machetes, está por escribirse. Con la elaboración de este libro cerré un ciclo de más de veinte años de militancia vertiginosa e ininte­ rrumpida. En 1973 inicié el abandono de mi identidad para sumergirme en el anonimato y la clandestinidad. Y sólo comencé a retomarla en enero de 1995, a raíz de la muerte sorpresiva de mi compañero. Ese hecho nos sacó abrupta e inesperadamente de un anonimato de lustros:

a él muerto, a mí cuando vivía esa tragedia personal. De ahí que lo narrado en este libro fue vivido por

Haydeé, Lucía, Manuela y Violeta. Fue escrito por Isabel

y Carmen. Y ha sido firmado por Yolanda.

Irrupción de la política en mi vida y opción por la mi­ litancia revolucionaria armada La política irrumpió en mi vida sin buscarla, sin desearla. Con ráfagas vigorosas y bruscas se volvió preocupación temprana, aunque no tenía vocación para ella. Aspiraba a

* Palabras de la autora en la presentación de la primera edición de este libro. Revisadas en enero de 2006.

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una Guatemala digna y justa; a una sociedad más huma­ na, más feliz, más avanzada. Y con la fijación de tal ideal fui uniendo mi destino al de quienes más necesitan ese cambio y al de quienes comparten las mismas aspiracio­ nes. De ahí que mi compromiso con la gesta revolucio­ naria lo determinó el drama social de nuestro país. En mi experiencia fueron la teoría y la práctica revolucionarias las que me proporcionaron el conoci­ miento para comprender nuestra realidad social, y la alternativa para participar en su transformación de ma­ nera organizada. Pertenezco a una generación de revolucionarios latinoamericanos forjada en un período de terrorismo de Estado, de crisis del sistema político y de luchas por la defensa de los más elementales derechos humanos, laborales y ciudadanos que fueron anegadas en sangre, muerte y exilio. Pertenezco a una de tantas generaciones guatemaltecas que hemos atestiguado cómo los corazo­ nes que laten por la justicia, la verdad y la dignidad son acosados a muerte. Y cómo el terror, la corrupción y la intolerancia de los poderosos han hecho escuela dentro de nuestra sociedad. Los revolucionarios de mi generación nos rebela­ mos ante regímenes autoritarios, corruptos y violentos; nos rebelamos ante el asesinato de miles de guatemaltecos que se ganaban la vida honrada y dignamente; nos rebela­ mos ante la persecución, tortura y asesinato de centenares de dirigentes, trabajadores, estudiantes e intelectuales demócratas que actuaban dentro del marco de la ley; nos rebelamos ante un sistema económico que reproduce la miseria, la ignorancia y la violencia; nos rebelamos ante una sociedad cuyas capas medias y altas permanecían indiferentes —cuando no justificaban — el despiadado e indiscriminado atropello de los más elementales derechos

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humanos y ciudadanos contra sus compatriotas. Nos rebelamos por dignidad, ideales y sentido del deber. Y hacerlo implicó para nosotros entregar mucho más que la vida y vivir mucho más que la muerte; trabajar al límite de la resistencia humana prolongadamente; arriesgarlo todo, renunciar a todo: a nuestros seres más queridos, a nuestra identidad y preparación profesional, a nuestros recursos y bienestar material; a nuestro descanso y tran­ quilidad. Lo dimos todo a cambio de nada en beneficio propio porque creíamos en la posibilidad de construir una sociedad mejor para todos. Poseemos experiencia, capacidad de trabajo con vocación de servicio, memoria de nuestros muertos, amor por la vida y la libertad; y un corazón que sigue latiendo por un mundo mejor. Nuestro aliento libertario no se nutre de triunfos o derrotas. Nuestra fuerza reside en las convicciones que nos mueven, en la transparencia con que actuamos y en el empe­ ño que ponemos por transformar los sueños en realidad. Las armas de fuego, de la clandestinidad y de la guerra de guerrillas las tomamos, en primer lugar, para defender la propia vida. En segundo lugar, para defen­ der los ideales y darlos a conocer. En tercer lugar, para empuñarlas contra los cuerpos represivos y aquellos poderosos que recurrían o propugnaban por la violencia contra quienes disentían de sus posiciones, intereses y privilegios ilimitados. Ninguno de nosotros estábamos locos ni perver­ tidos para seguir tal camino habiendo otras alternativas. Tomar las armas y optar por la vía armada nos violentó en lo más profundo de nuestra calidad humana y voca­ ción de paz. Nos violentó en nuestras relaciones afectivas y aspiraciones personales. Nos sometió a nosotros y nuestros seres queridos a rigores materiales y psíqui-

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cos indescriptibles y duraderos, cuyas consecuencias seguimos experimentando todavía. Pero no dudamos en dar el paso, ni nos arrepentimos, ni fue tiempo perdido, dadas las motivaciones, las circunstancias y el momento en que lo hicimos. Rebelarse en armas cuando los detentadores del po­ der violan persistente e impunemente las leyes y nuestros derechos más elementales no es un error ni un crimen. Mucho menos un hecho inmoral, injusto o inútil. Para nosotros era un derecho y un deber. Nuestro único delito ha sido atrevernos a abandonar a quienes más queríamos; atrevernos a arriesgar su vida y la nuestra; atrevernos a renunciar a nuestro bienestar y tranquilidad; atrevernos a desafiar al sistema imperante con la sola fuerza de nuestros sueños, dignidad y convicciones "aunque sólo fuera para ganarle al magno océano de la ignorancia, la miseria y el horror un palmo" (Mario Payeras).

Causas, significado e interpretación de las rebeliones sociales En Guatemala han circulado durante décadas la versión oficial y los análisis de quienes denostan a los movi­ mientos popular y revolucionario con la lucidez de la ideología dominante, incluidos académicos extranjeros. De manera que sistemáticamente han sido divulgadas y asimiladas las versiones de lo que ellos quisieran que fuéramos los revolucionarios: delincuentes, resentidos sociales, irresponsables, fanáticos de ideologías "extra­ ñas", manipuladores de los pueblos indígenas y de los jóvenes, provocadores, cobardes. Pero tales calificativos no corresponden sino a quie­ nes, detentando el poder y estando obligados a defender el Estado de Derecho, lo violan para imponer privilegios de minorías, fraudes electorales y financieros, latrocinio,

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crímenes de Estado. De ahí que la responsabilidad mayor por las consecuencias de la rebelión social, así como de la situación actual del país, recae, no cabe duda, en quienes han detentado y siguen detentando el poder. Aducir neutralidad o equilibrio para juzgar como igualmente responsables al ejército —respaldado por el aparato del Estado y las clases poderosas— y a las fuerzas rebeldes —expresión organizada de los débiles y agredidos por aquellos —es condescender y defender al Estado y a las minorías acaudaladas que representa. Tal posición descontextualiza histórica, económica, política

y socialmente los hechos. Y no considera las proporcio­

nes del desigual enfrentamiento, ni los móviles de uno

y otro contendiente. Pretender tal enfoque es falsear la

historia. La simplificación que de los hechos conlleva es

pragmática y fácil, pero no contribuye a comprender lo sucedido ni a extraer las enseñanzas indispensables. Tales enfoques ven la violencia de la acción revolucio­

naria y popular. Es más, les adjudican la causa de la violen­ cia en general, de los males sociales y del atraso del país. Sin embargo, los generadores históricos y estructurales de

la violencia social y política han sido las clases poderosas y

el Estado que ellas han conformado. Y no sólo lo han sido de la violencia armada —con su fuerza bruta, tecnológica

y de inteligencia contrainsurgente—, sino peor aún: lo son

de la violencia de los salarios de hambre y de las humi­ llaciones a la dignidad de los trabajadores; de la opresión hacia los indígenas; del latrocinio y de la intolerancia polí­ tica y cultural. Todas ellas formas de violencia cotidianas, silenciosas y letales que crean el caldo de cultivo para las rebeliones. Pues los levantamientos sociales son reaccio­ nes históricas de los débiles cuando los gobernantes no atienden equilibradamente las necesidades de los diversos sectores sociales; y, además, cierran las vías legales y pací­ ficas para demandar el cumplimiento de la ley.

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Las rebeliones sociales son hechos colectivos que trascienden individuos, voluntades y análisis teóricos. Y que confirman, una y otra vez, que no puede haber paz

y desarrollo sin trabajo, educación, justicia y dignidad

para todos. Las guerrillas eminentemente campesinas e indí­ genas, como las descritas en Mujeres en la alborada, no se explican por el influjo de alguna ideología particular, no surgen de la noche a la mañana, no son producto de manipulaciones o engaños. Son la expresión política más aguda de una situación social explosiva, provocada por un sistema económico que tiene a la mercancía, al dinero

y a la acumulación privada de bienes como su razón de

ser, y no al bienestar y a la dignidad humanas. De ahí que las rebeliones, tragedias sociales no deseables, no pueden valorarse ni comprenderse desde el punto de vista de su utilidad, moralidad, legalidad, éxito o fracaso.

Nuestra posición ante la derrota revolucionaria y nuestra integración a la vida legal Para quienes vivimos consciente y consecuentemen­ te nuestro compromiso, aceptar la derrota de la gesta revolucionaria no significa renunciar a nuestros ideales

y principios. No significa renegar ni avergonzarnos de lo

actuado. No significa aliarnos ni servir al adversario. No significa creer en el sistema imperante. Significa reflexionar sobre lo actuado y extraer lecciones para el presente y el fu­ turo. Significa reconocer que una de las causas del fracaso radicó en nuestros propios errores y limitaciones. Significa volver a exponer la existencia por la justicia y la dignidad; ahora sin las armas del anonimato, la clandestinidad, la organización. Significa hacerlo en circunstancias también adversas; pues ser crítico, sustentar principios y servir causas justas es difícil en toda circunstancia y lugar.

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Si aceptar la derrota revolucionaria requiere entereza

y dignidad, trabajar por la democracia en las condiciones

actuales lo requiere de la misma manera. De ahí que nos presentamos con las alas del ideal desplegadas al viento y con la dignidad firme ante la aurora detenida. Nos presen­ tamos con amor y amistad ante el hijo, a quien privamos de nuestro cariño, cuidados y sustento en aras del ideal de ayer, de hoy y de siempre. Nos incorporamos al esfuerzo democratizador con la misma vocación de servicio y dis­ posición para trabajar por toda causa que apunte hacia una sociedad mejor. Han cambiado las circunstancias y las formas de lucha; no los ideales, las convicciones, ni las necesidades sociales.

Razones para compartir estas vivencias Escribí Mujeres en la alborada movida por el sentido del deber hacia aquellos que aspiran a un mundo mejor y creen en las enseñanzas de la experiencia social acumu­

lada. Para aquellos que saben que los hechos sociales son fenómenos complejos y contradictorios que trascienden

a individuos y dirigentes. Y como aporte al rescate de la

memoria perseguida, acosada y traicionada por no pocos. Pero también lo escribí en oposición a los partidarios del

"borrón y cuenta nueva", a los usurpadores, detractores

y represores de la palabra rebelde.

En el libro me concentro en los años que van de 1973 a 1978. Y me refiero a la experiencia vivida en el altiplano occidental, montañas de los Cuchumatanes y selvas de El Ixcán y El Petén. De ahí que los relatos son reflejo de la primera época de una gesta que quiso abrir camino hacia algo mejor para Guatemala, pero que años después perdió el rumbo y fracasó por causas múltiples en sus objetivos medulares.

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La experiencia de escribir el libro Escribir este libro significó volver a vivir los hechos con una intensidad psíquica y emocional extenuante. Dolor y alegría, miedo y valor, rabia y ternura, odio y amor aflora­ ron en mí con fuerza tan desbordante que, con frecuencia, debí suspender su escritura por horas, días, semanas. Vivir los hechos en aquellos años no implicó el desgaste de escribirlos. Vivirlos entonces fue maravilloso porque nos desbordaban los sueños, el entusiasmo, las certezas, la juventud, el amor. Además, vivíamos el ascenso de la lucha e ignorábamos la envergadura del precio social y personal que pagaríamos por nuestros ideales y osadía. Revivirlo lustros después fue durísimo porque estábamos ante la derrota del sueño, ante el desencanto de oportu­ nismos y traiciones de excompañeros, ante el auge del neoliberalismo y viviendo el exilio y la soledad política. Definitivamente, la experiencia no es sólo producto de lo logrado, de lo aprendido y de lo vivido al cabo de una vida; sino también es el camino, el proceso y los es­ fuerzos que conllevó llegar a donde se está.

Guatemala, 1998

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PRESENTACIÓN

Mujeres en la alborada es uno de los libros que podemos leer para conocer Guatemala y entender su presente. Es un material imprescindible para investigar la historia de las guatemaltecas. Lo que Yolanda Colom relata es ya parte del pasado, y en eso radica su importancia, porque es un capítulo fundamental en las vidas de muchas de esa generación, nacida a mitad del siglo XX. Es la narración de hechos y momentos cruciales del país, y de sus mujeres en particular. A manera de etnografía, sin pretenderlo quizá, une la descripción subjetiva y el análisis sociológico, para darnos un panorama muy detallado de la comuni­ dad guerrillera y su entorno, del paisaje de la selva, sus habitantes y secretos. Nos lleva a ver muy de cerca la mentalidad que muchas jóvenes de entonces compartían a través de ideales, valores y sueños. Entre líneas y a las claras, encontramos descripciones sobre las condiciones de vida de las mujeres, tanto del campo como de los cen­ tros urbanos, y aunque la lente sea personal, no faltan los exámenes objetivos de la realidad. Sus apreciaciones y juicios coinciden con corrientes de pensamiento comunes en la Latinoamérica de entonces. En este sentido, es una obra de su tiempo. La Revolución, como forma de vida y opción política fue un horizonte moral para quienes la convir­ tieron en eje de sus vidas. La militancia en condiciones de clandestinidad, con las carencias y los riesgos que ello planteaba, es expuesta aquí por una de sus protagonistas, quien la desmenuza y la rearma como mosaico. El papel que ella y sus más cercanos compañeros tuvieron dentro de su organización, las discusiones, las acciones armadas,

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las políticas propuestas, ponen al descubierto un mundo desconocido u oculto, que hoy es preciso analizar y cono­ cer. En estas páginas hay reflexiones y dudas que están sin

resolver. La crítica y la autocrítica dejan abierta la puerta

a una evaluación siempre necesaria. Los testimonios de quienes se involucraron en distintas organizaciones políticas, sea como estudiantes, sindicalistas, campesinas u obreras en los años setenta y ochenta, comparten rasgos y escenarios que nos muestran una parte de la historia de Guatemala que no estaba docu­

mentada. Las anécdotas, la alusión a costumbres, dichos, nombres y lugares, nos ubica en una época en la que hubo movilizaciones y cambios sociales que le abrieron la puer­

ta a prácticas culturales distintas. El abordaje de la autora,

su lenguaje, así como las vivencias que relata, dan cuenta de un intento colectivo de construir otra Guatemala. Si bien para entonces ya muchas mujeres en el mundo luchaban por liberarse de la opresión patriarcal,

aquí todavía predominaba un sistema semifeudal, tanto en la estructura económica, como en la ideología y sus formas de expresión. Parecen increíbles las formas en que se trataba y consideraba a las mujeres, sobre todo en los medios más conservadores. En el cuadro que Yolanda pinta con maestría, no faltan las ventas de muchachas, los robos de novias, las golpizas, los abusos. Lo bueno es que

éstas se contrastan con las luchas y actitudes que asumen otras contra la discriminación y por la justicia. Semejantes empresas no estuvieron exentas de obstáculos ni de yerros. La marcha hacia la victoria añora­ da fue dura, el desenlace y la derrota, dolorosos. Muchas muertes y pérdidas acompañaron los pequeños triunfos

y avances, el balance que podemos hacer hoy tiene esos

referentes. Sin embargo el espíritu militante, rebelde y contestatario, trajo consigo transformaciones individua­ les y sociales que hoy encontramos en las familias, en las organizaciones y en los movimientos que sobrevivieron a

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la confrontación con los poderes materiales y simbólicos, cuestionándolos y retándolos. Si vamos ahora a las áreas geográficas que apa­ recen en el libro, los cambios saltan a la vista: caminos asfaltados, teléfonos celulares, construcciones modernas y contaminación de los ríos están sustituyendo la belleza de los bosques milenarios, con sus mariposas y aves. Poblaciones que una vez abrigaron a familias indígenas fueron arrasadas, cientos de cementerios y tumbas queda­ ron desperdigados por aquellos parajes naturales. Jóvenes que entonces estaban apenas en la alborada de sus vidas, dispuestas a todo, hoy son adultas maduras, con una carga acumulada de saberes y experiencias. La injusticia contra la que se combatía, la violencia, el deterioro ambiental, la miseria siguen afectando a la mayoría de la población. Muchas revolucionarias que empuñaron las armas antes, hoy tienen en sus manos otras herramientas. La conciencia de tener derechos y la capacidad de luchar por ellos sigue iluminando el futuro.

Ana María Cofiño Antigua, marzo 2008

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MARIPOSAS DEL SUEÑO

Luego de un proceso de varios años, tomé la decisión de renunciar a mi status social, a los títulos universitarios

y a mi aspiración de obtener riqueza material. En mis

circunstancias personales esa era la única manera de ser consecuente en la práctica con lo que ya pensaba y creía. Escogí a cambio aprender fuera de los marcos conven­ cionales y unir mis esfuerzos con aquéllos que, junto al

pueblo trabajador, construían en mi país el camino hacia

la emancipación.

Los partidos políticos me decepcionaban. Habían nacido de la intervención yanqui de 1954 y del fanatismo anticomunista de la guerra fría. Eran politiqueros y elec­ toreros; corruptos y cómplices por su silencio, cuando no directamente responsables, de la represión contra el pueblo. Ninguno representaba los intereses de obreros, campesinos y capas medias trabajadoras. La adhesión de sus miembros era, frecuentemente, oportunista o coyun­ tural. Los dirigentes de unos y otros se podían intercam­ biar sin que nada de fondo los modificara. Pues, unos

más otros menos, todos eran conservadores, ajenos a los intereses populares y nacionales. Y los intentos por crear partidos democráticos y con simpatía popular eran blo­ queados. Por eso aspiraba a incorporarme al movimiento revolucionario. No veía otra alternativa. Sin embargo, no sabía cómo ni con quiénes lo podía lograr. No conocía a militantes de entonces y el movimiento revolucionario se encontraba en su primer reflujo. El comandante guerrille­ ro Luis Turcios Lima había sido asesinado en octubre de 1966, en un provocado accidente automovilístico; Marco Antonio Yon Sosa lo había sido a manos del ejército mexi­

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cano en mayo de 1970. Y el terror contrainsurgente logró desarticular bases y guerrillas en el oriente del país. A comienzos de la década de los setentas, cuando volví de una estancia en Europa, gobernaba Guatemala el coronel Carlos Arana Osorio, representante de los civiles y militares más represivos y reaccionarios del país. Entonces no tenía bases objetivas para suponer que seguía existiendo el movimiento revolucionario; no conocía acciones ni pronunciamientos de organización alguna. Sin embargo, confiaba en que habían sobrevivido a la ofensiva contrainsurgente y que resurgirían en cual­ quier momento. Pero el tiempo pasaba y la oportunidad de participar no se presentaba, así que algunos amigos que compartíamos las mismas inquietudes integramos un pequeño grupo. Nos dedicamos a estudiar teoría política, el acontecer nacional y experiencias revolucio­ narias de otros países. Llevábamos poco tiempo de existir cuando nos abordaron la Organización del Pueblo en Armas —ORPA— y el Ejército Guerrillero de los Pobres —EGP —. Ambas agrupaciones se encontraban en la etapa de trabajo silencioso. Ninguna era conocida y aún faltaba tiempo para que iniciaran su actividad pública. Las dos organizaciones se preparaban para reivindicar los intereses de sectores sociales que ningún partido legal representaba desde 1954: campesinado pobre, población indígena, obreros, semiproletarios y sectores de capas medias. Opté por incorporarme al EGP. Pocos años antes me había casado y por decisión común con mi pareja no tuvimos familia de inmediato. Por un lado la particularidad de nuestras inquietudes laborales y políticas, y por otra nuestra precariedad económica, hacían imposible conciliar las primeras con la responsabilidad que entrañan los hijos, especialmente para la mujer. No habría podido estudiar, viajar y trabajar como lo hice en esos años cruciales para mi formación si

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hubiera tenido hijos de inmediato. Además, tenía concien­ cia de los riesgos que en Guatemala conlleva la militancia revolucionaria. No sólo para quien la ejerce, sino para sus seres queridos, aun cuando ellos no tengan nada que ver con las decisiones y actividades del militante. A la fecha han sido asesinados u obligados al exilio familiares y amigos que eran contrarios a su militancia o que nada sabían al respecto. Principalmente si tales personas eran democráticas o mostraban simpatía hacia el luchador social. Y esto sucede también con familiares y amigos de activistas y dirigentes del movimiento popular que nada tienen qué ver con la revolución, pero que son conse­ cuentes e íntegros en su lucha reivindicativa. Y en aquel entonces dudaba de mí misma en cuanto a si tendría el valor de seguir activa una vez tuviera hijos. De ahí que también decidiéramos tenerlos sólo cuando estuviéramos ideológicamente sólidos, de manera que, pasara lo que pasara, no renunciaríamos a nuestras convicciones ni al compromiso militante adquirido. Pero no fue fácil pos­ poner varios años la maternidad. La contradicción nos afloraba periódicamente, obligándonos a reiterar una y otra vez la decisión. Los niños me gustan y tenía ilusión de tener una familia numerosa. Por otra parte, me decía

a mí misma que debía tenerlos porque la participación

revolucionaria no se puede condicionar a que seamos o no madres, y la mayoría de mujeres tenemos hijos en al­ gún período de nuestra vida. De manera que cuatro años después de casada di a luz un varón. Me alegró mucho que fuera hombre, pues consideraba que para él sería menos dura la vida en caso me viera forzada a dejarlo.

Y yo tendría más valor para renunciar a él y confiarlo a

terceros si esa situación se daba. Si bien estaba feliz con mi hijo, antes del primer mes se me había derrumbado la imagen idealizada de la maternidad que inconscientemente había interiorizado.

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Me parecía agotador dar de mamar frecuentemente de día y de noche, cambiar pañales a cada poco, sacar el aire al bebé luego de que comía. Sentía que era la de nunca acabar, a pesar de que mi madre y mi abuela estaban al lado y que yo no lavaba los pañales ni realizaba tareas domésticas esos días. Pues nos habíamos trasladado a casa de mis padres y allí había personal de servicio. Por ese entonces nosotros vivíamos en el altiplano central. Fue con la maternidad que me di cuenta cuán acostumbrada estaba a una actividad independiente e intensa fuera del hogar; y no dejaba de sentirme maniatada. Sin embargo, esa situación duró poco, porque al mes de nacido ya llevaba a mi hijo conmigo a todas partes. Y si por fuerza mayor no podía hacerlo, lo dejaba al cuidado de alguna familiar o amiga. Con cariño y solicitud, pero también con firmeza, lo enseñé desde pequeño a ser sociable y alegre; a no aferrarse a una sola persona, incluida yo; a permanecer en la cuna o en el corral la mayor parte del tiempo, incluso cuando familiares o amigos nos acom­ pañaban. No permití que lo acostumbraran al chineo ni que al primer chillido lo cargaran. En un lapso pequeño logré que se entretuviera contento en su espacio, hubiera o no gente a su alrededor. Le platicaba y jugaba mucho con él, pero sin sacarlo del encierro. Pronto partiríamos al altiplano, lejos de familiares y amigos; trabajábamos y no tendríamos quién nos ayudara con él, ni con las tareas domésticas. Si nuestro hijo se acostumbraba a ser mimado, sufriría mucho cuando no lo pudiéramos consentir. En el curso del primer año de militancia desempeñé diversas tareas: apoyo logístico y de comunicaciones en función del frente guerrillero en el norte de El Quiché; apoyo en servicios y seguridad a miembros de la Dirección Nacional y veteranos fichados, en algunas de sus movili­ zaciones y reuniones de trabajo, aunque entonces no tenía idea de cuáles eran sus funciones ni sus años de militancia.

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Mucho menos cuáles eran sus identidades y dónde vivían.

Siempre los recogí y dejé en diversos puntos de la ciudad

o del país. Y los apoyaba en locales y con vehículos que yo

misma obtenía para el efecto. También realizaba activida­

des de formación política y cultural con compañeros de extracción obrera y campesina provenientes de distintas

partes del país. Varios de ellos habían sido combatientes

o colaboradores en los años sesenta. Trabajaba con dos o

tres en grupo si se conocían entre sí y laboraban juntos.

De lo contrario lo hacía por separado con cada uno y en

diferentes sitios. Por otra parte, conociendo la dirección

mi

experiencia docente, me encomendó la elaboración

de

un método de alfabetización que pudiera ser imple-

mentado en la montaña. El analfabetismo campeaba de la mano con la miseria; pero el deseo de superación era generalizado y urgente la necesidad de elevar el nivel

cultural de nuestros miembros y bases. En aquel entonces, cada quien sufragaba los gastos,

obtenía los recursos y resolvía por sus propios medios cuanto problema enfrentara en el cumplimiento de sus funciones. A nadie se nos ocurría pedirle recursos o dinero

a

la organización. Éramos nosotros quienes la sosteníamos

e

impulsábamos en cuanto podíamos, y no a la inversa. Y

le poníamos empeño a la tarea que fuera: gris, peligrosa, solitaria. La Dirección Nacional, conociendo las necesi­ dades y nuestras capacidades, decía a cada quien lo que debía hacer. Y ello frecuentemente no coincidía con los deseos personales. A menudo debíamos subordinar los

intereses familiares o laborales a los de la organización. Nos poníamos al servicio del proyecto revolucionario

sin reservas, sin trabas, sin condiciones. Firme y cons­

cientemente nos asumíamos parte protagónica de él. En

aquellos tiempos, aceptar la militancia significaba aceptar

ser corresponsable de los aciertos y errores, de los éxitos

y fracasos, de los peligros y las renuncias. Así se levantó

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el proyecto del EGP en su fase anónima y en sus primeros años de accionar público. Algunas tareas las realizábamos en común con mi compañero, pero otras eran diferentes para cada uno. En estos casos no conocíamos lo que el otro hacía, dónde ni con quiénes. Pero ambos cumplíamos actividades en la ca­ pital y en diversos puntos del país. El trabajo remunerado daba margen para ello. Por eso lo habíamos escogido entre otras posibilidades mejor pagadas y más cómodas, pero que nos aprisionaban en rutinas y horarios que chocaban con las tareas que teníamos. A través del trabajo y de las actividades militantes conocí diversas regiones del país. También me relacioné con personas de muy diversas procedencias sociales, culturales y políticas. Y desde entonces aprendí a valorar la diversidad militante y su recíproca complementación; pues diversas funciones, tareas y circunstancias requieren características y capacidades diferentes. Asimismo, com­ prendí que el trabajo de la organización, para ser eficaz, requería de todos: sentido de responsabilidad, disciplina de trabajo y preocupación por la seguridad; así como también respeto mutuo y discreción. De lo contrario, el trabajo se atrancaba, se desarticulaba, se duplicaba; y la indispensable buena relación entre los militantes se dete­ rioraba, afectando negativamente el trabajo del conjunto. En especial, el chisme y los prejuicios son nefastos. Ade­ más, no existe el militante ideal que todo lo puede, que no se equivoca, que carece de debilidades, que le simpatiza a todos. De una u otra forma fui aprendiendo qué quería decir "ser de carne y hueso" y "estar determinado por la extracción social y el entorno". Ninguno entrábamos formados como militantes, sino que nos forjábamos en un proceso con altibajos y contradicciones y en el que necesitábamos invertir toda la conciencia, el esfuerzo y la sencillez de que fuéramos capaces. El empeño por su­

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perarse, además, debía ser constante; como constante es el riesgo de acomodarse, envanecerse, ser rebasado por los acontecimientos. En el curso de medio año, sin abandonar las otras tareas, elaboré el método de alfabetización que me solici­ taron. El trabajo abarcaba dos dimensiones: la parte moti- vadora e instructiva para aquellos que lo utilizarían —casi todos campesinos, comerciantes ambulantes, artesanos pobres, dirigentes comunales, jóvenes guerrilleros —y la parte propiamente metodológica y de contenido adecuado para el ámbito de las montañas del noroeste. Para realizar dicha labor me apoyé en los postulados de Antón Maká- renko, pedagogo soviético de principios de siglo, quien dio nacimiento al método universalmente conocido que lleva su nombre. Recién instaurado el poder de los soviets en la Rusia Zarista, el nuevo gobierno le asignó a este maestro de escuela el gigantesco trabajo —sin recursos, sin dinero, sin infraestructura adecuada— de reunir y educar para la vida y para el trabajo a niños y adolescen­ tes huérfanos, abandonados, ladronzuelos. Muchachos que abundaban como producto del régimen zarista, de la guerra civil y de la primera guerra mundial. Este maestro bolchevique, sin especialización ni asesoría, se entregó de lleno y de por vida a su nueva responsabilidad. Su gesta pedagógica está plasmada en varios libros, dos de ellos no­ velados: Poema pedagógico y Banderas en las torres. También recurrí a Paulo Freire, educador brasileño comprometido con la emancipación de los sectores populares, quien dio origen a una nueva pedagogía. Su primer libro, Pedagogía del oprimido, apareció en 1969; lo leí recién editado y seguí desde entonces la evolución y la polémica alrededor de sus planteamientos. Elaborar ese método fue un reto y una carrera contra reloj, porque esperaba a mi hijo y quería concluirlo antes de su nacimiento. Lo logré una semana antes. Algunos me­

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ses después, a mediados de 1974, la dirección me propuso visitar el frente guerrillero para impartir un cursillo sobre el método que les había presentado. No me lo dijeron dos veces, inmediatamente acepté. Me parecía una oportuni­ dad maravillosa. Por un lado conocería algo de la vida revolucionaria en aquellas latitudes y, por el otro, iba a someterse a la prueba de la práctica mi trabajo educativo. En ese entonces, numerosos revolucionarios procedentes de las capas medias urbanas considerábamos —tal vez por romanticismo y por simplificar la gesta revolucionaria cubana— que la militancia en la montaña era la máxima

e insustituible expresión de la realización revolucionaria. Sin embargo, muy pocos vimos colmado nuestro sueño porque también había necesidades de trabajo en la ciudad

y en otras partes del país.

Para realizar la visita al frente necesitaba varias sema­ nas. Mi hijo estaba pequeñito y debía dejarlo con alguna familiar o amiga, sin levantar sospecha alguna sobre la

razón que me movía a hacerlo. El trabajo no le permitía al papá asumir él solo su cuidado; pero juntos lo resolvimos

y comencé los preparativos.

En esta etapa no fue fácil la convivencia familiar. La relación con padres y hermanos era a menudo con­ tradictoria y difícil debido a que desde chica no seguí los patrones de comportamiento comunes a mi género y medio social. Pero el hecho de haber sido buena estu­ diante y responsable en todo cuanto hacía amortiguaba

los choques. Y ellos veían que estaba contenta con mi vida

y segura de lo que hacía.

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DESPERTAR EN LA ZONA REINA

Cuando realicé mi primera visita al destacamento gue­ rrillero, llevaba un año con la compañía inseparable de una cápsula de cianuro. Se nos daba a los militantes de entonces con la orientación de ingerirla en caso de caer en manos de los cuerpos represivos. Era vieja historia, aunque no tan absoluta como llegó a ser muy pronto, que en Guatemala no hay presos políticos, ni consignados a los tribunales por acusaciones de rebelión contra el régi­ men. El secuestro, la tortura y una muerte atroz eran la respuesta inequívoca del régimen para todo demócrata, luchador popular o militante revolucionario consecuente y firme. Por eso me parecía natural y necesaria tal com­ pañía, y siempre tuve el cuidado de llevarla a mano y en lugar seguro. Sin embargo, desde que la recibí, me inva­ dió una sensación de fatalismo respecto a que mi muerte era inminente. No dudaba que me la tragaría si me veía obligada a hacerlo, pero la odiaba tanto como al sistema contra el que luchaba, porque amaba la vida y quería servir al pueblo de la única manera en que es posible:

viva, sana y libre. En la semana previa al viaje observé que la cápsula cambió color, tornándose de blanca en amarillenta. Me preocupaba que no fuera ya efectiva. Pero absorbida por los preparativos olvidé preguntar a qué se debía su transformación. De todas maneras la llevé a la montaña.

Y en la primera oportunidad que tuve se la mostré a

uno de los responsables del destacamento para ver si me despejaba la duda. "Tira esa mierda lejos, ahora, y olvídate de ella" me dijo enojado, y prosiguió: "Habría

que tragarla para saber si sirve o no, hasta ahora sólo uno

lo ha hecho y por error". Resulta que cierto compañero

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cayó en una redada policial, práctica común en la capital del país, en la que sin excepción se llevaban detenidos a todos los hombres que en un momento dado estaban en el área que se había decidido "limpiar", supuestamente de delincuentes. El compañero tenía sus documentos en orden y no era conocido, pero inexperto y sabiéndose conspirador, temió ser descubierto. Así que llegando a las instalaciones policiales se tragó la cápsula y se sentó en un rincón a esperar la muerte. Estaba sufriendo retor­ tijones de estómago cuando por altavoz anunciaron que quedaba libre. Con dificultad y asumiéndose en agonía se paró, recibió sus papeles que habían sido requisados en la detención y salió a la calle. Desesperado buscó ayuda con compañeros, pero la misma no fue necesaria porque los retortijones habían cesado y fuera del susto no tenía nada. Vivió y nunca más tuvo problema alguno por haber ingerido el cianuro. Sin embargo, a partir de entonces, las opiniones sobre lo procedente o no de utilizarla se divi­ dieron. Lo cierto es que tiré mi cápsula en el momento en que el compañero me dijo que lo hiciera. Y desde entonces, salvo en momentos de peligro, dejé de sentir el inmenso peso de la muerte. Dada la forma en que fui preparada para ejercer el magisterio, no concebía el éxito del cursillo sin contar con material didáctico, especialmente si el curso iba a ser breve y los participantes eran inexpertos. Además, que­ ría dejarles recursos para que cada uno dispusiera de lo básico en su respectivo lugar de trabajo. Me era inconce­ bible, por ejemplo, carecer de pizarrón, ilustraciones y de luz para trabajar de noche. Pero sabiendo que debíamos caminar y que no tenía capacidad para llevar a cuestas todo lo que necesitaba, pregunté si podían resolverlo. La respuesta fue que podía llevar hasta setenta libras de material didáctico. Ese era el peso que, según el dirigente de la ciudad que me lo dijo, podría cargar el compañero

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que me conduciría hacia el campamento guerrillero. Así que preparé abundante material. El equipo personal, in­ cluido un mecapal, me sería entregado en el momento de

viajar. Por experiencia no dejaban en manos del novato decidir qué era lo indispensable, pues todo principiante de origen urbano consideraba necesarios objetos que ni él

ni nadie aguantaban a cargar. Entre ellos estaban toallas,

papel sanitario, zapatos o botas de repuesto, una tercera mudada, desodorante, jabón, pasta dental, baterías de repuesto. Algunos de estos artículos eran sustituidos así:

la toalla por un pañuelo paliacate que se retorcía cada vez que se saturaba de agua y que tenía múltiples usos;

el papel sanitario por hojas y musgo; la pasta dental, de

uso colectivo cuando la había, por ceniza. Llegado el día de partida me dirigí al sitio acordado.

No sabía entonces quién o quiénes llegarían a recogerme, cómo era el vehículo ni hacia dónde nos dirigiríamos. Mucho menos en qué lugar y a qué hora emprenderíamos

la caminata. Eran medidas elementales de seguridad que

todos acatábamos con discreción y disciplina. Me reco­ gieron puntualmente. Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Tres íbamos al destacamento y uno regresaría a la capital. Desde el anochecer cayó una lluvia torrencial que no cesó sino al amanecer. El viaje fue largo y culminó

a media noche en una localidad en el norte de El Quiché.

Al aproximarnos al punto se nos orientó descender rá­ pido y arreglar las cargas sin hablar y sin encender luz.

Mientras eso hacíamos, de la oscuridad y del aguacero surgieron tres compañeros. Dos de ellos volvían a la ciu­ dad, luego de una temporada en el destacamento, y un tercero sería nuestro guía y quien transportaría el mate­ rial educativo. Sin embargo, quien me autorizó llevar los recursos no tomó en cuenta que este compañero llegaba

a encontramos cansado y sin haber comido, pues durante

dos días y sus noches acompañó a los que salían, en una

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marcha especialmente lenta, debido a que uno de ellos se había fracturado un tobillo. El compañero, por lo tanto, sólo tomó parte de las cosas. Por iniciativa propia sumé el resto a mi carga. Partimos en silencio, sin luz, a paso rápido. La lluvia, la oscuridad y el terreno tortuoso nos dificultaban el avance, aunque los dos primeros asegura­ ban la secretividad de nuestra presencia. Habíamos hecho contacto frente a un puesto de la Guardia de Hacienda, en ese entonces única representante de los cuerpos represivos en dicho poblado. Caminando por callejas y veredas siempre en ascenso y empantanadas, pasábamos entre casas cuyos perros nos ladraban agresivos. Había trechos en los que a cada paso las botas se hundían completamente en el fango, haciendo ventosa, de manera que al intentar dar el siguiente paso el pie se salía del calzado que quedaba atascado. Entre dos teníamos dificultad para sacarlo. En otros tramos dábamos dos pasos hacia delante, para luego deslizamos de regreso sin poder sujetarnos a nada. Todo era lodo, agua y oscu­ ridad. Y para completar el cuadro nos extraviamos dos horas, al cabo de las cuales nos encontramos en un punto recorrido con anterioridad. Debimos repetir uno de los trayectos con más lodazales para corregir la dirección. El compañero que llegó a nuestro encuentro y el que venía desde la capital eran veteranos del destacamento e iban armados, la compañera y yo, no. La seguridad descan­ saba en múltiples factores y no tenía caso que, sin mayor experiencia y en aquellos tiempos de anonimato de la organización, portáramos armas en tales circunstancias. Caminamos dos noches continuas, deteniéndonos antes de la alborada, para escondernos entre la maleza las horas de luz y reanudar la marcha al oscurecer. Debía ser así pues atravesábamos sembradíos de maíz, a los que llegaban a laborar los campesinos. Y aunque se había iniciado el trabajo organizativo entre algunos de ellos,

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por seguridad no debíamos evidenciar la ubicación ni los movimientos del destacamento. De ahí que permanecimos quietos y silenciosos más de doce horas. No comimos y estuvimos en tensión debido a los perros —cada campe­ sino tiene, cuando menos, uno que lo acompaña a todas partes— que varias veces llegaron a merodear nuestro escondite. Si un animal insistía, el dueño atendería sus ladridos, seguro de que había encontrado algo que me­ recía investigación. Afortunadamente logramos pasar inadvertidos. Al oscurecer, después de que los lugareños volvieron a sus casas, reanudamos la marcha en dirección inversa a la suya. Un poco antes del segundo amanecer alcanzamos la orilla de la montaña, donde podíamos caminar de día y sin riesgo de encontrar gente. Descansa­ mos unas horas dentro de un cobertizo abandonado y al despuntar el día, siempre sin probar bocado, proseguimos nuestro camino. A partir de entonces avanzamos a rumbo, sin seguir trazo alguno; estábamos en territorio conocido por nuestros compañeros. Una vez dentro del bosque, quien había ido a nuestro encuentro se adelantó, al paso rápido propio de los veteranos. El cansancio y el peso de la carga se multiplicaban al avanzar despacio, pero todo novato sólo puede hacerlo así las primeras veces. Este silencioso compañero era campesino pobre, indígena achí, oriundo de Baja Verapaz, veterano de las bases de Rabinal de los años sesenta y fundador del destacamento del EGP. Padecía tuberculosis pulmonar y sus hijos vivían de lustrar zapatos en la capital. Poco después salió tem­ poralmente de la montaña para curarse de ese mal. Al dar aviso en el campamento nuestro guía, dos compañeros acudieron a encontrarnos. Nos hallaron en una húmeda vereda de mimbreros donde el musgo cubría el tronco de los árboles y alfombraba el suelo. Los recién llegados tomaron nuestras cargas y nos dieron a beber chocolate frío. Cayendo la noche llegamos a nuestro desti­

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no. Habíamos hecho el recorrido en el triple de tiempo que utilizaban los veteranos. Estábamos aproximadamente a 3,000 m SNM, en las estribaciones del macizo montañoso de la Zona Reina, parte a su vez del sistema orográfico de Los Cuchumatanes. Se trataba de un campamento en el corazón de un bosque tropical húmedo y muy frío, instalado en una pendiente pronunciada de exuberante vegetación, donde la niebla lo envolvía todo.

Mi estado físico era calamitoso: dos noches sin

dormir, más de 48 horas sin comer, sudada y enlodada

de pies a cabeza, empapada de agua helada, con una uña en cada pie arrancada de raíz, con dolor de cabeza por la presión del mecapal y con varias mataduras en la espalda, producidas por el pizarrón que por falta de experiencia para cargar me coloqué directamente a cuestas. Mi estado anímico era insuperable: me sentía feliz. Haber llegado, no importaba cómo, era lo que contaba.

Por aquel tiempo, y a pesar de estar en guardia al res­

pecto, tenía idealizada a la agrupación a la que me había incorporado después de años de búsqueda. Pensaba que era extensa y estructurada, y que tenía claridad sobre los problemas fundamentales de nuestra sociedad. Nadie me había dado motivos para considerarlo así y en el tiempo que llevaba militando más bien había visto indicios de lo contrario. Además, había leído sobre diversas gestas revolucionarias en la historia de la humanidad y todas eran similares en cuanto a la precariedad de las organiza­ ciones rebeldes. Pero inconscientemente trocaba realidad por deseos. Al ver al grupo, gracias a dicha idealización, supuse que era uno entre los muchos que integrarían la orga­ nización. Y que habrían en esas inacabables montañas, cuando menos, unos veinte como ese. Sólo tiempo des­ pués, ya incorporada a la guerrilla conocería la realidad:

era parte importante del único destacamento que tenía la

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organización. Varios de sus integrantes eran fundadores

de ella y del destacamento; algunos eran miembros de la

Dirección Nacional y veteranos de los años sesenta otros. Conocí a estos compañeros cuando todavía andaban muy remendados, flacos, pálidos. Verlos en tan lamen­ table estado fue impactante. Sólo haciendo esfuerzos de abstracción lograba persuadirme de que eran mis compa­ ñeros de lucha y uno de los baluartes de la revolución en

mi país. Pero más desconcertantes fueron los hechos que

presencié durante mi estancia. Por ejemplo, cuando el compañero indígena que nos había conducido, todavía con la misma mudada y visiblemente agotado —había caminado y cargado, sin comer y casi sin dormir, más de ochenta horas—, dirigiéndose a la colectividad preguntó:

"¿Dónde están los Conciertos de Brandenburgo?" Y luego

de que alguien le extendiera un casete, se tiró en el suelo

cuan largo era, a escuchar con deleite aquellos conciertos

de Bach. O cuando otro de ellos, el más pálido y ojeroso,

me pidió con la mayor sencillez imaginable que al volver

a la civilización le hiciera los siguientes favores: llevar flo­

res a la tumba de su abuela, quien lo crió y había muerto

cinco años atrás, mientras él se encontraba ausente; que obtuviera para él la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak

y que le mandara una barra de chocolate. Con el tiempo supe que el gusto por Bach se debía a

dos razones: durante meses sólo habían tenido ese casete

de música, llevado por alguien de la ciudad; y los violines

que se escuchaban en dichos conciertos les hacían recordar

a los compañeros indígenas su propia música, interpretada

con esos mismos instrumentos de cuerda. Y quien gustaba

de Dvorak era amante y conocedor de la música clásica.

Lamentablemente, mi cabeza no tenía alcance para vincular aquellas necesidades humanas con la rebelión armada, con guerrilleros palúdicos y con bosques cente­ narios de niebla y frío perennes.

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Me bastó convivir unas semanas con ellos para darme cuenta que el sentido del humor era generalizado —aunque no faltaban el enojado y el gruñón del grupo —y que poseían destacadas cualidades humanas y militantes. Muchas de las cuales sólo se forjan en la defensa prolon­ gada de ideales bajo circunstancias adversas. Esas en las que es preciso renunciar no sólo a la propiedad, sino a los seres más queridos, a la identidad personal, al sol. Esas en las que se dejan la salud y la juventud para siempre, en el empeño por hacer valer los derechos de los más pobres y de los más oprimidos. El peligro, la enferme­ dad o la muerte en cualquiera de sus expresiones eran simples accidentes de trabajo para estos compañeros. Y la pobreza material un resultado normal del oficio que a ninguno preocupaba. Fue ante esa realidad que comencé a comprender los alcances del compromiso revolucionario en un país como el nuestro. Realidad que no me desanimó, sino que me motivó para dar todavía más de mí, y a respetar pro­ fundamente a todos aquellos que se entregan de manera generosa a la causa de los explotados. A varios se nos orientó usar gorra pasamontañas para ocultar nuestros rasgos faciales. Y a las horas de comer teníamos el cuidado de sentamos en círculo y de espaldas hacia el centro para no vernos la cara mientras comíamos. Realizábamos trabajos diferentes y no había razón para que por un breve cursillo nos identificáramos entre sí. Era regla elemental de seguridad que frecuente­ mente se violó en tiempos posteriores. Los rayos y el calor del sol no penetraban a ningu­ na hora, aunque el cielo estuviera despejado, pues las copas de los árboles se superponían unas a otras. De ahí que siempre estuviéramos en penumbra y con la ropa húmeda por el contacto inevitable con la vegetación y la presencia de lluvia. Los compañeros que allí habitaban

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llevaban años alimentándose de maíz; pues esa gramí­ nea era lo que cultivaba la población en mayor cantidad. Preparaban un puré con harina gruesa de ese grano. Así abundaba el maíz y su preparación era más rápida que la de las tortillas o los tamales. Sin embargo, la obtención de un quintal implicaba la movilización de varios com­ pañeros durante días, contando con el apoyo de la gente. Para acceder al agua se descendía una ladera empinada y lodosa de doce a quince metros de profundidad. Al fon­ do, entre abundantes helechos, se formaba un pequeño remanso de agua helada y cristalina que caía en cascada desde muy alto. A la mañana siguiente de nuestro arribo, luego del desayuno, pregunté a uno de los responsables en dónde iba a trabajar. "Bueno, donde quieras. Prepara el lugar y avísanos cuando estés lista" fue su respuesta. Volví la vista. a todas partes y caminé por diversos rumbos del campa­ mento, pero no encontré un metro cuadrado plano y claro. Todo era en declive y la vegetación tupida. El suelo de las champas, donde dormían varios juntos para conjurar el frío, y el área de la cocina, habían sido aplanadas a fuerza de arrancarle bocados a la ladera. No había más que hacer otro tanto para el "salón" de trabajo. Así que tomé el ma­ chete y empecé a descombrar un pedazo. Algunos de los compañeros me observaban a distancia, callados y serios. Quién sabe qué pensaban. En la caminata de entrada había usado machete por primera vez en mi vida. Cuando terminé con el desmonte procedí a sacarle tierra a la vertiente, para hacer una terraza de dos por tres metros. Debí arrancar con las manos piedras, troncos y raíces. Para entonces un compañero de los que observaba desenvainó su machete, sin decir palabra avanzó hacia donde me encontraba y silencioso me ayudó a concluir el trabajo. Era indígena. Tiempo después supe que también era achí, campesino pobre, veterano de las bases rabina-

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leras y fundador del destacamento guerrillero. Con la realización de este trabajo comprendí que, como en otros aspectos de la lucha, había que construir todo desde el principio y vincular el trabajo manual con el intelectual. Y que en aquellas condiciones realizar cada tarea conllevaba trabajo físico, además de las capacidades específicas. Con un piso y un techo de plástico, el "salón" estu­ vo listo. En la actividad participaron cuatro compañeros

y dos compañeras. Dos de los hombres eran dirigentes

comunales de los poblados más grandes de la zona ixil; hablaban español tan bien como su idioma materno. Los otros dos eran fundadores del destacamento y trabajaban

en organización entre los ixiles. Una compañera, pequeña

y frágil, era campesina de la costa sur y veterana del grupo

de Yon Sosa; había llegado sólo para recibir el cursillo. Luego volvería a sus tareas organizativas en las planicies

cálidas del sur guatemalteco. La otra compañera se había incorporado hacía un par de meses al destacamento y era veterana de la resistencia urbana. Posteriormente, el material para alfabetizar se reprodujo en nuestra imprenta clandestina, y se distri­ buyó entre la organización. Pero varios años después la experiencia pedagógica sintetizada en él, fue subestimada

y distorsionada por compañeros sin criterio docente, que

trabajaban en áreas rurales. En lugar de enriquecerlo y mejorarlo gracias a la práctica, se le empobreció. En 1983 estaba extraviado o abandonado más por negligencia que por fatalidad. Ese año se me orientó que hiciera de nuevo el trabajo; pero no se me aportó la experiencia de su aplicación ni conté con el material original. Quienes me lo demandaron subestimaban el trabajo que conllevaba su elaboración en esas condiciones. Otras tareas militantes absorbían mi tiempo y no lo hice. En los ratos libres realicé ejercicios de tiro real por segunda vez en mi vida. La primera lo había hecho meses

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atrás en los alrededores de la capital. También me ense­ ñaron a desarmar y armar una carabina M-1 con los ojos vendados; y me hicieron ver que siempre debía hacerse sobre un pedazo de tela o de plástico, colocando las piezas en el orden que se quitaban. Este hábito mostraba su vali­ dez en los momentos de emergencia y oscuridad, y cuando el arma se utilizaba entre la vegetación. Finalmente, me dieron a leer un material sobre táctica militar guerrillera que, a pesar de mis esfuerzos no logré entender esa vez. Entonces no sabía de teoría militar, salvo lo referente a operaciones de contrainsurgencia. Durante varios meses, leer y escuchar sobre teoría militar me produjo el efecto de un somnífero. Y lo mismo me sucedió, sólo que por más tiempo, con la filosofía. Yo buscaba acción y no es­ tudio; pero desde el inicio el segundo fue tan vital como la reflexión sobre nuestra práctica. Abandonamos el campamento una tarde de junio. La caminata fue más rápida que cuando entré porque más que nada descendimos y no llovía; tampoco llevábamos carga y había luna llena. Entre la una y las cuatro de la madrugada, luego de nueve horas de marcha, dormimos en el portal de una cárcel de aldea, donde nos protegieron la niebla y el frío. Antes del amanecer reanudamos la marcha pasando cerca de casas de madera y tejamanil, ro­ deadas de hermosas hortensias. Todos dormían a nuestro alrededor, y los perros no sintieron nuestro paso. Entre aroma de flores llegamos a la vera de un camino donde nos mudamos de ropa. Luego, las mujeres abordamos el vehículo que llegó a recogernos a la hora convenida. El compañero guía retornó al campamento y nosotras aban­ donamos la región. Tenía ilusión de ver a mi hijo, quien estaba cumpliendo cinco meses de edad.

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EN SILENCIO Y SECRETO

En aquellos primeros años, cuando en la conducción de la organización dominaban los criterios políticos y los acon­ tecimientos no nos habían desbordado, directamente y por diversos medios se adquiría información sobre la realidad concreta de los lugares donde buscábamos echar raíces. De ahí que, luego de trabajar en Quetzaltenango y Toto- nicapán, con mi compañero buscáramos un empleo que nos permitiera instalarnos en Huehuetenango, El Quiché o Alta Verapaz. Nos interesaban los municipios norteños de tales departamentos, pues era donde se irradiaba el trabajo político y organizativo del destacamento guerrillero del EGP. Y a nosotros nos correspondía proporcionar a nues­ tros dirigentes —quienes se encontraban en la montaña o clandestinos en las ciudades — un panorama económico, político y cultural de esas zonas. Logramos establecernos en la zona ixil, localizada en las montañas de Los Cuchumatanes, al norte de El Quiché. Sus cabeceras municipales eran pequeños pobla­ dos, compuestos de casas de adobe y teja o de ranchos de paja, tejamanil y palizadas. Difícilmente llegaban a tener tres mil habitantes cada una. La mayoría de la población vivía dispersa en decenas de aldeas, caseríos y parajes, unidos unos a otros por veredas. Salvo en Cotzal, no había caminos interiores para el tránsito de vehículos. Todas las localidades estaban bordeadas por bosques centenarios de pino, pinabete, encino y ciprés. Son lugares siempre verdes, húmedos y sumamente quebrados, donde llueve más de ocho meses al año. En las partes más altas de Los Cuchumatanes, al norte de esas cabeceras, hay un sinfín de quebradas y ríos que, al unirse en su ruta hacia la vertiente del golfo, forman los grandes ríos selváticos: el

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Ixcán y el Xaclbal, afluentes del Lacantún que corre en tierra mexicana; el Copón y el Tzejá, afluentes del Chixoy, río limítrofe entre El Quiché y Alta Verapaz.

El empleo nos daba posibilidades de entablar relacio­

nes con autoridades y con exponentes del poder local. Y también nos vinculaba con empleados públicos en las áreas de salud, educación y servicios. De manera que tuvimos acceso a lugares y recursos de interés. Por otra parte, consultamos estadísticas, fotografías y mapas que tuvimos al alcance sin llamar a sospecha sobre nuestro tra­ bajo militante. La regla de oro fue no mostrar interés por el quehacer político ni por la problemática social. Evitamos y declinamos relaciones con luchadores sociales y población pobre, salvo por razones de vecindad y cortesía. Estos vínculos los cultivaban compañeros indígenas, miembros del destacamento. Y su trabajo no tenía relación directa con el nuestro. Es más, no nos conocíamos entre sí.

Observamos acuciosamente la cotidianidad, los días de mercado, las festividades y su calendarización; el movimiento comercial, el ciclo agrícola y migratorio. Recorrimos cabeceras municipales, aldeas y caseríos. No pocas veces, la gente nos tomó por gringos o pastores evangélicos y nos pidieron "moni" (money) y "píchur" (picture). Poco a poco desentrañamos cuál era la estructura del poder local y cuáles eran sus vínculos con el poder fuera de la región. Pero para lograrlo tuvimos que vivir situaciones desagradables, aparentar valores propios de dominadores, callarnos la boca.

A pesar de tener conocimiento sobre la rapacidad y

la violencia de quienes se enriquecen a costa del trabajo, la dignidad y la vida ajenas, nos resultaba golpeante, hasta increíble, ver los niveles que alcanzaba en esas regiones.

Había terratenientes y contratistas que seguían usando el cepo y el látigo para castigar a los indígenas que come­

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tían alguna falta o que no pagaban pequeñas deudas. Y lo hacían con la mayor naturalidad y certeza de estar en su derecho. Había usureros que como garantía de pago de cantidades pequeñas con intereses leoninos —del 5 al 20 por ciento mensual, incluso semanal—, exigían joyas ancestrales, productos agrícolas, escrituras o documentos de casas y terrenos; o demandaban la servidumbre de es­ posa e hijos mientras se saldaba la cuenta. Personalmente presencié un caso de estos cuando, cierto día, pagaba la renta de nuestra casa a la propietaria. Ella era comerciante, propietaria de varias fincas y casas, prestamista. Tenía entonces más de sesenta años; era blanca nacida en la región y viuda de un terrateniente y contratista. Sus hijos eran profesionales, vivían en la capital y habían viajado por el mundo. Ella no quiso salir del poblado donde nació. Habitaba un caserón de esquina, frente a la plaza, acom­ pañada de fieles servidores indios. En esa oportunidad vi

y escuché cuando un campesino misérrimo le pedía más

días de plazo para pagarle un préstamo. Había llegado acompañado de su mujer e hijos pequeños. La usurera res­ pondió que estaba bien, siempre que le dejara a la esposa

y sus niños sirviéndole en la casa. El hombre se fue solo.

Muchas deudas eran imposibles de pagar y el indígena no sólo perdía pertenencias, casa, terreno o familia, sino que permanecía trabajando de por vida para el acreedor. Algunas deudas eran hereditarias. Los hermanos Brol Galicia, propietarios de la finca San Francisco en San Juan Cotzal, habían despojado de sus tierras a numerosos campesinos; también se habían apropiado de tierras comunales, valiéndose de trampas, engaños y compra de autoridades. Desde años atrás desarrollaron el colonato, pero pasadas varias décadas

decidieron despedir a los mozos colonos sin darles in­ demnización, compensación alguna o alternativa. Los trabajadores suplicaron sin lograr nada. Los patrones

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insistieron en que abandonaran los ranchos que habitaban en terrenos de la finca. Los campesinos no se movieron ¿A dónde podían ir si nacieron y trabajaron allí toda la vida?; ¿si el salario devengado no les alcanzó sino para medio comer?; ¿en dónde más podían laborar si no había fuentes de trabajo en la zona y la finca usurpaba tierras comunales? En respuesta, los finqueros derrumbaron las viviendas con todo lo que tenían dentro. Para ello se valieron de empleados de confianza, verdaderos esbirros. Los indígenas rescataron lo que pudieron de entre los escombros, y construyeron improvisadas champas donde habían estado sus viviendas y huertos. Así continuaron su resistencia pacífica, silenciosa, desesperada. La represión se ensañó entonces en ellos y numerosos dirigentes indios de la región fueron perseguidos y asesinados. A comienzos de los setentas, la finca San Francisco ocupaba la mayor parte del municipio de Cotzal. Tenía una extensión aproximada de 111 caballerías (4,749.69 Has.) y pretendía expandirse todavía más. No sólo des­ pojaba impunemente, al igual que otros terratenientes de la región, sino que hacía encarcelar a quienes se resis­ tieran a abandonar sus tierras y buscaran formas legales de hacer valer su derecho. La finca producía alrededor de 30 mil quintales de café y era una de las mayores productoras de ese grano a escala nacional. Sus propie­ tarios compraban autoridades, violaban mujeres indias y vivían cómodamente en cabeceras municipales aledañas o en la capital del país. En el medio burgués pasaban por personas honorables y distinguidas. Pero en la zona ixil, capitalistas como ellos producían heridas profundas que abonaban el terreno para la lucha de todos aquellos que no se resignaban a tan injusto destino. Las mayores fuentes de enriquecimiento y mo­ vilidad social en la zona eran la contratación de fuerza de trabajo migratoria y el comercio. El sistema de con­

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tratación fue introducido a través de agentes ladinos de origen español, italiano, mexicano, entre otros. Y consistía en que estas personas, que estaban vinculadas a una o más plantaciones de la costa y bocacosta, se establecían en regiones apartadas para contratar fuerza de trabajo barata en los periodos de cosecha. Cada agente ganaba una comisión proporcional al número de jornaleros que le aportaba a las fincas. Tal suma de dinero era, en realidad, una parte del salario de los trabajadores. Estos eran mo- nolingües en su idioma mayense, analfabetos, no estaban organizados y fácilmente eran engañados y maltratados. Durante décadas, cuando no había caminos hacia la re­ gión, se desplazaron a pie desde sus lugares de origen hasta las plantaciones, recorriendo 150 y más kilómetros por cuenta propia. El sistema de contratación vinculó esas regiones con el resto del país; generó el acaparamiento de tierras indígenas en manos de ladinas; sentó las bases del empobrecimiento acelerado de la población en esas montañas. El cultivo del café a escala de exportación sig­ nificó para los indígenas de esa región peonaje por deuda, colonato a distancia, paludismo, entre otras cosas. Por su parte, en camiones propios, los comercian­ tes sacaban productos agrícolas locales obtenidos a bajo precio para venderlos al doble o triple en mercados ma­ yores; e introducían productos industriales y agrícolas procedentes de las ciudades y otras regiones. Visitando las tiendas principales constatamos que los productos que consumían los habitantes de esas montañas se reducían a: hilos, telas, tintes textiles, calzado y artículos plásticos; ropa de partida, sombreros, frazadas; sal, azúcar, panela, chile, refrescos, licor, tabaco, candelas, fósforos; herra­ mientas agrícolas elementales, clavos, linternas, baterías; abonos químicos, láminas para techar. En aquel tiempo no detectamos que se vendieran localmente radios de

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transistores, televisores o bicicletas, por ejemplo. Tampoco vimos farmacias. En una o dos generaciones, contratistas y comercian­ tes prosperaban vertiginosamente. Y cuando ya no podían multiplicar su riqueza en la zona se trasladaban a la cabe­ cera departamental, o a la capital del país. O enviaban a sus hijos a realizar estudios o a emprender negocios a esos lugares. No pocas familias —de renombre nacional por su riqueza —, acumularon así su capital. Basta remontarse a los abuelos, si mucho a los bisabuelos, para comprobar esa verdad. Había ricos que antes de dar trabajo a un indígena, que de ello dependía para sobrevivir, le exigían disponer de la esposa o de las hijas para tener relaciones sexuales con ellas. El mestizaje por esas y parecidas razones era numeroso, inequívoco y se remontaba a finales del siglo pasado, cuando los ladinos empezaron a llegar. La masa indígena poseía o arrendaba tierras cansa­ das, quebradas o en laderas pronunciadas. Trabajaba con su propia fuerza para lograr cosechas magras, las que no alcanzaban sino para alimentarse una parte del año. Las fuentes de trabajo escaseaban y en las pocas que existían eran comunes los salarios de ocho, diez y quince centa­ vos por jornada de ocho y más horas, aunque algunos llegaban a ganar hasta cincuenta centavos por jornal. No había séptimo día, ni pago por horas extras; mucho menos aguinaldos o prestaciones laborales. Los ingresos monetarios de la población mayoritaria nunca llegaban a veinte quetzales mensuales por familia. En esas condi­ ciones el costo de la vida y los impuestos, especialmente el boleto de ornato, eran resentidos con agudeza por la población paupérrima. En las épocas de migración a la costa y bocacosta, presenciamos cómo los trabajadores eran hacinados de pie, tratados con grosería y tapados con lonas sucias o

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impregnadas de insecticida. Así hacían un trayecto de ocho o más horas entre su localidad de origen y la finca de destino. Muchos viajaban con su esposa y sus hijos porque todos contribuían al trabajo, o porque no quedaba alimento alguno en la vivienda. El capitalista y su contratista, algunas veces indígena y numerosas veces ladino, no velaban sino por su ganancia. Ni la enfermedad ni la debilidad a causa de las condiciones del transporte liberaban al indio de su deuda. Y, salvo excepciones, en las fincas los alojaban y alimentaban infrahumanamente. Eran altas las tasas de mortalidad y de enfermedad entre los trabajadores migratorios. Los ingresos que percibían los empleaban para adquirir maíz, sal y ropa principalmente. La región ixil, agrícola en su totalidad, dejó de ser autosuficiente en maíz desde las primeras décadas de este siglo, cuando comenzó el acaparamiento de tierras en manos de los ladinos, quienes produjeron para ven­ der fuera de la región. Aunque el poder estaba en manos de ladinos, habían algunos indígenas poderosos aliados a ellos. Sin embargo, la estratificación económica de la población india era escasa. En las cárceles de las cabeceras departamentales se encontraban prisioneros numerosos indígenas. No pocos estaban detenidos por haber denunciado la usurpación de tierras propias o comunales; por haber sido sorpren­ didos cortando leña —único combustible al que tienen acceso — en áreas restringidas o de propiedad ajena; por no haber pagado alguna deuda. Frecuentemente, estos prisioneros no hablaban español, no conocían las leyes, no tenían defensor ni traductor, no conocían su delito. Y podían pasar años encerrados. Mientras tanto, los usurpa­ dores de tierras gozaban de libertad y usufructuaban sus nuevos dominios; los traficantes de madera sacaban de áreas restringidas o sin autorización, camiones con trozas de árboles centenarios ante la vista de las autoridades; y los

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usureros expoliaban sin cortapisas a sus deudores. En las zonas norteñas de los departamentos de Huehuetenango, El Quiché y Alta Verapaz no había hospitales ni centros de salud. En algunas cabeceras municipales había una clíni­ ca pública pobremente equipada, atendida por personal ladino —un médico y una enfermera — que no hablaban el idioma local, que no se auxiliaban de traductor y que proporcionaban una atención rutinaria, discriminadora y,

no pocas veces, deshumanizada. Varias veces fui a consulta

a estas clínicas a causa de malestares propios o de mi hijo. Invariablemente él y yo éramos los únicos ladinos entre numerosos pacientes indígenas. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos que llegaban caminando y sin comer des­ de aldeas remotas. Se veían cansados y tristes. Sus ropas lucían raídas y sucias. Casi siempre guardaban silencio y

con paciencia de siglos hacían fila para ser atendidos, es­ peranzados en alguna cura para su mal de miseria. A veces ellos mismos o el personal médico me decían que pasara adelante; que no hiciera la cola que hacían todos. A unos

y a otros les parecía extraño que agradeciera, pero que no

aceptara y esperara mi turno. Al ser recibida me decían cosas como: "Hubiera pasado antes, ellos están acostum­ brados a esperar"; o "son indios, no se preocupe". Cuando comentaba algún caso grave al médico o a la enfermera, me respondían que no había prisa porque, de todas maneras, no podían hacer nada; que eso era de todos los días. Yo comprendía lo limitado de sus recursos y el hecho de que

eran la última ramificación de un aparato estatal ineficaz,

y dentro de un sistema explotador y discriminador. Pero

me indignaba su actitud pasiva y conformista y el trato que daban a las personas. En la región había pocas escuelas primarias y la mayoría se localizaba en la cabecera municipal y aldeas vecinas. No pocas veces un solo maestro atendía dos y

tres grados simultáneamente. No había textos, material

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didáctico ni bibliotecas. Los profesores solían ser ladinos que no hablaban el idioma local y que, casi siempre, eran discriminadores y terriblemente machistas. No existían escuelas secundarias ni técnicas. Para todo observador atento era perceptible la pro­ funda división entre indios y ladinos. La opresión de los segundos sobre los primeros era evidente. Donde casi la totalidad de la población era india, hablaba un idioma mayense y era analfabeta, la mayoría de las autoridades

eran ladinas, sólo hablaban español y la educación se impartía en castellano. La espiritualidad indígena era ca­ lificada de idólatra, de pagana; sus guías espirituales eran llamados brujos. La fiesta local principal era celebrada por separado y las autoridades sólo daban apoyo económico a los eventos ladinos. Los indígenas eran mayoritariamente trabajadores manuales, sirvientes, deudores. Los ladinos eran casi siempre autoridades, patrones, grandes y media­ nos propietarios. Los ladinos se comportaban igualados

y confianzudos con las autoridades; los indígenas eran

respetuosos, incluso sumisos ante ellas. Los ladinos eran tratados con deferencia y respeto en oficinas y estable­ cimientos de todo tipo; los indígenas con autoritarismo, desprecio, desgano. Al ladino se le trataba de usted; al

indio, de vos. Los pocos indígenas que lograban formarse como técnicos, maestros o profesionales emigraban en busca de mejores oportunidades. Nuestra actividad era intensa. Cuando no estába­ mos explorando la región, haciendo alguna entrevista

u observando un hecho, estábamos sistematizando la

información. Y nuestra jornada laboral se multiplicaba

porque debíamos atender el trabajo remunerado, las tareas domésticas y a nuestro hijo. Sin embargo, duran­

te dos o tres horas diarias contábamos con el apoyo de

una joven ixil, quien lavaba nuestra ropa y cuidaba por ratos al niño. Fue imposible prescindir de sus servicios,

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puesto que todo hogar ladino tenía, cuando menos, una empleada. Y la misma dueña de la casa la llevó sin que se lo demandáramos. Cata era una muchacha vivaz, no pasaba de los quince años y vivía en las afueras del

poblado. Visitamos a su familia algunas veces invitados por sus padres. A ella le gustaba llevar a nuestro hijo a la espalda, sujetado con su perraje; y así corretear por callejas y veredas. Al niño le gustaba el juego; a mí me daba temor que rodaran los dos por el suelo. Pero luego de varias carreras me acostumbré y para alegría de todos no hubo accidente alguno. Igualmente felices fueron mis experiencias de recomendar a mi niño, por uno o más días, a vecinas ladinas e indígenas. Lo cuidaban con amor

y preferencia, pues él era "regalado": se iba con todas las

personas y reía con facilidad. También era gordito, activo

y cometón; eso le gustaba a la gente.

Cuando nos instalamos en la región ixil yo tenía más de diez años de conducir vehículos. Adolescente aún, aprendí a hacerlo con pericia y en muy diferentes circunstancias. Y, desde entonces manejé con frecuencia en poblados y carreteras del país. Tenía experiencia e inde­ pendencia para hacerlo. Sin embargo, al conocer el tramo entre Sacapulas y los poblados ixiles consideré que no me

atrevería a manejar allí; mucho menos de noche, con lluvia

o con niebla. Tuve miedo de recorrer sola, o acompañada

de mi hijo, ese camino estrecho, lodoso y flanqueado de

precipicios. Era una ruta solitaria que carecía de pobla­ ción, señalizaciones, servicios mecánicos, gasolineras. Había tramos en los que, al encontrarse con otro vehículo

—generalmente camiones y c a m i o n e t a s uno,-

de los dos

debía maniobrar en retroceso decenas de metros, hasta localizar un punto donde justamente, entre barranco y paredón, los automotores cupieran uno al lado del otro para continuar su ruta. Pero los vehículos patinaban en el lodo y con frecuencia la neblina o la lluvia no permitían

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la visibilidad más allá de dos o tres metros. El tráfico era

escaso, pero suficiente para requerir ese tipo de maniobra

dos o tres veces. Sin embargo, más tardé en sentir esos temores que en recorrer ése y peores caminos. En poco más de un año transporté a varios miem­ bros del destacamento. Salían a reuniones de trabajo o a curarse. Durante el trayecto conversábamos poco y sobre cuestiones generales, pues no debíamos dar evidencias ni

preguntar sobre el trabajo, vida y funciones respectivas. El traslado de compañeros, el trasiego de recursos y el trans­ porte de comunicaciones se procuraban realizar en viajes diferentes. Era una regla de oro no juntar dos o más mi­ siones, pues en el caso de tener problemas —de la índole que fueran — serían más las implicaciones y dificultades. Los contactos que realicé para llevar a cabo estas tareas fueron puntuales, rápidos, sin saludos ni pláticas de por medio. Eran tareas eminentemente operativas en las que

la disciplina, la discreción y la precisión eran fundamen­

tales. Las instrucciones las recibía de mi responsable, no del pasajero de turno. Sólo dos veces tuve dificultades con los compañe­ ros que transporté. Una de ellas fue con un compañero indígena, fundador del destacamento y veterano de los sesenta. Debíamos hacer el trayecto desde la capital hasta un punto localizado entre Sacapulas y Nebaj. Llevábamos dos horas de camino cuando él se aproximó a mí y acto seguido me rodeó los hombros con su brazo. Me encabroné

y firme, pero calmadamente, le pedí que lo retirara y

volviera a su puesto. Él se sonrió y no se movió. Entonces orillé el vehículo, paré el motor y mascando las palabras

le dije que o se corría o allí mismo se bajaba; que yo estaba

cumpliendo la tarea de llevarlo a un punto y nada más. Se me quedó mirando con cara de incrédulo, pero se corrió. Mi expresión de indignación no se prestaba a dudas. Tiempo después nos volvimos a encontrar en algunos contactos y

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tareas y, luego, coincidimos en el destacamento. Fuimos buenos compañeros de trabajo. En otra oportunidad, ya estando próximos al punto de descenso, un compañero ladino me pidió que lo condujera a otro lugar. Este quedaba bastante retirado y fuera de la ruta programada. Le expliqué que llevaba otras instrucciones, que debía reportarme a determinada hora en la capital y que ir a donde él proponía introducía problemas de seguridad no contemplados. Pero él insistió. Le dije entonces que lo lamentaba y lo dejé donde me habían orientado. Se quedó contrariado y, quizás, molesto conmigo. Informé sobre el incidente y me respondieron que había hecho lo correcto; pues el compañero tomó la iniciativa sólo pensando en acortar significativamente su marcha, pero sin considerar aspectos de seguridad míos. Este compañero también era veterano de la lucha. Eran tiempos de militancia intensa, de entrega total a la construcción de la organización y al impulso de la lucha por una Guatemala nueva. Nosotros no éramos excepción, sino expresión de la membresía de entonces, reclutada y probada con cuidado. Años después, durante el auge revolucionario, los criterios y procedimientos de reclutamiento se relajaron y las compuertas de la organización se liberalizaron. La consecuencia fue una cauda de graves errores políticos y militares, y el aparecimiento de traidores e infiltrados en nuestras filas. En un momento dado se nos orientó abandonar la región, habíamos cumplido nuestra misión y no era conveniente que continuáramos allí. Debimos garantizar una retirada normal desde el punto de vista laboral y de sta­ tus. Para entonces, gracias al trabajo de otros compañeros, la organización había echado raíces entre la población y se aprestaba a realizar las primeras acciones públicas. Hasta entonces todo había sido hecho en silencio y secreto.

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MUJER NUEVA COMO GALLINA NUEVA

Mi conocimiento sobre la situación de la mujer en el alti­

plano se fue dando por oleadas. Fueron aproximaciones

sucesivas en las que mi capacidad de captación y reflexión

se dio en correspondencia con la experiencia que acu­

mulaba sobre la vida y mi país. Éramos niños cuando mi padre intentó levantar una algodonera en Retalhuleu. En ella pasábamos los meses de vacaciones escolares año con año. Así conocimos de los trabajadores migratorios que levantaban las cosechas de exportación. A la finca llegaban todosanteros, de la etnia mam. A mí me llamaron la aten­ ción dos costumbres de ellos que entonces no comprendía:

que en la calurosa costa sur usaran sus trajes, propios para tierras muy frías; y que varios fueran polígamos. El traje lo usaban por identidad étnica; pero también porque su pobreza no les permitía obtener ropa apropiada para el calor. Uno de los trabajadores polígamos se llamaba Diego

Pu y anualmente llegaba con sus cuatro esposas y toda su

prole. Él se instalaba en un rancho próximo a las galeras de

los trabajadores que migraban solos. La primera mujer era

la de mayor edad y autoridad; ella organizaba y mandaba

a las demás. El ambiente doméstico era tranquilo y el modo

de dirigirse unas a otras, fraternal. Sus edades estaban

entre los 15 y los 35 años aproximadamente. Con mis hermanos visitábamos la ranchería

porque era el único lugar habitado a nuestro alcance y allí había otros niños. Y conocíamos por su nombre a

los trabajadores que llegaban año tras año. Yo veía que

todos eran muy pobres, y movida por la curiosidad le pregunté a Diego Pu por qué tenía tantas esposas e hijos. Me respondió que las mujeres sembraban y cosechaban el maíz que cultivaban en tierras de la finca para su pro­

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pia manutención; que ellas se ayudaban unas a otras en el oficio de la casa y en el cuidado de los niños; y que

siendo varias nunca se sentían solas. En cuanto a los hijos

me respondió que desde pequeños servían para trabajar

y más tarde para mantenerlo, cuando él fuera viejo y no pudiera valerse por sí mismo. Años más tarde tuve oportunidad de vivir en di­ versos lugares poblados principalmente por indígenas. Cuando llegué a cada uno de los pueblos donde residí no tenía amigos ni conocidos. Además era ladina y extraña

para sus habitantes. Pero fue viviendo en esa región que a

mi

acendrado gusto por usar perrajes, huípiles y listones

de

colores se fue sumando un sentimiento de identidad y

solidaridad con las mujeres indígenas que, sin embargo,

no

encontró cómo expresarse de inmediato. Ni ellas ni

yo

estábamos organizadas alrededor de preocupaciones

comunes de ningún tipo, ni el trabajo respectivo nos colo­

caba en condiciones de acercamiento igualitario. A pesar

de ello, mientras desarrollé mi labor cultivé relaciones con

personas y familias indígenas de distinto nivel social.

Con frecuencia me movilizaba en transporte públi­

co para ir de un pueblo a otro. Sin temor a equivocarme

afirmaría que los choferes y ayudantes del servicio de

transporte extraurbano están entre las personas más discriminadoras y verdaderamente insolentes hacia los indígenas. Y no vi diferencia en el comportamiento de

los ladinos o los indígenas ladinizados que ejercen dichos

oficios. Ordenan, gritan, empujan, maltratan; se burlan, hacinan y no pocas veces engañan a los indígenas que pagan por ese servicio. Mientras tanto, con los ladinos, especialmente si son mujeres, autoridades o personas adineradas, son serviles. Los domingos me gustaba viajar a Totonicapán, para recorrer el mercado de dicha cabecera departamen­ tal. Anteriormente lo había visitado, atraída por el colo­

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rido y la belleza de las artesanías que se exhibían; pero también extasiada por los trajes de la multitud indígena que se vestía de pájaros, flores y arcoiris. No obstante, fue hasta que viví en esa región que cobré conciencia de la envergadura de la dualidad cultural de mi país. Me identificaba con ambos mundos. Había nacido y crecido en el ladino, pero simpatizaba y me sentía fuertemente atraída por el mundo indígena. Estaba a gusto en su me­ dio y experimentaba orgullo por compartir con ellos un mismo suelo. Pero en ese mercado y entonces me sentí extranjera en mi tierra. Por momentos me dedicaba a observar y escuchar a las personas que en él estaban. La vista se me perdía en todas direcciones y por largos ratos no lograba ver ladinos. Todos a mi alrededor hablaban quiché. Y no faltaba quien se dirigiera a mí llamándome gringa con la mayor naturalidad. Este calificativo me ofendía doblemente porque era guatemalteca y me sentía orgullosa de serlo; y porque rechazaba la política de los Estados Unidos hacia el Tercer Mundo y censuraba la tolerancia o indiferencia de sus ciudadanos para con ella. Pero el hecho de que me sucediera varias veces me dejó pensando sobre la realidad guatemalteca. Y comprendí que para estos compatriotas era yo tan extraña en su mundo como cualquier extranjero. Volví a alfabetizar después de varios años de no hacerlo. Esta vez a dos señoras quichés que me lo pidieron. Vivía en un pueblo indígena con pocos ladinos, donde cada grupo étnico realizaba su vida social por aparte. La segregación era tal que incluso había cementerios separados para unos y otros. De ahí que el recelo mutuo fuera acentuado y raras las relaciones interétnicas en términos de igualdad y amistad. El hecho de que estas mujeres me buscaran era un signo de confianza y una oportunidad para cultivar mi acercamiento humano y social con ellas, cuyo mundo específico me era desconocido. Eramos

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vecinas. María y Chencha vivían de preparar comida y de confeccionar coloridos adornos de papel de china para vender. Nuestra relación había comenzado alrededor de dichas actividades, pero pronto las trascendió. Nos visitábamos y apoyábamos mutuamente en aspectos domésticos y de salud. Varias veces compartí con ellas tamalitos y atol de elote en su cocina, mientras conversaba con la familia. La madre de ellas vivía preocupada por la salud del esposo, quien ya viejo seguía migrando a las plantaciones de la costa sur. Y cada vez que lo hacía volvía enfermo de paludismo o intoxicado por las fumigaciones y los abonos químicos. Incluso hubo ocasiones en que alguien les avisó que lo fueran a recoger a alguna parte, porque no podía caminar de la debilidad. Chencha esperaba a su primer hijo. María tenía dos patojitos que se llamaban Rafael y Judith. Tenían cinco y tres años respectivamente. A diferencia de numerosos niños en situación de pobreza que había conocido, éstos eran vivaces y desenvueltos. Me visitaban con frecuencia por su propia iniciativa. Cada vez que les abría la puerta el varoncito me decía en perfecto español: "Venimos a platicar". Sus padres no les enseñaban quiché, aunque era el idioma que usaban los adultos de la casa para comunicarse entre sí. Tampoco los vestían con sus trajes, mientras que los mayores sí lo hacían. Me di cuenta que numerosos indígenas que vivían en los poblados —comerciantes, maestros, intelectuales entre ellos— razonaban que si los hijos hablaban español y se vestían como ladinos, tendrían mejores posibilidades de estudio y de trabajo cuando fueran mayores. Y sufrirían menos la discriminación social. Sólo entre la burguesía indígena, especialmente la quetzalteca, y en algunos sectores medios encontré personas con una actitud firme por hacer valer sus costumbres y su origen étnico. Tanto en la región de Quetzaltenango y Totoni- capán como en la zona ixil, a donde me trasladé a vivir

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al año siguiente, el ideal de mujer que prevalecía entre los indígenas era que fuera "galana". Es decir, hermosa, bien dada, robusta; que no fuera ni gorda ni delgada. Pues ello se consideraba signo de salud, de fertilidad, de capacidad para dar hijos fuertes y de resistencia para el trabajo. Asimismo, les gustaba que fuera alta y llevara el

cabello largo. Y junto a estos aspectos físicos debía tener las siguientes cualidades: ser virgen, ser "honrada" (recatada

y no coqueta; que no hubiera tenido novio; que no platicara

con diversos muchachos, sino sólo con quien iba a ser su marido); que fuera laboriosa y buena cocinera. También debía ser obediente, paciente y humilde. Era importante que perteneciera a una "buena familia". Es decir a una que sustentara costumbres acordes a los valores del gru­ po étnico y que fuera de reconocida honorabilidad. De la mujer casada se decía que se le admiraba si era un poco gorda, sin manchas en la cara; y si tenía numerosos hijos —especialmente varones— y sus hijas eran trabajadoras. Se asumía que toda mujer debe obediencia y ser­ vicios al hombre, sea éste su padre, hermano, marido o hijo. También debía estar bajo su tutela o autoridad. Por ejemplo, la mujer campesina sólo se vinculaba a otras per­ sonas a través o acompañada de ellos. Lo único que podía

hacer sola era ir al río, a la pila o a la toma de agua para lavar la ropa o acarrear el líquido; hacer leña en el monte

e ir al molino de nixtamal cuando lo había. O sea que po­

día ir a donde estuviera sola o a donde sólo frecuentaran las mujeres y los niños. La mujer debía concentrarse en atender los oficios domésticos y la familia, al tiempo que debía evitar el trato con personas desconocidas, especial­

mente si eran hombres. Múltiples veces visité el mercado de San Francisco el Alto en el departamento de Totonicapán, cuya actividad económica de los viernes era la mayor de cuanta plaza había en la zona y donde el mercado de animales era el

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único en la región. En cierta oportunidad, cuando recorría este último vi a un anciano indígena acompañado por una niña. Me llamó la atención porque no tenía animal alguno para vender y no parecía estar comprando. Me aproximé

a él y luego de saludarlo le comenté algo sobre la intensa

actividad comercial. Al ver que el señor no se encerraba en sí mismo, continué la plática y le pregunté qué lo traía al mercado. Me dijo que daba a su nietecita, la niña como de cinco años que estaba a su lado, a cambio de un quintal de maíz. Incrédula y desconcertada le pregunté por qué lo hacía. Ante mis ojos estaba a la venta —realmente en trueque —un ser humano, una niña. ¿En pleno siglo XX y en mi país? No podía creerlo. El hombre me respondió casi llorando que estaban solos, que a él ya nadie lo empleaba por estar viejo y enfermo. Hacía días que no comían y él consideraba que ella estaría mejor con cualquier otra per­ sona, pues por lo menos tendría sustento. Mientras tanto, él podría alimentarse algunas semanas con el maíz que le dieran a cambio. Este cuadro rural me trajo a la mente los miles de niños y ancianos de ambos sexos que sobrevivían en la capital mendigando, recogiendo desperdicios en los basureros, haciendo trabajos humildes a cambio de comida. ¿Cuántos más vivían dramas similares a lo largo

y ancho del país? Conocía el mundo de la beneficencia

estatal y burguesa. En el mejor de los casos se trataba de paliativos desbordados por la envergadura de las necesidades sociales. Entonces me asaltaron numerosas interrogantes sobre un sistema económico que producía miles de casos similares y los dejaba a la deriva. ¿Quién tenía derecho a juzgar a este anciano acorralado por el hambre y la desesperanza? ¿Una niña, por el hecho de na­ cer en un hogar misérrimo, merecía el único destino de ser

entregada a quien fuera a cambio de ser alimentada? ¿Qué

debía y podía hacer yo? Me retiré llena de contradicciones

y sintiendo un odio terrible hacia quienes tenían en sus

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manos la conducción del país y vivían en la opulencia a costa del trabajo ajeno, la especulación y la apropiación

de los recursos nacionales. Al lado de ese cuadro de miseria aparecían ante mis ojos otros, los menos, de prosperidad y vitalidad. Y en gene­ ral, hechos que mostraban la diversidad del mundo indígena

y de las formas en que se percibían a sí mismos y a su cultura

quienes pertenecían a él. Bastaba con ver a mi alrededor para

captar la complejidad del problema. Por ejemplo, la casa que

ocupábamos pertenecía a una familia de la burguesía indíge­ na. Sólo nos quisieron alquilar dos piezas con acceso al baño

y a la pila. Otra pieza la rentaban a un matrimonio ladino

de la localidad y la parte principal de la casa, incluyendo la cocina, permanecía deshabitada la mayor parte del tiempo.

Pues cada mes los propietarios viajaban desde Santa Cruz de El Quiché para pasar un fin de semana en la casa. Tenían propiedades y negocios en Totonicapán, El Quiché y la ca­ pital. Los hijos habían asistido a colegios católicos privados,

y quienes habían terminado la secundaria estudiaban en la

universidad nacional. Las mujeres de todas las generaciones usaban sus trajes permanentemente, y todos hablaban con fluidez quiché y español. Un abismo económico entre esta familia y el anciano que cambiaba a su nieta por maíz. Pero ambos casos eran expresión de un mismo grupo étnico. Y la discriminación ladina afectaba a unos y otros. Tina, en cambio, se absorbía en la lucha por el dia­ rio vivir. Aunque era joven aparentaba más edad de la que tenía. Hablaba poco español y no la desvelaban los problemas de la identidad ni de la discriminación. Su energía y preocupaciones se agotaban en el trabajo por la subsistencia. Ella pasó por la casa ofreciendo sus servicios, pues lavaba ropa ajena. El esposo se encontraba en la costa sur, vendiendo su fuerza de trabajo en las plantaciones de agroexportación, y tardaría en volver varios meses. Era la rutina laboral de ambos, año tras año, sin que sus

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condiciones de vida mejorasen un ápice. No poseían tie­ rra y eran analfabetas. Sus ingresos daban para malvivir. Con Tina acordamos que lavaría nuestra ropa una vez por semana. Los precios que daba eran: 2 ,5 y 10 centavos por pieza chica, mediana y grande, respectivamente. Tina tenía dos hijos y cierto día le pregunté por ellos pues nun­ ca los llevaba. Resultó que se quedaban solos de lunes a sábado, desde las siete de la mañana hasta la una o dos de

la

tarde, cuando ella volvía. Los niños tenían año y medio

y

cinco años. Le expresé mi inquietud por lo peligroso

de su medida, pues mientras visité las salas de medicina

y cirugía de niños del Hospital General de la capital, un

alto porcentaje ingresaba por accidentes domésticos. Y las quemaduras provocadas por los fogones donde se cocina en las viviendas pobres eran frecuentes. Tina respondió que para evitarles accidentes los dejaba amarrados de la cintura a un pilar del corredor; que la longitud del lazo les permitía moverse sólo donde no había peligro y que

la soga del grandecito era un poco más larga, de manera

que alcanzara una jarrilla de atol. El fogón lo dejaba apa­

gado. Lo dijo con sencillez y naturalidad, explicándome estoicamente que no tenía otra alternativa. Carecía de familiares, vivía en las afueras del pueblo y su trabajo la llevaba de una a otra casa durante cada jornada. Con el tiempo Tina me invitó a su hogar. Pasó a buscarme al terminar de lavar en otra casa. Recorrimos varias calles hasta llegar a un callejón que ascendiendo una ladera se perdía en los milperos. Su vivienda era la última; aislada de las demás. Al entrar había un patio en declive sin planta alguna, y al fondo una casa de adobe

y teja con piso de tierra. Vi a los niños amarrados en el

corredor; estaban sucios y sentados en el suelo. Lo primero

que la madre hizo fue desatarlos y abrazarlos amorosa­ mente, mientras les hablaba en su idioma. Luego vio si habían tomado el atol. Los patojitos tenían mirada triste

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y eran poco expresivos. La pobreza y la soledad los había

permeado quizás para siempre. Pero Tina estaba resigna­ da; su propia infancia no había sido muy diferente. No pude sino pensar en la mía y aquélla que esperaba poder ofrecer a mi hijo. Las nuestras eran las de la minoría, las deseables para todos; pero que no conocían los miles de

niños que crecían silenciosos en los cuatro puntos cardi­

nales del país. Sólo el azar nos hacía nacer en uno u otro mundo. No me era posible ignorar esto, encerrarme en

mi vida personal y hacer crecer a mi hijo en el pequeño

mundo de los privilegiados, dando la espalda a la realidad

que nos rodeaba. A diferencia de Tina, Chepa provenía de las capas medias. Su familia se había dedicado por generaciones a

la alfarería vidriada y su especialidad eran las piezas en miniatura. Esta amiga pertenecía a un reducido grupo de indígenas conscientes de su situación de discriminados.

La mayoría de sus integrantes eran maestros y denota­

ban desconfianza hacia el ladino, defendían su cultura y eran críticos del régimen opresor. Años atrás, Chepa se

había recibido de maestra de educación primaria, pero

no encontró trabajo en su profesión. Se trataba de una

muchacha responsable, discreta, inteligente. Era bilingüe

y usaba su traje con orgullo. Cuando la conocí laboraba

en la tienda de una cooperativa textil en Quetzaltenango.

Originaria de otro poblado, viajaba diariamente a su lugar

de trabajo. No fue fácil ganar su confianza y su amistad.

Pero después de numerosos encuentros, unos por trabajo

y otros por iniciativa mía, la comunicación se estableció

entre nosotras y Chepa me invitó a su casa. Quería presen­

tarme con sus papás y mostrarme el taller de alfarería, por cuyos productos yo había mostrado admiración. Cuando llegué Chepa me introdujo con sus padres, pero pronto

se retiró con su madre a la cocina. Fue su papá quien me

llevó a conocer el taller que estaba en el mismo predio de la

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casa. Con entusiasmo me explicó lo referente a la materia prima y al proceso de elaboración de las vasijas de barro. En la bodega, listas para entregar, tenía verdaderas obras de arte. El señor había trabajado desde niño en ese oficio y conocía en teoría y práctica cada una de sus fases. Por el tiempo que los visité contaban con varios operarios, y el propietario se dedicaba a supervisar y comercializar la producción. Al medio día me pasaron al comedor donde me sorprendió ver sólo dos puestos, uno para el señor y el otro para la visitante. Mi amiga y su madre nos sirvie­ ron en silencio, retirándose a la cocina. Allí comieron al mismo tiempo que nosotros. Me di cuenta de ello desde el principio y sugerente le dije al anfitrión por qué no comíamos todos juntos. No me contestó. Ni siquiera me volvió a ver cuando le hablé. Aunque era costumbre en extensos sectores del campo que sólo el jefe de familia comiera y conversara con una visita, yo pensaba que en casa de Chepa ya no era así porque pertenecían a un sector urbano medio en el que esa práctica se estaba abando­ nando. Además conocía el pensamiento de Chepa con relación a ciertas costumbres. Pero estaba equivocada, pues el predominio masculino en esa casa estaba intacto. Me sentí mal y experimenté incomodidad al ser atendida por Chepa y su mamá en esas condiciones. En ningún momento de la visita pude conversar con ellas. Conocía por lecturas y narraciones sobre la costum­ bre existente en numerosos lugares del campo guatemal­ teco de vender a las niñas y jovencitas en matrimonio. Las particularidades que revestía esta práctica variaban de un lugar a otro, pero la razón de fondo era la misma:

el nacimiento de una mujer no era bienvenido y a las hi­ jas se las consideraba una carga en la economía familiar. Mientras tanto, el nacimiento de un varón era motivo de alegría, de ceremonias especiales y de mejores atenciones

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a la parturienta, especialmente en su alimentación. El

matrimonio concertado por los padres es una costumbre indígena y campesina, heredada por generaciones y tole­

rada por el conjunto social. Algunas veces se da libertad

a la muchacha para decidir si quiere o no casarse con el

solicitante; pero generalmente se le induce o presiona para

que lo acepte. Las ceremonias y ritos que la caracterizan en cada lugar o grupo étnico guardan la misma esencia:

los padres del muchacho, el hombre maduro interesado,

o alguna persona respetada de la comunidad en nombre

de ellos, visitan varias veces a los padres de la muchacha para pedirla, para establecer los plazos de la entrega y

para determinar lo que deberán pagar por ella. El pago

puede ser simbólico o real y hacerse en forma, por ejem­ plo, de chocolate, aguardiente o trabajo. También puede consistir en una cantidad de dinero. Entre 1974 y 1977, una muchacha casadera podía obtenerse en la zona ixil

o en el Ixcán por Q60.00. En el mismo periodo una vaca

costaba Q90.00 en esa región. Si el pago era en trabajo, el muchacho se trasladaba a vivir a la casa de los padres de

la novia para realizar labores agrícolas y domésticas para

ellos. El periodo de estancia oscilaba entre seis meses y dos años. Pero leer y escuchar al respecto no me había revelado el drama humano que frecuentemente protago­ nizaba la niña o jovencita involucrada. Cierto día se presentó en mi casa una niña, hija de un matrimonio conocido. Sorprendida por la inusual vi­ sita le pregunté qué la motivaba. Seria me dijo: "dejame con vos. Yo te ayudo en la casa y sólo me das comida". E inmediatamente agregó que la escondiera de sus papás. Pensé que había cometido alguna falta o perdido algo de valor. La duda se me despejó cuando me narró que la noche anterior escuchó que sus padres tomaron la decisión de venderla a un hombre que había mostrado interés por ella. Su padre decía que ya les había costado mucho dinero

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criarla y que era hora de que algún hombre la mantuviera. La niña tenía doce o trece años. Al terminar de explicar su situación rompió a llorar desconsoladamente, y entre sollozos repitió que no quería irse con ningún hombre, que deseaba seguir en la escuela y que si la iban a vender

prefería irse de su casa y trabajar para sostenerse. Me era imposible ocultarla. La localidad era pequeña, todos nos conocíamos y ella no podía pasársela eludiendo a quienes me visitaran, ni encerrada entre cuatro paredes. Tam­ poco podía asumir una responsabilidad que me traería problemas con sus padres, la comunidad y las autorida­ des. Pero sobre todo porque la situación de esta niña no era excepcional sino común. Mi valoración personal al respecto no podía ni debía ser impuesta; tampoco sería aceptada por el simple hecho de exponerla. Pero hablé con los padres de la niña y ella también lo hizo con ellos. Creo que pensaron un poco más al respecto, pero no los volví a ver ni conocí el desenlace del caso. En el contexto de las ceremonias de pedida y de casa­ miento, donde participan padres, familiares y personas destacadas de la comunidad, se les dan consejos a los contrayentes. Son reveladoras algunas de las recomenda­ ciones dirigidas al novio: a la mujer no se le debe pegar aunque cometa faltas, porque no es bueno hacerlo; no se le debe atormentar; se le debe hablar con buena volun­ tad, con verdad; se deben evitar los pleitos y los gritos;

el

hombre no debe tener querida ni debe emborracharse;

si

hay problemas entre los dos deben separarse en paz y

cada uno buscar otra pareja. Si la mujer resultaba estéril se le podía devolver y recuperar el dinero pagado por ella. No sé qué criterios

utilizaban para determinar que la esterilidad era femenina

y

no masculina. De hecho se sancionaba el adulterio de

la

mujer, pero se toleraba el del hombre. Definitivamente

se censuraba el casamiento sin el consentimiento de los

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padres. Es más, sin la decisión de ellos. Sin embargo, cada vez con más frecuencia se daban este tipo de matrimo­ nios, especialmente en capas medias y altas. La mayoría de mujeres y hombres tenían a lo largo de su vida varias uniones matrimoniales. Pero cualquiera fuera el caso, eran numerosos los testimonios sobre maltratos del hombre hacia la mujer. La niña que había buscado refugio conmigo y miles

más, estaban desahuciadas por el sistema de opresión heredado de múltiples fuentes —sistemas económicos, religiones, prácticas culturales; regímenes políticos, mise­ ria, ignorancia —. A mi juicio no se trataba de intervenir en soluciones casuísticas y aisladas que no tocaban el fondo del problema, ni movilizaban a las principales afectadas. Conocí numerosas mujeres que llevaron una vida marcada por el maltrato del hombre, y el miedo, la angus­ tia y las penalidades derivadas de ello. La mayoría sufrió esa situación toda su vida, algunas optaron por separarse después de años de soportarla. A otras les costó la vida y

el

sufrimiento ilimitado de los hijos. El caso de Candelaria

y

su madre llora sangre. Y no puede quedar en el silencio

porque siguen dándose problemáticas similares. La madre de Candelaria provenía del sector quiché más adinerado, y su familia poseía grandes extensiones de tierra, comercio, ganado, aves de corral, recuas de mu- las y vehículos. Y tenía numerosos mozos a su servicio. El padre de Candelaria, por el contrario, era campesino pobre y artesano de la palma y los sombreros. Aunque se cumplieron todas las costumbres y ceremonias, se habían casado con la oposición de la familia de ella y, de hecho, entre los parientes políticos persistió el rechazo hacia él, quien bebía en exceso y se violentaba. En ese estado acostumbraba a golpear a su esposa. Además era exigen­ te en el hogar sin aportar para el gasto. La señora había heredado buena cantidad de tierra cultivable, aunque a

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sus hermanos varones les dieron bastante más que a ella. También recibió capital en el momento de casarse. Pero reiteradamente la sorprendieron las disposiciones que el marido tomó para acabar con los bienes. Él gastó la he­ rencia de ella, y sus propios ingresos, principalmente en licor, en una amante y en artículos para su uso personal. De manera que los hijos crecieron en un ambiente de em­ pobrecimiento ascendente y conflictos familiares. Luego de separarse temporalmente del marido varias veces y ya empobrecida, la madre lo abandonó definitivamente, quedándose con los ocho hijos que procrearon. Esta señora les dijo a sus hijas que su error había sido desobedecer a sus padres, quienes querían casarla con otro hombre. Estando en cuarto año de primaria, Candelaria fue retirada de la escuela por la madre para que le ayudara en los oficios domésticos y en el cuidado de sus hermanos. Se casó a los quince años fundamentalmente por presiones de la madre, quien le decía que ya estaba en edad de buscar alguien que la mantuviera. En el medio urbano donde vivían ya se daba alguna rebeldía por parte de las jóvenes indígenas ante los padres y las costumbres matrimoniales. Sin embargo, Candelaria y sus hermanas obedecieron a la mamá con el razonamiento de que no querían contrariarla. Pero también por escapar de un hogar conflictivo en un medio donde el matrimonio era el único camino accesible para la mayoría de mujeres. De ahí que Candelaria se hiciera novia de un maestro de educación primaria de 23 años que era quiché y trabajaba. Cuando la madre de Candelaria supo que su pretendiente era profesor, se es­ meró en atenderlo y le concedió facilidades para ver a su hija. Además, le dio un trato superior del que le daba a los otros yernos, aunque éstos eran trabajadores y respetuo­ sos de sus otras hijas. La señora pensaba que el candidato de Candelaria era mejor porque tenía estudio.

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El primer año de vida en común la pareja marchó bien. Pero pasado ese tiempo él cambió su comportamien­ to y empezó a maltratar a Candelaria. También comenzó

a reunirse con los amigos para beber, a comprarse buena

ropa y dejó de aportar dinero al hogar. Su agresividad aumentó cuando ella le demandó el dinero para pagar las

rentas atrasadas de la casa y comprar alimentos para los hijos. Él se negó a dar los recursos, aunque tenía salario regular. Ante esa situación, Candelaria decidió trabajar. Se dedicó a preparar y vender arroz con leche en el mer­ cado local. Sin embargo, el marido la hostilizó porque no quería que saliera de la casa, "ya que podía conocer

a otro hombre". Pero siguió sin aportar el sustento fami­ liar, aunque se cuidó de aparentar que era un hombre responsable. Además llevó a sus amigos a la casa para que Candelaria les proporcionara alimentos. Pero cada

vez que ella le decía que no tenía comida para darles él se enojaba y la golpeaba. También la celaba con ellos. Las palizas se volvieron frecuentes y ella se dejaba pegar. Y siempre que podía, ocultaba los hechos ante la familia

y la comunidad. Pero Candelaria comenzó a beber, sin­

tiendo al mismo tiempo remordimiento por hacerlo. Sin embargo, no descuidó a los hijos y trabajó sin descanso para procurarles su alimentación.

Así las cosas, llegaron a tener cuatro hijos. Cuando Candelaria tenía seis meses de embarazo de su quinto hijo

y 25 años de edad, el marido llegó borracho y discutieron.

Él la emprendió a golpes con tal violencia que hizo abortar

a su esposa allí mismo. Familiares la llevaron al hospital

departamental, pero no la recibieron aduciendo que estaba grave. Entonces la trasladaron a la capital del país, a 170 kilómetros de distancia. Pero Candelaria murió a las pocas

horas de haber sufrido la criminal golpiza. Nadie acusó al agresor ante las autoridades. Los parientes de la víctima razonaron que luego de lo que había hecho seguramente

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asumiría sus responsabilidades familiares; mientras que

si era encarcelado, los hijos no tendrían de qué vivir. El

hombre no pagó su crimen ni ante la ley ni ante la co­ munidad; siguió ejerciendo la docencia y no asumió la responsabilidad de los hijos. Fue la abuela materna, a la edad de setenta años y traumada por la tragedia, quien los tomó bajo su cuidado. En esa región, como en muchas otras partes, el hom­

bre tenía derecho a decidir por la mujer, a mandarla, a re­ gañarla y golpearla a discreción. Hacerlo o no dependía de cada hombre. Y había quienes no lo hacían, estableciendo una relación de respeto, comprensión y cooperación. Pero

lo primero estaba socialmente permitido. Las agresiones

podían darse por las más variadas "razones". Por ejem­

plo, si no lo atendía como y cuando él quería; si le alzaba

la voz o disentía con lo que él afirmaba; si cometía algún

error o se atrasaba en sus tareas; si los niños lloraban o

se enfermaban. Ya no digamos si la mujer le reclamaba

las borracheras, el descuido de la familia o la existencia de una amante. No pocas veces también padres y her­ manos procedían en forma similar con hijas y hermanas respectivamente. Pues se consideraba que sólo ejerciendo

la fuerza el hombre hace valer su autoridad y que toda

mujer quiere por las malas. Era común que una vez con­

sumada la agresión, a la víctima se le asistiera para aliviar su dolor. Pero no se cuestionaba el hecho violento contra ella, ni se le aconsejaba defenderse, denunciar al marido

o abandonarlo. Más bien se suponía que algún motivo

tendría éste para agredirla; que "algo" habría hecho la mujer para despertar su ira. Naturalmente, en estado de embriaguez la agresividad del hombre aumentaba. Por eso las mujeres solían esconder machetes, instrumentos de labranza, cuchillos y palos en tales circunstancias. La ma­ yoría de ellas le tenía miedo a los hombres y raramente se defendía cuando era agredida. Temían que les fuera peor

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y que de todas maneras el hombre impusiera su voluntad.

Reclamarle una paliza al hombre era ganarse otra. Cuando una mujer se cansa de tanto maltrato; cuando se defiende físicamente y dice sus verdades al hombre; cuando se hace de amante o abandona al mari­ do; cuando busca refugio en casa de sus padres, no suele encontrar comprensión ni apoyo a su proceder. De hecho se considera que debe tener paciencia, pensar en que los hijos "necesitan un padre", mantenerse fiel a cualquier precio. En parte estas consideraciones descansan en una realidad aplastante para la mujer indígena campesina y, en general, para la mujer de los sectores pobres: casi siempre está embarazada o criando, rodeada de hijos menores de edad; no conoce más oficio que el doméstico; no habla el castellano, no lee ni escribe; no tiene fuentes de capacitación ni de trabajo al alcance; no cuenta con respaldo legal ni con prestaciones sociales; no dispone de

recursos ni ingresos suficientes para sostenerse a sí misma

y sacar adelante a los hijos. Pero, con las excepciones del

caso, las relaciones maritales también se dan en un marco de valores dual y de prejuicios, dentro de una dinámica de dominio y sometimiento que se retroalimenta y que no se cuestiona. Si un hombre no acostumbraba agredir a su esposa, se comportaba de manera respetuosa con ella y la consul­ taba, no faltaba quienes lo censuraran. Le decían que no era hombre, que llevaba corte en lugar de pantalón. Entre estas personas había hombres y mujeres. Y hubo casos en que suegras o madres instigaban al hombre para que le pegara a la hija o a la nuera, diciéndole que así debía hacer "para tener autoridad ante ella", "para que fuera él quien mandara en la casa". En las alcaldías municipales se presentan querellas matrimoniales con frecuencia. La mayoría por maltratos hacia

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la mujer o porque el hombre no aporta el sustento familiar.

En aquel entonces estas denuncias eran escuchadas por las autoridades indígenas locales, quienes contribuían con con­ sejos y medidas concretas a su tratamiento o solución. Pero en los juzgados de familia de las cabeceras departamentales, atendidos generalmente por personal ladino y masculino, prestaban atención a las denuncias por maltratos a la mujer, sólo cuando ésta se presentaba con quebraduras y verdade­ ramente desfigurada por la paliza.

Sólo hasta que media mucha confianza las muje­ res expresan su sentir sobre su situación matrimonial

y sexual. Entre otras cosas manifiestan que no les gusta

llenarse de hijos, que quisieran practicar algún método anticonceptivo aunque el hombre se opone; que viven con el temor de quedar embarazadas de nuevo, pero que se ven obligadas a satisfacer al hombre; que les son desagradables las relaciones sexuales con los maridos que las maltratan.

Otro de los problemas que afecta a la mujer es el alcoholismo de los hombres, pues es causa de pleitos y agresiones, de merma del sustento familiar y de recargo de trabajo en ella. Por sus alcances, el alcoholismo cons­ tituye un flagelo social. Con el agravante de que debido

a la inmensa pobreza se consume principalmente cuxa,

licor de fabricación casera. Originalmente, esta bebida la hacían de panela con maíz, cebada u otro cereal, en ollas de barro. Pero con el empobrecimiento acelerado de las últimas décadas y la penetración industrial, la cuxa se comenzó a fabricar en toneles de metal oxidable, fermentándola con substancias químicas que acortan el tiempo de preparación. Esto ha sido dañino para la salud colectiva porque se abusa en el uso de dichos recursos,

sobre cuyo manejo y riesgos no se tiene el conocimiento ni el control necesarios. Por otra parte, el consumo de

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licor se multiplicó a partir de los años ochenta, cuando las desapariciones, las masacres y los traumas derivados de ellas afectaron a cientos de comunidades indígenas. Entonces ya no sólo los hombres sino también las mu­ jeres y los jóvenes se alcoholizaron. Supe de numerosas personas que fallecieron por consumir en exceso la cuxa fermentada con químicos. Pero la gente decía que había que beber para olvidar las matanzas y los sufrimientos y que había que gozar las fiestas porque a lo mejor iban a morir pronto en manos del ejército. Pero también conocí, por narraciones de sus protago­

nistas, destellos de lucha de mujeres indias por abrir cauce

a cambios en su vida. A finales de los años cincuenta,

por ejemplo, lograron sus primeras conquistas en el área de Santa Cruz del Quiché. Pequeñas a la luz de nuestras aspiraciones; inmensas a la luz de sus puntos de partida, pues quienes se lanzaron por su consecución debieron sufrir chismes —sobre todo de mujeres mayores —, mal­ tratos y palizas, así como realizar esfuerzos económicos. Entre esos primeros logros estuvieron los siguientes:

poder llevar el nixtamal al molino eléctrico y liberarse de su molida manual; poder arreglarse y peinarse todos los días y no sólo cuando iban a misa o al mercado; usar espejos para verse y arreglarse.

Entre 1964 y 1968 numerosas mujeres de Santa Cruz

y sus alrededores empezaron a participar en los clubes

de amas de casa impulsados por Desarrollo de la Comu­ nidad. Muchos esposos las apoyaron en este proyecto, pero no pocas debieron hacerlo a sus espaldas y algunas participaron en desafío abierto a la oposición de su pare­ ja. Los hombres que se oponían decían que sus mujeres no entendían e iban a descuidar sus responsabilidades

familiares. Pero en realidad era porque las celaban y no querían que salieran de la casa y participaran en activi­

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dades, mayormente si ellos no estaban presentes y sí lo estaban otros hombres. Sin embargo, la participación más significativa de las mujeres se dio alrededor de los años setenta, en las reuniones mixtas que realizaban los sindi­ catos campesinos de trabajadores migratorios. Ellas parti­ cipaban con entusiasmo, opinando sobre soluciones a los problemas que enfrentaban los trabajadores migratorios y sus familias. Mostraban mucha disposición a realizar todo tipo de tareas y eran portadoras de mayor combatividad que los hombres para reclamar, por ejemplo, la libertad de algún dirigente encarcelado. Destacaban por no mostrar miedo ante las autoridades civiles ladinas; querían dar su opinión y declarar a favor del detenido. Pero no hablaban español y alegando esa razón la autoridad, siempre ladina y monolingüe, no les permitía intervenir. Supe asimismo que a comienzos de la década del setenta, la Acción Católica incorporó a las mujeres a tareas fuera del hogar y de sus comunidades. Aunque la mayoría eran tareas tradicionalmente hechas por ellas y en función de eventos religiosos, les dieron la oportunidad de salir de la casa, visitar otras localidades, conocer a otras personas y proyectar su trabajo hacia la comunidad. Al principio numerosas mujeres no aceptaron, argumentando que no tenían permiso del esposo y no sabían si lo iban a obtener. Esta limitante y las quejas que algunas se atrevieron a exponer respecto al maltrato que recibían de sus maridos, llevaron a que las más audaces y lúcidas plantearan la necesidad de organizarse por sí mismas, independientemente de las actividades de Acción Católica. Apoyadas por la iglesia impulsaron un programa de radio que logró salir al aire durante un año aproximadamente. Se llamaba Voz de la mujer en el hogar y era dirigido y transmitido por mujeres indígenas en lengua quiché. Los temas abordados fueron: aseo personal, enfermedades de la

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mujer, valoración de sí misma, importancia de combatir el miedo a los hombres, los derechos de la mujer y recetas de cocina. El impacto del programa trascendió las expectativas

de las organizadoras.

Numerosas mujeres, incluso de aldeas lejanas, escuchaban el programa y se las arreglaban para mandar cartas de felicitación y de agradecimiento, así como solici­ tudes y preguntas sobre diversos temas. El programa era

un estímulo, una esperanza, una ventana al mundo; una compañía, una escuela para miles de campesinas disper­ sas en las montañas. Pero algunas mujeres, especialmente de edad avanzada, fueron beligerantes en expresar su desacuerdo con el programa. Consideraban que estaba divulgando ideas "malas" porque iban contra las costum­ bres, contra las obligaciones de la mujer y la autoridad del hombre. También afirmaban que no era honesto que mujeres hablaran por la radio y ante grupos de personas; que esas actividades correspondían a los hombres. Decían que, cuando más, las mujeres podían hablar en activi­ dades y temas religiosos. Unos hombres expresaron su desacuerdo con el tema de los derechos de la mujer ante

el hombre y la sociedad, "porque el hombre es la cabe­

za de la familia como Cristo es la cabeza de la iglesia."

Y hubo opositoras y opositores que fueron más lejos,

propagando que quienes impulsaban el programa eran prostitutas, que estaban dando mal ejemplo a las mujeres y que sus maridos no tenían los pantalones puestos. No

pocos hombres dijeron que el programa era responsable de que tuvieran que golpear a sus mujeres para que de­ jaran de escucharlo. Se generaron tantos problemas que

se vieron obligadas a suspender la emisión.

En las cabeceras municipales de la región ixil, al­ gunos hombres opinaban que para casarse preferían a mujeres de las aldeas, porque eran más trabajadoras, me­ nos exigentes y más sumisas que las del pueblo. Aunque

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formalmente se censuraban las relaciones sexuales extra- matrimoniales y el concubinato, éstos existían. Y como en tantas partes, se daban más de lo que se aceptaba abier­ tamente. El concubinato interétnico, especialmente entre hombre ladino y mujer indígena, era frecuente. No así el matrimonio interétnico. Numerosas mujeres desaproba­

ban estas relaciones. Las ladinas porque recelaban de las indígenas y veían en ellas una competencia desleal. Las indígenas porque las consideraban expresión del abuso

y utilización de los ladinos hacia ellas. Pero se aceptaban

socialmente si el hombre reconocía la relación, asumien­

do las responsabilidades económicas para con la mujer

y los hijos que tuvieran. Los hombres ladinos veían tales

relaciones no sólo con tolerancia, sino con complacencia. Incluso las consideraban muestra de hombría. También conocí casos de poligamia de hombres ladinos e indígenas, quienes mantenían a cada una de sus esposas y proles en el mismo pueblo. La poligamia en la zona ixil era tolerada si el hombre asumía la responsabi­ lidad económica de mantener a cada núcleo familiar. Y hacerlo era factor de prestigio social. Y entre los indíge­ nas ricos había algunos que tenían amantes ladinas o se casaban con ellas. En estos casos, los hombres impedían que sus hijos hablaran el idioma indígena y que usaran el traje correspondiente a su grupo étnico. La violación de mujeres indias a manos de hombres ladinos era frecuente en la zona ixil. Y generaba amargura,

rabia y odio entre los afectados. Pero no se denunciaba por razones obvias: los violadores eran los poderosos de la zona y la denuncia sólo acarrearía mayores problemas

a la víctima y sus familiares. Había ladinos ricos, como

Enrique Brol en Nebaj, famosos por la cantidad de hijos que engendraron con mujeres indígenas. Se valían de la fuerza, el chantaje, el engaño y la miseria de la gente. Cuando se establecieron destacamentos militares en la

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zona las violaciones se multiplicaron, especialmente contra mujeres cuyos familiares hombres migraban para trabajar o eran perseguidos. Como fenómeno social, hasta donde pude observar

y averiguar, en el primer lustro de los setentas no existía

prostitución en la región. Alguna vez supe de una mujer chajuleña que discretamente ofrecía a una hija jovencita

y a una mujer adulta a hombres que no eran del lugar a

cambio de unos centavos. Y en Nebaj conocí a una joven ladina que ejercía la prostitución abiertamente. Originaria de otra parte se había instalado allí con su madre y con su pequeño hijo a comienzos de esa década. Los hom­ bres interesados la visitaban en su pequeño cuarto que daba directamente a la calle. Sólo la frecuentaban ladinos

empleados temporalmente en la región y guardias de Hacienda. Por ese tiempo no había destacamento militar todavía. Por fuerana, ladina y prostituta era segregada y

carecía de relación social alguna. Conversé con ella varias veces, pues pasaba frente a su cuarto, en cuyo exterior se paraba largos ratos. Vivía miserablemente y era una mu­ jer triste. No se maquillaba y vestía como cualquier otra mujer pobre del pueblo. Se alegraba cuando me detenía

a platicar con ella y me demostró su gratitud por hacerlo.

Se sentía sola y mal, pero veía con fatalidad su vida. Supe que años después, cuando se instaló un destacamento militar en el poblado, se hizo informante del ejército. Pa­ radójicamente, al poco tiempo fue torturada y asesinada por los militares. Alguna vez supe también que, de cuando en cuando, llegaban hombres o mujeres desconocidos buscandojovenci- tas para llevarlas a trabajar a la capital. Ofrecían colocarlas como sirvientas en casas capitalinas. Pero en realidad las conducían a burdeles donde los propietarios les pagaban

por llevarlas. Sin embargo, la información era vaga. Me enteré, asimismo, que a finales de los años sesenta había

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varias mujeres indígenas que en Santa Cruz del Quiché ejercían el comercio carnal. Eran señoras abandonadas, separadas o viudas que vivían con sus hijos y llevaban una vida normal en el pueblo. Pero discretamente introducían hombres en sus casas a cambio de dinero. Entre ellos se sabía quiénes eran o ellas contaban con mujeres que les conseguían clientes. Pero no había bares, burdeles ni prostitución callejera o profesional. Sé que, posteriormente, con la presencia militar y la acción contrainsurgente del ejército la vida de la región se trastrocó; que su acción punitiva conllevó violaciones masivas durante años; que numerosas mujeres, viudas o huérfanas a causa de la represión, fueron objeto de abusos sexuales por parte de la tropa y de hombres de la zona organizados en Patrullas de Autodefensa Civil; que de esas relaciones resultaron cientos de embarazos e hijos no deseados. Y que al poco tiempo de haber comenzado las masacres y la tierra arrasada en el altiplano surgió la pros­ titución callejera de mujeres, jovencitas y niñas indígenas en la ciudad de Guatemala y en otras partes del país. Por los días en que nos instalamos en la zona ixil un militante indígena, miembro del destacamento, volvía de la capital a dicha zona. Se trasladaba en autobús público en compañía de una militante ladina, quien se integraría a la guerrilla. Veterana de los años sesenta, tendría alrede­ dor de 35 años. Era rubia, de ojos azules y robusta. Salvo ella, en la camioneta todos los viajeros eran indígenas. Llevaban buena cobertura en caso de topar con un control militar u otro problema de seguridad. Y el compañero conocía la zona y sabía las condiciones para moverse con relativa seguridad en ella. Sin embargo, cuando llegaron al final de la ruta, unos comerciantes ixiles que hacían también el viaje se aproximaron al guerrillero. Al igual que ellos, el compañero tenía dientes de oro, reloj de pulsera, buena ropa y pasaba de treinta y cinco años. Creyéndolo

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uno de su oficio le preguntaron en tono confidencial:

"¿Tu mujer?" —refiriéndose a la compañera —, "Sí" res­ pondió seguro nuestro compañero, hombre avezado en situaciones imprevistas y sabedor de que ninguna mujer se movía por ahí con un hombre que no fuera su marido. "¿Cuánto te costó?" le preguntaron entonces los curiosos. Pero el veterano de la lucha y fundador del destacamento no estaba al día en el precio de las mujeres. Y sus pará­ metros para valorarnos habían cambiado hacía muchos años. Sin embargo, para no denotar una forma de pensar distinta en momento tan delicado, se aventuró a decir que le había costado doscientos quetzales. Pero no tardó en escuchar un comentario inesperado: "Te jodieron, mano", le dijeron. "¡Si están a sesenta, hombre, y puras patojas!". Disimulando su incomodidad, él se despidió de ellos. Luego, ambos acomodaron sus pertenencias y

a paso rápido se perdieron por las callejuelas del lugar. Caía la noche y les aguardaban largas horas de marcha nocturna. El comienzo en la zona no fue alentador para la militante. Por nuestra parte recorrimos diversas aldeas de la

zona ixil. Debimos hacerlo a pie, pues era la única manera de desplazarse en esas montañas. En cierta oportunidad íbamos una compañera de la organización, mi compañero

y yo hacia la aldea Cocop, al este de Nebaj. Cuando había­

mos caminado un buen trecho, nos detuvimos en la tienda de un paraje. El tendero era un anciano indígena. Pedimos aguas gaseosas y procedimos a beberías. Mientras nos refrescábamos, dirigiéndose al compañero el señor le preguntó si nosotras éramos sus esposas. Él respondió que una era su esposa y la otra una amiga de los dos. Pero el señor se rió denotando incredulidad y repitiendo que ambas debíamos ser sus esposas pues, de lo contrario —observó—, no andaríamos con él por esos lugares. Luego de otra negativa con la consabida

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explicación, el compañero desistió de persuadirlo y se dedicó a saciar la sed. Sin embargo, el anciano continuó la plática: "vendeme una" le dijo serio. Su interlocutor, algo molesto, le respondió que no, porque las mujeres no se venden ni se compran. El señor, como si nada, le insistió persuasivo: "vendeme una". Entonces el compañero, ya en plan de bromear, le dijo que estaba bien, pero que quería saber qué le ofrecía a cambio. "Ese gallo que anda allí" respondió, señalando un hermoso gallo colorado. Ese era nuestro valor de cambio, pues no éramos vírgenes ni menores de veinte años. Y el hecho de ser ladinas, sanas

y todavía en los veinte no aumentaba nuestro valor ante

ese viejo ixil. Mi marido, señalando a nuestra compañera,

le dijo al hombre que se la daba. Pero el anciano, al tiempo

que me volteó a ver, replicó de inmediato: "No, vendeme la otra". Por ver hasta donde llegaba el campesino, mi compañero le respondió: "Te engañaría si te doy la que

querés, porque seguro se te va y sólo vas a perder tu gallo". Pero el anciano se rió a carcajadas y le dijo taimado y

no se va. Mujer nueva como gallina nueva: la

amarrás bien a un palo y así le das de comer por varios días hasta que se acostumbre. Con el tiempo la soltás y seguro que se queda". Y continuó diciendo, siempre dirigiéndose al compañero, cómo las mujeres somos buenas frazadas para el frío; que para chamarra del hombre servimos. El trabajo revolucionario me parecía progresivamen­ te más complejo y urgente por cualquier lado que lo viera

y el sistema imperante irremediablemente putrefacto.

Pero al mismo tiempo veía lo difícil y prolongado de todo cambio que significara justicia, humanización, felicidad. Dolorosamente comprobaba que varias generaciones de mujeres compatriotas estaban condenadas a seguir su­

friendo, porque no alcanzarían a vivir su emancipación. Si mucho algunas vivirían parte de la lucha por la libe­ ración de futuras generaciones. La gesta revolucionaria

seguro: "No

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estaba llena de contradicciones y altibajos, pues éramos hombres y mujeres formados en el sistema a transformar quienes impulsábamos la lucha. Y las mujeres éramos muchas veces portadoras de ideas y prácticas opresivas hacia nosotras mismas.

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PRUEBAS DE FUEGO PARA EL CORAZÓN

En abril de 1975, meses antes de incorporarme al desta­ camento guerrillero de las montañas del noroeste, la organización me orientó viajar a la ciudad de México

y permanecer en ella varios meses. Debía contribuir en

la captación de relaciones políticas y solidarias cuando nuestra organización todavía estaba en el anonimato. Y también colaborar en la formación política de compatrio­

tas, la mayoría mujeres con hijos, que se integrarían en breve al trabajo en el interior. Diferentes circunstancias de índole familiar, derivadas de la persecución o asesinato de sus padres o esposos, las habían llevado a vivir lejos de Guatemala. Pero estaban al tanto de la realidad del país, querían volver al terruño y eran receptivas al mensaje revolucionario de nuestra organización. Me despedí de algunos familiares, arreglé maletas con lo indispensable y partí llevando conmigo a mi peque­ ño hijo. Llevaba instrucciones de hospedarme en un hotel determinado, en donde me buscarían los próximos días. No llevaba ninguna referencia más, ni conocía a persona alguna en el país vecino. En esta nueva etapa trabajé bajo la dirección de un veterano de la lucha revolucionaria. Era el compañero Antonio Fernández Izaguirre, quien había sido dirigente estudiantil, activista político y escritor en los años del gobierno democrático de Jacobo Arbenz. En aquel enton­ ces también dirigió el periódico Vocero Estudiantil En la década de los sesenta participó en la resistencia urbana

y luego fue fundador del Ejército Guerrillero de los Po­

bres. Estuvo entre los quince compañeros que integraron el destacamento que se asentó en el norte del Quiché en 1972. Había sido destinado a México para desarrollar el

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trabajo de solidaridad. Se trataba de un compañero con amplia cultura, de pensamiento político y revolucionario profundo, respetuoso de todos nosotros. Su modo de ser era sencillo, discreto, austero; le gustaba la poesía y la música clásica. Su lugar de origen era Cuilco, remoto muni­ cipio del departamento de Huehuetenango. Lo conocí acompañado de su esposa y de sus pequeñas hijas. El 4 de junio de 1981 fue detenido y desaparecido en un operativo

de inteligencia en la costa sur. Se pretendió hacer creer

que había caído por errores operativos elementales en un retén militar. Pero obviamente se debió a otras razones:

trabajo de infiltración en nuestras filas o traición de algún

miembro de la organización. Meses antes de partir, aunque habíamos seguido trabajando como equipo para la organización, mi com­

pañero y yo habíamos roto nuestra relación de pareja. Con esa ruptura terminaban cinco años de matrimonio entre nosotros. Nos habíamos conocido meses antes de

mi graduación como maestra, participando en activida­

des de formación y proyección social en "El Cráter", una agrupación de jóvenes dirigida por religiosos que, a partir

de la doctrina socialcristiana, estudiaba la realidad social

del país. Él tenía las mismas inquietudes sociales que yo,

estaba próximo a concluir sus estudios universitarios y

trabajaba. También me apoyaba en las diversas activida­ des que yo desarrollaba. Así que compartiendo aspiracio­ nes sociales y manteniendo cada uno espacios propios, la relación se estableció y avanzó. Nuestro casamiento fue un dolor de cabeza para

mi familia. Aunque tenía amistades y me relacionaba

socialmente con numerosas personas, no anuncié mi ca­

samiento ni invité a mis amistades. Quise algo diferente

de lo que es la costumbre, evitar gastos a nuestras fami­

lias y ahorrar dinero para viajar de inmediato a Europa,

donde mi compañero estaba becado. Así que realizamos

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nuestro matrimonio en una capilla modesta sin decorados, sin música y sin trajes de boda. Sólo nos acompañaron familiares muy próximos. Cumplimos con lo esencial de las leyes religiosa y civil, sin las convenciones sociales. Respeto y comprendo a quienes recurren a ellas, pero a mí me son ajenas. A lo largo de nuestra relación compartimos experien- cias felices, pero también tuvimos dificultades que finalmente condujeron a la ruptura definitiva. Así que el viaje a México no sólo era una tarea más que asumía con responsabilidad, sino que lo consideraba oportuno en el aspecto personal. Necesitaba estar lejos de mi excom­ pañero y de la familia, especialmente porque los meses siguientes al rompimiento fueron conflictivos, dolorosos, desagradables. Las tareas en México eran de carácter temporal para mí, porque me habían asignado a la montaña, modalidad de militancia a la que siempre había aspirado. De ahí que emprendiera el viaje con entusiasmo y tranquilidad. En México mis jornadas de trabajo pronto fueron agotadoras. Cumplía tareas que implicaban visitar diver­ sas personas, estudiar y preparar reuniones; realizaba ejer­ cicios físicos para estar en condiciones de incorporarme a la guerrilla; compartía tareas domésticas en la casa donde vivía y atendía a mi hijo. A él lo llevaba conmigo a todas partes. Pesaba entonces más de 25 libras y yo tenía una mochila especial para llevarlo a la espalda y acomodar su ropa y alimentos del día. Pero cargarlo de siete de la ma­ ñana a siete de la noche diariamente resultó agotador para ambos. Nos movíamos en una ciudad grande y siempre en autobuses y metro repletos de gente. Por las noches, luego de bañarlo, darle de comer y acostarlo, lavaba los pañales y preparaba el trabajo del día siguiente. Vivíamos siete personas —cuatro adultos y tres niños— en un apartamento de dos dormitorios en la co­

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lonia Roma. Sobrevivíamos todos con el salario de una compañera, quien trabajaba de secretaria en una oficina. Ella era viuda de un revolucionario de los años sesenta, secuestrado por el ejército frente a ella y sus pequeños hijos, una noche lejana en la ciudad de Guatemala. Tortu­ rado y asesinado apareció días después en el oriente del país. Traumada por el acontecimiento y temiendo por sus hijos, viajó al exterior. Había sido bailarina y en giras de

su grupo conoció diversos países; también era maestra de educación primaria. Pero las vicisitudes del exilio la lleva­ ron a emplearse varios años como obrera en una fábrica. Cuando la conocí, sus hijos salían de la adolescencia y me llamó la atención la forma como se relacionaba con ellos. Había amor inmenso unido a respeto, confianza y amistad. Entre ellos no habían tabúes ni secretos. Eran relaciones de estable suavidad y sencillez que se mantuvieron en los años posteriores, aun en el marco de una situación familiar

y económica muy difícil, dramática no pocas veces. Pero

nunca les escuché quejas ni reclamos a la vida militante

a la que los tres se entregaron por años. Ejemplarmente

los supo encauzar por el camino revolucionario y el amor

a Guatemala. Ha sido una mujer eficaz y valerosa en

sinfín de tareas operativas de alto riesgo. Con firmeza y modestia ha pasado las pruebas del fuego, la prisión y la tortura; así como aquellas de las inacabables tareas grises que conlleva una militancia prolongada. En los días de México nuestra colectividad consistía en cinco adultos, dos adolescentes y cinco niños meno­ res de seis años. Nos vestíamos fundamentalmente con ropa usada que nos proporcionaban algunas relaciones. Nuestra alimentación era frugal, debido a la estrechez económica, aunque tomábamos leche en abundancia, la cual nos era donada por una colaboradora. Llevábamos una vida sencilla y laboriosa con paseos dominicales en los parques de la ciudad.

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Ante mi cúmulo de trabajo, una de las compañe­ ras y los dos jóvenes —un hombre y una mujer— me ayudaron una temporada con el cuidado del niño. Pero ellos también necesitaban tiempo para estudiar y realizar otras actividades. Así que al cabo de algunas semanas, el

responsable del grupo me comentó que había una familia obrera que estaba en disposición de cuidar a mi hijo. La propuesta era que él viviera con ella de lunes a viernes y yo lo tuviera el fin de semana. Le manifesté mi acuerdo y

al día siguiente me acompañó a la casa de dichas personas.

Fue así que conocí a una familia y a un barrio obrero de

la ciudad de México, pues las relaciones que yo atendía eran intelectuales que vivían en zonas residenciales al sur de la ciudad.

Se trataba de una familia extensa y muy pobre. Vivían juntos abuelos, hijos e hijas casados y nietos. En un espacio pequeño habían construido, poco a poco y con materiales diversos, varios cuartos que daban a un patio común. En éste corrían aguas negras a flor de tierra y se criaban juntos niños y animales domésticos. Cuando vi aquel cuadro de pobreza sentí algo terrible de sólo pensar en dejar a mi hijo allí. Temía que enfermara entre aquella promiscuidad y falta de higiene. Había diez niños entre hermanos y primos; el mayor no pasaba de ocho años. Mi hijo sería el más pequeño, el número once. Durante el día permanecían al cuidado de la abuela Sara y de Carmen, su hija menor, quien tenía dieciséis años y asistía a la escuela por las tardes. La familia sabía que éramos revolucionarios guatemaltecos y por eso se solidarizaba con nosotros. Se mostraron felices cuando llegamos y nos invitaron a comer con ellos. Pasamos el día juntos. No sólo no esperaban ni aceptaron ayuda económica alguna por los gastos que mi hijo les ocasionaría, sino que deseaban saber exactamente qué quería que le dieran de comer, cuáles eran sus horarios

y mis costumbres para cuidarlo. Yo estaba sufriendo un

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choque interno con la realidad material que veía; pues fue hasta ese momento que me di cuenta que una cosa era mi disposición personal a enfrentar esas y peores condiciones de vida en aras de la revolución, y otra estar dispuesta a someter a mi hijo de año y medio a ellas, sobre todo sin estar a su lado. Sentí que el mundo se me caía encima, pero hice esfuerzos enormes —los suficientes para tran­ quilizarme y no denotar temores—, y traté de razonar con sensatez. Les manifesté lo mucho que valoraba su solidaridad, que agradecía su apoyo y que atendieran a

mi hijo exactamente igual que a los demás niños. Y por

dentro me decía persuasivamente: "Si estos diez pequeños chorreados y vivaces están bien, ¿por qué no lo habría de estar el mío?". Sin embargo, al caer la tarde me despedí y

alejé de la vivienda con un nudo en la garganta. Era la prueba más dura a la que me sometía hasta ese momento de mi vida. Podía haberla rechazado, pues no

era una obligación sino una propuesta. Las otras compa­ ñeras vivían con sus hijos pequeños al lado y si mis tareas eran más, o yo asumía mayores compromisos, era porque tenía capacidad y disposición para hacerlo. Y de ninguna manera porque me las exigieran o me presionaran. Ha habido diversas formas de participar en el movi­ miento revolucionario. Se podía colaborar periféricamen­

te, asumiendo tareas que permiten llevar una vida familiar

y laboral normal, por ejemplo. Aunque las contingencias

de la lucha podían dar al traste con tal estabilidad en

cualquier momento. Pero la necesidad de que hubiera militantes profesionales —dedicados constantemente a la organización, que acumularan experiencia en diversos campos del trabajo, que asumieran tareas y funciones que requieren disponibilidad permanente, que antepusieran las necesidades de la lucha a las propias— caía por su peso. Si los proyectos políticos que se desarrollan den­ tro del sistema y que disponen de recursos abundantes,

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necesitan un contingente de partidarios profesionales, la causa revolucionaria los necesita en mayor número, tiempo y dedicación. Cada quien decidía la modalidad que quería según su disposición y posibilidades. Sin embargo, era una tradi­ ción que las mujeres fuéramos casi siempre colaboradoras. Una especie de retaguardia de los padres, los hermanos, los novios, los maridos, los hijos y hasta los amigos. Y las formas de colaborar se reducían, salvo excepciones, a rea­

lizar tareas domésticas, mandados y compras para núcleos de militantes; a criar y educar a los hijos propios y ajenos;

a escribir a máquina, reproducir y trasladar materiales

escritos; a cuidar enfermos y heridos; a trasladar mensajes

y encubrir actividades que otros realizaban. No desprecio

esas tareas. Al contrario, sé que son necesarias y las valoro profundamente. Y es estimulante que numerosas mujeres

y hombres las hagan en función de la causa popular y

revolucionaria. Pero yo no aspiraba a esa perspectiva. Y

la posibilidad de militar manteniendo a los hijos consigo

no sólo lleva riesgos calculados de caer en manos de los cuerpos represivos junto con nuestros seres más queridos, sino que me parecía una decisión injusta, incluso egoísta para con mi hijo. Pues la militancia revolucionaria en las condiciones de clandestinidad y confrontación que se Kan impuesto en Guatemala es muy dura. Más tempra­ no que tarde se convierte en inestabilidad habitacional y laboral, en desplazamientos geográficos, en actividades que chocan con la dinámica familiar y social habitual. Además somete a los niños a una disciplina estricta por razones de seguridad; y a desatenciones de nuestra parte, forzadas por las prioridades del trabajo organizado. Si tal régimen de vida es difícil para quienes lo asumimos conscientemente, ¿cómo no lo va a ser para nuestros ni­ ños? No quería ese régimen de vida para mi hijo, preferí buscarle otras alternativas y correr otro tipo de riesgos.

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Sin embargo, la forma en que los militantes resolvemos la situación y perspectiva de nuestros hijos es una deci­ sión personal. Cada quien procede como puede y mejor le parece. Y respecto a ello existen tantos puntos de vista como padres, circunstancias y etapas de la lucha hay. Todavía me estremezco cuando me recuerdo de esos momentos. Me dolió y me costó mucho esa decisión, pero no dudé en tomarla. No lo lamento ni me arrepiento. En circunstancias similares lo volvería a hacer. Para mí era una cuestión de consecuencia militante desde cualquier ángulo que la enfocara. A mi niño también le costó adap­ tarse. La primera semana, aunque comió bien, lloraba mucho por las noches y se bajaba de la cama que compar­ tía con varios niños. Entonces se refugiaba debajo, en un rincón donde dormían unos perritos. Allí lo encontraban por las mañanas. La familia me lo dijo preocupada el primer fin de semana que llegué por él. Si bien me causó mucho pesar, mantuve la decisión de que siguiera con ellos, en la medida que estaban dispuestos a probar otro tiempo. Por mis estudios sabía que todo cambio implica un período de adaptación y conocía el límite normal para un niño. Pensé que sólo si mi hijo lo rebasaba tomaría la decisión de regresarlo conmigo y plantearía una reducción de actividades. Pero no fue necesario. En el curso de la segunda semana dejó de entristecerse, durmió en la cama colectiva y se integró al grupo familiar sin reservas. Se llenaba de felicidad e impaciencia cuando me veía llegar a recogerlo; pero se quedaba tranquilo y jugando cuando lo regresaba. Al concluir mi estancia en México lo recogí definitivamente. Se habían encariñado con él y me pedían que se los dejara, con mayor razón si en breve yo me iría para la montaña. Él también era afectuoso con ellos y había adquirido la maña de que si no era el primero a quien la abuela besaba al volver del mandado, le armaba teatro. Durante esa temporada se desarrolló mucho: aprendió

a jugar en grupo, a defenderse cuando lo agredían; a correr, a subir y bajar pequeñas gradas; empezó a tomar café y a comer poquitos de chile con tortilla, alimentos que no figuraban en su dieta anterior. E imitando a los mayorcitos, dio por pedir dinero para comprar dulces en

la tienda del barrio. No se enfermó para nada y lo recogí

tan gordito y risueño como lo había llevado. Bastó una dosis de antiparasitario para que sacara las lombrices de

la

panza. En esta experiencia, como en muchas otras antes

y

después, comprobé la constante de generosidad y

solidaridad de las familias trabajadoras, sin distingo de fronteras ni grupos étnicos. Rasgos sólo comparables en

su

magnitud con la pobreza en que viven. Años después

la

militancia me llevó de nuevo a México y acompañada

de mi hijo quise visitar a esta inolvidable familia obrera.

Pero en la transformada ciudad de doce años después,

mi memoria no fue capaz de localizar la vivienda. Varias

veces me dirigí al área y recorrí las calles conocidas sin éxito. Posteriormente averigüé que la familia se había dispersado hacía años y que ninguno de sus miembros

vivía más en esa dirección. Cuando el viaje de regreso a Guatemala fue in­ minente, pedí a mis padres que viajaran a encontrarse

conmigo en México. Ellos atendieron mi llamado con prontitud. Entonces les expliqué mi compromiso revolu­ cionario, pero les dije que trabajaría en el exterior para que

se

preocuparan menos. Y les pedí que se hicieran cargo

de

mi hijo por dos años. Ellos sabían que el papá estaría

cerca y que lo atendería con cariño y responsabilidad;

pero tenía las limitaciones propias del trabajo remunerado

y

de la militancia. Por eso necesitábamos de su apoyo.

Y

yo me sentiría más tranquila si se quedaba con ellos,

cerca de su papá y en nuestro país. El plazo de dos años

lo establecí a partir de mi idealismo de entonces. Si bien

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me parecía una eternidad en el plano de la relación con el niño, también me parecía una pequeñez en comparación

con las necesidades de la lucha y del pueblo trabajador de

mi país. Ingenuamente creía entonces que en ese tiempo,

más o menos, la revolución habría cobrado fuerza y estaría

en las puertas del triunfo. O que, por lo menos, habrían

tantos militantes que yo podría conciliar la militancia con la familia. De manera que retomaría el cuidado de mi hijo para no separarme más de él.

Mis padres se volvieron al país terriblemente tristes por esa nueva separación que yo determinaba; y por la perspectiva de vida por la que me veían optar. Les daba terror que algo me sucediera. Sin embargo, mi papá me dijo que se sentía orgulloso y que saludara los compañe­ ros de su parte. Aunque preocupada por el dolor de mis papás, esa y muchas veces más en los años posteriores permanecí serena y segura de lo que hacía. Confiaba en que se repondrían con el tiempo y me alegraba que mi hijo estuviera cerca de su papá, quien lo quería y extrañaba mucho. Una semana después de despedirme de ellos en México, volví discretamente al país y me alojé en una casa

clandestina. Estando allí, el padre del niño me lo llevó para que lo tuviera conmigo los dos últimos días de estancia en la ciudad. Nos separamos con alegría, como lo haríamos

en adelante después de cada encuentro.

Al progresivo alejamiento de mi medio social años atrás, se sumó mi ruptura con todos los lazos familiares. Hacia ninguna de esas separaciones me animaron senti­ mientos de rechazo o desapego. Al contrario, dejaba un mundo donde había sido feliz y privilegiada. Renunciaba a mis seres más queridos, a las amistades y a numerosas personas apreciadas sin despedidas ni explicaciones. Personas por las cuales mis sentimientos de afecto siguen

intactos a la vuelta de los años. Pero para entonces mi identificación y compromiso con los sectores populares

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y la organización pesaban más en mi conciencia. Sin em­

bargo, eventualmente me sorprendo pensando en lo feliz que sería encontrarme de nuevo con familiares y amigos. Quién sabe cuáles sean sus recuerdos de nuestra relación; quién sabe si todavía piensen en mí. Pero me gustaría

verlas. En todos estos años no me comuniqué con ellas; podría haberlo hecho, pero temía exponerlas o generarles inquietudes a las que no podía responder. Estando activa en el movimiento revolucionario, especialmente cuando estas personas no lo sabían, me parecía una impruden­ cia que podría acarrearles problemas. Por eso opté por romper de tajo, a sabiendas del dolor, la incomprensión

o el desconcierto que ello significó para no pocos. Y tam­

bién asumí con plena conciencia las implicaciones que representaba dejar un hijo pequeñito. Nuestro drama y nuestros problemas no eran mayores ni más importantes que los del pueblo al cual me debo. Pero esas rupturas fueron y siguen siendo dolorosas. Si las realicé y las mantengo es porque las características de mi experiencia militante y las circunstancias políticas de mi país así lo aconsejan. A la fecha han pasado die­

ciocho años de separación. Los dos años iniciales se han multiplicado por muchos. Mi padre no supo que había vuelto al país, y mucho menos que estaba en la montaña, aunque vivía la incertidumbre de mi ubicación. Murió nueve meses

después de nuestra despedida, a la edad de cincuenta y ocho años. Estuvo hospitalizado de gravedad varios días,

y no lo supe porque la familia no podía localizarme. Al

poco tiempo de su deceso, una de mis cuñadas murió en un accidente automovilístico. Además del dolor que esta nueva pérdida representó para, la familia, para mi mamá implicó hacerse cargo temporalmente de cuatro nietos me­ nores de tres años, incluido mi hijo. Esto le hizo más difícil asimilar mi distanciamiento y militancia política. Además

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debió enfrentar esa responsabilidad por varios años sin tener el pensamiento ni la compañía de mi padre. Creo que ella también albergó la esperanza de que yo volviera a ver al niño, a quedarme con él. Pero los años pasaron y no pude hacerlo. Los acontecimientos se desenvolvieron con tal complejidad y vertiginosidad que mi compromiso militante se profundizó de igual forma. Mi hijo ha crecido lejos de mí ininterrumpidamente. Actualmente es un hombre y forja su destino a través del

trabajo, del estudio y de sus propias aspiraciones. No ha heredado ningún recurso material ni financiero de sus pa­ dres ni de familiar alguno. Depende de su propio esfuerzo para salir adelante. Sé que le está costando, pero me siento orgullosa de él. Hasta donde me ha sido posible he estado

al tanto de su vida, salud y vicisitudes; aunque no ha po­

dido ser con la frecuencia deseada. A dieciocho años de haberme separado de él creo que ambos hemos sido afortu- nados. Tanto ha sido así por su desenvolvimiento positivo en todos los aspectos básicos, como por el sinnúmero de personas —conocidas y desconocidas, revolucionarias

o no, compatriotas y extranjeras — que le han brindado

cariño, cuidados, alegrías y bienestar material. Es más, siento un profundo agradecimiento hacia todas ellas, pues además de darle lo que yo no he podido, le han infundido respeto y cariño por mi persona; o cuando menos, se han reservado ante él sus propias opiniones. Creo que tengo un hijo que ha sabido ser fuerte ante la adversidad que le ha tocado vivir; que ha sabido darse a querer y adaptarse a muy diversas y difíciles si­ tuaciones; que ha estudiado lo suficiente para cursar sus estudios sin retrasos, a pesar de los cambios de familia, escuela, país, idioma y calendarios escolares. Y, al mismo

tiempo, ha sido cariñoso y respetuoso conmigo, aunque con las contradicciones y altibajos propios de nuestras

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circunstancias. Nuestros breves y ocasionales encuentros han sido felices y las despedidas naturales, como si nos fuéramos a encontrar de nuevo en pocas horas.

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UNA MAÑANA DE OCTUBRE

En el viaje que emprendí hacia el altiplano noroccidental días después no fui de piloto como en otras ocasiones, sino de acompañante; y sería yo quien descendería del vehículo en algún punto. Conducía un viejo amigo, compañero de inquietudes sociales y peripecias contestatarias desde los años estudiantiles. Nos habíamos incorporado al EGP en la misma época. Él provenía de una familia oriental, de raigambre campesina y comerciante, allegada al MLN, el partido anticomunista más caracterizado. Pero emigró a la capital para realizar estudios universitarios y se había graduado hacía poco tiempo. Instalado definitivamente en la urbe, él y su compañera optaron por el camino de la lucha revolucionaria. Eran muy pocos los que, proviniendo de las ciu­ dades, se incorporaban y persistían en la montaña. Los pocos que lo hacían generalmente permanecían algunas semanas, o meses a lo sumo. No lograban adaptarse a los rigores de la lucha en esas latitudes; y tampoco soportaban la lejanía de sus seres queridos y de la vida citadina. Pero en la montaña había múltiples tareas y actividades que era necesario desplegar y en las cuales podía colaborar. De ahí que estuviera determinada a pasar las pruebas que fueran necesarias como militante y como mujer. Esa vez llevábamos un lote de armas largas que tenían el mismo destino que yo: el destacamento. Debíamos pasar un puesto de control militar y para esa fecha ya habían tenido lugar las primeras acciones político-militares públicas en El Ixcán y Los Cuchumatanes. íbamos tranquilos pero silencio­ sos. Cuando llegamos al retén nos detuvieron como era usual con todo vehículo que pasara, especialmente en horas de oscuridad. Preguntaron a dónde íbamos y, sin pedir que

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descendiéramos o abriéramos el vehículo, alumbraron y

observaron su interior por las ventanillas. Nos dieron paso

y

continuamos nuestro camino. Era época de lluvias, pero ese día estuvo despejado

y

la noche se presentó sin amenazas de agua. Cuando

estuvimos próximos al lugar de contacto me quité los

zapatos, me puse dos pares de calcetines y luego botas de hule. Estas eran el calzado que mejor resultado daba en

las andanzas del destacamento; a la vez tenía demanda

entre la población de la región porque eran resistentes y baratas. Inmediatamente acomodé mi equipo, incluida una mochila, dentro de una sábana maletera y le coloqué

a ésta un mecapal de cuero. La primera parte de la mar­

cha sería en área poblada y, si bien era hora en que todos duermen, ocasionalmente se encontraban por los cami­

nos comerciantes ambulantes, trabajadores migratorios

u otras personas. Por eso debía vestirme como lo hacían

los campesinos indígenas de la zona y cargar a la usanza

local. Revisé mi arma, una escuadra 45, y la coloqué en

mi cintura, escondida bajo la camisa. La llevaba cargada

y con seguro. En el cinturón de cuero colgué un machete

envainado. Poco antes de llegar al punto de desembar­ co, observamos las señales que significaban proceder. Respondimos a las mismas y continuamos hasta el lugar

exacto. Allí el compañero detuvo el vehículo, apagando motor y luces. Descendimos rápidamente, tomé el equi­

po y me alejé unos metros hacia donde no fuera visible

desde el camino. Simultáneamente el compañero sacó el armamento, mientras varios compañeros que estaban tendidos entre el monte se incorporaron silenciosamente. Terminado el descenso de la carga, quien me condujo al punto subió al vehículo y se retiró. No reconocí a ninguno de los compañeros con quienes me quedé y pronto me di cuenta que no eran miembros del destacamento, sino compañeros de la po­

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blación. Pues hablaban quedamente en ixil y, en lugar de trasegar las armas monte adentro y preparar con presteza las cargas, las tomaban de una en una y se las intercam­ biaban unos a otros en la misma orilla de la carretera. Tan próxima a ellos me encontraba que alcanzaba a distinguir que las contemplaban con admiración y emoción. Estaban tranquilos y platicando quién sabe qué en su idioma. Al ver que ninguno organizaba la retirada de punto tan peligroso, pregunté al que estaba más cerca quién era el responsable del grupo. En castellano me respondió: Taltu­ za. Pregunté dónde estaba este compañero y dirigiéndome a él, que también estaba embebido con el armamento, le dije que distribuyera el cargamento y emprendiéramos la retirada con prontitud. Y que más adelante, donde estuviera despoblado, nos detuviéramos a comer. Animadamente, Taltuza dio órdenes en ixil. Todos se repartieron la carga equitativamente, la protegieron del sereno y de las miradas extrañas y se la colocaron a mecapal sobre la espalda. Luego se formaron uno tras otro. Taltuza me ubicó al centro de la columna, próxima a él, y dio orden de emprender la marcha. Éramos alre­ dedor de doce. Sobre el mecapal llevaba, al igual que todos, som­ brero de petate de ala recta y cinta negra. Mi pelo largo iba recogido bajo la copa. Esa noche fue la primera de numerosas marchas en las que iría sola como mujer, como ladina y como capitalina. Casi siempre sobresaliendo del grupo por mi estatura. La organización en esas montañas era y sería eminentemente campesina e indígena. En esa oportunidad llevé como carga lo que serían mis bienes terrenales: un toldo, una hamaca y una mochila de popelina nailon; dos mudadas de ropa, un suéter y una chumpa livianos; un pequeño poncho de Momostenango; un paliacate, una gorra pasamontañas, una boina verde olivo y toallas sanitarias lavables; tres metros de plástico

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y dos bolsas grandes del mismo material; una linterna,

una lima para afilar; un plato y un pocilio de peltre; una cuchara de acero inoxidable; un cepillo de dientes, un peine y un encendedor recargable; dos agujas y un cono de

hilo nailon; dos cuadernos y un lapicero. También llevaba un reloj que mi padre me regaló la última vez que nos vimos y una navaja suiza, compañera inseparable desde mis años adolescentes de Muchacha Guía. Y mi equipo

militar: un cinturón, dos cartucheras con sus respectivos depósitos cargados, una funda para pistola, una brújula, equipo de limpieza de armas y la pistola que llevaba al cinto. Ya estando en la montaña elaboraría mi propio arnés

y recibiría una granada de mano y un fusil.

Debíamos avanzar en columna cerrada, sin encen­ der luz y sin hablar. Recorrimos una hondonada poblada de casas dispersas y dividida, de este a oeste, por un río pequeño. Los perros de las viviendas próximas a la vereda ladraban hostiles a nuestro paso. Al otro lado de la hoya alcanzamos la base de una gigantesca montaña, que en los mapas aparecía como una de las cumbres más altas de la región. Habiendo quedado atrás el área habitada, el responsable ordenó detener la marcha. Después de unos minutos la reanudamos por una senda que se veía transitada de siglos. Por trechos, de tanto uso, el suelo estaba hundido entre los altos bordes que indicaban el nivel original del piso. Esta parte de la marcha, toda en área despoblada, fue un ascenso constante y sin tregua, en un perfecto zigzag que comenzó al pie de la montaña y concluyó cuando alcanzamos la cima. Fue un tramo agota­ dor que iniciamos a 1,500 m SNM y que alcanzó su punto más alto pasados los 2,700 m SNM. Fueron alrededor de tres horas de marcha a paso lento, pero sostenido y sin parada alguna. Debíamos llegar a nuestro destino antes del amanecer y el tiempo apremiaba. Y aunque descansar normaliza la respiración agitada por el esfuerzo, el clima

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de esas latitudes enfría en cuestión de segundos el sudor, haciendo indeseable el descanso. En la cumbre sentimos un frío intenso, así que envueltos en la niebla emprendi­ mos el descenso por la vertiente norte de la montaña. En las pendientes la respiración recobra el ritmo normal, pero la tensión de las piernas, debido al cuida­ do de afianzar cada paso en graderíos irregulares y sin visibilidad, hacen que el esfuerzo físico sea tan grande como en los ascensos. Además, las piernas tiemblan por el cansancio acumulado y las sienes deshabituadas al mecapal, y la espalda a la carga, duelen crecientemente. Una hora después de haber iniciado el descenso llegamos a un área poblada. No distinguía sino algunas cercas, pero el ladrido de perros era señal de la proximi­ dad de viviendas. Minutos antes del amanecer traspasa­ mos una barda y penetramos en una casa de adobe y teja. Adentro había un fogón en el suelo y dos mujeres estaban a su alrededor. Una de ellas era indígena y dueña de la casa; la otra era mulata y militante organizadora. Mis compañeros de viaje depositaron sus cargas en el suelo, se despidieron ceremoniosamente y se dispersaron por múltiples veredas buscando sus hogares. Sólo entonces me percaté que todos eran hombres maduros, curtidos por el trabajo y los sufrimientos. En el preciso momento en que la compañera indígena me extendía una escudilla con caldo de gallina y tortillas calientes, amaneció en las afueras.

Con la compañera pasamos el día escondidas y alertas en un lugar discreto de la vivienda, para no per­ turbar la vida de la misma ni dar motivo a problemas de seguridad para sus moradores. Al poco tiempo de haber caído la noche, en la casa se presentó el compañero in­ dígena que me había conducido en la primera visita a la guerrilla un año atrás. Ahora trabajaba como organizador en la zona ixil y tenía la responsabilidad de conducirme

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a otro lugar esa misma noche. Él tomó parte de mi carga, nos despedimos de la gente de la casa y bajo una lluvia torrencial emprendimos camino. A paso rápido, sin encender luz y calladamente, bordeamos el poblado de Cotzal. Al detectar la aproximación de alguien debíamos escondemos entre el monte de los costados, y allí esperar a que el desconocido se alejara. La oscuridad y la tempestad mantuvieron en secreto nuestra presencia. Las armas, salvo las de uso nuestro, quedaron atrás. Serían transportadas en viaje separado por com­ pañeros de la población distintos a los que las habían llevado al punto anterior. En el nuevo lugar las recibirían miembros del destacamento. Luego de cinco horas de camino, llegamos a otra casa. Estábamos empapados y enlodados a pesar del plás­ tico con que nos cubrimos. Era la una de la madrugada y hacía frío intenso. En el corredor del frente nos esperaba, acuclillado junto a una fogata, el dueño de la vivienda. Su esposa y sus hijos dormían en la única habitación que había. Luego de saludarnos solícitamente, nos condujo junto al fuego para secarnos y para que nuestros cuerpos recobraran su calor. Nos ofreció refresco caliente que tenía en una jarrilla sobre el fuego. Se trataba de unos polvos industriales con sabor artificial que se vendían en sobres de papel. En la ciudad se tomaban fríos y azucarados al medio día o en horas de calor. Esa noche los tomamos calientes y sin azúcar. Una vez que nuestra ropa estuvo seca, el compañero nos guió a la troje, donde dormimos unas horas sobre tablas de pino. Había multitud de pul­ gas, pero el cansancio logró que conciliáramos el sueño a su pesar. El plan contemplaba que allí estuviera aguar­ dándonos otro compañero, miembro del destacamento y originario de la zona. Y que quien me condujo hasta allí se retirara de inmediato a otra parte. Pero ese compañero,

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nuevo recluta, no llegó. Preocupado, el cuadro organi­ zador no quiso retirarse y dejarme sin saber qué había sucedido con él. Temprano por la mañana apareció quien no había llegado a la cita. Se había emborrachado y llegaba en lamentable estado. Se acostó a dormir donde pudo y así pasó el día. Nosotros permanecimos quietos y silenciosos en la troje. Limpiamos las armas y mantuvimos el oído atento a cualquier sonido extraño o señal de alarma. Los compañeros de la casa realizaron sus actividades habi­ tuales y al atardecer le dieron caldo al compañero indis­ puesto. Luego mi acompañante habló con él. Se trataba de un joven fornido que dijo estar listo para emprender camino en cuanto cayera la noche. Así que reacomodé mi carga y me despedí de quienes se quedaban. El alcoholismo, mal profundamente arraigado en nuestra sociedad, era enemigo de nuestro esfuerzo emancipador. Durante varios años fue la causa número uno —durante más de cinco años la única — de caídas en manos enemigas, de fallas en el trabajo y de problemas de seguridad en la montaña. Llovía de nuevo, aunque levemente, y debíamos hacernos acompañar por un macho cargado con provi­ siones. Así que el guerrillero, cargando a mecapal por delante, jalaba al animal; y yo, detrás de ambos, cargada

a la vez con mis bártulos, arriaba a la bestia como podía. Atravesamos un plan sembrado de milpa y tomamos un extravío extraordinariamente empinado y lodoso. Resba­ lábamos una y otra vez mientras tratábamos de asirnos

a matas y raíces. Lo hacíamos a tientas, pues la regla de

oro seguía siendo no encender focos. Pero el macho, que nos desconocía a ambos, se resistía a caminar e insisten­ temente se atrancaba y trataba de volver hacia atrás. Era

el primero y único medio de transporte propiedad del destacamento. Había costado Q60.00 —lo mismo que

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una mujer joven— y estaba al cuidado del campesino cuya vivienda acabábamos de abandonar. Era prime­ ra vez que se le encomendaba transportar carga sin ir acompañado de su cuidador. Así que después de batallar infructuosamente con él y estando todavía próximos a la casa, el compañero me propuso que retuviera al peculiar

transporte conmigo, mientras él se volvía en busca de ayuda. Sentí la espera eterna porque sabía que la marcha requería varias horas de oscuridad para atravesar una zona densamente poblada. Al cabo de un rato aparecie­ ron mi acompañante y el responsable del macho. Con su cuidador al lado avanzó obediente y rápido, hasta donde

lo permitía la pendiente que escalábamos. Era la ruta más

corta, pero la más escabrosa, que bordeando Cotzal por

el norte llegaba a un punto periférico de Chajul. Final­

mente alcanzamos una cumbre, y ya bastante al norte de este poblado caminamos por planes y filos cubiertos de llano y sin fango. Avanzamos entonces por un camino de herradura, ancho y trajinado, que conducía al noroeste

del municipio. Amaneciendo llegamos a un punto donde el com­ batiente detuvo la marcha. Descargamos al mulo y nos despedimos de nuestro acompañante, quien volvió a su casa seguido por el expreso. Nosotros nos apartamos del camino penetrando en un bosque denso. Rompi­

mos monte con el cuerpo, tratando de no dejar huella,

y acarreamos hacia lugar seguro los bultos. Contenían

maíz, sal y azúcar. Los protegimos cuidadosamente con plásticos, de manera que ni la lluvia ni la humedad del

suelo y la vegetación los dañaran. Había amanecido. Nos adentramos en la montaña a paso rápido, guiándonos por

el

sentido de orientación del compañero. A las ocho de

la

mañana arribamos a un campamento y, sin presenta­

ciones ni saludos, varios compañeros fueron enviados a

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recoger lo que acabábamos de esconder. Sólo entonces se nos ofreció bebida caliente y se me indicó donde colocar mis cosas. Más tarde convocaron a una reunión en la que se me presentó al grupo; cada quien saludamos y dimos nuestro nombre clandestino. La mayoría de los presentes eran, como yo, nuevos reclutas; veteranos del destacamento había dos o tres. Los demás se encontraban en rumbos y tareas distintas. Los novatos, salvo el caso de una compañera también proveniente de la ciudad, eran jóvenes ixiles. Dos de ellos habían recibido su bautismo de fuego participando en el ajusticiamiento de Luis Arenas —El Tigre de Ixcán —, terrateniente feroz y explotador de ixiles. Pero algunos todavía portaban honda y, cuando les correspondía su turno de guardia, no faltaba quien aprovechara la ocasión para tirarle piedras a los pájaros, en lugar de ejercer la vigilancia del caso. La mayoría hablaba poco castellano y, a excepción de uno, no sabían leer ni escribir. Provenían de las capas campesinas más pobres. Ese primer día de campamento me bañé y cambié ropa, luego de tres días sin poder hacerlo. Acomodé mis pertenencias donde me indicaron y entregué algunos en­ cargos. Entre estos estaban el Recurso del Método, de Alejo Carpentier y Cien años de Soledad, de García Márquez. Enseguida, el responsable del día me explicó la situación operativa y las medidas de seguridad que debíamos ob­ servar. También me dio a conocer los criterios de organi­ zación de la colectividad y el horario de actividades. Al segundo día me incorporaron a la rutina militar y doméstica, tareas en las que participábamos todos sin distingo de edad, antigüedad, funciones o sexo. Sólo la enfermedad que botaba al suelo era razón de exonera­ ción. Y ese mismo día, por orientación del responsable, comencé la labor de alfabetización. No teníamos entonces

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cuadernos ni materiales de lectura, así que echamos mano de cualquier papel: de cajetillas de cigarros, de etiquetas de latas, de restos de periódicos. Era época de cocuyos, coleópteros que emiten luz intensa en la oscuridad. Quien no sabe de su existencia o no los ha observado en circunstancias de vida silvestre, los confunde fácilmente con luz de linterna. Pero esto, como muchísimas cosas más, no se lo explican a una. Es la prác­ tica la que lleva a saberlo. Así que la primera noche que hice guardia no tenía idea sobre ellos. Y el conocimiento de las luciérnagas no basta para explicarse este fenómeno luminoso tan potente y grande. Observando cuidadosa­ mente el sector que me habían indicado comencé a verlos

a lo lejos. Entre la vegetación aparecían y desaparecían,

algunos dirigiéndose hacia donde me encontraba. Afi­ naba mis oídos para detectar si algún ruido acompañaba la luz, pero no escuchaba sino sonidos de la naturaleza.

Entonces razonaba en el sentido de que ningún soldado

o desconocido avanzaría a esas horas de la noche con luz

hacia nosotros. Pero no dejaba de tener miedo y mantenía el arma sin seguro, lista para disparar. Así pasé la hora de turno, atenta y silenciosa en mi puesto, viendo luces por aquí y por allá o escuchando ruidos extraños, aunque

propios del bosque tropical húmedo donde me encontra­ ba. Me sentí feliz cuando llegó el relevo. En esos primeros días, estando de guardia diurna, también me desconcertó el rugido del mono aullador. Su

poderosa voz —después lo supe — se escucha a kilómetros de distancia, dando la impresión de estar muy próxima

a quien la oye. Pero confunde porque su sonido parece

el de un enorme felino. Sólo la experiencia lleva a distin­ guir un rugido del otro. Sabía que no había jaguares en

esas cumbres, pero no conocía de la existencia de tales monos. Y mientras lo averigüé no dejé de sentir escozor esa primera vez. Aprovechando el desconocimiento que

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sobre la naturaleza teníamos, los veteranos no perdían oportunidad para jugar bromas a los nuevos, incluidos los jóvenes campesinos, quienes no se habían adentrado

en la montaña más allá de sus milperíos. En ese agrupamiento comenzó mi aprendizaje de sobrevivencia en la montaña, del arte guerrillero y de la vida colectiva del destacamento. Entre otras cosas apren­ der a juntar fuego con leña siempre húmeda sin papel, ocote ni combustible alguno; moler maíz seco; edificar construcciones rústicas; afilar machete; acomodar hamaca

y toldo recurriendo a la ingeniosidad y la habilidad de

apoyarse en una naturaleza que debíamos dañar lo menos

posible. De manera que, al abandonar el lugar, nuestra

huella fuera imperceptible o posible de borrar. Aprender

a orientarse en el terreno; a distinguir diversidad de mo­

vimientos, huellas y ruidos propios de la vegetación y los

animales, de aquéllos producidos por los seres humanos;

a desplazarse silenciosamente, sin lastimar las armas, sin

permitir que la carga se trabe en el montarral, sin caer. Pero lo que más se me dificultó fue reprimir la risa, aque­ llas carcajadas espontáneas que nacen libres y felices del corazón. Reía mucho y no pocas veces me llamaron la atención. Y es que esa expresión humana podía delatar nuestra presencia y ocasionar problemas de seguridad. La razón caía por su peso, pero la rebelde costumbre del espíritu le jugaba la vuelta una y otra vez. Quizás fue la privación que resentí más entonces; y la primera que me reveló en toda su dureza la realidad de la lucha en las montañas. Sin embargo, una vez disciplinada esa mani­ festación de alegría, no faltaron las tormentas eléctricas,

las lluvias torrenciales o el ruidoso caudal de un río que nos permitieron reír y cantar a todo pulmón. Desde el momento que conocí a la guerrilla me per­ caté de que debíamos renunciar también al sol, al cielo azul y al firmamento. De la realidad allende las copas de

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los árboles nos llegaban los relámpagos, los truenos y los diluvios; pero no el arcoiris ni las estrellas. De ahí que la ocasional filtración de un rayo de sol fuera motivo de júbi­ lo colectivo y de organización de turnos para usufructuar su calor y su luz. Fue allí donde por primera vez comí ratón de montaña. Abundaban en el lugar y varios de los jóvenes reclutas los cazaban, y asados a las brasas se los comían. Así complementaban su nueva dieta de harina de maíz que sustentaba bastante menos que las tortillas. Uno de ellos, solícito pero también midiéndome —al fin y al cabo era mujer, ladina y capitalina para ellos—, me ofreció uno que acababa de asar. No dudé en aceptarlo y lo engullí tranquila haciéndome a la idea de que se trataba de pollo "Hazañas" como ésta no se podían descartar en un colec­ tivo tan heterogéneo y joven, especialmente cuando una provenía del sector acomodado y opresor de la sociedad. Gané puntos ante la juvenil y observadora concurrencia. Pero no ante los veteranos, quienes reprobaban por exa­ gerado, decían, cazar y comer ratones. Una mañana de octubre de 1975 comenzaron para mí nuevos caminos de lucha social y aprendizaje sobre la vida y mi país. Tenía entonces 28 años y permanecería tres más en el destacamento guerrillero sin salidas ni descanso alguno.

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EN LOS MONTES DE JUIL

A partir de mi llegada a la montaña contamos con cuatro meses de relativa tranquilidad. Pues comenzando febrero el ejército desencadenó una ofensiva en la sierra. Mientras tanto, tuve tiempo para habituarme a la vida del destaca­ mento. Emprendimos la marcha, mientras la retaguardia se quedó borrando las huellas de nuestra estancia, para luego alcanzamos a paso rápido. Aunque a pocas horas de lugares densamente poblados, nos movíamos en una zona de silencio, penumbra y humedad. El frío y la niebla eran permanentes en ese bosque centenario. Nos detuvimos algún tiempo en una hondonada. Allí continué alfabeti­ zando y participé por primera vez en un operativo de se­ guridad llamado descubierta; así como en la construcción de un tapexco grande para almacenar provisiones. Pronto iniciaríamos una etapa de entrenamiento y reorganización del destacamento y nos correspondía crear condiciones para recibir a los compañeros que ascenderían a la sierra provenientes de la selva del Ixcán. Nos habíamos estacionado en un sitio poco seguro porque entre nosotros iba un compañero enfermo, cuya condición física no permitió desplazarnos más lejos de las áreas trajinadas por mimbreros. Era fundador del desta­ camento y miembro de la Dirección Nacional. Unos días después, cuando reunió fuerzas, continuamos la marcha. Apenas cuatro meses antes había estado postrado con pulmonía; precisamente mientras dirigía el operativo contra el terrateniente más odiado y temido de la región. Ahora llevaba varios días con temperatura de 40°, fuer­ tes dolores de cabeza y extrema debilidad. Así estuvo varias semanas sin que supiéramos qué mal le aquejaba. Muchos años después supimos que se trató de una bruce-

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losis. Pero en aquel entonces todo lo que pudimos hacer

fue bajarle la fiebre a ratos con alcohol y antipiréticos;

y darle de beber un pocilio de incaparina diariamente.

Este alimento, cuando lo teníamos, se reservaba para los enfermos y convalecientes. No podíamos introducirla en grandes cantidades porque su preservación no se lograba en nuestras condiciones ambientales. Los últimos días de octubre nos instalamos en un tercer lugar. Allí esperamos la llegada de quienes en las planicies selváticas habían realizado operaciones. A su arribo nos reuniríamos los alzados en armas en las mon­ tañas del noroeste. Sólo estarían ausentes los cuadros organizadores. Varios eran fundadores del destacamento y la mayoría eran indígenas provenientes de la misma re­ gión. Estos compañeros permanecerían en sus escondites trabajando con la población organizada. Al momento de la llegada del contingente de la selva, yo cubría la guardia sobre el área de acceso de cualquiera que siguiera nuestro trillo. Me habían instruido sobre la probabilidad de su arribo en el curso de mi turno; pero debía mantenerme alerta porque igualmente podrían no ser ellos quienes aparecieran. Estaba sabida de lo que de­ bía hacer a partir de detectar la aproximación de cualquier

persona. Ubicada en alto, desde la posición de observación se divisaba, a lo lejos, un palo largo tendido sobre un río encallejonado. Era un paso obligado para todo aquel que en nuestra dirección quisiera cruzar tal obstáculo. Debía observarlo atentamente y esperar a que quien lo atrave­ sara se aproximara al área de vigilancia para pedir seña

y proceder en consecuencia. Sin embargo, las numerosas

personas que súbita y velozmente pasaron sobre el tronco desaparecieron entre la maleza y no se aproximaron a mi

posición. Tampoco percibí movimiento alguno ni escuché ruido de vegetación agitada por su avance en todo mi

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sector de observación. Y si bien la velocidad del paso y tas enormes cargas a mecapal me hicieron suponer que se trataba de los compañeros, no tenía certeza de ello. De ahí que, pasado el tiempo prudencial durante el cual debieron acercarse, me entró duda sobre qué hacer. Había orden estricta de no abandonar la guardia por ningún motivo; pero las señales previstas para comunicarme con el cam­ pamento no correspondían a tal circunstancia. Así que corrí ladera arriba para reportar el hecho a la dirección. Al estar narrando lo sucedido me percaté que desde un costado me observaban dos desconocidos barbados con sendos pocilios de bebida humeante en las manos. Una vez terminé, uno de ellos me dijo con sorna que gracias por avisar, pero que eran ellos quienes se aproximaron. Luego bromeó que si de mí dependía la seguridad an­ daríamos mal. No me hizo gracia y seria le pregunté por qué no ascendieron por el frente. Me respondió que, por su propia seguridad, prefirieron evadir la entrada lógica para penetrar al campamento por el lado contrario. Y agregó que era medida precautoria por aquello de que fuera el ejército y no nosotros quienes los estuviéramos esperando. Luego del feliz reencuentro de unos y la presenta­ ción de otros, y después de dos días de descanso para los recién llegados, nos desplazamos a otra parte. En el nuevo punto permanecimos tres meses en intensa actividad y con algunos sobresaltos por señales de peligro. En los días próximos a la Navidad me llegó carta del padre de mi hijo. Me contaba en detalle sobre él, tranquili­ zándome al respecto; me participaba el nuevo rumbo que había tomado su corazón y me enviaba un poemario cuya dedicatoria decía: "Para la guerrillera de corazón proletario/' Me alegraron la carta y el libro porque signi­ ficaban que la etapa conflictiva de nuestra ruptura había

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sido superada. En cuanto a las festividades de fin de año,

lo único que las distinguió de los demás días fue que en

lugar de café o atol, bebimos leche en la cena. Casi todos los integrantes del destacamento eran trabajadores pobres —campesinos desposeídos o mini- fundistas, artesanos, pequeños comerciantes y obreros agrícolas—; indios y ladinos provenientes de la costa sur, del oriente y de múltiples lugares de las sierras y selvas del noroeste. Pocos habían asistido a la escuela primaria y todos se iniciaron en el trabajo desde la infancia. Y tanto entre los alzados en armas como entre la población orga­ nizada había de todas las filiaciones políticas y religiosas. Desde miembros del MLN hasta viejos simpatizantes del régimen arbencista y de las guerrillas de los sesenta. No faltaba quien expresara serio y convencido frases como

ésta: "Soy del MLN, pero mi vanguardia es el EGP". Co­

nociendo los procedimientos y las circunstancias en que

la

población trabajadora se afilia a los partidos electoreros,

o

participa en diversos credos religiosos, y trabajando

constantemente a su lado, sabíamos que ni una ni otra filiación afectaba la prioridad y secretividad de su relación con nosotros. Quienes proveníamos de las ciudades y de las capas medias no llegábamos al diez por ciento, inclu­ yendo a los fundadores que todavía se encontraban en la montaña. Y las mujeres éramos cinco: dos campesinas y tres provenientes de las capas medias de la capital. Nos habían precedido dos compañeras de origen urbano, ve­ teranas de las guerrillas anteriores. Pero una permaneció sólo seis meses y estaba de vuelta en la ciudad; y la otra, quien por entonces estaba de organizadora en Cotzal, sólo

permanecería un par de meses más en el frente. Era una compañera muy vital y animosa, con ascendencia negra, cuyo seudónimo de entonces era Sandra. Ella cayó en un operativo de inteligencia contrainsurgente en la ca­ pital a finales de 1981 o comienzos de 1982. Al igual que

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muchos otros casos, está desaparecida sin que sepamos si fue muerta o permanece en alguna de las cárceles clan­ destinas. Tenía entonces un hijo y una hija. Varios días dedicó la dirección de la montaña a la estructuración del crecido destacamento, que se había multiplicado varias veces en el curso del último año. Habían quedado atrás los tiempos en que quince revo­ lucionarios eran todo su caudal. Y habían pasado cuatro años desde su fundación. Entonces se crearon organismos nuevos, se reglamentó la vida cotidiana en sus múltiples aspectos, se impulsaron entrenamientos y se implemento un intenso abastecimiento y almacenamiento de recursos. Las estructuras recién establecidas iniciaron de inmediato su trabajo y a partir de la práctica se fueron afinando sus funciones. Había movimiento y actividad febril porque, al mismo tiempo que nos organizábamos internamente, nos preparábamos para emprender acciones en áreas densamente pobladas de la zona ixil. Y preveíamos como reacción a ellas operativos contra nosotros. Para entonces, según llegué a saber más tarde, la orga­ nización desplegaba trabajo organizativo en tres planos es­ tratégicos: la montaña, el llano y la ciudad, conceptos que significaban regiones de desarrollo político y militar. El plano estratégico de la montaña estaba entonces formado por un solo frente —el del norte y centro del Quiché —, integrado por zonas de bases populares organizadas en la selva y en la tierra fría. El trabajo político abarcaba or­ ganización interna, organización de la población, educa­ ción básica y formación política, propaganda y relaciones internacionales. El trabajo militar incluía organización de unidades militares permanentes y de fuerzas irregulares locales, adiestramiento de ambas y operativos diversos. Finalmente, desplegábamos actividades relativas a la logística y a las comunicaciones. En el periodo de mayor

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desarrollo —1978-1981 — la organización llegó a tener en actividad cinco frentes y dos zonas guerrilleras. Estábamos ubicados por encima de los 2,500 m SNM, en los meses más fríos del año cuando también llueve. Vivíamos con la ropa generalmente húmeda. Todo lo que cada uno poseíamos para protegernos era un suéter, una chumpa y un poncho livianos. Pues por las constantes movilizaciones, llevando siempre nuestras pertenencias

a cuestas, no podíamos disponer de ropa gruesa ni nu­

merosa. Por eso el frío inducía a algunos, especialmente a los originarios de tierras cálidas, a buscar la proximidad del fuego cada vez que tuvieran oportunidad. Pero al poco tiempo varios de ellos comenzaron a tener dolores reumáticos y moretones en las piernas. Y a más de alguno

se le había derretido la punta de las botas y se había que­ mado un dedo del pie por acercarse excesivamente a las llamas. En nuestras circunstancias, la experiencia había demostrado que tales dolencias provenían de sentarse continuamente en lugares húmedos y de aproximarse demasiado al fuego. De ahí que fuera obligatorio el uso de pequeños plásticos para colocarlos donde nos sentáramos;

y se había orientado mantenerse a distancia del fogón. Lo

primero se cumplía sin problemas; todos portábamos a mano un pedazo de nailon donde sentarnos, aunque fuera por unos segundos. Pero de la lumbre no había manera que se alejaran varios compañeros. Y las recomendaciones de Servicios Médicos no eran atendidas por los afectados,

a pesar de los dolores y las molestias que padecían. Luego de fracasar varias veces para persuadirlos, nos percatamos que los reticentes eran jóvenes con rasgos machistas acentuados. Así que quienes integrábamos los equipos de Educación y Servicios Médicos —todas

mujeres— decidimos darles argumentos a su medida, sabiendo que los tales no eran ciertos. En reunión colectiva

y guardando la seriedad del caso les explicamos que el

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calor del fuego, a la distancia en que ellos se colocaban, provocaba esterilidad e impotencia sexual. Santo reme­ dio. Es más, todos los aludidos —y también otros que no estaban implicados — no sólo dejaron de aproximarse al fuego, sino que para cocinar se colocaron sobre el pantalón un grueso costal de fibra de henequén. La dirección conocía el problema de salud y el reitera­ do fracaso en convencer a quienes lo padecían. Nuestra picara y eficaz ocurrencia le causó gracia y no nos desdijo de inmediato. Sin embargo, por aparte —aunque sin dejar de reírse por el éxito rotundo y por lo divertido de las esce­ nas y los comentarios de la colectividad al respecto —nos llamó la atención por recurrir a argumentos que no eran verdad. Y al colectivo se le explicó lo correspondiente. La aclaración, sin embargo, no predispuso a los afectados, ni mermó la autoridad de nuestros equipos de trabajo. Todos siguieron cumpliendo la orientación, pero el uso del costal se instituyó por largo tiempo. "No vaya a ser" decían precavidos los compañeros. Por ese tiempo participé en mi primera misión de abastecimiento, pues un grupo fue enviado a un día de camino para recibir abastos. La ruta que emprendimos no se basaba en trazo alguno, ni era conocida para la mayoría de nosotros. Sólo el seguimiento de un acimut determinado nos llevaría al punto deseado. Debido a los obstáculos que presentaba fue bautizada Ruta de Mambises por sus exploradores. Efectivamente, aquel trayecto era difícil como pocos, pero bello: tenía tramos ple tó ric os de begonias blancas y rosadas, orquídeas, caídas de agua cristalina y helechos exuberantes. Desplazarse por ella significaba descolgarse, arrastrarse, pasar sobre palos resbalosos. En ciertos lugares escalamos verticalmente en tierra suelta y pedregosa sin donde asirse; entonces debíamos tener el cuidado de no resbalar ni desprender piedras que pudieran golpear a quienes ascendían debajo

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de uno. También avanzamos por laderas tortuosas; cuan­ do menos, caminábamos en terreno siempre quebrado. Por toda carga llevábamos poncho, toldo y plástico para tendemos en el suelo por la noche; también maíz para alimentarnos. De manera que pudiéramos transportar recursos al máximo de nuestra capacidad. Sin embargo,

el desplazamiento no era menos duro por eso. Sudábamos

abundantemente, la respiración era agitada y nuestros rostros estaban encendidos por el esfuerzo. Ibamos em­ papados de sudor y humedad. Después de varias horas de avance ininterrumpido hicimos un alto. Pero bastó un momento de inmovilidad para que el sudor se nos helara sobre la piel, haciéndonos temblar. De tal suerte que preferimos reanudar la marcha, sintiendo que el aire

nos faltaba y que el corazón estaba a punto de estallar. El esfuerzo era tal que escuchábamos nuestros latidos. Culminando la tarde llegamos al punto de espera

y de inmediato nos dedicamos a recoger leña, construir

una champa común para dormir, techar la cocina. Estábamos hambrientos, cansados y con frío, pero de buen ánimo. Algunos compañeros fueron destacados

para explorar el lugar donde nos dejarían las vituallas y otros los relevarían en la guardia. Pues no hacían contacto con la población sino uno o dos de nosotros. El resto nos arremolinábamos en la cocina, único lugar cubierto donde podíamos permanecer de pie, y protegernos de la tempestad que se desencadenó esa noche y que cesó varios días después. Nos orientaron hacer un agujero en

el suelo y juntar fuego dentro de él; al retirarnos bastaría

con enterrarlo para quitar su rastro. Pero donde quiera

que escarbábamos brotaba agua como la que corría en la superficie. Además la leña estaba saturada de humedad

y los más hábiles para encender fuego fracasaban una y

otra vez. Hasta la media noche logramos comer e irnos

a dormir.

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El siguiente día fue de espera infructuosa, pues al­ gún contratiempo impidió a nuestros compañeros llegar

a la cita. Tampoco lo hicieron a la reserva prevista vein­

ticuatro horas después. Entonces, el mando envió a un combatiente en dirección inversa a la que debían recorrer los compañeros. Este mensajero indagaría sobre las causas del atraso y las perspectivas de la transportación de ios recursos. A otros dos nos envió de vuelta al campamento para informar del retraso que la tarea experimentaba; y de la decisión suya de permanecer en el punto el tiempo que fuera necesario. Arribamos al campamento anocheciendo. Enlodada y empapada de pies a cabeza, y luego de varios

días sin bañarme, lo hice en la quebrada que corría en nues­ tro asentamiento. Para entonces la niebla y la oscuridad cerraban la visibilidad y el frío calaba los huesos. Desde años atrás, cuando solicité la incorporación al destacamento, aspiraba a formarme como combatiente. Es decir, adiestrarme militar y operativamente de acuerdo

a los requerimientos que exigía el arte guerrillero en la

montaña. Dada mi procedencia urbana esta capacitación requería, entre otras cosas, abundante práctica sobre el terreno. Pues era la única manera de conocerlo y recorrerlo con independencia y agilidad; de cultivar el sentido de orientación; de aprender a desplazarse con sigilo; de desa­

rrollar todos los sentidos para detectar a tiempo al ejército

o a extraños. Aspiraba a participar en la base y ello me

parecía un reto suficiente. En la ciudad y en México me había despedido con alegría de papeles, libros, máquina de escribir, reuniones prolongadas, oficinas y salones de clase, convencida de que el tiempo de ellos había pasado para mí y que no tendrían nada qué ver con mi actividad

en la montaña. No sólo no aspiraba a asumir responsabilidades, sino que deseaba no tener ninguna más allá de las correspondientes al combatiente de base. Pensaba así

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porque estaba consciente de mi calidad de novata en el frente, así como de mis límites políticos y militares. Por otra parte, quería ganar a partir de la práctica y el esfuer­ zo propio mi lugar en ese medio guerrillero, campesino, indígena y masculino. Tenía claro lo que en él significaba proceder de capas medias, ser mujer y capitalina. No idea­ lizaba mi nuevo medio de trabajo al respecto y no quería funciones que complicaran mi proceso de adiestramiento

e integración. Sin embargo, estos propósitos personales chocaron de entrada con la realidad social de las montañas y las necesidades de la organización allí. Para comenzar, mis

características físicas no me permitían la movilidad que

a la luz del día por caminos, veredas y poblados podían

tener mis compañeros oriundos del campo sin hacerse notar, fueran indios o ladinos, hombres o mujeres. Por otro lado, mi condición de alfabeta, maestra, organizadora

espontánea y militante con cierto nivel político me coloca­ ba en una situación de obligada responsabilidad, tuviera

o no funciones asignadas. Las cuales de todas maneras

me fueron dadas muy pronto. Comencé castellanizando,

alfabetizando y apoyando a mis compañeros en la ejer- citación de la lectura y la escritura. Al mes ya compartía con otra compañera la responsabilidad de la formación política e ideológica de los miembros del destacamento

y de los cuadros organizadores surgidos de la población.

Estos últimos llegaban periódicamente al destacamento para reunirse con la dirección, a la cual informaban y consultaban. Pero con nosotras estudiaban temas que la dirección orientaba, que los mismos compañeros deman­ daban y que nosotras considerábamos procedentes según cada caso. Paralelamente a este trabajo, y respondiendo a las necesidades que surgían, la dirección elaboraba materiales de formación que nosotras reproducíamos a máquina, desarrollábamos y explicábamos vinculando

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su contenido a la realidad concreta donde trabajaban nuestros compañeros. Los primeros materiales que se escribieron trataban los temas de quiénes éramos, por qué y para qué luchábamos, cuáles eran nuestros criterios de reclutamiento, cómo debíamos organizamos y qué prin­ cipios debían regirnos; cómo caracterizábamos a nuestro país; qué era y cómo debíamos impulsar la autodefensa de la población y qué era la propaganda armada. Esta última era la modalidad de acción que pensábamos desplegar ampliamente, en una primera fase de actividad pública en las zonas densamente pobladas. En aquellos años ya circulaban entre la población comentarios sobre nuestra presencia. Eran en su mayoría producto de la imaginación de la misma gente o fruto de la desinformación del ejército. Entre los primeros, por ejem­ plo, se decía que éramos perseguidos por la ley, prófugos que nos resistíamos a ser sometidos por la autoridad de los ricos; que éramos luchadores por una causa justa pero que seríamos vencidos por ser pobres y pocos; que éramos gente honrada que no hacía daño a los trabajadores y que castigaba a los poderosos; que teníamos capacidad para convertirnos en troncos, animales o plantas para no ser descubiertos; que éramos fuertes y altos, y que ingería­ mos pastillas que quitaban el hambre. El ejército, por su parte, propagó ideas tendentes a desprestigiarnos. Fue un vano afán por descalificarnos porque todas sus variantes eran torpes y denotaban desprecio por la inteligencia y el sentido común de la población. Decía, por ejemplo, que éramos extranjeros que invadíamos el país y traíamos ideas ajenas a los intereses de los guatemaltecos; que éramos ladrones, delincuentes, asesinos. O comunistas dirigidos y financiados desde el exterior, cuyas inten­ ciones eran, entre otras, que las esposas e hijas de cada quien fueran de todos los hombres; arrancar a los niños del seno familiar para educarlos en contra de los padres;

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obligar a todos a vestirse igual y comer lo mismo; acabar con la religión; quitar a los pobres su casa, su ropa y sus herramientas de trabajo. Con la propaganda arm ada pretendíam os presentamos a la población y decirle directamente quiénes éramos y por qué luchábamos con las armas en la mano. En

la

selva esa forma de lucha se había desplegado con éxito,

y

al respecto se contaba con experiencia. En la sierra, el

ajusticiamiento del Tigre de Ixcán, con su mitin explicatorio en idioma ixil, era su principal antecedente. Al mes de incorporarme a la guerrilla, no sólo me encontraba absorbida en actividades de educación básica y formación política, sino que también cumplía con mis obligaciones colectivas de subsistencia. Por otro lado, participaba en las actividades militares rutinarias como eran los entrenamientos, ejercicios, simulacros de planes de emergencia, guardias diurnas y nocturnas,

exploraciones, entre otras. De manera que no sólo tenía

el día ocupado desde el amanecer hasta entrada la noche,

sino que cuando todos se retiraban a dormir —y mientras me duraron las energías de reserva—, todavía trabajaba un par de horas alumbrándome con candela. Sentada en el suelo, usando la mochila por respaldo y mis piernas por mesa, corregía ejercicios, ponía muestras, reproducía

materiales a máquina —único recurso de impresión a nuestro alcance y que sólo dos o tres sabíamos usar con destreza y calidad ortográfica —; también consignaba lo que en el terreno militar iba observando y aprendiendo. Estaba especialmente interesada en sistematizar los conocimientos militares guerrilleros y antiguerrilleros acumulados por los veteranos, para que los mandos y los cuadros organizadores dispusieran de un manual básico que facilitara y mejorara el aprendizaje de todos. Pues entonces todavía regía el empirismo, la improvisación y la casuística en el adiestramiento.

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Cierta mañana mientras trabajaba oí que machetea­ ban un árbol ladera arriba de donde me encontraba. Como escuchaba el ruido muy cerca salí a indagar, pues la caída natural era en dirección a mi lugar. Un compañero del mando había solicitado permiso para tumbar un gigantes­ co encino y proveernos de buena leña. La impresión que tuve fue de que el árbol me alcanzaría al caer; entonces le pregunté al talador si no era prudente que me pusiera

a buen resguardo y retirara mi toldo y mochila del lugar.

Molesto me respondió que cómo podía creer que él bota­ ría tal árbol sin estar seguro de que no me caería encima. Atenida a su experiencia campesina, volví bajo mi toldo

y con la máquina sobre las piernas continué escribiendo.

Sin embargo, mantuve la inquietud sobre el alcance de la frondosa copa. Pasado un rato el árbol se cimbró y, súbitamente, cayó con toda la fuerza de su peso. Ante el ensordecedor crujido, al tiempo que la ramazón extrema caía encima de mí, no alcancé a reaccionar. La rapidez del hecho y el estupor que me produjo lo imposibilitaron. Sin embargo, al ver que mi techo se había desbaratado, pero que yo no había sufrido daño alguno, opté por reacomodarme entre las ramas y continuar mi trabajo. Mientras tanto, los compañeros que metros abajo estaban en la cocina salieron de ella alarmados por el retumbo, y vieron cómo el árbol alcanzaba mi puesto. Pasado el susto general y viendo que yo estaba bien, algunos hicieron comentarios sobre mi supuesto valor y sangre fría. Uno incluso agregó: "Ni siquiera dejó de escribir a máquina". Pero yo estaba asustadísima y pensando en lo absurdo de morir en un accidente así. En el destacamento de ese entonces se conformaron, desde el inicio, pautas de convivencia que rompían con los patrones prevalecientes en nuestra sociedad, en lo referente

a la división del trabajo según procedencia clasista, pertenen­ cia étnica o sexo. Asimismo con relación a la contraposición

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entre trabajo intelectual y trabajo manual; y también en lo concerniente a las condiciones de vida de quienes dirigen

o cumplen funciones de responsabilidad a determinado

nivel y los miembros de la base. En la dirección había

claridad e interés por impulsar cambios en estos aspectos. Las mujeres, por ejemplo, con el hecho de incorporamos

al destacamento nos liberábamos de las tareas domésticas,

maritales y familiares, de por sí absorbentes y cotidianas. Es decir, allí no había segunda jornada de trabajo para noso­

tras, ni relego a nuestras funciones tradicionales. Desde el punto de vista de género disponíamos del mismo tiempo, derechos y obligaciones que los hombres para adiestramos, formamos y participar en todas las actividades propias del oficio revolucionario en la montaña. Y todos nos encontrá­ bamos fuera del marco familiar, social y laboral donde nos habíamos desenvuelto hasta el momento de integramos al destacamento. Por lo tanto, estábamos libres de com­ promisos y presiones de tales medios. En general, éramos pocos los que teníamos pareja e hijos; y entre las mujeres yo era la única con descendencia. En cambio, esta situación nos ofrecía una perspectiva de vida y de trabajo radicalmente nueva. A las mujeres nos planteaba el reto de desarrollar funciones, habilidades

y conocimientos nuevos en los campos de la política, lo

militar, lo agrícola y lo organizativo. Como también en lo relativo a la sobrevivencia en la sierra y en la selva con un mínimo de recursos; y a la incursión en actividades tradicionalmente masculinas en nuestro medio, como son la caza y la pesca. Y ello en el marco de una organiza­ ción revolucionaria en la que algunos de sus dirigentes y militantes cuestionábamos valores como el machismo, la opresión de la mujer, la doble moral, el tabú sexual, el mito de la virginidad, entre otros. Pero esta lucha en nuestra organización apenas comenzaba a someterse a la prueba de la práctica, en un proceso contradictorio de logros

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parciales y reversibles. Las mujeres teníamos el derecho de reclamar nuevos valores y comportamientos. Pero de

la conciencia, transformación y lucha nuestra dependía en

buena medida que ese proceso avanzara. De nuestro esfuer­ zo, capacidad de aprendizaje y desempeño se derivarían las responsabilidades que nos asignaran. Pero también dependía del proceso de transformación de los hombres dentro de la organización, quienes eran mayoría. Un elemento básico de nuestra labor formativa era hacer ver que la lucha por una vida digna no es sólo un de­ recho y una necesidad; sino también una responsabilidad que entraña deberes, disciplina y sacrificios. Entre ellos estudiar, superarse culturalmente y cambiar numerosas

costumbres e ideas que heredamos de la sociedad actual

y que son trabas para nuestro proceso emancipador. Sin

embargo, subestimábamos entonces la profundidad de los efectos de la opresión, de la miseria y del aislamiento de la región. No comprendíamos —y hacerlo habría significado

el desánimo o la parálisis probablemente —, que para ser

irreversibles las convicciones y la cultura revolucionaria deben surgir sobre un sustrato de cultura universal, y so­ bre una experiencia colectiva de lucha que las masas con las que trabajábamos no tenían aún. Así como acompañar­ se de una fuerza política y militar dirigente que tampoco nosotros habíamos alcanzado en aquel entonces. Pero la situación de apremio material y espiritual en ese sector social, y el carácter autoritario y represivo del régimen no daban base para procesos lentos y evolutivos. Había que asumir los riesgos y las contradicciones de la naciente

gesta revolucionaria.

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MUJERES DE OBSIDIANA

Como parte de la labor formativa entre la población simpatizante, la organización realizaba diversas activi­ dades. Por temporadas éstas se sucedían unas a otras.

A campamentos específicos llegaban los más decididos

y discretos para construir la organización y difundir las

ideas revolucionarias en sus localidades. Participé por primera vez en estos eventos algunos meses después del cursillo sobre alfabetización, en 1974. En esta ocasión el campamento estaba localizado en rumbo diferente, en una cumbre. Llanos, pajonales y bosques de pinabetes de nostálgico aroma conformaban

el paisaje. El agua sólo se presentaba en forma de llovizna,

escarcha y rocío; debiéndose acopiar de musgos, hojas y recipientes que durante la noche eran depositarios de este líquido vital. Con paciencia colectiva lográbamos reunir diariamente la cantidad indispensable para preparar la comida y la bebida. Imposible lavar ropa o bañarse. Era noviembre y aunque el sol alumbraba varias horas, el frío calaba nuestros huesos día y noche. Para conciliar el sueño

era necesario acomodarse unos junto a otros, bajo toldos plásticos, y colocar comales con brasas al rojo vivo junto a los pies. Noche a noche nos dormíamos escuchando los lúgubres y lastimeros aullidos de los coyotes que mero­ deaban el campamento. Estábamos a una altura aproximada de 3,000 m SNM y rodeados de población. Por cualquier lado que

se descendiera, luego de horas de caminata, se llegaba a

tierras cultivadas y viviendas campesinas. Y muy cerca de nuestra posición se localizaban varias cabeceras muni­ cipales. Por eso los movimientos del grupo se hacían con sigilo. Sin embargo, la presencia de tropas, autoridades o

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extraños en los alrededores la conoceríamos con el tiempo suficiente para tomar las medidas del caso. La población organizada velaba por nuestra seguridad.

Miembros del destacamento había cuatro o cinco. Participantes éramos alrededor de setenta; la mayoría eran indígenas. Habíamos cuatro mujeres: dos ladinas de capa media urbana, una campesina ladina y una campe­ sina indígena. Esta compañera era madre de dos niños y esposa de un dirigente local, quien se quedó al frente del hogar para que ella abriera el sendero que años después recorrerían centenares de mujeres de la región. Esta pareja era entonces una excepción. Para llegar al campamento se había quitado por primera vez su traje y se había puesto pantalones y botas. También hubo casos en que participaron conjuntamente hijo, padre y abuelo. Y entre los presentes había varios ancianos, cuyo entusiasmo y esperanza los hacía soportar las penalidades de las condi­ ciones en que trabajábamos. Invariablemente lamentaban no tener la energía de la juventud para luchar por su dignidad y emancipación social. Y nunca faltó quien nos preguntara por qué habíamos llegado hasta entonces. A uno de ellos, a quien diariamente había que frotarle el cuerpo con alcohol y colocarle mucho fuego cerca para evitar que se helara, quisimos persuadirlo de volver a su casa, pues temíamos que muriera de frío. Imposible. No estaba dispuesto a perder la primera oportunidad que la vida le brindaba para comprender el por qué de su miseria y cómo hacer para romper las cadenas que por generaciones los sujetaban. Todos llegaban con un modesto aporte de maíz, sal o pinol para el sustento de la colectividad, única manera de poder alimentar a tanto participante. Casi todos vestían su única mudada, raída

y

remendada múltiples veces; la mayoría eran descalzos

o

se habían calzado por primera vez con botas de hule

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para asistir al cursillo. Se protegían del frío con sacos y suéteres tan viejos y agujereados como sus trajes. Las charlas y el entrenamiento se daban en castella­ no e ixil. Las primeras las impartíamos diversos compañe­ ros; el entrenamiento lo dirigió uno solo. Se trataba de un indígena veterano de los sesenta, entrenado en guerrilla y contraguerrilla. Como todos los indígenas fundadores del destacamento, era originario de Baja Verapaz. Fue uno de los compañeros clave para levantar el trabajo en la región ixil. En la organización existía el planteamiento de que las mujeres debíamos participar en la sociedad y en la lucha revolucionaria en términos de equidad con el hombre. Sin embargo, en aquellos años de trabajo inicial era difícil persuadir a las primeras bases populares sobre ello. Cuando les preguntábamos por qué no participaban más mujeres, nos respondían que ellas no podían porque estaban criando a sus hijos; que debían cuidar la casa y los animalitos que poseían; que eran débiles y no aguantaban a caminar entre la montaña, ni soportarían el frío de las cumbres. También decían que la mujer es chismosa y no guarda el secreto. Y afirmaban que la guerra es cosa de hombres. Les preguntábamos cómo se explicaban que estuviéramos varias mujeres allí. Y les contábamos que algunas teníamos marido e hijos; que el primero nos apoyaba en las tareas del hogar para poder asistir. Pero alguno replicaba: "Sí, tenés razón, pero vos sos ladina y estás estudiada. Eso es aparte, pero aquí es otra cosa". Insistíamos con el ejemplo de las compañeras campesinas, quienes se estaban alfabetizando con la organización. Pero no había manera. Las ideas y las costumbres de siglos pesaban como su pobreza. En ese tiempo, la organización no tenía materiales de formación política. No los había para la militancia, mucho menos para la población que se organizaba en

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función de la guerra de guerrillas. Esos primeros cursi­ llos y largas conversaciones con la población fueron el

punto de partida para elaborar la serie de materiales que,

a partir del año siguiente, se produjeron en la montaña.

Cuando comenzamos teníamos ideas generales y básicas sobre diversos temas; pero también las había nebulosas y

encontradas. En ese cursillo una de las charlas se refería

a la opresión y emancipación de la mujer. Fue la que me

asignaron. Entre otras cosas, les decíamos que las mujeres valía­ mos igual que los hombres porque ambos éramos huma­ nos y trabajadores; que teníamos corazón e inteligencia como ellos; que las mujeres constituíamos la mitad de la población y era necesario que participáramos también en la lucha de los pobres; que para triunfar necesitába­ mos apoyarnos y superarnos unos y otras. Les hacíamos ver cómo el trato que numerosos hombres daban a las mujeres no era ni digno ni justo y que la costumbre de maltratarnos y despreciarnos debía abandonarse; que no éramos mercancía para que nos vendieran y compraran, sino que teníamos derecho a decidir nuestras vidas, y con quién y cuándo casarnos; que era necesario comenzar los cambios en cada casa, en cada localidad; que para lograrlo era necesario que las mujeres hablaran por sí mismas lo que pensaban de su situación, y que ellas decidieran cómo participar de acuerdo a su conciencia y a su situación particular. También les decíamos que era necesario que las mujeres se alfabetizaran y participaran en las charlas y cursillos. Y les enumerábamos las múltiples tareas y fun­ ciones que podíamos desempeñar, incluyendo los aportes de niñas y ancianas. Finalmente, invitábamos a los participantes a co­ mentar lo expuesto. Pero al concluir esta exposición se hizo un silencio prolongado. Todos estaban serios, pasaba el tiempo y nadie pedía la palabra. Me sentí incómoda

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pero permanecí callada y expectante. Un compañero pidió

la palabra y se puso de pie; era dirigente de los presentes.

Vi el cielo abierto, pues no era fácil que estos compañeros

hablaran ante quienes no fuésemos de su comunidad, ni indígenas. Menos aún si sus interlocutores éramos muje­

res hablando sobre su opresión contra nosotras. Con su intervención tendría una referencia objetiva para evaluar

el resultado inicial de nuestra exposición. Este compa­

ñero comenzó diciendo: "La compañera tiene razón", luego enumeró con sorprendente fidelidad las razones que habíamos dado para fundamentar la igualdad y la participación de la mujer. Me sentía feliz, pues los plantea­ mientos se habían entendido y un dirigente me daba la razón. Y esto era clave para determinar la actitud de los demás. Sin embargo, mi felicidad duró un suspiro, pues serio y tranquilo prosiguió: "De ahora en adelante, pues, ya no les vamos a pegar a nuestras mujeres con machete, porque a veces bolos, en vez de darles planazos, les damos filazos y las herimos. De ahora en adelante, cuando nos enojemos con ellas, sólo les vamos a pegar con varejón

de guayaba". Su intervención me quedó grabada como marca de hierro candente. Nadie más pidió intervenir y la charla terminó. Era el primer encuentro de varios de nosotros con la población receptiva al mensaje revolucionario y deseosa de participar bajo la conducción de la organi­ zación. Estábamos conscientes de la explotación y de la opresión que todos ellos sufrían, lo cual los hacía sensi­ bles a todo proceder que pudiera parecerles insistencia, presión, regaño. Si no teníamos tacto, podían retirarnos su confianza. Además éramos las primeras mujeres que en esa vasta región iniciábamos, de palabra y de acción, la lucha por nuestra equiparación. Y también las primeras que reivindicábamos nuestro derecho a la rebelión contra toda forma de opresión y explotación. Así que sólo los

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exhorté a seguir pensando sobre el tem a. Pero por dentro estaba desconsolada. ¿Es que debíam os conform arnos con que la reivindicación fem enina inicial en esta región

fuera que "só lo le peguen a una con varejón

N ecesitábam os hablar directam ente con las m ujeres, pero

¿cóm o y dónde podíam os hacerlo si no llegaban a nuestros cam pam entos y todavía no había condiciones para que nosotras visitáram os sus casas?

Para entonces había leído algo sobre la opresión de la m ujer y su participación en las luchas de liberación. Especialm ente lo había hecho sobre la experiencia viet­ nam ita, donde el partido dirigente logró constituir un verdadero ejército político integrado por m ujeres. Por otra parte, algunas m ilitantes de entonces m anteníam os la guardia en alto, pues sabíamos que ni hom bres ni m ujeres entrábam os transform ados a la lucha revolucionaria. Y nos dábam os cuenta cuán difícil era para los com pañeros, incluso con años de m ilitancia, cobrar conciencia sobre su papel de opresores y cam biar su m entalidad. Y m ás aún, cam biar sus prácticas al respecto. De una u otra manera, en uno u otro m om ento, afloraba la subestim ación hacia nosotras. Sin em bargo, desanim ada m e dirigí a infor­

m ar a uno de los responsables sobre la actividad recién

concluida. Sin extrañarse me dijo que desgraciadam ente ése era el punto de partida de nuestro trabajo; que era dram ático, incluso trágico, pero que era la realidad; que nuestro pueblo estaba sum ido en el atraso que producen la explotación y la opresión de siglos. N o podíam os pedirle que com enzara de m ás adelante, pues si lo forzábam os

a hacer lo que todavía no com prendía, el avance sería

aparente y se derrum baría m ás tem prano que tarde; que con esos explotados y oprim idos de nuestro país teníam os

que im pulsar la revolución o no habría revolución; que seguram ente, com o había sucedido en otros aspectos,

m ás de alguno seguiría pensando en el asunto y que,

de guayaba"?

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poco a poco, gracias al conjunto de nuestro trabajo, irían reaccionando positivamente. Lo escuché en silencio y me retiré pensando en cuán difícil y lento sería el proceso de transformación social al que estábamos abocados, pues no sólo debíamos luchar contra un adversario poderoso, sino contra prácticas inhumanas y erradas en el seno del pueblo. Y esto requería desplegar un titánico trabajo cultural, político y organizativo entre nuestras bases, sin recursos y perseguidos. El entusiasmo y el deseo de derrocar al régimen nos hacían aprender los conocimientos operativos propios del combatiente en tiempo récord. Pero el vital aprendi­ zaje de las complejidades de la política y de la realidad guatemalteca, así como la formación de la conciencia revolucionaria, eran lentos y contradictorios. En los recorridos que tiempo después realizamos, ganando corazones y mentes para la revolución social, conocí a mujeres de muy diversa experiencia, forma de verse a sí mismas y actitud ante la vida. Aunque todas eran campesinas, había diferencias y particularidades entre ellas. Malín, por ejemplo, era una kanjobal de cin­ cuenta años. Cuando la conocimos era abuela, vivía con su tercer marido y acababan de adoptar a una niñita. Luego de encontrarnos varias veces, accedió a narrarme su vida. Era la menor de nueve hermanos huérfanos de padre des­ de su tierna edad. La madre, viuda, decidió permanecer sola y dedicarse a sacar adelante a los hijos. El marido les había dejado tierras y la casa de madera y tejamanil donde vivían. Estas propiedades estaban a cuatro horas a pie de San Mateo Ixtatán. La mamá de Malín era extraor­ dinariamente laboriosa y emprendedora; nunca estaba sin oficio. Fabricaba ollas de barro, confeccionaba redes, mecapales y lazos de chech —una especie de maguey cuya fibra ella misma procesaba —; liaba cigarros, tejía parte de la ropa familiar, criaba animales domésticos, sembraba

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una hortaliza y cocinaba los alim entos para su num erosa prole. D esde que el esposo m urió orientó a todos los hijos, hom bres y m ujeres, al trabajo agrícola. Año con año botaron m ontaña, prepararon la tierra,

sem braron, deshierbaron y

la m adre contrataba m ozos porque los hijos no se daban

cosecharon. Por tem poradas

abasto. Pero en ningún m om ento los exoneró del trabajo.

Fue así que M alín y sus herm anas, a diferencia de las otras

m

uchachas de los alrededores, aprendieron agricultura

y

llegaron a m anejar con destreza el m achete, el hacha,

el azadón, el garabato y la piedra de afilar. La fam ilia tam bién tenía un rebaño con ciento cincuenta ovejas que

pastaba en sus tierras, cuyo estiércol utilizaban com o abo­ no. Com enzaron com prando una pareja cuando estos ani­

m ales costaban Q5.00 cada uno. Y a partir de ella lograron una reproducción sana y abundante. Por lo general, los perros solos pastoreaban el hato, lo conducían al cam po por las m añanas y lo regresaban al corral cuand o atar-

decía. Com o las tierras eran propias y extensas, no había peligro de que las ovejas dañaran siem bras ajenas.

levantarse

de m adrugada a realizar las labores agrícolas; volver a la casa alrededor de las once de la m añana para desayunar

y en el trayecto cortar leña. H acían de tres a cinco viajes

seguidos cargados con ella, hasta reunir de diez a quince tercios diarios. Pues la m adre consum ía el com bustible

de pino para la com ida fam iliar y para la fabricación de trastes de barro. Tam bién acarreaban agua desde un pozo retirado. Cada herm ano hacía tres viajes al m edio día y

tres al atardecer, llevando una

Sólo el acarreo del agua les consum ía alrededor de tres horas diarias. La m adre les pegaba cada vez que rom pían

una vasija, en ese ir y venir por terreno quebrado. Al repri­

m irlos les decía: "P ara que no se acostum bren a quebrar". Una vez por sem ana, de siete a doce del día, lavaban su

La rutina de M alín

y sus herm anos fue

tinaja cargada a m ecapal.

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ropa en el río más próximo y allí se bañaban. Por su parte,

la madre y la hermana mayor caminaban todos los miér­

coles al mercado de San Mateo y permanecían allí hasta el medio día del jueves. Y los domingos toda la familia iba al pueblo. En ambos casos salían entre cinco y seis de la mañana, para llegar a la plaza a las diez u once. El regreso

lo emprendían a la una de la tarde para arribar a su casa entre las cuatro y las cinco. Todos iban cargados porque llevaban a vender verduras, huevos, manojos de fibra de chech, mecapales; también lazos, redes, ollas, cigarros y lana. Vendían en pequeña escala y no siempre llevaban de todo. Del mercado regresaban con panela, fósforos, sal, carne de res y parte de su ropa, la cual compraban a los solomeros. Malín me confió que, aunque siempre comieron bien y variado; aunque vivieron en una casa buena y tuvieron tierras en abundancia, trabajaron sin descanso toda su niñez y adolescencia. Y que, al igual que sus her­ manos, nunca asistió a la escuela porque su madre decía que era más importante trabajar. Pero además, el centro educativo quedaba retirado y el camino hacia él era con­

siderado peligroso para las jóvenes. Afirmó que para ella fue triste sólo trabajar, no asistir a la escuela y únicamente hablar su idioma. Desde pequeña quería aprender castilla

y alfabetizarse. Dijo enfática que si la hubiesen enviado a

estudiar no se queda en esas montañas: "Busco mi vida lejos, me voy a conocer otras partes y otras gentes". De ahí que los consejos de una vecina surtieran efecto en los oídos de Malín. Esa mujer le recomendó que se casara, pues así dejaba de trabajar y un hombre la mantenía. A ella le pareció buena la idea, así que a los quince años se huyó con un hombre que le doblaba la edad. Con él se fue a vivir a Suchitepéquez, en la costa sur, donde fueron mozos colonos durante doce años. Ganaban entre 25 y 30 centavos diarios, realizando labores agrícolas en una

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finca. Allí tuvieron cuatro hijos, de los cuales sobrevivie­ ron dos. La comadrona que la atendió cobraba Q30.00 por atender el alumbramiento y cuidar al niño y a la parturienta durante veinte días. Como la mayoría de los rancheros vecinos eran quichés, Malín aprendió bastante de ese idioma, el cual le gustaba mucho. También llegó

a expresarse en castellano y a relacionarse por igual con trabajadores indios y ladinos. Una vez al año Malín viajaba a su tierra de origen, para la fiesta de Santa Cruz Barillas, municipio vecino

a San Mateo de donde era originario su marido. Sin

embargo, Malín se cansó de esa vida porque el esposo le pegaba, bebía mucho y era "mujelero". Así que un

buen día, cuando ella tenía 27 años, sin decirle nada lo abandonó. Con sus dos hijos y un atado de ropa tomó una camioneta que hacía la ruta a Huehuetenango. Buscó

a su madre, quien seguía viviendo donde mismo. Pero

pasados cinco meses se volvió a huir con otro hombre. Esta vez con un viudo que le llevaba quince años y tenía

tres hijos. Entonces la madre le quitó a la hija mayor; sin embargo, el padre de la niña se la robó al poco tiempo

y no la volvieron a ver. Con el segundo esposo vivió en

Momonlac, al norte de San Mateo, donde él tenía sus tierras. Malín tuvo dos hijos más; le daban buen trato y todo lo necesario para los gastos familiares. Pero a los cinco años de vivir juntos, el marido se hizo de amante. Malín se lo reclamó y le exigió que se decidiera por una de las dos; pero él persistió en la doble relación. Enton­ ces a ella le dieron muchos deseos de matarlo y para no cometer ese delito decidió abandonarlo. Acompañada de sus hijos volvió a la casa materna. El marido la buscó varias veces para pedirle que regresara, pero ella se negó. El hombre se fue, pero la visitó periódicamente para ver a

sus hijos y llevarle el dinero de su manutención. Esta vez se quedó con la madre tres años. Aunque la pretendieron

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otros hombres no quiso casarse de nuevo, porque pen­ saba: "Sólo cacho más hijos; saber si los que me buscan mataron a su mujer". Además decía: "Tengo manos para trabajar y las manos de la mujer pueden tanto como las del hombre". Cierto día su actual esposo, quien era viudo y tenía un hijo, la fue a pedir acompañado de su padre. Ella se negó porque tenía hijas adolescentes y temía que él "se enchamarrara" con ellas. Y si eso sucedía Malín no dudaría en matarlo. Así que mejor siguió sola. Pero este pretendiente persistió con gran paciencia. Y algo insólito dentro de la costumbre indígena: la pidió nueve veces —generalmente se desiste a la tercera— a pesar de las reiteradas negativas. Finalmente lo aceptó. Con este ma­ rido llevaba catorce años de casada cuando la conocimos. Malín estaba muy contenta porque era una experiencia distinta a las anteriores: el esposo era fiel, no bebía y se llevaba bien con todos los hijos, a quienes atendía y res­ petaba por igual. El compañero de Malín era hijo de un principal y, a su vez, dirigente comunal nato, promotor de salud y depositario de tradiciones y conocimientos ancestrales de su grupo étnico. Era un hombre lúcido, discreto, emprendedor. Pero como estaba dedicado al servicio de la comunidad, lo cual no le reportaba ingresos y sí le absorbía su tiempo, Malín volvió a trabajar la tierra al lado de sus hijos. De joven lograba hacer tres cuerdas —de 20x20— diarias con azadón; cuando la conocimos hacía una y media con machete y coa. En ninguno de sus matrimonios se realizaron las costumbres de su etnia; sencillamente se fue con su hombre. Malín era excepcional dentro de su comunidad, donde todas las mujeres eran monolingües, no sabían trabajar el campo y eran dependientes del esposo. Cuando la conocí pensaba que no era conveniente huirse con un hombre, ni casarse de catorce o quince años como ella lo

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hizo. Consideraba que las mujeres, además de saber el ofi­ cio doméstico, necesitaban instruirse y aprender a trabajar para ganar su propio dinero. Decía que una mujer debía saber valerse por sí misma, de manera que si el hombre le pegaba o la dejaba por otra, se podía ir sin temor de que los hijos pasaran hambre. Hasta si sale bueno el hombre hay que saber trabajar, afirmaba, porque se puede morir o, como su marido, sirven a la comunidad sin ganar dinero. Pase lo que pase, agregó, la mujer que habla castilla y sabe trabajar sale adelante. Y varias veces repitió que lo que una gana con sus manos no se lo quita nadie. Malín lamentaba que sus hijas se hubieran casado de quince y dieciséis años, desoyendo sus consejos, pues seguía predominando la costumbre de hacerlo a esa edad. Y la gente hablaba mal de las mujeres que no se unían jovencitas a un hombre. Decían que seguramente tenían mañas o eran putas. También me contó que a la mens­ truación se le llama "alegramiento" en su idioma, pero no supo explicar por qué. Otra mujer cuya vida me impresionó fue la abuela Xib. Era, a diferencia de Malín, una mujer ixil de más de setenta años y viuda desde tiempo atrás. Como muchos campesinos pobres, Xib no sabía la fecha de su nacimiento, y toda su vida transcurrió en los límites de la aldea, aun­ que durante la juventud frecuentó el mercado municipal. Entonces llevaba hierbas y algunos huevos para vender y regresaba con candelas y sal; a veces también con panela. Las visitas al pueblo siempre fueron en compañía del padre y luego del esposo. Xib sólo se identificaba con los indígenas de su comunidad y de las aldeas vecinas. No tenía conciencia de pertenecer a un grupo étnico deter­ minado, ni conocía el nombre del mismo. Tampoco sabía que había otros grupos y que todos pertenecían a un país llamado Guatemala.

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Cuando conocimos a Xib, eran sus hijas y nietas,

a su vez acompañadas de algún hombre de la familia,

quienes recorrían los quebrados senderos que de la aldea serpenteaban hacia el pueblo. Hacía varios años que ya no podía recorrer esa distancia; por lo que pasaba su vida en la casa. Allí se ocupaba recogiendo leña, cuidando animales domésticos, alimentando el fogón. Su niñez y su adolescencia transcurrieron como las de la mayoría de mujeres campesinas de la comarca: cuidar hermanos

menores, acarrear agua, lavar trastos y ropa, desgranar

maíz, tejer y recolectar hierbas silvestres. Por escuela tuvo

la casa y por actividad única los oficios domésticos. Ado­

lescente la casaron con el hombre que pagó a su padre la suma que éste consideraba que valía su hija. El precio se estableció basándose en los gastos que la manutención de

Xib había ocasionado. Y a partir de la edad, la virginidad

y la laboriosidad de la muchacha. Xib "pasó a ser mujer"

con un hombre al cual conoció cuando la entregaron a él.

A su lado siguió haciendo los mismos oficios que hacía en

la casa paterna y procreó numerosos hijos. No tuvo más matrimonio que ése. Mujeres campesinas tan diferentes entre sí como Malín y Xib se sumaron al esfuerzo revolucionario en las montañas del noroeste. Movidas por resortes internos muy diversos, aportaron lo que pudieron al esfuerzo colectivo. Primero fueron casos aislados, luego se fueron multiplicando. Pero a todas las motivó el respeto que la guerrilla les expresó, la confianza que depositamos en ellas y el respaldo que dimos a sus inquietudes y reclamo de dignidad y superación. Ellas encontraron en la lucha revolucionaria y en la organización una perspectiva que le dio sentido a sus vidas y a sus tareas cotidianas, aun­ que éstas siguieron siendo en buena medida las propias de su condición de mujer campesina. Por aquel entonces era lo que podíamos lograr; que fueran parte y tuvieran

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un lugar en la lucha, de cuyo desarrollo dependía que las siguientes generaciones de mujeres conquistaran nuevas

y superiores demandas.

Poco a poco y por propia voz, las mujeres fueron expresando lo que pensaban y querían para ellas. Las tres demandas que primero levantaron fueron la alfabetiza­ ción, la lucha contra el maltrato de los hombres y contra el alcoholismo. La castellanización y el aprendizaje de la lectura y la escritura fue, de todas, la primera. Ellas nos explicaron que "la castilla" sirve para encontrar trabajo, para entender el uso de los remedios, para valerse por sí mismas cuando salen de su zona. Por ejemplo, decían: "Si el marido es bolo y me pega no lo puedo dejar porque no hablo castilla. Sin la castilla no puedo buscar trabajo; no puedo irme a otro lado. Los hijos me quedan a mí, ¿cómo los voy a mantener? ¿quién me va a dar trabajo con hijos si

ni castilla sé? Ni de sirvienta puedo trabajar". Y agregaban que si se separaban del marido, los demás hombres de la aldea ya no las tratarían honradamente, porque ellos no veían con respeto ni seriedad a las mujeres divorcia­ das o viudas. Sólo buscaban aprovecharse de ellas. Y razonaban que ante esa problemática necesitaban estar en capacidad de irse para otra parte. También pidieron leyes que prohibieran el maltrato de los hombres hacia ellas y que se castigara a aquellos que no las respetaran.

Y la lucha contra el alcoholismo estaba relacionada con la

anterior reivindicación, porque acentuaba la violencia de los hombres. Tiempo después empezó a surgir entre las mujeres más conscientes la reivindicación de que hombres

y mujeres fuéramos valorados y juzgados social y moral­

mente a partir de una misma escala de valores. En muchos casos fue nuestra organización la que primero intercedió en favor de estas demandas; llamó la atención a los agresores e incluso los sancionó cuando eran miembros de la organización de base. Lo mismo

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hizo en relación con el alcoholismo y con los matrimonios forzados cuando la mujer afectada pedía apoyo. A finales de la década del setenta se hizo necesario que la población organizada elevara la calidad de la auto­ defensa, pues el ejército aumentó las acciones represivas contra el campesinado de las regiones donde operábamos, Entonces las mujeres también debieron prepararse para defender la familia, la vivienda y la economía doméstica. Poco a poco, el entrenamiento y las tareas de defensa se incorporaron a la cotidianidad de más y más mujeres. Los responsables locales seleccionaban un sitio adecuado don­ de ellas recibían charlas y adiestramiento. Asistían jóvenes y viejas, solteras y casadas, viudas y divorciadas. Los ni­ ños las acompañaban, mientras los hombres realizaban la vigilancia periférica del lugar. Las mujeres con sus trajes multicolores se arrastraban, tendían y rodaban. No faltaba la defensa personal con machetes, palos y piedras; ni los primeros auxilios, el transporte de heridos y la construc­ ción de refugios y escondites. La alegría y el esfuerzo eran características de estas actividades. Malín y Xib formaron parte de esos grupos en sus respectivas zonas. Ninguna de ellas participaba en el adiestramiento, pero sí en las charlas y en la observación de la preparación de las demás mujeres. Haciendo esfuerzos que sólo se explican por la fuerza moral y la esperanza de un futuro mejor para ellas y su gente, llegaban hasta el secreto lugar. Sin embargo, en una oportunidad la abuela Xib lloró amargamente. La causa de su llanto era que lamentaba ya no ser joven. Ella dijo: "Soy vieja y no sirvo para nada; quisiera combatir contra el ejército de los ricos, pero mi cuerpo está cansado. ¿Por qué no vinieron hace años? Un hombre o una mujer que nos trajera estas ideas de libertad, este ejemplo de lucha". Ella sabía que el esfuerzo sería prolongado, que muchos no alcanzaríamos a vivir la emancipación. Pero

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le era más duro carecer de la energía cuando por más de setenta años había vivido en la pobreza extrema y some­ tida sin esperanza alguna.

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LENGUAS, SANGRES, ORÍGENES

Desde niña conocí la discriminación al indígena, y de ahí que estuviera familiarizada con algunas de sus manifesta­ ciones, especialmente las disfrazadas de paternalismo. Había tenido trato personal con ellos a lo largo de mi vida, pero en circunstancias en que ellos laboraban para

mi familia o para personas allegadas. Los trabajos que

realizaban eran los más duros y peor remunerados, como

oficios domésticos, recolección de basura, cargadores.

La mayoría de familiares y amigas tenían más de algún

empleado o empleada indígena. Las mujeres usaban sus trajes, pero pocos hombres lo hacían. Dilataban años, a

veces la vida entera, trabajando para la misma familia.

Y

si se retiraban volvían periódicamente de visita. En

el

seno de mi familia se nos enseñó a saludarlos, respe­

tarlos y obedecerlos, ya fuera en casa propia o ajena. Según faltáramos a ese proceder, recibíamos desde un moderado llamado de atención hasta una reprimenda enérgica; y en todo caso conllevaban la enmienda de la

falta o la solicitud de disculpa a la persona ofendida. Igual comportamiento debíamos observar con todo trabajador subalterno. Sin embargo, estos criterios educativos eran

la

excepción y no la regla en mi medio social. Además

no

estaban en contradicción con la mentalidad que los

veía como personas menos inteligentes o necesitadas de protección y conducción.

Antes de incorporarme a la guerrilla había tenido poca relación en términos de igualdad o amistad con

compatriotas indígenas: clientes de mi papá, a quienes

él invitaba a nuestra mesa cuando llegaban a verlo a la

capital; algunos amigos quichés y cakchiqueles que eran artesanos, maestros o profesionales. Pero hasta que viví

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en el altiplano me fue evidente que, a pesar de la estra­

tificación económica del sector indígena, todos eran y se comportaban como discriminados de una u otra manera.

Y es que autoridades, población ladina en general e in­

dios ladinizados ejercían una opresión cotidiana, grosera e insultante, contra ellos; la cual consideraban normal e

inmutable. Y no es que en esa región la discriminación fuera mayor que en otras partes del país, sino que en mi experiencia particular fue allí donde la capté con toda su crudeza; donde me hirió sistemáticamente el alma. Durante mi estancia no pocas veces intervine cuando un indígena era despreciado o maltratado en mi presencia. La sangre me hervía de indignación; me sentía humilla­ da en su persona; me daba vergüenza que eso sucediera en mi país. Y al mismo tiempo me invadía la angustia y

la impotencia al contemplar la tolerancia ilimitada de la

víctima y la indiferencia de los demás testigos. En todos los casos que vi, el agredido soportó silencioso y sumiso el abuso a su más elemental dignidad humana y ciudadana. Quién sabe qué sentía y pensaba; quién sabe qué hablaban entre ellos. Pero yo deseaba que se defendieran, que no

se dejaran, que se levantaran contra quien los denigraba.

Pero nunca vi un caso de éstos. Hasta que me integré al destacamento en las montañas del noroeste tuve oportunidad de convivir y trabajar en términos equitativos con ellos. Y fue en el contexto revolucionario donde los vi comportarse de una manera activa ante la opresión. Sin embargo, en el seno

del destacamento experimentábamos el choque clasista

y las barreras culturales. De manera que requeríamos

de esfuerzos colectivos e individuales para superarlos. Comprendernos, ayudarnos y transformarnos no era fá­ cil para ninguno. Y más debíamos esforzarnos por tener tacto y paciencia quienes contábamos con mayor cultura política y procedíamos de capas y sectores de clase si no

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explotadores, sí privilegiados y tradicionalmente opre­ sores. Pues quienes por generaciones recibieron órdenes de patrones y autoridades hostiles, a la vez que sufrieron de ellos múltiples atropellos, llevaban a flor de piel la sensibilidad y la desconfianza clasista y étnica. Nuestra colectividad también estaba penetrada por

el atraso político y el analfabetismo propios de la región.

Entre los principales rasgos de nuestros compañeros estaban el pensamiento mágico, la visión localista, el empirismo, el machismo, la subestimación de la mujer, la hostilidad defensiva del indio hacia el ladino. Sin embar­ go, constatábamos los cambios positivos que se registra­ ban y valorábamos el proceder de nuestros compañeros en otros aspectos. Pues eran también rasgos destacados la generosidad, la modestia, la laboriosidad, el valor,

la voluntad de superación, la paciencia y la entusiasta entrega a la lucha revolucionaria. Entre los combatientes de origen campesino era raro el afán de figuración o las pretensiones personales de poder. Rasgos, en cambio, bas­ tante comunes en personas provenientes de la pequeña burguesía, especialmente la intelectual, y que tanto daño producen en el medio revolucionario. Procediendo de un medio social donde las cuali­ dades enunciadas no predominan, el ejemplo de estos compañeros nos enseñó mucho sobre el potencial humano

y social que encierra el pueblo trabajador. Y que puestos

al servicio de la lucha revolucionaria y de una sociedad de nuevo tipo representan una garantía de la capacidad popular para salir adelante en la construcción del futuro propio y del país. Estos rasgos, además, fueron una re­ ferencia para nuestro propio esfuerzo de superación. De todos ellos, la generosidad y la modestia fueron las que más me conmovieron e hicieron reflexionar. Con el tiempo fuimos percibiendo diferencias entre los miembros del destacamento procedentes del

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cam pesinado pobre. Por ejem plo, los indígenas de m ayor edad habían tenido num erosas experiencias laborales y sociales con ladinos. De ahí que fueran más susceptibles en el trato con quienes lo éram os. Les costaba tratarnos de igual a igual, plantearnos clara y directam ente una crítica, un m alestar, un desacuerdo. Al m ism o tiem po tenían más

interiorizada la cultura propia y los valores que ella postula, conociendo m ejor sus problem as com unales y a su gente.

Y por lo m ism o poseían m ás criterio para captar y explicar

las ideas de la revolución, para organizar y persuadir sobre la necesidad de luchar. Casi siem pre tenían un profundo

sentim iento religioso y reservas para ejercer la violencia en com bate, pero sí la dem andaban y aprobaban. A diferencia de ellos, los jóvenes nos voseaban o tuteaban sin reparo alguno a los pocos días de conocernos; rápidam ente se expresaban con soltura y se relacionaban de igual a igual con los dem ás. G eneralm ente no tenían arraigo religioso alguno o lo abandonaban espontáneam ente. Pero conocían poco de su cultura, su com unidad, la vida. Y m ás allá de su localidad no tenían identidad étnica con el grupo al que pertenecían; m ucho m enos con otros grupos étnicos. Casi todos eran solteros y su nostalgia por la fam ilia era poca u ocasional. Sin em bargo, fueran adultos o jóvenes, si habían laborado asalariadam ente en las plantaciones de la costa sur, o habían com erciado m ás allá de su zona

origen, com prendían fácilm ente la diferencia entre

de

ser rico y ser ladino. Es decir, tenían conciencia de lo que era la explotación, y atisbos de la diferenciación clasista

para percibir que tam bién había indios ricos. Sabían que num erosos ladinos eran trabajadores y pobres com o ellos

m ism os; que por lo tanto debían unirse entre sí en la lucha em ancipadora y, en ese marco, hacerles ver que debían

abandonar su com portam iento discrim inador.

Pero para el

indígena autoconsum idor, o que realizaba todas sus activi­ dades en las m ontañas del noroeste, decir ladino era lo

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mismo que decir explotador y discriminador. Y esta visión la generalizaban a todo el país/ siéndoles complicado, cuando no imposible, deslindar la calidad de explotador de la de discriminador. Sólo gracias a un intenso trabajo político fue factible transformar la conciencia étnica localista en conciencia de todo el grupo cultural al que pertenecían y, más aún, a nivel del conjunto de grupos étnicos indígenas y del pueblo trabajador. Al principio ninguno se asumía como chuj, mam, quiché, sino como mateano, todosantero, za- cualpeño, según fuera el nombre de su pueblo de origen. Numerosos compañeros ixiles, por ejemplo, desconocían el término de ixil para designar al grupo étnico al que pertenecen. Más costó todavía cultivar la conciencia de pertenencia a un país concreto y de sus derechos ciu­ dadanos. Y mientras esto se lograba debíamos estar al pendiente de roces y actitudes negativas dentro de la colectividad. Por ejemplo, algunos que provenían de la costa sur o de cabeceras municipales, discriminaban a quienes eran oriundos de aldeas y parajes. Los nebajeños se consideraban superiores a los de Cotzal y Chajul; los cotzaleños le tenían ojeriza a los de Chajul por viejos pro­ blemas de posesión de tierras y se burlaban de la forma en que los de Nebaj hablaban su mismo idioma. He aquí un incidente ilustrativo del grado de fragmentación de la identidad étnica y clasista que encontramos cuando iniciamos el trabajo. Un compañero cotzaleño, luego de realizar su ejercicio durante una práctica de tiro, retuvo el arma y giró sobre sus talones sin dejar de apuntar. Buscó un objetivo imaginario y sonriendo dijo: "Ora sí. Nomás que se me ponga un chajuleño enfrente y le doy". También percibimos que los compañeros indígenas provenientes de una misma localidad —no así los ladinos—, se guardaban lealtad mutua por encima de los demás compañeros y or­ ganismos superiores. Y sólo cuando su conciencia política

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se

desarrollaba, ese comportamiento cambiaba a favor de

la

lealtad a la organización en primer lugar. Había asimismo una enorme diferencia en el modo

de hablar entre indígenas y ladinos, y entre aquellos que procedíamos de la ciudad y del campo. Con frecuencia no

se trataba de una forma correcta y otra incorrecta. Todas

tenían rasgos positivos y deseables de generalizar y otros que debíamos desechar o sencillamente comprender. Pero dado el trasfondo social de las vivencias de cada quien,

estas formas de hablar tenían efectos condicionados clasis­

ta y culturalmente. Y sus manifestaciones afloraban entre

nosotros. Los compañeros indígenas hablaban suave y

quedo; eran parcos y modestos al expresarse, aun cuando hubieran tenido una actuación valiente o destacada. No resaltaban su individualidad. Tampoco gesticulaban con

el rostro ni con las manos, mucho menos con el cuerpo.

Permanecían quietos y tranquilos mientras hablaban o discutían. No afirmaban ni negaban nada categórica ni claramente; más bien dejaban sentir duda, ambivalencia o no tomaban la iniciativa para proponer algo. Decían, por ejemplo, "puede que sí, puede que no", "tal vez", "saber". Lo hacían incluso en asuntos en que eran ellos los únicos que podían opinar o que tenían más elementos para de­

cidir. O repetían lo que un responsable decía, temiendo contrariar o equivocarse, más que por coincidir. A ellos había que pedirles que fueran más amplios para informar, que dieran su punto de vista con más seguridad, que se manifestaran si estaban en desacuerdo con algo. En cam­ bio, numerosos compañeros ladinos dramatizaban cuando informaban o se expresaban verbalmente; adornaban los

acontecimientos, eran repetitivos o exageraban los hechos para resaltar peligros, dificultades y desempeños propios.

A ellos había que pedirles que fueran concisos, objetivos y

calmados. Al inicio, cuando no tenían suficiente confianza, los campesinos evitaban ver a los ojos, haciéndolo al suelo

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o hacia un punto distante. Quienes procedíamos de la ciu­

dad generalmente hablábamos con energía o enfatizando una u otra idea, rápido, buscando los ojos del interlocutor.

Además, a pesar de que hacíamos esfuerzos constantes

por hablar clara y sencillamente, se nos colaban vocablos

y construcciones gramaticales incomprensibles o difíciles

de entender para nuestros compañeros. Pero todos los la­ dinos teníamos identidad como guatemaltecos. Personalmente, al hacer esfuerzos por modificar

mi modo de hablar no dejaba de resentir la autorrepre-

sión que ello significaba a mi espontaneidad y particular manera de ser. Las cuales en otros contextos sociales no requerían de cambios. Pero en el destacamento hasta eso

era necesario modificar en aras de la cohesión y comuni­

cación del grupo. En entrenamientos y en numerosas actividades, rotativamente, unos y otros hacíamos de mandos y de

combatientes, de responsables y de base. Pues aprender

a mandar era tan importante como aprender a obedecer.

Pero según se fuera indígena o ladino, hombre o mujer, se tendía a una sola de las dimensiones. Por otra parte, exigíamos que las voces de mando fueran enérgicas, ágiles, seguras. Sin embargo, los indígenas adultos no lo hacían así por arraigo en valores de su cultura. Había que estimularlos, reiterarles por qué debían dar tales voces

con fuerza, sin pena de herir o enojar, sin pedir favor. A

no

pocos compañeros ladinos, incluyendo fundadores,

les

costaba obedecer a mandos más jóvenes, indígenas o

femeninos. Y, en general, reconocerles su lugar y méritos.

Unos y otros debíamos hacer esfuerzos de distinto tipo y tener éxito no era fácil. Como mujeres, lo que más nos afectaba eran el machismo y el patriarcado campesino que manifestaba la mayoría de compañeros. En teoría era posible comprender esos rasgos dadas las características de nuestra sociedad.

145

Pero en la práctica cotidiana no era fácil tenerles paciencia.

Y si bien la dirección de la m ontaña prom ovía nuestra

participación y desarrollo, estos com pañeros, entre los que había algunos veteranos, nos subestim aban y recelaban de nuestro desempeño. Aunque estos problem as solían abor­ darse en colectivo, el reconocim iento del fenóm eno y los cam bios de m entalidad iban a la zaga de la nueva práctica. Las costum bres del pensam iento sedim entadas por años

y generaciones m ostraban ser más tenaces que nuestras

ejecuciones, que nuestras certezas recién adquiridas y que

nuestros

relación entre hom bres y m ujeres ocurrieron

problem as com o éste. A los pocos días de reunificado el destacam ento, varios com pañeros procedentes de la selva consideraron que dos com pañeras citadinas teníam os un proceder incorrecto y descarado hacia ellos. A juicio suyo,

les insinuábam os relaciones am orosas, incluso a varios a la vez. Para que la situación se aclarara y nuestras relaciones tom aran su justo nivel, se les pidió a tales com batientes que expusieran las razones que los llevaban a pensar así. El problem a realm ente era que nosotras nos relacioná­ bam os con todos con iniciativa y desenvoltura. No sólo por nuestra form ación y experiencia vital, sino porque los asum íam os com pañeros de trabajo. Pero resultaba que en su m undo cam pesino ninguna m ujer, m enos recién conocida, procedía de tal m anera con ellos, y de hacerlo hubiera perdido su prestigio social.

com unes ideales por una sociedad nueva.

En la

En el

destacam ento, unos procedían de com unida­

des donde

la poligam ia era aceptada, incluso m otivo

de

prestigio social. Es más, teníam os com pañeros que en sus com u nid ad es ejercían la poligam ia. Eran hom bres respetados por su gente, discretos, entregados a la lucha. O tros eran originarios de zonas donde a las m ujeres se les vendía y com praba para el m atrim onio sin contar con su punto de vista. M ientras otros m ás eran de lugares

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donde se hacía el ritual de pedida y compra-venta, pero

a

partir de que la mujer y el hombre estaban enamorados,

y

planteaban su voluntad de unión. Había compañeros

—los capitalinos y costeños, por ejemplo —que venían de medios donde abundaba y se recurría a la prostitución femenina, a la pornografía y a los clubes nocturnos. Y

algunos los habían frecuentado. Para ellos era factor de prestigio varonil ser versado en dichos temas. Mientras tanto, otros combatientes pertenecían a regiones donde por generaciones no se conocía la prostitución ni la por­ nografía. Es más, ni siquiera conocían el significado de esos conceptos. Había compañeros para quienes ver a una mujer desnuda de la cintura para arriba era natural

y no representaba motivo de excitación, murmuración o

morbosidad. Pues en sus lugares de origen las mujeres

suelen bañarse y lavar ropa en los ríos de esa manera.

O pasan así todo el día debido al calor. Y en general, las

mujeres del campo amamantan a los hijos en público y en cualquier circunstancia, mostrando sus senos con la mayor naturalidad imaginable. Pero había otros para quienes ver

a una mujer así era motivo de desasosiego. Unos pocos tenían pareja dentro del destacamento; otros tantos, en algún punto del frente o su periferia. La mayoría no la tenía. Y las concepciones y expectativas sobre el amor y el sexo variaban mucho. Para unos era una cuestión primaria, posesiva, pragmática; para otros era algo más complejo. Y en todo caso estaban permeadas por las variantes culturales y la experiencia. Nuestra situación era complicada en este aspecto, la convivencia

incipiente y el proceso de transformación ideológica lento, desigual y no pocas veces caótico. ¿Correspondía darle a

la transformación en esta dimensión —donde más que la

razón, entran en juego los instintos, los sentimientos y las

costumbres generacionales—, el mismo énfasis que a lo referente a la conciencia de clase, al espíritu combativo

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frente al adversario, a la actitud de servicio hacia el pueblo,

a la entrega ilimitada que la pertenencia al destacamento

exigía? Sencillamente era imposible. Humana, cultural y políticamente estaba fuera de nuestro alcance. Los ritmos de la conciencia no dan para tanto. Lo que se lograba al pretenderlo era abrumar y confundir. De hecho era ponernos una camisa de fuerza. Por inexperiencia y conservadurismo lo intentamos al principio, asumiendo como cultura y moral deseables las de unos pocos.

En cierta oportunidad, por ejemplo, alguien descu­ brió que un compañero guardaba imágenes de una mujer desnuda. Provenían de una revista Play Boy que, años

atrás, un visitante citadino llevó por iniciativa propia

a la montaña. A quien involuntariamente se dio cuenta

—un hombre —, le pareció que atesorar dichas ilustra­ ciones no era el ejemplo que se esperaba de un luchador revolucionario. Así que lo informó y planteó su punto de vista en una reunión. El portador de los recortes era un joven ladino, obrero agrícola de la costa sur y uno de los primeros en sumarse, en 1974, al grupo fundador del destacamento. La primera reacción de la colectividad fue pedir que se mostraran las imágenes en la reunión. Indudablemente más por razones terrestres que por ser necesario para opinar, como argumentaban algunos. Numerosos compañeros nunca habían visto, desnuda o vestida, a una mujer como las que aparecen en revistas de ese tipo. Y humanos al fin, no resistían la curiosidad por conocer el "cuerpo del delito". El criticado, en un principio preocupado por su incómoda situación, captó al vuelo que en la reunión prevalecía un ambiente liberal, tranquilo y de juvenil curiosidad. Y no el que lo había lle­

vado al banquillo de los acusados. Así que cuando le tocó responder a la crítica dijo con picardía: "¿No ven que es pobre como nosotros? Ni siquiera tiene ropa para ponerse

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encim a. Por eso la ando llevand o." C arcajada general.

Pero le dim os la razón a quien criticaba. Creo que en el fondo la m ayoría no deseaba que tales figuras fueran a

ser consum idas por el fuego com o

menos no antes de ser apreciadas por sus ojos. A m í m e dio risa el desenlace inform al y festivo del asunto, porque aquello era un hecho aislado y sin im plicaciones. Pero en aquel entonces dábam os bandazos, y teníam os num erosas confusiones sobre cóm o abordar y encauzar esa bella di­

alguien sugería. Por lo

m

ensión del ser hum ano que engloba la atracción sexual,

el

m isterio del

am or. Los

criterios norm ativos que fu eron

prevaleciendo partieron, más bien, de las necesidades de convivencia arm oniosa y disciplinada del destacam ento

y de su relación con la población.

Lo que sí im pulsam os

fue la lucha contra el m al­

trato y el desprecio hacia la m ujer; contra la ignorancia

y la vulgarización de lo sexual. Por iniciativa fem enina

incorporam os la educación al respecto en las actividades culturales. Y a las com pañeras que se fueron integrando las instruim os en el uso de anticonceptivos y las dotam os de los m ism os. Pues m ás tem prano que tarde, todas esta­ blecíam os relación am orosa con algún com pañero. Y así no nos exponíam os fatalm ente al em barazo y la pareja podía disfrutar su relación sin ese tem or. Tam bién abo­ gábam os porque toda relación am orosa se estableciera basándose en el respeto, la sinceridad y la libertad m utuas. Exigíam os que quien enam orara a alguien le expresara con honradez cuál era su situación en ese aspecto. No se

valía el engaño ni las m edias verdades. D em andábam os asim ism o que los im plicados subordinaran sus intereses com o pareja a los del destacam ento y la organización; que respetaran en todo m om ento las m edidas de seguridad y que la relación no significara su aislam iento del colectivo; que m antuvieran el interés por superarse. M otivábam os

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especialmente a las mujeres para que pusieran empeño en su formación y capacitación. Todos aquellos que establecieran o terminaran relaciones amorosas debían informar del hecho a la co­ lectividad o al organismo correspondiente, según fuera el

caso. De manera que no diera lugar a chismes o equívocos,

y los organismos superiores lo tomaran en cuenta.

En cuanto a las mujeres que nos integrábamos al destacamento, era requerimiento no resultar embaraza­ das. Pues de ser así debíamos salir del grupo y del frente para tener al hijo y criarlo, causando complicaciones a nuestra precaria situación operativa. Sin embargo, con

el pasar de los años varias parejas quisieron tener des­ cendencia. Entonces lo plantearon a la dirección de la montaña, de manera que ésta previera las implicaciones en los planes. Para los enamorados no había ningún trato

preferencial en cuanto a su ubicación geográfica, orgánica

u operativa. Los criterios rectores eran las necesidades de

la organización y las aptitudes de cada quien. Por las circunstancias más variadas, como pueden ser la seguridad, la topografía, la precariedad material, las inclemencias del tiempo, no existía en el destacamento la vida privada ni los espacios exclusivos. Y los momen­ tos de soledad eran eso, momentos, y no precisamente cuando una los necesitaba. Quienes habíamos vivido con esos valores y posibilidades debimos adaptamos. Pues el hecho de que fuéramos compañeros de lucha no traía por añadidura que una se sintiera cómoda ni en confianza en una serie de aspectos de la vida, mucho menos de la íntima. Las parejas, por ejemplo, raramente podíamos aco­ modarnos solas en algún lugar, o éste tenía tan próximos

a

los demás que resultaba simbólica nuestra privacidad.

Y

no pocas veces, durante días y semanas, dormíamos en

champas colectivas muy juntos unos a otros porque era la única manera de soportar el frío; o porque el terreno

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nos obligaba a ello. De manera que amores, discusiones personales, estados de ánimo, eran presenciados por la colectividad. No obstante, se resultaban haciendo y percibiendo con naturalidad y discreción. A mi juicio, en esto tenía que ver de manera determi­

nante el hecho de que la mayoría de los presentes eran indígenas y, en general, campesinos pobres, cuyas familias viven en un solo cuarto, carecen de infraestructura de servicios y son ajenos a los valores de privacidad, espacios propios y exclusividad a escala individual o de pareja. Por otra parte, desconocían los prejuicios y tabúes de las convenciones sociales burguesas y de la moral cristiana. Pero también porque el campesinado indígena es discreto

y reservado; y nuestra colectividad estaba absorbida por

otras preocupaciones. Las separaciones de una pareja por razones de trabajo, de salud o a causa de un parto, podían durar

meses o años. Estas situaciones eran frecuentes y, por lo general, imprevistas. Este fue mi propio caso, tanto en ese frente como en otros donde trabajé antes y después. Unas parejas sobrevivían. Generalmente las más maduras

y consolidadas en el momento de la separación. Otras se

desintegraban al acumularse el tiempo de lejanía. La mi­ litancia revolucionaria en las condiciones de la montaña

o de la vida clandestina urbana somete a las personas a

continuas pruebas y tensiones. Por ello, más allá de los sentimientos e intenciones no pocas relaciones amorosas sucumbían. O los enamorados perdían a su pareja en el

fragor del combate o en los operativos de inteligencia contrainsurgente. Pero nuevas relaciones surgían cons­ tantemente, pues la atracción, el amor y la camaradería son más fuertes que la adversidad y el dolor.

151

LA OFENSIVA DE LA SIERRA

Me correspondió sistematizar los primeros instructivos militares para mandos y cuadros organizadores en la montaña. Para lograrlo recurrí a los conocimientos que sobre el tema tenían los fundadores y miembros de la Dirección Nacional que estaban con nosotros. Cada uno de ellos tenía capacidad y experiencia, pero no la habían sistematizado. Su principal empeño por aquellos días estaba concentrado en la elaboración estratégico-política que permitiera construir los frentes guerrilleros asentados en organización popular. De ahí que quienes nos incorpo­ rábamos recibiéramos explicaciones distintas —en lo rela­ tivo a cuestiones operativas—, según fuera el compañero que nos instruyera. Por lo general se trataba de órdenes o enseñanzas parciales o con énfasis distintos, insuficientes para comprender a cabalidad y desempeñar con eficiencia las tareas y operaciones militares. Es más, debido al em­ pirismo había incluso incoherencias y contradicciones en algunas orientaciones, aunque quienes las impartieran fueran hábiles guerrilleros. Este hecho, además de provo­ carme inseguridad me preocupaba, pues con el número que ya éramos urgían adiestramientos sistemáticos e instrucciones militares completas e inequívocas. Así que hice la propuesta a la dirección y, una vez aprobada, me aboqué a la elaboración de un cuestionario a partir de la práctica y mis observaciones de casi tres meses en el des­ tacamento. Luego trabajé individualmente con cada uno, confrontando y complementando las respuestas. Después de varias rondas de trabajo bilateral logré estructurar y ordenar varios temas: armamento, criterios de seguridad en diversas situaciones y operativos, métodos guerrilleros y antiguerrilleros de lucha, infraestructura de guerra

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y de autodefensa civil, estructura y armas del ejército

guatemalteco, entre otros. Luego los plasmé a mano e ilustré con gráficas y dibujos en un cuaderno. Una vez terminado, sometí el trabajo a la revisión de la dirección. Entonces nuevas ideas les vinieron a la mente, de manera que el material se enriqueció más allá de las interrogantes iniciales. Los compañeros coincidieron en su utilidad y me orientaron dotar al Mando Militar del destacamento del primer ejemplar.

Mientras tanto, las informaciones sobre la presencia

y los preparativos del ejército en la región ixil se multipli­

caban y llegaban constantemente a nosotros. En la selva,

sin embargo, sus acciones punitivas habían comenzado

meses atrás, luego de nuestras primeras acciones de pro­ paganda armada y golpes al poder local enemigo. Entre las brutalidades de los militares contra la población civil de El Ixcán estuvo el asesinato a finales de 1975 de Raisa Girón, joven maestra de la costa sur que trabajaba en Santa María Tzejá. Buscando empleo supo de una plaza disponible en ese parcelamiento. Allí un sacerdote im­ pulsaba el cooperativismo entre los campesinos y éstos demandaban educación para sus hijos. El azar quiso que en una propaganda armada en ese parcelamiento, ella reconociera a uno de nuestros dirigentes. Eran origina­ rios del mismo pueblo y realizaron juntos sus estudios primarios y secundarios. Desde entonces no habían vuelto

a saber uno del otro y ella no tenía relación alguna con

nuestra organización. Lo cierto es que agradada por el encuentro con un conocido en aquella selva, lo saludó y conversó con él unos minutos. Allí no había destacamento militar, pero sí orejas fanatizados y embrutecidos por el ejército, los cuales la denunciaron como guerrillera en el puesto más próximo. Poco después, durante un viaje de esta maestra a la capital, fue asesinada con saña; su cuerpo apareció apuñalado cerca del puente de El Incienso. Los

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niños del parcelamiento no volvieron a tener maestro; ninguno quería correr la suerte de su antecesora. Raisa Girón: joven, mujer, maestra, ciudadana guatemalteca, hija anónima del pueblo, cayó víctima temprana del ejér­ cito contrainsurgente. Que no quede en el olvido. En aquellos meses nos movíamos al norte de Chajul, entre las pequeñas localidades de Juil, Pal y Xaxboc. Era una de las zonas más altas de Los Cuchumatanes en el departamento de El Quiché, solo superada por la cumbre de Clavellinas entre Cunén, Cotzal y Nebaj. De aquellas aldeas, Juil era la más importante para la población ixil, porque allí estaba su lugar sagrado principal. A él pere­ grinaban guías espirituales, principales y población en general. Incluso era visitado por gente procedente de lejos y perteneciente a otros grupos étnicos. El punto religioso más importante se ubicaba sobre un sitio arqueológico y en él se adoraba a una deidad relacionada con el origen del maíz y el calendario ritual. Posteriormente, entre los años de 1981 y 1983 —principalmente bajo el régimen de Ríos Mont—, Juil, Pal y Xaxboc fueron arrasadas por el ejército, al igual que otras aldeas de Chajul, gran cantidad de las de Cotzal y todas las de Nebaj, salvo su cabecera municipal que como las otras fue duramente castigada. En los primeros días de febrero de 1976, la captura y traición de Fonseca, compañero organizador, aceleró la ofensiva contrainsurgente en la sierra. Esta provocó cambios en nuestros planes, nos puso a la defensiva y desencadenó golpes contra la población organizada de Chajul. Supimos de la captura de Fonseca inmediatamen­ te. Desde ese momento levantamos preventivamente el campamento, donde pocos días antes había estado traba­ jando y estudiando con nosotros. Desde la nueva posición, dos compañeros de la dirección con dos acompañantes se desplazaron hacia Cotzal, para reunirse con los orga­ nizadores, tomar las medidas necesarias para preservar

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a la población que nos apoyaba y ver las posibilidades

de rescatar a nuestro compañero. Caminaron a paso de avance las horas de oscuridad, pero cuando llegaron camiones del ejército descargaban tropa y los oficiales se afanaban dando órdenes para iniciar operaciones de inmediato. Fonseca estaba resguardado por numerosos soldados y era imposible rescatarlo. Por su dedicación al trabajo, su entrega a la lucha y sus esfuerzos de supera­ ción era especialmente querido por nosotros. Hasta que fue capturado supimos de su debilidad por el licor, pues tanto él como los compañeros procedentes de su localidad nos lo habían ocultado.

Fonseca sucumbió al cuarto día de torturas. Entregó

a varios compañeros chajuleños, quienes ante él fueron

fusilados. Luego guió al ejército hacia el campamento que ocupábamos al momento de su caída, así como a los depósitos que había conocido. Su captura y traición fueron los primeros golpes que recibimos directamente contra el destacamento. Este hecho sacudió nuestras conciencias en relación con la envergadura del compromiso asumido y al riesgo real de la tortura y la muerte solitaria en manos del ejército, modalidad de combate en la que muy pocos piensan cuando se incorporan y que en nuestro país es frecuente. Algunos combatientes se mostraron magnánimos con el traidor y no faltó quien lo justificara por el hecho de mediar la tortura. Era necesario, por lo tanto, reforzar la labor política en esos aspectos y revisar el compromiso de cada quien. De ahí que la dirección sistematizara lo que entonces llamábamos Diez Puntos, que eran las reglas a cumplir por todo aquel que se integrara a la organización en la montaña. De hecho los manejábamos, pero no se les

había dado cuerpo, ni habíamos hecho un compromiso individual y explícito sobre su base. Entre ellos estaba el secreto que debíamos guardar sobre nuestra organi-

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zación, incluso si salíam os de ella; y la pena de m uerte para quien desertara, traicionara o abandonara el puesto de com bate poniendo en grave peligro a sus com pañeros. La dirección habló ind ivid ualm ente con cada uno y nos anuncio tiem pos difíciles. D ebíam os reflexionar y ratificar nuestro com prom iso sobre la base de esos diez puntos, o retirarnos de la organización librem ente y en paz. Todos los p resentes reiteram os nuestra p erm anencia, in d u d a­

blem ente con

Cuando ocurrió el terrem oto del 4 de febrero de 1976, habitábam os un bosque de árboles centenarios

de cuyas ram as colgaban m echones de m usgo. Q uienes

fuertes oscilaciones

a los gigantes

dorm íam os verticales e

inclinarse sobre nosotros. Pasados unos instantes, que sentim os eternos, la tierra se m eció horizontalm ente y

volvió a la quietud. Por los radioperiódicos de la m añ a­ na conocim os que el sism o había afectado trágicam ente

a num erosos poblados

y que a nosotros sólo nos habían

llegado las vibraciones telúricas periféricas. Escucham os con especial atención las transm isiones radiales que daban cuenta de los resultados, así com o de los acontecim ientos generados por el violento sacudim iento. El fenóm eno

natural había revelado de m anera descarnada las enor­

mes desigualdades sociales, pues sus efectos se habían concentrado sobre la población pobre. Y a los pocos días,

con la afluencia de la ayuda internacional, se evidenciaron

m ás la ineficiencia y la corrupción gubernam entales. Pero

tam bién nos dim os cuenta de que la desgracia m ultiplicó la organización popular. Al poco tiem po del h echo recibim os n oticias y apreciaciones porm enorizadas de nuestros com pañeros de la ciudad. Y por esos m ism os días grabam os para ellos el H im no al Soldado Guerrillero.

un grado m ayor de conciencia.

en el suelo sentim os sus

im aginam os en la oscuridad

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Días después, al mando de un compañero indígena, quien fungía como responsable militar del destacamento, integré una patrulla cuya misión era explorar la ruta, los alrededores y el área de un campamento de retaguardia para evaluar la conveniencia o no de trasladamos a él. Se llamaba Augusto César Sandino, contaba con un ranchón

de palma y con buzones abundantemente abastecidos. Estaba al noreste de nuestra posición, bastante alejado de los puntos poblados. Su accesibilidad era dificultosa para

el ejército y su zona era conocida operativamente por nu­

merosos compañeros. Para entonces habían transcurrido dos semanas desde la traición de Fonseca, y aunque él conoció el lugar cuando se fundó, se pensó que lo dejaría de lado porque raramente usábamos un campamento más

de una vez. También supusimos que, de haberlo delatado,

el ejército ya lo habría visitado y eso lo sabríamos con la

exploración. Desde donde estábamos se llegaba en un día de camino, haciendo la mayor parte del trayecto a rumbo, rompiendo monte con el cuerpo. Luego de avanzar varias horas, salimos a una vereda de mimbreros que corría sobre el lomo de una montaña y que se perdía, como muchas, entre los matorrales. Cami­ nando a paso rápido pronto nos desviamos para tomar un trillo que descendía ladera abajo. Era un sendero peculiar

porque no corría sobre tierra firme, sino suspendido a uno

o dos metros por encima del suelo. Resistentes matas y

arbustos, tupidos y enmarañados entre sí, impedían la penetración del machete hasta su base. De ahí que sólo en la parte superior de ellas fue posible labrar el paso. Al desplazamos daba la impresión de estar haciéndolo sobre

un colchón mullido y elástico. Caminar sobre esa superfi­ cie no era fácil, pues se dificultaba mantener el equilibrio

y evitar tropezones. Por otra parte, eran numerosas las

ramas caídas que, al no poder pasar la espesura vegetal, se constituían en obstáculos formidables que obligaban a

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escalar, reptar o inclinarse constantemente. Estando por terminar este tramo escuchamos voces humanas y ladri­ dos de perros que se aproximaban en dirección contraria

sobre el mismo trillo. Las características del terreno y de

la vegetación nos impedían salir de la senda para escon­

dernos. Inevitablemente debimos volver sobre nuestros pasos, recorriendo ladera arriba el difícil trecho. En veinte minutos desandamos una distancia que habíamos recorrido en el doble de tiempo. Pura adrenalina. Final­ mente alcanzamos un punto donde, divididos por mitad hacia ambos lados del camino, rodamos sobre el follaje. Agazapados y conteniendo la respiración esperamos que

pasaran las personas, a las cuales no pudimos ver por estar nosotros debajo de su nivel. Siguieron de largo sin percatarse de nuestra presencia. Supusimos que se trataba de mimbreros que retornaban a sus localidades. Luego de unos minutos reanudamos la marcha y un par de horas más tarde llegamos a nuestro destino. Dos jornadas después volvimos al campamento base, luego de constatar que no había presencia militar

y que tampoco la hubo con anterioridad. Recibido el

informe, la dirección y el mando decidieron el traslado

al lugar recién explorado. Sin embargo, a los pocos días

Fonseca condujo al ejército hacia allí. La madrugada del 3 de marzo de 1976 me corres­ pondió la penúltima guardia nocturna que era de tres a cuatro. En esa época del año amanecía alrededor de las cinco y cuarto. De manera que a las cinco comenzaban los turnos diurnos. Por precaución especial, dada la ofensiva militar, éstas consistían en guardias-emboscadas, inte­ gradas por varios compañeros. Esa madrugada había niebla espesa, aunque el frío no tenía la intensidad de los meses anteriores, porque se había instaurado la prima­ vera. Llevaba media hora en el puesto cuando enfrente y relativamente cerca, escuché ruido de hojarasca, como si

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alguien se arrastrara en mi dirección. Apuntando al lugar esperé atenta para cerciorarme y precisar su ubicación. Efectivamente, el crujir de hojas secas se repitió, esta vez avanzando hacia mí a unos diez metros de distancia. Siempre apuntando hacia el objetivo pedí la seña con voz enérgica. Silencio. Fuerte tensión. Nuevamente el ruido. Estando a punto de disparar razoné que ningún humano avanzaría haciendo tanta bulla luego de haberle pedido la señal. Entonces, casi a mis pies vi un armadillo enor­ me que buscaba el alimento diario. El corazón me latía fuertemente, pero me felicité por no haber disparado. Hubiera provocado una emergencia no sólo innecesaria, sino peligrosa en nuestras circunstancias. Informé al relevo sobre el incidente y regresé al campamento, pero no logré conciliar el sueño. Faltando varios minutos para las cinco pasaron al lado los compañeros de la primera guardia-emboscada del día. Poco después los siguió una patrulla, al mando de un miembro de la dirección, que por ese rumbo saldría en misión. Antes de media hora y al tiempo que esta unidad entraba veloz al campamen­ to, escuchamos varios disparos. Resulta que detectaron tropa del ejército que había dormido cerca de nosotros, sobre el trillo de la cumbre. Nuestros compañeros vieron

a los soldados cuando se levantaban. Los militares no se

dieron cuenta que habían sido descubiertos y más tarde avanzaron en nuestra dirección. Alertada por la unidad

que se replegó, el grupo de guardia los esperaba. El deber de nuestros compañeros era contenerlos por unos minutos, el tiempo indispensable para evacuar el campamento. La posición de nuestra emboscada era operativamente desventajosa, de abajo hacia arriba en lugar desprotegido, donde sólo contaban con camuflaje

y el factor sorpresa. Como no era un lugar propicio para

ataques, la tropa se aproximó desaprensiva. En el mo­ mento de las primeras detonaciones nos aprestábamos

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a desayunar. La orden fue suspender la comida, apagar

el fuego y levantar el campamento de acuerdo al plan

establecido. Acostumbrados a utilizar hasta el último grano y viviendo permanentemente con hambre, nadie nos atrevimos a botar la comida. Aun cuando existía la posibilidad de que le quedara al adversario. Nos retiramos muy cargados y algunos llevando, además de su mochi­ la, la de algún combatiente de la contención. Lo hicimos ágilmente pero con cautela y orden. Llevábamos arma en porte y tiro en recámara, en previsión de que hubiese tropa apostada en otras direcciones. Estando casi todos en el punto de reunión apareció un compañero con la olla rebosante de frijoles en la mano. Sólo su habilidad para desplazarse en terreno tan que­ brado y el espíritu de triunfo explicaban esta ocurrencia.

Era uno de los mejores del grupo, diestro guerrillero y gran cantor. Divertido nos dijo que a esos cabrones no les íbamos a dejar el desayuno servido y que tampoco lo

íbamos a desperdiciar. Y acto seguido repartió el alimento en raciones iguales. A poca altura nos sobrevolaba un helicóptero, pero la vegetación nos brindaba resguardo

y la orden era no evidenciar nuestra posición. Pronto

aparecieron los de la contención, sofocados por la carrera que como venados hicieron desde el otro lado de la hon­ donada. En su retirada atravesaron el campamento recién abandonado y uno de los combatientes vio la olla de salsa picante recién preparada. Sin pensarlo dos veces rescató

el

recipiente al vuelo, y con el preciado condimento en

la

mano se reincorporó al grupo, quien celebró el gesto.

Este joven ixil había causado con su primer disparo un muerto al ejército. Nuestra defensa le causó varias bajas a la tropa; pero su velocidad para tenderse salvó a Fonseca, quien desarmado y descalzo encabezaba la columna. Pocos meses después se fugó del ejército y buscó contacto con

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el destacamento. Quería proporcionar, según dijo, la in­ formación que acumuló mientras estuvo cautivo y recibir de nuestras manos el castigo que merecía por su traición, de manera que su ejemplo no fuera seguido por otros. Luego de grabar su declaración, fue ejecutado por una escuadra de combatientes ixiles. No alcanzaba los veinte años de edad. Nos golpeó profundamente su traición; pero nuestro corazón sufrió igualmente con su muerte. El proceder de Fonseca y su castigo ejemplar nos revelaron en toda su crudeza el lado trágico y las contradicciones propias del proceso emancipador. Como el combate fue a pocos pasos del campa­ mento, creimos que el ejército entraría al mismo. Sin embargo, dos meses después una unidad nuestra realizó un reconocimiento y encontró todo como lo dejamos. Las bajas infligidas por la contención habían sido suficientes para disuadir al ejército de avanzar y no volver más a dicho lugar. Nos retiramos haciendo frecuentes paradas con el fin de explorar la ruta que seguíamos. Caminábamos a rumbo y borrando huellas, especialmente en las proximidades de un camino transitado que debimos cruzar. Más adelante, aprovechando que había niebla y llovía, nos detuvimos a cocinar. Pero colocamos vigilancia en varias direcciones y guardamos silencio absoluto. Por la noche no acampamos, sino en fila, tal como íbamos en la marcha, dormitamos sentados unos junto a otros con mochila y equipos puestos. Llovió toda la noche y cada quien se protegió del agua con trozos de plástico. No cenamos y despuntando el día reanudamos la marcha sin probar bocado. Nuestras posiciones, descubiertas sucesivamente por el ejército, daban la impresión de que nos retirábamos hacia el noreste. Pero en realidad maniobrábamos en el terreno buscando el sureste, adentrándonos en territorios de la Zona Reina. Para lograrlo sin ser vistos debimos

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realizar marchas nocturnas en caminos trajinados de día por la población y la tropa. En la oscuridad nos guiábamos unos a otros con luciérnagas o pedacitos de esparadrapo blanco colocado en la parte posterior de las mochilas. De día avanzábamos por terrenos escarpados y tupidos de vegetación, evitando los caminos y sus proximidades. Por ciertos lugares logramos ascender usando hasta los dientes para aferramos a raíces y ramas. Dormíamos una noche en cada lugar y en esas breves paradas impartíamos charlas sobre temas de interés general. Uno de ellos trató sobre la Revolución Cubana: su gesta, sus logros y sus dificultades. Esa vez nos alimentamos de hierbamora, planta silvestre que abundaba en las orillas del río donde nos detuvimos. Durante esos días me impresionó, por la destreza y el espíritu que suponía en esas circunstancias, el compañero que llevaba una guitarra descubierta en la mano izquierda, y a la cual no le dio golpe ni rasguño alguno. En ese entonces, nuestro armamento era sólo de infantería, un verdadero muestrario de armas largas y cortas; varias con defectos significativos. Y las dotaciones de municiones eran reducidas; generalmente no había más de las que llevábamos encima. Por eso se les cuidaba como a la propia vida; y nuestros ejercicios de tiro eran en seco, con triangulación. El uso del parque estaba a tal punto racionado que la regla era: tiro que se dispara, tiro que pega en el blanco. Los ixiles decían: Mal bac chich, mal soldado sacami. Las armas eran asignadas según funciones y desempeño durante un tiempo más o menos largo. Sin embargo, para determinadas misiones permutábamos o cedíamos nuestro fusil por días o semanas. Varios de no­ sotros portábamos, además, un arma corta y una granada de fragmentación. Pero, al igual que las armas largas, cuando algún compañero requería de ellas las cedíamos

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bajo orientación del mando. Diariamente, al atardecer y por grupos las limpiábamos, porque la tierra o el lodo, la humedad y la intemperie las dañaban constantemente. Los combatientes nuevos y, más adelante, los visitantes o refugiados temporales, utilizaban armamento de madera que ellos mismos fabricaban, el cual debían portar y cuidar como si fuera verdadero. Raramente se daban casos de descuido o irresponsabilidad al respecto. Por otra parte, éramos estrictos en las medidas de seguridad para su uso, arme y desarme. Y por ningún motivo se permitía jugar, hacer malabarismos o bromear con ellas. Mucho menos amenazar. En aquel entonces no tuvimos ningún accidente serio y tiros escapados los hubo muy pocos. Nuestro entrenamiento, operaciones y táctica eran eminentemente defensivos; de ahí que cada vez que era posible evitábamos al ejército. Era lo que nos correspondía hacer, dado el incipiente desarrollo político de la organi­ zación y la muy desigual correlación de fuerzas militares. Pero no era fácil proceder así. Numerosos combatientes y algunos fundadores eran partidarios de buscar el combate frontal cuanta vez se nos pusiera al alcance. Querían la acción militar por sí misma, descontextualizada de los planes globales de la organización y de nuestra realidad en el frente. Consideraban que era una cobardía evadir al ejército; que era fácil ganarle; que debíamos castigarlo de inmediato por las atrocidades que cometía contra el pueblo. Decían que era el tiempo de combatir y no de hacer política; que después del triunfo habría tiempo para ésta. De ahí que no contemplaran las consecuencias que ello pudiera tener hacia la población de las proximidades y para el destacamento mismo: su trabajo organizador y politizador, sus vías logísticas, sus comunicaciones. Eran los mismos compañeros que subestimaban la formación política y el trabajo organizativo entre la población. Inclu­

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so desestimaban la teoría militar. Con voluntad, combati­ vidad y heroísmo pretendían suplir los complejos factores de la correlación de fuerzas política y militar. Luego de una cuidadosa exploración, realizada por un miembro de la dirección y un combatiente experimen­ tado, nos establecimos por varias semanas en un nuevo sitio. Este tenía buenas condiciones para la defensa y era de difícil acceso. Para trasladarnos a este lugar descendi­ mos a una garganta y, luego de avanzar por ella durante un tiempo, iniciamos el ascenso por el lado opuesto, casi en posición vertical. Una veintena de metros arriba nos introdujimos, siempre en fila india, en el cauce de una quebrada que caía en pendiente pronunciada. Temeraria­ mente escalamos entre sus aguas y sobre enormes piedras lisas sin vegetación de donde asirnos. Constantemente debíamos apoyarnos para elevarnos de un nivel a otro o para saltar de roca en roca, teniendo siempre un preci­ picio detrás. Pero de esa manera evitamos dejar huella. Habiendo ascendido muy alto, abandonamos la catarata y continuamos la marcha por tierra firme. Nos detuvimos poco antes de alcanzar la cima. Alguien dijo entonces: "Si el ejército logra llegar acá le ponemos marimba". Mate­ rialmente no había metro cuadrado plano, ni siquiera inclinado. Era como estar incrustados en una pared. Con nuestros machetes arrancamos tierra a la vertiente para instalar la cocina y los puestos de dormir. Varios, con ra­ zón, sembraron sólidas estacas a la orilla de sus lugares, de manera que si dormidos cambiaban de posición los palos los detenían para no despeñarse. Nos urgía reactivar las comunicaciones con los centros poblados de la región y la capital, así como re­ anudar nuestras actividades habituales. Estas últimas las realizamos en pequeña escala porque a la mayor parte nos absorbían las medidas de seguridad o las misiones fuera del campamento. Estando allí llegó la primera compañera

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ixil que se incorporó a la organización. Era originaria de Nebaj y madre de familia. Menuda, de tez clara; discre­ ta, despierta y esforzada en el estudio. Era hermana de un combatiente y compañera de otro. Permaneció dos o tres meses entre nosotros y luego volvió a trabajar como organizadora a su pueblo. Bajo operaciones los cocineros se levantaban a las dos de la madrugada. De manera que antes del amanecer desayunábamos y recogíamos la ración del medio día. Además, encendíamos el fogón rodeado de toldos verde olivo, para que su luminosidad no fuera visible desde ninguna parte. El maíz se nos terminó pronto y el que consumimos los últimos días era prácticamente polvo con gorgojos que así mismo cocinábamos. Su sabor era amargo pero el hambre lo era más. Nos quedamos sólo con sal y un poco de harina de trigo; así que diariamente recolectábamos tzitzil, hierba comestible de altura que abundaba un centenar de metros abajo del campamento. Con ella nos alimentamos mañana y noche durante más de dos semanas. Y a medio día ingeríamos una pequeña tortilla de harina acompañada de agua. No macheteábamos para nada y recogíamos leña de ramas caídas que partíamos con las manos. El agua la tomábamos de un pequeño nacedero en el área de nuestro asentamiento. El clima era agradable y durante varios días, temprano por la mañana nos sobrevoló un hermoso quetzal. Además, escuchábamos infinidad de trinos de pájaros, que sólo cesaban cuando el manto de la noche nos cubría. Daba la sensación de estar dentro de una jaula de aves canoras. Ni antes ni después volvimos a escuchar el canto de tal variedad y cantidad de aves. Era un verdadero deleite. Sin embargo, varios compañeros, apremiados por el hambre, cazaban con honda ejemplares de estos pequeños seres que nos alegraban la vida. Desde que me incorporé fue ese el primer período de hambruna

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propiamente; y a varios compañeros les afectó el alma, incluso enfermándolos físicamente. El descubrimiento de este fenómeno nos enseñó que pueden darse enfer­ medades y malestares físicos producidos por nuestra mente. En la experiencia de la montaña, estos males se dieron fundamentalmente a causa del hambre, del miedo y de amores imposibles. Sin embargo, el entusiasmo y la fortaleza que prevalecían entre la mayoría, lograban que los afectados superaran sus crisis. Varias veces escuchamos gritos o machetazos de mimbreros que se llamaban entre sí en las montañas aledañas. Y explorando el filo arriba de nuestra posi­ ción, compañeros nuestros oyeron detonaciones a unos dos kilómetros de distancia. Pero no tuvimos problemas serios de seguridad, ni escuchamos vuelos de aviones o helicópteros como otras veces. Cierta mañana se desprendió de la cima una roca enorme que se precipitó sobre el campamento. Con un grito alguien nos alertó; pues la piedra caía velozmente en nuestra dirección. Pero con mi compañero sólo tu­ vimos tiempo de agazaparnos en el pequeño corte de nuestro puesto. Sin embargo uno o dos metros antes de alcanzarnos, la peña dio un salto sobre nuestras cabezas. Incrédulos la vimos rebotar pocos metros abajo y rodar hasta el fondo de la barranca, acompañada de un retumbo. La posibilidad de la muerte se nos presentaba en moda­ lidades nunca imaginadas por nosotros. Poco antes de abandonar ese peculiar resguardo, un noticiero radial dio cuenta del atentado contra mi tío Manuel Colom Argueta, quien gracias a su reacción rápida y agresiva frustró la intención de los asesinos, que sólo lograron herirlo. Pocos años antes había sido alcalde de la capital del país, y en esas fechas dirigía el único partido cívico de oposición al régimen. Sin embar­ go, los militares persistieron en su objetivo y tres años

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después, el 22 de marzo de 1979, le dieron muerte. Por la envergadura, el operativo parecía montado contra un delincuente o narcotraficante peligroso. Sin embargo, se trataba de un plan de la inteligencia militar contra un ciudadano y opositor político; hombre de diálogo y res­ petuoso de la ley. Sólo la impunidad con que actúan los

cuerpos represivos del Estado y el objetivo de aterrorizar

a la ciudadanía explican que, a lo largo de tres cuadras

transitadas y a plena luz del día, persiguieran al político

demócrata, quien en desesperada huida hizo el supremo esfuerzo por salvar la vida. Decenas de personas fueron testigos estupefactos de la cacería humana, de las decenas

de balazos que le acertaron y del tiro de gracia que uno de los esbirros se aproximó a darle. Nadie quiso atestiguar,

y dos hermanos y una hermana de la víctima debieron

salir al exilio por amenazas de muerte. Se habían atrevido

a responsabilizar al gobierno y al Alto Mando del ejército

por el asesinato. Miembros connotados de la burguesía y de los partidos de derecha festejaron el hecho en círculos íntimos. Decenas de miles de ciudadanos manifestaron su repudio al crimen durante el sepelio, y señalaron como responsables a los cuerpos represivos del Estado y a las fuerzas reaccionarias del país. Nosotros nos reafirmamos en el camino elegido, y frente a éste y similares hechos de sangre de carácter político, cientos de guatemaltecos optaron por la vía armada, miles la apoyaron y muchos más la comprendieron.

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BAJO EL CERCO ENEMIGO

A varias semanas del combate de marzo nos encontrá­

bamos al noreste de Chajul, por el rumbo de Pal y Xaxboc.

Aunque siempre en bosques nublados, el clima era benigno

y había más presencia de flores, frutos y animales, pues

reinaba la primavera. Era la breve época en que nuestros campamentos eran placenteros en sus condiciones materiales, pues no se formaban los lodazales malolientes de la temporada de lluvias, la estación más prolongada del año. Acampábamos entonces en una hondonada de vegetación exuberante y bella, al lado de una quebrada cristalina que, a metros de distancia, desembocaba en una corriente de agua mayor. En ésta solíamos lavar ropa y bañarnos. Algunos de nosotros volvimos a ver quetzales en las inmediaciones y ocasionalmente escuchamos el

rugido de los monos saraguates. En los alrededores cazamos pavas y monos araña, y recolectamos vegetales como la pacaya, el jaboncillo y la madre maíz. Esta última

es raíz profunda y tuberosa que, pelada y cocida, se parece

a la papa. Extraerla y prepararla es trabajo laborioso,

pues es voluminosa y anudada como pocas. Abunda en regiones del altiplano donde es sustituto del maíz cuando éste escasea. De ahí su nombre. Nos la enseñaron a comer los compañeros chujes procedentes de San Mateo Ixtatán, quienes nos narraron que con frecuencia su gente recurre

a ella para no morir de hambre. Numerosas veces a partir

de entonces, nosotros también desenterramos la madre maíz para subsistir. Sin embargo, los alimentos que nos daba la montaña no eran suficientes para la cantidad de bocas que éramos. Más bien eran complemento o sustituto providencial de nuestra precaria dieta, y adquirirlos

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suponía que diariamente varios compañeros dedicaran

la jornada completa a la recolección y a la caza. Por esos días se habían agotado el maíz y el azúcar;

aunque quedaba sal, aceite, chile, frijol y café. Resentíamos

la falta de los primeros porque nos proporcionaban más