Tres dioses muertos

-¡Rrr-aa-ah! Me vienen a la mente los recuerdos de la infancia: la multitud rugiente, las piedras, arrancadas con las manos del pavimento de la calzada. Las calles de Skiros, los insultos, el vaivén, los gritos… Y el tío Flavio, enorme, desmelenado, barbudo, levantando con un sórdido rugido un tronco por encima de su cabeza. ¡Putas!, grita el tío. Lo que dice es simple y fácil de entender. Incluso para mi, un chaval de ocho años. Las putas están en el palacio, el palacio será tomado por mi tío y sus amigos y todos estarán contentos. Hasta yo, Tito, aunque sea demasiado joven para tirar una adoquín. Bueno, en realidad también soy demasiado joven para las putas. Ahora, después de haber vivido 40 años, habiéndome convertido en el centurión Tito Voltumio, entiendo que mi tío tenía razón: aquel que lleva a la gente siempre nombra las cosas difíciles con palabras fáciles. ¿Qué les importaba a los ciudadanos la libertad de la persona, los derechos y el poder, la legitimidad, o cómo se llame? Lo difícil se hace fácil cuando un líder toma la palabra. Los optimates son cerdos sucios, el tribuno es un cabrón, los patricios son unas putas. Aquello era fácil de entender hasta para mí, un muchacho de ocho años. Y, más aún, para los demás. - ¡Rrr-aa-ah! La multitud ruge, la multitud corre. Como una corriente primaveral turbia que lleva la basura y las astillas… Y yo, Tito de ocho años, el futuro centurión-hijoputa, como me llama la novatada de la legión, también corro. …Cuando un muro de escudos se pone en el camino de la corriente yo cojo una piedra del suelo y la tiro con todas mis fuerzas. ¡La piedra rebota! ¡Muy bien, chaval!, dice alguien, agachándose, siguiendo mi ejemplo. Las piedras empiezan a dar contra los escudos, los legionarios forman una tortuga (desarticulada y bastante mal formada, según entiendo ahora, después de 30 años de servicio), pero la lluvia de piedras hace poco daño. Grita un legionario desafortunado, el centurión da la orden: algo así como "mantener la formación, gorilas" y la fila de escudos tiembla y comienza a avanzar lentamente hacia nosotros. Aquello era terrible. El ataque de la legión siempre infunde terror. A veces, comprobando la instrucción de mis centurias, me ponía delante de la fila y le ordenaba al centurion menor: ¡A pie firme! En formación, sin dardos, en silencio… El escalofrío llegaba hasta la médula, los pómulos se hacían piedra, parecía que otra vez estaba en las calles de Skiros y, nuevamente, la serpiente brillante de la legión devoraba la calle, estadio tras su estadio… Les gritaba: apresuraos, los de la izquierda !que no estáis aquí batiendo mierda¡ Les decía: ¡A paso firme, hijos de puta! y después, sacándome el yelmo, sentía humedad en el forro de este… -¡¿Rrr-aa-ah?! La muchedumbre se siente insegura. La multitud recuerda: le habían sido prometidas las putas, pero aquí, en vez de caer sumisas al suelo y abrirse desvergonzadamente de piernas… Aquí la calle estaba siendo devorada por una serpiente de bronce, la serpiente de la legión… Por alguna razón parece que de noche, en la puesta del sol, es más fácil rebelarse en las tinieblas, más ligeras son las antorchas, que motín se puede organizar sin antorchas, en las manos impacientes. La piel de la serpiente se funde en bronce… Yo, moreno en aquel entonces y medio canoso hoy, me quedó mirando. El maravilloso terror de la legión que avanza, me quedé estupefacto entonces, sentía vértigo, me quedo atónito hasta hoy día, estando delante de las filas y ordenando: ¡ A pie firme, hacia - mi..!

En formación, sin dardos, en silencio. El tío Flavio también quedó desconcertado por un instante. Pero era más inteligente que la muchedumbre (bueno, hasta un niño de ocho años era más inteligente que ella) y, además, era un auténtico líder. Un simple alfarero, un maestro en lo que hacía, él no podía convertir el agua en vino como el dios de los cristianos, pero sabía hacer otras cosas… El hacía fáciles las cosas difíciles. -¡Polis sinvergüenzas! El tío Flavio, el Dios de las multitudes. Hoy, 35 años después, recordando aquel día, veo como la gran serpiente de bronce choca frente a frente con la corriente amotinada. Las puertas, las tablas de madera, los hombros, todo ha sido involucrado cuando el tío Flavio hizo fáciles las cosas difíciles. Los huesos crugían. Puedo oír, como si estuviera allí, aquel sonido: los cuerpos magullados, las costillas rompiéndose. La legión presiona, la corriente presiona, nadie quiere retroceder. La serpiente de bronce contra un toro oscuro… … Se dice que la boa caza aturdiendo a la víctima con un golpe de su cabeza. El tío Flavio está en las primeras filas, apoyando con su hombro una enorme puerta. Las bisagras de bronce, arrancadas de un solo tiro, se pueden ver incluso desde aquí, la primera planta a donde me ha tirado una mano preocupada. Debajo de mi solo veo una corriente homogénea sin ningún espacio en el medio. Parece que si me tiró abajo podré ponerme en pie y caminar como en una estrada llena de piedras, mirando a todos lados y observando: éste es Quinto, el chapista, en cuya boca torcida falta la mitad de los dientes, este es Scevolo, nuestro vecino pelirrojo como... Y este es el tío Flavio, todo fibra y huesos, presionando la puerta con el hombro, como si detrás de ella estuviera la vida feliz a la que no nos dejan entrar. Pero el tío es fuerte, podrá lograrlo… -¡Rrr-aa-ah! ¡A-a-aah! De las filas traseras de los legionarios comienzan a volar los dardos. … Siempre había sido fuerte, mi tío, incluso habiendo sido abatido bajo la lluvia de dardos, tardó en morir. El centurión tuvo que atravesarlo dos veces con su espada y dos veces esperar a que terminasen las convulsiones del moribundo… El centurión, fornido y de cara roja me parecía tremendamente viejo, aunque, creo que en aquel entonces tenía menos años de los que tengo ahora… Así murió el Dios de la muchedumbre. … … - Quiero ser soldado. - Tienes cara pálida, chaval. Hasta el gran César decía: Asustad al hombre. Si su cara se pone roja, es un hombre valiente, pero si su cara se vuelve pálida entonces… Tú eres un cobarde, y no necesito cobardes. ¡Vete de aquí, niñato! El tribuno escupe las palabras entre los dientes, orgulloso de la altiva sabiduría ajena. Es joven, tiene siete años más que yo, que sólo tengo 13, y tiene de qué estar orgulloso. El ha leído "De bello Gallico", recuerda a Cicerón y, seguramente, podrá citar de memoria "La Naturaleza de las Cosas". Mi educación es mucho más sencilla: un motín, el tío Flavio, una espada corta que atravesó sus costillas, las largas andanzas, la soledad, el hambre, el dolor…Pero yo sé algo que no sabe el soberbio tribuno de la segunda Cohorte de la decimosexta legión. Yo sé: lo difícil se puede hacer fácil.

Me voy. … -Quiero ser soldado. En los hábitos del centurión hay algo de lobo, salvaje, como si acabara de salir del bosque y ahora regresara a su forma humana: fornida, de cuello fuerte. Su cabeza redonda, con una frente ancha, culmina con un peinado corto y canoso. Sus ojos me contemplan pensativos. -Tonto; -dice el centurión, mientras la palma de su mano ancha toca, de manera casi cariñosa, mi nuca y me hace caer. -Eres joven y eres tonto. El centurión se marcha. -Y tú eres un viejo cabrón, -le gritó mientras le veo marcharse. -¿Soy lo suficientemente valiente para decir eso? El centurión vuelve y me mira con una sonrisa mientras estoy sentado en el polvo. -Eres lo suficientemente tonto como para decir eso en voz alta. Odio esta sonrisa, la odio de la misma manera como odiaba a la serpiente de bronce que había devorado las calles de mi ciudad natal... - ¡Levántate, novato! Ahora te vas a ver a Quinto de la quinta tienda, ahí recibirás cinco palos en el trasero y un manto. Le dices que yo lo he ordenado. Y después te vas a la cocina a limpiar calderos. Es todo. Vete de aquí que no quiero verte más… Siento que él lo sabe. Sabe cómo hacer fácil lo difícil. -¡Bar-rah! Recuerdos de la juventud: una centuria rugiente corre intentando mantener las filas, el rugido de un elefante enfurecido "Barrah" reproducido por nosotros parece, más bien, el chillido de un elefantito asustado.Vemos divisarse delante de nosotros la figura del centurión Furius, su rostro está lejos, no lo podemos ver, pero estoy seguro, todos estamos seguros, de que el centurión Furius Lupus, está sonriendo. Creo que puede sentir nuestro odio perfectamente, sin que tenga que ver nuestros ojos… - ¡Mantener la alineación! -su voz se sobrepone fácilmente a nuestros chillidos. ¡Apresurados, los del flanco izquierdo! -¡Bar-rah! -¡Mierda! - El que corre delante de mí, tropieza, deja caer su espada de madera, sigue unos pasos más,y se cae hacia delante agitando fuertemente las manos… Golpea al que le precede en las rodillas con su hombro, ambos se caen insultando a todo dios. Sigo corriendo, pisando el escudo caído… Les grito al resto: ¡Haz como yo!. Saltar a la mole que está en el suelo con el escudo en una mano y un gran madero, en la otra, vistiendo la armadura, no es nada fácil. Con el pie izquierdo te apoyas en la espalda del que está en el suelo y con el derecho ya tocas el suelo. Sigo corriendo. - ¡Hijo de puta!, grita una voz ofendida detrás de mí. -Eres un hijo de puta, y tú también, tú también. Puedo decir que han seguido mi ejemplo.

… Aquella tarde, Furius me ha llamado. Todos se han marchado a las tiendas, en la otra punta del campamento alguien llamaba a voces "Atrorix", y el centurión-lobo, con su cabeza descubierta, su pelo canoso y sus ojos contemplativos, me mira sonriente sin decir una palabra. Yo también guardaba el silencio, pero no tenía motivos para sonreír… Le odiaba. -Tonto, -dice Lupus de repente. -Has hecho lo correcto hoy, no has roto la alineación… en un combate real habría salvado muchas vidas… Pero estoy seguro: hoy te vas a acostar con la boca sangrando. Y no voy a meterme. Una cosa más: difícilmente podrás ser centurión. Es todo. Vete de aquí… -Yo voy a ser centurión, -decía yo, mientras me acostaba. Los labios hinchados dolían y la mejilla sangraba por adentro. De los cuatro que me atacaron por la noche, tres cumplieron la orden "Haz como yo". Y no había entre ellos ninguno de los que habían caído al suelo… -Yo voy a ser centurión. … Necesité 12 años para lograrlo… -Cuando sois sólo un montón de gente, es fácil exterminaros, - dice el centurión, paseándose delante de nosotros. -Pero una alineación… es mucho más difícil romper una alineación… Tito, Comus, ¡acercaros! ¡En guardia! En el siguiente instante recibo un golpe en la cabeza que me hace caer. Sólo oigo un zumbido en mis orejas,y no veo nada más que oscuridad a mi alrededor. Como en un callejón sin salida. -¡ Levántate! La costumbre me puede. Me pongo en pie. Es más, casi salto al levantarme. De alguna manera, a través de la niebla que cubre mis ojos, logró divisar a Comus, y en su cara sólo veo aturdimiento. ¿A que la mía está igual ahora? -Esto ha sido pan comido, -dice Lupus, frotando su enorme puño lleno de callos. -En primer lugar, los he atacado por sorpresa. En segundo, cada uno de ellos iba por su cuenta. ¡A ver ahora! Esta vez llegue a levantar mi escudo y acercarme a Comus. El puño del centurión da contra contra la madera del escudo y hasta me hace retroceder un poco. Después… -¡Haz como yo! Avanzo un poco apoyando mi escudo en el hombro. Comus hace lo mismo. Un impulso conjunto deja a Lupus en el suelo. -¡Haz como yo! Levanto mi pierna con la intención de dar al costado del tipo que tanto odio. ¡Yo voy a ser centurión! La rodilla de la otra pierna de repente se llena de dolor, como si alguien le echara agua hirviendo… ¡Me caigo al suelo! -Si al enemigo algo le parece sencillo, hacerlo difícil, - dice Furius, estando de pie a mi lado, mientras yo sujeto mi rodilla. Gruño con los dientes cerrados, luchando con las lágrimas que me salen en los ojos. -Probablemente, se lo pensará diez veces antes de dar el golpe. - Te odio, - crepitaba yo, - ¡Te voy a matar, hijo de puta, te odio!

… Veintiocho años han pasado, pero te sigo recordando, lo fácil que era odiarte centurión mayor Furius Lupus. Y lo difícil que se tornó, cuando por injuria del tribuno jovenzuelo, aquel mismo que tenía siete años más que yo, se enjuició y se condenó a muerte al centurión lobo… … -¡Por orden del centurión mayor Quinto Garso! Entré a la tienda, pasando entre dos guardias, armados con dardos. El arrestado levantó la mirada, me reconoció y sonrió con su sonrisa del lobo. “Te odio”, pensé yo, como solía hacerlo… pero me di cuenta, con asombro, que ya no había odio. Sólo quedaba la costumbre. -Era de esperarse, dijo Lupus sin mostrar ningún tipo de asombro, como si estuviera esperando todo el tiempo que estuvo arrestado. -Tú siempre te metes en líos, Tito. - Traigo una espada. Una espada muy ligera, más ligera incluso, que los maderos con los que nos enseñaban a usar el arma; la dejo ante el centurión. - ¿Y?, Sonríe Furius. ¿Crees que voy a matarme con ella como lo hacen los oficiales deshonrados? ¿Crees que va a salvar mi honor? -Eso es lo que piensa el centurión mayor Quinto Garso. El me ha enviado. No le digo que ha sido idea mía y que la he ofrecido al prior. -El veterano Garso no piensa así, dice Furius, mirándome a los ojos; es el tribuno de la segunda cohorte quien piensa así. - Pero… - El tribuno piensa que él tiene la victoria. Es posible. Pero no pienso ponerle las cosas fáciles… Tirarme encima de la espada, es como rendirme sin haber peleado la batalla. En el juicio tendré la oportunidad de decirle unas cuantas palabras sobre nuestro valeroso tribuno… Y apuesto lo que quieras que no le va a gustar. -Me alegro de que hayas venido Tito, dice el centurión. Aunque lo que has hecho es una tontería… ¡Firme! Me pongo de pie y me enderezó. - Toma la espada, la vas a devolver a Quinto Garso. Que la devuelva al tribuno deseándole que se mate con ella él mismo. Le dirás que es una orden mía. Después te vas a marchar a su tienda, mañana te toca una marcha con el armamento completo, el doble de lo habitual… Y una cosa más: serás un buen centurión. Centurión mayor... Es todo. Vete de aquí, no quiero verte más… Así murió el Dios de los soldados. Lo que es fácil para el enemigo tiene que convertirse en difícil.

Es difícil ser un anciano en el cuerpo de un joven. Cuando te miras al espejo y en vez de ver el reflejo tan familiar de una cara curtida con arrugas pícaras en los extremos de los labios…

Bueno, en realidad tampoco solía ver el reflejo de mi cara. En un lago, un ruido, un charco, un pesebre, hasta en una sopa de lentejas, sí. El espejo para mí es algo muy raro. Hay que tener mucho talento para pulir el bronce de esta manera… Aunque, no es bronce. ¿Plata? Vi una vez la plata líquida, mercurio… Daban ganas de cogerlo con las manos y hacer rodar esas pelotitas relucientes en la palma de la mano, disfrutando el juego de la luz… ¡Reflejo! El espejo es mercurio sólido. Ahora me doy cuenta. Mira, qué bueno eres Tito Voltumio, centurión mayor, los pensamientos aún se mueven en tu cabeza canosa. Pero eso no es lo importante. Esta cara no es mía. Del todo. Ni siquiera es de un romano. Ni de un griego. ¿Itálico? Puede ser… Galo. Tráceo. Gépido. Godo. ¿Hérulo? Pero esos son más bien pelirrojos… Cabello castaño claro. Cara ovalada, pequeña mandíbula, en vez de la pesada que tenía yo, las orejas un poco salientes, seguro que nunca tocaron el yelmo. No hay cicatrices. Ninguna. La piel, muy pálida, tierna… Y ese, del espejo, es muy joven. A mis 15 años yo no tenía ese aspecto tan juvenil. - ¡ Dima ! - me llama alguien detrás de la puerta. Una voz suave y femenina, que me hace recordar a una muchacha con un buen cuerpo, caderas anchas, pelirroja… ¡Ah, qué tiempos aquellos! - ¡ Dima ! - la voz empieza a transmitir inseguridad. ¿Estás bien? - Sí, responde aquel, él del espejo. “Ahora salgo”. No es latín, ni tráceo, tampoco se parece demasiado a - germano… Aunque sí, a - germano se parece un poco. ¿Godo? ¿Desde cuándo entiendo godo? ¿Y lo hablo? -No te preocupes tanto, consuela la voz detrás de la puerta. ¡Estoy seguro, la niña es una pelirroja! Puedo decir que siento estas cosas. Y es guapa. Las pelirrojas son todas guapas. - No puedes salir todos los días al plano astral. Habrá sido una tormenta magnética la que ha interferido, o alguna cosa de esas… ¿Una tormenta? ¿Cómo magnética? … Se llama Nadia. Y es realmente guapa. Eh, los paños menores se tensaron, a Nadia la conozco, la conozco bien… Aunque ese alguien no soy yo. El chaval del espejo la conoce. Y ya no es chaval desde hace tiempo: tiene veinticuatro años, nació en agosto… Sus… mis… padres se llaman Alexandra Pavlovna y Valeriy Stepanovich. y su apellido… su… mi cognomen… El ataque de la legión siempre da terror. - ¿Dima, porqué te has callado? - Sí, digo, sí. Mi padre se llama Marcos, mi madre, Lucilia... Y a mí me llaman Tito Voltumio desde hace veinte años. ¡Centurión, y lo puedo jurar por el trasero de la Loba, centurión mayor!

Lo difícil hay que hacerlo fácil. - ¡Dima! ... Nadia dice que después de la sesión de espiritismo mi mirada había cambiado. Es posible. Un hombre y un muchacho se diferencian en primer lugar por cómo miran a la mujer. También Nadia dice que la alegra que yo haya acabado con mi afición al misticismo, porque, según lo que ella había oído, el espíritu de un muerto puede poseer el cuerpo del que lo invoca. Tonterías, digo yo, todo esto son tonterías. Tonterías, acepta la Ardilla. A la vez, su mirada se vuelve muy extraña, congelada… como si ella estuviera buscando algo y espera no encontrarlo. Me quedo helado, porque si alguna vez Nadia lo llega a encontrar… Es que ya no puedo vivir sin ella. Más en aquel entonces, cuando salí del cuarto de baño, me acerqué y la abracé. Sentí como si un fuego me estuviera quemando la cara… ¡Chaval... novatada legionaria! - ¿Dima?, sus labios se abres en un alegre esperar. - ¿No te habrás dado un golpe en la cabeza? ¿No? Más ella, se funde entre mis brazos y me abraza cada vez más fuerte. -Sí, me di un golpe, le digo. -Cuando te vi por primera vez. Ando traumatizado desde aquel entonces... - ¿De verdad? - veo unas llamas en sus ojos que funden mi alma. Lo sabía... Parecías tan frío, pero a veces me mirabas de una manera... Eres un tonto Dima. Joven y tonto. Se ve que en la niñez - te has dado muchas veces contra las piedras, tiene razón Nadia... Algo tan sencillo hacerlo tan difícil... Temer más a sí mismo que al enemigo... Es difícil ser un viejo. Cuando te sientes viejo no porque te ¿duelan las heridas recibidas otrora y los huesos quebrantados hace mucho anuncien el cambio de tiempo…? Aunque, yo no me sentía viejo. Sentía que era un bobo. Al principio todo me sorprendía por su novedad y aspecto extraño, aunque, a la vez porque tenía un extraño parecido con lo que había visto… Bueno, realmente eso era nuevo sólo para Tito Voltumio, Dima bostezaba mirando las ruidosas carrozas sin caballos, bostezaba cuando pasaban volando las aves de hierro (¡sic!), bostezaba viendo las cataratas de fuego en las calles nocturnas, bostezaba, solo bostezaba, y el centurión seguía su ejemplo. Reconocer daba alegría y a la vez era más costumbre que otra cosa. Una alegría de costumbre. A veces me confundo, le adjudico a Dima los recuerdos del centurión, en otras ocasiones la pelea en la secundaria número dos por alguna razón transcurre con la utilización de armas de filo y formación manipularia. El viejo sabio centurión Mikhalych… La vejez no viene con las canas y el cansancio. A mis pelos les falta mucho para volverse canosos, y en mis años de servicio me he acostumbrado a cansarme siempre a la misma hora, después de la retreta…

La costumbre, eso es lo que pasa. Me he acostumbrado. Me he acostumbrado a ser centurión mayor. Me he acostumbrado a levantarme antes del amanecer y a acostarme después de la medianoche, me he acostumbrado a sentir como el frío pica las rodillas debajo del fino edredón, a comer el simple guiso de las ollas de los soldados… Me he acostumbrado a saludar y recibir saludos. Al paso de formación, al peso del yelmo acrestado, a los callos en la nuca y en las sienes… ¡ Dioses, hasta sueño con este yelmo estúpido! La vejez viene cuando comienzas a valorar la costumbre más que la comodidad. Y otra cosa… A veces ¿lo veo el frío campamento de la legión?, una mañana gris, bien temprano, los centinelas se congelan en sus capas cortas, de las ramas de los árboles, negros, otoñales cuelga la escarcha… La respiración en forma de vapor de mi boca. Camino por la estrecha senda, envuelto en una capa de paño, mi cabeza está descubierta, el viento helado desparpaja mis pelos a los que les hace falta pasar por las tijeras de un peluquero… otra vez tengo 13 años. Me voy a la legión. Eso. Es difícil ser. Cuando cambias de trabajo no porque el anterior no te gustara o te diera poco dinero para vivir… Aunque tampoco cambiaba tan a menudo de trabajo. Mi curriculum, debido a que yo había trabajado en distintas agencias de seguridad y, a veces, en los clubes deportivo-militares, era excelente. Intentaban convencerme para que me quedara, me prometían subidas de sueldo, distintas mejoras y pagas, me invitaban a coñac y whisky… Aunque no tomo nada excepto - vino. … Me invitaban a vinos de colección, me regalaban armas y viajes a lugares exóticos. Habiendo estado una vez en Roma, y después en Gallaecia, juré nunca volver a viajar. Aunque Roma le ha gustado a la Ardilla… La primera noche que pasé allí tenía miedo de volverme loco. A la mañana siguiente, al ver mi cara, Nadia recogió las cosas y dijo firmemente: nos vamos a casa. ¿Nadia? ¿Cómo? A casa. Después de aquello sólo salíamos a Podmoskovie, a ver a los parientes de Nadia. … - ¿Ha estado en el ejército? - Pregunta el centurión que lleva un vestido azul y negro de un auténtico bárbaro al ver mi porte. ¿Su rango? - “Centurión mayor de las primeras manípulas de la segunda cohorte de la decimoséptima legión”, le recalco, “Tracia, Tercera Campaña Goda, Cuarta Goda. Tengo varias condecoraciones.” La cara del "centurión" se abre en una sonrisa insegura. - Esto… tú estás medio…pirado. ¿No? “Italia”, me dice la memoria de Dima, “Rango de Mayor”.

- Ha prestado servicio en el ejército italiano, replico, conseguí el rango mayor… Después me he vuelto, empecé a extrañar el hogar y la Madre Patria… Las calles de Skiros. - Hermano, qué me estás contando, me dice el “centurión” medio silbando desconfiado mientras toca mi hombro en un gesto de amistad. –Di la verdad que has estado en la mili… entonces, quizás, te llego a creer, pero eso… Pero cuando vuelve a ver mi mirada, se atraganta y calla. Las manos buscan en las líneas de los pantalones. - ¿Tovarish mayor? - Descanse. ¿Bueno, qué? ¿El trabajo es mío? Así es como obtengo mi primer trabajo en la vida… Difícil. Tengo cuarenta y tres años. Nací hace veintisiete años, y unos 17 siglos han pasado desde la fecha de mi muerte. Mi nombre es Tito Voltumio, pero me llaman Dimitri Valerievich. Soy el centurión mayor de una legión romana que ha olvidado cómo se decía latín: al suelo y flexiones. Mi esposa es una bella pelirroja Nadia que cree que los muertos pueden entrar en los vivos. ¡Tonterías! Los muertos sólo pueden poseer a muertos… Y yo soy la confirmación de eso. Mi sed de vida resultó ser suficiente para los dos. O, quizás, todo esto es sólo un sueño de un viejo soldado que se muere en el campo de batalla. Yo no sé cómo mueren los centuriones mayores, pero espero que rápido. Aunque me habían comentado que en el instante que precede a la muerte toda la vida pasa delante de los ojos. No lo sé. He recordado lo que he recordado y no tengo ni el más mínimo deseo de morir. Quiero volver a mi Ardilla, pelirroja, cariñosa… Volver, después de ser centurión por última vez. Ser yo mismo. Miró al escaparate. Hace poco por esta calle ha pasado una oleada humana, persiguiendo a unos cuantos grises, que salieron desprevenidos a la calle. Los legionarios han logrado escapar, pero los escudos tirados y las porras negras todavía están en el adoquinado… en el estratum. Están ahí, esperando algo. Esperan la vuelta de los grises… Me miro en el espejo oscuro. No, no soy centurión ya. La vida pacífica y sosegada ha relajado mi cara, ha quitado las arrugas de mi frente, ha ablandado la línea del mentón. Como si fueran líneas en una tablilla de cera, han sido borradas las arrugas: las radiantes de los rabillos de los ojos, las sonrientes de los labios, las de luto de las alas de la nariz. ¿Acaso éste es el Tito Voltumio, Tito-Centurion, el terror de la novatada legionaria? ¿Que con sólo una mueca de sonrisa volvía pálidos de odio a cientos de caras? No me lo creo. Aún sigo soñando con el camino a la legión como cuando yo era un chaval de 13 años… -¡DISPERSENSE! - Suena la voz aumentada por el megáfono. La voz de trompeta. ESTA MANIFESTACIÓN NO HA SIDO AUTORIZADA! POR FAVOR, DISPERSENSE! EN CASO CONTARIO SERÁN ADOPTADAS MEDIDAS DE EXTREMA DUREZA! Eso es. Me doy la vuelta y miro al final de la calle. Veo arrastrarse a una serpiente. Varias personas intentan escapar del muro de escudos grises, la miran, la amenazan puños,

gritan… Y otra vez corren. A mi lado, cerca de una especie de tribuna (¡detesto esta palabra!) la gente se va juntando. Del callejón que está detrás mío sale y se para perplejo un grupo de manifestantes. -¡DISPERSENSE! POR FAVOR, DISPERSENSE! La- serpiente- gris de la legión devora la calle estadio tras estadio… Siento un escalofrío en mí nunca. Miro otra vez a la vitrina. ¡Lo tengo! A través de la hinchazón civil emerge la tan conocida rigidez. De los bordes de la nariz comienzan a aparecer las arrugillas, en los labios, en los rabillos de los ojos, las tan familiares arrugas… Intento sonreír y me sale una sonrisa lupina a lo loco… Tito Voltumio, el centurión mayor. … Saltó a la elevación, empujando a la multitud. Levanto la mano en dirección a los grises que se están aproximando: -¡Aquí habrá un combate ahora! ¡Hay que organizarse! - ¿E-e-eh? - La multitud se queda perpleja a mis pies. ¡Como quisiera que estuviera aquí el tío Flavio! El habría dicho lo justo… Lo más necesario y fácil de entender…

-

¡Putas! – grito yo. Hacer fácil lo difícil. ¡Rameras! – me sigue la multitud en júbilo. Polis sinvergüenzas¡! – gracias, tío Flavio, el dios muerto de la multitud… ¡Polis!

Me bajo de la tribuna. Formación en centurias y manípulas – les ordeno, levantado del suelo un escudo perdido de los grises. Con la otra, en un ademán acostumbrado, cojo una piedra. ¡Haz como yo!

Un instante de desconcierto. Primero atónitos, luego, alegres y coordinadas, se forman las filas, una tras una. Los escudos…

-

¿Dónde vas? – grito. Tú y tú, a la segunda fila. Tú, que tienes escudo… Sí, pelirrojo, tú¡! ¡Ponte en la primera fila! ¡Moveos, gorilas! ¡En marcha! – les ordeno un instante más tarde. ¡Juntarse! ¡Marcar el paso!

Se juntan y marcan el paso, como si mis órdenes: en un latín horroroso, mezclado con palabras tracias, se entendiesen perfectamente. ¡Gracias, Furius-Lupus, el dios muerto de los soldados! Que los grises sufran un poco. No se encontrarán a una multitud desorganizada, donde uno es solo responsable de sí mismo, sino la misma pared de escudos… No, por supuesto que les falta todo para ser guerreros profesionales, pero algo es algo. Tú sabías, centurión, la primera regla de los generales: lo fácil para el enemigo se convertirá en difícil. En marcha, adelante. En formación, sin dardos, en silencio. Ante nosotros avanza una serpiente gris, la serpiente de la legión, devorando la calle estadio tras estadio. Un momento de maravilloso terror; quedo atónito como en la niñez, y

estupefacto como lo hacía cuando era centurión mayor Tito Voltumio, con mis cuarenta y tres años, hace diecisiete siglos atrás.

-

¡Barrrah! - grito yo. ¡Hurrra! – me sigue el resto. ¡Por los dioses, parece el chillido de un elefantito asustado!

Un escalofrío recorre mi espina dorsal, los pómulos se vuelven de piedra. Pronto dos serpientes se embestirán una a otra: la gris, la de ellos, y la nuestra, en la que, junto a mí, avanza el tío Flavio, alzando en sus poderosas manos la puerta arrancada. En algún lugar del otro flanco, con su cabeza redonda agachada, mantiene la formación el centurión mayor Furius-Lupus, con su sonrisa de siempre… El escudo recogido, inesperadamente tan ligero, parece buscar un objetivo: Aquí recibiré el primer golpe del escudo ajeno, aquí retrodeceré un poco, amortizando… haciendo al contrincante perder el equilibrio… Después – un golpe de hombro. ¡Será más divertido todo eso! Les grito: ¡Los del extremo izquierdo, mantener la formación que no estáis batiendo mierda! Les digo: ¡Marcar el paso, hijos de puta! Creo que si en este mismo instante tuviera un yelmo puesto, podría sentir la humedad en el forro…

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