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MORAL SOCIAL CRISTIANA: TECNOLOGÍA Y ECONOMÍA

LA CARIDAD EN LA VERDAD, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la prin- cipal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad Caritas in veritate (Introducción, nº1) 1

ÍNDICE

1. Moral científico–técnica.

2. Moral socio–económica.

3. La moral técnica y socio–económica en la encíclica Caritas in veritate.

Conclusión.

Bibliografía.

La moral social cristiana abarca múltiples aspectos de la realidad y el mundo que nos rodea. De todos ellos hemos escogido dos: la moral científico–técnica y la socio– económica. El trabajo se divide en tres partes: las dos primeras se ocupan por separado de cada uno de estos elementos; esta visión parcial se completa en el bloque 3, que se centra en el análisis de la encíclica Caritas in veritate de su Santidad Benedicto XVI. Antes de ofrecer la bibliografía que hemos manejado, se ofrece una breve recapitulación. A lo largo de nuestra exposición subrayaremos algunas palabras–clave marcándolas con una nota a pie de página en la que se podrán observar las referencias a la Doctrina Social de la Iglesia.

* * *

1. MORAL CIENTÍFICOTÉCNICA

Las revoluciones en el campo científico y técnico comenzaron a centrar el debate moral a partir de los años 70 del siglo pasado: se afirma que la capacidad del ser humano para emplear los avances técnicos y su dominio sobre la naturaleza no puede expandirse de un modo incontrolado, así como tampoco la economía —como se verá en el siguiente apartado. Calidad de vida no va necesariamente asociado a los avances en el ámbito de la ciencia. Sirva como muestra los daños al medio ambiente, la crisis económica mundial, o la incapacidad de la política para solventar dichos problemas.

1 BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate. Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad (29- VI-2009), Madrid: Ediciones San Pablo, 2009.

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Por tanto, los conocimientos en el seno de la tecnología y, por extensión, de la ciencia, así como sus resultados y consecuencias, deberán orientarse a la evaluación de posibles daños de un uso indebido de las mismas, como ya ha ocurrido con la energía nuclear ―el caso de Chernobyl en el año 1984 o el más reciente de Fukushima, en el 2011. Pero la discusión no sólo debe aplicarse al terreno de lo nuclear, sino también a la biotecnología y a la tecnología de la información, ya que afectan del mismo modo al conjunto de la sociedad, no sólo al individuo. La persona humana está condicionada de un modo importante por la técnica. Esta no sólo forma parte de las llamadas ciencias sociales, sino también de la ética y de la moral cristianas, por los siguientes motivos: la ambivalencia de sus repercusiones, el curso inevitable de la aplicación de los avances tecnológicos, por cuanto implican una ruptura de la antropología, una revisión de la cuestión metafísica y, finalmente, las medidas espacio– temporales que suponen todos estos aspectos. Por consiguiente, la inclusión de los avances científico–tecnológicos en el terreno de la moral cristiana no sólo es imprescindible, sino también necesaria. Entran dentro de su campo de acción cuestiones tales como los procesos de decisión y valoración técnica. La teología cristiana en este terreno deberá tomar como punto de partida el hombre y sus limitaciones en el desarrollo científico y tecnológico. Apuntes bíblicos y magisteriales en torno al problema de la técnica Una moral que abarque el conjunto de la ciencia y de la técnica no puede extraerse de los escritos de la Biblia; sin embargo, las reflexiones teológicas que contienen no pueden pasarse por alto, sobre todo en lo que atañe al comportamiento con la vida y la muerte, el uso de la creación y el papel que el hombre desempeña en la misma. Este último aspecto queda ya expuesto en los relatos de la creación en el libro del Génesis. Dios, una vez que crea el mundo, lo entrega a los hombres con el fin de que sean estos los encargados de cuidarlo y mejorarlo (Gn 2, 15). Esta responsabilidad otorga al ser humano el derecho de intervenir de un modo positivo en la creación, pero no a explotar los recursos naturales sin ningún tipo de límite o control, ya que la creación tiene un fin: el servicio a favor de la vida (Gn 1, 31). La Historia, desde un punto de vista judeocristiano, no es cíclica, sino dinámica y progresiva. El hombre es situado desde los albores del mundo para configurar la creación siguiendo los designios divinos. Como imago Dei, el ser humano es cooperador y co– creador. El hombre se sirve de la naturaleza ayudado por la técnica, pero ambas deben ser vistas en mutua relación, lo que nos lleva a considerar los peligros de un posible uso

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indebido de la ciencia. Aquí entra en juego el pecado de la criatura humana, que recorre todo el Antiguo Testamento y toda la Historia, sobre todo a partir de la idea de un progreso basado únicamente en la tecnificación. Teológicamente este último punto no se puede mantener, ya que contradice el dato objetivo de la experiencia. Por tanto, se impone una reflexión moral y social. La Doctrina Social de la Iglesia hasta ahora abordaba los problemas derivados del progreso científico de un modo un tanto marginal, sin tener en cuenta el resultado de la investigación social y natural. En el siglo XXI, esto ya no es posible. El centro de las reflexiones teológicas debe ser la persona humana capaz de emplear la ciencia y la técnica siempre que promueva el pleno desarrollo hacia el bien. Lo contrario conduce irremediablemente a un error antropológico, ya que el ser humano se colocaría en el lugar que le corresponde a Dios, provocando la rebelión de la naturaleza. El concepto de responsabilidad y la valoración técnica Las disfunciones que se producen en el seno de la técnica 2 y de su desarrollo 3 conllevan asociadas los conceptos de sociedad de riesgo y principio de responsabilidad 4 . La primera de estas expresiones se ha instalado en el debate moral, como un equivalente de sociedad moderna, transformándolo en una discusión sobre los riesgos del progreso tecnológico. Las consecuencias de dichos riesgos no sólo son causa de decisiones individuales y sociales, sino que también dependen de un conjunto de parámetros de decisión y posibles alternativas de acción. Por consiguiente, debe procurarse una discusión conjunta sobre dichos peligros sociales, evaluando los pros y los contras, sobre todo de las grandes tecnologías altamente peligrosas. La moral técnica, entendida como moral de riesgos, deberá centrarse por un lado en que los criterios morales no entren en confrontación directa con la actividad técnica; por otra, se debería insistir en que la sociedad tiene capacidad de futuro únicamente cuando se limitan las consecuencias y males de la técnica. Es aquí donde juega un papel fundamental el principio de responsabilidad. Esta categoría moral se lleva debatiendo en los últimos decenios, sin que todavía esté finalizada su discusión. Sea como fuere, una moral de la responsabilidad necesita un nuevo imperativo categórico, aquel en el que la humanidad entera no tiene derecho a destruir la naturaleza ni la vida, sino a conservar su futuro, mejorando las condiciones existenciales. Esta moral de responsabilidad también es importante para la teología: la razón última y

2 Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, Editorial Planeta, 2009, Compendio: nºs 1, 6, 16, 98, 283, 313-314, 319, 376, 461-462, 482, por citar sólo algunos.

3 Compendio., nºs 4, 16, 96, 102-103, 131, 133, 155, 163, 167, 177, 179, 186, 197, 371-373, entre otros.

4 El Compendio trata de este concepto unido al de “corresponsabilidad” en los nºs 6, 7, 8, 16, 40, 69, 70, 83, 91, 113, 134, 135, 200, 457, 473, etc.

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total de la responsabilidad del hombre no es Dios, sino los seres humanos y la naturaleza. Sin embargo, Dios sigue siendo el fundamento de la responsabilidad humana. El hombre debe buscar su responsabilidad en su libertad, transferida por dios. Sin embargo, esta moral de responsabilidad puede conducir a una moral de distancia o de alejados cuando se entiende la responsabilidad de un modo ilimitado, esto es, de todos hacia todo. Por consiguiente, se debe procurar encauzar esta moral dentro de los límites propios de cada situación y problema que se plantee en el terreno de la moral técnica. Además, no podemos olvidarnos que la operatividad de esta moral no puede situarse de un modo exclusivo en el individuo o en el terreno de las instituciones o corporaciones sociales. La responsabilidad ejercida por el ser humano a nivel individual únicamente se puede realizar cuando opera en el interior de una organización. En el mundo actual, las empresas industriales, y las instancias político–económicas desempeñan un papel fundamental en el progreso técnico. Para controlarlo, se han estipulado normas, medidas y procedimientos de valoración. Es aquí donde la moral técnica puede desempeñar un papel esencial, discutiendo en torno a esas normativas, proyectos e intereses; en definitiva, la valoración técnica. Dicha valoración debe acompañar en todo momento al progreso científico–técnico, puesto que incluye puntos tan elementales como previsiones, consideraciones descriptivas, fundamentos morales y éticos, etc. Se trata, en suma, de comprender todas las posibilidades, con sus efectos correspondientes, en la sociedad y en el medioambiente natural presente y futuro. El método que se debe emplear debe ser interdisciplinar, presentando estrategias para solucionar problemas que sobrepasen su radio de acción. Tales estrategias no pueden ponerse en práctica una vez que ha comenzado un proceso técnico, sino desde un principio, sopesando los posibles riesgos. La valoración técnica debe acompañar todo el proceso de aprendizaje social, entendido este de un modo global, y por tanto no sólo exclusivo de expertos en una determinada materia o aspecto científico. La valoración y configuración técnica es una tarea de toda la sociedad en su conjunto, que integra intereses, perspectivas, conocimientos y necesidades diferentes. Ha de evitarse, así, un juicio moral sólo desde los resultados finales, ya que la ciencia posee un rasgo progresivo. En una moral cristiana de la técnica deben entrar aspectos sociales, económicos y medioambientales, considerando el principio de sostenibilidad como elemento clave, en el cual van asociadas las categorías de transparencia y participación 5 como elementos de debate entre la ciencia y la moral.

5 Compendio, nºs 148, 155, 179, 333, 342, 354 y 391.

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Por consiguiente, la moral de la técnica deberá centrarse en el terreno ético– económico, pero también en el político, y que se hallan íntimamente relacionados. La ciencia forma parte de la sociedad, y debería servir al progreso económico de la misma. Sin embargo, vemos cómo esto no se cumple en parte por la inoperatividad de los poderes públicos y políticos. Deberían ser estos últimos los que configurasen un marco de

condiciones para lograr una verdadera cultura tecnológica. Pero para ello es necesario antes un cambio de mentalidad, en el cual no sólo se debería reaccionar ante los peligros presentes, sino también futuros derivados de un uso incorrecto de los avances tecnológicos

y científicos. En suma, no es únicamente una cuestión política, económica y social, sino

sobre todo moral, ya que afecta a la libertad del ser humano y a su esencia última. La libertad humana no debe entenderse como autodeterminación, sino como autolimitación responsable, evitando la ambivalencia de la actividad técnica humana. Si los avances científicos han dado al hombre libertades, también lo han convertido en una especie de esclavo, ya que en ocasiones es víctima de sus propios avances. Por consiguiente, es necesario poner límites a la actividad científico–técnica cuando esta no implique utilidad para el progreso de la humanidad. Únicamente de este modo será capaz de hallar respuestas apropiadas al problema técnico. Hacia una moral técnica cristiana Hemos visto que el ser humano, como criatura de Dios, se puede apropiar de la naturaleza con la ayuda de la ciencia. La técnica es una herramienta útil para sus necesidades más básicas y también para alcanzar su desarrollo íntegro. La misma Historia Salutis no niega la importancia de los avances científico–técnicos. Dios es el creador y conservador de su obra, a la que puede llevar a plenitud, pero también a la destrucción, según su libre designio. El hombre es co–creador y su campo de actuación tiene sus límites. Pero no es consciente de ellos cuando la capacidad científica no se orienta a ayudar en el desarrollo, traspasando los límites impuestos en la creación. Para evitar este peligro, la moral cristiana debería conformar la técnica desde un

punto de vista racional dentro de la existencia humana, como un rasgo más de la misma. El hombre debe seguir siendo quien marque los lindes y medidas de la técnica, ya que esta no puede funcionar per se. Los procesos científico–técnicos se basan en normas, así como también en posturas ideológicas y culturales a menudo carentes de fundamento. De modo

que se debe evitar el peligro de que la técnica sea quien condicione e hipoteque a la criatura humana, desplazando la relación sujeto–objeto establecida entre el hombre y los avances en

el terreno de la ciencia. Pero hay otro peligro añadido, en tanto en cuanto esta moral puede

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llegar al extremo de convertirse en una moral reparativa, recurriendo a ella cuando ya se ha producido un desarrollo errado. El punto medio se halla en el empleo de la técnica como medio de configuración del mundo. La técnica no sólo forma parte de la sociedad, sino sobre todo de la economía, algo que queda patente cuando las decisiones en el terreno científico–técnico se justifican como algo natural con una serie de obligaciones económicas, sin que estas últimas se cuestionen lo más mínimo, lo cual nos lleva hasta el apartado siguiente.

2. MORAL SOCIOECONÓMICA

La economía presenta muchos puntos en común con otros niveles sociales, tales como el derecho, la política, la ciencia y la tecnología, o la ecología. ¿Es posible conectar moral y economía? La respuesta es necesariamente afirmativa, y la Doctrina Social de la Iglesia así lo ha puesto de manifiesto, ya desde la Rerum Novarum a finales del XIX. Con el paso del tiempo, y más ahora cuando estamos atravesando una de las crisis más graves de cuantas se recuerdan, se hace más preciso discutir sobre cuestiones éticas y morales que atañen a la economía. Desde la óptica cristiana, una moral de la economía debería centrarse en los perdedores de la globalización 6 esto es, no sólo los países subdesarrollados, sino también aquellas personas que viven en el denominado primer mundo: desempleados, marginados y pobres. Además, se necesita incluir dentro de una moral económica aspectos tan diversos como la política, el medio ambiente, la justicia y el derecho, la dignidad humana, los derechos humanos 7 , o la responsabilidad, entre otros. La visión, al igual que sucedía en la moral técnica, ha de ser integradora y de conjunto. Por tanto, ¿en qué consistiría exactamente la moral económica? En el punto de fricción entre las llamadas medidas económicamente reales y los derechos humanos. El mercado no da respuesta a las necesidades últimas de progreso y bienestar del ser humano; si realmente quiere llegar a alcanzar este fin, se debe tener como eje central la propia realización de la persona humana: es aquí donde deben confluir la moral y la ciencia económica. Apuntes bíblicos y magisteriales en torno a la economía Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con referencias sociales y económicas, como por ejemplo la experiencia del éxodo y el exilio babilónico, o también el paso de una sociedad seminómada a otra de tipo agrario. De todo esto no podemos deducir una moral económica. No obstante, sí se rastrean una serie de aspectos éticos que

6 Son numerosas las referencias que abordan esta cuestión en el Compendio: nºs 16, 299, 300, 308, 310, 312, 314, 321, 322, 361-370, 442 y 564.

7 Compendio, nºs 5, 152,-154, 156-158, 202, 205, 267-268, 270, 283, 426, 435, 441, 494, 505, 565 y 571.

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ayudan a su configuración: el tema del trabajo (ya en los relatos de la Creación, en donde Dios coloca al hombre para que cultive y guarde el jardín del Edén), el descanso y el ocio ―asociados al trabajo―, la propiedad o el dinero, sobre todo el tema del interés y el préstamo. Todos estos aspectos alcanzan su plenitud moral en el trato reservado a los débiles y los pobres, tal y como figura en el Libro del Deuteronomio o la literatura profética: el trabajo como servicio a los demás, la protección hacia los pobres, viudas y huérfanos; o el carácter obligatorio de la propiedad desde el punto de vista social. Desde la óptica de la Doctrina Social de la Iglesia, tal y como citamos anteriormente, la atención a la economía ya aparece reflejada a finales de la época decimonónica, con la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Ya por entonces se tenía como preocupación formar cristianamente y de un modo justo las condiciones sociales de vida, pero sin la pretensión de desarrollar un cuerpo doctrinal propio en el campo económico. Se trataba, más bien, de presentar modelos morales adecuados a ese contexto histórico, político y económico. En definitiva, el Magisterio Doctrinal se conforma como un tapiz formado por requerimientos de orden moral tanto teóricos como prácticos, a la luz del Evangelio. Términos clave y paradigmas para una moral económica La ciencia económica es harto compleja, ya que engloba múltiples aspectos que conforman la vida social. Sin embargo, pueden extraerse los vocablos trabajo 8 , propiedad y distribución, como base de una moral económica cristiana. No son conceptos inamovibles, sino que han variado a lo largo de la Historia, como consecuencia de la evolución de la dependencia de las cosas materiales y necesidades vitales que aseguren el sustento de la persona humana. Y no menos importante es preguntarse cuáles son los principios que deberían regir a la hora de la distribución de los bienes existentes de la propiedad y del trabajo, con sus limitaciones, y si es posible que todos tengan parte en ellos. Si la economía cuenta con conceptos clave, la moral económica también. Pero no sólo posee términos, sino también paradigmas. El punto de partida, común a diversos modelos son ética y economía. Estos, a su vez, originan paradigmas contrarios: o bien incidiendo en el aspecto económico o bien en el moral. No obstante, no se puede caer en los extremos de la moralización de la economía o, por el contrario, en una economización de la moral. Para evitar esta tentación debemos añadir los términos de división específica de agentes y división relacionada con el sistema. El primero distingue entre paradigma individual e institucional; el segundo, se encarga de los diferentes niveles económico–morales.

8 En el Compendio son abundantes las referencias y connotaciones de este término, entre otras en los nºs 265, 269-284, 287-322, 337-338, 340, 343, 345, 351, 359, 373, 428, 445, 452, 460, 467, 522, 543, 551, 546, 549, 575.

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En cuanto a la división específica de agentes, el modelo individual tiene como centro de estudio al individuo, que es último responsable de las acciones económicas. Es él quien debe ser consciente del alcance y relevancia de sus actos, sobre todo en el ámbito moral. La moral institucional engloba a individuos, corporaciones y organizaciones. El punto de partida abarca mucho más que las primeras, ya que son decisiones económicas que se toman por parte de grupos de personas. Los niveles económicos son, fundamentalmente, tres: grande, mediano y pequeño. En todos ellos se da una moral de la configuración económica y una moral de lo económico. En el nivel macroeconómico se presentan todos los aspectos de la política ecológica, social, fiscal y económica; todos deben interrelacionarse, sin prescindir de ninguno. El principal objetivo de esta moral global es dar una respuesta satisfactoria al problema de la globalización que tenga en cuenta la correcta distribución de los bienes y del trabajo; en suma, de la justicia social.

Un meso–nivel económico lo conforman no sólo las corporaciones y organizaciones, sino también grupos sociales, lobbys y multinacionales, que determinan las políticas económicas de los países. En este nivel debemos considerar, a la hora de realizar un examen moral, cada uno de estos como parte del proceso globalizador. Finalmente, y en el nivel más bajo de la moral económica, encontramos las relaciones económicas interhumanas: empresarios, sindicatos, trabajadores, promotores, inversores, consumidores, esto es, todos los agentes sociales. Éticamente la valoración ya no es global o conjunta, sino individual. De todas formas, no debemos perder de vista que muchas veces deberemos sobrepasar los límites de un determinado nivel si deseamos lograr una correcta evaluación y comprensión moral. No se debe perder de vista que los diferentes niveles están integrados por personas humanas, que todas participan de las decisiones económicas, y que todas son parte del sistema económico. Por tanto, la norma moral debe ser omnicomprensiva, como ya sucedía en la moral científico–técnica. Hacia una moral económica cristiana Una moral económica de raíz cristiana debe, en primer lugar, hacer valer su importancia dentro de la cuestión política y científica, en un marco global. Dentro de ese ámbito, deberá proponer un correcto desarrollo del orden económico mundial, teniendo presente la liberalización e internacionalización de los mercados financieros. Esta globalización, no obstante, no debe ocultar la problemática en torno a las economías nacionales. El futuro del estado debe ir encaminado hacia una mayor justicia social,

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reformando el llamado estado de bienestar social. Para ello, la moral económica debe implicar al mundo de la política y de los agentes económicos. En el mundo de la economía tienen importancia el código ético (también conocido como ley de empresas) y la auditoría ética. En ambos casos, sería una especie de instancia de vigilancia encargada de acrecentar un proyecto moral. La mayor parte de las empresas cuentan con su propio código y auditoría éticas. Dichos códigos procuran encontrar un equilibrio entre los diversos intereses que entran en juego: el capital, los inversores, los clientes…en definitiva, la sociedad entera. Contienen, además, medidas orientativas en casos de dudosa actuación moral en las cuales hay un vacío jurídico–legal. Además de las posibles responsabilidades jurídicas, las empresas tienen responsabilidades a nivel socio– político. El debate moral se instala, pues, a un multinivel. Los códigos y auditorías pueden complementarse mediante las denominadas comisiones éticas, que evalúan determinadas actuaciones financieras. Fuera del ámbito económico, también debemos tener presente desde una óptica moral los sistemas de seguridad social. En su seno se alberga la justicia social 9 y la paz social. Ambas están íntimamente conectadas con la economía, puesto que esta debería procurar mantener un mínimo nivel social en las condiciones laborales. Pero el estado social, en los últimos tiempos, sobre todo desde el inicio de la crisis financiera mundial, parece haber entrado en quiebra. La cuota de prestaciones sociales ha llegado hasta un nivel que no se puede superar. No se pueden aumentar las ayudas sociales, ya que si se hiciera, el estado quebraría. Un estado social futuro debería plantearse partiendo de la justicia social, esto es, la justa distribución de ingresos y fortuna de los integrantes de la sociedad en el desarrollo económico 10 . No obstante, sin la unión social no es posible esta justicia social, ni a nivel estatal, ni supranacional, ni mucho menos mundial. Si se quiere caminar hacia una mayor justicia y paz social, se ha de incrementar, en primer lugar, la ayuda a los países en vías de desarrollo; pero también procurar el desarrollo tecnológico y económico de dichos países. En suma, se trata de optar por el bien común, de optar por los pobres. A día de hoy esto es una utopía, en tanto en cuanto no existe a nivel internacional ningún organismo con esta autoridad. La solución podría venir a partir de la creación de un organismo mundial a la que se reconozca una autoridad moral. Por otra parte, tampoco existe un organismo económico–financiero internacional que regule desde una óptica moral las actividades comerciales. En una configuración de

9 Compendio, nºs 81, 82, 167, 171, 292. 10 Son numerosos los números que abordan esta cuestión en el Compendio (sería muy largo de enumerar), entre ellos los 172, 175, 180, 186, 269, 333, 334, 345, 347, 348, 353, 363 ó 372.

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orden económico mundial, la moral cristiana debe coadyuvar en el principio de la sostenibilidad. Este deberá comprender decisiones no sólo financieras, sino también medioambientales y sociales. En este siglo XXI recién inaugurado siguen existiendo conflicto de intereses entre los derechos humanos y las decisiones de orden económico, tensión que cada vez va en aumento. Para solventar la problemática del sentido económico deberemos partir no de lo meramente económico, sino desde el campo de la moral económica.

3. LA MORAL TÉCNICA Y SOCIOECONÓMICA EN LA ENCÍCLICA CARITAS IN VERITATE

Caritas in veritate (a partir de ahora CV), la encíclica del Papa Benedicto XVI ―publicada el 29 de junio de 2009―, aborda diversos temas sobre el desarrollo del mundo de hoy, siguiendo la propuesta de Pablo VI en la Populorum Progressio. La globalización y la crisis económica, los avances tecnológicos, la bioética y el medio ambiente, la cooperación internacional y la reforma de la Organización de las Naciones Unidas, los medios de comunicación de masas, el desempleo, las migraciones o la demografía, entre otros, son tratados en el contexto de la caridad en la verdad. La Introducción (números 1-9) explica el sentido de la carta, situándola en continuidad con la Deus Caritas est. La primera frase de la encíclica, con la que hemos encabezado nuestro resumen, es una síntesis de todo el documento. Sin duda, es en esta introducción en donde debemos ubicar el marco teológico básico. Varias son las ideas fundamentales que podemos señalar de esta parte introductoria:

La caridad en la verdad es el principal motor impulsor del verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor mueve a las personas a comprometerse con la justicia y con la paz. Dicho amor tiene su fuente en Dios, que es Amor eterno y Verdad absoluta.

La caridad se halla en el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia, en tanto que la caridad debería regir la responsabilidad moral en todas las áreas de dicha doctrina.

La caridad/amor está en estrecha relación con la verdad, ya que la verdad permite diálogo, comunicación y comunión. La Doctrina Social de la Iglesia responde a esta dinámica: la verdad de la fe y la razón querida y demostrada en los acontecimientos siempre cambiantes de la historia, en la búsqueda de soluciones a los graves problemas socio–económicos que afligen a la humanidad en esta sociedad globalizada.

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La caridad en la verdad es el principio que alcanza su forma operativa en los parámetros que rigen la acción moral, sobre todo en el llamado bien común 11 .

Finalmente, se señala el principal riesgo de nuestro tiempo: la interdependencia de

los pueblos y naciones, que no se corresponde con la interacción ética de la que puede surgir un desarrollo realmente humano. El segundo capítulo lleva por título “El desarrollo humano en nuestro tiempo” (nºs 21-33). A parte de presentar la visión que del desarrollo tenía Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio (nº 21), alude a la crisis por la que pasa el mundo de hoy, la cual requiere una comprensión unitaria así como una nueva síntesis humanista. Hay cuatro elementos que es necesario tener en cuenta: la novedad del estallido de la interdependencia planetaria; la apertura a la vida, que está en el centro del verdadero desarrollo; el derecho a la libertad religiosa; y, por último, la promoción de un amor rico en inteligencia y una inteligencia llena de amor. Veamos algunos de estos aspectos. El auténtico desarrollo humano requiere del diálogo y la implicación a todos los niveles del conocimiento humano. En este sentido, la práctica de la caridad incluye diferentes disciplinas del conocimiento. Es más, la valoración moral y la investigación científica 12 deben desarrollarse juntas, animándolas en su conjunto la caridad. Sólo así se lograrán soluciones para los nuevos retos al desarrollo (nº 32). En el capítulo sexto, “El desarrollo de los pueblos y la técnica” (nºs 68–77), el Santo Padre abre su reflexión valorando la técnica como un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre; en la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. Sin embargo, “el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología. Lo mismo sucede con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista” (CV 68). Si bien la tecnología es una expresión de la libertad humana, revelando la aspiración humana hacia el desarrollo, no debemos olvidar que debe reforzar la alianza entre los seres humanos y el medio ambiente como reflejo del amor creador de Dios. La parte negativa de la tecnología se evidencia cuando esta se entiende como un poder ideológico que limita el sentido de la verdad y la realidad ―cuando se considera al desarrollo como un asunto meramente técnico, económico o financiero.

11 Compendio, nº 61. 12 Compendio, nºs 462, 472, 473, 569, 575, por ejemplo.

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El verdadero desarrollo de los pueblos debe incluir tanto el crecimiento espiritual como el crecimiento material, ya que “Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo” y “No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo” (CV 76). Percibiendo el desarrollo más allá de lo que la tecnología puede ofrecer nos invita a conseguir el desarrollo integral humano, cuyo criterio orientador radica en la fuerza alentadora de la caritas in veritate. El capítulo tercero trata sobre la relación entre “Fraternidad, Desarrollo económico y Sociedad civil” (nºs 34–42). Comienza afirmando que “el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (CV 34). El don es una experiencia clave en nuestra vida, dado que nos revela la dimensión trascendente. Pese a esto, hay quien tiene la convicción errónea de ser el autor de sí mismo; esto es una consecuencia del egoísmo procedente del pecado original ―se percibe, entre otros, en los fenómenos sociales, estructuras de la sociedad, o la misma economía. El egoísmo del pecado de origen se opone al principio de la gratuidad, que es un don dado que inspira generosidad. Su Santidad otorga a este principio un lugar importante en el desarrollo económico, social y político auténticamente humano. La Doctrina Social de la Iglesia subraya la importancia de la justicia distributiva 13 y de la justicia social porque “Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (CV 35). Es la comunidad política quien debe dirigir la actividad económica hacia el bien común, aplicando la justicia en todas las fases de dicha actividad. El beato Juan Pablo II consideró a la sociedad civil 14 como el ámbito más apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad 15 . En este último sentido, el actual Papa urge a una “apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizadas por ciertos márgenes de gratuidad y comunión” (CV 39). El contexto económico internacional actual requiere una nueva forma de entender la empresa. Esto se debe a las siguientes razones: primero, porque es peligroso responder únicamente a las necesidades de los inversores; segundo, porque aumenta la preocupación de que la administración debe asumir una responsabilidad para todos los interesados que contribuyen en la empresa.

13 Compendio, nº 201.

14 Compendio, nºs 81-85, 168, 188, 241, 356, 413, 417-418, 420, y 443.

15 Compendio, nºs 4, 12, 17, 51, 54, 57, 137, 144, 184, 207, 261, 264, 325, etc.

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El capítulo termina con una reflexión sobre el proceso de la globalización. Para Benedicto XVI la globalización no es un proceso socio–económico determinista sin manera de evaluarlo o dirigirlo. Antes bien, la verdadera globalización viene dada por la unidad de la familia humana 16 y su crecimiento en el bien. Así, cree necesario un compromiso para “favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia del proceso de integración planetaria” (CV 42). “Desarrollo de los pueblos, Derechos y Deberes, Ambiente” (nºs 43–52) es el título que lleva el capítulo cuarto. En él se abordan tres temas que son de candente actualidad. Para el desarrollo de los pueblos, pide a los propios organismos internacionales que se interroguen sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos y administrativos, sobre todo en el ámbito demográfico (nº 44) y económico (nºs 45–47). El primero, dentro de una apertura moralmente responsable a la vida, es una riqueza social y económica. De este modo, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad e integridad de la familia. En el terreno económico existe una necesidad urgente de la ética para su correcto funcionamiento. Pero es necesario no sólo sectores éticos de la economía, sino asegurar que toda la economía sea ética. En la Conclusión (nºs 78–79), el Papa termina su carta diciendo que el humanismo 17 que excluye a Dios es un humanismo inhumano. “Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil — en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos—, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento” (CV 78). De este modo, se nos alienta a seguir trabajando en beneficio de todos cuando no es posible lograrlo de forma inmediata o completa. Por otra parte, “El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don” (CV 79). El anhelo del cristianismo no es otro que toda la familia humana sea una en Dios, glorificándolo y viviendo conforme a su voluntad, para así recibir “el pan de cada día, siendo comprensivos y generosos con los que nos ofenden, que no se nos someta a la tentación, y se nos libre del mal (cf. Mt 6, 9–13)” (CV ibid.).

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16 Compendio., nºs 9, 18, 33, 371, 428, 430, 433, 441 ó 537. 17 Compendio., nºs 6-7, 19, 82, 98, 322, 327, 449, 497 y 544.

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A modo de resumen final, puede afirmarse que la moral social cristiana no trata un único aspecto de la realidad social en la que vivimos inmersos en la actualidad. Antes bien, su Santidad el Papa y el Magisterio de la Iglesia nos habla de temas tan importantes como la crisis económica, la globalización, la ecología, el crecimiento demográfico, la bioética, los medios de comunicación, el desempleo, etc. Además, asienta principios de reflexión del magisterio social eclesiástico, tales como el bien común, la libertad responsable y la justicia ―distributiva y social―, el progreso, el desarrollo de los pueblos y el desarrollo humano integral; o el principio de gratuidad, relacionalidad, subsidiaridad y solidaridad; todo ello, dentro de la caritas cristiana. Así, en la Caritas in Veritate se ha unido no sólo la caridad con la verdad, al modo señalado por el Apóstol en su carta a los Efesios (Ef 4, 15), sino también en un sentido inverso: la caridad en la verdad, juzgando la primera a la luz de la segunda. Citando de nuevo a san Pablo, en su carta a los Romanos, podemos decir que nuestra “caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo” (Rom 12, 9–10).

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