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El rey de Nueva York

Capítulo X de La banda que escribía torcido, de Marc Weingarten, Libros del K.O., marzo de 2013

Wolfe tenía una opinión dividida en cuanto a la contracultura: retrataba con admiración sus modos de vida y sus logros artísticos, a la vez que criticaba sus ideas políticas. Lo divertía el modo en que los mecenas del uptown neoyorquino acogían los aspectos más frívolos de la cultura de los sesenta cuando en realidad nunca habían tenido en cuenta las diferencias sociales basadas en factores raciales y económicos. Uno no podía escoger un ideario político como se escoge un vestido de Pucci, para luego deshacerse de él cuando ya no está de moda. «En aquellos días, la izquierda se movía en un terreno moral incierto», dijo. «La Nueva Izquierda se apoderó de Nueva York, pero las motivaciones de sus seguidores eran muchas veces endebles. Me daba la impresión de que el movimiento encerraba mucha hipocresía».

La fiesta que el asambleísta Andrew Stein organizó el 29 de junio de 1969 para recaudar fondos para los recolectores de uva que estaban de huelga en California alertó a Wolfe: ahí estaban las causas radicales tan de moda y sus partisanos de la alta sociedad. La fiesta, que celebraron en una enorme explanada verde dentro de la finca que el padre de Stein tenía en Southampton Beach, era el típico ejemplo de cómo la izquierda de clase alta de Nueva York cortejaba al lumpenproletariado y acogía sus problemas de clase trabajadora, y convertía aquellos problemas reales en Weingarten un cotilleo más en plena fiesta. «La fiesta tuvo lugar en lo que caprichosamente se conoce como casita de campo, casita de campo tal y como se entiende en Newport», dijo Wolfe en una nota introductoria de su artículo «La izquierda exquisita», publicado en el número del 8 de junio de 1970.

Lo estaban haciendo por los recolectores de uvas, en una época en la que esa misma gente estaba haciendo muy poco o nada por Bedford-Stuyvesant o el Southeast Bronx. Escogieron a personas que estaban a cinco mil kilómetros de distancia, que además eran exóticos porque eran latinos, que tenían un líder carismático, César Chávez, y que no se presentarían en las puertas de sus casas una semana después…

La diferencia entre la gente que organiza este tipo de fiestas y aquellos que no las organizan es la diferencia que hay entre la gente que todavía se agarra a lo exótico y lo romántico (los recolectores de uvas, los Panteras, los indios) y aquellos que no se agarran a eso. Hay dos grados de honestidad. Son honestos con el problema en cuestión, y quieren ayudar, pero al mismo tiempo deben ser honestos con respecto de su posición social. Quieren mantener las dos vías abiertas.

Wolfe nunca había tratado estos recelos con tanto detalle y por escrito, pero la oportunidad de observar una de esas fiestas en primera persona se presentó una tarde, en la primavera del año 1970, durante una visita a la oficina de su amigo David Halberstam en Harper’s. Wolfe vio

que Halberstam tenía sobre el escritorio una invitación para una de esas galas benéficas que se iba a celebrar en el apartamento de Leonard y Felicia Bernstein, en Park Avenue. La fiesta era un homenaje a un grupo de Panteras Negras que habían sido arrestados por conspiración a causa de las explosiones en cinco almacenes en Nueva York, las instalaciones del ferrocarril en New Haven, una central de policía y el jardín botánico de Nueva York, en el Bronx. Wolfe barajó la idea de escribir un libro sobre aquella nueva tendencia de la nobleza a mezclarse con las clases más bajas, pero ahora que Bernstein, el elegante maestro de la filarmónica de Nueva York y todo un icono neoyorquino, se había unido a la extrema izquierda, la historia cobraba de repente un nuevo ángulo, sugerente y oportuno. Wolfe haría de esta fiesta el centro de una crónica para la revista New York. A escondidas, escribió el número de teléfono RSVP en una tarjeta de suscripción de Harper’s aprovechando que Halberstam miraba a otro lado.

La presencia del reportero en el apartamento de Bernstein no pasó desapercibida aquella noche: su traje blanco supuso todo un contraste con los jerséis negros de cuello vuelto que llevaban los Panteras y el conjunto negro de Leonard Bernstein, pantalones y chaqueta sport. Felicia también llevaba un vestido de noche negro, dado que el negro era el color de la solidaridad con la clase baja. Había muchas personas importantes allí presentes, entre ellos el director de The New York Review of Books, Robert Silvers, Barbara Walters, Otto Preminger, Sheldon Harnick y Julie Belafonte. Wolfe no era el único reportero que había acudido a la fiesta. Charlotte Curtis, la redactora de The New York Times, también estaba tomando notas. Pero la presencia de la prensa no impidió que los invitados declamaran en contra de la estructura de poder establecida por el hombre blanco y el acoso a los negros en general, y a los Panteras en particular.

La crónica de Curtis se publicó dos días después de la fiesta. «Ahí estaban», escribió la reportera del Times, «los Panteras Negras, llegados del gueto, y los liberales, blancos y negros, de clase media, media alta y alta, observándose los unos a los otros con cautela, mientras se movían entre el mobiliario caro, los arreglos florales, los cócteles y las bandejas de plata en las que se servían los canapés». Al día siguiente, un editorial del Times criticaba a Bernstein por «dárselas de proletario exquisito, cosa que degrada tanto a los mecenas como a los que se alimentan del mecenazgo».

Bernstein estaba furioso, pero el efecto de la crónica fue perdiendo fuerza y todo cayó en el olvido, hasta que Wolfe apareció en escena unos cinco meses después. Tardó cinco meses porque también quiso cubrir la fiesta de Andrew Stein, hacer más entrevistas e incluir un texto breve sobre la historia de la sociedad neoyorquina y su constante y obstinado paternalismo con la clase baja. Su borrador final tenía veintisiete mil palabras. «Le dimos a Tom un espacio bastante amplio porque sabíamos que al final valdría la pena», dijo Shelly Zalaznick. «No era un tipo temperamental. Tom evadía todo tipo de conflictos. Así era Tom. Sabía cuidar de sí mismo».

Felker sabía que el artículo de Wolfe, cuya extensión era equiparable a la de una novela corta, tendría mayor impacto si se publicaba de golpe. La crónica ocupó todo el número del 8 de junio. Fue sobre todo la expresión «el chic radical» lo que captó a la perfección los disparates

de esta «izquierda exquisita» a la que Wolfe evisceraba en su artículo. Sobre la foto de portada de Carl Fischer, en la que aparecían tres madrinas con sus elegantes vestidos Yves Saint Laurent haciendo el saludo del Poder Negro con el puño al aire, estaba el grito de guerra:

«¡Liberad a Leonard Bernstein!». Dentro de la revista, los lectores se topaban con un retrato, que ocupaba toda una página, de Lenny y Felicia posando junto al Pantera Don Cox, los tres recostados sobre un sillón orejero tapizado con motivos florales, propiedad de los Bernstein. Wolfe iniciaba el texto con una visión imaginada:

Podía verse a sí mismo, Leonard Bernstein, el egregio maestro, en el escenario, con pajarita y frac, delante de toda una orquesta. A un lado del pódium del director hay un piano. Al otro lado, una silla sobre la que reposa una guitarra. Se sienta en la silla y coge la guitarra. ¡Una guitarra! ¡Uno de esos instrumentos ridículos, como el acordeón, instrumentos hechos para niños de catorce años de Levittown, que quieren aprender a tocar en ocho días! Pero todo tiene su razón de ser. Debe entregar un mensaje antibélico a su querido público vestido de cuello blanco en la sala sinfónica. Les dice: «Yo amo». Solo eso. El efecto es mortificador. De pronto, un negro se alza detrás del majestuoso piano de cola y empieza a decir cosas como: «El público se siente curiosamente avergonzado»… Finalmente, Lenny termina un sentido discurso antibélico y se va.

Alguien está tomando el pelo a Bernstein, no es más que un peón en el juego mediático de los Panteras, y no le hace ninguna gracia: «¿Quién demonios era ese negro que salía del piano para dejarle claro al mundo que Leonard Bernstein estaba haciendo el ridículo?». Lo cierto es que fue el propio Wolfe quien decidió anunciar al mundo lo ridículos que eran Bernstein y sus invitados. En el artículo vemos cómo los Panteras se mezclan con el círculo social equivocado («Me pregunto si a los Panteras les gustarán los montaditos de roquefort cubiertos de nueces trituradas, o las puntas de espárrago con un toque de mayonesa… todo aquello servido en bandejas de plata labrada por camareras de uniforme negro y delantal blanco planchado a mano»). Mientras tanto, los invitados de Bernstein intentan expiar las leyes de Jim Crow con una verborrea histriónica llena de autoflagelación en la que resuena la retórica con la que los Panteras denigran a los blancos. Wolfe había encontrado un filón en la fiesta de Bernstein, ya que la gala ponía de manifiesto todas «las incongruencias y contradicciones» de la clase privilegiada, y no había otra cosa que, desde su punto de vista, pudiera explicar mejor las motivaciones de ciertos neoyorquinos poderosos.

Como de costumbre, Wolfe, libreta en mano, apuntó hasta el último detalle: la autenticidad de los peinados afros de los Panteras —«no como aquellos otros que han sido podados hasta cobrar la forma de un seto, y que son rociados de laca hasta dejarlos tan brillantes como los acrílicos de algunas paredes, sino originales, naturales, desaliñados… salvajes»—; el modo en que Felicia Bernstein saludaba a sus invitados, los nacionalistas negros, con «la misma inclinación de la cabeza y la misma voz perfecta de Mary Astor» con la que solía saludar a sus invitados después de un concierto. Cabe señalar que los Bernstein tenían un servicio doméstico de origen sudamericano, y que por lo tanto se ahorraban la vergüenza que habrían experimentado si llegan a explotar a esa misma gente a la que querían investir de poder.

«¿Puede alguien comprender el grado de perfección, teniendo en cuenta… los tiempos que corren?».

«La izquierda exquisita» era el texto híbrido más audaz escrito por Wolfe hasta el momento:

fantasía especulativa, lección de sociología y sátira mordaz. Hay largos pasajes consagrados a los alocados monólogos sobre el alma torturada de estos liberales bienintencionados, individuos propensos al paroxismo de la culpa, fruto de una vida exorbitante y extravagante, individuos que persiguen mostrar una medida justa de «dignidad alejada de cualquier símbolo de estatus social» por el bien de los Panteras. Wolfe rastrea el origen de este ennoblecimiento de las clases oprimidas y lo sitúa en el siglo xix. En aquel entonces se conocía como nostalgie de la boue, o ‘nostalgia del barro’, cuando las personalidades más destacadas en la Inglaterra de la Regencia se apropiaron de la capa (lo que hoy serían las gorras de los camioneros) y de la conducción temeraria de los cocheros, y se adueñaron del «nuevo y descabellado baile» de la clase media, el vals.

«La izquierda exquisita» golpeó al sector social más chismoso como si fuera una gigantesca bomba. Los lectores respondieron con halagos y críticas. Gloria Steinem y Jimmy Breslin pensaron que el texto había empañado las galas benéficas de la ciudad, y que aquellos que deseaban apoyar una causa noble ahora tendrían miedo de caer en lo ridículo. «Pensé que era gracioso, pero me acusaban de construir una gran barrera con la que dificultaba el uso del dinero por una causa noble», dijo Wolfe. «Los Bernstein asumieron que, dado que estaba allí, apoyaba su causa. Algunos se extrañaron porque se suponía que mis artículos sobre cultura popular estaban a la última. ¡Sin duda alguna, debía de pertenecer a la izquierda, a algún partido de izquierdas! Pero estaba listo para semejante reacción, y bastante satisfecho».

© Marc Weingarten © Libros del K.O.

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