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HISTORIA Y HUMANIDADES

El culto a los cráneos. Cabezas trofeo y tzantzas en la América precolombina

Francisco J. Carod-Artal

Introducción. El culto a los cráneos es una tradición cultural que se remonta, al menos, al Neolítico. Sus principales mani- festaciones son las cabezas trofeo, las máscaras cráneo, los cráneos moldeados y la reducción de cabezas. Se revisa desde una perspectiva neuroantropológica el culto a los cráneos en la América precolombina y en el presente etnográfico.

Desarrollo. La tradición de moldear y pintar los cráneos de los antepasados se remonta al Neolítico indoeuropeo (cultura natufiense y Gobekli Tepe). En Mesoamérica, la decapitación post mortem era el primer paso de un tratamiento mortuo- rio que daba lugar a una cabeza trofeo, un cráneo del tzompantli o una máscara cráneo. La tecnología lítica empleada en las culturas mesoamericanas hacía necesario que la desarticulación se realizase en varias etapas. El tzompantli es un tér- mino que se refiere tanto a una construcción donde se colocaban las cabezas de las víctimas como a los cráneos mismos. Las máscaras cráneo son cráneos modificados artificialmente para separar y decorar su porción facial, y se han encontra- do en el templo Mayor de Tenochtitlán. La existencia de cabezas trofeo se ha documentado iconográficamente en cerámi- cas y textiles de las culturas paracas, nazca y huari de Perú. Los indios mundurucú de Brasil y los shuar o jíbaros de la Amazonia ecuatoriana han mantenido esta costumbre. Los shuar, además, reducen las cabezas (tzantzas) en un proceso ritual. Cronistas españoles como Fray Toribio de Benavente ‘Motolinía’ y Gaspar de Carvajal relataron estas prácticas.

Conclusión. En la América precolombina se desarrolló profusamente la tradición de la decapitación para obtener cabezas trofeo de guerreros.

Palabras clave. Cabezas trofeo. Mundurucú. Mutilación corporal. Ritual. Shuar. Tzantza.

Los cráneos de los antepasados

La cabeza y, por extensión, el cráneo se han consi- derado a lo largo de la historia la sede bien del alma bien de la fuerza y la inteligencia, y detentan cuali- dades preciadas, como la fuerza y el poder del indi- viduo. Por ello, el culto a los cráneos se ha ligado tradicionalmente a una serie de creencias sobre la fertilidad y la veneración a los ancestros, y se les ha atribuido poderes sobrenaturales [1]. Los cráneos de los antepasados fueron objeto de culto en numerosas culturas que consideraban que aquéllos protegían a los poblados de las influencias perniciosas de los espíritus maléficos. El culto a los cráneos de los ancestros estuvo presente en todos los continentes [2,3], y sus poderes mágicos o so- brenaturales protegían a la tribu y al hogar, y favo- recían la fertilidad de la tierra. El origen de esta práctica cultural hay que trasladarla al menos al Neolítico. En la Edad del Bronce, fue una práctica presente en algunos pueblos de Europa (celtas) y de las estepas asiáticas.

Cráneos moldeados

En Catal-Hoyuk y Gobekli Tepe (Turquía) se han en-

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contrado los primeros asentamientos neolíticos que muestran un culto ritual a las cabezas de los ante- pasados, y que datan del 9000 a. de C. Las eviden- cias arqueológicas indican que las cabezas de los sujetos con un estatus especial se retiraban del res- to del cuerpo. Los cráneos eran enlucidos en yeso o escayola, pintados y decorados, para luego ser colo- cados en templos y edificios [4]. Según la costumbre funeraria del Neolítico tem- prano de Anatolia y el Próximo Oriente, los difun- tos eran expuestos deliberadamente al aire libre para que sus cuerpos fuesen descarnados por los buitres. Pinturas murales de Gobekli Tepe mues- tran a estas aves transportando el resto de los cuerpos. Las cabezas de ciertos difuntos se sepa- raban en ocasiones del cuerpo y se preservaban. El proceso de retirar y recolocar cabezas se asoció al culto a los ancestros, quienes podrían comunicar- se con el mundo espiritual animal, como muestran las pinturas y las cerámicas de humanos interac- tuando con animales de grandes dimensiones. En el poblado neolítico de Nevali Cori se ha hallado una figura que muestra a un buitre posado sobre dos cabezas femeninas, y en Gobekli Tepe aparece una figurilla de un cuerpo decapitado y rodeado de buitres.

Servicio de Neurología. Hospital Virgen de la Luz. Cuenca, España.

Correspondencia:

Dr. Francisco Javier Carod Artal. Servicio de Neurología. Hospital Virgen de la Luz. Avda. Hermandad Donantes de Sangre, 1. E-16002 Cuenca.

E-mail:

fjcarod-artal@hotmail.com

Aceptado tras revisión externa:

24.04.12.

Cómo citar este artículo:

Carod-Artal FJ. El culto a los cráneos. Cabezas trofeo y tzantzas en la América precolombina. Rev Neurol 2012; 55: 111-20.

© 2012 Revista de Neurología

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Figura 1. Cabeza trofeo asociada al juego de pelota. Chichén Itzá, México.

trofeo asociada al juego de pelota. Chichén Itzá, México. Las prácticas funerarias del inicio del Neolítico

Las prácticas funerarias del inicio del Neolítico indican una creencia en el mundo espiritual y la in- fluencia de los miembros fallecidos de la comuni- dad. En Tell Qaramel, Siria (9000 a. de C.), los crá- neos se encontraron solos o en grupos, algunos modelados con arcilla para recrear el rostro, que había sido pintado con el color de la piel, y coloca- dos en lugares específicos para veneración o re- cuerdo. En la región de Jericó, las excavaciones en asentamientos de la cultura natufiense (10.000- 8.000 a. de C.) han hallado cráneos humanos ente- rrados bajo el suelo de las casas. Esta costumbre de moldear y pintar los cráneos alcanzaría un mayor desarrollo en los asentamientos neolíticos de Tell Aswad (Siria, 8.000 a. de C.) y Jericó (6.000 a. de C.). Estos cráneos pudieron usarse en rituales. Se mo- delaron con yeso y arcilla, se colocaron conchas dentro de las órbitas y se pintaron con ocre rojo para simular un rostro humano [5]. En los cráneos de Tell Aswad, los cráneos y el cabello se han colo- reado y algunos incluso tienen una línea negra de pintura en los párpados.

Decapitación, tzompantli y máscaras cráneo en Mesoamérica

En la América precolombina se desarrolló profusa- mente la tradición de la decapitación ritual para ob- tener cabezas trofeo de guerreros. Sin embargo, el uso de cabezas trofeo es una práctica descrita también en numerosos lugares, como Nueva Guinea, Indone-

sia, Borneo, el archipiélago malayo y Birmania [2]. En algunas áreas de Nueva Guinea, las incursiones guerreras se hacían con el único objetivo de con- quistar las cabezas de los enemigos y llevarlas como trofeo al poblado. El cráneo sería el receptáculo del espíritu, y el individuo allí aprisionado serviría a modo de esclavo a quien lo poseyese, con lo que au- mentaría también el poder individual del guerrero. En este artículo se revisa, desde una perspectiva neuroantropológica, el culto a los cráneos en la América precolombina y en el presente etnográfico.

Decapitación

La práctica de la decapitación estuvo bastante ex- tendida en las culturas precolombinas mesoameri- canas (entre ellas Monte Albán, Teotihuacán, ma- yas y aztecas), y se ha relacionado con una simbolo- gía de renovación y fertilidad. La decapitación era el primer paso de un trata- miento mortuorio que daba lugar a una cabeza tro- feo, un cráneo del tzompantli o una máscara trofeo. Se trataba de un procedimiento post mortem, sin que ello implique que fuese la causa de la muerte del sujeto. La tecnología lítica empleada en las cul- turas mesoamericanas hacía necesario que la des- articulación se realizase en varias etapas. Se inicia- ba mediante el corte del disco intervertebral y cari- llas articulares, seguido de los ligamentos y múscu- los de la parte posterior de la columna cervical. La decapitación solía efectuarse desarticulando entre C3-C4, C4-C5 o C5-C6, por debajo de la mandíbu- la. La desarticulación de la columna cervical en sentido anteroposterior se hacía a partir de C3, ya que la mandíbula impedía el corte de la articulación atlantoaxoidea. Por ello, la decapitación se hacía habitualmente entre la tercera y la séptima vértebras cervicales. Numerosos códices, como el códice Vaticano, y lápidas, como las de Izapa y Toniná (Chiapas) y Mon- te Albán (Oaxaca), muestran personajes ricamente ataviados que portan en una mano un cuchillo de sacrificio, mientras que en la otra sostienen del ca- bello la cabeza cercenada de un individuo que yace a sus pies. En el códice Vaticano B, de origen pre- hispánico, se muestra la figura de un murciélago con alas extendidas que sujeta en cada una de sus manos una cabeza humana. En el códice Borbónico aparecen imágenes que ilustran esta práctica y que los cronistas relataron. Al parecer, la decapitación ritual en el período clásico maya (320-987) estuvo asociada al juego de pelota (Fig. 1). Las referencias al sacrificio son tam- bién muy abundantes en El Tajín, como se muestra

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Culto a los cráneos en la América precolombina

en el Juego de Pelota Sur. En el panel del juego de

pelota de Chichén Itzá (Fig. 2), se muestra el cuerpo decapitado de un jugador vencido del que brota sangre en forma de seis serpientes, mientras el sa- crificador sujeta su cabeza en una mano. Sin embargo, la práctica de la decapitación ritual en Mesoamérica es más antigua y parece remontar- se al menos al período preclásico (1500 a. de C.-

300 d. de C.), como muestran los restos esqueléti-

cos encontrados en Tlatilco y en Teotihuacán. El hallazgo de cráneos en la pirámide de la Luna, con las primeras vértebras adheridas a la base craneal junto con cortes en la región anterior y lateral de los cuerpos vertebrales y en la mandíbula, indica que se produjeron decapitaciones rituales en Teoti- huacán (años 150-850) [6]. En el imaginario maya del período clásico apare- cen escenas de decapitación mediadas por seres so- brenaturales. En uno de los murales de Bonampak se nos muestra una cabeza depositada en un nido de hojas (Fig. 3). También existen evidencias físicas. Cráneos aislados decapitados y escondites de crá- neos se han hallado en las tierras bajas mayas. Des- taca, sobre todo, el pozo de cráneos de Colhá en Belice, que data del clásico final, que contenía 30 cráneos de cabezas decapitadas más las primeras vértebras cervicales. Se piensa que el alijo de crá- neos pudo formar parte de un ritual asociado con la finalización del sitio arqueológico. Varios cráneos muestran cortes finos y sin sanar alrededor de las órbitas de los ojos, lo que indica que, además, se practicó el desollamiento del rostro poco antes o después de morir. Algunos antropólogos piensan que, en ocasiones, se realizaron actos de tortura ri- tual por parte de los mayas para maximizar el sufri- miento de quienes iban a ser ejecutados.

Monte Albán En la cultura de Monte Albán (250-900) se han en- contrado reliquias óseas hechas a partir de cabezas decapitadas. Además, se han hallado varias figuras de cerámica que muestran una serie de representa- ciones rituales. En ellas, personajes de alto rango, guerreros y jugadores del juego de pelota portan cinturones con cabezas trofeo invertidas y con el

cabello largo suelto hacia abajo. En las tumbas 58 y

103 de Monte Albán aparecen representaciones de

personajes que tienen puesta sobre su cara la piel facial de un desollado (máscara facial), mientras que en una mano llevan una cabeza decapitada [7]. Otras cerámicas muestran a personajes adornados con un pectoral o con un collar hecho de maxilares humanos y una cabeza humana invertida en el bro- che del cinturón.

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Figura 2. Panel del juego de pelota de Chichén Itzá, que muestra a un guerrero portando una cabeza trofeo.

Itzá, que muestra a un guerrero portando una cabeza trofeo. El hecho de que el tamaño

El hecho de que el tamaño de estas cabezas tro- feo fuese de menor tamaño que las del guerrero que las porta apoya la hipótesis de que estas reliquias eran las partes blandas de las cabezas decapitadas, que se habrían reducido de tamaño. Otros antropó- logos opinan que en la cultura de Monte Albán no se habría practicado la reducción de cabezas, y que se trataría de una estrategia iconográfica visual para resaltar la jerarquía existente entre captor/sacrifi- cador y cautivo/sacrificado. Sin embargo, el cronis- ta Fray Toribio de Benavente ‘Motolinía’ relató en su crónica Historia de los indios de Nueva España (1545) que en el noroeste de Oaxaca existía la cos- tumbre de reducir las cabezas, refiriéndose al seca- do como la técnica para conservarlas y disminuir su tamaño [8]. En todo caso, parece que en la cultura de Monte Albán y en otras, como la azteca, se practicó el de- sollamiento y los sacerdotes vestían la piel de la cara del sacrificado a modo de máscara facial. Fray Juan de Córdova, en su diccionario zapoteco-español de 1578, alude a la manufactura de pieles faciales hu- manas rellenadas con paja y usadas en rituales. La manufactura de reliquias óseas craneales en la cultura de Monte Albán es llamativa. Destaca el cráneo humano de la tumba 7, al que se modificó artificialmente, haciéndole una oquedad en la región

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Figura 3. Mural maya de Bonampak. Obsérvese la cabeza trofeo depositada en un cesto.

Obsérvese la cabeza trofeo depositada en un cesto. media frontoparietal, se le añadió la mandíbula de

media frontoparietal, se le añadió la mandíbula de otro sujeto y se decoró para ser usado como caja de resonancia en rituales funerarios. En este cráneo se colocaron dos conchas a modo de ojos y un cu- chillo de pedernal en la apertura nasal, mientras que la superficie craneal externa se decoró con un mosaico de teselas de turquesa y coral. Este trata- miento del cráneo recuerda al de los viscerocráneos aztecas, que semejan rostros descarnados, y que se modificaron a partir de cráneos de víctimas sacrifi- ciales sustraídos de las empalizadas o tzompantli.

El tzompantli

El tzompantli es un término que se refiere tanto a una construcción de madera en empalizada donde se colocaban las cabezas de algunas víctimas sacri- ficadas en Mesoamérica, entre los mexicas y mayas, como a los cráneos mismos. Hoy en día persisten ciertas construcciones arqueológicas en piedra que representan los tzompantli (Fig. 4). La palabra tzompantli quiere decir ‘el lugar don- de está alineado el cabello’. Para los aztecas, la coro- nilla era un lugar considerado vulnerable, y el cabe- llo la capa protectora de la cabeza y un elemento cargado de tonalli o fuerza espiritual. Por ello, los cautivos de guerra eran habitualmente asidos por el cabello, como expresión simbólica y real de haber sido apresados. El tzompantli tenía un carácter claramente inti- midatorio, ya que estaba expuesto visualmente al alcance de la población. Los primeros frailes y cro-

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nistas hablaron de las empalizadas aztecas que ex- hibían un gran número de cráneos descarnados. Así, Fray Toribio de Benavente relataba [8]: ‘Las ca- bezas de los que sacrificaban, en especial de los tor- nados en guerra, desollábanlas, y si eran señores o principales personas los así presos, desollábanlas con sus cabellos y secábanlas para las guardar. De estas había muchas al principio; y si no fuera por- que tenían algunas barbas, nadie juzgara sino que eran rostros de niños de cinco a seis años, y causá- bale estar, como estaban, secas y curadas. Las cala- veras ponían en unos palos que tenían levantados a un lado de los templos del demonio’. Los hallazgos arqueológicos han demostrado la existencia de estos depósitos de cráneos. En la gran pirámide de Tlatelolco se hallaron en el año 1962 un total de 170 cráneos con sus mandíbulas. La edad de los sacrificados oscilaba entre 18 y 40 años, el 67% eran varones y el resto mujeres. Todos los cráneos presentaban grandes perforaciones circu- lares de unos 5 cm de diámetro en ambas regiones temporales. Las perforaciones se realizaron post mor- tem, mediante múltiples percusiones con un cincel de pedernal, para exponer los cráneos anclados en una vara de madera en el tzompantli [7]. La perforación lateral de los cráneos indica un conocimiento anatómico muy especializado. Los sujetos se decapitaban ya en estado cadavérico y, tras separar la cabeza, ésta se desollaba y se descar- naba. La presencia de cortes en el cráneo y la man- díbula indica que fueron producidos al retirar el cuero cabelludo, el tegumento y los músculos y ten- dones con cuchillos de obsidiana. La exposición pú- blica de estos cráneos no debía durar mucho tiem- po, ya que la mayor parte fueron retirados de la empalizada antes de que los ligamentos que sostie- nen la mandíbula y las vértebras cervicales se hu- biesen descompuesto, pues se conservan [7].

Máscaras cráneo, mandíbulas y cabezas trofeo

Las máscaras cráneo son cráneos modificados artifi- cialmente para separar y decorar su porción facial. No son estrictamente máscaras, ya que las órbitas y la fosa nasal están cubiertas y presentan orificios ar- tificiales de suspensión para ser usadas en público. Las máscaras se solían elaborar con un cráneo recién decapitado o a partir de uno colocado en el tzom- pantli. Era necesaria una percusión cuidadosa para eliminar las protrusiones del ligamento estilomandi- bular y la inserción del músculo pterigoideo medial de la base craneal. Además, muchas máscaras crá- neo tenían perforaciones, bien de carácter decorati- vo, bien para simular una articulación con la mandí-

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Culto a los cráneos en la América precolombina

bula. Las perforaciones decorativas se hacían en el

hueso frontal y sobre ellas se colocaba el cabello cres- po, que era un atributo de las deidades asociadas a la muerte. En el códice Borgia se muestra esta dei- dad portando cuchillos en la nariz y en la boca. En las excavaciones del templo Mayor de Tenoch- titlán se han encontrado varias máscaras cráneo procedentes de cráneos de sujetos masculinos sa- crificados que presentan la típica horadación de los expuestos en los tzompantli. Para elaborar las más- caras cráneo hubo que cortar los cráneos por detrás de la sutura coronal, por medio de un aserrado y posterior ruptura por doblado. Además, se les colo- caron ojos hechos de conchas y hematina. En las culturas mesoamericanas era muy común colocar cráneos como ofrendas en edificios y tem- plos, para consagrar edificaciones y acompañar en- tierros. Con frecuencia estos cráneos habían recibi- do un tratamiento postsacrificial, es decir, los suje- tos ya estaban muertos, y se trataba de una desarti- culación más que una decapitación verdadera. En ésta, las vértebras solían quedar cercenadas de la parte anterior del cuerpo vertebral. En cambio, en los cráneos prehispánicos tipo cabeza trofeo apare- cen tan sólo ligeros cortes en las carillas articulares

y sobre las láminas. Estas cabezas trofeo se sepulta-

ban al poco tiempo de la decapitación, pues conser- vaban los tejidos blandos, la mandíbula y las prime- ras vértebras cervicales en conexión anatómica, y no había huellas de descarnado. Las mandíbulas humanas tenían un significado o poder ritual y de estatus, y eran usadas por persona- jes en ceremonias sagradas para, tiempo después, colocarlas en un sitio ceremonial. En el entierro 270 de Tlatelolco se encontró un depósito con 104 man- díbulas humanas, la mayoría de ellas rotas e incom- pletas, que muestran cortes donde se insertaban los músculos, lo que indica que se cortaron intencional- mente los músculos masticatorios. Además, apare- cen áreas pulidas en la superficie de las mandíbulas. Las mandíbulas se enterraban después de un cierto tiempo de uso, cuando se rompían o deterioraban, durante alguna festividad en el recinto sagrado [7].

El sacrificio En el sudoeste de Mesoamérica, el sacrificador o el sacrificado personifican con frecuencia a la divini- dad. En algunas cerámicas se muestra al sacrificador- dios de la lluvia que decapita a una persona que per-

sonifica al dios del maíz, y el sacrificio divino se lleva

a cabo para alimentar a los humanos. En otros casos,

la víctima personifica a la propia deidad de la lluvia. Así, muchos sacrificios rituales se hacían en suje- tos que durante un cierto tiempo eran venerados en

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Figura 4. Tzompantli ceremonial de Chichén Itzá.

111-120 Figura 4. Tzompantli ceremonial de Chichén Itzá. vida, al considerárseles recipientes de una divinidad. Tal

vida, al considerárseles recipientes de una divinidad. Tal es el caso del ixiptla o recipiente del dios Tezcat- lipoca, honrado durante un año y después sacrifica- do, cuyo corazón era extraído, su sangre alimentaba al dios sol y, finalmente, su cráneo se exhibía en el altar de los cráneos. Durante el gobierno de los últi- mos señores aztecas, el sacrificio humano se asoció con un simbolismo de dominación política, en el que el estado y el sacerdocio azteca estatal controla- ban los sacrificios, que se efectuaban en el gran cen- tro ceremonial de Tenochtitlán. En cambio, en las sociedades agrarias arcaicas, la exposición de cabezas trofeo y cráneos en las vigas de las casas estaría asociada a ritos que tenían el pro- pósito de propiciar el renacimiento de las víctimas.

Cabezas trofeo en las sociedades andinas

El empleo de cabezas humanas para uso ritual tiene una larga tradición en los Andes, y su origen se sitúa al menos en el período precerámico (1800 a. de C.). La secuencia cultural de las culturas andinas indica que las sociedades chavín, cupisnique, mo- che, paracas, nazca, huari, moche, chimú e inca (Perú), La Tolita y Jama-Coaque (Ecuador) y mojo- coya (Bolivia) practicaron esta tradición. Pero entre

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ellas, quienes desarrollaron con mayor profusión el uso ritual de las cabezas trofeo fueron los nazca y sus antecesores paracas. En cambio, los moche practicaron con mayor frecuencia los sacrificios ri- tuales. Cabezas humanas aisladas y cabezas trofeo se han encontrado en los Andes en excavaciones ar- queológicas de las culturas chavín, nazca, huarpa, huari, moche y tiwanaku [9]. Las cerámicas de la época huari (600-1000) mues- tran a guerreros que portan cabezas trofeo, obteni- das en batallas e incursiones. El análisis bioarqueo- lógico del sitio huari de Conchopata ha mostrado que las 31 cabezas trofeo halladas correspondían a 24 adultos y adolescentes y a 7 niños, lo que sugie- re que este grupo solía ser escogido como recipien- te de cabezas trofeo. La mitad de los cráneos de adulto presentaba señales de violencia y traumatis- mo craneal, lo que indica que los individuos fueron capturados en acciones de guerra [10]. Hoy día, el uso ritual de los cráneos se mantiene en sociedades rurales andinas tradicionales. Dota- dos de poderes mágicos y curativos, los emplean cha- manes y yatiris, como es el caso de los uru-chipaya de Bolivia, para tratar diversas enfermedades [11,12]. En la región amazónica, los indios juruna del Alto Xingú utilizan los cráneos-trompeta, que son una especie de trompeta o bocina ceremonial for- mada por un cráneo humano sin mandíbula ni dientes, con fines ceremoniales. Las cavidades ocu- lares y nasales se rellenan de brea y sobre la calota craneal se coloca un tubo de caña hueco recubierto por una espiral de fibra vegetal y adornada con pen- dientes de plumas.

Cabezas trofeo en la sociedad nazca

La cultura nazca se desarrolló en el sudeste de Perú entre el 100 a. de C. y el 700 d. de C., y se caracteri- zó por el desarrollo de un sistema hidráulico y de agricultura intensivos en uno de los parajes más áridos del planeta. La iconografía religiosa que se nos muestra en sus cerámicas y en sus elaborados textiles es muy compleja, y en ella aparecen secuen- cias en las que se usa ritualmente cabezas trofeo humanas. Los nazca enterraban a sus antepasados en tumbas poco profundas en la arena, revestidas de un armazón con techos de madera de huarango, un arbusto local. Los cuerpos se disponían senta- dos, acompañados por vasos de cerámica, ornamen- tos, alimentos y armas. En ocasiones, se han encon- trado cráneos trepanados y otros deformados in- tencionalmente. Uno de los hechos más destacados de la socie- dad nazca es la frecuente descripción iconográfica

de cabezas trofeo sostenidas entre las manos por guerreros, atadas a los cinturones de guerreros y chamanes, o asociadas con criaturas míticas antro- pomorfas [13]. Las cabezas trofeo se hacían con su-

jetos en edad media de la vida. El análisis de 84 ca- bezas trofeo nazca mostró que el 85% de los especí- menes eran varones de 20-50 años de edad [14]. En esta sociedad, la guerra y el conflicto se nos muestran en sus cerámicas. Los guerreros nazca van ataviados con armas, mazas y lanzas, y a menu- do portan cabezas trofeo. Numerosas armas se han encontrado en las excavaciones arqueológicas. En los combates cuerpo a cuerpo se emplearon porras

y cuchillos de obsidiana. Uno de los principales ob-

jetivos de la guerra era la obtención de cabezas tro- feo, como se deduce de las escenas de decapitación pintadas sobre vasos rituales. Guerreros ricamente ataviados sujetan a sus víctimas por el cabello con una mano mientras las decapitan con un cuchillo durante la batalla. Los nazca tenían una sociedad políticamente organizada, con jefaturas locales que se expandían y luchaban entre sí para obtener un mejor acceso al agua, a los sistemas de irrigación y

a las tierras agrícolas. Se han encontrado alrededor de 100 cabezas tro- feo nazca y su proceso de preparación es semejante. La cabeza se cortaba con un cuchillo de obsidiana mediante un corte que separaba las vértebras cervi- cales. Después se rompía y se retiraba la base del cráneo, el foramen magno y parte del hueso occipi-

tal. A través de esta abertura se retiraba el cerebro y los globos oculares. A continuación se perforaba un agujero en el centro de la región frontal del cráneo,

y en su interior se insertaba una especie de botón

de madera anudado a una cuerda, que servía para transportar la cabeza trofeo. Los labios eran sella- dos con un par de espinas de huarango y la cavidad craneal se rellenaba con paños que contenían trazas de maíz, cacahuete y piel de cactus. La cuidadosa preparación de las cabezas trofeo era el primer paso de un elaborado ritual, cuyo principal actor era el chamán, que actuaba como intermediario entre el mundo espiritual y el huma- no [15]. Se piensa que este ritual se aderezaba con elementos musicales, sonajeros, tabores y zampo- ñas, durante una procesión al santuario de Cahua- chi con las cabezas trofeo, y se alcanzaban estados de trance favorecidos por la ingestión del cactus de San Pedro [16]. Estas ceremonias aparecen en imá- genes vívidas en la cerámica nazca, y la mescalina del cactus de San Pedro desempeñaba un papel fun- damental [17,18]. El uso individual que se hacía de las cabezas tro- feo es desconocido. Pasado un tiempo, las cabezas

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trofeo se enterraban en grupos en alijos subterrá- neos. Así, en el valle de Palpa se ha encontrado un alijo con 48 cabezas trofeo agrupadas a modo de ofrenda. En una cerámica nazca se muestra el en- tierro ritual de las cabezas trofeo bajo un montículo en forma de pirámide, a cuyo lado se encuentra un chamán que porta diversos artilugios rodeado de vasos de libaciones. La obtención de cabezas trofeo y su enterramien- to ritual encuentra su sentido en un contexto reli- gioso que incorpora el animismo y la creencia en espíritus sobrenaturales a través del chamán. Se piensa que el principal propósito relacionado con la obtención de cabezas trofeo era asegurar la abun- dancia continuada de las cosechas, por lo que aqué- llas constituirían una metáfora simbólica de la ferti- lidad, regeneración y renacimiento [13,19]. Esta hi- pótesis se ve apoyada iconográficamente por diver- sas escenas de plantas que crecen desde las bocas de las cabezas trofeo. Éstas simbolizarían la relación entre la sangre, la regeneración y la fertilidad, nece- saria en todas las sociedades agrarias tradicionales.

Cabezas trofeo en el presente etnográfico

Entre algunas tribus de Ecuador, Perú, Colombia y Venezuela existía hasta muy recientemente la cos-

tumbre de reducir las cabezas de sus enemigos para conservarlas como trofeo o talismanes mágicos. En

el presente etnográfico, los grupos de reductores de

cabezas más conocidos se localizan en Sudamérica,

y son los mundurucú de Brasil y los shuar (o jíba-

ros) de la Amazonia ecuatoriana, quienes embalsa- maban ritualmente las cabezas de los enemigos muer- tos por motivos religiosos.

Cabezas trofeo mundurucú

Los mundurucú fueron considerados un grupo muy aguerrido y belicoso. Actualmente sobreviven unos

7.500 individuos en los estados brasileños de Pará, Amazonas y Matto Grosso. Hablan una lengua tupi

y se autodenominan Wuy jug u. El término mun-

durucú (‘hormiga gigante’) les fue asignado por los indios parintintín debido a sus técnicas de guerra, pues en el combate se alineaban como un grupo compacto de hormigas [20]. Los mundurucú eran famosos porque exponían las cabezas trofeo en las proximidades de sus caba- ñas. El fraile dominico Gaspar de Carvajal [21], en su crónica Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande de las Amazonas, describió la siguiente costumbre cuando navegaba entre los ríos

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Negro y Tapajós: ‘Había siete picotas que nosotros vimos que estaban en trechos por el pueblo, y en las picotas clavadas muchas cabezas de muertos, a cuya causa le pusimos a esta provincia por nombre la provincia de las Picotas, que duraba por el río abajo setenta leguas’. Otras referencias etnográficas sobre la práctica del pariua-á (cabezas trofeo) de los mundurucú proceden de Barbosa Rodrigues, quien en 1875 rela- tó cómo los feroces mundurucú, tatuados y pintados de negro, mataban y decapitaban a sus enemigos, y sus cabezas les servían como cabezas trofeo [22]. Los mundurucú llevaban un corte de cabello y un tatuaje transversal en la cara muy característicos. El proceso de preparación de las cabezas trofeo mundurucú difería de la técnica empleada por los shuar, pues no había reducción del tamaño de la ca- beza ni retirada de los huesos del cráneo. Las cabe- zas trofeo mundurucú se dejaban secar, con la piel y el cabello, una vez retiradas las partes blandas, la grasa y el encéfalo a través del foramen magno. Después, la cabeza se sumergía varias veces en un recipiente con aceite vegetal y urucum (Bixa orella- na), y posteriormente se colocaba varios días al sol para secarse o bien se ahumaba. La cabeza se unta- ba con aceite de andiroba (Carapa guianensis), se llenaba su interior de bolas de algodón y se tapaba la boca con resina. En los cabellos, y a ambos lados de la cabeza, se tejían dos cordones de algodón adornados con plumas rojas y negras de tucán de pico negro (Ramphastos vitellinus). En las órbitas se colocaba una masa de resina y se incrustaba un diente de un roedor llamado cutia (Dasyprocta agu- ti). De la boca pendían varios cordones entrelaza- dos, y el más grueso servía para que el guerrero due- ño de la cabeza la pudiese transportar o amarrar a su cintura [23]. En ocasiones se introducía una caña de bambú o una estaca por el foramen magno para transportar la cabeza trofeo en expediciones y en rituales (Fig. 5). La cabeza trofeo era transportada por su dueño tan- to en las incursiones guerreras como en fiestas y ca- cerías, pues se pensaba que favorecía la suerte en la caza [22]. Por la noche, la cabeza trofeo se fijaba en una estaca y permanecía cercana a la hamaca donde dormía su dueño. Esta demostración era un testimo- nio del coraje y valentía del guerrero, y servía de avi- so a cualquier potencial invasor del territorio. El ritual del pariua-á se iniciaba con la prepara- ción de la cabeza trofeo y duraba, al menos, tres es- taciones de lluvia (de tres a cinco años). Los dientes se extraían durante la confección de la cabeza tro- feo, y se usaban para fabricar un cinturón que se empleaba en un ritual llamado pariuate-ran (pa-

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riuate, enemigo; ran, cinturón). Una vez confeccio- nada la cabeza, se entregaba el cinturón de algodón adornado con los dientes de la cabeza al guerrero vencedor y dueño de ella en una fiesta ritual, pasa- do casi un año de la obtención de la cabeza. La eta- pa ritual final sucedía al final de la tercera estación de lluvias, donde se celebraba una nueva fiesta a la que se invitaba a grupos mundurucú de la vecin- dad. En esta última celebración se escenificaba la caza de las cabezas de los enemigos y los guerreros adultos debían seguir una serie de preceptos, como la abstinencia sexual. El dueño de la cabeza trofeo tenía una serie de privilegios, ya que era honrado y alimentado por la tribu durante todo el período de realización del ri- tual. Pero, al final de él, el valor simbólico de la ca- beza trofeo se perdía, el guerrero regresaba a su vida normal y terminaban sus privilegios adquiri- dos [23]. Las cabezas de los enemigos perdían su poder espiritual al término de este ritual, pasados cuatro o cinco años, y eran descartadas. El estudio tomográfico de la cabeza trofeo mun- durucú del Museo Nacional de Río de Janeiro ha mostrado la ausencia de encéfalo y de duramadre. La cavidad craneal se encontraba vacía, excepto por la presencia de una estructura en forma de cordón que ocupaba la fosa posterior. La ausencia de dura- madre demuestra que hubo una limpieza intencio- nal del contenido endocraneal. No había fractura de la base de cráneo, lo que indica que el encéfalo se retiró a través del foramen magno. En las órbitas se apreciaba un material amorfo en cuyo interior estaba incrustado un diente de roedor, probable- mente cutia. En la boca no había indicios de denti- ción. La cabeza trofeo no era de un individuo mun- durucú, ya que no portaba el tatuaje característico de esta tribu [23]. Los mundurucú, además de cortar las cabezas de los enemigos, también lo hacían con los guerre- ros miembros de su tribu que fallecían durante un combate lejos de su aldea. En este caso transporta- ban la cabeza del difunto a la casa de su familia, la colgaban, y tras una ceremonia en la que los guerre- ros juraban vengar su muerte, se enterraba en el suelo de la vivienda [24].

Las tzantza shuar

Los shuar o jíbaros habitan diversas áreas de la Ama- zonia ecuatoriana y peruana, y su población actual se estima en 80.000 individuos. La palabra jíbaro fue usada por los conquistadores españoles y tiene su origen en la palabra shuar ‘xivar’, que significa gente. La visión de las cabezas trofeo reducidas de

los shuar, llamadas tzantzas, impactaron a los con- quistadores. El cronista Gonzalo Fernández de Ovie- do, en su obra Historia general y natural de las In- dias, ya relató que ‘los indios jíbaros del Ecuador acostumbraban reducir las cabezas o tzanzas, las cuales creen que son de muy buena suerte y tienen poder mágico’.

Se dice que los shuar organizaban incursiones y partidas de guerra en los territorios de tribus veci- nas para obtener tzantzas. El guerrero vencedor te- nía derecho a cortar la cabeza del enemigo vencido,

y posteriormente la reducía de tamaño en una serie

de rituales. La reducción de cabezas de monos cons- tituía una parte del entrenamiento de los más jóve- nes con el fin de aprender la técnica a aplicar en las cabezas humanas. La práctica de cerrar los orificios del rostro es tí- pica de las tzantza shuar y no se observa en las ca- bezas mundurucú. El cierre de los orificios faciales guarda relación con el aprisionamiento del alma del muerto en el interior de la cabeza. Para los shuar, el espíritu del individuo reside en su cabeza, y aqué- llos que han muerto en combate pueden volver para vengarse del guerrero victorioso. Sin embargo, si se corta y reduce de tamaño la cabeza del enemigo vencido, se consigue encerrar en ella su alma e im- pedir su regreso. En el mundo espiritual shuar, el espíritu de la persona muerta, arútam, es recibido por otro ser humano, habitualmente su hijo o su nieto, para perpetuar un ciclo vital indefinido. Por ello, la posesión de una tzantza implica la apropia- ción simbólica del enemigo muerto en combate. El proceso de elaborar una tzantza conlleva va- rios actos rituales. Toda la ceremonia va acompa- ñada de cantos, oraciones y conjuros. El ritual se iniciaba una vez que los guerreros retornaban de una incursión a su campamento base con las cabe- zas decapitadas. En primer lugar, se hacía una inci- sión desde las orejas hasta la base del cráneo y se desollaba, separando completamente la piel de la cabeza y el rostro del cráneo. Empleaban punzones de madera para retirar los restos de cartílago de la nariz y orejas, y para enuclear los globos oculares. Este proceso duraba en manos expertas unos 15 mi- nutos. El cráneo, cerebro, globos oculares y demás partes blandas se eliminaban. En una segunda fase del ritual se recogía agua del río, se vertía en un vaso ritual de cerámica de unos 50 cm de diámetro, y se hacía hervir junto con

cortezas, hojas y plantas ricas en tanino y el jugo de una liana llamada chinchipi. En ese momento, el lí- der del grupo introducía los restos de la cabeza, piel

y cabellos varias veces en el agua, hasta que final-

mente depositaba la piel desollada y la dejaba her-

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Culto a los cráneos en la América precolombina

vir durante unos 20 minutos, mientras el resto de la partida de guerreros lo observaba en silencio. Des- pués se retiraba la piel hervida, cuyo tamaño se ha- bía reducido casi a la mitad, y se dejaba secar en la punta de una lanza. Una vez seca, se raspaba y se eliminaban cuidadosamente todos los restos de grasa y músculos que pudiera haber en la parte in- terna de la piel, para evitar su putrefacción, y se fro- taba con aceite de carapa [25]. Los guerreros aprovechaban para comer y des- cansar esa noche. Al amanecer, se llevaba a cabo un ritual de masticar y beber un extracto líquido de hojas de tabaco, y se seguían varios preceptos y ri- tos de purificación, que incluían la abstinencia de ciertos alimentos, de prácticas sexuales y del uso de armas. Al mismo tiempo, los guerreros implicados en la incursión se hacían elaborados adornos cor- porales en su piel. Después recogían la piel hervida y la unían al ca- bello, se hacían unos agujeros en la base del cuello, y se cosía y se transformaba la piel en una especie de bolsita. La boca y los párpados se cerraban y se suturaban con una especie de dardos. Así se obte- nía una bolsita de piel abierta sólo por la parte pos- terior de la nuca. La piel se secaba con piedras del tamaño de un puño y con arena que se habían ca- lentado en un fuego. Durante varias horas, y mien- tras repetía un cántico ritual, el guerrero de mayor edad introducía en el interior de la bolsa de piel hu- mana primero las piedras calentadas en el fuego y después cucharadas de arena caliente. La cabeza obtenida se colgaba sobre el fuego para ahumarla, y se iba dando forma al cuero con una piedra caliente. La arena y las piedras redondas se iban cambiando según se enfriaban. Una vez re- tiradas, la piel quedaba como cartón piedra, com- pletamente ennegrecida al ahumarse con chamiza, una planta que quemaban constantemente debajo de la cabeza en preparación. Todo este proceso so- lía durar varios días, casi una semana, con lo que la cabeza finalmente llegaba a tener el tamaño de un puño, es decir, casi una cuarta parte de su tamaño original [25,26] (Fig. 6). Al regreso al hogar, se iniciaba la primera de las tres fiestas para celebrar la captura de las tzantzas, auspiciada por el anciano que organizó la partida de guerra. Entre festividades, los guerreros que par- ticiparon en la incursión mantenían varias pres- cripciones rituales y evitaban ciertos alimentos o cazar solos. La última celebración tenía lugar un año después de la incursión guerrera, y el anfitrión era uno de los guerreros dueños de una tzantza. Una vez que finalizaba todo este ciclo ritual, la tzantza ya no tenía función y perdía su valor. De

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Figura 5. Mundurucú con cabeza trofeo. Ilustración de Barbosa Rodrigues.

con cabeza trofeo. Ilustración de Barbosa Rodrigues. Figura 6. Tzantza shuar. Museo Nacional de Antro-

Figura 6. Tzantza shuar. Museo Nacional de Antro- pología, Madrid.

Tzantza shuar. Museo Nacional de Antro- pología, Madrid. este modo se entregaba a los niños o

este modo se entregaba a los niños o simplemente se abandonaba [26]. La elaboración de las tzanzas constituía una for- ma de aplacar la rabia del pariente perdido en com- bate, al ser de este modo vengado. La cabeza del enemigo adquiría un poder ritual llamado tsaruta- ma, por lo que la tzantza era un modo de demos- trar a los espíritus de los ancestros que las obliga- ciones de revancha de sangre y de venganza se ha- bían realizado plenamente [27].

Conclusiones

La tradición de la decapitación ritual se desarrolló profusamente en la América precolombina con el fin de obtener cabezas trofeo. Las extensas descrip- ciones y las representaciones en cerámicas, códices y textiles se han visto confirmadas por los hallazgos arqueológicos y los estudios en antropología física de los últimos años. En la Amazonia todavía pervi- ve la tradición de la reducción de cabezas, ya sin

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motivación ritual o religiosa, que actualmente se hace con animales con la finalidad de obtener recursos económicos.

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Skull cult. Trophy heads and tzantzas in pre-Columbian America

Introduction. The skull cult is a cultural tradition that dates back to at least Neolithic times. Its main manifestations are trophy heads, skull masks, moulded skulls and shrunken heads. The article reviews the skull cult in both pre-Columbian America and the ethnographic present from a neuro-anthropological perspective.

Development. The tradition of shaping and painting the skulls of ancestors goes back to the Indo-European Neolithic period (Natufian culture and Göbekli Tepe). In Mesoamerica, post-mortem decapitation was the first step of a mortuary treatment that resulted in a trophy head, a skull for the tzompantli or a skull mask. The lithic technology utilised by the Mesoamerican cultures meant that disarticulation had to be performed in several stages. Tzompantli is a term that refers both to a construction where the heads of victims were kept and to the actual skulls themselves. Skull masks are skulls that have been artificially modified in order to separate and decorate the facial part; they have been found in the Templo Mayor of Tenochtitlan. The existence of trophy heads is well documented by means of iconographic representations on ceramic ware and textiles belonging to the Paraca, Nazca and Huari cultures of Peru. The Mundurucu Indians of Brazil and the Shuar or Jivaroan peoples of Amazonian Ecuador have maintained this custom down to the present day. The Shuar also shrink heads (tzantzas) in a ritual process. Spanish chroniclers such as Fray Toribio de Benavente ‘Motolinía’ and Gaspar de Carvajal spoke of these practices.

Conclusions. In pre-Columbian America, the tradition of decapitating warriors in order to obtain trophy heads was a wide- spread and highly developed practice.

Key words. Body mutilation. Mundurucu. Ritual. Shuar. Trophy heads. Tzantza.

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