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Ciencia Psicológica Vol. 1, Nº 2, 2007 Universidad Central de Chile

Escuela de Psicología, Facultad de Ciencias Sociales ISSN 0718-4166

LA

EXPERIENCIA

DE

PÉRDIDA

Y

EL

SURGIMIENTO

DE

PSICOPATOLOGÍA:

UNA

APROXIMACIÓN

DESDE

EL

ENFOQUE

CONSTRUCTIVISTA POSTRACIONALISTA

Marco Antonio Campos 1 Universidad Central de Chile

María Jesús Ríos 2

RESUMEN

Las experiencias de pérdida y duelo constituyen un fenómeno relevante para la Psicología por ser acontecimientos inevitables en la vida de todo ser humano. Aun cuando son categorías de la experiencia human, y gran parte de las personas son resilientes a la pérdida afectiva, en numerosas ocasiones desencadenan desórdenes clínicos. En el presente trabajo se expone una aproximación, desde la visión constructivista, sobre la pérdida y el duelo, señalando cuáles son las condiciones que facilitan el surgimiento de psicopatología después de una pérdida significativa y cuáles son las que facilitan el proceso de duelo y que ayudan a las personas a superar la pérdida, valorando la proactividad y el carácter subjetivo del ser humano.

Palabras claves: Pérdida significativa, duelo, constructivismo, postracionalismo, narrativa, modalidades de procesamiento de la información.

Recibido: 28 de noviembre de 2007

Aceptado: 31 de diciembre de 2007

THE EXPERIENCE OF LOSS AND THE EMERGENCE OF PSYCHOPATHOLOGY: A VIEW FROM A CONSTRUCTIVIST – POS-TRATIONALIST APPROACH

ABSTRACT

The experiences of loss and grief are relevant phenomena to psychology as being unavoidable events in the life of every human being. Even when they are categories of human experience, and a lot of people are resilient to the loss of affection, on numerous occasions trigger clinical disorders. In this paper we present a constructivist approach from the vision of loss and grief, pointing out what are the conditions that facilitate the emergence of psychopathology after a significant loss, and what are those facilitating the grieving process and helping people to overcome the loss, valuing the proactivity and the subjective nature of human beings.

Key words: Significant loss, grief, constructivism, post-rationalism, narrative, modalities of information processing.

INTRODUCCIÓN

Esta presentación se enmarca dentro de una visión constructivista, la cual se basa en una concepción del hombre como creador activo de la realidad, y entiende la mente como una constructora de significados, en donde el significado no es una correspondencia lógica entre las palabras y las cosas del mundo, sino un sentido

1 Psicólogo y Psicoterapeuta. Docente Universidad Central de Chile. E-mail: psicologo.marcoantonio.campos@gmail.com 2 Psicóloga Universidad Central de Chile.

Marco Antonio Campos María Jesús Ríos

de continuidad emotiva de la propia experiencia. El impacto psicológico de la pérdida, ha recibido atención creciente desde los orígenes de la psicología como disciplina y ha sido un tema de especial relevancia en la historia de la humanidad. Probablemente, esto se deba a que la pérdida es una experiencia inevitable en el ser humano, las personas se afligen cuando se ven despojadas de algo querido, valorado y/o amado. Alrededor de una cuarta parte de las personas que consultan por un tratamiento psicológico debido a problemas de salud mental, tienen relación con algún tipo de pérdida (Fernández y Rodríguez, 2002). En este sentido la pérdida puede provocar efectos dramáticos en quien la enfrenta, así como una crisis relativa a las propias creencias acerca del mundo y de sí mismo (Herrero y Neimeyer, 2005).

Existen pérdidas que tienen un menor o mayor impacto emocional en los individuos, y son estas últimas las que interesa indagar aquí y que se relacionan con el surgimiento de psicopatología.

Como se menciono anteriormente, este tema ha sido abarcado a lo largo de la historia por las distintas corrientes psicológicas, las cuales le han otorgado una concepción particular a la pérdida y el duelo, y han llegado a ser parte de nuestro acerbo cultural. Sin embargo, pese al interés y al gran aporte que han resultado ser para la comprensión de este fenómeno humano, tales teorías tradicionales no están exentas de críticas, pues describen etapas universales de duelo por las cuales todas las personas deben transitar, y que de no ocurrir así, son consideradas como cursando un duelo patológico. Por este motivo, en los últimos años se han desarrollado nuevas visiones, particularmente desde una perspectiva constructivista, acorde con el paso de una cultura moderna a una postmoderna, aportando una mirada distinta a esta temática, valorando el carácter subjetivo de la pérdida y las acciones que cada individuo puede llevar a cabo para superarla (Botella y Herrero

2001).

Se abordará aquí el tema de la psicopatología asociada a la pérdida desde el modelo postracionalista, incorporando lo aportes que desde la narrativa se han desarrollado para conceptualizar esta experiencia, entendiendo que el ser humano es un sistema autorreferencial que está en una permanente explicación de su experiencia inmediata, la cual es reformulada en una narración consciente (Quiñones, 1998). “Las discrepancias en el modo como uno siente su propia experiencia inmediata son las que suscitan explicaciones, reordenaciones o construcciones, capaces de resolver, integrar o suavizar las contradicciones experimentadas” (Guidano, 2000, p. 43). Por lo mismo, el énfasis estará puesto en la vivencia individual y en la construcción de significados como principio organizador de la experiencia humana.

Parece fundamental considerar la naturaleza de la experiencia humana para comprender como los individuos experimentan la pérdida. La experiencia emotiva suscitada, como la construcción de significados que se realiza en torno a ella, desencadena una proceso que implica un reordenamiento de las propias construcciones que el individuo ha elaborado a lo largo de su vida, construcciones que abarcan el sentido de si mismo y del mundo. En numerosas ocasiones, la pérdida puede llevar a una discrepancia tan profunda en la propia coherencia interna que el individuo pierde su propio sentido de sí y experimenta una transformación en identidad.

Desde el punto de vista del apego, es importante destacar la importancia que tienen las diferentes tonalidades emotivas surgidas producto de experimentar una pérdida significativa, puesto que se sostiene que “existe la tendencia a establecer lazos emocionales íntimos con individuos determinados como un componente básico de la naturaleza humana, presente en el neonato y que prosigue a lo largo de la vida adulta, hasta la vejez” (Bowlby, 1988, p.142). Con esto, la ansiedad de separación (vista desde un punto de vista etológico), es una disposición humana básica, es una amenaza que despierta intensa ansiedad e ira, “es la reacción habitual a una amenaza o a algún otro riesgo de pérdida” (Bowlby, 1988, p. 21).

CONSTRUCTIVISMO Y PSICOLOGÍA

El constructivismo es una perspectiva metateórica que incorpora diversas tradiciones de la medicina, la filosofía, la psicología y la experiencia espiritual (Mahoney y Granvold, 2005). Surge en un contexto postmodernista y propone una visión alternativa a la visión objetivista concebida como un proyecto de la modernidad (Neimeyer, 1998). Estas tradiciones enfatizan el papel activo de la mente humana, siendo ésta capaz de organizar y crear significados, construyendo activamente las realidades a las que responden (Liddon, 1998).

Sobre las bases iniciales filosóficas y psicológicas se edificaron diferentes teorías constructivistas que han desempeñado un papel significativo en la ciencia psicológica contemporánea (Liddon, 1998).

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La psicología moderna se ha dedicado al desarrollo de métodos lógicos y empíricos con el fin de descubrir hechos objetivos y verificables, lo cual supone obtener leyes generalizables de la conducta humana en base a la creencia de un mundo cognoscible (Neimeyer, 1998). La psicología constructivista abandona dichos fines y propone una modificación en conceptos básicos como organismo, conocimiento, realidad, objetividad, experiencia etc. La realidad no es externa ni objetiva, sino que es co-extensiva con nuestra experiencia y por lo mismo no es separable de ella (Guidano, 2001).

Se han definido cinco aspectos básicos que constituyen el fundamento de la psicología constructivista. a) En primer lugar se define al ser humano como participante activo de su propia experiencia, es decir, como agente que actúa en el mundo y sobre el mundo; b) segundo, la actividad humana se dedica en gran medida a los procesos de ordenamiento de la experiencia, éstos son especialmente emocionales, tácitos y categóricos y a partir de los cuales se definen patrones y se crean significados; c) tercero, este ordenamiento supone que la organización de la actividad personal es principalmente autorreferida, pues los seres humanos construimos nuestra identidad desde la experimentación del propio cuerpo y a través de nuestra relación con los demás, logrando un sentido fenomenológico coherente de identidad personal; d) cuarto, la capacidad de autoorganización y de construir significados está influenciada por procesos socio-simbólicos, ya que nacemos en un contexto relacional mediado por el lenguaje y por sistemas simbólicos; e) por último, el constructivismo pone énfasis en los procesos de desarrollo dialéctico, en los patrones y ciclos de experimentación, que llevan tanto a la desorganización como a la reorganización (Mahoney y Granvold, 2005).

En cada segundo de nuestra existencia estamos conociendo, es decir, interpretando la realidad en la que vivimos. Por tanto “vivir es conocer y conocer es vivir puesto que es a través de nuestra experiencia vivida que construimos el conocimiento” (Feixas, 2003, p.1).

En lo que respecta a la psicología y la psicoterapia, se desglosan del constructivismo diferentes enfoques y escuelas, las cuales ponen distinto énfasis en sus supuestos y estrategias, y que como señalan Mahoney y Granvold (2005), comparten la visión de esta metaperspectiva de la psicología personal, de la actividad social y del cambio del ser humano. Uno de estos enfoques es el postracionalista, modelo desarrollado inicialmente por Vittorio Guidano, y que en términos generales, destaca los aspectos del marco narrativo en la elaboración de la experiencia humana y en la construcción de significado personal.

El Modelo Postracionalista

El enfoque Constructivista Postracionalista, plantea que la mente es la que construye los significados, otorgándole un sentido de continuidad y coherencia a la propia experiencia. Así, el término postracionalismo no es antitético con el pensamiento racional, pues no deja de considerar el pensamiento lógico como aspecto importante del conocimiento, sin embargo, plantea que fundamentalmente el conocimiento es emocional, además de sensorial, perceptual, motor y conductual, ya que estas formas, son las que nos dan la ubicación temporal, espacial y la continuidad de nuestra vida sin necesidad de pensar. De este modo el razonamiento lógico es parte importante del conocer, pues es el que concede la característica de coherencia y consistencia a las otras formas de conocimiento, pero no es el que dirige toda la actividad humana (Guidano, 2001).

El Postracionalismo hace referencia a una concepción de psicoterapia desde una óptica cognitiva, pero situándose en un marco posterior a estas terapias racionalistas, otorgándole primacía a la emoción y la experiencia y no tanto a la cognición. El ser humano es visto como “un conjunto jerárquicamente organizado de esquemas cognitivos-afectivos interpersonales codificados” (Oneto y Moltedo, 2002, p.1).

Naturaleza de la Experiencia Humana

Para tener una comprensión más integradora acerca de cómo se constituye la experiencia humana, se debe tener en consideración tanto una perspectiva ontológica como evolutiva, la primera, en el sentido de que la experiencia humana se contempla desde el punto de vista de quien la vivencia (Guidano 2000), y la segunda, si entendemos que en la escala zoológica evolutiva somos primates, y que a diferencia de los otros animales, vivimos en un mundo intersubjetivo (Guidano, 2001).

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Desde esta perspectiva se plantea que todo el conocimiento es intersubjetivo, “cualquier cosa que se refiere a los miembros del grupo es conocimiento de mi mismo y cualquier conocimiento de mi mismo es también información sobre otras personas” (Guidano, 2001, p.25). En efecto, los primates atribuyen intenciones, emociones y estados internos a los miembros del grupo y según esto se coordinan recíprocamente. Esta capacidad, desarrollada producto de las presiones evolutivas, se denomina mentalismo y le otorga una característica de complejidad a este mundo intersubjetivo (Guidano, 2001).

Cuando aumenta el nivel de complejidad del aparato neurológico organizador, surge el lenguaje, y nace como un sistema de clasificación de los datos internos, actuando sobre la experiencia inmediata y no directamente sobre la realidad (Guidano, 2001).

El lenguaje posibilita que los individuos hagan una serie de distinciones crecientes en complejidad y al hacerlo, posibilita también distinguirse él mismo como observador diferenciado de lo que está observando (Balbi, 1997). “El lenguaje es un instrumento evolutivo de coordinación social y auto interpretación, que posibilita distinguir y organizar información proveniente de diferentes modalidades autorreferenciales informativas (emociones, sensaciones, motricidad y cogniciones), en un proceso continuo de regulación mutua entre experimentar y explicar” (Quiñones, 2000, p.1).

Se puede decir que con el lenguaje la experiencia humana ocurre en dos niveles simultáneamente; un nivel que fluye en la inmediatez, que es la experiencia del vivir, sentida, no pensada; y que nos acompaña en todo momento pensemos o no en ello; y un nivel explicativo, el cual toma la experiencia y la reconstruye para

hacerla consistente y coherente con el sí mismo, con este ser en el mundo, que es propio de los seres humanos

y que nos distingue de los otros primates (Guidano, 2000).

En consecuencia, toda comprensión es siempre una interpretación, “es el producto emergente del proceso de regulación mutua que alterna continuamente entre experimentar y explicar, a través del cual los patrones de la actividad en curso (experiencia inmediata) quedan sometidos a distinciones y referencias, que generan un reordenamiento (explicación) capaz de cambiar la experiencia misma de los patrones” (Guidano, 1994, p.17).

La Construcción de la Identidad Personal y el Vínculo Humano

El sentido de sí mismo de cada individuo está siempre conectado al conocimiento que los otros tienen de él, por

lo tanto, es a través del otro que el ser humano logra reconocerse (Guidano y Dodet, 1993).

De esta manera, el sistema de conocimiento humano es una organización compleja autorreferente, capaz de

auto organizarse. Esta última característica es fundamental, puesto que permite que el ser humano a medida que adquiere capacidades cognitivas superiores, estructure progresivamente un sentido de identidad personal, que abarca sentimientos inherentes de unicidad y continuidad. La disponibilidad de esta auto-identidad estable

y estructurada permite una autopercepción y auto-evaluación continua y coherente frente al devenir temporal

del yo y de una realidad mutable. En este sentido, el sí mismo no es visto como una entidad, sino como un proceso que tiene una historia evolutiva y que siempre incluye al otro y por lo mismo también es dialéctico (Guidano, 1998a).

El significado es propio de la actividad autoorganizadora global del ser humano, es una comprensión ontológica que es permitida por la diferenciación de los propios limites, en donde el significado personal representa un procesamiento proactivo: “un ordenamiento activo de redes de acontecimientos significativos relacionados, que genera una percepción del mundo capaz de desencadenar patrones recursivos de modulación emocional (“yo”), específicamente reconocibles como el propio sí-mismo, unificado y continuo en el tiempo” (Guidano, 1994, p.

53).

En la emergencia de la identidad personal y el sentido de singularidad destacan los aportes de Bowlby sobre los patrones vinculares (1983, 1988), en cuanto considera que los procesos de apego son parte integral de la naturaleza humana, que compartimos con miembros de otras especies y están atribuidos a la función biológica de protección. Desde la perspectiva postracionalista, estos procesos, representan a lo largo del ciclo vital el espacio en el cual se estructuran los límites del sí mismo y emerge el significado personal (Guidano y Dodet,

1993).

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La mantención de la identidad se considera fundamental, ya que sin ella, los seres humanos serían incapaces de funcionar adecuadamente perdiendo el sentido de la realidad. Así, la asimilación de experiencias durante el desarrollo vital, están subordinadas a la mantención de la identidad (significado personal) que se basa en la congruencia y la continuidad que el propio sí mismo percibe (Guidano, 1994). Cuando esta asimilación de la experiencia no es lo suficientemente integrada por el individuo, la identidad personal y el sentido de continuidad experiencial se ven amenazados, pudiendo incluso llegar a desarrollarse distintos trastornos psicopatológicos.

LA PSICOPATOLOGÍA DESDE EL ENFOQUE POSTRACIONALISTA

La normalidad, la neurosis y la psicosis, que han siempre sido consideradas como entidades estáticas, son vistas ahora como dimensiones de procesamiento dinámicas y modificables que permiten a cada individuo, a partir de su significado personal, hacer coherente su experiencia (Guidano, 1994). Son formas de procesamiento de significado social autorreferencial (Quiñones, 1998).

Durante el ciclo de vida personal pueden aparecer cambios que generen problemas clínicos o existenciales, éstos se entienden como formas de interrupciones en el sentido de continuidad del sí mismo, es decir, aparecen como una tensión entre continuidad (lo que nos es familiar) y discontinuidad (lo que nos resulta novedoso) y que genera problemas de reconocimiento y déficit explicativos (Quiñones, 2000).

La dialéctica del sí mismo consiste en la conservación de la continuidad mientras al mismo tiempo se perciben cambios. Existen dos aspectos fundamentales, por una parte la mismisidad, que se refiere al sentido de continuidad de nosotros mismos; y la ipseidad, que es lo opuesto a la mismisidad, lo imprevisible. El primero es esencialmente emotivo, no es necesario pensar en ello y consiste en poder sentirse la misma persona de manera permanente a lo largo del tiempo. El segundo corresponde a todo aquello que no nos es familiar y que nos da el sentido de diversidad. Desde esta perspectiva, el desafío para quien vive es cómo el sí mismo logra conservar esta continuidad si simultáneamente está expuesto a cambios permanentes.

Toda la psicopatología surge de la discrepancia que hay entre el fluir de la experiencia inmediata y la imagen consciente que la persona posea de si misma. Todos nosotros en cada situación percibimos y sentimos mucho más de lo que nos damos cuenta, y comprendemos mucho más de lo que creemos comprender, esto quiere decir, que estamos constantemente filtrando y manteniendo fuera de la consciencia aquellos aspectos que son discrepantes o bien no tienen resonancia emotiva para el self.

Dada la naturaleza intersubjetiva de la identidad y el significado personales, los seres humanos deben sentirse en cada momento idóneos ante sí mismos y los otros, lo que implica ser legitimado por los otros, y esto los lleva a mantener siempre una imagen de sí mismos aceptable, lo que a su vez, hace que desconozca cosas de la experiencia que son centrales, pero que si se las explicara de manera consciente, produciría un cambio dramático de la imagen que cada cual tiene de si mismo (Guidano, 2001). Por lo tanto, la mantención de una imagen aceptable del sí mismo implica, necesariamente, la manipulación de datos provenientes de la experiencia inmediata, este mecanismo, conocido como autoengaño facilita la mantención de una autoestima aceptable, no obstante, al no operar adecuadamente, puede llevar al desarrollo de diversos trastornos emocionales.

Autoengaño

Cada individuo con su estilo de funcionamiento afectivo está organizado para mantener al mínimo el grado de activación emocional de los temas discrepantes. De este modo se procura mantener la continuidad de un sentido de sí mismo positivo, frente a la contrariedad de eventos cambiantes (Arciero, 2004). Cuando no se puede reducir la discrepancia entre la experiencia emocional en curso y la actividad que mantiene el self narrador y, por lo tanto, la coherencia interna de cada individuo se ve amenazada, operan procesos de autoengaño que evitan el sentimiento de las emociones perturbadoras.

El autoengaño apunta a un proceso de hacer coherente la experiencia, aplanando contradicciones en la identidad narrativa, es decir, entre el self protagonista (ligado a la ipseidad) y el self narrador (ligado a la mismisidad), con el propósito de mantener una narración emocional viable que produzca un equilibrio entre significado interno y significado cultural.

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Modalidades de procesamiento de la información

Desde esta perspectiva, se entiende que el desequilibrio afectivo intenso que constituye los desbalances clínicos, se acompañan de una secuencialización – causal, cronológica y temática – de la experiencia discrepante que no es lo suficientemente articulada en la trama narrativa, y que lleva a la pérdida del equilibrio del funcionamiento natural de la persona.

“Las modalidades de procesamiento aluden a una danza relacional de subsistemas (memoria, percepción, emociones, lenguaje, etcétera) que consensualmente se denomina por la comunidad clínica de psicoterapeutas:

normalidad, neurosis y psicosis” (Quiñones, 1998, p.12). Son modalidades de ordenamiento del conocimiento que como revisamos anteriormente, tienen la característica de ser dinámicas y reversibles, ubicándose en un continuo normalidad-psicosis en función de las variables abstracción, flexibilidad e integración (Guidano, 1994).

La abstracción es la capacidad de tomar distancia y reflexionar acerca de las emociones que surgen del fluir de la experiencia. La flexibilidad implica la posibilidad de tener en cuenta una perspectiva más amplia, relativizando el punto de vista acerca de la propia emocionalidad. Por último, la integración es la capacidad de asimilar y acomodar la experiencia emocional discrepante con la historia narrada, de modo de hacerla coherente (Guidano, 2000).

Los problemas de salud mental surgen por el tipo de procesamiento experiencial con el cual operan los individuos. Cabe destacar que todas las personas pueden ubicarse en distintos puntos de este continuo normalidad-psicosis, dependiendo de las condiciones que desafían su coherencia sistémica en un determinado momento. Los procesamientos concretos y rígidos, producen narrativas personales pobres en distinciones experienciales, o también laxas en estructura (carencia de inicio, desarrollo y final). Esto a su vez, resta posibilidad de construir narrativas en el mundo social, ya que no existe una adecuada decodificación ni asimilación de la experiencia inmediata-emotiva, surgiendo síntomas y signos en las distintas dimensiones del individuo, que le son discrepantes y perturbadores (Quiñones, 1998).

LA EXPERIENCIA DE PÉRDIDA SIGNIFICATIVA Y LA PSICOPATOLOGÍA

Constantemente las personas están expuestas a situaciones que pueden desafiar su propia coherencia sistémica, experiencias que son dolorosas y que pueden provocar una interrupción en la imagen y sentido de continuidad: es el caso de las pérdidas significativas.

La investigación desde la perspectiva constructivista/narrativa acerca de los temas de pérdida y duelo, ha comenzado a examinar las maneras en como las personas buscan significar dicha experiencia, considerando como la pérdida afecta la estructura de los significados de la gente acerca de sus relaciones sociales e interpersonales, su identidad, su funcionamiento cotidiano y su visión filosófica y espiritual. El postracionalismo por su parte, además de considerar la estructura narrativa como parte fundamental de la experiencia humana, aporta nociones acerca de la desregulación afectiva y su influencia en los trastornos psicopatológicos.

Una Visión Constructivista/Narrativa de la Pérdida y el Duelo

Neimeyer (2002), sostiene que cuando hablamos de pérdida generalmente pensamos en la muerte de un ser querido, pero la pérdida no se encasilla a tan sólo la muerte propiamente tal, sino que la pérdida hace alusión a una modificación en cualquier aspecto de la vida de los seres humanos “Todo cambio implica una pérdida, del mismo modo que cualquier pérdida es imposible sin cambio” (p.27).

No obstante, existen cambios que llevan a pérdidas más significativas que otras. La pérdida se puede producir en numerosas ocasiones en nuestra vida, por ejemplo con la privación de algo que hemos tenido (como cuando se pierde a un amigo), con el fracaso para conservar o conseguir algo que tiene valor para nosotros, con una disminución en alguna sustancia o proceso (como cuando se pierde una capacidad), y con la destrucción o la ruina (por ejemplo la guerra o catástrofes). Son numerosos los significados que puede tener la experiencia de pérdida, pese a esto, existen semejanzas en la forma en que las personas que la sufren se enfrentan a ella y elaboran el duelo, sin dejar de considerar las diferencias individuales que hacen que en algunos casos esta experiencia ponga en tela de juicio la propia vida e imagen de uno mismo.

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En este sentido Neimeyer (2002) entiende la pérdida como cualquier daño tanto en los recursos personales,

como también materiales y simbólicos con los cuales se tenga un vínculo emocional. Rando (en Botella, Herrero

y Pacheco, 1997), hace la distinción entre la pérdida física y la pérdida psicológica, la primera implica una

pérdida de algo que es tangible como por ejemplo de una posesión material o de una parte del cuerpo, la segunda implica la pérdida de algo que es intangible o de naturaleza psicosocial, por ejemplo la pérdida de una esperanza o de una relación. Esta clasificación por supuesto no es excluyente, pues toda pérdida física comporta una pérdida psicológica, aunque no es siempre a la inversa. Según este autor cada individuo posee un mundo de supuestos, que es un esquema que contiene todo lo que una persona considera como verdadero acerca del mismo y del mundo, y que se construye a partir de la experiencia previa. Este mundo de supuestos ayudaría a la persona a orientarse, a reconocer lo que le pasa y a planificar su forma de actuar. Dentro de este esquema existirían supuestos globales que harían referencia a aspectos generales, cuando estos supuestos se ven afectados por una pérdida, se alterarían las creencias acerca del funcionamiento del mundo en general. Por otra parte, existirían también supuestos específicos, que se refieren a aspectos concretos de la figura que se ha perdido y con la cual hay una vinculación emocional. Así enfrentarse a la experiencia de una pérdida significativa, provocaría una reexaminación de la visión de mundo en general, de sí mismo y de la situación actual que vive la persona.

Desde la perspectiva constructivista, se considera la pérdida como un acontecimiento frente al cual las personas responden de distintas maneras y que “puede perturbar profundamente las creencias que tenemos sobre la vida” (Neimeyer, 2002, p.152). Así el énfasis está puesto en el significado que la pérdida tiene para cada persona individualmente y dependerá de esto la calidad del proceso de duelo el cual tiene a la base una reconstrucción de significados (Botella y Herrero, 2001).

El duelo entonces, es un proceso que se realiza cuando una persona que ha perdido algo importante para ella

(personas, objetos, salud, etc.), se dispone a vivir sin ello y se adapta. Tiene que ver con como las personas construyen los acontecimientos en torno a lo perdido. (Fernández y Rodríguez, 2002). De esta manera, del modo en como se realice el duelo, va a depender el funcionamiento futuro de la persona que lo vive.

Rando (Op. cit.) plantea que existen distintos factores que influyen en como se elabora el duelo: por una parte estarían los factores psicológicos, que abarcan desde las características propias de la persona que experimenta la pérdida, como por ejemplo la personalidad, la inteligencia, su salud mental, las creencias religiosas o filosóficas, etc., hasta el contexto psicosocial en el cual ocurre, el grado de anticipación de ella, el grado de implicación con la persona u objeto perdido, la forma en como se produce la pérdida (por ejemplo en caso de muertes, si son repentinas, traumáticas, lentas etc.), la calidad de la relación perdida y si se ha tenido experiencias pasadas de duelo. También destaca factores sociales, que incluyen el apoyo social que reciba la persona, el reconocimiento, la validación, la aceptación y asistencia que le proporcionen los demás. Por último, los factores fisiológicos, por ejemplo la nutrición, el descanso, el ejercicio y la salud física de la persona en ese periodo. En este sentido, se plantea que la pérdida puede ser vivida de diferentes formas, y por lo tanto, desde esta perspectiva, depende de numerosos factores y de las características subjetivas de cada individuo en la manera en que lo elabore.

Al respecto, las teorías tradicionales del duelo consideran la pérdida como una realidad objetiva, igual para

todos: suponen que existen etapas universales de recuperación, otorgándole al doliente un papel pasivo, ya que independientemente de lo que la persona pueda hacer, pasará por una serie de etapas en las cuales experimentará determinados sentimientos. Estas perspectivas subestiman el significado personal de la pérdida

y las formas que cada individuo utiliza para superarla. Además, los procesos de duelo que siguen cursos

distintos a los definidos como normales, se consideran patológicos. Esta visión implica prestar poca atención a

las reacciones de distintas personas ante una misma pérdida, por lo mismo estas teorías suponen limitaciones para el actuar de los profesionales y para las personas que sufren una pérdida e intentan elaborarla (Herrero y Neimeyer, 2005).

Si se considera que la pérdida y el duelo dependen de cada individuo en particular, se debe tener en cuenta el

contexto social y cultural en el cual está inserto y que le dan una característica particular a cada experiencia.

En este sentido, Fernández y Rodríguez (2002) describen el duelo como un proceso emocional que está relacionado con la forma en que las personas construyen los acontecimientos que ocurren alrededor suyo, dependiendo de las creencias y valores propias de la cultura, en donde el estado emotivo personal refuerza las propias creencias culturales, las cuales a su vez, moldean la forma en que se expresa dicha emoción. En palabras de Neimeyer (2002), a pesar de lo íntimo que pueda ser el dolor experimentado, no se puede separar del entorno social, pues la propia cultura también contribuye a esta elaboración de significados y a la

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experiencia que se tiene de la muerte y de la pérdida. A si mismo, el duelo también tiene una dimensión espiritual, en donde las creencias religiosas y cosmológicas desempeñan un papel importante frente al duelo; el genero cobra también relevancia en cuanto el duelo puede estar elaborado con un estilo masculino o femenino independiente del sexo de la persona que lo experimente y, por tanto, puede o no satisfacer las necesidades de estas personas. “Estas dimensiones hacen la función de formas de discursos sociales que ofrecen una gran cantidad de significados potenciales a la pérdida, los cuales son seleccionados por los individuos en el proceso de configurar una nueva identidad que pueda encajar con un mundo que ha quedado transformado” (p.164).

Una conceptualización de la pérdida y duelo acorde con lo anteriormente planteado, debe considerar el sufrimiento como algo inevitable, y admitir la necesidad que para el ser humano tiene la búsqueda de significado para los acontecimientos vitales (Cornes, 2002). En consecuencia, debe basarse en tres aspectos básicos: a) el reconocimiento de la proactividad humana, b) la subjetividad de los procesos de construcción de significados y c) la dimensión relacional de dichos procesos (Herrero y Neimeyer, 2005).

Se proponen seis supuestos básicos para la elaboración de un modelo conceptual constructivista narrativo del duelo (Neimeyer, Keesee y Fortner, 1998, en Herrero y Neimeyer, 2005):

1. La pérdida puede validar o invalidar las suposiciones que forman la base sobre la que organizamos nuestra vida, o puede constituir una experiencia nueva para la cual no tenemos construcciones y que por lo mismo a la cual no logramos otorgarle un sentido.

2. El duelo es un proceso personal, idiosincrásico, íntimo que esta ligado a nuestro sentido de identidad.

3. Es algo que nosotros mismos hacemos, no algo que se nos hace, vale decir, es un proceso en el cual los individuos tienen un papel activo.

4. Es el acto de afirmar o reconstruir un mundo de significados que han sido desafiados por la pérdida.

5. Los sentimientos y las emociones experimentadas en el duelo tienen determinadas funciones, y se entienden como esfuerzos por atribuir un significado a la experiencia de pérdida.

6. Toda persona que se vea enfrentados a una pérdida significativa, reconstruye su identidad en negociación con los demás.

Los individuos otorgan significado a las situaciones de acuerdo a sus experiencias pasadas. La elaboración de significados proporciona coherencia a la experiencia y se consideran como un principio organizador de la acción humana, y juegan un papel fundamental en la consecución de continuidad, orden e identidad (Botella y Herrero, 2001). La forma en que se llega a esta coherencia es mediante la construcción de una historia unificada que proporcione una unidad concordante con los aspectos incongruentes de la experiencia (Ricoeur, 1991 en Botella, Herrero y Pacheco, 1997).

Con respecto a lo anterior, se podría afirmar que el enfrentamiento a una pérdida significativa o a un trauma implica una ruptura de la continuidad, de la identidad y de la coherencia temporal. Al experimentar esta ruptura, se dificulta la capacidad de anticipar el porvenir y los posibles sí mismos futuros, los individuos experimentan el miedo a no volver a ser más los mismos de antes. Esto quiere decir que la discontinuidad temporal, puede llegar a ser muy drástica si la persona incluso siente que ha perdido su identidad pasada (Botella y Herrero,

2001).

La Pérdida como Fragmentación Narrativa

La pérdida conlleva a una interrupción en la coherencia narrativa de cada individuo, algunos pueden asimilar la pérdida preservando su sentido de continuidad, identidad y propósito, otros en cambio, no podrán integrar la realidad de la pérdida y acomodarla a sus sistemas de significados, esto determinará en gran medida en como estas personas enfrentarán el futuro, pues probablemente les resultará más difícil reformular las metas y los propósitos de sus vidas (Gillies y Neimeyer, 2006).

Se plantea que los patrones tempranos de vinculación influyen en como las personas configuran sus respuestas ante una pérdida significativa, de manera tal, que las personas que han tenido vínculos tempranos inseguros, son amenazadas más radicalmente por esta experiencia. Para estas personas la pérdida puede socavar radicalmente su sentido de sí mismo, el sentido de la vida e incluso las funciones básicas de funcionamiento, predisponiéndolas a un duelo más prolongado y complicado (Neimeyer, Prigerson y Davies, 2002 en Gillies y Neimeyer, 2006).

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Además, sucede que los individuos que experimentan esta experiencia ya no vuelven nunca a ser los mismos de antes, surge un nuevo sí mismo y una nueva narrativa, la narrativa del trauma, la cual puede desempeñar distintos roles como por ejemplo el rol de victima, de superviviente etc. Si estas narrativas son muy dispares, además pueden aparecer nuevos traumas secundarios. Consecuentemente, la narrativa pre-traumática y la post-traumática entran en conflicto, al suceder esto, operan procesos psicológicos distintos a cuando la persona no se encuentra bajo estas circunstancias (Botella, Herrero y Pacheco, 1997). Neimeyer, plantea que para tratar este aspecto en terapia, es necesario ayudar al cliente a integrar la nueva narrativa con la anterior, con el fin de reconstruir el sí mismo futuro y la coherencia de identidad. Rood en cambio plantea que hay que usar los estados disonantes de la identidad pre y post-traumática para reconstruir los significados personales en una orientación en el porvenir, y con esto entrelazar el pasado, presente y futuro, reparando la coherencia temporal (Botella y Herrero, 2002).

Una Aproximación a la Pérdida y el Duelo desde el Enfoque Postracionalista

Guidano entiende la pérdida, más que como una pérdida objetiva de una figura significativa, como una pérdida específica en el modo de sentir. Para este autor, en el proceso de vincularse a alguien, uno no elige tanto una persona como el modo de experimentarse a sí mismo con ella, por lo mismo lo que se experimenta en el duelo producto de una pérdida, es justamente un cambio en el modo específico de sentir, más que la ausencia objetiva de esa persona (Guidano, 1994; Guidano, 2001).

“El término duelo se refiere a los procesos psicofisiológicos suscitados por la experiencia de privación de una persona amada, procesos que revelan una interconexión recíproca entre la percepción de la pérdida y sentimientos de desamparo, tristeza e ira” (Guidano, 1994, p. 112). Esta interconexión se basa en esquemas genéticamente incorporados, en los que la pérdida representa parte del conocimiento adaptativo para elaborar dichos sentimientos, los cuales son estructurados en modulaciones emocionales específicas que resultan viables para la supervivencia. En efecto nuestra autopercepción actual es regulada mediante la imagen que construimos de las figuras de apego, mediante la coordinación de módulos sensomotores-afectivos, entonces cuando nos vemos enfrentados a cualquier experiencia que implique una pérdida significativa, se produce un cambio abrupto percibido de la imagen de tal figura, y un cambio abrupto también de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Así, la aflicción experimentada en el duelo, corresponde a una discrepancia del “yo”/”mi”, la cual puede percibirse como una desintegración de la propia continuidad. Frente a esta desintegración cada individuo intentará restaurar la continuidad, lo que implica una reorganización personal (Guidano, 1994).

El proceso de duelo comienza como una interrupción del significado personal, con una experiencia inmediata llena de matices emocionales, y termina sólo cuando la persona ha reestructurado su sentido de sí mismo. Así cuando no se efectúa esta reestructuración, puede surgir un duelo bloqueado y llevar a diferentes patologías clínicas (Guidano, 2001).

La Experiencia Emotiva

La emoción se considera como parte fundamental de la experiencia humana y juega un papel importante en la dialéctica entre la experiencia inmediata y la explicación de dicha experiencia (Greenber y Pascual-Leone,

2001).

Durante los primeros años de vida, hay predominio de ciertas emociones en interacción con las figuras de apego, éstas definen cierta tendencia o predisposición afectiva. Los patrones emocionales en curso generados por los estilos de apego más menos estables van generando un modo particular de sentir, experimentar y reconocerse en las personas, determinando, de esta forma, un sentido de continuidad temporal de la identidad personal. Probablemente, este sentido de estabilidad de la mismidad tiene parte de su sustento en los esquemas motores y esquemas mentales de funcionamiento interno que el niño genera desde temprana edad y sobre los cuales construye también su imagen del mundo.

Jariod (2004), considera que estas emociones, existen como recuerdos emocionales, los cuales se imprimen en esquemas emocionales, definidos como unidades funcionales, como estructuras complejas de conocimiento dirigidas a satisfacer alguna necesidad emocional. Al respecto Bowlby plantea que todas las tonalidades

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emotivas se despliegan para modular el continuo vinculación-separación (proximidad-distancia) con las figuras significativas y están al servicio de la necesidad biológica de protección (Bowlby, 1980,1988).

Desde la neurociencia, se plantea que las emociones están basadas en reacciones neurovegetativas tanto innatas (típicas de la especie), como adquiridas. Las primeras tienen un importante valor adaptativo y evolutivo ya que sirven como señales para los congéneres y para los miembros de otras especies. Las adquiridas resultan de las primeras etapas del desarrollo de contacto con las figuras de apego y de contacto con el medio ambiente que lo rodea. Por lo tanto, la corteza límbica de un niño recién nacido fija los anagramas neuronales específicos, dependiendo de la estimulación emocional que reciba en estos primeros estadios del desarrollo (Aguado, 2002; Bonanni y Cardinali, 1992). Actualmente, a partir de estudios de pacientes con afectación cerebral, se reconoce también que no sólo la vida emocional depende de las estructuras límbicas, sino que también se ha visto que otras estructuras corticales se encuentran implicadas en la emoción, como es la corteza prefrontal. Esta estructura estaría relacionada con las dos dimensiones de la emoción (la experiencia emocional y la expresión emocional), y es crítica para el procesamiento de emociones asociadas con situaciones sociales y personales complejas (Sánchez y Román, 2004).

En consecuencia se considera que los esquemas emocionales se construyen a partir del repertorio de repuestas innatas del individuo y de la experiencia pasada, y se actualizan dando lugar a la experiencia presente. En este sentido, las emociones más que almacenarse, se reconstruyen (Greenber, 1994; en Ramos,

1997).

Ahora bien, se considera que la emoción juega un papel crucial en la experiencia humana ya que en la medida en que se detectan cambios en el ambiente, se activan los esquemas emocionales, integrando diversos niveles de información, que proceden del sistema motor (regulado fisiológicamente), del sistema de recuerdo emocional (regulado semánticamente) y del sistema conceptual (regulado por el lenguaje). Estos tres niveles dan lugar a la experiencia emocional y permiten procesar información de diversa índole, la cual podemos organizar en distintos niveles de consciencia (Greenberg, Rice y Elliot, 1996 en Jariod, 2004). Como resultado, se puede plantear que la emoción al ser abarcada por los diferentes niveles de consciencia, crea distinciones y organiza la propia experiencia, generando explicaciones vitales y nuevos significados (Greenber y Pascual-Leone, 2001).

Guidano (2001) plantean que el duelo es, probablemente, la emoción más perturbadora de las emociones humanas. De hecho las investigaciones que se han realizado acerca de las reacciones de duelo frente a la separación del infante con su madre, señalan que lo primero que ocurre en el infante es una reacción de protesta y desesperación que se ve reflejado en un patrón neurovegetativo específico, el cual se reduce con la suministración de morfina. Al respecto se plantea la hipótesis de que la pérdida afectiva puede afectar al sistema de las endorfinas (hormonas que regulan el dolor), lo que significaría que vivir una pérdida produciría reacciones muy dolorosas. Siguiendo esta misma línea, Guidano (1994) sostiene que existe una interconexión recíproca entre la percepción de una pérdida y sentimientos de desamparo, tristeza e ira; y que esta interconexión se basa en esquemas genéticamente incorporados. De esta forma, la pérdida forma parte del conocimiento adaptativo, en donde estos sentimientos se han estructurado en modulaciones emocionales específicas que aumentan la cohesión grupal y que en consecuencia se tornan viables para la especie.

Considerando que los seres humanos funcionarían en el mundo de acuerdo a ciertos estilos afectivos desarrollados a lo largo del ciclo vital, y que desde un punto de vista etológico, la ansiedad de separación es vista como una reacción de intensa ansiedad e ira frente al riesgo de una pérdida, que forma parte del conocimiento adaptativo, y es probablemente la emoción más perturbadora de las emociones humanas (Bowlby, 1980, 1988; Guidano, 1994; Guidano, 2001), y la reducción de la aflicción se relaciona con la capacidad de reducir las discrepancias experimentadas y con la mantención dinámica del sentido de si mismo.

La Construcción de Significados

Los seres humanos construimos nuestra experiencia sobre la base de una estructura narrativa que nos es coherente. La secuencia narrativa incluye emociones, pensamientos, acciones e intenciones que se combinan y se dan en el momento en que ocurren los hechos, pero necesitan ser sostenidos por una reconstrucción narrativa para poder representarlos (Villegas, 1997). Esta estructura narrativa surge a partir de la capacidad que tenemos los seres humanos de separar en cada vivencia, el contenido informativo del contenido emotivo, y que nos permite ordenar la experiencia en una secuencia de temas o eventos en un orden temporal, causal y

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temático. Para Guidano este tema es fundamental ya que posibilita que la experiencia se haga lo suficientemente significativa para cada individuo, y que obtenga un sentido de sí mismo estable (Ruiz, 2006).

Al respecto, McAdams (2006) plantea que el sí mismo está constantemente generando explicaciones que le sean coherentes, las cuales reflejan la riqueza de la experiencia vivida y contribuyen a que nos desenvolvamos en un contexto social, por consiguiente también reflejan la cultura dentro de la cual estamos insertos y vivimos la vida.

Las narrativas son estructuras cognitivas-afectivas que se organizan en una macro- narrativa, la cual nos proporciona una comprensión del propio sí mismo y nos permite distinguir una gama característica de emociones. Esto a su vez hace posible que dirijamos nuestro actuar en el mundo y que construyamos significados y asimilemos la experiencia en curso. Cuando nos enfrentamos a acontecimientos tales como la pérdida significativa, los supuestos que tenemos en torno a nosotros mismos y al mundo son desafiados, por lo que estas estructuras experimentan normalmente una revisión para acomodarse a las circunstancias cambiantes (Neimeyer, 2004, 2005 en Neimeyer, Herrero, y Botella, 2006). Esto quiere decir que a partir de los significados que construimos no queremos alcanzar la verdad en un sentido objetivo, sino más bien, queremos alcanzar una mayor coherencia interna que nos permita adaptarnos, y así organizar las experiencias emocionalmente relevantes y poder negociar en el mundo social (Guidano, 1991 en Neimeyer, Herrero y Botella, 2006).

La calidad de la trama narrativa va a definir la calidad de la regulación afectiva, esto quiere decir que cuanto más articulada sea la trama narrativa, más precisa será la regulación emocional, ya que no se advertirán demasiadas oscilaciones emocionales que ocurran de modo intenso e incontrolable para el individuo (Ruiz,

2006).

De este modo, las creencias, explicaciones y valores que se desarrollan a partir de un significado personal, buscan coherencia y continuidad en la dialéctica entre historia vivida e historia narrada. Los diferentes tipos de explicaciones modulan la experiencia inmediata en curso y generan un significado acorde con la identidad personal. La calidad de las explicaciones puede otorgar un sentido de continuidad generativo, o limitado, dependiendo de la flexibilidad o rigidez en el procesamiento de la información.

Los sujetos para formular narrativas que sean organizadas y coherentes deben tener habilidades metacognitivas, lo que implica poder describir su comportamiento y el de otros en términos psicológicos, razonar sobre sí mismo y utilizar este conocimiento para solucionar los problemas y actuar adaptativamente (Salvatore, Conti, Fiore, Carcione, Dimaggio y Semerari, 2006),

Por otra parte, las narrativas desorganizadas y que no logran dar coherencia a la experiencia se pueden producir por déficit del sistema cognitivo y por falta de integración, en este sentido no se logra distinguir e integrar los estados emocionales con la experiencia somática, y por lo tanto, no se alcanza a integrar los diferentes elementos de la experiencia en un significado coherente y comprensible (Dimaggio y Semerari,

2001).

La Pérdida como Desregulación Afectiva y como Pérdida del Sentido de Sí Mismo

El desequilibrio afectivo intenso produce desbalances clínicos que se acompañan de una secuencialización de la experiencia discrepante, que no esta siendo lo suficientemente articulada en la trama narrativa, lo que hace que esta experiencia se active de manera poco diferenciada. Este planteamiento presupone que se le otorga especial importancia al contexto relacional del individuo que tiene dichos desbalances. En efecto las perturbaciones emocionales más intensas que experimentan las personas en sus vidas, son las que se activan en la formación, mantención y ruptura de las relaciones afectivas, siendo el duelo el estado emocional más perturbador (Guidano, 1997).

De la propia experiencia emocional, cada persona construye una visión narrativa de sí misma de modo que resulte aceptable para poder vivir la vida. Un quiebre de la sintonía recíproca con otro significativo, puede provocar un impacto emocional que activa la vivencia de los temas discrepantes que permanecen ocultos en la mismidad. A partir de estos temas ideoafectivos discrepantes que se han activado, la persona reinterpreta sus problemáticas actuales, propias de la etapa del desarrollo que está cursando, pudiendo perder la perspectiva

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histórica de la construcción de su identidad narrativa, quedando atrapada en una percepción inmediata de sí misma y del mundo, concretizando la temática particular que en este caso desencadenó el desequilibrio afectivo. Esto resulta muy relevante ya que la experiencia de pérdida es vista como un acontecimiento altamente perturbador, y en este sentido, puede desencadenar desequilibrios afectivos intensos que se pueden prolongar en el tiempo o reactivar en un futuro.

Se pueden desarrollar esquemas emocionales disfuncionales producto de experiencias traumáticas o también de representaciones internas de sí mismo desadaptativas, las cuales comienzan a aparecer desde la infancia en torno a ciertas emociones y necesidades y se desarrollan lo largo de la vida. Como consecuencia, la respuesta disfuncional se produce cuando se evoca el esquema relativo a dicha necesidad (Jariod, 2004).

Desde el punto de vista de la neurociencia, la regulación emocional también es considerada un aspecto importante en la psicopatología; estudios recientes, plantean que la habilidad para controlar la experiencia afectiva depende principalmente de la capacidad para distinguir los estados internos y diferenciarlos. Así, cuando la diferenciación emocional es baja, los niveles de psicopatología son más altos. (Ligan y Kay, 1999; Silva, 2005).

Desde el punto de vista Postracionalista, cuando hay estados de desequilibrio emocional la secuencialización de la experiencia se vuelve rígida y concreta, característico de los estados neuróticos y más gravemente en los psicóticos, en los cuales además hay déficit de integración. Pero la psicopatología debe entenderse no como algo estático, sino como producto de procesos de resignificación y desequilibrio naturalmente transitorios y potencialmente reversibles a estados normales.

Esto quiere decir que, mientras más desarrollado sea el metalenguaje de significado, es decir, la capacidad de articular en infinidad de formas el mundo interno y, por lo tanto de construir, más se pueden diferenciar los matices emocionales como el miedo, la rabia, la desesperación. A su vez, esta diferenciación permite tener mayor capacidad para tomar distancia de las reacciones imprevistas y de las conductas inexplicables, para luego poder visualizarlas e insertarlas en nuestra historia con el fin de reconstruir la continuidad. Por el contrario cuanto más interferido sea el metalenguaje de significado, cuanto menos abstracto y flexible sea, menos será la capacidad de observar la experiencia inmediata. Cabe mencionar que esta capacidad puede verse afectada tanto por que no se ha desarrollado de manera adecuada a lo largo del ciclo vital, como también como ya se ha mencionado, por situaciones de disturbio emocional alto, que se acompañan de procesamientos rígidos y concretos (Ruiz, 2006).

En palabras de Guidano (1994): Una experiencia de pérdida puede procesarse de un modo generativo, creativo, originando una sensibilidad profesional, artística, o sencillamente humana, manifestada en un alto nivel de abstracción (dimensión “normal”); por otro lado, esa misma experiencia puede generar una cadena de reacciones de pérdida y aflicción como si uno tuviera que afrontar “concretamente” un destino inexorable de exclusión (dimensión neurótica), o bien las transformaciones en el nivel corriente de la autoconciencia (es decir, los “delirios”, que varían en concordancia con las oscilaciones negativas [desamparo] o positivas [ira] del estado de ánimo), se convierten en el modo esencial de manejar las experiencias no integrables, demasiado concretas, de pérdida o ira (dimensión psicótica). Finalmente estas dimensiones, reversibles y con limites más bien indefinidos, pueden superponerse de distintos modos a lo largo del ciclo vital individual (p. 91-92).

CONCLUSIONES Y DISCUSIÓN

En un marco constructivista, el ser humano se entiende como un sistema que se auto organiza, el cual genera significados permanentes a partir de la propia historia. Esto quiere decir que cada persona desarrolla un modo específico de experimentar y vivir la realidad de acuerdo a las experiencias que le ha tocado vivir a lo largo de su vida, y estructura progresivamente un sentido de identidad personal. Esto implica una concepción de ser humano como agente activo que se va transformando con el tiempo, y que a su vez, tiene la posibilidad de cambiar a medida que la vida también le exige cambiar. Pese a lo anterior también es cierto que al parecer el ser humano necesita sentirse la misma persona en cada momento, y mantener aquello que le es coherente con su sí mismo, pues de lo contrario, todo lo que se había construido parece perderse, perdiéndose también el sentido de la vida y el de vivir en ella.

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Todas las experiencias que tenemos a lo largo del ciclo vital, están subordinadas a la mantención de nuestra identidad, esto quiere decir, que asimilamos la experiencia de acuerdo a nuestra propia coherencia experiencial. Cuando esto no sucede, cuando aparece una discrepancia entre lo que vivimos y la imagen que hemos construido de nosotros mismos a lo largo del tiempo, se pierde la continuidad de la experiencia y emerge la aflicción.

La pérdida para Guidano (1994), es una pérdida específica en el modo en como la persona se sentía con la persona perdida, y la aflicción experimentada en el duelo, corresponde a una discrepancia del “yo”/”mi”, la cual puede percibirse como una desintegración de la propia continuidad. Sumado a lo anterior, se plantea que el duelo es una de las emociones más perturbadoras para el ser humano y que conjuntamente la psicopatología surge a partir de desbalances afectivos intensos que hacen que la experiencia se secuencialice de forma concreta, rígida y poco integrada.

Estos dos aspectos mencionados, cobran especial fuerza mirados desde una óptica constructivista, en el sentido de que hace hincapié en la influencia que tiene para el ser humano el contexto social, la cultura y los procesos socio-simbólicos en la generación de nuevos significados en torno a la vida y en torno a sí mismo. Por lo tanto, la elaboración del duelo está determinada no sólo por las emociones, sino también por el contexto relacional.

Por lo tanto y a modo de síntesis, se podría concluir que el surgimiento de psicopatología después de haber sufrido pérdidas significativas, depende en gran medida, de la calidad de la secuencialización de dicha experiencia, lo que a su vez, determinará cómo se elabora el duelo como forma de reconstrucción de significados en torno a lo perdido y en torno a sí mismo. En este sentido, un ordenamiento de la experiencia de manera abstracta, flexible e integrada, permitirá que se construyan explicaciones generativas y creativas; y que, por ende, el desbalance afectivo que constituye la pérdida, pueda ser suficientemente procesado e integrado, reconstruyendo la imagen de sí mismo y manteniendo la coherencia interna.

El desafío para los psicoterapeutas consiste en cómo lograr perturbaciones estratégicas durante las intervenciones clínicas respetando los límites de la mismidad y facilitando la integración de la pérdida como dato de la ipseidad, operando directamente sobre la matriz de construcción de significados del paciente.

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