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@ POEMAS INEDITOS Luis Rueda Gémez REPORTAJE: Jaime Sanin Echeverri Cayetano Betancur Lauchlin Currie Abel Naranjo Villegas Gustavo Alvarez Gardeazabal 145 FEBRERO 1973 DE LEON DE GREIFF Qme Ai Mme ag Ofelia; Reramundh , 5 poovia de ct menute > cltn vide Ta far : yh, tn neces 2 T bas pt to me 4h enauess 26 Uo le Ghrevishen © ert aleanee Aci naxte— ff Goverete TT De entrees, Lou dhcial Pere Wis pie vage emma tm pore pate imeprsciee Wwe wh buna, fine te ever rele 1 a j ae aa ee $ 12,00 CAYETANO BETANCUR ¢« el unisexo Es una vieja doctrina entre filésofos y tedlogos més o menos heterodoxos, la de que el pecado ori- ginal habria consistido en querer ser dos sexos en lugar de uno solo, en escindir lo que Dios creé en la unicidad: “Dios creé al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo cred, macho y hembra lo cred” (Génesis, 1, 27). En el texto biblico, aducen, lo secundario es el pensamiento final. La insistencia esté en que el hom- bre (varén o hembra), fue creado a imagen de Dios El célebre zapatero alemén Jacobo Boenme, que inaugura una filosofia par con la rebeldia luterana, se apoya ademés en el texto de San Pablo (y esto nos lo recuerda Norman O. Brown): “No puede haber ni varén ni mujer porque vosotros sois todos un so- lo hombre en Jesucristo”. (Gélatas, 3, 28). El psicoanélisis con su fundador a la cabeza, habla en muchas formas del hermafrodita primitive, con lo cual se une a través de la historia, con la mistica cabalistica de occidente, que resueltamente se inspi- ra en el texto biblico citado (y desde luego, entre otros, en los lugares del “Banquete” de Platén sobre el “andrégino”. Lydston y Kierman han construido toda una teoria sobre el famoso tema). 13 Hoy hemos Ilegado al “‘unisexo” en una forma aparentemente frivola, sin que todo él pretenda respaldarse en grandes teorias filoséficas 0 religiosas. ZEs solo el traje lo que unifica los sexos hoy en dia? Por este aspecto tendria- mos que reconocer que los dos sectores contribuyen a esta unificacién en igua- les proporciones. Las mujeres usan pan- talones y los varones colores vistosos, telas pintarrajeadas y dibujos delicados en camisas y pajiuelos. La cabellera fe- menina la vemos hoy florecer copiosa- mente también en los muchachos. Mu- chos de estos ostentan claras facciones de mujer, al tiempo que se aristan mu- chos rasgos en los rostros femeninos. El aspecto exterior delata, por de pron- to, una dacién igual de sexo a sexo, en este plan de nivelacién a que asistimos. Pero en todo lo demés, gquién es el que esté cediendo en mayor proporcién? ZEI hombre o la mujer? Sin embargo, veamos primero en qué consiste “todo lo dems”. Ante todo en la conducta y como ba- se de la conducta, en la voluntad. Luego debemos mirar a la vida sentimentel, més tarde a la vida prdctica y final- mente a la vida de la inteligencia. Las conductas del hombre y la mujer en nuestra sociedad occidental fueron siempre, si no contrarias, al menos si francamente distintas. “Conducta” en este contexto tiene que ver con “condu- cirse” y hasta ahora la mujer siempre se habla conducido en forma diferente del varén. Mientras el varén expresaba, en general, con su conducta, la sober- bia, el arrojo, la ambicién, la osadia, la astucia, la avilantez, la oracién, la humildad, el afecto, la ‘traicién etc., la mujer mostraba en cambio, orgullo, atrevimiento, hipocresia, _infidelidad, Piedad, respeto, carifio o amor. La conducta de la mujer es centrifu- ga; la del hombre centripeta. Con esto se quiere decir que la mujer obra por 14 motivos que nacen de una elaboracién interior, mientras el hombre se forma un mundo intimo con lo que le llega de fuera. Estas dos posiciones agonales nos indican ya, para empezar, que exis- te un amplio campo en que el hombre se ha distinguido de la mujer, mucho més profundo por cierto que aquel que solo se ostenta en el atuendo exterior de vestidos y adornos, en el que hasta ahora parece detenerse la _unisexvali- ded. El hombre era realmente osado, arro- jado y la mujer atrevida. El arrojo im- plica un coraje que mide el peligro pero lo desprecia. El atrevimiento es un sal- tar por encima de los obstéculos, des- conociéndolos. La mujer se atreve por- que impulsada por un instinto ciego va hacia la presa como si solo ella existie- ra y no los peligros que para alejarla se presentan. El hombre, al contrario, 08a y es arrojado en cuanto va al obje- tivo midiendo los obstéculos que ha cal- culado muy bien y que acaba por des- preciar. Es el arrojo de Alejandro, de César, de Napoleén, de Bolivar. EI hombre ha sido soberbio y Ia mu- jer orgullosa. La soberbia es una supe- rioridad exterior, querida o artificial, pero que en todo caso quiere aplastar y minimizar todo lo que pretende er- Quirse en el contorno. La soberbia es exterior y por ello puede conciliarse con la humildad, ya que esta virtud es de las que pueden arraigar en lo més hon- do del alma sin que aflore al exterior. El orgullo es un sentimiento muy inti- mo que impregna toda nuestra conduc- tay salta a flor de piel cuando menos se sospecha. Por algo se le compara con un gusanillo que mora en el inte- rior de nuestro ser. La mujer es orgu- llosa en su afén de aparecer distinta del hombre y en fundar en esa diferencia uno de sus valores. El hombre ora y en la mujer hay pie dad. La oracién es una expresién, la