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Revista Latinoamericana de Psicología Social IMB - Número 1 - Santiago, Diciembre 2012 185/193 pp.- ISSN 0719-2703. Rev. latinoam. psicol. soc.

“Del discurso encantador a la praxis liberadora. Psicología de la Liberación. Aportes para la construcción de una psicología desde el Sur”.

Ediciones Cátedra Libre, Bogotá, 2012. Edgar Barrero Cuéllar 1

Por José Antonio Román Brugnoli 2

Psicología de la Liberación desde Colombia: desafíos impostergables y praxis liberadora.

Esta obra se inscribe dentro de una significativa trayectoria del autor en la teorización, investigación y práctica de la psicología de la liberación en Colombia. Dentro de ésta, destaca su labor en la Corporación Cátedra Libre Ignacio Martín-Baró, de la que es miembro fundador y actual director (www.catedralibremartinbaro.org) y el presente libro, que fue lanzado en noviembre de este año en Bogotá, en el contexto del XI Congreso de Psicología Social de la Liberación, y que es el tercero de una serie antecedida por “De Macondo a Mancuso. Conflicto, violencia política y guerra psicológica en Colombia” (con primera edición el año 2006 y segunda el 2008) y “De los pájaros azules a las águilas negras. Estética de lo atroz. Psicohistoria de la violencia política en Colombia” (2011).

Como el título lo anticipa, el libro se constituye como un ejercicio vivo de psicología de la liberación desde el diagnóstico que realiza el autor a partir de su apreciación del pasado y presente de la violación de derechos humanos en Colombia y del papel de los psicólogos colombianos. Esta reflexión asume dos grandes desafíos: hacer un llamado consistente a los psicólogos, y especialmente a los psicólogos de la liberación a eludir las tentaciones del discurso encantador y levantar sus teorías desde la praxis liberadora; y constituirse como un aporte “para la construcción de una psicología desde el Sur” (p.XX).

De esta forma, la obra tiene el valor de plantear una reflexión situada que aborda la cuestión por la vigencia, la necesidad, la urgencia y los desafíos de una psicología de la liberación para Colombia, y para Latinoamérica.

1 Psicólogo Social de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia; Corporación Cátedra Libre Ignacio Martín- Baró.

1 Profesor Adjunto Facultad de Psicología Universidad Alberto Hurtado, Jefe del Área de Psicología Social y Comunitaria, Director Magíster en Psicología Social. E.mail: jroman@uahurtado.cl

Magíster en Filosofía de la Universidad Incca de Colombia. Desde 1998 es Director de la

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En ella, los problemas que recorre Barrero, proporcionarán al lector la oportunidad de acompañarlo en sus análisis diagnósticos y sus formulaciones prospectivas, comprender la pertinencia de esta propuesta de una psicología de la liberación para la situación colombiana, y trazar las conexiones necesarias para la construcción de una psicología de la liberación “desde el Sur”.

El libro, con un sugerente prólogo (denominado “ProlePsis”) de Manolo Calviño, seguido de una introducción del autor, se estructura en tres capítulos, cada uno de los cuáles aborda un desafío de inicio a fin con autonomía. La introducción sienta las bases de su diagnóstico general del estado de la psicología latinoamericana. El primer capítulo está destinado más específicamente a un análisis la situación actual de la psicología de la liberación, en tanto que el segundo capítulo se focaliza en la necesidad y papel de la psicología de la liberación en Colombia. El libro cierra con un tercer capítulo destinado al abordaje de la cuestión de la memoria social en contextos de violencia y violación de derechos humanos, desarrollando una propuesta de trabajo que permita transitar desde el ejercicio dominante de una memoria ingenua, al de una memoria crítica emancipadora.

En su introducción, Barrero sitúa a la psicología en su tensión histórica dominación- liberación, es decir, en su dilema de constituirse como “un dispositivo de dominio, control y sometimiento de la subjetividad” (p.20) en manos de grupos minoritarios; versus el camino que se abre a partir de la crisis de los sesenta, en el cuál una parte de los psicólogos latinoamericanos se plantean el desafío de producir un conocimiento mediante prácticas emancipadoras, que fuesen fuente de desalienación y descolonización para las grandes mayorías sufrientes. De esta manera, el autor reinstala la vigencia de la pregunta por el sentido del servicio que prestan los actuales conocimientos que produce la psicología en Latinoamérica: “¿esos conocimientos han ayudado a resolver problemas socialmente relevantes en Latinoamérica como la violencia política, el racismo, los genocidios, los etnocidios e incluso los epistemicidios?” (p.21).

La segunda cuestión, estrechamente vinculada a la anterior es la que identifica como “el problema estructural” de la psicología latinoamericana: la dificultad para la producción conceptual contextuada y la tentación de volverse meros consumidores e imitadores de “producciones foráneas”, desarrollando mentalidades dependientes y sumisas. El coste de no enfrentar este problema es el despliegue de una psicología ciega e impotente; en palabras del autor:

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“Una psicología que no produce sus propios conceptos como resultados de sus propias prácticas situadas, es una psicología ciega frente a la realidad de la cual hace parte, pues de un lado carece de las herramientas que proveen los conceptos; y en segundo lugar, es huérfana en el campo de las distinciones investigativas y profesionales que permitirían generar auténticos procesos epistemológicos que ayuden a la comprensión de campos tan complejos como lo psico-social, lo psico-político y lo psico-cultural”

(p.22).

El primer capítulo, intitulado “El devenir de una propuesta liberadora para la psicología” se estructura en dos partes. La primera, “Lo que se tiende a olvidar de la psicología de la liberación propuesta por Martín- Baró” es a la vez un llamado de atención frente a posibles desviaciones respecto del camino trazado por Martín- Baró, como un regreso a las raíces para rescatar los principios fundacionales de la psicología de la liberación. La segunda, se concentra en la identificación de los problemas actuales que debería resolver la psicología de la liberación.

En la primera parte el autor consigue aportar distinciones claves en el orden teórico y práctico entre este proyecto, frente a las pujantes versiones renovadas del positivismo y los avances postmodernos del construccionismo social. Así como también, tiene la capacidad de recuperar los rasgos definitorios de la psicología de la liberación en sus relaciones con el marxismo, la teoría crítica y la teología de la liberación, la sociología de la liberación y la investigación-acción participativa en Fals Borda, la educación popular en Paulo Freire, y sus vínculos con la filosofía de la liberación en Ignacio Ellacuria y Enrique Dussel.

Aunque la revisión del construccionismo comporta una debilidad derivada del recurso a la fuente secundaria y la extracción de citas aisladas como evidencia, es necesario comprender la atención al contexto denunciado por el autor y los dilemas éticos y políticos de base: no es la primera vez que frente a contextos extremos como la violación recurrente y sistemática de los derechos humanos en Colombia y otros países del continente, cierta lectura del relativismo construccionista sea puesta en cuestión y visualizada como un peligro político.

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Con todo, el autor decanta en las diferencias claves que no se pueden sino que reconocer como la singularidad de la apuesta de la psicología social de la liberación: un principio de realidad que opera como un mandato de orientación crítica a la realidad, atenta a las condiciones de violencia, abuso, opresión, dominación y explotación imperantes sobre grandes colectivos de personas, y un imperativo de compromiso solidario con la emancipación y liberación de los pueblos, que ha de desarrollarse mediante la práctica de una psicología participativa. ¿Su finalidad? “encaminarse hacia el logro de un poder popular, un poder que permita a los pueblos volverse protagonistas de su propia historia y realizar aquellos cambios que hagan a las sociedades latinoamericanas más justas y humanas” (Martín- Baró, 1998, p. 300; citado en Barrero, p.54).

Esto constituye lo que el autor reconoce como un “giro revolucionario” que mandata: abandonar la psicología hegemónica que ajusta la realidad a sus conceptos, y avanzar a una conceptualización desafiada por la realidad; teorizar desde las experiencias y saberes de los propios pueblos para conseguir la transformación social; crear metodologías acordes a nuestras realidades y desafíos históricos, políticos, sociales y culturales; y finalmente, derivado de lo anterior, la necesidad de un nuevo rol para el psicólogo y una nueva praxis para la psicología, centrada en su capacidad de comprometerse con la alteridad sufriente y de acompañar los procesos de conocimiento y transformación social.

En la segunda parte de este primer capítulo, Barrero asume el desafío de identificar seis problemas actuales por superar en la psicología de la liberación. Abre la lista con el diseño y la ejecución de procesos de investigación orientados a la emancipación, que permitan simultáneamente la transformación social y la producción de conocimiento “psicoliberador”.

El segundo desafío es el anunciado en el título del libro: dar el salto cualitativo desde el discurso encantador a la praxis liberadora. Distingue cuatro campos de resistencia y emancipación en Colombia, donde la psicología debería poner su saber a disposición: la defensa de la vida, la defensa del territorio, la defensa de la palabra, la defensa de la diversidad y la defensa del pensamiento.

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En tercer lugar, se aborda el problema de la coherencia del psicólogo entre lo que pudiera satisfacerle éticamente y lo que le afecta en lo político. Por una parte se encuentra la cuestión de la satisfacción ética en un mundo en donde muchas atrocidades naturalizadas. Por la otra, la cuestión de la dificultad de conectar la ética emotiva imperante con la política. Ambas complican la posibilidad de una sensibilidad ética del psicólogo con los problemas acuciantes de la realidad circundante, como la necesidad de una defensa contundente de la vida; y el desarrollo de una reflexividad ético- política, que le permita abordar la cuestión de que muchas veces lo bueno para él y/o su grupo de referencia, puede estar implicado un mal para otros.

Un cuarto problema se encuentra en la manera en que los ejercicios de praxis liberadora puedan conducir a una descolonización intelectual, aportando un cuerpo pertinente de obra intelectual latinoamericana de referencia.

El quinto problema lo constituye la forma en que la psicología de la liberación consigue articularse desde su praxis de investigación y acción con los procesos de organización y movilización contemporáneos.

Por último, Barrero acusa una timidez por parte de los psicólogos de la liberación en asumir a plena conciencia el carácter revolucionario de esta psicología y su misión de poner su saber en beneficio de la realización humana y de la transformación del orden social vigente.

El capítulo dos se organiza bajo la pregunta “Colombia ¿Un escenario posible para la psicología de la liberación?” y corresponde a la versión ampliada de una conferencia que el autor diera con ocasión del primer encuentro colombiano de psicología de la liberación, celebrado en Bogotá en la Universidad Nacional de Colombia en octubre del 2009. Como tal sigue un estilo más coloquial, guiado por diversas interrogantes.

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La primera cuestión que aborda es si la psicología colombiana continúa aún en una crisis de relevancia social. A pesar de reconocer el importante desarrollo de la psicología de la liberación, la psicología comunitaria y la psicología crítica y su contribución a una psicología de la transformación social; el autor plantea como explicación de la continuidad de esta crisis el control que ejercen los paradigmas herederos del positivismo y del relativismo construccionista; lo que privilegiaría “una formación de psicólogos y psicólogas aislada de la realidad sociopolítica nacional” (p.XX).

En este punto vuelve a criticar los academicismos triviales fomentados por cierta psicología y ciertos psicólogos positivistas, así como reitera sus ataques al relativismo profesado en el construccionismo social. En ambos casos, la economía de la crítica empobrece el análisis, y su posibilidad de abordar complejidades como las que se encuentran dentro de la misma obra de Ignacio Martín- Baró: por ejemplo, que bajo el marco de un realismo crítico, pudiese albergar al mismo tiempo lecturas construccionistas de fenómenos tan caros para las relaciones de dominación, como la socialización moral; o que, desde esta misma óptica, siendo capaz de hacer una severa crítica metodológica a las escalas de medición de actitud, usase estratégicamente metodologías de raigambre positivista como las encuestas para poder objetivar crudas realidades nacionales en el Salvador.

En tal sentido, podría resultar promisorio abrir el campo de la discusión entre la versión moderna de la crítica, corporeizada en la psicología de la liberación, y su modulación postmoderna, desarrollada en el construccionismo social. Por ejemplo, algo hay en el giro postmoderno de la crítica que opera en el construccionismo que podría ser saludable incorporar a la conversación: la reflexividad sobre los supuestos ontológicos y ético- políticos desde los cuáles levantamos los discursos y la praxis libertaria. Así como también todo un campo de exploración de las solidaridades políticas posibles entre el ejercicio del realismo crítico de la psicología de la liberación, y la labor crítica deconstructiva del construccionismo social.

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Sin embargo, el foco de Barrero se dirige de manera legítima y consistente a reconocer la relación de necesidad y pertinencia entre las condiciones de violencia en Latinoamérica y el desarrollo de una psicología de la liberación. En efecto, para el contexto de violación histórica y presente de los derechos humanos en Colombia, que el autor caracteriza certeramente como de crisis humanitaria e institucional, la psicología de la liberación ha aportado desde sus orígenes una lucidez necesaria, por ejemplo, al comprender y abordar la violencia en su carácter estructural, y en desmontar aquella conveniente versión despolitizada de la violencia que ha popularizado cierto psicologismo (reduciéndola a una mera disfuncionalidad de unos sujetos particulares respecto del orden social). La psicología de la liberación remite así el análisis de la violencia hasta sus orígenes “en las formas ilegítimas de la solución de la contradicción estructural entre grupos y clases sociales” (p.88), y lo extiende a su relación con el ejercicio del poder en todos los niveles de la organización cotidiana de la sociedad, permitiendo comprender el sentido de la lucha social.

Barrero plantea que frente a un desafío como el de la desnaturalización de la violencia, son necesarias al menos dos formas de hacer psicología:

“1) a partir de investigación- acción psicológica situada que permita no sólo comprender el fenómeno en toda su complejidad, sino fundamentalmente, ayudar a transformarlo desde las propias condiciones histórico- sociales de las comunidades que lo padecen; y 2) por medio de una praxis comprometida ética y políticamente con los seres humanos que requieren ese saber psicológico para mejorar sus condiciones materiales, ideoafectivas y espirituales de existencia” (p.90).

Por tanto afirma que Colombia es un escenario no sólo posible sino que históricamente necesario para el desarrollo de una psicología social de la liberación, cuyo reto será “convertir la psicología en una de las principales herramientas de transformación psicosocial” (p.XX), desarrollando las perspectivas pertinentes desde cada pueblo y situación de investigación- intervención.

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Barrero realiza aquí un agudo y valiente diagnóstico del caso colombiano, el que caracteriza por la confluencia de tres factores que generan escenarios complejos, híbridos y sobrecargados: una crisis humanitaria con un alto porcentaje de la población viviendo en condiciones de pobreza e indigencia, y cientos de miles de víctimas de violaciones de derechos humanos y millones de personas en condición de desplazamiento forzado producto de la violencia; una crisis de legitimidad institucional, debida a la corrupción, al abuso de los estados de excepción, y la inoperancia del Estado y sus aparatos en sus funciones de protección ciudadana y de aplicación de la justicia; y la imposición de una serie de micro-fascismos locales y regionales en proceso de articulación nacional.

Para el autor, el abordaje de esta complejidad impone repensar y replantear al menos cuatro dimensiones de la actual psicología: 1) superar el “epistemicidio” que la epistemología dominante está operando sobre la epistemología popular y avanzar en la construcción de una “epistemología del Sur” basada en los saberes de las mayorías populares, reconfigurando nuevos procesos de representaciones sociales para la transformación social; 2) avanzar en la descolonización teórica e intelectual mediante la construcción de conocimientos situados y contextuados; 3) sacar la metodología de la lógica de la aplicación mecánica, y ponerla al servicio inteligente de los pueblos, la producción de conocimiento emancipador y de la transformación social, generando nuevas metodologías para la comprensión y transformación social de nuestras realidades; y 4) articular las praxis liberadoras con estrategias de investigación y de acompañamiento psicosocial, evitando la reducción academicista y activista. Este último punto exige pensar los criterios de validez de una praxis liberadora, para lo cuál Barrero propone cuatro grandes dimensiones: a) el rescate y respeto por los saberes de la psicología popular, b) posibilitar la liberación personal y colectiva de las estructuras perversas del poder, c) contribuir a construir una ética de la resistencia contra cualquier forma de opresión y d) desarrollar procesos de involucramiento personal junto a las mayorías oprimidas.

Finalmente, el tercer y último capítulo del libro, aborda el desafío del paso de la memoria ingenua a la memoria crítica, proponiendo nueve campos reflexivos para operar esta transformación.

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Para el autor “la memoria se construye y reconstruye en un incesante movimiento de re-semantizaciones dentro de distintos campos conflictivos” (p.122). La memoria social ofrece la referencia psicosocial que permite que los individuos orienten su vida dentro de una estructura histórica y social, naturalizando el orden social establecido. De esta manera cumple dos roles básicos: posibilita la integración de nuevos saberes en la vida cotidiana y sirve como mecanismo de concientización.

Según Barrero, en el actual contexto colombiano y latinoamericano, los procesos de memoria social se ven tensionados desde diferentes frentes. Por un lado las presiones a la negación histórica de la realidad, para la generación de una “memoria oficial” cuyo objetivo es “inhabilitar la dimensión ético- política del individuo para el ejercicio de su autonomía, elevando sus niveles de dependencia social” (p.121). Por el otro, la privatización y colonización de la memoria pública por parte de los medios de comunicación, que mediante la velocidad y la saturación de información trivial, contribuyen al presentismo de la población y al vaciamiento y la banalización de la memoria social.

Frente a este escenario el autor hace la siguiente propuesta teórica: investigar e intervenir en los procesos de memoria en nueve campos reflexivos. Estos campos serían la resultante del cruce entre tres niveles de análisis y tres posibilidades de la conciencia. Los tres niveles serían los hechos, los discursos y los deseos. Y para cada nivel reconoce tres estadios posibles de conciencia (tomados de Paulo Freire): la conciencia ingenua, la conciencia mágica y la conciencia crítica. De manera que en cada nivel, la psicología de la liberación tiene el desafío de trabajar para la construcción de una memoria social autoconsciente de su realidad, capaz de sortear las tentaciones de la distorsión y la dotación mágica de sentido, y reconocer su constitución psicohistórica así como sus potencialidades transformadoras y emancipadoras.

De esta manera, el presente libro de Barrero consigue instalarse consistentemente como un aporte propio dentro de la tradición de la psicología de la liberación, contribuyendo con conocimiento contextuado y situado a la renovación de las praxis emancipadoras de esta psicología en nuestro continente. Y por sobre todo, se presenta como una vigorosa interpelación y una invitación desafiante a las nuevas generaciones de psicólogos latinoamericanos.

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