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HISTORIA DE LOS ARGENTINOS

o

TOMO

Carlos Alberto Floria César A. García Belsunce

CARLOS ALBERTO FLORIA CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE

HISTORIA DE LOS ARGENTINOS

2

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M o r e n o

3 7 2

B u c n o i

A i r * c

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D IT O R IA L

K A P E L U S 2 ,

S.

A.

-

B u e n o s

A ire s

H

echo

d e p ó s ito

que

e s ta b le c e

la

ley

11.723.

Publicado

LIBRO

DE

en

junio

de

1971.

EDICIÓN

ARGENTINA

INDICE

 

R O S A S

Y

SU

ÉPO CA

 
 

P Á G .

21

Rosas en el

poder .

.

.

.

1

El

hombre

y su e s t ilo

 

.

.

.

1

El general Paz y la lucha por la dominación nacional

 

.

7.

La escisión del federalismo

porteño .

.

.

.

1

5

22

El a p o g e o

 

24

Política económica de Rosas

.

 

.

.

.

.

.

.

.

.

24

El contexto internacional de la época

 

30

Acción y reacción

 

34

El

dilema

de

Rosas

y

la

internacionalización

 

de

los

 
 

conflictos

.

.

53

 

La

c a í d a

58

LA

R E C O N S TR U C C IÓ N

A R G E N T IN A

 

23

La hegemonía del

interior

,

.

.

.

.

65

.

La

República

escindida

.

.

.

,

.

.

.

.

.

.

.

65

La C on stitu ción

Nacional

 

.

i

.

.

.

.

.

.

74

Urquiza

P resid en te

.

.

,

.

.

.

.

76

24

El colapso de la Confederación

 

85

Los problemas del doctor

Derqui

.

 

.

.

.

.

.

.

85

La ruptura

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

91

El

triunfo

de

Mitre

.

94

25

Mitre y la nacionalización del liberalismo

.

97

Imposición

del

liberalismo

 

.

.

.

.

.

.

.

.

.

97

Administración

 

y

p o lítica

.

103

26 La guerra de la Triple A l i a n z a

PÁG.

113

Las

naciones

p ro ta g o n ista s

.

.

.

113

Brasil toma la in ic ia tiv a

 

119

La

g u e r r a

122

Las

operaciones m ilita r e s

127

27 Los años de t r a n s i c i ó n

 

134

El cambio

El cambio

económico y

s o c i a l

134

p o l í t i c o

142

DE

LA

A R G E N T IN A

ÉPIC A

A

LA

A R G E N T IN A

M O D ER N A

28 El apogeo l ib e r a l

. 159

Europa y la expansión c o lo n ia l

159

La

situación a m e r ic a n a

162

La

Argentina en el m u n d o

166

El liberalismo como id e o lo g ía

169

La generación del 80 y una nueva “cultura política” . 173

Factores de tran sición

 

177

29 La alianza de los notables ( 1 8 8 0 - 1 9 0 6 )

182

1880: Buenos Aires, capital f e d e r a l

182

Roca P r e s id e n te

191

La crisis de 1890

206

Los ochocientos días de P e lle g r in i

223

La

experiencia

de

Aristóbulo

del V a l l e

231

30 La agonía del r é g i m e n

241

La vuelta de R o c a

241

De la política exterior a la cuestión social

249

Figueroa Alcorta: hacia la transición política

256

LA

A R G E N TIN A

DE

LO S

P A R TID O S

(1 9 0 6 -1 9 2 8 )

31 Los nuevos r u m b o s

 

265

El contexto in te r n a c io n a l

265

La guerra europea y

América

la t in a

268

 

PÁG.

32 La reforma p o l í t i c a

 

287

El sistema político y la autocrítica de la “élite”

.

287

Roque Sáenz Peña: la concepción del cambio político

293

El eclipse conservador

.

.

.

298

33 La

época r a d i c a l

310

Hipólito Yrigoyen, caudillo popular

 

310

Del paternalismo populista al aristocratismo popular . 324

Las líneas i n t e r n a s

329

LA ARGENTINA ALTERADA

34 La

restauración neoconservadora

.

.

.

.

.

.

.

.

341

El fin

La fatiga

de una

del

é p o c a

341

régimen

352

La crisis de

1930

360

La

La

de

administración

frustración

U r ib u r u

365

de J u s t o

373

35 revolución s o c i a l

La

387

La crisis de 1943

387

“Todo el poder a Perón”

410

Del “movimiento” al “régim en”

422

La c a í d a

451

E p ílo g o

461

A n e x o

479

Orientación b ib lio g rá fic a

 

485

índice de nombres de personas citadas en este tomo

 

.

.

492

índice de nombres geográficos citados en este tomo

.

.

498

ILUSTRACIONES DE LAS PARTES PRINCIPALES DEL LIBRO

 

La

posta.

(Litografía de J. Falliere,

Museo

Histórico

 

N

a c io n a l.)

vm

La

plaza

de

la

Victoria

en

1860.

(Museo

Histórico

 

N

a c io n a l.)

64

Fotografía

de 1880 que m uestra la zona portuaria.

 

En

 

prim er plano el edificio

de Rentas Nacionales

.

.

158-

Monumento a Roque Sáenz Peña, en la ciudad de Bue­

 

nos Aires.

(Obra de José Fioravanti.)

. Tropas apostadas en la Casa de Gobierno la noche del derrocamiento del presidente Arturo Illia. (Fotogra-

.

.

.

 

264

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***

ROSAS Y SU EPOCA

ROSAS

EN EL PODER

El

hombre

y

su

estilo

La consagración de Juan Manuel de Rosas como gobernador de la provincia de Buenos Aires fue, p ara los observadores de los sucesos políticos, el desencadenam iento natural y lógico de los hechos. Para sus partidarios fue un acontecim iento jubiloso. -

Rosas dominaba el escenario político en form a indiscutida. N inguna de las otras cabezas del partido federal podía igualar su ^ ^ prestigio y los líderes unitarios estaban descalificados. Rosas lle­ gaba rodeado de un aura inigualable. Su intervención en favor , 1/ del gobierno de R odríguez lo había exhibido com o el defensor de w

la autoridad y el orden; su -participación en el Pacto de Benegas lo

convirtió en un cam peón de la paz. Su posterior retiro de la escena J ' política había subrayado su desinterés. Además, era el más poderoso intérprete de los intereses de los

hacendados porteños: sus relaciones con los indígenas, sus m em o­ rias sobre la situación de la campaña y la línea de frontera, la perfecta organización de sus estancias, avalaban su habilidad y capacidad.

i '/ '

H abía nacido en

1793 en Buenos Aires, en el seño de una

familia distinguida. V ivió su juventud en el cam po y no sólo se

convirtió en breve plazo en el m ayor propietario de la provincia, sino que asimiló las costum bres de su gente logrando entre ellas un prestigio que nadie había conocido antes. Se casó m uy joven,

y la pareja no sólo fue armoniosa sino que posteriorm ente cons­

tituyó un equipo político perfecto. Rosas había recibido una educación mediana, pero era culto p or sus lecturas, Con una erudición un tanto fragm entaria que sabía utilizar cuando el auditorio lo requería, pero que natural­ m ente ocultaba, sobre todo en presencia de gentes de pocas letras. Despreciaba la pedantería doctoral v sentía una instintiva repug-

nancia p o r las teorías. T enía un tem or visceral por el caos, del que derivaba una predilección casi obsesiva por el orden y el principio de autoridad. N o fue casualidad que su proclama de octubre de

1820 term inara con

estas palabras:

 

¡Odio

eterno

a los tum ultos!

¡Amor al orden!

¡O be­

diencia a las autoridades constituidas!1

 

Esta

predilección,

servida

p o r

una

excelente

opinión

de sí

mismo y un gran orgullo., fue la base de sus tendencias autocríticas que se pusieron en evidencia cuando ejerció el poder. Ya en su inform e sobre el arreglo de la cam paña proponía que ésta estuviese gobernada por un sujeto con “facultades tan ilimitadas como con­ viene al fin de levantar y organizar con viveza los m uros de res­

peto y de seguridad”.2 Rosas rechazaba el liberalismo com o novedad causante de alte­ raciones políticas, como doctrina herética y como form ulación teórica que alejaba a sus cultores de la realidad dél país. N ada más

reñido con su idiosincracia. E ra esencialmente

vadavia servía a los principios al punto de perder de vista las circunstancias reales, Rosas era un práctico hasta el punto de perder de vista los principios. En buena medida, Rosas representa la reaparición de M aquiavelo en el m undo hispanoamericano. En su estilo político es el Príncipe con traje de estanciero. Desde tem prana edad puso de relieve este pragm atism o. U na anécdota lo pinta entero: cuando sus padres se oponían a que se casara porque apenas tenía 19 años de edad, hizo que su novia le escribiera una carta simulando estar embarazada, carta que cuidó de dejar al alcance de su madre. El resultado fue el casamiento. La fuerza de su pragm atism o residía en una extraordinaria frialdad para juzgar las cosas y los hombres. Esto le daba una notable capacidad para el cálculo. Buen conocedor de sus contem ­ poráneos, supo así prever situaciones y provocar actitudes que sirvieron a sus planes políticos. Esta frialdad no le impedía perse­ guir sus objetivos encarnizadam ente, con pasión. Entonces, quienes se oponían a ellos, se transform aban en sus enemigos y en los ene­

pragm ático. Si R i-

migos del orden y del país.

La descripción de Rosas com o gobernante no se reduce a j o

que podríam os llamar su caracterología. Él incorporó com o

todos políticos —p o r prim era vez en nuestra historia— la propa-

mé-

1

I b a k g u r e n , Carlos, Juan Manuel *

de Rosas, Buenos Aires, La Facultad,

1930, pág. 91. 2 Ibarguren, Carlos, ob. cit., pág. 62

ganda y el espionaje. La prim era fue puesta en m ovim iento desde la víspera de su ascensión al poder v alcanzó su culm inación en tiem po de la revolución de los Restauradores, en 1833; la segunda seperfeccionó durante su segundo gobierno v fue uno de los

instrum entos del llamado

U na de las claves de su acción política fue la utilización pre­ m editada del apoyo de las gentes humildes v, en especial, la de los ambientes rurales. Al asumir el gobierno en 1829 expresaba a V áz­

quez, agente oriental en Buenos Aires:

“T e rro r” del año

40.

A mi parecer todos com etían un grande error:

.se con­

ducían m uy bien con la clase ilustrada pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción. Yo noté esto desde el principio y me pareció que en los lances de la revolución, los mismos partidos habían de dar lugar a que esa clase se sobrepu­ siese y causase los mayores males, porque V d. sabe la dis­ posición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y .superiores. Me pareció, pues, m uv im portante, conseguir una influencia grande sobre esa gente para con­ tenerla, o para dirigirla, v me propuse adquirir esa influen­ cia a toda costa; para esto me rué preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios hacerme gaucho

com o ellos, hablar

protegerlos, hacerm e su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar trabajos ni medios para adquirir más su concepto.*

com o ellos y hacer cuanto ellos hacían,

D entro

de

esta

tónica,

en

1820 proclam ó

a

la

campaña

“co­

lumna de la provincia” v nueve años después se dirigió a sus paisanos ni bien se sentó en el gobierno diciéndoles:

Aquí estoy para sostener vuestros derechos, para

pro­

veer a vuestras necesidades,, para velar por vuestra tran­ quilidad, Una autoridad paternal, que erigida por la ley, gobierne de acuerdo con la voluntad del pueblo, éste ha sido ciudadanos, el objeto de vuestros fervorosos votos. Ya tenéis constituida esa autoridad v ha recaído en. mí.4

Esta actitud de Rosas dio a su gobierno un tono populista que disimulaba el más com pleto dominio del partido v del gobierno, por los sectores oligárquicos o aristocráticos de la provincia. Rosas se ocupó del pueblo —y parecería según sus propias palabras arriba

s I b a rg u re n , Carlos, ob. cit., págs. 212

y 213.

4 S a l d ia s , Adolfo, Historia de la Confederadon 1951. romo i, pág. 268.

Argentina,

El

Ateneo,

nancia p o r las teorías. T enía un tem or visceral por el caos, del que derivaba una predilección casi obsesiva por el orden y el principio de autoridad. N o fue casualidad que su proclama de octubre de

1820 term inara con

estas palabras:

 

¡Odio

eterno

a los tum ultos!

¡Amor a! orden!

¡O be­

diencia a las autoridades constituidas!1

 

Esta

predilección,

servida

p o r

una

excelente

opinión

de sí

mismo y un gran orgullo., fue la base de sus tendencias autocríticas que se pusieron en evidencia cuando ejerció el poder. Ya en su inform e sobre el arreglo de la cam paña proponía que ésta estuviese gobernada por un sujeto con “facultades tan ilimitadas como con­ viene al fin de levantar y organizar con viveza los m uros de res­

peto y de seguridad”.2 Rosas rechazaba el liberalismo com o novedad causante de alte­ raciones políticas, como doctrina herética y como form ulación teórica que alejaba a sus cultores de la realidad dél país. N ada más

reñido con su idiosincracia. E ra esencialmente

vadavia servía a los principios al punto de perder de vista las circunstancias reales, Rosas era un práctico hasta el punto de perder de vista los principios. En buena medida, Rosas representa la reaparición de M aquiavelo en el m undo hispanoamericano. En su estilo político es el Príncipe con traje de estanciero. Desde tem prana edad puso de relieve este pragm atism o. U na anécdota lo pinta entero: cuando sus padres se oponían a que se casara porque apenas tenía 19 años de edad, hizo que su novia le escribiera una carta simulando estar embarazada, carta que cuidó de dejar al alcance de su madre. El resultado fue el casamiento. La fuerza de su pragm atism o residía en una extraordinaria frialdad para juzgar las cosas y los hombres. Esto le daba una notable capacidad para el cálculo. Buen conocedor de sus contem ­ poráneos, supo así prever situaciones y provocar actitudes que sirvieron a sus planes políticos. Esta frialdad no le impedía perse­ guir sus objetivos encarnizadam ente, con pasión. Entonces, quienes se oponían a ellos, se transform aban en sus enemigos y en los ene­

pragm ático. Si R i-

migos del orden y del país.

La descripción de Rosas com o gobernante no se reduce a j o

que podríam os llamar su caracterología. Él incorporó com o

todos políticos —p o r prim era vez en nuestra historia— la propa-

mé-

1

I b a k g u r e n , Carlos, Juan Manuel *

de Rosas, Buenos Aires, La Facultad,

1930, pág. 91. Ibarguren, Carlos, ob. cit., pág. 62

2

ganda y el espionaje. La prim era fue puesta en m ovim iento desde la víspera de su ascensión al poder v alcanzó su culm inación en tiem po de la revolución de los Restauradores, en 1833; la segunda seperfeccionó durante su segundo gobierno v fue uno de los

instrum entos del llamado

U na de las claves de su acción política fue la utilización pre­ m editada del apoyo de las gentes humildes v, en especial, la de los ambientes rurales. Al asumir el gobierno en 1829 expresaba a V áz­

quez, agente oriental en Buenos Aires:

“T e rro r” del año

40.

A mi parecer todos com etían un grande error:

se con­

ducían m uy bien con la clase ilustrada pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que

son la gente de acción. Yo noté esto desde el principio y me pareció que en los lances de la revolución, los mismos partidos habían de dar lugar a que esa clase se sobrepu­ siese y causase los mayores males, porque V d. sabe la dis­ posición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos v . superiores. Me pareció, pues, m uv im portante, conseguir una influencia grande sobre esa gente para con­ tenerla, o para dirigirla, v me propuse adquirir esa influen­ cia a toda costa; para esto me rué preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios hacerme gaucho

com o ellos, hablar

protegerlos, hacerm e su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar trabajos ni medios para adquirir más su concepto*

com o ellos y hacer cuanto ellos hacían,

D entro

de

esta

tónica,

en

1820 proclam ó

a

la

campaña

“co­

lumna de la provincia” v nueve años después se dirigió a sus paisanos ni bien se sentó en el gobierno diciéndoles:

Aquí estov para sostener vuestros derechos, para

pro­

veer a vuestras necesidades,, para velar por vuestra tran­ quilidad, Una autoridad paternal, que erigida por la ley, gobierne de acuerdo con la voluntad del pueblo, éste ha sido ciudadanos, el objeto de vuestros fervorosos votos. Ya tenéis constituida esa autoridad v ha recaído en. mí.4

Esta actitud de Rosas dio a su gobierno un tono populista que disimulaba el más com pleto dominio del partido v del gobierno, por los sectores oligárquicos o aristocráticos de la provincia. Rosas se ocupó del pueblo —y parecería según sus propias palabras arriba

s

I b a r g

u

r e n

,

Carlos,

ob. cit.,

p á g s .

212

y 213.

4 S a l d ia s , Adolfo, Historia de la Confederadon 1951. tomo i, pág. 268.

Argentina,

El

Ateneo,

Rosas no desperdició oportunidad para a firm a r su prestigio en tre las clases h u m il­

des de

la

sociedad.

[Liberando

esclavos,

óleo

realizado

por

D.

de

Plot en

1841.]

trascriptas, que lo hizo más por cálculo v tem or que por a m o r- pero actuando con él “paternalm ente”, o sea conservando su infe­ rioridad política con respecto a la “élite” dirigente a la que estaba reservado el ejercicio del poder. Rosas era em inentem ente conser­ vador v p o r lo tanto no faltó a esa regla sagrada de su tiem po. El cultivo de lo popular'confirió al partido federal una tónica nacional que cuando llegó el m om ento del enfrentam iento con po­ tencias extranjeras, derivó en un sentim iento nacionalista v xenó­ fobo. Pero este sentim iento que llegó a expresarse en ataques á los extranjeros y pedreas a las residencias consulares, nunca llegó a

constituir una política para Rosas, que era lo suficientem ente frío, inteligente v práctico com o para olvidar la medida de sus intereses v cerrar la puerta a la conciliación. Cuando más, aprovechó los estallidos populares —perm itidos u orientados por el g o b iern o - com o instrum entos de presión, com o en el caso del cónsul inglés M endeville. Por otra parte, nunca admitió que las potencias ex­ tranjeras le hicieran imposiciones que retacearan su libertad de acción, com o se puso en evidencia en los conflictos con G ran Bretaña v Francia, v esto le dio justo prestigio de defensor de la

soberanía. Pero tam poco vaciló en utilizar el

contra los enemigos internos, si bien en esto fue m ucho más m o­

derado que sus rivales,-' ni dudó en buscar soluciones prácticas

apoyo extranjero

5

K1

16

de

setiembre

de

1830 el

coronel

Rosales,

apoyando

un

levan­

tamiento

entrerriano

antirrosista,

se

apoderó

de

la goleta

“Sarandí” ;

Rosas

A

com o cuando intentó cancelar la deuda con Baring Brothers re­ nunciando al dominio de las islas Malvinas, ocupadas años antes por G ran Bretaña. N i bien Juan ¿Manuel de Rosas asumió el gobierno de la pro­

vincia, el partido federal dio los prim eros pasos para dotarlo de un prestigio y un poder extraordinarios, coincidente con las aspi­ raciones y opiniones del nuevo gobernador.

A fin del año 29 y principios del 30 se debatió en la Legislatura

un proyecto, finalm ente aprobado, que aplaudía

terior de Rosas, le ascendía a brigadier general v le confería el título de Restaurador de las Leyes. Esto últim o provocó la opo­ sición de los diputados federales M artín Irigoyen v José G arcía Valdés quienes consideraron que tal título agraviaba los principios republicanos. Pero la euforia del partido hacia su líder no se enfrió por estas prevenciones ni por la respuesta del hom enajeado quien previno que

la actuación

an­

no es la prim era vez en la historia que la prodigalidad de

el

los honores

asiento de los tiranos.

Las características de su gobierno se pusieron en evidencia casi inm ediatam ente: orden adm inistrativo, severidad eñ el control de los gastos, exaltación del partido gobernante v liquidación de

ha em pujado a los hombres públicos

hasta

El Restaurador

de

las Leyes

Características del primer gobierno de Rosas

la

oposición. Rosas estableció el uso de la divisa punzó, derogado por Via-

m

onte en aras de la unión de los partidos. Pero para Rosas la única

conciliación era la eliminación de uno de los dos contendores, com o

había pronosticado San M artín. Más tarde la divisa fue obligatoria

para todos los empleados públicos y con el co rrer de los años llegó

a ser una imposición para todo ciudadano que no quisiera correr el riesgo de ser tachado de enemigo del régim en v vejado.

A medida que la guerra contra el general Paz arreciaba, Rosas

aseguraba con más severidad el control de la provincia. El 15 de mavo de 1830 dictó un decreto que decía:

todo el que sea considerado autor o cóm plice del suceso del día 1° de diciem bre de 1828, o de alguno de los grandes atentados com etidos contra las leves por el gobierno in-

solicitó al cónsul inglés buques para perseguirlo y éste puso a su disposición al capitán Barrat y la corbeta “Emulation”. Ver Ernesto Celesia, Rosas. A puntes para su historia, Bs. As., Peuser, 1954, tomo i, pág. 122. Lógicamente, este hecho no puede parangonarse con las alianzas armadas de Lavalle del año 40, pero sirve para ubicar los criterios imperantes en esa época.

5

::

,': y .

en aquel mismo día, y

que no hubiese dado ni diese de hoy en adelante pruebas

positivas e inequívocas de que mira con abom inación tales

del mismo

atentados, será castigado com o reo de rebelión,

truso que se erigió en esta ciudad

. m odo que todo

el que

de palabra

o p o r escrito

o

de cual­

quier otra m anera se m anifieste adicto al expresado m otín

de sus grandes aten-

.de

1?

de

diciem bre

o

a. cualquiera

v c /';

,■ tados.6

'

■ La frase “que ni diese de hoy en adelante pruebas positivas

e inequívocas” y la amenaza de ser “reo de rebelión” daban al

gobierno un poder discrecional de persecución sobre los ciuda­

danos y sus opiniones. La pasión política, del m om ento, la falta

de perspicacia de los hom bres y la m oderación co n 'q u e el gobierno

i;

¡

venía usando sus poderes, im pidió la reacción ante decreto tan ‘

peligroso.

Pero la cuestión fundam ental se planteó en torn o a las facul­

Debate sobre las

facultades

tades extraordinarias con que fue investido en el acto de su elec­ ción, Cuando el 3 de mayo de 1830 expiraron dichas facultades, Rosas ofreció dar cuenta del ejercicio que había hecho de ellas.

extraordinarias

A raíz de la queja de un detenido se originó un debate público

sobre la necesidad de tales facultades, que llegó a la Legislatura

cuando úna comisión parlam entaria propuso que gobernador las facultades de excepción. '

El diputado federal M anuel H erm enegildo de A guirre inició

al

se

renovaran

la

oposición exigiendo que se precisasen qué leyes se suspendían.

El

ministro Tom ás M. de Anchorena intervino hábilmente seña­

lando que el gobernador no solicitaba ni deseaba tales facultades,

pero que eran necesarias ante la situación del país. A guirre insistió

en que las facultades se limitasen para honor del pueblo y del go­

bierno y p o r respeto a las leyes, y exhortó a éste a prom over

la conciliación. A guirre fue derrotado en la votación, junto con

Cernadas, Seniilosa, U garteche y Luis nuel— que le siguieron. ;

D orrego —herm ano de M a­

El 17 de octubre, de 1831 volvió

a

plantearse

la misma

cues­

tión y otra vez fue A guirre el portavoz de la oposición federal.

Ei

clima había cambiado. La guerra con Paz había term inado, pero

 

la

violencia parecía haber acrecido.

U n

diputado

dijo

que lacues­

tión era injuriosa para el Restaurador, A guirre fue molestado y debió pedir garantías para expresar su opinión. La, votación ¡e

derrotó nuevam ente, pero el debate ¡legó a la

calle evidenciando

■que había m ayoría por el

cese de las facultades extraordinarias.

t! Transcripto

en

Carlos

Ibarguren,

oh.

cit,,

pág.

221.

El 7 de mayo de 1832 Rosas devuelve a la Legislatura dichas facultades, pues ése es el deseo de la parte ilustrada de la población que —señala ácidam ente— es la más influyente pese a ser poco numerosa, v aprovecha para dejar sentada su opinión en contrario. Esta renuncia era un pedido disimulado de que se renovasen los poderes de excepción sin los cuales el gobernador consideraba que el gobierno estaría inerme v que el caos sobrevendría. Un grupo de diputados, fiel al criterio de Rosas, propuso la renovación de las facultades. O tra vez A guirre se opuso v pidió explicaciones a los ministros. Rosas les ordenó no intervenir en los debates. Ahora fueron muchos los que siguieron a A guirre que esta vez obtuvo un triunfo abrum ador: 19 votos contra 8. El pueblo de Buenos Aires reclamaba más libertad v la futura división entre los fede­ rales doctrinarios v los rosistas quedaba insinuada. El proceso term ina cuando el 5 de diciem bre la Legislatura reelige a Rosas en su cargo pero sin acordarle las facultades extra­ ordinarias. Rosas ve m enguado su poder v herido su prestigio. Su carrera política está amenazada. Com prende que sólo un oportuno repliegue'puede salvarle. Si un sector de su partido se ha cansado de él, es necesario que vuelva a ser el hom bre indispensable de 1829. Iniciando un juego magistral, renuncia a la nueva designación de gobernador, declara que no puede hacer más nada y que la responsabilidad del futuro recaerá sobre los diputados. Éstos se desorientan e insisten, pero no ofrecen las facultades extraordina­ rias que espera el gobernador. Tam bién para ellos se trata va de una cuestión de honor. Rosas ha dejado, aparte de su acción polí­ tica, una apreciable obra administrativa: ha m ejorado las finanzas fiscales, ha levantado escuelas, ha hecho construir dos canales. So­ bre todo, sigue siendo la prim era figura del partido. Reitera su negativa, inflexible. La Legislatura no retrocede. Por fin, el 12 de diciem bre, para salir del “impasse”, los dipu­

tados eligen gobernador al

que acaba de participar en la guerra contra el general Paz v es un

antiguo federal.

1

.

i

i

i

r

i

i

brigadier

general Juan Ram ón Balcarce

F¡n dei prim er gobierno de Rosas

M ientras Juan

Manuel

de

y

El general

lucha

Pai

la

por la

domiiiaeién

nacional

Rosas, con el concurso

del general

Estanislao

López,

eliminaba

a Juan

Lavalle

y

al

partido

unitario

de

la escena

política

porteña,

el

general

José

iMaría

Paz

obtenía

7

Juan

M anuel

de

Rosas

personi­

ficó

por

largos

años

una

sutil

política de hegem onía porteña. [R etrato , por Cayetano Descalzi.J

una serie de triunfos resonantes y lograba crear en el interior del país una organización político-m ilitar que enarbolaba la bandera unitaria y enfrentaba a las provincias del litoral. En abril de 1829 el general Paz con su división veterana atra­ vesó el sur de Santa Fe y penetró en su provincia natal. El gober­ nador, general Bustos —su antiguo jefe de 1820— se replegó a las afueras de Córdoba, ciudad que fue ocupada el 12 de abril por el jefe unitario. Inm ediatam ente entró en tratativas con Bustos ten­ dientes a obtener el control de la provincia, para lo que se mani­

festó dispuesto a entrar en com binaciones pacíficas con los otros jefes federales, prim era m anifestación de que la visión del general Paz sobre el m odo de organizar el país bajo un régim en unitario no coincidía con la de su aliado Lavalle ni con la de los corifeos de éste. Finalm ente Bustos aceptó delegar en su adversario el gobierno de Córdoba, para que éste llamara a elecciones, sacrificio que veía com pensado con la perspectiva de ganar tiem po para po­ der incorporar nuevas fuerzas.

ni bien ocupó el gobierno le intim ó disolver

el ejército. Bustos no aceptó, esperanzado en la incorporación de Q uiroga. Paz no le dio tiem po. El 22 de abril avanzó sobre San Roque, donde Bustos le esperaba con fuerzas superiores al otro lado del río Primero. Paz lo aferró con un ataque frontal, mientras por la derecha atravesaba el río y atacaba el flanco del adversario.

Paz, previéndolo,

El

en Córdoba

general

Paz

Batalla

de

San

Roque

U

n

ataque

com plem entario sobre

el

flanco

izquierdo

com pletó

la

derrota

de

Bustos, quien se retiró

a

La Rioja.

 

Esta

victoria

dio

a

Paz

una

sólida

base

de

operaciones

v

la

adhesión

de

las provincias

de

T ucum án

v

Salta.

 

El genera] Q uiroga, cuya influencia se extendía desde Cata-

marca a M endoza, salió a batir a quienes calificó despectivam ente de “mocosos vencedores de San Roque”. Avanzó en busca de un encuentro por sorpresa desde el sur de Córdoba, mientras Paz

se limitó

dores de

y capital aprovechando su amplio sistema de

ciones que le perm itía múltiples maniobras, en tanto dejaba en la ciudad una guarnición.

Q uiroga obtuvo la prim era ventaja, pues con una sorpresiva

a

la

observar sus m ovimientos

m antenerse

enlos alrede­

com unica­

Batalla (jg ^3 Tablada

*

'

r

r

maniobra ocupó Córdoba rindiendo a su guarnición (21 de junio)

V estableciendo el grueso de sus fuerzas en el cam po de La Tablada.

Paz avanzó de noche sobre esa posición que atacó al m ediodía si­ guiente. Q uiroga le doblaba en núm ero, pero sus tropas no tenían

ni el arm am ento

reñidísima, consistió fundam entalm ente en un choque recíproco donde ambos jefes buscaron la definición por medio de un ataque sobre el extrem o libre de la línea —el otro se apoyaba sobre las barrancas del río Prim ero—, Dos veces fracasó Q uiroga en su intento v Paz logró por fin concentrar allí suficientes tropas para lograr la ruptura y dispersión del ala enemiga, a la que siguió el resto de las fuerzas federales.

ni la disciplina de las del cordobés. La batalla,

Los vencedores —agotados— no

persiguieron.

Quiroga,

reuni­

do con su infantería que había dejado en Córdoba, decidió buscar el desquite. Al am anecer del 23 de junio apareció sorpresivam ente

sobre la retaguardia de Paz que se dirigía sobre la ciudad, maniobra que el jefe unitario calificó de “la más audaz” que había visto en su vida. El apodado T igre de los Llanos coronó las barrancas. Paz

form ó en el bajo y

perara las alturas. Logrado esto, dicha fuerza cavó sobre el flanco

V la retaguardia de Q uiroga que debió invertir su frente v pese

perdiendo mil

hom bres entre m uertos v heridos. La superioridad de las tropas

a todos sus esfuerzos fue com pletam ente derrotado,

m andó

una

división

que por

la derecha

recu­

veteranas

y

de

la

capacidad

militar

de

Paz

habían

quedado es­

tablecidas.

La victoria tuvo un epílogo siniestro. El coronel

Deheza, jefe

del estado m ayor unitario, quintó los prisioneros —oficiales y sol­ dados— fusilando a más de un centenar de ellos. Este acto bárbaro

Q

—contrario a! espíritu v a las órdenes de Paz, según él afirm ó—

abrió

La tenacidad de Q uiroga casi no conocía límites. M ientras sus segundos aplastaban m ovimientos unitarios en C uvo, levantó un nuevo ejército en busca de la revancha. A principios de 1830 invadió nuevam ente a Córdoba por el sur con algo menos de 4.000 hombres, mientras Yillafañe lo hacía por el norte con más de 1.000. Paz tenía por entonces más de 4.000 hombres perfectam ente ins­ truidos. Despreció la amenaza de Villafañe v enfrentó con todas sus tropas a Q uiroga. La batalla se dio en O ncativo el 25 de febrero de 1830. O tra vez Paz buscó desequilibrar el dispositivo enemigo m oviendo el centro de gravedad del ataque hacia un flanco. Kl resultado fue la división en dos de la fuerza federal v su posterior destrucción. Q uiroga, privado de regresar a su base, tom ó el ca­ mino de Buenos Aires con algunos sobrevivientes. Sólo entonces Paz se volvió contra Yillafañe, que retrocedió rápidam ente, v el. 5 de marzo firm ó un pacto obligándose a abandonar el territorio cordobés v renunciar al mando militar.

Las consecuencias del triunfo de O ncativo fueron im portan­ tísimas. El general Paz, que hasta entonces había procurado asegu­ rar su poderío provincial, pudo trascender esta esfera, transform ando a Córdoba en la cabeza de una gran alianza de poderes provincia­ les. Buenos Aires v Santa Fe adoptaron una actitud expectante; mientras, Paz lanzó a sus segundos sobre otras provincias del interior. Su aliado Javier López va había ocupado Catamarca \ luego, con Deheza, arrojó a (barra de Santiago del Estero; Lama- drid se apoderó de San Juan v La Rioja, Videla de M endoza v San Luis. El imperio de Q uiroga había sido destruido v las espaldas de Paz estaban seguras. El 5 de julio de ese año, cinco de estas provincias pactaron una alianza con el propósito de constituir el Estado v organizar la República, conform e a la voluntad que expresasen las provincias en el Congreso N acional. Poco después —31 de agosto— todas las provincias argentinas, excepto las del litoral, firm aban un nuevo pacto por el cual concedían al gobernador de Córdoba el Suprem o Poder M ilitar, con plenas facultades para dirigir el esfuerzo bélico al que afectaban la cuarta parte de sus rentas. De esta manera, Paz había reunido bajo un mismo poder todos

las puerta

a toda

clase

de

represalias

sangrientas.

Segunda

de

contra

Quiroga

Paz

campaña

Consecuencias

de

Oncativo

La

del

Liga

Interior

El Supremo

Poder

Militar

los

territorios

del

antiguo

T ucum án,

que

enfrentaban ahora al

prim itivo

Río

de

la Plata.

Había

constituido

una

unidad

geopolí­

tica que

m ilitarm ente estaba

en condiciones de m edir fuerzas con

la otra

ticam ente se presentaba com o una alianza de las provincias inte­ riores en procura de una organización constitucional.

La bandera unitaria levantada por Paz al com ienzo de su cam ­ paña, no era meneada ahora. Las provincias aliadas conservaban sus gobernadores y legislaturas v la estructura federativa se man­ tenía bajo la supervisión suprem a del ejército. El pacto de agosto

obligaba a sus firm antes a aceptar la constitución que resultase de

la opinión prevaleciente del Congreso. Y aunque en su m ente Paz

haya supuesto que esta opinión sería unitaria, él y sus segundos eran provincianos y tenían el orgullo de sus respectivas patrias. Paz se sentía y actuaba preferentem ente com o el líder de una gran alianza provinciana contra Buenos Aires y el litoral.

Los pactos dé julio y agosto tuvieron su contrapartida en los esfuerzos de Buenos Aires po r constituir un frente de varias pro­ vincias para enfrentar el poderío creciente de Paz. Rosas, que había previsto y vivido los frutos de la paz con Santa Fe y que

no ignoraba que sólo la política de alianzas había posibilitado la derrota de Ramírez, procuró fortalecer vínculos para evitar que Buenos Aires pudiera quedar sola, peligro que fue tom ando cuerpo

a medida que C órdoba dejaba de ser la bandera de los unitarios

para convertirse en un centro de acción del interior. Ya en 1829

V iam onte se había com prom etido

con Santa Fe a la form ación de

un Congreso, lo que satisfacía las aspiraciones organizativas de Estanislao López.

entidad

form ada

por

las

provincias

del

litoral,

y

polí­

Rosas

buscó

am pliar

la

alianza

con

la incorporación

de

Co­

Los pactos

del litoral

La divergencia

de Corrientes

rrientes. El coronel Pedro Ferré, figura clave de esta provincia,

fue enviado a Buenos Aires y aunque se firm ó un tratado (23 de

m ayo de 1830), en las tratativas se puso en evidencia la oposición entre quienes, com o Ferré, eran partidarios de una Constitución

y los em píricos, com o Rosas, que preferían una organización de

hecho

en una com unidad de intereses. El problem a constitucional

estaba

ligado íntim am ente al económ ico y mientras C orrientes su­

gería un régim en proteccionista para beneficio de las industrias locales, Buenos Aires oponía la necesidad del librecam bio por razones financieras, económ icas y de política internacional. Estas gestiones culm inaron con las conferencias de San Nicolás, donde

Rosas, López y Ferré, personalm ente, firm aron la alianza de las tres provincias. E ntre Ríos faltó a la cita, convulsionada por el alzamiento de López Jordán fom entado por los unitarios v sofo­ cado por Pascual Echagüe.

1

1

Al resolverse la situación entrerriana se consideró necesario un nuevo tratado. Los delegados de las cuatro provincias se reunie­ ron en Santa Fe. Ferré propuso que se acelerara la organización nacional y se arreglara el com ercio exterior y la libre navegación de los ríos Paraná y U ruguay. El planteo implicaba la pérdida para Buenos Aires del monopolio aduanero. El delegado porteño se opuso. F erré insistió, criticó la posición de Buenos Aires v el sistema exclusivamente agropecuario de su economía, afirm ando que el librecam bism o sólo era posible cuando el país ya se hubiese engrandecido por un previo proteccionism o, opinión que revelaba conocim iento de la historia económ ica europea. Santa Fe v E ntre

Ríos, atraídas p o r este planteo pero cuidadosas de la alianza por- teña, buscaron una posición de equilibrio que salvara la conferen­ cia. A ceptaron despojar, siguiendo a Buenos Aires, a la proyectada Comisión Perm anente de facultades legislativas, pero le atribuyeron

el poder de invitar a un congreso constituyente. Rosas se opuso al

acuerdo, pero al ver que López y Ferré eran por entonces parti­

darios de un acuerdo pacífico con la Liga del Interior, tem ió el aislamiento de Buenos Aires y transó, con la idea de recuperar luego el terreno perdido. A ceptó la idea de que se convocase un congreso, pero dem orándolo hasta que las provincias estuvieran “en plena libertad, tranquilidad y orden”, oportunidad en que

reglarían la adm inistración nacional, sus rentas

López aceptó com placido la actitud de Rosas, que en el fondo dilataba para tiem pos mejores y rem otos las aspiraciones de sus aliados y que iba a ser el germ en de los alzamientos armados de C orrientes contra la hegem onía de Buenos Aires, años después.

Al tiem po que Rosas transaba con sus aliados las bases del futuro Pacto Federal, les convencía de que no era posible la paz

con el Suprem o Poder Militar, que acababa de tom ar forma. Desde entonces ambos núcleos políticos, dispuestos a disputarse la dom i­

se lanzaron a una carrera arm am entista y

el verano de 1831 vio la reanudación de las operaciones militares.

nación de la República,

y la navegación.

Estanislao López asumió el m ando suprem o de las fuerzas federales. Pacheco derrotó a Pedernera en Fraile M uerto (5 de febrero) y cuando Paz atacó a López en Calehiñes (1? de m arzo), éste rehuyó la lucha a la espera de la incorporación de Balcarce

y de los resultados de la ofensiva de Q uiroga en el sur de Córdoba.

riojano

realizó una

a quien

de

lucha se apoderó de R ío Cuarto, defendida por Pringles,

Con

su

acostum brada

campaña

rapidez

El

operativa,

5

de

el

general

tres

relámpago.

marzo, tras

días

Operaciones

militares en

1831

Campaña

de Quiroga

volvió a derrotar en R ío Q uinto (17 de m arzo) siendo m uerto Pringles después de rendido. Q uiroga vio abierto el camino de C uyo, se apoderó de San Luis, entró en M endoza v el 28 de marzo batió a V'idela en Potrero de Chacón, fusilando a los oficiales ren­ didos com o represalia por el asesinato del general Villafañe, reali­ zado por los hom bres de Videla. Q uiroga dominaba C uvo v tenía el paso libre hacia La Rioja o hacia Córdoba. Paz vio la perspectiva de una lucha en dos frentes v el de­ rrum be del esquema geopolítico construido después de Oncativo. Decidió entonces operar rápidam ente contra su enemigo más in­ mediato v avanzó sobre López seguro de vencerlo. Pero uno de esos peregrinos golpes de la suerte cambió en un instante el curso de la situación. El m ejor estratega de nuestras guerras civiles ex­ ploraba el cam po de El T ío, el 11 de mavo, cuando se acercó a un bosquecillo creyéndolo ocupado por sus tropas, cuando lo estaba en realidad por una partida federal. Cuando se apercibió ya era prisión de Paz tarde. Su caballo fue boleado v cayó prisionero. Paz era el nervio m ilitar v político de la Liga del Interior. Los cordobeses pidieron la paz que López concedió gustoso v apadrinó

la elección del coronel José V. Reinafé com o gobernador de aque­

lla provincia. Lam adrid se retiró a T ucum án

roga. Diez jefes y oficiales de Paz fueron fusilados por orden de Rosas. Ibarra recuperó el gobierno de Santiago del Estero. Sólo

Lam adrid resistía y fue deshecho por Q uiroga en la batalla de la Cindadela (4 de noviem bre), donde se repitió la ejecución de jefes

y oficiales. El general Paz pudo salvarse de la cruel ley de esos

tiem pos gracias a la protección de López, quien resistió los insis­ tentes pedidos de Rosas de que: “es necesario que el general Paz m uera”.7 La guerra había concluido de m odo a lavez sorpresivo y El Pac,°

brillante para los federales. La Liga del Interior se había esfumado —

y el litoral había consum ado su alianza con la firma del Pacto

Federal poco antes de la iniciación de la campaña. El 4 de enero de 1831 los participantes de las conferencias de Santa F eK habían docum entado su alianza en la que reconocían la recíproca inde­ pendencia, libertad, representación v derechos de las provincias, establecían la form a de los auxilios v mandos militares, la incorpo-

perseguido

por Q ui­

7 Carta

ob. cit., pág.

borrador

194.

d?

la

colección

Farini

citada

por

Ernesto

Celesia,

8 Los firmantes originales sólo fueron Buenos Aires, Entre Ríos y Santa

poco

derarse como inicialmente cuadripartito.

Fe, adhiriéndose

después Corrientes, por lo que el

pacto puede consi­

13

ración de otras provincias a la alianza, la extradición de criminales

v los derechos de im portación v exportación. La única condición impuesta a quienes se adhirieran era acep­

tar el sistema federal v no discutir los térm inos del Pacto. F.l rápido derrum be de la Liga prohijada por Paz, facilitó la incorporación

de las otras provincias al Pacto Federal, que

llegó a constituir

así un acuerdo de carácter nacional.” Pero vencido el enemigo com ún tom aron

im portancia otros

aspectos del tratado en el que las partes no habían estado tan acordes. U no de sus artículos estipuló la constitución de una Co­ misión Representativa de los G obiernos de las Provincias Litora­ les, con residencia en Santa Fe, integrada por un diputado de cada gobierno, con facultades de declarar la guerra v celebrar la paz, de disponer medidas militares v —cláusula clave— de invitar a

todas las provincias a reunirse en federación con las tres litorales

v organizar el país por medio de un Congreso Federativo. Desde el principio se discutieron las facultades de la Com i­

sión Representativa. Se recordará que desde tiem po atrás Buenos Aires había venido ejerciendo la representación nacional en las cuestiones exteriores, v así tam bién lo había hecho el general R o­ sas. El Pacto atribuía a la Comisión Representativa com petencia en cuestiones interiores, pero no alteraba aquella representación, es decir que —com o afirma T aü A nzoátegui— el poder nacional queda­ ba bifurcado. Rosas se cuidó m uv bien de sostener esta bifurcación, para luego pasar a sostener la falta de necesidad de la Comisión una vez lograda la paz.1"

A partir de ese m om ento,

Rosas no dejó de buscar

la disolu­

ción de dicha Comisión, que había transferido a Santa Fe buena parte de la autoridad nacional. En realidad, Rosas temía que aqué­ lla Negase a materializar la convocatoria al Congreso, sobre cuva inoportunidad no dejó de pronunciarse repetidas veces, llegando

hasta invocar la falta de fondos para costear su instalación." Sus

en este sentido trataron de anular la prédica con-

cartas a Q uiroga

A U k t i r f , l-duardo. Manual de historia de

1967, pág. 57. Recomendamos

la interpretación y análisis del Pacto que realiza este autor. 10 Carta de Rosas a Quiroga del 4 de octubre de 1831, Correspondencia entre Rosas , Quiroga y l.ópez, Buenos Aires, Hachette, 1958, págs. 51 a 55. "

bre de 1829, 4 de octubre v 12 de diciembre de 1831 y 28 de febrero de 1832, así como la célebre del 14 de diciembre de 1834. También es ilustrativa la de Quiroga a Rosas del 12 de enero de 1832, donde expresa ser federal sólo por respeto a la voluntad de los pueblos, no por opinión propia. I-n Corres­ pondencia entre Rosas, Quiroga v López, ob cit., págs 51 i 75 v 90.

T a l

A

n

z o

á

t

e g

u

i

,

V íctor

v

las instituciones arnentinas, Kd. La Ley, Bs. As

V er

al

respecto

las

cartas

de

Rosas

a

Quiroga

del

I"

de

diciem­

traria de López. Por fin, Rosas buscó un pretexto fútil para retirar

el diputado porteño de la Comisión v no lo reem plazó nunca, te r­

m inando así de hecho la existencia de ésta. Entretanto, Ibarra reclamaba la organización del Estado v Q ui- roga participaba de las preocupaciones constitucionales de López.

A fines de 1832 los correntinos parecieron perder la paciencia v

Manuel Leiva afirmó agriamente:

Buenos Aires es quien únicam ente resistirá la form ación del Congreso, porque en la organización v arreglos que m editan, pierde el m anejo de nuestro tesoro con que nos ha hecho la guerra, y se cortará el com ercio de extranjería, que es el que más le produce.12

Pero

la

reacción

constitucionalista

y

antiporteña

no

se

con­

cretó. Ei poder efectivo del país se dividía entre tres grandes:

Rosas, López y Q uiroga. Este últim o estaba disgustado con los dos prim eros, especialmente con “el gigante de los santafesinos” como

lo llamaba despectivam ente. Pero ninguno tenía poder propio para

oponerse a los demás e im ponerles su criterio. La desconfianza y el resentimiento impidieron a López y a Q uiroga hacer frente común contra Rosas. Tam bién lo impidió el predicam ento de éste sobre cada uno de ellos. H ábilm ente, Rosas cultivó las coincidencias con cada uno y explotó sus debilidades. Cuando pudo doblegó, cuando no pudo, neutralizó. Al descender del gobierno, a fines de 1832, el gobernador de Buenos Aires ejercía por delegación de

las provincias las relaciones exteriores de la República v los intentos

constitucionalistas habían sido frenados. C om batido en el orden

provincial, Rosas triunfaba en el nacional.

La

federalismo

escisión

del

porteño

El retiro de Rosas al negarse a la reelección fue un hábil re­ pliegue para lanzar su ofensiva en busca del poder absoluto que entonces le regateaban. Retirándose visiblemente de la acción polí­ tica, hizo el vacío al gobierno, mientras por un lado m ontaba una acción partidaria de propaganda y agitación —luego de conspira­ ción— y por otro afrontaba una tarea que aum entaría su prestigio

y

de

lo

m antendría

Antes

de

en

la expectativa

el

poder,

pública.

hizo

abandonar

aprobar

un

proyecto

12

F

a c u

l

t

a

d

d e

F il o s o f ía

y

L e t r a s , Documentos para la Historia argen­

tina, Buenos Aires, tomo xvn, pág. 114.

1 c;

M in ué en Buenos Aires.

[A cuarela

realizada

por P ellegrini en

1831.]

expedición contra los indios, tendiente a conquistar todas las tie­ rras situadas al norte del río N egro, v de estrechar a las tribus entre varias fuerzas condenándolas a la destrucción. El proyecto era ambicioso v suponía la colaboración de las otras provincias amenazadas v aun del gobierno de Chile. La colum na occidental estaría com andada por el general Aldao, la del centro por el general Ruiz H uidobro v la del oriente por Rosas. Q uiroga sería el com an­ dante en jefe. Enferm o entonces, Quiroga no demostró m ayor entusiasmo por la empresa, actuando a la distancia sobre los dos destacam entos del oeste v el centro, sin interferir en la acción de Rosas. La falta de recursos de aquéllos hizo fracasar a la colum na central v restó movilidad a la de Aldao, por lo que el peso de la campaña recayó sobre las fuerzas de Rosas. F.1 gobierno chileno no concurrió con las fuerzas program adas. Este desbarajuste del plan original no perturbó al caudillo porteño quien a fines de marzo de 1833 ya estaba en campaña. Pero los fondos escaseaban y el gobierno de Balcarce no pareció m uy dispuesto a esforzarse en conseguirlos. En realidad, el nuevo gobernador era un buen federal, un hombre recto que apreciaba a Rosas, pero irresoluto e influenciable. Los federales antirrosistas eran m ayoría en la Legislatura v no pensaban agitarse para acrecen­ tar la influencia de Rosas. Las dificultades logísticas eran muy grandes y la capacidad para resolverlas poca, por lo que casi desde

El

ciudad com o en el cam po: M

una

las form

baile

era

de

La m edia caña.

as in u é

corrientes de

en

[Litografía efectuada

e n trete n im ie n to

por P ellegrini.)

la

social,

tan to

en

Buenos Aires y La m edia caña.

su partida el ejército expedicionario se encontró privado de muchas cosas v con la sensación de haber sido abandonado por el gobierno. Rosas recurrió a sus amigos —hacendados m uy interesados, además, en el éxito de la empresa— v con su concurso suplió todas las necesidades.

v cía día a día v se reflejaba en el ejército. En el río Colorado, doce oficiales se separaron de la expedición. Pero Rosas siguió adelante. El 10 de m avo alcanzó el río N egro v a fin de mes llegó a Choele- Choel. Castigando a las indiadas hacia todas las direcciones, las columnas se extendieron por el oeste hasta la confluencia de los ríos N euquén v Limav, v por el noroeste hasta el río Atuel donde alcanzaron la división de Aldao. Pacheco —uno de los jefes claves de la cam paña— reflejaba en una carta las expectativas de una em­ presa que se prolongó durante todo el invierno:

tendrá

mejores resultados de los que

el mismo G eneral se había prom etido, El podrá ofrecer a su regreso un océano de campos útiles para la labranza v limpios de indios, con los datos resultados de reconoci­

La división

entre

los federales doctrinarios

los rosistas cre­

La expedición

mientos prácticos.13

18 Citada

por Juan

Carlos W alther,

La Conquista del Desierto, Buenos

Aires, Círculo

Militar,

1964,

pág.

311.

E n efecto, 2.900 leguas cuadradas habían sido ganadas, las co­

municaciones con Bahía Blanca y Patagones incrementadas, y du­ rante un buen tiem po los campos ya ocupádos quedaron libres de

la amenaza de los indios. Si los resultados no fueron m ayores —des­

de 1840 se reanuda la presencia agresiva de los indios— fue porque

al no ser com batidos los indios sim ultáneam ente desde el lado chi­

leno, pudieron huir al occidente de la cordillera v años después

regresar con nuevos ímpetus.

de Choele-Choel

Rosas fue

bien

pagado

por

su

éxito:

la isla

y,

sobre todo, un renovado prestigio entre el pueblo. Pero durante

la

expedición

no

había

utilizado

su tiem po

sólo en

los problemas

militares. M antuvo con diversos personajes y especialmente con su mujer, Encarnación Ezcurra, una activa correspondencia polí­

tica a través de la cual orientaba la acción de sus partidarios.

La división entre los federales había alcanzado contornos defi­ nidos y casi violentos. Doña Encarnación, aplicando su tem pera­

m ento exaltado a los fríos planes de su marido, se convierte en un

agente político de suma im portancia. T od o lo inform a, todo lo prevé, sabe am edrentar, estim ular, sondear; para ella no hav mis­ terios: tiene listas de los enemigos, listas de los pusilánimes, listas de los partidarios, listas de los fanáticos. El bajo pueblo, las cria­

das y esclavas, los mozos, los hom bres de pulpería, llevaban y traían inform ación a su propia casa: el espionaje se organiza así concien­ zudam ente y desde entonces va a ser una pieza política caracte­ rística del sistema rosista. Los comisarios C uitiño y Parra se trans­ form an en agresores de los disidentes del Restaurador: es el germ en de la “Sociedad Restauradora La M azorca” que dentro de poco adquirirá form a y siniestro prestigio. Los fieles a Rosas subrayan

su condición con el apodo de apostólicos, en tanto que los federales doctrinarios son'llam ados cismáticos. El general Balcarce trata de mantenerse neutral en el prim er

m om ento. Pero a su lado hay dos hom bres decididos a hacer frente

a Rosas: el general Enrique M artínez, m inistro de G uerra, y el general Olazábal. La prensa se desata en injurias recíprocas. Los doctrinarios cierran filas tras de M artínez. El 16 de junio la esci­ sión se oficializa en ocasión de las elecciones a las que ambos grupos concurren con listas separadas. Los cismáticos se ganan el apodo —por el color de la guarda de las boletas— de lomos negros. Llevan

al propio Rosas entre sus candidatos a diputado, sea para confundir,

sea para

y Rosas

am arrar al R estaurador a un cargo secundario. T riunfan

renuncia

a

su

banca.

i n

Apostólicos

v. cismáticos

El clima de violencia ha crecido tanto que en octubre es seguro un estallido. El diario rosista El Restaurador de las L eyes publicó un artículo injurioso para Balcarce, por lo que el fiscal lo sometió a proceso. Como un huracán corrió p o r la ciudad la ambigua noti­ cia de que sería procesado el R estaurador de las Leyes. G entes del bajo y del suburbio, gauchos y soldados se apretujaron frente al

la

guardia de seguridad se produjo y en medio de una inmensa grita

la pueblada se retiró a Barracas, donde jefes de origen distinguido

asumieron

vedo, etc. El general A gustín de Pinedo asumió el m ando de los revolucionarios, mientras Prudencio Rosas reunía tropas en la cam ­ paña. Era el 11 de octubre de 1833. U n breve com bate desfavorable al gobierno afirm ó a los rebeldes que reclam aron el cese en el m ando del general Balcarce, quien sólo se m antenía en él a ins­ tancias del general M artínez. Com enzaron las tratativas, de las que Rosas tuvo cuidadosa inform ación. Si durante los días precedentes —dice un testigo— ningún bando podía acusar al otro de haberse

tribunal, dirigidos por com andantes militares. El choque con

su

dirección:

Maza,

Rolón,

M anuel Pueyrredón, Q ue-

excedido más,14 estas gestiones fueron tensas pero pacíficas. La presión popular y el dom inio de la campaña daban a los revolu­ cionarios todas las ventajas. El 3 de noviem bre la Legislatura, en­ cargada por Balcarce de resolver sobre su continuación en el m an­ do, le dio por renunciado y nom bró en su reem plazo al general Juan José Viamonte.

Revolución

los

de

Restauradores

Gobierno

de

Viamonte

En últim o térm ino, los artífices de la victoria, por la cuidada preparación del movimiento, habían sido don Juan M anuel y doña

Encarnación, bien que el prim ero lo hubiese hecho en la trastienda

y excusara su participación. Los lomos negros habían sufrido una

seria derrota pero no habían sido eliminados de la escena política. Conservaban todavía el dom inio de la Legislatura y el propio V ia­

m onte era un doctrinario que estaba más cerca de Balcarce que

de Rosas. Era ferviente partidario de la conciliación, com o había dem ostrado en 1829. Pero ése no era, en opinión de los rosistas,

m om ento para conciliaciones.

Encarnación

Ezcurra

fue

entregado

de

gusto porque

se había

las prim eras en expresar su dis­

el poder a otros

“menos malos”

1833. Citado por Ernesto Celesia,

ob. cit., pag. 306. Sobre el proceso de este movimiento ver: Gabriel J. Puentes,

El Gobierno de Balcarce, Buenos Aires, Huarpes,

14 Agustín

Ruano

en

noviembre

de

1946.

Los hom bres del régim en:

M anuel V. Maza, Felipe Arana y Ángel Pacheco.

que los anteriores, pero que no eran “amigos”. Rosas se quedó en el campo, sin una palabra de apoyo al nuevo gobierno. Su cónyuge inspiró a Salomón, Burgos, Cuitiño v otros la form ación de la Sociedad Popular Restauradora (La M azorca), que se constituyó inm ediatam ente en instrum ento de terrorism o político: las casas de los opositores fueron apedreadas y baleadas. Los “cism áticos” com enzaron a em igrar, com o en 1829 lo habían hecho los unitarios.

Viam onte, bloqueado políticam ente, se dedicó a la tarea adm i­ nistrativa v dejó sentadas las bases del ejercicio del Patronato ecle­ siástico v de la futura norm alización de las relaciones entre la Iglesia v el Estado argentino.

El 20 de abril de 1834 los “apostólicos” ganan las elecciones. Días después llega al país Rivadavia y es acusado de tener parte en una conspiración m onárquica. El ministro G arcía trata de de­ fenderlo y es objeto de ataques periodísticos v personales. El gene­ ral Álzaga acusa a G arcía v éste pide para sí juicio de residencia com o medio de justificación. V iam onte, harto, renuncia el 5 de junio, días después de haber ordenado la expulsión de Rivadavia. Q uiroga, radicado en Buenos Aires por entonces, será la única mano tendida a favor del ex presidente.

La Legislatura eligió, el 30 de junio, gobernador al general Ro­ sas. Era el resultado lógico. Pero Rosas renunció el cargo una v otra vez. Alegó que aceptaría la tarea si pudiese cum plir sus obliga­ ciones , velado recuerdo de que no contaba con las facultades extra­ ordinarias que siempre había considerado necesarias. Señaló las

otras

mar que

podría objetarse que tal vez no encargándom e del gobier­ no de la provincia se me m irará, en razón de la buena opinión que m erezco a los federales, com o un estorbo a la m archa de cualquier gobierno que se establezca.''•

Los diputados no se resignaron a conceder las facultades que habían causado la crisis de fin de 1832. Rosas renunció por cuarta vez. Entonces se eligió gobernador, sucesivamente, a Manuel v

Nicolás Anchorena, a Juan N. T errero v a Ángel Pacheco, todos fervientes rosistas, que rechazaron los nom bram ientos. Por fin se

encargó provisoriam ente del gobierno al presidente de

tura, Dr. M anuel V icente Maza, íntimo amigo de Rosas.

La misión de Maza no podía ser otra que preparar el acceso

al gobierno del R estaurador,

H éroe del Desierto, m ientras su activa consorte m erecía el apodo de H eroína de la C onfederación. Los rosistas habían cerrado filas V ahora sí era total la derrota de los doctrinarios. U n suceso des­ graciado, que guarda relación con la situación de las provincias

quien había unido a ese título el de

razones que

hacían

inútil su sacrificio

v

se cuidaba

de afir­

la Legisla­

interiores, iba a facilitar aquella misión. D urante el año 1834 habían em peorado seriamente las relaciones entre el gobernador de Salta,

general L atorre v el de noviem bre declaró

porteño, decidió intervenir por aplicación del Pacto Federal y Maza ofreció la tarea de m ediador al general Q uiroga, cuvo pres­ tigio en el norte era indiscutible.

de Rosas, quien aprovechó

de T ucum án, Felipe H eredia, quien el 19 la guerra al prim ero. N oticiado el gobierno

Q uiroga quiso conocer

la opinión

la ocasión para renovar su prédica en contra de la organización

constitucional, en lo que convino finalmente el caudillo riojano.

asunto,

V una última carta de Rosas entregada al enviado en el m om ento

tema, com o si temiera

que el voluble caudillo retornara a su idea primitiva.

C uando Q uiroga llegó a Santiago del Estero, se enteró de que Latorre había m uerto en manos de un m ovim iento contrario sal- teño. Se dedicó entonces $ deliberar con los gobernadores v el 6 de febrero de 1835 logró un tratado de amistad entre Santiago,

Las mismas instrucciones oficiales hacían

referencia

a

ese

de partir, volvía m achaconam ente sobre el

,r> Versión de Adolfo Saldías, según pág. 431.

papeles de Arana; ob. cit., tomo i,

Maza

gobernador

Misión de

Quiroga

el

en

Norte

Salta y T ucum án, tras lo cual em prendió el regreso a Buenos Aires.

A la ida había sido advertido de que elementos del gobernador de

Córdoba querían asesinarlo. Despreció todos los avisos v el 16 de febrero, en jurisdicción de Córdoba, en el lugar de Barranca Yaco, fue asaltado y m uerto por una partida al m ando del capitán

Santos Pérez.

Asesinato

de Quiroga

La m uerte del ilustre caudillo rompía el equilibrio triangular del federalismo argentino. ¿Quién había planeado el crimen? In­

dudablem ente el gobernador Reinafé. En el m om ento cayeron sospechas sobre Estanislao López v aun sobre Rosas; Era conocida

la animadversión recíproca erttre Q uiroga v el jefe santafesino,

disimulada en aras del triunfo com ún y de la paz. Pero López había afirm ado su influencia sobre Córdoba y no podía pensar en

ir

más allá, y no hay prueba alguna de que haya tenido parte en

el

asunto, aun cuando, por un error de perspectiva política, pueda

haberse alegrado de la desaparición de Q uiroga. T am poco en

torno

único hom bre que se atrevió a amenazarle— estaba demasiado de­ pendiente de sus opiniones en esa época para constituir un obs­ táculo a sus planes. Esta discusión nos parece ociosa. Interesa saber más bien, quién fue el beneficiario político de la desaparición del

caudillo.

de Rosas hay algo más que vagas sospechas. Q uiroga —el

La influencia unitiva que Q uiroga ejerció sobre C uyo v el noroeste no fue heredada por nadie, v los gobernadores locales actuaron con independencia recíproca desde entonces. Así el in­ terior desapareció com o fuerza política coherente. Q uedaban el li­ toral, bajo la influencia de López y Buenos Aires, donde Rosas afirmaba cada vez más su poder. López, aunque provinciano v “patriarca de la federación”, carecía de las condiciones políticas para extender su órbita de influencia sobre los territorios que habían respondido a Q uiroga. Rosas sí las tenía. Además Santa Fe, aun con la dudosa alianza de Corrientes v E ntre Ríos, no podía enfrentar al Buenos Aires de entonces, con un gobierno que con­ taba prácticam ente con casi toda la opinión a su favor. La m uerte

Consecuencias

de

de Quiroga

la

muerte

de

Q uiroga beneficiaba pues a Rosas, quien lentam ente se convirtió

en

el árbitro de todo el país. Desde 1835, la figura de López co­

mienza a decrecer y el país entra, sin discusión, en la época de

Rosas.

Aires. La

sombra del caos, que Rosas siempre había agitado ante amigos y enemigos, parece convertirse en una certeza. Maza renuncia a su cargo. Entonces, lo que no habían podido los argum entos lo pudo el miedo. El tem or a una nueva anarquía definió el voto de los representantes: por 36 votos contra 4 se nom bró gobernador por 5 años a Juan /Manuel de Rosas, en quien se depositó la suma del

causa nacional de la federación”.

En cuanto a la reacción personal de Rosas, está consignada en una carta de esos días, donde tras relatar el asesinato de Q uiroga exclama:

¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? ¡Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces v los principios! ¡Miserables! Y vo insensato que me metí con semejantes botarates. Ya lo verán ahora. El sacudim iento será espantoso v la sangre argentina co­ rrerá en porciones."1

poder público , para sostener “la

El crim en produce un notable im pacto en Buenos

Rosas

nuevamente

gobernador

IK Carra a Juan José Díaz, del 3 de marzo de 1835. Publicada en Papeles

I

22

EL APOGEO

Política

económica

Rosas

de

de las

finanzas fiscales de Buenos Aires era pésima y

culares habían sufrido grandem ente por la disminución del com er­ cio exterior com o consecuencia de la guerra con el Brasil v la siguiente contienda civil. Las provincias interiores, que habían vis­ to un leve florecim iento de sus industrias a causa del bloqueo naval, vieron cortarse ese proceso en cuanto la guerra se extendió a sus territorios.

Cuando Rosas asumió el gobierno

en

1829 la situación

los negocios parti­

en Si 829CiÓn

A unque

Buenos Aires

p rog resa-lentam ente, ya

se perciben

cam bios

respecto

del

Buenos

Aires

de

la

In dependencia.

[C abildo

y

Policía,

según

P ellegrini.]

La econom ía porteña se apoyaba en la producción ganadera y

el com ercio exterior, razón por la cual su interés prim ordial eran

los campos baratos v los bajos impuestos a la exportación, para

m antener v

Consecuente con este sistema, que aprobaba entusiastamente

apipliar el m ercado extranjero.

el grupo social al que pertenecía, Rosas procuró no in n o v a r\n la

materia durante su prim er gobierno. Ante todo, se dedicó a poner

orden en la adm inistración, haciendo econom ía en los gastos e

Acción de Rosas

durante

prim er gobierno

su

im

poniendo un

m ejor control. Fiel

a los intereses de los ganaderos

v

propietarios, evitó aum entar los impuestos que además de per­

judicar los negocios de éstos hubieran provocado un aum ento

en

el

costo de

la vida,

com prom etiendo

por esta

vía el apoyo

de

las

clases populares. Su m argen de maniobra quedó así m uv reducido,

por lo que centró su esfuerzo en dism inuir el déficit presupuestario —va que no podía alcanzar el equilibrio— v estabilizar el valor del papel moneda. D urante el interregno Balcarce-Viam onte-M aza no se produ­ jo innovación alguna de trascendencia, v cuando Rosas retom ó el gobierno la deuda pública seguía siendo crecida v el problema financiero porteño insoluble. Rosas, realista en esto com o en todo, evitó sumirse en planes com plejos v ambiciosos. Su acción se orientó persistentem ente ha­ cia dos objetivos concretos v limitados: econom ía en los gastos v eficacia en la percepción v adm inistración de las rentas.1 En este sentido, perfeccionó el régimen aduanero, desestimó

la contribución directa —a la que juzgó poco productiva y resis­

tida por los terratenientes—, v a partir de 1836 recurrió a la venta de tierras públicas para enjugar el déficit. C uando este recurso fue insuficiente, forzó las economías en los gastos, pero en este punto no siguió un criterio ortodoxo dejándose llevar por cuestiones po­ líticas. Así, mientras cerró la Universidad v suprim ió los fondos para asilos v hospitales, m antuvo un abultado presupuesto policial V no dejó de aplicar fondos a fines políticos. En cuanto al presu­ puesto militar, continuó gravitando seriamente sobre los gastos. Fn 1836 representaba el 2 7 '/ del total, pero en 1840 a causa de la guerra se elevó al 71 '/< v desde entonces apenas bajó del 5 0 '/ .- Su resistencia a aum entar los impuestos hizo que en caso de extrema necesidad recurriese a la emisión, especialmente en el último lustro, de m odo tal que el circulante aum entó en quince

nos

1 Burgin, Mirón, Aspectos económicos del federalismo

Aires,

Hachette,

1960, pág.

241.

argentino,

Bue­

En

gobierno

el

segundo

años en un

1.000 ' / .

En cambio, logró reducir la deuda interna en

1840 a 1850, de 36.000.000 de pesos a algo menos de 14.000.000. Los problemas financieros del gobierno de Rosas no eran los únicos ni los principales. N i siquiera la deuda con Baring Brothers le trajo mayores preocupaciones. Rosas nunca se decidió a hacer sacrificios especiales para pagar a los acreedores extranjeros, y debe decirse que G ran Bretaña nunca presionó para ello. Pero el concepto de aquél sobre el orden y la probidad adm inistrativa lo llevó a pagar a partir de 1844 la modesta suma de $ 60.000 al año, reanudando así el pago suspendido en 1827. El problem a fundam ental fue la oposición entre librecambistas

y proteccionistas, polémica que excedía el ám bito provincial v que tuvo —o debió tener por sus proyecciones— proporciones nacio­

nales. La polémica no afectaba a los porteños, pues unitarios y federales eran, por igual, partidarios del librecambio, aunque dife­

rían en la form a de

v de no mucha gravitación

merciantes— sentían atracción por el proteccionism o.

aplicarlo. Sólo grupos num éricam ente pequeños

—artesanos, agricultores, pequeños co­

Las otras provincias, en cambio, querían

proteger su

produc­

ción frente a la com petencia

los impuestos aduaneros. C uando en su prim er gobierno Rosas

desgravó

extranjera y deseaban un aum ento de

la im portación; algunas provincias se consideraron trai­

cionadas. Pero Rosas defendía los intereses ganaderos v su argu­

m ento frente a los proteccionistas fue que el consum idor merecía tanta protección com o el productor y que un aum ento de los impuestos provocaría un alza del costo de la vida.

En las conferencias de Santa Fe prim ero y luego en la Com i­ sión Representativa, en 1832, la polémica alcanzó nivel oficial asu­

m iendo el representante correntino Ferré la defensa del protec­

cionismo. El delegado porteño alegó entre otras razones que el

proteccionism o era contrario al

que perjudicaría el com ercio de exportación v aum entaría el costo

de la vida. Además, sostenía que la industria nacional era incapaz de satisfacer la demanda del país. Sostuvo, por fin, que no debían

sacrificarse las ventajas presentes a los dudosos beneficios del fu­

turo. En su réplica ticó el librecam bio

ficiaba a la ganadería im portaba una postergación indefinida del desarrollo industrial. Era necesario que Buenos Aires revisara su política para adecuarla a los intereses de todo el país. Tam bién exigía que no monopolizara el com ercio exterior y que los ríos

progreso de la industria pecuaria,

—que va hemos m encionado antes— Ferré cri­ com o fatal para el país, ya que si bien bene­

Librecambio

v.

proteccionismo

Paraná v U ruguay se abrieran a dicho com ercio, haciendo partí­ cipes a las provincias de los beneficios fiscales de aquél. Al peso de estos argum entos, que tenían el prestigio de ema­ nar de un federal insospechado, Buenos Aires sólo podía oponer el argum ento de que habiendo recaído en ella la deuda nacional de la época rivadaviana, era lógico que m onopolizara la principal fuente de recursos con que debía pagar esa deuda. De Angelis y otros periodistas se preocuparon por com batir la tesis de Ferré,

pero lo que éstos no pudieron, lo logró un hecho político. Aquella tesis fue usada por Leiva y M arín para propugnar una política contra Buenos Aires, v descubierto el hecho, el anatema cavó sobre sus autores,obligando a Ferré a esperar nuevos tiempos para reanudar su prédica. Cuando Rosas vuelve al poder, su agudeza política le lleva a hacer un prim er intento serio de arm onizar sus intereses econó­ micos con los de las provincias del interior. La lev del 18 de di­

ciem bre

de 1835 aum entó las tasas aduaneras a la im portación en

general, liberó totalm ente de tasas a los productos que Buenos Aires producía con un alto nivel de calidad v prohibió totalm ente

la introducción de ciertos productos —trigo, harina, etc.— produ­

cidos en el país, rom piendo así por prim era vez con la tradición librecambista. La nueva lev favoreció a los agricultores, que pasaron

a apoyar al general Rosas. Los productores de vinos, textiles y

lanas del interior tam bién se beneficiaron, v tuvieron la impresión de que Buenos Aires empezaba una política económ ica de interés nacional.

 

F.n

1837

Rosas

volvió

a aum entar

las

tarifas,

pero

al p rodu­

cirse

el

bloqueo

francés,

las

pérdidas

del

com ercio

le

llevaron

a

reducirlas en un te r c io .I - a

a la ley de 1835. Em pezó a sentirse una progresiva escasez de

productos m anufacturados, v com o no se dictó ninguna medida de fom ento industrial, el incipiente proteccionism o fue abandonado lentamente. Desde 1841 se perm itió la introducción de artículos

prohibidos por la ley de

1835, lo que prácticam ente ponía fin al

experim ento. Desde entonces, las provincias no pudieron esperar

nada de Buenos Aires en el plan económico. En 1848 el fin de la guerra internacional brindó ciertas con-

3 Es probable que la presión de los hacendados haya tenido más fuerza

guerra subsiguiente impidió el retorno

en la decisión que ios efectos del bloqueo

efectos de éste sobre el comercio inglés fue casi nulo y que en

francés.

Ferns

sostiene

que

los

1839 aumen­

Una experiencia

levemente

proteccionista

Regreso

al

librecambio

taron

las

importaciones

inglesas

en

Buenos

Aires.

V er

H.

S.

Ferns,

Gran

Bretaña

y

Argentina

en

el

siglo

XIX,

Solar-Hachette,

Buenos

Aires,

19<V>,

diciones para un nuevo aum ento de las tarifas, pero la ruina general de la econom ía y en particular de la industria, hacían imposible pensar en un sistema de proteccionism o.

Si en

las conferencias de Santa Fe se invocó

el interés inter­

nacional para justificar el librecambio, dicho argum ento no fue real, aunque haya sido sincero el tem or de una reacción inglesa

a una política proteccionista. En 1837, al elevarse las tasas, lord

Palm erston aconsejó al m inistro inglés en Buenos Aires que no se quejara oficialmente, aunque le recom endaba señalar al gobierno las virtudes del librecambio. Y en los dos años anteriores no dio

G ran Bretaña paso alguno en este sentido. En realidad, el gabinete

inglés tem ía más a los disturbios políticos que a las leyes rioplaten- ses com o obstáculo al com ercio. Y Rosas era para él una garantía de paz. En m ateria de tierras, la política de Rosas estuvo enderezada La tierra principalm ente a poder disponer del m ayor núm ero de tierras pú­ blicas enajenables, com o medio de poblar la pam pa y com o recurso fiscal. Con este objeto, se dedicó a liquidar progresivam ente el sistema de enfiteusis. La ley de 1836 aprobó la venta de tierras dadas en enfiteusis; aquellos enfiteutas que no las com prasen pa­ garían un arrendam iento duplicado. En m ayo de 1838 se limitó la enfiteusis a las zonas apartadas con el argum ento de que la demanda de tierras para la ganadería se había acrecentado y que la propie­ dad era el m ejor medio de prom over el bienestar social.

Este proceso no condujo a una redistribución de las tierras

entre nuevos grupos sociales, pues los adquirentes pertenecieron

al m ism o'conjunto de propietarios, a los que se agregaron aquellos

militares que las obtuvieron com o premios a sus servicios. Sin em­ bargo, Rosas intentó p o r este medio aum entar la producción y la población rural, en las que veía el futuro de Buenos Aires.

Cuando el bloqueo de 1838-39, se previeron dificultades para

la exportación y en consecuencia dism inuyó el interés por la com ­

pra de tierras y la provincia quedó con grandes extensiones que

no

La insignificancia de la agricultura hizo que Rosas diera pocos pasos para favorecerla. En realidad, las dificultades para el desarro­ llo agrícola eran muchas: escasez de mano de obra y su alto costo,

m étodos prim itivos que ocasionaban un rendim iento bajo, falta de

capital para com prar maquinarias y herramientas, dificultad y costo del transporte que obligaba a recu rrir a tierras cercanas a los cen­ tros de consum o y por ende de m ayor precio. Por fin, la com pe-

pudo

vender.

tenpia extranjera era ruinosa. C ortar ésta o asegurar a los chacareros una ganancia segura hubiera provocado un alza del costo de la vida que el gobierno no quería afrontar. Sólo cuando en 1835 el precio del trigo había bajado en un 66 % se prohibió la im por­ tación. La reacción fue inmediata, el precio se estabilizó, pero al

sobrevenir

xim adam ente— lo que obligó a dar m archa atrás. H acia 1851 los

precios habían bajado a la mitad.

la guerra aum entó vertiginosam ente —un 2.000 % apro­

parte de los argum entos referidos a la agricultura

valen para la industria porteña: falta de capital, de crédito, de

mano

respecto para el período 1810-30 no se había m odificado en lo substancial y Rosas no dio ningún empuje para favorecer un cam­

bio. En resumen, podem os decir que la política económ ica de Rosas en el ám bito restringido de la provincia se caracterizó p o r el orden fiscal, una excesiva dependencia de los intereses ganaderos, y en

lo

Pero donde la cuestión adquiere más im portancia es viendo el sistema rosista en función nacional. Buenos Aires quiso cargar

con la responsabilidad política del país en el plano interno e inter­ nacional, pero se negó a responsabilizarse de su bienestar econó­ mico y social, lo que com o dice Burgin, constituyó la trágica in­ consecuencia del sistema.4 Esta actitud no puede, sin em bargo, atribuirse exclusivamente

al

El

La

m ayor

de

obra,

de

maquinaria.

panoram a

que

bosquejamos

demás, pragm atism o y falta de imaginación.

c r itic a

ai

s is te m a

a su afán de riqueza o a su egoísmo. Desde m ayo de 1810, Buenos Aires había tom ado la iniciativa del cambio nacional y había em­ pezado trabajando para todo el país y para Am érica. La resistencia

y el odio de las provincias la hizo desviarse de aquellas metas y se

replegó sobre sí misma. En definitiva, el localismo porteño tenía dos vertientes: una de ellas propendía a librar a Buenos Aires del peso m uerto de una federación de provincias empobrecidas. La

otra era la que afirm aba el vitalismo porteño para im ponerlo al resto del país. En estas dos líneas está en germ en la diferencia entre los segregacionistas del 60 y los nacionalistas com o M itre.

En

síntesis,

el

aislacionismo

con Llegó un m om ento en que las perturba­

in­

económ ico

chocaba

el

tervencionism o político.

ciones que ocasionaba el m antenim iento del sistema —guerras inte­

riores, etc.— term inaron siendo mayores que sus ventajas. T anto

en el

había acabado v sólo faltaba el m ovim iento que lo derribara.

plano económ ico com o en el político, el tiem po de Rosas

4

B u r g in ,

Mirón,

ob. cit.,

pág.

355.

El

contexto

internacional

época

de

la

Europa com enzó en 1830 a vivir una década de agitación po­ lítica y nacionalismo. Residuo de las invasiones napoleónicas, el

espíritu nacional tomaba vuelo en todas partes v se rebelaba contra los límites políticos del A ntiguo Régimen que todavía subsistían. Aquellos límites respondían sobre todo al principio de legitimidad

v los revolucionarios del 30 querían establecerlos según v en nom ­

bre de la nacionalidad. Así lo pretendieron los polacos, sin éxito,

y los belgas con la m ejor suerte, emancipándose del dom inio de

los Países Bajos. Más incipiente, el movim iento se

Italia v Alemania. Al mismo tiem po otro elem ento actuaba com o m otor de las agitaciones políticas: el radicalismo ideológico, que venía pene­ trando desde fines del siglo anterior, encontraba cada vez menos soportable el absolutismo im perante en el continente, v adquirió

extendió por

Nacionalismo

y radicalismo

El romanticismo

progreso

del

formas revolucionarias entre 1830 v 1834. Su m avor éxito fue la revolución francesa de 1830 que arrojó del poder al pretérito C ar­ los X y elevó al trono —por la mediación de la burguesía liberal—

a

Luis Felipe de Orleáns, antiguo candidato al cetro del Río de

la

Plata. Una corriente dem ocratizante que propugnaba el sufragio

universal se expandía por Europa y desde 1832 obtenía pacíficas

v progresivas ventajas en G ran Bretaña.

predom inantem ente político. Sólo

entrados ya los años 40, la ola de prosperidad que reina en Europa va a despertar los anhelos de las clases más pobres que han vivido

hasta entonces en un estado de trem enda miseria com o consecuencia

de la

El signo de esta década fue

revolución industrial: hacinam iento urbano, pauperism o, tra­

bajo infantil, etc. Los disturbios, en adelante, especialmente en torno al año 1848, tendrán una tónica m arcadam ente social. Al mismo tiem po se había producido una m utación del m ovi­ miento intelectual. El romanticismo, que había venido abriéndose camino desde fines del siglo xvm, adquirió formas renovadas. Des­ de 1830 su program a de ruptura con la tradición clásica v de nuevo sentido de la literatura, se com plica en algunos de sus seguidores con una creciente relación entre el rom anticism o literario v el “espíritu radical”. N ace así el rom anticism o del progreso, con fina­

lidades políticas v nacionalistas.'1 Este proceso no era absurdo. Lo

5

R

Aguilar,

e n o u

v i n

,

Pierre,

Historia

de

i, pág.

las relaciones

18.

1964, tomo

n. volumen

internacionales,

Madrid.

“clásico” representa una necesidad de orden, de síntesis, una regu­ lación del pensam iento, el sentim iento v la acción; esto significaba a su vez exclusiones v sacrificios para el creador, que tarde o tem ­ prano eran resentidas. Entonces, nuevas formas buscaban expresión rom piendo aquellos moldes, v estas formas en su manifestación de

fines del siglo xvm

tura, rebelión contra las form as fijas v las reglas; en suma, la susti­ tución del “ethos” clásico por el “pathos” rom ántico. N o debe extrañar, pues, que este espíritu de rebeldía fuera proclive a anidar otras rebeldías en otros planos del intelecto y la vida social. Por algo, cronológicam ente, el tiem po del clasicismo coincidía con el tiem po del absolutismo prerrevolucionario. Su supervivencia en el período rom ántico no era sino un signo de su antigüedad. Tal vez lord Byron fue inconscientem ente el prim ero que, al convertirse en m ártir de la libertad política, aproxim ó el rom anticism o literario al radicalismo político. Por fin el m ovim iento va a derivar, a través del aristocrático Saint-Simon, hacia una form a supranacional v so­ cial, que ya abandona casi su m atriz original. Saint-Simon predicaba que sobre los intereses nacionales debía tenderse a la unión por el interés com ún superior. Este supranacionalismo lo convierte en un precursor de los europeístas de 1950. Pero en oposición a los saint-simonianos, se desarrolla otra corriente de m ayor vigor, venida del idealismo alemán v que tenía en Hegel su m ayor exponente: desarrollaba una nueva teoría del Estado, en la que éste era la expresión de una unidad de cultura, de una unidad nacional. De allí se deriva una política de poder, en la que el Estado es dom inante.

por

Las teorías nacionalistas por un lado, el “élan” rom ántico

otro y el resentim iento contra la dominaciórí extranjera, son las

tres coordenadas que determ inan

miento con la política de contem porización con los Aliados que desde 1815 la m antenían bajo control.

La izquierda dinástica, punto de apoyo de Luis Felipe, conduce al repudio «del legitimismo y al consiguiente reconocim iento de la independencia de todos los países latinoamericanos. Al mismo tiem ­ po, repudia la política de no intervención v el gabinete declara que no aceptará atentados contra los derechos de los pueblos ni contra el honor de Francia. Se inicia una política de “ frente alta” y Luis Felipe, que en el fondo es un pacifista y que com o todos los esta­ distas europeos teme un conflicto general, buscará válvulas de

constituyeron

el rom anticism o:

signo

de

rup­

en

Francia,

en

1830,

el

rom pi­

Saint-Simon

y Hegel

Francia

escape para la presión nacionalista. La principal es la invasión de Argelia que term ina con la ocupación (1830-36). Prim era tendencia

expansionista desde la caída de N apoleón, es sintom ática la lentitud de los procedim ientos franceses, que van tanteando la reacción británica. Pero G ran Bretaña adopta una actitud resignada ante esta penetración en su dominio del M editerráneo. En realidad, los in­ gleses prefieren que los franceses orienten sus deseos expansionistas hacia Á frica en lugar de Europa. Y cuando los franceses tom an par­ tido en el conflicto de la sucesión española, a la m uerte de Fer­ nando V II, apoyando a la regente M aría Cristina contra M etternich que apoya a don Carlos, Inglaterra se pone del lado francés para

neutralizar su

influencia,

y

reem plazarla

al term inar

el conflicto.

Las simpatías de la opinión francesa estaban divididas. Desde M me. de Staél en adelante una ola progerm ánica parecía invadir el país; germanismo de tipo cultural que proponía al pueblo ale- -mán com o modelo de Europa. Sólo en 1832, Q uinet detecta la influencia prusiana sobre los demás pueblos alemanes v su peligro para Francia. O tra corriente, que se desarrolla en las clases altas, es probritánica. T iene tam bién origen cultural: influencia de Shelley y W . Scott y adm iración por el liberalismo. Estas dos co­ rrientes actuaron com o balancines reguladores de la política fran­ cesa, que no logra hacia Inglaterra la deseada estabilidad.

En Londrps existía, com o consecuencia de la época napoleó- nica, una marcada desconfianza hacia Francia, cuyos arrebatos bé­ licos se temían. Tam bién eran tem idos el creciente poderío y el absolutismo de Rusia. D urante dos décadas la política exterior británica estuvo orientada por tres estadistas de categoría: Castle- reagh, Canning y Palmerston. El prim ero se dedicó a realizar una “política com ercial” m uy apreciada por sus connacionales y a con­ tener a Rusia; el segundo pro cu ró cuidadosam ente desligar a su país de com prom isos en el continente y continuó la política de “equilibrio” de Castlereagh; el tercero, si bien conservó el prag­ matismo de sus antecesores y la política de paz y desarrollo com er­ cial, desconfió a la vez de absolutistas y revolucionarios e inauguró una cierta “arrogancia política” que sirvió de contrapartida a la política exterior francesa. En definitiva, las dos potencias se controlaban v respetaban evitando entrar en conflicto. La cuestión del Río de la Plata (1838-

1848)

se inscribe perfectam ente en este esquema.

D urante la década del 30, los Estados U nidos m antuvieron una actitud de prescindencia en los conflictos europeos a cambio de

Gran

Estados

unidos

la exclusión de Europa del escenario am ericano (doctrina M on­

roe). Su expansión se limitaba entonces a los territorios del Mississi­

ppi. Pero al finalizar la década se plantean los conflictos con M éxico

v la cuestión tejana v se desarrolla hasta 1850 la conquista del oeste. Esta política territorial tuvo escasa oposición. G ran Bretaña, que se vio afectada por el asunto de O regon, cuidaba demasiado

el m ercado yanqui, uno de

de mercaderías británicas, para arriesgar un conflicto. Además

existía entre los políticos ingleses, incluido Palm erston, la convic­

ción

era incontenible, convicción

los principales consum idores mundiales

de

que

el

progreso

am ericano

que reflejaba un cierto orgullo como m adre-patria.

En

cuanto

a

Francia,

vio

desde el tiem po de Tocqueville de una

la

cuyo

interés

se

alcanzado

en

cuestión mexicana, padecía

americanofilia notable. Los Estados Unidos seguían siendo la tierra

liberada con la ayuda de Lafayette.

A estas actitudes Estados Unidos respondió con dem ostracio­

nes de gran prudencia, procurando no entrom eterse en los intereses

de aquellas potencias cuando los suvos propios no fueran funda­

mentales. Así, cuando se plantea la cuestión del Río de la Plata —Estados Unidos tiene entre manos los asuntos de Tejas, México

v O regon— se cuida m uv bien de sacar a relucir la doctrina Monroe.

H acia 1846, cuando Rosas entra en el últim o lustro de su dom inación, el panoram a mundial comienza a dar señalas de cam ­ bio. Desde 1840 la expansión económ ica es palpable. Una ola de

prosperidad se expande por Europa. G ran Bretaña v Francia reali­ zan el “lanzam iento” de su industria pesada. En todas las grande^ potencias —excepto Rusia— se impone el ferrocarril com o revolu­ cionario medio de transporte. El m ercado financiero deriva así de

1

^

situación

S .“

'?!?0.?® i l .

europea

las

inversiones inmobiliarias a los valores accionarios v toma forma

el

capitalismo

financiero.

A estas transform aciones económicas corresponde, en el plano

político, la difusión del sufragio universal. El enfrentam iento fran-

cobritánico se transform a en una discreta lucha económ ica: expan­ sión de las exportaciones inglesas contra el proteccionism o v la com petencia francesa. Es la guerra aduanera que term ina, en esta primera etapa, con una transacción.

El

m undo

intelectual

es menos

fácil

de

contentar.

Los escri­

tores tom an conciencia de la miseria reinante en las clases humildes,

la crítica política v social crece, v mientras los herederos de Hegel

siguen proponiendo teorías del Estado que subrayan la política

33

del

posrrom ántica de Saint-Simon, sino en

v

F.l año 1848 fue de agitaciones en casi toda Europa. Luis

Felipe fue derribado por la alianza ocasional de la burguesía, el pueblo v la Ciarde N a t ¡ovale v se proclam ó la República. En Ale­ mania surge la revuelta de los campesinos, en Italia los carbonarios toman alas, Marx publica su “¡Manifiesto Com unista”. La cuestión social pasa a ser dom inante en ciertos círculos y constituye el meollo de los conflictos internos. Pero otros ambientes no perciben este cambio radical v viven todavía en los esplendores entrelazados de la aristocracia v la burguesía, alentados por una expansión eco­ nómica sin precedentes. Para estos núcleos, que detentan el poder

de “ Paz.

poder,

en

el

socialismo

hace

su

aparición

las

va

no

bajo

de

la

forma

utopías

de Carlos

Proudhon

la form ulación

filosófica

materialista

Marx.

en toda Europa, la década del 50 se inicia bajo el anhelo Riqueza \ H onor”.

Acción

y

los

“apostólicos” en una ciudad engalanada de rojo. Su inmediata pro­ clama constituyó un program a de acción. A la expresión paterna­ lista que presidió su prim era ascensión al poder, se sustituyó el anuncio tonante de la represión del enemigo:

el

Rosas subió

al poder entre

desborde

de

entusiasmo

de

reacción

N inguno ignora que una fracción numerosa de hom­ bres corrom pidos, haciendo alarde de su impiedad y po­

niéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad v la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden

v la inmoralidad, ha desvirtuado las leves, generalizado los

crímenes, garantido la alevosía v

estos males no puede sujetar a formas v su aplicación debe ser pronta y expedita. I.a Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud v cons­ tancia. Persigamos de m uerte al impío, al sacrilego, al

la perfidia. El rem edio de

ladrón, al homicida, v sobre todo al pérfido v traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Q ue de esta raza de m onstruos no quede uno entre nosotros v que

su persecución sea tan tenaz v vigorosa que sirva de terro r

y de espanto.

Si la situación local no justificaba tan terribles amenazas —el partido unitario carecía de opinión v la facción disidente del fede­ ralismo había sido destruida— la situación del interior derivada del asesinato de Q uiroga hacía tem er a Rosas un resurgim iento del caos.

La adhesión y el fanatism o polí­ tico se exteriorizaban hasta en la m oda. [G uantes con la efigie de Rosas.]

En el norte las cosas evolucionaban en favor de A lejandro Heredia, gobernador de T ucum án en quien Rosas no depositaba demasiada confianza. Las demás provincias de la órbita de Q uiroga, prom etían cambios. H abía que castigar al gobernador de Córdoba, sospechado de com plicidad en el crim en de Barranca Yaco. Y com o Reinafé era hom bre de López, debía obrarse a la vez con firmeza y tacto. Rosas no esperó com plicaciones para afirm arse en el orden local. En m ayo de 1835 destituyó a centenares de empleados pú­ blicos sospechosos de oposición o frialdad hacia el gobernador, dio de baja a más de un centenar de militares por idéntica causa y mandó fusilar a varios complotados. El periódico oficial decía pin­ torescam ente que había acabado “el tiempo de gam betear”. Y R o­ sas mismo le anunciaba a Ibarra la nueva consigna: “está contra nosotros el que no está del todo con nosotros”. N o bastaba la adhesión. Era necesaria la adhesión total. Esta exigencia dio origen a las más variadas manifestaciones de obsecuencia política. Banderas, colgajos, imágenes del Restau­ rador se lucían en casas, salones, adornos, v la divisa punzó era infaltable. Ya en 1836 se registran entronizaciones en lugares pú­ blicos de retratos del general Rosas, anticipo de las “procesiones cívicas” donde el retrato del G obernador fue paseado con un ritual parecido al del Santo Yriático.

M ientras Rosas montaba su aparato represivo, que desde 1839

adoptaría la form a del “te rro r”, desplegaba su diplomacia con los gobernadores de provincias. El de Mendoza, Pedro Molina, tras

un fugaz intento

ciones y reprim ió el com plot del coronel Barcala; se descubrió a

de independencia, se m ostró

dócil a sus solicita­

Las provincias

la

vez otra conspiración en San Juan que tam bién se frustró v llevó

al

poder a N azario Benavídez, que sería uno de los hom bres fieles

a

Rosas en el interior. El coronel Tom ás Brizuela asumió el go­

bierno de La Rioja. En Salta, tras prolongada agitación, H eredia impuso a su hermano Felipe com o gobernador. Con excepción de Ibarra, Rosas desconfiaba de estos hom bres para quienes las rela­ ciones de familia tenían más vigencia y fuerza que los colores políticos y en su correspondencia les predicaba el destierro de la tolerancia de que hacían gala.

A mediados de 1836, Rosas logró de Estanislao López el visto bueno para operar contra Reinafé. A fin de julio clausuró Ja fron­ tera con Córdoba, en lo que le siguieron otras provincias. Poco después los responsables del crim en de Q uiroga eran detenidos y procesados en Buenos Aires. Al año siguiente fueron ejecutados José V icente Reinafé, sus dos hermanos, Santos Pérez y otros cóm ­ plices. En la silla vacante de la gobernación cordobesa, logró im­ poner a fines de 1836 a M anuel López, con lo que la provincia se aproxim ó a la órbita bonaerense, apartándose discretam ente de Santa Fe.

Aparentem ente, Rosas había logrado un bloque político hom o­

géneo con todas las otras provincias, con excepción de Corrientes,

que continuaba

ban conflictos que dem ostrarían que la alianza de los gobernadores

argentinos, que habían

ciones exteriores de

Hasta entrado el año 1 8 3 6 las cuestiones internacionales no

preocuparon m ayorm ente a Rosas. En 1 8 2 3 el gobierno de Buenos Vl Aires había com enzado la colonización de las islas Malvinas, cuyo dominio había heredado de España. En 1 8 2 9 nom bró gobernador de las islas a Luis V ernet, quien poco después detuvo tres barcos norteam ericanos por pescar sin permiso en aguas argentinas. Se originó una cuestión diplom ática que fue interrum pida p o r el asalto que hizo la fragata “L exington”, de bandera norteam ericana, contra Puerto Luis, principal establecim iento malvinero. U na ola de indignación se alzó en Buenos Aires v se term inó expulsando

haciendo gala

de

delegado

independencia.

Pero

se avecina­

de

las rela­

en Rosas el ejercicio

la N ación, no tenía

la cohesión esperada.

La

c u e s tió n

al

representante

norteam ericano,

lo que

originó

una

interrupción

de

relaciones de

más de

diez

años.

 

La naciente colonia quedó prácticam ente destruida, pero en

el

mismo m om ento en que Buenos Aires hacía valer sus derechos

ante los Estados Unidos, los ingleses redescubrían su interés por

las islas, que les perm itirían un m ejor control del A tlántico Sur

y del estrecho de Magallanes. En agosto de 1832 lord Palmerston

decidió hacer valer su soberanía sobre el archipiélago, al mismo

tiem po que la goleta argentina “Sarandí” se establecía en Puerto Luis. Allí la encontró la “Clio” de la Roval N avy, cuyo capitán

intim ó al del barco argentino, el 2 de enero

el pabellón nacional en la isla. Ante la negativa, al día siguiente

ocupó el puerto, rindiendo a la escasa guarnición v obligando a la

“Sarandí” a hacérsela la vela.

M anuel V. Maza, gobernador a la sazón, calificó el hecho de “ejercicio gratuito del derecho del más fuerte”, la capital se con­ movió de indignación, el m inistro argentino en Londres presentó una protesta v a mediados de año corrió el rum o/ de que sería

retirada la representación argentina en Londres. Inglaterra rechazó

la protesta y continuó la ocupación de las islas. Buenos Aires

reiteró periódicam ente su reclamación v la cosa no pasó de allí.

Carecía de los medios materiales para hacer valer su derecho v las relaciones con G ran Bretaña presentaban otros puntos de im por­ tancia que había que cuidar, sobre todo cuando años después se produce la intervención francesa. Cuando Rosas se hizo cargo del gobierno, tom ó la cuestión malvinera con circunspección, procu­

rando

a salvo

dejar

1841 trató de negociar la

posesión de las islas, pero el silencio v la posesión de facto de los ingleses constituyeron una barrera infranqueable. Desde entonces

un punto de honor en las

relaciones argentino-británicas, que siempre fue dejado a salvo por

de 1833, que arriase

que

no

fuera

causa

de

un

conflicto

Hacia

internacional

v

los derechos

argentinos.

Malvinas

v hasta

hoy

las islas

fueron

nuestros

gobiernos,

procurando

a

la

vez

que

no

entorpeciera

las

buenas

relaciones

entre

los dos países.

 

En el extrem o norte de la A rgentina se cernía o tro conflicto. Bolivia, bajo la conducción dictatorial del mariscal Santa Cruz, procuraba acrecentar su influencia sobre el Perú. Los emigrados argentinos, con Lam adrid a la cabeza, intrigaban desde su territorio contra los gobiernos de Salta v T ucum án. A fin de 1836 Chile declaró la guerra a la recién constituida Confederación Peruano- Boliviana. Rosas consideró que era el m om ento para eliminar la

Guerra con solivia

amenaza en el norte y el 19 de mayo de 1837 declaró la guerra

a Santa

H eredia com andante de las fuerzas argentinas. Éste se desesperó por ponerlas en pie de guerra y clamó a Rosas por auxilios, pero lo que Rosas le enviaba era totalm ente insuficiente. En abril de 1838 Santa Cruz, en una proclam a, dio por term inada la guerra por no tener enemigos a quienes com batir. H eredia le buscó y fue vencido en el com bate de C uyam buyo el 24 de junio. M ientras,

a

Cruz.

O cupado

en

el

conflicto

con

Francia,

designó

los chilenos llevaron el peso real de la guerra v la coronaron éxi- tosam ente con la victoria de Yungay (20 de enero de 1838) tras

Confederación Peruano-Boliviana v el

la cual se desm oronó la poder de su creador.

Buenos

Aires las inquietudes

la

1812, es la juventud

Echeverría

tras cinco años de perm anencia en París v desde entonces se con­ virtió en el oráculo de los jóvenes con inquietudes intelectuales.

Prim ero

de

M arcos Sastre, se reunían a desarrollar temas de letras, artes v

política. Además de Echeverría, Sastre y Cañé, figuraban G utiérrez,

Alberdi, T ejedor, V icente

Rosas, que siempre había recelado de los “botarates” de pluma,

Las

preocupaciones

políticas

no

habían

en

sofocado

en

intelectuales. Com o

portadora

de ellas. En

1830 regresó al país Esteban

luego

en

el Salón