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Sylvia Sylvia Plath, Plath,

una poeta de la intimidad

MARÍA JOSEFINA PALACIOS GUERRERO*

Y aquí vienes tú, con una taza de té En guirnaldas de vapor. Pero la poesía es un jet de sangre, No hay manera de pararla. Me acercas dos niños, dos rosas.

BONDAD (fragmento)

Me acercas dos niños, dos rosas. BONDAD (fragmento) La poeta en una foto de juventud. S

La poeta en una foto de juventud.

S ylvia Plath es conocida como una de las figuras

femeninas más importantes de la literatura

universal del siglo XX. Su poesía comunica sus

propios estados de ánimo, la intensidad de sus senti-

mientos: muerte, violencia, femineidad, obsesiones y pesadillas. Pensaba poéticamente en imágenes y so- nidos. En el fondo era poesía gótica, matizada por el tamiz del siglo XX.

* Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Dejó 170 poemas, recopilados en dos libros: El co- loso (1960), donde identificaba la figura de su pa- dre con los horrores del nazismo, y Ariel (1965), que se publicó dos años después de su muerte y en el que se mostraban sus intenciones suicidas (por cier- to, Ariel es el nombre del caballo que tuvo en su casa de campo en Devon, Inglaterra, donde vivió con su esposo). Apenas empezaba a ver la luz de su escritura cuando la oscuridad de la muerte la cubrió, dando como resultado el reconocimiento dramático de su trabajo literario.

Morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien. Tan bien, que parece un infierno. Tan bien, que parece de veras. Supongo que cabría hablar de vocación.

Dentro de su obra literaria, se encuentra su única novela: La campana de cristal (1963), publicada bajo el seudónimo de Victoria Lucas; en parte, según ella misma, porque si firmaba con su propio nombre mo- lestaría a mucha gente. En ella narra sus aventuras de juventud: su iniciación sexual, su estancia en una clínica psiquiátrica, la relación de amor y odio con su familia, así como la afinidad que tenía por los muer- tos y por lo esotérico: en cierto modo era una especie de piedad, una convicción de afinidad con todo lo vivido.

tos y por lo esotérico: en cierto modo era una especie de piedad, una convicción de

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De los libros antes mencionados, el único que se publicó en vida de la autora fue El coloso, donde Sylvia demostró que no era una sombra de su espo- so Ted Hughes, como algunos lo pensaron –y ella misma lo llegó a creer–. Si bien tenía una mínima influencia de Ted, ella poseía su propio estilo y lo de- mostró precisamente con El coloso. Este libro cobró gran importancia con su reimpresión póstuma de 1967; la mayor parte de los poemas que lo conforma- ron fueron terminados en 1959, después de un viaje por Estados Unidos en compañía de su marido. Sus dos obras póstumas, al igual que otros traba- jos y la correspondencia con su madre, fueron edita- das por su esposo y su cuñada, Olwyin Hughes; esta última dirigía una pequeña empresa editorial (Rain- bow Press) especializada en libros de lujo y en edicio- nes limitadas. Existen críticas a su manera de publi- car la obra que dejó Sylvia Plath, a intervalos cuidadosamente calculados para promover a la muerta y beneficiarse de ello, pero no existe prueba de que esto haya sido deliberado. Al parecer quedan todavía inéditos unos pocos poemas, entre los que se encuentran unos muy agrios sobre Assia Guttman, la amante de Hughes.

Durante algún tiempo creí,

motivada inicialmente al fallecer su padre. Otto Plath expiró el 2 de noviembre de 1940; por compli- caciones diabéticas se le desarrolló gangrena en un pie, el cual le fue amputado. El señor Plath fue un inminente entomólogo, con títulos de diferentes universidades norteamericanas, autor de un conoci- do libro sobre abejas. Había llegado a Estados Uni- dos a los 15 años, procedente de la ciudad de Gra- bow, en el corredor polaco. Se casó en segundas nupcias con Aurelia Schobert, hija de inmigrantes austriacos, en enero de 1932. La había conocido cuando ella estudiaba para el profesorado alemán, siendo su alumna. Ella comentó: “Me pareció un hombre atractivo, con sus ojos azules, extraordina- riamente despierto, y su tez clara y curtida”. Procrea- ron dos hijos, Sylvia y Warren, a los cuales el señor Otto no vería crecer, ni disfrutaría de su vida fami- liar ni de sus logros académicos. Los Plath comenza- rían a cubrirse de luto. La desgracia que embargaba a la familia Plath tuvo tal impacto en Sylvia que transformó su dolor en obsesión. Desde muy pequeña empezó a tener una fijación por la muerte, pensaba que de esa forma podía estar junto a su padre. Ello la llevó a escribir:

Sylvia nació el 27 de octubre de 1932, en un hos- pital de Boston, Massachusetts. Sus padres decidie-

…tenía diez años cuando te enterraron,

ron llamarla así en referencia a la “hierba salvia” y

a

los veinte me quise matar

del adjetivo en inglés sylvan. Su único hermano, Wa-

y

a ti, a ti regresar

rren Joseph, nació el 27 de abril de 1935, convirtién- dose en su primer rival en la atención de su padre, lo que le causó una sensación de pérdida y aislamiento. Ello la indujo a refugiarse en imágenes del mar pre- sentes en su obra. Al respecto Sylvia escribió: “Odia- ba a los bebés. Yo, durante dos años y medio, el centro de un tierno universo, sentía ahora el eje romperse”. En un inicio empezó a coleccionar todos los obje- tos que la marea dejaba en la arena, después de la imagen del mar es plasmada en poemas, dándole dis- tintos significados: con él representaba a su padre enérgico, que le causaba miedo; con otro simbolis- mo, depositaba en el mar esas ganas que tiene el ser humano de creer en alguien o en algo.

no en Dios, no en Santa Claus sino en las sirenas.

En su obstinación por matar a su padre y al mismo tiempo reunirse con él, pretendió hacer al mar cóm- plice de un intento de suicidio. “Me había quitado los zapatos de charol, al cabo de un rato, porque andaba mal con ellos por la arena. Me ilusionaba pensar que seguirían allí, colgando del leño plateado, señalando al mar, como una especie de brújula de al- mas, después de haber muerto yo.” Quizá esta fijación de la muerte en parte fue mo- tivada por su madre, quien prohibió a Sylvia y a su hermano Warren asistir al entierro del padre, prohi- bición que ella interpretaría como ausencia de amor. La obsesión central en la vida y en la obra de Sylvia fue Otto Plath, al que con afán inconsciente trató de sustituir intelectualmente. Era un padre se- vero, enérgico, que se refugiaba en el trabajo, disci- plinado e incapaz de relacionarse con nada que no fuera la entomología; gustaba de escuchar las noti- cias de la patria y a un hombre de recortado bigote

Pero el mar no fue su único refugio, también la muerte formó parte importante en su obra literaria,

negro, llamado Adolfo Hitler. Al fallecer el señor Plath, la familia quedó en la miseria, por tal motivo tuvieron que cambiar de

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Adolfo Hitler. Al fallecer el señor Plath, la familia quedó en la miseria, por tal motivo

casa, agregando a esto que su hijo Warren padecía asma y Sylvia de sinusitis, por lo que requirieron de un clima más seco. En Wellesley la señora Aurelia Schobert enseñaba en la Universidad de Boston y en la escuela dominical de la sociedad unitaria de We- llesley, donde también estudiaban Sylvia y Warren. Su madre trabajaba duramente para que sus hijos prosperaran, pero odiando en secreto a su esposo por haberlos dejado sin dinero y con un futuro inseguro. En su juventud, a los 20 años, Sylvia fue interna- da en un sanatorio, con los gastos a cargo de su benefactora Olive Higgins Routy, y aunque tardó meses en recuperarse, salió de allí haciendo comen- tarios irónicos: “remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera”. Fue diagnosticada como maniaco depresiva en los archivos del hospital de psiquiatría McLean’s de Massachusetts, padecía esquizofrenia. Al salir del hospital, en 1953, trata de cambiar su imagen y su comportamiento, se tiñe el cabello de rubio y deja a la chica virgen para convertirse en la mujer fácil de la noche a la mañana; eran los años cincuenta y la promiscuidad sexual era el camino abierto al éxito entre compañeros. La madre de Sylvia fue una pieza importante para su éxito, pero al mismo tiempo una carga que le im- pedía manejarse con libertad. Era una mujer con- vencional, sosegada y aburguesada, que Sylvia nece-

Otto Plath, figura predominante en los primeros poemas de Sylvia.
Otto Plath, figura predominante
en los primeros poemas de Sylvia.

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sita y detesta, a la que abominó con íntima y profun- da pasión toda su vida. Era una madre controladora, drástica, que solía chantajear a sus hijos con algunas frases duras. “Y siempre –describió Sylvia– compraba carne barata, y en cuanto nos poníamos a comer so- lía decirnos: espero que les guste, me costó a cuaren- ta y cinco centavos la libra”. Ese ambiente precario en que vivían los Plath fue el inspirador, años más tarde, para que Sylvia escri- biera uno de sus poemas más importantes y revela- dores: Daddy (Papito), que resume la figura del pa- dre: “autócrata que yo adoraba y despreciaba a la vez. Ese padre que casi seguro deseé muerto una y mil veces y que cuando por fin accedió a mi deseo y se murió, yo imaginé haberlo matado”. Otto, el pa- dre ajeno y enajenante, el bruto dominador, el ma- cho tirano que hay que extirpar a toda costa. Y para Sylvia esto sucedería con su propia muerte.

[…] Toda mujer adora un fascista,

la bota en el rostro, el bruto.

Brutal corazón de un bruto como tú.

[…] Hay una estaca en tu rechoncho corazón negro.

Y a los aldeanos jamás les gustaste.

Ahora bailan y patean encima de ti. Ya sabían que eras tú. Papá, papacito, bastardo, ya está. Daddy (fragmento)

La presión que Sylvia sintió de parte de su madre trascendió hasta en sus estudios; lo que la llevó a te- ner varias becas, siendo la de mayor importancia la beca Fulbright, que obtuvo en 1955 en el Smith Co- llage (que permite estudiar o colaborar con universi- dades extranjeras) y que ejerció en Cambridge. Al llegar a la universidad inglesa manifestaba estar bus- cando “un gran amor peligroso y explosivo”. Este pensamiento se concretó en febrero de 1955, cuando asistió a una fiesta para la presentación de una revis- ta estudiantil, en la que conoció a Ted Hughes, cuya obra había leído. La atracción fue mutua entre Sylvia y el poeta. Ella relatará que en su primer en- cuentro él estrelló su boca contra la suya. Y la “vam- piresa” anota: “…cuando él besó mi cuello, yo le mordí la mejilla con fuerza”. Una pasión y un amor completos que la transformaron y con los que parece encontrar finalmente la felicidad. Se sintió impresio- nada por él y no tardó en decir a sus amigos que aquél era el único hombre a quien sabía que no podía dominar; era la imagen y la fuerza de Otto, su padre.

que aquél era el único hombre a quien sabía que no podía dominar; era la imagen

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La joven Plath escribió a su madre: “Me he enamorado irremediablemente, lo cuál sólo puede acarrearme un gran dolor… cantante, narrador de historias, león y tro- tamundos, un vagabundo que jamás se detendrá”. La mutua seducción era tan grande que los llevó al matrimonio, el 16 de junio de 1956, en Londres; no hubo invitados pero contaron con la asistencia de la madre de Sylvia, quien fue testigo de la boda. Su luna de miel la pasaron en España. Atrás que- dan esos días en busca de la satisfacción egocéntrica de conquistar hombres que se iban derrumbando uno a uno. Pero no todo era felicidad, ya que dicho casamiento le causó la expulsión de Cambridge por haberlo realizado a hurtadillas. El matrimonio inició prácticamente sin dinero, en un departamento londinense. Por el contrario, su labor literaria iba bien, con el estímulo y la ayuda de Ted, que también la animó a reanudar los bocetos a pluma que desde la niñez practicaba. Sylvia continuó estudiando literatura inglesa y Ted Hughes enseñaba dicha ma- teria en una escuela secundaria local. Poco dinero, muchas cuentas y con un futuro in- cierto ante ellos, pero con la ilusión de Sylvia por convivir con el hombre que amaba y con el cual compartía su pasión por la literatura. Los años transcurrían y fue entre 1958 y 1959 cuando se trasladan a vivir a Boston, en un pequeño departamento, pagado en parte de sus ahorros y de lo poco que gana- ban de diversas maneras. Por esa época Sylvia se relacionó con la poetisa Anne Sexton y con el amigo de am- bas, George Strarbuck, con los que acostumbraba reunirse después de clases, para ir a tomar copas en el bar Ritz y tener largas charlas en las que el tema era el suicidio. Aunque Ted siempre fue invitado a estas reuniones, por la razón que fuera, nunca iba con ellos; se dedicaba a su propio trabajo dando poca importancia a este tipo de socialización. Anne, Sylvia y George formaban un trío peculiar en el cual hablar de la muerte no sólo era un tema intenso sino un desenlace íntimamente deseable, que fue alcan- zado por Sylvia en 1963 y, once años después, por Anne al también suicidarse el 4 de octubre de 1974.

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por Anne al también suicidarse el 4 de octubre de 1974. 50 Sus amigos de entonces

Sus amigos de entonces dicen que Sylvia era social- mente tímida, o como ella misma reconocía: “nunca supe arreglármelas para hablar a un grupo de gente”. El primero de abril de 1960 nace su hija, Freida, con lo que siente más sólido el matrimonio, ya que meses antes habían tenido una fuerte discusión a causa de una de las tantas infidelidades de su esposo. La llegada de su primera hija parecía dar tranquili- dad a la pareja para intentar buscar un nuevo cauce a la relación, por lo cual Ted, cansado de Londres, quería ir a vivir al campo. Aquel verano compraron una casa en Devon. Era algo vieja, grande, con teja-

do, un gran jardín, árboles de manzana, ciruelos y una huerta; el patio era de loza, la puerta de roble ta- llado y las paredes de piedra. Sylvia se mostraba en- tusiasmada de esta nueva vida en el campo y tam- bién interesada por lo oculto, que no obedecía a las oscuras y personales razones de su marido, sino más bien a la necesidad absoluta que sentía de compren- der las cosas que la rodeaban o afectaban. “Ted es experto astrólogo y sabe leer horóscopos, yo sé echar las cartas del Tarot, y cuando tengamos bastante dinero también les leeré la suerte en una bola de cristal”, escribió en una carta a su madre. El hecho es que había decidido afianzarse en Inglaterra, pues antes que poetisa, se sentía madre y ama de casa. Su maternidad se vio reafirmada el 17 de enero de 1962, cuando nació su segundo hijo, Nicolas Fa- rrar. Este año resulta difícil para Sylvia en cuanto a su estado de salud, que se ve afectado por varias re- caídas de gripe y de fiebre, agotamiento físico y emo- cional; todo como preludio a lo que ya se veía venir:

la separación de Ted. Tanto la infidelidad de él como los celos enfermizos llevaron a Sylvia a un es- tado cada vez más doloroso en su interior y exterior, siendo éste uno más de los motivos para la ruptura

Durante su matrimonio con Ted Hughes, Sylvia Plath deja de lado su labor como poeta, asumiendo el papel de esposa y ama de casa:

“…en esta casa con que Ted escriba es suficiente”.

del matrimonio. Los estados de depresión le inducen la necesidad de escribir, ya que al vivir con su esposo su producción literaria disminuyó al grado que llegó a mencionar: “… en esta casa con que Ted escriba es suficiente”. Con ello mostraba la poca oportunidad que existía para ella de realizar su objetivo de verse a sí misma como poetisa, al ocuparse tanto de la casa como de los hijos y colocándose a la sombra del poeta. El matrimonio empezó a mostrar pocas expectati- vas de sobrevivir, aun cuando ya existían sus dos hi- jos, esto no logró afianzar más a la pareja.

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Edward Hughes ya era un autor célebre, mien- tras que ella, bloqueada temporalmente en su pro- pia escritura, se dedica a ser ama de casa y mecano- grafía los borradores de Hughes; se repetían los mismos patrones que ella detestaba de su madre, esos mismos detalles que su madre asumía al meca- nografiar los trabajos de su hija Sylvia y de su esposo Otto. Ted se sentía hostigado con tantas muestras de atención que lo acorralaban, entre ser observado por su lente empañado y sus celos enfermizos. En reali- dad, los celos de Sylvia tenían fundamento, ya que Ted mantenía una relación con la poetisa Assia Guttman, por la cual abandonó a Sylvia y a sus dos hijos, y la dejó al borde de un barranco emocional que ella conocía bien. Por cierto, Assia, la amante de Ted, muere en 1969, también se suicida después de inmolar a su pe- queña hija, Alexandra Tatiana. De manera similar a Sylvia, el método elegido para el sacrificio fue inha- lar gas, pero acompañado con la ingesta previa de un veneno. A ambas, Ted dedicó su libro Cuervo, donde declara que su única y verdadera esposa fue Assia, y argumenta que era una muerte que se pudo evitar, a diferencia de la de Sylvia, que ya estaba pre- destinada desde la niñez. La separación de Ted llevó a Sylvia a padecer fuertes dolores de cabeza, fiebres, gripes y baja de peso. Su estado mental se deterioró, hasta que se dio cuenta de que ya no era capaz de cuidar a sus hijos y, además, la invadió el miedo de volver a ser internada en un psiquiátrico, donde volvería a padecer los electrochoques que la aterrorizaban. Aun así, Sylvia intentaba dar una imagen de fortaleza, como cuando comentaba: “vivir separada de Ted es maravilloso, ya no estoy bajo su sombra y es el cielo el que la aprecien a una por sí misma, sabiendo lo que quiero. Soy pobre en dinero, pero rica en tantos otros aspec- tos… no les envidio a Ted y a su chica nada… mis hijos y mi trabajo son mi vida”, estas fueron las entu- siastas palabras que escribió a su madre, la cual afirma que Sylvia nunca abandonó del todo esa esperanza de recuperar a Ted. La siguiente producción importante de Sylvia, es- crita en los momentos de su separación, fue La cam- pana de cristal (1963), en ella muestra el personaje que en realidad era: su angustia por vivir y su necesi- dad constante de morir. Algunos podrán percibir a Sylvia como una mu- jer endeble, que sucumbió al experimentar el des- amor de su esposo; otros como un ser carente del ca-

como una mu- jer endeble, que sucumbió al experimentar el des- amor de su esposo; otros

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rácter para enfrentar las vicisitudes que se presentan en la vida e incapaz de levantar su amor por ella mis- ma para salir avante. Otras especulaciones, como las que demostraron las feministas al intentar borrar de la lápida de Sylvia el apellido de su ex esposo, consideran a Hughes culpable de su muerte. Aun cuando se ha tomado a la obra de esta auto- ra para su goce literario, también ha sido objeto de estudio para los psicólogos. En realidad nunca se po- drá saber cuál fue el motivo que la llevó a quitarse la vida, precisamente cuando comenzaba a gozar del reconocimiento a su trabajo. Si bien había perdido el amor de su pareja, en contraste, tenía su trabajo y el amor de sus dos hijos, que también le eran impor- tantes como lo demuestra en sus diarios. Pero al final ganó su atracción por lo oculto, por lo oscuro y por el sueño eterno. Existe una película, Sylvia (Gran Bretaña, 2003), donde se muestra de manera muy limitada la compli- cada biografía de la autora, aunque sí logra dar cuen- ta del deterioro del ser humano. Inicia con una joven hermosa e inteligente, que con mucha ilusión se entrega al amor que pondrá freno a la forma que tenía de jugar con los hombres. El personaje, en un principio, es una mujer de modales finos y cuidado- samente arreglada, de mirada alegre y de sonrisa ple- na, pero conforme avanza la película, se va transfor- mando en una mujer triste, poco atenta en su aliño personal, con la mirada al punto del llanto y con sólo una leve sonrisa cuando le dice a un vecino que ya “vio la luz”, que no era otra cosa que el haber planeado el ritual de su autoliquidación. En un intento por reconquistar a Ted para que regresara a casa, Sylvia se entrega en último momen- to de intimidad, que resulta un fracaso al enterarse del embarazo de Assia. La desilusión invade a Sylvia, que opta por qui- tarse la vida, pero con resignación, con tranquilidad –según nos muestra la película–. El 11 de febrero de 1963, en Londres, prepara el último desayuno para sus hijos, los deja encerrados en su recámara, con la ventana abierta para que circule el aire de la madru- gada, y sella la puerta con cinta adhesiva para evitar que entre el aire mezclado con el gas. Envía una car- ta a sus familiares en la que les anuncia su muerte y les pide que recojan a sus hijos. Sylvia se encierra en la cocina, abre las llaves del gas e introduce la cabeza en el horno. El cuerpo queda ahí hasta ser encontra- do aún tibio por la enfermera de su médico, la cual tenía indicaciones de llegar temprano por la mañana y que irresponsablemente llegó pasadas las diez.

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mañana y que irresponsablemente llegó pasadas las diez. 52 La tumba de la poeta se ha
mañana y que irresponsablemente llegó pasadas las diez. 52 La tumba de la poeta se ha

La tumba de la poeta se ha convertido en un recinto visitado tanto por admiradores de su obra como por reivindicadores de las causas de las mujeres.

El final del filme muestra a un Ted contrariado por los hechos, que llora por lo inevitable y observa el último escrito de Sylvia sobre una mesa: Ariel. Una toma en la calle nos muestra desde lo alto el impresionante traslado del cuerpo exánime de Sylvia; como si los espectadores pudiéramos partici- par en el triste desenlace para dictaminar quién de- cidió esta muerte: Ted, la familia, un desequilibrio psicológico o la propia Sylvia. Eso no podrá saberse con exactitud, la verdad quedará oculta bajo esa sá- bana roja que cubre el cuerpo frágil de la amazona y que resalta de entre la nieve, escoltada por los para- médicos. Ya no tendrá que luchar por seguir viva y debatirse entre lo real o irreal de su mente, quizá de esta forma pudo aniquilar todos los monstruos que la atormentaron, logrando así la libertad.

Bibliografía

Agradezco la asesoría y los materiales amablemente facilitados por el lingüista y poeta Luis de la Peña. Kozer, José, “Poesía y suicidio: el fenómeno de Sylvia Plath”, en Quime - ra, revista de literatura, n. 31, Barcelona, s/f, pp. 8-11. Plath, Sylvia, Cartas a mi madre (selección y comentarios de Aurelia Schober Plath, prólogo de Ana María Moix, traducción de Montse- rret Abello y Mireia Bofill), México, Grijalbo, 1989. ——————, Antología , Madrid, Editorial de Jesús Pardo, 2003. Rodríguez, Gracia “Autobiografía de una fiebre. La chica que quería ser Dios”, en Quimera , revista de literatura, n. 31, Barcelona, s/f, pp. 12-18 [poemas de Sylvia Plath intercalados, traducción de Don Byron y Gracia Rodríguez].

www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/8-2006-09-19.html.

www.poeticas.com.ar/directorio/poetas_miembros/sylviaplath.html.

www.lanaranjadelazahar.blogspat.com/2006-03.

Ficha fílmica: Sylvia (Reino Unido, 2003), dirección de Christine Jeffs, actúan Gwyneth Paltrow y Daniel Craig.