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Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Nombre de la Obra:

Vértices de una Locura Anunciada

Autor:

Sergio Humberto Abreu Cruz.

Pseudónimo:

Sergio Abreu.

Registro Público: SEP–INDAUTOR: 03–2006–031713584000–14.

Sergio Abreu:

http://sergioabreu.spaces.live.com

http://sergio-abreu.blogspot.com

arcanus_arte@yahoo.com.mx

sergioabreu.mx@gmail.com

arcanus_arte@hotmail.com

ii

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Agradezco

A los fanáticos, dogmáticos y extremistas, por enseñarme a cómo no seguir al Ser llamado Dios.

Al sufrimiento, la miseria y la discriminación por darme

la oportunidad de amar a mi madre.

A la ignorancia, por que gracias a ella puedo vislumbrar fragmentos de sabiduría.

A los que me consideran su enemigo, porque a través de ellos he encontrado la amistad.

A los hipócritas, por facilitarme los medios de lo que puede ser la honestidad.

A los traidores, porque gracias a ellos encontré uno de mis caminos: la Lealtad.

A los contrarios, porque sin saberlo, me muestran lo contrario.

iii

Sergio Abreu. Enero/2005, México, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Índice

Agradezco

iii

Índice

iv

Vértice del Espacio

1

Máscaras

1

Pasaje

2

Evocación irlandesa

3

Un lugar

4

Fuego boreal (Latitud cero norte)

5

Vértice de la Mente

7

Icónica

7

Es

8

Vértice de la Vida

10

Biógrafo

10

Del Poeta

11

Alumbrar

13

Mujer agua Luna

14

Vértice del Amor y del Desamor

16

De la Tierra al Cielo

16

Estación

17

Amanti

18

Prescripción

18

Despedida

19

Orquídeas Negras

19

Gerbera (Breve Historia con una Flor)

20

Es simple

24

Vértice de las Realidades

26

G

Vacío

26

Del olvido

 

27

María

 

28

Efímeras nocturnas

 

29

Al

Arte

31

Agudezas

,

insuficientes

32

Depuración

33

Vértice del Fastidio

35

La Partida

 

35

El

Hormiguero

36

Nerón moderno

37

Peregrino

38

Vértice de la Muerte

40

Luto

41

Cien años después

42

Estancia breve en el muelle de Caronte

43

Vértice del Tiempo

45

Punto de Referencia

45

Vértice del Silencio

46

Silencio

47

Que la que calla

48

Vértice del Arcano

 

50

Fuga I

50

Fuga II

50

Gárgoles

51

Vértice de lo Divino

53

Navegante

53

El

Sexto Ángel

 

54

Orden-Caos

55

iv

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Causal

56

Pez

57

Contrición

59

Vértice del Elan Vital

60

Despertares

61

A mi pueblo

62

Argentina

63

Saharauí

64

Vértice de la Locura

65

Emile

66

Él

67

C u e n t o s

69

Fonseca

70

Gotas Frías

78

Remitente, Destino. Destinatarios

87

Inspira

98

La Esperanza Perdida

102

La Traición

106

PINTURAS:

- Universo II (Serie: Universo).

- Hombre en contorsión (Pentalogía).

Pág. 6.

- Æther.

Pág. 9.

- Torso (en negativo).

Pág. 15.

- Hombre a gatas (Pentalogía).

Pág. 34.

- Hombre en cuclillas (Pentalogía).

Pág. 40.

- Universo III.

Pág. 46.

- Fecundación del pensamiento (Detalle).

Pág. 49.

- Creación.

Pág. 52.

- Hombre arrodillado (Pentalogía).

Pág. 65.

- Cráneo.

Pág. 70.

- Perfil de Selene.

Pág. 86.

- Efímera.

Pág. 97.

- Hombre erguido (Pentalogía).

Pág. 105.

FOTOGRAFÍAS:

- En el portal I (Serie: “Perra vida”).

Pág. 25.

- Reloj VIII.

Pág. 44.

- Fantasmas de la ciudad I (Serie: “Perra vida”).

Pág. 60.

- La Rosa (Serie: “Detalles de la ciudad”).

Pág. 78.

- Sobre la Línea III (Serie: “Perra vida”).

Pág. 101.

v

▲ Universo II (Serie: Universo). Sergio Abreu. Óleo / Papel cascarón. 48 x 61.7 cm.

Universo II (Serie: Universo). Sergio Abreu. Óleo / Papel cascarón. 48 x 61.7 cm. Cuernavaca Morelos. / 25, 26-08-1994.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Espacio

Máscaras

Máscaras, tiene, sobre sus rostros oscuros, esta noche otoñal fría y profunda. Sobre el gran roble semidesnudo titilan al compás eterno, los ojos del azul infinito.

Hablan las bocas del viento como en suspiro, y una flor mora en belleza se guarda, siendo distinguido arlequín mudo

en el escenario confuso, cuando por Cronos el día es roto.

Máscaras, en un libro, regado tintero; sombras de la razón imaginada,

mi camino por ellas manchado;

fija, a lo lejos, la Luna blanquecina mirando de hito en hito.

Cascadas, en la casa del doctrinal sacro, platinando la techumbre gastada,

en

el pontón algunas danzando,

en

la jácara, semejando duendes con un andar disoluto.

Máscaras, arrastrándose sin dejar rastro, fanfarronas avanzando en carrada, rudos perfiles van estirando, acariciando, la diafanés del río en diamantado indumento.

Masadas, sus ventanas siluetas en coro; chimeneas, del fuego son morada;

en un hogar un quinqué avivado

alegremente manipula sombras, desgarradas a su gusto.

Máscaras, del nocturno espectáculo efímero, sin nombre ni recompensa esperada, y con ellas yo deambulando, bajo un sombrero, alterno, con una bufanda mi cara he cubierto.

1

06 y 07/Abril/1992, Cuernavaca.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Pasaje

Sobre la mesa el vapor del té hace giros en la mañana fría, sumerjo las voces de la tinta en la publicitada servilleta. Garabateces ansiosas por decirme, por hablarme mis dolores, como las arrugas de Juan XXIII mostradas en fotografía por el diario.

Desnudo mi alma a migajas de pan.

Mi mano quiere conocerme escribiendo los océanos de nostalgia, en medio de murmullos del restaurante. El gótico –oscuro y nublado– ambiente repasa las horas de mis temores, la gota serpentea en el vitral avisa entrevistarme en la tormenta.

El bolígrafo ara con su metal servilletas –soledades– invocándome.

2

04 y 05/Junio/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Evocación irlandesa

Mi soledad es irlandesa, suspiro de gaitas en la tarde plomada sobre las campiñas y bosques esmeralda.

La añoranza resuena en los violines vibrantes melodías, coplas que entrelazan la leyenda con la realidad.

Vientos perfumados de San Jorge cantan suaves murmullos prolongados, para las crónicas de Kilkenny.

Las coplas han echado raíz con las cuerdas de la guitarra acurrucadas en los Apalaches.

La mística Irlanda me invitó a soñar,

a fertilizar sus memorias, para engendrar elegías en su honor.

Brisa marina que perla mi piel,

transporta mi insatisfecha mente

a la cuna de James Joyce.

3

26 y 27/Julio/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Un lugar

Halos amarillentos entre la niebla, ríos helados reflejando las nubes,

abetos musgosos fantasmales a lo lejos –telaraña de altas ramas–, nutridos bosques de hojas húmedas

y árboles de macadamia;

una mezquita azul cristiana en el centro; las ruedas lentas sobre la serpiente, barranas de agua marina, ropa tendida en las casas de madera

a orillas de la carretera,

trozos de madera rojiza en el camino (de barro), cascadillas de la nariz de las montañas; sin big ben un Londres en la sierra, al mismo tiempo en la atmósfera azul–gris un gallo y un despertador digital entonan su estrofa; verde, rojo, café, cuarzo; blanco, verde, nueces; azul, gris, blanco, humedad:

“un lugar entre los árboles”.

24/Diciembre/2001, Huauhchinango.

4

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Fuego boreal

(Latitud cero norte)

Hay profundo silencio en el silencio horas extras en la noche polar Geometría en tintes verde claro dunas heladas en la azul alúmina.

Descanso mental en el elemento la reflexión de la vida aguardando anguilosas auroras boreales extiende sus alas la fantasía.

Junto a mí, en la región de noche y día, calmo, Bóreas descansa y me observa.

El desierto amalgama al cielo fósforo un rojizo leve la estrella asoma único contraste del horizonte salpicado diamante de luz ámbar.

Tocarte por siempre gélido fuego cuarzos de aguamar sólida salada absorben fotones en sus entrañas de creativa fortaleza nórdica.

5

21/Febrero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Hombre en contorsión

Hombre en contorsión (Pentalogía). Sergio Abreu. Óleo / papel mantequilla. 24 x 29 cm. Cuernavaca, Morelos. / 03-04-1995.

6

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de la Mente

Icónica

En los muros y columnatas de mi vida hay carteles pegados, pinacoteca de mis imágenes y pensamientos, concentración desde mi concepción en la galería de los sueños.

Carteles piruetean entre inframundos y deseos, exposición con luces cromáticas, acompañada de oscuros abismos, presenta obras de arte junto a manchones deformados.

Impresiones con rostros claros o en ademanes contorsionados, caras de todo tipo sumergidas en bosetos, inconscientemente conscientes perfiles dibujados, ermitaños.

Retorcidos cuerpos brincan desfilando pirarseos, confabulados con entes estéticos zaheridos, existencialismos, los que quieren huir del cuadro los menos olvidados.

7

17/Octubre/1999, Cuernavaca.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Es

No es lo que veo lo que es, es otra cosa diferente a lo que veo, interpreto sólo lo que veo sin que la interpretación lo haga ser del todo.

Rara vez es lo que veo, con el escepticismo de un total ser me acerco sutilmente al ser con el placer de apenas acariciarle.

Un espacio entre dimensiones me dice que hay un algo que veo o no, que es por existir al ser ante sí mismo independiente a lo que es a mi mirada.

A veces veo menos de lo que es a veces más de lo que creo que es, me gusta no engañarme de lo que no es sabiendo que es sin necesidad de mi engaño.

Algunos de los que veo piensan que son lo que de ellos veo sugestionándose en mi visión lo que son interpretándose de formas que no son.

No importa si es por que lo veo tanto como por ser sin importar ser visto, si es porque es qué importa mi mirada si lo que importa es el ser por sí mismo.

Mi vista da referencias al verle mis emociones matices de lo visto pero todo lo que se ve o no, es porque es sin requerir nominar al ser lo que se es.

8

03/Octubre/2002, DF.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Æther. Sergio Abreu.

Æther. Sergio Abreu. Óleo / papel. 24 x 33 cm. México, D.F. / 2003.

9

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de la Vida

Biógrafo

En estas horas lunares, préstame tu vida unas horas para ponerle piel a las letras:

una novela, una poesía, describirán tu luz y sombras. Debo quitar rosas rojas y sembrar amapolas negras –enredaderas las verdes hiedras– rociadas con tintas moras.

10

Septiembre/2002, DF.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Resucítame, lee mi poesía. Palabra por palabra dame vida con tu voz, con tu mente, con tus sentimientos, con tus ansías de locura, con tu voluntad.

No me dejes morir, lee las letras con las que jugó

mi

existencia.

Revíveme, ti dame aliento.

en

Víveme, frase por frase,

ritmo por ritmo, pausa por pausa,

en cada rima

y en cada prosa.

Haz una sinalefa

de mi vida

con tu vida, vérsame en tu ser.

Mis lunas y soles

en tus noches y días,

habitarán,

en íntimos encuentros.

Del Poeta

Permíteme eternizarme en tus entrañas, cumple el deseo del poeta rebelde.

Déjame expresarme en tu aliento, fusionarme en tu lengua, fecundar tu pensamiento.

11

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Que el poeta necesita de la fuente donde fluya su líquido condensado.

Hazte poesía, conmigo, semen en la matriz prolífica del arte.

12

21/Junio/2003, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Flamean los plexos cercanos a la convulsión, fuegos internos andando a la par.

Alumbrar

Una nueva vida en el reloj de arena, un latir en las manos anfitrionas, cincuenta y cincuenta, un destino juntos.

Dos sangres enlazadas circulando en los ríos de los sueños, consumiendo los microsegundos en promesas extrañas, silenciosas.

Cuerpos en espera, tribus ansiosas aguardando el anuncio del nacido. El bufón apacigua las angustias y el callado refugiado en los muros.

Hoy tampoco hay lugar para Eris, la manzana es vista pero no tocada, no fue invitada. Se cree en lo imposible pues lo posible está hecho.

En la sala del parto:

gemidos de alegría, una lágrima en la horfandad, caricias que duelen.

Acidulada esencia, fluido perfumado, que atrae las materias (íntima cercanía):

Un magma lácteo afirma el pacto.

Mañana no sé, ¡qué importa! Es el momento, el único estar.

13

11/Febrero/2005, DF.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Mujer agua Luna, madre prolífica, gota a gota pueblas la Tierra.

Por ti los reinos son elevados

y los imperios

han caído a tus pies.

Mujer agua Luna

Anidando en tu vientre la continuidad, de tus pechos ha mamado la historia.

Vía de vida, criatura de Dios

engendrando

a los creadores.

Granada perfumada, cultivada por ti misma, capaz de dar fruto en las dunas del desierto.

La generosa semilla, que penetra al óvulo, deposita en tu cuerpo el carnal sacrificio.

Volcán bajo el mar, pares la luz en forma; corriente de plata, abundas el Universo.

14

25/Enero/2006, DF.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Torso (en negativo).

Torso (en negativo). Sergio Abreu. 10.7 x 15.7 cm. México, D.F. / 11-06-2001.

15

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Amor y del Desamor

De la Tierra al Cielo

Recorro el territorio con la mirada, olfateo los aires y alientos de tu tierra; me dispongo a andar los caminos, inventar otros nuevos avanzar por los campos, las crecientes montañas; subir tus cumbres, poco a poco, despacio.

Encontrar tus tesoros internos tras una simulada selva de ramas oscuras y montes tersos rosados; sumergirme en el túnel húmedo de gotas de cristal, nadar en los lagos bajo la tibia cascada palpitante que me lleva y me trae cadensiosamente entre la vida y el sueño.

Atizo la hoguera para hacerla incendio incontrolable, sentir el rictus contorsionante en todo tu universo, como mil volcanes que estallan al mismo tiempo, arrojando el magma que desea alcanzar a Vanhem para iluminarlo eternamente junto a las estrellas.

Disfruto los sismos que convulsionan desde tus entrañas al delicioso suelo empapado por la tempestad salada; agua que chapotea cada vez más rápido, más alto, atomizándose en las brisas que circulan las llanuras, vapores límpidos que envuelven espectrales a los ritmos.

Las fuerzas sobrepasan al Asgard de tu creación, todo se hace espiritual, la tierra ha desaparecido; un gemido explota desde lo más sagrado inundando los cielos de tu existencia en expansión, trasciendes los límites de la vida, eres inmortal.

Participo contigo en el big bang pulsante, aportando ríos cálidos para inundar tus grutas; derramo mi ser por millones en la búsqueda de tus secretos, en una vorágine que nos funde en uno solo, uno en dos, encuentro todos los rincones del tuyo infinito.

Has unido el cielo con la Tierra en minutos perpetuos sin tiempo, y yo permanezco en tu profundidad, anclado; te has convertido en ángel, con tus alas mojadas, ojos de ópalo, cabello de sirena y pechos de oro rubí, recorriste las dimensiones del segundo logos, y yo en ti.

16

08 y 09/Mayo/2000, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Antesala de iniciar:

dos saudades

dos soledades;

de mitades

un par.

Conocer, mirarse oler, enamorarse entrar, desnudarse amar, disfrutarse soñar, ilusionarse.

El beso, la flor…

Estación

Discutir, reconciliarse tocar, empaparse dudar, enfrentarse oír, reprocharse herir, lastimarse.

La epístola, el cuerpo…

Sentir, perdonarse recaer, destrozarse intentar, alejarse buscar, perderse desterrar, añorarse.

Al finalizar:

dos nostalgias dos anécdotas cuatro historias nuevas que contar.

17

04/Junio/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Amanti

Gratifícame amor –amanti– que tienes derecho a mi cuerpo

y el sexo no tiene edad.

Bébeme de los pies a la cabeza elíxires –sublimes– salados que empapan mi corteza.

Tócame el alma –vastedad– has pedazos mis sentidos

y j-úntalos en ti.

06/Junio/2001, D.F.

Prescripción

La flora del amor no se marchita es la tolerancia la que se mustia dale de beber a la novación

y no endulces demasiado las ganas. Enferma tanta familiaridad;

a

los deseos deja respirar

y

concede vacaciones al alma,

para que la costumbre y la rutina no apaguen el deseo y los sentidos.

lo que se marchita es la tolerancia

06/Junio/2001, D.F.

18

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Despedida

Escucho al viento en los bambúes. Sonríes con tus ojos tristes.

No, no me digas que te vas sólo suelta mis manos y mírame fijamente a los ojos mientras te alejas, para que siempre estés aquí.

Las suelas retumban en el pasillo, es la respuesta a la hora de partida.

Orquídeas Negras

Esas turbias escenas en tu pubis son las partes muertas de mi recuerdo –fotografías incompletas, grises– en el epitafio ocre de tu apodo, y las cartas en conmemoración.

Esas imágenes de tu cuerpo desnudo son la tumba casi fría con flores secas, que los vientos erosionan día con día.

25/Junio/2001, D.F.

A veces, cuando Vetâla hace memoria de ti, al salitroso sepulcro llevo negras orquídeas –con velo fúnebre corolas vestidas de luto– dedico a tu memoria los pétalos agostados; pero, cada vez me demoro más en regresar.

19

D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Gerbera

(Breve Historia con una Flor)

Dialecto extraño ajeno a mi tiempo llamaste entre flores

y gerberas en tu pelo. Voz sonora, grave, de pétalos coronada en la noche elevada en honor de la mujer. Triunfo esperado de la Flor más pura El encuentro deseado

a punto de desistir, entregado.

Aries en mayo, sábado,

un encuentro vespertino entre la rosa y el negro vestido,

y el muro de espejos. Tres cometas unidos, el Universo conspirando para el momento esperado por el mensajero alado. ¿Alguna vez has escuchado la voz de una flor? —Yo sí, es el sonido de la Tierra y de la vida. Frutas en el té helado, del diálogo frío líquido, las almas atravesadas con las profundas miradas. (Manos sudando, en los dedos tiernos juegos engendrando nuevo fuego en los aromas respirados). Labios vírgenes besados en la trágica Troya abrió el camino de mayo en la oscuridad de la sala. Los pasos marcando

las letras de la historia, un testigo: un venado lamiendo

a las estrellas floreciendo.

20

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Un baile en el sur danzas en ritmo erótico enamorando la noche abierta a los cuerpos. Balsámica selene en Tauro, apacible velada a tres noches de la Nueva Luna. Invitación disimulada en el tiempo perfecto sobre las ruedas de la madrugada. Noche de piel bronceada, las manos dirigen la cadencia de la ópera de canto aterciopelado. Violines y chelos vibrando las cuerdas al compás del suspiro de los ocultos deseos. Con Nahui Olin hermanada eres divina Nereida, ama de la gata parda, maya, me entregas tu piel pintada. Mañana agradecida con olor azul ácido posando los secos labios de amanecer sereno.

Los cuerpos nuevamente encontrándose desnudos en este glorioso instante encantando a la eternidad. Un adiós que es bienvenida, sabor de dulce líquido, pétalos sedosos su polen en reposo.

Miércoles, Géminis de día ilumina tu rostro cuando la casa sabia te ofrece su suelo. Lluvia que refresca conduce el camino al perpetuo alimento de canciones del alma. Una Gerbera, Jalil Hibran y la madre,

21

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

el profeta del mundo en el libro alojado.

Cáncer en sábado, antes de la festividad caricias a la piel tatuada:

morena sabia marina. Eléctrica toquedad (toque que queda) momento consagrado al deseo de humedad. Ambos espíritus elevados

a la habitación morada,

luciendo libres, desnudos, tibios, sin prisa del pasado. De bronce la espalda por el lobo tocada en la guarida perfumada con esencias de Irlanda. Amantes soñados en etéreos mundos por hadas enamoradas

y ángeles dorados.

Bohemias baladas para el vientre cálido:

la cuna amada del próximo nacido. Retorno a Empírea gótica, carruajes de oro jalados sobre rieles platinados de la ciudad azteca.

Venus–R, Domingo de dudas con caricias medidas, hace presencia el pasado en el corazón trastocado. Minutos partidos, se asoma la realidad, despiertan los sentidos al deseo de libertad.

Treinta y un días callados:

plazo del acuerdo tirano con resultado presentido, entre dudas y el “te extraño”. Niña de interior liberado:

la mente despierta sutil

22

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

al cardio adormilado con voluntad total

El mensajero preparando la maleta olvidada,

y el destino abriendo

paso al sendero nevado. Las canciones doliendo, los sentimientos rasgando, todas a Ella cantando al ritmo de las soledades. Un pincel bailando, un bolígrafo escribiendo, un poeta sintiendo el miedo al olvido. Aún no me despido

y ya mi presente te extraña. Sabiéndote a unos pasos te siento tan lejana.

La razón resurgida en paz agradecida, el silencio hablando da

a la Soledad la bienvenida.

Hola, ¿me recuerdas? Soy por ti el renacido, el que en abril, tímido, se acercó a tu vida. Por si me he ido –agradecido mi amiga– te dejo mi favorito recuerdo:

te dejo acompañada contigo.

23

24/Mayo; 09, 12 y 13/Junio/2004; D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Es simple:

te quiero así:

sin adornos que cuelguen en tu cuerpo, humilde, sencilla.

Es simple

24

19/Julio/2004.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► En el portal

En el portal I (Serie: “Perra vida”). Sergio Abreu. Digital VGA (Cyber-shot 4.1) / Vela. Coyoacán, México. / 20060128.

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Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de las Realidades

G Vacío

Laberintos dantescos, recorrer sus escalones subir y bajar, caer y correr. Enredaderas encolerizadas se enmarañan rasgando las curtidas carnes.

Perdidos, regresar a los mismos escondrijos terquedad masoquista, hereje. Ni las campanas sirven ya, los ecos mesiánicos susurran olvidados.

"Sin ley", vociferan las fauces que es mejor, anarquía, retrógrados snobismos. Lo que no se es, requisito, parquedad, inframundo desierto, temor.

Arriba escape, salida fútil, abajo la duda, pantano traicionero. Vaciedad, cerebro endeble, sonrisas vacilantes, corazón senil.

Cicatrices, cadenas en las gargantas, palabras hipócritas, en los ojos grilletes. Lidercillos de gusanos manipulados, esquiroles de sus propias ideas.

Plomos en los pies ajados, bestias solitarias en compañía. Suicidas con vanidad remendada; no identidad, titanes inválidos.

Coito estéril, semen en el vómito hijos del no sé dormidos en la basura. "La cabeza en el sexo", aforismo, encrucijada, el mañana: espejo roto.

26

13/Septiembre/2000, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Del olvido

Hay más muertos sobre la Tierra que en las desmoronadas sepulturas. Más cadáveres ambulantes creyendo vivir del placebo.

–…,natam em euqrop oreum oN–

La muerte no es el deceso del cuerpo es, sin duda, el jardín del olvido. El que sigue vivo, presente, es porque no ha sido olvidado.

–…;odadivlo nah em euqrop natam em…–

En vida muchos están muertos, sólo viven para unos pocos que esperan que mueran aquellos para creer que pueden seguir viviendo.

.etnem al adivlo ,adreucer on opreuc le

27

17/Octubre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

María

María tuvo un sueño el próximo lunes, soñó que ayer será Dame de monde y que mañana fue la doncella más miserable, el lunes pasado soñará esperando dormir.

Hoy temprano me dijo que la anterior semana se pondrá su ajuar y era feliz, que el novio la conoció pasado mañana en la puerta de la que no fue su boda.

Las arrugas de su polvorienta juventud despistan al incrédulo verdugo porvenir, canas para su niñez aguardan en su proclive ancianidad.

María que arrastras tu incierto futuro al pasado haces un jeune ménage del retrotiempo; bates las manecillas del reloj, te olvidas de mí porque soy tu presente.

28

07/Noviembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Efímeras nocturnas

Hijas de la esquina y de la noche que ceden sus entrañas por dinero, regalan a las miradas deseos de piel si es que no cubren la cuota o las ganas.

Bustos platinados a la luz de la Luna ofrecidos en el paquete maniquí sin reclamo de garantía, con devolución para la siguiente subasta o contrato.

Sin saber el camino a alguna parte tacones que pasean entre el frío, listos para salir huyendo aprisa se cuelgan observando oscuras escenas.

Esposas sustitutas de sobre instantáneo, compañeras reciclables para el cliente, terapeutas con el diván entre las piernas, amantes perfectas de ocasión.

Subviviendo entre dos páginas entre la luz y las sombras, madres e hijas a la luz del día, hermanas de los faros, de noche.

Santas y Magdalenas sin prejuicios las vaginas públicas oráculos del desahogo los sosegates no deben importar.

Un ditirambo se toca en su honor por cada glotón invitado al festín, un réquiem por cada ilusión muerta que se sepulta bajo las monedas.

Niñas de inocencias eternas, una flor les regalo por cada gota de frío sudor, efímeras nocturnas de alas sublimes les entrego una romanza bajo las estrellas.

29

10/Noviembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Hécate

Los muchos ya no vigilan, flotan dormidos en la barca sin Caronte sobre los pantanos espesos de los sueños de Versaces y Chanels.

Los muchos ya no se crean reciben conectados del cable lo que piensan y deben sentir, cobayas de laboratorios publicistas.

Brechas gigantes en las tres especies humanas:

los manipuladores: yate, roles royce, caviar; los programables: futbol, telenovelas, marcas; los concientes: crítica, propuesta, movimiento.

Personalidades clonadas autómatas obedeciendo órdenes imbéciles, el animal domesticado por entrenadores ajenos para la satisfacción del desiderátum magnus.

Los genios reducidos a simples soldados con artillería plástica en códigos de barras, ejércitos embebidos de alcohol y tabaco de ojos convexos intercambiables.

Vanidades abotagadas, estómagos y cerebros huecos, emociones distorsionadas, oportunistas, voluntades olvidadas en el sótano apático.

Usurpadores del drama, manipulan a los muchos para preservar su reinado en la cautivante y sigilosa hecatombe.

30

05/Febrero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Al Arte

No todas las expresiones son arte:

literaturas de contenido carente manchones mediocres que dicen ser fierros, minerales y plásticos que aparentan imágenes innecesarias y decadentes coreografías inútiles mofas voces ridículas cantando letras huecas sonidos programados viciosos.

–El artista siempre busca la perfección…–

Esos se han olvidado de la ley del virtuosismo

y la quieren confundir con la de la mercadotecnia sucia y baja, vendiendo modas fugaces

a una manada de marionetas snobistas.

La belleza y el excentricismo –artificial– no son suficientes:

Hay creaciones tan horrorosas que son hermosas tan profundas que se hacen cristalinas al alma. La locura del artista es innata, no la busca, lo encuentra.

–…(algunas veces visita los vértices)… –

La relatividad cultural no justifica al falso arte ese que sólo aparenta, que es hipócrita y traidor que vive a costa del dolor y la pobreza del artista engalanándose con exhibicionismo de porquería:

protagonismos de cloacas elitistas.

Al final, como siempre, todo eso perecerá

y tú te seguirás irguiendo majestuoso

sostenido por la mente, sentimientos y voluntad de tus pocos sinceros hijos artistas.

–…con la intención de jamás encontrarla–.

Un artista ama-sufre, ríe-llora, bendice-blasfema todo viene de dentro: natural, fluyente, palpitante copulando contigo tierna o impulsivamente. Todo ello lo vive e imprime en su descendencia artística.

31

04 y 05/Diciembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Agudezas

El país del que no brote se debate entre la guerra cubierto de hambrientos niños y mosqueados cadáveres.

,

insuficientes

Vástagos que no engendré tienen los cerebros secos por vaivenes de “las modas” electrónicas y plásticas.

Los hermanos que no tuve rondan las lúgubres calles con activo en la nariz buscan pedazos de pan.

Los que no fueron mis padres viven de los basureros recogiendo desperdicios como miméticas larvas.

Los que no son mis abuelos perecen todos los días de la forma más indigna como deshechos humanos.

Yo, el loco que no tuvieron escribo consignas críticas como si las agudezas fueran algo suficiente.

32

15/Mayo/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Depuración

Una mañana desperté y mi rostro se veía sucio; lavé y pulí el espejo, pero mi rostro continuó sucio.

Una noche antes de dormir mi imagen estaba opaca; lavé y sequé mi rostro, pero el espejo prosiguió opaco.

Una ocasión, al mediodía, mi rostro opaco y el espejo sucio, con una mano lavé mi rostro y con la otra al espejo; entonces pude darme cuenta —mientras caían las gotas sobre la tierra fértil— que debía limpiar mi interior.

33

02/Febrero/2006, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Hombre a gatas

Hombre a gatas (Pentalogía). Sergio Abreu. Óleo / papel mantequilla. 24 x 29 cm. Cuernavaca, Morelos. / 03-04-1995.

34

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Fastidio

La Partida

Una cantata casi profética anuncia la tragedia de la poma neoyorquina. Y la mañana llegó al ajedrez del mundo, para dejar ver la caída de las Torres.

Se eligió al oponente de la inmolación, en ron embriagada la estafa del psicópata. Inició la partida entre el negro Yihad y la ensangrentada cruz de la Guerra Santa.

Cada bestia montada en su caballo rojo. Del medio, un alma insta a su gemela a tirar, idem interno el águila estrella y el becerro (y cualquier bestia hija de la misma ramera).

El fanatismo y dogmatismo apuntan su índice, cargan en los lomos inversos estandartes de Mahoma y Jesucristo: falaz pretexto, estulto juego del maniqueismo eclesiástico.

Los presentes dudan, dividen sus apuestas; algunos agazapados en el salón. Concurrencia agraz que se carcome los dedos, absorta por el ritmo del poder perverso.

El sacrificado –como siempre– el peón; los reyes, por detrás, escapan protegidos por los alfieles. Uno enrocado en D cinco. –Un nacionalismo cercano al hitlerismo–.

Los árboles de la Biblia y del Corán siguen deshojándose, lentos, después del otoño; cubriendo las piezas inocentes caídas en el tablero, fermentadas por el Sol.

35

05/Noviembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Es inverosímil como en el hormiguero de la vida los jodidos joden a los jodidos.

El Hormiguero

36

07/Diciembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Nerón moderno

Sabías necio republicano y dejaste pasar a la Muerte; la CIA encubrió tu dudoso error, por eso fuiste directo al punto:

no tardaste mucho en señalar.

Permitiste el fatal martes negro:

derribaste veintenas del cielo –¿salió menos cara tu estrategia?– Se caían las Torres en fuego mientras huías como vil cobarde y, un día después lo del Pentágono.

Nerón moderno, te observa el mundo, aun el odio no es un hecho aislado, se gana con esfuerzo y constancia:

intervencionismo genocida, guerras exportadas de invasión.

El Parlamento urgió explicación. Demócratas buitres carroñeros hubieran actuado similar, el sistema es uno solamente la única diferencia los nombres.

Todavía mataste inocentes con tu Duradera Libertad. Eres imprudencial hassanita lavándote las manos con sangre. ¿Cuántos homicidios te hacen falta, megalómano, para saciarte?

37

19 y 20/05/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Peregrino

4 Pero sus ídolos son de oro y plata, producto de manos humanas. 5 Tienen boca, pero no pueden hablar, ojos, pero no pueden ver; 6 tienen oídos, pero no pueden oír; nariz, pero no pueden oler; 7 tienen manos, pero no pueden palpar; pies, pero no pueden andar; ¡ni un solo sonido emite su garganta! 8 Semejantes a ellos son sus hacedores, y todos los que confían en ellos.

-Salmo 115.

Llegas alado por quinta vez hombre peregrino desde el otro lado de la mar, como tus ancestros hace quinientos, con filosofía politeista.

Quizá la última, como los estigmas del Cristo no te considero él, está claro, eres sólo un hombre, sería pecar de irreverente el sólo igualarle.

Otros dos más se suman al panteón gregoriano:

uno de Cuautitlán: la leyenda de Cihuacoatl; otro, beato de Oaxaca con nombre de ángeles.

“Entonces Jesús le contestó: … Porque escrito está:

Es a Jehová tu Dios a quien tienes que adorar, y es sólo a él a quien tienes que rendir servicio sacro”.

¿No es eso lo que dice el Verbo del Libro Sagrado? Ídolos antepuestos al único por quien se es, infidelidad pagana, traición al Creador.

¿Declarar santos a los siervos beatificados no significa hacer deidades falsas de la nada? –Entre más cerca de la imagen más lejos de Dios–.

En los antiguos textos de la Ley ya escrito está, por Isaías y Jeremías profetas de Jah:

prohibido hacer falsos dioses para adoración.

Por estas palabras no me interesa excomunión

–¿Qué se me puede

quitar

a ninguna iglesia pertenezco, con Dios me basta; que no me sea dado por Dios?– pero, atiende el consejo y los gritos de tu conciencia:

Tienes el poder de librar de la infame ignorancia a esas almas en las sombras, reforma el centro Carol, recuerda la valiente humildad de Albino Luciani.

38

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Tú, hombre que sobreviviste al nazismo y al atentado no permitas, ya no, que tus cada vez menos fieles sigan perdidos en la oscurantista idolatría.

2 Escuchen, pueblos todos; preste atención la tierra y todo lo que hay en ella 7 Todos sus ídolos serán hechos pedazos Yo destrozaré todas sus imágenes - Miqueas, Cap. 1.

39

28 y 29/Septiembre/2002, D.F

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Hombre en cuclillas

Hombre en cuclillas (Pentalogía). Sergio Abreu. Óleo / papel mantequilla. 24 x 29 cm. Cuernavaca, Morelos. / 03-04-1995.

40

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de la Muerte

Luto

Niño –ninfa dorada– de infancia inconclusa. Tu silencio gritaba tu soledad interna y nadie la quiso escuchar, y nadie la quiere entender.

En memoria de Antonio Sánchez Cortés, fallecido el 14 de marzo de 1997.

Nuestros corazones lamentan en tristeza la ausencia de la espigada figura serena, que cruelmente dejara de respirar al arribo del amanecer.

Los ásperos reproches no hacen enseñanza en la ignorancia, depravada y viciosa, paterna. Se perdieron tus anhelos de crear ante la cruel soberbia y el placer.

41

08/Abril/1997, Cuernavaca.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Cien años después

¿En cien años después de morir quién se acordará de nosotros? Números estadísticos del tiempo historias de conjeturas generales –de vidas un día particulares– amontonadas en polvo mortuorio bebido sumergido en las aguas olido flotando en los vientos.

Sentidos como ahora sentimos a las almas del pasado percibidas como humo no real que impregna los suelos extendidos debajo de pies andantes perdiendo el conteo de pasos en la resonancia cotidiana que ya no será escuchada.

Viajeros de una porción de la cápsula histórica pariendo a los que arrinconarán en fracciones periódicas de laboratorios sociales las vivencias y deseos individuales cuando quieran recordarnos cien años después de morir.

42

27/Enero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Estancia breve en el muelle de Caronte

Hoy es un buen día para morir, entregar mi cuerpo a sus orígenes.

A

nadie le adeudo algo;

—el tiempo ha cobrado en efectivo—

si

alguien me debe, no lo recuerdo.

Este día, más que ninguno antes, deseo bendecir al Demiurgo, agradecer lo que edifiqué

y por lo que me permite Ser.

¿Cómo agradecer por tanto y cuánto en mi corto hospedaje en la Tierra? Es fácil: por más que lo intentara no obtendría cubrir ese débito.

El tiempo gira sobre mis manos,

al espacio lo traigo vestido,

sólo tiene valor lo aprendido

y lo que en el amar ha quedado.

Ahora el reloj no es otra cosa que un mecanismo, prisión virtual, una superchería del hombre que ya no está detrás de mis huesos.

He tocado numerosos fondos, las cicatrices son mis trofeos

que han fortalecido a mi antigua alma,

y nutren mi alado pensamiento.

Para complacer a los ilusos supersticiosos he plantado árboles

y escrito un libro de gaya ciencia

en los papiros de mis historias.

Si bien la mar no me satisface disfruto de la lluvia y la noche, de las montañas, el bosque y, claro, de una cálida taza de té.

Sonata. Hoy le encontré olor al viento, un aroma fresco, gusto a vida. Barquero, aunque ignores la moneda, hoy, es un buen día para morir.

43

28/Octubre, 06/Noviembre/2005.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Reloj VIII. Sergio

Reloj VIII. Sergio Abreu. Digital VGA (Cyber-shot 4.1) / Vela. D.F., México. / 20060215.

44

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Tiempo

Punto de Referencia

Yo no preciso del tiempo pasado, prefiero el presente vivo, momento eterno, desde aquí contemplo lo que voy siendo, entero.

Para qué desear regresar sobre pasos, las añoranzas por lo que no quise ser son lamentaciones absurdas: castración. Día a noche subo la montaña del hoy para observar de cerca el cielo y los abismos de una vida que se extiende ante el horizonte.

¿Es el presente continuo parte del tiempo, o es una pulsación que se escapa de él? Puede ser punto cero de ayer y mañana.

No me interesa hacer remiendos masoquistas, para expiar hipócritas arrepentimientos; para qué, si no importaron en su momento.

Si las lamentaciones me surgen mañana es porque desleal subestimo mi hoy cargándole costales en la espalda.

45

27/Septiembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Universo III. Sergio

Universo III. Sergio Abreu. Óleo / mezclilla. Cuernavaca, Morelos. / 20-10-1994.

46

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Silencio

Silencio

Eres una Torre de Babel silencio, tu lenguaje tiene todas las lenguas, todos los idiomas están en ti gritando, esperando, observando.

Revoloteas tus pausas aladas entre los eslabones pentagrámicos. La significancia del espacio transcurre ajena al significante nada.

En las locuras sintonizas los diálogos de las imágenes.

Alma gemela de los sonidos fecundas los espacios y dimensiones -incluso las del vacío- con tu mútico semen palpitante.

Insoportable lo sonoro sin tu presencia.

Tu catarsis en las tres soledades reivindica la lingüística de la esovacuidad, con un discurso que satisface la etiología de los sentimientos.

47

11/Octubre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Que la que calla

Que la que calla es la frase favorita del silencio, la que dice todo sin decir –no hay anacolutos, no hay anáforas– la glosa del alma en la desnuda homofonía.

Que la que calla es la voz que no miente, la que se guarda en caja de cristal –no hay ecos, no hay interferencia– la analogía de la mente en sensitiva asonancia.

Que la que calla es la poesía sin escribirse, la que traspasa el umbral –no hay falacia, no hay verborragia– la apódosis del espíritu en la prótasis material.

48

11/Diciembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Fecundación del pensamiento

Fecundación del pensamiento (Detalle). Sergio Abreu. Técnica mixta / papel. 23.5 x 51.2 cm. México, D.F. / 13-06-2003.

49

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Arcano

Y

me desdoblo y río

la

risa de la locura,

y

me mutilo y lloro

el

llanto de la vigilia.

Fuga I

Como de raíces del sueño

para no desnutrir la imaginación, aunque el inconsciente abuse

y me tienda una emboscada.

Qué me importa si me pierdo en el bosque extraño de Eros, cuando lo que importa es huir de los pantanos espesos de Tanathos.

 

04/Junio/2001, D.F.

 

Fuga II

Bailo con las salamandras en el crisol del artista con mis alas expandidas en la espiral de la vida.

Y me quito el carnal cuerpo para no estorbar mi fuga

al

jardín de Aditi–Gea

y

sorbo ahí versos nuevos.

Me acicalan las ondinas

arrancando escamas de alma

 

y

las hacen lienzos tersos

sobre el bastidor de huesos.

 
 

Canto con gnomos y silfos

himnos de los cuatro vientos

 

a

la luz de las 27 Lunas

y

a la sombra de la nueva.

 

04/Junio/2001, D.F.

50

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Gárgoles

Ángeles guerreros ocultos anónimos en la niebla, conocedores excelsos de las entradas y salidas, custodian celosos los secretos eternos de Sophía impidiendo el paso al morboso y vanidoso intelectual.

Caminan descalzos en las ciudades como en los desiertos, desaperciben entre los comunes su real linaje, en las estructuras de Notre Dame, Brujas, Tokyo y México, de Cachemira, Egipto Jerusalén, y Delfos también.

Seres de poderosas mentes y valientes corazones; centinelas, de sentimientos puros, revolucionarios; voluntades incorruptas con armadura de justicia; inteligencias maestras nutridas de sabiduría.

Custodios que aguardan pacientes en los capiteles dóricos, sobre los ábacos marmóleos posan sus existencias, esperando las copas nuevas de neonatos buscantes para llenarlas del líquido dorado de los arcanos.

51

04/Diciembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Creación. Tinta y

Creación. Tinta y grafito / papel albanene. Sergio Abreu. 22 x 54 cm. México, D.F. / 2003.

52

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de lo Divino

Navegante

Navego en un río junto a luces indivisibles burbujas transparentes opalinas

dentro de una corriente invisible sustancial

en un cuerpo de energía liviano, luminoso

hacia un centro que guía atrayéndome a él.

No soy cualquier cosa, ni uno más ahí, soy alguien en esa dimensidad al igual que ellos somos parte de ese todo activo sin tensión. Como una pequeña neurona joven viajera

en

una especie de perfecto cerebro, neurona a la vez.

En ningún momento me interesa mirar atrás

mi

Atravesamos zonas diversas

atención se concentra adelante.

no

me atrevo a decir que se trate de un lugar en sí

no

hacen falta referencias, siempre se sabe dónde se está.

Al llegar a unas estructuras flotantes multiformes me detengo en una semi curva parecida pero cómoda, para contemplar a las viajeras sin palabras para describir tanta belleza

en ese infinito azul viviente.

Nubes como polvo de diamante suave, quizá tibio con núcleos brillantes que pulsan, rayos suaves que aparecen alargados

en colores cuales auroras boreales

fosfor–escencias fluor–escencias.

Casi a mi derecha el enorme globo de luz blanca que es la puerta de entrada a la siguiente estancia gran movimiento en tanta tranquilidad como música dirigida por una deliciosa batuta puedo permanecer aquí pero debo pertenecer.

Lo incomprensible no tiene membresía entiendo el disfrute de las partículas den su órbita. Por ahora no se me ha indicado el momento lo que sigue, no lo puedo d–escribir.

53

07/Enero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

El Sexto Ángel

La sexta trompeta se escuchará a lo lejos, sonido largo de la casa oriental media.

La suma de dos procesos -en avanzada-:

el engendro oculto de la alquímia moderna, la cadena del ejército hipermutado, en el aire parirán -con dolor- la muerte.

Los cascos de los alados caballos rojos partirán por la mitad los cuerpos añiles, peste que inunda las entrañas azufradas del homovirus soberbio, un día de espera.

Difamado como culpable el inocente, aquel que se asoma pálido en el espejo.

54

Febrero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

El caos procrea orden como el orden al caos por eso digo que:

si nada escapa a Dios Dios es el prócer caos, como de la ignorancia

se obtienen las materias para la inteligencia

y aún mayor intríngulis para sabiduría.

Puedo decir incluso:

si todo habita en Dios el demonio está en él.

Y si somos su imagen,

dentro de nuestra psique copulan los contrarios:

ángeles y demonios en la cíclica espira,

y en medio de los vértices el ser en elección.

Orden-Caos

55

16/Marzo y 03/Mayo/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Causal

Si la suerte existiera la perfección divina quedaría en sospecha:

“Una deidad carente de la que escapa un algo”.

¿Juega a los dados Dios?

La suerte es diferente

a la causal fortuna, una conlleva duda

la otra tiene esperanza

y tesoros del cielo.

Infierno y gloria aquí.

La suerte se contrasta

a la causalidad, la ley de reacción queda minimizada

a engendro de la nada.

56

10/Mayo/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Pez

Diez y siete del cuarto mes, Júpiter –Saturno y el Sol– en Aries (la Luna sobre el astro áureo), signo del nacimiento de un Gran Rey.

En el menos seis oculta la clave:

el pez saltó para morir ensangrentado; Roma antes Roma después, imperio, largo oscurantismo escítico.

La violación de la swástica sagrada degeneró la esfera flameante de la quinta, uno, nueve, cuatro, siete inicia el cambio entre barbaries.

La atrocidad por ciento ochenta mueve las mentes débiles de manos poderosas; once a diecisiete la esfera en el cinturón:

fotones activando luz y sombras al extremo.

Un espectro cauteloso de nombre A de origen político ensombreciendo a las razones, promete cautivando a las ignorantes masas que traicionará disfrutando sus dimensiones.

Muerte inoculada en el aire, alacranes alados aleteando del medio; los mismos de siempre arrasando al planeta, el género despedazándose a sí mismo.

La Tierra se estremece al final de la tercia, el hijo papal del santo sanedrín cayendo; el dolor alecciona conciencias, gran prueba en un mundo casi devastado.

Dos, cero, cuatro y dos el átomo, dos, cero, nueve y nueve la esperanza en el caos decepcionante cuatro y dos reclamo doloroso a las abuelas generaciones.

57

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

En el segundo capicúa del tercero una gran especie está forjándose, se separan bestias y humanos –transmutación de bronce a plata–. Un ser triple cercano a los ángeles abriendo la puerta a dos corrientes, los triunfos del espíritu están por llegar –el escarabajo y el fénix uniéndose–.

La nueva raza –ya no de materia–, elegida discernida de las cinco, por la aceleración del nuevo ciclo, preparada para poblar primero el norte.

Los doce una vez más reunidos –bajo de cada uno otros doce, en trece, y bajo de cada uno otros doce, en uno– alrededor del trono del uno treceavo.

Tres, tres, cero grados del ciclo solar se cumplen en el difícil ajuste, dos, uno, cuatro y seis la dirección del nuevo inquilino vestido de magenta.

58

05/Enero/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Contrición

Hoy se puso la casulla el Demonio rezó un padre nuestro y leyó el Tanakh,

los fieles creyeron que había enloquecido

al partir la hostia y beber el vino:

“este es el cuerpo y esta la sangre”. Se arrodilló hacia la piedra negra y oró, recordando en su plegaria a Mahoma.

Enseguida ofreció mirra a Osiris, Isis y Horus, puso flores blancas a Vardhamana Mahavira mientras citaba al al–Kitab al–Aqdas, un incienso encendido a la Trimurti aromatizaba al Gurú Granth Sahib

y el recuerdo de Nanak y Gobind Singh continuó al de Lutero y Calvino.

*

Para Amaterasu come arroz el Demonio en la liturgia céltica de Stonehenge, dibujando en la tierra el Ying Yang meditó en Yiking –¿dudaría maniqueismo? –. Se reinventa a su padre y a su madre, abrazando fuertemente los Upanichads se sienta ante la efigie de Gotama.

Cierra los ojos, piensa en Ormuz:

“…¿Realmente seré un Eorosch dorado?…” La pregunta retumba en las tumbas druidas, dónde estará la entrada a Amenti ahora que siente el viento de los jagads en el núcleo de su bella esfinge bapoleada por la revolución incisiva.

Los climas embaten como toro

la existencia solitaria del samira

que busca su lugar.

Es parte del todo resistiendo al Monismo

el lugar de descanso reducido a Ifing,

hoy hizo acto de sumisión desde Sañjîva:

una reverencia del Magnus Demonio.

59

01/Marzo/2002, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Fantasmas de la

Fantasmas de la ciudad I (Serie: “Perra vida”). Sergio Abreu. Digital VGA (Cyber-shot 4.1) / Vela. Coyoacán, México. / 20051110

60

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice del Elan Vital

Despertares

¿Quién será el último en enterrarnos, en pasar lista a la memoria de los despertares, el que diga las resumidas palabras de la gloria por los triunfos de los locos iniciados de la Cuauhnahuac?

¿Quién será el último hermano en posar sus lágrimas sobre nuestras tumbas, el que lleve aves del paraíso y rosas blancas

a las entrañas de sus recuerdos?

¡Hay de aquel que niegue esta historia que nunca se repetirá más!

Porque cortará de este jardín a su corazón

y se marchitará en la más oscura soledad.

¿Quién será el último en despedirnos

y en recibir a las nuevas generaciones de locos, el que conserve la inocencia

y entregue la continuidad de nuestros sueños?

Ese llevará la llama del Ave de Fuego

a los rincones profundos del templo de puertas abiertas:

esfinges y gárgolas custodiando las entradas, la advertencia para el inoportuno profano.

61

Cuernavaca.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

A mi pueblo

Si mi pueblo despertara, yo sería el primero en abanderar las libertades encabezando las filas de un ejército de la emancipación.

Ungiría mi mente, corazón, voluntad, con el bálsamo de las voces de los muertos inocentes coronando mi sangre con los eternos William Wallaces, en mi espada forjados los ideales de los mártires.

Si mi pueblo despertara, me uniría a sus conciencias y nos abrazaríamos como en una sola, corriendo por mis venas los revolucionarios de las tierras, de los tiempos.

Cantaría un mismo himno en diferentes idiomas, olando el símbolo de las razas, de la raza. Nacerían menos traidores de su santa matriz borrando de su genética el miedo y la destructiva intolerancia.

Si mi pueblo despertara, si de algo sirviera, me entregaría como sacrificio al que me considere su enemigo.

Sin importar que alguien me vendiera con un beso, y colgaran mi cabeza en la plaza principal, como trofeo de la fuerza de la ignorancia que se alimenta sangrando y tragándose a mi gente.

Si mi pueblo despertara, de cada gota roja derramada nacería un héroe envestido con las mentes de los Mahatmas y Zapatas.

Moriría mi cuerpo en paz, derramando una lágrima por el amigo, por la madre, por el padre, por la mujer, por los hijos; regalando una sonrisa a mi último aliento sabiendo, seguro, que mi pueblo despertó.

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01/Febrero/2000, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Argentina

Caserolazos en la Plaza de Mayo, redobles de valiente inconformidad.

Azul, blanco y azul

Casa Rosa, por honor vomita ineptos –el pueblo glorioso alza su voluntad–; argenta, derroca merecidamente a imbéciles ignorantes y corruptos, cuanta vez osara el traidor mancillarte, que San Martín vive en tu austral libertad.

Maíz, trigo y mate

Argentina, hija de la Luna y del Sol gobiérnate con tu corazón de plata.

63

02/Enero/02, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Saharauí

Saharauí, espíritu de las dunas, pueblo de lengua hermana la jabara es tu medio raza nómada del desierto.

El napalm en tu historia

y el muro de la vergüenza

son el miedo del hipócrita, del estúpido codicioso.

Una lágrima y una sonrisa cubren tu dorado rostro semita. El ángel hizo alianza por ti bendiciendo tu preciosa existencia.

El camello es tu guía en el seno del Sahara; el Sol es tu padre, la Luna tu inspiración.

¡Valor y fe Saharauí de mis profundos respetos, la Libertad en tus manos jamás volverá a ser arrebatada!

Canta, canta en hassanya los hermosos poemas de tu gloriosa prosapia que al occidente se levanta.

El Señor está de tu lado, fiel dedícale tu alma, que Él forjará tu espíritu

y segará al déspota invasor.

¡Aquí tienes a un hermano que ofrece su humilde vida, para una causa tan justa como lo es tu legítima Libertad!

64

14/Marzo/2005, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Hombre arrodillado (Pentalogía).

Hombre arrodillado (Pentalogía). Sergio Abreu. Óleo / papel mantequilla. 24 x 29 cm. Cuernavaca, Morelos. / 03-04-1995.

65

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Vértice de la Locura

Emile

Los cuervos brunos también son bellos Nelligan poseen el oscuro manto de la belleza. –Los ojos de Vulcano–. Las blancas palomas pueden ser tan repulsivas tú y yo –en la realidad demente– lo sabemos.

66

15/Noviembre/2001, D.F.

Sergio Abreu

Vértices de una Locura Anunciada

Él

Él me ha poseído se ha metido en mi mente no le impedí el paso, se instaló, hecho raíces.

Pudo haberme perdido en las avenidas

y despojado de mis ropas, más no lo hizo.

El Loco, con su genialidad:

me dejó la ventana abierta para poder ver “la razón”,

y reírme de ella.

Es poderoso, puede hacerlo todo nada lo detiene, todo lo puede tira todas las telarañas

y se desnuda a su antojo.

No hay límites para el Loco

todo lo atraviesa, todo lo ve, tiene los ojos de Dios

y en este se pasea.

Lo crea, lo sabe, lo siente y lo disfruta, su mundo no es éste este es sólo su medio.

—Mi corazón no tiene ritmo todos los compases hacen estruendo una orquesta se agita, suda. Mi sangre golpea mi víscera.

La sangre bulle, tensa las venas las arterias tiñen de rojo. El calor, el rojo, el cerebro punzante. Gimen los prejuicios, se desgarra el Yo.

Me ha bebido entero, se lo he permitido fue doloroso; las últimas dudas los últimos miedos:

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Vértices de una Locura Anunciada

Un espacio–tiempo de angustia, un cerebro hirviente a punto de estallar, cercano a la muerte.

Pasé el tramo demente, me dejé llevar por las aguas que derriten la cordura:

corrientes que sumergen las razones.

Él me ha tragado pasé dolorosamente por su garganta, en la angustiosa oscuridad de sus entrañas.

Ya no pude evadirlo más me entregue cual manjar, ¡me cansé de huir, de escapar, entre el fuego y el agua.

Me ha digerido, soy parte de su cuerpo, de su mente. De su espíritu soy parte. Él me ha devorado, es poderoso me he hecho él. Yo soy el Loco.

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23/Agosto/2003, D.F

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Vértices de una Locura Anunciada

C u e n t o s

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Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Cráneo. Sergio Abreu.

Cráneo. Sergio Abreu. Óleo / papel cascarón. 30 x 28.5 cm. Cuernavaca, Morelos. / 24-02-1994.

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Vértices de una Locura Anunciada

Fonseca

Día 1. Un día después.

¡Oh Dios mío, cuánta destrucción y desolación! Las “gloriosas” naciones en ruinas,

el olor a muerte inunda al caluroso viento que viene hacía mí, simún impregnando

de hierro sanguíneo mi piel. Ahora tendré que caminar hacia el no sé, empapado

del recuerdo de lo que fue Fonseca, la bella y vanidosa. En harapos andaré, ésto

y unas cuantas pertenencias van conmigo; ofrendo mi calzado al camino y mi

alma al improvisado destino. No me quedo, porque al hacerlo también moriré; prefiero dar la fe que me queda, para buscar hasta el último de mis días al lugar que recibirá mi cuerpo; siempre avanzando, siempre tratando de tocar al Creador. ¡Fonsecanos, escuchen con sus oídos muertos, agusanados, el lamento de esta tierra que les dio vida, y ustedes le regalaron su muerte! Yacen inertes como piltrafas, atravesados por las balas y en pedazos por sus bombas. Descansen

sobre las calles y sus edificios, cobijados por la soberbia, descansen en paz. Vean

a los infantes, a sus padres y hermanos, entre manchas rojas, coaguladas o

secas, con sus ojos opacos. Sientan el frío silencio de sus labios tiesos, marchitos. ¿Qué han hecho con el regalo divino? Frente a ustedes lo desconocieron, lo pisotearon, se burlaron de él. Acabaron con los sueños de los justos, arrasaron con los animales; violentaron al más diminuto ser, envenenándolo con su odio disfrazado de autoridad. Se arrodillaron ante los deseos más estúpidos, queriendo ser más grandes que el grande, y lograron el nivel de la peor de las bestias: la bestia no humana. No te juzgo fonsecano, sólo te repito tu imagen por si no la puedes ver, tu acción en palabras por si no la puedes oír; aunque mi corazón se congestione de dolor. Cerraron sus sentidos a la luz consciente, reflejaban su temor a sí mismos, en contra del prójimo (que fueron ustedes mismos), como si para eso hubieran sido creados, parecidos a marabuntas dementes. Las lenguas vomitaban odio, como espadas que se clavaban en el pecho de todos, tratando de arrancarse las vísceras. Dividieron la tierra en Norte y Sur, en Este y Oeste, y cada parte siempre quiso conquistar a la otra con sus juegos de guerra; a la frontera imaginaria la vistieron de muros y rejas con púas; era la tentación de cada

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una pasar ese límite prohibido que en realidad no existía, que se creyeron que sí. Escuchen, que era algo hecho por codicia y egoísmo; al olvidarse de los niños, de los ancianos, de los enfermos, de los locos, se olvidaron de ustedes mismos… Se olvidaron de ustedes mismos. Vivieron en una jaula mental como mandriles coléricos, enloquecidos. Atrapados, ignorantes, perdidos por sus sueños de conquista infundían a sus hijos las mismas reglas de conducta. Generación tras generación perfeccionaron la porquería en la que se trans-formaron. ¿Porqué dividieron a Fonseca en fragmentos y les llamaron países, siendo el mismo aire, el mismo suelo, la misma vida, el mismo manto de cielo? Como si la parte humana se hubiera convertido en ganado de diferentes especies, metidos en corrales para el comercio, para el sacrificio. Los críos, nacidos bajo nacionalidades que no entendieron, no se detuvieron, cuando crecieron, a buscar el significado de estos sellos marcados de posesión. Continuaron la ruta de la revancha: matar al otro por que su padre mató al suyo, o su abuelo al del otro.

Día 3. Una bandera ondea en una alta asta. Es una camisa blanca ensangrentada agitada por el viento seco ante el rojo atardecer. Símbolo de que al menos alguien quiso la paz: por temor, convicción o principio. Uno colgado practicó la eutanasia de la raza, su cuerpo pasará a huesos y después a polvo que reinventará los granos de la tierra. Una gota casi negra quedó detenida en el dedo descalzo, detuvo su camino y no cayó; decidió quedarse para contemplar, desde su atmósfera media, los dos escenarios; no sé si quiso escapar aislándose o se permitió ser uno de los últimos en observar. Mientras se balancea el ahorcado; millones, será millones en bacterias y larvas. Su nombre ni eco hará en el sonido de la tempestad. En el bolso de su camisa una hoja escrita, ¿esperaría que alguien le leyera? Ya no habrá ojos para leer las innumerables letras cautivas en el tiempo, de una historia detenida en la eternidad. La dejaré en su lugar por si cumple su trabajo, después de mí; compartiré ese deseo.

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Día 5. Ya no mido el tiempo como solía hacerlo, quizá lo único que me ha quedado son los hábitos rutinarios de las horas de comida, del dormir y el despertar. Ya no tengo trabajo al cual llegar a tiempo, ni un amigo que me espere por las tardes para charlar. Hace frío y tengo hambre, tanta hambre, y sed, mucha sed. Mis entrañas sufren el invierno en primavera. El Sol se ha ocultado tras las nubes sepias, no me quiere dar la cara, se ha negado desde hace dos días. Creo que no está interesado en calentar a un solo hombre, a un caminante que lo único que le queda es seguir avanzando por las noches hacia la estrella del norte –sólo hasta donde la Luna, el cansancio y el frío me lo permiten–. Estoy en crisis, lo sé, estos temblores intensos son por causa de mis represiones emocionales; pero no tengo tiempo para compadecerme a mí mismo, hay cosas más importantes qué pensar, tengo que mantener la mente ocupada si es que quiero sobrevivir. No pretendo dejar mi cuerpo tirado agusanándose o como carroña para las aves de rapiña. No quiero que las cuencas de mis ojos queden vacías por las larvas de los moscardones. No este día. Hoy quiero levantarme nuevamente y detener el tiempo, caminar hasta encontrar, ¿qué busco? Aún no estoy seguro, algo ha de haber, ese algo me llama desde la profundidad de mi lastimada fe, está allí y cada vez se hace más intenso, más ahora que lo pienso; aunque aún no sé qué es y dónde lo hallaré pulsa cada vez con más fuerza, por momentos de angustia siento su taquicardia golpeando mis sienes. Hoy, arrastrando mi cuerpo me levantaré, no dejaré que esta mortandad cargue conmigo. Sé que algún día moriré, pero este día me quiero levantar. ¡Levántate cuerpo agotado, levántate pedazo de carne si aún tienes alma que mueva tus piernas. Levántate que ese algo que no sabes te está esperando!

Día 7. Un pequeño yace pegado al busto de su madre, se alimenta de la purulenta leche de ella como lo hicieron en su momento los potentados amamantados del sistema. Sus ojos hondos demuestran el grado de enfermedad. Con enjambres zumbantes de moscas colgadas de los párpados y boca, compitiendo, por un

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lugar por succionar. Pobre pequeño, no sobrevivirá si lo despego de ella y lo cargo conmigo. Su olor es insoportable: entre el aroma putrefacto de su madre y su propio excremento. De cualquier forma morirá por los fluidos mortuorios; su agonía será menos difícil si lo dejo pasar esta noche con los desechos de su madre.

Día 9. Entre el sueño y la vigilia veo dos bestias, uno con rostro de mujer y el otro de hombre, gruñendo y mordiéndose, quieren despedazarse, en ciertos instantes me veo revolcado en medio de ellas… Esta mañana me han despertado dos perros descarnados, se peleaban un cráneo. ¿De quién? De quien fuera, era un cráneo que servía de disputa a dos animales egoístas. Obvio que no fuera el hambre lo que los movía, pues había más restos, era el objeto de disputa el pretexto: el hecho inventado para enfrentarse y demostrar quién era superior. Superioridad a partir de un despojo. Cerca, otro se refregaba en un cadáver mosqueado, untándose los humores en sus erizados pelos, queriendo ser ajeno al conflicto, parecía dibujarse una sonrisa en su hocico. El triunfador de la querella se llevó finalmente su premio a un lugar donde pudiera ser visto por los demás, y después ya no supo que hacer con él. Lo mordía de vez en cuando y gruñía cuando el rival merodeaba las cercanías, recordándole que le pertenecía. Al anochecer, en la primera oportunidad, sin que alguien le vea, abandonará su trofeo: hastiado de cuidar algo tan innecesario; pero no podía darse el lujo de deshacerse de su objeto sin demostrar antes su orgullo a los de su especie; yo no importaba a sus intereses, no era como él y no merecía consideración. Su orgullo le hará demostrar en otras ocasiones el fatuo poder de su codicia.

Día 13. Paso a paso refuerzo mi memoria. Atrás quedaron los que todo lo querían y los que “todo lo sabían”. ¿Qué sabían? Sólo pasajeros fuimos, nada más que un corto viaje hicimos. Ni siquiera el pesimismo tiene lugar ahora, no hay con quien pasar por víctima del destino.

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¿Ahora puedo decir que todo es mío? Pero ¿a quién demostrarle tal cosa?

No, nada es mío más que lo que traigo prendado en mi cerebro y puesto en mi

osamenta, o quizá ni ésto. Siempre fue así, siempre lo intuí, ahora lo entiendo por

esta manera. –La más grande estupidez el olvidar los ejemplos del pasado y

hacer vivir la tragedia en propia piel para poder entenderla–.

Y así transcurre mi caminar, cada vez más lento y espacioso. En cada

segundo tengo menos prisa, cuando afuera todo pasa del mismo modo. Entiendo

que en la epopeya de mi alma no tengo a dónde llegar más que a las

profundidades de mi mismo, espero terminar de arribar antes de que dé mi último

respiro.

Día 21. La marcha de los insectos ha iniciado, van en sentido contrario al destino que

estoy escribiendo con mis pasos sobre el barro. Los amos y señores de este

mundo se encargarán de la limpieza (si acaso queda algo sólo quedarán los

huesos fosilizados, como lo fue la mente, de una raza que perdió el rumbo hacia

una débil humanización que pasó a formar parte de la utopía). Ejércitos de

dípteros, himenópteros, coleópteros y ortópteros avanzan al festín.

Esto me hace comprender que los instintos le están ganando la partida a

las pulsiones, el estado natural me está recuperando. El pudor es una ilusión que

no atrae la atención de las hormigas que cercenan la podredumbre, ni de las

moscas que beben la espesa orina encharcada en el polvo en campo abierto (–

que nueva sensación de libertad, incrustada en lo más profundo de mis instintos,

el defecar al aire libre sin temor a los juicios de miradas morbosas–). Todo lo

aparentemente muerto se recicla para dar vida a lo realmente vivo: la naturaleza

que se transforma perennemente en una diversidad de formas buscando la vida.

Lo único que tiende a perecer es lo artificial y todo su legado. Lo que va contra

natura es un soplo ridiculizado en su propia magnitud y fácilmente olvidado.

Un hermoso escarabajo turquesa deposita sus huevos en la pestilente boca

de un cadáver que ahora sí servirá para algo útil.

Día 33.

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La vereda me trajo hasta aquí, de los bosques quedan las ramas resecas y quebradizas, y del pasto sólo zacate ocre. Mis pies torturados cruzan el poblado, apenas sostienen mi torso, hace un mes que partí de la capital. Los remolinos de polvo elevan lo elevable de las calles y avenidas desérticas de bípedos vestidos. Cumplieron sus amenazas, era “cuestión de honor”. Esto no puede ser obra de divinidades o demonios, pues ellos qué interés sin razón pueden tener de una masacre de tales dimensiones; sólo un ser pudo ser capaz de algo como ésto, uno que enfermó en un mundo de ilusiones y del que soy representante de su genética, ya no de sus instintos, goces ni de sus pulsiones destructivas, pues ya nada queda en pie de su ego. Un soldado boca abajo es desposeído de sus carnes por una familia de ratas y una parvada de aves. Marioneta con los hilos cortados, reciclada en la invertida cadena alimenticia. ¿De qué te sirven tantas armas en este momento, de quién te protegen si en vida no te protegieron de ti mismo? A quien le demostraste tu fuerza ya no existe en el instante en que quedaste ahí con las

bruces sobre la tierra. Soldado del Fonseca del Norte, que ironía, sin considerarlo tu cuerpo inerte te nacionalizó del sur, ya no podrás volver a tu nación y quedarás en la que te enseñaste a odiar. —El zopilote no puede matar a la ballena; pero sí puede devorarla; sólo es

cuestión de una oportunidad en el tiempo

—Repite un escuálido hombre,

trepado en las ruinas del manicomio. Sobreviviente a las dudosas realidades. Estira sus brazos huesudos al cielo, dialoga con su Dios en intimidad. Le queda un gran futuro en su locura: ahí puede ser lo que quiera; sin interrupciones, sin límites. —¡Regálame un poco de tu locura hombre del sueño, necesito de tu fuga! —Le grito con mi última herencia (la palabra), con urgencia de intercambiar unas frases.

—¡Mejor busca en el silencio y en la soledad tu propia locura y la compartes con la mía. Los acuerdos serán de ambos y los desacuerdos de cada uno… Sólo recuerda que requieres ser leal y de mucho valor para ser un loco! — me dice sin dejar de mirar la Luna. —¡Si dudas estás jodido! —Entiendo que es

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Vértices de una Locura Anunciada

una profesión de constancia, mi ventaja en este mundo es que ya empece el

camino.

Ya no sé que

Día. día es hoy, perdí la noción de los días. Me voy acercando a la

frontera de las naciones, el punto donde se encuentra la separación de las cuatro

caras del antiguo compartido imaginario. De calzado sólo las ruinas perforadas,

restos de lo que ha quedado en mi camino.

He llegado. Del otro lado una silueta se mueve sigilosa, me ha visto con

sus ojos hundidos por el hambre y remarcados de ojeras moradas; es una mujer

cargando de un crío de la misma edad del que quedó atrás prendado de su madre

(el poder materno lograría en ella lo que yo no fui capaz de hacer). En esos ojos

puedo ver mi viaje que se refleja en el vértice de Fonseca. Algo, que ya no existe.

Diría que es mi enemiga por que está del otro lado del muro y de las púas; pero

no es así, ya no hay quien intente coaccionar mis actos, ¡ahora mi consciencia me

pertenece sólo a mí!

un paso simultáneo bajo el arco derruido partimos en fragmentos el

muro de las diferencias, es la verdadera caída de Fonseca, que ya no es más.

Con

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Vértices de una Locura Anunciada

i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► La Rosa (Serie:

La Rosa (Serie: “Detalles de la ciudad”). Sergio Abreu. Digital VGA (Cyber-shot 4.1) / Vela. D.F., México. 2005-05-15.

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Gotas Frías

I.

Gotas frías azotadas por el viento contra las calles de la ciudad, el cielo enegrecido por las nubes tormentosas que se revuelven deformadas. Es la séptima hora, noche adelantada por la lluvia; las figuras oscuras con paraguas son iluminadas por relámpagos y las filas de vaporosos faros encendidos de los autos se hacen lentas y largas, es una ciudad oscura. Las palomas currúan refugiadas en orificios descascarados de una casona vieja de los años 20. El fondo sonoro es el grito de las cascadas citadinas y truenos secos que retumban en ecos hacia la distancia. El ruido de las llantas de los vehículos sobre ríos de agua de los puentes son símil de un sonido arenoso. Bajo uno de los puentes un submundo y ahí un cuerpecito enroscado sobre unas cajas de cartón, periódicos y plásticos; si nos acercamos más descubrimos que es de una niña: flaca, mugrosa, ni siquiera ella sabrá su edad, pero su aspecto nos dice que unos 8 o 10 mal vividos años. El “Frijol” la cuida con su peludo cuerpo acurrucado a un lado de sus pies, porque entiende que es la única que comparte sus mendrugos con él, pedacitos de todo que les espantan el hambre por ratos. Rosita abraza su caja de chicles, hoy no le fue bien, la lluvia no le dio permiso de trabajar en su semáforo, tampoco le permitió buscar comida en los botes del restaurante. Ojala esta tarde no hubiera llovido, la pequeña pudo pasarla mejor con su fiebre, los temblores del cuerpo no serían tan méndigos. Esta vez el agua no perdonó, el viento se encargó de llevarla al asilo de Rosita. A la niña no le quedó más que dormir sobre un charco (si es que duerme), por lo menos ya entibio su rincón.

II.

Niña de ojos negros que viniste del pueblo cuando tu madre buscaba salir de la miseria del campo, tenías como dos añitos y no sabías de otra cosa más que pegarte al famélico pezón de tu progenitora cuando sentías un dolor en el estómago. Tus edades pasaron en las avenidas y escaleras del metro, en la venta

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o en la limosna. La tortilla de maíz, el queso y el chile fueron tus manjares de casi todos los días, excepto en aquellos momentos cuando un piadoso les obsequiaba

los sobrantes de comida que sus hijos desperdiciaron

de dónde viniera? Lo esencial era evitar en lo más al frío; aprendiste que unas

cajas de cartón podían hacerla de colchones, cobijas o bien de refugio que ayudaban de aislamiento a un mundo que no fuera éste. Tus años continuaron, hasta que tu madre, desesperada, te dejó en aquella

central de abasto y jamás volviste a saber de ella, no hubo otro remedio que buscar tu propia vida en una vorágine de gente grande. Si lloraste por tu madre eso sólo fue momentáneo, porque surgieron cosas más duras por resolver. Qué otro remedio más que buscar qué comer y dónde dormir. A veces, cuando se le ocurre a las autoridades o en las campañas proselitistas, vas a comer e los desayunos masivos para “niños de la calle” que

¿”Niños de la calle”? Si ese nombre justifica, entonces ¿porqué no

“niños de la sociedad”, “niños de la cultura”, “niños de la tecnología” o ¡“niños de

nuestra apatía”!? ¿Acaso la calle los parió? Si acaso, es tu tutora e institutriz encargada de educarte, en todo caso tú hiciste a la calle tuya, te pertenece

aunque no sepas dominarla ni la justa razón de estar rodando en ella

de cabello negro enredado y piel tostada por el Sol y manchada por la anemia, una madre que se precia de serlo no es tan tirana con sus hijos. Todos somos elementos de tu aprendizaje en la ciudad, tu gran mansión sin techo, la que compartes con indigentes, borrachitos, ancianos limosneros y chicos drogadictos que “le hacen a la estopa”. En los ratos libres que pasas en la Alameda del Centro, correteas a las palomas y arrojas piedras a las ratas que salen a recoger las sobras de los caminantes. Igual que todo niño necesitas de jugar para sentir que eres de alguna forma feliz, sin que haga falta que alguien te explique la felicidad. Te gusta hojear los periódicos olvidados en los jardines, sobre todo las tiras cómicas de los

domingos e imaginas que lees las líneas de letras extrañas a tu entendimiento:

Mujercita

organizan

La ropa: ¿qué importaba

amasijos negros, —“palitos y bolitas” —como tú las llamas. Te gustaba escuchar las historias de Juanito en su banca del parque central, cuando éste no se encontraba ebrio. Juanito no era del todo de ahí, el

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traje formal roído por el tiempo y la intemperie, y su aspecto envejecido por la barba cana, no ocultaban su tipo culto; si no tenía dinero para comer nunca le

hacía falta su botella de alcohol. Podías perderlo de vista por días, pero sabías que regresaría en cualquier momento a su banca verde. El antepasado treinta de abril te esperó en el parque con una sonrisa, no estaba ebrio, ese día procuró asearse y arreglarse. Sentado en el césped ocultaba sus manos detrás de él. —Hola princesa, tengo dos sorpresas para ti —dijo Juan con su voz grave y

con el acento elegante cubano que lo delataba al hablar— —¡Derecha! —Respondiste emocionada.

En su mano un pequeño pastel sencillamente decorado. —¡Izquierda! —Dijiste enseguida. En esa mano una figura de un ángel, con un brazo roto, que el hombre encontró en un basurero y lo guardó para esa ocasión.

Escoge una mano.

—¡Un muñeco, ¿es para mí?!

Tiene alas.

—Es un ángel, princesa. Comieron el pastel disfrutando cada probada, ignoraban cuándo se repetiría un día como ese, por eso tenían que prolongar cada pedazo lo más posible, como si tratara de un gran banquete (que de hecho lo era). —¡Tiene alas! —Insististe. —Todos los ángeles las tienen —respondió Juan.

—Las palomas tienen alas, ¿son ángeles? —Preguntaste. El vagabundo entró en reflexión, no podía mentir ni siquiera con la imaginación. Cuando se miente a un niño se corre el riesgo de convertirlo en un adulto decepcionado. No podía correr el riesgo, prefirió contarte una historia. —Eso no lo sé, no sé cuál sea la respuesta. —Pero tú lo sabes todo —interrumpiste.

— No mi niña, no lo sé todo. Pero, te contaré algo que leí en un libro:

“Hay un lugar, en el cielo, donde viven los ángeles. Cuando una niña o un niño bueno va a nacer mandan a un ángel para que le cuide. Aunque no lo veas él está a tu lado con sus alas enormes. Cuando la gente es adulta la mayoría se olvida de su ángel y lo aparta de su vida; pero él sigue ahí, aguardando cada instante para ayudar”.

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—El tuyo nunca te pedirá nada por estar contigo, y en tu vida jamás te abandonará. Escúchalo, nunca dejes de creer en él —concluyó Juan. Vivías esas historias con gran imaginación, las hacías parte de ti. Tú sentada en un callejón, meciéndote abrazando tus piernas, gustabas de recordarlas por las noches viendo a la Luna y paseando tus ojos por el titileo de las pocas estrellas diminutas que se podían ver. Dos días después encontraste en la avenida a un cachorro peludo y chillón. Corriendo lo llevaste a tu amigo del parque central. Al verlo, Juanito sin dudarlo dijo:

—¿Y ese frijol? —Lo encontré solito en la avenida, lo levanté para que no lo apachurraran los coches —afirmaste sintiéndote orgullosa por tu acto heroico. El hombre pensó en sus palabras, el nombre no le pareció tan mal, para un animal tan pequeño, manchado y simpático; además, el vagabundo meditó en que ese sería adecuado para que tú lo asimilaras: “Frijol”. Aún así lo llevó a “opinión general”. —¿Te parece que le llamemos Frijol? Por que es pequeñito.

—Sí

Pero cuando crezca, ya no será pequeñito —dudaste.

—Mmm, bueno, para entonces será un frijol grande —bromeó el hombre. Las semanas pasaron y un día viste a un grupo de patrullas en el parque, te acercaste con dudas y con un temor que no comprendías; cargabas al Frijol y tu caja de chicles. Al llegar a la banca de Juan viste cómo dos hombres levantaban un cuerpo para subirlo a una camioneta blanca. Era Juanito. —¡¡Juanito, ¿qué le hacen? Juanito no, déjenlo!! Un hombre en bata blanca y guantes con un abrazo impidió que te acercaras a tu compasivo amigo. Sólo viste pasar su cuerpo a lo largo de una camilla, con su rostro blanquecino, sus labios violáseos, sus ojos semiabiertos sin alguna expresión conocida.

—¿Es tu padre? —preguntó el hombre de bata blanca, arrodillado ante ti.

Es mi amigo —contestaste sin parpadear ni quitar la mirada de

encima del vagabundo: únicamente existían él, tú y la voz del hombre. Todo pasaba muy lentamente, como entre sueños. No querías que fuera realidad.

—Es

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—Nos lo llevamos al cielo, allá estará mejor —murmuró el hombre. —Soy su princesa, no me puede dejar —decía tu voz quebradiza. —No estarás sola, él te cuidará. —¿Cómo un angelito?

—Sí. Sacaste de la bolsa de tu vestido la figura que Juan te regaló y se la diste al hombre de guantes. —Dáselo a Juan, dile que me lo guarde y que me lo regrese cuando lo vuelva a ver. —Yo se lo doy —te dijo el hombre con los ojos brillosos.

Y todos se fueron en sus autos con luces rojas y azules. Te quedaste horas

observando la banca, esperando que Juanito regresara y te contara una historia.

A partir de entonces no hay una tarde que no visites el lugar y platiques con

el recuerdo del indigente; la imagen se hizo tan fiel que puedes verlo sentado o dormido sobre la banca metálica. Por cierto, cuando el Frijol no logra encontrarte

en las avenidas, o en tu dormitorio bajo el puente, sabe que te hallará ahí. El animal sería el consuelo para soportar el vacío por la pérdida de la única

persona que pudo demostrarte que el cariño puede existir. En algún lugar alguien

cuida de ti

Los meses siguieron bajo tus polvosos zapatos, entre la venta de

chicles en el semáforo, las míseras cenas de desperdicios del restaurante y las

heladas noches. Y siempre está alguien peludo para compartir tu fortuna.

III.

Ahora, en la mente infantil se presentan escenas encimadas, sonidos y voces sin coherencia lógica, graves y agudas resonancias que se alargan y acortan constante y sorpresivamente. Todo es un enredo, una pesadilla cuasireal de imágenes alteradas de su pasado y presente; es la manera de reaccionar del cerebro ante una fiebre de tales consecuencias que permite por momentos regresar a la realidad, a un cuerpo adolorido y entumido por el agua fría que continúa creciendo dentro del refugio.

—Susurran los labios cuarteados al soñar que

persigue, al lado del Frijol, a una paloma que le es imposible agarrar,

—Paloma

Paloma, ven

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produciéndole ansiedad. Siente que el ave es su vida. Los currúes lejanos de las aves en la casona hacen más real su pesadilla. La tormenta arrecia como queriendo partir el suelo y llegar a sus entrañas. El viento bufa formando oleadas y remolinos reventados en las construcciones citadinas. El líquido de lluvia que penetra a la alcoba de la niña le ha cubierto ya su bracito izquierdo, sobre el que está acostada; su cabello largo flota junto a las hojas secas de arbustos, papeles y sobres y etiquetas de los que fueron productos de consumo. Automáticos son los movimientos de Rosa: quiere protegerse empujándose hacia atrás, como si no existiera la mole de concreto a su espalda, por lo que no hay a dónde ir. Mi niña, si tan sólo pudieras levantarte y correr a alguno de los comercios que empiezan a cerrar, pero tu búsqueda del sueño es superior a tus minúsculas fuerzas que a lo mucho sirven para seguir empujando contra el muro. El Frijol duerme, está caminando de un lado a otro, se sacude el agua que cubre su pinto pelo, puede ver a la niña con la breve luz ámbar que penetra de las lámparas de las avenidas y de los faros de los vehículos. El animal parece estar nervioso, con las orejas erectas se acerca a la niña, moviendo la cola gacha, le ladra en dos ocasiones y al ver que la pequeña salta deja de hacerlo; una circunstancia en la que uno se pregunta: ¿qué podrían decir los animales si pudieran hablar como nosotros? Casi podemos saber lo que diría el Frijol:

«Vamos Rosa, levántate, mira que aquí hay una barda a la que podemos subir». Lo único que le queda es seguir caminando mientras emite ligeros chillidos lastimosos, pudiendo subir a la barda no lo hace, prefiere permanecer cerca de la niña cuanto más soporte.

Inocente mujercita, en tu mente has logrado coger a la paloma, nunca

antes habías podido, ves que tiene tus propios ojos y te agrada. Sabes que la

Abres tus manos y el ave, extendiendo sus alas lentamente,

emprende un vuelo apacible y despacio. Observas que tus pies se desprenden del suelo, estás flotando sobre las luces de la oscura ciudad. Eres el ave, sabes volar, no tienes miedo.

paloma quiere volar

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—Frijolito, pronto vendré por ti, pórtate bien y tendrás también alas —le dices segura al animal que parece alegre y va quedando en la lejanía. En las claras nubes, iluminadas por la Luna, está Juanito lleno de vida, sus alas son enormes, su aspecto es de todo un caballero. Te aguarda como lo haría un padre, niña de suaves alas. —¡Juanito mire, tengo alas, soy una paloma, puedo volar! —No princesa, eres un angelito que regresa a casa. Rosa sabe el lugar al que se dirige. Ya no tiene hambre ni frío. Del diluvio sólo queda un chispeo sereno. Bajo el puente sobre la pequeña barda, cerca de una caja de chicles de celofán que navega, un amigo recostado sobre sus patas sólo ve: un cuerpecito ha quedado bajo la superficie de medio metro de agua transparente, con su brazo derecho suspendido. Es una pequeña sirena con cabello de medusa que se mueve lentamente dentro de esa laguna, su rostro es pálido y desde ahí parece de cera, el vestido ceñido refleja difusas tonalidades a la luz de las lámparas y de los faros de algunos vehículos que a esas horas se les ocurre circular. En una pieza es una imagen sublime, una diminuta sirena bailando al ritmo del mar helado de lluvia.

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i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Perfil de Selene.

Perfil de Selene. Sergio Abreu. Tinta y aceite de linaza / papel. 21.7 x 28.6 cm. Cuernavaca, Morelos. / 07-03-1996.

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Remitente, Destino. Destinatarios

La biblioteca de los abuelos era un tesoro emocional y literario para Humberto, esos libros significaban parte de la historia de su infancia y adolescencia. La habitación rectangular, de unos cinco por siete metros, albergaba no sólo volúmenes, revistas de todo tipo, pinturas, reconocimientos y piezas de algunas culturas antiguas; también, impregnada la memoria en las paredes, ahí se respiraba el recuerdo del abuelo Simón, y el subconsciente oía la risa contagiosa del hombre que se fue haciendo anciano. Tres fuertes libreros que cruzaban a lo ancho el lugar, los más grandes y numerosos, eran ocupados en ambos lados por la bibliografía general; el mediano era de los libros que Simón ocupaba o consideraba personales, se encontraba en una de las paredes detrás del escritorio; y dos libreros altos de caoba con puertas que portaban largas hojas de vidrio biselado eran destinados a los libros exclusivos de Gloria, la abuela. Las personalidades se dejaban ver en ese lugar: él fue un hombre abierto y sencillo, como su librero, del cual podían tomarse los tomos que se desearán leer; no había otro esfuerzo más que el interés de la lectura, el estirar la mano y el soplar las capas de polvo que se pudieran asentar, antes de hurgar por las entrañas de los párrafos e ilustraciones. Ella, soberbia y cerrada como sus dos libreros, que se mantenían bajo llave sin permitir a los deseosos acercarse a las obras que presumían sus títulos egoístamente; era un “míralos pero no los toques”, un “aunque quieras no puedes tomarlos”, la exhibición de un deseo de control y poder; los libreros eran dos, como dos sus personalidades, una volubilidad que jugaba entre los caprichos y las constantes disculpas de arrepentimiento. Cualquiera creería que el lugar perteneció a personajes acaudalados, la única persona que pudo haberse creído tal suposición sería ella misma en sus complejos de grandiosidad. La casa que albergó a los ancianos hasta su muerte era el ejemplo de cómo se acostumbraba vivir en épocas cuando el espacio no era un problema, una herencia que pasaba ahora a manos de la cuarta generación.

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Con la muerte de Gloria volvió a morir Simón, no físicamente, volvía a morir en los sentimientos de Humberto. La muerte de ella revivía, traía al presente, el funeral doloroso de él, de un Simón embalsamado que se fue con el rostro triste, insatisfecho, quizá angustiado –o por lo menos eso creyó percibir antes de que cerraran definitivamente el ataúd–. Dos semanas que habita el cuerpo de Gloria bajo la fértil tierra del panteón. –Los cadáveres a pelo son abono, el mejor fertilizante para la tierra, Gloria en el nicho no regresaría lo que tomó de la tierra–. A diferencia del sepelio del anciano al de ella sólo asistieron sus tres hijos vivos y los pocos familiares que sentían una responsabilidad moral. Frente a los restos del hombre en reposo, se depositaron los de la espigada anciana en el sepulcro familiar. Al ver la plancha de concreto que ocultaba el féretro de su abuelo, Humberto evocó los momentos en que hace quince años bajaban por la misma fosa la caja mortuaria café con detalles dorados, los rostros tristes y los llantos lastimosos de familiares y amigos en nada ayudaban a consolar el corazón agotado de un niño adolescente. Tanta gente reunida eran el sinónimo de la soledad, una paradoja: reunidos para expresar su apoyo amplificaban el sufrimiento; pero no existía duda, Simón fue un hombre querido. Al término de una larga vida una persona puede ser olvidada por los que fueran sus amigos, él fue una de esas excepciones que forman parte de la historia y de la vida de muchas personas. A final de cuentas el olvido es la muerte, aunque se este vivo. Esos recuerdos hicieron llorar a Humberto, conmoviendo a los lutosos quienes no entendieron la fuente de la motivación, pensarían que era un ofrenda de sentimientos para su abuela. No tenía la intención de explicar, –hay leyendas que surgen de esas fallidas interpretaciones–, le bastaba entenderse él mismo como identidad de sufrimiento. Simón era claro para Humberto, su memoria era fresca, actual. Gloria le era distante, ajena, aún así era un vínculo con su abuelo. De este parecía no haber secretos, todo lo que le interesaba de él estaba rebelado, lo que encontrara sería complemento. De ella, no sentía el deseo de saber más, una mujer autoritaria, dura, con mirada desconfiada, sin la menor pizca de tacto para cortar de tajo con una conversación que no le interesaba (o no le convenía). Pero ahora Humberto tenía en su bolso algo que Gloria guardaba con celo: entre las llaves de cada

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rincón de la casa había un juego de llaves de cobre, las mismas que ella usaba cuando se encerraba en la biblioteca y se escuchaban ligeros rechinidos de las bisagras de los libreros y disimulados choques de los cajones internos. Eso le provocaba una pequeña inquietud de intriga. Sentado detrás del escritorio en el sillón de piel negra y con ruedas, en el que su abuelo solía sentarse con él en las piernas cuando todavía su pequeñez se los permitía y en donde en ocasiones dormían juntos después de concluir una corta lectura, giraba y retrocedía con las extremidades extendidas. Los altos libreros empezaron a generar un magnetismo en su curiosidad, por instantes parecían crecer o ancharse, podía imaginar una risilla burlona. La atmósfera empezó a envolverlo en aumento, susurros, una especie de reto y cautives, emociones que flotaban asomándose detrás de los muebles y volaban de un lado a otro de la habitación, como espectros. Su atención estaba tan fija que alrededor de los libreros se formó la negrura más densa, no había en ese túnel oscuro otra cosa que esas columnas de madera y vidrio. El dolor por falta de lubricación exigió que sus ojos parpadearan, apretó fuerte los párpados produciendo exceso de lágrimas, las lucecitas hacia el centro de su visión gusanearon unos segundos antes de permitirle recuperar totalmente la imagen. “Puta”, era la palabra favorita de Gloria al referir la persona de Dolores. Humberto recordó de corrido las varias ocasiones en las que su abuela adjetivaba de tal manera a la que fuera, antes que ella, la novia oficial de Simón. No había un mal recuerdo que la pusiera tan altanera como el de Dolores. Literalmente le era un “dolor” en su tolerancia, sin mencionar lo que en molestia le correspondía en su antipatía. Cuando decía “la puta esa”, ya se sabía a quién se refería. Cuánto pudo significar para la abuela unas palabras con esa intención: estorbo en su estabilidad emocional en la relación con el abuelo, rivalidad de amores, temor a los sentimientos de él, inseguridad ante la imagen de Dolores. Y tantas otras sensaciones que muchas noches fomentarían el insomnio de Gloria. Ante esa adjetivación, y por quien hacía referencia, se construía puentes en el tiempo que formaban una línea recta que se prolongó hasta la vejez, de una firmeza tal que arraigó una fijación en su voluntad. A la primera oportunidad se provocaba su impulsivo carácter, y con su grave voz casi rezaba las frases en contra de su

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ausente rival. Cuando la mujer se desbocaba y por mala fortuna le tocaba a Simón estar presente, escuchaba con mirada perdida y en total mutismo, y cuando las agresiones buscaban otro objetivo y se hacían extensivas a su persona, si decía algo, “¡Déjame en paz!” era la frase que avisaba que su

paciencia tocaba el límite. Después de la discusión, el ofrecimiento y aceptación de disculpas eran la escena final. Él también había caído en la dinámica, un juego de reproches que no terminó hasta las vísperas de su muerte. Después del fallecimiento del hombre ella no paró, aunque su afán disminuyó un poco y tomó

el matiz de queja al refugiarse en aquellos que le tuvieran la atención suficiente.

Buscaba consuelo a su neurosis, una salida que desahogara sus fijaciones que transitaban en su círculo repetitivo. Sí, era fastidiosa su actitud, y Humberto, cuando le otorgaban el papel de escucha, terminaba asintiendo mecánicamente con la cabeza y su mente escapaba pensando en otras situaciones de más importancia o de menor frivolidad. El primer intento falló, la segunda escogida entre el racimo de llaves fue la

que abrió la puerta del primer librero. Los chirridos de las dos puertas dieron un toque de misterio a la atmósfera. En las manijas de latón ahora sus huellas digitales compartirían un lugar con las de Gloria. Los libros en perfecto estado parecían adormilados en esa cápsula del tiempo que los conservaba casi intactos,

a no ser por las pocas veces que fueron de utilidad las páginas se hubieran

asfixiado. Ediciones doradas de la Divina Comedia, de las Aventuras del ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, una colección de las obras de Shakespeare, otra de William Blake y sobre todo una de Leonardo da Vinci ocupaban un lugar especial en el librero. Al igual que su gemelo éste tenía algunos cajones. La puerta corrediza de una gaveta se abrió con una vuelta completa de la pequeña llave, al plegarse se descubrió una caja de madera con incrustaciones de carey, al abrir la tapa se escucharon las notas mientras una pareja de bailarines giraba sobre un pie, breves notas que se fueron pausando en el último giro de las figuras

que quedaron dándose las espaldas como queriendo salir huyendo de su encierro, notas robadas a los oídos de la anciana que no pudo escucharlas.

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Entre los dos libreros una pequeña cómoda con tres anchos cajones, soportada en el muro y sostenida por tres largas patas, dos al frente y una atrás que servía de equilibrio, <<Incompleta, no les costaba nada ponerle la otra pata para que fuera útil en otras áreas de la casa. Es posible que la abuela la hubiese mandado hacer de esa forma, no era raro entre sus caprichos>>, pensó Humberto. Sobre el mueble fotografías de sus familiares, una figura erguida de Cervantes Saavedra sosteniendo un libro con su brazo izquierdo y el derecho al cenit, y dos pastilleros ovalados de plata. En el primer cajón bolígrafos y plumas antiguas de buen gusto sobresalían de entre diversos objetos y recuerdos; Gloria solía guardar todo aquello que representara valor, suntuosidad y elegancia. En el Segundo, diversos objetos, algunas monedas y un espejo circular cubierto por una franela gris. En el tercer cajón varias hojas, cartas y escritos inconclusos; las palabras del Zaratustra de Nietzche transcritas en letras cursivas en una hoja de puntas amarillentas: “Habéis muerto, fugitivos, demasiado pronto para mí. Sin embargo, ni habéis huido de mí, ni yo he huido de vosotros: no somos culpables, unos para con otros, de nuestra infidelidad”. Sobre la cómoda, colgada de la pared en litografía y en marco dorado, La Gioconda con su inocente y enigmática sonrisa miraba impávida cada movimiento. El segundo librero era más grave. En su interior reposaba la urna con las cenizas del padre de Gloria. Un joyero con los primeros mechones y dientes de leche de cada uno de sus hijos. Después de un buen rato de revisión superficial, en un cajón lateral encontró un gran número de sobres de cartas apiladas, y en el fondo un sobre solitario. El sobre con el nombre de “Dolores” por remitente con el matasellos de un abril sobre las estampillas postales de Francia; los surcos planchados mostraban que en algún momento fue estrujado con su contenido. En la carta, con signos de maltrato, contaba amistosamente a Gloria los lugares que había conocido durante su estancia como estudiante, los museos de arte eran sus favoritos. El último párrafo contenía la verdadera razón: “Estoy desesperada, ya casi terminó la carrera y sé muy poco de él, hace un año que no lo veo. No sabes el deseo que tengo de estar cerca de mi Sao. Pero estoy feliz, regreso en octubre, lo veré nuevamente antes de volver por última vez a París como estudiante, por mi título…”. Una carta extraña, <<¿no se suponía que Dolores era una “ramera

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ofrecida”?>>. Para Humberto era claro que Dolores no había sido tan lejana a Gloria como las reacciones de ésta hacían suponer. Pero espera, no prejuzgues, <<”Dolores” no es un nombre exclusivo de una sola mujer, cualquiera puede llamarse así>>. Además, qué fastidio detenerse en un asunto tan gastado durante años. Y quien pudiera llamarse Sao en este mundo no ocupaba un lugar en la dimensión de los recuerdos. Los tomos de la Enciclopedia Ilustrada de Literatura Universal se encontraban en el estante superior, muy arriba, difícil para acceder a ellos. La opción se encontraba del otro lado de la habitación, allá donde el librero de Simón. Recorrió tranquilo el pasillo, de cualquier forma no había apremio, los secretos estaban abiertos a su disposición. Tomó la escalera piramidal de madera y la empujó deslizándola sobre las ruedas esféricas de caucho. Despacio la acomodó, se dio unos segundos esperando solemnemente el momento con una sonrisa. Subió lentamente por los ocho escalones chillones, el superior era lo suficiente amplio como para poder mantenerse de pie. Para acomodarse se apoyó de la enciclopedia, esto provocó que parte de las obras fueran echadas más al fondo mientras que algunas se mantuvieron en la misma posición. Curioso empujó otros volúmenes, pero en una parte en especial, doce, se mantuvieron en su lugar. Algo impedía que los demás libros se alinearan hacia atrás, quizá una saliente de madera. Retiró cuidadosamente algunos tomos que colocó sobre los volúmenes del siguiente entrepaño, el obstáculo era un paquete cubierto de una bolsa de tela roja. Dentro se apreciaba un libro, ¿caería detrás accidentalmente? Humberto lo sacó de la bolsa, era un libro de colección y de un gran valor dedicado a la vida y obra de Leonardo da Vinci, editado por el Museo el Louvre. Al abrirlo una leyenda certificaba que era el 463 del tiraje de una edición especial de quinientos. Por no soltar la bolsa de tela su imprudencia hizo que malabareara con el libro antes de que este escapara de sus manos abierto como abanico, su reserva de reflejos lograron que pudiera prensarlo entre su codo y muslo izquierdos, sujetándose con su otra mano del librero para no perder el equilibrio, por su peso el mueble sólo vibró breve; el esfuerzo hizo que la escalera retrocediera dejándole una posición incómoda para incorporarse. El corazón y el estómago recibieron una descarga de adrenalina, el cerebro descansó después

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de la serie de reacciones que fue obligado a ejecutar en un sólo segundo. Lo primero era evitar que la escalera se alejara aún más del librero, quedó en

cuclillas, volteó apenado buscando instintivamente, como si alguien estuviera presente, como si Gloria lo hubiese visto. Al tomar el libro una hoja salió y planeó, como lo hacen las de los árboles en otoño, hasta posarse inclinada entre el librero

y el suelo. Tres de las del libro se doblaron y la parte final cocida estaba

desfasada. Lamentable el ser responsable de arruinar una obra tal. Bajó con cuidado exagerado, la experiencia lo tenía de nervios todavía, al tocar piso recogió la hoja, su impulso inmediato fue el de devolverla al libro, pero, le atrajo un nombre. Otra vez Dolores, la de la epístola manuscrita anterior estaba presente, dirigiéndose a la abuela. En la hoja Dolores le rogaba a Gloria que le entregara el libro a Sao, debido

a la falta de comunicación sentía un “distanciamiento”, y era a la única que le podía confiar el libro que compró para él con el dinero que le costó mucho esfuerzo ahorrar: para obtenerlo debió desprenderse de parte de las

mensualidades de su condicionada beca educativa de calidad. Según las palabras, Dolores agradecía a Gloria el haberle informado a Simón su cambio de domicilio, pero desde entonces no sabía algo de él. También le agradecía el seguir siendo su “Celestina”, –no se consideraría Melibea–. En otro párrafo le reclamaba la escasa y poco profunda correspondencia, y le recordaba su cariño:

“…eres mi mejor amiga, en quien más confío”. Debido al protocolo de la titulación su regreso se aplazaría un mes, pensando regresar para ese noviembre. Deseaba pasar los días decembrinos con los suyos. Le decía que dentro del libro había escrito el mensaje que decidiría su futuro, al leerlo él tomaría la decisión. Repasó las hojas del libro rápidamente, de un lado a otro con los pulgares, por si se asomaba alguna carta. Hojeó página por página, tratando de encontrar

el mentado mensaje. Las páginas testigo eran la 156 y 157, ambas abarcaban la

imagen panorámica de un atardecer rojizo en campiñas italianas. En contraste, la caligrafía en tinta azul, escrita a cuarentaicinco grados en diagonal en el tercio inferior de las páginas, insinuaba una leve curva desde la primera a la última palabra de cada renglón: subía, llegaba a la cresta con marcado firme y bajaba entre letras urgentes. El mensaje se dirigía a un tal “Simón”, un nombre muy

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familiar, “¡un momento… Sao… S, A, O!…” <<¡Pero por supuesto, SAO son las siglas de Simón Aguilar Olguín… El abuelo!>>. –Se debe poner en el lugar de la mujer para entender que identifica a los que ama con pseudónimos que significan algo íntimo y especial para ella–. ¡Dolores era ella! El objeto de tantos entripamientos, ahora infundados, de la soberbia mujer. Tanta confianza a alguien que la tildó de ramera innumerables veces evocaba a la duda. Humberto abrió el cajón de las cartas apiladas, debajo de numerosos sobres de diferentes remitentes una bolsa negra, en su interior varios sobres ya abiertos encabezados con el nombre de Simón Aguilar O., la destinataria: Dolores Márquez. Los recientes no tenían timbres, los tres anteriores llevaban el sello de devolución de la oficina de correos. En la última carta Simón no entendía “el por qué” Dolores se había olvidado de él y su relación, le pedía una explicación de la ausencia de correspondencia, por lo menos un mensaje con Gloria. Él tenía que viajar ocho horas para llegar donde Gloria, pues la academia de marina estaba en otro municipio. Todo parecía demasiado complicado. La posesión de las cartas despertó suspicacias nada empáticas sobre la persona de su abuela. “Con la tecnología de nuestros tiempos —pensó— la distancia no hubiera sido un obstáculo significativo”, la comunicación hubiera resuelto cualquier desconfianza; pero esos no fueron estos tiempos; el ritmo de estos es vertiginoso, aquellos tenían su muy propia cadencia. Es posible que el libro jamás haya sido tocado por su destinatario. Humberto descubrió que el sabio, místico, visionario y artista fundador de la escuela lombarda era el personaje que más admiraba Dolores, al igual que el abuelo. Admiración que se imprimió en su propio espíritu por inculcación en la infancia y por conciencia propia después de la muerte del anciano. –No era entusiasmo sincero el que Gloria expresó por da Vinci, se asomaba una estrategia mal intencionada, en este momento Humberto entendía que siempre había sido por competencia: sentirse en la jugada, y buscar en Simón que su falsa admiración sustituyera la de Gloria–. La parte descosida no se dio por el desagradable incidente, alguien arrancó tres hojas y eso había producido con anterioridad que se debilitará la encuadernación. Con el libro en manos se acercó a la Gioconda, comparó su tamaño con las dimensiones del libro; después se

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dirigió a La Última Cena y a La virgen de las Rocas, igualmente enmarcadas en dorado y colgadas por encima del mostrador de la colección de figuras antiguas, a un lado de la puerta entreabierta de la biblioteca. Confirmó su sospecha: eran del libro. “Qué lástima”, mutilar una obra como esa. En una de las esquinas de La Virgen de las Rocas otra imprudencia, se lee en cursivas: “Para el hombre más importante de mi vida”, la firmaba “Gloria”, –se intuye el fin del acto–. El noviembre del año en que regresaría Dolores fue cuando los abuelos contrajeron matrimonio religioso. Los hijos bromeaban ocasionalmente comentando la borrachera que Simón se pegó en su Luna de Miel, y la resaca que le duró tres días al entonces novicio de las prácticas del etilismo. En una ocasión Humberto, a sus diez años de edad, con una sorpresa que lo ubicó en el extremo frío de la realidad, encontró al viejo hecho una cuba hablándole al busto de mármol de Sócrates. Al cruzar miradas Simón respiró profundamente, quiso decir algo, pero se detuvo antes de hablar incoherencias, conciente de que no debía desilusionar más a su nieto corrigió su postura, se le acercó, le tomó de los hombros, se disculpó y se dirigió a la puerta: “Debo irme a dormir”. Antes de salir de la habitación se detuvo, “No volverás a verme igual mi niño, y nunca, jamás bebas”, se retiró con decisión, y cumplió su promesa. Prefería derrumbarse emocionalmente en su soledad, ahí donde no inspirara lástima. Había hecho un nudo gordiano con sus sentimientos, deseos y voluntad; sólo que le faltó la técnica de Alejandro Magno. <<¿Cómo poder casarse, amando a alguien más?>> Una reacción producto de un despecho que le costó arrepentimientos silenciosos. <<¿No podía haber esperado, cuál era su prisa de casarse tan joven?>> Quizá el impulso de la misma juventud. Pero, esos sí eran otros tiempos con diferente compás; ahora puedes correr sin detenerte, sin otro compromiso que el que quieras aceptar y sin más culpas que las que te permitas en una sociedad liberal; claro, el riesgo son los resultados del exceso de confianza. Las de ellos eran épocas como los viajes en ferrocarril de Simón entre la academia de marina y la casa de Gloria: más tiempo invertido en distancias más cortas. No sólo se daba el tiempo de conocer el camarote, también visitaba todo el tren; podía ver caer el día o disfrutar una salida de Sol en las montañas, mientras reflexionaba hundiendo su contemplación en los paisajes. –Estas son épocas prácticas, veloces, como el

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viaje en un avión comercial: menos tiempo en distancias más largas. Por mucho se podrá visitar el retrete, y la cabina si las normas de seguridad antiterrorista no son tan rígidas–. La abuela sí aplicó las estrategias, no sólo como el genio florentino concibió las herramientas, sino que incluso, como Maquiavelo, se formó un código de guerra. Para ella el amor se alcanzaba de la misma manera: quitando de en medio a los adversarios y manipulando a los aliados. Se tragó la edad media, pero aquellos no pasaron de los personajes de los dramas y tragedias. Se lo tomó tan a pecho que logró su objetivo. Una roca fuerte, sin embargo, hasta la roca más fuerte puede ser abatida. El juez y el verdugo interno siempre tienen listo el cuarto de las torturas, a esos no se les engaña, no se puede huir demasiado tiempo de ellos, tarde o temprano dictan y ejecutan la sentencia. Una pregunta cruzó por la imaginación de Humberto: <<¿En quién se inspiraba Simón cuando le hacía el sexo a Gloria?>>. Las pruebas inspiraban ha recrear el pasado y a fomentar una fértil e irreverente imaginación. Esos sentimientos firmados en palabras de Dolores y Simón fueron el castigo que derrumbó constantemente la seguridad y orgullo de Gloria. Las cartas, el libro mutilado, las litografías de da Vinci colgadas en la pared de la biblioteca, el rostro inquieto del abuelo antes de cerrar el féretro. Esos remitentes sentimientos, escritos e impregnados, sobrevivieron a la abuela.

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Diciembre/2002, D.F.

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i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ▲ Efímera. Sergio Abreu.

Efímera. Sergio Abreu. Óleo / papel. 21.5 x 27. 5 cm. Cuernavaca, Morelos. / Diciembre 1999.

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Inspira

Una tecla tras otra. Deja dormir a la Vieja, que tiene que levantarse temprano a trabajar. Llevas una semana tecleando hasta las tres de la mañana, te has obsesionado con ese horario, se ha vuelto un ritual patético. ¿Acaso crees que la Vieja no duerme? Las ojeras se están poniendo violáseas poco a poco, el rostro enflacando. Las navajas del rastrillo tienen un blanco opaco, amortajado. Una hoja más echa bola, es la tercera vez que esa página te sale mal: les falta vida, espíritu, esencia a esas palabras amartilladas sobre el papel. Otra más al rodillo. Deja de murmurar tus maldiciones y concéntrate, despega un momento tu mente de este mundo para ver si allá puedes encontrar eso que hace falta, eso que se te ha escurrido. Anda rondando en tu cabeza desde hace un mes y no lo has podido capturar, se asoma y cuando lo has querido agarrar se esconde nuevamente, ha estado jugando contigo, te ha coqueteado y se ha burlado de ti. ¡Está allí ahora!… Tranquilo… Relájate… Deja que se confíe, y cuando esté descuidado ¡brincas sobre él y lo coges de las orejas!… Espera, despacio, respira profundo. Aguarda, parece que falta poco. Ahí viene, ahí viene. ¡¡¡Ahora!!! —¡¡¡Maldito sea!!! ¡Se largó otra vez! Será mejor dejarlo por el momento, no tardará mucho en volver a merodear, a plantar sus patas silenciosas y en asomar sus brillantes ojos detrás de la acostumbrada cortina de la expectación (–cuánto estorba la “x” a esta palabra–). Eso está bien, toma unos tragos de té, ya se enfrió pero te regresará un poco de calma, es necesario un descanso cuando el cerebro se siente abotagado y la creatividad frustrada. Un momento sin ficción te regresa la mente aventurera al cuerpo dolorido. Deja de invocar a los muertos y de tratarlos como fetiches milagrosos, ni Blake y ni Alighieri creo que puedan ayudarte, ellos tendrán sus propios problemas que resolver en sus tumbas. La inspiración es responsabilidad del que decide aventurarse en estas catacumbas. Abre la hoja estrujada, repasemos la hilación. Por lo menos la sintaxis es mejor que en las anteriores. Ja, dos faltas de ortografía en una sola palabra:

“objeción” no se escribe “obsesión”. Error de dedo, o de las ansias. Mmmm, ¿o

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fue el inconciente expresándose al achacar, en broma, a la parafasia la parafernalia de este círculo neurótico que has adoptado? Todo puede suceder a estas horas y en semejantes circunstancias: una batalla contigo mismo sobre el delgado cuadrilátero blanco, cada frase es un movimiento, y te estás recuperando de la caída del tercer round. En las butacas los ángeles y demonios están agitados. –Un duende vende botanas en los pasillos–. En la lona, la luz contra la cara es nada agradable. Tomemos aire mientras nos cubre el conteo.

Lo que te cuestan unos minutos en momentos de inspiración, ahora sin ella te está costando horas que se escurren entre las manecillas del reloj. En fin, la campanilla a marcado el inicio, es hora de medir al contrincante nuevamente. ¿Qué esperas? ¡Ya, suelta la primera tecla! Además lo que vas a escribir

ya está pensado en el papel arrugado. Ah, ya vi, estás meditando sobre esa

tercera parte que te ha desfigurado la paciencia.

Quizá hubiera sido más sencillo si también en esta ocasión hubieras escrito

en la computadora, como tus varias páginas acumuladas en el rincón del disco

duro, ahí es más fácil dejar espacios vacíos y seguir otras partes mientras prendes las nuevas ideas. Pero no, te aferraste en desempolvar la vieja máquina y

a trastornar el sueño de la Vieja. ¿Ya ves? Por eso luego dicen que los escritores son excéntricos, o que están locos: como si la literatura tuviera la culpa de nuestras carencias o demencias. ¿O si la tiene? Creo que lo mejor será ir a dormir. Por la tarde regresa más despejado, a estas horas las musas se han agotado, están casi inertes sobre la Tabla de Aristóteles (pues qué es un pequeño escritor, sino un pedazo de filósofo). Que rico es el colchón cuando uno termina agotado. La almohada es fresca

y las cobijas parecen brazos protectores, extensiones que brevemente compensan las insuficiencias de caricias. Te enconchas y vuelves a ser infante en prefacio del sueño; aquí no hay ovejas, esa es cuestión de la imaginación popular,

un placebo que casi nunca funciona en los críos… ¡Un momento! No te muevas.

Ahí está nuevamente ese ladino, ¡qué bien, parece descuidado! Aguanta, espera,

un poco más, prepárate… ¡Ahora! —¡Te tengo pedazo de porquería!

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No lo sueltes, va a intentar escapar. Se mueve como gusano. ¡Eso es, lo tienes! Sólo cuida de no apretar su cuello tan fuerte, no nos sirve muerto. Ya no podrá escurrirse. Olvídate de los zapatos, ya sé que el suelo está frío, pero eso no importa. Hay que llevar a este rejego a la hoja. Por fin. Sujétalo para siempre en la página, ese será su nuevo lugar, aunque no se domestique se acostumbrará a esta libertad. Fíjalo tecla tras tecla, dale de beber de la tinta en la cinta. Oh Dios, cuando se logra una hazaña de estas magnitudes dan ganas de festejar, la idea exacta deja de ser un fantasma escurridizo para hacerse palabra. No la aprisionamos (y aunque quisiéramos jamás lo lograríamos realmente), ni se trata de la cabeza de un trofeo colgado en la pared, eso nunca nos lo perdonaríamos, la tomamos del mundo de eidos de donde sigue siendo originaria, pero la hacemos habitar en el mundo de las palabras donde los seres de todas partes pueden contemplarla desde un muro de cristal, y en ocasiones, los mas osados, podrán acariciarla. Puede que ella no se deje tocar por intelectuales ignorantes, puede que deje hacerlo a los contemplativos de mayor humildad y sinceridad, puede que sólo sea una pieza de museo para las mayorías; pero lo que sí es seguro es que está allí, y que nunca se irá para los que no la extrañan por que la han hecho parte de sí mismos. No hay otra cosa más que el té con asientos, pero qué importa. Brindemos por el triunfo. Ya son las cinco de la mañana, la máquina repica como castañuelas. La Vieja se está levantando, tiene que ir a su puesto, se ve que no durmió bien. Y tú aferrado a las teclas, tu éxtasis por seguir supera el remordimiento de ver a la pobre mujer cansada. El verla levantada, y sin quejarse, te disminuye la culpa de tu concierto nocturno. Aunque no comprenda lo que escribes, ella entiende tu trabajo: capturar entes noctámbulos a lo largo de una tecla tras otra.

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26/Mayo/2004, D.F.

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i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Sobre la Línea

Sobre la Línea III (Serie: “Perra vida”). Sergio Abreu. Digital VGA (Cyber-shot 4.1) / Vela. D.F., México. 2005-05-15.

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La Esperanza Perdida

—¡¡¡La he extraviado, me la han robado!!! Pietro despertó de repente del mundo de las realidades con una suprema preocupación que le desfiguraba el rostro. —¡¡Búsquenla, búsquenla por todos lados!! Salió corriendo por el pasillo gritando desesperadamente. Al escucharlo los demás empezaron a buscar y a gritar también en un coro desordenado. Buscaban bajo los camastros, los muebles. El manicomio era un caos. —¡Búsquenla por favor, que me la han robado! Estéfano, que inmutable se encontraba mirando el amanecer por el ventanal del salón alzó la voz:

—Pero, ¿qué has perdido, qué debemos buscar? Todos detuvieron su búsqueda y Germán como le permitió su corea de Huntington, secundó la pregunta:

—Sí Pietro, ¿qué es lo que te han robado? Con una tristeza que atravesó los oídos dijo con la mirada perdida sobre la

pared:

No se pudo haber ido sola,

—Mi esperanza, he perdido mi esperanza alguien quiso robarla.

Y de nuevo todos comenzaron a buscar afanosamente. Leonardo pataleaba, manoteaba, mascullaba y giraba sobre el mismo lugar. —Pero si estaba muy deteriorada, ¿a quién podría interesarle tu

No discutiste con ella? —Volvió a escucharse el tono cuestionante e

esperanza

incisivo de Estéfano. Todos se detuvieron por segunda vez y se miraron intrigados. Pietro reflexionó y clavó su mirada en el brillo del piso. —No, lo que ha sucedido es que la he tenido olvidada, no le he puesto la

atención debida

Quizá decidió abandonarme por ella misma.

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Salvatore, que estaba con su bata afelpada en un rincón meciéndose en un sillón, dijo muy seguro:

—Yo por eso decidí sembrar mi voluntad y ahora es un árbol fuerte en el que me refugio, las esperanzas son muy débiles y sensibles. —¡La mía no! —Dijo Pietro con actitud molesta por tan osado y frío comentario. —Si no es así, entonces ¿por qué se ha ido, por qué te ha abandonado? — La pregunta fue de reto, tajante y tan cruel para ese momento de angustia. Pietro guardó silencio y se sintió traicionado por su esperanza. —Si no la encuentro moriré —afirmó arrugando sus cejas, su angustia era máxima. —Yo vi a la muerte pasar ayer al atardecer, venía con su bata blanca y sus cabellos largos. Se asomó por el ventanal, como aquél día cuando sobre sus alas moradas se llevó a Gastón —dijo preocupado André. Estéfano abrió los ojos con espanto y dio tres pasos hacia atrás sin perder la erguida postura. Pietro sintió que su corazón pateaba su pecho, cayó de rodillas y todos lo miraron con misericordia y se lamentaban. Johan el invidente, quien aguardaba sentado los rayos del Sol, decidió tomar la palabra:

—Pero si no la has perdido —todos voltearon a verlo en silencio—. Está detrás de tus orejas jugueteando, es una pequeña traviesa. Ve en el espejo y aprende a escuchar. Pietro se acercó a la lámina pulida que reforzaba a una de las columnas, donde sólo se podían percibir las siluetas borrosas y deformadas. Él en su realidad pudo ver claramente a su esbelta esperanza asomándose y escondiéndose, y dijo muy seguro: —¡Es verdad, ahí está!—. Sorprendido y feliz preguntó a Johan: —¿Cómo es posible que la hayas visto, si tus ojos están opacos? —Soy invidente, no ciego ¿lo olvidas? —La seguridad de Johan era majestuosa, los demás asentían confirmando sus palabras—. Además mi fe me lo ha dicho.

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—Tu fe, siempre ha sido grandiosa, te envidio amigo —dijo Pietro sin dejar de jugar con la imagen escurridiza de su amiga. —Un día tu esperanza puede matarte de un sobresalto, mírate ahora. Procura hacerte de una fe antes de hacerte viejo —le recomendó Johan.

—Por ahora con la tuya nos es suficiente —aseguró Pietro convencido, tomó en sus brazos a su traviesa compañera, la arrulló y miro agradecido al

Johan acomodó su barbilla sobre sus manos que abrazaban

el puño de su bastón, y sus párpados ocultaron lentamente a sus opacos ojos cuando los primeros rayos del Sol destellaban como brillante ambarino en las montañas. Así Pietro recobró las ganas de vivir al tener la esperanza de haber recuperado a su esperanza. Y a partir de ese momento, cada vez que durmiera, podría soñar en el mundo de las realidades sin sobresaltos ni pesadillas; mientras esperaba que su esperanza se hiciera crisálida de la cual emergiera una hermosa fe, antes de que la vejez lo alcanzara.

anciano bienhechor

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29/Noviembre/2005, D.F.

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i o A b r e u Vértices de una Locura Anunciada ► Hombre erguido (Pentalogía).

Hombre erguido (Pentalogía). Sergio Abreu. Óleo / papel mantequilla. 24 x 29 cm. Cuernavaca, Morelos. / 03-04-1995.

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La Traición

I.

El final del invierno se acercaba y los primeros indicios de la nueva estación se sentían en el ambiente. A las afueras del Templo, el Maestro y sus discípulos limpiaban y purificaban sus cuerpos en el agua. En un lugar, apartados de los otros, Él hablaba a solas con un Judas que no podía dar crédito a lo que escuchaba. —Maestro no es posible que tú me estés pidiendo tal acto. ¿No hay alguien más? Pues has puesto mi corazón en agonía.

Ellos no serían capaces, no lo cumplirían y en el

momento más importante su debilidad emocional los haría retroceder. Eres el único con el valor suficiente para poder hacerlo, el único capaz de soportar el peso de la historia. Has nacido para ello. El Iscariote sentía un terrible malestar en el estómago, le era muy difícil digerir esas palabras. —¿Para ser un traidor? —Has nacido para ayudarme a consumar mi trabajo. Tú eres el elegido, no hay alguien más que pueda hacerlo. —Pero tú eres el Mesías.

Yo he aceptado mi trabajo, tú debes cumplir

el tuyo. —¿Qué pasa si me niego? —¿No recuerdas mis palabras cuando dije: “Si alguno viene a mí y no

sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”? Sí no me traicionas ante el mundo, me traicionarás ante el espíritu.

—¿Simón, Juan?

—Tú lo has dicho, más no yo

—¡Pero, Rabí

Por Elí! –suplicó Judas.

—Está escrito. —De una frondosa higuera tomó el fruto más grande, lo partió y ofreció la mitad a Judas— Ningún árbol bueno da fruto malo, come

conmigo

Ahora dirígete a la fuente del siloé, y contempla tu reflejo.

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Judas obedeció. En la fuente sus pensamientos penetraron su imagen y vio como una espesa nube oscura rodeó su figura; en el momento más profundo de su angustia una luz se abría detrás de su visión, desvaneciendo a la nube, un ser radiante se acercó y lo cubrió, era el Maestro que lo libraba de la oscura ignorancia para después ascender a las alturas. Judas regresó a su otra realidad al sentir una mano sobre su hombro izquierdo. —Judas, es hora de irnos, el Maestro ya ha tomado el camino —le dijo Pedro, quien lo miró extrañado por su leve sobresalto. Judas se refrescó la cabeza y el cuello con el agua de la fuente, y partió con la necesidad de mantener su rostro mojado para ser secado por el viento. Cada gota que caía era una reflexión. Esa noche Judas decidió dormir apartado del grupo, a la intemperie, bajo el abrigo de una enorme roca. Más que el frío del clima, era un frío interior el que hacia tiritar su cuerpo. Con la vista enterrada en el brillo de la Luna sobre las nubes lloraba desconsoladamente; se acurrucó y sus lágrimas se derramaban como nunca antes, sentía su corazón partido en dos.

II.

—¿Has hecho lo que te encomendé? Judas con la mirada perdida en el suelo respondió con voz quebrada:

—Sí. He acordado con los jefes de los sacerdotes. Después de entregarte

recibiré treinta monedas de plata del Santo Sanedrín

sacerdotes y los ancianos no quieren hacerlo durante la fiesta de Pascua, por temor a que el pueblo que te sigue se amotine. ¿Cuál será tu señal Rabí? —Cuando en la cena de Pascua a ti te señale, partiré después a Getsemaní a orar a mi Padre. Con un beso en la mejilla entregarás al Hijo del hombre, esa será la señal. Jesús sonrió, abrazo por los hombros y reconfortó a su discípulo:

Pero los jefes de los

—Ya fue escrito por el profeta Isaías hace casi setecientas setenta estaciones: “sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos

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nosotros”. ¿Qué son treinta monedas a cambio del perdón de los pecados del mundo?

A Judas no le parecía gracioso, se encontraba en el dilema más grande de

su existencia.

III.

—Les aseguro que uno de ustedes, que está comiendo conmigo, me va a traicionar. —¿Acaso seré yo, Señor? —Preguntaban los discípulos. —El que mete la mano conmigo en el plato, y toma este pan, es el que me

va a traicionar. A la verdad el Hijo del hombre se irá, tal como está escrito de él, pero ¡hay de aquel que lo traiciona! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Judas, que tomó el pan sin levadura mojado en el plato, preguntó triste:

—¿Acaso seré yo, Rabí?

Y el Maestro le recordó:

—Tú lo has dicho. Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Judas cogió su manto, bajó de la sala y salió. Sentía que se encontraba en un sueño, sus sienes pulsaban, su respiración era lenta y corta; las orejas le hervían, sus manos estaban heladas, la frente y el cuello le sudaban; tenía la sensación de flotar y de que todo se abría a su paso.

Al término de la cena, de compartir el cuerpo y la sangre, y de cantar los salmos, el Maestro se encaminó a Getsemaní.

IV.

Mientras que el que juró no hacerlo, negaba al nazareno tres veces y un gallo cantaba. Frente al sumo sacerdote, Caifás, que se rasgaba las vestiduras, el Maestro era juzgado falsamente por el Consejo de los maestros de la ley y los ancianos en pleno. Así, al ser herido el Pastor, “se dispersaron las ovejas del rebaño”. La multitud persuadida por los sacerdotes y ancianos eligió al revolucionario enemigo del César y, envió al “inculpado” a la tortura, la humillación

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y crucifixión. Alguien se lavó las manos públicamente y se declaró inocente de la sangre del justo. —¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! — Respondió el gentío. Y su petición se cumplió.

V.

El viento soplaba golpeando en el Gólgota, y las voces se confundían. Un alarido salió de los labios resecos:

—¡Elí, Elí, cuánto me has glorificado! Mientras que los oídos confundidos de Mateo y Marcos creyeron escuchar un reclamo a Dios, entre la muchedumbre uno de los presentes no entendió la invocación y se burló del crucificado:

—Escuchen, está llamando a Elías, Uno le ofrecía vinagre, y otros se burlaban de él:

—Déjenlo, a ver si viene Elías a salvarlo y bajarlo de ahí. Las negras nubes en el cielo habían oscurecido a la Tierra, las primeras lágrimas del cielo se dejaron sentir en intermitentes lloviznas oleadas por el viento. El Maestro se convulsionó de dolor, su cuerpo tembló sin control. Era cercana la tercer hora de la tarde. Un frío terrible que bajaba de los brazos infartados inundó todo su cuerpo. Sus dientes rechinaron y soltó un grito de desahogo al momento en que sus ojos se abrían desorbitadamente.

—¡¡¡Abba, en tus manos encomiendo mi espíritu!!!

En sus últimos estertores sonrió y en su mente tenía presente la imagen del buen amigo Judas, quien perdía la vida por su causa. No había más agradecimiento, más honor a su Maestro, que una no traición.

Después de su sufrimiento, verá la luz y quedará satisfecho; por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por lo tanto, le daré un puesto entre los grandes, y repartirá el botín con los fuertes,

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porque derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los transgresores. Cargó con el pecado de muchos, e intercedió por los pecadores.

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México, DF. 15/09/05.

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