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MENTA, CEDROS Y ALITAS DE POLLO

UN BANCO DEL INSTITUTO…

Los rayos del sol de mediodía rebotaban en sus rosadas mejillas de quince años. Una pena inmensa se derramaba de sus grandes ojos azules en espesas gotas saladas. Sentada en un banco del patio, con el brazo de su amiga alrededor de su hombro, observaba las losetas mugrientas del suelo. Su pequeño cuerpo exhalaba un grito desgarrador de auxilio, de arrepentimiento y de desesperanza. Por dentro, una vida en ciernes; por fuera, una vida destrozada…

- Y, ¿qué han dicho tus padres? la interpeló Elena.

- Aún no les he dicho nada. Jessi me ha dicho que no es necesario que se enteren murmuró con el corazón acelerado.

- Jessi, Jessi… ¡Menuda estúpida! ¿Y te vas a dejar aconsejar por ella? Ha pasado por medio colegio… Sin duda “ella” tiene experiencia…

- Me dijo que su prima fue al centro de salud, y que en media hora estaba fuera, con la pastilla en su mano y sin tener que dar cuentas a nadie de nada…

- ¿Realmente es eso lo que quieres?

- No lo sé… ¡no lo sé! No puedo mirar a los ojos de mi madre desde el viernes… No sé si podré volver a mirarla nunca después de esto… No lo sé…

- ¿Qué te ha dicho Juan?

- Me escuchó sorprendido. Y empezó a sudar. No podía hablar. Miraba al suelo, luego al cielo, y de nuevo al suelo. Se quedó así un rato. Nos quedamos callados en el banco del parque mirando al fondo de nada, mirando al mismo punto, mirando… Pasaron unos minutos, que a mí me parecieron horas. Esperaba su respuesta… ¡Tía! Tiene un año más que yo… Luego me miró a los ojos y me besó. Me supo a tristeza, a caramelo de menta y a despedida. Me dijo que siempre me apoyaría, hiciera lo que hiciera, y que lo pensara bien.

- ¿Que lo pensaras bien? ¿Será cínico? ¡Podía habértelo dicho antes!

- No sé qué hacer. Hablé ayer con la señorita Luisa. Ya sabes cómo es… Me dijo que mi vida es muy importante. Que soy muy joven. Que ya tendré tiempo de vivir experiencias… Que en qué estaba pensando… que si no escuchamos cuando nos aconseja… Vamos, que no me dijo nada.

- ¿Crees que llamará a tus padres?

- No. Se lo dije. Le hice prometer que no lo haría, que era cosa mía. Y a ti te digo lo mismo, Elena. Te quiero como a la hermana que nunca tuve. No me dejes…

- Siempre estaré contigo, Marta.

CARNE Y AGUA

Volviendo a casa, cruzó por el parque. Amenazaba lluvia y apenas nadie había por los alrededores. Se detuvo un rato.

El parque. Las sombras, los árboles… No sabía por qué pero todo le hacía daño. Se imaginaba su vientre abultado y los niños riéndose… Se imaginaba los murmullos, los chismes, los desprecios, las burlas… Imaginaba a su madre llorando, a su padre riñendo, cabizbajo. Veía como en un cine virtual su vida a partir de ahora: los profesores rechazándola, echándole en cara su insensatez y recomendándole un cambio de centro; perdiendo sus amigas, quedándose sola… sola… Imaginó a Juan mirándola con desprecio y pena, mientras se alejaba del brazo de alguna compañera nueva… Sus escleróticas se mostraban rojas de una pena incierta y podrida. Sus cejas intentaban juntarse bajo un mar de surcos forzados. Un dolor inmenso le apretaba el pecho. Se sintió como un trozo de carne apaleada, amasada por puños ajenos. Entonces comenzó a llover. Sintió el alivio de las primeras gotas y después un torrente derramado en su frente contraída. Miró al cielo con los ojos cerrados… ¿quién llora por mí desde arriba?, pensó. Le llegó el aroma de la hierbabuena mojada del parque, un olor dulce que se introducía por sus poros. ¡Ojalá fuera una hoja de menta agitada por el viento y golpeada por el agua!

Fue allí donde tomó la decisión. No podía seguir. Su vida se acabaría en nueve meses de infierno doloroso. Al fin y al cabo, como decía su profesor de ciencias, sólo era un cigoto, producto de la unión de dos gametos. No sonaba muy humano. Dos células sin sentimientos que nunca llegarían a formar un ser humano…

Era demasiado para ella. No debía tener remordimientos. Ella bien lo sabía, la ley la defendía… pero, ¿por qué se sentía tan mal?

EN CASA

Su madre había salido. Mejor. No tendría que explicarle por qué estaba calada hasta los huesos. Se cambió de ropa y se dio una ducha. Luego se sentó en su escritorio y se puso a escribir en su diario:

“Hoy he hecho la segunda falta. Aún no me noto nada, aunque sé que está ahí. Me quema por dentro. Lo tengo decidido. Mañana iré a la clínica. Ya no sirve la pastilla, así que tendrán que hacerme un legrado. Me lo han explicado en el centro cívico. Si todo va bien, estaré enseguida fuera. Alegando un conflicto familiar no me harán ni preguntas sobre mis padres. Y ni siquiera se enterarán. Tan sólo lo saben tres o cuatro personas que creo que son de mi confianza. Será como un mal sueño que he tenido. Y ya está. Todo volverá a ser como antes.

Quiero a Juan. Y creo que él a mí también. No tenemos que destrozar nuestras vidas…”

Y lloró amargamente…

LOS CEDROS SOMBRÍOS

Soñó con cedros. Un parque lleno de árboles enormes. Destilaban aceite, esencia olorosa que se esparcía por todos lados. Unos hombres recogían ese ungüento en pequeñas vasijas que cuidadosamente introducían en cajas pequeñas. Junto a ellas, enormes sarcófagos con momias egipcias eran embalsamadas con los aceites.

Se quedó mirando fijamente a los árboles oscuros. De repente, todos la miraban con ojos huecos y sin vida. Levantando sus delgadas manos, la señalaban como en un ritual. Los árboles comenzaron a agitarse nerviosamente, como poseídos por algún espíritu inquieto. Quiso salir huyendo de allí, pero sus piernas no le respondían. Estaban como clavadas al suelo, hundidas en un barro húmedo y pestilente. Se acercaron hacia ella lentamente sin bajar sus dedos acusadores. Intentó gritar, pero sólo salió de su boca un pequeño sonido gutural ininteligible. El más anciano y decrépito, con arrugas de miles de años, le tocó el vientre, que comenzaba a abultarse poco a poco. Su dedo se introdujo por su ombligo y sintió un pinchazo terrible en su interior.

“Mañana vendremos a visitarte”, murmuró el anciano, con una voz oscura y rota por un trémulo diafragma. Una mujer sin ojos le puso en la boca una de las vasijas y derramó el aceite. Penetró por su cuello como hierro candente…

Entonces se despertó. Su garganta le ardía. Bebió un poco de agua y se acurrucó en la cama. Estaba amaneciendo…

EN EL BUS…

Las piernas le temblaban. ¿Le dolería? Le habían dicho que más que nada era molesto y que enseguida se recuperaría. Había hablado con una mujer muy simpática del centro cívico que se ofreció para acompañarla a la clínica. Ella se había negado. Era algo que debía hacer sola.

Le parecía que todos los ojos del autobús estaban fijos en ella. Aún tenía en su boca la amargura de su horrible sueño. Era curioso. Le venían arcadas que se desvanecían con el olor a hierbabuena que parecía habérsele impregnado por todo el cuerpo. Miró hacia la calle por la ventana. Vio a la gente de la ciudad como marionetas que paseaban automáticamente. No vio vida en la calle. Quiso fijar en su mente la hermosa cara de Juan, pero se le difuminaba. No le había dicho a nadie nada. Tan solo a su buena amiga

Elena, que la había acompañado hasta la parada sin decir ni una palabra y la había despedido con un beso y una lágrima. Ella la excusaría en el instituto.

Observó a las personas del autobús. Parecía que habían dejado de mirarla. Ahora cada uno estaba absorto en sus cosas. La mitad estudiando sus móviles o mandando mensajes. Los otros con la mirada perdida en algún horizonte sórdido. Una mujer hablaba sola. Parecía enfadada. Y frente a ella una joven de unos 25 años amamantaba a un bebé. Volvió su vista a la ventana. Al fondo pudo distinguir un parque de grandes árboles. Le pareció el de su pesadilla, aunque los árboles no eran tan oscuros y amenazantes. Pero lo que sí vio, de eso estaba seguro, fue al anciano de su sueño. La miraba, fijamente. De repente levantó el brazo y su dedo amenazador la señalaba. Abrió la boca… Marta bajó la mirada y se agitó con un escalofrío que le atravesó la espalda. Cuando volvió a mirar no había parque, ni anciano… pero su corazón cabalgaba como un caballo desbocado.

Le quedaban cuatro paradas. Se le estaba haciendo eterno. Cada minuto que pasaba era un golpe en sus costillas…

OTRO BANCO DEL PARQUE

Han pasado 6 años. Marta repasa unos folios arrugados de pedagogía. Mañana tiene examen. Ya está en tercero de carrera. Y está contenta. Cree que ha acertado en la elección. Sin duda, será una buena maestra.

De repente, un viento ligero le trae un perfume familiar. Hierbabuena. Es como si desde entonces no hubiera existido. A su mente acuden en masa los recuerdos de aquel día gris. Nunca se ha arrepentido de su decisión. Levanta su vista hacia el frente y cierra los ojos… Recuerda la lluvia, los cedros, la menta… Oye los niños jugando en los columpios. Una hermosa niña con coletas vuelve la cara hacia ella. Ella le devuelve la mirada y le sonríe.

Recuerda vivamente el autobús, la mujer hablando sola… y la joven dando el pecho. Pero por encima de todo, una mirada. La mirada del bebé hacia su madre. Esa mirada que sólo tienen las almas puras, esa mirada de seguridad, de admiración, de amor… Una mirada que arrancó la hiel de su

garganta, y le devolvió la vida. Cuando se puso a llorar, la madre del bebé se acercó hacia ella y la consoló con palabras que no entendió, tal vez ni oyó, pero que traspasaron su alma como una espada templada

Nada fue como su mente había imaginado. Sus padres la apoyaron, sus amigos la acompañaron, los profesores la ayudaron… Perdió a Juan, pero eso ya no importa…

La

niña de las

coletas se

acerca a ella. Se

mirándola con ternura le dice:

abraza a sus

piernas y

- Ese niño de allí me ha dicho que los caramelos de menta pican mucho, pero están muy buenos…

- Claro, cariño. Por eso no te doy. Pican mucho

- ¿Qué comemos hoy, mamá?

Marta mira a su hija con un amor extremo y eterno. Daría su vida entera por ella.

- ¿Qué quieres comer, mi vida?

- Hum… ¡Caramelos de menta!

Bueno,… ¡y alitas de pollo…!

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