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González Tuñón, Rául: El violín del diablo, Buenos Aires, La rosa blindada, 1973. (selección).

EL VIOLÍN DEL DIABLO

I

Hablan las cuerdas

Soy el violín del Diablo camaradas. Así me llaman todos los hombres de los puertos que dicen amarguras mintiendo carcajadas.

He nacido en la guerra. Vibré para los muertos

y para los heridos. Mis cuerdas endiabladas

sonaron en la negra noche de las trincheras,

y

un soldado alemán me ha traído a esta tierra

para gloria de hampones, marinos y rameras. Soy un grotesco invento de la guerra, que suena en las tabernas costaneras.

Mi

cuerpo es de palo. Mi vientre de lata.

De

mi vientre cuelgan algunos caireles.

De

alambre mis cuerdas. De palo mi pata.

Mi cuerpo es de palo. Mi vientre de lata.

y no tengo el brillo de los oropeles.

El violín del Diablo me llaman, y vengo de las negras fosas del campo alemán.

Me ha creado un viejo pelirrojo y rengo,

bufón a las órdenes del Gran Capitán. A todo el que quiera moverme me ofrezco. Vomito sonidos roncos y vibrantes. Soy extraño y mágico, trágico y grotesco, como el alma de todos los hombres errantes.

II

Werner Land

Este muchacho flaco y rubio, es alemán y musicante. Luchó en Verdun y en el Danubio. Este muchacho flaco y rubio tiene un abismo por delante. ¡Veinte años, y cuánta pena en tus ojos azules y tristes! Allá en Sajonia, la serena ¡veinte años y cuánta pena! piensa una rubia que no existes. Soñador, nostálgico, vagabundo,

va por la senda triste y fría. Fue soldado de la República

y

cierta vez allá en Hamburgo,

el

soldado de la República

escuchó a Rosa Luxemburgo.

¡Ni República, ni Monarquía!

hasta él llegaba el destierro.

Vieja Alemania: el musicante está soñando en tus praderas.

La

palidez de sus semblante

se

acentúa, trágica y tremante,

cuando no suena el violín errante que trajo de las trincheras.

III

Otra vez las cuerdas

Y así… Din-Don. Y así… Din-Don… Din-Dan…

soy el símbolo trágico de la pobretería, de todos los que vienen y todos los que van y todos los que caen en esta senda fría. Asoman en la vieja ventana del tugurio dos rostros. Dos rameras de miradas sombrías, llamando a los marinos de todas las naciones,

que forman en gran parte la escoria de la vida.

Y yo, el violín del Diablo, bajo la mano trémula

de Werner Land, el hombre que vino de Alemania, sueno para los tristes y para los vencidos los sonidos extraños de ésta, mi caja extraña.

Y al son de mis caireles, dos ingleses borrachos

danzan entre las mesas que tiemblan de botellas. Mientras allá en el fondo, algún cocainómano absorbe el polvo amargo, como una muerte lenta. Golpea mis alambres, el palo que sostiene

la

mano del enfermo fraile de la añoranza,

Y

Chopin o Beethoven, o Wagner o Mozart,

desfilan por mis cuerdas de alambre y por mi lata.

Y así, mi alma es sencilla y es buena.

Pero es trágica y grotesca y fatal.

Mi alma es como el alma de los hombres errantes

y sufrientes que pasan, que vienen y que van!

SINFONÍA EN ROJO Y NEGRO A Conrado Nalé Roxlo

En el White Corner murmuraron

y las miradas se volvieron,

cuando los músicos entraron

y sonrieron.

El

uno es ruso y mutilado;

el

otro, un negro de Jamaica:

toca éste un flautín abollado

y aquel toca la balalaika.

Labios gruesos –cabellos rojos-

la balalaika dio sus notas

y el ruso aquel cerró los ojos en las nostálgicas gavotas.

Y desacompasado y lento

sonó el flautín del negro aquél; las desgreñadas motas al viento, sobre las piernas, la gorra de piel.

Veo que escuchan silenciosos los parroquianos del café. Parecen estos haraposos dos personajes de Andreief.

¿Qué piensa el negro? ¿En su lejano salvaje y cálido país? ¿Y el otro? ¿En su siberiano suelo frígido, blanco y gris?

¡Toca el flautín, negro ambulante! ¡Suena en tu suelo de Jamaica! ¡Suena en tu nieve, ruso errante,

y suena, suena la balalaika!

Es el camino triste y largo. La balalaika y el flautín harán mucho menos amargo vuestro dolor y vuestro esplín.

¡Cesad en esas sinfonías que los marinos y las rameras están pensando en lejanos días de las ya muertas primaveras!

¡Pasad, hermanos musicantes, ese platillo entre las mesas

y que luego en vuestros semblantes finja su risa, la tristeza!

Calló el flautín y la balalaika

y

el ruso aquel abrió sus ojos,

y

se fue el negro de Jamaica

con el hombre de cabellos rojos.

MAIPÚ PIGALL A Ricardo Güiraldes

I

Los rincones

se esconden en los espejos.

Amenaza en los entrecejos. Estiran a lo largo de los salones,

los bandoneones sus ritmos cansados y viejos.

Y suena el gong de las pasiones.

II

Ensayo de gesto compadre.

Hay un París falsificado. Esa mujer que va a ser madre esconde el vientre combado. Vaho de calentador prostibulario. Un olor

a polvo de arroz barato.

La cocaína es puro bicarbonato.

Desolador

servilismo del tango, que pasa el plato…

III

Nostalgias de Filipinas ---

el negro del banjo enseña

carcajadas marfilinas

a la seriedad porteña.

Nuestro tango se ha dormido,

y

recoge en su instrumento

el

del pistón, todo el ruido

de la calle en movimiento.

IV

Vuelve otra vez el tango, en brazos

del largo ritmo cadencioso del bandoneón, que a grandes trazos garabatea figurillas

arqueadas

en el venenoso vaho; en las bocas pintadas

y en las caras como mascarillas.

La cocaína anda en cajas de cerillas…

–¡Pero el tango es falso y cobarde! Lo han arrancado del fogón –herida roja de la noche

como el crepúsculo en la tarde– que reúne bajo la parra

al calor de la comunión

hembras y hombres; en el derroche de espíritu de la guitarra que le han quitado.

Y como al campo, lo han vestido

con alambrado. Tiene miradas de hombre huído

el tango. Lo trajearon

de apache de lujo

y estilizando su desdibujo

le colgaron

falsas sonajas y cintillas.

Le robaron el espontáneo Calor. Es música de subterráneo… –El sexo por el sentimiento

el

revólver por la cuchilla,

la

alfombra por el campo abierto–

Está encerrado en una caja

el

tango. Está roto. Está muerto.

El

frac es una mortaja.

V

El

desenrosca la madeja larga.

Bailarines de figurín, no quieren la bebida amarga y suplantan a la ginebra con el elegante pipermint. Ya no corren, el cuento, el mate,

la leyenda del lobisón…

Ahora un negro de chocolate

baila un fox-trot de salón.

El tango va de mano en mano

como cocotte. Su corazón de viejo ritmador de pechos en el humorismo del piano

es un polichinela deshecho…

bandoneón, hebra por hebra

VI

Ya no es la China. Ahora es Colette.

Se arquea, se dobla, se da.

El tango es un cabaret

–como un arado en la ciudad…

ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA

I

A pesar de la sala sucia y oscura de gentes, y de lámparas luminosa

–si quiere ver la vida color de rosa eche veinte centavos en la ranura.

Y no ponga los ojos en esas hermosa

que frunce de promesas la boca impura. Eche veinte centavos en la ranura

si quiere ver la vida color de rosa.

El dolor mata, amigo. La vida es dura

y

ya que usted no tiene ni hogar ni esposa:

si

quiere ver la vida color de rosa

eche veinte centavos en la ranura.

II

Lamparillas de la kermesse. Títeres y titiriteros. Volver a ser niño otra vez

y andar entre los marineros de Liverpool y de Suez.

III

Teatritos de utilería. Detrás de esos turbios cristales hay una sala sombría:

Paraísos Artificiales.

IV

Cien lucecitas. Maravillas de reflejos funambulescos. –¡Aquí hay mujer y manzanilla! –¡Aquí hay títeres y refrescos! Pero sobre todo, mujeres para los hombres de los puertos, que prenden como alfileres sus ojos, en los ojos muertos,

No debe tener esqueleto

el enano de Sarrasani

que bien parece un amuleto de la joyería Escasany.

¡Salta la cuerda, sáltala ojos de rata, cara de clown!

Y el trala-trala, tràlala

ritma en su viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas. Misterios de los reservados donde entrarán casi a hurtadillas los marinos alucinados.

Y fiesta, fiesta, casi idiota

y tragicómica y grotesca. –¡Pero otra esperanza remota

de vida miliunanochesca!

V

¡Qué lindo es ir a ver

la

mujer,

la

mujer más gorda del mundo!

Entrar con un miedo profundo pensando en la giganta de Baudelaire… nos engañaremos, no hay duda.

Si

desnuda, nunca muy desnuda

si

barbuda, nunca muy barbuda

será la mujer.

Pero ese momento de miedo profundo… ¡qué lindoes ir a ver

la

mujer,

la

mujer más gorda del mundo!

VI

–Y no se inmute amigo, la vida es dura,

con la filosofía poco se goza:

¡Si quiere ver la vida color de rosa eche veinte centavos en la ranura!

MUELLE DE PESCADORES

También pone sus redes el sol. También la tarde

como nosotros hincha su pecho. Pero ahora vosotros descansáis. A lo largo del muelle hay un brillar de escamas. El cansancio se estira

y humedece sus ojos de nostalgia nordeña

o se apaga en los cantos o se enciende en las pipas. También sale a pescar mi indolencia porteña.

Un

perro me acompaña. Mi tabaco. Mi tedio.

Mi

alma que prepara su caña de recuerdos

por

la noche sin duda va a pescar una estrella.

Muelle de pescadores. Frente de la gran urbe. Allí transpira la ciudad reseca.

EL CABALLO MUERTO

Media noche. Sobre las piedras de la calzada, hay un caballo muerto. Aún faltan ocho horas para que venga el carro de “La Única”

y se lo lleve. Ese caballo viejo, hederoso de sangre coagulada

y de estiércol,

ese

pobre vencido, fue un obrero.

Un

hermano del pájaro. Un hermano del perro.

Fue el hermano caballo, que anduvo bajo el sol, que anduvo bajo el agua, que anduvo entre los vientos, tirando de los carros, con los ojos cubiertos. Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.

NEW GROSS BOSTON BAR

Lejos de las goletas fantásticas, de las hamacas y las gavias

y las cuerdas elásticas

y las olas del mar tumultuosas y soberbias que rompen su rabias en la enorme dentadura de las costas.

En las orquestas, las lucecitas multicolores

te excitarán, como ojillos luminosos de gnomos

atrevidos y burlones.

pasarán dos ojos toxicómanos

Y

y

una canasta de flores.

Tu corazón, como un puño rojo,

Abrirá sus dedos el recuerdo, como una lluviecita Intermitente. Verás tu campiña maravillosa,

el

guardabosque cojo

y

el sombrero floreado de Mireya.

Luego, con la ramplonería de “Home sweet home”aquella de la onda apache sobre la frente,

–como un tatuaje canallesco– querrá comprarte. Pero, marinero bretón de ojos azules como el cielo de tu país,

escaparás al fácil sentimentalismo de la canción

y

tu mano romperá el vaso

al

ver mi cara de payaso

–con tres libracos y tres tazas en el rincón– Reventando tu pecho de orgullo marino

la camiseta gris, dirán tus bellos ojos rasgados

que desciendes de una vieja raza

sin pergaminos arrugados e idiotas pero con un noble temple de alma

y mucho amor a las olas.

Ese pajarraco semítico no querrá servir vuestra mesa.

Temblará su cuerpo de polchinela raquítico cuando amenaces su cabeza. En el tumulto saldré de mi rincón cuando todo el bar sea un bulto

y me iré sin pagar la consumisión.

Desde la esquina

marinero bretón fuerte y barbudo –peñasco andando–

te veré pasar con tus compañeros

por entre la neblina –como enormes murciélagos–

añorando los amarillos mecheros

de Marsella en el barrio de la Marina. –Y seguirán arrastrando la noche

como una barca estremecida– –Ah, tú has nacido para el mar, marinero bretón. La tierra es tu enemiga. –y seguirán arrastrando la noche– Borrachos: babosenado lujuria amontonada durante meses y meses, en un malabarismo de eses caerán en el arroyo cuando la barca de la noche sea destrozada. Pero tú, mientras anden, no serás Andrea, EL RUBIO– serás una pesada carga de carne. Porque tu alma buena y amplia de bretón, amigo del sol, estará en la aldea lejana de Saint Paul, jugando con el brujo de la vieja campana, saltando riscos y corriendo valles– entrando por la chimenea de la cabaña, yendo hacia el lecho de tu madre, hecha un ovillo blanco.

O bien en la feria del pueblo volverá a reirse

del paraguas rojo del señor alcalde

o

del cura con aire de santo.

O

como ayer espantará en la torre a las cornejas

o

irá con Mireya al bosque para cortar flores

bermejas,

y para robarle besos cálidos y trémulos.

–Y arrastrarán la noche por las tabernas– blanco de las blasfemias. Las manos torpes en los vasos, los ojos en las bellas piernas. Ah, el whisky matador de nostalgias de aldea. El alcohol que relampaguea fugaz en los ojos locos de los hombres quemados por la sal y por los soplos de fuego de los trópicos.

Auxilio. Blasfemias internacionales. El marinero bretón ha sido preso por un agente, por haber roto una viga del techo

y

con la viga cuatro cristales

y

dos cabezas en el NORDEN –Bar de la Costa

La noche es una celda húmeda y angosta. Barco en reparación.

Viene una canción rota, en el viento. En el viento, misterioso y juguetón, en el viento, que quiere modelar la nueva tierra como si fuera la mano de Dios.

POEMAS DEL CONVENTILLO

I

A la luz de tu farol cansado

Conventillo. Yo también quiero cantar

Tu cosmopolitismo abigarrado.

El turbio biombo amarillo

de tu fachada. Tu babélico altar

y tu vestido gris y verde y rosa. Tus cocinas, sucios juguetes,

al lado del realismo de tus retretes

confidentes de pasiones brutales. La dolorosa muchacha obrera, anémica y sencilla.

Tus Noches buenas y tus Carnavales. Tu paredón como un traje raído que ya jamás cepilla

la avaricia del dueño.

La heroica “Singer” que hace ruido.

El

bandoneón. Serpentina de ensueño.

El

borracho gigante

y

el compadrito que usa daga

y

alguna que otra vieja de Zuloaga

y

la novia del estudiante.

II

Conventillo: Eres dolor crudo, llaga viva. Y un día estallarás.

Con tu pus –blasfemia del hombre rudo

y

mujeres que se reprimen–

Y

mancharás

la

ciudad perfecta y pedantesca.

Y

tu ambiente de vicio y crimen

será carcajada grotesca.

Y

con tus cien bocas que gimen

y

con tu entrecortada respiración,

al

chocar la pólvora con la yesca

brotará cortante la maldición.

III

–Reminiscencias de “Sangre romañola” que escuchaste en tu único año de escuela, hacen que una palabra sola haga que cuides a tu abuela. Canillita de doce años quiero cantarle a ti también. Huérfano. Días muy extraños. El otro. Ella. El almacén.

Alcohol. Un crimen pasional.

Y tú con la viejecita.

a la luz de la lamparita

espectral,

rezando por la bendita madre que se alejó del bien y del mal

y por el que se fue a la cárcel glacial.

¿Qué te deparará el destino? ¿Qué será de ti canillita por el doloroso camino?

IV

Borracho: yo quisiera murmurarte suavemente al oído

la palabra cordial.

Pero tu, estás dormido, no podrás despertarte de tu sueño de alcohol repulsivo y brutal. ¡Ya no quieres al sol! Inconciente puñal estás matando un vientre fecundo, un hijo escuálido.

¡Borracho! Está borracho al mundo

también

un hombre pálido ha clamado justicia desde Jerusalén.

V

–Vieja ramera jubilada. –Carne de chisme– a la larga

has vuelto a la cocina ovlidada,

a la vida sombría y amarga.

Quiero cantarte máquina arrumbada en el montón de la carne vieja. Estás insensibilizada. Mejor así hermanita ¡ni una queja! La máscara arrugada –tu cara de clownesca inservible– hace una mueca risible pero apagada.

VI

Cada vez, aumenta más su dosis

el

dolor, la fatalidad.

Y

un día la tuberculosis

te

llevará.

En tu cuarto desordenado, amigo,

Víctima de la bohemia negra, espiga que nunca dará trigo– sólo un lírico pájaro alegra

el gris sucio de tu postigo. Un día la romántica de la casa que lee siempre tus novelas– húmedos sus ojos de brasas, encenderá cuatro velas… Con la romántica iré yo hasta tu última morada

y tal vez un día, un día ocuparé tu cuarto yo.

VII

Sol: El gris llegado de los paredones,

el verde musgoso de las puertas, la frialdad de los corazones, las almas muertes y el cansancio del tedio y del trabajo

y la mirada torva y el escupitajo:

Están pidiendo ¡sol! tu ardiente calor fecundo y purificador. Sé soplo de vida y sé simiente. Aumenta tu brillo, tu amor, tu potencialidad. ¡Y entra, derrámate en el conventillo! Tú eres la única verdad.