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Vicente Lefero EI evangelio de Lucas Gavilan Pardfrasis del Evangelio de San Lucas Camino del Calero. La Crucfstin Jenison (a ents wtrajedo Et" buen ladron" Muerte de enix. Después delarmuerte de denis (23, 2649) © sacaron de la celda, alguien le robé su cha- ‘marra, y a empujones lo metieron en una ca- mioneta panel. Era otra celda més, rodante y sucia. La Gnica luz le Hlegaba por un par de ventanillas enrejadas, abiertas en la parte su- perior de las puertas traseras. ‘Con Jesucristo viajaban dos presos y dos policias uniformados, uno de éstos chimuelo. Los cinco iban sentados sobre el piso trepidante ‘Apenas la camioneta se puso en movimiento, el preso que tenia el cabello hasta los hombros preguntd al po cia chimuelo: iA dénde nos llevan mi cabo, se puede saber? ~A la chingada ~respondi el policia. EI compaiiero del preso, un hombre chato de piel ce- trina, solt6 una risotada y comenté con sarcasmo: ~Cémo ha progresado la educacién de la autoridad, ino te parece? =Cillese pendejo ~grité el policia amagando con el uiio un golpe que no tenia intenciones de lanzar. —No se enoje, mi cabo. iCillese! La tos de Jesueristo llené el silencio provocado por el grito del policia, Desde que estaba en la celda de la pro- curaduria de Toluca habia empezado a sufrir aquellos aaccesos interminables: parecia como si de un momento ‘otro fuera a arrojar las visceras y el alma misma; termi naba ahogandose, sangrando por la boca, sacudido por los escalofrios. Después: la respiraci6n jadeante, fati- Bosa. —Carajo compaiiero, s¢ esti usted muriendo —dijo el de la piel cetrina~. ;Pues qué le hicieron? —{No ves, buey? —dijo el del pelo largo~. Trae una madriza de dias, 4 0 no? Jesucristo asintid tratando de sonreic. = Por ésas td nunca has pasado mhijo —continus el de pelo largo, =Tii qué sabes. —Bueno, yo no. El dia que me chinguen asi me cai que me muero, Son unos hijos de su pelona. =No saben lo que hacen ~dijo Jesucristo. Seguramente circulaban por una culle de mucho trinsito porque la camioneta frenaba a cada rato y por ‘momentos se mantenia largo tiempo inmévil. El ruido de autos y camiones, algunas veces, silbatazos, gritos, llega- bban hasta el cajén de la panel como desde un mundo le- jano al que los prisioneros tardarian en regresar, ono: a Jo mejor no verian nunca mas las calles los edificios, los parques, los mercados, la gente moviéndose en liber- tad. El hombre del cabello largo se habia soltado hablar como una tarabilla, Contaba a Jesueristo como se asocié con su compailero para dedicarse al robo, y cémo los agarraron sl mes de iniciado un negocio que pintaba asaltaron una gasolineria, y cémo uno de los ‘empleados se resistié a lo tarugo, se lo Hevaron por de- lante de un balazo, No era la primera vez que estaban presos: cada quien por su lado y en su tiempo habian pa~ sado desde muchachos por tribunales para menores, co- rreccionales, cdrceles, El de la piel cetrina tenia tres muertes en su contabilidad y é! solamente una; ahora dos con la de ese buey, dijo sonriendo, iY ti? {A ti por qué te agarraron, que hiciste? La fatiga impedia hablar a Jesucristo, Sudaba a cho- ros y los accesos de tos se le presentaban cada vez mas seguido, Mened la cabeza en lugar de responder al del pelo largo. =4Cémo te llamas? ~pregunté éste. —Sesucristo Gémez. El de la piel extrina pelé tamaiios ojos. Enderezs la es- palda y doblé las piernas como escuadras, a fa manera yoga: = {De veras ti eres Jesucristo Gémez? No me digas, carajo, mira qué cosa ~{L.0 conoces? —pregunté el de pelo largo. —Lo oj hablar una vez en Iztapalapa... Anduviste por Iztapalapa, jverdad? Jesueristo movi afirmativamente la cabe: me acuerdo rete bien... Pero no eres ni tu sombra, cabrén, qué jodido estis. {Era merolico? —Mas 0 menos ~dudé el de la piel cetrina iY qué vendia? =No, no vendia nada, Hablaba de justicia y de quién sabe cudntas chingaderas. Se soltaba duro contra las au- toridades, ino es cierio?... Pero lo hubiera visto cémo hablaba de recio y de encabronado. ¥ la gente, pendeja ‘como siempre, se quedaba con la bocota abieria nomas oyéndolo. Los dejaba lelos. ;Puta, hasta a mi me impre- siond! ZY por eso te agarraron? El de la piel cetrina no dio tiempo a que Jesueristo se esforzara en responder: =Pero ya viste para qué chingaos te sirvié tanto dis curso. ‘Tu qué sabes —protesté el del cabello largo. =Le sirvié para una pura madre, cémo no voy a saber. {No loestoy viendo? A poco, no, Jesucristo: hablabas de salvar a los jodidos y ni siquiera ti te pudiste salvar. Un acceso de tos mis breve que los anteriores inte- rumpis al cetrino. Cuando Jesucristo se repuso, sus ojos, se empaitaron de ligrimas. A través de ellas miraba con tristeza a su compafero en desgracia = iO todavia tienes esperanzas? —continud burlona- ‘mente el cetrino—. Porque si todavia te sientes tan salsa como allé en Iztapalapa, a ver si te salvas de ésta y nos salvas a nosotros, ero solté una risa. Deja de fregar —dijo el del cabello largo-. {Qué ttais con él? Es que me chingan los redentores de los pobres. {Por qué buey? =Mira cémo acaban, por habladores. ~Si por eso acaban asi, vale la pena ~el del pelo largo mird cordialmente a Jesucristo—. Me cai que si. Por primera vez los policias se interesaban en la plética, aunque trataban de disimularlo, Sus ojos iban de tuno a otro de los presos, de aqui para alld La camioneta llevaba como quince minutos detenida causa de un embotellamiento de trinsito, al parecer. Se ‘ian sonar clixones y de cuando en cuando los gritos de los automovilistas enfurecidos. Con un arraficén repen- tino fa panel reanudé la marcha, pero el recorrido no urd tres segundos: se frené de sopetén y el jalonuzo de- rribé a los presos y a los policias. El del pelo largo ayudd a sentarse de nuevo a Jesu- cristo, Le dijo, muy quedo: . Si de pura chingadera sales de ésta y tienes por al una palanca, no te olvides de mi. Jesucristo lo miré: Tit te vas a salvar —dijo. —Dios te oiga y nos salvemos los dos. Yo no, ya estoy en las tltimas —hablaba como si fuera un fuelle, jalando aire—. ,Y sabes qué me pesa? ‘Que tu amigo tiene razén: fracasé No digas 0, fero. —Fracasé repitid Jesucristo en el momento en que un borbotén de sangre escapé violentamente de su boca. Se enderezé sobre las rodillas desesperado, ahogéndose. Con las manos crispadas se sujet6 el cuello. Se tensaron sus musculos. Se puso tieso. ~{Dios mio ayddame! =Brit6 por dltima vez Jesucristo, y cayé de canto como un chivo degollado. Salpicados por la sangre los dos presos se lanzaron so- bre su compaiero. Fl del pelo largo lo levanté de los hombros mientras el cetrino gritaba a los policias: —iMuévanse cabrones! Se estd muriendo, diganle al chofer. Los policias se miraban entre si desconcertados, no: bian qué hacer. Entonees el cetrino se puso a golpear la Hamina que daba hacia la cabina ~Parense, cabrones, pérense. No por los golpes, sino por un nuevo atorén en el trdnsito de la calzada, la camioneta se detuvo. Uno de los, policias abrié las puertas traseras, salt6 ala calle y corrid hasta la cabina del chofer para avisarle que un preso see estaba muriendo, se murié ya, quién sabe, no sé Fue cuando la ealzada comenz6 a trepidar. De mo- mento muchos automovilistas no sintieron el temblor, pero cuando vieron a la gente despavorida, cuando los muros de un templo en construceién se vinieron abajo estrepitosamente, el pinico se hizo absoluto. —iEsta temblando! ~iTerremoto! Gritaba la gente por aqui y por alli. Salia corriendo por las calles, Grandes grietas se abrieron en el pavi- mento y de un automévil escaparon los alaridos intermi- ables de una mujer. Otro muro se derrumbé. Aprovechando el desconcierto y el miedo de los poli-