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MULTITUDES

Desconfiaba la Catalina de las otras que se presentaban a cualquier hora y


ocupaban todo el lugar.
Tenían la manía de llenarle la casa con sus cositas viejas, de mirarse en
sus espejos y acomodarse sobre sus muebles desparramando cenizas y
contando historias pasadas de moda.
Eran cinco. Pero cuando opinaban, daba la sensación de que eran una
multitud la que interrumpía su soledad parloteando y haciendo gestos.
La más joven se ponía a patalear si le negaban dulces o la hacían danzar
por la sala con los rizos escapándose del moño.
Era mala o buena de acuerdo a sus antojos.
Cuando era mala desgarraba los cortinados y escupía en la tetera.
La que le seguía, tenía pretensiones de aristócrata. Exigía reverencias
como saludo y beber en copas de cristal de Bohemia.
La tercera era triste. Se la pasaba haciendo muecas e inundando los
cuartos con sus lágrimas.
La cuarta era una sabelotodo. Daba cátedra de latín y criticaba la sintaxis
de sus hermanas.
La quinta era enfermiza. Se quejaba porque los huesos le crujían al menor
movimiento y tenía alergia a las moscas.
La Catalina decidió que lo más sensato para sacárselas de encima era ir a
visitar al exorcista.
Don Makuko atendía al atardecer, En musculosa y zoquetes a rayas,
debajo de la tapera, sentado en una silla de paja y tomando mate.
La seguían las cinco a toda carrera con las faldas levantadas exhibiendo
las partes para impresionar al viejo.
Como el Makuko no les dio importancia, se le hecharon encima blandiendo
palas, escobas y cuchillos.
-¿Qué hacemos?- Preguntó la Cata sujetándose los calzones que se le
caían por el susto.
- Nada- dijo el Makuko con voz de mal actor en la parte más importante
de la obra.
- ¿Nada?- Repitió la Catalina escondida detrás del brujo.
Las cinco los rodearon marcando un círculo con saliva.
De las encías se les desprendía una gelatina que olía a porquería.
- Nos pueden- Musitó la Catalina. -¡Haga algo¡-
El Makuko bostezó y chancleteando buscó un pandulce que guardaba
dentro del horno de barro y se los ofreció con gentileza aburrida.
Las cinco se volvieron repentinamente educadas y dando las gracias
partieron el budín en porciones iguales.
Mientras lo comían, el Makuko aprovechó y las encerró en la jaula de los
loros, que para ese entonces habían volado hacia los montes.
- Ellas son criaturas y a las criaturas hay que distraerlas para que no
molesten- aconsejó entregándole jaula y jauría a la Cata.
Las cinco dormían como benditas cuando la Catalina cruzó la verja de la
entrada de su casa. Las puso al lado de la estufa y las dejó allí.
Se sentía despierta. No del todo. Pero más despierta que antes.
Las mantendría sujetas si el sueño no la vencía.
Ganar una batalla, ya se sabe, no es ganar la guerra.

NUNCA ES LO QUE PARECE

La Catalina vivía en Montebello. Nadie ni siquiera ella misma sabe como


aterrizó en ese páramo en el que las casas se amontonan alrededor de
una plaza hexagonal bordeada de cipreses y con bancos de hierro oxidado
alineados a los lados.
En el centro está la iglesia, una pretenciosa imitación de una catedral
gótica. Junto a ella el Municipio, el correo, la comisaría y varias tiendas
opacas por el moho.
En una diagonal, la confitería “El Progreso” dividida en dos por una
mampara con orquídeas de plástico como toda decoración.
A la derecha el salón familias a la izquierda el bar y billares.
La Catalina habitaba en las afueras. En un caserón que el incesante golpe
de los años tornó húmedo. En las molduras del frente hay ángeles
mofletudos que soplan caracoles.
Cuando ella llegó, todavía pasaba por allí el ferrocarril y los Ingleses
jugaban al croquet en los jardines en los que el ligustro tenía forma de
cigüeñas o de enanos.
Las señoras se reunían a escupir calumnias y a jugar al bridge con sus
sombreros coronados por cintas de satén y sus guantes de encaje.
Los maridos se reunían en el prostíbulo de Doña Flora a bailar la polka con
las putas importadas de Varsovia.
Todos iban a Misa los Domingos del bracete con su prole.
El Padre López daba sermones sobre Sodoma y Gomorra y las vírgenes
se codeaban cuando usaba el término “Lujuria”.
El coro desafinaba un Aleluya que si se recitaba al revés era satánico y los
vapores del incienso purificaban a los pecadores.
Nadie vio mudarse a la Catalina. Dicen que lo hizo a la medianoche de un
viernes 13 de Septiembre con un mantón de seda en los hombros y una
bolsa de harina por todo equipaje.
Montebello se detuvo. Más cercano a los sueños que a lo que algunos dan
en llamar “realidad”.
El tren dejó de pasar, las ratas se parapetaron en la estación, el club cerró
sus verjas, las señoras se recluyeron detrás de las persianas, el prostíbulo
se fundió, los negocios se clausuraron y el párroco huyó perseguido por
una matrona desesperada por quebrar el voto de castidad.
No nacieron más niños y los que ya había, crecieron a la velocidad de la
luz y partieron en busca de tesoros inexistentes.
Cómo a alguien hay que atribuirle las desgracias, la Catalina fue la
destinataria de semejante castigo.
Iba con su vestido mojado y los pies descalzos, espantando maldiciones
con sus uñas espatuladas.
Para los no creyentes, era una chiflada digna de estar atada a los barrotes
de una cama de hospital.
Para los creyentes, una fuerza demoníaca que respondía a las huestes
Luciferinas.
Para los santos, una oveja en la boca del lobo.
Para los artistas una versión naif de una Diosa del Olimpo.
Para los idiotas, era la dueña de la confusión y para los sabios, un enigma
encerrado en siete letras.
Puntos de vista al fin. La Catalina era rara. Pero ni más ni menos rara que
cualquiera visto por otros ojos que no fueran los propios.
Era impredecible y eso pone nervioso. Hay que aceptarlo.
La citaron para ser interrogada en una asamblea que lo único que tenía de
extraordinario era el licor de huevo gratis que se sirvió en tazas Chinas.
Más de uno fue nada más que por eso.
Cuando la Catalina se presentó reinaba la alegría de tanto que le dieron al
mejunje.
Entró con sandalias de taco aguja y un collar tejido con margaritas.
Los escribientes esperaron con los lápices en alto.
El presidente sacudió la campanilla averiando los conductos auditivos de
los presentes. Hubo carraspeos y sacudir de nalgas inquietas.
Las pupilas de la Catalina se fruncían de risa.
“Señora” Comenzó el presidente asfixiado con el moño que ceñía el cuello
de su camisa almidonada. “Señorita” se corrigió.
“Estimada dama, nos hemos reunido en éste lugar prestigiado por la
memoria de nuestros ancestros, porque consideramos que su presencia
afecta la salud física, espiritual y mental de los habitantes de nuestro
querido pueblo”.
La Catalina se rascó la rodilla. “Aquí hay pulgas” protestó.
“Eso no entra en el orden del día” acotó el secretario general.
“No estará pero que pican, pican” replico la Cata rascándose.
“Se la acusa de apestar la región Señora”. Se agitó el presidente.
“Nadie puede matar lo que está muerto”. Dijo la Catalina.
“¡Qué la ahorquen¡” aulló la audiencia tocando madera sin patas.
“¡A la hoguera¡” chillaban zapateando contra las gradas.
“A Montebello lo mató la mentira Señoría” Dijo la Catalina.
“Explíquese” ordenó el presidente.
“Dos mentiras Señoría. Montebello ni es bello, ni tiene monte alguno”
Una jauría de funcionarios, Damas de beneficencia y usureros, levantando
picos y palas la rodeó escupiéndole los pechos.
La Catalina agregó “ Y lo mató la siesta Señoría.
La siesta duerme a la gente y el que se duerme sabido es que vive en la
ignorancia. Los que están aquí son cadáveres Señoría.
Con todo respeto usted está incluido”
Y haciendo una reverencia, se retiró balanceándose como una fragata en
el mar agitado. La temían. Por eso no la detuvieron.
Pero le lanzaron a los perros.
Un cazador furtivo entrevistado por el periódico local, contó que la había
visto seguida por los mastines que le lamían las pantorrillas y comían de
su mano como cachorros recién destetados.
Los canes no regresaron y la Catalina tampoco.
El olvido se la llevó en los brazos. Montebello no prosperó.
Pero al menos se hizo famoso por haber intentado cazar a una bruja.

LOCA DE AMOR
La Catalina perdía la cabeza con facilidad. La dejaba por allí, en cualquier
parte. En el costurero, en el mostrador del almacén, en las macetas
cuando iba a regarlas. Pero la recuperaba atando un nudo a un pañuelo
como le había enseñado su madre y diciendo la fórmula mágica “Santo
Pilato, la cola te ato y hasta que no me la devuelvas, no te desato”.
La cabeza volvía a su lugar y el mundo recobraba su forma.
Lo cual no siempre es bueno. Porque cuando el mundo no tiene forma
parece recién sacado del horno. Tierno, dorado y tibio.
En cambio, cuando la tiene, es como el pan viejo, gris y duro de roer.
Sucede que cuando no tiene forma uno tiene que estar muy atento para no
pisar el cielo y no confundir pato con gallareta.
Por eso hay quienes lo quieren siempre con forma para no andar
tropezándose con unicornios y centauros y espíritus desencarnados en los
que por otra parte no creen en absoluto.
Estaba la Catalina ocupada entre los cacharros cuando se apareció el
hombrón ese con el bigotazo dibujado en carbón y la panza asomando en
lucha con el cinturón de cuero sujetando el pantalón de traje oscuro
cortado por un sastre de primera aunque no luciera tanto.
Vino con el cachorro de orejas largas al que llamaba “Papá” y le ordenó al
can que la saludara y el can dijo guauguau y él agradecido por la
obediencia le aclaró que la Catalina tenía un gato a la que podía visitar.
Decia tantas malas palabras que el minutero no alcanzaba a contarlas.
Pero su voz era como el vino tinto. Como un cucurucho de miel anidaba en
sus orejas y la dejaba boba.
El hombre era rico y contaba su dinero y le recitaba cuantas hectáreas
tenía y de cuantos metros cuadrados era su castillo y las veces que en
avión había sobrevolado las pirámides Incas y el clic clic que hacía su caja
registradora cada vez que la alimentaba con monedas de todos los
tamaños y todos los metales.
Le gustaba jugar con autos importados y con naipes y escuchar música
mirando fijo al lago. Centinela de sus dominios además de dueño.
Pero la Catalina se dio cuenta que detrás de ese montón de nada vivía un
corazón necesitado y por eso lo amó.
En cuanto empezó a amarlo, perdió la cabeza. Y no sirvió de nada el
exorcismo del Santo Pilato ni el nudo en el pañuelo.
El pueblo entero hacía alusiones a que iba de compras decapitada y que
por eso se alteraba el orden público. La Catalina buscaba y buscaba su
cabeza por los rincones sin hallarla.
Sus entrañas habían ocupado el lugar de su cerebro y se pasaba las horas
esperando que él viniera y le hablara.
El silencio se parecía a esas tumbas pintadas a la cal con la cruz de
madera y sin el nombre de nadie escrito.
No sabía si era feo o hermoso. No sabía si su mano era leve al tocarla o si
olía a tabaco o a mandarinas de invierno.
Le importaba un rábano que fuera rico o no. Y se lo hubiera explicado con
los dedos, como se les habla a los sordomudos si hacía falta.
De algo estaba segura, él se había llevado su cabeza.
Sin darse cuenta, claro. Se la llevó distraído, pensando en motores y en
diamantes y en el as de espadas o el de bastos.
“Sin cabeza no se puede pensar. Pero se siente lo mismo. Y a lo mejor
más fuerte y con más ganas” Penso la Catalina. “Se la dejó nomás para
que con ella se distraiga como con sus otros chiches”.
Y desde lejos vio como él abría sorprendido su ropero y sacaba con
cuidado de entre la ropa blanca impregnada de hojas de tilo esa cabeza de
mujer que era la de ella, la besaba y la mecía apretándola contra su pecho
como si fuera un oso de peluche al que los niños abrazan a la hora de ir a
dormir. Entonces decidió regalársela.

DE POLVO

Estaba la Catalina recogiendo yuyos para sus mejunjes curativos, cuando


se le apareció de visita la muerte. Llegó con una capelina de paja de Italia,
enguantada y con tanto colorete en las mejillas que parecía una actriz de
opereta. Se le puso a la izquierda como era su costumbre.
Venía seguida por unas burbujitas que la brisa llevaba de un lado a otro.
Apenas se apoyó en la verja, dejó una estela de escarcha sobre el césped.
La Catalina le ofreció vino de uva chinche y galletas marineras. Pero la
muerte estaba a dieta. Y prefirió chupar el carozo de una ciruela seca y
fumarse un cigarrito de hojas de coca para el mal de alturas.
Ya que se la pasaba de arriba abajo y el cambio la tenía medio apunada.
La Catalina no la temía, pero la trataba con especial deferencia por ser un
personaje tan famoso.
“Mire doña” le habló la Catalina con áspera dulzura “Cuando usted quiera
nos vamos. Para lo que hay que ver aquí, ya tengo de sobra. Así que, ya
sabe. Con una seña que me haga, la sigo”.
La muerte se sujetó la cinta del sombrero bajo el mentón y señaló una
colina que se divisaba a la distancia.
“Paisaje como ese vale la pena” Suspiró.
La Catalina se dio cuenta que quería transmitirle algo importante que ella
no lograba comprender y le daba no sé qué preguntar.
Porque la colina no era más que una colina. Igual a miles de otras.
“Si no me va a llevar ¿Porqué viene tan seguido?” Pensó la Catalina.
“No hay mucha gente con la que pueda alternar sin que se me mueran de
un susto antes de tiempo” respondió la muerte que era telépata.
A la Catalina el dicho le hizo gracia. Las carcajadas asustaron a las ovejas
que pastaban cerca. La muerte la miró desconcertada.
“¿Qué es ese ruido que sale de tu garganta?” Preguntó apoyando una
falange sobre el cuello de la Cata. “Nunca lo oí antes”.
A la Catalina de la risa se le caían las lágrimas y le dolía la panza.
La muerte trató de imitarla. Presionó el diafragma y pujó provocando varios
“ah, ah, ah “ hasta que la frecuencia del sonido rompió los cables de
teléfono y miles de gorriones huyeron en bandada.
La Cata la aplaudió para estimularla. Pero la muerte no pudo reír.
“Supongo que es cuestión de práctica” decidió “Como todo”.
“Voy a enseñarle a comer higos” anunció la Catalina sacando una cesta
del galpón. La muerte puso los labios en O para recibir la fruta.
El higo se deshizo y cayó hacia el fondo lamiéndole los huesos.
Estiró las palmas pidiendo más. La Catalina le habló de su amante
mientras la llenaba de brevas rellenas de miel.
Le contó que él la llamaba desde la gruta en que se había refugiado.
Que ella para no oírlo se llenaba los orificios del oído con semillas.
Pero el amante insistía mandándole arrullos mojados que penetraban por
los tímpanos haciéndolos llover. Y que debía sujetarse con lianas al tanque
para no ir hacia él.
Porque el amante solo trampeaba buscando cazar una mujer perdida y se
le escurría entre los muslos sin hacerse uno con ella.
Que ella cerró las piernas para atraparlo, pero que él se afinó hasta
volverse espuma y así se iba una vez y otra y otra.
La muerte escuchaba chupándose el pulgar.
“Yo le construiría una jaula de granizo y lo encerraría allí” aconsejó.
“Pero entonces estaría muerto” protestó la Catalina.
“Y yo lo quiero vivo. Y más que vivo”.
Cuando lo estaba diciendo se arrepintió.
“Perdón señora. No se habla de la soga en casa del ahorcado”.
La muerte que no era susceptible solo replicó “Cuestión de gustos”
Y dando una vuelta carnero se sumergió en el trigal secando la cosecha
entera prometiendo volver algún martes trece.

HEMISFERIOS

Con el último pujo la Catalina salió pegando un alarido de triunfo.


El pelo hirsuto y las mejillas moradas por el trajín.
“Es más fea que una cucaracha” dijo la parturienta apartándola de sí.
“Cuando crezca será toda belleza” mintió la madrina para consolar a la
primeriza. Pero como lo dicho tiene poder transformador, la mentira se hizo
cierta. Y la Catalina fue bella a su manera.
Las pupilas de miel espesa, la nariz hacia arriba. Estrecha de caderas y
ancha de espalda. Desde el principio se manifestó extraña.
Prefería treparse a los nogales o esconderse bajo el mantel cuando venían
visitas. Salía solo si le ofrecían granadina.
Habló a los pocos meses. Pero con un lenguaje propio que los otros no
entendían. “¿En que habla ésta chica?” Se preguntaban atónitos.
“Sueco no es. Japonés tampoco” diagnosticó un otorrinolaringólogo. “Para
mí que es imbécil. No esperen mucho de ella. Yo que ustedes no gastaría
un peso en estudios. Que aprenda un oficio”.
“Que bonito” se ilusionó la madre. “Que sea modista o lavandera”.
“Bailarina de cancan” sugirió el abuelo que era un picaflor.
“Secretaria mecanógrafa o empleada de correo sentimental” determinó el
padre que andaba en conflictos con su esposa.
“Guerrera” contestó la Catalina. Le entendieron. Pero fue para peor.
“Hay que casarla ya” ordenó la madre mientras sujetándola por las trenzas
se las cortaba con una tijera Solingen.
Apenas cumplidos los catorce, cuando los calzones se le mancharon de
bermellón, se eligió pretendiente y se decidió la fecha.
El elegido fue Bonifacio Cuenca. Famoso por repetir diez veces el primer
grado y por haberse hecho rico vendiendo figuritas.
Aseguran que en el festín posterior a la boda, cuando los novios bailaron el
vals, el piso del salón se llenó de orina porque los asistentes no podían
controlar la risa.
La Catalina se fugó antes de que el Bonifacio pudiera desflorarla.
La encontraron metida en la laguna y la llevaron envuelta en una frazada
hasta la cama con dosel.
El Bonifacio contó a los parroquianos del bar del pueblo que no hay nada
mejor que una bestia arisca para domarla con la fusta.
Pero tenía un ojo en compota. Según él, se golpeó contra una empalizada
mientras trataba de encerrar a la vaca.
El tiempo pasó esquivando los obstáculos que todos le poníamos para
detenerlo. Y las malas lenguas comentaron que la Catalina tenía más
amantes que una abeja reina. El Bonifacio se hacía el sordo.
No porque la quisiera. Si no para que no lo obligaran a seguirla.
“Cada uno es cada uno” murmuraba filosofando.
Ella no gastaba mucho. Guisaba rico. Y nunca estaba en la casa.
Son virtudes apreciables. Bonifacio la olvidó muy pronto.
“Señora Santa Ana, porque llora el niño, por una manzana, que se le ha
perdido. No, no llore Madre, yo le daré dos, una para el niño y otra para
vos” Cantaba la Catalina acunándose a sí misma.
Pasa que quería ese caballito de madera pintado de azul cerúleo y con las
crines de hilo que había visto en la vidriera del anticuario.
-¿Para qué quiere ese juguete Catalina?- Le preguntaba Bonifacio
burlándose de su anhelo. –Lo que usted necesita es un semental como yo.
Que le muestre la cara de Dios.-
Ella sabía que en los momentos difíciles como éste lo que conviene es que
piensen que una está completamente loca. Así se sienten tranquilos.
Una loca más no agrega ni quita nada al mundo en que si algo sobran, eso
son mujeres dispuestas a dejarse pisar como las gallinas cuando el gallo
está con ganas. Pero una hembra que lo que necesita es un nido de águila
cerca de la cumbre, les da miedo.
No está mal pasar por chiflada cuando una no es capaz de obedecer las
órdenes sin equivocarse fiero. De modo que allá iba, vestida con hojas de
libros que un viejo sabio había olvidado en los estantes, con su única
moneda de oro guardada en el escote.
El Bonifacio no la hubiera dejado. Por eso se fue a la madrugada, sin aviso
ni carta, con sus zapatos de charol y la cara sin lavar.
La ruta estaba cubierta de rocío y los molinos le saludaban con sus
chirridos agudos. Pasaron uno, dos, tres motociclistas embozados.
Eran jóvenes. Andaban como si la vida empezara recién.
Hacia mediodía se comió la manzana que llevaba en el bolsillo.
La ciudad quedaba cada vez más lejos A cada paso que ella daba, la
ciudad retrocedía un poquito. A la hora de la siesta se tendió bajo un
ciruelo y soñó con su bisabuela allá en el país de la nieve.
Cuando despertó, tenía copos blancos sobre los párpados.
A las cinco la soledad pesaba diez kilos sobre sus hombros.
La sacudió y la dejó caer entre los pastos y que se arregle.
Pronto cayó la noche y el cielo se pobló de naves que en zigzag le hacían
pito catalán a los planetas. “Ese es Venus”. Le dijo la Catalina a un perro
que la seguía. “Lo conozco porque quema al mirarlo”.
El perro meneó la cola y se alejó al trotecito tratando de morder a Venus
para calmar el hambre. Los perros abandonados se entienden bien con la
Catalina. Hablan el mismo idioma y se entretienen con las mismas
adivinanzas. “¿Quién me querrá alguna vez?”.
Y a que no saben cuál es la respuesta.
Los perros son insensatos, la Catalina también.
Amaneció sobre la llanura y la ciudad, aburrida de esconderse, apareció
por fin con su enjambre de edificios sucios de hollín.
Pero las tiendas no abren hasta media mañana.
Mientras esperaba, la nariz pegada a la vidriera, le pareció que el caballito
volvía la cabeza para mirarla y resoplaba, deseoso de salir de la prisión y
tener compañía. Descubrió que la montura tenía escamas, como la piel de
los dragones y que los estribos brillaban como la mica.
Llegó el comerciante, un Chino sin coleta y con un guardapolvo sucio.
Sin apuro, levantó las persianas, abrió las puertas y se colocó detrás del
mostrador masticando almendras que sacaba de una bolsita de tela.
La hizo pasar con un gesto de sus largos dedos manchados de nicotina.
“Quiero ese caballito”. Pensó la Catalina. Y el Chino asintió sacudiendo su
cabeza de marioneta.
No le preguntó para quien era y si era un regalo de reyes o un capricho
estrafalario. Lo levantó entre sus brazos y se lo entregó a cambio de la
moneda que la Catalina sacó de su escote.
La Catalina puso al caballito sobre la acera y lo montó.
El caballito resopló y por su hocico salió un humo con sabor a vainilla.
Los muslos de la Catalina se cerraron sobre los ijares y taloneándolo lo
hizo desprenderse de la madera que lo sujetaba y salir galopando tan vivo
como cualquier caballo de verdad.
Y allá fueron, jinete y cabalgadura, recorriendo kilómetros y kilómetros
hasta que la tierra se les hizo chica y rompiendo las leyes que dicen que
los humanos y los caballos no pueden rasgar el muro que nos separa del
más allá, entraron enteritos en el Olimpo, sin un rasguño y con toda la
sangre en las venas tan caliente como cuando partieron para el largo viaje.
Los vecinos que son muchos y malos, dicen que en Año Nuevo la Catalina
montada en el caballito, se le aparece al Bonifacio a la hora de los brindis
abrazada a Júpiter, que le besa el cuello mientras que con la mano
derecha le hace los cuernos al Bonifacio que a esa hora ya está medio
borracho.

DURA LA GUERRA

Alfonso le enseñó todo a la Catalina. Latín, baile clásico a tocar el violín y a


cepillarse la piel hasta volverla una seda. Pero la lección más importante
se la dio cuando la vio madura para la guerra.
- Nunca dormirse cuando el enemigo ataca. Siempre estar atenta a los
ruidos que hace dentro de tu cabeza. Si dice negro, seguro que es blanco.
Así que hacé lo contrario y te irá bien-
Ella no lo entendió del todo. Pero le sonó a cierto. Y por eso decidió
obedecer aunque en ello se le fuera la poca sensatez que tiene.
La Catalina es una guerrera. Toda blanda por fuera, pero por dentro un
magma. La lava le quema tanto que anda por ahí tratando de que la lluvia
la moje. Y si no llueve, llora. Con algo hay que apagar los incendios. No es
cuestión de dejarse calcinar así como así.
No es fácil ser una estratega. Sobre todo si no se puede calcular más que
dos movidas por anticipado. Ha perdido muchas batallas y la mitad de su
cuerpo sin que nadie la declarara inepta.
Mientras pueda respirar y subirse a la montaña más alta, persiste. Nadie
dijo que hay que subir andando. Arrastrarse es un método tan eficaz como
cualquier otro. Una guerrera solo puede seguir adelante. La retaguardia no
se ha hecho para ella. Va de frente, cabalgándose a sí misma y arremete
con lo que se le ponga en el camino.
El peligro mayor reside en imaginar. Porque lo que imagina se cumple
inexorable. Allí es cuando la toman prisionera. Y para una salvaje no hay
cárcel peor que la de las pesadillas. La tientan. Porque es mujer y la carne
llama. Hay que ver como se pierde entonces en medio de la balacera,
boquiabierta ante la presencia de un demonio galante que la invita a yacer
juntos sobre la hierba recién cortada.
La energía se le escapa por sus huecos. La Catalina débil, no puede volar.
Por eso ha decidido hacer una expedición a la búsqueda de un
contrincante que juegue limpio y cuyos besos no la paralicen.
Puso en un morral su espada flamígera y un sombrero de paja para
protegerse de la luz de la luna que es engañosa.
El viaje es largo. Se cruza con fantasmas dementes y con un regimiento de
idiotas que le hacen una emboscada para cazarla y exhibirla como un
fenómeno en un circo barato.
Nada la detiene. Un dragón le muerde los tobillos y una serpiente sabia se
le enreda en el pelo. Se asusta de las arañas y de los charcos donde se ve
reflejada.
Una bruja pretende distraerla ofreciéndole peines baratos de colores
inexistentes. Un cazador la atrapa en su red. Pero la paciencia la ayuda a
desprenderse y una vez libre de un salto se arroja a la carretera sin aflojar.
Cuando el sendero se vuelve empinado, se descalza y trepa aunque las
astillas se le claven en las plantas delicadas.
Así, llega a lo alto del más alto abismo. Y en la cima hay un espejo.
Dentro del espejo empañado por el rocío del amanecer, hay un caballero
con armadura y lanza que la provoca.
La Catalina rompe el cristal. Pero el espejo se quiebra mostrando infinitos
fragmentos y en cada uno, el caballero la espera.
No es uno. O es uno que es multitud. No es fácil luchar cuerpo a cuerpo
con tantos que se suponen uno.
Inclinada sobre la nieve de la cima, la Catalina junta los fragmentos y con
ellos como tesoro, se despide del mundo y se deja estar hasta que los
hielos, los fragmentos y ella se funden con la noche estrellada.
Nadie la vio nunca pasar, pero dicen que cuando llega el verano sobre el
cielo veteado de rojo, se la ve girar en medio de una ronda de cruzados,
que brillan como fuegos de artificio.

TODO EN SU LUGAR

La Catalina vibra cuando el viento del sur le roza el rostro embozado por la
niebla. Los años no la han hecho arrodillar.
Lleva el corazón envuelto en un pañuelo para que no se le pierda por el
camino. De a ratos los palpa para calmarlo porque le duele tanto que a
veces se le da por desangrarse y mancha con su hemorragia feroz los
sitios por donde ella pasa.
Hechicera como es, no le sirven las pócimas que prepara para curar su
rara dolencia. No cualquiera tiene el corazón fuera del cuerpo.
Expuesto a las tormentas y a los inesperados ataques de pájaros
hambrientos que se lanzan a picotearlo. Por eso la Catalina corre.
Pero es en vano.
Los magos que la amparaban se han esfumado y los ángeles guardianes
están refugiados en las torres de los edificios a la espera de que un
milagro cualquiera les permita volver a volar por los espacios turbios por el
hollín.
La Catalina se detiene a veces en un rincón a beber su café con sabor a
jungla que se le adhiere a la lengua y se desliza por el interior de la
garganta provocándole una dureza inesperada en los pechos.
Harta de que le mientan y de mentirse, se balancea tierna pero sola
ignorando a los transeúntes que se vuelven a mirarla.
Fue hermosa y esa belleza yace como un fuego que arde lento y oculto
pero aún quema. Qué estúpidos los que creen que la añoranza de las
glorias pasadas puede ser nutritivo.
Todo lo que la Catalina tuvo se lo llevó el terremoto que asoló esos parajes
con sus recurrentes temblores dejándole solo su espíritu de guerrera y
esos ojos que titilan cuando la luz les da.
La Catalina tiene piernas firmes y pies delgados que no dejan huellas en la
arena y una boca pintada de magenta, tan rotunda que el resto de sus
facciones desaparece. La Catalina es su boca que permanece muda
porque ha oído decir que el pez por la boca muere y aunque ella de pez
poco y nada, el refrán igual le es útil.
Mientras anda sueña con un navegante de mar dulce que la arrebate de
las ruinas en las que habita y la lleve en sus brazos hacia un faro en medio
de la nada. Desde allí quiere enviar señales luminosas a los viajeros
desprevenidos que como ella naufragan por arriesgarse a entrar en
profundidades sin un guía.
Sueña ese sueño de amor mientras lleva de la mano a su alma que no ha
crecido y se le encapricha como una niña.
Tiene cada antojo su alma. Un ridículo fervor por las casitas de techos de
tejas con un perro que vigila la entrada. Adentro una estufa de leña y el
olor de la sopa en el fogón mientras ella y su amante imaginario dormitan
enlazados sobre un colchón de besos.
Hay antojos que no pueden ser satisfechos y es posible que sea para
mejor. Hay mujeres como la Catalina que son como los pumas blancos.
Requieren grandes desiertos en los que retozar entre piedras y espinos.
Pero como querría que de su sombra emerja otro puma tan blanco como
ella que le enseñe a cazar dicha y a beber calenturas mientras ruedan y se
agitan en un abrazo espasmódico.
La Catalina se sienta al borde de la carretera mientras el invierno licúa al
sol y arranca la verdura del follaje secándolo con su aliento de humo. Saca
de su mochila una navaja y con precisión la clava en medio de su tórax.
Rápida, coloca al corazón en su lugar. La carne lo recibe y se cierra como
la roca que tapa la cueva de los cuarenta ladrones. Cuando los latidos del
corazón hacen toc toc, contándole que a la izquierda del esternón reina el
orden, la Catalina se levanta y alzando los brazos se pone a bailar.
Quien quiera que la observe pensará que está loca.

ALAS DE PIEDRA

“Alas tiene mi amor


alas de piedra
alas de piedra
volando,
por fuera del aire.”
Pedro Salinas

No todos los días se encuentra un amante como el señor Dussel.


Por eso la Catalina lo trata con especial deferencia.
Se pinta el pelo de verde, se viste de dama antigua y se aprende de
memoria los ciento cinco puntos erógenos que pueden estimular a un
caballero maduro pero con alma de niño.
El señor Dussel a cambio, le regala esmeraldas del tamaño de una cereza
y le lame las costillas hasta hacerla estallar en una catarata de gemidos
lluviosos.
Es librero. Por eso le habla con palabras tan difíciles que parece que
fueran de otro idioma.
Llega a las siete en punto con su piloto de cuello smoking y su sombrero
bombín trayendo bajo el brazo una caja de mentas y en la mano derecha
un ramo de margaritas silvestres.
La Catalina le sirve una copa de jerez y se pone a bailar la danza del
vientre mientras canta a capella el aria de Nabuco.
Él la aplaude sin mucho entusiasmo y se tiende entre los cojines Persas a
fumar su cigarro Cubano mientras le lanza miradas de lobo.
Después juegan al dominó sobre la cama de dos plazas y media hasta que
las ganas queman las paredes tapizadas de brocado.
Recién entonces se produce la cópula.
El señor Dussel tiene un falo de mármol que apunta amenazador hacia los
altos techos indicando que ha llegado el momento de obrar.
La Catalina lo estrecha con su encanto secreto y galopan sobre las
sábanas de raso mientras le susurra frases largas sin puntos ni comas que
suenan como música sacra.
Le promete en vano que la llevará al campo para ver como en los
amaneceres las naves espaciales se pierden entre los trigales.
Pero nunca cumple. La Catalina lo llama mentiroso.
Le ha prohibido que use camisones. La prefiere desnuda y aceitada con
sabor a damasco en los pezones y plumas de ganso en el vientre.
El señor Dussel es un hombre serio con facciones Jesuíticas y una
expresión de tristeza en las pupilas. Sin embargo se ríe de todo y pega
chicles debajo de los muebles.
La Catalina dice que no lo ama. Que tiene por él un sentimiento ambiguo
que la hace desfallecer a veces de ternura y otras veces la hace desear
que se muera durante el coito.
Pasa que la aburre con sus relatos de viajes a países exóticos y con su
manía de pedirle que llore a la hora de separarse.
Ella que era tan libre antes de conocerlo, se siente atada por un cordón
delicado a ese caballero que la desconcierta con sus idas y vueltas sin ton
ni son.
A las cuatro mira las agujas del reloj rogando que se muevan más rápido
para que el crepúsculo se lo traiga por un breve rato.
Si él se atrasa diez minutos, extraviada, rasga la puntilla de sus enaguas y
se muerde las muñecas.
Cuando el señor Dussel llega le hace un chasquido con los dedos y la
Catalina se entrega hecha una bacante a sus brazos helados.
Si por ella fuera respiraría solo por la boca de él y se alimentaría del
esperma de ese dios que no habita en los cielos pero que la lleva hasta
muy alto. Tan alto que no puede regresar sola.
Ella dice que no lo ama y se lo repite como una letanía hasta que de tanto
repetir suena a “teamono, amoteno, onetamon”.
El señor Dussel se dedica a castigarla pellizcándole las nalgas y la hace
entrar en un pasillo largo de silencio.
Pero de noche, cuando él se ha ido, trata de juntar fuerzas para alejarse
de ese hechizo que tejió a su alrededor.
La idea se cocinan lentamente en su frente estrecha y poco a poco se
vuelve imperiosa. Tiene que dejarlo.
Ese sábado, cuando el señor Dussel cruza la calle en dirección al nidito de
pecado, la Catalina, lúbrica y sin nada que la cubra, salta desde su balcón
hasta el asfalto.
Su cráneo se desmenuza salpicando los zapatos bien lustrados del
amante y las esmeraldas se desparraman por la vereda hasta caer
rodando en una alcantarilla.

NO HAY MAR

A Osvaldo

La Pandora le dijo a la Catalina: -Vea mijita si quiere un novio hecho a


medida tiene que comprar miel, una botella de sidra, una docena de rosas
rojas y echar la mezcla en la bañera. Prende una vela roja y se me mete
ahí un viernes a medianoche. Mientras está ahí adentro, me piensa bien
de que altura lo quiere y todos los detalles que le parezcan importantes.
Después no se me seca. Ojo que es importante que piense bien lo que va
a pedir. Porque mire que este embrujo no falla y no hay devolución.-
Al principio la Catalina pensó que como receta era cara y que le daba asco
manchar las sábanas con el mejunje. Y que quién sabe si esas cosas son
buenas o malas. Porque la Diosa bien puede estar emparentada con el
malo y en vez de mandarle lo que pide le hace trampa y se descuelga con
lo contrario.
Anduvo varias semanas dándole vueltas a la idea tratando de anotar en
un papel las cualidades que le parecían imprescindibles en un
pretendiente. No es fácil. Una cosa es comprar de confección y otra
encargarlo a gusto del cliente.
Pero pudo más la curiosidad de saber si la magia daría resultado.
Se sentó en el frente y anotó en un cuaderno todas las combinaciones
posibles de hombres que pueden resultar atractivos.
Chinos que hagan pucheros y acaricien la espalda con palitos.
Negros basketbolistas que toquen el violoncelo y el arpa.
Rubios gigantes nórdicos que bailen flamenco.
Indígenas que regalen diamantes engarzados en vello.
Ninguno le parecía lo bastante perfecto.
Llevándose por su temperamento impulsivo decidio que lo dejaría librado
al azar. Que la Diosa que por algo era Diosa decidiera.
Era 13 y realizó el ritual con rigor sin pensar en nada.
La verdad es que desconfiaba del resultado.
A la media hora sonó el teléfono.
–Hola Cata- Dijo una voz de bajo profundo haciéndole cosquillas bajo el
ombligo. –Soy Superman-
La Catalina creyó que se trataba de una de esas bromas de mal gusto que
hacen los chicos de los vecinos cuando la tarea los aburre.
- ¿No me diga?. Y yo soy Caperucita roja- Contestó algo tensa.
- Ya lo sé- Respondió el sujeto lamiéndole la oreja a través
del auricular. – Haga el favor de asomarse a la ventana-
- Hace frío y estoy resfriada-
- No se va a arrepentir- murmuró provocándole una llovizna entre las
piernas. –Le juro que vale la pena-
Temblando abrió las persianas y allí, con la nariz apretada contra el vidrio,
con un poncho de vicuña flotando en el viento del sur en lugar de la
famosa capa roja, estaba Clark Kent.
El héroe predilecto de su infancia, volando frente a su rancho y al parecer
impaciente por entrar.
Lo primero que pensó es que si el chacarero estaba en la tranquera todo el
pueblo se enteraría de su ligereza al enredarme con un sujeto que anda
por ahí entre las nubes como sí tal cosa.
Lo segundo que le vino a la cabeza era que estaban en Julio y no es cosa
de dejar que un individuo, por muchos poderes que tenga, se congele por
miedo al que dirán.
Así que se persignó, le pidió ayuda a San Antonio y lo invitó a pasar.
Apenas entró, se sentó en el sillón verde heredado de la abuela cruzando
las pantorrillas enfundadas en kriptonita y rodeándola con su brazo que
echó músculo a fuerza de levantar meteoritos y ponerlos en su lugar antes
que estallen en las narices de algún transeúnte, le dio un beso en la nariz
como si hubieran nacido en la misma cuna.
La Catalina tuvo que confesar que estaba asustada.
No es fácil acostumbrarse a la idea de que un personaje semejante se
incorpore a una vida tan poco ligada a las historietas
Sin contar con que no sabía de que se alimentaba y si le sería posible
respirar el mismo aire o si como los peces necesitaba ayuda.
No le disgustaba la idea de practicar con él la salvadora respiración boca a
boca. Todo esto pensó pero no se lo dijo porque estaba tratando de
colocar la mandíbula en su sitio, ya que con el asombro la había dejado
caer sobre su pijama de franela a rayas azules.
No se atrevió a preguntarle si su visita era casual o si tenía pensado
repetirla. Se sentía ridícula haciéndole planteos a un ser que cruzó la
biosfera para hacerle la corte. Decidió aceptar la situación como algo
natural. Con tanto ejemplar aburrido que pulula por ahí quejándose de que
la vida lo engañó, no iba a perderse una cita con un diferente.
Así que cuando le propuso dar una vuelta surfeando por el cielo gris entre
los edificios, no se pudo negar.
Volar sin red se convirtió en su deporte favorito.
No sabe si Superman será consecuente o si sólo fue para él un
entretenimiento entre dos hazañas, pero de algo da fe, nadie le besó la
nariz como él.

MALDITA MAÑANA

Le pusieron Catalina por un capricho de su padre que adoraba a las


cotorras. Desde chica tuvo el don de la videncia, aunque fue la última en
darse cuenta. Solo abría la boca y decía aquello que se le pasaba por la
mente y para su asombro todos los que la rodeaban se ponían pálidos o le
exigían detalles que nunca les daba.
A veces por mero capricho y otras veces porque los ignoraba.
Se convirtió en el fenómeno preferido de la familia, que la exhibía con
orgullo como los circos muestran a los enanos, a los jorobados, a los
siameses con una sola cabeza o a la mujer más gorda del mundo.
Los vecinos le preguntaban a qué número deberían jugarle para hacerse
ricos y las vecinas le consultaban si aquél novio que tenían iba en serio o
si su marido las engañaba con otra.
Los compañeros de escuela querían saber que nota se sacarían en los
exámenes y los maestros sí los esperaba el premio Nobel en la disciplina
en la que se especializaban o sí alguno vez les aumentarían el sueldo y en
ese caso a cuanto ascendería el beneficio.
Pero su videncia tenía un límite. No funcionaba para con ella misma.
Por eso vivió aventuras peligrosas y se enamoró de sujetos malvados que
solo querían aprovecharse de su facilidad para predecirles el futuro.
Cuando conoció al Bonifacio le pareció que él era el único que podía
comprenderla. Posiblemente porque era más blanco que la harina, porque
tenía una barba como la de Santa Claus, o porque era muy ancho y tenía
el cuerpo de un marinero, sólido y hecho para protegerla de las tormentas
que asolaban los prados en esa época.
Se casó con él en primavera, ya que el solsticio le era favorable.
Pasaron la luna de miel en "Los Terrones", en una carpa en la que solo
entraban acostados, y desde donde podían vigilar el tránsito de los ovnis
que sobrevolaban la ciudad secreta de Erks, donde está oculto el Santo
Grial. En otra dimensión por supuesto. La cuarta o la quinta. Nunca nada
interesante parece estar en esta.
A la espera de descubrirla meditaban trepados a los árboles, se
alimentaban con maníes y se bañaban desnudos en los manantiales
aunque todavía hacía mucho frío.
Una saludable ejercitación sexual varias veces al día mantenía la
temperatura necesaria para la salud,
Se mudaron a un caserío pobretón hasta que después del diluvio
el techo se derrumbó sobre sus cabezas y tuvieron que mudarse al este
donde las casas tenían tejados resistentes.
La Catalina se dejó crecer las uñas y se tiñó el pelo de negro.
Se colgó monedas de oro de las orejas y el cuello, se vistió de seda y
satén y se dedicó a adivinar la suerte con bastante éxito.
Pronto tuvo una clientela de funcionarios, usureros y artistas.
Aprendió a volar sujeta a su cordón astral para convencer a los escépticos.
Tuvo entrevistas con magos y alquimistas de otros tiempos que
descendían para enseñarle sus hechizos.
Bonifacio en cambio fracasó en sus intentos de ser un escultor famoso.
Todas sus obras tenían el aspecto de ballenas momificadas.
Tuvo que ganarse el sustento como mecánico dental aunque fabricar
dentaduras lo deprimía por más perfectas y realistas que fueran.
Él envidiaba los logros de ella y eso lo envenenaba a pesar de que la Cata
hacia todo lo posible para complacerlo.
Lavaba su ropa, limpiaba, cocinaba manjares afrodisíacos.
Arrastraba pesadas bolsas cargadas de plátanos, endivias y otros
comestibles las ocho hectáreas que la separaban del mercado.
La Cata hacía gimnasia para mantener todo en su sitio, incluso la
destinada a fortalecer los lugares que no se nombran.
Se masajeaba el sacro, los meniscos, el esternocleidomastoideo.
Se maquillaba con el oficio de un albañil de la masonería.
Se hizo experta en disfrazarse de mil mujeres diferentes.
Desarrolló técnicas eróticas capaces de enloquecer a un sultán o de hacer
llegar a la iluminación a un seguidor del Tantra Yoga.
Organizaba fiestas fastuosas a las que invitaba personajes famosos vivos
y aún a los espíritus de los ya fallecidos para que lo halagaran.
Los esfuerzos resultaron inútiles. Él la odiaba.
La odió más cuando nacieron los gemelos.
Nunca aprendió sus nombres, ni diferenció a uno del otro.
Ni que decir de arrojarlos hacia las nubes, enseñarles a domesticar
perdices o a jugar con las moscas.
Incluso más de una vez la Catalina lo sorprendió tratando de ahogarlos
con las papillas para apagar su llanto.
Sobrevivieron porque eran fuertes. En eso salieron al padre.
A los doce años se los reconoció como profetas y se los consideró como
patrimonio de valor para la humanidad. Pero como no les dieron por eso ni
un centavo, La Catalina tuvo que mantenerlos hasta que consiguieron un
empleo corno cadetes de una funeraria muy prestigiosa.
Rápidamente ascendieron a socios, porque los genes maternos les
permitieron saber donde y cuando eran necesarios.
Bonifacio con los años comenzó a ser infiel. Celoso de la Cata,
se vengaba dejando al alcance de ella notitas escritas por delicadas
manos femeninas que ponderaban el indescriptible color de sus ojos y su
bien dotado órgano de procreación.
El Bonifacio encaneció, perdió pelo y ganó grasa.
Pero la Catalina pese a su videncia no lo notaba.
Era ella sola la que padecía el paso del tiempo y él como un mitológico
dios pagano seguía siendo bello como el Apolo de Delos.
Bonifacio era el paradigma de lo perfecto. La Cata su genuflexa esclava.
Insultarla se le hizo un hábito. Como los adjetivos existentes no le
alcanzaban, creo neologismos tales como eriniuta, mezcla de erinia y
prostituta. Delidiota, mezcla de chiflada y tonta. Neuronutil, mezcla de
incapaz e histérica.
Bonifacio la convenció de que no era capaz de respirar sin él a su lado.
Por supuesto ella lo dio como una verdad revelada.
¿Cómo dudar de una Deidad a la que se le rinde tributo?.
El tercer ojo de la Cata se cerró ofendido por los maltratos.
Las cartas ya no le hablaban. Y sí lo hacían ella no podía oírlas.
Por más que convocaba a los Maestros de los había sido canal y que la
usaban como un transmisor elocuente, parecían estar sordos o haberse
mudado a otro ser menos contaminado por la furia ajena.
Por oficio, mecánicamente, seguía aconsejando como podía a los que
llegaban a la consulta. Pero los errores eran cada vez más gruesos.
Varios países quebraron, se disolvieron parejas y se produjeron accidentes
gracias a su ausencia de talento.
Entonces la Catalina lo odió a él. Lo que no sabía era que su odio tenía la
cualidad de la materia. Odió con inocencia. Sin prever consecuencias.
Fue una mañana después de una pelea más parecida a un encuentro
entre gladiadores que a una discusión matrimonial.
El combate había culminado como ya era costumbre, en un coito feroz.
Cadena que la ataba todavía a la imagen de un Bonifacio omnipotente.
Se levantó apartándose de la Catalina casi con repugnancia y le dijo con
su tono más hiriente mirándola desde las alturas como a un insecto
repulsivo: “Desagrible. Me desagribilás hasta lo inconcebible”.
La Cata le miró las nalgas cerúleas y los labios delgados fruncidos como el
ano de un recién nacido y aquello terrible sucedió.
El odio de la Catalina adquirió la forma de una gigantesca mole de negras
moléculas que se tragó al Bonifacio antes de que ella pudiera evitado y se
esfumó enseguida llevándolo envuelto en esa nube fugaz que se perdió
por las rendijas de las persianas.
Lo buscó por los cuartos, por los armarios, por la ciudad.
Cruzó el río en una canoa que le prestó un pescador de sueños
sobreponiéndose a su temor a navegar y se dio una vuelta por la China
preguntando a los orientales por el desaparecido conyugue.
Ni noticias de Bonifacio ni de su odio. Ambos se habían evaporado.
Nadie le pidió explicaciones. Algunos dicen que lo vieron pasar del brazo
de una dama en buena posición que le compró una torre en el extranjero
para que allí se ocultara de los poderes maléficos.
La videncia volvió apenas la Catalina se mudó a una cabaña en la sierra.
Compró una alfombra Persa y le dio doble uso. En las horas de trabajo
ponía almohadones sobre ella y eso le daba un aire de bruja de elite. Y de
noche la usaba para deslizarse por los aires, entre planetas y estrellas
fugaces, observando la pequeñez del mundo en el que según creyó, podía
hacer una familia honorable y ser feliz por toda la eternidad.

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