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Cynthia Radding PAISAJES DE PODER E IDENTIDAD; FRONTERAS IMPERIALES EN EL DESIERTO DE SONORA Y BOSQUES DELAAMAZONIA | PUBLICACIONES DE LA CASA CHATA _ : : Conthes Raclding . Porsajes de pecter © iclerhela cl Fronteras ingens Gs enel dsierto & Smora 4 bosques te ls Amezenta. Capitulo 2 Telares y yunques, estacas y metates: comunidades, misiones y mercados coloniales Bi presente capitulo narra las experiencias histéricas de los misioneros y poblacién nativa, que construyeron cedes econdmicas y politicas en Sonora _ tak hiquitos con las tecnologias productivas descritas en el capitulo 1, Retra- s comunidades rehechas dentro de las misiones, enfatizando los contras- tes entre bosque y desierto en las reclucciones de ambas fronteras némadas, donde se pretendia establecer asentamientos permanentes. Comenzando por las primeras etapas de las entradas de misioneros, respecto a las propuestas ~pacificas © conminatorias~ a las rancherfas nativas para que acepten la vida misional, en un clima incierto creado por una terrible secuencia de epidemias y por las demandas espaiolas de trabajo Forzoso con la encomienda, el cap! tulo se ocupa de la economia politica de las misiones establecidas. Politica econémica se utiliza aqui en el sentido pleno de las palabras: polls w ongani- zacién politica inrerna de gobierno, que representa a Ja comunidad indigena institucionalizada, y oikos (casa) o economias de produccién y distribucin que sostenian las bases ecoldgicas y econdmicas de las misiones. Ei Lenguaje figurado de telares y yunques, guadafias y piedras moledoras ilustra la division del trabajo por género y la tecnologia empleada en la vida cotidiana de las misiones. Ustos simbolos de la cultura material estan relacio- nados con ka misién como iniciativa, por medio de vinculos con las econo- mas mineras de Nueva Espafia y Alto Pend y el desarrollo de las economias de meready que forjaron redes comerciales divergentes en cada region, luego de la caida de la administracién jesuitica. Fin él se analizan los variados circuitos mercantiles de Sonora y Chiquitos, en términos de las experiencias 1] Cynthia Radding de los pueblos natives con el trueque, comercio de articulos, valores mone- So tarios, trabajo y conteadictorias nociones de tiqueza. Concluye con las inicia- ie tivas de los residentes sonorenses y chiquitanos destinadas a doblegar el ay sistema metcantil espafiol pata sus propios fines y defender los bienes commu a nales de sus villas en la misién. las Hl contraste entre los ambientes naturales y los distintos escenatios so- - Gales de cada regién revela las complejidades del comercio y mercado de i intercambio bajo las restricciones del colonialismo. Al traspasat las propias So comunidades de la misién, nuestra comparacion muestra los diferentes me- rr dios a través de los cuales ambiciosos pobladores acumularon riqueza y do- a minio sobre sus respectivas regiones fronterizas durante la época vitteinal. Ul a sistema administrativo jesuitico ofrece una referencia institucional comin, dil pese a tan contrapuestos parimetros geogrificos existentes entre Sonora, en a el noroeste de México, y la Chiquitania, en el oriente boliviano; parimetros a que enriquecen sus historias duales. La vida econdmica de estos dos disttitos~——— yg misionales y los relatos de los cuales son parte sobrevivieron a esta tutela, a tanto en Sonora como en Chiquitos, y se extendieron mas all de los limites formales entre el régimen colonial espafiol y el periodo nacional temprano. = Con fines compatativos, el presente capitulo se coucentra en el perfodo de a 1720 a 1810. Durante ese tiempo, la expulsion de la orden de los jesuitas, mi de todos los dominios espafioles entre 1767 y 1768, ofrece un punto de apo- er yo para cl antes y el después en la evaluacion de los procesos comparativos ia dle cambio que son a la vez temporales y espaciales. a Como vimos en el capitulo 1, Sonora esta constituida por el desierto de sul Sonora y tierras altas scmidtidas, circunscritas por el Golfo de California y la ie Sierra Madre Occidental, de cuyas estribaciones fluyen cinco ries de valle ide hasta el golfo, creando sucesivas cuencas y formaciones montafiosas que Ff sostienen cultivos eon tiego en Jos llanos (véase el mapa 1). La empresa mi- #4 sional en su conjunto se apoyaba en los recursos agricolas y el ganado de a pastoreo de valles y pastizales de la cordillera y zona serrana. Si bien la caza for y recoleccién en el monte conservaba su impottancia para los pueblos de ie Telaves y yuncques, estacas y metates 1one Sonora, los habitantes regaban sus parcelas individuales de cultivo por medio ee de acequias, las cuales resulracon dtiles para toda la misién. Lin concraposi- ar el cién, las artetias fluviales y comunidades vegetativas distintas de la provincia re tropical hiimeda de Chiquitos, entre las tierras andinas altas y los afluentes de las cuencas amazénica y paraguaya, sostenfan las misiones coloniales de otra Ee manera (véase'el mapa 2). La mano de obra de los hombres y mujeres indi de genas ha sido esencial para la vida econémica de las misiones de Chiquitos y ras Sonora, pero la base de subsistencia agraria de estas comunidades asentadas aos no estaba tan integralmente sujeta a fa economia de mercado de las reduc- is ciones jesuiticas 0 a su ubicaci6n espacial en el bosque. fil ganado era parte Ki esencial del patrimonio de las misiones, reproducido y agrupado en hatos en mh diferentes estancias. Las familias indigenas cubrian sus necesidades basicas ay eon Ia produccidn de los chacos, la caza, pesca y recoleccién; recurtian a las Gstg misiones en busca de carne, herramientas y articulos para comerciar que ie pasaron a ser una parte esencial de su cultura material, normas estéticas y lay prestigio social. He Sonora y Chiquitos eran areas marginales del Impetio espafiol, en los ses confines de los centros mineros del norte de Nueva Espatia y del Alto Pert ae respectivamente. Cada una de estas provincias de Frontera poseia asenta- as, mientos europeos relativamente dispersos; en ambas areas los agricultores, an cazadores y recolectores seminémadas se sometian al gobierno espaiiol por ‘os medio la institucién de la misin religiosa, administrada por las Grdenes je- suita y franciscana. Pese a tan amplias similitudes, los procesos culturales de de subdivisién y compenetracién entre diferentes pueblos, conducidos por las misiones coloniales, dicron lugar a diferentes tipos de mestizaje étnico le identidades en ambas regiones. A mediados del siglo dieciocho, los nume- ue rosos grupos étnicos y lingiiisticos de las tierras altas de Sonora se habian a aglutinado en unas cuantas organizaciones politicas 6 naciones, identificadas i en la nomenclatura colonial como los 6pata, pima y eudeve. Hacia 1900 con- a formatian el nacleo del campesinad hispanoparlante de la regidn. PI oriente le holiviano presenta un cuadro diferente, en el cual los centros misionales ur- 94 Cynthia Radling, banos mis exteasos de Chiquitos mantenian su reconocimiento de diferentes lenguas y grupos de parentesco, conocidos como parcialidades, y su signifi- si bien cado étnico y cultural. Hstos pueblos, conocidos como chiquitanos, se diferenciaban entre si, vivian separados de la poblacién no indigena, una divisién étnica que continda hasta nuestros dias. Los patrones migratotios estacionales eran un tasgo aclaratorio de los sistemas culturales de Sonora y Chiquitos, Su existencia fisica dependia de una multitud de recursos de caza mayor, plantas silvestres y plantas cultivadas que, a su vez, requerfan acceso a diferentes nichos ecolégicos en territories ampliamente definidos. Igualmente significativos son los s jemas de pra- rentes y lineas de diferenciacién étnica que servian de fundamento para uniones conyugales y agrupamientos sociales e implicaban una distribucién espacial de versitiles comunidades, al igual que villas atomizadas més exten- sas, La movilidad territorial sobre la cual se apoyaban los pueblos de Sonora y Chiquitos, para su produccién econdmica y reproduccidn social, a menudo estaba en conflicto con la politica colonial de concentracién de nesfitos de la misi6n en asentamientos fijos-En las dos provincias fronterizas de nuestro inter , con el tiempo, los misioneros adquitieron un compromiso con los imperativos culturales y ecolégicos del ambiente indigena, Su demanda de la mano de obra indigena tomaba en cuenta los frutos de la recoleccién —espe- Gialmente miel y cera de las abejas~ con propdsitos comerciales, y aprendieron aadaptar la disciplina de la misién a épocas alternas de caza y cultivo. CONQUISTAS INCOMPATIBLES: LAS ENTRADAS, LOS CENTROS MINEROS Y LA ENCOMIENDA Al comenzar ambos relatos, debemos tener en mente las preguntas que guia rn nuestro debate en torno a las misiones como. instituciones, a las comuni- Estos procesos de cambio social y étnice son ternas del capil 4 dav ren cor late de Lop Telates y yunques, estacas y metates 95 ei dades y redes econdmicas: qué grado de coercién y elecci6n llev6 a sono- gnifi renses y chiquitanos? a ingresar en las misiones y recrear allf peculiare: et comunidades émicas? gQué sistemas de produccién y redistribucién estén una latentes en la vida religiosa y politica de las misiones? ¢Qué otras relaciones de adaptaci6n y conflicto se desarrollaron entre la misién, el eransplante eu- le los ropes, el vehiculo de conquista y los pueblos indigenas? ia de vadas, CHiQuitos otios. | ———— Ba La orden de la Sociedad de Jestis comenz6 a actuar durante la década de 1580. ate Sus contactos con chiquitanos se limitaron a Jas familias que habian sido een asignadas en servidumbre a los encomenderos. Los jesuitas no iniciaron su ant programa misional las reducciones en la Chiquitania~ sino un siglo después, Be en 1691, con la autorizacién del virrey y el apoyo material de la provincia sudo jesuitica del Paraguay. A mediados del siglo dieciocho, los mantos negros habian establecido siete componentes misionales estable: s, cifra que llegarfa adiez en el momento en que el proyecto jesuitico fue detenide por la fuerza en 1767. Bn cada uno de los pueblos de la misién se asenté una considerable poblacién indigena que oscilaba enire las 1000 y 3000 alma y pertenecfa a Uiferentes parcialidades o nicleos étnicos cuyo parentesco e identidades e1 an significativos para chiquitanos y misioneros por igual.’ Fin la Chiquitania no se instituy6 un gobierno civil formal hasta después de la expulsién de los jesuitas, momento en el cual la provincia fue erigida como un gobierno inde- pendiente de Santa Cruz y a las misiones se les impuso la autoridad diacesana 2 Pileyt lus téeminos sonorense y chuigoitano por eomocidhd, ya que resulta engorrose referitse a cada tuna de las identidades étnieas que poblaban amubas regiones, sobre la hase cle sus conversiones co: suit loniales que se refieren a as proviacias y a sus habitintes nativos con estos nombres. Consilense vuni- Querejazu y Molina Barhery, 1995; Hoffinann, 1979; Pfetferkorn, 1989 [1795} 8 Archivo y Biblioteca Nacionales ce Bolivia (de aqui en aulehunte, ABNB), Mops y Chiguitus, vol. 24, exp. VI fols, 114, 132, 154, 167, 185, 2 tnisiones de Chiquitos entse 1767 y 1768, 19, 236, 251, 266, Se registraron amplios eensos en las a taiz de la expulsion de los misioneros jesuitas 96 Cynthia Radding del obispo de Santa Cruz. Conocidas como “vicarfas”, las misiones chignita- nas ntinuaron funcionando bajo la estructura institucional establecida por Jos jesuitas. Hmpero, las politicas conflictivas aplicadas por autoridades ecle- sifsticas y civiles bajo la administracién borbona dominaron crecientemente Ja vida politica y econémica de las reducciones. Durante la fase formativa de las misiones de Chiquitos (aproximadamen- te entre 1691 y 1730), de acuerdo con la informacién de los padres Julién Knogler y Juan Patricio Fernandez, los esfuerzos jesuiticos se agotaron en la bitsqueda de nuevos conversos por medio de repetidas entradas de diferentes, grupos con una diversidad de lenguas a las villas misionales. La mision en ese momento era mas una incursi6n itinerante hacia los bosques que un compo nente de asentamiento: una “ca spiritual” semejante a las prieticas indige- nas de caza, guerra y captira. Los misioneros dependian de grupos de indi genas cris anizados que los acompa aban durante periodos de hasta cuatry meses en cada oca mpamentos de aldeas en ch in, para localizar y rodeat ¢ bosque. Alyunas de las expediciones tenian éxito y regresaban a Jas misiones con nuevos grupos de familias extensas; pero estos cristianos de prueba solfan reyresar al bosque." I] proyecto de la misién dependia de persistentes patrones migratotios y de los poderes persnasivos de los caciques: lideres indigenas de Jos diversos grupos que legab.in a la misién de Chiquitos para quedarse. El contacto europeo dentro y fuera de las misiones transformé las cul—__ turas nativas. Su numero decreciv) con las enfermedades del viejo mundo, aun cuando encomenderos y cazadores de esclavos, que operaban de las villas de Santa Cruz de la Sierra y San Lorenzo, explotaban la mano de obra de diver- sas tribus y grupos, que a su vez, saqueaban estos asentamientos espafioles en busca de herramientas de hierro. A Jo largo del periodo virreinal y hacia el siglo diccinueve, Chiquitos se mantuvo como una frontera permeable, por donde transitaban diversos grupos de agricultores, cazadores, recolectores guerreros, contrabandistas portugueses: (mamelucos) y colonizadores espa- © Knogler, 1979 [1 |: 161-165; Verninder, 1994 1726}: 13 fio bo sai At tice A est dre Ca cay cor tier dic su noi de em mis pre uni qnita- 4 por ecle- aente men: alin enla enies nese Apo- lige- indi. ‘atro andl mes lian ones sde cul- aun rde er sles cia Dor sy bas ce Telares y yunques, estacas y metates 97 foles. Los jesuitas y sus sucesores continuaron Ievando mas habitantes del bosque a los pueblos misionales, complicando asf atin mas tan diverso mo- saico de parcialidades.® J SONORA A fines del siglo dieciséis y principios del diecisicte, el proyecto misional jesui tico en el noroeste de México siguié Jos pasos al avance de la frontera minera, A medida que se multiplicaban los veales de minas en Nueva Vizeaya y se establecian presidios militares a lo largo del tlanco occidental de la Sierra Ma- dre, gobernadores y comandantes concentraron su atencion en los pueblos de Cahita y Sonora, En respuesta a una solicitud del gobernador de Nueva Viz~ caya y con el apoyo del virrey, los jesuitas iniciaron sus entradas misionales en 1591, hacia el norte, desde el Colegio de San Felipe y Santiago, en Sinaloa. "7 detenian ocasionalmente ante la resistencia dle los nativos, debida a conflictos stos mantos negros avanzaron gradualmente por los valles de tio y slo se con colonizadores espafioles que rivalizaban con los jesuitas por acceder a la tierra ya la mano de obra indigena.’ Durante las primeras décadas del siglo dieciocho, el area de la misién jesuitica de Sonora y Sinaloa habia alcarzado su maximo esplendor, pero las misiones de la Pimeria Alta, en el extremo norte, se mantuvieron como una frontera abierta, donde las nuevas entradas de los pueblos pima y maricopa en los valles Colorado y Gila esperaban a los, emprendedores hijos de Loyola. A pesar de los esfuerzos concertados de los misionetos y provinciales jesuitas, la orden nunca logré su objetivo de uni las provincias misionales de Sonora y Baja California por terra, Durante n, los jesuitas representaban la el-primer siglo de evangeliza Unica linea coherente de autoridad en contacto directo con las comunidades Fischermunn, 1996b: 47-54; Santamaria, 1996: guitas, vol. 34, fs, 241-248, © Pérez de Ribas, 1999 [1645]: fibro 2, caps. I-VI, 11-12 30h Kerniindez, 1994 [1726]; aunt, Major» Chi 98 Cynthia Rodding indigenas de va Madre Occidental fueron separadas de la gran unidad territorial de Nueva Vizcaya y asignadas a una nueva gobernacién. A fines de siglo los gobernadores, con sus tenientes y alcaldes, constituyeron una columna poli- tica y administrativa diferente de la Sociedad de Jestis y de la oficialidad mi- litar vineulada con Ins presidios. Laego del eclipse del proyecto jesuitica en 1767, las politicas borbonas militarizaron la frontera atin mas con la amplia- cidn de las tropas del presidio y el establecimiento de la Comandancia Gene- ral de las Provincias Interiores, aun cuando las responsabilidades administra- tivas se fusionaron, al convertie la gobernacidn en la Intendencia de Arispe.? ¢ transformaton: Los pueblos misionales de Sinalos y las provincias australe en parroqutias seculares bajo el cuidado de los sacerdotes diocesanos; muchas de ellas de hecho, eran pucblos étnicamente mestizos. Los frailes francisca- nos de la provincia de Jalisco y el Coleyio de Santa Cruz de Quetétaro reem plazaron a los jesvitas en Jas misiones pima, eudeve y épata en Sonora y Ostimuri.* De los parametros ecolégicos y culturales de las fronteras misionales de Sonora y Chiquitos afloran diversos rasyros que las distinguen para establecer los términos de sus historias comparativas. Ho primer lugar, los sistemas agratios indigenas, que responden a las condiciones ambientales de cada una de estas regjones, condicionaron el carécter del proyecto misional. No solamen te el tamafio y composicidn de las reducciones, también el tipo de vinculos que cada uno de estos distritos establecfa con la economia colonial, dependia de las practicas nativas de subsistencia, de sus destrezas técnica , de los patrones de reencias césmicas. Mientras los recintos de la misisn. asentamiento y de la de Sonora en general obedecian a patrones prehispinicos de asentamiento, la concentracién de rancherfas temotas en poblados mas grandes y las reduc- Gerhard, 1982: 245 248; Del Rio, 1995: 83.115, Las provineias eosteras integradas en la Gober- nacidin de Sonora Sinaloa etan: Rosatio, Cosalé, Culiaeén, Sinaloa, Ostinmnti y Sonora, * McCarty, (981: 5-51; Del Rio, 143-145, inaloa y Sonora. Empero, en 1732 las provincias al oeste de la—~——— cic inc cen en mer agri mer uns go nia. eml indi der de la al de o los poli. Imi Telares y yunques, estacas y metates 99 ciones chiquitanas contrastaban enormemente con los campament 8 y villas indigenas. Hin segundo, las misiones jesuiticas establecidas en Sonora y en la Chiquitania pertenecfan a redes jerarquicas especificas, desarrolladas bajo la égida real. Los rectorados jesufticos cn el noroeste de México (seis en Sono- ray Sinaloa) vigilaban y respaldaban a los 40 distritos misionales ~103 pue- blos a la altura del sistema misional- y, a su vez, debfan responder al provin- cial de los jesuitas en la ciudad de México.” Si bien la provincia misional de Chiquitos estaba geogrificamente proxima a las misiones de Moxos en las sabanas tropicales del norte de Bolivia, en el ambito administrativo estaban ligadias a las provincias jesuiticas de Paraguay y Tacuman, Luego de la expul- sién de los jesuitas, los puntos de referencia eclesidsticos y de gobierno para los diez pueblos misionales de Chiquitos se centralizaron en Santa Cruz de la Sierra (San Lorenzo) y La Plata, sede de la Audiencia de Charcas.! Mientras e de México abarca la historia de Ia evangelizacién jesuitica en el noroi cerca de dos siglos (1591-1767), la presencia efectiva de los mantos negros, en la Chiquitania se limité a tres cuwrtas partes de uno (1691-1767). Vinal. mente, en esta tiltima provincia las redlucciones competian con la encomienda agricola y de servicio que los colonizadores de Santa Cruz defendian tenaz- mente. La encomienda y el “rescate” de cautivos de guerra sacé a la fuerza a un ntimero indefinido de indiyenas de las misiones de mercedarias en Poron- go y Buena Vista, asi como de los pueblos jesuiticos de la propia Chiquita- nia." La encomienda no sobrevivié mas alla del siglo dieciséis en Sonora, Sin embargo, la proximidad de las misiones y minas en la zona sertana puso a los indigenas en contacto directo con los mercados coloniales en busca de mano. de obra y productos. ‘Ontega Noriega, 1993: 41-94; Polzer, 1976: 13-37; Geshard, 1993: 248 Block, 1994: 11-54; Parejas Moreno y Suires Salas, 1992: 65-71 "adding, 1997h: 123-138; ato, Moir y Chigstor, vol. 23, exp, VII, 1751-1753. 100 Cynthia Radlding REDUCCIONES Y COMUNIDADES ERIGIDAS, rein en Sonora: Artes jesuiticas de persuasién y ec ‘Tres son los que tengo ya juntos y congregados con sus cruces ¢ iglesias; el sitio es en dos valles muy fértiles de maiz y otras legumbres; los arroyos de aguas dulces y saludables con que tiegan sus sementeras con notable artificio; y asi nunca parece se experimentard entre estas gentes el hambre que suele en otras naciones, Son templadisimos en el comer, y sus sustento principal es de un poco de harina de matz deshecha en agua y quizas por esta templanza tienen tanta salud, que son muy pocos Jos enfermos que hay entve ellos, Algunos han pen- sado que esta gente es serrana por estar cercada su tierta de cerros y montes muy apacibles; pero no lo es porque sus pueblos y sementeras estin en valles Janos y apacibles y todos los naturales son muy quictos.!2 EL informe del padre Pedro Méndez sobre su éxito inicial con pueblos de Iengua eudeve en el frea central de Sonora, en 1628, parece subrayar la complementariedad de los poblados agricolas de tierras bajas respecto a las notmas jesuiticas de vida de pueblos asentados, Podrfamos recordar Ja evi- dencia recogida a partir de fuente arqueolégicas y etnohistéricas tempra- nas, desctitas brevemente en el capftulo 1 para los asentamientos previos a la Conquista, en tertazas elevadas por encima de sus campos cultivados y terrenos aluviales. Las teducciones de Sonora consolidaron rancherias ma pequeiias en villas mas grandes (a menudo en pueblos que ya e proporcionando asf continuidad demostrable con patrones espa sociales indigenas de residencia. Méndez prosigue su telato sefialando que la construcci6n de la iglesia continué con prontitud en Jos tres poblados Bl padre Pevlro Méndez 9 Andtés Pérez de Ribas, citndo en Pérez de Ribas, 1985: 240, 1 jesuita Méndez primero visits los pueblos Sisibotari y Bacuco del érea centeal de Sonora en 1621 y comenz6 1a redueviin en 1628. Los tres puchios a los cuales se refiere son Sahuatipa, Ativechi y Bacanora sitio suas ast eras co. anta on ates suita estacas y metates 101 misionales, utilizando las técnicas de construccién de Sonora: adobe tratado y revestido con vigas de madera, Sin embargo, la aparente armonia manifies- ta en el relato jesuitico disfraza las contradicciones inherentes a la reubicaci6n de Jos indigenas cristianizados por misioneros y paisajes tan distintos en las reducciones virreinale: Andrés Pérez de Ribas, provincial jesuita, misionero ¢ historiador, admi- te que para atraer a diferentes grupos tribal 4 los poblados misionales era necesaria una paciente negociacién y acomodarse a las costumbres locales. Sus propios esfuerzos dos décadas antes, entre los ahomes y pobladores de Ja costa de Sinaloa, a la vez cazadores, pescadores y recolectores, ilustran las contingencias negociadas de evangelizacién. A Pérez de Ribas le parecia irn- portante tratar con numerosos caciques, lideres de determinadas ranchesias © grupos de parentesco, individualmente o en grupos, y aprendié a respetar su culturas materiales y alineaciones politicas.? Accedié a la solucién pro- puesta por los caciques batueari para establecer su propio pueblo, unas tres leguas rfo abajo desde Ahome y cerca de sus sitios acostumbrados de pesca. Los batucari habian acordado unirse a Ja misién de Ahome porque en ese momento estaban en paz con sus vecinos agricultores y visitaban sus villas para hacer trueques a cambio de maiz en época de cosecha. A pesar de estas negociaciones-cuidadosamente orquestadas, Pérez de Ribas reconoce que para los pueblos pescadores de la costa no € facil adaptarse a la agriculrura y viviendas fijas en el nuevo pueblo. Abandonaron la misién por sus tierras costeras, donde permanecieron “arraigados” en un habitat familiar y con li- bettad para practicar sus propios titos religiosos. 1 téeming taino-caribefio, se difurili en toda la América hispana, pues fue utilizado por ides eclesidsticas, civiles y militares para distingwic a los lideves nativos de los eacigazpos Jascales 0 regionales « para designar personas para acwuar como interlocutores con las autotidades coloniales. Alvar Niifiez Cabeza dle Vaca no utiliza el sérmino en sus Relaciones y Comentarios, eset cos a mediados del lo dicciss (citadc en el capitulo 1). A los lideres incigenas se seliere mis hien como principales. A mediados del siglo diecisiete, aparece la palabra cacique en textos jesuiticos ‘como History ofthe Triumphs, de Pérex de Ribas (1999 L645), Cynthia Radding 102 Fueron attaidos por ef monfe, donde en algunos momentos celebrarian a sus parrandas para emborracharse, Como eran exitados en los pueblos de Ahome, Duscaban su soledad anterior, donde no etan vistos como cristianos y tenfan libertad de conciencia."* Pérez de Ribas compata el monte de “colinas salpicadas de rocas y mato rrales” con la “hermosa planicie aireada sobre el tio” donde habian ofrecido alos batucari un lugar para la villa. Pero el monte Jes oftecia libertad frente a Ia vigilancia eristiana y seguridad material pata pescar y recolectar los recursos costeros tan familiares para ellos. Los paisajes de la mision constitufan una radical reorientacivin espacial con consecuencias politicas, econdmicas y espirituales. Aun en las zonas de la instalaron al borde de las parte central de Sonora, donde las reducciones ar de los asentamientos indigenas, la referencia de los jesuitas tierras y del Tu a las cabeceras y visitas estas Gltimas eran misiones dependientes que los sacerdotes que vivian en las cabeceras visitaban de vez en cuando establecie- ton jerarquias para las villas y caciques, inexistentes antes de Ia evangelizacion. 's posible que al barajar la ubicacién de Jas villas Como consecuencia de ello, se hubiera comprometide Ia relativa indlependencia de di rentes cacicazgos y De hecho, jos su estrecha identificacién con determinados linajes familiare miento de ottus pru- nmievos asentamientos revivieron los temores de desplaza pos étnicos de los territorios cultivados por ellos, donde babian pescado, cabe recordar que las trincheras fortifi- cazado y recolectado. Una vez més, y zona sertana de Sonora durante } cadas, halladas a lo largo de la cordille periodo previo a la Conquista, apuntan a rivalidades tertitoriales que frecuen- temente encendieron la chispa de guerra, ante la situacién de eselavitud de Jos cautivos, el control de las rutas y la posesion de facto de tierras fértiles y fuentes de recursos. Por otra parte, es posible que Ja construccién de nuevas villas de cabecera, en torno a la plaza sagrada marcada pot Ja iglesia y cruz 1 Peérex de Ribas, 1999 [1645}: 209-213, cit cris pac Pé prir uns met ja ti acte rept cati pue loss pen cucl par: fors tan’ mis otre cas del der tére en dec esp: Telares y yunques, estacas y metates 103 cristianas, hubiera alterado significativamente las nociones indigenas de es- pes pacio social y religioso. Ne6fitos, como los ahomes, acogieron igualmente a oa Pérez de Ribas con cepos verdes atadlos a sus arcos y cruces adornadas; las primeras capillas jesuiticas eran simples ramadas 0 estructuras de adobe de un solo recintos la asociacién cristiana de la altura con la devoci6n segura~ to mente contradecia las nociones indigenas del poder sacto en contacto con e la tierra —cuevas, cafiones y vertientes~ y la mediacién de chamanes. Los a actos posteriores de apostasfa y rebelién rebatian tanto el sitio como la sos a rH representacién de la autoridad espiritual. Las estrategias jesuiticas para la evangelizaci6n se concentraron en los oo caciques que cooperaban con ellos cn las primeras etapas de “reduccién” a iB pueblos misionales de numerosas rancherias. Los misioneros bautizaban a 7 Jas eaciques, daban nombres cristianos a sus familias inmediatas y los recom- us pensaban con obsequios que debian ser redistribuidos (cuentas de vidrio, Us cuchillos, herraduras, hachuelas, agujas) y con el simbolo especial de prestigio “ para ellos mismos, como caballos y telas. [Los misioneros y oficiales militares in, formalizaron su dependencia de estos lideres, otorgindoles titulos de “capi- aad tin”, “fiscal” e incluso “gobernador” sobre sus respectivas “naciones”. Los BY. misioneros los hicieron responsables de asegurar la asistencia al catecismo y ios tis ejercicios religiosos y de mantener el orden en las villas. En sus pricti- < evangelizadoras tempranas, los jesuitas seleccionaban a los hijos varones de los caciques para educarlos en el Colegio de San Felipe (Sinaloa); de don- de regresarfan a sus pueblos como catequistas y maestros alfabetizados."* El término cacique adquitié entonces una connotacién de liderazgo jerirquico n en la época virreinal, que con el tiempo fue institucionalizada en una jerarquia i de cargos, simbolizada en un baculo con mango de plata, que las autoridades oe espafiolas distribuyeron entre los lideres indigenas. La importancia de las ras wz "Lis posible que Tos arcos hayan tenida sigailicades simblicos tanto antietonos como evstianas; constitese Sheridan, 1999: 42 0, 44 "Pérez de Ribas, 1999 [1645]: cap. XLIV, 168-169. 104 Cynthia Radding autoridades nativas para gobernat las misiones ser ahordada con detalle en cl capitulo 5. Pero en este capitulo veremos que los miembros del consejo indi- gena cumplian un papel activo en la administeacién econdmica de las villas. PUEBLOS JESUITICOS EN LOS BOSQUES DE CHIQUITOS Estos puntos de conflicto y distanciamiento entre paisajes indigenas y reduc ciones misionales en Sonora son probablemente mas espectaculares en Chi- quitos, Los jesuitas crearon diez centros poblacionales en los bosques y saba- nas chiquitanas, con mas de mil habitantes cada uno, y separados en secciones residenciales para las diferentes parcialidades. Los complejos mosaicos étni cos que caracterizaron las redueciones de Chiguitos tenfansi origen en mal- tiples rancherfas, concentradas en las misionrs por las numierosas entradas. El padte Julién Knogler subrayaba el papel central que desempeftaron las Zar 2 estos reducciones en la evangelizacién de los chiquitanos “para bumaniz nifios y acostumbrarlos a vivir juntos civilizadamente”. Los jesuitas conside- raron necesario construir.pucblos con una plaza central ¢ hileras de casas separadas por calles; las viviendas indjgenas abareaban tres lados de la plaza, mientras que el cuarto estaba reservado para la iglesia y el colegio, donde los misionetos vivian y donde se instalaron los talleres y escuelas para los nesfi- tos.” Pese al considerable esfuerzo de los jesuitas para construir y mantener las estructuras, las verstiles comunidades que vivieton en ellas no se de. sapegaban de sus patrones némadas de movilidad estacional. AI igual que los de pueblos pesqueros de la costa de Sinalvua, que confundieron los esfuerzos Andrés Péres de Ribas de unirse a ellos en una misién junto a la agricultura ahoma, muchos grupos étnicos de Chiquitos se dispersaron y regresaron al bosque luego de su arribo a los pueblos. No obstante la estructuracion urba Knugler, 1979 [1772]: 147-153, rel idi- uc ‘hi- ba- ues i las. las tos los if ner de- los de ural val ba- ae eis Telares y yunques, estacas y metates, 105 na formal que definfa los espacios piiblicos y residenciiles, la plaza central y los pasajes procesionales, las reducciones de Chiquitos se mantuvieron como una frontera disputada, expuesta al bosque y dependiente de los ritmos cultu~ ‘ion. rales de cultivo de los chacos, de la caza y la recolect ENFERMEDADES, GUERRA Y SUPERVIVENCIA. EN LAS MISIONES. ‘Las enfermedades y curaciones son temas recurrentes en los relatos de la Conquista, comenzando por el relato que hace Alvar Niifiez Cabeza de Vaca, heza de la Relaci6n de su odisea por los desiertos del norte de México. C Vaca y sus tres acompafantes se hicieron de un aura de curanderos a lo largo de su expedicidn, respecto a tituales chamanicos en los cuales utilizaban ca- efial de la cruz. Sus narra. labazas perforadas y la bendicién cristiana de la s ciones sobre una multitud de indigenas que querian ser tocados por los ex- medades, debilidad, de la muerte ajeros se yuxtaponen con otras de enfé y de la vida, la salud y el poder, En su recuento de estos episodios, los actos de curacion estaban acompaiiados del intercambio de alimentos, saqueo ri- tual, danzas y fiestas."® BI palimpsesto de significados derivaba del temor a la enfermedad, y el poder curative de la curacién espiritual resurpia repetida- mente en los relatos jesuiticos de conversidn y reducci6n. Andeés Pétez de Ribas, Pedro Méndez y otros devotes faniticos como ellos, de la primera generacién de los j itas que trabajaron en el noroeste dle México, cerca de un siglo despucs de la expedicién de Cabeza de Vaca, abordahan abiertamente el tema de las enfermedades y deteriora de la po- blacién nativa. Sus crénicas y cartas daban cuenta de las observaciones de los misioneros en torno a la apariciéa de epidemias, racionalizadas con fernandez dle Oviedo, 1851-1855: 163, 195-199; revisense las notas 2 1993; 215-445 1998: 17-201 lel capitulo [; Ahera, 106 Cynthia Radding explicaciones teolégicas del significado moral de la enfermedad ¢ impor- tancia simbdlica del bautismo: sacramento catélico que marcaba la conver sido de los indigenas al ctistianismo. La Historia de Pérez de Ribas ofrece amplia evidencia respecto a que diferentes pueblos nativos de Sinaloa y Sonora bus medacles y los desastres naturales como los terremotos. Los misioneros ban y temfan el ritual del bautismo en relacién con las enfer- rivales como intermediatios del veian en Jos chamanes a sus principale poder divino y los acusaban de predicar en contra del bautismo como cau- sante de enfermedad y muerte.!” Pétez de Rihas abord6 el debate en torno a la declinacién de la poblacion indigena, que a mediados del siglo diecisiete era corriente, con una mezcla de istica. Atribuia la disminucién del racionalidad y tradicién intelectual escol ntimero de ameticanos nativos a la enfermedad, a Jas demandas de mano de obra por parte de los espafioles, a la migracién indigena y a Ja intervencidn divina. Si bien admitfa: “que los espafioles utilizaran a estos pueblos para su agricultura, minerfa y otros trabajos f...] habia contribuido a su reduccién”, Pérez de Ribas prefirid enfatizar la enfermedad como la causa principal y la atribuy6 a la voluntad de Dios, tanto para castigar a los indigenas que habfan practicado la idolatrfa y hechicerfa, como para salvar sus almas identales: Una causa general es ampliamente conocida en todas las Indias oc muchas enfermedacles que cllos llaman cocolitzles [nabwath cocligtl}. Son espe- cificas de los indios y son como una plaga para ellos. A través de este tipo de enfermedades Nuestto Sefior y su mis elevado juicio, ha querido diminuir las poblaciones de pricticamente todas las naciones descubiertas en el Nuevo Mun- do. Hoy dia probablemente no queda ni la mitad de indios del incontable mic mero que existia cuando Hlegé el Evangelio. Pérez de Ribas, 1999 [1645]: 96-97, 116-117, 128 De he mayo La ol pobla levan: quiste nicas comp pobla regist blacio senso blaci¢ relatiy saram nal siglo « lera p ” Pere 2 Re fen Telares y yunques, estacas y melates 107 we De hecho, Pérez de Ribas observaba que el descenso de poblacién parecia ug mayor por la migracién de indigenas « asentamientos en canchos ganaderos, si oc minas y haciendas azucareras, dejando sus pueblos disminuidos o abandonados. ayy Con referencia 4 las rancherias mayo de Ostimuri y Sinaloa, sefalaba que: fer- eer Les encanta viajar y se muestran curiosos de conocer otras tierras|...] Estin Gel dispuestos a ver el mundo y buseat ropa con la que cubritse y adornarse —ropa ao de la que nunca preseinden actualmente-. Como son muy buenos trabajadores [.--[ hay muchos mayo desperdigados por casi todos lo pueblos de Nueva Bs ion pata ude del La observacién empirica del venerable jesuita sobre la declinacién de la ae poblacién nativa y su clasificacion de las causas alude a ciertos pantos re- ién Jevantes del moderno debate en torno a la historia demografica de la con a quista y colonizacion, Algunos cientistas han registrado los textos de cr6- ne nicas tempranas de exploraciones, historias jesuiticas y cartas ammuas para a compilar series de figuras comparativas que representan estimaciones ¢ a poblacion para localidades particulares y fechas, al igual que enfermedades registradas. Que las enfermedades eurasidticas se propagaron entre las po- blaciones americanas nativas en proporciones epidémicas es un punto de con- uch senso comin; lo que se debate aqui es la magnitud de la declinacin de la po- pe blacién, su duracién (si hubo recuperacion demografica y cuando) y la aS relativa importancia de sus diferentes causas. Redundantes olas de viruela, iy sarampi6n, tifus, gripe, malaria y disenteria azotaron a los pueblos misio. a nales del noroeste de México, en epidemias documentadas desde fines del Mie siglo dieciséis hasta mediados del siglo diecinueve cuando aparecia el e6- lera por primera vez en la regi6n—.*! Los temas que siguen en el tapete se Pérez de Ribas, 1999 [1645]: 297-299, Refl, 1991; Jackson, 1994; Deeds, 2003, registran varias crisis epidénsicas en Nueva Vizcaya, La finente chisica sobre fa disminucion de la poblacibu en el norveste de México es Carl O, Sauer, 1935; resumido en Gerhard, 1993 108 Cynthia Radding | tefieren a si la declinacién de poblacién observada era biolégica, si se debid ptincipalmente a patégenos y si representé una pérdida absoluta de pobla cidn o una pérdida social debida en parte a sus desplazamientos, demandas | espafiolas de mano de obra y productos y a la migracién voluntaria de in Pérez de | digenas a asentamientos y empresas coloniales -como sefialara Ribas—. Aun la attibucién a la voluntad divina, tan presente en los relatos contemporineos, es histéricamente relevante en lo referente a las luchas de poder entre misionetos y chamanes y a los probables motivos que habrfan influido para que un significativo mimero de indigenas aceptara el bautismo y las reducciones jesutticas. Los datos comparativos sobre episodios de enfermedad y estimaciones de poblacién son mucho menos accesibles pata Chiquitos que para Sonora Esto se debe probablemente a que una evangelizacién sistemstica de dife- rentes grupos que vivian y transitaban por la provincia de Chiquitos no tuvo lugar hasta fines del siglo diecisiete y su movilidad némada era mas | pronunciada que en Sonora. La institueién formativa de Chiquitos, duran- | te la expansidn del petfodo colonial temprano, era la encomienda, la cual proveia a los colonizadores de Santa Cruz de Ja Sierra con mano de obra para sus actividades ganaderas y agricolas, concentradas en plantaciones de cafia de azticar en pequefia escala. Estaba al servicio de los intereses de veci- nos de Santa Cruz para evitar la vigilancia gubernamental, el pago de impuestos y para retener el control sobre una fuerza laboral privadaLos___ indigenas esclavizados, por el contratio, buscaban oportunidades para li- | berarse y regresar al bosque. De ahi que el servicio de la encomienda para la frontera chiquitana generara mucho menos conteos sistemiticos de po- blacién que los arreglos de encomienda y repartimiento establecidos entre os pueblos indgenas subordinados de las tierras altas de los Andes y de la autoridad virreinal.* | | } a central de México, mas cercanas a los asientos administrativos de la region ® Garcla Recio, 1988; Garavaglia, 1999; Whigham, 1995: 157-188, oes Telares y yunques, estacas y metates, 109 Estas limitaciones en los datos dificultan la construccién de tasas de declinacién demogrifica e impiden el disefio de graficas que ilustren orien- 8 q s y grados conyincentes de cambios demogrificos. Los canteos de s por los jesuitas y sacerdotes clérigos, tacion\ poblacién del siglo dieciocho, generac cumplen con el fin de proporcionar estimaciones sisteméticas de familias s confiables nativas que residieron en las misiones, pero no oftecen norm: para calcular una proporcién representativa de la poblacién indigena total de Chiquitos, Las cifras recogidas de diferentes fuentes archivisticas y resumidas en los cuadros del capitulo 4 muestran una relativa estabilidad en nivelés demograficos sostenidos en las misiones, si bien con oscilaciones en el tiem- po de un pueblo a otro. Un descenso significativo, si acaso temporal, en la poblacién misional tavo lugar entre 1767 y 1768, luego del retiro forzoso de los jesuitas, que coincidi6 con una epidemia de proporciones regionales. Mi interpretacién de la informaci6n disponible es que la aparente estabilidad, reflejada en las cifras, no se debe tanto al incremento natural de la poblacién sedentaria en cada una de las misiones, sino a la movilidad de los diferentes grupos étnicos entre misiones y entre las reducciones y el bosque. Pricticamente a la par de las enfermedades, la guerra estaba siempre pre- sente en las fronteras sonorense y chiquitana, La guerra establecié un ritmo para las reducciones: asentamiento un tanto belicoso de los diferentes grupos en las misiones y frecuentes huidas de regreso al monte al bosque, Muchas veces como ataques inesperados u homicidios con un objetivo determinado, la guerra explica las fluctuaciones periédicas (alzas 0 caidas repentinas) de pobla- cién misional. Las escaramuzas dentro y entre grupos tribales constituian un sélido motivo para buscar a Jos espaiioles como aliados en su venganza 0 pro- teccidn contra sus enemigos. En 1700, el alférez y funcionario del presidio de Sonora, Juan Bautista de Escalante, encabez6 una patrulla de soldados por los anos del desierto de Seri y territorio pima, ostensiblemente para exigit un arteglo pacificory reducir los saqueos que se habfan producido en los pueblos del valle de San Miguel y la Pimeria Alta. Escalante tomé declaraciones forma- les y administed castigos ejemplares a los identificados por los testigos de lengua 110 Cynthia Radling nativa bajo juramento y con la ayuda de intérpretes— como culpables de haber robado ganado 0 matado a indigenas asentados en las misiones. Durante los seis meses de la vigilancia itinerante de Escalante en el perimetro occidental de la colonia asentada, esta pequefia fuerza expedicionaria fue atrafda hacia los modelos de saqueo y matanzas por venganza, que justificaban las relaciones entre los grupos salinero y tepoca de los setis, al igual que entre grupos némadas de los pima, Los gobernadores y jueces nativos, recientemente nombrados en Jos pueblos misionales, llamaron al alférez Escalante para que administrara justicia y castigara a sus enemigos, utilizando el lenguaje de parentesco y flechas artesanales pata identificar tanto a sus aliados como a sus adversatios.”* En resumen, mi argumento es que el impacto destructivo de Ia enferme- dad se ha utilizado exageradamente como el factor que explicatia la deses- tructuracién de las sociedades anteriores al contacto tardio y la aceptacin de los indigenas de vivir en las misiones. Mientras las villas consolidadas mas grandes se dispersaron y sus poblaciones decayeron por debajo de cierto umbral, no est tan claro el hecho de que todos los pueblos se extinguieran, La enfermedad sin duda se mantuvo como el factor biologico y cultural mas sélido en la historia de las comunidades misionales de Jos siglos diecisiete y diecinueve. Ein las reducciones, los indigenas se adaptaron a las estratcyias curativas y buscaron nuevas fuentes de poder espiritual para enfrentar la re- currencia de epidemias y altas tasas de movilidad y mortandad. Empero, es necesario considerat las guertas més detenidamente, junto a las enfermeda- des, en nuestra interpretacién de las primeras etapas de las entradas y reduc- ciones misionales. Los patrones de guerra entre los pueblos natives de Sono- sa y Chiquitos, al igual que los encuentros violentos entre indigenas y europeos, ctearon una matriz pata definir las relaciones de poder entre dife rentes contendientes: los caciques y pueblos que presumfan ditigir; fuerzas ® “Diary of Juan Bautista de Escalante”, en Sheridan, 1999: 36-96, El contrapunto de violencia y negociaci6n registrado en el diario de Escalante recnerda a los oficiales militares franceses y gober- nadores civiles como “jefes de alianza” en la repién de los grandes lagos de Norteamérica, desctitos por White, 1991 ci de pe ec sit ne su ge aber los Ide los: nes das en ‘ara, has ne- cs de is rto an. re; es la 1 y — —Telares y yunques, estacas y metates m1 expedicionatias espafiolas y portuguesas; la jerarqufa emergente de funciona tios eclesiasticos y civiles. La guerra y el apresamiento de personas, el abando- no forzoso de los campamentos y villas, ademas del robo o destruccién de posesiones almacenadas, amenazaban la supervivencia de las comunidades tan potente como la en- indigenas y generaban un ambiente de temor, quiz: fermedad que condicionaba las politicas culturales de los pueblos misionales. TRABAJO, PRODUCCION E INTERCAMBIO EN LAS MISIONES. Bin el siglo dieciocho los niveles de poblaci6n se habjan estabilizado lo sufi- ciente como para desarrollar sistemas econémicos de produccién de articulos de intercambio tanto en Sonora como en Chiquitos, con la imposicién de politicas coloniales y términos de intercambio negociados en las villas. Las economias misionales de ambas fronteras crearon una riqueza comercial y simbélica, cuyo significado era diferente para los pueblos nativos, misioneros, de cometciantes y funcionarios de gobierno de ambas provincias. A pesar de Ja distancia fisi ica respecto a los centros administrativos, estos pueblos de frontera se entrelazaron con las redes mercantiles de intercambio y transpor- te de mercancfas que operaban en el norte de Nueva Espaiia y en el sur de los And nales, debidamente repistrado en los libros contables de los jesuits s. Hl flujo de bienes materiales dentro y fuera de los distritos misio- sy su sucesores, constituyé evidencia tangible de la mano de obra productiva indi- gena canalizada hacia la circulacin de articulos de intercambio, CIRCUITOS COMERCIALES EN SONORA Llevaron los arrieros todo el trigo que pudieren cargar las mulas, y lo que yo quedaré debiendo de las 60 fanegas no hay que desevidarse [preocuparse], por- que seggin voy, cuando se busque no se hallara. Yo quisiera remitir ahora después 112 Cynthia Radding de Pascua algunas fanepas, para que se me convittieran en harina y tenerlas te— servadas en ésa [Ures].2* Durante matzo y abril de 1766, el padre Miguel Almela, misionero de Opo- depe, y en su visita de Nacameri envié 32 fanegas de trigo (48 medidas de ftidos) y 11 fanegas de mafz (16.5 medidas de étidos) a su superior, el padre Andrés Michel, en Ures, a través de las oficinas de Marcial de Sossa, un co- merciante local. Al afio siguiente, en junio de 1767, el padre Almela informa- ba sobre Ia cosecha de trigo: Por ballarme en ésta de Nacameri abivando los cortes de trigo, pues ya es ne cesatio todo esto con éstos mis parientes [los indios]. Aca no va muy bien de trigos, pero alzaré un poco mas que el pasado aio, sin que habet vendido una sola fanega quasi ‘Trigo, mafz, fiijoles y garbanzos, plantados y cosechados en parcelas comu- nitarias despejadas y regadas bajo la supervision de las autoridades indigenas, sostenfan a las familias que vivian en la misién més que sus propias parcelas (milpas), a cambio de su mano de obra. Los jesuitas canalizaban asimismo los granos excedentes a circuits provinciales que vinculaban los pueblos misionales entre si y con los reales de minas de Sonora y Sinaloa, asi como al otto lado de las montafias, en Chihuahua. La produccién misional servia como pago por los embarques semianuales de atticulos que los misioneros solicitaban por medio de sus Memorias, ostensiblemente del provincial jesuita % Padre Miguel Almela, en Oposlepe, a padre Andrés Michel, en Ures, 15 de marzo de 1766; Archi- vo General de la Nacién, México (ile aqui en adelante, AGN), Jesitar, 1-10, exp. 176, fol. 210; Marcial de Sossa a padre Michel de Nacameti, 20 de marzo de 1766, AGN, Jesuits, IV-10, exp. 177, fol. 211. Una fanega cortesponde aproximadamente a 1.5 medidas de éridos 0 35 ltros de volumes — seco, cominmente utlizado para medir trigo y maiz % Padre Miguel Almela a padte Andsés Michel, Opodepe, 22 de junio de 17675 AGN, Jemitas, 1-10, exp. 230, fol. 266. $f er es H de fo en cit los mi sia de po- ide dre na- ne nde una rchi- 210; 7, 10, Telares y yunques, estacas y metales 113 en la capital virreinal. Pero, en la practica, lo hacian a través de comerciantes establecidos en los principales centros mineros como San Antonio de la Huerta, Rio Chico, Santisima ‘Trinidad y la capital provincial de San Miguel de Horcasitas. La deuda que reconocfa el padre Almela, en fanegas de trigo, formaba parte de este circuito comercial. Los valores relativos de las cosechas y articulos eran calculados y tabulados para cada transaccidn, en su equiva- lente en reales de plata. Normalmente, tas deudas eran permitidas para acumular y tendfan a nivelarse al cabo de varios afios. Ein ocasiones, la co- rrespondencia entre los misioneros y entre éstos y los comerciantes mostraba encono, si bien a todos les preocupaba mantener los articulos y productos circulando en un sistema comercial regional que generara interdependencia Entre los articulos de intercambio que fluian hacia las misiones estaban los infaltables textiles, de diferente tipo, desde el simple algodén hasta man- tas de lana producidas en los obrajes de la regién central de México, lanillas y sedas importadas de Huropa. Ademés de ello, los misioneros compraban regularmente tabaco, zapatos, apujas, calectines, cintas, papel para escribir y, con menos frecuencia, herramientas ¢ implementos como abrazaderas de arado y arneses, Los tan évidamente esperados artieros eran quienes hacfan llegar estos articulos a los pueblos misionales, campamentos mineros y pre- sidios, donde eran redistribuidos a los indigenas de la misién, vecinos que vivian en las misiones o a los asentamientos cercanos y entre los propios misioneros, que adquirian espejos, pinturas y estatuas para adornar las igle- sis27 A su vew;los misioneros despachaban granos, harina de trigo y pinole de mai chiles deshidratados, garbanzos, aziicar morena, jab6n, embutidos 2 Consitese, por ejemplo, AGN, Jesitas IV-10, exp. 69, fl. 100 y exp. 71, fol. 102, donde Gerdnimo Po de Chave y Barretia, un comerciante de rio Chico, primero demandé del padre Michel el pago de tuna deuda de 450 pesos y lo amenazaba con involuerar al gobernador para que lo obligue al pago y Inego asumié un tono més conciliatorio, al aceptar el-cileulo del monto adeudado que aducia el misionero, “porque valoro su amistad mis all de cualquier incerés”, # Veeinas se vefiese a personas hispanas o hispanizadas de ascendencia racial mestiza, que se distin- ‘gulan de los incligenas, Consiltense Radding, 19774: 5, 314, 362; Del Rio, 1995; 122-130; sobre el significado de wecino y gente de raz6n y la versétil estructura demogrifica de Sonora, 14 Cynthia Radding, y cera de vela, Ell ganado también era un articulo mercantil, ya que las misio- nes ptoporcionaban a los reales de minas y presidios caballos, yeguas, mulas a y ioneros solfan recibir plata no acufia~ y ganado para pieles y carne. Los mi da en monedas y estipulada en marcos, como pago por su ganado y pro- ductos. Los libros contables de Jos jesuitas paia la misién de San Pedro de Acon- chi en el valle del Sonora —que incluia la villa principal de Aconehi y su vi- sita sf0 abajo en Nuestra Sefiora de la Concepcién de Baviicora— ofrecen un importante registro de la produccién y venta de excedentes misionales de 1720 a 1766.28 De las compras y ventas pacientemente recopilados y voltimenes de granos cosechados en la misién entre 1749 y 1762, es posible calcular las porciones de produccién misional almacenadas o consumidos en los pueblos y lo que se vendia. Los ingresos misionales tenfan tres fuen- tes principales: granos, ganado y pagos en plata. Los gastos comprendian activos productivos como arados, herramientas de hietro, semilla pata plan- tary ganado, articulos pata distribuir a los indigenas, adotnos para el culto religioso, iglesia y salarios, pagos en moneda o en especie a trabajadores no misionales por trabajo especializado, muchas veces relacionado con la cons truccidn de la iglesia, ; Los libros mayores de Aconchi, junto a la correspondencia de los jesuitas durante esos mismos afios, revelan importantes modelos en la administracion econémica de las misiones.” Las cosechas de granos variaban significativa- mente de un afio a otro, dependiendo de los caprichos del clima y de Ja oferta de mano de obra disponible. Las cosechas de trigo eran regularmente mayores a las de maiz, en una relacién de 2.8 a 1, lo cual sefalaria que los campos con tiego alo largo de las Ilanuras aluviales se reservaban para el trigo, Archivo de la Mitra, Hermosillo, Archivo de la Parsocui del Sageatio (ant As), T, 1666-1828, fol 132-146, Consiltese Radding, 1972: 66-99; 2002: 45-88, ® AGN, Jesitas, IV-10, contiene numerosos expedientes de correspondencia entre los misioneros y ‘comerciantes locales, en los cuales se encuentan deta les de disputas por deudas y las transacciones diarias, reveladas en los propios libros contables. | | | | al sidi he tot: elp del ven mir duc reb cial mis sos!