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Psicosociofegís s

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Un enfoque crítico Frederic Munné

Esta obra nos ofrece el análisis de un problema que día a día cobra mayor importancia: el ocio y el tiempo libre. La forma en que se ha abordado esta cuestión es poco afortunada, ya que la mayoría de las veces se han hecho estudios sociológicos parciales que, si bien han ofrecido ciértos aportes, no pueden ser calificados aún como científicos. No es el caso del presente ensayo; ya que plantea el análisis de esta problemática desde el punto de vista de la dialéctica materialista, lo cual hace de éste un libro profundamente teórico, cuya riqueza conceptual y sencillez en el lenguaje lo ponen al alcance de quienes se interesan en el tema.

Contenido

La concepción buguesa del ocio Marx y el tiempo libre Las repuestas de la historia Una parte, llamada libre, dei tiempo social La temporalidad en el tiempo libre En busca del sentido del tiempo libre La libertad en el tiempo libre Los modos prácticos de la libertad en el tiempo Tiempo, libertad y cambio El ocio burgués como práctica del tiempo libre El tiempo antilibre Tiempo de integración versus tiempo dé subversión

¡SBN 978-968-24-0894-6

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México, Argentina, España ,

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Catalogación en la fuente

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Munné,

rrederlc

Pslcosoclología

del

tiempo

libre : un enfoque

crítico.

-- México

: Trillas, 1980

(reimp.

2010).

206

p.

; 25

cm.

Bibliografía:

p.

177-201

 

Incluye

índices

 

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978-968-24-0894-6

 

1. Psicología

D-502'M482p

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social.

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disposición

La presentación

conjunto

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P5IC050CI0L00ÍA DEL TIEMPO LIBftE. Un enfoque crítico

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núm.

158

Primera

edición

X5

Derechos

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I5BI1 978-968-24-0894-6

Col.

•©1980,

Editorial

Trillas, 5.

A.

de

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U

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385

Oral. Pedro

María Anaya,

C. P. 05540

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D.

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Reimpresión, 2010 "

Impreso en México Printed in México

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"El público no se divertirá mientras no esté en plena libertad de divertirse; porque entre rondas y patrullas, entre corchetes y soldados, entre varas y bayo- netas, la libertad se amedrenta, y la tímida e inocente alegría huye y desaparece." Estas palabras, escritas hace más de siglo y medio por Jovellanos, 1 expresan la idea central de este libro. Con él, pretendo aclarar cuáles son, hoy en día, las y bayonetas" que impiden la libertad en el ocio; porque éste no es nada si está separado de aquélla. Con la libertad, en cambio, el ocio, que deman- da siempre un tiempo, es tiempo libre. Ahora bien, si tomamos el concepto del tiempo libre —elaborado básicamente por el marxismo, como veremos— para fundamentar una crítica del ocio burgués, la contracrítica sería cosa fácil. Para que tal crítica posea también una validez interna, es necesario reelaborar el concepto en cuestión acudiendo a algo recla- mado a la par, tanto por las teorías burguesas como por las marxistas. Entién- dase la libertad considerada temporalmente y en su dimensión antropológica, como uno de los modos en que puede darse el tiempo del hombre; no, en su dimensión directamente política, la cual presenta un contenido antagónico en las prácticas del sistema marxista y del sistema burgués. Sólo si se opera de esta manera —aparentemente desligada de la ideología, pero que en realidad enfrenta ambas posturas en una controversia rica en matices y trasfondos— me parece posible obtener un instrumento conceptual válido para la crítica de la práctica burguesa del ocio. Por otra parte, ese instrumento crítico debe proporcionarlo una perspectiva científica que no pierda de vista ni la personalidad ni la sociedad, porque esta manifestación social de la conducta que llamamos ocio se da entre ambas. Se requiere, por lo tanto, una perspectiva de base psicológico-social. Sin embargo, hasta hoy, por diversas razones la perspectiva dominante en este campo ha sido

1 Jovellanos, 1790, 177. (En las citas remito a la bibliografía proporcionada al final del libro, los datos citados se refieren al año de la edición original, y a las páginas de la edi- ción utilizada. En los casos en que esta edición no coincida con aquélla, sus datos figuran, entre paréntesis.)

6

INTRODUCCIÓN

la sociológica. Y si a ésta le corresponde al mérito de haber valorado aquel fe- nómeno, también hay que imputarle en gran medida la desorientación reinante sobre el concepto del ocio. 2 Lo incongruente del cuasimonopolio sociológico se refleja en las siguientes palabras de Dumazedier, inconcebibles en una reconoci- da autoridad en la materia: - l4 Sólo una sociología del ocio, situada en relación con el conjunto de las obligaciones de la vida cotidiana y caracterizada por la interdependencia de esas tres funciones principales (se refiere al descanso, a la diversión y al desarrollo de la personalidad), puede permitir el estudio concreto

y completo de ese fenómeno psicosocial". 3 Que yo sepa, el estudio concreto de

los fenómenos psicosociales es propio de la psicología social y no de la sociolo- gía. En cuanto a su estudio completo, está claro que sólo es posible si se acude

a la sociología y a las demás ciencias humanas, desde la psicología y la psiquia-

tría hasta la antropología y la pedagogía. Y en este sentido, como lo demuestran las referencias bibliográficas de este libro, todas esas ciencias han hecho impor- tantes aportaciones a esta temática. En consecuencia, la crítica propuesta obliga

a sentar los fundamentos de una psicosociología del tiempo libre. Lo expuesto explica la estructura de esta obra: empieza con unos capítulos dedicados al conocimiento de las diversas teorías y de las prácticas históricas constitutivas del ocio. Sigue un extenso y profundo análisis cualitativo, en el que trato menos de describir el ocio que de descubrir el tiempo libre. Finalmente, del contraste entre el concepto de ese tiempo y la práctica moderna del ocio en su manifestación burguesa, surge la crítica de esta última. 4 En cierto modo, todo ello es un argumento, un largo argumento que por supuesto implica una interpretación en favor de la tesis de Marx, significativa- mente sugerida más que desarrollada por él, sobre el tema; tesis que se encuentra situada en las antípodas de aquéllos que ven o buscan en el tiempo de ocio la posibilidad de una actividad de recreo que "impide tomarse a sí mismo y a su profesión demasiado en serio". 5 Esto es, se trata, además de denunciar el proyec- to burgués de una civilización del ocio por ser incoherente con la libertad y con- tradictorio con cualquier concepción democrática del ocio, de demostrar que el llamado problema del tiempo libre es un tema fundamental para el porvenir del hombre. Esta obra es destructiva en el sentido de que dice "así no" a un modo concre- to —más que mayoritario, masivo— de vivir y de entender hoy el ocio. Es cons-

tructiva en cuanto que éste "no" fundamenta ya otro modo de vivir el ocio: un ocio entendido como tiempo libre. No lo es, empero, para los que reclaman que se diga "así hay que vivirlo". La razón de ello, una extensa razón que motiva todo el contenido de mi trabajo, se hace explícita en la última página del mismo. No sé si es un trabajo pesimista; en verdad, sobran argumentos para que lo

2 Cfr. la nota 32 del cap. 3.

3 Dumazedier, 1962a, 345. La aclaración entre paréntesis es mía.

4 Obviamente, esa crítica no agota todos los aspectos de la cuestión. Por ejemplo, no entro, al menos directamente, en el análisis de la estratificación del ocio como factor condi- cionante del tiempo libre. Porque el papel <pue juegan las clases sociales, rebasa el marco de ese tiempo; es decir, exige un estudio mas amplio relativo a todo el tiempo social. Por otra parte —y esto es importante— no ha sido necesario acudir a este aspecto para aclarai las relaciones temporales entre el ocio y la libertad en el marco de la práctica burguesa. Ripjrs, 1935; citado por Butler, 1959,1, 26.

INTRODUCCIÓN

sea. Y ahí están los testimonios de Georges Friedmann, David Riesman, Herbert Marcuse o Helinuth Schelsky, para no citar más que unos pocos, que han evolu- cionado desde una postura más o menos optimista hasta una posición contraria.

Pese a ello, lo cierto es que los capítulos que siguen no niegan la esperanza. No

en balde, a través de un ejercicio de la "imaginación

den tomar conciencia de la situación, lo que, en cierta manera, supone ya un dominio de ésta. En la práctica, tal esperanza nace de la trágica convicción, reafirmada una vez escritas estas páginas, de que si nuestro tiempo que tiene la remota posibilidad de ser el mejor de los tiempos no lo es, los únicos culpables somos nosotros mismos.

psicosociológica", 6 preten-

6 Wright Mills,

1959, passim.

Sus razonamientos sobre la imaginación sociológica son

extrapolabies —deben ser extrapolados— al campo psicosocial.

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Introducción

 

5

Cap. 1.

La concepción burguesa del ocio

11

Los empíricos, 12. Los teóricos, 15. Los críticos, 18. El deno- minador común, 19.

Cap. 2.

Marx y el tiempo libre

23

La concepción de Marx, 24. Los ortodoxos, 27. Los revisionis- tas, 30. La postura de la escuela de Frankfurt, 33. ¿Dónde está

la

convergencia con la concepción burguesa?, 35.

Cap. 3.

Las respuestas de la historia

39

La Skholé como ideal griego, 40. El otium romano, 42. El ocio como ideal caballeresco, 44. El ocio como vicio en el puritanis- mo, 46. El ocio burgués como tiempo sustraído al trabajo, 48. Ocio, tiempo libre e historia, 50.

Cap.

4.

Una parte, llamada libre, del tiempo social

5 5

 

Cinco "tiempos libres", 55. La oposición entre el tiempo de ocio

y

el tiempo de trabajo, 57. Un extraño tiempo de semilibertad,

61.

Crítica del tiempo semilibre, 65.

Cap. 5.

La temporalidad en el tiempo libre

69

Temporalidad, libertad y condicionamiento, 69. Tipología del tiempo social, 73. El grado de nitidez del tiempo libre, 76. ¿Qué

es el tiempo libre?, 77.

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ÍNDICE DE CONTENIDO

Cap. 6.

En busca del sentido del tiempo libre

79

Las interpretaciones psicológicas, 79. El debate de las concepcio- nes objetivas, 80. La concepción funcional de Dumazedier, 82. Las "funciones" del ocio, 85.

Cap. 7.

La.libertad en el tiempo libre

91

La liberación, 91. La compensación: un proceso psicológico bá- sico, 93. Crítica de la tesis "funcional" ¿Funciones o contrafun- ciones?, 97. La cuestión de la autonomía, 101. Del tiempo libe- rador al tiempo liberado, 102. ¿Qué es el tiempo librel, 104.

Cap. 8.

Los modos prácticos de la libertad en el tiempo

107

 

El tiempo de descanso, 108. El tiempo de recreación, 111. El . tiemno de creación, 121.

Cap.

9.

Tiempo, libertad y cambio

127

 

El tiempo libre en el sistema establecido, 128. Dialéctica del tiempo libre, 131. libertad, temporalidad y creación, 132. Qué es el tiempo libre, 135.

Cap. 10. El ocio burgués como práctica del tiempo libre

139

 

Un descanso exigido, 140. Una recreación impuesta, 142, una creación establecida, 146.

Cap. 11.

El tiempo antilibre

151

La dicotomía y la cuantifieación del tiempo social, 151. La psi- cologización del ocio, 154. La estandarización del ocio, 155. La sobrecompensación, 157.

Cap. 12.

Tiempo de integración verstis tiempo de subversión - 163

La vaciedad del ocio burgués, 164. El impasse del tiempo libre y la alternativa contracultural, 166. La inextinguible realidad del trabajo y del ocio, 169. El proyecto burgués de una nueva civi- lización, 170. La tarea fundamental, 172.

Referencias bibliográficas

177

índice analítico

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Uno de los campos más afectados por el actual enfrentamiento ideológico entre capitalismo y socialismo es el del ocio o tiempo libre, en el que el hombre

se ocupa de actividades no sujetas, en principio, a servidumbre. Durante el tiempo de ocio, nuestra conducta parece ser más una expresión pura de la personalidad que de un actuar por necesidad u obligación. Posee, por lo tanto, un indiscutible significado y valor psicológico; pero también presenta serios problemas sociales que manifiestan una dimensión sociocultural y un sentido antropológico que, a su vez, explican el creciente.interés que su estudio

despierta en el campo de las ciencias sociales, desde las más generales como la sociologí a —en la qu e h a llegado a constitui r un a incipient e ram a especializada— 1

y la psicología social hasta las más particulares como la economía o la pedago-

gía sociarl. En todas ellas se topa, sin embargo, con una vaguedad del concepto clave —el tiemp o libr e o el ocio , según lo s autore s de qu e se trate— qu e dificult a obviamente cualquier análisis de aquellos problemas. Al considerar globalmente en los estudios e investigaciones realizados, se ad- vierten dos grandes tendencias que, por su conexión y paralelismo con los gran- des sistemas hoy en pugna, pueden ser calificadas respectivamente de burguesa y marxista. Cada una, pese a sus más o menos importantes diferencias internas, presenta una concepción del ocio o tiempo, libre irreductible a la otra, en la que

la libertad juega, como en aquellos sistemas, el papel fundamental.

El conocimiento de ambas concepciones es una tarea previa a cualquier in- tento de investigación sobre el tema, porque evidencia el carácter contradicto- •

rio y la trascendencia del condicionamiento ideológico en que actualmente se/

1 A pesai del abrumador material que reúne ya esta rama —como 1c muestra el reper- torio bibliográfico internacional correspondiente al periodo 1945-1965 recopilado por Dumazedier y Guinchard (1969)—, según Lanfant (1972, 12, 102 y 104) no solo —como reconocen la mayoría de los investigadores— falta en ella un pensamiento teórico, sino que sus bases conceptuales son muy discutibles; limitándose a expresar en un lenguaje seudo- científic o lo que ya. es de sentid o común , y se observa un creciente desfase entre los estu- dios empíricos y la investigación fundamental. Algunos incluso llegan a negar la posibilidad de su existencia; véase Busch, 1973 (citado por Dumazedier, el cual la admite, pero rechaza, en cambio, una sociología del tiempo libre: 1974, 56, 92 y 250).

1 2

LA CONCEPCIÓN

BURGUES A DEL OCiO

mueve esta investigación. Y porque posibilita, de entrada, un punto de vista más allá del dogmatismo, lo cual permite cuestionar de un modo radical el significado del ocio o tiempo libre y, con ello, plantear críticamente tanto su conceptuacióa- teórica como el análisis de la práctica individual y social que lo origina. La concepción burguesa del ocio surge de una contradictoria base moral y política: las tradiciones puritana y liberal. Esa doble tradición explica que si bien en sus inicios el sistema capitalista andaba reñido con el ocio, no sucede así una vez que ha quedado consolidado el desarrollo del sistema. Es más, al pasar de los problemas de producción a los consuntivos, el ocio llega a ser visto y practica- do por el capital como una imprevisible y fabulosa tabla de salvación, de tal for- ma que la misma burguesía que antaño condenara por criterios morales el tiempo "perdido", lo fomenta hoy acuciada por el interés económico. Y para ello, no duda en sustraer estratégicas dosis de tiempo al trabajo, a fin de que las masas pasen a disponer de una suficiente capacidad temporal de consumo, la cual se va perfilando cada vez más como una importantísima fuente reproductora del capital. Al entrar en el segundo cuarto del presente siglo, esta situación fue vislum- brada en las sociedades industrialmente más avanzadas, sobre todo en los Estados Unidos y en Inglaterra, lo que indujo a algunos analistas sociales a inte- resarse por ella en sus estudios empíricos. Particularmente, preocupaban a éstos las pautas de comportamiento en el empleo del tiempo libre de los ciudadanos, es decir, al estilo de vida derivado del ocio. No es preciso subrayar que tal preo- cupación era provocada por las repercusiones más o menos profundas que ese estilo de vida tenía en la vida económica. Es así como se forma una corriente empírica investigadora del ocio como "problema social", corriente científica que se va extendiendo poco a poco por los demás países occidentales. Años después, otras dos corrientes, una teórica y otra crítica de ambas, se sumarán a aquélla. Lo que voy a denominar concep- ción burguesa del ocio es el resultado de estas tres componentes, especialmente de las dos primeras. 2

• .LOS EMPÍRICOS

La corriente empírica cobra entidad a raíz de los grandes estudios empíricos de los años veinte y treinta en Norteamérica, aparte de algunos precedentes como el estudio que Charles J. Galpin (1915) realiza en una comunidad rural en la que investiga, entre otras cosas, adonde iban a divertirse sus habitantes. En esa época se realizan varias investigaciones por parte de sociólogos de formación et-

2 Para los Estados Unidos y Francia véase la exposición de Lanfant (1972, 68-142)

que sigo en algún punto. Además, para el primero de estos países véase Meyersohn (1969

y 1973) y para el segundo Dumazedier (1974). Para Alemania, Prosenc (1970) y sobre todo

A. Schneider (1969); para la Gran Bretaña, Parker (1970, relativo al periodo 1966-1970)

y para Finlandia, Aalto (1969). La tendencia burguesa cuenta con una cantidad inabarcable de estudios. Piénsese que Meyersohn (1973, 8 y sigs.) relaciona sólo para el periodo 1966-1972 en los Estados Unidos, trescientos trabajos cuyas principales áreas de interés son, por este orden, las relativas a los presupuestos de tiempo, el juego infantil, los indicadores sociales de la calidad de vida y el futuro, destacando también los estudios referidos a las actividades deportivas y al aire libre,

así como el turismo.

nográfíca, que aplican las técnicas propias de su especialidad a algunas manifes- taciones del ocio. Puede considerarse pionera la obra Middletown (1929) del matrimonio Lynd. Tomando como muestra a una ciudad (Muncie, en India- na), estimada como representativa de las ciudades medias norteamericanas, estu- diaron el estilo de vida urbano estadounidense en diversos aspectos, entre ellos el del ocio. Cuando, años más tarde, repitieron su estudio con la misma muestra (1937) para averiguar el impacto del boom económico de 1929, observaron que las pautas de ocio habían experimentado variaciones, pero éstas no afectaban, de modo esencial el estilo de vida. El trabajo de los Lynd abre una fructífera etapa en la que se suceden nume- rosas investigaciones que prestan atención al fenómeno del ocio. Entre ellas cabe mencionar las siguientes:

a) el estudio de Park y Burgess (The City, 1925) sobre losgangs de Chicago,

en el que el ocio aparece como un factor ambivalente de adaptación de la per-

sonalidad al cambio social, ya que facilita tanto la integración social, como la. delincuencia.

b) el análisis que realiza Lloyd Warner de una Yankee City durante 1931-

de estudios —el primer o de

los cuales se publica en 1941—, revelan que él ocio no sólo se diferencia según las "clases sociales", sino que es fuente de estatus.

c) las investigaciones encargadas por la Western Electric and Co. a Elton

193 5 y cuyo s resultados que

aparecen en un a serie

Mayo durante los años 1927 a 1932 —investigaciones que inician, según la opi- nión general, el nuevo campo de la psicología y la sociología industriales, y en el campo aplicativo la técnica de las Human Relations— para estudiar los facto- res que' intervienen en el aumento de la productividad (1933); los trabajos de

Mayo pusieron indirectamente de manifiesto la importancia de organizar los ocios del trabajador, por ser los mismos un factor de equilibrio de la perso- nalidad.

d) por último, de un modo especial, hay que destacar la encuesta mono-

gráfica sobre el ocio, realizada por Lundberg, Komarovski y Mclllnezy (1934), acerca de las pautas de comportamiento en el ocio urbano, tomando como muestra una ciudad de 150 000 habitantes, situada al norte de Nueva York. Según estos autores, el ocio es un asunto individual, un tiempo no sujeto a coerciones sociales ni económicas. Se ha dicho que este trabajo (Dumazedier 3 ) marca "el nacimiento de la sociología empírica del ocio".

De la época posterior a la Segunda Guerra Mundial merecen citarse:

a) el estudio que hace Margaret Mead (1957) de la evolución en su país de

las pautas de ocio de la preguerra y la posguerra. En él, señala que la diferencia entre el ocio y la recreation —término puesto de moda en los años cincuenta- consiste en que aquél se refiere al tiempo liberado de la producción y disponi- ble para el consumo, mientras que ésta condensa una actitud de placer condi- cional que relaciona el trabajo y el juego. El modelo antonomásico de esta

1 4

LA CONCEPCIÓN

BURGUES A DEL OCIO

actitud es el hobby, no confundible con el do-it-your-sélf, el cual responde a una actividad utilitaria y más ligada a la vida familiar.

Havighurst realiza una encuesta (Havighurst y Feigenbaum, 1959)

en la región de Kansas City, sobre la forma de vida derivada del ocio, analizado como fuente de automonía, de adaptación (adjustement, que es un término psi- cológico), de equilibrio y de expresión personales. Relaciona el ocio con la per- sonalidad, las edades y el estatus, y muestra que en los marcos conformistas es donde el individuo alcanza su desarrollo más equilibrado.

b) R J .

c) Por último H. L. Wilensky (1960) inicia casi simultáneamente, a fines

de los años cincuenta, una serie de encuestas en la región de Detroit, en las que analiza las interacciones existentes entre la estructura industrial y la cultura de masas. Entre otras conclusiones afirma que en un medio de alta productividad industrial, un conformismo oportunista guía a los hombres tanto en el trabajo

como en el ocio. En la Gran Bretaña, cuna de la revolución industrial, los empíricos se interesan muy pronto por el ocio, pues el survey realizado por E. J. Gilchrist (1924) ya se ocupa de esta faceta de la vida social, e igual ocurre con el de

Caradog Jones, quien elabora un monumental informe sobre Liverpool y sus alrededores, publicado una década más tarde. Después de la última gran guerra destacan: la interesante investigación de Adam Curie (1947), que no olvida el factor ocio, sobre la resocialización de los ex prisioneros de guerra británicos

al

regresar de los campos nazis; la importante mass observation de T. Harrison

y

Ch. Madge (1949) sobre las pautas de la gente durante el domingo, y el no

menos importante análisis efectuado por B. S. Rowntree y G. R. Lavers acerca

de la vida y el ocio de los ingleses (1951). Sin embargo, considerada en conjunto,

la aportación empírica británica carece de la entidad y, sobre todo, de la influen-

cia de la norteamericana. En Francia sobresale la gran labor desarrollada por Joffre Dumazedier, reco- nocida autoridad europea en la materia. A su incansable acción propulsora y organizadora hay que sumar las numerosas investigaciones que ha dirigido; entre

ellas, una encuesta iniciada en 1950, inspirada en el método de los Lynd, sobre

el comportamiento y los problemas del ocio entre los franceses. Entre sus libros

descuellan la colección de estudios reunidos con el título de Vers une civilisation du loisir? (1962) y la revisión de su tesis doctoral, con más preguntas que respues- tas, Sociologie empirique du loisir (1974) que lleva el excesivo subtítitulo de Cri- tique et contra-critique de la civilisation du loisir. Se han observado en su óbralas

huellas de la sociología del trabajo de Friedmarm, de la pedagogía experimental de Henri Wallon y de un cada vez más atenuado humanismo marxista. A través de sus análisis empíricos, ha hecho amplias aportaciones teóricas: una definición del ocio repudiada en su último libro, el concepto de "civilización del ocio" y

la categorización del semiocio. Por ello, Dumazedier merece ser incluidq también

entre los autores del siguiente apartado. Según él, el tiempo de ocio está en un

proceso de aumento provocado por la disminución progresiva del tiempo de tra- bajo, por la acción regresiva del control a cargo de las instituciones sociales básicas y por el surgimiento de una nueva necesidad y valor sociales del indivi- duo a disponer de sí y para sí, a gozar de un tiempo otrora ocupado por activi- dades impuestas por la empresa y las instituciones mencionadas. Esta nueva necesidad y valor constituyen el ocio, fenómeno ambiguo y centro conflictivo

LOS TEÓRICOS

1 5

de valores, factor, a la vez, de progresión y de regresión, de individualismo y de compromiso social, de trabajo y de placer. En él ve, últimamente, una conducta individual, determinada socialmente pero orientada según la lógica del sujeto hacia su realización como fin último. Dumazedier se ocupa también de proble- mas metodológicos y de política de planificación, en el marco de una "sociolo- gía activa" dirigida hacia una democratización cultural, objetivo, éste, constante en toda su obra. (No estará de más recordar que es el fundador del movimiento de educación popular "Peuple et Culture", iniciado en 1945.) Además, estudia el ocio en relación con la familia, la tercera edad y, sobre todo, con la educa- ción permanente. En el mundo germánico y concretamente en Alemania (República Federal),' destacan los nombres de: Graf V. Blücher, quien llevó a cabo una encuesta básica sobre el ocio en la sociedad industrial (1956) y otra, diez años más tarde, sobre el mismo tema; Helmuth Schelsky, autor de Die skeptische Generation (1957), obra en la que concluye afirmando que el ocio es esencialmente una esfera de consumo que aumenta la alienación y muestra el conformismo de la clase media; y E. K. Scheuch, que publica diversos estudios a partir de la última década. Finalmente, cabe citar al austríaco Leopold Rosenmayr, interesado por las pautas juveniles y familiares del ocio.

LOS TEÓRICOS

En los Estados Unidos, el interés teórico por el ocio se hace patente en 1950 con la aparición del impactante libro The lonely crowd de David Riesman, cuya tirada total ha sobrepasado el millón de ejemplares. En dicha obra el autor defiende la tesis de que el hombre, dirigido primeramente por la tradición y más tarde, en el Renacimiento, por las normas y los valores de la familia estricta, ha pasado en las sociedades de consumo, de cultura y de ocio masivos a depender de la guía de los mass media y los peer groups\ contexto nuevo en el que aquél no puede realizarse a través del trabajo pero podrá hacerlo en ese espacio pri- vilegiado del consumo forzoso o elegido a la par que fuente de individualización y de autonomía, que es el ocio. Esta visión de crítica optimista no dura mucho tiempo. En trabajos posteriores, Riesman dice percibir nuevas actitudes hacia el trabajo como fuente del desarrollo individual, lo que le lleva a trasladar sus es- peranzas del ocio a la educación. Otra tesis importante y debatida es lanzada al año siguiente por Martha Wolffenstein, en ocasión del análisis del ocio en el periodo de la posguerra. La gran valoración que éste alcanza en la gente revela, según dicha autora, el surgi- miento de una nueva moral (la fun morality), según la cual el ocio no sólo deja de ser algo reprobado sino que pasa a ser obligatorio, tesis de la que también participa Margaret Mead (Mead y Wolffenstein, 1955). El grado de desarrollo empírico y teórico a que llega el estudio del ocio en Estados Unidos por estos años, puede juzgarse a través de dos grandes anto- logías publicadas en aquel entonces: Mass culture (1957), dirigida por B. Rosen- berg y D. M. White, y Mass leisure (1958), a cargo de E. Larrabee y R. Meyer- sohn. Y sobre todo, por el hecho de que en los tres primeros años de la década ¡siguiente aparecen amplias monografías que integran, hasta hoy, la aportación

LA CONCEPCIÓN BURGUESA DEL OCIO

probablemente más representativa de los teóricos norteamericanos en el campo del ocio. La primera de esas monografías es Leisure in America (1960), libro de Max Kaplan que analiza el ocio entre los estadounidenses en integración con su sis-

tema sociocultural de vida, en los diversos aspectos institucionales que dicho siste- ma presenta. Kaplan concibe el ocio como una relación especial entre el individuo

y su actividad, relación que proporciona aquél satisfacción y placer (dimensión

intrínseca del fenómeno) y que es socialmente valorada en sus consecuencias colectivas (dimensión extrínseca). El ocio es una manera de renovarse, de de- sarrollarse y conocerse, de realizarse a sí mismo, así como un modo de vida

más o menos organizado en conductas de rol y que es influido e influye sobre los diversos aspectos institucionales del sistema social y que, cada vez más, tiene un fin en sí mismo y una vida propia. Kaplan presenta una clasificación de las diferentes actividades de ocio y aporta un conjunto de criterios valorativos del "ocio bien aprovechado" (successful leisure). 4

A ésa. obra le sigue Work and leisure (1961) de Neis Anderson, un soció-

logo que ya se había ocupado del tema indirectamente en una monografía sobre

el vagabundo norteamericano {The hobo, 1923), y de manera directa en uno de

los capítulos de su tratado sobre la sociología de la comunidad urbana (1960). En su nuevo libro, ecléctico y ambigüo (¿es casualidad que él califique precisa- mente de ambigüa la situación del ocio?), dice Anderson que para comprender mejor el ocio hay que contraponerlo al trabajo, pues aquél es un subproducto de este último (antes lo veía como un subproducto del urbanismo). El ocio es un tiempo sobrante y libre del trabajo; es decir, un tiempo no pagado, y por tanto no vendido al trabajo, que pertenece al individuo y en el que éste puede actuar espontáneamente mediante una libertad de elección. Aunque el ocio puede orientarse hacia el trabajo, en la sociedad urbano-industrial no se mezclan fácilmente uno y otro en las tareas diarias: ambos modos de empleo del tiempo están separados, pero esta dicotomía es transitoria y no igual para todos. El ocio plantea desconcertantes problemas a esa sociedad, la cual, de un lado ha podido crear aquel regalo a la masa gracias a la dedicación de ésta al trabajo, y de otro, contempla ahora cómo en detrimento de ese trabajo el ocio va cobran- do cada día mayor importancia. Para Anderson, las personas necesitan cada vez menos diversiones y tienden a emplear su tiempo libre en actividades domésti-

y cívicas, constitutivas de obligaciones no laborales en las que uno puede parti-

cipar de los intereses y satisfacciones propios del ocio. En un breve artículo publicado poco después, Anderson revisaría su concep- ción en los términos que veremos oportunamente. Al año siguiente, Sebastián de Grazia, profesor de ciencia política en la Rutgers University, publica una obra resonante y polémica, Of Time, Work and Leisure (1962). Inspirándose en el modelo de la Grecia clásica, ve el ocio como una forma ideal de ser, concretada en aquel estado libre de las necesida- des diarias en el que el individuo realiza actividades cuyo fin está en sí mismas. De ahí que postule que ocio y democracia son incompatibles, porque la compe-

4 Posteriormente, Kaplan ha escrito otra obra ambiciosa, Leisure, Theory and Policy, en dos volúmenes. El cap. segundo de la misma lo ha publicado, en avance, la revista Society and Leisure (1972, 2, 123-183).

tidón, base del progreso, indica que se está en estado de necesidad; en la demo- cracia existe tiempo libre, aunque en menos cantidad de lo que se cree, pero no ocio. Este está en el plano de la aristocracia, por encima de la capacidad de la mayoría, en la clase ociosa creadora de cultura. En los Estados Unidos, el ideal

del ocio ya no existe: ha quedado sustituido por el ideal del tiempo libre o de la buena vida. El ocio, concluye de Grazia, es perfección y en ello reside su futuro. El tema de las relaciones entre el ocio y el trabajo, que es el núcleo de la discusión de las dos obras mencionadas con anterioridad, es también el eje

principal sobre el que gira el libro del inglés Stanley R. Parker The future

(1971), que constituye una seria aportación teórica. Parker

of

Work and Leisure

sostiene que el ocio, es una actividad libremente elegida, tiene relaciones de identidad, de contraste y de separación con el trabajo. Acto seguido, procede a analizar estos tres tipos de relación al doble nivel de la vida individual y de la organización social; sin embargo, en la sociedad industrial ambos fenómenos sufren una falta de reconciliación. Ello exige establecer una política social que introduzca nuevas pautas cotidianas de ocio como actividad placentera, que re- valorice tanto el ocio como el trabajo, y que promueva las potencialidades del hombre a fin de satisfacer de manera integrada sus necesidades individuales y sociales. Y todo ello, sin que el ocio deje de ser una elección del individuo. Se ha dicho que la sociología del ocio surge en Francia con Georges Fried- mann, lo cual es cierto al menos en cuanto a la corriente teórica. Sin embargo, aunque sus primeras reflexiones sobre los problemas del ocio datan de 1935, es a partir de 1950 y sobre todo de 1956 —año en que publica Le travail én miettes— que dicho autor desarrolla sus ideas sobre el tema. Estas ideas, influi- das inicialmente por Marx y por los descubrimientos experimentales de Mayo arriba mencionados, quizás representen una aportación crítica desde el punto de vista de la sociología del trabajo —que es la especialidad propia de Fried- mann— pero no desde la problemática del ocio. Friedmann postula la tesis de que el ocio, que distingue el tiempo liberado al trabajo, compensa la aliena- ción del hombre debida más al maqumismo industrial que al capitalismo. "Quien dice ocio, dice esencialmente elección, libertad" referida al individuo. Y esta libertad de elección tiende a compensar, porque se dirige hoy ya hacia activida- des artesanales que complementan la personalidad, ya hacia actividades latera- les de huida o evasión del trabajo alienador. Pero en La puissance et la sagesse (1970) Friedmann muestra una evolución en un doble sentido: por una parte,

se plantea el problema de hasta qué punto el tiempo liberado al trabajo es real- mente tiempo libre, relegando su interés por el ocio-compensación; y por otra, denuncia el creciente y terrorífico desequilibrio entre el poder del hombre y su saber, lo que hace impracticable, según él, cualquier proyecto de convertir la civilización técnica en una civilización del ocio. Finalmente, en cuanto a los teóricos burgueses, hay que mencionar den- tro del área germánica, aparte del temprano precedente de Josef Pieper que estudia las relaciones entre el ocio y el culto religoso (1948), a Erich Weber, autor de una extensa monografía fundamental, Das Freizeitproblem (1963). Su método es fenomenológico; su objetivo, pedagógico. Weber encuentra la esen- cia del tiempo libre en el comportamiento autónomo del hombre. Su significa- ción antropológica exige emplearlo con sentido, lo que sólo se logra mediante comportamientos concretos .que conduzcan a la autorrealización de la perso-

18

LA CONCEPCIÓN

BURGUES A DEL OCIO

na. Este es el verdadero problema del tiempo libre, un problema no técnico sino humano, antropológico, de índole totalmente nueva, que surge con el pro- greso de la industrialización y adquiere su mayor importancia después de la Primera Guerra Mundial. Este problema plantea una tarea capital a la pedago- gía: la de educar al hombre para que sepa cómo emplear correctamente su tiempo libre. La pedagogía, empero, sólo puede ayudarle, porque tiene que respetar la libertad del individuo, cuyo grado de autorrealización sólo puede determinar él mismo. Dentro de este marco, Weber concreta algunas de las prin- cipales tareas específicas de la educación para el tiempo libre, dando las perti- nentes orientaciones pedagógicas.

LOS CRÍTICOS

La comente crítica burguesa cuenta con un importante antecedente. Tal es, en efecto, la obra a la par clásica y actual del estadounidense Thorstein Veblen The Teory of Leisure Class (1899), sin duda el más sagaz y profundo estudio emprendido sobre el que más adelante llamaré tipo caballeresco del ocio, apli- cado específicamente a la sociedad estadounidense decimonónica. ¿Por qué en esta sociedad, basada en el trabajo y la acumulación, sobreviven el ocio y el despilfarro? Veblen —que bebe en la triple fuente del pragmatismo, del positi-

vismo y de Marx (Adorno 5 )— constesta que el ocio es

económicamente representa destruir el capital, mientras que socialmente es un factor de comparación por consistir en un comportamiento improductivo que indica la falta de necesidad de trabajar y permite exhibir la riqueza, lo que faci- lita el ascenso de rango social o el mantenimiento del rango que se tiene. Las clases bajas, según Veblen, intentan emular ese ocio ostensible de las altas. En

resumen, extrapolando a Darwin, opina que en la sociedad de su tiempo la lucha por la vida ha sido sustituida por la lucha por el prestigio, del mismo modo que las actividades militares lo han sido por las deportivas. Pero aparte de ese antecedente que relaciona el odio moderno con el "pre- burgués", la aparición de una corriente crítica burguesa es tardía. Y si se exclu- ye de la misma a la Escuela de Frankfurt, por las razones que explico en el siguiente capítulo, puede considerarse que las figuras más representativas son es- casas, concretamente Mannheim y Mills. - Karl Mannheim, pensador húngaro exiliado a Inglaterra donde ejerció una considerable influencia, intentó combinar el marxismo y el liberalismo. En un libro publicado tres años después de su muerte, Freedom, Power andDemocra- tic, Planning (1950), expresa su creencia de que para la mayoría de la gente, el camino de la civilización está más en el ocio que en el trabajo. Pero el ocio se encuentra ante un grave dilema: si su contenido se abandona a una política de laisser-faire es degradado por las empresas y si, por contra, el Estado lo sujeta a regulación, se impide que contribuya a la realización personal. Su con- clusión es que el ocio debe ser planificado democráticamente, favoreciendo la extensión de aquellas actividades no comerciales que sirvan a los intereses de la cuitara.

contradictorio, ya que

5 Cfr. Adorno, 1941,4 3 y sigs.

EL DENOMINADOR COMÚN

19

La crítica de Ch. Wright Mills gira sobre otras coordenadas. El enfant

terrible

de la sociología norteamericana ya se había preocupado por el ocio con ocasión

de estudiar a los White Collar (1951) y volvió, sobre el tema en varios ensayos posteriores (especialmente en 1954). Mucho más brillante en la denuncia que Mannheim, es menos convincente en las soluciones. Para él, el malestar que se respira en nuestra época se debe fundamentalmente al hecho de que los valores

y los códigos propios de la conducta tradicional han quedado vacíos. El trabajo

ha pasado de ser un valor evangélico a ser un simple medio de ganar dinero, y el

ocio a ser una manera de gastarlo. Uno y otro, trabajo y ocio, están separados; y sus valores, en oposición mutua. La maquinaria de la producción ha destruido el trabajo independiente y la de la diversión, la libertad del ocio. Esta es una liber- tad "carente de seriedad", fuente más de distracción y de mero pasatiempo que de cultivo personal. El ocio, simple parte del consumo, pierde su contenido por

la

ambición de estatus y las demandas consuntivas de la emulación social. Trabajo

y

ocio sólo pueden unificarse con un estilo artesano dé vida y un cultivo del ocio

cultural. La actitud de Mills, en cuyas ideas están presentes Veblen y Marx, ha influido en la New Left, singularmente en la Radical Sociology. 6

EL DENOMINADOR COMÚN

es muy heterogéneo. 7 Visto superficialmente, las tres

corrientes examinadas no forman compartimentos estancos, pues los empíricos han hecho importantes aportaciones teóricas (el mejor ejemplo es Dumazedier), más de un teórico ha realizado análisis empíricos de franco interés (como Stanley Parker) y unos y otros asimilan alguno que otro elemento crítico (tal es el caso de Friedmann).

El panorama burgués

6 En cierto modo , cabría situar dentro de la corriente crítica a David Riesman —ya citado- y al economista J. K. Galbraiíh (1958), pero como afirma Bottomore (1967, 85) aunque uno y otro pertenecen a una tradición de pensamiento progresista y liberal, sus

ideas son bastante menos radicales que las de Mills. En el Continente podría incluirse a autores como los franceses Georges Bataille, que marginalmente toca aspectos relativos a nuestro tema en sus estudios sobre el erotismo,

y

quizás, con un criterio amplio, a Roger Caillois, interesado por los juegos, sobre los que

ha

formulado una teoría que se verá más adelante.

7 Se habla también de una concepción cristiana de la sociología del ocio (véase Ciampi, 9) pero no llega "a constituir ninguna corriente científicamente definida. Siguen esta

línea, —más concretamente católica— entre otros, los franceses Georges Hourdin (1963) , el grupo del Centre Catholique des Intellectuels Frangais (1968) y en un aspecto crítico lin-

dante con el marxismo Chombart de Lauwe (1956) así como el grupo crítico de tendencia personalista de la revista Esprit (1959). En Italia, encontramos a Enrico Castelli (1954), Salvatore Comes (1954), Franco Crespi (1966), etc. Pero la contribución más representa- tiva de esta concepción sigue siendo la del alemán Josef Pieper (1958). En otro aspecto, Alban de Laurens ha seleccionado una serie de textos del Papa y de los obispos sobre el

tema con el título de Le

(1963) .

1965,

loisir et les loisirs

Para que el lector tenga una visión más completa de las investigaciones sobre el ocio dentro de la tendencia burguesa, permítaseme mencionar algunos de los esfuerzos realiza- dos en el plano de la organización colectiva. En los Estados Unidos, el Centro de Investi- gación del Ocio (Chicago) publica en fecha temprana varios estudios colectivos, entre los

que destacan los dirigidos por Meyersohn y Denney. La American Academy of Political and Social Science dedica uno de sus The Annuals (1957)) a The Recreation in the Age of

Al año siguiente, se funda la Outdoor Recreation preocupada por los ocios

al aire libre. Más recientemente, el Institute for Studies of Leisure de la Universidad de

Florida del Sur, en Tampa - y del que es director Max Kaplan— se muestra interesado por

Automation.

2R

OAC O SJCEPC1CNC.URGUESADEL OCIO

JLa heterogeneida d e s d e fondo . Aparec e a l observa r qu e cad a corrient e pos - tula un diferente enfoque metodológico, haciéndose eco con ello de una discu- sión que afecta a toda la ciencia social burguesa; enfoques que condicionan el contenido de la problemática en cada caso planteada. Y por añadidura, cada una de las corrientes mencionadas cuenta con una fuerte disparidad de interpreta- ciones, algunas de las cuales tendremos ocasión de examinar más adelante. ¿Es posible, ante esto, hablar de una concepción burguesa del ocio? La respuesta de Marie-France Lanfant es afirmativa; las teorías del ocio "elaboradas en un contexto de economía liberal" se caracterizan por ver en el ocio una expre- sión subjetiva de las necesidades y aspiraciones individuales, un signo de intereses culturales y un valor; y por considerar al ocio como una realidad propia, separa- da del trabajo y distinta del tiempo libre, que es aprehensible operativamente mediante sondeos de opinión y de actitudes. 8 Creo que la autora francesa se queda corta y se excede a la vez: considerar que el ocio es un signo de intereses culturales y un valor, y que hay que sondear a la gente para aprehenderlo, no tipifica en absoluto a las teorías a que ella se refiere, ni a las que yo englobo bajo la denominación algo más amplia de tendencia burguesa. Por otra parte, ni en su caso ni en el mío deja de subrayarse la importancia otorgada al elemento político liberal y a la cuestión terminológica. A mi modo de ver, los puntos comunes a las corrientes burguesas son escasos; sin embargo, en tanto que en conjunto las diferencias de la concepción marxista como veremos, constituyen características esenciales. Estas características, que por supuesto están íntimamente interrelacionadas y se refuerzan unas a otras, son las tres siguientes:

a) Subjetivismo: se concibe el ocio como la vivencia de un estado subjetivo

de libertad, de libertad de elección, expresivo de la personalidad.

b) Individualismo: se considera que el ocio pertenece a la esfera del indivi-

duo, es decir, a una esfera vital "separada de lo colectivo" (Zbinden) porque "no

depende de los demás: uno solo puede gozar del ocio" (De Grazia). 9 Lo que no significa, claro es, que no plantee serios problemas colectivos.

c) Liberalismo: se destaca que el ocio es un asunto privado por lo que la

sociedad no puede determinar su empleo personal. En él, "la regla general es el laissez-faire" (De Grazia). 10 Adviértase que esta actitud liberal se contradice

el mismo tema y por estudios prospectivos sobre el año dos mil. Poi último, en 1969, la National Recreation and Park Association (Washington) empieza a publicar el Journal of Leisure Research. Por lo que se refiere a Europa, se han celebrado numerosas rencontres nacionales e internacionales (un resumen de las mismas lo da Lanfant: 1972, 102-105),

creándose diversos organismos y

a las que ha contribuido fundamentalmente la UNESCO. Quizás lo más destacable sea: la creación del Groupe International des Sciences Sociales et du Loisir (1956, Annecy), trans- formado con ocasión del Tercer Congreso Mundial de Sociología, celebrado en Amsterdam, en el Comité de Recherche du Loisir et de la Culture (puede consultarse en breve informe

de su labor en la Revue Francaise de Sociologie, abril-junio 1974, XV, 2, 293 y sigs.); del Centre Europénn des Sciences Sociales (1960, Viena) encargado de una monumental en- cuesta internacional sobre budget-temps; y en 1968, del Centre Europénn du Loisir (Praga)

de la UNESCO, que empezó a publicar al año siguiente la importante revista Society

Leisure.

En todos los citados or-

ganismos europeos es de subrayar una creciente y activa participación de los países del Este.

realizándose varias investigaciones empíricas en equipo

and

Bulletin for

Sociology

of Leisure,

Education

and Culture.

8 Lanfant, 1972,66-67, 105-06, 209 y sigs., 240-41.

9 Zbinden, 1964a, 726. De Grazia, 1962, 308. 10 De Grazia, 1962, 237. Cfr. Mannheim, 1950, 323-24.

EL DENOMINADOR COMÚN

doblemente: en el plano ideológico con los valores de la tradición puritana, para los que el ocio debe estar sometido o controlado por el trabajo; y en el plano fác- tico con la vigencia de prácticas de manipulación pública o privada que lo dirigen hacia la esfera del consumo aprovechándose del conformismo social especialmente fácil en ese campo. De ahí que, en gran medida, los problemas del ocio queden centrados en sus relaciones socioeconómicas: con la producción (trabajo) y con el consumo.

Otro rasgo, de carácter distinto, ha de ser retenido: la temporalidad queda relegada y en algunos casos simplemente olvidada. Esto se traduce en el plano terminológico en una preferencia clara que el término "ocio" en vez del de "tiempo libre". Las excepciones a ello (por ejemplo, Erich Weber) son más apa- rentes que reales. En síntesis, en la concepción burguesa se observa, como denominador común, una triple actitud: subjetiva en lo psicológico, individualista en lo sociológico, y

liberal en lo político 11 , ante lo

¿Cuál es el papel que desempeña la minoritaria corriente crítica? No hay que olvidar que esa corriente, que discute sobre todo la actitud liberal y sus con-

secuencias sociales y culturales, extrae sus elementos críticos en buena parte de Marx pero tímidamente, sin aceptar el corpus básico del autor de Das Kapital', más claro, sin llegar a abandonar los presupuestos burgueses. Dentro de tales límites, la corriente crítica únicamente puede actuar a modo de un débil revul- sivo interno. La crítica a fondo de la concepción burguesa del ocio proviene, externamente, de la tendencia marxista.

que dicha concepción califica de "ocio".

1 Liberalismo y anarquismo no deben ser confundidos en cuanto a sus respectivas pos- turas en torno a nuestro tema. Sería ingenuo pensar que para el primero todo el tiempo social es de un laisser-faire absoluto. Para el anarquismo todo el tiempo ha de ser libre; debe reinar una especie de happening temporal: tiempo improvisado. En cambio, la actitud liberal entiende que sólo una parte del tiempo es libre, y aunque no lo confiesa, en la práctica la reconoce Ubre incluso para manipularla. Así, en el ocio burgués, a la contradicción puritano- liberal se suma la de una libertad reconocida a la par que negada.

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Se admite generalmente, dice Lanfant, que la sociología del ocio nace en los Estados Unidos; surge en la Europa del Oeste en la década del cincuenta, y en la del sesenta en la del Este. Y añade: "Así, todo permite suponer que se propa- ga de Oeste a Este, de donde cabe concluir que junto con los problemas y métodos de observación propios de la sociología empírica, se infiltra en los países comu- nistas la ideología liberal". 1 El lector juzgará por sí mismo una vez que haya leído el presente capítulo, en qué medida son aceptables tan precipitadas afirma- ciones. Por de pronto, no es ocioso recordar que la otra gran tendencia sobre el tema que nos ocupa, tendencia que se desarrolla principal pero no exclusivamente, tiene su iniciador y no su precursor en Karl Marx. La tendencia marxista presenta de un modo muy visible una unidad que contrasta claramente con el carácter heterogéneo de la concepción burguesa; mas tal unidad no significa que sea monolítica, sobre todo desde que los marxis- tas críticos empiezan a interesarse por el tema. Las polémicas abundan sobre cuestiones muy importantes, aunque no sobre las fundamentales. Valga como ejemplo la discusión, que afecta directamente el problema del tiempo libre, sobre si la alienación es un fenómeno general de las sociedades industriales o exclusiva del capitalismo. Ello explica que la estructura de este capítulo no pueda coincidir con la del anterior. En primer lugar, expondré la concepción del propio Marx, concepción que hay que ver como una fuerte reacción ante la grave situación social creada por el capitalismo industrial. Acto seguido, se verán las principales aportaciones complementarias de lo que podemos llamar la ortodoxia marxista y las diferentes interpretaciones del revisionismo, para terminar con la peculiar posición mante- nida por la escuela de Frankfurt.

1 Lanfant, 1972,68.

CR

, L A CONCEPCIÓ N D E MARX

En numerosas ocasiones se ocupó Marx directamente de la cuestión del tiempo libre, cuestión, ésta que le preocupaba hondamente como io demuestra el hecho de haber dedicado todo un extenso capítulo del primer volumen de Das Kapital, a describir minuciosamente y con gran riqueza documental la evo- lución histórica de las reivindicaciones obreras de una disminución del tiempo de trabajo, "condición esencial" del tiempo libre. 2 Su enfoque materialista —dia- léctico e histórico— del problema le conduce a una concepción, en la que los aspectos destructivos y constructivos están inextricablemente unidos, si bien en esa totalidad el peso específico de los primeros es mayor que el de los segun- dos, mucho menos elaborados. Para comprender en todo su alcance el significado de su pensamiento, es preciso relacionar los diversos pasajes que tratan del tema en el conjunto de su vasta obra; de lo contrario se corre el fácil peligro, en el que tan a menudo se cae, de falsearlo. Ante todo, hay que dejar bien sentado el supremo valor que para él tiene

el trabajo; incluso en la sociedad socialista, escribe, éste constituirá "la primera

necesidad de lá existencia". 3 Ahora bien, es claro que al decir esto,

concibiendo, el trabajo de un modo muy diferente de lo que se llama trabajo en el mundo capitalista. No siempre se toma ello en cuenta. El proceso social de división del trabajo ha llevado al hombre a una situación en la que reina la necesidad, impidiéndole su autoexpresión y su desarrollo perso-

nal. "A partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo —escriben Marx y Engels en Die deutsche Ideologie— cada cual se mueve en un determina- do círculo exclusivo de actividades, que le viene impuesto y del que no puede

salirse, el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio

que seguirlo siendo,

privado de los medios de vida". 4 En el

capitalismo, el proceso de división del trabajo llega a un punto límite en el que el trabajo ha pasado a ser un factor fundamental enajenante del hombre, esclavo de lo necesario. En consecuencia, sólo el término del trabajo determinado por la necesidad puede dar comienzo al reino de la libertad y, con él, al desarrollo de las fuerzas del hombre que no tienen más fin que sí mismas. A pesar de su extensión, permí- taseme transcribir íntegramente el célebre párrafo del tercer libro de Das Kapital donde sü autor desarrolla ese punto : "La riqueza real de la sociedad y la expan- sión constante de su proceso de reproducción no dependen, por tanto, de la

duración del sobretrabajo, sino de su productividad y de las condiciones más o menos perfeccionadas en las que se realice. En efecto, el reino de la libertad

Marx está

si no

quiere verse

distingue el tiempo.libre del ocio; aquél, como tiempo disponible, contiene

además de las actividades de ocio las actividades superiores del hombre (cfr. Marx 1857- 1858, II, 196).

2 Marx

3 Marx, 1875. 36.

4 Marx y Engels, 1846, 33. En uno de los manuscritos de París, el dedicado al trabajo alienado, dice Marx que "el trabajador sólo se siente a sus anchas en sus horas de ocio, mien- tras que en el trabajo se siente incómodo" (1844, 108). Fromm (1961, 52) explica que, para Marx, el trabajo no es sólo un medio para lograr un fin en sí misino en cuanto expre- sión significativa de la energía humana y por eso, precisamente, el trabajo es susceptible de ser gozado. Véase la nota 6.

LA CONCEPCIÓN DE MARX

25

comienza allí donde se cesa de trabajar por necesidad y por la coacción impuesta

desde el exterior; se sitúa, pues, por naturaleza, más allá de la esfera de produc- ción material propiamente dicha. Lo mismo que el hombre primitivo tiene que luchar contra la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para su conservación

y reproducción, también el hombre civilizado se encuentra forzado a hacerlo y

lo ha de hacer cualesquiera que sean la estructura de la sociedad y el modo de producción. Con su desarrollo se extiende igualmente el dominio de la necesidad natural, porque las necesidades aumentan; pero, al mismo tiempo, crecen las fuerzas productivas para satisfacerlas. En este dominio, la única libertad posible es que el hombre social, los productores asociados, regulen racionalmente sus intercambios con la naturaleza, los controlen en su conjunto, en lugar de ser dominados por su poder ciego y los lleven a cambio con el mínimo gasto de

fuerza y en las condiciones más dignas, más de acuerdo a la naturaleza humana.

Pero esta actividad constituirá siempre el reino de la necesidad. Más allá comienza

el desarrollo de las fuerzas humanas como fin en sí, el verdadero reino de la liber-

tad que sólo puede extenderse fundándose sobre el otro reino, sobre la otra base,

la de la necesidad. La condición esencial de ello es la reducción de la jornada de

trabajo." 5 El proceso de cómo se llegará a ese reino de la libertad, reino que no es otro que el que ha de implantar el comunismo, lo esboza, en lo relativo a nuestro tem a e n lo s Grundrisse der Kritik der politischen Oekonomie: „el trabaj o inmedia - to —explica Marx— dejará de ser el fundamento de la producción, y se transfor- mará en una actividad en la que el hombre se comportará más como vigilante y controlador del proceso productivo que como principal agente del mismo. En esta transformación, fundada en el progreso social, ni el trabajo inmediato del trabajador ni el tiempo por él empleado serán ya los pilares principales de la producción y de la riqueza, sino que lo serán el grado general de desarrollo del

hombre como individuo social, la apropiación de la ciencia, el grado de compren- sión y de dominio de la naturaleza. El tiempo de trabajo dejará de ser la medida del bienestar, esto es, el valor de cambio dejará de ser la medida del valor de uso.

El sobretrabajo

de unos

trabajadora terminará así de ser la condición del

de

la

masa

desarrollo de la riqueza social (das allgemeinen

cuantos tampoco será ya la condición para el desarrollo de las facultades intelec- tuales y universales del hombre. El modo de producción que descansa en los valores de cambio se habrá derrumbado, y el proceso de producción material habrá superado su forma contradictoria. En consecuencia —concluye Marx— la principal medida de la riqueza social ya no residirá en el tiempo de trabajo, sino

en el tiempo libre, esto es, en el tiempo no dedicado al trabajo y que sirve al desarrollo completo del individuo. 6 "En la sociedad comunista —continúa expli-

Reichtums),

y el ocio

5 Cfr. libro III, cap. 48, apéndice 3, párrafo 2o. de su obra: 1893-1894, II, 1269. Un expositor católico de Marx, el francés P. Cálvez, comenta el transcrito pasaje con estas pala- bras: "La verdadera libertad del hombre estaría, por lo tanto, fuera del campo de la vida económica, pero por lo menos ese campo puede someterse a la libertad, al pasar a ser objeto de un control por parte de una sociedad de hombres libres" (1956, 537). ° Marx, 1857-1858, II, 192-200. Hay que sobreentender "el tiempo no dedicado al trabajo necesario". En Die dcutsche Ideologie ya había escrito Marx, con Engels, que en el reino de la libertad el trabajo no será más una carga para nadie, porque de su condición im-

134). La famosa afirmación con-

puesta que ahora tiene, pasará a ser libre (op. cit.,

tenida en esta última obra —y también en los Grundrisse— de que el trabajo mismo quedará suprimido en el comunismo (1846, 98) debe entenderse referida tan sólo al trabajo dividido

1846,

2 8

MARX Y EL TIEMPO LIBRE

cando el párrafo antes transcrito de Die deutsche Ideologie—, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular

la producción general, lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquéllo, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado; y después de comer, si me place, dedi- carme a criticar sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos". 7 El tiempo de trabajo y. el tiempo libre serán una sola cosa: no sólo tiempo libre de trabajo, sino también tiempo de trabajo libre. Con sus propias palabras:

"El tiempo libre queda libre para las distracciones, para el ocio: como resultado de lo cual queda abierto el espacio para la libre actividad y el desarrollo de las aptitudes". El tiempo libre es, en resumen, "el tiempo de que uno dispone para gozar de! producto y para desarrollarse libremente; he aquí , la riqueza real". 8 Ese tiempo libre tanto para el ocio como para las actividades superiores, que sirve al desarrollo completo del individuo, "transformará de una manera natural a quien disfrute del mismo en un hombre diferente, y como tal hombre transfor- mado, intervendrá en el proceso de producción inmediata". 9 En Marx, el tiempo libre aparece, en definitiva, como un fenómeno transfor- mador del trabajo y por lo mismo, del hombre. En dicho tiempo se basa la posi-

bilidad de un trabajador libre, del hombre nuevo del comunismo. 10

y alienado, como se desprende del conjunto de la obra de Marx, por ejemplo en la propia

Die deutsche Ideologie: 53-54, 98, 131 y sigs., etc. Por otra parte escribe el filósofo yugos- lavo J. Josifovski (1970), que es exagerado pensar que el hombre sólo puede ser tal en el

ocio, pues el trabajo

indispensable, por lo que pedir su abolición en favor del ocio no sólo es algo imposible, una utopía, sino una petición inhumana. Recordemos que en Das Kapital escribe que el hombre civilizado, como el primitivo, tiene que luchar contra la naturaleza "cualesquiera que sean la estructura de la sociedad y el modo de producción" (texto comentado en la nota anterior).

7 Marx, loe. cit. 53-54. Cuenta de Grazia (1962, 311 nota) que en el manuscrito origi- nal añadió al margen de este pasaje, como segundo ejemplo de trabajos alternables: zapatero por la mañana, jardinero por la tarde y actor por la noche. Por su parte, Strumilin (1960, 375-76) glosa el pasaje en cuestión como sigue: "Si ya no nos llena de asombro hoy el que un afinador de pianos después de haber cumplido con sus funciones mecánicas, ejecute a veces como un auténtico músico la sonata "Claro de Luna" de Beethoven, más naturales resultarán aun tales combinaciones de unas funciones y otras en las condiciones de la abre- viada jornada laboral del comunismo, cuando cientos de miles de obreros ocuparán sus horas libres con la investigación o irán a engrosar el círculo de los que en la sociedad ejercen como científicos, escritores, músicos y pintores". ' 8 Marx y Engels, Gesammtausgabe, tomo 26, parte 3, 264; citado por Grushin, 1967, 26. Marx, 1904, Vil, 122. Acerca de la identidad del tiempo de trabajo y el tiempo libre en Marx véase, como antecedente filosófico directo, la Philosophie des Rechts de Hegel (1820, § 69). Friedmann (1956, 246) da como origen de estos temas en Marx también la mis- ma obra de Hegel, concretamente los § 195 y 198; y remite al comentario que al respecto hace Eric Weil en 1950, 90-91. Sobre el debatido tema del diferente significado del trabajo en Marx y en Hegel puede consultarse, como ejemplo de dos interpretaciones diferentes, muy personales, a Naville (1957) y Althusser (1966). Interesantes son las referencias que sobre este último punto dan Richta y sus colaboradores (1966, 140, nota 42). En otro aspecto no hay que olvidar la influencia del socialismo utopico sobre el marxis- mo. Recuérdese la mención elogiosa que Engels hace de las ideas de Fourier relativas a

la identidad del trabajo y el placer. Véase Sánchez-Casas y Guerra, 1973, 25-26; y sobre la

concepción del trabajo de Fourier, ibid., 41-50. Marx, Manuscritos de 1857-1858, II, 199. La concepción constructiva del ocio, dice Lefebvre (1967, 4) en su terminología, sólo está apuntada en Marx; en efecto, en cuanto al futuro del tiempo Ébre, Marx se interesa

—amén de ser l o que diferencia

básicamente al hombre del animal- es

9

1 0

LOS ORTODOXOS

2 7

Hasta aquí, casi con sus mismas palabras, lo que pensaba Marx acerca del tiempo libre. Veamos ahora cómo sus intérpretes lo han desarrollado.

LOS ORTODOXOS "

Antes de entrar en el camino que ha seguido el concepto del tiempo libre en el marxismo actual, debe destacarse que también Lenin se ocupó, aunque circuns- tancialmente, de él. En un trabajo suyo sobre "la nueva ley fabril" dice que el

tiempo libre es la parte del tiempo dedicada por el trabajador "a descansar, su- perarse y ejercer sus derechos como hombre, miembro de la familia y ciudada-

no". 12 Resueltamente, como se

político-jurídica. La concepción leninista apenas ha influido, sin embargo, como lo indica el hecho de que son verdadera excepción los autores que la recogen y la toman en consideración en sus estudios sobre el tema. Aparte de este breve e importante aunque olvidado antecedente, en la Unión Soviética fue Stanislav G. Strumilin, autor del libro que causó gran impacto Pro- blemi ekonomiki truda (Problemas de economía del trabajo, 1925), el que implan-

tó los estudios sobre el tiempo social 13 , e indirectamente sobre el tiempo libre,

utilizando la técnica

que años

ve, Lenin dota a ese tiempo de una dimensión

conocida

hoy con el nombre de budget

time,

después (1935) el también ruso Pitirim A. Sorokin, trasplantado a los Estados

por cómo debe sei sin especificar cómo será. Esto es, resalta en el nuevo contexto profetiza-

quiere decir "idealistas"), sin apenas ocuparse

quiere decir, forzosamente, "materiales"). En tal sentido, Duma-

zedier (1962b, 278) se pregunta si Marx no llegó hasta el extremo de evocar "un estado idílico de la sociedad futura en la que, al haberse reducido al mínimo el trabajo, los ocios se convierten en esenciales". (Le conduce a ello el pasaje antes transcrito de Die deutsche Ideologie, pasaje que como señala Toti —1971, 9— atribuye erróneamente a Die heilige Familie, al igual que hace Riesman —1950— del cual recoge Dumazedier la cita.) En cambio, argumenta el italiano (1961, 9 y sigs.) que Marx nunca habló de un estado idílico en el_que el trabajo estuviera reducido al mínimo, sino que superó cualquier "idilismo" proyectando o, más exactamente, profetizando una sociedad-civilización del tiempo libre, en la que el trabajo ya no estará determinado por la necesidad y la finalidad exteriores, sino que empe- zará con ella el verdadero desarrollo de las cualidades humanas. (Cfr. en un sentido análogo, la opinión del sociólogo norteamericano Lewis Mumford —1956, 271 y sigs., especialmente 276— nada sospechoso del marxismo.) Por su parte, Franco Crespi (1966, 1289, nota 30) ha calificado de "bastante utópico" el enfoque de Toti, ya que "hasta ahora nada hace pen- sar que, n o obstante la automación, el trabajo pueda transformarse en una agradable activi- dad artística sin esfuerzo, por lo que no se puede aceptar como real la visión de una sociedad

en que haya desaparecido la fatiga del trabajo". Esta objeción, con base en el utopismo, es

do los

aspectos éticos e ideales (lo

que no

que no

de los reales (lo

muy corriente: por ejemplo, ver Domenach, 1959, 216; pero es claramente

lector convendrá conmigo en que la concepción de Marx no postula ni la transformación del trabajo en "una agradable actividad artística sin esfuerzo" ni "una sociedad en que haya

desaparecido la fatiga del trabajo". Su concepción es bastante más compleja y matizada, al menos en este punto. De todos modos no voy a entrar en esta aguda polémica que con- duce hasta la discusión misma del grado de realismo contenido en el materialismo histórico, lo que rebasa en mucho el objeto de este libro.

ni

metodológico como Lukács, sino en un sentido sociopolítico. Es decir, llamo ortodoxia al

hecho de sujetar un autor sus proposiciones fundamentales a las directrices oficialmente trazadas por el P. C; en caso contrario, hablo de "revisionismo".

inexacta.

_E1

1 1 Empleo la palabra "ortodoxia" no

en un

sentido formal al modo

de Kautsky

1 2 Lenin, II, 299.

1 3 Ver otros trabajos de Strumilin en el repertorio bibliográfico que incluyo al final del libro. En el publicado en 1960, el académico ruso presenta una visión de la Ciudad Comunal

en

futura sociedad comunista, que ha sido calificada acertadamente por i-rancois Fetjjo

'a

MCRXYELTIEMP O

LIBRE

Unidos, divulgaría en este último país. Estos estudios, centrados en los aspectos económicos, se aplicaban al sector rural (koljoses y campesinado en general). Pero antecedentes aparte y a pesar de la deficiente información que poseemos

sobre el desarrollo de la ciencia social en Rusia, no parece arriesgado afirmar que hasta entrada la década de los años cincuenta, y sobre todo la siguiente, los inves- tigadores soviéticos no se ocupan monográficamente del tiempo libre. El paso progresivo, durante el periodo 1956-1962 de la jornada laboral de ocho a siete horas, impulsa una serie de encuestas sobre presupuestos del tiempo, especial- mente a través de los Institutos de Organización del Trabajo.

A partir de Marx, los autores rusos llegan a ver en el tiempo libre uno de

los problemas claves de la construcción del comunismo. Se emprenden amplios estudios empíricos dentro de la tradición inaugurada por Strumilin, centrándose ahora el interés en las áreas urbanas. Y se va afirmando cada vez más la necesidad de una política social sobre el empleo del tiempo libre, pues la mera actitud ra- cional de cada individuo se revela insuficiente.

Germán A. Prudenski se plantea en varios estudios (1960 y sig.) amplias cues- tiones teóricas sobre el tiempo libre por ser uno de los problemas económico- sociales más importantes, estrechamente vinculado, según señala, a la productivi- dad del trabajo. Prudenski ha publicado dos libros importantes: V nerabocije vremja tradjascinsja (El tiempo de no-trabajo de los trabajadores; 1961) y Vremja i trud (Tiempo y trabajo, 1964). Para Prudenski, el tiempo libre corresponde a aquella parte del tiempo no dedicada al trabajo, sino al reposo y al desarrollo

físico e intelectual; su valor estriba en ser una reserva de productividad. Cree que puede aumentarse sin disminuir el tiempo de trabajo; por ejemplo, reduciendo los tiempos parásitos mediante una mejor organización del transporte. Para lograr un armónico desarrollo del hombre, dice, hay que organizar públicamente

el tiempo libre y conseguir que cada uno le dé un empleo racional, con vistas a

influir sobre la fuerza productiva del trabajo.

El economismo del Prudenski ha sido criticado por Boris Grushin, el cual reali-

zó una gran encuesta, Svobodnoe vremja (El tiempo libre, 1967), patrocinada por el periódico de la juventud Komsomolskaia Pravda, durante 1963-1964. En

su análisis, Grushin se opone a la tradicional clasificación rusa en ocios activos

y

pasivos, argumentando que una actividad no es mejor que otra y lo que impor-

ta

es el desarrollo multilateral de la personalidad. Pone de relieve las diferencias

sociales existentes en el tiempo libre de los trabajadores rusos; resalta los aspectos

cualitativos de dicho tiempo, y lo valora en sus aspectos individuales. Algunas de sus ideas serán expuestas en detalle más adelante. Por último, quizá pueda resumir la postura actual de los ortodoxos rusos, lo que escribe Emolai Lazutkin 14 en su reciente libro Sotsializm i bogatsvo (El socialismo y la riqueza). El tiempo libre, dice, es el criterio supremo que permite juzgar la eficacia de la producción y el carácter progresivo del régimen socioeco- nómico. Por esto, el tiempo necesario para desarrollar una libre actividad vital, vinculada directamente con el perfeccionamiento y la aplicación creadora de las capacidades físicas e intelectuales, empleado racionalmente no sólo perfecciona

y acelera constantemente el proceso de producción y mejora la calidad de los

artículos, sino que constituye una premisa indispensable para el desarrollo multi-

14 Lazutkin, 1974, II y 199 y sigs.

LOS ORTODOXOS

lateral o multifacético de la persona; por ello, su aumento para todos los trabaja- dores es el objetivo final del crecimiento de la riqueza. 15 En los restantes países socialistas los trabajadores empíricos aparecen casi a la zaga de Rusia, a partir de 1955 e impulsados asimismo por los respectivos Institutos de Organización del Trabajo. Principalmente interesados se muestran Polonia (Skorzynski), Yugoslavia (Ahtik, Mihovilovic), Checoslovaquia (Filipco- vá), Hungría (Szalai) y Bulgaria. 16 Antes de terminar este rápido vistazo sobre la ortodoxia debe mencionarse, fuera de los países del Este, al autor de una importante y relativamente temprana

monografía teórica: el italiano Gianni Toti, que publica en 1961II tempo

En el capitalismo, señala Toti, el hombre tiene escindido su tiempo en tiempo de trabajo y tiempo libre. Pero este último es un tiempo improductivo y vacío con- quistado con el dinero, tratado como mercancía y dependiente del trabajo, un tiempo que opera de panacea de la esclavitud. Es fuga y negación del trabajo, su

empleo es hoy un mero problema de consumo. Con medios como la educación permanente o la pedagogía, no puede curar a la sociedad de su patológico afán por el consumo utilitario del tiempo libre; sólo en el comunismo, el hombre integrará su tiempo y se identificará consigo mismo. El trabajo necesario será abolido, y el tiempo consagrado al mismo se transformará en tiempo libre crea- tivo, en un tiempo verdaderamente nuevo en erque el propio concepto de "tiempo

libero.

1 5 Lazutkin está terminando una importante investigación, que le ha llevado muchos

años, Acerca

mo interés para nuestro tema si se tiene en cuenta que, para él (1974, 204), en la sociedad

que avanza hacia el socialismo rige la ley objetiva de que "cuanto más intensamente se fa-

brica inmediatamente el producto social, tanto mayores posibilidades existen para ampliar los marcos del tiempo libre y distribuirlo de modo igual entre todos los miembros de la

sociedad"; es decir que "en esta sociedad, el ahorro del tiempo de trabajo es igual al aumen- to del tiempo libre". (El contexto permite entender el sentido de esta última afirmación no como una identificación entre el tiempo extralaboral y el tiempo libre —rechazada por

el propio autor citado, cfr. ibid., 62-63 y 200—, sino que en las citadas condiciones cual-

quier aumento del tiempo libre tiende a distribuirse por igual entre todos, lo que no impi- de la existencia residual de sensibles desigualdades sociales al respecto en la misma Rusia, como señala el propio Lazutkin en ibid., 206 y sigs.) Destacables son también las aportaciones de Patruchev, discípulo de Prudenski, y de Petrossian; así como las de Bajkova, Bolgov, Ducal y Zemcov, Ignatiev y Ossipov^Krjazev, Santo y Zemtsov entre otros. Una selección de sus trabajos la recojo en la bibliografía final.

1 6 Para los trabajos de estos autores, acódase a las referencias bibliográficas que incluyo

al final del libro. Acerca del estado actual de la investigación sobre el tiempo libre en Bul-

tiempo en el socialismo. Este trabajo ha de ser de su-

de la acción

de

la ley

del

garia véase Staikov (1964); en Checoeslovaquia, Savicky (1970, 3-9); en Hungría, Ferge (1969); en Polonia, Skorzynski y Wyrobkova (1962), Zygulski (1970) e Illinicz y Zygulski (1971); y en Yugoslavia, Boh (1969). En todos estos países se detectan diversos enfoques en el tratamiento de la problemática del tiempo libre. Así, por ejemplo, Zygulski distingue en Polonia cuatro líneas distintas de investigación: 1. pedagógica, por ejemplo, la obra de

A. Kaminski; 2. política e ideológica, en la que el tiempo libre es visto como una nueva vía

para la lucha de clases, por ejemplo I. Danecki; 3. culturológica, por ejemplo W. Zwiazkowe;

y 4. tendencias orientadas hacia la práctica, por ejemplo los análisis de presupuestos de

tiempo de Helena Strzeminska. En el campo político, el comunismo soviético recoge con tendencia a optimizarlas, las ideas de Marx sobre el tiempo libre. Véase el programa del P. C. aprobado en 1961 por el

XII Congreso, "Programma Kommunisticeskoi Partii Sovietskogo Sojuza", parte II, V, I;

publicado en Konsomolskaia Pravda del 4-11-1961, pág. 3 (citado en Vagovic, 1964, 196; en Marcuse, 1958, se da como apéndice un amplio extracto de este programa pero el texto citado, recogido en la pág. 293, ha sido reducido a su primer párrafo; en la pág. 224 puede verse, en cambio, completa en lo que afecta a nuestro tema, lo que prevé el programa sobre

la

jornada y las condiciones de trabajo.) Interpretaciones de valor oficioso sobre el tema en

el

comunismo

se encontrarán en Kuusinen et al.,

1959, 67 1 y 676-77; y el Ósnovi

Marks-

sistskoifilosofa,

1958, 812-13.

30

MARX Y EL TIEMPO LIBRE

libre" no tendrá valor porque todo el tiempo estará ya liberado. Para Toti, ante el conformismo de la sociedad de masa capitalista urge una planificación cons- ciente y racional del tiempo como medio, para liberar al hombre del tiempo de esclavitud y conseguir una nueva moral del tiempo libre, en la que ya no tendrá sentido la tesis burguesa de que el tiempo es dinero. ¿Qué rasgos caracterizan a los ortodoxos? Aparte de adecuarse al menos en lo fundamental a la línea oficialmente marcada por el Partido, fijan su atención en los problemas prácticos de la actual fase socialista, a diferencia de Marx que se ocupó del tiempo libre en el capitalismo y el comunismo. Y, secundariamente, efectúan algunas aportaciones teóricas con motivo de sus análisis empíricos, de acuerdo con el principio de unidad entre teoría y praxis. El tiempo libre es tratado, dentro de uña concepción materialista dialéctica e histórica, en el marco de la economía de tiempo, como fuente de productividad y, mejor aún, de rique- za social. La tendencia marxista no se agota aquí. Al margen de esta interpretación orto.doxá han surgido una serie creciente de autores que basándose, por supues- to, siempre en Marx, revisan más o menos dicha interpretación, abriendo con ello un amplio camino crítico, muy polémico pero por lo mismo muy fecundo.

LOS REVISIONISTAS

En lo que concierne al tiempo libre, el revisionismo cobra entidad, a media- dos de los años cincuenta, en Europa occidental y más concretamente en Fran- cia, donde varios autores marxistas abordan teóricamente desde una perspectiva crítica aquella temática. En 1957, Fierre Naville publica De l'aliénation á la jouissance, primer volu- men de una obra ambiciosa aún no terminada Le nouveau leviathan. En él intenta dar una nueva fundamentación teórica a la sociología del trabajo, partiendo de los principios de economía política formulados por Marx y Engels a partir de 1850 y criticando los conceptos de alienación y de humanismo del joven Marx. Naville encuentra en la esfera del no-trabajo, como antítesis del trabajo, la crítica y superación de éste; a la vez que la crítica de un modo de trabajo o producción supone también la crítica del no-trabajo que le es correlativo. El no- trabajo es una categoría histórica tanto como un criterio moral. Individualmente considerada, lá actividad de no-trabajo es recuperadora y preparatoria de la fuer- za de trabajo, una conducta de distracción orientada por los intereses privados que tienden a encontrar en uno mismo el principio del goce y de la libertad; socialmente, empero, aquella actividad expresa las relaciones de producción y de distribución, y revela un modo de producción y de uso de la plusvalía. Las for- mas de no-trabajo, que en nuestro mundo actual no son sino formas sociales de trabajo, únicamente son comprensibles a través del análisis de las condiciones económicas y sociales que las producen. El no-trabajo no es inactividad, sino una actividad libre que no tiene precio y es fuente de goce y de satisfacción de necesidades. En el comunismo plenamente realizado, el no-trabajo y el trabajo se metamorfosearán en una pura actividad creadora. Casi a la par que Naville, Henri Lefebvre da a conocer un apasionado y polémico libro, como todos los suyos, Critique de la vie qtiotidienne (195 7-1958),

LOS REVISIONISTAS

3 1

en el que, a diferencia de aquél, parte del joven Marx. Su análisis —referido

a la vida cotidiana en Francia 17 — incluye la problemática del ocio,

al que concibe como un producto de la civilización técnica, manifestación de

necesidades difusas y generalizadas, en respuesta al carácter parcelario y alie- nante que tiene el trabajo en esta civilización. Este es un trabajo separado de

la actividad productiva, contradictorio en sí mismo por que desarrolla posibi-

lidades en direcciones opuestas; también el comportamiento de ocio es contra- dictorio: una actividad residual a la par que total. Todo ello constituye una clara

denuncia de la realidad cotidiana asimismo plagada de contradicciones: infini- tamente rica y variada, terriblemente pobre y monótona. Se actúa sobre el uso del tiempo libre, dice Lefebvre, para manipular el ocio y recomponer lo cotidia- no. Termina afirmando que del hombre enajenado en el trabajo y en el ocio hay que ir al hombre total en el que uno y otro dejan de oponerse, y el ocio ya no rompe con la vida cotidiana. 18 Los libros de Naville y de Lefebvre producen gran revuelo y sus respectivas

tesis son rápida y ampliamente debatidas, sobre todo en los círculos marxistas del occidente europeo. En cambio, en las democracias populares aún tardará diez años el análisis del tiempo libre desde una perspectiva marxista crítica; la "prima- vera de Praga" será un contexto que facilite este análisis. En efecto, es en la Checoslovaquia de 1966 donde se producen las aportaciones más sobresalientes. Blanka Filipcová presenta en dicho año Clovek, práce, volny cas (Hombre, traba-

sobre todo

jo

y tiempo libre), libro del cual se publica una segunda edición al año siguiente

y

al que suceden otros trabajos de la Filipcová sobre el mismo tema. Influida

esta autora checa por Strumilin y Prudenski —cuyo economicismo critica no obs- tante— y especialmente por Dumazedier —a quien considera más realista a pesar de su individualismo— afirma que el trabajo, que forma en gran parte al hombre

y cuyos contenidos condicionan el empleo del tiempo libre, tiene consecuencias

negativas en el industrialismo que no han podido aún ser del todo eliminadas en los países socialistas. En ellos, la automación es una gran oportunidad para la

humanización real del trabajo y, por tanto, también del tiempo libre pues la pro- ducción masiva, que en la sociedad de consumo capitalista c.rea necesidades falsas, puede satisfacer necesidades reales del hombre y posibilitar su autorreali- zación. En cuanto al tiempo libre, este es, ante todo, elección de actividades; lo importante no son éstas, sino su relación con el sujeto y cómo se organizan en el tiempo. Su principal función es crear valores, incluso en los mal llamados ocios pasivos. El problema está en superar la alienación tanto en el trabajo como en

el tiempo libre, siendo en este último donde se manifiesta el conflicto natural

entre el individuo y la sociedad.

El mismo año, y también, en Praga, aparece otro libro que causa un enorme impacto: Civilizace na rozcestí (La civilización en la encrucijada), obra colectiva dirigida por Radovan Richt'a al frente de 44 colaboradores, entre los que se cuenta Filipcová. En dicho libro se sostiene que, más allá de la revolución indus- trial, estamos ante una revolución científica y técnica de profundo alcance. La ciencia ha convertido a las máquinas en complejos autónomos de producción

y la técnica permite liberar al hombre de la producción directa, lo que representa

1 7 Cfr. Lefebvre, op. cit.

1 8 Alrededor

38.

de

Lefebvre se ha formado un grupo de jóvenes que han trabajado esos

temas, como Villadary (1968), Baudrillard (1970), Raymond y Haumont, etc.

32

MARYEELEIEMP O

LIBRE

una transformación universal de las fuerzas productivas engendradas por la revo- lución industrial. Pero esta última sólo quedará superada si se sigue la vía socia- lista (tesis central del libro, acompañada de un impresionante cúmulo de datos de todo el mundo, minuciosamente analizados). Dentro de esta vía y como uno de los principales problemas de la misma, está el de la elaboración de un sistema científico de economía del tiempo, que permita crear tiempo libe- rado al trabajo y hacerlo disponible para el desarrollo de las fuerzas humanas creadoras. 19 En último lugar, porque se ocupa tardíamente de ello, hay que mencionar a Giorgy Lukács, el cual con ocasión de una rencontre mantenida el mismo año de 1966 en Budapest con Abendroth, Kofler y Holz (1967), denunció el sentido ideológico contenido en la manipulación actual del tiempo libre. La reducción del tiempo de trabajo, según el gran pensador húngaro ya fallecido, plantea pro- blemas cualitativamente nuevos al movimiento obrero. Estos problemas ya no son los del tiempo de trabajo ni los del salario, sino que se refieren a cómo puede transformar el obrero su tiempo libre para tener una vida creadora, porque el capitalismo le desvía de ello al insinuarle el consumo como objetivo capaz de colmar su vida. Es precisa, pues, una formación del trabajador que le haga entender que aquella transformación está manipulada y, por lo tanto, en con- tradicción con sus propios intereses humanos. Ello suscita la necesidad de una personalidad verdaderamente autónoma. Así, la lucha por el tiempo libre es una lucha ideológica para poder dar al mismo un aprovechamiento cons- tructivo.

el

objetivo el tiempo libre comunista. Pero tanto la crítica del ocio, que ahora tien- de a asociarse más al industrialismo que al capitalismo, como su superación en un tiempo verdaderamente libre, incluyen puntos de vista dialécticos distintos. Sus trabajos, más teóricos que los de los ortodoxos, responden a un humanismo que estos habían relegado y que mira hacia un nuevo hombre en el que el tiem- po libre ocupa un lugar central. Casi todo ello puede decirse también de la llamada Escuela de Frankfurt, grupo nacido en 1923 en el seno del Instituí für Sozialforschung de aquella ciudad germana. Sus primeros trabajos sobre el tiempo libre datan de los años treinta, por lo que cronológicamente se sitúan, en el campo que estudiamos, mu- cho antes que los autores vistos en este apartado, no debiendo descartarse la influencia que sobre estos últimos hayan podido ejercer por acción o por reac- ción. Pero los frankfurtianos, cuyo objetivo final queda — ¿intencionadamente?— en la penumbra, son más críticos que marxistas, lo que obliga a considerarlos como un caso aparte dentro de la tendencia que estamos examinando.

En el revisionismo, como, en la ortodoxia, la base sigue siendo Marx, y

Checoslovaquia es uno de los países del Este que más atención presta a la tendencia burguesa. Savicky (1970, 7) ha "medido" los autores más citados en la literatura checa sobre el tiempo libre. Son, por este orden: Marx, Dumazedier, Prudenski, Richta, Strumilin y Friedmann; a los que siguen Fourastié, Fromm, Riesman y Giaff Blücher. No ha de dedu- cirse de ello la existencia de una convergencia de opiniones entre las dos grandes tendencias

Los autores burgueses son citados, por lo general, más para someterlos a crítica o

en lid.

simplemente para recoger ciertos datos de interés empírico que para aceptar su posición teórica.

33

LA POSTURA DE LA ESCUELA DE

FRAÍMKFURT

En muchos aspectos la obra de la Escuela de Frankfurt es, como dijo el poe-

de la conciencia burguesa" 20 ;

ta del grupo, Walter Benjamin, "una

y sin duda ahí reside el valor y el límite de su aportación científica. A pesar

de ello, y de que la extracción social de la alta burguesía alemana y la forma-

ción fuera de la tradición marxista de sus miembros los vincula con el mundo

burgués, no debe olvidarse que sus portulados teóricos y metodológicos responden a una base marxista, al menos hasta 1950. Claro es que el marxismo frankfurtiano

es muy peculiar: opuesto radicalmente de un lado a todo ortodoxia y de otro no

calificable simplemente de revisionista, tom a a Marx —un Marx sobre tod o hu - manista y joven— como punto de partida, intenta conectarlo más o menos con Freud 21 —un Freud releído en términos sociales—, y da u n enfoqu e radical-

mente crítico a sus análisis de la superestructura cultural de la sociedad moder- na. Desde tal posición, una posición evidentemente sugestiva, pero indudable- mente incómoda, la Escuela elaboró una teoría crítica de carácter antiacadémico

e intencionadamente asistemático, ocupándose en varias ocasiones de los proble-

mas del tiempo libre a lo largo de su agitada historia. 22 Max Horkheimer, alma del grupo desde su cargo de director del Instituí, ya inicialmente sostuvo que la cultura burguesa reprime la genuina felicidad indivi-

dual, e idea, en compensación diversiones de masas para aliviar el descontento. Sostuvo, además, que los mecanismos que gobiernan al hombre en su tiempo de ocio, son absolutamente los mismos que lo gobiernan cuando trabaja. En Dia- lektik der Aufklarung (1947), escrito con Theodor W. Adorno, se especifica que

el ocio es la continuación del trabajo por otros medios, y que la "industria cul-

tural" —nueva expresión introducida en este libro y que posteriormente se ha generalizado— esclaviza al hombre con mucha mayor sutilidad y eficacia que otros métodos anteriores de dominación. Estas ideas fueron desarrolladas en varias ocasiones por el último autor cita- do, especialmente en una conferencia radiofónica (1969) dedicada al tema. Según Adorno, en las actuales condiciones de no libertad, el tiempo libre está unido al modo de producción que prevalece y tiende a lo contrario de su propio concep- to (el hobby, por ejemplo, es libertad organizada, obligatoria). Es un fetiche 1 sujeto a los controles de la industria y la propaganda, que atrofian la fantasía y exterminan la capacidad creativa del hombre; es un tiempo improductivo, pro- yección directa del trabajo. Su consumo es regulado por la industria cultural, instrumento de dominio e integración. Esta integración —concluía Adorno con

autocrítica

2 0 W. Benjamín, 1938, 820.

2 1

Uno

de los

iniciadores del freudomarxismo fue Wilhehn Reich, psiquiatra relacio-

nado en más de un aspecto con el grupo de Frankfurt. Aunque marginalmente, también se ocupó en su primera época, circunstancialmente, del tiempo libre. En su trabajo sobre qué es la conciencia de clase (1934), en el que contra los ortodoxos se proclamaba marxista auténtico, defendió ambiguamente la necesidad de un tiempo libre más bello como ele- i mentó específico de clase, sin el cual no podía hacerse positivo el espíritu revolucionario. '

La historia de la Escuela de Frankfurt ha sido trazada con todo detalle por el ñor- I

1923-1950. Sobre I

teamericano Martin Jay en su libro (1973)

la postura de algunos teóricos críticos acerca del tiempo libre en el reciente panorama ger-

2 2

que comprende el periodo

34

MARX Y EL TIEMPO LIBRE

relativo optimismo— aún no es total, pero se vislumbra una oportunidad que puede contribuir a que el tiempo libre se transforme rápidamente en libertad. Su discípulo Jürgen Habermas, perteneciente a la segunda generación de la Escuela y sucesor de Horkheimer en la dirección del Instituí, matiza en sus tra- bajos que hoy son seguidos por gran atención, esta visión del tiempo libre (1958). Sostiene que el ocio actual aparece, falsamente, como un asunto privado, como un tiempo de disposición individual; en realidad, el ocio obstaculiza el libre albe- drío pues está determinado desde fuera por el trabajo. Es una categoría residual, prolongación de éste: sus funciones se limitan a ser un complemento y una rege- neración del trabajo, Y al igual que éste, está dominado por el consumo, la alie- nación y la despersonalización. Las manipulaciones que operan sobre el ocio lo convierten en una seducción para huir de la realidad, en una mentira para vivir, que conduce al egoísmo en el seno de la familia y a una conducta irracional en el consumo. El deporte y el juego no son sino un sector más de racionalización del trabajo; el do-it-yourself es un ridículo autoengaflo del hombre alienado; etc. En resumen, el ocio es un modo más de la despersonalizada vida en la sociedad de cla- ses que, con apariencia de privacía ha degenerado desde hace tiempo en una verdadera mendacidad social. Pero es Herbert Marcuse el que aporta el análisis más elaborado; en varios escritos de los años treinta ya se había preocupado por el tiempo libre en la civi- lización industrial. Inicialmente (1933), vio este tiempo reducido a un cosificado y pequeño ámbito marginal de la persona: un tiempo de fines de jornada, de do- mingos, etc. Más tarde (1938), siguiendo a Horkheimer, encuentra en el hedo- nismo actual el factor que restringe la felicidad al consumo y al ocio, el cual queda excluido del trabajo productivo. El trabajo industrial, añade Marcuse, atrofia el cuerpo y limita la sexualidad al tiempo de diversión y recuperación, hacia donde es canalizada por la clase dominante en ocupaciones inofensivas como los deportes y las diversiones populares, sustitutivas del potencial revolu- cionario de la sexualidad. Este esbozo de las relaciones entre el tiempo libre, la sexualidad y la política lo encontramos desarrollado posteriormente, cuando ya se había separado por completo de la Escuela, en Eros and Civilization (1953), profunda reflexión en la que la problemática del tiempo libre late en cada página. El juego como valor —afirma Marcuse en ella— ha sustituido al trabajo. Y este último, que ocupa prácticamente toda la vida madura del individuo, suspende el placer, reprime el gose dejando al hombre potencialmente disponible para lo placentero sólo durante sus porciones de tiempo libre. Mas este tiempo única- mente puede servir para relajarlo y recrear su energía laboral; y, por añadidura, en el estado avanzado de la civilización industrial está manipulado por la indus- tria de la diversión y controlado por el Estado. El tiempo libre queda reducido a un tiempo de ocio, que evita la explosión del individuo contra la represión; y por tanto, su liberación. Porque la esfera que define la libertad y su realización no es la del trabajo, regido por la razón, la necesidad y la represión, sino la del juego y las libres potencialidades del hombre. El tiempo libre, pues antes que el de trabajo, determina el contenido de la existencia humana. Aquella esfera debe subordinarse y asimilarse a ésta; es decir, hay que organizar la producción y la distribución de tal manera que se reduzca el tiempo de trabajo al mínimo posible, para satisfacer todas las necesidades de todos los miembros de la sociedad. Esta transformación —que ha de invertir la relación establecida entre el tiempo libre

LA CONVERGENCIA CON LA CONCEPCIÓN BURGUESA

35

y el de trabajo, haciendo que éste sea marginal y aquél completo, que habrá de

conducir a un modo de vida incompatible con la civilización tradicional— es ya posible gracias al avance y dominio tecnológicos. Este happy end no es mantenido por Marcuse mucho tiempo. En One Unidi- mensional Man (1964), negro análisis de la sociedad industrial avanzada, se dice

que la irracional racionalidad tecnológica impone amplias exigencias económicas

y

una política de defensa y expansión de todo su aparato sobre el tiempo libre.

Y

la nivelación de gustos en el ocio, condicionados por los medios masivos de

comunicación, revela su función ideológica de igualación de las clases. La conclu- sión ahora es más bien pesimista, ya que todo ello impide la automación comple- ta de las necesidades, único modo de conseguir un tiempo libre que permita al hombre constituirse a sí mismo, tanto en su vida privada como en su vida social,

y de trascender históricamente hacia una nueva civilización no represiva. Finalmente, ha de hacerse mención de otro ex miembro de Frankfurt, el

psiquiatra Erich Fromm, situado en una posición mucho menos izquierdista que los anteriormente citados, y cuya evolución hace dudar de si, no obstante sus antecedentes, se le debería situar entre los críticos burgueses. Es autor de nume- rosos y conocidos libros entre los que sobresale por lo que se refiere al tema del presente trabajo, The Sane Society (1955). Para Fromm, el modo de producción industrial, común al capitalismo y al socialismo, provoca una alienación que afecta también al tiempo libre. La diversión se ha convertido en una industria más en la que el cliente compra su placer, lo que acarrea que el tiempo libre se valore por su rentabilidad económica y no en términos humanos. El fin de esta situación enajenante sólo será posible con un cambio de las condiciones socioeco- nómicas que impulse y no impida la personalidad integrada y total del hombre,

que él llama un "humanismo socialista". 23

un cambio hacia lo

La Escuela de Frankfurt representa en conjunto una toma de conciencia del falso papel que cumple el llamado tiempo libre, sobre todo en la sociedad capi- talista pero no exclusivamente en ella. En el fondo, es una insistente denuncia de las estructuras nacidas bajo cualquier tipo de ideología autoritaria y de progreso tecnológico dirigido al consumo de masas. A través de una reiteración obsesiva de temas, se nos presenta el tiempo libre como esencialmente igual al de trabajo,

tiempo manipulado e instrumento de integración; y se reclama su conversión en un tiempo en el que el hombre se encuentre a sí mismo. La Escuela se ha mostra- do mucho más fértil en el análisis destructivo de falsos conceptos que en la crea- ción de conceptos nuevos. El debate en tomo a su obra radica, indudablemente, en determinar si cierra o abre un camino.

¿DÓNDE ESTÁ LA CONVERGENCIA CON LA CONCEPCIÓN BURGUESA?

Los diferentes "marxismos", 24 debido a su común filiación, comparten varios aspectos centrales. Critican —y analizan dialécticamente— el tiempo libre

tema, se encontrarán en A.

Steniheim, 1932, y en el ya citado W. Benjamín, 1969, publicado postumamente. 2 4 No me ocupo, por ser más política que científica, de la posición defendida por los

2 3

Otras

contribuciones

de

la

Escuela

de

Frankfurt

al

3 2

MARX Y

EL TIEMPO LIBRE

en la sociedad capitalista, por ser un tiempo alienado y patológico. En conse- cuencia, construyen un modelo de cómo será el tiempo libre comunista: un tiem- po auténticamente libre, síntesis dialéctica de trabajo y ocio, opuesto al tiempo de trabajo alienado pero no al tiempo de trabajo libre, que originará un nuevo

hito histórico que afecta a una sociedad por venir, regida no por el principio so- cialista de "a cada uno según su trabajo" sino por el principio comunista de "a

cada uno según sus necesidades". 25 Para

planificación del tiempo social, más o menos sólida según los autores. En cuanto al componente crítico, en su labor de revulsivo es aquí mucho más fuerte y fruc- tífera que en la tendencia burguesa. El marxismo ofrece una visión todavía poco matizada en las soluciones, pero muy coherente en la crítica y en el planteamiento de los problemas del tiempo

libre; visión que frente a la concepción burguesa presenta rasgos polares a los de ésta: es una interpretación objetiva, colectiva y planific^dora del fenómeno. Ante esta oposición no es admisible hablar, como hacen algunos, de una convergencia entre ambas tendencias. Lanfant se atreve incluso a sintetizar en ocho proposiciones esa convergencia, construyento lo que presenta como la actual "teoría del ocio". Estas proposiciones son:

1. El tiempo libre se da separado del resto del tiempo, especialmente del tiempo de trabajo.

alcanzar ese hito es precisamente una

2. El tiempo libre es aprehendido como una totalidad abstracta.

3. El tiempo libre aumenta al incrementarse la productividad.

4. El tiempo libre evoluciona con relativa autonomía del sistema social, especialmente con el sistema de producción.

5. Las actividades propias del tiempo libre son actividades libres.

6. El individuo se determina libremente, en función de sus necesidades personales.

7. Las actividades y los valores del tiempo libre están ligados entre sí por las elecciones individuales, las cuales se ordenan libremente.

8. El ocio es un sistema permutable de valores y de elecciones. 26

diversos partidos socialistas democráticos europeos —cuya dosis de marxismo es extremada- mente variable- sobre los problemas del tiempo libre. El lector interesado puede acudir al volumen colectivo Presente y futuro del socialismo democrático (1960), donde encontrará referencias directas a dicha problemática y al tiempo libre como medio de liberarse del trabajo alienado y de tener un libre acceso a la cultura; referencias contenidas en el "Mani- fiesto de la Internacional Socialista" de 30 de ^unio de 1951 (op, cit. pág. 16), y en los estudios o programas del socialismo austríaco (pags. 76 y sigs.), del belga (pags. §1 y sigs. y 1-08 y sigs.), de la SFIO. (págs. 210 y sigs.), del laborismo británico (pags. 257 y sigs.) y de la socialdemocracia suiza (págs. 276 y sigs.).

preocupa menos a los críticos frankfurtianos más

puros, pero es un tema obsesivo en los últimos: Marcuse y Fromm. Por supuesto, que el tiempo al que se refieren sus respectivos "protomodelos" no es el comunista. En cuanto al modelo comunista, no se oculta entre quienes lo propugnan el carácter alejado de la sociedad esperada. Por ejemplo, Régis Paranque señala ante todo este aspecto:

"a muy largo plazo, ocio y trabajo tenderán a formar un solo tipo de actividad dirigida hacia el desarrollo de la persona humana, de forma que el ocio no puede ser reducido ni a la dis- tracción, ni tan siquiera a la educación permanente. Representa una concepción completa- mente diferente de la actividad total y traerá consigo, pues, modificaciones en todos los aspectos de la vida, y por tanto en las necesidades y bienes" (Paranque, 1969, 154-55; el subrayado es mío). Toti (1971) nos advierte también acerca de la lejanía de la sociedad comunista y del auténtico tiempo libre.

2 5 La construcción de este modelo

2 6 Cfr. Lanfant, 1972,16,65-6 6 y 261 y sigs.

LA CONVERGENCIA

CON LA CONCEPCIÓN BURGUESA

37

Lanfant califica de congruente pero ideológico, en el sentido de falso y falaz,

el contenido de esta "teoría", criticando cada una de estas afirmaciones. 27 No es necesario entrar en ello; lo que me interesa es subrayar que el cuadro teóri- co elaborado y criticado por ella mismaes un malogrado esfuerzo por localizar una especie de representación, promedio de las principales teorías actuales. En reali- dad, no pasa de ser una abstracción que mezcla gratuitamente posturas dispares

e incluso opuestas; un producto de la imaginación, que ningún autor ni sector

de opinión haría suyo. La tesis de la convergencia, válida quizás en lo relativo a las técnicas empíri- cas, no lo es en lo que concierne a la interpretación teórica del fenómeno. Cierto es que actualmente se percibe en algunos sectores un interés por aunar esfuerzos

y establecer un diálogo, pero el aire que se respira sigue siendo más de rechazo

que de aceptación. 28 En su planteamiento más puro y coherente, los modelos burgués y marxista globalmente comparados, presentan unas características tan opuestas que sitúan a uno y otro en las antípodas. La divergencia existente tiene un reflejo, que el lector habrá observado, en el léxico empleado por cada tendencia: mientras los burgueses centran su aten- ción en lo que llaman ocio, los marxistas la ponen en el tiempo libre. ¿Es ésta

una mera diferencia terminológica, o existe tras ella una diferencia semántica indicativa de que la divergencia empieza en el mismo objeto investigado? ¿Se plantea aquí una alternativa conceptual, o ambas tendencias están hablando de lo mismo en términos distintos? Quizás pueda ayudarnos a desentrañar la cuestión, preguntar a la historia.

Las objeciones que presenta Lanfant (1972, 251-254) son, respectivamente, las siguientes: 1. El aislamiento del tiempo libre, quizás necesario en los análisis cuantitativos, no pasa de ser una cómoda ficción operativa. 2. N o cabe totalidad en algo que reúne acti- vidades dispares. 3. En cada autor varían los factores económicos y políticos que relacionan el tiempo libre con la productividad. 4. El tiempo libre evoluciona, de hecho, en función de la coyuntura económica; como se ve, por ejemplo, en la legislación limitadora del tiem-

Las actividades de tiempo libre se desarrollan bajo controles económicos,

culturales, y no pueden desligarse de los sistemas a los que éstos pertenecen. 6.

po de trabajo. 5.

sociales y

Se presupone que los valores atribuidos al ocio se anteponen hoy a los del trabajo, y el tiem- po libre se considera determinado subjetivamente. 7. La libertad de elección es una noción difusa, conceptualizada según el modelo de una "libertad de pura indiferencia". 2 8 Cfr. lo que observo en la nota 19. Por añadidura, en ambos campos se encuentran graves afirmaciones que demuestran un desconocimiento de la postura, contraria. Así, en el campo marxista, el ortodoxo Lazutkin (1974, 62, 200, 202 y 220-21) aunque no anda del todo errado al decir que, bajo el capitalismo, la burguesía considera monopolio suyo el tiempo libre, y que sus sociólogos se esfuerzan por separarlo del proceso de trabajo y conver- tirlo en una magnitud absoluta, afirma que para éstos (citando expresamente a los franceses Friedmann y Dumazedier, y a los norteamericanos R. Bauer y Robinson, como representan- tes más venerables) el tiempo libre no está lleno de nada, sino que constituye un sinónimo de aburrimiento, un tiempo de ociosidad y de asueto irreflexivo que no debe vincularse con los asuntos sociales y la actividad política, y que "el ideal de la organización del asueto con- siste en un sistema de clubes creados bajo el auspicio de la Iglesia, etc.". Y en el campo contrario, Robles Piquer (1966, 14) entre nosotros sostiene que "el objetivo final y máxima- mente deseable" para Marx, Engels y muchos marxistas es "el ocio concebido simplemente como descanso reparador, como cesación de las actividades laborales". Y en un campo intermedio, González Llaca (1975, 42) escribe que "Marx, en su sociedad ideal, nos propone el regreso definitivo al tiempo libre de los griegos". Creo que sobre todo comentario.

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El hecho de que el ocio como problema de la práctica y de la teoría consti- tuya un grave problema moderno, ha dado pie a que algunos sociólogos, ccmo Parker y Dumazedier, sostengan que el ocio es un fenómeno exclusivo de nuestro,

tiempo. Según el primero de estos autores, sólo con el industrialismo que conlleva al acortamiento de la semana laboral y al gran poder de compra de las masas, el ocio ha pasado a ser una esfera significativa de la vida. Ahora bien, si como hace Parker, se parte de que el ocio se da en función del trabajo y se piensa que en la historia de la humanidad la idea de trabajo en su sentido moderno es comparati- vamente reciente —y tiene que serlo si ya se limita dicho autor al sentido moder- no del trabajo—, es forzosa y falaz la conclusión de que el ocio es un producto de la civilización moderna. Por su parte, Dumazedier, considerando igualmente que el ocio tiene unos rasgos característicos de la civilización nacida de la revolu- ción industrial escribe que antes de ésta no se puede hablar de él ni siquiera -del tiempo liberado del trabajo, sino sólo de tiempo desocupado y de ociosidad, los cuales niegan y sustituyen el trabajo a diferencia del ocio que lo supone. El sociólogo francés reduce con ello, por definición, cualquier posible manifestación histórica del ocio a la mera desocupación o a la ociosidad, postura, por otra parte, congruente con su defendido punto de vista sincrónico. 1 La negación de una dimensión histórica del ocio es apriorística. Ante esto, procede intentar una aproximación al fenómeno a través de un análisis macrodia- crónico. La multiplicidad de prácticas y de valoraciones que se suceden a lo largo

cinco hitos, que son otras tantas res-

puestas a la pregunta sobre qué es el ocio o tiempo libre. La concepción que late tras de cada una de esas respuestas, guarda una especial relación con una determi-

de. la historia 2 son reducibles al menos a

19626, 49-50; 1974, 13, 25,

101, 103, etc. Dumazedier y Samuel, 1969, 21. 2 Diversas interpretaciones de la evolución general del ocio en la vida y el pensamiento sociales hasta nuestros días se encontrarán en los resúmenes de González Seara (1963, 265 y sigs.), de Parker (1971, 37 y sigs.) y más ampliamente de Gripdonck (1967, 83 y sigs.). Para Francia, véase Cacérés (1973), para la Gran Bretaña aspectos parciales en Braildsford (1969) v Hoggart (1957), y para los Estados Unidos, F. R. Dulles (1940) cuya obra es, para Don Martindale (1970). la mejor historia general disponible sobre el ocio en Norteamérica.

116.

1 Stanley Paiker, 1971,

37

y

sigs. y

Dumazedier,

4 0

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

nada época, no en el sentido de haber sido engendrada en rigor por ella, sino porque es en ella que se configura como una práctica colectiva, provista de un valor o disvalor considerado básico al menos por algún estrato o clase dominante o un sector significativo de la sociedad. Y es durante ella que adquiere una tras- cendencia en el resto de la vida social, llegando a constituir una característica diferencial de la cultura a la sazón imperante.

LA SKHOLÉ COMO ¡DEAL GRIEGO

El profundo sentido' cultural griego idealizó el hecho de estar uno no sólo predispuesto, sino dispuesto para la contemplación de los supremos valores de aquel mundo: la verdad, la bondad y la belleza; en síntesis, para la contempla- don de la sabiduría!'Esta exigía una vida de ocio, de skholé (OK OXT}). 3 Laskholé no era un simple no hacer nada, sino su antítesis: un estado de paz y de contem- plación creadora —dedicada a la theoria— en que se sumía el espíritu. Tal disposición exigía disponer de un tiempo para sí; es decir, principalmen- te, de no sujeción al trabajo. Y los helenos la hicieron factible mediante una tajante distribución verticalmente estratificada del tiempo social; así, mientras una élite disponía de todo su tiempo para conseguir aquel estado de espíritu, la masa restante debía dedicar su tiempo al trabajo. Esto es, la hicieron factible únicamente para unos pocos y haciendo trabajar a los más. Como bien se ha •dicho, el supuesto sociológico que hizo posible entre los helenos la vida de ocio

el hombre que

posee ocio es libre, ello es así porque según la práctica sólo el hombre libre puede poseer ocio. En el pensamiento clásico, el ocio como vía del saber no utilitario sino contemplativo, fue alabado por Sócrates al decir de él que era una de las mejo- res riquezas que poseía. 5 En Platón encontramos ya un concepto claro del

mismo en este sentido, como veremos; pero quien presente el concepto más ela-

fue la esclavitud. 4 Esto significa que si según la teoría griega sólo

La. tipología que expong o en este capítul o n o pretende ser exhaustiva. Históricamente, no va más atrás del mundo griego; y antropológicamente no considera, salvo en alguna nota marginal, las culturas primitivas. Pese a tales limitaciones, la estimo valida paxa las socieda- _des históricas de la civilización occidental y a partir de Grecia. Sobre la posición de la cultu- ra hebrea, emanada de la Biblia, consúltese París, 1972, 174 y sigs. y González Llaca, 1975, 2 8 y sigs, y la nota 24- de este mism o capítulo, acerca de la ociosidad. Etimológicamente, esta voz griega significa parar o cesar. El sentido originario dé skholé fue el de estar uno desocupado y, en consecuencia, disponer de tiempo para sí mis- mo. Coincide, por consiguiente, con el significado literal de la expresión "tiempo libre". Esta acepción, aunque fue de uso popular, no llegó a adquirir un significativo valor socio- cultural, al menos entre los atenienses.

Cfr. Bertrand Russell (1932, 734). Justamente, ha escrito

González Seara que "todos los cantos de alabanza al pasado esplendoroso del ocio griego son

del residuo reaccionario de un humanismo falso, que no quería darse por enterado de que el ocio de la minoría patricia sólo era posible en función de una inmensa masa de esclavos, desprovistos de todo derecho" (1971, 70). Llama la atención que, al enjuiciar el mismo hecho, un autor maixista como Lukács se muestre mucho más moderado, señalando que la esclavitud permitió "la maravillosa cultura ateniense" (Lukács, en Holz et al-, 1969, 77).

5 Según el testimonio de Diógenes Laercio en el libro II de su al final, I, 74) del que se hacen eco Valerio Máximo en De dictis

VIII, dedicado a "De otio laudato") y el sofista Claudio Eliano en sus Variae Historiae (cap. XVI, del libro X).

(edición citada (cap. VIII, del libro

4 Aranguren (1958a,

119).

LA SKHOLÉ COMO

IDEAL GRIEGO

borado es Aristóteles. Para el filósofo peripatético, la skholé es un fin en sí misma —réXoS—, un ideal de vida, cuya antítesis es el trabajo. El ocio es una felicidad intrínseca que abre a uno de los tres tipos posibles de vida moral; la vida contemplativa —9 ecopr]TLKo8 |3to5—; y la contemplación, como la música, exige permanecer libre de la necesidad de trabajar. Por esto escribirá en la Ética a Nicómaco que "estamos nó-ociosos para tener ocio", o dicho de otro modo, que el trabajo es un medio y el ocio es el fin. 6 Al igual que en Aristóteles, también en Epicuro el ocio es la vía que exige estar libre de ocupaciones, incluso de placeres, y posar en la serenidad de uno mismo —arapa^Ca— hasta el punto de que ni siquiera la participación política debe perturbar el espíritu ocioso. 7 ¿Cuál ha sido la suerte de la skholé fuera del mundo heleno, es decir, fuera de la sociedad que condicionó su estructura y su estratificación en pos de ese ideal? He aquí su evolución, casi telegráficamente:

La visión griega de la skholé no fue recogida por los romanos, a excepción de Séneca. 8 En el Medievo, el ideal contemplativo se refugia en los monasterios. Tomas de Aquino recoge los tipos de vida aristotélicos otorgándoles una dimen- sión cristiana. 9 La vita contemplativa, teñida del espíritu de la fe y de especula- ción, pasa a ser uno de los ideales de vida de la época; mientras, en cierto aspec- to, el trabajo pasa a ser algo que se hace en los ratos libres. Paralelamente, en el mundo profano, encontramos cantos a la vita solitaria, como el que escribe Pe- trarca en 1346. El ideal del gran lírico italiano "eran —según Trinkhaus— las

6 Cfr. Aristóteles: Política, II, 1269o, y VIII, 1338a; Ética, I. 1095, y X, 1177 ;Étic a nicomaquea X. 11776. La expresión "no-ociosos" significa trabajar pues, com o recuerda

Pieper (1958), la lengua griega carecía de una palabra equivalente al trabajo como actividad

laboral -cotidiana; utilizaba, para designar ésta la expresió n "estar

Más adelante (nota 5 del cap. 6) vuelvo sobre la postura aristotélica acerca de las relaciones entre el ocio y el trabajo. Por otra parte, según Livingstone (1935, 64; citado por Huizinga, 1938, 215) para el hombre libre era ocio todo el tiempo que no estaba reclamando por el oficio público, la guerra o el culto (véase la nota sig.). Sin embargo, no hay que olvidar la matizada opinión de Aranguren (1958, 114) cuando nos explica que "lo que caracteriza externamente al hombre libre es que, a diferencia del esclavo, no está sometido a una ocupación forzada, sino qu e su tiempo , su vida, es libre. Est e tiemp o libre —la raistóne o diagogé aristotélicas—, ¿en qué debe emplearse? No en el juego (paidiá) o en el entrenamiento (anápausis), pues estos pueriles quehaceres no tienen en la vida adulta otro sentido que el descanso. Descanso ¿de qué? De la verdadera ocupación humana que consiste en skholé". Dichos quehaceres, señala de Grazia (1962, 4), puesto que son necesarios, no constituyen fines en sí mismos.

7 En Aristóteles, el hombre ocioso podía y aún debía pensar en los asuntos de la polis, aunque participar en ellos implicaba perder el ocio. Sobre-Epicuro, véase Marcuse, 1938.

8 Séneca se aproxima al concepto aristotélico y epicúreo del ocio. En sus cartas a Luci- lio, invita a éste a liberar su tiempo, robado por los negotia y sustraído por las ocuppationes; vanos deberes de la vida social y profesional, pues el descanso es la condición sine qua non para adquirir la sabiduría, la virtud y la felicidad a través del cultivo del espíritu y de la con- templación desinteresada de la propia alma. Cfr. además de Ve otio y d&De brevitate vitae, las cartas mencionadas: la LXII, sobre el buen uso del tiempo, y la LXVII, sobre el ocio fecundo, entre otras. En esta última epístola escribe que "nunca está el sabio más activo que cuando contempla ante sus ojos las cosas divinas y humanas". Véase la bibliografía de Andrée y de Giangrande indicada en la nota 13.

n o

ociosos " (c¿OK oXLOO.

9 Cfr. Summa

Theologica,

2a-3ae, quaest.

17Va, 1; III Sententia

Distincta,

35 quaest.

a-1; Ethicorum Aristotelis Expositio, I, lect. m. 58-59. Pieper no vacila sobre este punto pues escribe claramente que "la doctrina cristiano occidental de la vita contemplativa está

vinculada a los pensamientos aristotélicos acerca del ocio" (Pieper, 1958,14). Quien señala

de Grazia (1962, 13): "El contemplador es ahora

la diferencia de fondo es, sin embargo,

divino, n o porque contempla —como en Grecia— sino porque busca contemplar a Dios".

4 2

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

vocaciones perpetuas avivadas por vuelos al pasado y a la eternidad por medio del poder de la fantasía anterior". Durante el Renacimiento, la vita activa se opone a la vita contemplativa. 10

Más tarde, con la Ilustración, aquel ideal se racionaliza y adquiere una di- mensión humana, sin llegar a perder por completo la raíz original. La Encyclo- pédie (1751) se refiere al ocio (loisir) como "el tiempo vacío que nuestras obli- gaciones nos dejan y del que podemos disponer de manera agradable y honesta;

si

nuestra educación ha sido adecuada y se nos ha inspirado un vivo deseo hacia

la

virtud, la historia de nuestras actividades libres (loisirs) será la parte de nuestra

vida que más nos honrará después de la muerte, y que recordaremos con el mayor consuelo una vez llegado el momento de tener que abandonar la vida: la parte de las buenas acciones 'realizadas por gusto y con sensibilidad, sólo determinadas por nuestro propio beneficio". 11 Si del Occidente pasamos a Oriente, observamos que el sentido tradicional que allí conserva el ocio es muy parecido al ideal griego; pero está desposeído de todo carácter elitista. El tiempo de ocio es tiempo inactivo, dedicado a la exquisita contemplación de la naturaleza y de la belleza, así como a la medita- ción de sí mismo y de la realidad como vía superadora de la condición humana. 12 Hoy apenas queda ocio contemplativo y, lo que es más significativo, tiende

a confundirse con la especulación y a ser valorado peyorativamente. Lo que es

motivo de honda preocupación para aquellos que suspiran ardientemente por una vuelta a la skholé, como de Grazia, o a la vita contemplativa cristiana en la que no se rinda culto al ocio, sea culto y fiesta, y más propiamente contemplación festiva interior, como Pieper.

ÉL OTIUM ROMANO

En Roma no prosperó, como queda dicho, la visión griega; ésta sólo fue con- tinuada por el estoicismo. Una nueva acepción fue introducida. Se la encuentra principalmente en Cicerón, cuando éste nos habla del otium como tiempo de descanso del cuerpo y recreación del espíritu, necesario para volver a dedicarse —una vez recuperados— al trabajo o al servicio público. Así, para Cicerón, como para Plinio el joven y Marcial, hay que alternar el otium con el nec-otium. El trabaj o —en el comercio , e l ejército , la política , etc.— a pesar de su etimología ,

10 Como es patente en las Disputationes Camaldulenses (1468) de Cristoforo Landino. La recepcdón cristiana y medieval de la skholé ha sido estudiada por de Grazia en 1962, 13-14, de donde tomo la anterior cita así como la referencia a Trinkhaus (1954, 186-87). 1 1 Otro ejemplo es el anónimo Discours sur l'emploi du loisir (1739, 40; tomado de

Cacérés, 1973, 121), en el que se lee: "El ocio sólo es útil si está bien

indicaciones nos revelan con certeza cuando aquel es ventajoso: si hace feliz, si ayuda a co- nocerse a sí mismo, si nos reforma y si nos perfecciona. Pues esos son sus frutos". Según O. F. Bollnow (1958, 96-97), la ilustración valoró el equilibrio entre el esfuerzo y el ocio; incluso llegó a relativizar el trabajo, viéndolo como un medio para un disfrute más alegre de la vida. Entra así en contacto también con la idea romana del ocio.

1 2 Cfr. Larrabee y Meyershon (1958). Una bella muestra del concepto oriental del ocio se encuentra en los encantadores "Ensayos sobre la ociosidad" del japonés Yoshida Kenko, escritos su 1340; pueden encontrarse transcritos en Keene (1955). Y otra muestra, ésta aciun!, la proporciona el filósofo chino contemporáneo Chung-Shu Lo (1969, 169 y sigs.) con ocasión de Ja defensa que hace del derecho de los hombres al goce de la vida.

Cuatro

EL OTIUM

ROMANO

4 3

no tiene, como en Grecia, la aonoXía, una significación negativa. Más bien el ocio consiste en no trabajar, en un tiempo libre de trabajo, que se da después

del trabajo y para volver a éste. 13 El ideal griego ha sido invertido:el ocio pasa a

ser un medio y el trabajo, el fin. Pero ambos, ocio y negocio, foman parte consti- tutiva del hombre completo; sólo es tal el hombre que reúne el otium cum digni- tate. El ocio ciceroniano, que supone siempre el respeto al gobierno y a sus representantes, no es tiempo de ociosidad, sino de descanso y de recreo tanto como de meditación. Ahora bien, esta última sólo integra el otium de la intelectualidad; para el pueblo se redujo al descanso y, sobre todo, a la diversión. El ocio popular no fue una novedad romana. Inicialmente, como ya he dicho, los griegos habían dado este significado a la skholé: sin embargo, no llegaron a teorizar sobre él por

no estimar valioso el tiempo de reposo y de juego, el tiempo de fiesta dirigido a estos fines (AVA NAVAIS, NAISCA). En sus alusiones al tiempo libre popular, en cierto modo común a todos los hombres, Platón se refiere a las fiestas como intervalos de descanso instituidos por los dioses al compadecerse de los hombres, sometidos por naturaleza al sufrimiento, la fatiga y las preocupaciones. Y Aristó- teles afirma, en relación con la música, que los oyentes son de dos especies:

unos, que son libres e ilustrados; y otros, artesanos y groseros mercenarios, que tienen necesidad de juegos y espectáculos para descansar de sus fatigas. En otro lugar, el Estagirita reitera su desdén hacia la diversión, afirmando con intención moralizadora que "cansarse y trabajar para divertirse parece tonto y profunda- mente pueril". 14

de la sociedad romana presenta

unas connotaciones nuevas que responden a un contexto económico y político diferente; en efecto, Roma introduce, por vez primera, el ocio de masas. Desde

los ludi.y

el Estado en los días de fiesta que ocupaban casi la mitad del calendario, el ocio

popular, masivo y anónimo, es despreciado por las élites que lo alientan y utili-

zan como instrumento de dominación. La clase dominante da pañis et circenses, pero como señala Lawrence Giangrande, ls "el ocio es sinónimo, para el gran público, de desocupación y de diversión más o menos impuesta por los cónsules

o los emperadores para dominarlo mejor". Contrapuesto al ocio de los filósofos,

el ocio vivido por la plebe constituye un eficaz medio de despolitización del pueblo, de un pueblo al que se ha reducido, en gran parte, a la condición de espectador. Estamos, pues, ante una institucionalizada estratificación dicotómica del fenómeno: el ocio de la élite social frente al ocio popular. Ambas prácticas de ocio poseen, sin embargo, pese a su distinto signo, un carácter instrumental. El definitivo legado de Roma al patrimonio histórico del

los muñera hasta los mimos y las comedia (atellane), organizados por

Mas, frente al antecedente griego, el otium

1 3 Véase su discurso Pro Sestio, § 96 y sigs. Y en conexión con su concepto del traba-

jo, De Officiis,

De Off . citado, I. § § 29 y 30; y II, § I. El origen y la evolución de la idea del otium

importante monografía de Andrée, 1966. Del ocio en la plebe, en la aristocracia y la élite filosófica se ha ocupado Giangrande, 1974.

X.

entre los romanos h a sido el tema de una

Senectute, § 8. Sobre las diversiones, el ocio y la ociosidad.

I,

§

42,

y De

1 4 Platón,

Leyes,

II.

653

c-d.

Aristóteles, Política,

1342a; Ética

nicomaquea.,

17766. Vide supra la not a 3.

1 5 Giangrande, 1974.48.

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

ocio es contradictorio: un tiempo de libertad que a la par es un medio para negar

la libertad.

A diferencia de la skholé, el otium ha sobrevivido al paso de los siglos. Hoy,

se encuentra especialmente vigente 16 ,

nística ciceroniana; es el ocio de los que entienden o emplean el descanso o la diversión como un simple medio de evasión social o para trabajar más o mejor. Sin ir más lejos y para citar dos ejemplos bien distintos, basta con recordar el "tiempo libre" impuesto por el totalitarismo nacional socialista o, en otro aspecto, mucha de la actual literatura sobre la psicología y la sociología indus- trial que respira en aquel sentido.

aunque desprendido de la dimensión huma-

EL OCIO C0M04DEA L CABALLERESCO

En el comportamiento de los estratos superiores de la época caballeresca y en ciertos aspectos del dolce far niente de la Baja Edad Media y comienzos del Renacimiento, aparece otro sentido del ocio. Junto al ocio popular, que conti- núa siendo básicamente un tiempo de descanso y de fiesta, organizado y contro- lad o po r los podere s de la époc a —en est e caso la Iglesia y el seño r feudal— el ocio caballeresco, al igual que el otium, está constituido por la diversión. Pero, a diferencia de este último, es, sobre todo, una conducta dirigida a formas de exhi- bición social. Y como la skholé, se opone al trabajo (productivo) llegando a ser, en sus formas tardías, un fin en sí mismo. "La última parte de la Edad Media —escribe Huizinga— es uno de esos perio- dos terminales, en que la vida cultural de los altos círculos sociales se ha conver- tido casi íntegramente en un juego de sociedad". Cierto; mas no se trata, natural- mente, de un mero juego social. Bajo su amparo florece una clase ociosa, como la llama Veblen en un análisis de la misma, que no ha sido todavía superado, la cual encuentra su máximo desarrollo en los estadios superiores de la cultura bárbara, concretamente en la Europa y el Japón feudales. 17

El tipo de ocio que surge está inspirado en un espíritu lúdico clasista. Con-

siste en la abstención del trabajo y, a diferencia de Grecia, en la dedicación plena

a actividades libremente elegidas tales como la guerra, la política, el deporte, la

ciencia o la religión. La dedicación a las mismas llega a estimarse honrosa y, en

consecuencia, es una condición previa para disfrutar del decoro social. Así enten- dido, el ocio "no comporta indolencia o quietud; significa pasar el tiempo sin hacer nada productivo: 1. por un sentido de la indignidad del trabajo productivo,

y 2. como demostración de una capacidad pecuniaria que permite una vida de

ociosidad". 18 La vida ociosa pasa a convertirse en un indicar de una elevada posición, y por lo mismo en un medio de conseguir el respeto social anejo a la misma. Apa- rece, en consecuencia, un tiempo improductivo, valioso en tanto que es una prueba convencional pero directa de riqueza y de poder; esto significa que lo

1 6 Cfr. Paul Feldheim, 1967, 197-212, especialmente 205.

1 7 Huizinga, 1924, 36. Veblen, 1899. Según Herskovits (1948, 319 y sigs.) en algunas sociedades primitivas, el ocio social presenta ya un importante carácter exhibitorio.

1 8 Veblen, 1899, 51; véase ibid,

10 y

sigs. y 48.

EL OCIO COMO IDEAL CABALLERESCO

esencial es gastar el tiempo en exhibir el ocio. El ocio es, pues, en este momento histórico, fundamentalmente un ocio ostensible que, por serlo, comprende incluso el ocio vivido en privado porque para poner éste de manifiesto hay que exteriorizarlo. Ahora bien, tal exhibición exige un consumo, un consumo asimismo osten- toso. A tal extremo que incluye no sólo el consumir, sino también el saber con- sumir, porque ese saber es, a su vez, demostrativo de un gasto de tiempo ocioso, del mismo modo que los buenos modales revelan una cantidad de tiempo pasado en adquirirlos. En resumen, lo importante es que el empleo de un tiempo de ocio se va convirtiendo en un signo exterior de nobleza cada vez más contrapuesto al servil

tiempo de trabajo, señal inconfundible de sumisión e indignidad.

una distribución vertical del tiempo social, paralela al sistema establecido de estratificación, en un proceso diferenciador cada vez más acusado y que ilega hasta la gratuidad. El ocio caballeresco que había surgido originalmente como un medio, evo- luciona contradictoriamente: sin dejar de ser tal medio pasa a adquirir un valor en sí mismo. El ocio ostensible es sustituido por una ostentación progresiva- mente consuntiva a través de comportamientos excesivos. Es la aparición y poste- rior invasión del lujo, fuente de placer y mostrativo al límite de una riqueza personal o familiar sobreabundante. Así, se llega al derroche, en auge creciente hasta el siglo xvm. 20 El ocio caballeresco pierde con ello su esencia y degenera hacia contenidos cada vez más formales en los que se basará precisamente una nueva conceptuación del fenómeno: la del ocio como ociosidad. No obstante, entrado el siglo xvm, el carácter ostentoso del ocio caballeres- co procura adaptarse a la fuerte presión de las ideas puritanas. Los hombres de negocios, como nos cuenta Veblen, se ven impulsados a dedicarse al trabajo industrial y el ocio se disfraza de "trabajo": pasa a la esposa y a los sirvientes (clase ociosa vicaria), en forma de actividades "sociales" o domésticas, de entre- tenimientos moderados con apariencia de deber, que muestren que aquéllos no son vagos, sino que están plenamente ocupados en el tiempo aunque en nada lucrativo o que tenga una utilidad importante. 21 El ocio caballeresco llega hasta nuestra sociedad de consumo, obsesionada por los status symbols, fuente artificial de riqueza, de prestigio y de poder. En ese imperio del signo y del consumo, la versión desvirtuada del ocio caballeresco encuentra un óptimo caldo de cultivo, desarrollándose en una extensa variedad

Esto facilita

19

ociosa, en el sentido aquí examinado y como opuesta a la

actividad laboriosa, encuentra su origen en la diferencia entre el trabajo del hombre y el de la mujer. En ambos casos, hay una asociación con la debilidad y la sujeción a un amo. Es, pues, algo que inevitablemente rebaja. Cfr. Veblen, 1899, 30 y 44.

2 0 Sobre el consumo ostentoso ver las observaciones de H, Otto Dahlke en 1964, 130-31. Una interesante exposición sobre la época en conexión con lo aquí tratado se en-

contrará en H. E. Barnes, 1946, 795-861. I-a transformación social de la clase ociosa espa-

ñola en el siglo XV, tomando como

Celestina, ha sido estudiada por J. A. Maravall, 1964. En cuanto al consumo lujoso, cfr. Veblen, 1899, especialmente 81 y 99 y sigs. El desenvolvimiento de este fenómeno, a lo largo del periodo que comprende los siglos XIII al XVIII en Europa, lo analizó W. Sombart en un libro clásico sobre el tema (1912) donde lo relaciona con la formación del capitalismo.

1 9 Paxa Veblen, la actividad

marco de referencia el mundo de la tragicomedia La

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

morfológica estimulada por los intereses comerciales, principalmente a través de ia persuasión publicitaria.

22

EL'OCIO COMO VICIO EN EL PURITANISMO

Los postulados que sobre el valor ético y religioso del trabajo defienden en Europa la ética reformista del calvinismo u, sobre todo a partir del siglo XVH, las rígidas doctrinas del puritanismo inglés, que años más tarde había de pasar y solidificarse en las colonias americanas amén de arraigar en la metrópoli, confie- ren un nuevo sentido al ocio. En extrema reacción a la idea caballeresca, la nueva concepción tachará a la conducta ociosa de grave vicio personal y social. Es el ocio entendido como ociosidad, a la que se tilda de fenómeno antina- tural. Adam Ferguson escribía bien convencido, en la segunda mitad del siglo XVin, que "sería conocer mal la naturaleza humana querer que pusiera término a su trabajo y se entregara al reposo". 23 El ocio pasa a ser entendido como contrapuesto totalmente al trabajo; es el antitrabajo: la inactividad misma. El trabajo es productivo;el ocio, absolutamen- te improductivo. La idea caballeresca del ocio como improducción subsiste, por

lo tanto, pero se la recoje invirtiendo su valoración social 24 Porque —y esto

importante por ser trascendente el ocio es visto como ausencia de esfuerzo, y sin esfuerzo no cabe autoafirmarse como predestinado a la salvación en la eternidad del más allá. En consecuencia, el ocio continúa poseyendo un valor semiótico, al igual que en la fase caballeresca, pero ahora el mensaje que transmite es bien distinto: es una clara señal de condena eterna. Entendido como un no hacer nada, o mejor Un no hacer algo que sea productivo, ya no es uno de los peores vicios del hombre, sino el vicio madre de todos los demás vicios. Al ser sinónimo de sometimiento a la misma vida viciosa, quien cae en él no es libre sino esclavo de sí mismo. Al ocio, negador de la libertad, se opone el trabajo, fuente de ella. En efecto, frente al ocio caballeresco, signo exterior de prestigio y de riqueza y a la postre derroche de ésta, el "antiocio" o trabajo puritano se revela como un signo ante-

es lo

^ 2 2 Véase Galbraith, 1958, 97, y la divulgación de Vanee Packard, 1959, ambos en re- lación con la cultura estadounidense contemporánea. -Con referencia a España, recuerda Robles Piquer (1966, 18) que todavía en extensas legiones "señorío" equivale a ociosidad y "servidumbre" a trabajo.

2

3 Ferguson, 1773; citado por Gómez Arboleya, 1954o, 289.

4 La Edad Media había valorado el trabajo, pero dentro de unos límites precisos de

carácter ónticó, histórico y social (Gómez Arboleya, 1957, 119-125 donde explica el sen- tido de tales límites). Desde William Petty, la ciencia económica consideró fundamental el valor del trabajo, pero sin duda fue Adam Smith con su famosa An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1776), quien más contribuyó al arraigo de aquella concepción moral: al ver e n el trabaj o n o sólo la fuent e de la propiedad —lo que ya había dicho Locke— sino ade- más la fuente de toda riqueza, todo aquel que no trabaja está, y más exactamente es, ocioso; deja de ser socialmente productivo. En cuanto a los antecedentes, éstos son muy numerosos. Recuérdese que la ociosidad fue muy atacada ya en 1a Antigüedad; especialmente intensa fue la crítica de los Padres de la Iglesia, los cuales se basaron en los texto bíblicos: Gen. III, 18-19; Ecless. 33, 28-29, donde se lee que "muchos vicios enseñó la ociosidad"; Ezech.

19; Job 5, 7; etc. (Siglos después no obstante,

XYÍ, 49; Prov. 6, 6-8; ibid.

Erasmo y Rabelais, entre otros, denunciarían la vida ociosa de los monjes de su tiempo.)

2

12, 11; id.

28,

£L OCIO COMO VICIO EN

EL PURITANISMO

rior de salvación. Se sobrevalora el trabajo porque autoafirma y predestina; y si en la teoría el trabajo es símbolo de vida, en la práctica es fuente de riqueza, engendradora de capital. 25 Así, el tiempo de ocio pasa de ser un ideal a condenarse; es tiempo perdido, un tiempo que hay que eliminar socialmente. El protestantismo suprimió el culto a los santos, y con ello también todos los días de fiesta a ellos dedicados, que pasaron de este modo a ser días productivos. El movimiento puritano res- tringió los placeres y las distracciones, y miró con total recelo la práctica, inclu- so de la educación física y los deportes, los cuales sufrieron fuertes limitaciones como ha descrito detalladamente Brailsford 26 con respecto al puritanismo inglés. Esta interpretación del ocio como algo radicalmente negativo se ha manteni- do a partir de entonces. En autores como Mercier, de la Chátre o Tocqueville, se revela el fuerte impacto del puritanismo en la vida europea y americana duran- te los siglos XVIII y XIX. 27 La contraposición saintsimomana entre la clase ' industrial y la de los ociosos, y la misma crítica de Veblen, no son ajenos a ese espíritu. La huella puritana es honda. Arraigó profundamente en la burguesía del industrialismo, defensora a ultranza de la laboriosidad, enemiga de placeres y de distracciones (recuérdese el proverbio de la época "al work and no play"), hasta llegar a constituir una sólida pauta, interna y externa, típica de la clase media nacida en las primicias de la sociedad industrial. Hoy, continúa internaliza-

Esta tradición permanece, siglos después, pero aplicada especialmente a las clases inferiores, , como se traduce en la recomendación que a fines del siglo XIV el fraile franciscano catalán, Francesc Eiximenis, hace en el Dotzé del Crestia de dar a los campesinos un trabajo excesi- vo, para que no tengan tiempo de quejarse y perder el tiempo en juego y pasatiempos inútües (según Webster, 1963, 89). Un siglo después, otro célebre precedente se encuentra en Jerome Savonaiola, aunque todas sus medidas contra los placeres y el juego, las diversio- nes y el lujo no prosperasen, y le condujeran finalmente a morir ahorcado y quemado (Cfr. P. Smith, 1920, 17). En el XVI, Montaigne dedica amplios essais (1580) contra la ociosidad (I, VIII) y la holgazanería (II, XXII). Y el emperador Carlos V recurre a ella para intentar

la obtención de medidas discriminatorias al pedir al Papa, el 24 de diciembre de 1934, que

suprimiese varias fiestas a los negros para evitar los males que en ellos producía la ociosi-

(citado por González R.othvoss, 1968, 225). Y en el XVII, puede leerse en el Orbis Pictus de Comenius (1658): "Acabado el trabajo y cansada, descansa; pero en cuanto des- cansa del todo, para no acostumbrarse a la vagancia vuelve otra vez a las ocupaciones" (citado por Bollnow, 1958, 93). Pero es con el puritanismo cuando la ociosidad adquiere una dimensión plenamente antieconómica y moral: es vicio ante todo por ser improductiva,

y es por ser tal que es indicio claro e indiscutible de la condenación eterna. Sobre el valor del trabajo y del no-trabajo en el marco más amplio del protestantismo alemán, véase la monografía de Klaxa Vontovel (1946). 2 5 Famosa es la tesis de Max Weber sobre el origen calvinista del capitalismo, manteni- da en su trabajo Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus (1904-1905) que ha suscitado un amplio y continuado debate en el que han intervenido, entre otros W. Som- bart (1913) que intenta demostrar el origen de aquel fenómeno en el judaismo; R. H. Taw-

ney (1926) el cual invierte la tesis weberiana; Kautsky (1927-1929) que lo imputa al trabajo

y al ahorro de los artesanos y pequeños comerciantes como único medio de mantener o

mejorar su posición de clase, medio que llevó económicamente al capitalismo y religiosa- mente al calvinismo; B. Grothuysen (1927) y H. M. Robertson (1933) los cuales afirman que el origen se encuentra en el catolicismo y más concretamente en los jesuítas; A. Fan- fani (1934) que nos explica que las condiciones genéticas ya se daban en el catolicismo; Ch. Jonassen (1947 ) quien presenta un caso particular que viene a reforzar la tesis de Weber; etc. La historia de esta controversia, hasta comienzos de los años cuarenta, ha sido estudiada porFischoff, 1944.

,

2 6

Brailsford, 1969. 27 Afínes del XVII, Mercier aquellos años escribe estas líneas:

(1781, II, 38) en su conocida discripción

"Hay, sobre todo, una multitud

del París de

de improductivo?: las

,

4 8

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

da en aquella clase tradicional y reducida, e incluso puede localizarse en ciertos sectores de la nueva clase media dependiente, aunque desprovista, en este caso, de su base moral. Un elocuente ejemplo de esto último es el de los "ejecutivos" que viven por y para la organización empresarial a la que pertenecen, sin perjui- cio de que sus híbridos ocios posean a la vez y contradictoriamente un decadente caballeresco, exhibitorio y consuntivo, de escalada social, que permite calificar- los de los caballeros "ostentosos" del siglo XX". 28

EL OCIO BURGUÉ S COMO TIEMPO SUSTRAÍDO AL TRABAJO

El advenimiento de la Revolución Industrial no supone la disminución de la jornada de trabajo; por el contrario, ésta ve paradójicamente incrementada su duración . Con el paso del camp o o del taller a la fábrica , una nueva fiebre, la- fiebre de la producción azota a los nuevos empresarios capitalistas. Y el tiempo diario de trabajo va aumentando para hombres, mujeres y niños hasta llegar, con suma rapidez, a extremos agotadores, a un punto límite en el que las masas de trabajadores toman conciencia de la brutal situación de exportación a que están sometidas, iniciando un fuerte movimiento reivindicatorio; cohesionadas en amplias organizaciones politicoeconómicas, principalmente de carácter sindical que sobrepasan los ámbitos nacionales. Sus insistentes y progresivas exigencias

se concentran en

dos puntos:

reducción de la insostenible jornada laboral y

numerosas colonias de frailes, los nobles, los procuradores, los escribanos, los guardias, los clérigos, millares de vagos, rentistas, cocheros, mozos de cuadra, postillones y los extranje- ros que vienen en enjambres". Alexis de Tocqueville (1840, 294) cuenta de los Estados Unidos del primer tercio del XIX lo que sigue: "Encontré, a veces, en América, a gentes- ricas, jóvenes, enemigas por temperamento de cualquier esfuerzo penoso, y que se veían forzadas a adoptar una profesión. Su naturaleza y su fortuna les permitían permanecer ocio- sos; la opinión pública se lo prohibía imperiosamente, y había que obedecer". Y a mitad del mismo siglo, leemos en el Dictionahe de Maurice de la ChStre (1857), al tratar la voz "loisir", que "no hay ni debe haber ocio en la existencia humana sabia y honestamente en- tendida. El hombre está condenado, por la propia ley de su felicidad, a un trabajo incesante. No tiene el derecho- de reposar, a no ser en último término. E incluso, en tal caso, debe llenar su existencia, sin jamás abandonarla a los azares de la pereza". 2 8 Acerca de la evolución de las ideas puritanas en relación con el ocio, en los Estados Unidos, véase D. Martindale (1960a, 379 y sigs.) además de F. R. Dulles (1940). Por lo que

se refiere a la pemvencia en nuestros días del tipo puritano de ocio recuerda Dumazedier

(1962a, 347) refiriéndose a Francia, que "antes de 1936, a cada acción reivindicatoría o acto legislativo en favor de las horas de trabajo, los moralistas conservadores proclamaban la deca- dencia segura de las costumbres públicas; en su visión del mundo, el ocio equivalía a la

ociosidad". Esto no es referible sólo a los franceses ni limitable a aquella fecha, en plena década de los años cincuenta Margaret Mead (1957, 211 y sigs.) señalaba que dentro de la

tradición cultural norteamericana, el ocio es algo que debe ganarse una y otra vez por medio del trabajo y de las buenas obras. El ocio inmerecido no se considera una virtud, sino un vicio en el que primero llega el placer y después el dolor. El hombre debe trabajar, cansarse

y tener un poco de recreation para poder trabajar de nuevo. Se considera inmerecido y

perdido el tiempo que sobrepasa lo necesario para descansar y volver al trabajo. Pocos años antes, Clement Greenberg (1953) se había expresado en el mismo sentido que M. Mead acerca de la persistencia en los Estados Unidos de la concepción puritana del ocio; concep- ción que como vemos ha perdido ya su rigor original conectándose con el otium opinion en contra, en relación con la sexualidad, ha sostenido Foote (1954). Ambas posiciones responden a las contradicciones de la realidad norteamericana contemporánea. El caso de los ejecutivos, arriba aludido, ha sido objeto de un jugoso análisis por W.

H. Whyte Jr. en un libro de expresivo título: The Organization

Man (1956).

ELOCi O BURGUÉ S

4 9

aumento de los salarios. Ello origina un proceso, lento pero constante, de dismi- nución de las horas de trabajo a través de medidas legislativas, por las que los gobiernos establecen límites máximos más formales que reales, a la jornada de producción. 29 Así, poco a poco, en pequeñas y contadas dosis, surge un tiempo nuevo sustraído al tiempo de trabajo o, como ha dicho Anderson, un tiempo "no ven- dido al trabajo". Es un tiempo excedente (spare timé) que la ideología liberal no sujetará a norma alguna, dejándolo a la libre disposición individual (disposa- ble time).

aporta, de este modo, una manifestación inédita del

ocio. 30 Las anteriores acepciones presentan la característica común de dotar el ocio de un sentido determinado, positivo o negativo. En Grecia y en Roma, como entre los caballeros ostentosos y entre los puritanos antiociosos, la acti- vidad ociosa está socialmente revestida de un significado claro y específico que no determina pero sí condiciona el empleo del tiempo dedicado a ella. La sustantividad y la valoración del ocio reside en el modo de empleo del tiempo. Lo esencial en cada caso es más el uso social que se hace de la temporalidad, que el hecho de disponer libremente de un tiempo. No ocurre así con el ocio moderno. Ahora se sustrae tiempo al trabajo habi- tual y cotidiano, no porque se valore el contenido concreto de dicho tiempo, sino porque se ha desvalorado el trabajo. En consecuencia, lo que importa es el no-trabajo; no directamente, el ocio. El valor esencial pasa a residir menos en

La modernización

2 9 Una fecha significativa es el año 1948, en el que la Asamblea de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esta Declaración proclama, en el art. 24 entre otros derechos, "el derecho al disfrute del tiempo libre". Sin embargo, aparte de su mero carácter programático, tal derecho no llega a constituir un auténtico y pleno derecho al tiempo libre como he demostrado en otro lugar (19746).

30 El sentido moderno del ocio como tiempo disponible, sustraído al trabajo, cuenta

con un curioso precedente en la literatura de los siglos XVI y XVII relativa a la construcción imaginaria de ciudades ideales. (Sobre dicha literatura véase Servier, 1967; Berneri, 1962;

(1516 ) del canciller de Enrique VIII, sir Tilomas More, y en

Mumford, 1922). En la Utopía

la Citta del Solé (1602) de fray Tommaso Campanella, los autores imaginan una sociedadi ideal en la que no hay esclavos ni "clases ociosas": todo el mundo trabaja. Es suficiente con

que cada persona trabaje pocas horas fs.-h al día en las 54 ciudades de Utopía, ibid., 77;.y casi cuatro en la Ciúdad del Sol: ibid., 59). De este modo, el iesto del tiempo podría ser dedicado por cada uno a lo que más le gustase; por ejemplo, como propone Campanella, pasear por el bosque, tirar el dardo o disparar el arcabuz. Sobre el tiempo libre en Utopía, véase Spaventa de Novellis, 1971.

Otro precedente, de carácter distinto, se encuentra en el siglo XVIII, en el Projet

d'une

dixme royale del mariscal Vauban, proyecto en el que su autor proponía reformar honda- mente la vida social para conseguir 180 días de trabajo y otros tantos días de no trabajo al año. Dicho proyecto, escrito en 1698, no pudo ser publicado hasta 1707 por haber sido inmediatamentejprohibido por el Consejo privado del rey. Precursores modernos fueron los socialistas utópicos, entre los que sobresalen Saint- Simon y sobre todo, por lo que respecta a nuestro tema,_ Owen y Fourier. Para no exten- derme excesivamente me limitaré a recordar que el inglés Robert Owen, el cual intentó llevar a la práctica sus ideas de reforma social en una gran fábrica de hilados situada en New Lanarck y más tarde en unas comunidades bautizadas con los nombres de "New Harmony" (Estados Unidos, 1825-1829) y "Harmony-Hall" (Inglaterra, 1839-1845), ya introdujo en aquella población inglesa como medida básica, auténticamente revolucionaria en aquel tiem- po, la reducción del tiempo de trabajo a diez horas diarias (cfr. Morton, 1962, 23). En cuan- to al francés Charles Fourier, propuso otro sistema comunitario basado en unas comunida- des llamadas "falansterios" en los que el trabajo tan sólo ocupaba desde los 18 a los 28 años. Sus intentos de llevar a la práctica esa idea no conocieron mejor fortuna que los de Owen. (Sobre Fourier ver Naville, 1957, 490 y sigs.). Es muy considerable la influencia de Fourier

5 0

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

los aspectos cualitativos del ocio, referentes al contenido del fenómeno, que en

los

Vivido como mero tiempo de no trabajo, el ocio se da como un tiempo "en blanco". Es decir, en principio, del todo y para todo disponible por todos. Aparece, así, un tiempo de ocio masivo que tiende a distribuirse de un modo horizontal: es el ocio burgués. Más ha de aclararse que ese nuevo ocio es burgués no porque sea exclusivo y propio de los burgueses, que no lo es, sino porque éstos son quienes lo inspi- ran y lo controlan. El comportamiento pautado durante el tiempo sustraído al trabajo no es realmente libre ni resulta socialmente indiferente. Está supedita- do por las condiciones del trabajo, siendo un fugaz respiro del mismo, y además pronto llega a constituir una fuente potencial de consumo que los dirigentes capitalistas van rápidamente a utilizar de acuerdo con sus particulares intereses económicos. Es la conversión del tiempo sustraído en un tiempo de consumo.

Por otra parte, el ocio burgués, en lo que se deriva del sistema industrial de vida,

no es exclusivo de los países capitalistas. • El tipo burgués del ocio moderno y su posterior evolución plantea una grave problemática que hoy nos afecta; pero no podemos entrar en ella sin antes volver sobre la cuestión, enunciada en el capítulo anterior, del ocio en relación con el tiempo libre.

cuantitativos relativos al tiempo. 31

OCIO, TIEMPO LIBRE E HISTORIA

Las diferentes respuestas históricas a la pregunta de qué es él ocio, integran un proceso en el que cada tipo sobrevive, desnaturalizado, a su contexto confígu- rador. El carácter acumulativo de tal proceso explica, en parte, la vaguedad conceptual con que el ocio es aprehendido. Los tipos históricos de ocio revelan un significado global del fenómeno internamente contradictorio: el ocio es y no es, a la vez, todo ello. 32 Por otra parte, con el tipo moderno de ocio, que destaca el factor temporal,

se plantea el problema, latente hasta entonces, de las relaciones entre el ocio y el tiempo libre. ¿El ocio moderno, tiempo sustraído al trabajo, es tiempo libre? Ciertamente, la literatura contemporánea no es ajena a esta cuestión como

lo muestra el hecho de que mientras hay autores que tratan como sinónimos

ambos términos, otros procuran distinguirlos hasta extremos de gran sutilidad.

Y aunque aparentemente se trata de una pura cuestión terminológica, ésta es una

cuestión central. Para demostrarlo nada mejor que exponer las interpretaciones

en el pensamiento marxista, probablemente más de lo que se reconoce. Sus huellas, que se detectan sin dificultad en las previsiones y proyectos de los clásicos, llegan de un modo explícito hasta los autores actuales; cfr. las notas 8 y 13 del cap. 2.

3 1 En una conocida encuesta realizada por Dumazedier, en 1950, sobre 819 obreros y empleados en una región norteña de Francia, se reveló que la mayoría sentía el ocio como un tiempo, más de la cuarta parte como una actividad y ninguno como un estado (Dumaze- dier, 1954, 54-4).

3 2 Los autores denuncian la falta de universalidad y el carácter confuso y contradicto- rio del concepto de ocio, lo que supone una seria dificultad que atormenta —dicen— a la sociología teórica y empírica por ser fuente de constantes falacias. Véase Clawson, 1964, 1; Jarme, 1967, 14; Lanfant, 1972, 11 y 205;Fourastíé, 1973, 9; etc.

OCIO, TIEMPO

LIBRE E HISTORIA

51

diametralmente opuestas que sobre el ocio y el tiempo libre sostienen Sebastián de Grazia y Herbert Marcuse. El primero de ellos declara explícitamente que uno de sus principales obje- tivos al escribir Of Time, Work and Leisure es deshacer la confusión existente entre aquellas dos ideas. El tiempo libre, dice de Grazia, es tiempo fuera del empleo, tiempo desocupado; es liberación del trabajo y por lo tanto opuesto

a éste; es tiempo no productivo. En cambio, el ocio no está afectado por el

trabajo; es cualitativo: una condición del hombre y un ideal no totalmente reali-

zable, que pocos desean y menos alcanza. En cambio el tiempo libre, aunque retiene el elemento subjetivo de la libertad, es más bien cuantitativo: como el trabajo, es medido en unidades de tiempo; es una manera de calcular una clase de tiempo. En cuanto a la expresión "tiempo de ocio" es contradictoria, porque

el ocio no está en relación adjetivada con el tiempo. Ambas ideas no responden,

pues, a lo mismo: todo el mundo puede tener tiempo libre, mas no todos pueden tener ocio. Y desgraciadamente, según de Grazia, hoy, con el crecimiento tecno- lógico y la avalancha del trabajo, el ocio se ha transformado en tiempo libre, 33 Marcuse, con base en el análisis de la situación actual del hombre en la socie- dad industrial avanzada, afirma, por el contrario, que hoy en día la gente tiene ocio pero no dispone de tiempo libre. El Estado regido por una economía del bienestar, a pesar de toda su racionalidad, en un Estado sin libertad, un Estado que restringe de manera sistemática el tiempo libre técnicamente disponible. Existe ocio, pero el tiempo dedicado al mismo no es libre porque está adminis- trado por los negocios y por la política. Una de las alternativas históricas que se plantea y es exigible en nuestros días es precisamente la de que el tiempo de ocio sea un tiempo libre. 34 No pueden ser más claras las diferencias entre ambos autores. Para de Grazia, hay tiempo libre y falta ocio; un ocio que es concebido, al modo griego, como un estado atemporal, inaccesible y subjetivo de libertad individual. Para Marcuse, hay ocio y falta tiempo libre es decir, falta un tiempo de libertad. Frente a la interpretación idealista y aristocrática del primero, que escamotea la evolución histórica y social, 35 se interesa Marcuse por la realidad objetiva. Y es a partir de esta realidad que el autor germano defiende un tiempo de libertad sin el cual esta última carece de todo valor. La discusión entre de Grazia y Marcuse es paradigmática; expresa las diver- gencias existentes entre las concepciones burguesas y marxista. Y es un buen ejemplo del carácter fuertemente polémico que tienen los conceptos del ocio 36

3 3 Véase de Grazia, 1962, XVIII-XIX, 47,49 , 217-18, 290, 308, 361, 387 y 389.

3 4 Marcuxse, 1964, 70-71 y 269. Para Lanfant (1972, 208), la cuestión fundamental de la sociología del ocio está en la transformación del tiempo libre en ocio, cuestión —ana-

de— derivada ella mism a de la ideología .

3 5 Ciertamente, de Grazia concede a la historia un lugar importante en su libro, pero

esta hisotiia es única y exclusivamente la historia de la skholé. En cuanto a su actitud aris-

tocratizante, el propio autor citado no

gloriarse de ella: véase 1962, 318-319, 328, 334 y 343. 3 6 Cfr. Dumazedier, 1974, 9-10. Aunque con evidente exageración, ha llegado a

escribirse que "no hay objeto más polémico que el ocio ; ni disciplina más contestada que la

sociología del ocio" (Lanfant, 1972, 5).

La recopilación de trabajos dispares de distintos

autores sobre los problemas del ocio y del tiempo libre a cargo de Larrabee y Meyersohn

(1958), es un buen ejemplo del carácter fuertemente polémico de esta materia.

la reconoce, sino que además parece vana-

sólo

5 2

LAS RESPUESTAS DE

LA HISTORIA

y de tiempo libre, carácter que se debe en gran medida a la carga ideológica que

Tino y otro concepto sobrellevan. Las concepciones históricas, que contribuyen

a tal carga, tampoco son ajenas a la misma. Y se ha visto la multiplicidad de

connotaciones que colorean los distintos tipos de ocio. Todo ello confirma que

el tema que nos ocupa anda ligado a fondo con las ideas morales y políticas do-

minantes en,-cada época, así como con los intereses económicos de los estratos

sociales en hegemonía.

Sin embargo, la misma evolución histórica del ocio presenta unas constantes categoriales que señalan la relación existente entre él y el tiempo libre, más allá de cualquier tipo concreto. En efecto, tras los diferentes tipos se encuentra siempre, en primer lugar, un gasto o una inversión de tiempo, y en segundo lugar, una libre disposición del mismo. En el bien entendido que tales constantes no impiden que en la práctica ese tiempo sea mucho o poco, y de todos o de unos cuantos, y que esa libertad sea más o menos efectiva. Pues cada tipo histórico de ocio se peculiariza por cómo interpreta y combina fácticamente esos elementos. Lo que quiero señalar es, de un lado, que la temporalidad y la libertad apare- cen como los ingredientes constitutivos del ocio. Éste, es una acepción que com- prende todo el campo potencial de la realidad, viene a confundirse con el tiempo libre. Mas de otro lado, en la práctica uno y otro no sólo se diferencian, sino que incluso pueden llegar a ser contradictorios entre sí, ya que un tipo dado de ocio

es factible que no constituya un tiempo de libertad. El ocio denota directamente,

entonces, un contenido fáctico e histórico, referido a la libertad. Este contenido viene dado para unos por la situación vivida por el sujeto, y para otros por las actividades realiza'daS'durante aquel tiempo. Es decir, que en esta aceptación restringida el ocio significa una práctica individual y social referida: real o poten- cialmente a la libertad, durante un tiempo personal y en un momento histórico dado. Se deduce de lo expuesto que caben dos acepciones generales del ocio: a)

como un fenómeno distinto al tiempo libre, en cuyo caso este último se refiere

a la conjunción de la temporalidad y la libertad, y aquél a cómo se realiza o no

tal conjunción en la práctica

La existencia de ambas acepciones es indicadora del problema del ocio, un

problema que está contenido implícitamente en la acepción restringida del ocio

y del que es expresión la oposición terminológica existente entre las tendencias

burguesa y marxista; la cual se mueve dentro del doble campo semántico derivado de la primera acepción de aquél. Los autores burgueses que defienden la acepción amplia de ocio, como sinó- > nimo del tiempo libre, no hacen sino ocultarse y ocultar toda la problemática encerrada en aquella primera acepción. Porque suponer ésta significa que teórica

y prácticamente toda aquella problemática está ya superada; el ocio es ya tiempo

libre. Sin embargo, los análisis del ocio moderno provenientes del campo marxista cuando critica el "tiempo libre" del industrialismo capitalista, o simplemente del industrialismo, así como algunos análisis del ocio actual llevados a cabo por el sector burgués, dan pie a pensar que no sólo el ocio y el tiempo libre no son dos

histórica; y b) el ocio como tiempo libre, 37

3 7 Erich Weber (1963,, 7-8) registra también, con ejemplos, estas dos acepciones gene- rales del término en cuestión. Pero sólo recoge, en la acepción restringida, su aspecto sub- . jetivo: ocio como actitud de contemplación.

OCIO, TIEMPO LIBRE

E HISTORIA

5 3 .

conceptos idénticos, sino que incluso se dan en franca oposición. Si esto es o no así, lo veremos en su momento oportuno. Antes, es preciso aclarar la segunda acepción del ocio, es decir qué es, qué se quiere decir en propiedad cuando se habla del ocio como tiempo libre. Estamos, así, frente a una investigación de las relaciones entre el ocio y el tiempo libre que conlleva esclarecer qué es' conceptual y fácticamente ese tiempo. Tal investigación exige dos cosas: en cuanto al tiempo libre no analizar este fenó- meno partiéndolo en dos, como hace por ejemplo Erich Weber 38 cuando examina para ello el significado separado de los términos "tiempo" y "libre". Y en cuanto al ocio, referirla a lo que fenomenológicamente le es esencial. Explicaré esto último. Esta investigación requiere, sin prescindir de las condiciones históricas del hombre, no basarse en la historia. A nivel conceptual, porque el carácter radical del análisis que pretendo llevar a cabo exige un fundamento suprahistórico que únicamente puede encontrarse en aquellas dos categorías. Y a nivel fáctico, por- que el tiempo libre se ha manifestado de un modo parcial en las respuestas de una historia que únicamente lo ha sido de los productos elaborados por las élites; puesto que éstas al establecer un tipo de ocio cuya función latente es de control social, se apropian de una práctica del tiempo libre no para seguirla, sino para imponerla a la masa anulando de esta forma el tiempo libre del pueblo. Así, el ocio popular presenta históricamente una constante, su contradicción con los ocios elitistas que le confiere un carácter suprahistórico. Paradójicamente, parece no ocurrir tal cosa en el moderno ocio de masas. Por vez primera, parece como si ambas formas de vida en el ocio coincidieran en el tiempo sustraído al trabajo. El verdadero significado de tal fenómeno se verá al analizar el ocio moderno en su práctica burguesa. Había, pues, que acudir a la historia. Pero para conocerla, para conocer los tipos "heroicos" que revelan la historia carlyliana del ocio,y acto seguido negarla. Sólo así. se puede asumir su patrimonio e, históricamente, superarlo.

3 8

Erich Weber, 1963, 3 y sigs.

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AI investigar qué es el tiempo libre no hay que olvidar, en ningún momento, la unidad del fenómeno. Esto implica que el análisis de sus elementos constitu- tivos ha de llevarse a cabo sin perder la conjunción existente entre ellos. Esto es, se trata de realizar un análisis radical de la temporalidad y la libertad, en cuanto categorías constitutivas conjuntamente del fenómeno. Este es el único camino posible para llegar a la definición del ocio como tiempo libre, y a la par, aclarar cómo a través del ocio se llega hasta el tiempo libre, y en último término cómo y por qué el ocio puede no darse como tal tiempo libre. El método de trabajo que voy a seguir, para dicho análisis radical, es el siguiente. Analizaré primeramente, en dos capítulos, el ocio como tiempo libre en su consideración temporal. Con ello, daré contestación a la pregunta de qué es el tiempo libre. En un segundo análisis, que nos llevará asimismo otro par de capítulos, lo estudiaré como un fenómeno de la libertad; o sea, indagaré qué es el tiempo libre. Finalmente, en dos capítulos más, intentaré dar cabal respuesta a qué es, en la práctica de los sistemas de la personalidad y societales, el ocio como tiempo libre. El análisis empieza, por tanto, con la temporalidad del ocio como tiempo libre, es decir, analizando esa parte, llamada libre, del tiempo social. Y la cues- tión a formularnos, de entrada, es la de si todo el mundo se refiere o no a lo mis- mo cuando habla del tiempo libre.

CINCO "TIEMPOS LIBRES"

Las innumerables definiciones que se han propuesto del ocio o tiempo libre mantienen posturas muy diversas sobre el aspecto temporal del mismo. A gran- des rasgos, cabe distinguirlas en los siguientes grupos:

a) Tiempo libre es el que queda después del trabajo: autores muy distintos entre sí, conciben de este modo el tiempo libre o de ocio, desde el frankfurtiano Sternheim hasta los burgueses So ule y Anderson. El diccionario social de la secta

U N A PARTE, LLAMADA

LIBRE,

DEL TIEMPO SOCIAL

evangélica alemana recoge también ese punto de vista; por supuesto que no hay unanimidad entre ellos acerca de qué cosa es el trabajo. Lo único claro es que el trabajo no recibe una acepción comprensiva de toda actividad humana en lo que tiene de esfuerzo, sino que su significado se limita a las actividades productivas de carácter material e incluso intelectual; a las remuneradas o lucrativas, a las asalariadas o dependientes, a las que reúnen dos de estos caracteres, o a las que reúnen los tres a la vez. En cualquier caso, se presupone que el trabajo y el ocio se oponen en el tiempo. No faltan autores que aún sin basar su definición en el aspecto temporal señalado, aceptan esta oposición. Es el caso de Kaplan, el cual al explicar los elementos esenciales del ocio cita en primer lugar el de ser una antítesis del trabajo, 1

b) Tiempo libre es el que queda libre de las necesidades y las obligaciones

.cotidianas: este es el enfoque en el que se centran las concepciones de Lundberg

y Komarovski, Neuiheyer, y en parte Dumazedier y E. Weber; lo toma también

en cuenta Anderson, así como de Grazia. Es una tendencia que duda cuando

se propone concretar el alcance o los límites prácticos de la definición. Por ejem-

plo, entre los que intentan especificar las necesidades u obligaciones que deben ser excluidas del ocio, Loeffler opina que el tiempo libre es el no dedicado a trabajar ni a dormir, Giddens excluye además los desplazamientos hogar-trabajo, en camino, R.C. White dice que hay que exceptuar el comer, etc. 2 cj Tiempo libre es el que queda libre de las necesidades y obligaciones coti- dianas y se emplea en lo que uno quiere. Es la posición, entre otros, de Miller y Robinson, y parece ser la preferida por los no especialistas en la materia. Le si- guen, por ejemplo, el psicólogo N. Sillamy y el socioeconomista Th. Suavet 3 .

Es una tendencia ecléctica que quiere enlazar al grupo anterior con el que le sigue. dj Todos los grupos descritos operan por sustracción. Probablemente para superar este carácter residual, entre otras razones, otro grupo se apoya sólo en

la segunda parte de la última definición sintetizada: el tiempo libre es el que se

emplea en lo que uno quiere. Es la concepción más característica de la tendencia burguesa; y al decir de Stanley Parker, esto es lo que significa el ocio para la ma- yoría de la gente. 4

e) Un último grupo, reacciona en contra de esta postura tratando de objeti-

var la cuestión, al centrarla en la naturaleza teleológica o axiológica de la activi- dad realizada. En este caso, el tiempo libre es definido como la parte del tiempo .(fuera del trabajo, aclaran algunos) destinada al desarrollo físico e intelectual del hombre en cuanto fin en sí mismo. Así opinan Prudenski, y Richta y su equipo; tiende a ella también Kaplan cuando señala que el ocio es un nuevo sistema de valores, aunque al referir este sistema al Welfare State se sitúa en el polo opuesto ;al de aquellos dos autores marxistas. Es localizable esta postur a asimismo en E. Weber; y aunque sólo con reservas podría incluirse aquí la definición que del

170; y 1970. Anderson, 1961, 1; y 1963, 263.

El diccionario aludido es el de Heyde, 1954, 364. Kaplan, 1960, 22.

2 Lundberg y Komarovski, 1934. Neumeyer, 1944. Anderson, 1960, 459. De Grazia, 1963. Loefñer, 1959, 16. Giddens, 1964. R. C. White, 1955.

1 Sternheim, 1932, 336. Soule, 1955,

3 Miller y Robinson, 1963, 11. Sillamy, 1969, 224. Suavet, 1961, 113.

4 Stanley Parker, 1971, 3.

LA OPOSICIÓN

ENTRE

EL OCIO Y

EL TRABAJ O

5 7

loisir da Dumazedier, su más reciente posición permite situarlo dentro de esta tendencia. 3 Es un grupo muy heterogéneo. El panorama no puede ser más confuso: cinco "tiempos libres" extrema- damente diferentes, con autores que cabalgan a la vez sobre varios de ellos. 6 ¿No refleja tal situación un gran desconocimiento acerca de la naturaleza del fenómeno en cuestión? ¿No evidencia este desconcierto las dificultades que presenta la aprehensión del aspecto temporal del ocio? Los dos primeros grupos, y el tercero en lo que tiene de común con ellos, se refieren directamente a la temporalidad del ocio; los restantes, a la libertad. De acuerdo con el plan arriba indicado, me ocuparé, acto seguido, de la problemá- tica que se deriva de aquellas posturas que ponen énfasis en el aspecto temporal del ocio, considerándolo una parte, la llamada libre, del tiempo social.

LA OPOSICIÓN

ENTRE ELTIEMPO DE OCIO

Y EL TIEMPO DE TRABAJ O

Stanley R. Parker ha dividido las teorías sobre las relaciones entre el trabajo y el ocio en dos grandes tendencias. De una parte está el segmentalismo, para

el que el ocio guarda una independencia relativa, en términos de contraste o de

separación, con respecto al trabajo. Según los segmentalistas, —entre los que Parker cita a R. Dubin, G. Friedmann, J. Ellul y D. Riesman— la diferenciación en-

tre el trabajo y el ocio es un rasgo característico y deseable de la sociedad industrial;

por lo que defienden una política social de efectos inmediatos y carácter refor- mista a base de tratar con relativo aislamiento los problemas de uno y otro fenó- menos. De otra parte, se encuentra el holismo, el cual considera artificial esta división y afirma que hay una relación de identidad e interdependencia relativa

entre ambos tipos de actividad humana (aunque quizá sea más exacto hablar de una dependencia relativa del ocio en relación con el trabajo). Los holistas —y aquí cita el sociólogo inglés a F. Friedlander, Ben Seligman y K. Keniston— defienden una política social de integración del trabajo y del ocio, efectiva a

largo plazo y de

carácter, según Parker, revolucionario. 7

5 Prudenski, 1966. Richta y colaboradores 1966, 104. Kaplan, 1960. E. Weber, 1963, 251. Dumazedier, 1974, 108;localizable ya en su obra anterior, por ejemplo en Dumazedier y Ripert, 1966, 43.

6 Erich Weber (1963, 10) subraya la existencia de varias líneas de transición concep- tual en las diversas definiciones del tiempo libre; líneas que van desde una acepción muy amplia calificada por él como tiempo libre "bruto", hasta los usos más restringidos a los que califica de tiempos libres "netos". Por supuesto que además del criterio clasificatorio arriba propuesto caben otros mu- chos; por ejemplo, Parker distingue (1971, 20 y sigs.) tres clases de definiciones del ocio; las que lo consideran como un tiempo residual, las que lo centran cualitativamente en la activi- dad, y las que combinan ambas cosas. J. F. Murphy (1973, 188-191), en cambio, distingue seis conceptos de ocio, según se le considere: una condición del alma o del ser, una parte del tiempo, un estilo de vida, un estado psíquico, un tipo de actividad o una construcción conceptual (construct). Y el último, Dumazedier (1974), propone otra clasificación en cuatro tipos que recojo en la nota 10 del cap. 6. Obvio es decir que en todos los casos el fenómeno no deja de tener, objetivamente considerado, una dimensión temporal. Las diferentes definiciones que hasta 1958 ha ofrecido la sociología norteamericana, han sido estudiadas comparativamente por Aliñe Ripert (1960, citado por Dumazedier, 1962¿>, 26).

7 Stanley Parker, 1971, 99 y sigs.

5 8

U N A

PARTE, LLAMADA LIBRE, DEL TIEMPO SOCIAL

El planteamiento de Parker, basado en el criterio de que hay o no compa-

tibilidad de dos tipos de actividad básicos, es interesante porque confirma que estamos ante una cuestión en la que reina la divergencia. Pero para los efectos que aquí me propongo no es útil, pues no se basa en el aspecto temporal del fenómeno. En principio y desde el punto de vista del tiempo, hay que reconocer que ocio y trabajo aparecen como dos polos opuestos, y así ha podido verse a través de los diferentes tipos históricos: cuando se trabaja no se está ocioso y viceversa. Pero ¿es esa polaridad una necesaria constante histórica, inherente a la realidad social y personal, o es más bien producto ya de una particular concepción teó-

de tal forma

que para tener este último hay que negarle tiempo a aquél? Quede claro que ahora no planteo una cuestión práctica, sino teórica, o si se quiere decir de otro modo, que no se trata de ver si aquella oposición respon- de a algún tipo concreto de ocio, sino si tiene un carácter contingente o necesa- rio atendiendo a lo que el tiempo, el trabajo y el ocio representan para los hom- bres'. Y desde esta perspectiva suprahistórica no faltan, en verdad, argumentos en pro de la oposición entre el tiempo de trabajo y el de ocio. Las consideracio- nes que pueden alegarse proceden de los más diversos campos: el doctor Zbinden, con base en la psicología y la fisiología, señala que el ritmo vital humano puede

resumirse en dos situaciones clave: el ansia de trabajo y el ansia de diversión, añadiendo que entre ambas se abre el abismo de la vaciedad y del tedio, o bien —sólo en muy contadas ocasiones— la conciencia de un descontento sin solución. Jennings descubrió en sus investigaciones sociométricas que las preferencias interpersonales en las situaciones lúdicas son diferentes de las del trabajo. Ciam- pí, basándose én la naturaleza de las cosas, afirma que tiempo de trabajo y tiem- po libre son como lo blanco y lo negro, el día y la noche; términos irreversibles de una realidad que responde a las exigencias naturales de los individuos y de la colectividad organizada. En fin, filosóficamente, basta con recordar el pensa- miento de Eugeni d'Ors con su concepción del "hombre que trabaja y que juega".

rica, ya de una específica

situación práctica del trabajo 8 y del ocio,

9

A pesar de tales consideraciones, la oposición entre el trabajo y el ocio no

se ajusta a la naturaleza de la realidad, sino a una determinada interpretación de ésta. Porque supone la existencia de una prioridad del trabajo sobre el ocio basada en la consideración de que el tiempo de trabajo es el único tiempo pro-

ductivo o lucrativo posible (por ejemplo van Borch 10 quien asocia el ocio a cualquier tarea no remunerada). En consecuencia, el tiempo de ocio es visto como un tiempo económicamente negativo, lo cual origina la oposición. Este modo de considerar la actividad del hombre, típico especialmente de las inter- pretaciones más elitistas, pero localizable incluso en Dumazedier, 11 entraña

8 Acerca de la evolución histórica del trabajo, sin perder de vista el no trabajo, véase la apretada síntesis de Alonso Olea en 1963, 41-108. No es frecuente entre los historiadores del derecho del trabajo tomar en consideración el tiempo de ocio.

Este último

desarrolló el tema arriba indicado bastantes años después, en conexión con sus ideas filo- sóficas e liistórico-culturales, respectivamente, en 1947, 340 y sigs.; y 1964, 310 y sigs.

9 Zbinden,

1964a,

727; Jennins,

1954; Ciampi, 1965,

9; D'Ors,

1914.

10 Van Borch, 1964, 119.

11 Cfr. Dumazedier,

1957,

75; 1962a,

353, etc. Para las relaciones entre el trabajo y

el ocio en este autor acúdase especialmente a 1962b, 28 y sigs; y 1974, 135 y sigs.

LA OPOSICIÓN

ENTRE

EL OCIO Y

EL TRABAJ O

la

creencia de que si se realiza una actividad económica, ya no es posible que

el

tiempo dedicado a la misma sea un tiempo de ocio. Más profunda es la razón de carácter antropológico, según la cual aquella

dicotomía representa aceptar la existencia de una escisión natural de.la persona entré un hombre de trabajo {homo faber) y un hombre de ocio o de tiempo libre (homo ludens), o como más de uno ha dicho "una especie de esquizofrenia

del pensar y el obrar humanos" 12 Otros alegatos

como los derivados de los datos aportados por las investigaciones antropológico- culturales sobre las culturas primitivas, en las que aquella oposición parece care-

cer de todo significado. La objeción más fundamental, en el aspecto que ahora interesa resaltar, es que la oposición entre el trabajo y el ocio supone una reducción dicotomizante del tiempo social que falsea la realidad, pues éste se da fácticamente de un modo mucho más complejo de lo que pretende tan elemental alternativa. Algu- nos autores, entre los que se cuenta Prudenski y France Govaerts, por citar a dos representantes de diferente tendencia, advierten esta complejidad cuando en sus respectivas teorías el ocio se limita a constituir sólo una porción de la totalidad del tiempo disponible después del trabajo. 13 Pero la dicotomía en cuestión no queda superada, puesto que subsiste bajo la forma de "trabajo- después del trabajo". Lo mismo cabe decir de aquéllos que como Friedmann o

Naville prefieren referirse a un "tiempo de no trabajo" en vez de al tiempo libre

o de ocio, lo cual ha dado pie a que haya llegado a pedirse no una sociología

No es casualidad que

del ocio, sino una "sociología del no trabajo" (Cheek).

tales posturas suelan estar defendidas por los científicos del trabajo. Frente a

importantes podrían hacerse,

14

ellos, los sociólogos y psicólogos del tiempo libre podríamos proponer deno- minar al tiempo de trabajo "tiempo no libre" y a la sociología del trabajo "so- ciología del no-ocio", que es lo que al fin y al cabo hubieran hecho los griegos y

lo que hicieron terminológicamente los romanos.

En cualquier caso, la oposición trabajo-ocio conduce explícita o implícita- mente a conceptualizar el tiempo de ocio como un tiempo negativo y residual, simple lapso en la productividad. Es decir, queda concebido por exclusión, lo

que se traduce en amplias definiciones per negatio. 15 La complejidad del tiempo social no es aprehensible desde aquella alterna-

tiva. Se descubre cuando uno se pregunta si el tiempo de ocio excluye únicamen-

te el trabajo no voluntario, y no por lo tanto el trabajo como una actividad orien-

tada a un fin (como afirman E. Weber, S. Parker y en general los autores de la tendencia marxista) ni menos, claro es, el trabajo como actividad creadora. 16

El autor más representativo de la línea elitista es probablemente de Grazia (cfr. 1962, XVIII). Un precedente —entre nosotros— de esta línea puede encontrarse en Ortega y Gasset, 1933, 334.

12 E. Weber, 1963, 165. En el mismo sentido ya se había expresado Zweig, 1952, 97.

13 Prudenski, 1966. F. Govaerts, 1966, 25.

14 Friedmann, 1956, 180. Naville, 1957, 489. Cheek, 1971.

15 Es de señalar que algún autor empírico, concretamente Boris Grushin (1967, 23), aún reconociendo ese defecto desde el punto de vista de la lógica formal, afirma que "en realida d dentr o d e la s investigacione s sociológica s concreta s e s —la definició n po r exclusión - la más eficaz".

1971. La lengua hebrea, recuerda Toti (1961,

1 6 E. Weber,

1963,

5. Stanley

Parker,

6 0

U N A PARTE, LLAMADA

LIBRE, DEL TIEMPO SOCIAL

Y aún más cuando se observa, con Touraine, que definidos los ocios como cual-

quier actividad fuera del trabajo estricto, estos pasan a englobar la mayor parte de los rasgos culturales de una sociedad, tanto la vida religiosa como los juegos,

tanto la actividad política como el deporte. De ahí, la cuestión que de Grazia se

ve

obligado a formularse: aunque al tiempo libre, como tiempo fuera del empleo

o

no relacionado con él, le restemos el de comer y dormir ¿dónde colocar el

tiempo empleado en la visita semanal a los parientes o en ir a la iglesia? 17 La problemática expuesta no queda resuelta, sino que se agrava cuando se

engloba la oposición trabajo-ocio dentro de la alternativa más genética dada por

el par obligación-no obligación, o si se quiere expresar de otro modo, por el par

necesidad-libertad. Para los que así operan es tiempo libre, tautológicamente, el tiempo que queda libre de las necesidades y obligaciones cotidianas, es decir el empleado en actividades no obligatorias sean o no económicamente pro- ductivas. La crítica que hace el marxismo a quella oposición se basa precisamen-

te

en la naturaleza de esta nueva alternativa. Argumenta que la contraposición

entre el trabajo y el ocio es falsa si se le toma en términos absolutos, pero no lo

es

dialécticamente, 15 porque responde a una contradicción social, consustancial

al

capitalismo.

Al igual que en la hipótesis anterior, también en ésta se plantea el problema de que en el tiempo humano muchas actividades se encuentran a caballo entre los dos términos de la alternativa, aunque en este caso se opere con unos concep- tos más amplios y abstractos. Para sortear este engorroso asunto, cada vez son más los que intentan combi- nar la variable obligación con otra variable dada por la producción, tomando cada una de ellas en un doble aspecto positivo y negativo. El tiempo de trabajo pasa a ser, entonces, el tiempo empleado en actividades a la vez obligatorias y productivas, mientras que el tiempo de ocio se refiere a las que tienen un carácter que no es ni obligatorio ni productivo. Con ello, se piensa quedan destruidas las dicotomías. Ya que a ambos tipos de actividad hay que añadir el de aquellas actividades que son obligatorias pero improductivas y el de aquellas otras que inversamente no son obligatorias pero sí productivas. Esto complica evidentemente el panorama. ¿Cuál es la naturaleza del tiempo

este último una aproximación de la actividad humana a la actividad divina. Quizás de allí arranca la dual evaluación del trabajo como maldición, propia de la literatura patriarcal,

o como bendición, propia de la literatura talmúdica, según nos recuerda Cohén (1953,

314) . Segú n Roll e (1974 , 247-48) , el" oci o pued e ser analizad o d e otr a forma , ademá s d e como acción desinteresada por la que el hombre únicamente se dirige a sí mismo y se en-

cuentra consigo mismo, a saber: el ocio como un nuevo tipo de trabajo. Salvo cuando designa una evasión del trabajo, lugar de reflexiones vacías y de inercia social, el ocio des- cribe una actividad creadora, si bien tal actividad no es reconocida por la colectividad a través de una evaluación económica directa ni inmediatamente remunerada. Separado del trabajo industrial y opuesto a él, se convierte en una forma particular de trabajo frente

a

la situación salarial como una imagen atenuada del artesanado (desde el bricolage hasta

el

arte e incluso el deporte); en cambio, relacionado con el trabajo, aclara Rolie, el ocio

comprende ocupaciones que aumentan la cualificación o las aptitudes laborales y prepa- ran al hombre para el trabajo. Esto revela, tal vez —termina diciendo el mencionado tra- tadista laboral—, una nueva relación entre el individuo y su trabajo.

autor deja sin resolver esa

cuestión, aparentemente ingenua, ignorando la discutible pero importante aportación de Dumazedier, de la que paso a ocuparme acto seguido. La única referencia que hace de este último se encuentra en una displicente, breve y accidental nota a pie de página (1962, 307).

1 7 Touraine,

1959,

93. De Grazia, 1962, 49. Este úl