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LOS JUEGOS DE ANTES EN CHAUPICRUZ

Dra. Marcia Stacey Ch.

Sacado de su obra
“ Chaupicruz Osorio- Una hacienda mestiza”

A las seis de la tarde, cuando ya los trabajadores y sus familias habían


descansado y cenado; nosotros, los de la casa grande, lo hacíamos de las 7:30 a 8 pm.;
así que teníamos unas dos horas para jugar con ellos.

Salíamos al patio de afuera, que era de tierra y allí llegaban los interesados en el
juego. Nos reuníamos cinco a seis personas: Hugo Narváez, Rosa Corella, Víctor
Almachi, Antonio Chiluisa, sobrino de Víctor. A veces estaba allí Ulpiano Díaz
Narváez, nieto de Rafael, que era de nuestra edad, Manuel o Carlos Chicaiza, cuando
estaban de turno como huasicamas, Dolores o Andrea López, etc. Comenzaban las
discusiones sobre qué jugaríamos, generalmente ganaban los varones en sus
preferencias, por ser mas numerosos que las mujeres.

Los sábados y domingos por al tarde también nos reuníamos a jugar, teníamos
dos o tres invitados que estaban de visita. A la luz natural jugábamos de la siguiente
manera:

 LA PLANCHA.-

El juego preferido por los varones era la plancha. A las mujeres no nos gustaba
arrodillarnos en el suelo como ellos lo hacían, luego con saliva y tierra lograban parar a
las monedas dentro de una “bomba”, (círculo dibujado en la tierra) y hacían puntería
con un sucre para sacarlas de la línea de la bomba, donde las habían colocado. Nosotras
solo los veíamos jugar, pero eso sí, les molestábamos hasta que se integren a otro juego
con nosotros.

 LAS BOLAS Y LOS COCOS CHILENOS.-

Este juego lo hacíamos con rulimanes grandes de acero o de plomo, que servía
como mamas de distintos tamaños y colores; apostábamos poniendo bolitas de cristal o
cocos chilenos dentro de una bomba, sean 2 o 3, por cada jugador, para perderlas o
ganarlas; solíamos ponerlas nombres, especialmente a la mama. En tiempo de cocos
chilenos substituíamos a las bolas por estos y manteníamos la misma mama. Este era
uno de los juegos preferidos en distintas formas, lo jugaban hombres y mujeres.

 LOS MARROS.-

Cundo teníamos una pelota pequeña, como la de tenis, o más grandecita,


solíamos jugar a los marros. Hacíamos cuatro círculos es las esquinas del patio: en una
línea junto a uno de ellos se paraban los jugadores y una persona al centro les lanzaba
la pelota, el jugador trataba de topar a la pelota y corría a un círculo, luego al otro y al
otro, hasta pasar por los cuatro, mientras el jugador del centro trataba de toparle con la
pelota. Si lo topaban estaba “quemado” y tenía que reemplazar al del centro con la
pelota y continuaba así con el juego.

 HUEVOS DE GATO.-

Cuando alguien traía pepas de eucalipto y teníamos una pelota de caucho


maciza, se hacían dos huecos como de 10ct por 10 en la tierra junto a una pared.. Los
jugadores trataban de introducir la pelota en los hoyos y cada vez que fallaban debían
pagar con una pepa en el marro o hueco. Cuando ya se consideraban suficientes la
cantidad de pepas en los huecos, el jugador que había perdido debía sacar las pepitas
con sus manos rápidamente, mientras el resto le dábamos “capote” (es decir manotazos
en la espalda) o se le ponía contra la pared y se le daba con la pelota el número de veces
que debía devengar por su pérdida.

 PERROS Y VENADOS.-

Se escogía un jefe por grupo y este seleccionaba su gente; se sorteaban cuales


serían perros y cuales serían venados. Cuando estos salían de una meta fijada, los perros
debían seguirles y toparles o atraparlas, según se haya establecido las reglas, luego iba
preso y se seguía igual hasta que todos los venados estén detenidos, allí se cambiaba de
bando y continuaba el juego.

 CAPITANES.-

Se hacían dos bandos con un capitán cada uno de ellos; luego colocados frente a
frente y a unos tres metros de distancia entre ellos, o más. El capitán de cada equipo
llamaba a uno del lado contrario:

- Capitán López……. Por ejemplo.

La persona llamaba debía poner sus brazos doblando los codos, para protegerse
y embestir a los brazos de los contrarios, que se hallaban fuertemente enlazados,
formando una cadena contraria, que resultaba difícil de romper. Si lograba atravesarla
podía liberar a otro jugador de su equipo que no pudo romper la cadena y estaba preso
detrás de ella. Era un juego muy rudo y muchas ocasiones nos prohibieron en los
colegios su juego, por los accidentes que se suscitaban.

 EL GATO Y EL RATÓN.-

Se hacía un círculo grande entre todos los jugadores, tomados de las manos y se
escogía el gato quién quedaba fuera del círculo, se escogía el ratón, que iba dentro del
círculo. Comenzaba el juego:

- ¡Ratón, ratón!
- ¿Qué quieres gato bribón?
- ¡Comerte quiero!
- ¡Cómeme si puedes!
- ¿Estás gordito?
- ¡Hasta la punta de mi rabito!

Y ahí comenzaba la persecución del gato al ratón. El gato trataba de entrar al


círculo y los otros jugadores le impedían, protegiendo al ratón. Si finalmente lo
agarraba, otros jugadores debían ser seleccionados para hacer de gato y ratón.

 CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO FEROZ.-

Juego muy parecido al anterior, pero el lobo que estaba afuera del círculo de
jugadores, debía preguntar a la caperucita que estaba adentro:

- ¿Caperucita, Caperucita a donde vas?


- Voy a visitar a mi abuelita que está en el bosque.
- ¿Y que le llevas?
- Pan, fresas y miel.

Llegaba donde la abuelita:

- Toc, toc, toc.


- ¿Quién es?
- Abuelita, soy yo, Caperucita.
- Entra y cierra la puerta.
- Ay Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Para oírte mejor.
- ¡Qué ojos tan grandes tienes!
- Para verte mejor.
- ¡Abuelita que dientes tan grandes tienes!
- Para comerte mejor!
Y comenzaba la persecución a la Caperucita.

 ADOBES.-

Cuando había mucho tiempo para el juego, se sacaba cajitas de fósforo, que en
ese tiempo eran de madera y se solía recolectar muchas de ellas. Se preparaba un buen
barro negro de chocoto, a veces poníamos tamo de trigo o cebada picadito. Se tomaba
una tabla de madera recta y se sacaba los zapatos, para batir el barro. Cuando estaba
listo se hacían por cientos, ya que secos u oreados, se podía construir casitas, con techo
de tabla, rodeados con muros, gallineros, etc.

Juegos para la noche.

 OOA, SIN MOVERME.-

Jugábamos con una pelota que la rebotábamos contra la pared, podía ser a
cualquier hora. Parado el jugador frente a una buena pared, lanzaba la pelota contra ella
y la tomaba en el rebote. No podía permitir que caiga al suelo. Decía con cada bote
contra la pared:

- Ooa!!
- Sin moverme
- Sin reírme
- Por esta mano
- Por este pie
- Adelante
- Atrás
- Adelante y atrás.
- Atrás y adelante.
- Remolino
- Torbellino
- Media vuelta
- Vuelta entera.

Y se seguía los movimientos expresados, si la pelota caía al suelo, perdió y le


tocaba la siguiente jugador.

Por las noches cuando no había nadie en la casa, salíamos luego de la cena y
pensábamos en juegos diferentes, ya que la luz era tenue.

 LA ABUELITA”.-

Un jugador voluntario, se pone a unos 4-6 metros de la línea que forman el resto
de jugadores y estos comienzan a ofrecer a la “abuelita” distintas cosas: comida, fruta,
o cualquier tipo de cosas que le pudiera gustar. Diciéndole provocativa:

- ¿Abuelita. Le gustaría una manzana roja y jugosa.?

Ella según su gusta y preferencia, manda dar pasos para adelante si le gusta y para atrás
si no le gusta. Y contesta

- Si, tres pasos para adelante.

- ¿Abuelita, le gustaría un pedazo de papaya.?

Si hubiera sido abuelita y me ofrecían la papaya, hubiera contestado:

- ¡Diez pasos para atrás, por que no me gusta.!

O sea que se debía conocer los gustos de la “abuelita.”


Muchos le molestaban a la abuelita intencionalmente, hasta que ya no tenían más a
dónde retroceder.

El que llegaba a la altura de la abuelita, la reemplazaba.

 LAS OLLITAS”o las “CEBOLLITAS.-

Se jugaba por las noches y cada uno de estos juegos se parecía. En el primero el
jugador se ponía en cuclillas con las manos bien cogidas y los dedos entrelazados por
debajo; los brazos quedaban como orejas de las ollas, se nombraba un comprador y un
vendedor, el comprador decía:
-Sr. N. Vengo a comprar una ollita, que sea grande, buena, (según las cualidades
de los que se exhibían) como esta- decía, golpeándole en la cabeza a la “pobre olla”.

Luego venía la discusión sobre el precio. Si se llegaba a un acuerdo, quedaba


vendida la olla y se la sacaban entre los dos, levantándola en vilo en la misma posición
que había permanecido. Hasta acumular todas las ollas al lado del comprador.

Con las cebollitas sucedía parecido, pero los jugadores se sentaban en el suelo,
fuerte mente agarrados a un pilar o a cualquier cosa que les sostuviera y cuando se había
pactado el precio de la cebolla, los dos: comprador y vendedor trataban de sacarla para
que se llevara.

 LA PAJARA PINTA.-

Otras veces jugábamos a la “Pájara Pinta” todos en un ruedo, tomados de las


manos y con un dirigente en el centro cantábamos:

Jugando a la “Pájara Pinta”.


Sentadita en un verde limón.
Con el pico le coge a la rama.
Con la rama le coge a la flor.

Ah, yayay, tu ere mi amor.

Me arrodillo al pie de tu manto.


Me levanto al son del constante.

(Haciendo las genuflexiones).

Yo soy la niñita del conde Laurel.


Que salgo a jugar y no hallo con quién.

Con este si con este no, con este si me casaré yo.


(Seleccionando con el dedo a la tercera persona, contado desde el inicio).
Y este pasa al centro.

 MATANTIRUNTIRUNLAN.-

Se escogía un “señoría” y el resto tomados de las manos, avanzábamos hacia el


escogido:
- Buenos días su señorío matantiruntirunlá.
- ¿Qué deseaba su señoría matantiruntirunlá.?
- A una de sus hijitas matantiruntirunlá.
- ¿A cuál de ellas le deseaba matantiruntirunlá.?
- A (fulanita…) matantiruntirunlá.
- ¿En qué oficio la pondría matantiruntirunlá?
- En oficio de “barrendera” (ó cualquier oficio que se le ocurra) matantiruntirunlá.
Se le consultaba a la solicitada, si estaba de acuerdo pasaba al otro lado y si no le
gustaba, seguía el juego. Esto se extendía hasta nombrar a todos los jugadores.

 FLORÓN.

Otras veces jugábamos sentados en las gradas de piedra en la entrada de la casa o en el


patio. Una persona hacía de florón:

Con las manos juntas y una pepita dentro de ellas, metía sus manos en la de los otros
que también las tenían juntas, pero en el regazo. Hasta que pasando de uno en uno los
jugadores, depositar en alguna la pepita, en alguno de ellos y eso se debía adivinar,
quien fue el afortunado: se decía:

- El Florón está en mis manos, de mis manos ya pasó.


( cuando ya lo había depositado en otras manos.
Las monjitas Carmelitas
Se fueron a Popayán
A buscar lo que han perdido
Debajo del arrayán

- ¿Dónde está… el Florón. ?

Si adivinaba la persona, indicada al azar, dónde había depositado la pepita, debía


reemplazar a la jugadora; si no acertaba tenía que entregar una prenda y luego se hacía
cumplir con multas y penas los desaciertos.

 LA CHUPILLITA.-

Los jugadores se agarran suavemente de su propia piel en la parte superior de la


mano, cada jugador, con los dedos pulgar e índice, y seguían uniéndose los otros
jugadores, hasta hacer una torre de manos, alternado una con otra; se movían las manos
para arriba y para abajo. Todos repetían:

Chupallita chupillita,
Quierde la chupillita
Se fue atraer agüita;
Quierde la agüita,
Se tomo la gallinita;
Quierde la gallinita
Se fue a poner huevo;
Quierde el huevo,
Se tomó el Padrecito;
Quierde el Padrecito,
Se fue a celebrar misa;
Quierde la misa,
Se hizo ceniza;
Quierde la ceniza,
Se hizo jabón,
Quierde el jabón;
Se fue a lavar ropa;
Quierde la ropa,
Se fue en el río
Quierde el río,
Se secó.
¿Qué hizo mama?
Arroz con leche
¿Con qué “meñó”
Con el rabo del gato.

Misiringato!!!!!!

Y entre todos se hacían cosquillas, causando una gran algarrabía y contento entre los
jugadores.

 PAN QUEMADO.-

Se escogía un “pan quemado”, u objeto, que podía ser un pañuelo hecho nudo en
la apunta, o cualquier cosa. Luego se seleccionaba un lugar amplio y con recovecos,
plantas, macetas, etc., para esconderlo bien. Cuando el jugador que tenía el pan, había
escondido, gritaba:
-¡Se quema el pan!

Los demás jugadores salían disparados a buscar el escondite. El que lo


encontraba hacía lo mismo que el anterior. Mientras trataban de encontrar el pan, el que
lo escondió decía: se quema; o está caliente o frío, para orientar a los jugadores.

 LA BODA.-

La boda se preparaba poniendo una mesa con comida. Luego, voluntariamente


se escogían la pareja que se va a casar. Se nombra a los distintos participantes: los
novios, el cura, los padrinos, el sacristán, los testigos e invitados. Se simula toda la
ceremonia, con disfrazados para la ocasión. Terminaba generalmente en que el novio
pegaba al Cura y este cuando le confesaba decía:

- Haber, ¿en que has pecado?


- Le pegué al Sr. Cura.
- Eso no se hace y en castigo te voy a dar la absolución con la mano izquierda,
para que te conviertas en burro.

 ROCOTIN.-

Esto jugábamos sentadas en alguna grada. Un jugador se inclinaba sobre la falda


o en una mesa, enseñando la espalda, otro con su codo le movía sobre él a espalda del
inclinado diciéndole:

- Rocotín, rocotín, de la sala a la cocina ¿cuántos dedos hay encima.?

- Y diciendo esto, con sus dedos ponía cualquier número de ellos. El otro debía
adivinar. Si no adivinaba, repetía lo mismo, hasta que adivine y cambiaba a otros
jugadores..
 RAYUELA.-

Uno de los juegos preferidos. Tenían varias modalidades, se podía jugar dos o
hasta cinco jugadores; se dibujaban diferentes rayuelas: como la del gato, del avión los
días de la semana, el pozo, etc.

Hasta aquí

Cuando venían mis primas, especialmente con Martha, jugábamos a las


expediciones al África; cogíamos una muñeca de la mano y otra nos poníamos en el
estomago, para decir que esperábamos un bebe; bien equipadas, con comida y abrigo,
salíamos de expedición a los bosques, a al reposeyera o a cualquier lugar interesante.

Mayorcitas ya tuvimos bicicleta, formamos el “Club Cataplúm” con chicos y


chicas del barrio, jugábamos ping- pong o a la “vaca” y siempre estábamos de excursión
a los lugares bonitos y cercanos que podíamos ir en bicicleta, como son el bosque de
Farsalia, Las Acacías, en Quito Tennis y Golf Club, y por supuesto: los bosques de
Osorio. Visitábamos el sabio Núñez, quién nos hacía mirar por el microscopio, luego
de haber atrapado una mosca a la que le arrancábamos una ala, para mirarla.

Cada ve que pasábamos por la esquina de El Inca y La Prensa solíamos molestar a la


mujer de Carlos Guevara, que era quién sembraba los árboles de eucalipto en Osorio.

-¡Mama Rosa, Mamá Rosa!! … gritábamos a coro todos los que íbamos en bicicleta y
ella salía con un palo a perseguirnos. Vivía en la esquina de la Av. El Inca y La Prensa,
decían que un mordisco le cerceno un dedazo de oreja a su marido el “Guevarita” como
le llamaba papá; él le tenía terror, pues era feroz: ella vivía en el primer piso de la casa
junto con su hija y él vivía en el piso alto; tenía una escalera pasa subirse y cuando ya
estaba alzaba trepaba a la escalera, por si acaso.

***