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La almohada estaba empapada de sus lágrimas.

Ya
no recordaba cuanto tiempo llevaba llorando, ni
encerrada en la habitación. El sol se había puesto
hacia mucho y la pelea con su hermana había quedado
tantas lagrimas atrás que no recordaba ni siquiera
como había empezado.
Lo único que sabia era que no podía dejar de llorar.
Que cada lágrima era la evidencia de que otra iba a
recorrer su rostro y que le escocían los ojos y las
mejillas. El agua salada que resbalaba por su cara era
abundante y amarga.
Cada vez que sopesaba su vida encontraba una razón
para seguir llorando. Cada vez que recordaba lo
acontecido horas atrás sentía que no podía seguir y
cada vez que se repetía que quería dejar de llorar
aumentaba su pena. El pecho le dolía, cada bocanada
de aire era como respirar fuego, el nudo en la garganta
le irritaba y le impedía tragar y la cabeza le iba a
estallar.
Había gastado casi todos su delicados pañuelos en
secar sus ojos y nariz y estaba segura de que gastaría
otros cien mas. Aunque le dolía el cuerpo de estar en
la misma postura, era incapaz de moverse. Se sentía
segura respaldada en aquella habitación, alejada del
mundo, sola y tranquila.
Cuando el dolor de su cuerpo amenazó con
aumentar, se incorporó lentamente y quedando
sentada observó la habitación con ojos borrosos
incapaz de recordarla, incapaz de verla. Su mente
estaba muy lejos de allí.
Había explotado en aquella conversación. Sentada
ante sus padres, erguida y orgullosa se había visto
empequeñecer lentamente ante los honorables
samurais que con crueles palabras la habían
mancillado y repudiado. No podía recordar con
exactitud cuanto se había dicho en aquella habitación,
de lo único que estaba segura era del dolor palpable
que desgarraba su alma.
Secó sus lagrimas con el pañuelo húmedo y recuperó
la visión por un segundo, inmediatamente cegada por
una nueva tanda de lagrimas. Descubrió que tenia
hipo y que cada vez que se presentaba creaba mas
dolor en su cuerpo ya dolorido.
Tenia hambre pero no lo notaba, tenia sed.
Lentamente y con cuidado gateó hasta la jarra de agua
que había en una esquina de la habitación y olvidando
los modales bebió directamente de ella, ignorados los
vasos curiosamente ordenados al lado.
Todo se había acabado ese día. El día que el clan
mirumoto ignoró a una futura hija, que el clan isawa
repudió a su verdadera niña. Su familia decepcionada
olvidó la protección de la pequeña y la envió sola a
enfrentarse al cruel mundo, que se habria paso ante
sus ojos, sin miramientos.
Sola no, nunca estuve sola. Mi hermana cuidó
siempre de mí.
al pensar en la delicada niña, en la joven risueña y
habíanque siempre había estadaadiós. Todos se habian
sentido decepcionados y dolidos todos la habian
dejado atrás como a un mueble viejo. Solo su hermana
había permanecido a su lado, incapaz de olvidar, de
perdonarse y aun culpandose de la situacion que con
inocencia había creado. Merecia una vida, merecia
tenerla para ella sola. La joven llorona a su lado era un
estorbo y debia desaparecer.
Consciente de la decisión que había tomado y del
terror que lentamente aparecía en su alma, el nudo en
la garganta creció, el dolor aumentó y el hipo rompió
en sollozos descontrolados. La lagrimas amargas
volvieron con mas intensidad mojando de nuevo las
delicadas mejillas de la joven.
Trató de beber agua para calmarse, pero fue incapaz
de tragarla, así que la devolvió al recipiente. Con
manos temblorosas dejó el orbe de agua en su sitio
marcado y gateó hasta la cama, se hizo un ovillo y
esperó paciente a que el terror cesara y su
determinación se adueñara de su consciencia.
Kitsune Aramoro. El también se había marchado y
para no volver. El joven que con paciencia y desde las
sombras había plantado en su corazón la semilla del
amor.
Buscó sus cartas con desesperación. Lamentándose y
enfadándose de los temblores que en aumento
continuaban marcándose en todo su cuerpo, volviendo
sus manos torpes e inútiles. Tocó con delicadeza las
rugosas cartas de pergamino y sintió que la herida de
su corazón volvía a sangrar. Notó como el suave
liquido resbalaba y se perdía caliente dentro de su ser.
Algo brillaba dentro de la caja, al fondo debajo del
amasijo de papel. Una ruda daga, gastada por el uso
llenó de contacto su piel. Un escalofrío recorrió su
espalda erizandole los pelos de la nuca.
Soltó la caja asustada y los temblores aumentaron.
Las lagrimas fluyeron y un quejido ahogado atravesó
sus labios. Sin apartar la vista de la daga, recogió sus
piernas y comenzó a balancearse hacia adelante y
hacia atrás, ignorando el tiempo que corría ante ella.
Cuando la vista le dolía de no parpadear y su mente
como un torbellino creaba ideas insólitas en su
cabeza, tomó una decisión. Estiró la mano en busca de
la daga, pero cuando sus dedos entraron en contacto
con el frío metal del arma, algo se apoderó de ella.
Una nausea incapaz de ser ignorada se aferró por
salir. La bilis subió quemando su esófago. Reaccionó
muy rápido. De un salto estaba de pie y dos pasos mas
tarde, vomitaba en la palancana que utilizaba para
asearse la cara por las mañanas. Con los ojos
lagrimosos por el esfuerzo miró de nuevo la cajita de
madera abierta ante ella, inmutable en medio de la
habitación. Esperando a que tomara su decisión o a
que consiguiera reunir el valor suficiente para llevar a
cabo dicho pensamiento.
Le costó llegar al punto de tener el cuchillo aun
enfundado en las manos. Pero aunque estaba
temblando y las lagrimas recorrían sus mejillas, se
aferró a ella con la determinación suficiente de años
de entrenamiento.
Había bajado su quimono hasta sus hombros y
recogido su cabello en una sencilla coleta de caballo.
Su cuello estaba a la vista y preparado para recibir lo
que las manos le enseñaban.
En una correcta postura y después de recitar una
plegaria a los kamis que sin duda la observaban desde
los cielos, desenvainó el arma. Se vio reflejada en la
hoja e inmediatamente supo que estaba bien afilada.
Su hermana era un poco desastre, pero en cuestión
armamento era bastante ordenada. Todo cuanto poseía
estaba bien cuidado y en buen uso. Tenia lo justo, lo
que necesitaba, pero se cuidaba de mantenerlo en un
estado optimo. Era algo que ella no había
comprendido hasta ahora.
Acercó el cuchillo a su delicada piel y notó el filo
cortando sin piedad. Notó una lagrima de sangre
brotar de la pequeña herida y recorrer su cuello hasta
manchar su quimono.
Sin pensar mas de la cuenta y echando una simple y
breve mirada a su alrededor, despidiendose
silenciosamente de toda su vida, apretó y tiró
desgarrando su delicada carne.
La puerta se abrió de golpe.
Ella se asustó.
Un muchacho la miraba con horror.
Ella avergonzada prosiguió con lo que estaba
haciendo, olvidado todo ser que no había sido
invitado.
El muchacho apartó su mano con el cuchillo de su
cuello, gritaba, pero ella no le oia. Trató de arrebatarle
el arma pero ella no estaba dispuesta a permitirlo, la
asió con mas fuerza.
-Basta -le gritaba – esta no es la solucion.
Ella mantenía el cuchillo aprisionado y la fuerza de
él no era suficiente para arrebatarselo. Mientras su
herida abierta y profunda manaba sangre que
empapaba su piel y su ropa.
El cuchillo goteaba en el tatami y en la ropa del
hombre, pero a él no parecía importarle.
Ella estaba empezando a enfadarse, con un ademan
hizó soltar al hombre, se volvió a llevar el cuchillo a
la llaga abierta y cuando él intentó detenerla ella giró
y le hizo un corte en la mejilla.
Él retrocedió tocandose la herida superficial, ella
reaccionó con horror ante lo que acababa de hacer.
Una cosa era herirse ella y otra distinta a quien trataba
de salvarla.
Se puso en pie tambaleante, aun con el cuchillo en
mano. El se mantenía a distancia, tratando de calmarla
quizás sin riesgos. Rompió a llorar mezclando su
puras lagrimas con su sangre, dejó caer el cuchillo a
sus pies y cayó de rodillas, pensando por un momento
llegar a su limite. No podía mas, la mera existencia
era una tortura, todo cuanto hacia estaba mal, todo
cuanto queria se marcharia algun día.
-Nacer para morir es muy triste, pero no aprovechar
la vida que te han dado, por corta que sea, es una gran
falta de respeto al mundo mismo que te deja vivir
aquí, sobre él -dijo el muchacho acercándose a ella,
con cautela quizás.
Ella le miró sin verlo, observó todos sus
movimientos con indiferencia, como alargaba la mano
al cuchillo, como daba indicaciones al tabernero que
con horror presenciaba la escena, como rasgaba su
elegante kimono para taponar la herida de su cuello.
Con la delicadeza misma de los grulla. Con amor en
cada gesto.
Ella llevó su mano casi sin fuerza hasta la mejilla de
él, tocó su herida levemente y éste hizo una mueca de
dolor.
-lo siento -pudo balbucear con esfuerzo.
-Te perdono -respondió él asiendo su mano y
dedicandole una dulce y sincera sonrisa.
La respuesta la cogió desprevenida. Miró al
muchacho con curiosidad e inmediatamente
comprendió todo cuanto había dicho al entrar en la
habitación. Una lagrima traviesa recorrió la mejilla de
la muchacha antes de perder la consciencia en los
brazos de aquel amable grulla, que sin pedir nada a
cambio la había salvado, por el placer de verla viva.
En ese momento supo que jamas podria olvidar a
semejante ser que por casualidad se había cruzado en
su vida, convirtiendola en suya. Solo en sus brazos
podria descansar para siempre.

*****MEDIO FIN*****

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