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Instrucciones para buscar aventuras

Se puede afirmar, sin temor a la indignación de los sabios, que en los


tiempos que corren es cada vez más improbable tropezar con la aventura.
Lo imprevisto, lo extraño, lo misterioso no sucede nunca.
Curiosamente, parecen existir muchísimas personas con espíritu aventurero.
Todos los días conversa uno con señores que desean vivamente una vida más
interesante y un teatro de acontecimientos más rico y más amplio.
Esta gente sale de su casa cada mañana esperando que algo ocurra y
buscando, como decía Whitrnan, "algo pernicioso y temible, algo incompatible
con una vida mezquina, algo desconocido, algo absorbente, desprendido de su
anclaje y bogando en libertad".
Pero la búsqueda es siempre inútil y casi todos los hombres, en el ocaso de
sus vidas, confiesan que no han vivido jamás una aventura.
¿Dónde están -se pregunta uno-las doncellas atormentadas por un gigante
que desde la torre de algún castillo esperan nuestra intervención salvadora?
En ninguna parte. Ya no quedan gigantes, ni castillos, ni -mucho menos-
doncellas.
La actual civilización parece pensada para evitar las aventuras. Porque en
realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse.
Siendo la seguridad un valor cuya admiración se promueve de continuo, es
inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnológico que se realiza esté
destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores,
los semáforos, las pildoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los
cierres de cremallera, las agendas, los paracaídas. Todos estos inventos alejan el
sobresalto.
Naturalmente, siempre queda alguna grieta como para que se introduzca lo
extraordinario. Pero no es suficiente. Para demostrarlo, vale la pena realizar una
sencilla experiencia: pidamos a nuestros conocidos que refieran los hechos más
curiosos que han vivido. Los resultados serán entre aburridos y penosos.
Alguien quedó encerrado en el ascensor durante una hora. Otro dice haber
ganado un jarrón en una kermesse. Un tercero obtuvo un boleto capicúa.
Se trata de aventuras miserables.
Los griegos pensaban que las cosas ocurrían sólo para que los hombres
pudieran contarlas luego. Si esto es cierto, el futuro de nuestras conversaciones
es poco prometedor. ¿Qué les contaremos a nuestros nietos? ¿Que una vez vimos
un choque? ¿Que se nos reventó un sifón? Pobre será la épica que surja de estos
modestos cataclismos.
El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoción. La
televisión y el cine son sus melancólicos proveedores de asombro.
Chesterton había inventado una solución genial: la Agencia de Aventuras.
Era una empresa que atendía a los caballeros que experimentaban el deseo
de una vida variada.
Mediante la satisfacción de una suma anual, el cliente se veía rodeado de
acontecimientos fantásticos y sorprendentes provocados por la Agencia.
El hombre salía de su casa y se le acercaba un chino excitadísimo quien le
aseguraba que existía un complot contra su vida. Si tomaba un coche, era
conducido al Barrio del Invierno, donde cunden las riñas, los marineros egipcios
y las mujeres peligrosas. Gracias a esta eficiente organización, el aventurero se
veía obligado a saltar tapias, a pelear con extraños o a huir de desconocidos
perseguidores.
Pero la realidad, aun cuando ha sido capaz de depararnos empresas tan
absurdas como las que investigan mercados o gestionan transferencias de
automóviles, no nos ha brindado una Agencia de Aventuras.
¿Qué puede hacerse entonces?
Pues hay que actuar. No podemos pensar que las aventuras vendrán a
nosotros. De nada sirve esperar lo imprevisto mirando vidrieras o sentados en el
umbral. Es necesario que uno mismo provoque sucesos extraordinarios.
Para demostrar que esto es posible, abandonaremos las anchas avenidas de
los Enunciados Generales para ingresar en el Laberinto de los Ejemplos
Concretos. Para decido de una vez, nos proponemos impartir instrucciones
precisas para vivir aventuras.

Aventura de la mujer rubia


Antes de comenzar a vivir este episodio, usted debe elegir a una mujer rubia.
Desde luego, es preferible que sea hermosa. y desconocida.
Una vez que usted se haya decidido por una rubia determinada, comience a
seguida. Pero, atención. No se trata de escoltada durante un par de cuadras
murmurándole frases ingeniosas. Hay que seguida silenciosamente y en forma
perpetua. Hasta su casa. Hasta su trabajo. Hasta donde fue re necesario.
Esto no debe interrumpirse jamás. Cada vez que ella entre en un edificio,
usted deberá permanecer afuera esperando su salida.
No hay que disimular. La idea es que la mujer rubia advierta cabalmente que
usted la está siguiendo. Esto la pondrá muy nerviosa y hasta es probable que
llame al vigilante.
Pasarán días, semanas, y tal vez meses. Usted se convertirá en una sombra
familiar y silenciosa. Si la mujer rubia tiene novio, no abandone la empresa.
Después de todo, usted solamente quiere que algo ocurra. y tarde o temprano
algo ocurrirá.

Aventura del timbre que suena en la noche


Usted camina por una calle oscura. Son las cuatro de la mañana. Tal vez
llueve. De pronto, frente a una casa cualquiera, usted resuelve tocar el timbre.
Pasan los minutos. Usted vuelve a tocar. Un hombre consternado abre la puerta.
-¿ Qué ocurre? -pregunta.
-Ando en busca de una aventura -contesta usted.

Aventura de la novia perdida


Un día usted resuelve encontrar a su Primera Novia. Si usted ha tenido el
descaro de casarse con ella, es evidente que la cosa no constituye una aventura
sino una fatalidad.
Pero supongamos que usted no la ve desde hace veinte años. No sabe qué ha
sido de ella.
Apenas recuerda su nombre y su cara ha tomado ya la forma de los sueños y
el recuerdo.
Usted hace averiguaciones. Indaga entre quienes la han conocido. Investiga
en los lugares en los que ella trabajó o estudió. Recorre calles al acaso, cree
reconocerla dos o tres veces. Alguien le pasa un dato cierto.
Mientras todo esto ocurre, usted se vuelve a enamorar de la Primera Novia y
sueña todas las noches con ella, como solía hacer veinte años atrás.
Un día usted descubre su paradero. Sabe exactamente dónde encontrarla.
Tiene la dirección, el número de su teléfono y conoce los horarios en que es
apropiado llegar a ella.
Usted piensa que la aventura ya puede comenzar, pero en realidad es aquí
donde debe terminar.

Aventura del túnel que va a cualquier parte


Usted y un grupo de amigos aventureros comienzan a excavar un túnel en el
fondo de una casa, que puede ser la suya.
La tarea deberá acometerse con el mayor vigor.
Durante la excavación se irán descubriendo objetos extraños, tales como
huesos, cascotes, tapitas de cerveza, zapatillas fósiles y antiguos pozos ciegos.
El trabajo durará meses y meses. Durante ese lapso surgirá una deliciosa
camaradería entre los integrantes del grupo. Es muy probable que todos sean
despedidos de sus trabajos habituales, en razón de las inasistencias, la
impuntualidad y la suciedad, inevitables cuando uno excava un túnel. Por las
mismas razones, los que tuvieren novia serán abandonados.
Así las cosas, la única preocupación del grupo será cavar y cavar. Un día
cualquiera, cuando el túnel ya tenga una extensión considerable, se comenzará a
excavar hacia la superficie. y aquí viene el momento fundamental de la aventura.
¿Dónde aparecerán los viajeros subterráneos? ¿En el hall de una casa habitada
por señoritas solteras? ¿En una panadería? ¿En un convento?

Hay otras aventuras posibles: la del que se embarca en un carguero sueco, la


del viaje subterráneo a través del arroyo Maldonado, la del que investiga a los
mendigos para descubrir que son ricos, la del que se mete en el baño de damas,
la del que se agacha a ver por qué no explota el cohete. .. Hay que elegir.
Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles,
a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por
amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen.
Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable
resignación que algunos llaman madurez.

Alejandro Dolina, del libro “El libro del fantasma”.