Вы находитесь на странице: 1из 2

La rebelión de las brujas de Ariadna McCallen

Que las brujas tienen costumbre de suprimir los miembros viriles no tanto despojando de ellos realmente a los cuerpos humanos, sino haciéndolos desaparecer por medio de algunos encantos.

MALLEUS MALEFICARUM (1.486 Año del Señor) El Martillo de las Brujas (FACSIMIL Traducido)

CAPÍTULO 1 Sra. Rose, solo le sugiero que tenga especial cuidado con ese hombre. No es un caballero como lo fue… su marido. Las cartas son muy precisas ―repitió Angie volviendo a recoger la baraja. Sus manos se movían con una extraña agilidad, hasta la Sra. Rose le costaba fijar su vista en ellas―. ¿Qué más desea saber? Oh, Angie… No sé si sería conveniente preguntar… ―La mujer comenzó a inquietarse. No sabía si la pregunta que le rondaba por su cabeza sería la adecuada para lanzarla en ese momento. Vamos, Sra. Rose… ¿Es sobre la herencia del Sr. Hoffman? Los sorprendidos ojos de la mujer confirmaron la pregunta. Angie sonrió interiormente; gracias a su don podía comprobar las incertidumbres de sus clientas. Aunque a veces, por guiarse de sus instintos, había metido la pata. Pero desde la última vez que se equivocó, nunca más confirmó verbalmente sus suposiciones hasta verificarlo con sus propias cartas. Vamos a quemar un poco la baraja y a limpiarla de la pregunta anterior ―susurró Angie. Elevó sus preciadas niñas, como así llamaba a las cartas del tarot, cruzándolas a través de la llama de una vela―. Listas, a punto para la siguiente pregunta. Me gustaría saber si,… George dejó algún documento a mi nombre. ―Las indecisas palabras de la Sra. Rose no ayudaban a Angie. Sra. Rose. Necesito saber si la casa donde usted habita es de su propiedad ―preguntó. Sí. Entonces, lo que quiere saber es si hay más inmuebles que también estén a su nombre… ¿Verdad? Sí, sí, Angie ―respondió la mujer. Observó como la joven comenzaba a barajar todas las cartas. El olor a incienso comenzó a flotar por todo el ambiente. Esa mezcla, que Angie encendió momentos antes de la consulta, era la perfecta armonía para su sesión: el dulzor a canela con la frescura del eucalipto incitaba a la relajación, a la inspiración, a la calma espiritual. La Sra. Rose cerró los ojos y dejó que su estado se transportara al sabio inconsciente. Angie necesitaba concentrarse; su mente encendió el motor de la percepción, repitiendo en silencio, la pregunta deseada por su clienta. Rozó los dedos por unas pequeñas piedras de cuarzo blanco: eran los talismanes más queridos por ella. En ellos se podía reflejar el magnetismo que irradiaba su aura. Al cabo de unos segundos, el movimiento de sus manos se detuvo y la baraja consigo. La intensa mirada de Angie se quedó fija en el tapete de terciopelo azul que cubría toda la mesa. Empezó soltando siete cartas, en fila y boca abajo; luego, lentamente, les dio la vuelta y las colocó boca arriba. Sra. Rose… ―dijo ella levantando la vista y observando la impaciencia de su consultante―. Su fallecido marido tuvo problemas con algunos documentos ―dictó señalando una de las cartas, en concreto el as de espadas. Tocó con el dedo esa carta―. Aquí confirma que él firmó algún documento donde se refleja… Su nombre. ―A continuación indicó la carta que precedía a la otra. Era una sota de copas―. Esta figura… es usted. Lo sabía ―clamó la señora irguiéndose, pero al instante, volvió a sentarse―. Angie, ¿cómo puedo averiguar dónde se encuentra ese documento? ―El nerviosismo se apoderó de la mujer―. Dios… ―Miró al techo del local negando con la cabeza y cerrando los ojos―. ¿Por qué… George, por qué? ―reclamó para sí. Angie se levantó y se acercó a ella. Tranquila, Sra. Rose, tiene que haber alguna causa por la cual su marido no le entregó esos papeles ―indicó acariciándole el brazo―, de alguna forma lo averiguaremos. De repente, el corazón de Angie se aceleró; respiró profundamente para relajarse, pero de nada le sirvió. El dulce olor a incienso se transformó en un horripilante hedor a quemado; la habitación del local donde se hallaba parecía que iba oscureciéndose por segundos. Ya ni siquiera notaba la presencia de su clienta, sino… “¡Ay, Dios!”, gritó desconsolada al ver que todo el entorno estaba cubierto de un velo negro. Parecía como si hubiera entrado en un túnel, sin luz, en el cual no encontraba ninguna salida. Angie usó sus poderes de relajación. “Respira, respira hondo, vamos cálmate…” “uno, dos, tres…” se decía, intentando tranquilizar su

estado. Entonces sucedió algo que la dejó de piedra: ante su mirada apareció una espesa niebla blanquecina que comenzó a disiparse, dejando a su paso una horrible imagen. Angie gritó desconsoladamente al ver el cuerpo de una mujer atado y quemado en una pira de madera y paja… “¡¡Nooo, no puede ser!!” ¡Angie, Angie! ―Los gritos de la Sra. Rose consiguieron despejar la amarga visión que estaba contemplando y sintiendo. Aturdida y destrozada por la imagen que acababa de observar, se sentó en su sillón, apoyó los codos en la mesa y se frotó las sienes con las manos. “¿Dónde había estado?” Miles de preguntas rondaban por su cabeza. “Dios… ¿porqué estaba aquella mujer en…?” Angie se atragantó con su saliva y comenzó a toser descontroladamente. La mujer se levantó con rapidez y llenó un vaso de agua. Toma, Angie, bebe ―le ofreció preocupada―. ¿Qué ha pasado? Estás muy pálida y en pocos segundos has permanecido de pie mirando la pared como si hubieras visto un espectro. Créame, Sra. Rose, esto es imposible de explicar. ―Ni ella misma podía juzgar aquello. Será mejor que sigamos otro día ―le comentó la mujer, cogió su bolso y sacó su monedero para pagarle. Angie levantó la vista y observó a la Sra. Rose. ¡Oh, no! no, lo siento, la visita de hoy no se la cobraré. El próximo día ―insistió Angie negando con la cabeza. No consentiría que su clienta pagara por solo quince minutos de sesión. Angie… Por favor, le debo mucho. No se preocupe, hoy no ―volvió a insistir―. Lo siento mucho, Sra. Rose, no sé qué me ha sucedido, discúlpeme. Querida, nos conocemos hace… ¿Cinco años? No puedo disculparte de nada. Al contrario, soy yo la que debo hacerlo. Pienso que debes entrar en un estado donde consumes mucha energía mental ―sugirió la mujer―. Creo que la semana que viene estarás más relajada, llevas el día entero trabajando. La gente te admira. ―Sonrió―. Bueno, me marcho, nos vemos dentro de unos días, cuídate cariño. Gracias ―le contestó ella levantándose y despidiéndose de la mujer

Похожие интересы