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ARGOS 20 Voces de Brasil (Noviembre-Enero 2002)

Revista de poesía, narrativa, teatro y ensayo

2002) Revista de poesía, narrativa, teatro y ensayo Floriano Martins, Extravio de Noites Collage, 6 x

Floriano Martins, Extravio de Noites

Collage, 6 x 11 cms., 2001

Departamento de Letras

Universidad de Guadalajara

DIRECTOR Y EDITOR

Maestrante Javier Ponce Martínez

SUBDIRECCIÓN

Mtro. Juan Manuel Sánchez Ocampo

AUXILIARES DE EDICIÓN

Mtra. Marina Ruano Gutiérrez

Mtro. Juan Manuel Sánchez Ocampo

Mtra. Guadalupe Sánchez Robles

Dr. Carlos von Son

Mtro. Jorge Souza Jauffred

María Eugenia Ruelas

Dr.

Fernando

Carlos

Vevia

Romero

 

CORRECCIÓN

Georgina Ávila Rendón

CONSEJO EDITORIAL

Dr. Laurent Aubague

Dr. Efraín Franco Frías

Mtro. José Concepción Martín Martín

Mtro. Luis Medina Gutiérrez

Directorio completo

María de Lourdes González Salmerón

Isidro Delgado Guerrero

María de Jesús Quirarte

DIFUSIÓN

Ana Lilia Larios Solórzano

Laura Ríos Ramos

Agradecemos la valiosa participación de todos nuestros colaboradores; en especial la del poeta Floriano Martins y de los traductores Elizabeth Nazzari Verani, Hilda Figueroa, Inés van Messen y Gabriela Hernández; sin quienes este número hubiera sido imposible.

SECCIONES:

POESIA

este número hubiera sido imposible. SECCIONES: POESIA Floriano Martins, Bajo la Lluvia VII Collage, 4 x

Floriano Martins, Bajo la Lluvia VII Collage, 4 x 6 cms., 2001

Mario Quintana

Poemas en prosa

Versión de Hugo Gutiérrez Vega

jsemanal@jornada.com.mx

Mario Quintana fue un hombre lleno de prudencia, un periodista sin tacha y un poeta de las cosas pequeñas y, por lo mismo, fundamentales del mundo y de la vida. Su poesía juega con colores, silencios, animales, objetos y seres humanos que crecen o terminan. Fue, como Dante Milano, un poeta para poetas, pero, al fin de su vida, el pueblo brasileño se apoderó alegremente de sus versos.

Hugo Gutiérrez Vega

¿Qué habrá en el cielo?

Si no hay sillas mecedoras en el cielo

¿qué pasará con mi Tía Elida

que para allá se fue?

El poema

Una hormiguita atravesó en diagonal la página

todavía en blanco. Esa noche, él no escribió

nada. ¿Para qué?, si por esa página ya habían

pasado la inquietud y el misterio de la vida.

Nada más para ella

Doña Cómoda tiene tres cajones y un aire

satisfecho de señora rica. En esos cajones

guarda cosas de otros tiempos nada más

para ella. Siempre fue así Doña Cómoda:

gorda, cerrada, egoísta.

Madrugada

Trotan, trotan desbarrancando mi sueño,

los innumerables burritos de la madrugada.

¿Llevan naranjas? ¿llevan repollos? ¿llevan calabazas? No.

Llevan colores: verdes tiernos, amarillos

vivaces, morados, rosas, ocres.

Son los burritos pintores.

Carrito

Amar es cambiar el alma de domicilio.

Horror

Con sus oooes de espanto, sus errres guturales

y su hirsuta h, horror es una palabra con los

cabellos erizados, asustada de su propio

significado.

La adolescente

Va andando y va creciendo.

Todo en ella es alto y flaco:

la voz, los gestos, las piernas

¡Antílopes! Veo antílopes cuando pasa,

Pinta al pasar un friso de antílopes,

de bambúes al viento, de lunas caminantes,

mutables, crecientes

Nocturno

El reloj pespuntea, meticulosamente, quilómetros

y quilómetros de silencio nocturno.

De vez en cuando, los viejos roperos crujen

como huesos.

En la isla del patio, el perro ladrando.

Es la luna.

Y, al recordar otra luna, los ojos de Lilí

sorprendidos, se abren en la obscuridad.

Poemas del libro Zapato florido

Mario Quintana. Nació en la ciudad de Alegrete, Río Grande del Sur, en 1906. Estudió en el Colegio Militar de Porto Alegre y dedicó lo mejor de su vida al periodismo, la traducción (son notables sus versiones de obras de Charles Morgan, Virginia Woolf, Rosamund Lehman, Proust y Voltaire) y las tareas editoriales.

Pertenece a la generación de escritores "gauchos", encabezada por Augusto Meyer y Érico Veríssimo. Drummond de Andrade y Manuel Bandeira hicieron comentarios entusiastas sobre su poesía original, ferozmente auténtica y siempre alejada de las modas y las banderías.

Los jóvenes brasileños se interesan ahora por la vida y la obra de este poeta marginal que, con frecuencia, visitaba las universidades para dar trémulos y humorísticos recitales de su poesía. Su figura pequeñita y sus

ojos vivaces formaban parte de la imaginería literaria de las nuevas generaciones. Los críticos y los editores

seguían calladitos

horas antes de su muerte.

Aguantando la risa, Quintana siguió escribiendo hasta unas

la Academia también

Hugo Gutiérrez Vega. Nació en Guadalajara, Jalisco, México, el 11 de febrero de 1934. Es poeta, traductor y ensayista. Estudió la Licenciatura en Derecho y Letras Inglesas en la Universidad de Roma y Sociología de la Comunicación en Londres. Ha sido Agregado Cultural en Roma; Consejero Cultural en Londres y en España; Ministro de Asuntos Culturales en Washington; Cónsul de la Embajada de México en Río de Janeiro y Embajador en Grecia.

Ha colaborado en Vuelta, ¡Siempre!, Cuadernos Hispanoamericanos y Nueva Estafeta (España). Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes-Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), 1976, por Cuando el placer termine.

Actualmente funge como director del suplemento "La Jornada Semanal” del periódico La Jornada.

Clarice Lispector

Versión de Hilda Figueroa

Clarice Lispector. Hija de judíos rusos, nació en Tchetchelnik (Ucrania), en 1925, cuando sus padres ya habían decidido emigrar. Con dos meses llegó a Alagoas y jamás admitió otra patria que el Brasil. Poco

tiempo después la familia se transladó a Recife y a partir de 1937 siguió estudiando en Río. En 1943, durante sus estudios de derecho, se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, tuvo dos hijos y se separó en 1959. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero, Nápoles, Berna y E.E.U.U. Durante toda su vida mantuvo su contacto con la prensa iniciado en 1941 en la Agencia Nacional. Un cáncer terminó con su vida en 1977. Obras: Es allí a donde voy, Aprendizaje o El libro de los placeres, Silencio, Un soplo de vida-Pulsaciones, La hora de la estrella, A Paixão segundo G.H.

Silencio

Es inmenso el silencio de la noche en la montaña. Es tan yermo. En vano se intenta el esfuerzo para no escuchar, pensar aprisa para disfrazarlo. O inventar un plan, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable mañana. Cómo trascender esa paz que nos acecha. Tan gran silencio, que la desesperación tiene pudor. Montañas tan altas, que la angustia siente pudor. Los oídos se afinan, se inclina la cabeza, el cuerpo todo escucha: ni un solo rumor. Ni un gallo. Estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarte

Es un silencio insomne, inmóvil, mas insomne; y sin fantasmas. Es terrible Sin un solo fantasma. Inútil provocarlo con la posibilidad de una puerta que crujiente se abra, de un velo que al abrirse pronuncia alguna cosa. Él es vacío, sin promesa. Si al menos hubiese aire. Viento es ira, ira es vida. O nieve. Que es muda, mas deja rastro todo blanquece, los niños ríen, los pasos crujen y marcan. Hay una continuidad que es vida. Mas este silencio no deja testimonio. No se puede hablar del silencio como de la nieve:

Sentiste el silencio de esta noche? Quien escuchó, calla.

La noche, desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas con el cansancio que tanto justifica al día. Los niños de Berna dormitan, se cierran las últimas puertas. Brillan las calles en las piedras del suelo, brillan vacías. Y finalmente las luces más distantes se extinguen.

Mas este primer silencio aún no es el silencio. Que se espere, pues las hojas de los árboles van a acomodarse mejor todavía. Tal vez algún tardío paso, con esperanza se atreva por los peldaños.

Mas hay un momento en que se yergue el espíritu atento del cuerpo descansado, y de la tierra, la alta luna. Entonces él, el silencio, aparece.

Late el corazón al advertirlo.

Se puede pensar aprisa en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y se perdieron para siempre. Mas es inútil desdeñarlo: hay silencio. Aún el peor sufrimiento, que es el de la amistad perdida, es apenas fuga. Pues si al comienzo, el silencio parece aguardar una respuesta Cómo ansiamos ser llamados a responderpronto se descubre que de ti, nada exige, apenas tal vez tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te sentencia como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forjadas, humildes disculpas hasta la dignidad. Es tan delicado para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la disculpa de que se es un ser humillado de nacimiento.

Hasta que descubre que ni su indignidad quiere él. Él es el silencio. Se puede intentar también engañarlo. Dejar caer al suelo el libro de cabecera como por acaso. Mas, horror El libro cae dentro del silencio y se pierde en él, en su abismal y muda pausa. ¿Y si cantara enloquecido un pájaro? Inútil esperanza. El canto cruzaría apenas el silencio, como una leve flauta.

Entonces, si hay osadía, no se lucha más. Se entra en él. Se va con él. Nosotros, los únicos fantasmas de una noche de Berna. Que se entre. Que no se espere el resto de la oscuridad delante de sí, sólo a él. Será como

si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en una nave. Y que ésta navegara de tal modo que ignorásemos estarnos yendo. Un hombre no puede más que eso. Vivir en la orilla de la muerte y de las estrellas es vibración, pero más tensa de lo que las cuerdas de las venas podrían soportar. No hay siquiera un hijo de astro y de mujer como piadoso intermediario. El corazón tiene que presentarse solo frente a la nada y solo golpear alto en las tinieblas. Solo se siente en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta al desnudo, no es comunicación, es sumisión, pues no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

Si no hay valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio. Con sólo los pies mojados por la espuma de algo que se extiende dentro de nosotros. Que se espere. Uno indisoluble por el otro. Uno al lado del otro. Dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino el bendito auxilio de un tercer elemento, la luz del alba.

Después nunca más se olvida. Inútil huir a otra ciudad. Pues cuando menos se espera se le puede reconocer de repente. Al cruzar una calle en medio de las bocinas de los coches. Entre una y otra carcajada fantasmagórica. Después de una palabra dicha. A veces en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desorbita. Desde entonces es fantasma.

Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés, francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.

Cecilia Meireles

Versión al español de Blanca Luz Pulido

blpv@hotmail.com

Cecilia Meireles. Nace en Río de Janeiro, Brasil, en 1901 y muere en la misma ciudad en el año de 1963. Fue poeta, pedagoga y periodista. En la actualidad es considerada como una de las mejores poetisas de la lengua portuguesa. Junto con Bandeira y Drummond de Andrade, formó la vanguardia del modernismo en la poesía brasileña. La calidad temática, formal y humana de sus textos la han hecho acreedora a una notable fama mundial.

Con Viagem, obtuvo el Premio de Poesía de la Academia Brasileña, en 1938. Afirmó, su manera poética con Mar absoluto (1944) y, principalmente, con Retrato Natural (1949), que consagró su genialidad. Su extensa Elegía (1933-1937), dedicada a la memoria de un ser querido con el tema de un nocturno funerario, tiene fuerzas de sana interpretación, de vital optimismo y de clara luminosidad. Es bella evocación de la alegría que nos rodea y con la que nos obsequian los sentidos. La tristeza se halla en que la abuela no podrá disfrutarla y en captar la idea de la muerte. Como su mejor obra poética se cita Elegía de Gandhi, traducida a numerosos idiomas.

De la soledad

Hay muchas personas que sufren del mal de la soledad. Basta que alrededor de ellas surja el silencio, que no se manifieste ante sus ojos ninguna presencia humana, para que se apodere de ellas una inmensa angustia: como si el peso del cielo cayera sobre su cabeza, como si se levantara del horizonte el anuncio del fin de mundo.

Sin embargo, ¿existirá en la tierra la verdadera soledad? ¿Acaso no estamos todos cercados por innumerables objetos, por infinitas formas de la naturaleza, y nuestro mundo particular no está lleno de recuerdos, de sueños, de razonamientos, de ideas, que impiden una soledad total? Todo está vivo y todo habla alrededor de nosotros, aunque con vida y voz que no son humanas pero que podemos aprender a escuchar, porque muchas veces ese lenguaje secreto nos ayuda a esclarecer nuestro propio misterio. Como Malmud, el sultán que entendía el habla de los pájaros, podemos aplicar toda nuestra sensibilidad a ese aparente vacío de soledad: y poco a poco nos sentiremos enriquecidos.

Pintores, fotógrafos, rondan a los objetos en busca de ángulos, juegos de luz, elocuencia de formas, para revelar no sólo aquello que les parece el más estético de sus aspectos, sino también el más comunicable, el más lleno de sugerencias, el más capaz de transmitir lo que excede los límites físicos de esos objetos, lo que constituye, de cierto modo, su espíritu y su alma.

Hagámonos videntes también de esa manera: miremos despacio el color de las paredes, el diseño de las sillas, la transparencia de las ventanas, las suaves telas tejidas sin mayores pretensiones. No busquemos en ellos la belleza que deslumbra la mirada, el equilibrio de líneas, la grandeza de las proporciones: muchas veces su aspecto, como en las criaturas humanas, es humilde y torpe. Amemos en esas humildes cosas la carga de experiencia que representan, y la repercusión que en ellas puede sentirse de tanto trabajo humano por interminables siglos. Amemos lo que sentimos de nosotros mismos en esas variadas cosas, puesto que, egoístas como somos, no sabemos amar mas que aquello en donde nos reconocemos. Amemos el antiguo encantamiento de nuestros ojos infantiles, cuando empezaban a descubrir el mundo:

las nervaduras de la madera, con sus caminos de bosques y ondas y horizontes; el dibujo de los azulejos; el

Amemos el rumor del agua que corre, los sonidos

esmalte de las vajillas; los tranquilos, metódicos tejados

de las máquinas, la inquieta voz de los animales, que desearíamos traducir. Todo palpita alrededor de nosotros, y es como un deber de amor dedicar el oído, la vista, el corazón, a esa infinidad de formas naturales o artificiales que encierran su secreto, sus memorias, sus silenciosas experiencias. La rosa que se despide de sí misma, el espejo donde descansa nuestro rostro, la funda donde se dibujan los sueños de quien duerme, todo, todo es un mundo con pasado, presente y futuro, por el que transitamos atentos o

distraídos. Mundo delicado, que no se impone con violencia: que acepta nuestra frivolidad o nuestro respeto; que espera que lo descubramos, sin mostrar ninguna urgencia de dominio; que puede quedar siempre ignorado, sin por eso dejar de existir; que no hace de su presencia un anuncio exigente: "¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!" Concentrado en su esencia, se nos revela cuando nuestros sentidos están aptos para descubrirlo. Y en silencio nos ofrece su múltiple compañía, generosa e invisible.

Si se quejan de soledad humana, presten atención a esa poderosa presencia alrededor de ustedes, a ese copioso lenguaje que de todo se derrama y que conversará con ustedes interminablemente.

Canción

Puse en mi sueño un navío

y al navío sobre el mar;

después, abrí el mar con las manos,

y mi sueño naufragó.

Mis manos están aún mojadas

del azul de las abiertas olas,

y el color gotea de mis dedos

pintando la arena desierta.

El viento llegó de muy lejos,

la noche se dobla de frío;

debajo del agua ya muere

mi sueño, dentro de un navío.

Lloraré cuando sea preciso,

para que el mar se levante,

y

mi navío llegue al fondo

y

mi sueño ya no exista.

Después, todo será perfecto:

playa en calma, aguas quietas,

mis ojos secos como piedras

y mis dos manos quebradas.

Blanca Luz Pulido. Nace en el Estado de México, en 1956. Es poeta y traductora. Estudió Lengua y literaturas hispánicas en la UNAM.

Ha publicado las plaquettes Fundaciones (Cuadernos de Estraza, 1979), Ensayo de un árbol (Oasis, 1983 ), Estación del alba (UAM, 1992) y los libros Raíz de sombras (FCE, 1988), Reino del sueño (Aldus, 1996 ) y Cambiar de cielo (UAM-Verdehalago, 1997).

Tradujo Amor al arte, una antología de fragmentos de la correspondencia de Gustave Flaubert (Breve Fondo Editorial, 1998) y una antología de la poeta portuguesa Fiama Hasse Pais Brandao, titulada Sumario lírico (Ácrono Producciones, 2001). En próximas fechas, la editorial Trilce publicará su traducción de la obra Teoría general del sentimiento, del poeta portugués Nuno Júdice.

Floriano Martins

floriano@secrel.com.br

Versión al español de Benjamín Valdivia

valdivia@quijote.ugto.mx

Otras fromas de extravío

¿Cuál es el soplo quemante de tu eternidad?

Ahora estamos a la medida de la ruptura.

Tomar nota del vuelo para identificar el ave,

los gemidos del fuego que suena feliz en su función.

Ahora es indagar de la virgen dónde recorrer

la llama de su origen, el incierto buceo

en los párpados reflejados de sus visiones.

Para ella, todo sentido es movimiento. Más breve

aquél que le toque antes que lo perciba.

Se desata la animada criatura en apariciones,

velada por sus ídolos, que no nadan

como las criaturas de Santa Teresa.

Apenas el río, circundado por la sombra

de su fino papiro que se escribe a sí mismo,

mares a hilo. ¿Quién te envía?, si no quieres

ser la medida de tu propio extravío.

Outras formas de extravio

Qual o sopro queimante de tua eternidade?

Agora estamos para a medida da ruptura.

Tomar nota do vôo para identificar a ave,

os soluços do fogo que soa feliz em sua função.

Agora é indagar da virgem por onde percorrer

a chama de sua origem, o mergulho incerto

nas pálpebras espelhadas de tantas visões.

Para ela, todo sentido é movimento. Mais breve

aquele que lhe toque antes que o perceba.

Desata-se a animada criatura em aparições,

velada por seus ídolos, que não nadam

(nadam) como as criaturas de Santa Teresa.

Apenas o rio, circundado pela sombra

de seu fino papiro que se escreve a si mesmo,

mares a fio. Quem te envia, se não queres

ser a medida de teu próprio extravio?

El notario

Un nombre para las partes de tu cuerpo que emiten fuego,

otro para el rostro que se cubre de tus flamas.

Un nombre que sea para el guía de tus piernas fluctuantes,

y otro más para los campos que evitan tu morada.

Todos estarán felices con sus nombres. Unos con más de uno,

otros a punto de perderlo. El nombre los torna casi perfectos.

Anótame un dios sin nombre y de esto me hago cargo.

Serán bellos o tristes, vendados o traídos por la corte,

violentos o angustiados. Hay los que se sienten únicos

y se juzgan renacidos cada vez que el nombre es pronunciado.

Pues siendo iguales, los nombres también son distintos.

Los distribuyo cargados de ilusiones. Fábulas o decretos,

rúbrica de todo lo que somos o rechazamos. No te protege

el infierno del nombre cierto, traje con el que subes a la escena.

O tabelião

Um nome para as partes de teu corpo que emitem fogo,

outro para o rosto que se guarda de tais chamas.

Um nome que seja para o guia de tuas pernas flutuantes,

e outro mais para os campos que evitam tua morada.

Todos estarão felizes com seus nomes. Uns com mais de um,

outros a ponto de perdê-lo. O nome os torna quase perfeitos.

Aponta-me um deus sem nome e disto me encarrego.

Serão belos ou tristes, enfaixados ou traídos pela corte,

violentos ou angustiados. Há os que se sentem únicos

e julgam-se renascidos a cada vez que o nome é pronunciado.

Mesmo sendo iguais, os nomes também são distintos.

Distribuo-os carregados de ilusões. Fábulas ou decretos,

rubrica de tudo o que somos ou rejeitamos. Não te protege

o inferno do nome certo, traje com que entras em cena.

Floriano Martins. Nace en Fortaleza, Brasil, en 1957. Poeta, ensayista y traductor, también se ha dedicado, en particular, al estudio de la literatura hispanoamericana, sobre todo en lo que respecta a poesía. Es autor de libros como Escritura conquistada (Letra & Música, Fortaleza) y Escrituras surrealistas (Memorial da América Latina, São Paulo), ambos publicados en1998.

También en esta misma fecha publicó, para la carioca Ediouro, sus traducciones de Poemas de amor, de Federico García Lorca y Delito por bailar o chá-chá-chá, de Guillermo Cabrera Infante. Su poesía se encuentra reunida en el volumen Alma em Chamas (Letra &Música, Fortaleza,1998).

Con una larga trayectoria de colaboración para la prensa, en Brasil y en el exterior, también ha escrito algunos artículos sobre música, artes plásticas y literatura. Actualmente es articulista del Jornal da Tarde (São Paulo) e integrante del Consejo Editorial de la revista Poesia Sempre, de la Biblioteca Nacional (Río de Janeiro) y de la colección Clásicos Cearenses, de la Fundación Demócrito Rocha (Ceará). Dirige, junto con Rodrigo de Souza Leão, la revista virtual Agulha. Es además autor de una biografía del compositor Alberto Nepomuceno.

Benjamín Valdivia. Nace en Aguascalientes, México, en 1960. Tiene estudios de doctorado en filosofía y en educación. Es profesor en la Universidad de Guanajuato. Ha desempeñado labores en universidades de Canadá, Estados Unidos y España. Ha publicado poesía, novela, cuento, teatro, ensayo y traducciones (del inglés, francés, portugués, alemán y latín) en diversos medios mexicanos y extranjeros.

Algunas de sus obras publicadas son los libros de poesía El juego del tiempo (Secretaría de Educación Pública, 1985), Demasiada tarde (Universidad de Guanajuato, 1987) y Paseante solitario (Ediciones La Rana, 1997); el de ensayo Indagación de lo poético (Tierra Adentro, 1993) y la novela El pelícano verde (Ediciones Castillo, 1989) con la que obtuvo el premio internacional "Nuevo León" en 1988.

Ha sido miembro del Sistema Nacional de Investigadores y becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en México. Entre sus libros recientes están: Nuevas meditaciones cervantinas (Universidad Autónoma de Querétaro, 1997), Breviario del unicornio (Verdehalago, 1998), Argumentos para la retórica (Ediciones Desierto, 1999) y Veleidades de Numa Fernández al caer la tarde (Ediciones La Rana, 1999), libro con el que obtuvo el Primer Premio Nacional de Novela "Jorge Ibargüengoitia" en 1998.

Cláudio Willer

cjwiller@uol.com.br

Versión de Benjamín Valdivia

valdivia@quijote.ugto.mx

Poética

entonces es eso

cuando encontramos que vivimos extrañas experiencias

la

vida como una película pasando

o

chispas saltando de un núcleo

no propiamente la experiencia amorosa

no obstante aquello que la precede

y que es aire

concreción cargada de todo:

la ciudad refluyendo hacia su hora nocturna y todos yendo a casa o señalando entonces encuentros improbables y absurdos, barullo de multitud circulando por el centro y por los barrios mientras las tiendas cerradas todavía tienen luz, los locos discurren por las esquinas, la unidad de la lluvia que aún no pasó, hasta el recuerdo mismo de la noche anterior en la alcoba revolviéndonos en caricias y además nuestro encuentro en la tibia oscuridad de un bar hora confesional, descubriendo las capas sucesivas de lo que tiene que verdonde la proximidad de los cuerpos confunde todo, palabra y beso, gesto y caricia

TODO GRABADO EN EL AIRE

y no lo hacemos por voluntad propia

sino por atavismo

2

la sensación de estar allí mismo

armonía no necesariamente cósmica

plenitud muy poco mística

porém simples proximidade

de la aberrante experiencia de vivir

algo como el calor

sentido al estar junto de una fragua

(tal vez debiera yo viajar, o mejor, ser llevado al viaje, acarrear todo junto, dejarse conducir consigo mismo)

al penetrar en el acuario opalino

(eso tiene que ver con estar juntos)

y sentir el mundo en la temperatura del cuerpo

mientras que allá afuera (lejos, muy lejos) todo es otra cosa

entonces

el poema es despreocupación

Llegar allá

Y ahora quiero la palabra reducida al simple gesto de agarrar alguna cosa, pura denotación, lenguaje

referencial, mano extendida apuntando hacia esos pedazos de realidad o también la fiesta con todos sus fantasmas sentados en el sillón de absinto en tanto sangran los dedos de la memoria, todo verdadero en el límite de lo que pueda ser verdad, el cuaderno escrito de atrás para adelante y el libro leído a partir de la última página, y también podría hablar de las nubes de vapor y cortinas de humareda en las habitaciones, y narrar la historia completa de las fiebres tropicales sin embargo sólo nosotros dos fuimos capaces de movernos en ese plano intermedio en el que realidad y sueño se confunden, tocados por la sugestión de otra escena o situación. Esencia, es ese el nombre de nuestra transacción. ¡Esencia, esencia!grita la legión de los Irreales desde el bloque de su existencia probable. Esencia, el verdadero nombre del juego de las mutaciones. Innecesario hablar en alucinaciones es como atravesar una pared invisible, y ya estamos allá. El texto febril. Las luces prendidas. Las luces prendidas. Las luces prendidas. Por ejemplo mas el número de ejemplos es mayor que la existenciapor ejemplo las luces prendidas, rebatidas medio

crudamente por los azulejos blancos iluminando nuestros cuerpos mientras nos preparábamos para comenzar otro juego amoroso. Me acuerdo también de las playas desiertas, recorridas de punta a punta. O cuando descubrimos aquella cascada en mitad del follaje, aquella cascada que debía tener unos 30 o 50

metros de caída libre, sus frías salpicaduras nos alcanzaban en la orilla, imposible llegar muy cerca aquella cascada descubierta en mitad del follaje nos inducía a la complicidad. Las luces prendidas. Complicidad. Esencia. Y aquel espejo antiguo aquel espejo antiguo biselado, con pátina, recubierto por el amarillo del tiempoaquel espejo antiguo nos reflejó durante una tarde. Estaba en el peinador delante de

la cama en el cuarto de la casona colonial de la hacienda, como los demás muebles macizos y pesados y el

olor a polvo, a cosa antigua del cuarto. También encontramos muchos santuarios religiosos en nuestros viajes, era como si nos impulsase una atracción magnética hacia lo sagrado. Ciertas tardes insoportablemente cálidas, abochornadas de más. Hubo un tiempo en que. Las luces. Esencia. Impregnando irremediablemente todo lo que fue hecho después. Como la transgresión es cotidiana e imperceptible,

como ser maldito es apenas una especie de indiferencia, lasitud, el dejarse llevar. El olor a polvo sobre los estofados. Yo quiero que todo quede muy claro. No son las palabras, el texto, sino otro plano, ahora definitivamente adherido a lo real. Llegó un olor extraño, impregnando la piel. Todo verdadero. Todo. Pero ese gesto de contar historias imposibles, ¿cuál es su significado? ¿Qué capullo se abrió? Y ahora, no dejar piedra sobre piedra. Transformar lo cotidiano en hipérbole, laberinto donde todos se perderán jugando despreocupadamente. La opacidad es casi banal. El juego de la vida y de la muerte es trivial. Despertemos

el niño terrible que habita dentro de cada uno de nosotros. No hay misterio. Que no se hable de locura. El

lado de allá, el lado de allá que camina suavemente sobre sus zapatillas de suela de goma, el lado de allá

disfrazado en arte plumaria, el lado de allá que sonríe afectuosamente mientras nos mira de soslayo, el lado de allá es simple y está aquí, basta estar abierto y disponible. Somos dioses.

Cláudio Willer. Poeta, ensayista y traductor. Tiene una formación académica como sociólogo y psicólogo. Entre sus últimas publicaciones, sin contar su participación en antologías y publicaciones colectivas, se encuentran Traducción de Crônicas da Comuna, colección sobre una Comuna de París, textos de Víctor Hugo, Flaubert, Jules Vallés, Verlaine, Zolá y otros, Editora Ensaio, 1992; Volta, narrativa en prosa, Iluminuras, 1996; Lautréamont - Obra Completa - Os Cantos de Maldoror, Poesias e Cartas, edición con prefacio y comentada, Iluminuras, 1997, y Estranhas Experiências, un ensayo sobre poesía surrealista.

Ha publicado poemas y colaboraciones en las revistas Poesia Sempre, Azougue, Alguma Poesia, Anto (Portugal), Continente Sul-Sur, Orion, entre otras, y también en suplementos y demás publicaciones culturales de Brasil.

Desde 1994 es asesor de la Secretaría Municipal de Cultura de São Paulo, responsable de los cursos, oficinas literarias, lecturas de poesía y de los ciclos de exposiciones y debates . Actualmente preside la União Brasileira de Escritores (UBE).

Benjamín Valdivia. Nace en Aguascalientes, México, en 1960. Tiene estudios de doctorado en filosofía y en educación. Es profesor en la Universidad de Guanajuato. Ha desempeñado labores en universidades de Canadá, Estados Unidos y España. Ha publicado poesía, novela, cuento, teatro, ensayo y traducciones (del inglés, francés, portugués, alemán y latín) en diversos medios mexicanos y extranjeros.

Algunas de sus obras publicadas son los libros de poesía El juego del tiempo (Secretaría de Educación Pública, 1985), Demasiada tarde (Universidad de Guanajuato, 1987) y Paseante solitario (Ediciones La Rana, 1997); el de ensayo Indagación de lo poético (Tierra Adentro, 1993) y la novela El pelícano verde (Ediciones Castillo, 1989) con la que obtuvo el premio internacional "Nuevo León" en 1988.

Ha sido miembro del Sistema Nacional de Investigadores y becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en México. Entre sus libros recientes están: Nuevas meditaciones cervantinas (Universidad Autónoma de Querétaro, 1997), Breviario del unicornio (Verdehalago, 1998), Argumentos para la retórica (Ediciones Desierto, 1999) y Veleidades de Numa Fernández al caer la tarde (Ediciones La Rana, 1999), libro con el que obtuvo el Primer Premio Nacional de Novela "Jorge Ibargüengoitia" en 1998.

Moacir Amâncio

moaman@estado.com.br

Poemas

La descripción de la noche

empieza con los rumores

de una tarde o de colores

grises, amarillos, verdes

dentro el verde, las violetas

entre ráfagas, los blancos.

Lluvia hacedora, timbre,

tinieblas, cristal corriente.

***

Acequia cuando río,

movimiento de estrella.

Ya no hay, es luz muerta,

flor que estaba, no, hay,

lago abierto, parado,

todavía hace fuentes,

ojo despierto, rayos,

manos que hacen la tierra.

Naranja para el sol.

Cristal, el árbol, agua.

***

Por la noche, no más,

caminan y caminan.

Dentro de las paredes,

el fondo de los ríos.

Caminan y caminan

hasta el día, frontera.

Bajo luz, el trazado

de la noche disponen

situación de cosa

para que entonces sigan

en libro abierto.

por el camino, sigan,

Hasta que la mar

perros ciegos sin tiempo.

***

Las casas son blancas,

el cielo más blanco

y el campo más

o alas de cigüeña

llegue con los vientos

y explique la cal,

sol del mediodía

colores siguientes:

Del poemario, Colores siguientes, escrito originalmente en español.

Les falta presencia

Moacir Amâncio es periodista y vive en São Paulo. Publicó, entre otros, los siguientes libros: Do Objeto Útil, Figuras na Sala, O Olho do Canário, Colores Siguientes e Contar a Romã. Colores siguientes, del cual fueron extraídos los cuatro poemas de esta edición, fueron escritos originalmente en español. El autor también publicó libros de crónicas y reportajes, titulados Os Bons Samaritanos e Outros Filhos de Israel y O Talmud, que incluye la traducción de textos talmúdicos. M.A. y doctor en Lengua, Literatura y Cultura Judaicas por la Universidade de São Paulo. Su tesis, transformada en libro, será publicada este año por la Nankin Editorial. Título: Dois Palhaços e Uma Alcachofra, sobre el arquitecto Frank O. Gehry y el novelista israelí Yoram Kaniuk.

más blanco.

Leontino Filho

r.leontino@ig.com.br

Versión de Hilda Figueroa

En la noche, pienso en ti

Vuelta y media

sigo rumbo a la isla del amor,

antiguas cosas que se quedaron,

nave perdida en puerto abandonado,

barco sin vela

persiste en el dibujo

que forman las aguas de los ríos.

Vuelta y media

el flujo de imágenes flota en las aguas

y sigo consumiendo

la cauda de los sueños,

volviendo al suelo discontinuo del ilusorio

camino del bien querer:

Es otra historia.

Vuelta y media

el amor perturba el sueño triste de las estrellas

y la luz de la luna confundida

por tantos murmullos

arma la tienda fugaz de la pasión:

El mirar de neblina, mío,

cosido en la memoria

teje la infancia medieval

de tu cuerpo.

Tristeza

Las sombras resecas de la noche

como ágil visión del cuerpo,

camino de aflicción inscrito en piedra

recuerdan

este exilio:

pergaminos del alma

al sol.

En los locos oficios de la vida

la palabra vence

y la muerte del tiempo

se desborda en este azul de nostalgia

imágenes de la despedida

también

corazón sin versos

vencido por el cansancio del silencio

Exilios

del único cuerpo deshuesado

en la neblina taciturna

del alma:

Manos que no soportan

la claridad de los cielos

pensamientos

de amantes enfurecidos

Dentro da noite, penso em ti

Volta e meia

sigo rumo à ilha do amor

coisas antigas que ficaram

nau perdida no porto abandonado

barco sem vela

que persiste no desenho

formado pelas águas dos rios.

Volta e meia

o

fluxo de imagens paira sobre as águas

e

sigo devorando

a

cauda dos sonhos

retornando ao chão descontínuo da ilusória

estrada do bem querer:

uma outra história.

Volta e meia

o

amor perturba o sono descontente das estrelas

e

o luar embaraçado

por tantos murmúrios

arma a provisória tenda da paixão:

o meu olhar de neblina

costurado na memória

tece a infância medieval

do teu corpo.

Tristeza

as sombras ressecadas da noite

com a ágil visão do corpo

ou o aflito caminho inscrito na pedra

lembram

este exílio:

pergaminhos da alma

ao sol

nos loucos ofícios da vida

a

palavra vence

e

a morte do tempo

transborda neste azul feito de saudade:

o retrato da despedida

mais

um coração sem versos

vencido pelo cansaço do silêncio

exílios

do único corpo desossado

na taciturna neblina

da alma:

mãos que não suportam

a claridade dos céus

pensamentos

dos amantes enfurecidos

Leontino Filho. Nació en

Universidade Estadual do Rio Grande do Norte, Campus Avançado de Paudos Ferros. Se formó en Letras

de Atuação:

Aracati Ceará

en 1961. Es

profesor universitario en la localidad

por la Universidad Estatal de Río Grande del Norte, en Mossoró en el año de 1984. Obtuvo la especialización en Lengua Portuguesa en la misma universidad de Mossoró, en el año de 1993. Se graduó de la Maestría en Literatura Comparada por la Universidad Federal de Rio Grande del Norte, en 1997, con el trabajo Sob o Signo de Lumiar: Una Lecitura de Trilogia de Sérgio Campos. Actualmente cursa el doctorado en estudios literarios de la UNESP, Campus de Araraquara/SP.

Es autor de los siguientes libros de poemas:

1) Amor una palabra de consolo /1982

2) Imagens /1984

3) Cidade íntima / 3 ediciones: 1987, 1989, 1999

4) Entressafras / 1988, en compañía del poeta potiguar Gustavo Luz

5) Sagrações ao meio / 1993.

Participó en varias ediciones colectivas poéticas y colabora en periódicos y revistas alternativas. Forma parte del Consejo Editorial de la Revista Literatura de Brasília, editada por el escritor y poeta Nilto Maciel.

Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés, francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.

Desierto en nube

Contador Borges

contador@unisys.com.br

Desierto en nube, hoja blanca que sabe que va a llover mas tiene que esperar. Mientras espera, concibe la lluvia en un sueño incandescente de la espera. He aquí el momento en que el proyecto se venga, dejando tras de sí la caudalosa soledad del esbozo, en perenne estado de guerra con las adyacencias de los límites siempre renovados, y que se aproxima en las patas de un caballo efímero sin tocar el suelo: Pegaso en forma de incendio. El móvil del deseo se diluye. Y cuando finalmente es vencido el brazo extremo de las circunstancias, (inmovilizado a nuestro favor), en la férrea lucha con los demonios del acaso y las líneas sin ternura de los acontecimientos más dispares, su carne se desnuda hasta el dócil límite de los huesos. El espíritu entonces, adquiere un rubor que inflama la ocasión coronando la mesa del instante, pero nada más sobra para los ojos. Lo que interesa está allá, en la ligera tierra de la alegoría, en la unión sublime a las plantas de Aquiles, tales son los incalculables subterfugios de la conquista. El tiempo de la actuación pasó. Nada resta por hacer. El ideal está de nuevo al otro lado del horizonte, bañado y vestido con los colores de su antigua desnudez.

Deserto em nuvem

Deserto em nuvem, a folha branca sabe que irá chover, mas tem de esperar. Enquanto espera concebe a chuva num sonho incandescente. Eis o momento em que o projeto se vinga deixando para trás a solidão caudalosa do rascunho em perene estado de guerra com as adjacências dos limites sempre renovados quando se aproxima nas patas de um cavalo efêmero sem tocar o solo: Pégaso em forma de incêndio. O

móvel do desejo se dilui. E quando o braço extremo das circunstâncias é finalmente vencido (imobilizado a nosso favor) na luta de ferro com os demônios do acaso e as linhas sem ternura dos acontecimentos mais díspares, sua carne se desnuda até o dócil limite com os ossos. O espírito então adquire um rubor que acende a ocasião coroando a mesa do instante, mas nada mais sobrou para os olhos. O que interessa está além, no chão ligeiro da alegoria, na aderência sublime à sola dos pés de Aquiles, tais os incalculáveis subterfúgios da conquista. O tempo de atuação já passou. Nada resta a fazer. O ideal está de volta no outro lado do horizonte banhado e vestido com as cores de sua antiga nudez.

Ojos encendidos de alcohol

Ojos encendidos de alcohol. Incendio que a un tiempo une y separa. Nada aprendí con el tiempo, sólo con las cenizas en la disolución de cosas íntimas, expresión devastada por el instante (su brillo ciego), donde la pequeña voz (su júbilo) socorre al alma en medio de escombros. ¿Para qué sirve el poema? ¿La danza de las vocales rarefactas? ¿Tocar con furia enmarañada en ternura los grandes hombros de los eventos dispares? Y como quien renuncia a los movimientos en la oscuridad o baja los ojos ocultando la inquietud, se sacrifica el tiempo a las palabras esparcidas por el párpado. Mejor que eso es beber al acaso la leche negra del olvido.

Olhos acesos no álcool

Olhos acesos no álcool. O incêndio ao mesmo tempo nos une e separa. Nada aprendi com o tempo, só com as cinzas na dissolução das coisas íntimas, dos gestos assolados pelo instante (seu brilho cego), onde a voz pequena (seu júbilo) socorre a alma em meio a escombros. Para que serve o poema? A dança das vogais rarefeitas? Tocar com fúria enovelada em ternura os ombros grandes dos eventos díspares? E como quem depõe os gestos no escuro ou desarma os olhos cobrindo o tumulto, sacrifica-se o tempo às palavras derramadas pela pálpebra. Melhor que isso é beber a esmo o leite negro do esquecimento.

Considerarlo todo a partir de lo que vibra

Considerarlo todo a partir de lo que vibra. En la exhuberancia, donde los sentidos se erizan al tocar las cosas y las encarnan en la aspereza de sus pelos vivos. Será ése el rumbo. El mar de resonancias es el horizonte de donde derivaremos nuestro flujo más nítido, así como toda corriente o efecto de concha más íntima de que se tiene noticia. Ningún resabio o fragancia indebidos pasarán próximos a los elementos de ataque con los que el poema acostumbra abrir oídos y párpados a la efervescencia. Sus falanges derribarán la línea divisoria con la extrañeza, pues a esa altura todos comulgarán del legado que congrega a los ánimos adeptos de los atajos y desvíos altaneros. En este escenario, hasta la última piedra de la ilusión, todo será concluido en cuestión de escombros y ruinas. Y todo desamparo será su propia bandera desplegada al batir de los párpados.

Considerar tudo a partir do que vibra

Considerar tudo a partir do que vibra. Doravante será esse o rumo a ser tomado na exuberância onde os sentidos se arrepiam ao tocar as coisas e encarná-las na aspereza de seus pêlos vivos. O mar de ressonâncias é o horizonte de onde derivaremos nosso fluxo mais nítido e toda correnteza o efeito da concha mais íntima de que se tem notícia. Nenhum ressaibo ou fragrância indevidos passarão rente aos elementos de ataque com que o poema costuma abrir ouvidos e pálpebras à efervescência. Suas falanges derrubarão a linha divisória com a estranheza, pois a essa altura todos comungarão da herança que congrega os ânimos adeptos dos atalhos e desvios altaneiros. Neste cenário, até a última pedra da miragem, tudo será concluído em questão de escombros e ruínas. E todo desamparo será sua própria bandeira desfraldada ao bater as pálpebras.

Contador Borges nació en São Paulo en 1954. Tradujo a Nerval (Aurélia), Sade (A filosofia na Alcova) y a René Char (O nu perdido e outros poemas). Publicou en 1997 Angelolatria, su primera antología de poemas, todos por la editora Iluminuras. Prepara ahora un nuevo libro, aún sin título (al que pertence estos poemas en prosa), que será lanzado el próximo año.

Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés, francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.

Marco Lucchesi

Marlucchesi@aol.com

Versión de Hilda Figueroa

El otro

rostro

Perdido

descompuesto

en la trama

y

alas de hollín

de la noche

vagaba

bajo los rayos

por mi cuarto

de luna

siguiendo

en la sombra

la sombra

de los vivos

de los muertos

en el sueño

rostro

de los muertos

descompuesto

un ángel

y

alas de hollín

chueco y fatigado

sin saber

un ángel

de cierto

de polvo y llanto

a

dónde voy

vagaba

en la sombra

por mi cuarto

de los vivos

(había

en el sueño

un fuerte

de los muertos.

olor de azufre)

Las pléyades

más frío

¡Son más de mil

nuestro dolor

demonios

y

más

que pueblan,

denso

estrellas

Flecha

solitarias!,

súbita

el vórtice

hiere

de la noche…

y

arrebata

 

Orión

los más de mil

dirige

demonios

a

las pléyades

que pueblan

su arco

el vórtice

luminoso

del tiempo,

y

la flecha

la noche

puntiaguda

fría

 

torna

Basel, 4.3. 94

O Outro

torto e alquebrado

Perdido

um anjo

na trama

de pó e de pranto

da noite

vagava

sob os raios

pelo meu quarto

 

do luar

(havia

na sombra

um forte

dos vivos

cheiro de enxofre)

no sonho

rosto

dos mortos

decomposto

um anjo

e

asas de fuligem

 

vagava

volta

pelo meu quarto

para as Plêiades

seguindo

seu arco

a

sombra

luminoso

dos mortos

e

a flecha

 

rosto

pontiaguda

decomposto

torna

e

asas de fuligem

mais fria

sem saber

nossa dor

ao certo

e

mais

onde me vou

espessa

na sombra

Súbita

dos vivos

flecha

no sonho

fere

dos mortos

e

arrebata

As Plêiades

os mais de mil

São mais de mil

demônios

demônios

que povoam,

que povoam,

no vórtice

estrelas

do tempo,

solitárias!,

a

noite

o

vórtice

fria

da noite

Basel, 4.3. 94

 

Órion

Marco Lucchesi. Nació en 1964. Carioca, es profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Editor general de la revista Poesia sempre y colaborador de importantes publicaciones dentro y fuera de Brasil.

Publicó: Poemas reunidos, Os olhos do deserto, A sombra do Amado: poemas de Rûmî (Premio Jabuti 2001), Poesie (Premio Cilento), Teatro alquímico (Premio Eduardo Frieiro 2000), Bizâncio (finalista Jabuti 1999), Saudades do paraíso, O sorriso do caos, A paixão do infinito, Faces da utopia. Organizó el libro Artaud, a nostalgia do mais, y las ediciones de Jerusalém libertada, de Tasso y de Leopardi: poesía y prosa.

Tradujo Baudolino y A Ilha do dia anterior (finalista do Jabuti 1996), de Umberto Eco; A ciência nova (Prêmio União Latina 2000), de Vico; Gedichte an die Nacht (Premio Paulo Rónai) de Rilke y Trakl; Poemas, de Khliébnikov; Drei Geschichte, de Patrick Suskind; Esboço do julgamento universal, de Foscolo; A trégua, de Primo Levi y Presto con fuoco, de Roberto Cotroneo.

Recibió el Mérito de la Unión Brasileña de Escritores, el Premio San Paolo y el Premio Città de Torino. Socio de diversas agrupaciones, entre ellas El Pen Club, la Sociedad Brasileña de Geografía y la Academía Fluminense de Letras.

Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés, francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.

Luisa Negra

vsantana@brasemberlim.de

Versión de Hilda Figueroa

Acantilados

Más allá de mí mismo

en algún lado aguardo mi llegada

Octavio Paz

En mi recordar encontré un azul

de mar y pisé con pies sedientos

en la arena rosada de Búzios.

Veo en la transparencia su fondo,

reflejos de olas serpentean el agua

tibia, el sol dora y el viento musiziert,

crecen los peñascos y sus fulcros.

De aquí encima veo el suelo azul líquido,

una mantarraya vuela en esta inmensidad salada,

cardúmenes escapan de las redes

tiradas por barcos pesqueros esparcidos.

Peñascos alcanzan su cúspide y paseo

en sus pensamientos. ¿Qué será lo

que los riscos piensan? Paseo sobre

pensamientos montañosos y veo a lo lejos

las islas distantes, engastadas en el horizonte.

¿Qué puedo hacer para que

el viento del olvido no pase

y deshaga como castillo de arena

esta reminiscencia?

Queriendo evaporarme

para después solidificarme en roca

para quedar perpetuamente

oteando al mar y a las islas bañadas

en claridad

Y sentir las olas

ininterrumpidamente transformándome…

Falésias

Más allá de mí mismo

Rochedos atingem seu fastígio e passeio

en algún lado aguardo mi llegada

em seus pensamentos. O que será que os

Octavio Paz

rochedos pensam? Passeio sobre

No meu lembrar encontrei um azul

pensamentos montanhosos e vejo ao longe

de mar e pisei com pés sedentos

as ilhas afastadas, encostadas no horizonte.

na areia rosada de Búzios.

O

que posso fazer para quê

Vejo na transparência seu fundo,

o

vento do esquecimento não passe

reflexos de ondas serpenteiam a água

e

desmanche como castelo de areia

morna, o sol doura e o vento musiziert,

esta reminiscência?

crescem os penhascos e seus fulcros.

Eu querendo me evaporar

Daqui de cima vejo o solo azul e líquido

para depois me solidificar em rocha

e uma raia voa nesta imensidão salgada,

encosta, para ficar perpetuamente

cardumes de peixes escapam das redes

olhando o mar e as ilhas banhadas

jogadas pelos barcos pescadores espalhados.

em claridade

e

sentir as ondas

ininterruptamente me transformando

tiene como objetivo divulgar la literatura creada por escritores brasileños que viven en aquel país. Con esta finalidad, la UEBRA realiza un encuentro anual, en diferentes ciudades alemanas, donde las obras de estos autores son llevadas directamente al público a través de lecturas. El primer encuentro de escritores brasileños residentes en Alemania fue llevado a cabo en la Universidad de Colonia en noviembre de 1988 y contó con el apoyo del Centro do Mundo Lusófono. El segundo encuentro se realizó en Bonn en la renombrada institución literaria Haus der Sprache und Literatur, en noviembre de 1999. Bajo el fomento del Departamento Cultural de la ciudad de Bonn, apoyado por la Embajada de Brasil y la Sociedad Brasileño-Alemana.

Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés,

Luisa Negra (Viviane de Santana Paulo). Nació en 1966 en Sao Paulo. Estudió para traductora e intérprete del alemán en la Faculdad Iberoamericana de Letras y Ciencias Humanas en Sao Paulo. En 1988 emigró a Alemania. Estudió filología germánica y románica en la Universidad de Friedrich Wilhelm en Bonn, donde vivió 12 años. Escribe novela, poesía y cuento. Publicó artículos sobre política y poemas en periódicos literarios alemanes y brasileños. Fundó en 1988 la UEBRA (Unión de escritores brasileños residentes en Alemania). Actualmente vive y trabaja en Berlín. La UEBRA es una institución informal,

francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.

Vicente Cecim

andara@nautilus.com.br

Versión de César Pérez Moreno cesar79@hotmail.com

y Elizabeth Nazzari Verani jcanela@megared.net.mx

Hombres y cenizas

hombres y cenizas caminan temprano

Desierto, pasos de centeno negro

Ahí

horizonte y noche y alimento Uno

Las estaciones por donde pasan

La más rítmica tierra aúlla lejos Silencio

entre claridades

Y clamo

Los trigales sagrados

La hierba de los desórdenes

Ex-voz interminablemente siempre regresa un éxtasis

Homens e cinzas

homens e cinzas enveredaram cedo

Deserto, passos de centeio negro

Ali

horizonte e noite e alimento Uno

As estações por onde passam

A mais rítmica terra uiva longe Silêncio

entre clarões

E clamo

Os trigais sagrados

A relva das desordens

Ex-voz interminavelmente sempre retorna um êxtase

El césped negro de los sonidos

Quien niega este desierto es la ruina de la más antigua

residencia, La Aniquilada

Las esmeraldas de este funeral

Este trabajo es luminoso cuando sorprendido en flagrante crimen contra la tierra

en sueños

Verano,

y a la noche te vendrán los cantos, El césped

negro de los sonidos

en sueños

desnuda, tu planicie entre aves

y tu anochecer de lana de hombre al mar

A relva negra dos sons

Quem nega este deserto é a ruína da mais antiga

residência, A Aniquilada

As esmeraldas deste funeral

Este trabalho é luminoso quando passo flagrado em crime contra a terra,

em sonhos

Verão,

e à noite te virão os cantos, a relva

negra dos sons

em sonhos

nua, a tua planície entre aves

e o teu anoitecer de lã de homem ao mar

Centeno y luz

He aquí la cosecha y en ti ni ave hay, y allá la fruta, hembra de ceniza

te dejan los árboles, la fibra y la residencia Y vienes

De noche,

sigue en círculos la vida y la colmena Abeja

y víctima, los vicios del mal

Espera y canto

Las estaciones

Trigal azul los días

y los hombres beben un mar yendo a la deriva e invisible

oscura hora pasa en ti, Lugar de velos

Centeno y luz, entonces

Sólo amanecen el grano y la soledad

Y en la mañana, tu llamado más salvaje

Te anuncian eclipse y alimento

y la voz incinerada

y la incinerada ala entre claridades

y la lama y el viento e la isla de los desórdenes pues es el césped real del verano

y despidiéndose de las suertes y de las ruinas, una vez más está lista la semilla

Centeio e luz

Eis a colheita e em ti nem ave há, e lá a fruta, fêmea de cinza

Te deixam as árvores, a fibra e a residência E vens

À noite,

segue em círculos a vida e a colméia Abelha

e vítima, os vícios do mal

Espera e canto

As estações

Trigal azul os dias

e os homens bebem um mar indo à deriva e invisível

escura hora passa em ti, Lugar de Véus

Centeio e luz, então

Só amanhecem o grão e a solidão

E na manhã, o teu chamado mais selvagem

Te anunciam eclipse e alimento

e a voz incinerada

e a incinerada asa entre clarões

e o limo e o vento e a ilha das desordens, pois és a erva real do verão

e dando adeus às sinas e à ruínas, uma vez mais está pronta a semente

Del libro inédito, Sonhos da lua e do sol.

Vicente Franz Cecim nació en la Amazonia, Belém do Pará, en Brasil.

En el caldero de una escritura con absoluta libertad y con la literatura como alquimia, el autor abole las fronteras entre la prosa y la poesía, funde lo natural y lo sobrenatural, lo profano y lo sagrado, y se lanza en intensa búsqueda metafísica del sentido de ser y de la vida.

En 1979, inició una amplia obra: Viagem a Andara, o libro invísibel, en la que transfigura a su región natural, la Amazonia, en Andara: una región onírica, territorio imaginario, metáfora de la vida; en la que ambienta todos sus libros.

En 1980, escribió el segundo libro individual de Andara, Os animais da terra, con el que se le otorgó el premio Autor Revelación del APCA (Asociación Paulista de Críticos de Arte). En 1981, "A noite do Curau", primera versión del tercer libro de Andara, Os jardins e a noite, recibió mención honorífica del Premio Plural, en México.

En 1988, Viagem a Andara, o libro invisível, que reúne los siete primeros libros de Andara, recibió el Gran Premio de la Crítica de la Asociación Paulista de Críticos de Arte. En 1995, Cecim publicó Silencioso como o Paraíso, reuniendo cuatro libros individuales de Andara. En 2001, cuando la invención de "Andara" cumplió 22 años, publicó Ó Serdespanto, con dos nuevos libros, lanzados simultáneamente en Portugal y en Brasil. Su todavía inédito libro, el décimo cuarto de Andara, es: Sonhos da lua e do sol, poemario del cual fueron tomados los tres textos que en este número editamos.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.

César Pérez Moreno nació el 27 de agosto de 1973, en Chiapas, México. Actualmente estudia Teología en una casa de la comunidad en Sao Paula, Brasil. Tiene conocimientos del inglés y portugués.

Centeno y luz

Centeio e luz

 

He aquí la cosecha y en ti ni ave hay, y allá la fruta, hembra de ceniza

Eis a colheita e em ti nem ave há, e lá a fruta, fêmea de cinza

te

dejan los árboles, la fibra y

la residencia Y

Te deixam as árvores, a fibra e a residência E vens

vienes

À

noite,

De noche,

 

segue em círculos a vida e a colméia Abelha

sigue en círculos la vida y la colmena Abeja

e

vítima, os vícios do mal

 

y

víctima, los vicios del mal

 

Espera e canto

 

Espera y canto

 

As estações

 

Las estaciones

 

Trigal azul os dias

 

Trigal azul los días

 

e os homens bebem

um

mar indo à

deriva e

y

los hombres beben un mar yendo a la deriva e

invisível

 

invisible

 

escura hora passa em ti, Lugar de Véus

 

oscura hora pasa en ti, Lugar de velos

 

Centeio e luz, então

 

Centeno y luz, entonces

 

Só amanhecem o grão e a solidão

 

Sólo amanecen el grano y la soledad

 

E

na manhã, o teu chamado mais selvagem

Y

en la mañana, tu llamado más salvaje

 

Te anunciam eclipse e alimento

 

Te anuncian eclipse y alimento

 

e

a voz incinerada

y

la voz incinerada

 

e

a incinerada asa entre clarões

 

y

la incinerada ala entre claridades

 

e

o limo e o vento e a ilha das desordens, pois és

la lama y el viento e la isla de los desórdenes pues es el césped real del verano

y

a

erva real do verão

dando adeus às sinas e à ruínas, uma vez mais está pronta a semente

e

despidiéndose de las suertes y de las ruinas, una vez más está lista la semilla

y

Del libro inédito, Sonhos da lua e do sol.

Vicente Franz Cecim nació en la Amazonia, Belém do Pará, en Brasil.

En el caldero de una escritura con absoluta libertad y con la literatura como alquimia, el autor abole las fronteras entre la prosa y la poesía, funde lo natural y lo sobrenatural, lo profano y lo sagrado, y se lanza en intensa búsqueda metafísica del sentido de ser y de la vida.

En 1979, inició una amplia obra: Viagem a Andara, o libro invísibel, en la que transfigura a su región natural, la Amazonia, en Andara: una región onírica, territorio imaginario, metáfora de la vida; en la que ambienta todos sus libros.

En 1980, escribió el segundo libro individual de Andara, Os animais da terra, con el que se le otorgó el premio Autor Revelación del APCA (Asociación Paulista de Críticos de Arte). En 1981, "A noite do Curau", primera versión del tercer libro de Andara, Os jardins e a noite, recibió mención honorífica del Premio Plural, en México.

En 1988, Viagem a Andara, o libro invisível, que reúne los siete primeros libros de Andara, recibió el Gran Premio de la Crítica de la Asociación Paulista de Críticos de Arte. En 1995, Cecim publicó Silencioso como o Paraíso, reuniendo cuatro libros individuales de Andara. En 2001, cuando la invención de "Andara" cumplió 22 años, publicó Ó Serdespanto, con dos nuevos libros, lanzados simultáneamente en Portugal y en Brasil. Su todavía inédito libro, el décimo cuarto de Andara, es: Sonhos da lua e do sol, poemario del cual fueron tomados los tres textos que en este número editamos.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.

César Pérez Moreno nació el 27 de agosto de 1973, en Chiapas, México. Actualmente estudia Teología en una casa de la comunidad en Sao Paula, Brasil. Tiene conocimientos del inglés y portugués.

Víctor Sosa

La incandescente pregunta

inglés y portugués. Víctor Sosa La incandescente pregunta Natureza Morta, del poeta Floriano Martins nos remite,

Natureza Morta, del poeta Floriano Martins nos remite, desde su mismo título, a la creación de un mundo aparte, a la invención de un lugar que es el único posible para el poeta: el lugar de la escritura. Entrar en este poemario es aceptar las reglas del juego de la invención, de la creación y de la gestación de un universo que tiene lugar en la ubicuidad del poema y su lectura -esa conjunción que hace posible el sorpresivo encuentro con la poesía. Desde el comienzo, entonces, sabemos qué territorio pisamos. El territorio de la creación poética, el territorio del fingimiento -el poeta, ese fingidor, como quería Pessoa-, el lugar sin límites de la palabra en estado de incandescencia. Palabra desvinculada de ese impositivo ejercicio que el sentido común le ha otorgado: nombrar, dotar de sentido al mundo, jerarquizar y definir fronteras entre esto y aquello, entre el afuera y el adentro, entre lo permisible y lo interdicto que toda sociedad impone.

La palabra poética -palabra desvinculada de toda servidumbre-, desnombra el mundo, trastoca y desarregla los sentidos (Rimbaud), desjerarquiza y desdibuja las rígidas y artificiales fronteras entre esto y aquello,

entre el adentro y el afuera, entre lo permisible y lo prohibido. Palabra desbocada hacia el vértigo, hacia la entrópica incertidumbre de lo real, hacia la puesta en duda, bajo sospecha, de la tranquilizadora categoría de lo verdadero.

En ese territorio de incertidumbre sucede Natureza Morta. Lo que ahí sucede es una proliferación de escritura en zigzag, de híbridas ramificaciones discursivas en constante transmutación de sus sentidos. Veamos este punto más de cerca: Floriano logra apropiarse de innumerables discursos, decursos y géneros escriturales; todo se va articulando dentro de un ámbito narrativo ya que se trata de historias, pero de historias fragmentadas, astilladas a veces, inconclusas o, más exactamente, carentes de desenlace, de una resolución final, cuentística, diríamos.

Si hay una apropiación de lo narrativo, también tenemos una apropiación del género dramático, teatral,

escénico. Este recurso abre la escritura poética a un espacio virtual y, por tanto, a un tiempo, el tiempo de

la actuación, de la representación, de la "puesta en acto" (Lacan) del poema. Se vive un drama de voces, y

un desdoblamiento de esas voces en otras, un tañido de ecos que recorren la escena y que se pierden en la atmosférica imantación allí creada. Diálogos. Las sombras que Floriano Martins proyecta dentro de esta

natureza, dialogan entre sí, y dialogan, también, con el lector. Y dentro de esos inquietantes diálogos marcados por el desasosiego, que indagan en las profundidades del ser -y que, por momentos me remiten

a la subjetiva y deslumbrante prosa poética de Lispector-, se impone otro recurso estilístico de gran

significación: la interrogante, la pregunta; rítmica pregunta obsesiva, como un detonador que hace añicos

la pasiva hecatombe de la costumbre. La interrogación constante que atraviesa estas páginas está muy

lejos de ser un mero artificio retórico y, más bien, es la columna donde se vertebra lo medular del discurso

poético, lo que justifica todo el andamiaje formal y las múltiples apropiaciones genéricas.

La pregunta -la gran Pregunta de la poesía- es la que detiene el tiempo lineal de la Historia y nos traslada a un tiempo mítico -que, por estar fuera de la Historia, está siempre presente, es presente perpetuo y arquetipo-. Y la Pregunta se interroga sobre la palabra y sobre el sentido: "Cómo resguardar a palavra sem seu sentido, extraviar o corpo sem dor, a alma sem nela crer?"; se interroga sobre el nombre: "Precisamos, sei, de um nome. Que seja o meu, o teu, outro, mas que falem todos os filhos a mesma língua"; búsqueda de una lengua común, que es también la búsqueda del origen perdido; búsqueda, por la poesía, de la superación del castigo babélico y del alumbramiento de una ecuménica lengua anterior a la Caída. Noble búsqueda imposible porque, el poeta lo sabe: "Os nomes nao dizem nada. Tu verdadeiro nome para sempre está perdido". En efecto, la poesía es una búsqueda de lo imposible y es, paradójicamente, la implícita conciencia de ese fracaso: el nunca hallar lo buscado.

Sin embargo, el hallazgo se encuentra en la búsqueda que es el poema, en el incesante suceder de la escritura, en los sorpresivos encuentros y en los inesperados vislumbres que sólo acaecen en la deriva de una escritura que se busca a sí misma. Palabra: nombre: máscara. La máscara -esa persona- es a la vez el símbolo de la representación y del ocultamiento, del artificio y de lo real detrás de éste. Por eso nos dice el poeta: "Quantas máscaras recaem sobre mim?"; "Onde estás, máscara, Festa, és tu?". Sabemos que somos muchos, pero no sabemos cuantos somos. Desde Whitman, desde Rimbaud, desde Freud, aceptamos la condición plural de la existencia: "¿Me contradigo? Contengo multitudes", afirmaba el poeta de Manhattan. Y Floriano pasa de la máscara al cuerpo, a la pregunta sobre el cuerpo: "Quantos corpos teus desejo agora?"; "Quantas partes tuas espalhadas por mil corpos?". El cuerpo imposible, el cuerpo del deseo; cuerpo-metonimia incesante que, al igual que la poesía, se evade en el deseo de la búsqueda: "Ou acaso o que me encanta é seu vazio?". El cuerpo -al igual que la máscara- es el símbolo de la representación y del ocultamiento del ser, de ahí la imposibilidad de aprehenderlo, de ahí su fugacidad y su vacío.

Si la interrogación es la constante medular de esta Natureza Morta, la mujer -la Mujer-emblema-, o más correctamente las encarnaciones y apariciones femeninas en el discurso poético, son las articulaciones sin las cuales este organismo poético no podría caminar. Floriano Martins recurre a nombres propios: María, Magdalena, Marta, Ruth, Raquel, Sara, mujeres bíblicas, mujeres míticas, mujeres que también nos introducen en un tiempo perpetuo y circular, propio de la poesía. Todas las mujeres como la Mujer, y viceversa: "com cuantas mulheres te deitarás, supondo que estarei em cada uma delas?". María, arquetipo de pureza, pero también, en la escritura del poeta, sinónimo de creación -al igual que Dios Padre-: "meu filho me foi doado pelo esplendor de minha ilusao". Sólo a partir de un esplendor de esperanza se produce el milagro; la creación es, antes que nada, la creación del deseo y el anhelo de una concretud. Fusión de las antinomias: lo carnal y lo espiritual, Dios y el hombre, el deseo y la realización, confluyen: "que no serás Deus encuanto nao fores homem". Otra vez la dualidad y la duplicidad del ser siempre en juego pero abolida la contradicción en la Unidad necesaria. De ahí la importancia de esas mujeres en la escritura de Martins: no hay completud posible sin ellas, sin su invención, sin su participación e intromisión en el lenguaje, en la lengua bífida del poema, y por otra parte, ese complemento es inalcanzable, ilusorio, utópico, sólo dable en el reino de la magia o del mito -del cual hemos sido expulsados hace tiempo.

Natureza Morta: paradójica definición de ese imposible llamado poesía pero que Floriano Martins logra hacer realidad en el milagro -en el deseo del milagro- de una palabra tan desbocada como intensa; incandescencia que pregunta y pregunta que, en su respuesta, quema.

Versión electrónica del libro Natureza Morta

Víctor Sosa. Nace en Uruguay, en 1956. Poeta, crítico y pintor quien en 1983 se naturaliza mexicano.

Entre sus libros de poesía se encuentran Sujeto omitido (1983), Sunyata (1992) y Gerundio (1996). De su obra ensayística destacan La flecha y el bumerang (1997) y El impulso. Inflexiones sobre la creación (2000).

Fue colaborador de publicaciones mexicanas como Vuelta, Semanario Cultural y y artes plásticas en la Jornada Semanal.

crítico activo de literatura

Floriano Martins. Nace en Fortaleza, Brasil, en 1957. Poeta, ensayista y traductor, también se ha dedicado , en particular, al estudio de la literatura hispanoamericana, sobre todo en lo que respecta a poesía. Es autor de libros como Escritura conquistada (Letra & Música, Fortaleza) y Escrituras surrealistas (Memorial da América Latina, São Paulo), ambos publicados en1998.

También en esta misma fecha publicó, para la carioca Ediouro, sus traducciones de Poemas de amor, de Federico García Lorca, y Delito por bailar o chá-chá-chá, de Guillermo Cabrera Infante. Su poesía se encuentra reunida en el volumen Alma em Chamas (Letra &Música,Fortaleza,1998).

Con una larga trayectoria de colaboración para la prensa, en Brasil y en el exterior, también ha escrito algunos artículos sobre música, artes plásticas y literatura. Actualmente es articulista del Jornal da Tarde (São Paulo) e integrante del Consejo Editorial de la revista Poesia Sempre, de la Biblioteca Nacional (Río de Janeiro) y de la colección Clásicos Cearenses, de la Fundación Demócrito Rocha (Ceará). Dirige, junto con Rodrigo de Souza Leão, la revista virtual Agulha. Es además autor de una biografía del compositor Alberto Nepomuceno.

Fernando-Carlos Vevia

veviar@fuentes.chs.udg.mx

Bebo mi limpia sed

Raúl Bañuelos. Nació en Guadalajara, Jalisco, México, en enero de 1954. Es investigador del Centro de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara. Entre su producción literaria están los poemarios: Tan por la vida, Poema para un niño de edad innumerable, Por el chingo de cosas que vivimos juntos, Menesteres de la sangre, Puertas de la mañana, Cantar de forastero, Cuaderno de miniaturas, entre otros.

Es forzoso comenzar estas palabras de presentación del libro de Raúl Bañuelos Bebo mi limpia sed, robándole una cita de su página 65:

El que escribe se detiene de todos los rumbos donde

andaba. Se detiene y divide la mar de todo lo que

hay en dos mitades, para que un río vacío avance

sin algo a que aferrarse hacia el instante puro.

avance sin algo a que aferrarse hacia el instante puro. Si existiera un Tribunal de Altas

Si existiera un Tribunal de Altas Poesías correría a quejarme y a poner una demanda, porque este poeta se mete en el terreno de los explicadores de literatura y nos quita la clientela. ¿Cómo puedo atreverme a dar una clase, o escribir un trabajo, o hacer la presentación de un libro de poesía, después de que este poeta deja escritas palabras tan exactas y bellas?

Le tocaría al explicador de literatura decir o escribir, que los poetas se aíslan del mar de impresiones cotidianas que los solicita, para abrir un camino nuevo y a través de él llegar a la carne viva de la poesía. Pero este poeta se nos adelanta y dice poéticamente, lo que nosotros podríamos decir tan aburridamente.

No todos dominan el misterio que revela el poeta en este libro:

Hay palabras que te dicen

más de lo que tú podrías decir

con ellas.

Sí; el significado desborda siempre a la prisión del concepto en que queremos encerrarlo. Por eso hay palabras que te dicen más de lo que tú podrías decir con ellas.

Raúl Bañuelos está acentuando en esta etapa de su vida, como muestra esta Antología personal que estamos presentando, su amor por la sencillez. Está creando poemas-bonsai. Como un exquisito jardinero japonés le veo inclinado sobre sus poemas, cortándoles todo conato de exuberancia, recreándose en su existencia contenida. Leamos.

Tengo una caja

donde no guardo

objeto ninguno.

Allí está mi vacío.

Allí está mi plenitud.

Que nunca le agregue objetos.

Que nunca deje de reconocerla.

No es poema de ahora, pero su inclusión en esta Antología, demuestra que mantiene su amor por la poesía concentrada. De fecha reciente podemos leer:

A la poesía todo

se lo debo.

Y no tengo poesía

con que pagarle.

Muchos preparatorianos estrenan su juventud escribiendo poemas en los que derraman su primer desengaño amoroso o su primer entusiasmo erótico. Para saber si es poeta, el público lector debe esperar un poco. Tiene que aplacarse un tanto el furor erótico del joven preparatoriano, para que sepamos si sabe escribir de algo más que de muslos, pechos y caderas. Tiene que pasar también su furor de redentor social impaciente, que exige al mundo que cambie al primer tronido de sus dedos.

Después de eso, si el que fue joven sigue escribiendo, puede resultar que sea poeta. Aunque aún le queda al aspirante a coronarse poeta demostrar que posee el objeto mágico, la marca de nacimiento, lo que se suele llamar: " el niño que todos llevamos dentro".

Quisiera decir que esa frase no es cierta. Casi nadie lleva un niño dentro. La mayoría llevamos dentro el adulto simplón que siempre fuimos, aunque más pequeñito de tamaño; otros, el mercader que siempre

fueron, aunque con el bigote menos crecido y la calva sin asomar todavía; o el cazador implacable de seres

humanos

pero

nunca un niño. Llevar un niño dentro es privilegio de los poetas.

Hoy me regaló su canica verde

el niño de las mañanas y los juegos.

No lo había visto.

De lejos me habló y me saludó.

Lanzó la canica hasta mis pies por el suelo.

Luego vino y dijo: "¿Conoces a Raúl?".

Raúl Bañuelos sí es de los que llevan un niño dentro. Es decir, la capacidad de asombro ante los prodigios constantes de las galaxias de belleza, que están a nuestro alcance en la hormiga que cruza el camino, la

Todas esas cosas que se pueden leer en el poemario Bebo mi

gota de agua que cae sobre el hombro limpia sed.

Antes mencionábamos al jardinero que crea poemas-bonsai. Esta tendencia de Raúl Bañuelos ha sido constante y por ello aparece en esta antología personal. Convive con otras tendencias, como mencionaremos enseguida, pero realmente vive-con ellas, no se estorban ni se excluyen.

Por ejemplo, su tendencia a lo que podríamos llamar "intuiciones existenciales", es decir: esas miradas

especiales que descubren en las cosas que nos rodean pequeños universos de belleza y vida palpitante. Por

ejemplo:

De vez en cuando me tocan las cosas

como si fueran hechas para mi ( pag. 13)

O aquellos otros versos:

Cuando hablamos en un cuarto habitado

las cosas se reparten nuestra voz.

¿ Qué puede ser más común y cotidiano, que hablar en un cuarto donde hay cosas? Todos lo vemos

muchas veces cada día, pero el poeta tiene intuiciones o miradas más profundas acerca de lo existente.

Todavía algún ejemplo más:

Trabaja la rosa

en el quehacer

de su hermosura. (pag. 67)

Otra de las preferencias de Raúl Bañuelos que pueden constatarse una vez más en esta antología personal, es la metafísica. No hace falta poner cara de profesor alemán de filosofía del siglo XIX. La palabra "metafísica" siempre significará algo muy sencillo, tanto, que hasta los muy inteligentes pueden entenderlo: "Lo que está más allá de las cosas físicas". Por ejemplo:

¿ Es un truco esta magia cotidiana de ser vivos,

es un engaño la vida del hombre verdadero

y la muerte le descubre el juego de manos, el

trasfondo

del baúl, la tramoya del teatrito?

El

agua de la fuente y el jardín que ahora veo

y

la muchacha que corre hermosa

¿ algún día nos olvidaremos de nosotros mismos

tanto

que nos dejaremos en el polvo para siempre?

No se puede comentar la poesía, hemos de leer esta antología una y otra vez. Hablar de la sencillez, de la soledad, de cómo Raúl comenta el quehacer del poeta, y los trabajos del lenguaje, de cómo en momentos se hace esotérico, casi místico, es inútil, cuando el lector lo captará mucho mejor.

Pero quiero terminar con un comentario sobre la presencia de Dios en su poesía.

A partir del siglo XVIII, el hombre emancipado de la Ilustración cometió el error fundamental de la

educación estética, que consiste en creer que el hombre natural y libre de la religión, puede sacarse a sí mismo de la ciénaga de su debilidad natural, jalándose a sí mismo de los cabellos (ideas de Rainer Gruenter en Sobre la miseria de lo bello, Gedisa, Barcelona, 1992, pag. 145).Cito textualmente a Rainer Gruenter,

quien expresó con toda precisión y exactitud esta idea:

La cultura de la educación estética concedió a los poetas, sus protagonistas, no sólo los privilegios públicos,

sociales y morales, como a una nueva clerecía, sino que también hizo que los cultos[

buscaran un

consuelo en la poesía que tenía que ser el sustituto ideal del consuelo religioso (op.cit pag. 145).

]

En gran parte sigue siendo esta la situación en que vivimos. Pero el poeta de la antología que comentamos,

tiene un Dios personal y franciscano, al que sentimos ahí, un poco lejos, pero pendiente de lo que hacemos, aunque finge que anda ocupado en cuidar de sus universos. Oigamos algunos versos.

Dios nunca muere;

tiende puentes desde su ausencia.

O

estos otros:

El

viento acaricia la cara de Dios

en

las ramas de los árboles.

La

mano de Dios limpia los cristales

de

los autos en una esquina de la tarde.

O para terminar:

Dios en persona indagaba entre la morusera:

un pedazo de papel mojado, dos latas furiosas,

tres maderas desatendidas.

Ahora sí les dejamos ya con el poeta. La lectura de su obra (toda ella, no sólo esta antología) tiene poder sanador, sustituye a los fármacos, es beneficiosa para la salud, como dicen en la Asociación Nacional de Terapia Poética, que tiene su sede en Nueva York desde 1981.

Fernando-Carlos Vevia Romero. Es Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas, España. Coordinador del Doctorado en Letras de la Universidad de Guadalajara. Profesor e Investigador del Departamento de Letras. Ensayista.

Jorge Orendáin

orendain67@hotmail.com

Tandariola, del metafísico mayor de Guadalajara

Raúl

investigador

Aceves.

Nació

en

Guadalajara,

del

Departamento

de

en

1951.

Es

profesor-

la

de

Estudios

Literarios

Raúl investigador Aceves. Nació en Guadalajara, del Departamento de en 1951. Es profesor- la de Estudios

Universidad de Guadalajara desde 1988. Ha publicado varios libros de poesía: Cielo de las cosas devueltas, Expedición al Ser, Las arpas del relámpago, La torre del jardín de los símbolos, Lotería del milagro, Mundos del barro, Dislocaciones y travesías, Aforismos y desaforismos. Además varias antologías y compilaciones, como el Diccionario de bestias mágicas y seres sobrenaturales de América y libros de ensayo literario.

Tandariola, es un libro de metafísica lúdica que podemos consultar a cualquier hora de la vida para buscar las respuestas que se nos han estado escondiendo entre tantas preguntas; es un petardo que nos despierta los sentidos y nos agudiza la visión interior; es una invitación que nos invita a contemplar todos los mundos posibles para fincar en ellos nuestro asombro; es la búsqueda al centro, al origen de todo, a nuestra casa original.

Los temas de Tandariola son múltiples. Sin embargo, creo es un libro centralmente filosófico que nos bombardea con preguntas acerca del mundo interno y externo que habitamos; un libro que nos habla del ser y su origen, de Dios, del vacío, del amor, del tiempo, del silencio, de la muerte, de la trascendencia.

Otro tema frecuente en las ocho secciones es la relación, casi siempre negativa, que ha tenido la tecnología con el ser humano, la naturaleza, la imaginación y el arte.

Aquí las personas, transfiguradas en cosas, necesitan pruebas de su existencia, se miran interminablemente en el espejo, se sienten superiores a las palabras, compiten entre sí, inventan fronteras; pero un día despertarán sorprendidas en un mundo diferente que ellos mismos han construido.

Tandariola también es un viaje que nos lleva a diversos lugares reales o míticos, como a Machu Pichu, al Mundo de Uru, a Guadalajara y al Mar Turquesa. En ese viaje encontraremos, entre otros, a Borges, Cortázar, Kafka, Juarroz, Benito Juárez, Caperucita Roja, Drácula y a Van Gogh; así como a los hombres de cabeza voladora, a los yoguis, al rey Midas y a miles de amargados que discuten con los hombres “casi”.

En estas páginas los hombres y mujeres se unen con los elementos de la naturaleza, con objetos, con lugares y animales para enseñarnos las partes ocultas del mundo y que no nos atrevemos a imaginar. Los niños-duendes serán los principales testigos.

Este libro es una invitación a navegar “hacia mares menos mojados de realidad”, a la vez que se critica al materialismo, a nuestra “hambre absurda de posesiones”. Tandariola es un espacio para dialogar consigo mismo, es la oportunidad para encontrarnos en el mundo de todos los días; es un libro donde uno más uno siempre será igual a uno.

Ya desde sus otros libros, Raúl nos ha manifestado su gusto por los neologismos. Esta vez no es la excepción: los “hipozoles”, los “calendrijos” y las “guaramuchas” andan en este “vagainmundo” lleno de “incertilumbre” y “esperansia” creando significados que nos ayudan a encontrar la verdad que, en esta Tandariola, se viste de metáfora, ficción y símbolo.

Además, Raúl no se olvida del juego de palabras, de los aforismos y ni de construir su mundo al revés; ni mucho menos de regalarnos estampas poéticas, ni del humor, la sorpresa y la paradoja.

Él nos invita a ir hacia el otro lado para subir lo más alto posible para no caernos, mientras un conejo corre para hacer más grande la distancia entre la vida y la muerte; nos convida a comprar calendarios con días viejos para después poner todo en orden y poder encontrar el caos. Pero antes nos advierte que dejemos que nuestros ojos exploten para que nazca el mundo.

Estas trizas de sabiduría risueña, como dice al inicio el Filoso Fo, tienen influencia taoísta, dadaísta, surrealista, absurdista, alpinista y filatelista.

Raúl sabe que “descansar cansa”. Este libro es una muestra más de su inagotable búsqueda de otros mundos a través de la imaginación y la memoria, ese “órgano de la inmortalidad” que nos ayuda a volar en el país de los símbolos. Macedonio Fernández, el “metafísico mayor de Buenos Aires” a quien Aceves le dedica el libro, nos enseñó que “el ser no tiene ley, que todo es posible”. Raúl, quizá uno de sus mejores alumnos, lo ha confirmado en estas páginas. No en balde, María Guadalupe Enríquez escribe en el prólogo que Raúl es “un traductor de los seres del silencio, un observador de la obra del día” en este país de lo imposible donde existen todas las posibilidades.

Al iniciar la lectura de este libro, empezaremos a crecer desde cero; el que llegue al uno habrá alcanzado la totalidad. El Filoso Fo nos recomienda al inicio que este libro puede ser benéfico para la salud, por lo que se recomienda usarlo con moderación, porque al final de cuentas todo cabrá en esta Tandariola sabiéndola leer.

Lo más seguro es que al final de la lectura, la palabra Tandariola ya no tenga que ver con la bulla ni la juerga y ni con alborotos; será una nueva posibilidad del silencio, la reflexión y la contemplación.

Por último, quiero recordar que Macedonio Fernández dijo que él escribía para ayudarse a pensar; en este libro, Aceves ha escrito para ayudarnos a reflexionar y, sobre todo, a imaginar.

Gracias Raúl por ser el gran “pasajero de la irrealidad” y por compartir estas expediciones.

Raúl Aceves, Tandariola, Aforismos, diálogos y minioficciones, Ed. Amaroma, Guadalajara, México, 2001

Jorge Orendáin. Nació en Guadalajara, Jal., en 1967. Es egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), y de la Maestría en Literaturas de siglo XX, en la Universidad de Guadalajara.

Es autor de Animalías (Secretaría de Cultura de Jalisco, 1994), Por demás la lluvia (Ediciones Arlequín, 1996), Telescopios de papel (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1996) y Ciudad a cuatro ríos (Universidad de Guadalajara, 1999).

Ha laborado en varias dependencias de la Universidad de Guadalajara, así como en el ITESO. También ha

impartido talleres de poesía en el TEC de Monterrey y en la SOGEM. revista Trashumancia.

Fue subdirector de la desaparecida

Actualmente colabora con Ediciones Arlequín y con la revista Luvina.

Machado de Assís

Misa de Gallo

Versión de Gabriela Hernández

jmgutierre@infosel.net.mx

Joaquim Maria Machado de Assis nació en 1839, en Río de Janeiro, Brasil. Apenas concluyó sus estudios primarios, fue admitido como aprendiz de tipógrafo en la Imprenta Nacional. Fue escalando posiciones hasta volverse corrector de estilo y colaborador de algunos diarios. En 1864 se publica su primer libro de poemas: Crisálidas, de orientación parnasiana. Más tarde aparecen las colecciones de cuentos Contos Fluminenses (de donde ha sido extraído el presente relato), Histórias da Meia Noite y las novelas Ressurreição, A mão e a luva, Iaiá García. A partir de 1878 entra en una etapa de esplendor que dio grandes

novelas a la literatura brasileña: Dom Casmurro, Memórias Póstumas de Brás Cubas, entre otras. Muere en 1908, en Río de Janeiro.

Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora, hace muchos años, tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de navidad. Había acordado con un vecino de ir a la misa de gallo, preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.

La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña, el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres. A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba, y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo, y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.

¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote, soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana, bien habría aceptado un harem, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.

Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba, de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la corte. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra, y la tercera se quedaba en casa.

Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo ese tiempo? Me preguntó la madre de Concepción.

Leer, Doña Ignacia.

Llevaba conmigo una novela, Los Tres Mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan, y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer, cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.

¿Todavía no se ha ido? Preguntó.

No, parece que aún no es medianoche.

¡Qué paciencia!

Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras. Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, ella respondió enseguida:

¡No! ¡cómo cree! Me desperté yo sola.

La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que justamente, tal vez no durmiese por mi causa, y mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.

Pero la hora ya debe de estar cerca.

¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo? Observé que se asustaba al verme.

Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.

¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya se, es la novela de los mosqueteros.

Justamente; es muy bonita.

¿Le gustan las novelas?

Sí.

¿Ya leyó la Morenita?

¿Del Doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.

A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?

Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mi. De vez en cuando se pasaba la lengua por sus labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar, no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida, vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos, mientras los codos descansaban en los brazos de la silla, todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.

‘Tal vez esté aburrida’, pensé.

Y luego añadí en voz alta:

Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo

No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir en el día?

Lo he hecho.

Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.

Qué vieja ni que nada Doña Concepción.

Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes

tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no se qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando; Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.

Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.

Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga la semana santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio

Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros, y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mi,

tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules, que a pesar de la poca claridad podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y

de otras cosas que se me ocurrían. Hablaba enmendando los temas, sin saber porqué, variándolos y

volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le

daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:

¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Voltee, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo bajito:

Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.

Yo también soy así.

¿Cómo? Preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.

Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rió de la coincidencia,

también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.

Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.

Fue lo que le pasó hoy.

No, no, me interrumpió ella.

No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de su bata

y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas.

Después habló de una historia de sueños, y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me

diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra, de vez en cuando me reprimía:

Más bajo, más bajo.

Había también unas pausas. Dos o tres veces, me pareció que dormía; pero sus ojos cerrados por un instante, se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche, que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de esas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo por respeto quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa; pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.

Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a ‘Cleopatra’; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.

Son bonitos, dije.

Son bonitos, pero están manchados. Y además para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Estas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.

¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.

Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas, así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.

La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué

a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal

languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidar de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que desde antes de casarse le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.

Necesitamos cambiar el tapiz de la sala, dijo como si hablara consigo misma.

Estuve de acuerdo, para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a quedarnos por algún tiempo, no puedo decir cuánto,completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: ‘¡misa de gallo! ¡misa de gallo!’

Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.

¿De verdad? Pregunté.

Claro.

¡Misa de gallo! Repitieron desde afuera, golpeando.

Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.

Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez, entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo, y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día, la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde, escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.

Gabriela Hernández nació en Tampico, Tamaulipas, México en l963. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-RJ). Radica en Guadalajara en donde es miembro del Consejo de redacción de la Revista Periplo, así como traductora del portugués. Sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones locales. Actualmente tiene en preparación un libro de cuentos que saldrá a la luz en noviembre de este año.

Mario de Andrade

El pavo de navidad

Versión de Inés Van Messen

miv18029@cencar.udg.mx

Mario de Morais Andrade nació en la ciudad de San Pablo el 9 de septiembre de 1893 y falleció en la misma ciudad el 25 de febrero de 1945. Fue una de las figuras más grandes si no la más grade del Movimiento Modernista. Ejerció gran influencia sobre las generaciones más nuevas.

Sus principales obras son: Há Uma Gota de Sangue em Cada Poema (1917); Paulicéia Desvairada (1922);

Losango Cáqui (1926), poesía; Primeiro Andar(1926) cuentos: Amar, Verbo Intransitivo (1927), novela; Clá

do Jabuti (1927); Macunaíma (1928), novela; Remate de Males (1930) poesía; Belasarte (1933) cuentos;

además de varios ensayos sobre música, literatura, folclore, etc. Entre los libros póstumos que forman parte de sus Obras Completas, en 20 volúmenes, editados por la Librería Martins, Editora, San Pablo, figura Contos Novos (1947).

Nuestra primera Navidad en familia, después de la muerte de papá ocurrida cinco meses antes, fue de consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre fuimos una familia feliz, en ese sentido bien amplio de felicidad: gente honesta, sin crímenes, hogar sin peleas internas ni graves dificultades económicas. Pero, debido en parte a la naturaleza gris de mi padre, ser desprovisto de todo tipo de lirismo, instalado en la mediocridad, siempre nos había faltado ese disfrute de la vida, ese gusto por las felicidades materiales: un buen vino, un balneario, el refrigerador, cosas así. Mi padre había sido un gran equivocado, casi dramático, el pura-sangre de los esfuma-placeres.

Mi padre murió, lo sentimos mucho, etc. Cuando ya nos acercábamos a la Navidad, yo no sabía qué hacer

para poner distancia con esa memoria del muerto que obstruía, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un recuerdo doloroso en cada comida, en cada mínimo gesto de la familia. Una vez sugerí a mamá que fuera al cine a ver una película. ¡Se puso a llorar! ¡Dónde se vio ir al cine estando de luto riguroso! El dolor ya se cultivaba por las apariencias, y yo, que siempre había querido bien a papá, más por instinto filial que por espontaneidad del amor, me veía a punto de detestar al bueno del muerto.

Fue sin lugar a dudas por eso que me nació, en este caso sí, espontáneamente, la idea de hacer una de mis llamadas "locuras". Esa había sido, en realidad, y desde muy niño, mi excelente conquista contra el clima

familiar. Desde muy temprano, desde los tiempos de la secundaria, en que me las arreglaba para sacar regularmente un reprobado todos los años, desde el beso a escondidas a una prima, cuando tenía diez años, descubierto por la tía Velha, una tía detestable; y principalmente desde las lecciones que di o recibí,

no

sé, de una criada, conseguí, en el reformatorio del hogar y con la vasta parentela, la fama conciliadora

de

"loco". "¡Está loco, el pobre!" decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto

de

la parentela me buscaba como ejemplo para sus hijos y probablemente con aquel placer de los que se

convencen de alguna superioridad. No tenían locos entre sus hijos. Pues esa fama es la que me salvó. Hice todo lo que la vida me presentó y que mi ser exigía que se realizara con integridad. Y me dejaron hacer de todo, porque era loco, pobrecito. El resultado de todo esto fue una existencia sin complejos, de la cual no tengo nada de que quejarme.

Siempre teníamos la costumbre, en la familia, de realizar la cena de Navidad. Cena insignificante, ya puede usted imaginarse; cena tipo mi padre: castañas, higos, pasas después de la Misa de Gallo. Empachados de

empachados de

almendras y nueces (si habremos discutimos los tres hermanos por el cascanueces

castañas, nos abrazábamos e íbamos a la cama. Fue al recordar esto que arremetí con una de mis "locuras".

),

Bueno, para Navidad, quiero comer pavo.

Hubo una de esas sorpresas que nadie se imagina. Luego, mi tía solterona y santa, que vivía con nosotros, advirtió que no podíamos invitar a nadie debido al luto.

¿ Pero quién habló de invitar a alguien? Esa manía

en casa es plato de fiesta, viene toda esa parentela del demonio

¿Cuándo comimos pavo en nuestra vida? Pavo aquí

Hijo mío, no hables así

Pues hablo y ya.

Y descargué mi helada indiferencia sobre nuestra parentela infinita, dizque descendiente de bandeirantes, que poco me importa. Era el momento para desarrollar mi teoría de loco, pobrecito, y no perdí la ocasión. De sopetón me dio una ternura inmensa por mamá y tiita, mis dos madres, tres con mi hermana, las tres madres que divinizaron mi vida. Siempre era lo mismo: venía el cumpleaños de alguien y sólo así se hacía pavo en la casa. Pavo era plato de fiesta: una inmundicie de parientes ya preparados por la tradición, invadían la casa por el pavo, las empanaditas y los dulces. Mis tres madres, tres días antes, lo único que sabían de la vida era trabajar preparando carnes frías y dulces finísimos, pues estaban muy bien hechos. La parentela devoraba todo y todavía se llevaba paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres quedaban exhaustas. Del pavo, sólo en el entierro de los huesos, al día siguiente, mamá y tiita probaban un pedacito de pierna , oscuro, perdido en el arroz blanco. Y eso que era mamá quien servía, elegía para el viejo y para los hijos. En realidad, nadie sabía concretamente qué era un pavo en nuestra casa, pavo restos de fiesta.

No, no se invitaba a nadie, era un pavo para nosotros cinco, cinco personas. Y tenía que ser con dos farofas, la gorda con los menudos y la seca, doradita, con bastante manteca. Quería el buche rellenado sólo con farofa gorda, a la que teníamos que agregar fruta negra, nueces y una copa de Jerez, como había aprendido en casa de la Rosa, mi querida compañera. Está claro que omití decir dónde había aprendido la receta y

todos desconfiaron. Y todos se quedaron en ese aire de incienso soplado

sería tentación del Diablo

aprovechar una receta tan sabrosa? Y cerveza bien helada, garantizaba yo casi a los grito. Lo cierto es que con mis "gustos" ya bastante refinados fuera del hogar, primero pensé en un buen vino bien francés. Pero

la ternura por mamá venció al loco, a mamá le encantaba la cerveza.

¿no

Cuando acabé mis proyectos, me di cuenta, todos estaban felicísimos, con un inmenso deseo de hacer aquella locura con la que había irrumpido. Sabían muy bien que era locura, sí, pero todos se imaginaban que yo era el único que deseaba mucho aquello y era fácil echar encima mío la culpa de sus deseos enormes. Se sonreían, mirándose unos a otros, tímidos como palomas desgarradas, hasta que mi hermana asumió el consentimiento general:

¡Aunque esté loco!

Se compró el pavo, se hizo el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo muy mal rezada, tuvimos nuestra Navidad más maravillosa. Qué chistoso! Cuando me acordaba que finalmente iba a lograr que mamá comiera pavo, en esos días no hacía otra cosa que pensar en ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada. Y mis hermanos también, estaban en el mismo ritmo violento de amor, todos dominados por la nueva felicidad que el pavo iba imprimiendo en la familia. De modo que, aún disfrazando las cosas, dejé con tranquilidad que mamá cortara toda la pechuga del pavo. En un momento mamá se detuvo, luego de haber cortado en rebanadas uno de los lados del ave, sin resistirse a aquellas leyes de economía que siempre la habían sumido en una casi pobreza sin razón.

No señora, siga cortando

y pedazos grandes ¡Yo solo me como eso!.

Era mentira, el amor familiar estaba incandescente en mí de tal forma, que hasta era capaz de comer poco,

sólo para que los otros cuatro comieran mucho. Y el diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido entre nosotros solos redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había borrado por completo: amor,

En esa casa de

pasión de madre, pasión de hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en Jesús

burgueses muy modestos, se estaba realizando un milagro digno de la Navidad de un Dios. La pechuga del pavo quedó enteramente reducida a rebanadas grandes.

¡Yo sirvo!

¡Qué loco! ¡Pero por qué tenía que servir si siempre mamá había servido en esa casa! Entre risas, los grandes platos llenos fueron pasando hasta mí y empecé una distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a que sirviera la cerveza. Advertí un pedazo admirable de pavo lleno de carnecita y lo puse en el plato. Y luego varias rebanadas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio angustiado en el cual todos aspiraban a su parte del pavo:

¡Acuérdate de tus hermanos, Juca!

¿Cuándo iba a imaginarse ella?, ¡la pobre! que ese era el plato suyo, de la Madre, de mi amiga maltratada que sabía de la existencia de Rosa, que sabía de mis crímenes, a quien sólo le contaba lo que hacía sufrir!

El

plato quedó sublime.

Mamá, este es su plato. ¡No!

¡No lo pase!

Fue entonces cuando ella no pudo más con tanta conmoción y se puso a llorar. Mi tía también, después de ver que el siguiente plato sublime era el suyo entró en el asunto de las lágrimas. Y mi hermana también, que jamás había visto lágrimas sin abrir una llave, se desparramó en llanto. Entonces empecé a decir

Diablo de familia tonta que veía un pavo y

lloraba

muchas tonterías para no llorar también, tenía diecinueve años

Todos se esforzaban por sonreír, pero ahora la alegría se tornaba imposible. El llanto

había evocado, por asociación, la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su figura gris, vino

a estropear para siempre nuestra Navidad. ¡Me dio coraje!

Esas cosas

Bueno, empezamos a comer en silencio, consternados, y el pavo estaba perfecto. La carne tierna, de un tejido muy tenue, se mezclaba entre los sabores de las farofas y del jamón , de vez en cuando herida, molestada y vuelta a desear ante la intervención más violenta de la pasa negra y el estorbo petulante de los pedacitos de nuez. Pero papá estaba sentado allí, gigantesco, incompleto, una censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan rico, y mamá que por fin sabía que el pavo era un manjar digno de Jesucito nacido.

Empezó una lucha baja entre el pavo y el bulto de papá. Supuse que alentar al pavo era fortalecerlo en la lucha y, está claro, había tomado decididamente el partido del pavo. Pero los difuntos tienen medios escurridizos, muy hipócritas como para vencerlos. En cuanto alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente obstruyente.

Sólo falta su papá

Yo ni comía, ya no podía probar más ese pavo perfecto, tanto me interesaba esa lucha entre los dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración genial de repente me volvió hipócrita y político. En aquel instante que hoy me parece decisivo en nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre. Fingí, triste.

Y sí. Papá nos quería mucho y murió de tanto trabajar para nosotros, papá allí en el cielo debe estar

contento

(

dudé, pero resolví no mencionar más al pavo) contento de vernos a todos reunidos en familia.

Y todos, mucho más tranquilos, empezaron a hablar de papá. Su imagen fue disminuyendo y se transformó en una estrellita brillante en el cielo. Ahora todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre se había sacrificado tanto por nosotros, había sido un santo que " ustedes, mis hijos, nunca podrán pagar lo que deben a su padre", un santo. Papá se transformó en santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo, imposible de deshacer. No perjudicaba más a nadie, puro objeto de contemplación suave. El único muerto aquí era el pavo, dominador, completamente victorioso.

Mamá, tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir "felicidad gustativa", pero no era sólo eso. Era un felicidad mayúscula, un amor de todos, un olvido de otros parientes que distraen del gran amor familiar. Y fue, sé que ese primer pavo comido en el seno de la familia fue el comienzo de un amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y cuidadoso. Nació entonces una felicidad familiar para nosotros que, no soy exclusivista, algunos tendrán igual de grande, sin embargo más intensa que la nuestra, me es imposible concebir.

Mamá comió tanto pavo que en un momento imaginé que podía hacerle mal. Pero enseguida pensé: ¡Ah!, ¡no importa! aunque se muera, pero por lo menos que una vez en la vida coma pavo de verdad.

Después vinieron una uvas

ligeras y unos dulces, que allí en mi tierra llevan el nombre de "bien-casados". Pero ni siquiera ese nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre, que el pavo ya había convertido en dignidad, en cosa cierta, en culto puro de contemplación.

Tamaña falta de egoísmo me había transportado a nuestro infinito amor

Nos levantamos. Eran casi las dos de la mañana, todos alegres con dos botellas de cerveza encima. Todos se iban a acostar, a dormir o a dar vueltas en la cama, poco importa, porque es bueno un insomnio feliz. La cuestión es que Rosa, católica antes de ser Rosa, me había prometido que me esperaría con una champaña. Para poder salir mentí, dije que iba a la fiesta de un amigo, besé a mamá y le guiñé el ojo; era una manera de contar a dónde iba y qué iba a hacer. Besé a las otras dos mujeres sin guiñarles el ojo. Y ahora, ¡Rosa!

María Inés van Messen. Estudió la Licenciatura en Letras Francesas con orientación en Didáctica del F.L.E. (Buenos Aires), la Maestría en Lingüística Aplicada (Universidad de Guadalajara). Es doctoranda en Lingüística (UNAM). Ha cursado varios diplomados en Traducción e Interpretación (Buenos Aires).

Hizo la especialización en las Universidades de París, Buenos Aires, Antillas - Guayana , Laval- Québec- México (filología francesa y española, didáctica, lengua francesa, lecto-comprensión, auto-aprendizaje). Estudió Portugués y Literatura Brasileña en el Centro de Estudios Brasileños de Buenos Aires. Asimismo cursó la especialidad en Psicología Social en la Primera Escuela Pichon-Rivière en Buenos Aires.

Arduro Suaves

arduro_soft@hotmail.com

Canutero de Brasil. Periquetes de literatura

La divina quimera es una realidad palmaria

Doña flor y sus dos floreros

Tierra verde, hirsuta y desollada

¿Cuándo la samba de la emancipación?

Contigo sudor y cacao

Descubrimiento de portugal por los brasileños

Crisálidas falenas americanas

Escuelas de orgía, sambódromo sensual

Prefiero el trio brasileiro de fernandes a todas las patadas de pelé

Jornal do comércio desinteresado

El verdadero poeta es desertor das letras

De corcovado a guerrilheiro

Patria brasileira con bachianas, sin fmi

Vossa senhoria nova

Mi vida en belo horizonte fue una luz gloriosa

Una mulher como as outras, como las mías

¿Qué haría el bossa nova sin la palabra coração?

Primeiro andar, después petrificarse

Amor es más labirinto de amor

Eu, céu, terra e mar

Arturo Suárez nació en Guadalajara en diciembre de 1947. Hizo estudios de filosofía y letras en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado los poemarios La diaria conspiración (Cuaderno Breve, Guadalajara, 1982) y Palabras debidas (Ediciones Seis en Punto, Guadalajara, 1984). En ese terreno, ha ofrecido lecturas de obra inédita y publicada. Sus textos (poesía y prosa) han visto la luz en hojas, revistas, periódicos y antologías de Guadalajara y varias partes del país. Ha creado un nuevo género de escritura prosimínima llamado periquete, del cual ha hecho una especialidad. El canutero es el periquete de literatura, el más decantado.

Versión de Elkin Obregón

Nélida Piñon

nelidapinon@aol.com

npinon1999@aol.com

Ave de paraíso

Una vez por semana visitaba a la mujer. Para exaltarse, lo decía conmovido. Ella lo creía, y lo recibía con pastel de chocolate, licor de peras y frutas recogidas en la huerta. Los vecinos comentaban aquellos extraños encuentros, pero ella lo quería cada vez más. Él, adivinando su vida fácil, le pedía disculpas con los ojos, como diciendo, de qué otro modo debo amarte.

Comía el pastel y rehusaba lo demás. Aunque la mujer insistiera. Es por ceremonia, pensaba ella escondiéndose en su sombra. Una vez le preparó una cena sorpresa. La comida olía muy bien, las esencias acababan de llegar de la China. Brillaban los cubiertos y los adornos comprados especialmente para el día

de la fiesta, cuando él abriría los ojos, encantado.

El hombre observó todo con aprobación. Siempre la había juzgado sensible a la armonía a la gracia. Una

confianza que sintió desde el mismo instante en que se conocieron: en el tranvía, advirtiendo que había olvidado el dinero del pasaje, ella miró a su alrededor sin decidirse a pedir auxilio. Él pagó y le dijo, casi en un susurro, yo también necesito ayuda, ella sonrió y él le tomó la mano, ella accedió con timidez, y cuando

la dejó a salvo frente a su puerta le prometió volver al día siguiente.

-No insistas, no quiero cenar. Con naturalidad, parecía un pez inspeccionando el mar. Ella lloró, pensando, entre tantos hombres Dios me destinó el más difícil. Fue el único instante de desfallecimiento de su amor.

Al otro día recibió rosas, y la tarjeta tan sólo decía: amor. Ella rió arrepentida, condenando su incontinencia.

No debía haberlo sometido a semejante prueba, que él rehusó heroicamente. En la siguiente visita la amó con fervor de apátrida, y repetía en voz baja su nombre.

Una vez desapareció tres meses, sin cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Ella pensó, voy a morir. En torno de la misma mesa, el mantel pintado de rojo, que había preparado durante un largo sábado, la cama de sábanas blancas, que ella lavaba personalmente, evitando el exceso de anilina, la casa, en fin, que él dejó de frecuentar sin dar aviso. Recorría las calles y a cada suspiro agregaba:

-Qué es de la mujer sin la historia de su amor.

Había cursado el bachillerato en su ciudad natal. No quiso ser profesora. Desde pequeña soñaba con casarse. Su única ambición. Temía al hijo ajeno sustrayéndole una fuerza que los de su propia carne merecían. La madre protestó, necesitaban dinero. El padre había perdido el empleo, la edad le pesaba. Terminó en el mostrador de la farmacia de su padrino, y la madre, cosiendo por encargo. A ella le

correspondía encargarse de los oficios de la casa, ya que se negaba a ejercer el magisterio. Fue entonces cuando descubrió los encantos de la cocina. Pero la receta del pastel vino más tarde: Norma apareció, muy elegante, con su vestido amarillo, pidiéndole ayuda para coser una falda plisada, modelo que había visto en

el puesto de revistas de la esquina. Aunque pensaba que Norma era frívola, siempre insistiendo en que la

acompañara a los bailes donde se pescaba novio con facilidad, nunca la censuró. Conoció entonces a la otra, amiga lejana de Norma. Compañeras en el curso de dactilografía, las dos ansiaban trabajar en una firma americana. Después viajarían a Estados Unidos, pasearían por la Quinta Avenida. Norma soñaba en conquistar un oficial americano. Lamentando que ya no nos visitaran , como en la época de la guerra. La otra oía, casi al final le preguntó:

-¿No quieres venir? Se refería a la entrevista en la firma americana. Negó con la cabeza. Le dio vergüenza explicar que quería casarse. Era más fácil, y su corazón se lo pedía.

-Ya lo sé, a ti sólo se te pueden ofrecer recetas de pastel chocolate, dijo la otra, molesta.

A esto sí accedió, entusiasmada. Exigiendo una receta escrita. Y que la otra telefoneara a la madre, para

que confirmara los ingredientes que en ese momento le dictaba la memoria. En casa, por lo estricto de los

gastos, no pudo prepararla. Pero se consolaba: en cuanto ame a alguien lo sorprenderé con mis postres. Acarició siempre la esperanza de que los pasteles chocolate fueran la sobremesa del marido. Los dulces sólo servían para consentir al amado. Tanta simplicidad conmovía a Norma. Años más tarde, cuando se separaron y fue perdiendo los amigos, su destino era renunciar al mundo para conservar el amor. Antes de alejarse para siempre, Norma le dijo, poniéndole la mano en el hombro:

-Esto tenía que pasarte.

Quiso aún explicar, decirle que se engañaba. Pero Norma se marchó sin mirar atrás, caminando con decisión.

Cuando él volvió meses después, le trajo regalos, besó largamente su cabello, que según afirmaba, olía a cielo, le hizo ver la importancia del viaje, no se arrepentía de haberse ido por el placer del regreso. A ella le pareció gentil su explicación. Corrió a la cocina, antes de que él la llevara a la alcoba. Valiéndose de dosis exactas trató de lograr la perfección. No admitía el amor sin que el pastel estuviera esperándolos, especialmente los días de fiesta. Él rió, encantado de aquel capricho, no se sentía con derecho a protestar. También él respetaba su libertad. Dejó que terminara. Ella volvió al fin, como diciéndole estoy lista para tu difícil ausencia. Siempre era discreta en las cosas del amor, y él apreciaba su recato. Repudiaría un proceder atrevido, que mancharía para siempre la ilusión de poseerla como si aún fuese la primera vez. Intuyéndolo, ella escondía la cabeza en la almohada, velando sus dulces lágrimas. Él gritaba, como un vasallo del rey Arturo: ¡Las mujeres son gratas¡ ¡Las mujeres son gratas¡

Ella interpretaba el sentido de sus palabras. Secaba sus lágrimas, entregándose con pudor. Jamás rehusaba tales escenas. A veces se repetían a la semana siguiente. Él fingía no advertir que ese encanto amenazaba con agotarse. Hacía cuanto podía para renovarlo. Por eso la amó tanto durante aquellos años. Su fantasía se apoyaba también en las sorpresas. En ocasiones adoptaba disfraces, barbas y bigotes falsos, pelucas. Llegaba sin prisa, dando tiempo a la sospecha de los vecinos, y no para que pensaran que ella lo engañaba, sino porque le divertía crear esas ilusiones.

Obediente, ella se exaltaba. Aunque sufriera su ausencia. Su amor en días difíciles se inquietaba de tal modo que consultaba el calendario con la esperanza de que fuera día de pastel de chocolate, cuando sin duda él vendría. Hasta el fin del año, el calendario registraba todos los días de su visita. Ella jamás le sugirió un cambio de fecha, o una mayor asiduidad. Respetaba aquel sistema.

En los comienzos de mes, sin embargo, él llegaba más temprano, trayendo el dinero para los gastos de la casa, y cualquier excedente que le hiciera falta. Lo depositaba sobre la frutera, aunque hubiera en ella bananas, peras, manzanas que ella adoraba, imaginándose entre la nieve. No sabía explicarlo, pero comiendo manzanas se sentía elegante, de guantes pécari importados, hablando francés y con un pañuelo de seda en la cabeza.

Dejaba allí el dinero hasta que él partía. Después, lo ponía junto al misal. Los dos se sometían a los ritos.

Un día le dijo: -Vamos a salir ya mismo, porque nunca hemos ido al cine, y como quiero ir al cine contigo antes de morir, es hora de que cumplamos mi deseo. Ella lo abrazó llorando de alegría: ¡Eres mío, cómo eres mío!

Fueron y no se divirtieron, él tildó de obscenos los episodios de amor. Ella no estuvo de acuerdo, pero su felicidad no la impulsaba a la insistencia. Comieron helado mientras él seguía protestando. Ella se manchó el vestido, y entonces él rió, le gustaban sus curiosas intuiciones, su modo de errar en las cosas pequeñas.

La madre la visitaba dos o tres veces al año. Todavía cosía por encargo. Discretamente, preguntaba por él. Temía irritarla. Nunca había comprendido aquel casamiento. Él se había opuesto a que usara vestido de novia, alegando que el traje nupcial sólo debía ser visto por el esposo. Pero después de la ceremonia, ya a solas en el cuarto, le obsequió un vestido blanco, con velo y guirnaldas. Esa primera noche ella surgió ataviada a la medida de sus sueños, y él cerró los ojos y los abrió de nuevo para ver si ella estaba aún a su lado, la mujer que amaba, y conmovido habló del modo que ella comprendía: -Estás hermosa, sólo faltaría que el sacerdote nos casara de nuevo, y cuando en medio de la noche conocieron sus cuerpos, él le pidió que reposara, porque era él quien debía colgar en el armario el vestido de novia comprado para ella, con ninguna otra mujer podría haber obrado de esa manera, y ella nunca lo olvidó.

Así pues, cuando la madre la visitaba, la hija le preguntaba por el padre, cómo iban las cosas, sin invitarla nunca a quedarse, aunque vivía lejos, viajaba horas en tren para regresar a su casa. En aquellas breves

visitas, la hija de nada se quejaba. Parecía encantada con su situación. La madre nunca había visto una mujer más feliz. A veces sentía deseos de preguntar: -A qué horas llega él. O prolongar la visita para verlo cuando viniera a cenar.

Pero, a partir de las cuatro, la hija empezaba a ponerse inquieta, se levantaba a cada rato pretextando naderías, fingía ocupaciones, él solía demorarse, le aseguraba ansiosa. A la hora de la despedida, la madre siempre repetía: -Bonita vuestra casa.

A la semana siguiente, adivinando, él preguntaba: ¿Y tu madre, nunca volvió? Ella ponía una cara triste, abrazada a él susurraba: -Sólo te tengo a ti en el mundo. Él la besaba, y como pidiendo disculpas, decía: - Vuelvo el próximo miércoles, ¿estás contenta? Ella sonreía, el rostro brillante, los cabellos como a él le gustaban. Ya con algunos hilos blancos. Hilos que él respetaba, pensando: Ella es pura, es pura.

Un día no resistió, llegó disfrazado, en una última tentativa de confundir a los vecinos. Traía en las manos sendas maletas. Ella sufrió en silencio la perspectiva de una larga ausencia. Lo ayudó como si estuviera cansado, la vida era dura para él. Le trajo agua helada, lamentando no tener una fuente en el solar, de tenerla la adornaría con piedras, tal vez pondría una imagen. El hombre bebió, se quitó el disfraz que nunca había recibido de ella censura alguna. Y asumiendo una fingida independencia habló en voz alta, para que ella escuchara.

Terminó el tiempo de prueba. Esta vez vine para quedarme. La mujer lo miró, escondiendo su profunda alegría, y corrió después a la cocina. Nadie la superaba en los pasteles de chocolate.

Publicado con la autorización de la autora. El cuento fue tomado de El calor de las cosas y otros cuentos, FCE, México, 2000. Originalmente apareció en Casa de armas (1973).

Nélida Piñon. Fue la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de Letras, elegida cuando esta institución llagaba a su centenario. Artista del verbo, de mirada afilada para detectar la significación profunda y universalizante de los hechos, Nélida Pinõn ha demostrado una ejemplar fidelidad al oficio de la escritura, al que se lanzó desde joven con dedicación exclusiva. Su obra ha sido traducida a varias lenguas. Muchos apuntan A República dos Sonhos como su obra prima. Piñón establece una sutil distinción entre imaginación e imaginario: "Imaginación, uno tiene más o tiene menos. Y se tendrá tanto más como se descubra la intensidad de lo imaginario, uno de los patrimonios más socializados en la humanidad". Es una de las voces de mayor resonancia de la literatura contemporánea en Brasil.

Publicaciones: Guia-Mapa de Gabriel Arcanjo (1961); Madeira Deita Cruz (1963); Tempo das Frutas (1966); Fundador (1969); A casa da Paixão (1972); Sala de Armas (1973); Tebas do Meu Coração (1974); A Força do Destino (1977); O Calor das Coisas (1980); A República dos Sonhos (1984); A Doce Canção de Caetana (1987); O Pão de Cada Dia (1994); A Roda do Vento (1996); Até Manhã, Outra Vez (1999).

Antônio Torres

storres.ntg@terra.com.br

Según Nego de Roseno

Patroncito, deme plata.

Y usted, hombre, ¿para qué quiere dinero? dice el niño. Deme plata para tomarme una. ¿No va a trabajar? Papá lo está esperando.

Voy, pero he de tomarme una.

Tome dos y vaya de una vezdice el niño, poniendo las dos monedas en la mano del hombre y retirándose.

Dios te ayude, patroncito.

Era martes y era el fin de todo y el último ser vivo del mundo se estaba cayendo de borracho, no bien el sol había rayado.

Ahora no había más misa ni feria ni barraca ni bizcochuelo y la calle volvió a ser lo que siempre fue: una soledad única.

El niño percibió eso al despertarse. Estaba solo. Como el padre, todos habían retornado a sus verdaderas casas, estanzuelas, cabañas miserables de los alrededores que, si se sumaban, daban más de siete leguas. Hasta tío Ascendino, el último de los beatos (el borracho no contaba) había abandonado su puesto y retornado a su ebanistería. Ahora sólo le faltaba el camino de la roza*. Lo peor era la soledad. Era el hambre. Y así, con las tripas roncándole y refregando los dedos en los ojos para limpiar las lagañas, el niño fue descendiendo hacia la venta de Josías Cardoso. Iba a comprar un pan de agua y sal o un pan de maíz. Ahora podía comprar lo que quisiese, porque los tres billetes que el padre le diera compraban muchas cosas. Pero iba despacio. Allá en la roza su padre lo esperaba con una azada.

Felizmente no estaban sólo el niño, el borracho y el dueño de la venta. También estaba Nego de Roseno y su cachila parada en la puerta de la tiendita. La cachila era un poco más que el vehículo que transportaba una panza negra llena de níqueles de los roceros. Era el único orgullo motorizado de Junco y el premio justo para un hombre que pasara toda la vida cargando sus mercaderías a lomo de burro. El niño también estaba fascinado con el progreso de ese hombre y llegaba hasta inventarle la libertad de poder rodar, para arriba y para abajo, al volante de aquel camioncito que, quebrando y atollándose en los caminos, acababa siempre llegando a algún destino. Y tal vez fuese eso lo que él estuviese queriendo decir, en ese momento. Inmóvil dentro de la tiendita, como si fuese uno de los cajones que Nego de Roseno intentaba mudar de posición, el niño ahora admiraba la delicada manera como él, un hombrón desengonzado, arreglaba los frascos de perfume en los estantes. Y fue entonces que Nego de Roseno habló: ¿Quería alguna cosa? Quería, sí. Aquella camisa allí, ¿cuánto vale?

Costaba más que el dinero que llevaba, pero Nego de Roseno lo dejó por el dinero que tenía. Su padre es un buen cliente dijole voy a hacer un descuento.

Su padre. Ahora precisaba inventar una buena mentira, para contar en casa. ¿Por qué se demoró tanto? Porque

Tal vez se llevase una zurra.

Pero tenía dos panes en una mano y una camisa nueva en la otra y eso, por el momento era lo que importaba. Una camiseta blanca de mangas caladas (diferente, moderna) la primera cosa que compraba en la vida con su propio dinero. Tampoco mandó poner los panes en la cuenta de su padre, como otras veces. El problema es que su alegría no estaba siendo mayor que su miedo.

¿Quién lo mandó demorarse tanto?

Cuando llegó a la ebanistería, tío Ascendino aún cantaba benditos. Era un viejo muy solitario que vivía rezando y rogando contra las maldades del mundo. Tío Ascendido paró de cantar, paró la azuela, ajustó los tirantes y mostró un camión azul al niño. Hice este para vos. ¿Te gusta el color azul?

El niño ofreció uno de sus panes al tío y el tío Ascendino aprovechó para hacer un café. En tanto esperaba,

y ahora con una alegría redoblada por causa del regalo, cambió de camisa.

Sólo está un poco holgadadice tío Ascendino. Pero no queda mal. Cuando se lave, encoge. Y tú estás creciendo.

Olvidado del tiempo y de la azada y de la posibilidad de una zurra, el niño conversó mucho, como si fuese un buen compañero para el tío.

Esta tierra sólo se alegra cuando hay misa, ¿no es?

Es la pura verdaddice tío Ascendino. Es una pena solamente tener misa de tiempo en tiempo. Estamos necesitando de un padre que viva aquí y que celebre misa, por lo menos todos los domingos.

Así lo creodice el niño.

Y tú, ¿cuándo vas al seminario?

No lo sé, tío.

Cuando te veo ayudando al padre, tan lindo, quedo pidiendo a Dios para verte un día en una sotana. Iba a ser el mayor orgullo de este lugar. Pero tal vez no viva tanto para ver eso.

Hay una hora cierta en Junco que da para oír una carreta de bueyes cantando del otro lado del universo. Entre las once de la mañana y las tres de la tarde el sol tiembla y hasta las cigarras paran de cantar. El niño iba por el camino atento a los hoyos. Atento al barullo de las ruedas de su camioncito que él empujaba con una horqueta.

El regalo del tío también sirvió de perdón por su demora. Lo que no le perdonaron fue el hecho de haber dado su dinero por una camisa que no valía nada. Burro, burro y bestia. Su padre ordenó: vuelve allá y devuelva esto. Traiga el dinero de vuelta.

Tenía que volver a la calle no había otra forma. Por el camino pedía a Dios que le mostrase por delante los tres billetes que ganara del padre y ahora se encontraban en las manos de Nego de Roseno. Si eso ocurriera, él se sacaría la camisa y volvería a casa sin tener que enfrentar al dueño de la tiendida.

Era una humillación tener que deshacer un negocio que hiciera por su libre voluntad. Pero si Dios no fuese

a socorrerlo, mucho menos Nego de Roseno. Pidió el apoyo de Dirce, con los ojos húmedos. Dirce no se

movió, pidió el apoyo de Neguinho, que un día había caído a sus pies, en medio de la calle, durante un ataque de epilepsia. Neguinho tampoco dijo nada. ¿Qué especie de hombre era? preguntaba Nego de Roseno. ¿Compraba una cosa y después se arrepentía? Además la camisa estaba mojada de sudor. En casa, fuera de la azada, ahora lo aguardaba una nueva batería de amenazas y desarreglos. Y ese incidente iba a perturbarle el sueño durante un largo tiempo de su vida.

Como el día en que Neguinho se lanzó en el tanque viejo y murió ahogado, para vengarse de un sopapo que llevaba de su padre. En sus sueños el niño veía a Neguinho debatiéndose y echando espuma en el suelo, con los ojos abotonados y suplicantes, como si le estuviese pidiendo socorro. Esta escena se repetiría en noches al hilo. Por más que el niño rezase por el alma de Neguinho.

Sólo mucho después, cuando la camisa ya estaba rasgada y no servía para nada, fue que él dio el caso por cerrado.

Una noche, su padre volvió, un poco tarde de la calle y se quedó conversando con su madre. Estaba contando respecto a lo que oyera decir a unos hombres sobre el niño. Estaba yo, Josías, compadre Zeca y Nego de Roseno. El niño paró la oreja. Todavía no se habían olvidado de aquello.

Ahí, Nego de Roseno dijo: da gusto oír a aquel niño hablar. Aquel niño es un hombre contaba el viejolos otros, todos, dijeron lo mismo.

Ahora sí, su padre estaba orgulloso.

Su hijo era un hombre, según Nego de Roseno.

*Sembrado.

Publicado originalmente en El País Cultural N° 515, suplemento del diario El País, Montevideo, Uruguay.

Antõnio Torres nació en Junco, Estado de Bahía, en 1940. Ha publicado entre otros libros, las siguientes novelas: Un perro aullándole a la luna, Los hombres de los pies redondos, Esta tierra, Carta al obispo, Adiós viejo, Balada de la infancia perdida, El perro y el lobo.

Su página web puede ser consultada en la siguiente dirección:

Moacyr Scliar

mscliar@uol.com.br

La mujer que escribió la Biblia (fragmento de novela)

Versión de María Auxilio Salado

En cuestiones de trabajo, el rey no jugaba. Al día siguiente fui conducida a un aposento preparado especialmente para mí. Sería mi residencia hasta que acabara la obra: como el mismo explicó, no quería que me distrajera con los chismes del harén. Además, y hasta que yo terminara, el trabajo debía mantenerse en secreto. Entre otras razones, porque tenía miedo de los plagiarios y del uso que podrían hacer del texto. Un líder de oposición que se presentara al público como autor de una monumental historia de nuestro pueblo adquiriría de inmediato foros de respetabilidad capaces de convertirlo en un adversario peligroso. Sabio como era. Salomón temía más a las ideas que a las armas.

Se trataba de un recinto grande. Aparte de la cama y armarios, había una enorme mesa, sillas y repisas llenas de manuscritos, que aquella misma mañana habían sido trasladados desde la sala de los ancianos. Esa medida representaba un claro aviso de Salomón a su staff: hay gente nueva en el territorio, amigos; o se adaptan o desaparecen.

Sobre la mesa, material para escribir, incluyendo un pergamino nuevo. Lo olí: cuero de cabra. La pobre había sido sacrificada para que las letras, que todavía se agitaban en mi cabeza, se transformaran en signos visibles, en palabras. Aquellas letras, ordenadas línea tras línea, encuadrarían el camino que me llevaría a la victoria, y al corazón del rey.Bendito pergamino. Era mi futuro el que yo veía en aquella superficie virgen, un glorioso y arrebatador futuro.

Pasé ese día, y los que siguieron, revisando el material que los ancianos habían recopilado. El rey tenía razón: aquello era una porquería, una confusa mezcla de leyendas, hechos históricos, prejuicios religiosos,

todo muy mal redactado y hasta con errores de ortografía. Como fuente de información estaba bien, pero para el libro que Salomón quería, tendría que comenzar desde el principio. Cuando me di cuenta de eso, mi valor desapareció de nuevo. Sin esperarlo, la magnitud de la tarea me aplastaba. Ya no era la mujer confiada, segura de sí; era tan sólo una muchachita desamparada; todo lo que deseaba era a mi madre protegiéndome en su regazo como cuando era niña y tenía fiebre. Hice a un lado los pergaminos y me acosté, deshecha.

No obstante, no podía entregarme al desánimo. Debía vencer aquella inercia, aquella plomiza melancolía que amenazaba con apoderarse de mí y aprisionarme, tal vez para siempre. Yo tenía una historia que contar tenía una gran historia que contary estaba decidida a contarla. Salté de la cama como impulsada, volví a la mesa, empuñé el cálamo. Vacilé. ¿Cómo empezar? Cerré los ojos, y en ese momento vi frente a mí una figura inmensa, indefinida, una diáfana presencia inmóvil sobre un infinito, oscuro océano. Fue lo único que vi, pero era suficiente. En la fracción de segundo que duró esa imagen, pude sentir, en la remota figura, la tensión contenida a lo largo de toda la eternidad: la tensión del universo gestado, pero aún no creado; la tensión del tiempo detenido, listo para iniciar su fluir. De algún modo la infinitesimal fracción de aquella incalculable energía me fue transmitida. Fue suficiente: mojé el cálamo en la tinta y escribí: "En un principio".

Me detuve, no sabía cómo continuar. Entre la tensión y el acto cayó la sombra, el misterio. En un principio, ¿qué habría sucedido en un principio? Mi cabeza estaba hueca, vacía; ya no recordaba nada de lo que había leído en las montañas de manuscritos; las palabras que había escrito me parecían más un enigma que cualquier otra cosa. Entonces mi mirada se desvió, y ya no miraba más las letras y sí el pergamino, esa granulada superficie.

El pergamino. Era de ahí que debía partir rumbo a los orígenes, del cuero del animal sacrificado para que un día yo pudiera escribir en él. El cuero; antes del cuero, la cabra; antes de la cabra, las hojas que había masticado; antes de las hojas, el árbol, la Tierra, el Universo. Necesitaba rehacer aquella historia, lo que significaba retroceder en el tiempo siglos y milenios, lanzarme en el remolino cósmico que me llevaría ¿Hacia dónde? Mierda, no lo sabía, y aquello me estaba llevando, y con una rapidez asombrosa, a un estado de locura, aunque no una locura común, sino a una locura existencial, un asunto serio, cosas de filósofo, no de muchachita fea. ¿Qué voy a hacer? Ayúdame Dios, pensé, desesperada, y la idea me proporcionó un enorme alivio. Dios: esa era una idea en la cual podría apoyarme. No: una idea en la cual podría diluirme, más que la sal cuando se disuelve en el agua. La cabra que chillara en el pasado, el cuero de la cabra que me acusara en el presente. Me lancé como Dios. ¿Por qué Dios y no Diosa? ¿Por qué Jehová

y no Astarté, la divinidad a quien otros pueblos de la región veneraban? ¿Por qué barba y no rostro liso, con

algunos lunares o tal vez con muchos lunares? Por una sencilla y definitiva razón: no podía empezar el gran libro creando problemas, y todavía menos con mi patrocinador. Salomón hablaba de Dios, los viejos hablaban de Dios, mi padre hablaba de Dios. ¡Dios!, clamaban las rocas de la montaña. ¡Dios!, gritaban los pájaros, los canoros y los mudos. Dios, por lo tanto. En mi cabeza, Dios sería apenas la energía generadora, no una figura antropomorfa que reinara sobre su creación. Si Salomón y los otros lo imaginaban como hombre poco me importaba. Expresaría mi falta de fe, y mi protesta, absteniéndome de describir a la divinidad. Que lo imaginaran como un viejo de barbas blancas y mirada severa, a mí no me importaba.

"En el principio Dios creó el ciclo y la tierra." Listo: estaba escrito. Una vez escrita la frase, me invadió una súbita euforia. Empecé a reír. Me reí tanto y tan alto que uno de los ancianos ellos se encontraban en la sala de al ladovino a ver lo que pasaba. Entró sin llamar y mereciendo castigome encontró ahí, sentada a la mesa, cálamo en mano, frente al pergamino. Ante sus ojos se consumaba la abominación: de verdad yo estaba escribiendo la historia que, hasta entonces, les había pertenecido exclusivamente a ellos,

a los ancianos. No se pudo contener: soltó un grito de odio y huyó corriendo.

A mí poco me importaba. Una vez iniciada la tarea, seguiría adelante. "Dios dijo: hágase la luz, y la luz se hizo Perfecto, ya teníamos luz, y tinieblas también, porque no hay luminosidad sin oscuridad, sin sombra.

Todo muy

rápido, lo cual, por un lado, era bueno estaba progresando a una velocidad considerablepero, por el otro, no me gustaba mucho. Me habrían agradado más detalles. ¿Cómo fue que Dios creó la lechuga? ¿Y las sardinas? Me habría gustado describir a Dios diseñando un pez cualquiera, escogiendo escamas, escogiendo aletas, diciendo: humm, no me gustó mucho la forma de la cabeza, la cola podría ser un poco mayor. Claro que estarán de acuerdo en que, si fuera así, nos inclinaríamos más hacia un libro de curiosidades que hacia un texto sagrado. Para imponer respeto la síntesis era esencial. Además, yo no tenía todo el tiempo del mundo. Dada la magnitud de la tarea, necesitaba apresurar el paso. Resumí la creación a seis días, incluyendo un séptimo para el descanso, dejando bien claro que, en aquella obra, la prisa no fue enemiga de la perfección: "Y vio Dios cuánto había hecho, y vio que era muy bueno." No quise poner "óptimo", o "excelente", o "maravilloso", porque, a fin de cuentas, hasta el Todopoderoso necesita ser un poco modesto. Digamos que, en una escala del cero a diez, él había otorgado un ocho; la imperfección corría por cuenta de los reptiles y de la fea.

En los párrafos siguientes fueron creadas las plantas, las estrellas, los peces y los pájaros

Moacyr Scliar, La mujer que escribió la Biblia, Alfagura, México, 2001.

Moacyr Scliar nació en Río Grande do Sul en 1937. Autor de mas de 50 libros publicados con gran éxito; sus textos han sido adaptados para cine, televisión, teatro y radio; es columnista de periódicos y ganador de importantes premios nacionales e internacionales. Ha sido comparado con el pintor Marc Chagall, por elaborar en su obra excelentes parábolas del mundo contemporáneo.

Obras recientes:

Cenas da Vida Minúscula (1991)

O Amante da Madona & Outras Historias (1997)

Os Leopardos de Kafka (2000)

A muiher que escreveo a Biblia (2000)

Ataque do Comando P.Q. (2001)

Nelson de Oliveira

oliveira.e.cia@uol.com.br

La madre de las aves

Versión de Elizabeth Nazzari Verani

jcanela@megared.net.mx

Con el nacimiento de Amanda, la madre abandonó la facultad de filosofía, que tanto detestaba, y aprendió

a ver el mundo por los ojos de la hija. Personas, objetos, paisajes. Se deslumbró con el nuevo aspecto de las cosas, del polvo a las estrellas, a través de los ojos de una niña. Con la partida de Amanda, treinta años después, el nuevo mundo desapareció para siempre.

Las personas, los objetos, los paisajes. ¿Dónde?

¿Dónde, el mundo poblado de coherencia, la sublime realidad? Recostada en el sofá de gobelino, la madre se pregunta si lo que desapareció, de hecho, fue la realidad en sí o si apenas la realidad de Amanda la sucesión de eventos, obscura, que los ojos de la hija volvían clara y aceptable.

Recostada en el sofá de gobelino, en los brazos de Johnnie Walker, la madre adormece. La boca seca, llena de arena, los párpados en brasa, sueña con desiertos y despeñaderos de fuego. Concavidades y llamaradas. Piedras, muchas piedras, en el fondo de la botella. Nadie, en parte alguna. Ningún pájaro, ninguna planta. Apenas Wagner, en la cima de un cerro, rigiendo un grupo de demonios sin alas.

Despierta con los primeros acordes de Tristán e Isolda, los ojos húmedos de una sensación insulsa, una sensación… enseguida la reconoce, es tristeza. No. Es coraje. Y el sueño, un llamado a la lucha.

La madre aprendió a interpretar sueños en la PUC*, en la Facultad de Psicología. Lo volvió a prender, para ser más exactos, pues diez años antes ya había tomado las primeras clases con la hija. Con los ojos de la hija. Los mensajes cifrados de lo cotidiano reorganizados por Amanda, que en aquella época apenas empezaba a caminar. Los deseos velados de la madre tornados públicos, desnudados ante los ojos de todos.

Mucho tiempo después, durante la recepción a un embajador, sucedió la confrontación. Fue la madre quien, rompiendo vasos y copas, exigió:

¡Ya deja de avergonzarme delante de mis amigos!

Amanda no pudo pasar por santa, a pesar de los ojos luminosos, angelicales:

Tú no eres una mujer. Eres un adorno sin ningún chiste, de mal gusto. Un barco en una botella. En una botella de whisky. ¿No te das cuenta, no? Y arrastrándola hacia el espejo que ocupaba casi toda la pared de la sala, dijo: Todo lo que hago es mostrar a los demás quien tú eres realmente. Qué es lo que realmente te gusta.

El padre trató de intervenir. El embajador, desconcertado ¿sería él un amigo de infancia de su padre?también trató de intervenir. Todos, en la fiesta, borrachos como el embajador, el padre y la madre de Amanda, trataron de intervenir. Pero a la hija, no hubo manera de hacer que se quedara. Dijo adiós y se fue, cerrando la única puerta que restaba entre ella su madre.

¡Ah! La fiesta…

Qué bello vestido llevaba la madre, color crema, como las mejores cremas que ella ya había probado en Francia y en otros lugares. Qué bello collar, finamente combinando con los aretes y las pulseras. Qué bellos ojos, tan celestes como los de su hija. Qué bellos pechos. Qué bellas curvas. Sin duda alguna, la madre era la mujer más fascinante en todas las recepciones. No sólo a sus propios ojos, sino a los ojos de centenares de convidados. Por eso a Amanda le daba tanto gusto burlarse de su cara, de su mal-disfrazada arrogancia:

¡Ten conciencia, madre! Tú insistes en ser amiga de mis amigas. Quieres estar siempre con nosotros, hablar de lo que hablamos, leer lo que leemos, frecuentar nuestros puntos de encuentro. ¿No te das cuenta de cómo eres, no? Abandonaste el consultorio y ahora quieres volver a la facultad. Quieres estudiar letras sólo porque resolví estudiar letras. ¡Así tú me sofocas!

Con la hija lejos, el mundo se reducía una vez más a la asfixia.

¿Cómo explicar a Amanda que no podía vivir sin sus ojos? ¿Que toda su fascinación de madre de su cuerpo, de su buen humor, de su vestido color crema, de sus aretes, pulseras y collardependía totalmente de su hija? De la forma como su hija organizaba los sueños y los elementos sin ningún nexo con la realidad. ¿Cómo decirle eso, si hasta le era imposible hablar sin las palabras que había aprendido de su hija?

Sofoco. Asfixia. En la garganta, un nudo que ni siquiera Wagner consigue deshacer.

Wagner.

Su compositor predilecto.

Tristán e Isolda. Todas las tardes, desde que Amanda se fue. Desde que el marido también la abandonó. Desde que todos le dieron la espalda.

La madre reaprendió a interpretar sueños en la PUC, en la facultad de sicología. Eso, ante los nuevos acontecimientos, demostró ser más que suficiente. ¿Letras? A pesar de salir aprobada en el examen de admisión, se reprobó a sí misma e no se matriculó en el curso que la haría compañera de su hija.

Apenas compañera de clases. Pero enemiga íntimaLe dijo Tristán en sueños, con las piernas amputadas por la espada de un soberano traicionado. Las piernas arrancadas del cuerpo por la ira de Marcos, rey de Cornualles. De su tío Marcos, el cuerno. En un sueño regado a Château de Fieuzal, que la madre no había sabido interpretar. O no quiso hacerlo. En un sueño de materia fermentada, con alto contenido alcohólico. En una pesadilla recurrente, que la hizo sudar frío tres noches seguidas.

Presentó examen de admisión para artes plásticas, en el curso del Mackenzie*, bien lejos de la hija. No aprobó. Intentó medicina, en la Universidad de São Paulo.

Pero eso pasó hace mucho tiempo. Lo que importa, ahora, es que la madre está finalmente lista para la lucha. Lista para recuperar todo lo que le pertenece: el antiguo mundo, la realidad organizada que Amanda y sus malditos ojos se rehúsan a devolverle. Personas, objetos y paisajes en el debido lugar, una vez más.

Los ojos de Amanda, la madre los quiere para su uso exclusivo.

Como un regalo, digámoslo así.

Con el nacimiento de la hija, la madre no sólo abandonó la facultad de filosofía, sino que empezó a ver el mundo con nuevos ojos, y además, vino a vivir en el penthouse que su propio marido, ingeniero civil, calculó y mandó construir para su familia.

Los ojos de Amanda eran, transplantados en la madre, las alas que la llevaban a la cima del planeta. Al penthouse de las mil y una noches, su casa.

Para la madre, el marido es alguien que sabe tratar con el concreto y las vigas de acero. Un hombre acostumbrado al cálculo diferencial e integral, a la geometría analítica y descriptiva. A proyectar, planear, imponer orden. Familiarizado con las curvas y las salientes de los edificios, con la presión sufrida por las estructuras de diferentes materiales. Tal vez por eso, siempre tan ignorante de las curvas y salientes de ella, de la madre, de la presión que viene sufriendo todos esos años.

El padre sabe, por ejemplo, cómo construir una cúpula en la cima de un shopping center: la tapadera en una olla express. Pero no conoce la impresionante fuerza capaz de arrojar un hijo desde dentro de un organismo vivo. Porque jamás vio el mundo, la realidad, por los ojos de Amanda.

El padre.

Terminado el colegio, quiso hacer el curso de botánica. Su familia no lo aprobó.

La madre lo conoció cuando tenían, los dos, siete años. Edad en la que todos los padres son hijos. Lo conoció en uno de los jardines suspendidos del huerto forestal. Lindos. Babilónicos. Inaugurados por el mismo Emperador. Ella, con la cara seria, y ganas de huir de allí. Prefería haber ido al zoológico. Él, feliz, metiendo en una bolsa las hojas que habían caído en la trilla de piedras. Hojas para su infinita colección.

Se conocieron y se amaron hasta que Amanda los separó.

Los ojos de Amanda. Alas.

La vida sólo me parece posible cuando se filtra a través ellosconfesó la madre a Tristán, en sueños. El héroe se molestó. Poco le importaba Amanda, sus ojos, sus alas, la angustia de la madre, las hojas del padre. Aguja en una mano, hilo en la otra, quería sus piernas de vuelta. Las piernas trozadas por una espada furiosa.

¿Qué espada?quiso saber la madre, somnolienta de vino.

¡La que tu amigo Wagner hizo bajar sobre mi! ¿No te acuerdas? Sólo porque le robé su prometida a mi tío.

En el fondo de la botella, no se acordaba.

Con la partida de Amanda, la madre perdió totalmente el interés por la lógica de los sueños. Ahora, lo único que la atrae son las aves. La geometría de canarios, faisanes y cacatúas. Su geografía. Sus alas.

A los empleados de la casa principalmente al choferse les hizo raro cuando la vieron llegar de la calle, a

pie, con una jaula de pájaros. Se les hizo raro, pero nadie dijo nada. En la jaula, una pareja de periquitos australianos. La madre, después de asegurarse de que puertas y ventanas estaban cerradas, liberó a los periquitos en la sala de estar.

Las pesadillas con héroes mutilados dejaron desde entonces de molestarla. Pero el deseo de tener los ojos de la hija, al precio que fuera, todavía no. Este está lejos de calmarse en el fondo de una jaula invisible.

Él hará todo para impedírmelo.Rezonga, refiriéndose al padre de Amanda. De marido a archi-enemigo. No permitirá que yo tome sus ojos, sus alas.

En las semanas siguientes la madre trajo una infinidad de aves domésticas. Gorriones, jilgueros, cuervos, patos, araras, pavos reales, ruiseñores, cardenales, palomas y pollos. El penthouse fue convertido, sin gran esfuerzo, en un aviario de seiscientos metros cuadrados.

Hoy ya no hay empleados para servir las comidas, sacudir los muebles, contestar el teléfono. Ya no hay quien lleve para dentro los periódicos y las revistas.

Patos ahogan el estrés en la tina de hidromasaje. Gansos guardan el vestíbulo contra la entrada de visitas indeseadas. Colibríes van y vienen por el corredor perfumado que comunica la sala a la cocina. Pingüinos se sumergen en la máquina de lavar ropa en busca de sardinas de jabón en polvo. Halcones asesinan mirlos en los candiles y en la cima de los estantes. Palomas saltan de palomares en forma de barril, posicionados en

la punta de una estaca que sobresale de la ventana de los cuartos.

Alas y más alas.

Avestruces mordisquean las plumas y cuentas ¡mordisquean con furia! de los artefactos indígenas que el decorador, amigo de la madre, distribuyó por las paredes. Búhos pican el control remoto de la tele y del sonido, inundando los aposentos con el omnipotente Wagner.

Tristán e Isolda.

La madre de las aves, lista para la lucha contra el padre, que la abandonó, pisa en una superficie fofa y apestosa. Un tapete de hojas de lechuga y col mezcladas con alpiste, granos de maíz, trigo molido y una masa oscura, envejecida, difícil de decir lo que es.

Él no permitirá que yo tome sus ojos, sus alas. No permitirá.Rezonga. Yo sé que hará todo para impedírmelo.

El padre no sabe lo que es gestar durante meses. No sabe lo que es engordar e hinchar. Hasta casi explotar.

Y

cuando uno cree que finalmente va a explotar, no explota. Hincha un poco más. Y se desdobla en dolores

y

náuseas. La misma ansia del inicio. Y vomita. E pide clemencia. Hasta que lo que está adentro abre paso y

se sale. Y llora. Y se ríe. Y babea. Y gatea por la casa. Y nos hace ver el mundo de un modo diferente: de lo

alto.

Los empleados no abandonaron a la madre de las aves sólo porque ella dejó que el instinto materno transformara el penthouse en un nido. Se fueron porque el abdomen de esa mujer fascinada por alas cierto día comenzó a hinchar y no paró más.

No fue necesaria ninguna prueba de embarazo. Una madre sabe cuando ya no está sola dentro de sí. Sin haber dormido con nadie, la madre de las aves ahora carga un nuevo par de ojos, de alas, que en breve se abrirán hacia el mundo. Aun así, el susto. Delante del espejo manchado de caca de petirrojo, la idea de que de su útero pueda salir no un niño, pero sí un huevo, la hace bailar como demente:

—Amanda va a perder el habla cuando lo sepa… ¡Un hermano! Un bello ser emplumado. Alado. Ojón.

El padre de las plantas, que desde que se separó de la madre de las aves vive en el departamento de abajo, se irrita con el embarazo de su ex-mujer. Embarazo bizarro, fuera de hora. La madre de las aves ya pasó de los sesenta. No tiene derecho a disfrutar de ese tipo de reflejo uterino. Debería haber dicho adiós a la fertilidad.

Se irrita, el padre de las plantas, en el departamento transformado en invernadero. Raíces, ramos, hojas y flores apestando a estiércol. El departamento de sus sueños. De los sueños del botánico que la familia abortó.

Para hacer que cambie de idea, la madre de las aves tendrá que poner la obertura de Tristán e Isolda al máximo volumen, ir hasta el piso de abajo, invadir el departamento del padre de las plantas, abrir camino por entre enredaderas, helechos, capilarias, arbustos, viñas, bromeliáceas, ciclámenes y cactos, entre soportes para macetas, tijeras de jardinero y troncos, y besarlo tiernamente. Un beso que sólo las mujeres preñadas saben proporcionar. El mismo beso que inauguró la historia de la pareja, en uno de los jardines suspensos bendecidos por Pedro II**. Un beso de siete leguas, de siete años de edad. Época en que todos los padres no pasan de ser hijos.

Apenas un beso, largo y rejuvenecido. Un beso, apenas. Boca en la boca, lengua en la lengua, y más de sesenta años volando, veloces, delante de los ojos.

Los ojos de Amanda, sus alas. La interpretación de los sueños. La traición de Tristán, de Isolda. Wagner. Los pájaros y las plantas. Todo será, en fin, recuerdos de viejos amantes que se soportaron hasta el último minuto de vida.

De los ojos de Amanda, ni señal.

Porque Amanda ya no les habla. No da noticias. No quiere que le digan qué hacer, qué vestir, como

comportarse.

Porque Amanda se casó, abandonó la Facultad de Letras y dio a luz trillizos. Un nido sólo suyo. Porque con

los hijos, aprendió a ver el mundo y la realidad con filtros renovados. Personas, objetos, paisajes. Aprendió

a ver todo de nuevo. Con alas, con ojos idénticos a los que un día había prestado, a pesar suyo, a la madre de las aves.

Notas del traductor:

*Pontifícia Universidade Católica.

**Emperador de Brasil.

Nelson de Oliveira nació en 1966 en Guaira, Brasil. Escritor de cuentos y novelas, tiene diversos libros publicados, entre ellos: Os saltitantes seres da lua (cuentos, 1997), Naquela época tínhamos um gato (cuentos, 1998), Treze (cuentos, 1999), Subsolo infinito (romance, 2000) e O filho do Crucificado (cinco

contos e uma novela, 2001). De los premios que ha recibido destacan el de Casa de las Américas, en 1995, y el de Fundación Cultural del Estado de Bahía, en 1996. En el 2001 organizó la antología Geração 90:

manuscritos de computador, que presenta a los mejores cuentistas brasileños surgidos a finales del siglo

XX.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.

Cintia Moscovich

cintiamoscovich@zaz.com.br

Amor, corte y confección

Versión de Inés Van Messen

miv18029@cencar.udg.mx

Por casualidad, sólo por casualidad, Helena había olvidado que existían más cosas en el mundo. Los alfileres

y agujas puestos en la almohadilla bordó, hilos formando finos garabatos de colores, la cinta métrica

enrollada sobre sí misma en un rincón de la mesa, el dedal boca abajo, todo en orden, bastándose en la suficiencia del mundo que se organizó. La tijera, con golpes secos sobre la tela de florcitas, era lo único que se movía. La tijera y la mano que la empuñaba, mano segura y fuerte, de venas salientes y articulaciones gruesas. Se dio cuenta por primera vez aquella tarde, al mirar el movimiento de las tijeras y los dedos que

las guiaban. La tela de un estampado delicado temblaba tímidamente ante los golpes de la tijera; lo constató no sin cierta sorpresa y un poco de desconcierto.

En plena toma de conciencia, llamaron a la puerta y fue como si la arrancaran de ese lugar de orden propio

y bueno. Había más cosas en el mundo, por lo tanto, tenía que atender. Dejó las tijeras abiertas sobre la

mesa; el brillo del metal contrastaba con lo floreado de muchos colores sobre un fondo oscuro, casi negro. Caminó sin prisa, arrastrando las pantuflas de lana, dándose cuenta que las cosas podían desorganizarse de

vez en cuando, con el peligro que puede venir de esos desequilibrios leves y eventuales. Abrió la puerta.

La niña tendría seis, siete años, no más . Estaba parada, realmente parada, con los pies en unos zapatitos con hebilla, calcetines blancos y vestido con la pechera de puntilla barata. Venía de la mano de una señora de pelo fantásticamente rubio y boca roja, muy roja, como una muñeca a quien se le exageran las facciones. De las dos se dio cuenta que era la mujer- emanaba un perfume casi asqueroso. La niña miraba

a la dueña de casa con ojos vivaces; esbozaba una sonrisa. Helena sintió un leve vértigo, muy breve, como

algo que a penas se insinúa. La mujer pintada de manera escandalosa habló primero: venía por recomendación de una amiga, quería que le hiciera una prenda a la hijastra. La niña bajó la vista, con una timidez repentina. Helena trató de decir alguna cosa, no cocía para niñas, no lo hacía más , pero su voz se había apagado, así que ya no había caso. Se limitó pues a pedirles que entraran, cediéndoles el paso con el cuerpo en un movimiento lento y forzado.

Estuvieron mirando revistas de moda – L’enfant chic, ejemplar muy usado, primero durante un largo cuarto de hora; el olor dulce y ofensivo del perfume alcanzaba hasta el rincón más remoto de la casa. La mujer ojeaba las revistas con dedos de uñas rojas como la boca, buscando algún modelo, no sabía bien cómo, no sabía bien qué color, era la primera comunión de la sobrina, ¿por qué era tan difícil encontrar algo que le sirviera a una niña? La niña estaba sentada en el sofá al lado de la mujer, sin el más mínimo interés en lo que pasaba; miraba alrededor con los piecitos colgando en el aire. Helena sintió una vieja angustia y tuvo ganas de salir de allí, deseo que se convirtió en realidad. Pidió permiso, ya volvía, ¿desean tomar algo? La mujer agradeció, no, no quería nada; la niña no contestó nada y se limitó a agarrar con los dedos el dobladillo de su vestido y retorcerlo, subiéndoselo hasta las rodillas. Helena fue a la cocina y trajo dos vasos de jugo, sin saber a ciencia cierta a quién estaba destinada la amabilidad. La mujer, que estaba entretenida eligiendo y encontraba todo poco agradable, rechazó nuevamente el ofrecimiento. La niña agarró el vaso con ambas manos con una cautela estudiada. Tomó el jugo a sorbos cortos, lo tomó todo, todito y volvió a poner el vaso en la bandeja, que depositó sobre el mantelito de croché. Se levantó, así, de repente, tomando impulso desde el sofá Dio unos pasos y se quedó allí, al lado de la madrastra, parada, realmente parada, con los brazos para atrás del cuerpo y las manos en la espalda. Helena se puso alerta, en un estado de atención extraordinaria, como en un vértigo que le venía de la nuca o de la espalda, no podía precisarlo. La niña estaba allí, parada de manera provocativa en su belleza de la infancia, radiante, plena, completa, losa de la piel y brillantes en los ojos. La mujer no prestó mayor atención al hecho.

Un cuarto de hora más y una brisa de atardecer movía las cortinas, haciendo flamear el vual blanco. A esa altura, la niña caminaba por la sala, toqueteando los objetos que estaban en los estantes. Helena no tenía más interés en la mujer, se concentró, tensa e inquieta, en los movimientos de la pequeña quien, ahora, en puntas de pie, trataba de alcanzar una muñeca de trapo que se veía en lo alto de los estantes. Anticipándose a la tragedia, la dueña de casa se adelantó y con una agilidad que no tenía desde hacía mucho, buscó el juguete, se estiró y se lo entregó a la interesada, maternal y con cuidado. La pequeña agradeció y se sentó en el sofá, con la muñeca en la falda. Helena se acomodó, tranquila, en el sillón pues algún equilibrio se había restituido.

Finalmente, la señora cerró el Burda con gesto decidido, suspiró metida en una idea silenciosa y, sin mirar otra cosa más que un punto impreciso en la pared, dijo ven aquí a la niña. Obedeciendo la orden, la niña dejó la muñeca con displicencia ; la abandonó en el asiento y se puso frente a la madrastra. La mujer blandió el dedo en el aire formando volutas carmesí, quiero así, decía, diseñando el escote en la pechera de

puntilla, redondo ¿usted entiende? Helena afirmó con la cabeza. La otra seguía mostrando el modelo que quería, la niña con los brazos abiertos a los lados del cuerpo, las manos colgando laxas, se dejaba ser utilizada como maniquí, dando una lenta vuelta sobre sí misma, permitiendo que allí se diseñara el vestido de mentirita; y el esmalte rojo se movía ante la vista cansada de Helena, mangas flojas, con un corte que rodee la cintura, rematado por un tope atrás, que le apretara a la altura de los riñones , sacudía a la niña, así, aquí, así, entiende? Entendía, entendía, ya había hecho muchos con ese corte y trató de recomendarle que comprara una tafeta sin mucho cuerpo. En las casas Safira debía haber buenas telas, las mangas de organdí y la cinta de la cintura de satén, le parecía bien? Ahora, a arreglar una cita; traería la tela al día siguiente. Se pusieron de acuerdo. Antes, sin embargo, debía tomar las medidas. Esperen un poco.

Helena tomó la cinta de la mesa después de levantarse con dificultad. Se puso los lentes; de pie, frente a la clienta, colocó las dos manos sobre los hombros y la atrajo hacia sí. Con sabiduría y con una especie de resentimiento, empezó a medirla: midió a la niña en los puntos en que debía medirla, con gestos un tanto bruscos, la niña giraba, obediente, sobre el eje de su propio cuerpo, como una muñeca gentil, graciosa, siempre graciosa. Anotó las medidas con lápiz en una libreta de hojas amarillentas.

Al final, las acompañó hasta la puerta, les dijo un breve hasta luego y volvió a la mesa de trabajo. Quiso continuar desde el punto en que se había detenido, pero sentía frío y las manos se negaban. Dobló la labor, guardó las tijeras, ordenó carreteles, dedal, agujas y alfileres y se fue a preparar la cena. El perfume de la mujer, como una ofensa, todavía flotaba, dulce y mareante en la sala. La muñeca de trapo quedó, sin energía y sin gracia, sentada en el sofá.

Al día siguiente, bien temprano, llegó la tafeta de color claro, azul celeste, y los adornos correspondientes. La mujer tenía prisa; permaneció parada en el umbral, el perfume dulzón. Se limitó a preguntar cuándo sería la primera prueba. Helena respondió que dos días después, el jueves por la tarde. La clienta respondió que estaba de acuerdo y se fue contoneándose por el corredor. La costurera cerró la puerta, puso doble llave, se recostó contra el marco y trajo hacia sí el paquete. Quedó allí por algún tiempo, como quien espera que algo suceda, algo que nunca llega a suceder.

Se instaló en la mesa y diseñó el molde en un papel amarillento, lo recortó para continuar. Abrió la tela sobre la superficie de madera y empezó el clic clic de la tijera, la cinta métrica colgaba el cuello, agujas y alfileres en la almohadilla de terciopelo bordó, hilos en finos garabatos de colores, el dedal boca abajo, los pertrechos colocados al alcance de la mano. De casualidad, el mundo volvía a ordenarse; aunque peligrosamente, las hojas de la tijera vencían con golpes certeros el brillo de la tela. La muñeca de trapo, desconociendo el instante de frágil armonía, seguía sentada en el sofá.

El jueves, a eso de las dos de la tarde, llamaron a la puerta. La aguja volvió a la almohadilla de terciopelo bordó y Helena dejó el dedal sobre la mesa, caminó sin prisa, arrastrando las pantuflas de lana. La mujer. La niña. El perfume dulzón, que ahora percibía con más asco. Las hizo entrar y les cedió el paso con el cuerpo en un movimiento lento y forzado. La niña, por orden de la madrastra, se sacó los zapatos y el vestido. Helena la vio en su desnudez cándida y provocante, la barriga algo saliente, las piernas rollizas, el torso suave, los pezones apenas unas manchas rosadas en el pecho. No quiso pensar, ni era el momento, pero nuevamente el mundo se desordenaba, el equilibrio de las cosas era apenas una breve experiencia ya pretérita.

Con lentitud con amor ayudó a la niña a vestir la tela cortada y la pinchó con alfileres en la espalda. Con la cinta métrica en el cuello, ya era hora de retocar lo que había que retocar. Se arrodilló frente a la clienta; de esta manera quedaron a la misma altura, empezaría por el escote, mejor cortarlo sobre el cuerpo, la tijera dibujaba la ziza; con golpes escrupulosos cerca de la piel muy blanca y muy delicada, la tela iba cediendo, partida en sus matices brillosos, la carne surgía revelándose lisa y sin ofensa. La niña se movía

inquieta sin oír los regaños de la madrastra; la costurera no decía nada porque sabía que no podía volverse atrás; sólo unos milímetros y todo estaría perdido, las pérdidas siempre son desdoblamientos sutiles de lo insignificante y lo minúsculo. Los ojos de la niña, fijos, apenas parecían hechos de algún material maleable, en ellos se encontraba toda la sustancia de lo que podía recomponerse. Sentía la respiración tibia de la niña, una intimidad reforzada por los dos rostros que se habían puesto muy cerca uno del otro, inadvertidamente próximos, extraño acercamiento de dos seres. Un malestar se imponía, lentamente pero bendito.

En ese momento, pareció oír algo que rompía el instante mágico, el encanto se quebró como un vidrio que se astilla. Alzó la vista por encima de los hombros de la pequeña y fue a encontrar el rostro de facciones marcadas de la mujer: está muy largo, repitió ella, articulando, con impudor, la boca muy roja. Muy largo, Helena estuvo de acuerdo y estiró un poco el brazo, agarró con la mano la almohadilla recubierta de terciopelo bordó. Pensó que el dobladillo le saldría torcido y, a dura penas, se irguió, abrió un cajón y sacó de allí la regla de madera. Se volvió a arrodillar y, con la ayuda de aquella plomada, iba marcando el dobladillo, la niña giraba sobre sí misma, lentamente, llena de poses, cambiando de pie, como una bailarina sobre una cajita de música, lentamente, siempre lentamente.

Hasta que sucedió: uno de los alfileres arañó la piel suave y abrió una senda manchada de rojo oscuro. La pequeña gritó, se alejó instintivamente, la mujer se exasperó , atrayendo para sí a su hijastra, la sentó en su falda, pobrecita, pobrecita ¿cómo pasó?

Helena sentía la sala triturada por las exclamaciones, las voces perturbaban sus sentidos, parecía haber caído en una trampa. No sabía lo que pasaba, sólo había conservado en la retina la huella manchada de fina sangre oscura, tan fina y tan oscura que resonaban sus oídos. No había piedad, ni era caso que hubiera; de haber, sería por casualidad . El mundo ya no se bastaba, el orden se había roto. Se sentía como si fuera la primera vez, la escena del pasado se reorganizaba, el ruido de los hierros chocando, el griterío y la burla de la gente que llegaba de todos los rincones: la niña que tenía junto a ella era un ser de piernas largas y cara igual a la suya, sólo eso. Apartose con fuerza, con la sorpresa de semejante grado de conciencia, las costillas delicadas de la pequeña entre los brazos, el llanto de susto se iba calmando, entre los dedos una calidez húmeda, viva y aterradora, las costillas que cedían, el tronco cedía, el mundo cedía, todo se reducía en un conjunto desbordado y laxo, los brazos laxos, las manos laxas, la piel de losa con mancha, las piedras de los ojos ocultas por los párpados transparentes de tan blancos, el cuerpo sin energía y sin maneras. Después, el vacío. Era como si no hubiera nada más y de cualquier forma, no había nada más.

Así, atravesando el amor y su infierno, apagando la última llama, Helena se levantó con tranquilidad. Agarró la muñeca de trapo que todavía estaba sentada en el sofá. Se la dio a la niña quien, en medio de caricias resentidas, siempre resoplando, acomodó el juguete en la falda, intentando enderezar el tronco laxo y flojo; con una especie de cariño doloroso, alisaba las trenzas de lana aprisionadas por dos cintas muy gastadas. El sentimiento que tuvo Helena fue casi dulce, casi bueno, pero muy triste; dijo, sin siquiera escucharse, que volvieran al día siguiente, que el vestido estaría listo. Tampoco se dio cuenta si cuando le dijo a la niña que podía llevarse la muñeca, le estaba haciendo un regalo.

Después de despacharlas, se sentó a la mesa: los alfileres y agujas puestos en la almohadilla de terciopelo bordó, hilos formando finos garabatos de colores, la cinta métrica enrollada sobre sí misma en un rincón de la mesa, el dedal boca abajo, todo en orden, bastándose en la suficiencia del mundo que se organizó, aunque , y ella no lo olvidaría nunca más, hubiera más cosas, aquellas que se encontraban en el peligro de esos desequilibrios leves y eventuales.

Cíntia Moscovich es periodista, profesora, traductora, consultora literaria y asesora de prensa. Entre sus premios literarios destaca el primer lugar del Concurso de Cuentos Guimarães Rosa, instituido por el Departamento de Lenguas Ibéricas de Radio France Internationale de París.

En 1996 publicó su primera obra O reino das cebolas, coedición de Prefeitura Municipal de Porto Alegre y de Editora Mercado Aberto, el cual mereció el Premio Jabuti da Cãmara de Livro como el mejor libro de cuentos publicado en ese año. En 1998 publica la novela Duas iguais Manual de amores e equívocos assemelhados, que recibió el premio Açorianos de Literatura en la modalidad de Narrativa Extensa en 1999.

En octubre del 2000, aparece el libro de cuentos Anotações durante o incêndio, con presentación Moacyr Scliar, en donde reúne once textos de diversas temáticas y con el que recibió Mención en el Prêmio Açorianos, en la modalidad de cuento.

También participó en las antologías Nasce uma estrela y el Livro das mulhres. En el año 2001 participó en la antología Geração 90: manuscritos de computador, que reúne a los mejores cuentistas surgidos en la última década, selección realizada por Nelson de Oliveria y publicada por Boitempo Editorial. Actualmente, es editora del Instituto Estatal del Libro.

María Inés van Messen. Estudió la Licenciatura en Letras Francesas con orientación en Didáctica del F.L.E. (Buenos Aires), la Maestría en Lingüística Aplicada (Universidad de Guadalajara). Es doctoranda en Lingüística (UNAM). Ha cursado varios diplomados en Traducción e Interpretación (Buenos Aires).

Hizo la especialización en las Universidades de París, Buenos Aires, Antillas - Guayana , Laval- Québec- México (filología francesa y española, didáctica, lengua francesa, lecto-comprensión, auto-aprendizaje). Estudió Portugués y Literatura Brasileña en el Centro de Estudios Brasileños de Buenos Aires. Asimismo cursó la especialidad en Psicología Social en la Primera Escuela Pichon-Rivière en Buenos Aires.

Jorge Pieiro

jorgepieiro@secrel.com.br

Domiedomiedomiedo

Versión de Elizabeth Nazzari Verani

jcanela@megared.net.mx

El viejo encorvado es mi abuelo. Cada vez más. Se impregna de secretos. Y me desespera. ¿Hasta cuándo? Me dice que aún es temprano para abrir la boca, deletrear la receta. La verdad puede corroer la falsa ingenuidad que embellece al mundo. No hace falta desdoblar los caminos, si platicarlo es destruir la memoria

Lo veo más viejo todos los días. Ya se aleja de mí en el ritmo de lo que no oigo, su voz. Desconfío que nada es necesario para tener la muerte. Desconfío que hay una pesadilla o una furia blanda rodeando esos hongos venenosos bajo los hombros de mi abuelo. ¿Serán esos los secretos de viejo hasta cuando no sea atacada su lucidez en los dedos gesticulados?

El viejo repite:¡ Aún es temprano!

El pasado se reproduce instantáneamente y se desgarra más secreto de ese nuestro silencio. No desisto. ¿Hasta cuándo? Me reviento en la incredulidad de todos los todos de tantos más. A mí no me convienen las expectativas.

Veo. Y ver es destruir lo oído y retener lo visto. Menos el silencio. El viejo se apodera de mis horrores. Digo no le represento otra máscara. Y vale más que eso no ser lo que se es de menos.

Lo sé. Y sé que poco a poco me acostumbro al rumor del silencio. Aunque sepa que es inútil acostumbrarse al silencio. Sin embargo, el abuelo me expropia con su ausencia de voz.

Es de eso que tengo miedo, porque es temerario cubrir la roca y esperar la arqueología de la palabra

El viejo quiere robarse mi esperanza. Es eso. Y no sé más. Repito el miedo y no encuentro solución.

Si hay tiempo de el viejo no dejar su silencio pendiente en mis dudas, me atreveré a preguntarle con cuántos miedos se da una osadía

Jorge Pieiro nació el 17 de abril de 1961 en Limoeiro do Norte, Brasil.

Ha publicado los siguientes libros: Caos Portátil (cuentos), Fortaleza, Letra & Música, 1999; Galeria de Murmúrios (ensayo), Fortaleza, [s/n], 1995, (Cadernos de Panaplo); Neverness (poema), Fortaleza, Resto do Mundo/Letra & Música, 1996; O Tange/dor (poemas), Fortaleza, [s/n], 1991; Fragmentos de Panaplo (cuentos breves), Fortaleza, [s/n], 1989 y Ofícios de Desdita (ficción), Fortaleza, IOCE, 1987. Además, formó parte de la antología Geração 90 Manuscritos de computador, organizada por Nelson de Oliveira (São Paulo: Boitempo, 2001). Sus textos han aparecido en diversas publicaciones de carácater nacional e internacional. Ha traducido textos poéticos del español al portugués.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.

Airton Paschoa

a_paschoa@uol.com.br

Pedro Orior

Versión de Gabiela Hernández

jmgutierre@infosel.net.mx

A José Paulo Paes,

in memoriam

Viva Orior! ¡viva Pedro! ¡viva Pedro Orior!

Con este brindis y este clamor anual, puedo decir con certeza que nuestra intención, mía y de sus amigos, nuestra intención más íntima, casi involuntaria, era reconstruir su tan precaria unidad. Después hacíamos generalmente una especie de inventario de sus ocurrencias, un anecdotario, para ser exactos, regado de buen vino y buena risa, pues "¡venir es poco, reír es bueno, y el vino nunca es demasiado!". Así pasábamos la tarde y la primera parte de la noche, era cuanto resistíamos, bebiendo, riendo, conmemorando, dejando que la vida se tragara a la muerte y que aquella prosiguiera sin remordimiento. Pero esta vez, por ocasión de la Quinta Sesión Solemne de la Sociedad "Amigos de Pedro Orior", realizada el 13 de junio último, y probablemente la última, en recuerdo del día, nebuloso, en que desapareció, hace seis años, o se dio por

desaparecido, pues el hecho ineludible es que se esfumó, o quedó encantado, en el decir de Guimaraens y Rosa, como solía él evocar al gran escritor; en lugar del cuerpo estelar, cinco telegramas notificaron la prematura muerte del amigo, rindiendo los más sentidos pésames, con firma de Pedro Orior. No lo tomamos en serio, por lógica deducimos otra broma del inveterado truhán, pero con el pasar de los días,

de los meses, del año, del primero, del segundo, me resigné a lo peor, porque la mayoría, orioranistas, visionarios, comulgan con una especie de sebastianismo, creen que un día el volverá y nos expulsará, borrachones, traficantes, de su sagrado harém, de su prohibido y casto cuarto de pensión, hoy Museo "Pedro Orior", invadido y preservado, sede de la Sociedad, una cama, un ropero, un escritorio y silla ¡ninguna! ¿habría querido imitar a Pessoa escribiendo de pie? y un baúl, vacío ¡desgraciadamente! el cual, por cierto, se apega al ala mayoritaria de la sociedad para proclamar su eterno retorno. Etéreo retorno,

quien sabe, pero

vaso en alto y su cuerpo menudo, el estornudo de la gente, al escucharnos pronunciar Nietzsche, en más de

una de sus humorables homenajes, todo él frase, todo él efecto, descargando su genio ingenuo. Porqué no se dedicaría a pensar, ya que le gustaba tanto, después de todo la patria y la lengua necesitaban un filósofo, nos burlábamos. "¿Pensador, yo? Soy pensativo." Y asumía la posición de la escultura de Rodin,

orgulloso. Pero los bolcheviques olvidan todo eso, invalidan la hipótesis del suicidio, sea parcial, sea total, es decir, personal y literario. ¿Qué, suicidarse Pedro Orior? mal preguntan mis queridos e ignaros pares. ¡Es más seguro que resucite! suponiendo que resolvían el enigma ¡con semejante paradoja! indigna enteramente, por cierto, de nuestro Pedro, el Grande, como lo llamábamos a veces para agradarlo. Olvidan sus fieles servidores, e infieles seguidores, que con frecuencia lo sorprendíamos refunfuñando aquello de "todo es posible, sólo yo imposible", el verso que más amaba de Drummond. Por eso yo sé, siempre lo supe de alguna forma, que él no volverá jamás, que él desistió. Y, en el supuesto de que aún viva en algún lugar del país, del estado, de la ciudad inclusive, São Paulo es la ciudad que más crece en el mundo, él no existe, no es ya Pedro Orior. ¿Pues, Pedro será Orior sin escribir? y quien se agarra ahora al baúl vacío ¡soy yo! Todo en él era literatura, comenzando por el propio nombre y apellido, escogido al azar literalmente. Pedro consta en el acta de bautismo, no en el registro civil, y el Orior lo encontró él en un diccionario latino común. "¡Si, señor, latinista, mulato sensu!" Ahora, reconozco que no puedo imaginarlo matándose, ¿un

tiro? ¿un tren? ¿un río? Era un espíritu

trágico, no hay duda, pero cómo decir ¿resignado sin

conformismo?, ¿o conformado sin pesimismo? ¿tragicómico? ¿héroe-cómico? ¿mágico? La vida, efectivamente, le parecía irrisoria ante la muerte, es lo que se le escapaba cuando le intrigaba algún hecho:

"Es curiosa la vida

Vida, llena de gracia!" y salía corriendo, agitando las alas. Trágico o mágico, o

ángel, o cínico, o lo que fuere, pero no admitía, bajo ninguna circunstancia, el defecto de nihilista. "Nihilista, no", replicaba, "alienista". "¿Alienista?" repetía el interlocutor, pretendiendo con tal pregunta,

indicar el uso o abuso del término. "Si, escritor" remataba Pedro Orior, remedándole el asombro. No sé si se definía así por inspiración machadiana o por obra de simple juego de palabras, en el que, por supuesto, "

Y

era excelente, el hecho es que no encaraba de otro modo el oficio. "Volver todo fábula, nuestra locura

a esta altura su voz aguda, su nariz combada, su mirada ciega, alcanzaban el descorazonamiento del águila, que es incapaz de subir o bajar más. ¿Discutir la locura? Literatura era asunto privado. Si insistían, "prefiero conversar con los muertos y discutir con los vivos." No es que no amara la polémica, la amaba, mientras

que fuera literaria, "controversia es conversación filosa, no chismosa", página que de un día para el otro se hiciera y refinara de capas y capas de polvo y palabras. Esa idea antigua, borgiana, le daba un aire casi sobrenatural, de quien ya vivió y escribió y murió. No era raro que soliese anticipar las aventuras críticas,

tal vez tengan razón, sin saber ¡eterno retorno! "¡Salud!" y lo veo en seguida erguir el

¡Salve,

biográficas, historiográficas, de su vida y obra. Pero no era por vanidad, tal vez fuese orgullo, y no de sí mismo, del oficio tal vez, del "orificio", y guiñaba un ojo rápido, ciclópico. Orificio, vano, desván, buhardilla, pobres persianas, en donde espiar las calles del mundo; la escritura, sin embargo, no lo consolaba. "No se

conforma con ser forma

leyenda es viva

perder los sentidos, él y ella, la vida. Era común la crisis y no menos raro el remedio, un canto, o un cuento.

" y comenzaba a beber, beber, beber, "la vida es leída

vida, leyenda

leyenda, leída

leída, vida

vida, viva

leída es leyenda "

viva, revida

hasta

viva la vida

"Unos viven, otros cantan", y entonces sacaba del sombrero, animado, una página nueva, inmortal. ¿Novela? bromeábamos para verlo perder la paciencia. "¡Novela es gracia de instrumento de viento, no de aliento!" y ponía muy serio los ojos en el papel, a la espera del silencio eucarístico, para iniciar la oración. Pero no siempre volvía entusiasmado, a veces reaparecía arruinado, sin sombrero, sin palabras, sin gracia. Sin trabajar, vendía libros de puerta en puerta, decía que eran su vida, que para vivir los vendía, y para sobrevivir los escribía, Pedro Orior deambulaba por la ciudad, por los barrios, por las carreteras, y sospecho que inclusive alcanzara el fin del mundo, y si no, hallara, por lo menos provisionalmente, las soluciones estéticas a nuestros dramas éticos. Pero no me corresponde a mí hacer de él un mito. Él mismo se sabía "mundano, demasiado mundano", soñaba con altas condecoraciones literarias. El hombre era ambicioso, de ambición desmedida. "¿Prosa? La trinidad: Orior, Rosa y Machado. ¿La santísima? Pedro, Cabral y Drummond." Daba por cierta y libre de sospecha la gloria entre los mortales, conversando de igual a igual con los más grandes de los tiempos, de este y de todos, abordándolos como a familiares, sin pudor ni despecho. Conocía su lugar en la mesa, cerca de quien sentarse y de quien huir, a quien oir y a quien hablar, a quien en fin reconocer en el "inmenso y memorable banquete". ¿Duda? Ninguna. Ninguna por lo menos seria, al punto de inspirar al increíble reyecito confidencias hacia sus buenos e incrédulos súbditos.

¿Qué fue de él, de todo él? ¿por qué renunció? ¿por qué abdicó? ¿por qué me cedió el lugar, su tan querido y justo lugar? Quiero creer, y me llevó años darme cuenta, que adivinara otro, otro asiento, otro trono, un palmo, una palma arriba de éste, más rumoroso, más numeroso banquete, y allí resolvió instalarse, confortable y definitivamente. ¿Hace cuánto tiempo lo decidiera? En realidad no lo sé. Sé apenas que ni yo, su fiel y escéptico escudero, suponía tal ambición, o tal perversidad. Más feliz, feliz él, que pudo escoger, y escogió. Cambió la clausura por la libertad, la vanidad por el ser perenne. O, ingenuamente, ¡el subtítulo por el título! A mí, al pobre y pío criador, ¿qué me queda sino admirar y envidiar, adorar la criatura? Rezar porque nos sirva este boleto de entrada y levantar desde aquí, desde este cielo primero y mezquino, el eterno brindis:

¡Viva Pedro Orior!

Airton Paschoa, tiene 43 años, es escritor, autor de Contos Tortos (Nankin), miembro del comité ejecutivo de la revista Rodapé, maestro en Literatura Brasileña y doctorando en Teoría Literaria y Literatura

Comparada en la Universidad de São Paulo, en el área de cine y literatura. Entre sus publicaciones, pueden

citarse : Central do Brasil e o populismo

reseña del libro Duas Meninas de Roberto Schwarz (praga, no. 4, de 1997); A classe média vai ao inferno (sobre la película Cronicamente Inviável, de Sergio Bianchi), Revista USP, no. 49, 2001; y Casa-grande e grande-sertão num conto de Guimarães Rosa (sobre Nada e a nossa condição, de las Primeiras Estórias, de 1962), Revista USP, no. 47, 2000. Tiene en preparación para el 2002 su novela Dárlin e Alphaville, Brasil, uno de los guiones vencedores del Premio Estímulo para la Realización de Cortometrajes -1999, en la categoría estreno, de la Secretaría de Cultura del Estado de São Paulo.

de centro (Teoria & Debate no. 39, 1998); Antidoto envenenado,

Gabriela Hernández nació en Tampico, Tamaulipas, en l963. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-RJ). Radica en Guadalajara en donde es miembro del Consejo de redacción de la revista Periplo, así como traductora del portugués. Sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones locales. Actualmente tiene en preparación un libro de cuentos que saldrá a la luz en noviembre de este año.

Marcelino Freire

Marcelino@almapbbdo.com.br

Muribeca

Versión de Elizabeth Nazzari Verani

jcanela@megared.net.mx

¿Basura? La basura sirve para todo. Uno encuentra los muebles de la casa, una silla para por unos clavos y un poco de arreglo, sentarse. Basura para poder tener sofá, remiendo, cama, colchón. Hasta televisión.

Es nuestra vida, el basurero. ¿Y por qué es que ahora quieren quitárnoslo? ¿Qué les voy a decir a los niños? ¿Que ya no hay juguetes? ¿Que se acabaron los zapatos? ¿Que ya no va a haber cuento, libro, dibujo?

Y mi marido ¿Qué va a hacer? ¿Nada? ¿Como va él a vivir sin las botellas, sin las latas, sin las cajas? ¿Va a deambular por la calle, a robar para comer?

¿Y qué voy a cocinar ahora? ¿Dónde voy a encontrar jitomate, ajo, cebolla? ¿Con qué dinero voy a hacer sopa, voy a hacer caldo, voy a inventar salsa?

Dígame, dígame. Explíqueme qué va a ser de nuestra vida. ¿Qué va a ser de nuestra vida? No piense que es fácil. No tengo ni remedio para el dolor de cabeza. ¿Cómo me voy a curar cuando me dé un dolor de estómago, una comezón, un chorrillo? Ande, dígame, muéstreme, aconséjeme. ¿Dónde voy a encontrar tanto remedio bueno? ¿Y espadrapo y curitas y jeringa?

La gente del gobierno debería pensar tres veces antes de hacer eso con un padre de familia. A lo mejor ellos se están fijando en esa mierda de aquí. En ese terreno. A lo mejor ellos perdieron algo. Así es. Si perdieron algo, lo vamos a encontrar. Uno espulga. Uno encuentra. Hasta billetes de lotería; lo recuerdo, hubo quien los encontrara. A lo mejor es cosa de los bancos. A lo mejor es eso, descubrieron que la basura da dinero, que puede dar suerte, que es lujo, que la basura tiene valor.

Por ejemplo, ¿dónde vamos a vivir?, ¿eh? ¿Dónde vamos a vivir? Aquellas casuchas, todo lo que está alrededor del basurero, ¿quién lo va a recoger? ¿Usted, el gobernador? No. Eso de prometer casas que uno no puede pagar son patrañas, es cuento para tontos. Ellos nos avientan a una pocilga. Pa´dónde irán esos pobres zopilotes?

¿La perra, el perro?

Usted había de ver. Todo aquí es una fiesta. Los niños, las niñas en aquel alboroto, brincando encima del arroz, de los frijoles. Ayudando a escoger. Uno ya conoce lo que es bueno de lejos, nomás por el tipo del camión. Hay unos que vienen directo del supermercado, de la carnicería. ¿Cuándo en la vida vamos a conseguir carne tan barata? Bisteces, filete, paloma ¿El joven está servido? ¿La joven?

Los choferes ya lo conocen a uno. Hay unos que hasta guardan para ellos la mejor parte. Hay cosas muy buenas, desperdiciadas. Tanta gente que compra lo que no usa ropa nueva, velos, guirnaldas. Mi hija ya se puso un vestido de novia, hasta la argolla encontramos aquí, en un cuerpo. Así es. Viene a parar mucho hombre muerto, mucho criminal. Uno ya está acostumbrado. Casi cada semana el coche de la policía deja su basura aquí, depositada. Balas, revólveres 38. Uno no tiene miedo, joven. Nomás hay que quedarse callado.

Ahora, ¿qué tiene en la cabeza esa gente? Nunca les dimos lata. No queremos de ellos nada que no esté aquí tirado, roto, aventado. No queremos otra cosa que este basurero para vivir. Este basurero para morirnos, para ser enterrados. Para criar a nuestros hijos, enseñar nuestro oficio, tener qué comer. Para continuar en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Que no falten juguetes, comida, trabajo.

No, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Tengo fe en Dios, con la ayuda de Dios, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Ellos dicen que sí, que lo van a hacer. Pero no lo creo. Ellos nunca van a conseguir sacarnos de este paraíso.

De Angu de Sangue, Ateliê Editoral, São Paulo, 2000.

Marcelino Freire forma parte del boom de nuevos cuentistas brasileños surgidos en la década de los noventas. Nació el 20 de marzo de 1967 en la ciudad de Sertânia, Estado de Pernambuco, al noroeste de Brasil. Vive en São Paulo desde 1991. Tiene tres libros publicados: AcRústico (cuentos, 1995), eraOdito (aformismos, 1998) y Angu de Sangue (cuentos, 2000). Es uno de los dos escritores que participan Geração 90 - Manuscritos de Computador, organizada por Nelson de Oliveira, que reúne a los mejores cuentistas surgidos en la última década del siglo veinte. También escribe teatro. Su libro eraOdito volverá a ser publicado en este año por Ateliê Editorial, de São Paulo; además de que fue adaptado para video, siendo premiado en el VI Festival Mundial do Minuto. Actualmente está preparando su libro de cuentos Purpurina Cega, para ser lanzado en el primer semestre del año 2002.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.

Silviano Santiago

Stella Manhattan (fragmento de novela)

Versión de Ricardo Bada

Nunca llegué a ver estrellas en el cielo de Manhattan. Luna sí, a veces aparece enorme allá al fondo de la calle. Estrellas nunca.

Las personas no miran de noche al cielo en los países fríos. Cuando salen a la calle es con propósito de ir a algún lugar, y se orientan sólo por las horizontales. La ventana es la cosa más inútil en las casas de los países fríos.

Cuando se mira al cielo es porque el tiempo está nublado y feo y tan sólo se quiere saber si va (o no va) a llover o a nevar aquel día. Es una precaución que tomé siempre porque no me gusta que mi ropa quede ensopada por la lluvia o porque se deposite demasiada nieve en mis cabellos causándome más tarde un dolor de cabeza infernal. Es sólo por eso que miraba el cielo de Nueva York cuando salía de noche. Sólo los días nublados.

¿Será que la mirada que bascula en la horizontal acaba por conducir a una visión pragmática de la vida?

¿Es por eso que los pueblos tropicales - que se deleitan con el espectáculo de las estrellas de la luna, de la ventana y de la barriga al aire - son tan idealistas y tampoco prácticos en su estilo de vida?

La oposición de temperamento basada en la oposición entre mirar al frente y mirar hacia arriba ya está en Platón, en un diálogo (me acuerdo ahora) que utilicé para comprender el pragmatismo y el idealismo en Machado de Assis, está en una anécdota de Platón, el apólogo de la vieja y el astrólogo.

La vieja que veía siempre - mirada horizontal y certera - por donde andaba y que, por eso, nunca sufría accidente, al paso que el astrólogo, por el mucho mirar a las estrellas, siempre se estaba cayendo en algún agujero y descalabrándose.

Quiero imaginar lo que pasa por la cabeza del astrólogo cuando, en el fondo del pozo donde acaba de caer, está obligado a mirar sólo las estrellas, y hacerlo además a través del círculo exterior del pozo. No dejaría de ser una especie de castigo - en el sentido dantesco o infernal de la palabra- para todos los astrólogos, todos los idealistas, todos los tropicales, sí estarían obligados a reproducir ad infinitum, en el fondo del pozo, el gesto de los condujo hasta allí.

(Este tipo de pensamiento suicida es demasiado suicida, a fin de cuentas también yo soy tropical, te dices a

ti mismo cuando terminas de escribir este pasaje, estás dispuesto a perdonar a todos los astrólogos y sus

similares en la historia de la humanidad, porque si no es de ellos el reino de los cielos, lo es ciertamente el

de las profundidades.

Y entonces, como una especie de contrapartida a la violencia con que atacaste a tus compatriotas

tropicales, te quedas imaginando cuál sería la moraleja para la vieja que - la mirada horizontal y precavida -

camina al frente, victoriosa, al frente, sin ver las estrellas y sin caer en los agujeros.)

El destino de los pueblos que siguen el patrón de la vieja, es el de creer en la evolución de la humanidad

como si fuese una línea recta que el hombre recorre ad infinitum. No hay posibilidad de caerse del tren en marcha desde el momento en que se da la orden de partida. De-fre-nte, de-fren-te, de frente y pitar en la

curvas.

Los norteamericanos caminarían y caminarían al frente, inventando esto, perfeccionando eso, reconstruyendo aquello, buscando siempre una manera de hacer avanzar el conocimiento, la técnica, de tal modo que el automóvil de ayer no es más el de hoy, el avión de hoy no puede ser la nave espacial de mañana, y eso abarca desde el embalaje de huevos hasta la bomba atómica, y los norteamericanos no dejarían nunca de inventar, de revolver en lo que tenían hecho ayer, porque el ayer hay que tirarlo como se tira un diario después de leído, o incluso aunque no haya sido leído, pero ya no es el diario de hoy, poco importa si el diario fue leído o no poco importan mil otras cosas de la vida cotidiana del norteamericano que va dejando a sus espaldas lo que no fue consumido en el momento preciso de su consumo, dando la impresión de que las mercaderías - como las bombas de relojería cuando están armadas - viene con hora marcada para desaparecer ; y no sólo dan esa impresión, basta mirar la comida en el supermercado, que tiene que ser consumida hasta tal fecha, si no quieren morir envenenados, you should better trow in the garbage can, y los norteamericanos sólo dejarían de mirar lo que tienen durante el día en que el propio

invento se volviese contra ellos y entonces sería el golpe mortal y final para toda la civilización que ellos quieren gobernar ( y están gobernando) a sangre y fuego, y todo eso porque los hombres de los países fríos

se niegan a mirar a las alturas cuando salen de noche.

Estamos llegando a la esquina de ese día que ciertamente vendrá, pues por primera vez el hombre construyó armas que no pueden ser utilizadas en guerra, porque si lo fuesen el mundo saldría volando, y bye-bye, una y no más santo Tomás, thath´s all folks, como al final de los dibujos animados de la Fox. Se acabó el momento pretensioso -Nietzche dixit- en que el animal humano creyó ser el único dueño del planeta y de la inteligencia.

Las armas nucleares son pensadas, inventadas, construidas para quedar apiladas inútilmente en algún sitio subterráneo, en espera de que haya una verdadera amenaza de guerra nuclear por parte del otro, y como esa amenaza no llega, levanto los brazos (y los ojos) al cielo y suelto un suspiro porque más que nunca el sentido de la supervivencia a toda costa late en mí como un orixá y en siento poseído por una fuerza vital que normalmente no es mi lado fuerte, y como esa amenaza no llega, los nombres pueden continuar respirando, aunque sea el aire contaminado de Nueva York, de São Paulo o de Cubatão.

Pienso en el desperdicio sobre el cual se construyó todo el aparato bélico después de la Segunda Guerra Mundial, sólo gastaron una miajita de nada del entonces incipiente stock soltando las dos bombas atómicas encima del Japón. Pienso en el desperdicio de hoy y concluyo que el desperdicio que había conocido en Brasil - el de los restos de comida después del almuerzo y de la cena, el de las ropas no de todo usadas que eran tiradas a la basura -, el desperdicio brasileño no es nada en comparación con el desperdicio militar y no militar de los norteamericanos, y mi acuerdo de cuando llegaba un brasileño amigo a Nueva York - en aquella época venían a trabajar, ganar unos dólares, muchos, y regresar al Brasil y construirse la casita soñada a la orilla del mar - y alquilaban un departamento sin muebles, y salíamos de noche a buscar lo que era preciso para amueblar un departamento y lo encontrábamos todo entre la basura de las calles, bastaba con tener un poco de paciencia y mucha fuerza para ir acarreando aquellos trastos a la espalda.

Era la basura más rica del mundo, la basura más rica del país que tenía la basura atómica más rica del mundo.

Más que nunca tengo miedo de una guerra atómica las dos grandes potencias y mientras escribo estos flashes que me llegan desde Nueva York, pienso que la decadencia del mundo, por increíble que parezca, no se debe a los pueblos perezosos y tropicales, sino a la carrera al frente que llevan a cabo los pueblos de los países fríos, y pienso en toda la ironía que existe en esa táctica de disuasión de la guerra nuclear por el equilibrio de los stocks, cuando las dos potencias quieren hacernos creer que todo el material bélico fue continúa siendo fabricado just for nothing, sólo para meterle miedo al vecino, ¡alto ahí!, entonces se me ocurre que siempre debe de haber un general escondido en los entresijos de una institución, medio perdido atrás de un escritorio y de su propia locura, incluso vistiendo - ¿por qué no? - el uniforme de ministro de la defensa, un general que, un día, descontento con el desperdicio económico del enorme stock de armas nucleares, tome la decisión de usar las bombas y los cohetes y los misiles como si fuesen fuegos de artificio en la noche de San Juan.

El general quiere ver estrellas en el cielo, las estrellas que no vio cuando era niño y que ahora inventa

haciendo estallar armas nucleares allá arriba en el cielo.

Silviano Santiago. Ha incursionado en todos los géneros de la literatura, pero fue como ensayista y profesor universitario que se volvió uno de los más astutos, creativos y reconocidos intérpretes de la cultura brasileña, además de haber participado de las comisiones de selección de premios internacionales como el Casa de las Américas y el Neustdat. Lo que interesa de su obra, sin embargo, no es solo la existencia de los diferentes discursos literarios y culturales, sino su compromiso con la superación de lo establecido, realizando un trabajo de cruce de diversos lenguajes. Sus premiadas novelas y cuentos continúan a través de un diario de la libertad. Esa escritura anticipada, aliada a la completa aceptación del lugar de desacralización de la literatura en el mundo actual y a otros factores, le transformó en unos de los pensadores más importantes de lo postmoderno.

Obra:

Salto (1970); Carlos Drummond de Andrade (1976); Uma literatura nos Trópicos (1978); Crescendo durante

a Guerra numa Provincia Ultramarina (1978); Em Liberdade (1981); Vale Quanto Pesa (1982); Stella

Manhatan (1985); Nas Malhas da Letra (1989); Uma História de Familia (1992); Cheiro Forte (1993); Viegem ao México (1995); Keith Jarrett no Blue Note (1996).

Joao Almino

joaoalmino@yahoo.com

De noche en la frontera, un circular alrededor del lago

(fragmento de la novela Ideas para donde pasar el fin del mundo)

Versión de Francisco Cervantes

Pasaba la tarde en su poltrona, mirando lo Alto del Possidonio y oyendo los ruidos. Todavía temprano en la mañana, al despertar, los ruidos ya eran aterradores: chirridos, zapatos que se arrastraban, bueyes y vacas que gemían, pájaros que cantaban. También los gallos. Las gallinas cacareaban un poco más tarde. Su padre comenzaba a hablar y dar de gritos a los criados desde las seis. Su madre platicaba con las cocineras, desde las cinco.

Los ruidos de la cacerola ya eran audibles a las ocho. La radio de baterías se encendía después de las siete, con un programa de cantantes que improvisaban desafíos. Y así continuaba el día, el agua cayendo en las tinajas, el ritmo perezoso de las chinelas de Chico Nonato, los azotes de Don Nicó a los animales, los cascos de los caballos golpeando con fuerza en la piedra dura del tablero frente a la casa, el hacha de Zé Pequeño cortando la leña en el terregal, los sucios paseos de los puercos por los alrededores, el canto alto e histérico de las gallaretas, el tintineo de tenedores y cuchillos sobre los platos al mediodía, el viento constante y rabioso pasando por los tejados con dirección a la Sierra de la Buena Muerte, las pláticas cuchicheadas de Esmeralda, el regreso de los cameros y de las ovejas, de nuevo al caer la tarde, los mugidos tristes y prolongados de las vacas, los revuelos de los pájaros, el croar de los sapos en las orillas de la represa, el ruido de la planta de luz cuando llegaba la noche, la voz cansada de su abuelo contando sus historias repetidamente, los grillos, el vuelo de las mariposas, los gritos de la zorra, las hojas llevadas por el viento, el agitarse de las personas en sus hamacas, las respiraciones profundas de su madre, los ronquidos de su padre, pasos, truenos, gotas de agua pesadas y solitarias, todos los ruidos que llegan con la noche y que le dan miedo a la gente, que se lo provocaban, que todavía se lo provocan más, que le erizaban la piel como la tiene ahora.

Un día que estaba sentada en su poltrona de la tenaza, oyendo los ruidos, advirtió Iris que se estaba transformando. Tomó de pronto conciencia de su cuerpo. Sintió que su pie estaba descalzo y que el cemento del suelo estaba frió. Sintió la adherencia de su cuerpo a la tela de la poltrona. Encontró extraño poder controlar los movimientos de sus brazos y de sus piernas. Movió los dedos de las manos como si hiciera un descubrimiento. Apretó con fuerza el índice de la derecha hasta sentir el delicado dolor de la sangre apretada en las venas. Se dejó acariciar por el viento, que cariñosamente recorrió sus piernas, le sopló secretos indescifrables en las orejas. Dejó que le rozara levemente el rostro. Encontró que su sostén apretaba. Vio enfrente, en lo Alto del Possidonio, la casa