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Religiosidad

MESA y PALABRA

17

NOVENA A LA VIRGEN MARÍA

«Alivio de los que sufren»

Guillermo Juan Morado

EDITORIAL CCS

Con aprobación eclesiástica del obispado de Tui-Vigo.

Página web de Editorial CCS: www.editorialccs.com

© 2008. Guillermo Juan Morado

© 2008. EDITORIAL CCS, Alcalá, 166 / 28028 MADRID

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pú- blica o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Din]ase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográfi- cos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún frag- mento de esta obra.

Diagramación editorial: Juan Manuel Redondo Diseño de portada: Nuria Romero ISBN: 978-84-9842-182-8 Depósito legal: M-14134-2010 Fotocomposición: M&A, Becerril de la Sierra (Madrid) Imprime: Print House, marca registrada de Copiar, S.A.

OBISPADO DE TUI-VIGO

VICARÍA GENERAL

0707 i4

Vista la instancia presentada por el Dr. D. Guillermo Juan Morado el día 22 de marzo de 2007, solicitando la aprobación eclesiástica para la publicación de la "Novena a la Virgen Mana. Alivio de los que sufren"

Se \e concede el NIH1L OBSTAT y la licencia para su publicación

(C.830.3)

Vigo, 14 de abril de 2007

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Jesús:

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Jesús Gago Blanco Vicario General

ÍNDICE

Introducción

7

NOVENA

9

Oración introductoria (para todos los días)

10

DÍA PRIMERO

Escogida desde toda la eternidad

11

DÍA SEGUNDO

La llena de gracia

16

DÍA TERCERO

¡Dichosa tú, que has creído!

21

DÍA CUARTO

La Madre de mi Señor

26

DÍA QUINTO

La siempre Virgen

31

DÍA SEXTO

Modelo y Madre de la Iglesia

36

DÍA SÉPTIMO

Mediadora nuestra

41

DÍA OCTAVO

Me llamarán bienaventurada

46

DÍA NOVENO

Corazón de María, alivio de los que sufren

51

-

5

-

ORACIONES

57

1. Oración

del papa Benedicto XVI

59

2. Oración de Juan Pablo II: Virgen fiel, poderosa y clemente

60

3. Oración de san Bernardo

61

4. Letanía lauretana

62

5. Letanía al Inmaculado Corazón de María.,

64

CANTOS

67

1. Salve, Regina

69

2. Regina caeli

69

3. Ruega por nosotros

69

4. Humilde nazarena

70

5.

Eres más pura que el sol

70

6.

¡Oh María!

70

7.

Salve, Madre

71

8.

Bajo tu amparo

72

9.

Santa María del Amén

72

10.

Cristo, nuestro hermano

72

11.

Cántico de María

73

12.

Salve, Reina de los cielos

74

-

6

-

INTRODUCCIÓN

Si quisiésemos escribir una novena para cada ad- vocación de la Virgen no nos llegarían los días de una vida entera, por larga que ésta fuese. La devo- ción a Nuestra Señora está tan difundida, que abarca las diversas épocas del año y se extiende por todos los territorios: «A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia», escribe Benedicto XVI al final de su encíclica Deus caritas est.

Por ello, en esta Novena a la Virgen María hemos seleccionado sólo algunos motivos, algunas razo- nes que brotan de la fe, de entre las muchas que los cristianos tenemos para honrar a la Madre de Dios. María, escogida desde loda la eternidad pa- ra ser la Madre del Señor, es la llena de gracia, la siempre virgen, cuya fe obediente se convierte en primicia y modelo de la fe de la Iglesia. La única mediación de Jesucristo incluye, subordinada pe- ro realmente, la mediación de su Madre, de la Mu- jer que ya en Cana intercede por nosotros ante su Hijo. Al saludarla como Bienaventurada no hace- mos otra cosa que reconocer la grandeza de Dios, cuyo poder realiza obras graneles en sus criaturas.

-

7

-

En la letanía al Inmaculado Corazón de María se invoca a la Santísima Virgen como «alivio de los que sufren». El alivio es lo que aligera, lo que hace menos pesado, lo que mitiga la fatiga o la aflicción. Si pensamos en Jesucristo, sobre todo en su Pasión, descubriremos a María como el único alivio que, desde la tierra, consuela a nuestro Redentor. La Vir- gen está junto a la Cruz de su Hijo (cf. Juan 19,25), firme en la fe, en la esperanza y en el amor.

No falta en el mundo, ni en nuestra propia exis- tencia, el sufrimiento. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y de esperanza, porque confiesa la victoria de Cristo sobre el mal, el dolor y la muer- te. Pero es también un mensaje de alivio, de con- suelo, de compasión. Abrirse al sufrimiento de los otros e intentar, en lo posible, aligerar su carga nos hace crecer en humanidad y nos asimila al Hom- bre perfecto, Jesucristo, nuestro Señor.

Hace ya algunos años, tuve ocasión de meditar so- bre este aspecto participando en la fiesta de la Vir- gen del Alivio que, en septiembre, cuando ya ceden los rigores del verano, celebran en la parroquia de Santa María de Tomiño, en la diócesis de Tui-Vigo. Me parece un advocación muy hermosa. ¡Qué Nuestra Señora nos ayude a testimoniar el «con- suelo de Dios»!

Guillermo Juan Morado Parroquia de San Pablo. Vigo. 1 de enero de 2008 Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

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8

-

ORACIÓN INTRODUCTORIA (para todos los días)

María, Madre de Dios, que, antes de que existiesen los siglos, has sido llamada y elegida por Aquél que nos llama y nos elige para ser hijos suyos.

Ayúdanos a creer como Tú creíste,

a no dejar espacio en nuestra vida

a nada que no sea de Dios.

Haznos dóciles en la fe, para que cada día digamos con verdad que Jesucristo es nuestro Señor.

Que nuestro corazón, como el tuyo, se deje modelar por el Corazón de tu Hijo

y que, en el seno de la Iglesia, madre y virgen, seamos signos vivos de la infinita compasión de Dios.

No permitas, Bienaventurada Virgen, Medianera de la gracia, que seamos insensibles

al dolor y al sufrimiento de nuestros hermanos.

Sé Tú nuestro alivio,

y haz de nosotros

instrumentos del consuelo de Dios.

DÍA PRIMERO

Escogida desde toda la eternidad

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien

dirige esta oración

es

un

ministro

ordenado,

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-6.11-12

B endito

cristo, que nos ha bendecido en la persona de

Cristo con toda clase de bienes espirituales y ce- lestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, an- tes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha des- tinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gra-

sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesu-

-11 -

cia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos con Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

Dios eligió a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo, Jesucristo, nuestro Salvador. La Virgen tiene de este modo un papel destacado en el misterio de la salvación; en el plan nacido de la bondad y de la sabiduría de Dios que ha querido, libremente y por pura gracia, crear- nos, llamándonos de la nada al ser, y redimirnos, invitándonos a participar, por Cristo y con el Espí- ritu Santo, de la naturaleza divina.

San Pablo, en la Carta a los Efesios, incluye un himno de alabanza a Dios, en el que recoge las bendiciones que contiene su proyecto de salva- ción: la elección para que fuésemos santos, la des- tinación a ser sus hijos, la herencia de su gloria (cf. Efesios 1,3-14). Todos estos bienes «espiritua- les y celestiales» se condensan en la persona de Cristo. Dios nos ha dado lo que más quiere, a su propio Hijo, «para librarnos de las tinieblas del pe- cado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 4).

-12 -

En medio del drama de la historia, en el que lu- chan el pecado y la gracia, la muerte y la vida, el anuncio de la salvación constituye para cada hom- bre y para el mundo entero el auténtico alivio; la buena noticia del ansia de Dios por tratar con no- sotros para invitarnos y recibirnos en su compañía (cf. Dei Verbum, 2). Las señales externas del duelo causado por el pecado, por el que nos vino la muerte, se atenúan con la promesa de la salvación. Ya en el libro del Génesis, después del pecado de nuestros primeros padres, en el que vemos refleja- da la absurda rebeldía de querer ser como Dios, sin Dios y contra Dios, se atisba esta promesa de salvación cuando el Señor dice a la serpiente: «Es- tablezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuan- do tú la hieras en el talón» (Génesis 3,15).

La Iglesia ha visto proféticamente prefigurada a la Santísima Virgen en esa promesa de la victoria so- bre la serpiente. Como dice la Carta a los Gálatas, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin

de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gála- tas 4,4-5). María es la mujer, la nueva Eva, que, en

la plenitud de los tiempos, disipa el luto, la oscu-

ridad del alejamiento de Dios, derramando «sobre

el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro»

(Prefacio I de Santa María Virgen). Cuando se ha-

ce de noche en nuestra vida —porque la fe se nubla

o se ensombrece la esperanza— María, como Es-

-13 -

trella de la mañana, anuncia de nuevo el esplendor del Sol de Justicia, Cristo, nuestro Dios.

5. Preces

Oremos, hermanos, a Dios nuestro Señor, que ha querido hacernos partícipes de su vida y, unidos a la Virgen María, digamos: BENDITO SEA EL NOM- BRE DEL SEÑOR.

1. Por todos los cristianos, para que vivamos en actitud de alabanza y de acción de gracias, res- pondiendo así a nuestra vocación a la santidad. Oremos.

2. Por el pueblo de Israel, del que desciende María, la Hija de Sión, para que reconozca en Jesucristo la Luz que alumbra a las naciones. Oremos.

3. Por todos los hombres que viven sin esperanza, para que encuentren en la Virgen alivio y con- suelo a sus aflicciones. Oremos.

4. Por todos nosotros, para que, sin descuidar los trabajos de la tierra, anhelemos la gloria del cie- lo. Oremos.

Se pueden añadir, si se desea, otras intenciones.

Si se prefiere, en lugar de las preces, en este día o en los demás días de la novena, se puede recitar la Letanía Lau- retana o la Letanía al Inmaculado Corazón de María.

6. Padre nuestro

Con la mirada puesta en Jesucristo nuestro Salva- dor, oremos juntos: Padre nuestro

-14 -

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Oh Dios, que has elegido a la bienaventurada Vir- gen María, excelsa entre los humildes y los pobres, Madre del Salvador, concédenos que, siguiendo sus ejemplos, podamos ofrecerte una fe sincera y poner en ti la total esperanza de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

8. Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado,

bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo nial y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Podéis ir en paz».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-15 -

DÍA SEGUNDO

La llena de gracia

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, puede saludar al pueblo diciendo: «El Señor esté con vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica Del evangelio según san Lucas 1,26-30

E n aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Na-

zaret, a una virgen desposada con un hombre lla- mado José, de la estirpe de David; la virgen se llama- ba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

—«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

— 16 -

El ángel le dijo:

—«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Ja- cob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:

—«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El ángel le contestó:

—«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis me- ses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

—«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí se- gún tu palabra».

Y la dejó el ángel.

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

En la Anunciación, el arcángel Gabriel saluda a María como «llena de gracia» (Lucas 1,28); es de- cir, completamente poseída por el favor y el auxi- lio de Dios, por el mismo Dios que inhabita en su

-17 -

alma. La gracia es lo contrario del pecado. Si el pe- cado es desobediencia y separación de Dios, la gracia es obediencia e intimidad con Dios. En Ma- ría no hay ni un atisbo de desobediencia. Desde el primer momento de su concepción, la Virgen es pura obediencia, entrega perfecta al plan salvador de Dios: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1,37-28).

La fe de la Iglesia ha visto en la Inmaculada Con- cepción de la Virgen un singular privilegio de la om- nipotencia de Dios, «en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854). Ma- ría no es una excepción a la universalidad de la re- dención llevada a cabo por Cristo. Ella, destinada a ser su Madre, es la primera redimida; la «Toda San- ta», «inmune de toda mancha de pecado», «plas- mada por el Espíritu Santo y hecha una nueva cria- tura» (Lumen gentium, 56). A lo largo de toda su vida, María ha permanecido pura de todo pecado personal (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 493).

La Virgen es la mujer que escapa al dominio del dragón (cf. Apocalipsis 12) y «constituye un refle- jo luminoso de la santidad de Dios en la historia de los hombres, marcada por el pecado» (G. Iam- marrone). Cada uno de nosotros, cooperando con la gracia de Dios para derrotar el pecado y el mal, estamos llamados, a imagen de María, a la santi- dad, como recordó solemnemente el Concilio Vati- cano II: «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del

— 18 —

apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Tesalonicenses 4,3; Efesios 1,4)». {Lumen gentium, 39.)

Caminar en la santidad exige apoyarse en Dios más que en nuestras propias fuerzas, sintiéndonos necesitados de su gracia, de la intimidad de vida con Él, a la que accedemos mediante la oración y los sacramentos. En nuestro esfuerzo por respon- der a la vocación divina a la santidad, puede ate- nazarnos la tentación del desaliento. María consti- tuye una señal cierta de esperanza y un alivio para nuestro cansancio. Para toda la Iglesia representa su «tipo y ejemplar acabadísimo» en la fe y en la caridad: lo que la Iglesia está llamada a ser se ha realizado ya plenamente en la Virgen. El sendero que debemos recorrer nos lo señala María, la Odi- gitría, la que indica el camino hacia Jesús.

5. Preces

En la Anunciación del Señor celebramos el princi- pio de nuestra salvación. Oremos con júbilo, di- ciendo: INTERCEDA POR NOSOTROS LA SAN- TA MADRE DE DIOS.

1. Por todos los que viven sometidos a la tiranía del pecado, para que pongan su confianza en el auxilio de Dios. Oremos.

2. Por todos los miembros de la Iglesia, para que su oración sea ferviente y constante. Oremos.

3. Por nosotros, que acudimos a la protección de Nuestra Señora, para que aprendamos de Ella,

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«Mujer eucarística», a reconocer la presencia de Cristo en los sacramentos y, particularmen- te, en la Eucaristía. Oremos.

4. Por todas las personas que, en algún momento de su vida, sienten la tentación del desaliento, para que el Señor las sostenga con su gracia. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6. Padre nuestro

Secundando la voluntad de nuestro Señor Jesu- cristo, nos atrevemos a decir: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Re- dentor, como Dios y como hombre verdadero, lle- guemos a hacernos semejantes a él en su natura- leza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor.

8. Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

«El Señor esté con vosotros. La bendición

Podéis ir en paz».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

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DÍA TERCERO

¡Dichosa tú, que has creído!

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien

dirige esta oración

es

un

ministro

ordenado,

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

Del evangelio según San Lucas 1,39-45

E n aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; en-

tró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuan- to Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura

en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

—«Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vien-

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tre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra», responde María al anuncio del ángel (Lucas 1,38). La Virgen realiza así, «de la manera más perfecta», la obediencia de la fe (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 148). Creer es escuchar y obe- decer, respondiendo con el asentimiento y con la entrega a la revelación de Dios. En todas las prue- bas de su vida terrena, particularmente en la prueba dolorosa de la Cruz de su Hijo, «su fe no vaciló» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 149).

La perseverancia en la fe de María es modelo para nuestra propia perseverancia. No se trata única- mente de creer un día, sino de «vivir, crecer y per- severar hast a el fin en la fe» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 162). Y ello a pesar de las pruebas, que tampoco a nosotros nos van a faltar: el desafío del mal, presente en el mundo; el reto del sufri- miento, propio o de los seres queridos; el escánda- lo de la injusticia; la amenaza de la muerte. No es fácil creer y menos aún seguir creyendo cuando experimentamos el zarpazo del dolor.

María es la mujer fuerte, que ha combatido el buen combate, conservando la fe (cf. 1 Timoteo 1,18-19). Los cristianos, atribulados por las persecuciones, comenzaron, ya en el siglo ni, a dirigirse a María

-22 -

con una bella oración: «Bajo tu amparo nos aco- gemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nues- tras súplicas en las necesidades; antes bien, líbra- nos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita». Una plegaria que podemos, también hoy, hacer nuestra, cuando la fe se ve asediada continuamen- te por una visión de la vida que no deja espacio a Dios; por una cultura que nos instala en la vana autosuficiencia del propio yo, olvidando el víncu- lo que nos une a Dios, nuestro Creador y Señor.

La Iglesia nos enseña que, para mantener la fe, «debemos alimentarla con la Palabra de Dios; de- bemos pedir al Señor que nos la aumente; debe "actuar por la caridad" (Gálatas 5,6), ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia» {Catecismo de la Iglesia católica, 162). En la celebración de la Santa Misa pedimos a Jesu- cristo, poco antes de la comunión: «No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia».

En esa fe de la Iglesia nos apoyamos, a pesar de nuestras miserias. Es la fe de los apóstoles y de los mártires; es la fe de los santos. Es la fe de María, la Virgen, saludada por Isabel: «¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lucas 1,45). María es bienaventurada, dichosa, porque su obediencia a la voluntad divi- na «está motivada sólo por su amor a Dios» (Juan Pablo II, «Catequesis», 3 de julio de 1996).

Después de la lectura se puede dejar un momento

lencio o entonar algún canto

apropiado.

-23 -

de si-

5.

Preces

Demos gracias al Padre, que se nos ha dado a co- nocer en Jesucristo su Hijo, y digámosle: QUE SE ALEGREN LOS QUE BUSCAN AL SEÑOR.

1.

Por todos los creyentes en Cristo, para que nuestra fe sea, a imagen de la fe de María, obe- diencia y entrega a voluntad de Dios. Oremos.

2.

Por el Papa y los obispos, maestros en la fe para el Pueblo de Dios, para que testimonien con su vida lo que anuncian con su enseñanza. Oremos.

3.

Por todos aquellos que ven su fe sometida a prueba, para que, afianzados por el poder del Espíritu Santo, perseveren hasta el final en la confesión de Cristo. Oremos.

4.

Por todos nosotros, para que la escucha y la me- ditación asidua de la Sagrada Escritura nos ha- ga progresar en la inteligencia del misterio de Cristo. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6.

Padre nuestro

Empleando el modelo de oración propuesto por Cristo, nuestro Señor, digamos: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Dios todopoderoso y eterno, que en la gloriosa Madre de tu Hijo has concedido un amparo celes-

-24 -

tial a cuantos la invocan, concédenos, por su in- tercesión, fortaleza en la fe, seguridad en la espe- ranza y constancia en el amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

8.

Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Podéis ir en paz».

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado,

nos guarde de

todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

puede decir: «Que el Señor nos bendiga,

-25 -

DÍA CUARTO

La Madre de mi Señor

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien

dirige esta oración

es un

ministro

ordenado,

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3.

Lectura bíblica

De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4,4-7

H ermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido

bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la

Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adop- ción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros cora- zones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

— 26 —

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

En la celebración de la Santa Misa, al conmemo- rar a los santos, «veneramos la memoria, ante to- do, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». Nos unimos así a la fe de la Iglesia, que ha reconocido a María co- mo Theotokos, Madre de Dios. El Catecismo expli- ca la razón de este título insigne: «Aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu San- to, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo se- gún la carne, no es otro que el Hijo eterno del Pa- dre, la segunda persona de la Santísima Trinidad» {Catecismo de la Iglesia católica, 495).

Al aclamar a María como «la Madre de Jesús» (Juan 2,1) o «la Madre de mi Señor» (Lucas 1,43), los cris- tianos profesamos nuestra fe en la verdadera En- carnación del Hijo de Dios: «El dogma de la mater- nidad divina de María», escribía el papa Juan Pablo II, «es para la Iglesia como un sello del dogma de la Encarnación, en la que el Verbo asume realmente en la unidad de su persona la naturaleza humana sin anularla» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 4). Jesucristo, «nacido de la Virgen María, se hizo ver- daderamente uno de los nuestros, semejante en to- do a nosotros, excepto en el pecado» (Concilio Vati- cano II, Gaudium et spes, 22).

Elegida para ser la Madre del Redentor, la Virgen «no fue un instrumento puramente pasivo en las

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manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (Lumen gentium, 56). La Virgen creyente es la Virgen Ma-

dre. Como escribe san Agustín: «El ángel anuncia, la Virgen escucha, cree y concibe» (Sermo 13 in Nat. Dom.). Y añade: «Cree la Virgen en el Cristo

que se le anuncia, y la fe le trae

ciende la fe a su corazón virginal antes que a sus

entrañas la fecundidad maternal» (Sermo 293).

Toda la vida de Nuestra Señora puede ser descrita como una peregrinación en la fe, como un conti- nuo abandono «en la verdad misma de la palabra del Dios viviente» (Redemptoris Mater, 14). La Ma- dre es la primera discípula, en quien se cumple de modo eminente la alabanza de Jesús: «¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan!» (Lucas 11,28).

La fe «es un contacto con el misterio de Dios» (Re- demptoris Mater, 17), con «el gran misterio de la piedad», que se ha hecho próximo a nosotros en la carne de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Timoteo 3,16). En Jesús, Dios se ha dejado ver (cf. Benedic- to XVI, Deus caritas est, 17). Como a los Magos y a los pastores de Belén, María, «la zarza ardiente de la teofanía definitiva», sigue mostrándonos a su Hi- jo, el Verbo encarnado, imagen visible de Dios invi- sible (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 724).

a su seno; des-

5. Preces

Conmovidos por la cercanía de nuestro Dios, que se ha dignado nacer de la Virgen, digamos: DI-

28 -

CHOSO EL VIENTRE DE MARÍA, QUE LLEVÓ AL HIJO DEL ETERNO PADRE.

1.

Señor nuestro, que por amor a los hombres, en- viaste a tu Hijo, concede a cuantos te buscan re- conocerte en la humanidad santísima de Jesu- cristo, el Redentor. Oremos.

2.

Protege, Señor, por la intercesión de María, a todas las madres de la tierra y socorre a cuan- tas se ven envueltas en dificultades para dar a luz y cuidar a sus hijos. Oremos.

3.

Tú que, en la humildad de Belén, mostraste en Jesús la salvación de los pueblos, defiende la vi- da de todos los que están en camino de nacer. Oremos.

4.

Haz, Dios nuestro, que confesemos de palabra y de obra la fe en Jesucristo, nacido de la Virgen. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6.

Padre nuestro

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Oh Dios, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salva- ción, concédenos experimentar la intercesión ma-

-29 -

terna de la que nos ha dado a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

8.

Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Podéis ir en paz».

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado,

DÍA QUINTO

La siempre Virgen

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

puede

decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de

Si quien

dirige esta oración

es

un

ministro

ordenado,

todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-30 -

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

Del libro de Isaías 7,10-14; 8,10

J_lm aquel tiempo, el Señor habló a Acaz:

—«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz:

—«No la pido, no quiero tentar al Señor».

Entonces dijo Dios.

—«Escucha, casa de David, ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal:

-31 -

Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios con nosotros"».

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

Cuando los cristianos confesamos que María es la siempre virgen no estamos profesando una verdad de fe referida, en primer lugar, a Nuestra Señora, sino a Jesucristo: la virginidad de su Madre es «el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios», concebido en el seno de María «únicamente por el poder del Espíritu Santo» (cf. Catecismo de la Igle- sia católica, 496). Jesús no tiene un padre biológi- co, sino que su único origen es el Padre, la primera Persona de la Santísima Trinidad. «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo», dice el ángel a José (Mateo 1,20). Se cumple así la promesa divi- na hecha por medio de Isaías: «He aquí que la vir- gen concebirá y dará a luz un hijo» (Isaías 7,14).

El misterio de la concepción virginal de Jesús, y el misterio de la perpetua virginidad de su Madre, sobrepasan la capacidad de comprensión de la ra- zón humana, pero no exceden el poder de Dios, que, por medio de su Espíritu, creó todo de la na- da (cf. Génesis 1,1-2), llamando a ser lo que antes no era. También por medio de su Espíritu Dios inauguró la nueva creación, cuyo Primogénito, co- mo nuevo Adán, es Jesucristo. Cada uno de noso- tros, a imagen del Hombre Nuevo, estamos llama-

— 32 —

dos a nacer de lo alto (cf. bautismo.

A semejanza de María, Virgen y Madre, que custo-

dió, sin adulterarla, la fe en su corazón y que dio a luz al Hombre Nuevo, la Iglesia es también madre

y virgen. Como enseña el Concilio Vaticano II: la

Iglesia «se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmor- tal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guar- da íntegra y pura la fidelidad prometida al Espo- so» {Lumen gentium, 64).

Perdido, en buena parte, el sentido religioso de la existencia, nos cuesta, quizá, entender el valor de

la virginidad, como entrega total, del cuerpo y del

alma, a Dios nuestro Señor. Siguiendo el ejemplo de

la virginidad de María y de la virginidad de Jesu- cristo, muchos hombres y mujeres, por el Reino de

los cielos, se dedican a Dios con corazón indiviso en

la virginidad o en celibato consagrado. Su testimo-

la fe y el

Juan

3,3), por

nio constituye un estímulo para todos los creyentes, cualquiera que sea su estado de vida particular —sol- teros, casados o célibes—, en orden a transparentar

en el mundo «la fidelidad y la ternura de Dios» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 2346).

5. Preces

Contando con la intercesión de María que, en su maternidad virginal, derramó sobre el mundo el resplandor de la gloria del Padre, Jesucristo, nues-

-33 -

tro Señor, oremos diciendo: RENUÉVANOS, SE- ÑOR, CON TU GRACIA.

1.

Por la Iglesia santa de Dios, madre y virgen, pa- ra que en fidelidad a Cristo, su Esposo, custodie siempre el depósito de la fe y predique sin can- sancio la palabra del Evangelio para la salva- ción del mundo. Oremos.

2.

Por todos nosotros, renacidos como hombres nuevos por la fe y el bautismo, para que seamos testigos de la belleza del amor de Dios buscan- do todo lo que es verdadero y noble. Oremos.

3.

Por todos los que consagran su virginidad al Señor, para que con sus vidas proclamen la su- premacía de los bienes del cielo. Oremos.

4.

Por todos los esposos, para que su amor, limpio y fecundo, origine familias auténticamente cris- tianas. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6.

Padre nuestro

Y ahora digamos todos juntos la oración que Cris- to, el Señor, nos ha enseñado: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Dios todopoderoso, que, según lo anunciaste por el ángel, has querido que tu Hijo se encarnara en el seno de María, la Virgen, escucha nuestras súpli-

-34 -

cas y haz que sintamos la protección de María los que la proclamamos verdadera Madre de Dios. Por Jesucristo, nuestro Señor.

8. Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Podéis ir en paz».

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado,

puede decir: «Que el Señor nos bendiga,

nos guarde de

todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-35 -

DÍA SEXTO

Modelo y Madre de la Iglesia

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien

dirige esta oración

es

un

ministro

ordenado,

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

Del evangelio según san Juan 19,25-27

E n aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús esta- ban su madre, la hermana de su madre, Ma- ría, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

—«Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo:

—«Ahí tienes a tu madre».

-36 -

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después

lencio o entonar

de la lectura se puede dejar un momento

algún canto

apropiado.

de si-

4. Reflexión

Uno de los prefacios que se dicen en las misas de la Santísima Virgen está dedicado a «María, mo- delo y Madre de la Iglesia». El libro de los Hechos de los Apóstoles deja constancia de que «los discí- pulos se dedicaban a la oración en común, junto con María, la madre de Jesús» (Hechos 1,14). Des- de el comienzo de la Iglesia, es estrecha esta vincu- lación que une a los discípulos de Cristo con la Madre de su Señor.

María, con su hágase, con su respuesta al anuncio del ángel, concibió virginalmente a Jesús «y al dar a luz a su Hijo preparó el nacimiento de la Iglesia» (Prefacio III de Santa María Virgen). En la cruz, Jesús la proclamó Madre nuestra, al decirle al dis- cípulo que tanto quería: «Ahí tienes a tu madre» (cf. Juan 19,26-27). En la espera del Espíritu San- to, en Pentecostés, orando con los discípulos, Ma- ría «se convirtió en modelo de la Iglesia suplican- te» (Prefacio III).

María es la Mujer, la nueva Eva, la Madre de los vi- vientes, la Madre del «Cristo total», Cabeza y miem- bros; es decir, de Cristo y de todos los hombres, «nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo» (Prefacio III; cf. Catecismo de la Iglesia ca- tólica, 726). Ella «colaboró con su amor a que na-

-37 -

cieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza» (Concilio Vaticano II, Lumen gen- tium, 53).

1.

Para que la Iglesia, sacramento del amor de Dios en medio del mundo, se entregue sin cesar al servicio de todos los hombres. Oremos.

Desde su asunción a los cielos en cuerpo y alma, la Virgen no ha abandonado a sus hijos, sino que «acompaña con amor materno a la Iglesia peregri- na, y protege sus pasos hacia la patria celeste, has- ta la venida gloriosa del Señor» (Prefacio III) y «continúa procurándonos con su múltiple interce- sión los dones de la salvación eterna» {Lumen gen- tium, 62).

Para toda la Iglesia y para cada uno de sus hijos, María es figura y modelo de todas las virtudes; «en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo», como ya enseñaba san Ambrosio de Milán (cf. Lumen gentium, 63).

Los cristianos, amando a la Virgen María, nos aso- ciaremos más estrechamente a ella en la obra de la salvación de los hombres, avanzaremos por el ca- mino de la santidad y contribuiremos a atraer al seno de la Iglesia a todas las familias de los pue- blos. Como ha escrito Benedicto XVI: «María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dón- de tiene su origen, su fuerza siempre nueva» (Deus caritas est, 42).

5. Preces

Orando en común, con María, la Madre de Jesús, pidamos: FORTALÉCENOS, SEÑOR, CON TU ES- PÍRITU.

- 3 8

2. Para que todos los sacerdotes desempeñen su ministerio robustecidos por el fervor de la fe y por la esperanza de la vida eterna. Oremos.

3.

Para que todos nosotros crezcamos día a día en humildad, y reconozcamos la acción de Dios en nuestras vidas. Oremos.

4.

Para que nunca desfallezca nuestra oración, y acudamos siempre con perseverancia la miseri- cordia de Dios. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6.

Padre nuestro

Digamos todos juntos la oración que Cristo, el Se- ñor, nos ha enseñado: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Oh Dios, Padre de misericordia, cuyo Hijo, clava- do en la cruz, proclamó como Madre nuestra a santa María Virgen, Madre suya, concédenos, por su mediación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos, y atraiga a su seno a todas las familias de los pueblos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

-39 -

8.

Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Podéis ir en paz».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-40 -

DÍA SÉPTIMO

Mediadora nuestra

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien

dirige esta oración

es

un

ministro

ordenado,

puede

saludar

al pueblo

diciendo:

«El Señor

esté

con

vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica Del evangelio según san Juan 2,1-11

en Cana de Ga-

lilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus

discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:

—«No les queda vino».

Jesús le contestó:

—«Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora».

E n aquel tiempo, había una boda

Su madre dijo a los sirvientes:

—«Haced lo que él diga».

-41 -

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros ca- da una.

Jesús les dijo:

—«Llenad las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó:

—«Sacad ahora y llevádselo al mayordomo».

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sa- bían, pues habían sacado el agua), y entonces lla- mó al novio y le dijo:

—«Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Cana de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.

Después de la lectura se puede dejar un momento

lencio o entonar algún canto

apropiado.

de si-

4. Reflexión

La Iglesia invoca a María como «Mediadora» nues- tra. Es verdad que, en sentido absoluto, sólo hay un Mediador: Jesucristo, verdadero Dios y verda- dero hombre, Mediador único entre Dios y los hom- bres (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 480). Él vive para siempre para interceder por nosotros (cf.

-42 -

Hebreos 7,24-25). Por esta razón, ninguna criatu- ra —y la Virgen es una criatura, aunque la más ex- celsa— puede ser puesta en el mismo orden con Jesucristo, el Verbo encarnado, el Redentor.

Pero, como enseña el Concilio Vaticano II, la me- diación de Santa María se entiende de tal manera que no quita ni añade nada a la dignidad y a la efi- cacia de Cristo (cf. Lumen gentium, 62). Igual que la única bondad de Dios se difunde en las criaturas, así también la única mediación de Jesucristo suscita en las criaturas una colaboración diversa; aunque siempre subordinada. Con su intercesión materna, María nos lleva a Jesús e intercede ante su Hijo pa- ra procurarnos los dones de la salvación eterna.

En Cana de Galilea el Evangelio nos presenta a Ma- ría intercediendo ante Jesús por aquellos esposos:

«No tienen vino» (Juan 2,3). Actúa como una ver- dadera Madre, que muestra su solicitud hacia los hombres. San Alfonso María de Ligorio, comentan- do este pasaje, escribe: «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados

la impulsó a encargarse por sí misma del oficio

de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de

Si esta buena Señora

obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si

], [

que nadie se lo pidiera [

].

le rogaran?» (Serm. abrev. 48, 2, 1).

En el cielo, María sigue intercediendo por noso- tros ante Jesús (cf. Lumen gentium, 62). Con esa confianza, sus hijos acudimos a Ella y le pedimos:

«Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ho- ra de nuestra muerte», «vuelve a nosotros, esos tus

-43 -

ojos misericordiosos, y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre».

Acudiendo a María, también nosotros nos converti- mos en intercesores en favor de nuestros hermanos, que son, asimismo, hijos suyos. A su protección ma- ternal encomendamos la salud de los enfermos, la conversión de los pecadores, el consuelo de los afli- gidos. San Bernardo, en una preciosa oración, ape- la a la memoria de la Virgen, que jamás ha desoído una petición: «Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implo- rando vuestro auxilio, reclamando vuestra asisten- cia, haya sido desamparado. Animado por esta con- fianza a Vos acudo, Madre, Virgen de las Vírgenes».

5. Preces

María, con generosa entrega de amor de madre, nos procura, con su intercesión, la gracia de la re- dención y la salvación. Acudamos a su Hijo, im- plorando: SEÑOR, ESCUCHA Y TEN PIEDAD.

1. Por todos nosotros, pecadores, para que, acu- diendo al sacramento de la Penitencia, recupe- remos la vida nueva de la gracia. Oremos.

2. Por todos los cristianos, para que cada domin- go acudamos a la Eucaristía, banquete de sal- vación. Oremos.

3. Por todos los enfermos, por los que padecen por cualquier causa, para que recurran a María, Abo- gada, Socorro y Mediadora nuestra. Oremos.

-44 -

4. Por las vocaciones al sacerdocio ministerial, para que muchos jóvenes estén dispuestos a se- guir la llamada de Dios a cooperar en la obra salvadora de Jesucristo. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6. Padre nuestro

Fieles a la recomendación del Salvador, y siguien- do su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: Pa- dre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Señor, Dios nuestro, que, por misterioso designio de tu providencia, nos has dado al Autor de la gra- cia por medio de la Virgen María y la has asocia- do a la obra de la redención humana, concédenos que ella nos alcance la abundancia de la gracia y nos lleve al puerto de la salvación eterna. Por Je- sucristo, nuestro Señor.

8. Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado,

bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Podéis ir en paz».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-45 -

DÍA OCTAVO

Me llamarán bienaventurada

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, puede saludar al pueblo diciendo: «El Señor esté con vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

Del evangelio según san Lucas 1,46-55

M aria dijo:

—«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

-46 -

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los sober- bios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los col- ma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la mise- ricordia —como lo había prometido a nuestros pa- dres— a favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

Después de la lectura se puede dejar un momento

lencio o entonar algún canto

apropiado.

de si-

4. Reflexión

En el culto que la Iglesia tributa a María se cumplen sus palabras proféticas: «Me llamarán bienaven- turada todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lucas 1,48). Los cristianos de todos los tiempos seguimos dirigien- do a María el saludo que le dirigió santa Isabel:

«Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús» (cf. Lu- cas 1,42-45).

Sabemos que sólo adoramos a Dios (cf. Mateo 4,10). Adorando, reconocemos a Dios como Dios, como Creador y Salvador, como Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordio- so (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 2096). El culto especial que tributamos a María es esencial- mente diferente de esta adoración, reservada úni- camente a Dios (cf. Lumen gentium, 66). Al vene-

-47 -

rar a la Santísima Virgen exaltamos la grandeza de Dios que, en María, ha hecho obras admirables, ya que Ella es «el fruto más excelente de la reden- ción» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 1172).

En la celebración de la Santa Misa la Iglesia ofre- ce el Sacrificio Eucarístico «en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas» (Cate- cismo de la Iglesia católica, 1370). En la Eucaristía, la Iglesia, a los pies de la cruz, como María en el Calvario, se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.

No sólo el culto litúrgico, sino también los ejerci- cios de piedad mariana deben ser fomentados con generosidad. Particularmente, el rezo del Rosario sigue siendo «una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad». «Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como reci- biéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor» (cf. Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 1).

El verdadero culto a la Virgen María nos llevará a que Jesús, su Hijo, sea más conocido, amado, glo- rificado y a que se cumplan más sus mandamien- tos (cf. Lumen gentium, 66). Nuestra devoción a María será auténtica en la medida en que proceda de la fe, nos lleve a reconocer la grandeza de la Madre de Dios y a imitar sus virtudes. Cuando nos

-48 -

acercamos a Ella experimentamos «el don de su bondad»; «el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón» (Benedicto XVI, Deus caritas est, 42).

5. Preces

Elevemos nuestras súplicas a Dios, Padre todopo- deroso, que ha hecho obras grandes en favor de sus siervos, diciendo: ESCÚCHANOS, SEÑOR.

1.

Para que, como María, Virgen orante, ensalce- mos la misericordia del Señor y convirtamos nuestra vida en una continua alabanza. Oremos.

2.

Para que alimentemos nuestra fe con la escucha y la meditación de la palabra de Dios. Oremos.

3.

Para que, confesando la resurrección de Cristo, aguardemos con esperanza nuestra propia re- surrección. Oremos.

4.

Para que, contemplando los misterios del Santo Rosario, aprendamos de Nuestra Señora a mi- rar a Cristo. Oremos.

Se pueden

añadir, si se desea, otras

intenciones.

6.

Padre nuestro

Prosigamos nuestra oración, buscando el reino de

Dios: Padre nuestro

-49 -

7.

Oración final

DIA NOVENO

No se dice

«oremos».

Señor Dios, que nos has dado a la Virgen María como modelo de amor sublime y de gran humil- dad, concede a tu Iglesia que, siguiendo como ella el precepto del amor, se entregue plenamente a tu gloría y al servicio de los hombres, y se manifieste ante todos los pueblos como sacramento de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

8. Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Podéis ir en paz».

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-50 -

Corazón de María, alivio de los que sufren

1. Inicio

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, puede saludar al pueblo diciendo: «El Señor esté con vosotros».

Si se desea, se puede acompañar con un canto apropiado.

2. Oración introductoria

Se reza la oración para todos los días.

3. Lectura bíblica

Del evangelio según san Lucas 11,27-28

E n aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la

gente, una mujer de entre el gentío levantó la

voz, diciendo:

—«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

Pero él repuso:

—«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

-51 -

Después de la lectura se puede dejar un momento de si- lencio o entonar algún canto apropiado.

4. Reflexión

En las letanías del Inmaculado Corazón de María saludamos a la Virgen como «alivio de los que su- fren». En el Corazón de la Virgen, en el ser íntimo de la persona de Nuestra Señora, hallamos como un reflejo del Corazón de Cristo, que nos advierte:

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de co- razón» (Mateo 11,29).

El Misal de la Virgen María, califica el Corazón de la Santísima Virgen de inmaculado, sabio, dócil, nuevo, humilde, sencillo, limpio, firme y dispuesto. En definitiva, su Corazón, su personalidad, ejem- plifica lo que ha de ser el corazón del hofnbre que sigue a Cristo, escuchando y cumpliendo su pala- bra, y que, colaborando con la acción del Espíritu Santo, toma en cuenta la exhortación del apóstol san Pablo: «Tened entre vosotros los mismos sen- timientos que tuvo Cristo Jesús» (Filipenses 2,5).

María es «Alivio de los que sufren», «signo lumi- noso de la Misericordia divina» (Juan Pablo II, «Audiencia», 19-6-1997), del amor compasivo de Dios. Honrar a la Virgen nos compromete a obe- decer los mandatos de Dios, a amarle sobre todas las cosas y a ayudar a los hermanos en sus necesi- dades. Como recuerda el papa Benedicto XVI:

«Amor a Dios y al prójimo son inseparables, son un único mandamiento» (Deus caritas est, 18).

-52 -

Cada uno de nosotros está llamado a aligerar, a ha- cer menos pesadas las cargas de los otros: la carga de la soledad, del dolor, del abatimiento, de la po- breza. La sinceridad de nuestro amor a Dios se prueba en la disposición a mitigar las fatigas y las aflicciones de quienes están a nuestro lado, porque «el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Juan 4,20).

María brilla ante el Pueblo de Dios en marcha «co- mo señal de esperanza cierta y de consuelo» {Lu- men gentium, 68). Contemplarla a Ella, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, nos anima a «echar los cimientos de esa civilización del amor y de la paz en la que ya no haya guerra "ni muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo vie- jo ha pasado" (Apocalipsis 21,4)» (Juan Pablo II, «Audiencia», 4-9-2002).

Cuando pase este mundo y descienda de lo alto la Jerusalén del cielo, la nueva creación, permanece- rán sólo «la caridad y sus obras» (cf. Gaudium et spes, 39). Es éste el tesoro que debemos atesorar, como nos dice el Señor, «porque donde está tu te- soro allí estará tu corazón» (Mateo 6,21).

5.

Preces

Imploremos, hermanos, la misericordia de Dios, que se ha manifestado en el Corazón manso y hu- milde del Redentor, y digamos: HAZNOS, SEÑOR, TESTIGOS DE TU AMOR.

-53 -

1.

Para que la Iglesia, a ejemplo de María, esté siempre atenta a las necesidades de la humani- dad, para llevar a todos el alivio de la miseri- cordia de Dios. Oremos.

2.

Para que en los pobres, en los que lloran, en los que pasan hambre o son perseguidos, reconoz- camos el rostro amable de Jesucristo. Oremos.

3.

Por todos los difuntos, para que puedan gozar del descanso eterno. Oremos.

4.

Para que nunca pasemos de largo ante el sufri- miento de nuestros hermanos. Oremos.

6.

Padre nuestro

Alabemos a Dios nuevamente y roguémosle con las mismas palabras de Cristo: Padre nuestro

7. Oración final

No se dice

«oremos».

Señor, Dios nuestro, que hiciste del inmaculado Corazón de María una mansión para tu Hijo y un santuario del Espíritu Santo, danos un corazón limpio y dócil, para que, sumisos siempre a tus mandatos, te amemos sobre todas las cosas y ayu- demos a los hermanos en sus necesidades. Por Je- sucristo, nuestro Señor.

-54 -

8.

Conclusión

Si quien dirige esta oración es un ministro ordenado, bendice y despide al pueblo de la forma acostumbrada:

«El Señor esté con vosotros. La bendición de Dios todo-

poderoso

Si quien dirige la oración no es un ministro ordenado, puede decir: «Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén».

Podéis ir en paz»-

Si se desea, se puede terminar con un canto.

-55 -

ORACIONES

1.

Oración del papa Benedicto XVI

Santa María, Madre de Dios,

tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo

a la llamada de Dios

y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él.

Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor

y ser fuentes de agua viva

en medio de un mundo sediento.

-59 -

2.

Oración de Juan Pablo II:

3. Oración de San Bernardo

Virgen fiel, poderosa y clemente

¡Oh Virgen naciente, esperanza y aurora de la salva- ción para todo el mundo!, vuelve benigna tu mirada maternal hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias.

¡Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y estuvis- te dispuesta a recibir, conservar y meditar la Palabra de Dios!, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos man- tener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro preciado transmitido por nuestros padres.

¡Oh Virgen poderosa, que con tu pie aplastas la ca- beza de la serpiente tentadora!, haz que cumplamos, día tras día, nuestras promesas bautismales, con las que hemos renunciado a Satanás, a sus obras y se- ducciones, y sepamos dar al mundo un gozoso testi- monio de esperanza cristiana.

¡Oh Virgen clemente, que siempre has abierto tu co- razón maternal a las invocaciones de la humanidad, a veces lacerada por el desamor y hasta, desgracia- damente, por el odio y la guerra!, enséñanos a crecer, todos juntos, según las enseñanzas de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial. Amén.

-60 -

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desampara- do. Animado por esta confianza, a Vos también acu- do, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escu- chadlas y acogedlas benignamente. Amén.

-61 -

4. Letanía I au retan a

Señor, ten

piedad.

Cristo, ten

piedad.

Señor, ten

piedad.

Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Dios,

Padre celestial,

ten piedad de nosotros

Dios, Hijo Redentor del mundo,

ten piedad de nosotros

Dios,

Espíritu Santo,

ten piedad de nosotros

Trinidad Santa, un solo

Dios,

ten piedad

de nosotros

Santa

María,

ruega por

nosotros.

Santa Madre de Dios,

ruega por

nosotros.

Santa

Virgen

de las vírgenes,

ruega por

nosotros.

Madre de Cristo,

ruega por

nosotros.

Madre

de la Iglesia,

ruega por

nosotros.

Madre de la divina gracia,

ruega por,

nosotros.

Madre purísima,

ruega por

nosotros.

Madre castísima,

ruega por

nosotros.

Madre virginal,

ruega por

nosotros.

Madre inmaculada,

ruega por

nosotros.

Madre amable,

ruega por

nosotros.

Madre

admirable,

ruega por

nosotros.

Madre del buen consejo,

ruega por

nosotros.

Madre

del Creador,

-

ruega por

nosotros.

Madre del Salvador,

ruega por

nosotros.

Virgen prudentísima,

ruega por

nosotros.

Virgen digna

de veneración,

ruega por

nosotros.

Virgen digna de alabanza,

ruega por

nosotros.

Virgen poderosa,

ruega por

nosotros.

Virgen clemente,

ruega por

nosotros.

Virgen fiel,

ruega por

nosotros.

Espejo

de justicia,

ruega por

nosotros.

Trono de sabiduría,

ruega por

nosotros.

Causa de nuestra alegría,

ruega por

nosotros.

Vaso espiritual,

ruega por

nosotros.

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Vaso digno de honor, Vaso insigne de devoción, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de los Angeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apóstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes, Reina de todos los Santos, Reina concebida sin pecado original, Reina asunta al cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz, Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,

-63 -

ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros, ruega por nosotros.

perdónanos,

Señor.

escúchanos,

Señor.

ten piedad

de

nosotros.

para que seamos

dignos

de alcanzar

las

promesas de nuestro

Señor Jesucristo.

5. Letanía al Inmaculado Corazón de María

Señor,

Cristo, ten piedad Señor, ten piedad Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos Dios Padre celestial, Ten misericordia de nosotros. Dios Hijo Redentor del mundo, Ten misericordia de nosotros. Dios Espíritu Santo,

ten

piedad

Ten misericordia de

Santa Trinidad, un solo Dios, Ten misericordia de nosotros.

nosotros.

(La respuest a será: ruega por nosotros.)

Santa María, Corazón Inmaculado de Marta, Corazón de María, lleno de gracia. Corazón de María, vaso del amor más puro. Corazón de María, consagrado íntegro a Dios. Corazón de María, preservado de todo pecado. Corazón de María, morada de la Santísima Trinidad. Corazón de María, delicia del Padre en la Creación.

Corazón de Marta, instrumento del Hijo en la Redención. Corazón de María, la esposa del Espíritu Santo.

Corazón

Corazón de María, medianero de todas las gracias. Corazón de María, latiendo al unísono con el Corazón

de Jesús. Corazón de María, gozando siempre de la visión beatífica Corazón de María, holocausto del amor divino.

Corazón

Corazón de María, traspasado de una espada.

de María,

abismo y prodigio de humildad.

de María,

abogado ante la justicia divina.

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Corazón de María, coronado de espinas por nuestros pecados. Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo. Corazón de Marta, exultando en la resurrección de tu Hijo. Corazón de María, triunfando eternamente con Jesús. Corazón de Marta, fortaleza de los cristianos.

Corazón

Corazón de María, esperanza de los pecadores.

de María,

refugio de los perseguidos.

Corazón

de María,

consuelo de los moribundos.

Corazón

de María,

alivio de los que sufren.

Corazón

de María,

lazo de unión con Cristo.

Corazón

de María,

camino seguro al Cielo.

Corazón

de María,

prenda de paz y santidad.

Corazón

de María,

vencedora de las herejías.

Corazón

de María,

Reina de Cielos y Tierra.

Corazón

de María,

Madre de Dios y de la Iglesia.

Corazón

de María,

que por fin triunfarás.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,

Perdónanos

Señor.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,

Escúchanos

Señor.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,

Ten misericordia

de

nosotros.

V. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.

R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de

Nuestro

Señor

Jesucristo.

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CANTOS

1.

Salve, Regina

Salve, Regina, mater misericórdiae; vita, dulcédo et spes nostra, salve. Ad te clamámus, éxsules fílii Evae. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimárum valle. Eia ergo, Advocáta nostra, illos tuos misericórdes óculos ad nos convérte. Et lesum, benedíctum fructum ventris tui, nobis post hoc exsílium osténde.

O

clemens. O pía.

O

dulcís Virgo María.

2. Regina caeli

Regina caeli, laetáre, allelúia:

Quia quem meruísti portare, allelúia:

Resurréxit sicut dixit, allelúia:

Ora pro nobis Deum, alléluia.

3. Ruega por nosotros

Ruega por nosotros, amorosa Madre, para que tu Hijo no nos desampare.

1. De tus ojos penden las felicidades; míranos, Señora, no nos desampares.

2. Bien veo, Señora, madre de mi alma, que por mis pecados lágrimas derramas.

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4. Humilde nazarena

1. Humilde nazarena, ¡oh María! Blancura de azucena, ¡oh María! Salve, Madre Virginal.

Salve, Reina

Salve, salve, salve

2. Lucero de la aurora, ¡oh María! Consuelo del que llora, ¡oh María! Dios nació en un portal,

Celestial.

María.

floreciendo

en tu rosal.

Salve, salve, salve, María.

3. Tú eres nuestra madre, ¡oh María! Levantas al que cae, ¡oh María! Salve, alivio en el dolor, salve, Madre del Amor.

Salve, salve, salve María.

5. Eres más pura que el sol

Eres más pura que el sol, más hermosa que las perlas que ocultan los mares. Ella sola entre tantos mortales del pecado de Adán Dios libró. Salve, salve, cantaban, María, que más pura que tú, sólo Dios.

Y en el cielo una voz repetía:

más que tú, sólo Dios, sólo Dios.

6. ¡Oh María!

¡Oh María, Madre mía! ¡Oh consuelo del mortal! Amparadme y guiadme

a la patria celestial.

-70 -

1. Con el ángel de María las grandezas celebrad; inundados de alegría sus finezas publicad.

2. Quien a ti ferviente clama halla gloria en el pesar; pues tu nombre luz derrama, gozo y bálsamo de paz.

3. Pues te llamo con fe viva,

muestra, oh Madre, tu bondad;

a mí vuelve, compasiva, esos ojos de piedad.

4. Hijo fiel quisiera amarte,

y por ti sólo vivir,

y por premio de ensalzarte, ensalzándote morir.

7. Salve, A/ladre

Salve, Madre, en la tierra de mis amores te saludan los cantos que alza el amor. Reina de nuestras almas,

flor de las

muestra aquí de tu gloria los resplandores, que en el cielo tan sólo te aman mejor.

Virgen santa, Virgen pura, vida, esperanza y dulzura del alma que en ti confía, Madre de Dios, Madre mía, mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti, mas, si mi amor te olvidare,

flores:

-71 -

Madre mía, Madre mía, aunque mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí.

8. Bajo tu amparo

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo peligro. Oh siempre Virgen gloriosa y bendita.

9. Santa María del Amén

Madre de todos los hombres, enséñanos a decir «Amén»:

1.

Cuando la noche se acerca

y

se oscurece la fe.

2.

Cuando el dolor nos oprime

y

la ilusión ya no brilla.

3.

Cuando aparece la luz

y

nos sentimos felices.

4.

Cuando nos llegue la muerte

y

tú nos lleves al Cielo.

10.

Cristo, nuestro hermano

1. Porque Cristo, nuestro hermano, ha resucitado. María, alégrate. (2) Aleluya, aleluya, aleluya. (2)

2. Porque Cristo, nuestro hermano, nos ha redimido.

-72 -

María, alégrate. (2) Aleluya

3.

Porque en Cristo, nuestro hermano, hemos renacido. María, alégrate. (2) Aleluya

4.

Porque en Cristo, nuestro hermano, todos somos hijos. María, alégrate. (2) Aleluya

11.

Cántico de Mana

Mi alma glorifica al Señor, mi Dios, gózase mi espíritu en mi Salvador. Él es mi alegría, es mi plenitud. Él es todo para mí.

1. Ha mirado la bajeza de su sierva, muy dichosa me dirán todos los pueblos, porque en mí ha hecho grandes maravillas el que todo puede, cuyo nombre es santo.

2. Su clemencia se derrama por los siglos sobre aquellos que le temen y le aman; desplegó el gran poder de su derecha, dispersó a los que piensan que son algo.

3. Derribó a los potentados de sus tronos,

y ensalzó a los humildes y a los pobres,

los hambrientos se saciaron de sus bienes

y alejó de sí vacíos a los ricos.

4. Acogió a Israel, su humilde siervo, acordándose de su misericordia,

como había prometido a nuestros padres,

a Abrahán y descendencia para siempre.

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12. Salve, Reina de los délos

1. Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles, salve, raíz; salve, puerta, que dio paso a nuestra luz.

2. Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella, salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros

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MESA Y PALABRA

1. Novena a María Auxiliadora. A. García-Verdugo.

2. Novena bíblica al Sagrado Corazón de Jesús.

E. Alburquerque.

3. Novena a Nuestra Señora de la Salud.

G. Juan Morado.

4. El sufrimiento de una madre. M.Á. Juez.

5. Novena a Don Bosco. T. Bosco.

6. El sentido cristiano del dolor. X. Thévenot.

7. Un me s

8. Novena a san Francisco de Sales. E. Alburquerque.

9. El Vía Crucis de Jesús y nuestros Vía Crucis.

con Don Bosco. T. Bosco.

C. Romero.

10. Vía Crucis con los Padres de la Iglesia. E. Vincenti.

11. Novena de oración por la vida. G. Juan Morado.

12. Cartas a una cristiana casada. M. P. Ayerra.

13. Así vivo yo como cristiana. M. P. Ayerra.

14. Una historia sobre el maltrato y la homosexualidad. M. Lozano Cañizar.

15. Repensar los funerales. C. Biot.

16. En la hora de la muerte. Á. Ginel.

17. Novena a la Virgen María. G. Juan Morado.

18. Novena a Domingo Savio. M. Pardos.

19. Novena

a la Inmaculada. G. Juan Morado.

20. 30 días con Don Bosco. P. Borelli E. Calvetti.

21. El camino de la cruz. E. Alburquerque.

22. Viernes Santo: Arbolada. Á. Ginel.

23. Novena a san Telmo. G. Juan Morado.

24. Caminando con Jesús: Vía Crucis. P. Josico.

25. Treinta y un días de mayo. G. Juan Morado.

26. Mes de las flores. P. Josico.