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si

conocieras

el don de Dios

Gémrd MUCHERY

caminos ra seguir esucristo

ALDABA

3

Si

conocieras

EL DON DE DIOS

i

y

quién

es

el

que

te

dice

DAME

DE

BEBER

 

 

Diferentes

formas

 

de vida

evangélica

 

entre las

 
 

diversas

vocaciones

 

que constituyen

la Iglesia

DIFERENTES CAMINOS PARA SEGUIR A JESUCRISTO

SOCIEDAD DE EDUCACIÓN ATENAS

MADRID, 1983

Yo te alabo,

Padre,

Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios

y prudentes, y se las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así quisiste.

©

Mt 11,25-26

SOCIEDAD DE EDUCACIÓN ATENAS, 1983 Título original: Difjérents chemins pour suivre Jésus Christ

Traductor: JOSÉ VALLADARES SANCHO

ISBN: 84-7020-175-1 Depósito legal: M. 37.045.—1983 Printed in Spain. Impreso en España

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«¡Si conocieras el Don de Dios!

»

Esta frase,

dirige a nosotros.

dicha

por

Jesús a la Samaritana, también

se

El Don de Dios a los hombres es el mismo Jesús. Verbo hecho carne en quien todo ha sido creado. Don inagotable que sigue actualizándose de generación en generación

Don que apaga la sed de los hombres, el único Don que puede calmar nuestra sed.

«¡Si conocieras el Don de Dios!

»

Le conoceremos a medida de nuestra

una respuesta dada de múltiples maneras.

respuesta,

Sí, hay muchas maneras de responder a la gracia con que -

el Padre nos colma en su Hijo Jesús.

Diversa es la respuesta suscitada en nostoros

por el Espíritu

Santo.

A la luz de la fe, quisiéramos llegar a comprender

mejor

7

Leed con atención estas dos páginas y sabréis cómo se elaboró este libro

Ya hace veinticinco años que, en el Seminario Mayor de Arras, los jóve- nes que se preparan para el sacerdocio se interesan por conocer la vida religiosa.

Todos los años, durante las vacaciones de Pascua, organizan unas reunio- nes para descubrir diversas realidades humanas importante para la misión de la Iglesia. Ese año deciden cuestionarse sobre un aspecto importante de dicha misión: el signo evangélico ofrecido por la vida religiosa.

misioneras,

acuden a dar su testimonio, a decir

Esos días, en compañía de los seminaristas, me sirven a mí para conocer más a fondo esa forma de vida consagrada. ¡Cuántos sacerdotes se habrían alegrado de haber hecho los mismos des- cubrimientos! Y eso que únicamente se trataba de la vida religiosa femenina. Tratándose

de hombres, habríamos descubierto otros aspectos de esa forma de vida tras

las huellas de Jesucristo y otras

Monjas

de clausura, religiosas

de vida apostólica, hermanas

lo que

son y para quién viven.

sensibilidades

diferentes.

No nos referimos a otras formas de vida evangélica.

Diez años más tarde ejerzo mi ministerio, dentro de un equipo de sacer- dotes, en las afueras de una gran ciudad. Trabaja con nosotros una religiosa, una «canonesa de San Agustín», muy comprometida en la tarea del cate- cumenado. Nuevo descubrimiento para mí. Creo conocer bastante bien la vida religiosa. Conozco también otras formas de vida consagrada. Trato de estar al tanto de todos los esfuerzos que se hacen en nuestros días para dar con la manera de decir al mundo el Evangelio de siempre. ¡Pero una «canonesa»! Adivino que la historia es más compleja y rica de lo que me imaginaba.

nuestra

«hermana» algo así como un coadjutor o como una militante. Pues bien, estoy convencido de que es algo muy distinto. Pero ¿qué exactamente? Con ella presiento una comunidad. Pero ¿en qué consiste todo eso?

Además

es

posible

que

tengamos

la tendencia

a considerar

a

Deseo una mayor luz para mí y para los demás.

parte del equipo nacional de la Pastoral de

las Vocaciones, ministerio apasionante que amplía mis horizontes más de lo que podía soñar.

de

todos unos conocimientos suficientes sobre la maravillosa diversidad de los caminos inventados en el correr de los siglos para seguir a Jesucristo y para anunciar al mundo su Buena Nueva. Inmensa necesidad, pero ¿cómo darle una respuesta?

Se esboza un proyecto: un folleto de 24 a 36 páginas que presente muy

sucintamente el

Seis años

Al

más tarde formo

mismo tiempo siento una inmensa necesidad de poner

al alcance

panorama de las diversas formas de «vida consagrada».

Lo comentamos en el equipo. Lanzamos una consulta a diversas personas diferentes por sus vocaciones y ministerios.

No faltan palabras de aliento ni sugerencias, pero la gestación es lenta, muy lenta. Por otra parte, ¿es posible presentar en un solo libro todas las formas

de vida

¿Cómo hacerlo sin encuadrarlas en el conjunto de las vocaciones que constituyen la Iglesia? ¿Y cómo dar cuenta objetivamente de esas maneras de seguir a Jesu- cristo sin presentar su espíritu, con la diversidad de las familias espirituales que constituyen también una riqueza para la Iglesia?

evangélica, tan numerosas

en

la

Iglesia?

No sé cómo todo esto fue tomando forma, pero lo cierto es que la crea- tura está ahí y que habla.

inme-

diatamente el índice de materias y la nota que os sugiere las diferentes maneras de abordarla. Sabed una cosa: para conocer por dentro todas las realidades aquí des- critas, para abordar con conocimiento de causa todas las cuestiones plan- teadas en las presentes páginas, fue preciso consultar, preguntar, com- probar

Si queréis saber todo

lo que a ella le gustaría deciros, consultad

El texto sufrió varias redacciones. La penúltima se sometió al análisis y a la crítica de más de un centenar de personas diversamente situadas por su edad, su estado de vida, su ministerio o su competencia histórica, teoló- gica y canónica. La obra que hoy sale a la luz se volvió a redactar íntegra- mente, recogiendo todas las observaciones y sugerencias. La experiencia excepcional que he tenido de la Iglesia al actuar así ha sido para mí un don. ¡Sí, un «don»! Esta experiencia ha de ser ampliamente compartida. Gracias a todos aquellos y aquellas que lo han hecho posible.

Tres

observaciones:

Gérard MUCHERY

4

de

mayo de

1982

• Esta obra ofrece la diversidad de las formas de vida evangélica. Se las

considera en su relación con los ministerios y con los servicios, pero no

hacemos ningún estudio de éstos en sí mismos. Hay que tener siempre pre- sente la diversidad y la complementariedad de todas esas vocaciones que constituyen la Iglesia.

• Esta

nente, el enfoque habría sido muy diferente. Es inevitable. Alguien más allá

conti-

obra

está

escrita

en

Francia, en

Occidente. Escrita

en

otro

de los mares me ha escrito : «Es evangélico, es eclesial, por tanto es uni- versal.» Esperemos que tenga razón.

• Esta obra no es un inventario de las congregaciones o institutos religio-

sos. Únicamente se cita, como es lógico, a los fundadores cuya influencia desbordó los límites de su propia fundación y cuya espiritualidad suscitó familias espirituales que se han ¡do ampliando a lo largo de la historia.

EN MEDIO DEL MUNDO, LA IGLESIA

Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales:

que nos eligió en El antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e Inmaculados en su presencia; que nos predestinó, llevado de su amor,

a la adopción de hijos

suyos por

Jesucristo

que nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según los designios que se propuso realizar en El al llegar la plenitud de los tiempos:

recapitular todas las cosas, las de los cielos

y las

de la

tierra,

en Cristo

Jesús.

y en El vosotros también los que habéis escuchado

la palabra de verdad, el Evangelio de nuestra salvación,

y habéis creído

del Espiritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia en orden a la redención del pueblo que El adquirió para alabanza de su gloria.

en Elhabéis sido sellados

con el sello

Pablo a los Efesios, 1, 3

14

TODOS LLAMADOS A SER SANTOS

14

A Aquel

para hacer mucho más

de lo que nosotros

en virtud

a El la gloria en todas las

por los siglos de los siglos. Amén.

que es poderoso

sobre todas las cosas

podemos pedir o pensar,

nosotros,

Cristo,

del poder que actúa en

en la Iglesia generaciones

y

en

Pablo a los Efesios, 3,20

cada uno según su vocación

• Todos estamos llamados a ser santos/

Todos llamados a participar de la vida divina. ¡La Vida!

Todos, hijos e hijas de Dios, vueltos hacia el Padre, en su Hijo, Jesucristo, por la fuerza de su Amor, el Espíritu Santo.

'• Si somos escogidos, llamados,

para un testimonio, un ministerio, una misión particular, es precisamente para que pueda realizarse ese proyecto de Dios, para que todos los hombres tengan la Vida.

Esa es la gloria, la alegría de Dios.

'•

Siempre ha

sido así.

Moisés, Amos, Isaías, Judiht, Jeremías, Juan

Bautista

y

más tarde María, Madre de Jesús.

Asimismo: Pedro, Pablo, los demás

apóstoles,

y

tantísimos discípulos, hombres y mujeres

de entre nosotros,

incorporados a Cristo por el bautismo, entregados a él en su vida cotidiana, recibiendo de él luz y fuerza para vivir el Evangelio.

Y todos los que, de una u otra manera,

conocemos como «consagrados» al Señor:

religiosos, religiosas, monjes, monjas de clausura, laicos consagrados;

o

bien obispos, sacerdotes y diáconos;

o

también misioneros más allá de nuestras

fronteras.

Riqueza del Don de Dios ¡Diversidad de nuestras respuestas, suscitadas por su Espíritu!

Pero tenemos el presentimiento de que no todo es lo mismo.

¿Cómo, pues, llegar a un conocimiento más

¿Cómo centrar con mayor exactitud cada vocación?

profundo?

15

Porque tanto

que le dio

para que, quien crea en El, no perezca,

sino que tenga vida

amó Dios al mundo,

Unigénito,

eterna.

su Hijo

Juan 3,16

Por eso, al entrar me has formado

vengo, oh Dios, para hacer tu

un cuerpo

en este mundo, dice

Cristo:

yo

Aquí estoy

voluntad.

Hebreos 10,5

Ahora

y suplo en mi carne lo que

a los sufrimientos

por su cuerpo, que es la

me alegro

de

de

lo

que he padecido

falta

Cristo,

Iglesia.

por

vosotros,

Pablo a los Colosenses, 1,24

como

Iglesia

Todo procede del Padre. «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo para que todo hombre tenga la Vida.» Tal amor exige una respuesta. Esta respuesta la da el mismo Jesús:

«Heme aquí que vengo para hacer

un

hombre

quien

tu

responde

Es realmente

voluntad.»

así, uno

de

nosotros:

«Me has preparado un

Me has

cuerpo

»

puesto en

medio

de las realidades

humanas.

Jesús

es

a

la

vez:

— revelación, manifestación, comunicación del Amor del Padre y

— don del Hombre a Dios en respuesta a ese Amor. Es la respuesta dada de una vez para siempre.

La Iglesia es esa parte de la humanidad Padre.

que se sabe amada del

Sigue dando la respuesta ya dada por el Hijo. Nosotros somos hoy Cristo, su Cuerpo. La respuesta del Hijo la asumimos nosotros.

Nosotros la acabamos, la prolongamos, la actualizamos, cada uno

según la propia

vocación.

En una palabra, Jesús nos confía su propia Misión: ser, como El,

a la vez

— revelación, manifestación, comunicación del Amor del Padre y

— don del hombre a Dios en respuesta a ese Amor.

¿Cómo se realizará todo esto? Por la fuerza del Espíritu y conforme al papel de cada uno. Para llegar a comprender más a fondo este papel, esta misión, esta vocación que es la nuestra, es preciso estudiarla bajo un doble enfo- que. Es lo que vamos a hacer en los dos capítulos siguientes.

Dios es amor

es un amor siempre dispuesto a levantar y a perdonar.

Esta revelación del amor y de la misericordia en la histo-

llama

ria del hombre tiene Jesucristo.

un

nombre

y

un

rostro:

se

El hombre que desee comprenderse a sí mismo debe en- trar en Cristo con todo su ser.

Jesucristo

es el camino principal

de la Iglesia.

El hombre, con toda la verdad de su existencia, de su ser personal y al mismo tiempo de su ser comunitario y so-

cial

rrer realizando su misión. Es el primer camino y el cami-

no fundamental de la Iglesia, camino trazado por el mismo Cristo, camino que, de forma inmutable, pasa por el mis- terio de la Encamación y de la Redención.

es el primer camino que la Iglesia debe reco-

[

),

Juan Pablo II, encíclica «Redemptor hominis»

18

Pero, sobre todo, ¡no los separemos! Ambos nos atañen a cada uno de nosotros. Hemos de poder situarnos de una y otra parte. Se trata de una sola e idéntica Iglesia

considerada, en primer lugar, en lo que constituye la razón de su existencia, de la conciencia de su propia naturaleza y de una efica- cia misionera: Iglesia, comunidad recibida de Dios, dada al mundo.

considerada, en segundo lugar, en la manifestación de su dina- mismo misionero, en la renovación de su vitalidad día tras día:

Iglesia, testigo de la alianza para el mundo.

doble enfoque de una sola e idéntica realidad que nos permite llegar a comprender mejor los diferentes aspectos de la única llamada con que Dios se dirige a cada uno de nosotros.

19

Esta es la morada

pondrá El su morada entre

de Dios

entre

ellos,

los

hombres;

y

ellos serán su

pueblo,

y

el mismo Dios estará con

ellos.

Apocalipsis 21,3

LA IGLESIA, COMUNIDAD RECIBIDA DE DIOS ENTREGADA AL MUNDO

CARISMA

Entre los religiosos se usa con frecuencia esta palabra. El «cansina del fundador». El «carisma de la congrega- ción». También se emplea esta palabra en la «Renovación carismática».

Su

De hecho, no es una expresión de uso reservado

sentido profundo se relaciona con lo que constituye nues-

tro propósito:

«¡Si conocieras el don de Dios!»

La palabra «carisma», de un término griego que significa «gracia», designa un don recibido para el servicio de la comunidad. Toda la Iglesia, por tanto, recibida de Dios, es propiamente carismática.

• En sentido amplio se habla de «carisma» para designar

los «talentos» de unos y de otros: animación, sentido

práctico, don de la palabra, don de discernir.

• En un sentido más restringido, es carisma todo lo que

da Dios a hombres y mujeres para contribuir a la edifica- ción de la comunidad y de cuya autenticidad como tal tes- tifica la comunidad en su conjunto. Esto se puede aplicar a todo servicio. Se puede afirmar de los múltiples dones que representan en la Iglesia las diversas formas de vida consagrada y especialmente las características partícula- res según las cuales cada familia espiritual, cada orden religiosa, cada congregación o instituto manifiesta a su manera el misterio de Cristo.

22

Pueblo de Dios

El misterio de nuestra llamada, de nuestra vocación, en definitiva siempre se desarrolla en el secreto del corazón, en esa punta del espí- ritu en la que cada uno de nosotros se encuentra con Dios. Cual- quiera que sea el modo, ese encuentro es único para cada uno. Pero el encuentro con Dios, si es auténtico, siempre va acompa- ñado de la toma de conciencia de la pertenencia a un pueblo. Se trata de una Iglesia convocada por Dios; es un pueblo reunido

por El; es una familia

Nos introducimos en ella por el bautismo. Compartimos su vida por la Eucaristía. Esta familia es una familia de rostro humano. Está enmarcada en un lugar. Cada uno de nosotros tiene unas raíces. Dios no desarraiga, no quiebra solidaridades. Incluso cuando nos invita a «dejarlo todo para seguirle», nunca nos exige renegar de nuestros orígenes, de nuestra sangre, medio ambiente, país o raza. Tal vez haya que descubrir una manera nueva de vivir esas rela- ciones humanas, pero la toma de conciencia de nuestra pertenencia al pueblo de Dios, que es la Iglesia, jamás implica el olvido de nues- tra pertenencia al pueblo de carne y sangre en que nos ha tocado nacer.

Procedentes de una ciudad o de un lugar determinado, nos hace- mos miembros de un pueblo reunido por Dios para realizar una misión. Nuestra tarea está en responder al infinito deseo de Dios, que quiere reunir a todos los hombres a su mesa. ¡Imposible presentarse solo!

a la

que invita a su mesa.

23

LAICOS. MINISTROS LAICOS.

MINISTROS ORDENADOS. CLERO-

LAICOS

Se designa con esta palabra a «los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al pue- blo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Igle- sia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde» (Vaticano ||, Consti- tución sobre la Iglesia, n. 31). La palabra «laico» es de origen griego: «laos», que signi- fica «pueblo». ¡Todos somos laicos de nacimiento, de ese nacimiento que es el bautismo!

MINISTROS, MINISTERIOS

Estas

palabras

conllevan

una

¡dea de

«servicio».

En sentido amplio, se habla del ministerio

de

la

Igle-

sia

en

el

mundo,

servicio

de

la

Buena

Nueva

para

el

hombre.

 

En sentido estricto, se habla de ministerio

en

los si-

guientes casos:

— Los ministerios conferidos por ordenación: diaconado,

presbiterado, episcopado. Los diáconos, sacerdotes y obispos son elegidos, llama- dos, ordenados para una misión concreta, de carácter sa- cramental y de manera definitiva. Son clérigos, forman parte del clero, ya no son laicos.

— Los ministerios instituidos: servicios confiados a laicos en el curso de una celebración litúrgica.

— Los ministerios «reconocidos»: servicios que tienen

una importancia vital para la Iglesia (catequesls, visita a los enfermos, etc.). Llevan consigo una auténtica respon- sabilidad durante un determinado tiempo. De una u otra forma, están reconocidos por la Iglesia local. Son como los puntos de apoyo de los múltiples servicios que pres-

tan los cristianos en su conjunto. Todos estos ministerios y servicios son los que permiten a la Iglesia ejercer su ministerio en el mundo. Los presbíteros conseguirán de manera propia la santidad ejerciendo sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo.

Vaticano II, Vida y ministerio de los presbí- teros, n. 13

Ministros ordenados

No existiría el pueblo de Dios, si no estuviera permanentemente convocado, reunido e incitado por la presencia y la palabra de los ministros que Jesús estableció para tal servicio. Son los «ministros ordenados».

Los obispos y los presbíteros a ellos asociados —los «ancianos», según el significado de la palabra «presbítero»— reciben el poder de convocar al pueblo de Dios, en nombre de Cristo, anunciando su Palabra.

Con su palabra o con su simple presencia recuerdan que la Iglesia es un don de Dios y que la recibimos de manos de Cristo. Quien tiene siempre la iniciativa es Dios. La presencia de ellos es el signo, el sacramento. Son también el sacramento de la apostolicidad de la Iglesia. Re- cuerdan sus orígenes. La palabra que tiene confiada para transmitirla

al mundo viene de los apóstoles. Constituye una invitación apremiante

a la misión.

Obispos y sacerdotes son también sacramento de la universalidad:

la Iglesia es católica, signo y fermento de la comunión a la que están invitadas todas las razas, culturas y comunidades humanas. Sin ser de todos los lugares hasta el punto de no ser de ninguno,

la misión de los sacerdotes está en fomentar la atención a los demás,

la acogida a lo que resulta diferente, el sentido de la historia y, sobre

todo, recordar que todo es Don de Dios. Sin olvidar que son minis- tros de la comunión fraterna, que es la aspiración fundamental de toda persona. Fácilmente se comprende que obispos y sacerdotes pueden encon- trar en el ejercicio de esta misión un alimento inapreciable para su propia vida de unión con Dios, sobre todo cuando presiden la Euca- ristía, centro de la vida y de la misión de la Iglesia. Esta misión únicamente será misión de Jesucristo si la Iglesia es «servicio». Jesús vino a servir. También la Iglesia, su Cuerpo, ha de estar plenamente investida de esa «diaconía». Los diáconos están ordenados para ser como un signo permanen-

El Hijo

del

hombre

no

ha

venido

a

ser

servido,

sino

a

servir

y dar

su vida

en rescate

de

muchos.

 

Mateo 20,28

«Diaconía»: de una palabra griega que significa «servicio».

«Toda

la Iglesia

es misionera;

es

Vaticano

un deber

II).

fundamental

del

la obra

de

pueblo

de

evangelización

del

Dios»

(cita

• Evangelizar para nadie es un acto individual y aislado. Es un acto profundamente eclesial.

llamada a evangelizar

y, sin embargo, en su seno cada cual tiene diferentes ta-

• Toda la Iglesia, por tanto, está

reas evangelizadoras que realizar.

• «El mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda

creatura (Me 16,15) atañe sobre todo e inmediatamente a los obispos junto con Pedro y bajo la guía de Pedro» (cita del Vaticano II).

• Están asociados a los obispos en el ministerio de la

evangelización, como responsables por título especial, todos aquellos que por la ordenación sacerdotal «ocupan el lugar de Cristo».

• Es

como Pastor de la Iglesia Universal, nuestros hermanos obispos al frente de las Iglesias particulares, los sacerdo- tes y diáconos unidos a sus obispos, de quienes son co- laboradores, por una comunión que tiene su origen en el sacramento del orden y en la caridad de la Iglesia.

una obra de evangelización que realizamos, Nos,

Pablo VI, exhortación apostólica «La evange-

26

lización en el

mundo moderno»

te, pero no sólo cuando asisten al obispo o al sacerdote en la Euca- ristía, sino en toda su vida.

Si cada cristiano, en nombre de Jesús y como miembro de su cuerpo, anuncia la palabra y santifica a sus hermanos; si todos los cristianos son servidores y agentes de unidad, sin embargo hay algu- nos que están llamados y ordenados para ser testigos cualificados, signos y «sacramentos» de lo que de esta suerte viene a ser una vo- cación para toda la Iglesia.

Ministerios, servicio y misión

Vocación para toda la Iglesia No existe vida cristiana sin un compromiso efectivo al servicio de la Iglesia y de su misión. Cada uno debe cargar con su parte de responsabilidad y las tareas correspondientes. Es una exigencia del bautismo. Cualquiera que sea la forma elegida para vivir concretamente el Evangelio, cualquiera que sea el «estado de vida», nadie puede dis- pensarse de esa contribución a la vitalidad y a la misión de la Iglesia. Los laicos, por su parte, presentes en medio del mundo, llamados a cumplir con las más variadas tareas, encuentran ahí precisamente el campo de su misión específica; es el marco propio para su labor primera e inmediata. También sabrán aceptar responsabilidades dentro de los Movi- mientos que les permitan asumir mejor su misión y hacerlo en común. La Iglesia necesita este importante servicio.

Si descendemos a campos más concretos, está la atención a los pobres, la visita a los enfermos y el apoyo a los menos favorecidos; asimismo, las tareas de estímulo, educación o enseñanza bajo las más diversas formas. Son otros tantos servicios que dimanan de la res- ponsabilidad de todo discípulo de Jesucristo, cualquiera que sea su responsabilidad dentro de la Iglesia.

evan-

gelizaron los religiosos y religiosas consagrados a la oración, al silencio, a la penitencia, al sacrificio. Otros religiosos, muy numerosos, se dedican directamente a anunciar a Cristo.

Se

adivina

el

papel

que

desempeñan

en

la

• Los laicos, a quienes su vocación específica coloca en medio del mundo y al frente de las tareas temporales más diversas, deben ejercer por ello mismo una forma especial de ministerio.

Su tarea primordial e inmediata

es la puesta en marcha

de todas las posibilidades cristianas y evangélicas ocultas pero ya presente y activas en las cosas del mundo.

• De este modo adquiere toda su importancia la presen-

cia activa de los laicos en las realidades temporales. No hay que descuidar u olvidar, por ello, otra dimensión: los laicos también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores al servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y vida de ésta ejerciendo ministerios muy diversos, según la gracia y los carismas que el Señor quiera depositar en ellos.

la Iglesia

que

Iglesia.

Es cierto

son

que

al

reconoce

aptos

para

lado de

los

ministerios

ordenados

otros ministerios

atender

un

no ordenados, pero

la

servicio

especial

de

Pablo VI , exhortación apostólica «La evange- lizaron en el mundo moderno»

de la Buena

Nueva. Se trata de auténticos ministerios, aunque no siempre estén reconocidos como tales.

Están estrechamente vinculados a la manifestación

La catequesis, el seguir de cerca a los catecúmenos, todo cuanto ayuda a los demás a nacer y crecer en la fe, la animación de la co- munidad cristiana con toda clase de iniciativas al servicio de la co- munión fraterna, así como las diferentes funciones de la liturgia, son otros tantos servicios a los que un cristiano no puede sustraerse. No descuidemos la gestión de los bienes materiales, dado que es algo que subyace a todos estos servicios. Cada uno debe mostrarse disponible, conforme el propio carisma, para todo lo que exige la vida y la misión de la Iglesia.

Estos servicios serán, propiamente hablando, «ministerios» en la medida en que sean «instituidos» o «reconocidos», lo cual supone una respuesta al llamamiento hecho por la Iglesia. Conforme lo exijan los tiempos y lugares, siempre hay que ir creando tales «ministerios laicos». Es indispensable un mínimo de formación, y hay que asumirlos durante cierto tiempo antes de ser «reconocidos».

¡Y el ministerio de la oración! Tantos y tantos cristianos, silen- ciosos, invisibles, en comunión a veces más estrecha con la pasión de Cristo, aseguran el ministerio de la alabanza y de la intercesión, sin olvidar a cuantos han hecho de este ministerio indispensable la razón de su vida. ¡Sin ellos carecerían de aliento todas las actividades de la Iglesia!

29

Con riesgo

de ser

reiterativo

Las páginas que anteceden y las que van a seguir describen una sola e idéntica realidad. A todos nos atañen las cosas por una y otra parte. El misterio de la Iglesia es demasiado rico. No podríamos cap- tar sus protundidades bajo una sola consideración.

la

Alianza, objeto mismo de su ministerio de evange-

lización, si no proporcionara los medios de subsis- tencia y obreros para esa evangelización? Por la fuerza del Espíritu ella se proporciona ministros y

suscita los servidores

Las

lo

¿Cómo

anunciaría

la

Iglesia

el

misterio

de

de su

misión.

nos

han

páginas

precedentes

presentado

esencial.

Pero ¿qué significarían servicios y ministerios

si servidores

y ministros

no estuvieran

conducidos

por el Espíritu

de Dios? El es la fuente,

el dinamis-

mo, el alma de todas las actividades apostólicas.

parte,

testigo de la Alianza en el ejercicio mismo del mi- nisterio o en el servicio de la misión.

Es El quien

permite

a cada

uno

ser,

por

su

¿Cómo se manifiesta esto en la manera de vivir de los cristianos, sean clérigos o laicos? Las siguientes páginas nos llevan a hacer este des- cubrimiento.

LA IGLESIA, TESTIGO DE LA ALIANZA EN MEDIO DEL MUNDO

32

En esto conocemos que permanecemos en El,

y El en

en que El nos ha dado su Espíritu.

Y nosotros

que el Padre ha enviado a su Hijo

como Salvador del mundo.

nosotros:

hemos visto y

testificamos

Primera carta da Juan 4,13-14

Todos

testigos

interiormente,

sin dejarse apresar por Cristo? El ejercicio mismo de los ministerios y el compromiso efectivo en el servicio de la misión llegan a imprimir en los que a ellos se en- tregan un estilo de vida evangélico, que es simplemente el desarrollo visible de la gracia del bautismo.

Existen muchas maneras de manifestar el misterio de la Alianza, misterio de un Dios que nos invita a compartir su vida.

Dios!

Anteriormente a toda revelación especial de la Alianza, el Don de Dios es, ante todo, el don de nuestra existencia. ¿No estamos he- chos a su imagen y semejanza?

Si el mundo material es ya reflejo del Creador, mucho más serán las personas que nos introducen en el conocimiento de su misterio.

Dios es Amor. Dios es «relaciones entre personas». Siempre que tiene lugar un encuentro entre personas, una mutua acogida o una conversación, si se vive según el Espíritu, se trata siempre de una manifestación de algo divino.

Cuando la fe nos introduce en el conocimiento explícito de este misterio, cuando se vive la caridad como presencia activa de Dios en nosotros o cuando estamos dispuestos a dar razón en todo momen- to de nuestra esperanza, todo viene a ser entonces un testimonio explícito del Amor que procede de Dios.

Clérigos o laicos, casados o célibes, hombres de todos los medios y razas, todos pueden vivir intensamente del Don de Dios y comuni- carlo a los demás.

¿Cómo

ser

testigo

del

Evangelio

sin

vivirlo

uno

«¡Si conocieras el Don

de

»

3

33

ALIANZA

— A través de Moisés el pueblo hebreo descubre que

Dios le concede su amistad: «Yo seré vuestro Dios y vos-

otros seréis mi pueblo.» Es la Alianza. Dios se ha comprometido con su pueblo

y el pueblo se ha comprometido con Dios. Y Dios pide a

su pueblo el amor: «Amarás al Señor tu Dios.» Dios en-

hay que

trega los mandamientos

amar para vivir felices. A lo largo de toda la historia de Israel, los profetas recordarán esta alianza.

de

la

Ley. Dicen

cómo

Jesús viene a renovar la Alianza prometida a Abrahán

y

pactada con Moisés. Viene, sobre todo, a hacer una

Alianza nueva entre Dios y los hombres. Esta vez ya no es con un solo pueblo, sino con todos los hombres y con cada uno de nosotros.

— En la misa, el sacerdote repite las palabras de Jesús,

la víspera de su muerte: «Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna.»

Dios es Amor.

Primera carta de Juan 4,8

Dios dijo:

una ayuda semejante

No está bien que el hombre

él.

a

esté

solo;

le

haré

Génesis 2,18

Se hacen los pero entendido

dos una sola

la

de

unión

carne.

Gran misterio

de Cristo

Pablo a los Efesios 5,31-32

es

Iglesia.

éste,

con la

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella.

Los llevaba

quien alza un niño hasta sus

con lazos

de

Pablo a los Efesios 5,25

amor.

Y

mejillas

fui

para

ellos

como

Oseas 11,4

¿Se olvida

piedad del hijo de sus

Pues aunque ella se olvidara, el Señor.

una mujer de su niño de pecho, hasta no tener

entrañas?

yo no te olvidaría

a

ti,

dice

Isaías 49,15

«

El matrimonio

«Los creó hombre y mujer». El matrimonio es una manifestación privilegiada de la fidelidad de Dios y de la Alianza que nos propone. Para dar a entender lo que es el Amor que profesa a su pueblo, Dios lo compara al de los desposados, al de los esposos. Para abrir los ojos al mal que supone el pecado, habla de adulterio y de prosti- tución. Es tan significativo, que, para nosotros, los cristianos, el matrimo- nio es un Sacramento, signo auténtico de ese Amor y especialmente del Amor de Cristo hacia su Esposa, la Iglesia. Al propio tiempo, si existe tal relación entre el matrimonio hu- mano y los desposorios que Dios ha querido contraer con su Pueblo, es evidente que la unión conyugal adquiere una dimensión nueva.

El matrimonio, vivido en el Espíritu del Dios que es Amor, es una manera de vivir un «estado de vida», que nos introduce en el conocimiento de ese Amor. No sólo es, por su parte, revelación de la Buena Nueva, de la Alianza de Dios con nosotros, sino que nos permite entrever algo del propio misterio de Dios: amor, relaciones, plenitud perfecta en el Don de las Personas entre sí.

¡Si conocieras el Don de Dios! Pueden decirlo los esposos que crecen cada día en la fidelidad, en la gracia del sacramento de su matrimonio. Pueden decirlo los padres que hacen con sus hijos la experiencia del «amor de Dios derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Uno solo es el cuerpo

como también

y uno

el

espíritu

una la esperanza a que habéis sido

llamados

A cada uno de nosotros,

gracia según la medida del don de

sin

embargo,

se

Cristo.

le

ha dado

Pablo a los Efesios 4,4-7

la

Sean monjes

o casados, todos

los

bautizados

responden

al mismo llamamiento del Evangelio.

 

La vida

monástica, como

el

matrimonio, es

un «sacra-

mento de amor».

Un archimandrita de la Iglesia oriental

36

Diversas

formas

de vida

evangélica

Bien dentro del matrimonio, bien viviendo el celibato, se nos ofre- cen numerosos caminos para el pleno desarrollo de la gracia del bautismo. Cualquiera que sea la elección que hagamos, siempre es respuesta a un llamamiento. «Si quieres», nos dice Jesús. Es un llamamiento que no admite explicación: es una cuestión de amor. Por amor adoptamos un cierto estilo de vida evangélico en res- puesta a ese llamamiento y nos procuramos los medios adecuados.

Nuestro deseo es conocer mejor todas esas maneras de vi- vir el Evangelio, para mejor conocer su sentido. Hablamos de un cierto «estilo de vida evangélico»: la expresión es voluntariamente imprecisa con objeto de estimu- larnos a realizar el descubrimiento expuesto en los siguientes capítulos. Sabemos que existen religiosos y religiosas y, entre ellos, monjes y monjas de clausura. Pero no siempre conocemos lo que realmente son. También sabemos que existen otras formas de «vida con- sagrada», pero no las conocemos de verdad. Hemos oído ha- blar de Ordenes y de Comunidades, de Congregaciones y de Institutos, de Sociedades y de Compañías, pero seríamos in- capaces de decir lo que las distingue. No hay que olvidar tampoco a ermitaños, Terceras Orde- nes, fraternidades, oblatos. Vale la pena que nos detengamos ante este riquísimo pa- norama de la vida de la Iglesia, que renueva y enriquece en el correr de los siglos su respuesta al Amor infinito de Dios.

Y para llegar a comprender mejor esa riqueza debemos precisar el sentido de la palabra «consagración».

37

Unges, finalmente,

la pila

con

su pie

y

la

consagras.

Éxodo 40,11

La navaja no ha pasado nunca por mi cabeza, porque soy nazareno de Dios desde el vientre de mi madre.

Libro de los Jueces 16,17

RITO DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

¿Queréis,

Jesucristo, que se ofreció por nosotros a su Padre, y jun-

Dios

hombres?

sacerdote

él

día

a

día,

uniros

a

más

al

soberano

la

to

con

consagraros

para

salvación

de

los

Diálogo

Así comunicaste a setenta hombres, llenos de sabiduría,

el Espíritu que habías dado a Moisés, e hiciste participar

a los hijos de Aarón en la consagración que su padre

había recibido.

Prefacio

Que el Señor Jesucristo, a quien el Padre consagró por

para

santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sa-

crificio eucarístico.

el Espíritu Santo y llenó de fuerza, os fortalezca

Oración

RITO DE LA CONSAGRACIÓN DE LAS VÍRGENES

— Recibid mi compromiso

os lo suplico, la consagración.

— Que

(de virginidad)

y concededme,

que

ha consagrado hoy vuestros corazones, os aliente con su

el

Espíritu Santo, que fue dado a la Virgen y

fuerza para el servicio

de Dios

y

de

la

Iglesia.

«Consagración»

Cuando se hace referencia a ciertas formas de vida con- sagrada, se habla corrientemente de «vida consagrada» o de

consagración. Son palabras que pueden tener diversos senti- dos. Designan realidades muy próximas, pero algunos de sus

aspectos son diferentes.

Nuestro lenguaje tiene sus límites y sus trampas. aceptarlo y ser conscientes de ello.

Debemos

Nos conviene

distinguirlos.

La definición que da el Petit Larousse ilustrado es la siguiente:

« Rito litúrgico por el que se destina al servicio de Dios a una persona

o

cosa, que entra, por ello mismo, en la categoría de lo sagrado:

la

consagración de una iglesia.»

Precisemos únicamente que lo sagrado cristiano no pertenece poi completo al mismo orden que lo sagrado pagano. Si se habla de «consagración bautismal» o del cristiano «consa-

grado» por el bautismo, se quiere decir que está incorporado a Jesu- cristo por el Espíritu. Se hace miembro de su cuerpo. El bautismo

nos hace hijos

en

el

Hijo.

Tratándose de quienes eligen seguir a Cristo comprometiéndose

en un «estado de vida consagrada», se habla de «consagración reli-

giosa», de «consagración secular» o de «consagración virginal»: ex- presiones que no contienen exactamente las mismas realidades.

Además, el lenguaje corriente evoca tanto el gesto de la persona,

de la que decimos «se consagra», como el gesto de la Iglesia que «la

consagra». En uno y otro caso se trata de una obra del Espíritu que

es quien consagra (santifica), obra a la que se dispone la persona,

y obra invocada por la Iglesia en su plegaria. Finalmente, si se tiene en cuenta el punto de vista de la Iglesia que consagra, la consagración de una persona que se compromete en

un «estado de vida», no es lo mismo que la consagración incluida en la ordenación de los ministros, como son los obispos, sacerdotes

y diáconos.

39

En el rito del bautismo no se emplea la palabra «consa- gración». Se insiste en la incorporación a Jesucristo.

Así, en el momento de la unción se dice:

«A los que formáis ahora parte de su Pueblo (el pueblo de Dios), os marca con el óleo santo, para que perma- nezcáis eternamente como miembros de Jesucristo, sacer- dote, profeta y rey.»

Sin embargo, en un ritual de profesión monástica, apare- ce esto:

«Por el bautismo estáis ya muerta al pecado y consa- grada a Dios; ¿queréis uniros a él más íntimamente por la profesión perpetua?»

Fundamentalmente, dentro del marco cristiano, teniendo en cuenta esta diversidad y procurando hacer las debidas dis- tinciones, se trata de una participación de la consagración de

Jesús, el «cristo», el «consagrado». Elegidos para recordar su

testimonio, o bien para recordar su

poder de servicio, parti-

cipamos progresivamente, según modos diferentes, en su pro- pia consagración.

«Santifícalos

en la

verdad,

es verdad.

pues tu palabra

Como tú me enviaste

al mundo,

así yo los envié

y yo por ellos para que ellos

a ellos

al mundo,

me

santifico,

sean santificados

en verdad»

(Jn 17,17-19).

Corro hacia la hacia el premio

desde lo alto en Cristo

meta, al que Dios me llama

Jesús.

Pablo a los Fllipenses 3,14

TODOS APASIONADOS POR JESUCRISTO

Jesús, cansado del fuente

camino, se sentó

sin más ¡unto

a

la

Viene

una mujer

de

Samaría

a

sacar

agua, y

Jesús

le

dice:

'Dame

de

beber

"

Si conocieras

el

don de Dios

y quién

es

el

que te

dice:

'Dame

de beber",

se

lo

habrías

pedido

a

El,

y

El

te

habría

dado agua

viva

El que beba del

agua que yo

le

daré,

no tendrá

sed ja-

más;

más aún:

el

agua que yo

le daré

será,

en

él, ma-

nantial que salta hasta la vida eterna.

44

Juan 4,6.7.10.14

Todos cualquiera que sea el camino

«Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice: Dame beber

» Jesús se dirige a la Samaritana, como se habría dirigido a cual- quier hombre o mujer del país que pasara por allí. No le propone, Mcyún parece, una vocación particular, sino la de acoger, la de recibir cite don con el fin de «conocer».

do

Jesús se dirige a todos.

Si .supieras quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedi-

ilim llalla. Te harías su discípulo. Comprenderías cada vez mejor que

III vldn únicamente tiene pleno sentido cuando caminamos tras sus

IIIH'IIIIN, con él, animados del mismo Espíritu.

('omprenderías lo que dice san Pablo: «Son hijos de Dios los que i guiados por el Espíritu de Dios, por el Espíritu de Jesús.» I os primeros cristianos lo entendieron perfectamente, hasta el

de

llegar a morir para testimoniarle, hasta el punto de ser már-

M

prestarle acogida supieron lo que era el Don de Dios. «Si

11-ras.»

partir de aquellos primeros tiempos, la Iglesia no deja de re- la manera de dar a conocer este descubrimiento, tratando de de forma siempre nueva. üla época tiene sus mártires, sus testigos, pero también cada tiene sus pobrezas y miserias. El mundo necesita en todo tiem- •stímulo del Evangelio. I'.ira la mayoría, sin elegir un género de vida especial, el camino I II santidad es el de la vida ordinaria, con toda su sencillez. Su

Mllinulo será discreto, a manera de un fermento. Así ocurrió con Mni'lii, José y tantos hombres y mujeres, atentos a la llamada de Jesús

en tu vida ordinaria.

A otros, para avanzar por ese mismo camino, les gusta vivir en

Ki'tipi), encontrar unos albergues. Inspirándose así en las tradiciones espirituales de la Iglesia, avanzan con mayor seguridad. Es una 11a- uinda del Espíritu.

45

Hay, sí, diversidad

de

pero el Espíritu

carismas,

es el

mismo;

y

hay diversidad de ministerios,

pero el Señor es el

mismo;

y

diversidad de operaciones,

pero

es el

el que obra todas las cosas en

el Dios

mismo,

todos.

A

cada

cual

la

manifestación

del

Espíritu

se

le

da para

el

bien

común.

 

Todo esto

lo obra

el único

y mismo

Espíritu,

que

reparte

 

a

cada uno los dones como El quiere.

 

Vosotros

sois

el

Cuerpo

de

Cristo,

miembros

cada

uno

por

su

parte.

Pablo, primera carta a los Corintios, 12,4-11 y 27

46

Algunos, finalmente, toman un camino particular. Para responder al mismo llamamiento de vida evangélica, eligen un «estado de vida» que se distingue, al menos en ciertos aspectos, del modo de vivir habitualmente. Pero todos, cualquiera que sea el camino, al responder lo mejor posible a nuestra vocación, queremos ser discípulos de Jesucristo, re- conociéndole como nuestro único Camino.

Existe diversidad de caminos para concretizar esa Ruta única. No perdamos de vista lo que constituye su unidad, en profundidad. Reconozcamos hacia dónde nos orienta la brú- jula, con su pequeña aguja, frágil y trémula, pero que siem- pre apunta en la misma dirección. ¿Cuál es, pues, esa direc- ción para los discípulos de Jesús?

*

47

48

Yo estoy

que

en el Padre y

el Padre en

amo

el mundo

sepa que yo

mí.

al

Padre y

que

lo que el Padre me ha ordenado.

hago

Yo no estoy solo, el Padre está

conmigo.

Yo les

uno, como nosotros

para que sean consumados

el mundo que Tú me has enviado

a ellos,

he dado la gloria

que Tú me diste,

uno:

en

yo

la

y

unidad,

para que sean

mí,

conozca

y

que yo les he amado

así

en ellos

somos

y

Tú en

como Tú me has amado a mí.

Juan 14,10 y 31; 16,32; 17,22-23

Apresados por Cristo. Con él orientados hacia el Padre

Jesús introduce al discípulo en lo más íntimo de su Misterio, pre- cisamente donde brota su amor al Padre. Resultan insuficientes las palabras para expresar semejante expe- riencia. Tanto más cuanto que es distinta en cada uno. No obstante, hay que intentar esbozarla en lo esencial, puesto que todo hunde sus raíces en ese nuevo nacimiento. Únicamente por esto se explica el carácter radical de ciertas opciones.

El misterio de Jesús es el de su relación con el Padre. Es una relación de Amor: el Espíritu Santo en persona. En ese Amor, los Tres no son más que Uno. Cuando Pablo se confiesa «apresado por Cristo», podía decir tam- bién «apresado por el Padre en Jesucristo». Es lo que tiene lugar en todo cristiano verdaderamente deseoso de seguir a Jesús. Y siem- pre es obra del Espíritu Santo. El momento de tal encuentro puede ser una sorpresa. Pero en cualquier caso, de una u otra manera, cada cual tiene entonces la experiencia de una llamada personal, de una invitación a amar, a seguir a Jesucristo, de ir tras sus huellas. Crece en ese momento un deseo de pertenecer a Dios, de manera incondicional. Es muy distinto a un sentimiento de religiosidad llevado al extremo. Dios es «absoluto», ésa es la verdad. Nosotros queremos dar tes- timonio de ello. Pero Dios es Padre. Nos invita a ser sus hijos en su Hijo Jesús. Esta llamada es la llamada de un amigo que ama sin reservas, una llamada gratuita, imprevisible y maravillosa. La respuesta es totalmente acción de gracias, alabanza. Es el ple- no desarrollo de la gracia bautismal que nos estimula a ser «alabanza de gloria».

Este encuentro, a decir verdad, se vive de múltiples maneras, se- gún la sensibilidad espiritual de cada uno. Dios mismo se presentó

49

Dios envió a nuestros

corazones

el Espíritu

de

su

Hijo,

que clama:

«¡Abha,

Padre!»

De

suerte

que

ya

no

eres

siervo,

sino hijo;

hijo,

y por tanto

heredero

por la

gracia

50

de Dios.

Pablo a los Gálatas 4,6-7

Pero yo voy a seducirla, para llevarla al desierto blarle al corazón.

y ha-

Yo

te haré mi esposa para siempre,

mi

esposa en justicia y en derecho, en gracia y en amor;

te haré mi esposa en fidelidad

al Señor.

y tú conocerás

Oseas 2,16 y 21-22

como el Esposo de su pueblo; Pablo habló de Cristo Esposo de la Iglesia. Ya sabemos todos lo fundamental que es el ¡tema de los des- posorios en la Tradición de la Iglesia. En este momento bástenos remitir al capítulo que presenta breve- mente las principales familias espirituales que se han ido formando en la Iglesia a lo largo de esa prolongada historia de amor entre Dios y su pueblo, entre Dios y cada uno de nosotros. La manera es lo de menos, la meta es siempre ser apresados por Cristo hasta en nuestras raíces más profundas. Queda asumido todo nuestro ser con su carácter filial, todo lo que somos, nuestra vida concreta con sus solidaridades, la densidad de nuestra experiencia humana, nuestras esperanzas y hasta nuestro pecado.

Cristo, consagrados por el Espíritu, para

gloria del Padre!

¡Sí!

¡Apresados

por

51

Si quieres

ser perfecto,

anda, vende

todo

lo

que

tienes,

dáselo

a

los

pobres,

y tendrás

un tesoro

en los

cielos;

luego

ven

y

sigúeme.

Mateo 19,21

Si alguno viene

a

y no pospone

a su padre

y

a su

madre,

y

a sus

hijos,

hermanos y hermanas,

y hasta

a su mujer su propia

vida, no puede

ser discípulo

mío.

Así

pues,

el que de vosotros

no renuncia

a todo

lo

que

tiene, no puede ser

mi

discípulo.

 

Lucas 14,25

33

Para que el hombre sea un hijo a su imagen Dios lo modeló con el aliento del Espíritu:

Cuando aún no teníamos ni forma ni rostro, su amor nos veía libres como él.

¿Quién emprenderá el camino hacia esos grandes espacios? ¿Quién tomará a Jesús por Maestro y amigo? ¡El lugar más hermoso lo tiene el humilde servidor! Servir a Dios hace al hombre libre como él.

Himno litúrgico

Pues ya conocéis

que, siendo

enriquecieseis vosotros con su pobreza.

de nuestro

la gracia

Señor

Jesucristo, para que os

rico,

se hizo pobre

por vosotros,

Pablo, segunda carta a los Corintios 8,9

52

Dejarlo todo para seguirle

«Quién de vosotros,

si quiere

edificar

se sienta

para

primero

terminarla?»

y calcula

los gastos,

a

una torre,

ver

si

no

tiene

(Le 14,28-32).

Para seguir a Jesús, para permanecer con él, debemos ser libres. El mismo Jesús nos invita a dejarlo todo para seguirle. Invitación dirigida no solamente a los que abandonan familia y bienes para vivir el «desierto», sino a todos sus discípulos. Con esta condición podemos «entablar la batalla». Para liberar a nuestros hermanos, y salvarlos, con Jesús, seamos libres nosotros mismos, aceptemos su salvación. No menospreciamos nada, pero nuestra disposición es no preferir cosa alguna al amor del Señor. Nuestra manera de vivir, sin impor- tar las modalidades concretas —cada cual según su vocación— debe favorecer el progreso de una auténtica libertad, esa espontaneidad para el bien que ha de crecer en nosotros, eso que es una joya reci- bida de Dios.

que Jesús nos enseñó,

premisas del Reino futuro

Este estilo de vida nos introduce en unas nuevas relaciones res-

pecto a nosotros mismos, a las personas y a las cosas.

Ese es el camino de las bienaventuranzas

(Mt 5).

Para ser libres, hacerse pobres. ¿No nos recibe Dios plenamente, pequeños como somos ante El? Si lo tenemos en cuenta en el mo- mento de elegir una forma de vida, estaremos mejor dispuesto a aco- ger las verdaderas riquezas. Una experiencia de Dios, continuamene renovada, nos lleva poco a poco a abandonar todo lo que no sea él, a ser cada vez más pobres. Pobres para oír mejor su Palabra y servirle mejor en nuestros herma- nos. Pobres para asociarnos a sus preocupaciones, compartir con ellos nuestro tiempo, nuestras riquezas y debilidades, y hasta nuestra bús- queda de Dios. Suficientemente pobres para escuchar y para perdonar. Tal vez tengamos también la vocación de renunciar a cierto uso de los bienes, incluso a veces a su propiedad, dejando al menos su

53

Si

hay entre vosotros alguna consolación en Cristo, algu-

na

muestra de amor, alguna comunicación del Espíritu,

algunas entrañas de

haced cumplido mi gozo teniendo todos el mismo pensar,

la misma caridad, el mismo ánimo, y los mismos senti-

mientos;

dejad todo espíritu de rivalidad y vanagloria; y, llevados

a vos-

otros mismos; atended no solamente a vuestros intereses, sino también a los de los demás. Revestios de los mismos sentimientos que tuvo Cristo. Pablo a los Filipenses 2,1-5

de

a los demás

misericordia,

la humildad,

tened

por

superiores

Mi alimento

bar su

obra.

es hacer la voluntad

del que me envió y aca-

Juan 4,34

El, en el tiempo de su vida mortal, habiendo presentado

sus oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a Aquel que podía salvarle de la muerte, tue escuchado en atención a su piedad, y, aun siendo Hijo, aprendió por sus sufrimientos lo que es la obediencia.

Asi consumado, se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

54

Hebreos 5,7-9

Y en

haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Por eso Dios le

su

condición

de

hombre,

se

humilló

a

mismo

exaltó.

Pablo a los Filipenses 2,7-9

Si

solo;

el grano

de trigo,

caído

pero si muere, produce

en la tierra,

no muere,

mucho

fruto.

queda

Juan 12,24

gestión en manos de otras personas. Esto deberá ser siempre para nosotros el medio de conseguir una mayor libertad.

Esta actitud de pobreza nos dispone para dar a nuestras relacio- nes con los demás un estilo particular: la castidad.

Una castidad que es respeto, amor al otro, a todas las personas en un clima de profunda libertad: ni poseer, ni dejarse poseer, de cual- quier modo que sea.

bienaventurados los

pacíficos

Estemos casados o solteros, o que hayamos hecho voto de celibato por el Reino, la castidad es un don de Dios. Darle acogida es aden- trarnos más por la comunión en el misterio de un Dios que tomó nuestra carne para comunicarnos su Espíritu.

«Bienaventurados los limpios de corazón

»

,

Pobreza, castidad, pero también obediencia. Quizá sea aquí donde se realice más radicalmente la experiencia profunda del misterio de Jesús. Toda su vida es obediencia al Padre. Toda la vida de sus discípulos debe estar marcada profundamente por la misma actitud: «Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad.» La obediencia comienza por la aceptación de los acontecimientos, de las exigencias propias de las situaciones en que estamos compro- metidos, por la aceptación de las personas con las que nos «ha toca- do» vivir. Comulgar con Jesús en su obediencia al Padre es también com- partir los imperativos de la misión. Permitir que nos molesten o in- terpelen aquellos o aquellas que quizá tienen una conciencia más viva de las verdaderas necesidades de los demás, o los responsables que están comisionados para ello, sobre todo si, por vocación, hemos hecho voto de obediencia. Es siempre un problema de libertad: ser libre frente a sí mismo. ¿Cuál es el secreto de semejante libertad? El Espíritu de Jesús, fuente de todo, ese Espíritu cuyo símbolo ha reconocido la Iglesia en el agua brotada del Corazón de Jesús obediente hasta la muerte.

55

V ya

no vivo

yo, es Cristo

En la mañana del mundo,

quien

vive

en

mí.

Pablo a (os Gálatas 2,20

tu Espíritu sobre las aguas velaba por la vida

En el alba de la salvación,

tu

Espíritu en María formaba al Mesías

El

día de Pentecostés,

tu

Espíritu hablaba por boca de los Apóstoles

En

la madrugada de este día,

56

tu Espíritu trabaja en nosotros

Alabanza litúrgica

Una vida entregada así al Señor, entregada a su Amor, cualquiera que sea nuestra situación en la Iglesia y en el mundo, no se entiende sin humildad y sentido de la Cruz, sin penitencia, ascesis y sobriedad de vida. Son valores que nos engrandecen en la medida en que los vivimos de forma postiva bajo la moción del Espíritu. Son muchos los discípulos que desean seguir a Jesucristo, de múl- tiples maneras, por un camino de obediencia, de pobreza, de castidad. ¡Por supuesto, siempre hay que comenzar de nuevo! Debilidades y pecados podrían ser causa de desaliento, si la fide- lidad de Dios no fuera el manantial de la nuestra. Pero esta fidelidad necesita también de otras fidelidades.

57

58

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Juan, primera carta 4,7

No debáis nada a nadie,

sino amaos los unos a los otros;

porque el que ama al pró}imo

ha

cumplido

la Ley.

Pablo a los Romanos 13,8

Para que todos

mi y

nosotros,

sean una sola

también

cosa;

ellos

como

Tú, Padre, en

cosa en

enviado.

Yo

sean una sola

para que el mundo crea que Tú me has

en

Ti, que

Juan 17,21

Una vida de hermanos

Hombres y mujeres, en la Iglesia, eligen, por vocación, una forma de vida comunitaria. Su presencia es para nosotros un signo. Nos re- cuerda un rasgo característico de la vida evangélica: vida fraternal. Por esto se reconoce a los discípulos de Jesús, si tienen amor unos para con otros (Jn 13,35). El Espíritu de Jesús debe animarnos hasta el punto de que todas nuestras relaciones estén marcadas por ese amor. El encuentro personal con Dios nos abre necesariamente al amor de nuestros hermanos. Siempre debemos responder a nuestra vocación en Iglesia, en comuión con los demás, por muy personal que sea nuestra llamada.

Todo está unido.

Nuestra vida es tanto más fraternal cuanto más libres somos, gra- cias a la pobreza, a la castidad y a la obediencia vividas a imitación

de

Jesús. Nos volvemos más atentos hacia los demás, menos centrados

en

nosotros mismos. Y, viceversa, esos valores evangélicos los asume mejor cada uno

de

nosotros, si encontramos en los demás capacidad de escucha, com-

prensión, aliento en las dificultades y ánimos para seguir adelante.

Profundizando aún más, la relación personal y única de cada uno con Dios, en lo más íntimo del corazón, nos aproxima misteriosa- mente a nuestros hermanos y hermanas. A este nivel de profundidad

precisamente se establece una fraternidad, se asienta una comunidad.

Y a este nivel, sobre todo, se opera el crecimiento de la Iglesia. Toda

manifestación concreta de unidad carece de sentido, si no es fruto de

esa comunión profunda en Cristo. La Iglesia en su conjunto está llamada a vivir el misterio del Hijo vuelto hacia el Padre. Solamente a medida de su unidad podrá pre- sentarse a Cristo como una Esposa «gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, Iglesia santa e intachable» (Ef 5,27).

59

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre?»

60

Lucas 2,49

Vayamos más lejos aún. Si no existe vida evangélica que no sea vida fraternal, vida en relaciones inspiradas por el Amor, es que estamos llamados a parti- cipar de la misma vida de Dios. La contemplación del misterio de la Trinidad sería puramente nocional, si no estuviéramos apresados por el Espíritu que teje las relaciones entre nosotros, lo mismo que une entre sí a las personas del Padre y del Hijo. Seguir así a Jesucristo es volverse a encontrar con él «en casa de su Padre», ocupado como él en las cosas del Padre. ¿Cómo podría- mos estar con él en la casa de nuestro Padre sin reencontrarnos con todos aquellos y aquellas que exclaman como nosotros «Padre Nues- tro»?

61

¡Ay

de mí,

si

no

evangelizara!

Ubre,

de hecho,

como estoy

de todos,

me he hecho

sier-

vo de todos

para ganarlos

a todos

Me

he hecho

débil

con los débiles,

para ganar a los

débiles

Me he

hecho

todo

para

todos,

para

ganarlos

a todos.

Y todo

esto

lo

hago por el Evangelio,

para

tener

alguna

parte

en

él.

Pablo, primera carta a los Corintios, 9,16 y 19; 22,23

Vosotros

sois

la

sal de

la tierra;

si

la

sal

se

desvirtúa,

¿con qué se la salará? Para nada vale ya.

luz del

Brille

vean vuestras obras buenas y glorifiquen celestial.

luz

Vosotros

asi

sois

la

mundo.

delante

vuestra

de los

hombres,

que

a vuestro Padre

para

Mateo 5,13-14

16

*

Como mi Padre me envió así os envío yo

La experiencia de tal plenitud de vida debe compartirse no sola- mente con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, sino con todos los hombres. «Id, pues, nos dice Jesús, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

¿Qué hacer? En primer lugar, vivir intensamente lo que nos ha tocado vivir, comprometiéndonos siempre más en la manera de vivir el Evangelio elegida por nosotros. Mantenerse firme en las decisiones tomadas para perseverar en una conciencia más viva de las exigencias y de las alegrías del Reino. Esta fidelidad es ya de por sí misionera, apos- tólica, evangelizadora. De esta manera, más o menos significativa según el estilo de vida adoptado, podemos ser signo de la Alianza, llamada del espíritu de las Bienaventuranzas. Sobre todo, para nuestros hermanos cristianos, pero también para el mundo, o mejor, ante todo en la Iglesia, con el fin de que sepamos, todos juntos, asegurar ese servicio para el mundo. La calidad de nuestra vida evangélica, pese a nuestra pobreza y nuestras debilidades, debe ser de este modo manifestación de la vida profunda de la Iglesia y, por lo mismo, cumplimiento de la misión a ella confiada.

Pero también tenemos que hablar, tomar iniciativas, comprometer- nos y a veces partir allende los mares. Hablar en nombre del Señor. Actuar en su nombre. Partir para darle a conocer. En un mundo en que la esclavitud bajo todas sus formas predo- mina con mucha frecuencia sobre el servicio de la libertad, el Evan- gelio siempre resulta provocador. En determinadas situaciones, si que- remos ser auténticos testigos de la Buena Nueva, debemos contestar

64

No te dejes vencer por el mal,

vence

tú al mal

con el

bien.

Pablo a los Romanos 12,21

El desarrollo

de

de

la técnica y el desarrollo

tiempo,

marcado

por

el

de la civiliza-

la

ción

técnica, exigen un desarrollo proporcional de la moral

nuestro

dominio

de

¿hace la vida en la tierra «más humana»

bajo todos los puntos de vista? El hombre, como hombre, en el contexto de ese progreso, ¿se hace realmente mejor, es decir, más maduro espiri- tualmente, más consciente de la dignidad de su humani- dad, más responsable, más abierto a los demás, en particular a los más necesitados y a los más débiles, más dispuestos a dar y a aportar su ayuda a todos?

Este progreso

Juan Pablo 11, «Redemptof honúnis»

la manera de ejercer el poder y denunciar el imperialismo del dinero. ¿De qué contestación se trata? Bien estemos activamente presentes en los asuntos del mundo, bien nos encontremos retirados del mundo para dar testimonio de otro modo, no se trata de tener en cuenta una ideología o una causa, por noble que sea, sino de construir el mundo según el Espíritu de Dios. La lucha política y social, la lucha contra la miseria y toda clase de servidumbres durarán hasta el final de los tiempos. Pero existe una manera de comprometerse en todo eso respetando a las personas, a esas mismas a las que se les contesta, porque el Amor que anima nuestra acción es el del Salvador. No es nada fácil. No temas, dice el Señor, yo estaré contigo.

65

Una virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María.

Lucas 1,27

Dios envió a su propio Hijo, nacido

de

mujer.

Pablo a los Gálatas 4,4

Desde ahora me llamarán feliz todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso, cuyo nombre es santo.

Lucas 1,48-49

He aquí a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra

Si todos estamos llamados a ser santos, si todos deseamos ser unos apasionados de Cristo, miremos a María, la Madre de Jesús. Ella nos muestra el camino, un camino muy sencillo. Ningún rodeo.

Una escucha silenciosa, una disponibilidad sin reservas. «He aquí a la sierva del Señor.» Este Señor se hace su hijo, su niño. Sigue sus pasos, guiada por la fe. No todo resulta fácil en el camino.

Jesús, viendo a su madre y ¡unto

a ella al discípulo

que

Pero el Amor del que está poseída la lleva, la conduce

hasta

El amaba, dice a su madre:

"Mujer,

ahí tienes

a

tu

hijo»;

el pie

de la

cruz.

luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»

Juan 19,26-27

Es un Amor más fuerte que la muerte.

Un Amor que resucita

a

su

Hijo

y a ella con

El.

CAMINOS TRAZADOS A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

En verdad, en verdad os digo

hará también

que éstas, porque yo voy al Padre.

que el que cree

hago, y las

en mí,

ése

mayores

las obras

que yo

hará

Juan 14,12

Os conviene que yo me vaya. Porque si no me fuera, el Abogado no vendrá a vosotros;

pero si me fuere,

os lo

enviaré.

 
 

Juan 16,7

Cuando viniere

Aquel,

el

Espíritu

de

verdad,

os

guiará

hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo,

sino

venideras. El me glorificará,

dará a

cosas

que hablará

lo que oyere y os comunicará

porque

tomará

de

lo

mío

y

os

las

lo

conocer.

Todo cuanto

tiene

el Padre es mío:

por

eso os

he dicho

que

tomará

de

lo

mío

y

os

lo

hará

conocer.

Juan 16,13-15

Abrazados

a

la

verdad,

en

todo

crezcamos

en

caridad,

llegándonos

a aquel

que

es

nuestra

cabeza,

Cristo,

por

los

según la operación de

cada miembro, va obrando mesuradamente su crecimiento

en orden

quien yo doy el cuerpo, trabado y unido por todos

ligamentos que lo unen y nutren

a su conformación

en

la

caridad.

Pablo a los Efesíos 4,15-16

El Espíritu

trabaja

El Hijo de Dios, Hombre entre los hombres, vivió en un lugar determinado. Su presencia visible entre nosotros duró poco tiempo. Su manera de revelar, de manifestar y de comunicar al Amor del Padre y su modo de responder a él se encuadraba en el estilo de su época, de su país, de su raza. La Iglesia, su Cuerpo, en cada uno de sus miembros, prolonga, actualiza esa revelación y esa respuesta. La manera de hacerlo de- pende siempre de cada época, de cada país, de cada raza. Se trata de una invención continuada. Así lo ha querido el «Primogénito». Nos ha dejado su Espíritu para que prosigamos su obra, una obra marcada por el sello de Dios.

El Espíritu trabaja en el mundo, desde su comienzo hasta el final de los tiempos. Su obra es de una incomparable riqueza. Los caminos para seguir a Jesús se han multiplicado, diversificado, en el correr de los siglos, como respuestas a las necesidades de cada época o frutos de la meditación prolongada sobre el misterio de la fe. La aparición de las diferentes formas de vida evangélica constitu- ye toda una historia. Vamos a intentar hacernos una idea de esa historia fijándonos únicamente en los momentos más importantes para el tema que nos ocupa. Al propio tiempo destacaremos los rasgos más significativos de cada forma de vida. No se trata de dar definiciones, puesto que carecemos de compe- tencia para ello. Menos aún de encerrar en un aro de rígidas limita- ciones lo que debe permanecer dinámico. No tenemos derecho a ello. No obstante, algunos puntos de referencia nos han de permitir decir en qué cosas una vida religiosa apostólica no es una vida monástica, por qué la consagración secular es distinta de la consagración religio- sa, como la «consagración de las vírgenes» manifiesta de manera ori- ginal el misterio de la Alianza, significado, sin embargo, también todas las formas de consagración.

están llamados a la santidad, según

aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con

edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera sin- gular aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condición o esta- do aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad.

En la Iglesia, todos

Vaticano II, «Lumen gentium», n. 39

El Concilio habla de la práctica de los 'Consejos evangélicos^, expresión que designa lo que a algu- nos se propone, sin imponerse por ello a todos a manera de «preceptos».

«Si

quieres

dalo

Se

cita

la

invitación

de

Jesús

al

¡oven

rico:

ser perfecto,

ve, vende cuanto

tienes,

a

ven y sigúeme»

los

pobres,

y tendrás

(Mt

un tesoro

19,21).

en los

cielos,

y

Tradicionalmente se mantienen tres consejos: la

la

obediencia. Esta manera de presentar los valores evangélicos y las opciones a las que podemos estar invitados llevan a veces a pensar que dichas opciones, y sólo ellas, son las que nos introducen en la perfección ¿No es preferible decir, con Santo Tomás, que «la perfección de la vida cristiana consiste en observar los preceptos», teniendo presente que aquel del que todos los demás se derivan es el de la Caridad, el del Amor, pudiendo llevarnos esto muy lejos?

castidad en el celibato, la pobreza voluntaria

y

Al servicio de la misión

Si el Espíritu trabaja en el mundo, si a él se debe la existencia

de la Iglesia, es para que todo hombre llegue un día al conocimiento de la Buena Nueva. Cualquiera que sea el estado de vida o el ministerio al que está llamado a ejercer, todo cristiano coopera a esa misión. Evidentemente, lo hará cuanto más contribuya a la santidad de la Iglesia.

Para realizarlo no se necesita más consagración que la del bautis- mo ni ningún otro don distinto al del Espíritu recibido el día de la Confirmación.

A veces esta responsabilidad común a todos adquiere un relieve

particular, cuando ciertos seglares «son llamados por el obispo y tra- bajan en el campo del Señor con mucho fruto» (Lumen gentium, número 41). Sin consagración especial, «los seglares cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos, sobre todo si, llamados por Dios, son incorporados por los obispos a esta obra» (Ad gentes, nú- mero 41). Ponerse así al servicio de la misión como respuesta al llamamiento del obispo supone un género de vida profundamente inspirado en el Evangelio. Si se elige el celibato al mismo tiempo que se compromete uno en tal servicio, esos servidores del Evangelio en nada se distin- guen de aquellos otros cristianos que por vocación se dedican al mis- mo apostolado. Simplemente, el llamamiento del obispo convierte a esas personas en auxiliares del apostolado.

Por otra parte, todo compromiso al servicio de la misión, sea por

ejercicio

de

la gracia bautismal, lleva consigo el fortalecimiento

tiana en los consagrados a tal tarea. Pensemos en los sacerdotes, en

que

los misioneros

vida cris-

de un ministerio ordenado o simplemente por la lógica

seglares y en tantos

«cristianos

de

la

comprometidos»

viven intensamente el Evangelio por el camino de la Misión. No lo olvidemos en el momento en que vamos a iniciar un reco- nocimiento para descubrir los caminos elegidos por algunos, que han adoptado una forma peculiar de vida evangélica.

Una de las tareas más delicadas en la vida de los mon-

consiste en compaginar armoniosamente la presen-

cia en el mundo con el desprendimiento del mundo, siem- do ambas cosas necesarias para desempeñar el papel de signo del Reino que tanto la Iglesia como el propio mun- do esperan de ellos.

jes

Pablo VI

«Mirad esa ventana —dice Tchouang Tsen—, no es más

que un hueco en el muro, pero gracias a ese hueco la

El monje es precisamente

ese hueco en el muro a través del cual pasa la luz in- creada del Señor. Vaciando totalmente su corazón y dejando únicamente en él la oración, se convierte en una ventana para la Iglesia y para el mundo. El monje es quien se mantiene en oración continuamente ante Dios, quien se identifica tan de lleno con el acto de oración, que se convierte personalmente en una llama viva de oración.

habitación está llena de luz

Un archimandrita de la Iglesia oriental

La corriente monástica

La vida monástica es una forma de vida evangélica bastante tipi- ficada y, sin embargo, muy diversificada. Con frecuencia se la designa con la expresión de «vida religiosa contemplativa». Es exacta, pero sin que suponga reservar esa dimen- sión contemplativa de la vida cristiana exclusivamente a los monjes y religiosas de clausura. Por otra parte, la expresión de «vida contemplativa» no puede abarcar, por sí misma, la diversidad de sus formas. La contemplación en la vida benedictina no es la misma que en la vida carmelitana:

son distintos los caminos de búsqueda y de acercamiento a Dios. Además, habría que matizar mucho en el empleo del vocabulario monástico. Cuando se habla de monaquismo no se incluyen todas las realidades de la vida monástica. Algunas comunidades fundadas posteriormente adoptaron el estilo de vida monástica, porque en aquella época no existía otra forma que conviniera a su vocación contemplativa. Se hallan dentro de la co- rriente monástica, pero, al aparecer en otro contexto, muestran una fisonomía muy diferente. Sin embargo, teniendo en cuenta esta complejidad, podemos esbo- zar un breve estudio histórico y destacar algunos rasgos característicos de esta forma de vida evangélica.

15

Eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles munión, en la fracción del pan y en la oración.

en

la co-

y

todos

los

que creían

vivían

unidos,

teniendo

todos

sus

bienes

en común.

 

Diariamente

acudían

unánimemente

al

templo,

partían

el

pan

en las

casas

y

tomaban

su

alimento

con

alegría

y

sencillez

de corazón,

alabando

a

Dios

 

Hechos 2,42-47

 

Y

si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo

al

fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha-

 

Pablo a los Corintios, I, 13,3

MONJE, MONACAL, MONÁSTICO, MONAQUISMO

De la palabra griega «monos»: «solo» o también «uno», «unificado». El monje es aquel que consagra su vida a la búsqueda

únicamente de Dios; para él, trabajo, oración, vida frater-

na

todo queda unificado dentro de ese único objetivo.

CENOBITA

De la palabra griega «koinos»: «común».

El cenobita es un monje que vive en comunidad; así, los benedictinos.

Los cistercienses

dan aún mayor

importancia

a esa

vida

comunitaria.

ERMITAÑO

De la palabra griega «eremos»: «desierto». El ermitaño es un monje que vive solo, apartado, bien de modo definitivo, bien temporal.

76

El

monaquisino

Desde los primeros años del cristianismo hubo personas que se consagraron de modo especial a la oración y al servicio fraterno: vír- genes, ascetas, viudas. Vivían solas o en pequeños grupos. Permane- cían muy ligadas a la vida de la comunidad cristiana cuyos rasgos principales evocan los Hechos de los Apóstoles. Para ellas era simplemente ejercer un carisma especial en el seno de aquella comunidad, teniendo siempre presente, por lo demás, que el único carisma que da valor a todos los demás era el de la caridad, el del servicio de la comunidad fraternal. Por otra parte, algunos discípulos optaban por «abandonar el mundo» para vivir en el desierto de modo muy austero. ¿Razón de

tal

decisión?

LA BÚSQUEDA DE DIOS

Durante los tres primeros siglos, la Iglesia no tenía existencia le- gal. No era fácil hacerse cristiano. Convertirse a Cristo era poner todas las esperanzas de su vida en Dios, arriesgar su situación, re- nunciar a muchas ventajas y muchas veces exponerse a la persecución. No era cómodo vivir el Evangelio; esto no impedía que ya en la Igle- sia de aquella época hubiera muchas tensiones. La fe se vivía con apasionamiento El número de fieles era reducido. La Iglesia, por su parte, era muy exigente en la admisión de los catecúmenos. El compromiso de vida cristiana era muy igualable al que hoy toman los que se consa- gran totalmente al servicio de Dios.

El año 313, el emperador Constantino, tras su conversión, recono- ce legalmente a la Iglesia que goza de numerosas ventajas. Se multi- plican las conversiones. Pero a expensas del fervor. En este nuevo contexto se va a acentuar la corriente monástica, como consecuencia de aquellos que se habían retirado al desierto con objeto de consagrarse de lleno a la búsqueda de Dios mediante un cumplimiento radical de los mandamientos del Señor.

Muchos restos de abadías, algunas de una amplitud im- presionante, nos permiten entrever el desarrollo del mo- naquismo en la Edad Media. Como toda realidad viva, pasó por diversas reformas, es- pecialmente la del siglo XII, con Roberto de Molesmes

y

Císter, los cistercienses.

Bernardo de Claraval, que dio origen a la Orden del

TRAPENSES

Esta palabra designa a ciertos monjes cistercienses, a partir de una reforma hecha durante el siglo XVII en la Abadía de la Gran Trapa, en Normandía (Francia), por el abad Raneé. Expresión no demasiado usada en nuestros días.

¿Y LOS CARTUJOS?

Los cartujos son ermitaños; pero, al vivir en un monasterio con determinados actos comunitarios, llevan a cabo de manera original lo que se ha lla- mado «una comunión de solitarios por Dios». Su fundador fue Bruno. Rehusó ser obispo de Reims, optando por la vida

la edad de cincuenta años. En 1084 el

¡oven obispo de Grenoble, el futuro San Hugo, le propuso el inhóspito valle de Chartreuse, en el que

comenzó una vida de soledad y penitencia con cua- tro clérigos y dos laicos. Algunos años más tarde, el Papa Urbano II aproba- ba su forma de vida. Veinte años después de la muerte de Bruno, Gui- gues, su quinto sucesor, escribió las Costumbres, que fueron la base de la Regla de los Cartujos.

eremítica a

Algunos fundadores del monaquismo

ANTONIO (251-356) en Egipto. Lo abandona todo para llevar en

el desierto una vida solitaria durante veinte años. Poco después se le

adhieren discípulos y «el desierto se puebla de celdas». Cada ermi- taño vive solo, pero el sábado y el domingo se reúnen para la cele- bración de la eucaristía. El monaquismo cristiano, en sus comienzos, no es más que eso:

unos hombres que viven solos o con un compañero, con frecuencia un monje joven junto con un anciano, el abba (el «padre»), próximos unos a otros, en los desiertos de Egipto, Palestina o Siria. PACOMIO (290-346) inaugura una nueva forma de monaquismo:

instaura una vida comunitaria, la vida cenobítica. Inaugura una regla. BASILIO EL GRANDE (329-379). Obispo en Grecia, marca profun- damente el monaquismo de la Iglesia de Oriente. Se trata también de una vida comunitaria, pero con una regla diferente. Orfelinato, hospital y taller para pobres sin empleo son otras tantas obras de caridad que corren a cargo de las comunidades.

MARTIN (316-397), junto con Hilario de Poitiers, funda en Fran- cia, en Ligugé, el primer monasterio de Occidente. Cuando los habi- tantes de Tours le reclaman como obispo, acepta, pero sin abandonar realmente la vida monástica. Con BENITO (480-547), oriundo de Nursia, el monaquismo occi- dental adquiere su definitiva fisonomía. Fundador de la Abadía de Montecasino, en Italia, se impone sobre todo por el valor de una Regla que ha supuesto una riqueza para el patrimonio de la Iglesia. Personalmente, san Benito no es más que un padre del monaquis- mo entre varios otros. Por otra parte, su monasterio fue destruido poco después de su muerte y permaneció en ruinas durante ciento cincuenta años. Pero la REGLA DE SAN BENITO se afianza por sí mis- ma y el monaquismo benedictino conoce una fuerte expansión, espe- cialmente en Europa, favorecida por el espíritu misionero, muy vivo

en las comunidades benedictinas ya desde sus orígenes. Así es como se extienden el cristianismo y la cultura, sobre todo desde el siglo vn

al xn, «con la cruz, el libro y el arado». Se fundan al mismo tiempo,

según esta misma regla, abadías femeninas, situadas con frecuencia

a cierta distancia de las de los monjes. El mismo san Benito conoció

a su hermana santa Escolástica vivir, como él, la vida monástica.

Que todo sea común para todos. Que se prevengan honradamente unos a otros. Que se soporten mutuamente, con extrema paciencia, sus enfermedades, tanto físicas como morales. Que se obedezcan a porfía unos a otros. Que nadie busque lo que cree serle útil a él, sino más bien lo que es útil para los demás. Que se den sin subterfugio el tributo de la caridad fra- terna.

con-

Que no tengan testación.

Que respeten a los ancianos y amen a los jóvenes.

Que amen a su Abad con caridad

Que todos sean invitados a aconsejar, porque muchas ve-

ces

con toda sumisión de

humildad, sin defender

Que los hermanos

Que

la mejor decisión se la revela el Señor al más joven.

celos, ni cedan

a

la envidia, ni

a

la

humilde y sincera.

los hermanos

den su parecer

se sirvan

con acritud su punto de vista.

mutuamente.

Regla de San Benito, cap. 72

La comunidad vive en un clima de silencio y de separa- ción del mundo, que favorece y expresa su apertura a Dios mediante la contemplación, a ejemplo de María, que conservaba todas las cosas y las meditaba en su corazón.

(Declaración sobre la vida cisterciense)

80

Ser monje, ser monja de clausura

Ser monje no es exclusivo de los cristianos. El monaquis-

mo se encuentra ya en civilizaciones anteriores al cristianis-

el induis-

mo conocen la vida monástica. Pero cuando un monje está poseído por el amor de Cristo, algo le marca profundamente su vida monástica.

mo. Es un hecho religioso universal. El budismo y

No todos los «contemplativos» provienen del monaquismo, aunque corrientemente se hable a este respecto de monjes y monjas de clau- sura. Además, entre los monjes y monjas de clausura que reclaman un origen monástico no todos son miembros de las familias benedictinas y cistercienses. Pensemos en la tradición oriental, sobre todo en la herencia de san Basilio. Aun dentro de la vida monástica, son numerosos los caminos

Dicho esto, vamos a destacar algunos rasgos comunes. Si llamáis a la puerta de una abadía benedictina o cisterciense, masculina o femenina, inmediatamente advertiréis como característica de su vocación la hospitalidad. Si formuláis algunas preguntas sobre su género de vida, os habla- rán sobre todo de la oración, del trabajo y de la vida fraterna.

— La oración. El oficio litúrgico celebrado en común y la lectura

de la Palabra de Dios o de textos tradicionales de la Iglesia alimentan la vida de unión con Dios, que es lo que estos hombres y mujeres han venido a buscar en la clausura del monasterjo.

La vida de los monjes es la oración.

— El trabajo. Una comunidad monástica trabaja para vivir. Los

trabajos manuales o intelectuales, muy variados por cierto, no suponen una distracción de la contemplación, que constituye el objetivo de la vida monástica. De este modo, toda la vida de los monjes, tanto a través del trabajo como de la oración, es una búsqueda de Dios.

— La vida fraterna. La vida en comunidad es el marco de esa

vida fraternal. El silencio la hace más profunda. También la estabili- dad. No se pasa de monasterio en monasterio. Salvo excepción, por razones de salud o de mejor equilibrio, o por servicio de la Orden,

6

81

ESTABILIDAD

Durar día tras día. Amar día tras día. Echar sus raíces en ese lugar adonde uno ha venido hace un año, diez años, treinta años, sesenta años.

Dar fruto por la perseverancia. No cansarse de maravillarse. Dar testimonio del poder de la fidelidad. Y todo para tu Gloria. Que mi debilidad resista en tu servicio.

Guillermo de Saint Thierry

La manera que tiene el monje de servir al mundo: no es, ante todo, por obras exteriores de caridad o por su eru-

dición, ni por la hospitalidad o incluso por sus consejos

interior de la oración. El

espirituales, sino por el trabajo

amor de un monje se expresa, más que nada, por su oración: su oración es su amor.

Un archimandrita de la Iglesia oriental

uno se compromete en la vida monástica a vivir hasta el final en el

de

la vida

monasterio escogido el primer día. Es importante para la calidad

fraterna.

Por otra parte, en la vida monástica es particularmente importante el lugar que ocupa el responsable de la comunidad. Juega un papel en la vida de cada uno de los monjes, el papel de un padre y de un representante de Cristo. Por mediación del abad, se dirige al Señor la obediencia del monje. Lo dicho sobre la importancia del abad, hay que afirmarlo —sal- vadas las diferencias oportunas— de la abadesa, de la priora o de la superiora, teniendo siempre en cuenta las diversas espiritualidades. La motivación profunda que anima, en definitiva, la vida de los monjes y de las monjas de clausura se resume en pocas palabras:

«buscar a Dios», «dedicarse únicamente a Dios». Estas expresiones reflejan lo esencial de la vida monástica: una ocupación totalmente centrada en el Señor. Ese es el manantial de su dinamismo misionero.

Monjes y monjas de clausura son apóstoles. Es un rasgo esencial de la vida monástica. Lo son por su misma existencia, por su manera de vivir. Es un signo que sirve de interrogante y desafío, y que nos recuerda perma- nentemente dónde están las verdaderas fuentes de la Vida. Por su manera radical de entregar su vida á Dios, son testigos particularmente significativos de una profunda convicción: Dios es Todo. Y lo manifiestan apasionadamente. Atribuyendo esta intuición a san Bernardo, alguien decía: «los monjes y las religiosas de clausura son personas atraídas por un profundo deseo de oración y que saben hacer los sacrificios necesarios por lo que es la quintaesencia del Evangelio: la caridad». Estas convicciones las comparten prioritariamente con todas las personas que llegan a tener un trato con ellos, en una visita o en su hospedería. Si viven separados del mundo, en modo alguno se en- cuentran desvinculados. Lo que vienen a buscar en los monasterios sus moradores ya no

es tanto

otras épocas, sino a Dios.

el refugio

y

el

asilo, como en

Existen hoy en el mundo, como discípulos de San Benito, unos 12.000 benedictinos y 5.000 cistercienses, que viven en un millar de monasterios, grandes o pequeños. Las monjas de clausura y hermanas son más numerosas, unas 15.000 benedictinas y 6.000 cistercienses. Los monasterios, en su mayoría, están reagrupados en fe- deraciones o congregaciones que aseguran apoyo, inter- cambio de servicios, control, y asumen ciertas actividades comunes al grupo. Existen así dieciocho congregaciones benedictinas, unas veinte de monjas de clausura y dos órdenes cistercienses, extendidas por todo el mundo. Confinada como estaba en Europa y en las regiones de civilización europea, la vida benedictina se ha extendido por el mundo entero desde hace cincuenta años, debido en gran parte a la influencia de los monasterios franceses que fundaron numerosas casas en África y en Asia. El proyecto de vida benedictina dio prueba de este modo de su flexibilidad y de su poder de adaptación; está na- ciendo en África y en Asia una vida benedictina. Esta importante corriente monástica no debe, sin embar- go, hacernos olvidar todo el dinamismo del monaquismo oriental.

El monaquismo benedictino se desarrolló a través de los siglos bajo muy variadas formas. Como quiera que no se opone a lo esencial de la vida monástica tal cual la des- cribe la Regla de San Benito, esa diversidad manifiesta más bien la vitalidad de la Regla y la riqueza multiforme de su doctrina.

84

(Congreso de Abades)

Sienten la necesidad de experimentar esa certeza de que «todos abso-

lutamente somos objeto del inmenso amor de Dios

vivamente cuando advierten que ese Dios, que tanto necesitan, tiene también mucha más necesidad de ellos: cuenta con ellos para su alegría.» El monje que así habla no duda en afirmar: «A veces compren- den mejor que nosotros el valor apostólico de nuestra vida y a ello nos alientan. Ni se les ocurre siquiera cambiarnos para otras tareas:

«Reaccionan

».

¡sería matar la gallina de los huevos de oro!»

El mundo tiene necesidad de la vida monástica.

85

Con toda

la fuerza

de

tu

fe, tienes

en tus

brazos de po-

bre el tesoro

oculto

en

el

campo del

mundo y del cora-

zón humano.

Te considero como una auxiliar del mismo Dios, como el

apoyo y

el

consuelo

de

los miembros abatidos de su

cuerpo.

Clara de Asís (Cartas)

La contemplación no depende de nuestra elección; es un don del Señor. Haced lo que esté en vuestras manos; disponeos para la contemplación, no dejará de concederos ese don si real- mente tenéis desprendimiento y humildad.

Teresa de Avila, «Camino de perfección»

Caminad en la presencia del Señor en el Espíritu de una santa y absoluta libertad.

Juan de Chanta!

— Clara (1193-1253), de Asís, en Italia, fundadora de las Clarisas junto con Francisco de Asís.

— La primera fundación de Domingo en Prouilhe, en Lan-

guedoc, fue la de una comunidad de hermanas. Se habla

de ella a partir de 1206. En 1211 existe un monasterio.

— Teresa (1515-1582), de Avila, en España, reformadora

del Carmelo con Juan de la Cruz.

— Juana de Chantal (1572-1641), fundadora, con Francis-

co de Sales, de la Orden de la Visitación en Annecy, en

Saboya.

86

Clarisas, dominicas, carmelitas, salesas

En el siglo xm , la corriente monástica emprende un nuevo vuelo.

conocer

Domingo y Francisco, de quienes luego hablaremos para

cómo y por qué crearon una nueva forma de vida evangélica, apare-

cen también en los orígenes de dos Ordenes femeninas:

las clarisas,

cuyo nombre viene de Clara, y las dominicas .

Mientras sus hermanos

se organizan en comunidades

itinerantes

para dar respuesta a las necesidades de la misión, las hermanas en-

cuentran en el marco de la vida monástica la manera de responder a su vocación contemplativa.

Pero optan por formas más flexibles que las poderosas estructuras

adquiere otro

cariz; las comunidades son menos numerosas. Una forma de pobreza, no sólo personal, sino también colectiva, les acerca al espíritu de sus hermanos «medicantes».

En el siglo xvi, Teresa de Avila, apoyada por Juan de la Cruz,

numerosos monasterios, instalados en la

reforma el Carmelo y funda

pobreza y en modestas dimensiones. Citando a Clara de Asis, dice

Ella deseaba ver

Teresa:

del monaquismo medieval. Entre ellas, la vida fraterna

«Fuertes murallas son las de la pobreza.»

sus monasterios rodeados de esas murallas y de las de la humildad

Posteriormente, Juana de Chantal y Francisco de Sales fundan la Visitación, que adopta prácticamente una forma de vida monástica análoga.

Estas familias relgiosas y todas las comunidades que, como ellas, reclaman el carácter de su vida monástica, corresponden en lo esen- cial al perfil de los monjes y religiosas de clausura descrito anterior- mente.

87

88

Que el

también vosotras

Señor

esté

siempre

con

estar siempre

vosotras

con él.

y

que

podáis

Bendición de Clara

Unas insistirán más en la búsqueda de una contemplación cada vez más despojada, siguiendo caminos más metódicos. Otras desarro- llan esa unión con Dios haciendo hincapié en el trabajo y la pobreza. Para unas, la Palabra de Dios y su estudio será el camino de acceso preferido para la intimidad con Dios. Para otras, la dulzura y la hu- mildad en la vida fraterna. Muchas insistirán en el lugar que ocupa María en la oración y en la vida. Pero para todos, monjes y religiosas de clausura, la oración, el trabajo y la vida fraterna son los tres pilares sobre los que se afirma su vida contemplativa de forma «unificada»

89

A

partida, ellas se ayudan a reconocer la acción del Espíritu de Jesús en la creación y en la historia, en su vida coti-

diana y

En su vida introducida entre los hombres, tratan de descu- brir los caminos del silencio interior que abre a Dios y a los hombres.

recibida en silencio o com-

la

luz de

en

la Palabra de Dios

la

de

sus

hermanos.

Una regla de vida

Insertas en una comunidad humana, parroquial o diocesana, estamos atentas al medio social que nos rodea y deseamos compartir con todos la búsqueda de Dios. Nuestro deseo de compartir nos abre a una amplia aco- gida; sin embargo, somos comunidades de oración que acogen y no comunidades de acogida que oran.

Una regla de vida

avenidas

estaban abiertas para llegar hasta él; ellos, por su parte,

guardarle, amarle, servirle.

únicamente

Como José y María, cerca de Jesús: todas

las

estaban

allí

para

Una fundadora

La constante fundamental de vuestra oración es la es- cucha. Buscar de tal modo el rostro de Dios que el oído del co- razón, la escucha, se apoye tanto en su palabra tal como nos la presenta la Biblia, la liturgia, como en esa pala- bra cuando arraiga en el corazón de las situaciones, de los acontecimientos y sobre todo de las personas.

Un teólogo

Los

primeros

institutos

de

vida

contemplativa

se funda-

ron

en la segunda

mitad del

siglo XIX y

en

el

curso

del

90

siglo XX.

Los institutos de vida contemplativa

Acabamos de hablar de la contemplación. Antes de proseguir nuestro recorrido histórico conviene presentar los institutos y congre- gaciones cuyos miembros están dedicados a la contemplación, sin estar por ello separados del mundo de la manera en que lo están los mon- jes y religiosas de clausura. La prioridad dada a la vida contemplativa no implica necesaria- mente la clausura monástica.

Los grandes ejes de esta forma de vida religiosa son vivir en co- munidad fraterna, centrar esta vida en la oración contemplativa y compartir la oración con sus compañeros. Se escucha largamente la Palabra de Dios, se la medita en la Es- critura; pero esta Palabra adquiere nuevos acentos cuando se la des- cifra en el corazón de los hombres. Lo que parece profano también es lugar de encuentro con el Señor. Para ser «hombres de oración permanente» y descubrir así el ros- tro oculto del Señor hay que educar su visión de fe, mostrarse aten- tos a las realidades humanas, sobrepasándolas siempre. Viviendo entre los hombres, hay que dedicar mucho tiempo a Dios, solo o en comunidad, saber vigilar mediante la oración, desear cierta ascesis y cierto retiro del mundo, de una manera distinta a la monástica. Es otra la gracia, otro el don recibido. Contemplar en el mundo lo que no es del mundo, para que ese mundo descubra la presencia del Señor. Es una contemplación pro- fundamente apostólica, una participación en la misión de la Iglesia.

Esta participación puede también hacerse más «activa» en el mar- co de un servicio pastoral. Pero lo más frecuente es que la presencia misionera se viva dentro de un trabajo profesional de tiempo limitado o según otras formas de presencia en la vida de los hombres.

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En el momento que tomaba forma el monaquismo

con los primeros Padres del

Martín de Tours en Occidente, nos encontramos en África del Norte con la fuerte personalidad de

Agustín (345-430), obispo de Hi pona. Su experiencia de vida comunitaria apostólica da

desierto en Oriente y

lugar a la «REGLA DE SAN AGUSTÍN», cuya

influen-

cia será decisiva para la «corriente de los

canóni-

gos» y en la que se inspirarán más tarde muchas congregaciones de vida apostólica.

La corriente de los «canónigos»

En los siglos xi y xn aparecen las principales manifestaciones de lo que la historia llama «corriente de los canónigos», con la apari- ción de una nueva forma de vida evangélica: las comunidades de los «canónigos regulares». ¿En qué consistía? Para entenderlo bien, hemos de recordar la distinción fundamental hecha anteriormente entre lo que depende del orden de los ministe- rios y servicios que estructuran la Iglesia y las múltiples maneras de vivir el Evangelio que inventaron los cristianos para intensificar el dinamismo espiritual que anima esa misma Iglesia. Distinción, pero no separación. La originalidad de la forma de vida evangélica de los canónigos está en ofrecer una «vida religiosa» a clérigos con cargo pastoral.

Ya desde los primeros siglos aparecen en las Iglesias locales tales formas de vida evangélica, buscadas por los mismos clérigos. Muchas veces se trata del colegio presbiteral junto con el obispo. Las inicia- tivas se orientan hacia la vida en comunidad, el desprendimiento de bienes, la obediencia: todo esto se propone a los miembros del clero diocesano. San Agustín es el testigo más conocido de esta orientación. Esta corriente de vida evangélica de los canónigos se desarrolla paralelamente a la vida monástica, pero sin llegar a tener nunca la misma importancia. Llegó un momento en que los «cabildos» tuvieron que procurarse los medios de una renovación de vida evangélica, de una conversión al Evangelio del que eran ministros. Algunos canónigos optaron por una vida de comunidad con su obispo y por procurarse una regla de vida. Fueron los «canónigos regulares». La «corriente de los canóni- gos» tomaba forma. Pero la expresión poco a poco se fue aplicando a otras realidades distintas de esas comunidades de sacerdotes reunidas en torno a su obispo, «cabildos» propiamente dichos.

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CABILDO

En una diócesis, el

«Cabildo»

está formado

por

algunos

sacerdotes,

llamados

«canónigos», encargados

de

asumir

en la Iglesia catedral

una misión de alabanza y de

inter-

cesión mediante

la oración

litúrgica.

CANÓNIGO

Etimológicamente viene de la palabra «canon», de un tér- mino griego que significa «regla» o también «registro». Los canónigos eran los sacerdotes inscritos en el re- gistro La «corriente de los canónigos» tuvo como punto de refe- rencia, sobre todo, a los propios canónigos.

CANÓNIGO REGULAR

Esta expresión parece ser una tautología. Designa a los canónigos que se han entregado a una regla de vida. En el mismo sentido se habla de clero regular respecto de los religiosos-sacerdotes, cosa distinta a los sacerdotes del clero secular.

Cuando estaba entre vosotros, muchas veces, bien perso- nalmente, bien por medios de nuestros hermanos, os he- mos advertido que llevéis la vida común y regular según el privilegio que nuestros predecesores, San León y Víc- tor, concedieron a vuestra misma Iglesia a petición de sus canónigos. En consecuencia, en nombre de una sincera obediencia, os hago saber que llevéis la vida común, como la insti- tuyó el papa León para vuestra Iglesia, y según la entien- de la Iglesia romana, es decir, que se empleen todos los bienes para utilidad común y que comunes sean sus usos.

Gregorio Vil a los canónigos de Lucques en 1078

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En el transcurso del siglo xi algunos cabildos se reformaron adop- tando elementos de la vida monástica. A finales del siglo xi y comienzos del xn llegaron a constituirse auténticas abadías de canónigos regulares, bastante parecidas a las de los monjes, pero cuya característica era ejercer un ministerio pastoral, especialmente el de la predicación. Tales fueron la abadía de san Víctor, en París, y la abadía de Arrouaise, en la diócesis de Arras. Se inspiraron en la regla de san Agustín y en algunos elementos de la del Císter (cistercienses). Al mismo tiempo tuvo lugar la constitución de verdaderas Orde- nes, entre las cuales la más conocida es la de los premonstratenses, fundada por Norberto en 1120. Celebración del oficio en coro, de día y de noche, trabajo manual e intelectual, silencio, regla de vida, en suma, bastante rigurosa, es- tructuran una vida en comunidad según el espíritu de los primeros cristianos, y cuyos miembros ejercen un ministerio pastoral. Tales son los rasgos principales de este tipo de vida religiosa de los canónigos.

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Comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros y los encargó que no tomasen para

el camino nada más que un bastón arrepintiesen.

Predicaron que se

Marcos 6,7-8 y 12

Ve, Francisco, remedia los males de mi Iglesia que, como ves, está cayendo en ruinas.

Llamamiento de Francisco en San Damián

Ve con seguridad, porque el Señor estará contigo y pondrá en tus labios las

palabras que debes predicar.

Envío a misión de los hermanos de Domingo

A ningún hermano se le dará el título de Prior, sino a to-

dos indistintamente el de hermano menor. Se lavarán los pies mutuamente.

Primera Regla de Francisco

Adquirir un pleno conocimiento de la Sagrada Escritura, penetrar en el meollo de las palabras divinas, aprender las audacias de ia santa predicación.

Una manera de orar según Domingo

La familia de los «Hermanos menores» está dividida en

tres ramas: los franciscanos, los capuchinos y los con- ventuales.

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Las órdenes mendicantes:

dominicos, franciscanos,

carmelitas

Ya hemos hablado de Domingo y de Francisco al referirnos a sus hermanas contemplativas; igualmente de la corriente carmelitana, al hacer mención de Teresa de Avila. Volvemos a hablar aquí de Domingo y de Francisco para ver cómo, gracias a su iniciativa, se instauró en la Iglesia una nueva forma de vida evangélica, que adoptaron, por su lado, los carmelitas. Testigos de la evolución de la sociedad de los siglos x n y x m y preocupados por la situación de la cristiandad, trazaron nuevos caminos para seguir a Jesucristo y anunciar la Buena Nueva a los hombres de su tiempo.

Los grandes pueblos y ciudades se desarrollan. En la base de su progreso está una fuerte expansión económica y comercial. Surgen universidades en diversos sitios, llegando a veces a ser importantes centros culturales e intelectuales. Al mismo tiempo, en ciertas regio- nes se bate en brecha a la ortodoxia cristiana. DOMINGO (1170-1221), oriundo de Castilla (España), sacerdote y «canónigo regular», reúne a un grupo de hermanos para proclamar apasionadamente la verdad del Evangelio a sus contemporáneos. En Languedoc, en el Mediodía de Francia, pone las bases de su Orden, que será reconocida oficialmente en 1215. La Iglesia veía en ellos a unos hombres capaces de asegurar la empresa apostólica de la predi- cación, expresión de una intensa contemplación y fruto de serias re- flexiones teológicas. FRANCISCO (1182-1226), originario de Asís, en Italia, también se siente llamado a reconstruir la Iglesia. Junto con unos hermanos —se convertirán en la Orden de los Hermanos Menores—, desafía con el ejemplo y la palabra a un mundo mercantil dominado por el dinero. Para ellos, la regla de vida consiste simplemente (!) en observar el Evangelio de Jesucristo mediante la obediencia, sin poseer nada como propio y viviendo la castidad en el celibato. Para asegurar tales objetivos, no conviene la estabilidad. Por eso instauran una nueva forma de comunidad: las fraternidades itine- rantes.

7

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En

tierras de Egipto, Francisco se encuentra con el sultán.

El

pobrecito se adelanta, solo, en nombre de Jesucristo,

hacia sus hermanos del Islam.

En un mundo de cruzados, motivados en su mayoría por

las riquezas,

y todo mediante las armas, Francisco se presenta al Sul- tán con las manos vacías, con la única riqueza del amor de Dios.

la aventura, la conquista de un territorio y

El

Sultán le pregunta por

la

razón de sus

pasos y

quién

le

envía. Responde especificando

que es cristiano

y

no

cruzado:

 

«No es un hombre quien delega ante ti.»

me

envía, sino

Dios

que

me

Y

Francisco

no

será

más que

el

trovador

del

amor

de

Dios ante el sultán.

Un cronista del tiempo de Francisco

En nuestra vida, comunión fraterna y misión están inse- parablemente vinculadas. Dios, en efecto, nos envía a todas conjuntamente. Nuestras comunidades están llama-

das a buscar apasionadamente a los signos de la presen-

En todos los sectores

del mundo en que estamos presentes, tenemos la misión

de dar testimonio de la esperanza, atentas a todo lo que supone una promesa de futuro. Portadoras de la miseri- cordiosa ternura de nuestro Dios, muchas veces la reci- bimos de aquellos incluso a quienes íbamos a llevarla.

cia de Dios entre los hombres

Y nuestra alabanza sube hacia Dios por los innumerables

reflejos de su bondad en el mundo de los hombres.

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Una hermana dominica

Se les llamada «mendicantes» porque tienen el «privilegio» de no poseer ni rentas fijas ni propiedades. Quieren dar a su vida en fra- ternidad el sentido de un anuncio directo del mensaje evangélico. Los hermanos son «enviados». Son apóstoles. Muy pronto se les ve surcar diversos países. Atentos a las corrientes que marcan la so- ciedad de su tiempo, desean estar presentes en ella para anunciar el Evangelio. La fratenidad y la movilidad para la misión imprimen una fiso- nomía propia a estas formas de vida religiosa.

También es orden mendicante la de los CARMELITAS. Según la tra- dición, sus orígenes, como ocurre con sus hermanas, las carmelitas, se remontan al profeta Elias. Más directamente, son los herederos de los ermitaños de Palestina. Al quedar en una situación precaria su presencia en Oriente Próximo, por razón de las incursiones sarracenas, algunos hermanos, originarios de Occidente, vuelven a su país. Renuncian a su vida estrictamente eremítica y se procuran una regla inspirada en la de las Ordenes mendicantes, regla aprobada en 1247. Las intuiciones de Domingo y de Francisco fueron motivo de ins- piración para cierto número de congregaciones femeninas de vida apostólica, de las que luego hablaremos. Estas no solamente mantu- vieron la espiritualidad de dichos fundadores, sino también la con- cepción de la vida comunitaria para el servicio de la misión.

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Puesto que el Señor, pensábamos, se había dignado, en su clemencia y bondad paternal, unirnos en un grupo, siendo pobres hombres procedentes de diversos países de costumbres tan diferentes, no debíamos romper la uni- dad de tal grupo, obra de Dios, sino más bien seguir for- taleciéndola y estabilizándola formando un solo cuerpo.

Deliberación de los primeros Padres

lugar

que el Vicario de Cristo juzgue útil para mayor gloria di-

vina y mayor bien de las almas.

Ser enviado entre los fieles

o infieles

a cualquier

Constituciones

Presentes

en

las encrucijadas

de

las ideologías

y

en

el

corazón

de

las

aspiraciones

más

ardientes

de

los

hom-

bres y

del mensaje permanente

del

Evangelio

 

Pablo VI a la 32 Congregación general, 1974

Hemos de «contemplar» nuestro mundo como San Ignacio contemplaba el de su tiempo, a fin de ser apresados de nuevo por el llamamiento de Cristo, que muere y resucita en medio de las miserias y las aspiraciones de los hom- bres.

Congregación general de 1974

La Compañía de Jesús

Siglo xvi. Ignacio de Loyola (1491-1556), de la nobleza española, sufre una profunda transformación debida a la experiencia de un en- cuentro personal con su Creador y Señor. Desde ese momento, un solo interrogante se presenta a su vista: ¿Qué hacer por El? Se com- promete a seguirle, jugándoselo todo, para «salvar las almas». Aprende progresivamente a discernir la voluntad de Dios, a través de los diversos movimientos interiores que le agitan. Es una auténtica experiencia espiritual, pero muy estrechamente ligada a los aconte- cimientos. De lo que está seguro es de estar llamado a «ayudar a las almas». Pero ¿cómo? ¿Qué hacer para lograr que los demás se aprovechen de la experiencia de que ha sido beneficiario y que ha dejado consig- nada por escrito? Haciéndose estas preguntas, frecuenta las universidades de Sala- manca y París; esto le permite captar mejor el lenguaje y la cultura de la Iglesia y de la cultura de su tiempo. Algunos hombres, estudian- tes como él, acuden a compartir su proyecto apostólico. Juntos se com- prometen mediante voto a vivir la castidad en el celibato y la pobreza evangélica. ¿Y la obediencia? Deseosos de «ayudar a las almas», procurando siempre una mayor gloria a Dios, deciden ponerse a disposición del Papa: ¿no sabe él mejor que nadie dónde podrán ser más útiles? Pero ¿es suficiente esta obediencia al Papa? Una vez decididos a comprometerse juntos para la misión, ¿debían formar una Orden ba- sada en la obediencia? Tras largas deliberaciones, se deciden por co- mún acuerdo a hacer el voto de «obediencia a uno de ellos». La Compañía de Jesús es un cuerpo apostólico muy fuertemente soldado por esta doble obediencia, orientada por completo a la misión. Para los jesuítas, la comunidad no es, ante todo, vida en común, sino camaradería en la vida apostólica, solidaridad y fraternidad para una misión conjuntamente recibida y discernida. No existe oficio coral ni «capítulo». El «gobierno» se confía principalmente al que lleva el cargo de «Prepósito» y a los por él designados en función de la ac- ción apostólica a realizar. En todas las cosas, lo esencial es estar libre para la misión.

•VIDA APOSTÓLICA»

Si buscamos en la Escritura el fundamento evangélico de esta vida apostólica en comunidad religiosa, fijémonos en los Apóstoles. Antes de ser consagrados como ministros privilegiados de la fundación de la Iglesia eran discípulos de Jesús, estaban reunidos en torno a El, caminaban tras sus huellas:

•Subió

a

enviarlos a predicar."

a un monte,

y

designó

y llamando

para

a

que le

los

El,

a doce

que quiso,

acompañaran

vinieron

para

y

Marcos 3,13-14

Para seguir la atracción de Dios, se propone erigir entre las jóvenes un colegio apostólico, a imitación del estable- cido por nuestro Señor. Su devoción es honrar esta pri- mera comunidad de la Iglesia, la del Salvador y los Após- toles, en su número y en sus ocupaciones.

Toma la resolución, asistida por la gracia, de fundar una pequeña sociedad compuesta solamente por doce jóvenes, sin incluir a la superiora, para honrar el colegio de los Santos Apóstoles y para imitar su estilo de vida.

Relación de una fundación en sus antepro- yectos (hacia 1640)

La «vida religiosa apostólica»

Ni los carmelitas, ni los dominicos, ni los franciscanos se han con- gregado para la evangelización. Los jesuitas son unos compañeros consagrados a la misión. Unos y otros son religiosos de «vida apos- tólica». Si, no obstante, abrimos un nuevo capítulo dentro de dicho título, lo hacemos para presentar a las innumerables congregaciones e ins- titutos fundados, la mayoría durante los diez últimos siglos, para la tarea del apostolado. En su caso, se habla también de «vida religiosa activa».

Sería interesante visualizar con trazos de diferentes colores la apa- rición, en el correr de los siglos, de las diversas formas de «vida consagrada» y los dinamismos espirituales que las suscitaron. Se pa- recería a un «arco iris» cuyos colores aparecerían progresivamente destacando la inagotable riqueza de la luz del sol que es el Evangelio. Ya las páginas precedentes suponen colores intensos. Pero no he- mos llegado al fin de nuestros descubrimientos. A estas alturas en que nos encontramos, debemos volver la mirada atrás para enriquecer aún más el cuadro y comprender mejor cómo la Iglesia, al querer aproximarse a las realidades del mundo para el que Jesús la fundó, permite el desafío de las necesidades que en él se ma- nifiestan y les da una respuesta siempre inspirada en el amor. La historia de la fundación de las innumerables comunidades de hombres o mujeres que han sabido responder a esos llamamientos re- vela cómo «trabaja» el Espíritu en el mundo y, particularmente, en la Iglesia.

Porque tuve hambre, y me disteis

tuve sed, y me disteis

peregriné,

estaba desnudo, y me

vestísteis;