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01.05.

2006 | 00:00
El camino de mensajeros
Cuatro jóvenes peruanos recorren 2.200 sufridos kilometros del camino inca para llevar un mensaje de reconciliacion. La tradición chasqui aun vive.

Camino inca. de norte a sur. días, semanas, meses. Miles de kilómetros a pie, subiendo y bajando, cruzando ríos y trepando montañas. Agotarse y parar.
Tomar aire. Continuar con la mochila y el cansancio al hombro… siempre falta mucho. Acampar donde caiga la noche. Sentir frío. Cocinar entre sombras.
Dormir en la pampa, en un corral, quizás en el aula de un colegio. Si hay suerte, en un hotel, con cama, colchón, frazada y… ¿pulgas?; sin sleeping, sin
pellejito de cordero como aislante. Despertar. Volver al camino; sí, es histórico, sí, es antiguo, sí, es inca y monumental y extenso, y dejó boquiabierto a los
conquistadores españoles. Auténtica joya de la arquitectura humana que conduce a caseríos inhóspitos, a comunidades campesinas de raíces milenarias, a
pueblos ignorados en varios mapas.

Bienvenida. Bailes, brindis y hasta misa. En una plaza de armas, en un centro arqueológico, en el atrio de una iglesia. Estrechar manos anónimas, manos
sarmentosas, manos campesinas. Aprender, integrarse, compartir: cuy, trucha o pachamanca, siempre con papa, siempre con cancha.

Llevarse alguito para la merienda. Otra vez a la ruta. Al Camino Inca. De norte a sur. Días, semanas, meses… ¿cuántos?, 117 días. Miles de kilómetros a pie…
¿cuántos?, "sólo 2.200, facilito, un promedio de 18.8 km cada 24 horas"; ¡Tántos! Agotarse y parar. Tomar aire y no continuar, buscar un auto, un caballo, un
burro, lo que sea, con tal de no dar un paso más. No todos somos chasquis [mensajeros andinos].

Abandono en las alturas. "Hasta aquí no más llego, hermanito". Fracaso sin pena y sin gloria en la ruta inca, pero sí con un par de ampollas, un terrible dolor
en la espalda y un profundo respeto –vamos, admítelo, escríbelo: una profunda admiración– por aquellos cuatro caminantes que se echaron a andar el primero
de mayo de 2005 en Ayabaca, una provinvia de la región Piura, al ladito de Ecuador.

Felipe, Abel, Nilo y Aydee, socios en el zigzagueante Qhapaq Ñan, la ruta principal del fastuoso sistema vial que los hijos del sol trazaron en las montañas y
valles andinos, para articular los cuatro suyos [regiones] de su dilatado imperio, que se extendió hasta Colombia, por el norte, y Argentina, al sur. Una obra
fabulosa, colosal, con escalinatas, túneles, puentes. Una serpiente de seis mil kilómetros [sólo en su tramo principal].

Compañeros de viaje para divulgar con la estridencia de sus pututus [caracolas] y el flamear de sus banderas de arco iris [habría sido el emblema incaico] un
mensaje de paz en las serranías campesinas, casi siempre inhóspitas, casi siempre paupérrimas, casi siempre quechua hablantes, que se vistieron de tristeza y
dolor durante los años de violencia estúpida –tal vez por eso política– que ensangrentó al Perú en las últimas dos décadas del siglo pasado.

Y es por eso que ellos caminaron. Es por eso que Felipe Varela Travesí se despidió de su pequeño hijo Raymi, para devorarse el Qhapaq Ñan y demostrarle a
todos que la colosal ruta prehispánica, la misma que él investiga desde hace muchos años, tiene vida y palpita, enseña y se resiste a desaparecer a pesar del
olvido, la ignorancia y la tozudez modernista de algunos «genios» que desearían convertirla en carretera.

Es por eso que Abel Simón Solís –recio, pausado, curioso– dejó de arar surcos en su chacra de Acolla [provincia de Jauja, Junín] y durante cuatro meses hizo
bailotear su bandera incaica, exigiendo memoria y reparación para sus hermanos, nuestros hermanos, víctimas de esa cruenta guerra interna de casi 15 años,
que se inició el 17 de mayo de 1980, en Chuschi, un pueblo olvidado de la serranía ayacuchana.

Fue allí donde incursionaron por vez primera las huestes de Sendero Luminoso, para quemar las ánforas y el material de la consulta democrática que pondría
fin a 12 años de dictadura militar. Nadie, en ese momento, era capaz de imaginar lo que vendría después, ni siquiera Abimael Guzmán, el mustio profesor
universitario que fundara y liderada este sanguinario grupo terrorista y quien hoy, como es sabido, purga una cadena perpetua.

Las razones de los otros dos chasquis que participaron en la travesía fueron distintas, más personales, más profundas, inmensamente más dolorosas. Ellos, Nilo
Niño de Guzmán Velásquez y Aydeé Soto Quispe, son víctimas directas de la violencia política que entristeció al país en las décadas de los 80 y 90 del siglo
pasado.

Y la guerra se desató en las alturas. Su cáncer de violencia iría debilitando las estructuras de un Estado incapaz, que encontró en la represión indiscriminada
la única respuesta ante los ataques arteros de los subversivos. Caos en los Andes. Más de una década de balazos y carros-bomba, de banderas rojas y
apagones, de enfrentamientos y emboscadas, de asesinatos y torturas, de juicios populares y jueces sin rostro.

Perú en duelo. Perú triste y ensangrentado por Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru [MRTA]; también por las Fuerzas Armadas y la
Policía Nacional. Perú de viudas y huérfanos. Perú de 69.280 muertos, según las conclusiones del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación
[CVR], presentado en agosto de 2003…

Aydeé [28 años] y Nilo [20]: jóvenes, deportistas, chasquis. Parecidos y distintos. Ella nació en Ayacucho, él en Apurímac, zonas castigadas por el terror. Ella
perdió a su padre cuando tenía 8 años. Se lo llevaron los militares mientras cenaba y nunca volvió. El se quedó solo hace 18 años, pero no recuerda nada,
salvo lo que le han contado sus parientes. Ellos comparten la pena de ser huérfanos en un país convulsionado.

nilo y aydee. "llegaremos", coinciden a pesar de sus diferencias, porque él es inquieto, perspicaz, fanático de la radio y del chat; ella es impetuosa, decidida,
reservada y hasta un poquito rebelde; pero ambos caminan con la esperanza de que sus pasos retumben, se tornen telúricos, sísmicos, se vuelvan en palabras,
en la voz de todos aquellos que el Estado y parte de la sociedad no quieren escuchar.

Sí, refrescar la memoria de las autoridades, para que cumplan con las reparaciones a los deudos de la guerra interna, tal como lo ordena el informe de la CVR.
Ese es uno de los objetivos de la caminata y, con la esperanza de lograr que ese mensaje se convierta en realidad, se realizan actos conmemorativos en las
comunidades adyacentes al Qhapaq Ñan.

Se encienden velas, se reza, se guardan minutos de silencio en honor a los que ya no están; se recogen los llamados quipus de la memoria, cuyas cuentas
coloridas son una representación simbólica de cada uno de los peruanos muertos o desaparecidos durante el conflicto armado.

Los quipus fueron el sistema administrativo y de contabilidad usado por los incas. Eran tiras de lana de diversos colores que presentaban una serie de nudos,
los mismos que al ser interpretados por los quipucamayoc, revelaban importantes datos sobre los ayllus [célula básica de la sociedad del Tawantinsuyo], como
su producción agrícola, textil, minera, entre otros tópicos.

El Gran Quipu de la Memoria que recibieron los chasquis en los valles y pampas del Perú, fuer trasladado al Campo Marte de Lima, donde permanecerá como
un recuerdo imperecedero hacia los hombres y mujeres que vieron truncados sus sueños e ilusiones, durante la larga noche del miedo y la indolencia.

Noche de insomnio

€
Un cuarto de hotel. Tres camas, cuatro personas. El periodista dormirá en el piso. Desventajas de no ser un chasqui. Víspera de la partida. Preparar la
mochila, amoldarla a la espalda, comprobar su peso y el fastidioso roce de sus tirantes en los hombros. Conversar y bromear, sentir la ansiedad, la tensión a
pocas horas del primer paso.

"Ya quiero partir, estar en el camino", repite Felipe; "hermano, creo que esto pesa mucho", consulta o filosofa Abel; "tengo que llevar pilas para mi radio", se
asegura Nilo y ¿el periodista?, apunta, observa, sabe que le dolerá la espalda en esa noche de intensos preparativos, de risitas nerviosas, de adioses
prolongados. De futuro incierto en los trazos cimbreante y enérgicos del Qhapaq Ñan.

A pesar de su entusiasmo por concluir su apasionante aventura, el periodista –durante su adolorido insomnio– piensa en las dificultades que los chasquis
enfrentarán en los próximos meses, quizás porque él sabe que el camino desgasta y hastía, crispa los ánimos, genera conflictos; puede quebrar un grupo, más
aún, cuando los andarines –como en este caso– apenas si se conocen.

También se preguntaba si todos estarían en condiciones de andar 10 o 12 horas diarias, en tramos inhóspitos o fatigosamente altos. Aquella noche era difícil
saberlo a pesar de las horas compartidas con Nilo y Aydeé, y de conocer el currículo andariego de Felipe [con periplos de Cusco a Cajamarca y de Ayabaca a
Loja] y la pausada reciedumbre de Abel. Con ambos había compartido camino en 2004.

¿Lo lograrían? Felipe no tenía dudas. En su opinión, sólo había que resistir las primeras dos semanas, lo demás "sería pan comido"; mientras que Abel se
contentaba con responder "ojalá, hermano, ojalá". Nilo no parecía preocuparse en absoluto y Aydeé confiaba en su experiencia como maratonista… y ¿el
periodista?, acalambrado de tanta preocupación e insomnio.

Con esa seguridad partieron de Aypate, un centro arqueológico casi desconocido en los bosques de Ayabaca. No los acompañé, pero sé que sus primeros pasos
fueron humedecidos por una lluvia inesperada… ah, si Abel escribiera esta nota, consignaría que era una señal de los dioses; pero como soy yo el que la
redacta, obviaré las connotaciones místicas y sólo diré que hice bien en quedarme en el pueblo.

Al observar el inicio de esa ¿titánica?, ¿colosal?, ¿épica?, –escoja el adjetivo que más le guste– Caminata por la Paz y la Solidaridad, viene a mi mente una
escena ocurrida en septiembre de 2004 en la Cortina Roja, un barcito maltrecho con nombre y apariencia de cabaret, en los extramuros turísticos del Cusco
inmortal, lejos de los pub estilizados, temáticos, demasiado bonitos.

En ese lugar tan poco o tan inspirador –quién dijo que las musas no beben cerveza– Felipe Varela Travesí, limeño de nacimiento y chasqui de ocupación, me
anunció que la próxima vez no llegaría en autobus al ombligo del mundo andino, sino "a patita limpia".

"Por algo soy un chasqui, caramba", u otra frase parecida, espetó Varela en aquel momento trascendental, en tono de general que alienta a sus hombres en el
campo de batalla; entonces, dudé entre morirme de la risa, gritar un "¡Arriba Perú!" que acallara para siempre los lamentos del bolerista o aprovechar la
euforia de mi ocasional compañero y "picarlo" con dos cervecitas más.

Más allá de mis planes, la exaltada aseveración de Varela fue un latigazo de sobriedad que despertó al borrachín anclado en la otra mesa, quien de manera
casi milagrosa logró ponerse en pie, dar un par de pasos y saludar respetuosa y ceremoniosamente al "señor chasqui" y, en colmo de la audacia, ofrecerse
como su socio de aventuras.

Tiempo después, Felipe comenzaría a darle forma a su ambicioso proyecto. Se contactaría con la Mesa de Concertación para la Lucha Contra la Pobreza,
donde surgirían los nexos con la Defensoría del Pueblo y el Movimiento Ciudadano Para Que No Se Repita, instituciones –todas ellas– que a la postre apoyarían
la idea y decidirían organizar la osada expedición.

La Cortina Roja es parte de la historia no oficial de la caminata, porque la otra, la que aparece en los reportes de prensa, sólo menciona el verdor de Ayabaca
[a más de 1.200 kilómetros al norte de Lima] y que Varela es acompañado por Nilo, Abel y Aydeé; no por el borrachín voluntarioso, felizmente; tampoco por el
autor de esta nota, bis al felizmente.

Un lector de la coca

Caminar bajo la lluvia. Caminar bajo el sol. Caminar en un valle verdecito o en la puna desolada. Vida de chasqui, rutina de pasos repetidos y constantes, de
llegadas y partidas… De encuentros: ¿y cómo están muchachos?, pregunto en Cochamarca [región Pasco] y no hay respuesta, sólo apretones de manos,
abrazos, quejas por no haberlos acompañados en Cajamarca o en Conchuchos. Soy una falla, pienso.

Los chasquis estaban sonrientes y bien comidos, quizás porque el Qhapaq Ñan es sabio y trata bien a quienes lo recorren con buena fe –caray, estoy
escribiendo como Abel– tal vez porque la ruta, a pesar de meter miedo, es facilita –¡No!, ahora parezco Felipe– o será por el ritmo que nace de la radio
indestructible de Nilo o por el ímpetu de Aydeé, pequeñita, pelilarga, ennegrecida por el sol.

al dia siguiente del encuentro en cochamarca nos dirigimos a Pumpus, donde sobreviven unos cuantos muros prehispánicos. Jornada relajada, apenas un
puñado de kilómetros por recorrer bajo un sol vigoroso, que parecía tutelar la marcha de sus chasquis; los mismos que ahora se detienen para ser agasajados
por la comunidad.

Discursos y agradecimientos a los ilustres visitantes. Brindis con chicha de jora, tronar de pututus [trompetas hechas con un caracol], fotos del recuerdo con
niños que se escabulleron de la escuela y señoras que apagaron sus fogones para acompañar a "esos muchachos tan valientes".

En Pumpus se realizó una ceremonia en honor al sol y los cuatro andarines recibieron varios quipus y una mujer compartió con ellos su inmensa congoja por el
esposo ausente, desaparecido, nunca ubicado. "Gracias, gracias por estar aquí", diría entre sollozos. La puna se llena de nostalgia infinita. Eso duele más que
los tirones del camino.

Pernocte en Huayllay, un sorprendente bosque de piedras. Un cuarto, varios caminantes, ninguna cama. Todos dormirán en el piso, también el periodista que
hoy, al escribir este relato, añora el frío lacerante de la puna; el amanecer abrumado de niebla, el abandono en Pumpus, las palabras en quechua en el atrio
del templo de San Pedro de Pari. Los pasos de los chasquis, a diferencia de los míos [recuerden mi penoso pedido de automovil, caballo, burro o lo que sea] no
se detuvieron hasta el 25 de agosto en Desaguadero [frontera con Bolivia], a pesar del presagio de ese hombre que leyó el futuro en un puñado de hojas de
coca, verdecitas, sagradas para algunos, malditas en opinión de otros.

Un alto en el relato. Cuestión de orden para no perder al lector. La aventura de los chasquis se inició en Ayabaca, donde tuve la suerte de despedirlos; luego,
el 23 de junio, los alcanzaría en la comunidad de Cochamarca, cuando ya habían cruzado las regiones de Piura, Cajamarca, La Libertad y Huánuco, en un
recorrido que superaba los mil kilómetros… uff, me canso tan sólo de escribirlo.
Volvamos al presagio que se escuchó en el atrio de la iglesia colonial de San Pedro de Pari [distrito de Ondores], una comunidad pintoresca que recibió a los
caminantes con misa y traje de domingo. Sobraron los aplausos y los agradecimientos, claro, también hubo quejas… "usted sabe, la contaminación, los relaves
que matan nuestro lago".

A lo largo de su extensa travesía, los chasquis –sin quererlo– se convirtieron en los depositarios de los reclamos y demandas de decenas de pueblos y
comunidades. Y es que el camino no sólo escucha los clamores de paz y reparación que ellos transmiten, sino que habla, se expresa, plantea su propio sentir y
preocupaciones.

Habla el Qhapaq Ñan sobre rincones de verdor y especies de flora y fauna que podrían desaparecer en los bosques norteños por la ambiciosa voracidad de una
empresa que sueña con minerales aún no explotados; se indigna por la amnesia de los políticos de izquierda, centro o derecha, que prometen de todo pero
nunca cumplen nada.

Se queja de los relaves mineros que contaminan los ríos y el lago Chinchaycocha o Junín, algo así como el hermanito menor del mítico Titicaca; se vuelve
lágrima en Huancavelica, Ayacucho y Apurímac, los lugares más golpeados durante la guerra interna.

Otra vez me salí de la ruta del relato. Estábamos en el atrio de una iglesia envejecida y un hombre –pómulos salientes, nariz achatada, piel cetrina– recita
plegarias en quechua y convoca a los dioses antiguos, antes de interpretar las nervaduras de la coca, hoja sabia, bendita, entrañable, convertida en veneno
por los cárteles de la muerte.

Todos lo miran con atención. El alcalde, el comisario, la beata del pueblo, el director de la escuela y hasta el cura. Sincretismo en las alturas, porque un
chamán, brujo, curioso o lo que fuera, hace gala de sus conocimientos milenarios, perseguidos y proscritos durante la colonia, todavía vigentes en las entrañas
del Perú profundo.

Sólo llegarán tres, fue su sentencia; entonces, los caminantes se miran, se retan y bromean. ¿Quién será?, parecen interrogarse con la mirada, en esa tarde
festiva, con danzas de guerreros valientes vestidos de color ¡¿rosa?! y palomas de la paz que no alzan vuelo.

Pero aquel hombre –a pesar de toda su sapiencia– se equivocó en la visión. Quizás leyó mal las hoja de coca y lo que vio fue mi "vergonzosa" y ya narrada
claudicación en Pumpus, meseta de Bombón, a más de 4 mil m.s.n.m. [metros sobre el nivel del mar], donde el aire es avaro, el clima severo y el cielo
hermoso cuando asoma el sol, el taita [padre] de los incas.

Al terminar el ritual me despido de los chasquis. Vuelvo a Lima y ni bien comienzo a transitar por su caótica faz urbana, siento añoranza por el Qhapaq Ñan,
ancho en varios tramos, delgadito en otros, empedrado a veces, hermoso siempre.

Extraño el camino, a los chasquis, a los comuneros que los reciben con el corazón abierto y los alimentan hasta seis veces al día; a los alcaldes y autoridades
que se esfuerzan por quedar bien y –de paso– ganarse algunos votitos en su posible reelección.

Y como extrañaba hasta el insomnio, volví a encontrarme con Nilo y Aydeé, con Felipe y Abel, en Urubamba, la capital del Valle Sagrado de los Incas; en
Cusco, la ciudad fundada por Manco Capac, el hijo del sol que emergió de las aguas azules del Titicaca; y, en Urcos, una comunidad andina en el camino hacia
Desaguadero. Otra vez compartí sus andares, ellos a pie y yo en automovil, caballo, burro o lo que sea; sólo me faltó ver su llegada triunfal a tierras puneñas.
Sí, me perdí sus pasos finales, victoriosos, nostálgicos, pero puedo imaginar el barullo, la alegría, la satisfacción del deber cumplido y, claro, la voz de sus
pututus que todavía susurran en las alturas andinas.

Rolly Valdivia

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