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LOS MEJORES RELATOS DE FANTASÍA I Avram Davidson (Recopilador)

LOS MEJORES RELATOS DE FANTASÍA I

LOS MEJORES RELATOS DE FANTASÍA I Avram Davidson (Recopilador)

Avram Davidson

(Recopilador)

Avram Davidson Título original: Magic for Sale Traducción: Cesar Terrón © 1983 by Avram Davidson

Avram Davidson

Título original: Magic for Sale Traducción: Cesar Terrón

© 1983 by Avram Davidson

© 1985, Ediciones Martínez Roca, S. A.

Gran vía 774 - Barcelona ISBN 84-270-0969-0 Edición digital de Umbriel. R6 08/02

ÍNDICE

Tienda de chatarra, John Brosnan (Junk Shop, 1968) Del tiempo y la Tercera Avenida, Alfred Bester (Of Time and Third Avenue, 1951) Cada cual su botella, John Collier (Bottle Party, 1939) Tal como está, Robert Silverberg (As Is, 1968) La capa, Robert Bloch (The Cloak, 1939) Piedra de toque, Terry Carr (Touchstone, 1964) Doctor Bhumbo Singh, Avram Davidson (Dr. Bhumbo Singh, 1982) El héroe es único, Harlan Ellison (The Cheese Stands Alone, 1981) El tritón malasio, Jane Yolen (The Malaysian Mer, 1982) Bébase entero: contra la locura de masas, Ray Bradbury (Drink Entire: Against the Madness of Crowds, 1975) Elephas Frumenti, L. Sprague de Camp (Elephas Frumenti, 1950) Tellero Bo, Theodore Sturgeon (Shottle Bop, 1948) El huevo de cristal, H. G. Wells (The Crystal Egg, 1900) La mujer del vestido genético, Daniel Gilbert (The Woman in the Designer Genes,

1980)

TIENDA DE CHATARRA

John Brosnan

Australia, tierra natal de John Brosnan, es un país tan grande (casi tan grande como los Estados Unidos si descontamos Alaska) como para justificar que este escritor haya creado un relato tan corto. «Lo escribí —explica Brosnan— mientras trabajaba de archivero en una oficina de impuestos, poco después de llegar a Gran Bretaña tras un largo trayecto por tierra en un típico autobús de dos pisos, y creo que estaba muy deprimido en aquella época. He vivido en Londres desde entonces.» Y ahora el seleccionador debe refrenar su locuacidad, o la introducción será más larga que el relato. John Brosnan nació en Perth, Australia occidental, en 1947, y se estableció en Gran Bretaña en 1970. Ha escrito diversos libros sobre cine, entre ellos Future Tense: The Cinema of Science Fiction, y dos novelas, Skyship y The Midas Deep, así como cuentos «fundamentalmente de naturaleza humorística, aunque las opiniones varían».

Joe descubrió la tienda por casualidad durante uno de sus paseos a la hora del almuerzo. Estaba apretujada entre una fábrica en ruinas y un vacío almacén en una pequeña callejuela. Si le preguntan el lugar exacto, Joe será incapaz de contestar, aunque él sabe que se hallaba cerca de las cocheras de tranvías. No era lo que se llama propiamente una tienda, dice Joe; no había escaparate, no había nada, en realidad no era más que una barraca. En fin, Joe se detiene al llegar a la tienda y atisba el interior. No consigue ver gran cosa porque el sol brilla bastante ese día, y el interior está oscuro, pero vislumbra un letrero en una mesa, cerca de la puerta, que tiene escrita la palabra CHATARRA. Joe, como es sabido, es aficionado a husmear en tiendas de chatarra y similares, y entra. Todavía no puede ver nada, deslumbrado como está por el sol, pero e! lugar huele mal. El ambiente es caluroso y húmedo, tiene un sabor «metálico» (si le preguntan a Joe qué pretende decir con eso, él supondrá que se trata del criadero perfecto para uno de sus dolores de cabeza). Pero Joe decide que echará una rápida ojeada, y cuando por fin sus ojos se adaptan a la oscuridad interior, empieza a husmear. Las existencias, suponiendo que se las pueda llamar así, están dispuestas en dos hileras de mesas largas y estrechas que se extienden hasta la misma parte trasera de la tienda. Al principio nada parece prometedor a Joe, en realidad ni siquiera reconoce lo que ve; pero eso no le sorprende, ya que supone que los objetos más vulgares parecen extraños cuando están alejados de su habitual entorno. Al coger una retorcida pieza de metal, preguntándose si procede de las entrañas de un motor de reacción o de una lavadora, Joe nota de pronto que alguien está de pie junto a él. Sorprendido, se vuelve y ve a un anciano vestido con un sucio mono. Suponiendo que debe de ser el propietario de la tienda, como así es realmente, Joe sonríe y le dice:

—Sólo estoy echando una ojeada. Le parece bien, ¿no? —-Claro —dice el viejo—, mire cuanto quiera. Él es un extraño bobalicón, según Joe. Piel amarillenta, ¿saben?, como de ictericia, y ojos de brillante color anaranjado. Bien, pregunten a Joe luego. La cuestión es que a Joe no le gusta el aspecto del anciano y confía en que se esfume. Joe considera que ser observado anula toda la diversión de curiosear. —Estaré detrás —dice el viejo—. Dé un grito si encuentra algo que le guste. Y se va. Sintiéndose más feliz, Joe continúa su fisgoneo y, dos minutos más tarde, topa con algo que le interesa. Es una esfera en forma de huevo, de veinte centímetros de diámetro, hecha con vidrio transparente o algo similar. Como por arte de magia —y Joe tiene sus ideas al respecto— el anciano vuelve a estar junto a él con aire ansioso. Joe está tan sorprendido que el objeto por poco se le escapa de las manos. —¿Le gusta? —pregunta el viejo.

—Oh, no sé —dice Joe—. ¿Qué es? No será una de esas bolas de cristal, ¿eh? —Nooo —dice el viejo—. Es lo que podría llamarse una novedad. Mire fijamente el interior.

Joe obedece. Descubre que el huevo tiene un trozo de reluciente neblina en el centro. —Observe —dice el viejo. Joe observa y ve que la zona de neblina se encoge. Se hace cada vez más pequeña hasta que es imposible verla. Luego hay un brillante centelleo de luz y la zona de neblina reaparece, pero en esta ocasión creciendo. —¿Qué es? —vuelve a preguntar Joe. —El universo —responde el anciano. —Oh —dice Joe, y luego piensa un poco—. Muy ingenioso, ciertamente. Como una de esas escenas de Navidad para los niños. Las agitas y parece como si nevara dentro. —Nooo —dice el anciano—. Esto es genuino. Lo que está sosteniendo usted es su verdadero universo. —Me está tomando el pelo —dice Joe—. ¿Cómo puede meterse el universo entero en un huevo de cristal de este tamaño? —No lo sé —responde el viejo—. Supongo que es como meter un barco dentro de una botella Era un hobby de un antepasado mío. Ni siquiera tengo una pista de cómo lo hacía. —Pero ¿cómo podemos estar aquí sosteniendo el universo? —pregunta Joe—. ¿No deberíamos estar también dentro del huevo? —Estamos, o estaremos, o estuvimos; no estoy seguro. Una escala de tiempo muy distinta, eso está claro por el hecho de que podemos ver la vibración del universo. Mientras hablamos, millones de años pasan dentro del huevo. —Hummm —dice Joe. —Bien, ¿lo quiere? Será una maravillosa curiosidad en su cuarto de estar. Es francamente espectacular si apaga las luces. —No quiero que se forme una idea equivocada —dice Joe—, pero me resulta difícil tragar esta bola. ¿Puede demostrar que es el universo verdadero?

El anciano suspira.

—Naturalmente —dice—. Basta con que me mire los ojos.

—Bueno

—Mire —repite el viejo.

—dice Joe, y empieza a retroceder.

Y Joe, simplemente para darle gusto, observa los curiosos ojos anaranjados del viejo

chiflado, y de repente comprende, comprende —pero no le pidan que explique cómo—

que el anciano está diciéndole la verdad. —¡Cristo! —exclama Joe—. ¡Vaya antepasados que tiene!

El viejo tipo ofrece una sonrisa a modo de excusa y se encoge de hombros.

—Pero, como puede ver, yo he topado con tiempos difíciles

Joe vuelve a mirar el huevo. —Cristo —murmura—, el verdadero universo Eh, ¿cuánto quiere por esto?

—Luego le asalta un pensamiento—.

El anciano medita.

—¿Qué le parece un dólar y medio? —pregunta, Joe menea la cabeza y, con aire de tristeza, deja el huevo en la mesa. —Lo que pensaba —comenta—, demasiado. ¿Qué otras cosas tiene?

DEL TIEMPO Y LA TERCERA AVENIDA

Alfred Bester

¿Por qué solía haber tantos bares en la Tercera Avenida de Nueva York con nombres como Reilly's, Kelly's, Teague's, O'Rourke's? La pregunta y la irónica respuesta («¿Por qué beben los irlandeses? Para tener algo que hacer mientras se están emborrachando»)

fueron probablemente inventadas por uno de ellos basándose en el principio (observado por el doctor Johnson) de que los irlandeses son «personas muy correctas que nunca hablan bien unas de otras». El educado señor Bester, sin embargo, evita ese tipo de descripciones realistas, aunque paradójicamente el escenario de este relato de la época es uno de esos bares irlandeses de burlas y whisky, que prácticamente no son de ninguna época en concreto y que antes eran tan característicos de la Tercera Avenida de Manhattan como los edificios de ladrillos rojos donde estaban estos bares. Más de una inyección de malta disfruté y o allí, a pesar de que yo, Dios lo sabe, no soy irlandés.

Bueno, voy a ahorrarles estos tiernos recuerdos

Este pequeño cuento tiene realmente

una gran moraleja. Alfred Bester nació en 1913 en Nueva York. Mientras estaba considerando, y al mismo tiempo preparando, las carreras en derecho, música y biología molecular (entre otras), su

gran fascinación por los tintes vitales y los procesos vitales en la fisiología lo llevaron a escribir su primera historia de ciencia ficción. Se vendió. Lo mismo pasó con otros cuentos

suyos, y con guiones para radio y televisión, y artículos para revistas

Alfred Bester se

convirtió finalmente en el jefe de redacción de la revista Holiday, que todavía permanece en nuestra memoria. Entre sus cuentos están el clásico Fondly Fahrenheit y The Men Who Murdered Mohammed. Entre sus libros están: El hombre demolido, The Stars My Destination, Tigre, Tigre, The Computer Connection, The Light Fantastic, Star Light, Star Bright, Golem 100, The Deceivers y Starlight: Short Fiction. Alfred Bester vive en una pequeña ciudad en el sudeste de Pennsylvania.

Lo que a Macy molestó del hombre fue el hecho de que rechinara. Macy no supo si eran los zapatos, pero supuso que eran las ropas. En el reservado de su bar, bajo el póster que preguntaba: ¿QUIÉN TEME HABLAR DE LA BATALLA DEL BOYNE?, Macy inspeccionó al extraño. Era alto, delgado y muy elegante. A pesar de su juventud, era casi calvo. Había pelusa en lo alto de su cabeza y sobre las cejas. Entonces el hombre buscó el billetero en su chaqueta, y Macy lo comprendió. Eran sus ropas las que rechinaban. —Vale, señor Macy —dijo el extraño, con tono silábico—. Muy bien. Por alquilar su reservado, con utilización exclusiva durante un crono —¿Un qué? —preguntó Macy, nervioso. —Crono. ¿Palabra incorrecta? Oh, sí. Perdóneme. Una hora. —Usted es extranjero —dijo Macy—. ¿Cuál es su nombre? Apuesto a que es ruso. —No. Extranjero no —respondió el extraño, y sus ojos temerosos se pasearon por el reservado—. Llámeme Boyne. —¡Boyne! —repitió Macy, incrédulo. —Sí, Boyne. El señor Boyne abrió un billetero que parecía un acordeón, hizo correr sus dedos por distintos billetes de colores y monedas, y luego sacó un billete de cien dólares. Lo extendió a Macy y dijo:

—La tarifa de alquiler por una hora. Como acordamos. Cien dólares. Cójalos y váyase. Empujado por la fuerza de la mirada de Boyne, Macy cogió el billete y retrocedió bamboleante hacia la barra. Por encima del hombro, gorjeó:

—¿Qué quiere beber? —¿Beber? ¿Alcohol? ¡Puf! —respondió Boyne. Dio media vuelta y se precipitó hacia la cabina telefónica, buscó bajo la caja del teléfono y localizó el cable conductor. De un bolsillo lateral sacó una pequeña caja brillante y la enganchó en el cable, ocultándola a la vista. Luego levantó el receptor.

—Coordenadas 73-58-15 oeste —dijo con rapidez—. 40-45-20 norte. Dispersión sigma.

Parecéis espectros

Quiero una atracción de Knight. Oliver Wilson Knight. Probabilidad de cuatro cifras significativas. ¿Tenéis las coordenadas? ¿99,9807? Vale. Sostened Boyne sacó la cabeza de la cabina y espió hacia la puerta del bar. Esperó con acerada concentración hasta que un joven y una hermosa muchacha entraron. Luego se volvió hacia el teléfono. —Probabilidad cumplida. Oliver Wilson Knight en contacto. Vale. Suerte.

Colgó el receptor, y cuando la pareja se dirigió hacia el reservado, él ya estaba sentado bajo el póster. El joven tenía unos veintiséis años, de estatura mediana, y tendencia a la obesidad. Su traje estaba arrugado, su engomado cabello castaño estaba arrugado, y su rostro amistoso estaba surcado de arrugas naturales. La chica tenía cabello negro, suaves ojos azules y una diminuta sonrisa reservada. Caminaban muy juntos, y les gustaba rozarse suavemente cuando pensaban que nadie les miraba. En ese momento se rozaron con el señor Macy. —Lo siento, señor Knight —dijo Macy—. Usted y la joven no podrán sentarse allí esta tarde. El reservado ha sido alquilado. Sus rostros se desmoronaron. —Está bien, señor Macy —exclamó Boyne—. Todo correcto. Feliz de que el señor Knight y su amiga sean mis invitados. Knight y la chica se volvieron. Boyne sonrió y palmeó la silla junto a él. —Sentaos —dijo—. Estoy encantado, os lo aseguro. —Lamentamos parecer unos intrusos —dijo la joven—, pero éste es el único lugar de la ciudad donde podemos encontrar una auténtica gaseosa de jengibre Stone. —Comprendo la situación, señorita Clinton. —Y volviéndose hacia Macy dijo—: Traiga las gaseosas y váyase. No hay más invitados. Estos son todos los que esperaba. Knight y la joven miraron a Boyne con sorpresa mientras se sentaban con lentitud. Knight colocó un paquete de libros envueltos en papel sobre la mesa.

—Después de una pausa, continuó—: ¡Ya! ¡Ya! Transmisión clara.

—¿Me conoce usted, señor

?

—dijo la chica, tomando aliento.

—Boyne. Como en Boyne, batalla del. Sí, claro. Usted es la señorita Clinton. Él es el señor Oliver Wilson Knight. Alquilé este reservado para verles esta tarde. —Supongo que está bromeando, ¿verdad? —preguntó Knight, y un débil rubor apareció en sus mejillas. —Gaseosa de jengibre —dijo Boyne amablemente cuando llegó Macy, depositó las botellas y los vasos, y partió con rapidez. —Usted no podía saber que íbamos a venir aquí —dijo Jane—. Nosotros mismos no lo

sabíamos

—Siento contradecirla, señorita Clinton. —Boyne sonrió—. La probabilidad de su llegada a la longitud 73-58-15, latitud 40-45-20 era del 99,9807 por ciento. Nadie puede escapar a cuatro cifras significativas.

—Por favor, beba su

refresco y escuche mi idea, señor Knight. —Boyne se inclinó sobre la mesa con galvánica intensidad—. Esta hora ha sido dispuesta con gran dificultad y mucho costo. ¿Por quién? No importa. Usted nos ha colocado en una posición extremadamente peligrosa. Me han enviado para encontrar una solución. —¿Solución para qué? Jane trató de incorporarse.

—Yo

Boyne le indicó que se sentara, y ella obedeció como si fuera una niña. Entonces se dirigió a Knight:

—Este mediodía entró usted en el establecimiento de J. D. Craig Co., vendedor de libros. Usted adquirió, por medio de transferencia de moneda, cuatro libros. Tres carecen

,

hasta hace unos minutos.

—Oiga —comenzó Knight con enojo—, si ésta es su idea de

, creo que es mejor irse

de importancia, pero el cuarto

este encuentro. —¿De qué demonios está hablando? —exclamó Knight. —Un volumen encuadernado

consistente en una colección de hechos y estadísticas. —¿El almanaque? —El almanaque. —¿Qué pasa con él? —Usted intentó adquirir un almanaque de 1950.

—He comprado un almanaque de 1950. —¡No lo hizo! —proclamó Boyne—. Usted compró un almanaque de 1990. —¿Qué? —El Almanaque Mundial de 1990 está en este paquete —dijo Boyne con claridad—. No me pregunte cómo. Hubo un descuido que ya ha sido castigado. Ahora el error debe ser corregido. Por eso estoy yo aquí. Por eso se dispuso este encuentro. ¿Entiende? Knight se echó a reír y se estiró hacia el paquete. Boyne se inclinó sobre la mesa y le cogió la muñeca. —No lo debe abrir, señor Knight. —De acuerdo. —Knight se recostó en su silla, hizo una mueca risueña a Jane y sorbió su gaseosa—. ¿Cuál es el motivo de esta farsa? —Debo tener el libro, señor Knight. Me gustaría salir de este bar con el almanaque bajo el brazo. —Le gustaría, ¿eh? —Me gustaría. —¿El almanaque de 1990? —Sí. —Si existe algo parecido a un almanaque de 1990 —dijo Knight—, y si está en este paquete, ni todos los diablos juntos podrían quitármelo. —¿Por qué, señor Knight?

las

carreras de caballos

—Sí, en efecto —asintió Boyne—. Más que rico. Omnipotente. Una mente pequeña utilizaría el Almanaque del Futuro sólo para cosas pequeñas. Apostar a los resultados en

el deporte y en las elecciones. Y en otras cosas. Pero un intelecto de dimensiones

intelecto

—Palmeó enfáticamente el paquete—. Este es el quid de

—No sea idiota. ¿Una mirada al futuro? Las noticias del mercado de valores

,

la política. Es dinero en efectivo. Seré rico.

,

,

su

no se detendría ahí.

, —Si usted lo dice —sonrió Knight. —Deducción. Inducción. Conclusión. —Boyne remarcó los puntos con los dedos—. Cada hecho le explicaría una historia completa. La inversión estatal real, por ejemplo Qué tierras comprar y vender. Los informes de los cambios de población y los censos se lo dirían. Los transportes. La lista de desastres marítimos y descarrilamientos de trenes le indicarían hasta qué punto el transporte a reacción ha reemplazado al tren y al barco. —¿Lo ha hecho? —rió Knight entre dientes. —Los informes de los vuelos le indicarían qué mercancías debería comprar. Las listas de tráfico postal le indicarían las ciudades del futuro. Los ganadores del premio Nóbel le dirían qué científicos y qué nuevas invenciones vigilar. Los presupuestos armamentísticos le indicarían qué fábricas y qué industrias controlar. Los informes del costo de vida le dirían cómo proteger sus bienes contra la inflación o la deflación. La cotización de las divisas extranjeras, las quiebras bancarias y el índice de las compañías de seguros le suministrarían la clave para protegerse contra cualquier desastre. —Ésa es la idea —dijo Knight—. Eso me interesa. —¿Realmente lo cree así? —Sé que es así. Dinero en mi bolsillo. El mundo en mi bolsillo.

—Perdone —dijo Boyne vivamente—, pero usted se limita a repetir los sueños de la

, felicidad en un regalo que no se ha ganado. No da más que culpa y desdicha. Usted ya es

consciente de eso ahora. —No estoy de acuerdo —dijo Knight.

niñez. Quiere una fortuna. Sí. Pero sólo con esfuerzo

con su propio esfuerzo. No hay

—¿No lo está? ¿Entonces por qué trabaja? ¿Por qué no roba? ¿Estafa? ¿Por qué no quita a los otros su dinero para llenar sus propios bolsillos?

—Pero yo

—comenzó Knight, y luego se detuvo.

—El punto ha sido bien planteado, ¿eh? —Boyne hizo un gesto impaciente con la mano—. No, señor Knight. Busque un argumento maduro. Usted es demasiado ambicioso y sano para conseguir el éxito mediante el robo. —En tal caso, me gustaría saber si voy a tener éxito. —Sí. Correcto. Usted desea hojear las páginas para buscar su nombre. Quiere tener un seguro. ¿Por qué? ¿No confía en sí mismo? Es un prometedor abogado. Sí, lo sé. Forma parte de mi información. ¿No tiene la señorita Clinton confianza en usted? —Sí —dijo Jane en voz alta—. El no necesita la confianza que un libro pueda darle. —¿Qué más, señor Knight? Knight vaciló, serenándose ante la abrumadora intensidad del rostro de Boyne. Luego dijo:

—Seguridad. —Eso no existe. La vida es peligro. Sólo podrá encontrar seguridad en la muerte. —Usted ya sabe qué quiero decir —musitó Knight—. El conocimiento de la vida hace posible una planificación. Está la bomba atómica. Boyne asintió con rapidez. —Es cierto. Hay una crisis. Pero yo estoy aquí. El mundo continuará. Yo soy la garantía. —Si le creo —Y si no, ¿qué? —estalló Boyne—. Usted no necesita seguridad. Usted necesita valor. —Y deslumbre a la pareja con una desdeñosa mirada—. Este es un país con una leyenda de padres pioneros, de quienes se supone que usted adquirió el valor para afrontar las dificultades. D. Boone, E. Alien, S. Houston, A. Lincoln, G. Washington y otros. ¿Correcto? —Supongo que sí —murmuró Knight—. Eso es lo que nos decimos a nosotros mismos. —¿Y dónde está ese valor en usted? ¡Puff! Es sólo cháchara. Lo desconocido le asusta. El peligro no le impulsa a luchar, como ocurría con D. Crockett; sólo hace que gimotee y busque la solución en este libro. ¿Correcto? —Pero la bomba atómica —Es un peligro. Sí. Uno de tantos. ¿Y qué? ¿Usted hace trampas al solamario? —¿Solamario? —Perdón. —Boyne reconsideró, haciendo chasquear los dedos con impaciencia ante la interrupción de sus argumentos—. Es un juego con un solo participante, con cambios en el reagrupamiento de las cartas. Olvidé cómo —¡Oh! —La cara de Jane se iluminó—. El solitario. —Vale. Solitario. Gracias, señorita Clinton. —Boyne giró la mirada hacia Knight—. ¿Usted hace trampas al solitario? —Ocasionalmente. —¿Le apetece ganar haciendo trampas? —No como regla. —Es tiste, ¿no? Aburrido. Tedioso. Cansado. Le es indiferente. Usted desea ganar honestamente. —Supongo que sí.

—Y supone que lo hará una vez haya echado un vistazo al libro. Toda su vida desearía haber jugado honestamente el juego de la vida. Se avergonzaría de haber mirado. Se arrepentiría. Recordaría completamente las declaraciones de nuestro profeta-filósofo

Trynbyll, quien resumió todo en una iluminada y escasa línea. «El futuro es Tekon», dijo Trynbyll. Señor Knight, no haga trampas. Deje que le implore que me entregue el almanaque. —¿Por qué no me lo quita? —Debe ser un obsequio. No podemos robar nada. No podemos darle nada. —Eso es mentira. Usted ha pagado a Macy para alquilar el reservado. —Se ha pagado a Macy, pero no le doy nada. Él pensará que ha sido estafado, pero usted no dejará que sea así. Todo se ajustará sin dislocamientos. —Oiga —Todo ha sido cuidadosamente planificado. He apostado por usted, señor Knight. Ahora depende de su buen sentido. Entrégueme el almanaque. Me disolveré

, de bar para narrar a los amigos. ¡Deme ese almanaque! —¡Corte el rollo! —dijo Knight—. Esto es una farsa, ¿no se acuerda? Yo —¿Lo es? —interrumpió Boyne—. ¿Lo es? Míreme. Durante casi un minuto, la joven pareja contempló la pálida cara blanca con sus ojos espectrales. La semisonrisa abandonó los labios de Knight, y Jane se estremeció involuntariamente. Hubo un escalofrío y desaliento en el reservado. —¡Dios mío! —Knight miró con desamparo a Jane—. Esto no puede estar sucediendo. Me lo está haciendo creer. ¿Tú? Jane asintió con brusquedad. —¿Qué podemos hacer? Si todo lo que dice es verdad, podemos rehusar y ser felices para siempre. —No —dijo Jane, con voz entrecortada—. En ese libro puede haber dinero y éxito, pero también separación y muerte. Dale el almanaque. —Cójalo —dijo Knight débilmente. Boyne se incorporó en seguida. Cogió el paquete y se dirigió a la cabina telefónica. Cuando salió tenía tres libros en una mano y un pequeño envoltorio hecho con el papel del paquete en la otra. Colocó los libros sobre la mesa y se detuvo por un momento, sosteniendo el envoltorio y sonriendo. —Mi gratitud —dijo—. Ustedes han mitigado una situación precaria. Sería agradable que recibieran algo a cambio. Tenemos prohibido transferir algo que pueda desviar las corrientes de los fenómenos existentes, pero al menos les daré un recuerdo del futuro. Retrocedió, se inclinó exageradamente y dijo:

y nunca volverá a verme de nuevo. ¡Sinvergüenza! Será una bonita historia

reorientado

—A vuestro servicio. Luego se volvió y empezó a salir del bar. —¡Eh! —llamó Knight—. ¿Y el recuerdo? —Macy lo tiene —respondió Boyne, y desapareció. La pareja se quedó algunos instantes en blanco, como durmientes que se despiertan

lentamente. Luego, mientras la realidad empezaba a retornar, se contemplaron uno al otro y estallaron en risas. —Realmente me ha asustado —dijo Jane. —Y luego hablan de los personajes de la Tercera Avenida. ¡Qué actuación! Pero ¿qué ha ganado con todo esto?

, —Pero eso no tiene sentido. —Knight comenzó a reír otra vez—. Todo ese asunto de pagar a Macy sin darle nada. Y se supone que yo procuraré que no le estafen. Y el misterio del recuerdo del futuro La puerta del bar se abrió con brusquedad y Macy cruzó el salón hacia el reservado.

—Bien

tiene tu almanaque.

—¿Dónde está ése? —vociferó Macy—. ¿Dónde está el ladrón? Boyne, se llama. Aunque debería llamarse Dillinger. —¿Por qué, señor Macy? —exclamó Jane—. ¿Qué ocurre? —¿Dónde está ése? —Macy aporreó la puerta del lavabo de hombres—. ¡Sal de ahí, cuentista! —Se ha ido —dijo Knight—. Salió justo antes de que usted entrara. —¡Y usted, señor Knight! —Macy apuntó con un dedo tembloroso al joven abogado—. Usted, ponerse junto a ladrones y estafadores. ¡Debería darle vergüenza! —¿Qué ha ocurrido? —preguntó Knight. —Me dio un billete de cien dólares para alquilar este reservado. —Macy dio un gemido de angustia—. Cien dólares. Llevé el billete a Bernie, el prestamista, por precaución, y me ha dicho que es falso. Es una falsificación. —Oh, no —Jane rió—. Es demasiado. ¿Una falsificación? —Mirad —gritó Macy, arrojando el billete sobre la mesa. Knight lo inspeccionó cuidadosamente. De pronto, palideció y la sonrisa se desvaneció en su rostro. Buscó en sus bolsillos, extrajo un talonario y comenzó a escribir con dedos temblorosos. —¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Jane. —Asegurarme de que no se estafe al señor Macy —dijo Knight—. Tendrá sus cien dólares, señor Macy. —¡Oliver! ¿Estás loco? Desprenderte de cien dólares —Yo tampoco perderé nada —respondió Knight—. ¡Todo se ajustará sin dislocamientos! Son diabólicos. ¡Diabólicos! —No comprendo. —Mira ese billete —dijo Knight, con voz temblorosa—. Míralo con detalle. Estaba bellamente impreso y, en apariencia, era auténtico. Los bondadosos rasgos de Benjamín Franklin les contemplaban reales y apacibles; pero en la parte inferior de la esquina derecha habían impreso: Serie 1980 D. Y abajo estaba firmado: Oliver Wilson Knight, ministro de Hacienda.

CADA CUAL SU BOTELLA

John Collier

Lean cualquier cosa de John Collier que caiga en sus manos. Este autor pastó en muchos floridos prados y retozó en muchos pequeños valles cubiertos de helechos. Durante años, más tarde, la gente solía preguntarse: «¿Qué ha sido de John Collier?». Me pregunto qué se habrá hecho de él desde que nos dio el esquinazo. «¿Ha muerto John Collier?», preguntaba la gente, casi temiendo la respuesta. Y un día, por fin (finalmente por fin), llegó la noticia. El difunto John Collier no había estado muerto todo ese tiempo. Había estado en Hollywood. Cada cual su botella, escrito antes de que nos diera el esquinazo, puede muy bien no ser solamente el último relato de esta especie. Es probablemente el relato fundamental. John Collier nació en Londres en 1901. Poeta publicado, el señor Collier gozó de más fama como autor de las novelas Defy the Foul Fiend, His Monkey Wife y The Poacher y la colección de cuentos Fancies and Goodnights. Trabajó en guiones cinematográficos como los de La reina de África (protagonizada por Katharine Hepburn y Humphrey Bogart), Deception (Bette Davis) y El señor de la guerra (Charlton Heston). John Collier falleció en California en 1980.

Franklin Fletcher soñaba en el lujo en forma de pieles de tigre y mujeres hermosas. En caso necesario estaba dispuesto a prescindir de las pieles de tigre. Por desgracia, las mujeres hermosas parecían igualmente raras e inaccesibles. En su despacho y en la pensión donde se alojaba, las chicas eran ratones, o gatunas, o coquetonas, o habían leído insuficientemente los anuncios. Franklin no conocía otras. A los treinta y cinco años renunció, y decidió que debía consolarse con un hobby, que es un muy miserable segundo premio. Merodeó por raros rincones de la ciudad, observó los escaparates de anticuarios y quincalleros, se preguntó qué demonios podía coleccionar. Llegó a una pobre tienda, de un pobre callejón, en cuyo polvoriento escaparate había un solo objeto: un barco de aparejo complejo metido en una botella. Sintiéndose más bien así él mismo, Franklin decidió entrar y preguntar el precio. La tienda era pequeña y estaba medio vacía. Viejas estanterías se alineaban en las paredes, y estas estanterías tenían una gran cantidad de botellas, de todos tipos y tamaños, que contenían diversos objetos únicamente interesantes porque estaban embotellados. Mientras Franklin continuaba mirando, se abrió una puertecilla y por ella salió el propietario arrastrando los pies, un acartonado anciano con un elegante sombrero que parecía moderadamente sorprendido y complacido por tener un cliente. Enseñó a Franklin ramilletes, aves del paraíso, la Batalla de Gettysburg, jardines japoneses en miniatura e incluso una cabeza humana contraída, todo ello en botellas tapadas. —¿Y qué son esas cosas —preguntó Frank—, las del estante de abajo? —Ahí no hay mucho que mirar —dijo el anciano—. Mucha gente opina que son cosas absurdas. Personalmente, me gustan. Sacó algunas muestras de la polvorienta oscuridad. Una botella parecía no contener nada aparte de una reseca mosca, otras contenían quizá cerdas de caballo o pajas, o meros manojos del cielo sabe qué. Algunas botellas parecían estar llenas de opalescente humo.

—Son —explicó el anciano— diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil meterlos en una botella, más difícil que meter un barco con todo su aparejo. —¡Oh, vamos! ¡Esto es Nueva York! —dijo Frank. —Tanto mayor motivo para esperar que haya embotellados los más extraordinarios genios —dijo el anciano—. Se lo enseñaré. Aguarde un momento. El tapón está un poco duro. —¿Pretende decir que hay uno ahí dentro? —repuso Frank—. ¿Y va a soltarlo? —¿Por qué no? —replicó el viejo, que había desistido de sus esfuerzos y sostenía la

¡Santo cielo! \Porque no, ciertamente! Mis ojos cada vez

están más débiles. Casi he destapado una botella que no debo destapar. ¡Un cliente muy desagradable, ése! ¡Válgame Dios! Es una suerte que no haya sacado ese tapón. Será mejor que lo vuelva a poner en el estante. Debo recordar que está abajo a la derecha. Le pondré una etiqueta uno de estos días. Aquí tengo algo más inofensivo. —¿Qué hay dentro? —preguntó Frank. —Se supone que es la mujer más bella del mundo —dijo el viejo—. Está muy bien, si es que le gusta esa clase de cosas. Yo nunca me he molestado en destaparla. Buscaré algo más interesante. —Bueno, desde un punto de vista científico —dijo Frank—, yo —La ciencia no es todo —dijo el anciano—. Mire esto. —Levantó una botella que contenía un objeto minúsculo, momificado, con aspecto de insecto, apenas visible entre el mugre—. Pegue la oreja a la botella. Frank así lo hizo. Y pronunciadas con una especie de silbido nada similar a una voz, escuchó las palabras:

botella junto a la luz—. Este

—Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince. Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince —repetía sin cesar la «voz». —¿Qué diablos es eso? —preguntó Frank. —Eso es la Sibila de Cumas original —contestó el viejo—. Muy interesante. Ella está interesándose por las carreras de caballos. —Muy interesante —dijo Frank—. De todas formas, me gustaría ver esa otra botella. Adoro la belleza. —Es un poco artista, ¿eh? —dijo el viejo—. Créame, lo que usted necesita en realidad es un tipo bueno, de aptitudes variadas, serviciable. Aquí tengo uno, por ejemplo. Le recomiendo a este personajillo por experiencia personal. Él es práctico. Puede resolverle cualquier problema. —Bueno, siendo así —dijo Frank—, ¿por qué no ha conseguido usted un palacio, pieles de tigre y todo eso? —Tuve todo eso —dijo el anciano—. Y él lo arregló. Sí, esta fue mi primera botella. El resto llegó gracias a él. En primer lugar conseguí un palacio, cuadros, esculturas,

esclavos. Y, como ha dicho usted, pieles de tigre. Le ordené que pusiera a Cleopatra en una de ellas. —¿Cómo era ella? —exclamó Frank. —Estaba bien —repuso el anciano—, si es que le gusta ese tipo de cosas. Yo me aburrí. Pensé, «Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas metidas en botellas». Y por eso le ordené que me complaciera. Él me consiguió la sibila. Él me consiguió ese tipo feroz. De hecho, él me consiguió todo. —¿Y ahora está él ahí dentro? —preguntó Frank. —Sí. Está dentro —dijo el viejo—. Escúchelo. Frank apretó la oreja a la botella. Y pronunciado en quejumbrosos tonos, oyó:

—Déjeme salir. Déjeme salir. Por favor, déjeme salir. Haré lo que sea. Déjeme salir. Soy inofensivo. Por favor, déjeme salir. Sólo un ratito. Déjeme salir. Haré lo que sea. Por favor Frank miró al anciano. —Él está ahí, sí—dijo—. Está ahí. —Naturalmente que está ahí —dijo el viejo—. Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por quién me toma? De hecho, yo no vendería nunca esta botella, por razones sentimentales, pero ya hace muchos años que tengo la tienda y usted es mi primer cliente. Frank volvió a poner la oreja en la botella. —Déjeme salir. Déjeme salir. Oh, por favor, déjeme salir. Haré —¡Dios mío! —exclamó Frank, nervioso—. ¿Está así siempre? —Muy probablemente —dijo el anciano—. No puedo decir que yo presto atención. Prefiero la radio. —Parece más bien duro para él —dijo comprensivamente Frank. —Tal vez —repuso el viejo—. A la gente no parece gustarle las botellas. A mí, sí. Me fascinan. Por ejemplo —Dígame —le interrumpió Frank—, ¿es él realmente inofensivo? —Oh, sí —contestó el anciano—. Válgame Dios, sí. Hay quien dice que esa gente es

Pero no opino igual. Solía dejarlo salir. Él hacía

engañosa

sus cosas y volvía a la botella. Debo decirlo, es muy eficiente. —¿Podría conseguirme cualquier cosa? —Absolutamente cualquier cosa. —¿Y cuánto quiere por él? —preguntó Frank. —Oh, no lo sé —dijo el anciano—. Diez millones de dólares, tal vez. —¡Caramba! No tengo tanto. De todas formas, si él es tan bueno con usted afirma, quizá consiga el dinero mediante un préstamo.

, sangre oriental y todo eso

—No se preocupe. Digamos que cinco dólares está bien. Tengo todo cuanto quiero, esa es la verdad. ¿Se lo envuelvo? Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella, aterrorizado, temiendo que se rompiera. En cuanto estuvo en su habitación quitó el tapón. Del interior fluyó una prodigiosa cantidad de sucio humo, que de inmediato se solidificó hasta formar la figura de un grueso y rollizo oriental de dos metros de altura, con bultos de grasa, nariz ganchuda, un blanco perverso en sus ojos, enorme mentón partido: en conjunto igual que un productor cinematográfico, pero más voluminoso. Frank, haciendo desesperados esfuerzos por decir algo, pidió shashlik, pinchos morunos y pastas turcas. Todo llegó al momento. Frank, tras recobrar el equilibrio, notó que las modestas ofrendas eran de excelente calidad, y que estaban dispuestas en platos de oro sólido, con soberbios grabados y pulidos hasta alcanzar una deslumbrante brillantez. Gracias a pequeños detalles de este tipo puede reconocerse a un criado de primera categoría. Frank estaba complacido, pero refrenó su entusiasmo. —Los platos de oro están muy bien -—dijo—. Pero vamos al grano. Me gustaría un palacio. —Oír es obedecer —dijo el moreno criado. —Deberá ser de tamaño adecuado —continuó Frank—, con una situación adecuada, muebles adecuados, cuadros adecuados, esculturas adecuadas, tapices y todo eso. Me gustaría que hubiera allí un buen número de pieles de tigre. Soy muy aficionado a las pieles de tigre. —Allí estarán —dijo el esclavo. —Soy un poco artista —añadió Frank—, como observó tu antiguo amo. Mi arte, por así decirlo, exige la presencia, sobre esas pieles de tigre, de varias mujeres jóvenes, rubias, morenas, pequeñas y bien proporcionadas, con una figura digna de Juno, lánguidas, vivaces, todas hermosas, y no es preciso que vayan excesivamente vestidas. Odio el exceso de ropa. Es vulgar. ¿Tienes eso? —Lo tengo —dijo el jinn. —Entonces quiero tenerlo yo —dijo Frank. —Condesciende sólo en cerrar tus ojos durante el lapsus de un minuto —solicitó el siervo—, y al abrirlos te encontrarás rodeado por los agradables objetos que has descrito. —De acuerdo —dijo Frank—. ¡Pero ningún truco, cuidado! Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silbido, un zumbido musical brotó y le envolvió. Al final del minuto Frank miró a su alrededor. Allí estaban los arcos, columnas, estatuas, tapices, etc., del palacio más exquisito imaginable, y en todas partes hacia donde dirigió la mirada vio una piel de tigre, y sobre cada piel de tigre había una joven reclinada, de soberbia belleza y ciertamente sin vulgar exceso de ropa. Nuestro buen Frank quedó, para expresarlo suavemente, extasiado. Fue corriendo de un lado a otro igual que una abeja en una floristería. En todas partes fue recibido con dulces sonrisas indescriptibles, y con miradas de franca o velada simpatía. Sonrojos y párpados caídos. La llameante faz del ardor. Un hombro vuelto, pero en absoluto un hombro frío. Brazos abiertos, ¡y qué brazos! Amor disimulado, pero en vano. Amor triunfante. —Debo afirmar —dijo Frank posteriormente— que he pasado una tarde realmente deliciosa. He disfrutado de cabo a rabo. —En ese caso —dijo el jinn, que en ese momento estaba sirviendo la cena—, ¿puedo implorar el favor de que se me permita ser su mayordomo, y el responsable general de sus placeres, en lugar de volver a esa abominable botella? —No veo por qué no —contestó Frank—. Parece bastante duro que, después de haber dispuesto todo esto, vuelvas a estar apretujado en la botella. Muy bien, serás mi

mayordomo, pero entiende esto: sea cual sea el trato, deseo que nunca entres en una habitación sin llamar primero. Y sobre todo, ninguna jugarreta.

El jinn, tras una zalamera sonrisa de gratitud, se retiró y Frank no tardó en retirarse a

su harén, donde pasó la noche tan agradablemente como había pasado la tarde. Transcurrieron varias semanas totalmente repletas de estos amenos pasatiempos, hasta que Frank, en obediencia a la ley que ni siquiera los jinns más eficaces pueden ignorar, empezó a sentirse cada vez más raro, un poco hastiado, un poco inclinado a criticar y señalar errores. —Estas criaturas son jóvenes y bonitas —le dijo a su jinn—, si a uno le gusta ese tipo de cosas, pero supongo que difícilmente pueden ser de primera clase, o yo estaría más interesado por ellas. Yo, bien mirado, soy un experto. Nada puede complacerme salvo lo mejor. Llévatelas. Recoge todas las pieles de tigre excepto una. —Así se hará—dijo el jinn—. Observa, está hecho. —Y en esa piel de tigre restante —dijo Frank—, ponme a la misma Cleopatra. Un instante después, Cleopatra estaba allí, con un aspecto, hay que admitirlo, absolutamente soberbio. —¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre! —¿Otra vez? —gritó Frank, que de pronto recordó al viejo de la tienda—. ¡Venga! Llévatela. Tráeme a Helena de Troya. Un instante después, Helena de Troya estaba allí. —¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre! —¿Otra vez? —gritó Frank—. ¡Maldito sea aquel viejo! Llévatela. Tráeme a la reina Ginebra. Ginebra dijo exactamente lo mismo. Igual que madame de Pompadour, lady Hamilton y el resto de famosas bellezas que Frank logró imaginar. —No me extraña que ese viejo fuera un viejo tan enormemente arrugado —comentó—. ¡Viejo vicioso! ¡Viejo demonio! Se ha llevado la plata de toda la cubertería. Llámame celoso si quieres, pero yo no pienso desempeñar un papel secundario al lado de ese bribón, de ese viejo asqueroso. ¿Dónde puedo encontrar una criatura perfecta, digna de los abrazos de un hombre tan experto como yo? —Si se digna en dejar ese problema en mis manos —dijo el jinn—, permítame recordarle que en aquella tienda había una botellita que mi anterior amo nunca había

abierto, porque yo se la proporcioné cuando él había perdido el interés en asuntos de esta clase. Sin embargo, esa botella es famosa por contener a la mujer más bella del mundo entero. —¡Tienes razón! —exclamó Frank—. Consígueme esa botella sin demora.

Al cabo de unos segundos la botella estaba ante él.

—Puedes tomarte la tarde libre —dijo Frank al jinn.

—Gracias —repuso el jinn—. Iré a ver a mi familia de Arabia. No la he visto desde hace mucho tiempo.

Y dicho esto hizo una reverencia y se fue. Frank centró su atención en la botella, que

no tardó mucho en abrir. De ella surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás eran brujas desaliñadas comparadas con ella. —¿Dónde estoy? —preguntó la bella—. ¿Qué palacio tan hermoso es éste? ¿Qué hago en una piel de tigre? ¿Quién es este apuesto y joven príncipe? —¡Soy yo! —exclamó Frank, embelesado—. ¡Soy yo! La tarde pasó igual que un instante en el paraíso. Antes de que Frank se diera cuenta, el jinn había vuelto, dispuesto a servir la cena. Frank tenía que cenar con su encantadora amiga, porque esta vez se trataba de amor, el auténtico amor. Los maliciosos ojos del jinn, que entró con las viandas, se desorbitaron al contemplar tanta belleza.

Sucedió que Frank, todo él amor y desasosiego, salió corriendo al jardín entre bocado y bocado, para coger una rosa para su amada. El jinn, con el pretexto de servir vino a la bella, se puso muy cerca de la mujer. —No sé si me recuerdas —dijo en un susurro—. Yo estaba en la botella más próxima a la tuya. A menudo te admiraba a través del vidrio. —Oh, sí—dijo ella—. Te recuerdo perfectamente. En ese momento volvió Frank. El jinn no podía seguir hablando, pero fue de un lado a otro de la sala, inflando su monstruoso pecho y haciendo gala de sus rollizos y morenos músculos. —No debes temerle —dijo Frank—. Sólo es un jinn. No le prestes atención. Dime que me amas de verdad. —Naturalmente que sí—dijo ella. —Bueno, dilo—repuso Frank—. ¿Por qué no lo dices? —Lo he dicho —contestó ella—. Naturalmente que sí. ¿No acabo de decirlo? Esta vaga y evasiva réplica oscureció la felicidad de Frank, como si una nube hubiera tapado el sol. La duda brotó en su mente y destrozó por completo momentos de exquisito embeleso. —¿En quién estás pensando? —preguntó Frank. —No lo sé —replicó ella. —Bien, tendrías que saberlo —afirmó él, y empezó una discusión. En un par de ocasiones Frank incluso ordenó a la bella que volviera a la botella. Ella obedeció con una sonrisa maliciosa y reservada. —¿Por qué sonríe de esa forma? —le preguntó Frank al jinn, confiándole su angustia. —No puedo asegurarlo —replicó el jinn—. A menos que ella tenga un amante oculto ahí dentro —¿Será posible? —exclamó Frank, consternado. —Es sorprendente cuánto espacio hay en una de esas botellas —dijo el jinn. —¡Sal! —gritó Frank—. ¡Sal ahora mismo! Su encantadora amiga surgió obediente. —¿Hay alguien más en esa botella? —chilló Frank. —¿Cómo iba a haber alguien? —preguntó ella, con una mirada de inocencia más bien exagerada. —Dame una respuesta clara —dijo él—. Responde sí o no. —Sí o no —replicó ella enloquecedoramente. —¡Embustera, estás engañándome, ramera de poca monta! —exclamó Frank—. Entraré ahí dentro y lo averiguaré personalmente. Si encuentro a otro hombre, ¡que Dios os ayude a los dos! Dicho esto, y mediante un intenso esfuerzo de voluntad, Frank entró fluidamente en la botella. Miró por todas partes: no había nadie. De repente escuchó un sonido en lo alto. Levantó los ojos, y el tapón estaba introduciéndose. —¿Qué estáis haciendo? —gritó Frank. —Estamos poniendo el tapón —contestó el jinn. Frank maldijo, suplicó, rogó e imploró. —¡Déjame salir! —chilló—. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo que sea. Déjame salir, déjame. El jinn, no obstante, tenía otros asuntos que atender. Frank sufrió la infinita mortificación de contemplar esos otros asuntos a través de las cristalinas paredes de su prisión. Al día siguiente notó que ascendía, que surcaba el aire velozmente y que le depositaban en la sucia tiendecilla, con las demás botellas, sin que nadie hubiera descubierto la falta de la suya. Allí permaneció un interminable período, cubierto de polvo de pies a cabeza y frenético y rabioso al pensar lo que estaría pasando en su exquisito palacio entre su jinn y su infiel

amada. Finalmente, un grupo de marineros llegó por casualidad a la tienda y, al oír que aquella botella contenía a la mujer más bella del mundo, la compraron mediante suscripción colectiva de la tripulación. Al destapar la botella en alta mar y descubrir que allí sólo estaba el pobre Frank, su desengaño no conoció límites y usaron al desgraciado con extrema atrocidad.

TAL COMO ESTÁ

Robert Silverberg

No con todo el mundo puede hablarse de las diversas ediciones de The Periplus of the Erythraen Sea, o de las de Letter From Préster John, o del grito de la cuaga, como ocurre con Roben Silverberg. No obstante, si bien contribuye tener cierta erudición para gozar con Tal como está, la cosa no exige tanto. Ahorraré a los lectores más que un simple codazo en las costillas respecto a «los largos amoríos norteamericanos con el automóvil», y acto seguido les aconsejaré, como hacían los alquimistas, Lege, lege/ Leed, leed Si bien es cierto que Robert Silverberg ha escrito varios cientos de libros e innumerables relatos cortos, el autor se limita a decir: «Neoyorquino de nacimiento, me trasladé a California hace bastante tiempo. Llevo escribiendo c-f (interrumpimos aquí a Silverberg para decir que, como ven, casi todos los autores escriben esto de forma distinta; ¿tiene ello alguna importancia?). Llevo escribiendo c-f treinta años y he publicado bastante de ese material. (Ha publicado bastante de otras cosas, además.) Entre mis libros más famosos están Dying Inside, El castillo de lord Valentine, The Books of Skulls y Alas nocturnas. Varios premios Hugo y Nébula, etc.». Un premio especial, diría yo, es un párrafo que leí en un periódico que empezaba así: «El historiador norteamericano Robert Silverberg

—Tal como está —dijo el vendedor de coches mientras metía los pulgares bajo el cinturón—, doscientos cincuenta dólares y puede llevárselo. No le digo que sea perfecto, pero se lo aseguro, conseguirá todo un coche por ese precio. —Tal como está—dijo Sam Norton. —Tal como está. Estrictamente tal como está. Norton parecía un poco dudoso. —Es posible que corra bien, pero con un maletero que no se abre —¿Y eso qué? —se mofó el vendedor—. Acaba de explicarme que va a alquilar un U- Haul para llevar sus cosas a California. ¿Para qué necesita un maletero? Escuche, cuando llegue a la costa y tenga un rato libre, lleve el coche a un garaje, explique la historia y es posible que con cinco minutos de soplete —¿Por qué no ha hecho eso usted mientras tenía el coche en venta? El vendedor adoptó un aire evasivo. —No tenemos tiempo para detalles de esa clase. Norton olvidó el problema. Paseó otra vez alrededor del automóvil, lo examinó atentamente desde todos los ángulos. Era un pequeño sedán de cuatro puertas, color verde oscuro, con un acabado interior y exterior en buen estado, un decente juego de llantas y un fulgor general que sólo se presenta cuando un coche está bien cuidado. El tapizado era respetable, la radio funcionaba bien, el motor (hasta donde Sam podía juzgar) estaba perfectamente, y en la prueba el vehículo se había mostrado suave y fácil. El coche parecía ser un modelo razonablemente moderno, además; poseía cinturones de seguridad y faros de emergencia.

Sólo había un pequeño detalle anormal. El maletero no se abría. No era tampoco problema de una cerradura atascada; alguien había construido aquel coche de forma que el maletero no se pudiera abrir. El propietario anterior, al parecer, lo había soldado con gran cuidado; nada era visible allí, aparte de una tenue línea que señalaba el lugar donde la tapa podía haberse abierto en otros tiempos. Pero qué diablos. El automóvil estaba por lo demás en perfecto estado, y Sam no se encontraba en situación de mostrarse demasiado exigente. De la noche a la mañana, prácticamente, le habían trasladado a la oficina de Los Ángeles, cosa que estaba muy bien desde el punto de vista de salir de Nueva York en medio de un horrible invierno, pero no tan bien tal como iban sus finanzas inmediatas. La compañía no pagaba gastos de traslado, sólo el transporte. Había entregado a Sam cuatro billetes de ida clase turista, y punto. De forma que había metido a Ellen y a los chicos en el primero avión hacia Los Ángeles, devolviendo el cuarto billete para usar el dinero en el traslado. Sam pensaba hacerlo de un modo lento pero barato: alquilando un remolque U-Haul para meter las pertenencias familiares y partir hacia California por la autopista con la esperanza de que Ellen hubiera encontrado un piso cuando él llegara allí. Pero no podía esperar que el cacharro que era su coche actual le llevara muy lejos al oeste de Parsip-pany (New Jersey) y mucho menos que le permitiera cruzar el desierto del Mojave. Y por eso estaba allí, tratando de elegir un modelo usado decente por unos quinientos dólares, que era todo lo que podía permitirse pagar al contado. Y allí estaba el encargado del puesto de automóviles usados, ofreciéndole un vehículo muy atrayente (con un solo y peculiar defecto) únicamente por doscientos cincuenta dólares, con lo que le quedaría la misma cantidad disponible para los gastos del trayecto de costa a costa. Y en realidad él no necesitaba un maletero, porque iba a conducir solo. Podía dejar el maletín en el asiento trasero y meter lo demás en el remolque. Y tampoco sería tan difícil pedir a algún mecánico de Los Ángeles que abriera el maletero y lo dejara en condiciones aprovechables. Por otra parte, Ellen le reprendería seguramente por haber comprado un coche sin maletero; ella ya le había abroncado antes por otros «negocios» de esa clase. En tercer lugar, el misterio del maletero cerrado le preocupaba. ¿Quién sabía qué encontraría allí cuando lo abriera? Quizás el vehículo había pertenecido a un contrabandista que tuvo que ocultar un cargamento precipitadamente, y el maletero podía estar repleto de maravillosos lingotes de oro, o diamantes, o coñac de noventa años, que el contrabandista pensaba recobrar semanas más tarde antes de que le ocurriera algo inesperado. En cuarto lugar —¿Qué le parecería volver a probar el coche? —preguntó el vendedor. Norton meneó la cabeza. —No creo que sea preciso. Tengo una buena idea de cómo se porta. —Bueno, entonces, entremos en el despacho y cerremos el trato. —¿De qué año me ha dicho que era? —preguntó Norton para eludir la maniobra. —Oh, del sesenta y cuatro o sesenta y cinco. —¿No está seguro? —A veces es imposible estarlo con estos productos extranjeros. Mire, no cambian el modelo durante cinco, seis o diez años seguidos, excepto pequeños detalles que sólo un experto notaría. Piense en Volkswagen, por ejemplo —Y acabo de darme cuenta de que tampoco me ha dicho la marca—le interrumpió Norton. —Peugeot, tal vez, o algún modelo Fiat —dijo vagamente el vendedor—. Una de esas marcas. —¿No lo sabe? Un encogimiento de hombros.

—Bueno, repasamos los catálogos de marcas de hace algunos años, pero hay tantos

coches extranjeros

conseguimos averiguarlo. Norton se preguntó cómo iba a conseguir piezas de recambio para un coche de marca desconocida y fecha incierta. Entonces se dio cuenta de que estaba pensando en el vehículo como si ya fuera suyo, a pesar de que cuanto más pensaba en la compra, menos le gustaba. Y luego pensó en los lingotes del maletero. El coñac excepcional. La maleta llena de rubíes y zafiros. —¿No debería decir el registro algo sobre el año y la marca? —preguntó. El vendedor cargó su peso sucesivamente sobre ambos pies. —La verdad es que no tenemos el registro. Pero el vehículo está perfectamente legalizado. Eh, mire, me gustaría sacar este coche del garaje, así que podemos dejarlo por doscientos veinticinco dólares, ¿de acuerdo? —Todo esto parece muy misterioso. De todas formas, ¿cómo consiguió el coche? —Lo trajo un tipejo, hace un año. Hizo un año en noviembre, creo. Repase las válvulas, me dijo. Volveré dentro de un mes, tengo que hacer un viaje de negocios. Pagó por adelantado la revisión y un mes de garaje. ¿Creerá que fue lo último que supimos de él? Bueno, le guardamos el coche aquí diez, once meses, pero se acabó. Ahora tenemos que sacarlo de aquí. El abogado dice que podemos quedarnos con él a cambio de los gastos de garaje. —Si lo compro, ¿me dará un papel diciendo que tienen ustedes derecho a venderlo? —Claro, claro. —¿Y qué me dice del registro? Habrá que cambiar el seguro de mi antiguo cacharro. ¿Y el papeleo? —Yo me ocuparé de todo —dijo el vendedor—. Usted llévese el coche de aquí. —Doscientos —dijo Norton—. Tal como está. El vendedor suspiró. —Trato hecho. Tal como está.

Bueno, no

, y de algunos sólo importan unos cuantos miles y

Una suave nevada caía cuando Norton inició su hégira a través del país tres días más tarde. Era un augurio, pero él no sabía de qué tipo. Decidió que la nieve sería su última visión de un horrible fenómeno invernal que no volvería a ver, durante algún tiempo. Según el Times, las temperaturas en Los Ángeles oscilaban entre los veintidós y los veinticinco grados. No estaba mal para ser enero. Norton se arrellanó ante el volante, apoyó el pie con suavidad en el acelerador y partió hacia el oeste a una excelente y razonable velocidad de setenta kilómetros por hora. No se atrevió a ir más de prisa con el voluminoso remolque detrás. No tenía mucha experiencia en conducir de esa forma (era agente de ventas de ordenadores, y nunca llevaba aparatos de muestra), pero se adaptó rápidamente. Sólo había que recordar que el vehículo era un organismo segmentado y que debut serpentear en la debida forma. Benditas fueran las autopistas, de todas formas. Simplemente conducir, en línea recta, recto, recto, hacia la tierra del sol naciente con tan sólo algunas curvas suaves y media docena de semáforos en el camino. La nevada se intensificó un poco. Pero el coche respondió magníficamente, se adhirió a la carretera, y el limpiaparabrisas mantuvo despejada la visión. Sam ni siquiera había imaginado comprar un automóvil extranjero para el viaje, simplemente le había parecido bien adquirir un sólido Plymouth, o un Chevvie, algo pesado y robusto que le permitiera atravesar amplios espacios abiertos. Pero no se arrepentía de haber comprado un coche más pequeño. Tenía la potencia y la arrancada necesaria, y de todas formas de poco le habrían servido unos cuantos caballos más, con el remolque saltando detrás. Sam estaba de un talante alegre, relajado. El coche parecía cómodo y protector, un cálido ambiente cerrado que le acogería y cobijaría durante los miles de kilómetros que le

aguardaban. Aún se hallaba lo bastante cerca de Nueva York para oír a Mozart por radio, cosa muy agradable. La calefacción del vehículo funcionaba bien. No había excesivo tráfico. La nieve, recién caída, blanca y esponjosa, era tanto más hermosa sabiendo que iba a quedar detrás. Sam incluso disfrutó con su soledad. Sería un descanso, en cieno sentido, recorrer Ohio, Kansas, Colorado, Arizona y el resto de estados que le separaban de Los Ángeles. Cinco o seis días de paz y tranquilidad, sin conversaciones triviales, sin niños a los que divertir El estado de ánimo de Sam empezó a oscurecerse poco después de entrar en la autopista de Pennsylvania. Cuando se tiene tiempo suficiente para pensar, al final se acaba pensando en cosas ya pensadas anteriormente. Y Sam, mientras rodaba esa gris y silenciosa tarde por la capa de nieve cada vez más espesa, pensó en ciertos rasgos de un coche sin maletero que había pasado por alto dada su prisa por ponerse en camino. ¿Tenía caja de herramientas, por ejemplo? En caso de que pinchara una rueda, ¿dispondría de gato, tendría alguna llave? Y esto le condujo a un pensamiento mucho más gélido: ¿tendría alguna rueda de repuesto? Un maletero era más que una cavidad en la parte de atrás; en la mayoría de automóviles contenía objetos utilísimos. Y él no tenía ninguno. Ni había pensado en eso, hasta ese momento. Sam consideró la perspectiva de conducir de costa a costa sin una rueda de repuesto, sin herramientas, y su estado de cálida seguridad se evaporó bruscamente. En la siguiente salida, decidió, buscaría una estación de servicio y se haría con un neumático, en seguida. Había espacio para ponerlo en el asiento trasero, junto a su equipaje. Y al mismo tiempo podía comprar también El U-Haul, notó de pronto Sam, iba de un lado a otro torpemente, como si las ruedas hubieran perdido tracción. Un instante después el coche hizo lo mismo, y Sam notó que se movía lateralmente, realizando un hermoso patinaje sobre un oleoso tramo de autopista no pavimentado. Mover el volante en la misma dirección que el patinazo, eso se supone que hay que hacer, pensó Sam, extrañamente tranquilo. Sin saber cómo consiguió mantener el pie fuera del freno pese a cualquier inclinación natural, y contempló con calmado horror cómo coche y remolque se deslizaban plácidamente por el vacío carril hasta el lateral derecho y se detenían, sobre las ruedas y mirando al frente, en la nieve amontonada a lo largo de la cuneta. Sam respiró con lentitud, se rascó la barbilla y apretó suavemente el acelerador. Las ruedas emitieron un agudo lamento en su girar sobre la nieve. Sam Norton no iba a ir a ninguna parte. Se había atascado.

El «tipejo» tenía una cara de sonrosadas mejillas, un cabello cano tan largo que se rizaba en las puntas y gafas de montura metálica. Miró la nieve que cubría los automóviles del puesto de coches usados, frunció el entrecejo y caminó pesadamente hacia la sala de exhibición. —He venido a recoger mi coche —anunció—. Había que repasar las válvulas. Me retrasaron los negocios en otra parte del mundo. El vendedor estaba nervioso. —El coche no está aquí. —Eso veo. Búsquelo, pues. —Lo vendimos hace más o menos una semana. —¿Lo vendieron? ¿Han vendido mi coche? ¿Mi coche? —El coche que usted abandonó. El coche que guardamos aquí un año entero. Esto no es un aparcamiento. Mire, primero hablé con mi abogado y él dijo —Muy bien. Muy bien. ¿Quién fue el comprador? —Un tipo, se ha trasladado a California y necesitaba un coche para ir rápidamente. Él —¿Su nombre?

—Mire, no puedo decirle eso. Él compró el coche de buena fe. No tiene derecho a molestarlo. —Si quisiera —dijo el hombrecillo—, podría sacarle la información de varias formas. Pero no importa. Localizaré el coche fácilmente. Y usted lamentará ciertamente este escandaloso quebranto de sus obligaciones de custodia. Lo lamentará. Salió furioso de la sala, murmurando, indignado. Varios minutos después el centelleo de un rayo brilló en el cielo. —¿Un rayo? —se extrañó el vendedor de automóviles—. ¿En enero? ¿Durante una ventisca? Cuando retumbó el trueno, todas las hojas de vidrio de las ventanas de la sala de exhibición se hicieron añicos en el mismo instante.

Sam Norton permaneció sentado, haciendo girar las ruedas un rato con creciente furia. Sabía que eso no iba a servir de nada, pero no sabía qué otra cosa podía hacer, en aquella situación, aparte de apretar el acelerador y confiar en que el coche saliera de la nieve. Su otra esperanza, y la última, era que se presentara la patrulla de carreteras, viera su apuro y llamara a un camión grúa. Pero la autopista estaba prácticamente desierta y los pocos vehículos que circulaban pasaban sin detenerse. Cuando ya habían transcurrido diez minutos, Sam decidió examinar la situación de forma más minuciosa. Se preguntó vagamente si podría amontonar nieve con los pies para que las ruedas tuvieran un poco de apoyo. No parecía plausible, pero no podía hacer mucho más. Sam salió del coche y se acercó a la parte trasera del vehículo. Y observó por primera vez que el maletero estaba abierto. La tapa había saltado treinta centímetros, abriéndose por aquella línea de demarcación limpiamente soldada. Sorprendido, Sam la levantó un poco más y atisbo el interior. El interior tenía olor a humedad, a moho. Sam apenas pudo verlo porque la luz era tenue y la tapa no se levantaba más. Le pareció ver dispersos deformes objetos, sin tamaño o forma particular, pero no notó nada al intentar tocarlos a tientas. Le pareció como si las cosas que había en el maletero se apartaran de su mano, se esfumaran en los rincones más oscuros cuando él quería cogerlas. Pero entonces sus dedos encontraron algo frío y liso, y escuchó un feliz sonido de metal al chocar contra metal. Sacó la mano. Apareció un juego de cadenas para ruedas. Sam sonrió ante su buena suerte. ¡Precisamente lo que necesitaba! Desenredó rápidamente las cadenas y se agachó junto a las ruedas traseras para asegurarlas. La tapa del maletero se cerró de golpe mientras Sam trabajaba (la bisagra debía de estar suelta, pensó él), pero ese detalle no tenía importancia. Al cabo de cinco minutos había puesto las cadenas. Tras ponerse al volante, volvió a poner en marcha el coche, tocó el acelerador, apretó delicadamente el embrague y se mordió con fuerza el labio inferior a modo de ayuda para que el vehículo saliera del montón de nieve. El automóvil avanzó suavemente hasta situarse en un tramo despejado. Sam dejó puestas las cadenas hasta que llegó a una zona de servicio, tras doce kilómetros de autopista. Allí las quitó. Y al levantarse vio que el maletero estaba abierto otra vez. Echó las cadenas adentro y se arrodilló, intentando de nuevo ver qué otra cosa podía haber en el maletero. Pero ni forzando la vista descubrió nada. Al tocar la tapa, ésta se cerró de golpe y una vez más la pane trasera del coche adoptó su asombroso aspecto de estar totalmente soldada. No voy a razonar el porqué, pensó Sam. Se acercó a la estación y pidió al empleado que le vendiera un neumático de repuesto y un juego de herramientas. El empleado, con la frente fruncida, examinó el vehículo por la ventana y comentó:

—No sé si habrá alguno que vaya bien. Tenemos el tipo estándar y el pequeño, pero usted necesita uno intermedio. Nunca había visto un neumático como ese, francamente.

—Quizá debería verlo más de cerca —sugirió Norton—. Precisamente es un tipo estándar de coche extranjero y —No. Puedo verlo desde aquí. ¿Qué coche lleva, de todas formas? ¿Uno de esos cacharros japoneses? —Algo así. —Escuche, tal vez encuentre un neumático en Harrisburg. Allí hay un proveedor especializado en coches extranjeros que le podrá conseguir un silenciador, un amortiguador, lo que quiera. —Gracias —dijo Norton, y salió. No le apetecía detenerse cuando llegó al desvío de Harrisburg. Le intranquilizaba un poco conducir sin neumático de recambio, pero el detalle no le preocupaba tanto como antes. El maletero le había ofrecido unas cadenas cuando las necesitó. Era imposible saber qué otras cosas podían aparecer allí en el momento preciso. Sam siguió conduciendo.

Puesto que su vehículo no estaba disponible, el hombrecillo tenía que alquilar otro. Pero eso no era problema. En cualquier ciudad había agencias especializadas en esas cosas. Al poco rato el hombrecillo se puso en contacto con una, no precisamente por teléfono, y explicó su dilema. —La dificultad —dijo el hombrecillo— es que él me lleva una delantera de varios días. Le he seguido la pista hasta un punto al oeste de Chicago, y avanza a buen promedio, setecientos kilómetros por día. —Será mejor que vaya volando, en ese caso. —Eso había pensado —dijo el hombrecillo—. ¿Qué puedo conseguir en seguida? —Podía haberle ofrecido un bonito modelo persa, pero no funciona porque están cosiéndole nuevas borlas. Pero a usted no le interesan demasiado las alfombras, ¿verdad? Lo había olvidado. —No confío en ellas cuando hay corrientes térmicas —dijo el hombrecillo—. Me metí

en una corriente ascendente una vez, en Sikkim, y casi estaba en la cumbre del Himalaya cuando recobré el control. Durante un rato me pareció que acabaría puesto en órbita. ¿Qué hay en el establo? —Bueno, algunos ejemplares bastante decentes. Hay un macho superior que ha

estado descansando todo el invierno, aunque ahora está un poco irritable

usted quizá

, preferiría aquel caballo castrado, el bayo. ¿Por qué no pasa por aquí y lo decide usted mismo? —Así lo haré —repuso el hombrecillo—. Continúan aceptando la tarjeta Diner's Club, ¿no es cierto? —Todas las tarjetas de crédito importantes, como siempre. Sin duda.

Norton se encontraba al sur de Illinois, a una hora de San Luis en una mañana húmeda

y con niebla, cuando se pinchó el neumático delantero derecho. Sam esperaba que

durara un día y medio desde que se detuvo en Altoona para llenar el depósito. El chico de

la gasolinera había tocado las llantas y le había mostrado el punto débil, y Norton había

asentido y preguntado qué posibilidades tenía de comprar un recambio, y el muchacho se había encogido de hombros mientras le decía: «Es un tamaño curioso. Pruebe en Pittsburgh». Sam probó en Pittsburgh, perdiendo hora y media allí y oyendo de boca de varios hombres probablemente expertos que no se fabricaban neumáticos de aquel tamaño, de ningún modo. Norton empezaba a preguntarse cómo se las habría arreglado

el anterior propietario del vehículo para encontrar repuestos. Quizá los neumáticos fueran

los originales, se imaginó. Pero estaba mórbidamente seguro de una cosa: aquel punto

débil cedería, sin duda, antes de que él viera Los Ángeles.

Cuando se produjo el pinchazo, Sam iba a cincuenta y cinco por hora, y descubrió al instante qué había ocurrido. Frenó sin perder el control. La cuneta era amplia en aquel lugar, pero aun así Norton se alegró de que el pinchazo estuviera en el lado derecho del coche: era difícil imaginar el cambio del neumático con el trasero expuesto al tráfico. Todavía estaba felicitándose por aquella pizca de buena suerte cuando recordó que no tenía neumático de recambio. Curiosamente, Sam no se sintió muy preocupado por ello. Pasar doce horas diarias ante el volante estaba produciéndole un efecto tranquilizador; en aquel momento nada le preocupaba en exceso, ni siquiera la perspectiva de quedar encallado a una hora al este de San Luis. Iría andando hasta el teléfono más próximo, estuviera donde estuviese, llamaría al Automóvil Club local y explicaría su apuro, y ellos vendrían a buscarle y le remolcarían hasta la civilización. Luego se hospedaría en un motel un par de días y telefonearía a Ellen, que estaba en casa de su hermana, en Los Ángeles, y le diría que él estaba bien pero que llegaría con cierto retraso. Haría poner un parche en el neumático o bien el Automóvil Club localizaría alguna tienda de San Luis que vendiera neumáticos

raros, y todo acabaría bien. ¿Por qué dejarse llevar por el nerviosismo? Sam bajó del coche y examinó el pinchazo, que realmente era de consideración. Luego, al observar que el maletero se había abierto otra vez, se acercó a la parte trasera. Metió la mano a modo de prueba, esperando encontrar las cadenas en la parte más externa, en el lugar donde las había dejado. No estaban allí. Por el contrario, sus dedos se cerraron sobre una enorme barra metálica. Norton la sacó en parte del maletero y vio que había encontrado un gato. Precisamente eso, pensó. Y el neumático de recambio

por aquí, ¿no? Sam intentó ver algo, pero la tapa apenas

debería estar detrás mismo

, se había alzado medio metro y era imposible ver mucho. Sus dedos encontraron

excelente caucho, no obstante. Sí, ahí estaba. Magnífico y rollizo, nuevo, con profundas

muy bonito. «Y junto al neumático, si continúa mi buena suerte, tengo que

estrías

, encontrar un cofre de doblones de oro.» Los doblones no estaban allí. Quizá la próxima vez, pensó Sam. Sacó el neumático y pasó una sudorosa media hora poniéndolo. Cuando terminó, metió el gato, la llave y el neumático pinchado en el maletero, que de inmediato se cerró con el usual y hermético

grado de cierre. Una hora más tarde, sin más incidentes, Sam cruzó el Mississippi y entró en San Luis, encontró una habitación en un reluciente motel nuevo junto al Gateway Arch, se dio una ducha caliente y tomó un par de cervezas frescas y finalmente pidió una conferencia con la hermana de Ellen. Su esposa acababa de volver tras una fracasada búsqueda de piso y parecía cansada y desilusionada. Los niños aullaban en segundo término cuando ella dijo:

—No estás conduciendo con cuidado, ¿verdad? —Naturalmente que sí.

—Y el nuevo coche

¿se porta bien?

, —Su conducta no admite reproche —contestó Norton. —Mi hermana quiere saber de qué casa es. Dice que un Volvo es un buen tipo de coche, cuando se quiere un modelo extranjero. Es un coche noruego. —Sueco —le corrigió Norton. —Ha comprado un coche sueco —oyó que Ellen decía a su hermana. La respuesta fue ininteligible, pero un momento después Ellen dijo—: Dice que has sido muy listo. Esos suecos también hacen buenos coches.

El techo de vuelo era bajo, la visibilidad inferior a un kilómetro dada la espesa niebla. Los aeropuertos estaban cerrados en todo Pennsylvania y el este de Ohio. Pero el hombrecillo volaba hacia el oeste, manteniéndose un poco por encima de la esponjosa blancura que se extendía hasta el horizonte. Iba a buena velocidad, y era un alivio no tener que preocuparse de los malditos aviones privados.

Además, el caballo castrado bayo tenía mucho vigor. Era un borrachín, devoraba combustible, ese era su único problema. Imposible hacer muchas millas por bala de heno con los caballos disponibles en la actualidad, pensó tristemente el hombrecillo. Todo se hallaba en estado de decadencia, y había que aceptar la situación. El plan de vuelo original preveía que el hombrecillo diera alcance a su automóvil al norte de Texas. Pero se había detenido en Chicago por el súbito capricho de visitar a unos amigos, y calculaba que ya no alcanzaría al vehículo hasta llegar a Arizona. Ansiaba ponerse ante el volante otra vez, después de tantos meses

Cuanto más pensaba en el maletero y en sus jugarretas, tanto más preocupado por ello

se sentía Sam Norton. Las cadenas, el neumático de recambio, el gato

próximo milagro? En Amarillo, Sam ofreció veinte dólares a un mecánico si conseguía abrir el maletero. El mecánico pasó los dedos por la pulcra juntura, incrédulo. —¿Quién es usted, uno de esos tíos de la tele? —preguntó él hombre—. ¿Se está divirtiendo conmigo? —En absoluto —dijo Norton—. Sólo deseo que se abra el maletero. —Bueno, supongo que con un soplete oxiacetilénico, tal vez Pero Norton sintió un vago terror ante la idea de abrir el coche de esa forma. Desconocía por qué ese pensamiento le asustaba tanto, pero le asustaba, y salió de Amarillo con el coche intacto mientras el mecánico murmuraba y rociaba sus botas con jugo de tabaco. Cien kilómetros después, cerca de la frontera de Nuevo México y recorriendo un territorio desolado y desierto, calcinado por el clima, Norton decidió poner a prueba al maletero. ÚLTIMA GASOLINERA ANTES DE ROSWELL, advertía un desgastado letrero. ¡LLENE EL DEPÓSITO AHORA! El indicador de gasolina indicaba que el depósito estaba casi vacío. Roswell se hallaba bastante lejos. No había otro ser humano a la vista, ningún pueblo, ni siquiera una cabaña. Aquel, decidió Norton, era el lugar adecuado para quedarse sin gasolina. Pasó junto a la gasolinera a ochenta kilómetros por hora. Al cabo de unos minutos se hallaba a dos montañas y media de la gasolinera y Sam empezó a dudar, no meramente de la sensatez de su acción, sino también de su cordura. Quedarse deliberadamente sin gasolina iba contra toda razón; era más difícil hacer eso que dejar sonar el teléfono sin cogerlo. Diez veces se ordenó a sí mismo dar la vuelta para llenar el depósito, y diez veces rehusó obedecer. La aguja fue bajando lentamente, hasta que indicó la E de Empty (vacío), y Sam siguió adelante pese a ello. La aguja se deslizó por la zona roja de advertencia, por debajo de la E. Norton había consumido incluso los litros de gasolina que el depósito no registraba: el margen de seguridad para conductores descuidados. Y en cualquier momento a partir de entonces el coche se detendría. Por primera vez en su vida Sam Norton se había quedado sin gasolina. Muy bien, maletero, veamos de qué eres capaz, pensó él. Abrió la portezuela y percibió el frígido silbido de la brisa de la montaña. Había silencio allí, un silencio ominoso. Aparte de la grisácea franja de la carretera, aquel paraje tenía un aspecto oscuramente prehistórico, todo él artemisa, pinos piñoneros y ni rastro del impacto del hombre. Norton se dirigió hacia la parte trasera del vehículo. El maletero estaba abierto de nuevo. Parecía como si el maletero adivinara. «Ahora meto la mano y encuentro una lata de cincuenta litros de gasolina que se ha materializado misteriosamente y » Sam no palpó ninguna lata de gasolina en el maletero. Buscó a tientas mucho rato y acabó con nada más útil que un rollo de gruesa cuerda. ¿Cuerda?

¿Cuál sería el

¿De qué sirve una cuerda para un hombre sin gasolina en el desierto?

Norton levantó la cuerda, en busca de respuestas y sin hallar una sola. Pensó que

, sido por culpa de él. Pero él había premeditado con malicia que el automóvil se quedara sin gasolina, para ver qué sucedía, y quizás eso no estaba dentro del alcance de los servicios del maletero. ¿Para qué la cuerda, de todas maneras? ¿Una broma espeluznante? ¿Estaba indicándole el maletero que se ahorcara? En

aquel lugar ni siquiera podía hacerlo correctamente; no había un árbol lo bastante alto para que un hombre se colgara, ni tan solo un poste telefónico. Norton sintió deseos de darse una patada. Allí estaba él, y allí permanecería durante horas, incluso días, quizás, hasta que pasara otro coche. ¡Qué estúpido despliegue de habilidad! Lanzó coléricamente la cuerda al aire, desenrollándola, y un extremo se mantuvo tieso. La cuerda quedó inmóvil a un metro del suelo, rígida, apuntando al cielo. Se formó una tenue nube azul turquesa en la punta superior, y de lo alto bajó un delgado muchacho, musculoso, de tez olivácea, con un turbante y un taparrabos, que miró al boquiabierto Norton. —Bueno, ¿qué pasa? —preguntó bruscamente el muchacho.

quizás esta vez el maletero no deseaba ayudarle. El patinazo, el pinchazo

eso no había

—Me he

—Hay una gasolinera treinta kilómetros más atrás. ¿Por qué no llenó el depósito allí?

—Yo

—Maldito necio —dijo disgustado el muchacho—. ¿Por qué me liaré con trabajos como este? Muy bien, no se mueva de aquí y veré qué puedo hacer. Volvió a subir a lo alto de la cuerda y desapareció. Al regresar, tres minutos más tarde, el muchacho llevaba una lata de gasolina. Tras mirar enfurecido a Norton, abrió la tapa del depósito y echó la gasolina —Con esto llegará a Roswell —dijo—. A partir de ahora mire el tablero de vez en cuando. ¡Idiota! Subió por la cuerda. Tras desaparecer, la cuerda quedó fláccida y cayó. Norton la recogió temblorosamente y la metió en el maletero, cuya tapa se cerró con un golpe agresivo. Media hora pasó antes de que Norton creyera seguro volver a ponerse al volante. Paseó alrededor del vehículo más de mil veces, sin tranquilizar mucho sus nervios, y por fin, ante la cercanía de la noche, subió al coche y lo puso en marcha. El motor tosió y arrancó. Sam Norton inició la marcha hacia Roswell a la sobria y constante velocidad de veinticinco kilómetros por hora. Estaba dispuesto a creer en cualquier cosa. Y por eso no le sorprendió que un llamativo caballo bayo con una envergadura de alas similar a la de un DC-3 planeara en el aire, diera varias vueltas sobre el automóvil y realizara un limpio aterrizaje en la autopista, junto al vehículo. El caballo trotó al lado del coche, al mismo paso que éste, mientras el canoso hombrecillo que iba en la silla gritaba:

quedado

sin

gasolina.

es que

—¡Abra de par en par la ventanilla, joven! ¡Tengo que hablar con usted! Norton abrió la ventanilla. —¿Se llama Sam Norton? —preguntó el hombrecillo. —Exacto. —Bien, escuche, Sam Norton. ¡Ese coche que conduce es mío!

Norton vio un sucio desvío y se metió en él. Al salir, el Pegaso le siguió al trote y se detuvo para que el jinete desmontara Luego el animal mordisqueó malhumoradamente la artemisa agitando sus enormes alas un par de veces antes de plegarlas pulcramente sobre el lomo.

—Mi coche, sí —dijo el hombrecillo—. Pedí que lo construyeran especialmente hace unos años, cuando yo viajaba mucho. Lo dejé en el garaje el invierno pasado porque tenía que hacer un viaje de negocios al extranjero, pero nunca imaginé que lo vendieran sin saberlo yo antes de mi vuelta. Estamos en una época decadente, esa es la verdad.

—Su

coche

—dijo Norton.

—Mi coche, claro. Temo que tendré que quitárselo, hijo. De todos modos no querrá ser el dueño de un coche como éste. Demasiado complicado. Búsquese un coche pequeño decente, de buena marca, ¿eh? Bien, pues desenganchemos ese remolque suyo y luego —Espere un momento —dijo Norton—. Compré este coche legalmente. Tengo el documento de compra para probarlo, y una carta del abogado del vendedor explicando que —No tiene la menor importancia —dijo el hombrecillo—. Un estafador paga a otro estafador para que testifique en su favor. Eso no es demasiado impresionante. Sé que usted es parte inocente, pero el hecho continúa siendo que el coche me pertenece, y espero no tener que recurrir a especial persuasión para obligarle a dejarlo. —Quiere usted que yo salga y me vaya andando, ¿no? ¿En medio del desierto de Nuevo México, en plena puesta de sol? ¿Arrastrando el maldito remolque con mis manos? —En realidad no había considerado mucho ese problema —dijo el hombrecillo—. No sería nada justo para usted, ¿verdad? —Naturalmente que no. —Sam pensó un momento—. ¿Y qué me dice de los doscientos dólares que pagué por el coche? El hombrecillo se echó a reír. —¡Una insignificancia, a mí me costó más alquilar el Pegaso para perseguirle! ¡Y los gastos generales! ¿Sabe cuánto heno come ese bicho? —Ese es su problema —dijo Norton—. El mío es que usted quiere dejarme abandonado en el desierto y que quiere llevarse un coche que yo compré de buena fe por doscientos dólares y que aunque sea un coche condenadamente mágico —Silencio —dijo el hombrecillo—. ¡Se está poniendo muy nervioso, Sam! Podemos resolver el problema. Usted se dirige a Los Ángeles, ¿no es cierto? —S-sí. —Igual que yo. Bien, viajaremos juntos. Yo les llevaré, a usted y a su remolque, y luego el coche volverá a ser mío, y usted olvidará todo cuanto haya visto en los últimos días. —¿Y mis doscientos do ? —Oh, está bien. El hombrecillo se dirigió a la parte trasera del coche. El maletero se abrió. El hombrecillo metió una mano y sacó un fajo de crujientes billetes nuevos, una docena de billetes de veinte dólares, que entregó a Norton. —Tenga. Con un pequeño extra, de propina. Y no los mire con tanto recelo, ¿me oye? Es dinero de los Estados Unidos, bueno, legal, tierno. Hasta tienen distintos números de serie, todos. —Hizo un guiño y se acercó al caballo, que seguía comiendo, y le dio vigorosas palmadas en las ancas—. Vete ya. A casa. ¡Ya me has costado bastante! El caballo echó a andar por la autopista. Inició un galope y abrió sus soberbias alas, que batieron furiosamente un instante, y luego emprendió el vuelo. Se alzó, describiendo un magnífico arco hasta no ser más que un halcón recortado en el oscureciente cielo, y luego desapareció. El hombrecillo se deslizó en el asiento del conductor y acarició el volante con claro afecto. Tras un gesto de cabeza del conductor, Norton ocupó el otro asiento, y el coche arrancó. —Tengo entendido que vende ordenadores —dijo el hombrecillo cuando ya habían recorrido un par de kilómetros—. Cosas interesantísimas, los ordenadores. He estado

pensando en computerizar nuestra empresa, ¿sabe? Es un negocio de proporciones bastante grandes. Mucha búsqueda con varitas, actualmente, en todo el mundo. Un poco de taumaturgia, alguna transmutación de vez en cuando, cosas por el estilo. Y aunque usamos métodos tradicionales, no ponemos reparos al punto de vista científico. Bien, permítame explicarle algo sobre nuestras ideas, y quizá pueda usted hacer sugerencias inteligentes, joven amigo, con lo que podría obtener un bonito contrato

Norton tuvo elaborado el proyecto del sistema antes de que llegaran a Arizona. En Phoenix telefoneó a Ellen y supo que ella había alquilado un apartamento junto a Beverly

Hills, en un vecindario que parecía terriblemente caro pero que en realidad no lo era, por lo menos no lo era comparado con otros lugares que ella había estado viendo, y —Perfectamente —dijo Sam—. Estoy a punto de concretar una magnífica venta.

un autoestopista, y resulta que este hombre piensa comprar

ordenadores, muy pronto. Se trata de una compañía bastante importante —Sam, no habrás estado bebiendo, ¿eh? —Ni una gota. —Un hombre que hacía autoestop y tú le vendes un ordenador. Y ahora me hablarás del platillo volante que viste. —No seas tonta —dijo Norton—. Los platillos volantes no existen. Llegaron a Los Ángeles por la mañana, dos días más tarde. Por entonces Sam había redactado el pedido, y todo estaba arreglado. La comisión, imaginaba él, bastaría para pagar un coche nuevo, quizá uno de esos modelos suecos conocidos por la hermana de Ellen. El hombrecillo pareció no tener problemas para encontrar la dirección del apartamento alquilado por Ellen; hizo frente al laberinto de carreteras con total tranquilidad y seguridad, y frenó junto a la casa. —Ha sido un viaje muy agradable, joven amigo —dijo el hombrecillo—. Hablaré con mis banqueros hoy mismo, más tarde, respecto a esas maravillosas máquinas suyas. Mientras tanto, vamos a separarnos. Tendrá que desenganchar el remolque. —¿Qué se supone que voy a explicarle a mi esposa sobre el coche que me trajo hasta aquí? —Oh, dígale simplemente que lo ha vendido al autoestopista con un buen beneficio. Creo que ella apreciará el detalle. Salieron del coche. Mientras Norton desenganchaba los empalmes del remolque, el hombrecillo sacó algo del maletero, que se había abierto un instante antes. Era una amplia funda de lona. El hombrecillo la extendió sobre el coche. —Écheme una mano con esto, por favor —dijo—. Póngala bien, que tape los guardabarros y todo. Entró en el automóvil mientras Norton, asombrado, colocaba la funda con sumo cuidado. —¿Quiere que tape también el parabrisas? —preguntó. —Todo —contestó el hombrecillo, y Norton tapó el parabrisas. El coche había quedado totalmente oculto. Se produjo un silbido, como de aire que se escapa de un neumático. La funda empezó a bajar. Mientras caía hacia el suelo, se oyó una alegre voz en el interior, una voz que gritaba:

Conocí

a

este

—¡Buena suerte, joven amigo! Al cabo de unos instantes la funda estaba a menos de un metro de altura. Un minuto después yacía plana, sobre el pavimento. No quedó rastro del coche. Quizá se había evaporado, quizá lo había tragado la tierra. Poco a poco, sin entender nada, Norton recogió la funda y la plegó hasta que pudo metérsela bajo el brazo. Después se dirigió a la casa para comunicar a su esposa que había llegado a Los Ángeles. Sam Norton jamás volvió a ver al hombrecillo, pero hizo la venta, y la comisión le permitió comprar un coche nuevo y aún le sobró dinero. Todavía conserva la funda. La

tiene doblada y cuidadosamente guardada en el sótano. Teme deshacerse de ella, pero no le gusta pensar qué sucedería si alguien apareciera bajo la lona y la desplegara.

LA CAPA

Robert Bloch

ESCENARIO: Un pasillo de hotel.

OCASIÓN: Una convención de ciencia ficción.

ANTHONY BOUCHER:

y cuando ingresó en el hospital, le preguntaron cuál era su

religión, y ella dijo: «Ninguna». ¡Y ellos anotaron: «Protestante»! WATER BREEN: ¡Puf! Si me preguntaran cuál es mi religión, les diría: «¡Soy druida!». ROBERT BLOCH: Oh, no hagas eso, te enviarían a un curador de árboles. Esto es ciento por ciento cierto; yo estaba allí y lo oí. Quizá les dé cierta idea del Básico Bob Bloch: agudo, jovial y con una pizca de amargor. Se le atribuye (yo no estaba allí) una frase ya famosa. Cuando se comentó que otra persona tenía una reputación injustamente mala, aunque bien mirado, ya me entienden, «tiene el corazón de un niño», Bloch dijo: «Sí, y guarda ese corazón en su escritorio, en un frasco de formaldehído», zanjando así el asunto. Nacido en 1917, Robert Bloch creció en el saludable corazón del Midwest septentrional y, por lo que respecta a su infancia, suponemos que más bien debió de acabar cuando tenía diecisiete años, edad en la que vendió el primer relato a Weird Tales. Pero no hemos acabado aún. Sus relatos han figurado en cuatrocientas antologías en una docena de idiomas. Ha escrito aproximadamente cincuenta libros, y su nombre aparece en los créditos de al menos diez películas. Es autor de Psicosis. Numerosos premios. La propaganda de su aparición como orador en el Tercer Simposio de Ciencia Ficción y fantasía de (la universidad de) Emory incluía la significativa frase, Las entradas para

Robert y Eleanor Bloch viven en Los

Robert Bloch pueden adquirirse por separado Ángeles.

El sol agonizaba, y su sangre salpicaba el cielo mientras el astro se arrastraba hacia un sepulcro más allá de las montañas. El plañidero viento lanzaba las hojas secas hacia el oeste, como si las apremiara a asistir al funeral del sol. «¡Tonterías!», pensó Henderson, y dejó de pensar. El sol estaba poniéndose en un empañado cielo rojo, y un sucio y desapacible viento pateaba las hojas medio rotas hacia una inmunda zanja. ¿Por qué perdía el tiempo con fantasía barata? «¡Tonterías!», repitió Henderson. Probablemente, ese humor lo provocaba el día, meditó. Al fin y al cabo, el sol estaba poniéndose en la víspera de Todos los Santos. Esa noche era la más temida, cuando los espíritus aparecían y los cráneos gritaban en sus tumbas bajo tierra. Eso, o bien esa noche era simplemente otro día de otoño, pésimo y frío. Henderson suspiró. Hubo otro tiempo, reflexionó, en que la llegada de esa noche significaba algo. Una sombría Europa, gimiendo de supersticioso miedo, dedicaba esa víspera al sonriente Desconocido. Un millón de puertas se atrancaban en otra época para impedir el paso a los diabólicos visitantes, un millón de plegarias se musitaban, un millón de velas se encendían. Esa idea tenía algo majestuoso, reflexionó Henderson. La vida era una aventura en aquellos tiempos, y los hombres andaban aterrorizados pensando en lo que encontrarían al doblar una esquina de una calle durante la medianoche. Vivían en un mundo de diablos, de espíritus que se alimentaban de cadáveres, de apariciones que

y, ¡cielos!, en aquellos días el alma de un hombre significaba algo. Ese

nuevo escepticismo había cobrado un profundo significado aparte de la vida. Los hombres ya no veneraban sus almas. «¡Tonterías!», repitió Henderson, instintivamente. Había un rasgo crudo, típico del siglo veinte, en la expresión que siempre refrenaba sus introspectivos arranques de imaginación. , La voz de su cerebro que decía «tonterías» ocupaba el lugar de la humanidad en Henderson, la humanidad vulgar que se haría eco del mismo sentimiento nada más oír sus secretos pensamientos. Por eso Henderson pronunciaba la palabra y trataba de olvidar problemas y frases recargadas al mismo tiempo. Estaba caminando por la calle durante la puesta de sol en busca de un disfraz para la fiesta de esa noche, y era mejor concentrarse en localizar la tienda antes de que cerrara en vez de perder el tiempo soñando despierto en la víspera de Todos los Santos.

buscaban almas

Los ojos de Henderson examinaron las sombras cada vez más negras de los sucios

edificios que delimitaban la estrecha calle. De nuevo miró la dirección que había garabateado tras encontrarla en el listín telefónico. ¿Por qué demonios no encendían las luces las tiendas cuando oscurecía? Henderson no distinguía los números. Estaba en un barrio pobre, en ruinas, pero a pesar de todo De pronto, Henderson avistó la tienda al otro lado de la calle y se dirigió hacia ella. Pasó junto al escaparate y observó el interior. Los últimos rayos de sol caían oblicuamente sobre el tejado del edificio y el escaparate y los artículos. Henderson respiró bruscamente una vez. Estaba mirando el escaparate de una sastrería de disfraces, no observando a través de una grieta del infierno. Entonces ¿por qué todo era rojo fuego, iluminando sonrientes rostros de locos? —La puesta de sol —murmuró Henderson. Así era, naturalmente, y los rostros eran simplemente ingeniosas máscaras como correspondía a esa clase de establecimiento. De todos modos, la visión produjo un sobresalto al imaginativo hombre. Abrió la puerta y entró. El lugar estaba oscuro y silencioso. Había olor a soledad en el ambiente, ese olor que persiste en sitios largo tiempo tranquilos: sepulturas, tumbas en espesos bosques,

cavernas

¿Qué diablos le pasaba, de todas formas? Henderson sonrió para disculparse con la vacía oscuridad. Era el olor de la tienda del sastre, y ese olor había trasladado a Henderson a sus tiempos de universitario y actor aficionado. Henderson conocía el olor de las bolas de naftalina, pieles deterioradas, maquillajes y pinturas. Había interpretado el papel de Hamlet y en sus manos había sostenido un sonriente cráneo que ocultaba todo el conocimiento en sus vacíos ojos. Un cráneo, obtenido en una sastrería de disfraces. Bien, ahí estaba de nuevo, y el cráneo dio la idea a Henderson. Al fin y al cabo, era la víspera de Todos los Santos. Con el humor que tenía, ciertamente, no deseaba presentarse como raja, ni como turco, ni como pirata, todo el mundo recurría a esos disfraces. ¿Por qué no un demonio, un brujo, un hombre lobo? Ya podía ver la cara de lindstrom cuando entrara en el elegante ático vestido con alguna clase de harapos. El hombre sufriría un ataque, con su gentío de alta sociedad ataviado con costosas imitaciones adquiridas en establecimientos de categoría. En cualquier caso Henderson no se preocupaba mucho por los sofisticados amigos de Lindstrom; una pandilla de jinetes aficionados y amazonas con arneses de joyas. ¿Por qué no cumplir con el espíritu de esa noche y disfrazarse de monstruo? Henderson permaneció en la penumbra, a la espera de que alguien encendiera la luz, saliera de la trastienda y le atendiera. Al cabo de un minuto se puso impaciente y golpeó con brusquedad el mostrador.

«Tonterías.»

—¡Oigan, ahí dentro! ¡Quiero que me atiendan! Silencio. Y un ruido de pies arrastrándose en la trastienda, y

una voz desagradable

para oírla en tinieblas. Una puerta bruscamente cerrada escalera abajo y después sonido

de fuertes pisadas. De pronto Henderson abrió la boca. ¡Una negra masa estaba alzándose del suelo! Era, naturalmente, el escotillón de la entrada del sótano. Un hombre arrastró los pies hasta ponerse tras el mostrador, con un candil en la mano. Con aquella luz, sus ojos parpadeaban soñolientamente.

La amarillenta cara del hombre se arrugó hasta formar una sonrisa. —Estaba durmiendo, me temo —dijo en voz baja el hombre—. ¿En qué puedo servirle, caballero? —Busco un disfraz para esta noche. —Oh, sí. ¿Y en qué ha pensado? La voz reflejaba fatiga, infinita fatiga. Los ojos seguían parpadeando en su macilenta y fláccida cara. —Nada normal, me temo. Mire, preferiría algún traje de monstruo para una fiesta Supongo que no tendrá nada de ese estilo., —Puedo enseñarle máscaras. —No. Me refiero a un disfraz de hombre lobo, algo así. Algo más auténtico. —Ya. Lo auténtico. —Sí. ¿Por qué subrayaba la palabra el viejo estúpido?

sí. Tal vez tenga lo que busca, caballero. —Los ojos parpadeaban, pero la

, fina boca se torció hasta sonreír—. Lo ideal para esta noche. —¿Qué es? —¿Alguna vez ha considerado la posibilidad de ser un vampiro? —¿Como Drácula?

—Tal vez

—Ah

,

sí, supongo que

como Drácula.

—No es mala idea. Pero ¿piensa que tengo tipo para eso? El hombre le examinó con aquella forzada sonrisa. —Hay vampiros de todas clases, tengo entendido. Usted serviría perfectamente. —No es un cumplido —se mofó Henderson—. Pero ¿por qué no? ¿En qué consiste el disfraz? —¿Disfraz? Simple ropa de noche, o lo que usted viste. Yo le proporcionaré la auténtica capa. —¿Sólo una capa, nada más? —Sólo una capa. Pero se lleva como una mortaja. Es una capa-mortaja, ¿sabe? Aguarde, se la enseñaré.

Los pesados pies arrastraron al hombre hacia la trastienda. Bajó por la entrada del sótano, y Henderson aguardó. Más ruidos, y por fin el anciano reapareció con la capa. La agitó en la oscuridad para quitarle el polvo. —Aquí está. La capa genuina. —¿Genuina?

—Permítame que se la ponga

Obrará maravillas, se lo aseguro.

La fría y pesada tela quedó colgando de los hombros de Henderson. El tenue olor aumentó mohosamente en sus ventanas nasales cuando dio unos pasos atrás y se miró en el espejo. La luz era escasa, pero Henderson vio que la capa producía una sorprendente transformación en su aspecto. Su alargada cara parecía más delgada, sus ojos se acentuaban con la palidez facial intensificada por la sombría capa que vestía. Era una mortaja, negra y enorme. —Genuina —murmuró el anciano.

Debía de haberse acercado de repente, porque Henderson no lo había visto en el espejo. —Me la quedo —dijo Henderson—. ¿Cuánto es ? —El precio le parecerá muy divertido, estoy seguro. —¿Cuánto?

—Oh. Digamos —Tenga.

El anciano cogió el dinero, sin dejar de parpadear, y apartó la capa de los hombros de

Henderson. Al deslizarse la tela, Henderson se sintió repentinamente cálido. Debía de hacer frío en el sótano, pues la capa estaba helada.

,

¿cinco dólares?

El anciano envolvió la capa, sonriente, y le dio el paquete.

—Se la devolveré mañana—prometió Henderson. —No es necesario. La ha comprado. Es suya. —Pero —Voy a dejar el negocio dentro de poco. Le será más útil a usted que a mí, estoy

seguro. —Pero —Que tenga una placentera noche. Henderson fue hacia la puerta, confuso, y luego se volvió para saludar al parpadeante anciano en la penumbra. Dos ojos le miraron llameantes desde el otro lado del mostrador: dos ojos que no parpadeaban. —Buenas noches —dijo Henderson, y cerró la puerta con rapidez. Se preguntó si no estaría enloqueciendo un poco.

A las ocho, Henderson estuvo a punto de telefonear a Lindstrom para decirle que no

iría. Los escalofríos se reprodujeron en cuanto se puso la maldita capa, y al mirarse en el

espejo sus nublados ojos apenas distinguieron el reflejo. Pero después de unos cuantos tragos se sintió mejor. No había comido nada, y el licor calentó su sangre. Paseó por la habitación, ensayó posturas con la capa, la hizo girar alrededor de su cuerpo y adoptó un aire que creyó feroz. ¡Maldita sea, él iba a ser todo un

vampiro! Pidió un taxi por teléfono y bajó al portal. Llegó el conductor y Henderson estaba allí, con la negra capa arrebozada. —Quiero que me lleve —dijo en voz baja.

El taxista le miró, le vio con la capa, y palideció.

—¿Qué es eso? —Le pedí que viniera —dijo guturalmente Henderson, mientras se estremecía de secreto regocijo. Tras una feroz mirada de reojo, echó atrás la capa. —Sí, sí. De acuerdo.

El conductor casi salió corriendo. Henderson le siguió.

—¿Adonde, jefe

digo señor?

, La asustada cara no se volvió cuando Henderson recitó la dirección y se recostó. El taxi arrancó con una sacudida que provocó la apagada risita de Henderson, muy acorde con su personaje. Con el sonido de la risa el conductor se dejó llevar por el pánico y aceleró hasta el límite de velocidad dispuesto por el gobernador. Henderson prorrumpió en carcajadas, y el impresionable taxista se estremeció visiblemente en su asiento. Fue toda una carrera, pero Henderson estaba totalmente desprevenido para lo que pasó. Tras abrir la puerta, ésta se cerró bruscamente y el taxista se apresuró a huir sin cobrar. «Debo de tener los requisitos necesarios para este papel», pensó Henderson, complacido mientras entraba en el ascensor que llevaba al ático. Había tres o cuatro personas más en el ascensor. Henderson las había visto en otras fiestas a las que Lindstrom le había invitado, pero ninguna pareció reconocerle. A él le

complació pensar que su vestimenta, una rara capa y un raro gesto ceñudo cambiaran totalmente su personalidad y su aspecto. Los otros invitados llevaban esmerados disfraces: una mujer vestía un disfraz de pastora de Watteau, otra iba ataviada de

bailarina española, un hombre alto era Pagliacci y su compañero vestía de torero. Sin embargo, Henderson reconoció a los cuatro; sabía que sus elegantes atuendos no eran verdaderos disfraces, sino simples elaboraciones calculadas para realzar su aspecto. En las fiestas de disfraces la mayoría de la gente daba rienda suelta a reprimidos deseos. Las mujeres exhibían su silueta, los hombres acentuaban su personalidad como el torero,

o bufoneaban. Cosas penosas; esos necios convencionales se quitaban ansiosos su

deprimente ropa de trabajo y salían corriendo hacia una casa de campo, o a representar una obra de aficionados, o a participar en un baile de disfraces para satisfacer su famélica imaginación. ¿Por qué no lucían llamativos colores en la calle? Henderson consideraba a menudo la cuestión. Los elegantes ocupantes del ascensor eran ciertamente hombres y mujeres de magnífico aspecto con sus disfraces, muy saludables, muy sonrosados, llenos de

vitalidad. ¡Qué gargantas y cuellos tan robustos! Henderson observó los rollizos brazos de

la mujer que tenía junto a él. Los miró fijamente, sin darse cuenta, un largo momento. Y

luego vio que los ocupantes del ascensor se habían apartado de él. Estaban en un rincón, como si les causara espanto la capa y el gesto ceñudo de Henderson, y los ojos de éste fijos en la mujer. La charla había cesado de pronto. La mujer miró a Henderson, como si estuviera a punto de hablar, y en ese instante se abrieron las puertas del ascensor,

ofreciendo un grato respiro. ¿Qué diablos pasaba? Primero el taxista, luego la mujer. ¿Acaso él había bebido demasiado? Bien, no hubo posibilidad de considerarlo. Allí estaba Mar-cus Lindstrom, poniendo un vaso en la mano de Henderson. —¿Qué tenemos aquí? ¡Ah, un espectro! No hacía falta mirar dos veces para observar que Lindstrom, como era acostumbrado

en esas fiestas, estaba ya mareado y empachado de botellas. El rollizo anfitrión nadaba claramente en alcohol. —Toma un trago, Henderson, amigo mío. Yo beberé de la botella. Ese disfraz tuyo me ha espantado. ¿Dónde conseguiste el maquillaje? —¿Maquillaje? No me he puesto maquillaje.

—Oh. No te has puesto maquillaje. Qué

tonto soy.

Henderson se preguntó si estaba loco. ¿Había retrocedido Lindstrom? ¿Estaban sus ojos realmente llenos de consternación? Oh, el hombre estaba claramente ebrio.

, rápidamente a otros invitados. Henderson contempló la nuca de Lindstrom. Carnosa y blanca. Sobresalía del cuello del traje y tenía una vena. Una vena en el carnoso cuello de Lindstrom. El asustado Lindstrom. Henderson quedó solo en el recibidor. De la sala llegaba el sonido de música y risas, ruidos de fiesta. Henderson vaciló antes de entrar. Bebió la bebida que tenía en la mano:

ron Bacardi, y fuerte. Después de tanta bebida estuvo a punto de marearle. Pero bebió mientras meditaba. ¿Qué le pasaba, qué ocurría con su disfraz? ¿Por qué asustaba a la gente? ¿Estaba desempeñando inconscientemente su papel de vampiro? Ese sarcasmo de Lindstrom al hablar de maquillaje Instintivamente, Henderson se acercó al alargado espejo del recibidor. Se tambaleó un poco, logró quedar inmóvil bajo la chillona luz. Miró el vidrio, observó el espejo, y no vio nada. Se miró en el espejo, ¡y no había nadie allí!

te veré luego —tartamudeó Lindstrom mientras se alejaba y atendía

—Te

Henderson se rió queda, diabólicamente, en lo más hondo de su garganta. Y al seguir contemplando el vacío espejo que no reflejaba nada, su risa se transformó en sombrío regocijo. —Estoy borracho —musitó—. Debo de estar borracho. En el espejo de mi piso me vi difuso. Ahora me he pasado tanto que no puedo ver bien. Claro que estoy borracho. He

, veo. Visiones. Ángeles. —Bajó la voz—. Claro, ángeles. Justo detrás de mí, ahora mismo. Hola, ángel.

—Hola. Henderson dio media vuelta. Allí estaba ella, con una oscura capa, su cabello un reluciente halo sobre una cara blanca y altiva, los ojos azul celeste y los labios de rojo infernal. —¿Eres real? —preguntó Henderson suavemente—. ¿O soy tan estúpido que creo en milagros? —El nombre de este milagro es Sheila Darrly, y le gustaría empolvarse la nariz, por favor. —Tenga la bondad de usar este espejo por cortesía de Stephen Henderson —replicó el hombre de la capa, sonriente. Se apartó un poco, con ojos atentos. La mujer volvió la cabeza y le obsequió con una sonrisa lenta y picara. —¿Nunca ha visto usar polvos? —preguntó. —No sabía que los ángeles usaran cosméticos —replicó Henderson—. Pero hay muchas cosas que no sé respecto a los ángeles. A partir de ahora les dedicaré un estudio

especial. Hay tantas cosas que deseo averiguar

usted toda la noche, con un cuaderno. —¿Un vampiro con cuaderno? —Oh, pero soy un vampiro muy inteligente, no uno de esos de los bosques de Transilvania. Descubrirá que soy encantador, estoy seguro.

—Sí, tiene todo el aspecto de serlo —se burló la mujer—. Pero un ángel y un

, —Podemos reformarnos mutuamente —observó Henderson—. Además, sospecho que tiene usted algo de diablo. Una capa oscura sobre un disfraz de ángel. Un ángel oscuro, ¿no? Puede haber nacido en mi ciudad natal y no en el cielo. Henderson se mostraba petulante, pero ciclónicos pensamientos remolineaban bajo la burla. Recordó discusiones pasadas, cínicas observaciones hechas y creídas por él mismo. En cierta ocasión Henderson había declarado que no existía el flechazo, salvo en novelas o películas donde un artificio tan espectacular servía para acelerar la acción. Había afirmado que la gente conocía romances en libros y películas y consecuentemente adoptaba la creencia del flechazo cuando quizá lo único que sentía era deseo. Pero esa mujer, Sheila, ese ángel rubio, había aparecido y eliminado todos los pensamientos de la mente de Henderson, todos sus pensamientos de morbosidad, embriaguez y necias miradas a los espejos. Y le había hecho zambullirse alocadamente en sueños de rojos labios, ojos de etéreo azul y finos brazos blancos. Parte de estos sentimientos se reflejaron en los ojos de Henderson, y la mujer lo comprendió al mirarle. —Bien —dijo Sheila—, espero que el examen le complazca. —Un milagro de modestia, esto. Pero hay algo en particular que deseo saber sobre la divinidad. ¿Bailan los ángeles? —¡Qué vampiro tan discreto! ¿En la habitación contigua? Entraron en la sala cogidos del brazo. Los juerguistas estaban en pleno gozo. El licor había provocado jovialidad en su punto culminante, pero ya no había baile. Bulliciosas parejas reían agrupadas, abrazadas por toda la sala. Los acostumbrados chistosos de

vampiro

Seguramente me encontrará detrás de

hecho el ridículo, he asustado a la gente. Ahora veo alucinaciones

o mejor dicho, no las

es una curiosa combinación.

fiesta realizaban sus payasadas en los rincones. El ambiente superficial, que Henderson detestaba, estaba en total evidencia. La reacción hizo que Henderson se irguiera al máximo y echara atrás la capa. La reacción provocó el gesto ceñudo de su pálido semblante, le obligó a caminar airosamente en meditativo silencio. Sheila pareció considerarlo como una magnífica broma. —Hágales un numerito de vampiro —dijo ella riéndose, apretándole el brazo. Y en consecuencia Henderson miró ceñudamente a las parejas, hizo horrendos y despectivos ademanes a la mujer. Y su avance provocó giros de cabezas, brusco cese de la charla. Recorrió la alargada sala como encarnación de la Muerte Roja. Los susurros

siguieron su paso. —¿Quién es ese? —Sus ojos

Era Marcus Lindstrom y una morena de adusto aspecto con disfraz de Cleopatra. Ambos avanzaron dando tumbos hacia Henderson. El anfitrión apenas se tenía en pie, y su compañera de borrachera estaba igualmente descompuesta. A Henderson le gustaba Lindstrom cuando lo encontraba sobrio en el club, pero su conducta en las fiestas siempre le irritaba. Lindstrom era particularmente digno de censura en aquel estado, se mostraba grosero. —Querida mía, quiero que conozcas a un muy querido amigo mío. Sí señor, siendo la víspera de Todos los Santos, he invitado al conde Drácula, y a su hija. Invité a su abuela, pero ella tiene que asistir a un Black Sabbath esta noche, acompañada por tía Jemima. Ja! Conde, le presento a mi pequeña compañera. La mujer miró de reojo a Henderson. —¡Oooooh, Drácula, qué ojos tan grandes tiene! ¡Ooooh, qué dientes tan grandes tiene! ¡Oooooh ! —Francamente, Marcus —protestó Henderson, pero el anfitrión se había vuelto y estaba gritando a los invitados. —¡Amigos, conoced a los verdaderos dioses! ¡El único vampiro genuino que vive en cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro existente con dientes falsos! En cualquier otra circunstancia Henderson habría propinado a Lindstrom un rápido y eficaz puñetazo en la mandíbula. Pero Sheila estaba a su lado, y estaba en público. Era preferible complacer el torpe humor del anfitrión. ¿Por qué no ser un vampiro? Tras sonreír rápidamente a la mujer, Henderson se irguió, miró a los reunidos y frunció el ceño. Sus manos acariciaron la capa. Qué curioso, aún estaba fría. Al bajar los ojos, Henderson vio que la ropa estaba algo sucia en los bordes; barro o polvo. Pero la fría seda resbaló entre sus dedos cuando se cubrió el pecho con ella, con su alargada mano. La sensación pareció inspirarle. Abrió al máximo los ojos, muy brillantes. Abrió la boca. Una sensación de fuerza dramática le inundó. Y observó el blando y carnoso cuello de Lindstrom, con la vena entre la blancura. Observó el cuello, vio que los presentes le observaban, y entonces el impulso se apoderó de él. Volvió la cabeza, con los ojos fijos en el arrugado cuello, el fluctuante, arrugado cuello del grueso anfitrión. Unas manos se extendieron de pronto. Lindstrom chilló igual que una rata asustada. Era una rata rolliza, lustrosa, rebosante de sangre. A los vampiros les gusta la sangre. Sangre de la rata, del cuello de la rata, de la vena del cuello de la rata, de la vena del cuello de la chillona rata. —Sangre caliente. La profunda voz era la de Henderson. Las manos eran las de Henderson. Las manos rodearon el cuello de Lindstrom. Las manos sintieron el calor, buscaron la vena. El rostro de Henderson se inclinó en dirección al cuello y sus manos, mientras Lindstrom se debatía, apretaron con más fuerza. El semblante de Lindstrom estaba adquiriendo un tono púrpura. La sangre le subía a la cabeza. Excelente. ¡Sangre!

—¡Vampiro! —¡Hola, Drácula!

La boca de Henderson se abrió. Notó el aire en sus dientes. Se inclinó hacia el carnoso cuello y —¡Basta! ¡Ya es suficiente!

La voz, la refrescante voz de Sheila. Los dedos de ella en su brazo. Henderson levantó

la cabeza, sobresaltado. Soltó a Lindstrom, que se derrumbó con la boca abierta.

Los invitados estaban mirando fijamente, y sus bocas formaban la instintiva O de asombro.

—¡Bravo! —musitó Sheik—. Le ha estado bien

,

¡pero le has asustado!

Henderson pugnó un instante por recobrarse. Luego sonrió y se volvió. —Damas y caballeros —dijo—, acabo de ofrecer una pequeña demostración para probar que lo que ha dicho de mí nuestro anfitrión es totalmente correcto. Soy un vampiro. Puesto que ya tienen un buen aviso, estoy seguro de que no correrán más riesgos. Si hay un médico en la casa, quizá me conforme con una transfusión de sangre. La O de asombro desapareció en las bocas y brotó risa de sobresaltadas gargantas. Risa histérica, luego sincera en parte. Henderson había salido bien librado. Sólo Marcus Lindstrom seguía mirando fijamente con unos ojos que reflejaban extremo miedo. Él lo sabía.

Y entonces acabó todo, porque uno de los chistosos salió del ascensor y entró

corriendo en la sala. Había bajado a la calle y venía con el delantal y el gorro de un vendedor de periódicos. Pasó entre los invitados con un montón de periódicos bajo el brazo.

—¡Extra! ¡Extra! ¡No se lo pierdan! ¡Horror en la víspera de Todos los Santos! ¡Extra! Los risueños invitados compraron periódicos. Una mujer se acercó a Sheila, y Henderson observó aturdido que la mujer seiba. —¡Hasta luego! —gritó ella, y su mirada introdujo fuego en las venas de Henderson. Pero Henderson no podía olvidar la terrible sensación que se había apoderado de él al coger a Lindstrom. ¿Por qué? De forma automática aceptó un periódico que le tendía el vociferante pseudovendedor. «Horror en la víspera de Todos los Santos», gritaba el hombre. ¿A qué se refería? Nublados ojos buscaron en el periódico. Entonces Henderson se tambaleó. ¡Aquel titular! Era un extra, realmente. Henderson repasó las columnas con creciente pánico.

poco después de las ocho los bomberos

«Incendio en una sastrería de disfraces recibieron aviso de acudir a la tienda de

Un

Daños estimados en

esqueleto fue encontrado en » —¡No! —dijo Henderson en un jadeo. Leyó, volvió a leer aquello atentamente. El esqueleto había aparecido en una caja de barro en el sótano de la tienda. La caja era un ataúd. Había otras dos cajas, vacías. El esqueleto estaba envuelto en una capa, intacto a pesar del incendio Y en el recuadro de apresurada confección situado bajo la columna había comentarios de testigos presenciales, impresos bajo grandes titulares en grandes letras negras. La tienda causaba miedo a los vecinos. Clientela húngara, indicios de vampirismo, desconocidos que entraban en la tienda. Un hombre se refería a un culto que al parecer

celebraba reuniones en el local. Superstición en torno a lo que se vendía: filtros de amor, estrafalarios amuletos y extraños disfraces.

, Llamas incontrolables

, totalmente en ruinas

Un detalle extraño: se desconoce el nombre del propietario

, «Esta capa es auténtica.»

Extraños disfraces

vampiros

,

capas

¡Los ojos de aquel hombre!

«No podré usarla mucho más tiempo. Quédesela.»

El recuerdo de aquellas palabras surgió vociferante en el cerebro de Henderson. Salió

presuroso de la sala y corrió hacia el espejo.

Un instante, luego se tapó la cara con un brazo para proteger sus ojos de la imagen que no estaba allí, del inexistente reflejo. Los vampiros carecen de reflejo. No era extraña la rareza de su aspecto. No era extraño que brazos y cuellos lo atrajeran. Había atacado a Lindstrom. ¡Dios! ¡Dios! La capa era la culpable, la negra capa con sus manchas. Las manchas de barro, barro de tumba. Vestir la capa, la fría capa, le causaba las sensaciones de un verdadero vampiro. Era una prenda maldita, una cosa que había tapado el cuerpo de un no muerto. La mohosa mancha de una manga era sangre.

Sangre. Qué agradable sería ver sangre. Paladear su calidez, su roja vida, tal como fluía. No. Eso era una locura. Él estaba borracho, loco. —Ah. Mi pálido amigo, el vampiro. Otra vez Sheila. Y sobre el horror se alzó el latido del corazón de Henderson. Al mirar los brillantes ojos, la cálida boca en forma de roja invitación, Henderson sintió una oleada de calor. Observó el blanco cuello por encima de la oscura y reluciente capa, y sintió otra

clase de calor. Amor, deseo y

Ella debió de verlo en los ojos de Henderson, pero no se asustó. Muy al contrario, su mirada devolvió las llamas. ¡También Sheila se había enamorado! Con un gesto impulsivo, Henderson soltó la capa de su cuello. El helado peso desapareció. Henderson estaba libre. Curiosamente, no deseaba quitarse la capa, pero lo había hecho. Era un objeto maldito, y al cabo de unos instantes él podía haber cogido a la mujer en sus brazos, para besarla, y continuar Pero Henderson no se atrevió a pensar en eso. —¿Cansado del disfraz? —preguntó ella. Con un gesto similar, también Sheila se quitó la capa y reveló la gloria de su vestido de ángel. Su rubia perfección de estatua hizo brotar un jadeo de la garganta de Henderson. —Un ángel —musitó él.

—Un diablo —se burló ella. Y de pronto se abrazaron. Henderson tenía en su mano las dos capas. Permanecieron con los labios en busca de embeleso hasta que Lindstrom y un grupo entraron ruidosamente en el recibidor. Al ver a Henderson, el grueso anfitrión retrocedió.

hambre.

—Tú

—murmuró—. Tú eres

—Uno de los que se va—dijo Henderson, sonriente. Cogió del brazo a Sheila y la llevó hacia el vacío ascensor. La puerta se cerró ante el rostro de Lindstrom, pálido y dominado por el miedo. —¿Nos vamos? —musitó Sheila, apretándose a Henderson.

—Sí. Pero no a la tierra. No bajaremos a mi reino, subiremos

al tuyo.

—¿El jardín de la terraza? —Exactamente, mi angelical amiga. Quiero hablar contigo con tus cielos como fondo, besarte entre las nubes y Los labios de ella buscaron los de él mientras el ascensor —Ángel y diablo. ¡Vaya pareja! —Eso creo yo —confesó ella—. ¿Qué tendrán nuestros hijos, halos o cuernos? —Ambas cosas, estoy seguro. Salieron a la desierta terraza. Y de nuevo era la víspera de Todos los Santos. Henderson lo notó. Abajo estaba Lindstrom con sus elegantes amistades, en una ebria fiesta de disfraces. Allí arriba había noche, silencio, tinieblas. Ninguna luz, sin música, ni bebida, sin los parloteos que hacían idénticas todas las fiestas. Una noche como las demás. Esa noche era individual en la terraza.

El cielo no era azul, sino negro. Las nubes flotaban como grises barbas de suspendidos gigantes que observaban el redondeado globo anaranjado de la luna. Un frío viento soplaba del mar, y llenaba el aire de suaves y lejanos murmullos.

Ese era el cielo que las brujas recorrían para acudir a su Sabbath. Esa era la luna de la hechicería, el oscuro silencio de negras plegarias y musitadas invocaciones. Las nubes ocultaban monstruosas Presencias que deambulaban tras haber sido invocadas desde muy lejos. Era la víspera de Todos los Santos. Además hacía bastante frío. —Dame mi capa—murmuró Sheila. Automáticamente, Henderson tendió la prenda, y el cuerpo de la mujer remolineó bajo el oscuro esplendor de la tela. Sus ojos lanzaban llamas a Henderson, una llamada que éste no pudo resistir. Se besaron, temblorosos. —Estás frío —dijo Sheila—. Ponte la capa. «Sí, Henderson —pensó él—. Ponte la capa mientras contemplas el cuello de Sheila. Luego, cuando vuelvas a besarla, querrás su cuello, ella te lo dará por amor y tú lo

aceptarás por

—Póntela, cariño, insisto —musitó la mujer. Sus ojos reflejaban impaciencia, ardían con una ansiedad igual a la de Henderson. Henderson se estremeció. «¿Ponerme la capa de tinieblas? ¿La capa de la tumba, la capa de la muerte, la capa del vampiro? ¿La diabólica capa, llena de fría vida propia que ha transformado mi cara y

hambre.»

mi

mente, que ha saturado mi alma de un hambre espantosa?» —Toma. Los finos brazos de Sheila le rodearon, pusieron la capa sobre sus hombros. Los dedos

de

la mujer le rozaron el cuello, como una caricia, mientras le ataban la capa al cuello.

Henderson se estremeció. Entonces notó, en todo su cuerpo, la helada frialdad que se convertía en un calor más horrible. Sintió que se expandía, notó el gesto de mofa en su semblante. ¡Eso era Poder!

Y la mujer delante, sus ojos provocativos, tentadores. Henderson vio el ebúrneo cuello,

el cálido y esbelto cuello, a la espera. Le esperaba a él, a sus labios.

A sus dientes.

No, imposible. Él la amaba. Su amor debía vencer la locura. «Sí, viste la capa, desafía

su poder, y coge a Sheila en tus brazos como un hombre, no como un demonio. Debo

hacerlo. Es la prueba.» —Sheila. Qué curioso, su voz era más grave. —Sí, cariño. —Sheila, debo decirte una cosa.

Los ojos de ella, tan fascinantes. ¡Sería muy fácil! —Sheila, por favor. Has leído el periódico esta noche.

compré la capa allí. No puedo explicarlo. Viste cómo ataqué a Lindstrom.

Quería hacerlo. ¿Me entiendes? Quería

como una de esas criaturas. ¿Por qué no variaba la mirada fija de Sheik? ¿Por qué no retrocedía de espanto? ¡Qué confiada inocencia! ¿Le había entendido ella? ¿Por qué no echaba a correr? Él podía perder el control en cualquier instante, podía atacar a la mujer. —Te amo, Sheila. Créeme. Te amo. —Losé. Los ojos de ella brillaban con la luz de la luna. —Quiero hacer la prueba. Quiero besarte, con la capa puesta. Quiero sentir que mi

amor es más fuerte que

morderle. Con esta maldita capa me siento

—Yo

esto. Si me debilito, prométeme que te separarás y saldrás

corriendo, en seguida. Pero que no haya malos entendidos. Debo enfrentarme a esta sensación y combatirla. Quiero que mi amor sea puro, seguro. ¿Tienes miedo? —No.

Ella seguía mirándole a pesar de todo, igual que él miraba su cuello. ¡Si Sheila supiera en qué estaba pensando!

Él era un hombrecillo viejo y

, Pensé que estaba burlándose, pero esta noche no pude verme en el espejo, y deseé el cuello de Lindstrom, y te deseo a ti. Pero debo superarlo. —No estás loco. Lo sé. No tengo miedo. —Entonces La cara de Sheila le desafió. Henderson hizo acopio de fuerzas. Agachó la cabeza mientras sus impulsos batallaban. Durante un instante permaneció inmóvil bajo la espectral luna anaranjada, y su rostro se contorsionó a causa de la lucha. Y Sheila le tentó.

y me dio la capa. En realidad me dijo que pertenecía a un vampiro auténtico.

horrible

—¿No piensas que estoy loco? Fui a esa tienda

Los curiosos e increíbles labios rojos de la mujer se abrieron y de ellos brotó una argentina risa, mientras sus blancos brazos salían de su negra túnica y rodeaban suavemente el cuello de Henderson.

,

que conseguiste la tuya en la misma tienda que yo Extrañamente, los labios de Sheila parecieron esquivar los de Henderson mientras éste permanecía paralizado en un instante de conmoción. Después, Henderson notó en su cuello la helada dureza de los dientecillos de Sheila, una picadura raramente calmante, y una negrura total que se alzaba ante él.

—Lo sé

Lo supe cuando miré el espejo. Supe que tenías una capa como la mía

PIEDRA DE TOQUE

Terry Carr

En una vieja nota averiguo que escribí, Terry Carr nació en Grants Pass, Oregón, y creció leyendo The Gumps a la luz de lamparillas de aceite de ballena, pero no creo que eso sea cierto. ¿Y ustedes? Respecto a cómo y por qué llegué a tener una vieja nota como ésa, no, Terry no me la pasó en clase. He adquirido este relato (y lo he publicado, naturalmente) en dos ocasiones anteriores; y ésta es la tercera. El libro de los Proverbios dice que Una cuerda triple no se rompe fácilmente. ¿Estoy destinado a comprar y publicar indefinidamente este relato? Espero que así sea. Quizás haya quien opine que el tema de este relato no concuerda realmente con las dos definiciones de piedra de toque que ofrece un diccionario no abreviado. Después de leerlo, no obstante, confirmarán seguramente que el señor Carr ofrece una tercera definición. Terry Carr nació en Oregón en 1937 y creció en San Francisco. Tras diez años de escritor y editor en Nueva York, regresó a California y vive actualmente en la zona de la bahía de San Francisco en compañía de su esposa, la escritora Carol Carr. El señor Carr es autor de la novela de ciencia ficción Cirque y de varias decenas de relatos cortos, muchos de los cuales aparecen en The Light at the End of the Universa. Ha editado cerca de sesenta antologías de ciencia ficción y fantasía, entre ellas las series Universo, The Best Science Fiction of the Year Fantasy Annual.

Tras treinta y dos años de observar con creciente perplejidad los hábitos del mundo y la vacilante búsqueda de amor y seguridad por parte de la gente, Randolph Helgar pensaba que había una sencilla respuesta para todo ello, que de alguna forma era posible agarrarse a la vida, aferraría y apreciarla sin temor. Y un sábado por la mañana, a principios de marzo, cuando las nubes habían desaparecido y el sol se alzaba pálido en el cielo, Randolph encontró lo que buscaba.

La nieve había abandonado las calles de Greenwich Village desde hacía más de una semana, dejando tras de sí únicamente un quebradizo residuo en las aceras. Todo el mundo seguía andando con paso incierto, como marineros de permiso en la costa. Randolph Helgar salió de su piso a las diez y se dirigió hacia el oeste. El viento del este encrespó su arreglado cabello color arena, confiriéndole el superficial aspecto de la prisa, pero sus inquietos ojos grises y la vaga sonrisa que tan a menudo aparecía en su boca anulaban esa apariencia. Randolph estaba más atareado buscando que andando. El mejor detalle de la ciudad, por lo que a él respectaba, era que nunca se la podía cartografiar por completo. En cuanto se pensaba conocer todas las calles, todas las zapaterías, todos los puestos de bocadillos o pizzas, un día se encontraba algo nuevo, en un lugar no investigado hasta entonces. Una peculiar ceguera afecta a la gente que recorre las calles de Greenwich Village; la gente sólo se percata de su lugar de destino. El día anterior, en el autobús, camino del hogar tras salir del trabajo en la agencia de viajes, Randolph miró por la ventanilla y vio una librería cuyo sucio escaparate era serena evidencia del tiempo que el establecimiento llevaba en aquel lugar. Y por eso iba en busca de la librería esa mañana. Había anotado la dirección, pero ya no era preciso sacar la hoja de papel de la cartera: el acto de anotarla la había fijado en su memoria. La tienda acababa de abrir cuando Randolph llegó. Un hombretón de recia espalda, cabello negro y prominentes venas en el dorso de las manos estaba disponiendo la mesa de ocasiones delante de la librería. Randolph observó la mesa, llena de lomos borrados por el sol de anónimos libros de bolsillo, y saludó al hombretón con una inclinación de cabeza. Entró. Los libros estaban amontonados a lo largo de las paredes. En diversos lugares había letreros hechos a mano que anunciaban MÚSICA, HISTORIA, PSICOLOGÍA, pero debían de llevar años allí, porque los libros de esas secciones no estaban relacionados con los letreros. Cerca de la entrada había un viejo aparador moteado por la luz que entraba por el sucio escaparate; un letrero de uno de sus estantes decía $10. Junto a este mueble había una mesita redonda que giraba sobre su base, pero no tenía puesto precio. El propietario había vuelto a la librería y se hallaba junto a la puerta mirando a Randolph. —¿Desea algo especial? —preguntó al cabo de unos instantes. Randolph meneó la cabeza, echando atrás los mechones que caían sobre sus ojos. Pasó los dedos por su pelo, peinándolo hacia atrás, y observó uno de los montones de libros. —Creo que quizá le interese esta sección —dijo el propietario, que caminó pesadamente sobre las inseguras tablas del piso y se situó al lado de Randolph. Alzó su manaza y la pasó por un estante. Un letrero decía: MAGIA, BRUJERÍA. Randolph lo miró. —No —dijo. —Ninguno de estos libros está en venta—dijo el hombre—. Esta sección es estrictamente una biblioteca de préstamo. Randolph alzó los ojos para mirar los del hombre de más edad. El hombretón le devolvió la mirada tranquilamente, a la espera. —¿No están en venta? —dijo Randolph. —No, forman parte de mi colección —repuso el librero—. Pero los alquilo a diez centavos por día, si es que alguien desea leerlos, o bien —¿Quién se los lleva? El pesado propietario se alzó de hombros, con la tenue pincelada de una sonrisa en sus carnosos labios. —Gente. Gente que entra, ve los libros y piensa que quizá le guste leerlos. Siempre los devuelven.

Randolph examinó los libros de los estantes. Los lomos eran duros y quebradizos, las letras parecían nuevas. —¿Cree que los leen? —preguntó.

—Por supuesto. Muchos lectores vuelven y compran otras cosas. —¿Otros libros? El hombre sé encogió de hombros por segunda vez y dio media vuelta. Se acercó lentamente a la trastienda. —Vendo otras cosas. Es imposible ganarse la vida vendiendo libros en estos tiempos y esta época. Randolph siguió al hombretón a la oscuridad de la trastienda. —¿Qué otras cosas vende? —Quizá deba leer antes los libros —dijo el hombre, observándole con los ojos entrecerrados.

de

serpiente? —No —dijo el vendedor—. Me temo que tendrá que visitar a los tabaqueros si quiere cosas como esas. Yo vendo únicamente cosas imperecederas. —¿Amuletos mágicos? —preguntó Randolph. —Sí —repuso lentamente el hombretón—. Algunos son auténticos, otros no. —Y supongo que los auténticos son más caros. —Aproximadamente valen lo mismo. Está en sus manos decidir cuáles son auténticos. El hombretón se había agachado para buscar algo en un cajón de su escritorio, y sacó una caja cuya tapa levantó. Puso la caja en el escritorio y alzó la mano para encender una desnuda bombilla que pendía del oscuro techo. La caja contenía diversos amuletos, piedras, insectos resecos encerrados en vidrio, tallas de madera y otros objetos. Todo estaba revuelto en la caja. Randolph removió el contenido con dos dedos. —No creo en la magia —dijo. El hombretón sonrió lánguidamente. —Creo que yo tampoco. Pero algunas de estas cosas son bastante interesantes. Algunas son de auténtica hechura sudamericana, otras proceden de Europa y Oriente. Valen dinero, sí señor. —¿Qué es esto? —preguntó Randolph mientras cogía una piedra negra que encajaba perfectamente en la palma de su mano. Las configuraciones de la piedra se retorcían sobre sí mismas, igual que un puñado de masa de panadero. —Es una piedra de toque. Pase los dedos por ella. —Es perfectamente lisa—dijo Randolph. —Se supone que tiene poderes mágicos, hace que la gente se sienta contenta. Sosténgala en la mano. Randolph apretó los dedos sobre la piedra. Tal vez fuera la fuerza de la sugestión, pero el tacto de la piedra era muy agradable. Tan lisa, igual que la piel —El hombre que me la dio dijo que era un antiguo objeto hindú. Engloba Yang y Yin, los opuestos que se complementan y dan armonía al mundo. Puede ver parte del símbolo en el aspecto de la piedra. —Sonrió lentamente—. Se supone además que contiene un alma humana, igual que un huevo. —Más bien como un fósil —dijo Randolph. No sabía qué clase de piedra era. —Le costará cinco dólares —dijo el hombretón. Randolph sopesó la piedra. Descansaba en su mano cómodamente, igual que un gato que se dispone a dormir. —De acuerdo —contestó. Sacó un billete de la cartera y observó el papel donde había apuntado la dirección de la librería el día anterior. —Si vuelvo aquí dentro de una semana —dijo—, ¿seguirá estando la tienda? ¿O habrá desaparecido, como supuestamente desaparecen las tiendas de magia? El hombretón no sonrió.

—¿Vende

pociones

amorosas?

¿Sangre

de

murciélago

seca?

¿Entrañas

—Esta tienda no es de esa clase. Me arruinaría si estuviera trasladándome siempre. —De acuerdo —dijo Randolph, observando la negra piedra—. Cuando era niño solía coger piedras en la playa y las llevaba encima semanas seguidas, porque me encantaban. En fin, supongo que esta piedra tiene esa clase de magia. —Si decide que no desea tenerla, devuélvala —dijo el hombretón.

Cuando Randolph volvió al piso, Margo estaba levantándose. Bobby, de siete años, ya se había levantado y estaba fuera, al parecer. Randolph puso la cafetera con el café de la noche anterior en la cocina y se sentó a la mesa de la cocina para aguardar a que se calentara. Sacó la piedra de toque del bolsillo y pasó los dedos por ella.

Era simplemente una roca negra, probablemente desgastada y alisada por el

agua y más tarde, tal vez, por dedos que la habían frotado durante siglos. Pese a lo que había dicho el vendedor respecto a un símbolo hindú, la piedra no tenía forma particular. Sin embargo, la piedra le produjo un peculiar efecto calmante. Quizá, pensó Randolph, es simplemente que la gente debe tener algo en las manos mientras piensa. Son las manos, el pulgar oponible, las que han hecho a los humanos tal como son, o así opinan los antropólogos. Las manos dan al hombre la capacidad de trabajar con cosas, de construir, de hacer. Y todos tenemos la sensación de tener que estar siempre usando las manos, o de lo contrario no vivimos de acuerdo con nuestra condición de seres humanos. Por eso fuman tantas personas. Por eso tocan y se frotan la barbilla y por eso tamborilean con los dedos en las mesas. Pero la piedra de toque regía las manos. Una simple forma de magia. Margo entró en la cocina, peinando su largo cabello de modo que le cayera sobre los hombros. Todavía no se había maquillado, y su carnosa boca parecía tan pálida como las nubes. Sacó tacitas y sirvió el café, y luego se sentó al otro lado de la mesa. —¿Has comprado la pintura? —¿Pintura? —Ibas a pintar hoy la cocina. La pintura que hay está agrietándose y se cae. Randolph observó las paredes mientras acariciaba la piedra con los dedos. Las paredes no tenían mal aspecto, decidió. Podían durar otros seis meses sin pintarlas. Al fin y al cabo, no era una calamidad que el yeso apareciera encima de la cocina. —No creo que lo haga hoy —dijo. Margo no contestó. Cogió un libro de la silla contigua y buscó la hoja que estaba leyendo. Randolph manoseó la piedra de toque y pensó en la playa de su niñez.

Extraño

Había una fiesta esa noche en casa de Gene Blake, en el piso de abajo, pero en esta ocasión Randolph no tenía deseos de bajar. Blake era cuatro años más joven que él, y de pronto la diferencia parecía insuperable. Blake explicaba descentrados chistes sobre la integración en el Sur, hablaba de escritores que Randolph sólo conocía gracias a las críticas del Times del domingo y era aficionado a beber whisky y leche. No, no esa noche, dijo a Margo. Después de la cena, Randolph se acomodó ante el televisor y, mientras sonaba en la cocina el lavado de platos y Bobby leía un tebeo en el rincón, vio una reposición de la mejor comedia de hacía tres temporadas. Cuando llegó el segundo anuncio, sacó la piedra de toque de su bolsillo y la frotó ociosamente con el pulgar. Lo único preciso, pensó, es ignorar los anuncios. —¿Alguna vez has visto una rana? —le preguntó Bobby. Randolph levantó la cabeza y vio al niño junto a su silla, respirando rápidamente como hacen los niños cuando tienen algo que decir. —Claro —dijo Randolph. —¿Alguna vez has visto una negra? ¿Muerta?

Randolph pensó un momento. No creía haber visto una rana negra muerta. —No —contestó. —¡Espera un momento! —dijo Bobby, y salió corriendo de la habitación.

Randolph siguió mirando la pantalla del televisor y vio que la mujer tenía un caballo en el cuarto de estar y se esforzaba en convencerlo de que subiera al piso superior antes de que llegara el marido. El caballo parecía irritado. —¡Mira! —dijo Bobby, y dejó caer la rana muerta en los pantalones de su padre. Randolph la miró dos segundos antes de comprender de qué se trataba. Una pata y parte del cuerpo de la rana estaban aplastados, probablemente por la rueda de un coche, y la amplia boca estaba abierta. Era gris, no negra. Randolph la tiró al suelo. —Será mejor que la eches a la basura —dijo—. Olerá mal. —¡Pero he pagado sesenta canicas por ella! —dijo Bobby—. Y sólo tenía veinticinco y tendrás que comprarme más. Randolph suspiró y cambió la piedra de mano. —De acuerdo —dijo—. El lunes. Guárdala en tu habitación. Volvió la cabeza hacia la pantalla, donde todo el mundo estaba detrás del caballo y trataba de empujarlo escalera arriba. —¿No te gusta? —preguntó Bobby. Randolph miró inexpresivamente al niño. —Mi rana—dijo Bobby. Randolph pensó en ello un instante. —Creo que será mejor que la tires —dijo—. Pronto apestará. Bobby bajó la cabeza. —¿Puedo preguntárselo a mamá? Randolph no respondió, y supuso que el niño se alejaba. Había más propaganda, y acarició ociosamente la idea de un anuncio de piedras de toque: «Desde hace dos milenios la humanidad ha buscado la respuesta al olor de las axilas, la halitosis, la

regularidad de la menstruación

—¡Bobby! —gritó la esposa de Randolph en la cocina. Randolph levantó la cabeza, sorprendido—. ¡Saca eso del pasillo y ponlo en la basura ahora mismo! ¡Ni una palabra más! Al cabo de un instante Bobby entró lentamente en la habitación, con la barbilla en el pecho. Pero miró a Randolph con un vestigio de esperanza. —Ella quiere que la tire a la basura. Randolph se encogió de hombros. —Llenará de olor la casa—dijo. —Bueno, pensaba que te gustaría de todas maneras —dijo Bobby—. Siempre me dices que tú fuiste niño, y ella no. Bobby esperó un instante, aguardó la respuesta de su padre, y al no llegar ésta se fue corriendo bruscamente con la aplastada rana gris en su mano. Margo entró en el cuarto de estar, secándose las manos con una toalla. —Ran, ¿por qué no has intervenido antes? --¿Qué? —Sabes que esas cosas me ponen enferma. Estaré dos días sin poder comer. —Estaba viendo el programa—dijo él. —Ese ya lo has visto dos veces. ¿Qué te pasa? —Tómate una aspirina si estás nerviosa —dijo Randolph. Apretó la piedra en la palma de su mano hasta que Margo sacudió la cabeza y se fue. Pocos minutos después empezó un nuevo programa, un reportaje sobre gente que se había manifestado en una base militar, protestando contra las bombas atómicas y la

Ahora, por fin

»

radiación. La cara de un profesor universitario apareció en la pantalla y el orador señaló gravemente un mapa. —La Comisión de Energía Atómica admite que Randolph suspiró y apagó el televisor.

Se acostó temprano esa noche. Al despertar a la mañana siguiente salió, compró un libro y volvió a la cama con él. Cogió la piedra de toque de la silla próxima a la cama y le dio vueltas en sus manos un par de veces. Realmente era una piedra muy vulgar. Negra,

¿Qué tenía la roca para que todo pareciera tan carente de

importancia, tan trivial? Bien, naturalmente una piedra es una de las cosas más comunes del mundo, pensó Randolph. Las encuentras por todas partes; incluso en las calles de la ciudad, donde todo está hecho por el hombre, hay piedras. Forman parte del suelo, bajo el pavimento, son parte del mundo en que vivimos. Forman parte del hogar. Randolph sostuvo la piedra de toque en una mano mientras leía.

Margo llevaba varias horas fuera cuando Randolph acabó la lectura. Mientras cerraba el libro entró ella y se quedó en la puerta, observándole en silencio. —¿Me quieres? —preguntó ella al cabo de unos instantes. Randolph levantó la cabeza, levemente sorprendido. —Sí, claro. —No estaba segura.

—¿Por qué no? ¿Algo va mal? Margo se acercó y se sentó en la cama, junto a él, con su vestido de tela de esponja. —Es que apenas me has hablado desde ayer. Pensaba que estabas enfadado por algo. Randolph sonrió. —No. ¿Por qué tenía que estar enfadado?

lisa, de suave curvatura

—No lo sé. Parecía que

—Margo se encogió de hombros.

Randolph le tocó la cara con la mano libre. —No te preocupes. Margo se echó junto a él, con la cabeza apoyada en su brazo. —¿Y me amas? ¿Todo va bien? Randolph hizo girar la piedra en su mano derecha. —Naturalmente que todo va bien —dijo en voz baja. Ella se apretó al cuerpo de su esposo. —Quiero besarte. —De acuerdo. Randolph rozó con sus labios la frente y la nariz de Margo. Después ella le abrazó con fuerza mientras le besaba en los labios. Cuando Margo terminó, Randolph se recostó en el almohadón y contempló el techo. —¿Hace sol hoy? —preguntó—. Aquí ha estado oscuro todo el día. —Quiero besarte más —dijo ella—. Si te parece bien. Randolph estaba percibiendo el calor de la piedra en su mano. Las piedras no tienen calor, pensó. Solamente mi mano le da calor. Extraño. —Naturalmente que me parece bien —dijo, y volvió la cabeza para que ella volviera a besarle.

Bobby estuvo en su habitación buena parte del día; Randolph supuso que estaría tramando algo. Margo, después de esa vez, no trató de hablar con él. Randolph siguió en la cama tocando la piedra y pensando, aunque cuando intentaba recordar en qué había pensado encontraba su mente en blanco.

Hacia las cinco y media se presentó en la puerta su amigo Blake. Randolph le oyó decir algo a Margo, y después el hombre entró en el dormitorio. —Eh, ¿te encuentras bien? No estuviste en la fiesta ayer por la noche. Randolph hizo un gesto de indiferencia. —Claro. Tenía ganas de holgazanear este fin de semana. La curtida cara de Randolph se iluminó. —Bien, eso es bueno. Escucha, tengo un problema. —Un problema—dijo Randolph. Se incorporó en la cama mientras miraba ociosamente la piedra que tenía en la mano. Blake hizo una pausa. —¿Seguro que todo va bien? —preguntó después—. ¿Ningún problema con Margo? Ella no tenía muy buen aspecto cuando llegué. —Los dos estamos bien. —Perfecto. Escucha, Ran, sabes que eres el único amigo íntimo que tengo, ¿verdad? Quiero decir que hay muchas personas en el mundo, pero que tú eres la única con la que puedo contar cuando las cosas se tuercen. Con cierta gente bromeo, pero contigo puedo hablar. Sabes escuchar. ¿No es cieno? Randolph asintió. Suponía que Blake tenía razón.

Supongo que estarás enterado del escándalo de ayer por la noche. Un par de

tipos bebieron demasiado y hubo una pelea. —Me fui temprano a la cama.

—Me sorprende que pudieras dormir. La discusión fue todo un alboroto al cabo de un rato. Vino la policía. Rompieron tres ventanas y alguien derribó la nevera. Lo hicieron todo añicos. Una puerta tiene las bisagras arrancadas. —No, no escuché nada.

—Bien

—¿Será posible? Bueno, escucha, Ran

El casero me tiene cogido por el cuello.

Quiere llevarme a juicio, quiere echarme a patadas. Ya conoces a ese tipo. Necesito dinero de prisa, para solucionar las cosas.

Randolph no contestó. Había descubierto un punto de la piedra donde su pulgar derecho encajaba perfectamente, como si la piedra hubiera sido moldeada con él. Se

pasó la piedra a la mano izquierda, pero el otro pulgar no encajaba con tanta exactitud. Blake reflejaba nerviosismo. —Mira, sé que te lo digo con poco tiempo. No querría pedírtelo, pero estoy en un apuro. ¿Podrías prestarme cien billetes? —¿Cien dólares? —Podría arreglarme con ochenta, pero supongo que un soborno al casero —De acuerdo. No tiene importancia. Blake hizo otra pausa, mirando fijamente a Randolph. —¿Puedes? —Claro. —¿Qué? ¿Ochenta o cien? —Cien si te hacen falta.

no será un problema, quedarte corto de dinero? Quiero decir

que podría buscar en otra parte —Te firmaré un talón —dijo Randolph. Se levantó lentamente y sacó el talonario del tocador—. ¿Cómo se escribe tu nombre? —G-E-N-E. —Blake estaba nervioso, indeciso—. ¿Seguro que no será un problema? No quiero presionarte. —No. Randolph firmó el talón, lo arrancó y lo entregó a su amigo. —Eres un verdadero amigo —dijo Blake—. Un amigo de verdad. —Tonterías —Randolph se encogió de hombros.

—¿Estás seguro de que

Blake se quedó unos instantes más, al parecer porque deseaba decir algo. Pero luego volvió a dar las gracias y se apresuró a irse. Margo entró, se quedó en la puerta y miró a su marido en silencio unos momentos. Después, también ella se fue. —¿Comprarás las canicas mañana? —preguntó Bobby esa noche mientras cenaban. —¿Canicas? —Te lo expliqué. Tengo que pagar a aquel chico por la rana que me hicisteis tirar a la basura. —Ah. ¿Cuántas? —Treinta y cinco. Eran sesenta, y sólo tenía veinticinco. Bobby guardó silencio mientras tomaba su leche con cereales. Pinchó cuidadosamente tres granos con el tenedor y los sacó de éste con los dientes. —Estoy seguro de que te olvidarás. Margo levantó la vista del plato que estaba comiendo en silencio. —¡Bobby! —He terminado de cenar —dijo rápidamente Bobby, y se levantó. Lanzó una rápida mirada a Randolph—. Estoy seguro de que se olvidará—añadió, y se fue corriendo. Tras cinco minutos de silencio, Margo se levantó y empezó a recoger los platos. Randolph estaba frotando la piedra de toque con el puente de su nariz. —Me gustaría dormir contigo esta noche —dijo ella. —Naturalmente —dijo él, un poco sorprendido. Margo se detuvo junto a él y le tocó el brazo. —No me refiero sólo a dormir. Quiero hacer el amor. Randolph asintió. —De acuerdo. Pero cuando llegó el momento Margo se volvió y quedó silenciosa en la oscuridad. Randolph se durmió con un brazo apoyado descuidadamente en las caderas de su esposa.

Al sonar el teléfono Randolph se despertó poco a poco. Ya había sonado cinco veces cuando lo descolgó. Era Howard, de la agencia. —¿Se encuentra bien? —preguntó. —Sí, estoy bien —dijo Randolph. —Son más de las diez. Pensábamos que estaba enfermo y no había podido llamar. —¿Más de las diez? Durante unos segundos Randolph no comprendió el significado de la hora. Luego Margo apareció en la puerta de la cocina, sosteniendo el despertador en la mano, y él recordó que era lunes. —Estaré allí dentro de una hora —se apresuró a decir—. No hay problema. Margo no se encontraba bien, pero ya se le ha pasado. Margo, inexpresiva, dejó el despertador en la silla, junto a la cama, y miró un momento a su marido antes de salir del dormitorio. —Nada serio, espero —dijo Howard. —No, no hay problema. Le veré dentro de un rato. Randolph colgó. Se sentó en el borde de la cama y trató de recordar qué había sucedido. Los últimos dos días eran una confusión. Había perdido algo, ¿no era cierto? Algo que llevaba en las manos. —Intenté despertarte tres veces —dijo tranquilamente Margo. Había vuelto al dormitorio y estaba de pie, con las manos cruzadas bajo los pechos. Su voz era firme, controlada—. Pero no me prestaste la más mínima atención.

Randolph iba recordando lentamente. Había tenido la piedra de toque en su mano al acostarse, pero debía de haber resbalado mientras dormía. Se puso a buscarla entre las mantas. —¿Has visto la piedra? —preguntó a su mujer. --¿Qué? —La piedra. La he perdido. Se produjo un breve silencio. —No la he visto. ¿Tan importante es precisamente ahora? —Pagué cinco dólares por ella —dijo él, todavía rebuscando en la cama. —¿Por una piedra? Randolph se detuvo de pronto. Sí, cinco dólares por una piedra, pensó. No parecía correcto. —Ran, ¿qué te pasa últimamente? Gene Blake estuvo aquí esta mañana. Devolvió tu

talón y dijo que te pidiera perdón. Estaba francamente trastornado. Dijo que no creía que

tú quisieras realmente prestarle el dinero.

«Pero no era una simple piedra —pensó Randolph—. Era una piedra de toque, negra y lisa» —¿Te preocupa algo? —preguntó Margo. La nuca de Randolph estaba repentinamente fría. «¿Preocuparme? —pensó—. No, nada me preocupa. Ese es el problema.» Levantó la cabeza. —Es posible que haga frío afuera. ¿Puedes buscar mis guantes? Margo le miró un momento y se dirigió hacia el armario del pasillo. Randolph se levantó

y empezó a vestirse. Al cabo de unos instantes su esposa volvió con los guantes. Randolph se los puso. —Hace un poco de frío aquí dentro —dijo. En cuanto Margo volvió a la cocina, Randolph siguió buscando en la cama, esta vez fría y atentamente. Encontró la piedra bajo la almohada, y sin mirarla la metió en una bolsa de papel. Puso la bolsa en el bolsillo de su abrigo. Al llegar a la agencia presentó sus excusas con la máxima desenvoltura posible, aunque estaba seguro de que todos sabían que él se había dormido. Bien, eso no tenía

importancia

Aquella tarde se detuvo en la librería camino de su casa. La tienda estaba tal como él

la recordaba, y dentro se hallaba el mismo hombre, que alzó sus espesas cejas al ver a

Randolph. —Ha vuelto muy rápido. —Quiero devolver la piedra de toque —dijo Randolph. —No me sorprende. Mucha gente devuelve mis objetos mágicos. A veces pienso que sólo estoy alquilándolos, igual que los libros. —¿Querrá quedársela otra vez? —No por el mismo precio. Tengo que mantener el negocio. —¿Qué precio? —preguntó Randolph. —Sólo un dólar —dijo el hombretón—. O puede quedársela usted, si eso no es suficiente. Randolph pensó un instante. Ciertamente no pensaba conservar la piedra, pero un dólar no era mucho. Podía deshacerse de la piedra Pero en ese caso alguien la cogería, era probable. —¿Tiene un martillo? —preguntó—. Creo que será mejor romperla. —Claro que tengo un martillo—dijo el hombretón. El librero metió la mano en un cajón de su escritorio y sacó un martillo, viejo y rojizo a causa del óxido. Lo mostró a Randolph. —El alquiler del martillo cuesta un dólar —dijo.

una vez.

Randolph miró vivamente al hombretón, y luego decidió que el detalle no era sorprendente. El hombre tenía que mantener el negocio, cierto. —De acuerdo. —Cogió el martillo—. Me pregunto si las venas de la piedra serán tan lisas como el exterior. —Quizá veamos el alma fosilizada —dijo el hombretón—. Nunca conozco las cosas que vendo. Randolph se arrodilló, y dejó que la piedra cayera de la bolsa al suelo. Rodó describiendo un inestable círculo y finalmente se inmovilizó. —Yo sabía mucho de rocas cuando era niño —dijo Randolph—. Solía cogerlas en la playa. Dio un martillazo a la piedra y ésta se deshizo en fragmentos que se deslizaron por el suelo y rebotaron hasta detenerse. El trozo más grande quedó junto al pie de Randolph. Randolph cogió ese fragmento y el propietario de la tienda encendió la bombilla. Ambos examinaron el trozo de piedra. Había un fósil, aunque Randolph no logró averiguar de qué. Era pequeño y no muy definido, pero al mirarlo sintió un escalofrío. Era tan desagradable y deforme como un feto humano, aunque más antiguo, un tipo de vida que murió en el barro del mundo antes de que naciera algo parecido a un hombre.

DOCTOR BHUMBO SINGH

Avram Davidson

El nombre de Bhumbo Singh lo encontré hace mucho tiempo en, creo, el relato (muy posiblemente falso) de (?) Zephanian Howell respecto al Agujero Negro de Calcuta. Era algo así: «Tratamos de obtener botes por mediación de Bhumbo Singh, pero no lo conseguimos». Eso era todo. ¿Por qué ese nombre siguió fermentando, o debería decir supurando, en mi mente? No lo sé. Pero un día, estando (supongo) en algún lugar sin máquina de escribir, cogí un cuaderno rayado y empecé a escribir este relato. Lo dejé inacabado y lo olvidé, hasta que otro día, de nuevo sin máquina, continué la narración y no volví a dejarla hasta completarla. El escenario de su culminación fue la barca de Peter Stein, amarrada en el muelle 6 de Sausalito, en esa extraordinaria comunidad de barcos- habitación, casas flotantes y simples barcas actualmente, ¡ay!, en lento proceso de destrucción. Pete, a pesar del hecho de ser ciego, construye buenas barcas. Y a él dedico este relato. Avram Davidson nació en Yonkers, Nueva York, en 1923, sirvió en la marina y con los marines de los Estados Unidos, y vendió su primer relato el mes posterior a su licenciamiento. Editó The Magazine of Fantasy and Science Fiction a principios de la década de los sesenta y ha publicado alrededor de quince novelas (entre ellas The Phoenix and the Mirror, Peregrine: Primus y Peregrine: Secundus, tres antologías anteriores, varias colecciones de cuentos y un ensayo, Crimes and Chaos. El señor Davidson vive probablemente en el noroeste del Pacífico.

La calle Trevelyan había tenido cuatro manzanas de longitud, pero en la actualidad sólo tiene tres, y en su extremo de popa está bloqueada por el linde de un paso superior. (¿Piensan que las palabras «Sin Salida» tienen un sonido siniestro?) El gran edificio del bloque 300 solía estar consagrado al culto de la Iglesia Episcopal Metodista de Mesopotamia (Sur) pero ya no está consagrado a nada y actualmente es un almacén de cola. El edificio pequeño condene la única tienda de comestibles y comidas preparadas al estilo de Bután fuera de Asia; su clientela es escasa. Y el pequeño edificio de madera

alberga un minúsculo estudio sumamente oscuro y sucio que vende hechizos, aromas y cabezas contraídas. Sus clientes son todavía más escasos. Los hechizos son caros, los aromas son exorbitantes y los precios de las cabezas contraídas (por muy de primer corte que sean) son simplemente excesivos. El estudio, no obstante, tiene un alquiler bajo (tiene un techo bajo, además), no paga permiso de venta (abre, cuando abre, únicamente entre las siete de la noche y las siete de la mañana, horas en que no funciona la oficina municipal de licencias). Y no carece de las ventas suficientes para mantener al propietario, nativo de las islas Andamán, con las pocas, muy pocas cosas sin las que la vida sería insoportable para él: calamar con cari, que come, come y come, irregulares perlas rosadas, que colecciona y luce (a solas y durante la fase izquierda de la luna). También viven allí tupayas. Se dice que estos animales son parientes de los primates, y por tanto, se supone, del hombre. Verdad o mentira, no me importa. El propietario musita en sus diminutas orejas órdenes sumamente abominables y luego los suelta, con gran y siniestra confianza. Y con una risa diabólica. Los hechos que relato a continuación, los relato a ciencia cierta, porque me los narró mi amigo el señor Solapado. Y jamás se ha sabido que el señor Solapado mintiera. En cualquier caso, por lo menos, no a mí.

—Le deseo una buena noche sin luna, señorón Solapado —dice el propietario al acabar una encapotada y ceñuda tarde de mediados de noviembre—, y ciertamente una mala noche para los que han tenido la fortuna de provocar el sumamente justo

descontento de usted. El propietario se rasca el inmundo lóbulo de una oreja con un inmundo dedo. (Esa época del año, a propósito, es el mes que fue eliminado del calendario juliano por Julián el Apóstata. Jamás ha aparecido en el calendario gregoriano: un buen detalle, además.) —Y una buena noche para usted, doctor Bhumbo Singh —dice el señor Solapado—.

En cuanto a ellos

Cruza sus menudas manos embutidas en guantes color lila sobre la empuñadura de su muleta. Incluso varios supuestos expertos han afirmado que la empuñadura (observada

con una luz mucho menos mortecina que la de la tienda de Bhumbo Singh) es de marfil.

Están equivocados: es de hueso, puramente hueso

impuramente hueso —¡Ja, ja! —repite (el doctor) Bhumbo Singh. El no tiene derecho alguno, en realidad, a ese distinguido apellido, que ha tomado para deshonra de cierto tratante de caballos, un benevolente sij que en hora irreflexiva y con las constelaciones dispuestas malignamente tuvo la idea de adoptarle. Y ahora, el negocio. —¿Un hechizo, sahib Solapado? —pregunta a continuación, mientras se frota la barbilla. Su barbilla lleva un tatuaje de apagado color azul que aterrorizaría los corazones y aflojaría las cuerdas de las entrañas de los más viles rufianes de Rangún, Labore, Peshawar, Pernambuco y Wei-hatta-hatta aún no colgados, si no fuera porque, claro está, casi siempre es totalmente invisible gracias al polvo, la pegajosa sustancia negra de los calamares con cari y un odio al agua semejante a la hidrofobia—. ¿Un hechizo, un hechizo? ¿Un bonito hechizo? ¿Una cabeza partida? —Vergüenza para sus cursis hechizos —dice tranquilamente el señor Evelyn (dos «es») Solapado—. Sólo son aptos para brujas, magos y niños o niñas exploradores. En cuanto a sus cabezas partidas, contraídas o lo que sea: Jo, jo. Pone la punta de su índice derecho en el orificio derecho de su nariz. Guiña un ojo. El doctor Bhumbo Singh ensaya una mirada de reojo, pero no pone el corazón en ello. —Son anormalmente caras en estos tiempos, incluso al por mayor —se lamenta. Y acto seguido desiste de mojigangas comerciales y se limita a esperar.

O quizás habría que decir,

Ja, ja!

—He venido a por un aroma, doctor —dice Solapado, alejando con la punta de su maleta un grillo que ha huido de los víveres para alimentar a las tupayas. Los rojos ojillos del doctor Bh. Singh brillan como los de un hurón salvaje en época de celo. Solapado baja y sube la cabeza rápida, vivamente, y produce un chasquido con sus fruncidos labios. —Un aroma, sutil, lento, penetrante. Un aroma vil. Un aroma enigmático. Un aroma que parezca provenir de cualquier parte, pero un aroma que no deje rastro en cuanto a su procedencia. Un aroma diabólico. Un aroma que en un momento dado, y con infinito

y que luego, alzándose como un

alivio, disminuya

, fénix de sus fragantes cenizas, resurja en forma de pestilencia, peor, mucho peor que antes »Un aroma más que repugnante. Un ligero escalofrío recorre el inmundo y magro cuerpo del doctor Bhumbo S. (Él no tiene derecho a ese título, pero ¿quién osaría negárselo? ¿La Asociación de Médicos? La última tribuna que ambas partes podían haber ocupado juntas, incluso en combate, también fue ocupada por Alberto Magno.) Su lengua sobresale. (Es cierto que el doctor

puede, si se le provoca, tocar con ella la punta de su más bien retroussé nariz; también es cierto que él puede, y lo hace, cazar moscas con su lengua igual que un sapo o un camaleón. El señor Solapado no ha considerado conveniente comunicármelo, no a mí.)

Su lengua retrocede. —En pocas palabras, apreciadísimo cliente, es preciso un aroma que enloquezca a los

hombres.

,

disminuya

,

que casi desaparezca

—¿«Hombres», doctor Bhumbo Singh? ¿«Hombres»? No he dicho nada de hombres.

La

palabra nunca ha salido de mi boca. El concepto, de hecho, jamás se ha formado en

mi

mente.

Bhumbo se estremece, en lo que podría ser un espasmo de malaria, pero que seguramente es risa silenciosa. —Tengo el producto preciso —dice—. Exactamente lo que busca. El precio es meramente pro forma, el precio es mínimo, el precio es mil quinientas piezas de oro, de la acuñación del Gran Golconda. Por onza. Las cejas de Solapado se alzan, descienden, caen. —¿«De la acuñación del Gran Golconda»? Caramba, hasta los escolares saben que el oro de Golconda era tan excesivamente puro que podía comerse como mermelada, lo que justifica que queden tan pocas monedas de ese tipo. Vaya, vaya, doctor Bhumbo Singh, si trata y cobra así a sus apreciadísimos clientes, no me extraña que tenga tan pocos. Un grumo de suciedad, enmarañado con telarañas, flota lentamente tras soltarse del invisible techo y cae al incalificable suelo. Se lo ignora. El comerciante se encoge de hombros. —Ni siquiera para mi propio hermano, caballero, estoy dispuesto a preparar el aroma por menos dinero. —Considerando que el «propio» (y único) hermano de Bhumbo,

Bhimbo, ha pasado los últimos siete años y medio cargado de cadenas en el sexto subsolano de la prisión secretamente dirigida por esa vieja obesa, fea y diabólica, Fátima, la begun viuda de Oont, sin que Bhumbo haya ofrecido ni siquiera dos rupias para ajos, esta es probablemente la verdad—. No obstante, dado mi gran respeto y consideración por usted y mi deseo de mantener la relación, no le exigiré que compre una onza entera.

Le

venderé el aroma por gramos, o una cantidad ínfima. —¡Trato hecho, señorón Bhumbo, trato hecho! —exclama el señor Solapado. Golpea con la muleta el inmundo, muy inmundo suelo. Las tupayas emiten agudos gañidos de irritación y Bhumbo les da grillos. Los animales

se

calman, aparte de hacer ruidos no orales, crujientes.

Cerca, en el paso superior, un camión o un autocamión pasa estruendosamente; como resultado de ello el frágil edificio tiembla, y al menos una cabeza contraída va de un lado a otro y hace rechinar sus dientes. Nadie presta atención al hecho. —Tenga el placer de volver aquí, pues, effendi Solapado, por (o quizás un poco después) los Gules de Diciembre —dice Bhumbo Singh. Después duda un poco—. «Diciembre», así llaman los cristianos al siguiente medio mes. «Diciembre», ¿no es cierto? Eevelyn Solapado (dos «es») se levanta para marcharse. —Muy cierto. Celebran una importante fiesta a ese respecto.

¡Qué importante es ser

sabio! Acompaña a su cliente a la sucia, muy sucia puerta con numerosas reverencias, homenajes y genuflexiones. El cliente, tras poner el pie superficialmente una vez en el desagradable cuello de Bhumbo, se ha ido ya cuando se produce la última reverencia. Desaparecido, desaparecido ya, y el distante eco del silbato de hojalata (con el que

tiene la costumbre de tocar las notas de adorno del Lamento por sahib Nana cuando recorre como una araña esos caminos húmedos y oscuros) desaparecido ya igualmente

—¿Ah, sí, ah, sí? —exclama Bhumbo Singh—. No lo sabía

En las siguientes semanas, tanto Bhumbo Singh como su mismo simulacro son vistos en infinidad de sumamente diversos lugares. Los mataderos de reses lo conocen breves momentos; igual que carderías y curtidurías. Se le ve lanzar puñados de las Semisilentes Arenas del Hazramawut (o Cortejos de la Muerte) a las ventanas de Abdulahi El- Ambergrisi (que también vende asafétida). Y el Abdulahi (un yazid de los yazidí) abre, vacila, se retira, lanza mediante una red de muy largo asidero una ampolla de no-se-sabe- qué. Se observa de reojo que el Bhumbo (y si no es él, ¿quién es?) se escabulle bajo el descargadero del viejo mercado de pescado (condenado, desde entonces, por la Junta de Salud). Visita también los cobertizos de uno o dos y nunca más de tres extranjeros que en tiempos viajaron por el mar en climas tropicales y que ahora viven en derrumbadas barracas en extremos opuestos de abandonados vertederos y que muestran su arruinado semblante sólo a los semblantes de las arruinadas lunas. Y por las noches, cuando la luna está oscura, Bhumbo deambula por fábricas de ungüentos, en busca de moscas. De vez en cuando murmura, y si uno se atreviera a ponerse muy cerca, le oiría calcular sensatamente de esta forma:

—¡Con esa y con esa cantidad de doradas piezas de oro! Con algunas me compraré más perlas rosadas irregulares y con otras me compraré más calamar con cari y otras las

reservaré para contemplarlas y otras, ¡no!, ¡sólo otra!, la entregaré a Iggulden el batidor de oro para que me haga una hoja de oro blanda, ancha y fina: la mitad la pondré como una máscara de estrangulamiento en la cara de cierto «explotador» de bienes raíces y con la otra porción La-Que-Prepara-Confituras preparará dulces calientes y empanadas y pasteles para mí y cuando esto se haya fundido como amarilla mantequilla lo comeré y no invitaré ni a uno a disfrutar conmigo y después lameré mis doce dedos hasta que estén un poco limpios

Un sonido como de burbujeo de espesa grasa caliente en las fétidas

ollas de un festín caníbal.

Luego se ríe

Mientras tanto, ¿qué se ha hecho del señor Solapado? El señor Solapado mientras tanto hace visitas igualmente; pero de carácter más sociable: el señor Solapado llama antes de entrar. —Oh. Soli. Eres tú —dice una mujer por la abertura de la bien encadenada puerta—. ¿Qué quieres?

—Gertrude, te he traído, siendo principios de mes, la suma de que me despluman las condiciones de nuestro documento de divorcio —dice él—. Como de costumbre. Mete el dinero por la grieta o hendidura entre la jamba y la puerta. Ella lo recoge con rapidez y pregunta:

—¿Esto es todo lo que voy a obtener? Como de costumbre. —No —suspira él—. Temo que no. Es, sin embargo, todo lo que vas a obtener este o cualquier otro mes del año. Es el importe de la extorsión que sufro por parte de la combinación, no digo «confabulación», de nuestros abogados y el juez del tribunal. Gertrude: buenas noches. Da media vuelta y se va. Ella emite un sonido que brota entre el paladar y los senos paranasales, el sonido que la experiencia le ha enseñado a emitir a modo de

los cerrojos nocturnos. Clank. La

menosprecio. Después: clunch-clunch puerta.

clac-clac

,

El señor Solapado, una hora más tarde, bañado, rociado con agua de ron de laurel y

vestido con lo mejor de lo mejor de su vestuario. Escupe en sus relucientes zapatos. Sombrero, guantes y bastón en una mano. Flores en la otra. —Eevelyn —dice ella, con una mano en su resplandeciente, rutilante corazón—. Qué encantadora sorpresa. Qué flores tan bonitas. Oh, qué agradable. —Puedo entrar. Querida mía. —Claro que sí. No necesitas decirlo. Ahora no estaré sola. Un rato. Eevelyn. Se besan. Solapado lanza una amplia mirada. —¿Interrumpo tu cena? —pregunta después. Ella observa el piso. Su expresión es de moderada sorpresa. —¿Cena? Oh. Un simple plato de ensalada de langosta con un corazón de lechuga helado como un iceberg. Perifollo. Berro. Unas cucharaditas de caviar. Mantequilla dulce, sólo un poquito. Un huevo duro, finamente cortado. Kümmelbrot. Y una pequeñísima botella de Brut. Demasiado. Pero ya sabes cómo me mima Anna. Cenarás conmigo. Él mira alrededor, otra vez. Cristal. Tapices. Petit point. Watteau. Muebles estilo Chippendale. Pregunta:

—¿Estás esperando? —Oh, no. No. Ahora no. Pondremos música. Oiremos música. Así lo hacen. Bailan. Cenan. Beben. Conversan.

Y

No lo hacen. —¡Cielos, qué hora es ya? Debes irte, Eevelyn.

—Entonces, ¿esperas ? Cómo rutilan sus dedos cuando ella los alza para indicar lo que las palabras solas no pueden indicar.

Vete, mi más

dulce y querido. Él coge sombrero, guantes, bastón. —¿Cómo es posible que yo nunca ? Ella le pone en los lívidos labios sus dedos revestidos de anillos. —Chist. Oh. Chist. El hombre más noble, amable y generoso que conozco no gruñirá. Él entenderá. Paciencia. Un beso antes de separarnos.

—Eevelyn. No espero a nadie. Debes saberlo. Nunca. Debes saberlo

El isleño de Andamán atisba un momento por las viscosas hendiduras de los ojos. Que ahora se abren al reconocer. —¡Sahib Solapado! —¿Y quién esperaba que fuera? ¿La gruesa Fátima, quizá?

El isleño se estremece como si tuviera fiebre palúdica. —¡Ah, Sirviente de la Sabiduría, no la mencione ni indirectamente! ¿Acaso no metió ella a mi miserable y temo que ya destrozado hermano en una oscurísima mazmorra, simplemente por el azar de habérsele escapado una ventosidad en su jardín más externo? ¡Maligna hembra! Solapado se encoge de hombros.

Bueno, Bhumbo Singh, he traído algunas monedas de

oro metidas, de acuerdo con la costumbre, en necesito decirlo. Y levanta la cabeza y mira alrededor, ansioso.

Al instante el propietario de la tienda echa a caminar de un lado a otro arrastrando los pies. —«Hacer sufrir de impotencia al virrey de Sindh.» No. «Imponer la plaga de las

almorranas al antipapa de

no. No. Ah. Ah. Alza un minúsculo recipiente, al mismo tiempo empieza a leer la etiqueta (garabateada

en envilecidísimo prácrito) y va a abrirla —¡Alto! ¡Alto! ¡Por misericordia, no lo abra! El hombre moreno deja en silencio el potecito, no mayor que un pulgar o (digamos) del tamaño más pequeño posible de trufas españolas. Mira el objeto contiguo en el desordenado mostrador repleto de telarañas. —«Causará tumores en la piel de la frente del favorito del Gran Bastardo de Borgoña», ¡ah! Solapado está al borde de la exasperación. —Bhumbo. Cálmese. Cálmese. Deje de parlotear. Deje ese hechizo. Déjelo, digo,

señor. Déjelo

grillos a esas musarañas! El isleño de Andamán continúa perdiendo el tiempo a pesar de todo, por lo que el mismo Solapado, tras un sonido bucal de impaciencia, cumple sus propias órdenes. Y

además dedica al individuo una penetrante mirada de reproche, le aconseja que a partir

de ahora use una clase de opio mejor o peor, y coloca en sus manos lo que contiene el

oro. —He pesado el preparado, no tengo duda alguna. En consecuencia cuente las monedas para que Pero su proveedor rechaza la exigencia.

—Es suficiente, suficiente, sahib Solapado. Por el peso, creo que es correcto. Perdone

mi cotorreo: el martilleo, como ustedes dicen. —La voz y las maneras son bastante

crispadas ahora—. Le ofrecería unas tazas de té, pero mis toscos brebajes no tienen la finura precisa para su exquisito paladar, y no consigo encontrar el Lipton's. Solapado recorre el inmundo cubil con la mirada. (Sería preferible recorrerlo con una escoba.) —Y también se le habrá terminado la leche de víbora, me atrevería a decir. Qué pena. —Contempla una vez, contempla dos veces el oscuro lugar, sucio más de lo soportable, ciertamente imposible describir su desorden—. Ah, la inmemorial sabiduría de Oriente Bhumbo: le deseo buenas Gules. El otro inclina la cabeza. —¿No vivo únicamente para proveerle de aromas, sahib? —inquiere.

¡Y por amor de Kali, dé

¡Ejem, ejem! —Solapado tose—. No

—Bien, así sea. O así no sea

»

No. «La cabeza de lord Lovat, con boina escocesa y gaita»,

Bien. Coja lo que tenía antes en la mano. Sí

E inicia la imprescindible serie de postraciones. En ese momento oye el sonido del silbato de hojalata.

Algún tiempo después de eso. La nariz de Anna está muy roja, su voz es muy apagada. —Siemprre mi señorra gustaba cosas bonitas —dice—. Diamantes, ella gustaba. Perrlas, ella gustaba. «Kaviarr, sólo puedo comerr un bocado, pero debe serr el mejorr», me decía ella.

—Sí, sí, sí —conviene Solapado—. Muy cierto, muy cierto. Qué golpe para ti. Para ti y para mí. Desea que Anna retuerza menos el pañuelo y lo use más. —Siemprre mi señorra erra muy particularr —prosigue Anna—. «Anna, ¿cómo te atrreves? ¿No lo hueles?», prre-gunta ella. «Mirre debajo de donde quierra.» La dejo mirrar debajo de vitrrina derecha: nada. La dejo mirrar debajo de vitrrina izquierrda: nada. «Bien, pues, señorra, ¿porr qué de prronto