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LAS ESCALAS DE LA CRISIS CIUDADES Y DESEMPLEO EN ESPAÑA
LAS ESCALAS DE LA CRISIS
CIUDADES Y DESEMPLEO EN ESPAÑA

Fundación 1º de Mayo

Esta publicación forma parte de la colección Estudios

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Las escalas de la crisis. Ciudades y desempleo en España

Ilustración de portada: Pascual Alba

FUNDACIÓN 1º DE MAYO C/ Longares, 6. 28022 Madrid Tel.: 91 364 06 01

1mayo@1mayo.ccoo.es

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COLECCIÓN ESTUDIOS, NÚM: 60 ISSN: 1989-4732

© Madrid, Enero 2013

LAS ESCALAS DE LA CRISIS

CIUDADES Y DESEMPLEO EN ESPAÑA

RICARDO MÉNDEZ GUTIÉRREZ DEL VALLE

Instituto de Economía, Geografía y Demografía Centro de Ciencias Humanas y Sociales CSIC Colaborador del Area de Economía de la Fundación 1º de Mayo

ÍNDICE GENERAL.

INTRODUCCIÓN

5

CAPÍTULO 1. GEOGRAFÍAS LOCALES DE UNA CRISIS GLOBAL

11

1.1. Una historia conocida: la crisis del capitalismo financiarizado

12

1.2. Las restantes dimensiones de una crisis sistémica

15

1.3. Territorios, vulnerabilidad y crisis

26

1.4. Ciudades frente a la crisis: principales indicadores para un diagnóstico comparativo

28

1.5. Una Interpretación multiescalar sobre el desigual impacto urbano

de la crisis

32

CAPÍTULO 2. DESEMPLEO EN ESPAÑA: UN PROBLEMA ESTRUCTURAL CON EVOLUCIÓN CÍCLICA

39

2.1. Fuentes estadísticas para la medición del desempleo en España

39

2.2. Impactos de las crisis económicas sobre el desempleo en España

43

2.3. Claves del desempleo español: un debate recurrente

49

2.4. La diferente exposición al desempleo de los grupos sociales y los

sectores económicos

56

2.5. Una aproximación a la dimensión territorial del paro: contrastes

interregionales e interprovinciales

60

CAPÍTULO 3. LAS CIUDADES ESPAÑOLAS FRENTE AL DESEMPLEO

69

3.1. Dinamismo del sistema urbano español en los años de crecimiento

71

3.2. Desempleo, crisis y jerarquía urbana

74

3.3. La diversa resistencia de las ciudades españolas al incremento

del paro

81

3.4. Hacia una tipología de comportamientos urbanos frente al desempleo:

¿orden o caos?

88

3.5. Ciudades vulnerables, ciudades que resisten: comprender para actuar

94

CAPÍTULO 4. AUGE Y DECLIVE DEL EMPLEO EN LA REGIÓN METROPOLITANA DE MADRID

97

4.1. Madrid en la onda expansiva del capitalismo español

98

4.2. El mercado de trabajo madrileño en los años de crecimiento

102

4.3. Madrid, fin de ciclo: de la crisis económica a la crisis urbana

107

4.4. Desempleo en Madrid: dimensiones y nueva segmentación socioespacial

113

CAPÍTULO 5. ESTRATEGIAS DE RESILIENCIA URBANA FRENTE A LA CRISIS

125

5.1. De la crisis a la resiliencia urbana

126

5.2. Precondiciones para la resiliencia urbana

128

5.3. Algunas estrategias para la revitalización de ciudades en crisis

133

BIBLIOGRAFÍA.

139

INTRODUCCIÓN.

Desde hace algunos años la sociedad española transita un difícil camino que ha convertido la crisis económica en centro de sus preocupaciones. Ese proceso afecta tanto la vida individual de numerosos ciudadanos como una vida colectiva amenazada por el ataque al Estado de Bienestar y el reto que para la democracia representativa supone la hegemonía de una lógica y unos poderes económicos que se imponen sobre cualquier otra consideración.

La inmediatez de los acontecimientos y la multiplicación de desastres nada naturales que se acumulan a lo largo del tiempo, junto a los repetidos vaticinios incumplidos sobre el final de esta situación, aumentan las incertidumbres y cierta sensación de perplejidad general ante las dificultades para recuperar la senda del crecimiento y de la creación de empleo. No obstante, si se amplía la perspectiva temporal y espacial para observar la actual crisis, se constata que este tipo de situaciones poco tienen de nuevas, sino que tienden a repetirse de forma periódica, siempre con rasgos específicos en cuanto a las circunstancias desencadenantes, su intensidad, así como los países y regiones más afectados, pero con una lógica, unas causas estructurales y unos efectos bastante similares en todos los casos.

Tal como recordaba el historiador británico Tony Judt, “el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos” (Judt, 2010: 18). Tanto el sistema mundial en su conjunto, como los países del sur de Europa y España en particular, viven ahora inmersos en una de esas crisis periódicas inherentes al proceso de acumulación capitalista que, iniciada en los ámbitos financiero e inmobiliario, se difundió con rapidez al conjunto de la actividad económica. La reducción del crecimiento hasta alcanzar valores interanuales negativos o prácticamente iguales a cero, el fuerte aumento del desempleo o el hundimiento del mercado inmobiliario resultan algunos de sus efectos más visibles y conocidos. Pero, tal como han señalado algunos autores, “la actual crisis es mucho más que una crisis económica. Es también una crisis social, que se destaca sobre el fondo de una crisis ecológica y geopolítica que, sin duda, viene a confirmar una ruptura histórica” (Askenazy et al., 2011: 10). Más allá, por tanto, de un simple episodio coyuntural, resulta ya evidente que nos enfrentamos a una crisis sistémica que inaugura una nueva normalidad, con cambios profundos que han comenzado ya a perfilarse.

Los estudios sobre la crisis económica han proliferado con rapidez en los últimos años, ya se trate de trabajos esencialmente interpretativos sobre las estrategias financieras e inmobiliarias que la desencadenaron, o descriptivos sobre sus principales efectos económicos, sociales y políticos y las estrategias aplicadas por instituciones internacionales y gobiernos para enfrentarla, con escaso éxito en la mayoría de ocasiones. Resultan, en cambio, bastante más escasos aquellos que proponen una perspectiva geográfica de la crisis económica, considerando las

múltiples dimensiones territoriales de un proceso como este, que pueden sintetizarse en cuatro principales.

Aunque se trata de un fenómeno de dimensión global, la crisis se gestó en determinados territorios, como los centros financieros internacionales y las áreas de urbanización masiva, inmersas en una burbuja inmobiliaria de grandes dimensiones. Al mismo tiempo, tal como ocurrió en anteriores crisis y es inherente a la propia lógica del sistema capitalista, golpea hoy con muy diferente intensidad a actividades, empresas, grupos sociales, sectores profesionales, pero también a los territorios, siendo el origen de nuevas desigualdades que se hacen visibles en múltiples escalas. Si en una perspectiva global su epicentro se originó en Estados Unidos y en la Unión Europea, dentro de esta última su impacto fue mucho mayor en países periféricos (Grecia, Portugal, España, Italia, Irlanda, países bálticos…) y el Reino Unido que en el resto. Pero esos contrastes vuelven a reproducirse cuando se considera el comportamiento registrado por sus diferentes regiones e, incluso, se intensifican si se desciende a escalas apenas analizadas hasta el momento como pueden ser sus ciudades o los diferentes barrios que constituyen cada una de ellas, en función de características que son el resultado de trayectorias específicas, lo que provoca una importante diversificación de los efectos provocados y está en el origen de nuevas asimetrías. La crisis es, por tanto, un proceso con implicaciones geográficas significativas que van más allá de la simple localización de sus impactos en un mapa y cuestionan frontalmente la equívoca suposición de que, en un supuesto mundo plano (Friedman, 2006), sin barreras ni distancias, sus efectos no se verán influidos por factores territoriales específicos.

En ámbitos como el europeo, las ciudades son espacios estratégicos para la evolución de unas sociedades altamente urbanizadas desde hace décadas. En ellas – particularmente en las principales metrópolis- se concentran las empresas, el conocimiento y el capital humano, surgen y se desarrollan buena parte de las innovaciones tecnológicas organizativas y sociales, se localizan los principales centros de poder político, económico o mediático, así como las élites que lo detentan, principales protagonistas del proceso de globalización. Lo que el economista Edward Glaeser identifica como el triunfo de las ciudades encuentra en todo ello sus raíces más profundas y sólidas.

Pero, del mismo modo, tal como afirma el propio Glaeser (2011: 109), “las ciudades son torbellinos dinámicos que cambian sin cesar, que suponen la fortuna para unos y el sufrimiento para otros”. Resultan por ello –en especial también las grandes urbes- espacios paradójicos y llenos de contradicciones. Lugares donde se confrontan de forma intensa los objetivos e intereses de múltiples actores públicos y privados, donde los usos del suelo compiten entre sí, donde la lógica de la producción y del consumo orientan el crecimiento en direcciones a menudo no coincidentes. Espacios, en suma, donde se concentra lo mejor y lo peor de nuestras sociedades, que a menudo han servido como laboratorios privilegiados para aplicar una agenda neoliberal que favorece su creciente fragmentación interna mediante barreras tangibles e intangibles, pero en otros casos también han permitido poner en práctica

experimentos de gobernanza más participativa, con implicación de diferentes actores sociales. Finalmente, tal como afirma Mireia Belil (2012: 12), “es en las ciudades donde las resistencias locales toman forma, siempre contra un sistema y unas instituciones que no responden a las necesidades y deseos de sus ciudadanos”, por lo que tanto los movimientos de contestación a la globalización neoliberal como a los negativos efectos de la actual crisis tienen en ellas su sede.

En definitiva, puede afirmarse que las ciudades son protagonistas destacadas de la actual crisis, que localiza en ellas muchas de sus principales manifestaciones, aunque el conocimiento que se tiene hasta el momento sea bastante limitado y fragmentario. Esta aparente paradoja plantea el reto de abordar un programa de investigación transdisciplinar que sitúe en el centro de su diana el análisis de los impactos locales de una crisis de dimensión global, así como de las diferentes respuestas que tanto ahora como en el futuro inmediato puedan darse para su superación, sin olvidarse de proponer estrategias que puedan ofrecer salidas más justas y equilibradas a la crisis que las producidas hasta el momento.

Con ese horizonte, que desborda ampliamente las posibilidades de un trabajo específico, el presente texto propone iniciar, al menos, el camino abordando el estudio de uno de los principales impactos de la crisis, que integra sus dimensiones económica, social y territorial, como es el desempleo. En el plano económico, la evolución de la ocupación y el paro son indicadores básicos de la capacidad de una economía para generar crecimiento, así como de los ciclos que marcan el desarrollo capitalista. En el plano social, los excedentes laborales ejercen una acción erosiva sobre el objetivo de cohesión y la aparición de altos y prolongados niveles de desempleo empuja a ciertos grupos a atravesar la frágil barrera que separa la zona de integración social de la de exclusión. En el plano territorial, además de su habitual concentración en determinados grupos de riesgo, el paro tiende a concentrarse también en áreas especialmente vulnerables, razón por la que tanto sus tasas como la rapidez con que aumentan en periodos de crisis muestran diferencias espaciales muy acusadas, que se acentúan cuando el análisis desciende a la escala local, lo que debería ser objeto de mayor atención en las políticas destinadas a su reducción. En resumen, más allá de volver a tratar una temática que ha suscitado tanta investigación y publicaciones en estos últimos años como la de la crisis económica, aquí se centra la atención en tres aspectos mucho menos considerados hasta el momento, que es donde pueden encontrarse las posibles aportaciones de un trabajo que aún plantea tantas preguntas como respuestas y pretende ser apenas el punto de partida para un proyecto de investigación colectivo con objetivos más ambiciosos 1 .

En primer lugar, el capítulo inicial propone una breve interpretación, forzosamente muy selectiva, sobre el significado de la actual crisis, entendida como una crisis sistémica en cuanto que pone en cuestión el modelo de globalización

1 Se trata del proyecto financiado por el Plan Nacional de I+D+i, del Ministerio de Economía y Competitividad, titulado “Efectos socioterritoriales de la crisis económica en las áreas urbanas de España: políticas públicas y estrategias de resiliencia” (CSO2012-36170), en el que participan investigadores de diferentes universidades y centros de investigación.

neoliberal que ha resultado hegemónico en las tres últimas décadas. Pero lo esencial del texto es la propuesta de reflexión teórica sobre el significado e importancia de la dimensión territorial y del análisis multiescalar para analizar, comprender y proponer respuestas locales frente a la crisis, así como un esquema básico de trabajo y de indicadores que pueden servir de base a la realización de estudios comparativos en los próximos años.

A continuación, el segundo capítulo analiza la evolución reciente, importancia actual y principales contrastes regionales tanto en la intensidad del desempleo como, sobre todo, en su desigual crecimiento durante los años de la crisis. Frente a estudios recientes que han abordado ya con precisión y amplitud esos aspectos en el marco de la evolución registrada por el mercado de trabajo español (Rocha y Aragón, 2012), por lo que poco podría añadirse, aquí se ha centrado la atención en algunos debates específicos de carácter más teórico con implicaciones sobre las políticas de empleo, así como en destacar el valor del paro como indicador sintético para entender mejor las claves de la diferente vulnerabilidad de los territorios frente al declive que provoca la crisis.

El capítulo tercero sitúa como protagonista principal a las ciudades españolas para comprobar cómo aumentan las desigualdades entre ellas, proponiendo una tipología inicial según su mayor o menor resistencia al aumento del paro y qué enseñanzas pueden extraerse de las notables diferencias interurbanas y las regularidades espaciales observadas. Más allá de las turbulencias financieras y su necesaria solución, es evidente que un reto esencial para la economía española es recuperar la senda del crecimiento mediante políticas distintas a las actuales, pero también reorientar sus prioridades para favorecer modelos más eficientes, innovadores y sostenibles a medio plazo, por lo que más allá de poder dibujar por primera vez los mapas del paro a escala urbana, el análisis realizado pretende conducir a algunas conclusiones operativas en esa dirección, necesitadas de investigaciones más profundas y pormenorizadas.

El capítulo cuarto considera lo ocurrido en la aglomeración metropolitana de Madrid, la más importante de la Europa del Sur, que de ser exponente de las supuestas virtudes la globalización neoliberal durante más de una década se enfrenta ahora a problemas de especial gravedad. Al cambiar la escala espacial de análisis se hace posible considerar la evolución del mercado de trabajo madrileño y su brusca transformación, pero integrando ese aspecto con otras dinámicas sociales, económicas o inmobiliarias que son también componentes destacados del mismo proceso. La posibilidad de aproximar el zoom de nuestra observación para comprobar la intensidad y crecimiento reciente del paro en los distritos y barrios de la ciudad capital permite también confirmar la actual importancia de las microdesigualdades, así como una creciente dualización social y espacial que tres décadas de discursos y actuaciones en materia de reequilibrio territorial no han sido capaces de superar.

Finalmente, el capítulo quinto no pretende reiterar propuestas sobre las políticas más adecuadas para generar empleo suficiente y de calidad, que cuentan ya

con especialistas que las han abordado. Por el contrario, centra su atención en las respuestas complementarias que desde los territorios deben también darse a la crisis. Aunque por el momento esas respuestas parecen discutirse y negociarse sólo en instancias bastante lejanas a las ciudades y sus ciudadanos, la experiencia de crisis pasadas demuestra la importancia de las estrategias locales y regionales para enfrentar el declive derivado de unos procesos que también pusieron en cuestión el futuro de muchos lugares. Surge con fuerza, en ese sentido, el concepto de resiliencia urbana que, más allá de una simple moda pasajera o de generar cierta confusión inicial por utilizarse con diversos significados, se refiere a la distinta capacidad de las ciudades para reponerse de un shock externo, adaptarse al nuevo contexto y recuperar una trayectoria positiva.

El texto combina, por tanto, cierta dosis de reflexión teórica con una investigación a partir de fuentes estadísticas múltiples, que se detallan más adelante, y un tratamiento estadístico, gráfico y cartográfico de esa información que pueda apoyar las afirmaciones realizadas, pero sin incorporar técnicas de mayor complejidad que alejarían el resultado del objetivo planteado. Su redacción se llevó a cabo en el segundo semestre de 2012, por lo que se consideró finalizar el análisis de los datos en el año 2011, con objeto de homogeneizar el periodo temporal para informaciones de diversa periodicidad.

Aunque las carencias y omisiones en el resultado obtenido son exclusiva responsabilidad del autor, agradezco los comentarios que João Ferrão, del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Bruno Estrada, de la Fundación 1º de Mayo, y Eduardo de Santiago, de la Dirección General de Arquitectura, Vivienda y Suelo del Ministerio de Fomento hicieron a un borrador inicial. Se dice que la nitidez de una imagen depende de la correcta disposición de las luces y las sombras. Sería deseable que al finalizar el breve itinerario aquí propuesto, se haya podido aportar una perspectiva de la crisis que, pese a fijar la atención tan sólo en algunos de sus aspectos más relevantes, sea útil para comprenderla mejor y actuar sobre ella de manera más eficaz.

CAPÍTULO 1. GEOGRAFÍAS LOCALES DE UNA CRISIS GLOBAL.

La evolución que han conocido las sociedades europeas desde los inicios del siglo actual ha supuesto un cambio brusco de situación y de perspectiva en un tiempo particularmente breve. De un periodo de crecimiento bastante estable, que pareció consolidarse con el nacimiento del euro y que acentuó el atractivo de la Unión Europea tanto para numerosos países situados en sus fronteras orientales como para una gran cantidad de inmigrantes que llegaban esperanzados a esta isla de prosperidad y derechos sociales, la situación se ha visto sometida a una profunda metamorfosis. La crisis financiera y la consiguiente recesión económica que golpearon al mundo en 2008 parecen resistirse a abandonar un territorio europeo –en especial sus países periféricos- convertido ahora más en problema que en solución, poniendo al tiempo en evidencia numerosas deficiencias en cuanto a su gobernanza, así como graves dificultades para definir objetivos y aplicar estrategias comunes.

Pero si se levanta la mirada para observar el actual escenario internacional, se constata que la crisis se ha convertido ya en una realidad omnipresente que, transcurrido casi un lustro tras el crac financiero que tuvo su detonante en la quiebra de Lehman Brothers, está lejos de haberse superado. Si casi en los inicios del proceso Husson afirmaba que “la crisis a la que asistimos hoy hace temblar los fundamentos mismos del capitalismo liberal”, pues “se desarrolla a una velocidad acelerada y nadie es capaz de decir a dónde lleva” (Husson, 2009: 77), el tiempo transcurrido reafirma ese diagnóstico y ha hecho surgir nuevas incertidumbres, poniendo en valor la paradoja expuesta por este mismo autor de que “cuanto más logra el capitalismo modelar la economía mundial a su conveniencia, más se endurecen sus contradicciones” (Ibidem: 108).

Cualquier intento de analizar este proceso exige, ante todo, recordar que las crisis constituyen acontecimientos recurrentes en la evolución del sistema, cuyo desarrollo histórico es proclive a una sucesión cíclica de fases de sobreproducción, sobreinversión y sobreendeudamiento, por lo que su existencia no puede justificarse por situaciones ocasionales de mal funcionamiento basadas tan sólo en los excesos cometidos en momentos y lugares concretos. Tal como señalaron Dockes y Rosier en las primeras páginas de un libro dedicado a interpretar la profunda crisis que hace más de tres décadas aquejaba también a la economía mundial, “crecimiento y crisis aparecen como fenómenos íntimamente ligados, constituyendo la forma misma de desarrollo de las fuerzas productivas en el modo de producción capitalista” (Dockes y Rosier, 1981: 14). Desde esa perspectiva, que ha vuelto a cobrar plena actualidad en estos años, las grandes crisis constituyen periodos de ruptura y cambio estructural en los que el agotamiento de un determinado modelo de acumulación pone en marcha todo un conjunto de transformaciones que incluyen las de índole espacial, por lo que puede identificarse una geografía de la crisis que será el punto de partida para la construcción de nuevas formas de organización económica, social y territorial.

En este marco general, que no por conocido debe ser olvidado, la crisis que muchos autores han identificado como una Gran Recesión comparable en su origen,

dimensión y persistencia de sus impactos a la de 1929, se manifestó desde su comienzo como una crisis del sistema financiero internacional. La burbuja de liquidez generada en Estados Unidos y diversos países europeos, el hundimiento de los mercados inmobiliarios y la multiplicación de rescates al sector financiero por parte de los respectivos Estados, con sus negativos efectos sobre la restricción del crédito, el incremento del déficit público, la consiguiente especulación con la deuda soberana de determinados países, o la imposición de políticas de austeridad, son hechos bien conocidos que sitúan al mundo de las finanzas -y su exhuberancia irracional ya denunciada por Keynes- en el ojo del huracán (Aalbers, 2009).

Pero una mirada más atenta pone enseguida de manifiesto que el mundo se enfrenta a una crisis más amplia y compleja, de dimensión global y carácter sistémico, que interrelaciona diversos procesos que ahora suman sus efectos (Estrada y Laborda, 2011). El estallido de las hipotecas subprime y toda la especulación financiera e inmobiliaria subyacentes sirvieron como detonante para sacar a la luz de forma violenta las contradicciones de un proceso de globalización regido por principios neoliberales que, iniciado hace aproximadamente tres décadas, se enfrenta a desajustes en múltiples frentes y genera elevados costes, tanto sociales como ambientales, distribuidos de forma crecientemente desigual, que lo hacen insostenible. Lo que Susan George (2010: 8) entiende como una “crisis del sistema de civilización, de globalización, de valores humanos”, destacando su carácter multifacético frente a la hegemonía de lo estrictamente financiero en nuestro paisaje mental, es otra forma de poner en evidencia esa complejidad.

Sin ninguna pretensión de desviar en exceso nuestra atención hacia temáticas que han sido objeto de atención especializada en estos años, sí resulta necesario dibujar al menos con cierta precisión el marco estructural que define el escenario sobre el que tienen lugar las dinámicas territoriales contrastadas que serán objeto de investigación. Para ello, es imprescindible comenzar recordando el protagonismo de las finanzas en el desarrollo capitalista de las últimas décadas y en su actual crisis, para luego abordar esos otros procesos convergentes.

1.1. Una historia conocida: la crisis del capitalismo financiarizado.

Uno de los procesos que mejor identifican la evolución del sistema económico mundial en las tres últimas décadas es el de financiarización, en alusión a la evidente hegemonía que el capital y los mercados financieros han alcanzado en esta etapa y a su capacidad para dictar las normas de comportamiento a los restantes sectores económicos y las prioridades a los gobiernos. La economía financiera se ha convertido en la piedra angular del capitalismo global y, por tanto, también en el núcleo del reactor que implosionó a partir de 2007.

Los excedentes acumulados durante un periodo de crecimiento de la economía internacional, que proporcionaron una notable liquidez al sistema, el rápido desarrollo de las tecnologías de información, que permitió la creación de un mercado de capitales continuo, de ámbito mundial, que opera en tiempo real y en algunos aspectos de forma

semiautomática, junto a una creciente desregulación internacional que abrió esos mercados a un capital cada vez más móvil, se reforzaron mutuamente para impulsar el proceso. También contó con el soporte intelectual de un ejército de expertos armados de sofisticados modelos matemáticos que basaban sus análisis y previsiones en el supuesto neoclásico sobre la capacidad de autorregulación de los mercados financieros, mientras ignoraban de forma deliberada su histórica tendencia a la sucesión de manías, pánicos y cracs (Kindleberger y Aliber, 2012), al margen de cualquier comportamiento racional.

Pero todo ello no habría sido suficiente sin el desarrollo en estos años de una verdadera revolución financiera que hizo creer a algunos que la maquina mundial de hacer dinero (Martin y Schumann, 1998: 65) podía alimentarse a sí misma y que el valor de los activos seguiría creciendo mediante el simple recurso al endeudamiento masivo, en una espiral sin fin y al margen de la producción de bienes y servicios generada por la economía real (Foster y Magdoff, 2009). Pese a la evidencia histórica de que todas estas burbujas han acabado estallando y que cuanto más hayan crecido mayor ha sido la gravedad de la crisis subsiguiente, bien por acción o por omisión los reguladores encargados de mantener el sistema financiero bajo control incumplieron esa función.

Su principal reflejo fue que los flujos de capital en los mercados financieros, internacionales, que en su mayor parte ya no guardan relación con la economía real, se multiplicaron de forma exponencial hasta alcanzar volúmenes muy superiores a ella. Según las estadísticas del Banco Mundial, el PIB generado anualmente en el conjunto de países del mundo casi se duplicó en apenas una década, pasando de 32,1 billones de dólares en 2001 a 61,3 billones en 2008 (en valores constantes) y, tras un retroceso al año siguiente (58,1 billones), alcanzó los 63,3 billones de dólares en 2010. Pero, aunque resulta muy difícil obtener estadísticas fiables sobre el volumen total de transacciones en los múltiples mercados de capitales –lo que se acentúa por la opacidad de algunos de ellos-, las estimaciones habituales consideran que éstas multiplican entre cincuenta y setenta veces esa cifra, superando en todo caso los tres mil billones de dólares anuales. De manera similar, Chesnais (2012) ha estimado que las transacciones mundiales de bienes y servicios al desencadenarse la crisis en 2008 apenas representaron el 1,6% del total de transacciones registradas en ese año

Buena parte de ese espectacular crecimiento se basó en la concesión masiva de créditos hipotecarios y al consumo. Pero también en la aparición de una nueva generación de productos financieros derivados (swaps, forwards, CDO, CDS…) y en la reducción de las reservas exigidas a las entidades financieras para hacer frente a las posibles retiradas de fondos, aumentando de forma desconocida hasta ese momento el nivel de apalancamiento financiero, entendido como la relación entre los créditos concedidos y el capital propio de esas entidades. También en la titulización de la deuda, troceada y revendida entre múltiples operadores financieros una y otra vez en forma de títulos que combinaban diversos productos para así multiplicar los intercambios y generar en cada uno de ellos nuevas plusvalías, además de distribuir los riesgos. Pero, al mismo tiempo, tales operaciones de ingeniería financiera,

basadas a menudo en sofisticados modelos matemáticos y avaladas por prestigiosos profesionales y por las agencias de calificación, difundieron esos riesgos crecientes a la práctica totalidad del sistema, al tiempo que su complejidad hacía prácticamente imposible conocer su volumen real. En suma, tal como afirman Navarro y Torres (2012: 83), “a través de la deuda se alimentó un nuevo universo financiero aislado de la economía real dedicada a producir bienes y servicios y pronto convertido en un auténtico casino consagrado a la especulación y gracias al cual la banca pudo aumentar su beneficio y su poder hasta los niveles gigantescos de los que hoy disfruta”.

Este tipo de operaciones aumentó la importancia de un número cada vez mayor de intermediarios financieros, convertidos en actores con un creciente poder dentro del sistema por el volumen de recursos que manejan, su capacidad para actuar con enorme rapidez y su escaso control democrático. Dentro de las entidades financieras convencionales, la clásica distinción entre bancos comerciales y bancos de inversión desapareció al permitirse a los primeros entrar en operaciones cada vez más arriesgadas con el dinero de sus clientes y aumentar sus niveles de apalancamiento. Pero una parte destacada de la burbuja financiera fue protagonizada por lo que algunos califican como banca en la sombra, compuesta por fondos de inversión y de pensiones, fondos de cobertura, sociedades de cartera, compañías de seguros, hedge funds, etc., con la colaboración de las tres grandes agencias de calificación estadounidenses, sometidos a una regulación aún menos exigente que la banca convencional y con la City de Londres y Wall Street como principales centros de operaciones (Capelle-Blancard y Tadjeddine, 2009). Se generó así un creciente poder distribuido dentro de una red de actores, cuya influencia sobre los asuntos mundiales ha llegado a cotas inimaginables hace unos pocos años.

El crecimiento sin apenas límites de las finanzas globales provocó una serie de efectos, muchos de los cuales están en la raíz misma de la actual crisis. Dejando de lado consideraciones de índole geopolítica (Méndez, 2011), o sobre la creciente importancia alcanzada por los flujos de capital que se mueven al margen de los circuitos legales y alimentan lo que Husson (2009) ha calificado como capitalismo tóxico, pueden resumirse ahora algunos de sus principales impactos en relación con las cuestiones aquí abordadas.

En primer lugar, convertir la compraventa de dinero en la principal base de generación de riqueza, al margen de la producción de bienes o servicios, transformó el funcionamiento de la economía en su conjunto, pues ahora la lógica financiera determina las tasas y ritmos de rentabilidad exigidos a todo tipo de capital, en busca de dividendos elevados e inmediatos para el accionariado y altas retribuciones para los directivos que se asocian a ese tipo de resultados. Lo que Sennet (2000) llama el capitalismo del corto plazo detrajo recursos de la economía productiva para invertirlos en el ámbito de las finanzas, cuestionando el valor de una lógica basada en la inversión y la rentabilidad en tiempos más largos y en trayectorias laborales más estables y lineales, que convierten al trabajador formado en un recurso valioso para la empresa. Por otra parte, para muchos operadores financieros el ascenso y descenso

constante de los valores cotizados (desde las acciones de las empresas a la deuda soberana o el precio de los alimentos en los mercados de futuro) se convirtió en la base de un negocio que se beneficia de la inestabilidad constante de esas cotizaciones y no de su estabilidad, lo que introduce una lógica perversa que se contrapone de forma nítida con la de la mayoría de los ciudadanos.

Como muestra de esa irracionalidad de los mercados financieros y de la volatilidad de lo que a menudo se califica como capitales golondrina -invertidos o desinvertidos con enorme rapidez- a lo que se suman frecuentes maniobras especulativas contra monedas concretas o contra la deuda soberana de ciertos Estados, muchos de ellos se ven aquejados por una creciente fragilidad. Su necesidad de financiarse de forma periódica en esos mismos mercados no hace sino aumentar su dependencia, al tiempo que la competencia entre gobiernos por atraer inversiones

conlleva un progresivo sometimiento a exigencias que han venido a ahondar la desregulación laboral, la moderación salarial, el descenso de la fiscalidad al capital o

la reducción del gasto público.

Como resultado de todo lo anterior, el capitalismo financiarizado ha alcanzado una aceleración en sus crisis desconocida durante las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, desde 1990 y en apenas dos décadas han padecido crisis financieras países como Japón (1990), México y Rusia (1995), Tailandia, Indonesia, Malasia o Turquía (1997), Corea del Sur y Brasil (1998), Argentina (2001) y, finalmente, todo el sistema mundial (2008), aunque con máxima intensidad en Estados Unidos, países de la Eurozona e Islandia (Krugman, 2009). En todos estos casos, los excesos de los especuladores acabaron propagándose a la economía real y afectando a la vida de los ciudadanos, en especial de aquellos grupos sociales y territorios más frágiles, al tiempo que sirvieron de argumento para acusar a sus respectivos gobiernos y ciudadanos de haber vivido por encima de sus posibilidades y justificar así la imposición de políticas de austeridad avaladas por los organismos económicos internacionales, que no hicieron sino ahondar la recesión y los elevados costes sociales asociados.

1.2. Las restantes dimensiones de una crisis sistémica

Aunque la crisis financiera es la protagonista indiscutible de la mayoría de

análisis y diagnósticos sobre los problemas socioeconómicos actuales, así como de las propuestas de políticas para su solución, resulta indisociable de otras crisis menos evidentes, pero necesarias para una verdadera comprensión de las dificultades a que

se enfrenta hoy el capitalismo global. En primer lugar, el desorden financiero no habría

sido posible sin la difusión del neoliberalismo, que convirtió la desregulación en axioma

y generó unas tensiones sociales crecientes que pretendieron encontrar en el

endeudamiento una vía de escape. A su vez, la acumulación de liquidez generada en

el

sector financiero se trasladó en diferentes países y grandes metrópolis del mundo a

la

inversión inmobiliaria, generando una burbuja de grandes dimensiones que también

contribuye hoy de forma decisiva al desigual impacto del crac financiero sobre el

conjunto de la economía y el empleo. Pero el rápido desarrollo de la financiarización y del sector inmobiliario no fueron ajenos al establecimiento de una nueva división internacional del trabajo que provocó una rápida deslocalización de actividades productivas y ha generado importantes desequilibrios en el comercio mundial. Por último, el modelo de crecimiento de las últimas décadas se ve hoy también enfrentado a sus límites y a una insostenibilidad denunciada desde hace décadas, pero que ahora ya se hace visible en sectores tan sensibles como el energético o el alimentario.

a) Crisis de la regulación neoliberal.

Es indudable que las finanzas globales están en el centro de lo ocurrido, pero para que el problema alcanzase su actual dimensión no bastó con que aumentase el volumen de inversión o que el capital se multiplicase de forma vertiginosa mediante los nuevos productos financieros y la reducción del coeficiente de caja. También fue imprescindible una reglamentación internacional cada vez más laxa en materia de transacciones financieras, que no pusiera trabas a la libre circulación del capital y para hacerla posible tuvo que producirse la difusión de una ideología y una práctica que se ha hecho hegemónica en las tres últimas décadas. Hace ahora ochenta años, Keynes ya acusó al capital financiero de conducir la economía a una burbuja en un remolino de especulación y la aplicación de sus propuestas en materia de política económica permitió un largo periodo de estabilidad, sin apenas crisis financieras, pero desde los años ochenta del pasado siglo se fueron creando de nuevo las condiciones para alimentarlas y eso tiene un nombre bien definido: neoliberalismo.

Tras la crisis del modelo de producción fordista y el encarecimiento de los precios de la energía padecidos por el sistema hace ya más de tres décadas, una de las principales consecuencias fue el progresivo abandono de esas políticas keynesianas de intervención pública sobre la economía en beneficio de una doctrina neoliberal heredera de viejos dogmas que habían sido abandonados por sus negativos efectos, que condujeron a la Gran Depresión de 1929. Pese a la existencia de ciertas variedades de neoliberalismo (Peck, 2004), pues su grado de incorporación se ha adecuado al marco institucional y político de cada país, la agenda neoliberal promovida desde las principales instituciones económicas internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio…) y gobiernos, difundió una serie de principios, convertidos en criterios básicos para orientar las políticas económicas, que suelen identificarse con el llamado Consenso de Washington y que se resumen en los siguientes:

- La supuesta racionalidad de la mano invisible del mercado para conseguir el aprovechamiento más eficiente de todos los recursos conduce a que el principal mecanismo para fomentar el crecimiento sea la liberalización del comercio de mercancías y servicios, eliminando de forma progresiva cualquier tipo de proteccionismo destinado a defender la producción y el empleo propios y frenar la deslocalización empresarial.

- En la misma lógica del fundamentalismo del libre mercado (Harvey, 2007b), se promueve una desregulación total de los mercados financieros, dando vía libre al

movimiento de capitales y al tráfico de divisas, reduciendo la capacidad de control de los bancos centrales, o permitiendo la proliferación de paraísos fiscales que aseguren la total opacidad de una parte de las transacciones.

- La lucha contra la inflación y la búsqueda del equilibrio presupuestario, eliminando el déficit público, sustituyen al crecimiento y el pleno empleo como objetivos prioritarios de las políticas estatales.

- Como complemento a lo anterior, se promueven contrarreformas fiscales para reducir los niveles impositivos del capital frente al trabajo y de las rentas más altas, bajo el supuesto nunca confirmado de que eso aumentará el ahorro de empresas y grupos de mayores ingresos, que aumentarán entonces su inversión, lo que generará empleo y alimentará un círculo virtuoso que difundirá el crecimiento.

- Se promueven, en paralelo, las calificadas como reformas estructurales en el mercado laboral para flexibilizarlo, eliminar supuestas rigideces y abaratar costes salariales, anulando cualquier automatismo en el traslado de las subidas de precios a las remuneraciones, extendiendo las diferentes formas de la precariedad laboral, debilitando la negociación colectiva y con ello la función de los sindicatos.

- Se completa la agenda con la reducción de las funciones del Estado en materia de protección social, junto con la privatización o externalización de bienes y servicios públicos, en especial los más rentables, con el doble argumento de incrementar la eficiencia en su gestión y reducir un gasto público acusado, a menudo, de despilfarrador.

Al considerar los efectos derivados de la progresiva implantación de esta ideología, que Harvey (2007b) entiende como proyecto de clase en cuanto ha servido para reforzar en todas partes el poder de las élites económicas, se constata la puesta en marcha una serie de mecanismos que están en la raíz de la crisis presente. El más evidente es que, frente a su escaso éxito en la promoción del crecimiento económico internacional, inferior al del periodo anterior, resulta innegable su impacto en una redistribución social y territorial del excedente mucho más asimétrica e injusta, que explica su defensa más por razones de interés que por cualquier otro motivo.

La ruptura del contrato social y la reducción de los mecanismos redistributivos del Estado de Bienestar, que mantenían la desigualdad dentro de unos límites mediante políticas sociales y territoriales de reequilibrio, acentuó todo tipo de contrastes, frenó el aumento de los salarios reales y sólo permitió mantener la expansión del consumo a base de un creciente endeudamiento. La defensa del simplista eslogan de “menos Estado y más mercado” fue disolviendo los controles establecidos tras la experiencia de 1929 para impedir los perniciosos efectos de la frecuente irracionalidad de estos últimos y limitar unos procesos de concentración oligopólica del capital (en el sector financiero, la industria, la producción energética, los medios de comunicación…) que contradicen el principio de libre competencia, llegando a cuestionar el poder del Estado y el significado de la democracia representativa.

Hoy resulta ya evidente que la ruptura del pacto keynesiano aumentó la inestabilidad del sistema en su conjunto, junto a la vulnerabilidad de un número creciente de empresas, grupos sociales y laborales o territorios, fragilizándolos ante la aparición de una crisis. En ese sentido, la profundidad de la actual “pone en cuestión todas las justificaciones del modelo neoliberal. No sólo ha fracasado en su pretensión de ofrecer una sustancial mejora del bienestar social, sino que resulta ineficiente aún en los limitados términos del funcionamiento normal de los mercados” (Recio, 2009:

114), lo que no impide que las recetas para su superación que siguen siendo dominantes ahonden en fórmulas ya fracasadas.

Ya en 1998, Martin y Schumann alertaron de que la desregulación promovida por el pensamiento neoliberal estaba descontrolando la economía global y, en el caso del sistema financiero, utilizaron una expresiva metáfora al afirmar que “en su ciberespacio de millones de ordenadores conectados en red se acumulan riesgos comparables a los de la tecnología nuclear” (Martin y Schumann, 1998: 110). La devastación provocada apenas diez años después por el estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria vino a confirmar el sentido de esas previsiones y sin duda ha revitalizado tanto las críticas al capitalismo como la defensa de un neo-keynesianismo que restablezca ciertos controles, aunque por el momento ambos planteamientos siguen enfrentándose a un bloque hegemónico dispuesto a defender sus axiomas contra toda evidencia.

En ese sentido, la crisis de endeudamiento público provocada, en buena medida, por el propio impacto del estallido de la burbuja inmobiliario-financiera sobre el conjunto de la actividad económica y la consiguiente caída de ingresos, ha justificado una aplicación más estricta de la agenda neoliberal en el seno de la Unión Europea bajo el eufemismo de las políticas de austeridad. Éstas trasladan los esencial de los costes derivados a los grupos sociales, empresas y territorios más necesitados de recursos públicos que compensen su mayor vulnerabilidad y, al tiempo, profundizan la recesión al frenar la recuperación de la actividad y del empleo. Pese a sus repetidos fracasos en más de dos décadas de aplicación en diferentes países, los poderosos intereses que subyacen a la tozuda persistencia de tales políticas contribuyen hoy al “derrumbe moral del capitalismo dirigido desde las finanzas” (Altvater, 2010: 135), que muestra de forma descarnada sus contradicciones.

b) Crisis inmobiliaria y del modelo territorial.

La expansión sin límites de la burbuja financiera alimentó en bastantes países la que tuvo lugar de forma paralela en el sector inmobiliario. Del mismo modo, la crisis que comenzó en el mercado hipotecario de Estados Unidos y de otros países fue la que puso en marcha la espiral recesiva iniciada en 2007-2008. Se hizo así evidente la estrecha vinculación entre el mundo de las finanzas y el sector inmobiliario, que alcanzó su mejor exponente en los países donde estas fracciones del capital eran dominantes y, sobre todo, en las grandes ciudades globales y regiones metropolitanas del mundo. Trasladando a este ámbito la expresión de Rémy (2001), si en ellas las inversiones de capital se convirtieron en los cimientos que construyeron la ciudad

invisible, relacional y de flujos, el sector inmobiliario se encargó de trasladar lo anterior a la ciudad visible, que se extendió y transformó con rapidez como reflejo de un proceso de urbanización que no parecía tener límites. Los mercados inmobiliarios urbanos se convirtieron, en definitiva, en una fuente aparentemente inagotable de acumulación de capital.

Esto se produjo tanto a través del crédito a los promotores privados para poner en marcha sus actuaciones, como del crédito a los gobiernos para la construcción de las infraestructuras necesarias para servir de soporte a la urbanización masiva, o del crédito hipotecario para la compra de viviendas o de inmuebles empresariales. Al convertir la vivienda en un bien de inversión aparentemente seguro y de alta rentabilidad por la rápida elevación de sus precios, además de financiable con préstamos hipotecarios que se beneficiaban de bajos tipos de interés y periodos de devolución cada vez mayores, se consiguió atraer hacia este sector una proporción creciente de capitales en circulación y del ahorro privado. Se provocó así una burbuja de activos basada en un crecimiento sin precedentes de los niveles de endeudamiento hasta alcanzar límites difícilmente sostenibles.

En una primera fase, la oferta inmobiliaria se dirigió, sobre todo, hacia los sectores más solventes de la demanda, concentrándose en urbanizaciones residenciales de calidad en áreas suburbanas y litorales, o en la regeneración y gentrificación de ciertas áreas urbanas centrales, junto a la construcción de parques empresariales de oficinas, comerciales y de ocio. Pero la búsqueda por las entidades de crédito de nuevos clientes potenciales con menores recursos incrementó las hipotecas de riesgo que, al titulizarse y fragmentarse luego en los mercados financieros, aceleraron una espiral que parecía no tener fin hasta que el aumento de los tipos de interés y de los impagos inició un movimiento de sentido contrario, cuyo impacto ha sido proporcional al tamaño alcanzado previamente por la propia burbuja.

Al mismo tiempo, en aquellos lugares donde su crecimiento fue mayor, el cluster inmobiliario generó un fuerte aumento de la oferta de empleos, pero con una elevada proporción de puestos de trabajo poco cualificados, con escaso componente innovador, asociados por lo general a una elevada precariedad y que atrajeron a menudo grandes contingentes de población inmigrante. Su baja productividad y el escaso nivel de formación de muchos de esos trabajadores con contrato temporal les convirtió en especialmente vulnerables ante el cambio de tendencia. Del mismo modo, los territorios del ladrillo mostraron una elevada fragilidad, tanto por su tendencia a la monoespecialización como por el propio deterioro ambiental generado por una urbanización descontrolada y con frecuencia poco sometida a una ordenación del territorio exigente.

En el caso específico de España, que se convirtió en uno de los mejores ejemplos internacionales del proceso de sobreproducción inmobiliaria, estas condiciones generales se combinaron con otras específicas para impulsarlo, tal como se ha analizado en numerosas publicaciones especializadas (Naredo, 2009; García, 2010; Rodríguez y López, 2011; Burriel, 2011; Romero, Jiménez y Villoria, 2012). El

rápido crecimiento interanual de las viviendas edificadas, así como del peso relativo de

la construcción y las obras públicas en la producción y el empleo totales, se acompañó

por otro aún mayor de los precios, que crecieron un 145% entre 1997-2005, sólo por debajo de Irlanda (192%) y el Reino Unido (154%), con lo que la deuda hipotecaria de las familias pasó de representar el 24% del PIB en 1998 al 62% una década después.

Una primera clave corresponde a las peculiaridades del modelo productivo español, lastrado en su competencia internacional por la relativa debilidad de un tejido industrial en el que las grandes firmas se desnacionalizaron y buena parte de las PYMEs mantuvieron una especialización en actividades de baja o media-baja intensidad tecnológica, sometidas a una creciente presión en sus costes, junto a un

insuficiente desarrollo del sistema nacional de I+D+i, lo que convirtió a la construcción

y el turismo en sectores estratégicos, como nodos centrales de importantes clusters

desarrollados a su alrededor. Eso situó al capital financiero e inmobiliario como actores centrales de un bloque hegemónico, que lideró durante varias décadas lo que se ha calificado como una “refundación oligárquica del poder” (Naredo, 2009: 119), al tiempo que también se produjo la llegada de inversiones y grandes empresas promotoras procedentes del exterior, sobre todo en determinadas áreas del litoral mediterráneo y los archipiélagos, especializadas en un verdadero monocultivo turístico-residencial.

Pero no debe olvidarse que la burbuja inmobiliaria estuvo apoyada en todos los países por una importante presencia pública –por acción u omisión- que en este caso tuvo cuatro manifestaciones principales. En primer lugar, la aprobación de un marco normativo liberalizador como fue la Ley del Suelo de 1998, que convirtió buena parte del territorio en solar urbanizable salvo protección explícita y justificada, cediendo un creciente protagonismo en la gestión de ese recurso a los agentes urbanizadores privados. En segundo lugar, mediante un favorable tratamiento fiscal a la compra de vivienda frente a la debilidad del mercado de alquiler, destinado a transformar una sociedad de productores en una sociedad de propietarios (López y Rodríguez, 2010). En tercer lugar, mediante la descentralización de la mayoría de competencias urbanísticas a los gobiernos autonómicos y a unos gobiernos locales que, al depender en buena medida de los recursos asociados a la urbanización para financiarse, fueron proclives a calificar grandes superficies como urbanizables en sus documentos de planeamiento y a recalificaciones que en bastantes casos rebasaron los límites de la legalidad, con los consiguientes efectos sobre la difusión de prácticas corruptas. Por último, mediante grandes inversiones en infraestructura de transporte que sirvieron como soporte material y que, al mejorar la accesibilidad, hicieron posible la urbanización de extensas áreas del territorio.

En consecuencia, además de la propia fragilidad intrínseca de un modelo de crecimiento basado en el endeudamiento generalizado, su impacto negativo desde el punto de vista territorial fue también elevado. La destrucción del patrimonio edificado, de paisajes urbanos y entornos naturales, junto a la multiplicación de la superficie artificializada en una urbanización de baja densidad altamente consumidora de suelo y otros recursos naturales, que incrementó de forma notable la movilidad forzada y segmentó aún más los espacios urbanos según funciones y grupos sociales, fueron

algunos de esos efectos que cuestionaban la sostenibilidad del modelo a medio plazo. Por esa razón, además de un cambio en el modelo productivo, superar esta crisis exigirá también, en palabras de Ferrão, “una nueva cultura del territorio y de la ordenación del territorio, es decir, creencias y valores que se traduzcan en actitudes, competencias y prácticas cotidianas por parte de la población en general y de los miembros de las comunidades científica, técnica y política con intervención directa en la ordenación del territorio, así como, sobre todo, por parte de los principales stakeholders” (Ferrão, 2011: 115).

c) Crisis de la hiperglobalización y la nueva división internacional del trabajo.

El proceso de globalización también se vio acompañado desde sus inicios por cambios en la organización de la actividad productiva a los que se identificó con un nuevo sistema de organización flexible, con cadenas de valor progresivamente segmentadas y un reforzamiento de la división espacial del trabajo que aumentó la interdependencia entre empresas, trabajadores y territorios. Se impuso así una competencia creciente y se difundió un discurso según el cual los gobiernos y los ciudadanos debían aceptar la pérdida de una parte de su capacidad de decisión ante la necesidad de adaptarse a las exigencias de una globalización ante las que se afirmaba que apenas había alternativas.

En primer lugar, esa competencia entre desiguales aceleró un desplazamiento masivo de la producción industrial hacia los llamados países en desarrollo –en particular las nuevas potencias emergentes- que, de representar el 15,3% del total mundial en 1990, alcanzaron ya casi una tercera parte (32,1%) en 2010. Las grandes diferencias de costes, superiores en la mayoría de casos a las de productividad, junto a la progresiva eliminación de aranceles proteccionistas y unos precios relativamente bajos de la energía, del transporte y la logística, impulsaron un proceso que culminó tras la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (1997) y su conversión en fábrica del mundo, con más de un 15% de la producción total cuando hace dos décadas apenas superaba el 1%. Esa integración, junto con la de India, supuso la brusca incorporación en los mercados globales de más de 1.500 millones de trabajadores, desequilibrando así profundamente la relación entre trabajo y capital a favor de este último.

La primera consecuencia visible de ese proceso fue la desindustrialización progresiva –aunque desigual- de muchos países con tradición manufacturera, tanto en términos de empleo absoluto como de importancia del sector dentro de su PIB, en contraste con una creciente hipertrofia del sector terciario, de la economía financiera y, en algunos casos, de la construcción, convertidos en los nuevos motores de su crecimiento. Pero esa tendencia alcanzó también a buena parte de los países latinoamericanos y del antiguo bloque soviético, que se han enfrentado a una desindustrialización precoz (Salama, 2012: 52) que acentuó su dependencia de la exportación de diversos tipos de recursos naturales y agrarios, lo que también elevó su vulnerabilidad frente a las oscilaciones de la demanda y los precios de esos productos

en los mercados globales. El contrapunto fueron los nuevos países industriales asiáticos, donde se localiza ya una cuarta parte de la producción mundial y que, al contar con una demanda interna limitada, destinaron lo esencial de su producción a la exportación, generando así elevados excedentes de capital que alimentaron la burbuja financiera en los mercados globales

De este modo, según los informes anuales de la ONUDI, pese a las mejoras de productividad incorporadas mediante un elevado esfuerzo innovador en una parte de las empresas industriales que permanecen en las economías avanzadas, el crecimiento anual de su producción en el periodo expansivo 2000-2005 se limitó al 2,3% y cayó al -1,7% en 2005-2010, con los valores más negativos de este último periodo en el Reino Unido (-3,2%), Japón (-3,3%), Italia (-4,1%) y España (-4,1%), en contraste con el 5,1% de crecimiento anual en Asia o el 11,8% de China.

En los inicios del proceso, el trasvase de capacidad productiva afectó básicamente a manufacturas de escasa complejidad tecnológica, intensivas en el uso de mano de obra o materias primas, que producían bienes de escaso valor. Pero los nuevos países industriales asiáticos han aumentado de forma constante sus exportaciones de bienes intensivos en capital y tecnología, a menudo desde fábricas ubicadas en ellos de empresas transnacionales o de empresas mixtas hacia las que se externalizan cada vez más tareas y productos en función, sobre todo, del diferencial de costes salariales y fiscales, así como de las escasas exigencias en materia de condiciones laborales o controles ambientales.

Es indudable que, en una aproximación superficial, ese trasvase de actividad industrial y de un número creciente de servicios que usan como materia prima la información hacia los países en desarrollo podría valorarse positivamente en términos de reequilibrio, frente a la secular polarización en los países desarrollados y es evidente que este mundo cada vez más plano ha abierto oportunidades para determinadas regiones tradicionalmente excluidas (Friedman, 2006). Pero una mirada más atenta comprueba que sus costes también resultan evidentes y tenderán a acentuarse de no establecer medidas correctoras.

En ese sentido, la puesta en competencia de trabajadores que viven y trabajan en entornos absolutamente desiguales ejerce una presión para equiparar por abajo las condiciones laborales y los salarios de quienes residen en los antiguos países industriales bajo la amenaza constante que supone el chantaje de las deslocalizaciones, lo que les convierte en rehenes de una globalización extrema. Al mismo tiempo, se ha provocado en ellos una importante destrucción de empleos que el desarrollo de la economía del conocimiento o de los sectores creativos no logra compensar en la mayoría de casos, junto a una reducción en la capacidad negociadora de los sindicatos, al tiempo que se han extendido las fronteras de la precariedad y la importancia relativa del llamado mercado secundario de trabajo, donde esta última es la norma.

Pero, en el otro plato de la balanza, la situación laboral de ese inagotable ejército de reserva incorporado en las dos últimas décadas al mercado global, más

como productor que como consumidor, deja bastante que desear a juzgar por los informes anuales sobre tendencias del empleo que edita la Organización Internacional del Trabajo. Así, por ejemplo, el publicado en el último año se inicia con la afirmación de que “al despuntar 2012 el mundo se encuentra ante un grave problema de desempleo y déficits generalizados de trabajo decente” (OIT, 2012: 1). De su exhaustivo análisis destaca la permanencia de unos 1.520 millones de trabajadores vulnerables (bajos salarios, ausencia de derechos laborales, temporalidad o ausencia de contrato…), unos 140 millones más que en el año 2000 y casi la mitad del total empleado en los países en desarrollo (48,2% entre los hombres y hasta el 50,5% entre las mujeres), de los que 900 millones son calificados como trabajadores pobres, al no alcanzar con su trabajo un ingreso diario mínimo. De ahí que, tras varios decenios de deslocalizaciones que generaron elevadas plusvalías empresariales, la promoción de ese trabajo decente en los nuevos países industriales siga siendo uno de los objetivos prioritarios de esa organización.

En resumen, como señala uno de los más conocidos defensores de la desglobalización, “la mundialización ha fabricado parados en el norte y ha aumentado el número de los semiesclavos en el sur, ha destruido en todas partes los recursos naturales, ha dado el poder a los financieros y ha privado a los pueblos de los medios de autodeterminarse que habían conquistado” (Montebourg, 2011: 38). Tanto desde esas posiciones muy críticas, como para quienes defienden una globalización en sus cabales (Rodrick, 2011) que ponga fin a la hiperglobalización de los últimos tiempos, parece abrirse camino la idea de que es necesario que los Estados mantengan cierta capacidad para definir una política económica y, en concreto, recuperen una política industrial que defina prioridades estratégicas y las apoye con recursos, sin verse sometidos a las actuales prohibiciones de la OMC, tal como también hicieron todas las potencias asiáticas emergentes.

Igualmente se hace urgente evitar el dumping social y ecológico que supone la inexistencia de barreras a la libre circulación de mercancías producidas a veces en condiciones de explotación laboral, ausencia de derechos o destrucción ambiental inaceptables en los países de destino, sin respetar unos estándares internacionales mínimos. Cuando alguien tan poco sospechoso de radicalismo como un catedrático de Harvard afirma ahora que “las democracias tienen el derecho a proteger su organización social y cuando este derecho interfiere con los requisitos de una economía global es esta última la que debe dejar paso” (Rodrick, 2011: 21), es evidente que se ha alcanzado una situación crítica también desde esta perspectiva.

d) Crisis energética y de sostenibilidad.

Una última dimensión de la crisis, no menos importante que las anteriores, es la que afecta a un modelo de crecimiento económico que desde el siglo XIX se basó en un consumo intensivo de fuentes de energía fósiles, abundantes y a precios relativamente baratos. Sin considerar ahora sus impactos ambientales y su directa relación con el calentamiento global, este soporte necesario para asegurar el dinamismo económico parece enfrentarse a sus límites en un futuro próximo.

En julio de 2008, dos meses antes del estallido de la burbuja financiera en Estados Unidos, el precio del barril de petróleo alcanzó un máximo histórico de 147,70 dólares, cuando siete años antes apenas superaba los 24 dólares. Aunque la recesión económica en 2009 redujo de nuevo los precios, al año siguiente volvieron a elevarse y desde entonces fluctúan en niveles bastante superiores a los del periodo anterior a la crisis. Si en vez de valores puntuales se consideran precios medios anuales en valores constantes (dólares de 2011), el nivel más bajo de las tres últimas décadas se alcanzó en 1998, con un promedio de 17,55 dólares por barril, que se duplicaba cinco años después (35,25 dólares en 2003) y casi se triplicó de nuevo en el siguiente lustro (101,61 dólares en 2008). Tras una breve caída en 2009 como resultado de la recesión económica mundial (64,66 dólares), los precios han vuelto a remontar con rapidez y en 2011 registraron su nivel más alto de toda la serie histórica, con un promedio de 111,26 dólares, según las estadísticas que publica anualmente British Petroleum.

Más allá de circunstancias coyunturales o tensiones geopolíticas en las áreas de extracción, esa tendencia que tiende a consolidarse se relaciona con tres tipos de factores que se refuerzan entre sí. El primero de ellos corresponde al aumento de la demanda derivado del fuerte crecimiento de China y otros países emergentes, que supusieron la mitad del incremento del consumo registrado en la última década. No obstante, frente a argumentos que parecen responsabilizar a estos países de querer imitar el estilo de vida intensivo en consumo de energía que caracteriza al mundo desarrollado ya desde hace décadas, parece necesario señalar que “con el aumento de la cantidad de personas que aspiran a este tipo de consumo, los problemas del planeta se incrementarán” (Tabb, 2009: 126), lo que sitúa la responsabilidad de la situación en un estilo de vida insostenible a medio plazo.

Una segunda causa del encarecimiento de la energía es su progresiva integración en la lógica de los mercados financieros. El precio de estos productos depende cada vez menos de su oferta o demanda reales y mucho más de la compraventa que se realiza a diario en los mercados de futuros. Las principales compañías del sector y algunos grandes operadores financieros (Goldmann Sachs, JP Morgan, Citigroup, Bank of America y Morgan Stanley) tienen una elevada influencia en esos mercados y en una oscilación de precios que permite grandes ganancias especulativas. Al mismo tiempo, la aparición de otros inversores que en determinados momentos trasvasan capital desde otros sectores menos rentables –como ocurrió en 2008 con el inmobiliario y el financiero- también provocan periódicas burbujas de precios y, sobre todo, una creciente inestabilidad.

Pero una tercera causa que no puede ser ignorada se refiere al progresivo agotamiento de las reservas de hidrocarburos conocidas. Según la Agencia Internacional de la Energía a partir de su informe anual correspondiente a 2010, corroborado por otras instituciones privadas como la ASPO (Association for the Study of Peak Oil and Gas), se estaría alcanzando en la actualidad el pico del petróleo. Esto corresponde al momento en que ya se han consumido la mitad de las reservas petrolíferas extraíbles con la tecnología y condiciones de mercado actuales, situación

que se trasladaría al gas natural en una década y al carbón hacia 2025 (Fernández Durán, 2011). Aunque en el pasado el descubrimiento de nuevas reservas o las mejoras técnicas en los sistemas de extracción se encargaron de refutar este tipo de predicciones, lo que sí parece fuera de toda duda es que aumentar la producción de este tipo de energía fósil en el futuro supondrá costes directos crecientes –además de los costes ambientales indirectos- y el consiguiente freno para el crecimiento económico global.

Pero, como recuerda Rifkin (2011), si el pico de la producción total de petróleo está en discusión, lo que resulta indiscutible es que el pico global del petróleo per capita, es decir, el volumen producido por habitante, se alcanzó hace ya varias décadas. Si se concreta en unas sencillas cifras, en 1981 la producción diaria de petróleo en el mundo fue de 59,5 millones de barriles, en 1991 ascendió a 65,2 millones, hasta 74,8 millones en 2001 y alcanzó los 83,6 millones en 2011. Pero como la población mundial lo hizo aún con mayor rapidez (de 4.531,8 millones en 1981 a 6.974,0 en 2011), eso supone que la producción per capita, que era de 13.140 barriles en 1981, descendió de forma lenta pero constante en las tres décadas siguientes hasta los 11.980 del año 2011.

A los problemas estructurales relacionados con la energía se suman los

relativos a algo tan sensible como los alimentos. No por casualidad, también en 2008 el precio medio de algunos productos básicos como el arroz, el trigo o la soja aumentó un 74%, 87% y 130% respectivamente. La consecuencia fue que, más allá de lo que Magdoff (2009) califica como hambre rutinaria, los informes de la FAO denunciaron un aumento inmediato de la subalimentación y de la inseguridad alimentaria en 2009, que se atenuó ligeramente al año siguiente pero se mantiene en niveles muy elevados desde entonces.

También en este caso, las causas se repiten. Más allá de circunstancias coyunturales que afectan a las cosechas o del efecto provocado por la crisis de la agricultura de subsistencia en países forzados por los organismos internacionales a especializarse en productos de exportación para obtener divisas con que pagar sus deudas, tres son las razones básicas del aumento de precios. La especulación con muchos de estos productos en unos mercados globales que operan con una lógica financiera es la primera. El aumento de la demanda asociado al crecimiento económico y el cambio de hábitos alimentarios en los países emergentes la segunda. El impacto derivado de los elevados precios energéticos sobre los insumos agrarios y el uso de una parte de la producción para fabricar agrocombustibles la tercera.

El efecto combinado de los procesos que acaban de comentarse es que se ha

alcanzado una situación que puede calificarse como círculo vicioso, pues el crecimiento económico aumenta con rapidez la demanda energética y los precios, lo que provoca su detención, con efectos que también se trasladan a los alimentos y otras materias primas. Sin duda los especuladores financieros y la desregulación de los mercados echan gasolina al fuego, provocando cambios bruscos en las cotizaciones. Pero parece existir un bloqueo estructural que refuerza el carácter

sistémico de lo que puede, por tanto, entenderse como una crisis del capitalismo global, basada en la aplicación de la agenda neoliberal y el predominio de una lógica de acumulación financiarizada.

Esta es la interpretación que aquí se propone respecto a los movimientos tectónicos de fondo que son el fundamento de la actual crisis, pero es también evidente que sus manifestaciones resultan diferentes según territorios y comprender mejor las razones de esas diferencias será el argumento central a desarrollar en las páginas que siguen.

1.3. Territorios, vulnerabilidad y crisis.

Tal como señalan Hardt y Negri (2011: 9), “uno de los principales efectos de la globalización es la creación de un mundo común que, para bien o para mal, todos compartimos, un mundo que no tiene afuera”. La suma de procesos interrelacionados que constituyen el origen de la actual crisis sistémica, así como sus principales consecuencias, afectan, de uno u otro modo, a todos los territorios y las

incertidumbres que se ciernen sobre el futuro a corto plazo de la economía mundial en

su conjunto siguen siendo muy elevadas.

Ahora bien, cualquier observación superficial permite comprobar que el impacto de la crisis muestra, al mismo tiempo, intensidades y manifestaciones muy diversas, que son compatibles con la afirmación anterior pero también exigen un análisis y una interpretación más precisos de las transformaciones en curso. De una parte, mientras algunos territorios se muestran particularmente frágiles y padecen las situaciones de mayor gravedad, otros parecen dotados de mayor resistencia y sus indicadores de desarrollo apenas se han visto afectados en estos años. A su vez, algunos lugares consiguen adaptarse mejor a la nueva situación, renovarse y recuperarse en un tiempo más o menos breve, en tanto otros inician un periodo de deterioro prolongado, sin encontrar alternativas definidas para superar tal situación. Por último, mientras ciertos territorios se muestran incapaces de articular respuestas propias ante la crisis, resultado de la coordinación y colaboración entre diferentes actores, por lo que cifran sus esperanzas en la ayuda externa, otros logran poner en marcha respuestas proactivas y proyectos compartidos para hacerle frente, aunque sus resultados no sean visibles de inmediato.

En consecuencia, cada una de las grandes crisis del capitalismo se ha saldado con la aparición de una nueva generación de países, regiones y ciudades en declive

frente a otros que mantienen una trayectoria estable e, incluso, un tercer grupo emergente, que ve mejorar sus condiciones por su mayor adecuación al nuevo contexto. Si, en palabras de Veltz (1999: 104), “la apertura y la ampliación del mercado mundial se realiza movilizando recursos sociales y culturales muy específicos, ligados

a la historia de cada territorio”, lo que justifica que la globalización haya tenido

expresiones diversas más allá de las tendencias comunes que ha impulsado, algo similar ocurre ahora con los impactos de la crisis. Pero sólo una observación capaz de analizarlos a diferentes escalas espaciales permite ofrecer una aproximación

adecuada y esa es la principal aportación que puede hacerse a su estudio desde un enfoque geográfico, atento a mostrar la espacialidad inherente a los procesos económicos y sociales, así como la lógica y las relaciones de poder subyacentes.

Tal como plantea Ron Martin, pueden así identificarse múltiples geografías locales de una crisis que sin duda tiene dimensión global, pero que ofrece manifestaciones diversas y a veces contradictorias. Esto proporciona un notable ejemplo de glocalización, en el que las estrategias financieras globales se han combinado con otras específicas en los diferentes ámbitos locales para provocar impactos muy heterogéneos (Martin, 2011: 592). Esa variedad suele relacionarse de forma habitual con la vulnerabilidad propia de cada territorio, lo que exige fijar la atención sobre el significado que debe otorgarse a este término en relación con la crisis.

El de vulnerabilidad es un concepto polisémico, es decir, utilizado en contextos múltiples y con significados diversos, por lo que no existe una definición única y generalizable. Su desarrollo ha sido mayor en el ámbito de los estudios ambientales y en relación con el análisis de desastres, que de explicaciones físico-naturales han evolucionado para incluir también factores socioeconómicos, pero en los últimos años también se ha difundido en las ciencias sociales y, más en concreto, en los estudios urbanos.

En tal sentido, puede considerarse vulnerable a aquella persona, grupo social o territorio con alta propensión o probabilidad de verse afectado por algún tipo de daño en función de dos tipos de razones que a menudo se complementan. Por un lado, una elevada exposición a riesgos de diversa naturaleza o a situaciones adversas que escapan a su control. Por otro, su indefensión, escasa capacidad de respuesta y dificultad de adaptación a la nueva situación, ya sea por sus propias debilidades y falta de medios adecuados o, además, por la falta de apoyo externo para atenuar los daños provocados. Factores externos e internos suman, por tanto, sus efectos, aunque con importancia variable de unos y otros según los casos.

La vulnerabilidad presenta algunos rasgos básicos, el primero de los cuales es su carácter relativo, pues todos somos hasta cierto punto vulnerables pero en distinto grado y ante diferentes situaciones, por lo que su aplicación al análisis de los territorios sólo tendrá sentido en términos comparativos. En segundo lugar, la vulnerabilidad es dinámica, pues si bien a menudo la fragilidad actual es resultado de un largo proceso y persiste con el paso del tiempo, puede aumentar o disminuir en relación con decisiones y acciones sucesivas que se acumulan a lo largo de la trayectoria histórica seguida por un mismo territorio. En tercer lugar, es también una construcción social, por lo que determinadas ideologías como la neoliberal, que prima la competencia entre desiguales, erosiona los mecanismos de solidaridad y busca reducir la acción pública en materia de protección social y establecimiento de controles a la acción de los mercados, aumentan la vulnerabilidad de aquellas personas, sectores sociolaborales y territorios con mayores dificultades para salir indemnes de esa competencia. Lo mismo ocurrirá con determinados modelos de crecimiento excesivamente especializados en

lo económico, polarizados en lo social e insostenibles a medio plazo en lo ambiental, que fragilizan a aquellos territorios que los adoptan, lo que permite hablar de una incertidumbre fabricada (CEPAL, 2002).

Por último, tiene una dimensión objetiva y mensurable a partir de determinados indicadores –sometidos a debate y dependientes de la información disponible- junto a otra subjetiva que se relaciona con “la percepción de inseguridad y miedo que los ciudadanos tienen del territorio donde viven y de sus propias condiciones sociales” (Hernández Aja, 2007: 8). El Observatorio de la Vulnerabilidad Urbana en España, que ofrece información sobre todas las ciudades que superan los 50.000 habitantes además de las capitales, con datos que -a la espera de información proveniente del nuevo censo- corresponden a 2001 y 2006, incluye por esa razón entre los veinte indicadores de vulnerabilidad algunos de carácter sociodemográfico, socioeconómico y residencial, pero también otros de índole subjetiva (De Santiago, 2010).

Desde esa perspectiva, los impactos provocados por catástrofes puntuales (inundaciones, sismos, tsunamis, guerras…) o por crisis económicas de larga duración en los diferentes territorios deben interpretarse “no como fenómenos puntuales, espontáneos e inevitables, sino como el resultado de causas estructurales y procesos de largo y medio plazo, muchos de ellos modificables por la acción humana” (Pérez de Armiño, 2000: 3). Así pues, si centramos la atención en las crisis capitalistas, la amplitud e intensidad de sus negativos efectos variarán, desde luego, según la profundidad y duración de cada una de esas crisis, pero también en función de la vulnerabilidad previa de cada territorio (exposición + capacidad de respuesta). Al mismo tiempo, sucesivas crisis pueden acentuar el grado de vulnerabilidad territorial, debilitando aún más su capacidad para hacerles frente. Pero pueden también aparecer rupturas en esa tendencia debidas a la aplicación de estrategias de revitalización o resiliencia que se utilizaron para enfrentar las consecuencias de crisis anteriores y que han sido capaces de generar nuevas fortalezas.

En definitiva, puede proponerse como hipótesis que la diferente gravedad y profundidad de la crisis actual en países, regiones y, en especial, ciudades, es el resultado o reflejo de la vulnerabilidad generada por su trayectoria previa. Pero, dicho esto, quedan aún sin resolver dos cuestiones centrales: cómo comparar la situación de las ciudades ante la crisis y cuáles pueden ser las causas explicativas de esa distinta vulnerabilidad urbana. Las siguientes páginas intentarán avanzar algunos pasos en la respuesta a ambas preguntas.

1.4. Ciudades frente a la crisis: principales indicadores para un diagnóstico

comparativo.

Desde que estalló la burbuja financiera en Estados Unidos, en septiembre de 2008, y su impacto provocó la crisis financiera internacional y la posterior recesión económica en 2009, comenzaron a publicarse algunos informes sobre el reflejo de esa crisis en las áreas urbanas y las respuestas dadas por sus gobiernos, que fueron especialmente numerosos en los dos años siguientes para casi desaparecer desde

entonces, cuando la recesión se concentró en ciertos países. La mayoría fueron realizados o financiados por instituciones internacionales y se basaron en el uso de algunos indicadores estadísticos, generalmente escasos y con un periodo de análisis muy breve como para establecer tendencias consistentes. Por esa razón, esos escasos datos se complementaron con cuestionarios enviados a representantes políticos y, en algunos casos, a otros actores sociales relevantes de las ciudades que se analizaban.

Uno de los más significativos fue el proyecto URBACT II, promovido por la Unión Europea (Soto, 2010) y que consideró la situación de 131 ciudades en 25 países europeos. También pueden mencionarse el informe de la OCDE sobre el papel de los líderes locales frente a la crisis (Clark, 2009), así como los realizados por el Consejo Europeo de Municipios y Regiones (CEMR, 2009), la organización United Cities and Local Governments (2009), o el Metropolitan Policy Program de The Brookings Institution y la London School of Economics and Political Science (Berube et al., 2010). A escala de sistemas urbanos nacionales, pueden citarse los relativos al efecto de la crisis en las ciudades británicas (Lee, Morris y Jones, 2009), norteamericanas (Paulais, 2009), o en las zonas de empleo francesas (Davezies,

2010)

Pese a su valor como primeros intentos de diagnosticar los efectos del proceso, estas investigaciones resultan poco numerosas, parciales en cuanto al tipo de indicadores considerados y heterogéneas desde el punto de vista metodológico, por lo que su utilidad actual es bastante limitada. En consecuencia, un primer objetivo de investigación para una geografía de la crisis en España sería la elaboración de un mapa de la crisis a diferentes escalas con objeto de esbozar una panorámica de conjunto, base necesaria para aportar luego una interpretación de los posibles factores subyacentes a la desigual vulnerabilidad de regiones, ciudades o áreas rurales ante shocks externos como los padecidos en estos últimos años.

Las áreas urbanas son protagonistas esenciales en la evolución contemporánea de las sociedades europeas, por lo que los ciclos económicos que marcan el desarrollo del sistema capitalista siempre encontraron en ellas su mejor reflejo, tanto en los periodos de crecimiento como en los momentos de crisis. Pero se trata también de entidades complejas, donde la diversidad económica, social o cultural es la norma, lo que favorece fuertes contrastes tanto en su interior como en las trayectorias seguidas por unas y otras. Puede afirmarse por tanto que, al tiempo que “son origen y epicentro de la crisis, que se manifestará aquí en su forma más persistente y virulenta” (Perló, 2011: 9), existirán notorias diferencias en cuanto al impacto recibido, tanto por las ciudades que forman parte de un mismo sistema urbano como en el interior de las aglomeraciones metropolitanas o entre los barrios de una misma ciudad. Precisar dónde se encuentran las áreas en que la recesión económica ha causado un mayor impacto, lo que Cohen (2012: 40) identifica como “los lugares de la crisis”, resulta un aspecto importante tanto porque ayuda a conocer mejor la configuración espacial de las economías nacionales como porque puede ser útil para

focalizar determinadas políticas y, en ambos sentidos, la escala urbana resulta particularmente significativa.

Muchos son los indicadores potenciales que pueden considerarse para valorar esas diferencias y la capacidad de las ciudades para evitar el declive, sumergirse en él o recuperar su vitalidad anterior. En el caso de los indicadores cuantitativos, no obstante, la disponibilidad de información a escala local y actualizada limita en la práctica la posibilidad de medir el carácter multifacético de la vulnerabilidad y de la crisis a un número generalmente reducido de variables. Tanto este hecho como la conveniencia de incorporar, en ocasiones, algunas dimensiones de la crisis difíciles de reducir a valores estadísticos aconsejan el uso complementario de indicadores cualitativos, al menos en estudios de caso sobre lugares concretos. Aunque sin pretensión de exhaustividad y con un simple objetivo sistematizador, se han identificado hasta una treintena de indicadores potenciales para llevar a cabo una valoración comparativa sobre el impacto de la crisis en las ciudades españolas, agrupados en cinco componentes básicos (tabla 1.1).

Indicadores económicos, destinados a medir la posible disminución de la actividad empresarial –total y por sectores de actividad- a partir de los cierres, ajustes de capacidad y evolución del número total de establecimientos, que tendrían como complemento un menor nacimiento de nuevas empresas. Todo ello puede generar efectos directos sobre la producción y el consumo locales, así como sobre los flujos de inversión recibidos. Pero otro indicador del rumbo tomado por la economía local se relaciona con la crisis fiscal de un sector público enfrentado a la reducción de transferencias desde el Estado central, la reducción de ingresos por licencias y actividad, junto al mantenimiento de las demandas sociales y la dificultad para acceder a financiación privada. En ese sentido, tanto el nivel de endeudamiento de la administración local, como la evolución de sus presupuestos o de la inversión realizada en servicios, equipamientos e infraestructuras resultarán útiles para el diagnóstico.

Indicadores laborales, que reflejan el efecto combinado de la dinámica económica y del marco regulatorio, tanto sobre el volumen total de población incluida y excluida del mercado de trabajo, como sobre la calidad del empleo o el sistema de relaciones laborales. Indicadores de la intensidad alcanzada por la crisis pueden ser tanto la disminución de la afiliación a la Seguridad Social y de las cifras anuales de contratación a escala local, como el incremento en el paro registrado o en la precariedad laboral (temporalidad, subempleo, autónomos precarios…), sin ignorar la mayor presencia de trabajo sumergido y, como contrapunto, el incremento de los expedientes de regulación de empleo o de diferentes formas de conflictividad por motivos laborales.

Tabla 1.1. Indicadores del impacto de la crisis económica en las ciudades.

COMPONENTES

INDICADORES DE IMPACTO

 

Disminución en el número total de empresas

Económicos

Descenso en la creación de nuevas empresas

Disminución o estancamiento del PIB local

Disminución del consumo y las ventas

Aumento en deuda financiera de la administración local

Disminución de los presupuestos locales e inversión pública

 

Reducción de la afiliación a la Seguridad Social

Laborales

Reducción en el número de contratos anuales

Aumento del paro registrado general y en grupos de riesgo

Aumento de la precariedad laboral (temporalidad, subempleo)

Aumento del empleo informal/sumergido

Aumento en EREs y conflictividad laboral

 

Disminución de la renta media familiar

Sociales

Aumento de las desigualdades de renta

Aumento de la población bajo el umbral de la pobreza

Aumento de población sin hogar y en centros de asistencia

Deterioro de los servicios sociales

Aumento de la contestación ciudadana

 

Estabilización o descenso de la población residente

Demográficos

Envejecimiento de la estructura demográfica

Balance migratorio negativo

Emigración de trabajadores cualificados/alto nivel educativo

 

Descenso en la construcción y venta de viviendas

Inmobiliarios

Reducción del precio medio de venta de la vivienda

Reducción inmuebles empresariales (edificación, venta, precio)

Reducción de alquileres de oficinas y naves

Aumento de ejecuciones hipotecarias y desahucios

Abandono de viviendas e infraestructuras

Fuente: Elaboración propia.

Indicadores sociales, que consideran los efectos derivados de la crisis sobre el grado de cohesión o el aumento de la segmentación interna. Para ello pueden ser de utilidad indicadores que midan la evolución de la renta media familiar y, más aún, los posibles incrementos en la desigualdad entre los diferentes estratos de la pirámide social, en la población que se encuentra en riesgo de pobreza/exclusión y de aquella que requieren la asistencia social para enfrentar la situación (refugios para población sin hogar, comedores sociales…). El deterioro de los servicios sociales, visible a través de sus presupuestos, plantillas laborales, etc., junto al aumento de la contestación y de la movilización ciudadana pueden ser también reflejo destacado del descontento provocado por la crisis urbana y por las políticas aplicadas como respuesta.

Indicadores demográficos, relacionados tanto con el estancamiento o la disminución del número de habitantes censados o empadronados como, sobre todo, por unos saldos migratorios negativos que suelen reflejar de forma sintética el pulso socioeconómico de las ciudades, siendo también relevante considerar la emigración de jóvenes con alto nivel formativo y trabajadores cualificados. Todo ello mostrará sus efectos sobre la evolución de la estructura por edades y la tendencia a acelerar el envejecimiento demográfico.

Indicadores del mercado inmobiliario, de especial importancia en países como España que tienen a este sector en la raíz de buena parte de sus actuales problemas. La dinámica inmobiliaria urbana tras el estallido de la burbuja puede quedar bien reflejada en el descenso registrado por las viviendas que inician o finalizan su construcción anualmente, las cifras de venta y sus precios medios. También será significativo considerar la situación del inmobiliario empresarial (naves, oficinas y locales comerciales), tanto en cuanto a construcción, ventas y precios, como a evolución de los alquileres, que son más sensibles a los cambios de coyuntura. Pero el aspecto de la dinámica inmobiliaria con mayor impacto social es, sin duda, la evolución registrada por las ejecuciones hipotecarias y los desahucios de quienes no pueden hacer frente al pago, en tanto el abandono de determinadas áreas edificadas o en construcción, así como de infraestructuras, tiene un impacto directo sobre los paisajes urbanos y resulta, a menudo, el reflejo más gráfico de que “la crisis es también, sin duda, crisis de un cierto modelo de urbanización” (Baraud-Serfaty, 2009: 87).

A partir del análisis de este tipo de información y su tratamiento estadístico para definir tendencias y regularidades, un objetivo complementario será el establecimiento de tipologías que sistematicen el comportamiento de las ciudades ante la crisis, revisando en su caso clasificaciones ya existentes, elaboradas en su momento con otro tipo de criterios. Finalmente, los resultados obtenidos pueden permitir comprobar en qué medida la crisis influye sobre los modelos de organización territorial vigentes en el periodo anterior, acentuando o atenuando, por ejemplo, las tendencias a la aglomeración, los fenómenos de policentrismo, la segmentación interna de los espacios urbanos y metropolitanos, etc. Se trataría, en definitiva, de considerar hasta qué punto puede considerarse que se apunta ya lo que Harvey (2007) define como una nueva solución espacial (spatial fix) acorde con un nuevo régimen de acumulación y un nuevo modo de regulación emergentes, que surgen como respuesta a las grandes crisis que han marcado la trayectoria del capitalismo.

Una interpretación multiescalar sobre el desigual impacto urbano de la

crisis económica.

Comprender mejor por qué algunas ciudades parecen más resistentes y capaces de superar la actual situación mientras otras se muestran más vulnerables resulta, sin duda, el aspecto central de cualquier investigación que aspire a superar la aportación de nueva información para ofrecer también un conocimiento que pueda

1.5.

orientar actuaciones destinadas a revertir la actual situación con criterios más consistentes. Para lograrlo, el principal argumento que aquí se defiende es que resulta necesario considerar tanto factores externos como también internos al propio territorio. Es precisamente “la tensión dialéctica entre ambos tipos de factores la que produce y reproduce un desarrollo geográfico desigual y es un error priorizar unos sobre otros” (Hadjimichalis, 2011: 257).

Pero ese planteamiento general puede concretarse en la identificación de tres planos o escalas de análisis -complementarios e interdependientes- para interpretar las múltiples causas de la crisis en un lugar determinado, tal como propone de manera esquemática la figura 1.1.

Figura 1.1. Claves del desigual impacto urbano de la crisis: propuesta interpretativa.

CRISIS FINANCIERA INTERNACIONAL Crisis del Reducción del Cierres/ajustes Freno consumo y deterioro bienestar
CRISIS FINANCIERA INTERNACIONAL
Crisis del
Reducción del
Cierres/ajustes
Freno consumo y
deterioro bienestar
Endeudamiento e
mercado
crédito
y desempleo
inversión pública
inmobiliario
• Marco regulatorio neoliberal
IMPACTOS
DE LA CRISIS
EN ÁREAS
URBANAS
EFECTO
• Exposición a burbujas
financiera e inmobiliaria
PAÍS
• Trayectoria socioeconómica
(Estado)
• Sistema nacional de I+D+i
• Liderazgo y políticas públicas
CONDICIONES LOCALES
Base
Tamaño urbano
económica
y recursos
urbana
específicos
Sistema local de
innovación y
capital humano
Grado y tipo
de inserción
exterior
Trayectoria
local y marco
institucional

Fuente: Elaboración propia.

Las transformaciones que viven hoy ciudades concretas como resultado de la crisis son reflejo, en primer lugar, de los procesos estructurales ya analizados que cuestionan el modelo de globalización neoliberal de las últimas décadas, que permitió un desarrollo anómalo del capital financiero cuyos excesos, en ausencia de regulación, están en su origen. La crisis financiera internacional, con la espiral recesiva desencadenada por la restricción del crédito a las empresas y las familias, junto a los problemas de endeudamiento privado y público que afectan de forma negativa la inversión y el empleo, constituye un marco común de referencia para la crisis urbana. Aunque sus efectos en los países periféricos de la Eurozona o en Estados Unidos

resultan especialmente acusados, su difusión al conjunto del sistema en 2008 justificó que esta temática alcanzase una dimensión internacional, si bien con importancia y significado distintos según regiones.

Pero, como en anteriores crisis, esos efectos resultan contrastados según países, pues el Estado sigue siendo esencial para definir un marco regulatorio y de acumulación específico, tanto a partir de la normativa legal existente como de la relación de fuerzas entre las diversas fracciones del capital, el sistema de relaciones sociales, la organización política, las características del sistema nacional de innovación, etc. Tal como Milton Santos afirmó en su día, el Estado ejerce de “intermediario entre las fuerzas externas y los espacios en que han de repercutir localmente esas fuerzas externas” (Santos, 1990: 199).

Esto provoca lo que algunos califican como efecto país, que puede relacionarse con el grado de exposición al riesgo. En tal sentido, las ciudades de aquellos países donde la incorporación del marco regulatorio neoliberal y el desarrollo de la burbuja inmobiliario-financiera fueron mayores se enfrentan ahora a una situación más difícil. Lo mismo puede decirse en relación con países donde las debilidades derivadas de su específica trayectoria económica, el limitado desarrollo de su sistema nacional de innovación, el mal uso de sus recursos territoriales, la polarización social o el elevado endeudamiento suponen otros tantos lastres que dificultan hoy la definición de vías alternativas para renovarse y recuperar el dinamismo perdido. Finalmente, la orientación de las políticas públicas, el desarrollo de los sistemas de concertación social o el grado de liderazgo mostrado por los gobiernos para enfrentar la crisis son también factores de diferenciación a considerar.

Pero si los dos planos anteriores son bien conocidos y cuentan con abundante bibliografía especializada, lo que ahora pretende destacarse es la relevancia de considerar un tercer plano o nivel de interpretación, relacionado con las características propias de cada lugar, que influye sobre el diverso impacto de la crisis en mucha mayor medida de lo que a menudo se considera, pues condiciona de forma directa su mayor o menor vulnerabilidad. Aunque apenas existen investigaciones realizadas hasta el momento que hayan abordado una interpretación en profundidad de esas claves locales, enraizadas en el propio territorio, aportando evidencias empíricas, pueden identificarse al menos cinco que, o bien se consideran de mayor capacidad explicativa, o bien han sido ya objeto de debate y, por tanto, pueden sugerir la construcción de hipótesis a contrastar con la realidad en el caso de las ciudades españolas.

La primera y más repetida en la mayoría de interpretaciones se relaciona con las características de la economía local, que parece penalizar o proteger según los casos. Es habitual considerar que las ciudades altamente especializadas en los sectores más afectados por la crisis serán también las que padezcan un declive más intenso, mientras que aquellas otras más diversificadas o con un tipo de especialización diferente verán atenuados sus impactos. Es bien conocido el hecho de que la crisis del fordismo, hace ahora más de tres décadas, resultó de especial

gravedad en ciudades mineras, industriales y portuarias monoespecializadas en sectores de cabecera, intensivos en el uso de recursos naturales y trabajo, un perfil de cualificación muy orientado hacia esas actividades, con una destacada presencia de grandes empresas y del sector público, así como un escaso desarrollo de todo tipo de servicios y un elevado deterioro ambiental.

Pero, en cambio, no existe ahora un acuerdo similar en la identificación de esos sectores vulnerables y los resultados obtenidos en estudios realizados en distintos países no resultan coincidentes. Así, por ejemplo, en el caso francés Davezies (2010) considera que la especialización industrial de algunas de las 323 zonas de empleo en que se divide el territorio acentuó en ellas la crisis (al menos en 2008-2009) ante la estabilización del consumo interno que frenó la producción, las crecientes dificultades de exportación y la persistencia de las deslocalizaciones empresariales. En el caso británico, en cambio, el temprano informe de Oxford Economics (2008) identificó las áreas urbanas más vulnerables del país con las más especializadas en servicios financieros e inmobiliarios, situando en primer lugar a la City de Londres y a diferentes núcleos de su aglomeración metropolitana (Westminster, Kensington, Chelsea, Chester…), seguidas por ciudades de perfil similar y altamente terciarizado como Edimburgo, Bristol, Leeds, Manchester o Cardiff. En casos como el español, en cambio, se destaca la fragilidad mostrada por las áreas urbanas y litorales que se sumergieron en la lógica de la especulación inmobiliaria apoyada en un recurso masivo al crédito y se hiperespecializaron en lo que puede identificarse como una economía residencial basada en la construcción y el turismo, junto a servicios al consumo de baja productividad (Romero, 2010).

Otros dos factores sometidos a debate son los relativos a la influencia del tamaño poblacional y económico, junto al grado de inserción internacional de las ciudades. El informe realizado por la OCDE (Clark, 2009) ya destacó que las grandes ciudades y regiones metropolitanas están expuestas a recibir un impacto inicial más intenso que las ciudades medias o pequeñas por su mayor apertura exterior y vinculación a mercados globales (de capital, información, mercancías, etc.), lo que las somete en particular a la influencia ejercida por flujos de inversión y desinversión que pueden ser de un volumen muy elevado y escapan a todo control ante la progresiva liberalización de los mercados financieros. Pero también consideraba como hipótesis que cuentan con recursos abundantes y de calidad (infraestructuras y equipamientos, servicios avanzados, clusters empresariales consolidados…), junto a una base económica altamente diversificada, para impulsar una más pronta recuperación, tal como habría ocurrido en crisis anteriores. Este tipo de argumentos incide sobre un aspecto importante como es la distinta evolución de las ciudades a lo largo de lo que puede calificarse como el ciclo de vida de la crisis, por lo que diagnósticos realizados en sus inicios (2007-2009) pueden estar sometidos a revisión tras la intensificación de sus efectos a partir de 2010 y el traslado de la onda de choque hacia nuevas actividades como los servicios al consumo o el sector público.

Por el contrario, las conclusiones del proyecto Urbact II, elaboradas a partir de cuestionarios enviados a responsables de más de un centenar de ciudades en la

primera fase de la crisis, encontraron efectos muy contrastados en ciudades de similar tamaño, aunque también confirmaron que “al menos en esta fase de la crisis, las ciudades más resilientes fueron aquellas con pequeñas empresas, que sirven a la demanda doméstica y se autofinancian” (Soto, 2010: 14), que localizaron sobre todo en Alemania, Polonia y Suecia. Esta afirmación llama así la atención de nuevo sobre la vulnerabilidad de las grandes metrópolis mejor integradas en la lógica de la globalización capitalista, aunque el debate abierto por ambos tipos de interpretaciones no cuenta hasta el momento con suficientes evidencias empíricas que puedan corroborarlas.

También la innovación y el conocimiento suscitan discusión respecto a su capacidad para proteger a las ciudades mejor posicionadas en ambos aspectos de los efectos negativos de la crisis al propiciar economías urbanas más competitivas y con capacidad creativa. El estudio de Lee, Morris y Jones (2009) sobre las ciudades británicas ya afirmó que el nivel de cualificación laboral previo era el factor clave del desigual aumento registrado por las tasas de paro. Conclusiones muy similares ofrecen Florida (2010) o Glaeser (2011) para las ciudades estadounidenses, al relacionarlo con la presencia de la clase creativa o el nivel formativo de su capital humano. Menos evidente parece, en cambio, si un volumen elevado de empleo en los sectores industriales y de servicios intensivos en conocimiento, tal como los define por ejemplo la OCDE, se correlaciona de forma positiva con un menor impacto, pues lo conocido hasta el momento apunta que esa vinculación tiene más que ver con el esfuerzo innovador local aplicable a todo tipo de actividades y empresas, así como con una eficaz colaboración público-privada en ese ámbito, que con la especialización de la ciudad en la llamada economía del conocimiento.

Un último factor explicativo apenas considerado hasta ahora sobre la crisis urbana, pero que se reveló importante para comprender por qué algunas ciudades de antigua tradición industrial consiguieron superar la padecida hace varias décadas, guarda relación con la capacidad e iniciativa de los actores locales para poner en valor los recursos e instituciones construidos a lo largo de su trayectoria histórica (Méndez, dir., 2010). Aquí se incluye la presencia de una cultura local (normas, valores, comportamientos colectivos…) favorables a la innovación, tanto en lo económico como en lo social, junto a la construcción de redes de colaboración para desarrollar determinados proyectos colectivos de interés común.

Aquellas ciudades donde su tejido económico, social y político ha alcanzado una mayor y mejor articulación –que no elimina el conflicto pero lo negocia- pueden mostrarse más resistentes ante una nueva crisis o, al menos, tener mejores condiciones para responderla, aplicando estrategias que favorezcan un reparto más equilibrado de sus costes y una más pronta recuperación. Este tipo de experiencias previas a la crisis actual también demostró la importancia del liderazgo ejercido por los gobiernos locales, tanto para poner en marcha y gestionar proyectos de revitalización, como para tejer vínculos entre los restantes actores presentes en la ciudad y permitir cierto grado de confianza, indispensable para lograr una cooperación efectiva.

En resumen, tanto el marco interpretativo como la batería de indicadores propuestos en este capítulo inicial pretenden mostrar las posibilidades de llevar a cabo en el inmediato futuro un programa de investigación –necesariamente transdisciplinar- sobre los impactos territoriales de la crisis, las claves de la resistencia o vulnerabilidad mostradas por las diferentes ciudades y las estrategias locales más adecuadas para su revitalización. Además de suponer una temática bastante novedosa y de interés teórico, tiene una innegable relevancia social. Por ese motivo, más allá del ámbito académico sería importante una colaboración efectiva con otros actores sociales (sindicatos, organizaciones empresariales, movimientos ciudadanos…), capaces de aportar su experiencia de terreno a la definición de mejores preguntas y la obtención de interpretaciones más ajustadas, así como de trasladar algunos resultados a su práctica diaria. Como primera etapa de ese trayecto por recorrer, las páginas que siguen analizan los impactos de la crisis en las ciudades españolas, pero limitando lo esencial de su atención a uno de los más destacados como es el desempleo.

CAPÍTULO 2. DESEMPLEO EN ESPAÑA: UN PROBLEMA ESTRUCTURAL CON EVOLUCIÓN CÍCLICA.

El desempleo constituye el lado más oscuro de la crisis económica en España

y el más sentido por una sociedad que, desde hace tiempo, lo valora como su principal preocupación en todas las encuestas de opinión que se publican de forma periódica. Cada mes, los medios de comunicación se hacen eco de los dramáticos datos del paro registrado en las Oficinas Públicas de Empleo, con la consiguiente secuela de

previsibles opiniones más o menos críticas u optimistas por parte de partidos políticos

y agentes sociales. A su vez, cada trimestre se repite una situación similar cuando se

hacen públicas las estimaciones de la Encuesta de Población Activa (EPA), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística que, sin embargo, ofrecen una imagen distinta sobre la gravedad de la situación al presentar cifras no coincidentes con las anteriores. Así, por ejemplo, con el último dato disponible al escribir estas páginas que permite la comparación, al finalizar el segundo trimestre de 2012 los parados registrados en España ascendían a 4.615.269, mientras que la EPA eleva esa cifra hasta los 5.693.100, lo que supone una diferencia de más de un millón de personas.

Los que Bales (2000) calificó de forma cruda como trabajadores desechables, marginados por un sistema que les deja sin apenas protección frente a una incertidumbre y una inseguridad crónicas que les hace especialmente vulnerables en momentos de crisis económica, se convierten, pues, en protagonistas centrales de la actual situación. Por ese motivo, aunque los efectos de la crisis son visibles en otros muchos aspectos, aquí se ha optado por iniciar una investigación en esa línea a partir del análisis sobre los impactos del desempleo y su desigual gravedad según territorios.

Pero antes de abordar el análisis sobre la evolución reciente del desempleo en España, las diferentes interpretaciones de su especial intensidad en el contexto europeo y su desigual distribución regional, resulta necesario aproximarnos brevemente a la cuestión de las fuentes estadísticas que pretenden medir este fenómeno y al uso que aquí se hará de ellas. Sin ahondar en detalles técnicos más propios de otro tipo de textos, valorar las características y limitaciones de cada una de ellas ayudará a comprender las dificultades iniciales para dimensionar un fenómeno en apariencia simple, pero cuya definición ha estado sometida a cambios importantes a lo largo del tiempo.

2.1. Fuentes estadísticas para la medición del desempleo en España.

La información estadística sobre el mercado de trabajo español es bastante amplia y, sobre todo, heterogénea, al utilizar datos procedentes de fuentes muy diversas, obtenidos con metodologías igualmente dispares (Rodríguez Caballero, 2008). En el caso del desempleo, dos son las mencionadas de manera habitual, aunque sus contenidos y significado difieren de manera significativa como base para elaborar diagnósticos sobre el comportamiento actual de los diferentes territorios.

La Encuesta de Población Activa (EPA), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) con periodicidad trimestral, recoge información sobre la población activa e inactiva, ocupada y en paro desde 1976, cruzada con otra serie de características de la población (edad, sexo, nacionalidad, nivel de estudios, sector de actividad en que trabaja, etc.). Se basa en una encuesta realizada a una muestra de unas 65.000 familias cada trimestre que se renuevan de forma periódica, localizadas en un total de 3.484 secciones censales, lo que equivale a mantener una cifra aproximada de 180.000 personas. Tras diversas renovaciones anteriores, desde 2005 su metodología se ajustó a la existente en el conjunto de países de la Unión Europea según los criterios establecidos por su oficina estadística (Eurostat) y por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), lo que justifica que sea la fuente que permite comparaciones internacionales y también la de uso más frecuente en los estudios que sobre estas cuestiones se realizan en nuestro país.

Para la EPA, una persona desempleada o en paro se define como aquella de 16 ó más años que durante la semana de realización de la encuesta estuvo sin trabajo, pero disponible para trabajar y buscando empleo de forma activa, aspecto este último sometido a frecuente discusión y cuya identificación se ha modificado con el tiempo. Se contrapone así a la persona ocupada, definida como aquella otra que durante la semana de referencia trabajó al menos una hora por cuenta propia o ajena a cambio de una retribución en dinero o en especie, o que, pese a tener trabajo, estuvo temporalmente ausente por enfermedad, vacaciones, etc.

No obstante, su carácter muestral justifica que los resultados obtenidos sólo resulten significativos para el conjunto del país, así como para sus Comunidades Autónomas y provincias, pero no a escala local, puesto que el número de encuestas realizado es demasiado pequeño. Por ese motivo, si bien la utilizaremos para contextualizar la importancia del desempleo español en el ámbito europeo o para establecer comparaciones entre su evolución temporal y la de otra variable económica de uso frecuente como es el producto interior bruto (PIB), no será posible su utilización como soporte para el análisis territorial realizado a escala local, que ha debido basarse en otro tipo de fuente informativa.

Esa información corresponde a las cifras de paro registrado, integradas dentro de las estadísticas sobre Movimiento Laboral Registrado que publica mensualmente el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), antiguo Instituto Nacional de Empleo (INEM). Al tratarse de un registro administrativo que se actualiza de forma continua y del que se extraen todos los datos que corresponden a la situación al final de cada mes, tanto en el caso del paro como en relación a ofertas y demandas de empleo, colocaciones o contratos registrados, permite contar con información actualizada a escala local, por lo que constituye la única fuente utilizable para estudios urbanos capaz de permitir comparaciones entre las ciudades del conjunto del país o de cualquiera de sus territorios, así como para contrastar su evolución durante el periodo de crisis económica.

Según la definición aprobada en 1985, se integran dentro del paro registrado aquellas demandas de empleo pendientes de satisfacer el último día de cada mes en las Oficinas Públicas de Empleo, con exclusión de las correspondientes a cinco colectivos específicos. En primer lugar, aquellos trabajadores ocupados pero que solicitan empleo para compatibilizarlo con el actual o sustituirlo, están en suspensión o reducción de jornada por un expediente de regulación de empleo (ERE), u ocupados en trabajos de colaboración social. También aquellos trabajadores sin disponibilidad inmediata para incorporarse al trabajo o en situación incompatible con el mismo (jubilados, personas con baja médica, de maternidad o con incapacidad temporal, receptores de pensiones de invalidez, estudiantes con menos de 25 años, etc.). Un tercer grupo lo constituyen aquellos trabajadores que sólo demandan empleos de características específicas (a domicilio, para periodo inferior a tres meses o jornada semanal inferior a 20 horas, para trabajar en el extranjero). El cuarto lo integran los trabajadores eventuales agrarios beneficiarios del subsidio especial por desempleo (antiguo PER) y, por último, aquellos demandantes que rechazan realizar acciones de inserción laboral adecuadas a sus características. Son precisamente los cambios que se han producido en el transcurso de los años en cuanto a este tipo de criterios los que dificultan establecer series homogéneas para periodos largos de tiempo y los que suelen ser objeto de discusión respecto a su pertinencia o a la posible voluntad de atenuar la intensidad del fenómeno que pueden suponer algunas de esas restricciones.

Desde mayo de 2005 se aplica un nuevo sistema de gestión de la información generada por los servicios públicos de empleo (SISPE), que ha afectado la estimación del paro registrado al actualizar y gestionar de manera automatizada la información de los diferentes registros, tanto el estatal como los autonómicos, lo que reduce de forma notable los errores y desajustes anteriores (Toharia y Malo Ocaña, 2005), habiéndose realizado una adecuación de la serie estadística desde 2001 para adecuarla a la actual. No obstante, hay que recordar que se trata de una fuente censal y no muestral como la EPA, que utiliza criterios y métodos distintos para definir e identificar a las personas desempleadas, por lo que las diferencias entre los datos que ofrecen ambas pueden considerarse normales y no les restan fiabilidad, siempre que se tengan presentes tales criterios.

A partir de la información sobre paro registrado que hace pública el SEPE es posible llevar a cabo una aproximación inicial al impacto de la crisis sobre el desempleo de las ciudades españolas que considere diversos tipos de indicadores. Sin tener en cuenta el cruce de estos datos básicos con determinadas características de esa población, que permitiría matizar los rasgos sociodemográficos de los desempleados, el análisis aquí realizado se limita a identificar dos indicadores complementarios, capaces de poner ya de manifiesto que el impacto de la crisis sobre el desempleo urbano resulta extraordinariamente desigual:

a) Evolución del paro registrado en valores absolutos y tasas de crecimiento.

La información disponible permitiría realizar un análisis mensual con datos homogéneos a partir de mediados del año 2005, de utilidad para estudios longitudinales. No obstante, aquí se consideraron tan sólo las cifras correspondientes al 31 de diciembre de cada año, suficientes para definir una tendencia sin abordar cuestiones relativas a su estacionalidad que son ajenas a nuestros objetivos.

Un aspecto fundamental para otorgar más o menos validez a los resultados es el periodo de observación. A estos efectos, debe tenerse en cuenta que en España el incremento del paro registrado ya se inició de forma moderada durante el año 2007 y ha continuado hasta la actualidad, poniendo así de manifiesto el agotamiento del modelo productivo en que se había basado la expansión de años anteriores, antes incluso de que estallase de forma oficial la crisis financiera internacional en septiembre de 2008, Por ese motivo, se consideró que el intervalo más idóneo para valorar el impacto laboral de la crisis en toda su amplitud debería considerar el paro registrado al finalizar el año 2006 y compararlo con el existente al finalizar 2011, que es el último año con datos completos hasta el momento. Esto supone una observación que se prolonga ya durante cinco años, lo que permite reducir la aleatoriedad asociada a circunstancias coyunturales ocurridas en momentos y ciudades concretas. Como en el transcurso de este lustro se observa ya la consolidación de un ciclo de vida de la crisis, que se hizo más presente en sus inicios (2008-2009) en actividades, grupos de población y territorios concretos, pero que ha desplazado sus efectos hacia otros en años posteriores (desde 2010), la consideración del periodo 2006-2011 permite obtener un balance comparativo sobre el impacto de la crisis en el desempleo del conjunto de ciudades mediante el cálculo de sus tasas de crecimiento, a expensas de poder complementar este diagnóstico con otro interanual que defina trayectorias de la crisis según ciudades.

b) Tasa de paro registrado sobre población potencialmente activa.

A escala local, la información disponible sobre la población activa existente en cada municipio -ya esté ocupada o en situación de desempleo- se limita a la que aparece en los censos de población, por lo que no es posible ofrecer las tasas de paro –definidas como el cociente entre la población desempleada y la activa- para cada ciudad y con periodicidad anual o inferior. No obstante, los datos del Padrón Municipal de población sí permiten conocer la población en edad potencialmente activa (entre 16 y 65 años) existente en cada municipio a 1 de enero de cada año, aunque el número real de activos sea inferior, al incluir una proporción variable de personas inactivas, no incorporadas al mercado de trabajo pese a estar en edad legal de hacerlo.

En consecuencia, puede calcularse mediante un cociente la proporción de parados sobre la población de cada municipio con 16-65 años, lo que puede calificarse como tasa de paro registrado sobre población potencialmente activa. Aunque sus valores están por debajo del correspondiente a las tasas de paro calculadas con

criterios estrictos, permiten una estimación significativa tanto de la gravedad del desempleo en cada ciudad como de los importantes contrastes interurbanos actuales 2 .

2.2. Impactos de las crisis económicas sobre el desempleo en España.

Los ciudadanos de la Unión Europea se enfrentan en los últimos años a una creciente paradoja. Pocas sociedades en el mundo han conocido en tiempos recientes un proceso de apertura exterior e integración de sus economías que pueda resultar comparable, tanto por su incorporación plena a la globalización y la aceptación de la agenda neoliberal, en mayor o menor medida, por parte de sus gobiernos, como por el propio proceso de construcción europea, que alcanzó su máximo exponente con la puesta en circulación de una moneda única en 16 países miembros y la creación del Banco Central Europeo.

Pero, más allá de la retórica oficial y pese al europeísmo de que hicieron gala durante un tiempo las opiniones públicas de numerosos países, los beneficios de esa unión se diluyen con el paso del tiempo, generando un creciente escepticismo. Esa sensación parece haberse contagiado ahora a bastantes gobiernos, más interesados por salvaguardar los intereses de sus respectivos Estados frente a los embates de la crisis que por abordar soluciones conjuntas basadas en la defensa de intereses comunes. No se trata de ahondar aquí en una cuestión ampliamente debatida y que cuenta con numerosas publicaciones especializadas, pero parece razonable suponer que la evolución reciente del empleo y el desempleo en el área no es, en absoluto, ajena a esa valoración crítica.

Desde comienzos del siglo actual y con independencia del ritmo de crecimiento

económico registrado, lo cierto es que la tasa media de paro en el conjunto de los 27 países que componen la Unión Europea no ha logrado descender por debajo del 7%.

Al finalizar el año 2011, tras varios años afectada por una crisis económica que aquí

se prolonga de manera especialmente aguda, Eurostat contabiliza un total de 24 millones de desempleados, equivalentes al 9,7% de la población activa, y esa tasa se

eleva hasta el 10,2% entre los países de la Eurozona. Pese a la frialdad de unas

simples cifras, no resulta difícil imaginar que el drama del desempleo se ha convertido en problema social de primera magnitud para bastantes países que se configuraban desde hace décadas como el mejor exponente de la sociedad del bienestar, agravado

a medida que aumenta el paro de larga duración y los colectivos excluidos de su derecho al trabajo.

2 Así, por ejemplo, al finalizar el último trimestre de 2011, la EPA estimaba que la con 16 años o más en España era de 38.508.200, con una población activa que ascendía a 23.081.200 personas frente a una población inactiva de 15.427.000, lo que equivalía a una tasa de actividad del 59,94%. De este modo, una tasa de paro respecto de la población potencialmente activa del 14% al finalizar 2011 –que es la aquí obtenida para el conjunto español- equivaldría al 23,3% de considerarse sólo la activa a efectos estadísticos, lo que coincide de forma muy aproximada con la tasa de paro de la EPA en esa fecha (22,9%).

No obstante, estas cifras generales no ocultan las enormes diferencias con que cada país se enfrenta al desempleo, que se han acentuado desde el inicio de la actual crisis. Tal como refleja la figura 2.1., la tasa media anual de paro de España en 2011 (21,7%) duplica con creces el promedio de la UE y se sitúa a bastante distancia de la de países como Grecia (17,7%), Letonia (15,4%), Lituania (15,4%) o Irlanda (14,4%), que le siguen en importancia. Pero la diferencia puede calificarse de abismal con respecto a la situación de otros socios como Austria (4,2%), Países Bajos (4,4%) o Alemania (5,9%), lo que pone de manifiesto una pervivencia de fuertes desigualdades entre el centro y la periferia de la región que las numerosas políticas destinadas a lograr el reequilibrio regional y una mayor cohesión territorial parecen haber sido incapaces de atenuar.

Figura 2.1. Tasas anuales de paro en los países de la Unión Europea, 2007-2011.

de paro en los países de la Unión Europea, 2007-2011. Fuente: Eurostat. Esta primera evidencia a

Fuente: Eurostat.

Esta primera evidencia a escala interestatal sobre la muy diversas sensibilidad mostrada por el empleo ante la crisis económica se refuerza cuando la mirada estática se complementa con otra dinámica, basada en la comparación entre las tasas de paro en los años 2007 y 2011 3 . Los países de la UE vieron incrementada su tasa en algo más de una tercera parte (del 7,2% al 9,7%, un 34,7%), pero algunos de ellos llegaron a duplicarla con creces en esos cuatro años. De nuevo España (del 8,3% al 21,7%) tiene el dudoso honor de situarse a la cabeza de ese grupo, ahora acompañada por Irlanda, Grecia, Estonia, Letonia y Lituania, mientras otros países situados en el ojo del

3 Aunque en el conjunto de la UE la tasa de paro cayó una décima en 2008 respecto al año anterior para crecer desde entonces, en diez países la tasa mínima de desempleo se adelantó a 2007 y ha aumentado en los últimos cuatro años. Además de España, entre esos países se sitúan los más afectados desde entonces por la crisis, razón que justifica haber elegido el año 2007 como fecha inicial de comparación.

huracán de los mercados financieros como Italia o Portugal consiguieron moderar, al menos en términos comparativos, la destrucción de puestos de trabajo. Como contrapunto, países como Bélgica, Austria y, sobre todo, Alemania muestran ahora tasas de desempleo inferiores a las del inicio de este periodo.

Una última constatación que también resulta visible a esta escala y que puede añadirse como una más a las muchas reflexiones que debieran enfrentar los responsables de un proyecto europeo que sigue una deriva peligrosa, es que la crisis nos hace cada vez más desiguales. Sin detenernos ahora en análisis estadísticos más elaborados en apoyo de esa afirmación, baste un simple hecho que no por elemental deja de ser expresivo. En 2007, al inicio de la crisis, el país con una tasa de paro más elevada (Eslovaquia: 11,1%) multiplicaba por 3,1 la del situado en el extremo contrario (Países Bajos: 3,6%). En 2011, España (21,7%) ya multiplica por 5,2 la tasa de Austria (4,2%) y cualquier otra medida de dispersión que se utilice llega a una conclusión similar.

Las altas tasas de paro a que se enfrenta hoy la sociedad española no son ninguna novedad. El carácter inestable y cíclico del crecimiento capitalista alcanza aquí manifestaciones bastante extremas, que acentúan los efectos provocados por las sucesivas fases de expansión y contracción de la actividad económica. De forma reiterativa, al ser en nuestro caso el empleo la principal variable de ajuste ante los ciclos económicos, se producen bruscas oscilaciones entre periodos que registran la creación de gran cantidad de puestos de trabajo con otros de destrucción masiva, lo que acarrea la consiguiente inestabilidad. Lo ocurrido en las cuatro últimas décadas resulta un exponente suficientemente expresivo de tales vaivenes (figura 2.2).

Figura 2.2. Evolución anual del PIB y la tasa de paro en España, 1971-2011.

10 30 8 7,8 25 24,2 6 21,5 21,7 5 4,8 20 4,1 4,6 4
10
30
8
7,8
25
24,2
6
21,5
21,7
5
4,8
20
4,1
4,6
4
2
16,3
15
0,6
0,4
0
-0,4
10
-1,7
-2
8,3
7,1
Años
5
-4
-3,7
2,1
-6
0
PIB
Tasa de paro
PIB anual (%)
Tasa de paro (%)

Fuente: INE. Encuesta de Población Activa y Contabilidad Nacional de España.

Tras el periodo de rápido crecimiento posterior al Plan de Estabilización de 1959, que convirtió a España en semiperiferia del capitalismo internacional y atrajo gran cantidad de inversiones y empresas interesadas por unos costes relativamente bajos y una fuerza de trabajo sin apenas posibilidad de organización, un mercado interno en expansión y altamente protegido, junto a su progresiva participación en organizaciones económicas, la crisis del modelo keynesiano-fordista en los años 70 supuso una brusca detención de ese dinamismo económico, acentuada por la transición política. Si hasta entonces las tasas oficiales de paro se habían mantenido muy bajas, tanto por el desarrollo de actividades intensivas en trabajo como mediante el recurso al subempleo y la emigración exterior para absorber los excedentes laborales, desde finales de esa década los trabajadores españoles comenzaron a padecer de forma más evidente los efectos de un problema estructural que desde entonces se ha convertido en preocupación social prioritaria, al menos en tres ocasiones sucesivas.

En 1985, tras más de una década de incremento constante dentro de unas estadísticas laborales que sólo en fecha bastante tardía habían comenzado a considerarla, la tasa de paro anual alcanzó el 21,5%, reflejando así con cierto retraso una paralela caída del crecimiento económico que se había enfrentado a tasas negativas (-0,3%) en 1980. Tras los favorables efectos que para la competitividad española supusieron los procesos de reconversión y modernización del tejido productivo, junto con la nueva oleada de empresas transnacionales y capitales foráneos que atrajo la integración en la por entonces Comunidad Europea (1986), sin olvidar el efecto expansivo del desarrollo turístico y de la primera burbuja inmobiliaria en la segunda mitad de esa década, se logró una moderada reducción de la tasa de paro hasta el 16,3% en 1991, muy alejada ya del objetivo de pleno empleo.

Pero las turbulencias financieras internacionales en el inicio del último decenio del siglo (estallido de la burbuja de las punto-com, o empresas asociadas a las nuevas tecnologías de información, crisis japonesa…) y la propia fragilidad del modelo de crecimiento español en esos años volvieron a disparar pronto las cifras del desempleo y elevar la tasa anual de paro hasta el 24,2% en 1995, el valor más alto de toda la serie. Se reflejó así de forma más rápida e intensa que en el pasado reciente una caída del PIB que había regresado a valores negativos (-1,7%) el año anterior. La progresiva flexibilización de la legislación laboral posterior al Estatuto de los Trabajadores (1980), que había comenzado en 1984 justificada como medio de atajar un desempleo masivo que algunos vincularon con la excesiva rigidez de un mercado de trabajo con regulación heredada del franquismo, se mostró totalmente ineficaz para limitar ese nuevo incremento, pero sí facilitó que el impacto de la nueva crisis económica se transmitiese con mayor celeridad a la destrucción de empleos.

La nueva fase de crecimiento de la economía española iniciada a mediados de esa década, apoyada en un contexto internacional expansivo, la profundización del proyecto europeo de estabilidad que supuso el euro y una nueva burbuja inmobiliario- financiera de dimensiones muy superiores a la anterior, se tradujo en la creación de más de ocho millones de nuevos empleos, reduciendo la tasa anual de paro al 8,3%

en 2007, superior pese a todo al 7,2% de promedio en la Unión Europea. Desde esa fecha y hasta hoy la curva del desempleo no ha dejado de remontar una vez más, aunque con un ritmo incluso bastante superior al de cualquier periodo anterior. Se trata de “una situación realmente dramática, que además tiene probabilidades de empeorar en un escenario previsible de continuidad de la recesión de la actividad económica hasta alcanzar la barrera de los seis millones de personas en paro en 2013” (Rocha y Aragón, 2012: 4). Una simple mirada a las líneas del gráfico que reflejan la evolución del PIB y el paro en estos últimos años (figura 2.2) pone de manifiesto que la inmediata respuesta de este último encaja mal con la reiterativa alusión a la rigidez del mercado laboral en ciertos sectores profesionales y de opinión, que parece más basada en presupuestos ideológicos e intereses que en la observación de los hechos. Más allá, por tanto, de una cuestión meramente técnica, la relación entre estos dos indicadores está en el centro de un debate que desborda el estrecho marco de los especialistas, por lo que merece detenernos siquiera brevemente en su análisis.

Resulta habitual y comprensible que el ritmo de crecimiento registrado por la actividad económica de cualquier territorio, reflejado en las tasas anuales de su PIB, se relacione de forma negativa con la evolución de su tasa de paro, que tenderá a crecer al reducirse el dinamismo económico y viceversa. Pero lo que puede considerarse una cierta anomalía en el caso español es la elevada sensibilidad que muestra su mercado de trabajo ante este tipo de oscilaciones cíclicas. En tal sentido, puede afirmarse que “la evolución del crecimiento económico deja una huella profunda en la tasa del desempleo” (Romero-Ávila y Usabiaga, 2009: 382), lo que se comprueba de forma gráfica mediante los diagramas de dispersión de la figura 2.3.

En ambos casos se refleja la relación entre la variación interanual de la tasa de paro representada en el eje de ordenadas y la tasa de crecimiento del PIB representada en el de abcisas, por lo que los diferentes puntos corresponden a la situación en cada año y se localizan en la intersección de los valores correspondientes a cada eje. Los dos diagramas se asemejan, puesto que en aquellos años integrados en fases expansivas en que el PIB crece con más fuerza, la tasa de paro tiende a reducirse, mientras ocurre lo contrario en las fases recesivas con escasa actividad y aumento del desempleo, por lo que la recta de ajuste muestra una pendiente negativa. Las diferencias entre ellos, en cambio, se relacionan con el periodo de tiempo considerado. Si se analiza lo ocurrido en las últimas cuatro décadas, la correlación estadística que se establece entre ambos indicadores es ya bastante elevada (R 2 = 0,5355), pero los datos correspondientes a algunos años aún se alejan bastante de la recta de ajuste, sobre todo porque entre 1971 y 1985 la tasa de paro español aumentó de forma constante, al margen de lo ocurrido con el crecimiento de la producción. Por ese motivo, si se reduce el periodo de observación al intervalo 1985-2011, la correlación de sentido negativo entre ambas variables resulta muy superior (R 2 = 0,8295) y define una recta de regresión con todos los valores anuales muy próximos y de pendiente muy acusada, reflejo de una elevada dependencia del desempleo respecto al ciclo económico.

Figura 2.3. Variación interanual de las tasas de paro y crecimiento anual del PIB.

a) Periodo 1971-2011.

8 6 4 2 0 -6 -4 -2 0 2 4 6 8 10 -2
8
6
4
2
0
-6
-4
-2
0
2
4
6
8
10
-2
R 2 = 0,5355
-4
-6
Variación interanual paro (%)

PIB anual (%)

b) Periodo 1985-2011.

8 6 4 2 ,, 0 -6 -4 -2 0 2 4 6 -2 R
8
6
4
2
,,
0
-6
-4
-2
0
2
4
6
-2
R 2 = 0,8295
-4
-6
Variación interanual paro (%)

PIB anual (%)

Fuente: INE. Encuesta de Población Activa y Contabilidad Nacional de España.

En resumen, más allá de las técnicas analíticas aplicadas o los valores numéricos resultantes, tres son las ideas básicas a extraer de todo lo anterior. La elevada tasa de paro española en la actualidad puede considerarse una anomalía, tanto en el contexto europeo como de la OCDE, situándose con diferencia a la cabeza de todos los países del área. Esa situación no es ninguna novedad, sino que se repite en cada periodo de crisis vivida durante el último medio siglo, ante la especial sensibilidad mostrada por nuestro mercado de trabajo respecto a la evolución económica, que se mantiene inmutable pese a las numerosas reformas laborales aprobadas en las tres últimas décadas y justificadas en su día como forma de acabar con esa especial facilidad para destruir empleo. Finalmente, la experiencia de lo ocurrido en este periodo también parece indicar la necesidad de alcanzar un ritmo de crecimiento económico bastante elevado para reducir de forma sustancial los actuales niveles de desempleo.

Tal como resume Sanchís de forma sintética pero muy expresiva, “reflejando los avatares del ciclo económico internacional, el paro español ha subido y bajado alternativamente a lo largo del tiempo, pero siempre con mucha más intensidad que en Europa y en el marco de un modelo de crecimiento económico tradicionalmente incapaz de movilizar fuerza de trabajo hasta niveles próximos al del pleno empleo” (Sanchís, 2012: 289). La situación vivida en los años finales de la burbuja inmobiliaria, cuando la economía española generaba millones de puestos de trabajo que atrajeron a una gran cantidad de población inmigrante, supone la excepción y no la norma, fruto de un crecimiento que se ha demostrado tumoral, del que aún se tardará bastante en lograr la recuperación en caso de que se aplique la terapia adecuada. Esto último plantea la necesidad de complementar la simple descripción y análisis de lo ocurrido con la interpretación de sus posibles causas, en una aproximación esquemática a un debate recurrente al que el análisis territorial abordado en páginas posteriores intentará aportar algunos argumentos poco considerados hasta el momento. Pero centremos la atención, por el momento, en los términos más habituales con que se produce ese debate.

2.3. Claves del desempleo español: un debate recurrente.

El desempleo masivo que de forma cíclica reaparece en España plantea un permanente debate, tanto científico como social, sobre sus principales causas y sobre las medidas más eficaces para enfrentarlo. Tal como recuerda Recio (2009), en esencia se repite una y otra vez la discusión entre dos posiciones irreconciliables. De un lado, quienes desde planteamientos originados en la economía neoclásica presuponen –contra toda evidencia- que los mercados tienden a regularse de forma espontánea si nada lo obstaculiza y, por tanto, culpabilizan al intervencionismo regulador del Estado de la supuesta rigidez del mercado laboral y del mal funcionamiento consiguiente, proponiendo medidas liberalizadoras, calificadas a menudo de reformas estructurales, como solución esencial. De otro, quienes asocian las crisis cíclicas a la propia lógica del capitalismo, con la consiguiente destrucción de

capacidad productiva –incluido el empleo- ante los periódicos desajustes entre producción y consumo, a los que se añade la irracionalidad de unos mercados financieros que en ausencia de regulación son proclives a la formación de burbujas especulativas cuyo estallido afecta al funcionamiento de la economía real y los puestos de trabajo.

Pero, más allá de esa contraposición de paradigmas, el debate ha debido adaptarse a las transformaciones de la propia realidad y, por tanto, ha ido incorporando nuevos argumentos y desechando otros, aunque sin afectar al núcleo del conflicto. El hecho más significativo a este respecto es el mantenimiento de una pertinaz defensa de determinadas posiciones y recetas que desde el pensamiento dominante se difunden hace al menos tres décadas, avaladas por el prestigio académico de algunos de sus defensores, el frecuente apoyo de poderosas instituciones que las avalan y la amplia acogida mediática que contribuye a que pasen a formar parte del sentido común aceptado de forma mayoritaria.

Con ocasión de la crisis que padeció la economía española en la segunda mitad de los años setenta y primeros ochenta del pasado siglo, las explicaciones sobre la elevada tasa de paro que ya entonces la situaban a la cabeza de los países de nuestro entorno comenzaron a mostrar diferencias, acentuadas con el paso del tiempo. Así, por ejemplo, en una interpretación bastante matizada y multicausal del desempleo español en esos años, Alcaide Inchausti (1986) señaló el efecto convergente de factores demográficos ligados a la juventud de la población española y la elevada incorporación de jóvenes al mercado laboral, factores sociológicos que se vinculaban a la creciente presencia de la mujer en la población activa, junto a factores económicos que se relacionaban con la crisis industrial y sus efectos en la incorporación de nuevas tecnologías ahorradoras de mano de obra y en el inicio de procesos deslocalizadores. A estos sumó también factores político-institucionales derivados de la transición política, la legalización de los sindicatos y la aprobación del Estatuto de los Trabajadores (1980), que favorecieron una mayor capacidad negociadora y el aumento de los costes salariales por encima de la productividad, junto con una legislación laboral paternalista y poco flexible heredada del franquismo.

Pero, en paralelo, por esos mismos años otros autores ya pusieron el foco de atención en esa rigidez del mercado de trabajo español (Malo de Molina y Dolado, 1985), destacando como argumento de autoridad que “según los estudios de la OCDE, los países con mercados de trabajo más rígidos han experimentado los aumentos más pronunciados en el desempleo” (Malo de Molina, 1986: 252). Esa situación se manifestaba en elevados costes de despido, modalidades de contratación poco flexibles y rigidez en la evolución de los salarios, ajenos a la evolución de la productividad por lo que, ante las deficiencias de ese marco institucional, se proponían reformas estructurales orientadas bajo el signo de la flexibilidad (Ibid.: 259) como clave de una nueva política de empleo.

Este conjunto de argumentos, que inspiraron ya la reforma laboral de 1984 favorecedora de la contratación temporal, reaparecieron tras la nueva crisis padecida

en la primera mitad de los noventa y lo han vuelto a hacer en la actual. Se ignora así que, desde la aprobación del Estatuto de los Trabajadores, la normativa laboral se ha visto sometida a importantes reformas en los años 1984, 1994, 1997, 2001, 2006 y ahora en 2012, junto con otras muchas de menor calado que suman hasta un total de 52 (Fundación 1º de Mayo, 2012), que orientaron buena parte de sus medidas a incrementar una flexibilidad que, pese a todo, nunca parece suficiente (Sanchís, 2012).

Sobre esta base, la narrativa reciente que pone el acento en el funcionamiento ineficiente del mercado laboral español ha debido reformular algunos aspectos del discurso, difíciles de mantener ante la elevada tasa de temporalidad que caracteriza al empleo español en el contexto europeo. Tanto desde documentos de corte académico (Bentolila, Dolado y Jimeno, 2008), como desde otros elaborados con objetivos de difusión e incidencia sobre la opinión pública como el llamado Manifiesto de los 100, identificado por sus autores como una “propuesta para la reactivación laboral en España” (Abadie et al., 2009), el núcleo argumental sobre la responsabilidad del desempleo se orienta en una nueva dirección. Se culpa ahora a la dualidad de un mercado laboral en que se contraponen asalariados con contrato fijo y altamente protegidos (70% del total) frente a otros con contrato temporal y amplias facilidades para un despido barato (30% restante). La supuesta rigidez de los primeros frente a la volatilidad de los segundos, que engrosan con rapidez las listas del paro ante cualquier caída de la actividad económica, se convierte así en un hecho incontestable cuyo origen en anteriores reformas laborales se deja de lado de forma intencionada, evitando una evaluación de sus efectos (Sola, 2010). Pero el giro discursivo más sorprendente es el que convierte a la segmentación existente entre un mercado de trabajo primario, regulado y con derechos laborales, y un mercado secundario cada vez más precarizado en la justificación de nuevas medidas flexibilizadoras, continuadoras de todas aquellas que condujeron a esta situación. Si el tratamiento tuvo efectos indeseados, la solución es aumentar la dosis.

La respuesta a esa dualidad se pretende resolver, en esencia, con una simplificación de la amplia tipología de contratos preexistente en beneficio de un único contrato indefinido para todas las nuevas contrataciones, con una indemnización muy inferior a la anterior y dependiente según la antigüedad en el empleo, que permita abaratar el despido y, según sus exégetas, no desincentivar así las nuevas contrataciones. En algunos casos la propuesta resultó especialmente nítida, al defender que “para evitar esa asimetría, el gobierno puede y debe profundizar en las reformas de las distintas formas contractuales para abaratar el despido de los trabajadores indefinidos” (Pijoan-Mas, 2009: 40). Tanto este tipo de medidas como otras complementarias destinadas a modernizar la negociación colectiva priorizando los convenios de empresa sobre los de ámbito superior, crear un nuevo contrato de inserción sin derechos, privatizar en parte la intermediación laboral o establecer mayores requisitos para acceder a las prestaciones por desempleo son ahora exigencia permanente de instituciones como el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea (Ekaizer, 2012) y han tenido amplia acogida en la reforma laboral aprobada por el gobierno español en febrero de 2012.

Pero lo que aquí interesa destacar es que su pretendida justificación científica se basa en teorías y análisis –a veces apoyados en una artillería de sofisticados modelos econométricos- destinados a explicar las causas del elevado desempleo en mercados laborales como el español.

Este tipo de discursos autorreferentes resulta inmune no sólo a las críticas realizadas desde posiciones teóricas y metodológicas diferentes, que prácticamente se ignoran, sino incluso a la evidencia de determinados hechos que parecen empeñados en cuestionar el simplismo de un argumento monocausal como éste. Por un lado, la evolución registrada por las cifras de ocupación y paro en España no guarda ninguna relación con las sucesivas reformas laborales ya mencionadas y con la misma legislación laboral se han vivido momentos de creación y destrucción masiva de empleos. Si entre 1994 y 2007 la economía española aumentó su número de ocupados en 8,2 millones, de ellos 7,7 millones asalariados, mientras el paro se reducía en 1,9 millones, resulta poco congruente achacar la posterior inversión de la tendencia a la persistencia de normas reguladoras obsoletas, heredadas del pasado.

Al mismo tiempo, la extraordinaria rapidez con que se ha destruido empleo en los cinco últimos años, así como su especial concentración inicial en los trabajadores temporales para luego contagiarse a los indefinidos demuestra suficientemente la elevada flexibilidad del mercado de trabajo español, que refleja de inmediato el devenir de la economía, aspecto indisociable del hecho de que en 2007 nuestro país presentaba la tasa de temporalidad más elevada de toda la OCDE. Según Medina et al. (2010: 45), “el tipo de contrato es sin duda la variable explicativa de mayor relevancia sobre la determinación de la probabilidad de perder el empleo” y en este caso la evidencia parece indiscutible, por lo que mantener el argumento de la rigidez sólo puede entenderse como un ejercicio de ceguera voluntaria, que es la de más difícil cura.

Por último, con la misma legislación laboral el impacto de esta y anteriores crisis sobre el desempleo en los diferentes territorios –regiones, provincias, ciudades, áreas rurales- resulta muy desigual, con diferencias que en bastantes casos superan las observables a escala interestatal. Esa evidencia, inexplicable con el argumento de la rigidez institucional, obliga a considerar la importante influencia que sobre el desempleo tiene el modelo de crecimiento seguido en cada caso y sus posibles debilidades estructurales, junto a la existencia de un componente o dimensión territorial de la crisis y del paro, ignorado en la mayoría de análisis y reivindicado hasta el momento de forma muy minoritaria (Rocha, 2010; Méndez, 2012b). La primera de estas dos cuestiones se tratará ahora con brevedad para centrar luego la atención en la segunda, aquí abordada exclusivamente en relación con el distinto contagio de los territorios a la epidemia del paro, ante la inexistencia por el momento de investigaciones sobre otras consecuencias tangibles e intangibles de la crisis en regiones y ciudades.

Tal como recuerdan Recio y Banyuls (2011), una parte de lo ocurrido guarda relación con el modelo de empleo específico de España y su forma de articular las

relaciones laborales en relación con la normativa existente, la organización sindical, la estructura de la negociación colectiva o las políticas laborales del Estado y las empresas. Pero, junto con éste, no puede ignorarse la paralela existencia de un modelo productivo que incide tanto o más sobre el empleo y el paro, relacionado con aspectos como el tipo de especialización o el grado de diversificación económica, la estructura y estrategia de las empresas –en especial las más importantes- la presencia de clusters o redes empresariales, o la capacidad del sistema de innovación para generar, difundir y aplicar conocimiento al trabajo, mejorando su productividad.

Fijar el foco de atención prioritario en el modelo de empleo y primar, en consecuencia, las reformas laborales como solución al paro, tal como suele hacerse por parte de numerosos economistas neoclásicos, supone descuidar –cuando no ignorar- la especial influencia del modelo productivo y, por tanto, la necesidad de dirigir el esfuerzo reformista hacia su modernización. Aspecto de especial importancia cuando de la investigación realizada en un total de diez países europeos se desprende que, frente a la crisis, “las respuestas diferentes se han debido menos a las políticas laborales de los distintos países y más a su especialización productiva” (Recio y Banyuls, 2011: 178).

Desde esa perspectiva, aquí se defiende que en la justificación de las altas tasas de paro que han provocado en España las sucesivas crisis, el factor clave hay que relacionarlo con las debilidades del modelo de crecimiento que ha caracterizado al capitalismo español en las últimas décadas (López y Rodríguez, 2010). Como recuerdan Navarro, Torres y Garzón (2011: 37), “aunque es verdad que nuestra crisis viene de la mano de la internacional, también es cierto que en España había unas condiciones económicas previas muy singulares que han hecho que su efecto haya sido especialmente grave y dañino”. Limitando el comentario a lo ocurrido en la última fase expansiva (1994-2007), pueden recordarse a modo de simples apuntes algunos rasgos que, no por conocidos, deben dejarse de lado puesto que de nuevo reaparecerán en el análisis de lo ocurrido en los diferentes territorios, que es nuestro objetivo central.

En primer lugar, el espectacular desarrollo de la burbuja inmobiliaria, basado en el crédito y el endeudamiento, tanto de promotores como de compradores de viviendas, a partir de la financiación que bancos y cajas de ahorro españoles obtuvieron en el exterior, provocó un anómalo incremento del empleo en el sector de la construcción, que de contar con 1.117,5 miles de trabajadores en 1994 (9,1% del total), alcanzó los 2.697,3 en el año 2007 (13,3%), con un aumento de casi 1,6 millones. Las fuertes inversiones en obra pública, en particular para grandes infraestructuras de transporte, reforzaron la espectacular expansión de las empresas constructoras en esos años.

La brusca desaparición del crédito abundante y barato en los mercados que se derivó de las turbulencias financieras internacionales a partir de 2008 y del progresivo agotamiento de la demanda interna solvente para la adquisición de viviendas se reflejó de inmediato en ese sector, que en sólo cuatro años ha destruido 1,3 millones de esos

empleos (un 60% de las pérdidas totales de ocupación en España). Los niveles actuales de ocupación vuelven a aproximarse al finalizar 2011 a los del inicio del periodo en valores absolutos (1.393,0 miles), e incluso retroceden en términos relativos hasta el 7,7% del total, y parece incuestionable que la alta tasa de

precariedad laboral en el sector facilitó la rapidez del ajuste. La hipertrofia inmobiliaria

y su hundimiento posterior son, por tanto, los primeros causantes del fuerte

crecimiento del desempleo, que se extendió también hacia todas aquellas actividades industriales (material de construcción y productos cerámicos, vidrio, puertas y mobiliario, carpintería metálica y cerrajería, estructuras metálicas…) y de servicios (agencias inmobiliarias, seguros…) directamente relacionadas.

Por el contrario, la evolución del empleo industrial visto en su conjunto durante todo este periodo fue bastante más moderada y tanto su crecimiento en los años de bonanza económica (+786.600 ocupados), como su retroceso posterior (-706.500) le hacen regresar también ahora a sus niveles de partida, en torno a los dos millones y medio de trabajadores. Pero lo verdaderamente lamentable es que apenas se aprovechase la disponibilidad de recursos públicos y privados en esos años para impulsar un esfuerzo de innovación capaz de renovar en profundidad la base productiva y transformar el modelo de crecimiento hacia otro más intensivo en conocimiento y con menor impacto ambiental, elevar la productividad del trabajo, generar empleos de mayor calidad y estabilidad, o reducir el elevado déficit comercial exterior incrementando la capacidad exportadora, lo que habría hecho a la industria española más resistente frente al estancamiento del mercado interno tras el inicio de la crisis. Aunque hubo excepciones a la regla y en algunos territorios, sectores y empresas la inversión en I+D+i registró mejoras significativas, y aunque el empleo industrial mantuvo unas condiciones de trabajo comparativamente mejores que las de otros sectores, en una panorámica general puede hablarse de una década perdida, que no permitió consolidar los empleos creados ni frenar la reducción de competitividad de la economía española en ese periodo.

Pero un componente destacado –y bastante menos analizado- del auge y caída de la ocupación en España es lo ocurrido en el sector de servicios, a menudo considerado como una caja negra que se aborda como un conjunto supuestamente

homogéneo cuando, en realidad, la evolución reciente de las múltiples actividades que

lo integran ha sido manifiestamente dispar en términos laborales. La tabla 2.1, que

identifica esa heterogeneidad al comparar el aumento o reducción de los ocupados en

las diferentes actividades entre los años 1994, 2007 y 2011 (datos del cuarto trimestre), tanto en valores absolutos como relativos, permite comprender mejor la contribución del terciario a los actuales niveles de desempleo.

Durante los años de crecimiento explosivo, los servicios generaron más de seis millones de nuevos empleos, equivalentes a un crecimiento del 83,3% sobre la cifra

del último trimestre de 1994. De ellos, más de 2,6 millones correspondieron al comercio, la hostelería, los servicios personales y el servicio doméstico, actividades en

su mayoría de baja productividad e intensivas en trabajo barato, poco cualificado y con

alta temporalidad que, salvo en el caso de las actividades comerciales, también

registraron tasas de crecimiento que prácticamente duplicaron su volumen de ocupación en esos trece años. Niveles también muy notables de aumento registraron los servicios inmobiliarios y a las empresas (124,4%), sin olvidar el importante aumento en la dotación de bienes públicos por parte de las diferentes administraciones, que en términos laborales tuvieron su mejor reflejo en el caso de la sanidad y los servicios sociales, que registraron un 99,5% de nuevas ocupaciones.

Tabla 2.1. Evolución de la ocupación en actividades de servicios en España, 1994-

2011.

 

Evolución

Evolución

Evolución

Evolución

Actividades

1994-2007

1994-

2007-2011

2007-2011

(miles)

2007 (%)

(miles)

(%)

Comercio y reparaciones Hostelería Transportes y comunicaciones Finanzas y seguros Inmobiliarias y servicios empresariales Administración pública y org.extraterritoriales Educación Sanidad y servicios sociales Otros servicios personales Servicio doméstico

1.098,7

52,0

-293,6

-9,1

707,2

96,0

-112,3

-7,8

453,9

62,8

206,1

17,5

176,0

52,8

-74,4

-14,6

1.420,9

124,4

-257,7

-12,5

448,5

56,5

135,7

10,9

437,0

63,2

56,8

5,0

608,8

99,4

196,6

16,1

397,8

89,5

-155,7

-18,5

430,2

126,6

-104,1

-13,5

Total Sector Servicios

6.179,0

83,3

-402,6

-3,0

Fuente: INE. Encuesta de Población Activa.

Desde comienzos de la crisis se ha detenido esta creación de puestos de trabajo, que se redujeron en 402.600 en los cuatro últimos años, lo que representa un 3,0% sobre su nivel inicial. Pero ahora los comportamientos de las diferentes actividades muestran tendencias opuestas, algunas de las cuales tienen bastante que decir cuando se intenta interpretar las claves del desempleo actual. De este modo, los cuatro tipos de actividades relacionadas con el consumo (comercio, hostelería, servicios personales y doméstico) han destruido 665.700 empleos, con tasas que alcanzan el -18,5% y -13,5% en los dos últimos casos y que confirman su volatilidad, siempre facilitada por su elevada precariedad. La pérdida de rentas que provoca la desaparición de empleos y los diversos tipos de recortes a que se somete a la población suponen una caída de la demanda interna generadora de un proceso acumulativo que se retroalimenta y que explica que si este tipo de servicios parecieron resistir bastante bien en términos laborales durante los dos primeros años de la crisis, desde entonces su retroceso ha sido constante.

Pero no conviene olvidar lo ocurrido en las actividades financieras y de seguros, así como en los servicios inmobiliarios y a las empresas, que también han reducido su número de trabajadores en 332.100, lo que en valores absolutos resulta moderado, pero supone tasas de destrucción de empleo cifradas en el -14,6% y - 12,5% respectivamente. La economía financiarizada castiga también a sus trabajadores cuando se pinchan las burbujas que alimenta.

No obstante, dentro del sector de servicios también se han registrado respuestas a la crisis que permitieron atenuar su impacto laboral, pues tanto el sector de los transportes y, sobre todo, las telecomunicaciones (+17,5%), como los diferentes servicios públicos aún registraron aumentos de ocupación, especialmente destacables en el caso de la sanidad y los servicios sociales (+16,1%). Es indudable que la prioridad otorgada ahora a la reducción del déficit que acumuló el Estado desde 2008 - como consecuencia y no como causa de la crisis- que se ha acentuado en 2012 tras el cambio de gobierno, tiene un reflejo especialmente intenso en el empleo público. Esto provocará un cambio importante en este diagnóstico a corto plazo de no modificarse los actuales criterios, con el mismo efecto de retroalimentación ya comentado y el consiguiente reforzamiento de la espiral recesiva.

En resumen, más allá de reformas laborales que afectan sobre todo a la distribución del excedente y la influencia respectiva de empresas y trabajadores, pero una y otra vez se demuestran incapaces de afectar al problema del desempleo –que sólo sirve para justificarlas- cualquier análisis a partir de información como la utilizada pone de relieve que el reto del paro apunta en otra dirección. Se coincide, por tanto, con el diagnóstico de Rocha y Aragón (2012; 5), cuando afirman que “existe una estrecha relación entre el tipo de especialización productiva consolidado en la última fase expansiva del ciclo económico y la intensa destrucción de empleo, así como su mayor impacto en grupos sociales específicos”. Por esa razón, tal como plantea Flores (2012: 7), “la economía española no puede relegar su proceso modernizador para el día después de superar la crisis ni puede superar la crisis sin avanzar en la construcción de otro modelo de crecimiento y de una nueva estructura productiva”. Pero un argumento como éste, que otros muchos comparten, encuentra nuevos apoyos que lo refuerzan cuando la investigación incorpora una dimensión territorial y se comprueba lo que está ocurriendo con el paro en las diferentes regiones y ciudades del país, aspecto para el que la perspectiva geográfica puede aportar bastante más que la simple descripción o su reflejo gráfico sobre un mapa.

2.4. La diferente exposición al desempleo de los grupos sociales y los sectores económicos.

Hace ahora dos décadas, en el marco de una reflexión sobre la metamorfosis del trabajo asociada a las transformaciones propias de un periodo crítico que marcó la transición al mundo que hemos conocido desde entonces, André Gorz recordaba la importancia del empleo remunerado en el proceso de socialización de todo individuo, afirmando que “derecho al trabajo, deber de trabajar y derecho de ciudadanía están inextricablemente vinculados” (Gorz, 1995: 264). La privación, por tanto, de ese derecho constituye una forma de exclusión social y un atentado contra la dignidad de las personas que, debido a sus dimensiones y a su reiteración, debiera constituirse en objetivo social prioritario y suscitar nuevas acciones tendentes a la generación de nuevos empleos o a su redistribución, aspecto ajeno a este texto pero que no por ello debe ser ignorado.

Tal como se planteó al inicio del capítulo, medir con precisión esa exclusión provocada por el desempleo forzoso se convierte en un objetivo nada banal, que en el caso español tiene su traducción en la existencia de las dos fuentes estadísticas ya mencionadas que lo identifican a partir de criterios diversos, sometidos a sucesivas revisiones a lo largo del tiempo. Desde comienzos de siglo, durante los años en que el desempleo se mantuvo estable en torno a los dos millones de activos, los datos de la EPA y los del paro registrado se situaban en valores muy próximos, pero al desencadenarse la crisis ambas curvas han tendido a separarse. De este modo, al finalizar 2011 el paro registrado se situaba en 4.422,36 miles de personas, mientras la EPA elevaba la población parada hasta los 5.273,60 miles, lo que supone casi un 20% más y equivale a una tasa de crecimiento en los cinco últimos años del 191,3% en este último caso, por un 118,6% en el de los datos de paro registrado ofrecidos por la Sociedad Pública de Empleo Estatal (figura 2.4).

Figura 2.4. Evolución del paro registrado y estimado en España, 2001-2011.

del paro registrado y estimado en España, 2001-2011. Fuente: SEPE. Movimiento Natural Registrado , e INE.

Fuente: SEPE. Movimiento Natural Registrado, e INE. Encuesta de Población Activa.

Las razones de esa progresiva disociación en las estimaciones, que a mediados de 2012 ya superaba el millón de personas, son básicamente de dos tipos. Por un lado, una parte de quienes pueden incluirse como desempleados a partir del muestreo trimestral que realiza el Instituto Nacional de Estadística para la EPA quedan excluidos del paro registrado, en especial los estudiantes menores de 25 años, quienes sólo buscan empleos de corta duración o jornada reducida y los trabajadores agrarios eventuales que ya cobran un subsidio del Programa de Fomento del Empleo Agrario en Andalucía y Extremadura, antes denominado Plan de Empleo Rural (PER).

Además, no todos los parados buscan trabajo a través de las Oficinas de Empleo y se inscriben en ellas, pues la obligación se limita a quienes perciben algún tipo de prestación, pero la prolongación de la crisis aumenta el número de aquellos que ya las agotaron. En ese sentido, la profunda atonía actual en lo que concierne a la oferta de puestos de trabajo incide sobre el incremento de los desanimados que desconfían de continuar la búsqueda por esta vía y se plantean otras estrategias de supervivencia.

Por este motivo, el uso de una u otra fuente puede generar ciertas diferencias en el diagnóstico. En este caso, los datos de la EPA ofrecen una mejor caracterización de los grupos sociales y los sectores económicos afectados por el desempleo, mientras los de paro registrado, pese a suponer cierta infravaloración del problema real, son los únicos que permiten realizar análisis sobre la situación actual y evolución reciente en las ciudades, por lo que serán los utilizados para abordar su diversa incidencia según territorios y a diferentes escalas.

El desempleo tiene un carácter discriminante, pues afecta de manera especialmente intensa a aquellos sectores sociales y laborales más desprotegidos o que se enfrentan a una mayor exposición al riesgo, algo que resulta claramente identificable en los datos que ofrece la tabla 2.2, correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Tabla 2.2. Tasas de paro según grupos de población, 2006-2011.

 

Grupos de población

Tasa de paro 2006 (%)

Tasa de paro 2011 (%)

Mujeres

10,85

22,16

Hombres

6,37

21,21

16

a 19 años

28,99

64,08

20

a 24 años

14,82

42,60

25

a 54 años

6,32

17,29

55

y más años

2,53

5,79

Analfabetos Educación primaria Educación secundaria Educación superior

18,42

52,34

10,06

31,92

8,17

22,66

6,10

12,82

Población inmigrante Población autóctona

11,79

32,85

8,03

19,60

Fuente: INE. Encuesta de Población Activa.

Están, en primer lugar, los jóvenes que no alcanzan los 25 años de edad y cuya tasa de paro ya era muy superior a la del resto en plena fase de crecimiento, pero que en los últimos años ascendió hasta el 64,1% entre los menores de 19 años y el 42,6% entre los que cuentan con 19-25 años. Están, en segundo lugar, quienes tienen un menor nivel de estudios, pues mientras la tasa en 2011 también supera el 52% entre la población analfabeta y llega al 31,9% para quienes sólo tienen estudios primarios, se reduce al 12,8% entre los titulados superiores, si bien en algunos casos éstos se enfrentan a la necesidad de aceptar empleos inferiores a su nivel formativo,

dando así origen a situaciones de sobrecualificación. Un tercer grupo de riesgo lo constituye la población inmigrante, que con una tasa del 32,8% casi duplica la de los españoles, aspecto que puede relacionarse con el tipo de ocupaciones que han cubierto de forma mayoritaria en los años anteriores a la crisis y sólo en parte con su nivel educativo, mientras está sometida a debate la posible existencia de ciertas situaciones de discriminación que acentuarían lo anterior (Medina et al., 2010). La suma de estas tres condiciones o factores de riesgo se asocia con una mayor probabilidad de engrosar las bolsas de paro y su frecuente localización en áreas determinadas, sobre todo en el interior de las ciudades, también favorece el reforzamiento de fenómenos de segregación espacial.

Un cuarto grupo de riesgo en el ámbito laboral es tradicionalmente la mujer. No obstante, en relación a esta crisis las pérdidas de empleo comenzaron concentrándose en actividades desempeñadas sobre todo por hombres, tanto en la construcción como en ciertas industrias, y sólo en una fase posterior su contagio a numerosos servicios tiende ahora a atenuar las diferencias de género. Pero esta afirmación exige, al menos, dos matizaciones: la primera que, pese a todo, la tasa de paro femenina (22,2%) continúa siendo ligeramente superior a la masculina (21,2%); la segunda, que la mayor vulnerabilidad de la mujer en su inserción laboral aumenta en este caso la presión hacia el subempleo, el trabajo informal o, incluso, el abandono del mercado de trabajo.

A los contrastes sociales se superponen los de índole económica. Así, el desempleo también ha tenido una velocidad de expansión y alcanza una intensidad muy variable según sectores de actividad, aspecto ya abordado de forma indirecta en páginas anteriores y del que ahora tan sólo interesa destacar una idea muy relevante para lo que se analizará a continuación. Figura 2.5. Evolución sectorial del desempleo, 2006-2011 (%).

2.5. Evolución sectorial del desempleo, 2006-2011 (%). Fuente: SEPE. Movimiento Natural Registrado , e INE.

Fuente: SEPE. Movimiento Natural Registrado, e INE. Encuesta de Población Activa.

Tal como refleja el gráfico de la figura 2.5, pese a las significativas diferencias entre las dos fuentes consultadas, tanto una como otra establecen una idéntica jerarquía de sectores en relación al incremento del paro durante el último lustro. Una vez más, la construcción se sitúa a la cabeza ya desde 2007 y durante todo el periodo, con tasas de aumento que alcanzan el 227,7% en el caso del paro registrado. Pese a su escasa importancia actual en el conjunto de la población ocupada, el paro también aumentó con intensidad en el sector agrario, hasta valores que en este caso resultan superiores en las cifras de la EPA (157,0%) por la exclusión de los eventuales agrarios que reciben subsidio en la estadística de paro registrado.

Pero el aspecto más relevante es el que se deriva de la comparación entre el comportamiento seguido por la industria y los servicios. La primera recibió el impacto del estancamiento del consumo interno, la retracción del crédito y el freno de la demanda internacional en 2008-2009, pero a partir de entonces el desempleo se ha estabilizado y el saldo del periodo es, con diferencia, el más favorable, pues las tasas de aumento se sitúan en el 80,6% para el paro registrado e incluso descienden al 63,9% en el caso de la EPA.

Como contrapunto, los servicios parecieron relativamente inmunes a la crisis en su primera fase, pero la caída de la demanda, el aumento de la precariedad laboral, el descenso de los salarios reales en amplias capas de la población y el propio desempleo han retroalimentado una espiral recesiva que desde 2010 frena el consumo y ha elevado con rapidez los niveles de paro en el sector, que ahora duplican con creces los de 2006 y resultan ya muy superiores a los de la industria. En la tercera fase de la crisis, que se ahonda en 2012 con la intensificación de los ajustes en el sector público y la consiguiente destrucción de empleos en el ámbito de los servicios sociales, esa diferencia tenderá a acentuarse de no mediar un cambio de rumbo en las prioridades políticas impuestas en la Unión Europea y aplicadas por el gobierno español.

2.5. Una aproximación a la dimensión territorial del paro: contrastes interregionales e interprovinciales.

Si bien la crisis afecta de forma generalizada a la práctica totalidad de actividades económicas y sectores sociolaborales, las diferencias que acaban de apuntarse ya confirman que la gravedad del impacto recibido resulta muy desigual. Algo similar ocurre en relación con sus efectos según territorios, aunque se trata de una dimensión poco considerada habitualmente en la mayoría de análisis, o bien sólo de forma muy descriptiva, añadiendo a lo anterior algunos datos o mapas relativos a las Comunidades Autónomas, comentados de forma breve. Algún estudio reciente que toma como eje de análisis la evolución del empleo regional en las sucesivas crisis de las últimas décadas y aporta una mayor complejidad interpretativa aún no ha gozado de amplia difusión (Sánchez Hernández, 2012).

Lo que debe destacarse en este sentido es que el análisis territorial puede aportar nuevos argumentos que hagan posible comprender mejor por qué un proceso

de dimensión global como la actual crisis tiene un reflejo tan diferente según la trayectoria seguida por cada territorio, su estructura económica y social, sus instituciones o la desigual capacidad mostrada por sus actores públicos y privados para tejer a lo largo del tiempo tramas que se muestran más o menos resistentes frente al embate de la crisis, cuestión a considerar en la perspectiva de promover ahora posibles estrategias de respuesta. Aunque no es el plano que centrará nuestra atención, los fuertes contrastes regionales que diferencian la gravedad del paro registrado en las CCAA españolas y su evolución en estos últimos años suponen una primera aproximación útil a ese objetivo. Los datos de la tabla 2.3. sintetizan lo esencial de esas diferencias y permiten complementar las perspectivas estática y dinámica del desempleo regional.

Tabla 2.3. Evolución e importancia del paro registrado por Comunidades Autónomas.

Comunidad

Paro

Paro

Población

Evolución

Paro/100

Autónoma

registrado

registrado

16-65 años

2006-11

hab. edad

2006

2011

2011

(%)

activa 2011

Andalucía Aragón Asturias Baleares Canarias Cantabria Castilla y León Castilla-La Mancha Cataluña Ceuta y Melilla Comunidad Valenciana Extremadura Galicia Madrid Murcia Navarra País Vasco Rioja, La

477.784

969.152

5.680.578

102,84

17,06

36.507

101.982

881.410

179,35

11,57

52.913

90.537

717.418

71,11

12,62

46.284

98.087

774.816

111,92

12,66

122.153

265.569

1.500.773

117,41

17,70

21.613

49.273

399.154

127,98

12,34

108.421

208.475

1.646.504

92,28

12,66

90.921

225.842

1.395.406

148,39

16,18

260.749

614.244

5.039.838

135,57

12,19

12.780

21.179

107.512

65,72

19,70

194.819

535.036

3.427.877

174,63

15,61

74.637

135.398

725.058

81,41

18,67

160.666

258.234

1.820.590

60,73

14,18

211.558

488.709

4.459.298

131,00

10,96

43.591

142.921

988.850

227,87

14,45

21.060

46.946

424.023

122,92

11,07

76.203

145.394

1.446.745

90,80

10,05

10.154

25.381

213.223

149,96

11,90

ESPAÑA

2.022.813

4.422.359

31.649.073

118,62

13,97

Fuente: SEPE. Movimiento Laboral Registrado; INE. Padrón Municipal de Habitantes.

El comportamiento de las regiones frente al empleo y el desempleo mantiene tendencias consistentes a medio y largo plazo, más allá de los cambios que se producen en cada fase expansiva o recesiva de los ciclos económicos. De ahí la persistencia durante décadas de las mayores tasas de paro en las regiones del interior peninsular, en especial las de su mitad sur, junto al archipiélago canario. Los datos de paro registrado sobre la población en edad potencialmente activa (16-65 años), que es el dato disponible con periodicidad anual, mantienen en esencia esa dicotomía tradicional de sentido norte-sur, que se resiste a desaparecer.

Así, los valores máximos al finalizar 2011 continúan localizados en Extremadura (18,67%), Canarias (17,70%), Andalucía (17,06%) y Castilla-La Mancha (16,18%), además de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla (19,70%), bastante por encima del promedio español (13,97%). En el extremo opuesto, las tasas más bajas corresponden al País Vasco (10,05%) y Madrid (10,96%), junto con las regiones del Valle del Ebro como Navarra (11,07%), Aragón (11,57%) y La Rioja (11,90%), además de Cataluña (12,19%). En situación intermedia y muy próxima al valor medio se sitúan tanto las regiones mediterráneas (Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares) como las atlánticas (Cantabria, Asturias y Galicia), además de Castilla y León.

Estas diferencias suponen que la región con mayor nivel de paro prácticamente duplica el valor correspondiente a la mejor situada, pero una medida algo más precisa de estos contrastes interregionales se logra mediante el cálculo del llamado coeficiente de variación. Se define como el cociente entre la desviación estándar y el promedio de una serie de valores (C v = σ/Х), por lo que cuanto mayor resulte, más amplia será la dispersión existente. En este caso, el coeficiente resulta relativamente moderado (0,2052), lo que supone que la desviación entre regiones se sitúa en torno a una quinta parte del valor promedio correspondiente a España. Al mismo tiempo, si la atención se dirige al mapa resultante, la distribución del paro aún refleja, en buena medida, una lógica espacial acorde con las desigualdades en el desarrollo económico regional que comenzaron a hacerse patentes con la primera revolución industrial en la segunda mitad del siglo XIX y se reforzaron con la siguiente, que en España retrasó lo esencial de sus efectos hasta después del Plan de Estabilización de 1959 y la posterior apertura exterior.

Pero más allá de esas inercias que se resisten a desaparecer, el impacto de las sucesivas crisis sobre los mercados regionales de trabajo varía de forma significativa. Resulta bien conocido el efecto que tuvo el agotamiento del modelo industrial fordista en los años setenta y primeros ochenta del pasado siglo, que concentró la destrucción de empleos y el consiguiente aumento del paro en las regiones de antigua tradición industrial del Eje Atlántico, con especial virulencia en el País Vasco y Asturias, frente al mejor comportamiento de las integradas en los ejes Mediterráneo y del Ebro, además de la región metropolitana de Madrid. Se estableció entonces una dicotomía entre regiones emergentes y en declive –o entre regiones ganadoras y perdedoras, según la metáfora acuñada en esos años por Benko y Lipietz (1994)- que parece haberse mantenido en el imaginario colectivo pese a los cambios habidos desde entonces.

Aunque en propuestas evolucionistas como la de Martin (2012) se plantea que los impactos de las sucesivas crisis tienden a acumularse en el tiempo y pueden fragilizar la situación de determinadas regiones ante nuevos shocks externos, la evolución del paro registrado desde 2006 parece mostrar cambios muy significativos respecto a patrones anteriores. Tres conclusiones principales pueden deducirse a partir de la simple observación de las tasas de crecimiento en el último lustro.

En primer lugar, la distribución espacial de los impactos resulta en esta ocasión muy diferente, con tasas máximas de aumento del paro en regiones del Eje Mediterráneo (Murcia, Comunidad Valenciana) y del Ebro (Aragón, La Rioja), frente al mejor comportamiento de las del Eje Atlántico (Galicia, Asturias, País Vasco) y algunas interiores (Extremadura, Castilla y León), además de las ciudades autónomas. Resulta también significativo que las CCAA donde se localizan las dos mayores aglomeraciones metropolitanas (Madrid, Cataluña) superen el promedio de incremento, con tasas por encima del 130% en ambos casos, lo que parece cuestionar la influencia ejercida por las llamadas economías de aglomeración.

Un segundo rasgo a destacar es la no coincidencia entre la evolución regional del paro en esta crisis y la situación heredada del pasado, aún visible en la tasa de paro sobre la población en edad activa antes analizada. La comparación entre los dos diagramas de barras que representan ambos indicadores a partir de la misma ordenación de las regiones ofrece una imagen bastante nítida de esa disociación (figura 2.6), lo que parece confirmar que las tendencias actuales responden a factores muy diferentes a los de anteriores crisis y por ello no se observan efectos acumulativos.

Figura 2.6. Comportamiento de las CC.AA. frente al paro registrado.

Evolución del paro registrado, 2006-2011 (%)

Paro registrado/población edad activa, 2011 (%)

Murcia Aragón Comunidad Valenciana Rioja, La Castilla-La Mancha Cataluña Madrid Cantabria Navarra ESPAÑA Canarias Baleares Andalucía Castilla y León País Vasco Extremadura Asturias Ceuta y Melilla Galicia

227,87 179,35 174,63 149,96 148,39 135,57 131,00 127,98 122,92 118,62 117,41 111,92 102,84 92,28 90,80
227,87
179,35
174,63
149,96
148,39
135,57
131,00
127,98
122,92
118,62
117,41
111,92
102,84
92,28
90,80
81,41
71,11
65,72
60,73
Murcia
Aragón
Comunidad Valenciana
Rioja, La
Castilla-La Mancha
Cataluña
Madrid
Cantabria
Navarra
ESPAÑA
Canarias
Baleares
Andalucía
Castilla y León
País Vasco
Extremadura
Asturias
Ceuta y Melilla
Galicia

0

50

100

150

200

250

Fuente: SEPE. Movimiento Laboral Registrado.

14,45 11,57 15,61 11,90 16,18 12,19 10,96 12,34 11,07 15,20 12,66 12,66 10,05 12,62 14,18
14,45
11,57
15,61
11,90
16,18
12,19
10,96
12,34
11,07
15,20
12,66
12,66
10,05
12,62
14,18

17,70

17,06

18,67

19,70

0

5

10

15

20

25

Un tercer aspecto significativo es que la desigualdad provocada por la crisis sobre el paro es muy superior a la que pudo observarse desde una perspectiva estática. De este modo, el máximo crecimiento registrado por la Región de Murcia multiplica por 3,7 veces el de Galicia, situada en el extremo opuesto y, sobre todo, el

coeficiente de variación de la serie estadística asciende en este caso a 0,3594, valor bastante superior al comentado en el caso de las tasas regionales existentes en el año 2011. No hay, pues, región que escape a la gravedad del fenómeno, pero la brecha entre unas y otras tiende a ampliarse. Este mismo tipo de conclusiones se repite si en vez de utilizar como unidades de análisis las 17 CCAA se consideran las 50 provincias, aunque también se observan en este caso algunos rasgos destacables, que pueden complementar lo señalado hasta ahora.

Por una parte, en lo referente a la distribución espacial (figura 2.7), se confirma que todas las provincias de la mitad sur peninsular, salvo Jaén, mantienen tasas de paro sobre su población en edad activa superiores al promedio español, mientras en la mitad septentrional sólo Pontevedra se sitúa bastante por encima de ese nivel de referencia. En cambio, el mapa sobre tasas de crecimiento posteriores a 2006 parece definir un contraste en sentido oeste-este, con los valores más elevados en las provincias mediterráneas, las del Ebro y las del entorno de Madrid frente a valores bastante inferiores en las occidentales. En concreto, la explosión del desempleo en Castellón (305,48% de aumento), Guadalajara (250,09%) y Murcia (227,87%) no es comparable a la evolución registrada por provincias como Ourense (41,94%), A Coruña (54,77%) o Lugo (57,19%), con diferencias bastante mayores que las observables entre las regiones.

Se constata así que con unidades territoriales más pequeñas y menos heterogéneas como son las provincias, los contrastes se intensifican y dos simples cifras vienen a sintetizarlo. La primera es la de que la provincia que registró mayor aumento del paro (Castellón) multiplica ya por 7,3 veces la tasa de la provincia situada al otro lado de la escala (Ourense). La segunda, que el valor del coeficiente de variación asciende en este caso hasta 0,4439, también por encima del que medía la dispersión en el crecimiento del paro entre las regiones.

Finalmente, al considerar de forma conjunta ambos indicadores puede obtenerse una tipología básica según la posición relativa de las provincias por encima o por debajo del promedio español en cada caso, tal como refleja el diagrama de dispersión de la figura 2.8.

La peor posición la padecen aquellas situadas en el cuadrante superior derecho, con tasas de paro sobre población potencialmente activa elevadas y que además registraron un fuerte aumento desde 2006 que acentúa la gravedad de la situación. Aquí se incluyen todas las provincias mediterráneas entre Castellón y Málaga, además de algunas periféricas de Madrid como Toledo y Ávila, o Santa Cruz de Tenerife. Situación opuesta es la que corresponde a las provincias localizadas en el cuadrante inferior izquierdo, con menores tasas y un impacto de la crisis más moderado que las aleja progresivamente de las anteriores y acentúa, por tanto, las desigualdades. Aquí se sitúan las tres del País Vasco, Asturias y otras tres gallegas (Lugo, A Coruña, Ourense), junto a algunas castellano-leonesas (Valladolid, León, Palencia), quedando tan sólo Baleares y Jaén aisladas del resto.

Figura 2.7. Comportamiento de las provincias frente al paro registrado.

a) Evolución del paro registrado, 2006-2011.

registrado. a) Evolución del paro registrado, 2006-2011. b) Paro registrado / población en edad activa, 2011.

b) Paro registrado / población en edad activa, 2011.

b) Paro registrado / población en edad activa, 2011. Fuente: SEPE. Las restantes 29 provincias aparecen

Fuente: SEPE.

Las restantes 29 provincias aparecen entre ambos extremos, bien porque partiendo de niveles moderados de paro los han incrementado ahora con rapidez, lo que las ubica en el cuadrante inferior derecho del gráfico (casos de Madrid, provincias catalanas, todas las del Ebro y algunas interiores como Burgos, Segovia, Soria o Cuenca), o porque, en cambio, partían de tasas elevadas que heredaron del pasado

pero en esta ocasión el efecto de la crisis está siendo menos acusado y eso hace que se agrupen en el cuadrante superior izquierdo. También en este caso, como en los anteriores, la mayor parte de las provincias muestran una distribución nada casual, con un claro predominio de las correspondientes a la margen occidental peninsular, desde Pontevedra a Zamora, Salamanca, las extremeñas y las andaluzas (Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba), junto con alguna otra donde se pierde esa continuidad (Las Palmas de Gran Canaria, Albacete).

Figura 2.8. Tipología provincial según importancia y evolución del paro registrado.

según importancia y evolución del paro registrado. Fuente: SEPE. Situaciones tan heterogéneas y contrastadas

Fuente: SEPE.

Situaciones tan heterogéneas y contrastadas como las que acaban de describirse, tanto si se comparan las tasas regionales o provinciales como, sobre todo, si se observa el muy distinto ritmo de crecimiento del paro en la actual crisis resultan imposibles de justificar acudiendo al argumento de la rigidez en las relaciones laborales ya discutida, pues la normativa en esta materia es sustancialmente la misma en todo el territorio español, lo que no ha impedido una evolución absolutamente dispar. Así pues, esa capacidad de resistencia tan variable frente a la pandemia del desempleo masivo exige acudir a otro tipo de argumentos justificativos relacionados, sobre todo, con las características propias de cada territorio. Aunque se hará una

reflexión más detallada sobre esta cuestión en el próximo capítulo, al considerar los contrastes entre ciudades, pueden apuntarse ya algunos posibles factores mencionados por otros autores como Rocha (2010).

Una primera clave de las diferencias interregionales e interprovinciales se relaciona, sin duda, con la capacidad de su base económica para generar crecimiento y asegurar cierta capacidad competitiva que permita crear y mantener el empleo. Eso se relaciona con su estructura productiva, lo que incluye aspectos como el tipo de sectores en los que se especializa, el mayor o menor grado de diversificación de sus actividades o las características de sus empresas. La directa relación de la actual crisis con el estallido de la burbuja inmobiliario-financiera provocó un impacto directo e inmediato en el sector de la construcción y en algunas industrias proveedoras, aumentando con rapidez el paro en aquellas áreas con mayor presencia de esas actividades como son el litoral mediterráneo y los archipiélagos. El freno posterior al consumo privado trasladó el impacto a otras actividades como el comercio, los servicios a la población y el turismo, al tiempo que las restricciones en el crédito ahogaban a numerosas pequeñas empresas, ampliando así los territorios afectados, mientras se defendían mejor aquellas otras regiones con una mayor diversificación económica por haber mantenido cierta presencia industrial.

Un segundo factor también relacionado con lo anterior serían las tasas de empleo alcanzadas en los años de crecimiento intensivo. En aquellas regiones y provincias donde los puestos de trabajo se multiplicaron con mayor rapidez, muchos de ellos en actividades de baja cualificación y productividad, con contratos precarios, la destrucción posterior de empleos ha resultado también más intensa por comparación con aquellas otras en donde esas oscilaciones de la fuerza de trabajo – tanto en el periodo alcista como en el actual- han sido bastante más moderadas, tal como ocurrió en buena parte de la España interior y el noroeste peninsular.

Una tercera causa puede vincularse con el nivel de endeudamiento financiero de los territorios, considerando que aquellos con empresas, particulares y administraciones públicas más endeudadas serían los que registraron una mayor caída de su actividad económica al hacerse cada vez más difíciles las vías de financiación e imponerse estrategias de austeridad que estrangulan el crecimiento. También en este caso, la acción de los gobiernos autonómicos y el diverso grado en que aplicaron o atenuaron este tipo de medidas puede ser un factor diferencial cuya importancia tenderá a crecer con el paso del tiempo.

Un último aspecto que suele considerarse en las explicaciones sobre el desigual impacto de la crisis sobre el empleo es el nivel formativo de su población y, por tanto, su mayor o menor dotación en capital humano. La evidencia de que buena parte de los empleos destruidos correspondían a los estratos inferiores de la pirámide ocupacional y contaban con baja cualificación suele ser la base de tales argumentos. La mayor acumulación de conocimiento en la población, las empresas y las instituciones de cada territorio sería, en esta perspectiva un factor de resistencia ante las crisis y el comportamiento de algunos territorios con una buena dotación de este

tipo de recursos (País Vasco, Navarra…) ayuda a reforzar esa idea. En cambio, lo ocurrido en Madrid o Barcelona –que son los principales polos de conocimiento en España, pero incrementaron el paro a un ritmo superior al promedio (131% y 128% respectivamente)- demuestra que ningún factor puede explicar por sí sólo la evolución registrada, haciendo necesaria una interpretación más compleja que combine en cada caso varios de ellos.

En resumen, el problema del desempleo masivo reaparece de forma periódica como preocupación central de nuestra sociedad, con implicaciones económicas y políticas evidentes. Hace ahora dos décadas, en una situación de similar gravedad, el Libro Blanco sobre Crecimiento, Competitividad y Empleo promovido por la Comisión Europea (1992) ya señaló que, más allá de situaciones coyunturales que provocan oscilaciones en los niveles de ocupación, nos enfrentábamos a un problema estructural con raíces profundas, que exigirían estrategias de largo plazo para su superación. En una perspectiva más crítica, Robert Castel planteó su estrecha vinculación con el rumbo tomado por el capitalismo al afirmar que “el desempleo no es una burbuja que se ha formado en las relaciones de trabajo y que podría reabsorberse. Empieza a estar claro que la precarización del empleo y el desempleo se han inscrito en la dinámica actual de la modernización. Son las consecuencias necesarias de los nuevos modos de estructuración del empleo y la lucha por la competitividad, que convierten en sombra a gran parte del mundo” (Castel, 1997: 406).

Este tipo de reflexiones han cobrado de nuevo plena actualidad, pero, si se profundiza en la metáfora, una vez más se comprueba que esos territorios en sombra son selectivos, tanto desde una perspectiva temporal como espacial. Ni todos se enfrentan por igual a esa oscuridad, ni los que padecieron con más intensidad el problema en el pasado son necesariamente los mismos que lo padecen ahora. Existe, por tanto, una dimensión territorial de las crisis que resulta significativa, tanto para comprender mejor sus claves como la diversa intensidad de sus efectos.

CAPÍTULO

DESEMPLEO.

3.

LAS

CIUDADES

ESPAÑOLAS

FRENTE

AL

La sociedad española está intensamente urbanizada. El proceso de concentración espacial que desencadenó la industrialización se ha visto reforzado en las últimas décadas y en la actualidad cuatro de cada cinco residentes en el territorio lo hacen en municipios que superan los 10.000 habitantes, umbral que delimita los núcleos urbanos a efectos estadísticos. Esa polarización alcanza su máximo exponente en las grandes ciudades y las áreas urbanas que las tienen en su centro, pero que se extienden sobre su entorno hasta formar aglomeraciones metropolitanas de límites progresivamente difusos.

Las ciudades constituyen también una red de asentamientos, tejida por múltiples relaciones, que sirve como soporte básico para la organización del territorio. Por ese conjunto de motivos, comprender los procesos territoriales exige prestar una especial a las dinámicas urbanas y lo ocurrido con la crisis económica no constituye ninguna excepción. Con ese marco general de referencia, el capítulo aborda por primera vez una perspectiva de conjunto sobre la evolución del paro en las ciudades españolas durante los años de crisis económica con el objetivo de establecer e interpretar los importantes contrastes existentes a este respecto, base necesaria para llevar a cabo estudios más pormenorizados sobre los mercados locales de trabajo aún por abordar.

3.1. Dinamismo del sistema urbano español en los años de crecimiento.

Si se mantiene el año 2006 como fecha de referencia previa al desencadenamiento de la crisis, las seis grandes ciudades españolas por encima de los 500.000 habitantes (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málaga) sumaban casi 7,5 millones de habitantes, equivalentes al 16,7% de la población total del país, pero esas cifras alcanzaban los 14,8 millones y una tercera parte del total de considerarse sus respectivas áreas urbanas 4 . Si a estas añadimos las nueve ciudades que superaban los 250.000 habitantes (Bilbao, Alicante, Murcia, Las Palmas de Gran Canaria, Palma de Mallorca, Córdoba, Valladolid, Vigo y Gijón), esas proporciones ascienden al 23,5% y 44,9% respectivamente.

Pero, junto a los efectos de ese proceso de aglomeración espacial, también resulta destacable la existencia de un estrato de ciudades medias, o de tamaño

4 Según la delimitación de áreas urbanas realizada por el Atlas Estadístico de las Áreas Urbanas de España 2006, publicado por el entonces Ministerio de la Vivienda (hoy Ministerio de Fomento), que incluye en estas seis un total de 308 municipios.

intermedio 5 , que en las últimas décadas se han mostrado especialmente dinámicas, aunque con notorias diferencias internas (Bellet y Llop, 2004; Méndez dir., 2010). En el año 2006 eran más de tres centenares, contabilizando en conjunto 19,5 millones de residentes (43,6% de la población española). Por el contrario, las pequeñas ciudades por debajo de ese tamaño, junto con los núcleos rurales, que a mediados del siglo XX aún albergaban a más de la mitad de la población del país (53,9%), redujeron esa importancia relativa hasta el 32,9% en 2006 como reflejo de unos saldos migratorios a menudo negativos, consecuencia de su menor dinamismo económico y la consiguiente debilidad para generar y mantener una oferta de empleos suficiente.

En ese sentido, las externalidades ligadas a la aglomeración también favorecieron durante décadas una progresiva concentración de empresas y empleos en las ciudades de mayor tamaño, con un posterior desbordamiento hacia sus entornos metropolitanos y hacia las ciudades de tamaño intermedio en un proceso de difusión -tanto espacial como jerárquico- bastante bien definido. La creación de empleos en los años de fuerte crecimiento a comienzos de este siglo otorgó, por tanto, al tamaño urbano cierta capacidad explicativa de las diferencias observables en cuanto a tasas de crecimiento de esos efectivos laborales.

De este modo, al finalizar 2006 las grandes ciudades con más de 250.000 habitantes reunían el 30,6% del total de afiliados a la Seguridad Social en España, sumando otro 41,9% las ciudades medias, con una cifra conjunta de 13,6 millones de empleos en esos 363 municipios frente a poco más de 5,1 millones en los 7.747 restantes. Pero lo más significativo desde la perspectiva que aquí interesa destacar es que el ritmo de crecimiento en el periodo 2000-2006 alcanzó el 23,6% en las grandes ciudades y hasta el 30,8% en las ciudades medias, frente a tan sólo el 12,8% en los municipios por debajo de los 20.000 habitantes.

Las ciudades de la región metropolitana de Madrid, junto a las del litoral mediterráneo, Andalucía y Castilla-La Mancha fueron las que registraron un mejor comportamiento en ese sentido, con tasas promedio por encima del 33%, frente a valores más moderados –inferiores al 20%- en las de Asturias, País Vasco y Navarra, menos afectadas por el crecimiento inmobiliario, turístico y del consumo característico de esos años. En consecuencia, entre las veinte ciudades que registraron un mayor aumento de la ocupación en esos años (superior al 72%), la gran mayoría se localizaban en la periferia metropolitana de Madrid (Boadilla del Monte, Las Rozas, Alcobendas, Pinto, Pozuelo de Alarcón, Rivas-Vaciamadrid, Valdemoro y Azuqueca de Henares) o en las regiones del Eje Mediterráneo (Salou, Jumilla, Alhaurín de la Torre, San Javier, Torre-Pacheco, Rincón de la Victoria, Torrevieja y Totana), máximos exponentes del modelo de crecimiento imperante. En el extremo opuesto, entre las veinte ciudades con peor evolución de sus efectivos laborales (aumento inferior al 12%), algo más de una tercera parte se localizaron en las regiones del Eje Atlántico (Sestao, Portugalete, Durango, Eibar, Avilés, Ferrol y Santurtzi), o en la aglomeración

5 Aunque no hay coincidencia en los umbrales de población, la delimitación más frecuente en Europa y en los estudios realizados en España las identifica con aquellas que cuentan entre 20.000 y 250.000 habitantes.

metropolitana de Barcelona (Sant Adrià de Besòs, Ripollet, Igualada, Vilanova i la Geltrú), junto a algunas ciudades industriales especializadas en sectores tradicionales (Ontinyent, Crevillent, Alcoy, Aranda de Duero, Olot) y afectadas por un lento declive (Méndez dir., 2010: 152-161).

Si en términos cuantitativos los volúmenes y la evolución de la población residente y los empleos demostraban sobradamente el protagonismo urbano y la existencia de comportamientos diferenciados en el interior del sistema de ciudades, en términos cualitativos tales rasgos se acentuaban. Así, por ejemplo, en las grandes ciudades residía el 36,5% de la población con estudios universitarios y en las ciudades medias otro 43,0% del total español, por sólo un 20,5% en el resto del territorio. Con relación al empleo en las industrias y los servicios que integran la llamada economía del conocimiento, la participación relativa de grandes ciudades y ciudades medias aún crecía hasta el 45,4% y 43,5% respectivamente, con valores máximos en el caso de las actividades terciarias intensivas en conocimiento (servicios avanzados a empresas, finanzas y seguros, educación y sanidad), donde se alcanzaban el 47,2% y 43,6%. Todo ello parecía asociarse a la generación de ventajas competitivas capaces de asegurar un crecimiento más sostenido y menos frágil que el basado en actividades poco cualificadas y de baja productividad, aunque en este sentido las diferencias regionales eran ya significativas y lo han sido aún más al desencadenarse la actual crisis.

3.2. Desempleo, crisis y jerarquía urbana.

La destrucción de empleos asociada a la profunda crisis que padece la economía española en estos últimos años ha alcanzado a la totalidad de las 398 ciudades que superan los 20.000 habitantes en 2011. Las referencias habituales a esta cuestión, que destacan el creciente número de personas y familias afectadas, la difusión del paro de larga duración o los costes sociales que acarrea, rara vez descienden por debajo de la escala regional o, a lo sumo, provincial, destacando sobre todo los fuertes contrastes existentes, en buena medida heredados, que se mantienen aunque con tasas muy superiores a las de hace cinco años. Una mirada superficial a las cifras del paro registrado a escala local desde una perspectiva estática puede también generar cierta apariencia de homogeneidad en cuanto al impacto de la crisis, que un análisis más pormenorizado se encarga de desmentir, tal como aquí se intentará demostrar.

La primera aproximación que puede hacerse al desempleo en las ciudades españolas se consigue al agruparlas según su tamaño en número de habitantes, considerando sus cifras absolutas de paro registrado al finalizar el año 2011 (tabla 3.1). Tal como puede comprobarse, siete de cada diez personas registradas en esa situación en las oficinas públicas de empleo se localiza en las ciudades –grandes o medias- que superan los 20.000 habitantes, lo que permite afirmar que el problema del paro es esencialmente un problema urbano. Pero también se pone de manifiesto que

esa proporción, o su reparto según tamaños, resulta muy similar a la que registra la población en su conjunto.

Tabla 3.1. Paro registrado según tamaño urbano, 2011.

Tamaño urbano

Volumen de

%

Paro

%

Cociente %paro / % población

(habitantes)

población

total

registrado

total

Más de 500.000

7.642.295

16,19

617.712

13,97

0,863

250.000

a 500.000

3.590.854

7,61

337.594

7,63

1,002

100.000

a 250.000

7.596.093

16,10

786.762

17,79

1,105

50.000

a 100.000

5.857.700

12,41

592.867

13,41

1,081

20.000

a 50.000

7.499.173

15,89

765.899

17,32

1,090

Menos de 20.000

15.004.378

31,80

1.321.525

29,88

0,940

TOTAL ESPAÑA

47.190.493

100

4.422.359

100

1

Fuente: SEPE e INE.

De este modo, si se calcula el cociente entre el porcentaje del paro total que representa cada estrato urbano y el correspondiente a su peso relativo en la población española, se comprueba que los valores están muy próximos a la unidad en todos los casos. Tan sólo en el de las grandes urbes que superan el medio millón de habitantes y en el extremo opuesto de esta escala jerárquica los valores del cociente se sitúan por debajo de la unidad (0,863 y 0,940 respectivamente), lo que significa una menor presión relativa del desempleo, que aumenta en cambio en los niveles intermedios (máximo de 1,105 en las ciudades entre 100.000-250.000 habitantes), pero sin permitir resultados concluyentes en ningún caso.

Esa situación tiene su reflejo cartográfico en una distribución de las cifras de paro que apenas difiere del mapa que caracteriza desde hace varias décadas al sistema urbano español en términos de efectivos demográficos (figura 3.1). Se contrapone así la mayor presencia de núcleos urbanos y de desempleados en el Eje Mediterráneo, Andalucía y los archipiélagos, además de la región metropolitana de Madrid, frente a su menor densidad en el resto de las regiones interiores, quedando el Eje Atlántico entre ambos extremos. De nuevo un mapa con carácter panorámico como éste parece señalar que ninguna ciudad se ha librado del negativo efecto de la crisis sobre su tejido empresarial y laboral, así como que el golpe recibido guarda relación con la entidad que cada una tenía antes de iniciarse el brusco cambio de tendencia a partir de 2007-2008.

Sólo si se aproxima el foco de atención a las ciudades con mayor volumen de paro registrado y se ordenan con ese criterio, la comparación con el rango que detentan según volumen de habitantes permite detectar ya algunas desviaciones significativas (tabla 3.2). Aunque Madrid y Barcelona ocupan las dos primeras posiciones en ambos casos, a cierta distancia del resto, por debajo de ellas hay ciudades cuyo rango jerárquico en cuanto a paro registrado está por encima del correspondiente a su población (Sevilla, Málaga, Las Palmas de Gran Canaria, Córdoba, Alicante, Granada, Santa Cruz de Tenerife y, sobre todo, Elche, Jerez de la

Frontera y Almería), todas ellas localizadas en Andalucía, Mediterráneo o Canarias. Como contrapunto, otras ciudades se sitúan por debajo, al presentar unos niveles de paro y un rango inferiores a los que corresponderían a su peso demográfico (Valencia, Zaragoza, Murcia, Palma de Mallorca, Valladolid, Gijón y, sobre todo, Bilbao), con una distribución territorial más dispersa, pero siempre en la mitad septentrional de la península o en Baleares.

Figura 3.1. Volumen de paro registrado en las ciudades con más de 20.000 habs. en diciembre de 2011.

las ciudades con más de 20.000 habs. en diciembre de 2011. Fuente: SEPE. Tabla 3.2. Ciudades

Fuente: SEPE.

Tabla 3.2. Ciudades con mayor volumen de paro registrado en diciembre 2011.

Ciudad

Paro

Puesto

Ciudad

Paro

Puesto

registrado

población

registrado

población

1. Madrid

222.103

1

11. Elche

35.414

22

2. Barcelona

108.624

2

12. Palma de Mallorca

33.672

9

3. Sevilla

81.135

4

13. Jerez Frontera

32.331

29

4. Valencia

75.324

3

14. Vigo

31.759

14

5. Málaga

75.064

6

15. Granada

27.555

18

6. Zaragoza

55.462

5

16. Bilbao

27.360

10

7. Las Palmas G.C.

51.001

8

17. Valladolid

26.790

13

8. Córdoba

41.312

11

18. Sta.Cruz Tenerife

26.419

20

9. Murcia

40.250

7

19. Gijón

25.970

15

10. Alicante

36.837

12

20. Almería

23.300

32

Total 10 ciudades

787.112 (17,80% total)

Total 20 ciudades

1.077.682 (24,37% total)

Fuente: SEPE.

No obstante, para diferenciar lo que en todas estas cifras corresponde a herencias derivadas de trayectorias locales específicas frente al efecto de la actual crisis, es necesario llevar a cabo un análisis dinámico que considere la evolución del paro registrado en el último lustro. De esta forma, su crecimiento según tamaño urbano (tabla 3.3) confirma que, frente a un promedio español del 118,62%, las ciudades que superan los 100.000 habitantes se situaron en tasas inferiores (valor mínimo del 95,93% en las grandes ciudades entre 250.000-500.000 habitantes), al contrario que las de menor dimensión (valor máximo del 135,11% en las ciudades entre 20.000-50.000 habitantes). Vuelve así a ponerse en evidencia que el tamaño urbano no resulta una variable de especial significación a la hora de interpretar el desigual impacto de la crisis sobre el desempleo, pues si bien los núcleos menores, con economías generalmente poco diversificadas y menor dotación de diferentes formas de capital (físico, humano, intelectual…) parecen algo más frágiles, las diferencias son poco relevantes y lo mismo ocurre al relacionar los niveles de paro respecto a los de población en edad activa, con desviaciones mínimas respecto al 13,97% de promedio. Resulta, por tanto, necesario descender a un tratamiento individualizado que considere a cada ciudad como unidad de análisis para poder aproximarnos a una descripción e interpretación más consistentes de la lógica espacial subyacente a la crisis y sus efectos sobre el desempleo de los lugares, así como su incidencia en la profundización de un desarrollo cada vez más desigual desde el punto de vista geográfico.

Tabla 3.3. Comportamiento frente al paro según tamaño urbano, 2006-2011.

Tamaño urbano

Paro

Paro

Evolución

Población

Paro/población edad activa (%)

(habs.)

2006

2011

(%)

16-65 años

Más de 500.000

289.657

617.712

113,26

5.018.773

12,31

250.000

a 500.000

172.307

337.594

95,93

2.290.133

14,74

100.000

a 250.000

375.340