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Nota importante: La Digitalización del libro se hizo con la autorización del autor, que en

Nota importante:

La Digitalización del libro se hizo con la autorización del autor, que en gran amor nos ofrece la oportunidad de llevar este material al internet, pues no ha sido posible reeditarlo; y en este tiempo tan importante que el planeta entero está pasando de verdaderos cambios espirituales, es necesario contar con este tipo de material que sea una verdadera guía para apoyar nuestro Despertar. Mil bendiciones para Antonio Velasco Piña, se que más de alguna persona apoyará que se reedite material tan valioso como el que este autor nos ofrece y todos salgamos beneficiados del esfuerzo de seres tan llenos de luz que se dedican a este hermoso servicio.

Con todo mi amor:

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ANTONIO VELASCO PIÑA

HOMBRES QUE QUIEREN SER

La asombrosa historia de un médium de nuestros tiempos

EDAF/ NUEVAERA

A don Jorge Berroa del Río, como un testimonio de mi más profunda gratitud por su invaluable ayuda.

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Índice

Prólogo, de Laura Esquivel 1.Una isla y un niño 2.Beethoven toma la palabra 3.Iniciando el 4.Dos revoluciones

5.Una casa abierta para todos 6.La fuente de la luz 7.Don Antonio Cortina 8.Música y romances 9.Adentrándose en el más allá

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10. Misión en México

Colofón

Prólogo

De Laura Esquivel

s IEMPRE ME HA GUSTADO escuchar a los demás. Disfrutar de historias que narran acontecimientos pasados y presentes, tal vez incluso los hechos futuros, es mi pasatiempo favorito. Cuando era niña, gozaba enormemente de las

conversaciones que se construían en los momentos de más intimidad familiar; cuando se preparaba la comida, en las sobremesas, en las tardes o ya en las noches antes de ir a la cama. A través de esas conversaciones me fui haciendo dueña de un mundo que me pertenecía por herencia y que me enriquecía con su carga de verdad aprendida con el correr de los años por todas las generaciones que me precedieron. Así aprendí todo tipo de historias de amores y desengaños, aprendí recetas caseras —muchas de ellas más útiles que las que me proponían los cada vez más caros médicos de los hospitales modernos

—, aprendí remedios útiles para hacer la vida más fácil y placentera, y, por supuesto, aprendí a cocinar. Sin embargo, pronto me di cuenta que cuando preparaba un platillo, no solo ponía en juego todos aquellos conocimientos que llegaron a mí de boca en boca, sino que las labores culinarias, cargadas de recuerdos interiores, propiciaban la llegada de otras voces, más sutiles, pero también más poderosas que los sonidos puramente físicos de las ollas en la cocina, era una especie de conocimiento que parecía desprenderse de las cosas, como si de ellas o por ellas surgiera. Y no podía dejar de pensar en las radios, en esos aparatos electrónicos que nos permiten escuchar voces lejanas, palabras viajeras, música de ultramar. Las radios me encantaban, pues a través de ellas mis oídos crecían descomunalmente, lo mismo que mi baúl para recolectar historias ajenas. Más tarde, cuando comencé a escribir, tuve la misma experiencia que en la cocina. Yo ya había oído hablar de la inspiración, pero hasta que me dediqué de lleno a la escritura no supe verdaderamente en qué consistía. Aquello que mis maestros me habían enseñado acerca de los entes femeninos llamados Musas, que bajaban desde su morada solar a susurrar en el oído de los creadores todo lo que debían hacer, se transformó en una realidad para mí. Cuando me disponía a escribir, más allá de las ideas concretas y la

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disciplina propia del oficio, descubría voces sutiles que siempre sabían sacarme de los aprietos de no saber cómo, hacia dónde continuar, o cómo rematar una situación o la trayectoria de un personaje. Pensé que esto debía ser un proceso parecido al que ocurre cuando un aparato de radio se pone en la frecuencia indicada para recibir las ondas emitidas por una estación, que debía de ser un proceso de comunicación por medio de vibraciones. Cuando veía la televisión, me sentía igualmente fascinada. ¿Cómo era posible que esos cuerpos aparecieran a la distancia y con toda nitidez? Y si se podía viajar en el espacio, ¿no sería posible también transportarse en el tiempo?

Cuando conocí a Jorge Berroa, un médium cubano, recibí una explicación a mis inquietudes de comunicación con el pasado. A través de los médiums era posible comunicarse con otras frecuencias de vibración y transformar la información recibida en un lenguaje comprensible para los oídos humanos, pues ellos eran como un aparato de radio o de televisión, pero humanos. Bueno, no les voy a presumir

que de entrada llegué a esta conclusión. Me llevó un tiempo aceptarlo. Lo primero que pensé de Jorge Berroa fue que era todo un demente. Lo conocí en mi fiesta de cumpleaños, cuando él estaba recién llegado a México. De inmediato nos caímos bien, pero cuando Jorge se me acercó

y me dijo en plena celebración: «Oye, que dicen que hagas

No viene al caso informarles de lo que le pidieron a Jorge que me dijera, los voy a dejar con la eterna curiosidad, pero lo que sí les digo sinceramente es que en ese momento yo pensé que Jorge, que para mí era un desconocido en aquel tiempo, estaba loco de atar. ¿Qué decían qué? ¿Quiénes decían? ¿Por qué yo no oía nada? ¿Quién lo había invitado a mi fiesta? A los pocos días comprendí perfectamente el mensaje de Jorge y quedé impresionada. Acudí a casa de Berroa en busca de respuestas y tuve la fortuna de poder conversar con don Antonio Cortina, un hombre ya muerto, pero muy vivo, quien habla a través de él. A partir de entonces, Jorge y don Antonio se convirtieron en mis amigos entrañables. Gracias a ellos, descubrí, al igual que cuando percibía los sonidos de la inspiración, que la experiencia de conversar con seres que están en otros planos de la existencia formaba parte de una herencia que nos correspondía a todos por igual, como la sabiduría heredada de nuestros antepasados, el conocimiento humano acumulado a través de los siglos o nuestras recetas familiares.

tal cosa».

Ahora, otro muy querido amigo, Antonio Velasco Pina, nos permite penetrar en la historia personal de Jorge Berroa, un médium con

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cualidades excepcionales, dotado de un aparato receptor capaz de recibir las vibraciones emitidas por seres que nos precedieron. Solo con una sensibilidad como la de Jorge es posible captar las sutiles vibraciones que pertenecen a planos superiores de conciencia para hacerlas presentes en este plano de realidad. Los consejos de don Antonio contienen tal carga de sabiduría y verdad que inspiran un estado de paz y de fortaleza interior a cualquier persona que tiene algún contacto con ellos. Antonio Velasco Pina consigue en este libro una narración tan atractiva e interesante que no nos es posible hacerla a un lado hasta que la damos por terminada. Este libro ha sido escrito para todos aquellos que saben que un aparato puede recibir señales de una estación radiodifusora o de un televisor y convertirlas en voces y en imágenes cercanas. Este libro fue escrito para aquellos que pueden aceptar que en este universo todo vibra, la luz, el sonido, los astros, las piedras, y que existen seres como Jorge Berroa que son capaces de captar y transformar esas vibraciones en voces que trabajan para lograr el bienestar y provecho de todos los seres humanos.

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Una isla y un niño

C UANDO en la mañana del día 28 de octubre de 1492 Cristóbal Colón avistó las playas de Cuba, creyó que al fin había arribado a las costas de China, a las que los europeos de entonces llamaban

Cipango. Acto seguido el almirante redactó una larga carta dirigida al Gran

Khan, informándolo de su llegada al continente asiático y haciendo de su conocimiento el deseo de los monarcas españoles de establecer lazos comerciales con los países del Extremo Oriente.

Los dos mensajeros encargados de entregar la misiva retornaron al barco sin haber logrado cumplir su cometido (1). No obstante, sus informes permitieron saber a los navegantes que las condiciones existentes en tierra eran favorables para el establecimiento de un campamento permanente, lo que llevó a la fundación del Fuerte de Navidad, primer intento de crear una colonia de europeos en territorio americano.

Al irse asentando en la isla un creciente número de colonos, la originaria población indígena fue siendo exterminada hasta desaparecer del todo. No contando ya con mano de obra gratuita para realizar las más pesadas faenas, los conquistadores empezaron a traer para estos fines a personas de raza negra capturadas en África.

Muy pronto se inició el mestizaje. Tal y como ocurriera en el interior del continente al fusionarse la sangre y el espíritu de indígenas y españoles, el mestizaje que tuvo lugar en Cuba entre blancos y negros no fue tan solo una mezcla de razas, sino un crisol donde se amalgamaron dos diferentes culturas para dar origen a lo que constituye el espíritu, identidad y esencia propios del pueblo y la nación de Cuba.

1 Sus nombres eran Rodrigo de Ayamante y Luis Torres, este último era de origen judío y hablaba algo de chino, por lo que Cristóbal Colón consideró que podría darse a entender cuando se encontrase frente a los digna-taros del Celeste Imperio.

La

destacada

participación

en

materia

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internacional

que

directa

o

indirectamente ha tenido Cuba en varias ocasiones sobrepasa con mucho lo que podría esperarse juzgando tan solo su limitada extensión geográfica y reducido poderío económico. En 1898 se libra en la isla una guerra entre España y los Estados Unidos. Fue la victoria alcanzada por los norteamericanos en esta contienda la que les otorgó el reconocimiento de potencia a nivel mundial. En 1962, la instalación de misiles soviéticos en Cuba generó un conflicto con los Estados Unidos que llevó al borde de una guerra nuclear, y con esta, de una factible extinción de la especie humana en una hoguera nuclear. Durante varias décadas de la segunda mitad del siglo xx, los movimientos revolucionarios que tuvieron lugar en muchas partes de África y de Latinoamérica contaron con el apoyo militar del Gobierno cubano.

Así como Cuba posee la bien ganada fama de generar un elevado número de excelentes atletas, tiene también la no muy conocida singularidad de ser la cuna de numerosos médiums. Los testimonios de la existencia de seres que pueden comunicarse con personas ya fallecidas abundan en la historia. En los anales de la Grecia clásica son de sobra conocidas las referencias a los denominados oráculos o augures, que -entre otras cosas tenían la función de servir de enlace entre vivos y muertos. En la religión católica son numerosos los casos de santos que, de alguna manera, han recibido mensajes del más allá, basta tan solo con recordar el caso de Juana de Arco, quien dialogaba cotidianamente con los espíritus de Santa Margarita y Santa Catalina. El hecho de que por cada auténtico médium existan muchos centenares de charlatanes y de simples orates, no invalida en nada la realidad, reiteradamente confirmada a lo largo de la historia, de que hay personas que poseen la extraña facultad de poder ver y hablar con quienes ya han fallecido.

En el continente africano, la etnia de los yorubas se distinguió desde tiempos inmemoriales por la calidad de sus médiums, los cuales se daban casi siempre dentro de un cierto grupo de familias que habitaban en las riberas del río Níger. Al ser llevados a Cuba varios de los integrantes de estas familias, el linaje de los médiums yorubas llegó a la isla caribeña y comenzó a dar sus frutos: una ininterrumpida sucesión de excelentes médiums.

El día 13 de diciembre de 1938, y a escasos centenares de metros del mar, en el barrio del Vedado de la ciudad de La Habana, nació el infante

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Jorge Berroa del Río. El hogar del recién nacido era de modesta clase media y estaba integrado por su padre, el ingeniero mecánico Agustín Berroa Benítez; su madre, la señora Sara del Río Álvarez, y su hermana,

la niña Miriam Alicia Berroa del Río.

Siendo Jorge aún muy pequeño, comenzó a percatarse de que su progenitora poseía facultades que no tenían las madres de sus compañeros de la escuela. Para la señora Berroa no representaba mayor dificultad el poder dialogar con seres invisibles, y como resultado de dichas conversaciones, resolver adecuadamente toda clase de problemas cotidianos, como el localizar objetos perdidos o diagnosticar y curar muy

diversos padecimientos de sus hijos y esposo, utilizando para ello hierbas

y productos naturales. La siempre amable y cordial Sarita tenía buen

cuidado de hacer ostentación de sus facultades ante extraños y mucho menos intentar lucrarse con estas, por lo que su fama de mantener buenas relaciones con los espíritus no iba más allá de un estrecho círculo de familiares y amigos.

No pasó mucho tiempo sin que el niño Jorge descubriese que él también poseía una innata disposición para observar y sentir cosas que resultaban imperceptibles para los demás. Comúnmente eran tan solo fugaces apreciaciones de colores y sonidos, pero había veces en que advertía la presencia de entidades no físicas, sin que le resultase posible establecer con ellas alguna forma de comunicación. Se abstuvo de comentar con nadie sus percepciones extrasensoriales, ni siquiera con su madre. Algo en su interior le decía que aún no era llegado el momento de vivir a un mismo tiempo en dos mundos que presentía eran del todo diferentes.

Fue así como Jorge vio transcurrir su infancia y adolescencia. Estudiando

lo necesario para cumplir sus deberes escolares y sintiendo una especial

atracción por el mar, en cuya contemplación podía permanecer horas enteras. Una vez terminados sus estudios primarios ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza del Vedado, prestigiado bachillerato en donde forjaría amistades perdurables con varios de sus compañeros. Un maestro del Instituto le prestó durante cerca de un año un pequeño telescopio y, al observar los cuerpos celestes, Jorge sintió por estos una atracción del todo semejante a la que le producía el mar. En el pequeño jardín de su casa, bajo una palmera y al lado de una mata de tulipanes, permanecía en vela noches enteras con la vista y la atención concentradas en algún lejano planeta. Como resultado de muchas noches de desvelo, el imberbe aprendiz de astronomía fue llegando a una conclusión. Los astros no eran

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inertes pedazos de materia flotando en el espacio, sino poderosos seres dotados de vida y de conciencia, con los cuales, al igual que con los espíritus, los seres humanos podían tener alguna forma de comunicación. ¿Cuándo sería esto posible para él? Aun sin saberlo a ciencia cierta, presentía que ese momento estaba por llegar.

* * *

Era un día domingo, Jorge efectuó un mañanero paseo por el Castillo del Morro, luego deambuló largamente por el malecón, observando el continuo desfile de guapas jovencitas y escuchando las melodiosas voces de los pregoneros que vendían bolsas de maní. Al mediodía retorno a su casa a comer para después dirigirse al parque Mariana Grajales (2), lugar de reunión de su grupo de amigos. Ahí estaban ya Mario Delgado, Armando Cordero y José Aguilar, tres de los más osados e ingeniosos alumnos del Instituto.

La plática del cuarteto de jóvenes derivó hacia temas políticos. Un creciente sentimiento de terror se estaba extendiendo por toda la isla. La dictadura de Fulgencio Batista incrementaba día a día sus medidas represivas y estas iban tomando un marcado sello de sádica crueldad. Personas cuyo único delito había sido manifestar una leve crítica a las autoridades eran sacadas violentamente de sus casas por la policía, días después sus cadáveres aparecían tirados al borde de las carreteras con deformaciones producidas por quemaduras, mutilaciones y toda clase de torturas. Un reciente rumor había encendido una luz de esperanza entre la población. Se decía que un grupo de jóvenes cubanos que se habían entrenado militarmente en México había retornado y, tras de constituirse en guerrilla, estaban librando combates en las montañas de la Sierra Maestra. Incluso se hacía mención del nombre del dirigente del grupo rebelde, un ex estudiante de leyes llamado Fidel Castro.

2 Mariana Grajales fue la madre de varios importantes héroes de la Guerra de Independencia cubana.

Agotada la plática, Jorge y sus amigos se fueron a jugar al billar en los salones del Club Gallego. Como ocurría casi siempre, Armando Cordero

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les ganó a todos. Silbando la tonada de un cha cha cha de moda, Jorge iba caminando rumbo a su casa cuando se dio la conexión que llevaba tanto tiempo esperando. Esta vez no fueron aisladas voces ni frases incoherentes, sino un mensaje claro y preciso que resonó en el interior de su cerebro indicándole una acción concreta a realizar: debía inscribirse como participante en el programa de preguntas que estaba por iniciarse en la estación de televisión C.M.Q. El tema en que debía concursar era la vida y la obra de Ludwig van Beethoven.

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Beethoven toma la palabra

E VARISTO FIGUEROA, el encargado de la selección de concursantes al nuevo programa-de la C.M.Q., observó con escrutadora y desconfiada mirada a la persona que tomaba asiento

frente a su escritorio. Se trataba de un joven mulato de unos 19 años de edad, alto, de recia musculatura y firmes facciones, cuya chispeante mirada ponía de manifiesto una inquieta y vivaz inteligencia. El señor Figueroa no pudo ocultar su sorpresa al leer cuál era el tema escogido por el joven para tomar parte en el concurso.

—¿Beethoven? ¿Qué tanto puedes saber tú sobre música clásica? ¿Por qué no escogiste mejor algo relativo a la música afrocubana?

La respuesta a sus preguntas fue tan solo una retadora mirada.

—Está bien —concluyó—, ven el próximo viernes a las nueve para que te hagan una prueba con preguntas sencillas sobre ese tema; si la pasas, te pongo en la lista de concursantes.

Aun cuando el joven pasó sin un solo error la prueba de admisión, su inclusión como participante en el programa no fue tan fácil. En realidad el señor Figueroa tenía fuertes prejuicios racistas y le molestaba que alguien que no era blanco pretendiese ostentarse como conocedor de música clásica. Afortunadamente, el director de la estación, señor Joaquín Condall, era una persona de amplio criterio y nobles sentimientos, que al conocer del caso resolvió de inmediato en favor del solicitante. El señor Figueroa tuvo que acatar la decisión de su jefe, pero juzgó que cobraría un pronto desquite, maniobrando de tal forma que el cuestionario de preguntas resultase de tan alto grado de dificultad que el concursante quedase eliminado a las primeras de cambio.

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El joven concursante inició su participación televisiva en el estreno mismo del programa «Esta Noche en C.M.Q.*. El conductor del evento era el conocido locutor Germán Pinelli, personaje dotado de recia e inconfundible voz, así como de una desbordante locuacidad y de una gran simpatía. El programa tenía lugar todos los miércoles a las 10 de la noche, y en cada ocasión, si el participante respondía adecuadamente a las preguntas que se le formulaban, decidía entre retirar el dinero que ya había ganado o seguir concursando, sobre la base de que lo mismo podía doblar sus ganancias que perder todo lo obtenido.

Ya desde los primeros intercambios de preguntas y respuestas, el concursante sobre la vida y obra de Beethoven dio muestras de poseer al respecto profundos conocimientos, pues no se concretaba a dar una escueta contestación a las interrogantes que se le planteaban, sino que añadía siempre toda una serie de detalles complementarios al asunto en cuestión; pero fue a la tercera semana de haber iniciado su participación cuando sus comentarios tomaron un singular e inesperado giro.

En el más amplio y elegante de los salones de actos de la televisora resonó la voz del locutor Pinelli:

—Y ahora, mi talentoso y joven amigo, tras de escuchar el siguiente fragmento musical, díganos a qué obra del genial compositor de Bonn pertenece.

Durante cerca de medio minuto el espacio transmitió a las televisiones sintonizadas con la C.M.Q. una música vigorosa y concisa.

—Es la gran Sonata para piano en fa sostenido Op 78 —respondió el interrogado, para enseguida añadir—: Esta sonata está dedicada a Theresa Brunswick, llevó a Beethoven mucho tiempo componerla y la concluyó durante su estancia en el Castillo de Martonvasar.

Acto seguido el rostro del concursante reflejó una extraña expresión, como si estuviese haciendo un esfuerzo para prestar atención a lejanas voces de las cuales era tan solo una especie de eco. Primero lentamente y con vacilante acento, pero luego con gran fluidez y seguridad, comenzó a disertar sobre los sentimientos que habían inspirado la creación de la sonata de la que se acababan de escuchar algunas notas. Era una obra musical que reflejaba las encontradas emociones de un hombre que amaba apasionada y desesperadamente a una mujer, pero que no se

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atrevía a manifestarle abiertamente a esta sus sentimientos, pues consideraba que su amor tenía tan elevado grado de sublime espiritualidad que jamás podría alcanzar su plenitud en el plano terrenal y material, ya que cuanto acontece en este está sujeto a cambios y es perecedero.

El locutor Pinelli sabía muy bien que la participación del concursante había rebasado con mucho la duración del tiempo que para él se tenía prevista, pero no solo se abstuvo de interrumpir su exposición, sino que al concluir esta pidió que se transmitiese nuevamente un fragmento de la sonata en cuestión. Así se hizo, y esto fue causa de imprevisibles consecuencias. La inmediata y primera fue el llanto que al escuchar la música se generó en buena parte del auditorio presente en el salón de actos del estudio. Otro tanto ocurría en numerosos televidentes que en muy distintas partes de la isla habían presenciado el programa a través de sus pantallas. Y es que aquella música expresaba de forma insuperable la aspiración de poseer un amor de carácter eterno que subyace en lo más profundo del alma humana.

El señor Figueroa recriminó airadamente al locutor Pinelli el que hubiese permitido al concursante explayarse hablando sobre lo que le daba la gana, pero el director de la estación felicitó y apoyó la conducta del locutor. Las incesantes llamadas y el alud de telegramas y cartas que llegaban a la estación conteniendo emocionados y elogiosos comentarios sobre lo ocurrido en el programa, eran la mejor prueba del éxito alcanzado por este y de la consiguiente elevación del raiting que ello produciría.

Las subsecuentes actuaciones del joven concursante siguieron una línea muy semejante a lo acontecido en el tercer programa. Tras de dar respuestas siempre correctas a las preguntas cada vez más difíciles que se le hacían, procedía a disertar sobre los motivos y propósitos que habían guiado al compositor alemán a crear una determinada música, así como los sentimientos que esta intentaba comunicar. Finalmente, se repetía la transmisión de la obra musical sobre la que habían versado las preguntas. Tal y como pronosticara el director de C.M.Q., la audiencia del programa fue subiendo semana a semana hasta alcanzar increíbles niveles. De hecho terminó por generar una especie de beethovenmanía en la isla, que se tradujo en la frecuente inclusión de las obras del compositor alemán en programas de radio y televisión, grandes ventas de los discos que contenían su música y concurridas asistencias a las conferencias en las

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que se abordaban la vida y la obra de Beethoven. Y es que un gran número de personas habían descubierto que ellas también podían sentir y vibrar con las notas de un músico cuyo nombre tan solo había significado hasta entonces el de alguien famoso, pero al que habían considerado distante y desconectado de su realidad y sentimientos.

La noche del gran premio y, por tanto, de la final del concurso tuvo lugar el 27 de agosto de 1957. Una gran expectación prevalecía en las casas de incontables televidentes que desde hacía varias semanas seguían con gran interés el desarrollo del concurso. En esta ocasión las preguntas estuvieron centradas en varias cuestiones relativas a distintas partes de la Tercera Sinfonía de Beethoven, la denominada Heroica.

Haciendo gala de su ya conocida maestría sobre el tema en que participaba, el joven mulato dio acertadas respuestas a cada una de las interrogantes, para luego explicar detenidamente cuál era el significado y sentido profundo que poseía la Tercera Sinfonía, misma que junto con la Quinta formaba una indisoluble unidad y cuyo propósito era expresar musicalmente al indomable espíritu de rebeldía que caracteriza a la naturaleza humana y que la lleva a combatir a la injusticia y al despotismo. Todas las luchas que a lo largo de milenios ha venido librando la Humanidad para romper el yugo de los tiranos y alcanzar la libertad estaban contenidas en las sonoras notas de ambas sinfonías.

El concursante terminó su exposición afirmando que, si por cualquier causa, en un remoto futuro se llegasen a olvidar y a perder las obras de Beethoven, bastaría con que se conservase el recuerdo de las cuatro primeras notas de la Quinta Sinfonía para que al escucharlas los seres humanos se sintiesen reanimados a proseguir su interminable lucha en favor de la justicia y en contra de la maldad y de la tiranía. Esas notas constituían, por tanto, el máximo legado del genial compositor.

No solo en el estudio, sino también en casas, bares y restaurantes de la isla, se escuchaban fuertes aplausos y entusiastas vítores proferidos en favor del ganador del concurso. Eran muchas las personas que se alegraban del feliz final que había tenido el evento, pero tal vez solo una alcanzó a comprender plenamente la verdad de lo ocurrido y el significado de la última afirmación del concursante.

El señor Aurelio Méndez era un español nativo de la provincia de Cáceres; siendo aún casi adolescente había participado en la Guerra Civil española

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combatiendo en las filas republicanas. Al instaurarse la dictadura de Francisco Franco en la Península Ibérica, el joven Méndez se había visto obligado a refugiarse en Francia. Ahí le había sorprendido el estallido de la Segunda Guerra Mundial, con la consiguiente ocupación del país galo por los ejércitos germanos. Decidido defensor de los ideales de justicia y libertad, Méndez había ingresado en las filas de la Resistencia Francesa y llevado a cabo riesgosas operaciones en contra de los invasores. En una de ellas fue capturado y sometido a crueles torturas que lo dejaron paralítico e inválido de por vida. Una vez liberado del campo de concentración y concluida la guerra, se trasladó a Cuba, en donde vivían algunos de sus familiares. Estos lo acogieron y dieron manutención, pero quedó prácticamente marginado del mundo, solo y aislado en una pequeña y calurosa habitación, en donde veía transcurrir el tiempo y crecer su amargura, sin otro entretenimiento que el de escuchar por la radio programas de música clásica de la que se había vuelto gran aficionado.

Una galopante esclerosis múltiple vino a incrementar el deterioro en el ya afectado organismo del señor Méndez, quien más que nunca se lamentaba de su existencia, calificando a esta de inútil y desventurada. Fue por entonces cuando se inició la transmisión del concurso sobre Beethoven. El señor Méndez no podía verlo, pues el único aparato de televisión de la casa se encontraba en la habitación contigua a la suya, pero lo escuchaba con profundo interés, alegrándose semanalmente con los exitosos avances del concursante.

Al escuchar las últimas palabras pronunciadas en la final del concurso, relativas a las primeras cuatro notas de la Quinta Sinfonía, un verdadero alud de recuerdos inundó la conciencia del señor Méndez. Se vio a sí mismo tomando parte en cada una de las acciones en que participara con la Resistencia Francesa en contra de los nazis. De entre todos sus recuerdos había uno que predominaba en su memoria: la reverente atención y gran sigilo con que escuchaba noche tras noche las transmisiones que llegaban de la B.B.C. de Londres, dirigidas a todos los movimientos de resistencia de la Europa ocupada. Exactamente a las 23 horas, tras de varios segundos de expectante silencio, se dejaban oír por la radio las cuatro primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven tocadas con gran vigor y luego dos palabras pronunciadas con firme acento: «Here London»(1).

1«Aquí Londres.»

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En la transmisión de la estación inglesa se utilizaban diferentes idiomas con miras a difundir valiosa información para quienes luchaban contra la

tiranía de Hitler. generado

El señor Méndez comprendía ahora que lo que había

una especie de mística comunidad que abarcaba a buena parte de los integrantes de los distintos movimientos de resistencia era el escuchar cada noche aquellas cuatro notas que reflejaban mejor que nada lo que es el espíritu de rebeldía de los seres humanos. Comprendió también que su vida no había sido inútil, que en alguna medida había contribuido a lograr que la humanidad superase el grave peligro que hubiese representado para su evolución el triunfo de la barbarie nazi.

Cuando algunos de sus familiares entraron a su habitación para comentar con él sobre el recién terminado concurso de televisión, el señor Méndez formuló una extraña aseveración:

—Fue el propio Beethoven quien estuvo dando todas las respuestas.

Esas fueron sus últimas palabras, al día siguiente perdió la facultad de hablar y dos días después moría. Su rostro no reflejaba ya un rictus de amargura y dolor, sino que tenía la serena expresión de quien ha cumplido su misión y se encuentra por ello satisfecho. Justo en el momento de su muerte llegaban provenientes de la radio de una casa vecina las notas de una melodía. Se estaba transmitiendo la Quinta Sinfonía de Beethoven.

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Iniciando el ascenso

A NOCHE EN QUE Jorge Berroa recibiera por vez primera un claro L mensaje del más allá representó un auténtico parteaguas en su vida. Al escuchar una voz indicándole que se inscribiese para participar en

un concurso de televisión sobre Beethoven, el joven decidió actuar con gran reserva y cautela. Para empezar, quiso saber quién estaba comu- nicándose con él. Al escuchar la respuesta de que era el propio Beethoven quien le hablaba, Berroa cuestionó la veracidad de semejante afirmación, alegando que el músico alemán no sabía español, y, por tanto, difícilmente podía su espíritu estar haciendo uso de este idioma.

La objeción de Jorge fue objeto de una inmediata respuesta. El invisible ser, cuya voz denotaba un carácter enérgico autoritario, procedió a explicar que todo cuanto existe en el Universo posee la facultad de emitir vibraciones, siendo estas las que permiten que pueda darse la Intercomunicación entre los distintos seres. En el caso de los denominados espíritus, las vibraciones que estos emiten para expresar sus sentimientos y pensamientos son interpretadas como lenguaje por los seres humanos que poseen facultades de mediumnidad, dándose así una comunicación que trasciende la diferencia de idiomas que pueda existir entre espíritus y médiums.

Jorge intentó aducir un último impedimento para llevar a cabo lo que se le indicaba. Él desconocía todo lo referente a la vida y música de Beethoven, por lo que no tenía posibilidad alguna de salir airoso en un concurso que versase sobre estos temas. El espíritu respondió que sería él quien se encargaría de contestar las preguntas que se hiciesen, y como él era Beethoven, estaba en mejor situación que nadie para dar adecuada respuesta a cuanta interrogante que al respecto pudiesen plantearle.

Tal y como anticipara el espíritu, así había ocurrido. Su participación en los programas de televisión había tenido un doble carácter. En los dos primeros se había concretado a responder extensamente a las preguntas, proporcionando las respuestas que Jorge repetía, pero a partir del tercero

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se implantó en la conciencia de este y habló directamente, dando toda clase de explicaciones sobre los motivos y propósitos que le habían guiado al crear su prodigiosa música. El éxito del concursante y del programa había sido rotundo.

Una vez terminado el festejo de familiares y amigos realizado para celebrar su triunfo, Jorge escuchó nuevamente y por última vez la imperativa voz de Beethoven. El músico le recomendaba que destinase parte del dinero ganado en el concurso a la compra de un buen piano. Aun cuando Jorge no veía la razón para hacerlo, pues no sabía tocar dicho instrumento ni tenía pensado aprenderlo, se comprometió a dar cumplimiento a la sugerencia que se le hacía; preguntó luego si había alguna forma en que pudiese expresar su gratitud por la ayuda recibida, y el compositor le respondió que podía ofrendarle 24 flores blancas, pues estas son siempre gratas a los espíritus. Finalmente, Beethoven dio a conocer las causas que le habían llevado a intervenir tan directamente en el mundo de los vivos. La crueldad y corrupción de la dictadura que padecía Cuba eran ya intolerables. Estaba seguro de que el hecho de que se hubiese puesto de moda su música en la isla —particularmente el que se tocasen la Tercera y Quinta Sinfonías— daría lugar a un generalizado sentimiento de rebelión que propiciaría el derrocamiento del tirano.

Como ha quedado dicho, la experiencia vivida por Jorge a resultas de su primer indudable contacto con quienes habitan los planos invisibles cambió el rumbo de su existencia. Hasta entonces tenía proyectado estudiar alguna carrera técnica una vez concluido el bachillerato, pero su trato con Beethoven y la recomendación de este de que adquiriese un piano (lo cual cumplió dando el resto del importe del premio a su padre, quien lo utilizó en la compra de un nuevo auto para la familia) le había llevado a la determinación de convertirse en músico.

Sin escuchar las opiniones de quienes consideraban que tenía ya demasiada edad para iniciarse por el camino de la música profesional, Berroa se inscribió en el Conservatorio Municipal de Música de La Habana, ubicado en una gran casona edificada en los años veinte. Durante su estancia en dicho lugar trabaría amistad con buen número de sus compañeros, dos de los cuales —Frank Fernández y Roberto Valera— llegarían, andando el tiempo, a ocupar puestos importantes en el ámbito cultural de Cuba.

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Guidado por intuiciones que surgían de lo más profundo de su ser y que percibía cada vez con mayor certeza, Jorge resolvió que a los estudios encaminados a formarse como pianista y compositor debía añadir otros que le permitiesen iniciarse en la comprensión de las ideas elaboradas por los más destacados pensadores que ha tenido la humanidad. Para lograr este propósito se inscribió en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana. Con gran dedicación, comenzó a estudiar el pensamiento de los grandes filósofos de la Historia, desde los griegos hasta los filósofos alemanes del siglo XIX.

El destino tenía reservado para Jorge la posibilidad de establecer, con varios de los grandes seres humanos del pasado, una comunicación mucho más directa que la sola lectura de sus libros. En el Conservatorio de Música había hecho amistad con una de sus maestras; cierta mañana en que la acompañó hasta la casa en que esta vivía, la maestra lo presentó a su madre, la señora Esther Gomiz.

—Te has tardado en llegar —afirmó la mujer con amable voz, no exenta de cierto acento de reproche—. Te he estado esperando desde que te vi concursar en televisión, conozco cuál es tu naturaleza, el don latente que posees y que si lo desarrollas te permitirá comunicarte con quienes nos han precedido en el tiempo. Si aceptas o no este don, es tu responsabilidad, algo que solo tú puedes decidir, como también será únicamente tuya la decisión respecto a la forma de hacer uso de ese privilegio que te fue otorgado por la Providencia Divina. Yo solo podría ayudarte a despertar tus aptitudes, si es que te comprometes desde un principio a utilizarlas, no para una vanagloria o enriquecimiento personal, sino para ayudar a los demás a encender su luz interior y a encontrar su camino.

Jorge no estaba tan sorprendido con lo que escuchaba, en realidad llevaba mucho tiempo aguardando que le aconteciese algo semejante a ese encuentro. Mientras la mujer hablaba no dejó de observarla. Era un ser poseedor de una relevante personalidad que se ponía de manifiesto en cada uno de sus gestos y movimientos. Había una patente fuerza y energía que emanaba de ella, pero esto no inspiraba temor o desconfianza, antes al contrario, su sola presencia parecía crear un ambiente de serenidad y confianza. Sus rasgos físicos correspondían a los de una mulata de unos sesenta años de edad, alta y fornida, con un rostro de gruesas facciones y una mirada a un tiempo penetrante y bondadosa.

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Se inició el diálogo. Berroa habló largamente, relatando por vez primera las distintas vivencias que había tenido en su hasta entonces intermitente proceso de comunicación con los planos invisibles. Sus primeras impresiones infantiles al sentirse rodeado de inmateriales presencias. Las fugaces visiones de colores sin forma y la audición de voces remotas e incoherentes. El ir percibiendo siluetas de seres transparentes con características diferentes, y, finalmente, la clara percepción de la voz de Beethoven, indicándole primero lo que tenía que contestar y respondiendo luego directamente a través de él a las preguntas del concurso.

Tras de escuchar con paciente atención las revelaciones que sé le hacían, doña Esther procedió a explicar que la comunicación entre los seres humanos y toda clase de espíritus era algo que se había dado siempre. La facultad de los médiums consistía no solo en ser conscientes de la existencia de esa interconexión, sino en poder servir de instrumento para facilitarla. Ahora bien, existían muy diversas clases de médiums atendiendo al diferente nivel del plano con el cual lograban conectarse. Así, por ejemplo, en lo que se refería específicamente a los muertos, estos ocupaban en el más allá distintos lugares de acuerdo con su calidad de vibración, resultante a la vez de la totalidad de sus experiencias y de la conducta asumida en vida.

La inmensa mayoría de los médiums —prosiguió explicando doña Esther — alcanzan tan solo a contactar con espíritus que pueblan los más bajos niveles de la escala en los mundos inmateriales. Seres que ni siquiera se han percatado de que han muerto, o bien que, habiendo tomado conciencia de su deceso, continúan aferrados a los vicios y pasiones que los dominaron en vida, padeciendo por ello inenarrables torturas y sufrimientos al no poder dar satisfacción a sus negativos deseos y perversa emotividad. Nada bueno podía esperarse de la comunicación con dichos seres; tan solo incrementar la confusión y el desconcierto tanto en los espíritus como en los vivos. No era de extrañar que un alto porcentaje de los médiums que llevaban a cabo esta clase de enlaces terminasen seriamente afectados en sus facultades mentales. La labor de quienes podían calificarse como auténticos médiums era muy otra. Se trataba de lograr ser una especie de puente entre la humanidad y las sutiles vibraciones que para beneficio de esta emanan de los seres que moran en los círculos celestes, incluyendo desde luego a los espíritus de aquellos humanos que alcanzaron en vida una gran espiritualidad.

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Doña Esther concluyó afirmando que el camino para llega a ser un auténtico médium era difícil y requería de una gran tenacidad y espíritu de sacrificio. El hecho de que alguien como Beethoven hubiese utilizado el conducto de Jorge para manifestarse, demostraba que este poseía las cualidades necesarias para servir como transmisor de elevados espíritus en forma permanente y no puramente ocasional; pero para ello se requería de un previo proceso de aprendizaje y de la práctica de rigurosas disciplinas. ¿Estaba dispuesto a ello?

Sin vacilación alguna, y sintiendo que daba el primer paso de un riesgoso ascenso a una alta montaña, Jorge Berroa respondió que sí.

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Dos revoluciones

E L 8 DE ENERO DE 1959 el ejército rebelde que comandaba Fidel Castro entró en La Habana. Los antecedentes de esta victoria se remontaban al 26 de julio de 1953, fecha en que ciento sesenta

jóvenes cubanos, hastiados de la corrupción del Gobierno de Fulgencio Batista, habían intentado tomar por asalto el cuartel Moneada, situado en las cercanías de la ciudad de Santiago. La operación resultó un desastre. La mayor parte de los jóvenes fueron muertos y el resto capturados, entre ellos Fidel, el cual fue posteriormente amnistiado y se trasladó a México, en donde junto con un pequeño grupo de exiliados cubanos y de un joven doctor argentino —el Che Guevara— se sometió a un intenso entrenamiento militar, impartido por un ex general republicano español, en los bosques próximos a la comunidad de Chalco en el estado de México.

Concluido el entrenamiento, Castro y su grupo retornaron subrepticiamente a Cuba en la embarcación Granma. A los pocos días de su desembarco fueron traicionados por el guía que contrataron para conducirlos a las montañas, el cual los denunció al ejército. En el enfrenta- miento que siguió el grupo rebelde fue prácticamente exterminado y tan solo doce de sus integrantes —entre ellos Fidel y el Che— lograron salvarse y llegar hasta un recóndito paraje de la Sierra Maestra, ubicada al oriente de la isla.

Atendiendo a cualquier tipo de lógica, los rebeldes tenían muy escasas probabilidades de sobrevivir y ninguna de alcanzar la victoria. Su oponente, era un Gobierno que disponía de un numeroso y bien pertrechado ejército y que contaba con el decidido apoyo del Gobierno de los Estados Unidos, pues este lo consideraba un fiel custodio de los cuantiosos intereses que poseían en Cuba las empresas norteamericanas, entre las cuales estaban incluidas las de la mafia, cuyos jefes eran propietarios de fastuosos hoteles y casinos.

Perseguidos y hambrientos, viviendo siempre a salto de mata, los doce

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rebeldes consideraban a cada nuevo amanecer que muy posiblemente este sería el último que verían. Fue después de transcurrido un año y algunos meses cuando se produjo el milagro. Un cambio inexplicable y misterioso comenzó a operarse en el inconsciente colectivo de los habitantes de la isla. La indiferencia y el temor que prevalecía en lo referente a cuestiones políticas, fue siendo sustituidos por un creciente sentimiento de rebeldía en núcleos de población cada vez mayores. Los mismos campesinos, que hasta hacía poco delataban la presencia del grupo rebelde, le proporcionaban ahora toda clase de ayuda. En las ciudades aumentaban día con día las células subversivas de apoyo al movimiento armado, el cual veía engrosar sus filas de voluntarios a una velocidad que superaba a su capacidad para organizarlos. Transmitidas con gran frecuencia por las estaciones de radio, inundaban el aire las notas de dos conocidas sinfonías de Beethoven la Tercera y la Quinta.

Al sentirse perdido, el dictador Batista salió huyendo de La Habana el primero de enero de 1959. La revolución había triunfado. A la increíble victoria militar alcanzada por los rebeldes se unieron muy pronto toda una serie de grandes éxitos obtenidos durante la primera etapa de la revolución hecha gobierno. La corrupción desapareció de un plumazo, se implantaron eficaces sistemas educativos y de salud que beneficiaron a los sectores más desprotegidos de la población, las actividades artísticas y deportivas recibieron un enorme impulso. Cuando en abril de 1961 los Estados Unidos organizaron en Bahía de Cochinos un desembarco de anticastristas que intentaban derrocar el Gobierno, fueron rápidamente vencidos. Un sentimiento de dignidad y orgullo nacional imperaba en la isla.

El exitoso ejemplo de la Revolución Cubana intentó ser copiado en muchas partes de Latinoamérica. Grupos de jóvenes deseosos de liberar a sus pueblos de la injusticia y la explotación, se lanzaron a organizar guerrillas. En todos los casos, estos grupos intentaban reproducir en sus respectivos países lo ocurrido en Cuba, esto es, consideraban que al constituirse un pequeño foco de insurrección se produciría un generalizado apoyo de la población a los insurgentes, lo que en muy poco tiempo terminaría ocasionando el total derrumbe de las estructuras gubernamentales y el consiguiente establecimiento de un nuevo y mejor orden de cosas. Los primeros en intentar repetir lo acontecido en Cuba fueron una veintena de estudiantes panameños, que en abril de 1959 trataron de tomar por asalto las instalaciones militares norteamericanas del Canal de Panamá, con miras a que retornase a la soberanía de su

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país un territorio que le había sido arrebatado injustamente. Fueron derrotados y el hecho no produjo ninguna reacción de apoyo a los estudiantes. Algo del todo semejante ocurriría en muy distintas partes del continente americano durante los años siguientes. Los grupos de jóvenes que se alzaban en armas y se iban a las montañas eran exterminados y su memoria caía muy pronto en el más completo olvido.

En Cuba el curso de los acontecimientos fue tomando un cariz del todo diferente al que tuvieran durante la primera época de la revolución. Al ver afectados los intereses de sus connacionales, el Gobierno norteamericano reaccionó adoptando toda clase de represalias, incluyendo un bloqueo económico que tenía por objeto lograr una rendición de la isla por hambre. La respuesta de Fidel Castro fue aliarse con la otra potencia mundial de ese entonces, la Unión Soviética, lo cual estuvo a punto de ocasionar una guerra nuclear a gran escala. Asimismo, el dirigente cubano abolió todo asomo de libertad e implantó en lo político y en lo económico un sistema comunista de gobierno. Manteniendo aún la firme convicción de que bastaba la acción decidida de un pequeño grupo armado para prender la mecha de un., revolución, el régimen cubano se dio a la tarea de propiciar la formación de guerrillas (inspiradas ahora en la ideología marxista) y de apoyar su acción en diferentes países de América Latina y de África. Esta segunda oleada de grupos rebeldes se prolongó durante más de dos décadas y terminó teniendo el mismo desastroso final que la primera. El ejemplo más destacado al respecto —y el único que ha logrado salvarse del olvido— fue el protagonizado por la guerrilla que comandara en Bolivia el Che Guevara.

El desplome de los regímenes comunistas de la Europa del Este y la desintegración de la Unión Soviética, ocurridos al iniciarse la última década del siglo xx, anunciaron la llegada de tiempos difíciles para el Gobierno y el pueblo cubanos. Al quedar cerrados los mercados con los que venía operando, el implacable bloqueo practicado en contra de la isla por el Gobierno estadounidense comenzó a ocasionar graves desabastecimientos en los hogares de sus habitantes, con la acumulada desventaja de que en esta ocasión no existían ya ni la mística ni el esperanzador optimismo que caracterizara a los primeros tiempos de la Revolución. La carencia de libertades y la prolongada permanencia en el poder de un régimen autoritario y burocrático, si bien no habían logrado destruir, sí habían mellado el proverbial entusiasmo del pueblo cubano.

Aun cuando al dar inicio el tercer milenio de la Era Cristiana resulta

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imposible predecir cuál será el rumbo que tomará Cuba en los próximos años, sí es factible, en cambio, tratar de evaluar cuál ha sido la enseñanza aportada tanto por el evento en sí mismo de la Revolución Cubana, como por los intentos de exportar esta a otros países. Una primera conclusión es que ningún movimiento de rebelión puede tener éxito si no cuenta con el apoyo mayoritario de los habitantes de un país, y que el hecho de que en un determinado tiempo y lugar se produzca ese generalizado sentimiento de rebelión que constituye la esencia de toda auténtica revolución, no es algo que pueda lograrse por medios meramente humanos, sino que requiere de la intervención de seres y fuerzas provenientes de planos superiores al nivel de materialidad en que nos encontramos. Una segunda conclusión es que, sin pretender negar los logros alcanzados por la Revolución Cubana —entre los cuales no es el menor el de no haber sucumbido ante las agresiones y el incesante acoso del Gobierno norteamericano—, de ninguna manera puede afirmarse que dicha Revolución haya alcanzado las elevadas metas de bienestar, justicia y libertad que se propusiera en su origen. Finalmente, un desapasionado análisis de la experiencia cubana lleva a una tercera conclusión. Las revoluciones armadas no producen un cambio radical y permanente de la condición humana, esto solo se logra a través de una revolución interna y personal que haga surgir una nueva y superior conciencia.

* * * * *

Coincidiendo con el tiempo en que se producía la transformación de las estructuras políticas en Cuba, se operaba también una revolución en la conciencia de un joven mulato estudiante de música, de filosofía y de mediumnidad; esta revolución sí iba a ser mucho más profunda y definitiva que la puramente política.

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Una casa abierta para todos

C INCUENTA Y DOS ESCALONES de mármol blanco. Al ir subiendo las escalinatas que conducían al departamento en que vivía Esther Gomiz —ubicado en el tercer piso del número 6 de las calles de

Armendárez en la ciudad de La Habana—, Jorge Berroa repasaba mentalmente la larga serie de preguntas que tenía pensado formular en la que sería BU primera clase de mediumnidad. Toda una lista de interrogantes referidas a la forma de ser y de comportarse de los espíritus que venía haciéndose de mucho tiempo atrás y para las que consideraba había llegado el tiempo de conocer sus respuestas.

La puerta del departamento estaba abierta, pero Jorge optó por tocar y aguardar a la entrada. Doña Esther apareció de inmediato, en sus manos portaba dos grandes escobas.

—Hola chico, pasa; esta casa está abierta" siempre para todos, espíritus o humanos son bien recibidos. Hoy tenemos mucho trabajo, la casa está muy sucia por tantas visitas y hay que limpiarla. Ayúdame.

Al tiempo que hablaba, la mujer hizo entrega de una de las escobas y, sin añadir palabra, empezó a barrer el piso con vigorosos movimientos. Un tanto desconcertado, Jorge tomó la escoba que se le ofrecía y comenzó a utilizarla. En realidad no veía la necesidad de limpiar la pieza pues esta no tenía basura por ningún lado. Una vez que concluyeron de barrer la sala siguieron por las otras habitaciones del amplio departamento. No había en esos momentos ninguna otra persona en la casa. Uno de los cuartos estaba ocupado por un gran piano, y en todas partes se veían montones de partituras musicales; era, sin duda, el lugar de trabajo de Esther Ferrer, la amiga y maestra de música de Jorge. Otra de las habitaciones contenía más de un millar de libros, cuyos títulos indicaban la preferencia de su dueña por cuanto tuviese que ver con la comunicación con el más allá; muchos de los ejemplares revelaban una gran rareza y antigüedad. Al entrar a una amplia y bien iluminada habitación, doña Esther afirmó:

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—Esta es mi recámara.

—¿Y de quién es toda esta cachimbera? —preguntó Jorge con extrañeza, señalando una gran colección de pipas colocadas en estantes que ocupaban toda una pared. Las había de toda clase de formas y tamaños, provenientes al parecer de muy distintas partes del mundo.

—Son de él —respondió doña Esther, apuntando con la mano a un cuadro en el que aparecía representado un negro negrísimo, ya anciano, y cuyo rostro reflejaba una enorme picardía. Acto seguido, y con voz que ponía de manifiesto un profundo respeto, explicó:

—En vida se llamó Antonio Cortina. Tomó el nombre de su amo, pues fue esclavo en una plantación de azúcar en el siglo diecinueve. Su espíritu ha sido mi maestro y él es quien me guía en todo. Como nunca cobro nada por los servicios que doy, y la gente se enteró de que a él le gustan mucho las pipas, de seguida nos las regalan de todas clases.

Habían terminado ya de pasar las escobas por cada una de las habitaciones, por lo que Jorge supuso que al fin daría comienzo su tan esperada clase de mediumnidad, pero, para su decepción, doña Esther exclamó:

—Creo que aún está muy sucia la casa, habrá que barrer de nuevo. Uniendo la acción a la palabra, la impredecible mujer retornó a barrer unos pisos que lucían impecablemente limpios. Tras unos instantes de vacilación, Jorge intuyó que tan extraña conducta encerraba quizás el propósito de transmitirle cierta enseñanza, y sin manifestar ningún reparo volvió a emplear la escoba con redoblado empeño, procurando ahora no fijarse más en lo que había en los cuartos, sino mantener centrada toda su atención en el acto mismo de barrer. No tardó en percibir resultados. Efectivamente, «algo» había en ciertas partes que permanecía adherido al piso, no se trataba de algún tipo de basura visible, sino de una especie de «aire» enrarecido y denso que parecía resistirse a su desalojo.

Doña Esther se percató de inmediato de que su joven discípulo había empezado a cobrar conciencia de la clase de trabajo que estaban realizando, y exclamó con festivo acento:

—Muy bien, chico, vas muy rápido. Toda esta basura son los residuos que

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dejan: las emociones negativas de los espíritus y de los humanos que entran en la casa. Yo nunca le pido a nadie que venga, pero si lo hace tampoco me opongo a su entrada. Si hablan, los escucho, y después resuelvo, basándome en mi experiencia y en las indicaciones de don Antonio, si debo ignorarlos o si es posible prestarles ayuda; pero hay que mantener la casa limpia de bajas vibraciones, pues de lo contrario los que vivimos aquí pronto enfermaríamos. Tengo que hacer unas visitas, así que te dejo a cargo de terminar la limpieza, estoy segura de que puedes hacerlo. Tal y como ocurriera en la primera vez, las siguientes clases de doña Esther a Jorge —que tendrían lugar dos veces por semana, martes y jueves— se desarrollarían siempre siguiendo un mismo estilo. No habría nunca sesiones de preguntas y respuestas ni profundas exposiciones sobre determinados temas. Simplemente, el discípulo seguía al pie de la letra las indicaciones de la maestra, realizando tareas muy variadas que en ocasiones parecían absurdas, pero que indudablemente iban despertando sus facultades de médium. Además de la práctica y ejercicios que Berroa efectuaba para ir desarrollando una mayor sensibilidad ante todo lo existente, su mejor medio de aprendizaje era la sola observación de la forma de ser y de actuar de doña Esther Gomiz.

Doña Esther llevaba una vida de lo más activa, íntegramente dedicada al servicio desinteresado de los demás, bien fueran estos humanos vivos o espíritus. La afirmación de que su casa estaba siempre abierta para quien quisiese entrar en ella no era una jactancia sino una realidad. A cualquier hora del día o de la noche llegaban gentes de todas las edades y clases sociales, buscando ayuda para solucionar sus problemas y aliviar sus enfermedades. Ella escuchaba pacientemente, luego hablaba con la invisible presencia de don Antonio Cortina y finalmente expresaba una opinión. A veces era un acertado consejo, y en otras la explicación de la forma de emplear una terminada planta medicinal. No faltaban personas que le solicitaban recetas para hacerse con dinero. En estos casos respondía siempre, con alegre acento, que existía para ello un antiguo método denominado trabajo.

En algunas ocasiones, al afrontar problemas que revestían una particular complejidad, doña Esther no se limitaba a dar su opinión ni a repetir la del espíritu que la guiaba, sino que ejercía plenamente sus facultades de médium, permitiendo que el espíritu de don Antonio Cortina entrase en su conciencia y, hablando a través de ella, expusiese sus puntos de vista sobre el particular. En estos casos se ponía de manifiesto la excepcional

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generosidad y sabiduría que poseía el ser que, en vida, había padecido las penurias inherentes al oprobioso régimen de la esclavitud. Unida a las mencionadas cualidades destacaba igualmente la de un festivo sentido del humor, que le llevaba a expresarse siempre con alegre optimismo, haciendo toda clase de bromas y contagiando a quienes lo escuchaban de jovialidad y entusiasmo. Don Antonio podía hablar durante horas enteras, impartiendo por medio de sus cuentos y chistes profundas enseñanzas, proporcionando astutas soluciones para enredados dilemas y revelando incluso, en muy contadas circunstancias, mágicos secretos para lograr hacer frente a obstáculos considerados como humanamente insuperables. De entre la múltiple variedad de problemas que cotidianamente doña Esther ayudaba a resolver, había uno que revestía peculiares características: el de las personas que creían estar o realmente estaban embrujadas. Muy pronto Jorge aprendió a percibir las notorias diferencias entre ambos casos. Mientras que las primeras —que constituían la inmensa mayoría— eran tan solo simples víctimas de su autosugestión, las segundas padecían los nefastos resultados de algún trabajo de magia negra efectuado en su contra. Al observar a su maestra combatir los efectos causados por esta clase de operaciones, Jorge fue cobrando conciencia del grado de intensidad que tiene en el interior del alma humana la lucha que se libra en el universo entero entre la luz y las tinieblas. ¿Cómo podían existir seres poseedores de una perversidad o inconsciencia capaces de desear e incluso producir en sus semejantes tan graves daños?

En cierta ocasión, doña Esther pidió a Jorge que la acompañase a una casa ubicada en el centro de La Habana y le advirtió que iba a ser testigo de un evento muy especial. En el domicilio les aguardaban cuatro personas. Tres ancianos de raza negra que, al parecer, eran de diferentes regiones de la isla, y una mujer blanca cuya forma de hablar denotaba su origen mexicano. Ninguno de los allí presentes eran personas comunes, en los rostros y en las miradas de todos se manifestaba una mezcla de energía y bondad que emana de aquellos que han alcanzado una elevada espiritualidad. Sin pronunciar palabra, los tres ancianos y las dos mujeres se sentaron en el suelo formando un círculo y entraron al instante en un profundo trance. Era evidente que todos eran médiums y estaban invocando a sus respectivos espíritus guías. En la habitación se percibía una atmósfera de enigma y tensión, Jorge estaba seguro de que algo excepcional estaba por ocurrir. Y así fue. Repentinamente en el centro del círculo humano se materializó un pedazo de roca que chorreaba agua y al cual estaban adheridas plantas marinas y una pequeña muñeca de trapo

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perforada con numerosos alfileres. Las expresiones reflejadas en los rostros de los médiums dejaban ver que estos habían retornado a un estado de percepción ordinaria y que se encontraban muy satisfechos con la tarea realizada. La mexicana se puso de pie y, extrayendo de su bolsa de mano un cuchillo y un limón, partió este en dos mitades, acto seguido exprimió con fuerza el cítrico haciendo que el jugo cayese sobre la muñeca de trapo, luego dijo:

—Lo logramos, el maleficio practicado en contra de nuestra hermana ha sido anulado.

Jorge comprendió que le había sido dado presenciar un episodio más en la inacabable guerra que libran dos fuerzas antagónicas por la conducción de cuanto existe en el universo.

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La fuente de la luz

M ÚSICA, FILOSOFÍA Y ESPÍRITUS son una buena combinación para generar una variada gama de experiencias. Si a ello añadimos el ambiente revolucionario que permeaba todas las

actividades que tenían lugar en Cuba en la década de los sesenta, es de concluir que Jorge Berroa no tenía mucho tiempo para aburrirse, y que la transformación que estaba operándose en su interior se producía en una forma mucho más radical y acelerada que la que estaba aconteciendo en las estructuras políticas y socioeconómicas de la isla. No obstante, su intuición le decía que había algo indeterminado que le impedía avanzar a su entera satisfacción en las tres actividades a las que consagraba la totalidad de su tiempo. A pesar de que sus maestros del Conservatorio lo felicitaban por su rápido aprendizaje de la teoría y la práctica musicales, él sentía que sus interpretaciones en el piano carecían de la suficiente fuerza y belleza. Algo semejante le ocurría en lo referente a su inmersión en el campo del pensamiento, pues se daba cuenta que tan solo alcanzaba a memorizar y repetir los conceptos elaborados por los filósofos de las diferentes épocas, pero sin comprender plenamente los alcances y el auténtico significado de dichos conceptos. Finalmente, y en lo tocante a su trato con los espíritus, si bien ya le era posible establecer contacto a voluntad con los planos en los que habitan los desencarnados, tan solo lograba ver y oír a multitud de espíritus situados en muy bajos niveles de vibración, sin que le fuese dable establecer directa comunicación con los que moran en los planos superiores.

En el Conservatorio prevalecía un grato ambiente de acendrado compañerismo. Juventud y comunidad de ideales hacían que, sin ninguna dificultad, se forjasen sólidos lazos de amistad que en muchos casos habrían de perdurar para toda la vida. Jorge encontraría un grupo de amigos siempre dispuestos a compartir por igual penalidades y alegrías. Una de las integrantes del grupo era una joven blanca, poseedora de gran belleza y recio carácter, que estudiaba la carrera musical con especialización en dirección coral. Su nombre era Carmita Collado, y entre

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ella y Jorge fue creciendo una amistad cada vez mayor. Nunca dejaban pasar un día sin mantener largas conversaciones para intercambiar sus más íntimas confidencias. Sus gustos eran del todo semejantes, lo mismo en cuestiones musicales que cinematográficas o gastronómicas.

Una mañana del mes de abril de 1961, Jorge Berroa y Raúl Iglesias —otro de los integrantes del grupo de amigos— caminaban por la calle Galeana muy cerca del malecón. Su plática versaba sobre el incendio ocurrido la noche anterior en una casa muy cercana a la que habitaba Raúl, quien había acudido al presenciar las llamas y con riesgo de quedar atrapado por el fuego se había saltado la cerca e introducido en la casa para alertar a sus moradores, los cuales no se habían percatado del peligro que corrían. Afortunadamente todo había quedado en daños materiales sin desgracias personales. Jorge opinó que le resultaba incomprensible el que alguien pudiese no darse cuenta de que se estaba incendiando su casa. Raúl replicó que el fuego tenía muchas semejanzas con el amor, siendo una de ellas que en ocasiones los observadores externos se percatan de su existencia mucho antes de que lo hagan los propios interesados. Una vez más, Jorge manifestó un criterio del todo contrario al de su amigo. Este se detuvo, lo observó con burlona sonrisa y afirmó:

—Oye.

perdidamente enamorados?

¿Qué

ni

ni

Carmita

se

han

dado

cuenta

de

que

están

Jorge dio un traspiés y estuvo a punto de rodar por el suelo, pero su descontrol corporal no era nada comparado con su conmoción interna; luego de unos instantes de silencio expresó con balbuceante acento:

—Creo que ya sé lo que sienten los que de repente descubren que su casa está en llamas.

Esa noche, el desconcertado aprendiz de médium no pudo dormir haciéndose toda clase de reflexiones. Hasta entonces había considerado que el hecho de no haber tenido nunca novia se explicaba por su falta de tiempo, derivada de las obligaciones que le imponían sus múltiples actividades. Ahora comprendía que la verdadera razón era que le habría resultado imposible establecer una relación amorosa con otra mujer que no fuese Carmita. La angustiosa pregunta que se planteaba una y otra vez era la de si sería cierto que ella estaba igualmente enamorada e inconsciente de sus sentimientos. Para resolver sus dudas no le quedaba otra alternativa que aguardar al día siguiente y hablar con la estudiante de música coral, pero aquella noche parecía que no terminaría nunca.

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Desvelado y nervioso, Jorge llegó al Conservatorio y se dirigió en derechura en busca de Carmita. En cuanto la halló, le dijo que tenía que hablar algo serio con ella, y como ambos sabían que en esos momentos no había clases en el aula número nueve entraron en esta. Sin mayores preámbulos, Jorge dio a conocer su descubrimiento de la noche anterior. Una variada gama de emociones poco usuales en ella parecían dominar a la joven. Su blanca tez había enrojecido y sus ojos castaños reflejaban sorpresa y desconcierto. Cuando logró hablar, comenzó diciendo algo que Jorge ya sabía —que ella nunca había tenido un novio—, y concluyó pidiendo un plazo de 24 horas para poner en orden sus sentimientos y dar una respuesta.

Una segunda e interminable espera para el agitado ánimo de Jorge. Finalmente, llegó la respuesta y esta fue positiva. Se inició así una etapa de máxima y dual intensidad emocional para la pareja. Por una parte, el vivir la experiencia única e irrepetible que produce en el ser humano el primer y total enamoramiento. Por la otra, el tener que hacer frente a uno de los prejuicios sociales más arraigados y aberrantes: el racismo. Aun cuando el Gobierno revolucionario cubano había eliminado de las leyes y reglamentos cualquier disposición de carácter racista (aboliendo, por ejemplo, la vieja práctica de playas exclusivas para blancos), la realidad no siempre coincidía con las disposiciones legales. Las costumbres y mentalidad imperantes durante siglos se resistían al cambio y encontraban muchas formas de lograrlo. Toda la familia de Carmita era de blancos, y su madre había elaborado para su única descendiente planes matrimoniales que no incluían el emparen-tarse con personas de otra raza. Tras de analizar la situación, los jóvenes decidieron mantener su relación en secreto, pues el darla a conocer hubiese generado en la familia de la novia una oposición de impredecibles consecuencias, impidiéndoles quizás proseguir sus estudios.

Una mañana, Carmita se burló de sí misma calificándose de cursi por haber dicho que el estar enamorada le producía la sensación de encontrarse dentro de una fuente de luz que estaba originando su total transmutación. Jorge opinó que, cursi o no, la metáfora reflejaba también su personal experiencia, pues comenzaba a percatarse de la favorable transformación que estaba operándose en su conciencia y facultades. Su interpretación de la música ya era otra cosa, ahora esta reflejaba una calidez y vigor de las que antes carecía. En igual forma, su comprensión de las doctrinas filosóficas se había incrementado sustancialmente,

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desarrollando un juicio analítico que le permitía distinguir y valorar los conceptos esenciales de los pensadores de antaño, separando dichos conceptos de las elucubraciones carentes de permanente validez. Pero era en el campo de la mediumnidad donde se estaban produciendo los más importantes avances. Hasta entonces, y salvo el caso excepcional de lo ocurrido con Beethoven, Berroa solo se percataba de lo que acontecía en la parte inferior del mundo de los espíritus, e incluso no percibía los diferentes niveles en que este se subdivide, lo cual hacía que en muchas ocasiones observase a distintos espíritus ocupando un mismo espacio en confuso montón. Ahora las cosas habían empezado a cambiar, pues gradualmente había ido notando que el hecho de que en un mismo espacio coexistiesen numerosos espíritus no implicaba revoltura alguna, ya que cada uno se encontraba en diferente nivel, de tal forma que en la mayoría de los casos ni siquiera eran conscientes de la presencia de otros seres junto a ellos. Asimismo, había logrado empezar a ver y a oír a los moradores de niveles más elevados, seres que en vida habían constituido positivos ejemplos para sus semejantes en muy diversas áreas de actividad.

Doña Esther Gomiz mantenía una estrecha vigilancia de los progresivos adelantos de su discípulo, proporcionándole valiosa orientación y consejos, impartidos casi siempre en forma indirecta y aparentemente casual, e insistiendo una y otra vez en los peligros que podían derivarse para los espíritus y para los vivos de una intervención inconsciente de estos en el mundo de aquellos, siendo por tanto imprescindible contar con la anuencia y dirección de un espíritu altamente evolucionado para todo lo referente a la intercomunicación entre ambos mundos.

Cuando por fin Jorge pudo contemplar, escuchar y hablar directamente con el espíritu de don Antonio Cortina, comprendió que, al igual que doña Esther, él también había encontrado al ser que lo conduciría con inigualable destreza por los enrevesados y peligrosos caminos que comunican con el más allá. A través de un trato cada vez más frecuente con el espíritu de don Antonio, Jorge ratificó plenamente su opinión de que dicho personaje era un ser en extremo bondadoso, sabio y bromista. Escucharlo resolver con gran sencillez los más intrincados problemas constituía una invaluable enseñanza. Todos sus dichos y opiniones dejaban ver una increíble astucia y picardía. ¿Cómo era posible que quien fuera en vida esclavo de una plantación azucarera poseyese tanta sapiencia y erudición? ¿Cuál había sido su historia personal durante su estancia en la Tierra?

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Estas eran algunas de las preguntas que Jorge se hacía y cuyas respuestas fue conociendo al irse enterando poco a poco del historial de don Antonio.

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Don Antonio Cortina

A L INICIARSE EL SIGLO xix, los habitantes de la región costera atlántica del África Central vivían en un auténtico paraíso. Una pródiga naturaleza les brindaba gran variedad de frutas y en los

numerosos ríos de la región abundaban toda clase de peces. La población, dispersa en la larga y angosta franja territorial comprendida entre las costas y la selva, veía transcurrir su pacífica existencia completamente ajena a cuanto ocurría en el resto del mundo. 'Su cosmovisión religiosa era de carácter animista. Se veneraba a los árboles y a los ríos, al mar y al viento. En forma natural, los niños iban aprendiendo a establecer comunicación con cuantos seres los rodeaban. No era inusitado que algunas personas pudiesen calmar las agresivas intenciones de un leopardo con solo dirigir al felino amables palabras.

Una soleada mañana del mes de mayo de 1803, en las playas habitadas por la tribu de los Taño, descendieron de dos navíos de enormes velas unos hombres de rostros endurecidos y cuyos ojos despedían malignos fulgores. Cerca del lugar del desembarco un grupo de jóvenes negros semidesnudos observaban con curiosa atención a los recién llegados, estos se aproximaron con rápidas zancadas y arrojaron sobre los confiados observadores una enorme y negra red. Varios de los aprisionados comenzaron a entonar los cánticos con que se acostumbraba calmar a las fieras de la selva, pero las bestias a las que se enfrentaban eran mucho más insensibles y crueles que cualesquier otro animal salvaje, por lo que las exhortaciones a que adoptasen una mejor conducta no tuvieron efecto alguno. Antes al contrario, se dieron a la tarea de propinar fuertes golpes a quienes intentaban zafarse de las redes.

Actuando con gran presteza, los extranjeros trasladaron a los barcos su carga humana. Eran portugueses dedicados al tráfico de esclavos. Acostumbraban merodear por distintos puntos de las costas africanas, capturar una buena dotación de varones jóvenes y luego llevarlos a vender en los mercados de las colonias portuguesas y españolas de América. En esta ocasión entre los apresados se encontraban dos hermanos, Yongui y Omi, de tan solo once y diez años de edad,

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respectivamente. Superada la paralizante sorpresa que significó su captura, reaccionaron en forma diferente. Yongui optó por esperar pacientemente, confiado en que algo tendría que ocurrir que le permitiese retornar a su aldea y a la forma de vida que le era habitual. Omi se dio a la tarea de aprovechar las distracciones de sus captores para roer las cuerdas que lo aprisionaban; cuando una noche logró zafarse, corrió velozmente hasta la borda del barco y saltando por esta se arrojó al mar. Estrechamente vinculado a su hermano y compañero de juegos, no le resultó difícil a Yongui imaginar, y en cierta forma sentir, lo que a este acontecía: su desesperada lucha por sobrevivir entre las olas, su agotamiento, asfixia y muerte. Un dolor moral jamás sentido le traspasó el alma, haciéndole estallar en llanto.

Tras casi dos meses de navegación los barcos atracaron en Puerto Padre, ubicado en la región oriente de la colonia española de Cuba. Al tocar tierra, los portugueses efectuaron una ceremonia que acostumbraban realizar los tratantes de esclavos de esa época y que tenía por objeto hacer ver que, a su juicio, ellos no tenían ninguna culpa por lo que hacían, ya que los verdaderos responsables eran quienes compraban seres humanos para convertirlos en esclavos. Superado ya hasta el menor atisbo de remordimiento que hubiesen podido tener, los esclavistas llevaron su cargamento hasta el mercado del puerto y se dieron a la tarea de tratar de sacar el máximo provecho posible con su venta.

Yongui y varios de sus compañeros de infortunio fueron vendidos a un rico hacendado de apellido Cortina, razón por la cual tanto él como los otros quedaron obligados a partir de ese momento a llevar dicho apellido. Esto no entrañaba ninguna honrosa distintición, sino que era más bien algo semejante a colocar sobre una mercancía el nombre del dueño de la misma para identificarla. Semanas más tarde el esclavo sería bautizado como Antonio, quedando así integrado su nuevo nombre y apellido:

Antonio Cortina.

La confusión y abatimiento más completos prevalecían en el ánimo del atribulado adolescente. No entendía el idioma en el que le hablaban, ni eran de su gusto las escasas raciones de comida. Las interminables faenas trabajando en los cañaverales le resultaban agotadoras. Los barracones en que se hacinaba a los esclavos por la noche lucían terriblemente sucios. Dirigidos por un rudo y altivo capataz, guardias fuertemente armados y a los que siempre acompañaban feroces mastines mantenían una estrecha vigilancia, con miras a desalentar en los esclavos

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cualquier idea de fuga o rebelión.

Sin que tuviese para ello ninguna razón o fundamento, Antonio Cortina

mantenía la esperanza de que así como de una manera inesperada había caído en tan horrenda situación, se produciría igualmente un imprevisto cambio de suerte que le permitiría retornar a su tierra y con su familia. Era esto lo que pedía diariamente en sus oraciones dirigidas al sol, a las plantas y a muy diversas manifestaciones de la naturaleza. No estaba solo en sus plegarias, en el otro lado del Atlántico su madre no cesaba de rogar

a la Tierra (a la que consideraba la gran progenitora de todo lo existente) para que le devolviese a los hijos que le había dado, o que al menos le proporcionase noticias sobre su paradero.

En contra de lo que las mentes agnósticas suponen, ninguna oración fervorosamente formulada se queda sin respuesta, si bien esta no se da siempre en la forma y términos que esperan quienes elevan las plegarias. En el presente caso, y como resultado de las incesantes peticiones de

madre e hijo, no se iba a dar un súbito regreso al África del joven esclavo,

lo que en cambio se produjo fue una clara comprensión en este de que no

existía la menor posibilidad de que su situación cambiase por sí sola, sino que le correspondía a él poner toda su voluntad y facultades en propiciar dicho cambio. Así pues, dejó de lamentarse por su triste condición y empezó a buscar los medios de superarla. Aprendió castellano. Obtuvo permiso para los esclavos de cultivar pequeñas áreas y poseer algunos animales domésticos, lo que transcurrido un tiempo se tradujo en una considerable mejoría en su dieta alimenticia. Finalmente, retornó a las prácticas que aprendiera en su niñez, tendentes a lograr establecer comunicación con las plantas, los animales y las fuerzas naturales.

Transcurrieron veinte años. Antonio Cortina gozaba de una bien ganada fama de buscar siempre el interés de los demás anteponiéndolo al suyo propio. Esto le otorgaba un liderazgo natural entre los esclavos de la hacienda, permitiéndole organizar en beneficio de todos ciertas labores conjuntas que atenuaban sus infrahumanas condiciones de vida. Los barracones lucían ahora no solo limpios y aseados, sino incluso alegres por la abundancia de flores.

Una secreta y firme convicción había surgido en la conciencia del esclavo:

alcanzaría la libertad a cualquier precio, no podía permitir que su vida continuase transcurriendo dentro de un régimen tan oprobioso y denigrante como lo era el esclavista. Las perspectivas de lograr escapar

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no eran nada halagüeñas. Aun cuando jamás había salido de la hacienda, sabía que colindaba con otras en donde prevalecían idénticas condiciones de esclavitud, de tal forma que si huía a estas no cambiaría en nada su suerte, antes al contrario, sería devuelto y castigado severamente. Decidió que intentaría llegar hasta una lejana y deshabitada zona montañosa de la que había escuchado algunas vagas referencias.

Convencido de que era preferible perder la vida que continuar siendo esclavo, Antonio Cortina se dio a la fuga. Aprovechando que los vientos soplaban en la dirección a la que proyectaba dirigirse —lo que impediría de momento que los mastines pudiesen detectar el rumbo que había tomado—, se escurrió entre los cañaverales y emprendió una veloz carrera. Era de mañana y calculaba que alcanzaría a llegar por la noche hasta los manglares de una laguna que marcaba los límites de la hacienda. Cuando llegó a las riberas de la laguna, durmió unas horas y, cuando amaneció, se internó en lo más cerrado de la vegetación para luego sumergirse en el agua. Sabía que su huida ya debía haber sido descubierta y que los guardias lo estarían buscando con la ayuda de los perros, pero él confiaba despistarlos permaneciendo dentro del agua el mayor tiempo posible. Así lo hizo y durante los casi tres días que se mantuvo sumergido entre los manglares tan solo en una ocasión alcanzó a escuchar el lejano ladrido de los perros. Cuando sintió que si continuaba en el agua terminaría disolviéndose en esta, salió de la laguna y se dio a la tarea de buscar plantas comestibles y huevos en los nidos de las aves. Durante varios días permaneció oculto en las riberas de la laguna, a sabiendas de que se encontraba aún dentro de la hacienda de sus amos, descubriendo que esta ejercía sobre él un poder de atracción como nunca imaginara. Por fin, una noche logró romper las invisibles cadenas que lo mantenían sujeto al lugar en donde había transcurrido la mayor parte de su existencia. Con firme andar se adentró en un territorio que le era del todo desconocido.

Durmiendo de día y desplazándose al amparo de la oscuridad nocturna, el fugitivo fue avanzando lenta y cautelosamente hacia el sur, procurando mantenerse lo más alejado posible de los lugares donde percibía presencia humana, pasando de una hacienda cañera a otra y llegando a temer que el mundo no fuese otra cosa que una interminable sucesión de plantíos de caña. La vista de una lejana montaña le infundió nuevos ánimos. Fue en una madrugada de luna menguante y en medio de una pertinaz llovizna cuando arribó a la zona montañosa. Con profunda emoción se arrodilló y, besando la tierra, agradeció mentalmente a su

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madre el haberle dado la vida, gratitud que jamás había manifestado desde el primer día en que fuera capturado. La experiencia de sentirse libre producía en él una desbordante alegría, si bien no ignoraba que habría de hacer frente a una forma de vida en extremo difícil, pues tendría que soportar la más completa soledad y aprender a subsistir con sus propios medios. Hablando en voz alta, repitió varias veces el juramento de primero morir antes que volver a ser esclavo.

La superior sensibilidad desarrollada por Antonio Cortina para comunicarse con cuanto integra a la naturaleza le permitió una pronta adaptación a su nuevo ambiente. Localizó una caverna que presentaba favorables condiciones para utilizarla como vivienda. Un cercano manantial lo dotaba de agua fresca y saludable. Frutas silvestres, huevos, miel y raíces constituían su alimento. El principal problema fue la total carencia de relaciones humanas, pero logró irlo superando al intensificar su capacidad de establecer cierta forma de diálogo con los elementos naturales, así como con las plantas y los animales. Acostumbraba elaborar largos y humorísticos cuentos que narraba lo mismo a las nubes que a las ardillas.

El antaño esclavo y ahora ermitaño consideraba que continuaría llevando el mismo tipo de vida por el resto de sus días, pero esto no fue así. Su espíritu había ido fortaleciéndose y madurando, y llegó el momento en que, sin proponérselo, desarrolló la facultad de poder comunicarse con el mundo invisible. El primer espíritu al que conoció fue nada menos que su ángel guardián. Como es sabido, todas las tradiciones sagradas coinciden en afirmar la existencia de seres inmateriales, encargados de velar en forma individual y directa de cada uno de los seres humanos. Se trata de una labor nada envidiable a juzgar por la pésima conducta de nuestra especie. Es de suponer la explicable desesperación que ha de producir en incontables legiones de ángeles guardianes el hecho de que, en un altísimo porcentaje, sus orientaciones y consejos no son atendidos y ni siquiera percibidos a causa de la obtusa cerrazón que nos caracteriza. Al menos en el caso que nos ocupa esto no sucedió, pues un buen día, cuando llevaba ya seis años permaneciendo en las montañas, Antonio Cortina se percató de que podía ver y hablar con su ángel guardián.

Las primeras noticias que recibió el ermitaño de su espíritu guía no fueron nada reconfortantes. Tras de felicitarlo por su empeño en tratar de alcanzar la libertad, le comunicó que tan solo había logrado una liberación física, pero que en realidad continuaba siendo esclavo, pues subsistían en

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él la mentalidad y los sentimientos propios de esta condición: conservaba profundos resentimientos en contra de sus antiguos amos y era presa del miedo, lo que le obligaba a mantenerse oculto.

Antonio Cortina tuvo que admitir que era cierto lo que el ángel afirmaba y preguntó cómo podía superar dicha situación, ya que su propósito de alcanzar una auténtica libertad continuaba siendo el principal móvil de su conducta. El ángel le respondió que para ello debía no solo perdonar, sino llegar a sentir por sus opresores un profundo afecto, a grado tal que este se tradujese en tangibles beneficios para los mismos. En igual forma, debía perder todo temor a ser capturado, pues quien en verdad es libre continúa siédolo aún en la más oscura prisión. El ermitaño se comprometió a tratar de conquistar las metas que se le proponían y el ángel le señaló una primera tarea por realizar. El hacendado que lo había comprado cuando llegó del África ya había muerto y su alma padecía terribles sufrimientos por haber oprimido y explotado a sus semejantes, su esclavo de antaño debía encontrar la forma de ayudarlo.

No fue una tarea fácil. El rencor se realimenta de sí mismo y sus raíces crecen y penetran hasta en lo más profundo del ser. Tan solo una energía proveniente de los planos más elevados es capaz de extirpar el mal y devolver la salud a los enfermos de odio y resentimiento. Ello requiere de la humildad necesaria para solicitar la ayuda de lo alto que brinde dicha energía. Una vez conseguida la fuerza para otorgar un sincero perdón viene la parte más ardua: encontrar la forma de brindar una eficaz ayuda a los antiguos enemigos. Todo esto lo fue logrando en el transcurso de un año Antonio Cortina. Humildad y generosidad, comprensión y oración. Una mañana tuvo la certeza de que sus oraciones en favor del extinto hacendado habían sido escuchadas, que los buenos deseos y sentimientos que de continuo expresaba y sentía en favor de este habían producido algún efecto. Su ángel guardián le confirmó su impresión. Si bien el espíritu del esclavista tendría aún que afrontar grandes padecimientos antes de llegar a la luz, había recibido ya una importante ayuda que le facilitaría encontrar su camino. Junto con la superación del rencor y el poder proporcionar auxilio a un alma en pena, desapareció también en el ermitaño todo temor a retornar a un estado de esclavitud, pues comprendía que esta ya solo podía ser externa y aparente. Ahora sí era ya un hombre total y absolutamente libre.

Don Antonio Cortina decidió que ya no tenía por qué permanecer solo y escondido, consultó con su espíritu guía sobre la mejor conducta a seguir

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y este le aconsejó que retornase a la hacienda en donde había vivido. Su influencia entre sus compañeros esclavos siempre había sido positiva y ahora tenía muchas más posibilidades para poder prestarles consejo y ayuda. Así pues, don Antonio abandonó su refugio en las montañas y, sin tratar de ocultarse, marchó en derechura hacia la hacienda de la que huyera. En el camino se cruzó con diferentes personas. Algo perceptible debía haber cambiado en él, pues nadie lo juzgó un esclavo prófugo, sino que lo consideraban un negro liberto y, por tanto, con derecho a deambular por doquier. Llegó a la hacienda y buscó hablar primero con Ña Dominga, una anciana y sabia mujer negra que fungía como cocinera en la casa de los amos. Le pidió que fuese ella quien informase a estos que había regresado y que estaba dispuesto a trabajar por una módica paga. Los nuevos amos eran el hijo mayor del anterior hacendado y su joven esposa. En un primer momento no supieron qué actitud adoptar. La ley les autorizaba a infligir castigos a los esclavos que se fugaban, inclusive latigazos y cepo, pero haciendo caso a las sugerencias de Ña Dominga, la esposa decidió hablar primeramente con el sujeto en cuestión. Lo hizo y quedó gratamente impresionada, por lo que convenció a su esposo de que lo contratase como ayudante de cochero y efectuase los trámites necesarios para otorgarle la condición de liberto.

Se inició una nueva etapa en la vida de don Antonio Cortina. Rápidamente fue interiorizándose de sus recién adquiridas obligaciones. Debía aprender la forma adecuada de conducir los diversos tipos de carruajes existentes en la hacienda. Su facultad para comunicarse con los animales le facilitó las cosas, pues no le costó ningún trabajo establecer una buena relación con los caballos destinados a jalar de los carruajes,* Recobró incrementada su anterior influencia entre los esclavos de la finca, y, actuando sutil y gradualmente, buscó en forma incesante ayudarlos. Las áreas de cultivo destinadas a los esclavos se incrementaron y, con la venta de sus productos, estos pudieron establecer pequeños negocios, como la elaboración de comida estilo africano que se vendían entre ellos mismos.

Don Antonio consideraba que su misión no debía limitarse a lograr una simple mejoría en las condiciones de vida de los esclavos, sino que debía intentar se produjese en estos una toma de conciencia sobre lo que es la auténtica libertad. Para ello se dio a la tarea de organizar los domingos diversos espectáculos de entretenimiento, en los que los propios esclavos actuaban para sus compañeros improvisando bailables, cánticos y números cómicos. Don Antonio cerraba la función narrando alguno de los

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muchos cuentos que había elaborado durante su estancia en las montañas. Se trataba de ingeniosos relatos rebosantes de humorismo, que en forma velada transmitían profundas enseñanzas sobre diversos temas, como el de conseguir una verdadera libertad.

Los cuentos que narraba don Antonio gustaban tanto que su fama pronto trascendió los límites de la hacienda. Domingo a domingo venían a escucharlo numerosos libertos y mulatos provenientes de haciendas y poblaciones cercanas y no tan cercanas. Una de las más asiduas concurrentes a las sesiones de cuentos era una mulata cuyo vientre denotaba un avanzado estado de embarazo. La mujer reflejaba en cada uno de sus rasgos, palabras y movimientos una relevante y carismática personalidad. La desarrollada intuición de don Antonio le hizo percibir que aquella mujer pertenecía al selecto círculo de seres humanos que son capaces de vincular su destino con el de su nación, y que, por tanto, están llamados a figurar en la historia porque son ellos los que escriben sus páginas.

En cierta ocasión, al tiempo que acariciaba su abultado vientre, la mulata dijo a don Antonio:

—Estoy segura de que mi hijo puede escuchar sus cuenticos y comprender el mensaje que encierran. Cuando nazca llevará su nombre, se llamará Antonio y será un guerrero de la libertad.

El nombre de esa mujer era Mariana Grajales (1).

Al, morir el cochero mayor de la hacienda, don Antonio pasó a ocupar su puesto. El mayordomo lo llevó hasta la ciudad de La Habana para que le confeccionasen el uniforme apropiado. Sus ropajes de siempre, hechos con burda tela de saco de azúcar, fueron sustituidos por casaca y librea de brillantes colores. El uniforme incluía una abultada peluca blanca que hacía resaltar las negras facciones de un rostro que reflejaba inteligencia y picardía.

La visita a la ciudad capital causó en el cochero muy variadas impresiones. Nunca había imaginado que existiese tanta gente, que esta viviese tan apretujádamente ni que pudiese darse tanta diversidad en la forma de las construcciones. Por otra parte, sus facultades de percepción extrasensorial le hacían percatarse de la incesante lucha que por doquier libraban ángeles y demonios, buscando propiciar la elevación o el

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envilecimiento de los numerosos seres humanos que poblaban la ciudad. Era un espectáculo a un tiempo aterrador y fascinante.

1 Mariana Grajales fue la madre de varios importantes héroes de la Guerra de Independencia cubana, el más destacado de ellos fue Antonio Maceo, ardiente defensor de la emancipación de los esclavos.

En el viaje de regreso a la hacienda en que laboraba don Antonio se sintió dominado por la nostalgia, recuerdos que creía olvidados de su ya lejana infancia acudían a su mente, renovando el dolor que dejara en él la pérdida de su familia y el alejamiento de su tierra de origen. Le pesaba también el haber sobrepasado los cuarenta años sin tener un hogar con esposa e hijos. Un sentimiento de soledad y abandono, superior incluso al que experimentara durante su época de ermitaño, se apoderó de su ánimo. Lloró abierta y desconsoladamente.

La depresión que dominaba al elegante cochero tardó un buen tiempo en

ser superada. Fue un proceso gradual que le hizo comprender que tenía la posibilidad de hermanarse conscientemente con una familia mucho mayor a la de una común parentela. Sabía ya que todo cuanto existe se encuentra estrechamente vinculado, de tal forma que su ser se hallaba indisolublemente unido no solo a cualesquier otro ser humano, sino a la estrella más lejana, a una hormiga o a un grano de arena. Lo que ocurría era que, aun cuando su mente aceptaba dicha unidad, no la sentía en su corazón ni se traducía en una conducta que orientara su vida cotidiana. Decidió por tanto lograr que sus sentimientos y acciones correspondiesen

a su conocimiento de saberse parte de una gran familia universal que lo

abarca todo. La capacidad que ya tenía para establecer comunicación con muy diversos seres en distintos planos le facilitó enormemente la tarea de

ir alcanzando, paso a paso, una vinculación plenamente consciente con el

universo entero.

Don Antonio Cortina murió a los ochenta y tres años en una bonita quinta ubicada en las afueras de La Habana, en una zona denominada en aquel entonces «El Cerro». Hacía tiempo que era un personaje altamente querido y respetado. Sus antiguos amos llegaron a considerarlo como un miembro más de la familia, al que consultaban para toda clase de decisiones, y de buen grado aplicaban muchas de las sugerencias que proponía en beneficio de los esclavos, cuya mejoría buscó hasta el último día de su vida. En la quinta de La Habana —propiedad también de los dueños de la hacienda— el anciano cochero era visitado por numerosas personas —blancos, negros y mulatos— que le planteaban toda clase de problemas, para los cuales tenía siempre acertadas opiniones y sabios

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consejos. A su entierro acudió una enorme multitud de dolientes.

Tras de su muerte, el espíritu de don Antonio alcanzó un elevado plano dentro de los círculos o cielos a donde van a morar las almas de los justos. De inmediato pasó a formar parte del selecto grupo de espíritus que optan por no permanecer indiferentes a lo que acontece en la Tierra y que laboran sin descanso ayudando a los seres humanos, especialmente en lo que se refiere a su ampliación de conciencia y elevación espiritual. No es, desde luego, una misión fácil, pero los espíritus que se aplican a ella poseen una gran sabiduría y una inagotable paciencia.

Con miras a que su intervención en el mundo de los vivos resultase lo más directa y eficaz posible, don Antonio decidió valerse de los servicios de un médium. El encontrar a la persona adecuada para ello le llevó cerca de cincuenta años, pero, al parecer, el factor tiempo no es algo que preocupe en demasía a los espíritus. Doña Esther Gomiz fue la persona seleccionada para el cumplimiento de la mencionada tarea, la que desde un principio llevó a cabo en forma impecable. Tal y como lo hiciera en vida, el otrora esclavo, luego cochero y ahora espíritu, proporcionaba día con día salvadora ayuda e invaluables enseñanzas a cuantos acudían a consultarlo. Su picardía y sentido del humor se habían incrementado al perder el cuerpo, de tal manera que conversar con él a través de la médium resultaba en extremo placentero.

Transcurrida otra considerable porción de tiempo a escala humana, don Antonio juzgó llegado el momento de ampliar sus actividades mediante la inclusión de un segundo médium. Al buscar a la persona apropiada, llamó su atención un joven que estaba fungiendo transitoriamente como médium del espíritu de Beethoven. Se trataba de un caso especial, en el que toda una serie de circunstancias habían coincidido para hacer posible que dicho joven pudiese servir de puente en la trasmisión de las vibraciones que el músico alemán deseaba hacer resonar en Cuba con miras a promover una rebelión en contra de la sádica tiranía imperante en la isla. Una vez cumplida esta finalidad, el puente dejaría de serlo, pero había demostrado estar conformado con la rara y escasa materia prima de que están hechos los auténticos médiums.

Contando con la colaboración de doña Esther Gomiz, don Antonio se dio a la tarea de ir despertando, para ser utilizadas en forma permanente, las potenciales facultades que como médium poseía Jorge Berroa.

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Música y romances

E N LA VIDA DE LAS PERSONAS hay a veces etapas de marcada inactividad, épocas en las que no se produce cambio alguno y en las que todo parece indicar que las cosas habrán de continuar así

por tiempo indefinido; por el contrario, hay también periodos que se singularizan por generar incesantes transformaciones. A partir del momento en que Jorge Berroa cobrara conciencia de estar enamorado y diera comienzo su noviazgo con Carmita Collado, se inició en su vida una etapa de importantes logros y realizaciones.

El primer avance de Jorge se dio en el campo musical y fue resultado de tomar plena conciencia de los trascendentales efectos que puede tener la música en la conducta de los seres humanos, no tan solo para modificar transitoriamente sus estados de ánimo, sino como instrumento para lograr una profunda transmutación. Basándose en ello decidió que su misión como compositor debía consistir en crear una música que, al mismo tiempo que expresase la esencia e identidad del pueblo y la nación de Cuba, propiciase en ambos elevados ideales y anhelos de superación. Con ánimo resuelto fue dando cumplimiento a su primera tarea: conocer a fondo el alma de su país. Recorrió varias veces la isla en todas direcciones, intentando analizar y comprender cuanto observaba. Dialogó largamente con toda clase de personas, especialmente con los ancianos. Intercambió opiniones con gran cantidad de músicos, sobre todo con los que practicaban la santería, culto resultante de un sincretismo entre el cristianismo y antiguas concepciones religiosas provenientes del África Central. Finalmente, leyó cuanto cayó en sus manos sobre la historia y la sociología de Cuba.

Una vez concluidos sus estudios en el Conservatorio, Jorge juzgó llegado el momento de dar el segundo paso en el camino que se había trazado, o sea, empezar a componer una música con las características que él pretendía dar a sus creaciones. Una inesperada crisis emocional le impidió alcanzar de momento sus propósitos. Tras de cuatro años de mantener una magnífica relación de noviazgo con Carmita Collado —y sin que

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existiese una causa o razón explicable para ello— ambos decidieron de buenas a primeras y de común acuerdo dar por terminado su compromiso matrimonial. Era la primera vez que Jorge experimentaba el abatimiento y desconcierto que puede producir la traumática ruptura de una relación sentimental.

* * * *

Ramiro Guerra, el talentoso creador en Cuba del Conjunto Nacional de Danza Moderna (denominado posteriormente Danza Nacional), supo ver en el novel músico que era entonces Jorge Berroa a la persona más adecuada para ser el director musical de su grupo de danza. Se trataba de un cargo con múltiples obligaciones, que incluían el acompañamiento musical a las diarias sesiones de entrenamiento de los bailarines, la ejecución de la música en todas las funciones en que participaba el grupo, y, de ser posible, la creación de nuevas obras musicales para danza.

Jorge se entregó de lleno a su trabajo, encontrando en este el medio más adecuado para desarrollar su creatividad. La frustración que dejara en él su malogrado amor quedó atrás y empezó a componer obras musicales. Las primeras tuvieron más de intento y búsqueda que de auténtica realización, pero luego empezó a escribir obras que revelaban ya una auténtica valía. Una de ellas, denominada Ceremonial de la danza, reflejaba magistralmente la eterna aspiración que han tenido los danzantes de todos los tiempos de superar las limitaciones que impone la materia y alcanzar, a través del movimiento corporal, una directa comunicación con lo divino.

Muy pronto la crítica musical comenzó a prestar atención a las obras de Jorge Berroa. Se comentaba elogiosamente su carácter nacionalista y su sinuosidad cromática. Si bien toda la obra era fundamentalmente pianística, se utilizaban en ella otros instrumentos que la hacían apropiada para ser interpetada por pequeñas orquestas. Para muchos críticos fue motivo de asombro el que para la ejecución de música clásica se introdujese en la orquesta la marimbula, un sencillo y sonoro instrumento creado en el siglo xix por los esclavos negros de las plantaciones de azúcar.

Fama y honores comenzaron a llegar al compositor. En 1969 fue invitado a participar en el Festival de la Primavera de Praga, evento cultural de prestigio internacional al que acuden renombrados artistas. Fue toda una

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enriquecedora experiencia. Recorrer las calles, plazas y museos de la capital checa, asistir a conciertos y conferencias de altísima calidad, dialogar con algunos de los más destacados exponentes del arte a nivel mundial. Más allá de las cuestiones culturales, el viaje proporcionó a Jorge una directa información sobre lo ocurrido en uno de los puntos neurálgicos del movimiento de protesta que había sacudido al planeta el año anterior. Los tanques soviéticos habían invadido Checoslovaquia aplastando todo asomo de resistencia. Jan Palach, un joven checo de gran espiritualidad, se había inmolado en llamas para protestar contra la invasión de su país. Aun cuando la feroz represión parecía haber liquidado al movimiento libertario, esto no era así y en forma subterránea estaba surgiendo una creciente oposición que, tarde o temprano, terminaría echando por tierra el burocrático andamiaje de los regímenes comunistas.

* * * *

«Matrimonio y mortaja del cielo bajan.» En 1973 Jorge Berroa casó con Aurora Gramach, una mujer poseedora de una gran erudición, especialmente en lo referente a temas históricos y derecho internacional. La razón de por qué algunas parejas alcanzan una armónica integración mientras que a btras dicho logro les resulta imposible, es un enigma indescifrable y se traduce en una de las mayores fuentes de conflicto en las relaciones humanas. La boda que nos ocupa resultó un desastre. Total incapacidad para comprender la forma de ser y sentir de la otra parte. Ideales y puntos de vista contrapuestos. Diferencias de gustos en lo tocante a comidas, diversiones y decoración del hogar. Tal parecía que eran dos seres provenientes de muy distintas galaxias. El matrimonio habría quedado disuelto a poco de iniciado de no ser por la llegada de un hijo, al cual se dio el nombre del padre. El niño significó una especie de tregua que disminuyó por un tiempo la intensidad del conflicto sin llegar a resolverlo. Finalmente, terminó imponiéndose la lógica y la pareja tomó la determinación de divorciarse.

* * * *

En el grupo de Danza Nacional, del que Jorge era director musical, figuraba una norteamericana llamada Lorna Burdsall. Era una bella mujer de bien formado cuerpo, larga cabellera y ojos verdes, poseedora de un carácter rebelde y alegre. Nacida en el estado de Connecticut había estudiado en Nueva York con Martha Graham, la famosa fundadora de la

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Escuela de Danza Moderna. Influida por ideales revolucionarios, Lorna se había trasladado a Cuba en 1958 para unirse a los rebeldes que luchaban en Sierra Maestra comandados por Fidel Castro. Ahí conoció y formó pareja con Manuel Piñeiro, apodado Barbarroja. Tras el triunfo de la Revolución, Piñeiro fue designado jefe de Seguridad Nacional, demostrando tal eficacia en el desempeño de su cargo que todos coincidían en considerarlo el tercer hombre dentro de la jerarquía del poder en Cuba, tan solo por debajo de Fidel y de Raúl Castro. Las maquinaciones urdidas por el Gobierno norteamericano al través de la CÍA —tendentes a derrocar al Gobierno cubano y dar muerte a sus dirigentes — eran siempre descubiertas y anuladas por la sagacidad del pelirrojo comandante. Tal parecía que en la isla no podía moverse la hoja de un árbol sin que el jefe de Seguridad se enterase de que había ocurrido dicho movimiento.

A resultas de su constante trato derivado de su común trabajo, Jorge Berroa y Lorna Burdsall fueron sufriendo una gradual transformación en lo tocante a sus respectivos y recíprocos sentimientos. Primero simpatizaron mutuamente, luego surgió una gran amistad y finalmente esta se convirtió en un profundo amor. La posibilidad de que dicho amor pudiese encauzarse en una forma convencional era muy remota. Lorna y Barbarroja llevaban más de quince años como pareja y tenían un hijo adolescente. A juzgar por su temperamento y antecedentes, no era de esperarse que el comandante se resignase pasivamente a la pérdida de su pareja, sino más bien que tuviese una reacción violenta que incluso podía derivar en dar muerte a los dos enamorados.

Al tiempo que su vida sentimental se complicaba peligrosamente, la carrera musical de Jorge proseguía en ascenso. Creación de nuevas obras, exitosos recitales en diversas ciudades de la isla y triunfantes giras de la Compañía de Danza Nacional por el continente europeo. En reconocimiento a sus méritos, Berroa fue honrado con la distinción de «Compositor Vitalicio de Cuba», e incluido en el selecto grupo de los integrantes del Colectivo de Compositores de Música Clásica. Se le otorgó también el cargo de jefe de Música de la Provincia de La Habana.

Estalló el escándalo. En una gira que realizaba por Yugoslavia la Compañía de Danza Nacional, el agregado militar de la Embajada de Cuba en Belgrado descubrió la relación que existía entre Lorna y Jorge. De inmediato la denunció ante los bailarines y músicos del grupo, los cuales, con la excepción de dos, dejaron al instante de dirigir la palabra a

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la pareja y de tener con esta cualesquier otra forma de comunicación. El chismoso militar y diplomático redactó un pormenorizado informe de su descubrimiento al directamente afectado, o sea, al comandante Manuel Piñeiro. Al parecer, la clave utilizada en la transmisión del informe era del conocimiento de la CÍA y esta juzgó conveniente filtrar la noticia a los periodistas de Miami, pues el caso es que en algunas publicaciones del mayor centro de cubanos en el exilio se dio a conocer públicamente —con gran sarcasmo y burla— el hecho de que el jefe de Seguridad de Cuba, quien se preciaba de poseer un completo conocimiento de cuanto sucedía en la isla, había manifestado una total incompetencia para vigilar la conducta de su mujer.

Al regresar músicos y danzantes a Cuba, una camioneta con agentes se llevó a Lorna del aeropuerto con destino desconocido. Nadie detuvo a Jorge, y este tuvo una noche para elucubrar sobre cuál podría ser la suerte que le esperaba. A la mañana siguiente un agente llegó a su casa para conducirlo hasta las oficinas centrales de Seguridad Nacional, ante el propio comandante Barbarroja. No fue una entrevista fácil, sino tensa y áspera, pero en contra de lo que Jorge esperaba se le comunicó que no se tomaría represalia alguna en su contra y que estaba en libertad para unirse con Lorna. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué era lo que había propiciado tan inesperado desenlace? La pareja terminó enterándose por una confidencia de la secretaria del propio Fidel Castro. La publicación del caso en la prensa norteamericana había convertido un asunto privado en cuestión de Estado. Si el jefe de Seguridad Nacional tomaba venganza y cometía un doble asesinato, la opinión pública internacional vería en ello una prueba de que en Cuba prevalecía una total carencia del Estado de Derecho. Así pues, el jefe del Gobierno revolucionario había resuelto que debía ser la mujer quien decidiese con quién quería vivir, sobre la base de que si optaba por el músico en lugar del comandante, perdería todos los privilegios que tenía por ser la compañera del tercer hombre en la jerarquía de mando del Gobierno cubano.

Lorna no lo dudó y optó por el músico. Este, a su vez, vio cerrarse felizmente un episodio de su vida que muy bien pudo haber concluido con esta. Una vez superada la crisis ocasionada por su riesgoso romance, Jorge estuvo en condiciones de centrar de nuevo su atención en la que sentía era su principal tarea por realizar: desarrollar al máximo sus innatas facultades de médium.

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Adentrándose en el más allá

A VANZAR POR LA ESTRECHA VEREDA que, al través del desarrollo de facultades extra-sensoriales, permite a los vivos adentrarse en el mundo de los desencarnados, constituye una

riesgosa aventura. Como ya se ha dicho, la mayor parte de los médiums tan solo logran establecer comunicación con espíritus ubicados en planos de muy densa vibración. El contacto con esta clase de seres resulta a la postre altamente perjudicial para las personas que lo realzan y para los propios espíritus. Muy diferente es el caso de la relación que se establece con espíritus que habitan ya en las moradas celestes, los cuales están siempre dispuestos a proporcionar una invaluable y generosa ayuda a los seres humanos.

Bajo la acertada dirección de doña Esther Gomiz, Jorge había ido adentrándose en el mundo de los espíritus. Percibió primero que esa otra realidad está integrada por múltiples planos y comenzó a diferenciarlos. Superó sin mayor esfuerzo la tentación de establecer comunicación con los seres de los niveles inferiores. Desarrolló la necesaria sensibilidad para hacer contacto con el espíritu que guiaba a su maestra, el de don Antonio Cortina, el mismo que a partir de ese momento se convirtió también en su mentor.

Al través de las enseñanzas recibidas directamente de don Antonio, Jorge fue comprendiendo que lo que determina el nivel de vibración de cada ser son los objetivos que, consciente o inconscientemente, este se ha fijado como meta. Así pues, resultaba imprescindible que él supiese con toda precisión cuáles eran realmente los propósitos que le guiaban en su determinación de adentrarse en el mundo de los espíritus. Tras de realizar una cuidadosa introspección de sí mismo, llegó a la conclusión que la intención que lo motivaba era un auténtico y sincero deseo de ayudar a los demás, del todo desprovisto de cualquier afán de lucro, poder o lucimiento personal.

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Otra cuestión que, a juicio de don Antonio, revestía una particular importancia era la relativa a la manera específica que cada cual tiene para lograr desarrollarse, manera que debe ser buscada, encontrada y aplicada por cada ser de forma particular. Jorge se empeñó, por tanto, en resolver esta cuestión y encontró que su forma personal de buscar el desarrollo era la de «dejarse llevar», esto es, la de tratar siempre de ajustarse a todo tipo de cambios y circunstancias, sin pretender cuestionar el porqué de las cosas, aceptando que cuanto existe es resultado de las leyes cósmicas y divinas.

Cuando don Antonio juzgó que su nuevo médium había alcanzado el nivel adecuado para ejercer plenamente dicha función, no se limitó ya a dialogar con él, sino que comenzó a transmitir por su conducto toda clase de enseñanzas y orientaciones. El número de personas que acudían con Jorge buscando ayuda y solución a sus problemas crecía continuamente; si lo que este anhelaba era poder ser útil a los demás, había encontrado la forma de lograrlo.

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En contra de lo que Jorge y Loma habían temido en un principio, ambos pudieron continuar desempeñando normalmente sus respectivas actividades musicales y dancísticas. Incluso Jorge añadió a sus ya múltiples ocupaciones la de subdirector de la Editora Musical de Cuba, institución que llevó a cabo, en las décadas de los setenta y los ochenta del siglo xx, una importante labor de difusión a nivel internacional de la música popular cubana. El desempeño del mencionado cargo permitió al médium y músico establecer relaciones de amistad con un gran número de cantantes y compositores de la isla, algunos de los cuales, como Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, alcanzarían grandes éxitos y enorme popularidad.

La relación de la pareja no podía ser mejor. Durante varios años nada turbó la felicidad de Jorge y Lorna, por lo que estos se hallaban convencidos de haber logrado encontrar su contraparte a esa otra mitad de cada uno de nosotros, de la cual fuimos separados en el principio de los tiempos, según relatan los mitos y las leyendas de muy diversos pueblos. Luego, los estrechos vínculos que los unían comenzaron a sufrir un lento pero ininterrumpido deterioro. ¿Qué era lo que estaba pasando? Tal vez Fidel Castro había previsto lo que fatalmente ocurriría. Su resolución de que si la bailarina norteamericana desdeñaba al

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comandante Barbarroja sería despojada de ciertos privilegios terminó por surtir efecto. En la Cuba revolucionaria estaba prohibido el empleo de servidumbre doméstica, tan solo los más altos funcionarios gozaban del privilegio de tener sirvientes en sus casas. Ese había sido el caso de Lorna por ser la compañera del jefe de Seguridad Nacional, pero ahora, tras de ocho años de tener que hacer frente a las labores cotidianas de un hogar, fueron aflorando en su subconsciente antiguos resentimientos en contra de su padre, quien, siendo ella aún muy pequeña, la había obligado a trabajar en las faenas de la casa. Jorge representaba un sustituto de la figura paterna y contra él se canalizaban los no superados resentimientos. Antes de que surgiesen mayores conflictos la pareja optó por separarse, preservando un sincero y amistoso afecto.

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Al contrario de los altibajos que le acontecían a Jorge en su vida sentimental, en lo tocante a su desarrollo como médium este proseguía en continuo ascenso, cada vez le costaba menos trabajo alcanzar el nivel de percepción necesario para observar lo que ocurría en el mundo de los espíritus, y cada vez captaba mejor una serie de circunstancias y características propias de dicho mundo. Sin perder el tono festivo y humorístico que lo singularizaba, don Antonio felicitó a su médium por los avances logrados y le comunicó una inesperada noticia: en vista de que estaba ya en condiciones de captar las vibraciones de seres situados en planos superiores, lo iba a presentar con un espíritu con el que había hecho una gran amistad, el de Dante Alighieri, el genial escritor florentino autor de la Divina Comedia.

Don Antonio cumplió su promesa y Jorge pudo conocer al espíritu de Dante. Era un alma poderosa y sabia, de exquisita y refinada educación. Gentilmente se ofreció para colaborar en el desarrollo de Jorge proporcionándole enseñanzas sobre muy variados temas. Dante poseía increíbles conocimientos sobre la parte secreta y sagrada de los números, de los colores y de la geometría. Desde luego, dominaba también los aspectos igualmente secretos que tienen las letras, las palabras y, por ende, la literatura en general, de tal forma que enseñó a su discípulo una nueva manera de lectura que le permitía extraer de ciertos textos una oculta y valiosa información.

El objetivo central que había dado Jorge a su vida no era el de adquirir una gran erudición, sino el de brindar ayuda a sus semejantes. Aprovechó

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por tanto sus recién adquiridos conocimientos para proporcionar mejores soluciones a los múltiples problemas que le presentaban las personas que solicitaban su auxilio. En muchos casos se trataba de conflictos derivados de la falta de armonía que predominaba en las vidas de quienes lo consultaban. Las enseñanzas de Dante resultaban especialmente aplicables a esta clase de problemas. Para recuperar la perdida armonía, a veces se requería tan solo de sencillas medidas, como cambiar el color de la ropa que se usaba, variar el régimen alimenticio o reacomodar de lugar el mobiliario de la casa habitación o de la oficina.

Las combinadas enseñanzas que recibía el médium de don Antonio y de Dante tomaron un nuevo giro, perfilándose a lograr que adquiriese conciencia de los signos de los tiempos, o sea, de cuáles son las esenciales características de la presente época. Fue así como empezó a comprender que la humanidad y el planeta mismo atraviesan por un trascendental parteaguas. Toda una serie de edades históricas y de ciclos cósmicos están finalizando y dando inicio a otros nuevos. Antiguas profecías, contenidas en los libros y tradiciones sagradas de muy distintas culturas, señalan con toda precisión estos tiempos como una época decisiva de la cual depende el avance o decadencia de la especie humana.

Jorge suponía que la información que se le estaba dando sobre la importancia de los actuales tiempos tenía un determinado propósito, pero ignoraba aún cuál podría ser este.

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Una vez más, el médium y músico intentó alcanzar estabilidad en lo tocante a su vida sentimental y llevó a cabo sus segundas nupcias. La contrayente era una mujer culta e inteligente llamada Bertha Álvarez Martens. El matrimonio tuvo un hijo varón, al que pusieron el nombre de Alejandro. Jorge nunca había dejado de mirar por su primer hijo, y ahora le fue posible llevar a este a su nuevo hogar, por lo que muy pronto el cuarteto constituyó una feliz familia, situación que se prolongó durante varios años.

Si existe un misterio insondable, este es cuanto atañe al porqué de la permanencia o extinción del vínculo que mantiene unidas a las parejas. Para frustración de los cuatro sobrevino el divorcio, sin que pueda formularse al respecto una valedera explicación.

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Finalmente, los espíritus de don Antonio y de Dante dieron a conocer a Jorge los motivos por los que habían venido interiorizándolo en la comprensión de los grandes ciclos históricos. La suerte del planeta dependía de que los seres humanos lograsen superar la inconsciencia que los dominaba y fuesen capaces de impulsar el surgimiento de una nueva cultura de alcances planetarios. El lugar de la tierra donde estaba naciendo esta nueva cultura era México. Debían, por tanto, los dos espíritus y Jorge dirigirse a dicho país, para participar activamente en tan importante acontecimiento.

La inesperada propuesta desconcertó a Jorge y durante un tiempo no supo qué resolución tomar. Tenía cincuenta y dos años de edad y gozaba dentro del medio artístico cubano de una envidiable posición, derivada de toda una vida de entrega a su trabajo. Sabía muy bien que estaba en condiciones de rechazar la proposición, pero ahora comprendía que esa era la misión para la que los espíritus habían venido capacitándolo durante muchos años.

Aplicando su peculiar forma de lograr su desarrollo, «la de dejarse llevar», Jorge Berroa optó por quemar sus naves y trasladarse a vivir a México.

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Misión en México

A TENDIENDO A LAS INDICACIONES del Dante, al arribar Jorge al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México buscó la forma de transportarse al valle de Tepoztlán en el estado de Morelos. Le

aguardaba una de las experiencias más impresionantes de toda su existencia. En cuanto el automóvil en el que viajaba dejó la carretera de Cuernavaca para tomar la que conduce al lugar en que naciera Quetzalcóatl, un verdadero torrente de vibraciones inundó la conciencia del cubano. Berroa bajó del automóvil y trató de captar ordenadamente las incontables impresiones que le llegaban. Había de todo. Poderosos espíritus, que muy posiblemente habían sido guías de luz para la humanidad en pasadas edades, dialogaban animadamente. Todas las montañas del valle mantenían también un incesante diálogo. Igual lo hacían las plantas y los animales. Por encima de aquel aturdidor barullo predominaban dos voces de cósmicas resonancias: las de los dos volcanes de elevadas cumbres que, aun cuando no estaban en los linderos del valle, imperaban en este con su avasalladora presencia.

Era la primera vez que a Jorge le era dado escuchar hablar a las montañas. No entendía nada de lo que decían, como tampoco alcanzaba a comprender en esta ocasión lo que dialogaban entre sí los espíritus de los muertos. La confusión que generaba en su ánimo aquel alud de variadas vibraciones fue tan grande que consideró que estaba a punto de perder la razón. Tan solo perdió momentáneamente el conocimiento, cuando lo recobró todo estaba en calma. No se escuchaba ninguna voz proveniente de las montañas, ni se atisbaba espíritu alguno. El valle de Tepoztlán lucía en toda su esplendorosa y enigmática belleza.

Jorge suponía que debía existir una causa por la cual se le había hecho vivir esa prueba, así que invocó a los espíritus del Dante y de don Antonio para preguntarles. La pareja de desencarnados no se hizo esperar y procedió a formular una explicación seguida de una inusitada propuesta. Habían considerado necesario que el médium se percatase por sí mismo de su imposibilidad para comprender la forma de expresarse de los

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distintos seres que existían en México. Necesitaba capacitarse para lograr este fin, y la única forma de hacerlo era cambiando su fecha y lugar de nacimiento, pues en el momento en que nace una persona y realiza su primera inhalación todo su ser se impregna con las energías prevalecientes en ese instante y en ese determinado lugar, las mismas que habrán de darle un sello peculiar y característico. Las energías que Jorge recibiera el nacer el 13 de diciembre de 1938 en La Habana habían sido de lo más apropiadas para el proceso de desarrollo realizado hasta entonces, pero ahora no eran las adecuadas para las tareas que tendría que llevar a cabo en México; debía, por tanto, insistieron, efectuar un cambio de su fecha y lugar de nacimiento.

Berroa manifestó que, a su juicio, la única forma de lograr semejante cosa era muriendo y volviendo a nacer. Los espíritus le contestaron que su respuesta era correcta, pero que, sin embargo, podía darse el citado cambio, ya que dentro de una misma existencia es posible morir y renacer. ¿Estaba dispuesto a ello? Jorge respondió que sí, y sus maestros del más allá le explicaron que debería ajustarse a un proceso que tendría siete años de duración, en el cual las energías que impregnaran su ser en el momento de su nacimiento irían siendo gradualmente sustituidas por otras, equivalentes a las que le habrían correspondido si hubiera nacido el 11 de enero de 1938, en un lugar situado justo en medio de la pareja de volcanes que tenía ante su vista: el Popocatépetl y la Iztaccihuatl.

El Dante y don Antonio explicaron al médiun que el primer paso para iniciar el proceso de cambio consistiría en que entrase a México por el lugar apropiado y presentase su solicitud de admisión al país ante las autoridades correspondientes. Acatando las indicaciones que le daban sus guías, Jorge se dirigió a las playas de Veracruz, se bañó en estas y luego avanzó por tierra hasta la ciudad de Drizaba, allí permaneció unos días dedicado a la silenciosa contemplación del cercano volcán que tiene por nombre Citlaltépec, intuyendo que era dicho volcán quien se encarga de supervisar, desde un plano superior al ordinario, la entrada a México de todo tipo de personas y energías.

Con plena certidumbre, Jorge presintió el instante en que el Citlaltépec le otorgaba el permiso de entrar. Jubiloso, prosiguió su viaje hacia la capital de la nación. Sabía que la tarea de cambiar su fecha y lugar de nacimiento —o sea, el tipo de energías que lo conformaban— sería en extremo ardua, pero el hecho de que quien tenía autoridad para ello hubiese aprobado su ingreso al país lo llenaba de optimismo.

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Durante una primera etapa, las dificultades de Jorge para adaptarse a su nuevo ambiente fueron de índole estrictamente material. Provenía de una ciudad situada al nivel del mar y la Ciudad de México se encuentra a 2.000 metros de altura y con uno de los índices de contaminación atmosférica más elevados del planeta. Estaba acostumbrado a vivir dentro de un régimen socialista y ahora tenía que hacerlo en un sistema capitalista. Carecía de amigos en México y tenía tan solo unos cuantos conocidos, artistas que habían estado en Cuba estudiando o actuando. Su carácter afable y don de gentes le permitieron hacerse con amigos y relaciones, así como proseguir la que consideraba constituía su principal misión en la vida: ayudar a los demás a resolver toda clase de conflictos y desequilibrios emocionales.

Una vez superados los normales problemas de adaptación que genera el cambio de residencia de un país a otro, el médium empezó a dar cumplimiento a las variadas y complejas instrucciones que recibía de sus dos inmateriales maestros, tendentes a ir logrando la transformación que se esperaba de él. A veces tenía que recorrer largas distancias para localizar, en una aislada región del país, una roca poseedora de singulares vibraciones, junto a la cual tenía que permanecer ayunando durante varios días. En otras ocasiones debía sumergirse un número exacto de veces, en fechas y horas precisas, tanto en anchos y conocidos ríos como en pequeños arroyuelos que descendían de agrestes montañas. Abundaban también las visitas a determinadas zonas arqueológicas, asiento en pasados tiempos de centros de máxima sacralidad. Lenta y gradualmente, su capacidad para empezar a percibir y comprender las formas de comunicación de los diferentes seres que en diversos planos existen en México comenzó a desarrollarse.

Al tiempo que acrecentaba su percepción extrasensorial, Jorge recababa cuanta información podía sobre la historia de México, no tanto la relativa a las narraciones oficiales y comúnmente conocidas del pasado de esta nación, sino a sus gestas y epopeyas legendarias, a lo que es su historia sagrada. Fue así cómo conoció la verdad de lo ocurrido en 1968. El centro del telúrico movimiento que en ese año sacudiera al planeta había estado en México. La fuerza que generara dicho movimiento era de carácter espiritual y el propósito específico que la guiaba era el de reactivar la dormida conciencia de los dos volcanes más sabios y poderosos del país, los ya mencionados Popocatépetl Iztaccihuatl, con objeto de que estos tomasen a su cargo la tarea de propiciar el surgimiento de una nueva y

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luminosa era para todos los habitantes del planeta. Una mujer excepcional llamada Regina era quien había dirigido los rituales conducentes a lograr el despertar de los volcanes. Esto había requerido de su personal inmolación, así como del sacrificio de 400 personas más, lo cual había ocurrido en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

El Dante y don Antonio confirmaron las conclusiones a las que había llegado Jorge a través de sus indagaciones sobre lo ocurrido en el 68. En efecto, en ese año se había iniciado en México un proceso de ampliación de conciencia que terminaría abarcando a todos los seres que moraban en el planeta. Justamente, la presencia de ambos espíritus en tierras mexicanas obedecía a su deseo de participar activamente en dicho proceso. Cada uno de ellos se había propuesto una diferente misión a realizar. Don Antonio estaba empeñado en conseguir que la cultura planetaria que se estaba gestando se caracterizase por un profundo conocimiento de lo que es la auténtica libertad, así como por un gran sentido del humor. A su vez, el Dante impulsaba cuanta energía propiciase un afán de búsqueda de la verdadera sabiduría.

Desde luego, los dos mencionados espíritus no eran los únicos que estaban colaborando en la delicada tarea de ir propiciando el surgimiento en México de una nueva edad y cultura. Incontables seres luminosos de elevados planos participaban en ella. Uno de los más activos era el espíritu de Mahatma Gandhi, quien trabajaba con la misión específica de lograr que la religiosidad de la nueva cultura tuviese un carácter ecuménico, esto es, que se diese un profundo respeto y colaboración entre las distintas religiones existentes en el mundo. El espíritu de Gandhi había hecho una gran amistad con Dante y con don Antonio, por lo que pronto Jorge comenzó a tener la increíble oportunidad de poder escuchar las conversaciones que sobre variados y siempre elevados temas tenían la trilogía de espíritus.

Al iniciarse 1994, cuando Jorge Berroa estaba por cumplir cuatro años de residencia en México, sus espirituales guías le dijeron que aun cuando todavía faltaba algún tiempo para que lograse una plena incorporación a las energías de este país, había alcanzado el grado suficiente de desarrollo como para iniciar una labor de enseñanza que permitiese a cierto número de personas descubrir y acrecentar sus propias facultades, lo que les daría la posibilidad de participar más conscientemente en el proceso de expansión de la nueva era. Entre aquellos a quienes había ayudado a resolver sus problemas Jorge había hecho una buena cantidad

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de amigos y conocidos, por lo que no le resultó difícil integrar un grupo de 20 personas, firmemente decididas a realizar los esfuerzos necesarios para adquirir una mejor comprensión de sí mismas, de sus semejantes y de las necesidades de su época.

Fue también a principios del citado año de 1994 cuando sus amigos del más allá informaron al médium que se aproximaban días en extremo difíciles para México. Las fuerzas más tenebrosas provenientes del mundo de las tinieblas estaban agrupándose para llevar a cabo un demoledor ataque en su contra. Intentaban no solo eliminar hasta la menor probabilidad del florecimiento de una nueva era, sino aniquilar a la nación que la estaba incubando. Los acontecimientos no tardaron en corroborar la verdad de lo anunciado por los espíritus. Uno tras otro fueron dándose una serie de infaustos sucesos. La nación se vio envuelta en una oleada de crímenes políticos y en una crisis económica de gran magnitud. La desconcertada población no lograba adivinar las posibles causas de los inesperados eventos. En realidad, cuanto acontecía en los planos materiales y visibles era tan solo un pálido reflejo de lo que estaba ocurriendo en otras dimensiones. El 21 de diciembre de 1994 tuvo lugar en estas una trascendental batalla, en la cual las fuerzas demoníacas intentaron destruir la identidad y el espíritu mismo de México. Estuvieron a punto de lograrlo. No lo consiguieron gracias a la heroica resistencia de todos los seres luminosos que desde diferentes planos custodian al país y a su valiosa herencia sagrada (1).

1 El libro El Séptimo Cadete, de Patricia Zarco (Editorial Grijalbo), contiene una pormenorizada relación de esa batalla, así como los principales acontecimientos que la antecedieron y precedieron.

A pesar de las difíciles condiciones que imperaban en el ambiente, los espíritus que guiaban a Jorge Berroa prosiguieron dándole la ayuda necesaria para llevar a feliz término su cambio de fecha y lugar de nacimiento, completando así su proceso de adaptación a las energías y vibraciones propias de México. Empezó a comprender y a comunicarse con las piedras, los ríos, los árboles y las montañas del país. Momento determinante en el citado proceso de adaptación lo fue aquel en que logró establecer comunicación con el espíritu de la Iztaccihuatl, verdadera guardiana de los archivos nacionales, o sea, de las experiencias y sabiduría que constituyen la auténtica mexicanidad.

El importante acrecentamiento de su percepción extrasensorial permitió a

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Jorge una mayor comprensión de las respectivas tareas en que estaban empeñados sus invisibles maestros, pudiendo así prestarles una más eficaz

colaboración. Ahora tenía plena conciencia de que la evolución de la especie humana requiere de la incesante ayuda proveniente de los planos superiores, pero que esta no se produce si los seres humanos no tienen la humildad de reconocer su incapacidad para progresar por sí mismos, o bien si, aun teniéndola, no llevan a cabo los esfuerzos necesarios para obtener dicha ayuda.

Los resultados alcanzados por Jorge con su primer grupo de alumnos fueron altamente satisfactorios. Algunos de ellos poseían latentes facultades de médiums, que, al ser adecuadamente activadas y encauzadas, les permitieron establecer sus personales conexiones con el más allá y determinar cuáles eran las tareas que les correspondían cumplir. Los demás integrantes del grupo obtuvieron también importantes beneficios, como el precisar cuál era su misión en la vida y desarrollar las facultades necesarias para cumplirla. Animado por los buenos logros alcanzados, Jorge formó dos nuevos grupos (uno en la Ciudad de México y otro en Cuernavaca), con los cuales comenzó a trabajar intensamente. En todos los casos perseguía con su labor un doble propósito. El que cada quien fuese consiguiendo su personal desarrollo interno y el que todos se sumasen, conscientemente, a la delicada operación de participar en la creación de una nueva cultura, firmemente asentada en su conexión con lo sagrado.

En cierta ocasión, al comentar la singular experiencia que constituía cada una de las clases de Berrea, uno de los más veteranos asistentes a las mismas afirmó:

—Conforme pasa el tiempo, las facciones de Jorge se asemejan cada vez más a las de las grandes cabezas olmecas.

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Colofón

E N LA ACTUAL COYUNTURA de la humanidad, al concluir un milenio de historia e iniciarse otro, es evidente que cuanto acontece en el mundo es resultado de dos simultáneos y diferentes

procesos. Un proceso de muerte, que abarca a todas las culturas del pasado y a las instituciones generadas por estas, y un proceso de nacimiento de una nueva Edad y Cultura, que apenas está iniciándose, pero que se manifiesta ya de múltiples maneras con fuerza incontrastable.

Forman parte y son consecuencia del proceso de muerte las crisis políticas y económicas, la contaminación, el creciente poder del narcotráfico y, en general, todas las manifestaciones de degradación y decadencia que contemplamos por doquier. A su vez, forman parte integrante del proceso de nacimiento todas aquellas personas, grupos o movimientos empeñados en recuperar el sentido sagrado de la existencia, tanto a través de la acción individual (ampliación de conciencia y búsqueda de la espiritualidad) como colectiva (creación de comunidades respetuosas de las leyes naturales y los ciclos cósmicos).

Ahora bien, dentro de esta búsqueda para encontrar los caminos que conduzcan a un retorno a lo sagrado, habrá que tomar en cuenta el ancestral anhelo humano de establecer puentes que permitan la comunicación entre quienes vivimos en esta dimensión material y quienes moran en más elevados planos, llámense ángeles y arcángeles, o espíritus de hombres y mujeres que alcanzaron en el pasado un importante desarrollo interno.

Esta función que realizan ciertas personas de fungir como lazos comunicantes entre dos diferentes realidades no es una misión fácil, ni está exenta de grandes riesgos y posibilidades de engaño, pero, a pesar de ello, reviste tan enorme importancia que a lo largo de la historia, y venciendo toda clase de dificultades, se ha dado en todas las grandes culturas y tradiciones. No dudamos que en un próximo futuro habrá de recobrar su enorme relevancia. Ojalá que la globalizada sociedad del mañana tenga la sabiduría y la sensatez necesarias para saber hacer un uso adecuado de ese valioso instrumento que representa el empleo de las facultades extrasensoriales.

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El propósito central al escribir esta obra fue el de presentar un testimonio sobre la vida de un médium de nuestros tiempos. Estoy seguro de que para muchas personas todo lo aquí expuesto será visto como una pura y simple fantasía. En igual forma, es muy posible que aquellos que han tenido la oportunidad de constatar por sí mismos las facultades del señor Berroa tiendan a considerar que el libro no refleja suficientemente la índole excepcional de dichas facultades. En realidad, este testimonio no fue elaborado pensando en alguno de estos dos extremos. Para quienes no creen en la existencia de lo sobrenatural, ningún libro les hará cambiar de opinión. Para quienes han vivido la personal experiencia de establecer comunicación con el más allá, cualquier relato al respecto les parecerá siempre defectuoso e insulso.

Entre los dos opuestos mencionados existe una amplia gama de personas que, sin aceptar ciegamente lo que leen o escuchan, tampoco están cerradas a la posibilidad de que en la vida puedan darse toda clase de hechos extraordinarios y milagrosos, siendo uno de ellos el que los humanos podamos recibir ayuda y orientación de quienes nos precedieron en la existencia. Es, pues, para estas personas para las que fue elaborado el presente trabajo, ya que estoy seguro de que a todas ellas les animará el saber que, al parecer, existe actualmente en el mundo de los espíritus un generalizado criterio: el de que están por llegar tiempos mejores para toda la humanidad, una era de auténtico progreso, de mayor justicia y libertad y de un evidente predominio del espíritu.

En la medida de nuestras respectivas posibilidades, participemos al máximo de nuestro esfuerzo en cuanta tarea contribuya a la pronta creación de la nueva cultura planetaria.

Terminó de Digitalizarse el 29 de Julio del 2008, a las 6:40 p.m. Por Angy Bahl.

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DATOS SOBRE EL AUTOR

DATOS SOBRE EL AUTOR Antonio Velasco Piña Nació en 1935 en Buenavista de Cuéllar, estado de

Nació en 1935 en Buenavista de Cuéllar, estado de Guerrero (México). Alcanzó fama internacional con Regina , novela histórico-biográfica de una joven cuyo sacrificio, en la matanza de la plaza Tlatelolco el 2 de Octubre de 1968, significó el despertar de unas fuerzas cósmicas que, en armonía con un legado tradicional milenario, permitiría a México encontrar una nueva conciencia como nación. Desde entonces, Velasco Piña es el depositario de la herencia tanto mística como física de Regina, así como de su compromiso con la historia de México. También es autor de varias obras más que a continuación les comparto:

Lista de publicaciones (en orden cronológico respecto a la primera edición):

1.- Tlacaelel: El Azteca entre los Aztecas; Editorial Jus, 1979.

2.- Regina: 2 de Octubre no se olvida; Editorial Jus, 1987.

*3.- El retorno de lo sagrado, Editorial Círculo Cuadrado, 1990.

*4.- Cartas a Elíabeth; Editorial Círculo Cuadrado, 1990.

*5.- Espejo del viento; Editorial Siembra Olmeca, 1992.

*6.- La herencia Olmeca; Editorial Círculo Cuadrado, 1993.

*7.- El despertar de Teotihuacan, Editorial Jus, 1994.

*8.- Dos guerreros Olmecas; Ed. Grijalbo-Círculo Cuadrado, 1997.

*9.- Hombres que quieren ser, Editorial EDAF, 2000.

10.- La guerra sagrada, Editorial EDAF, 2001.

11.- Amor y destino en Palacio Nacional; Editorial Grijalbo, 2003.

12.- Los siete rayos; Editorial Alfaguara, 2004.

13.- El círculo negro; Editorial Punto de Lectura, 2005.

14.- Historia de un musical mágico: Regina, una nación que despierta; Ed. Libros para todos,

2006.

Los

Quien estuviera interesado en adquirir los derechos para la publicación de los mismos, favor de

ponerse en contacto con el vía telefónica con el autor directamente o bien escribir a la siguiente

dirección

textos

con

asterisco

de

están

fuera

de

circulación

debido

que no han sido reeditados.

correo

electrónico:

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