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Recibe un cordial saludo Germán Parada Cores (Psicólogo colegiado G-4699) german@cop.es german@comunicacionpositiva.eu

¿Y los hombres qué? Daniel Cazés (2002)

Preliminar

En algunas ciudades han surgido en los últimos años grupos de hombres que se preocupan por las problemáticas de la condición masculina en nuestros días. Cada uno es diferente de los demás en sus motivaciones precisas, sus dinámicas internas y sus propósitos. Pero varias decenas de ellos con los que he tenido contactos se han formado a lo largo de los últimos años debido a las confrontaciones con las ideas y las prácticas de las feministas.

Unas veces los conforman hombres que, sensibles a los discursos de las mujeres, se propusieron escucharlos y comprenderlos ante las opciones que sus compañeras (amigas, novias, amantes, esposas, hijas, madres, colegas de trabajo o militancia) les plantean de manera casi siempre explícita:

sus concepciones y sus actitudes deben cambiar o sus relaciones finiquitarse.

A menudo estos hombres tratan de inventar una solidaridad de nuevo tipo, y también se proponen construir con sus parejas y con las mujeres en general un camino hacia la equidad en las experiencias cotidianas, y diversas formas de apoyo a las acciones feministas. A muchos de ellos los moviliza, en el mejor de los casos, la necesidad de mantener y fortalecer los vínculos fundamentalmente afectivos que pueden tener años o décadas de antigüedad; la mayor parte de las veces, sin embargo, el cambio en los discursos y en algunas de las prácticas de estos hombres cuyo destino cultural no se transforma de la noche a la mañana, ni de un siglo al otro, lo que ocasiona no pocas frustracionestienen como contenido implícito el intento de seducir nuevamente a las mujeres a quienes han dejado de atraer o a mujeres que están cambiado sus visiones de la vida y sus propias vidas.

Hacia 1976, en un grupo masculino de concientización formado por hombres cercanos a mujeres en acción feminista, uno de ellos particularmente lúcido y sincero expresó así su desorientación ante las nuevas situaciones originadas en el movimiento feminista en París: “Antes creíamos que éramos muy hombres porque podíamos meter en la cama a casi todas las mujeres que deseábamos; hoy creemos que somos mejores según el número de feministas con quienes hagamos el amor, y mucho mejores por cada lesbiana que convenzamos de que con nosotros sí vale la pena volver un instante a la heterosexualidad.”

Han surgido en los últimos años grupos de hombres que tratan de inventar una nueva solidaridad. Pero mientras en algunos grupos masculinos (evidentemente muy pocos y muy poco numerosos) se hacen esfuerzos intelectuales y militantes por abrir sus horizontes y asumir la filosofía, la metodología y los proyectos políticos del feminismo de estos días y por ello puede considerarse que se acercan al feminismo, otros muchos grupos de hombres se generan en la misoginia ancestral y tienen como cometido profundizarla, fortalecerla y combatir abiertamente el feminismo.

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Entre los primeros puedo mencionar a quienes analizan la violencia masculina y atienden la suya propia y la de otros hombres que se acercan a ellos, al tiempo que intentan reestructurar sus paternidades y escriben libros estudiadamente no sexistas para la infancia y la juventud, y hacen videos con contenidos semejantes; pero es difícil que con sus esfuerzos logren incluir en sus reflexiones y sus proyectos la categoría fundamental del género (opresión y dominio) y analizar la enajenación masculina omnipresente (tanto cuando se expropian a las mujeres los bienes con los que en el proceso de dominación se crean los poderes falocráticos visibles e invisibles, como la que se refiere a la amalgama entre estos poderes y la felicidad).

Entre los segundos abundan los que adoptan en sus discursos (casi siempre de manera incoherente) una parte del léxico feminista y suelen hablar de su propio “dolor de género” que en todos los casos consiste en la enumeración de recriminaciones y reclamos por el daño que las mujeres en general y las feministas en particular han hecho a hombres buenos y sensibles cuyas miserias ya nadie quiere atender.

Éstos siguen, en términos generales, las líneas de la llamada “nueva masculinidad”, que es en realidad el movimiento más o menos ilustrado de neomisoginia: las nuevas generaciones de hombres han sido educadas y socializadas por mujeres enemigas de los hombres, y han creado masculinidades “blandas” orientadas por el feminismo, por lo que se requiere reconstituir (casi siempre en ausencia de los padres) masculinidades “duras” que hagan de los hombres que no han sabido serlo, guerreros, magos, reyes y amantes (en la cercanía de otros hombres).

Un mandato para todos los hombres

Las siguientes son algunas reflexiones que considero pertinentes cuando los hombres y sus grupos se proponen integrarse al feminismo.

Cada hombre, sujetos de su propia cultura, asume de manera idónea los valores patriarcales que la caracterizan. Si no fuera así nuestras sociedades no nos reconocerían suficiente adecuación y capacidad para interactuar conforme a las formas aceptables de ser. En otras palabras, aun con actitudes y posiciones profundamente críticas, respondemos al desiderátum que en nuestro momento histórico nos define ante nosotros mismos como integrantes del género que nos fue asignado desde el nacimiento en razón de nuestro sexo. 1

El principio genérico de nuestra organización social establece la dualidad hombre-mujer, fijando para cada miembro del par atributos excluyentes y contradictorios. Las diferencias que resultan de esta operación binaria se conciben como razones incuestionables de las desigualdades de género, pero en torno a estas últimas se hilvana un complejo discurso sobre una supuestamente irremediable a la vez que deseable complementariedad natural de opuestos.

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El héroe, la bestia, el guerrero, el mago, el amante, son otras facetas de la masculinidad

A tales diferencias, fundidas y confundidas con la desigualdad, se las hace provenir de la naturaleza o de los designios divinos, se las erige en orientación básica de las concepciones válidas sobre el universo, sobre quienes lo habitamos y sobre la manera en que debemos habitarlo. Es así como todos logramos saber cuán cerca o cuán lejos estamos, en cada momento de nuestras vidas, de los paradigmas culturales y sociales que estructuran lo prescrito y por lo tanto lo aceptable (el deber ser obligatorio y el poder ser permitido). Todos conocemos las obligaciones y las prohibiciones, las características identitarias, las responsabilidades, las jerarquías y los privilegios que corresponden a nuestro género y que, por lo tanto, son asequibles, esperables y deseables para cada uno de nosotros.

En nuestra cotidianidad todo esto se hace presente a través de los sistemas simbólicos que somos capaces de manejar en todas las dimensiones de nuestra comunicación, en los mitos que rigen nuestras más íntimas concepciones y convicciones, en los ritos y rituales con los que día con día reconstituimos las comunidades en que nos movemos, en el cumplimiento de las normas de nuestra vida y de nuestras vivencias, en el respeto que damos o exigimos de acuerdo con los parámetros con que cada quien se ubica en la arena de los poderes sociales.

Algunas manifestaciones del mandato

De las variadas y complejas manifestaciones del desiderátum que en nuestra sociedad y en nuestra cultura delinean las masculinidades, la hombría y la virilidad, sobresalen las concepciones que norman las conductas de las masculinidades posibles. Christian 2 enumera nueve actitudes básicas que marcan a la masculinidad hegemónica. Las parafraseo a continuación:

a) Los hombres y las mujeres son sustancialmente diferentes, y los hombres “de verdad” son superiores a las mujeres y a cualquier hombre que no se apegue a las normas de la masculinidad dominante.

b) Cualquier actividad o conducta identificada como femenina degrada a cualquier hombre. 3

c) Los hombres no deben sentir (o al menos no deben expresar) las emociones que tengan la más

mínima semejanza, sensibilidades o vulnerabilidades identificadas como femeninas.

d) La capacidad y el deseo de dominar a los demás y de triunfar en cualquier competencia, son rasgos

esenciales de la identidad de cualquier hombre.

e) La dureza es uno de los rasgos masculinos de mayor valor.

f) Ser sostén de la familia es central en la vida de cada hombre, y es su privilegio exclusivo.

g) La compañía masculina es preferible a la femenina excepto en la relación sexual, que es la única vía

masculina para acercarse a las mujeres. El sexo permite tanto ejercer el poder como obtener placeres,

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de manera que la sexualidad de los hombres de verdad es un medio de demostrar el dominio y la superioridad sobre las mujeres, así como la capacidad de competir con los demás hombres.

h) En situaciones extremas los hombres debemos matar a otros hombres o morir a manos de ellos, por lo que declinar hacerlo en caso necesario es cobarde y por lo tanto demuestra poca hombría y poca virilidad. Siempre puede ponérsenos en la situación de estar con el supremo poder o con los terroristas, identificados o no, que puedan cuestionarlo.

Cada hombre asume los valores patriarcales que le caracterizan

De la aplicación de estas concepciones y otras ligadas a ellas en la cotidianidad surgen las diversas formas de ser hombre que, de acuerdo con Marqués, 4 dan unos cuantos tipos masculinos resultantes de la necesidad de adaptación al desiderátum.

La tipología propuesta por este autor no consta de arquetipos, sino de características y actitudes que aparecen en la mayoría de los hombres de manera contemporánea o sucesivamente. Para Marqués los hombres podemos ser paternalistas, machistas, misóginos, buscamadres, cumplidores angustiados, extravagantes o fugitivos, y comportarnos como románticos, androtrópicos, canallas, tahúres, tímidos, laboradictos, yupis, mujeriegos, sensibles, aventureros, reposantes, fantasmas, perdedores, mecenoparlantes, padrotes, artistas y coprolálicos.

Cuando un hombre se convierte en padre por primera vez, es la culminación de realizaciones personales reconocidas en su comunidad

Las del héroe, la bestia, el guerrero, el mago, el amante, son otras tantas facetas del desiderátum de las masculinidades que cada uno de nosotros debiera adoptar en alguna etapa de su vida.5 Para el movimiento neomisógino los últimos cuatro sí son arquetipos y también modelos a los que todos los hombres debiéramos aspirar en la construcción de una supuesta masculinidad nueva.

La corriente intelectual de la masculinidad crítica es exactamente lo opuesto de esa visión sexista y de las que van en el mismo sentido tradicionalista en formas más o menos modernizadas.

Nuestra cultura, como la que estudió Godelier 6 en Papúa Nueva Guinea, es una de las que se caracterizan por incluir en su desiderátum la categoría de los grandes hombres y, por lo tanto, la de los hombres pequeños. Ambas son ejes del paradigma que nos marca a todos.

Patriarcado y paternidad

Nuestro sistema de relaciones jerarquizadas se conforma por la conjugación de mundos y órdenes que confluyen en la experiencia cotidiana impuesta por el patriarcado, el cual designa a todos los hombres como jefes, y el orden social genérico se configura para permitir que todos lo seamos de alguna manera, al menos en la familia nuclear.

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Con fundamento en el mito bíblico, cada hombre ha de ser proveedor, padre y patriarca, poseedor de la inteligencia y de la razón, protagonista de la historia entre cuyos atributos y prerrogativas se hallan las capacidades y las obligaciones de organizar y mandar, y la posesión del lenguaje que nombra, clasifica y califica.

Normar, designar, asignar, valorar, dirigir, vigilar, juzgar, castigar, premiar. Éstos son los rasgos básicos del padre en nuestra civilización patriarcal universalizada.

Para cada sujeto masculino la paternidad es el espacio privilegiado de la realización del desiderátum, la dimensión en la que nos hacemos hombres y somos reconocidos como tales después de recorrer el aprendizaje de la niñez y de la adolescencia, tras haber hallado ubicaciones en la juventud, y una vez tomadas las decisiones de nuestra edad adulta.

La sociedad patriarcal y sus relaciones se estructuran en torno a la figura del padre, a sus facultades, prerrogativas, poderes, obligaciones y privilegios. Por ello, patriarcado (gobierno del padre) y paternidad (calidad de padre) abarcan en la realidad prácticas y conceptos estrechamente ligados, y muy a menudo se funden y confunden.

Kafka hizo una de las descripciones más completas y claras de la masculinidad que vio y aprendió de su padre

El día en que cada hombre se convierte por primera vez en padre, independientemente de cómo sea su relación con la madre de su vástago y de cómo vaya a serlo con éste, es culminación de realizaciones personales reconocidas en su comunidad, y esa demostración se repite con cada uno de los hijos siguientes que cada hombre tenga con su cónyuge reconocida o con cualquier otra mujer:

El embarazo de aquella que parirá para él es muestra pública de su virilidad que es el valor supremo de la hombría, e inicio de un proceso en el que se consumará su plenitud masculina; el nacimiento del o la bebé es confirmación pública ante uno mismo, ante los pares, superiores y subordinados, de que ha alcanzado o repetido uno de los logros fundamentales en el cumplimiento del mandato. Se trata de un encuentro afectivo de gran fuerza con los demás hombres. El acontecimiento es generalmente de mayor profundidad cuando el recién nacido es una persona más asignada al género masculino. Es significativo que una marca frecuente de la demanda de reconocimiento de la paternidad por parte de los otros hombres consista en la distribución de esos objetos elongados y succionables llamados cigarros o puros, de uso exclusivamente masculino, que evocan los rituales del mutuo reconocimiento masculino previos a la paternidad que halló Godelier entre los baruya.

Hay indicios de hombres no sexistas y hombres antisexistas

Los rasgos del patriarca, pequeño o grande, exitoso o frustrado, se distribuyen, con diversos matices en las diversas expresiones de la masculinidad. Como hombre-padre, cada ser masculino debería ser obedecida cabeza de familia y de clan y de nación, sabio consejero, guerrero y estadista, acaudalado benefactor, conquistador de incontables mujeres. Y de alguna manera, en la realidad cotidiana o

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simbólicamente, cada hombre es un poco de todo eso a lo largo de su vida y, a menudo, a lo largo de un solo día.

Un testigo de que lo dicho le acontece voluntaria o involuntariamente incluso a hombres profundamente críticos, es Franz Kafka. Él hizo una de las descripciones más completas y claras de la masculinidad que vio y aprendió de su padre, a la que criticó y de la que proclamó su incapacidad para asumirla. Denunció también la visión de las mujeres que le transmitió su padre y las formas en que su progenitor ejercía su paternidad. Pero, pese a la lucidez de su exposición y a lo profundo y apasionado de su análisis, Kafka evitó plantear directamente su descripción crítica, la que, en forma de carta a su padre, prefirió confiar sólo a su madre. Además, en su vida amorosa se aseguró los cuidados de tres mujeres con las que dejó truncos sus compromisos, de una cuarta que se ocupó de él en su agonía, y de otra, amiga de su eterna prometida, quien tuvo un hijo suyo de cuyo nacimiento y muerte miserable él nunca supo. 7

Hombres que cambian y formas alternativas de ejercer la paternidad

Casi siempre estimulados por los análisis sobre la condición femenina y las situaciones de las mujeres que durante el último medio siglo han formulado muchas de ellas, un número aún muy reducido aunque creciente de hombres han comenzado a comprender el significado enajenante de los mandatos de la masculinidad, y han emprendido su crítica desde su propia condición y a partir de las situaciones específicas en que viven.

Además de nuestros planteamientos teóricos, muchos hemos emprendido proyectos destinados no sólo a la comprensión, sino también y sobre todo a la construcción de opciones para concebir y actuar nuestras masculinidades.

Debido a las experiencias vitales de no pocos de nosotros, y a las reflexiones que respecto de las formas de vida de los hombres afloran en esta época, el ejercicio de nuestra paternidad es uno de los ámbitos fundamentales en que se visualizan algunos cambios incipientes.

En esta búsqueda hemos entrado en procesos de transformación que incluyen nuestro rechazo al orden genérico patriarcal y nuestro esfuerzo por concebir a las mujeres como seres humanos plenos y por relacionarnos con ellas a partir de esa concepción. Y también por ver a nuestras hijas y a nuestros hijos como seres diferentes de esos pequeños personajes que nuestro mandato nos hace concebir para hacernos hombres, contribuir al mantenimiento de nuestro linaje, transmitir nuestros bienes, controlar a las mujeres y reproducir debidamente los valores patriarcales.

Un hombre puede tener dificultades para expresar su ternura pero estar a favor de la igualdad

Cada hijo y cada hija reflejan, antes que nada, la relación realmente existente entre su madre y su padre. La fantasía de lo que debe ser el vástago del que una pareja es responsable es síntesis de las concepciones más íntimas de cada quien. Lo que efectivamente sucede en nuestros vínculos conyugales y paternos podría dar una buena medida de nuestra adaptación a los paradigmas

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imperantes, y de nuestra real capacidad de cambio propio y de incidencia en los cambios actuales en las relaciones genéricas.

Honestamente, hay que aceptar que son pocos y poco claros los parámetros para hacer un diagnóstico confiable de las características nuevas e innovadoras que pueden permitir que no nos concibamos más como hombres del siglo XX (el siglo pasado), y que podamos definirnos ya como hombres del siglo XXI y como padres de jóvenes que tal vez alcancen al siglo XXII de la cuenta cristiana.

También debemos reconocer que hay algunos leves indicios que nos dejan suponer que en esas andamos: Christian 8 habla de hombres no sexistas y hombres antisexistas. Según este autor, unos y otros están a favor de la igualdad dentro de la diferencia; pero los segundos, además, han adoptado compromisos políticos efectivos. Éstos se distinguen por las siguientes características, al menos tendencialmente disociables de las actitudes, concepciones y acciones opresivas:

1. Son o han sido miembros de grupos antisexistas.

2. Son reconocidos como afines por miembros de esos grupos.

3. Han estado involucrados en actividades que apoyan acciones de las mujeres (como encargarse de

guarderías y de cuidar niños, o apoyar todo tipo de manifestaciones feministas).

4. Asumen los cuidados familiares por convicción y no por la fuerza de las circunstancias.

En esta última categoría quedarían algunos de los padres críticos o antisexistas del siglo XXI.

Uno de los ámbitos más difíciles de enfrentar y explorar es la relación padres-hijas

Como quiera que sea, se trata de hombres que difieren de otros hombres en la mayor parte de las actitudes sexistas masculinas. Pueden no diferir en todo pues, por ejemplo, a algún hombre puede parecerle obligatorio actuar el papel de proveedor o tener dificultades para expresar su ternura, y sin embargo estar en favor de la igualdad. De la misma forma, concebirse como sostén único o principal de la familia puede ser un elemento del mandato difícil de eludir aunque hacerlo se considere como alternativa crítica políticamente adecuada e íntimamente deseable.

Éstas, como otras situaciones semejantes, guardan importantes ligas con la paternidad, porque la construcción de sus formas críticas (enmarcadas en la construcción de la democracia genérica, cotidiana y vital) constituye un esfuerzo que es, en efecto, una empresa voluntaria y racional. Se basa en el propósito no opresivo y antiopresivo de asumir actitudes, responsabilidades y obligaciones antes consideradas exclusivas de las madres y de las mujeres en general, y vistas como amandiladoras de quienes se respeten a sí mismos como hombres de verdad.

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En mi experiencia personal y en lo que sé de otros hombres que han compartido las suyas conmigo (algunos de ellos padres que han vivido periodos largos solos con sus hijos), la transición voluntaria de la situación tradicional a la de padres del nuevo siglo sigue este camino.

Primero, una etapa crítica y a menudo contradictoria y difícil, en la que priva la sensación de exceso de trabajo, inseguridad e ignorancia, e incluso hartazgo por haber aceptado cumplir obligaciones y tareas que pueden evitarse sin grandes reproches. En las situaciones más favorables y tranquilas esta etapa se vive como un compromiso con exigencias de las cónyuges que los hombres consideramos justas y dignas de ser satisfechas para preservar nuestra pareja y nuestra familia.

Es usual que, al menos en parte, lo que le sucede al hombre se verbalice como “ayuda” a la mujer, en buena onda pero siempre respecto de un papel de reproducción y cuidados que sigue siendo fundamentalmente de ella, como el de proveedor que también puede recibir ayuda sigue siendo básicamente de él.

Lo descrito es ya un cambio significativo, sobre todo cuando (además de la distribución equitativa de ocupaciones que tienen que ver con pañales, alimentos, limpieza y salud personales, y orden doméstico en general) incluye la preocupación por detectar, modificar, solucionar y evitar actitudes autoritarias y violentas. Esto es sumamente complicado ya que son los adultos proveedores quienes deben tomar decisiones cotidianas que conciernen a la vida de los vástagos que no pueden ejercer prácticamente ningún tipo de independencia real.

El cambio existe aun cuando las tensiones debidas a la ausencia de parámetros referenciales que den seguridad y eviten ansiedad suelen dificultar las vivencias de todos los días: partes fundamentales de ese cambio son los planteamientos para la negociación, la negociación misma, la imaginación perceptiva y propositiva, la construcción y el aprendizaje de formas críticas de paternidad y de transmitir con cariño el respeto no opresivo que podamos realmente tener por nuestros hijos.

Uno de los ámbitos más difíciles de enfrentar y explorar es el de las relaciones entre los padres y sus hijas. En tanto no profundicemos en su estudio, nuestras reflexiones sobre nuestras propias paternidades mantendrán limitaciones fundamentales.

Hay cada vez más hombres de cuyas vidas desapareció hace tiempo (o quizá nunca existió) la actitud de “ayuda”, y que viven como incuestionablemente propias las responsabilidades, las obligaciones y las tareas domésticas y de la paternidad. Estos hombres están sometidos a menos exigencias conyugales y a pocas tensiones en la convivencia doméstica. Aunque en sus relaciones con parientes y amigos sigan siendo criticados y se les dirijan bromas y burlas, estos hombres ya instalados consigo mismos, con sus parejas y con hijos en este siglo, posiblemente han descubierto algunas de las satisfacciones y de los placeres antes desconocidos que proporciona el librarse de ciertas cargas del desiderátum patriarcal que nos pintaron como éxitos obligatorios destinados a traducirse en los privilegios y el confort más deseables. Quizá ya hayamos iniciado la expropiación de nuestras propias enajenaciones.

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Paternidad y patriarcado abarcan prácticas y conceptos estrechamente ligados

Las formas alternativas de concebir, organizar y ejercer la paternidad son aún frágiles, pues no bastan para deconstruir el orden patriarcal. Por ello, hoy son elementos básicos de las paternidades no opresivas del siglo XXI:

a) La práctica permanente de la complicidad con las feministas; si son madres, nadie conoce mejor

que ellas el significado de la paternidad;

b) la reflexión cotidiana sobre las formas reincidentes y difícilmente perceptibles de nuestro

autoritarismo y de nuestra paternidad patriarcal;

c) una atención persistente para estar siempre alertas frente al mandato cuya subversión apenas

iniciamos con dificultades, bastante resistencia y múltiples metidas de pata que pueden llevar a la

frustración e incluso al abandono por desesperación.

Con todo, el mayor peligro que he percibido en este proceso de cambio es la autocomplacencia, a menudo alimentada por la necesidad de justificarnos ante la fatiga y los desaciertos, pero también por la imagen que de nosotros nos devuelven otros hombres, o nuestras propias compañeras suficientemente satisfechas con lo poco que logramos y temerosas de que esos logros sean fugaces.

Ese peligro sugiere la necesidad de que los padres críticos, comprometidos con la creación y la práctica de formas inéditas de serlo, nos reunamos en grupos de análisis colectivo y apoyo mutuo. También que, en el mismo tipo de reuniones entre parejas y de progenitores con nuestros hijos e hijas, los hombres aprendamos a escuchar las descripciones que se nos hagan de nuestras paternidades reales.

Tal vez así crearíamos espacios nuevos y estímulos creativos para la exploración y el descubrimiento de nuestras propias paternidades en proceso de transformación. Y contribuiríamos a construir la equidad, la igualdad y la justicia que serán los cimientos de la democracia genérica, imprescindible para la vida cotidiana y para la verdadera satisfacción de las necesidades vitales.

Final

En un trabajo sobre la metodología de género en los estudios de hombres, de masculinidad o de masculinidades, afirmé lo que ahora reitero: el principio epistemológico básico e inescapable consiste en definir la opresión patriarcal en concreto, en enumerar los privilegios de género a los que estamos dispuestos a renunciar y en decidir cuándo y cómo renunciaremos a ellos.

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Notas

1 El término desiderátum equivale al de mandato cultural de la antropología. Ese mandato es un doble

deseo: el de la sociedad respecto de sus sujetos, y el que los sujetos hacemos nuestro como motivación básica de nuestras acciones. Es la interpretación y la asunción individual del deber ser imperante que define las formas de ser aceptables en la estructura de las relaciones genéricas. Esto es válido también para los hombres homosexuales, que no por ejercer esta preferencia dejan de ser hombres ni de estar regidos por los mandatos culturales que delinean también las formas de ser homosexual. Este tema, al que ahora sólo me refiero así, exige mayor profundización

2 Christian Harry, 1994: The making of anti-sexist men, Routledge, Londres-Nueva York, pp. 10-11.

3 Las emociones, los afectos y sus manifestaciones que se definen como masculinos resultan de la

especialización que permite a los hombres ocupar los espacios privados y públicos de manera aparatosa, vehemente, muy a menudo con un exhibicionismo que incluye al júbilo, la cólera y la violencia. La lujuria es una emoción masculina con que el poder de los hombres sitúa a las mujeres en las relaciones sociales y les prescribe formas de erotismo. Los hombres expresamos nuestros sentimientos tanto como las mujeres, pero siguiendo pautas masculinas. Cuando algunos hombres se sienten vulnerables o atacados, lo expresan en las formas más violentas imaginables, que incluyen desde las diversas formas de abuso y maltrato de los que hacen víctimas a las mujeres, a los menores y a otros hombres más débiles que ellos, hasta las guerras. Y si alguno expresa cierta sensibilidad aunque sea ligeramente parecida a la de las mujeres, otros hombres darán a entender que se sienten agredidos por ello, rebajando al atrevido con epítetos infamantes que lo feminicen, y atacándolo con furia. Las expresiones masculinas de cariño y ternura también siguen patrones precisos, cuya claridad es evidente, por ejemplo en la poesía y el canto. Algunas de estas pautas se relacionan con la protección, el sustento y el sexo, y también se manifiestan al saludar, modular la voz, hacer regalos y caricias, etcétera. No me parece acertado afirmar que los hombres tenemos prohibido sentir y expresar emociones, ya que también aprendemos cómo hacerlo, como hombres.

4 Josep Vincent Marqués, 1991: Curso elemental para varones sensibles y machistas recuperables,

Temas de hoy, Madrid. De los múltiples estudios acerca de la masculinidad y las formas de ser hombre, citaré sólo lo contenido en el libro de Marcela Lagarde, 1993: Los cautiverios de las mujeres:

madresposas, monjas, putas, presas y locas, Universidad Nacional Autónoma de México, México, en particular en las páginas 87-93, 119, 141-149, 153-158, 207-219, 231-234, 255, 269-293, 313- 315,318-320. 324-329, 370, 417-420, 447, 453, 572, 575, 616, 623-629, 741-743 y 804-809. De esta misma autora, 1993: Identidad de género, Censontle, Managua.

5 Los arquetipos se discuten en Carl G. Jung et al., 1976: El hombre y sus símbolos, Caralt-BUC,

Barcelona, y también que los estereotipos neomisóginos (el guerrero, el rey, el mago y el amante) son promovidos por los ideólogos y educadores de la llamada “nueva masculinidad” lidereados por Bly.

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7 De Kafka me he ocupado en “Masculinidad y pareja en la Carta al padre”, de Kafka (en Ma. Teresa Döring, 1994: La pareja o hasta que la muerte nos separe, Fontamara, México, pp. 163-182; en 1993:

“Normas del hombre verdadero en Kafka y Sartre”, XIII Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, y en el número de junio de 1995 de Doble Jornada, México).

8 Op. cit., p. 12.

* Daniel Cazés, recientemente fallecido, es Director del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México y Consejero de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Coordinador del Laboratorio de Exploración de las Masculinidades. Profesor y conferenciante en universidades públicas mexicanas, en una docena de norteamericanas y latinoamericanas, en las de Florencia y Génova, en la Complutense de Madrid y en la de Salamanca. Autor, entre sus textos sobre género, de “La dimensión social del género:

posibilidades de vida para hombres y mujeres en el patriarcado”, en Antología de la sexualidad humana, Conapo-Miguel Ángel Porrúa. México, 1995; La perspectiva de género. Guía para diseñar, poner en marcha, dar seguimiento y evaluar proyectos de investigación y acciones públicas y civiles (asesorado por Marcela Lagarde y con la colaboración de Bernardo Lagarde), Conapo-Conam, México, 1997 y 2000, de Un trabajo entre hombres en América Latina. Investigación y práctica, resultados y

experiencias (Tendencias entre la mayoría de los hombres a la resistencia a captar, explorar, examinar

y asumir hechos fundamentales en las relaciones de género), International Union for the Study of Population, Buenos Aires-Liège, 1998, y de El tiempo en masculino, presentado en el Congreso Español de Sociología, edición preliminar en el CEIICH-UNAM, 2001.