Вы находитесь на странице: 1из 13

11

B uffet libre, SPA, gimnasio, piscina climatizada… Los aprendices leían

entusiasmados los carteles del hotel donde se iban a hospedar.


—¿Podemos utilizar todas las instalaciones?
—Claro, en esta isla privada nos vamos a alojar durante las siete lunas que dure el
entrenamiento. Pero antes chicas, vamos a repartir las habitaciones—exclamó
alegremente Iraiael—. El edificio blanco es el nuestro.

Todas corrieron hacia la recepción para obtener la llave de la habitación. Los chicos se
dirigieron al otro edificio, de brillantes paneles rojos, pero Gabriel les detuvo.
—¿A dónde creéis que vais?
—A dejar nuestras cosas en nuestra habitación…
—¿Apenas nos conocemos y ya estáis deseando deshaceros de mí? —les reprochó
acusadoramente. Los alumnos se miraron entre sí sin saber qué responder. Gabriel
sonrió de una forma que a Ancel se le antojó sospechosa—. Seguidme.

El complejo hotelero se hallaba cerca de la costa oeste de la isla. Las montañas lo


rodeaban destacando la silueta de un inmenso volcán. El profesor les condujo hacia
aquellas montañas y se detuvieron en medio de una explanada.
—Aquí está bien — anunció triunfante—. Ya podéis armar el campamento.
—¿Cómo? ¿Aquí en medio?
—¿A qué vienen esas caras? Hemos venido a trabajar duro, no de vacaciones.
—¿Pero y las chicas? —se atrevió a preguntar Yael. Sus compañeros movían la
cabeza afirmativamente apoyándole.
—Eso no es asunto nuestro. Éste es un buen lugar —indicó señalando a su alrededor
—. Estamos rodeados de la naturaleza, de la creación de Dios. Cerca hay un río y por la
noche se pueden contemplar las estrellas del firmamento iluminadas por los cometas de
fuego que expulsa el volcán.
—Pero…
—No hay peros que valgan. En el campo de batalla no hay hoteles con SPA —cortó
tajante. La discusión había finalizado.

Les tendió unas lonas a cada uno para que se construyeran su tienda de campaña y el
resto de los materiales necesarios los tendrían que buscar ellos, apañándoselas con lo
que encontrasen. Y así pasaron la mañana.
—En medio del bosque no hay enchufes para recargar la batería — protestó de nuevo
Yael—. Maldito Serafiel, si no nos hubiese quitado la cámara de akasha que funcionaba
con energía natural…
—Vaya mierda—se lamentaba Ancel—. Si lo hubiese sabido habría traído una tienda
en condiciones. Tendremos que ir a algún mercado. No pienso dormir sobre un montón
de hojas durante siete meses…
—No ha dicho nada de que no pudiésemos abandonar la isla, ¿verdad?
—Dejad de quejaros y ayudadme a trenzar esto. Así terminaríamos antes—Nathan
estaba intentando fabricar una cuerda a través de las hebras de unos juncos que había
encontrado.
—Podríamos usar las rastas de Ancel—rió Yael.
—O tu estupidez—contestó el aludido.
—¿Qué está haciendo Haziel?—preguntó el elemental de fuego.
El ángel estaba recostado sobre el tronco de un naranjo aprovechando su sombra.
—Lo de siempre: tocarse las p… —Ancel no terminó la frase porque el susodicho
había clavado su vista en ellos y se dirigía hacia allí.
—¿Qué tal os va, pringados?
—Más avanzados que tú —Ancel no se había molestado ni en levantar la vista de su
tarea.
—Anda, vete a joder a otros —soltó Yael con el tono más despectivo que pudo.
—Yo tengo una cama asegurada en la habitación de Evanthel.
—Pues muy bien. Si os pillan ya suspenderéis.
—Cuando Gabriel venga le cuentas lo mismo que a nosotros.
—Pero si él va a hacer lo mismo. Su novia le estará esperando con las piernas abiertas
en el hotel. ¿Por qué creéis que no está haciendo nada tampoco?
Gabriel había elegido para él una cueva que se encontraba algo alejada del resto por lo
que llevaba todo el tiempo dedicándose a observar a sus alumnos.
—Anda, déjanos en paz, en serio. Nosotros no tenemos la culpa de que no tengas
amigos.
Parecía ser que Nathan había dado en el clavo. Esa sonrisa de autosuficiencia
desapareció de su rostro y se alejó entre la maleza.

Al medio día el sol calentaba abrasadoramente y aún así había mucha humedad en el
ambiente. Esto se debía a las laurisilvas que abundaban por todos lados. Aunque los
ángeles no necesitaban comer, el esfuerzo les había producido un apetito psicológico.
Intentaron crear una hoguera, pero la humedad impedía que prendiera. El único que
consiguió hacer fuego sin esfuerzo alguno fue Nathan. Sus dos amigos aprovecharon la
ocasión y comenzaron a cobrar a la gente por usar ese fuego. Rápidamente se formó una
cola entorno a su hoguera. Todos comieron juntos excepto Haziel que había conseguido
mucha comida, pero no la repartió con nadie.
—Anda que ya os vale —les reprendió Gabriel al verles haciendo recuento de las
ganancias obtenidas.
—En la guerra todo vale—se encogió de hombros Yael.
—Tenéis unos corazones muy avariciosos. ¡Bueno, escuchadme todos!—exclamó
alzando la voz —. A estas alturas creo que ya me conocéis. Soy Gabriel, el ángel de la
muerte, y me encargaré de supervisaros. Ahora estáis bajo mis órdenes. Os he estado
observando toda la mañana y no me gusta lo que he visto, pero tenemos tiempo para
solucionarlo si todos ponemos de nuestra parte. Ahora que todos me prestáis atención os
explicaré las normas:
>>Las clases empezarán a las diez de la mañana hasta que atardece. Durante el resto del
tiempo podéis hacer lo que queráis, cada uno elige en qué prefiere invertir su tiempo
libre. Podéis utilizar las instalaciones del hotel salvo ir más allá de la recepción en el
edificio de las chicas. También podéis ir a cualquier parte de la Tierra que esté
controlada por la Inquisición. Queda terminantemente prohibido cruzar el Atlántico en
dirección oeste. Tampoco sobrevoléis África, es mejor que la bordeéis porque también
está infestada de diablos. Ni que decir que Enoc está ultra-mega-re-prohibido. No
quiero ni que os acerquéis —remarcó esto sin apartar la vista de Ancel y Yael que les
había podido leer las intenciones—. Si aún así os encontráis con algún diablo huid
inmediatamente y avisadnos a los profesores pues toda pelea contra demonios, diablos,
criaturas infernales, satánicos, cazadores y derivados también está prohibida. No os
preocupéis por eso, os vais a cansar de matar diablos. Bueno, pues eso es todo. Nada
más recordaros que los humanos no están acostumbrados a ver ángeles así que esconded
las alas y no abuséis de vuestro poder. El incumplimiento de las normas conlleva
descalificación inmediata y seréis condenados a trabajar en Vilon, el cielo más bajo,
eternamente. ¿Os ha quedado claro?

La mayoría estaban en completo mutismo asimilando todas las palabras y otros sí que
asintieron con la cabeza.
—Bien, como tenemos toda la tarde por delante os voy a mandar vuestra primera tarea.
Dividiros en grupos de dos —Observó como se apresuraban por encontrar pareja todos
menos Haziel—. ¿Te ocurre algo?
—Somos impares así que me ofrezco voluntario para ir solo.
—No, somos pares. Mira, allí también hay otro sin pareja —señaló el grupo de Nathan
que estaban discutiendo sobre quien se quedaba fuera del grupo.
—¿Con esos?
—¿Qué pasa? Esta mañana te he visto con ellos. ¿No son amigos tuyos?

El trío seguía a lo suyo hasta que finalmente fue el elemental de fuego el que cedió.
—Venga anda, que tampoco me importa irme a otro grupo — Echó un vistazo a su
alrededor en busca de su pareja. Se encontró con un sonriente Gabriel y con un Haziel
que no cesaba de refunfuñar.
—¿Con ése? —se le escapó decepcionado.
—¿Tú también? ¿Pero se puede saber qué os pasa? Estamos en una misión, no podéis
quejaros por estas banalidades.
No les quedó otra que desistir y aceptar la situación con malas ganas.
—Bien. Hemos tardado seis minutos y treinta y dos segundos en agruparnos por
parejas. En una batalla se tiene que hacer en segundos. Veo falta de compañerismo y
eso no me gusta. Todos somos ángeles, las creaciones perfectas de Dios. En fin, no
quiero sermonearos demasiado el primer día, así que vayamos con lo importante. Tenéis
que hacer una buena acción. Iros a donde queráis y haced algo bueno.
—¿Eso es todo?
—Tenéis toda la tarde para daros una vuelta e ir haciendo buenas acciones.

Sus amigos se compadecieron del pobre Nathan y acordaron ir juntos al mismo sitio
para que no tuviese que soportar a Haziel solo.

()
Gabriel puso en marcha la búsqueda de su hermana. Le había estado dando muchas
vueltas al tema y todo le parecía carecer de sentido. Todos los ángeles sabían lo que era
la materialización. En la atmósfera de la Tierra había algo que producía que el akasha se
fuese materializando poco a poco hasta que las moléculas alcanzaban la misma densidad
que los objetos del plano material. En otras palabras, un ángel que pasase mucho tiempo
en la Tierra, poco a poco iría humanizándose hasta perder las alas y volverse mortal. Y
había pasado demasiado tiempo desde la última vez que vio a Selene. Tendría que
haberse materializado hace mucho y por tanto, ya no tendría que seguir con vida. Y sin
embargo sí que lo estaba. Por si acaso había revisado los archivos del Purgatorio y allí
no había señal alguna de ella. Pensándolo bien, ella puede regenerar el akasha sin
ningún problema e incluso crearlo. Quizás gracias a eso había logrado resistirse a la
materialización. Tenía que tratarse de eso. Ahora solo quedaba el problema de dónde
podía estar.

Había estado repasando el mapa minuciosamente. Enoc estaba rodeada por el mar
Negro. Al este se extendían tierras salvajes y una inmensa selva repleta de magia y
hechicería. Allí nadie vivía salvo demonios, chamanes y seres así. A ella siempre le
había gustado el bullicio, la fiesta, platería y todo tipo de artículos. Lo más seguro es
que estuviese en un lugar bastante habitado. Por esas fechas se estaba celebrando el
Gran Bazar, uno de los mercados más grandes, y se celebraba anualmente en la capital
de Turquía. Allí se reunían todo tipo de mercaderes y comerciantes, y la gente acudía a
encontrar objetos de valor o buenas gangas. Además, Turquía era uno de los territorios
más próximos a Enoc. La Inquisición tenía allí acampado un buen regimiento militar.
Tampoco había nada que le asegurase que en todo ese tiempo su hermana hubiese
permanecido en el mismo sitio, pero no tenía nada mejor así que decidió empezar por
ahí.

La entrada al mercado estaba compuesta por un enorme arco ojival. Para poder entrar
había que pagar una cantidad de dinero dependiendo si ibas a comprar al pormayor o al
pormenor. También tenías que presentar tu documentación y si todo estaba en orden te
daban un salvoconducto especial que te permitía el acceso.

Gabriel se acercó a la taquilla. Cuando llegó su turno un hombre que parecía estar de
muy mal humor le pidió sus datos.
—¿Nombre completo?
—Leirbag.

El portero se le quedó esperando a que continuase, pero el joven se limitó a buscar en su


abrigo. Sacó una pequeña bolsa de cuero y se la tendió. Al comprobar que estaban
repletas de monedas de oro que relucían de lo brillantes que eran, se quedó atónito.
—Es suficiente, ¿verdad?
—Bi…bienvenido, señor Leirbag. Que tenga unas buenas compras.

Gabriel seguía pesando en lo que hubiese pasado si fuese un terrorista con malas
intenciones cuando ya estaba dentro. El ánimo de la gente era contagioso. Las calles del
bazar estaban repletas de actividad y de ruido. Aquello parecía un festival del color.
Había personas de todo tipo vistiendo las prendas más variadas y extravagantes.
Diferentes fragancias provenían por todos lados guiándote a un puesto de comida
exótica o a uno de aceites aromáticos. La gente regateaba animadamente incluso por las
cosas que ya de por sí estaban baratas. Algunas mujeres trabajaban la cerámica y la
arcilla. En otros lados se ofrecían a tatuarte la piel. Vendedores ambulantes te
mostraban constantemente sus fulares de seda. Los puestos más abundantes eran los de
comida y alfombras. Gabriel soltó una sonrisa cuando escuchó a un niño preguntarle a
su madre si aquellas alfombras eran mágicas. También había lugar para los carteristas.
Gabriel salvó a dos abuelas de ser estafadas. Si Selene estaba allí tendría que mirar en la
zona de platería y joyas. La sección de librerías y joyería se encontraba en el Bedastán
antiguo. Descendió por las bulliciosas calles disfrutando de los espectáculos y de los
diferentes accesorios y no pudo evitar detenerse a echar un vistazo más detallado a un
puesto de armas. Decían vender katanas del lejano oriente a un precio orbitante con la
excusa de que estaban hechas por maestros armeros artesanalmente y que habían
seguido un proceso que se transmitía de maestro en pupilo desde hace lustros. Le
sorprendió que la Inquisición permitiese este intercambio de culturas. Después
descubrió que las katanas eran de imitación perdiendo todo interés.

El Bedastán antiguo no tenía nada que ver con el de Sandalia. Las calles eran más
estrechas y los puestos estaban más juntos y desordenados.
—¡Regálale un bonito colgante a su amada!
—¡Compruebe qué signo zodiacal eres y qué piedra es la que le favorece!
—Dientes de tiburón, señor. Uno de ellos en su oreja lucirá increíble.

Le gustaba escuchar los diferentes acentos. Había algunos hombres que hablaban
realmente divertido. Los ángeles, como seres inmateriales que son, no tienen cuerdas
vocales. Transmiten lo que quieren decir por medio de imágenes mentales. Si
practicaban, incluso podían hacerse una voz que es la que se escuchaba en las mentes.
Algo parecido a la telepatía, pero solo podían escuchar los pensamientos que uno quería
transmitir por lo que no pueden leer la mente. Como se habían acostumbrado a adoptar
una forma humana ya que es como más cómodos se sentían, ya sí que disponían de
cuerdas vocales. Las utilizaban para salir de su monotonía ya que el lenguaje oral es
muy diferente al mental. Además que les salían solas las palabras. Es como el caso del
hambre, su cuerpo material les pide comer y hablar aunque en realidad no lo necesitan.
Para comunicarse con las personas no tenían más que ver las imágenes de sus cerebros
para entenderles, por lo que no tenían ningún problema con los idiomas. Sin embargo,
como con todas las cosas, hay personas más fáciles de acceder y de comprender ese
lenguaje visual que otras. Por eso los ángeles preferían comunicarse con algunas
personas más que con otras. Gabriel ya tenía suficiente experiencia tratando a las
personas para saber cómo hacer más nítida la comunicación. Transformaba sus ideas en
las palabras adecuadas de la forma adecuada. De esa forma se ganaba la confianza de
sus interlocutores. En general, los ángeles usan las imágenes mentales de las personas
para comunicarse con ellos, pero a veces se paraban a escuchar lo que decían. Les
parecía entretenido. La voz de un ángel solía carecer de sentimientos, mientras que con
los humanos pasaba al revés. Lo que más le sorprendía eran los casos en que pensaban
una cosa y luego decían otra. Los ángeles sabían qué imágenes transmitir solamente
para no revelar cosas que no querían. Los humanos como no tienen que preocuparse por
ello descuidan este aspecto haciendo realmente fácil el saber cuando mienten.

Andaba examinándolo todo, atento a todos los rostros, a todas las imágenes que
captaba. Una misteriosa anciana salió de detrás de unas cajas haciendo una señal de que
se acercase. Simplemente por la curiosidad de saber qué tramaba, se acercó. La señora
parecía la típica adivina estrafalaria. Una enorme verruga en el párpado izquierdo le
daba un toque más siniestro.
—¿Quiere que le lea la buena fortuna?
—No, gracias. Las cosas no me van mal…
—Veo una enorme oscuridad en su corazón.
—Eso funcionará con los ingenuos, pero no conmigo. La Iglesia prohíbe estas cosas
así que yo que usted tendría más cuidado.
—¿Está buscando a alguien verdad?, << Debo parecer ridículo examinando a todo el
mundo >>
—¿Una amante? ¿Un familiar? No logro verlo claro.
—¡Ya es suficiente! —se había ruborizado. La adivina emitió una sonrisa de
comprensión.
—Ahora entiendo porqué no lo veía claro… ¡Espere, joven! ¡No se vaya todavía! Una
carta, tome por lo menos una carta.
—Está bien, pero sólo una
Le tendió una moneda de oro que la mujer examinó incrédula. Después de hacerse daño
al morderla con sus escasos dientes le mostró una baraja de cartas.
—Mientras barajeo piense en ella.
El aliento le apestaba a aguardiente y los nudillos de sus huesudas manos resultaban
desagradables. Tras un rato mezclándolas, se las dispuso en forma de abanico. Gabriel
escogió una al azar. Al darla la vuelta pudieron contemplar el dibujo de una catedral.
—¿Y bien?
Como toda respuesta la anciana se dedicó a mirar la enorme mezquita que se alzaba tras
ellos.

La mezquita de Estambul era bastante famosa. Era la única iglesia cristiana con diseño
pagano. Esto se debía a las influencias culturales ya que antes de estar dominada por la
Inquisición, había pertenecido a los enoquianos. La Inquisición había dado su permiso
con tal de que el interior estuviese decorado según la doctrina cristiana. A veces, los
humanos construían cosas dignas de admiración. Se notaba que no era domingo pues
estaba prácticamente vacía a pesar de encontrarse cerca de un lugar tan concurrido
como era el Gran Bazar. El eco de sus pasos retumbaba por toda la instancia. Resultaba
curiosa la mezcla de vírgenes y figuras religiosas con arcos de herradura, celosías y
mosaicos geométricos. Estaba tan ensimismado contemplando la estructura de los arcos
superpuestos que le sorprendió sentir a alguien a sus espaldas.
—Perdone… —entonó la voz de una mujer— ¿Puede confesarme?
—Claro, hija.

Gabriel miró hacia los lados en busca del confesionario. Para su alivio no tardó en
encontrarlo. Intentó examinar el rostro de la joven a través de las rejillas. Llevaba un
velo que ocultaba sus facciones. Solo podía ver uno de sus ojos que eran del color del
cielo. Por la voz parecía bastante joven, como de unos veintipocos años.
—Verá padre…
<< No es cristiana.1 No ha dicho la fórmula que tiene que recitar al principio. >>

—No tiene nada que temer, no hace falta que oculte su rostro.
—Pero sería más cómodo si…
—No está permitido llevar velo dentro de un recinto sagrado—improvisó
La joven accedió tras titubear un momento. Su cabello caoba le seguía cubriendo media
cara. Aún así se sorprendió de lo hermosa que era.
—En realidad lo que necesito es desahogarme…Hay un hombre que me desespera.
—¿Sueños verdes? Eso es un pecado menor, con venir a misa un domingo es
suficiente…
—El caso es que yo no quiero que sean solo sueños, pero él me evade cada vez que
saco el tema. Está obsesionado con protegerme, pero yo lo único que quiero es que nos
amemos.

1
Dentro del cristianismo hay varias doctrinas: la católica, la protestante, etc. y son diferentes, pero en este
mundo no existe Jesucristo así que no tiene mucho sentido diferenciar judíos de católicos, etc. por lo que
solo se hace alusión al cristianismo en general.
—Pues tiene que ser realmente idiota para no ver lo maravillosa que eres. —La
muchacha se sonrojó—. Lo digo en serio, ¿cómo te llamas, hija?
Pareció dudar antes de responder.
—Magda.
Gabriel intentaba percibir sus imágenes, pero parecía ser que la chica sabía como
ocultarlas.
<< No puede ser humana. O por lo menos una normal y corriente >>
—¿Has intentado buscarte a otro? Seguro que hay muchos dispuestos a prestarte la
atención que te mereces.
—El problema es que él no deja que se me acerque ninguno.
—Él no está aquí ahora.

Se le quedó mirando fijamente. Las rejas le impedían ver el rostro de su confidente,


pero aún así parecía alguien bastante atractivo. Extendió uno de sus ágiles dedos en un
intento de atravesar la barrera que les separaba. Alcanzó a acariciar un mechón de la
larga cabellera de aquel hombre. El tacto de sus cabellos era bastante agradable.
—Quizás tengo un par de cosas que confesarle…
—¡La ladrona! Tiene que haber entrado dentro de la ermita— un barullo de voces
procedentes del exterior les interrumpieron la sesión.
—¡Me han encontrado! Si me disculpa…
—¡Espere, señorita!

Pero la chica no esperó. Antes de que pudiese reaccionar ya había desaparecido.


—¿Ha visto una joven sospechosa? La muy rata callejera…
<< Sabía que era ella >>

El ángel no le prestó ninguna atención al coro de vendedores furiosos y se dirigió hacia


la salida. Era la misma que la entrada y sólo había dos, ambas con guardias de seguridad
que te registraban. Sobornando de nuevo al hombre de antes consiguió acceder al libro
de los registros. Pasó las páginas rápidamente hasta llegar a la letra “M”. Como se había
temido, no había ninguna Magdalena. Podía haber insistido en buscarla entre los miles
de puestos, pero tenía la certeza de que ya no la iba a encontrar en ese lugar.

()
Me desperté con el típico murmullo que hacen las máquinas de los hospitales. Sentía el
cuerpo entumecido. Un pitido más molesto que los demás comenzó a taladrarme los
oídos. Busqué con la mirada la fuente del sonido y descubrí que provenía de un
encefalograma. Había comenzado a trazar líneas de nuevo y no paraba de rechinar para
avisar a Samael de que ya estaba despierto. Sin pensármelo dos veces, hundí mis garras
en la máquina provocando un cortocircuito y mis oídos suspiraron aliviados. Eché un
vistazo alrededor. No había duda de que estaba en el laboratorio de ese imbécil. La
estancia estaba formada por numerosos equipos informáticos y otras máquinas que no
quiero ni imaginarme su función. Unos grandes recipientes con formaldehído se alzaban
en el centro, iluminados por unas luces verdosas. En su interior pude distinguir varios
cuerpos. Por un momento pensé que uno de ellos podía ser el de Viento, pero enseguida
descarté la idea. Ella estaba en la Tierra y mejor que fuese así, por lo que tenía
entendido no les hacía mucha gracia pasar las noches en ese laboratorio tan…artificial.
Sentí como alguien se aproximaba hacia mí así que me giré. Se trataba de Areúsa.

Su cabello escarlata destacaba entre la penumbra, pero había en ella algo diferente. Se
movía como un zombie y tenía la impresión se que con cada movimiento que hacía
invertía una cantidad sobrehumana de esfuerzo, como si sintiese cientos de cuchilladas
en sus músculos cada vez que se movía. Su cabello estaba despeinado y en general no
tenía muy buen aspecto. Fui a incorporarme del todo cuando noté algo tirante en mi
brazo. Me arranqué las vías intravenosas que me estaban suministrando un extraño
suero y me cercioré de que ese bastardo no me hubiese hecho nada. Me acerqué hacia
ella.
—Veo que no te ha ido muy bien.
—Quema…—era todo lo que ella alcanzaba a decir.

Al menos Samael me había ahorrado el tener que venir hasta aquí.


—El poder que obtuviste de Lucifer es demasiado para ti.
—Cabrón, tú tan tranquilo y yo…
—Tranquila, puedo ayudarte. De hecho tenía pensado venir a reclamarlo…
—¡Pero si me lo quitas entonces tú lo tendrás y yo no!
—Pero te está haciendo daño.
—Me da igual, si lo tienes tú yo no lo tengo que es lo que importa.
—Entonces me llevaré solo una parte.
—No, porque tú sigues teniendo otra.
Esto era como tener una conversación con una niña pequeña y caprichosa.
—Está bien, pues quédatelo todo tú. Yo me voy ya…
—¡Espera! ¿Por qué yo tengo que sufrir con esta carga y tú tan fresco, después de que
fui yo la que te hizo el favor?
—Haga lo que haga vas a sentir envidia…
—No puedo evitarlo, Samael me creó de esta forma…De verdad que no me gusta ser
así. Como tú no eres un experimento de laboratorio no entiendes lo duro que es, lo que
se siente…

Contemplé pensativo los cuerpos que flotaban al otro lado del cristal en un aparente
sueño reparador. ¿Cómo podía haber creado algo así? Los Pecados Capitales eran seres
muy poderosos y a simple vista parecían perfectos, ¿pero y a qué precio?
—Voy a ayudarte.

La sostuve con una mano sobre su hombro y otra en su cadera para ayudarla a
mantenerse en pie. Levanté su barbilla y arrimé mis labios contra los suyos dispuesto a
absorber todo ese poder que me pertenecía, al fin y al cabo yo era el Señor Infernal.
Mientras se aferraba a mi abrazo tuve la tentación de terminar con su sufrimiento.
Parecía tan frágil…y podía matarla de tantas formas…así su alma sería libre. Después
recordé que tenía ADN de fénix en sus células y que eso no serviría de nada y que en
caso de que lograse acabar con ella, lo único que conseguiría sería hacerla sufrir los
tormentos reservados para los demonios. Cuando pienso en estas cosas no sé a qué
conclusión llegar, no entiendo cual es la razón de existencia de un alma condenada. A
veces pienso que no hay salvación para mí y otras, que puedo escapar de mi destino y
ser yo el dueño de mis riendas. Quizás a través de mi sufrimiento puedo ayudar a
alguien, quizás pueda hacer algo útil. Necesitaba ver a Amara.
()
El grupo de Nathan y los demás llevaban callejeando más de una hora por las calles del
sur de España. La zona turística era realmente hermosa, pero el barrio bajo dejaba
bastante que desear. La verdad es que en esa época no resultaba muy difícil encontrar
barrios así. Los ricos vivían en castillos y mansiones mientras que el resto tenía que
afrontar las épocas de hambruna y epidemias, a parte de los fuertes impuestos que les
imponían. En el centro de España era donde se hallaba la sede de la Inquisición y donde
más autos de fe y crucifixiones se llevaban a cabo. Según caminaban por las calles se
podían leer diferentes pasajes bíblicos inscritos en azulejos. En los estantes de las
tiendas apenas había productos, sin embargo, unos tarros de cristal destinados a
recaudar fondos para la Inquisición estaban repletos de pequeñas monedas de bronce.
En las librerías, el libro que más destacaba era la Biblia junto con la frase “la palabra de
Dios” resaltando entre los manuscritos de cuero. Era el único libro que se confeccionaba
en las imprentas. La mayoría estaban todavía escritos a mano. También destacaba un
pergamino expuesto a la vista de todo el mundo con una lista de lo que estaba prohibido
leer.
—¿Os imagináis a Metatrón diciendo esas cosas?
—Este sitio apesta. ¿No conocen que hay una cosa que se llama alcantarillado?
—Se ve que no.
—Deberíamos denunciar a la Inquisición, en serio.
Una rata salió de detrás de unas cajas abandonadas. Se escucharon numerosos gritos al
otro lado de la calle. Decidieron ir a echar un vistazo a aquel tumulto. Un hombre que
parecía de clase media no paraba de protestar y lloriquear porque le habían robado el
dinero con el que iba a alimentar a su familia durante ese mes.
—Quizás podríamos ayudarle. El ladrón no debe de estar muy lejos.
Detrás de un contenedor de basura vieron a un hombre de apariencia bastante
sospechosa que intentaba ocultar su rostro.
—¡Pero será imbécil! Si yo fuese él me habría largado corriendo de aquí.
Sus compañeros fusilaron con la mirada a Haziel.
—Yo me encargo de esto—aseguró Yael.

Tras amenazar al delincuente hasta el punto en que dio todo lo que había robado y le
suplicó que no le hiciese nada, regresó triunfante junto a los demás.

—Ya está —anunció complaciente mientras se frotaba las manos.


—Bien, yo se lo devolveré a su dueño.
Y dicho esto, Haziel le arrebató al joven la cartera de cuero grasienta y se fue corriendo
a devolvérsela a su propietario. Las mujeres que habían acudido a consolar al afectado
le cubrieron de gloria.
—Esto está tirado.
Cuando ya habían puesto rumbo a otro lugar, las sirenas de la Inquisición irrumpieron
en la escena. Iban todos con sus uniformes y en sus vehículos especiales. Arrestaron al
hombre al que acababan de ayudar.
—¿Pero qué…?

Aquel hombre resultó ser un traficante de niños que los secuestraba para vender sus
órganos en el mercado negro y el dinero que había conseguido lo acababa de obtener
tras una de sus ventas.
—Genial. Hemos ayudado a un asesino.
—¿Es una persona, no?
—Esta gente ni son personas ni son nada —replicó Nathan fríamente. Y se dirigió a un
puesto en el que una señora mayor intentaba vender fruta a grito pelado. El ángel le
compró todo. La mujer no cabía en su asombro.
—Esta fruta está un poco pasada, ¿no?
Nathan hizo caso omiso al comentario de Ancel y repartió toda la comida entre los
mendigos y personas famélicas que poblaban la calle.
—Lo que cabía esperar de mi compañero —soltó satisfactoriamente Haziel—. Anda,
será mejor que nos separemos de estos inútiles, nos irá mejor por separado.
Agarró al ángel elemental y lo arrastró consigo.
—¿Acaso esto es una competición o algo por el estilo?
—Déjalo Yael, mira hacia allá.

El muchacho siguió con la mirada hacia donde apuntaba su amigo. Dos mujeres se
estaban peleando con unos hombres. Les espantaron sin problemas. Las chicas parecían
muy agradecidas y antes de que se diesen cuenta saltaron a sus brazos. La que lloraba
sobre el regazo de Ancel tenía el caballo castaño y sedoso y una mirada aguamarina que
se le antojaba mágica y absorbente. La de Yael iba enfundada en encaje rojo y negro y
labios teñidos de carmín. Su pelo olía a jazmín. El corpiño lo llevaba tan ajustado que
daban ganas de arrancárselo para que pudiese respirar. Sin darse cuenta, la mujer le
había llevado las manos hacia sus senos y se las apretaba con fuerza.
—Por favor…tengo un hijo que alimentar. Sé hacer de todo.
Casi se atraganta con su propia saliva. La temperatura había subido de golpe y el
corazón amenazaba con salírsele del pecho. No podía negarse a una mirada así.

()
—Bueno, ¿qué os ha parecido la Tierra?- les preguntó Gabriel una vez de vuelta en el
campamento.
—Es un lugar horrible—exclamaban algunos.
—La gente se muere de hambre y padecen enfermedades terribles.
—¡Se matan entre ellos!
—Los fuertes se aprovechan de los débiles.

—¡Sólo piensan en dinero!


—Ya vais comprendiendo la realidad. Bien, contadme qué habéis hecho.
Los alumnos comenzaron a relatar sus experiencias mientras que el profesor lo iba
anotando todo en un pergamino.
—Nosotros hemos estado en el norte de Europa. Había una fábrica que vertía sus
deshechos en un río. Nos hemos encargado de que no vuelvan a hacerlo…
—Muy bien, la naturaleza hay que respetarla.
—…y para que comprendiesen el daño que estaban haciendo les dimos de su propia
medicina.
—¡Sí! Hicimos que el agua de sus tuberías procediera del río al que habían estado
contaminando. Seguro que no vuelven a hacerlo.
Gabriel se había quedado petrificado.
—Claro que no, ¡porque morirán intoxicados! Está prohibido hacer daño a los
humanos. Tendría que denunciaros ahora mismo y probablemente seríais ejecutados.
Los alumnos se quedaron con la boca abierta.
—Pero es tan injusto que el ecosistema de aquel río…
—Ya basta. Siguiente.
—Pues nosotros le dimos un montón de dinero a muchos pobres.
—¿Dinero? ¿Para que se lo gasten en drogas? Sabía que no ibais a entender a lo que
me refería con “buenas obras”.

Gabriel siguió escuchando las peripecias de sus alumnos durante un buen rato. Durante
todo ese tiempo Yael y Ancel habían permanecido en silencio, más bien desde que se
había vuelto a juntar.
—¿Se puede saber qué os pasa? —les susurró Nathan.
—Bueno, a ver vosotros que tal —les llamó la atención Gabriel.
—Pues…esto…le devolvimos el dinero a un hombre que le habían robado… ¡Y
ayudamos a mucha gente que se estaba muriendo de hambre! —soltó triunfante Haziel.
—No está mal, pero ¿y qué ha pasado con el incendio?

Nathan y Haziel se miraron sin saber de qué estaba hablando.

—¿Qué incendio? — preguntaron al unísono.


—He oído que se ha producido uno muy cerca de donde vosotros estabais. Como
Nathan es un elemental del fuego pensé que habríais ido a ayudar.
—Genial, y nosotros llamando a todas las puertas como si fuésemos vendedores a
domicilio…
El profesor negaba con la cabeza en silencio mientras seguía escribiendo.
—Bueno, ¿y vosotros dos?
—Esto… —a Ancel se le atragantaban las palabras todavía con el recuerdo tan vívido
de la experiencia.
—Hemos ayudado a unas mujeres que las estaban amenazando y eran madres
solteras…
Por el rubor de sus mejillas y la mancha carmín en la comisura de los labios de Yael, a
Gabriel no le costó mucho entender lo que había pasado realmente. La pluma con la que
estaba escribiendo se le partió por la mitad.
—Lo que faltaba…vuestras primeras horas solos en la Tierra y ya habéis sido tentados.
Muchos de vosotros deberíais plantearos si lo que queréis es pertenecer al coro celestial.

Parecía enfadado de verdad. Su rostro ya no inspiraba la confianza y tranquilidad que


normalmente solía mostrar. Más bien parecía un verdugo que en cualquier momento
sacaría su guadaña y les decapitaría allí mismo.
—No voy a contarle esto a nadie, pero que sepáis que me la estoy jugando por
encubriros. Marchaos y reflexionad sobre esto.

()
Ya habían aparecido las primeras estrellas cuando los estudiantes empezaron a retirarse.
Los chicos fueron a reunirse con Evanth, Lisiel y Amara en la recepción del hotel. Ellas
parecían bastante entusiasmadas. Habían estado probando su puntería con el arco y
estaban bastante contentas con el resultado.
—¿Pero no me vais a contar qué es lo que habéis hecho? —les preguntó Nathan
intrigado.
—Déjalo, no lo entenderías.
—¿Cómo que no lo entendería? Ni que fuese corto de entendederas…
—¿Qué tal os ha ido a vosotros? A Gabriel no se le veía muy contento.
—Bueno…hemos pasado la mañana dando vueltas por el bosque y hemos ayudado a
muchas personas.
—¿En serio? —se interesó Amara.
—Pues ya me fastidiaría a mí tener que dormir en una tienda de campaña teniendo este
hotel —se rió el elemental de hielo.
—Yo lo que quiero es empezar a luchar ya, que lo de ayudar a la gente está muy bien,
pero misiones de éstas secundarias ya hemos hecho varias—se expresó Nathan.
—Pues a mí me gusta más lo que habéis hecho vosotros— respondió Amarael. El
chico sintió que había metido la pata—. ¿Yo también podría irme por ahí a ayudar a la
gente?
—Seguramente. Pregúntale a Iraiael por si acaso.
—Evanth, lo que no entiendo es qué ves en Haziel…
A Amara le había parecido buena idea. Se levantó y se despidió de ellos para ir a buscar
a su profesora. La encontró en los jardines del hotel sentada en un banco junto a
Gabriel.

—Esto…
—¿Ocurre algo?
—¿Es posible hacer lo que los chicos han hecho hoy?
—En tu tiempo libre puedes hacer lo que quieras, siempre y cuando no vayas a algún
lugar prohibido y no quebrantes las normas.
—Muchas gracias, profesora.
—Ahora deberías irte a descansar para mañana darle una paliza a los hombres. Mañana
toca clase conjunta —su blanca sonrisa destacaba sobre su piel de azúcar moreno. La
joven le devolvió la sonrisa.
—Será divertido.
Por primera vez se sentía feliz de ser un ángel. Iba a poder elegir a quien ayudar y
cómo. Cuando se hubo separado de ellos, sin pensárselo dos veces, alzó al vuelo.

—Es encantadora, ¿verdad, Gabri?


—Sí, no como los míos…
—¿Tan mal lo han hecho?
—Son jóvenes, así que les entiendo, pero hay cosas…son vengadores, arrogantes,
avariciosos y se dejan tentar con facilidad.
—Pues como uno que yo me sé —le susurró al oído mientras le pasaba coqueta el
dedo índice por sus labios—. Cuando apaguen las luces te espero arriba.
—Iraia, es mejor que durmamos separados. Tenemos que dar ejemplo.
—¿En el Cielo con todos los ángeles vigilándonos no te importaba y ahora que
prácticamente estamos solos…?
—Raphael ya me ha amenazado, además, hoy no me encuentro bien. Necesito
descansar.

Le dio un beso seco en la mejilla y se marchó con aire apesadumbrado.