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ESTUDIOS EVANGÉLICOS

www.estudiosevangelicos.org

ALASDAIR MACINTYRE, TRAS LA VIRTUD. EDITORIAL CRÍTICA, BARCELONA, 2 A EDICIÓN,

2004. 350 PÁGS.

Es un rasgo característico de nuestra era la existencia de debates públicos sobre cuestiones morales en los cuales los oponentes no logran llegar a acuerdo alguno, sino que las razones dadas son definitivamente incompatibles o más bien incomprensibles para la otra parte. Por ejemplo, en cuanto al problema del aborto, dos posturas rivales típicas son, por una parte, aquella que alega que la eliminación de un no nacido es sencillamente un asesinato; por la otra parte, se aduce que es una cuestión y un derecho personal decidir sobre la propia vida —el propio cuerpo—, lo cual incluye la interrupción de un embarazo no deseado. Estas posturas están desde luego destinadas al eterno desacuerdo, y a lo mejor que pueden optar es considerar dichas posturas como una cuestión de preferencia personal y convivir con la discrepancia (lo que en el ámbito legal siempre terminará favoreciendo solo a una de las partes). ¿Cómo se explican —más allá del desacuerdo— la incompatibilidad, la incomprensión de las posturas y del lenguaje moral mismo, la esterilidad del debate y el definitivo (supuesto) emotivismo en las elecciones morales? ¿Y cómo se puede remediar una situación semejante, cómo replantear y dar sentido al debate y la reflexión éticos?

En Tras la virtud, MacIntyre, filósofo y sociólogo, realiza, en primer lugar, un desalentador — aunque certero— diagnóstico de la situación del debate moral actual, y una detallada crítica a los intentos modernos de abordar y proponer la ética. En un documentado y meticuloso examen a las corrientes éticas de los últimos siglos, nuestro autor traza la línea histórica del “fracaso del proyecto ilustrado de justificación de la moral”, con las consecuencias sociales derivadas de tal fracaso, hasta aquel punto en que la modernidad abandonó el único elemento que puede dar sentido a la moral y a la reflexión ética misma: la existencia de una finalidad, un propósito del ser humano en cuanto tal. Según MacIntyre, “la conjunción del rechazo laico de las teologías protestante y católica y el rechazo científico y filosófico del aristotelismo iba a eliminar cualquier noción del hombre-como-podría-ser-si-realizara-su-telos”. Sólo nos quedamos con unos preceptos morales a los que es imposible darles justificación y sentido más que solo apelando a los gustos individuales.

La tarea de MacIntyre es intentar rescatar y explicar el esquema ético clásico como lo presentara Aristóteles y que fuera más tarde replanteado por autores cristianos y otros; a saber, el modelo de las virtudes y del fin último. Según esta visión del ser humano, éste solo puede actuar moralmente y dar sentido a sus actos si reconoce tanto un telos, una finalidad y un bien de su vida completa, como las virtudes que son necesarias para alcanzar ese fin y que son también parte de ese mismo bien. En la estructura de la ética que desarrolla Aristóteles (pero que es anterior a él), “los preceptos que ordenan las diversas virtudes y prohíben sus vicios contrarios nos instruyen acerca de cómo pasar de la potencia al acto, de cómo realizar nuestra verdadera naturaleza y alcanzar nuestro verdadero fin” (p. 76). El reconocimiento de un bien humano compartido es además imprescindible para una vida comunitaria o sociedad; de hecho,

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es éste el lugar donde el bien se logra. En la segunda mitad de su obra, MacIntyre examina la naturaleza de las virtudes y su papel en el logro de una vida integral en lo personal, como también en la comunidad; en general, en la búsqueda de lo bueno y lo mejor.

Tras la virtud, un libro que ya ha creado toda una corriente de reflexión desde su aparición en 1984, es una buena oportunidad para acercarse a una apropiada percepción del estado moral actual, de aquello que entendemos por ética, como también para tomar una correcta postura y un discurso o lenguaje comprensible al momento de dialogar y debatir sobre cuestiones morales, en cualquier ámbito, tanto público como privado; entre conservadores y liberales, entre cristianos y no creyentes, o incluso entre cristianos (la crítica a la ética moderna también toca ciertas posturas protestantes). Para estos últimos, en especial, puede haber aquí una posibilidad de desarrollar una más adecuada comprensión de nuestras propias normas éticas, cuyo sentido y razón de ser muchas veces parecemos desconocer y nos resulta tan engorroso justificar ante el mundo “laico”.

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