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Voces Inocentes La película, basada en hechos reales, se desarrolla en El Salvador durante la guerra

Voces Inocentes

La película, basada en hechos reales, se desarrolla en El Salvador durante la guerra civil que enfrentó aquel país por espacio de 12 años, desde 1980 hasta 1992 (y que dejó cerca de 75.000 muertes) y, pese a estar ambientada en este escenario de guerra no es una película bélica. Todo lo contrario, es destacable que, siendo una película donde la guerra tiene un protagonismo constante, apenas hay aparición de sangre o muerte, exceptuando dos de las escenas más impactantes de la obra donde la muerte sí se muestra tal y como es, fulminante e inexorable. Pese a estas escenas La película en sí trata de desmitificar la guerra como algo heroico y noble, tal y como hacen muchas películas de factoría norteamericana, donde las bombas caen como piñatas de fiesta y las ráfagas de metralleta aparecen como si caramelos de cabalgata se tratasen. Voces Inocentes, por el contrario, se centra en el drama que viven niños (y niñas) en muchas partes del mundo, donde son reclutados como soldados de verdad, de los que matan, sangran y mueren, no esos soldados de pastiche que mascan tabaco y hacen ingeniosos chistes mientras liberan al mundo de amenazas terroristas. Esta es una de las primeras enseñanzas que nos lega la película, aunque aparezca al final de la misma: "En el mundo hay 300.000 menores reclutados en conflictos armados". A poco que nos dé por investigar un poco dónde se dan estos reclutamientos o dónde se han dado, encontramos que es una práctica muy común, incluso en la civilizada Europa durante el conflicto de los Balcanes.

Sigamos con enseñanzas extraídas de la película. Hemos hablado de la guerra, del conflicto armado y violento, de la lucha con armas que provoca muerte y desolación. Pero hay otras formas de luchas y de resistencias, algunas de las cuales se reflejan en la película. Por ejemplo se deja entrever la resistencia pacífica representada en al figura del cura del pueblo, alguien que media ante el ejército para evitar abusos sobre la población civil, incluso usando los medios de su iglesia como en el caso de la música que pone por los altavoces. Esta figura, la del cura, sirve también para ilustrar el papel que tuvo la Iglesia Católica en el conflicto salvadoreño, donde se contabilizaron 28 miembros asesinados entre sacerdotes, monjas y un obispo (Monseñor Romero) por su apoyo a los campesinos y en contra de la cúpula militar golpista.

Otra forma de resistencia es la posesión de una radio, un objeto que para cualquier persona es algo cotidiano, pero que en tiempos de guerra se identifica con libertad, porque permite "salir” al exterior y oír noticias a las que de otra manera no se podría tener acceso. También permite seguir manteniendo un espíritu de unidad frente al enemigo, al escuchar canciones que simbolizan libertad y triunfo (como “Techos de Cartón”, de Alí Primera, todo un símbolo de la resistencia y la lucha del pueblo en muchos países Latinoamericanos). Por este motivo, la radio es entregada a Chava, el protagonista, como un preciado regalo, y por eso su presencia resulta tan incómoda para el ejército.

También es una forma de resistencia la máquina de coser (“el arma”, como dice la abuela Mamá Toya) que compra la madre del protagonista, puesto que es sinónimo de independencia económica de la familia, permitiendo a la madre trabajar en algo que le aportaría buenos beneficios sin tener que salir de casa y sin tener que estar atada al campo. Es, en definitiva, una herramienta que permite albergar esperanzas de salir de la

miseria, para no tener miedo y seguir luchando aunque sea en silencio y sin más armas que el trabajo, tratando de vivir una vida lo más normal posible.

Y esa es precisamente la última de las resistencias no violentas que se asoman por la película, la de la población viviendo su vida normal o tratando de seguir adelante pese a los tiroteos, las muertes, la ocupación militar de sus calles y los abusos cometidos al amparo de la guerra. Darle de lado al ejército que se mueve a sus anchas por el pueblo y mostrarle que la gente no tiene miedo y que sigue saliendo a la calle, sigue comprando e incluso yendo a la escuela. Esto lo vemos hoy en día en las matanzas que se comenten en los mercados de algunas ciudades de países con conflictos armados, la gente va al mercado, pese a que saben que en cualquier momento la vida se les puede ir, Pero apuestan por seguir viviendo antes de encerrarse en sus casas y dejar de ser personas.

Otra

resistencia

mostrada,

esta

vez

armada,

es

la

guerrilla.

En

este

caso

personificada en dos guerrilleros, Tío Beto un universitario que decide dejar lo libros y

luchar de otro modo y

Ratón, inseparable

compañero

del anterior.

Y

que, como

le

reprocha la madre de Chava a Beto, también reclutaban menores soldados.

Visto todo esto vuelvo a la idea de que no es una película bélica, e insisto porque la última vez que visioné la película al finalizar escuché varios comentarios de las profesoras y profesores aludiendo a la dureza de la película, y a que no era adecuada para ese público (adolescentes de entre 13 y 15 años) y, efectivamente, la película es de esas que te llegan a lo más profundo y te toca por dentro. Pero días después tuve la ocasión de ver parte de dos películas aptas para el público adolescente, películas que sin duda habrán sido vistas por el alumnado del Instituto sin lágrimas ni “traumas”. Una de estas películas era una de Spiderman y la otra la de Transformers. Pues bien, en la del hombre araña uno de sus archienemigos trataba de asaltar un banco valiéndose de sus poderosos tentáculos mecánicos, e iba arrojando a un lado y a otro a los agentes de seguridad, personal del banco y clientes, como si de pétalos de una flor se trataran. Algunas de estas personas volaban varios metros hasta chocar con columnas, el techo o los mostradores. Y en la película de los camaleónicos robots alienígenas, durante la lucha final, iban aplastando vehículos (con gente dentro), arrasando edificios (con gente dentro), pisoteando calles como el que pisa uvas (calles abarrotadas de personas pisoteadas, como uvas) y lanzando cohetes que impactaban sobre edificios de oficinas o viviendas (sí, con gente dentro).

Es decir, un adolescente no puede ver una película porque nos hace un nudo en la

garganta, nos toca

la

fibra

sensible y

nos muestra

que

la

guerra no tiene

nada de

heroico, pero

sí puede ver películas

donde la

violencia

es excesiva

y

se

adorna de

espectáculo de masas, el desprecio por la vida humana es absoluto y se muestra la “respuesta armada” como único patrón de resolución de conflictos.

Entonces la pregunta es evidente: “¿De verdad que esta película es dura?”. Y la respuesta es sencilla: “Sí, es dura”. Pero es dura porque es real, porque como ya hemos comentado desmitifica la guerra y nos la muestra con sus miserias y sus penas. Por eso nos resulta dura y por eso es tan buena, porque nos enseña la realidad sin disfraces, sin chistes ingeniosos ni fuegos artificiales.