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CUENTOS

ELISA MÚJICA

Dirección Cultural
Dirección Cultural

Biblioteca Mínima Santandereana

© Universidad Industrial de Santander

Colección Biblioteca Mínima Santandereana No. 5 Cuentos. Elisa Mújica Dirección Cultural

Rector: Jaime Alberto Camacho Pico Vicerrector Académico: Álvaro Gómez Torrado Vicerrector Administrativo: Sergio Isnardo Muñoz

Editor Dirección Cultural Luis Álvaro Mejía A.

Impresión División de Publicaciones

Primera Edición: julio de 2009

ISBN: 978-958-8504-19-3

Dirección Cultural. UIS Ciudad Universitaria Cra. 27 calle 9 Tel. 6846730 - 6321349 - Fax 6321364 divcult@uis.edu.co Bucaramanga, Colombia

Impreso en Colombia

EElisalisa MMújicaújica

NNaceace eenn BBucaramangaucaramanga eell 2211 ddee eeneronero ddee 11918.918. DDesdeesde llosos 88 aañosños ssee ttrasladórasladó aa BBogotá.ogotá. SSuu pprimerrimer ttrabajorabajo ffueue eenn eell MMinisterioinisterio ddee CComunicaciones.omunicaciones. FFueue ssecretariaecretaria pprivadarivada ddee CCarlosarlos LLlerasleras RRestrepoestrepo ddee 11936936 hastahasta 11943,943, yy secretariasecretaria ddee llaa EEmbajadambajada ddee CColombiaolombia eenn QQuito,uito, ddee 11943943 aa 11945.945. DDuranteurante ccasiasi ttreintareinta aaños,ños, ppublicaublica ccomentariosomentarios ddee llibrosibros yy aartículosrtículos ssobreobre ttemasemas cculturalesulturales yy lliterariositerarios eenn ““LecturasLecturas DDominicales”ominicales” ddee ““ElEl TTiempo”.iempo”. SSuu pprimerrimer ccuentouento ““TardeTarde ddee vvisita”,isita”, aapareciópareció eenn EEll LLiberaliberal eell 1166 ddee nnoviembreoviembre ddee 11947.947. SSuu pprimerarimera nnovelaovela ““LosLos ddosos ttiempos”iempos” llaa ppublicaublica eenn 11949,949, yy ssuu pprimerarimera ccolecciónolección ddee ccuentosuentos “ÁÁngelangela yy eell ddiablo”,iablo”, aapareceparece eenn MMadridadrid eenn 11953.953. EEnn eesasa mmismaisma épocaépoca eescribióscribió ““Catalina”Catalina” ssuu ssegundaegunda

nnovelaovela qqueue aapareceparece ppublicadaublicada eenn 11963.963. EEnn 11962962 publicapublica lala coleccióncolección ddee eensayosnsayos ssobreobre SSantaanta TTeresaeresa ddee JJesús,esús, ttituladoitulado ““LaLa aaventuraventura ddemorada”.emorada”. AAdemásdemás hhaa ppublicadoublicado llosos llibrosibros ddee ccuentosuentos ““ÁrbolÁrbol ddee rruedas”uedas” ((1972),1972), yy “TiendaTienda ddee iimágenes”mágenes” ((1987)1987) yy lala novelanovela “Bogotá“Bogotá dede llasas nnubes”ubes” ((1984).1984). EnEn elel tematema iinfantil,nfantil, ppublicaublica eenn 11978,978, “La“La expediciónexpedición BotánicaBotánica ccontadaontada aa llosos nniños”iños” yy eenn 11981981 publicapublica “Bestiario”,“Bestiario”, coleccióncolección ddee ccuentosuentos pparaara nniños.iños. EEnn 11982982 ffueue eelegidalegida mmiembroiembro ccorrespondienteorrespondiente ddee llaa AAcademiacademia CColombianaolombiana ddee llaa LLengua.engua. EElisalisa MMújicaújica mmuereuere eenn BBogotáogotá eell ddíaía 2277 ddee mmarzoarzo ddee 22003.003.

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ÍNDICE

ÁNGELA Y EL DIABLO

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LA CHIMENEA

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LAS RECLUSAS

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LA BIBLIOTECA

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EL CONTABILISTA

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MARÍA MODESTA

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Agradecimientos a Marina Daza

Los textos que contiene la selección fueron tomados de:

Angela y el diablo. Cuentos. Elisa Mújica. Editorial Aguilar.1953

Arbol de ruedas.Cuentos. Elisa Mújica. Populibro. Editorial Revista Colombiana Ltda. 1972

Tienda de imágenes. Cuentos. Elisa Mújica. Ediciones Fondo Cultural Cafetero.1987

Elisa Mújica

Elisa Mújica ÁNGELA Y EL DIABLO A l amanecer, el automóvil salió de Belén de Cerinza

ÁNGELA Y EL DIABLO

A l amanecer, el automóvil salió de Belén de Cerinza con dirección a Tunja. A Ángela el

nombre de Belén la había hecho recordar las Navidades que acababa de pasar, cuando creía que no tenía que hacer en el mundo más que jugar con las otras niñas. Ahora se hallaba en- vuelta en una manta, en un rincón del coche, y contemplaba por la ventanilla el paisaje. Éste era siempre igual y siempre cambiante. A veces Ángela se volvía hacia su madre, sentada a un lado, para buscar la tibieza que salía de ella. La agradaba la somnolencia que producía el mo-

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vimiento del coche y deseaba que el viaje no terminara, para no verse obligada a afrontar la Ilegada al colegio y la separación de su madre.

Las familias de Boyacá y Santander que po- seían medios económicos, acostumbraban en- viar a sus hijas a terminar su educación al cole- gio de las monjas de Tunja, y aunque la familia de Ángela no era rica, los padres habían hecho sacricios a n de que su hija no careciera de un requisito que le aseguraría un buen matri- monio. En el clima de Tunja, las niñas que lle- gaban de tierra caliente empezaban a engordar y perdían el color amarillo y el aire lánguido. La madre de Ángela imaginaba a su hija con las manos enrojecidas por el frío, vigorosa y libre de la anemia que había allá abajo, y eso la con- solaba de tener que dejarla lejos de ella.

Cuando se detuvo por n el auto frente a la puerta claveteada del colegio, Ángela creyó que caía en el vacío, sin encontrar nada que la sostuviera. Para ella todo era distinto a lo que había conocido hasta entonces. En su ciudad, el campo estaba lleno de naranjos, gloxinias y «bella de noche». En cambio, allí no veía sino eucaliptos y cipreses. Le eran extrañas las ca- ras, y hasta el aire, desapacible y helado. El

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Elisa Mújica

sueño era lo único que le quedaba para refu- giarse, y se durmió. Pero a la mañana siguiente tomó nota del lugar dentro de la la en que se encontraba su cama; de las caras de las niñas vecinas; de los tiestos de geranios que había en el patio y que rompían con una mancha viva la monotonía de las paredes grises, y de las mira- das amables que, desde sus altares de la capi-

lla, le enviaban los santos. Cuando llegó a fami- liarizarse con eso, se sintió de nuevo amparada

y tranquila, y quedó curada de su nostalgia.

En el colegio, fuera de la Madre Irene, de la Madre Pilar y de la Madre Teresa, que se halla- ban constantemente con las niñas, existía otra monja que las acompañaba también. Allí había vivido hacía muchos años la Madre Francisca Josefa, que era una santa. Las niñas pasaban

de puntillas frente a la celda que había ocupa- do, con la esperanza y el temor de descubrir algo insólito. Cuando llegaba la hora de la clase de costura, que tenía lugar en un salón grande

y oscuro, la Madre Irene hablaba de la monja,

mientras las cabezas de sus discípulas caían blandamente sobre los bastidores.

—Aquí, en este mismo sitio donde estamos sentadas nosotras—decía—, era en otro tiempo

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el refectorio del convento y la Santa Madre en- traba a las horas de las comidas y bendecía el pan. Un día, el Cristo que está en ese cuadro se movió, desclavó la mano derecha y la bendijo. Fue un gran milagro.

Las caras de la monja y de las niñas resplan- decían de placer. Pero luego la Madre Irene suspiraba y decía:

-La Iglesia no la ha podido canonizar porque sus restos se extraviaron. Las monjas de ese tiempo los echaron en un saco de cuero para distinguirlos de los demás. Y el saco no apa- rece

La decepción quedaba otando como un fan- tasma en el cuarto oscuro y entre las cabezas de las niñas. Después la Madre Irene se levan- taba y se mezclaba con ellas, en el desorden de los bastidores, los hilos y las lanas. Desapa- recían las diferencias entre la maestra y las discípulas y no quedaban sino mujeres, unidas por una tarea común. El corazón de todas se encogía con angustia que les gustaba, cuando la monja recomendaba:

—No desperdicien el hilo, niñas, porque el diablo esta cerca y recoge cada hebra que ti-

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Elisa Mújica

ran. Cuando reúna muchas, fabricará una gran

bola, que les mostrará en el inerno. El diablo siempre se encuentra alerta y a la Santa Madre la perseguía cada noche. La sacaba de su celda

y la arrojaba escaleras abajo, haciendo un ruido tan grande, que las otras monjas despertaban asustadas y tenían que ir a levantarla

Por la noche, después de comer y de rezar el

rosario, cuando las niñas subían al dormitorio

y pasaban frente a la celda de la Santa, oían

otras pisadas, blandas y aéreas, que resona- ban al lado de las suyas. A veces las escucha- ban hasta llegar al camarín que conducía a la capilla y en el que había una gran Cruz de hie- rro montada sobre una piedra. Ésta se hallaba gastada por el roce de las rodillas de la Madre

Francisca, y a Ángela le daba susto mirarla, lo mismo que si hubiera sorprendido a alguien realizando un acto secreto.

Una noche Ángela soñó que el diablo entraba en el cuarto de costura a contar las hebras caí- das y que las guardaba en el saco de cuero don- de reposaban los huesos de la Madre. Desper- tó, pero comprendió que el diablo seguía allí, paseándose entre las camas de las internas. Tenía la cara larga y arrugada, parecida a la de

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la Madre Irene. En cambio, la Madre Pilar era bonita y joven. A ella, Ángela le habría querido contar los motivos por los que algunos días te- nía que abstenerse de comulgar. A consecuen- cia del cambio de clima, se había desarrollado

a las pocas semanas de llegar al colegio. Si co-

mulgaba en ese estado, seguramente pecaría. Otras niñas lo aseguraban, diciendo que se tra- taba de un sacrilegio.

Debía llamar a la Madre Pilar y darle cualquier disculpa para no hacerlo. Una vela encendida y

el

sonido de la voz ahuyentaban a Lucifer. Ánge-

la

corrió hasta la cama de la monja y le dijo :

—Madrecita

tengo mucha sed. Déjeme be-

, ber un vaso de agua.

Como si la monja hubiera estado despierta y esperándola, le contesto en seguida:

—Hija: es el demonio quien te ha inspirado el deseo de beber. Si caes en la tentación no podrás comulgar, porque ha pasado la media- noche. De modo que no tomarás agua. Ten pa- ciencia y procura dormir.

Ángela volvió a su cama. Necesitaba buscar otro medio de no comulgar al día siguiente, ya que éste le había fallado. Si la Madre Francis-

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Elisa Mújica

ca Josefa quisiera acudir en su ayuda! Ella po- día hacer que temblara la tierra a la hora de la misa. Las monjas y las niñas saldrían huyendo de la capilla, inclusive el sacerdote con el co- pón, y Ángela no cometería la profanación de comulgar y se salvaría.

Claro que también podía confesarse. El sa- cerdote la perdonaría, pero ella debería decir en que consistía su pecado, debería decirlo Cuando llegó por n la mañana y se levantó, le dolía la cabeza y sentía los labios secos. Sabía que si comulgaba, en adelante nada sería como antes. Ningún juego resultaría completamente divertido y tampoco seguiría con interés las ex- plicaciones de la maestra en la clase. La con- fesión era el medio previsto para que los eles volvieran al buen camino. Algunas veces, cuan- do la Madre Francisca entraba al confesionario, veía adentro una luz intensa y el semblante de Nuestro Señor, con la cabeza coronada de es- pinas.

—Ego te absolvo

En la capilla, la atmósfera era tibia y agrada- ble. Cada niña ocupaba su puesto en la la de bancas y, adelante, parecían una nube oscura

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las tocas negras de las religiosas. Ángela se dio cuenta de que formaba parte de un todo gran- de y poderoso que la protegía, siempre que no quebrantara sus leyes. Comulgar esa mañana sería una desobediencia. No quería cometerla,

se hallaba obligada a hacerlo. La Madre

Pilar no le quitaba los ojos de encima y le indi- caba por señas que se acercara a la Mesa. Sin duda, consideraba un triunfo personal sobre el demonio no haberla dejado beber agua. Ánge- la comprendió que no podía esperar. Subió la escalinata del altar y las luces de los cirios cre- cieron, incendiaron el tabernáculo en una sola llama. En sus oídos una voz repetía:

pero

—Quien comulga sacrílegamente, come y bebe su condenación.

Al regresar a su sitio, con las manos juntas, contempló, rígidas y burlonas, las caras de las niñas que rezaban a su lado. Ella no tenía nada que hacer allí, pues había salido de la comuni- dad. Ya no contaba con su fuerza y su calor, y debería defenderse de los ataques que esta le hiciera. Era una extraña y se encontraba sola.

¿Y quién le aseguraba que, cuando fuera a pasar al lado del confesionario donde el Padre Luis entraba, una vez terminada la misa, no

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Elisa Mújica

levantaría la cortina de seda morada, para se- ñalar a la que había cometido un pecado tan grande y se hallaba endemoniada? Ya se había formado la la de niñas y empezaba a avanzar lentamente para salir de la capilla. Estaba fren- te al confesionario. Ángela lanzo un grito y cayó al suelo desmayada.

Despertó en la enfermería. La Madre Pilar le sostenía cariñosamente la cabeza y le pasaba por la frente un pañuelo empapado en alcohol. Las manos de la monja eran suaves y tibias, y su contacto calmaba a Ángela. Le inspiraba de- seos de dormir

Como apenas había pegado los ojos la no- che anterior, quedo sumida rápidamente en un sueño profundo. Debió durar todo el día, pues cuando despertó se encontró sola. La enfer- mería estaba oscura. Por la puerta entornada, escasamente alcanzaba a distinguir el corre- dor silencioso. La escalera que conducía a la celda de la Madre Francisca se desprendía de las sombras, blanca y solemne como si por ella fuera a subir una procesión.

Esa escalera atraía a Ángela. Era la misma por donde llegaban los espíritus infernales que

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perseguían a la Madre. La misma por la que su cuerpo martirizado rodaba cada noche. Tiri- tando de frío, se acercó. Deseaba rezar ante la Cruz de hierro del camarín, para obtener el per- dón de su pecado, y empezó a subir las gradas.

A su lado, muy cerca, en las tinieblas, alguien

avanzaba también. Si Ángela se detenía, él ha-

cía lo mismo. No podía devolverse porque tenía

la seguridad de que un cuerpo se interpondría

para impedirle el paso. Su salvación dependía de llegar hasta la Cruz. Necesitaba correr

Había llegado al rellano de la escalera. Desde ahí Ángela veía la celda de la monja y el pasillo que comunicaba con el camarín. Pero de la cel- da acababa de salir una gura negra, con los ojos verdes, brillantes en la oscuridad. Ángela distinguió muy bien los ojos

El estruendo de un cuerpo que caía por las escaleras despertó a las monjas, lo mismo que les había ocurrido a sus antepasados, en el tiempo de la Madre Francisca.

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Elisa Mújica

Elisa Mújica LA CHIMENEA D esde hacía semanas María Flora había venido aplazando la tarea a

LA CHIMENEA

D esde hacía semanas María Flora había venido aplazando la tarea a la que aho-

ra se dedicaba, por n, junto a la chimenea de piedra. Ya había reunido los leños para levantar una pequeña pira y raspado el fósforo. La llami- ta le calentó los dedos y poco después empezó a chisporrotear la leña.

Ejecutaba morosamente cada movimiento, como si deseara retardar lo más posible el mo- mento de obrar. Pero al mismo tiempo sabía que debía apresurarse, pues pronto saldría de viaje

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para reunirse con su novio, y, antes, necesitaba destruir los paquetes de cartas que había saca- do de una cajita : uno escrito en papel violeta

y otro en papel gris, y cada pliego cubierto de letras, sin que quedara un espacio vacío.

Nunca había mirado juntas todas las cartas, y al hacerlo ahora le pareció increíble que se hu- bieran presentado intervalos, a veces largos, de tiempo, entre la llegada de una y otra, semanas enteras en que las había esperado con impa- ciencia. Extendidas sobre la alfombra, cerca de la chimenea, dentro de los sobres rectangula- res, recordaban las piezas de un rompecabezas que al n termina por armarse. Allí estaban las primeras, escritas con tinta negra sobre papel

violeta, con letra pequeña y tímida al principio, que poco a poco se fue haciendo más conada

y más amplia. Cuando se las entregaban, ge-

neralmente María Flora se encontraba sentada en el patio de su casa, rodeada de surcos de ores. Era la dueña virtual de una parte del jar- dín. El resto, donde se erguían las plantas más nas, las begonias dobles, las dalias y los antu- rios, pertenecía a doña Aurora, que lo cuidaba ella misma.

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Elisa Mújica

Su madre tenía razón al no dejarla tocar las plantas caras, pues María Flora no podía re- sistir el impulso de podarlas, trasplantarlas e idear injertos, dominada por el deseo de poseer unas macetas fantásticas e impaciente porque las plantas no orecían pronto. El resultado era que las echaba a perder, según le decía, con una mezcla de piedad por las plantas y de segu- ridad de que sus consejos resultarían inútiles, doña Aurora. Pero, a pesar de que sabía que tenía razón, nunca era capaz de privar a su hija de hacer su gusto.

A María Flora le encantaba meter las manos entre la tierra, por la que circulaban lombrices frías y gelatinosas, y romper las cepas de los lirios, en las que descubría palpitaciones hú- medas. Por un momento se quedaba inmóvil, con el bulbo tembloroso entre las manos. Doña Aurora decía que permanecer al aire libre le convenía para su desarrollo, y la dejaba. Por las mañanas, cuando la veía salir con la podadera y la pala, le advertía :

—Fué una buena idea traerte al pueblo. Verás que aquí ocurrirá sin falta.

Hablaba de una manera general, sin precisar exactamente qué deseaba que ocurriera; pero

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María Flora comprendía que se trataba de un secreto, y la emocionaba compartirlo, aun de manera tan imperfecta, con su madre. Se daba cuenta de que a doña Aurora le producía una especie de vergüenza mencionarlo, y que por eso no podía hacerlo sino a medias palabras, pero le agradecía que de todos modos le de- mostrara conanza. Eso la ayudaba a sobrelle- var las burlas de su prima Isolina, quien vivía con ellas, y, aunque era más pequeña, poseía

conocimientos sobre la vida que María Flora ig- noraba. Recordaba que hacía poco su prima le había dicho :

—Ayer vi a las Antolinez y estoy segura de que ya se desarrollaron. No me lo dijeron porque no pude quedarme sola con ellas, pero la mamá no las dejó montar a caballo, sabes?

Y mientras hablaba miraba a su prima con

ojos fríos y alegres.

El hecho de que el desarrollo de María Flora

se hubiera retardado, no obstante contar con edad suciente, era una falta que recaía sobre ella. Se trataba de algo necesario y terrible, y, no tenerlo, la colocaba en condiciones distintas e inferiores a las de las otras muchachas, por lo que deseaba que se cumplieran los pronósticos de su madre y que verdaderamente el aire del campo le conviniera.

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Elisa Mújica

Su primo Stephen, hijo de una hermana ma- yor de doña Aurora, que estudiaba arquitectura en la ciudad, iba algunas veces a visitarlas. Des- de que eran pequeños los habían considerado novios, pero ahora se apoderaba de María Flora un miedo extraño cuando su primo llegaba, y procuraba evitarlo y sentarse lejos. Stephen se marchaba desconcertado, sin que a ella le fue- ra posible explicarle lo que le pasaba.

De entonces eran las primeras cartas: «Queri-

da prima: Estoy triste. El domingo usted no qui-

so conversar conmigo

Stephen consideraba más correcto tratarla de usted en las cartas. Era muy serio, con los ojos adormilados y el cuerpo demasiado largo. Ha- blaba a María Flora con acento de superioridad,

Aunque se tuteaban,

))

como si creyera que ella ignoraba muchas co- sas. A veces la miraba jamente y parecía que necesitaba algo y que en secreto se lo pedía.

El día que María Flora sintió el cuerpo raro, fatigado aunque no había hecho ejercicio y ado- lorido aunque no podía precisar ningún dolor, adivino que por n había llegado lo que espe- raba y se alegró en lugar de turbarse. Cuando doña Aurora la mandó acostar y después fué a acompañarla a la cama, llevándole una gran

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taza de agua de naranjo, humeante y olorosa,

le gustó que su madre la cuidara y tuvo que disi-

mular que se encontraba orgullosa. Le parecía que había ganado la estatura de doña Aurora y que en adelante existiría una complicidad en- tre ambas. Así ocurrió en realidad. Les bastaba una mirada para entenderse, y María Flora se sentía importante cuando su madre la llamaba aparte para recomendarle quietud.

Entonces sÍ comenzó a producirle efecto el aire del campo. En el vaivén de las llamas, frente

a la chimenea, María Flora volvió a contemplar

su rostro de esa época. El cutis se le puso lim- pio y tirante; el pelo, que antes era de un rubio ceniza, adquirió brillo. Le llegaba a la espalda, libre de las pomadas y de los rizos articiales de la peluquería. Los sweters dejaron de caer- le desgonzadamente sobre los hombros. Cada día era como si le naciera una fuerza nueva. A veces, sin importarle nada haber crecido tanto, trepaba a los árboles más altos y se espinaba las piernas, saturándose de las emanaciones de las hojas. Le parecía que el árbol era un ser vivo que ella dominaba, lo que la llenaba de se- guridad y placer.

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No sabía si era bonita, pero se sentía limpia y a gusto los domingos, cuando se ponía su jardi- nera escocesa, con la blusa de organdí y la me- dalla de la Primera Comunión, atada al cuello por una cinta negra. Stephen sí estaba persua- dido de que lo era. Por n se habían hecho no- vios de verdad. La visitaba todos los domingos y entre semana le escribía cartas en las que ya la trataba de tú. Anoche soñé contigo. Estábamos en una ciudad desconocida y nos rodeaban las llamas de edicios incendiados. Yo no soltaba tu mano y no nos ocurría ningún mal. Cuento los días que me faltan para estar contigo y los divido en horas y minutos, y eso me alegra y entristece, porque me parece intolerable cada momento que vivo sin verte »

Los instantes perfectos eran los que María Flora pasaba a solas, tendida sobre la yerba del jardín. La rodeaban las corolas blancas y azules de los lirios e imaginaba un Stephen un poco diferente del verdadero. Entonces oía que las palabras de las cartas se las repetía otro ser que no era su novio y que se parecía extraña- mente a ella misma.

En las vacaciones de Navidad, Stephen fué a visitarla. Ayudada por Isolina, arregló el pese-

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bre con caminos de arena dorada y una estrella de rayos de plata. Cuando llegó el momento de hacer la novena, todos se arrodillaron, aunque ninguno pensaba en rezar. Los ojos de María Flora parecían más grandes. Esperaba un acon- tecimiento esa noche.

Al n terminó la novena y, mientras los demás se dirigían a la sala, Stephen la condujo al rin- cón donde se levantaba el pesebre, del que ya habían retirado las luces. Ella sentía que iba a conseguir una cosa que deseaba, no sabía que Stephen obraba automáticamente, como si se tratara de cumplir una orden. Le dió el primer beso en la boca, pero sus movimientos fueron tan precipitados, que echó a rodar las ovejitas

El ruido atrajo a Isolina, quien se

del rebaño

quedó mirándolos interrogadoramente, mien- tras los dos, azorados, volvían a parar las oveji- tas una a una

iQué expresión de avidez tenía la cara de Isolina esa noche! Burlonas, las llamas de la chimenea la dibujaban de nuevo. María Flora nunca le había concedido importancia a su pri- ma. La consideraba una gura secundaria de su vida y de repente Isolina quedó con los hilos en la mano. Porque fue ella la que se convirtió

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Elisa Mújica

en esposa de Stephen. ¿Cómo empezó a tejer la red que separó poco a poco a María Flora? Isolina siempre había sabido lo que deseaba y se dirigía a conseguirlo a través de todos los obstáculos. Esa era la ventaja que poseía so- bre su prima. Stephen había sido para ella un buen marido, que llevaba a los niños al parque los domingos. Cuando María Flora lo encontra- ba, creía descubrir en sus ojos una expresión ansiosa. De su amor de adolescente no queda- ban sino esas cartas.

¿Sería preciso deshacerse también de las

que le escribió Andrés? Se había alejado de él

y, sin embargo, a María Flora le agradaba pen-

sar que conservaba sus cartas. Los rasgos de la letra, sobre el papel gris, eran nos y seguros

y se inclinaban hacia adelante, empujándose

unos a otros. Así, excluyente, dominante, fue él.

Y María Flora lo había amado a pesar de todo.

Cuando lo conoció, hacía varios años que doña Aurora había muerto. Ella trabajaba como secretaria en la ciudad, y su frescura campesi- na empezaba a ser reemplazada por el articio de costumbres nuevas. Vestía bien, a fuerza de copiar en la calle y en el cine a las mujeres que le parecían elegantes. Un día, mientras almor-

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zaba en el restaurante de un hotel, observó que un hombre la miraba y se inclinaba para trazar algo sobre una hoja de papel. Comprendió que dibujaba su rostro. ¿Sería que la juzgaba boni- ta? María Flora no volvió a ver al pintor, pero le quedó agradecida. Era uno de esos seres des- conocidos que se presentan de repente en la vida y que, sin saberlo, dan mucho

Ese mismo día, por la tarde, le presentaron a Andrés.

Ella había sido invitada a la casa de una ami- ga muy rica. El lujo de los salones y de los trajes de los que la rodeaban no la deslumbró. Aunque habitaba una casa vieja, con muebles adquiri- dos a plazos, sabía moverse silenciosamente entre los objetos bellos y caros. Sin embargo, despertaban en su corazón ansiedades repri- midas y extrañas. Al despedirse, Andrés se incli- no profundamente y le besó la mano. Entonces María Flora creyó encontrar algo que le perte- necía y que había perdido. Con ese solo gesto, él la transformó en una mujer distinta.

En adelante se encontraron muchas veces. A María Flora la halagaba que la gente la mirara cuando salían juntos, pero ella prefería mirar-

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Elisa Mújica

lo a el. Poseía una gran belleza varonil y María

Flora sentía piedad por su rostro, por su cabeza bien proporcionada, sus ojos de matiz metálico

y el dibujo perfecto de su boca. Pensaba que un

día la luz de los ojos de Andrés estaría mustia, desmoronada la altivez del medallón, y quería ser buena con él para compensarlo de lo inevi- table. La compasión que le inspiraba formaba parte del poder que Andrés ejercía sobre ella y que la inducía a aceptar cada tarde citas clan- destinas en la casa de él.

Porque no podía negarle nada cuando la miraba sorprendido o descontento. Pero para complacerlo tenía que lanzar un reto a la so- ciedad y a las normas de conducta que le ha- bían inculcado, y eso la endurecía por dentro. Amaba a Andrés y, sin embargo, lo juzgaba con actitud. Lo consideraba un niño, irresponsable

y frívolo. Hasta cuando se mostraba mejor, no

lo aceptaba sin escrúpulos y dudas. Pero se- guía haciendo lo que él le pedía, segura de que se trataba de un sacricio y de que no merecía que lo hiciera.

Un día maduró el propósito de no volver a verlo. Por la noche, Andrés encontró una mujer desconada y resuelta y quedó sin argumentos

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y desarmado ante ella. Se marchó, mientras

María Flora fortalecía su decisión de dejarlo y creía que esa noche había conseguido un gran triunfo y reconquistado su libertad. Al día si- guiente obtuvo que el jefe de la ocina le otor- gara vacaciones anticipadas, alegando que ne- cesitaba un descanso.

Su proyecto consistía en pasar unas semanas

en un pueblo perdido del Oriente. Allí nada la in- tranquilizaría y poco a poco se iría recobrando. Parecía haber olvidado por completo que An- drés tenía la costumbre de viajar al mismo sitio todos los años por esa época. Cuando lo vio en

el jardín del hotel, serio y pálido, en medio de

los árboles cargados de ruidos, de hojas donde reverberaba el sol y de ores encendidas, pen- só que era inútil tratar de persuadirse de que quería olvidarlo.

No podía luchar contra Andrés, cuando abra- zarlo signi caba la supresión de todo lo des- agradable : el frío, la soledad, la estupidez de la gente, los remordimientos. Era un olvido lleno de paz, parecido al del sueño, pero sin perder la conciencia de la vitalidad y la juventud. Cuando estaban juntos iniciaba un juego con él. Aun- que sabía que cada segundo los aproximaba a

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Elisa Mújica

lo que ocurriría, prefería retardar el momento e inventaba temas de conversación con el n de lograr distraerlo también.

—Prométeme que el domingo me llevarás a pasear —le decía—. Iremos juntos al pueblo don- de viví hace años. Te mostraré la iglesia y verás los cuadros viejos que hay en la sacristía.

Por los ojos grises de Andrés pasaba un re- lámpago y después se oscurecían. Decía con la voz cortada, impaciente:

—Ahora no hablemos de eso. Dime que me quieres. Dímelo.

¡Cómo se mostraba imperioso y tierno, suave y tenaz! María Flora se sentía asustada y feliz. Había hablado por el placer de oír esa respues- ta. Después, cerraba los ojos e imaginaba que los dos iban hacia el mar por el camino que descendía de una colina. María Flora deseaba caminar despacio, deteniéndose a cada vuel- ta, y, en cambio, él, él tenía prisa. Quería llegar para hundirse rápidamente en el agua

La conducía jadeante, a grandes pasos. Al regreso se repetía lo mismo. Ella estaba retra-

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sada de nuevo, pero ahora lo que pretendía era quedarse abajo, en el mar. Andrés siempre se adelantaba y subía de un salto a la supercie. Ya había olvidado las palabras dulces y las mi- radas de niño. Entonces sí le interesaba el pro- yecto del paseo.

¿Cuánto tiempo crees que nos llevara ir hasta allá? ¿A qué hora podemos salir? María Flora se sentía ofendida. ¿Con quién había confundido a Andrés?

Algunas veces, en los viajes rápidos que efectuaba él, y otras, aún sin salir de la ciudad, se escribían. Habían descubierto que el amor necesitaba una medida que no le daban sino las palabras escritas. Muchas cosas que Ma- ría Flora no se atrevía a decirle en persona, las escribía. Su amor adquiría una resonancia que no tenía antes, y que aún conservaba, intacta, en las cartas. La hechizaba de nuevo, a pesar suyo, como antes.

Andrés era como un niño. María Flora lo sabía y, sin embargo, había querido depender de él. Sólo a él le daba poder para juzgarla y per- donarla. Y de pronto averiguó la razón que le impedía casarse: desde hacía mucho tiempo

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había en su vida otra mujer. Una mujer con más derechos que ella.

No era verdad que quemaba las cartas por respeto a los convencionalismos, ni lo hacía por el pretexto de que no podía llevar en su equipa- je más que lo indispensable para viajar al en- cuentro de su prometido. Era por lealtad a Oc- tavio. Si las conservaba, Octavio no diría nada. Nunca le reprochaba nada; pero, estando a su lado, María Flora no quería la secreta vida que signi caban las cartas. Sería una traición.

Ella no podía traicionar a Octavio, el hombre que la había esperado durante años, viéndo- la enamorarse de otros, siempre equivocada, siempre en busca de un desengaño. El amigo que cuando la vió decepcionada, le ofreció su nombre y la posición que había labrado a fuer- za de constancia. Junto a Octavio ella encontra- rá por n seguridad, porvenir

Las llamas de la chimenea se avivan y lue- go crecen, regocijadas con la carga que espe- raban en su avidez. Destruyen la letra infantil de Stephen, los pliegos grises, las palabras que producían un hechizo. Ahora ella podrá reunirse

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con Octavio, el único quizás que la ha querido, y recomenzar junto a él una vida tranquila, feliz.

Pero en ese instante María Flora, inclinada sobre las cenizas, empezó a llorar desespera- damente, como si llorara su juventud

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Elisa Mújica LAS RECLUSAS E n la o fi cina —había descubierto Vilma— se podía comer,

LAS RECLUSAS

E n la ocina —había descubierto Vilma— se podía comer, leer, ponerse polvos y pei-

narse. Pero, a menos de contar con aptitudes especiales para dormir sentado, no era posible hacerlo, como tampoco estirarse cuando tenía dolor de estómago, o quitarse a ratos los ante- ojos y sentirse a sus anchas, considerándose en libertad y sin rendir cuentas a nadie. Para com- pensarlo Vilma, Adela y Orfany, las tres emplea- das adscritas al servicio de archivo, apelaban a sustitutos. Naturalmente no se trataba sino de pequeñas diversiones inocentes, sin térmi-

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no de comparación con las que se ejercitaban en otras dependencias, en las cuales sucedía lo inaudito, rezongaban las malas lenguas.

Por fortuna episodios como el de la viuda que se quería consolar, o el de los adolescentes y el jefe biforme, o el de la bella provinciana y el turco insaciable, se habían desarrollado en el Incorebb (instituto colombiano de recolección de elementos básicos en bruto), en pisos aleja- dos del archivo y en horas no hábiles.

Cuando Orfany, Vilma y Adela se enteraron de los detalles, el honrado espacio rectangular colmado de gavetas verde oliva empezó a po- blarse. Surgieron espectros.

Uno era el de Eulalia, la secretaria del quin- to, con los senos enormes forrados en suéteres rojos, verdes perico o zapotes, y, desde luego, con minifalda. A falta de algún exorcismo, para alejarlo, Vilma tuvo que abrir de par en par las ventanas a n de renovar el aire.

En otras ocasiones le daba así mismo buen resultado consultar el libro La buena mesa, de doña Sofía Ospina de Navarro, que sepultado

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sin intención preconcebida en el cajón del es- critorio, se hallaba siempre dispuesto a diluci- dar cuestiones como las relacionadas con la mezcla de yemas batidas y maicena.

Vilma no disponía en su casa de tiempo su- ciente para preparar las recetas. Pero de la nos- talgia que le inspiraba no hacerlo se desprendía un aura. Ahuyentaba el fantasma de Eulalia.

Entonces se extendía otra vez sobre el recinto la capa pulcra y aséptica que lo caracterizaba.

Sin embargo del montón de cartas, telegra- mas, informes, actas, prospectos, estadísticas, cuadros, facturas y diafragmas que las tres debían introducir en sus fólderes respectivos durante ocho horas cada día, seguían brotando asechanzas. A n de burlarlas, Adela y Orfany se contentaban con los procedimientos comu- nes y sancionados por la costumbre: tachar monigotes en el juego de ahorcados, sacar crucigramas, o llamar por teléfono a una amiga casada que acababa de despertarse a las diez en punto. En cambio ellas cogían el bus a más tardar a las siete y cuarto de la mañana cuando iban, retrasadas.

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En materia de distracciones, Vilma era la que poseía el repertorio más novedoso. Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en escribir los avisos de recibo rozando apenas con las uñas el teclado de la máquina y sin dejar caer un borrador sostenido con la mano izquierda y un trozo de plastilina con la derecha. Si com- praba a los vendedores ambulantes bolsitas transparentes de celofán repletas de limones,

y arañaba a escondidas la cáscara mientras

perforaba los cartapacios, el olor sano y astrin-

gente invadía la ocina y a ella le daba la sensa- ción de escaparse. Pero fue su ación a copiar

a mano (por ningún motivo a máquina) en el

papel suministrado sin tasa por el almacén de

útiles, poemas como el If, de Kipling o Sereni- dad, de Nervo, el principio de su familiaridad con las mayúsculas góticas. Duras en aparien- cia como cubiertas por escudos erizados, eran en el fondo afables y dueñas de la facultad de comunicarse. Sobre todo al reteñirlas con co- lores contrastados como el púrpura y el oro, el índigo y el anaranjado, demostraban su buena voluntad de acompañarla por trayectos solea- dos, aunque a veces no faltaban como sombras agoreras las siluetas de los archivadores que

la amenazaban. Pronto averiguó que cualquier

singularidad tenía su precio y que tarde o tem- prano se pagaba.

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Elisa Mújica

Sus compañeras no vivían únicamente para

esperar la quincena y los días de esta. (A to- das les sucedía que, los domingos, al regresar

a la casa después del cine y en el momento de

meterse en cama, la impostergable inevitabili- dad de que amaneciera laborable la mañana siguiente se transformaba en un frío que las punzaba).Pero por regla general en el archivo no faltaban las oportunidades de demostrar

sociabilidad y atractivos personales, y no sólo mientras tomaban tinto y fumaban. Vilma, por sus hábitos de independencia, las escamotea- ba y defraudaba. Huía de su sitio sin moverse

y sin invitar a las otras. Las abandonaba por

sus limones y sus lápices, sus mayúsculas or- namentadas y sus poemas de Kipling. Tanto Adela como Orfany sufrían la afrenta. Entonces se vengaban.

Al comienzo no se trató sino de simples esca- ramuzas sin consecuencias, semejantes a las que surgen entre los habitantes de los países circunvecinos por quítame allá estas pajas. Si Vilma pedía un favor, Orfany y Adela se hacían las sordas o le contestaban que precisamente en ese minuto tenían las manos ocupadas. La carta que ella necesitaba con urgencia para agregar a un expediente extraído trabajosamen-

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te de las las más apretadas, desaparecía del sitio en que sabía que había estado. Mientras la buscaba se le ofrecían dos alternativas: o levantar los ojos para cruzarlos aceradamente con los que la desaaban, o soportar con estoi- cismo que se burlaran a sus espaldas. El roce permanente exacerbó los ánimos. Aunque no se declararon abiertamente las hostilidades, los escritorios de cada una pasaron a conside- rarse como parte integrante de un territorio en litigio. Para defender o se atenían a sistemas especiales de señales de alarma.

Antes que exponerse a ser atacada, Vilma, con la mirada en vigilancia de un ratoncillo al pie de su madriguera, prerió revisar la totali- dad de los fólderes, desde la A hasta la Z. En alguno debía encontrarse la segunda hoja ex- traviada de un informe, a menos que reposara en poder de Adela, cuyo escritorio se hallaba si- tuado a la diagonal del de Orfany. Pero ir hasta allá para preguntarle equivalía a aproximarse al otro en circunstancias que podrían ocasionarle represalias. Eran las diez de la mañana, hora de la charla telefónica de Orfany, ya no con su amiga sino con el marido de ésta, un poeta em- peñado por lo visto en no soltarla sino después de empaparla de su producción literaria de la víspera.

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El poema debía hallarse en el punto culmi-

nante de su signo melódico. La favorecida po- nía cara de fascinada. Entonces, y quién sabe por qué razón inescrutable, el miedo de Vilma

se transformó en su contrario. La impulsó a

situarse exprofeso al lado de la extensión tele- fónica, considerada de su propiedad exclusiva por Orfany. Primero, y con el pretexto de dar cuerda al reloj, colocado en el sitio más neu- rálgico, se echó materialmente encima del au-

ricular. Orfany advirtió al platicante: “Ahora no puedo comentarte”. Vilma, tan pronto termino con el reloj, continuó con el cambio de fecha

del almanaque vecino, muy atrasada. Orfany no

tuvo más remedio que colgar.

En seguida dijo, muy brava:

—Hace cinco minutos dejé al pie del teléfono

mi

polvera de plata y ya no está. Alguien la co-

gió

para fastidiarme.

No se dirigía en particular a nadie pero er- guía dignamente la cabeza. Adela ngía escribir y volteaba la espalda. Por su nuca torsionada cruzaban pálpitos. Vilma embistió aunque tar- tamudeante:

—No pretenderás insinuar que yo. Junto al te- léfono no había nada.

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A un conserje viejo de pelo apelmazado a fuerza de brillantina y ojos como gotas de aza- bache, se le puso la cara lustrosa por la satis- facción de oír la disputa. Orfany y Vilma tenían los ojos torcidos y apasionados. Cuando empe- zaron a clavarse banderillas, utilizando conoci- mientos profundos e ignorados hasta el minuto

precedente sobre la parte más vulnerable del adversario, había aumentado el número de cu- riosos instigados por el conserje. Ambas, con el pelo revuelto y las mejillas arreboladas, volca- ban cajas y cajones sobre el entablado. El pa- pel de árbitro lo asumió espontáneamente Ade- la, tan radiante que se mostró generosa y lanzó

la teoría de un responsable difuso: el agente de

neveras a plazos que visitaba las ocinas para ofrecer nanciaciones sin cuota inicial y en veinticuatro contados. Justo en ese momento resplandeció el níquel de la polvera, inocente y nítida, a poca distancia de la extensión telefó- nica y detrás de una revista de jardinería muy manoseada

En adelante las horas de ocina se volvieron

interminables. Vilma decidió pedir su traslado

a otro puesto. Según su opinión, Adela y Orfany

eran sus antípodas, pertenecientes a una raza sin a nidad con la suya. No les dirigiría la pala-

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bra ni aun en el caso de que se viera obligada a continuar en la misma ocina. Estaba lastima- da no sólo por el incidente de la polvera. Exis- tían varios análogos. Hacía poco había pesca- do una alusión injuriosa sobre las empleadas que ganaban el sueldo casi de balde. Adela sostenía que Vilma ignoraba los intríngulis de la profesión de archivera. Llegaba hasta sugerir su desconocimiento de lo que sabía un niño de primeras letras: el orden alfabético. Lo decía aunque había visto con sus propios ojos el di- ploma de bachiller de Vilma. El motivo consistía en que ni ella ni Orfany podían dar un paso si no las apoyaban las andaderas del hábito. En cambio Vilma archivaba a su modo. No res- petaba siempre la letra que tocaba sino una vez sí y otra no, para que fuera como si saltara a la pata de gallo.

Antes solían contarse cuanto les pasaba por la cabeza. Orfany describía con lujo de deta- lles el mejor método para pintarse el pelo en la casa, y Adela explicaba el último tratamiento para adelgazar comiendo. A las dos les encan- taba que Vilma se explayara en condencias so- bre las desgracias que aigían a los miembros de su familia.

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Si escogía otra depositaria, por ejemplo la huérfana casi ciega del segundo piso encarga- da de manejar las clavijas del conmutador del teléfono, que se pirraba por las tragedias, sus compañeras se ofendían como si las privara de un derecho. Pero ahora el silencio se cernía sobre la ocina igual a un ángel que las expul- sara.

A n de guardar las apariencias y sobre todo para evitar el enmohecimiento de los órganos vocales, de cuando en cuando emitían sonidos, pero separados de su conexión con los centros nerviosos y el elemento intencional. Las pala- bras rebotaban en el aire lo mismo que pelo- tas que nadie se tomaba la pena de recoger. A veces Vilma preguntaba a Adela: “¿Qué hiciste ayer?”, con la repugnancia de tragar una medi- cina de mal sabor y con la seguridad además de su inecacia. La contestación era un seco “Lo mismo que siempre” sin resonancias.

Finalmente consiguieron la neutralización total de la voz. En lo sucesivo perdió sus deli- cadas diferencias tonales encargadas de acen- tuar cada signicado como un lazo de unión. Hasta cuando repetían las noticias que traía el periódico: “Cayeron cinco guerrilleros en la

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montaña” o “Asesinaron a una dama de la em- bajada inglesa, en un barrio residencial”, no producían eco. Filosos, segregados, los fone- mas salían de sus gargantas como cuerpos du- ros, impenetrables, que las arañaban.

Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde. Había llegado el momento crepuscular en que la luz, al proyectarse sobre las gavetas y los cartapacios, los escritorios y los archiva- dores, modicaba su actitud. Por un instante los volvía cálidos y hospitalarios. La ocina se transformaba en cualquier lugar del mundo en que para unos amigos era grato reunirse. La la- bor de tejido en dos agujas de Vilma, hecha un reburujo y escondida en el fondo del cajón de la izquierda, la invitó a dar allí mismo unas punta- das a n de concluir felizmente la disminución de la sisa. Pero Orfany y Adela, hoscas en sus rincones, no la animaron. El tejido se convirtió para ella en un trapo desgonzado que la abo- chornaba.

Ya con la gabardina puesta se libró de repen- te de sus suspicacias como si sacudiera una telaraña.

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Antes de irse, un pequeño elogio a sus com- pañeras no le costaría casi. Sería la moneda barata para comprar su tranquilidad esa tarde. Después de todo Adela y Orfany poseían gran- des cualidades. De pesarlas en una balanza

a lo mejor inclinarían el platillo más que las

suyas. Cuando Vilma tenía dolor de cabeza se alarmaban. Le insistían para que pidiera permi- so y fuera a consultar al médico del seguro. Si necesitaba plata se la prestaban. Había días que compraban repollitas rellenas de crema y

la invitaban.

Para adularlas se valdría de un recurso que no fallaba. Les repetiría el piropo improvisado en una ocasión memorable por el subjefe de correspondencia: “Lo mejor de Incorebb es el archivo”.

Se hallaba un tanto gastado pero les endul- zaría los oídos antes de que se marcharan. Sin embargo Adela lo completó con retintín: “Y no sólo el archivo sino las archiveras”. Devolvía fríamente el cumplido de Vilma como si supiera que se trataba de una limosna. Ya era tarde para hacer contacto. Orfany se encargo del epí- logo con un cortante: “Ay, qué risa”.

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Todos corren a apretarse en los ascensores. Por un momento sienten miedo como si al abrir- se lentamente la valva que los apresaba defen- diéndolos, quedaran abandonados a la incon- sistencia, el frío, el viento de la calle. Junto a la puerta principal se agolpaban los vendedores de lotería, de ruanas de Sogamoso, de pajari- tos lilas y amarillos, de cigarrillos americanos y bolígrafos de contrabando, del vespertino con los últimos escándalos en letras coloradas y grácas de media página. Adela cuenta men- talmente los billetes de su cartera: “Ochenta, ciento cincuenta, doscientos”. Tampoco le al- canzan para comprar el paño escocés que le coquetea en una vitrina desde el mes pasado.

Orfany no necesita mirar para cerciorarse de que su poeta esta ahí, puntual a la cita, con sus espaldas de boxeador y su estatura que aventa- ja una cabeza a los demás, altanero, petulante, dueño del ángulo estratégico para apreciar bur- lonamente la perspectiva del enjambre que se apelotona antes de desintegrarse.

Igual la mirará a ella un rato más tarde, cuan- do ambos se deslicen por el pasillo del hotel alumbrado apenas por un bombillo de escasas

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25 bujías, y afortunadamente que es así para que, en el instante en que la vieja de la caja reciba los billetes y les entregue la llave del cuarto, a Orfany le resulte más fácil volver la cara a otro lado y ocultarse. Lo mismo hacía de chiquita, cuando jugaba al escondite con sus hermanos y, aunque ellos la encontraran y la empujaran, si cerraba los ojos lograba que algo más importante que su cuerpo se evadiera, se librara.

Vilma proyecta ir a rezar a una iglesia cerca- na. Pero se arrepiente porque a medida que se hace noche aumenta el frío. Las calles se vuelven hostiles y la rechazan. Además, a esa hora la misa es de réquiem y la dice un Padre de voz gangosa y con ornamentos fúnebres.

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Elisa Mújica LA BIBLIOTECA Desde que Demetrio era chiquito mostró pre- disposición por el método, la

LA BIBLIOTECA

Desde que Demetrio era chiquito mostró pre- disposición por el método, la regularidad y la simetría. No podía tolerar la vista de un cuadro torcido. Si se ladeaba el bodegón de duraznos, manzanas y toronjas que estaban en el testero del comedor, rehusaba continuar almorzando. Sin importarle que se le enfriara la sopa se le- vantaba y, con gran delicadeza, encaramado sobre una tarima, restablecía el perpendículo exacto de la cuerda que sostenía el lienzo.

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Cuando aprendió a leer lo atrajeron las enci- clopedias. Registraba las palabras en un cua- derno, agrupándolas por familias lingüísticas e ideológicas. Lo apasionaba puntualizar las re- laciones que sostenían entre sí, no apreciables a primera vista pero lógicas y satisfactorias al caer en cuenta. Parentescos como los que advirtió entre ccenizaeniza y EEscorialscorial (monumento levantado en piedra), ccódigoódigo y vverdugo,erdugo mmetaeta y mmásás aallá,llá hicieron sus delicias. A veces, arras- trado por caprichos, alteraba voluntariamente las normas de sus nomenclaturas. Si por ejem- plo en la la consagrada a vverdad,erdad en la que guraban ppermanencia-estático-ermanencia-estático- iindestructible,ndestructible introducía algún miembro del grupo de hhistoria,istoria, provocaba grandes disturbios. Los acompañan- tes de este último: ffábula-tiempo-necrología,ábula-tiempo-necrología no compaginaban con el primero. Otras voces como rreproducción,eproducción a la vez trasunto o copia y rescate o devolución de lo perdido, también le formulaban graves interrogantes.

La segunda de sus distracciones infantiles consistían en construir pirámides. Utilizaba pequeños conos de madera en olores que su mama le había regalado. Ella sin embargo se compadecía de sus juegos de niño solitario.

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Para consolarlo lo llevaba a las funciones del circo, al cual por fortuna tenían entrada gratis debido a un parentesco lejano con el dueño.

Como la propensión del muchacho debía ha- llarse entretejida con características profundas de su psicología, al sonar la hora de escoger una carrera eligió la de bibliotecólogo. Contra- riaba las aspiraciones de la familia, que había deducido que lo esperaban altos cargos de su inclinación a quemarse las pestañas. Pero cuando Demetrio aprendió el método Dewey, sobre clasicación de libros en orden decimal, comprendió que no se trataba de unsistema ru- tinario. Por el camino que trazaban las divisio- nes del catálogo, denotativas de su nacionali- dad y época, tema y carácter, conexiones e inter

in uencias y contando con la valiosa ayuda de

los índices analíticos y las tablas de consulta, los encabezamientos, los montones de chas

y las guías de colores, conseguiría sus propó-

sitos. Estos consistían en demarcar la frontera de cada obra para jarle concienzudamente su radio de acción.

A n de empezar, y una vez posesionado del cargo de director de la biblioteca distrital —orga- nismo adscrito a las dependencias del concejo—

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concretó su atención en el asunto de las genealo- gías. Pero como el sistema Dewey era inapelable en el sentido de que los tomos debían ocupar en los estantes los sitios exactos que les corres- pondían, si en el curso de una lectura Demetrio variaba de criterio respecto a la índole de un libro, se hallaba obligado a cambiar de lugar los anteriormente colocados con el objeto de ase- gurar el orden. Mientras efectuaba las reaco- modaciones no tenía más remedio que arrojar los volúmenes sobre el piso de la biblioteca.

Gracias a su tenacidad y espíritu de trabajo, que sobrepasaban con creces el horario ocial, conservaba la esperanza de organizar algún día concertadamente los entrepaños, conjuran- do los brotes de anarquía. Pero como sus lecto- res pertenecían a la clase popular —obreros de fábricas, aprendices de ocios, dependientes de pequeños almacenes— le solicitaban trata- dos de ortografía o folletos de divulgación de la ciencia contable, los cuales no aparecían cuan- do hacía falta. Se hallaban debajo de grandes aludes formados por los otros volúmenes.

Una mañana entró en el salón una mujer a buscar un manual sobre crianza de búhos. Para atenderla, Demetrio tuvo que escalar monta-

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ñas y descender a cavernas constituídas por arrumes de papel. Finalmente logró exhumar el breve compendio, en la compañía de mamo-

tretos que versaban sobre alquimia, inquisición

y ltros extraños y agregado a un ensayo mo-

derno de Papini, titulado EEll ddiablo.iablo

Aunque había progresado mucho en su entre- namiento para levantar grandes pesos —lo que por cierto nunca se había gurado que llegaría

a ocurrirle dada la apariencia frágil de los cuer-

pos de papel— las variantes no le suministra- ban la solución del dilema. Sin embargo, lo que sumergió su cerebro en un maremágnum no fue un volumen de apariencia respetable sino un pequeño relato empastado en cuero azul. Narraba la historia de una niña, Palma, víctima de desarreglos emocionales que la convertían en desadaptada social, por lo que Demetrio lo consideró en principio como perteneciente al renglón de la patología, dentro del campo de la medicina y en el vasto territorio de las ciencias aplicadas. No obstante, los síntomas padeci- dos por la protagonista no se habían formado al azar.

Existían agentes. A estos —se dijo— convenía desenmascarar para incrustarlos en la colec-

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ción de obras prohibidas que ostentaba etique-

tas negras a n de servir de aviso a los inexper- tos. La infancia del padre de Palma había sido muy dura. Era el hijo menor de un hombre que, probablemente por atavismo y porque necesi- taba atraer a su espectáculo circense el mayor número posible de espectadores, era notable por la mano fuerte con que trataba a sus artis- tas. Sus tres hijos hacían parte del elenco. Pero mientras los dos mayores mostraban fortaleza,

el último se orinaba de miedo cuando el viejo lo

mandaba lanzarse al aire desde el trapecio, o introducirse en la jaula de los leones con la sola protección de una varilla calentada al rojo. N o valían castigos.

El problema resultaba mucho más irritante para el padre cuanto que no cabía poner en entredicho la estirpe del muchacho, dadas las medidas moriscas implantadas desde la inicia- ción de su matrimonio. Al llegar a esta parte de su lectura Demetrio casi adivinó los aconteci- mientos que se sucederían luego. La trama se

relacionaba con las leyes de la herencia. Estuvo

a punto de adjudicarles la génesis de la obra.

Para colmo, en el caso de Palma el asunto se complicaba por la situación de la familia mater-

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na. Sus miembros trabajaban o ngían trabajar por salarios mínimos con los que se subalimen- taban y compraban a plazos ropa de pacotilla, diez veces más cara que al contado. Con plata prestada asistían a las funciones del circo en las noches de gala.

Entonces se exponían a confundir la excita- ción reinante bajo la gran lona, la expectativa creada por la música, el lujo de la equitadora y

las lentejuelas de la contorsionista, con otras tantas caras de la libertad. Entre sus parientes

la más tentada era Linda, que se convirtió des-

pués en madre de Palma.

El espejo le decía que era bonita y contaba con que a la larga le estaban reservadas las emociones de la pista. El hijo menor del dueño del circo la conoció por casualidad, a la salida de una función. A la admiración agregó un sen- timiento de gratitud. Jamás había sido objeto de homenajes como los que le prodigaba la muchacha. Se obstinó en casarse con ella, a pesar de la protesta de la “troupe” por la intro- misión de un miembro sin arraigo en las las de la barra y la acrobacia. Conicto de clases, incompatibilidad de caracteres, cargas ajenas

a la profesión, fueron algunos de los epígrafes

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que este pasaje sugirió a Demetrio. El argu- mento se complicaba aunque podía preverse el desenlace.

Con motivo de su casamiento, el muchacho revivió la experiencia de elevarse en la exigua tablilla sostenida por dos lazos. Constituía su único sostén entre volantín y volantín, mientras el público contenía la respiración y la trompeta de la orquesta tocaba alerta. Para conquistar a su mujer le hacía regalos, que Linda aceptaba como obligado tributo. No se contentaba con ores y caramelos. Deslizaba insinuaciones en las que guraban vestidos, collares y pieles. Al marido le cicateaba el viejo hasta la última mo- neda. Pero a la vez le había conado el mane- jo de la caja. Allí no sólo guardaba las sumas necesarias para gastos de traslados y nuevas instalaciones, sino los ahorros de los artistas mejor remunerados como la pareja de equili- bristas y el luchador.

Cuando el último quiso retirar su dinero se divulgó la noticia del desfalco. El viejo tuvo que hacer el reintegro para eludir a la policía. Pero la situación del circo venía resquebrajándose y lo sucedido la agravó. Cuando se marchó el prestidigitador y malabarista, y lo imitaron los

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tres payasos, el dueño recibió el golpe de gra- cia. El culpable era su hijo, el descastado que se atrevía a pedirle perdón bañado en lágri- mas. Lo maldijo delante de Linda y de la niña de ambos, Palma, que entonces aprendía a dar los primeros pasos. Demetrio, al terminar este capítulo dedujo que el viejo mostraba inclina- ciones sádicas probablemente incubadas des- de su juventud, cuando se consagró a la dici- lísima tarea de domesticar un par de oseznos blancos. Por ello disculpó hasta cierto punto a Linda, que no pudo resistir el ambiente de sus- picacias y se fue, llevándose a Palma.

En el libro no se describían con detalle las consecuencias que la fuga acarreó para el ma- rido. Pero era fácil imaginarlas. La tabla del tra- pecio huyó definitivamente de sus manos. S i n necesidad de estupefacientes cayó en estado de catalepsia. Así no le importaban introducirse en la jaula de Asa, la leona que, por sus pési- mos modales, se salvó de la liquidación y re- presentaba el último número taquillero que les quedaba en el circo.

La niña, nerviosa y enfermiza, estorbaba a Linda en su nueva vida. Sin embargo no quería separarse de ella. Ni le faltaban sentimientos

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maternales, ni ignoraba que, si la entregaba al padre, la utilizaría como argumento para obligarla a volver, castigándola de paso por su deserción. No sabía que, mientras tanto, su marido se había asociado con el antiguo presti- giador y malabarista, quien descubrió en el hijo de su expatrón aptitudes preciosas para ambas artes. Entre los dos montaron un espectáculo en el que guraba la lluvia de bolas de billar y la pesca en el aire con caña. Lo presentaban vestidos de etiqueta, con frac y corbata blan- ca. Arrebataba a los espectadores que los col- maban de aplausos. Lo mejor fue que el pro-

pietario del circo primitivo, ahora de capa caída

y provisto apenas de una carpa deteriorada y

de Asa, se reconcilió con su hijo. Sus recientes

actividades le suministraron la prueba de que

ingresaba por n en el clan familiar, corroboran- do su sangre. El amante ilusionista, con el objeto de añadir incentivos a su programa, con- trató a una ventrílocua. Ésta se enteró en se- guida de la historia de su jefe. Comprendió que

le correspondía rehabilitar la buena fama de su

sexo y reparar en el corazón maltratado los es- tragos causados por otra mujer. Cuando la ma- dre de Palma, escarmentada por sus aventuras que iban de mal en peor, creyó jugar la carta de triunfo regresando arrepentida, se enteró de

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que su marido no deseaba ocuparse de ella. Y no sólo eso sino que andaba en gestiones para obviar las trabas legales y casarse otra vez.

Quién sabe debido a qué encontrados arre- batos Linda no intentó recobrar a Palma. El bibliotecario achacó su actitud a mecanismos compensatorios, lo que consideró bastante aproximado a la verdad. En cambio se descon- certó por la conducta del marido. En lugar de hacerse cargo de la niña la depositó en la casa del abuelo, o sea en lo que quedaba del circo. Seguramente quería evitar perturbaciones a su recién fundado hogar. Pero en la perplejidad de Demetrio se agitaba que hubiera olvidado los sufrimientos padecidos en el mismo sitio y de las mismas manos durante su niñez. Le pa- reció que entregaba a su pasado otra víctima, tan identicada con él como si se tratara de una sola persona. Al cabo de muchas cavilacio- nes concluyó que el ilusionista incurría en una forma de masoquismo dotada de facultades aplacatorias. Encerraba demasiados interro- gantes para que pretendiera viviseccionarla.

El viejo se negó en principio a recibir a la cria- tura. Entonces el padre acudió mañosamente al juez de menores, a quien comunicó su se-

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gundo matrimonio y la expectativa en que se encontraba de nuevos herederos. El juez con- ceptúo que la guarda de Palma correspondía al abuelo en su calidad de pariente más próximo. El viejo se resignó y tuvo la delicadeza de no mencionar paliativos económicos para el com- promiso de alimentar otra boca. Pero la llega- da de su nieta no le deparó el rejuvenecimiento que le habría ocasionado a no dudarlo un ca- chorro de Asa. Físicamente la niña era el retrato de su padre. El abuelo resolvió consagrarse en persona a entrenarla para su vida de artista.

No dieron resultado ni su método ni su per- severancia. Palma se echaba a temblar cuando recibía la orden de practicar los ejercicios más elementales. El terror le impedía oír las instruc- ciones. En la maroma se quedaba parada en la mitad sin decidirse a subir ni a bajar. Tenía ataxias repentinas. El viejo atribuía para él la incomprensible mudez a la terquedad con que su nieta lo desaaba. Con el n de convencerla apelaba a los temibles rugidos de Asa y a su jeta milagrosamente cerca de la nuca de la muchachita. A veces el ilusionista asistía a las sesiones.Aprobaba el sistema y reñía a su hija por ingratitud. En los intervalos le describía la

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paciencia y ternura proverbiales del abuelo en las faenas de educación de los irracionales.

Un día la niña se desprendió de la cuerda y cayó sin sentido en la arena. En el alejado ba- rrio donde funcionaba el circo no había médico. Fue preciso acudir a una mujer que pasaba por

enfermera. Ésta se retiró después de aplicar los remedios de urgencia. Pero regresó más tarde

y pidió permiso, concedido inmediatamente

y con alivio, de llevarse con ella a Palma a n de someterla a un tratamiento sin costo alguno para la familia. Sólo mucho tiempo después se averiguó que la llamada enfermera no po- seía título ni conocimientos en ese ramo. No internó a Palma como lo había asegurado en un establecimiento de prolaxia. La condujo a una casa de diversiones que pagaba muy caro

la consecución de jovencitas.

Ahí terminaba la historia. El desenlace estuvo

a punto de llevar a Demetrio a acomodar el libro

sin más dubitaciones en la casilla destinada a

la trata de blancas. Pero sobra decir que no se

declaró satisfecho.

Mientras tanto había realizado tantas modi- caciones en las estanterías que la biblioteca

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presentaba el aspecto de tierra devastada. En esas circunstancias le era más difícil que nun- ca despachar oportunamente las demandas de los clientes. Las quejas elevadas por estos al Concejo se volvieron más apremiantes. Subra- yaban que la manía del bibliotecario los priva- ba de la ocasión de hacer citas. Sin ellas no tenían lugar los ascensos a que aspiraban en sus honestas carreras. Por su parte Demetrio comprobó, desesperado que lo había atacado

la alergia al polvo. Para empeorarla eran espe-

cialmente indicadas las condiciones de la bi- blioteca. Por su culpa no podían librarse de una tosecilla impertinente cuando los ediles le pedían descargos.

La contemplación de los volúmenes multi- plicados en despliegues impresionantes fue causa también de una psicosis. Como se había convencido de que superaba sus fuerzas seña-

lar la exacta dosis de culpa o inocencia interca- ladas en cada obra, el subconsciente lo indujo

a materializar el problema. Para ello no encon-

tró gura más indicada que las guías del bigote de Demetrio. Se le metió en la cabeza exigirles un crecimiento milimétricamente igual a lado y lado. Consultaba sin cesar el cartabón y el es- pejo. Pero siempre notaba pelos de más o de

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Elisa Mújica

menos. Al afeitarse la parte sobresaliente en relación con la otra, respiraba por un momento. Sin embargo no tardaba en caer en cuenta de su error. El espejo le mostraba una descom- pensación a la izquierda como consecuencia de lo que acababa de quitar a la derecha. Su antes imponente mostacho se transformó en un bozo ridículo. En esa facha no podía sopor- tar las miradas de los extraños, por lo que pasa- ba el día escondido en el retrete.

Los concejales de la ciudad no consideraron prudente desatender por más tiempo las sá- plicas de sus futuros electores, en una fecha en que se aproximaban las votaciones. Pero tampoco era justo prescindir de los servicios de Demetrio, cuya buena voluntad no tenía tacha. En un acto salomónico le cancelaron el nombramiento de director y lo nombraron como guardián de la biblioteca.

En el desempeño de ese cargo lo hemos visto hace poco, recorriendo los salones de su anti- guo dominio sin despegar los ojos de los usua- rios. Le interesa impedir, según manifestó, que los atraiga la tentación de sustraer un volumen o de mutilarlo. Aunque él no pasa ya nunca los ojos por la letra impresa, considera aceptable

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que los demás lo hagan. La postura que adop- tan cuando se consagran a esa ocupación es sedante para quienes los contemplan. Sólo que Demetrio, concienzudo y escrupuloso, como siempre, no tolera que marquen con lápiz las páginas y mucho menos que les doblen las puntas. Sus protestas no le ocasionan mayores disgustos por la forma comprensiva como las expresa. De nuevo le ha crecido el bigote. No seria raro que tuviera el proyecto de casarse pues, a pesar de exasperarlo las relaciones con algunos miembros de su familia consagrados a ganarse la vida como artistas, resulta muy dis- tinto disponer de un hogar propio. En n, hasta donde puede asegurarse, ahora ya no le intere- san sino los problemas de solución fácil.

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Elisa Mújica

Elisa Mújica EL CONTABILISTA C uando Julián vino por primera vez a visi- tarnos se parecía

EL CONTABILISTA

C uando Julián vino por primera vez a visi- tarnos se parecía maravillosamente a mi

Maritza.

Era espigado como mi niña, con el pelo rubio

y los ojos claros. Pero en estilo de hombre,

acostumbrado a contemplar el mundo directa y

objetivamente, despojado de las medias tintas

y las vacilaciones femeninas, entre las cuales nos movemos perfectamente sin embargo. De

lo único que estamos privadas es de la facultad

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de poner nombre a las cosas. Sin ella no pode- mos exorcizarnos. Quedamos expuestas a cho- car contra las rocas. En principio Julián vino porque me interesaba revisar las cuentas del almacén que mi marido me dejó de herencia. Así no pierdo el control y demuestro a los em- pleados que soy la dueña. Julián trabaja allá como contabilista. A partir de la primera tarde siguió visitándonos diariamente. Yo, en vez de ocuparme de los números, me dedico con él y mis hermanas a tomar té, charlar sobre cual- quier cosa que nos cruza por la cabeza: arte, li- teratura, losofía, religión, sentimientos huma- nos, qué sé yo. Desde el primer día la conversación se orientó a temas fuera de serie. Pregunté al contabilista: “¿Quiénes crées que son los verdaderos amigos, aquéllos que nos aprueban por simple benevolencia, o los que no lo hacen porque no nos parecemos a ellos?” Me contesto: “De pronto hay también alguno que nos ayuda a ser nosotros mismos”. Y agre- gó: “Un sujeto llamado Schiller aconseja buscar ante todo la claridad mental como algo indis- pensable para amar con más ardor”, palabras que alcanzaron para mí la virtud de borrar a Ro- saura y a Rosana, sentadas a mi lado, e inter- narme con Julián en un terreno privado, de no- sotros solos. La comprobación de que el

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Elisa Mújica

muchacho era de mi misma raza, me ruborizó de placer. Si a una mujer de mi edad se le en- ciende la cara, se vuelve transparente como de vidrio, todavía más frágil que a los catorce años. Por cierto que Ojos Vacíos—pobre mi hermana Rosaura pero ése es el calicativo que le endil- go en mi fuero interno; quién sabe cómo me retribuirá ella para sus adentros, seguramente con un apodo rebuscado o impertinente, por ejemplo “la reina caprichosa” o “la sabihonda insoportable”— lo advirtió y salió de la sala dan- do un portazo. Hay mujeres que jamás se rubo- rizan; en cambio dan portazos. Ojos Vacíos fue quien me recomendó a Julián para que lo nom- brara en el almacén, y es también la autora in- telectual de la invitación a que venga a esta casa. No obstante, desde que atendí sus de- seos, no ha dejado de ensayar actitudes contra- dictorias. Al mismo tiempo le gusta y la molesta que yo simpatice con el contabilista. Le gusta porque signica un reconocimiento a su perspi- cacia que lo saco del montón y lo elevo hasta nosotras. Le choca porque ha empezado a con- siderarme su peligrosa rival. Seguramente, al relacionarse con Julián en el instituto contable donde estudiaron juntos, decidió asumir el rol de madre postiza suya. Imposible otra cosa por- que mi hermana pasa de los 50. Una protectora

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jamona es la enamorada natural de un pupilo de 20 años. Con seguridad le hace conden- cias, entre otras una que le interesa, o sea la de que no dispone aquí de oportunidades a n de consagrarse a la música, su vocación indiscuti- ble según opina. Aún cuando la verdad es que en mi concepto y en el de cuantos la escucha- ron machacar el piano cuando disponíamos de uno —y por cierto un Pleyel de media cola que valía una fortuna—, por mucho que se proponga nunca pasará de ejecutante mediocre. A Ro- saura le encanta posar de mártir. Acepta con la misma suspicacia los elogios que las críticas. Inclusive la irritan más los primeros. Los juzga compensaciones mezquinas para lo que mere- ce y no obtiene. Cuando se acerca a mí con cualquier pretexto, como mostrarme una foto o darme un vaso de agua, en sus movimientos se nota la prevención del que teme un golpe o una enfermedad contagiosa. Por suerte no vivimos solas. Si así fuera no descansaríamos andando de psiquiatra en psiquiatra. Como colchón de choque contamos con Pequeña Marmota, es decir, mi hermana segunda, Rosana. La con- vencí de acompañarnos, lo que a ella le agradó- porque es viuda y tacaña. No quiere gastar un céntimo del pequeño capital que heredó de su esposo. Viviendo aquí lo preserva y a la vez nos

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Elisa Mújica

hace un favor enorme a Rosaura y a mí. Él nu- mero 3 es ideal. Evita la tácita confrontación de dos egos. No me importa que por causa de Ro- sana aumenten mis gastos. El testamento de Raimundo me aseguró una buena situación económica. Raimundo. Con él fuí feliz. ¿Lo se- ría? Tuvimos tres hijos, dos varones y una nena. Cuando Julián vió el retrato que está sobre mi escritorio, en el que aparecemos mi marido y yo con nuestros hijos, me dijo: “En esta foto la se- ñora Nina se ve joven y linda. Con su vestido blanco es el centro de las miradas de todos, como si les infundiera luz y calor”. Julián nunca me llama sin anteponer el tratamiento de “se- ñora” al revés de lo que hacen los muchachos de hoy, que se toman libertades como si nos concedieran un favor a los mayores. Es orgullo- so. Le encantan la literatura, la pintura y la mú- sica. Últimamente se ha decidido por la última. La considera la reina de las artes. La música va más allá de las palabras, los colores y las for- mas. Yo carezco por desgracia de oído, y lo mis- mo les pasa a mis hijos varones, que en eso no se parecen a su padre. En cambio mi Maritza, cuando murió ya era capaz de posar sus mani- tas sobre las teclas del piano para arrancarles melodías. Por no despertar ese recuerdo fue que desterré de la casa el Pleyel. Se lo dije a

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Julián y me contestó que lo lamentaba por Ro- saura. Había en su voz una nota de censura como si me tildara de egoísta. Quizás me com- para desventajosamente con un amigo suyo residente en Roma, que le ofreció alojarlo y fa- cilitarte su ingreso a una de las mejores acade- mias musicales de allá. Me confesó que habría aceptado si contara siquiera con una suma aproximada de trescientos mil pesos para los gastos iniciales de instalación. Yo le propuse in- mediatamente: “¿Quieres que te aumente el sueldo? Así podrás ahorrar pronto esa plata”. Me respondió: “Preero que me conceda mejo- ras cuando lo merezca por mi trabajo”. Mi Ma- ritza murió a los cuatro años. Su pelo era más rubio que el de Julián. Le caía sobre la frente lo mismo que a él, para formar bucles que juga- ban con la luz de la araña del cuarto de estar. A mis hijos varones los acaparó desde muy tem- prano, igual que a su padre, el interés por los negocios. Cuando se casaron, emigraron a los Estados Unidos. Yo viajo a verlos cada año. Así se lo prometí a Raimundo. Mi marido me mima- ba quizás con exceso, como siempre los hom- bres maduros a las jovencitas. Después de su muerte me sentí sola y busqué el refugio de la religión que no practicaba desde la adolescen- cia. Necesitaba una respuesta a mis preguntas.

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Elisa Mújica

No lo digo por repetir un lugar común. A mí la religión no se limita a contestarme. Cada res- puesta que me brinda me siembra nuevos inte- rrogantes. Lo cual me mantiene en un proceso de pesquisas, comprobaciones y nuevamente pesquisas que no me separa de la vida sino que me sumerge más en su ardiente ritmo. Sin embargo, sigo dependiendo de Julián. Ojos Va- cíos lo adivina. Está persuadida de que si a ella y a Pequeña Marmota las traje conmigo fue por- que así halagaba mi vanidad de dama caritati- va y creyente. Imaginándolo, prescinde de agra- decérmelo. A propósito: Julián me recalcó hace poco que una de las pruebas de nuestra condi- ción de seres únicos radica en que jamás se repite el juego de rayitas grabado en las yemas de los dedos. Pero, ¿qué traduce “único” si no es solitario? (Otro tema para dilucidar con mi amigo). Antes de ayer celebró su cumpleaños. Lo festejamos con una rica torta de 20 velitas. Parecía como si estuviéramos en familia, algo insólito para él pues siendo niño perdió a sus padres. Por eso se acostumbró a ser protegido, aunque no se inclina. Sus ojos, de un azul ace- rado muy raro, por lo general amistosos, en ocasiones se tornan peligrosamente hirientes, sobre todo cuando se cree zaherido por la dife- rencia de posición social o de fortuna. Me ha

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comunicado su desaprobación por el contraste que a su entender se observa entre mis convic- ciones de practicante católica y las comodida- des que me rodean en esta torre blanca, amo- blada no sólo con gusto sino con lujo, en un barrio exclusivo, situado cerca de casuchas destartaladas casi a punto de desplomarse, donde habitan los que se hallan tan familiariza- dos con la miseria que ya casi no la notan. ¿Será que Julián me desprecia? ¿Me calicará para sus adentros —como Rosaura— de farisea estúpida, que nge sufrir por la suerte de sus hermanos y termina declarando que huelen mal y son ingratos? Pero no. Su mirada carece de la suspicacia de los ojos viejos. La vida le enseñó muy pronto que siempre se tropieza con la roca. Pobre muchacho. Mientras se con- vierte en el gran pianista que aspira a ser, tra- baja en mi almacén. Pasa por un momento es- pecial, ardiente, como el de las plantas cuando les nacen los primeros brotes. Es alto, elástico. A lo mejor no nos visita sino para librarse si- quiera por un par de horas del pasadizo húme- do y oscuro en que le toca apuntar cifras. Cuan- do con mis hermanas nos instalamos aquí me encargué yo misma de decorar el apartamento y comprar los mobiliarios. Desterré lo que usa- ba antes de mi viudez, desde la gran cama ma-

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Elisa Mújica

trimonial de caoba oscura hasta el menaje de la cocina. “Si se trata de tu capricho no te im- porta el costo ni te jas límite”, proclamó Ojos Vacíos. Y por cierto que en ese minuto sus ojos no merecían tal calicativo. Chispeantes, pér- dos, como de ónix, denunciaban a gritos lo que generalmente disimula su expresión ausente. Aludía sin duda a mi costumbre de vestirme de blanco. La considera un truco para aparentar una juventud que huyó hace mucho. Ignora que es mi manera de rendir homenaje a Emily Dic- kinson, que vistió siempre de blanco. Si se lo conara a Rosaura pensaría que soy aún más ridícula de lo que temía. Julián sí me entiende. Notó enseguida en mi biblioteca la cosecha de obras escritas por mujeres. Me felicitó, pero yo le expliqué que los libros que me fascinan son los de estampas. Los de geografía o historia me conducen a países que nunca he conocido ni conoceré a pesar de formularme promesas. La complejidad de un atlas me arropa como si me encerrara en un círculo. Los libros de astrono- mía me abruman como si me dispararan el peso del universo y yo lo soportara sin quejar- me. Esa vez Julián me escuchó muy serio y ase- guró que oscilo entre mi amor por las rosas y mi sed del agua que no se agota. Estaba en lo jus- to. La división me desgarra. Me impide gozar

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verdaderamente de lo uno o de lo otro. Fue un

error hacerme la operación de cirugía plástica. Cuando opté por ella ya tenía la certeza de que me equivocaba. No obstante, insistí en forzar el proceso del tiempo, que continuó su marcha debajo de la máscara fabricada por los ciruja- nos. Pequeña Marmota no se cansa de repetir que el resentimiento de Rosaura nace de que in

illo

tempore me opuse a su matrimonio con un

tal

Rodolfo. Cuando Rosana lo reitera aprove-

cha la oportunidad a n de subrayar el paso en falso que dimos Raimundo y yo, empujados por

la más noble de las intenciones y para evitar a Rosaura un fracaso que la hubiera afectado to- davía más. Mi hermana menor disfruta atizan-

do mi complejo de culpa, aunque la verdad es

que, si se examinan las cosas, la responsable

fue ella, al informarnos que Rodolfo era casado.

Así

constaba en la nómina de la compañía don-

de

prestaba sus servicios, según nos dijo. Tanto

mi

marido como yo nos sentimos obligados en-

tonces a escribir una carta al farsante, prohi- biéndole el trato con Rosaura. Después se ave- riguó que no existía el impedimento, salvo en la imaginación de Rosana. Rodolfo no se encon- traba atado por ningún compromiso. Pero ya era tarde. No reanudó sus amores con Rosaura y al cabo de unos meses se casó de verdad,

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Elisa Mújica

pero con otra. Pequeña Marmota es así. Sopla las brasas y esconde la mano. Ni siquiera me agradece que yo no haya puesto en autos a Ro- saura de su intervención en ese lío. Es preferi- ble que Ojos Vacíos me deteste solamente a mí. Ya pasado el rompimiento, a Rosaura se le pre- sentaron otros pretendientes, pero los miró por encima del hombro, los despreció olímpicamen- te. La suya es un alma altiva, capaz de senti- mientos absolutos que encarna por desgracia en seres falibles. Al traernos a Julián con el pre- texto de revisar las benditas cuentas, quiso pa- sármelo por las narices como diciéndome: “Tú eres rica y la dueña de casa, pero este lindo mocito es a mí a quien pertenece. Yo lo conocí antes que tú, le conseguí el empleo, le hago fa- vores de igual a igual. A una compañera de ca- denas no se le ocultan los secretos. En cambio a la patrona se le revela únicamente la cara que conviene”. Se ha atrevido a criticarme porque a su parecer dedico al contabilista las ternuras maternales que reservaba a mis hijos. Supone que, por disfrutar de la compañía de Julián, prescindiré este año de mi viaje a los Estados Unidos. Se siente madre sustituta con más de- recho que yo. Aunque la verdad es que, si nues- tro amiguito faltara una sola tarde a su cita, las tres nos hundiríamos en el caos de los aconte-

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cimientos anormales, que rompen el hilo de las certezas diarias y nos connan a lo desasido y otante, al aire. Por suerte ningún síntoma anuncia esa catástrofe. El amable contabilista se ha trasformado en el más asiduo de nues- tros visitantes. Salvo las horas en que le toca atornillarse de grado o por fuerza a los libros contables, permanece en esta casa, trasmu- tando para nosotras el universo hostíl en otro fácil y claro. Ayer casi que surge un malentendi- do entre los dos. Yo había mandado mudar de sitio el diván de la biblioteca, lo que enfureció a Ojos Vacios como si el simple acto de mover un mueble constituyera una de mis famosas de- mostraciones de poder, ejecutada con el exclu- sivo propósito de morticarla. Pequeña Marmo- ta, a n de apuntarse a la carta de triunfo de ser dos contra uno, ngió estar de acuerdo. Pero lo que yo me proponía era sencillamente colocar el mueble en un espacio estratégico, ni demasiado lejos ni demasiado cerca de Rosau- ra y de mí. De ese modo, al reclinarse allí Julián, puede irradiar su belleza sobre nosotras dos, situadas en sillas equidistantes, evitando que si lo acapara mi hermana o si lo hago yo, se produzca una atmósfera tensa que nos maltra- ta. No la disuelve ni siquiera la losofía de Pe- queña Marmota. Cuando se aclararon las cosas

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Elisa Mújica

y quedó zanjado el problema, Julián sonrió. Ojos Vacíos no. Es un rencor circulante que erosiona cuanto toca. Conserva fresco como si hubiera sido ayer el recuerdo del error que cometimos con ella. Se ha construido un yo supergigante, un ego de gran calado que deforma su visión del mundo, sumergiéndola en una ola de incon- formidad básica. Quien padece esa enferme- dad cae desde esta vida en el inerno. Para que Rosaura se libre sería preciso, no que consulta- ra a un psiquiatra, sino que leyera a San Ignacio de Loyola, explorador en sus ejercicios espiri- tuales de un territorio temible y secreto. El que enseñorea la soberbia, raíz y or de todo peca- do. Qué lástima que yo haya abandonado casi por completo mis prácticas religiosas. ¿Por cul- pa de Julián? Cuando me cruzo en la puerta de una iglesia con señoras devotas y repito con ellas las frases de cajón: “Dios nos manda te- ner paciencia”, “Todo lo que sucede es para nuestro bien”, las palabras me suenan a fórmu- las vacías para salir del paso. Me duelen como ofensas que me inijo a mí misma. ¿Dónde ha- bitará ahora mi envidiable serenidad de espíri- tu, esa cualidad que me atribuyeron en otra época, aunque en realidad jamás ha sido mía? Una mujer que llega a lo que se ha convenido en llamar “una cierta edad”, comprueba que

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sus caminos se tornan tan tortuosos como en la adolescencia y sin el encanto de ésta. Ayer, en el momento en que nuestro pequeño pianis- ta entró en la biblioteca, yo pasaba por uno de esos períodos de hipersensibilidad frecuentes a mis años. Julián se ubicó en el diván, exacta- mente debajo de la araña, allí donde la luz or- namenta su pelo con reejos de oro viejo. Sus ojos brillaban de ironía afectuosa, dispuestos a recibir homenajes pero sin perder la facultad crítica. A mí me abrumaba el recuerdo de mi Maritza. Pensaba en el desierto en que se han convertido mis días desde el abandono de mi niña. De pronto el contabilista me dijo algo in- tencionado que me azoró. Afortunadamente Ojos Vacíos había salido, no sé si por casuali- dad o a propósito. En los últimos tiempos ha adoptado la táctica de desaparecer y regresar de improviso, deslizándose por las habitacio- nes sin hacer ruido, como una gata que sor- prende a su presa, repletas de relámpagos ins- tantáneos las cuencas evasivas, ahora sin conexión posible con sus labios cosidos de su- bordinada. Muchas mujeres no se contentan con el papel de madres segundas. Aspiran a algo más. Que se derramen sobre mí las nueve plagas, que se me caiga el pelo —como por des- gracia me ha empezado a ocurrir— si en mi ca-

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Elisa Mújica

riño por Julián se mezcla un sentimiento impuro

o egoísta. Lo que me incita es mi disponibilidad

afectiva. Para superar la tentación de exclusivi- dad no hay más camino que el amor por exce- lencia, la maternidad universal, cósmica, que vence lo individual y, por tanto, pecaminoso. Es- tar convencida de que es así no me impide des- plomarme desolada en cualquier rincón, envi- diando locamente a la mujer que fuí en otro tiempo, cuyo amor no se diseminaba a lo largo

y a lo ancho, indiscriminado, gaseoso, impose-

sivo. Se concentraba victoriosamente en un solo ser. ¿En Raimundo? ¿En Maritza? No sé. La desgracia para las viejas radica en las con- venciones que nos impiden la conjugación del verbo acariciar. No se trata de tener un amante. Me reero al placer de pasar simplemente la mano por una piel amada para apreciar su cali- dad y textura. Está prohibido, salvo en el caso de los niños chiquitos y los gatos. Cualquier otro roce se estima sospechoso. Ayer me habría gustado sopesar con mi mano la masa de cabe- llos del contabilista. Investigar, como quien cata un vino, si son espesos o sedosos, gruesos como un ala o delgados como una brisa. Su ju- ventud está nimbada de poder. Es el vencedor,

el dueño. Puede ir donde le plazca. Mientras tanto se mantiene a la expectativa como si ras-

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treara el nacimiento de un río, para no perder las primeras, reveladoras palpitaciones. Si ima- gina que yo me distraigo me lanza miradas inte- rrogadoras o de tranquilo descaro. Rosaura se da cuenta, tensa, hirviente, lista a estallar y se- ñalarme con el dedo. Imposible aplazar por más tiempo una explicación con él. Necesito hablarle francamente. Decirle: “Es natural que una madre que se ha quedado sin su niña quie- ra como a un hijo a un muchacho valiente, que no se acobarda por la orfandad y la pobreza. Los sentimientos de las madres de mentirillillas suelen pecar de confusos, pero de ti y de mí depende no ser ambiguos. ¿Se lo diré? ¿No se lo diré? Ni me atrevería ni serviría de nada. Hoy llegará como de costumbre dentro de unos ins- tantes, a atormentarme con el recuerdo de Ma- ritza. El otro día, haciéndose el disimulado, se acercó a mi escritorio y arrancó del jarrón en que yo había arreglado un manojo de agapan- tos, una de las umbelas de un ramillete. Luego la guardo en su cartera. Yo habría deseado pa- sear por su cara las orecillas azules, como lu- ciérnagas fugaces que arañaran los pómulos de un Apolo niño. Por cierto que el sustantivo “agapanto”, derivado de raíces que signican banquete amoroso y or, a lo que alude es al

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Elisa Mújica

éxtasis. Acaban de sonar las 3 en el reloj de campana del comedor. Es la hora en que el con- tabilista se despide alegremente de sus mamo- tretos y se prepara a trasladarse aquí. Todavía tengo tiempo de hacer lo que desde el principio supe que estaba escrito pero que el miedo me ha obligado a dilatar hasta ahora. Si no somos consecuentes se aminora la claridad indispen- sable para amar con más ardor. Qué lúcido Schiller. No he leído nada de él. Sólo las líneas que le dedica el Pequeño Larousse. En la vejez puede destruirnos bajar la guardia aunque no sea sino un segundo. Está cumplido el plazo. Cada minuto cuenta. Si no me lavo semanal- mente el pelo o no me hago las uñas, empiezo

a deslizarme por el despeñadero. Si olvido un

instante la alabanza y la gratitud, me cercarán

la irritabilidad y la amargura, esos perros de presa. Artesanías, colecciones, estudios como

el de lología por ejemplo, quizás la fundación

de un premio para estimular a jóvenes que ma-

ni esten dotes artísticas, de todo echaré mano.

Pasaré temporadas con mis hijos, esos queri- dos muchachos que se esfuerzan por portarse bien y ser amables. Me parece que en ocasio- nes no valoro bastante su cariño. Desde luego,

nada me agradecerá Rosaura, pero al menos

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no echaré leña al fuego. Llegará el tiempo en que rmaré un armisticio con ella.

—Alo, alo, señorita, le habla Nina, sí, la seño- ra Nina, la dueña del almacén. Comuníquese

Soy la señora Nina. Lo llamo

para pedirle un favor. Quiero que cancele con

fecha de hoy el contrato de trabajo del conta- bilista Julián. No se alarme usted. No ha come- tido ninguna falta. Es un empleado excelente, fuera de serie. Pero he resuelto prescindir de sus servicios. Se trata de una decisión madura, inmodi cable. Entréguele como indemnización

una suma importante,

mil pesos. Sí, eso está bien. Usted verá cómo hace. Que no se entere el resto del personal. Déle también las recomendaciones que solici- te. Las más elogiosas. No. Yo no las rmo. Lo delego en usted. Diga a Julián que no vuelva aquí, ni siquiera a despedirse. Salgo de viaje dentro de dos días y ando escasa de tiempo. En los Estados Unidos me demoraré un par de meses. Mil gracias por su atención. Le escribiré desde allá. Adiós.

trescientos

con el gerente

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Elisa Mújica

Elisa Mújica MARÍA MODESTA Y o sabía que terminarían internándome en un asilo, que no había

MARÍA MODESTA

Y o sabía que terminarían internándome en un asilo, que no había más remedio,

siempre lo supe. Bautista no podía obrar de otro modo. Hizo bien. En Junín no hay asilo de ancianos, pero en Girardot sí. Cuando tenía sa- lud iba allá a comprar lo que se me antojaba:

agrosal, concentrados, abonos, insecticidas, cuajos para fabricar queso, camisas, calzonci- llos, medias y tirantas para Bautista. Al salir de la tienda me tocaba pasar frente al ancianato. Sentía no sé qué. Parecía como si el viento me avisara. Y cambiaba de acera.

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Bautista hizo bien en traerme a Bogotá. En Girardot no encontró cupo. Fue una suerte que hubiera aquí, gracias a que los hermanitos aca- baban de abrir esta casa, con pensiones bara- tas. Claro que también hay pensiones caras en los pisos altos. Allá no nos dejan subir a noso- tras. Tienen miedo de que molestemos a las ancianas ricas.

A mí me acomodaron en este cuarto del pri- mer piso con otras dos viejas, Laura y Carmelita. Yo soy María Modesta. Quería un cuarto para mí sola, como siempre lo tuve en Miraores. Pero no valía quejarme. Ahora me he acostumbrado. Las tres nos distraemos charlando. Así engaña- mos al frío que sube del suelo de cemento o entra por el patio, a pesar de que hay marque- sina. A una señorita que nos visitó el otro día le oí decir que en todos los ancianatos hace frío. Laura y Carmela me cuentan cómo era su vida antes de que las trajeran. El negocio de Laura consistía en comprar víveres y revenderlos en una tienda que abrió en un barrio del sur. Invir- tió los ahorros de muchos años, reunidos con lo que le pagaban como costurera. Le fue tan mal que quebró tres veces seguidas por culpa del socio, un tipo borracho y peleador.

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Elisa Mújica

Cambiaron de barrio y se metieron en otro peor. Allá los robaban. Cambiaron nuevamen- te pero nada ganaron porque los vecinos eran tan pobres que no tenían con que comprar. Así iban hasta que Laura empezó a temblar. Lo que le dio se llama el mal de Parkinson. A ningu- na hora del día ni de la noche se le quita. La cabeza se le ladea como si le faltara un torni- llo. No puede estarse quieta como si sufriera escalofríos. Al principio me morticaba mirarla, pero ya no. Lo que no me cabe en la cabeza es que todavía se empeñe en convencer a la única amiga que viene a visitarla, una señora vesti- da siempre de negro, para que le preste plata con que poner otra tienda. Dice que esta vez sí resultará y que se volverá rica, como si lo que soportó no le sirviera de escarmiento.

Carmelita, la otra vieja, se pasó la vida como sirvienta de una casa grande. Sus antiguos amos le pagan la pensión y a veces vienen a verla. Está casi ciega y no le gusta hablar más que del lujo que gastan sus ex patrones, y de las comodidades y los muebles que tienen. De lo que hacen y dejan de hacer. Cuidó a los niños cuando eran pequeños, hasta que crecieron y se fueron. Todas las mañanas los bañaba y los vestía. Les cambiaba desde los interiores hasta

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la ropa de encima. A las niñas les rizaba el pelo con unas tenacillas. Carmelita no se cansa de recordar los bucles rubios de Magali y la cola de caballo de Betina. Y los premios que gana- ban en el colegio. Jorgito era campeón de tenis

y coleccionaba copas de plata. Carmela piensa

que todo eso le pertenece, cuando la verdad es que nada tiene.

Yo en cambio era la dueña legítima de Mi- raores, la nca que me dejaron mis padres, sembrada de naranjos, guayabos, pomarrosos, granadillos, limoneros y mangos. No sé cómo le caben tantos palos a pesar de lo chiquita que

es. En total, tres hectáreas. Pero tan buenas y rendidoras que cosechamos hasta guanábanas

y mangos de los grandes. Es rico preparar ju-

gos. Calman la sed. En los potreros pastan mis tres vaquitas buenas, mis amigas que me re- galaban su leche, la Pinta, la Niña y la Maruca, porque a ésa claro que no la iba a llamar Santa María. Hubiera sido un sacrilegio. En la escuela me enseñaron la historia del descubrimiento de América. Después no seguí estudiando, aunque papá si quería. Pero no pudo mandarme más tiempo. Me necesitaba en la nca para que ayu- dara en los ocios. Yo fui la única hija. Bautista

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Elisa Mújica

también es único, pero yo sí lo dejé hacer los cinco años de escuela rural y otros dos comple- mentarios. En Junín. Cuando él nació ya habían muerto mis padres. El cáncer los devoró al uno y después al otro. Entonces me tocó encargar- me sola de la nca.

Pero ya sabía para quién trabajaba. Por Bau- tista me tocó bregar día y noche haciendo de hombre y de mujer, de taita y de mama. Claro que el muchacho me salió bueno. Se aperso- nó rápido de Miraores como tenía que ser. A lo último yo no me entendía sino con la Pinta, la Niña y la Maruca. Y con mi perro Respeto. Como me acuerdo de mi perrito. ¿Qué será de él ahora?, ¿Se moriría de hambre? o de una pe- drada? Corría por todas partes detrás de mí. No me despegaba los ojos y movía las orejitas en la dirección que yo le indicaba. Desde que me vine se la pasará buscándome por la casa. En- trará a los cuartos para oler cada rincón y ave- riguar qué sucedió. El perro que vive con uno se vuelve como una persona. Sabe cuando es la hora de levantarse para ordenar, y de regar las maticas, y de hacer el almuerzo. Al caer la tarde llega cansado de los potreros y se echa a los pies, a pedir cariño.

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A mí me tocó abandonar lo mío. La casa donde nací, las cosas que fuí juntando una por una con esperanza y con paciencia. Mis matas de azucena, de pensamientos y de crotos. El

mantel que me bordaron en Junín, un mes que me fue muy bien con la venta de la mantequilla. Laura nos contó el otro día que el precio de la leche ha subido. Está como al triple de lo que me pagaban a mí. Por eso será que en el asilo casi nunca nos dan. En Junín se estará aprovechando Martina, la mujer de Bautista. Es tan brava que le pega hasta a su propio marido. Los hermanitos del asilo dicen que cuando nombro a Bautista los ojos me brillan. Deben ser las lágrimas. Mi nieto también se llama Bautista. Como mi hijo y como mi táita. Pero Martina le pega al muchacho. ¿Cómo no lo iba a defender yo, aunque tuviera que pelear con ella? ¿Cómo iba a permitir que esa era, a fuerza de golpes le secara el cerebro

a la criaturita y la ensultara? Si se manejaba

mal con el otro Bautista, con el grande, allá él. Para que se supiera defender yo lo crié como Dios manda. Creía que era un hombre hecho

y derecho. Pero cuando le daba quejas por lo

que Martina hacía con mi nieto, se callaba. Me miraba, pero sin que se le despegaran los labios. De ahí nació el odio que Martina me cogió. Hay

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Elisa Mújica

hombres que les temen a sus esposas como si fueran el patas. Conmigo no hubiera sido así, pero yo no tuve marido. El hombre que me dio a

Bautista no pasó sino una noche en Miraores.

A la madrugada ya estaba lejos.

Martina le siguió pegando a mi nieto y le pega todavía, aunque él ya es grande, alto como su padre. Mi nuera lo insulta y mi hijo se hace el

desentendido, el que no la oye. Le tiene miedo, como todos los que la conocen, menos yo que la encaraba. Entonces Martina, en el colmo de la rabia, me agarraba del pelo y me sacaba de

la cama, sin considerar que yo estaba impedida

por el reumatismo. Me arrastraba por el patio. No le importaban los charcos, si había llovido la víspera. Los días que se levantaba como de me-

jor genio, era peor. Se ofrecía a calentarme el café y me lo traía en un pocillo. Pero cuando se acercaba a la cama con el tinto echando humo en la mano, me lo derramaba en la cara. ¿Por qué calentaba el café, para después tirármelo? Vivíamos en una guerra que no se acababa. Hasta que por n Bautista resolvió traerme al asilo. Y me trajo.

Eso sí, viene a verme casi todos los domin- gos, con un canasto grande lleno de naranjas

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y granadillas que me alcanzan para repartirles

a Carmela y a Laura. En Junín yo vendía cada

semana una bola grande de mantequilla que sacaba de la leche de las vacas. Con la plata

que juntaba compre mi pañolón de seda negra, el de trenza de macramé y ecos de cinta. Lo merqué en el mismo almacén que el mantel.

Me lo ponía para ir a la misa, los domingos. Una señora bordó el mantel con ramitos de violetas en el contorno y, en el centro, una canastilla. Nunca lo volveré a ver y tampoco al pañolón. Le pregunté por ellos a Bautista el último domingo

y me contestó que Martina los había guardado

en el baúl de mi cuarto. Pero él qué va a saber. Los hombres no se enteran de lo que de veras

vale la pena. 0 sí se enteran, pero por prudencia no abren la boca. Se cosen los labios. Martina estará usando mi pañolón de trenza de macra- mé. Lo tendrá puesto cuando le tira piedras al perro, si es que el pobre Respeto no ha muerto

y se atreve a asomar el hocico en Miraores.

Cuando yo entraba a la cocina a preparar el al-

muerzo, se paraba a mirarme desde la puerta. Esperaba para entrar que yo lo llamara. Los dos

ll evábamos en verano las vacas a pastar a los

potreros de la orilla del río, los únicos que no se secan. Respeto ladraba para que las vacas no se salieran del camino, sobre todo la Maruca

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Elisa Mújica

que es la más terca y siempre cruza por el lado que no toca.

Me voy a morir sin volver a probar mi poquito

de mantequilla. ¿0 será que Bautista me lleva

otra vez a Miraores, cuando me enferme de la última enfermedad? En el cementerio de Junín están enterrados mis padres, los dos en un ataúd porque en vida ambos fueron uno solo.

Yo quiero descansar a su lado en la misma se-

pultura. No quedarme aquí, tan lejos. Claro que

mi nuera Martina hace la mantequilla tan bien

como yo. Pero no le da la gana mandarme ni siquiera una pruebita. Si me la mandara, se la

devolvería sin tocarla

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