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PROSAS

JAIME BARRERA PARRA

Dirección Cultural

PROSAS JAIME BARRERA PARRA Dirección Cultural Biblioteca Mínima Santandereana

Biblioteca Mínima Santandereana

© Universidad Industrial de Santander

Colección Biblioteca Mínima Santandereana No. 4 Prosa. Jaime Barrera Parra Dirección Cultural

Rector: Jaime Alberto Camacho Pico Vicerrector Académico: Álvaro Gómez Torrado Vicerrector Administrativo: Sergio Isnardo Muñoz

Editor Dirección Cultural Luis Álvaro Mejía A.

Impresión División de Publicaciones

Primera Edición: marzo de 2009

ISBN:

Dirección Cultural. UIS Ciudad Universitaria Cra. 27 calle 9 Tel. 6846730 - 6321349 - Fax 6321364 divcult@uis.edu.co Bucaramanga, Colombia

Impreso en Colombia

Jaime Barrera Parra

(San Gil S.S. 1892 – Medellín 1935)

Maestro del periodismo y considerado uno de los mejores ensayistas Santandereanos, Barrera Parra incursionó en la política, siendo representante a la Cámara como suplente de Jorge Eliecer Gaitán. Trabajó en el periódico “La Nación” de Barranquilla y fue director del Suplemento Literario de “El Tiempo”. Su obra publicada completa por Ecopetrol, en 1996, contiene el “Epistolario, y los libros, “Notas del Week-End”, “Gentes y Tierras”, y “Panorama Antioqueño”. La muerte le llegó trágicamente en enero de 1935, cuando contaba con 43 años de edad.

Los textos que contiene la selección, fueron toma- dos de: “Prosas de Jaime Barrera Parra”. Ediciones Continente, Bogotá, 1969.

Jaime Barrera Parra

ÍNDICE

•Marly, Mayo 24 de 1932

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•Querido Vives Guerra:

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•Algunas Reflexiones sobre el Santander Actual

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•Cuentos de Andersen

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•Despedida de Rendón

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•El Centenario de Julio Verne

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•El Romanticismo Eterno

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•La Guajira de Zalamea Borda

55

•La Visita de Barba Jacob

61

•Literatura y Periodismo

67

•Otto De Greiff

73

•Sangre y Bananos

77

•Se Compra un Paisaje

81

•Una Entrevista Imaginaria

85

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra Marly, mayo 24 de 1932 Mí querido Regueros Peralta: Y a TÚ lo

Marly, mayo 24 de 1932

Mí querido Regueros Peralta:

Ya lo sabes: convalezco en Marly de lo que Iván Goll hubiera podido llamar “un accidente de crepúsculo”. Entre estos jardines florecidos, tocados por la gracia de las blancas cornetas y por la piedad de las Hermanitas, las sienes se alivian de años. Quisiera estar enfermo de veras para sumergirme cuatro semanas dentro de estos pozos de luz, dentro de este silencio pálido que solo alteran los abejorros eléctricos

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del tranvía y el vuelo de las palomas inocentes. Es bello saber que todavía dentro de este mun- do febricitante, hay rincones de paz como éste, donde la naturaleza nos tiende sus opios, sus sedas y sus lacas. La literatura fracasa dentro de este ambiente lavado que hace recordar al Jordán. Yo, pobre de mi, siervo de las indiges- tas lecturas, me traje, junto con mis pijamas y mis frascos, las últimas revistas francesas que me había aportado el correo. Las he tirado una por una, sin encontrar en su banalidad melo- diosa nada mas que tinta de imprenta, ese te- rrible tóxico del cual vamos a morir un día de estos

Y bien, ayer lunes, leyendo los periódicos matinales supe de tu egregia victoria. En la becerrada de la Cruz Roja, ante miles de ojos escépticos, tú, Regueros Peralta, cultivador de la fanfarronada santandereana, manufacture- ro de mentiras heroicas lo mismo que Quijano Mantilla, flor de una raza que ya parpadea por las incrustaciones artificiales de la cultura, te improvisas como un matador de novillos.

Entre relámpagos de valor, entre esguin- ces inverosímiles, sonriente y loco como un Juan Belmonte de nuestras sierras, con la es- pada de lucha en la diestra asesinaste robus-

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Jaime Barrera Parra

tamente un legítimo Mondoñedo. La noble ar- quitectura del circo, la alegría tórrida que baja- ba del cielo y se amonedaba en los ojos de las mujeres, todo ese afán de lidia romana, que nos despedazaba la cabeza desde los tiempos de Rondón y del indio Infante, enmarcaron tu proeza y tu gallardía. Frente a la hazaña vigila- ba el espíritu de Soledad Aguirre Ariza, nuestra imponderable señora de Santander.

En el refectorio levemente eclesiástico de Marly, a la hora sensata del almuerzo, Jor- ge Cavelier me dio detalles magníficos de tu triunfo. Fue como un navajazo de vidrios que le diste a nuestra cobardía y a nuestra friolen- cia. Y nosotros (Enrique Santos, Alberto Lleras Camargo, Antolín Díaz, Téllez, Oliverio, Angel y García-Peña, Fray Lejón y Barrera Parra), que nos desmayábamos a carcajadas cada vez que tu, Regueros Peralta, como un Tartarín mosquetero, en las horas del trabajo noctur- no, perfeccionabas tus “roncas” inauditas:

—Una vez en las ferias de Guaca

—Una vez en compañía del Aleprus y del Mataguaches

—Una vez en los arrabales de Piedecuesta

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Pues bien: te habías quedado rezagado en el elogio de tu locura. Ahora si, cualquier noche de estas, cuando te lleves la mano al bolsillo trasero de los calzones, no tendremos el me- nor reato en tirarnos por la escalera. Pero tén cuidado: el valiente profesional siempre mue- re de una “espantada”. Tienes todavía veinte años para hacer el aprendizaje de la pruden- cia, que, en resumidas cuentas, es el bachille- rato máximo de la vida.

Tu, Regueros Peralta, muchacho que tie- nes los ojos verdes y el espíritu atravesado, hu- bieras sido grato en aquellas fiestas campes- tres de “La Peña”, donde Juan Pacho Gómez Pinzón, Alberto Díaz y todos los revolucionarios de la preguerra santandereana, se adiestra- ban para la muerte en la lid jactanciosa de los toros de treinta arrobas. Por aquellos tiempos, la existencia tenia una pigmentación de betún y sangre. Por el cielo revoloteaban ya los bui- tres de la Puerta del Sol y de la Quinta Minlos. Pero nunca dentro de los bastidores sociales de Santander, la carcajada y la sonrisa se her- manaron tan sabiamente para dar la impresión fúlgida de la vida. Todas esas barrabasadas estrepitosas de “La Peña”, a donde acudió en muchos años la élite de hombría santande- reana, estaban presididas por la gracia de las

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Jaime Barrera Parra

mujeres. Altísimas damas, cuyos nombres or- nan los escudos de la gran raza, azuzaban en epigramas a los bayardos. La trova y la muerte estaban cerca, con la misma docilidad con que las aves picotean el lomo sustancial de los leo- nes. Todavía, por las hoyas del Suárez, resue- nan las cabalgatas de las amazonas y de los dandies. Todos esos señores se murieron de insolación, con el cigarrillo en los labios. Ellas, sublimes de piedad y coraje, bellas y fieras, or- gullo de nuestros lares santandereanos, son- ríen ahora en las fotografías de la época

En el Socorro, núcleo de toda esa socie- dad insolente, la revolución fermentaba como un gran vino lento. Si en los salones el abanico encubría los coloquios del amor elegante, por los campos cenceños, que ya la tragedia envol- vía en sus hilvanes, los hombres se adiestra- ban en el manejo de los fusiles y en la lidia del toro bravo, Y debes saber una cosa: ese toro que tú mataste significa la tradición ancestral del espanto, ese soplo pávido que nos hiela la sangre cuando el corazón nos flaquea. La re- volución del 99 fue una gran corazonada de toreadores. Más que en las bibliotecas de los liberales manchesterianos, se incubó en las corralejas de Santander y de Boyacá.

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Y ahora, treinta años más tarde, en esta Bogota alejandrina, mullida por una paz que gotea sus mieles, dentro de una atmósfera de

Juegos Florales, cuando ya nadie quiere creer

en

el coco, tú, Regueros Peralta, muchacho de

mi

tierra cetrina, revives el ímpetu de las viejas

generaciones. Yo, desde mi sillón de vaqueta, desde este sanatorio del alma donde te pes- punto estas líneas, te tiendo las manos ensi- mismadas. Cuando ya empezábamos a caer en

ridículo, cuando declinaba la peripecia del re- vólver y del trabuco, cuando íbamos cogiendo

el aire cansado de las gentes que saben lo que

hacen, tú, Regueros Peralta, haces reverdecer

los laureles de la casona.

Empero, tu gesto mismo nos amilana. Eres la excepción entre todos. Antolín Díaz, ti-

grecillo de tierra caliente, no soportó los cepi- llos de hielo del altiplano. Su “espantada” es mucho mas científica que jocosa. Es, pudiera decirse, el gran espectáculo biológico que nos nutre. Se “espantan” el niño y el adulto y el hombre ante el caos de colores del universo,

y el organismo animal que no sabe “espantar- se” muere de estupidez o de inocencia.

En la vida el toro bravo son muchas cosas: es aquel libro que había de matarnos; es aquella mujer que habría de perdernos;

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Jaime Barrera Parra

es aquel negocio que habría de arruinarnos; es aquel paisaje que habría de engullirnos; es aquella copa que habría de fulminarnos. Te lo digo yo, que he sido el más zurdo de los toreros y que entre estos jardines de Marly, peinados por la mano de Dios y despeinados por el viento del diablo, pago la indiada de no haberme “espantado” a tiempo

Tuyo,

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Jaime

Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra Querido Vives Guerra: Tu epísTola en fabla me sacudió el espíritu. Por tu

Querido Vives Guerra:

Tu epísTola en fabla me sacudió el espíritu. Por tu verso, que me saludaba en traje de ceremonia, pasaba toda el alma de Antioquia, toda la sonrisa grave de la Montaña.

Esta es la Montaña de tus abuelos. Ahora, con las primeras luces de la mañana, se entra a mi cuarto, en retazos ópticos. Te escribo casi incrustado en el follaje maternal de una Ceiba. Asomo la cabeza y me quedo lelo. Suena el agua en la quebrada. El agua pura del poema.

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Viene de los picachos azules, donde habitan los osos y el viento. Se entra a la ciudad, la despierta y la purifica. Se pone a cantar su balada. Luego se va, camino del pozo, del mar y del polo.

Esta es la Montaña feliz y profunda, dentro de la cual se amaron tus padres bajo limoneros en flor, bajo el vuelo de las palomas. Entonces la vida era alegre, No rugían los rebaños mejor entre tufaradas de gasolina. Las veredas serpeaban “amarillas en el lejano azul” que eternizó Gutiérrez González. La civilización es un cepillo brutal que arrasa el corazón y pilla el paisaje. Pero en Antioquia musical, a pesar de ferrocarriles y carreteras, el paisaje esta casi intacto, como en los tiempos de Gregorio.

Sólo pierde su espontaneidad en el abrazo de las ciudades, en su encontrón con el arquitecto. Sobre las colinas de terciopelo natural platican las villas, entre reflejos de cristal y de porcelana. El hombre le ha dado a la tierra la “toilette” que antes no tuviera.

Pájaros burlones y líricos silban en la frescura del amanecer, sonoro de gallos. Aquí la naturaleza nos rejuvenece y nos ilumina. Esta en perpetua colindancia con nuestra melena y

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Jaime Barrera Parra

con nuestro vaso. Derrite terrones de potasa o de azúcar en los transparentes espacios.

Esta es la montaña de Aures. Hirsuta en el Nus y en el Cauca, depilada y grácil en Medellín, esta es la Montaña, que ahora se ha hecho socio del Club Campestre. No la he visto patalear, como en los rodaderos de Santander, como en los abismos del Chicamocha. Pero la presiento feroz porque desde el puente del barco, en noches de tempestad, en un escenario de Wagner, he visto arder toda la caparazón del Cimitarra.

Esta Montaña tuya yo la voy a conocer paso a paso, sorbiendo su suero vital, abiertos los ojos rateros sobre la maravilla fragante. La hospitalidad antioqueña no tiene límites, como tampoco tiene etiqueta. Es el apretón de las manos, es la apertura jovial de la puerta.

“Nuestra casita es tan alegre, Jaime, que sale a recibirlo a uno con los brazos abiertos”.

Estas palabras, de una bella mujer de tu tierra, son toda una situación sicológica. “Los brazos abiertos”, que no son los brazos del amor para las escenas de canapé, sino los brazos fuertes y castos de la tierra, de la amistad, son los brazos de la Montaña. Esos,

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yo los he sentido pasar sobre mi estatura mortal, sobre mi corazón de viajero.

Iré por los agrestes caminos de tu Montaña, conoceré las ventas y las minas, escuchare la voz del romance, la voz del pueblo, la que suena súbita y franca en los cuentos de Carrasquilla, la que sublimizó el Indio Uribe, la que se veló de emoción en las coplas y en las endechas. Esa que le dio su fuerza ancestral al viejo Restrepo, que le dio pigmentación a la literatura antioquena.

Esa voz la he empezado a escuchar, la he sentido caliente y honda en Bello y en Caldas, en la tienda olorosa a chorizo, en la trastienda donde lloraba un tiple, en la plaza de Itagüí y en la de Envigado. Y estoy aprendiendo “pala- bras”, estas buenas palabras de las Montañas que nacieron del humus social en la geología anchurosa del lenguaje. Con esas palabras los hombres fueron a la parranda y a la guerra, con esas palabras se amaron las generacio- nes dentro de este cuadro de serranías, con estas palabras millones de madres antioque- ñas, sentadas en la perspectiva histórica de los siglos, cantaron el dolor de la vida, le die- ron embeleso a la raza. Estas palabras jugue- tearon en el idilio y se desarticularon en las

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Jaime Barrera Parra

reyertas. Estoy aprendiendo palabras, Julio, de esas que no están en los diccionarios.

La otra noche, en la glorieta de “Zamora”, en la bella residencia campestre del doctor Jorge Rodríguez, yo me encontré con la vida. Era la pureza del hogar antioqueño, engastado como una joya en el regazo de la Montaña. Yo me había olvidado de muchas cosas. Yo había desaprendido la respiración, me había reñido con el oxigeno. En mi camarote de “El Tiempo” y las mesitas del “Victoria” yo respiraba nicotina, café, mobiliario, tinta de imprenta.

Charlábamos en aquella terraza encendida por los más bellos ojos de mujer, por la fe en Dios, por el sentido cristiano de la familia.

Las palabras saltaban con alegría, frente a la noche, frente al mundo, libres del gravamen retórico. Brillaban luces en los cerros. El viento musical nos peinaba y nos despeinaba. Y en la escena fresca y sencilla respirábamos la Montaña.

Aquí está, frente a mí, frente al teclado de mi Remington. Por esa Montaña yo me internaré, turista de Antioquia y de mi mismo. Veré las ciudades y los pueblos, los panoramas y las fábricas. En Caldas conocí un cazador de

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venados que tiene unas manos ursinas. Con él me iré de caza y de diálogo.

La Montaña suena como un tambor en la displicencia de la mañana. La Montaña es la epidermis de Antioquia, la de la Umca y de La Quiebra, la que se fue con el hacha al hombro a colonizar el Quindio.

Ah! Ya cumplí tu encargo. Me fui con Inesi- ta de Medellín, con unos amigos, llevábamos rosas y lágrimas. Ahí las dejamos ante la tumba de tu “vieja”. “La de los ojos azules, la de sua- ves crenchas albas”, esa que te dio su amor y su vida. Nos temblaban las manos y dentro del corazón estabas tú, acurrucado como un niño. Y esa madre y esa tumba hacían parte de la Montaña…

Te abraza,

Jaime Barrera Parra

Medellín, marzo 14 de 1934.

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra Algunas reflexiones Sobre el Santander Actual Conferencia pronunciada en el “Centro Unión

Algunas reflexiones Sobre el Santander Actual

Conferencia pronunciada en el “Centro Unión Liberal”

Señores:

en vuesTra presencia yo percibo emocionado la sonrisa de una gran tierra, la mano abierta de una gran raza. Esa raza y esa tierra han sido como una música para mi corazón de hombre, han dado una fisonomía a mi pequeño universo literario, mucho más fragante a las cosas y a los

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hombres de Santander que a las emanaciones de librerías y bibliotecas.

Al regresar a este escenario luminoso, después de seis años de viajes y de errancias, veo y oigo en él el galope de mis años abolidos, los zig-zags de mi juventud, todo un equipo de figuras y de episodios que le dieron estilo personal a mi fiebre y a mis palabras.

En algún comentario sin importancia dije hace días que el sol había sido el protagonista central de la vida santandereana.

No hice una afirmación metafórica sino física. La forma habitual como reacciona ante la vida y ante la batalla el santandereano da la idea de una insolación. De esa manera térmica de vivir y de batallar nos vienen todas las grandes virtudes y los grandes defectos que elaboraron en la ascendencia de los años anónimos el romance vivo de este pueblo ardoroso.

Tal vez no haya un símbolo más cabal de nuestra política que la sierra de Palonegro. Ella domina a Bucaramanga con cierta intención pedagógica. Pudiera decirse que ella nos ha enseñado la interpretación épica de la vida. La luz es de una acidez agresiva, nos lancea los ojos y el alma. Sobre el terrón áspero,

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Jaime Barrera Parra

nido de hormigas trajinantes, hasta el viento es un factor de catástrofe. No hay una sola nota tierna que sociabilice el paisaje y lo torne hóspito. Es la expresión geológica de la guerra, de esa hazañosa guerra a muerte dentro de la cual hemos habitado sin darnos cuenta.

Si se revisa la historia de Santander se ve que no hubo escena de mediana importancia que no fuera cursada en el modo épico. Una de ellas, la mayor de todas, fue la construcción del ferrocarril. El ferrocarril no era para nosotros un unánime mecanismo locomotor, sino un tema de apasionantes derivaciones. Era el pensamiento de Wilches y con él la resurrección de la mística rovirense. Esa mística le dio a la raza sus mejores blasones. Algún día se escribirá, con tinta de color y con música, la crónica de esos tiempos acalorados. Los guerreros leían a Plutarco, esplendían en el combate y en la caricia, se morían por las ideas y por las mujeres. Tuvieron tiempo de amar mientras edificaban la democracia.

Cuando, después de tantos años de aban- dono y de traumatismos, sobre las Montañas del occidente santandereano volvieron a brillar los rieles de acero, cuando la técnica y las fi- nanzas pudieron iniciar la realización del ferro-

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carril, los santandereanos se fueron al monte rugiendo de ansias. Un ambiente franco de pendencia vio surgir la grande obra amorosa. Las rocas volaban con excesos acústicos. En los campamentos había un aspecto de víspera de combate. Mozos valientes y presuntuosos hicieron en dos o tres años el curso del sol, de la fiebre y de la disputa. Al margen de la carri- lera bruñida se llegó hasta crear un tipo nuevo de parranda. Era la alegría levemente bárbara de las selvas, intervenida por la proximidad de los hospitales, por las frecuentes cabalgatas de la malaria. En las riberas de La Cristalina y de La Gómez, Santander hizo las fiestas más alegres y jactanciosas. Yo, que pase por allí tantas veces, sentí cómo era de grande y he- roica la raza nuestra.

El ferrocarril era para Santander una ilusión máxima. No lo concebíamos advenido por procedimientos normales y paulatinos, sino como el producto de un cataclismo. Hubo una retórica Ferrowilches, sin la cual no concebíamos la obtención de nuestros anhelos. Bucaramanga desafió al gobierno de la República, desafío a las dos Cámaras, derribó dos o tres gerentes, ensilló los potros más bravos para hacer su “pronunciamiento”. El país se hubiera reído de nosotros, pero

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Jaime Barrera Parra

nuestra actitud no fue nunca ridícula. Esa ha sido la gloria de Santander: saltar siempre por encima de la comedia. En más de una vez hemos estado en la frontera de Portugal sin perder el ceño. Ese ceño era la capitulación de un pasado, y de ese pasado no volaban hacia los cielos de la patria los gorriones sino las águilas.

Sabedores de que el país nos tomaba en serio, quisimos que también nos tomara en trágico. Así ha tenido que tomarnos en

todo tiempo. No hemos carecido de cantores

y romanceros. En las páginas de Joaquín

Quijano Mantilla suena el trabuco de los bandidos, repiquetean los espolines de los

guerreros, solloza el tiple que les dio emoción

a las ventas, pasa la Revolución vestida de

púrpura, se agazapan el amor y el decoro de los hogares santandereanos, limpios y azules como el agua de los riachuelos.

Dentro del panorama heteróclito de Co- lombia ningún pueblo tuvo ni tiene una fiso- nomía y un estilo tan propios como el nuestro. Desmelenados por la pasión y muchas veces por el frenesí, todos nuestros actos se convier- ten en banderolas. Tenemos el prurito un poco marsellés de los desafíos.

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Yo, que he sentido como nadie el orgullo del lar nativo, que he llevado dentro de los ojos el desfile innúmero de sus próceres, siento que ha llegado para Santander el instante de la reflexión y de la medida. Después de haber desbocado todos los caballos de la patética, comprendo que el mayor deber de todos nosotros es darle a la tierra una gran conciencia.

El canto se hizo pedazos y la vida comienza. Comienza con los rigores de una economía desafecta, que nos impuso rigor y frugalidad en el traje y en el vestuario, que nos reintegró a la disciplina aragonesa de la mesura. Desde que el ferrocarril trajo su penacho de hollines a la Estación de Las Bocas, hasta el día de hoy, muchas fiestas se han liquidado.

Desesperados por haber perdido la fábula, incapaces de asumir el ritmo botánico de la vida, llevamos a la lucha de las ideas toda la emoción del pasado bél ico, prolongando artificialmente sobre los pianos de la existencia contemporánea los antiguos estrépitos.

Nosotros, como los domadores de pante- ras, nos hemos armado de un foete trágico. Con él vamos vapuleando nuestro destino, azuzando nuestro amor hacia el rodadero,

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Jaime Barrera Parra

dándole al estambre de las costumbres un hilo amargo.

Cuánto representa en estragos y en ave- rías semejante fórmula sicológica, lo están di- ciendo estas siniestras filas de tumbas que en el curso de los últimos años abrió el diálogo partidista. Estas tumbas se vuelven contra no- sotros, redactan una requisitoria contra nues- tra retórica, apuntan como un índice teñido de sangre la barbarie de nuestros nervios.

La gran tragedia de Santander no es una tragedia mental, sino emocional. Lo que tenemos que reducir a la métrica no es la inteligencia, sino los nervios. Hemos de regresar a la forma primitiva de la existencia. Hemos de practicar las funciones vegetales que nos son propias. Hemos de reaprender la respiración y la nutrición, que nos vinculan a los cuadros apacibles del universo.

Dentro de la vida general de un país, den- tro de los almácigos sociales que la definen, la épica es un agente de desgaste y de desatino, significa la duplicación del esfuerzo y de la fati- ga, el preámbulo seguro de la desgracia. Si hay algo de que Santander necesita, es de una mo- ratoria horizontal y vertical en su afán político.

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Yo no predico la poda de las ideas. Por ellas la vida tiene un brillo y una decencia. Lo que yo quisiera divulgar para Santander es el reglamento de transito de los hombres y los conceptos, ese estatuto fundamental de los pueblos civilizados que permite a sus morado- res la plena expresión de sus ansias contra- dictorias.

La política no se puede abandonar a los labradores de la violencia. Ella no puede ser el latifundio de los coléricos, sino más bien como la plataforma radical donde se asientan las ar- quitecturas sociales y culturales. La paz, que no es la presencia de los gendarmes, sino la tregua generosa de los espíritus, valoriza las

tierras y los plantíos, arma la ciudad y la hace habitable, le da una coquetería natural a la lu- cha humana, abre créditos de bondad y de luz

a las generaciones que la trajinan.

Grave responsabilidad pesa sobre los es- critores que se tornan en los cantores de la violencia. Si alguna Iección puede extraerse de los anales de la República es la de que la retórica es un instrumento de matar, como la escopeta. En los actuales momentos, sobre los horizontes de Santander, dos hombres pasan, de los cuales debemos librarnos: el homicida

y su vocero.

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Jaime Barrera Parra

No es cierto que el cuatrero sea el repre- sentativo de la tierra santandereana, sino mas bien la desfiguración óptica de su medio. No es en la siniestra nómina del juzgado donde se puede rastrear el valor y la cólera de la raza.

En estos días he tenido la oportunidad de rever tres o cuatro poblaciones santandereanas. Distendidas en la lentitud cronológica, bajo el cielo que arde como una antorcha, todas ellas se agarran a los faldones de la naturaleza. Cantan las aguas y los árboles, chispean los yunques que fueron gratos a los poetas ingleses del diez y nueve. Se mueven las figuras en la calma del mediodía. El ojo profano no puede pescar sino la psicología transeúnte. El albayalde de los muros hurga la vista. Por todas esas paredes blanqueadas triscaron las balas de los batallones conservadores y liberales de la última guerra. Adentro, en las casas, dentro del pozo de sombra profunda, los hombres hablan, las mujeres cosen, los niños juegan. No hay un solo detalle que cause el desafuero ni la iracundia. Y es de allí sin embargo, de todas esas fortalezas humildes, de donde el estilo racial se desprende más acusado. Todos esos hombres son héroes. Todas esas mujeres son puras. En los muros cuelgan las armas con que se castiga a las bestias y al mal amigo.

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Retratos desteñidos por la oxidación cromática de los años, estallan como emblemas. Es la guerra que habla y que canta. Todos esos muertos queridos no volvieron nunca de la trinchera.

Pero la paz pone cerco a las casas. Los campos se desmayan de espigas. Un aire de égloga va rizando los sembrados y los espíritus. Aceites jubilosos se exasperan bajo el calor y gotean cantando. La mano de Dios peina el proscenio rústico.

Este es el Santander histórico y protohistó- rico que le dio glorias a la Republica, que divagó lo mismo sobre la epopeya que sobre la églo- ga, que Ilenó de cruces y de coronas el camino de la existencia. Absortos en su vida respirato- ria, tales pueblos son verdaderos ejemplares de organización vegetal y agraria. Yo quiero ver en ellos la perfecta personificación del Santan- der viejo. Y aspiro a que dominen con su fuerza moral al Santander nuevo.

Esta invitación a la vida lenta podría parecer una pirueta de literato, pero yo la someto a la consideración ilustrada e intransigente de todos vosotros, seguro de que la encontrareis razonable. La verdad es ésta:

después de tantas escaramuzas y reveses, la

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Jaime Barrera Parra

raza necesita descanso. El descanso no es la capitulación con las fuerzas hostiles, sino con nuestras propias insensateces.

Es claro que no se puede poner en huelga los resortes esenciales de la cultura, ni de la civilidad, ni de la dinámica. Yo solo pido la huelga épica. En el saludable intermedio todas las fuerzas mentales de Santander pueden conjugarse para la creación de una nueva mística.

Como lo habéis visto, yo no he hecho una conferencia. Me he limitado a deciros unas palabras deshilvanadas, que son, al mismo tiempo, un saludo efusivo a todos vosotros, mis buenos amigos de ayer y de hoy, mis buenos amigos de mañana.

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He dicho.

Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra CUENTOS DE ANDERSEN l a D inamarca azul y lejana celebra el 125

CUENTOS DE ANDERSEN

la Dinamarca azul y lejana celebra el 125 aniversario de Andersen. Rigurosamente esta conmemoración debería carecer de frontera porque el cuentista de los niños es una figura universal.

Los cuentos de Andersen, como los bombones, se han hecho para los niños, pero es una cosa averiada que aprovechan los papás. El amor por el dulce y el amor por los cuentos se afianzan en el hombre después

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de los cincuenta años, y es que tanto los relatos como las golosinas son, antes que otra cosa, elementos de calefacción. Cuando las primeras friolencias del otoño humano

sacuden el espíritu, se trata de hacer el retorno

a la infancia.

La glorificación de Andersen es más que oportuna en esta época en que ha hecho

crisis el cuento infantil. Tal vez si se exceptúa

a Inglaterra, el mundo de los párvulos carece

de una literatura específica. Y hay algo más siniestro todavía: ciertas grandes empresas de radio se encargan de facilitar un servicio de cuentos para dormir a los niños. Queda así suprimida la abuela, con toda la emoción dramática del cuadro familiar. El altoparlante embrutecerá a los pequeños hombres con aventuras de Fritzi Ritz y de Joe Jinks, preparándolos para la barbarie del box y para los “movies”.

Entre nosotros, desaparecido don Rafael Pombo, no nos queda un solo fabulista. Nuestros muchachos hacen su prólogo de literatura con folletones policíacos y zurdas propagandas de Hollywood. Una infancia así, intervenida por el detective y por la estrella cinematográfica, carece de su paisaje natal y

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Jaime Barrera Parra

predispone a la prehombría, que es la negación misma de la niñez.

Mientras la ciencia no haya arruinado del todo la poesía natural de la vida, los cuentos de hadas refrescaran el corazón de la humanidad, como el húmedo musgo de una cueva mágica. Los cuentos de Hans Cristian Andersen, como las pompas de jabón, encierran toda la luz del universo.

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra DESPEDIDA DE RENDÓN l a muerTe De r icarDo r enDón nos impone

DESPEDIDA DE RENDÓN

la muerTe De ricarDo renDón nos impone

el deber de ser valerosos. Ahora, mientras la noche cierra sobre esta casa que fue la suya, el cuerpo del artista se enfría bajo las sábanas. La muerte serenó su sonrisa, distendió un halo de bondad sobre los parpados caídos. Frente al cadáver una viejecita solloza. Es la madre de Ricardo Rendón que no acierta a entender su tragedia.

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No seremos nosotros quienes pretendan explicársela. Ricardo murió de un acceso de lógica. La mano firme, labrada por una fiebre de veinte años, empuñó la pistola con la pericia con que esgrimiera el lápiz. El, el genio satírico mas vigoroso de media América, se defendió a pistoletazos contra la vida, temeroso de morir en caricatura.

Para comprender el acerbo episodio pre- cisa haber conocido al hombre. Fue un revolu- cionario en tono menor. Nunca quiso entender la vida sino como un milagroso espectáculo. En él se recrearon los ojos picarescos, tendi- dos como un berbiquí sobre la fraudulenta so- lemnidad de los hombres y de las cosas. Esa concepción diagonal del mundo, esa habilidad para desdeñar el orden burgués, implica un gravamen terrible sobre la fisiología del artis- ta. Su creación es una autofagia: se nutre de carne.

Estas cosas no las entienden los apaci- bles ciudadanos de la República democrática. Generalmente se acepta el genio como una adición de talento, de equilibrio y de buen sen- tido. Nada más falso y más inocente. Meted al artista dentro de un ambiente de égloga y se morirá de disnea. Su labor no podrá realizarse sino a un precio de tortura y de estrago, en la

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Jaime Barrera Parra

oxidación paulatina de las nociones y de las sensaciones fundamentales.

Ni en el dinero, ni en la sastrería, ni en la higiene, reposan los estímulos para el poeta, para el compositor, para el dibujante. Muchos quisieron para Ricardo Rendón una casa nueva, muebles americanos, sustanciosos saldos bancarios. Era la forma populachera del homenaje. Entre tanto, insensible al confort y al sistema métrico, con su corbata indócil y su exuberante chambergo negro, alimentando su sonrisa con sangre Rendón paseo su genio por los penumbrosos rincones donde el hombre se encuentra consigo mismo.

Fue un bohemio en el sentido nihilista de la palabra. No uno de esos gozadores báquicos de la vida que acaparan el goce con criterio de ganaderos, sino un despilfarrador de centellas, un malversador de tesoros. Fue León de Greiff quien le dijo su filosofía: “Todo no vale nada y el resto vale menos

Los amigos de Ricardo Rendón tenemos un deber que cumplir, y es el de no falsear su carácter. No pretendamos santificarlo median- te la hipócrita letanía, acumulando sobre él las caseras virtudes que hicieron ilustres a los ge- nerales y a los patriarcas.

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El fue la excepción dentro de la regla, la in- dividualidad dentro de lo opaco, la enfermedad dentro de lo cuerdo.

Recordémosle como fue, dentro de la at- mósfera verdadera que lo enmarca, no al lado de los estadistas y de los próceres sino entre sus compañeros y camaradas. Se llaman Cé- sar Uribe Piedrahita, León de Greiff, Pepe Me- jía, Matoño Arboleda.

Evoquémoslo por los sitios amenos que arrullaron su sed irónica, no en los pasillos de las Cámaras ni bajo el alero del capitolio, sino en la Bogotá montmartrense, en esa Bogotá turbulenta que no tiene Baedeker, en el alegre rincón del café, frente a la copa amarga irisada de luz y de catástrofe.

No es la hora de trazar el balance artístico en la milagrosa carrera de Ricardo Rendón. Su obra esta viva y móvil. Muerde, como una alda- ba, quince años de régimen político, relieva de- talles que se fueron de la memoria, establece la síntesis donde el historiador se desorienta, le da un sentido humano a nuestro nacional baile de máscaras.

Relator puntual y devoto de nuestras lu- chas interiores, en su colección de dibujos le encontramos un pulso a la historia. Rendón fue

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ante todo el cronista de la zambra republicana. Por sus cartones portentosos pasa un látigo enjuto que irisa de color la yerta geometría de los hechos.

Rendón fue popular sin quererlo. Carente de toda patética, su arte se tiñó de sarcasmo. Donde el artista sonreía, las gentes destapa- ban su risa gorda. Durante mucho tiempo la carcajada fue el comentario natural a la lucha política, y por eso Rendón hizo editoriales con sus dibujos.

Alguna vez nos dijo Eliseo Arango: Rendón es la única fuerza de oposición de la cual deba temer algo el gobierno conservador.

Dentro del desbarajuste sentimental, den- tro de la laxitud de su credo, Rendón fue el más probo y el más ortodoxo de los artistas. Nunca humilló su lápiz con temblores prestados. Su óptica fue tan personal como su sombrero.

Pasarán muchos años, acaso un siglo, antes de que sobre la uniforme medianía de la raza, florezcan su espiritualidad y su técnica.

Rendón se sentaba sobre esta copiosa mesa de palo mientras la tertulia fritaba impresiones. Bogotá ha chispeado siempre en las charlas nocturnas de “El Tiempo”. El

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tropical y el europeo reanudan su téte a téte, todas las noches Juvenal y el señor García-Pena organizan el diálogo. Pescador de palabras y de ademanes, Rendón tiraba sus oblicuos anzuelos sobre la sala. Nunca esa pesca le satisfizo. Su silencio calificaba la algarabía. Cuando la discusión iba en crescendo, Rendón tomaba el camino de la escalera. La calle le abría nuevos créditos y nuevos programas. En la moratoria total de la noche, brillaban las luces de los bares

Y había por allí una dulzarrona música de La Habana. Y en los aparadores fulgían las botellas. Y había un castizo olor a fritanga. Y un minucioso ruido de carambolas se tiraba desde los balcones al patio. Bogotá nocturna, Bogotá bella que amó Ricardo y que calientas tu clima, necio con el oro de las estrellas.

En sus grandes sotto voce del amanecer Rendón entregaba su alma. Mediante un brinco largo sobre el conversador, el caricaturista trotaba. Epigramas lentos y feroces escuchados en esas horas y que eran la combustión de un gran espíritu.

El alba venía, con el pan y la leche. Sobre un río de silencio la ciudad alzaba sus muros. Edificios y estatuas imponían su mole

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Jaime Barrera Parra

abundante. Era la Bogotá capitalina, con sus

palacios y sus cuarteles. Tranvías procelosos, atestados de obreros y de beatas, ahuyentaban las últimas sombras. La realidad derrotaba

al ensueño. Rendón se marchaba a su casa

masticando bondad y fastidio.

Y ahora duermes este sueño de marfil blanco. Cuando caíste de bruces sobre la muerte, ya ella se había preparado para la cita, como en una escena italiana de Casanova.

Te veremos tomar el camino del mármol

y Bogotá sonreirá con los ojos llenos de lágrimas.

Ya lo ves, hemos aprendido la lección de

tu

vida. Al despedirte mezclamos la sonrisa y

el

llanto.

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Jaime Barrera Parra EL CENTENARIO DE JULIO VERNE s e celebra el cenTenario de Julio Verne

EL CENTENARIO DE JULIO VERNE

se celebra el cenTenario de Julio Verne en una

época en que todas sus novelas han dejado de ser novelescas. La mayor parte de sus profecías científicas se han realizado. Caduca así todo un ciclo de emoción imaginativa que sacudió a una generación pasada y pudo verter ahi su frescura en los umbrales de las generaciones en marcha.

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Ahora, cuando tierras y mares son cabal- gados por el hombre y la maquina, cuando ya el África slmbólica de los tiempos de Stanley se tiende dócil, al usufructo de una civilización políglota, Julio Verne se nos aparece como un niño cándido, como un fabricante de burbujas versicolores. El jabón y el agua son las mate- rias primas de su arte.

La gloria mayor de Julio Verne fue la de haber enseñado la emoción de la tierra, de haberle dado a la geografía una nueva patética. Sus personajes aman en seco, lejos del clavicordio sentimental, sin tiempo para otra cosa que para la aventura. Sus libros son álbumes dentro de los cuales palpita la belleza cósmica en todo su siniestro mutismo.

Cuando la monografía erótica y toda la variación misérrimadel“menagea trois”ocupan medio siglo de literatura, cuando fuera de los grandes sacudimientos vertebrales parece que nada valiera la pena, es grato el retorno a Julio Verne. En sus cuadernos, ilustrados con las bellas maderas de la época, se desnudan la fauna y la flora y toda la naturaleza, empenachada de volcanes, sonora de árboles y de monos, armada de rayos y de mareas, enmarca al hombre, bestezuela de pavor y de

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hazaña que, libertado del sensualismo y de la metafísica, solo pretende encaramarse a la Luna o vivir en el fondo de los océanos

Ahora Paul Morand pone en vigencia un cosmopolitismo raudo. Sus protagonistas se desayunan en el “Carlton” de Londres van a cenar a los cabarets de Estocolmo, hablan cuatro o cinco idiomas, articulan y desarticulan su lujuria, estiran el hocico sabio sobre las grandes mesas, comen carnes crudas y ambiguas legumbres, se embriagan con vinos de color, juegan todos los juegos, desde el “bridge” hasta el asesinato, ingieren cocaínas literarias y se mueren de males prosaicos en la Costa Azul, en el Congo, en Tokio, en California. Rapaces y débiles, envilecidas por una civilización dentro de la cual, vestido de frac, aúlla el gorila, todas esas gentes se aturden contra la vida, la envenenan y la difaman. A la hora de la tuberculosis o del delirium tremens todo ese personal, victima de la botella y de la garconniere, incapaz ya de obtener en el trajín de los viajes una nueva dinámica, llora de miedo. Alguno de ellos, como el Ravedel de Lucien Fabre, quiere rezar pero no puede, porque “C’est trop tard pour s’abétir”.

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Toda esta literatura da la sensación fulmi- nante del batiburrillo terrestre. Metidos como dentro de una coctelera de vidrio, los pueblos todos secretan en ella su sensualidad especi- fica. Pieles, perfumes, bebidas y drogas, ves- tidos y frutas, todo produce una evaporación húmeda, en cuyas aguas baila el arco iris. Toda la humanidad, con la mandíbula tendida sobre el goce y el desvarío, con las manos crispadas como garras sobre el dinero y sobre el sexo, pa- sea por esas páginas su gaya epilepsia. Y llega uno a entender en toda la variedad infinita de los detalles la inmensa monotonía del amor y del hipo humano. Aquella rubia de Dinamarca que había leído a Larrain y había gastado su fortuna en tiquetes de la Agenda Cook, y aque- lla negra de Mombasa que suscitó la tragedia del Anglo African Club, figuras incendiadas por todos los ponches literarios, son unidades ho- mogéneas del rebaño erótico.

De Julio Verne a hoy la tierra se ha acortado en todas sus direcciones y en todos sus sentidos. El misterio de las selvas desaparece bajo la colonización y la ingeniaría. Las grandes bestias fabulosas que aún hace cincuenta años rugían en el corazón salvaje del Africa, bailan “jazz band” en el Hipódromo.

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La poesía misteriosa de los continentes se va alejando en una fuga silenciosa que apre- suran el servicio de la aeronáutica y de los grandes “liners”.

A pesar de todo, aun hay donde naufragar, dónde morir bajo la lava de los volcanes, donde sentir el terror escuchando la protesta gutural de los tigres. Ahora, como en los tiempos de Miguel Strogoff, todas las fuerzas naturales se confabulan para aniquilar la obra del hombre. Del Capitán Grant al Coronel Lindbergh la navegación y la cacería han adquirido poderosos recursos; se almuerza en Manhattan para dormir en el Key West; Mister Thompson, provisto de una carabina de veinte tiros, asesina leones después de haberlos fotografiado al magnesio. Todas esas fieras patéticas lucen sus melenas demagógicas desde las paginas del “National Geographic Magazine”.

No hay manera de anular la aventura. Ella da su salto de carnicero lo mismo desde la copa de Red Port como desde la exigua zona de una chequera. Hoy, todavía, como en la época de Matias Sandorff, hay manera de ser devorado por los indígenas. Por lo demás, mientras el

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hombre no sea el más villano de todos los seres, tenderá escaleras sobre la luna

Y toda la fritura literaria que hoy nos asombra y todos los portentos de la sensualidad contemporánea, y el “appeal sex” en toda su furia canina, eran cosas muy viejas en los candorosos tiempos de Verne. Antes que él hubiera dedicado su opípara imaginación de meridional a hacer cuentos para niños grandes y a hurgar el cosmos con una varilla de mago, el Marqués de Sade había comido sandwiches de sesos femeninos, y tres mil años todavía, Sardanápalo, adelantándose al Caballero Casanova, había logrado reducir las mujeres a elixir.

La única manera de conmemorar la obra fastuosa y encantadora de Julio Verne es la de cerrar los ojos a la orgía del progreso, rechinante de maquinas y de grasas, y, con el corazón melodramático, embarcarnos en una chalupa rumbo a Islandia, rumbo a Madagascar, rumbo al Estrecho de Magallanes.

Tal vez la única persona digna de sentir la epopeya julio-vernesca es Alain Gerbault.

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Jaime Barrera Parra EL ROMANTICISMO ETERNO f rancia celebra el primer centenario del romanticismo. En la

EL ROMANTICISMO ETERNO

francia celebra el primer centenario del romanticismo. En la Sala Mazarino de la gran Biblioteca Nacional se exhiben los manuscritos de las obras mayores y menores de la generación romántica. La lista es larga e ilustra en oro viejo la gran hazaña literaria cuya conmemoración persigue, hazaña que, por lo demás, no ha terminado todavía.

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Una de las características del hombre es su afición a enterrar a los vivos. Si el romanticismo tuvo que agazaparse como una bestezuela débil bajo el terrorismo naturalista, revivió más tarde y en rigor de verdad no ha dejado de existir nunca, como que él representa dentro de la literatura ese egotismo eterno, esa fuerza patética del canto que, como la erupción de los volcanes, se rige por leyes oscuras de la naturaleza

Encontramos dentro de la prensa europea un verdadero repertorio de comentarios al Cen- tenario del Romanticismo. Desde las páginas de “Les Nouvelles Litteraires”, escribe Germai- ne Beaumont esta afortunada homilia:

“Un centenario es siempre un entierro de primera ‘clase y con discursos. Pero en esta ocasión el muerto que pretendemos sepultar goza de la mas perfecta salud. ¿Quién podría afirmar a lo serio que el romanticismo es una cosa pasada? Examinemos la cuestión, si no os disgusta.

“El romanticismo rompió con los clásicos. Nosotros también. Alfredo de Musset escribió la “Confesión de un hijo del siglo”. Pues bien:

cien mil hijos del siglo XX se confiesan a gritos dispuestos a romperse la cabeza si es nece-

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sario para que se les oiga. Dentro de nuestra época estamos entronizando al negro. Pero ese negro Durtain hace un sonado viaje a Amé- rica, pero antes que él Chateaubriand la había descubierto.

“Tenemos la presunción de creer que he- mos inventado el exotismo. Hace cien años Sarah, bella de languidez y de indolencia, se mecía en una hamaca sobre los predios litera- rios que irrigaban las aguas del Ilisius. Y ya va para ciento treinta años que, con una pluma de lechuza sobre la oreja, Atala lloraba en las riberas del Machazzebé.

“LoschalecosrojosdeGautiermaravillaban

a París. Es cierto. Pero la patrulla de André

Bretón no hace otra cosa que imitarlos. Mauriac nos conduce a los campos de Dios por un camino empurpurado con la sangre asidua de los mártires y nos damos a escribir biografías novelescas, como lo hiciera Mi-chelet.

“SI los escritores de la hora presente se entregan a surcar todos los mares, es para

atender a la invitación baudeleriana. ¡Romanti- cismo! Los escritores alemanes adquieren una boga que parece ser nuestra última novedad. Una novedad muy relativa, como todas. ¿Todo

el siglo XIX no estuvo a los pies de Goethe y de

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Rickert, de Schiller y de Heine? ,Y quiénes, si no Balzac, George Sand y Eugene Sué abrieron las rutas inmensas donde hoy erige sus casti- llos Pirandello?

¿La fortuna de los anticuarios data de los tiempos del primo Pons, y es preciso esperar a que Jean Cocteau se disfrace de armenio para proclamarlo nieto de Juan Jacobo?

“Entonces, ¿qué es lo que vamos a ente- rrar? Ni uno solo de los principios. Tan solo nos ocupamos de los accesorios; el ruiseñor que ya ha cantado demasiado: el claro de luna, perturbado por los reflectores eléctricos; las estrellas, desflecadas por el ala de los aviones; las cabelleras, abatidas por la sabia tijera de Antoine; los tílburis, remplazados por los “seis cilindros”; el arpa, asesinada por el jazz band; el narghilé, destronado por los cigarrillos de Virginia”.

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Jaime Barrera Parra LA GUAJIRA DE ZALAMEA BORDA La Guajira de Eduardo Zalamea no es una

LA GUAJIRA DE ZALAMEA BORDA

La Guajira de Eduardo Zalamea no es una colección de tarjetas postales ni un ameno texto de geografía sino algo más que eso: la interpretación dental de un gran paisaje, de una raza y de una aventura. Nos explicamos. Eduardo Zalamea Borda fue un muchacho salvaje, que llevaba en los dientes la ansiedad de la vida. Su sonrisa de lobo se encendió frente al mar guajiro, se fortifico con la sal de Manaure, se embotó ante el amor indígena.

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Hay gentes que solo ven con los ojos y

confían a esa visión toda la experiencia del viaje. La tierra se ofrece a su codicia como un cromo, y sobre él saltan los colores y el contorno geométrico de las cosas. El señor Eastman Kodak dotó a toda esa humanidad de una máquina fotográfica. La lente es como un anzuelo de vidrio que pesca panoramas. Los pesca crudos, en su luz natural y luego van

a dar así, sin alma y sin sentido, a las hojas

fortificadas de los álbumes. Cada uno de estos álbumes es una prisión. Dentro de sus muros de papel hay un universo embalsamado.

Coged un número del “National Geographic Magazine”. Os enseñará muchas cosas: bahías africanas bajo abanicos de palmeras; ciudades que rascan el cielo con el dedo tumefacto de una chimenea o de una torre; tribus bárbaras vestidas con pieles de tigre; plácidas escenas del bungalow británico en el corazón de la India; frente a la jungla el campo de tennis, bajo la carabina del inglés, el “Times” de Londres.

¿Y qué? Nada. Un mundo que amotina sus ángulos y que en su diversidad desconcertante nos da la jaqueca geográfica. Apenas el mundo

de los “liners’” y de la Agencia Cook; el mundo de las colonias; el mundo de los protectorados;

el mundo que suda bajo el zurriago de la políti-

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ca colonial y se peina de prisa frente al fotógra- fo. Todo ese material es inerte, pura línea, pura carne de Kodak.

En general, los llamados libros de viaje no son otra cosa que eso, y se explica así la despectiva frase con que un celebre critico parisiense acogiera una obra de Pierre Loti:

Mais c’est de la photographic en

couleurs

Eduardo Zalamea Borda no es un mero relator gráfico. El descubrió una Guajira que no hubiera percibido Reclus, ni Malte Brun, ni podrán agarrar con sus equipos de cristal y de níquel los filmadores de la Paramount. Zalamea Borda se posesionó de la península con todos sus cinco sentidos. Glotonerías de los ojos, rapacidades de las manos, procaz codicia del olfato, sensibilidad casi dolorosa del oído, paladar de “gourmet”, desafuero carnívoro de los dientes de dogo. “Cuatro años a bordo de mí mismo”, diario de la Guajira, no es un folleto editado por el Ministerio de Industrias ni por la asociación nacional de turismo, sino uno de los reportajes literarios mas vivos y mas sápidos que se hayan producido en este país en los últimos años.

Pff!

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Volvemos a nuestra apreciación inicial: el libro de Zalamea Borda da la impresión de que su autor mordió la Guajira y le exprimió todo su jugo humano. Poseedor de una buena cultura literaria, Zalamea Borda escribió su cuaderno de espaldas a los almacenes de libros. Acaparó imágenes, sincronizó paisajes, se emborrachó con el olor natal de las salinas como si fuera un ron prodigioso. En las páginas de su memorandum late todo el misterio humano de las tierras exóticas, ese ritmo diferencial de la faena terrestre que hace de un esquimal y de un marroquí animales de una fauna distinta.

En la prosa de Zalamea Borda se localiza el desasosiego de los sentidos. Un libro como el suyo no hubiera podido ser escrito con el ánimo reposado, y la falta de ese reposo hizo posible que “Cuatro años a bordo de mi mismo” sea un documento de la sensualidad antes que una monografía.

Viajar es vivir caminando y no solamente trotar. Una de las grandes perspectivas del viaje es el aprendizaje del dialogo humano. Sin él, el marco físico de los pueblos no es sino un corral de fantoches. En la Guajira de Zalamea los hombres hablan el idioma nativo, y es él lo que le da su ortografía específica a ese lejano rincón de Colombia.

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Pequeño muestrario del libro:

“Manaure es el puerto ebrio de balandras, de velas y de Ginebra. Ginebra holandesa, la que viene en canecas de barro y tiene el olor de las Indias. Aroma de los tabacos de hebra, de la makuira, el cigarrillo, la manila, el cigarro habanero. Y los perfumes baratos de las mujeres, que nos parecen deliciosos, esos perfumes de polvos de arroz, marca “Beso de Novia”.

¿Quién canta con esa voz sabrosa, que unta de mermelada a la noche como si fuera una tostada?”

“Todo el puerto se ha llenado de pequeñitos negros, con las caras de madera quemada, embadurnadas de una sonrisa eterna, como si la sudaran”.

“Entra por la escotera una tajada de aire fresco, salado, como un trozo de pescado frito”.

Por su frescura, por su intención, por su novedad, “Cuatro años a bordo de mi mismo”, libro de Zalamea Borda, próximo a editarse, será un acontecimiento literario.

“Me gusta mirar poco a poco para ir saboreando las cosas”, dice él mismo en alguna escena

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guajira. Tal vez por eso, por haber mirado con lentitud, su diario de viaje es un libro de sabor y de olor.

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Jaime Barrera Parra LA VISITA DE BARBA JACOB o Tra vez b ogoTá , tan sensible

LA VISITA DE BARBA JACOB

oTra vez bogoTá, tan sensible al acento de los grandes poetas ha de escuchar a Porfirio Barba Jacob, el cantor de “la vida profunda”. Llega a nuestras cátedras de lírica cuando aún resuenan cánticos plurales que loan las virtudes cristalinas de la sobriedad y de la templanza. Mejor así, porque sobre las azucenas de los evangelistas, su sed de fauno podrá mostrarse más vivamente.

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Barba Jacob es uno de los hombres que más han viajado desde el renacuajo hasta la estrella. Una voracidad que no se atempera con los años y que cada día gana en temblor y en agudeza, tiende los labios súbitos dentro de su verso. Acaparador de sensaciones, y lo mismo aeronauta que peatón de las rutas que convergen en las ciudades malditas, Barba Jacob, como el Ashaverus de Guillaume Apollinaire, ha mezclado en el vino de las posadas el jugo de la uva y la leche de la pantera.

Otros han venido hasta nosotros, con la pupila clara, tendida como un mantel para las excelencias geórgicas. Bajo su fácil caramillo la vida recobra esa diafanidad elástica que conocieran los primeros pastores. La bondad ilumina sus semblantes, tersos como la piel de los melocotones. Imposible resistir a su predicación. Hay que clarificar las ideas y la vida, retornar, en un largo y seguro retorno, hacia los tiempos niños, cuando la tierra se tendía como un tapiz de frutos y de flores para aliviar la fatiga del hombre.

Bajo las palabras de esos felices empre- sarios de la alegría humana, nosotros encen- dimos el farolillo de la buena fiesta. Aún no se

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apagaban las músicas cuando un hombre, que venía de muy lejos, con los bolsillos llenos de libros y de piedras, instalaba frente a nosotros una tristeza amarga, que le goteaba de los ojos como de una gruta asombrosa.

La tristeza de Barba Jacob es el producto de un rico botín, pillado por las rutas del mundo. Otros viajan para arrullarse con la naturaleza, y dejan que ésta, armada de dulces tafetanes, les vende los ojos. Nuestro poeta no ha querido entregar su cabeza a la caricia natural de las cosas. Sacudiendo su temperamento sobre su arte como un arbolillo virulento, dentro de sus poemas, bellos y envenenados, se sofoca toda una vida.

Todo lo que el arte malsano y exquisito puede dar en pureza lo ha dado Porfirio Barba Jacob. Su experimento es el de convertir el fango en diamantes. Mientras los artesanos del verso fabrican collares de piedras para encantar la sensibilidad primaria de las muchedumbres, Barba Jacob erizado de dolor y de música, instala dentro de su propio espíritu un alambique de púas que condensa en líquido ambarino la tragedia íntima.

Es la vieja tragedia que desde el rey Sa- lomón hasta nuestros días desquicia al animal

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humano. Es la tiranía de la inteligencia sobre los dóciles recursos de la creación. Delante de un mundo que estalla en color y en aroma, el artista con los ojos invertidos y enfocados sobre si mismo, se convierte en una llaga musical.

Hay que oírlo. No sabe contar cuentos como los marineros. No podrá describir las ciu- dades de oro ni los puertos zarrapastrosos, ni las tempestades que azotan la lona de su barca rumbo a Veracruz, rumbo a Santiago de los Ca- balleros, rumbo a la Martinica. Sus itinerarios no podrán ser ilustrados por los dibujantes de acuarelas, ni sus viajes ofrecen utilidad alguna al “National Geographic Magazine”.

Hay que oírlo. En su voz se estrangula el sobresalto de una juventud que se va, después de haber dado todo lo que ella puede dar en frenesí y en epilepsia. Es la hora en que se maduran las carnes y los astros, y el remordimiento de las horas perdidas trajina azogado dentro del alma, como un perro.

No escucharemos dentro de los poemas de Barba Jacob el aullido que ante los problemas metafísicos hacia de Rubén Darío un pobre harapo humano. Su sed de placer esta en plena vigencia, y antes de llegar a los umbrales del misterio aun hay tiempo de saborear vinos y

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bocas. Y es cabalmente ahora, cuando el viento otoñal, como una mano abierta, despeina la cabeza sonora del panida, cuando debemos esperar de él lo mejor de su arte.

Nunca ha sido cantor un “house-leto”, uno de aquellos calaveras abigarrados que durante la última peste romántica pretendieron darles a sus conflictos sentimentales trascendencia cósmica, arrojando sobre el idioma su propia barahúnda.

Hay que oír otra vez a Barba Jacob. A través de sus versos, como a través de una llovizna, podemos adivinar el paisaje que la sostiene. El mayor encanto de sus poemas reside en que, bajo la castidad insospechable de la frase, palpita el desenfreno de los sentidos con urgencias que no alcanza a acalorar, el verso noble.

Vemos emerger su silueta morena, que alumbra los ojos de cabro. Un temblor somero hará fruncir los labios ambiguos de donde se escapa la canción

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Jaime Barrera Parra liTeraTura Y perioDismo l a granDe encuesTa es uno de los síntomas de

liTeraTura Y perioDismo

la granDe encuesTa es uno de los síntomas de nuestra época y señala la ansiedad humana que acalora y enmarca las horas actuales. Hace mucho tiempo que se perdió el ritmo de la vida, y una de las preocupaciones presentes es encontrarlo. Vivimos entre Interrogantes y parece que, bajo el reinado de la paradoja, no recobramos nuestra serenidad sino cuando se nos enfrentan los más sordos rompecabezas.

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Acaso nunca la confusa inteligencia del hombre se haya visto tan solicitada por la

absolución de las pequeñas cuestiones como en

el siglo que ahora corre. A la despreocupación

general y un poco hipócrita por las altas fórmulas metafísicas, ha sucedido un periodo de turbación y de angustia que decuplica la vibración normal de la vida. Los motivos mínimos toman ante nosotros una arrogancia

nueva. Una relajación crítica sin precedentes en

la historia del pensamiento baraja, como dentro

de una coctelera de oro, temas y subtemas de

todos los tamaños y aspectos. Si el hombre de la edad media maduró su espanto ante los

problemas eternos, nosotros nos aficionamos

a la caza microbiana del “asterisco”.

La cultura nerviosa de los contemporáneos se traduce en antenas. Tendidas como pinzas sobre la polifonía del universo, recogen la opereta terrestre en todo su calor y murmullo. Un hombre culto en rigor de verdad no es otra cosa que un perturbado. El prurito de la explicación lo lleva a las mas bizarras aventuras. Se ha hecho una biología para todo: la biología del caviar y la del rinoceronte. No aceptamos que la vida orgánica pueda ser una improvisación.

Y nos hacemos preguntas asesinas: ¿Por qué

nos impresiona el crepúsculo sobre las riberas

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de los ríos tropicales? ¿Por qué la mañana nos da una sensación pascual de la naturaleza? El biólogo ha prometido averiguarlo, pero mientras no presente su informe ante la Academia de Ciencias de París, nos sentiremos desgraciados.

“Todas esas cosas se quitan en el campo de golf o en el dancing room de cualquier suburbio”, suele decir el vividor. Naturalmente ya tenemos la biología del golf y la biología del Charleston. Las han confeccionado los sabios de Viena y de Estocolmo. Podemos leerlas en el próximo número de la revista “Vogue”, junto con el último cuento de Paul Morand.

La grande encuesta es el paraguas de todas las impertinencias. Es, al mismo tiempo, un anzuelo. Con un poco de tinta de imprenta por toda carnada, podremos pescar más de una ballena. “¿Qué relación encuentra usted entre la música de Beethoven y el olor de los albaricoques?” “¿Qué diferencia al cuento largo de la novela corta?” “¿No encuentra usted que las máquinas de sumar detienen el desarrollo de la imaginación?”.

Todos estos interrogatorios son el deleite y el martirio del hombre de letras. Pero el abuso de los cuestionarios provocará su ruina. Dentro

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de cincuenta años no habrá Gaston Picard que se aventure a esas picarescas indagatorias. El periodismo encontrará nuevas praderas donde pueda cebar su público.

Le ha tocado al diarismo contemporáneo poner en circulación tal cantidad de ideas, que un lector que no disponga de recios filtros críticos acabará por perder la cabeza o por aborrecer su lectura. Acaso la frivolidad sea la terapéutica definitiva del último cuarto del siglo.

Motiva la rotulación de esta nota una nueva encuesta que, como todas las cosas de novedad, suele tener sus años. Es la reanudación de un pleito antiquisimo, ilustre ya en los tiempos de Paul Rochefort. “¿La literatura y el periodismo son antagónicos?”, dispara sobre un círculo de intelectuales cubanos el muy solemne “Diario de la Marina”. Ya esa curiosidad había sido absuelta por los ases del diarismo francés, por los Henry Beraud, por los Louis Latzarus, por los Leon Bailby, por los Clément Vautel. Todos esos señores habían sentado tesis: La literatura y el periodismo no son antagónicos; son distintos. Así lo certifican ahora Enrique José Varona y Alfonso Hernández Catá, León Ichazo y Rodríguezz Embil, gente de La Habana.

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Jaime Barrera Parra

Lo único difícil de este problema es en- contrar la dosificación exacta de la literatura dentro del periodismo. Un literato a sobredosis

hará un diarista desastroso. La mala literatura

o la mucha literatura son igualmente indese-

ables para un periódico. Pero es claro que en

el

fondo de la cuestión un hombre de letras

y

un redactor son los mejores aliados. No es

cierto que el público pida la peor retórica. Lo que exige es una retórica rápida, viva y presta, que pueda servir de vehículo a la información y darle sabor al comentario.

La prensa de Colombia es una de las prensas mejor escritas en idioma español. Pero acaso haya editores de más visión y de un estilo mas up-to-date en Cuba y en México, en

la Argentina y en el Uruguay.

Lo que diferencia al periodismo de la literatura es el “tiempo”, para usar un término grato a Ortega y Gasset. Un escritor puede escoger su ritmo y escribir valses Strauss o ragtime. Un editorialista tiene necesidad de asomar la cabeza sobre el espectáculo político, social o financiero y regresar a su “typewriter” (en los diarios no existen plumas ni tinteros) para dar su impresión veloz y lúcida. Los temperamentos contemplativos no tienen nada que hacer en estas empresas.

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El sentido de la actualidad es la espina dorsal del periodismo. “Se hace diarismo con la cabeza y con las piernas” decía un excelente comentarista para indicar esa tragedia de la locomoción dentro de la cual tiene que subsistir el repórter.

Hay algo que complementa esa labor de cacería al motivo y al suceso diario, y es la noción de la noticia. La noticia es la expresión teatral de los hechos. Ella va directamente al sistema nervioso de los lectores, y estos no aceptan el periódico sino como una especie de American Park, con sus toboganes y sus Montañas rusas. El estremecimiento es la forma habitual de la vida moderna.

La función esencial del diarista es evaporar ideas y emociones, darles formato cómodo a las grandes síntesis y todo ello dentro de una carrera desengranada, bajo el reloj loco y bajo el calendario en acecho. Dentro del “andante” periodístico el literato puro es un señor que pierde el compás.

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Jaime Barrera Parra OTTO DE GREIFF b ajo su aire fresco de manzana de California, Otto

OTTO DE GREIFF

bajo su aire fresco de manzana de California, Otto de Greiff realiza un ideal complejo. Ahora viene del Norte, con el acordeón debajo del brazo. Estuvo en Hamburgo y vió el plenilunio del Alster, bajo el influjo hipnótico de la cerveza. Estuvo más al norte, en Helsingfors, de Finlandia. Mojó la nariz propincua en las aguas heladas que sorbieron, como un sifón, el cuerpo de Angel Ganivet. Siguió la ruta al polo, navegó sobre las ballenas, armó su trípode romántico bajo la cola de la aurora boreal.

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Otto de Greiff es un muchacho de piel blanca. iNo importa! Bajo el sofisma dérmico late el Africa Negra, que erige sus hogueras y toca el tambor de cuero de cabra. Es uno de aquellos espíritus insolados que para adquirir el necesario balance anímico se meten dentro de las neveras que les facilita la civilización contemporánea.

Otto de Greiff escuchó 243 conciertos. Las operas de Copenhaguen y de Stokolmo, de Oslo y de Spittzberg lo vieron amilanado, con su aire vegetal de remolacha, lento y rubicundo. Los violines del Septentrión, como una patrulla de gatos, cabalgaron sobre la espina dorsal de Otto de Greiff. Bajo su smoking y la raya de su peinado, bajo la flor que congestionaba el ojal vicioso, este montañero de Colombia, nutrido por el maíz y por el cristianismo, estiraba sus años vernales.

Al fin hay alguien que se emancipa del protectorado francés dentro de la América morena. Otto es un alemán, y para serlo instala sus timideces de tudesco. Los ojos azules desafían el ponche de pipermint que Marie Brizard fabricó un día para reducir a los ingleses del canal de la Mancha.

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Jaime Barrera Parra

Mientras la república literaria reparte sus temas —paraguas y quitasoles de verano— que soportan la congestión solar, Otto de Greiff no se cansa de dar su grito:

¡Al Norte! ¡Al Norte!

Propone hazañas inauditas y, como cualquier pescador de Islandia se aventura en la pesca del bacalao. Fuertes alquitranes robustecen su pecho de marinero, canciones del Volga saltan bajo el tricot a rayas. La botella de Gin y de Vodka le infla los bolsillos de payaso.

Es la hora de la medianoche. Sobre la mesa puesta flota un lejano aroma a pino silvestre. Se insinúa una balada de Grieg. El Norte desploma todos los símbolos sobre la algarabía meridional.

En este momento Otto de Greiff se levanta para decir un verso rubio.

Del aparador se escapa un olor de pera …

Por los tejados, como en la ilustración de un poema de Rollinat, un gato eriza el lomo bajo la luna azul de enero …

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra SANGRE Y BANANOS j orge e liécer g aiTán , hombre de estudio,

SANGRE Y BANANOS

jorge eliécer gaiTán, hombre de estudio, hizo un viaje a tierra de sol y de sangre. Aún esta teñido de púrpura morena el suelo blanco sobre el cual habían galopado el espanto y la muerte. La región, todavía estremecida ante el recuerdo de la patrulla bárbara, vio llegar hasta los umbrales de sus chozas a un joven de ojos ardorosos, que llevaba debajo del brazo unas cuartillas de papel y un hirsuto lápiz que ladraba de sed, como un gozque. Ese joven era Gaitán. El iba a levantar el

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expediente de la matanza ignominiosa. Se le veía en el rostro tostado un aire de verdad y de justicia. Hacia él empezaron a correr las cosas y los seres, como en una escena de milagro. Las viudas, despeinadas por el dolor, alzaban los hijos sobre los hombros y salían al paso del investigador para relatarle la tragedia. De las riberas, de los montes y de las colinas brotaba un gran grito unánime, que era el eco todavía fresco de la carnicería. La naturaleza se ofrecía como un libro, con todo su color y su aroma, para explicarle al recién venido los itinerarios de la muerte. Una luz verídica ilustraba la reconstrucción, lenta y azorada, de la hecatombe.

Jorge Eliécer Gaitán se sentó a escribir bajo un vuelo de buitres. La tierra cálida y el sol argelino vaciaban sobre él sus aromas y sus acideces. En las noches los muertos se sentaban a la cabecera de su lecho. Unos perros magros, venidos de lejanos y medrosos cementerios de aldea, aullaban hasta el amanecer. Eran aquellos unos amaneceres sin alondras. Sobre el silencio de los cielos la luz empezaba a picar como una potasa. Hacía un aire de peste y de plaza. Gaitán, ilustrado de todo el horror circundante, lanzó un gran grito:

era que detrás de una tapia, con su cara de luna

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Jaime Barrera Parra

menguante, le sonreía la locura. Desesperado, lívido, empezó a echarse en los bolsillos todo el material de su drama. El viento del mar, salado y áspero, infló como balones de payaso los bolsillos del hombre que huía. Dentro de él alternaban los muertos, los árboles y las casas. De un gran brinco épico, Gaitan agarró un aeroplano. El ave mansa, como una cigüeña que se robara a un niño loco, lo deposito en Girardot. Un tren expreso, conducido por mil cadáveres lo trajo el mismo día a Bogotá. Llegó de noche y no había luz eléctrica. Los bolsillos se habían desinflado. “Algún ratero del Paseo Bolívar”, se dijo el viajero. Pero en seguida comprendió que todo su equipaje macabro lo llevaba adentro, acomodado sobre el corazón como sobre una cuna.

Ahora ese hombre, que hace tres meses que no duerme, que no come sino lechugas, que se alumbra con internas fogatas, va a publicar un libro. Sobre sus paginas se oirá zumbar el viento que hace estremecer los platanales de Aracataca y de Sevilla. Se escuchará el silbido lúgubre de la fusileria y las espuelas de los

Dentro del libro de Gaitán,

como dentro de un circo, se oirá rugir la fiera

pacificadores

No podemos concebir que ese libro sea una documentación yerta y certera, encaminada

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al alegato. Ha de ser un organismo de carne, lleno de latidos, que en una sabia fermentación de sangre y de crepúsculos, tendidos como un garfio humano sobre la sensibilidad de la República, provoque la distensión suprema del apóstrofe.

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra SE COMPRA UN PAISAJE u n amigo nuesTro , que sin saberlo es

SE COMPRA UN PAISAJE

un amigo nuesTro, que sin saberlo es gran poeta, tuvo un día el capricho imperioso de comprar un campo. “Quiero algo pequeño, nos decía, un campito alegre en donde pueda pasar los domingos sin pensar en nada”. Nosotros alcanzábamos a sospechar que nuestro amigo quería correr una aventura amorosa y propiamente lo que necesitaba era un albergue. Le fueron ofrecidos en venta diez, doce CAMPITOS ALEGRES DONDE PUDIERA PASAR UN DOMINGO, pero nuestro amigo los

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encontró detestables. En todos ellos había algo que hacer: sementeras, labranzas, algún tejar. No, el no quería eso, no quería sino un trozo de tierra con árboles, con agua, si fuera posible, con horizontes.

Nuestro amigo se desolaba de no poder satisfacer su deseo. “Es verdaderamente entúpido que teniendo uno dinero no pueda comprar un campito alegre, donde pueda pasar un domingo tranquilo, sin pensar en nada”.

Nosotros nos atrevimos a observarle que propiamente lo que el andaba buscando no era un campo, sino un paisaje, un poco de sosiego bucólico, yerbecillas franciscanas, aire, noches

de luna, tal vez algo de ruiseñores

amigo dio un salto de júbilo. “Evidentemente todo esto ha sido un error de redacción. Lo que yo necesito es un paisaje”. Y se fue a la administración de los diarios de Bucaramanga a hacer insertar un aviso: “Comerciante honorable desea comprar un paisaje, donde pueda pasar los domingos sin pensar en nada”.

Nuestro

Estas gentes santandereanas, magulladas por el mal clima y por las malas palabras, suelen ser insensibles a estos rasgos caballerescos. La gente rió con una risa gorda, y llegaron a suponer que se trataba de un error de

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Jaime Barrera Parra

tipografía. Nadie tenía paisajes para vender y nuestro amigo tuvo que comprar un campo que

tenía unas cuadras de caña, un trapiche y algunas otras cosas detestables. “Yo me encargaré de volver esto un bello paisaje. Le meteré fuego a las cañas y al trapiche y ahuyentare toda sombra de especulación. Estoy resuelto a gastar hasta el último centavo con tal de hacerme a

mi paisaje” Y así se hizo. A las dos semanas no

había una caña que moler y el trapiche había sido reducido a pavesas. En medio de todo era aquello un cuadro imponente. Había por ahí un riachuelo que lamía con la lengua zalamera ese paisaje calenturiento. Y nuestro amigo, radiante

de entusiasmo, nos refería que la luna brillaba

como plata líquida sobre las copas de los altos caracolies y los grillos rascaban el violín con

refinamiento discreto.

Un día recibimos una carta de nuestro amigo en que nos suplicaba que lo acompañáramos a su paisaje porque había necesidad de introducirle algunas reformas y deseaba consultarnos. “Estoy muy preocupado, nos dijo. Este paisaje carece de puestas de sol. ¿Cómo hago para proporcionárselas? Estoy dispuesto a comprarlas, a cualquier precio”.

No nos fue muy difícil encontrar la explicación

de semejante desgracia: la casita, la casita

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blanca del paisaje, miraba hacia el Oriente, hacia el Gualilo y no podía ser un sitio de observación para los bellos crepúsculos de Bucaramanga. Nuestro amigo dio un berrido de ira. “Verdaderamente me estoy volviendo

muy estúpido. ¡Claro!

hacer es cambiarle de frente”. Y así se hizo.

Nuestro amigo pasaba toda la semana mejorando la estética de su paisaje, le dio gran importancia a la acústica de un bosquecillo de bambúes, pidió algunos tratados de jardinería, fundó un palomar y unas colmenas. “Todos estos estremecimientos castos, nos decía, me han aliviado mucho la vida”. Pero nuestro amigo empezó a enflaquecer y a hacer malos negocios y le perdió la afición a la oficina. Aquel paisaje lo estaba devorando.

Lo que hay que

¡Claro!

Y lo devoró. Lo dejó sin carne y sin dinero. Hubo necesidad de enviarle a un clima frió

y hacerle ingerir grandes cantidades de

glicerofosfatos. Después de unos meses de convalecencia volvió a la ciudad, dispuesto a restaurar sus negocios. “He resuelto vender mi

paisaje, nos dijo, o por lo menos convertirlo en

un campo; tal vez reconstruyendo el trapiche y

sembrándole cañas esto pueda servir de algo. Esta aventura ha sido la mayor imbecilidad de

mi vida”.

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Jaime Barrera Parra

Jaime Barrera Parra UNA ENTREVISTA IMAGINARIA nunca imaginé que un hombre pudiera almacenar tanto colorido. Cuando

UNA ENTREVISTA IMAGINARIA

nunca imaginé que un hombre pudiera almacenar tanto colorido. Cuando lo ví entrar a la sala de redacción, con su andar diagonal, como de caballo de ajedrez, con sus pantalones de dominó, el impertinente monóculo y la melena hermosa, creí haberlo ya conocido, tal vez en un bar de la Rambla de Estudios o en un restaurante del Boulevard Saint-Michel.

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—Me llamo Jorge Aristizábal, dijo, he viajado mucho y tengo la extraña manía de

opinar. Usted señor director, ha abierto una encuesta y nadie la ha contestado. Como no tengo oficio en estos días, me voy a tomar

la libertad de absolver sus preguntas. Debo

prevenirle que mis ideas carecen por completo

de una educación. No vaya usted a creer que

ellas, a semejanza de los niños graciosos, se han hecho para divertir a las visitas.

Tampoco soy un enfant terrible. Detesto a los hombres que se dan importancia haciendo paradojas. Mis ideas son honorables como

un árbol espinoso. He leído toda la literatura

española, desde Granada hasta el señor Pérez Domenech. Conozco a fondo el movimiento intelectual de Francia. Publiqué unos versos en una revista de Tours, Le Crapaud Vert. Domino

el alemán con todos sus dialectos. He vivido

tres años, cincuenta y seis días en Munich. He paseado por los países exóticos mi melena y

mi

paciencia. Adoro el aguardiente, los cuadros

de

Picasso, los versos de León de Greiff y las

ideas de Leonidas Krassine, mi amigo intimo.

Hizo una pausa que aproveché para re- ponerme de mi sorpresa. Yo estaba amilanado ante aquel hombre extraordinario. Debía darle

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Jaime Barrera Parra

la sensación de ser un estúpido, porque en seguida me lo dio a entender.

—Comprendo, señor director, que usted no esta acostumbrado a conversar con hombres de ideas. Las ideas no se obtienen sino por medio de viajes. Las ideas producidas por la lectura y que no conocen el sol, ni el viento, no pueden llamarse otra cosa que fórmulas. No haga caso de Carlos E. Restrepo ni del doctor Eastman. Y ya que hablo de ellos permítame que de una vez opine algo sobre la generación del Centenario.

Esa generación no esta definida. Su mediocridad no le permite tomar formas geométricas, pero se aproxima mucho a una toronja.Nituvoideas,nicultura,nipersonalidad, ni nada. Si echó al suelo al gobierno de Reyes, lo hizo en un acto de supremo terror, porque le tenía miedo a los hombres fuertes. González Valencia y Carlos E. Restrepo, hombres de ideas bondadosas, hicieron espumas de jabón para que el país se divirtiera haciendo globitos. El primero es un León fatigado y el segundo es un terranova noblote, trivial y peripatético. Vive dentro de su ópera y se imagina que el país lo esta viendo a todas horas. Hizo de la honradez, que es una calidad adjetiva, su único programa

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de gobierno. En Medellín mandó timbrar unas tarjetas así: CARLOS E. RESTREPO, hombre honrado.

La generación del Centenario, por no tener sino un sentido ocasional, ha desaparecido como entidad política. Sus hombres andan por todos los partidos, unos de feroces y otros de tímidos. Me cuentan que en Santander hubo un gobernante que organizó unos festejos triviales en el primer centenario de la emancipación patria, lo cual tiene menos importancia que el eclipse. Como gobierno aquella generación fue de un hermafroditismo irracional. Para cada Restrepo hubo un Roa y para cada Roa un Restrepo.

Esta buena educación de que disfruta el

país como usted dice, ni es buena educación ni la disfruta por obra del Centenario. Sencillamente Colombia le tiene miedo a la guerra y prefiere vivir dentro de su paz como una tortuga dentro

de su concha. El partido conservador impedirá,

con los disparos al aire de Marcelino Arango

y del gobernador Valencia, que las ideas

liberales se hagan gobierno. La farsa electoral

es el cloroformo de los liberales. Cada vez que

esa farsa se recrudece, los periodistas como usted hacen un editorial desesperado, pero al

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Jaime Barrera Parra

aproximarse los comicios se olvidan de toda la farsa y tocan el tambor de la votación. Y esto sucederá diez, veinte, treinta años, mientras el país se conforme con su atraso y sus ideas dulzarronas.

Afortunadamente de la Universidad sale en estos momentos una juventud que abomina de todo este reumatismo, que ama la violen- cia, el apóstrofe y los versos torcidos. Ella se encargará de dotar de ideas a este pobre país, perfumado y manco, de sacudir al partido con- servador y de llamar burgués al burgués. El liberalismo se ha hecho rico y por eso detesta la guerra y las ideas ácidas. Las clases trabaja- doras no tienen nada que esperar de esa secta retórica y afeminada.

La literatura del Centenario es todavía más mediocre que su política. Nieto Caballero es una alta cumbre y Nieto Caballero es una llanura. Desconoce la función de reactivo que debe tener todo epíteto y hace frases como pudiera hacer cajones. Los versos de esa generación son todos como para ponerles música y acompañarlos con tiple.

Respecto de los leopardos, señor director, debo decirle que no me gusta el rótulo. Ya la humanidad no se asusta con pieles de tigre ni

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con palabrejas feroces. Creo que hay bastante de postura en ese círculo conservador que pide la pena de muerte, la quema de las imprentas y otras cosas desvergonzadas. Pero si admiro el valor civil de esos muchachos y su léxico nuevo.

—¡Qué caramba! Es preferible que el país se vuelva mal hablado con tal de que le retoñe el espíritu. Nada de cosméticos, ni de jarabes. El liberalismo, sobre todo, necesita que sus ideas no se ahoguen dentro de esa oronda salsa de tomate que las arropa.

—Señor director, inicie usted una campaña contra la política de dulce, deje la cancioncilla de riet redentor, no se ponga tan lírico porque se quemo Manizales.

—No repita tanto sus adjetivos esdrújulos. No publique más de dos veces a la semana el fotograbado de Plutarco Elías. Abandone esa buena educación que lo agobia. Procure ser un leopardo sin dejarse bautizar de tal.

Quise protestar contra toda esa insolencia, pero el señor Aristizábal había dado un brinco al corredor, camino de la calle.

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