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La Musicalidad en la Investigación sobre la Infancia: Orígenes Biológicos y Culturales de la Musicalidad Temprana

Hanus Papoušek

1. Introducción: Perspectivas en la Investigación sobre la Infancia

Aunque pueda parecer sorprendente, el indefenso y frágil bebé humano, incapaz de hablar, ha inspirado una considerable cantidad de exitosas investigaciones relevantes para todos los períodos del desarrollo de la vida humana. Las dificultades metodológicas y conceptuales, típicas de las interpretaciones de la infancia humana previas a la Segunda Guerra Mundial, parecen haber agudizado el interés por los métodos precisos, la cooperación interdisciplinaria y la estricta verificación de conceptos antiguamente especulativos. Las nuevas interpretaciones de la infancia humana atienden más a la adaptación evolutiva, a las interacciones entre factores biológicos y socioculturales, a las interrelaciones funcionales y a los procesos dinámicos. Los investigadores en Infancia se han beneficiado, por un lado, de los progresos tecnológicos y conceptuales en ciencias relacionadas y, por otro, han recibido estímulo de enfoques evolutivos relevantes en estas ciencias.

Probablemente, el interés de los musicólogos se despertó al notar que la actual investigación sobre la infancia presta cada vez mayor atención a la percepción, el procesamiento y la producción temprana de sonidos melódicos. La historia de este interés es breve; sus objetos representan algunos aspectos fundamentales del arte, la educación y la cultura que serán explicados en este capítulo y documentados explícitamente en el capítulo 4 de M. Papoušek. Aunque pueda parecer remota la relación entre cualquier competencia musical y la infancia temprana, las predisposiciones para dichas competencias se relacionan, de hecho, con las capacidades que diferencian a los humanos de otros animales, se desarrollan a partir de factores tanto genéticos como ambientales y emergen antes del nacimiento.

En comparación con aquellas capacidades que los humanos comparten con otros animales y que justifican el uso de modelos animales en los estudios sobre el desarrollo humano, los aspectos musicológicos del desarrollo han sido históricamente dejados de lado. Dos circunstancias han ayudado a tender puentes sobre las brechas resultantes. Primero, los progresos en las neurociencias han conducido a nuevas interpretaciones acerca de la diferenciación hemisférica de las funciones cerebrales en relación con el desarrollo del habla y la conciencia. Segundo, influenciados por la experiencia de los biólogos de que el desarrollo de una especie difícilmente puede ser explicado sin estudiar los medios específicos de adaptación evolutiva de la especie, los investigadores en la infancia han virado su atención a la ontogénesis de las formas humanas de la comunicación, la conciencia y la cultura.

El habla, forma de comunicación exclusivamente humana, representa un medio inusualmente efectivo de adaptación biológica. Ella ha permitido posibilidades sin precedentes de acumulación, integración y distribución de la información, ha posibilitado el desarrollo de formas específicas de cultura y ha brindado oportunidades para superar limitaciones biológicas (véase la sección 4 de este

Original: Papoušek H. (1996). Musicality in infancy research: biological and cultural origins of early musicality. En I. Deliegé I. y J. A. Sloboda (Eds.) Musical Beginnings. Origins and development of musical competence. Oxford University Press. New York. 37- 55. Traducción:Vivian Ospina. Revisión técnica: Silvia Español y Favio Shifres. Material de la Cátedra Infancia Temprana de la Facultad de Psicología, UBA y de la Cátedra Educación Musical Comparada, Facultad de Bellas Artes, UNLP.

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capítulo). Con todo, sus comienzos durante la infancia preverbal han permanecido largamente inexplorados. La antigua visión de los bebés humanos como organismos altriciales y retrasados en la locomoción ha sido revisada. Debido a sus llamativos logros en el desarrollo comunicativo, los bebés son actualmente considerados precoces (Papoušek y Papoušek 1984). Llamativamente, se ha encontrado que la musicalidad juega un importante rol en este desarrollo.

La comunicación se desarrolla en íntima conexión con habilidades integradoras del bebé, tales como el aprendizaje y la cognición. Las formas humanas de simbolización verbal participan en la integración sociocultural y codeterminan sus niveles superiores, incluyendo los niveles de autorregulación lingüísticamente conscientes y dependientes de la cultura. La transición de los estudios de estímulorespuesta en bebés hacia la investigación de la interacción de los bebés en contextos sociales y culturales ha dilucidado la importancia del desarrollo comunicativo y el rol que el medioambiente cumple en él. Se ha encontrado que los padres, y los cuidadores en general, funcionan como maestros competentes de la lengua materna y como mediadores de los impactos culturales (Papoušek y Papoušek 1984, 1987). Las contribuciones más relevantes para el desarrollo de las capacidades comunicativas e integradoras de los bebés tienen lugar a través de intervenciones educacionales intuitivas no conscientes. La dilucidación de estas interrelaciones ha confirmado la validez del supuesto biológico de que los medios de adaptación evolutiva específicos de la especie se basan en la coevolución de predisposiciones universales tanto en las poblaciones parentales como en las filiales, funcionan de manera temprana durante la ontogenia y están controladas por subsistemas no conscientes de regulación conductual. El uso y las modificaciones del habla dirigida al bebé por parte de los cuidadores pueden servir como ejemplo típico (Papoušek y Papoušek 1987; M. Papoušek capítulo 4).

Esta perspectiva subsume el desarrollo comunicativo dentro del complejo marco de la evolución de la mente y la cultura humana. Al mismo tiempo, apunta hacia los orígenes biológicos de los medios específicos de adaptación humana mencionados anteriormente. Los avances en estudios comparados han tornado evidente el hecho de que las predisposiciones parciales para el habla y para el pensamiento racional tienen sus antecedentes en el mundo animal, y que los humanos son los únicos que poseen todas las predisposiciones que existen como capacidades aisladas en otras especies. Los humanos son también únicos en el modo en el cual su cultura explota los potenciales de simbolización abstracta en registros permanentes de información escrita y en el establecimiento de instituciones para el ulterior perfeccionamiento de la comunicación. Es también importante que hitos cruciales de las capacidades comunicativas e integradoras en el ser humano tienen lugar durante el período preverbal de la infancia. El compromiso de la musicalidad en este proceso inicial del desarrollo indica que su interpretación podría abrir nuevas perspectivas para especular sobre los orígenes evolutivos y la significación adaptativa de la musicalidad humana. Además, la evidencia de predisposiciones para la musicalidad y de una competencia integradora en los bebés podría también reabrir la pregunta en torno a la utilización pedagógica de la competencia musical temprana.

En las siguientes tres secciones de este capítulo se intenta revisar la evidencia contemporánea sobre el desarrollo de las capacidades de los bebés que pueden relacionarse con el comienzo mismo de la comunicación, del pensamiento o de la integración cultural, y examinar en qué medida la musicalidad (sensibilidad para la música, predisposiciones para procesar experiencias musicales y expresiones de habilidades musicales) está comprometida. La elucidación de su injerencia puede facilitar la detección de las raíces biológicas de la musicalidad ya a que al menos algunas pueden ser comunes o paralelas. Por esta razón, los musicólogos pueden beneficiarse de los avances en estudios sobre la comunicación entre bebés y cuidadores o sobre el desarrollo mental temprano.

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Sólo recientemente, nuevas observaciones empíricas han indicado cuándo y cómo ocurre la transición desde intervenciones de crianza determinadas biológicamente hacia intervenciones dependientes de la cultura. Esta nueva y difícil área de investigación en la infancia será discutida en relación con sus potenciales consecuencias educativas.

2. La Musicalidad Temprana y la Comunicación Humana

La comunicación es una característica universal de los organismos vivos. Si la musicalidad humana está involucrada en la ontogenia de la comunicación, ella podría haber estado involucrada en un proceso común de selección evolutiva y compartir con la comunicación las siguientes derivaciones:

predisposiciones conductuales y anatómicas innatas, presencia universal a través de la edad, el sexo y la cultura, funcionamiento temprano durante la ontogenia, participación de formas de regulación intuitivas no conscientes que permiten un desempeño eficiente, y coevolución de programas conductuales en las contrapartes sociales. Por supuesto, cualquier intento de reconstruir el pasado prehistórico de la música y la musicalidad representa un paso en un campo de investigaciones pobremente documentado, donde la carencia de evidencias confiables puede a menudo ser sólo compensada con deducciones lógicas y analogías. Sin embargo, parece potencialmente fructífero explorar tal reconstrucción porque podría conducir a intelecciones teóricas útiles.

La música ha sido comúnmente conceptualizada en íntima conexión con la emocionalidad, ya que la experiencia musical, perceptual o productiva, puede mediar sentimientos humanos aún en casos en los que la mediación verbal fracasa. Si los sonidos musicales son producidos por animales o incluso por fuerzas físicas en la naturaleza las interpretaciones tienen que ser más cautelosas. Los sonidos suscitados por los movimientos del agua o del aire pueden ser percibidos, por un oyente, como información sobre circunstancias físicas, pero como un capricho de la naturaleza, por otro. De acuerdo con la Teoría de la Información, la información contenida en una señal primaria depende de la capacidad del oyente para percibir y procesar esta señal. De acuerdo con las teorías psicológicas, sonidos idénticos pueden provocar diferentes sentimientos emocionales en el oyente dependiendo de la experiencia previa, del contexto, del estado mental actual y de los valores atribuibles. Sonidos evocadores, como los sonidos producidos por el viento o el agua, pueden no tener nada en común con intenciones comunicativas o sentimientos emocionales. Inversamente, las cualidades físicas de los sonidos pueden jugar un importante rol en la comunicación, debido a que algunas cualidades pueden ser más convenientes para la comunicación a distancia mientras que otras pueden permitir una veloz y refinada organización de patrones en la comunicación proximal.

Así, el rol de los elementos musicales en la comunicación entre organismos vivos depende de las circunstancias físicas y ecológicas bajo las cuales algunas formas particulares de comunicación acústica han sido seleccionadas por especies individuales. Los sonidos vocales infrasónicos en grandes mamíferos (elefantes y ballenas) permiten la comunicación a través de distancias enormemente grandes, mientras que señales de altura aguda son ventajosas para la comunicación proximal entre pájaros en entornos costeros ruidosos próximos o entre monos en bosques tropicales lluviosos (Wilson 1975). Los contornos melódicos penetran más exitosamente que los elementos fonéticos los espacios que absorben sonidos. Las señales auditivas ofrecen ventajas obvias para la comunicación en condiciones que no permiten suficiente contacto visual entre quienes se comunican y tales señales vocales o no vocalespueden ser producidas en variadas zonas de frecuencia, con diversos ritmos, estructuras espectrales y patrones melódicos. Las

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combinaciones de estas cualidades son lo suficientemente ricas como para permitir señales típicas de especie y la identificación individual, como en el caso de las huellas vocales . La marcación vocal es sólo una parte del repertorio comunicativo universal que incluye formas químicas, eléctricas, táctiles o visuales que permiten distinguir a los individuos. Las señales vocales permiten una comunicación particularmente flexible, rápida y completa, son generadas por un único órgano y producidas con una menor inversión energética que la generada por los despliegues conductuales en la comunicación visual, los cuales a menudo requieren de vastos movimientos del cuerpo entero (Wilson 1975).

Durante la evolución, las especies individuales, incluyendo los humanos, han utilizado las potencialidades físicas de la comunicación auditiva para necesidades específicas como la división del espacio en el cual se vive, el forrajeo, la reproducción, la organización social o el cuidado de la progenie. Se han seleccionado órganos adecuados y estructuras neurales para la percepción y producción de señales auditivas de acuerdo tanto a principios universales biológicos como a ajustes específicos a las condiciones ecológicas (Mayr 1971). Los sonidos vocales funcionan principalmente en íntima interrelación con patrones de movimiento visualmente perceptibles, particularmente en la comunicación entre pájaros o primates. En contraste con los reptiles, la participación de señales vocales creció durante la evolución de los pájaros y los mamíferos (Mc. Lean 1990). Nuevas estructuras en los cerebros y en los tractos vocales de estos animales ofrecieron las predisposiciones para la producción de sonidos vocales finamente diferenciados, para su procesamiento y uso como símbolos diferenciales verbales o musicalespara variados eventos, necesidades, riesgos o intercambios sociales. Así, el trasfondo evolutivo no debería ser desconsiderado en las interpretaciones sobre la importancia cultural de los sonidos percibidos como musicales por los humanos, ni en las especulaciones sobre la relevancia predeterminada de ciertos elementos musicales en las expresiones de estados emocionales.

Los sonidos comunicativos en individuos sin habla animales no humanos y bebés humanos– han sido considerados frecuentemente como meras expresiones de estados afectivos. Sin embargo, cada una de tales señales conlleva tres niveles de información (Bühler 1934): expresión del estado afectivo, representación del contexto comunicativo y un llamado dirigido al entorno social. Estudios recientes sobre la comunicación animal han conducido a interpretaciones similares (Marler et al. 1992). La capacidad del sistema nervioso determina el grado en el cual cada uno de estos niveles es utilizado para fines comunicativos. En contraste con los cerebros de reptiles, las estructuras adicionales límbica y del hipocampo de los mamíferos vinculan la comunicación con formas más complejas del cuidado de la progenie, incluyendo los lazos emocionales, el uso de llamados ante la separación y formas elementales de comportamiento de juego (Mc. Lean 1990). La complejidad de las expresiones conductuales relacionadas varía entre las especies de mamíferos y alcanzan un nivel de complejidad y de plasticidad particularmente alto en los primates. El significado adaptativo de la comunicación vocal ha derivado no sólo en predisposiciones anatómicas innatas sino también en una fuerte motivación intrínseca para su uso en los primates, incluyendo a los humanos y sus intereses culturales en la música vocal.

El uso de sonidos musicales como paralelos suplementarios de la comunicación verbal persiste en tiempos modernos, por ejemplo, en el uso de los cuernos de caza, bocinas, trompetas militares o tambores para la comunicación a través de distancias que son muy grandes como para permitir la

voiceprints en el original (N. de los T.)

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diseminación de elementos fonéticos. El sonoro yodel 1 en los Alpes o los mensajes cantados a gritos en los Cárpatos sirven a propósitos similares y permiten la comunicación vocal a través de cientos de metros (Busnel y Classe 1976). El ritmo y la afinación de tambores son usados por los nativos de las sabanas de África de manera similar, al igual que el lenguaje de silbidos (Silbos) entre los indios mexicanos o los nativos de las Islas Canarias. Los indios Mazatecos de Oaxaca usan características tonales en su silbido que son similares a las de su lenguaje tonal. En contraposición, los nativos de La Gomera usan un Silbo articulado consistente con su dialecto del Español que es un lenguaje acentuado (Busnel y Classe 1976).

Los sonidos vocales pueden ser modificados en las mismas cualidades con propósitos tanto comunicativos como musicales; a saber, en altura, intensidad, timbre, melodía, ritmo, y armonía. El habla humana incluye cualidades fonéticas adicionales que permiten la producción de consonantes

y sílabas. Todos los componentes resultantes pueden ser concatenados de acuerdo con reglas

gramaticales o sintácticas. El habla humana y la música vocal parecieran representar dos categorías

diferentes; sin embargo, la íntima interrelación entre ellas hace difícil la separación. Es también difícil decir cuál de ellas apareció de manera más temprana en la evolución humana. Aunque tanto

el lenguaje como la música se subordinan a la comunicación y comparten características análogas,

como ajustar los patrones de sonido en el tiempo, no hay razón para concluir que los procesos que subyacen a la música y al lenguaje son homólogos. Por el contrario, las analogías a menudo funcionan como punteros para ulteriores investigaciones y pueden indicar dónde buscar los orígenes evolutivos. Una conexión obvia entre el lenguaje y la música es la doble función del tracto vocal humano: sirve tanto de órgano del habla como de instrumento musical. Por esta razón, su temprano funcionamiento atrae cada vez mayor atención hacia la investigación en infancia.

Las cualidades del sonido vocal pueden ser ricamente variadas independientemente de las palabras u otras formas de simbolización abstracta, como es típico en algunos animales no humanos, particularmente los pájaros. Al escuchar las canciones de los pájaros podemos encontrarlas musicales, aunque los pájaros las perciban como simple información sobre la demanda territorial del compañero y la competencia reproductiva, el alimento disponible o como señales de alarma de un entorno peligroso. La comunicación vocal de los mamíferos puede sonar también melódica aunque su significado sea tan limitado como en los cantos de los pájaros. Entre primates, por ejemplo, existe el canto entre los gibones, pero sus canciones transmiten información tan concisa como la de los cantos de pájaros (Marshal y Marshal 1976), y no hay evidencia de que los gibones modifiquen las canciones juguetonamente o les atribuyan musicalidad.

Durante la evolución humana, las predisposiciones mencionadas previamente han sido seleccionadas en una combinación particularmente ventajosa. Las funciones cerebrales han alcanzado un incomparable nivel de complejidad permitiendo tanto operaciones cognitivas complejas con palabras como recreativas o creativas modificaciones de elementos acústicos en la música vocal. Con tal flexibilidad, los humanos pueden crear un mundo interno de representaciones simbólicas donde todos los aspectos de la experiencia de vida y de la información acumulada son segregados e integrados en nuevos conceptos expresados en símbolos verbales o musicales y compartidos con el entorno social. El tracto vocal humano incluye un espacio adecuado en sus partes supralaríngeas para una rápida y sutil modulación de los sonidos vocales (Lieberman 1984). Además, una coordinación comparable de movimientos de manos y dedos permite expresiones paralelas en modalidades no vocales, tales como en lenguajes sígnicos, el lenguaje escrito o en

11 Un tipo de expresión vocal común en Suiza y el Tirol que emplea una alternancia de producción vocal normal y falsete en tonadas rítmicas simples (N. de los T).

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otras formas de comunicación codificadas. Consecuentemente, los humanos pueden usar combinaciones de sonidos vocales con movimientos corporales para un infinito repertorio de expresiones. Esta ventaja indudablemente contribuyó a la evolución de las culturas humanas incluyendo las ciencias, las artes, la moral y las religiones, para las cuales no existen paralelos conocidos en otros animales.

Los elementos musicales participan muy tempranamente en el proceso de desarrollo comunicativo; de hecho, investigación reciente ha sugerido que ellos abonan el terreno para las capacidades lingüísticas de manera más temprana de lo que los elementos fonéticos pueden lograr (Papoušek et al. 1985). Un breve bosquejo del desarrollo de la vocalización humana podría arrojar luz sobre esta conjetura (ver M. Papoušek, capítulo 4).

El recién nacido viene con una capacidad innata para el llanto completamente desarrollada, pero los sonidos vocales relacionados con el habla se desarrollan más adelante y tienen que ser aprendidos desde cero. El llanto una señal de angustia a larga distancia es comparable a los gritos de angustia característicos de las crías de mamíferos que tienen una considerable universalidad y consisten en un patrón preprogramado, que incluye una expiración adecuadamente prolongada. Los sonidos del habla dependen sólo parcialmente de la predisposición innata durante el desarrollo preverbal; relativamente pronto (alrededor de los 4 meses de acuerdo a Boysson Bardies et al. 1984) los bebés se ven influidos por el lenguaje del entorno o los cantos y, a través de ellos, por dos pilares de la cultura humana: el pensamiento racional y la creación artística. Aunque los bebés siempre aprenden el lenguaje de su nicho cultural, aquellos de quienes adquirirán el lenguaje raramente son capaces de explicar el modo en el que ellos pueden mediar el impacto cultural a los bebés incapaces de hablar. Este enigma fue resuelto cuando los investigadores se concentraron en aquellas predisposiciones parentales para la crianza que coevolucionaban en forma de tendencias comportamentales no conscientes (Papoušek y Papoušek 1978, 1982, 1987). Los padres las despliegan en presencia del bebé de modo inconsciente y sin decisiones racionales.

Los microanálisis de las intervenciones de apoyo de los padres revelaron patrones universales de conducta en las cuales ellos ofrecen modelos de sonidos vocales, animan y recompensan las imitaciones que los niños hacen de éstas, y ajustan didácticamente sus intervenciones al nivel momentáneo de progreso en la vocalización del bebé (para detalles véase M. Papoušek, capítulo 4). Los padres guían al bebé consistentemente hacia por lo menos tres niveles de experticia vocal que emergen gradualmente durante el desarrollo vocal preverbal (H. Papoušek 1994). El primer nivel es alcanzado cuando la vocalización fundamental inicial superpuesta al inmodificable ritmo momentáneo de respiración se ha convertido en prolongados y eufónicos sonidos de arrullo alrededor de las ocho semanas de edad, esto es, cuando el bebé es capaz de producir o modular los primeros sonidos vocales melódicos. A menudo se han interpretado éstos como mera expresión de estados emocionales, sin embargo, las investigaciones en interacción han revelado una importante faceta del desarrollo comunicativo y cognitivo en ellos (Papoušek y Papoušek 1981; 1987). De acuerdo con Lynch y sus colaboradores (1995), a los dos meses de vida los bebés inician la vocalización del fraseo con la ayuda de tales modulaciones.

En el habla dirigida al bebé, los padres guían intuitivamente las vocalizaciones del bebé hacia modulaciones melódicas, despliegan modelos prominentes para ellos (Papoušek y Papoušek 1981; Fernald y Simon 1984) y usan el perfil melódico del habla dirigida al bebé como los primeros mensajes categóricos acerca de las circunstancias momentáneas de los bebés. Así, los padres apoyan el proceso de abstracción y preparan a los niños para el futuro uso de mensajes verbales categóricos (Papoušek et al. 1985). Sin embargo, el bebé puede usar también las modulaciones melódicas para juegos vocales y más adelante para el canto (Papoušek y Papoušek 1981). Tal vez es

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ésta la razón por la cual las modulaciones melódicas permanecen en el repertorio vocal infantil incluso después de la adquisición de las palabras (Papoušek 1992). Los padres intuitivamente apoyan al bebé en el uso de contornos melódicos para juegos vocales y a menudo cantan rimas infantiles o nanas. Bajo condiciones favorables, los infantes preverbales desarrollan una capacidad de imitación de las canciones infantiles o de improvisación de sus propias melodías, y comienzan a aprender canciones con letra cuando pueden usar palabras y oraciones simples (Papoušek y Papoušek 1981).

El segundo nivel de experticia vocal infantil concierne a la producción de consonantes y a la segmentación del flujo vocal en sílabas. El aprendizaje termina con la aparición de un hito distintivo para el desarrollo: la producción de sílabas canónicas reduplicadas (Oller 1986). Las madres facilitan ese desarrollo al estimular a los bebés de manera progresiva con juegos rítmicos y combinaciones de ellos con melodías rítmicas superpuestas (Papoušek y Papoušek 1991). Estas formas de intervención intuitivas pueden influenciar tanto la adquisición del lenguaje como el desarrollo de la musicalidad.

Las sílabas canónicas parecen señalar a los padres que es tiempo para un nuevo tipo de intervención didáctica que tiene que ver con el tercer nivel de pericia vocal, a saber, la función declarativa de los símbolos vocales y la adquisición de palabras (Papoušek y Papoušek 1987). Mientras que previamente a las sílabas canónicas los padres apoyaban intuitiva y casi exclusivamente los aspectos procedimentales del habla y enseñaban a los bebés cómo producir los sonidos vocales apropiados o a usar habilidades dialógicas apropiadas, ahora toman inmediatamente las sílabas canónicas como potenciales protopalabras, les atribuyen significado y las usan de forma declarativa para nombrar personas, objetos y eventos en el microambiente del bebé (Ferguson 1964; Papoušek y Papoušek 1981; Locke 1986; M. Papoušek 1994). Cuando el bebé puede decir las primeras palabras diferenciadas, los padres comienzan a usar explicaciones racionales e instrucciones de manera más frecuente; la conciencia, el pensamiento racional y el impacto cultural comienzan a ser crecientemente evidentes en el apoyo de los padres a la competencia verbal del infante.

Diversos estudios confirman la efectividad de tales intervenciones de los padres. Una demora significativa en el acceso al silabeo canónico en bebés sordos aunque con un desarrollo normal en otros aspectos respecto de los bebés que oyen(Oller y Eilers 1988), ilustra la facilitación del medio ambiente en los procesos madurativos. Comparaciones específicamente diseñadas entre gemelos y bebés que provienen de un embarazo de un solo óvulo (Bornsteins 1985) examinan un experimento natural interesante; revelan un déficit significativo en las intervenciones didácticas maternas en gemelos de 5 meses y un retraso significativo en la comunicación verbal y en capacidades cognitivas en gemelos de 13 meses. Si bien resulta difícil separar de manera convincente las intervenciones intuitivas de los padres que apoyan específicamente sólo la adquisición del lenguaje, los juegos o la musicalidad en los bebés pre verbales, en los comienzos de la comunicación verbal estas direcciones parecen divergir bajo la influencia de factores culturales.

3. La Musicalidad Temprana y la Mente Humana

Incompetentes en la locomoción y en la obtención de alimento al nacer, los infantes humanos manejan las primeras palabras y oraciones en uno o dos años y se vuelven capaces de comunicarse en una complejidad que aventaja a todas las formas animales. Semejante logro no es plausible sin un adecuado progreso en las habilidades cognitivas y de aprendizaje del bebé. Estudios iniciales de condicionamiento infantil documentaron tanto capacidades como restricciones en el aprendizaje

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temprano, y mostraron que las capacidades de aprendizaje mejoran rápidamente durante el primer mes de vida como resultado tanto de la maduración como de la práctica (Papoušek 1967). Una mirada detallada del microambiente típico del bebé reveló pocas circunstancias físicas favorables pero abundantes interacciones sociales en las cuales el bebé podía practicar habilidades integradoras. Los diálogos interactivos incluyen innumerables episodios en los cuales los cuidadores se hacen predecibles, controlables y contingentes, inician el aprendizaje instrumental, y recompensan afectivamente el aprendizaje exitoso (Papoušek y Papoušek 1984).

Los estudios sobre percepción y producción de sonidos del habla en bebés arrojan luz sobre detalles adicionales del andamiaje potencial de los intercambios vocales y confirman el compromiso temprano de elementos musicales. El recién nacido humano entra en el mundo social con un órgano auditivo como el del adulto el oído internoy con alguna experiencia acústica intrauterina que le permite, por ejemplo, reconocer el sonido de una voz familiar (DeCasper y Fifer 1980), de un relato (DeCasper y Spence 1986) o una melodía (Cooper y Alsin 1989). Estudios de la percepción prenatal (para más detalles ver J. P. Lecanuet, capítulo 1) muestran que cuando el feto está próximo al término de la gestación puede percibir diferencias entre voces femeninas y masculinas, probablemente debido a diferencias en la altura, y que despliegan habilidades de aprendizaje en forma de habituación mientras procesan señales de voz (Granier Deferre et al. 1992). Las modulaciones melódicas de las vocales tienen mayor probabilidad de ser percibidas por los fetos que las consonantes y los parámetros fonéticos (Busnel y Granier Deferre 1983). A los dos días de vida los recién nacidos ya muestran preferencia por su lenguaje nativo, debido probablemente más a la experiencia prenatal con patrones de entonación que a la postnatal (Moon et al. 1993).

Desde la introducción de mediciones confiables, tales como el método de giro de cabeza (Papoušek 1961; Fantz 1963 ), la succión diferencial (Sameroff 1965) o el potencial evocado auditivo del tallo cerebral y los potenciales corticales evocados (Hecox 1975), es posible estudiar la sensibilidad auditiva, los umbrales absolutos y sus cambios dependientes de la edad. La información disponible sugiere que los recién nacidos humanos son mucho más sensibles de lo que se pensaba previamente (Olsho et al. 1987) y que los bebés pequeños son menos sensibles a las bajas frecuencias que a las altas, ambos en términos absolutos en comparación con los adultos (Trehub et al. 1980; Schneider et al. 1980; Sinnot et al. 1983). En frecuencias por encima de los 4000 Hz., los infantes se desempeñan incluso mejor que los adultos. Detectan cambios de frecuencia del uno y dos por ciento para altas y bajas frecuencias respectivamente, son sensibles a los incrementos de sonoridad de tres dB, y perciben altura y timbre de manera similar a los adultos. Tal competencia no es específicamente humana pues existe aún en animales con estructuras nerviosas menos complejas. Inversamente, métodos sofisticados han posibilitado la aproximación a cuestiones tan complejas como la participación del principio Gestáltico de proximidad de frecuencia en la segregación perceptual (Demany 1982; Fassbender 1993). Un detallado registro de esa nueva área de investigación se presenta en el capítulo 3 de F. Fassbender.

Una muy cuidadosa búsqueda de factores de desarrollo mental temprano ha revelado recientemente una ‘competencia exploratoria’ como factor predictivo diferente de aquellos posibilitados por habilidades representacionales verbales (TamisLeMonda y Bornstein 1993). Los análisis indican, por un lado, una base genética de ese factor y, por otro, una relación con el juego competente. Al mismo tiempo, ilustran claramente cuán importante es mantener los conceptos del desarrollo mental abiertos a la consideración del juego infantil; esto puede ser relevante para la evolución de la cultura y de la música en los humanos. De acuerdo con la visión del autor (Papoušek 1979), la integración lúdica de la experiencia parece estar basada en procesos subyacentes no sólo

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al juego sino también a la creatividad, al descubrimiento o al humor en la vida posterior. El jugueteo no ha sido documentado en insectos, peces, anfibios y reptiles pero cumple un rol importante en la socialización de los mamíferos, cuanto más social e inteligente es la especie más elaborado es el juego (Wilson 1975).

Las definiciones biológicas o conductuales del juego son bastante difíciles. El juego animal es visto con frecuencia como una forma de actividad en la cual el joven se entrena para adquirir las futuras habilidades del adulto sin los riesgos o las responsabilidades inmediatas. Quienes estudian el juego humano le atribuyen varios grados de significación funcional: algunos autores acentúan las estructuras observables (Hutt 1966) otros consideran el juego como un factor fundamental en la evolución de las culturas (Huizinga 1955) o como un proceso paralelo a la exploración y resolución de problemas (Bruner 1968).

El autor de estas líneas conceptualiza el juego infantil como una capacidad particular complementaria a los procesos integradores fundamentales del aprendizaje y la cognición (Papoušek 1979). Cuando es confrontado con un nuevo evento, el bebé trata de acumular suficiente información sobre éste para conceptualizarlo como ‘conocido’. Los conceptos iniciales pueden ser sólo asunciones crudas, a veces basadas en falsas premisas o supersticiones; incluso pueden proteger al bebé del temor de lo ‘desconocido’. Con el tiempo, los conceptos iniciales pueden tonarse aburridos y el bebé puede mostrar la capacidad de reabrirlos para una exploración ulterior bajo condiciones libres de presión y evitar el aburrimiento. Las modificaciones y transformaciones de conceptos triviales existentes se movilizan desde la trivialidad hacia la innovación, la creatividad o la sorpresa humorística. Estas operaciones de alto nivel pueden ser tal vez homogéneas durante la infancia, pero se pueden atribuir y ser esenciales para el juego, la creación artística, el descubrimiento, la inventiva o el humor más tarde en la vida.

El concepto del autor sobre un alto nivel de procesos integradores esenciales al juego subsume:

la participación de emociones (que indican motivación intrínseca), la universalidad (que indica significación adaptativa), relación con antecedentes en el juego animal (que indica orígenes biológicos) y con competencias artísticas o científicas en adultos humanos (que indica adaptación específica a la cultura) y el sobrellevar estados internos de temor o aburrimiento (que indica formas específicas humanas de regulación de sí mismo). Desde esta perspectiva, el juego infantil tal vez sea una temprana manifestación de las capacidades para jugar roles en la vida humana y no debe ser subestimado.

Consecuentemente, si la musicalidad puede ser abarcada, este concepto de juego puede señalar el camino hacia la verificación de algunos aspectos fundamentales de la musicalidad humana, tales como sus bases biológicas, su significación adaptativa, su motivación intrínseca, su compromiso con aspectos cruciales de la adaptación biológica y cultural, y su eficiencia autoregulatoria. Un enfoque similar ha resultado útil en el caso de la comunicación humana, en donde se ha encontrado un compromiso funcional de elementos musicales en las formas iniciales de comunicación vocal entre infantes preverbales y sus cuidadores (Papoušek y Papoušek 1987).

A diferencia de lo que ocurre en los animales, el juego en los humanos se caracteriza por su

sorprendente independencia de los períodos del desarrollo y de las habilidades comportamentales necesarias para la supervivencia. Con una remarcable libertad, los humanos pueden jugar en todas las edades y literalmente con cualquier cosa, incluyendo símbolos intrínsecos, elementos musicales, fórmulas matemáticas o ensueños. Ellos pueden desplegar cualquier cantidad de situaciones de juego con conjuntos de reglas y grados de complejidad variados. Eventualmente pueden profesionalizar o comercializar el juego, o incluso convertirse en adictos a él y descuidar así sus

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necesidades vitales. En psicología, debido a la sobrestimación del pensamiento racional y las pruebas de C.I, se ha investigado poco la finura lúdica y libre de estrés de algunos conceptos actuales de ingenio agudo y potenciales creativos o inventivos. En contraste con la psicología académica, los conceptos profanos de inteligencia abarcan consistentemente la resolución de problemas prácticos, la creatividad y las habilidades sociales además del conocimiento racional (Sterberg et al. 1981). Así, en términos de crianza y de educación formal, razones teóricas y prácticas señalan la necesidad de tender un puente sobre las brechas actuales en el conocimiento.

Como se explicó en la sección anterior, los diálogos entre bebés y cuidadores se caracterizan por ricas modificaciones melódicas y aparecen bajo circunstancias que dan a los intercambios entre padresbebés características de intercambios maestros alumnos. Durante los primeros dos, tres meses de vida, el repertorio del bebé se desarrolla desde breves rechinidos o sonidos discordantes hacia sonidos musicales más largos y eufónicos que se aproximan a tonos puros y armoniosamente vocalizados (Papoušek y Papoušek 1981). En el habla dirigida al bebé de los padres y generalmente de todos los cuidadoreslos elementos prosódicos fuertemente acentuados, los contornos de entonación, los acentos y la ritmicidad dan a la voz rasgos prominentes de cualidades musicales (Garnica 1977; Fernald 1984). Las melodías son sorprendentemente expresivas con repeticiones, glissandos frecuentes, prevalencia de intervalos armónicos básicos (terceras, cuartas, quintas y octavas), y en ocasiones dramáticos cambios de intensidad. Las numerosas repeticiones permiten incluso a los pequeños conceptualizar, predecir, responder anticipatoriamente y controlar tales piezas elementales de la música parental. Sin embargo, tan pronto como la atención del bebé decrece, los padres tienden a modificar los patrones, recapturan su atención y lo guían para que enriquezca los conceptos originales. Los microanálisis revelan muchos episodios de prácticas integradoras, tanto en los diálogos padresbebés como en los monólogos del bebé (Papoušek y Papoušek 1981). La práctica involucra simples juegos vocales durante los primeros meses de postparto y patrones más complejos de rimas y canciones infantiles después del sexto mes; esto se basa fuertemente en predisposiciones intuitivas cuyos orígenes biológicos se explicaron en la sección 2. Esta situa