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EL CONOCIMIENTO

UNIDAD II

1.4 EL MITO DE LA CAVERNA

Tomado de Platón (1968). Obras Completas. La República, Editorial Porrúa, México.

- Represéntate ahora el estado de la naturaleza humana respecto de la ciencia y de la ignorancia, según el cuadro que de él voy a trazarte. Imagina un antro subterráneo

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que tiene todo a lo largo una abertura que deja libre a la luz el paso, y, en ese antro, unos hombres encadenados desde su infancia, de suerte que no puedan cambiar de lugar ni volver la cabeza, por causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tengan delante. A su espalda, a cierta distancia y a cierta altura, hay un fuego cuyo fulgor les alumbra, y entre ese fuego y los cautivos se halla un camino escarpado. A lo largo de ese camino, imagina un muro semejante a esas vallas que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultar a éstos el juego y los secretos trucos de las maravillas que les muestran.

- Todo eso me represento.

- Figúrate unos hombres que pasan a lo

largo de ese muro, porteando objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales de madera o de piedra, de suerte que todo ello se aparezca por encima del muro. Los que los portan, unos hablan entre sí, otros pasan sin decir nada.

- ¡Extraño cuadro y extraños prisioneros!

- Sin embargo, se nos parece punto por

punto. Y, ante todo, ¿crees que verán otra cosa, de sí mismos y de los que se hallan a su lado, más que las sombras que van a producirse frente a ellos al fondo de la caverna?

- ¿Qué más pueden ver, puesto que desde su nacimiento se hallan forzados a tener siempre inmóvil la cabeza?

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- ¿Verán, asimismo, otra cosa que las

sombras de los objetos que pasen por detrás de ellos?

-No.

- Si pudiesen conversar entre sí, ¿no

convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de esas mismas cosas?

- Indudablemente.

- Y si al fondo de la prisión hubiese un eco

que repitiese las palabras de los que pasan, ¿no

se figurarían que oían hablar a las sombras mismas que pasan por delante de sus ojos?

-Sí.

- Finalmente,

no

creerían

que

existiese

nada real fuera de las sombras.

-Sin duda.

- Mira ahora lo que naturalmente habrá de

sucederles, si son liberados de sus hierros y se les cura de su error. Desátese a uno de esos cautivos y oblíguesele inmediatamente a levantarse, a volver la cabeza, a caminar y a mirar hacia la luz; nada de eso hará sin infinito trabajo; la luz le abrasará los ojos, y el deslumbramiento que le produzca le impedirá

distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que responderá si le dijesen que hasta entonces no ha visto más que fantasmas, que ahora tiene ante los ojos objetos más reales y más próximos a la verdad? Si se le muestran luego las cosas a

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medida que vayan presentándose, y se le obliga,

en fuerza de preguntas, a decir qué es cada una

de ellas, ¿no se le sumirá en perplejidad, y no se

persuadirá a que lo que antes veía era más real

que lo que ahora se le muestra? Sin duda. Y si

le obligase a mirar al fuego, ¿no enfermaría de

los ojos? ¿No desviaría sus miradas para

dirigirlas a la sombra, que afronta sin esfuerzo?

¿No estimaría que ésa sombra posee algo más

claro y distinto que todo lo que se le hace ver?

- Seguramente.

- Si ahora se le arranca de la caverna, y se

le arrastra, por el sendero áspero y escarpado,

hasta la claridad del sol, ¡qué suplicio no será

para él ser así arrastrado!, ¡qué furor el suyo! Y

cuando haya llegado a la luz libre, ofuscados

con su fulgor los ojos, ¿podría ver nada de la

multitud de objetos que llamamos seres reales?

- Le sería imposible, al primer pronto.

- Necesitaría tiempo, sin duda, para

acostumbrarse a ello. Lo que mejor distinguiría

sería, primero, las sombras; luego, las imágenes

de los hombres y de los demás objetos, pintadas

en la superficie de las aguas; finalmente, los

objetos mismos. De ahí dirigiría sus miradas al

cielo, cuya vista sostendría con mayor facilidad

durante la noche, al claror de la luna y de las

estrellas, que por el día y a la luz del sol.

- Sin duda.

- Finalmente, se hallaría en condiciones, no sólo de ver la imagen del sol en las

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aguas y en todo aquello en que se refleja, sino de fijar en él la mirada, de contemplar al verdadero sol en su verdadero lugar.

-Naturalmente.

- Después de esto, dándose a razonar,

llegará a concluir que el sol es quien hace las

estaciones y los años, quien lo rige todo en el

mundo visible, y que es en cierto modo causa de

lo que se veía en la caverna.

- Es evidente que llegaría por grados hasta

hacerse esas reflexiones.

- Si llegase entonces a recordar su primera

noche morada, la idea que en ella se tiene de la

sabiduría, y a sus compañeros de esclavitud,

¿no se alborozaría de su mudanza, y no tendría

compasión de la desdicha de aquéllos?

- Seguramente.

- ¿Crees que sintiese todavía celos de los

honores, de las alabanzas y recompensas allí

otorgadas al que más rápidamente captase las

sombras a su paso, al que recordase con mayor

seguridad las que iban adelante, detrás o juntas,

y que por tal razón sería el más hábil en adivinar

su aparición, o que envidiase la condición de los

que como Aquiles en Homero, pasarse la vida al

servicio de un pobre labrador y sufrirlo todo,

antes que volver a su primer estado y a sus

alusiones primeras?

- No dudo que estaría dispuesto a soportar

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todos los males del mundo, mejor que vivir de tal suerte.

- Pues pon atención a esto otro: Si de

nuevo tornase a su prisión, para volver a ocupar

en ella su antiguo puesto, ¿no se encontraría

como enceguecido, en el súbito tránsito de la luz

del día a la oscuridad?

-Sí.

- Y si mientras aún no distingue nada, y

antes de que sus ojos se hayan repuesto, cosa que no podría suceder sino después de pasado bastante tiempo, tuviese que discutir con los demás prisioneros sobre esas sombras, ¿no daría qué reír a los demás, que dirían de él que, por haber subido a lo alto, ha perdido la vista,

añadiendo que sería una locura que ellos quisiesen salir del lugar en que se hallan, y que si a alguien se le ocurriese querer sacarlos de

allí y llevarlos a la región superior, habría que

apoderarse de él y darle muerte?

- Indiscutiblemente.

- Pues ésa es precisamente, mi querido

Glaucón, la imagen de la condición humana. El antro subterráneo en este mundo visible; el fuego que lo ilumina, la luz del sol; el cautivo que sube a la región superior y la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible.

He aquí, a lo menos, mi pensamiento, puesto

que quieres saberlo. Dios sabe si es cierto. Por

mi parte, la cosa me parece tal como voy a

decir. En los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con trabajo, pero que no puede ser percibida sin concluir que

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ella es la causa primera de cuánto hay de bueno

y de bello en el universo; que ella, en este

mundo visible, produce la luz y el astro de quien

la luz viene directamente; que, en el mundo in-

visible, engendra la verdad y la inteligencia; que es preciso, en fin, tener puestos los ojos en esa idea, si queremos conducirnos cuerdamente en

la vida pública y privada.

- Soy

de

tu

parecer,

en

cuanto

puedo

comprender tu pensamiento.

- Consiente, pues, asimismo, en no extrañarte de que los que han llegado a esa sublime contemplación desdeñen la intervención en los asuntos humanos, y que sus almas aspiren sin tregua a establecerse en ese eminente lugar. La cosa debe ser así, si es conforme a la pintura alegórica que de ella he trazado.

-Así debe ser.

- ¿Es de extrañar que un hombre, al pasar de esa divina contemplación a la de los miserables objetos que nos ocupan, se turbe y parezca ridículo cuando, antes de haberse familiarizado con las tinieblas que le rodean, se ve obligado a disputar ante los tribunales, o en algún otro lugar, acerca de sombras y fantasmas de justicia, y a explicar en qué forma los concibe ante personas que jamás vieron a la propia justicia?

- Nada de sorprendente veo en ello.

- Un hombre sensato se hará la reflexión de que la vista puede ser turbada de dos

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maneras y por dos causas opuestas: por el paso

de la luz a la oscuridad, o por el de la oscuridad

a la luz; y aplicado a los ojos del alma lo que

acontece a los del cuerpo, cuando la vea turbada y embarazada para distinguir ciertos objetos, en lugar de reírse sin razón de semejante perplejidad, examinará si proviene de que descienda de un estado más luminosos, o si es porque, pasando de la ignorancia a la luz,

queda ofuscada por su fulgor excesivo. En el segundo caso, la felicitará por su perplejidad; en

el primero, compadecerá su suerte; o, si quiere

reírse a costa suya, sus burlas serán menos ridículas que si se dirigiesen al alma que vuelve a descender de la morada de la luz.

- Sensatísimo es lo que dices.

-Ahora bien, si todo esto es cierto, fuerza es concluir de ello que la ciencia no enseña en la forma en que cierta gente pretende. Se alaban de hacerla penetraren un alma en que nada hay de ella, aproximadamente como podría darse vista a unos ojos ciegos.

-A voz en cuello lo dicen.

- Pero el presente discurso nos hace ver

que todos poseen en su alma la facultad de aprender, con un órgano a ello destinado; que todo el secreto consiste en apartar a ese órgano, con toda el alma, de la visión de lo que nace,

hacia la contemplación de lo que es, hasta que pueda fijar sus miradas en lo que hay de más luminoso en el ser; es decir, según nosotros, en el bien; del mismo modo que, si el ojo no estuviese dotado de movimiento propio, ocurrirá por fuerza que todo el cuerpo habría de girar con

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él, en el tránsito de las tinieblas a la luz; ¿no es

así?

- En efecto.

En esa evolución que se obliga a hacer al

alma, todo el arte consiste, pues, en hacerla girar de la manera más fácil y más útil. No se trata de conferirle facultad de ver, que ya tiene; pero su órgano está orientado en mala dirección, no mira adonde es debido, y eso es lo que hay que corregir.

-

- Me parece que no hay otro secreto.

- Sobre poco más o menos, ocurre a las

demás cualidades del alma lo que a las del cuerpo; cuando no han sido dadas por la Naturaleza, se adquieren mediante la educación

y el cultivo. Más por lo que hace a la facultad de saber, como quiera que es de naturaleza más divina, jamás pierde su virtud; únicamente pasa

a ser útil o inútil, ventajosa o nociva, según la

dirección que se le imprima. ¿No has observado aún hasta dónde llega la sagacidad de esos hombres y a quienes se da el nombre de picaros redomados, y con qué penetración su mísera alma distingue todo aquello que le interesa? Su vista no es débil ni se halla turbada, sino que, como la obligan a que sirva de instrumento a su malicia, son tanto más perjudiciales cuanto más sutiles y clarividentes.

- La observación es justa.

hubiesen

descuajado esas inclinaciones criminales que, como otros tantos pesos de plomo,

- Si

desde

la

infancia

se

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arrastran al alma hacia los placeres sensuales y groseros y las fuerzan a que mire siempre a lo bajo; si, después de haberla librado de esos pesos, se hubiese orientado su mirada hacia la verdad, con la misma sagacidad la hubiera distinguido.

-Así parece.

- ¿No es consecuencia verosímil, o más

bien necesaria, de cuanto queda dicho, que ni los que no han recibido ninguna educación y no tienen ningún conocimiento de la verdad, ni aquellos a quienes se ha dejado pasar toda su vida en estudio y meditación, son propios para la gobernación de los Estados; los unos, porque en toda su conducta no tienen un fin fijo a que puedan referir todo lo que hagan en la vida política o en la vida privada; los otros, porque jamás consentirán en encargarse de semejante fardo, creyéndose ya, en vida, en las islas afortunadas?

- Tienes razón.

- Según eso, a nosotros, que fundamos una

república, nos incumbe obligar a los naturales excelentes a que se apliquen a la más sublime de todas las ciencias, a contemplar el bien en sí mismo y a elevarse hasta él por el escarpado camino de que hemos hablado; mas después que hayan llegado a él, y cuando lo hayan

contemplado durante cierto tiempo, librémonos de permitirles lo que no se les permite.

- ¿Pues tan duros hemos de ser con ellos?

¿Porqué condenarlos a vida miserable, cuando pueden gozar de condición más dichosa?

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- Otra vez olvidas, mi querido amigo, que el

legislador no debe proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos; que, con esta

mira, debe unir a los ciudadanos en los mismos intereses, induciéndoles por la persuasión o por

la autoridad a que unos a otros se den parte en

las ventajas que están en condiciones de prestar

a la comunidad; y que, al formar con cuidado

semejantes ciudadanos, no pretende dejarles libertad para que hagan el uso que les plazca de sus facultades, sino servirse de ellos para robustecer el vínculo del Estado.

-Verdad dices, lo había olvidado.

- Por lo demás, observa, mi querido

Glaucón, que no seremos culpables de injusticia

para con los filósofos que se hayan formado entre nosotros, y que tendremos buenas razones que alegarles para obligarlos a encargarse de la guardia y conducta de los demás. En otros Estados, les diremos, es más disculpable que los filósofos se sustraigan al peso de los asuntos públicos, porque sólo a sí mismos deben su sabiduría, y se forman a pesar del gobierno; justo es que quien no debe más que a sí propio su nacimiento y crecimiento no esté obligado aguardar reconocimiento alguno a nadie, pero a vosotros os hemos formado en interés del Estado tanto como en el propio vuestro, para que seáis en nuestra república,

como ocurre en la de las abejas, nuestros jefes

y nuestros reyes, con este designio os hemos

dado educación más perfecta, que os hiciese

más

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capaces que todos los demás de aliar el estudio de la sabiduría al manejo de los asuntos. Descended, pues, todos y cada uno de vosotros, a la morada común; avezad vuestros ojos a las tinieblas que en ella reinan; cuando os hayáis familiarizado con ellas, juzgaréis infinitamente mejor que los demás de las cosas que allí se ven; distinguiréis mejor que ellos los fantasmas de lo bello, de lo justo y de lo bueno, porque en otra parte habéis visto la esencia de lo bello, de los justo y de lo bueno. Así, para vuestra dicha tanto como para la felicidad pública, el gobierno de nuestro Estado será una realidad, y no un sueño como en los más de los otros Estados, en que los jefes se pelean por varias sombras, y se disputan encarnizadamente la autoridad, que estiman como un gran bien. Pero la verdad es que todo Estado en que los que deben mandar no dejan ver ninguna solicitud por su elevación, es de rigor que esté bien gobernado, y que reine en él la concordia, mientras que allí donde el mando es codiciado y disputado, no puede, dejar de ocurrir lo contrario.

- La dialéctica, aún siendo como es puramente espiritual, puede ser representada por el órgano de la vista, que se eleva gradualmente del espectáculo de los animales al de los astros, y finalmente a la contemplación del mismo sol. Así, el que se aplica a la dialéctica, vedándose absolutamente el uso de los sentidos, se eleva exclusivamente por medio de la razón hasta la esencia de las cosas, y si prosigue sus indagaciones hasta haber captado con el pensamiento la esencia del bien, ha llegado al límite de los conocimientos inteligibles, como el que ve el sol ha llegado al

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límite del conocimiento de las cosas visibles.

- Verdad es.

- ¿No es esto lo que llamas tú la marcha de

la dialéctica?

- Sin duda.

- Recuerda al hombre de la caverna que

decíamos: empieza por ser libertado de sus cadenas, después, dejando las sombras, se vuelve hacia las figuras artificiales y hacia el fuego que las ilumina. Finalmente, sale de ese lugar subterráneo para subir hasta los lugares que el sol alumna; y como quiera que sus

débiles ojos no pueden al principio fijarse en los animales, ni en las plantas, ni en el sol, recurre

a sus imágenes pintadas en la superficie de las

aguas, y a sus sombras; pero estas sombras pertenecen, a seres reales, y no a objetos artificiales como en la caverna, y no se han formado gracias a la luz que el prisionero tomaba por el sol. El estudio de las ciencias de que hemos hablado produce el mismo efecto. Eleva la parte más noble del alma hasta la contemplación del más excelente de todos los seres, como, en el otro caso, el órgano más agudo del cuerpo humano se eleva hasta la contemplación de lo más luminoso que existe en el mundo material y visible.

- De acuerdo estoy con lo que dices. Con

todo, consideraba en cierto aspecto, la cosa me

parece difícil de admitir; considerada en otro aspecto, me parece difícil de rechazar. Mas como quiera que no es esta la única vez

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que hablaremos de este asunto, y a menudo habremos de volver sobre ello más adelante, supongamos que es como decimos, y vengamos ahora a nuestro aire, y estudiémoslo con tanto cuidado como pusimos en estudiar el preludio. Dinos, pues, en qué consiste la dialéctica, en cuántas especies se divide, y por qué caminos se llega a ella. Porque hay indicios de que el término a que esos caminos conducen es el reposo del alma y el final de su viaje.

- No podrías seguirme hasta allí, mi querido

Glaucón. Por mi parte, no faltaría la buena voluntad; lo que te haría ver no sería ya la imagen del bien, sino el bien mismo. Tal es mi pensamiento, cuando menos. Por lo demás, que

sea o no el bien mismo, la cuestión no es esa ahora, sino que de lo que se trata es de probar

si existe algo semejante, ¿no es eso?

- Y que sólo la dialéctica puede descubrirlo

a un espíritu diestro en las ciencias que sirven

de preparación a aquélla, siendo imposible la cosa por cualquier otro camino.

- Esto es propiamente lo que se trata de probar.

- Hay, cuando menos, un punto que nadie

nos discutirá; que este método es el único que trata de llegar regularmente a la esencia de cada cosa: porque, en primer lugar, la mayor parte de las artes sólo se ocupa de las opiniones de los hombres, y de sus gustos, de la producción y de la fabricación, o incluso simplemente del mantenimiento de los productos de la Naturaleza o del arte. En cuanto

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a las artes restantes, como la geometría y todas las del mismo orden, que, según nosotros,

tienen algún comercio con lo que es, vemos que

el conocimiento que poseen del ser se asemeja

a su sueño, que les será imposible siempre

verlo con la clara visión que distingue la vigilia del ensueño, mientras no se eleven por cima de sus hipótesis, de las cuales no pueden dar razón. ¿Qué medio hay, pues, de dar nombre de ciencia a demostraciones fundadas, en

principios inciertos, y sobre los cuales, con todo, descansan las conclusiones y las proposiciones

intermedias?

- No hay ningún medio.

- Solamente, pues, el método dialéctico,

dando de lado las hipótesis, se remonta hasta el

principio para establecerlo firmemente, extrae

poco a poco el ojo del alma del tremedal en que se halla hundido, y lo eleva a lo alto con la ayuda y por ministerio de las artes de que hemos hablado. Varias veces les hemos dado nombre de ciencias, por acomodarnos al uso; mas habría que darles otro nombre que ocupase

el

término medio entre la oscuridad de la opinión

y

la evidencia de las ciencias: antes nos hemos

servido del nombre de conocimiento razonado. Pero me parece que tenemos que examinar cosas demasiado importantes para que nos detengamos en una disputa de nombres.

-Tienes razón.

pues, que sigamos

llamando ciencia a la primera y más perfecta

forma de conocer, conocimiento razonado a

- Mi

parecer

es,

forma de conocer, conocimiento razonado a - Mi parecer es, la segunda, fe a la tercera,

la segunda, fe a la tercera, conjetura a la cuarta, comprendiendo a las dos últimas bajo el nombre de opinión, y a las dos primeras bajo el de inteligencia, de suerte que lo que nazca sea

objeto de la opinión,

inteligencia; y que la inteligencia sea respecto

la ciencia respecto de la fe, el

conocimiento razonado

de la opinión,

la

y

lo

que

es,

de

respecto

de

la

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conjetura, lo que la esencia es respecto de lo que nace. Dejemos por ahora, mi querido Glaucón, el examen de las razones en que se funda esta analogía, así como la manera de dividir en dos especies el género de objetos que cae bajo la opinión, y el que pertenece a la inteligencia, para no lanzarnos a discusiones más prolijas que todas cuantas hemos sostenido hasta ahora.

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