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Gustavo 1

Bueno \

Domingo Blana>%! M.G. Velarde 1 Javier Urdanibia César Gómez

José L. Abellán 'l El Basilisco

Gustavo Bueno

; ^ Operaciones autofomiantes y heteroformantes * Orientar la dialéctica Los cristales líquidos Agresión e innatismo Filosofía de la ciencia en Albert Einstein La filosofk de Antonio Machado La edición FrondÍ2Í del Discurso del Método ducación y ciencia Lo que queda de España

filosofk de Antonio Machado La edición FrondÍ2Í del Discurso del Método ducación y ciencia Lo que

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FILOSOFÍA, CIENCIAS HUMANAS, TEORÍA DE LA CIENCIA Y DE LA CULTURA

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

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SUMARIO

EL BASILISCO/NUMERO 7/MAYO-JUNIO 1979

ARTÍCULOS

JULIÁN VELAKDE Metodología de la gramática generativa ¡4 GUSTAVO BUENO Operaciones autoformantes y heterofarmantes. Ensayo de un criterio de demarcación gnoseológica entre la Lógica formal y la Matemática (I) ¡ 16 DOMINGO BLANCO Orientar la dialéctica ¡40

COLABORACIONES

MANUEL GARCÍ A VELARDE/JESÚS SANTOS

Mesofases de la materia: los cristales líquidos 146 JAVIER URDANIBIA Agresión e innatismo¡35 CESAR GÓMEZ Realismo y racionalidad, filosofía de la ciencia en Albert Einstein ¡ 70

HISTORIA DEL PENSAMIENTO

JOSÉ LUIS ABELLAN La filosofía de Antonio Machado y su teoría de lo apócrifo ¡77

CRITICA DE LIBROS

EL BASILISCO Sobre la edición Frondizi del Discurso del Método ¡84 JOSÉ MARÍA LASO

Derecho y Socialismo

democrático ¡ 87

PILAR PALOP Educación y Ciencia ¡93 GUSTAVO BUENO Lo que queda de España, de FedericoJiménez Losantos¡96

RESEÑAS

1101

EL BASILISCO. Filosofía. Ciencias Humanas. Teoría de la Ciencia y de la Cultura.

Director: GUSTAVO BUENO MARTÍNEZ. Director-Gerente: GUSTAVO BUENO SÁNCHEZ. Secretaria de Redacción: ELENA RONZON FERNANDEZ. Conseio d e Redacción: LUIS JAVIER ALVAREZ. MARIANO ARIAS PARAMO. GUSTAVO BUENO MARTÍNEZ. GUSTAVO BUENO SÁNCHEZ JOSÉ MANUEL FERNANDEZ CEPEDAL MANUEL FERNANDEZ DE LA CERA. MANUEL A. FERNANDEZ LORENZO. TOMAS R. FERNANDEZ RODRÍGUEZ. PURIFICACIÓN GIL CARNICERO. SANTIAGO GONZÁLEZ ESCUDERO. ALBERTO HIDALGO TUÑON. CARLOS IGLESIAS FUEYO. JOSÉ MARÍA LASO PRIETO. JOSÉ ANTONI O LÓPEZ BRUGOS. PILAR PALOP JONQUERES. JOSÉ VICENTE PEÑA CALVO. MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC. ELENA RONZO N FERNANDEZ. AÍDA TERRÓN BAÑUELOS. AMELIA VALCARCEL BERNALDO DE QUIROS. JULIÁN VELARDE LOMBRAÑA. Redacción y Administración: PENTALFA EDICIONES. APARTADO 360. OVIEDO/ESPAÑA.

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EL BASILISCO

84-85422-00-7.

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

ARTÍCULOS

METODOLOGÍA DE

LA

GRAMÁTICA

GENERATIVA

JULIÁN VELARDE LOMBRANA

Oviedo

a Gramática Generativa, en cuanto teoría lingüística, parte de presupuestos gnoseo- lógicos muy concretos y ejercita una me- todología en oposición a la del estructura- lismo saussureano. Mas esta posición no reside, a nuestro entender, allí donde el mismo Chomsky y otros varios teóricos de la ciencia la sitúan. Nuestro propósito es precisar dicha oposición con ayuda del material conceptual extraído de la teoría del «Cierre categorial» (1).

1. La Gramática.Generativa, en cuanto teoría lingüís- tica, supone, según Chomsky, un corte radical con las teo- rías del lenguaje anteriores a él. Todo ese conglomerado prechomskiano queda dividido en dos partes:

(a) La GRAMÁTICA TRADICIONAL. Bajo este ró- tulo entra todo aquello que tenga algo que ver con el len- guaje hasta Saussure. En este saco entran: la filosofía del lenguaje, las diversas teorías gramaticales de los antiguos (Platón, Aristóteles, Sofistas, Estoicos), las teorías grama- ticales de la Edad Media y principalmente la teoría de. los gramáticos de Port-Royal, que siguen preferentemente la teoría aristotélica y a los que Chomsky hace seguidores de Descartes, Leibniz, etc., como referencia homogénea para sus citas de «gramática tradicional».

(b) La TEORÍA LINGÜISTICA MODERNA. En este saco entran tanto Saussure como Harris, Hjelmslev, Pike, etc. Esta es la Lingüística «taxonómica» y «meramente descriptiva», que sólo proporciona métodos de descubri- miento, pero no teorías auténticas; se reduce a la pura taxonomía y a la descripción de los datos de un corpus.

(1) Teoría elaborada por Gustavo Bueno. La doctrina principal se expo- ne en Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas, 4 vols., de próxima aparición. Desarrollos parciales en El Basilisco passim.

Estas dos direcciones en la teoría del lenguaje vienen originadas, a entender de Chomsky, por dos extendidas corrientes contrapuestas en el campo de la epistemología:

La teoría del lenguaje tradicional sería solidaria del «ra- cionalismo»; la lingüística moderna lo sería del «empiris- mo».

No discutiremos aquí estas autoconcepciones de Chomsky, pertenecientes a la conexión del estrato,teórico lingüístico con el extralingüístico o filosófico. Lo que bus- camos es la perspectiva gnoseológica que, al nivel en que se desarrolla nuestro análisis, podría formularse como sigue: ¿En qué reside el corte radical de la teoría chomskiana con las dos metodologías anteriormente cita- das.''.

La «gramática tradicional» es tachada por Chomsky de no explícita. Este defecto, empero, de que adolece la gramática tradicional se debe, según Chomsky, no a una cuestión de principo o de metodología, tal como ocurre con la gramática «estructural» o «moderna», sino a una cuestión técnica (2). La falta de técnicas apropiadas confi- guró los estudios de la Lingüística tradicional en un senti- do muy diferente al seguido por la Lingüística actual.

Esto es un hecho indicutible y apoya uno de nuestros presupuestos gnoseológicos según el cual las ciencias pro- ceden de técnicas y actividades gremiales. En este con- texto, la teoría lingüística de Chomsky se nos presenta como una reflexivización desde la perspectiva lingüística de las técnicas desarrolladas en los últimos años dentro del campo de la Lógica Formal y de la construcción de

(2) Confért Aspectos de la teoría de la sintaxis. Trad. C. P. Otero, Aguilar, Madrid, 1970, p. 9: «La razón fundamental de esta defectuosidad de la gramática tradicional es una razón más técnica. Aunque se comprendía perfectamente .que los procesos lingüísticos son, en cierto sentido, 'crea- tivos', se careció hasta hace muy poco de los medios técnicos para expre- sar un sistema de procesos recursivos».

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ordenadores electrónicos, tal como hemos puesto de manifiesto en otro trabajo (3). En este sentido, Chomsky contrapone, y con razón, su gramática a la teoría lingüística tradiconal.

Pero la Gramática Generativa se opone asimismo a la llamada Lingüística «moderna» o «estructural». La oposi- ción a esta teoría moderna no se debe ahora a cuestiones técnicas, sino que es, antes bien, una cuestión de prin- cipio. Ahora bien, la incapacidad de principio que Choms- ky señala en esta teoría lingüística moderna se debe a va- rias razones. Estas van siendo expuestas por Chomsky para criticar ese fantasma de «teoría lingüística moderna», que lleva en su seno, tanto el estructuralismo de Saussure, como la glosemática de Hjelmslev, el distribucionalismo de Bloomfíeld y Harris, etc., o mejor, como lo describe un chomskista: «Por lingüística moderna entiende Choms-

La

ky la que

lingüística empiricística, descriptivística, taxonómica o 'es-

tructural' (irónicamente, de ahí mis comillas) es, en gene-

ral, la lingüística moderna prechomskiana

se inicia con el Cuno

(1916) de Saussure

»

(4).

Harto difícil resulta, muchas veces, localizar en la crí- tica de Chomsky a esta lingüística «estructuralista-empiri- cista-taxonómica» qué parte del fantasma se está atacan- do. Las acusaciones de Chomsky a los teóricos de la Lin- güística son estereotipadas, imposibles de aplicar a ningún autor con afectividad alguna.

Acusar, si más, al estructuralismo de puramente taxo- nómico y descriptivo (5) es, si no mala fe, pura caracteri- zación superficial. Superficialidad que pasma, aún más, cuando se repite machaconamente en todos los chomskis- tas, y cuyo supuesto admiten siempre como punto de par- tida.

En Lingüística se suele presentar como modelo radi- cal de descriptivismo el presentado por Bloomfíeld. Por su nominalismo, se opone Bloomfíeld a toda hipótesis sobre los «universales» en el lenguaje; por consiguiente, recela metodológicamente ante el uso de conceptos o ca- tegorías generales aplicados a varios lenguajes (fonema, morfema, sujeto-predicado, etc.). Ahora bien, que Bloomfíeld exija limitarse a describir los fenómenos lin- güísticos no implica que afectivamente su método sea me- ramente descriptivo. El método distribucionalista de Bloomfíeld y Harris no procede según el descriptivismo, sino que se mantiene claramente en la línea del construc- tivismo. El concepto de «corpus» en cuanto conjunto de enunciados emitido por los usuarios de una lengua dada delimita el campo material de la Lingüística. Las unidades de este campo resultan ser empíricas, pero que reapare- cen reconstruidas mediante la ciencia lingüística. Porque los verderos términos o configuraciones serían los «seg- mentos» (unidades de los enunciados). Cada segmento b de un enunciado £ se puede considerar como una «expan- sión» de otro c de £', si E' pertenece al corpus y r no es más complejo que h y cuando la sustitución de b por c en

E produce otro enunciado E" del corpus. Se dice, enton-

ces, que byc

contornos en que se encuentra una unidad es su «distri- bución» (6). El distribucionalismo americano no es, pues, un mero descriptivismo, sino que efectivamente su método se aproxima más a un constructivismo. De modo análogo, esta misma acusación lanzada por Chomsky contra la glo- semática (7) no tiene fundamento sólido y en modo algu- no es compatible con el sistematismo, exactitud y genera- lización exigidos por Hjelmslev a toda ciencia.

tienen el mismo contorno. Y el conjunto de

Para Hjelmslev, una teoría lingüística habrá de perse- guir una constancia que no se apoye en ninguna «realidad» exterior al lenguaje; método éste opuesto al empleado en el campo de las humanidades, donde «habrá de emplearse la mera descripción que estaría más próxima a la poesía que a una ciencia exacta (8). La cita que Chomsky hace de Hjelmslev (9) se refiere al método, no a la teoría lingüís- tica, como Chomsky propone. Se refiere Hjelmslev en ese pasaje a la perspectiva del análisis, al regressus, que exige inmediatamente el progressus, la composición de la estructura (el sistema), aplicable luego a los fenómenos que la rodean (10). El objetivo de la teoría lingüística no se puede reducir a una mera descripción de los hechos y a una pura taxonomía de los datos del corpus. El carácter sistemático y general de la teoría exige que está nos posi- bilite la comprensión, no sólo de un texto dado, sino también de todos los demás textos y, no sólo de todos los dados, sino también de todos los textos concebibles o po- sibles de una lengua en tanto sean de la misma clase. La teoría emplea el corpus, no para limitarse a la descripción de los datos presentes, sino para extraer un conocimiento del sistema o lengua y «con cuya ayuda podamos construir nuevos textos» (11).

Resulta inexplicable intentar sostener que una tal teoría se limita a la «pura taxonomía» de los datos, siendo así que a ésta se le exige «cubrir textos que todavía no han adquirido realidad» (12). Antes bien, el intento de Hjelmslev de no limitarse a un mero descriptivismo, sino de acogerse a lo que denominamos un constructivismo, queda de manifíesto en la apleación al principio saussu- reano de «oposición» en su vertiente negativa como prin- cipio de análisis. Dado un campo material de términos, por ejemplo, un texto, lo importante no es la división en partes y éstas, a su vez, en otras partes (acusación de Chomsky), sino las reglas según las cuales esas partes se pueden combinar. Las unidades lingüísticas quedan re- construidas en cuanto son «intersecciones de grupos de tales dependencias» (13).

(6) Confert O. Ducrot y T. Todorov, Dictionnaire encyclopédique des Sciences du langage, Seuil, París, 1972, p. 50.

(7) Explanatory Models

, ed.

cit., p. 538.

(8) Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Trad. Díaz de Liaño, Gredos, Madrid, 1971, p. 19.

 

(9)

Explanatory Models

,

ed. cit., p. 358, nota 15.

(3) Gnoseolo^a de la Gramática Generativa, Tesis de doctorado. Valen- cia, 1976.

(10)

Confert Prolegómenos

,

ed. cit., pp. 35-36.

(4)

C. P. Otero, Anotación en Aspectos

,

ed. cit., p. 5.

(11)

Hjelmslev, Prolegómenos

,

ed. cit., p. 31.

(5) «Explanatory Models in Linguistics» en Nagel-Suppes-Tarski (Comp.), Logic, MethodoloQ! and Philosophy of Science, Stanford Univ.

(12)

Ibidem, p. 32.

Press, California, 1962, pp. 538.

(13)

Ibidem, p. 41.

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diversas teo-

rías lingüísticas modernas ni en número ni en profundi- dad. Frecuentemente se suele presentar la diferencia entre la gramática estructural y la generativa como la di- ferencia existente entre el nivel clasifícatorio, «taxonómi- co» y el nivel generativo, «combinatorio». Tal es la concepción de Chomsky; «El problema metodológico de la teoría lingüística [americana] ha consistido en propor-

cionar los criterios generales para llevar a cabo estas clasi-

Una gra-

ficaciones [fonema, morfema, constituyente]

mática lingüística de un lenguaje particular es, en esta perspectiva, un inventario de elementos y la lingüística es considerada como una ciencia clasificatoria» (14).

N o podemos seguir ahora tratando las

Esta interpretación es comunmente defendida tam- bién por los metodólogos. Los tres modelos de gramática descritos por Chomsky (15) son puestos en correspon- dencia punto por punto con las tres secciones del eje sin- táctico —términos, relaciones y operaciones— por Apos- tel (16): La gramática de «estados finitos» (cadenas de Markov) es predominantemente relacional. El segundo modelo (gramática de «constituyentes inmediatos») está dominado por la noción de dase. En cuanto a la gramática transformativa (tercer modelo), «lógica y psicológicamen- te-no es ni clasificatoria ni relacional, sino operacional»

(17).

Esta contraposición de la gramática generativa a la estructural resulta gnoseológicamente incorrecta. La clasi- ficación es un modus sciendi, una determinación de las operaciones gnoseológicas. Las clasificaciones, en cuanto modi sciendi, vienen constituidas por aquellos procedi- mientos de construcción gnoseológica por medio de los cuales a partir de configuraciones dadas obtenemos otras configuraciones que pertenecen al campo de las primeras. En el distribucionalismo, a partir de unos «segmentos» llegamos a otros que también pertenecen al «corpus». En el generativismo, a partir de «frases gramaticales» llegarnos a otras que también son «gramaticales».

Pero el concepto de «clasificación» es complejo —cubre tanto las divisiones como las tipificaciones^— y supone la aplicación de una o varias operaciones, por ejemplo, cuando clasificamos las partes de una lengua se- gún el modo de las tipificaciones distributivas —tipolo- gías— obtenemos «paradigmas», en tanto que, cuando clasificamos esas partes mediante tipificaciones atributivas —agolpamientos— obtenemos «sintagmas». Además, la clasificación como modus sciendi de las ciencias cobra aún mayor importancia si tenemos en cuenta la tesis según la cual la cuantificación y la medida van ordenadas precisa- mente a la clasificación (18). Cuantificar la frecuencia de un sonido y medir la amplitud del mismo mediante el so-

(14) A transformational Approach to Symax» en Fodor y Katz (Comp.) The Structure of Language. Englewood Cliffs, Prentice-Háll, N.J. 1964, p. 212.

(13)

Confert, Tres modelos para la descripción de la lengua y Syntactic struc-

tures.

(16)

«Epistemologie de la Linguistique» en Logique et connaissance scien-

tifiiiue, Ene. de la Pléiade, vol. XXII, Gallimard, 1967, pp. 1056-1096;

(17)

Ibidem, p. 1062.

 

(18)

Confert,

Gustavo Bueno, Ensayos materialistas, Taurus,

Madrid,

1972, p. 311 y ss.

nógrafo tiene sentido en tanto se nos manifiestan diferen- tes clases de timbres y de intensidad respectivamente, y en conjunto la clasificación de los sonidos desde el punto de vista físico o acústico. Según esto, la clasificación se nos aparece como uno de los principales procedimientos operatorios que contribuyen en gran medida al cierre gnoseológico de las configuraciones. De ahí lo poco que nos dicen Chomsky y sus seguidores cuando acusan de «clasificatoria» a la gramática no chomskiana. Nuestro propósito es situar la diferencia entre la Gramática Gene- rativa y las estructuralistas, no en el eje sintáctico, sino en el semántico —plano fisicalista, fenomenológico y esen- cial.

La razón de principio, según Chomsky, que produce el corte radical entre su teoría y la «estructuralista-moder- na» consiste en que ésta última no explica el hecho funda-

el que

tiene que enfrentarse una teoría lingüística es el siguiente:

un hablante maduro puede producir frases nuevas de su lengua nunca antes oídas y puede entender frases que también son nuevas para él. Asimismo, nuestro hablante maduro es capaz de identificar las oraciones derivadas o de darles una interpretación. Este «aspectOi creativo del lenguaje» es su característica esencial, cosa que han olvi- dado los enfoques, estructuralista y conductista, en los que se supone el lenguaje como una estructura formada por hábitos o como una red de conexiones asociativas.

menta l del lenguaje humano : El hecho central cOn

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Pero el individuo que ha adquirido el conocimiento de una lengua puede construir un número infinito de oracio- nes nuevas de dicha lengua. El objetivo propio de la Lin- güística es dar cuenta de ese conocimiento interno que el hablante - oyente posee de su lengua: su competencia lin- güística.

Una gramática será, pues, explicativa cuando se pro- ponga como objetivo, no el texto y ios procedimientos de su clasificación y segmentación, sino explicar cómo cada ser humano normal ha desarrollado su competencia en su lengua nativa; es decir, una gramática ha de dar cuenta de la intuición lingüística del hablante nativo.

Aquí se sitúa el corte radical, según Chomsky, entre su teoría y las teorías lingüísticas anteriores modernas. Nosotros encuadramos este hecho dentro de nuestras coordenadas gnoseológicas como el intento por parte de Chomsky de pasar del plano físicalista al plano fenome- nológico dentro del eje semántico.

La intención de Chomsky de no reducir el campo de la lingüística al plano físicalista queda de manifiesto en sus continuos ataques a los enfoques que se circunscri- ben a los hechos observables: textos, estímulos físicos, etc.

Que el concepto de «competencia» es un concepto fenomenológico queda de manifiesto por el hecho de que con él se refiere Chomsky, no a la representación indi- vidual que un sujeto particular tiene de su lengua, sino que representa el saber de un hablante - oyente ideal: «El término técnico 'competencia' designa la capacidad del hablante - oyente idealizado» (19). Ese «saber intuitivo» que los hablantes poseen con respecto a los enunciados de su lengua es un fenómeno, en cuanto que lo que cono- ce el sujeto Sí no es aquello que se le aparece a él, a su subjetividad (representación subjetiva), cuanto aquello que conoce como apareciéndose necesariamente (repre- sentación objetiva) a los demás sujetos que dominan esa lengua, y eventualmente al propio lingüista.

En el campo de la Lingüística, Chomsky exige aban- donar la ambición distribucionalista de establecer procedi- mientos mecánicos para la elaboración de gramáticas a partir del «corpus» (plano físicalista) y representar en la gramática el saber intuitivo de los hablantes de una len- gua. Ese saber es una gramática: un conjunto de reglas que posee el individuo, no en cuanto saber subjetivo, sino en cuanto «competente» de su lengua; en cuanto que ese saber intuitivo es el mismo —la misma gramática— para el sujeto Si que para el sujeto 82. Ese saber viene media- do por un grupo de sujetos —la comunidad lingüística— y, en cuanto tal, es un saber de un determinado grupo. La gramática que da cuenta de esa competencia intrínseca del hablante nativo idealizado es observacionalmente adecua- da, ya que da cuenta de la ambigüedad entre oraciones, o de si dos oraciones son consideradas sintácticamente pró- ximas.

Lo que sabe el hablante competente de una lengua es una gramática generativa, a saber, un conjunto de reglas que especifican el conjunto infinito de oraciones bien for-

(19) Chomsky, La naturaleza formal del lenguaje, en Gracia, F., (Comp.), Presentación del lenguaje, Taurus, Madrid, 1972, p. 276.

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madas y asigna a cada una de ellas una o más descrip- ciones estructurales (20). N o es este, sin embargo, el pro- ceso seguido por el hablante a la hora de producir una oración, porque ello supondría confundir competencia con actuación. La competencia ha de ser bien diferenciada de la actuación. En la práctica, la competencia se refleja en la actuación, pero indirectamente. La actuación comprende las manifestaciones lingüísticas reales del hablante, de las que entran a formar parte como factores, no sólo la com- petencia, sino también otros factores, como limitación de memoria, distracciones, etc. De modo que el hablante, al producir oraciones, no pasa consciente ni inconsciente- mente por el proceso de aplicar las reglas de la gramática. Pero Chomsky afirma, por otra parte, que el hablante ha internalizado las reglas de una gramática generativa, que expresan su competencia, más ¿cuál es exactamente ese conjunto de reglas que el hablante internahza.' (21). Está claro que una gramática generativa puede ser considerada como una construcción matemática, en el sentido de que tales y tales reglas son suficientes para generar tales y tales oraciones, pero ¿cómo pasar a una formulación psi- cológica (la gramática internalizada del hablante).'. La res- puesta más sencilla es la que nos proporciona Searle:

«Para Chomsky, el hombre es esencialmente un animal sintáctico» (22). La estructura de su cerebro determina la estructura de sus sintaxis. Explicar la sintaxis es explicar la estructura mental de los que hablan, y recíprocamente. De ahí que para Chomsky «no hay ningún problema lógi- co» (23) en pasar de un plano a otro.

Los críticos, por su parte, han insistido en que el mo- delo chomskiano de la competencia no es un modelo de la capacidad del hablante - oyente nativo para usar su len- gua adecuadamente, tanto en la ejecución como en la in- terpretación. Si la competencia posee realidad psicológica, ha de explicarse el paso o la correspondencia entre la competencia, en cuanto saber intuitivo, y la competencia, en Cuanto «gramática generativa» (conjunto de reglas que él hablante "ha interiorizado). ¿Qué tipo de saber es la competencia?. Tropezamos aquí con el problema de pre- cisar los conceptos «tener interiorizada una gramática» y «saber implícitamente una gramática», problema éste que ha ocasionado a Chomsky gran número de polémicas, especialmente con Harman (24), sin que hasta el momen- to parezca útil seguir definiendo y contradefíniendo ver- baimente «competencia» para establecer su estatuto gno- seológico. De mayor utiUdad nos será considerar, no las definiciones de «competencia» o «actuación», sino las funciones que la dicotomía «competencia/actuación» de- sempeña en la teoría chomskiana. Dicotomía que recuer-

(20)

(21) «Una de las principales dificultades de la teoría de Chomsky —dice Searle— es que nunca se ha dado una respuesta clara y precisa a la cues- tión de cómo exactamente se supone que la explicación del gramático sobre la construcción de las oraciones representa la capacidad del ha- blante para hablar y comprender oraciones y en qué sentido preciso de 'conocer' se supone que el hablante conoce las reglas de la gramática» (J. Searle, La revolución de Chomsky en Lingüística. Trad. C. Manzano, Ana- grama, Barcelona, 1973, p. 25-26.

Confert, Aspectos

ed. cic, p.

10.

(22)

Ibidem, p. 35.

(23) Confert, «Problemas de explicación lingüística» en Borger-Cioffi (Comp. La explicación en las ciencias de la conducta. Trad. D. Quesada, Alianza, Madrid, 1974, p. 317.

(24) Confert, Hook. S., Lan^age and Philosophy, New York Univ. Press, 1971, pp. 143-159.

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da inevitablemente la dicotomía «lengua/habla» de Saussure. El mismo Chomsky plantea la comparación de su distinción con la de Saussure: «La distinción que aquí señalo [entre competencia y actuación] está relacionada con la distinción langueIparole de Saussure, pero es pre- ciso rechazar su concepto de langue como mero inventario sistemático de unidades y más bien volver a la concepción de Humboldt de la competencia subyacente como un sistema de procesos generativos (25).

Tal es la autoconcepción de Chomsky sobre su dis- tinción en relación con la Saussure. pero podemos estre- char aún más las conexiones entre ambas distinciones. Frente a la concepción historicista reducida exclusivamen- te al estudio del cambio lingüístico, a la acción del indivi- duo, al habla, Saussure considera la lengua como el «único y verdadero objeto de la lingüística» (26). El lenguaje es

considerado a través de las relaciones entre las unidades lingüísticas. Las unidades lingüísticas no son los sonidos o los significados, sino sus relaciones. Estas relaciones cons- tituyen el sistema de una lengua y este sistema interno constituye el objetivo esencial para el estudio del lengua- je. Es la concepción de la Lengua en cuanto un sistema, en cuanto mecanismo interno (red de relaciones sintagmáti- cas y paradigmáticas), la que parece ser mantenida a lo lar- go del Curso (27). Tal es método estructural, y, en tal sen- tido, Chomsky sería «estructuralista» cuando sostiene que «una gramática generativa representa la información rela- tiva a la estructura de la frase» (28). Sin embargo, «en dos puntos —dicen Chomsky y Miller (29)— nos separa- mos de una concepción estrictamente saussureana. En primer lugar, nosotros no decimos nada del aspecto se-

mántico de la lengua

En segundo lugar, nuestra concep-

ción de la lengua difiere de la de Saussure en un punto

fundamental; en efecto, la lengua debe ser representada como un proceso generativo basado sobre reglas recur-

(25)

Aspectos

,

ed. cit., p. ó.

(26)

Curso

,

ed. cit

,

p. 364.

(27) Confert, Hjelmslev, Ensayos ling/itsticos. Trad. Elena Bombín y F. Pinero, Gredos, Madrid, 1972, p. 97-98.

(28) L'anaíyse formelle

Ruwet. Gauthier-ViUars, París, 1968, p. 61.

(29) Ibidem, p. 61.

des Langues naturelks. Trad. Franc. Richard y

sivas. Parece que Saussure haya considerado esencialmen- te la lengua como una nomenclatura de signos almacena- dos (por ejemplo, de palabras, de sintagmas, fijos) con sus propiedades gramaticales e incluidos, quizá, ciertos «tipos de sintagmas». En consecuencia, ha sido incapaz de tratar seriamente cuestiones de estructura de la frase y ha lle- gado a la conclusión de que la formación de las frases es esencialmente un problema del habla más bien que de la lengua, es decir, un problema de creación libre y volunta- ria más que una cuestión de reglas sistemáticas».

El primer punto, de discrepancia señalado por

Chomsky y Miller se basa exclusivamente en la autocon- cepción de Chomsky y no lo considero debidamente fun- damentado. Saussure trata con la semántica menos de lo que Chomsky cree, ya que, si nos atenemos a la concep- ción de la lengua como sistema de relaciones, no de signi- ficados, la semántica deviene ciencia auxiliar de la Lingüís- tica (30). Y, en segundo lugar, Chomsky trata con compo- nentes semánticos, aunque postule una teoría puramente sintáctica.

Pero el interés capital se centra en el segundo punto de discrepancia. Tendríamos que Saussure considera la lengua como un inventario fijo de unidades (palabras, sin- tagmas) y, en cuanto tal, se olvida del «aspecto creador» del lenguaje, puesto de manifiesto por la competencia en cuanto sistema de reglas generativas. De modo que po- dríamos establecer la siguiente proporción:

Lengua

Competencia

inventario de elementos

sistema de reglas

Pero esta proposición no es exacta. La lengua de Saussure no es un inventario de elementos; las verdaderas unidades lingüísticas son las relaciones, no las palabras o los sintagmas, tal como parece probar el ejemplo del aje- drez (31) y la afirmación de que «la lengua no puede ser otra cosa que un sistema de valores puros» (32) definidos negativamente por sus relaciones con los otros términos del sistema (33), de modo que «en la lengua sólo hay di- ferencias sin términos positivos» (34). Resulta, pues, difícil sostener que la lengua de Saussure es un «inventario de elementos» (35) frente a la competencia, que es un «in- ventario de reglas». Tampoco se puede afirmar que Sau- ssure olvida el «aspecto creador» del lenguaje. Su con- cepto de «analogía» viene a demostrar cómo un hablante fabrica la forma honor, que no ha oído nunca, mediante la siguiente regla proporcional:

oratorem

orator

honorem

X

X = honor(36)

(30) Confert, Hjelmslev, Ensayos lingüísticos, ed. cit., p. 36.

(31) Curso,

(32) Ibidem, p. 191.

(33) Ibidem, p. 199.

(34) Ibidem, p. 203.

(35)

(Comp.) The Structure of Language, Englewood Cliffs, Prentice-Hall, New Jersey, 1964, p. 60.

(36) Curso.•; ed. cit., p. 266.

,

ed. cit., p. 184.

Chomsky, «Current Issues in Linguistic Theory» en Fodor y Katz

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Ciertamente, Saussure se apresura a señalar que «la creación resultante no puede pertenecer en un principio más que al habla; es la obra ocasional de un sujeto aisla- do» (37). De ahí que los generativistas sostengan que para Saussure la «creatividad» del lenguaje se da en el plano del habla, no en el de la lengua, mientras que en la gra- mática generativa el aspecto creador corresponde a la co- petencia. Pero esa interpretación se debe a seguir leyendo entre líneas. A continuación de lo expresado anterior- mente, puntualiza de nuevo Saussure: «Es, pues, un error creer que el proceso generador sólo se produce en el mo- mento en que surge la creación: los elementos ya estaban dados. Una palabra que yo improvise, como in-decorable, ya existe en potencia en la lengua; todos sus elementos se encuentran en sintagmas como decor-ar, decor-ación: per- don-able, manej-able, in-contable, insensato, exz., y su reali- zación en el habla es un hecho insignificante en compara- ción con la posibilidad de formarlo» (38).

El aspecto creador del lenguaje va asociado al con- cepto de «analogía», fundado en «la comprensión de la

relación que une las formas generatrices», las cuales «es- tán reguladas según relaciones sintagmáticas y asociativas, y, en cuanto tales, pertenecientes a la lengua. Esto es lo que sugiere a algunos comentaristas que «según las indi- caciones de Saussure, se puede afirmar que la frase es un hecho de la lengua; pienso en el capítulo de la analogía y en el pasaje explícito donde Saussure dice: 'el hecho de que un signo pueda existir es infinitamente más impor- tante que el hecho de que ese signo exista'. Esto equivale

a decir que para Saussure, como para Chomsky, el ele-

mento decisivo es la «productividad», la «creatividad» de

la lengua» (39).

Del análisis precedente resulta que tampoco es el «aspecto creador» del lenguaje humano lo que olvida la gramática estructural saussureana. La diferencia entre la distinción saussureana (lengua/habla) y la chomskiana (competencia/actuación) obedece a principios gnoseológi- cos más profundos. Cada una de ellas es fruto de un tipo esencial e irreductible de operaciones que en nuestras coordenadas gnoseológicas vienen determinadas a través de la distinción entre «Metodologías a-operatorias y me- todologías (3-operatorias» (40).

2. Una construcción científica incluye un campo operatorio y, en consecuencia, una conciencia lógica, un sujeto gnoseológico operatorio. El análisis de los tipos de relaciones entre operaciones gnoseológicas y los campos de términos a los que se aplican permiten establecer dos situaciones características:

(1) Aquella simación en la cual un campo gnoseoló- gico se organiza mediante la reproducción en él de las mismas operaciones que debe ejecutar él sujeto gnoseoló-

(37)

Curso

,

ed. cic, p. 266.

(38)

Ibidem, p. 267.

(39)

Tullio de Mauro, Trad. Corso di lingüistica genérale, Bari, Loterzl,

1968, p. 21.

(40) Confert, Gustavo Bueno, «En torno al concepto de ciencias huma- nas. La distinción entre metodologías a-operatorias y P-operatorias». El Basilisco, 2. Oviedo, 1978, pp. 12-46.

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gico para organizarlo. Denominamos a este procedimien- to de construcción científica Metodología ^-operatoria.

(2) Aquella situación en la cual las operaciones del campo gnoseológico se presentan como distintas de las operaciones y demás componentes del sujeto gnoseológi- co. denominamos a este procedimiento de construcción científica metodología a-operatoria.

Las metodologías d-operatorias suponen un regressus, que, partiendo de los fenómenos P-operatorios (plano fe- nomenológico), llegan a un plano esencial del campo en el que las operaciones gnoseológicas (el sujeto) quedan eli- minadas. En la medida en que históricamente la mayor parte de las ciencias naturales y formales suponen la eli-. minación de todos los contenidos similares al sujeto gno- seológico (antropomorfismos, psicologismos, etc.), cabe decir que su metodología es esencialmente a-operatoria.

Las metodologías ^-operatorias, por el contrario, su- ponen el intento de organizar científicamente el campo gnoseológico en tanto que dicho campo reproduce las mismas operaciones que debe ejecutar el sujeto gnoseoló- gico para organizarlo. Las metodologías P-operatorias, sin negar los análisis a-operatorios, exigen un progressus a la escala antropomórfica, de modo que ahora el antropo- morfismo aparece tan proporcionado y obligatorio como inadmisible y rechazable en los campos a-operatorios.

La dualidad Generativismo/estructuralismo (Choms- ky/Saussure), puede ser reexpuesta ahora como resultado de considerar el lenguaje, bien desde una perspectiva P-operatoria, bien desde una perspectiva a-operatoria.

Cada una de las distinciones —^lengua/habla; compe- tencia/actuación— es fruto de un tipo esencial e irreducti- ble de operaciones. El «aspecto creador» del lenguaje aparece en ambas distinciones, pero mediante operacio- nes distintas. En el caso de la distinción sassureana, la operación del individuo en acto del habla (plano P-opera- torio) aparece como un fenómeno, y dicha operación de- saparece en cuanto tal al pasar al plano esencial, al plano de la lengua, que constituye el campo específico de la ciencia lingüística. La operación «analogía» es una opera- ción esencial, supraindividual e independiente de su em- pleo por el hablante. Saussure estaría propugnando una metodología a en el tratamiento del lenguaje al reducir a la condición de puro fenómeno al sujeto que habla. Los procesos del habla son reducidos a la lengua, en cuanto

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campo estructurado de esquemas y paradigmas (plano esencial), reproducibles por los individuos. El plano esen- cial (la lengua) es el que posibilita las operaciones P (la acción del individuo en el acto del habla). Pero estas ope- raciones quedan absorbidas en la esencia (en la lengua).

En el caso de la distinción chomskiana, es el propio desarrollo de las operaciones gnoseológicas el que condu- ce a, el que produce, la esencia: la competencia. La com- petencia en cuanto campo específico de la ciencia lingüís- tica, queda posibilitada por, y no es sino el desarrollo de, las operaciones que puede realizar el individuo o el gra- mático (plano fenomenológico). D e donde la insistencia de Chomsky en la identidad entre las operaciones (trans- formaciones) empleadas por el individuo que tiene inter- nalizado el sistema de ellas y la representación explícita de dicho sistema que constituye la tarea del lingüista.

Si la lengua de Saussure tiende a poner entre parén- tesis los procesos operatorios individuales como extralin- güísticos (tiende a eliminar de la Lingüística las operacio- nes del sujeto gnoseológico), la competencia de Chomsky aparece como una potencialidad actualizada a través de las operaciones (transformaciones) de los individuos, en tan- to que éstos participan de una competencia lingüística universal.

Ambas perspectivas quedan, creo, reflejadas en el si- guiente pasaje de Foucault en su debate con Chomsky:

«Por lo tanto, al menos en apariencia, tengo una actitud a propósito de la creatividad completamente distinta de la del señor Chomsky, porque para mí se trata de borrar el dilema del sujeto cognoscente, mientras que para él se trata de permitir que el dilema del sujeto hablante vuelva a aparecer» (41).

El «corte radical» de la Gramática Generativa con la Lingüística «estructural» debe ser reinterpretado gnoseo- iógicamente como la ejercitación por parte de Chomsky de una metodología P-operatoria frente a la metodología sassureana típicamente a-operatoria.

de Saussure insiste en, y concluye con,

que «la lingüística tiene por único y verdadero objeto la lengua», entendida ésta, en explicación de Hjelmslev (42), como una trama de dependencias o de funciones que no se deja reducir a la conducta verbal (al habla). Ca- be a Saussure el mérito de señalar, aún cuando no haya si- do el primero en hacerlo, que el lenguaje no se reduce a la suma de las acciones individuales, sino que constituye una estructura objetiva supraindividual que sigue leyes suprapsicológicas y que es la que posibilita precisamente el desarrollo y ejercicio de los actos lingüísticos indivi- duales.

El Curso

Desde esta metodología, el sujeto operatorio (el ha- blante) queda reducido a la condición de puro fenómeno. El sujeto debe adaptarse a la estructura supraindividual que viene determinada cultural e históricamente. La es- tructura podrá estudiarse formalmente, descomponerse en sus componentes y relaciones, de ahí que este tipo de

(41) N. Chomsky y M. Foucault, La naturaleza humana, ¿justicia o po- der?. Trad. Ana Sánchez, Cuadernos Teorema, Valencia, 1976, p. 28.

(42) Ensayos lingüísticos, ed. cit., p. 92.

1

0

'•

'•

'•

metodologías reciban frecuentemente el calificativo de «taxonómicas», si bien es cierto, como hemos indicado antes, que en los campos a-operatorios hay auténtica construcción y construcción cerrada.

La distinción de Chomsky -—competencia/actuación— está trazada, en cambio, desde la perspectiva de una me- todología p-operatoria. La competencia no constimye, co- mo la lengua, un sistema actual que desborda las opera- ciones P (del hablante) y establece la pauta esencial, sino que consiste, más bien, en una virtualidad abstracta porfi- riana, por cuanto que todos los hablantes participan distri- butivamente de la competencia lingüística universal. La competencia es una gramática generativa en cuanto siste- ma de operaciones hechas explícitas por el gramático, pero que Chomsky atribuye a los propios hablantes que tienen internalizado dicho sistema. En efecto, «podemos usar la expresión 'gramática de una lengua' ambiguamen- te, para referirnos, no sólo al conocimiento internalizado y subconciente del hablante, sino también a la represen- tación de este sistema internalizado e intuitivo de reglas por parte del lingüista» (43).

La metodología de la Gramática Generativa propug- na, según esto, identificar las operaciones del campo lin- güístico (las transformaciones gramaticales) con las opera- ciones delgramático (sujeto gnoseológico) y, a su vez, con las del hablante, en tanto que éste se convierte en gramático.

Si la lengua de Saussure tiende a suprimir los fenó- menos, absorbidos en la esencia, la competencia de Chomsky tiende a disolver las esencias en los fenómenos. En la Gramática Generativa el lenguaje no es algo al mar- gen de los fenómenos lingüísticos, sino que es el mismo saber intuitivo del hablante. Ese saber es una gramática, un conjunto de reglas que pone el individuo en cuanto «competente» de su lengua.

3. La distinción entre metodologías a y metodolo- gías P permite, pensamos, dar cuenta gnoseológicamente de la oposición entre la gramática estructural y la gramáti- ca generativa. El contexto histórico —cultural en el que Saussure y Chomsky las han desarrollado —cuando la Lingüística había adquirido el estatuto de ciencia— puede hacer pensar que son^estos dos gramáticos los instaurado- res de estas perspectivas en Lingüística. Por ello, vamos a señalar algunas dicotomías que han ido marcando el pro- ceso de constitución de la ciencia lingüística y que exigen una reinterpretación desde la distinción entre metodolo- gías a y metodologías p.

Difícil resulta rastrear históricamente los divers<!is. en- foques del lenguaje sin tropezar con las aportaciones de los investigadores griegos. Por lo que respecta a nuestro tema, la distinción entre metodologías a y metodología p sirve para reexponer gnoseológicamente la discusión entre analogistas y anomalistas. Esta discusión gira en tor- no al sistematismo del lenguaje y se cruza con otra sobre el origen y naturaleza del lenguaje que dividía a los inves- tigadores en naturalistas y convenció nalistas. Así, mien-

(43) N . Chomsky, «La lengua y la mente» en Contrera, H. (Compl), Los fundamentos de la gramática transformacional, S. XXI, México, 1971, p.

197-.

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tras que Platón es analogista y naturalistas, Antístenes es convencionalista y anomalista. Aristóteles es analogista y

convencionalista, frente a los estoicos que son anomalistas

y naturalistas. La oposición analogismo/anomalismo se

plantea ante el problema de si, admitido que la lengua griega posee un sistematismo, éste es racional o lógico, o tiene otra estructura, por ejemplo, patética.

Los analogistas, con Aristóteles a la cabeza, defendían que el lenguaje no se producía al azar, sino que obedecía a un sistematismo interno de tipo analógico. La relación analógica supone el lenguaje como un campo de términos estructurado en un plano a-operatorio, esto es, un siste- ma en el que cada elemento viene definido por las rela- ciones con los demás. La construcción gramatical tiene lu- gar mediante paradigmas analógicos que sirven de pauta a las operaciones efectivas de los hablantes.

Los paradigmas analógicos que rigen las construccio- nes lingüísticas se fundan en una relación matemática: la igualdad entre dos razones (proporción). «Por relación de analogía —dice Aristóteles (44)— entiendo todos los ca- sos en donde el segundo término es al primero como el cuarto al tercero, ío que permitirá al poeta emplear el cuarto en lugar del segundo y el segundo en lugar del cuarto». Así, dada la proporción;

Dionisos

Ares

Copa

Escudo

se

puede despejar uno de los términos y decir que la copa

es

«el escudo de Dionisos», o bien, que el escudo es «la

copa de Ares», procedimiento éste mediante el cual se transfiere a un objeto el nombre que designa otro objeto

(figura metafórica).

El paradigma analógico es una figura compleja y sin- tética, resultante de varias operaciones y relaciones en- tre los elementos componentes. Las relaciones verticales —Dionisos/Copa; Ares/Escudo— son relaciones de conti- güidad, en tanto que las horizontales —Dionisos/Ares; Copa/Escudo— son relaciones de semejanza. Exige, ade-

más, la «superposición» de dos campos semánticos me- diante la identidad de dos «semas» y la sustitución de uno

de los términos por el otro, ya que sin ésta última opera-

ción obtendríamos una «comparación», no una metáfora. La auténtica metáfora es para Aristóteles precisamente

la metáfora por analogía, entendida siempre ésta como

«analogía de proporcionalidad», sin que aparezca en su obra la otra especie distinguida por los escolásticos: «ana- logía de atribución» (45).

La proporcionalidad aparece, entonces, como el prin- cipio y guía en el razonamiento y en la conducta lingüísti- ca. El silogismo aristotélico tiene su origen y fundamento en la teoría de las proporciones de Eudoxo (46). Las pre- misas, en las diversas figuras, serían análogas a las propor-

(44) Poética, 21 , 1457 b, 16 ss.

-

(45)

París, 1972, p. 202.

Confert,

Aubenque, P., le prohleme de l'etre chez Aristote, P.U.F.,

(46) Ross, D. Aristóteles, Trad. D. F. Pro, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1957, p. 54-55.

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clones, de ahí que la silogística aristotélica aparezca como un conjunto de «tesis lógicas», dadas en un plano a-ope- ratorio, y por las que se deben regir los razonamientos específicos. Los componentes subjetivos, no ya psicológi- cos, sino del sujeto gnoseológico, como los dialogismos, etc., quedan eliminados de la demostración silogística. Y aquellas figuras de demostración que incluyen la interven- ción del sujeto en la demostración desempeñan en la lógi- ca de Aristóteles un papel secundario. Así, la refutación (e^syxog), es dudoso si llega a constituir silogismo (47), y la prueba por «exposición de individuos» (eRGeaig) sólo la emplea secundariamente como procedimiento metaló- gico para la justificación de algunos modos silogísticos

(48).

Por lo que concierne a su teoría del lenguaje, la doc- trina de la proporcionalidad está en consonancia con la te- sis aristotélica que sostiene el convencionalismo en el len- guaje.

El lenguaje es definido por Aristóteles como símbolo {avyi^okov) en cuanto elemento lingüístico convencional. Refiriéndose al nombre (óvofia) dice (49) que éste es tal cuando se convierte en símbolo, y ello sucede cuando es un sonido vocal (qxovT)) escribible (Ypa(X|.iaTÓv) en con- traposición a los niídos (ojjócpoi), como los de las bestias, que no son escribibles (áYpa[i.[iaTOL). Estos últimos cier- tamente son indicios, en el sentido de Peirce, porque in- dican algo {br\Kovaí yé xi), pero no son símbolos. Para ser tales, han de formar parte del sistema gramatical griego, esto es, han de someterse a los esquemas analógicos. Di- cho con palabras de Saussure, han de-someterse a relacio- nes sintagmáticas (relaciones de contigüidad): contrastar en el discurso, y a relaciones paradigmáticas (relaciones de semejanza): oponerse en el sistema. El convencionalis- mo del símbolo reside en la posibilidad de entrar o no esos ruidos en el sistema del griego. Aristóteles -a dife- rencia de los estoicos que eran bilingües- propendía a contemplar dicho sistema como único. El término «bárba- ro» era empleado por los griegos para designar, tanto al que no sabía hablar, el que decía «bar», «bar» (50), como al que hablaba otro idioma que el griego (51). Cuando Aristóteles defiende el sistematismo analógico del lengua- je está pensando en el griego en cuanto un estado de len- gua dado en el corpus homérico y, por consiguiente, fini- to.

El disponer de un estado concreto de esa lengua fa- vorece y permite la creación de modelos regulares (mode- los analógicos) y describir (gramática descriptiva) o corre- gir (gramática prescriptiva) cualquier uso anómalo del len- guaje. De ahí que los alejandrinos, entre los que cabe destacar a Aristarco de Samotracia, dedicados a la crítica literaria (al corpus de textos griegos), fuesen los paladines

(47) Retórica, II, 22, 1396 b, 24.

(48)

dez Roble5^Jacno£,-Maclrid,-l-p77, pp

Confert, Lukasiewicz, J., La silogf'stica de Aristóteles. Trad. Fernán-

5Xz6_2.

(49)

De Interpretatione, I, 16 a, 26-29.

(50)

Platón, Teeteto, 175 B: pap|3api^£i.v significa decir cosas incom-

prensibles.

(51) S. Pablo, Corintios I, 14, 11; «Si no capto el sentido de las palabras seré bárbaro para quien me habla y éste será bárbaro para mí».

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decididos del analogismo (52). Para los sabios alejandri- nos eran los modelos regulares de los textos literarios del pasado los que habían de marcar la pauta de los usos lin- güísticos, de las operaciones de los sujetos parlantes (pla- no |3-operatorio), del mismo modo que para Saussure la misión principal de la Lingüística consiste en la construc- ción de modelos analógicos en el plano de la lengua y «su realización en el habla es un hecho insignificante en com- paración con la posibilidad de formarlos» (53).

En segundo lugar, el aspecto finitista del lenguaje subrayado por Aristóteles tiene una incidencia directa en la relación lenguaje-realidad. El lenguaje se relaciona con las cosas, no directamente, sino a través de ese tercer reino que son las afecciones del alma (jta6r|^,aTtt xfjg '^v%f\(^), que son las que guardan una relación de semejan- za (ófioícofia) con las cosas. «Entre los nombres y las cosas no hay semejanza completa porque los nombres son limi- tados en número, e igualmente la pluralidad de defini- ciones, en tanto que las cosas son infinitas en número» (54). De donde resulta imposible una correspondencia biunívoca entre las palabras y las cosas. Y dado que las co- sas se nos aparecen, no por sí mismas, sino a través del lenguaje, «es, pues, inevitable que varias cosas sean signi- ficadas por un mismo nombre» (55). La homonimia resul-

(52)

Confert, Colsoarí^fT, «i'he añalogist and anomalist coñfrov

ta ser, de este modo, no un simple accidente del lenguaje, sino su defecto esencial. Las unidades lingüísticas perti- nentes son para Aristóteles, como para Saussure, no las oraciones o las proposiciones, sino los nombres o las pala- bras (56), de modo que el discurso equivale a la suma de esas unidades. La gramática es, entonces, entendida prin- cipalmente como Morfología, y por ello se explica que el analogismo sea defendido predominantemente en Mor- fología y no en Sintaxis. Las unidades sintácticas son, por el contrario, las oraciones, en donde los hablantes se comporta,n como sujetos operatorios y, en consecuencia, difícilmente puede, ser eliminado el sujeto gnoseológico en

el plano sintáctico. Es desde esta perspectiva como cabe in-

terpretar la crítica que S. Agustín, siguiendo la doctrina

y coincidiendo con Chomsky, hace al analogismo en Se-

mántica: Los significados de las palabras no se dan aisla- dos, sino que difieren según el orden en que son usados por el hablante. En el ejemplo de S. Agustín (57), «acies» varía según vaya asociado a «militum» o a «ferri» o a «oculorum»; en el ejemplo de Chomsky —«la matanza de

los cazadores»— es preciso explicitar las reglas que subya- cen a la oración (la estructura profunda). Y mientras que para Chomsky la gramática es un conjunto de reglas que definen si una oración «x» pertenece o no a la clase a de las oraciones gramaticales, para Saussure los elementos xi,

X2, X3,

, bolos más simples: palabras o morfemas (58).

Podríamos decir, en consecuencia, que las metodo- logías a propenden a desairrollarse en el campo de la

Morfología (y la Fonología), mientras que las metodolo- gías P lo harían en la Sintaxis (y la Semántica). Correlati- vamente, el analogismo es solidario de una metodología a, en tanto que el anomalismo lo es de una metodología |3. De donde resulta, finalmente, un paralelismo entre Aristóteles y Saussure, por una parte, y entre los estoicos

y Chomsky, por otra.

La concepción estoica del lenguaje difiere esencial- mente (metodológicamente) de la concepción aristotélica

y alejandrina. Los estoicos se acercan al lenguaje desde

una perspectiva filosófica, no literaria, cómo los críticos alejandrinos. Y sü labor consiste, no en el análisis y siste- matización de un Corpus lingüístico dado, sino en el análi- sis del lenguaje en cuanto expresión del Logos universal.

Xn d e la gramátic a n o so n las oraciones , sino sím-

Si, como antes hemos apuntado, el analogismo encuentra terreno propicio en la tesis de los convencio- nalistas, los estoicos, defensores del anomalismo, propug- nan asimismo el carácter «natural» del lenguaje,si bien en sentido distinto del que los epicúreos. Si el sonido es una imitación consciente de las propiedades de las cosas, si como dice el estoico Pseudo-Agustín «res ipsae afficiunt ut verba sentiuntur» (59), ello se debe a que los estoicos

(56) Para Aristóteles la oración, en especial la cutoqxxvTiKÓg, pertenece, no a la Lingüística, sino a la Lógica. Saussure rechaza las oraciones como

unidades lingüísticas en el Curso

,

ed. cit., p. 183.

(57). Apüd Robins, R.H., A Short History of Linguistics, Longman, Lon-

en Clmsicah^ííSfterly,

13, 1919, pp. 24 - 36.

3fesTHir96l^p,_21-¿2.

(53)

Curso

,

ed. cit., p. 267.

(58) Confert, Cliomsky y Miller^ L'analyse formelle des langes naturelles, ed. cit., pp. 61-63.

(54)

Refutaciones sofisticas, 1, 165 a, 8- 12.

(55)

Ibidem.

(59) Apud Barth, P., Los estoicos. Trad. L. Recasens Siches. Rev. de Occidente, Madrid, 1930, p, 135.

12

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fundían en el logos la palabra y la razón. El logos inma- nente (évóiáStóg) es el mismo que*el que aparece en la

palabra (n;po qxjpiKÓg), y tan sólo difieren en la forma de aparecer. El lenguaje posee, pues, una estructura lógica, posee un sistematismo que no tiene por qué ser de tipo analógico. Anómalo no se opone a lógico o racional, sino

a análogo. Anómalo es lo «rugoso», lo «no-llano» y, al

menos entre los primeros estoicos, no indica falta de sis- tematismo, sino un sistematismo peculiar. La simplifica- ción de la polémica entre analogistas y anomalistas se de- be, en buena medida, a la escasez de textos y a la expo- sición un tanto simplista que Varrón ofrece de la misma

(60).

El logos aristotélico y de los analogistas era enten- dido como «proporción» y, en cuanto tal, como conjunto de relaciones en un campo de términos en el que las ope- raciones del sujeto quedan abstraídas, de ahí que Varrón asociase la analogía a lo natural frente a lo voluntario, ori- gen de la anomalía. Este aspecto objetivo del logos viene recogido por el «legere» latino, que Varrón explica (61) etimológicamente como estructura objetiva que se impo- ne a la acción subjetiva: «Legere dictum quod leguntur ab oculis litterae».

Si, como piensa Aristóteles, el lenguaje se correspon- de, no con las cosas, sino con el pensamiento, la analogía significa que a una palabra simple corresponde un concep- to simple, y a uno compuesto, uno compuesto. En este

sentido, cabría esperar que los estoicos admitiesen la ana- logía, «es sorprendente —dice Barth (62)— que los estoi- cos a pesar de los esfuerzos antes mencionados para deri- var del objeto el sonido de las palabras, admitiesen, no obstante, una desigualdad entre el contenido del concepto

u objeto y el de la palabra». Pero tal sorpresa se esfuma

en cuanto se tiene en cuenta el carácter dinámico y crea- dor del logos estoico. El logos ojtepjiatiKÓg lo penetra y lo modela todo en formas infinitamente variadas; es inma- nente al mundo y encierra en sí mismo todas las potencias creadoras (^óyoi OJtepixaxiKo'^). Estas semillas («código genético») (63), llenan toda la materia en cantidades y proporciones diversas, formando lo que podríamos llamar una «articulación matricial» (oTJoraoig), una sintaxis, equivalente a la oru|iJtX,OKr| platónica. De donde se deduce la «simpatía de todas las cosas» (cru(XJTa08i.a TCOV oXipv). El hombre se encuentra unido, por medio del logos, que en él actúa, al logos del universo. Los estoicos crean, así el concepto de «humanidad»: todos los hombres forman una comunidad; no hay diferencias entre griegos y bárbaros, ni entre señores y esclavos, ya que todos están unidos por el logos universal. Esta razón universal —esta competen- cia innata universal, que diría Ghomsky— hace que, a nivel de individuos, las diferencias no sean más que con- vencionales (o «superficiales»), ya que en el fondo actúa el espíritu humano unificador. El hombre es un animal so- cial (^(pov KOivayviKÓv), cuya patria es el mundo entero.

(60) Varrón presenta la analogía como el orden natural, frente a la ano- malía, fruto del acto subjetivo voluntario, viéndose obligado a admitir ambas: «Utrumque sit nobis sequéndum, quod in declinationejvolunca-' ria sit anomalía, in natural! magis analogía {De lingua laíina, VIII. Edic. de G. Goetz y F. Schoell. Teubner, Stuttgart, 1964, p. 131.

(ó 1) De lingua latina, VI, 66.

(62)

Los estoicos, ed. cit., p. 137.

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De ahí la idea estoica {d^

con un único lenguaje (una gramática universal), puesto que todo es producto del mismo logos.

de formar una única sociedad

La «pasión judía por lo universal» de que habla Sar- tre (65), como medio para combatir las concepciones par- ticularistas que hacen de los judíos seres aparte, está reso- nando en la idea de «hombre universal» de Zenón el fe- nicio y de Chomsky (judío). La Razón (el logos) no per- mite que haya más que una Verdad; la unicidad de la ra- zón impide que haya una verdad helénica y una verdad bárbara; una verdad alemana y una verdad judía. Es la misma idea que mueve a Lévi-Strauss (otro judío) a inves- tigar en el campo de la Antropología el problema de la in- varianza que en ella «aparece como la forma moderna de una cuestión que siempre se plantea: el de la universali- dad de la naturaleza humana» {(>()).

La importancia del origen racial y lingüístico de Zenón y Crisipo para la comprensión de su doctrina ha sido resaltada por Pohlenz (67). Zenón era bilingüe y des- de su idioma materno, el fenicio, trata de establecer las bases de la gramática griega. Pero ahora el griego no es considerado como un corpus —el corpus homérico, por ejemplo— ni como el lenguaje. Los estoicos tienen una concepción más amplia que los analogistas de lo que es el buen griego, el eX^tiviojióg (68). El lenguaje no es un cor- pus, sino una manifestación de logos común a griegos y bárbaros: «La voz del hombre es articulada y enviada por

(63)

gos de los progenitores, a veces domina el logos suyo £/ estoicismo. I, Credos, Madrid,_J1922^p—73-_

(64), Arn'im, I., Stoicorum veterum fragmenta, III, 516, 10-12; III, 4.

(65) Reflexiom sur la question juive,G3X\iraaxá,'Paxh, 1954, pp. 134 y ss.

Apud Elorduy,

Confert el texto de Orígenes: «dado que el generante tiene los lo-

»

{66) Lecon Inaugúrale de 5 de Enero de 1960. Imp. Daupeley-Gouver- neur, París, 1970, p. 35.

(67)

Die Stoa, I, Vandenhoeck, Góttingen, 1964, p. 31.

(68)

Diógenes Laercio, Vidas de losfilósofos más ilustres. Vil, 59.

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la inteligencia, como dice Diógenes [de Babilonia]» (69). Esto hace que los estoicos no se hallen sujetos al sistema- tismo analógico y queden en libertad para modificar el griego mediante la introducción de palabras antiguas u orientales, llegando, así, a «violentar» el griego y tratando de explicar a los parlantes griegos las propiedades del lo- gos dadas en la lengua semita, como es la división de los verbos en perfectos («tengo visto», por ejemplo) e infectos («veo» o «vi», por ejemplo).

El lenguaje es expresión del logos y, por consiguien- te, verdadero. Por ello los estoicos conceden tanta impor- tancia a la etimología, por cuanto que constituye un de- senvolvimiento de las palabras a través del cual se pone de manifiesto la verdad, llegando a derivar cpcpTÍ.(el habla) de (jfxas (luz del espíritu).

Aristóteles rechazaba el naturalismo del lenguaje porque el criterio último de verdad residía, no en el len- guaje (logos), sino en las cosas mismas (70). Los estoicos, por el contrario, eran naturalistas porque la norma última de verdad estaba en el logos. No es la oOoía pasiva aristo- télica la causa de las propiedades de los objetos, sino el logos, en cuanto principio creador de toda forma y de to- da cognoscibilidad (71).

Los estoicos, como Chomsky, consideran el lenguaje como una capacidad connatural al hombre, como una facultad deÍ4>ensaiaietttcrcjtie-s¡frve_para dominar las cosas. „_—HEOógoses la potencia decisiva del hombre; eHEíegemo- nikón es el que presta asentimiento (oxT/KatáBeoig) a las

representaciones, de las cuales la representación com- prensiva (KaxaX,r|jtTiKf|) es exclusiva del ser racional y constituye un criterio seguro de verdad (72).

De modo parecido a Zenón, Chomsky trata de susti- tuir el sujeto empírico, pasivo y mero receptor de datos de los conductistas por el nuevo sujeto que posee un «espíritu humano», portador de valores antes de la expe- riencia. Este espíritu es «creador», pero sometido a un es- quematismo «que aplica a los datos de los sentidos en su esfuerzo por organizar la experiencia y construir sistemas cognoscitivos» (73).

El aspecto activo y creador del logos estoico se mani- fiesta asimismo en la teoría de la anticipación (3tpóA,r)t[)i5). La prólesis estoica es un criterio de verdad tan infalible como la representación cataléptica debido a que es fruto del logos que gobierna todas las cosas y, por eso, cuando esta razón examina o analiza en el lenguaje las relaciones entre los diversos elementos de un concepto general o afirma en un caso particular la necesidad del lazo que une el antecedente al consecuente, nos presenta la realidad misma, porque habla en nombre de, o mejor, es manifes- tación de, el logos universal. Lejos, pues, de los estoicos cualquier tipo de empirismo que propugne la observación constante y repetida.

El lenguaje es verdadero y la palabra representa a la cosa; los óvó^at a son Etufia; analizar el lenguaje es anali- zar la realidad; transformar el lenguaje es transformar la realidad. Tales son . las tesis estoicas diametralmente

(69)

Ibidem, VII, 55.

(72) Sexto Empírico, Adversusmathematicos, VII, 151; Cicerón, Defini- bus, III, 17.

(70)

Categorías, 12, 14 b, 18.

(71)

Elorduy, E., El estoicismo, I, ed. cit., p. 262.

(73) Chomsky, Conocimiento y libertad. Trad. C. P. Otero. Ariel, Barce- lona, 1972, p. 67.

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opuestas a las de Aristóteles. El lenguaje es para Aristóte- les finito por naturaleza; para ios estoicos perfectible de acuerdo con las matizaciones que le da el logos. La pala- bra es para Aristóteles un glóog inmutable; para los estoi- cos, relativa (jtob? s/^ovxa), cuyo perfeccionamiento es la sintaxis, arte de colocar i las palabras, y que se domina cuando se sabe hablar {loqui). Varrón deriva «loqui» de «locus», por cuanto que quien va a hablar «dice los voca- blos y las restantes palabras antes de poderlos decir en su lugar» (74).

Pero es la etimología de «sermo», mejor que la de «loqui», la que resalta el aspecto dialógico del lenguaje (la presencia del sujeto operatorio, plano P). Varrón enla- za «sermo» con el «sartum» en los vesúáos {= prendido con alfileres, por ejemplo), con «ensartar», etc., y subraya que «sermo enim non potest in uno homine esse solo, sed ubi oratio cum altero coniuncta» (75).

El Padre Elorduy (76) presenta como dos tesis distin- tas la sostenida por Varrón, por una parte, según la cual, para que haya sermo hacen falta dos hablantes, y, por otra, la sostenida por Ernout - Meillet, según la cual, ser- mo designa etimológicamente «l'enfilade des mots»; ésta última coincidente con la de Suárez, quien distingue entre «Verbum», palabra simple, y «sermo», oración compues- ta. Y coincidimos con Elorduy en la apreciación de que ambas teorías «no son incompatibles». Se exigen mutua- mente, añadiríamos nosotros, desde la comprensión del lenguaje a partir de una metodología p. El lenguaje, en cuanto «sermo», exige como unidades lingüísticas las ora- ciones (palabras hilvanadas), porque, como ya hemos indi- cado, para los estoicos los significados de las palabras no Sé dan aislados, sino que adquieren su valor a través de la

acción del sujeto operatorio (el hablante), según que las coloque en un lugar u otro, según opere sintácticamente.

El lenguaje es, ante todo, sintaxis,operaciones posibles de

los individuos para componer y ensartar, «capacidad de generar oraciones», en palabras de Chomsky. Y es en la construcción de oraciones en donde el hablante se com- porta como sujeto operatorio y no puede ser eliminado del campo lingüístico. La acción del sujeto gnoseológico impide considerar al lenguaje como un conjunto finito y cerrado de elementos —las palabras— y establecer una relación biunívoca entre éstos y los pensamientos o las co- sas. Por el contrario, el lenguaje, en la metodología |3, es una acción, una facultad que hay que coordinar con la acción del lógos que informa al individuo. El logos desa- rrolla su acción en un proceso complejo, no según la ana- logía, pero sí según la razón. No es extraño que frente al esquema aristotélico (y griego, en general) de relación OTinaívov (significante) - orr)|i,atvdjievov (significado) en el que las palabras adquieren valor en sí mismas, independientemente de su posición sintáctica, el esquema estoico, que introduce un tercer elemento, el "kzKxóv, re- sulte chocante para un griego y difícil de explicar, máxime cuando los estoicos, corporeistas por excelencia, declaran que el X,8KTÓV es incorpóreo.

El concepto de XERTÓV rechina si se pretende encajar en el esquema aristotélico o saussureano —pese a la «asombrosa coincidencia terminológica con la teoría saus- sureana» (77)—. Pienso que la única interpretación válida del X,eKTOV estoico pasa necesariamente por su inserción en una teoría del lenguaje desarrollada desde una pers- pectiva metodológica |3-operatoria. El ^eiaóv estoico exhibe ese mundo o conjunto de materialidades o

relaciones suprasicológicas y supraindividuales, «creadas»

o «generadas» por el lenguaje, cuando éste es entendido

como producto de las operaciones (o transformaciones) de los individuos en cuanto dot-ados de logos (o de una competencia innata), logos común a todos y sólo los seres racionales. El A,8KTÓV es una de las cuatro categorías es- toicas de lo incorpóreo y un elemento, junto con el vacío, activo; comprende bajo sí los objetos de la fantasía ra- cional y es, por consiguiente, logos activo, no ovaía (78).,

Lenguaje como logos (estoicos)/lenguaje como oíio'a (Aristóteles); generativismo (Chomsky)/estructuralismo (Saussure); metodologías |3/metodologías a. Tales son las correlaciones que hemos pretendido justificar en este tra-

bajo, sin agotar, ni con muchOj las aplicaciones a la Lin- güística de la distinción gnoseológica entre metodologías

a y metodología s (3. Nuestr o inicial proyect o preveí a la

aplicación de dicha distinción a otras varias teorías lingüís- ticas, concretamente, al análisis de la gramática de Nebri-

ja, en cuanto elaborada desde una perspectiva a (Nebrija como seguidor del método racional de Lorenzo Valla), frente a la perspectiva P adoptada por Sánchez de las Bro- zas en su Minerva. La famosa contraposición de Schleicher entre Lingüística y Filología constituiría otra interesante ilustración de nuestra distinción metodológica. Pero la importancia de tales teorías merecen un tratamiento con otro tiempo y espacio.

(74)

De lingua latina, VI, 56.

(75)

Ibidem.

(77) Arens, H., La Lingüistica, I, Trad. J.M. Díaz-Regañón, Gredos, Madrid, 1975, p. 34.

(76)

El estoicismo, I, ed. cit., p. 64.

(78)

Arnim , I., Stoicorum veterum fragmenta, 11, 182 y 187.

EL BASILISCO

15

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ARTÍCULOS

OPERACIONES Y HEimOFORMANTES

Ensayo de un criterio de demareaeióngnoseológi^ emre la Lógica formal y la M

(I)

GUSTAVO BUENO

Oviedo

«Cuando señalas con tu dedo ala

Luna dice el

proverbio orientalel estúpido mira atentamente al de- do» . En este artículo vamos a defender la, tesis de que en la estupidez de la Lógica formal occidental ante los

ámbolos algebraicos es donde reside su sabiduría.

I.

PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN

El desarrollo progresivo del formalismo

lógico (imitando muchas veces el paradig- ma del formalismo matemático: Leibniz,

Boole, Frege

así como el progresivo

desarrollo de la formalización matemática

deter-

minado una creciente aproximación, si- quiera íe a en el plano de las apariencias (en el piano tec- nológico del lenguaje algebraico) entre la Lógica y las Ma- temáticas. Esta aproximación podrá ser reconocida, por lo menos, como un hecho cultural. No prejuzgamos de mo- mento cuál sea su alcance. Sin duda, las analogías en los procedimientos de ambas ciencias no son gratuitas, meros mimetismos superficiales. Pero el reconocerlo así tampo- co signifíca que estas semejanzas prueben, por sí mismas, la indistinción entre Lógica y Matemáticas: plantean, más bien, constantemente, la cuestión de su demarcación y explican, por lo menos en el plano psicológico, la tenden- cia a confundir los procedimientos matemático-formales y los procedimientos lógico-formales. Tanto cuando esa confusión tiene el sentido de una subsunción de ambos procedimientos en un tertium (¿el Algebra abstracta.''), cuando cobra el sentido de una reducción'(o asimilación) de la Lógica a las Matemáticas (la «línea cartesiana», que culmina en Hilbert, en la concepción de la Lógica como «infancia de las Matemáticas», del órganon aristotélico como sistema realizado por la Geometría de Euclides, o

)

(Peano, Russell, Bourbaki

)

han

simplemente, concepción de la Lógica como una «sec- ción» de la Matemática, al lado del Cálculo, o de la Geo- metría proyectiva), o bien cuando asume el sentido opuesto, el de la reducción de las Matemáticas a la Lógica (la «línea leibniziana» logicista, que culmina en Russell). De hecho, en todo caso, es lo cierto que los criterios de demarcación no parecen estar a la vista: se procede mu- chas veces como si no existieran. La misma expresión, hoy popularizada, «Lógica matemática» (cuyo alcance es mu- cho inás general que el que correspondería a una «Lógica

d e las Matemáticas» ) pued e servir d e testimoni o d,e esta confusión, acaso legítima, a la par que de refuerzo de la misina. Y la disciplina llamada entre nosotros «Lenguaje matemático» se resuelve prácticamente en un curso de Lógica formal sobre ejemplos matemáticos. Pero, a veces, se trata de mucho más que de ejemplos o de aplicaciones:

en las dos obras fundacionales de Boole (L^WJ ofThougths y —su título ya lo anuncia— The Mathematical Analysis of Logic) encontramos nada menos que una derivación de lo que se considera la función lógica por antonomasia [y = ax + b (1 —x)] a partir de la fórmula de Taylor o de Me Laurin, respectivamente, para el desarrollo en serie de funciones enteras ^fórmulas cuya estructura matemática nadie puede poner en duda—. ¿Cómo podría derivarse una fórmula lógica a partir de una fórmula matemática (y no ya de la aritmética elemental sino del cálculo diferen- cial) si no existiera una sustancial afinidad entre ambos simbolismos? ¿No estaríamos sencillamente ante un puro disparate, en el que aparecen asociadas fórmulas que se refieren a valores discretos con fórmulas que suponen un

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cálculo de «lo continuo»?. Pero no nos parece suficiente decir que la derivación de Boole es «artificiosa», o que pertenece a la «arqueología» de la Lógica formal. Es pre- ciso poder penetrar en la naturale2a de esa artifíciosidad, aclarar cómo ha sido siquiera posible el artificio. Por otra parte, no pertenece ya a la arqueología de la Lógica for- mal, sino a su práctica presente, el uso interno de concep- tos matemáticos tales como «cantidades booleanas», «can- tidad booleana general», representable por cubos o hiper- cubos (1). Se «aritmetiza» la sintaxis lógica (Gódel) y se «logicaliza» la matemática (Russell).

Y, sin embargo, en el teclado mismo del computador que contiene tanto símbolos lógicos como matemáticos, podemos diferenciar muy bien el sector de los «botones lógicos» y el sector de los «botones numéricos». En ios manuales de lenguajes de ordenadores se distinguen ex- plícitamente los símbolos que pertenecen a la «parte lógi- ca» de esos lenguajes («V», «A», «—>») de aquellos que pertenecen a su «parte matemática» (« + », «V», «sen x»). Pero, ¿cómo formular una distinción adecuada entre par- tes que, sin embargo, han de funcionar juntas, entreteji- das, «confundidas»?. ¿Cómo trazar una línea de demar- cación entre sectores cuyos elementos parecen desbordar constantemente su propio recinto; borrar toda línea de demarcación como superficial, artificiosa o extrínseca?. ¿No será porque la línea de demarcación deberá trazarse en un estrato más profundo, por debajo de la continuidad aparente establecida por la praxis tecnológica?. ¿No será preciso regresar hacia las Ideas filosóficas —en tanto se realizan precisamente por la mediación de estos mismos desarrollos tecnológicos y científicos {categoriales)— para poder establecer la línea gnoseológica de demarcación que, en todo caso, seguimos percibiendo, aunque sea con «trazo discontinuo»?.

2. N o faltan, por supuesto, como es bien sabido,

propuestas de criterios de demarcación entre la Lógica formal y las Matemáticas, propuestas que son defendidas tenazmente con argumentos nada gratuitos. Como es obvio, cada criterio de demarcación incluye una cierta concepción acerca de la naturaleza de las Matemáticas y de la Lógica. A veces, porque explícitamente un criterio determinado se apoya en esa concepción; otras veces, porque la promueve; en general, porque la cuestión de la demarcación entre Lógica y Matemáticas, al mismo tiem- po que testimonia un entendimiento (implícito o explíci- to) de cada uno de los campos respectivos, contribuye internamente a configurar ese entendimiento, puesto que, en rigor, es una parte de ese mismo proceso de enten- dimiento (no puede entenderse filosóficamente nada so- bre la esencia de la Lógica al margen del entendimiento de la naturaleza de las Matemáticas o recíprocamente). Vamos a pasar revista, muy someramente, a los principa- les esquemas que están, por decirlo así, disponibles (y que, de hecho, han sido propuestos) en orden a entender la naturaleza de la Lógica, para después proceder a con- siderar algunas de las interferencias que con esos esque- mas han de alcanzar diferentes tesis sobre la línea de de- marcación entre Lógica y Matemáticas. También podría precederse inversamente (partir de la exposición de di- versos esquemas de demarcación y explorar después su incidencia en las concepciones respectivas de la Lógica o de la Matemática). Y podríamos, por último, comenzar

(1) J. Kuntzmann, Algebre de Boole, París, Dunod 1965, & 12.

por ios esquemas relativos a las concepciones en torno a la naturaleza de las Matemáticas. Lo ideal sería cubrir to- das estas posibilidades, porque los caminos que se abrie- ran a partir de cada una de ellas no tendrían por qué es- perarse siempre confluyentes. Pero no es éste el lugar adecuado para semejante tarea.

A) En una primera rúbrica agruparíamos a todos los esquemas que convienen en poner a la Lógica en la direc- ción de la Ontología general. La Lógica formal, por serlo, sería también general, universal: las fórmulas lógicas re- presentarían estructuras ontológicas absolutamente uni- versales (y de ahí su carácter «segundo-intencional», res- pecto de las leyes ontológicas, en cuanto vendrían a ser, en expresión' de Frege, las «leyes de las leyes de la Natu- raleza») y los principios lógicos —el principio de identi- dad, el principio de no contradicción, el principio de ter- cio excluido— serían paralelos a los principios ontológi- cos. La Lógica será así entendida como mimesis de la Meta- física, como decían los aristotélicos. Las leyes lógicas se- rían leyes trascendentales, constitutivas del Mundo, o mejor aún, expresión de la estructura del Mundo «anteriormen- te a su creación», en frase de Hegel (2). No por ello queda disociada necesariamente la Lógica de la mente —digamos, del logos— en la medida en que el Mundo se considera a su vez como determinación de una mente, ya sea la «mente divina» (la «lógica divina» de los neoplató- nicos, de los cristianos o de los musulmanes) ya sea la «mente humana» (o acaso zoológica), el ego trascendental de Kant o de Wittgenstein (3).

Acaso lo más característico de todos los esquemas que incluimos en esta primera rúbrica sea el intento de entender a la Lógica formal a la luz de una Lógica trascen- dental, sea en el sentido de Suárez, sea en el de Kant, sea en el de Hüsserl, sea en el de Wittgenstein. La Lógica formal no será percibida ahora merainente como un «len- guaje artificial», incluso convencional: si es un lenguaje será un lenguaje que representa «la trama invisible del Mundo» (de nuestro Mundo) y, por ello, la Lógica no dirá nada sobre los contenidos (o materia) de este Mundo. Acaso, porque vale para «todos los mundos posibles», co- mo sostienen (en la tradición de Leibniz) H. Scholz y G. Hasenjáger (4). Y decir que vale para todos los mundos posibles la Lógica acaso no sea algo tan metafísico como declara su primer sonido, si es que todos esos mundos po- sibles a los cuales nos volvemos (cuando resolvemos aban- donar el nuestro) terminan por ser declarados como iso- morfos a él, de suerte que «aún cuando Dios hubiera creado varios mundos, no podría haber uno en donde no se observaran cumplidamente las leyes divinas, las de nuestro mundo» (5). Decía F. Mauthner: «Ya el formar un plurar de mundo es una insolencia, porque nunca ni

(2)

la ra2Ón pura, como el reino del pensamiento puro. Este reino es la verdad tal como está en sí y por sí, sin envoltura. Por eso puede afirmarse que di- cho contenido es la representación de Dios, tal como está en su ser eterno, ajttes de la creación de la naturaleza y de un espíritu finito-o {Ciencia de la ló- gica, Introducción).

Hegel: «

La lógica tiene que ser concebida como el sistema de

(3) Tractatus

número monográfico, 1972, págs. 139-152.

6. 13. Vid. M. Garrido, La lógica del mundo, en Teorema,

(4)

ceptos y problemas de la lógica moderna, Barcelona, Labor 1978.

Metaphysik

ais strenge Wissenschaft, Darmstadt, reimpr.

1965. Con-

(5)

Descartes, Discurso del Método, parte V.

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jamás hubo más de uno» (6). La lógica, en cuanto trascen- dental, no se entenderá como empírica o convencional, sino como pnta. y a priori, ya se haga depender ese aprio- rismo de las esencias formales a las cuales el mundo ha- bría de someterse («platonismo») ya se haga depender de la propia estructura de su demiurgo, entendido como da- tar formarum («operacionismo», desde Kant hasta Din- gler).

Lo más frecuente es atribuir a la Lógica el sentido de una universalidad formal genérica común a todas las di- versas manifestaciones de la argumentación o del razona-

miento (físico, matemático, político, etc.) dado en cuales-

Li. Aunque no

quiera de los lenguajes naturales Li, L2,

se considere trascendental de un modo explícito, una Ló- gica formal así entendida ejercerá sus mismos efectos. Porque si «formal» significa ahora «genérico», «univer- sal» (a todo tipo de razonamiento material, específico), las

leyes lógico formales serán leyes normativas y apriorísti-

Con este al-

cance se habla cuando se dice que la Lógica formal estudia la «validez formal» de las inferencias, etc. (estas frases re- sultan vacías en el momento en que dudemos que la Ló-

gica formal sea lo mismo que una Lógica general, o, lo que es equivalente, que pongamos en duda que pueda ha- blarse de una forma sin materia: si a la Lógica formal, co- mo ciencia cerrada, debe corresponderle un campo ma- terial de términos, la cuestión de la validez o verdad de las leyes lógicas y de su conexión con otras ciencias hay que entenderla de manera muy distinta a la que se insinúa en la relación del género a la especie).

cas respecto de cada materia determinada

Ciertos criterios que apelan a oposiciones ontológicas de apariencia óntológico-especial (tales como la distinción usada por Spencer (7) entre cualidad y cantidad: la Lógica sería la ciencia de la cualidad, la Matemática la ciencia de la cantidad) podrían acaso incluirse en esta primera rúbri- ca, porque cuando la cualidad se interpreta como el domi- nio de «todo aquello que no es cuantitativo», incluyendo cualquier tipo de entidad (también las «cantidades inten- sivas» de las que nos habla Piaget (8)) viene a equivaler a un concepto de carácter ontológico-general.

(6) Contribuciones a una crítica del lenguaje, trad. esp. J. Moreno Villa,

Madrid, Jorro, 1911, págs.

144-145.

B) En una segunda rúbrica incluiríamos a todos

aquellos esquemas que tienden a referir las «leyes lógicas formales» a la realidad (empírica) del mundo físico —di-

gamos, que tienden a reducir la Lógica a un ámbito primo- genérico. Cuando el «mundo físico» (incluyendo las di- mensiones segundo genéricas) se identifica con el «mundo», sin más, los esquemas agrupados en A coincidirán con los esquemas agrupados en B: tal sería probablemente el caso

de Hegel, cuyo panlogismo implica, por eso, que todo lo real, empírico, es, a la vez, lógico, racional. Pero cuando estos supuestos no se den, las leyes del mundo físico, como leyes lógicas, podrán entenderse simplemente como un conjunto más de leyes empíricas, caracterizado acaso por su generalidad: la Lógica será entendida como una «fí- sica del objeto cualquiera» en el sentido de Gonseth (9).

Y si acaso se restringe este «objeto cualquiera» al «siste-

ma nervioso» o a las máquinas cibernéticas que lo simu- lan, la Lógica podrá seguir siendo entendida a la luz de la

Mecánica, sin perjuicio de considerarla como una legali- dad peculiar de ciertos sistemas mecánicos.

C) Mucho más tradicionales son los esquemas que

refieren, desde luego, la Lógica, al pensamiento subjetivo (ya sea en una perspectiva espiritualista, ya sea en una

peirspectiva biologista), psicológico o sociológico {segundo- genérico), esquemas que entienden la Lógica formal como

el «arte del pensamiento» o como la «moral del entendi-

miento». La perspectiva es ahora psicologista —no fisi- calista— y aún cuando a veces este psicologismo pueda aproximarse a posiciones trascendentales (acaso aquello

que se designa cuando se haWa del «pensamiento/«//TO», a

la Lógica como estudio de las leyes del pensamiento que

preside todavía el título de la obra de Boole: The laws of Thought) con frecuencia se distingue de ellas y constituye incluso una reinterpretación positiva (psicológica o socio- lógica) del trascendentalismo kantiano. Podríamos perse- guir esta línea de positivización (categorización) del sujeto trascendental kantiano desde J.S. Beck (10) hasta T. Lipps (11), o Heysmann, cuando asimilaba las fórmulas lógicas a fórmulas químicas, a las fórmulas de una «química men- tal» (12). También la concepción que Piaget se forja de las leyes lógicas se mantiene en esta línea psicologista, si bien fuertemente impregnada de biologismo: las leyes ló- gicas serían, para él «coordinaciones entre las acciones del sujeto» (13). El sociologismo se. eleva a un nivel radical- mente diferente del nivel psicológico, porque las leyes ló- gicas no serán ahora «leyes subjetivas individuales» —aunque sean universal-distributivas en la especie— cuanto leyes supraindividuales, sociales: «la génesis de las categorías del pensamiento se hallan en la estructura y relaciones de grupo social y dichas categorías varían según

(9) La lógique en tant quephysique de l'ohjet quelconque, Congr'es 1935, Ac- tas VI, París, Hermann, Actualices, 1936, n° 393.

(10) Grundriss der Kritischen Philosophie, 1796, & 2: «Die Wissenschaft, welche des Denken selbst zum Gegenstande hat, ist die Logik».

(11) Elemeptos de lógica, trad. esp. 1925, sección I, cap. 1°, & 3: «La ló- gica es una disciplina psicológica, puesto que el conocer, sólo se da en la psique y el pensar que en ella se realiza es un hecho psicológico».

(12) El silogismo (MaX + MaY + YiX + XiY) sería comparable a la reacción de neutralización (CIH + HONa = ClN a + H20). Husserl, Investigaciones lógicas, prolegómenos, cap. VI.

(7)

The

Classification ofthe Sciences (1864), en Essays, II, pág. 74.

(8)

Traite de Lógique, París, Armand Collin, 1949, pág. 72.

(13) Piagec-Beth, Epistemologie math'ematique et psychologie, essai sur les re- lations entre la lógiqueformelle et la penseé reelk. París, PUF, 1961.

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los cambios que la organización social sufre» —enseña la escuela durkheimiana (14). Sin embargo, el sociologismo lógico sigue siendo un subjetivismo —como queda claro cuando contrastamos sus tesis simplemente con las del objetivismo fisicalista o cibernético. Para decirlo con la vigorosa expresión de Lenin: «pensar que el idealismo fi- losófico desaparece por el hecho de que se sustituya la conciencia individual por la de la humanidad o la expe- riencia de un sólo hombre por la experiencia social orga- nizada es como imaginar que el capitalismo desaparece cuando el capitalista individual es sustituido por una so- ciedad por acciones» (15).

D) Por último, dése los estoicos (16) hasta Popper (17) pasando por la doctrina tomista que concibe a la Lógica como «ciencia del ente de razón consistente en las segundas intenciones objetivas» (18) se ha mantenido siempre presente la concepción de la Lógica como una ciencia referida a ciertas entidades objetivas ideales, esen- ciales {terciogenéricas) que acaso no puedan ser sustanciali- zadas (como si poseyesen una realidad existencial inde- pendiente de los sujetos operatorios a través de las cuales sin duda únicamente se realizan) pero no pueden tampoco ser reducidas a la subjetividad psicológica o social {segun- dogenérica) ni tampoco a la objetividad fisicalista, corpórea iprimogenérica).

3. Sin duda existen otras muchas concepciones sobre la naturaleza de la Lógica más próximas a la perspectiva gnoseológica y que no pueden fácilmente clasificarse en al- gunas de las rúbricas anteriores. Citaremos, por su impor- tancia, la concepción de la Lógica (mantenida, dentro de la Escolástica, en la tradición escotista) como «ciencia de la argumentación», del razonamiento —^porque esta con- cepción tiene la ventaja de aproximarnos a la misma «inmanencia» de los sistemas lógico formales (19)- Esta concepción de la Lógica como disciplina centrada en tor- no al silogismo —o sus variantes: Lógica como teoría de la argumentación, Lógica como teoría de los sistemas deduc- tivos. Lógica como teoría de la ilación. Lógica como teoría de la inferencia, del razonamiento deductivo, de la impli- cación, de la derivación, de la «involución» (la lógical invo- lution de Carnap, en el sentido de Kneale (20)— tiene la ventaja propia de toda definición gnoseológico-denotativa (y denotativa de la «parte principal o notoria» del «sujeto principal», denotativa por sinécdoque). Desde la perspec- tiva de la teoría del cierre categorial diríamos que lo que se

(14) Durkheim-Mauss, De quelques formes primitives de classifkation, L'Anne Sociologique 1901-02. Maree) Granee, La perneé chinoise, París, La Renaissance du livre, 1943.

(15) Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Cap. IV, 5 (El «empiriomo- nismo» de A. Bogdanov).

(16)

Bochenski, Historia de la Lógica, trad. esp. Madrid, Gredos.

(17)

K.

Popper,

Epistemology without

a

knowing Subject, Amsterdan,

North HoIIand Publishing Comp. 1968.

(18) Juan de Santo Tomás, Ars lógica seu de forma et materia ratiocinandi, Edic. Reiser, secunda pars, quaestio 2.

(19) Por ejemplo, entre los clásicos. E. Schróder: «Diese, die deduktive odeer auch fórmale Logik beschafligt sich mit den Gesetzen des folge- richtigen Denkens» [«folgerichtig» mehr wie «konsequent» besagt]. Yorlesungen üher die Algebre der Logik, Erst Band, pág. 4.

(20)

Kneale: Ihe

Development of Logik, Oxford, 1968, pág. 742.

denota en este tipo de definiciones son ciertas figuras no- torias del campo gnoseológico (silogismos, derivaciones),

ciertos contextos determinantes del campo, más que la estruc- tura del campo gnoseológico mismo —como si definiése- mos la Geometría como la «ciencia de las circunferencias

y de los triángulos». Pero estas definiciones denotativas

—muy útiles, sin duda, y aún necesarias— son poco filo- sóficas. Sus consecuencias, además, pueden ser muy molestas por su capacidad oscurecedora de muchos proble- mas particulares. Citaremos aquí el caso de la problemá-

tica lógica que envuelve la llamada «falacia naturalista» («no hay posibilidad lógica de derivar una proposición normativa —un deber ser— de una proposición apofántica

o declarativa —del ser—»). Esta imposibilidad lógica, está

entendida en el marco de una definición de la Lógica como ciencia del razonamiento deductivo, como reconoce J. Muguerza: «quizá cabría objetar que la falacia naturalis- ta no dejará de ser una falacia lógica aún si se encuentra alguna vía no -deductiva para pasar de un es a un debe.

Pero todo dependerá, en dicho caso, de lo que se desee entender por lógica. Lo más normal —y acaso lo más

aconsejable— es reservar la denominación de lógica para

el estudio del razonamiento deductivo

¿acaso el significado de lógica depende sólo de un deseo.''. Sin duda, puedo estipular una definición de la palabra impulsado por un determinado deseo (por ejemplo, el deseo de llamar ilógico al paso del deber ser al ser). Pero ¿no hay algún criterio objetivo que se imponga «por enci- ma de nuestra voluntad» (o deseo).-*. Aquello que explica precisamente por qué algo es lo «más normal». Un

criterio en este caso, gnoseológico, en virtud del cual se nos muestre una intrincación objetiva entre la deducción

»

(21).

Pero,

y

otros tipos de construcción no deductiva. Por lo demás,

y

refiriéndose a la falacia naturalista, incluso aún desde la

acepción deductivista de lógica, podría acaso defenderse la posibilidad lógica del paso del ser al deber ser si se advierte que esta oposición tiene mucho de artificial y abstracto, si se tiene en cuenta que, en cada caso, el ser de que se habla (por ejemplo, el estado de cosas objeto de un diagnóstico político o económico) no es asimilable a un ser meramente factual (nosotros diríamos: a-operatorio), sino que se en- cuentra inserto ya en otras figuras normativas (diríamos:

(3 -operatorio), por lo que el aparente paso del ser al deber ser incluiría también el paso de la norma general, a través de un juicio fáctico de situación, a otra norma, determina- ción de aquélla. Ser y deber ser son acaso términos conjuga- dos; el ser de que se habla aparece en el contexto diaméri- co de los deberes).

Las definiciones denotativas (como pueda serlo la de- finición que estamos considerando: «La lógica es el estu- dio del razonamiento deductivo») son, pues, poco filosó- ficas. Porque a,quello que buscamos cuando queremos en- tender la naturaleza de la lógica formal es la estructura de su campo gnoseológico y no la denotación de sus contex- tos determinantes, o de sus figuras que, sin duda, deben ser presupuestas. No aclaramos la naturaleza de la Lógica remitiéndonos al silogismo, sino que preguntamos por qué el silogismo —y no la circunferencia— es una estruc- tura lógica, o bien, en qué momento la circunferencia o el triángulo, que son figuras geométrica, contienen un mo- mento lógico. Buscamos en qué lugar el estudio del silo-

(21) Javier Muguerza: «£ Í y Debe»,en Teoría y Sociedad, homenaje al Prof. Aranguren, Barcelona, Ariel, 1970, pág. 158.

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gismo (o de las inferencias, o de las involuciones) comien- za a ser lógico, supuesto que hay silogismos geométricos, químicos, políticos, etc. Definir a la Lógica como «teoría de la inferencia» resulta muy convincente cuando sobre- entendemos: «teoría de la inferencia desde el punto de vista lógico», es decir, cuando pedimos el principio. Aca- so se da por supuesto, como algo obvio, que el punto de vista lógico consiste en ser un punto de vista formal —^la

Lógica es la teoría formal de la inferencia, la teoría pura. Pero ninguno de estos esfuerzos o pretensiones (puro, for-

consigue, nos parece, aclarar algo, salvo a quien

admita esas formas puras y generales del llamado «plato- nismo». En cambio, desde el criterio que aquí propondre- mos (la naturaleza «autoformante» de las construcciones lógicas) cabría dar razón del «privilegio» que pueda con- venir a la inferencia, o al silogismo, como figura notoria en el campo de la Lógica: en las inferencias, o en los silogis- mos, los procesos autoformantes se nos muestran, no

aislados («subsistentes»), lo que sería una hipóstasis, sino vinculados, en disposiciones muy complejas, pero cerra- das, a otros procesos autoformantes, y estas disposiciones son algo que una disciplina científica puede tomar como tema propio.

mal

)

Por último, cuando se define la Lógica como una ciencia orientada al análisis de las formas puras de los len- guajes naturales, o como la «ciencia de las ciencias», se está simplemente incurriendo en la confusión de la capa- cidad de la Lógica formal para aplicarse al análisis de algu- nos aspectos de los lenguajes naturales o de las ciencias, con su naturaleza gnoseológica.

4. Ahora bien, cada uno de los grandes grupos de es- quemas disponibles para dar cuenta de la naturaleza de la Lógica que hemos considerado, determina una perspecti- va peculiar desde la que es posible organizar las relaciones con las matemáticas, así como recíprocamente, como he- mos dicho, las relaciones presupuestas con las Matemá- ticas determinan de algún modo el tipo de esquemas ele- gibles sobre la naturaleza de la Lógica o, cuando menos, colorean de un modo peculiar algunos de los esquemas elegidos. Supongamos que se interpretan las Matemáticas como el campo material mismo de la Lógica (por ejemplo, porque se procede como si se diera por hecho que la Lógica formal es una meta-matemática, una reflexión so- bre la naturaleza de los procedimientos matemáticos, al modo cartesiano). Si, al mismo tiempo, se mantiene una perspectiva trascendentalista de la logicidad (de acuerdo con alguno de los esquemas que hemos incluido en nues- tra primera rúbrica) entonces habría que suponer dada una tendencia favorable hacia la elección de algunos de los esquemas de la primera rúbrica, de un esquema onto- lógico general, si se quiere, un esquema metafísico de sa- bor pitagórico (ad modum Jeans, Eddington, o incluso Russell). Si la estructura más universal del mundo es de naturaleza matemática —«un sistema de ecuaciones dife- renciales»— entonces la Lógica, como matemática, podría seguir siendo interpretada como una «Lógica del mundo», como una Lógica trascendental. Pero no es necesario que quien propende a entender la Lógica como metamatemá- tica se acoja a la metafísica pitagórica: puede concebir la Lógica como ciencia de un orden ontológico regional, aunque esencial, si es que presupone que las Matemáticas son precisamente las únicas ciencias que nos descubren entidades de tipo terciogenérico. Incluso en el supuesto cartesiano según el cual razonar es razonar matemática-

mente, la Lógica como metamatemática podría seguir entendiéndose como la verdadera doctrina (psicológica) del razonamiento.

Una complejísima red de articulaciones alternativas hace que repercuta, por tanto, cada tesis sobre las Mate- máticas, a través de sus relaciones con la Lógica, en las te- sis sobre la Lógica y recíprocamente. Acaso se coordina la Lógica a la res cogitans (ciencia del razonamiento) y las Matemáticas a la res extensa (la Matemática como Física, o viceversa) y entonces la relación Lógica-Matemática arras- tra, explícita o implícitaniente, un cierto esquema ontoló- gico acerca de la relación entre la conciencia y el mundo, entre el hombre y la naturaleza. Otro tanto ocurriría si, por ejemplo, coordinásemos a la Lógica con la identidad y a la Matemátia con la multiplicidad y, al mismo tiempo, definiéramos, al modo neoplatónico (como se hace desde Domingo Gundisalvo hasta Emilio Meyerson) al Espíritu por la unidad y a la Materia por la pluralidad. Otras veces las relaciones entre Lógica y Matemática se muestran en- volviendo concepciones ontológicas escondidas, concep- ciones que a su vez conformarían los esquemas de aquella relación o incluso otros que aparentemente se nos presen- tan como mucho más neutros. Citaríamos la coordinación entre la Lógica y la cualidad por un lado y la Matemática y la cantidad por otro; o, permutando estas corresponden- cias, con el espíritu bergsoniano y en parte kantiano que alienta en el intuicionismo de Brouwer o de Mannoury, cuando vinculásemos la Lógica con la sirñultaneidad (con

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el Espacio) y la Matemática con la sucesión (con el Tiem-

po).

5. Nosotros queremos plantear la cuestión de las re- laciones entre Lógica y Matemática en el terreno estricta-

mente gnoseológico, es decir, el terreno en donde la Lógica

y las Matemáticas se nos configuran, ante todo, como

«ciencias formales». La Lógica formal, como las Matemá- ticas, se nos aparecerán entonces, desde la teoría del cie- rre categorial, como construcciones con términos físicos (que, en las ciencias formales son, ante todo, los propios símbolos algebraicos y numéricos) constitutivos de sus campos respectivos. Habrán de existir operaciones (siempre «quirúrgicas») características (composiciones de términos capaces de «arrojar» o determinar otros términos del campo, otros signos) dadas dentro de configuraciones o contextos determinantes. Y entre los términos mediarán ciertas relaciones materiales (semejanzas de figuras, con- gruencias, distancias) que, cuando puedan ser construidas de suerte que haya lugar a la dialéctica de la eliminación de las operaciones por medio de las cuales se establecie- ron aquellas relaciones (lo que tendría lugar en los casos de las identidades sintéticas en las que fuera posible resol- ver las verdades lógicas y matemáticas) permitirían hablar de cierres categoriales en cada una de estas ciencias o de sus unidades mínimas (que llamamos teoremas). Desde la

perspectiva gnoseológica, por tanto, tenemos que aplicar- nos antes al análisis de las diferencias entre los procedi- mientos j/wtóf/z'fo-semánticos de la Lógica y de las Matemáticas que a las consideraciones metafísico-semán- ticas sobre las diferencias entre la res cogitans y la res exten- sa. En modo alguno pretendemos insinuar que la perspec- tiva gnoseológica no haya sido jamás sospechada. Ante las construcciones de Boole, pese a su aspecto matemático, se observó de inmediato que sus operaciones (suma y producto) se diferenciaban de las operaciones homónimas matemáticas por la idempotencia (a + a = a ; a x a = a):

por consiguiente,'resultaba obvio trazar la diferencia entre Lógica y Matemáticas alegando estas características sintac- tico-semánticas («formales») de las operaciones respecti- vas (el álgebra lógica compondría sus términos por ope- raciones de suma y producto idempotentes, a diferencia del álgebra matemática en la cual la suma y el producto no son idempotentes). Este criterio de demarcación, aunque sea insuficiente, impreciso y, tomado en general, erróneo, es, sin embargo, diríamos, un criterio estrictamente gnoseo- lógico —un criterio que se mantiene en la «escala gnoseo- lógica». Pero el criterio es insuficiente, puesto que la Lógi- ca formal también utiliza operaciones no idempotentes (por ejemplo, p / p = p). Es también impreciso y oscuro, puesto que deriva de la propia situación planteada por Boole en tanto denomina producto y suma (designándolas por los mismos símbolos: «x» y « +»), a operaciones que, precisamente por ser idempotentes, no tendrían por qué llamarse ni producto ni suma. (La interpretación de la suma lógica, en los «círculos de Venn», mediante el raya- do total, es engañosa puesto que también puede haber reunión de clases en el caso en el que algún círculo se mantenga sin rayar). Según esto, decir que la Lógica se caracteriza por utilizar un producto y una suma idempo- tentes es un modo de rectificar aquello mismo que dio lugar al concepto de «idempotencia del producto» o «idempotencia de la suma», a saber, la decisión de desig-

na

Es, por último, el criterio de Boole, tomado en absoluto,

erróneo, porque también hay casos de idempotencia en

er a n i sum a n i producto .

r

po r

«+ »

y

«X» a l o qu e

n o

EL BASIUSCO

Matemáticas, y no sólo en la Aritmética (1x1 = 1; 0 + 0 = 0) sino también en ef Cálculo (la operación deri- vación, D, aplicada a la función exponencial, puede llamar- se idempotente: D e" = e"). En cualquier caso, la idempo- tencia no es ni siquiera una característica que haya de considerarse primaria de las operaciones lógicas producto o suma; puede obtenerse a partir de las características mo- dulares, distributividad, etc. (22). Pero, con todo, el crite- rio de Boole (idempotencia / no idempotencia), aunque no sea verdadero, no es enteramente extrínseco, se man- tiene en lo que consideramos «escala gnoseológica»; nos da, por así decir, la tesitura de esta escala y, por ello, en cierto modo podría decirse que todo cuanto vamos a exponer sobre los «criterios de demarcación» entre Lógi- ca formal y Matemáticas, lejos de ser algo nuevo e inaudi- to, podría considerarse simplemente como una explana- ción y reconstrucción del criterio «formal» de Boole, como el ensayo de perseguir hasta el fondo sus conse- cuencias gnoseológicas.

Pero también queremos agregar otra cosa: la natura- leza «formal» de la línea gnoseológica de demarcación entre Lógica y Matemáticas que buscamos (así como la naturaleza «formal» de las propias características gnoseo- lógicas de la Lógica —y de las matemáticas— que se des- prenderán de aquella demarcación o bien contribuirán a trazarla) no significa para nosotros independencia por respecto de la Ontología, por respecto de los esquemas ontológicos de los cuales hemos hablado en puntos ante- riores. La «neutralidad» eventual respecto de algunos (o de cada uno de todos ellos) no significa independencia de todo esquema ontológico, del mismo modo que la verdad de la fórmula p ^ (q v r v s v t), aunque pueda mantener- se neutral por respecto de cada una de las proposiciones interiores al paréntesis, en particular, no admite la posibi- lidad de eliminar todas estas proposiciones como falsas. Dicho de otro modo: el análisis gnoseológico no es inde- pendiente de la Ontología y, por ello, no tenemos que en- tender como extraños y disparatados (en el momento de caracterizar a la Lógica y a las Matemáticas) a todos los es- quemas ontológicos (incluso metafísicos) que hemos cita- do (así como a otros muchos que podrían citarse), ni te- nemos por qué interpretar esa exposición como un peno- so trámite previo, conveniente, a lo sumo, para despejar nuestro campo gnoseológico señalando los tipos de crite- rios metafísicos impertinentes que han de ser segregados. Por el contrario, la mencionada exposición de los criterios ontológicos encierra más bien el sentido de una enume- ración de alternativas entre las cuales fuera preciso elegir, un recuento de perspectivas implícitas en las cuales esta- mos comprometidos, una crítica a la ingenua creencia de quien pretende mantenerse en una «limpia» posición neutral: la Gnoseología es, decididamente, una disciplina filosófica.

En este artículo explicitaremos las posiciones ontoló- gicas que envuelven a los criterios «formales» que vamos

(22) Es muy conocida la derivación a partir de ios postulados de Hun- tington (sobre cuya significación gnoseológica podremos decir algo más adelante). Vid. Douglas Kaye, Sistemas booleanos, 4. 5 (trad. esp. Alham- bra, 1979. pág. 111):

(1)

x. x = x. x + 0

[Módulo].

(2)

X. X + 0 = X. X + X. x' [Complementación: 0 = x. x']

(3)

X. X + X. x' = X. (x + x') [Distributividad regresiva]

(4)

X. (x + x') = X. 1 [Complementación: 1 = x + x']

(5)

x.l= x [Módulo]

(6)

x. x = x [Transitividad de « = »]

21

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a presentar. Pero sí creemos preciso subrayar cómo las

conexiones entre la Gnoseológia y la Lógica formal o la Matemática formalizada (o científica) y las diferentes al- ternativas (o Ideas) ontológicas, las perseguiríamos a tra- vés de las categorías (no formalizadas) en las cuales se inscriben tanto la Lógica formal como la Matemática cien- tífica: respectivamente, Ja Lógica «mundana» (la lógica utens, por ejemplo, la «lógica del rústico» de los escolás-

ticos —que habría que extender a la propia conducta zoo- lógica— o la Weltlbgik husserliana, la «lógica operatoria preverbal», etc.) y la «aritmética» (o, «geometría») pre- científícas. Es pura pedantería la tendencia a recluir la lo- gicidad (y aún la «razón») en el recinto de la «Lógica for- malizada» (aquello que los escolásticos llamaban «lógica artificial» o «lógica docens», oponiéndola a la lógica natu- ral (—la lógica del «rústico», en términos sociológicos, pero también la lógica utens, «espontánea», del matemá- tico o del físico, en términos gnoseológicos), la tendencia

a suponer que las «crisis de fundamentos» de las Matemá-

ticas (crisis que se dibujaban en el terreno de la metamate- mática, de la Lógica) constituía una efectiva amenaza contra

su edificio secular y que las soluciones lógico formales de las antinomias apuntalaron el presunto edificio en ruinas (porque las Matemáticas seguían tranquilamente su curso sin apercibirse a veces de esas supuestas grietas (23). Quien no posee, a partir de su formación propia (dada ya en su lenguaje materno) la organización lógica, no podría siquiera entender los silogismos. Por ello puede incluso resultar ridículo quien, poseyendo el conocimiento de al- gunas fórmulas lógicas «artificiales», cree poder poseer a

la vez la lógica utens de campos materiales determinados,

pongamos de las matemáticas, aún cuando (para decirlo con palabras de Feijoo), las «baratijas de las summulas sir- ven muchas veces tanto para acreditar a un mentecato, como para deslucir a un docto» (24) —aplicaríamos, por nuestra cuenta, el diagnóstico de Feijoo a esas baratijas lógico formales de tantos metamatemáticos mentecatos que, desconociendo la práctica asidua de las Matemáticas, creen dominarlas a través de los sumarios ejemplos sumi- nistrados por quienes elaboraron las propias fórmulas ló- gicas. Y no tratamos con esto de alinearnos en las posi- ciones de quienes -declaran inútil o superfina la Lógica for- mal en nombre de la espontaneidad de la Lógica utens de cualquier «cerebro bien organizado». La lógica formal

(2 3) En algún sentido podría afirmarse que las antinomias no son tanto «contradicciones formales»'que fuera preciso despejar para hacer posi-

ble el ejercicio mismo de la construcción matemática, cuanto contradic- ciones efectivas que es necesario ejercitar para que sea posible la repre- sentación no contradictoria de la construcción misma, de la construcción representada. Las antinomias lógicas giran principalmente en torno a la naturaleza misma de las clases definidas por predicados; se suscitan las antinomias precisamente cuando estos predicados son entendidos como

ofrece construcciones autónomas, que arrojan situaciones en las cuales la fertilidad y heterogeneidad de los proce- sos que llamaremos de «identidad autoformante» se nos hacen presentes, en contra de toda presunción de la iden- tidad autoformante como «reino de la homogeneidad»:

las identidades autoformantes de la Lógica de proposi- ciones son muy distintas de las de la Lógica de predicados;

el problema de la decisión se plantea de modo distinto en

unas y en otras. Por eso, la Lógica formal puede, a la vez,

ser un instrumento de análisis, un marco de referencia desde el que podrá medirse el alcance de las «desvia- ciones» de las trayectorias de las diferentes construccio- nes categoriales, mutuamente consideradas.

Si nosotros, con todo, pretendemos trazar unos cri- terios «formales» de demarcación entre Lógica formal y Matemáticas, no en virtud de un supuesto de desconexión con la Ontología, sino en nombre de una Ontología que nos permite (creemos) asumir a las propias fórmulas como «entes», en virtud de la ontología implícita en lo que lla- mamos materialismo formalista (25). La Lógica formal, o las álgebras matemáticas científicas, antes que ser una re- flexión (un reflejo) de la Lógica mundana o de la Mate- mática tecnológica, serán entendidas aquí como una parte del Mundo, como im artefacto (construido en el plano bi- dimensional del papel o de la pizarra) que lleva en sí una lógica interna particular y cuyo privilegio, como metro o canon, reside en la propia artifíciosidad de sus términos (figuras) en tanto han sido construidos y reconstruidos ín- tegramente por los hombres de una cultura determinada.

N o por ello las relaciones entre esos términos «artificiales»

o «convencionales» son arbitrarias, como tantas veces se

h a pensado . Tesis tenaz de tantos teóricos que no" han lle- gado a comprender que la Lógica formal no es un «refle- jo» de la Lógica universal (como si sólo en el supuesto de que la Lógica formal expusiese la trama de cualquier mun- do posible, ella pudiese ser necesaria). Por nuestra parte, sugerimos que entré esos términos convencionales, pue- den anudarse relaciones necesarias, relaciones que des- bordan a las propias operaciones por medio dé las cuales se configuraron y se compusieron, relaciones que permi- ten «eliminar» (neutralizar) los propios sujetos operato- rios (exigidos, sin embargo, dialécticamente) como ocurre cuando en las llamadas «tablas semánticas» de la Dialógica (26), se atribuye a un interlocutor (a un sujeto gnoseoló- gico) la posibilidad de «ganar siempre» en cualquiera de las opciones (operatorias) de sus interlocutores. Es pura metafísica reservar la necesidad solamente a aquellas rela- ciones establecidas entre los términos dados en la Natu- raleza (los de la Física o de la Química) como si los térmi- nos de esa Naturaleza fueran (a diferencia de las crea- ciones humanas) eternos. La escala en la que aparece la ra-

predicados

«distributivos» (al. menos esta sería una propensión del «lo-

gicismo») sin tener en cuenta la naturaleza atributiva propia ordinaria- mente de un conjunto definido por recurrencia, inductivamente (o, si se prefiere, por medio de definiciones «impredicativas», en tanto estas pueden coordinarse con las totalizaciones atributivas); por tanto, algo que debe ser construido de acuerdo con el llamado «intuicionismo». Según esto, la oposición entre el «logicismo» y el «intuicionismo», si se entiende como oposición disyuntiva, no podría ser considerada «desde fuera». Habrá que entender la oposición como oposición entre una in-

(25) La significación gnoseológica del «materialismo formalista» no hay que ponerla tanto en la consideración de los signos (lógicos o matemá- ticos) como constitutivos del campo de la Lógica o de la Matemática (te- sis defendida, en gran medida, por el Wiener Kreis) cuanto en la consi- deración de las figuras de esos signos como entes físicos fabricados, del mismo rango que los otros entes del mundo físico categorial. Esto es precisamente aquello que no se subrayó en el Wiener Kreis - y de ahí su tratamiento de la Lógica y las Matemáticas como cíencÍ2iS formales, caren-

terpretación intuicionista del logicismo y una interpretación logicista del intuicionismo. Nosotros (situados en posiciones constructivistas) diría-

tes de sentido, tautológicas o analíticas, conjuntos de reglas de transfor- mación convencionales, como si el modo formal de hablar, el hablar sobre

mos que las fórmulas adquieren su aspecto de tales representativamente,

palabra,

fuera siempre distinto del modo material, del hablar sobre las

pero que su ejercicio mismo es constructivo. Sirva de ejemplo la defini-

«cosas» (vid. G. Bueno, Ensayos materialistas, Madrid, Taurus, 1972,

ción logicista del «12» (Vid. G. Bueno, El papel de la filosofía, Madrid, Ciencia Nueva, 1970, pág. 83).

pág. 324).

'

.

(26) Vid

Hans

Leak, Kritik der logischen Konstanten, Berlín, Walter de

(24)

Teatro Crítico, tomo VIII, discurso XI.

Gruyter, 1968, págs. 563 sgtes, y 599.

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cionalidad y la logicidad es, suponemos (27), la escala de

nuestro cuerpo, de nuestras manipulaciones (de nuestras «operaciones quirúrgicas»). Y aquí pondríamos él privile- gio de las «ciencias formales» (frente a las ciencias reales), su llamado apriorismo, que no haríamos consistir tanto en su vaciedad (en la evacuación de todo contenido, en el «no referirse a la realidad») cuanto en su materialidad artifi- ciosa (combinatoria de elementos discretos) en su condi- ción de metros solidarios a nuestro cuerpo manipulador, que no podemos menos de «llevar siempre con nosotros» cuando nos enfrentamos con el mundo. Traduciendo la fórmula kantiana: es nuestro' cuerpo operatorio (no nues- tra «mente», o nuestro «Ego») aquello que acompaña siempre a todas nuestras «representaciones» racionales. La Lógica formal no será así tanto el «reflejo mental» de

la Lógica universal, ni la «trama a priori» del Mundo, cuan-

to la construcción de un campo cerrado en un espacio de dos dimensiones (las «leyes» en dirección izquierda / de- recha; las «reglas» en la dirección arriba / abajo) y man- tenido dentro de unos márgenes de temperatura precisos. Un universo de símbolos, solidarios a nuestro cuerpo y no siempre coordinables isomórfícaménte con otras regio- nes de nuestro mundo, pero entre los cuales broten rela- ciones necesarias. (Podría decirse en este sentido que la

Lógica formal es la Lógica de un mundo a 20° C; en las cercanías del Sol, es evidente que la Lógica formal desapa- rece). Los símbolos «p», «q», «r», de la Lógica de propo- siciones, por ejemplo, no serán entonces interpretados como «emblemas» (a veces incluso llamados «variables») de proposiciones gramaticales (generalmente chistosas, al menos en los tratados anglosajones de Lógica: «p significa 'la luna es un queso de bola'») sino variables booleanas (ordinariamente) que pueden ser sustituidas por los sím- bolo s «1» y «O» (28). Tampoc o estos símbolos puede n tomarse como «emblemas» de una verdad o falsedad que se encuentre «más allá» del papel (como las referencias de

Frege) : los símbolos «1» y

y no alegóricos.

«O» son, diremos, tautogóricos

Aunque sin pretender desarrollar aquí esta cuestión inmensa, introducimos la distinción entre los signos no-tautogóricos y los tautogóricos, por un lado y la distinción entre los signos no-autónimos y los autónimos, por otro. Los nombres de estos conceptos proceden de distinciones empíricas o externas, que se yuxtaponen las unas a las otras (29). Queremos con esto decir que proceden de taxonomías basadas en la observación de ciertos rasgos poseídos por algunos signos, y no por otros; rasgos que pareció interesante destacar, pero sin que por ello se nos mostrase la conexión de estos rasgos entre sí y con la ra- zón misma de signo (y no por que estas conexiones no

(27)

G. Bueno, El papel de la FU., op. cit. pág. 94 sgtes.

(28) Los embrollados problemas que se suscitan en torno a la «implica-

ción formal» («Puesto que p—>q

que la proposición '. Si 2 + 2 = 5, entonces la Luna es un satélite natural

de la Tierra'es verdadera») derivarían, en gran medida, de esta confu-

sión entre las letras p, q

booleanas sobre {1, 0 } y p,

q como emblemas de frases.

es 1 para p = 0, q = 1, hay que decir

como variables

(29) Sobre el término «tautogórico», vid. Scheliing, Einleitung in die Philosophie der M.ythologie, Achte Vorlesung, en Schellin¿s Werke, Sechster Band, pág. 197 sgts.; Scheliing remite «tautogorisch» a Cole- ridge. Sobre el término «autónimo», ver Carnap, Logische Syntax der Sprache. Springer, 1934, pág. 542. Kleene (Logique mathematique, pág. 14) reconoce el uso autónimo (= en el cual un término se designa a sí mismo) de muchos símbolos, subra- yando cómo tal uso introduce confusión entre lenguaje y metalenguaje.

EL BASILISCO

existieran). Algo así como si clasificásemos los signos en amarillos y no-amarillos: a esta clasificación podría otorgár- sele un estatuto empírico (sin perjuicio de que su impor- tancia pueda ser muy grande en Etología). Cuando clasifi- camos los símbolos en gráficos y orales, o incluso cuando los clasificamos en icónicos e índices (como los clasificaba Peirce, atendiendo a la circunstancia de que los signos podían tener relación de semejanza o de contigüidad con los objetos significados), la clasificación, por su modo, si- gue siendo empírica, propia más del «método de investi- .cgación» que del «método de exposición». Porque la seme- janza o la contigüidad, pongamos por caso, —^mientras no se muestren articuladas a la Idea general del signo-no son rasgos internos (pertinentes) a la razón de signo (y, en todo caso, no son disyuntos). Incluso podría afirmarse, desde un cierto punto de vista, que estos rasgos no sólo son externos sino también incompatibles con la verdadera razón de signo: Platón, en el Cratilo, ya advirtió cómo la semejanza (digamos: estética) no es pertinente para elabo- rar un concepto de signo lingüístico (30). De hecho, «se- mejanza» es un concepto muy ambiguo, puesto que todo es semejante en algún respecto a todo. Decir, por tanto, que el icono hace referencia al objeto en virtud de la se- mejanza de sus propiedades intrínsecas a ese objeto, es olvidar que la semejanza es justamente una relación que resulta de la conexión signitiva, antes que una relación previa a ella; por tanto, que la semejanza es más bien un resultado del significar (según determinado contenido de semejanza, creado por el mismo signo) y no un rasgo objetivo de los significantes (31). Y en cuanto a la conti- güidad (sobre la que se erige el concepto de signo índice) tenemos que decir que, hasta cierto punto, y por sí mis- ma, es una característica que parece excluirse del concep- to mismo de signo, en la medida en que éste envuelve una relación apotética (de distancia, o lejanía). En el caso límite, el significante, de tal modo contiguo al significado que se fundiese con él, no sería signo, por su condición de signum sui absoluto: la huella es signo del pié, en la medida en que éste se halla alejado y el dedo índice es signo en la medida en que señala a lo lejos el objeto, no en la medida en que lo aprehende (32).

La importancia de estas clasificaciones para el análisis de los signos lógicos es obvia. Peirce ponía, como ejem- plos paradigmáticos de sus signos icónicos, precisamente a los signos lógicos (los iconos o bien son imágenes o bien son diagramas, o bien son metáforas; los diagramas de Euler utilizados en Lógica serían signos icónicos). Pero

(30) Platón dice claramente que el nombre es una imitación déla cosa y que la imitación no tiene un sentido onomatopéyico (el que alcanza en los músicos, o en los que imitan a corderos o gaUos sin nombrarlos): la imitación de que se habla es «imitación nominativa» (ovofia^ELv). Y esta imitación (diríamos en términos actuales) tiene lugar al nivel de la «se- gunda articulación»: «La imitacón de la esencia se hace con sílabas y con letras» (Cratilo, 424-b).

(31) Cratilo, loe. cit.: El autor de las palabras (ó ovonCxbriKÓg)'capta, por ejemplo, la esencia o naturaleza del movimiento con el sonido x, que es, él mismo, una agitación de la lengua, una vibración, un movimiento y, por ello, las palabras que expresan movimiento contienen el sonido x, Diremos: las palabras con x que expresan movimiento son autogóricas a nivel de la «segunda articulación» y de un modo no «arbitrario» (con- vencional, etc.) sino «natural-cultural», puesto que el propio concepto esencial de movimiento estaría él mismo tallado operatoriamente en ese sonido X.

(32) BL Buhler, Teoría de la expresión, VIH,

dríguez Sanz, Madrid, Rev. Occ. 1950, pág. 159.

3. Trad. esp. de Hilario Ro-

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con esto se nos lleva sólo ante una situación muy oscura- mente entrevista, porque de lo que se trata es de determi- nar los límites y función de la semejanza icónica. Esta semejanza, en Peirce, sigue siendo tan externa o empírica a la razón de signo como la propia contigüidad, o incluso como la ausencia de semejanza y contigüidad en lo que él llama smbolos (arbitrarios), cuyo concepto resulta ser así puramente negativo. La posibilidad misma de este concepto de signo arbitrario manifiesta que se está pensan- do en clasificar a los signos externamente, sin atender a la coiiexión entre significantes y signos, conexión que, supo- nemos, nunca puede ser externa {acausat), cuando nos re- ferimos a los signos en general. Los llamados signos con- vencionales o arbitrarios sólo son posibles en un contexto de signos no arbitrarios y su misma constitución como sig- nos excluye su propio uso arbitrario (como ya Platón sabía ñrente a Hermógenes). Y por lo que se refiere a Peirce, añadiremos que lo que él sobreentiende como conexión interna —la semejanza, la contigüidad— no apa- rece siquiera presentada como tal, sino que se nos ofirece como empírica, externa. Nosotros queremos atenernos a la consideración de los signos y, más concretamente, de aquellos signos (que llamaremos smbolos (33)) cuyos obje- tos no están perfectamente determinados, puesto que precisamente se determinan en el acto mismo del signi- ficar, en tanto que en ellos se tenga presente la relación real (a través del sujeto operatorio) entre el significante y el significado (relación que suponemos envuelve, a su vez, la conexión de cada significante con otros significantes y del significado con otros significados, puesto que es un puro prejuicio el entender la relación entre significante y el significado como si fuese una relación binaria).

La consideración de los procesos causales en la es- tructura de la relación entre el significante y el significado es obligada para toda metodología materialista (metodolo- gías pavlovianas, y, también, en general, behavioristas), antimentalista. Pero «mentalismo», en nuestro contexto, equivale al tratamiento de los componentes semánticos de los signos como si fuesen algo independiente de los com- ponentes pragmáticos, como si pudiera separarse lo que Austin llama contenidos «locucionarios» de la. fuerza «ilo- cucionaria»-ordenar, rogar, enunciar y, en particular, de los efectos «perlocucionarios» (34). Desde nuestro punto de vista, todo contenido semántico sólo puede entenderse como algo que está brotando en el seno de los procesos pragmáticos (causales), aunque no se reduce a ellos y, menos aún, aja función de comunicación (dialógica). Todo proceso simbólico y, eminentemente, los procesos co-" municativos, han de ser conceptualizados por medio de esquemas |3-operatorios («considerar un ruido o marca como habiendo sido producido por un sujeto con ciertas intenciones»), dice J.R. Sear (por cierto, con expresiones mentalistas residuales). Pero no se trata sólo de advertir que en los procesos simbólicos debe de haber siempre un momento causal realizativo (v. gr. un efecto perlocuciona- rio). Se trata de analizar la pertinencia significativa de tales efectos. Atenerse a cualquier efecto del acto del ha- bla, es tanto como oscurecer su análisis. Si «¡fuera!» no

(33)

de 5 / Basilisco.

Vid. G. Bueno, Imagen, Símbolo y realidad, en este mismo número

(34) J.L. Austin, Hmv to Do Things with Words, Oxford, 1962. J.R. Searle, Speech Acts, Cambridge University Press, 1970.

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produce en el oyente promedio el acto de salir —o la re- sistencia a ese imperativo— esta expresión no sería el sig- no consabido, puesto que no cabe atenerse a la «intención perlocutiva» de quien la emite, si no queremos replegar- nos al más ingenuo mentalismo.

Suponemos, en resolución, que las relaciones entre significante y significado no pueden considerarse como algo dado «mágicamente» (sean o no relaciones de seme- janza, o de contigüidad) sino como algo que está hacién- dose continuamente, haciéndose operatoriamente (p-ope- ratoriamente) en el proceso circular de los animales que utilizan signos, aunque desbordando constantemente este círculo (porque no todo signo se agota en su función co- municativa). Se trata de una relación indisociable de los procesos causales, vinculados a los mecanismos de condi- cionamiento de reflejos. Los signos lógicos son smbolos-es decir, signos, signos cuyo significado se determina en el propio proceso del significar, que haríamos consistir, en su caso, en su propia composición legal operatoria, (recu- perando, de este modo, el concepto hilbertiano de las de-

finiciones

impícitas

de los símbolos lógicos).

Desde esta perspectiva, redefiniremos los smbolos au- tónimos como símbolos en los cuales el significado es «causa» del significante qua tale (aunque no recíproca-

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mente, de modo necesario) y no de cualquier manera (en la apelación perlocutiva «¡fuera!», el salir puede ser causa de que «¡fuera!» signifique /salir/) sino de suerte que re- sulte un significante semejante, y precisamente según un contenido material de semejanza recortado en el proceso mismo, al significado. El significante resultará ser así parte lógica del significado, como en los símbolos antónimos autoreferentes. Cabría pensar, sin duda, que este concep- to de signo auton'mico cae bajo el interdicto russeliano re- lativo a la formación de expresiones de la forma cp (qp), expresiones que se relacionan con las llamadas definicio- ne s impredicativas (las qu e define n X|, po r pertenece r a un a clase definida por un predicado que, a su vez, depende de Xk). El interdito de Russell, como es sabido, conduce a la teoría de los tipos lógicos. Una función proposicional, pues, (¡p (x) no puede ser valor de sí misma o no serlo; tan- to qp (cp) como"(p(cp) son expresiones sin sentido (35). Si considerásemos a un signo como asimilable a una función proposicional respecto de sus referencias 5 (x), al signo autoreferente {signun sui) signo absurdo directamente, pero no cuando se le considera como resultado de un pro- ceso constructivo de relaciones reflexivas construidas a partir de relaciones no reflexivas le correspondería la forma g (5). Sin embargo, cabe aflojar este nudo de ma- neras diversas, incluida la solución consistente en no apre- ciar aquí autoreferencia (sólo una pseudo autoreferencia):

Porque en g («g») el signo de g es « » y \3i autonimia hay que ponerla en la primera , no en la entrecomillada. Cabría aflojar también el nudo, en el supuesto que la asi- milación fuese aceptada, volviendo sobre los propios fun- damentos de la prohibición de expresiones del tipo qp (qp). En efecto, esta prohibición se introduce, como es sabido, para evitar la contradición (autonímica) que resulta al to- mar un (p tal como impredicable (Impred. (p = "Impred. sustituir qp por el propio término: Impred. q) = "Impred. (Impredic). Se evita esta contradición, desde luego, de- clarando a qp (qp) expresión sin sentido. Pero esta declara- ción se justifica ex consequentis, es decir, se funda en la de- cisión ad hoc de evitar una contradicción. Pero cabría mantener una decisión opuesta, la de aceptar la contradic- ción se justifica ex consequentiis, es decir, se funda en la decisión ad hoc de evitar una contradicción. Pero cabría mantener un decisión opuesta, la de aceptar la contradic- ción resultante. En todo caso, en el supuesto de que se quisiera evitar la contradicción, podríamos pensar en to- mar las cosas «más de cerca» prohibiendo no ya qp (qp) sino 'qp Cf)> como fórmula que corresponde a la de los predicados que producen antinomias («impredicable» «catálogos que no se contienen a sí mismos») y en base a que los predicados negativos («impredicable») son con- ceptos de una forma lógica muy diferente a la de los con- ceptos positivos.

El signo auton'mico no es, pues, un signo meramente icónico (digamos: accidentalmente icónico). Su iconocidad ha de figurar como causada por el significado qua tale (diríamos: su iconicidad es intrínseca). «Palabra» es una palabra en la medida en que sólo podría formarse un sig- no de los elementos del supuesto conjunto sistemático de las palabras, y un signo que sea él mismo parte de ese conjunto, a partir de los propios elementos del sistema (autocontextualidad): por esto es preciso suponer que el conjunto de referencia es sistemático, cerrado. «Polisíla-

(35) J.R.

Weimberg, Examen del positivismo lógico, trad. esp

1959, pág. 34 sigtes.

Aguilar,

bo», en cambio, es un signo meramente icónico, porque se podría designar a los polisílabos con signos monosi- lábicos, de la misma manera que los signos monosilábicos del conjunto de referencia se designan por el polisílabo «monosílabo».

Redefiniremos los signos tautogóricos como aquellos signos en los cuales el significante es causa (con-causa) del significado, sin que por ello éste deba ser semejante a aquel —dentro del orden material de semejanza perti- nente. «¡Vamos!» es un significante que causa el signifi- cado (o su opuesto, etc.) en el que estoy implicado. La si- tuación límite es el signum sui, porque entonces el signifi- cante nos remitiría ordo essendi al significado: Tal es la situación de los signos mágicos (el sacramento, en la Teolo- gía católica, se entendía como signum rei sacrae nos santi- ficantes). Cuando el signo (el conjunto de elementos y proce- sos que componen un signo) es a la vez autonmico y tauto- górico, será llamado autogórico. El fuego es causa natural del humo —significante, «signo instrumental» —pero no por ello el humo es signo autogórico. Cuando XIL autorí mia confluye con la tautogona podría decirse que se cierra el circuito causal-semántico, de suerte que, en este circuito, ocurre como si el significante «regenerase» el significado,

y recíprocamente. La «flecha del tiempo» podría valer

como ejemplo de signo autogórico, si suponemos que ella significa el Tiempo en virtud del mismo movimiento

(=tiempo) significado que la conforma comp significante;

si suponemos que, si la flecha puede significar el tiempo

(y no una mera figura espacial de partes «simultáneas»), es sólo en virtud del movimiento de la mano de quien la traza o acaso del movimiento del ojo de quien, recorrién- dola precisamente en un sentido, la percibe.

Ahora bien: Nosotros presuponemos aqm' que los símbolos de la «lógica formal», no ya cuando se toman co- mo símbolos aislados, sino cuando se consideran como episodios de cursos operatorios (en los cuales cobran su genuino sentido), son símbolos autogóricos.

Si el silogismo formal de sustitución (A = B A B =

= C —> A = C) es un teorema lógico sin necesidad de que

los términos algebraicos (A, B, C) figuren como emble- mas de entidades exteriores, es porque en el plano de los símbolos (de su suppositio materialis) —símbolos autogóri- cos— se ejercita un caso particular de operaciones lógicas de identidad, de sustitución silogístico-algebráica, siempre que el símbolo «=» se interprete como un relator subor- dinado a un operador de sustitución (decir que A = B es decir que puedo sustituir A por B): esta sería la razón principal por la cual un Algebra no se entiende —no sólo no se «aprende»— leyendo, sino escribiendo. (Aquí no

cabe distinguir entre «escribir sobre las cosas» y «las co- sas mismas», entre «palabras» y «cosas», porque las pala- bras son aquí las cosas, y el escribir es tanto como un mani- pular, el hablar es por sí mimo un ensamblar, es decir, como ya vieron los estoicos, un logos operatorio). La ver- dad lógico formal no residirá, cierto, en los símbolos «1»

ó «O» (o en sus referencias extraformales), sino en las re-

laciones entre las variables operadas y esos símbolos. Por ejemplo, en-la relación pv^ = 1, en cuanto excluye (exi- ge tachar, o borrar) la fórmula p v'p = 0. Por ello, como diremos más abajo, el mejor modo de simbolizar la ver- dad formal de la fórmula p v ^ = 1 sería utilizar el símbolo «1» metalingüísticamente en una fórmula del tipo (p.v"p = ,= 1)=1 ; podemos escribir en cambio (pvp'=0 ) = 0,

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pero a su vez [(pvp = 0) = 0] =

de las relaciones entre las verdades lógico formales y las verdades «materiales» (por ejemplo, las verdades de las proposiciones gramaticales), insinuadas en el teorema de deducción, nos remite de nuevo a la Ontología (nosotros creemos que es preciso introducir aquí la consideración de un postulado de sinexión —no meramente de isomor- físmo—) y, en particular, el análisis de las conexiones (de la symploké) entre los diversos géneros de materialidad, en. los cuales los diferentes esquemas ontológicos fueran encontrando realizaciones lógicas. La posibilidad de ex-

tender a otras categorías del mundo las fórmulas lógicas (de identidad) que brotan sin duda de la propia opera; toriedad corpórea de los sujetos humanos (y animales) socialmente implantados —y que incluye, sin duda, la continuidad biológica de las corrientes de conciencia dadas en cada sistema nervioso —entre los objetos del mundo físico o matemático—, así como las inconmensurabilida- des que aquella extensión envuelve, nos remite a la cues- tión filosófica de las conexiones de los hombres con el mundo y de los términos del mundo entre sí.

1 (36). La cuestión

En cualquier caso, lo que queremos decir es que no nos -parece adecuado pensar las relaciones entre Lógica for- mal y las restantes ciencias categoriales acogiéndonos a la distinción entne forma y materia (o realidad, v. gr., realidad empírica), en el sentido más general que la filosofía tradi- cional otorga a esta distinción, sentido general que corre a

través, no sólo de la filosofía escolástica, sino también a tra- vés, no sólo de la filosofía escolástica, sino también a tra- vés de la filosofía transcendental (de Kant a Husserl), y a través de la filosofía neopositivista. Nosotros no creemos que pueda decirse, con fundamento gnoseológico, que la

Lógica (y aún

ta, por ello, a las restantes ciencias categoriales, que serían las ciencias materiales (o «reales», divididas a su vez -según

la célebre clasificación de Wundt- en «ciencias de la Natu- raleza» y «ciencias del Espíritu»). Desde una ontología ma- terialista, la oposición entre forma y materia, aunque no puede ser negada, debe ser reducida a los términos de una oposición entre materia y materia (37). Forma y Mate- ria son conceptos conjugados (38). Y es muy importante profundizar en la sospecha de si la problemática tradicio- nal de la Teoría gnoseológica de la Ciencia —en rigor, su problemática constitutiva— no está precisamente configu- rada sobre el esquema de una oposición «metafísica» —aunque inevitable— entre unas presuntas «formas» del conocimiento y un «material» conocido a través de aque- llas formas. (Lo que es «formal» suele a veces coordinarse con la «subjetividad», con el «sujeto cognoscente» —^in- dividual o social— pero no necesariamente: podría defi- nirse el llamado «realismo epistemológico» como la doc- trina que atribuye al sujeto cognoscente el papel de una «materia» que es con-formada por las figuras de la realidad física o, acaso, transfísica, «ideal-objetiva», platónica, como suele

Si esto fuese así, las grandes opciones disponibles pa- ra la Teoría gnoseológica de la Ciencia serían las siguien- tes:

(I) Opciones de tendencia «monista», reduccionista:

la Matemática) sea una ciencia formal, opues-

(36) Vid., abajo, IV, 3.

(A) Ant e todo, el reduccionismo de la «forma» a la «materia». Las formas lógicas (aquello que es sobreenten-

dido como tal, por ejemplo, ciertas estructuras lingüísti- cas) serán percibidas como instrumentos subjetivos por medio de los cuales la materia puede ser apresada (como

se apresan los peces en la red), a la vez que «deformada»

y aún ocultada. La verdad científica objetiva tenderá a ser

concebida como aquella parte de la realidad que se nos hace presente por sí misma, mediante la disciplina de eli- minación de las forrnas (la escalera que hay que tirar des-

pués de haber subido). Tal es la disciplina que inspira a las concepciones descripcionistas, empiristas o fenomenoló- gicas de la ciencia. El descripcionismo gnoseológico podría ser de este modo, visto como un reduccionismo. La pro- pia concepción neopositivista de las formas lógicas como tautolog'as (por respecto de la materia empírica) podría entenderse a la luz del esquema descripcionista, del esquema de la verdad como la «manifestación misma» (áXrjGeia) de las cosas. Así, la teoría de la constatación de M. Schlick (39). Incluso podríamos ensayar la interpreta- ción de la teoría tautológica de las formas lógicas (dado que —suponemos, y más adelante expHcitaremos este su- puesto— las verdades lógico formales no son tautologías desde una perspectiva gnoseológica) como una especie de «seguro» contra el temor que el sujeto, que utiliza «for- mas» como si fuesen «redes», ha de tener ante las propias construcciones de-formadoras del material positivo. Las construcciones lógicas, siendo tautológicas podrán dejar intactos a los materiales empíricos (La teoría tautológica de las construcciones lógicas desempeña así, a su modo,

el trámite de la «eliminación del sujeto», trámite central

en la teoría del cierre categorial). La misma interpretación que W . Stegmüller ofrece del «teorema de Craig» (40) puede leerse también a la luz del descripcionismo. Ahora, las formas son las figuras de «Lenguaje teórico» (LT); la materia se esconde bajo la denominación de «Lenguaje observacional» (Lo). Los «conceptos» teóricos serán decla- rados «superfluos», porque lo decisivo para la ciericia es

el coipjunto de los objetos científicos: los conceptos teó-

ricos pueden ser sustituidos por otros conceptos teóricos distintos, pero de similar potencia gnoseológica.

(B) Las limitaciones de esto que venimos llamando «gnoseología descripcionista» (el «modelo baconiano» de ciencia) explican, por sí solas, la apelación constante, que otros se ven impulsados a realizar, al «reduccionismo for- malista», al constructivismo gnoseológico puro (muchas veces implícito en el llamado «modelo kepleriano» de la ciencia). También el «teoricismo» alumbrado por Popper —^precisamente en dialéctica con el empirismo neopositi- vista— participa intensamente de esta condición de cons- tructivismo formal. A las formaciones científicas se les hará brotar ahora de fuentes autónomas (por relación al material observacional), de fuentes históricas, mitológicas, «inmanentes»: en el límite, los materiales se declararán irrelevantes, moldeables por completo según la dinámica «autónoma» —aunque no por ello gratuita— del desarro- llo científico. Muy cerca de este límite «idealista» vemos

a Feyerabend, a la teoría de la verdad científica como

de M. Schlick en Uber das Vundament der Erkenntnis

en Erkenntnis, IV, 1934, recogido en la compilación de Ayer, trad. esp.

pág. 65.

(39) Konstatierung

(37)

G. Bueno, Ensayos materialistas, op. cit., pág. 338 sgtes.

(38)

El Basilisco, n° 1. «Conceptos conjugados».

(40) Wolfgang Stegmülleri Teoría y Experiencia, trad. esp. Ulises Mouli- nes, Barcelona, Ariel, 1979, cap. VI.

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proyección de formas que logran imponerse soeialmente a otras. (Todavía en Popper alienta el intento de mantener conectadas las «formas autónomas» con el material, si bien la conexión que le es posible reconocer sea pura- mente negativa, \a.falsabilidad). Pero a lo más que pueden llegar estas concepciones, es a la verdad-coherencia.

(II) Opciones de tendencia «dualista», opciones que sustancializan tanto los momentos formales como los momentos materiales de las ciencias, tratando de dar cuenta de su conexión por medio de una teoría de la verdad cien- tífica que gira, de un modo u otro, en torno a la idea de «correspondencia» (adecuación o isomorfismo, encaje, es decir, correspondencia por semejanza o por contiguüi-

dad). La tradición escolástica inspira toda una serie de gnoseologías dualistas; la forma de la ciencia es la forma lógica y la lógica es la estructura misma de la subjetividad racional; pero la subjetividad racional, a su vez, será en- tendida, en virtud de un postulado metafísico, como mí- mesis de la realidad. No le es necesario al dualismo la in- terpretación subjetivista (psicologista) de las formas lógi- cas. También es dualista la concepción tarskiana de la ver-

dad científica, que adscribe {?i forma lógica, ante todo, a la

estructura de los lenguajes formalizados, dejando a los da- tos nombrados por el «vocabulario observacional» desem-

peñar el papel dé materia.

(III) La opción que, por nuestra parte (en la teoría del cierre categorial), hemos elegido es, sin duda, una op- ción dialéctica. Principalmente porque, aunque concede que no es posible prescindir en gnoseología de la distin- ción entre/brwaat y materia, ve también como imprescindi- ble su rectificación (rectificación que no podría hacerse de una vez y globalmente, sino de maneras muy diferentes, minuciosamente y haciéndose cargo de las dificultades

específicas de cada caso). Las formas lógicas habrá que ir a buscarlas al mismo material. Por ejemplo, a propósito del teorema de Craig-StegmüUer, habrá que mostrar cómo ca- rece de sentido oponer un sistema de objetos dados en L

a unos sistemas de conceptos dados en L . Por que el sis-

tema de objetos tiene ya una forma interna, y una forma lógica, la de los aparatos, por ejemplo, sólo a través de los cuales cobran significado los propios símbolos del lengua- je observacional y teórico a la vez, la constante h de Planck, pongamos por caso. Del sistema lógico-formal implicado en el concepto de cuasi-órden dirá Stegmüller que se verifica o no en una balanza y que es cuestión

empírica el establecer si la pesa a es igual a la ¿ (es decir,

a = b) porque si la a equilibra a la ¿ en una disposición de

referencia, seguirá equilibrando cuando se permutan los pesos de los platillos. «Podría existir un mundo en que esto no se diera», dice Stegmüller. Desde nuestro punto de vista, lo que tenemos que decir al respecto es que si puede escribirse a = b, para representar el equilibrio de la primera disposición de pesas, es por que cabe la permu- tación correspondiente Í b = a; porque el equilibrio de las pesas no es algo meramente empírico, sino que él mismo incluye diversas observaciones empíricas tejidas por alguna forma lógica (la que se da, por ejemplo, en las permutaciones de las pesas). Y si los objetos observados y el sistema de los mismos (todo objeto se da en un siste- ma) tienen ya una forma lógica, que es precisamente aquello sin lo cual ningún lenguaje teórico podría tener sentido, resultará que esa «posibilidad de sustituir un len- guaje teórico por otro» nq podrá ir referida al verdadero

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lenguaje teórico de una ciencia dada, sino a algo sustan- tificado y mal entendido como tal (como pueda serlo el sistema de símbolos, de unidades, de escalas o de termi- nología).

La hipóstasis de la Lógica formal está íntimamente li- gada (nos parece) con la tesis que defiende el carácter analítico-tautológico de las verdades lógicas. O, si se pre- fiere, la tesis según la cual las verdades (o teoremas) lógi- cos son analíticos, descansa de algún modo en una hipos- tatización implícita de las formas lógicas. Presuponemos establecida una distinción (no es este el lugar para funda- mentarla) entre las definiciones generales de analiticidad (aquellas que buscan definir el carácter analítico de una oración, proposición o construcción, con abstracción de

su posible condición de «trozo» de un sistema científico)

y las definiciones gnoseológicas (las que van referidas a los procedimientos característicos de las ciencias, y no mera- mente a los «lenguajes formalizados y axiomatizados» —que aparecen también en construcciones no científicas, como la Teología). La distinción es muy importante y nos

parece que Kant la tuvo en cuenta, por cuanto al intentar determinar la estructura de las proposiciones científicas, encuentra, como una de sus conclusiones más importan- tes, que los juicios analíticos no aparecen entre tales pro- posiciones. Por oscuro que sea el concepto kantiano de «juicio analítico» (pese a su aparente sencillez) es claro que Kant considera «utópica», vacía, la clase de las propo- siciones científico-analíticas.

Ocurre también, es cierto, que Kant parece vincular las proposiciones analíticas a la Lógica formal y general (dependen sólo de los principios de no contradicción e identidad). Y este es el aspecto de la doctrina de Kant que ha sobrevivido, sobre todo después de Frege («una verdad es analítica cuando puede ser justificada con la ayuda de las solas leyes lógicas»). «Analítico» será aquel enunciado, no ya sólo cuando su predicado «esté conte- nido» en el sujeto, sino cuando él mismo pueda ser obte-

nido de las premisas de un sistema axiomático, con la úni-

ca ayuda de las reglas formales (de la cuantificación, por

ejemplo). Ahora bien: La claridad de este concepto de analiticidad es aparente, y la crítica de esta apariencia tiene que ver con el núcleo de nuestro asunto principal, con la crítica de la hipostatización de la lógica formal,

como si ésta fuera un conjunto de reglas vacías, generales, aplicables a cualquier materia que pueda ofrecérseles. Pero lo que se pone en duda es que haya sistemas lógicos,

o lingüísticos (que transforman «sinónimos en sinóni-

mos») formales, neutros respecto de cualquier materia --y esta duda debe alcanzar mucho más de lo que alcanzan la mayor parte de las limitaciones a las pretensiones de

pureza del formalismo (al modo, por ejemplo, de P.F. Strawson, en su Introducción a la teoría lógica, II, II, 15). Porque aquello de lo que se duda es de que haya sistemas formales analíticos en sí mismos. La conclusión de un silo- gismo correcto sería analítica: pero sólo cuando se presu- ponen ya dadas las premisas, cuya «composición» es una síntesis. En general, los procesos llamados «analíticos» só-

lo lo son en el supuesto de un sistema de premisas o de

axiomas ya constituido (precisamente, en parte, en fun-

ción de sus conclusiones llamadas analíticas).

Gnoseológicamente, por tanto, más que negar el con- cepto de «analiticidad» lo relativizaríamos, advirtiendo que los conceptos de lo «analítico» y lo «sintético» se

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comportan mutuamente, hasta cierto punto, a la manera como se comportan dos conceptos conjugados (vid. El Ba- silisco, n° 1). Puede decirse que Leibniz tendió a reducir las proposiciones sintéticas al caso de las analíticas, mien- tras que Hume tendió a llevar a efecto la reducción inver- sa. Kant, en cambio, habría utilizado un esquema de «yuxtaposición». Pero cabría ensayar esquemas de índole «diamérica»:

( Analítico no sería algo que pudiera ser referido al

sistema en sí, o a la proposición en sí misma considerada, sino a la autónoma del sistema de referencia (cuando esa autonomía se realice mediante un cierre) por respecto de otros sistemas, en sí mismos sintéticos. (Según esto, serán analíticas la Matemática respecto de la Física, aunque en sí mismas sean sintéticas, como sería analítica la Mecánica respecto de la Meteorología). También cabría ensayar la reconstrucción de vm proceso sintético en cuanto relación entre ciertos procesos analíticos (vid. nota n° 57 de este artículo).

(2) Cuando se presupone que la Lógica formal es un sistema autónomo (o un conjunto de sistemas autónomos —saturados, etc.—), en el momento de aplicarla a ciertos trozos de terceras ciencias categoriales, podría hablarse de construcciones estrictamente analíticas (es decir, lógico- formales, no físicas, o biológicas, o matemáticas) aún cuando ellas sigan siendo, en sí mismas, sintéticas.

(3) En ningún caso, la autonomía de los sistemas ló- gicos sería tal que cupiera suponer que sea capaz de cu- brir la totalidad de un campo categorial distinto del de la Lógica formal; por tanto, que cupiera suponer que una ciencia pueda llamarse analítica, según sus teoremas, cuando estos estén formalizados y axiomatizados. Seme- jante axiomatÍ2ación (el «lenguaje científico formalizado y axiomatizado») sería tan sólo una proyección oblicua de la construcción científica material (sintética) y sería un espe- jismo el ver a esta como reducida lógicamente a aquel lenguaje.

Desde el pimto de vista de esta gnoseología dialéc- tica, las formas lógicas habrán de buscarse en la misma ma- teria empírica «manipulada» operatoriamente, así como la materia empírica de las ciencias lógicas y matemáticas ha- brá que ir a buscarla en la misma «formalidad» tipográfica {autogórica).

Estamos tratando de negar, de este modo, la distin- ción entre ciencias formales y ciencias materiales (o reales), tal como es habitualmente presentada. Toda ciencia es real y formal simultáneamente . Las verdades científicas, que la doctrina del cierre categorial hace consistir en las identidades sintéticas' resultantes de los cursos operatorios, contienen \xa3. forma lógica, la identidad, pero una forma lógica que brota en la confluencia de contenidos materiales determinados. Naturalmente, lo «formal» y lo «material» se presentará, en cada categoría, de maneras diferentes, que habrá que establecer cuidadosamente. La posibilidad de reagrupar estas diferencias en clases de ciencias (coor- dinables denotativamente, en general, con las llamadas «ciencias formales» y «ciencias reales») no deberá llevarse a cabo a partir de la disociación entre la «forma» y la «materia», sino a partir de la diferenciación de las ma- neras según las cuales los contenidos materiales categoría- íes se organizan lógicamente. La hipostatización de las for-

mas podría explicarse como resultado de una confusión, a

saber, la confusión entre el «aparato algebraico» y la logi- cidad formal pura. Este aparato (una realidad corpórea a «escala» del sujeto corpóreo operatorio) es, en gran me- dida, común a la Lógica formal, a la Matemática, a la Físi- ca. Pero mientras que «p», en Lógica formal, se compone «autónomamente » con «O» o con «1» ^- o bien, con «q»,

«r»

es decir, mientras que «p» es, en Lógica formal,

un significante, oiyos significados gnoseológicos son otros símbolo s (v. gr. «1» ó «O» y, a su través, él mismo), e n cambio «h», en Mecánica, no se compone con otros sím-

bolos («V», «m»

en cuanto a su materialidad tipográfi-

ca, porque ahora los significados de «h» o de «v» se en- cuentran, por decirlo así, «fuera del papel» en el que van inscritos.

-^,

)

El «apriorismo» de las leyes formales —alógicas o ma- temáticas— no tendría por qué fundarse, por tanto, en

oscjiros postulados metafísicos de adaptación de cualquier tipo de realidad a esas leyes, sino simplemente en el hecho de que las leyes formales, en cuanto edificadas sobre términos ellos mismos fabricados y adaptados a las operaciones humanas (independientes sólo de «variables» subordinadas a la propia actividad operatoria corpórea),

acompañarán

nes racionales, en la medida en que ellas se mantengan como normativas dentro de cursos de operaciones preté- ritas y futuras. El apriorismo de las ciencias formales brota así antes en el eje circular (que incluye los procesos «auto- lógicos») que contiene a los sujetos corpóreos operato- rios, que en el eje {radial) de las relaciones de estos su- jetos con las cosas del Mundo, aún cuando sólo a través de estas cosas puedan establecerse aquellos dialogismos y autologismos. Y en la medida en que sea posible consi- derar como jurisdicción de la moral, o de la ética, la pre- servación de ciertos esquemas de identidad—no de «la iden- tidad»— en los sujetos humanos, cabría decir —en contra de Carnap— que la Lógica es una moral y que la moral es ya, en cierto modo, una Lógica. Pero también es cierto que si, por hipótesis, todas las figuras de las expresiones «a + a = 2 a» experimentasen una transformación física tal que alguna de sus menciones se desdoblase sistemáti- camente para dar lugar a expresiones de este tipo « a -f- a -I- a = 2 a» , la verda d algebraica desaparecería . Es- te ejemplo fantástico sirve, sin embargó, creemos, para mostrar hasta qué punto las verdades algebraicas formales significadas dependen de la pioplzfsica de sus significan- tes.

La lógica booleana de proposiciones, según las ideas precedentes, se dirá sometida a los principios lógicos supremos (identidad, no contradicción, tercio excluso) no porque refleje los principios del mundo, sino porque su

propio sistema formal simbólico cierra categorialmente de acuerdo con estos principios. Tales principios son, por tanto, principios del cierre categorial de la Lógica formal booleana. He aquí de qué modo: puesto que, por ejem-

plo, la Lógica de los functores binarios (v, -^,

considerarse como el sistema de las aplicaciones de { , 0}- a {1, 0} —cada aplicación es una correspondencia «unívoca a la derecha» que liga a todos (es decir, a cada uno) los elementos del conjunto original con uno sólo de los términos del conjunto terminal— habrá que recono- cer: 1°). Que ima vez establecida una correspondencia (digamos, una evaluación de p o de q) ésta habrá de man- tenerse igual a sí misma en todo el contexto, es decir.

siempre (trascendentalmente) a las operacio-

)

puede

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todas las veces que aparezcan las menciones de la misma va- riable en el contexto (y esta sería la interpretación gno- seológica estricta del principio de 'identidad lógico, en tér- minos gnoseológicos). 2°) Que la correspondencia, por ser unívoca a la derecha, no puede asociarse a la vez a las dos figuras o valores: si se asocia a 1 no puede asociarse a

0; si a O no a 1 (principio de no contradicción: habrá con-

tradicción cuando una fórrriula tenga que ser evaluada por caminos distintos, una vez como 1, otra vez como 0; pero si todos los carninos asocian la fórmula a 1, esta- remos en el caso de una identidad sintética, de una con- fluencia —que neutraliza las operaciones— en la misma evaluación). 3°) Que la correspondencia aplicativa debe afectar a todos los elementos del conjunto inicial, lo que

quiere decir que estos elementos deben ir asociados o bien a 1, o bien a O, de acuerdo con el principio anterior,

y así llegaríamos al principio de tercio excluso). El privilegio de la Lógica de dos valores, desde esta perspectivas, no sería otro que el de cumplir este principio del tercio ex- cluido; pero también aquí este principio no significará otra cosa sino la ontología propia de un mundo de dos va- lores. La razón gnoseológica por la cual un universo de dos términos (constitutivos de una de las clases de las que ha de constar el campo gnoseqiógico) puede considerarse más lógico que un universo con tres o n términos (el de las «lógicas no crisipeas») podremos darla más adelante. Es cierto que la Lógica de proposiciones requiere desarrollos que se mantienen, al parecer, independientes de la eva- luación -no s referimos al desarrollo de la Lógica en la forma de los llamados «esquemas proposicionales» (por ejemplo los de la teoría de la deducción natural) en los

cuales en lugar de letras de enunciado (p, q, r,

«leyes» (p v p ^ - p) aparecen metavariables (X v X ^ X)

y «reglas». Sin pretender aquí agotar, ni mucho menos, la

cuestión presupondremos que tales metavariables, si bien

no son ya variables booleanas (como lo serían en rigor p,

q,

nas.; no ya precisamente porque sean algo así como un nombre de esas variables booleanas, cuanto porque son el

nombre de esas variables booleanas en tanto están en con- texto (configuración) con otras variables (el esquema

)

y

r,

)

tienen mucho que ver con esas variables boolea-

X

V X —> X no es sólo una metavariable de p v p ^> p,

r

v r —> r —en cuya hipótesis la distinción entre esquemas

y enunciados se tornaría completamente superflua— sino, por ejemplo, de p A q v p A q, que consta de «propo- siciones moleculares»).

Por último, cabría decir, que el uso o ejercicio de las mismas variables de enunciados (digamos: booleanas, p, q, r) nos remite a la lógica de clases, puesto que cada varia- ble puede entenderse, por de pronto, como «la clase de sus menciones». Podría tratarse (extensionalmente) la si- tuación considerando campos con un solo elemento (con

lo que habrá posibilidad de formar dos clases: la clase de

ese único elemento y la clase nula); de este modo los va- lores 1 y O de estas fórmulas con clases se coordinan con las proposiciones, según el método de Hilbert —Acker- man (4l). Pero también sería posible considerar a los va- lores 1, O, como notas intensionales, genéricas, por las

que "caracterizar las clases de inscripciones. Así, poner la clase de las inscripciones de p, si se define por 1 en

el contexto, es decir que todas las inscripciones deben

(41)

Springer, 1949, 11, & 2, pág. 43.

D.

Hilbert.

W.

Ackermann,

Grundzüge

der theoretischen Logik,

evaluarse a 1, y por ello p comprenderá la clase de todas las otras proposiciones evaluadas con O en el contexto. Cierto que, entonces, si p A q no es nulo, será porque to- do p y todo q han de darse intersectados (p Oq); por eso, la lógica de clases no se resuelve en lógica de proposicio- nes.

II.

PROPIEDADES Y ASPECTOS DE LAS OPERACIONES

1. La ÍAterpretación autogórica de los símbolos de las ciencias formales (algebraicas, pero considerando también como formales a las figuras geométricas) constituye una radicalización del formalismo de Hilbert. Coincide con el formalismo de Hilbert en su rnomento negativo (la «des- conexión semántica» respecto de todo contenido exterior a los símbolos), pero en cambio no comparte la interpre- tación que el formalismo dio a esta desconexión —la teo- ría de las fórmulas como «fórmulas vacías» destituidas de todo contenido y significativas únicamente en virtud de su juego interno en el sistema operatorio, axiomático, etc.— puesto que, según su interpretación, el materialismo for- malista reconoce a los símbolos un contenido material, a saber, la propia entidad de 'sus significantes y toda la estructura geométrica (ordenaciones, permutaciones a de- recha e izquierda, etc.) que en su propia realidad de sig- nificantes ha de ir implicada. Los signos lógicos y matemá- ticos serían, en gran medida, autónimos y tautogóricos, en el sentido de que en su propia suppositio materialis (en cuanto combinable con otro u otros) van incluidas las es- tructuras lógicas y matemáticas que pueden darse ordi- nariamente al margen de los significantes, pero que son ya sus significados. Así, la serie de signos (1H- 1 + 1) representará el número 3 mediante un trío; las letras va- riables de clase (A, B, C,) son ellas mismas clases (respec- to de sus menciones respectivas) y la representación del modus ponens mediante la fórmula (p —> q) sólo significará si ella misma ejercita una suerte de modus ponens (a la manera cómo, según hemos dicho antes, la flecha del tiempo representa al tiempo). De este modo, más que ne- gar que el álgebra lógica representa a clases o a proposi- ciones —como si la representación tuviera lugar mediante símbolos vacíos— diremos que representa a clases o a proposiciones en la medida en que están de algún modo encarnadas en los propios signos en cuanto tales, en tanto envuelven sus mutuas relaciones; por tanto diremos que tampoco cabe interpretar (desde el formalismo), las cla- ses, relaciones o proposiciones como «entidades extraló- gicas o extraalgebráicas» (por ejemplo, psicológicas, onto- lógicas), como si la lógica de clases fuese sólo una inter- pretación externa de un álgebra que en sí misma nada tuviese que ver con las clases (Couturat). Diríamos así que la «desconexión semántica» del formalismo no habría que entenderla como una «evacuación» de toda interpre- tación, sino como la evacuación de toda interpretación no contenida en el ejercicio mismo de ciertos significantes. Por decirlo así, el álgebra de clases es ella misma un «uni- verso simbólico» ejercido de clases, capaz de asumir el papel de «canon».

El carácter autogórico, pero no por ello vacío, de las

fórmulas

del álgebra matemática aparece asimismo con

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evidencia en las situaciones en las cuales los símbolos no actúan como variables (en cuyo caso podrían pensarse como emblemas de entidades no tipográficas), pero tampoco como constantes, sino como indeterminadas. La igualdad algebraica: (a + b)^ = a^ + 2ab + b^, al margen de su valor como esquema (modelo o método) de otros procesos combinatorios (pero no en virtud de que estos deban considerarse representados por la fórmula según una relación de «semejanza», puesto que hay que agregar ademas otro tipo de relaciones «por contigüidad»), puede fundarse en la propia entidad de los signos: 2ab es una

aritmetización de las «sartas» ab y ab, resultantes de la distribución de la suma en el producto (a + b).(a + b); a^ es sólo a.a; el producto a. a puede entenderse como

, «a» veces (siendo el cardinal de estas «ve-

ces» determinable precisamente por el número de men-

ciones de «a», que será preciso contar, y que en cada con- texto algebraico importa computar). La función de esque-

m a o d e model o qu e [a4-a+a-l-

a = a"] pued e asumir

respecto de otros términos del mundo «real» (guijarros, células, monedas) no se debe a que «a» sea un signo for- mal («cuyo ser consiste en estar todo él referido a repre- sentar a otro distinto de sí mismo») sino que «a» es ya un ente real, un «signo instrumental» iconográfico por modo analógico (42), un ente enclasado, un elemento de la clase de las figuras del mismo signo patrón. Tanto podría decir- se, de esta suerte, que los guijarros o las monedas son sig- nos de las letras algebraicas, como recíprocamente. La

a + a + a +

-l-

función signifícadora (la relación de significación) habrá que remitirla a las operaciones del sujeto gnoseológico, que es quien coordina apotéticamente guijarros y letras

(43).

Según esto, los significantes de las ciencias formales habrían de figurar en sus campos explícitamente como en- tidades corpóreas, fisicalistas. Podría añadirse que sólo desde esta perspectiva cabe un entendimiento filosófico de las computadoras. Si una máquina de Turing puede proceder de suerte que a cada una de sus posiciones suce- sivas pueda considerársele determinada por su estado in- terno q y por un símbolo s impreso en una casilla de la cinta, es porque s no desempeña meramente el papel de un significado, (noemático) sino porque actúa en virtud de alguna propiedad o característica física (no necesaria- mente analógica): en otro caso, la acción del símbolo sería «mágica» —y sólo cuando los símbolos impresos en la má- quina se abstraen de su contenido físico, las computado- ras pueden aparecer como «misteriosos cerebros». Sobre

estas propiedades o características se basa además la posi- bilidad de que un computador desborde las posibilidades de un cerebro humano. Y, sin embargo, no podría decirse que la máquina «piensa»: podría decirse que construye fi- guras de símbolos, los acumula en la cinta, pero sin que los símbolos acumulados, cuando son semejantes entre sí, por ejemplo, sean percibidos como él mismo en virtud de un proceso lógico autoformante que habría que remitir a

la naturaleza misma de las sustancias del sistema nervioso.

Cuando se dice que un ordenador compara mi nombre (es- crito en una tarjeta) y un nombre almacenado en su «me- moria», se formula una simple metáfora: no hay compara- ción, sino un resultado «mecánico» que a su vez deberá

ser interpretado por un cerebro (inserto por su parte en un curso de determinados patrones culturales y sociales). Un cerebro capaz de percibir como idénticas a las dos menciones del signo «A» en cuanto correspondiendo, en u n curs o operatorio , a las mencione s d e «1» y «O» (simul- táneamente: capaz de percibir como" distintas y opuestas' las manchas «cero» y «uno»). En el proceso apagógico de prueba del teorema siguiente [A^(B-^A)] , el «—»» prin- cipal debe coordinarse con la mancha «1», porque de otra suerte habría que coordinarlo con la mancha «O»; coordi- nación que habrá que rechazar porque entonces la primera mención de A iría coordinada a la mancha «1» y la se- gunda a la mancha «O». En efecto, para que [A-»(B-»A)] se coordine a O, es preciso que la primera A se coordine

a 1 y (B-^ A) a 0; y para que (B-^A) se coordine a O, es

preciso que B se coordine a 1, y la segunda mención de A a 0. Luego sólo si se presupone una percepción (que es un

«ejercicio») de la identidad de las dos menciones de A en

el contexto de las reglas lógicas que las coordinan a 1 se-

gún la condicional y que oponen 1 a O, tiene sentido esta demostración.

Demostración que, por tanto, ya en el plano algebrai- co, se funda en la misma «física» de las figuras, de suerte que pudiera decirse que ese plano algebraico formal cons- tituye una suerte de dispositivo mecánico similar a aquel en el que trabaja el ordenador que desarrollase una prue- ba análoga. Es erróneo según esto decir que tanto el orde- nador como la mano del hombre construyen relaciones (x = y), pero que la máquina no las conoce (o advierte) y

el hombre sí. En este caso, la «conciencia» se nos daría

 

(43)

Vid. En torno al concepto de ciencias humanas, El Basilisco, n° 2, pág.

(42) Juan de Sto. Tomás, op. cit., I Pars, lib. I, caput. II, pág. 9.

28.

30

EL BASILISCO

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como un mero epifenómeno. No sería posible entender la diferencia si comenzamos por considerar la relación como algo dado en sí, susceptible de ser o no ser conocido: hay

zar las Ideas de clase o de participación, construir un mo- delo de clases o de participación, las clases de las «x», pre- suponiéndose ya la noción de clase en la misma noción de

que regresar hacia la ontología misma de la relación, a fin

«camp o d e variabilidad » d e l a variabl e x = {xi,

X2, xs,

}

.

de ver cómo es ella la que incluye la conciencia más que

El alcance del análisis de las ideas platónicas por medio

recíprocamente. La función del hombre no será «conocer»

de l simbolismo podría equipararse al. ^canc e (para volver

una relación que le antecede, sino fundarla. Y ello sólo se entiende si el hombre es el contexto de aquella. Por ello, la diferencia entre el ordenador y el cerebro (o la mente) no la pondríamos en la diferencia que pueda existir entre una supuesta capacidad de advertir la semejanza en un caso y una inadvertencia de la misma (ya dada) en otro.

a nuestro ejemplo anterior) del análisis de la Idea de

Tiempo logrado por medio de la representación sagital. Las cuestiones platónicas no quedan disueltas por el len- guaje formal; quedan reproducidas en él, aunque fijadas según patrones más precisos (la propia terminología meta- lingüística aquí utilizada —signos, acontecimientos, signos

Nos

parece que est& planteamiento implica un entendi-

patrón— es platónica).

miento metafísico de la relación de identidad o de seme-

janza (entre A ^

una relación binaria absoluta, sustancializada: una relación binaria dada tanto por la máquina como por el álgebra, pero que la mente pudiera captar y la máquina no (aun- que la hubiera establecido). Desde esta perspectiva, como hemos dicho, la diferencia entre el cerebro y el computa- dor sería sólo epifenómenica, puesto que, en rigor, ambos

establecían la misma semejanza, y la máquina sería sólo instrumento del cerebro. Ahora bien: si dialectizamos las relaciones de identidad o de semejanza «desustancializán- dolas», teniendo en cuenta que una semejanza o identidad es a su vez una negación (o filtro) de un número indefinido de marcas diferenciales determinables en ter- ceros contextos, es decir, teniendo en cuenta que la rela- ción no es binaria, advertiremos que la semejanza entre «A» y «A» sólo tiene sentido en un contexto en el que figure el cuerpo humano (dado a su vez entre otros cuer- pos), contexto que no cabe atribuir a la máquina en sí sin «animalizarla». Si atribuímos pensamiento a una máquina que arroja en su cinta la fómula A = A, es sólo porque no advertimos que esa fórmula está siendo contextualizada por cerebros humanos. Para decirlo rápidamente: si el ce- rebro se diferencia de la máquina computadora no es porque pueda advertir o captar una identidad que la máquina no puede captar o advertir, sino porque esa identidad es una relación que sólo tiene sentido en el contexto de una actividad cerebral (digamos, un sistema límbico, a su vez vinculado a otros contextos), una activi- dad zoológica antes que mecánica, un «ejercicio».

A, entre

O y 0

)

como si se tratase de

Pero decir que los significantes de las ciencias forma- les.han de figurar en sus campos como entidades corpóreas fisicalistas, no equivale a decir que puedan reducirse a las inscripciones empíricas, «quietas», a las manchas de tinta convencionales de índole tipográfica, a la suppositio mate- rialis, en el sentido de los antiguos. El sistema de símbolos algebraicos reproduce él mismo la estructura ontológica de otros sistemas fisicalistas y, en particular, el enclasamiento de todos los símbolos. Desde este punto de vista resultan muy ingenuas las posiciones (frecuntes en los primeros momentos de entusiasmo formalista) de quienes creían haber disuelto definitivamente los problemas filosóficos («metafísicos») del platonismo, el problema de las esen- cias, de los universales, gracias al descubrimiento de una notación formal rigurosa: ya no haría falta distinguir «in- tensiones» y «extensiones»; las cuestiones en torno a la «participación» se habrían planteado a consecuencia de una penuria de lenguaje simbólico. Bastaría decir, dada la función proposicional q) (x), que una clase es el conjunto (x) de valores de x que, según la «función característica», hacen «1» a la función q) (x): x cp (x). Sin embargo lo que con esto se estaba haciendo sería en rigor, más que anali-

2.

Una vez postulada la naturaleza autogórica de las

ciehcias formales será preciso tratarlas según los mismos criterios por medio de los cuales la teoría del cierre cate- goriál trata a las ciencias reales. No hay distinción gnoseo-

lógica entre ciencias reales y ciencias formales, aunque haya una distinción ontológica y epistemológica. Las cien- cias formales son a priori, en el sentido dicho, frente a las ciencias reales, cuyos términos —salvo acaso los de la Mecánica pura— no quedan agotados trascendentalmente.

Al investigar la línea de demarcación entre Lógica y Matemáticas debemos atender precisamente a las diferen- cias, según las cuales se tratan los términos formales; la naturaleza del cierre lógico se nos revelará precisamente en su mismo proceder operatorio con los signos autogó- ricos —y otro tanto diremos de los cierres matemáticos; la naturaleza de la verdad lógico-formal (correspondiente- mente: de las verdades matemáticas) se manifestará en las peculiaridades de las relaciones de identidad sintética que puedan resultar en las mismas construcciones, en tanto que estas relaciones incluyen una segregación (o elimina- ción) de las operaciones en el sentido de las ciencias

a-operatorias. Estas afirmaciones implican una impugna- ción de las texis neopositivistas sobre el carácter analítico

y tautológico de las verdades lógicas o matemáticas. No

por ello la explicación de las síntesis matemáticas o lógico-

formales tenga que acogerse a los principios de Kant, que fué, con todo, quien advirtió certeramente la naturaleza sintética de las proposiciones matemáticas («7 + 5 = 12». La síntesis de las relaciones matemáticas o lógicas tendría lugar (en la teoría del cierre categorial) no en virtud de la intervención de ciertas formas a priori, sino en virtud de la confluencia de diversos cursos operatorios (por ejemplo, diferentes algoritmos) en el resultado de una identidad. Llegamos a la fórmula S = Jt r^ bien sea a partir de una suma de triángulos, bien sea a partir de coronas circulares; en el caso primero, P nos conduce a 2jrr (de donde

= Jtr-); en el caso segundo, el lim J'^ 2jir dr nos

conduce a JiR-: la síntesis es evidente, los algoritmos que intervienen en cada caso son distintos (el «2», por ejem- plo, que aparece como el mismo en ambas fórmulas, proce- de en un caso del algoritmo del producto y en el otro del algoritmo de la integración). Ni siquiera la relación primi- tiva «a = a» es analítica: ella está mediada por operacio- nes, y no sólo las operaciones virtuales del desplazamien- to de los símbolos, (sin intensión congruente intencional) dentro de los márgenes diacríticos, sino también las ope-

raciones formales dadas en el sistema (del tipo a. 1 = a), y

a parte de las cuales la relación a = a carecería de significa- do operatorio (por este motivo, cabe tratar a la relación

a = a como construida, como no primitiva, por ejemplo:

2jtr.r/ 2

(l)a.l=a;(2)a.l/ l = a;(3)a=a).

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En este cirtículo nos atendremos únicamente a la con-

sideración de las operaciones, pero a sabiendas de que es preciso proseguir el análisis gnoseológico a propósito de

las relaciones y de los

rentes sectores del eje semántico —fisicalista, fenomenológi-

co y ontológico— y

los autologismos, el de los dialogismos y el de las normas—). Con todo, y en virtud de cuanto llevamos expuesto, pue- de decirse que la consideración de las operaciones consti- tuye, en las ciencias formales, el camino real para penetrar en su estructura gnoseológica, dada en la naturaleza ope- ratoria de los propios términos (los símbolos tipográficos) constitutivos de sus respectivos campos. Una operación formal (como cualquier otra) dice siempre referencia a los términos operados y a los resultados de la operación (de la transformación, de la aplicación). En este sentido, no

cabe hablar de operaciones sintácticas puras, como podría sugerir la tendencia a la hipóstasis de los símbolos (el sig-

n o «X» d e la multiplicación, com o

ción «sintácticamente pura»). En rigor, el operador «x» es sincategoremático y ha de pensarse siempre asociado a

términos, aunque no a un término en especial, «determina-

do». En las monarias, esto es evidente (p, q). En las bina- rias, los dos términos pueden ser indeterminados (axb,

pero la sustituibilidad «en la misma ope-

ración» de unos términos por otros no implica que la ope- ración pueda concebirse sin términos específicos (de ahí, las variables); pero basta con que lo sea un sólo término para que la operación mantenga su indeterminación (res- pecto de ese término) y a la vez pueda considerarse como determinada al otro, en tanto este le confiera característi- cas especiales. La operación a. 1, no es meramente la ope- ració n «X» aplicada a cualquier término de N , Z , etc.; está determinada por 1 (la operación es «x 1»; «1» no es un término más entre todos los términos, aunque sintáctica- mente así pueda considerársele; porque semánticamente «a. 1» es igual a «a», es decir, «x 1» es un módulo, no un término cualquiera). Pero esta vinculación de «x» a un término (x 1) no es sino un caso particular de la vincu- lación general de las operaciones a los términos «semánti- cos» (habría también que suponer: «x5», «x6»). Las ca- racterísticas sintácticas de las operaciones no son, pues, independientes de la semántica de los términos, sin que por ello se confundan entre sí. La sintaxis es un orden que brota del mismo desarrollo de las composiciones semánti- cas, en donde resulta la posibilidad de disociar términos que aparecen en cursos operatorios distintos, etc. Sea la operación booleana «-I-», definida de este modo:

axc ,

términos (y todo ello, en los dife-

e n lo s de l ej e pragmátic o —el secto r d e

si designase una opera -

,,

exf,

)

a b

a

a b

b

b a

Esta operación va ligada en cada caso a la semántica de sus términos: (1) a + a = a (2) a + b = b, (3) b + a = b, (4) b + b = a. Sin embargo, entre los casos (2) y (3) hay una semejanza sintáctica: en ellos a desempeña el papel de un módulo (= 0). Y entre los casos (1) y (4) las diferencias son completas: en (1) la operación es idempotente; en (4) no lo es. ¿Cómo una operación que depende de tal ma- nera de la semántica de cada término puede tener una di- mensión sintáctica?. Diríamos que a través del sistema, por ejemplo, de la asociatividad [b + b + a = (b + b) +

+

a = b + (b + a) = a].

32

Al aplicarnos al análisis gnoseológico de las opera- ciones formales, en cuanto se refieren a símbolos tautogó- ricos advertiremos ciertas características que habría que pasar por alto (por insignificantes o triviales) desde una perspectiva tanto alegórica, como formalista-hilbertiana. Estas características son principalmente las que llamare- mos aspectos y propiedades de las operaciones. Esta distin- ción y, sobre todo, su significado gnoseológico, no puede hacerse presente desde perspectivas no-autogóricas.

3. En una operación con símbolos autogóricos hay que distinguir también los términos componentes (o «facto- res») de la operación o transformación y los términos que

resultan de ella. Además, hay que distinguir los nombres de los términos componentes (o factores) y los nombres del término resultado: distinción sutil, muchas veces, dado el carácter autogórico de los símbolos. Pero ello no obsta a que en ocasiones un término pueda y aún deba tener un nombre o símbolo especial. En todo caso no se trata aquí

de distinguir el término resultado (c, en a + b = c)

nombre de ese término resultante (por ejemplo, «c»),

como si se tratase de la distinción entre un objeto y el nombre «exterior» del objeto o (si el objeto c se entiende ya como nombre), como si se tratase de la distinción co- mún entre lenguaje y metalenguaje (44). Pues al entender

y el

[c] com o resultant e d e « a -I- b» , queremo s deci r qu e c n o

es meramente un nombre de un objeto construido por «a + b» (que pudiera a su vez tener otro nombre, «c», sino que [c] es el propio objeto construido por «a + b», o

al menos que [c] es algo construido «él mismo» a través del objeto designado por «a + b».

Estos diferentes estratos ^noseológicos, a nivel de los términos, en las ciencias formales, determinan ya una compleja red de relaciones que tienden a ser confundidas, subsumiéndose las unas en las otras (por ejemplo, las rela- ciones entre el nombre de un término factor y el resulta- do, o entre el nombre de un resultado y el nombre de un factor, etc.). Apliquemos estas .distinciones —a fin de obtener una primera medida de su alcance— al análisis de la proposición que Kant hizo famosa: «7 + 5 = 12». Su- ponemos, con Kant, que esta proposición no es analítica. Nos interesan aquí, más que las definiciones generales (45), las gnoseológicas. Hintikka interpreta la apreciación de Kant, según la cual esta proposición es «indemostra- ble» o «inmediatamente evidente», en el sentido de que ella podría ser verificada «sin realizar operaciones» (46). Pero esta interpretación nos parece enteramente equivo- cada; porque entonces «7 + 5 = 12» debería haber sido considerada analítica. Una cosa es que las operaciones

implicadas en «7 + 5 = 12» (la operación adición además

(44) La distinción entre henpiaje y metalenptaje bordea, creemos, la metafísica, por cuanto la claridad de esta distinción exige suponer dado un lenguaje objeto previo y cerrado como tal; pero este lenguaje es utó- pico (todo lenguaje contiene «intercalados» momentos metalinguísticos, sin los cuales no puede desarrollarse, como ya vio Jakobson y han con- firmado las experiencias de Premack sobre el lenguaje de chimpancés).

(45) W. Quine, Two Dogmas of Empirícism, The Phüosophical Review, 60, 1931; K. Ajdukiewick, Le probleme du fondement des propositions ana-

lytiques, Studia lógica, 8, 1958; J.J. Katz, Analycity and Contradktion in

Natural

liaisons analytiques et synthetiques dans les comportements du Sujet, París, PUF, 1957, etc., etc.

Langage, Engkewood Cliff, 1964; L. Apostel, J. Piaget, etc. Les

(46) Jaakko Hintikka, Lógica, Juegos del lengfiaje e información, trad. esp. Tecnos, 1976, pág. 246.

EL BASILISCO

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de s u contenido aritmético específico, comporta otros momentos operatorios que pueden encontrarse en situa-

ciones no aritméticas: coordinación, inscripción

ejecutarse con gran facilidad (psicológica) y otra cosa es que puedan darse como inexistentes. ¿Acaso sólo cabe ha- bla r d e operacione s e n la apodeixis —en la prueb a euclidia - na, por medio de procedimientos algebraicos?. El razona- miento kantiano, que habla d e la «acumulación e n e l tiempo», se podría considerar reflejado en el análisis de su ejemplo por medio del concepto de una «máquina de Turing». También aquí podemos presentar a «7 + 5 = = 12» en términos de una acumulación (retención) de ba- rras sucesivas en el tiempo métrico. La suma «7 + 5 = 12», como algoritmo de Turing, permite un análisis similar al kantiano:

)

puedan

a

b

(/////// )

(///// )

=

(//////////// )

c

d

(///////////*) =(////////////)

puesto que b y d se dan como idénticas, y d resulta de c. La síntesis estriba aquí en la circunstancia de que las ope- raciones que conducen decaí/confluyen con las que con- ducen áe a d^b (confluyen, porque b = d). Pero las configu- raciones de la máquina son diferentes: a supone, por ejem- plo, 65 configuraciones (para poder arrojar b), y c sólo 60 para dar d. Podría decirse: una misma estructura resulta de diferentes cursos genéticos. E l análisis detallado d e la proposición «7 + 5 = 12» por medio de una máquina de Turing (análisis que omitimos aquí, dada su prolijidad) permitiría precisar el papel de las síntesis de identidad del sujeto lógico que lee la cinta de la máquina (la cual no realiza esas smtesis, salvo a través d e su s símbolos interpretados por el sujeto lógico (47).

La proposición «7 + 5 = 12», que Kant examina co- mo ejemplo de proposición científica (en esto, desde la teoría del cierre categorial, no podríamos seguir a Kant, porque esta proposición sólo será científica dentro de uij Contexto demostrativo, de una construcción que no se re- duzca a la simple ejecución de la operación adición), es una proposición sintética. Suponemos con Kant, que esta proposición no es analítica.

Pero (desde nuestra perspectiva gnoseológica) la razón es diferente a la que Kant ofreció, apelando a sns formas a prior i. Decir que 7 + 5 = 12 es analítica significa gnoseo- lógicamente: que e l término «12» e s simplemente una abreviatura (un sinónimo) del término «7 + 5» y que la proposición es puramente retórica. Es tomar «12» como nombre del término «7 + 5», incluso como nombre del mismo objeto designado por 7 + 5 (por ejemplo: 1 + 1 +

+ 1 + 1 + 1+1+1+ 1 + 1+1+1+1 ) y no como

nombre del término-resultado de la operación 7 + 5. El propio análisis kantiano, que tomaba «7 + 5» como suje- to y «12» como predicado, se prestaba a esta interpreta-

ción, sin más que apelar al concepto de los «predicados

que

nada añaden al sujeto». Pero el predicado de esta

(47) J.A. López Brugos, Chimpancés mecánicos, en El Basilisco, n° 5.

expresión no es «12», sino la relación « = » establecida entre los sujetos o términos «7 + 5» y «12». Desde el punto de vista gnoseológico, una operación incluye (pre- cisamente al ser neutralizada) la segregación del término resultado; por ello, este'término puede («emancipado» de los factores) recomponerse con alguno de ellos (12 + 5, 12 + 7) y remitirnos a ellos en el caso particular, no gene- ral (como pide la escuela de Piaget) de la reversibilidad:

«12— 5 = 7». E n consecuencia: el término resultado puede ser nombrado mediante otro símbolo distinto del de los factores; «12» no designa sólo 5 + 7 (ni se identi- fica absolutamente con él ~y la prueba es que también 12 puede ser el nombre del resultado de 3 x 4 o deVl44). Es un grave error, por tanto, entender 12 como un mero símbolo-abreviatura de la adición (1 + 1+1+1+ 1 +

+ 1+ 1 + 1+1+1+1+1) , puesto que 12 es a su

vez, resultado de un algoritmo operatorio, a saber, el al-

goritmo del sistema decimal que, al tener la estructura de una función polinómica f (x) = ao (x — a)° + ai (x — a)' +

+ a„(x - a)", puede transformarse sistemáticamente (re-

gla de Horner) en otro nombre (12 =1100) del mismo término-resultado de 7 + 5. Es arbitrario y muy superficial, por tanto, considerar como terreno propio de los entes matemáticos (o aritméticos) a unidades físicas discretas (aunque sean tipográficas, del tipo «/», «/», «/», «/», ), asignando a los símbolos-guarismos (del tipo 5, o 12) el papel de nombres de aquellos entes o colecciones de entes. Porque estos símbolos ya son, en su misma entidad, arit-

méticos: los dígitos, por cuanto sólo son significantes sin- categoremáticamente, ordinalmente («5» entre el «4» y el «6») y los compuestos («12») porque son'ya el resultado de un algoritmo operatorio (una función polinómica por ejemplo) él mismo matemático. Según esto, al designar la entidad «doce» (en el sentido de Frege) por «12», no es- tamos designando un ente matemático por un símbolo en sí mismo no matemático, sino que estamos designando sintácticamente un ente matemático mediante otro ente

matemático, una «cifra» procedente d e otro

algoritmo

sintéticamente {sinectivamente) vinculado al primero. Si su- ponemos que «12» es el nombre de «7 + 5» (o incluso el

mism o ent e —el «doce» d e Frege— qu e

nado por «7 + 5»), entonces la relación entre «7 + 5» y «12» sería empírica o convencional, ni siquiera analítica. Se trataría de una conjunción de dos cifras arbitrarias, por el motivo de que ambas son nombres de un mismo ob- jeto, pero sin que quedase recogida la influencia del ob- jeto mismo, que .permanecería, por decirlo así, indiferen-

te a sus «denominaciones extrínsecas», así como también estas permanecerían exteriores al objeto.

est á siendo desig-

lililí

nuil

/

\

7 + 5

=

12

Decir que el juicio «7 + 5 = 12» es analítico podría sig- nificar, en esta hipótesis, algo así como ésto: que el objeto {referencia) designado por «7 + 5» es el mismo que el de- signado por «12»; por tanto, que «12» no añade nada al objeto ya designado por «7 + 5». En esta hipótesis, la operación «7 + 5» no nos conduce a un objeto nuevo sino al nombre («12») de un objeto ya dado (inafectado por el nombre); o incluso, acaso, al nombre del nombre de «7 + 5»:

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

///// / 11 i 111

/

7 + 5

12

Pero la cuestión es que «doce» de Frege (el conjunto de todos los conjuntos coordinables con una docena) no existe con anterioridad a las operaciones que lo han cons- truido y ésto, no sólo porque han debido acumularse las unidades y coordinarse entre sí, cuanto porque las mismas unidades han debido configurarse operatoriamente. Lo que no significa que no desborde todas las operaciones que conducen a él, y las «elimine» alternativamente (como un invariante terciogenérico de las sustituciones que, sin embargo, sólo se realiza en ellas). Pero desde el mo- mento en que no presumimos su existencia previa, no ca- be partir de ese «doce» ontológico para dar razón de la igualdad entre «7+5» y «12», sino que, inversamente, hay que partir de esta igualdad para dar razón de la entidad «doce». Así diríamos, por ejemplo, que este «doce» es el resultado, en primer lugar, de la adición del siete y del cinco, en forma de una docena empírica de trazos, obje- tos, etc. Llamemos a este resultado una «docena especial» o, si se quiere, proyectada en el espacio. Que, por otra parte, en la propia regla onomástica del nombre «12» (aún más claramente se ve, si cabe, en el sistema binario, la regla de construcción del nombre «1100») ha interve- nido ejercitativamente una docena de posiciones combi- natorias, por lo que la figura «12» (o «1100») lejos de poder ser interpretada como un signo arbitrario (conven- cional) de la entidad «doce», viene a ser ella misma una «docena operatoria», una docena temporal, por ejemplo, y, por tanto, «12» o «1100» contiene un componente iconográfico y, también, autogórico. La identidad «7 + 5 = 12» envuelve ahora una coordinación entre esta docena temporal que vincula al 12 y la docena espacial que vincula al 7 + 5. Cabría hablar de un circuito, en el que los.nombres resultan ser tan aritméticos como los ob- jetos designados por ellos, un circuito en el que se realiza una identidad sintética, que podríamos representar me- diante el siguiente diagrama:

////// /

//// /

/ "1

s

1100

La s mtesis realiza en ocasiones una identidad algebrai- c a finita: ( a -I- b) ^ = a^ + 2 a b -1- b^ , o bie n 7 + 5 = 12 , o más claramente operatoria pura (a° = 1); otras veces la síntesis es una ad identidad (una ad igualdad, en el sentido de Leibniz), una síntesis infinita en la que los términos re- sultantes identificados ni siquiera consta no se desborden mutuamente, anteriormente a las operaciones del paso al límite (por ejemplo [e = lim (1-1- 1/n)"]). Las considera- nte s ciones precedentes, nos obligan a distinguir sistemática- mente dos contextos (o suposiciones) distintas de los nom- bres del término resultante de una operación:

a) La suposición asociada a los componentes de la

operación (y entonces «12» figurará como «nombre aso- ciado» a «5 + 7»).

b) La suposición disociada respecto de componentes

específicos dados («12» es el nombre de un ente diso-

ciado

«3 X 4» o de Vl44»).

de

«5

+

7»,

como

nombre

del

resultado

de

la operación booleana a. a' = 0 . Aquí «0» pue-

de suponer como nombre asociado a la operación a.a ,

como un emblema (definición nominal) de a. a; pero pue- de suponer de manera enteramente disociada de a y a',

puesto que también 0 = b . b' (y es

derivar la figura b de la figura a). Otro tanto diríamos en el caso a + a' = 1; b + b' = 1. Podríamos utilizar nom-

bres disociados diferentes, en principio (a. a' = W;

b . b' = K: entonces vemos claro que como término disociado: W = K = 0) .

0 puede figurar

imposible deducir o

Sea

Este ejemplo es más probatorio, si cabe, que el arit- mético. Podía sostenerse que «12 = 5 + 7» y

«12 =

8 +

no

encierran

una

síntesis

puesto

que

«5 + 7» es igual a «8 + 4» en un sentido analítico (y en el análisis se hará regresando a las unidades trazo). La apa- riencia de síntesis a nivel tipográfico decimal ~al constar figuras distintas en la primera definición (5, 7) y en la se- gund a (8 , 4)— se desvanecería, o se atenuaría al menos , apelando al sistema binario (1100 = 101 + 111; 1100 = 1000 + 100); en realidad, sólo se atenuaría (en tanto los signos mención son ahora siempre casos de dos mismos signos patrón) porque en rigor, las operaciones,

por sus síntesis,- son ahora, si cabe, más patentes, al ate- nernos a una base de numeración más baja (diríamos que se advierte mejor la «maquinaria operatoria» en las igual- dades «101 + 111= 1000 + 100» que en «5 + 7 = = 8 + 4»), pero en las identidades «a + a' = b +b'», en modo alguno, ni siquiera aparentemente cabe hablar de nexo analítico, porque no es posible obtener las clases complementarias b, b' de las a, a', ni recíprocamente. A nivel algebraico, desde luego, como hemos dicho; pero incluso cuando interpretamos estas fórmulas booleanas en un modelo no tipográfico. Supongamos que interpreta- mos «1» como un círculo y las clases complementarias como semicírculos codiametrales suyos (siendo la opera- ción « + » el adosamiento de dos semicírculos por su diá- metro). La igualdad «a + a* = b + b'», que es ahora geo- métrica, es sintética, porque la división de un círculo en dos semicírculos a y a' no contiene analíticamente su divi-

sión en' b y b' ni

ma dicotómico» atribuido por Proclo a Tales de Mileto no es, por tanto, trivial, analítico, sino sintético).

las infinitas divisiones posibles (el «teore-

4. Dada una operación formal (es decir, con fórmulas)

cabe analizar sus características según dos modos diferentes (diferentes en el sentido de que pueden ir separados en muchas situaciones, y no en el sentido de que no puedan

ir unidos en ninguna: cuando esto ocurra, será porque la , «propiedad» se convierte en «aspecto»):

(A) Modo primero: las características de la operación

(regla de transformación, etc.) se mantienen de suerte que no se tome en cuenta el término resultante segregado, sino la

propia disposición de los componentes. Sin duda, el tér- mino resultante estará aludido, pero oblicuamente. El nombre del término resultante se considerará, a lo sumo.

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como término asociado a los «factores». Puede decirse que los caracteres apreciados en la operación se manifiestan ahora independientemente del término disociado.

(B) Modo segundo: los caracteres de la operación se

consideran en función

disociado (sea porque se utiliza su nombre disociado, sea porque se utiliza el «nombre asociado» pero en función de nombre del.término resultante).

del término resultante, en cuanto

Llamaremos «propiedades» a las características de una operación (si las hay) según el modo primero y «as- pectos» a las características de las operaciones (si las hay) dadas según el modo segundo. Las propiedades de las ope- raciones, según esto, han de ser tales que puedan expre- sarse al margen, por decirlo así, del valor resultante, como si estas propiedades fuesen puramente sintácticas. Tal ocurre, en realidad, con los conceptos similares al de la pro- pieda d asociativa: (a H- b) + c = a -I- ( b -I- c) . Com o cas o lími - te, en el que sólo cabe hablar de propiedades porque, aun- que hay operaciones, no hay siquiera términos resultantes definidos (incluso éstos se consideran absurdos, en el con- texto) podríamos citar las situaciones matemáticas en las cuales los términos resultantes exceden el «campo de nú- meros» del que brotaron (por ejemplo, las propiedades de la operación 1 ;V- a =V—a, en el campo de los nú- meros reales, en donde V— a no es ningún resultado, no tiene referencia). Las características «aspectuales» sugieren un nivel de análisis más profundo (desde el punto de vista semántico) que las características «propias» (más bien sin- tácticas) porque nos señalan la con'fexión con los térmi- nos-referencias resultantes, en cuanto tales (es decir, sin perjuicio de que estos sean o no designados por nombres distintos de los nombres de los factores).

Ahora bien: cuando el término resultante es, preci- samente, uno de los componentes —es decir, cuando pue- da afirmarse de algún modo que una «propiedad» es, a la vez, un «aspecto»— entonces la característica adquiere una modalidad, por así decirlo, transcendental (en cuanto es la misma sintaxis —«propiedad»— la que incluye, di- gámoslo así, su propia semántica —«aspecto»— y recípro- camente). Que (aua = a) contiene una característica de la operación de distinto tipo que las características de la

operación (a x a = c) (para a # 1) se refleja ya en la cir- cunstancia de que suele hablarse de «propiedad de idem-

potencia» en el caso (a u a = a),

(a X a = c) no se.dice nada (o, a lo sumo, negativamente, se habla de la no-idempotencia del producto aritmético). Pero el caso (a x a = c) nos remite a un aspecto de una operación (el término «c» es disociado); en el caso (au a = a) apreciamos, sobre todo, un aspecto, en cuanto «a» resultado ha de figurar, como tal, disociado (podría escribirse: au a = x), y si es «propiedad» lo será en tanto que el resultado «a» nos devuelve a los factores. Aunque el carácter de propiedad quedaría mejor declarado en ésta otra disposición: (aua = aua) que, sin embargo, todavía no contiene la síntesis operatoria. (Si el resultado de (aua) lo llamamos «c», es decir, si hacemos (aua = c), será preciso luego añadir la definición c = a, en donde c desempeña el papel de nombre de a, que es el resultado).

mientras que en el caso

Denominamos «aspectos» a las características simila- res a las así señaladas, en virtud de cierta analogía que ca- bría establecer entre las relaciones de lo que los gramáti- cos llaman aspectos verbales con los tiempos, y las rela-

EL BASILISCO

ciones de los aspectos operatorios con las propiedades. Así como los aspectos verbales (por ejemplo, el aspecto de la acción repetida frente a la espontánea) atraviesan unas veces los tiempos («picoteaba», «picoteará») y otras veces se recluyen en las fronteras de un tiempo (acción terminada —«escribió»—, acción durativa —«escribía»—, el perfectum y el infectum), así también los aspectos ope- ratorios de las operaciones algebraicas se cruzarán unas veces con las propiedades y eventualmente se ajustarán al ámbito de alguna de ellas. Los conceptos precedentes nos permiten distinguir características, de otro modo confundidas, tales como la llamada «conmutatividad de la adición» y la «desigualdad

aditiva» : [(a 4- b = a -H b ) —> ( b

-H a =

a +

b) ] y [(a -I- b

= '

= c) - ^

(c

a)]. Son propiedades (a 4- b = b + a);

(a +

b

>a). Pero son características aspectuales (a -H b = c) y (c >a) . Si c s e entiend e com o nombr e asociad o a a -t- b e l aspecto podría reducirse a la situación de propiedad.

hablar de aspecto

en la medida en que a figure como nombre disociable (por ejemplo a*, es decir au 0 = a*) y sólo ulteriormente

probaremos que a* = a. Pero como a* es un nombre del

a (la

neutralidad) es a la vez una propiedad, puesto que el tér- mino a no sólo es el nombre del resultante (aspecto) sino también el del coipponente (propiedad). Pero un aspecto de una operación que consiste en remitirnos a un término que resulta ser precisamente uno de los factores (es decir,

una propiedad) es un aspecto, puesto que el factor resul- tante (propiedad) debe entenderse precisamente como re- sultante, (como nombre del resultante y no del factor), por lo tanto, como un aspecto. La situación es distinta en el caso aritmético (a x a = a^). No cabe hablar de idempo- tencia, aunque se reproduzca el término a; 2? a lo sumo denota un término resultante distinto de los componentes (a, a) un término que puede recibir un nombre disociado de ellos (c = a x a), aunque por lo demás, a^ (en a x a = =2?) más que nombre del término resultante podría ser nombre de la propia operación (a x a) y, en este sentido, en todo caso, a x a = a^ es más bien una propiedad que un aspecto (se «alinea» mejor del lado de las operaciones que del lado de los aspectos). Esto confirma la necesidad de ésta distinción para evitar expresiones tales como «pro- piedad idempotente deu» (aua = a) dado que, en este caso, el nombre a «resultante» es nombre disociado (nombre del resultado) de la operación —no es propie- dad— aún cuando semánticamente resulte ser el mismo (signo patrón) término componente. Por lo demás, como hemos dicho, una operación está siempre vinculada a los términos (semánticos) y, por tanto, es preciso tener en cuenta en cada caso estos términos al hablar de las propie- dades y de los aspectos. La llamada «propiedad modular»

mismo a, hay que decir que este aspecto de

En la operación (au 0 = a) podemos

aU 0

=

de la operación «x» (a x

de la operación «X 1», aplicada a cualquiera de los tér- minos pertinentes (se trata de una forma de operación monaria). La operación booleana antes mencionada (a-l- b = b, a-l-a = a, etc.) tiene el aspecto de la idempo-

es, en rigor, un aspecto

1 =

a)

tencia en el caso a 4- a = a (la contravalencia es idempo- tent e par a e l caso [O, 0]) y n o lo tien e en el caso b + b =

= a. Suele reconocerse ésta diferencia distinguiendo pro-

piedades de las operaciones (conmutatividad, etc.) y pro- piedades de algunos términos privüegiados (elementos neutros, absorbentes). Pero ésta es una distinción casuís-

tica y el concepto exige que se reúnan en una perspectiva más general.

35

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

En resolución: cuando hablamos de propiedades pu- ras de las operaciones, no aspectuales, nos desligamos de los objetos resultantes, manteniéndonos en el plano de los factores o componentes y nos alejamos de toda pers-

pectiva transcendental. Perspectiva que, en su reducción algebraica, no puede referirse a otra cosa sino precisa- mente al nexo de las operaciones con los términos resul- tantes. Por tanto, interesa atender a los aspectos de las operaciones (mejor, a las propiedades con significados aspec- tual), puesto que las propiedades puras, por sí mismas, pueden ser mostradas abstrayendo los resultantes:

a X b = b X a (cualquiera que sea el resultado disociado de

la operación). Las características aspectuales de las opera- aciones nos remiten de las operaciones a los términos y de los términos (considerados según alguna propiedad: neu- tra, absorbente) a las operaciones.

El concepto de aspecto nos permite, ya de inmediato,

dar una interpretación de los motivos por los cuales la «propiedad de idempotencia» ha podido ser invocada en

el momento de discriminar la Lógica y las Matemáticas. La

idempotencia es aspectual, diremos, porque su concepto incluye necesariamente referencia al término resultante de la operación (au a = a). La noción de aspecto obliga a estrechar la conexión entre los momentos sintácticos y los semánticos (en las tablas de verdad, el functor negador, en cuanto involutivo, es necesdx'izmente semántico, y, por ello, apofántico).

III.

ASPECTOS REITERANTES DE LAS OPERACIONES. LOS ASPECTOS «AUTOFORMANTE» Y «HETEROFORMANTE»

1. Toda ciencia formal —en rigor, todo lenguaje— ha de atenerse a un depósito de símbolos de cardinal fini- to y generalmente muy limitado (digamos del orden de 10^). Como las construcciones formales pueden analizar- se como si fuesen líneas de símbolos (establecidas según ciertas reglas de formación y de transformación) cuya lon- gitud es ilimitada (> 10-^) puede afirmarse (por motivos onomástico-generales) que los símbolos elementales, así como secuencias de longitud variable, se repiten en las fórmulas, y que la distinción entre signo mención (token) y signo patrón es una de las distinciones centrales en la teo- ría de las construcciones formales. Una distinción de directa significación gnoseológica y no sólo una distinción ontológica, genérica a todos los signos (al menos fonéticos (48)) que oblicuamente incidiese en la teoría de las cien- cias formales.

La repetición de los símbolos elementales o de se- cuencias de estos símbolos es el fondo desde el cual vamos a introducir el concepto de los «aspectos reiteran- tes» de las operaciones formales. Estos aspectos reiterantes presuponen, desde luego, la repetibilidad general de sím- bolos primitivos y de secuencias de símbolos de las cuales estamos hablando, pero la realizan de un modo especial.

De un modo especial: no toda repetición de símbolos

o secuencias requiere la apelación al concepto de «aspec-

(48)

Cassirer, Filosofm de las formas simbólicas, trad. esp. F.C.E., I, pág.

142.

to reiterante». Hablaremos de aspectos reiterantes cuando la repetición de símbolos (o de secuencias de símbolos), tenga lugar en virtud de algún motivo gnoseológico sis- temático especial (no en virtud del inotivo general que hemos mencionado), de alguna regla (ligada a la opera- ción) que supondremos aplicada a algún material o pará- metro (núcleos). Consideremos aquí los casos en que esta regla define una operación o una función, una transfor- mación que aplicada a un material dado, determina repe-

ticiones sistemáticas (respecto del material paramétrico o de los símbolos entre sí). Al estar ante una operación, esta repetición sistemática en el término resultante —eñ cuan- to su clave reside, por decirlo así, en los componentes— tendrá que ser computada como un «hecho aspectual», dado que el concepto de aspecto alude al contenido semántico de los términos resultantes. Distinguiremos de inmediato una reiteración débil de una reiteración fuerte. En la reiteración débil, la repetición es sistemática, pero afecta únicamente a las partes del término resultante, con abstracción de los términos componentes (20/3 = 6'666 ) en la reiteración fuerte la repetición sistemática afecta también a las relaciones entre los términos resultantes y

los términos componentes (20/9 = 2'222

, repetición de «2» es sólo una parte no nuclear del sím- bolo original, considerando como núcleo al conjunto de partes afectadas por la operación). Podríamos llamar «re- producción» a la reiteración fuerte, y «aspectos reprodu- centes» a las características aspectuales ligadas a la repro- ducción («re-producentes», por analogía con la forma castellana «contra-producente»). Cierto que en ésta re-

en donde la

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

producción habrá que distinguir la reproducción distribu- tiva del núcleo original (en el límite: del todo) —20 x 1 = = 20— o de un núcleo suyo —(a + b)^, en (a + b)— y la reproducción de una parte que no sea núcleo atributivo del término origen (20 / 10 = 2). Evidentemente, es la re- producción nuclear o total aquella que es verdaderamente significativa aspectualmente, porque entonces el nombre del objeto y el objeto dependen del sistema.

2. Por otra parte, la reiteración (y, en particular, la

reproducción total) puede afectar, en primer lugar, a los valores ó términos (simples) de la función o de la opera- ción; pero también puede afectar a la función misma, en tanto ella viene expresada en símbolos formales y, recí- procamente, en tanto los símbolos sólo alcanzan significa- do en el ejercicio operatorio. Esta última posibilidad se comprende perfectamente en el caso en el cual una opera- ción o función 9 se aplica a una materia que ya contiene, a su ve2, otra operación | cuya reiteración es la que está de- terminada por 6. Distiguiremos así una reiteración de tér- minos (débil o fuerte) y una reiteración de funciones (o reproducción funcional). La operación a x 1, cuyo térmi- no resultante es a envuelve el aspecto de una reproduc- ción de términos; la operación D a" = a" D u L a, tiene un aspecto de reproducción funcional (a") además del aspecto de reproducción del otro operador D y la reproducción del término a.

3. Ateniéndonos principalmente a la reiteración

(fuerte o débil) de términos, la distinción gnoseológica más importante que debemos de hacer tiene que ver con la distinción entre totalidades atributivas o nematológicas

(que designaremos con la letra T, «te latina») y totalida-

des distributivas o diairológicas (que

letra i;, «te gótica») (49). En efecto: los términos reitera- dos sistemáticamente constituyen totalidades isológicas (respecto de las partes repetidas). Y una totalidad isológi- ca puede ser de tipo T (la «barra de oro» de que se habla en el Protágoras platónico) y puede sobre ella definirse unatEda clase de las monedas de un mismo cuño). Una totalidad T puede ser un conjunto, o una serie. El con- cepto ordinario de «inducción aritmética» se mantiene en la confusión entre las totalidades de tipo T y C Se en- tiende en efecto por inducción el paso de la atribución de una propiedad P observada en las partes (en algunas o en su conjunto) al todo. Se supone que en la inducción mate- mática el proceso consiste en extender una propiedad P advertida en algunos números naturales a la totalidad de esos números. Pero con esto se oscurece la namraleza del proceso de la inducción matemática, al aplicársele el esquema de la «inducción lógica» aristotélica o baconiana. Introdiizcamos la distinción entre T ytE: concluiremos que la inducción matemática es un paso de la parte al todo, pero de una parte t\, a un todo de tipo Ti< (sin perjui- cio de la intercalación, én el proceso, de totalidades ), mientras que la inducción lógica se nos revela como un paso de una parte p a un todo (sin perjuicio de la inter- calación en el proceso de totalidades del tipo T).

designaremos con la

(49) Nos remitimos a nuestra Teoría de los todos y de las partes (inédita). Ver El Basilisco, n° 2, pág. 28 nota 73. Aquello que algunos (Stegmü- 11er, op. cit.) llaman «conceptos clasifícatorios», tiene que ver con las «totalidades®», así como los «conceptos cuantitativos» tienen que ver con las «totalidades T» -aunque no toda la totalidad T sea cuantitativa formalmente.

EL BASILISCO

Además el todo T de la inducción matemática es una serie; por ello el paso de la parte al todo comienza por el primer término de la serie. El paso es constructivo, porque si P vale para n, vale para n + 1. Por tanto P no es una propiedad distributiva (de la que pueda decirse que vale para algunos números) sino que es atributiva. Por lo demás, la inducción matemática resulta de una confluen- cia de cursos de construcción que arrojan un mismo resul- tado (identidad sintética). Podemos llamar horizontal a uno de estos cursos constructivos y vertical al otro (en el caso más sencillo). Ocurre que en la línea vertical, la in- ducción matemática incluye una suerte de inducción aris- totélica (o «juicio reflexionante») dado que cada nueva construcción horizontal debe poder ser subsumida en la fórmula general (50). En cuanto a la inducción lógica: las propiedades son distributivas y de algunas (o todas) las partes observadas pasamos a un todo distributivo, que habrá de ser sin embargo, recorrido paso a paso (en gene- ral, en cualquier orden): la «inducción confirmativa» tiene que've r con esta construcción. Las llamadas «defi- niciones por abstracción» en matemáticas, son inductivas en este sentido. («Si dos conjuntos son coordinables de- cimos que tienen el mismo cardinal»; «todas las fraccio- nes iguales representan un mismo número racional»;

Los símbolos repetidos en una operación reiterante pueden formar una totalidad de tipo (por ejemplo, la to-

(50)

Ver más adelante, IV, 4.

37

EL BASILISCO, número 7, mayo-junio 1979, www.fgbueno.es

talidad de las figuras «2» obtenidas al dividir por 2 cada uno de los elementos del conjunto 2N) y pueden también formar una totalidad de tipo T, por ejemplo, la repetición

de

del binomio base (x — a) en el polinomio algebraico exponentes enteros ordenado:

f (x) =

ao (x —a)"

+

ai (x —a) '

+

+ a„(x —a)"

Sin embargo los coeficientes a¡ pueden ser O y, en todo caso, el valor de cada término del polinomio es inde- pendiente de los demás, por lo que podría decirse que constituye un todo®(el « + », al permitir la anulación de cada término sin repercusión en la anulación del polino- mio entero, es asimilable al « »).

Los llamados algoritmos de iteración (51) son reite- rantes y forman totalidades T acumulativas.

Cuando los símbolos-términos (o las secuencias de términos) se repiten regularmente, según un cierto ritmo, la reiteración caracteriza a las funciones periódicas. Dado el operador E (respecto del incremento h, definido por la igualdad E f (x) = f (x 4- h) podemos definir una función periódica de período h: E f (x) = f (x) (si h = 2 jt, tendre- mos: E sen X = sen x).

4. Un operador cuyo concepto corresponde pun-

tualmente al aspcto de la reiteración es el operador I (operador unidad o idéntico) que pueda redefinirse a tra- vés del operador E (teniendo en cuenta que éste puede

reiterarse : E^, E^,

ma E" f (x) = I f (x) =

= f (x -I- nh) ) mediant e la for -

f (x). La operación [E — I]^ f (x) es

reiterante (en sentido fuerte) o reproducente de las pro- pias funciones, puesto que cabe escribir:

, E" f (x)

[E

—1]2 f (x) =

[E2 — 2E

+ P ] f (x)

Aplicando sucesivamente:

[E

—IFf(x ) = [E —I].[E —I]f(x)

=

 

=

[E —I ]

. ([E —I ]

f (x)) =

[E —I ] . [Ef(x) —

I f

(x)

] =

[E —I ]

. [f (X +

h) — f (x)]

=

=

E[f

(x + h) —f(x)] — I [f(x + h) —f(x)] = etc.

5.

Llamaremos operaciones autoformantes (o aspectos

autoformantes de una operación o función dada) a aque- llas que incluyen la reproducción (o reiteración total) de al menos uno de los núcleos o términos nucleares com- ponentes (sin excluir el functor) en el término resultante (lo que puede tener lugar a través de la reproducción de una función) de suerte que la relación entre el término re- producido y el término parámetro sea de identidad isoló- gica distributiva, es decir, cuando los térininos se manten- gan entre sí como partes de un todo de tipo tE (identidad esencial) y, en el caso eminente, como la misma parte (identidad numérica o sustancial).

Cuando

esto no ocurra,

hablaremos

de operaciones

heteroformantes. Debe advertirse que las operaciones hete- roformantes no excluyen la reiteración, ni siquiera la rei-

teración fuerte (cuando no es nuclear). Pero todas estas