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Para una reflexion sobre las nociones de saber y verdad en las tareas de investigación

Beatriz Ramírez Grajeda 1

Nuestro quehacer como investigadores descansa en una perspectiva filosófica sobre la realidad, una noción de objeto y una concepción sobre los sujetos que están implicados en los procesos de investigación. Conscientes de ello o no marcan nuestro proceder metodológico e interpretativo. No obstante, difícilmente el investigador novato dedica sus esfuerzos a dilucidar cuáles son las perspectivas, las genealogías de sus supuestos teóricos y los límites de los mismos. Pensamos que todo investigador necesita reflexionarlas, no sólo para reconocer el compromiso social y político que le da su lugar, al pertenecer a un sector social o a diferentes grupos de interlocución sino para establecer la distancia necesaria que posibilitaría una mirada de contexto más allá de sus disciplinas, sus prejuicios o su sentido común y para generar un impacto social derivado de los análisis y de los esfuerzos de su búsqueda.

Las ciencias sociales rondan, generalmente, sobre dos objetos: la identidad 2 y la formación; la primera nos lleva a la pregunta, ¿quiénes somos y quienes son los otros? y la segunda a la pregunta ¿cómo hemos llegado a ser lo que somos? Estos se expresan de distintas formas en cada disciplina, en cada pregunta de investigación, en cada esfuerzo por comprender a otros y han generado respuestas diversas, conceptos disciplinarios, regímenes de comprensión, órdenes de regulación, modos de abordaje que se avalan, según la perspectiva y, se esté consciente o no de ello, somos responsables por ello.

Así, cada disciplina abriga evoluciones, discusiones, posturas disímiles, avances y acumulaciones en las que los teóricos se incorporan según sus tiempos cronológicos y subjetivos, dada su formación, su experiencia o, incluso, las discusiones de moda que se imponen por las editoriales, desde ahí ensayan formas de comprensión de la realidad social y en ese ejercicio a la vez la construyen.

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Un acercamiento a la semiótica, por ejemplo, nos muestra que las tendencias interpretativas sobre la significación y el sentido tienen semejanzas con otras disciplinas cuyo objeto es el de la formación o la comprensión de las identidades y las diferencias.

La investigación social debe entonces tomar postura ante tales desafíos y discernir cuál es el objetivo de su búsqueda para poder entonces definir los espesores de los que trata de dar cuenta en esa realidad. Identidad y formación, pienso, se yerguen como los grandes pilares, los temas de las ciencias sociales que en teoría, debieran apuntalar proyectos educativos, políticos o económicos. La significación y el sentido son objetos de la lingüística, la semiótica o la semiología, pero también de la antropología, la filosofía, la psicología, la historia, etcétera.

Las tareas de interpretación tienen distintos alcances y estos dependen de los espesores de los que se da cuenta en una investigación:

a) Si se investiga para la demostración del funcionamiento de un instrumento, se pugna por su validez, los esfuerzos estarán centrados en buscar leyes generales. Hay una tendencia nomotética en ello que se topará con los discursos de la diversidad y una realidad bien compleja.

b)

Si se investigan las cualidades de una población, el trabajo descriptivo finca ya una forma de ver y las posibilidades de hacer o intervenir en ella, lo cual implica un ejercicio político.

c)

Si se pretende dar cuenta de las causas de un fenómeno o un problema, el investigador se refugia en explicaciones unilaterales o plurilaterales, deterministas a las que subyace una noción de sujeto soporte de las estructuras (políticas, sociales, económicas, etcéteras, construye a su vez una realidad imperante que no es posible transformar, consciente o no de ello el investigador es responsable de difundir.

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d)

Para los investigadores refugiados en las ciencias comprensivas los espesores son de mayor profundidad, aunque de menos espectro. No obstante, están lanzados a la transformación y al impacto directo en las poblaciones de su interés.

Las teorías de la complejidad nos han advertido de la dificultad de tratar de establecer claros linderos entre las dimensiones de un problema, sus aristas y su configuración 3 . Los investigadores se encuentran con que sus objetos trastocan diversos espesores que suelen quedar olvidados en aras de la delimitación de objeto y las exigencias institucionales que regulan la producción del conocimiento. Por ello pienso necesario que en su quehacer de investigación, en su búsqueda diluciden sus propias concepciones de ciencia, investigación y procesos interpretativos. Los últimos han dado lugar a diversas discusiones en filosofía de la ciencia y difícilmente los investigadores se disponen a establecer un diálogo con ella, sino es a través de la llamada metodología de la investigación que, generalmente, sucumbe en la búsqueda de un modelo o un procedimiento de investigación de campo.

Las ciencias sociales enfrentan una realidad compleja no sólo por los avances tecnológicos y sus efectos sino sobre todo porque la acción humana es cada vez más compleja, su naturaleza y su condición son cada vez más expresión, avances, acumulación, apropiación, creación lingüística e historia. Las ciencias del lenguaje (la comunicación, la semiótica, la lingüística) que han despuntado a raíz del llamado giro lingüístico en la filosofía han generado la esperanza de encontrar modelos que permitan la mejor comprensión, “interpretación” de la realidad.

Pero las respuestas que han producido son de índole muy diversas: La semiótica

de la cultura y el análisis del discurso son dos posiciones y debates en la lingüística (estudios sobre el lenguaje) y en la semiótica (estudios sobre los signos). Pero la pretensión y la presunción de muchos investigadores los hace quedar atrapados en jergas de moda, en reinvenciones de autores pasados que probablemente no aporten mucho en las investigaciones que realizamos.

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Antes de pensar que hay una realidad que se nos ofrece lista para ser develada, es necesario pensar que es efecto de nuestros tiempos subjetivos, nuestros modos de ver, nuestras certezas sobre el mundo y nuestra historia, es ello lo que la configura y lo que la va construyendo en nuestros esfuerzos de investigación. En los procesos

interpretativos, tiempo, espacio y creación son actos de la formación en movimiento, esfuerzos de apropiación y distancia por lo que es necesario reconocer su relación con la subjetividad, la verdad, el deseo, el poder y el lenguaje.

He sostenido otras veces que las palabras dicen más de lo que manifiestan y que a nuestras prácticas subyacen concepciones que comúnmente no advertimos. 4 Sostenemos así unas verdades y reproducimos saberes cuyos alcances no imaginamos y, sin embargo, somos responsables de ellos. Por ello resulta

sustancial preguntarse por el saber y la verdad que están convocados tanto en el campo de la investigación como en el de la docencia. ¿Qué investigamos cuando investigamos?, ¿cómo estamos comprometidos o seducidos por el tema de nuestra investigación? ¿cuál es la relación que sostenemos con los saberes?, ¿qué se juega en la transmisión?, ¿cómo nos acercamos a la realidad o cómo la producimos?, ¿cómo comprendemos el mundo?, ¿cómo legitimamos las prácticas y los intereses por los temas que conciernen a la vida humana?

La mayoría de los docentes-investigadores ejercen su práctica sin necesidad de

recurrir a la filosofía, pero eso no implica que no haya en su actuar una tendencia filosófica en la que se apuntalen sus acciones o con la cual se discuta. Que seamos conscientes o no de lo que hacemos, de cómo lo hacemos y la manera en como comprendamos lo que hacemos implica un trabajo necesariamente filosófico que ningún académico puede ahorrarse.

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Saber y verdad son temas espinosos que tienen una trayectoria que ha acompañado a la existencia del hombre y donde se han operado acontecimientos teóricos sumamente importantes que han hecho transitar a estas nociones por diferentes caminos y han tenido sus propios impactos en nuestra actividad cognoscente. No han estado exentos de ejercicios de poder al construir proyectos educativos pertinentes a sectores o grupos sociales, o al determinar estrategias metodológicas que obligan a un cierto modo de ser y actuar, a un cierto modo de relaciones y a ocupar lugares precisos en el gran aparato social, tampoco están exentos de proyectos colonizadores y de conquista.

La pregunta por la verdad a lo largo de la historia, ha permitido la elaboración de distintas respuestas en la filosofía, en la religión y en la ciencia. A pesar de las distancias que se han operado entre un ámbito y otro, a pesar de las diferencias

metodológicas a que hayan dado origen, a pesar de las creencias y las certezas generadas o sus saberes construidos hallan contacto entre sí: se difuminan en concepciones pedagógicas y en prácticas de investigación que muchas veces se perpetúan irreflexivamente, sin posición ética, sin autonomía, sin creatividad. La verdad significa expresar, manifestar, articular la pertinencia a una apertura y esta nos acerca más a la ficción y a la incertidumbre que a la revelación y a la certeza.

Se ha concebido a la verdad como correspondencia entre las palabras y las cosas, como adecuación del pensamiento a la cosa, como destino, como demostración probatoria de sucesos, como representación, como indagación de lo oculto, como representación fiel de lo acontecido, como creencia justificada como apertura de horizontes, como construcción sobre un desfondamiento, como interpretación.

Para nosotros es una construcción social que tiene sus orígenes en procesos inconscientes (pulsión epistemofílica) y cuyas producciones se ponen en juego en el campo de ejercicios de poder y producción de capital en su difusión.

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Todo investigador requiere de advertir sus propias concepciones sobre estas nociones y preguntarse por el lugar que tienen en su práctica y en su búsqueda, en sus tareas de investigación, sus reflexiones del mundo y las maneras de en que está en él. Reflexiones sobre la verdad y el saber sobre el objeto

Partimos de que la verdad es una construcción social que intenta dar sentido a la existencia del sujeto. Diferentes épocas en la historia se preguntan, en un intento de pesquisar la verdad, por su pasado, por su presente y/o por su futuro. El pasado como origen, el presente como realidad, el futuro como proyecto que imprimirá sentido de sus actos. Este último abre un asunto por demás complejo

pues se enlaza con la ficción, con lo que es el sueño posible o deseable, mismo que obliga a la construcción lingüística; es decir, a nuestras palabras constituyendo realidades, imágenes de nosotros mismos que luego avalamos, creemos y que nos permiten relacionarnos con otros, justo en un falso enlace. No obstante, efectivo. La verdad a lo largo de la historia ha guardado relación con Dios, la existencia, la mentira, la herejía, la locura, la razón o el sentido de la vida.

En la investigación social y dadas las cualidades del “objeto” la verdad se acerca a la invención, existe la verdad sólo por cuanto su singularidad, acuñada concretamente en un sujeto. No como precepto universal guía y rector de la existencia humana. Tampoco como causalidad pues ello sólo puede apuntar a una construcción donde se juegan distintas determinaciones, o mejor, disposiciones y condiciones que posibilitan la existencia de un fenómeno.

La verdad existe en tanto entramado complejo, imaginario, que depende de la intención de personas atrapadas en redes, relaciones y ejercicios de poder y de la interpretación de las acciones a las que dan lugar. Como certeza es un constructo imaginario que da razón y sentido a las interpretaciones del mundo; mismas que nos mueven a cada uno a algún lugar y que nos hace legitimar actos, pensamientos, ideologías, redes filosóficas.

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Pensar la verdad nos exige reconocer sus límites, sus alcances supeditados a un tiempo que es siempre un tiempo subjetivo, pues la única verdad posible es aquella que construimos para nosotros mismos y con la cual nos relacionamos en la vida. La verdad entonces está íntimamente ligada con nuestra interpretación de

las cosas, la manera en como las comprendemos y como las construimos otorgándoles un significado y un sentido particular.

La cuestión de la verdad en el ámbito de la investigación reflexiva es algo que se construye, en la posibilidad que se abre al participante de pensarse, de analizar su práctica, o su modo de hablar sobre sí; ello permite construir un sentido de la misma. Permite el sentido desde dos lugares: el primero supone la intención del sujeto para significar su práctica (que está implícita al realizarla); el segundo, es el lugar al que llega en ese ejercicio de significación en el que está obligado a hablar, a construir, a significar, a comprender, a revelar una intención, a tomar postura; es decir, a encontrarle sentido a lo que hace o lo que presupone hará en su práctica.

Es por ello que la verdad en la investigación social cursa por ser una construcción social que exige que los sujetos involucrados tomen lugar en la partida de un juego que se les ofrece suyo y que sin embargo los rebasa porque lo que se pone en juego son redes imaginarias; las que se construyen en el momento de hablar, pero también las que han sido entretejidas con antelación por la colectividad a la que el sujeto ha sido arrojado.

Las ciencias sociales han luchado por ganar status de cientificidad importando teorías y métodos de las ciencias naturales, a últimos tiempos lo que observamos es que hay una importación de teorías y modelos de las ciencias naturales. Esta importación abre varias problemáticas para los científicos sociales pues por una

parte los coloca en el riesgo del eclecticismo con el cual pretenden dar cuenta de la realidad; generando confusión más que elucidación. Esto exige un cuidadoso abordaje de la historia, los campos, los efectos y las limitaciones de esos modelos y teorías.

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El investigador actual requiere de un pensamiento autónomo, no dependiente, no encuadrado en protocolos, capaz de sentirse bien aún sin el reconocimiento institucional de SNI, CONACYT o los fondos de financiamiento internacional. Bien

puede tomar distancias, interpretar el mundo, comprender las acciones pero ello no será de forma moral, tras el respeto de protocolos, importando eclécticamente teorías ni en el terreno de lo político o a través de convenios.

Para este investigador transdisciplinario que urge nuestro tiempo no hay métodos preestablecidos, no hay teorías acabadas, no hay completud, ni certeza. El investigador de nuestro tiempo tiene que acostumbrarse a la incertidumbre, apasionarse por lo nuevo e inventar la estrategia para reconocer la realidad y al mismo tiempo transformarla.

Acceder al conocimiento de otras maneras, dejar de reproducir el pensamiento lineal (reproductivo) en las escuelas, obliga a desdibujar las fronteras, a pensar en otro tipo de ciencia y de formación científica más atenta a la creación de conocimientos que a producir trabajos en aras de obtener reconocimiento; dispuesto incluso a aceptar que importa menos ser considerado científico que el saciamiento de su curiosidad por el saber (pulsión epistemofílica para algunos psicoanalistas) lo cual obligará tarde o temprano a revocar la marginación y valorar la imaginación que en la ciencia moderna excluye y sofoca a los sujetos.

Reconocemos en la realidad una cualidad compleja que corresponde a una construcción compleja de las verdades que les son relativas. Reconocer la fracción de realidad que compartimos, creamos y recreamos en la ecología, gracias a la cibernética y a la informática, pero sobretodo con base a una filosofía que nos permita comprender el horizonte en el cuál estamos parados, resignificando las experiencias y nuestro tiempo. La complejidad tiene que ver con saberes dispersos y adversos que nos permitan identificar horizontes y desafíos interesantes.

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Estos planteamientos rebasan las fronteras disciplinarias en ciencias sociales y obligan a lecturas transdisciplinarias posibles donde la apertura, la autocrítica y la autoreflexividad son necesarias para superar los límites de la mirada parcial y permitir un diálogo entre lo singular y lo colectivo; ello sólo es posible a partir de una concepción compleja del mundo, concibiéndolo en su totalidad más que desarticulado en ámbitos claramente distinguibles.

Concebir un pensamiento transdisciplinario nos obliga a pensar distinto del moderno que, indudablemente, ante el surgimiento de subjetividades transdisciplinarias, “sin fronteras” 5 , no vacilaría en construir escuelas para genios donde poder encarcelar, amancillar la imaginación en aras del orden y el progreso, es decir, poner al genio creador a servicio de grupos, hacerle decir y argumentar a favor de un estatus.

Las instancias formadoras no están preparadas para esta transdisciplina de la cual la infancia es modelo. Los niños no piensan en fragmentos o disciplinas de entrada, su tendencia a la clasificación y a la representación va siendo inducida por la sociedad que las hace naturales y las traduce en teorías del desarrollo infantil, teorías sobre la inteligencia, el aprendizaje o la personalidad.

Esta transdisciplina no es posible en miradas acotadas, limitadas a sus ámbitos disciplinarios sin dialogar con el mundo, en prácticas de investigación autistas, capaces de sólo ver una dimensión de las cosas. La transdisciplina obliga a abrir intersticios, miradas múltiples frente a las cuales estamos obligados a ser tolerantes y, lo que es más, a producirlas, acostumbrándonos a la incertidumbre y a la imaginación.

La realidad

Pensamos con Heidegger cuando sostiene que al nacer estamos arrojados a un mundo que nos preexiste y frente al cual tomamos una posición, ella evoca una paradoja porque de un lado; que nazcamos o no, no cambia el mundo y por la otra hay efectivamente un impacto en ese mundo al cual estamos inmediatamente referidos. La realidad no se presenta al entendimiento humano con un significado, es nuestro entendimiento el que le otorga sentidos y el que la hace pertenecer a unas constelaciones y no a otras y esto es gracias al lenguaje que la torna dinámica más que inerte y determinante, la realidad corresponde así al tiempo de los sujetos. Desde esta perspectiva la realidad es el efecto de una compleja construcción de sentidos que si bien tienen un sustrato material en lo que está dado (lo real) ello está sometido a un trabajo de interpretación continua que se socializa y que se difumina encontrando ecos en la colectividad, ecos que luchan contra el olvido y que van conformando la historia humana.

La humanidad ha tardado mucho en reconocer que en el conocimiento están atravesadas una dimensión histórico-social y una dimensión lingüística que impide que sea lineal, continua o simple. Pero esas dimensiones han estado siempre ahí y no han sido advertidas porque el interés se ha desviado hacia el terreno político en pos de la colectividad, el progreso, la moral, la sociedad, etcétera.

La realidad entendida como las apariencias gestada desde unas estructuras invisibles que obligan a los individuos a ser sujetos y ser sus soportes, marginan la posibilidad de entender los cambios, la historia y las transformaciones, por ello no comulgo con la posición estructuralista a pesar de que reconozco que los aportes del estructuralismo permitieron figurar una cantidad de problemáticas que sin su

movimiento no advertiríamos actualmente. La realidad no es algo externo al sujeto, pues al interpretarla le otorga sentidos, la crea, la construye en acción.

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Podemos seguir a Marx cuando afirma que la realidad es una síntesis de múltiples determinaciones pero no creemos que estas devengan sólo de la estructura económica y que todo lo que acontezca tenga como sustrato sólo las relaciones económicas. Si bien pensamos que ella es regulada por ejercicios de poder, pensamos que hay otras dimensiones que la constelan.

Si concebimos la realidad como una constelación compleja donde se imbrican y coexisten espacios, tiempos, vínculos sociales que nos permiten unas ciertas relaciones en los actos cotidianos, la acción social, las prácticas discursivas no podemos menos que reconocer que una línea que nos ilumine sobre ella sería la hermenéutica.

La realidad es una constelación que pone de relieve la identidad y la diferencia, no como dos polos separados sino como efectos de un mismo movimiento de apropiación y distanciamiento, de reconocimiento y desconocimiento de uno mismo, de interioridad que se define desde la exterioridad (extemidad para los lacanianos), y que sólo es accesible gracias a un esfuerzo imaginario de sentido, es decir está sometida a un perpetuo movimiento de interpretación y de resignificación.

Desde aquí nos es devuelta una responsabilidad sobre la realidad, desde aquí no hay certezas, ni métodos infalibles, se torna azar e incertidumbre lo cual nos obliga a pensar autónoma e interdisciplinariamente, quizá traspasando fronteras dando lugar al tiempo de los otros a sus formas y estilos de ver las cosas y eso urge un investigador diferente que se mueva en la transdisciplina, lo cual es sumamente

difícil pues ante los cambios vertiginosos, los ritmos acelerados y las formas impuestas de ver las cosas, se asfixia el tiempo para la reflexión, la toma de postura, el compromiso y el reconocimiento de una responsabilidad social, por lo

que es más fácil refugiarse en las certezas y en las seguridades de los protocolos o en las modas que aseguran, ilusoriamente, una reafirmación o un reconocimiento de status científico.

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El sujeto: un hermeneuta

Concebimos al sujeto un hermeneuta a quien le es imprescindible el lenguaje porque se forma y existe en la medida en que habla, que se vincula socialmente a través de prácticas discursivas.

Pensamos que en los procesos de investigación y dependiendo del objetivo que se propongan los investigadores se convocan, conforman y construyen ciertas identidades, construyen a sus sujetos o sus poblaciones de investigación de acuerdo a sus tiempos subjetivos, a sus perspectivas filosóficas, y es en su relación con ellos que van avalando su propia concepción de verdad, de realidad, de sujeto, incluso de investigación científica.

Por ejemplo, es dable la confusión entre lo que se denomina objeto empírico y lo que se denomina objeto teórico y ello propondrá un tipo de vínculo y acción del investigador con su población investigada. Ello es fundamental reconocer porque un esclarecimiento de su posición, de su compromiso con la población de investigación, permitirá operar una distancia paulatina de la que será testigo la interpretación propuesta, su lectura, los nuevos sentidos propuestos para comprender-construir esa realidad.

Desde esta perspectiva el sujeto es un hermeneuta, un intérprete que otorga sentido a su acción, construye su realidad según su tiempo subjetivo, sus experiencias, los saberes históricos que comparte con su colectividad inmediata,

que porta en su habla, es impulsado por su deseo inconsciente que se expresa en sus certezas, la configuración social de la que es parte y advierte la genealogía de las certezas que apuntalan sus verdades.

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¿Qué clase de objeto es objeto de las ciencias sociales?

Pensamos que en las ciencias sociales, generalmente el objeto de investigación no es un dato, no es un experimento, es una realidad interpretada que tienen relación con saberes, verdades y reflexiones filosóficas, pedagógicas psicológicas e incluso teológicas, que se han ensayado respuestas al comprender la naturaleza humana y cuyas respuestas han generado proyectos educativos, construido ideales sociales, significaciones imaginarias y han alentado determinados ejercicios de poder, ello nos convoca a la interdisciplina, a la multidisciplina y, en el más complejo de lo casos, a la transdisciplina.

Al plantearme la pregunta ¿Qué clase de objeto es mi objeto? 6 La noción misma de objeto es problemática si la pensamos desde el empirismo ingenuo o desde el positivismo, desde ahí implica pensar que es algo estático y externo, ese es el dilema de las ciencias sociales; en ellas, el objeto, y esto no es novedad, no es algo físico ni estático ni lineal ni continuo, sino algo irreversible, movible, transformable y permanentemente resignificable.

Es doblemente paradójico porque no sólo no es un objeto fijo sino que el momento histórico al que pertenecemos nos sitia; es decir, nos sitian las miradas disciplinarias con las cuales pensarlo, nos sitia la historia, nos sitia la violencia de

un lenguaje, de una interpretación de la realidad que nos presenta natural lo que de suyo no lo es, nos sitian los discursos que ya ni siquiera escuchamos, aunque den por natural el horror y la muerte, estamos sitiados por ellos o por un placer ominoso que excluye nuestra alteridad (Descombes, 1992) y ni siquiera lo advertimos.

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Identidad y formación no son objetos positivos, observables, contemplables, que pueda explicarse sin sufrir alteraciones, explicaciones que inmediatamente caducan pero que en un proceso sintético tienen impactos incalculables en las prácticas. Ello nos obligará a identificar, a definir y a construir las nociones con las cuales comprenderla. ¿Qué de la formación nos interesa? ¿qué de la formación si podríamos advertir y se nos presenta accesible?, ¿qué intersticio aprovechar para introducirnos en su comprensión?, ¿qué marco de interpretación podría introducírsele? Y si la formación no es un objeto positivo (fijo, lineal, equilibrado) el problema que se nos presenta es el de ¿cómo acercarnos a ese objeto lábil, movedizo, escapable, transformable para decir algo de él mismo?, ¿cómo, si no es posible tomar una fotografía, detenerlo un momento y describirlo, porque en el momento que se expresa ya no es, porque se va transformando toda vez que se vive, que se produce una experiencia, que se habla de él?

Si entendemos a la formación como un proceso que se está dando todo el tiempo, ¿cómo estar abierto para comprenderlo?, ¿como observar con rigor algo que se está dando, que se mueve todo el tiempo, que se produce, se inventa, construye cosas permanentemente y permite unas certezas colectivas?

La formación es algo abordable a partir de sus expresiones, de las construcciones que genera, e incluso, pensamos que podemos acceder al análisis, promoviendo sus manifestaciones (es decir, su expresión) en un dispositivo grupal. Esto es algo

paradójico, porque pensar en analizar algo es situarnos de antemano en el afuera de un objeto determinado, lo cual no es posible en la tesis que sostenemos aquí puesto que lo que nos interesa es un proceso perpetuo que pone de relieve múltiples tiempos, espacios, modos de ser (que acaso se sinteticen en la práctica y se revelen en nuestras acciones); y progresivo en el que está incluido el propio investigador en tanto parte de la humanidad. No se trata de un autoanálisis y sin embargo algo tiene de esto en la medida en que la frontera entre lo colectivo y lo

singular es delgada y endeble; se debilita en la expresión lingüística, se difumina en las palabras y en las prácticas.

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Formación e identidad como temas de investigación nos colocan en la necesidad de superar las explicaciones dualistas de la ciencia pues está justamente en el embate de las fronteras que ellas convocan, no sólo porque invita a tomar postura frente a la pregunta ¿cómo conocemos el mundo? Sino porque en ese conocimiento está de lleno la historia y el lenguaje, como sedimentos que nos impiden seguir con explicaciones dualistas de la realidad a la que estamos arrojados sino porque, la realidad a la que nos enfrentamos en nuestra investigación es la formación (que uno construye) misma de la que uno se apropia, toma distancia y define una alteridad, una posición y una identidad (imaginaria). Apuntamos a una analítica,

esta noción nos permite jugarnos dentro del análisis advirtiendo así los campos que se entretejen.

Si entendemos la formación como este complejo proceso de apropiación, diferenciación, creación y en un continuo ir venir de lo uno a lo otro, de la identidad a la diferencia; donde no es posible establecer linderos porque no se trata de unidades separadas sino de una sola imperfecta, amorfa y magmatizada; se trata de un tejido complejo imbricado, donde el sujeto es desde ya el contexto de lo

otro y lo otro del contexto, no podemos pensar en dualismos, ello nos obliga a comprender al “objeto” desde otra perspectiva.

Hacia una noción de investigación

Investigar es para nosotros una disposición, una apertura, un dejarse invadir por las palabras del otro, dejarse sorprender por el contexto, dejarse asaltar por el

sentido nuevo de las obviedades, las evidencias, las sutilezas o las rutinas que se nos presentan como naturales.

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Pensamos con muchos: Heidegger (1997), Morin (1994), Castoriadis (1989), Lindon (1999) que la complejidad que han alcanzado nuestras sociedades y los sujetos que han emergidos de ellas, sus formas de vínculos y de referencia a ellas mismas; hace que ya no sea posible tratar de comprenderlas tradicionalmente. Ello obliga a varios descolocamientos: el primero tiene que ver con la manera de comprender la realidad; esta no es el objeto que se conoce o se analiza al cual es posible verle desde un ángulo o un horizonte fuera del propio lugar creando una perspectiva que se lee y se escucha ajena a uno mismo; consecuentemente, el investigador como parte del mundo humano, lo ve con una mirada específica y desde ahí, lo

interpreta, actúa en él creándolo y recreándolo. El segundo descolocamiento nos obliga a reconocer que la realidad no es un objeto fijo sino que es dinámica, compleja, en tanto que está en proceso todo el tiempo y aunque responde a las condiciones que la gestan no está determinada, es factible que azar, voluntad de regulación, lenguaje, toma de decisiones, pertenencia al contexto y ejercicios de poder conformen azarosamente momentos de particular intensidad en la historia, pero ello no implica determinación causal sino gestación, génesis, destrucción y organización permanentes.

Siendo así, el investigador, está frente a la certeza de la incertidumbre que lo hace avanzar en movimiento, que lo obliga a tiempos abiertos y reflexivos que podrían hacerlo cambiar de horizontes teóricos en cualquier momento, resignificando así su comprensión del mundo.

Si la realidad no es el objeto listo para ser analizado, si las ciencias sociales no observan, explican o experimentan, sino interactúan con el contexto que es fundamentalmente dinámico y complejo (humano), esta interacción se da gracias al lenguaje, no puede ser de otra forma.

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En ciencias sociales, las narrativas, las historias de vida, las entrevistas profundas, la observación de las prácticas, la etnometodología, la etnografía comunicativa, dan lugar a construcciones de sentido donde el investigador, se juega, está implicado, comparte símbolos culturales, formas lingüísticas, afecta su objeto; y más que develar el sentido que subyace a la realidad, lo construye al lado de otros a los cuales condiciona y ofrece un lugar en el proceso del conocimiento. Se enfrenta a una múltiple temporalidad, a una síntesis de la imaginación donde se dan cita lo singular y lo social, donde lo inaudito y lo deslumbrante están en la cotidianeidad desapercibida, en la rutina inadvertida, en la complicidad de las

palabras y los actos socialmente aceptados.

Desde aquí no se trata de obtener datos, información, esperar respuestas contundentes, se trata de promover al sujeto que pertenece a la población que nos interesa, como un sujeto activo, donde pueda aparecer con sus palabras, para nosotros no es un informante o un objeto de estudio sino un hermeneuta que participa del sentido que tienen sus acciones y opera una acción dinámica en la realidad a la que pertenece. Se trata de producir un material que dé testimonio de cómo concibe al mundo.

Elegir una investigación empírica

Es una crítica frecuente al investigador social la intervención que representa su presencia en el campo, sobretodo porque implica una violencia al no ser demandada (por la comunidad en estudio) su acción social; más aún cuando su interpretación no sólo no fue solicitada sino que traiciona la intimidad de una comunidad al otorgarle sentidos o evidenciar sus secretos. No obstante, en las ciencias sociales, los esfuerzos de investigación etnográfica, etnometodológica o los ya directamente reconocidos como investigación-intervención no pueden más que hacer emerger la experiencia de los sujetos con su mundo, su historia y su tiempo; y es inevitable que a su vez que la experiencia del investigador 7 , afecte 8 a ese mundo, produciendo una experiencia en él, resignificándolo, alterando sus vínculos necesariamente; lo único que puede hacer frente a ello es sostener una postura ética que permite una relación de respeto por los otros, sin juzgarlos o imponerles su modo de ver las cosas.

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Para nosotros conocer no sólo es una cuestión de razón y de entendimiento sino una relación de construcción que resignifica nuestra experiencia en el mundo a través del lenguaje. Quizá sea un mejor refugio las investigaciones históricas, de archivos, de discusiones filosóficas y teóricas; pero nuestro mundo urge de comprenderlo, de inventar nuevas formas, de arrojarnos a la experiencia para discernir en qué hemos derivado, qué hemos hecho con las herencias pasadas, con las instituciones particularmente; como es que se han modificado y cuál es nuestro lugar en los modos de vida (de regulación) que emergen y de los cuales somos partícipes. Siendo así, preferimos el arrojo a la investigación empírica aunque ésta represente una forma de intervención en el mundo, ello es ineludible dada nuestra condición social. Finalmente formamos parte de este mundo y de estos tiempos.

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Reflexiones sobre las preguntas:

En ciencias sociales es necesario superar las dicotomías que acucian a un investigador a tomar postura sobre si hay una primacía de la estructura, la historia, el contexto por sobre la voluntad, la singularidad, la individualidad; ellas nos impiden reconocer la complejidad de la realidad y las posibilidades poiéticas de la condición humana. No podemos pensar en que el sujeto es soporte de las estructuras y solamente su reproductor porque si fuera así, no existiría la historia (incluso como disciplina sería impensable). Pero tampoco podemos sostener la idea ingenua del omnipoderío de la voluntad. La realidad es compleja. Castoriadis hace alusión a que en la naturaleza humana existen dos dimensiones: La Histórico social y la psíquica, una no existe sin la otra, se entretejen, coquetean y se condicionan en la posibilidad de conformar modos de ser. Es en el lenguaje donde, pensamos, se expresan en su mutua condición.

Respecto a la pregunta qué lugar ocupa real o no, la tranformación en las ciencias sociales o las investigaciones sociales y la referencia a la revolución que fracasó en las interpretaciones sobre el marxismo, incluso en los planteamientos del análisis institucional. He de sostener que la transformación no sólo es efecto de una revolución, sea cual sea su índole. Pienso, con De Certeau, que la transformación está en la interpretación de lo que hacemos y decimos, se encuentra en la práctica disidente, en el actuar silencioso, en la legitimación sutil, en la complicidad con los otros. Está ahí y no sólo como efecto revolucionario que conmina a un cambio radical. ¿Qué son los cambios radicales? El socialismo real es testimonio de ello, sino abrimos la posibilidad de reflexionar nuestras contradicciones, las paradojas y sobretodo reconocer la naturaleza de la condición humana, sólo enfrentamos la realidad como podemos o como nos han enseñado a enfrentarla.

¿Cuáles son los aportes del psicoanálisis a la investigación? Reconozco tres aportes fundamentales: La escucha humilde, el silencio activo y el descentramiento de un sujeto sabedor de lo que pasa con el saber de otros.

Reitero mi agradecimiento por esta posibilidad de interlocución.

Referencias bibliográficas

Bachelard (1979), La formación del espíritu científico. Contribuciones a un psicoanálisis del conocimiento objetivo, Siglo XXI, México. Barthes Roland (1971) Crítica y Verdad, Siglo XXI, México. Barthes Roland, El susurro del lenguaje, Editorial paidós, México. Bolivar Antonio (1990) El estructuralismo: de Lévi - Strauss a Derrida, Ed. Cincel – Kapelusz, Bogotá. Braunstein, Néstor et al (1979) Psicología: Ideología y Ciencia, 6ª ed., siglo xxi, México. Foucault, Michel (1998 ) La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona. Ramírez Grajeda Beatriz (2007), De identidades y diferencias. Expresionesw de lo imaginario en la cultura y la educación, UAMA, México. Sánchez Vázquez Adolfo (1976) “La ideología de la neutralidad ideológica” en las ciencia sociales en: J. L. Balcárcel et al, La filosofía y las ciencias sociales. México, Grijalbo.

Wallerstein Immanuel (Coord.) (1996) Abrir las Ciencias Sociales [Comision Gulbenkian para la reestrucutaracion de las ciencias sociales], Siglo XXI-UNAM, México.

Notas

1 Docente investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Azcapotzalco.

2 Que necesariamente presupone diferencia

3 Para una profundización sobre esta discusión remito al lector a mi trabajo: La investigación en el ámbito de las ciencias sociales: entre dualidades y fronteras imaginarias, en Andanzas y tripulaciones, Revista de Ciencias sociales y humanidades, Número 9, Año 3, Octubre 2005, Facultad de Ciencias Antropológicas.

4 Ramírez Grajeda et. al. De identidades y diferencias. Expresiones de lo imaginario en la cultura y la educación, en impresión, México, 2007.

5 A la manera de Darwin, Newton y Leonardo DaVinci.

6 La experiencia vivencial y significativa que va formando y conformando identidades.

7 Con esos mundos, esa historia y esos tiempos que lo afectan y le obligan a moverse de lugar en sus apreciaciones o sus síntesis.

8 Con su presencia, con su intervención.