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Capítulo primero

Afuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, pro-


y ect and o n eg ra s so mb ras de tr ás d e l as d es ta cad as ro cas y, d e
rechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desde
el azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la vieja
ermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes y
lleg aba verdosa, suave, a lo s o jos cansado s d e una exposición
al sol relumbroso.
El joven, respetuosamente, acataba al eremita flaco, sentado
erguido sobre una piedra gastada por los años. «He venido
a Ti p ar a se r i n stru ido , oh V en e rab le» , le d ijo el s an to va ró n
con voz sumisa.
«Siéntate», ordenaba el más anciano de los dos. El joven
monje, de vestiduras color rojo-ladrillo, se inclinó de nuevo
y se sentaba con las piernas cruzadas sobre el suelo apiso-
nado, cerca del maestro.
El vi ejo er emi t a gua rd ab a sil en cio , co mo s í conte mp las e u na
infinidad de cosas pasadas, pero con las cuencas de los ojos
vacías.
Muchos, pero muchos años atrás, siendo él un joven lama,
h a b í a c a í d o e n m a n o s d e u n o s o fi c i a l e s d e l a s t r o p a s c h i n a s ,
en Lhasa, y privado de sus ojos, por no revelar secretos de
Estado, que él desconocía. Torturado, lisiado y cegado de
ambos ojos, había caminado de aquí para allá, con amargura
y decepción, huyendo de la ciudad. Viajando por la noche,
an du vo h ast a l ejo s de ell a, casi en loq ue cid o po r el d olo r y el
horror; evitando la compañía de los hombres. Pensaba, pen-
saba; no le abandonaban sus pensamientos.
Subiendo siempre a mayor altura, viviendo del césped o de
las hierbas que hallaba por su camino; guiado hacia donde
hallar de qué beber por el rumor de los arroyos de la monta-
ñ a , c o n s e r v ó u n e c o d e u n a ch i s p a d e v i d a . P o c o a p o c o , s u s
peores lesiones fueron sanando; las cuencas de sus ojos de-
jaron de supurar. Pero siempre buscaba subir más arriba, le-
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jos de una humanidad que torturaba a los hombres ferozmen-
te y sin motivo.
El aire se fue haciendo cada vez más ligero. Desaparecieron
los árboles, con cuya corteza podía sustentarse. No podía
extender la mano y arrancar planta o yerba alguna.
Entonces, le era preciso arrastrarse sobre las manos y las
rodillas, vagando de una parte a otra, esforzándose,
esperando hacer lo bastante para poder alejar los tormentos
del hambre.
El aire se hizo más frío, los dientes del viento más penetran-
tes; pero aún se afanaba más hacia arriba, siempre más arri-
ba, como conducido por un impulso interior. Unas semanas
antes, al comienzo de su viaje, había encontrado una fuerte
rama, que empleaba como bastón para buscar su camino. De
pronto, su bastón de ciego se encontró enfrente a una pared
y no pudo hallar camino que le condujese más adelante.
El joven monje miró fijamente al anciano. No se observaba
en él signo alguno de movimiento. «Así debía ser», pensó el
joven, y se consoló pensando que los «Venerables Ancianos»
vivían en el mundo del pasado y jamás alteraban su modo de
ser por nadie. Echó una ojeada curiosa a su alrededor, en la
cueva desnuda. Y lo era completamente. A uno de los lados,
se observaba un amarillento montón de paja — la cama del
eremita —. Al lado de ésta, un tazón. De un saliente de la
roca, colgaba una mugrienta túnica color de azafrán, triste y
como consciente de estar descolorida por el sol. Y nada más.
Nada.
Aquel viejo reflexionaba su pasado cuando fue torturado,
mutilado y cegado. Cuando él era un joven, como aquél que
tenía sentado delante suyo.
En un arranque de frustración, con su palo golpeó la extraña
barrera que tenía enfrente. Vanamente, se esforzó por ver a
través de los cuencos vacíos de sus ojos. Finalmente, rendi-
do por la intensidad de sus emociones, cayó desvanecido al
pie de aquella barrera misteriosa. El aire enrarecido se cola-
ba a través de sus vestiduras, robando lentamente al
debilitado cuerpo el calor y la vida.
Largos momentos pasaron. Finalmente, los pasos de unos

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p ies calzados reson aron sob re el suelo pedregoso. Se escucha-
ron palabras murmuradas en una lengua incomprensible y el
débil cuerpo de aquel lama fue levantado y conducido lejos.
S e e s c u c h ó u n « i c l a n g ! » m e t á l i c o y u n b u it r e q u e e s t a b a a l l í
al acecho, considerándose defraudado de su comida, se remontó
pesadamente.
El vi ejo ana co re ta e mp ezó a re cord ar. To do aqu e llo pasó mu -
cho tiempo atrás. Ahora tenía que instruir al joven monje
que tenía enfrente y que era como él fue — ¿Cuántos años
h ací a? ¿Ses en t a? ¿S et ent a? ¿ Ta l ve z más ? —. No i mp o rt ab a ,
t o d o h a b í a q u ed a d o a t r á s , p e r d i d o e n l a s ni e b l a s d e l p a s a d o .
¿Qu é s i g n i fi ca n l o s año s d e l a v ida de un ho mb re, cu and o él
conoce los que tiene el mundo?
Parecí a co mo s i el t iempo s e h ub ies e det en i d o. H ast a el vi en to
d ébil , qu e su s urraba a trav é s de las ho j as , h ab í a ce sado su
murmullo. En el aire, flotaba u na expectación temerosa, mien-
tras e l jov en mon j e agu a rda ba qu e el v i ej o ere mi ta emp ez ase
su discurso. Por fin, cuando la tensión se iba haciendo ina-
guantable para el joven, el Venerable inició sus palabras.
« Tú has sido env iado a mí — d ijo —, porque se te ha destinado
una gr an trab aj o en esta V ida y yo tengo que instrui rt e de todo
cuanto son mis cono cimiento s, de forma que tendrás que
enterarte hasta cierto pun to de tu prop io des tino» . El viejo se
encaraba en dirección del joven, que se movía confuso. Era
d ifí ci l, p ensab a, t r ata r con ciego s; « m ir an » sin v er; pe ro u no
tien e la sensación de que lo v en todo. No se sabe cómo tratar
con ellos.
La voz seca y desacostumbrada a expresarse del viejo conti-
nuó: «Cuando yo era joven me encontré con varias experien-
cias, experiencias dolorosas. Abandoné nuestra gran ciudad
de Lhasa y vagué, ciego, a través de las soledades. Debilita-
do, enfermo e inconsciente, fui arrebatado no sé adónde y
allí fui instruido en preparación de este día de hoy. Cuando
mi conocimiento haya pasado a ti, el trabajo de mi vida
h ab rá terminado y pod ré ir en paz a los C amp os C elestiales.»
Diciendo estas palabras, un resplandor beatífico iluminó las
mejillas caídas y apergaminadas de aquel anciano, que dio

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inconscientemente más velocidad a su Molino de Plegarias.
En el exterior, las sombras, lentas, se arrastraban por el suelo.
El viento s e había hecho más fuerte y empujab a el polvo seco
de color de hueso, formando pequeños torbellinos a ras del
suelo. A intervalos, un pájaro lanzaba una llamada urgente.
De un modo casi imperceptible, la luz del día se apagaba y
las sombras se iban alargando. Dentro de la caverna, ahora
fran ca mente a o scuras , e l jo v en mo n je se ap re tab a fu ertemen t e
el cuerpo, esperando de esta forma reprimir los ronquidos de
s u h a m b r e c r e c i e n t e . H a m b r e . « E s t u d i o y h a m b r e » , p e n s ab a
«siempre van juntos.» Hambre y estudio. Una pasajera
sonrisa cruzó por el rostro del ermitaño. «¡Ah! —exclamó--
la información era exacta. El joven se siente hambriento. Su
v ient r e semeja por el ru id o u n timb al hu eco . El q u e me in for -
mó me dio este d etalle. Y también el remedio .» Len ta, penosa-
mente, con lo s crujidos propios de la edad , se puso en pie sin
t i t u b e o a v a n z a d o h a c i a u n a pa r t e o c u l t a d e l a c u e v a . A s u r e -
greso entregó al joven monje un pequeño paquete. «De parte
de tu Honorable Guía», explicó; «Él me ha dicho que quiere
hacer más dulces tus estudios.» Tortas dulces de la India.
Y una poca de leche de cabra, para cambiar el agua como
ú n i c a b e b i d a . « ¡ N o , n o ! » , e x c l a mó e l v i e j o e r m i t a ñ o , c u a n d o
fue invitado a compartir aquel alimento. «Me doy cuenta de
las necesidades de la juventud; sob re tod o d e l o s q u e h ab it an ,
lejos del mundo, más allá de las montañas. Come y disfruta.
Yo, insignificante persona, intento seguir en mi humilde senda
al gracioso señor Buda y vivir de la metafórica semilla de
mostaza. Pero tú, come y duerme; porque me doy cuenta
de que la noche se nos ha venido encima.» Diciendo estas
palabras el anciano había vuelto al interior oculto de la
cueva.
El joven se dirigió a la entrada de la cueva, que ahora era
u n ó v alo g r is con t ra la o s cur id ad d el in t e ri o r. Lo s alto s p i cos
de la montaña parecían recortes negros contra el rojizo espa-
cio que les rodeaba. De pronto se produjo un creciente res-
plandor plateado de luz por el pasaje de unas oscuras nubes
solitarias, como si la mano de un dios apartase las cortinas

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q u e o c u lt ab a n a l a q u e l o s h o mb res llaman «la Reina de l Cie-
lo». Pero el joven monje no se entretuvo; su cena era fru-
galísima y no la habría resistido ningún joven occidental.
En segu id a r eg resó a la cu ev a y , ex cav ando u na dep re sión en
l a a r e n a d e l s u elo d o n d e r e p o s a r su c ad e r a, cay ó en u n sue ñ o
profundo.
Los primeros albores de la luz le hallaron agitándose incó-
modamente. Se levantó de un solo impulso y, puesto de pie,
miró como avergonzado a su alrededor. En este momento el
v i e j o a n a c o r e t a . e n t r a b a c a m in a n d o i n c i e r t a m e n t e d e n t r o d e l
v estíbulo d e la cu ev a. « ¡Oh, v en erab le — ex clamab a el jov en
monje nerviosamente —, he dormido más de la cuenta y no
me he acordado de los oficios nocturnos!» Entonces se dio
completa cuenta de dónde se hallaba.
«No temas, joven amigo — dijo sonriendo el ermitaño —.
Aquí no hay oficios. El hombre, una vez evolucionado, tendrá su
oficio dentro de su propia alma, por todas partes y siempre, s i n
que tenga que ser reducido a rebaño y congregado como los
yaks, que no tienen una mente. Pero hazte tu tsampa (*) y
come; porque hoy tengo que contarte muchas cosas, y tú
tien es q ue acord arte de todas ellas.» Diciendo estas p alabras, el
santo varón, se encaminó hacia el naciente día.
Una hora más tarde, el joven estaba sentado enfrente del an-
ciano escuchando la relación de éste, tan apasionante como
extraña. Una histo ria que abarcab a to das las religion es, todas
las historias sobrenaturales y leyendas del mundo entero. Una
historia que había sido reprimida por todos los sacerdotes
sedientos de poder y los «científicos» desde los primeros
tiempos tribales.
Rayo s d e so l s e filt raban a t r av és d el fo ll aj e d e l a b oc a d e la
cueva y daban brillo a las fibras metálicas de las rocas. El
ai re , l ige ramen te c al ien te, y u n a lig era n eb li na flot ab a so b r e el
lag o . Uno s cu an tos p ajarillo s ch arlaban ruido samen te y se
preparaban para su tarea inacabable de buscar comida sufi-
ciente en una región de vegetación escasa. En las alturas, un

(*) Agua hervida con harina tostada.


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buitre solitario se alzaba, sostenido por una corriente ascen-
d e n t e d e a i r e , s u b i e n d o y b a ja n d o c o n l a s a l a s e x t e n d i d a s , i n -
móviles, mientras con sus ojos perspicaces buscaba sobre el
suelo desnudo algún cuerpo muerto o muriéndose. Convencido
de que no había nada para su provecho, se desplazó a otros
cielos con un graznido malhumorádo y huyó en busca de
mejores venturas.
El viejo ermitaño estaba sentado, erecto e inmóvil, con su
f i g u r a d e s c a r n a d a e s c a s a m e n t e cu b i e r t a p o r l o s r e s t o s d e s u
vestidura dorada. «Dorada», ya no lo era, sino descolorida por
el sol y convertida en unos harapos terrosos con unas tiras
amarillas, donde los pliegues habían hecho disminuir en parte
la decoloración por la luz solar. La piel era apergaminada,
sobre sus pómulos agudos, y con ese color de cera, blan-
q u e c i n o , f r e c u e n t e e n t r e l o s q u e e s t á n p r i v a d o s d e l a v is t a .
Iba descalzo y los objetos de su propiedad se limitaban a unas
pocas cosas: un cuenco, un Molinillo de Plegarias, y
ú n i c a m e n t e u n a r o p a d e r e c a mb i o , t a n d e s t e ñ i d a y m a n c h a d a
como la que llevaba puesta. Nada más, absolutamente nada
más en el mundo entero.
Sentado enfrente al eremita, el joven monje meditaba. Cuanto
mayor es la espiritualidad de un hombre, menos son sus
bienes terrenales. Los grandes abades, con sus hábitos de oro,
s u s r i q u e z a s y a b u n d a n c i a d e ma n j a r e s , s i e m p r e e s t a b a n e n
lucha para alcanzar poder político y vivían para el momento
presente, mientras reverenciaban de labios afuera las Escri-
turas.
«Joven amigo», empezó la voz anciana. «Mis días casi tocan a
su acabamiento. Tengo que transmitirte mis conocimientos;
después de lo cual, mi espíritu será libre para irse a los Cam-
pos Celestiales. Tú, a tu vez, transmitirás estos conocimientos
a los demás. Escucha, pues, y almacena todo cuanto te diré en
tu memoria sin fallo alguno.»
« ¡ A p r e n d e e s t o , e s t u d i a a q u e l l o !» , p e n s ó e l j o v e n m o n j e . « La
vida ahora no es más que un rudo trabajo incesante. Adiós
cometas, zancos y...»
Pero el ermitaño continuó: «Ya sabes cómo me trataron los

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chinos, y cómo fui vagando por las soledades y llegué final-
mente hasta donde me ocurrió un gran prodigio. Un milagro,
porque un instinto secreto me condujo hasta las mismas puer-
tas del Santuario de la Sabiduría. Te lo quiero contar. Mi
s a b i d u r í a s e r á t u y a , t a l c o mo a m í m e f u e m o s t r a d a , y a q u e , a
pesar de estar privado de la vista, lo vi todo».
El joven monje asintió con la cabeza, olvidándose de que el
anciano no le podía ver; entonces, dándose cuenta, le dijo:
«Estoy escuchando, Venerable Maestro, y estoy capacitado
por mi formación a recordarlo todo». Mientras decía estas
palabras, él hizo una reverencia y se volvió a sentar, aguar-
dando un rato.
El anciano sonrió y continuó su relato: «Lo primero que re-
cuerdo es que estaba acostado muy cómodamente en un lecho
blando. Naturalmente, yo entonces era joven, por el estilo de
lo que eres tú, y creía haber sido transportado a los Campos
C e l e s t i a l e s . P e r o n o p o d í a ve r y m e p a r e c í a q u e s i e l s i t i o
donde me hallaba era el otro lado de la vida habría recobrado
mi vista. De manera que estaba allí acostado y esperando. Al
cabo de un largo rato, unos pasos muy silenciosos se acer-
caron y se detuvieron a mi lado. Yo, estaba inmóvil, no sa-
b i e n d o q u é e sp e r a r . " ¡ A h ! " , e x c l a m ó u n a v o z q u e m e p a r e c i ó
ser en cierto modo distinta de las nuestras. "¡Ah!, veo que
habéis recobrado la conciencia. ¿Os encontráis bien?".
»Vaya una pregunta necia, pensé entre mí. ¿Cómo puedo
encontrarme bien, si me estoy muriendo de hambre? ¿Era
cierto? En realidad ya no sentía hambre alguna. Me encon-
traba bien, muy bien. Con precaución, moví mis dedos, sentí
mis brazos sin rastro alguno de agujetas. Me había recobrado
y me notaba normal; sólo que no tenía ojos. "Sí, si, me siento
bien, gracias por la pregunta", le contesté. La Voz dijo
entonces: "Hubiéramos querido restaurar vuestra vista; pero
o s h a b í a n q u i t a d o l o s o j o s y n o n o s f u e p os i b l e . R e p o s a d u n
rato, y luego hablaremos con Vos detalladamente".
»Reposé; no tenía otra solución. No tardé en dormirme de
nuevo. Lo que dormí, no lo supe; pero un dulce sonido d e c a m p a n a s ,
casualmente, me desveló; tañido más dulce y

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apacible que los más delicados gongs, y mejor que las antiguas
ca mp an as de p lat a, má s so no ro qu e l as tro mp eta s d e l templo .
Me incorporé y miré a mi alrededor, como si pudiese forzar
la visión de mis órbitas sin ojos. Un brazo amistoso se deslizó
alredor de mi espalda, y una voz me dijo: "Levántate y
sígueme. Yo te conduciré".»
El joven religioso permanecía sentado y experimentaba una
fascinación, extrañándose que no le hubiesen sobrevenido nunc a
aventuras semejantes; ignorando que, en su día, le llegarí a
el turno. «Te lo ruego, continúa, Venerable Maestro»,
exclamó. El viejo maestro sonrió complacido por el interés
que mostraba el joven.
« Me con dujo hasta una habitación esp aciosa, al parecer, llena
de gente; yo escuchaba el rumor de su respiración y el roce
de sus vestiduras. Mi guía me dijo "Sentaos", y un extraño
i n g e n i o f u e e m p u j a d o h a s t a mi p e r s o n a . E s p e r a n d o s e n t a r m e
en el suelo, como tod as las personas educadas, estuve a punto
de caerme al choque con aquel artefacto.»
El anciano anacoreta hizo una breve pausa y una seca risita
escapó d e su boca al relatar aqu ella escena pasada. «Me senté
con todo cuidado — continuó — y aquel objeto me pareció
b lando, si bien sólido. Me sentía sostenido sob re cuatro p atas y
por la parte de atrás había una cosa que me impedía echar
atrás mi espalda. De momento, pensé que me creían demasiado
débil para sentarme sin alguna protección; después capté se-
ñales de divertida y reprimida so rpresa entre los presentes, ya
que, por lo visto, aquélla era la manera de sentarse de toda
aquella gente, y, francamente, quedé colgado tristemente de
aquella plataforma almohadillada.»
El joven monje intentó imaginarse lo que podía ser una pla-
ta fo r m a p ar a s en ta rs e . ¿ Po r q u é ex ist ían s e mej an t es o b je to s?
¿Por qué se tienen que inventar cosas inútiles? No, decidió; el
suelo era suficiente para él; más seguro, sin riesgos de
caerse. Y, ¿quién es tan débil que necesita tener su espalda
aguantada? Pero el anciano estaba otra vez hablando — sus
pulmones era resistentes — al joven monje.
«"Os extrañáis de nosotros — la voz continuó —, os maravi-

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liáis de qu iénes somos, de por qu é os sen tís tan bien. Siéntate
con tod a co mod id ad , porque tenemos que contarte muchas
cosas".
»"Muy Ilustre Seño r", dije disculpándome. "Estoy ciego, he
sido privado de mi v ista y d ecís qu e ten éis mucho q ue contarme
y qu e mos trarme. ¿Có mo pued e ser, esto ?" "Tranquilízate —
dijo la Voz —, porque todo será claro para ti, con tiempo y
p acien cia.» La parte posterior de mis piernas emp ezaba a
do lerme, co lgadas en aquella extraña po stu ra, de modo qu e las
en cogí, intentando p ermanecer en la postura del loto sobre la
p equeña plataforma d e madera aguantad a sob re cuatro p atas y
con aquel estorbo en la espalda. Así, me sen tía más a mis
an chas, si b ien, no v iendo, podía perder el equilib rio sin
qu erer.
» "Somos los Jardinero s d e la Tierra", p rosigu ió la Voz. "Via-
jamos por los universos, situando s eres humanos y animales por
los mundos distintos. Vo sotros, los hijos de la Tierra, poseéis
leyend as so bre nosotros, llamándono s d ioses celestiales y
h ab lan do de nuestros carros de fuego . Ahora vamos a d arte una
in formación sobre el o rigen de la Vid a en la Tierra, de manera
qu e pued as trans mitir tus conocimientos a otro que vendrá
d espués al mundo y escribirá s ob re estas co sas, porqu e ya es
ho ra de que la gen te conozca la Verdad de su s Dios es, an tes de
iniciar el segundo p eríodo ."
»"Aquí hay cierta confusión", exclamé con desánimo. "No soy
más que un pobre monje que sub ió a estas altu ras sin saber
có mo."
» "Nosotro s, con nuestro sab er, te guiamo s — mu rmu ró la Voz
—, te hemo s escog ido por tu memoria extraordinaria, que aún
reforzaremos. C onocemos todo lo qu e se refiere a ti. Po r eso te
h emos con ducido h asta noso tros."»
Fuera de la cu eva, a la luz, ahora brillante, del día, la nota del
canto de un pájaro se elevó aguda y penetran te con súbita
alarma. Un chillido de una av e ag reso ra y el pájaro s e escapó
d e aquellos parajes p recipitadamente. El v iejo ermitaño levantó
s u c ab e za u n mo men to , d i ciendo: « No es nad a; p ro bablemente
un pájaro vo lando en la altura h a lanzado un

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ataqu e» . E l jov en monje encon tró d esag radable el v erse d is-
traído d e la narración d e la vieja ed ad , una ed ad que — cas o
extraño — no encontraba difícil de visualizar. A la orilla del
lago los sauces cabeceab an con indolencia sólo inquietados por
las brisas errantes q ue remo vían sus ho jas y las hacían
p rotestar contra la invasión d e su reposo. Actualmen te, los
p rimeros rayos de sol h abían abandonado la en trada de la cueva
y en ella reinaba el frío , con la luz teñida de color verdoso. El
v iejo eremita se estremeció ligeramente, arregló sus
abigarrad as v estidu ras y con tinuó:
« Estaba asu stado, muy asustado . ¿Qu é sabía yo d e aqu ello s
Jardin eros de la Tierra? Yo , no era jardin ero. No sabía nada de
plantas, y de universos, mucho menos. Necesitaba no marcharme de allí.
Mien tras estaba pens ando esas cosas, pu se mis p ies sobre el
bo rde de mi plataforma-asiento y me puse de pie. Manos
cariñosas, pero firmes me v olvieron a sentar en aqu ella rara
forma, con mis p ies colg ando y mi esp ald a apoyada sob re algo
qu e estaba detrás mío. "La planta, no debe dictar órdenes al
jard in ero ", murmu ró una v oz. "Te h an condu cido aqu í, y aqu í
tien es que aprender."
» A mi alred edor, mientras me vo lvía a sentar, aturdid o, pero
también irritado , comenzó una gran discu sión en una lengua
p ara mí desconocida. Voces. Voces. Algu nas agudas y d elga-
d as, co mo saliendo d e u nos g aznates de enanos. Otras, pro -
fundas, resonan tes, sono ras, co mo toro s o yaks en los p eríodo s
d e celo, mug iendo a través del pais aje. Fuesen quien es fuesen,
p ensé, no auguran nada bu eno para mí, p ersona díscola, cautivo
involuntario. Estuv e escuchando con temor e in certidumbre
todo el rato que duró la d iscusión p ara mí incomp ren sible.
Aquellos pitidos y estruendos co mo d e una trompeta resonando
en un desfiladero . ¿Qué gen te era ésa?, p ensab a yo, ¿pu ed en los
g aznates hu mano s presentar esa multitud de tonos, supertonos y
semitonos? ¿Dónd e me en contrab a? Tal v ez me h allab a y o en
p eo res manos qu e cu ando era p risionero de los chinos. ¡Oh,
qu ién tuviera ojos! Ojos para ver lo que ahora me era ved ado.
¿Se hab ría desvanecido acaso el misterio a la luz de la mirada?
P ero n o, como co mprendí lu ego, el

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misterio se habría hecho más profundo. Permanecí sentado,
lleno de aprensión y muy asustado. Las to rturas qu e había
exp erimen tado en mano s de lo s chinos me habían acobardado,
me h acían temer qu e no podría soportar más, de ninguna
manera. Mejor hubiera sido qu e los Nuev e Drago nes hubiesen
llegado y me consumiesen de una vez que lo que me tocaría sopo rtar po r
ob ra de lo Descono cido. Así es qu e permanecí sentado , ya que
no hab ía nada que h acer.
» Altas voces me hicieron temer por mi suerte. De hab er tenido
ojos para ver, hubiera realizado un desesperado esfuerzo para
hu ir; pero aquel qu e se encuentra sin ellos está concretamente
sin esperanzas, a la merced d e todo . La piedra lan zada, la
pu erta cerrad a, las amen azas crecientes que se me p resentab an,
amenazadoras, op resivas y siempre temerosas. El estrépito
exp erimen tó un cres cendo. Los g ritos chillab an en los más altos
registros, como un es tru endo de toro s en lu ch a. Temía una
v iolencia sob re mi p ersona, golp es que llegasen hasta mi
p erson a a través d e mis tin ieb las eternas. Agarré fu ertemente el
borde de mi asiento, y lo solté en seguida, p ensando qu e un
go lpe podría dejarme sin sentidos, mientras q ue si no
en contraba resistencia el ch oqu e sería más leve.
» "No temas", me dijo la Vo z, ahora para mí familiar. "Se trata
ún icamente de un a reun ión del Consejo. Ningún daño pu ede
seguirse para ti. Precisamente estamos d iscutiendo la mejor
manera de instru irte."
» "Alto Señor", repliqué algo confu so . "Estoy sorprendido, en
v erdad, escu chando cómo los Grand es lanzan sus voces a se-
mejanza de los más humildes pastores de yaks en la montaña."
Un d ivertido ru mor de risas celebró mi comentario. Mi
aud itorio , s egún parecía, no estab a disgustado por mi tal vez
algo loca franqu eza.
»"Recu erda eso siempre", replicó el Jardinero. "No importa lo
qu e se alza la voz; siempre hay u na razón , u na discrepancia.
S iemp re una o pinió n que se separa de lo que afirman los demás.
C ad a cu al tiene que discutir, argumentar y, fo rzosamen te,
sostener la p ropia opin ión, si no se quiere ser un mero esclavo ,
un autó mata, siempre a pun to d e aceptar los dictados d e

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o t r o . E s p r e c i s o d i s c u t i r , r a z o n ar . La l i b r e d i s c u s i ó n s i e m p r e
se interpreta por el observador incomprensivo como el pre-
l u d i o d e u n a vi o l e n c i a f í s i c a . " To c ó m i s h o m b r o s p a r a t r a n -
q u i l i z a r m e y c o n t i n u ó : "T e n e m o s a q u í p e r s o n a s n o s o l a m e n t e
de distintas razas, sino de varios mundos. Algunos, son de
nuestra galaxia. Otros proceden de galaxias de más allá. Al-
gunos de ellos, a ti te parecerían pequeños enanos, al paso
que otros son verdaderos gigantes, seis veces más altos que
los que están dotados de menores estaturas". Escuché sus
pasos cuando se alejaba para reunirse con el grupo de los
demás.
»"Otras galaxias" ¿Qué significaba todo aquello? Gigantes,
bueno, igual que los que había oído mencionar en los cuentos
maravillosos. Enanos, parecidos a los que se veían a veces en
las comedias. Moví mi cabeza; todo aquello estaba más allá
d e m i c o m p r e n s i ó n . L a V o z m e h a b í a d i c h o q u e n o s u fr i r í a
ningún mal, que se trataba únicamente de una discusión. Pero
n o s i e mp r e l o s m e r c a d e r e s d e l a I n d i a q u e p a s a n p o r l a c i u d a d
de Lhasa arman esos barullos, trompeteos y voces. Decidí
permanecer sentado y aguardar en qué paraba todo aquello.
¡Después de todo, no podía hacer otra cosa!»
Dentro de la fría caverna del ermitaño el joven monje perma-
necía absorto, embebido escuchando la historia de los extra-
ños seres. Pero no lo estaba tanto que no se percibiese el
r u mo r d e s u s i n t e s t i n o s . C o m i d a , c o m i d a u r g e n t e , a h o r a u r g í a
por completo. El viejo ermitaño cesó de pronto su relato y
murmuró: «Sí, precisa un desayuno. Prepara tu alimento. Vol-
veré luego». Diciendo estas palabras, se puso en pie y se
encaminó lentamente a su retiro.
El joven monje se apresuró a salir al aire libre. Por unos ins-
tantes estuvo contemplando el paisaje; seguidamente se diri-
gió hasta la orilla del lago, donde la arena fina, de color
terroso, brillaba como invitando. De sus vestiduras sacó el
c u e n c o d e ma d e r a y l o l a v ó d e n t r o d e l a g u a . L l e n á n d o l o y
meneándolo, estuvo lavado. Tomando un pequeño saco lleno
de cebada, que llevaba en el interior de sus hábitos, echó un
p e q u e ñ o p u ñ a do e n e l c u e n c o y l u e g o l l e n ó d e a g u a d e l l a g o
la cavidad de su mano. Dentro del cuenco fue amasando la

20
p a s t a f o r ma d a , y c o n d o s d e d o s d e l a m a n o d e r e c h a , a m o d o
d e cuch ara, se sirv ió aquel manjar con to da lentitud y ningún
entusiasmo.
Una vez hubo acabado de comer, lavó el cuenco en el agua
del lago y luego tomó un puñado de aquella arena fina. En-
tonces frotó enérgicamente aquella vasija por dentro y por
fuera y, todavía húmeda, la metió en el seno de su hábito.
L u ego se arrodilló y extendió el bord e de su túnica y recogió
arena hasta que no cupo más. Poniéndose de pie, regresó a
la cueva. Una vez estuvo en ella echó la arena al suelo e in-
mediatamente salió en busca de alguna rama caída que tu-
viese algunos pequeños brotes. Volviendo a la cueva, barrió
la arena compacta antes de ech ar en cima una capa d e la aren a
acabada de traer. Con una capa no hubo bastante; hasta
después de echar siete de ellas no estuvo satisfecho y pudo
sentarse, con una clara conciencia, sobre su sábana de lana
de yak.
No poseía ninguna vajilla a la moda de ningún país. Su hábito
colorado era todo su atavío. Raído y desgastado en algunos
pedazos casi hasta la transparencia, no protegía contra los
vientos fríos. No poseía sandalias ni ropa interior alguna.
Nada más que esa túnica solitaria, que se quitaba por la
noche, cuando se envolvía dentro de la sábana. Como utensi-
lio, únicamente contaba con aquel cuenco, el pequeño saco
de cebada y una vieja y estropeada Caja Mágica, desde mucho
tiempo sustituida por otra, en la que conservaba un sencillo
talismán. No poseía Molino de Plegarías alguno. Esto era para
otros más ricos. Llevaba afeitado el cráneo y señalado con las
M a r c a s d e l a V i r i l i d a d , q u e m ad u r a s q u e a t e s t i g u a b a n q u e h a -
bía soportado las candelas de incienso ardiendo sobre su ca-
beza para dar testimonio de su capacidad de meditación al
sentirse in mune d el dolor y el olor de carne qu emad a. Ahora,
habiendo sido elegido para una misión especial, había viajado
lejos, hasta la cueva del ermitaño. Pero ahora el día había
caminado, con las sombras cada vez más alargadas y el en fria-
miento progresivo del aire. Se sentó y aguardó que apareciese
el eremita.

21
Al cabo de una breve espera se escucharon los pasos arras-
trados, los golpes del largo bastón y la respiración fatigada
del viejo. El joven monje lo miró con renovada reverencia;
¡cuántas experiencias tenía! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Qué
s a b i o l e p a r e c í a ! E l v i e j o c o m p a r e c i ó y s e s e n t ó . En a q u e l
mismo instante, una bocanada de aire y una inmensa y peluda
criatura, saltó dentro de la entrada de la cueva. El joven
monje, se puso de pie de un salto y se preparó a buscar la
muerte protegiendo al viejo ermitaño. Agarrando dos puñados
de tierra del suelo arenoso, se preparaba a lanzarlos a los ojos
del intruso, cuando le detuvo y le tranquilizó la voz del
recién venido.
«¡Salud, salud, Santo ermitaño!», gritó como si estuviese diri-
giéndose a una persona distante una milla. «Pido vuestra ben-
d i c i ó n , v u e s t r a b e n d i c i ó n p o r e s t a n o c h e , q u e a c a mp a mo s a l a
orilla del lago. Aquí — bramó — he traído para vos té y ce-
bada. ¡Vuestra bendición, ermitaño, vuestra bendición!» Po-
n i é n d o s e e n m o v i mi e n t o d e u n b r i n c o , n o s i n r e n o v a r l a s a l a r -
m a s d e l j o v e n m o n j e , s e p r e ci p i t ó d e l a n t e d e l e r m i t a ñ o y s e
prosternó sobre la arena acabada de arreglar. «Té, cebada,
a q u í , a c e p t a d l a . » S a l i e n d o f u e ra , t r a j o d o s s a c o s q u e p u s o
ante el ermitaño.
«Mercader, mercader — respondió humildemente el eremita —
, e s t á i s a l a r m a n d o a u n a nc i a n o e n f e r m o c o n v u e s t r a v i o -
l e n c i a . La p a z s e a c o n v o s . P u e d e n l a s B e n d i c i o n e s d e G a u t a -
ma reinar sobre vos y habitar dentro de vos. Pueda vuestro
viaje ser rápido y vuestro negocio próspero.»
«Y, ¿quién sois vos, joven gallito?», voceó el mercader.
«¡Ah!», exclamó el buen hombre, «mis excusas, joven reve-
rendo padre, por culpa de la oscuridad de esta cueva no he
visto de momento que sois uno de los del hábito.»
«¿Y qué nuevas nos traéis, mercader?», preguntó el ermitaño
con su voz seca y cascada.
«¿Nuevas?», respondió el mercader. «El prestamista indio fue
apaleado y robado; cuando fue a los procuradores, volvió a
serlo, por haberse descarado con ellos. El precio de los yaks
ha bajado; el de la mantequilla ha subido. Los reverendos de

22
la Frontera han subido sus tarifas. El gran Lama ha viajado
hasta el Palacio de las Joyas. ¡Oh!, santo eremita, no hay
noticias. Esta noche acampamos al lado del lago, y mañana se-
guimos nuestro viaje hasta Kalimpong. El tiempo es bueno.
Buda nos ha protegido y los diablos nos han dejado en paz.
Y vos, ¿necesitáis acaso que os traigan agua, o arena seca para
el suelo de vuestra cueva, o bien ese joven padre ya procura
por vuestras necesidades?»
Mientras las sombras viajaban hacia las tinieblas de la no-
che, el ermitaño y el comerciante hablaban y cambiaban no-
ticias de Lhasa, del Tíbet, de la India y más lejos, allá de
los Himalayas. Al final, el comerciante se puso en pie y ob-
servó con temor la oscuridad creciente. «¡Adiós!, joven santo
padre. No puedo ir solo en la oscuridad, los demonios me
asa lt ar ían . ¿Po déis a co mpañ a r me h as ta e l c a mpa m en to?» , im -
ploró.
«Estoy a las órdenes del Venerable Ermitaño», contestó el
joven monje. «Iré, si el me lo permite. Mis hábitos me pro-
tegerán de los peligros de la noche.» El viejo eremita, risueño,
le dio el permiso. El delgado monje joven guió el camino
fue ra de l a cue va. El en orme gig an t e, el me rcad er, ape st an do
a lana de yak y peor, iba tras el joven lama. A la entrada
mi s ma e stu v o a p u n to d e d a r co n tra un a r a ma llen a de ho jas .
S e e s c u c h ó u n g r a z n i d o y u n p áj a ro a s u s t ad o s e e s c ap ó d e l a
rama. El mercader profirió un chillido de terror y se desplo-
mó, como desvanecido, a los pies del joven monje.
«¡Uf!, santo padre», suspiró el mercader. «Pensaba que los
diablos me habían hecho prisionero. Pensé, aunque no del
todo conv encido, que deb ía devolver los dineros qu e tomé en
préstamo del usurero indio. Vo s me habéis salvado, habéis do-
minado a los diablos. Acompañadme hasta el campamento y
os regalaré medio ladrillo de té y un saco lleno de tsampa.»
La oferta era demasiado buena para dejarla escapar; así es que
el joven monje puso un especial cuidado, recitando las Ple-
garias de los Muertos, la Exhortación a los Espíritus Inquie-
tos y el Cántico a los Guardianes del Camino. El ruido re-
sultante — puesto que el joven monje no era nada músico —

23
rechazó a todas las criaturas que rondaban por la noche, por
donde pueden pasearse los diablos.
Llegaron, por fin, hasta las hogueras del campamento, donde
los compañeros del mercader estaban cantando y tañendo
instrumentos musicales, mientras las mujeres tostaban ladri-
llos de té y echaban los mismos en un caldero de agua bur-
bujeando. Un saco entero de cebada bien molida se tiró al
caldero y una vieja, con su mano parecida a una garra, extrajo
de un saco un puñado lleno de manteca de yak. Luego echó
otro y otro en el caldero, hasta que una capa de grasa se
extendía y burbujeaba en la superficie.
El resplandor de las hogueras invitaba, y aquella alegría era
contagiosa. El joven monje se arropó decorosamente y con
toda calma se sentó en el suelo. Una vieja arrugada, cuya
barbilla se tocaba con la nariz, le ofreció hospitalariamente
algo que tenía en la mano; pero el monje, decorosamente,
presentó el cuenco y un generoso tributo de té y tsampa le
fue depositado. En aquel aire ligero de la montaña, el agua
hervía a menos de cien grados centígrados — o doscientos
doce Farenheith —; pero era soportable para los labios. La
reunión transcurrió agradablemente y pronto se formó una
procesión hasta las aguas del lago, para que el cuenco pudiese
lavarse y frotarse con la fina arena de la orilla. Esa arena
era de las más finas de la montaña y muchas veces contenía
alguna partícula de oro.
La reunión era alegre. Las narraciones de los mercaderes, la
música y los cantos amenizaron la velada y la ex istencia, más
bien aburrida, del joven monje. Pero, mientras tanto, la luna
ascendía cada vez más, iluminando aquel desolado paisaje y
dibujando sombras de una firme realidad. Cesaron las chis-
pas de las hogueras, y se apagaron las llamas. El monje se
puso de pie de mala gana y con las gracias y las reverencias
debida s ac eptó los dones del mercad er, que est aba seguro d e
que aquel joven le había salvado de la perdición.
Por fin , ca rg ado de pequeño s p a q u e t e s , c a m i n ó a l r e d e d o r d e l
lago, encaminándose al bosquecillo de sauces donde se ha-
llaba la boca, tenebrosa y amenazadora, de la cueva. Un mo-

24
mento, se detuvo el joven y miró hacia las estrellas. Arriba,
muy arriba, como próxima a la Morada de los Dioses, una
chispa brillante navegaba silenciosamente por los cielos. ¿El
Carro de los Dioses, acaso? El joven monje se lo preguntó
brevemente a sí mismo, y luego entró a la cueva.
Capítulo segundo

E l b ramido de los y ak s y los g rito s agitados de los h ombres y


las mujeres despertaron al joven monje. Soñoliento, se puso
e n p i e , a r reg la n d o s us v est id uras a su al red edo r y en cami n án-
dose a la boca de la cueva, para no perder ni un solo detalle
del espectáculo. En la orilla, unos estaban ordeñando, otros
intentando enjaezar los yaks que permanecían dentro del agua y
no se dejaban p ersu adir a abandonarla. Finalmente, perdiend o
la paciencia, un joven mercader se lanzó al agua, tropezando
con una raíz su mergida. Con los brazos extend idos dio de
cara contra la superficie recibiendo un fuerte golpe. Gruesas
gotas de agua se levantaron, y los yaks, asustados, huyeron a
l a o r i l l a . E l j o v e n m e r c a d e r , c u b i e r t o d e u n l o d o cenag oso , y
en suc iad o có m i ca men te , sa lió del b a rro en tr e la s carcajadas de sus
compañeros.
R á p i d a m e n t e , l a s t i e n d a s f u e ro n e n r o l l a d a s , y l o s u t e n s i l i o s
de cocina, después de haber sido frotados con arena, fueron
envueltos y la caravana de aquellos mercaderes se marchó
lentamente, entre el monótono crujido de los arneses y los
gritos de las personas que intentaban vanamente dar prisa a
las ro bu st as b e stia s de carg a. T ris temente l os co nt emp l ab a el
joven monje, protegiéndose con las manos del sol naciente.
T r i s t e m e n t e e s t u v o e n p i e t o d o e l r a t o , h a s t a q u e l o s r u i d o s se
perdieron en la lontananza.
« ¡ O h ! — p e n s a b a — , ¿ p o r q u é n o h e s i d o c o m e r c i a n t e y v i a ja r
h ast a ti erras l ejan as ?» ¿ Por q ué ten ía qu e pas arse la vida
estudiando cosas que parecía que nadie más debía estudiar?
Le hubiera gustado ser un mercader, o un barquero de la Ri-
v era F eli z . N e ces it aba mo v erse d e u n a po bl ación a o t ra y v er
cosas. Poco podía pen sar que vería «sitios y cosas» , hasta que
su cuerpo le p idiese reposo y su espíritu suspirase por la paz.
Ignoraba que su destino sería vagar por la superficie de la
Tierra y sufrir increíbles tormentos. En aquellos momentos,
necesitaba únicamente ser un mercader o un barquero — cual-
26
quier cosa, menos lo que era —. Lentamente, cabizbajo,
cogió una rama del suelo y regresó a la cueva, a barrer el
suelo y extender arena nueva.
El viejo eremita, lentamente, se presentó. Incluso para la
inexperta mirada del joven, decaía a ojos vistas. Jadeando, se
sentó y dijo con una voz ronca: «Se acerca mi tiempo; mas
no puedo marcharme sin transmitirte antes mi sabiduría. Aquí
hay unas especiales gotas de yerbas que me proporcionó mi
famoso Guía para tales casos; aun en el caso de que me des-
mayase, introduce seis gotas en mi boca y al instante volveré
a vivir. Tengo prohibido abandonar mi cuerpo hasta que no
haya cumplido mi misión». Buscó entre sus vestiduras y en-
tregó al joven un pequeño frasco de piedra que el monje tomó
con especial cuidado. «Ahora, continuaremos», dijo el
anciano. «Podremos comer cuando yo me sienta cansado y
también reposar. Ahora escucha bien y pon especial cuidado
en recordar. No dejes escapar tu atención porque estas cosas
son mucho más importantes que mi vida y tu vida. Es un
saber que tiene que ser preservado y transmitido cuando llega
la plenitud de los tiempos.»

Después de un breve reposo, pareció recobrar fuerzas y algo


de color subió a sus mejillas. Sintiéndose más restablecido,
continuó: «Habrás recordado que yo te he explicado todo lo
sucedido hasta cierto momento. Vamos, pues, a continuar. La
discusión se prolongó y era, en mi opinión, muy acalorada;
pero llegó un instante en que se terminó aquel debate. Se
produjo el ruido de varios pies que se arrastraban; después
pasos, pasos ligeros como de algún pájaro saltando sobre la
yerba, otros lentos como el caminar de un yak cargado
pesadamente. Sonido de pasos que me intrigaron profunda-
mente porque algunos de ellos me parecían no proceder de
seres humanos parecidos a los que yo había conocido. Pero
mis meditaciones sobre las diferentes maneras de caminar se
acabaron súbitamente. Otra mano agarró mi brazo y una voz
ordenó: "Ven con nosotros". Otra mano cogió mi otra y fui
conducido a un pasillo que mis pies desnudos sintieron como
si fuese pavimentado de metal. La ceguera desarrolla los de-

27
más sentidos; noté que caminábamos a lo largo de una especie
de tubo metálico, si bien me fue imposible imaginar de qué
se trataba concretamente».
El anciano se detuvo como para imaginar aquella inolvidable
experiencia; luego continuó: «Pronto llegamos a una área
más espaciosa, a juzgar por los ecos que sentía. Allí escucha-
ba un sonido metálico, deslizándose ante de mí, y uno de los
que me acompañaban habló respetuosamente a un personaje
que evidentemente era un superior. Lo que dijo no podía
comprenderlo, puesto que se trataba de un lenguaje compues-
to de chillidos y chirridos. En respuesta vino lo que sin duda
era una orden y me sentí empujado hacia adelante, mientras
una materia metálica se cerraba con un ruido atenuado detrás
de mi persona. Permanecía yo allí sintiendo que alguien me
estaba mirando con fuerza. Se sintió un rumor y un crujido
semejantes a los que se produjeron cuando, antes, me senté,
así me lo pareció. Seguidamente, una mano delgada y huesu-
da, tomó mi mano derecha y me guió hacia adelante».
El ermitaño hizo una breve pausa, sonriendo. «¿Puedes ima-
ginar mis sensaciones? Yo era un milagro viviente; no sabía
lo que tenía delante y tenía que obedecer sin dilación a los
que me conducían. Mi acompañante, al final, habló en mi
propio lenguaje. "Siéntate", me ordenó, mientras me empu-
jaba para que me sentase. Abrí la boca asustado; a los dos
lados había como unos brazos, probablemente para no caerse
si uno se dormía por culpa de aquella blandura extraña. La
persona que yo tenía enfrente, me pareció que se divertía mu-
cho con mis reacciones; diría que se trataba de una risa mal
reprimida. Muchos, parece que se divierten viendo como se
toman las cosas aquellos que no pueden ver.
»"Me parece que os sentís extraño y asustado", dijo la voz de
aquella persona que yo tenía enfrente. ¡Por fin, llegaba un
reconocimiento! "No te alarmes" — continuó la voz —, por
que no recibirás daño alguno. Las pruebas que de ti tenemos,
muestran que tenéis una gran memoria eidética, de manera
que vamos a comunicaros información — que jamás olvida-
réis — y que más tarde transmitiréis a otro que pasará por

28
vuestro camino." Todo eso me parecía misterioso y muy
alarmante, pese a las seguridades que se me daban. No dije
nada, pero permanecí sin moverme, aguardando nuevas
explicaciones, que no tardaron en llegar.
»"Ahora vas a ver — continuó la voz —, a todo el pasado, el
nacimiento de nuestro mundo, el origen de los dioses y, por
qué razón carros de fuego cruzan el firmamento y nos
infunden temor." Respetado Señor — yo exclamé —, usáis la
palabra "ver"; pero mis ojos han sido vaciados y estoy ciego
del todo. Entonces escuché una reprimida exclamación de
enojo y la réplica más bien áspera: "Conocemos todo cuanto
se refiere a ti, más que tú mismo sabes. Tus ojos han sido
suprimidos; pero el nervio óptico aún permanece. Con
nuestra ciencia conectaremos con el nervio óptico y tú verás
lo que te sea preciso ver".
»"¿Significa esto, que volveré a ver por el resto de mi
vida?", pregunté.
»"No, no podrá ser", me contestaron. "Empleamos tu
persona para un fin determinado. Concederte el don de la
vista permanentemente, significaría dejarte mover sobre este
mundo con un saber muy adelantado para nuestros tiempos;
y esto no es lícito. Ahora, basta de conversación; voy a
advertir a mis ayudante."
»Inmediatamente se produjo un respetuoso sonido como de
llamar a una puerta, seguido por un deslizarse de un objeto
metálico. Se entabló una conversación; evidentemente, dos
personajes habían entrado. Noté que mi silla se movía e in-
tenté encaramarme; pero, con horror, me sentí inmovilizado.
No podía mover ni un solo dedo. Con plena conciencia por
mi parte, me notaba movido de una parte a la otra, sobre
esta extraña silla. Seguíamos corredores, cuyos ecos me
proporcionaban raras sensaciones. Después de una
pronunciada curva, curiosos olores asaltaron las encogidas
ventanas de mis narices. Nos detuvimos a una voz de mando,
sólo murmurada, y unas manos me cogieron por las piernas y
por los sobacos. Con facilidad, fui trasladado, arriba, al
lado, hacia abajo. Estaba yo alarmado; más exactamente,
aterrorizado. El terror

29
subió de punto cuando una venda gruesa fue colocada alre-
dedor de mi brazo derecho exactamente sobre el codo. La
presión fue en aumento hasta que noté como si se hinchase
mi antebrazo. Luego vino un pinchazo en mi tobillo
izquierdo y una rara sensación como si algo se hubiese
infiltrado dentro de mí. Otro aparato, a una voz de mando,
fue aplicado a mis sienes y entonces sentí como dos discos
de hielo en aquella parte de mi cuerpo. Reinaba un ruido
como el zumbido de abejas en la lejanía, y sentía que mi
conciencia me abandonaba.
»Centellas brillantes de luz, parpadearon ante mi visión.
Franjas de colores verdes, rojas, moradas y de todos los
colores. Entonces exclamé: «No veo nada, debo de estar en
el País de los Diablos y deben de estar preparando
tormentos para mi persona." Un agudo y doloroso pinchazo
— como de un alfiler — aumentaba mi terror. ¡No podía
más! Una voz me habló en mi lengua: "No te asustes, no
queremos hacerte daño; estamos arreglando las cosas para
que puedas ver. ¿Qué color ves ahora?" De este modo, me
olvidé de mis temores y fui explicando cuando yo veía rojo,
verde y otros colores. Luego lancé un grito de sorpresa.
Podía ver; pero cuanto veía era para mí tan raro, que apenas
podía comprender nada.
»¿Quién puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede
explicar una escena a otro, cuando no existen, en la lengua,
palabras apropiadas, ni conceptos que puedan aplicarse?
¿Sólo puedo decir que veía? Aquí, en el Tíbet, estamos bien
provistos de palabras y frases apropiadas para los dioses y
los demonios; pero cuando se trata de las obras de los
dioses y de los demonios, no sé ni lo que se ve, ni lo que se
debe hacer, ni describir. Sólo podía decir que yo veía. Pero
mi visión no se hallaba situada en mi cuerpo y así podía
verme a mí mismo. Era una experiencia enervante; que no
tenía ganas de volver a experimentar. Pero déjame explicar
por orden, desde el comienzo.
»Una de las voces, me preguntó si veía el color rojo, cuándo
el verde y cuándo los demás colores, y entonces dio
comienzo a la impresionante experiencia, con esta
maravillosa luz blan-

30
ca y me encontré con que estaba contemplando — es la pa-
labra más apropiada una escena completamente distinta de
todo cuanto antes había visto. Estaba recostado, medio ten-
dido, medio sentado, apoyado sobre lo que parecía una pla-
taforma metálica. Parecía que ésta se aguantaba sobre un
pilar solitario, y tenía miedo de que toda la estructura se
viniese abajo de un momento a otro, y yo junto con ella. La
atmósfera del conjunto era de una limpieza jamás vista. Las
paredes, fabricadas de un material resplandeciente, no
presentaban ni una mancha; eran de un tinte verdoso, muy
agradable y suave a la vista. Sobre esa extraña habitación,
que era como un salón inmenso, según mi concepto de las
proporciones, se veían piezas de maquinaria que no puedo
explicar, ya que no existen palabras para describirte su
rareza.
»Pero las personas que se hallaban en esta habitación me
produjeron extrañeza y miedo, hasta el punto de que estuve
a pique de proferir gritos de alarma y llegué a pensar que se
trataba de algún truco de óptica. Había un hombre al lado de
una máquina. Su talla sería el doble de un hombre de los
llamados buenos mozos. Mediría cerca de unos cuatro
metros de altura y su cabeza presentaba una forma cónica,
terminando en punta como el cabo más agudo de un huevo.
No se le veía cabello y era enorme. Parecía ir vestido de un
paño verdoso que le llegaba del cuello a los tobillos y, cosa
extraordinaria, le cubría los brazos hasta las muñecas. Me
horrorizó el ver que llevaba una piel que le cubría las
manos. Pensé qué significación religiosa podía tener eso, o
bien que me consideraban impuro y tenían algo que
ocultarme.
»Mis miradas se alejaron de este gigante; había dos más
que, por su silueta, juzgué que debían de ser mujeres. Una
de ellas tenía el cabello negro y ensortijado, mientras la
otra lo tenía blanco y lacio. Pero debido a mi falta de
experiencia en lo referente al sexo femenino, dejemos esos
detalles aparte, que no interesan.
»Las dos mujeres miraban hacia mi persona y, entonces, una
de ellas señaló con la mano en una dirección que yo no
había observado. Allí vi a un ser extraordinario, un enano,
un gno-

31
mo, una figura diminuta, cuyo cuerpo era comparable al de
un niño de unos cinco años, según pensé. Pero, lo que es su
cabeza, era descomunal; un cráneo como una inmensa
bóveda, sin nada de pelo, ni rastros en todo cuanto se veía
sobre el personaje. Las mejillas eran pequeñas, muy
pequeñas, y los labios no eran tales como los tenemos
nosotros, sino que parecían más bien un orificio triangular.
La nariz era chica, no tanto una protuberancia como un
pellizco. Era, claramente, la persona más importante de
todas, ya que los demás le contemplaban con reverente
actitud, dirigiéndose a su persona.
»Pero entonces, aquella mujer movió su mano de nuevo, y la
voz de una persona a quien yo no había antes prestado aten-
ción, me habló en mi propia lengua diciendo: "Mira delante
de tus ojos; ¿ves algo?" Con esas palabras mi interlocutor se
presentó ante mi campo visual. Parecía ser el más normal, a
mis ojos. Semejaba — quiero decir vestido como se presen-
taba — tal vez un marchante indio, de manera que puedes
imaginarte lo que era normal. Avanzó hacia mí y señaló hacia
una sustancia brillante. Miré en su dirección (así lo supongo;
pero mi mirada, estaba fuera de mi cuerpo). Yo no tenía ojos
¿dónde, en realidad, puso el objeto que él veía por mi
cuenta? Y, cuando yo miré, sobre la pequeña plataforma que
estaba unida al extraño banco de metal donde me hallaba yo
recostado, vi la forma de una caja. Estaba yo reflexionando
cómo podía yo ver aquel objeto, si era aquel gracias al cual
yo estaba viendo, cuando se me ocurrió que el objeto de
enfrente, aquella cosa brillante, era una especie de reflector;
entonces, el ser más normal movió el reflector ligeramente,
alteró su ángulo de incidencia y entonces grité con horror y
consternación, al verme a mí mismo, yaciendo sobre la
plataforma. Me había visto antes de que me arrancasen los
ojos. De vez en cuando había llegado al borde del agua para
beber y había contemplado mi imagen reflejada en la
tranquila corriente; así es que podía reconocerme a mí
mismo. Pero ahora, en esta superficie sobre la cual se
reflejaba, vi un rostro enjuto que parecía estar al borde de la
muerte. Llevaba una venda alre-

32
dedor de un brazo y otra alrededor de un tobillo. Extraños
tubos salían de esas vendas hacia no sabía dónde. Pero un
tubo salía de uno de los agujeros de mi nariz y estaba co-
nectado con una botella transparente, ligada a una varilla de
metal, que se encontraba a mi lado.
»Pero, ¡la cabeza!, ¡la cabeza! Sólo con recordarlo vuelve mi
agitación. De mi cabeza, exactamente de mi frente, surgían
una gran cantidad de piezas metálicas que parecían emerger
del interior. Las cuerdas metálicas iban a parar, casi todas, a
la caja que yo había visto ya sobre la pequeña plataforma que
estaba a mi lado. Pensé que se trataba de una extensión de mi
nervio óptico que conducía a la cámara oscura; pero su
mirada me causaba un horror creciente y quise arrancar,
todos aquellos objetos, de mi persona; pero me di cuenta de
que no podía mover ni un solo dedo. Sólo me era posible
estar allí acostado contemplando las cosas extrañas que me
ocurrían.

»El hombre de apariencia normal alargó su mano hacia la


cámara oscura y si me hubiese sido permitido moverme
habría reaccionado vivamente. Pensé que introducía los
dedos en mis ojos — ¡la ilusión era tan completa! —. Pero,
en vez de ello, movió de sitio ligeramente la caja y entonces
tuve otras perspectivas. Podía ver del lado de atrás de la
plataforma donde me hallaba tendido. Pude ver otras
personas. Su aspecto era del todo normal: uno era blanco, el
otro amarillo, como un mongol. Estaban mirándome sin
pestañear, sin darse cuenta de mi persona. Parecían más bien
fastidiados por todo aquello, y me acuerdo haber pensado que
de haber estado en mi lugar no se habrían sentido fatigados.
La voz volvió a escucharse, diciendo: "Bien; por una breve
tiempo, ésta es tu vista. Esos tubos te alimentan de
imágenes; otros tubos hay que te aligeran y atienden a otras
funciones. Por ahora, no puedes moverte, porque tememos
mucho que, si pudieses, en tu nerviosismo, te harías daño a
tu persona. Es para tu propia protección, que te hallas
inmovilizado. Pero no tengas miedo, nada de malo tiene que
pasarte. Cuando hayamos acabado nuestra tarea, podrás
volver a otra parte del Tíbet con tu salud restablecida, y te
sentirás normal ex-

33
cepto por lo que se refiere a tu vista; porque seguirás pri-
vado de tus oj os. Ten por en tendid o que no podrás ma rch arte
llevando esta cámara oscura". Entonces, sonrió ligeramente en
mi dirección y se retiró hacia atrás, fuera del campo de mi
visión.
»La gente se movía por allí, examinando varios objetos. Se
v eían un a cantidad d e objetos redondos parecidos a pequ eñas
v en tan as, cubiertas con cristales finísimos. Pero detrás de lo s
cristales parecía no haber nada importante, excepto una pe-
qu eña aguja que se mov ía y señalaba ciertas extrañas marcas.
Todo ello, para mí, no tenía sentido alguno. Recorrí el con-
junto con la mirada; pero estaba todo fuera de mi compren-
sión y dejé de prestar mi atención a todo aquello, que se
encontraba más bien lejos de mi alcance.
»Pasó un tiempo, y yo me encontraba acostado, ni descansado n i
cansado, pero como en éxtasis, más bien sin sentimiento
alguno. Ciertamente, no su fría n i sentía inqu ietud algun a. Me
parecía experimentar un cambio sutil en la composición quí-
mica de mi cuerpo, y entonces en el borde visual de la cá-
mara oscura vi que un individuo iba dando la vuelta a unos
g ri fo s q u e s al í an d e u n a s e r i e d e t u b o s d e v i d ri o f i jo s e n u n a
armazón de metal. A medida que el individuo en cuestión
d ab a vu eltas a esas llaves, detrás de las ventanillas d e cristal se
marcab an d ife ren tes pu ntos . E l p e r s o n a j e m á s p eq u e ñ o , e l
mismo que yo había tomado por un enano, pero que, por lo
visto, era uno de los jefes, dijo algunas palabras. Entonces,
dentro de mi campo visual entró un personaje que me habló
en mi propia lengua, y me dijo que en aquel momento iba a
ponerme dentro de un estado de sueño, a fin de que yo me
restaurase, y entonces, una vez yo me hubiese alimentado y
conciliado el sueño, se me explicaría lo que debía serme ex-
plicado.
»Apenas acabó su discurso, recobré mi conciencia, como
se me había interrumpido. Más tarde, comprendí que las co-
sas, en efecto, marchaban así; tenían un instrumental ins-
tan t áneo e in o fen s ivo , qu e m e su mí a en l a incon s cien ci a sólo
mediante la presión de un dedo.

34
» C uánto dormí, n o tengo la menor id ea, ni medios para saberlo;
pudo ser tan to un a hora, co mo un día entero. Mi despertar fue
tan instantáneo como había sido el dormirme anterio rmente; por
un instan te, estuve inconsciente, mas, al momen to, me sentía
d espierto d el todo . Muy a pesar mío , mi nuevo sen tido d e la
v ista no funcion aba. Era ciego co mo antes. Raros sonidos me
asaltaban — el "cling" del metal contra el metal, el vibrar del
vidrio —. Lu ego, unos pasos rápidos alejándo se. Me llegó a lo s
oídos el ruido de un deslizarse metálico y todo perman eció en
la quietud por unos mo mentos. Yo estaba allí, acostado,
maravillándome d e lo s extraño s acontecimientos que habían
traído un trastorno semejante en mi vid a. Dentro d el mismo
instante en que el temo r y la ansiedad b rotaban intensamen te en
mí, llegó algo que retuvo mi atención .
» Unos p asos co mo de pies calzados con chinelas, b reves y d es-
tacados, me llegaron a los oídos. Eran dos personas, acom-
p añ adas p or un ru ido lejano de vo ces. El ruido fue creciendo y
se d irigió a mi habitación . De nu evo, aquel deslizarse de un
cu erpo metálico , y los dos seres femeninos — porqu e así
d etermin é que eran — se acercaron h ab lando en sus agudos
chillidos nerv iosos. Hablaban las do s a la vez, o así me lo
p arecía. Se d etuv ieron , cada un a a uno de mis ambos lado s y ,
ho rro r de horrores , me desnud aron d e mi capa — única
cob ertura de mi cu erpo —. Nada pude hacer po r remediarlo . No
tenía fuerzas ni pod ía moverme. Me encon traba en poder de
aqu ellas mujeres d esconocidas. Yo, u n monje, qu e nada sabía
d e las mujeres — que no tengo inconvenien te alguno en
confesarlo —; sentía horror a las mujeres.»
El viejo ermitaño se calló . El joven mon je lo con templaba,
p ensand o con horror en la terrible afrenta que representaba
aqu el su ceso. En la fren te del ermitaño, un tenue hilo d e sudo r
hu med ecía la piel broncead a, como si reviviese aquello s
instantes horrib les. Con manos temblorosas ag arró su cu en co,
lleno de agua. Bebió unos pocos sorbos y lo d epositó con todo
cuidad o detrás de su persona.
« Mas alg o peo r sucedió luego — p rosigu ió con voz v acilan -

35
te —. Aquellas mu jeres jóvenes acostaron sobre uno de mis
flan cos mi cuerpo y, po r fuerza, in trodu jeron un tubo d en tro de
un a parte inmencionable de mi cuerpo. Me entró aquel líquido y
cuidé reventar. La mod estia me exime de explicar cuánto
ocurrió por obra de aquellas mujeres. Pero aquello era sólo un
comienzo: me lavaron mi cuerpo desnudo de arriba abajo y
mostraron la más vergon zosa familiarid ad con las p artes
p rivadas de mis órganos mascu linos . Me rubo ricé d e pies a
cabeza y todo yo me sen tí cub ierto d e la mayor confusión.
Agudas v arillas de metal fueron introducidas en mi cuerpo y el
tubo, que se hallaba en los agujero s de mi nariz, fue quitado y
o tro me fue colo cado forzadamente. Entonces, se me co locó u na
sábana que me cub ría de los pies a la cabeza. Pero aún no
h ab ían terminado; en tonces padecí un dolo roso afeitado de mi
crán eo y varias cosas inexplicables sucedieron hasta que se me
aplicó un a sustancia muy pegajosa e irritante sob re la parte
afeitad a. Durante todo el tiempo, las dos jóv en es estuvieron
ch arlando y bromeando co mo si los diablos les hubiesen
sorbido los seso s.

» Después de un larg o rato, se escuchó de nu evo el deslizarse de


la pu erta metálica y unos paso s más p esado s se acercaron,
mientras la charla de aquellas mujeres se interrumpía. La Voz
qu e h ablaba en mi lengua, me dijo amablemente: "¿Cóm o se
en cuentra?"
» "¡Terriblemente mal!", repliqu é vivamen te. "Vuestras mujeres
me d ejaron en cuero s y abusaron de mi cuerpo en forma
increíble." Mí resp uesta, pareció d ivertirles eno rmemente.
Dicho con todo mi candor, se perecieron de ris a viendo qu e no
h ice nada para d isimular mis reaccio nes.
» "Nos era indisp ensab le lavarte — dijo —, debes tener tu
cuerpo limpio de escorias y tenernos también que hacer lo pro-
pio con los aparatos qu e te ap licamos. P or eso , vario s tubo s y
con exiones eléctricas tienen qu e ser reemplazados po r otros
esterilizados. La incisión en tu cráneo tiene qu e ser inspeccio-
n ad a y pu esta en cond iciones de nu evo. Só lo tien en que que-
d arte unas pocas cicatrices ligeras cuando te march es de aquí."
El v iejo eremita bajó su cabeza hacia el joven mo nje. «Mira

36
— le dijo — aquí, sobre mi cabeza, hay cinco señales.» El
joven monje se puso de pie y contempló con profundo inte-
rés el cráneo del ermitaño. Las señales estaban allí; cada una
tendría dos dedos de anchura y mostraba una depresión de
co lo r blan qu ecin o. ¡ Qu é t e me ro s o — p e n só e l jo v e n mo n j e —
s e r ía u n a e x p e ri m e n t o se me j a n t e , a d m i n i s t r a d o p o r mu j e r e s !
Involuntariamente se sentó, como si temiese al ataque de un
enemigo desconocido.
El eremita continuó: «No me sentí calmado por las palabras
del reci én ven i do, sino que p regun té : "¿P e ro fui manipu lado
por mujeres? ¿No hay hombres, si un tratamiento de esta
naturaleza era imperativo?".
»El que me tenía cautivo — ya que así lo consideraba — se
rió de nuevo y replicó: "Querido amigo, no seas tontamente
p ú d i c o . T u c u e r p o d e s n u d o — t a l c o mo s e h a l l a — n o s i g -
nifica nada para ellas. Aquí vamos todos desnudos la mayor
parte d el tie mp o, en nuest ras horas de gua rd ia . Nuestro cu er-
p o es el T e mp l o d el Su p e r -y o y es en abso l u to p uro. Los qu e
sienten escrúpulos es que tienen pensamientos que les in-
q uiet an . Po r lo qu e se refiere a l as muj er es q ue cu id an d e ti,
son enfermeras y están instruidas en este trabajo.
» "Pero, no p uedo moverme, ¿po r qué? — p regun té —. Y ¿po r
q u é r a z ó n n o s e m e p e r m i t e v e r ? ¡ E s t o e s u n a t o r t u r a ! " »"No
te puedes mover" — me dijo —, porqu e pu ed es tirar de l o s
e l e c t r o d o s y c a u s a r t e d a ñ o . O p u e d e s c a u s a r l o a l e q u i p o qu e
est á a tu al r ed e d or. No p e rmit imo s q u e te aco stu mbr es a ver,
porque cuando te marches serás ciego, y cuanto más hagas
servir el sentido de la vista, olvidarás más el sentido del tacto,
que los ciegos desarrollan. Sería para ti un tormento si te
permitimos la vista hasta que te marches, porque entonces
te sentirías desamparado. Tú estás aquí no por placer, sino
p ara v e r y escu cha r y s e r el d e p ositario d e u n co no ci mi ento ,
ya que otro tiene que venir y adquirir de ti esta sabiduría.
Normal m ent e, est e sab er t ien e qu e se r es crit o ; p ero t e me mo s
desencadenar otra furia de «Libros Sagrados», o semejantes
fór m ulas. So b r e el sab e r q u e t ú aho ra ab so rb er ás y más t ard e
transmitirás, se escribirá acerca de él. Mientras tanto, no oh

37
vides que estás aquí, no para tus propósitos, sino para los
nuestros."»
En la cueva, reinaba el silencio; el viejo eremita hizo una
pausa, antes de continuar. «Déjame descansar por ahora. Ne-
cesito reposarme un rato. Tú puedes traer agua y limpiar la
cueva. Hay que moler la cebada.»
«¿Tengo que limpiar el interior de vuestra cueva, Venerable
padre?» preguntó el joven monje.
«No; lo haré yo mismo, cuando haya descansado; pero tráeme
arena para mí, y déjala en este sitio.» Diciendo esto, buscó sin prisas en
un pequeño rincón de las paredes de piedra. «Después de haber
comido tsampa y sólo tsampa por más de ochenta años — dijo
con cierta animación —, siento ganas de probar otros manjares,
precisamente ahora que estoy a punto de no necesitar nada.»
Movió su anciana cabeza blanca y añadió: «Probablemente, el
choque de un alimento diferente me matará.» Después de esto,
el anciano entró en su habitación privada, que el joven monje
desconocía.
El joven monje trajo una gruesa rama, desgajada en la entrada
de la cueva, y empezó a rascar el suelo. A fuerza de ir
rascando, barrió todo lo que había en el suelo y lo distribuyó
de manera que no obstruyese la entrada. Cargado con el ma-
terial que trajo del lago en el regazo de su capa, extendió la
arena por el suelo y la fue apisonando. Con seis idas y venidas
suplementarias trajo la arena suficiente para el anciano
anacoreta.
En el extremo interior de la cueva se veía una roca cuya parte
superior era lisa, con una depresión formada por el agua,
muchos años atrás. Dentro de esta depresión puso dos puñados
de cebada. La piedra, pesada y redonda, que se hallaba cerca era
sin duda el instrumento adecuado al propósito. Levantándola con algún
esfuerzo, el joven monje se sorprendió pensando que un
anciano como era el ermitaño, ciego y debilitado por los
ayunos, pudiese manejarla. Pero la cebada — completamente
tostada -- debía ser molida. Pegando con la piedra con un ruido
resonante, le imprimió una semi-rotación y volvió a elevarla
para un nuevo golpe. Monótona-

38
mente, continuó machacando la cebada, imprimiendo media
vuelta a la piedra, para moler los granos más finos, recogiendo
la harina que se iba formando y reponiendo el grano molido.
¡Turn! ¡Tum! ¡Tum! Por fin, con los brazos y la espalda do-
loridos, quedó satisfecho con el montón de lo molido. Luego,
después de haber frotado la roca y la piedra con arena, para
limpiar cualquier residuo de grano que hubiese resultado ad-
herido, puso cuidadosamente la harina en la vieja caja que
estaba allí a este propósito y se encaminó, cansado, a la entrada
de la cueva.
La tarde, ya avanzada, aún resplandecía y se calentaba al sol.
El joven monje se recostó sobre una piedra y revolvió pere-
zosamente su tsampa con la punta de un dedo para mezclarla.
En una rama, un pajarilla, encaramado en ella, con la cabeza
inclinada, observaba esas operaciones con elocuente confianza.
Por el lado de las aguas, un pez de buen tamaño saltó, con el
intento coronado por el éxito de zamparse un insecto que
volaba muy bajo. Muy cerca, un roedor se aplicaba a sus tareas,
en la base de un árbol, plenamente olvidado de la presencia del
joven monje. Una nube oscureció el calor de los rayos de sol, y
al joven le entró un temblor súbito. Poniéndose de pie de un
salto, lavó su cuenco y lo frotó con arena. El pájaro se escapó
volando con un chillido de alarma y el roedor se escapó
alrededor del tronco del árbol y se puso en guardia con los ojos
bien abiertos y brillantes. Metiendo el cuenco en el seno de su
túnica, el joven monje se apresuró a volver hacia la cueva.
En la cueva se hallaba sentado el viejo eremita; mas no ergui-
do, sino apoyado contra una pared. «Me gustaría sentir el calor
del fuego sobre mi persona — dijo —, porque no he podido
encenderlo para mí en todos los sesenta o más años pasados.
¿Querrías encender una hoguera para mí, y así los dos
podríamos sentarnos a la boca de la cueva?»
«Con mucho gusto», respondió el joven monje. «¿Tenéis pe-
dernal o yesca?»
«No, no poseo más que mi cuenco, mi caja de cebada y mi par
de vestiduras. No tengo ni tan siquiera una sábana.» Así

39
es que el joven monje puso su propia sábana harapienta al-
rededor de los hombros del anciano y salió fuera de aquella
caverna.
No muy lejos, la caída de una roca había sembrado el suelo
d e p e q u e ñ o s p ed a z o s d e l a m i s ma . A l l í , e l j o v e n m o n je p u d o
hallar dos pedazos de pedernal que se adaptaban muy bien a
las pa lmas de sus mano s. A mod o de expe rimento , golp eó un
guijarro contra el otro con un movimiento de frote; con eso
obtuvo una pequeña corriente de chispitas al primer intento.
Puso las dos piedras en el seno de su vestidura y luego se
dirigió a un árbol muerto, cuyo tronco sin duda había sido
alc anz ado po r un rayo d esd e h ací a l a rgo ti empo . En el hu eco
de su interior, buscó y halló un puñado de pedazos secos de
mad e ra , d e co l o r d e h u eso , p o d r i d o s y p o l v o r i e n t o s . C o n c u i -
dado los fue poniendo entre sus vestiduras; después recogió
ramas secas y quebradizas que se hallaban dispersas alrededor
del árbol. Cargado hasta el límite de sus fuerzas se dirigió
a la cueva y satisfecho descargó todos esos objetos en la parte
exterior de la entrada, en un sitio bien abrigado del viento
dominante, de forma que después la cueva no pudiese verse
invadida por el humo.
En el sue lo a re no so, con la ra m a q ue le serv ía de es co ba , t ra-
zó u n a l i g e r a d ep r e s i ó n y c o n e l p a r d e ped e rn a les a su l ad o ,
construyó un montoncito de troncos reducidos a pedazos y
los cubrió con madera podrida que, a fuerza de enrollarla
con sus dedos, quedó convertida en u n polvo como de h arin a.
Entonces, con expresión aplicada, cogió los pedazos de pe-
dern al , u no en cad a mano , y los hi zo ch oc ar el u no co n t ra el
otro, procurando que la escasa corriente de chispas, pudiese
caer sobre aquel polvillo d e madera. Repitió much as veces la
operación, hasta que consiguió que apareciese una partícula
de llama. Inclinándose entonces, hasta tocar con el pecho al
suelo, con todo cuidado, fue soplando aquella preciosa cen-
tella. Po co a poco, cada vez se fu e h aciendo más brillante. La
pequ eñ a chi sp i ta c r eció más y más, h as ta q ue el jov en mo nje
pud o apart ar u n a mano y co l o car a lg un os b ro t es se cos al rede -
dor, junto con algo que hacía de puente de la pequeña man-

40
cha de fuego. Fue soplando continuamente, y, finalmente, tuvo
la satisfacción de ver una verdadera llama de fuego exten-
diéndose a lo largo de las ramas.
Ninguna madre cuida tanto a su recién nacido como aquel
joven se dedicaba con toda su atención a la llama naciente.
Ella, gradualmente, crecía cada vez más brillante. Luego, final-
men te , t riun fan do, añ adió t r o nco s cad a v e z má s g ru e so s a l a
hoguera, que empezaba ya a brillar francamente. El joven
monje, entonces, entró en la cueva y fue hasta donde se ha-
llaba el viejo ermitaño. «Venerable padre — dijo el joven monje
—, el fuego ya está a punto; ¿puedo acompañaros?» Luego,
puso un palo robusto en la mano del anacoreta, y, ayudándole
con toda lentitud a ponerse en pie, le acompañó delicada-
mente hasta la vera del fuego, del lado por donde no pasaba
el humo. «Me voy a buscar más leña para la noche», dijo
el joven monje. «Pero antes voy a poner los pedernales y la
yesca dentro de la cueva, para que se conserven secos.» Di-
ciend o e sas pa lab ras , rea just ó la sáb an a sob re l a esp a lda del
anciano; le puso agua a su lado y depositó el pedernal y la
yesca al lado de la caja de la cebada.
Dejando la cueva, el joven monje cuidó de añadir más leña
al fuego y se aseguró de que el anciano no corría ningún pe-
ligro de ser alcanzado por las llamas; después, se marchó y
se dirigió hacia donde se hallaba el campamento donde estu-
v ieron h ací a p oco aqu el lo s mer cad e res . Po dían h ab e r dej ad o
alg o d e l eñ a , p en só . P ero , n o habían dejado leña a lguna . Me-
jor aún, se habían olvidado de un recipiente de metal. Evi-
d entemen t e, s e les hab í a ca íd o sin q ue ellos se d ies en cuen ta
al c a rga r los y ak s, o tal v e z al ma r cha rs e. Po día ser t a mb ién
que otro yak hubiese dado con una pata al utensilio, y éste
hubiese ido a rodar detrás de una piedra. Ahora, para el
joven monje, esto era un tesoro. Un grueso clavo se hallaba
al lado del recipiente, por algún motivo que se escapaba al
monje; pero que iba a prestar algún servicio, estaba seguro.
Buscando con toda la diligencia por aquellos parajes alrededor
del bosquecillo de árboles, no tardó en reunir una pila de
madera muy satisfactoria. Yendo y viniendo de la cueva, al-

41
ma c e n ó e n e l l a t o d a a q u e l l a l e ñ a d e n t r o d e l a c a v e r n a . N a d a
dijo al viejo ermitaño de aquellos hallazgos. Quería darle una
ag radab le sorpres a y tener el placer de contemp lar la satisfac-
ció n de l an ci a no al p od e r b e ber té cal ien te. Ya t en í an t é, po r-
que el mercader les trajo alguno; pero carecían de medios para
calentar el agua, hasta entonces.
La última carga de leña, había sido ya depositada y, sin hacer
nada, se hubiera perdido aquella jornada. El joven monje
vagaba de un lado a otro, buscando procurarse una rama de
dimensiones convenientes. En un soto a orillas del lago, vio
de pronto un montón de harapos. Quién los había llevado
hasta allí, lo ignoraba. Mas, la extrañeza dio paso al deseo.
Avanzó para levantar del suelo aquellos harapos y, de pronto,
pegó un brinco , al escu cha r q u e un llanto s a lía de aque l mon-
tón de trapos. Inclinándose, se dio cuenta de que aquellos
«harapos» eran un cuerpo humano; un hombre flaco lo in-
creíble. Alrededor de su cuello, llevaba una tanga (*). Una
tabla de madera, cuya long itud sería en total d e cerca de más de
metro y medio. Dicha tabla, abierta por enmedio a lo largo,
tenía como una charnela y, por el otro, un candado cerrado. El
c e n t r o d e l m a d e r o e s t a b a f o r m a d o d e m a n e r a q u e s e a j u s taba
al red ed or d el cue llo d e l a víct i ma . Aqu el ho mb re e ra un
esqueleto viviente.
El joven monje, arrodillándose, dejó en el suelo las ramas
del bosquecillo que llevaba encima; luego, poniéndose en pie,
co rrió al agua y llen ó su cuen co. Con toda prisa, volvió hasta
aquel hombre caído e introdujo el agua por su boca ligeramente
en t r e a b i e r t a . A q u e l h o mb r e s e estremec ió y ab rió lo s ojos.
«Quise beber — musitó —, y me caí al agua. Gracias a esa
tabla floté, casi a punto de hundirme. Estuve días en el agua
y , a h o ra mi s m o , h e p o d i d o r e mo n ta r la o r illa» . Y se calló , ex -
hausto. El joven monje le trajo más agua, y luego agua mez-
clada con harina. «¿Puedes quitarme esto de encima?», pre-
gun tó el ho mb re . « Peg an do c on d os p ied ras est a c e rradu ra, l a
podrás abrir.»

(*) Instrumento chino de suplicio. (N. del T.)


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E l m o n j e s e p u s o e n p i e y fu e a l a o r i l l a d e l l a g o , b u s c a n d o
las piedras idóneas. Cuando estuvo de vuelta puso la mayor
de las dos piedras bajo uno de los extremos de la tabla, y
pegó fuerte con la otra pied ra. «Intenta por el otro lado — dij o
aquel hombre —, y pega sobre el pitón que atraviesa de
parte a parte. Húndelo con todas tus fuerzas.» Con todo
cuidado, el monje puso en su debida posición el madero y
pegó con toda su alma. Apretando luego, después un fuerte
crujido, la cerradura cayó po r su lado. Enton ces pudo ab rir el
i n s t r u m e n t o d e t o r t u r a y d e j a r l i b r e e l c u e l l o d e a q u e l h o m bre
que, en su esfuerzo, se había ensangrentado.
« Ir á a pa r ar a l fueg o — d ijo e l jov en monj e —, s er ía un a lá s-
tima que se perdiese.»
Capítulo tercero

Duran t e u n l argo rato, el jo v en mon je est u vo sent ad o e n el


su elo , acun and o la cab eza del en fe rmo e i ntent an do al i m en-
t a rlo c o n p eq u e ñ a s c an t i d ad e s d e t s a mp a. F i n a l m e n te , s e d e -
tu v o y d i j o en t r e sí : « T e n d ré q u e ll ev aron a la cu ev a d el er-
mitaño» . Di cie ndo esto , l eva ntó el cu erpo d e aqu el ho mb re y
p ro cu ró co locá rselo s ob re un h omb ro , con la cara h a ci a ab ajo y
p legado co mo u na s áb an a arrollad a. Co n p a so v a cil an t e p o r la
ca rga , d i rig ió sus p asos h as t a el b o sq u e cil lo , y d e all í a la
cu ev a. Po r fin , d espu é s d e l o qu e p a recí a un vi aj e in te rmi -
n able, lleg ó a la v era del fue g o . A ll í d e p o s itó d e l i c a d a m e n te
aq uel h o mb re s ob re el su elo . « Ven erab l e — dijo al e r mi ta ño --
, en con tré a este h o mb re en u n soto cerca del lago . Ll evab a
u n a c an g a a lr e d ed o r d el cu el lo y e s t á mu y g r a v e . L e q u i t é l a
can g a y lo be t ra íd o a q u í . »
Con u na ra ma , el jov en mo nj e reav ivó el fu ego de man e ra qu e
se el evó u n e nja mb re d e ch ispas y el a ire se l lenó d e un
ag radab le o lo r a mad e ra q u emad a. Det en i én dose sólo p ara
a p a re j a r m á s l e ñ a , s e v o lv i ó de esp a lda s al viejo eremi ta.
«¿Un a canga ?» , dijo és te. «Si gni fi c a q ue s e tr at a de un p resi-
d ia rio ; p ero , ¿ q u é h ac e u n p r esidi a rio aqu í? No impo rta lo que
h a y a h e c h o ; s i e s tá e n f e r mo , debemos hace r cu anto podamos
p or él . T al v e z pu ede hab la r. . . »
« Sí , V ene rab le », mu r mu ró a qu el h o mb re c o n u n a v o z d é bil.
« He ido d e ma s iad o a ll á p a ra p oder s e r auxiliado fís ica me nte.
Neces ito u n a uxilio espi ri tu al , p a ra mo rir en paz. ¿Pu edo
hablaros ?»
« Co n tod a ce rt ez a» , rep l icó e l v iejo e r m itañ o . « H ab la , q u e t e
escu ch amo s.»
E l en f e r mo h u m e d e c i ó s u s l a b i o s c o n a g u a q u e l e p ro p o rc io n ó
el jo v en mon j e , ac la ró s u g a r g anta , y d i jo : « Fu i u n a fo rtu n ad o
p lat e ro d e la ciu d ad d e Lh a sa. L o s n e g o c i o s m e m a r c h a b a n
muy b i en; sie mp re, d e los c onv entos , me lleg ab an en carg os.
Enton ces , ¡oh , bendic ión d e la s b e n d i c io n e s ! , ll e g a ro n me r c a -

44
deres de la India, cargados de mercancías baratas, por el estilo
d e lo s b a za r es d el p a ís d e aq u éllo s . Ll a mab an a tod o aq u e llo
"producción en masas". Cosa inferior, calidad falsificada. Géne-
ros que yo no quería tocar de ningún modo. Mis negocios
fueron cayendo. Mi mujer no pudo sufrir la adversidad y se
marchó al lecho de otro hombre. Un comerciante adinerado
q ue la h ab í a p re ten d ido ant es d e q ue ell a se cas ase co n mig o.
Se t ra tab a de u n comerci an t e al cu al n o le af ect aba l a co mp e-
tencia de aquellos indios. No tenía yo nadie que me ayudase y
se p reocupase po r mí; ni tampo co n adie po r quien yo pudiese
preocuparme.»
Se detuvo, el hombre, anonadado por aquellos sus amargos
recuerdos.
El v iejo ermit año y el jov en mon j e pe rman ecí an en sil en c io,
esperando que se re cobr ase. Po r fin, aque l ho mb r e c o n t i n u ó :
«La competencia fue creciendo; llegó un hombre, éste de la
China, trayendo género aún más barato, a lomos de unos yaks.
Mi negocio tuvo que cerrarse. No me quedaba nada, excepto
mis pobres enseres, que nadie quería. Finalmente, llegó un
co me rc ian te in dio , qu e m e o f re ció un p re ci o insu l tan te m e n te
bajo por mi casa y todo cuanto había en ella. Yo me negué
y entonces él en tono de burla me dijo que pronto tendría
todo lo mío de balde. Yo entonces, hambriento y miserable
como me sentía, perdí el dominio de mí mismo y le eché de
mi casa. Dio de cabeza y se rompió una sien contra una pie-
dra que por casualidad allí se encontraba».
Volvió a callarse aquel hombre, y los demás, a permanecer en
silencio hasta que no reanudase su historia. «La gente se
arremolinó a mi alrededor», siguió diciendo. «Unos me res-
pondían, otros se ponían en mi favor. No tardé a ser lle-
v a d o a p r e s e n c i a d e l m a g i s t r a d o y s e o y ó la e x p l i c a c i ó n d e l
caso. Unos hablaban en mi favor; otros, en contra. El magis-
trado deliberó brevemente y, por fin, me sentenció a llevar
la canga por un año. Trajeron el aparato y lo pusieron alre-
dedor de mi cuello. Con él, no podía alimentarme, ni beber,
antes bien dependía exclusivamente de la buena voluntad de
los demás. No podía trabajar, sólo podía dedicarme a ir pi-

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diendo limosna. No me podía tender; me veía obligado a
permanecer de pie o sentado.»
El hombre empalideció y pareció que iba a sufrir un desvane-
cimiento. El joven monje, exclamó: «Venerable: encontré un
caldero en el campamento de los mercaderes del otro día. Lo
voy a traer y podremos hacer té». Poniéndose en pie, corrió
hasta donde había hallado el caldero, y cerca de éste
encontró un gancho que evidentemente le correspondía.
Después de haberlo llenado de agua, habiéndolo antes
limpiado con arena, se dirigió de nuevo a la cueva, llevando
el caldero, el gancho, el clavo y la canga. Pronto estuvo de
regreso en la cueva y, con toda alegría, metió la canga al
fuego. Chispas y humo surgieron y en el centro de aquel
instrumento de tortura una robusta llama surgió de pronto.
El joven monje fue corriendo hacia el interior de la cueva y
trajo los paquetes que le había dado recientemente aquel
marchante. Un ladrillo de té. Una grande y sólida torta de
manteca de yak, polvorienta, un punto enranciada; pero to-
davía identificable como mantequilla. Cosa curiosa, un sa-
quito de azúcar moreno En el exterior de la cueva, él deslizó
cuidadosamente un palo bien liso a través del asa y colocó la
tetera en el centro del brillante fuego. Entonces quitó suave-
mente el palo y lo puso a un lado cuidadosamente. Luego
hizo a trozos el ladrillo de té, echando los más pequeños a la
tetera, cuya agua empezaba a estar bien caliente. Cortó luego
una cuarta parte de la mantequilla, ayudándose con una
piedra de bordes afilados. Luego introdujo esa mantequilla
en la tetera que empezaba a hervir y pronto se formó en su
superficie una capa grasosa. Después añadió un pequeño pu-
ñado de bórax para dar buen gusto al té y, por fin, un gran
puñado de azúcar moreno. Con una pequeña ramita acabada
de pelar, el joven monje agitó el conjunto vigorosamente.
Ahora, la superficie de la bebida estaba oscurecida por el va-
por. Con el palo, cogiendo el asa, levantó el caldero del
fuego. El viejo ermitaño había ido siguiendo todo el curso de
la ebullición del té con el mayor interés. Por medio de los
ruidos, había seguido cada una de las fases de la operación.
46
Ahora, sin que se le advirtiese, levantaba su propio cuenco.
El joven monje lo tomó y, apartando la espuma de impu-
re zas , ra mit as y broza, l lenó el cu en co h ast a la mi tad y s e lo
devolvió con todo cuidado. El presidiario murmuró que poseía
un cuenco entre sus harapos. Presentándolo, se le llenó del
todo, ya que go zando d e su vista no se le perdería ni una sola
gota. El joven monje llenó su propia taza y se sentó descan-
sadamente a beberla, con aquel suspiro de satisfacción que
sale de uno cuando ha trabajado intensamente para lograr
algo. Por un tiempo reinó un silencio total, mientras cada
cu al d e los presentes seguía el cu rso d e su s pens amientos . De
tanto e n tan to , el jov en mon je se lev antaba a llen ar de nuevo las
tazas de sus compañeros y su propia taza.
Se oscureció el atardecer. Un viento frío hizo que las hojas
d e los árboles susurrasen a manera de cantos de protes ta. Las
ag uas d el lado se ag it aron y ll en aron d e a r ru g as y crep i tab an y
susurraban entre los guijarros de la orilla. El joven monje
acompañó solícitamente al viejo ermitaño hasta el interior,
ahora oscuro, de la cueva; luego, volvió adonde se encontraba
el enfermo. El joven monje lo trasladó al interior de la
caverna y labró una depresión para su cadera, al paso que le
sirviese de cabecera. «He de hablarle — dijo el hombre —
porque me queda muy poco tiempo de vida.» El monje salió
unos momentos para proteger el fuego con un montón de
ar ena y p re serv arlo ado r meci d o po r l a no ch e. Po r la mañ a n a,
las cenizas todavía se conservarían rojas y sería fácil reavivar
una llama vigorosa.
Estando allí los tres hombres — uno acercándose a la edad
viril, otro de media edad y el tercero, anciano — sentados o
a c o s t a d o s e l u n o c e r c a d e l o t r o , e l p r i s i o n e r o v o l v i ó a ha c e r
u so de la palabra. «Mis horas se están acabando», d ijo. «Siento
qu e mis antepas ados están a punto de acog erme y darme la
bienvenida. Durante un año entero, he sufrido y me he con-
s um i d o . H e e st a d o v a g a n d o e nt r e Lh as a y P hari, y end o y vol-
viendo en busca de comida y auxilio. Afanándome. He en-
contrado grandes lamas que me han rechazado y otros que han
sido buenos conmigo. He visto personas humildes que me

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ciab an d e co mer, y el los se q uedab an en ayu nas. Po r u n añ o,
h e c o r r i d o d e u n l a d o a o t r o , c o mo e l ú l t i m o d e l o s v a g a b u n -
dos. Me he peleado con los perros para quitarles sus men-
drugos y luego he visto que no podía comérmelos.» Se detuvo
entonces para tomar un trago de té frío, que tenía al lado,
ahora con la mantequilla congelada.
«¿Cómo pudiste llegar hasta nosotros?», preguntó el viejo
eremita con su voz cascada.
« Me ab alancé sobre el agua, al ot ro lado del lago , para beber y
por culpa de la canga, con su balance, me caí en el agua. Un
fuerte viento me llevó a través de las aguas, de manera que
vi un día y una noche, más otro día y otra noche, y el día
siguiente. Algunos pájaros se posaban sobre mi canga e
intentaban picar mis ojos; pero yo gritaba y ellos se asustaban y
huían. Sin parar, fui desplazándome hasta que perdí con-
ciencia y no me enteré de cómo iba desplazándome. Por últi-
mo, mis pies tocaron el suelo del lago y me pude sustentar.
Sobre mi cabeza daba vueltas un buitre, de manera que me
esforcé y me fui arrastrando hasta que llegué al soto donde
e s t e j o v e n p a d r e me e n c o n t r ó . M e s i e n t o s o b r e f a t i g a d o , m i s
fuerzas me abandonan y pronto debo ir a los Campos Ce-
lestiales.»
« Rep osa du ran te la n och e», d ijo el an ci ano ere mi ta . «Los Es -
píritus de la Noche están velando. Tenemos que hacer nues-
tros v iaj es p o r el as tral ant es de q ue se n os hag a t ard e.» Con
la ayuda de su bastón, se puso en pie y se fue, renqueando,
hacia el interior de la cueva. El joven monje dio un poco de
tsampa al enfermo y luego se acostó p ensando en lo s sucesos
de aquel día hasta que estuvo dormido. La luna ascendió
hasta su mayor altura y, majestuosamente, siguió su curso
por la otra parte del cielo. Los ruidos nocturnos cambiaban
según avanzaban las horas. Diferentes insectos zumbaban y
vibraban, en lontananza se escuchaba el asustado chillido
de una ave nocturna. En la montaña se oían crujidos de las
rocas, según se contraían bajo el frío de la noche. No lejos,
como truenos espaciados, rodaban piedras y rocas por unas
pendientes, dejando sembrados unos trazos sobre el suelo.

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Algún roedor nocturno llamaba angustiosamente a su pareja y
cosas desconocidas se arrastraban y murmuraban en las are-
nas susurrantes. Gradualmente, las estrellas palidecieron y
los primeros rayos anunciadores del día cruzaron el cielo.
De súbito, como percutido por una corriente eléctrica, el jo-
v e n m o n j e s e i n c o r p o r ó . Es t a b a d e s p i e r t o d e l t o d o , i n t e n t a n -
do, en vano, atravesar la intensa oscuridad de la cueva.
Aguantando su respiración, con toda atención, escuchaba a su
alrededor. No podía tratarse de ladrones — pensó —. Todo
el mu nd o s ab í a q ue el v iejo ere mi ta no po s eía n ad a . ¿ Est ab a
ac aso, el v iejo , en fermo ?, s e p reg un tó el jo ven . Al zánd os e y
y endo con todo cu idado hacia el interior de la cu eva, pregun-
taba: «Venerable padre, ¿os encontráis bien?»
El viejo, se movía: «Sí, ¿acaso se trata de nuestro hués-
ped?» El joven monje se aturulló. Había olvidado del todo
la presencia del preso. Volviendo apresuradamente hacia la
boca de la cueva, percibió como una borrosa mancha gris.
Sí , el fu ego, b i en pro teg id o , n o era de l todo mu erto. Cog ien d o
una rama el monje la hundió e n l a h o g u e r a y s o p l ó f u e r t e -
mente. Apareció una llama y él amonto nó varias ramas sobre
el fueg o naciente. De mo mento el palo estaba b ien encendido
por un cabo. Lo cogió y volvió a meterse en la cueva.
La astilla ardiente proyectaba sombras fantásticas que dan-
zaban locamente sobre las paredes. Cuando el joven monje
entró, una figura prisionera del resplandor de aquella antorcha
apareció desde el fondo de la cueva. Era el viejo ermitaño.
A los pies del joven monje, el forastero yacía acurrucado, con
las piernas encogidas sobre el pecho. La antorcha se reflejaba
en sus ojos muy abiertos y daba la impresión de que pesta-
ñeaban. Tenía la boca abierta y un hilillo de sangre seca le
salía de la comisura de los labios y formaba unos grumos a
la altura de los oídos. De pron to se prod ujo un ronco estertor
y el cuerpo se contorsionó espasmódicamente y formó un
ar co tenso y s e relajó s egu id ame n t e , c o n u n s u s p i r o fin al . E l
cuerpo crujió y se percibió un rumor de fluidos. Los miem-
bros, por fin, se distendieron y las facciones se aflojaron.
El viejo ermitaño y el joven monje rezaron las Plegarias para

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la P az de lo s Esp í ri tus Qu e Se V an , y se esfo rzaron p ar a dar
in st ruc cio n es t elep át icas p a ra ayud ar el pas o d el al ma del d i-
funto a los Camp os Celestiales. Los pájaros empezaron a cantar
al naciente día; pero, en aquel suelo, estaba la muerte.
«Tienes ahora que llevarte el cuerpo», dijo el viejo ermita-
ño. «Tienes que desmembrarlo y sacarle las entrañas para que
los buitres puedan darle una sepultura adecuada en los aires.»
«No tengo cuchillo alguno», replicó el joven monje.
«Tengo un cuchillo», le contestó el ermitaño. «Lo guardo
para que mí propia muerte sea conducida como es debido. Ahí
l o t i e n e s . H a z t u d e b e r , y l u e g o m e l o d e v u e l v e s . » De no
muy buena gana, el joven monje levantó el cadáver y se lo
l l e v ó f u e r a d e l a c u e v a . C e r c a d e l p r e c i p i c i o d e l a s r o cas
hab ía una p ied ra plan a. Con mucho s esfuerzos levantó el
cuerpo hasta depositarlo sobre la piedra y lo despojó de los
viejos y sucios harapos. En lo alto, sobre su cabeza se oía
un pes ant e al et eo ; h abí an ap arecido lo s p ri m eros b uit res, lla -
mados por el olor del muerto. Con un estremecimiento, el
jov en plan tó la punta del cuchillo en el delgado abdo men d el
d i fu n t o y l o v o lv ió a s a c a r . P or la he rid a ab ierta , los in tes ti -
nos comenzaron a salir. Rápidamente agarró aquellas flacas
entrañ as y las tiró hacia afuera. Sob re la ro ca, esparció el co-
razón, el hígado, los riñones y el estómago. A golpes y tirones,
c o r t ó d el t r o n c o a m b o s b ra zo s y p ierna s. Lu eg o, con el cue r p o
desnudo cubierto de sangre, se fue corriendo de la tre-
menda escena y se precipitó en las aguas del lago. Dentro del
agua , se r as có y li mp ió co n p u ñado s d e f in a ar en a . C on to d o
cuidad o, limpió el cu chillo del viejo ermitaño y lo fro tó b ien
frotado, con arena.
Temblaba del frío y de la impresión recibida. El viento, gla-
cial, soplaba sobre la piel desnuda del joven monje. El agua
parecía caerle encima como si los dedos de la muerte trazasen
líneas sobre su cuerpo. Vivamente saltó fuera del agua y se
est re m eció co mo un p e rro . Corri end o, lo g ró co mu n ic a r algún
calor a su cuerpo. Al lado de la boca de la cueva, recogió y
se vistió sus ropas, apartando todo aquello que pudiera ha-
berse impurificado por su contacto con el cadáver. Mas,

50
cuando iba ya a entrar en la cueva, se acordó de que su ta re a es tab a po r
acaba r. L en ta m ente, s e dirigió d e n u e v o h a c i a l a p i e d r a d o n d e
hací a po co h ab ía de jado al m u e rt o . A l g u n o s b u itr e s
rep os aban , s ati sfe cho s , y plá c ida men te s e al i saban l as plu m as
con el p ico ; ot ro s , s e a fan ab an l len os d e activ idad en tre las
costi ll as d el ca dáve r. Ca si h a bían s acad o to d o el p e llejo d e l a
cab ez a, dejan d o l a calav era mond a y l irond a.
El joven mon j e, con un a piedra p es an t e, a plastó l a c al av er a
esque lética , ex poniendo lo s s eso s aq u ello s a los bu itres ha m-
bri ento s . En to nces , llev ánd o se lo s and r ajo s y el cu enco del
difu nto , co rrió hac ia la hogu era y lan zó aq uellas reliqu ias al
cent ro d e la mis ma. A un l ad o, aún en roj ec i d o, se h all ab a el
res to metá li co de la c anga ; el ú lti mo r ast ro d e u n v a rón q u e
había sid o un rico artes ano , co n su e spo sa, su s c asas y s u
tal en t o p r o f e s i o n a l . M e d it an d o so bre el cas o, el jo ven mo nje
ende rezó sus p aso s ha ci a la cav e rna .
El an ci an o ermitaño e stab a se ntado su mid o en la medi ta ci ó n;
pero se puso e n pie cu ando e l j o v en s e l e a ce rc aba . « El h o m -
bre es t e mpor a l y f rág il» , d i j o . « La vid a so bre l a Ti er r a n o es
sin o ilu s ió n y la May o r Re ali dad se en cu ent ra más al lá d e la
pres en t e . D es a y un e mos, p ues , y enton ces continu aré tra ns-
mi ti én do t e to d o cuan to yo sé. Po rq u e , h as ta en tonc es , no p u e-
do ab ando n ar mi cu erpo , y lueg o , cu and o lo h ay a d e jad o,
tien es q ue h ac er po r mí exacta ment e lo q ue has h ech o po r
n u e st ro a m i g o e l p ri sio n e ro . P e ro a h o r a , c o ma mo s , p a r a m a n -
ten e r nu est r as fuerz as en la mejo r forma p osib le . Tra e , p u es,
agua y ca li ént a la. Aho r a, tan ce rc a d e mi fin , p ued o con ced er
a mi cu erpo es t a p eq ueñ a sat is fa cción .»

E l j o v en m o n j e c o g i ó e l b o t e y s a l i ó d e l a c ue v a , c a m i n o d el
lag o , evi tand o con ap ren sió n el s itio don d e se hab ía lav ad o la
sangr e d el di fu n to . L i mp ió co n tod o cuid ado el r ecipi ent e, po r
fu e ra y p o r d e n tro . Hi zo lo p ro p i o c o n l a s d o s e s c u d i l l a s d e l
ermit año y la s uy a p ropi a. H a b ien do ll en ado el r ecipi ente c on
agua , lo l lev ó co n la man o izquierda y empuñó un a g r uesa
ra m a con l a o t r a. U n b u it re so lit ar io ll egó p r ecip it án d o se p ar a
ver lo que pasa ba por al lí . At erri zan do pe sad a m e n t e , d i o u n o s
poco s p aso s y l ueg o s e v olvió a re mo n ta r con un g r aznid o

51
ren co ro so al v ers e b u rl ado. Más ad el ant e, haci a la izqui erda ,
otro bui tre, r e pleto d e co mid a, in ten tab a en vano re mo ntar el
vu elo . Co rrí a, salt ab a, a zo t ab a el ai re con su s plumas ; p e ro
hab ía co mido con ex ceso . Fi nal men te lo d e jó correr y es c on -
dió, co mo av e rg on z ado , su cabe za ba jo una ala, agu ard an do
que la Na tu ralez a r eduj ese s u peso. El jov en monje sonr ió
lig e r a men t e , p en sand o q u e h ast a lo s b u i t r e s p o d í a n p ra ct i c a r
exc esos d e co mid a , y se p r e gun tó qu é co sa d ebía ser el v ers e
en con dicion e s de dars e u n at racó n. Nu nc a h abía co mido co n
exc eso. Ig ual q ue l a may or p a rt e d e mo nj es , siemp re s e s en t ía
m á s o m e n o s h a mbr ie n t o .
Pe ro h abí a qu e h acer e l té ; el tie mpo no se detiene nunc a.
Pon iendo el bo te d e agu a a c a lent ar so bre el fueg o , ent ró a la
cuev a, po r el t é, l a man tequ i l la , el b ó rax y el azú ca r. E l vi ejo
ermitaño se sentó esperando.
Pe ro un o no p ued e es tar s ent ado po r mu cho ti empo b ebien do
té cuand o los fuego s de l a v ida y a n o so n alto s y cu and o la
vitalid ad de una person a d e ed ad de cae len t a men te. De
pron to , el v i ej o ermi tañ o s e v olvió a in corp orar mi en t ras el
joven mon je es tab a atend iend o al fu ego , e l «Vi ejo» y p re ci oso
fu ego, de spué s de má s de sesen ta años de priva ció n del
mi s mo , año s de f río , d e n ega ci ón de sí m is mo , d e h a mb r e y d e
po b re za int eg r al , q u e só lo p o d ía remed i a r la mu erte. Añ os,
t a mb i é n d e u na c o m p l e t a f u t i l i d ad en l a ex is ten c ia co mo ere-
mi t a , s ó lo r e m e d i o s p o r l a c o n v i c c i ó n d e q u e t o d o a q u e l l o
era, al fin y al cab o, un a tarea . E l j o v e n m o n je r e g re s ó a l a
cav erna, o l ien do aún a hu mo d e mad era fr esca . Ráp ida men te
se sen tó ant e s u maest ro .
« En aq u e llo s p ar aj es r e moto s , h ac e mu cho ti e mp o , me en co n -
traba so bre aq u ell a ext rañ a p lat aforma me tál ica. E l qu e me
ten í a p r isio n e ro, me expl i cab a cl ara me nte qu e yo me
e n c o n t r a b a a l lí n o p o r m i g u s t o , s i n o p o r l a c on v e n i e n ci a s u y a
y d e l o s s u y o s , p a r a c o n v e r t i r me en u n D e p ó s i to d e
Co no ci miento s » , di jo e l anc ian o . «Yo l es dij e: "¿ Có mo es
po sib le q u e yo me to me un inte rés intele ctual si no soy más
que un prision ero , un colabo rad o r sin n in g u n a v o lun tad p o r
mi p a rt e, cau t iv o y sin la más v ag a id ea de qu é s e t r ata ?
¿Có mo pu edo t o mar m e
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el mínimo interés cuando se me tiene aquí por nada? Se me
ha ap risionado con menos cump lidos qu e los qu e se usan con
un cadáver, destinado a ser pasto de los buitres. Nosotros
mostramos respeto a los muertos y a los vivos. Vosotros me
tratáis igual que unos excrementos que se tienen que tirar a
un campo con las menores ceremonias posibles. Y, encima,
pretendéis ser civilizados, valga lo que valga la afirmación".
» El h o mb re p a re ció v i sib l e me nte ex trañado y no poco impre-
sionado ante mi estallido. Escuché como se paseaba por la
est an c ia . A d e la n te y con u n s o n id o ar ra st rad o d e los p ies, al
dar la vuelta. Hacia adelante y hacia atrás, continuamente.
De p ronto , se d etu vo c er ca d e mí y dijo: "C on sultaré el caso
con mi superior". Rápidamente, se alejó y tuve la sensación
de que había cogido un objeto duro. Escuché varios ruidos
como rasgados y finalmente, un "clic" metálico y un sonido
destacado brotaron de allí. El hombre que se hallaba con-
m i g o h a b l ó f i n a l m e n t e , p r o f i r i en d o l o s m i s m o s s o n e s q u e e l
anterior. Claramente, se en tabló un a discusión qu e duró uno s
pocos minutos. "Cling, clang", brotó de la máquina, y el
hombre volvió para mi lado.
»"Antes que todo, os tengo que mostrar esta habitación donde
est a mos ", me d ijo. "Voy a co n ta ro s cosa s n uest ra s; qu ién so-
mos, qué hacemos e intentaré obtener vuestra colaboración me-
diante el entendimiento. Antes que todo, ahí está la vista."
»Percibí la luz y pude ver. Una visión muy singular; veía
a uno de mis lados hacia arriba, la parte inferior de una me-
jilla humana y la mirada, por encima, de los agujeros de la
nar iz . La vis ió n d e lo s cab ell os y d e los agu je ro s d e l a n a ri z
me divirtieron no sé por qué y me eché a reír en el acto. El
hombre se inclinó y uno de sus ojos me tapó todo el campo
visual. "¡Oh ! — exclamó —, alguien h a desviado la cámara".
En t o n c e s , e l m u n d o m e p a r e c i ó q u e g i r a b a a m i a l r e d e d o r , y
experimenté náuseas y vértigo. "¡Perdón! — exclamó aquel
hombre —, d e b í a h a b e r c e r r a d o l a c o r r i e n t e a n t e s d e h a c e r
rod ar la cámara. Disimu lad mi falta; os sentiréis mejor de un
momento a otro. ¡Siempre pasan cosas!"
»Ahora, podía verme a mí mismo. Era una sensación horri-

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ble, la de ver mi cuerpo tendido, tan pálido y desmejorado y
con tantos tubos y cordones que me salían por todas partes.
Fue un golpe para mí el contemplar mis párpados apretada-
mente cerrados. Me hallaba tendido sobre una delgada plan-
cha de metal — según me pareció — que se aguantaba sobre
un solo pie. En ese pilar se veían unos pedales, mientras a
mi lado había un soporte con unas botellas de vidrio llenas
de líquidos de diversos colores. El soporte estaba en cierto
modo conectado con mi cuerpo . El homb re aquél me ex plicó:
"Estáis en una mesa operatoria. Con esos pedales — y los
tocó — os podemos colocar en cualquier posición deseada».
Apretó uno con el pie y la mesa osciló a su alrededor. Apretó
o tro , y la m es a se lad eó h as ta el p u n to d e q u e te m í c ae r m e al
suelo . Ap retando un tercero , la mes a se alzó , tan to que podía
ver la parte inferior. Una posición más que incómoda, que
me ocasionó extrañas sensaciones en el estómago.
» Las pa red es, eviden te ment e, eran de u n metal d el co lor v erd e
más agradable a la vista. Nunca había visto antes un mat e ri al
tan fino, tan liso y sin una sola falta; y en ninguna parte se
notaban junturas ni soldaduras, ni signo alguno visible de
dónde empezaban y dónde acababan las paredes, el techo y el
pavimento. En un momento determinado, se deslizó una
sección de la pared, con un ruido metálico, que yo ya
c o n o c í a . U n a c a b e z a r a r a a s o m ó p o r l a p u e r t a , m i r ó a l r e dedor
y volvió a deslizarse. La pared se cerró de nuevo.
»En la pared de enfrente adonde yo estaba se veía una su-
cesión de pequeñas ventanas, algunas de ellas no mayores que l a
p a l m a d e u n a m a n o g r a n d e . D e t r á s d e e l l a s , h a b í a u n a s e rie
d e indicaciones que señalaban a unas cifras rojas las un as, y
o tras n eg ras . Un resplando r de un azu l casi, p or d ecirlo así,
místico, emanaba de dichos indicadores; raras manchas
luminosas danzaban y oscilaban de extraña forma, mientras
qu e, en otra ventana, u na línea d e colo r rojo oscuro ondulab a
para arriba y para abajo, en extrañas formas rítmicas, muy
parecidas a la danza de una serpiente. Yo pensaba. El hom-
bre — le llamaré mi Capturador — sonreía, viendo mi inte-
rés. "Todos esos instrumentos, os indican a Vos — me dijo —,

54
y aquí se registran nueve ondas de vuestro cerebro. Nueve
l í n e a s s e p a r a d a s d e o n d a s q u e a rr a n c a n d e l a e l e c t r i c i d a d d e
vuestro cerebro que predomina en ellas. Son una demostración
d e que poseéis u na mentalidad sup erior. Vues tra memoria es,
c i e r t a m e n t e , m u y n o t a b l e y ad e c u ad a p a r a a q u e l l a l a b o r q u e de
vos esperamos."
» G i r a n d o m u y s u a v e m e n t e l a c á m ar a d e l a v i s i ó n , e n e l c a m p o
visual de ésta apareció una extraña estructura de cristal que
h a s t a e n t o n c e s h a b í a e s t a d o f u e r a d e m i c a m p o v i s u a l . " Es o
— me explicó — está alimentando continuamente vuest r a s
venas y drenando para afuera lo que se destruye de
v u est ra s an g r e. E so s o tro s d r enan o t ro s p ro d u ctos d e v u es tro
cuerpo. Ahora estamos en la fase de comprobar el estado general
d e vuestra salud, si os encontráis en las debidas cond iciones
p ara resistir el inev itab le choque de todo cu anto vamos a
ensefiaros. Impresión que no puede evitarse, ya que no importa
qu e os consideréis a v os mismo co mo un sacerdote instruido;
pero, comparado con nosotros, no valéis más que el más bajo e
ignorante salvaje; y todo lo que entre nosotros se con sidera
olvidado de puro sabido, para vos son milagros casi increíbles, y
el p rimer contacto con nuestra ciencia os tend rá que causar u n
s e r i o c h o q u e f í s i c o . P e r o h a y q u e a r r i e s g a r s e , a u n q u e n o so tros
h acemos un esfuerzo para reducir todo riesgo al grado mínimo."
»Se rió, y continuó diciendo: "En las ceremonias de vues-
tros templos dais mucha importancia a los sonidos del cuerpo
humano — ¡claro!, ¡lo sabemos todo de vuestras ceremonias
rituales! —. Pero ¿conocéis realmente esos sonidos? Es-
cu ch ad" . Vo lvi én dos e, s e d i ri g i ó h a c i a l a p ar ed y o p r i mi ó u n
pequeño pulsador blanco. Inmediatamente, de una serie de
pequeños agujeros salieron sonidos que reconocí como soni-
dos del cuerpo. Sonriendo, dio la vuelta a otro timbre y los
sonidos crecieron y llenaron la habitación por completo. ¡Trap,
trap !, cre ció el lat id o d el corazó n h ast a h acer v ib rar po r s im-
p atía un objeto d e cristal qu e estaba detrás mío. Otra presión
sob re el pu lsado r, y desapareció el ruido d el co razón y creció el
ruido de los fluidos del cuerpo; pero tan intensos como una

55
co rri ent e de ag u a d e l a mon t a ña , m a n a n d o s ob r e u n l e c h o p e -
d reg oso en su ansi a de llev a r su cu rso a las l ejan as rib e ras d el
mar. Lu ego , se escu chó la res p irac ión de lo s gase s, igu a l q ue
u n v en d av al a tr avés d e l as h o jas y los t ro n cos d e á rb o l es ro -
b u sto s . Son id o s d e cho q u es d e ag u a c o n t r a las o r i l l a s d e u n
lag o p ro fu n d o . "Vu es tro cu e r p o humano — dijo e l ho mbre —
c o n t i e n e mi l r ui d o s . L o c o n o cemos todo r eferent e a vue stro
cu e rp o h u m an o ."
» "P ero , In ho no rab le C ap to r " , le d ij e. " Eso n o es n in g ú n p r o -
digio. Noso tro s, pob res s alv aje s, e n e l T í b et p o d e mo s h a c e r
eso tan bi en co mo aqu í. No a tan g r and e e scala , lo con fi eso ;
p e ro p o d e mos h a c e r l o . P o d e m o s t a mbi én s ep a ra r el e sp í r itu
d el cu erp o y h a ce r q u e r eg res e ."
» " ¿ Po d é i s , d e v e r as ? " , m e m iró co n un a ex p res ión ínt ríg a da
en el ro st ro , y con tin u ó d i cie n d o : "¿ N o o s a su stá is f ác il m e n -
te? , ¿n o es as í ? ¿Nos con sid eráis un os en e migo s, un os a pri -
sio nado res ?, ¿n o es v erd ad ?" .
» "¡Señ o r ! — l e repl iqu é —, h ast a aho ra no me hab é is mos tra-
d o n i n g u n a p r u e b a d e a mi st ad , n i me h ab éis d e mo st rado de
n i n g u n a fo r m a p o r q u é r a z ó n d e bo creero s o colabo rar co n
v o so tro s. Me t en éi s aqu í p a ralizad o y caut iv o , co mo hacen al -
g un as av is p as con su s víct i m as. H ay alg u n o s d e en tr e v o so -
tro s q u e me p a re cé is se r u n o s d iab lo s . N o so tro s t en e mos r e-
tratos de tale s se re s y lo s ten e mos co nsid erado s co mo
v isio n e s d e h o rro r p ro c ed en t es d e u n mun d o inf ern al . P ero ,
aq uí , son co mp añ eros v ues tro s. "
» " Las ap ar ien c ias engañ an ", m e respond ió. "Muchos de el los
so n cr ia turas d e lo más amab le, con un as c a ras d e s anto s v a-
ron es , s e en t r e gan a tod as las b aja s accion es q ue s e le s o cu-
rren a sus men tes p erv ersas . Pe ro vos , vo s, co mo la g e nte
s a l v a j e , o s d ej á i s g ui a r p o r l as ap arien c ias de l as p e rson as" .
» "S eño r — ést a fue mi resp u est a —: Tengo que decidir so bre
d e q u é l ad o c aen v u es tr as i n ten c io n es , b u en o o m alo . S i es
d el l ad o de l b ien , en ton ces y s ólo enton c es me d ec idi r é a
c o o p e ra r c o n v os o tro s. Si e s de o t r a man e ra , me cu es te lo que
me cu es te , n o p ien so co op era r co n v ues tro s inten tos ".
» "P ero es to es cie r to — fu e s u r espu est a má s b i en cont rari a-
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da —, "confesaréis que nosotros os hemos salvado la vida
cuando estabais enfermo y muerto de hambre".
»Puse mi cara más severa al contestarle: "¿Habéis salvado mi
vida , mas ¿co n q ué fin? Yo e stab a en ca min o de ll ega r a l os
Campos Celestiales, y me habéis arrastrado h acia atrás. Nada
me podía ser más perjudicial. ¿Qué vida es la de un ciego?
¿Có mo p u ede estud i a r? ¿Có mo p ro cura rse el su sten to? ¡No!
No había ninguna amabilidad en el gesto de prolongar mi
existencia. Siempre nos hallaremos con que yo no estoy aquí
por mi p ropio gusto, sino p ara se r ú til a vu est ro s p roy ecto s.
¿Dónde está la amabilidad de este gesto? Me habéis desnu-
dado aquí, y he servido de diversión a vuestras mujeres.
¿Dónde está la bondad de todos estos gestos?"
» Aquel ho mb re estab a an te mí, con las man os en sus caderas
"S í " — m e d i j o p o r ú l t i m o — , d e s d e v u e s t r o p u n t o d e v i s t a ,
no hemos sido amables para con vos, ¿no es así? Pero tal vez
podré convenceros y entonces vos podréis sernos útil". Se
volvió de espald as y se dirigió hacia la pared . Entonces vi lo
que hacía. Miró unos momentos un cuadrado lleno de pun-
titos y, entonces, apretó una pequeña señal negra. Una luz
brilló en aquel cuadrado lleno de agujeros y fue creciendo
hasta convertirse en una nube luminosa. Allí, vi con estupe-
facción que se habían formado una cara y una cabeza de vivos
c o l o r e s . El q u e m e t e n í a p r i si o n e r o h a b l ó e n a q u e l l e n g u a j e
extraño y remoto y luego paró de hablar. Yo, petrificado de
sorpresa, vi que la cabeza giraba en mi dirección y sus espesas
cej as s e l ev an t aban . En ton ces una pálida so nris a ap ar eció en
las comisuras de sus labios. La cabeza lanzó una frase con-
tundente que no comprendí, y la cabeza se desvaneció, al
oscur ec e rse e l cuad rado lu mi no so. Mi c ar ce le ro s e v olv ió d e
nuevo de cara a mí, con la cara llena de satisfacción. "Muy
b i e n , a m i g o m í o — d i j o — , h ab é i s p r o b a d o q u e t e n é i s u n c a -
r á c t e r s ó l i d o ; q u e s ó i s u n h om b r e e n t e r o , c o n q u i e n h a y qu e
tr at ar. Aho ra e stamo s au to ri z ado s p a ra en se ñ aro n lo q u e n i n -
gún otro hombre de la Tierra jamás ha visto."
» Se d i rig ió d e n u ev o a la p a r ed y o p ri mió d e n u e v o e l p u ls a -
dor negro. La niebla formó esta vez la cabeza de una mujer

57
jo v en . Mi c ap t u rad o r h ab ló c o n ella , ev id en te men te d án d o l e
órdenes. Ella, asintió con la cabeza, miró curiosamente en mi
dirección, y sus rostro se desvaneció de nuevo.
»"Ahora, tenemos que aguardar unos momentos", dijo mi
guardián. "He traído un pequeño aparato conmigo y voy a
mostraron diversos lugares del mundo. Decidme algún sitio
que quisieseis ver."
»"No tengo conocimiento del mundo", le repliqué. "No he
viajado nunca".
»"Pero sin duda habréis oído hablar de alguna ciudad", me
replicó.
»"Claro, sí", fue mi respuesta: "He oído hablar de Ka-
limpong".
»"¿Kalimpong? Una pequeña población a la frontera de la
India. ¿No se os puede ocurrir nada mejor? ¿Qué os parecía
Be rl í n , Lon d r e s , P a r í s o El C a i ro? ¿ Sin d ud a o s inter esarían
más que Kalimpong?"
»"Pero, señor mío — le repliqué —, no tengo el menor interés
en los lugares que me indicáis. Sus nombres sólo me recuerdan
que h e oído de b oca de los viajeros muchas explicacion es so-
bre esos sitios; pero no me interesan. Ni sé tampoco si las
imágenes de d ichos lug ares pueden ser ciertas o no. Hay una
cont rad ic ción e ntre lo que me decí ais que po déis h ace r. Mo s-
tradme pues Lhasa, o bien Pharí, la Puerta del Oeste, la
Catedral, el Potala. Conozco todas estas cosas y me será po-
sible decir si vuestros aparatos funcionan de verdad o sí se
trata sólo de habilidosos trucos para engañarme."
»Me miró con una expresión peculiar en el rostro; pareció
s en ti rse lleno d e a so mb ro . Enton ces hizo un gesto en érgico y
exclamó: "¿Tengo qué enseñar mis conocimientos a un sal-
vaje iletrado? Algo hay, sin embargo, en su astucia nativa,
al fin y al cabo. Naturalmente, algo tendrá que hacerse; de lo
contrario, no podrá ser impresionado. ¡Bien!, ¡Bien!"
»La pared móvil se deslizó bruscamente, y cuatro personas apa-
recieron guiando una gran caja que parecía flotar en el aire.
La caj a deb ía de ser d e u n con side rab le p e so , po rq u e si b ien
parecía flotar ligeramente, precisaba un gran esfuerzo para

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ponerla en movimiento o cambiar su dirección o pararla.
Gradualmente, la cámara quedó encajada en la habitación
d o n d e y o est a b a. P o r u n lap so d e ti e mp o , te mí q u e o cu p asen
mi tabla, en sus movimientos para acercar a mí el aparato.
Uno de los hombres chocó con el ojo de la cámara y las vueltas
que ésta dio me pusieron como enfermo e inquieto. Pero, al
fin, después de mucho discutir, la caja fue colocada contra
una pared, bien alineada con mi campo de visión. Tres de
a q u e l l o s h o mb r es s e r e t i r a r o n y el p ane l d e la pa red se ce rró
tras ellos.
»El cuarto hombre y mi carcelero entablaron una animada
d i s c u s ió n c o n mu c h o man o te o . A l f in , mi c a r c e le r o s e v o l v i ó a
mí: "Dice — me explicó —, que no puede comunicar con
Lhasa, está demasiado cerca y que habría que ir más lejos para
poder enfocarla".
»No dije nada, como si no me hubiese enterado, y después
de unos breves instantes, mi vigilante volvió a decirme:
"¿Deseáis ver Berlín? ¿Bombay? ¿Calcuta?"
»Mi réplica fue: "No, no quiero; es demasiado lejos de mí!"
»Él se volvió a su compañero y se siguió una discusión más
bien agria. El otro hombre parecía estar a punto de ponerse a
llorar; manoteaba y, con aire desolado, cayó sobre sus ro-
dillas, frente a la cámara. La parte frontal de ésta resbaló y
pareció tratarse de una ventana muy ancha, y nada más. En-
tonces, el ho mb re sacó algunos trozos de metal de su bolsillo y
se arrastró hacia la parte posterior de la extraña caja. Luces
raras brillaron en aquella ventana, se formaban torbellinos
de color sin significación alguna. El cuadro ondulaba, flotaba y
t e m b l a b a . H u b o u n i n s t a n t e q u e l a s f o r m a s p a r e c í a n l o que
podía ser el Potala; pero también, solamente humo.
»Aquel hombre salió arrastrándose de detrás de aquella cá-
mara, murmuró algunas palabras y salió de prisa de la habi-
tación. Mi vigilante, que parecía sentirse muy molesto, me
d i j o : " Es t a m o s d e m a s i a d o c e r c a d e Lh a s a y p o r e s o n o l a p o -
demos enfocar. Es igual que intentar ver por un telescopio
cuando se está demasiado cerca del foco. El foco es suficiente a
partir de cierta distancia; pero cuando la distancia es insu-

59
fi c i e n t e , e l t e l e s c o p i o n o p u e d e e n f o c a r a l o b j e t o . N o s
encontramos con la misma dificultad. ¿Está bien claro para
vos?" »"Señor — le repliqué —, me habláis de cosas que no
puedo comprender. ¿De qué telescopio se trata? Jamás he
visto uno. Decís que Lhasa está demasiado cerca; yo
sostengo que, de aquí allá, hay un largo camino que andar.
¿Cómo puede, pues, estar demasiado cerca?"
»Una expresión de angustia brilló en los ojos de aquel per-
sonaje; se tiró del pelo y por un momento creí que
empezaría a brincar sobre el suelo. Luego, calmado después
de un esfuerzo me dijo: «Cuando teníais ojos, ¿no
acercasteis jamás ningún objeto demasiado cerca, que no
podíais ver claramente con vuestra vista? ¿Tan cerca que no
os era posible el enfocarlo? De esto se trata ¡No podemos
enfocar a tan corta distancia!"»
Capítulo cuarto

«Miré hacia él, o a lo menos tuve esa sensación, porque es


muy difícil que un hombre pueda entender lo que significa
tener la cabeza en un sitio y la mirada situada a unos
palmos de distancia. De todos modos, yo miraba hacia él,
pensando: ¿Qué prodigio será éste? Este personaje me
cuenta que puede enseñarme ciudades que están a la otra
parte del mundo y, en cambio, no puede mostrarme mi
tierra. Miré atónito en su dirección. Así es que le dije:
"Señor, ¿queréis poner algo enfrente de esa máquina óptica
de manera que, por mí mismo, pueda juzgar eso de los
focos?".
»Él asintió con la cabeza al momento, y miró a su alrededor
un instante, como meditando qué hacer. Entonces cogió del
fondo de mi mesa una pantalla transparente en la que había
extraños signos, como nunca yo había visto. Era obvio que
se trataba de escritura; pero él dio la vuelta a lo que
parecían unas hojas y entonces apareció algo que le
satisfizo, porque le provocó una sonrisa de placer.
Conservó esto detrás de su espalda mientras se aproximaba
a mi máquina de visión.
»"¡Bien, amigo mío! — exclamó —, vamos a ver alguna
cosa que os puede convencer". Deslizó entonces algo
enfrente a mi máquina visual, muy cerca mío y, ante mi
entrañeza, sólo podía divisar borrones, nada estaba claro.
Había una diferencia: parte de los borrones era de color
blanco, parte de color negro; pero, para mí, ambos colores
carecían de significado.
»El hombre sonrió, ante mi expresión, yo no podía verle;
pero le "oía"; cuando se es ciego se tienen los sentidos
diferentes. Podía escuchar los crujidos de sus músculos; y,
cómo se había sonreído muchas veces antes, conocí que
dichos crujidos significaban que se sonreía ahora.
»"¡Ah! — exclamó —, empecemos por esta casa, ¿no?
Ahora, miremos con todo cuidado. Decidme, si podéis ver
qué es eso." Muy despacio, tiró de la pantalla hacia atrás, y
vi que

61
aparecía un retrato de mi persona. No puedo decir el modo
cómo dicha fotografía fue obtenida; pero ciertamente me
representaba acostado sobre aquella mesa, mirando hacia
los hombres que transportaban dentro de la habitación la
cámara negra. Mí mandíbula se veía abierta de pasmo al
ver aquel objeto desconocido. Podía parecer un verdadero
palurdo y, en verdad, me lo sentí y mis mejillas se
encendieron de rubor. Allí estaba, arreglado con todos
aquellos adminículos sobre mi persona, observando los
cuatro personajes manipulando aquella caja, y mi gesto de
sorpresa volvía entonces a mi propia persona.
»"¡Muy bien — dijo mi capturador —, ciertamente, hemos
encontrado el punto. Para devolverlo al mismo sitio,
prosigamos adelante". Con toda lentitud, enfocó la imagen
y la fue acercando progresivamente a la lente de la caja.
Lentamente, la imagen se fue enturbiando, hasta que sólo
podía divisar unos trazos borrosos y nada más. Despejóse
de nuevo esa imagen borrosa y entonces pude ver de nuevo
el resto de la habitación. Él estaba cerca de mí y dijo: "No
podéis leer esto; pero mirad. Se trata de letras impresas.
¿Las podéis ver claramente?"
»"Puedo verlas, en efecto, señor", le respondí. "Incluso
muy claramente."
»Entonces acercó más aquel impreso al ojo de la cámara y
otra vez se enturbió la imagen. "Ahora — me dijo —, os
daréis cuenta de nuestro problema. Tenemos una máquina o
dispositivo — como queráis llamarlo — que es una
contrapartida mucho mayor de esa cámara que estamos
empleando. Pero, el principio en que se funda está
completamente fuera de vuestro alcance. El aparato es tal,
que podemos verlo todo alrededor del mundo, excepto lo
que está situado sólo a unos setenta y cinco kilómetros de
distancia. Esta distancia es tan próxima como para vos lo
que está a muy pocos centímetros, que no se puede divisar.
Ahora os mostraré Kalimpong". »Diciendo estas palabras,
se volvió hacia la pared, y manipuló algunos nudos que se
veían sobre ella.
»Las luces de la habitación menguaron, aunque sin
apagarse

62
del todo; parecía la luz que hay cuando se pone el sol tras
los Himalayas. Una fría oscuridad, donde la luna aún no
había salido ni el sol no había apagado todavía todos sus
rayos. El hombre se volvió h acia la p arte posterio r de la gran
cámara negra y sus manos manejaron algo que no pude ver.
Inmediatamente, brillaron unas luces en la pantalla. Lenta-
mente, se fue construyendo una escena. Los picachos de los
Himalayas, y, por un sendero, una caravana de mercaderes.
Cruzaban un pequeño puente de madera; debajo se precipitaba
un torrente impetuoso, amenazando arrastrarlos si resbalaban.
Los mercaderes alcanzaron la otra orilla y siguieron un sen-
dero que transcurría entre pastos abruptos.
»Durante unos minutos, los estuvimos mirando; la perspectiva
era la misma de un pájaro , o la de un dios celes tial sostenien -
do el objetivo de la máquina y flotando suavemente a lo largo
de aquel territorio desnudo. Aquel hombre, movió de nuevo
sus man os y reinó algo d e con fu sión ; algo ap areció a la v ista y
d esap areció en seguid a . En to n ces , mov ió l as mano s en u n a
dirección opuesta y la imagen se detuvo; pero no era una fo-
tografía, era una cosa real. Parecía visto por un agujero del
firmamento.
»Debajo, vi las casas de Kalimpong. Vi las calles, atestadas
d e c o me r c i a n t e s ; v i c o n v e n t o s , c o n l a m a s v e s t i d o s d e a m a r i -
llo y monjes, con hábitos de color rojo, deambulando por
aquellos parajes. Todo me pareció muy extraño. Tenía difi-
cultad de localizar los sitios porque había estado en Kalim-
pong sólo una v ez, cuando era un muchacho d e escasos años, y
había visto Kalimpong desde el suelo; desde el punto de
vista de un muchacho puesto de pie. Ahora, lo veía — su-
pongo -- como deben verlo, desde el aire, los pájaros.
»Mi carcelero me observaba atentamente. Movió algo y la ima-
g e n o p a i s a j e , o c o m o q u i e r a l l a ma r s e e s t a m a r a v i l l a , s e d e s -
dibujó con la velocidad y se transportó de nuevo. "Aquí — dijo
aquel ho mb re —, tene mo s al Gang es q u e , co mo y a s ab é is, es el
Río Sagrado de la India."
»Yo sabía una serie de cosas sobre el Ganges. A veces, mer-
caderes de la India traían revistas ilustradas con fotografías.

63
No podíamos leer una sola palabra, en esas revistas; pero,
las fotografías, las entendíamos muy bien. Ahora, delante
mío, estaba el verdadero Ganges, inconfundible. Podía
escuchar a los indios cantando, y luego supe el motivo.
Tenían un cadáver tendido en una terraza al borde del agua
y estaban rociando el cuerpo con el Agua Sagrada del Río
Ganges, antes de conducirlo a la hoguera crematoria.
»La ribera estaba atestada de gente; parecía imposible que
hubiese tanta en todo el mundo, cuanto más en las orillas
de un río. Unas mujeres se desnudaban de la forma más
desvergonzada en los muelles; pero los varones hacían lo
propio. Sentí calentarme a mí mismo ante el espectáculo.
Pero luego me acordé de sus Templos, templos con
terrazas, grutas y columnatas. Su vista me llenaba de
asombro. Eso era real, ciertamente, y empecé a sentirme
confuso.
»Mi cautivador — porque aún me acuerdo era así —, enton-
ces movió algo y se produjo una confusión en las
imágenes. Observó por la ventana atentamente y la
confusió, de imágenes, de pronto, se detuvo con una
sacudida. "Berlín", dijo.
»Bien, yo sabía que Berlín era una de tantas ciudades del
mundo occidental; pero todo cuanto veía, no sabía exacta-
mente cómo situarlo. Miraba y pensaba que tal vez era
aquel punto de vista desde el cual lo miraba lo que
deformaba todos los objetos de mi visión. Se veían
edificios muy altos, notablemente uniformes en su forma y
tamaño. Jamás, en mi vida, había visto tantos cristales;
había ventanas encristaladas por todas partes hacia donde
miraba. Y, después, en lo que parecía ser una calle de piso
muy firme, había dos barras de metal instaladas en el suelo
de dichas calles. Las barras eran brillantes, y su distancia
recíproca, absolutamente la misma. No podía comprender
de qué podía tratarse.
»En una esquina, dentro de mi campo visual, avanzaron dos
caballos, uno tras otro, y yo — apenas pienso que lo vayas
a creer — vi que ambos tiraban de una cosa que parecía
una caja de metal con ruedas. Los caballos caminaban entre
las dos barras metálicas y la caja metálica se movía a lo
largo

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de las mismas. Dicha caja tenía ventanas a todo su alrede-
dor, y mirando dentro de la caja, vi a muchas personas que
iban arrastradas en ella. Ante mi vista (casi diría «ante mis
ojos», de tan acostumbrado que estaba a ver a través de la
cámara) el artefacto que explico hizo un alto. Varias perso-
n as se march aron de la caja y o tras su bieron. Vino un ho mb re
y se fue ha cí a adel an t e, en f re nte d el p ri m er cab allo , y hu rg ó
el suelo con una vara de metal. Después subió en la caja y
la puso en marcha. Ésta giró a la izquierda, que se apartaba
de la ruta que hasta entonces había seguido.
»E1 espectáculo me sorprendió tanto, que no podía mirar otras
cosas. No tenía tiempo para lo demás. Sólo la extraña caja
de metal sobre ruedas, transportando personas. Pero, tan
pronto como dirigí mi mirada por los lados de la calle, vi
que estaban llenos de gente. Los hombres vestían paños de
una solidez notable. En las piernas, llevaban unos adminículos
qu e p arecían muy co rtos y dibu jaban los co ntornos d e las pan-
torrillas. Y en la cabeza de cada uno de ellos se veía un ob-
jeto en forma de tazón vuelto hacia abajo, con un estrecho
borde a su alrededor. La cosa me divirtió bastante, porque
les daba un aire pintoresco. Mas entonces miré a las mu-
jeres.
»Nunca había visto cosa semejante en mi vida. Algunas de
ell as ib an c asi des tap ad as en la part e d e arrib a d e su cu erp o ;
pero, en la inferior, las envolvía algo que se hubiera dicho
una tienda de color negro. Parecían no tener piernas, ni se
podían divisar sus píes. Con una mano aguantaban un lado
de este ropaje negro, por lo que parecía a fin de que su bor-
de inferior no se arrastrase por el polvo.
»Miré otras cosas. Edificios, algunos de una construcción muy
notable. Por la calle — muy ancha — avanzaba una forma-
ción de personas. Llevaban unos músicos en el primer pelo-
tón d e a q u el la tro p a . So n ab a muy b r i ll an t e , y ll e g u é a p e n sa r
si los instrumentos serían de oro y de plata; pero cuando
pasaron más cerca me di cuenta de que eran aleaciones de
cob re y algunos totalmente metálicos. Todos ellos eran alto s,
con sus caras coloradas y ostentaban un uniforme marcial.

65
Me hizo estallar de risa el darme cuenta del paso que lleva-
ban. Levantaban las rodillas, que les llegaban muy arriba,
de forma que ambas piernas, alternativamente, formaban
una línea horizontal.
»Mi vigilante sonrióse y me dijo: "En realidad, es un paso
muy extravagante; se llama paso de la oca y es el que em-
plea el ejército alemán en determinadas ceremonias". El
hombre movió de nuevo sus manos; de nuevo las cosas
detrás de la ventana del aparato se enturbiaron y de nuevo,
aquella niebla se detuvo y solidificó: "Rusia", dijo, "La
Tierra de los Zares, Moscú".
»Miré. El suelo estaba nevado; circulaban unos extraños ve-
hículos como nunca los hubiera imaginado. Un caballo
enjaezado y enganchado a una cosa que semejaba una ancha
plataforma, con asientos fijos en ella. Dicha plataforma se
elevaba algo sobre el suelo, sostenida por algo que parecían
tiras de metal. El caballo arrastraba aquel raro objeto por el
suelo y, según se iba moviendo, dejaba depresiones en la
nieve.
»Todo el mundo iba cubierto de pieles y su aliento parecía
vapor helado procedente de sus narices y de su boca. Sus
rostros se veían azulados, de tanto frío. Entonces miré en
dirección a los edificios, pensando lo distintos que eran de
los que acababa de ver. Eran grandes y raros, con unas
grandes murallas que les rodeaban. Tras ellas se veían
coronamientos en forma de bulbos, de forma de cebollas
vueltas hacia abajo, con sus raíces proyectándose sobre el
cielo. "El Palacio del zar", dijo mi carcelero.

»El brillo de un cursa de agua atrajo mis ojos, y me hizo


pensar en nuestro Río Alegre, que hacía tanto tiempo que
yo no había visto. "Éste es el río de Moscú", me dijo el
hombre. "Es, naturalmente, un río muy importante." Sobre
su curso se movían extrañas embarcaciones de madera, pro-
vistas de grandes velas, colgando de los palos. Hacía poco
viento, así que dichas velas colgaban fláccidas, y los
tripulantes, con otros palos que tenían unas palas en los
extremos, los movían hundiéndolos en el río, y empujando
así las embarcaciones.

66
»"Pero, todo eso — dije a mi carcelero —, no veo a qué nos
conduce. Es indudable, muy señor mío, que he visto maravi-
llas; no dudo que son interesantes para muchas personas;
pero, ¿qué entro yo en eso? ¿Qué estáis intentando demos-
trarme?"
»Un pensamiento súbito se me ocurrió en aquel momento.
Algo me había pasado por la cabeza casi inconscientemente
durante aquellas últimas horas, que ahora saltaba a mi con-
ciencia con una claridad insistente. "¡Señor secuestrador!
— exclamé — ¿Quién sois? ¿Sois, por ventura, Dios mis-
mo?"
»El hombre, me contempló más bien pensativo, como si ya
estuviese harto de unas preguntas obviamente inesperadas.
Se pasó la mano por las mejillas y el pelo, y se encogió de
espaldas ligeramente. Entonces replicó: "Vos no queréis en-
tender el caso. Hay cosas que no se entienden hasta que no
se ha llegado a cierto nivel. Dejadme que os responda por
medio de una pregunta: Si estuvieseis en un convento de
lamas y una de vuestras obligaciones consistiese en cuidar
de un rebaño de yaks, ¿quisiérais dialogar con un yak que
os preguntase quién erais vos?"
»Pensé unos momentos y le repliqué: "Bien, señor, no
puedo pensar que un yak me dirigiese tal pregunta; pero si
me hiciese una que pudiese hacerme creer que se trataba de
un yak dotado de inteligencia, tendría mis trabajos para
explicarle quién soy yo. Me preguntáis, señor, qué haría yo
ante un yak que me hiciese tal pregunta y os respondo que
yo trataría de contestarle tan bien como me fuese posible.
En las condiciones que suponéis, que fuese un monje en-
cargado de un grupo de yaks, los consideraría como mis
propios hermanos y hermanas, aunque yo y ellos fuésemos
de formas diferentes. Yo procuraría explicar a los yaks que
los monjes creemos en la reencarnación. Les diría
igualmente que todos venimos a este mudo para unas
determinadas tareas y estudio de lecciones, con el fin de
que en los Campos Celestiales podamos preparar nuestro
viaje a siempre más altas regiones."

67
»"Bien hablado, monje, bien hablado", replicó el hombre.
"Siento en mi alma que haya tenido que admitir esta
lección. Sí; tenéis razón; me habéis sorprendido en gran
manera, monje, por la percepción de que habéis dado
pruebas y, debo confesarlo, por vuestra intransigencia,
ya que habéis mostrado una mayor firmeza de la que
hubiese tenido yo en circunstancias semejantes."
»"Me siento más valiente, ahora", dije. "Vos habláis de
mí como si perteneciese a las más bajas órdenes. Hace un
momento, me habéis calificado de salvaje, incivil, sin
cultura, no sabiendo nada de nada. Os habéis reído de mí
cuando he admitido la verdad, que yo no sabía nada de
las grandes ciudades del mundo. Pero, señor mío, he
dicho la verdad y he admitido mi propia ignorancia.
Busco salvarme de ella, y vos no me prestáis ayuda
alguna. Vuelvo a preguntaros, señor: Me habéis
capturado enteramente contra mi voluntad; os habéis
permitido grandes libertades para mi cuerpo — que es el
Templo de mi Alma —; os habéis dedicado a una serie de
experiencias, aparentemente dedicadas a impresionarme.
Podríais impresionarme todavía más, señor, si
contestaseis a mi pregunta — porque yo sé aquello que
me importa saber. Vuelvo a preguntaros —. ¿Quién sois,
vos?"

»Durante algún tiempo, permaneció quieto, demostrando


encontrarse preocupado por la .respuesta. Entonces, dijo:
"En vuestra terminología no existen palabras ni
conceptos que hagan posible deciros mi situación. Antes
de que un tema pueda ser discutido, se requiere un
especial requisito: que por ambos lados se interpreten del
mismo modo los mismos términos y que se pueda
coincidir en determinados conceptos. De momento,
permitidme deciros que yo soy uno que puede compararse
con los lamas médicos de vuestro Chakpori. Tengo a mi
cargo la responsabilidad de cuidar de la salud de vuestro
cuerpo físico y prepararos de forma que podáis ser
llenado de saber, cuando llegue a la conclusión de que ya
os encontráis con las suficientes capacidades para recibir
dicho conocimiento. Hasta que no estéis lleno de éste,
toda discusión sobre quién soy yo, o quién dejo de ser,
carece de todo sentido.

68
Sólo os pido que aceptéis por ahora que todo cuanto noso-
tros estamos haciendo es para el bien de los demás, y que,
pese a que os encontréis muy en fadado ante lo que consideráis
libertades que nos permitimos para con vos, cuando os ente-
réis de nu estros fin es, cuando sepáis quiénes so mos y cuando
conozcáis quién vos y los vuestros son, cambiaréis de opi-
n ión." D iciendo estas p alab ras, d escon ectó mi luz y le oí mar-
ch arse de la habitación. De nuevo , me encontraba en la n egra
noche de mi ceguera, sólo con mis pensamientos.
» ¡ La n eg r a no che del ci eg o , e s b ien n eg ra , a la ve rd ad ! Cuan d o
yo fui privado de mis ojos, por los dedos impuros de un
chino, había sufrido una agonía y, a pesar de mis ojos arran-
cados, había visto, o me había parecido ver, centellas bri-
llantes, torbellinos d e luz sin figura ni fo rma. Todo eso había
sido durante unos días que siguieron a mi desgracia. Pero
a h o r a me h ab í a n d i c h o q u e u n d is p o s i ti v o s e h abía co ne ct ad o a
mi nerv io óptico y podía, efectivamente, creerlo. El qu e me
había apresado había cortado ahora mi luz; pero, en mí, una
suerte de posmemoria permanecía fijamente. Otra vez expe-
rimentaba la peculiar sensación contradictoria de ceguera y
h o r m i g u eo l u m i n o s o e n mi c a b e z a . P a r e c e q ue c ito d o s c o s a s
co nt rad icto ri as ; pe ro er a lo q u e yo s en tí a , en t re mi cegu era y el
centelleo de un torbellino de chispas.
»Durante un buen rato, estuve pensando en lo que se suce-
día. El pensamiento que se me ocurrió era que tal vez estu-
viese muerto o bien loco y que todas esas cosas no eran más
que ficciones de una mente abandonando el mundo conscien-
te. Mi formación sacerdotal vino a socorrerme. Empleé la
an tig u a d is c ipl in a p a ra r eo r i en ta r mis p en s a mien to s . Detuve
mi razón p a ra p er m it ir as í q u e e l Su p er -y o se i mp u si ese . No
se trataba de imaginaciones; era una cosa real; yo estaba
utilizado por Altos Poderes para Altos Designios. Mi terror y
mi pánico desaparecieron. La compostura volvió a mi alma y
por algún tiempo resonó dentro de mi espíritu acompasada
po r el tic-tac de mi co razón . ¿Po día hab erme yo conducido de
otra forma?, reflexioné. ¿Había obrado con la debida pru-
dencia ante unos conceptos que, para mí, eran nuevos? El

69
Gran Treceavo, ¿habría obrado distintamente, en
semejante situación. Mi conciencia era clara. Mi deber,
sencillo. Debía continuar comportándome del mismo
modo que lo hubiera hecho un buen sacerdote del Tíbet;
así, todo marcharía por el buen camino. Me invadió la
paz; una sensación de bienestar me arropó como una
sábana de lana de yak, protegiéndome del frío.
Insensiblemente caí en un sueño profundo y tranquilo.
»El mundo cambiaba. Todo parecía ír subiendo y
bajando. Una fuerte sensación de movimiento y un
"clang" metálico, me despertaron bruscamente de aquel
sueño profundo. Yo me movía, la mesa donde yo estaba
tendido se movía asimismo. Percibí el ruido cristalino de
los objetos a mi alrededor. Recordé que dichos objetos
estaban unidos a la mesa. Ahora todos estaban en
movimiento. Unas voces me rodeaban. Altas y bajas.
Discutiendo acerca de mi persona, temí. Eran unas voces
raras, distintas de cuanto había escuchado. La mesa
donde me hallaba tendido se movía en un movimiento
silencioso. Ni se deslizaba, ni rascaba el suelo.
Solamente fluctuando. Algo por el estilo de lo que debe
de experimentar una pluma cuando la arrastra el viento.
En un momento dado, el movimiento de la mesa cambió
de dirección. Era seguro que se me conducía a lo largo de
un corredor. No tardamos en llegar a un amplio
vestíbulo. Los ecos daban una resonancia distante, muy
distante. Se produjo un más bien débil arrastre, y mi
mesa reposó con un ruido que mi experiencia me dictó
ser el de un suelo "rocoso"; mas, ¿cómo podía ser así?
¿Cómo, podía hallarme, súbitamente, dentro de lo que
mis sentidos decían que era una cueva? Mi curiosidad
pronto se calmó, ¿o bien, estaba más aguzada? Nunca
estuve cierto de ello.
»Percibía un parloteo continuo a mi alrededor, siempre
en un lenguaje para mí desconocido. Con el ruido de mi
mesa de metal al tocar al suelo, una mano tocó mi
espalda y la voz de mi capturador profirió: "Vamos,
ahora, a devolveros la vista; ya habéis reposado lo
suficiente." Escuché un chasquido y un "clic." Unos
colores danzaban a mi alrededor, res-

70
p l a n d e c í a n l u c e s , s e h a c í a n me n o s i n t e n s a s y s e d e t e n í a n e n
un as formas. No formas qu e yo comprend iese, que me d ijesen
algo. Yo me hallaba tendido allí, preguntándome de qué se
trataba tod o aquello. Se p rodu jo, entonces, un silencio expec-
t a n t e . P o d í a sentir q u e u n a s p e r s o n a s e s t a b a n a l l í , m i r á n d o -
me. En to nc es l leg ó a mis o íd o s u n a s e c a , a g u d a , c a s i l a d r ad a
pregunta: los pasos de mi carcelero se acercaron de prisa. "¿No
podéis ver nada?", me preguntaba.
» "V eo u n as es t ruc tu ras cu rios as", l e rep liqu é. " Pa r a mí, c a re-
cen d e sig n ifi cado . Son lín e as fluc tu an tes , colo res fug ac es y
l u c e s c e n t e l l e a n t e s . E s o e s l o q u e d i v i s o . " El h o m b r e m u s i t ó
algo y se alejó a toda prisa. Se produjo un diálogo y el
ruido metálico de varios objetos a la vez. Todo danzaba con
un loco delirio de raras formaciones. De pronto se paró, y
yo vi.
» Allí estab a u na v asta cav erna, alta como u nos trein ta metros o
tal vez más. Su longitud y su anchura se escapaban a mis
cálculos porque se desvanecían fuera del alcance d e mi vista.
Aquel sitio era de vastas dimensiones y contenía algo que
s ó l o p u e d o c o mp a r a r a u n a n f i t e a t r o , e n c u y o s a s i e n t o s e s t a -
ban instalados profusamente — ¿cómo voy a llamarles? —
unas criaturas que sólo podían venir de un catálogo de dio-
ses y d emon ios. Mas, po r extraño s qu e aquellos seres fuesen,
un objeto, aún más raro, un objeto más raro todavía, estaba
s u s p e n d i d o e n e l c e n t r o d e l a c a v e r n a . E r a u n g l o b o q u e l ue go
reconocí como el de la Tierra, suspendido ante mí, rodando
len t amen te mi ent ras qu e una lu z l ej ana lo ilu min aba co mo la
luz del Sol alumbra la Tierra.
» Ah ora rein ab a u n p ro fun do silen cio . Aq u ell as ex t rañ as cr ia -
turas, todas me miraban a mí. Yo también les miraba a
ellos , s i b ien me sen tía p eq ueño , in sign i f i cant e , ant e aq u ell a
poderosa asamblea. Allí estaban hombres y mujeres pequeños,
que parecían perfectos en todos sus detalles y de una seme-
janza divina. Irradiando una aura de pureza y de paz. Otros,
también parecidos a los seres humanos, si bien dotados de
cu riosa s e in cr eíb l es cab e zas de p ája ro s , do t ado s de es camas o
plumas (no me era posible distinguir bien). Sus manos, aun

71
de forma humana, terminaban en asombrosas escamas y ga-
rras. También se veían gigantes. Criatu ras inmensas, que des-
collaban cual estatuas y proyectaban su sombra por encima de
sus diminutos co mp añ eros . Eran, todos ellos, innegablemente
humanos, si bien de un tamaño que sobrepasaba toda com-
prensión. Hombres y mujeres, machos y hembras. Y otros que
eran ambas cosas, o ninguna de las dos. Todo aquel mundo
me miraba y yo padecía bajo la mirada de aquéllos.
» A un l ado, es tab a sen tad a u n a c ri atu ra se mejan te a un dios,
d e s e v e r o s e m b l a n t e y m a j e s t u o s a a c t i t u d . En t r e b r i l l a n t e s y
vivos colores, estaba sentada, calmosamente regia como un
dios en su cielo. Entonces habló, otra vez en su id ioma desco-
nocido. Mi capturador, rápidamente fue hacia mi persona y se
inclinó hacia mí, diciéndome: "Tengo que meterte en los
oídos estas cosas — me dijo —, y entonces comprenderás todas
las palabras que aquí se digan. No temas". Tomó entre sus
dedos el borde superior de mi oído derecho y lo levantó con
u n a man o . C o n la o t ra i n t r o d u j o a lg o e n e l o r i f ici o d e l o íd o .
Dio la vuelta a un botón situado en una cajita que estaba al
lado de mi cuello y percibí unos ruidos. Entonces me gra-
duó el aparato de forma que yo pud iese comp render la lengua
que hasta entonces me había sido ininteligible. No tuve
tiempo para admirarme de esta maravilla, ya que me veía obli-
gado a escuchar las voces que se producían a mi alrededor;
voces que, ahora, comprendía.
»Comprendía las voces, eso sí; pero la magnitud de los con-
ceptos iba más allá de mi imaginación limitada. Era yo un
p obre sa c er d o t e d e l o q u e m e h ab í a s i d o d e s c r i t o c o mo " p aís
de salvajes", y mi comprensión no alcanzaba a entender el
sig ni fi cad o d e tod o aq uel lo q ue ah o ra e scu chab a y qu e hab ía
imaginado que sería inteligible. Mi capturador observó que
me hallaba rodeado de obstáculos y se precipitó hacia mí.
"¿Qué te pasa?", murmuró a mi oído.
» "No estoy lo b astante edu cado para entender el sentido de lo
que dicen. No puedo comprender tan elevados pensamientos;
únicamente capto las palabras", le murmuré a su oído, a mi
vez.

72
»Con expresión más que preocupada en el rostro, él se dirigió a
un alto oficial — vestido de colo res brillantes —, el cual estaba
al lado de l Má s Gr ande . Se entab ló un a con v ers ación en v o z
b a j a ; e n t o n c e s a m b o s v i n i e r o n l e n t a m e n t e e n m i d i r e c ción.
»Intenté seguir aquel diálogo que se refería a mi persona,
mas no logré mi intento. Mi capturador se inclinó hacia mí y
murmuró: "Explicad al ayudante vuestras dificultades."
»"¿Ayudante?" le repuse: "No entiendo qué significa esa
p alab r a. " Nu n c a en m i v ida m e h abí a s ent id o t an d esp l az ado ,
tan ig no ran te y f rus tr ado . Nu n ca has ta en ton c e 's me hab ía en -
contrado a mí mismo más fuera de mi centro. El ayudante,
son rió mirándome y dijo: "Comp rendéis lo que ahora o s estoy
diciendo?"
»"Perfectamente, señor — le repliqué —, pero estoy en la más
completa ignorancia del contenido de las palabras del Gran-
d e. No p u ed o comprender el tema; lo s conceptos me so bre -
pasan." Asintió con la cabeza, y dijo: "Hay que echar la
culpa a nuestro traductor automático. No tiene importancia
alguna; el Cirujano General, que suponemos que os referís a
él cuando habláis de vuestro capturador, tratará de este
asunto y os preparará para la próxima sesión. Es un detalle
de una importancia minúscula; voy a explicarlo al Almi-
rante".
» Salud ó amis t o samen te con u na inc lin ació n d e cab eza y mar-
chó a largos pasos hacia el Grande. ¿Almirante? ¿Qué debía
ser?, me pregunté. ¿Qué era un Ayudante? Dichos términos,
para mí, carecían de todo sentido. Me dispuse a esperar los
acontecimientos. Aquel a quien llamaban el Ayudante, llegó
11 Grande y le. habló tranquilamente. Ambos parecían cal-
mosos, tranquilos. El Grande asintió con la cabeza y enton-
ces el Ayudante hizo señas al que llamaban Cirujano Gene-
ral, o sea, a mi capturador. Éste se le acercó y entre los
dos se entabló una animada discusión. Finalmente, aquel
de quien yo era prisionero puso su mano derecha sobre su
c a b e z a c o n u n o s g e s t o s e x t r a ñ o s q u e o b s e r v é , s e v o l v i ó h a cia
mí, y se me acercó súbitamente; haciendo gestos, por lo

73
que parecía, a una persona que se hallaba totalmente fuera
de mi cuerpo visual.
»La conversación continuó. No se había producido
interrupción alguna. Un hombre cuadrado estaba allí de pie
y tuve la impresión que se discutía de algo sobre
aprovisionamientos. Una extraña mujer saltó sobre sus pies
e hizo, al parecer, una respuesta. Aparentemente, se
trataba de una enérgica protesta por algo que aquel hombre
había dicho. Entonces, con el rostro encendido — ¿de
rabia? —, la mujer se sentó bruscamente. El hombre
continuó imperturbable. Mi raptor se llegó hacia a mí,
musitando: "Me habéis fastidiado; yo dije que erais un
salvaje ignorante". Contrariado, arrancó los objetos que yo
llevaba en los oídos. Con un gesto de su mano,
instantáneamente me volvió a privar de luz.
»Entonces experimenté la sensación de que la mesa sobre
la cual yo me hallaba se movía abandonando la gran cueva.
Sin ningún cuidado mi mesa y todo el equipo fue empujado
a lo largo de un corredor; luego se produjeron diversos
sonidos metálicos, un súbito cambio de dirección y la
desagradable sensación de una caída. Con un estruendo
metálico, mi mesa chocó contra el suelo y sospeché que de
nuevo me encontraba en la habitación metálica, de donde
yo había salido. Voces bruscas, susurro de ropas y ruido de
pies que se arrastraban. Escuché deslizarse las puertas
metálicas, y otra vez me encontraba solo, con mis
pensamientos. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué era el
Almirante? ¿Qué, el ayudante? ¿Por qué mi apresador se
llamaba el Cirujano General? ¿Qué puesto ocupaba? El
conjunto de todas esas palabras era cosa, para mí, remota.
Estaba tendido con las mejillas ardientes, sufriendo un
calor insoportable. Me molestaba lo indecible el hecho de
que hubiese comprendido tan pocas cosas. Definitivamente,
absolutamente, me había comportado como un salvaje igno-
rante. Habrían experimentado hacia mí lo propio que yo
habría sentido con respecto a un yak que yo hubiera
tomado por una persona consciente y me hubiera dirigido a
él sin resultado alguno. Me entraron unos grandes sudores,
considerando hasta qué punto yo había deshonrado mi casta
sacer-

74
dotal por mi total incapacidad para entender nada. ¡Me
sentí horriblemente mal!
»Allí yacía yo, presa de mi desgracia, de mis más negros e
innobles pensamientos; lleno del más negro temor de que
fuésemos todos nosotros unos salvajes, en relación con
aquellas gentes desconocidas. Yacía allí, ¡y sudaba!
»La puerta crujió abriéndose, y riendo y charlando alguien
entró en la habitación. Eran aquellas nefandas mujeres otra
vez. Con mucho brío, me arrancaron mi sábana y otra vez
me quedé en cueros como un recién nacido. Sin
ceremonias, me dieron vueltas a lo largo, me untaron de
algo pegajoso. Me dieron otra vuelta violenta hacia el otro
lado. Luego se produjo un gran tirón cuando el borde de la
sábana fue empujado bajo mi persona. Por un momento,
creí que me tiraban fuera de la mesa. Manos de mujer me
agarraron y con ahínco me frotaron con ásperas y fuertes
soluciones. Fui objeto de un fuerte masaje con algo que
podía ser añejo vino blanco. Las partes más íntimas de mi
cuerpo fueron hurgadas y pinchadas; extraños artefactos
fueron introducidos en ellas.

»Pasaba el tiempo lentamente. Yo me sentía asqueado más


allá de lo que podía resistir; pero no podía hacer nada. Se
me había inmovilizado precisamente para evitar esa contin-
gencia. Pero, entonces empezó un asalto de tal naturaleza,
que al principio temí que yo no fuese objeto de torturas.
Aquellas mujeres tiraban de mis brazos y mis piernas y los
retorcían y doblegaban en todos los ángulos posibles.
Manos ásperas se hundían en mis músculos y me los
amasaban como si fuese una cochura. Golpes dados con los
nudillos de los dedos marcaban depresiones en mis órganos
y me cortaban el aliento. Mis piernas fueron abiertas
ampliamente y aquellas mujeres eternamente charlatanas
me pasaron unas largas mangas por mis pies, a lo largo de
mis piernas y hasta cerca de mis caderas. Me levantaron
por la nuca, de manera que me sostenía derecho de la
cintura para arriba. Entonces me pusieron una suerte de
vestidura que me cubría la parte superior del cuerpo y se
ataba sobre mi pecho y mi abdomen.

75
»Una espuma extraña y maloliente se dejó sentir sobre mi
cuero cabelludo; después, al instante, un rumor vibrante se
dejó escuchar. La causa de aquel ruido me impresionó y me
h izo rech in ar de dient es , los poco s q ue me q uedaron d e s pu és
qu e los chinos me los h abían ro to casi todos. Era la sensación
de que me estaban trasquilando y me recordaba a lo que se
percibe cuando trasquilan a los yaks para aprovechar sus la-
nas. Un áspero fregoteo, tan áspero que sin duda lastimaba
mi piel, me fue administrado, y otra sensación brumosa, des-
cendiendo sobre mi cabeza indefensa.
»La puerta se deslizó de nuevo y me llegó un sonido de vo-
ces masculinas. Reconocí una de ellas: la de mi carcelero.
este se me acercó, diciéndome: "Vamos a abrir vuestro crá-
n eo ; no h ay qu e p reocup arse p o r ello . Ahora pon d remos unos
electrodos, directamente en vuestra..." Las palabras, para
mí, carecían de todo sentido, ya que no estaba en mi poder
decidir nada de nada.
»Unos raros olores invadieron el aire. Las parlanchinas mu-
jeres permanecían en silencio. Cesó toda conversación. Se
percibía el ruido del metal dando contra el metal. Sobrevino
un borbo tear de fluidos y experimen té un a súbita y aguda pun-
zada en la parte superior de mi brazo izquierdo. Violenta-
mente, me agarraron de la nariz y algún extraño artefacto de
f o r m a t u b u l a r f u e e m p u ja d o a r r i b a p o r l o s a g u j e r o s d e l a n a r i z
y lue go de n t ro d e mi g azn ate . Alr ed ed o r d e mi c rá ne o noté
u n a s u c e s i ó n d e p e l l i z c o s a g u d o s q u e i n st a n t á n e a m e n t e m e
provocaron un amodorramiento. Se produjo entonces como un
lamento muy agudo y una horrenda máquina tocó mi cráneo y
se arrastró a su alrededor. Era que me aserraban la cima de mi
cráneo. Aquella pulsación, con su rechinar terrible,
p e n e t r a b a e n t o d o s l o s á t o m o s d e m i s e r ; t e n í a l a s e n s a ción
d e qu e todo s los hu esos de mi cuerpo entero vib raban en
protesta. Al final — como podía sentirlo muy bien — la cúpula
superior de mi cabeza había sido cortada en redondo, con la
excepción de una pequeña mota de carne, que hacía de char-
nela a mi cerebro. Yo, en aquel momento, me sentía aterro-
rizado. Una extraña forma de terror; porque aunque estuvie-

76
se aterrorizado, me s e n tía d e t e r m i n a d o a n o h a c e r la me n o r
queja, aunque tuviese que morirme.
»Indescriptibles sensaciones me asaltaban. Sin ningún motivo
aparente, mi boca lanzó un "¡Ah!", interminable. De pronto,
mis dedos se crisparon con violencia. Un cosquilleo, en mis
narices, me obligó a estornudar, aunque no pude estornudar,
en efecto. Pero lo que siguió inmediatamente fue peor. De
pronto, vi que tenía enfrente, y de pie, a mi abuelo materno.
Iba vestid o como un oficial del gobierno. Me hablaba con una
amable sonrisa en el rostro. Mi ré hacia él, entonces me sob re-
cogió un pensamiento: no le miraba. Yo no ten ía o jos. ¿Qu é
magia era aquella? A mi primera exclamación, cuando la fi-
gura de mi abuelo se desvanecía, mi carcelero se me acercó,
preguntándome: "¿Qué os pasa?" Yo, le respondí: "¡Oh, no
es nada!". Entonces, él me dijo: "Estamos meramente estimu-
lan d o ci e rto s c en t ros d el c e re b ro p a ra q u e p o d áis co mp ren d er
más fácilmente. Estamos ciertos de vuestra capacidad; pero
habéis sido víctima de la pereza y del estupor de la supers-
tición, que no permiten una apertura suficiente de vues-
tra comprensión. Ahora estamos remediando vuestra defi-
ciencia."
»Una mujer introdujo las pequeñas piezas en mis oídos, y
por la rudeza de sus manos habría podido hincar tachuelas
e n e l p i s o m á s f i r m e . E s c u c h é u n " c l i c " y p u e d e c o mp r e n d e r
el lenguaje supraterrenal. Pude también entender lo que es-
cuchaba. Palabras como "cortex", "médula oblonga", "psico-
so mát ico ", y o tr as me eran con ocida s, en s 5 mis m as y en su s
relaciones con otros términos. Mi índice básico de inteligencia
había ascendido — y sabía todos aquellos significados —. Pero
lo que estaba pasando era para mí una verdadera prueba.
Era extenuante. El tiempo parecía haberse detenido. Me pa-
recía que, a mí alrededor, se producía un tránsito inacabable
de personas. El parloteo, no acababa nunca. Todo resultaba
agotador. Yo, anhelaba salir de este paso, lejos de los ra-
ros olores; lejos de un lugar donde se me había cortado la
cúspide de mi cráneo, como la corona de un huevo duro her-
vido. No porque yo hubiese visto jamás huevos hervidos y

77
duros en mi vida, que esto era destinado a los mercaderes y
gente de dinero, y no a pobres sacerdotes viviendo sólo de
tsampa.
»De vez en cuando, personas que estaban a mi alrededor me
dirigían observaciones y preguntas: ¿Cómo me sentía? ¿Me
dolía la operación? ¿Pensaba antes, veía alguna cosa? ¿Qué
color imaginaba que iba a ver? Mi carcelero, estaba
continuamente a mi lado y me explicó que, habiendo sido
estimulados algunos centros cerebrales durante el curso del
tratamiento, podría experimentar sensaciones que me
asustasen. ¿Asustarme, a mí? No había dejado de sentir
miedo durante el tratamiento entero, le contesté. Él, se rió
ante esta mi respuesta, y me dijo, de paso, que, de resultas
del tratamiento que entonces yo experimentaba, tendría que
vivir toda mi vida como solitario, debido a las percepciones
suprasensibles que yo sentiría. Nadie viviría conmigo, me
dijo, hasta que al fin de mi existencia un joven llegaría a
quien yo comunicaría todos mis conocimientos y, más
adelante, los expondría ante un mundo descreído.

»Por fin, después de lo que me pareció una eternidad, la


cúspide de mi cráneo fue devuelta a su sitio. Unos extraños
ganchos sirvieron para juntar las dos mitades. Alrededor de
mi cabeza, arrollaron con varias vueltas una venda de tela.
D e s pués, todo el mundo se fue, excepto una mujer que se s e n t ó a m i
cabecera; por el ruido de papel se podía comprender que
leía, desatendiendo su deber. Después llegó a mis oídos el
ruido de un libro que se caía y los ronquidos acompasados
de la mujer. ¡Yo, entonces, decidí también dormirme!»
Capítulo quinto

De pronto, el viejo ermitaño cesó de hablar y aplicó ambas


manos, con los dedos extendidos, sobre el suelo arenoso
que se hallaba a su lado. Ligeramente, esos dedos sensibles
tomaron contacto con el suelo. Él se concentró un momento
y, después, dijo: «A no tardar, recibiremos una visita». El
joven monje, con los ojos mirando al anciano, le formuló
una pregunta muda. ¿Un visitante? ¿Cuál podía llegar hasta
allí? ¿Cómo el anciano podía estar tan seguro? Nada se
había oído, ningún cambio en las voces de la naturaleza
fuera de la cueva. Porque tal vez diez minutos estuvieron
ambos sentados y tiesos, expectantes.
Súbitamente, el óvalo iluminado que daba entrada a la
cueva se ennegreció progresivamente. «¿Estáis aquí,
ermitaño?», chilló una voz aguda. «¡Vaya! ¿Por qué los
ermitaños tienen que vivir en tan oscuras y alejadas
soledades?» Dentro de la cueva, se presentó un monje,
bajito y grueso que llevaba un saco sobre sus espaldas. «Os
he traído un poco de té y cebada», dijo. «Era para el
eremitorio de las lejanías; pero ellos, ya ellos se
encontraban abastecidos; y yo no quiero regresar con la
carga.» Con gesto de satisfacción, se quitó el saco de la
espalda y lo dejó caer al suelo. Luego, como un hombre
cansado, se dejó caer sentado, al suelo, con la espalda
contra la pared. ¡Vaya desaliñado!, pensó el joven monje;
¿por qué no se sienta correctamente, como es debido? Mas,
en el acto, halló la respuesta: el otro monje estaba
imposibilitado, por su gordura, de sentarse cruzando las
piernas de ningún modo.
El viejo ermitaño le habló amablemente: «¡Muy bien! ¿Qué
noticias nos traes? ¿Qué pasa por el mundo?». El monje
mensajero, quejándose y jadeando, le respondió: «Quisiera
que me dieses alguna medicina para curar esta gordura mía.
En Chakpori, me dijeron que tengo perturbaciones
glandulares; pero no me dieron nada para que pudiese
79
ojos, ahora adaptados a la profunda oscuridad de la cueva
— después de haber v enido de un a b rillante lu z solar — mira-
ron a su alrededor. «¡Ah! Veo que tenéis aquí el Joven
Monje — exclamó —, ¿Cómo se porta? ¿Es tan brillante como
dicen?»
S in a g u ar d a r r e s p u e s ta , c o n ti n u ó d ic i e n d o : « U n a c aí d a d e ro -
cas, hace unos días. El ermitaño de la ermita más lejana fue
atrapado por una roca y cayó al precipicio. Ha sido pasto
d e los buitres». S e d estern illab a de risa ante la id ea. « El so li-
t a r i o d e l a c u e v a , e n t o n c e s s e mu r i ó d e s e d . S ó l o h a b í a d o s .
E l e r m i t a ñ o e n p r o p i e d a d y é l , q u e s e e m p a r e d ó . S i n a g u a , no
hay vida. ¿No es así?»
El joven monje permanecía silencioso, pensando en los ere-
mitas solitarios. Hombres raros que han sentido una «llama-
da» que les conduce a retirarse de todo y cualquier contacto
con el mundo del Hombre. Acompañado por un monje vo-
luntario, el tal «solitario» caminaría por los flancos de la
montaña hasta encontrar una ermita abandonada. Allí, el
«solitario» penetraría en un a habitación interior sin ventanas.
Su guardián voluntario levantaría una pared, de manera que
el eremita jamás pudiese abandonar su habitación. En el mur o
había sólo una abertura suficiente para que pasase un
cuenco. A través de ésta, cada dos días, se le pasaría al
solitario un cuenco de agua de una fuente vecina, en la mon-
taña, y un puñado de grano. Ni una franja de luz entraría en l a
estancia del eremita durante el resto de su vida. Nunca
jamás h ablaría con nadie, ni nadie le hab laría a él. Allí, tanto
como viviese, estaría en contemplación, liberando el cuerpo
astral del físico y viajando lejos, en los planos astrales.
Ninguna enfermedad ni cambio de decisión alguna le asegu-
raría su liberación. Fuera de la habitación sellada, el ermitaño
podía vivir y tener su propia existencia, procurando siempre
que ningún mundanal ruido llegara hasta el solitario empa-
red ado . M as , e n el caso d e q ue el co mp añe r o enfe rmas e o mu -
riese, o se despeñase por la montaña, entonces el eremita
forzosamente tenía que morir, generalmente de sed. En su
pequeña estancia, sin calefacción alguna por crudo que fuese

80
el tiempo, el eremita tenía su habitación. Un cuenco de
agua para dos días. Agua fría, jamás calentada, nada de té,
tan sólo el agua glacial que sale de las heladas faldas de la
montaña. Nada de comida caliente. Un puñado de cebada
para dos días. Al principio, los tormentos del hambre
debían ser tremendos, cuando el estómago se contraía. Las
torturas de la sed serían aún peores. El cuerpo se
deshidrataría, volviéndose quebradizo. Los músculos se
entumecerían y desaparecerían, atacados por la falta de
manjar, de agua y de ejercicio. Las funciones normales del
cuerpo casi cesarían, a medida que se tomasen menos agua
y comida. Pero el eremita jamás abandonaría su estancia.
Todo cuanto debiese ser hecho, todo cuanto la Naturaleza le
obligase a cumplir, tenía que suceder en un rincón de la
habitación donde el tiempo y el frío redujesen sus despojos
a glaciales cenizas.
Primero desaparecería el sentido de la vista. De momento se
producirían inútiles esfuerzos contra la oscuridad. La ima-
ginación, en sus fases iniciales, proporcionaría algunas
claridades; casi auténticas y luminosos «escenas». Las
pupilas se dilatarían progresivamente y, al propio tiempo,
los músculos de los ojos relajándose, de modo que si una
avalancha destruyese el techo de la ermita, la luz del sol
abrasaría la vista del ermitaño lo mismo que si la
consumiese un rayo.

El oído se volvería sutil, por encima de lo normal. Sones


imaginarios torturarían al eremita. Escucharía fragmentos
de conversaciones, que parecerían traídas por el aire y
desvanecidas tan pronto como el solitario se aprestara a
escucharlas. La compensación llegaría a no tardar. Sentiría
cualquier ruido a su lado, enfrente, a sus espaldas.
Escucharía su acercarse a una pared. La más ligera
alteración del aire, al levantar un brazo, resonaría en su
interior como un vendaval. No tardaría mucho en percibir
los latidos de su corazón, como una máquina potente,
latiendo incansable. Después sería el rumor de los fluidos
dentro del cuerpo, la exhalación de los órganos secretores
y, cuando sus sentidos alcanzasen aún una mayor agudez, el
tenue resbalar de un tejido muscular contra otro.

81
La mente jugaría raras tretas al cuerpo. Imágenes lascivas
atormentarían las glándulas. Los muros de la habitación a
o scuras, p arecerían aplastarle; el eremita tend ría la imp resión
d e ve rs e t ri tu r ado . L a resp iración se h a rí a af anos a, a med id a
q ue e l ai re se hici es e más co rro m pido . Só lo cad a d os d í as , la
piedra que tapaba la pequeña abertura de la pared se vería
apartada para que pudiese pasar a su través el cuenco de agua,
el puñado de cebada y una bocanada de aire vital con ellos.
Después, se volvería a cerrar la abertura.
Cuando el cuerpo se vea dominado y todas sus sensaciones
sujetadas, el cuerpo astral flotará libre como el humo saliendo
d e una hog uera. El cuerpo material yacerá en posición supina
sobre el suelo y únicamente el Cordón de Plata unirá a los
d os. A t r av és de las p ar ed e s de ro ca, el ast ral p as ar á . Po r lo s
desfiladeros llenos de precipicios viajará, saboreando las sa-
tisfaccion es del sentirse lib re de las cad en as carnales. Se d es-
lizará hasta los conventos de lamas y los lamas dotados de
tel ep a tí a y de clariv id en ci a co nv ers a rán con el eremit a. Ni la
noche ni el día; ní el calor o el frío, le pueden ser estorbo; ni
las más robustas puertas causarle el menor obstáculo. Las
salas de los consejos, en el mundo entero, se le abrirán y
n o habr á vis ta n i exp e ri en cia qu e al vi aj ero as t ra l p ued an ser
vedadas.
El joven mo nje ib a pen sando todas es as co sas , y lu ego p ensó
en aquel eremita, yaciendo muerto muy lejos de allí, más
arriba de la montaña. El monje gordo no paraba de charlar:
«Ahora, tengo que romper la pared y sacar al muerto. Iré a
la ermita y llamaré, antes, por el agujero de la pared. ¡Uf! ¡qué
peste! Está muerto del todo. No lo podemos dejar arriba.
Iré a Drepung, por ayuda. Bueno, los buitres van a estar
contentos cuando echemos fuera al muerto. Le gusta mucho
su carne y est án ap os ent ad os ce rc a d e l a e r mi ta g ra zn an d o y a
por él. ¡Ay de mí!, tengo que montar en mi viejo caballo y
deshacer camino; no tengo el tipo para esos viajes por la
montaña».
El grueso monje, movió vagamente una mano en el aire y
se encaminó hacia la entrada de la cueva. El joven, se levantó

82
laboriosamente por haberse lastimado una pierna, lo que le
h izo mur mu r ar alg un as p al ab ras po r lo ba j o. Con cu rio s i dad,
siguió la marcha del obeso monje, cuando salió de la cueva.
Un caballo estaba paciendo a sus anchas por la enrarecida
vegetac ión. El monj e go rdo , con paso v a cil a nte, s e l e ace rcó y
montó encima fatigosamente. Poco a poco, el monje y la
cabalg adura se d irigieron hacia el lago , donde les aguardaban
otras personas y sus monturas. El joven monje permaneció
allí hasta que se perdieron todos de vista. Suspirando angus-
tiosa mente , s e v olvió p ara mi ra r las altas p e ñas q u e s e lev an-
taban al cielo. Lejos, los muros de la Ermita de Más Lejos
resplandecían en blanco y verde a la luz del sol.
Por un año entero, un eremita y su auxiliar habían trabajado
con ah ínco para construir la ermita con las piedras esp arcidas a
su al red ed o r. T ran spo rt ánd ol as a l s itio in dicado , ajus tan do
p i e d r a s o b r e p i e d r a , y c o n s t r u y e n d o u n a h ab i t a c i ó n i n t e r i o r ,
donde no pudiese penetrar la luz ni en el último rincón.
Durante un año trabajaron hasta que la estructura básica les
satisfizo. Luego vino el trabajo de fabricar una pared con
aqu ellas piedras y blanquearla hasta hacerla resplandeciente.
Después fue cuestión de pintar las paredes que se proyecta-
ban sobre los abismos. Para ello se había triturado previa-
mente el ocre y disuelto el color en agua de una fuente pró-
xima. La decoración tendría que ser un monumento a la
piedad humana. Durante todo este tiempo, tanto el eremita
como su ayudante no cambiarían entre los dos ni una sola
palabra. Habría llegado el día en que la ermita estaba acabada y
consagrada. El eremita, había mirado a los lejos, al llano de
Lhasa, por vez postrera. El mundo del Hombre. Había
girado lentamente para entrar en la ermita y caer muerto a
los pies de su ayudante.
A través de los años, muchos habían sido ermitaños de aquella
ermita. Habían vivido emparedado s, en la habitación interior,
de muros de piedra. Habían alimentado a los buitres, siem-
pre dispuestos a devorar. Ahora, otro había sucumbido. De
sed . Sin esp e ran z as. Un a v e z desap a re cid o su ayu dan te, d esa-
parecía todo auxilio, el agua vital. No había más solución que

83
t e n d e r s e y m o r i r . E l j o v e n mo n j e l a n z ó u n a m i r a d a , a b a r c a n d o
la ermita y el precipicio. Brillantes prados al flanco de la
montaña. Un rasguño se abría, derecho, a través de los
líquenes y surcaba las rocas. Más abajo, en el flanco de la
montaña, se veía un montón de rocas recién derrumbadas.
Debajo de las rocas yacía un cuerpo.
Preocupado, el joven entró en la cueva, cogió el recipiente y
se encaminó al lago, a por agua. Después de haber limpiado el
recipiente lo llenó de agua y se preparó a proseguir su tarea.
Miró a su alrededor y frunció las cejas con desánimo. No se
veía por ninguna parte troncos o ramas caídos. Tenía que ir
h a s t a m á s l e j o s , e n b u s c a d e c o mb u s t i b l e . B u s c ó , e n t o n c e s ,
entre los matorrales. Pequeñas alimañas se detuvieron, en su
inacabable búsqueda de comida, y se levantaron sobre las
patas traseras, mirando llenas de curiosidad al invasor de sus
d o m i n i o s . A q u í n o e x i s t í a e l m i e d o ; l o s a n i ma l e s n o t e m í a n a l
H o m b r e , p o r q u e e l H o m b r e v i v í a e n p a z y a r mo n í a c o n l o s
animales.
Finalmente, el joven monje llegó hasta un sitio donde se en-
contraba un pequeño árbol caído. Después de haber desgajado
l a s m a y o r e s r a ma s q u e l e p e r m i t i e r a s u v i g o r j u v e n i l , v o l v i ó
atrás y, una por una, las fue arrastrando hasta la boca de la
cueva. Con el contenido del recipiente preparó el té con
t s a m p a e n p o c o s m o m e n t o s . El v i e j o e r e m i t a s o r b í a s a t i s f e c h o
aquel té caliente. El joven monje se sentía fascinado viendo
cómo el viejo tomaba el té. En el Tíbet, toda la vajilla se
m a n e j a c o n a m b a s m a n o s , e n s eñ a l d e r e s p e t o p o r e l m a n j a r
q u e n o s a l i m e n t a . El v i e j o e r m i t a ñ o , a t r a v é s d e u n a la r g a
práctica, cogía el cuenco con ambas manos, de forma que un
dedo de cada una se aplicase al borde interior de la vasija.
A s í n o s e a r r i e s g a b a a r e mo j a r s e , y a q u e u n o d e l o s d e d o s ,
humedeciéndose, le advertiría. Ahora, estaba sentado y sa-
tisfecho, apreciando en gran manera el té caliente, después de
enteras décadas de agua fría.

«Es extraño — observó — que, después de más de setenta


años de la más rigurosa austeridad, ahora me apetezca el té
caliente. También me gusta el calor confortante que nos causa
el

84
fuego. ¿Os habéis dado cuenta de cómo calienta el aire de
nuestra cueva?»
El jo v en mon j e le mi ró , l len o de co mp asió n. «¿Nun ca h a b éis
salido de aquí, Venerable?», le preguntó.
«No, nunca — replicó el eremita —. Aquí conozco todas y cada
una de las piedras. Dentro de aquí, la carencia de vista casi
no me representa una incomodidad; pero fuera hay piedras
resb al ad i zas y precip icio s, ¡es o tr a c o s a ! Pod rí a c a m in a r p o r l a
ribera y caerme al lago; podría abandonar esta cueva y
perder el camino de regreso.»
«¡Venerable! — dijo el joven monje, algo incrédulo —. ¿Cómo
pudiste hallar esa tan remota, casi inaccesible cueva? ¿Fue un
azar?»
«No; no fue así — replicó el anciano —. Cuando los Hombres
d e l O t r o M u n d o a c a b a r o n s u s t a r e a s p a r a c o n mi g o , m e d e p o -
sitaron aquí. ¡Hicieron esta cueva expresamente para mí!» Di-
ciend o es tas p alab r as , s e a rrell anó en su as ien to co n un a so n-
risa de satisfacción, conociendo muy bien el efecto producido
sobre su interlocutor. El joven monje casi se cayó de espal-
das, por la sorpresa. «Fabricada para vos — exclamó con vehe-
m e n c i a — . Pe r o ¿ c ó mo p u d i e ro n l a b r a r u n a g u j e ro s e me j a n t e
en la montaña?»
El viejo se sonrió, complacido. «Dos hombres me llevaron
aq uí — dijo —; me t raje ro n so bre u na pl atafo r ma qu e v o lab a
por los aires, cual los pájaros. No hacía el menor ruido, menos
que los pájaros, porque crujen; puedo escuchar sus alas cuando
azotan el aire, y sus plu mas cu ando entre ellas pasa el viento.
E l objeto s o b r e e l c u a l l l e g u é a q u í e r a s i l e n c i o s o c o m o u n a
sombra. Se alzó por los aires sin esfuerzo alguno; no se
percibía ningún arrastre, ni sensación de velocidad alguna.
Los dos hombres lo hicieron apear ahí mismo.» «Pero, ¿por
qué precisamente aquí, Venerable Padre?», preguntó el jo-
ven monje.
« ¿Po r qu é? — respondió al anciano —. Pensad en las ventajas
de este emplazamiento. Está entre cien y doscientos metros del
camino de los mercaderes, y éstos para hacerme consultas y
buscar mis bendiciones me pagan con provisiones de cebada.

85
Está cerca de unos senderos que conducen a dos conventos
de lamas y siete ermitas. No me puedo morir de hambre, aquí.
Me dan noticias. Los lamas me visitan; conocen mi misión.
Y también la vuestra.»
«Pero, Señor — insistió el joven monje —, sin duda causó una
gran i mp r esión , cuand o lo s ca min ant es des cu b ri ero n u n a p ro -
funda cueva donde anteriormente no había ninguna.»
«Joven — replicó el eremita —; habéis estado por esos para-
jes; ¿os habéis dado cuenta alguna vez de que había cueva
alguna por esos alrededores? ¿No? Pues no existen menos
de nueve. No os interesan las cuevas y por eso no os habéis
dado cuenta de ellas.»
«Pero, ¿cómo pudieron hacer la cueva los dos hombres? De-
bió de costarles meses de trabajo», dijo, maravillándose, el jo-
ven monje.
«La h icieron median te la mag ia qu e el los l la m an ci enc ia at ó-
mi ca» , resp on d ió p acien temen te e l an ci an o. «Un o de lo s do s
hombres, sentado en la plataforma volante, vigiló si había
gente por esos alrededores. El otro llevaba en la mano un
p e q u e ñ o a p a ra t o . E n t o n c e s s e a rmó un estru endo co mo d e to-
dos los diab lo s hamb riento s y, seg ú n ello s m e exp l ic aro n , l a
roca se evaporó, dejando el espacio de un par de estancias.
En mí habitación interio r hay un manantial — un goteo — de
agua , con e l q ue puedo ll ena r po r d os vece s al dí a mi vas ija .
Es m á s q u e s u f i c i e n t e p a r a l o q u e n e c e s i t o ; a s í n o m e e s p r e -
ciso ir al lago a por agua. Cuando no tengo cebada — cosa que
me ocur re de v ez en cu ando — m e s ust en to d el liq u en qu e se
encuentra en la cueva interna. No es nada gustoso; pero
aguanta la vida hasta que vuelvo a tener cebada.»
El joven monje se alzó y se dirigió a la salida de la cueva. Sí;
la roca tenía una estructura peculiar, por el estilo de los tú-
neles de volcanes apagados que él había visto en las tierras
altas de Chang Tang. La roca parecía como haber sido fun-
dida, escurrida y enfriada, y conv ertida en una superficie cris-
talina y áspera, sin arrugas ni salien tes. La superficie se diría
transparente, y a través de su grosor se podían divisar las
estrías de la roca natural, donde brillaban, aquí y allá, venas

86
de oro. En un punto de la pared, vio cómo el oro se ha-
b ía fundido y rezu mado como un líquido espeso y luego había
sido recu bierto, cuand o el dióxido de sílice había cristalizado al
enfriarse. ¡La cueva poseía los muros de vidrio natural!
Pero prec isab a hacer l as f aen as do més ticas ; no era t ie mp o de
co nv ersación . Hab ía qu e ba rrer el sue lo , t r ae r agu a y ro mp er
los troncos en pedazo s ad ec uado s pa ra qu e sirv iesen de leña .
El joven monje empuñó la rama que hacía las v eces de escoba y
se puso a l a t area con es ca s o entus i as mo . Barrió el esp a cio
donde por las noches él dormía y fue empujando las barredu-
ras hacia la entrada, siempre barriendo. De pronto, la rama
que le hacía las veces de escoba dio con un pequeño mon-
t ó n q u e h a b ía e n e l s u e lo ; l o r e mov ió y d e s cu b r i ó s e r é st e u n
objeto de un color entre pardo y verdoso. Enojado, el joven
monje dejó de barrer aquella piedra, intrigado por lo que
podía ser aquello. Al hacerse con aquel objeto, pegó un salto
atrás con una exclamación; no era ninguna piedra, ¿de qué,
pues, se trataba? Con toda precaución removió aquel objeto
con un palo. El objeto se desplazó emitiendo un leve ruido.
Entonces, lo lev antó d el su elo y corrió h acia el interio r de la
cueva, donde estaba el ermitaño. «¡Venerable! — le dijo —,
acabo de descubrir un extraño objeto, debajo el sitio donde
murió aquel preso.»
E l a n c i a n o s a l i ó d e s u h a b i t a c i ó n i n t e r n a . « D i m e c ó m o e s » , le
ordenó.
« P a r e c e s e r — d i j o e l j o v e n — , c o mo u n a b o l s a q u e t i e n e d e
ancho unos dos dedos. Es de cuero, o de piel de algún ani-
mal». Diciendo esto , lo palpó. «Hay un a cuerda alred edor del
cuello de esta bolsa. Voy a buscar una piedra afilada.» Co-
rrió fuera de la cueva y cogió un pedernal cortante. A su
regreso, aserró con él aquella tira de cuero. «Es muy duro»,
comentó. «Todo está sucio de lodo y cubierto de moho. ¡Por
fin lo co rté!» Cuidado samente, ab rió aquella bo lsa y vertió su
contenido sobre un girón de su manto. «Monedas de oro»,
observó el ermitaño.
«Yo, en mi vida, nunca había visto monedas de oro, sólo en
imágenes.» También se derramaron pedazos de cristal de colo-

87
r e s . S e p r e g u n t ó p a r a q ué se r virí an . Fin al m e n te , h abí a cin c o
sortijas d e o ro con p ed azo s de cristal eng arzado s en ellas.
« Dejadme palparlo s» , le ordenó el ermitaño. El jov en mon je,
levantó el regazo de su manto y guió las manos de su supe-
rior hacia aquel pequeño montoncito.
« Di a man t es — d ijo el ar m it a ñ o —, pu edo adiv in ar po r su vi-
bración y...» El anciano permaneció silencioso y atento, mien-
tras manejaba las piedras, las sortijas y aquellas monedas.
Después, realizó un a profunda inspiració n y co mentó: «Nuestro
prisionero había sustraído todas estas cosas. Las monedas, s o n
de la India. Siento que hay algo malo en todo eso. Re-
p re s e n t an u n a m u y g ra n d e s u m a d e d in e ro » . M ed i t ó e n s il e n c i o
por unos momentos, y terminó diciendo bruscamente:
«Llevaos todo esto, lleváoslo y tiradlo en lo más profundo del
lago. Nos traerían mala ventura si los guardásemos con noso-
tros. Aquí hay concupiscencia, asesinato y miserias. Fuera con
todo eso , ¡rápido!». Diciendo es as palabras volvió la espalda y,
lentamente, se arrastró al interior de la cueva. El joven monj e
d e v o l v i ó t o d o a q u e l m o n t o n c i t o a l i n t e r i o r d e l a b o l s a y se
encaminó hacia el lago. Al llegar a su orilla, depositó todos
aquellos objetos sobre una roca plana y examinó, uno por
uno aquéllos, con toda curiosidad. Después, levantando una
moneda entre el pulgar y un dedo, la lanzó con todas sus
fuerzas al agua. La moneda fue rebotando y levantando peque-
ñas olas, hasta que, con un chasquido final, se hundió hasta lo
más p rofundo del l ago . Mo n eda po r mon ed a, y lu eg o e l r esto
de aquellos objetos, fue lanzado a las aguas, hasta que se hundió
el último.
Mientras se lavaba las manos, sonrió al darse cuenta que
u no s páj aro s p esc ado r es s e h abían larg ado co n la b o ls a y p er-
seg uí an co n fu ri a los ob jetos h un dido s. Mu sitando las P r e ces
de los Difuntos, el joven monje, volvió a la cueva y a sus
trabajos caseros. Luego vino el momento de poner de lado
las ramas q u e h arían las v eces d e esco b as . Desp u és , esp a rcir
n uev a aren a, ap ila r l eña p ara el fu eg o , d isp o ner la v a sij a del
agua y frotarse las manos, en signo de que el trabajo del día
se había terminado. Llegaba el momento en que las células

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d e l a me mo r i a d e a q u e l j o v e n s e h a l l a b a n a p u n t o d e a l m a c e -
nar la información que se le comunicaría.
El viejo ermitaño vino jadeando desde su habitación inte-
rior. Incluso para la visión inexperta del joven monje, el
anciano desfallecía a ojos vistas. Lentamente, el eremita se
s e n t ó e n e l s u e l o y s e a r r o p ó c o n v e n i e n t e m e n t e . El j o v e n l e
alargó el cuenco y se lo llenó con agua fría. Con todo cuidado
s e s i t u ó a l l a d o d e l a n c i a n o y g u i ó su s m a n o s h a s t a e l bo r d e
d e la v as ija p a ra qu e su pi es e exa ctament e d ó nde es tab a co lo-
cada. Enton ces, se sentó a su vez, aguard ando a que su mayor
hablase.
D u r a n t e u n t i e mp o , t o d o p e r m a n e c í a e n s i l e n c i o , m i e n t r a s e l
an ci ano p e rman ecí a sen tad o y ord e n a n d o s us p e n s a m i e n t o s y
re c u e rd o s . Lu e g o , d e s p u és d e u n la rgo c a rr a speo, e mp e zó di-
d iciendo: « La mu jer aquella se d urmió y yo también. Pero no
e s t u v e d o r m i d o p o r mu c h o r a t o . Ell a ron ca ba terrib le mente y
mi cab eza latía con fuerza. Sentí co mo si mi cereb ro o scilase y
quisiese salir por la cima de mi cráneo. Entonces, se me
produjeron como unos porrazos en los vasos sanguíneos de
mi cuello, que me pusieron al borde de un desvanecimiento.
Luego, los ronquidos cambiaron su ritmo, se percibió un
r u i d o d e p ie s a rr a s tr á n d o s e y , d e p ron to , con un a acu s ad a e x-
clamación, aquella mujer saltó sobre sus pies y corrió hacia
mi lado. Inmediatamente, se escucharon unos ruidos metáli-
cos y se no tó un ritmo distinto de los líquido s que circulaban
dentro de mi cuerpo. En un momento, o dos, cesó la pulsa-
ción de mis sesos. Se acabaron las presiones que experimen-
taba mi cuello, y los huesos cortados del cráneo no me cau-
saron molestias.
»La mujer se afanaba moviendo algunos objetos, metiendo
ruido con cristales qu e chocaban y metales qu e vib rab an uno s
contra otros. Percibí un crujido cuando ella se agachó para
levantar del suelo su libro caído. Algún objeto d el mob iliario
crujía cuando era movido de su sitio p ara ser colo cad o en un a
nu eva posición. En tonces, ella se dirig ió como hacia la pared
y escuché como se deslizaba la puerta abriéndose y luego
cerrándose tras ella. De pronto, llegó a mis oídos el ruido de

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pasos, disminuyendo a lo largo del corredor. Yo estaba allí,
tendido; ;no me podía mover! Era evidente que algo había
sido hecho sob re mi ce reb ro . Me s entía má s despierto. Po día
pensar más claramente. Antes, había experimentado un mon-
t ó n c o n fu s o d e p e n s a mi en t o s q u e y o no er a cap az de en foc ar
con toda claridad y por esto los había almacenado en rin-
cones de mi mente. Ahora, todos ellos eran para mí tan claros
como las aguas de un arroyo de la montaña.
»Recordaba mi nacimiento. Mi primera mirada en este mundo,
en el cual había sido precipitado. La cara de mi madre. La
cara arrugada de aquella mujer que ayudaba al parto. Más
tard e, mi p ad re, cogiendo en su s b razos al recién nacido. Sus
p reo cu pa cio n es , ya qu e e ra el p ri m ogén i to. Reco rd aba su ex -
p r e s i ó n a l a r m a d a y s u t e m o r a l v e r me c o n a q u e l l a c a r a e n r o -
jecida y arrugada. Más adelante, me llegaron a la memoria
esc enas d e mi pri m era niñ ez. S ie mp re h ab í a sido u n a ilu sió n
de los míos el que yo pudiese llegar a ser un sacerdote, que
diese honor a la familia. Más tarde, me veía en la escuela,
adiestrándome en la escritura sobre cuadrados de pizarra.
El monje-profesor, yendo del uno al otro, con elogios y re-
primendas y diciéndome que podía permanecer más rato que
los demás, de forma que aprendiese más que mis compa-
ñeros.
»Mi memoria, era completa. Podía recordar fácilmente imá-
genes que habían aparecido en revistas ilustradas que nos
traían los mercaderes indios, e incluso imágenes qu e no reco r-
daba que las hubiese visto nunca. Pero la memoria es una
espada de dos filos; yo recordaba con todos los detalles mis
torturas, a manos de los chinos. Debido a que se me había
v isto transp o rtando p ap eles de Po tala, los chinos hab ían dado
p or d es con t ad o qu e se trat ab a de sec re tos y , en est a cr een cia,
m e h a b í a n s e c u e s t r a d o y t o r t u ra d o p a r a o b l i g a r m e a d e c l a r a r
todo cuanto, en su opinión, sabía. Yo, tan sólo un humilde
sacerdote, que sólo sabía la que llegan a comer los lamas.
»La puerta se abrió con una especie de silbido metálico. Su-
mergido en mis pensamientos, no me enteré de los pasos que
se aproximaban por el corredor. Una voz me interrogó: "¿Có-

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mo os en contráis?", y noté que mi gu ardián estab a a mí lado.
Mi en t ras h abla ba, man ej aba e l ex traño apa r ato co n el qu e yo
estaba conectado. "¿Cómo os notáis, ahora?", volvió a pre-
guntar de nuevo.
» "Bien — le rep liqué — , p ero n ad a con tento por tod as las cosas
ra ra s qu e me han su ced ido. Me s ien to ig u al co mo un yak
enfermo en un parque del mercado." El hombre, se rió y se
dirigió a una parte lejana de la habitación. Pude oír el ruido
de papel, el sonido inconfundible de las páginas al ojearlas.
»"Señor", exclamé. "¿Qué es un almirante? Estoy muy intri-
gado. Y, ¿quién es un ayudante?"
» Dep uso u n p e sado l ib ro — o a lo meno s a mí m e p a r ec i ó u n
libro — y se me acercó. "Sí — profirió compasivamente —. Me
imagino que desde vuestro punto de vista se os ha tratado
m á s b i e n c r u e l m e n t e . " D i o u n o s p a s o s y no t é q u e a r r a s t r a b a
uno de aquellos extraños asientos metálicos. Cuando se sen-
tó, la silla crujió de un modo alarmante. "Un almirante — dijo
p ensa tiv ament e — . O s deb ía hab e r s ido exp lic ado má s t a rde;
pero podemos saciar vuestra curiosidad inmediata... Estáis
e n u n a n a v e q u e s u r c a e l e s p a c i o , e l mar d e l e s p a c i o ; l o l l a -
mamos así porque, dada la velocidad con que nos trasladamos,
el espacio recibe un choque tan rápido que parece que se trate de
un océano de aguas. ¿Podéis seguirme?", preguntó.
»Pensé un momento y, sí, podía imaginarme el Río Feliz y los
botes de cuero que lo cruzan. "Sí, lo comprendo", repuse.
"Bien, entonces — continuó diciendo —; nuestro barco es uno
del grupo. El más importante de todos ellos. Cada embarca-
ción — ésta igualmente — tiene un capitán; pero un almirante
es, ¿cómo os lo voy a decir?, un capitán de todos los ca-
pitanes. Ahora, además de nuestros marineros tenemos sol-
d ad o s a b o rdo , y es u su al q u e h ay a u n o fi c ial « ay u d an t e» d el
almirante. Se le llama simplemente «ayudante». Para tradu-
cirlo a términos eclesiásticos, un abad tiene su capellán, aquél
q u e l l e v a a c a b o l a s t a r e a s , d e j an d o a s u j e r a r c a s u p e r i o r l a s
grandes decisiones que tengan que ser tomadas."
»Todo eso, lo veía claro, y estaba reflexio nado sobre el tema,
cuando mi vigilante se me aproximó inclinándose y profirió en

91
vo z baja: "Y, po r favor, no os d irijáis a mí llamándome vues-
tro capturador. Soy el médico en jefe de esta nave. Más cla-
ro, para vuestros puntos de referencia soy semejante al mé-
dico en jefe de los lamas del Chakpori. ¡Doctor, y no Cap-
t u r a d o r ! " Y o m e d i v e r t í a m u c h o , c o n o c i e n d o c ó mo t a m b i é n
esos g randes ho mbres tienen sus debilidades. Que un ho mbre
de su categoría se disgustase porque un salvaje ignorante (así
me llamaba) le llamase "capturador", era cosa de ver. Resolví
ponerle de buen humor: "Sí, doctor". Fue mi premio la más
agradecida de las miradas y una amable inclinación de su
cabeza.
»Durante bastante tiempo se ocupó de ciertos instrumentos
que parecían estar conectados con mi cabeza. Hizo algunas
rectificaciones, cambió el curso de algunos líquidos, y se pro-
dujeron cosas extrañas que provocaron una comezón en mi
cráneo afeitado. Después de algún rato, dijo: "Tendréis que
reposar durante tres días. Durante este lapso de tiempo los
huesos se habrán sold ado y la cicatrización forzad a estará en
camino. Entonces, sí todo marcha bien, como yo espero, os
c o n d u c i r e mo s d e n u e v o a l a C á ma r a d e l C o n s e j o y o s mos tr a -
remos varias cosas. No sé si el Almirante querrá hablaros.
Sí es a sí , no t e máis . Hab l adl e ex act a men te como h aría is co n-
migo". Luego, pensándolo bien, añadió pesaroso: "O, más
bien con alguna mayor cortesía." Me dio un golpecito en un
hombro y salió de la habitación.
»Me encontraba allí, inmóvil, pensando en mi futuro. ¿Futu-
ro? ¿Qu é fu tu ro se p res ent ab a al lí p a ra un cieg o ? ¿Qu é se rí a
de mí, si dejaba con vida aquellos parajes, en la suposición
que necesitase dejarlos vivo? ¿Tendría que pedir limosna para
vivir, como los mendigos que pululaban por la puerta de
Occidente? Muchos de ellos eran falsos ciegos, de todos mo-
dos. Yo me preguntaba adónde iría a parar, dónde ganar mi
sustento. El clima de mi país es duro y no hay puestos para
el hombre sin hogar ni dónde reposar su cabeza. Yo me an-
gustiaba y no cesaba de meditar todos los males y quebraderos
de cabeza que me aguardaban. Con estos pesares, caí en un
sueño profundo. Estando así, percibí cómo se deslizaba la

92
puerta de la habitación donde me encontraba y la presencia
de personas que venían quizás a ver si aún vivía. Todos los
ruidos a mi alrededor no eran bastantes para hacerme tras-
poner el umbral de mi sueño. Yo era incapaz de poder cal-
cular el paso del tiempo. En condiciones normales podemos
valernos de lo s la tidos del c ora zón para darnos cuen ta d e lo s
minutos que pasan. Pero, en aquel caso, se trataba de horas y
de horas durante las cuales me hallaba inconsciente.
»Después de lo que me pareció un largo tiempo, durante el
cual parecí fluctuar entre el mundo material y la vida del
e s p í r i t u , d e s p e r t é b a j o u n a s e n sa c i ó n d e a l a r m a . A q u e l l a s t e -
rribles mujeres habían vuelto a mi alrededor, como unos bui-
tres alrededor de una carroña. Sus risas y su parloteo me
atacaban los nervios. Sus impúdicas libertades para con mi
cuerpo indefenso me ofendían todavía más. No podía expre-
sarme en su lengua; ni tan sólo moverme. Era para mí una
sorpresa que, siendo miembros del llamado sexo débil, se
man i fes tas en t an ru d a men te con sus man o s y su ex presió n d e
emociones. Yo me hallaba físicamente arruinado del todo, y
aq uel la s mu j eres me l lev aban y t ra ían tan ru da ment e co mo s i
se tratase de un bloque de piedra. Me regaban el cuerpo con
lociones; me untaban el cuerpo estremecido con malolientes
unturas y me quitaban y ponían tubos en los agujeros de las
n a r i c e s y e n ot r a s c o n c a v i d a d e s d e l c u e r p o , s i n m i r a m i e n t o s
de ninguna clase. Mi alma se estremecía y volvía a pensar
p o r q u é a za r d iab ó l ico mis h ad o s h ab ían d e cr et ad o q u e d e b ía
verme obligado a soportar todas aquellas humillaciones.
»Con la marcha de las terribles mujeres volví a la paz, aun-
que por no mucho rato. Al cabo del cual, la puerta volvió a
escu ch ars e y o tr a v ez mi cap t u rad o r; má s b i en di cho , "e l d oc-
tor", penetró y cerró tras él la puerta. "Buenos días; por lo
que veo, estáis despierto", me dijo, placentero.
»"Sí, señor doctor — le repliqué algo enfurruñado Es im-
p osible d o rmi r , cu and o e sas muj e res charl a tana s se ab at en so -
b re mi p ersona como unos pajaracos." Esto, p areció div ertirle
en gr an mane ra. En la actual id ad , sin dud a cono ci énd o me me-
jor, me trataba más como un ser humano, aunque un ser hu-

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man o qu e no acab aba d e est a r d el tod o en s us cab al es . " T ene -
mos que valernos de estas enfermeras — dijo — para que os
observen, os mantengan debidamente aseado y oliendo bien.
Ahora, estáis empolvado, perfumado y listo para un nuevo día de
reposo."
»¡Reposo! No lo necesitaba; lo que sí me precisaba, era
irme. Mas, ¿adónde? Mientras el director examinaba las ci-
catrices de mi operación del cráneo, volví a pensar sobre todo l o
q u e m e d i j o . ¿ F u e a y e r ? ¿ A n t e a y e r ? N o p o d í a s a b e r l o . Me
era p re ci so saber una co sa que me tenía intrigado en gran
manera. "Señor doctor", le dije. "Me dijisteis que me encon-
traba a bordo de una nave del espacio. ¿Es que lo entendí
bien?"
» " Sin d u d a rep licó E st amo s a b o rd o d e la n av e a l miran te de
est a flota insp ecto r a. En es to s mo men to s p r eci so s , repo sam o s
s o b r e u n a m e s e t a d e l a s T i e r r a s A l t a s d e l T í b e t . ¿ P o r qué, la
pregunta?"
»"Señor mío", le repliqué: "Cuando me encontré en aquella
cueva, ante aquellos seres sorprendentes, la cueva, ¿se hallaba
dentro de esta nave?"
» É l s e r i ó , c o m o s i y o h u b ie s e t e n i d o l a m á s j o c o s a o c u r r e n -
cia. Al recob rarse, me dijo, entre risotad as." So is observ ador,
muy observador. Y tenéis toda la razón. La meseta rocosa
so bre l a cu al r ep osa e sta nav e fue p ri mi tiv ament e u n v olcán .
Exis ten en ell a corred ores p r ofu n d o s y c á m a r a s i n m e n s a s p o r
donde fluía el magma y salía al exterior. Nosotros nos servi-
mos de esos pasajes y hemos engrandecido la capacidad de
aquellas cámaras para que sirvan a nuestros propósitos. Nos
servimos de estos sitios usualmente. Diferentes naves los
utilizan, de tiempo en tiempo. Vos habéis sido sacado de la
nave y conducido a la caverna."
»¡Conducido, desde el barco, al interior de la caverna rocosa."
Eso concordaba con la extraña impresión que yo había expe-
rimentado de haber dejado el corredor metálico por una ca-
v erna d e rocas. "Señor doctor", exclamé. "S é, po r exp erien cia
d irecta, algo de túneles y salas en la roca; existe u na de ellas,
secreta, en el Potala; incluso contiene un lago.

94
»"Sí — observó —. Nuestras fotografías geofísicas nos lo han
d escubierto. Lo que no sabemos, en cambio, cu ándo vosotros,
los del Tíb et, lo habéis descubierto." S e acercó con su piedra
de afilar. Me daba perfecta cuenta de que estaba cambiando
e nto n c e s l o s l í q u i d o s qu e co rrí an a t rav és d e los tub os y d en-
tro de mi cuerpo. Se produjo al instante una alteración de
mi temperatura; involuntariamente, mi respiración se hizo
más esp aci ad a y p ro fund a; me v eía man ip u la d o co mo u n a m u -
ñeca que, en la plaza de un mercado, exhiben los buhoneros.
»"¡Señor doctor! — observé con vehemencia Vuestros bar-
cos del espacio son conocidos de nosotros; los llamamos Carro-
zas de los Dioses. ¿Por qué no os ponéis en contacto con nues-
tros superiores? ¿Por qué no declaráis abiertamente vuestra
p res enc ia? ¿ Po r q ué t en é is q ue rapt arn os a escon did as , co mo
habéis hecho conmigo?"
»E1 doctor hizo una profunda inspiración, con una pausa y, por
f i n , r e p l i c ó : " S i o s l o d e s ea se expli ca r , no haría más que p ro-
v oca r vu est r as más cáus ti cas ob serv acion es , qu e, a no sot r os,
no nos importan nada".
»"No, señor doctor — le repliqué —. De hecho soy vuestro pri-
sionero, como lo fui de los chinos; e igualmente no puedo
desafiaros. Sólo intento, en mi incivilizada forma, entender
las cosas como supongo que vos mismo deseáis de mí "
» G i r ó s o b r e s u s p i e s y , c l a r a me n t e , d e c i d i ó q u e e r a l o m e j o r
q u e p o d í a h ac e r s e H ab i e n d o t om a d o s u r e s o l uc i ó n , d ij o : " N o -
so tro s, so mo s los Ja rd in e ros d e la Tierr a y , natural m ente, d e
o tros mu ndos hab itados. Un jardin ero no discu te su id en tidad
n i sus p lan os con sus flo res. Ahora b ien; elevando un poco la
materia, si un pastor de un rebaño de yaks encuentra a uno
d e el los q ue p a re ce más b ril la nte qu e los d e más, d ich o p as tor
no le dirá en modo alguno: «Acéptame por tu guía». Ni dis-
cutirá con el yak de cosas que claramente sobrepasan la
comprensión de aquél. No entra en nuestra política el fra-
ternizar con los naturales de ninguno de los mundos que su-
pervisamos. Lo hicimos en anteriores y el resultado fue una
serie de catástrofes que originaron fantásticas leyendas en
vuestro propio mundo."

95
»Hi ce un a mu ec a de con t raried ad y men o s p re cio : " P ri mero,
v o s me d i j i s t ei s q u e y o e r a u n salv aj e po r c ivil izar, ah o ra me
lla m áis , o me co mpa ráis , con u n yak ", repli q ué con fi rme za.
Enton ces , si s o y una cosa ta n baja, ¿po r q u é me ten éi s a quí
p r is i o n e r o ? "
» Su r ép li ca fue con tu n d en te . " Porqu e os ne cesitamos pa ra u t i-
liz a ron . Po rq u e p ose éis un a me mo ria fan tástica qu e v a si em-
pre en au men t o . Po rq u e t en é is q u e se r el d ep o sit a rio d e u n
sabe r qu e podrá se r util iz ado por o t ro que l leg ará has ta v os,
al final de vue stra exis ten ci a. ¡Ah o ra , do rmi d !" Es cuch é có mo
un cru jid o y u n as ond as d e n eg r a in co nsc iencia cay e ron s ua-
v e men t e s o b re m i p e r so n a . »
Capítulo sexto

« H o r a s i n te r mi na b l e s, t r a n s c u rr ie ro n p e s a d a m e n te . Y o , y a c ía
dent ro de un estupor , una au senc ia , den tro d e la cua l el p a-
sado, e l p re se nte y e l futu r o se con fun dí a n r ec íp ro ca m e n te .
Mi v id a p a s ad a , mi d e s v a l id o e s t ad o p re s e n t e , q u e n o p o d í a n i
mov er me n i v e r, y mi g ran t e mo r d el fu tu ro fue ra d e "a llí " , si
e s q u e p o d í a lib r a r m e n u n c a . De tiempo en ti empo ven ían
aquel la s mu je res y me atropellab an. M is miembros e ra ret or-
cid os , mi cab e za g i rab a sob r e el cue llo y t o das l as p a rt es d e
mi an ato mí a s e veí an mano s ead as, p el li zc a d as, apo rread a s y
m an ej ad a s. A v ec es, g ru p o s d e p e rso n aj es v en ían y p er m an e -
cían a mi alred edo r d is cu t ien do mi caso . No e ra c apa z d e e n-
ten de r los; p ero su in t erv en ción era cl a ra . Eso s p e rson ajes ,
ig u a l m e n t e , m e a p l ic ab a n d i v e rs as co sas; pero yo l es ne gaba
la satis f acción d e ver m e có mo me es t re m ecí a a sus agu d as
pun zad as. Yo i b a tr ans curri en do mis d í as .
»Ll eg ó un mo mento en q u e se v olv ió a d e sp er ta r mi al arma.
Hab ía est ad o t raspu es to , ig n orab a l as ho ra s q ue ha cí a. Aun
cuand o me hab ía d ado cu en ta d e q u e s e h a b ía d e s l i z a d o la
pu er ta d e mi es tan c ia , n o m e h ab ía d esv e lado . Fu i r eti r ad o d el
s it i o d o n d e y a cía y c o m o e n v u elto en ma ntas de lan a s in
darme cu en t a de lo qu e p asab a a mi al red ed o r y a mí mis mo .
De p ro n to , s e p ro d u j ero n u n a seri e d e co rt e s al r ed edo r de mi
cráneo . Me v i pin ch ado y h urgad o , mi en t r as u na vo z en mi
propi a l en gua excl a mab a . "¡B ravo ! , ¡d eje mo s q ue v u elv a a la
vida !" Un zu mbido , d el qu e me di cu ent a s ó lo cu and o ces ó,
te rminó con un débil ch asqu i d o me t á l i c o . I n m e d i a t a m e n t e m e
sentí repu esto , en v id a e in tenté sen t ar me . De n uev o me s en tí
impo sibi li tad o; mis más v io l entos es fu erzo s no cau s a ro n el
m e n o r mo v i mi e n t o a n in g u n o d e mis mie mb ro s . " Y a v u e l v e a
est ar ent r e no s o tros " , d i jo u n a voz . "¡Eh ! ¿Podéi s oí rn os? ",
pregun tó o tra p erson a .
»"S í pu edo — rep liq u é — , p e ro aho r a, ¿e st á is hab land o tib e-
tan o? C r eía q u e el doc tor est a b a h abl ando co nmig o . " En ton -

97
c e s s e p r o d u j o u n a r i s a e n v o z b a j a : "H a b l a m o s v u e s t r a l e n -
gua — me replicaron —, así entenderéis mejor lo que os
digan".
» O t r a v o z i n t e r v i n o , e n o t r o l a d o . "¿ C ó m o l e l l a m a r e m o s ? "
Ot ro, qu e reco n ocí s e r el d o c t o r , r e p u s o : " L l a mé mo s l o ¡ Oh !
No sabemos su nombre; yo le llamo simplemente vos."
»"El Almirante ha dispuesto que se le dé un nombre", afirmó
una nueva voz. "Decidamos cómo nos tenemos que dirigir
hacia él." Entonces se entabló una discusión animada, en cuyo
curso fueron propuestos varios nombres, algunos de ellos muy
despectivos y que ind icab an que yo, a juicio de aquellas per-
sonas, gozaba de la consideración que se merecen ante los hom-
bres de la Tierra los yaks o los buitres que se alimentan de
cadáveres. Por fin, cuando los comentarios habían ido exce-
sivamente lejos, el doctor decretó: "Acabemos de una vez,
este hombre es un monje. Cuando tengamos que mencionarlo,
llamémosle simplemente «el Monje»." Entonces hubo un si-
lencio, que finalizó en un ruido que, a mi juicio, era de
aplausos. "Muy bien — sentenció una voz, que hasta ahora yo
no había escuchado —, aceptado por unanimidad, de ahora en
adelante llevará como nombre «el Monje». Debe ser así re-
gistrado."
»A esa discusión siguió otra que no me interesó y que, al
parecer, versaba sobre las virtudes o la carencia de ellas de
las mujeres y la mayor o menor facilidad que había para ob-
tenerlas en cada caso. Ciertas alusiones anatómicas estaban
fuera de mis conocimientos, de manera que no hice ningún
esfuerzo para seguir el curso de la discusión; pero me intri-
gab a el poder visualizar a lo s opin antes. Algunos d e lo s hom-
bres eran muy pequeñitos y otros, muy cuadrados. Era una
cosa rara y que me intrigaba mucho el comprobar que en la
Ti e r r a n o e x i s t i e s e n m e d i d a s c o m o l a s q u e p o s e í a n a q u e l l o s
personajes.
»Fui precipitado bruscamente al mundo presente por un ruido
súb ito d e p er so n as q u e s e p o n ían d e p i e , y l o q u e p ar ec ía u n
a r r a s t r a r s e h a c i a a t r á s a q u e l l a s e x t r a ñ a s s i l l a s . Lo s h o m b r e s
aquellos se alzaron y uno tras otro fueron saliendo de

98
la habitación. Finalmente, sólo permaneció el doctor. Más tarde,
me dijo: "Os llevaremos ante la Cámara del Consejo, dentro de
una caverna de la montaña. No debéis demostrar ningún
nerviosismo; todo os parecerá extraño; pero podéis estar bien
tranquilo, Monje, que no recibiréis daño alguno por parte de
nadie." Diciendo estas palabras, se marchó y quedé de nuevo
solo con mis pensamientos. Por alguna razón extraordinaria, una
escena particular estremeció mis recuerdos. Uno de los
torturadores chinos se me había aproximado y, con sonrisa
diabólica, me había dicho: "Os queda un sola probabilidad para decirnos
lo que necesitamos de vos, o perderéis vuestros ojos."
»Yo le repliqué: "Soy un pobre, un sencillo monje y no tengo
nada que deciros." Con lo cual, el verdugo chino metió un dedo
y el pulgar dentro de la órbita del ojo izquierdo y mi ojo saltó
fuera como el hueso de una ciruela. El ojo colgaba ba-
lanceándose sobre mi mejilla. El tormento de la visión defor-
mada era terrible. Mi ojo derecho, aún intacto, miraba dere-
chamente; el izquierdo, en su balanceo, miraba en otros sen-
tidos. Entonces, de un rápido tirón, el chino cortó el ojo libre y
me lo tiró a la cara, antes de hacer lo propio con el ojo derecho.

»Recordaba que, hastiados finalmente de aquella orgía de tor-


turas, los chinos me tiraron sobre un montón de basura. Pero ya
no estaba muerto, como ellos creían, y el frío de la noche me
reavivó y entonces yo había vagado, a ciegas y a tientas, hasta
que un cierto "sentido" me había guiado lejos de la Misión China y,
también, de la ciudad de Lhasa. Sumido en estos pensamientos,
perdí la noción de tiempo y fue para mí un sosiego cuando, por
fin, unas personas vinieron a mi habitación. Entonces pude
entender lo que me había sido dicho. Un aparato especial, un
elevador, denominado con el extraño nombre de antigravedad,
fue instalado sobre mí tabla y "desviado" encima de ella. La
tabla entonces se levantó por los aires y unos hombres la
guiaron a través de la puerta hacia el corredor, más allá. Parecía
que, si bien la tabla carecía de aparente peso, poseía inercia e
impulso, aunque ello no tu-

99
v iese significado alguno p ara mí. Mi p reocup ación se limitab a
a no querer sufrir daño alguno. Eso, para mí , era lo más
esencial.
» Con todo cuidado , la tabla o mesa operato ria y to do el equipo
a ella asociado fueron arrastrados o empujados a lo largo del
co rredo r metálico con sus ecos desviados y transportados fuera
d e la n av e espacial. Llegamo s d e nuevo a la gran sala den tro de
la roca y me llegaron al o ído lo s ru mores de un g ran g en tío,
qu e me recordó el patio exterio r de la catedral de Lhasa en
días, para mí, más felices. Mi tabla fue movida y bajada como
h asta unos pocos centímetros del suelo . A mi lado , llegó
alguien qu e me su su rró: "El Cirujano-General va a llegar den tro
d e un instan te".
» Yo le respondí: "¿No se me va a devolv er de nuevo la v ista?",
p ero el personaje se h ab ía ido y mi demanda se quedó sin
respu esta. Estaba allí, ten dido y prob ando d e pin tar en la
imaginació n las cosas que ib an a ocu rrirme. Sólo conserv aba la
memo ria de los breves instantes que se me habían concedido
antes; pero lo que d eseab a con más ansia es que se me
p roporcionase la vista artificial.
» Unos pasos qu e ya eran familiares resonaron sobre la pied ra
d el suelo. "Veo que os han traído sin nov ed ad . ¿Os sentís
co mpletamente bien ?", me pregun tó el doctor — el Cirujano
General.
» "Señor doctor", le respondí. "Me sentiría mucho mejor si
qu isieseis permitirme g ozar de la vista."
» "Pero, es que vos sois ciego y tend réis que vivir p or mucho s
años en tal estado ."
» "Pero, señor doctor", dije con u na consid erable dosis de
ex asperación. "¿Có mo podré ap render y almacenar en la me-
moria todas las maravillas que me habéis prometid o qu e yo
v eré si no se me proporcio na esa visión artificial?"
» "Dejad esos cu idados p ara no sotros", repuso. "Somos nosotros
qu ienes hacemos las pregu ntas y damos las órd en es, vos debéis
h acer lo que se os mande."
» En tonces me llegó d e la masa situada a mi alred edor una serie
d e su su rros p idiendo silencio, no un silencio total, po r-

100
que éste no se da nunca cuando hay mucha gente agrupada.
Entre los murmullos pude percibir un sonido muy seco de
p asos, que cesaron bruscamente. "¡Sentarse!", ord enó u na voz
seca, de entonación militar. Entonces se produjo una disten-
sión, ruido de paño grueso, crujidos de cuero y arrastre de
muchos pies. Un rumor como si uno de aquellos raros asientos
fuese arrastrado hacia atrás. Simultáneamente, o casi, el ruido
que hace una persona que se pone en pie. Una tensa ex-
pectación se percibió durante uno o dos segundos, y en se-
guida se escuchó la voz.
«"Señoras y señores — anunció ésta, puntual y maduramente
— : N u e s t r o C i r u j a n o e n J e f e c o n s i d e r a q u e e s e i n d í g e n a del
Tíbet se encuentra lo suficiente b ien d e salud y adoctrinado
para que, sin peligros indebidos, pueda ser preparado a poder
asi m ila r el Co no ci mi ento del Pasad o . Exi st e, ¿ có mo n o ?, u n
riesgo; pero no es posible prevenirlo. Si el sujeto muere, nos
será preciso recomenzar la fastidiosa búsqueda de otro
personaje. Este indígena, si bien se encuentra en pobres con-
d iciones físicas, podemos asegu rar que está do tado de una vo-
luntad suficiente para aguantar con firmeza su existencia.
Noté que todo yo me estremecía ante ese rudo menosprecio
d e mis íntimos sentimientos; p e ro la Vo z prosiguió diciendo:
"Hay algunos entre nosotros qu e consideran que d ebemo s ser-
virnos exclusivamente de documentos revelados a diversos
Mesías o Santos, que hemos situado en este mundo para tal
propósito. Pero yo os digo que, en el pasado, dichos docu-
mentos han originado unas veneraciones llenas de superstición
que han anulado todo beneficio que se haya podido obtener,
p o r c u l p a d e e l l a s . L o s n a t i v o s d e l a T i e r r a n o h a n b u s c a d o el
sen tid o q u e d i cho s d o cu men t o s co n t enían , sin o q u e s e h an
q u e d a d o e n l a s u p e r f ici e , y t odavía mal interp re tad a . H a sido
muy frecu en t e que les h a y an p e r j u d i c a d o e n s u d e s a r ro l l o ; s e
h a o r i g i n a d o u n s i s t e m a a r t i f i c ia l d e c a s t a s y a l g u n o s d e l o s
n a t u r a les d e v ar i o s p aí s es s e h a n a f i r m a d o a s í mis m o s c omo
esco g idos po r lo s A ltos Po d e res , co mo au to ri zad os pa ra e nse-
ñar y predicar cosas que jamás se han escrito.
»"No tienen idea alguna de nuestra existencia en el espacio

101
exterior de su mundo. Nuestras naves, que patrullan sin cesar,
se han co nsiderado fenó menos n aturales o simp les alu cin acio-
n es d e quien es crey eron co nt emplarlas , y q u e son t enido s en
un concepto despectivo, como alienados mentales. Consideran
que no puede haber vidas más importantes que la del Hom-
b re . C o n sid e ra n q u e su es mi r ri ad o mun d o e s la única fu e nte
de toda vida, ignorando que, en el Universo, el número de
mundos habitados es mayor que todos los granos de arena
juntos que se hallan sobre la tierra, y que su mundo figura
entre los más pequeños e insignificantes.
» "C re en q u e ellos son lo s A mo s d e la C re ación y q u e to d os
los animales de su mundo son su presa. La duración de su
vida es el batir de un párpado. Comparados con nosotros,
son igual que el insecto, que v ive un solo día y, en ese b reve
plazo, tiene que nacer, crecer, madurar y aparejarse repetidas
veces, para morir al cabo de unas horas. El término medio
d e nu es tra ex is tenc ia , es de ci n c o mi l a ñ o s ; e l s u y o , d e u na s
po cas d écad as. Y todo esto ha sido establecido por sus creen-
cias peculiares y sus trágicas equivo caciones. Por esta razón,
nos eran desconocidos en el pasado; pero ahora nuestros
sabios nos dicen que en el espacio de medio siglo esos indíge-
nas descubrirán alguno de los secretos del átomo. Podrán,
entonces, echar a rodar su pequeño mundo. Radiaciones
peligrosas pueden esparcirse a través del espacio y originar
una amenaza de polución universal.
»"Cómo no ignoráis muchos de vosotros, los Sabios han decre-
tado que uno de los nativos de la Tierra, que sea aprove-
chable sea capturado por nosotros — ése lo ha sido —, y se le
trat e por unos proced i m iento s qu e le cap ac it en p ara reco rd ar
todo cuanto ahora vamos a enseñarle. Se verá condicionado
de forma que, lo que le habrá sido enseñado, sólo podrá
tevelarlo a quien deberá a su preciso tiempo ser situado en el
mundo con la misión de explicar a todos cuantos quieran
escucharle los hechos tal como han sido y son, y no las fan-
tasías que se han fabricado acerca de los mundos de más
allá de ese pequeño universo. Este nativo que ahora veis ha
sido preparado especialmente y será el recipiente del mensaje

102
que será, más tarde, transmitido a otro ser humano. El es-
fuerzo será muy grande, y después de éste le costará mucho
el sobrevivir; de forma que no es preciso buscar la manera
d e reforzarlo, y a qu e si se nos queda sobre esta mesa nos será
preciso empezar de nuevo a buscar otro que le sustituya. Y
eso, como ya hemos visto, es enojoso.
» "Un co mp añe ro d e a b o rd o , h a o b j et ad o q u e d eb ía mo s h ab e r
eleg ido alg ún n atu ra l de un p aís más d es a rr o llad o ; u n a p e r so n a
que disfrutase de un nivel superior de vida y de categoría
social entre los suyos. Pero, para nosotros, esto hubiera sido
una mala jugada. El adoctrinar un indígena de aquella
cat ego rí a y d e sliga r le d e su s amist ad e s r ep res ent a ría u n s erio
retraso en nuestro programa: Vosotros, todos cuantos os en-
co nt rá is aqu í , po dréis s e r t es tigo s d el actua l r ecu erdo d e l Pa-
sado. Es algo extraordinario; de modo que tenéis que recordar
que os veis favorecidos por encima de los demás."
»Apenas este Grande había terminado de hablar, cuando so-
brevino un extraño crujido, seguido de otros. Entonces una
Voz — pero ¡qué Voz! — inhumana, que no sonaba como de
hombre ni de mujer, me hizo erizar el pelo y crispar mis
poros. "Como Decano de los Biólogos, independiente de la
armada y del ejército — carraspeó esa voz ingrata — deseo que
conste en acta mi disconformidad ante esos procedimientos.
Mi informe completo será enviado al Gran Cuartel por vía
reglamen taria. Ahora, pido ser escuchado ." En tonces , pareció
p roducirse una mueca resignad a en el rostro d e los presentes.
Por un momento se produjo una gran agitación y, entonces,
aquel que había hablado primero de todos, se puso en pie.
"Como Almirante de esta Escuadra", subrayó, secamente,
"tengo a mi cargo esta expedición de vigilancia, sean cuales
sean los especiosos argumentos alegados por nuestro incon-
formista biólogo decano. De todos modos, escuchemos los
alegatos de la oposición. ¡Usted puede continuar, señor bió-
logo!"
»Sin la menor palabra de gracias, ni forma de salu tación algu-
na, la ingrata voz continuó: "Protesto por la pérdida de tiem-
po. Protesto de que se hagan más intentos a favor de esas cria-

103
tu ras i mp e rfectas . En e l p as ad o, cuan do u na raz a s e me ja nte
n o resu l tab a s a tis fa cto ri a era exte rmin ad a y el p lan et a, rep o -
b l a d o . G an e mo s t i e mp o y e x t e r m i n é mo s l e s a n te s d e q u e i n to -
x iq u en el esp a c io . "
» El Almirante , enton ces , in tervin o: "¿Ten éi s algun a ra zón es-
p ecí fica pa ra s osten er q ue so n def ectuo sos , señ o r Bió logo ?"
» "S í, t en g o " , r ep u so co n v o z enf ad ad a el B i ó lo g o . "L as h e m -
b ra s d e l a e sp e c i e h u m a n a s o n d e fe ctu o s as . El me cani s mo d e
su fertilidad es d e fectuo so y sus au ras n o se mu est ran c on-
for m es co n lo p lani fi cad o . Ca ptura mo s un a d e e ll as , en un a de
las me jo r repu tada s áreas de este globo . L a mu jer se pus o a
ch il lar y ag i tarse cu and o le q uitamo s l as ro pas co n qu e se
cu bría . Y cu an do in trod u ji mo s u na cánu la e n su cuerpo , co n
el fin de an al izar su s s ec r eci o n e s , p r i m e r o rea c c i o n ó c o n
h iste r ia y lu eg o perd ió el co n ocimiento . Más tarde , vo lv ien d o
e n s í , a l v e r a l g u n o d e mis a y u d a n te s, p e rd ió la r azó n , co mo
si estuv ie se en diabl ada. No h ubo más remed io que destru ir la .
T o d o s n u e s t r o s d í as d e t rab aj o fu e ro n p e rd id o s. "»

E l v i ejo e r mi ta ñ o cesó d e h ab la r y bebió un sorbo de agu a . El


jo ven mo nj e est aba al lí s e ntado ; se s en tía es tu pe fa ct o y
h orro r iz ado p or las ex trañ as aven turas ocu rrida s a s u
s u p e r i o r. A lg un a s d e l a s d e s c r i p c i o n e s le p a r e c í a n
ex t rañ amen te fami liares . No sab rí a d eci r có mo , p e ro las
ex pli ca cio n es del e re m i ta le prov o cab an ex t raño s
mov i mien to s i nterio res , co mo si se t rata se d e mi e mb r os
su primido s y ah ora reaviv ado s . Co mo si l as ob serv ac ion e s del
er mit año ac tua sen a mod o d e cat ali zad o r . C on to do cuidad o,
sin que se d err amas e un a sol a go ta, el an ci a no dejó a u n lad o
e l c u e n c o d e l a g u a , v o l v ió a j u n t a r l a s ma n o s y p ro s i g u i ó :

« Yo est aba so bre aqu el la mes a , es cuch an d o y enten di en d o


to das y cad a u na de aqu e ll as palab ra s. Tod o temor, to da in-
ce rt idu mb r e me hab í an ab an do nado . Quis e mo s tra r a to da
aquella gen te c ómo un sac e rd ote del Tíb et s abe vivi r, o mo rir.
Mi na tu ral i mp etu osid ad me arras tró a o bs e r var, en vo z mu y
alta. "Ya v éis , Seño r Almi ra nte; vu estro B iólogo es men os
civ i li zado q u e n o sotro s; n o so tro s , n o mat a m o s n i siq u ie ra lo
q ue llama mos an imal es in ferio res . No so t ros s omos c iv i liz a -
104
d o s . " P o r u n m o m e n to , p a re c i ó d et e n e rse la m a r c h a d el T i e m -
po. Incluso la respiración de los circunstantes me pareció
d eten erse. Enton ces, ante mi más p ro funda sorpresa y n atural-
m e n te e st u p o r , s e p ro d u jo u n a p l a u s o e s p o n t á n e o y n o p o c a s
riso tad as . Los pres en t es pal mot eab an , cos a qu e yo in te rpre té
co mo un signo d e ap rob ación hacia lo qu e d ije. Los p resentes
p r o f e r í a n g r i t o s d e a l e g r í a y c ie r t o t é c n i c o q u e e s t a b a c e r c a
de mí se inclinó y me dijo a media voz: "¡Muy bien, Monje,
muy bien! No digáis nada más; no os juguéis vuestra buena
suerte!"
»El Almirante tomó la palabra, diciendo: "El Monje nativo
h ab ló. Ha mostrado , con toda mi satisfacción, qu e es una cria-
t u r a s e n s i b l e y c o m p l e t a m e n t e c ap a c i t a d a p a r a l l e v a r a c a b o la
mi sión q u e se le en co mi end a. Y ado p to d el tod o su s ob ser-
vaciones y las haré constar en mi relación dirigida a los Sa-
bios." El Biólogo soltó agresivamente: "Lo que es yo, me
retiro del experimento." Con esas palabras, aquella criatura-
hombre, mujer, o neutro se marchó con estrépito de la ca-
verna rocosa. Entonces, se produjo un suspiro de alivio; era
patente que el Biólogo Decano, allí, no gozaba de muchas
s i m p a t í a s . C e s a r o n l u e g o l o s r u m o r e s , r e s p o n d i e n d o a a lg ú n
s i g n o d e l a ma n o , q u e n o p u d e percib ir. E n to nce s se p rodujo
u n f ro t e d e p ie s y el su su rro de p ap el es . El cli m a d e expe c ta -
ción puede decirse que era tangible.
» " S eñ o r a s y s e ñ o res — e sc u c h é q u e de cí a la vo z d el Al mi r an t e
—: ahora que ya hemos agotado el turno de ruegos y pre-
guntas, me propongo decir algunas palabras acerca de lo que se
trata, dedicadas a todos aquellos que hoy se sientan por pri-
mera vez en esta Comisión Inspectora. Alguno de ellos ha
podido captar algunos rumores; pero los rumores no bastan.
Voy, pues, a explicar a la Asamblea lo que nos proponemos y
de qué se t r ata, de fo rma que p o d á i s d a r o s p e r fect a cu ent a d e
los acontecimientos que serán el objeto de vuestra partici-
pación.
»"Los habitantes de este mundo están a punto de ir desarro-
llando una técnica, que si no se frena, puede muy bien des-
truirlos a todos. En el curso de todos esos acontecimientos

105
pueden contaminar el espacio de forma que resulten conta-
minados otros mundos jóvenes. Esto, tenemos que prevenirlo.
Como no ignoráis, este mundo y otros del mismo grupo son
campos experimentales para diferentes tipos de criaturas.
Como pasa con las plantas, que la que no es cultivada sólo
es b roz a, en el mu nd o ani m al exis ten lo s ej e mp la r es d e raza
y los bastardos. Los seres humanos de ese mundo pertene-
cen a los segundos . Nosotro s, qu e h emos sembrado este mun-
do con simientes humanas, hemos de asegurarnos de que nues-
tro género destinado a otros mundos no se vea perjudi-
cado.
»"Tenemos aquí d elan te un natural d e este mundo en que nos
hallamos ahora. Es de una región de un país denominado el
Tíb et . Se t ra ta de una t eo c raci a; es d ec i r, qu e s e h al la g ob e r-
nado por un jefe que con ced e la mayo r importancia a la adhe-
sión a una religión determinada, más que a unas doctrinas
políticas. En este país no existen agresiones. Nadie lucha para
arrebatar las tierras de otros. La vida animal es respetada,
exc ep to po r l as cl ase s in fe rio r es, q ue ca si s i empre so n g ent e
nativa de otras co ma rc as . Au nque su re ligió n a nosotros n os
parece fantástica, a ellos les guía en la vida y no molestan
al p ró jimo n i quieren impon er por la violencia sus creencias.
Son muy pacíficos y se necesita un alto grado de provocación
para incitarlos a la violencia. Todas estas razones nos han
inducido a pensar que en este país podríamos hallar un na-
tivo dotado de una fenomenal memoria, que podríamos toda-
vía dilatar. A ese nativo le podríamos inculcar unos conoci-
mientos que él sería capaz de comunicar a otro hombre que
posteriormente situaríamos en este mundo.
»" Mucho s d e v o sotro s o s po d ré is p regu n ta r po r q ué no p od e-
mos el eg i r un rep r esen tan te q ue s ea d irecto . Nues tr a resp ue s-
ta es que no podríamos hacer esto de una manera satisfactoria
del todo, po rque nos conduciría a diversas omisiones y malas
intelig en cias. Se h a pro cedido de esa forma en cierto número
d e c a so s q u e si e m p r e se h an d e mo st rado d es a ce rt ado s . Co m o
veréis más tarde, lo intentamos con buen éxito con un hombre
a quien los terrestres llamaban Moisés. Pero, aun con éste,

106
la cosa no marchó bien del todo y prevaleció algún error y
con fusion es div ersas. Aho ra, p ese a nuestro ven erado Decano
de Biología, vamos a en sayar es te sistema que ha sido pro yec-
tado en un plano superior por nuestros Sabios.
»"De la misma forma con que, con su magnífica habilidad cien-
tífica, millones de años atrás perfeccionaron los vehículos más
rápidos que la luz, ahora han perfeccionado un método para
registrar visualmente los Archivos Akashicos. Por virtud de
este sistema la persona que se halla dentro de un aparato
podrá ver todo cuanto ocurrió en el tiempo pasado. En la
m e d i d a q u e s u s i m p r e s i o n e s p u e d a n e x p l i c a r l e , vivirá t o d a s
las experiencias; verá y escuchará exactamente como si estu-
viese viviendo en aquellas remotas épocas. Para él será como si
estuviese allí. Una extensión especial, que saldrá de su ce-
rebro, nos permitirá a todos y cada uno de nosotros que par-
ticipemos conjuntamente. El — vosotros, digamos nosotros —,
d ejarán a todos los efectos , de ex istir en el momento actual y
transportarán sus sentidos, vista, oído y sensaciones a las
épocas del pasado, cuya vida presente y acontecimientos ex-
p eri men ta re mo s, lo mis mo qu e en la actua li dad es tamos e xp e-
rimentando la vida de a bordo, o la vida en los pequeños
n a v í o s d e p a t r u l l a , o t r a b a j a n d o e n e l m u n d o m u y l e j a n o d e la
superficie, que es el de nuestro s laborato rios subterráneos. Y o ,
personalmente, no pretendo comprender plenamente los
principos que están en juego. Muchos de los aquí presentes
saben más que yo del tema; y ésta es la razón de su presencia
entre nosotros. Otros, con otras ocupaciones, conocerán aún
menos que yo, y esa ellos que se dirigen mis observaciones.
Permitidme que os recuerde que todos debemos tener algún
resp eto p o r l a san tid ad d e la v id a . A lg u n o d e v o so t ros p o d rá
considerar este nativo de la Tierra exactamente como cual-
quier otro animal de laboratorio; pero, como lo ha demostra-
do, posee sus sentimientos. Tiene inteligencia y — recordadlo
b ien — actu almen te, para nosotros, es la criatu ra más valio sa
de este mundo. Por esto se halla aquí. Más de uno ha pre-
guntado: Pero ¿cómo "colmado esa criatura de conocimientos,
podrá salvar el globo?" La respuesta es que no lo hará."

107
»El Almirante hizo entonces una pausa dramática. Yo no
p u d e v e rl e , co mo es n atu ra l; p e ro e stuv e c o n v en cid o d e q u e
los demás experimentaban la misma tensión que a mí me
anonadaba. Entonces prosiguió: "Este mundo está muy en-
fermo. Nos consta que lo está. Ignoramos la razón. Y que-
remos hallarla. Nuestra tarea consiste en reconocer que existe
aquí un estado de enfermedad. En segundo lugar, debemos
conv en cer a lo s h omb res d e q ue es tán enfe rmo s . En te rcero,
les hemos de inducir a que sientan deseos de ser curados.
En cuarto, debemos descubrir concretamente la causa de todos
sus males. Quinto, haremos evolucionar un agente curativo, y
sexto, tenemos que persuadir a los hombres que hagan lo
debido para que la cura surta su efecto. La enfermedad se
relaciona con el aura. Pero, ignoramos cómo. Otro deberá
venir, que no será de este mundo, porque, ¿cómo puede ver
lo s males q u e aqu ej an a su p rój i m o , a q u él q ue p re c i s a me nt e
es ciego?"
»Aquella observación, me causó un sobresalto. Me parecía
cont rad icto ri a; yo era c iego , p ero s e me h ab ía es cog ido p a ra
aquella labor. Pero no; no era así. Yo era meramente el de-
positario de ciertos conocimientos. Conocimientos que harían
posible que otra persona, siguiendo un plan preestablecido,
llev as e a cabo su co met ido . P ero e l Al miran te con t inu ab a s u
discurso:
» "N u e s t r o n a t i v o , u n a v e z e s t é p r e p a r a d o p o r n o s o t r o s y h a -
yamos acab ado nuestra labor p ara con él, será tran spo rtado a
un sitio donde pod rá gozar (desde un punto d e vista humano)
d e u n a muy la r g a v id a . No p o d rá mo ri r sin h ab e r t rasp as ad o
antes s us cono ci mi en to s a o t ra p e r s o n a . D u r a n t e s u s a ñ o s d e
cegu era y sole dad, dis f ru tará de una paz in terio r y de la con-
vicción de llevar a cabo algo que hará mucho bien a este
mun do . Aho ra, h are mos un a ú lti ma co mp rob ación d e las co n-
diciones en que se halla este nativo y luego empezaremos
nuestras tareas."
» En t o n c e s s e e s c u c h ó u n r u i d o , s i b i e n c o n si d e r a b l e , p e r f e c -
tamen te o rd enado . La mesa sob re la cual yo estab a fue levan-
tada y trasladada hacia delante. Me llegó a los oídos el ruido

108
acostumbrado de cristal y metal chocando entre sí. El Ciru-
jano General se me aproximó y me dijo al oído: "Cómo os
encontráis?"
»Apenas me daba cuenta de cómo me sentía ni dónde estaba;
así es que le respondí: "Todo cuanto escuché no ha contri-
buido a que me sienta mejor en ningún modo. ¿Continuaré
sin ver nada? ¿Cómo podré participar de todas esas maravillas si
no se me quiere conceder la vista nuevamente?"
»"Calmaos", susurró levemente. "Todo marchará bien, Vos,
veréis lo más distintamente posible, en el momento opor-
tuno."
» Se calló unos mo men tos, mientras algun a o tra p ersona llegó
hasta él y le hizo una observación. Luego prosiguió: "Ahora
os va a suceder lo siguiente: os pondrán en la cabeza lo que
os hará efecto de ser un sombrero confeccionado con malla
de alambre. Os parecerá frío, hasta que os acostumbréis al
artefacto. Luego os calzarán los pies con algo que os podrá
parecer un par de sandalias, de alambre asimismo. Otros alam-
bres se dirigirán a vuestros brazos. Al principio, experimen-
taréis un cosquilleo más b ien incómodo; pero pasará p ronto y
se acabarán todas las molestias. Reposad, seguro de que os
tratamos con el máximo cuidado posible. Eso tiene la mayor
importancia para nosotros. Necesitamos que resulte un gran
éxito; sería una pérdida considerable cualquier fracaso en el
experimento."
»"Sí", murmuré. "Yo soy el que arriesga más; yo, me juego mi
propia vida."
»El Cirujano General se puso en pie y se alejó de mí. "¡Se-
ñor! ", dijo con una perfecta entonación o ficial en su voz. "El
n ativ o h a sid o , ex a min ad o y a h o ra est á a p u nto. Pid o per m iso
para continuar."
"Se o s co nc ed e, el pe rmiso — rep lic a la v oz g r ave del A lmi -
rante —: ¡Empezad!" Entonces, empezó un "clic", agudo y una
ex cl a mació n co ntenid a. No s é qu é man os me ag ar raro n po r e l
cogote y levantaron mi cab eza. Otras, empujaron algo que pa-
r e c í a s e r u n a b o l s a me t á l i c a d e a l a m b r e f l e x i b l e s o b r e m i c a -
beza e hicieron entrar aquel objeto, siguiendo por mi rostro,
109
h asta la barbilla. Se pro dujeron chasquidos extraños y la bolsa
metálica fu e ceñida sob re mi cara muy apretadamente y la
ataron alrededor de mi cuello. Aquellas manos, luego se re-
tiraron. Mientras tanto, otras se aplicaban a mis pies. Una
sustancia grasienta, de olor nauseabundo, me untaba mis ex-
tremidades inferiores y entonces dos sacos metálicos calzaron
mis pies. Yo no estaba acostumbrado a tenerlos tan ceñidos y
me mol es t aban sobr eman e ra. Pe ro y o n o p o día h ac er n ad a. E l
ambiente de expectación, de tirantez, iba en progresión
creciente.»
Súbitamente, en la cueva, el viejo ermitaño se cayó de espal-
d as. Po r u n la rg o ra to, el jo v en mon j e e st u v o p et ri fi cad o d e
horro r ; despué s, galv anizado por la u rg en c ia , se p u so d e p ie
de un salto y buscó a tientas debajo de la piedra, el frasco
d e aq u el la med icin a p rep arad a p a ra u n se mejant e caso de ur-
g en cia. Arrancando el tapón con manos temblo rosas, cayó d e
rodillas al lado d el anciano e in trodujo forzadamente algunas
gotas de aquel líquido entre los labios entreabiertos del er-
mitaño . Mu y cuidados a men te, lu ego, v olv ió a tap ar el fras co
y lo dejó al lado del cubo del ag ua. Después meció la cabeza
del viejo sobre su regazo y frotó con decisión las sienes
de aquél.
Gradualmente, un pálido rastro de color volvió a sus meji-
llas. Gradualmente, se produjeron signos de que el anciano se
est aba recob r a nd o. Po r fin, t e mb l o t e a n d o , e l e r mi tañ o m o v i ó
su mano, diciendo: «¡Ah, muy bien, muy bien!, hijo mío.
¡Muy bien hecho! Tengo que reposar un rato, ahora...»
«Venerable — dijo el joven monje —, reposad ahora. Os voy a
p r e p a r a r u n t é c a l i e n t e ; t e n e m o s u n p o c o d e a z ú c a r y ma n t e -
quilla en cantidad suficiente.» Delicadamente, colocó su propia
sábana pleg ada bajo la cabeza del anciano y se levantó. «Voy
a poner el agua en la tetera», dijo buscando el caldero que
sólo estaba medio lleno de agua.
E r a e x t r a ñ o , a h o r a q u e s e e n c o n tr a b a d e n t r o d e l a i r e f r e s c o ,
reflexionar sobre las cosas marav illosas q ue había escu chado.
Extrañ o, porque le resu ltab an familiares. Familiares, si bien
olvidadas. Era una cosa parecida al despertar de un sueño

110
— pensó —. Sólo que estos recuerdos volvían a su reminis-
cencia, en vez de disolverse como los sueños. El fuego con-
tinuaba encendido. Rápidamente, echó en la hoguera unos
puñados de pequeñas ramas. Densas nubes azules se levanta-
ron y ondearon por los aires. Una brizna de aire vagando
alrededor de la montaña dirigió un hilo de humo sobre el
j o v e n mo n j e y l e o b l i g ó a r e t r o ce d e r t o s i e n d o y c o n l o s o j o s
lagrimeando. Una vez se hubo recobrado, puso el recipiente
en el centro d e la ho guera, ahora b rillante. Dando una vuelta, e l
j o v e n e n t r ó d e n u e v o e n l a c u e v a , p a r a c e r c i o r a r s e d e q u e el
ermitaño se estaba restableciendo.
El viejo yacía sobre un lado, evidentemente bastante reco-
brado. «Tomaremos algo de té y un poco de cebada — dijo —, y
después descansaremos hasta mañana — y prosiguió —, porque
debo conservar mis débiles fuerzas que, de otro modo, me
fa ll ar ían y n o p o d rí a d ej ar mi lab o r co mp le t a.» El jo v en mo n je
se dejó caer de rodillas al lado d e su mayor y miró aquella
figura delgada y devastada.
«Será como vos queráis, Venerable» , asintió. «Yo ahora en tro
para ver si todo está en orden y luego traigo la cebada y lo
que se necesita para el té.» Después, se puso de pie y se fue
al final de la cueva para juntar las provisiones dispersas.
Tristemente, miró el azúcar que había quedado en el fondo
del saco. Más tristemente, los restos de la mantequilla, redu-
cid os a un a p e queñ a p o rción . En ca mb io , el té abu nd ab a rela-
tivamente; bastaba con romper la pastilla y separar lo que
era sólo broza. También había cebada suficiente. El joven
monje decidió privarse del azúcar y la mantequilla, a fin de
que el anciano pudiese disfrutar de ambos.
Por la parte exterior de la cueva, el agua burbujeaba alegre-
m e n t e e n l o q u e h a c í a l a s v e c e s d e c a l d e r o . E l j o v e n mo n j e
echó el té al agu a h irvien te y un p ellizco d e bórax p ara que le
realzara el gusto. Mientras se dedicaba a esto, la luz del día iba
menguando y el sol corría al ocaso rápidamente. Aún que-
d ab an, sin embargo, muchas cosas cosas po r hacer. Había que
traer más leña y agua, y el joven no había salido aún
para ninguna de estas cosas. De momento, volvió a entrar

111
rápidamente en el interior de la cueva. El viejo ermitaño,
sentado, aguardaba su té. Sobriamente, esparció una poca
cebada dentro del cuenco, echó una pequeña mota de
mantequilla y tendió la vasija para que el joven monje se
la llenase de té. «Es un lujo cómo no lo tuve durante
sesenta años», exclamó. «Pienso que se me perdonará por
disfrutar de una bebida caliente después de un tiempo tan
largo. No pude conseguirlo nunca. Una vez que probé
encender fuego, sólo de intentarlo pegué fuego a mis
vestiduras. Me quedan aún algunas señales de las llamas en
mi cuerpo; pero ya sanaron, aunque tardaron bastantes
semanas. Lo que trae el querer regalarse a uno mismo.»
Hizo un pequeño suspiro y sorbió el té.
«Vos tenéis una ventaja sobre mí», dijo riéndose el joven
monje. «Claridad y oscuridad son lo mismo para vos. Yo,
en cambio, con la oscuridad, he derramado el mío por el
suelo.» «¡Oh! — exclamó el anciano —, aquí está el mío.»
«De ningún modo, Venerable», replicó el joven con
vehemencia. Tenemos de sobra. Yo me serviré algo más.»
Durante un tiempo estuvieron en compañía y en silencio
hasta que el té se hubo terminado; entonces, el joven
monje se puso de pie y dijo. «Me marcho por más agua y
leña. ¿Puedo llevarme vuestro cuenco para lavarlo?»
Dentro del recipiente grande, ahora vacío, metió ambos
cuencos y el joven salió de la cueva. El viejo ermitaño
estaba sentado y tieso, aguardando, como había aguardado
por varias décadas en el pasado.

El sol se había puesto. Sólo en las cumbres reinaba una luz


de oro, que ya viraba hacia el púrpura a medida que el
joven monje lo iba contemplando. En la lejanía, en las
oscuras faldas de los montes, se iban encendiendo
pequeñas motas de luz. Eran las lámparas de mantequilla
que brillaban a través del aire frío y nítido del llano de
Lhasa. El perfil sombrío del convento de lamas de Drepung
relucía como una ciudad amurallada, más abajo, siguiendo
el valle. Aquí, en el mismo flanco de la montaña, el joven
pudo divisar desde las alturas la ciudad, los conventos de
lamas y seguir el brillo del río Ale-

112
gra. Más lejos, el Potala y la Montaña de Hierro aún resulta-
ban imponentes, por mucho que en apariencia se viesen em-
pequeñecidos por las distancias tan considerables.
Pero no había tiempo que perder. El joven monje se repren-
dió a sí mismo, lleno de una viva indignación por su propia
pereza, y se apresuró a lo largo del sendero a orillas del lago. A
toda prisa, llenó el recipiente y lavó los dos cu encos, como
antes había lavado aquél, y regresó por el mismo camino,
l l e v a n d o e l r e c i p i e n t e c o n l a g ru e s a r a m a q u e l e s e r v í a p a r a
manejarlo. En aquel momento, cumo se detuviese unos mo-
mentos para descansar, ya que la rama era larga y pesante,
miró hacia atrás por donde había el paso de la montaña que
conducía a la India. Allí tembloteaban unas lucecitas que
d ela tab an la p r esen ci a de un a caravan a de mercad e res , a c a m-
p ado s p or la n och e. N ad i e v i aja p o r l a noc he. El corazó n d e l
joven latió con fuerza. Mañana, los mercaderes volverían a
e mp r end e r su l en to v ia je a lo la rgo de la pist a de la mont añ a y
sin duda establecerían su campamento a orillas del lago,
antes de proseguir hasta Lhasa, el día siguiente. ¡Té, mante-
q u i l l a ! El j o v e n s o n r i ó p a r a s í y v o l v i ó a ca r g a r c o n s u s p r o -
visiones como renovado.
«¡Venerable!», anunció al entrar a la cueva con el agua. «Hay
unos mercaderes en el paso de la montaña. Mañana tendre-
mos mantequilla y azúcar. Estaré de guardia entretanto.» E l
anciano se sonrió levemente, mientras decía al joven:
«Muy bien. Pero, lo que es ahora, durmamos.» El joven le
ayudó a ponerse en pie y le guió la mano hasta la pared.
Vacilando, el ermitaño se fue a su habitación interior. El
joven monje se echó, después de haber limpiado la depresión
d o n d e t e n í a s u y a c i j a . D u r a n t e u n r a t o e s t u v o p e n s a n d o en lo
q ue h abí a escu ch ado . ¿Era ci erto o n o qu e lo s ho mb res eran
só lo y erb ajo s? ¿N ad a más qu e u nos ani m al es exp eri men ta les?
« No — p en só —, alg u n o d e n o so tro s h ac e to do lo p osib le para
ob rar lo mejor que sabe en circunstancias d ifíciles; y n u e s t r o s
t r a b a j o s s i r v e n p a r a a n i m a r n o s a e s c a l a r h a c i a a r r i ba, porque
siempre, en las cumbres, hay sitio.» Pensando esas cosas, se quedó
profundamente dormido.
Capítulo séptimo

El joven monje se revolvió con un estremecimiento. Soño-


liento, se frotó los ojos y se sentó. La entrada de la cueva
era de un gris oscuro y borroso, contra la negrura del interior.
El frío hacía sentir su aguijón. Rápidamente, el joven se
vistió y se apresuró hacia la entrada. El aire allí era muy frío, y
el viento aullaba entre las ramas y carraspeaba entre las
h ojas secas . L os páj a ros p eq u eños s e h ab í a n r e s g u a rd a d o d e l
viento colocándose al amparo de los troncos. La superficie
d e l l a g o s e a g i t a b a y a l b o r o t a b a l e v a n t a n d o u n o l e a j e q u e se
ro mp í a con tra las o ri ll as, o b lig and o a l as cañ as qu e se en-
corvasen, protestando contra la fuerza que se les hacía.
El día, recién nacido, era gris y alborotado. Nubes amonto-
nadas sobre los perfiles de las montañas flotaban y descen-
d ían po r las cu estas, como reb años de ovejas perseguidos por
los perros del cielo. Los pasos de la montaña estaban escon-
d idos p or nubes tan negras como las rocas mismas. Las nubes
c o n t i n u ab a n d es c e n d ie n d o , b or r a n d o e l p ai saj e, in und an d o la
m e s e t a d e Lh a s a d e n t r o d e m a r e s d e n i e b l a . U n s ú b i t o s o p l o
d e v ien to, y la tropa de nubes, pareció barrer al joven monje.
De tan espesas como eran no pudo continuar viendo la en-
trad a d e la cue va. No po d ía ver su mano a p oca d ist an cia d el
rostro. Ligeramente a su izquierda, la hoguera emitía silbidos y
salpicaduras al caer sobre ella los relentes de la niebla.
Apresuradamente quebró algunos palos y los apiló encima
del fuego todavía en rescoldos. La leña húmeda crujió y humeó
mucho rato antes de inflamarse. Los mugidos del viento su-
bieron de punto hasta convertirse en chillidos. La nube se
hizo aún más espesa y el golpeo violento de las piedras del
granizo obligó al joven monje a buscar refugio dentro de la
cueva. De la hoguera se escaparon unos silbidos y el fuego
murió poco a poco. Antes de que se extinguiese del todo, el
j o v e n a p a r t ó u n a r a m a t o d a v í a e n c e n d i d a . P r e s u r o s a m e n t e , la
llevó hasta la misma boca de la cueva, a cubierto de lo peor
114
de la tormenta. Con menos fortuna, salió de nuevo a salvar
tanta leña como fuese posible, ya que las aguas se la llevaban en
su curso torrencial.
Estuvo mucho rato realizando un gran esfuerzo. Luego, qui-
tándos e la rop a y escu rri éndola, y a qu e est ab a e mp ap ad a p o r l a
lluvia. Actualmente, la niebla invadía la cueva y el joven
monje tuvo que seguir su camino de regreso a tientas, hasta
que llegó a la gran roca, bajo la cual acostumbraba dormir.
«¿Qué pasa?», interrogó la voz del ermitaño.
«No os preocupéis, Venerable», replicó el joven amablemente.
«Las nubes nos han caído encima y nuestro fuego práctica-
mente se apagó.»
«No hay que preocuparse — dijo filosóficamente el viejo — el
agua existió antes que el té; bebamos, pues, agua y dejemos
para más adelante el té y la tsampa hasta que el fuego lo
permita.»
« De acuerdo, Venerable», respondió el joven . « Veré si pu edo
alumbrar de nuevo una hoguera, al amparo de la roca; pude
salvar una rama encendida, a tal propósito.»
E l jo v en s e d i r ig ió d e n u ev o a la ent r ada . E l g r ani zo caía, es-
p eso; todo e l s u elo est aba cu bie rto d e l a g r anizad a y l a o scu-
rid ad era aún más in tensa qu e an t e s . S e p r o d u j o u n r e s t a l lid o
como de látigo, seguido del profundo rumor de un trueno, o
tal vez de una peña que había sido partida por el rayo. El
joven monje se preguntó si alguna otra ermita se había visto
arrastrada como una hoja al viento, dentro de la tempestad;
se estuvo un rato escuchando, procurando oír alguna voz pi-
diendo socorro. Entonces regresó a la cueva y se agachó sobre
la rama que todavía se veía ardiendo. Con todo cuidado, le
a r r i m ó p e q u e ñ o s p e d a z o s d e r a m i t a s y a l i m e n t ó n u e v a m e n t e el
fuego . D ens as nubes de humo s u rg i e r o n e n t o n c e s y f u e ro n
empujadas por el viento en dirección al valle; pero las llamas,
preservadas por el saliente de las peñas, crecieron con toda
pausa.
Dentro de la cueva, el anciano ermitaño estaba temblando,
porque el aire, húmedo y frío, traspasaba su delgado y man-
chado manto. El joven monje pensó en su propia capa; pero

115
también ésta se hallaba empapada. Guiando con la mano al
viejo monje le condujo poco a poco hasta la entrada de la
cueva y le hizo sentar allí. El joven monje, con todo cuidado,
iba empujando las ramas encendidas, acercándolas al anciano,
para que pud ie se not ar el ca lor y n o t ar alg ú n aliv io d el f rí o .
« V o y a p r e p a r a r a lg o d e t é — d ijo —; aho r a el fueg o es s ufi-
ciente.» Diciendo estas palabras entró a la cueva por el
recipiente de agua y volvió con éste y la cebada. «Voy a
llenar sólo hasta la mitad del agua — observó —, ya que el
fuego es demasiado pequeño, y tendríamos que esperarnos
demasiad o.» Se sentaron después el uno al lado d el otro, pro-
tegidos de las peores embestidas de los elementos, por el techo
rocoso y el saliente lateral de la entrada. Las nubes eran
densas y no se escuchaba el canto de ningún pájaro.
«Será un invierno muy rudo», exclamó el viejo ermitaño.
«Por fortuna para mí, no tendré que soportarlo. Cuando os
haya comunicado todo mi saber a vos, podré abandonar mi
existencia y me veré libre para mi partida a los Campos Ce-
lestiales donde, de nuevo, podré gozar de la vista de mis
ojos.» Meditó luego unos minutos en silencio, mientras el
j o v e n m o n j e c o n t e m p l a b a l a f ig u r a d e l h u m o s o b r e l a s u p e r -
ficie de las aguas. Entonces, prosiguió: «Es, ciertamente, muy
duro agu ardar todo s estos años en la más total o scuridad , sin
ningún hombre a quien llamar "amigo", y viviendo en tal
estrechez que hasta el agua caliente parece un lujo. Se han
arrastrado los años a mi alrededor y he transcurrido una larga
existencia sin haber viajado más que lo que hice hoy, para
lleg a r al lado de est a hogue ra. Po rqu e, d e tanto tie mpo co mo
p e r m a n e c í si l e n c i o so , h a s t a m i v o z s e meja u n est e rto r ron co .
Hasta que vos llegasteis, no tuve fuego, ni calor, ni compañía,
cuando el trueno estremecía la montaña y las rocas que se
derrumbaban amenazaban emparedar mi refugio.»
El joven monje se puso en pie y arropó la sábana secada al
fu ego sobre las flacas esp aldas de su mayo r y se dirigió hacia
el bote de agua, cuyo contenido ahora burbujeaba alegre-
mente. Dentro del agua, el joven echó un abundante pedazo
del ladrillo de té. Cesó, entonces, el burbujeo; pero no tardó

116
mucho en volver a humear el caldero, y entonces se añadió
azúcar y bórax al agua. El tronco, recién descortezado, fue
aplicado enérgicamente, y un a astilla p lana fu e utilizada para i r
q u i t a n d o l o p e o r d e l o s t r o n c o s y l a b r o z a q u e f l o t a b a n e n la
superficie.
El té tibetano — té de la China — es la forma más barata de
té , con s ist ent e en ba rredu r as d el s u elo d e cal idad es mejo res .
Es lo que queda después que las mujeres han recolectado
las hojas más escogidas y han dejado de lado el polvillo. El
conjunto de esos desperdicios se prensa en bloques o en la-
drillos, y se transporta sobre los pasos del Tíbet, donde los
tibetanos, a falta de mejor, adquieren dichos ladrillos a cam-
bio de otros artículos y usan ese té como uno de los ingre-
dientes de su duro existir. A ese té hay que añadirle bórax,
porque dicho té es tan crudo y fuerte que con frecuencia
o cas io na ramp as d e l estó mag o. La o p eració n d ef in it iva , c uan -
do se hace el té, consiste en quitarle las impurezas de la
superficie.
«Venerable maestro», preguntó el joven monje. «¿No estuviste
n un ca en l as o r ill as del l ag o? ¿No t e h as pas eado a lgu na ve z
po r el ancho bord e de las rocas, a la derecha d e la cueva?» « N o
— replicó el ermitaño —; desde que fui depositado en esta
c u e v a p o r l o s H o m b r e s d e l E s p a c i o , j a m á s h e i d o m á s lejo s
qu e dond e aho ra estamo s. ¿Qué interés p odía ofrecerme el ir
más le jo s? No podía ver n ada de lo qu e est ab a a mi al r e dedor,
ni podía arriesgarme con seguridad hasta las orillas del lago,
con peligro de caer en él. Después de tantos años dentro d e l a
c u e v a y ' e n l a o s c u r i d a d , s i e n t o q u e l o s r a y o s d e l s o l h ieren
mi ca rn e. Lo s p ri m ero s ti e mp os de mi est anc ia en es ta c u e v a
a c o s t u m b r a b a a b u s c a r a t i e n t a s m i c a m i n o h a s t a e s e pu nto
p ar a ca len ta r m e al so l ; p e ro d esd e l a rg o tie m p o pe r ma n e z c o
siempre en el interior. ¿Cómo está hoy el día?» «Muy mal,
Venerable», replicó el joven monje. «Puedo ver nuestra
h o g u e r a y l a s • f o r m a s b o r r o s a d e u n a r o c a l e j a n a . E l re sto e stá
en neg re cido po r u n a nieb la g r is esp esa y p eg ajo s a. Llegan los
nubarrones por la montaña; la tempestad nos viene de la India.»

117
Distraídamente, contemplaba sus propias uñas. Habían crecido
mucho . Resultab an incómod as. Mirando a su alred edor, halló
u n p edazo de p ied ra d el ezn ab le, pi ed ra ca í d a p or l as l ade ras
de la montaña procedente de algún fenómeno volcánico de
la antigüedad. Con toda energía, frotó esa esquirla contra sus
u ñ as h as ta q u e las r ed u jo a u n as p ro p o rc io n es más có mod a s.
Las uñas de los pies, pese a que eran más duras y resistentes, el
joven monje, resignadamente, trabajó hasta que quedaron a su
entera satisfacción.
«¿No podéis ver ninguno de los pasos de la montaña?», pre-
gutó el anciano. «¿Es que los viajeros se encuentran parali-
zados por las nieblas de la montaña?»
« Con toda seguridad», ex clamó el joven mon je. «Deben estar
pasando sus rosarios, esperando así apartar a los demonios.
No l es ve remo s hoy. Vend rán a nosotros c uando se lev an ten
las nieblas. Y, aun, hay que contar con que el suelo está cu-
bierto de granizo congelado. Ahí mismo, delante de nosotros,
forma una espesa capa.»
«Bien; entonces — continuó el anciano —, podemos proseguir
nuestra conversación. ¿Hay más té, por ventura?»
«Sí; lo hay», replicó el joven monje. «Voy a llenar vuestra
taza; pero tenéis que beberlo rápidamente, si no se os va a
enfriar en un momento. Ahí está. Voy a añadir leña a la ho-
guera.» El joven monje, después de haber puesto el cuenco en
las manos extendidas del anciano, se levantó a por más leña
q ue ani m as e el fu ego . « Qu i e r o tra e r más t ro n cos y ra mas d el
b osq ue d e en f r ente , b ajo la ll u via» , an un ció , c a min ando d e n-
tro de la niebla. No tardó en regresar, cargado con aquellos
troncos y ramas mojadas. Entonces situó su carga, ordenán-
dola alrededor del fuego, para que se secase con el humo
caliente. «Ahora, Venerable — le dijo al propio tiempo que se
sentaba a su v era —, estoy completamente listo para escu char
cuanto queráis explicarme.»
Durante algunos minutos, el viejo permaneció en silencio, pro-
b ablemen t e re memo rand o en su i m ag in ació n aq ue llo s leja nos
días. «Es extraño», observó como de paso. «Estarme aquí como
el más pobre de los pobres, y revivir en la imaginación todos

118
los portentos que he presenciado. Experimenté grandes co-
sas, he visto muchas y me ha sido prometido mucho. El due-
ño de los Campos Celestiales está ya a punto de darme la
bienvenida. Una de las cosas que aprendí, y vos no tendréis
que olvidarla en los años venideros, es la siguiente: Esta vida es
sólo una so mbra d e existencia. Si realizamos nuestra lab or en
esta vida, podremos ser admitidos en la vida real de más
arriba. Lo sé porque lo he visto. Pero continuemos por el
orden con el cual se me ha encomendado explicar las cosas.
¿Dónde estábamos?»
Vaciló y se d e tu vo u no s inst an te s. El jov e n monj e ap ro v echó
la ocasión para añadir leña al fuego. El ermitaño continuó:
«Sí; la tensión de la atmósfera en la caverna fue creciendo
continuamente hasta un punto insostenible, y yo era el que
se hallab a en mayor tensión d e todos . Al fin, la tensión alcanz ó
un punto casi insostenible. El Almirante, entonces, pro-
nunció unas breves órdenes. Entonces se produjo un movi-
m i e n t o d e t é c n i c o s a m i a l r e d e d o r y u n c h a s q u i d o s ú b i t o . En
el acto, yo experimenté como si todos los tormentos del infiern o
b ro t a s e n a t r a v é s d e m i c u e r p o . E ra co m o s i f l o t as e y me
sen tí a a pu n to d e estall ar . Ra yo s en zig - zag se en cen dí an p o r
el ámbito de mi cerebro y mis órbitas privadas de ojos me
parecía como si estuviesen colmadas de carbones encendidos.
S e p r o d u c í a n , e n m í , v u e l t a s d e n t r o d e l a c a b e z a , a g u do s y
doloroso s chas quidos. Me se ntía co mo g ira ndo y ro dan do por
la eternidad. Crujidos, estallidos y horribles estruendos me
acompañan sin cesar.
»Caía siempre más abajo, girando y volteando la cabeza por
d eb ajo de mis talones. L uego tuv e la sensación de un largo tubo
d e co lo r neg ro en un o d e cuy o s ex tr emo s ap arec ió un a lu z de
color rojo sanguinolento. Entonces, cesó aquel volteo y me vi
lentamente ascend ien do aquella luz. A v eces, me deslizab a
h a c i a a b a j o ; e n o t r a s , m e d e t e n í a ; p e r o s i e m p r e u h e mp u j e
penoso, va cil a n te, vo lví a a ll evá rs e m e p e n o s a men te , v a c i l a n -
temente; pero siempre hacia arrib a. Por fin, llegué a la fuente
de aquella luz sanguinolenta, y no pude avanzar más. Una
piel, una membrana o "algo" obstaculizaba mi camino ade-

119
lante. Repetidas veces fui lanzado con violencia contra el
obstáculo. Otras tantas no logré pasar. Crecían mi dolor y
terror. Una violenta impresión dolorosa me invadió y una
esp antosa fu erza me empujó repetidamen te con tra la barrera;
se escuch ab a un son ido agudo y d esgarrado r. Ento nces me v i
lanzado a gran velocidad a través del obstáculo que se pul-
verizaba.
»Vertiginosamente yo subía; mi conciencia se oscureció y llegó
el momento que se apagó del todo. Experimentaba la vaga
impresión d e una in terminable caída. En mi cerebro, una voz
gritaba. "¡Sube, sube!" Me inundaron unas olas de náusea.
Y la Voz, imperiosa, me exhortaba. "¡Sube, sube!" Por fin,
lleno de exasperación, me esforcé en tener los ojos abiertos y
ten e rme so b r e mi s pies . Pero , no fue p osib le; ¡no ten ía cue r-
po! Era un espíritu desencarnado, dueño de vagar adonde
quisiera de este mundo. ¿Este mundo? ¿Qué era, este mun-
do? Miré h acia arriba y creció mi extrañ eza d e la escena qu e
yo contemplaba. Los colores eran, todos, falsos. La hierba
era verde y las rocas, amarillas. El cielo, era de un tinte verde
y se divisaban dos soles. El uno era de un azul-blanco y el
otro , ana ran jad o. ¿L as so mb ra s? No h ay m an er a d e d esc r ib i r
las sombras que proyectan dos soles a la vez. Pero, todavía
más raro, se veían estrellas en el cielo. En pleno día. Eran, las
estrellas, de todos los colo res: ro jas, azu les, verd es, de color
de ámbar, e incluso algunas eran blancas. No estaban despa-
rramadas como lo están los astros a los cuales estamos acos-
tumbrados. Allí las estrellas cubrían el cielo, como los gra-
nos de arena tapizan enteramente el suelo.
»De lejos, llegaban rumores, ruidos. Pero por mucho que
esforzásemos nuestra imaginación no podríamos llamar mú-
sica a todos aquellos ruidos; sin embargo, no hay duda que
t o d o a q u e l l o e r a m ú s i c a . La V o z s e h i z o e s c u c h a r d e n u e v o ,
fría, implacable: «Muévete; decide por ti mismo adónde ne-
cesitarás ir"; de manera que yo pensé dirigirme a la zona
de donde me ll egab an los son idos. Y y a est a b a en el la . Sob re
un terreno llano, cubierto de hierba roja, bordeado de árbo-
}es de color de púrpura y de naranja, danzaba un grupo de

120
gente joven. Algunos iban vestidos de colores vivos; otros no
llevaban vestidura alguna. Con todo, estos últimos no provocaron
en mí la menor reacción adversa. A un lado iban otros tañendo
instrumentos cuya descripción rebasa mis facultades. El ruido
que armaban, me es igualmente imposible describirlo. Todas las
notas me resultaban desafinadas, y el ritmo, para mí, no tenía
sentido alguno. "¡Mézclate con ellos!", me ordenó la Voz.
»Inmediatamente, me vi flotando por encima de ellos, y me
ordené a mí mismo ir sobre un trozo de aquel prado y me sentí
sobre aquél. Era tan caliente que temí lastimarme los pies; pero
recordé que yo no tenía pies, ya que era un espíritu de-
sencarnado. Lo que luego ocurrió me lo demostró bien claramente:
una muchacha desnuda, persiguiendo a un joven cubierto de brillantes
vestiduras, pasó a través de mí sin darse ellos cuenta. La
muchacha aprisionó a su hombre y enlazándole con sus brazos lo
llevó fuera del prado, tras los árboles, y del sitio donde se
detuvieron me llegaron algunos chillidos y exclamaciones de
placer. Los instrumentistas continuaron con sus dislates
musicales, y todo el mundo pareció hallarse en extremo
complacido.
»Subí, luego, por los aires y no por mi propia voluntad. Me veía
dirigido como una corneta cuyo hilo maneja un chaval. Siempre
más alto, yo ascendía por los aires hasta que, por fin, pude
divisar el brillo del agua. ¿Era, verdaderamente, agua? El color
era de espliego pálido, que mandaba destellos de oro al rizarse
las olas. "El experimento me ha matado", juzgué entre mí.
"Ahora estoy en el Limbo, en la Tierra de las Gentes olvidadas.
Ningún mundo contiene tales colores ni cosas tan singulares."
"¡No!", murmuró aquella inexorable Voz, dentro de mi cerebro.
«El experimento ha tenido buen éxito. Tendréis su debido
comentario de todo cuanto ahora sucede, para que estéis más
informado. Es vital que comprendáis todo cuanto se os muestre.
¡Poned toda atención!" "¡Toda mi atención! ¿Podía acaso hacer
otra cosa?", pensé tristemente.
»Me remonté cada vez más alto. Muy lejos, divisé refulgentes
rayos en el horizonte. Eran extrañas y espantosas formas que

121
all í s e co ntemp laban , semej an tes a los d iab los de las pu ert as
d el In fiern o. Pod ía distinguir también man chas d ébiles d e lu z
que se caían y ascendían, yendo de una forma a otra, de aqué-
llas. Todo alrededor de ellas existían amplios caminos que
irradiaban de cada una de aquellas formas, igual como los
pétalos de las flores se alejan radialmente del centro. Todo
aquello era, para mí, un misterio; no podía imaginar cuál
pod ía ser la natu raleza de todo aquello; sólo podía flotar por
los aires, lleno de sorpresa.
»Bru s ca m ent e, me s en tí lan zad o d e n uev o a velo cidad acel e-
rad a. De scen dí a la altu ra d e mi v u elo . Mi d escens o , d el to d o
involuntario, se dirig ía hacia un punto donde pu de distinguir
varias cas as in d iv idua les espa rcidas a lo l arg o d e u nas ca rre-
teras dispuestas de forma radial. Cada cas a me p arecía tener,
a lo menos, el tamaño de las que son propiedad de la más
alta aristocracia de Lhasa, cada una ocupando una porción
crecida de terreno. Extrañas estructuras de metal se apelotona-
ban a través de los campos, efectuando trabajos que sólo un
agricultor puede relatar puntualmente. Mas, cuando estuve
más ce rc a, me d i cu en ta d e q u e s e t rat ab a de u na g ran finca,
donde flotaban sobre unas aguas poco profundas unas planchas
perforadas. Encima de aquéllas había un gran número de
plantas maravillosas, cuyas raíces se arrastraban dentro de las
aguas. Tanto por su belleza como por su tamaño, aquellas
plantas eran mucho mayores que las que usualmente crecen
sobre el suelo. Contemplándolas, me llenaba de maravilla.
»De nuevo me remonté de aquellos parajes y podía ver ma-
yores horizontes a lo lejos. Aquellas formas que tanto me
habían in t rig ad o cu and o las v eía d esd e l ejo s , es tab an much o
más cerca; p ero mi cerebro obtuso no se hallaba en situ ación
de comprender lo que veía; era demasiado impresionante;
parecía increíble en exceso. Yo era un pobre tibetano, sim-
plemente un humilde sacerdote que nunca había pasado de
u n a c o r t a v i s i t a a K a l i mp o n g . P e r o , e n a q u e l l o s p r e c i s o s
instantes, ante mis extrañados ojos — ¿pero yo tenía ojos?
—asomaba una grande, una fabulosa ciudad. Torres
inmensas, en espiral, se elevaban tal vez unos
setecientos me-
122
tros en el aire. Cada una de ellas poseía un balcón en espiral,
del cual irradiaban, sin que se viese ningún apoyo, unas ca-
lles que entre todas tejían una telaraña, espesa cual no lo
son tejidas por las propias arañas. Dichas calles se hallaban
ate st adas po r una rápid a mu chedu mb re . Ha cia a r rib a y h a cia
abajo oscilaban pájaros mecánicos cargados de gente. Cada
uno de ellos se las arreglaba para no chocar con los demás
con una habilidad que me llenaba de sorpresa. Uno de aque-
llos pájaros veloces vino hacia mí. Vi un hombre que iba
delante de todo, guiándolo; pero él no me veía. Todo mi
cuerpo se contrajo y se retorció de terror, pensando en el
choque inevitable; pero el artefacto se me acercó, veloz, a
tr av és mío , y _n o m e p as ó n ad a . ¿Qu é era, y o? Sí; recu erd o,
era entonces un espíritu desencarnado; pero quisiera que
alguien explicase a mi cerebro la razón por la cual experimen-
tab a e mo c ion e s — p r incip almente la d el mied o — , igu al qu e
un cuerpo normal y entero en mi caso habría experimen-
tado.
» Yo v ag ab a entre aqu ellas torres en esp iral y me co lump iab a
so b re las c al le s. A c ad a p u n t o , d es cu b r ía n u evas ma r av il l as.
En c iertos alto s nivel es, se v eían estup end o s ja rd in es co lg an -
t e s . H a b í a c a m p o s d e j u e g o de u n a i n c r e í b l e b e l l e z a p a r a l a
gente noble. Pero, todos los colores estaban equivocados.
Y la gente también. Unos eran gigantes y otros enanos. Al-
gunos tenían cosas de seres humanos y otros de aves, el
cu erpo q ue par ecí a hu mano y que pos eía un a pe rfect a c ab eza
de pájaro. Algunos eran blancos; otros, negros, o colorados,
al paso que otros eran verdes. Eran de todos los colores, no
si mp lemente matice s o tint es, si no co lo res p ri m ar io s b i en de-
finidos. Algunos de ellos poseían cuatro dedos, con un pul-
gar en cada mano. Pero los había que tenían, en cada mano,
nueve dedos y un par de pulgares. Un grupo ostentaba sólo
tres dedos, cuernos a lado y lado de la testa y un rabo. Mis
nervios no aguantaron más ante aquella visión y, por mi volun-
tad, me elevé por los aires con toda velocidad.
» Desd e mis nuevas alturas la ciudad se veía claramente como
cubría un vasto espacio; se extendía tanto como podía alcanzar

123
mi vista; pero en uno de sus extremos distantes, se divisaba
un claro que estaba libre de altas edificaciones. Allí, el
t r á f i c o a é r e o e r a i n t en s í s i m o . U n o s t i l d e s b r i l l a n t e s ( a s í l o
parecían por la distancia) se remontaban con una velocidad
que desafiaba la vista y seguían por un plano horizontal. Me
vi marchando por los aires hacia aquel distrito. Al
a p r o x i m a r m e , me d i c u e n t a d e q u e t o d a a q u e l l a á r e a p a r e c í a
fabricada de cristal, y en su superficie se descubrían raros
a p a r a t o s m e t á l i c o s . A l g u n os e r a n e s f é r i c o s y , p o r l a
dirección que llevaban, parecían viajar más allá de los
confines de aquel mundo. Otros, parecidos a dos hemisferios
de metal unidos por los bordes, también parecían destinados
a viajes fuera de su mundo. Mas había otros que parecían
lanzas disparadas. Observé que, después de ganar cierta
altura, adoptaban una trayectoria horizontal y viajaban hacia
a l g ú n s i t i o , p a r a m í d e s c o n o c i d o , d e a q u e l m u n d o . El
movimiento era vertiginoso y yo apenas podía creer que tanta
g e n t e p u d i e s e c a b e r e n u n a c i u d a d . To d o s l o s h a b i t a n t e s d e l
mundo estaban allí congregados, pensé. Pero ¿quién era yo?
Me sentí lleno de pánico.

» L a V o z m e r e s p o n d i ó : "T i e n e s q u e s a b e r y e n t e n d e r q u e l a
T i e r r a e s s ó l o u n p e q u e ñ o es p a c i o ; l a Ti e r r a e s u n o d e l o s
más diminutos granos de arena a orillas del Río Feliz. Los
demás mundos de este Universo donde está situada la Tierra
son tantos y tan diversos como la arena, los guijarros y las
rocas que siguen las orillas del Río Feliz. Pero eso no es más
que un Universo. Hay Universos más allá de toda cuenta, lo
m i s m o q u e h a y b r i z n a s d e h i e r b a e n e l s u e l o . E l Ti e m p o
sobre la Tierra, no es más que un parpadear dentro del
tiempo cósmico. Las distancias terrestres no son de ningún
momento; son cosa insignificante y es como si no existiesen,
e n c o mp a r a c i ó n d e l a s g r a n d e s d i s t a n c i a s d e l e s p a c i o . A h o r a
estáis sobre un mundo en un lejanísimo Universo, tan lejos
d e l a T i e r r a q u e o s d a i s cu e n t a d e q u e e s t á m á s a l l á d e
v u e s t r a c o mp r e n s i ó n . T i e m p o l l e g ar á , e n e l c u a l l o s m a y o r e s
c i e n t í f i c o s d e v u e s t r o mu n d o s e v e r á n o b l i g a d o s a r e c o n o c e r
q u e h a y o t r o s m u n d o s h a b i t a d o s y qu e l a T i e r r a n o e s , c o m o
ahora se creen, el centro de la creación. Ahora os encon-

124
tráis si tuad o s o bre e l m u n d o p ri n c i p al d e u n g r u p o q u e c u e nt a
más d e un millar d e el los. Cad a u no d e l o s m u n d o s e s t á
h abit ad o, y tod os ellos re con o cen l a au to rid a d del Maes tro del
mun do sob re el cu al es t a mos ah ora. Cad a mun do se g o biern a a
sí mis mo , si b i en todo s sig u en un a po líti ca co mún, d i rig id a a
la ex tirpa ción d e las peo res i njustici as ba jo la/ cu ales v iv e la
g ente. Un a po l íti ca d i rig id a a la mejo ra de l as co ndi cio n es en
q u e tod o s v iv e n .
"C ada u no de dicho s mun do s ti ene , a su ca beza, un a su e rt e de
p e rs o n a . A lg u n o s s o n p e q u e ñ o s , c o m o h ab é i s v is to . O tro s ,
alt ísi mos , có mo tambi én hab éis co mp rob ad o. Alg uno s, s e g ún
n u est ro s mod o s d e v e r, so n f eís i m o s y f an t á s t i c o s ; o t ro s , h e r -
moso s y an géli cos. No deb e mo s, s i n e m b a rg o , e n g a ñ a rn o s p o r
las ap ari en ci as ex terio r es, y a q u e l a i n te n c i ó n d e t o d o s e s
b u en a . T o d a e sta g en t e rin d e v asall aj e al Ma es tro d el mu nd o
en q ue aho ra e sta mo s . Se rí a ocioso int en ta r daro s los n o m bres
de todos ellos; éstos no tend rían el menor sentido en vue stra
len gua y en vu estra co mp rens ión . S ó lo s erv irían p a ra
e mb ro ll aros la me mo ri a . Es t a g en t e rin d e v asa ll aje , co m o h e
d icho , al Gran M aes tro de este mu ndo en que esta mo s. Es
alg ui en q u e n o alb e rg a en su pe cho d e se os terri tor ia les en
ab soluto . Algu ien cuy o máximo in terés con sist e en l a pre ser-
v ació n d e l a p az d e to dos lo s h omb res , s ea cu al sea su forma,
su ta maño, su colo r, p ara q u e p uedan ayud ar le en la tare a d e
p ra ct icar el b i en, en lu ga r de aqu el las de stru cc io nes a qu e
d e b e n d e d ic ar s e a q u e l l o s q u e d eb an d e fen d ers e a s í mis mo s .
Aqu í no h ay grand es ej érci t os, n i ho rdas batall ad oras . Hay
h omb res d e c i enci a, co me rci ante s, n atu ral m en te s ac e rdo t es y
ta mbi én exp lo r ad ores qu e v an a mu n d o s r e m o to s p a r a a u me n t a r
el n ú me ro d e a quellos q u e se as o c i a n a l a h e r ma n d ad p o d e r o s a .

"Pero n adi e s e ve in vitado . Lo s q ue q u ieren su mars e a esa


fed era ció n t ien en qu e p edi rlo y sólo s e ad mi ten aqu e llos qu e
h an d est ruido s u s a r m a men to s.
" El mun do en el cu al n os ha l lamos a ctu al men te es el cen t ro de
est e Un iv erso p art icu l a r. E s el cen tro d e la cu ltu ra, d el
c o n o c i m i en t o , y n o h ay o t ro q ue le sup e r e en magn itud . Un a

125
fo r m a es p ec ia l de mo do d e v i a ja r ha sido des cubie r to y desa -
rrollado. Repito de nuevo que el explicar los métodos em-
pleado s c arg a rí a en ex ceso lo s cereb ros d e lo s may o res ci en -
tíficos de la Tierra; no han llegado todavía al escalón que
permit e p en s ar en cuat ro y au n en cinco di men sion es, y to d a
discusión con ellos carecería de sentido hasta el día que llega-
rá en qu e pu ed an lib ra rs e de t od os los pr eju i cio s qu e los t i e-
nen cautivos.
"Las escenas que ahora veis suceden en el mundo-guía, ac-
tualmente. Necesitamos que viajéis por su superficie para con-
templar la civilización tan avanzada de sus habitantes, tan
magnífica que vo s no sois capaz de comprender. Los colores
que v eis aquí, no son los que acostumbráis en la Tierra; pero
é s t a n o e s e l c e n t r o d e l a c iv i l i z a c i ó n . Lo s c o l o r e s s o n d i f e -
rentes en cada mundo, y dependen de circunstancias y
necesidades propias de cada uno de ellos. Podréis ver este
mundo, y mi voz os acompañará. Cuando hayáis visto lo
bastante de este mundo para comprender su grandeza, en-
ton ces viajaréis en el pasado y entonces po dréis v er có mo se
h a n d e s c u b ie rt o l o s m u n d o s , c ó mo h an n a c i d o , l a m an er a c ó -
mo p roc ede mo s inten tando ay udar a todos a quellos que qu ie -
ran ayudarse a sí mismos. Acordaos siempre de esto: nosotros,
lo s d el esp acio , no somos p e rfe c to s po rque la perfec ción n o
exist e , n i pu ed e exi sti r , mi en tr as es tamo s e n cu alq u ie r pa rte
de cualquier universo. Pero nosotros intentamos hacer las
cosas lo mejor que nos es posible. Hay algo en el pasado — lo
ten é is qu e re co no cer — q ue es tá b ien d el to d o; p e ro t a mbi én
otras cosas que, con todo pesar, hemos de confesar que están
muy mal. Pero nosotros no estamos contentos con vuestro
mun do , l a Ti erra ; lo qu e de sea mo s e s q u e p o d áis d esa r ro l l ar
aquel mundo, que viváis allí. Con todo, hemos de asegurar-
n o s d e q u e l a s o b r a s d e l H o m b r e n o a l t e r e n c o n s u p o l u ci ó n
el Espacio y dañen a los habitantes de otros mundos. Pero
ahora vamos a seguir contemplando éste, el mundo que está
a la cabeza de los demás mundos."»
« M e d i t é s o b r e a q u e l l a s p a l a b r a s » , d i j o e l e r mi t a ñ o . « S o p e s é
detenidamente sobre el portento que anunciaban aquellas pa-

126
labras de la Voz, ya que estaba yo convencido de que toda
a q u e l l a d i s e r t a c i ó n s ob r e e l a m o r f r a t e r n a l n o p a s a b a d e s e r
una chanza. "Mi propio caso — pensaba entre mí — debe de
ser uno de tantos que muestran la falsedad de esos argumen-
tos. Aquí estoy yo, considerado un pobre e ignorante nativo de
u n país po b rís imo , árido y atrasad o ; y, ab so lutamen t e co ntra
mi voluntad, me he visto prisionero, operado, y, por todo
cuanto puedo ver, arrancado de mi cuerpo." Estaba allí, ¿adón-
de? La historia de que estaba haciendo tanto bien a la hu-
manidad, más bien me parecía improbable.
»La Voz interrumpió mis alterados pensamientos diciéndome:
"Monje, lo que estáis meditando nos lo declaran nuestros
instrumentos; y lo que pensáis no es cierto. Vuestros pensa-
mientos son falsos. Nosotros somos los Jardineros, y un jar-
dinero debe quitar la leña muerta y arrancar las malas hier-
bas. Pero cuando existe un brote mejor que los demás en-
tonces el jardinero lo desgaja a veces de la planta madre y
lo injerta en alguna otra, con el fin de que pueda originar
nuevas especies. Según vuestro criterio, os hemos tratado más
b ien de mala manera. Según nuestra manera d e v er, o s hemos
otorgado un honor muy señalado que reservamos a unos pocos,
un honor singular." La Voz vaciló unos instantes, y luego
con tinuó: "Nu estra h isto ria, abarca billones sobre billones de
añ os — ex p res ada en t érmino s d e vu est ro ti e mpo terrena l —.
Pero, supongamos que la existencia de la Tierra sea repre-
sentada por el Potala, entonces, la vida del Hombre sobre el
p laneta se pod rí a co mp arar al esp eso r de u na c apa d e pin tur a
en el techo de una de sus habitaciones. Es así; ya lo veis.
El Hombre es tan nuevo sobre la Tierra que ningún ser hu-
man o p ose e l a auto rid ad sufi cien te p a ra qu erer ju zg a r lo que
hacemos.
"Más adelante vuestros propios hombres de ciencia descu-
b r i r á n q u e s u s p r o p i a s l e y e s m at e m á t i c a s d e l a p r o b a b i l i d a d
muestran cómo es evidente la existencia de otros mundos
habitados extraterrestres. También comprenderán la eviden-
cia de que los ex traterrestres pu edan ver los ú ltimos confines
de su limitado universo, dentro del conjunto de universos que
127
contiene vuestro mundo. Pero no es éste el sitio ni el tiempo
para dedicarnos a una discusión de tal naturaleza. Aceptad
nuestra seguridad de que estáis llevando a cabo un buen trabajo
y que nosotros sabemos más que vos acerca de todas esas
cosas. Os preguntáis, también, dónde os halláis, y yo os res-
pondo que vuestro espíritu desencarnado, temporalmente se-
parado de su cuerpo, ha viajado más allá de los lindes de
vuestro universo y ha ido directamente al centro de otro uni-
verso, a la ciudad que, a su vez, es el centro del planeta prin-
cipal. Tenemos muchas cosas que mostraros y vuestra gira,
vuestras experiencias, no hacen sino empezar. Estad, con todo,
seguro que lo que estáis viendo es aquel mundo tal como está
en la actualidad, ya que, para el espíritu, la distancia no existe.

"Ahora nos es preciso que vayáis contemplando, para que os


familiaricéis con el mundo en que nos encontramos actual-
mente; así daréis más crédito a vuestros sentidos cuando pa-
semos a más importantes materias, ya que pronto os envia-
remos al tiempo pasado, a través de los Archivos Akáshicos,
donde veréis el nacimiento de vuestro planeta, la Tierra."»
«La Voz cesó», continuó el viejo ermitaño, y se calló por unos
breves minutos, que aprovechó para beber unos sorbos de té,
que ya estaba completamente frío. Con aire meditabundo, dejó
a un lado el cuenco y cruzó los dedos de sus manos, después
de haberse compuesto la ropa. El joven monje se levantó y
añadió nueva leña al fuego y luego se sentó, después de haber
arropado una vez más al anciano.

«Como os decía — continuó el viejo monje —, me encontraba


yo en un estado de pánico, y, mientras oscilaba sobre aquella
inmensidad, me sentí caer, me encontré pasando varios
niveles, cruzando puentes entre grandes torres; otra vez me vi
cayendo sobre lo que parecía ser un parque ameno, levantado
sobre una plataforma — o, a lo menos, me lo pareció — que
me sostenía. La hierba, allí, era roja y, entonces, con gran
sorpresa, a un lado descubrí hierba que era verde. En un
estanque de aquel jardín, el agua era azul y en el prado, que
era verde, el estanque era de un color como de vainilla.

128
Alrededor de aquéllos se veía congregado un gentío impre-
sionan te. Pero , aho ra, empezab a a d istin guir un poco qu iénes
eran los naturales de aquel planeta y quiénes los visitantes de
planetas lejanos. Se notaba algo sutil en el porte y maneras
de los primeros, que no existía en los últimos. Los nativos
ostentaban una superioridad, de la que estaban convencidos
por completo.
»Alrededor de los estanques — o piscinas —, unos parecían
como dotados de una virilidad notable y otros de una femi-
n e i d a d e x t r e m a . H a b í a u n t e r ce r g r u p o m a n i f i e s t a m e n t e n e u -
t r o . M e i n t e r e s ó l a o b s e r v ac i ó n que h ic e d e que toda aqu e lla
gente andaba en cueros, excepto el grupo femenino que lle-
vaba algunos objetos en el pelo. No pude distinguir bien de
que se trataba; pero era indudable que se trataba de algún tipo
de adorno metálico. Al momento, quise marcharme de allí,
porque alguno de los juegos de aquella gente en cueros no
me gustaba un pelo, a mí, que había sido educado desde
mi in f anci a d e ntro d e u n co n vento d e la m as , y , p o r lo tan t o ,
en medio d e u n a mb ien te ex clu siv a m ente mascu lino . Ap enas
entendí el sentido de alguno de los gestos a que se entrega-
ban las mujeres. Quise elevarme y marcharme de allí.
»Pasé velozmente a través del resto de la ciudad y llegué a
los alrededores, donde había casas esparcidas por la campiña.
Todos los campos y plantaciones se veían extraordinaria-
mente bien cultivados y había grandes fincas por aquellos
alrededores; me pareció que estaban dedicadas al cultivo
acuático — que ya he descrito —. Pero ello presentaba escaso
interés, para nadie excepto las personas estudiando agro-
nomía.
» Me remon té más al to y o bs erv é b usc and o alg ún obj etiv o ha-
cia donde encaminarme. Vi un portentoso mar de color de
az afrán . Se div isab an g rand es roc as b o rd ean do la cost a; e r an
amarillas, rojas y de toda suerte de colores y matices; pero
el mar era constantemente de un color azafranado. Este fe-
nó men o me era in comprensible. An tes, el agu a parecía ser d e
otro color. Sin embargo, mirando hacia arriba, encontré la
razón de aquel fenómeno. Un sol se había ya puesto, y ama-

129
n ecía otro , con lo que se contab an ¡ tres so le s! Con la ascen-
sión creciente del tercer sol y el descenso del otro, los colores
c a m b i a b a n c o n s t a n t e m e n t e ; h a s ta e l a i r e o f r e c í a m a t i c e s di s-
t in t o s. Mis d es o ri ent ad o s s en t ido s v e ían có mo la h ie rb a c a m -
biaba de tonos, pasando del rojo al morado y del morado
v iran do al amarillo , y , paralelamente, el mar iba también mu-
d ando el color. Ello me reco rdaba la forma con la cual en los
atardeceres, cuando el sol va hacia su ocaso sobre las altas
c o rd i l l e ra s d e l o s H i m a l a y as , lo s colo res continua ment e van
ca mb i and o y , e n vez d e l a lu z bri llan te d el d ía en los v all e s,
se forma un crepúsculo acarminado, nace y lo invade todo y
h asta las cumbres nevad as pierden su blan co r puro y parecen
ser azules o de color carmín. Por esta causa, mientras contem-
p laba to do s aq u ello s c a mbios , no exp e ri men taba g r andes s or-
p resas; y di por supu esto qu e los co lores cambiaban continua-
mente en aquel planeta.
»Pero no sentí grandes deseos de volar sobre las aguas, porque
no tenía experiencia ninguna de los mares, — jamás había
visto ninguno —. Sentía un temor instintivo y un miedo de
q u e e n e l l o s m e p u d i e s e o c u r r i r a l g u n a d e s v e n t u r a y q u e me
cayera en aquellas aguas. Así es q ue dirigí mis pensamientos
hacia la tierra firme; en tonces, mi espíritu desencarnado viró
en redondo y vo lé p or encima d e un as pocas millas sob re una
co st a roco s a y alg una s pequ eñ as ex plot acion es ag ríco las . En -
tonces, con todo el deleite de mi alma, me encontré con un
paisaje que me era familiar: una sucesión de páramos, sobre
lo s cu al es de s cen dí , vo lando bajo , y con templ é las p equeñas
p lantas apiñadas en la sup erficie de aquel mundo. La d iferen -
cia de las del nuestro consistían en que a la luz del sol
parecían tener sus florecillas de color violeta, con tallos de
color oscuro, parecido a los brezos. Más allá, se encontraba
un banco de flores que hubiera dicho que, bajo aquella luz,
eran aulagas; pero sin espinas.
» Me remonté co sa d e cuarenta metros y reco rrí aqu el paisaje,
el más p lacen tero de tod os cuantos había v isto en aquel extra-
ñ o m u n d o . P a r a a q u e l l a s g e n te s , n o d u d o qu e l e s d e b e r í a d e
parecer un paisaje muy desolado. No había el menor signo de

130
h ab itaciones human as, ni de sendas. En un ameno y frondoso
barranco vi un pequeño lago y un arroyo que se precipitaba
en él desde un alto promontorio y lo alimentaba. Me detuve
un poco, contemplando aquellas sombras cambiantes y los ma-
tices diversos de coloridos reflejos luminosos, filtrándose a a
trav és de las hojas d e los árboles por encima d e mi cabeza. A
c o n t i n u a c i ó n , d e b a j o s e d i v i s a b a , b o r r o s a , u n a e x t e n s i ó n de
tier ra , un a an c ha co rri en te d e ag u a, u n p e l lizco d e t ie rra, y
o t r a v e z e l m a r . C o n t r a m i v o l u n t a d m e v i f o r z a d o a v i a jar a
trav és de ot ras ti er ras y co ma rc as . En ell as s e ve ían p e q u e ñ a s
ciudades que eran, sin embargo, de grandes proporciones.
Acostumbrado como estaba a las dimensiones de la gran
capital me parecían pequeñas. Pero aun así, mucho mayores
d e c u a n t o m e p a r e c i ó v e r s o b r e l a T i e r r a q u e h a b í a d e jado.
»Mi desplazamiento se vio interrumpido bruscamente y yo
me vi descendiendo rápidamente en espiral abrupto. Entonces,
miré debajo de mí. Vi un paisaje que me llenó de maravilla.
Un castillo en medio de los bosques. El castillo era de una
blancura inmaculada y me llamaron la atención las torres y las
almenas de aquél, que no concordaban con una civilización
como la de aquel planeta. Mientras reflexionaba ante lo que
tenía ante mi vista escuché la voz del Maestro: "Aquí tiene
su residencia el Maestro. Es un edificio antiquísimo; el más
antiguo de este viejo mundo. Es el santuario adonde todos
los amantes de la paz se encaminan, con el fin de permane-
cer unos momentos ante su muro y dar mentalmente las
gracias por la paz; la paz que abarca todo cuanto vive bajo
la luz de este Imperio. Una luz donde no hay tinieblas, por-
que existen cinco soles y nunca se hace de noche. Nuestro
m e ta b o l i sm o e s d i f e ren te d el d e v u e s t ro mu n d o . N o n ec e s i t a -
mos horas de oscuridad para disfrutar del sueño. Nosotros
estamos constituidos de una manera distinta."»
Capítulo octavo

El v i e j o e r m i t a ñ o s e e s t r e m e c i ó c o n i n q u i e t u d b a j o s u s l i g e -
ras vestiduras. «Quiero volver a la cueva», manifestó. «No
estoy acostumbrado a pasar tan largo rato al aire libre.»
El joven monje, atento a la extraordinaria historia de un tiem-
po atrás, se puso en pie de un salto. «¡Oh! — exclamó —, las
nubes se levantan. Pronto se podrá ver claro.» Luego, con
todo cuidado, dio la mano al viejo y lo acompañó lejos del
fuego y dentro de la cueva, de la que ya se había ausentado la
niebla. «Voy a traer agua y leña», dijo el joven. «Cuando
esté de vuelta podremos tomar un té; pero me veré obligado
a estar fuera más tiempo que de costumbre, ya que me veré
precisado a ir más lejos por leña. Toda la que había cerca
de aq uí se me acab ó», d i jo co n cal ma. Y, d e j ando apil ad a s o -
bre el fu ego l a leñ a qu e les q ued ab a, ca rg ó co n l a v as ij a d el
agua, saliendo por el sendero.
Las nubes p arecían hu ir a escap e. Soplaba un v iento fresco y
seguido cuando el monje miraba cómo las nubes se iban re-
montando y se descubría a la vista el paso de la montaña.
A tanta distancia, no pudo ver las pequeñas manchas que
serían los viajeros de la caravana. Ni pudo distinguir el humo
d e l f u e g o s o b r e l a s n u b e s q u e s e ma r c h a b a n . L o s v i a j e s a ú n
no se habían puesto en movimiento, pensó, habiéndose apro-
vechado de la parada forzosa para dormir y reposar. Nadie
p u e d e p a s a r l a m o n t a ñ a c u a n d o l a s n u b e s se a b a t e n s o b r e l a
tierra; el peligro es demasiado grande. Un paso en falso
pued e p rovocar la caída de un homb re, o d e una bes tia de car-
ga, cientos y cientos de metros abajo, por un precipicio. El
joven estaba pensando en un accidente ocurrido hacía poco
cuando él visitaba un pequeño convento de lamas, situado
al p ie d e un ac anti lado . L as n ubes s e v eían baja s, roz ando el
tejado de la lamasería. De pronto, se produjo un deslizamiento
de piedras y un grito ronco. Luego, un chillido y un ruido
sordo como de un saco de cebada mojada, lanzado con fuerza

132
al su elo . E l jo ven , h abí a mir ado en aq u ella direc ción ; lo s in-
testinos de un hombre estaban colgando de una piedra, unos
tres metros de allí, y aún permanecían unidos al cuerpo de un
h omb re q ue se es t aba mu rien do sob r e el su elo . S e ría u n mar-
chante o un viajero que hacía su camino, temerariamente, pensó
el joven monje.
El l ag o tod av í a es tab a cub i er to de ni eb l a, y las ci ma s de l os
árboles brillaban de un modo fan tasmal, plateado s, cuan do el
joven se encaminó en su dirección. ¡Gran hallazgo! Una rama
entera de un árbol había sido desgajada por la tormenta.
Miró entre la bruma ligera y decidió que aquel árbol había
sido abatido por un rayo durante la tempestad. Yacían ra-
mas a su alrededor y el tronco se veía partido en dos por
co mpleto . Muy conten to, el joven s e llevó la rama mayo r qu e
pudo y lentamente la fue transportando a la boca de la cue-
v a. Ll en and o l uego fatigo samen te el re cipi e nte de l agu a , e m -
p r e n d i ó e l r e g r e s o d e f i n i t i v o a l a c u e v a . D e m o m e n t o , p u s o el
agua al fuego y entró después, saludando al ermitaño.
«Un árbol entero, ¡Venerable! He puesto el agua a hervir
y después que hayamos bebido el té con tsampa, traeré mu-
cha leña, antes de que los de la caravana lleguen y hagan
fuego con el resto del árbol que todavía queda.»
El viejo ermitaño, tristemente, le replicó: «No hay tsampa;
he querido ser útil, y, como no puedo ver, sin querer, he
derramado y pisoteado la cebada. Sólo quedan restos espar-
cidos por el suelo». Con una mueca de consternación, el joven
monje se levantó precipitadamente y corrió hacia el rincón
donde había dejado la cebada. No quedaba nada de ella.
E ch án d o s e d e b ru c es , es ca rb ó al red ed o r , d o n d e es tab a lh p ie -
dra plana. Era un desastre. Tierra, arena y cebada estaban
mezcladas, en confusión. Nada podía salvarse. Se levantó poco
a poco y, lentamente, se fue hacia el ermitaño. Un pen samien-
to súbito le hizo retroceder; el ladrillo de té ¿se había sal-
vado? Pedazos desparramados yacían por el suelo en el fondo
de la cueva. El anciano había pisoteado aquel ladrillo, del
cual sólo quedaban tres pequeños trozos.
Triste, el joven monje regresó hacia el viejo. «No hay más

133
comida, Venerable; y sólo tenemos té por ahora. Podemos
aguardar a que los mercaderes lleguen hoy a nosotros o nos
tocará estar en ayunas.»
«¿En ayunas?», replicó el anciano. «A menudo me he visto
sin comer por una semana o todavía más. Podemos susten-
tarnos de agua caliente; para uno que no ha tenido para
beber sino agua fría durante más de sesenta años, el agua
caliente le es un lujo.» Permaneció callado unos
momentos, y luego prosiguió: «Aprended a pasar hambre,
ahora. Aprended a tener fortaleza. A experimentar una
sensación positiva. Durante vuestra vida conoceréis
hambres y sufrimientos; serán, ellos, vuestros más fieles
compañeros. Hay varias personas que os querrán hacer
daño, que os querrán someter bajo su dominio. Sólo con
una mente positiva — continuamente positiva — podréis
sobrevivir y superar todas las pruebas y tribulaciones que
inexorablemente os están destinadas. Ahora es el tiempo
del aprendizaje. Siempre será el de practicar lo que
aprenderéis ahora. Mientras tengáis fe, mientras os
comportéis de un modo positivo, lo podréis aguantar todo,
y salir adelante, victorioso de todos los asaltos del
enemigo.»

El joven monje estuvo a punto de desvanecerse de terror


ante todas esas alusiones a calamidades futuras, signos
precursores de un próximo destino venidero. Todos
aquellos avisos y exhortaciones. ¿No había nada que fuese
alegre y brillante, en la vida que le tocaba vivir? Pero
luego se acordaba de sus enseñanzas; éste es el Mundo de
la Ilusión, donde incluso el hombre no es más que una
ilusión. Aquí, nuestro gran Super-yo manda sus
polichinelas para que ganen conocimiento, y dificultades
imaginarias sean superadas. Cuanto más pre• cioso sea el
material, más duras tienen que ser las pruebas y sólo falla
la materia defectuosa. En éste, el Mundo de la Ilusión, en
el que el Hombre no pasa de ser una sombra, una extensión
mental del Gran Super-yo, que reside lejos de nosotros.
Sin embargo, pensó malhumorado, la vida podría ser un
poco más alegre. Pero también, a nadie se le carga más de
lo que puede aguantar; y el Hombre mismo elige

134
lo s t r ab ajos qu e p u ed e ll evar a cabo y l as p r ueb as q ue pu ed e
so po rt ar. « M e vo lv eré lo co — se d ijo a sí mi s mo — , s i q uiero
soportar estas perturbaciones por mí mismo.»
El viejo ermitaño preguntó: «¿Tenéis corteza fresca, de aque-
llas ramas que trajisteis?»
«Sí, Venerable; el árbol fue alcanzado por un rayo, ayer se
hallaba entero», replicó el joven.
«Entonces, quita la corteza de una rama y arranca de ella lo
blanco, dejando de lado el resto. Luego, tira las fibras blan-
cas al ag u a hi rv iendo . Es un exc elen te y n u tri tivo manj ar, si
bien nad a gust oso. ¿ Te qued a algo de sal , d e bórax o de a zú-
car, por ventura?»
«No, señor; sólo tenemos té bastante para una vez.»
« Ento n ces , he rvidlo as imismo y n o n o s d e s a n im e mo s . T r e s o
cuatro días de ayuno no nos van a hacer daño alguno; al
contrario, aumentará nuestra capacidad mental. Si las cosas
se nos presentan mal, entonces podremos acudir a la ermita
más cercana, por alimento.»
Con el rostro sombrío, el joven monje terminó la tarea de
separar las ho jas de la co rteza. La pelleja os cura exterio r fu e
ech ad a a la ho g uera p a ra ali m en tar el fu eg o. La alb u ra, b lan -
quiverdosa y lisa, fue convertida en briznas para cocerla en
el agua que entonces empezaba a hervir. Malhumorado, aña-
dió al agua el último puñado de té, que, saltando, le salpicó
y le lastimó la muñeca. Empleando un nuevo bastoncito pri-
vado de su corteza agitó y removió todo aquello dentro de
la vasija. Con una considerable repugnancia retiró el palo y
probó, en el cabo de éste, unas pocas gotas de aquella mixtura
que estaba adherida; sus más negras esperanzas se vieron
confirmadas. Aquello no sabía a nada. Con un pálido aroma
de té desteñido.
El viejo ermitaño se hizo con su cuenco. «Puedo alimentar-
me con eso. Cuando llegué aquí no había otra cosa. En
aquellos días crecían unos arbolillos enfrente de la entrada
de mi cueva. Me los comí. Andando el tiempo, la gente se
d io cuen ta d e mi p r esen ci a e n estos p a raj es y mu y a menu d o,
desde entonces, he tenido provisiones suficientes. Pero no me

135
preocupo si me veo forzado a pasar sin ellas una semana o
d iez días enteros. Nun ca me falta el agua. ¿Qué más necesita
uno?»
Sentado, en la oscuridad de la cueva, a los pies del Venerable,
mientras la luz del día iba subiendo fuera de la cueva, el
joven mon j e tuvo l a sen s ación de q u e h ab ía p e r manecido sen -
t a d o a s í p o r t o d a u n a e t e r n i d a d . Es t u d i a n d o , e s t u d i a n d o s i n
cesar. Con ag rado, sus pens amientos ib an al brillo de las lám-
paras de man t eca de Lha sa, act u al m ent e p a ra él p o co me n o s
que una cosa del pasado. Lo que le quedaba por permanecer
aquí no era más que un tema de conjeturas hasta que el
v i e j o n o t u v i e s e n a d a m á s p o r d e c i r l e , s u p o n í a . H a s t a q u e el
viejo estu v ie s e mu erto y él deb i ese d isp on er d el cad á ver.
Pensando esto último, se sintió estremecer de los pies a la
cab ez a. Cu án mac abro , p ens aba, est a r h abl an do con u na per -
sona y luego, una hora o dos más tarde, tener que arrancar
sus intestinos para que sean pasto de los buitres y quebrar sus
huesos para que ni un solo trozo del cadáver quede sin en-
terrar sob re el suelo . Pero, en esas, el an ciano estaba y a listo
de su co mida. Se aclaraba el g aznate, beb ió un sorbo de agu a y
compuso su actitud.
« Y o e r a u n e s p í r i t u d e s e n c a r n ad o q u e d e s c r i b í a u n o s e s p i r a -
les alrededor del gran castillo, residencia del Maestro de aquel
Mundo Supremo», comenzó diciendo el viejo eremita. «Estaba
ansiando ver qué tal era aquel hombre que se ganaba el res-
peto y el amor de uno de los más poderosos mundos exis-
ten t es . M e sen tía l len o de d e seo s de co n te mp l a r q ué esp eci e
de ho mb re — y de mu jer — p odían p e rd u r a r en e s a s i tu a c i ó n
a lo largo de centurias y más centurias de años. El Maestro
y su Esposa. Pero, no iba a ser así. Me vi arrastrado, como
un niño pequeño tira de su corneta. Fui sencillamente apar-
t a d o d e a q u e l l o s p a r a j e s . "E s a t i e r r a e s s a g r a d a " , p r o f i r i ó l a
Voz muy secamente. "No son para los terrestres; debéis ver
otras cosas." E in med iatamente me vi lanzado lejos de allí, y
mandado en dirección diferente.
»Debajo de mí, los detalles de aquel mundo iban disminu-
yendo de tamaño y las ciudades parecían granos de arena en

136
la orilla. Ascend í a trav és del aire, y me vi fuera de la atmós-
fera. Volaba por donde no había ni un rastro de aire. Entonces
se presentó en el campo de mi visión un extraño objeto, como
nunca había visto nada semejante. El objeto de lo que yo
d i v i s a b a m e r e s u l t a b a i n c o m p r e n s i b l e . A l l í , e n e l v a c í o sin
at mós fera, don de yo no habría p o d id o sub s isti r sin o b a jo la
forma de un espíritu desencarnado, flotaba una ciudad com-
p l e t a me n t e m e t á l i c a , q u e s e m a n t e n í a p o r l o s a i r e s g r a c i a s a
métodos misteriosos que estaban totalmente fuera de mi al-
cance y no podía discernir. A medida que me aproximaba se
hacían más claros los detalles, y me di cuenta de que la
ciudad reposaba sobre un suelo de metal y sus partes supe-
riores estaban cubiertas por un material más claro que el
cr ist al , au nqu e no se t r at aba d e c ris tal. D eb ajo de aq u ell a cu-
bierta transparente puede observar a los habitantes circulando
por las calles de una ciudad mayor que la de Lhasa.
» Se veían extrañas protuberancias en algun o de lo s ed ificios; la
may or de el las haci a aq ue l en cu ya d irección me v e ía d i ri g i d o .
"Aquí hay una gran observatorio", dijo la Voz dentro de mi
cerebro. "Un observatorio desde el cual se presenció e l
n a c i m i e n t o d e v u e s t r o m u n d o . N o a t r a v é s d e l o s rayos
ópticos, sino de rayos especiales, que se hallan fuera de v u e s t r a
c o m p r e n s i ó n . D e n t r o d e p o c o s a ñ o s , v u e s t r o m u n d o va a
descubrir la ciencia de la radio. La radio, en su más completo
desarrollo, será como el esfuerzo cerebral de un humilde
gusano, comparada con la fuerza mental del hombre más in-
teligente de todos los humanos. Lo que se practica en esos
lugares está situado mucho más allá. Aquí se indagan los
sec re to s d e l u n iv e rso; y s e v ig il an la s sup er fi ci es d e lo s má s
lej an os pl an eta s, lo mis mo q ue aho ra es tái s con t empl an d o la
su perf ici e d e ese satélite . N i n g u n a d is t a n c i a , n i l a m a y o r p o -
s i b l e , r e p r e s e n t a e l m e n o r o b s t á c u l o . P o d e mo s i n s p e c c i o n a r
l o s t e mpl o s , l o s s i t i o s d e e s p ar c i m i e n t o y a u n lo s d o m i c il io s
privados."
»Me acerqué más, y temí por mi seguridad cuando vi relucir
la b arrera transparente cerca de mi persona. Temí estrellarme
contra ella y experimentar lesiones; pero, antes de que me

137
entrase el pánico, recordé que yo, en aquellos instantes, era
uno de aquellos espíritus que pueden atravesar las más sólidas
pared es cuan d o a ellos l es p arec e bien . L e ntamen te , me dejé
caer a través de aquella sustan cia p arecida al cristal y lleg ué a
la superficie de aquel mundo q ue la Voz había den omin ado
con la palabra "satélite". Pasé cierto tiempo yendo de aquí
para allá, intentando poner orden en los turbulentos pensa-
mientos que dentro de mí se agolpaban. Era un curioso ex-
perimento para un nativo ignorante de un país atrasado en
u n a s t i e r r a s s u b d e s a r r o l l a d a s . E r a d i f í c i l c o m p r e n d e r c u a n to
veía y conservar la propia razón cabal.
»Suavemente, cual una nube arrastrándose por el flanco de una
m o n t a ñ a o u n r a y o d e l u n a vo l a n d o v e l o z y s i l e n c i o s a m e n t e
por enc i ma d e un lag o, emp e cé a desp laza rme haci a u n lado ,
muy diferente de las divagaciones a que antes me había en-
treg ado. Me movía en dirección lateral y traspasaba extrañ as
pared es d e u n mater ial qu e me era d es co noc ido. Au n cuan do
seguía siendo un espíritu, no dejaba de experimentar una li-
gera oposición a mi paso, que me causaba una cierta come-
zón en todo mi ser y, por un rato, la sensación de que me
encon t rab a p ri s io ne ro de un espeso lod a zal . Con un a cu ri o sa
sensación de arrancarme que hizo estremecer toda mi persona,
aband on é aq u e lla p a red p eg a j osa. M ien tras yo luch aba ten az-
mente, me pareció escuchar la Voz que decía: "¡Ya ha pa-
sado! Por un momento, creí que no podría."
»Pero, actualmente, había atrav esado la p ared y me encon trab a
dentro de un inmenso espacio cubierto, demasiado vasto
para poder ser llamado una habitación. Unas máquinas abso-
lutamente fantásticas y unos aparatos se hallab an en aquellos
parajes. Cosas más allá de mis conocimientos. Pero lo más
raro de todo aquel ambiente eran los habitantes de la ca-
verna. Unos humanoides, en extremo diminutos, que se afa-
naban con unos objetos que, oscuramente, para mí eran apa-
rato s, mientras o tros, g igantes, acarreaban enormes bultos de
un lado a otro y hacían las faenas pesadas para los demás,
q u e e r a n d e ma s ia d o d éb i l e s . " A q u í — ex p l i có l a V o z , d e n tro
de mi cerebro — tenemos instalado un gran sistema. La gente

138
pequeña fabrica delicados ajustes y construye pequeños ob-
jetos. La gente mayor, hace co sas más en conson an cia con su
tal la y su fue r za. Aho ra, pro sig amos . " Aqu ell a fu erza i m po n-
derable, me empujó de nuevo y pude pasar adelante, sal-
vando otra barrera en mi progreso. Era todavía más tenaz,
tanto para entrar en ella como para salirme.
»"Ese muro — murmuró la Voz —, es la Barrera de la Muerte.
N a d i e p u e d e e n t r a r e n e l l a n i s al i r m i e n t r a s r e s i d e e n s u c a r -
ne. Es un sitio muy secreto. Aquí podemos observar todos
los mundos y descubrir inmediatamente la p reparación de las
guerras. ¡Mirad!" Miré a mi alrededor. Por unos momentos
todo cuanto veía carecía de sentido para mí. Entonces me
concentré con todas mis fuerzas y mis sentidos. Las paredes
alrededor de aquella estancia estaban divididas en rectángulos
d e u n metro de largos por ochenta centímetros de altos . Cada
uno de ellos era un cuadro viviente, bajo el cual se veían
unos signos raros, que juzgué ser escrituras. Las imágenes
er an sorp rende ntes. En una d e ellas se v eía n un mu ndo como
ob serv ado desde el esp acio . Era azulado y verdoso , con extra-
ñas manchas de color blanco. Con una fuerte impresión me di
cuenta de que aquél era mi propio mundo; el mundo en que
n a c í . U n c a m b i o q u e s e p r o d u j o e n u n c u a d r o d e a l l a d o llamó
toda mi atención. Tuve la deplorable sensación de estar
cayendo y me di cuenta de que en realidad estaba contem-
plando mi propia caída en mi propio mundo.
»Las nubes se apartaron y contemplé el panorama entero de la
India y el Tíbet. Nadie me dijo que era así; pero lo com-
prendí por instinto. La imagen se hizo cada vez más amplia.
V i Lh a s a , t a m b i é n l a s c o m a r c a s A l t a s y e l c r á t e r v o l c á n i c o .
"Pero vos no os encontráis aquí para ver todas esas cosas",
ex clamó la Voz. "¡Mirad a otras partes !" Miré a mi alred edor y
me sorprendió en extremo lo que vi. Aquí, en este cuadro, se
c o n t e m p l a b a e l i n t e r i o r d e u n a s a l a d e c o n s e j o s . P e r s o n a jes
c o n a i re d e s e r mu y i mp o r t a nt es d is cu tí an ani mad amen te . S e
levantaban las voces y, no menos, las manos. Se tiraban al
s u e l o p a p e l e s , s i n n i n g ú n m i r a m i e n t o . E n u n a s i l l a l e v a n tada,
bajo un dosel, un hombre con la faz congestionada es-

139
taba hablando de una forma frenética. Aplausos y censuras
en proporciones iguales subrayaban sus discursos. La
escena, me recordó por completo una reunión de Padre
Abades. »Me volví de nuevo. Por todas partes se ofrecían
pinturas vivientes, por el estilo de las descritas. Escenas
raras, en los más inesperados colores algunas. Mi cuerpo se
trasladó a otra pieza. Allí se veían representaciones de
extraños objetos metálicos, moviéndose en la negrura del
espacio. "Negrura", no es la palabra bien exacta, porque el
espacio estaba lleno de puntitos de luz de varios colores,
alguno de cuyos colores no conocidos por mí antes de
aquella ocasión. "Son naves del espacio en pleno viaje",
dijo la Voz. "Tenemos, para observarlos cuidadosamente,
los rastros de todo nuestro tráfico." Me impresionó la cara
de un hombre que apareció, como viviente, en un trozo de
la pared. Pronunció unas palabras, que no entendí. Movía
su cabeza como si estuviese conversando cara a cara con
otra persona. El rostro se desvaneció, con un saludo de su
cabeza y una sonrisa de sus labios; la pared quedó lisa
como antes.

»Inmediatamente, aquella cabeza fue reemplazada por un


p a i saje como a vista de pájaro. Una vista del mundo que a c a b a b a d e
abandonar; aquel que era el centro de un vasto imperio.
Miré, debajo, la gran ciudad, contemplando con todo
realismo sus inmensas extensiones. El cuadro se movía con
tal velocidad que volvía a contemplar el distrito donde
estaba la residencia del Maestro de aquella gran ci-
vilización. Vi las grandes murallas y los raros y exóticos
jardines donde se levantaba aquel edificio. Divisé un
hermoso lago con una isla en el centro. Pero el cuadro
nunca se detenía, barriendo el paisaje, como hace un pájaro
a la busca de una posible presa. El cuadro, entonces, se
detuvo. Se hizo más amplio y enfocó un objeto metálico
que describía calmosas vueltas y descendía al suelo. El
cuadro se amplió hasta que sólo se veía aquel objeto
metálico. Un rostro humano apareció; estaba hablando,
respondiendo a preguntas desconocidas. Después de una
especie de saludo, se borró aquella imagen.

140
»Me trasladé, si bien sin intervención alguna de mi volun-
tad. Mi mente, dirigida, abandonó aquella ex traña habitación y
penetró en otra. ¡Cosa rara! Aquí ante cada uno de los
siete cuadros permanecía sentado un anciano. Por un mo-
mento, me detuvo la sorpresa más completa. Luego, empecé a
reírme por lo bajo histéricamente. Allí estaban, los siete
viejos, todos ellos barbudos; todos parecidos entre sí y de
g rav e aspe cto . Den tro de mi p ob re cer eb ro la Vo z, co n to nos
enojados, profirió en voces altas. «¡S ilenc io!, sacrílego. Esos
q ue aq u í v es c o n los S ab io s que con tro lan tu p ro p io d est i no .
¡Silencio, digo, y un aire deferente!" Pero los viejos sabios no
se dieron por enterados, si bien tenían noticia de mi presen-
cia, porque en uno de los cuadros me hallaba yo sobre la
Tierra, cargado de alambres y tubos. En otro cuadro se me
representaba allí mismo. Era una rara impresión, para mí.
» "Aq u í — p ro s igu ió l a V o z , m ás c al m ada — e stán los sa b io s
que han reclamado vuestra presencia. Son los hombres más sa-
b ios entre los d emás, que se han dedicado, por siglos enteros,
al b ien d e su p ró ji m o . T r aba jan sig u i en d o l as d ir ec tr ic es d el
Maestro en persona, que ha vivido más largo tiempo que ellos.
Nuestro designio es el de salvar a vuestro mundo. Salvarlo
de lo que amenaza ser un suicidio. Salvarlo del funesto re-
sultado de una explosión nuc..., pero no mencionemos térmi-
n o s q u e ah o ra ca re cen d e sen tid o p a ra v o so t ro s , p o r n o h a b er
sido aún inventados en vu estro mund o. Vu estro mundo está a
punto de que le acontezca un considerable e intenso cam-
b i o . S e d e s c u b r i r á n n u e v a s c o s a s y s e i n v en t a r á n a r m a s n u e -
vas. El hombre penetrará en el espacio dentro de los próxi-
mos cien años venideros. Esto es lo que nos debe inte-
resar."
»Uno de lo Sabios hizo unos signos con las manos, y los
cuadros fueron cambiando. Un mundo tras otro se seguían
dentro de los marcos. Unas gentes, y después otras, se pre-
sentaban, para desvanecerse al cabo de unos instantes, para
ser reemp lazadas por otras. Un as extrañas ampollas de v idrio
se volvieron luminosas y unas líneas que se entrelazaban se
cruzaron en los fondos. Se escuchaba el teclear de unas má-

141
quinas, de las que se desprendían unos largos papeles impre-
sos que se iban enrollando en unos cestos que había cerca
de dichas máquinas impresoras. Se trataba de impresos cu-
b i e r to s d e c u r i o s o s s i g n o s . T o d o ello ib a más a llá de mi co m-
prensión, tanto que todavía hoy, después de meditar sobre
to das aq ue ll as co sas , to dav ía d escono zco su sen tid o . Y con ti-
nuamente, los viejos Sabios tomaban notas en tiras de papel
o hablaban a unos discos situados a su lado. En respuesta, les
hablaba una voz como desencarnada pero con la entonación
p e r f e c t a m e n t e h u m a n a ; p e r o n o p u d e a p e r c i b i r m e d e l a f u e n te
de estas palabras.
»Al final, cuando todo me daba vueltas, bajo el impacto de
aq uel la s ra ras imp r esio n es , l a Voz , en mi ce reb ro , dijo: "Y a
tien es bastan te con eso. Ahora vamos a mos traro s el p a sad o .
Para prepararos, empiezo por deciros que, sean cuales sean
las cosas que veréis, no tenéis que asustaros." ¿Asustarme?,
me dije para mí; s i sup iese, la Vo z, que estoy por completo
aterrorizado. "Primero — continuó la Voz —, podréis contem-
plar la tiniebla y algún movimiento interior. Después, os
daréis cuenta de lo que, en realidad, es esta habitación. En
realidad , existe desd e millon es d e años, en la cuenta de vues-
tro tiempo que es mucho menos, según la nuestra. Después,
podréis ver lo que sucedió cuando nació vuestro mundo.
Y cómo fue poblado de criaturas, entre las cuales aquella que
llamáis Hombre." La Voz se desvaneció, y mi conciencia,
con ella.
» Es u na sen sación desconcertante, la de verse privad o brusca-
mente de la presencia de ánimo que nos es propia; de sen-
tirse privado de una parte de nuestra conciencia de la vida,
sin que nos sea posible darnos cuenta del tiempo en que
hemos permanecido inconscientes. Me di cuenta de una nie-
bla gris que se arremolinaba en mi cerebro, algunas ojeadas
intermitentes me atosigaban y aumentaban mi estado de tur-
bación. Poco a poco, igual que una niebla por la mañana
disipándose bajo los rayos del sol naciente, mis sentidos y mi
lucidez volvieron a mí. El mundo, ante mí, se convirtió en
luz. No; no era todavía el mundo, sino el espacio en el cual

142
flotaba entre el techo y el pavimento, igual que un objeto
ligero flotando en el aire tranquilo. Como las nubes de in-
c i e n s o q u e s e r e m o n t a n l e n t a me n t e e n u n t e mp l o , y o m e s e n -
tía levantar, contemplando lo que tenía delante de mí.
»Nueve ancianos. Barbudos. Graves. Atentos a su trabajo,
¿ e r a n l o s mi s m o s ? N o . N i e l a p o s e n t o e r a i g u a l . L o s m a r c o s
de los cuadros y los instrumentos eran distintos. Y los cua-
dros no eran los mismos. Durante un tiempo no se escuchó
una sola palabra ni una explicación de todas aquellas cosas
portentosas. Finalmente, un anciano llegó y dio vueltas a un
bo tón. Se ilu minó seguidamen te una pan talla y se v ieron un as
estrellas en una formación que antes no había visto. La pan-
talla se iba expansionando, hasta que llenó todo mi campo
visual, como si tuviese yo una ventana abierta sobre el es-
pacio. Tan fuerte era la ilusión que me parecía que me ha-
llaba en el espacio sin que mediase ventana alguna. Contem-
p laba todas aquellas estrellas, frías, inmóviles, b rillando con
una hostil y dura luminosidad.
»"Vamos a correr un millón de veces a mayor velocidad — ob-
servó la Voz —, bajo la pena de no poder contemplar nada más
en toda vuestra vida.» Las estrellas empezaron a oscilar rít-
micamente, una sobre la otra, todas sobre un centro que no
veíamos. De un lado del cuadro llegó a gran velocidad un
co met a , en di r ec ción al inv is ible y os cu ro cent ro . El co rn eta
v o l ó a t r a v é s d e l c u a d r o , a r r as t r a n d o c o n s i g o o t r o s m u n d o s .
Finalmente, chocó con el mundo muerto y frío que se en-
contraba al centro de aquella galaxia. Otros mundos, arras-
trad os fu era d e su s ó rb it as po r l a v eloc id ad crec ien te , s e p re -
cipitaron y chocaron, como en una carrera. En el momento
en que el cometa y el mundo muerto chocaron, el universo
pareció inflamarse. Masas giratorias de materia incandescente
fue ron lan zad as a t rav és d el espa cio . Gas es in fla m ados en g u-
lleron los mundos a ellos cercanos. El universo entero, tal
como lo veía en la pantalla que yo tenía enfrente, se con-
virtió en una masa de gas brillante, ardiendo con toda vio-
lencia.
»Poco a poco, el brillo intenso que invadía todo el espacio, se

143
fue calmando. Al final, quedó una masa central inflamada,
con masas inflamadas más pequeñas a su alrededor. Pedazos
de material incandescente eran expulsados a medida que la
masa central vibraba y se retorcía en las agonías de una nueva
conflagración. La Voz interrumpió mis caóticos pen-
s a mi e n t o s : " Es t á i s v i e n d o e n u n o s m i n u t o s l o q u e t a r d ó m i -
l l o n e s d e a ñ o s e n e v o l u c i o n ar . V a m o s a c a m b i a r d e i m á g e -
n e s . " M i v i s i ó n e n t e r a s e l i m it ó a l a s d i m e n s i o n e s d e l m a r c o
de la pantalla. Ahora, divisé todo el sistema estelar como si
se fuese encogiendo y lo viese desde muy lejos. El brillo del
astro central también disminuyó, si bien seguía siendo muy
brillante. Los mundos cercanos brillaban con un resplandor
rojizo, mientras giraban y describían sus nuevas órbitas. A la
velocidad con que se me mostraba el universo parecía estar en
un movimiento arremolinado que me deslumbraba la vista.

»Ahora, el cuadro cambió. Delante mío se extendía una gran


llanura manchada de inmensos edificios, algunos de ellos do-
tados de proyecciones, que brotaban de sus techos. Proyec-
ciones que me parecieron ser de metal, torcido en curiosas
formas, cuya razón mi inteligencia no acertaba a adivinar.
Enjambres de personas de muy distintas formas y tamaños
convergían hacia un objeto muy curioso situado en el centro
de aquel llano. Era por el estilo de un tubo inmenso. Los
extremos de aquel tubo eran más estrechos que la zona central
y uno de los extremos acababa en punta, mientras el otro era
redondeado. A lo largo del tubo se veían protuberancias y,
fijándome, vi cómo éstas eran transparentes. Dentro se veían
unos puntitos que se movían, que yo juzgué ser personas. Me
pareció que todo aquel edificio vendría a tener entre un
kilómetro y medio o dos de extensión; tal vez más aún. Su
destino era completamente desconocido para mí. No acertaba
a comprender cómo un edificio podía tener semejante forma.

»Mientras yo estaba atento a no perder un solo detalle, flotó


dentro del cuadro un vehículo muy extraordinario, que remol-
caba unas cuantas plataformas cargadas con cajas y fardos

144
bastantes; pensé en mi fantasía para abastecer todos los mer-
cados de la India. También — ¿cómo podía ser esto? —,
to do flo tab a p or los a i res co mo los p eces n ad an y se mu even
por sí mismos dentro del agua. El extraño vehículo siguió
hasta llegar al lado del gran tubo, que era una construcción y
adonde, una tras otra, las balas y las cajas fueron introdu-
cidas, y entonces la extraña máquina se fue con las platafor-
mas vacías siguiéndole cual remolques. La corriente de per-
sonas que entraban en el tubo disminuyó sensiblemente y
luego cesó por completo. Unas puertas resbaladizas se des-
lizaron y el tubo permaneció cerrado "¡Ah! — pensé yo —;
esto debe de ser un templo; me lo muestran para que yo vea
claro que poseen una religión y templos." Sintiéndome satis-
fecho con la explicación que me daba a mí mismo, dejé que
mi atención divagase a sus anchas.
» N o h a y p a l a b r a s q u e p u e d a n d es c r i b i r l a e s t u p e f a c c i ó n q u e
experimenté al ver que aquel edificio tubular, largo de más de
u n k i l ó m e t r o y a n c h o d e m e d i o a p r o x i ma d a m e n t e , d e p r o n t o se
levantaba por los aires. Se levantó como hasta nuestras más altas
montañas, se hizo pálido por unos pocos segundos y luego
¡desvanecióse! Unos momentos antes estaba allí, como una
tira de pl at a su spend id a en el cie lo co n lu ces colo rid as y do s o
tres so les jug a nd o con su su per fi cie. D esp ués, sin e l men or
destello, ya no estaba. Miré hacia lo alto; miré las pantallas
que estaban a los lados, y entonces lo vi. Dentro de una pan-
talla, larga de unos cuatro o cinco metros, las estrellas se
arremolinaban alrededor de lo que aparecía como unas tiras
d e lu z d e colo res . Est acion ad o en el cen t ro de la p ant all a, s e
veía el edificio que un momento antes había dejado aquel
extraño mundo. La velocidad de las estrellas que por allí
pasaban fue creciendo, hasta que formaron una hipnótica
imagen borrosa. Me volví hacia otros lados.
»Un resplandor de luz atrajo mi atención y volví a mirar
hacia la pantalla larga. En uno de los extremos más lejanos
apareció, anunciando una luz mayor, un resplandor, como el
qu e mandan los rayos d e so l antes de que éste aparezca detrás
de una montaña, anunciándole. La luz creció rápidamente y

145
se hizo intolerable. Una mano entonces se vio dando vueltas
a una llave. La luz se fue reduciendo, de forma que apare-
ciesen las imágenes claras. El gran tubo, un insignificante topo
en la inmensidad del espacio, se aproximó al orbe brillante.
Dio la vuelta a su alrededor y entonces me volví a mirar hacia
otra pantalla. Por un momento, perdí mi orientación. Con-
templaba, sin comprenderlo, el cuadro que tenía ante mis
ojos. Se trataba de la imagen de una sala espaciosa donde
permanecían hombres y mujeres vestidos de lo que yo co-
nocí ser uniformes. Algunos de ellos permanecían sentados
c o n l a s ma n o s s o b r e p a l a n c a s y l l a v e s , m i e n t r a s o t r o s o b s e r -
vaban unas pantallas como yo estaba entonces haciendo.
»Un personaje, más bien puesto que los demás, se paseaba de
una parte a otra con las manos cruzadas a la espalda. A me-
n ud o deten ía s us paso s y mirab a po r enc i ma de ot ra pe rso na,
mientras consultaba unas notas escritas, o miraba las escri-
turas enrevesadas que se hallaban detrás de vidrios circula-
res. Entonces, con una inclinación de cabeza, resumió su pa-
seo. Al fin, yo me aventuré a hacer lo mismo: miré una pan-
talla, como aquel hombre bien trajeado. Allí se divisaban
mundos llameantes, que no pude contar porque la luz me
deslumbraba y el movimiento excesivo me atolondraba. Por
lo que pude contar pienso — sin ninguna garantía por mi
parte — que había unos quince fragmentos llameantes, situa-
dos alrededor de la gran masa central que les había dado na-
cimiento.
»Aquel edificio tubular, que ahora comprendí que era una
nave del espacio, se detuvo, y entonces se produjo una gran
a c t i v i d a d . D e l f o n d o d e l a n av e , e m e r g i e r o n u n g r a n n ú m e r o
d e e m b a rc a c i o n e s c i rcu la r e s . S e d i s p e rs a ro n p o r t o d a s p a rt es
y , co n su p ar ti da, la v ida a b ordo d e l a gr a n n ave r eanu dó su
bien ordenada existencia. Pasó un tiempo y entonces todos
lo s p equeñ o s d iscos reg r esa ro n a la e mb ar ca ció n - mad re y e n-
traron a bordo. Lentamente, aquel tubo macizo giró y aceleró
su velocidad como un animal asustado huyendo por las cons-
telaciones.
»Con el tiempo — no sabría decir cuánto — el tubo metálico

146
regresó a su base. Los hombres y las mujeres que viajaban
dentro, lo abandonaron y entraron en casas que estaban por
aqu ellos alrededo res. La p antalla que tenía enfren te se volvió
de un color gris.
»Aquella habitación en la penumbra, con las pantallas siem-
pre moviéndose en la pared, me fascinaba de un modo ex-
trao rdin ario. Al principio , yo h ab ía prestado mi atención sólo a
una o dos pantallas. Ahora que ambas estaban inertes en-
frente de mí, tenía tiempo para explorar a mi alrededor. Allí
estaban personas aproximadamente de mi talla, de la que
empleo cuando me sirvo de la palabra "humano". Había gente
d e t o d o s l o s c o l o r e s : b l a n c a , n e g r a , v e r d e , c o l o r a d a , a m a rilla
y caoba. Tal vez un centenar de ellos se sentaban en unas s i ll a s
e x t r a ñ a m e n t e a j u s t a d a s , q u e s e d e f o r m a b a n a c a d a m o vimiento
de quien las utilizaba. Los había sentados, alineados e n u n a
pared lejana. Los Nueve Sabios estaban instalados
alrededor de una mesa especial, situada en el centro de la
estancia. Miré con curiosidad a mi alrededor, pero los asien-
tos y otros objetos estaban tan lejos de todo lo que mi expe-
riencia conocía previamente que no hallaba la manera cómo
p odrí a des cribi rlos . Tubo s il umin ado s co n u na lu z v a ci la nte,
conteniendo un fantasmal reflejo verde, tubos dentro de los
cuales oscilaba un resplandor ambarino, paredes que eran
p aredes, aunque irradiaban la misma claridad q ue si se tratase
del aire libre. Cristales redondos, tras los cuales pululaban
fantásticamente unos puntos, o bien, al contrario, estaban
fijos e inmóviles. ¿Os decía algo, todo este mundo?
»Una parte de la pared se balanceó , revelando una prodig iosa
cantidad de alambres y de tubos. Subiendo y bajando por
ellos, se veían unos hombrecillos de unos tres palmos de
altura, enanos que llevaban unos cinturones llenos de herra-
mientas brillantes. Llegó, entonces, un gigante que transpor-
tab a u n a c aj a mu y g ran d e y p esad a. L a d e j ó en el su elo mi en -
tras aquellos enanos amarraban la caja al otro lado de la
pared. Entonces, la pared se volvió a cerrar y los enanos se
m a r c h a r o n j u n t o c o n e l g i g a n te . A l m i s m o t ie mp o , s e h i z o u n
silencio. Todo permaneció silencioso, excepto los ruidos ca-

147
racterísticos del golpear de una máquina por un orificio, dentro
de un receptáculo especial.
»Aquí, sobre aquella pantalla, se proyectaba una cosa extra-
ñísima. Al principio creí ver una roca toscamente labrada
en una forma humana. Luego, con mi más intenso terror, vi
cómo aquella co sa se movía. Una especie de brazo se levantó y
v i c ó m o a g u a n t a b a u n a a n c h a s á b a n a d e u n ma t e r i a l d e s c o -
nocido, encima del cu al se habían escrito signo s gráfico s. No
se podía exactamente llamarlo escritura con to da prop iedad.
Era tan ajeno aquello a toda forma especial de lenguaje,
que para describirlo habría que inventar un sentido. Mis mi-
radas se dirigieron a otros lados; todo aquello estaba tan lejos
de mí, que ni lograba interesarme. Sólo terror me causaba
aquel disfraz de humanidad.
» Pero mis mirad as errantes se d etuv iero n d e u n mo do b ru sco.
Allí estaban unos Espíritus; uno s Esp íritus alados. Qu ed é tan
fascinado que estuv e a pique de chocar co ntra la pantalla, de
tanto como me aproximé a ella, esperando ver más. Era el
cuad ro d e u n maravi llos o ja rd ín , en el cu al jugab an cr ia tu ras
aladas. De forma humana, varón y hembra, tejían unos di-
b u jo s a ér eo s p o r e l c ielo d e o ro , so bre e l j a rdín . La Voz i nte -
rru m pió m is p ens a m ien to s: " ¡Ah ! , ¿de mo d o qu e aho ra es táis
fascinado? estos q ue ahí v eis son los — un no mb re que no se
pued e escribir — y pueden volar p orque habitan en un mundo
en el cual el peso de la gravedad es excesivamente leve. No
pueden abandonar su planeta; son demasiado frágiles. Po-
seen una inteligencia poderosa, insobrepasable. Pero, ved a
vuestro alrededor otras pantallas. No tardaréis en ver algo más
de la historia de vuestro mundo."
»La escena cambió a mi presencia. Sospeché que el cambio
era deliberado para que yo pudiese ver lo que deseaba con-
templar. Primero, fue el profundo color púrpura del espacio y
luego un mun do enteramente azul, q ue se movieron desde el
borde hasta ocupar el centro de la pantalla. La imagen fue
cr eciend o h ast a qu e llen ó to da la v is ta po r co mp l eto . Se h izo
entonces aún mayor, y tuve la horrible sensación de caerme
de cabeza abajo por el espacio. Una experiencia muy desa-

148
g radable. Deb ajo de mí, las olas saltaban y co rrían. El mundo
giraba. Por todas partes, agua. Pero una mancha se proyectaba
sobre las olas eternas. En todo el mundo sólo existía una
meseta de unas dimensiones como el valle de Lhasa. En ella
re lu cían sob re la play a un os ex trañ os ed ifi cio s . Un as fig uras
humanas se agitaban en la orilla, con las piernas dentro del
agua. Otras, permanecían sentadas en las rocas cercanas. Todo
ello era misterioso y carecía de sentido para mí. "Nuestro
cultivo forzado — dijo la Voz —; aquí hemos cultivado las se-
millas de una raza nueva".»
Capítulo noveno

El día se iba apagando y debilitándose progresivamente. El


joven monje miraba — como había mirado casi todo aquel
día — en d i rec ción a la co rt a d u r a d e l a s mo n ta ñ a s , d o n d e e s -
taba el paso entre la India y el Tíbet. De pronto, lanzó un
grito de alegría y giró sobre sus talones, entrando precipita-
damente en la cueva: « ¡Venerable!», ex clamó . « Vienen hacia
nosotros por el puerto. Pronto tend remos comida». Sin aguar-
dar la respuesta, dio media vuelta y corrió al exterior. Dentro
del aire transparente y frío del Tíbet, los más pequeños de-
talles pueden percibirse a grandes distancias; no hay impu-
rezas en el aire que enturbien la visión. Por el borde rocoso
desfilaban unas pequeñas manchas negras. El joven sonrió
con satisfacción. Pronto tendrían cebada y té.
Con toda rapidez corrió a la orilla del lago y llenó el reci-
piente a rebosar. Lo trajo a la cueva con todo cuidado, para
que es tuviese a p unto cuando llegas en las p rovision es. Se fue
luego a la cuesta, corriendo, para almacenar hasta la última
brizna de las ramas del árbol caído en la tempestad. Consiguió,
con esto , reu ni r u na bu en a pi la d e l e ñ a a l l ad o d e l a h o g u e r a
encendida. Con gran impaciencia el joven subió a una roca
encima d e la cueva. Haciendo un a pan talla con la mano , miró a
todos lados . Un a gran fila de b estias de carg a se alejab a d el
lago. Eran caballos, no yaks. Y los hombres eran indios, no
tib e tan o s . E l j o v en mon je se q u ed ó p ar ali z ad o , co mp ro b a n d o
su error.
L e n t a m e n t e , c o n p e s a d u m b r e , d es c e n d i ó a l n i v e l d e l s u e l o y
volvió a penetrar en la cueva. «¡Venerable!», exclamó con voz
ap enada: «Aquellos hombres , eran indios; aho ra se march an y
no tenemos qué comer.»
«No os preocupéis», dijo el anciano dulcemente. «Un estó-
m a g o v a c í o h a c e u n c e r e b r o c l a r o . H e mo s d e a g u a n t a r , t e n e r
paciencia.»
Un pensamiento súbito se le ocurrió al joven monje. Con el

150
recipiente del agua corrió al interior de la cueva, allá donde
se había esparcido toda la cebada. Allí, se puso cuidadosamente
d e ro d i l l a s y e s c a rb ó e l s u e l o a ren oso . L a c eb ad a e st aba m ez -
clada con la arena. Había, pues, una y otra cosa. Con toda
atención, fue echando un puñado tras otro en el recipiente y
golpeó las paredes del mismo. La arena, se fue al fondo y, la
cebada quedó flotando en la superficie. También flotaban
pequeños trozos de té.
A c o p i a d e ti e mp o , fu e q u ita n d o la ceb ad a y los ped acitos de
té que se hallaban en la superficie del agua y los fue poniendo
uno tras otro en su cuenco. De momento llenó el tazón del
viejo y, finalmente, cuando las sombras del atardecer ya se
ar ra st rab an po r aq ue llo s p a raj es, lo s d os cue ncos est ab an ll e-
n o s . F at ig ad o , el jo v e n s e p u s o en pie , v aci ó el ag ua l len a de
a r e n a s o b r e e l s u e l o . L u e g o , t ri s t e m e n t e , s e d i r i g i ó h a c i a e l
lago.
Los pájaros nocturnos empezaban a despertar y la luna, en
su plenilunio, asomaba sobre el borde de las montañas cuando
frotó el recipiente y lo llenó de agua. Fatigado, lavó de sus
rodillas los granos de arena y de cebada que se le habían pe-
g ado y reanudó su camin o hacia la cueva. Con un golpe resig -
n ado , colo có e l rec ipien te en el cor azón d e l fu ego y s e s en tó
allí cerca, aguardando con toda impaciencia el hervor del agua.
P or último , se lev antaron soplos de vapor y se mezclaron con el
hu mo que hacía el fuego . El jov en n 3 n je s e l ev an tó y t r ajo lo s
d os tazo n es co n la ceb ada y e l té — y t a mb i én s u alg o d e tierra
—. Con todo cuidado, lo fue echando al agua.
De pronto, se levantó el vapor. El agua empezó a hervir fre-
nética, removiendo aquella mescolanza terrosa. Con una astilla
p lana, el jov en quitó lo peo r de las impurezas y, n o pud iendo
aguantar más, con un palo consiguió levantar el recipiente del
fueg o y e chó u na gen ero sa ració n de aqu e l la espe ci e de s opa
en e l t azón de l an ciano . Lueg o , limpián do se lo s d ed os en su s
d ecid idamente sucias v estiduras, se adelantó hacia el v iejo er-
mitaño, ofreciéndole el inesperado y más insípido líquido.
Luego, se preocupó de sí mismo. Era apenas bebible.
Habiendo apaciguado lo justo los tormentos del hambre, am-

151
b os se t end ie ro n en la d ur a y ar isc a y ac ij a d e a r ena pa ra d or-
mir. Mientras tanto, se remontó la luna y describió una
maje stu os a cu rva, h a sta po s a rse en l as le jan as cu mb res d e la
cordillera. Las criaturas de la noche se dedicaron a sus ocu-
paciones, que la noche hacía lícitas, y el viento de la noche
sopló suavemente en tre las ramas d elgadas de los árb oles ena-
nos de aquellos parajes. En los conventos de lamas, los vigi-
lantes de la noche continuaban sus incesantes ocupaciones,
mientras en las callejuelas de la ciudad las gentes de mala
reputación renegaban sin cesar contra aquellos que estaban
mejor situados.
La mañan a tra nscur rió sin s a tisfacc iones . L o s restos de la ce-
b a d a , h ú m e d a , y l a s h o j a s d e t é qu e l es q ued aban , p ro po rcio-
naron un sustento flaquísimo; lo indispensable para no des-
fallecer. Simultáneamente con el crecer de la luz del día y
d el fu eg o, qu e esp arcí a enj a mb res d e ch isp as, b rotan do d e l a
leña superficialmente seca, el viejo ermitaño, dijo: «Conti-
nuemos con el pasado del conocimiento humano. Ello nos ayu-
dará a disimularnos el hambre que sentimos». El viejo y el
joven entraron juntos en la cueva y se sentaron en las posi-
ciones acostumbradas. .
« F u i d e u n l a d o a o t r o , d u r a n t e u n r a t o — p r o s i g u i ó e l e r mi -
taño —; cómo van los pensamientos de un hombre desvagado,
s i n d i r e c c i ó n n i p ro p ó s i t o a l g u n o . V a c i l a n d o , y e n d o d e a q u í
para allá, de una pantalla a la otra, caprichosamente. Entonces,
la Voz que hablaba dentro de mí, dijo: "Os tenemos que de-
cir más cosas." Así que me habló la Voz noté que se me
dirigía hacia las primeras pantallas que yo había estudiado.
Volvían a funcionar. Sobre una de ellas, se veía la imagen
del universo que contiene lo que llamamos el Sistema Solar.
»La Voz entonces dijo: "Durante centurias se vigiló cuida-
dosamente que no se produjese ninguna irradiación al azar,
desde el nuevo Sistema entonces en estado de formación.
Pasaron millones de años; pero, a la escala del Universo, un
millón de años son apenas unos minutos en la vida de un
ser humano. Finalmente, otra expedición partió de aquí, el
corazón de nuestro imperio. Los expedicionarios iban equi-

152
p a d o s c o n l o s m á s m o d e r n o s a p a r a t o s p a r a d e t e r m i n a r c ó mo
deben plantearse los nuevos mundos que deseamos fundar".
Cesó, entonces, la Voz y yo, de nuevo, contemplé las pan-
tallas.
» Bri ll ab an f r ía mente l as es t r ell as en l as in mensid ades i m pre-
sionan tes del espacio. Fijas y frágiles, relucían con más color e s
que el arco iris. El cuadro se hizo cada vez más amplio, h a sta
q u e s e d i s t i n g u i ó t o d o u n m u n d o q u e p a r e c í a s e r , n i más ni
menos, un globo d e nub es. Nubes turbu len tas qu e eran azota d as
co n el más esp antab le relamp agu eo . " No es p o sib le — d ijo l a
Voz — anal iz ar co n ce rt eza u n mu nd o l ejano , a bas e d e
p r u e b a s r e m o t a s . A n t e s , l o c r e í a m o s a s í ; p e r o l a e x p e rien cia
no s demo stró el error en que estábamos. Actualmen te, duran te
millon es d e año s, h emos ido mandando exped iciones. ¡Mirad!"
»El universo fue barrido como una cortina. De nuevo pude
contemplar una llanura que se perdía en lo que parecía ser el
infinito. Los edificios eran diferentes; ahora se nos aparecían
largos y bajos. La gran nave aérea que estaba allí también
era distinta. Su forma recordaba, en la parte inferior, un
plato en posición normal; mientras que la parte superior
recordaba un plato en posición invertida, reposando por los
bordes encima del primero. El conjunto resplandecía como
una luna llena. Unos agujeros a centenares, provistos de sus
c o r r e s p o n d i e n t e s c r i s t a le s , f o r mab an una c ircunfe ren cia alre-
d e d o r d e l a e s t r u c t u r a . En l a p a r t e m á s a l t a , f i g u r a b a u n a e s -
pecie de cúpula transparente. Dicha elevación sería de unos
diez metros. El inmenso ruedo de la nave aérea disminuía, hasta
hacerlas aparecer enanas, el tamaño de las máquinas que se veían
al pie aprovisionando la nave del espacio.
» U n o s g ru p i t o s d e p e rs o n a s , t o d o s u n i fo r m a d o s d e u n a ma n e r a
rara, conversaban, alegres, alrededor de la nave espacial. Al
p i e d e c a d a u n o s e v e í a n u n a s p i l a s d e c a j a s r e p o s a n d o en el
suelo. La conversación era animada; el humor, excelente. O t r o s
i n d i v i d u o s , c o n m á s b r i l l a n t e s u n i f o r m e s , i b a n d e u n lado
p ar a o t ro , co m o si d e lib er as e n sob r e e l d es t ino d e alg ú n mundo
como, de hecho, era así. Después de una señal súbita,

153
to dos, ll eván do se cad a cu al c on sig o su eq ui p aje, su b ie ro n o r-
denada y rápidamente a la nave interespacial. Unas puertas
m e t á l i c a s , d i s p u e s t a s c o m o e l i ri s d e u n o j o , s e c e r r a r o n h e r -
méticamente tras ellos.
»Con lentitud, aquel aparato metálico se levantó cosa de
treinta metros por el espacio. Se balanceó un pequeño momento
y, exactamente, se esfumó, sin dejar huella alguna de haber
e x i s t i d o n u n c a . L a V o z d i j o e n t o n c e s : " Es o s a p a r a t o s v i a j a n
a una velocidad inimaginable — más rápido qu e la luz —. Es
un mundo — él por sí mismo — completamente fuera de
influencias externas. No hay en él sensación alguna de veloci-
dad, ni de caída, ni en los instantes de mayor velocidad. El
espacio — continuó diciendo la Voz —, no es ningún vacío,
como vosotros los terrenales opináis. El espacio es un área de
un a densidad reducida. Ex iste en él una atmósfera d e molécu -
las gaseosas, de hid rógeno . Dichas moléculas pueden estar se-
paradas centenares de kilómetros entre sí; pero a la velocidad
qu e desarrollan las naves del espacio d ich a atmósfera resulta
ser tan densa como el agua del mar. Se escuchan las moléculas
d ando contra los costados de la nave espacial y se han tenido
que adoptar dispositivos especiales para prevenir el calenta-
miento resultante de la fricción molecular. Pero, ¡mirad!"
»En una pantalla que estaba al lado de la anterior, la nave
espacial en forma de disco seguía su rumbo dejando una es-
t e l a d e u n c o l o r a z u l d e s t e ñ i d o t r a s s í . La v e l o c i d a d e r a t a n
e n o r m e q u e , a l i r s i g u i e n d o a qu ell a i mag en la d e la nav e d el
espacio, las estrellas parecían líneas sólidas de luz. La Voz
murmu ró, en tonces: "Hemos d e prescindir de los innecesarios
d etall es y q u ed arn os so l a men t e con la s s ecu e ncias qu e i mpo r-
tan! ¡Mirad hacia la otra pantalla!" Le obedecí, y pude ver
la n av e espa ci al aho ra mu ch o más l ent a en su v iaje a lr ed edor
d el S o l , nuestro propio Sol. P e r o e r a u n S o l mu y d i f e r e n t e
del actual. Mayor y más luminoso. Grandes flecos de llamas
alcanzaban lejos de su orbe. La nave le daba la vuelta, ro-
deando un planeta y otro y otro.
»Por fin , se di rigió h ac ia un m u n d o q u e , p o r c u a n to y o p o d í a
comprender, se trataba de la Tierra. Envuelto en nubes por

154
completo, giraba debajo de la nave del espacio. Después de
haber descrito unas cuantas órbitas, se movía más
despacio. Cambió la imagen en la pantalla y entonces pude
contemplar la embarcación por dentro. Un pequeño grupo
de hombres y mujeres circulaba a lo largo de un corredor
metálico. Al final entraron en una cámara donde se veían
copias reducidas de la nave. Unos cuantos de ellos
subieron por una palanca y se metieron dentro de una de
aquellas naves de un tamaño reducido. El resto de aquellos
hombres y mujeres se marcharon. Detrás de una pared
transparente, estaba de guardia un navegante, atendiendo a
una serie de pulsadores cada uno de un color diferente;
brillaban, enfrente, algunas lucecitas. En un momento
determinado, se encendió una luz verde, y aquel navegante
oprimió diversos botones a la vez.
»En el pavimento de la nave, se abrió como se abre el iris
de un ojo, un agujero por el cual pasó la pequeña nave es-
pacial aquella. La pequeña nave entró en el espacio y se
fue alejando con dirección a las nubes que cubrían la
Tierra. Entonces, volvió a cambiar la escena y era como si
yo mirase situado dentro de la pequeña navecilla. Allí se
veía cómo se aproximaban nubes girando, amontonándose.
Primero, se hubiera dicho que eran unas barreras
impenetrables; mas se fundían al paso de la navecilla
espacial. A copia de ir descendiendo a través de un sinfín
de nubes; finalmente nos vimos dentro de una luz opaca y
baja. Un mar alborotado y gris, visto a distancia, parecía
mezclarse con aquellas nubes grises sobre las cuales se
pintaban resplendentes fuegos procedentes de alguna
fuente desconocida

»La nave del espacio, entonces, volaba en un sentido hori-


zontal entre las nubes y el mar. Una masa de color oscuro
apareció — después de un largo viaje por encima de las
olas — sobre la línea del horizonte. De su cumbre,
brotaban intermitentes llamaradas. La nave espacial se
dirigió hacia la montaña. Debajo nuestro se extendía una
gran masa montañosa. Grandes volcanes elevaban sus
cumbres terroríficas hasta las nubes. Se divisaban enormes
llamaradas y torrentes de lava fundida que caía
desplomándose por las laderas de los montes

155
para acabar precipitándose entre silbidos estruendosos, dentro
del mar. Aunque parecía de un azul brumoso vista desde
lejos, de cerca parecía, toda aquella vasta extensión de tierra,
teñida de un color rojo muy opaco.
»La nave del espacio seguía su viaje y dio la vuelta alrededor
del mundo unas cuantas veces. No había más que una in-
mensa extensión de tierra firme, rodeada por completo de
aquel mar alborotado, que, volando a una pequeña altura,
parecía echar humo. Finalmente, la nave espacial levantó
más el vuelo, subiendo por el espacio, y llegó a la nave madre.
La imagen de la pantalla se desvaneció tan pronto como la
nave empezó su regreso a la sede del imperio del mundo.
»La Voz, que acostumbraba a explicarse dentro de mi cabeza,
comentó ahora: "¡No! No hablo exclusivamente para vos.
También me dirijo a todos aquéllos que participan del pre-
sente experimento. Como sóis tan sensibles estáis informados
por la vía acústica. Pero poned toda vuestra atención a lo que
llamaremos reflejo verbal. Todo esto os interesa.
"La segunda expedición regresó a (aquí había un n ombre q ue
yo no sabría pronunciar, y que traduzco por "nuestro impe-
rio"). Allí hombres de ciencia estudiaron las memorias que
redactaron lo s tripulantes de la n av e. Se h icieron cálcu los so-
bre el número de siglos que faltaban aún para que aquel
mun do pu d ies e se r h ab itad o por s er es v iv i ente s. Ex p er to s en
m ate r ia d e b io log ía y de g en éti ca t rab aj aro n p a ra p lan ea r las
cr ia tur as más ad e cu ad as p a ra v iv ir en él . C uan d o h a y q u e p o -
blar un mundo nuevo, y cuando este mundo surge de una
«nova», se requieren animales de gran corpulencia y vegeta-
l es de hojas robustas, por el momento. El suelo de este nuevo
mundo consiste en rocas pulverizadas, con polvo de lava e
indicios de otros elementos. Ese tipo de suelo sólo permite
plantas rudas y tenaces. Entonces, cuando esas plantas su-
cu mben y los ani males per ecen, a mb o s s e v a n m e z cl a n d o co n
el polvo de las rocas. Así, a copia de milenios y más mile-
nios, se va formando un «suelo». A medida que el suelo se
v a d i s t a n c i a n d o d e l a r o c a p r i m i t i v a p u e d e n c r e c e r p l a n t a s de
mayor calidad. Desde todos los tiempos, en cada uno de los

156
p laneta s, el su elo co ns ist e en las c élu l as d e los ani males qu e
han perecido, de las plantas muertas y de los excrementos
depositados por los eones del pasado."
» Tuv e la impresión de que el Amo de la Voz hacía una pausa
en su discurso mientras observaba a su auditorio. Seguida-
m e n t e , c o n t i n u ó : "L a a t m ó s f e r a d e u n n u e v o p l a n e t a e s a b s o -
lutamente irrespirable para los seres humanos. Los efluvios
d e lo s v olcanes en erup ción con tien en una g ran p ropo rción d e
a z u f r e y d e g a se s n o civ o s y l et a le s . E s p re c i s o q u e u n a v e g e -
tación adecuada pu ed a absorber las sustancias tóx icas y trans-
formarlas en minerales inofensivos del suelo. La vegetación
convierte los humos tóxicos en oxígeno y n itrógeno, indispen-
s a b l e s a l s e r h u m a n o . P o r e s t o, n u e s t r o s c i e n t í f i c o s , p e r t e n e -
cien tes a di ferentes ramas , t rab aj aron en co lab o ra ció n si g lo s
enteros, preparando los elementos básicos de la Tierra. De
momento, esos elementos fueron situados sobre un mundo
vecino, para que pudiésemos estar seguros de que todo mar-
chaba a la mayor satisfacción. Sí era necesario, todo podía ser
modificado.
"De esta forma, el nuevo sistema planetario fue dejado aban-
donado a sí mismo durante edades enteras. Mientras tanto, el
viento y las olas iban erosionando las pináculos cortantes de
las rocas. Por millones de años las tempestades azotaron
aquellas cumbres. Las rocas, reducidas a polvo, fueron desa-
pareciendo de los más altos picos; enormes piedras se desga-
jaron bajo el ímpetu de los temporales y cayeron rodando y
p ulve ri zand o c uanta s ro cas h all aban a su p aso . Aque lla s o las
g i g a n t e s g o l p e ab a n f u r io s a m e nt e l a s o r ill a s d e l m a r , r o mp i e n -
do los salientes pedregosos, entrechocando las piedras las unas
contra las otras y reduciéndolas a partículas cada vez más
pequeñas. Las lavas que salían blancas e hirvientes de los
vo lcan es para d ar en las aguas del mar h umeaban y estallaban
en millon es de p art ícu las ha s ta con v ertirse en arena menu da.
Las olas devolvían aquella arena a la tierra, y la erosión
continua reducía la altura de las montañas, desde sus alturas
de kilómetros a modestos centenares de metros.
"Pasaron, con esto, muchísimas centurias de años. El sol, ar-

157
diente, moderó sus ardores. Cesaron de estallar
continuamente, inundando y quemando las cosas a sus
alrededores, las piedras volcánicas. Ahora el sol ardía con
toda regularidad. Los mundos más próximos también se
enfriaron. Sus órbitas se hicieron más regulares. Con
demasiada frecuencia, sin embargo, pequeñas masas
rocosas entraban en colisión con otras masas y el conjunto
de las dos se precipitaba en el sol, lo que era causa de un
aumento temporal de intensidad de sus llamas. Pero, de
todos modos, el sistema se iba consolidando. El mundo que
llamamos la Tierra empezaba a estar a punto de recibir su
primera forma de vida.
"En el Imperio básico se iba preparando una gran nave
espacial destinada a un viaje a la Tierra, y sus tripulantes
serían la tercera expedición, instruida ésta en todo lo
referente a sus trabajos venideros. Los hombres y las
mujeres se fueron seleccionando sobre las bases de
compatibilidad y ausencia de neurosis. Cada una de las
naves del espacio es un mundo que se basta por sí mismo,
donde el aire se fabrica a base de unas plantas y el agua se
extrae del oxígeno y el hidrógeno, que es la cosa más
barata de todo el universo. Se embarcaron los
instrumentos, provisiones que se congelaron para ser más
tarde reanimadas en el momento preciso, y, mucho
después, porque no se iba con prisa alguna, la Tercera
Expedición se puso en camino.
»Vi la nave deslizarse a través del universo Imperial,
luego cruzar otro, y entrar en aquel que contenía, situada
en uno de sus bordes, la nueva Tierra. Existían varios
mundos girando alrededor del Sol. Todos fueron pasados
por alto; la atención, por entero, se centraba en un planeta.
La gran nave disminuyó su velocidad y se movió dentro de
una órbita que resultaba estacionaria con relación a la
tierra A bordo, una pequeña nave fue dispuesta. Seis
hombres y seis mujeres entraron en ella y al acto apareció
un agujero en el piso de la nave-madre, a través del cual la
pequeña embarcación desapareció con rumbo a la Tierra.
Otra vez, por medio de la pantalla, pude ver cómo la
pequeña nave del espacio caía a través de espesas nubes y
emergió navegando a unos cien metros sobre

158
el mar. Desplazándose horizontalmente en un plano horizon-
tal, pronto llegó a la tierra rocosa que se proyectaba sobre las
aguas.
"Las erupciones volcánicas, aunque eran de una gran violen-
cia, no llegaban a la intensidad anterior. La lluvia de pequeñas
p ied ras e ra me n os abu nd ante . C on un g ran c uid ad o , l a p eq ue ñ a
nave fue descendiendo. Los ojos atentos del piloto buscab an
el sitio más adecuado para el aterrizaje y, finalmente,
cu and o lo d e ci d ie ron, p r acticaron la manio bra d e é st e. S ob re
el suelo, la tripulación hizo las comprobaciones rutinarias.
Satisfechos por lo visto, cuatro tripulantes entonces se vis-
tieron con extrañas ropas que los cubrían desde el cuello hasta
los pies. Cada uno, luego, encerró su cabeza dentro de un
globo transparente, que se conectaba de cierto modo con el
cuello de aquella vestidura.
"Cada uno de los cuatro, llevando una caja, entró en una pe-
qu eña cámara cuya puerta luego se cerró cuidadosamente con
llave tras ellos. Una luz situada en otra puerta enfrente, se
e n c e n d i ó e n c o l o r r o j o . La a g u j a — n e g r a — d e u n r e l o j e m -
pezó a moverse, y cuando reposó sobre una O mayúscula, la
luz roja cambió su color en verde y la puerta en cuestión se
abrió por completo. Una extraña escalera metálica, como
d o tad a d e u n a v id a p ro p i a, se ar r ast ró p o r e l su elo d e l a h a b i-
tac ió n y se ext endió h ast a to car l a ti er ra fi rme, u no s t res me-
tros más abajo. Entonces, uno de los hombres, con todo cui-
dado, bajó por aquella escalera. De la caja, sacó una larga
b arra y la p lantó en el su elo . Inclin ándose, contempló atenta,
minuciosamente, unas señales que se veían en la superficie de la
b arra en cu estión. Luego, enderezándo se, señaló a sus com-
pañeros que le siguiesen; como ellos hicieron al acto.
"El pequeño grupo, anduvo por aquellos alrededores, por lo
q ue p a re cí a, más b i en al az ar. Si n o me hu b ies e co ns tad o qu e
se trataba de adultos inteligentes, hubiera tomado sus ideas y
venida s po r s i mp les juego s i nfan til es . Alg u no s de el los el e g í a n
piedrecitas y las guardaban en una bolsa; otros, golpeaban el
suelo con martillos o clavaban en él varas metálicas. Otro de
ellos, una mujer, iba buscando pedacitos de cristal

159
pegajoso por aquellos alrededores, y los metía rápidamente
dentro de unas botellas. Todas esas cosas, para mí, resultaban
incomprensibles. Finalmente, regresaron a su pequeña nave
espacial y entraron en el prim er compartimiento . Allí estuv ie-
ron como reses en un mercado público, mientras unas luce-
citas d e brillantes colores se encen dían y apag aban en las pa-
redes. Por fin, se encendió una luz verde, y las restantes se
apagaron. El grupo, entonces, se quitó sus vestiduras y entró
en las habitaciones principales de la pequeña nave.
"P ron to s e a r m ó u n gran t rá fa go . L a mu je r c o n lo s p ed a cit o s
de vidrio se apresuró a ponerlos de uno a uno en un dispo-
sitivo metálico. Aplicando su rostro de manera que miraba
con ambos ojos, daba vuelta a unas manecillas, mientras hacía
comentarios a sus compañeros. Aquel hombre que antes co-
leccionaba pequeños guijarros los metió dentro de una má-
quina que lanzó un gran chirrido e instantáneamente devolvió
todos aquellos guijarros reducidos ahora a un polvo finísimo.
Se lleva ron a cabo div ersos expe ri m e n t o s y , c o n l a n av e - m a -
dre, se sostuvieron varias conversaciones.
"Otras pequeñas naves espaciales aparecieron, mientras el pri-
mero regresaba a la gran nave. Los restantes dieron una vuelta
completa al mundo y desde la altura lanzaron algo que cayó
encima de la Tierra y otro tipo de cosas que se cayeron al
mar. Satisfecho s p or su trabajo , tod as las p equeñas n av es fo r-
maron una línea que se remontó y abandonó la atmósfera
terrestre. Luego, una por una, fueron entrando en la nave
nodriza, y cuando todas hubieron entrado, ésta salió de su
ó rb i t a q u e o cu p a b a y s e l an z ó h a c ia o t r o s mu n d o s d e n u e s t r o
sistema. De esta forma muchos, muchísimos años de nuestra
Tierra transcurrieron todavía.
" P a s a r o n a l g u n o s s i g l o s s o b re l a Ti e r r a . E n e l t i e m p o d e u n
viaje a bordo de una de aquellas naves viajando a través del
espacio tan sólo unas semanas, ya que ambos tiempos son
d i f e r e n t e s d e u n mo d o m á s b i en difícil de c omprend e r; p e ro ,
que es así. Pasaron varias centurias y una vegetación ruda y
tenaz reinaba sobre la Tierra y debajo de las aguas. Inmenso s
helechos se elevaban al cielo, que con sus inmensas y espesas

160
h ojas ab so rb ían lo s g ase s ven eno sos y r esp irab an h acia fu era
o xígen o , d e d í a e h id ró g eno, de n och e. Al cabo d e much í si mo
tiempo , un a A r ca d el Espa cio desc endió a tra vés de las nub e s y
to mó ti erra so b re un a pl aya arenos a. Se ab ri eron u n as g rand es
esco til las y , d e aqu e lla arca q u e med ía c e r c a d o s k il ó m e t r o s
s a l i e ro n a r r a s tr án d o s e u n a s c r iat u ras d e p e sa dilla, tan pe san tes
q ue l a Ti e rr a t e mblab a b ajo s us pisadas. Ho rr en dos eng end ros
se remo n taron pes ada ment e por el ai re , s u sten tánd os e s o bre
cru ji ente s al as membran os as.
"La gran A r ca — la pri mer a que lleg ó , en el decu rso de las
ed ad es — s e l evan tó po r los ai res y se des lizó su av eme nte
v oland o sob r e el mar. Al s ob rev o la r d et e r min adas áreas , el
Arca rep os aba so bre l as ag u a s y lanzab a en ella s ex t rañ os se-
res a la s p ro fu n d id ad e s d e l o cé an o . L a in m en sa n av e d e l es-
p acio levan tó el vuelo y al canzó la s más l ejan as reg io n es de
lo s un iv erso s. Sob r e l a Tie r ra , aso mb ros as cri atu ras v iv i ero n y
s e p ele a ro n , s e a l i m e n ta ron y p e recie ro n . La at mó sfe ra h izo
ca mb io s. Camb ia ron las h ojas d e los árbo les y las cria tu ras
e v o l u c i o n a r o n . Pa sa r o n l o s e o n e s y , d es d e e l O b s er v ato ri o d e
lo s Sab io s , a d istan ci a d e mu ch os un iverso s , seg u ía l a v ig i lan -
c i a d e l o s m e n ci o n a d o s f e n ó m e n o s .

"La T ie r ra, se guía ba mboleá ndose en su ó r bita; a medid a qu e


p asab a el ti e m p o , se iba d e s ar ro l lan d o u n p elig ro so g r ad o d e
ex cen t ri cidad . En to n ces , de l co razón d el Imp erio, man daron
all á u na n ave esp a ci al . Los cien t ífico s , op i n aro n qu e un a so la
masa d e ti e rra era in su fic ien t e pa ra p rev eni r el q ue los m ares
co n su ol ea je l lega sen a des e qu ilib rar aqu e l mu nd o . D esd e la
g ran nav e q ue se b alan ceab a a mu ch a al tura so bre lo qu e t enía
q ue ser nue str o mun do , se l anz ó sob re la Ti erra un delg ado
h ilo d e lu z, co mo un d isp aro . És te dio en el b lan co so b r e el
co ntin ent e terráqu eo . Di ch o co ntin ent e s e q ueb ró al acto ,
f or m a n d o d iv er s as ma s a s d e m e n o r t a mañ o . S ig u i e r o n
violen to s terre moto s y , final m ente, la Ti erra, sub divid ida en
u nas cu ant as masa s, li mi tó la v io len ci a d e las agu as . C ontra
las co sta s de l a Ti e rra, el mar — ah o r a " lo s ma res " — go l peó
en v ano . La Ti er ra s e a fi r mó d entro de una órbit a por co mpleto
est abl e.

161
"Millon es d e a ños se su ced iero n — año s « t er re st re s» — . De
nuevo, salió del Imperio una expedición . Ahora, transp ortab a
los primeros humanoides a nuestro mundo. Fueron desem-
barcad as ex t ra ñas cr iatu ras d e u n co lo r mo rad o. L as mu jeres
ten í a n o c h o s e n o s ; t a n t o e l l a s co mo lo s va ron es po seían un a
cab ez a cu ad rad a so bre lo s h o mb ros , de man era que , pa ra v er
a tod os l ado s , tod o el t ron co ten í a q ue volv ers e . L as p i ern as
eran cortas y lo s brazos largos, hasta por deb ajo las rodillas .
D e s cono cí an el fu ego y l as a rm a s ; s in e mb a rgo , estab an siem-
pre peleándose entre sí. Habitaban dentro de las cuevas y
también sobre las ramas de los más robustos árboles. Se nu-
trían de bayas y de los insectos que se arrastraban por el suelo.
Pero los observadores no estuvieron contentos ya que toda
esa especie se hallaba desprovista de entendimiento y carecía
de instintos defensivos, como no presentaba el menor signo de
evolución.
"En aquellas edades, las naves del Imperio estelar patrulla-
ban continuamente a través del universo que contiene nues-
tro sis tema sol ar . Hab ía en él otro s mun do s en c a mino d e s u
des arrollo. El de otro planeta marchab a más rápidamente que
la Tierra. Entonces, una nave de la patrulla fue mandada
a la Tierra y desembarcó en ella. Unos cuantos humanoides
morado s s e capturaro n y fu eron examin ados; en v ista del exa-
men tuvieron que ser exterminados dichos humanoides, sin
q u ed a r u n o sol o . Lo m is mo q u e h ac e u n ja rdine ro ex tirp an d o
la mala hierba. Una epidemia terminó con todos esos huma-
noides." La Voz, llegando a este punto, observó incidental-
mente: "En años venideros en vuestra Tierra los hombres
emplearán ese sistema para exterminar una p laga de conejo s;
pero los vues tro s matarán los con ejo s con sufrimientos d e las
víctimas. Nosotros obramos sin dolor por parte de ellas".
"D esd e lo s ciel os, d es cend ió al su elo de l a Ti erra ot ra Ar ca,
tray éndonos diferen tes animales y muy distin tos humanoides.
Fueron distribuidos a través de países distintos; su tipo y
color, eran los más adecuados a las condiciones del área donde
eran semb rados. La Tierra, todavía rugía y roncaba. Los mon-
tes lanzaban llamas y humaredas y torrentes de lava fundida

162
resb al ab an po r las l ade ras. L os mares s e ib an en fri and o y la
v ida, en ellos , se t r ans fo rmab a, ad ap tán do se a las nu ev as co n-
d icio n es . En ambo s po los reinab a el frío y el p ri m e r h i elo
so bre la T ierra , e mp e zab a a fo rma rs e en el lo s .
"Pasa ron l as E dades . Camb ió la at mó s f er a t erre st re. Lo s hele-
chos gig ant es die ron paso a for mas d e árbo les más o rtodo xas.
Se est abi li zaro n las fo rmas d e v i d a. F lo r e c i ó u n a i mp o r t a nt e
c i v i l i z a c i ó n . A lr ed e d o r d e l m u n d o v o lab an l o s Jard in e ro s de la
Tierra; vistaban una ciudad tras otra. Pero alguno de dicho s J ard in ero s
se fa mi li ar izó en exc eso con l as al mas qu e te nía que gu i a r, con
las muj e res p r i n cip a l men te. U n ma l s acerdo t e d e lo s h uma nos
co nv en ció a u n a mu je r muy h ermo sa , qu e s e pres tó a s edu cir a
u n o d e los J a rd in e ro s y lo e mbeles ó h ast a el ex t r e mo q ue, b ajo
el i mp erio de aq uel la s e d ucc ió n, aq u él l leg ó a trai cion ar lo s
más a lto s se cretos . In me diat a men te la mu je r est ab a en
p osesión d e cie rt as a r ma s q u e ant es est ab an enco men d a das
ex clu s iv ament e a lo s v aro n e s. Al acto , el sacerd ot e pu d o
h acers e con aq u éll as .
"Luego , por o b ra de alguno s i n d iv id u o s p er ten ec ien t es a la
cas ta sa cerdot al , fab ri ca ro n pro y e c t i l e s a t ó m i c o s, u t i l i z a n d o
a q u é l q u e h ab ía s i d o ro b a d o , q ue l es s irv i ó d e mod elo . S e -
g uida men te, se tra mó u n co mplo t, en vi rtu d d el cual alg u nos
d e lo s Ja rd in eros fu eron in vitado s al T e mpl o co n la excu s a d e
la ce leb ra ció n de un acto de gra ci as . A ll í, e n te r reno sa g ra d o ,
lo s Ja rd in ero s fu eron en ven enad os . Su s e qu ip os, lo s ro baro n
lo s sace rd ot es . Con el los s e sirvieron lo s sacerdo tes p ara
ef ectua r un gran as alto con t ra los Jard inero s restan tes. En el
cu rso d e l a b a tal la , la p il a a tó mic a d e u n a n av e d e l esp acio
ate r ri zado s ob r e e ste mund o fue v o l a d a p o r u n s a c e r d o t e . E l
mun do en te ro te mbló con la ex plosión . El g ran con tin en t e de
la A tlán tid a, s e h un dió bajo las agu as. E n las más l ejanas
tier ras , los hu racan es b arri e ron las mon tañ as y se ll ev aron a
lo s hu man os . G rand es o l as su r g ie ro n d e l ma r y el mun do qu e dó
v acío de casi t od o s e r viv ien t e. P e r e c ie ro n t o d o s , e x c ep t o u n o s
p oco s q ue p ud i eron cobi ja rs e, at erro ri zado s , en e l fon do de las
cav ern as más remotas.
" Du r an t e mu ch o s añ o s , l a T ie rr a t e mbló y v a ciló b a jo lo s

163
efectos d e la exp losión ató mi ca ex p e ri me ntada . P asó mu cho
tie mpo sin qu e llega se ningú n J a rd i n e ro a i n s p e c c i o n a r e s t e
mun do . La rad iac ió n, en e ll a , era mu y fu e rt e y los at ro pe-
lla d o s re s t o s d e l a h u man id a d p u s i e r o n e n e l mu n d o u n a p r o -
genitu ra g en er almen te de fo rme. La v id a d e las plan tas s e vio
afectad a po r l a s rad ia cion es y la at mós f era s e h ab ía alt e rad o.
El sol se veía oscurecido po r n u b es d e co l o r ro jo a ra s d el
suelo . Po r fin , los Sab io s d ec retaron q ue se tení a q ue mand ar
otr a ex p edic ió n a la Ti er r a y t ra n s p o r t a r n u e v o s s e r e s v i v i e n -
tes qu e la p ob las en de nu ev o . La gran A r ca , t ran spo r tan do
homb res , an i m ale s y pl an t as, p artió d e lo s co nfin es d el es -
pacio . "»
En es te mo m e n to , el v i ejo e r mi tañ o cayó s in sen t id o co n la
bo c a mu y a b i e r t a . E l jo v e n m o n j e s e p u s o d e p ie v iv a m e n t e y
corrió h a ci a el anci ano caído . La p recios a b otel la con teni en do
aquel la s g ot as se h all aba al alc ance d e l a mano y p ro nto el
eremi ta s e h al lab a acos tad o so bre u no d e su s fl anco s resp i-
ran d o d e u n a f or m a n o r m a l .
«Os es n ecesa rio ali m en to , ¡Ven er abl e !» , ex clamó el jov en .
Vo y a pon er ag ua al al can ce de vu est ra man o y lu eg o t r ep aré
hast a e l ere mi t orio d e la So l e mn e Cont empla ción p ar a qu e a llí
me den té y cebad a.» El e re mi ta as in tió d ébil m en t e co n la
cab ez a y se di sten dió cuand o el jo ven mon je pus o el t az ón
llen o d e agu a a su v er a . « Voy a su b ir p o r l as p eñ as» , an u n ci ó ,
corri en do fu era d e l a cuev a .

Cor rió a lo largo de la mo n taña, bu s can d o hac ia arriba el


sen de ro que l e con dujes e al camin o más a nch o, más arri b a.
A l l í , cen t en a r e s d e me t ro s m ás a rr ib a y u n o s o ch o k iló met ro s
d e dis tan ci a, e stab a e l er e mi t o rio do nd e h ab itab an v ar io s mon -
jes . E ra segu ro que le so co r re rí an; p e ro el ca min o er a e sca-
b ro so y l a lu z del d ía e mp ez a ba a d e ca er. P r eo cup ado , el jo ven
ap retó cu an to p udo el p aso . Ten az m ent e ib a obs e rv and o la
p ared ro co s a h ast a qu e, p o r ú lti mo , d is t i n g u i ó a lg un as h u e l l a s
q u e mo s t r a b an q u e a lg u i e n h ab í a p a s ad o p o r a l l í . E m pren dió,
sig uiénd o la s, l a as cens ión , l asti m án do s e c on aq uel las ro cas
af il adas cu al c uchil lo s que h a b ían des ani ma do a mu cho s y qu e
le h ic ie ro n p ro lo n g a r v a rio s k iló me tro s aq u e lla c a -

164
minata, ya que la cuesta era no sólo escabrosa, sino diva-
gante.
Poco a poco, subió con afán, ayudándose con los pies y
con las manos. Puede decirse que subió paso a paso. El sol
caía bajo las montañas cuando no pudo más y se sentó sobre
u na p ied r a, a repo sar un os momen t o s . N o t a rd a ro n lo s p r i m e -
ros rayos plateados d e la luna en aparecer, aso mando sobre la
co rd ill e ra . Ah o ra , po dí a con ti nu ar su es cala da. Co n la ayu d a
d e las manos y los p ies, clavando materialmen te las uñ as, ara-
ñ a n d o e l s u e l o , p u d o ll e v a r a c a b o l a a s c e n s i ó n d i f í c i l y p el i -
g rosa. Debajo, el v alle estaba su mido en las tinieblas. Un sus-
p iro de satisfacción; hab ía alcanzado la senda que conducía a
las ermitas. Mitad corriendo, mitad desfallecido, doliéndole
todos los miembros, salvó la distancia que le separaba del
objeto de su viaje por la montaña.
Una lu ce ci ta se v eía all á lo lejos , t e mblo ro sa. Era la l á mp ar a
d e .man teca, que brillaba como un signo de esperanza p ara el
caminante. Con la respiración entrecortada y débil por la falta
de alimento, el joven anduvo a tropezones los pasos que le
s e p a r a b an d e l e r e mi t o r io , h as t a l a p ue rt a. D el in t e rio r, le l le -
gó el canto murmurado por un anciano que evidentemente
rezaba de memoria. «Aquí no hay ningún devoto religioso a
q u i e n p u e d a y o e s to r b a r» , p e n só e l j o v en mo n j e , a l a p a r q u e
decía en altas voces: «¡Guardián de las ermitas, socorredme!».
Den tro , aqu el mu r mul lo , rei t er ad a m en t e mu s itado , c esó . L ue-
go, se escuchó el crujido de huesos de un anciano moviéndose
con precipitación, e inmediatamente la puerta se abrió con
lentitud. Destacándose en negro contra la luz de la solitaria
lámpara de manteca, que chiporroteaba y oscilaba por la co-
rrien te de a ire que súbita ment e en t rab a en la er mi ta, el v i ej o
guardián, en altas voces interrogó: «¿Quién hay aquí? ¿Por
qué llamáis a esas horas de la noche?». Lentamente, avanzó el
joven monje, para poder ser visto. El guardián, a la vista de
las vestiduras rojas, depuso su actitud. «Venid, entrad», le
ordenó.
El joven se adelantó con paso vacilante. Ahora, debido a la
reacción, se sentía exhausto. «Amigo sacerdote — dijo —, el

165
Ven erab l e e rmitaño con q ui e n estoy se ha l la en fe rmo y l o s
d o s n o ten e m o s n a d a q u e c o m e r . N ad a , n i h o y n i e l d í a a nt e -
rio r . Sólo nos queda el agu a del lago ve cin o. ¿No s p o d é i s d a r
co mida ?»
El sa c erd o te g uard ián son rió con si mpa tí a. «¿C o mid a? , de sde
lu e g o , p u e d o p r o p o r c i o n a r o s con que co me r. Cebada, t enemos
u n mo n tó n . T a mb i é n u n lad ri l l o d e té . Man teq ui ll a y azú c ar,
ig ual m en t e. Pe ro os t en é is qu e qu ed ar aqu í a dor mir. Os s er ía
imp o s i b l e a t r a v e s a r l o s p a s o s d e l a mo n tañ a en la noch e.»
«Es p r eci so, a migo s a ce rd o te », ex cl a mó el jov en mo n je . « El
Ven er a b l e s e e s tá m u r i e n d o d e c o n s u n c i ó n . E l B u d a m e p r o -
teg e r á.»
« En to n ces , r ep o sad u n ra to a q u í y c o m e d y b e b e d a lg o d e t é ,
to do es tá a pu nto . Mi ent r as t a n t o v o y a h a c er u n p aq u e te q u e
podré is l lev ar a la esp ald a. Comed y be bed. Ten e mo s d e
sob ra .»
El jo v en mo n j e se s en tó en p osición d e lo to y se postró en
acción d e grac ias po r aq uel s oco rro t an s in ce ra m ent e co n ce-
dido a é l y su maes tro . Luego se sen tó y co mió tsamp a; lu ego
bebió u n té mu y fuer te , mi en t ras e l an ci an o g uard ián cha rl aba
y co ntaba to do s lo s chis mes qu e lleg ab an co n frecu enci a a las
ermit as. El P ro fu nd o se hal lab a de viaj e . El gran señ o r Ab ad
d e D r o p u n g h a b ía h e c h o a l g u n a o b s e r v a ci ó n m a l é v o l a c o n t ra
otro Ab ad. E l Coleg io de P ro cur ad ores h ab í a dado la s g ra c ias
a ci e rto Ga to Gu ardi án, q ue h a b í a l o c a liz ad o u n l a d r ó n
pers ist en t e en t re u n g ru po de cie rtos march an te s. Un chin o se
había ex t rav ia do en u n pas o de la montaña , e in tent ando
hall a r de nu ev o el b u en ca mino se h ab í a d espeñ ado d e sde
unas en o r mes altu ras (el c uerpo s e hall ab a po r co mp le to
destroz ado y listo p ar a los bu itres , sin auxilio hu mano
alg u n o ).
Pe ro el t ie mp o ib a pasan do . Al fin , co n tod o su pesa r, e l
jo v e n m o n j e tu v o q u e p o n e r se e n p i e y c arg a r c o n e l f a rd o q u e
le r eg al ab an . C o n p al ab ras d e ag rad ec i mien t o y ad iose s, sa lió
de l a e r mit a y e mp rend ió cu id ados amen te el regreso p o r la
senda de las ro cas . La luna es taba en su p un t o más alto .

166
Su luz era plateada y reluciente. El paso estaba muy bien
iluminado; pero las sombras eran de un negro sólo conocido
por quienes viven en las cumbres. No tardó en llegar al bor-
d e, y se vio p recisado a dejar el camino más segu ro y su mirse
en el prec ipi ci o. Con to do cu idado , l enta m ente , ini ció el d es-
censo a partir del borde. Con la mayor atención, algo estor-
bado por el peso que llevaba sobre la espalda, fue deslizándose
hacia bajo, palmo a palmo, un paso y luego el siguiente.
Aguantánd ose firmemente con las manos mien tras buscaba u n
reposo firme para sus pies. Relevando luego el peso de sus
manos cuando los pies pisaban firme. Por fin, mientras la luna
se escondía sobre su cabeza, llegó al oscuro suelo del valle.
Adivinando su camino de una roca a otra, adelantaba muy
d ificulto samen te h asta q ue d ivisó el b rillo rojizo d el fuego , a la
en t rad a d e la cu eva. El jov en mon j e s e d etu v o ún ic a men te p a r a
a ñ a d i r u n a s p o c a s r a m a s a l a h o g u e r a y l u e g o s e d e j ó cae r a l
su elo , a los pies d el v iejo ermit añ o, al qu e ap enas p od í a
d i s t i n g u i r p o r e l r e f l e j o d e l a l u z d e l f u e g o r e f l e j á n d o s e sobre
la entrada de la caverna.
Capítulo décimo

El viejo ermitaño se sintió visiblemente mejor bajo la in fluen-


cia d el té cal ien te, co n mu cha man teq ui ll a y azú car abu nda n-
te. La cebada, molida hasta convertirse en un polvillo muy
fino, había sido tostada muy convenientemente. Las llamas
d e la hoguera b rillaban alegremente a trav és d e la entrada d e
la cueva. Pero la hora todavía se encontraba entre la puesta y
el amanecer; dormían los pájaros en las ramas y sólo se
movían en la noche algunas criaturas nocturnas. La luna ya
había cruzado los cielos y se escondía tras las más lejanas
cordilleras. De vez en cuando, pasaba el viento de la noche
susurrando entre las hojas y levantando alguna chispa de la
hoguera encendida.
El anciano se levantó con fatiga y se marchó titubeando hacia
el in te rio r d e la cav e rna . El j o v e n mo n j e s e t e n d ió a lo l a r g o
y s e q u edó d o r mido ant es d e q ue su cab e za repo s as e sob re la
almohada de arena aprisionada. El mundo estaba en silencio
por todas partes. La noche se hizo más oscura, con aquella
o scurid ad q ue es el p re ludie del a man ecer. Desd e l as al turas,
u na p i edra soli ta ri a rod ó ha st a ro mpe rs e co ntra lo s peñ as co s
de los abismos; luego, todo volvió a su silencio de antes.
El sol estaba muy alto, cuando el joven monje despertó a un
mundo d e malestar. Miemb ros d oloridos , agujetas y hambre.
Murmurando por lo bajo palabras prohibidas a un religioso,
agarró la vasija del agua, vacía, y miró hacia el exterior de la
cu ev a. L a ho g uera o frecía e l bri llo p la cen t ero d e s u s c en iza s
ardientes. A toda prisa, añadió pequeños troncos y, encima,
ramas de mayor tamaño. Con tristeza, contó la escasa leña res-
tante y le preocupó el pens ar qu e cada vez ten dría que ir más
lejos en su busca. Echando una mirada hacia arriba, se estre-
meció recordando su escalada por la noche anterior. Luego fue
al lago por agua.
«Hoy tendremos que hablar mucho rato», dijo el viejo ere-
mita cuando ambos terminaron su frugal desayuno. «Siento
168
qu e los C ampos Celestiales me llaman con ins istencia. Existe
un límite a lo que puede soportar la carne y yo he pasado, y
c o n e x c e s o , l o q u e e s c o n c e d i d o a u n s e r h u m a n o . » El
jo ven se en t ris t eció ; h abí a ll eg ado a s ent i r u n gran afecto
hacia aquel anciano y consideraba que los sufrimientos de
aquel anacoreta habían sido excesivamente penosos. «Estoy a
v uest ra s ó rden es, Ven er abl e — le respo nd ió — ; p e ro d ej ad q u e
a n t e s l l e n e d e a g u a v u e s t r o c u e n c o . » E n t o n c e s , s e p u s o en pie,
limpió el cuenco y lo llenó de agua fresca.
El viejo eremita recomenzó su narración: «El Arca apareció
en la pantalla; era grande y voluminosa. Una nave capaz de
engullir el Potala y toda la ciudad de Lhasa, los conventos
d e Sera y D repung por añadidu ra. A su lad o, los homb res que
iban saliendo parecían tan diminutos como las hormigas que se
afan an sob re la aren a. Animales de grandes dimensiones eran
descargados, y, de nuevo, rebaños de otros hombres. Todos
parecían como ofuscados, drogados, sin duda para que no
pudieran pelearse. Unos hombres que llevaban extraños apa-
r a to s s o b r e s u s e s p a l d a s v o l a b a n c o m o p áj a ro s , g u i a n d o a lo s
animales y a los hombres, aguijoneándolos con unos palos
metálicos.
» La n av e dio la vu elta al mundo, aterrizando en d eterminado s
sitios y dejando en todas partes animales de distintas hechu-
ras. Los hombres eran unos blancos, otros negros y algunos,
amarillos. Tipos altos y tipos de corta estatura. Con el
pelo negro o blanco; entre los animales los había listados;
unos d o t a d o s d e l a r g o s c u e llo s , a l p a s o q u e o t r o s , s in c u e l l o .
Jamás yo hubiera creído que pudiesen existir seres de tantos
colores, fo rmas y tipos. Algunas de las criatu ras del mar eran
tan inmensas que durante un tiempo no creí que pudiesen
moverse, hasta que, en el mar, parecían tan ágiles como los
peces de nuestros lagos.
»Continuamente, volaban por el aire pequeñas naves, donde
estaban los que se cuidaban de los nuevos habitantes de la
Tierra. Co n sus id as y venidas dispersaban grandes rebaño s y
aseguraban que los animales y los ho mbres se esp arciesen po r
toda la superficie del globo. Pasaron siglos sin que el hombre

169
fuese capaz de encender fuego ni fabricar toscos utensilios de
p iedra. Los Sabios conferenciaron sob re el caso y decidieron
que era conveniente que aquel grupo podía mejorarse, intro-
duciendo algunos humanoides más inteligentes, que sabían
encender fuego y labrar el pedernal. De este modo pasaron
s i g lo s , d u r a n t e l o s c u a l e s l o s J ard ineros d e la Tierra in tro d u-
jeron nuevos tipos de hombres capaces de mejorar el conjunto
d e l a h u m a n i d a d . a s t a , g r a d u al m e n t e , p a s ó d e l e s t a d i o d e l a
piedra labrad a al del dominio del fuego. Paso a paso , se cons-
truyeron casas y se constituyeron ciudades. Continuamente los
Jardineros se movieron entre las criaturas humanas y los
hombres los miraron como dioses sobre la Tierra.
» L a V o z i n t e r v i n o e n t o n c e s , d i c i e n d o : " N o s i r v e p a t a n a d a el
ir sigu iendo p aso a p aso todos los trastornos interminables qu e
sucedieron a esta nueva colonia sobre la Tierra. Quiero
explicaros únicamente los sucesos principales, para que os
sirvan de instrucción. Mientras yo hable, tendremos ante
nuestra vista los cuadros adecuados de manera que podáis
seguir todo punto por punto.
" El I mp e rio e r a g r and e; p ero lleg ó d e o tro u n ive rso u n a r az a
violenta, que intentó arrancar de nuestro poder nuestras po-
sesiones. Aquel pueblo era humanoide y sobre su cabeza tenía
un as excrecencias en fo rma de cuernos que le bro tab an d e las
sienes. También estaban dotados de un rabo. Aquella gente
era de una naturaleza en extremo belicosa; guerrear, para
ellos, era a la vez un juego y un trabajo. Llegaron sobre negras
n av es a ese universo y llevaron la destru cción a un os mundo s
que nosotros acabábamos de sembrar. Batallas colosales, se
produjeron en el espacio. Varios mundos fueron desolados;
mucho s estallaron entre h u mos y llamas y su s restos se amo n-
tonan en áreas del espacio como la Cintura de Asteroides,
t o d a v í a e n n u e s t r o s t i e mp o s . A n t e r i o r m e n t e a l g u n o s m u n d o s
fértiles habían visto su atmósfera en explosión y tod a la vida
borrada de su faz. Un mundo chocó con otro y, en un instante,
este último fue proyectado hacia la Tierra. La Tierra retembló y
f u e d e s p l a z a d a a o t r a ó r b i t a ; l o q u e f u e c a u s a d e q u e , e n ella,
aumentó la duración del día.

170
"Durante esta casi-colisión, unas descargas eléctricas gigan-
tescas, surgieron de ambos planetas. Los cielos volvieron a
verse en llamas. Varios entre los seres humanos perecieron.
Enormes olas barrieron la superficie de la Tierra y, compa-
sivos, los Jardineros se apresuraron a su alrededor con sus
Arca s, int en t an do to mar a b ordo l as p e rso nas y lo s an i m ales,
p ara situ arlas a salvo en las a l t u r a s . A ñ o s m á s ta r d e — p ro s i -
guió la Voz —, esto daría origen a leyendas inexactas a través
d e todos los países d el globo . P ero, la batalla del espacio , fue
ganada. Las fuerzas del Imperio aniquilaron a los malvados
invasores e hicieron prisioneros a un cierto número de ellos.
"El príncipe de los invasores, Satán, defendió su propia causa,
diciendo que tenía mucho que enseñar a los pueblos del Im
perio. Añadió que deseaba trabajar siempre para el bien de los
d e más . Su v id a y l a d e alg u n o s d e sus co mp a ñ ero s fue ro n r es-
petadas. Después de un período de cautividad, se manifestó
d eseoso de co operar a la reconstru cción del sis tema solar que
él mismo había desolado tanto. Los Almirantes y Generales
del Imperio, todos ellos personas de buena voluntad, eran
in cap ac es d e i m agina r en los de m á s l a t r a i c i ó n y l a s i n t e n ci o -
n es av iesas. Aceptaron aqu el o frecimiento y colocaron al p rín -
cipe Satán y sus oficiales bajo las órdenes de los hombres del
Imperio.
"Sobre la Tierra, los hombres habían enloquecido con las
d e s d i ch a s q u e h a b í a n e x p e ri m e n tado . S e h abían v is to d ie z ma -
dos por las inundaciones y por las llamas, caídas de las nu-
bes. Se trajeron nuevas expediciones de seres humanos, de
otros planetas periféricos, allá donde habían sobrevivido al-
gunos. Los territorios ahora eran muy distintos entre sí y
también los mares. A causa del gran cambio de órbita, se
había alterado el clima. Ahora existía un cinturón ecuatorial
cálido y se amontonaban los hielos en las regiones polares.
G r a n d e s m o n t a ñ a s d e h ie l o s e d e s g a j a b a n d e l a m a s a g l a c i a l y
f l o t a b a n p o r l o s ma r e s . L o s m a y o r e s a n i m a l e s d e l a T i e r r a
perecieron bajo el frío súbito. Grandes selvas sucumbieron
cuando las condiciones de vida sufrieron una mutación drás-
tica.

171
" M u y l e n t a me n t e , d i c h a s c o n d i c i o n e s s e e s t a b i l i z a r o n . O t r a
vez, el hombre comenzó a construirse una forma de civili-
zación . Pero el hombre se mostraba ex cesivamente belicoso y
p ers egu í a a to d o s los d e su esp e ci e qu e er an d ébil es . De u na
man e ra rutin a r ia , lo s Ja rdin e ro s i n t r o d u j e ro n a l g u n o s n u e vo s
tipos para mejorar la especie básica. La evolución humana
p ro g r esó y , len ta men te , fue r esu ltan do un me jo r tipo d e cria-
t u r a . L o s J a r d i n e r o s , e mp e r o , n o s e c o n t e n t a b a n c o n e s o . S e
decidió que muchos más de ellos vivirían sobre la Tierra.
Y con los Jardineros, sus familias. Se juzgó, entonces, que se-
ría más conveniente utilizar las alturas de la Tierra como bases
de los desembarcos. En un país del Este, un hombre y una
mujer descendieron de su nave espacial sobre la amena cum-
bre de una montaña. Así, Izagani junto con Izanami se cons-
t i t u y er o n e n p r o t e c t o r e s y fu n d a d o r e s d e la g e n t e jap o n es a y
— entonces la Voz resonó a la vez con calma y con enojo — de
nuevo se forjaron falsas leyendas a su alrededor, ya que la
pareja formada por los Izagani e Izanami, como sea que
apareció viniendo de la dirección del sol, los indígenas cre-
y eron que ambos eran , resp ectiv amente, el dios y la diosa del
sol, que habían bajado a vivir entre ellos."
» En la p an talla q ue yo ten ía delan te, vi el sol rojizo en medio
d el c ielo . V i có mo d e sc end ía un a bri llan te nave d e l esp acio,
que los rayos solares pintaban de púrpura. La nave iba acer-
cándose cada vez más a la Tierra, hasta que se detuvo , osciló y
d io lentas vueltas. F inalmen te, cu ando los raros rojos de la l u z
solar se reflejaban en la cúspide cubierta de nieve, la nave
se posaba encima de una superficie horizontal que se veía
en ella. Los últimos rayos del sol iluminaban la nave
cuando un hombre y una mujer desembarcaron y miraron a
su alrededor y luego regresaron a bordo de la nave del es-
pacio. Los indígenas, de piel amarilla, se prosternaron ante
dicha nave, sobrecogidos por la gloria de lo que veían; es-
tuvieron allí durante un espacio d e tiempo, agu ardando en un
respetuoso silencio; luego se fueron y su imagen se fundió,
cuando se alejaron en la oscuridad de la noche.
»El cuadro cambió, y vi otra montaña en una tierra muy lejana

172
de aquella. Dónde estaba, yo lo ignoraba por completo; mas
p ronto se me dio la información necesaria. Del cielo llegaron
v arias n av es d el esp acio , que d iero n v arias vueltas po r el aire
y después, lentamente, descendieron en formación ordenada
hasta ocupar las laderas de una montaña. "Los dioses del Olim-
po", dijo la Voz en tono sarcástico. "Los mal llamados dioses,
que trajeron grandes luchas y tribulaciones al mundo joven.
Es a g ent e, con el antigu o Prí ncipe Sat án en tre el los, l leg aron
para instalarse sobre la Tierra; pero el Centro del Imperio
s e e n c o n t r a b a mu y l e j o s . La s m a l i g n i d a d e s e i n c i t a c i o n e s d e
Satán desencaminaron a los jóvenes de ambos sexos, que ha-
b í a n s i d o a s i g n a d o s a l a Ti e r r a p a r a q u e a l l í p u d i e s e n a d q u i rir
experiencia.
" Zeu s , Ap olo , Te seo , Af ro d it a, la s h ija s d e C ad mo y much os
otros, formaron esas pandillas. El mensajero, Mercurio, co-
rrió de una nave a la otra, a través del mundo, repartiendo
mensajes y escándalos. Los hombres, sintieron vehementes
deseos de las mujeres de su prójimo. Las mujeres, se dedica-
ron a l a ca za d el v a ró n q ue anh elab an . A t r avés de lo s ci elos
del planeta, naves rápidas eran tripuladas por mujeres persi-
g uiend o a lo s h omb res y a lo s marido s , t ras su s mu je res fu g i-
tivas. Y los ignorantes hijos de este mundo, observando las
extravangan cias sexuales de aquello s que ellos tenían por dio -
ses , p en s aro n q u e e ra a sí co mo d eb ían co n d u ci rse en la v id a .
De e ste mo do , empe zó u na e r a d e rel ajamie nto sen su al , en la
que fueron holladas todas las leyes de la decencia.
" A lg u n o s d e lo s n a t i v o s , l o s más astu to s y q ue v e ían más cla-
ro que el resto de los hombres, se proclamaron a sí mismos
como sacerdotes, y pretendieron ser la Voz de los dioses.
Ésto s, de masi a do at aread o s en su s o rgí as , n o se d aban cu e nta
d e n ada. Pero est as org ías co n duje ron a otros exce sos; p r ovo-
caron numerosos asesinatos, hasta el punto de que llegaron
las noticias al Imperio. Pero los sacerdotes naturales de la
Ti erra, aq ue llo s q ue pr et end í an s e r rep res en tant es de lo s d io-
s e s , e s c r i b i e r o n t o d o l o qu e o c u r r í a y a l t e r a r o n l a s c o s a s , d e
forma que sus poderes aun se vieron aumentados después.
Siempre ha ocurrido así en la historia del mundo; nunca

173
su s n a tural es h an co n tad o las co sas co mo o cur ri eron , sino d e
for m a que les aumentasen t odavía más su propio pode r y
p res tig io . Cas i to das las ley en das, n o p as an d e ser un a ap rox i-
mación d e lo q ue su ced ió en real id ad . "
» C o n t e m p l é , e n to n c e s, o t r a p an t a ll a. Allí se veía ot ro grupo
d e Ja rd in eros . o "Dio ses " . Horu s, Os iris , Anu bis , Isis y al-
g un os o tro s . T a mbién s e cele brab an o rg í as all í. En aq uell as
r e g io n es , u n a n tig u o l u g a r te n i e n t e de l P rínc ip e S at án se a p li-
cab a a d es tru i r todo s los es fue rzo s pa ra l og ra r el b ien en
aq uel p equ eño mun do . T a mb ién a ll í s e v eí an lo s in evi tab les
sac erdo tes es cribiend o sus int er m in ab les y errón eas ley end as.
H ab ía alg u n o s, d e la c ast a sa c erdo ta l , q u e s e h a b í a n i n f i l t r a d o
len t amen te en la co n fi anz a d e los d ios es y d e est a fo rma
h abían lo g r ado cie rtos co no ci mi en to s ved ad os a lo s n at iv os,
por su p ropio bien . Estos s a ce rd o t e s h a b ía n c o n s t i t u i d o u n a
so ci ed ad s ec r eta cu yo s fi n es eran lo s de roba r más
c o n o c i m i en t o s p ro hi b i d o s y usurpa r el poder de los
Jard ine ro s . P e ro la Voz co ntinu ó d ic iend o: "Nos d iero n
mu cho traba jo esos na tivos y tuvi mos que in trodu ci r medid a s
rep resiv as. Alg u nos de esos s acerdo tes in díg enas , despu és de
h a b e r ro b a d o a l g ú n e q u ip o d e lo s J a rd i n e ro s , n o p u d i e r o n
d o min a rlo ; co mo r e sultad o , lan z a ro n p l aga s s o b re la T ie rr a .
Much a g ent e del p aís pe re ció. L as co sec has s e p erd iero n
to ta lmen te .

"Pero algunos de los Jardin er os, b a jo el d o min io d el P r ín cip e


Sat án , h ab ía es tabl ec ido u na capi ta l d e l p ecado en la s c iu da-
d e s d e S o d o m a y G o mo r ra . E n e l l as , toda fo r ma d e p e rv e r s ió n
y de cri m en eran co n sid erad as co mo virtu des. En ton ces , el
Ma es tro d el I mp er io adv ir ti ó sev e ra m en t e a Sa tán , p a r a q u e
d es i s t i es e y a b and o n as e aqu el lo s l u g a res . M as , ést e s e l o
t o mó a c h a n z a . A lg u n o s d e l o s h a b i t an t e s d e S o d o ma y G o -
m o r r a , lo s m e jo r e s en t r e e ll o s , fu e r o n a d v er ti d o s p a ra q ue
ab and on asen a qu ell as po b lac io nes y, en un mo mento con ve-
nido, una n ave del esp acio so lit aria lleg ó po r lo s ai res y so lt ó
u n p equ eño bu l to. Y las ciud a des fue ro n asol adas po r el h u mo
y las lla m as . G r and e s n u b es en for m a d e h o n g o s su b iero n
h aci a e l ci elo te mblo roso , y sobre el su elo n o q ued aron si n o
t o d a s u e rt e d e d e v a s t a cio n es , pied ras cal cin a das, fun did as , y

174
todo un montón enorme de ruinas de habitaciones humanas.
Por la noch e, todo aquel terr itorio b ri ll aba con un resp lan d or
sombrío. Muy pocos de los habitantes lograron escapar del
holocausto.
"D espu és de estas saludabl es ad vertencias , se de cid ió ret i rar
todos los Jardineros de la faz de la Tierra y no tener más
contacto con los nacidos en ella, sino tratárlos como unos
tipos aparte. Las patrullas penetrarían, a veces, en la atmós-
fera. El mundo y sus habitantes estarían sujetos a inspec-
ciones. Pero no habría ningún contacto oficial. En vez de
esto, decidieron que ex istiesen so bre la Tierra seres hu mano s
q u e h u b ie sen s id o inst ruid o s debida mente y que pudies en ser
«plantados» donde hubiese individuos preparados para ad-
mitirlos. El hombre que más tarde fue conocido bajo el nom-
bre de Moisés fue un ejemplo. Una mujer del país fue arre-
batada e impregnada con la semilla de características ade-
cuadas. El niño aún por nacer fue instruido telepática-
mente y dotado de grandes conocimientos — para un natural
de la Tierra —. Fue acondicionado hipnóticamente para que
no revelase todo su saber hasta el momento oportuno.
" A s u d e b i d o t i e m p o , e l n i ñ o n ac i ó y s e l e d i o u n a p o s t e r i o r
educación y acondicionamiento. Más tarde, el pequeño fue
i n s t a l a d o e n u n a c e s t a d e b i d a m e n t e p r e p a r a d a y c o n e l m a n to
d e la no ch e fue d epo si tado so bre un cañ ave ra l donde ser ía
fácilmente descubierto . A medida que fue creciendo y llegó a l a
mayoría de edad, estuvo en frecuente comunicación con
nosotros. Cuando llegó el momento, una pequeña nave del
esp a cio se d iri g ió haci a u na mon t aña , en c uy a cu mbre p e rma-
neció escondida, ya sea por las nubes naturales, ya por las
que nosotros fabricamos en aquella ocasión. El hombre, llamad o
Mo isés, subió a la cu mbre, dond e subió a bordo d e aquella nave
y salió d e ella lueg o con la V arilla de Vi rtu des y las T a blas de la
Ley, que habían sido preparadas para él.
" P e r o e s o n o e r a s u f i c i e n t e . Tu v i m o s q u e h a c e r l o p r o p i o e n
otras tierras. En el país que hoy llamamos la India, nosotros
no s encarg áb amo s d e la educación y formación del h ijo varón
de uno de los más poderosos príncipes de aquellas tierras.

175
Considerábamos que su poder y gran prestigio arrastrarían a
todos los naturales de aquella tierra a seguirle y adherirse a
una forma especial de disciplina que aumentaría el estado
espiritual de sus seguidores. Gautama tenía sus ideas
propias y nosotros, más que discutírselas, dejamos que por
sí mismo hallase su disciplina espiritual. Una vez más, nos
hallamos con que los discípulos, o sacerdotes —
generalmente en provecho propio —, deformaron el sentido
de los escritos de su maestro. Siempre pasa lo mismo: en
este mundo un pequeño grupo de personas, que se
proclaman sacerdotes a sí mismos, se empeñan en publicar
o reescribir por su cuenta los textos sagrados, de manera
que sus propios poderes y su autoridad se vean aumentados.
"Otros muchos fundaron nuevas ramas de la religión:
Mahoma Confucio, los nombres son demasiados para que se
mencionen uno por uno. Pero cada cual de todos esos
hombres estaba bajo nuestra dirección, o formado por
nosotros, con la intención de que estableciese una fe
mundial, que guiase a los hombres hacia las buenas sendas
de la vida. Queríamos que cada uno de los hombres de este
mundo tratase a los demás como quería que los demás le
tratasen a él. Luchábamos para establecer un estado de
armonía universal como la que ya existía en nuestro propio
Imperio; pero la nueva humanidad no estaba lo bastante
avanzada para dejar de lado el bien del propio Yo y buscar
el de sus semejantes.
"Los Sabios estaban muy descontentos de aquel
estancamiento. Después de una reunión que tuvieron, se
propuso un cambio de dirección absoluto. Uno de los Sabios
llamó la atención de los reunidos sobre el hecho de que
todos los que habían sido mandados sobre la Tierra,
pertenecían a grandes y poderosas familias. Como demostró
claramente, esto era causa de que automáticamente las
clases inferiores rechazasen las palabras de todos aquellos
individuos situados en las altas esferas de la aristocracia. A
consecuencia de todo ello, se realizó una encuesta, por
medio de los Archivos Akáshicos, en busca de una mujer
adecuada para poner en el mundo un hijo que respondiese a
176 d i d di i U j idó
nea de una familia de pobre condición y natural de una tie-
rra donde pudiese esperarse que una nueva religión podía
a d q u i r i r a r r a i g o . Lo s i n v e s t i g a d o r e s n o m b r a d o s a l e f e c t o , i n -
mediata y asiduamente, se pusieron a la tarea. Se presentaron
gran número de caminos posibles. Tres hombres y tres muje-
res, secretamen te, fuero n d epositados sobre la Tierra a fin de
q ue se con tinu asen l as in v est igac io nes , d e fo rma qu e la fami lia
más adecuada resultase elegida para el caso.
"Por consentimiento de varias opiniones, resultó favorecida
una mujer muy joven, casada con un artesano de la más an-
tigua artesanía del mundo: un carpintero. Los Sabios consi-
deraron que la mayoría de los hombres pertenecían a esta clase y
escucharían con preferencia las palabras de uno de los suyos.
Así, pues, la mujer recibió la visita de uno de los nuestros
que ella consideró como un ángel, quien le anunció lo que
para ella sería un gran honor. Tendría un hijo, fundador de
una nuev a r eli gión. A su d eb ido t ie mpo , aq uella mu jer qu edó
embarazada. Mas, entonces ocurrió un hecho, muy frecuente
en aquella parte del mundo; la mujer y su esposo tuvieron
que huir de su casa, por culpa de la persecución de uno de
los reyes locales.
"Los esposos siguieron lentamente su camino hacia una ciu-
dad del Oriente Medio y allí la mujer sintió que había llegado
su tiempo. No había sitio adonde hospedarse, sino en el
est ab lo d e u n a p o sad a . Al lí n ació el n iñ o . No sot ro s h ab ía mo s
seguido la huida, para poder intervenir si llegaba el caso. Tres
de los miembros de la tripulación de la nave del espacio des-
cendieron sobre la Tierra y se dirigieron al establo. Con na-
tural contrariedad, se enteraron más tarde de que su embar-
cación aérea había sido considerada como una estrella de
Oriente.
" El n iñ o creci ó y , d ebid o al espe ci al ad oc t rin a mi ento q u e re.
cibía por vía telepática, realizó grandes progresos. En su
primera juventud discutía con sus mayores y plantó cara al
clero local. Al llegar a la edad viril se retiró de todas sus
amistades y peregrinó a través de muchos países del Oriente
Medio. Nosotros lo dirigimos hacia el Tíbet, y él traspuso

177
las cordilleras y permaneció un tiempo en la catedral de
Lhasa, donde aún hoy en día se conservan las huellas de sus
manos. Aquí tuvo la revelación y la asistencia
indispensables para poder formular una religión adecuada a
los pueblos del oeste.
"Durante su estancia en Lhasa se sometió a un tratamiento
especial, por el cual el cuerpo astral del humano terráqueo
que se albergaba en su cuerpo fue liberado y ascendido a
otra existencia. En su lugar se instaló un cuerpo astral de
nuestra elección. Se trataba de una persona con gran expe-
riencia en lo tocante a materias espirituales, mayor que la
que se puede obtener bajo las condiciones de la Tierra. Este
sistema de transmigraciones es uno de los que empleamos
muy a menudo cuando se trata de razas retrógradas.
"Finalmente, todo estaba a punto, y el peregrino hizo su
viaje de vuelta a su patria. Llegado allí, tuvo éxito
reclutando varias personas que se prestaron a difundir la
nueva religión. "Por desgracia, el primer ocupante de aquel
cuerpo había disputado con los sacerdotes. Ahora, éstos se
acordaban de aquellos episodios y preparaban un incidente
que les permitiese detenerlo. Como sea que el juez
encargado del caso dependía de todos ellos, el resultado
podía conocerse de antemano. Nosotros examinamos la
conveniencia de una intervención; pero, por fin, prevaleció
la opinión de quiénes creían firmemente que de intervenir
visiblemente nacerían males para el mundo en general y
para la nueva religión en particular." »La Voz acabó sus
palabras. Yo permanecía mudo, fluctuando entre las
pantallas en continuo cambio, mostrando, una tras otra, las
imágenes de aquellas cosas acontecidas en años lejanos.
También vi cosas que era muy probable que sucediesen en
el futuro; porque el futuro probable puede proverse tanto
por lo que se refiere al mundo entero como a un país cual-
quiera. Vi mi querida patria invadida por los detestados
chinos. Vi el alzarse — y la caída — de un mal régimen
político, que me parece que se llamaba comunismo; pero
ello no representa nada para mí. Por fin, experimenté un
enorme agotamiento. Sentí que aun mi cuerpo astral se
178 í d
fallecer por el esfuerzo a que se había obligado. Las pantallas,
hasta ahora de vivos colores, se volvían grises. Mi visión vaciló y
seguidamente caí en un estado de inconsciencia.
»Un hor rib le mo vimien to de balan ceo me d espe rtó d e mi su e-
ñ o , o t a l v e z d e m i d e s m a y o . A b r í l o s o j o s , ¡ p e r o n o te n í a
o j o s ! A u n q u e t o d a v í a n o p o d í a m o v e r m e , e n c i e r t o mo d o n o -
taba que volvía a encontrarme en mi cuerpo físico. El balan-
ceo era que la mesa que transportaba mi cuerpo seguía por el
corredor de la ñave del espacio. Una voz sin dar ningún
signo de emoción, en voz queda, afirmó: "¡Ya tiene concien-
cia!" Siguió un gruñido de confirmación y luego siguió el
s i l e n ci o , a co m p a s a d o p o r e l ru i d o d e p as o s y e l lev e c h i r r id o
de metal cuando mi mesa operatoria chocaba contra la
pared.
»Estaba tendido, solo, en aquella sala metálica. Aquellos hom-
bres habían depositado la mesa y se habían marchado en si-
l e n c i o . T e n d i d o , i b a r e f l e x i o n an d o l a s c o s a s m a r a v i l l o s a s d e
que yo había sido testigo. No sin cierto resentimiento. Las
continuas invectivas contra los sacerdotes. Yo era un sacer-
dote y ellos estaban contentos de utilizar, sin contar con mi
voluntad propia, mis servicios. Mientras permanecía refle-
xionando todas estas cosas, me llegó al oído el ruido de la
p uerta met ál ica q ue s e d esl iz ab a. Un h o mb r e en t ró en l a Sa la y
se cerró, resbalando, la puerta tras él.
»"¡Muy bien, monje — exclamó la voz del doctor —, lo habéis
hecho muy bien. To dos estamos muy orgu llosos de vos. Mien-
tras yacíais inconscien te, examinábamos d e nu evo vuestro ce-
rebro y nuestros instrumentos, y éstos nos demostraban que
tenéis almacenado todo el conocimiento depositado en vues-
tras células cereb rales. Habéis en señado muchas cosas a nues-
tros jóvenes de ambos sexos. Pronto seréis puesto en liber-
tad. ¿Os hace feliz, la noticia?"
» "¿ Fe li z, s eñ o r d o cto r ?" Int e rro gu é a mi v ez . " ¿Qu é mot ivos
tendría de sentirme dichoso? He sido captu rado, se me ha co r-
tado la cúspide del cráneo, se me ha separado el espíritu del
cuerpo, se me ha insultado como a miembro del clero y lue-
go — después de haberse servido de mi persona — vais a

179
abandonarme como una persona destinada a una miserable
muerte. ¿Feliz, yo? ¿Por qué razón debo creerme afortun ado?
¿Es que vais a restablecer mis ojos? ¿Proporcionarme unos
medios de subsistencia? ¿Cómo deberé hacerlo para sub-
sistir?" Así le hablé casi con sarcasmo.
» "Una de las mayores d esgracias d el mundo , mon je — d ijo el
doctor —, es que la mayor parte de personas son negativas. Ser
negativo, carece de sentido. Podéis decir de un modo posi-
tivo lo que deseáis. Si la gente de vuestro mundo pensase
positivamente, dejarían de ser muchos conflictos existentes,
po rque se adoptan actitudes n egativas , pese a q ue exijan, por
ser negativas, un mayor esfuerzo."
»"¡Pero, señor doctor!", exclamé. "Pregunto lo que pensáis
hacer de mí. ¿Cómo podré vivir? ¿Qué deberé hacer? ¿Me
tengo que limitar a retener esos conocimientos hasta que
llegu e alguien que me diga que él es la pers ona elegida, y en-
tonces pon ernos a ch arlar los do s como d os viejas en la plaza
del mercado? Y, ¿qué razón tenéis para creer que haré la
misión qu e me ha sido enco mend ada, pensando co mo vos pen-
sáis acerca de los sacerdotes?»
»"¡Monje! — dijo el doctor —, os vamos a instalar en una con-
fortable cueva, con un limpio suelo de roca. Habrá en ella
u n p e q u e ñ o c ho r r o d e a g u a , b a s t a n t e p a r a v u e s t r a s n e c e s i d a -
des en lo que a este extremo se refiere. Por lo que respecta a
la co mid a, vu est ro est ad o s acerdo ta l os aseg ura q u e tod o el
m u n d o o s t r a e r á d e q u é p o d e r c o m e r . Lo d i g o d e n u e v o , h a y
sacerdotes y sacerdotes; vosotros, los del Tíbet, sois por lo
general buenas personas y no nos peleamos con ellos. ¿Acaso
no habéis observado que, en tiempos anteriores nos hemos
servido de ellos? También me preguntáis acerca de aquél a
quien tenéis que comunicar vuestro saber; tenedlo bien pre-
sente: lo conoceréis, cuando el hombre se presente. Transmitid
vuestro saber a éste y a nadie más."
»Así yo estuve a su merced por completo. Pero después de
u n as h o ras , el d o cto r v in o d e n u evo a v e r m e y me d ijo : " Ah o -
ra , v ais a reco brar el mov i mi ento . An te s os dare mo s un as ves -
tiduras nuevas y un cuenco también por estrenar." Unas ma-

180
nos se ocuparon de mi persona. Me quitaron de encima una
ser ie de raros o bjetos . Mi sá bana fu e sustit uida por unas nue-
vas vestiduras; las primeras vestiduras nuevas que jamás haya
poseído. Me las pusieron encima del cuerpo. Entonces re-
cobré el movimiento. Algún practicante varón me pasó el
brazo por encima de mis espaldas y me ayudó a bajar de
a q u e l l a m e s a o p e r a t o r i a . P o r p ri m e r a v e z , d e s p u é s d e u n d e s -
conocido número de días, pude estar de pie, sano y ágil.
» Aquella no che, reposé más contento, envuelto en una sában a
que también me había sido regalada. Y por la mañana, como
y a h e d ich o, fui sacado de la n av e y d epositado en esta cueva
donde he vivido solitario por más de sesenta años. Mas, ahora,
antes de que descansemos por la noche, bebamos un poco de
té, ya que mis tareas tocan ya a su fin.»
Capítulo decimoprimero

El joven monje se sentó de un golpe, sintiendo en las vérte-


b ras del cuello un escalo frío de terro r. Algo le había rozado.
Algo había paseado unos dedos glaciales por su frente. Durante
u n r ato m u y l a rg o estuv o sen tad o , a p u n t o d e p o n e rs e e n p ie ,
aguzando los oídos para poder percibir el menor ruido que
se produjese. Con los ojos abiertos de par en par y con todo s
sus esfuerzos, luchaba en vano para atravesar las tinieblas
espesas a su alrededor. Nada se movía. Ni el mentir vestigio
d e ru ido algu n o lleg aba a ro zar su at en ción . La ent rad a de la
cueva se veía de una negrura más ligera distinguiéndose va-
gamente de la completa falta de luz que abismaba la ca-
verna.
Aguantó la respiración, hasta que logró escuchar los latidos de
su propio pecho y los débiles rumores de sus propios órga-
nos. Ni el más leve susurro de hojas movidas por el viento
se producía. Ni una sola criatura de la noche se anunciaba.
Sil enc io . L a fa lta absolu ta de todo ru ido, qu e poc as person as
del mundo conocen, y nadie que viva en comunidades popu-
losas. Otra vez, rastros luminosos recorrían alrededor de su
cabeza. Con un estremecimiento de terror pegó un brinco en
el ai re y su s p i ern as y a co rrí a n , an tes d e vo l v er a repo sa r s o-
bre el suelo.
Saliendo, veloz, de la cueva, sudando de terror, se detuvo
ap resu rad a men te al l ado del fuego , q ue es t ab a b ien cubie rto .
Entonces, quitó la tierra y la arena que cubrían las brasas
encendidas. A toda prisa, eligió una rama bien seca y sopló
lo s res co ld o s h ast a q u e p a re ci ó q ue l as v ena s d el cu ello y d e
la frent e fu ese n a est all ar b aj o el es fuer zo. Fina l men te , de l a
l e ñ a b r o t ó u n a l l a ma . S o s t e n i e n d o a q u e l p a l o c o n u n a m a n o ,
eligió apresuradamente otro palo y aguardó que a su vez se
le pagase fuego. Al fin, con una antorcha encendida en ca-
da mano, entró lentamente en la cueva. Las llamas vaci-
lantes saltaban y danzaban a cada movimiento que el joven

182
h a c í a . La s s o m b r a s , g r a n d e s y g r o t e s c a s , s e l a n z a b a n a c a d a
uno de sus lados.
Nervio s a m ente, es cudr iñ ab a a su al reded o r. Bu s cab a an si o sa-
m e n t e , c o n l a e s p e r a n z a d e q u e h a b í a s i d o u n a t e l a r a ñ a q u e se
h abía ar ra st rad o p or enci ma d e su cu erpo ; p ero no se veí a e l
menor signo. Entonces pensó en el viejo ermitaño y se
r e p r e n d i ó a s í mi s m o , p o r n o h a b é r s e l e o c u r r i d o a n t e s h a b e r
pensado en el anciano. «¡Venerable!», llamó con con voz
trémula. «e0 encontráis bien?» Con los oídos tensos, escu-
chó; mas, no obtuvo respuesta alguna; ni un eco. Vacilando
avanzó lentamente hacia el fondo de la cueva, con las dos
ramas encendidas por delante. Al final de la cueva, giró a
la derecha, donde nunca había entrado, y lanzó un suspiro
de satisfacción al ver el anciano sentado en la posición del
loto, al final de otra caverna menor que la otra.
U n e x t r a ñ o r u i d o d e g o t a s l e s o r p r e n d i ó c u a n d o i b a a r e t i r a r se
en s ilen cio . Mirand o co n tod a s u a ten ción vio q ue s e t r at a b a
d e u n m a n a n t i a l q u e b r o t a b a d e u n s a l i e n t e d e l a s p a r e des de
aqu ella estan cia — d ro p-drop -d ro p —. El jov en monje s e
tranquilizó. «Lamento el haber entrado aquí sin vuestro
permiso, Venerable», le dijo. «Temía que os sintieseis
e n f e r m o . Y a m e v o y .» Pe ro , n o o b t u v o n in g u n a r e s p u es t a . N i
un solo mov imien to. El anciano estab a allí sentado, como una
estatua de piedra. Con temor, el joven avanzó unos pasos y
permaneció un momento contemplando aquella figura in-
móvil. Por fin, con temor, extendió el brazo y tocó un hombro
d el anc iano . E l espí ri tu y a n o estab a. An te s, eng añ ado po r el
temblor de las llamas, no había pensado en el aura del eremita.
Ahora se daba cuenta de que también le había abandonado,
que ya no existía.
Muy triste, el joven se sentó enfrente de aquel cadáver y
recitó el antiquísimo ritual de los difuntos. Dando instruc-
c i o n e s p a r a l a s e t a p a s d e l E s p í r i t u , e n e l c a mi n o d e l o s C a m -
pos Celestiales. Advirtiéndole de las posibles asechanzas que,
aprovechándose del confuso estado de la mente, le tenderían
las fu erza s del m al . Por f in , h ab ien d o cu mp lido co n s u s o b li-
gaciones religiosas, se puso lentamente en pie, se inclinó hacia

183
el difunto y, habiéndose consumido ya las dos antorchas, el
joven buscó su camino en el exterior de la cueva.
El viento precursor del amanecer empezaba sus murmullos
fan tas mal es a t rav és d e los árb oles . Un silb i do ag udo , p rod u -
cido por el paso del viento por las fisuras de las rocas como
una altísima y fortísima nota aguda de órgano se escuchaba
en l as altu ras . Poco a po co , l as p ri m eras fr a njas de luz ap a re -
cieron pálidas en las alturas y se destacó progresivamente
la más lejana de las cordilleras. El joven monje estaba tris-
te men te a cu r ru cad o mu y c er c a de l fueg o , p regu n tándo s e q u é
tenía que hacer, pensando en las brumosas tareas que le aguar-
d ab an . E l ti e m p o p ar ec ía in m ó v il. Pero , al fin, de spués d e lo
que parecía representar una infinitud de edades, el sol apa-
reció y se hizo de día. El joven monje plantó una rama den-
tro del fuego y aguardó pacientemente hasta que brotaron
llamas en la punta. Entonces, con toda pesadumbre, agarró
la antorcha ardiente y entró, temblándole las piernas, hasta
llegar a la cámara interior.
El c u e r p o d e l v i e j o e r e m i t a e s t a b a s e n t a d o c o m o s i a ú n e s t u -
viese vivo. Con aprensión, el joven monje se agachó y sin ape-
nas es fu erzo al gu no , lev antó el cad áv er y se lo carg ó a l h om-
bro. Con paso vacilante emprendió la marcha hacia el exterior
de l a cu ev a y l ueg o, po r la sen da, ll eg ó h a st a l a pi edra p lan a
que parecía agu ardarles . Lentamente, el jo ven des pojó d e s us
vestiduras aquel cuerpo consumido y experimentó unos ins-
tantes de compasión ante la visión de aquel casi esqueleto,
c on l a p i e l a d h er id a a l o s h u e sos . C on un e s tr e me ci mi ento de
repugnancia, plantó el cuchillo de afilado pedernal en la parte
baja del abdomen de aquel cadáver. Se produjo un ruido al
cortar los cartílagos y las fibras musculares, que advirtió a los
buitres, que se aproximaron rápidamente.
Habiendo expuesto aquel cadáver y sus entrañas abiertas por
completo, el joven alzó una pesada roca y la tiró sobre el
crán eo , d e forma qu e los seso s se esparcieron sob re la p ied ra.
Luego, con lágrimas que le corrían abundantes por las me-
jillas, se llevó los hábitos del ermitaño y el cuenco que utili-
zaba y se arrastró, paso a paso, hasta el interior de la cueva,

184
dejando que los buitres se peleasen y luchasen, a espaldas
de aquel joven monje. Tiró entonces a la hoguera aquellas ves-
tiduras y la vasija, aguardando hasta que las llamas consu-
mieron rápidamente todos los restos.
El joven monje, muy apenado, con lágrimas que brotaban de
sus ojos y regaban la tierra sedienta, se marchó de allá y ca-
m i n ó l e n t a me n t e . C ru z ó e l d es f i l a d e r o , m a r c h a n d o h ac i a o t r a
fase de su existencia.