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Catauro

Revista cubana de antropología. Año 7, No. 13, enero-junio de 2006. Publicación semestral de la Fundación Fernando Ortiz.

Director:

Miguel Barnet

Subdirectora:

Trinidad Pérez

Jefe de redacción:

Daniel Álvarez Durán

Responsable de

edición:

Abel Sierra Madero

Editor:

Rubén Casado

Director artístico

y

diseño de cubierta:

Eduardo Moltó

Ilustración

de cubierta

y

contracubierta:

Alexis Leyva (Kcho)

Diseño gráfico:

Lázaro Prada

Composición:

Miriam Hernández

Consejo editorial:

María Teresa Linares Savio, Jesús Guanche, Ana Cairo, Sergio Valdés Bernal, Aurelio Francos, José Matos, Roberto Zurbano, Rosa María de Lahaye

Todos los derechos

reservados

© Sobre la presente edición: Fundación Fernando Ortiz, 2006

ISSN: 1681-7842

Fundación

Fernando Ortiz Calle L no. 160, esq. a 27. El Vedado, Ciudad de La Habana, Cuba. Código Postal 10400. Teléfono: (537) 832-4334 Telefax: (537) 830-0623 E-mail:

ffortiz@cubarte.cult.cu

www:fundacionfernandoortiz.org

 

Cada trabajo expresa la opinión de su autor.

  Cada trabajo expresa la opinión de su autor. CATAURO Al hombre hay que captarlo como

CATAURO

Al hombre hay que captarlo como ser trinitario: especie, individuo, sociedad. El hombre pertenece a la biología, la psicología, la sociología concebidas no como sectores yuxtapuestos, sino como manifestaciones de la misma realidad.

EDGAR MORIN

EDITORIAL

   

3

CONTRAPUNTEOS

   

4

Apuntes teóricos para un estudio antropológico sobre la marginalidad, la pobreza y la exclusión

 

social: encuentros y desencuentros

PABLO

RODRÍGUEZ

y

RAMÓN

CLAUDIO

ESTÉVEZ

4

Comentarios sobre el concepto de marginalidad en la sociología

 

MAYRA

ESPINA

PRIETO

 

25

Desde el solar a los barrios marginales

 

CARLOS

VENEGAS

FORNIAS

 

30

Reflexiones epistémicas en el campo de estudio de las toxicomanías. Una mirada antropológica

 

ABEL

PONCE

DELGADO

 

42

Delincuencia y racismo en Cuba:

 

Israel Castellanos versus Fernando Ortiz

 

CONSUELO

NARANJO

 

y

MIGUEL

ÁNGEL

PUIG-SAMPER

53

Un catauro de elogio y contrapunteo sobre los trabajos lingüísticos de Fernando Ortiz y Lydia Cabrera

 

SERGIO

VALDÉS

BERNAL

 

67

IMAGINARIO

   

78

Otredades antropológicas de la marginalidad

 

JUANA

MARÍA

JIMÉNEZ

HERNÁNDEZ

 

78

Orisha Ogún

 

ORLANDO

CORRONS

 

92

ARCHIVOS

del

FOLKLORE

 

102

El apodo de los delincuentes en Cuba

 

ISRAEL

CASTELLANOS

 

102

La mala vida de los blancos en La Habana

 

FERNANDO

ORTIZ

 

112

La orgía

 

MIGUEL

DE

CARRIÓN

137

ENTRE-VISTAS

144

Esta es mi ciudad

Conversación con X Alfonso MADERO

 

ABEL

SIERRA

144

DESDE L y 27

 

153

Presentación del número 12 de Catauro

153

Cien años de estudios afroamericanos: evaluación y prospectivas

158

Segunda reunión de expertos sobre el

Centro Afroamericano para la Diversidad Cultural,

el

Desarrollo Sostenible y el Diálogo Intercultural

160

Premio Internacional Fernando Ortiz

a

Luz María Martínez Montiel

162

EX LIBRIS

 

164

Capas populares y modernidad en Cuba

 

MIGUEL BARNET

 

164

Memorias de Actas del Folklore MINERVA SALADO

166

Presencia gangá en Cuba JESÚS GUANCHE

169

CATAURO

a revista Catauro ha mantenido a través de sus ediciones un amplio espectro temático que

a revista Catauro ha mantenido a través de sus ediciones un amplio espectro temático que se corresponde con un escenario cada vez más complejo de la diversidad sociocultural cubana. Con las con-

cepciones antropológicas como eje interdisciplinario, se ha reflexionado sobre la emergencia de nuevos sujetos: la vida cotidiana, la reproducción cultural, la socialización de los individuos y grupos con sus entornos, y la construcción de identidades desde su particularidad étnica, cultural e histó- rica. El desarrollo de estas investigaciones convocan, en este nuevo número de la revista, a reflexionar sobre las dimensiones de lo marginal como conceptoycomoprácticasocial.

Del 25 de febrero al 8 de julio del año 2003 se celebró el Taller “Hacia un estudio histórico de la marginalidad en Cuba”. En esta oportunidad parti- ciparon múltiples investigadores y profesores organizados por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz de la Universidad de La Habana, con la coordinación de la doctora María del Carmen Barcia. La doctora Barcia, colaboradora y miem- bro del Consejo Científico de la Fundación Fernando Ortiz, nos propuso el tema y facilitó algunos de los textos que conforman esta edición.

Lo marginal, lo periférico, lo subalterno, es abordado en la sección “Contrapunteos”. Temas como la pobreza y la exclusión social, el propio concepto de marginalidad visto desde la sociología contemporánea, el solar y los barrios marginales en la historia habanera, la delincuencia y el racis- mo, entreotros, contribuyenaunavisiónmásintegral yheterogéneadel problema.

La sección “Imaginario” continúa reflejando investigaciones de la ac- tualidad cubana. Esta vez presentamos “Otredades antropológicas de la marginalidad”, un texto encaminado al estudio de formas de vida de algunos de los sectores más vulnerables de la Cuba contemporánea.

En el contexto cubano, lo marginal se extiende a amplios sectores de la estructura social, y las brechas de desigualdad en los planos materiales y subjetivos amalgaman los ámbitos de la marginalidad. En este campo la revista Catauro da continuidad a los estudios que ya se han desarrollado en esta temática. Nuestro enfoque se propone ser una alternativa, un espa-

cio más de conciencia social.

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EL DIRECTOR

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CATAURO

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CATAURO

4 C ATAUR O PABLO RODRÍGUEZ RUIZ RAMÓN CLAUDIO ESTÉVEZ MEZQUÍA Theoretical notes for an

PABLO

RODRÍGUEZ

RUIZ

RAMÓN

CLAUDIO

ESTÉVEZ

MEZQUÍA

Theoretical notes for an anthropological study of marginalization, poverty, andsocial exclusion

Preliminary steps toward an anthropological study of phenomena such as marginalization, poverty and social exclusion demand a multidisciplinary theoretical and methodological approach because of their multifactorial and multidynamic character. In order to give a point of view as objective as possible and to get rid of universalist and essentialist tendencies, a historical approach to such categories from different theoretical grounds of knowledge is analyzed. How their contents are differentiated and enriched, or just acquire a new meaning based on our social reality, is also examined.

PABLO RODRÍGUEZ RUIZ, RAMÓN CLAUDIO ESTÉVEZ MEZQUÍA

Investigadores del Centro de Antropología, CITMA.

Uno de los problemas que caracteriza la crisis en que pervive la humanidad, está relaciona- do con la pobreza y la agravante adicional de marginalidad en que viven millones de perso- nas en todo el mundo, consecuencias de di- námicas sociales que funcionan desde la des- igualdad como estructurante de las relaciones sociales. La emergencia civilizatoria ha pasa- do a ser una vaga ilusión para los teóricos, afa- nados en proyectos sociales cada vez más utó- picos, por el valor intrínsecamente excluyente que asumen las políticas nacionales en su afán de legitimar los intereses de los grupos hegemónicos, detentores del poder, y en anular los de los grupos excluidos, eufe- místicamente llamados subalternos.

El conocimiento holístico sobre tales cues- tiones, a partir de un enfoque multidis- ciplinario, es una necesidad cada vez más impostergable para las ciencias sociales, fun- damentalmente en América Latina por el creciente empobrecimiento material y espiri- tual y la creciente exclusión y marginación de sus habitantes.

La pobreza, como fenómeno social estruc- tural, es una construcción sociocultural que dis- tingue un estado respecto a un deber ser, defi-

nido la mayoría de las veces por las personas no pobres, que como forma de poder, al de- cir de Foucault, categorizan, marcan a los individuos y les imponen una “ley de la ver- dad” que tienen que reconocer como ina- movible. Las primeras reflexiones teóricas en torno a la pobreza fueron hechas por los economis- tas clásicos decimonónicos, quienes tuvie- ron una visión individualista y paternalista acerca del problema. Empero, anteriormen- te esta problemática fue objeto de atención por la Iglesia Católica y los Estados monár- quicos. Según estos intelectuales, la pros- peridad de las naciones descansa en la dis- posición del hombre para perseguir y conseguir la riqueza. En consecuencia, la pobreza se inscribe en el orden socio- económico que ellos promueven. Para Adam Smith la pobreza es necesaria porque limita el crecimiento demográfico y se convierte en un imperativo para los hombres al inci- tarlos al trabajo (Herrán, 1972: 28). Por con- siguiente, la pobreza en sí misma no es im- putable a la organización de la sociedad, sino que deviene una sanción que castiga la pe- reza, la negligencia y la ignorancia. Este esquema teórico-conceptual fue asumido, acríticamente, en los primeros es- tudios a profundidad sobre el tema, que tu- vieron lugar en los Estados Unidos entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera mi-

tad del XX, asociados a la problemática ne- gra y a la proyección nacionalista del Estado norteamericano. Autores como Franklin Frazier (1939), Nathan Glazer (1966) y Da- niel P. Moynihan (1965) explicaron el fenó- meno como expresión de una determinada cultura y manifestación de los rasgos “inco- rregibles” de un grupo que asociaron al mun- do psicosocial del negro norteamericano. A partir de esta percepción elaboraron catego- rías antropológicas a través de las cuales estructuraban sus investigaciones, con enfo-

ques culturalistas, criminológicos y racistas sobre el tema en cuestión. Categorías y con- ceptos como “cultura de los marginados”, “cultura de la violencia”, “cultura de la es- coria” y “subcultura” servían para justificar la pretermisión del negro en la sociedad esta- dounidense y elaborar conclusiones teóricas generales: los pobres poseen una vida sin cul- tura y son los responsables de su situación.

El carácter marcadamente racista de es-

tas investigaciones embotaba el descubri- miento de la verdadera causa del problema: la desigualdad, generada por un sistema so- cial diseñado para unos pocos, con una di- námica funcional exclusivamente excluyen- te. Expresión de la racionalidad liberal clásica, según la cual el mercado genera los espacios de asociatividad para la integración

social, tales reflexiones servían para proyec- tar la adhesión a los valores de la cultura dominante y reprobar lo que era la “nega- ción” de esos valores.

A este enfoque sobre la pobreza se opu-

sieron las reflexiones teóricas del marxismo, que la entendió como un fenómeno social estructural derivado de la propia esencia del Modo de Producción Capitalista: los produc- tores generan un plusvalor del cual no se llegan a apropiar y que constituye la causa de la explotación, la desigualdad y la pobreza. La esencia misma de todos estos fenómenos

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CATAURO

está vinculada a la propiedad privada sobre los medios, objetos y resultados finales de la producción, sobre la cual se erigen y se ha- cen funcionales. Precisamente, la noción de pobreza ha estado sujeta a esta relación hom- bre-propiedad sobre los medios de produc- ción. Así, por ejemplo, hasta el siglo XIII los pobres, es decir, el pueblo llano, los campe- sinos carecían de la condición de señores. En los siglos XVI y hasta el XVIII, pobres eran en las ciudades, sobre todo, quienes no te- nían un oficio especializado o no pertene- cían a los gremios; en las áreas rurales quie- nes carecían de tierra eran considerados como tales. En la etapa del capitalismo in- dustrial, pobres y obreros eran prácticamen- te sinónimos. La deformación epistemológica que sufrió

el marxismo a partir de los enfoques básica-

mente economicistas acerca de la realidad, devino óbice para un estudio multidi-

mensional sobre el tema. Por otro lado, el énfasis apologético y la falta de una mirada crítica hacia el interior de las sociedades, pusieron las ciencias sociales de los países socialistas de espaldas a muchas de estas rea- lidades. Con ello no sólo se contribuía a de- jar el organismo social sin anticuerpos, sino también se limitaba el desarrollo del pensa- miento teórico en torno a esta problemática en las condiciones del socialismo. Lo que debió ser ley o tendencia general de estas sociedades (la satisfacción plena de las ne- cesidades crecientes del hombre), se con- virtió en creencia o consigna que, enarbolada

e interpretada desde centros burocráticos,

se fue quedando sin contenido real al con-

fundir el deber ser con el ser. Así, problemas tales como los procesos de empobrecimiento

o marginación en las condiciones del socia-

lismo pasaron a ser parte de una zona oscura

e indescriptible que permaneció oculta bajo

el manto de la creencia, casi religiosa, de

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CATAURO

que la orientación de la sociedad no permi- tía tales cuestiones, y el dictado de las ver- dades de los centros de poder sobre la de los acontecimientos de la vida social. Por ello, en la creación intelectual de estos países no abundan los estudios precedentes en torno a estas cuestiones. La mayoría de los estudios sobre pobreza definenalaspersonaspobrescomoinmersos, únicamente, en una situación de bajos in- gresos, por la que no pueden satisfacer sus necesidades básicas. Para autores como Danilo Veiga (1984: 62), la pobreza es aque- lla situación en la que el ingreso no supera el doble de la canasta básica; y la indigen- cia, aquella realidad en la que los ingresos no permiten cubrir el costo de la canasta básica. Desde esta perspectiva, las condi- cionantes de la pobreza son únicamente: el monto total de los recursos consumibles de que se dispone, respecto del número de ha- bitantes y la forma en que se distribuyen esos recursos en la estructura social a partir de necesidades básicas reconocidas. Tales lineamientos epistemológicos son los que han pautado las investigaciones acerca de la pobreza y con ellos han hecho hablar a grupos aislados ante un modelo de consu- mo. Mas de lo que se trata es de hacer ha- blar a los individuos que se encuentran en dichas situaciones, a los pobres, a través de un enfoque antropológico que descubra las de- terminaciones causales del fenómeno y los procesos de empobrecimiento, así como las nor- mas y valores culturales que generan los in- dividuos en dicha situación. Precisamente, en torno a esta problemá- tica se ha desarrollado un debate acerca de las necesidades básicas del ser humano des- de dos posiciones teóricas: una universalista y otra relativista. Los defensores de la co- rriente universalista piensan que es correc- to hablar de necesidades básicas aplicables

a cualquier ser humano, independientemen- te de su historia y cultura. Uno de esos au- tores que asume una posición esencialista respecto de las necesidades humanas, es la filósofa Martha Nussbaum (1998: 60), quien propone una teoría de las funciones más importantes del ser humano, que una vez determinadas servirán de punto de partida para las políticas asistenciales. Así, recono- ce un grupo de funciones humanas esencia- les: buena salud, buena alimentación, buen alojamiento, experiencias placenteras, en- tre otras. Por ello parte del supuesto de la existencia de ciertas condiciones cuya au- sencia significarían el fin de la vida. Partien- do de estas condiciones, según la autora, se debe construir una justicia distributiva que sirva para enfrentar la pobreza. Sin embargo, esta visión no es funcional para lograr un examen objetivo acerca de la pobreza, pues no tiene en cuenta que las definiciones de las funciones esenciales y las políticas sociales para satisfacerlas son diseñadas por los grupos hegemónicos, con capacidad de decisión política, que la ma- yoría de las veces las utilizan como mecanis- mo de control o de legitimación de su posi- ción de poder, sin crear un sistema de derechos que permitan satisfacer esas ne- cesidades. Por su parte, aquellos que defienden la posición relativista piensan en una corres- pondencia de las necesidades con las cir- cunstancias histórico-culturales. Empero, se pueden diferenciar dos posiciones rela- tivistas. Una posición reconoce que la defi- nición de necesidades universales dejaría de considerar las especificidades de cada cul- tura, provocando actitudes paternalistas y extemporáneas en la aplicación de las polí- ticas sociales. La otra visión reconoce que los conceptos que usamos para definir polí- ticas en función de la satisfacción de dichas

necesidades dependen del sujeto que hace la evaluación y que está en una posición hegemónica. A todas luces, estas discusiones parecen que no aportan nada a la cuestión de la po- breza. De lo que se trata, según los linea- mientos epistemológicos de ambas corrien- tes, es identificar necesidades universales del ser humano, pero las políticas sociales encargadas de reconocerlas deberán estar en correspondencia con la expresión con- creta de esas necesidades en cada cultura. Desde tales conceptualizaciones, la ma- yoría de los estudios de pobreza, como sucede con los de marginación y exclusión social, han servido más para administrar dichos fe- nómenos que para buscar soluciones ten- dientes a su erradicación, dando lugar a pro- puestas y políticas asistencialistas. De este modo, se trata de evitar sus efectos deses- tructurantes sobre el sistema y preservar la estructura de explotación sobre la que se forman, creando así una especie de círculo vicioso de reproducción continua. La limitación teórica de investigaciones que problematizaran sobre la cuestión, des- de diversos ángulos científicos, permitió a los grupos hegemónicos elaborar estrategias políticas dirigidas a anular los efectos desestabilizadores que genera la pobreza. Sobre todo en América Latina, estas estra- tegias se encaminaban a la desestructuración de los nacionalismos populistas, que capta- ban la atención de millones de personas desatendidas y empobrecidas pero esperan- zadas por los discursos y las prácticas radicalistas de aquellos gobiernos que ha- cían tambalear los intereses de los sectores privados. La dignificación de los pobres fue el truco utilizado, cuyo objetivo era aquie- tar las ansias liberadoras provocadas por la pauperación constante de la vida. Recono- ciendo, hipócritamente, a los pobres como

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CATAURO

personas honradas, trabajadoras, al final el problema no se concebía, una vez más, aso- ciado a un sistema social que funcionaba desde la desigualdad, sino que respondía a cuestiones imputables sólo a los pobres por sus “incapacidades” para salir de la pobreza. Por otro lado, se pretendía que los pobres se sintieran orgullosos de su situación, en vista de la cual poseían esos rasgos falazmente estereotipados. El cine mejicano de la década del treinta es un claro ejemplo de ello; pelícu-

las como Nosotros los pobres y ustedes los ri-

cosservíanatalespropósitosyofrecíancínica-

mente una imagen romántica de los pobres.

Los criterios culturales de valor y suficiencia

y la dimensión psicosocial del sujeto pobre son principios gnoseológicos a tener en cuen- ta en toda investigación sobre pobreza y no sólo los ingresos y la posibilidad de acceder

a una canasta básica a partir de necesida-

des, igualmente básicas. Empero, es evidente que, por su situa- ción de privación e indefensión, los pobres transgreden constantemente la moral cons- truida socioculturalmente por los grupos vinculados al poder —con gran capacidad de acceso al consumo de bienes y servicios y los mismos que sancionan o violentan las nor- mas de transgresión de los pobres— como alternativa de vida o mecanismos de resis-

tencia. Por ello es un cinismo la dignificación de la pobreza, cuando los juicios morales de

lo socialmente digno no se ajustan a los po-

bres; sus conductas de supervivencia, en la mayoría de los casos, contradicen los valo- res morales de los grupos hegemónicos.

Como fenómeno sociocultural, la pobreza deviene una forma de vida que genera un siste- ma de valores y modelos de comportamientos que no son sino respuestas adaptativas a las condiciones de privación.

Esta visión cultural y estructural acerca de la temática alcanzó racionalidad teórica

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CATAURO

con los estudios realizados por Oscar Lewis

y sintetizados en su obra Antropología de la

pobreza. Según Lewis (1961: 17), la pobreza no es sólo un hecho de privación económi- ca, sino también la capacidad creativa que provee adaptaciones a los pobres frente a su posición de exclusión en una sociedad es-

tratificada en clases y de alto nivel de indi- viduación. Es el esfuerzo para combatir la desesperanza, motivada por la situación de indefensión. De tal forma, Oscar Lewis reco- noció ciertas características que distinguen

a

entre las más importantes se encuentran:

falta de participación e integración efec- tiva en las instituciones sociales;

contraer deudas ante la imposibilidad de ingresos estables;

uso de bienes de segunda mano;

la poligamia y uniones consensuales.

consumo limitado de alimentos;

condiciones habitacionales de hacina- miento;

fuerte sentido localista y de unidad barrial. Igualmente, Lewis identificó las condicio- nes socioeconómicas bajo las cuales existen más posibilidades de que se desarrollen estos

rasgos típicos de la “cultura de la pobreza”:

economía monetaria, trabajo asalariado

la llamada por él “cultura de la pobreza”;

y producción con fines utilitarios;

elevado índice de desempleo y sub- empleo;

bajos salarios;

régimen de parentesco bilateral;

existencia de un sistema de valores que enfatiza la acumulación de riquezas y el ascenso social, proceso mediante el cual se moraliza el ingreso. El gran mérito de la obra científica de Oscar Lewis radica en haber asumido la po- breza no sólo como un fenómeno socioeco- nómico, sino también cultural, profundizando

en los aspectos psicosociales que pautan los procesos sociales de asociatividad y de re- conocimiento y diferenciación de los suje- tos sociales. Su mayor acierto, convertido en principio gnoseológico de su concepción

teórica y antropológica, es haber identifica- do la desigualdad como la matriz causal de la pobreza, con la agravante adicional de marginalidad y exclusión social. En tal sen- tido expresó:

el terreno más fértil para el desarro-

llo de la cultura de la pobreza lo forman

aquellos miembros de las capas inferiores de una sociedad en transformación, que ya se hallan parcialmente enajenados res-

] [

pecto de dicha sociedad [

] [1969: 15].

Para Lewis, “la pobreza viene a ser el fac-

tor dinámico que afecta la participación en la esfera de la cultura nacional, creando una

subcultura [

cia, reconoce que cuando los pobres tienen una participación activa en la sociedad y capacidad de gestión política a través de una organización, desaparece el núcleo psicoló- gico de la “cultura de la pobreza”. Esta tesis

la sustentó con su investigación en Cuba, en 1962, en los mismos barrios que veinte años antes había estudiado:

Era obvio que la gente seguía siendo

desesperadamentepobre,perosusangus-

tias, apatías y desesperanzas habían dismi- nuido considerablemente. Los habitantes

del barrio expresaron gran confianza en sus líderes y grandes esperanzas en un futuro mejor. El barrio mismo poseía un alto gra- do de organización, con comités por cua- dras, comités educativos, partido. La gen- te había adquirido una nueva conciencia de su poder e importancia. Habían recibido armas y una doctrina que glorificaba a las

clases bajas [

] [

(1961: 17). En consecuen-

]”

]

[Valentine: 1972: 80].

No obstante, Oscar Lewis comete un error que ha devenido principio fundacional para

la impugnación teórica de su obra. Según su concepción, la pobreza se reproduce por medio de un proceso de enculturación por el cual se perpetúan las normas y valores que genera la condición de privación y que se transmite de generación en generación. En tal sentido expresó:

Cuando los niños de los barrios bajos cum- plen seis o siete años de edad, normal- mente ya han asimilado actitudes y valo- res básicos de su subcultura. A partir de ese momento, ya no están preparados psi- cológicamente para sacar pleno provecho de los cambios en las condiciones y opor- tunidades del progreso que puedan apa- recer en el transcurso de su vida [ [ibíd.: 78]. Esta idea parece decirnos que la llamada por él “cultura de la pobreza” fue producida en un momento determinado por ciertas causas sociales y luego se va perpetuando a través de un proceso de aprendizaje de generación en generación, aun cuando desaparezcan los elementos del estado de pobreza. Por ello, muchos autores (sociólogos y antropólogos) critican el esquema teórico de Oscar Lewis y lo catalogan de un enfoque culturalista y fatalista sobre la pobreza. Algu- nos, como Larissa Adler (1975: 32), prefieren hablar solamente de pobreza o de marginalidad de la pobreza a causa de la situación de aisla- miento forzado en que se encuentran las per- sonas en tal estado de existencia. Según esta antropóloga, las normas y valores que repre- sentan a los pobres, son una manifestación de su realidad socioeconómica y no de una deter- minada cultura. Para Adler (ibíd.), la condi- ción de inseguridad crónica del empleo y de los ingresos es una consecuencia de una falta de integración al sistema de producción indus- trial. O sea, concibe la pobreza como una con- secuencia de la segregación o aislamiento que genera el sistema industrial en expansión. Esta

]

9

CATAURO

concepción es compartida por Oscar Altamir (1979: 20), para quien la pobreza es aquella situación provocada por desigualdades que precarizan las condiciones de vivienda, ali- mentación, salud y educación, además de hacer cada vez más traumática la inserción en el mercado laboral. Desde nuestro punto de vista, las desigual- dades no generan, necesariamente, preca-

rización de las condiciones de vida, pues son expresión de una estructura de explotación

a partir de un no acceso a la propiedad de

los medios de producción y de la división social del trabajo sobre la base de ésta. De este modo, desigualdad y pobreza se presen- tan como fenómenos igualmente determi- nados por el acceso a la propiedad, por lo que definir la pobreza a partir de las des- igualdades, como relación unilineal, no deja de ser una tautología. Lo que determina la pobreza no es la existencia de determinados niveles de desigualdad derivados de una

división social del trabajo dada, sino la per- sistencia de un sistema de apropiación que

le permite a unos apropiarse de los resulta-

dos del trabajo de otros. Sin embargo, hay cuestiones teórico- metodológicas insoslayables. Todo grupo sociocultural posee coherencia y estructura según las pautas del modo de vida de los individuos pertenecientes al mismo, producto

de la acción colectiva a partir de la cual se percibe, juzga y actúa socialmente. La si- tuación de pobreza coloca a los individuos en una posición social de desamparo, a tra- vés de la cual conforman un sistema de ideas por medio de las cuales perciben y conciben

el mundo que les rodea. De tal forma, esos

individuos encarnan o representan una for- ma de vida, material y espiritual, provista por su condición de pobre. Por ende, poseen rasgos identitarios que se reproducen a tra- vés de sus agentes de socialización, y que

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CATAURO

conservarán mientras no desaparezcan los motivos que los causaron, pues toda identi- dad, individual o colectiva, está determina- da por las categorías de espacio y tiempo. Es evidente que en todo grupo sociocul- tural funciona la cuestión de la identidad. Siguiendo el modelo teórico para la identidad cultural, individual y colectiva, de Carolina de la Torre (2001: 82), nos percataremos objetivamente de que los pobres poseen una

serie de rasgos que los identifican socialmente

y los diferencian de los no pobres o sectores

queimponenesadinámicaexcluyente.Según este modelo, cuando se habla de identidad de un sujeto, individual o colectivo, hace- mos referencia a procesos que nos permiten asumir que ese sujeto, en determinado mo- mento y contexto, es y tiene conciencia de ser él mismo, conciencia de sí que se expre- sa en su capacidad para diferenciarse de otros, identificarse con determinadas cate- gorías, desarrollar sentimientos de pertenen- cia, mirarse reflexivamente y establecer narrativamente su continuidad a través de transformaciones y cambios. De tal forma, los pobres conforman esa identidad, cuyo sentimiento de pertenencia radica en com-

partir ideales que los diferencian de los secto- res hegemónicos, ideales que a su vez pugnan con los estándares que los marginan y los empobrecen, en una estructura de poder en

la que ostentan una posición de subordinación.

En la actualidad, los teóricos de la pobre- za coinciden en identificar la desigualdad —vista como la pretermisión de los dere- chos de unos a favor de los derechos de otros— como la causa de la misma, y a los pobres como personas que se encuentran al margen del sistema social por esa proyec- ción vertical de exclusión. Así, la pobreza im-

plica también una situación de marginación, pues los pobres no pueden acceder de manera ar- mónica a la producción de bienes y servicios

generados por la sociedad, a causa de que existe un acceso diferenciado a los benefi- cios derivados del uso racional de esos bie-

nes y servicios. Aquí radica su limitada ca- pacidad de desarrollo o progreso. Los pobres están sometidos a una dinámi- ca material inexorable y ciega que lastra la posibilidad de constituirse en sujetos libres, al constreñirse su mundo a la satisfacción de necesidades materiales insatisfechas, sin tener en cuenta el enriquecimiento del es- píritu. Por tanto, toda situación de pobreza implica una situación de marginalidad, expresada en la no participación en áreas determinadas del quehacer social, en tér- minos de consumo y/o de toma de decisio- nes para influir sobre la propia vida (Germani, 1973: 35). Los conceptos de “marginalidad” y “hom- bre marginal” tienen su origen en la antro- pología estadounidense. Se utilizaban en las investigaciones en relación con los contac- tos culturales entre la mayoría anglosajona y los grupos étnicos llegados por migración y segregados. En América Latina, el concepto de “marginalidad” comenzó a utilizarse, fun- damentalmente, con referencia a la situa- ción de los sectores de población segregados en áreas no incorporadas al sistema de ser- vicios urbanos o al sistema laboral. De tal forma se advirtió que dicha situación frena- ba los procesos de participación en la toma de decisiones políticas, sociales, económi- cas y de otro orden (ibíd.: 12). Sin embargo, las monografías desarrolla- das relacionadas con el tema no proponían un análisis crítico acerca de las causas del fenómeno y sólo se limitaban a su descrip- ción factual. Las investigaciones de William Magin (1967) y de Richard Morse (1965) son un claro ejemplo de ello. Sólo algunas excepciones hicieron propuestas interesantes acerca de las raíces del problema (Vekemans,

1969), ya que asumían el fenómeno de la marginalidad como expresión de una “su- perposición cultural” por la dominación hegemónica de los grupos que obstentaban el poder. Se admitía entonces, como enfo- que explicativo del asunto, la relación dicotómica entre dos categorías que signifi- caban ámbitos de participación social: cen- tro y periferia. De todo ello se derivaron dos conceptos que pretendían resumir la cuestión: los con- ceptos de “personalidad marginal”, visto como una cuestión cultural y psicosocial, y de “marginalidad social”, visto como resultado de condiciones histórico-estructurales. Sin embargo, esta separación no tenía un senti- do real, sociológico y/o antropológico, pues el sujeto segregado proyecta objetiva y subjetivamente esa pretermisión a la que está sometido. No son dos situaciones indepen- dientes; una complementa a la otra. Tiempo después, en la década del treinta, el concepto de “marginalidad” se situó den- tro de la teoría de la modernización con los proyectos de industrialización en América Latina. Según el epísteme de esta teoría, las sociedades subdesarrolladas se caracterizan por la coexistencia de un segmento tradi- cional y uno moderno, siendo el primero el óbice para alcanzar la modernización y el desarrollo, visto como progreso industrial. La noción de marginal se refería, entonces, a zo- nas en las que aún no habían penetrado los valores de la modernidad, a sociedades “ar- caicas”, marginadas de ese mundo moderno y que conformaban personalidades margi- nales a la modernidad. En este enfoque tecnologizado del desarrollo influyó extraor- dinariamente la controvertida teoría antro- pológica de Redfield sobre el “continuum folk-urbano”, en la que se presentaban las sociedades agrarias como verdaderos anacronismos, condenadas por el mundo

11

CATAURO

moderno. De tal forma, América Latina era un continente a civilizar por estar a su vez plagado de sujetos marginales del esquema occidental de desarrollo. Sin embargo, no es hasta las décadas del cincuenta y sesenta del siglo XX que la cate- goría de “marginalidad” toma protagonismo en las ciencias sociales, fundamentalmente en América Latina, con las propuestas del Consejo Económico para América Latina (CEPAL). De acuerdo con estos esquemas,

existíandosmundos,unocivilizadoyunomar-

ginal, con incapacidad para superar su situa- ción por su posición dependiente respecto de las relaciones internacionales y la deses- tructurante relación en éstos entre la política social y el sistema económico, lo que a su vez generaba fuertes procesos de marginación. Para Aníbal Quijano (1972), economista de la CEPAL, la marginalidad es resultado de un sistema capitalista dependiente y subor- dinado. Para él, las nuevas tecnologías vincu- ladas a los procesos productivos desplazan gran cantidad de fuerza de trabajo no califi- cada para asumir los retos de la tecnificación. Esta fuerza se convierte en sobrante, pues pierde significación para la acumulación económi- ca: el sistema “no necesita” de ésta para fun- cionar. A este proceso Aníbal Quijano lo de- nominó “apartheid”. Siguiendo esta tesis, el economista José Nun (1982) reelabora el con- cepto marxista de “ejército industrial de re- serva” y propone en su lugar el concepto de “masa marginal” para definir la enajenación no sólo material, sino también espiritual que genera el modo de producción capitalista, a partir de la desaparición de la posibilidad la- tente de acceder a la producción como fuer- za de trabajo, por el peso aplastante de la tec- nología en esta fase imperialista de dicho modo de producción, que desplaza, casi defi- nitivamente, a un número cada vez más cre- ciente de personas.

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CATAURO

Empero, estos teóricos erraron al recono- cer la marginalidad como un fenómeno típico del capitalismo. Todas las sociedades, desde el surgimiento de las estructuras clasistas, han generado sus marginales como grupo de individuos particulares que se separa de la dinámica social hegemónica, estructurada desde el poder para la prolongación y legiti- mación del poder mismo. La marginalidad es intrínseca a toda la sociedad humana en su conjunto, pues el poder en su proyección homogeneizante fabrica sus “malditos”, este- reotipando, aislando, desterritorializando. La marginalidad viene a ser “la entropía de las sociedades”. Como fenómeno social, la marginalidad distingue una situación por medio de la cual un grupo de individuos se coloca o es colo- cado al margen de determinados sistemas de valores materiales o espirituales que se hacen hegemónicos dentro de un contexto social concreto. Tales procesos de margi- nación pueden producirse mediante la ne- gación de derechos esenciales por voluntad de un poder, o sea, a través de actos de exclu- sión social en los que son claramente identificables el elemento excluyente y el excluido. La alteridad, que se encuentra al margen del orden social establecido, queda excluida del mismo, pues su diseño no tiene

en cuenta la realización de su identidad social

y, por tanto, no logra integrarse armónicamente

a dicho sistema. Tiene lugar también por el

disentir consciente y voluntario de esos valo- res, por la posición de los distintos grupos o países dentro de una estructura de división social del trabajo y distribución de la riqueza históricamente determinada o por los proce- sos de cambio brusco y radical de esas estruc- turas. Los procesos de marginación se produ- cen en una tensa dinámica de rechazo y aceptación, de querer y no poder, en condi- ciones de una alteridad que subordina y apar-

ta a determinados grupos sociales. De esta forma,losmarginalesypobresconstruyenuna manera de sobrevivencia alternativa como mecanismo de resistencia a esa situación de subordinación y anomia social en que se en- cuentran. Este tipo de sobrevivencia deviene normas de transgresión, definidas por algu- nos investigadores como “contracultura”. 1 Desde esta perspectiva se han reconocido cinco dimensiones del concepto de “margi- nalidad”, algunas de las cuales son rasgos estereotipados o estandarizados que no per- miten un acercamiento racional a la cues- tión de la pobreza en situación de marginalidad:

1. Dimensión ecológica: refleja la situación por la cual los marginales tienden a vi- vir en viviendas localizadas en círculos de miserias.

2. Dimensión sociopsicológica: los margina-

les no tienen capacidad de actuar, no participan en los recursos sociales, ca- recen de integración interna y no pue- den superar su condición o estatus por sí mismos.

3. Dimensión sociocultural: los marginales

presentan bajos niveles de vida, salud, vivienda e instrucción.

4. Dimensión económica: los marginales tie-

nen ingresos de subsistencia y empleos inestables.

5. Dimensión política: los marginales no

participan, no cuentan con organiza- ciones internas de carácter político que los representen, ni toman parte de las tareas y responsabilidades que deben emprenderse para la solución de los pro- blemas sociales, incluidos los propios. Sin embargo, asumir estas dimensiones como rasgos explicativos de situaciones di-

versas de pobreza y marginalidad implica- ría, a su vez, asumir una visión esencialista de tales fenómenos, apartándonos de un enfoque contextual de los mismos; incurri- ríamos en una construcción culturalista, desde la academia, de los sustratos cultu- rales que impone la pobreza. El vínculo entre marginalidad y pobreza es incuestionable. La pobreza —como pri- vación de necesidades materiales básicas so- bre las que se estructura todo un sistema de comportamientosyvalores—significasiempre limitación de acceso y, en este sentido, lle- va implícita determinadas formas de margi- nación. La marginalidad, por el contrario, desborda la pobreza al hacer partícipe de esa dinámica de rechazo-aceptación a grupos que no necesariamente son identificables como pobres. La marginalidad en condicio- nes de pobreza es, por tanto, una modalidad de este fenómeno que expresa la confluen- cia de dos situaciones preñadas de riesgos. Los actores sociales de la pobreza y la marginalidad, como agravante adicional, po- seen un imaginario social desafiante que se materializa en pautas de comportamientos, profanadoras de lo sagrado por criterios estan- darizados, que funcionan desde el disenso, a partir del cual se enriquecen y desfasan sus creencias y saberes. La marginalidad en condición de pobreza genera una constante sustanciación de conflic- tos sociales, cuya solución depende en gran medida de la voluntad del poder estatal. Se trata de un problema básicamente económico, pero su superación se deriva de una cuestión política. Como expresa Alain Basail, “la disi- dencia social, como expresión de la conflic- tividad de los vínculos sociales, es un problema de reconocimientos, intereses y diferencias que

1 Expresión tomada de la socióloga Mayra Espina en “Controversia: ¿entendemos la marginalidad?”, en Temas, La Habana, no. 27, octubre-diciembre, 2001, p. 73.

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CATAURO

se tornan fallidas, desatendidas y negadas por voluntad de un poder. Es un problema de

]” (2003: 8). Des-

de esta perspectiva, la marginalidad en si- tuación de pobreza es también un problema de disidencia social, que clava sus raíces en la resistencia a que se ven forzados por su propia condición. Esta situación de privación y marginalidad dificulta, en la mayoría de los casos, la confor- mación de una conciencia social más racio- nal, ideologizada y politizada, pues supone so- meterse al imperio de la satisfacción de las necesidades básicas, de modo que la concien- cia tiende a estar dominada por este orden de intereses, a partir de un proceso que el soció- logoJoséLuisMartíndenomina“maximización del inmediatismo y la lucha por la existencia” (2001: 71). Las personas sumidas en ese estado no llegan a percibir, en esa relación de domi- nación-subordinación,alosdominadorescomo grupo social concreto, pues su relación con quienes los empobrecen y marginan se efectúa de manera indirecta (Quijano, 1972: 45). Esa visión difusa determina que se enfrenten a rea- lidades dominadas por grupos abstractos (ri- cos, instituciones sociales, entre otros). Esta situación provoca que la relación de los pobres y los marginales con el Estado esté matizada por dos mecanismos, utilizados por el poder para anular sus ansias de progreso: una fuerte polí- tica represiva o coactiva, o un asistencialismo paternalista que amortigüe los intereses de sobrevivencia física. Aquí radica por qué los pobres unas veces se enfrentan ciegamente a las consecuencias del mal y no al mal en sí mismo (la estructura social de desigualdad), y otras se conforman con políticas que los ador- mecen, como ciertas dosis de opio, traducidas en algunas mejoras, muchas veces efímeras. Sin embargo, es preciso distinguir entre el concepto de “marginalidad” y el de “mar- ginación”. Esta variable permite dar cuenta

negación de alteridad [

14

CATAURO

de un fenómeno estructural que surge de la dificultad para propagar el progreso técnico

en el conjunto de los sectores productivos y en

el de las diversas áreas, regiones o zonas den-

tro y fuera de un Estado-nación. Sus diferen-

cias radican en sus unidades de análisis. La marginación se refiere a agregados sociales específicamente localizados desde una pers- pectiva macro, mientras que la marginalidad pone énfasis en los individuos. Así, la marginación como fenómeno social refiere también esa situación de dominación-subor-

dinación que motiva a amplios sectores poblacionales a emigrar en busca de mejoras. En todo análisis de los procesos de empo- brecimiento asume una centralidad teórica el concepto de “exclusión social”. Esta idea apa- rece inicialmente en el escenario europeo en

la década del setenta del siglo XX, vinculada

a la sociología francesa. Para la década del

ochenta pasa a formar parte de las definicio- nes conceptuales para la aplicación de las

políticas sociales en los marcos de la ya exis- tente Unión Europea, así es referido en “El libro blanco” y en “El libro verde” de política social de este conjunto de Estados. El surgimiento de este concepto aparece vinculado a una serie de situaciones como la contracción de la expansión económica que se produjo después de la Segunda Gue- rra Mundial, que hasta ese momento había garantizado una política de pleno empleo y garantías mínimas que se consolidaron en- tre las décadas del cincuenta y setenta en un sistema de seguridad que dieron lugar a

la conocida idea de la Europa Social. Tales

sistemas de seguridad no sólo reflejaban la situación de expansión económica, sino tam- bién las luchas de la clase obrera por tales derechos y la necesidad del sistema capita- lista de contraponerse al socialismo. En este contexto, se consideraba que la po- breza era inexistente, vertebrándose su inexis-

tencia en la capacidad empleadora de estas economías en expansión. La crisis económica de la década del ochenta quebró las expec- tativas de las décadas de posguerra. El desem- pleo masivo y el crecimiento de los procesos de

desigualdad social erosionaron las premisas de los Estados de Bienestar y el consenso sobre las políticas sociales. Se producen cambios signifi- cativos en la estructura de la población y en sus ciclos vitales, entre otros, y Europa redes- cubre focos de pobreza en sus Estados. De tal forma, los cambios que originan un nuevo pai- saje para la pobreza y la desigualdad social son:

1. El agotamiento del modelo de pleno em- pleo y los cambios en la estructura del mismo, o sea, alta demanda de fuerza calificada y pocas opciones para la fuer- za de menor calificación, lo que está en correspondencia con los cambios tecno- lógicos que se operan en la época.

2. Los cambios en la estructura de la familia y los ciclos vitales, disminución de las tasas de fecundidad, aumento de las tasas de divorcio y de las familias monoparentales, y envejecimiento de la población, lo que re- percutió en el aumento del número de ho- gares en situación de vulnerabilidad.

3. La ruptura del consenso en torno a las

estructuras del bienestar social, lo que está vinculado a la aparición del neo- liberalismo como ideología dominante, que cuestiona la ayuda social que fre- na la disposición del individuo hacia el trabajo y el quehacer económico. En esta situación se desarrolla el debate sobre la pobreza y la desigualdad social, que funcionó como antecedente del concepto de “exclusión social”. Así, desde su origen esta idea aparece muy vinculada a la no- ción de pobreza. La aparición en textos co- munitarios de un nuevo término enfrentó a los participantes en la política europea a un concepto confuso, a la vez que ofrecía una

definición del término que justificase el cam- bio terminológico y su empleo, en lugar de otros ya existentes como pobreza y marginación social. De este modo, en el “Programa de pobreza III” se define que:

Los individuos sufren exclusión social: a) sufren desventajas generalizadas en térmi- nos de educación, habilidades, empleo, vivienda, recursos financieros, etc., b) sus oportunidades de obtener acceso a las prin- cipales instituciones que distribuyen esas oportunidades de vida son sustancialmente menores que las del resto de la población, c) esas desventajas y acceso disminuido persisten a lo largo del tiempo [Room, to- mado de Abrahamson, 1997: 123]. Muchos de estos elementos ya aparecen en

las conceptualizaciones de pobreza. En la prác- tica, sobre todo en España, el concepto de “exclusión social” fue derivando hacia la defi- nición de aquellos grupos que se encontraban en peores condiciones (los discapacitados fí-

sicos, los ancianos solos,

yó a conformar una representación de este con- cepto como un nivel inferior de los procesos de marginaciónyempobrecimiento. Sara Gordon (1997) propone un concepto de “exclusión social” que, por un lado, trata de reflejar un proceso a nivel del individuo (por ejemplo, su marginación) y un proceso o situación a nivel de la sociedad por los efec- tos excluyentes o discriminatorios que pue- dan tener sus instituciones. Este último as- pecto puede tomarse quizá como elemento que distingue este concepto de los de pobre- za y marginación. O sea, al hablar de exclu- sión se refiere al efecto discriminador que pro- vocan las instituciones, por lo que la solución de la problemática no se busca tanto en el individuo, sino en el perfeccionamiento de la sociedad. En general, la identidad y la di- ferencia entre los conceptos analizados pue- den apreciarse en el cuadro siguiente:

), lo que contribu-

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Exclusiónsocial Fuente: Sara Gordon (1997: 2)

Pobreza Fuente: Oscar Altamir

Marginalidad Fuente: Gino Germani

(1979:20)

(1973:35)

Refleja un proceso o situación a ni- vel de individuo (por ejemplo, su marginación) y un proceso o si- tuación a nivel de sociedad, por los efectos excluyentes o discrimi-

Aquellasituaciónprovocadapordes-

La marginalidad como una situa- ción de no participación en áreas determinadas del quehacer social, en una variedad de roles que todo individuo debiera desempeñar.

igualdadesqueprecarizanlascondi-

ciones de vivienda, alimentación, sa- lud y educación, y que hacen cada vez más traumática la inserción en el

natoriosquepuedantenersusinsti-

mercadolaboral.

 

tuciones.

Fenómenosrelacionados:

Fenómenosrelacionados:

Fenómenosrelacionados:

Cumbre de desarrollo social

1. desigualdad extrema,

1. falta de ingresos y recursos pro-

1. empleo, desempleo, subem- pleo, el consumo que se deri- va de ellos y el goce de los servicios,

2. concentración geográfica de la inversión productiva y las asig- naciones presupuestarias,

ductivos suficientes para ga- rantizar medios de vida sostenibles,

3. pérdida o falta de acceso al empleo y/o medios de vida,

2. hambre y malnutrición,

2. discriminación social, racial,

3. mala salud,

étnica, ,

4. falta de acceso o acceso insufi- ciente a la educación y la salud,

4. aumento de la morbilidad y la mortalidad a causa de enfer-

3. escasa participación social y limitado acceso a derechos sociales,

5. discriminación social,

medades curables,

6. falta de acceso al ejercicio de derechos,

5. no acceso o acceso limitado a la educación y otros servicios,

4. desventajas ecológicas y dis- ponibilidad de recursos y baja inversión,

7. estructuras de privilegios,

abasto de agua y saneamiento,

8. insuficiente positividad del derecho.

6. carencia de viviendas o vi- viendas inadecuadas,

5. carencia de infraestructura urbanística, vivienda, agua

7. medios que no ofrecen segu- ridad ciudadana,

potable, electricidad, ,

6. baja calificación y acceso li-

8. discriminación y exclusión so- cial,

mitado a los servicios forma- les de instrucción,

9. deficiente participación.

7. prácticas y conductas trans- gresoras de las normas mora- les y jurídicas, instituidas comohegemónicasolegítimas,

8. contraposición de lo tradicio- nal y lo moderno.

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CATAURO

De ahí, la relación de determinación re- cíproca o precondicionamiento entre la po-

breza, la marginalidad y la exclusión social, comofenómenossociales.ComoexpresaJorge Luis Acanda, “[l]os grupos sociales despoja- dos de manera sistemática de capacidad de decisión para determinar sus condiciones de vida, la defensa de su identidad, etc., ter- minan cayendo en la marginalización, la

anomia y el escapismo [

]” (2002: 57).

En la actualidad, los fenómenos de po- breza y marginación se encuentran muy vinculados a los procesos migratorios, que movilizan a millones de personas en todo el mundo, segregados de los espacios benefi- ciados por el progreso, con motivo de des- igualdades cada vez más asfixiantes. Entre éstos (marginación, pobreza y migraciones) se produce entonces una relación de circularidad, pues actúan entre sí como cau- sas y/o consecuencias indistintamente y se recondicionan. La miseria, por la margi- nación de los espacios en desarrollo o desa- rrollados, impele a emigrar en busca de me- joras; y ante la imposibilidad de acceder armónicamente a tales espacios, por barre- ras sociales, culturales, jurídicas o ideo-

políticas, la pobreza y la marginalidad se exa- cerban. Entre los factores que influyen en las mi- graciones, sobre todo de las áreas rurales a las urbanas, y en la consecuente prolifera- ción de la marginalidad y la pobreza, se en- cuentran:

agotamiento de las tierras,

bajo rendimiento asociado a la escasa y desfasada tecnología y desinterés laboral,

ausencia de nuevas inversiones que for- talezcan y dinamicen las estructuras agrarias,

fortalecimiento simbólico de la ciudad, a partir de la atracción que genera como resultante de la concentración en ésta

de los servicios de salud, educación, entretención, entre otros. Este deterioro socioeconómico limita la capacidad de generar ingresos en sus luga- res de origen, lo que expone a las personas a sufrir una creciente escasez de bienes y ser- vicios que satisfagan sus necesidades. Ello los impele a emigrar a los centros urbanos en busca de mejoras, pero únicamente pue- den acceder a éstos a través de los resqui- cios sociales, igualmente periféricos y con un gran dilema: la falta de acceso a una vi- vienda y a un trabajo fundamentalmente, cuya negación condiciona que estos grupos se precipiten a una extrema pobreza y hacia conductas cada vez más informales, desorde- nadas y transgresoras de las normas sociales que sustentan el statu quo que los enajena. El problema real no consiste, entonces, en la capacidad o incapacidad de los hom- bres de hacer accesible sus vidas al “progre- so humano”, sino en las limitaciones que se les imponen en el camino hacia ese progre- so. Incluso, el plan de vida de los pobres, que se regenera a través de su socialización, no es diferente al que profesa la sociedad en su conjunto; lo diferente son las condiciones en que ese plan se pretende realizar. Como expresa Paulette Dieterlen, “[l]a pobreza es un mal en sí mismo: quienes la padecen ca- recen de lo indispensable para ejercer el más mínimo grado de autonomía y de capacidad para llevar a cabo ciertos planes de vida [ ]” (2002: 14). Desdeestaperspectiva,autorescomoJoan Nelson (1969: 56) se refieren a una re- distribución geográfica de la pobreza por la transferencia de la población del campo ha- cia la ciudad. Siguiendo este esquema teó- rico-conceptual, es preciso determinar su causa a partir de lo que el geógrafo francés Jacques Lambert (1973: 72) denominó “dua- lidad socioeconómica y cultural” dentro

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de un Estado-nación. Según este autor, una misma cultura nacional posee dos caras: una

beneficiada por la dinámica del progreso y la racionalización de la estructura social, ubi- cada en los centros urbanos; y otra que po- dríamos llamar anquilosada o desfasada por la desproporcionalidad y asimetría del pro- greso, ubicada en las áreas rurales. Esta es- tructura relacional asimétrica que se esta- blece entre el campo y la ciudad, es una realidad manifiesta, sobre todo en el Tercer Mundo, y una de las primeras causas de si- tuaciones diversas de pobreza y marginalidad. El campo actúa como una colonia de la ciu- dad, con la consecuente migración hacia ésta por la precarización de la vida, que se prolonga en las áreas urbanas ante la enaje- nación, y por la condición periférica que asu- me la existencia del emigrante, con una doble situación: pobre y marginal. En con- secuencia, tienen una vida marcada por la pauperización, cayendo en la anomia y el escapismo, incluso en aquellos lugares don- de pretenden solucionar su sobrevivencia, pues éstos se asientan en lugares igualmente segregados, marginados. En cierto modo, estaríamos en presencia de un genocidio de “nuevo tipo”, al que eufemísticamente he- mos denominado favelas, callampas, villas miserias, cantegriles, llega y pon, Estos espacios, dominados por un infra- humanismo, son zonas predominantemente residenciales cuya única característica cons- tante es su origen ilegal y desordenado, de- finidas como cinturones de miseria y focos de enfermedades y todo tipo de conductas disonantes por la pérdida de la connotación negativa de lo reconocido socialmente como ilegal. Son característicos en estos lugares:

el alcoholismo y la drogadicción,

la violencia (conyugal, paternofilial, ca- llejera, criminal),

el robo (intrabarrial y extrabarrial),

dependencia económica casi absoluta del mercado negro o la economía informal,

la pérdida por parte de los niños de un patrón estable a imitar y sobre el cual desarrollar su propia personalidad,

el analfabetismo funcional, fundamen- talmente por los bajos niveles de instruc- ción, que se proyecta como tendencia en las nuevas generaciones por la orien- tación excesiva hacia el presente, pues la miseria los obliga a vivir de la “lucha diaria”,

la deserción escolar,

el desempleo y subempleo,

una conciencia casi despolitizada y des- nacionalizada, con una fuerte religio- sidad heterodoxa, pues, parafraseando a Abel Posse, esta situación provoca que las personas inmersas en ella maldigan la sociedad y el Estado con que se rela- cionan y pongan los ojos en el cielo. A pesar de ello, hay autores que refieren conceptos como “sociedad civil de los po- bres o popular” 2 para definir el espacio eco- nómico, social y político en el cual actúan los pobres a través de sus instituciones so- ciales. Esto conduce a un discurso laudato- rio sobre el tema de la pobreza, con su in- trínseca situación de marginalidad, cuyas triviales conclusiones parecen decirnos que la pobreza es posible superarla si se legiti- man las estrategias de sobrevivencia de los pobres, sin necesidad de variar la estructura fundacional que la originó. Este fundamen- to no deja de ser una falacia, pues las ins- tituciones a través de las cuales los pobres luchan por su vida, no encuentran cabida en la

2

La expresión está siendo muy usada en América Latina, en países como Brasil, para distinguir la realidad social de las favelas de Río de Janeiro.

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sociedad, porque incluso su razón de exis- tencia y desempeño social ocurre desde la

marginalidad. ¿A qué civilidad se refieren si el diálogo no existe, sino la anulación y el desconocimiento? Los sujetos pobres y marginales no encuen- tran en la sociedad en su conjunto la reali- zación de su libertad, sino la limitación y negación de ésta, con la que se profundiza su alienación. Aquí radica la cuestión fun- damental del conflicto social, deses- tabilizador y contrahegemónico que genera la pobreza, cuya expresión se manifiesta en la sociedad civil en su conjunto. Como expre- sara Jorge Luis Acanda, “la sociedad civil es el escenario legítimo de confrontación de aspiraciones, deseos, objetivos, imágenes, creencias, identidades, proyectos que expre- san la diversidad constituyente de lo social

]” [

(2002: 257). Visto así, las instituciones

de los pobres no son expresión de un tipo de- terminado de sociedad civil, sino que refle- jan el componente de la sociedad civil que opera desde el disenso y la transgresión por la exclusión de que son objeto, para constituir- se en sujetos sociales con una activa y efecti- va participación en el ordenamiento social.

EL CASO CUBANO: UN DILEMA REAL Y CONCEPTUAL

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 1998 la pobreza en Amé- rica Latina superaba la cifra de más de ciento cincuenta millones de personas, de las cua- les ciento treinta millones se encontraban en situación de miseria absoluta, carecien- do incluso de agua potable. Centroamérica, según el BID, es la región más afectada, pues en ella se asienta 48 % de los pobres de Iberoamérica, lo que se evidencia a través de las cifras por Estados-naciones: 75 % de

la población en Guatemala es pobre, 73 % en Honduras, 68 % en Nicaragua, 67 % en El Salvador, entre otros ejemplos. Este deterioro socioeconómico, expresión de una distribución desigual de los recursos y de una participación poco o nada equita- tiva respecto de las oportunidades que ofre- ce el “progreso nacional”, es consecuencia de los paradigmas desarrollistas, reforzados con el pensamiento teórico neoliberal, que minimiza o anula las capacidades normati- vas y gestoras de los Estados para solucionar cuestiones internas y externas que disfun- cionalizan a dichas sociedades como esce- narios de libre participación. Son las trans- nacionales del Primer Mundo las que hacen incierto el destino de “Nuestra América”, al apoderarse de los recursos para el progreso económico, social y cultural, con la venia de las élites opulentas, hegemónicas y por- tadoras de un pensamiento que todavía proyecta la disyuntiva que nos propusiera

Sarmiento en el siglo XIX: Civilización o Bar- barie. Como expresara Atilio Boron refirién- dose a esta encrucijada:

Este proyecto, en caso de triunfar, no sólo produciría un holocausto social a escala planetaria de proporciones incalculables

sino que, además, afectaría irrepa-

rablemente la sustentabilidad ecológica

] [

de la vida en nuestro planeta [

] [1999: 18].

Asumir esta realidad trae consigo enten- der nuestra gran disyuntiva, tal y como expresara Adolfo Columbre acerca de “Nuestra América”: “O emerge como un

bloque civilizatorio, consciente de su particu- laridadyvalor universal, y sobre todo munida de un proyecto propio, o queda convertida en un Occidente de segunda mano, al ser- vicio del hiperdesarrollo del verdadero Oc-

cidente [

(2001: 19). Únicamente así po-

dremos hacer avanzar un auténtico proyecto

civilizatorio endógeno —que no sobrevino

]”

19

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con la modernidad— sobre la base de nues- tras matrices culturales, con una raciona-

lidad alternativa o anuladora de la razón con

la que hemos sido históricamente colonizados.

Nuestro país, como Estado-nación que pertenece al concierto latinoamericano, ocu- pa una posición periférica respecto de las

relaciones internacionales. El arribo de Cuba

a la modernidad nos colocó en situación de

marginalidad respecto de dichas relaciones, primero como colonia de España y después como neocolonia de los Estados Unidos. Am-

bas sociedades funcionaban desde un orde- namiento cultural que tenía como base la desigualdad estructural y la jerarquización de las relaciones sociales, signadas por proce- sos de pobreza y marginación de la gran ma- yoría de los cubanos. Tales fenómenos asumieron una centra- lidad en el proyecto socialista cubano con la Revolución, a partir de 1959. La Revolución hizo a los pobres y desposeídos sujetos de su propia historia, generando un inmenso cam- po de participación social en el que margi- nados y empobrecidos de antaño encontra- ron espacio para su dignificación. En ello, a

la vez, encontró legitimación y apoyo popu-

lar. Todo ello tuvo su base en la eliminación de la propiedad capitalista sobre los medios de producción y la gestación de un sistema socialista que anuló la base estructural de

la pobreza, la marginación y la exclusión so-

cial, en tanto sacó del escenario social a indi- viduos con capacidad de apropiarse del trabajo del productor directo de las riquezas socia- les. Esto sitúa temas como los anteriores ante un verdadero dilema teórico, a partir de que no han desaparecido de nuestro escenario. Las condiciones desde las que se realizó este proceso —caracterizadas por una es- tructura económica anquilosada por la de- pendencia respecto del mercado estadouni- dense durante la República, la carencia de

20

CATAURO

recursos financieros por el robo descarado de éstos y la situación de bloqueo y guerra económica que desde las primeras medidas populares se fue diseñando desde los Esta- dos Unidos—, impusieron muchas de las li-

mitaciones y contradicciones a ese inmenso esfuerzo por dar cabida a todos los miembros de la sociedad de igual manera. Así, no se pudo eliminar totalmente ni la pobreza, ni la marginalidad como máculas del pasado histórico de la nación, aun cuando muchas de sus bases sociopsicológicas fueron des- estructuradas por el potencial de participa- ción social de esa gran mayoría de cubanos

y las mejoras que se experimentaron con la

institucionalización de un Estado de base de- mocrática, haciéndose casi imperceptibles

sus formas de manifestarse. Ello nos induce

a pensar que, a pesar de los cambios estruc-

turales, la disponibilidad del bien o del re- curso social es una variable importante para la interpretación real de estos procesos en nues- tra sociedad, pues la escasez de este bien determina que unos se apropien y otros no, ya sea por mecanismos de distribución de la propiedad o por mecanismos de poder. Como expresara el sociólogo Ernel González, “[n]o basta con que haya una política socialista, es necesario movilizar recursos productivos” (2001: 82). La limitación de recursos derivada tanto de la herencia del subdesarrollo como de las contradicciones del propio modelo econó- mico de desarrollo, fue imponiendo su im- pronta a estos procesos. En la segunda mi- tad de la década del ochenta del siglo pasado se había hecho evidente el agotamiento del modelo económico transformador (Modelo del Cálculo Económico, tomado de la URSS), según el cual se priorizaba la indus- trialización acelerada, basada en el desarrollo de la industria pesada, con poca significa- ción para el resto de los sectores, que incluso

llegó a subestimar la producción para el con- sumo, incluida la agricultura, con excep- ción de la cañera. Este modelo operaba con un alto nivel de centralización de las deci- siones, a partir de una planificación orienta- da a la asignación directa de recursos, desde una posición de verticalidad. En estas con- diciones, los trabajadores no se constituyeron en verdaderos copropietarios de los me- dios de producción, sino que siguieron siendo asalariados o empleados, sólo que del Estado. Esta concepción estratégica de diseño económico, basada en los programas macro, pretendió resolver las necesidades de la po- blación sin tener en cuenta el sentido dife- renciado de éstas, dejando poco espacio a la preferencia de los consumidores y al desplie- gue de iniciativas individuales y colectivas para potenciar la economía. Más que igual- dad, como sana intención del Estado revo- lucionario, se generó un igualitarismo, pues la distribución no contempló el “punto de partida” de los sujetos involucrados en el proceso a partir de variables como raza y re- gión. Por otro lado, la relación salarios-bien- estar se inclinó desfavorablemente hacia los primeros, pues no estaban en corresponden- cia con el valor que se creaba desde el tra- bajo y, por ende, un grupo cada vez más creciente se fue acercando a las áreas bu- rocráticas como alternativa para progresar salarialmente, según la lógica del modelo. Asimismo, el proyecto económico cuba- no tuvo como debilidad la incapacidad de re- convertir la falta de proporcionalidad en el de- sarrollo, heredada del pasado histórico de la nación, que determinó la centralidad de La Habana y la marginación de las otras pro- vincias. La limitación conceptual de políti- cas y recursos que atrajeran hacia el centro con la misma intensidad a las otras regiones del país, fundamentalmente las rurales, con-

virtió este problema en una cuestión estruc- tural, resultante de lo que el sociólogo José Luis Martín denominó “automatismo desarrollista” (2001: 83). Con ello se crea- ron las premisas para que se reprodujeran manifestaciones de pobreza, marginación y exclusión social en las condiciones del so- cialismo. La limitación de recursos ha determina- do niveles selectivos y restringidos de con- sumo, que generan una asfixia social al co- locar a las personas que se encuentran en un estado de pauperación en una constante transgresión de las normas sociales, recono- cidas por los sujetos colectivos como moral- mente dignas, y de otras instituidas por el poder jurídico de la nación. Así, se con- solidan conductas cada vez más desesta- bilizadoras del orden social. Sin embargo, estasconductasfuncionancomomecanismos de supervivencia que permiten una salida a las privaciones, como el robo (muchas veces con violencia), la compra y venta en el mer- cado negro, la prostitución, la deserción es- colar en pro de un ingreso inmediato, entre otras. Algunas de estas actitudes, que actúan como una contracultura, pierden la conno- tación negativa de lo ilegal en el imaginario social y son reconocidas como loables ante

el imperativo de “comer o morir”.

No obstante, en nuestro país el problema de la pobreza, agudizada en los últimos años, se manifiesta más como tendencia en el de- terioro de las condiciones materiales de vida

de las personas que en su potencial de parti- cipación. Por tanto, la mayoría de los reco- nocidos por las ciencias sociales como pobres

y marginales no se reconocen como tal,

pues su percepción los induce a compararse con otros países y se percatan que gozan de ciertos privilegios con equidad. Aquí radica la diferencia de Cuba con el resto del mundo

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CATAURO

y la necesidad de relativizar los conceptos de “pobreza” y “marginalidad” en nuestro contexto.

A pesar de ello, la cuestión social de la

pobreza y su consecuente marginalidad fue-

ron desconocidas por la psicología social del cubano, incluso del cubano culto y acadé- mico, aun cuando Cuba seguía siendo un país pobre y marginal respecto de las rela- ciones económicas y políticas globales.

El discurso político nacionalista de homo-

geneización social, entretejido a partir de

1959, asumió como hecho resuelto la alinea- ción económica y social de los cubanos con

la institucionalización de un Estado-nación

por consenso y con una racionalidad revo- lucionaria, descolonizadora y democra- tizadora de las estructuras sociales. Ello condujo a desatender los estudios que enfatizaban los procesos de diferenciación social, consecuencia en nuestro país de las diversas condiciones de partida de los gru- pos sociales para apoderarse de los benefi- cios de una distribución más bien igua-

litarista. Esta postura nos llevó a olvidar que en nuestro contexto “[l]a teoría del socia- lismo precisa comprender la tensión entre igualdad y diferenciación social, entre la necesidad de reconocer las diferencias y de articularlas en un proyecto sociopolítico co-

mún [

La elevada capacidad de participación social y el protagonismo transformador de aquellos que antes ocupaban una posición de subordinación-dominación respecto de las relaciones sociales, hicieron pensar a to- dos los cubanos, incluso a la dirigencia polí- tica, en una desaparición progresiva de la pobreza y la marginalidad, casi por encanto. Sin embargo, la proyección democrática no tuvo un soporte económico de sustentación; los enfoques hiperdesarrollistas neutraliza- ron las potencialidades del Estado de una

]”

(Espina, 1999: 22).

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distribución equitativa y cada vez más en ascenso, unido a las deformaciones del pa- sado y al histórico bloqueo económico de los Estados Unidos. Así, se desconocieron tales fenómenos, pues un discurso crítico sobre los mismos ponía en entredicho los logros de la Revolución y la efectividad funcional del proyecto cubano. Se le dio la espalda a la problemática y se asumió como norma la inexistencia de tales realidades. Además, la Revolución misma, como pro- ceso de ruptura del enfrentamiento entre clases sociales contrapuestas, generó a su vez un tipo distinto y nuevo de marginación y exclusión. Las clases derrotadas y aquellos sectores que las representaban y sus prácti- cas de enriquecimiento a costa del trabajo de otros, pasaron a posiciones marginales dentro del proceso social. Todo lo anteriormente expuesto condu- ce a relativizar la utilización de tales con- ceptos. Los fenómenos que los mismos tra- tan de captar, aparecen muy desdibujados en nuestra sociedad, producto de la obra mis- ma de la Revolución y la incorporación de los sectores humildes del pueblo como sujetos de esa obra, así como por el acceso gratuito y universal a la educación, la salud y la pro- piedad de la vivienda. Pero sobre todo, ello tiene que ver con el hecho de que dichos fenómenos se configuran y reproducen so- bre un sistema de propiedad social sobre los medios de producción, que le sustrae su base estructural y necesaria. Por tal razón, en nuestras condiciones no es conveniente ha- blar de pobreza, marginación y exclusión social en abstracto. Es necesario definir en qué sentido se es pobre, marginal y de qué se está excluido socialmente. Únicamente así los conceptos servirían no sólo para ca- racterizar al sujeto pobre, marginal o exclui- do, sino también para determinar cuáles son los mecanismos o circunstancias sociales por

las cuales sufren de ello, para que de esta for- ma la superación del problema sea también un proceso de superación y perfeccionamiento de la sociedad y una toma de conciencia de sus límites para cada momento histórico. Ciertamente, los barrios pobres y margi- nales, como Romerillo, Palo Cagao, Las Ya- guas y más recientemente los “llega y pon”, no dejaron de formar parte de nuestra reali-

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no nuestro proyecto social.

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MAYRA ESPINA PRIETO Commentaries on the concept of marginalization in sociology A valuation of the

MAYRA

ESPINA

PRIETO

Commentaries on the concept of marginalization in sociology

A valuation of the concept of marginalization within the new and complex world contexts and its adaptation to the Cuban environment is proposed. The sociological conception has to do with the multiple contradictory and controversial tendencies appearing in worldwide economic, social and political changes.

MAYRA ESPINA PRIETO

Socióloga.

Investigadora del

Centro de

Investigaciones

y

Psicológicas

Sociológicas (CIPS).

Las circunstancias que ha vivido y aún vive Cuba de entrecruzamiento de crisis, reforma y conexión con el sistema “mundo globa- lizado”, de ampliación de las desigualdades y de las franjas de pobreza, exigen, por sí mis- mas, que las ciencias sociales reexaminen sus instrumentos y se abran a aparatos concep- tuales que potencien su filo crítico y propositivo. Es en este contexto que se en- tiende el esfuerzo por apropiarnos críticamente de un concepto que lamentablemente ha es- tado fuera del pensamiento social cubano por muchas razones, algunas de las cuales comen- taré posteriormente con el fin de tratar de hacernos una idea de si es útil o no hoy día en Cuba un concepto como éste para enjui- ciar nuestra realidad y para crear propuestas de política social en este ámbito.

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CATAURO

Lo primero que hay que destacar es que el concepto de “marginalidad” es marcada

y típicamente sociológico. Aunque no fue

acuñado dentro de la sociología latinoame- ricana, su utilización y su investigación con- creta se consideran como un aporte de la sociología en nuestra región. Se reconoce universalmente que el pensamiento latino- americano es el que más aportes ha hecho en este ámbito y el que creó una especie de metodología de medición concreta de los pro- cesos de marginalización, tanto en su aspec- to estructural duro como en su aspecto de enfoque de cambio sociocultural. ¿Qué sucede hoy día en este campo?, ¿por- qué se retoma esta noción de marginalidad

y se trata de actualizar? Se relaciona con un proceso muy importan- te de la contemporaneidad: la multiplicación de tendencias contradictorias y conflictuales que acompañan los cambios económicos, so- ciales y políticos en el mundo. Ya hoy día esta noción de marginalidad no es como en sus inicios (una noción muy típica de la amplia- ción del capitalismo o neocapitalismo dentro de las sociedades periféricas como un efecto de ese proceso), sino que se toma también como un efecto que se produce dentro de las sociedades centrales y los cambios que han acompañado la globalización. Su secuela de polarización de ingreso, de polarización social, puede también considerarse como proceso de marginalización. De hecho toda exclusión, segregación o limitación de acceso supone de alguna manera una marginalización; in- cluso una reacción de automarginalización es también otra arista de este asunto. El concepto de marginalización hoy día pone énfasis no sólo en lo que segrega, sino en la conectividad de lo segregado, de lo periférico, con lo central. Hay procesos de la realidad social en los que urge pensar en estos conceptos que marcan

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más lo conflictual, lo tensional, y por eso hay una vuelta a esta idea de la marginalidad. Por otra parte, el pensamiento social vive un momento de integración y síntesis de paradigmas. Por tanto, no es momento de excluir conceptualmente teorías o escuelas, ni tampoco esta recuperación, esta recons- trucciónepistemológicaquetiene que ver con la perspectiva de la complejidad. Al decir marginalidades, de hecho hablamos de pro- blemas, de conflictos, de tensión, de con- tradicción; y si se habla de marginalidad, es porque hay otro polo que no es marginal. Estas reflexiones se aplican también al caso cubano sin ninguna duda. ¿De dónde venimos? De un pensamiento sociológico muy plano, con una visión de la sociedad socia- lista como casi perfecta, al menos en lo que tiene que ver con la integración y el acceso

a los beneficios del desarrollo de la pobla-

ción, para lo cual no hacía falta para nada un concepto como el de la marginalidad. Además, desde el punto de vista político es un concepto prácticamente demonizado:

¿para qué la sociología iba a usar la noción de marginalidad si ésta era una sociedad que sistemáticamente amplía sus márgenes de integración y de acceso a los beneficios? En una visión de sociedad construida desde este presupuesto, un concepto como

el de marginalidad importa muy poco. Hace

muchos años, la idea de “barrio marginal” era prácticamente un pecado; se sustituyó por “barrios insalubres” o algo así. Un proceso tan complejo se redujo oficial, formal y estadísticamente a la noción de insalubri- dad. El problema es que, a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron, la formación de cinturones de marginalidad en las grandes ciudades ha sido indetenible. Ha tenido sus altas y sus bajas, pero ha sido indetenible, sea cuales sean las medidas que se hayan tomado, o los artificios del lenguaje que se

hayan usado para hacerlos desaparecer en la realidad. Todavía la sociología cubana no ha reaccionado, por lo menos en materia de reflexión teórica. Probablemente muchos habaneros no conozcan ni la mitad de esa problemática en la ciudad, pero nos acerca- mos cada vez que dentro de la misma ciu- dad tomamos un pasadizo y llegamos a unos pequeños josones, que es lo más parecido al concepto de marginalidad. Esa persistencia de una situación de des- ventaja social y de unos patrones de cons- trucción de significado, construcción cul- tural y de la identidad se sale de lo que habitualmente se suele considerar lo normal; la persistencia de ese proceso en Cuba, en toda nuestra experiencia de transición so- cialista, y la visibilidad tan grande que estos fenómenos han tenido como efecto de la ar- ticulación entre crisis y reforma, hacen evi- dente que si no será marginalidad será otro concepto, otra denominación, pero urge usar este tipo de conceptualización que nos acer- ca mucho más a lo conflictual, a lo proble- mático, a la diversidad de fenómenos que se dan en nuestra sociedad. El mundo es múltiple; los sistemas sociales son múltiples, variados, diversos, y tienen multiplicidad de conexiones, se yuxtapo- nen muchísimas veces. Esta conceptualización de la marginalidad surge en América Latina al evaluar concre- tamente los efectos del desarrollo capitalista dentro de la concepción de modernidad. Éste es un concepto típico para enjuiciar la mo- dernidad latinoamericana. ¿Cómo se produ- ce? En ese antagonismo de sociedad tradi- cional-sociedad moderna, la marginalidad es vista como un efecto del proceso de moder- nización de nuestras sociedades en los que se supera lo folk, lo tradicional. Sin embargo, al no tener una capacidad de asumir a toda la población, se presenta esa marginalidad con

una mezcla de lo tradicional y lo moderno, como un tipo social nuevo. En su concepción más clásica y tradicio- nal la marginalidad se coloca dentro de una visión lineal de la historia y del progreso y dentro de una visión ascensional de la his- toria como linealidad, como proceso único. Por tanto, la marginalidad es un fenómeno posible de ser absorbido en esa línea de pro- greso, en un tiempo lineal ascendente. Para el pensamiento social más reciente y más apegado a la complejidad, marginali- dades habrá siempre de algún tipo, si asumi- mos la marginalidad como esa exclusión for- zosa o autoescogida como disensión, como segregación. Cada proceso de cambio tiene potencialmente un efecto de marginalidad res- pecto a determinados grupos sociales, deter- minadas culturas, determinadas ideas. A su vez, esa franja de marginalidad tiene una capacidad de autorregeneración y de reto al proceso que la margina y crea sus propias formas de inclusión. La marginalidad puede verse como efecto, pero no como problemá- tica, como un terreno de pasividad, pues el grupo marginado tiene una capacidad de re- generación, de reproducción y de formación de sus propias maneras de inclusión, de sus

redes sociales, de sus conexiones, y tiene tam- bién conexión con el mundo central. Es perfectamente legítima su utilización

dentrodelpensamientosocialycomoconcep-

to sociológico para enjuiciar los procesos de la contemporaneidad cubana. Una carga fuerte del concepto de mar- ginalidad tiene que ver con la noción de es- tructura social. Si aludimos a una noción de estructura social como conjunto de posiciones sociales de los grupos que se forman a partir de ella y de las conexiones entre ese grupo, de las relaciones sociales que están vinculadas al nú- cleo duro de la reproducción de un sistema social, la noción de marginalidad está

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consustancialmente ligada a la de estructu- ra; es casi un concepto estructural en el sen- tido de que marginalidad es lo que está fue- ra de esa estructura formal, del núcleo duro de reproducción de un sistema social. La marginalidad alude a posiciones so- ciales, a grupos sociales que se configuran al margen de la estructura formalmente es- tablecida para garantizar la reproducción de un determinado sistema económico y social. Precisamente, marginalización significa un proceso de empuje desde la economía hacia afuera de individuos y grupos sociales que no puede absorber. Hay un proceso cen- trífugo que vota a individuos y grupos socia- les hacia los márgenes. ¿Cómo se explican en la sociología de la estructura social las causas de ese proceso de empuje hacia afuera? A veces por separado, pero generalmente de forma combinada, se explican, por una parte, porque la economía no tiene capacidad para absorber como re- curso laboral o como población que satisface necesidades, es decir, como productor o con- sumidor a una parte de la población; por otra parte, se quedan fuera grupos que no están capacitados ni tienen las habilidades o los méritos —diríamos hoy el capital social o cul- tural— para incorporarse a los requerimien- tos de esta economía. Éstas son explicaciones estructurales de la marginalidad. Se trata todavía de una óptica muy redu- cida, pues el enfoque estructural del asunto es válido y necesario, pero que si se utiliza como el único, no llega a analizar un proce- so como éste. La marginalidad y el proceso de marginali- zación pueden considerarse como la forma- ción de una especie de contraestructura, de una estructura otra, que no es la formalmente establecida ni la que tiene la función de desarrollar y hacer progresar una economía

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y una sociedad. Esa marginalidad que se

conecta con la estructura formal, se con-

vierte en una estructura en sí misma, lo que la hace más complicada, ya que no es un gru- po de gente que pasa hambre o se comporta de forma distinta: son grupos humanos con un determinado comportamiento consciente

o inconsciente.

Precisamente por esto el concepto de marginalidad y el proceso de marginalización se estudian desde la sociología en relación con las desigualdades vinculadas a pobreza

y marginalidad, redes sociales, subsistencia,

estrategias de sobrevivencia y producción de

significados y visión simbólica. Con este ár- bol conceptual vinculado más recientemente

a la marginalidad, ésta se enfoca como un

fenómeno vivo: no es gente que espera que haya una oportunidad de entrar en el nú-

cleo social, sino que son grupos sociales que se re-crean a sí mismos material y simbóli- camente y producen su propio discurso so- bre la realidad, su propia visión. Por tanto, también desde esta visión hay un elemento muy importante para estudiar

la marginalidad y la marginalización: la re-

lación social; la marginalidad vista no como una posición desgajada, sino conectada con otras posiciones. Existe marginalidad porque existen quie- nes no son marginales. Esto nos acerca a la vía por la que algunos estudios conocidos como de corte neomarxistas se han acerca- do a la marginalidad, esto es, los conceptos de alienación, enajenación y explotación; la marginalidad como un tipo de estatus, como una ubicación social que expresa una relación de dominación, explotación, alie- nación y enajenación de unos grupos socia- les por otros. ¿Cuánto de alienación hay en una situa- ción de marginalidad? ¿Y en ese proceso de empuje hacia fuera?

Sin embargo, los enfoques de estructura social más contemporáneos no se ajustan a esta visión de estructura como predeter- minación inadmisible, como una relación de causa y efecto determinista y lineal, sino que consideran lo estructural como una construc- ción que limita o marca el repertorio posible de acciones que los sujetos y los actores so- ciales tienen ante sí, pero que para nada pre- determina un futuro y limita una innovación. Por una construcción, por una externalización que puede ser alterada, modificada y amplia- da por los sujetos y por los actores sociales, quiero decir también que la marginalidad tie- ne capacidad de constituirse en un sujeto social, en un sujeto del cambio y de hecho en el campo de lo que podríamos llamar margi- nales. Si consideramos este aspecto de la cons- trucción simbólica intersubjetiva, hay en esta franja de la marginalidad y lo ha habido his- tóricamente una emergencia de nuevos pro- cesos y fenómenos que fueron en un momen- to dado considerados marginales desde la cultura dominante. Lo que la cultura dominante conceptualizó y estigmatizó como marginal —generalmente para estigmatizar a los sectores populares—, produjo un proceso de emergencia de nue- vas cualidades que en un periodo histórico empiezan a formar parte de la cultura domi- nante o que son en algún momento recono- cidas como valores y normas tan sensatos y aceptados como otros cualesquiera. Desde una perspectiva de la diversidad y de la complejidad, habría que volver a pen- sar en un momento histórico concreto qué es marginal y qué es diverso. En sociedades muy centralistas, con normas muy rígidas,

marginal es cualquier cosa; casi todo lo que no se parece a lo que está en el medio, suena

a marginal o puede ser en algún momento

estigmatizado como marginal. En resumen, en este rescate del concepto

de marginalidad el primer elemento, el más importante, es la marginalidad vista como un proceso muy vinculado a la reproducción material de la sociedad y a tendencias de exclu- sión y de rebote desde el centro hasta los már- genes, pero también como proceso multidi- mensional que engloba la intersubjetividad, lo cultural y lo simbólico como elementos muy importantes en su configuración. Es decir, no bastaconaccionarsobreloscondicionamientos económicos, sinoquehaytambién unalógica intersubjetiva y cultural de reproducción de la marginalidadysuscomportamientos. Un elemento también muy importante es

la noción de resistencia, las corrientes de re-

sistencia a lo central que aparecen en lo mar- ginal, en las que muchas veces se encierra lo nuevo o lo progresivo, no sólo lo contrario. Es- tascorrientespuedenabrircursosprogresivos del desarrollo social. Esta idea de lo marginal como expresión de una relación social de po- der material y subjetiva de la marginalidad, como expresión también de una diversidad existente, rica y viva en sociedades concretas, resulta especialmente útil para declarar lo con- tradictorio, lo conflictual, lo dialógico, lo tensionalentreprogresoyregresión. La mayor riqueza que puede aportar este concepto, es esa dialógica interna de su dia- léctica profundamente contradictoria, que en este momento es muy útil para enjuiciar los efectos del cambio que está viviendo

nuestra sociedad.

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30 C ATAUR O CARLOS VENEGAS FORNIAS From one-room multifamiliar tenement houses to marginalized neighborhoods

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CARLOS

VENEGAS

FORNIAS

From one-room multifamiliar tenement houses to marginalized neighborhoods

The emergence and development in Havana of marginalized houses for many families especially from late 18th century to late 19th century were closely related to the concentration of the urban space and the gradual growth of population. They were meant to solve the demand for cheap lodgings, so that their landlords could obtain rents and profits taking maximum advantage of the land and offering quarters to low-income social groups that wished to settle in the city or to stay for short periods.

CARLOS VENEGAS FORNIAS

Investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.

El surgimiento y el desarrollo en La Habana de formas de viviendas colectivas y marginales

durante los siglos XVIII y XIX, específicamente desde finales del primero y durante el trans- curso de todo el segundo; es decir, la forma- ción de un tipo de vivienda conocido con el nombre de solares o ciudadelas, estuvo estre- chamente unida a la concentración del espa- cio urbano, la densificación del espacio de la ciudad y al aumento elevado y gradual de

la

población. Se trataba de ofrecer respuesta a

la

demanda de viviendas baratas, de manera

quepermitieranalospropietariosobtenerren-

tas, ganancias, aprovechando al máximo el

terreno y, a su vez, ofrecer alojamiento a secto- res o grupos sociales de pocos recursos que pre- tendían o aspiraban a establecerse en la ciudad

o permanecer durante corto tiempo en ella.

De un modo general, este tipo de vivien- da para alojar sectores más pobres, fue una

tendencia de carácter universal en estos años.

A partir de la Revolución Industrial se exten-

dió en casi todo el mundo occidental: las gran- des ciudades europeas desarrollaron vivien- das de inquilinato, y sobran testimonios bien conocidos de la existencia de los barrios obre- ros en ciudades como Londres, París, la misma metrópoli de Madrid. Al mismo tiempo, ciu- dades de América Latina, como México, Bue- nos Aires y La Habana, muestran un compor- tamiento parecido con respecto a la aparición de estos tipos de viviendas de inquilinato, pero, por supuesto, debido a causas y tradi- ciones arquitectónicas distintas de las ciuda- des industriales europeas. En el caso que nos ocupa, que es el de La Habana, la ciudad era una de las mayores de América por entonces. Su crecimiento de- mográfico obedeció, desde fines de siglo XVIII,

primero a una fuerte emigración forzada africana, causada por el auge de la esclavi- tud, y más tarde durante el siglo XIX al au- mento in crescendo de la emigración blanca española con propósitos de blanqueamiento

y de aumento de la mano de obra libre. Exis- te, por tanto, una ciudad enriquecida con

el comercio de productos coloniales agríco-

las, productos de las plantaciones, con una gran apertura de oportunidades. No era un centro de proletariado indus- trial como Europa. No estamos aquí en pre- sencia de aquellas ciudades que nos descri- bieron Charles Dickens, Emilo Zola o Benito Pérez Galdós. Sin embargo, se trata de una ciudad de un fuerte desarrollo del sector ter- ciario, del consumo y del comercio, con un puerto también muy activo y una gran po- blación flotante, no estable, viajera, pasajera. También posee un desarrollo industrial no- table con la industria tabacalera. Por tanto, su población nutre un creciente grupo de po-

bladores libres blancos; negros y mestizos, productos de la esclavitud; emigrantes eu- ropeos recién llegados, ligados al comercio, los oficios, las profesiones; y también una pobla- ción nativa o criolla, que emigra hacia ella, que se mueve atraída desde otras poblacio- nes del país o incluso desde los campos. Podemos decir que es una ciudad que experimentó una gran movilidad social en- tre los años en que se llevaron a cabo los primeros censos de población o padrones del siglo XVIII al siglo XIX. Entre 1754 y 1778 los cálculos de la población total van a oscilar entre unos 40 000 a 50 000 habitantes. Esta última cifra se considera si se cuenta con la población transitoria, sobre todo la compues-

ta por las tripulaciones, los viajeros y las guar- niciones. Hoy nos parece que esa cifra es pequeña, pero a la sazón era una de las tres

o cuatro más grandes poblaciones de Amé-

rica hispana, o sea, después de México y Lima. Resulta discutible el caso de Puebla; entonces La Habana quizás pudiera pasar a ocupar un cuarto lugar, pero siempre por en- cima de todas las poblaciones de las colo- nias inglesas de América del Norte. Ya en 1827, casi un siglo después, sigue siendo uno de los seis más grandes centros

urbanos de América, agrupando —no como una ciudad limitada por murallas, sino como un verdadero complejo urbano— a unos 80 000

o 100 000 habitantes. Asimismo, se mantie-

ne como una ciudad de un relieve extraor- dinario desde el punto de vista demográfico. Por supuesto, la movilidad de esta población

urbana trajo consigo también una movili- dad residencial, o sea, afectó el concepto de habitación, que se fue ampliando a lo largo de su historia, tanto en La Habana como en otras ciudades que experimentaron este cre- cimiento acelerado, y fue concebido tam- bién como un alojamiento transitorio, rápido

y precario. Actualmente son conocidos y muy

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CATAURO

U SO DE LO QUE AÚN SE CONOCE COMO EL PASAJE , QUE TAMBIÉN DATA

USO DE LO QUE AÚN SE CONOCE COMO EL PASAJE, QUE TAMBIÉN DATA DEL SIGLO XIX. MUCHAS DE LAS CIUDADELAS TENÍAN UN LARGO PASILLO QUE A VECES COMUNICABA UNA CALLE CON LA OTRA, O SEA, ERA COMO UNA EXTENSIÓN DEL RECORRIDO

ESTUVIERA ABIERTA LA REJA,

A NADIE SE LE PODÍA IMPEDIR PASAR AL PASILLO. ERA COMO UNA CALLE CON ACCESO LIMITADO DENTRO DE CIERTOS HORARIOS; ESTO RESULTA INTERESANTE, PORQUE ATENTA CONTRA LA PRIVACIDAD DEL CONJUNTO COMO TAL, Y ESTO ES LO QUE

PEATONAL DE LA CALLE; DE HECHO, DENTRO DE LOS REGLAMENTOS DE POLICÍA, MIENTRAS

LE DIO A LA CIUDADELA O SOLAR EL CARÁCTER SOCIAL QUE LA DISTINGUIÓ EN EL SIGLO XIX.

manejados dentro de la historia del urbanis-

Media y de la formación de las ciudades—

mo y de la arquitectura criterios que han

a

la casa convertida en mercancía a partir

ido acotando o limitando el problema de la

del siglo XIX, sobre todo como vivienda para

especulación de la vivienda, de la vivienda

obtener rentas, para alquilar sucesivamente

barata, al desarrollo del capitalismo en su fase posterior al mercantilismo; y ajustando también este fenómeno a la explosión de- mográfica ocurrida a partir de la Revolu- ción Industrial. O sea, el paso de la casa para vivir —un producto artesanal ligado

diferentes vecinos por ambiciosos propie-

tarios urbanos que sólo trataban de especu- lar con ésta. Sin embargo, en el caso de La Habana se debe reconocer que siempre en su historia existió una fuerte tendencia, desde sus ini-

a

a

los linajes urbanos y a la permanencia de

cios, a considerar la vivienda como un me-

la

familia en un sitio, que databa de la Edad

dio de lucro, un medio de alojamiento, como

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CATAURO

U NO DE LOS PRIMEROS INTERIORES DE SOLARES AUTÉNTICAMENTE RETRATADOS . E S UN TESTIMONIO

UNO DE LOS PRIMEROS INTERIORES DE SOLARES AUTÉNTICAMENTE RETRATADOS. ES UN TESTIMONIO EN EL QUE SE OBSERVA SOBRE TODO LA COMPOSICIÓN SOCIAL DE LOS HABITANTES, PUES LOS HAY DE TODOS COLORES Y DE TODO TIPO. LOS INVESTIGADORES DEBEN INCURSIONAR EN LA LITERATURA, EN LA LITERATURA DE COSTUMBRES DEL SIGLO XIX, PORQUE BRINDA BUENA INFORMACIÓN SOBRE ESTAS VIVIENDAS COLECTIVAS.

una mercancía rentable: el alquiler de los cuartos interiores y de casas construidas para alquilar a una población pasajera, fue uno de los principales negocios de la ciudad y uno de sus principales medios de ingreso desde el siglo XVI. Lo nuevo en esos años se introdujo al diseñar estructuras arquitectónicas pro- pias o especializadas para este tipo de ac- tividad o explotación económica. En otras palabras, hasta entonces se alquilaban casas como tal o partes de las casas, lla-

madas accesorias, pertenecientes a la vi- vienda principal, con una entrada inde- pendiente hacia la calle o al patio, pero ahora se concebían ex profeso viviendas con una estructura para uso común, co- lectivo, divididas en cuartos independien- tes, con una entrada única y un patio o un espacio central que servía para todos, con servicios colectivos. ¿Como se llega al diseño de este tipo de vivienda dentro de la ciudad? Bien fuera una edificación baja o alta, siempre estaba

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CATAURO

cerrada en torno a un espacio común o patio. En su aparición coinciden diferentes tradicio- nes y se pueden ensayar diferentes respues- tas. Cada ciudad dio respuestas espontáneas

a estas necesidades de la vivienda de inqui-

linato según sus propias tradiciones locales en estos años de crecimiento acelerado de las ciudades. En el caso de La Habana, al- gunas de estas posibles respuestas, de las po- sibles causas de su surgimiento, motivos o estímulos se analizarán a continuación. En la segunda mitad del siglo XVIII las casas

de cabildos de las etnias carabalí, mandinga

y arará habían fabricado cuartos indepen-

dientes para los miembros de su misma insti- tución, y algunos los alquilaban a individuos de su mismo origen. Ahí encontramos una huella histórica muy temprana en la que funciona ya una vivienda de inquilinato. En 1795 el Cabildo Arará Magino alquila- ba catorce cuartos. Tenía una sala con fren- te a la calle para sus ritos, independiente de los cuartos. Había comprado el solar, pala- bra clave, poco más de un siglo antes, en 1669, para establecer su cabildo, que estaba en la calle Compostela. Otro caso, el Cabil- do Mandinga Yolofo, establecido desde 1733 en un solar también comprado, alquilaba en 1791 cuartos construidos por sus mismos miembros, con un alquiler bastante barato de cinco pesos anuales. Tenía nueve cuar- tos y también, como en todos estos casos, había una sala y comedor al frente para sus fiestas y reuniones; o sea, en gran medida el Cabildo sufragaba sus gastos y sus ritos con parte de la entrada de estos alquileres. El Cabildo Carabalí era uno de los que te- nía más viviendas de este tipo. Ya en 1786 poseía una casa donde alquilaba cuartos a los de su mismo origen. También hay algunas señales de que las tuvieron los congos y los minas. Estamos hablando de fines de siglo XVIII, y

en todos estos casos los cuartos fueron cons-

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CATAURO

y en todos estos casos los cuartos fueron cons- 34 C ATAUR O U NA CIUDADELA

UNA CIUDADELA DE 1881; EL PLANO ES COPIA DEL ORIGINAL DEL ARCHIVO NACIONAL. MUESTRA UN SOLAR QUE TIENE DOS NIVELES DE HABITACIONES, ALTO Y BAJO, CON CUARTOS INDEPENDIENTES Y DISTRIBUIDOS EN AMBAS PLANTAS CON ESCALERAS Y CORREDORES.

truidos por iniciativas de los miembros del cabildo. No eran construcciones uniformes, si- no de distintas soluciones materiales o dimen- siones. Se describen con el nombre colectivo de solar, al parecer proveniente de la parce- la de terreno propiedad del cabildo que les sirvió de asiento. Esto es importante, porque

P LANO CON UN SIGNIFICADO MUY REPRESENTATIVO , COMO PROCEDIMIENTO CONSTRUCTIVO , PUES SE TRATA

PLANO CON UN SIGNIFICADO MUY REPRESENTATIVO, COMO PROCEDIMIENTO CONSTRUCTIVO, PUES SE TRATA DE UN EJERCICIO DE GRADO DE UN ALUMNO DE LA ESCUELA PROFESIONAL DE LA HABANA EN 1879. ES UN PROYECTO TÍPICO, PARA CONSTRUIR CIUDADELAS, QUE OFRECE DOS SOLUCIONES QUE ENRIQUECEN LAS POSIBILIDADES: EL PASILLO Y EL PATIO. HAY DOS POSIBILIDADES DENTRO DEL MISMO EDIFICIO PARA AGRUPAR LOS CUARTOS, LO CUAL TIENE QUE VER CON EL ALQUILER EN AMBOS CASOS, PUES IMPLICAN DOS MANERAS DE VIVIR: UNA CON PASILLO Y CON UN CUARTO ALGO MÁS GRANDE; OTRA CON UN PATIO, PERO CON UN CUARTO MÁS CHIQUITO.

aunque estaba ocupada y construida, en la documentación se le seguía llamando el so- lar de la nación a que perteneciera. Aquí está quizás el origen de una de las formas más ori-

ginales y perdurables para denominar las vi- viendas de inquilinato en La Habana, un nom- bre muy propio de la ciudad: el solar. Estas par- celas podían haber sido mercedadas por el municipio o compradas por los cabildos. Otra forma de inquilinato que proviene indudablemente de otra tradición, puede ha- ber incidido como causa de aparición de esta tipología en La Habana. Procede de la tradi- ción arquitectónica española, de importan- tes ciudades como Sevilla y Madrid donde en los siglos XVII-XVIII se extendió un tipo de vivienda colectiva con habitaciones abier- tas a los lados de un patio común, situadas en series e iguales, y con entrada por un za- guán, que se consideraban originales de la Andalucía árabe o hispanomusulmana, y que recibían el nombre de corrales, modelo derivado de un tipo de edificación llamada fondack, tradicional en el Oriente Medio y que servía de alojamiento para las carava- nas que atravesaban por las ciudades del desierto. Una edificación semejante, con cuartos altos y bajos construidos uniformemente y en serie a lo largo de un corredor o callejón —lo cual es importante porque así estaban distribuidos muchos de los corrales españo- les o la mayor parte de éstos—, fue edifica- da en La Habana en la calle Muralla entre

1762 y 1780 por un comerciante sevillano,

don José de la Guardia, que afirmaba en

1801 que su propiedad era llamada ciudadela

—la población la había llamado de este modo. Es la primera vez que hemos detectado esa denominación para una edificación de este tipo en la documentación de la época. Te- nía once habitaciones y fue conocida du- rante todo el siglo XIX como la ciudadela de la Guardia, en la calle Muralla. Fue una ciu- dadela de gran impacto social en la ciudad, pues se consideraba un foco de maleantes, y tenía una vigilancia especial por parte de los

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CATAURO

comisarios de barrio. Aquí también surgió otra nueva denominación para estas vivien-

dascolectivas,acompañandootroorigenden-

tro de una tradición que es indudablemen- te mucho más europea, es decir española. El término ciudadela se identificaba también, por otra parte, con el carácter evidentemente militar que heredó la experiencia constructi- va de todo tipo en La Habana. Este vocablo sirve para designar el alojamiento de tropas en forma permanente dentro de una forta- leza, con el fin de solucionar los problemas de defensa de una ciudad con sus guarni- ciones. Ese espacio concentrado de origen militar, de una utilización también intensa, poseía habitaciones para alojar a una pobla- ción también pasajera o renovable, pues sir-

vió como modelo para designar la existencia de estas casas de inquilinato, ya con un conte- nido completamente civil. La tercera fuente para detectar la apari- ción de estas casas de rentas con un uso muy antiguo fue la reutilización de casas viejas

u obsoletas. Aquí aparece otra tradición, otro

uso habitual, que nos indica la presencia del

inquilinato a partir de estructuras ya existen- tes que se desactivaban de su destino original

y se reutilizaban. Esta circunstancia puede

estar relacionada con los altos índices de cuartos alquilados que se registran en La Ha- bana a lo largo del tiempo en todos los pa- drones que se conservan de la ciudad. El escritor Manuel Costales intentó en 1856 hacer por vez primera una pequeña historia de la ciudadela o solar en una de sus novelas y comentaba a propósito:

En lugar de derribarlas [se refiere a las casas viejas] y levantar otros edificios, dejábanlas sus dueños en pie, dividían y subdividían los cuartos que primitivamen- te había, acotaban la sala y el comedor poniéndoles tabiques o débiles paredes de separación para otros tantos inquilinos y

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CATAURO

de separación para otros tantos inquilinos y 36 C ATAUR O S ECCIÓN DE UNA MANZANA

SECCIÓN DE UNA MANZANA DE EXTRAMUROS EN EL SIGLO XIX, CUYO PROPIETARIO COMPRA DOS O TRES SOLARES Y SIMULTÁNEAMENTE COMIENZA A CONSTRUIR UN NÚMERO DE CASAS DE ALQUILER. A LA DERECHA, UNA CIUDADELA ALARGADA Y ESTRECHA, CON UNA FACHADA QUE IMITARÍA SEGURAMENTE LA DE UNA CASA UNIFAMILIAR; LAS OTRAS CASAS SON CINCO DE DIFERENTES EXTENSIONES: PEQUEÑAS CASITAS DE PUERTA Y VENTANA, QUE ERA OTRO TIPO DE VIVIENDA BARATA, PERO INDIVIDUALES. ES NOTABLE LA VARIEDAD DE FORMAS DE HABITAR SOBRE UN ESPACIO RELATIVAMENTE REDUCIDO DE MENOS DE UNA MANZANA. MUESTRA LA EXPERIENCIA DE UNA CIUDAD QUE HA

DEL

INTENSIFICADO Y HA HECHO MUY ÚTIL LA EXPLOTACIÓN

TERRENO A TRAVÉS DE SU HISTORIA.

estos abundaban entre la gente pobre, que no encontrando en otras casas don- de vivir, bien por la escasez de local, o bien por la crecida pensión, acudía en demanda continua de esas pequeñas habitaciones. Cuidaban estas ciudade- las, en aquel entonces negras africanas, de avanzada edad, sumamente pobres, de aquellas que no podían ocuparse de ningún otro trabajo.

P LANO DE 1868 DE INTERÉS FORMAL EXTRAORDINARIO , QUE PERMITE TENER UNA IDEA DE

PLANO DE 1868 DE INTERÉS FORMAL EXTRAORDINARIO, QUE PERMITE TENER UNA IDEA DE LA VERSATILIDAD, DE LA POSIBILIDAD DE ENCONTRAR DISTINTAS SOLUCIONES PARA CONSTRUIR LAS CIUDADELAS. ÉSTA SE PROYECTABA EN REGLA. LA FACHADITA DIBUJADA EN ESTE PLANO PARECE UNA CASITA ESTRECHA DE MADERA, DE SEIS METROS DE FRENTE; SIN EMBARGO, DETRÁS DE ELLA, LO QUE ESCONDE ESA FACHADA TAN COMÚN DE PUERTA Y VENTANA A LA CALLE, ES UNA HILERA DE CUARTOS DE TREINTA Y TRES METROS DE LARGO, CON UN PASILLO LATERAL. SE TRATA DE UNA UTILIZACIÓN EN TIRA DEL ESPACIO, QUE PERMITÍA OBTENER UNA CANTIDAD IMPORTANTE DE DINERO EN RENTAS.

Costales hace referencia a estos antece- dentes ya lejanos; luego nos actualiza sobre cómo se construían ya esas ciudadelas en

1856:

Hoy, sin haber variado el aspecto de las antiguas ciudadelas en su esencia, pues se conservan tales como hemos apunta- do, el progreso en las cosas materiales que hemos alcanzado ha penetrado también en esas habitaciones. No son ya casas vie-

jas, ruinosas, y en escombros, las que se destinan a ese uso. El espíritu especula- dor dirigiendo su soplo fecundo a veces aunque casi siempre helado por el egoís- mo, ha levantado casas exprofeso, dividi- das en cuartos no más grandes, pequeños siempre, pero mejor acondicionados, de poco puntal, débiles paredes, mal piso y algo más desahogado el patio: tienen al frente de la calle un arco cubierto con una reja de hierro que les sirve de puer- ta, y en todos los barrios, particularmente extramuros de la ciudad, son las que se construyen. Rinden un buen producto a sus dueños, porque las pensiones reunidas que se pagan, exceden al mejor alquiler que como casas proporcionarían. Por último, sería oportuno también consi- derar como una cuarta alternativa a los posi- bles orígenes de estas viviendas, el hecho de que todos los tipos de viviendas de inquilinatos siempre pueden reconocer antecedentes en las estructuras de reclusión, sobre todo en las surgidas desde la Edad Media, como los conventos y los hospitales. En este senti- do es conveniente señalar las coincidencias que se han apuntado a veces, basadas en similitudes formales, de las ciudadelas y los solares con una forma específica de habita- ción rural, los barracones de esclavos de los ingenios azucareros, aunque estos últimos parecen tener su propia evolución, paralela

a la de los solares habaneros, pero basados todos en estructuras que podemos definir como claustrales.

Otras fuentes históricas revelan también

el ascenso de las ciudadelas y solares en el si-

glo XIX: en primer lugar, los reglamentos de tipo urbano, conocidos también como bandos de policías o de orden público. En los más antiguos, los de 1763 y 1783, pos- teriores a la toma de La Habana por los ingle- ses, ya se reconoce el alquiler de los cuartos

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E SCENA DE UNA FAMILIA NEGRA , EN LA QUE SE MUESTRA CÓMO SE LAVABA

ESCENA DE UNA FAMILIA NEGRA, EN LA QUE SE MUESTRA CÓMO SE LAVABA.

interiores de las casas como una práctica ha- bitual y se establecen prohibiciones discipli- narias sobre el tipo de inquilinos. Un párra- fo, tomado de un bando de 1783, se repite en varios:

Ningún dueño de casa alquilará cuartos accesorios interiores, ni exteriores, a gen- te de mala vida y mucho menos a negros y mulatos esclavos. Tampoco a soldados, marineros, ni otros de escuadras y navíos de S. M. Esta cita plantea la posibilidad del esclavo urbano, el esclavo alquilado, que tiene gran movilidad para alojarse en estas viviendas de

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inquilinato, lo que sería un problema recu- rrente del siglo XIX, abordado por los amos a veces tratando de desalojarlos. Reglamentaciones muchos más precisas ya aparecieron en ese siglo, sobre 1820, en los reglamentos de policías. El primero que trata este tema, se refiere ya a casas de ve- cindad o ciudadelas, y establece que debe haber un encargado nombrado por el pro- pietario, figura que fue básica porque era quien mantenía la disciplina, y ninguna de estas viviendas colectivas podía prescindir de una disciplina bastante estricta. El encar- gado con título de casero, estará obligado a man-

C ON RESPECTO AL TEMA DE LAS TRADICIONES QUE ENTRAN EN CONFLUENCIA EN EL ORIGEN

CON RESPECTO AL TEMA DE LAS TRADICIONES QUE ENTRAN EN CONFLUENCIA EN EL ORIGEN DE ESTAS CASAS DE INQUILINATOS Y CIUDADELAS, LA IMAGEN SUPERIOR ES UN ESQUEMA DE UNA VIVIENDA AFRICANA DE LA ETNIA YORUBA, LLAMADA COMPOUND POR LOS ESPECIALISTAS, CON UNA DISTRIBUCIÓN MUY PARECIDA A LA YA DESCRITA: DELANTE UN PORTAL, Y LUEGO UN GRUPO DE CUARTOS DE DISTINTOS TAMAÑOS, QUE SE AGRUPAN EN TORNO A UN PATIO QUE TAMBIÉN CUENTA CON UNA GALERÍA, O SEA, UN PATIO CENTRAL Y UNA ENTRADA ÚNICA, UNA ESPECIE DE ZAGUÁN.

tener una luz en el zaguán por cuenta del pro- pietario, y debía cerrar las puertas del solar

a las diez de la noche —hora en que cesa-

ban los establecimientos de la ciudad y so- naba el cañonazo para cerrar las puertas de

la muralla—, sin que pudieran volver a abrir-

se si no era con motivo y autorización. Cual- quier contravención de estas disposiciones se pagaba con cuatro ducados, cerca de cua- tro pesos de multa. En 1856 se dictó otro reglamento manteni- do durante el resto del siglo y que resumía casi

manteni- do durante el resto del siglo y que resumía casi todas las disposiciones parciales que

todas las disposiciones parciales que se habían tomado hasta entonces. Estas disposiciones consistían en nombrar a una persona residente encargada de la ciudadela; comunicar a la autoridad las altas y bajas de los vecinos, es decir, llevar un registro, como si fuera un hotel, para informar al comisario de barrio y, si no se hacía, se incurría en multa, aun- que fuera por un solo día, lo que daba una idea de la transitoriedad en la ocupación de estas ciudadelas; cerrar y abrir a la hora acostumbrada la puerta principal, prohibir desórdenes, impedir arrojar basuras ni agua sucia al patio; y tratar de evitar las reunio- nes mayores de cinco personas y las discu- siones. Las estadísticas también permiten conocer la cantidad y la distribución espacial de este tipo de viviendas en la ciudad; la más antigua data de 1831 y aparecen treinta y seis ciuda- delas dentro del recinto amurallado.

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CATAURO

En el censo de 1846 se incluye una cifra que abarca toda la ciudad: 294 ciudadelas o solares. En esta documentación procedente de censos casi siempre el término usado es el de ciudadelas; el término de solares ape- nas aparece en textos oficiales. En 1862 un nuevo censo reporta 733 ciudadelas en la ciudad de La Habana; también este mismo censo de riqueza y de población brinda un índice muy valioso: los solares o ciudadelas que había en el resto de Cuba. En la zona occi- dental del país, la zona de influencia haba- nera, hay 302 en las ciudades de Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos, Güines y Colón. Fuera de este grupo de ciudadelas concentradas en el occidente de Cuba y especialmente en la capi- tal, que pasaban de mil, sólo existían 7 más en el resto del país, en las ciudades de Santa Clara y Santiago de Cuba. Por tanto, se trata de una tipología muy relacionada con La Haba- na, donde se desarrolló, y con su área de irradiación arquitectónica. La distribución de este tipo de vivienda

colectiva por barrios, áreas o sectores, dentro de La Habana, es otra información que pue- den brindar las fuentes estadísticas. En 1856 había 82 dentro de La Habana extramuros desde el eje establecido desde la calzada de Reina hasta la costa, lo que resulta interesan- te porque este espacio se consideraba uno de

lossectoresurbanosmásventiladosymássalu-

dables de la ciudad y tenía más valor allí el terreno para construir, mientras que, en sentido opuesto, descendiendo desde la misma calza- da hacia el sur, hacia abajo, hasta tocar la ba- hía, había 215 solares, o sea que subía la cifra extraordinariamente; allí se concentraba el mayor número de ciudadelas de la ciudad, en una zona que no sólo era baja, anegadiza y de menor calidad como asentamiento, sino don- de se agrupaba una población más pobre. En el resto de la ciudad extramuros, en los barrios de urbanización menos compac-

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tos, como el Cerro, Jesús del Monte, El Pilar y Luyanó, había sólo 28 solares. Esta misma distribución se mantiene has- ta que en 1900 llegan a 2 000 solares en toda la ciudad, de acuerdo con los resultados de un informe sobre la tuberculosis y las condi- ciones de higiene de la ciudad que se reali- zó en esos años durante la primera interven- ción norteamericana. Si se tiene en cuenta la primera cifra mencionada (294 en 1846), había aumentado extraordinariamente este tipo de vivienda dentro de la ciudad en menos de un siglo. Para clasificar los solares, se dividió la ciudad en tres sectores. En la Habana Vie- ja, el antiguo recinto amurallado, estaban las ciudadelas más sólidas, con los mejores servicios colectivos, pero las habitaciones eran pequeñas, húmedas y oscuras. En el territorio que hoy corresponde a Centro Ha- bana, desde el límite de lo que había sido la muralla hasta la calzada de Belascoaín, allí estaban las peores, las más chicas, mi- serables, hacinadas, oscuras, húmedas y la mayor cantidad también. Fuera de estos te- rritorios de tejido urbano continuo y más compacto, hasta llegar a los límites de la calzada de la Infanta, el Cerro…, se encontraban las más ventiladas entre las ciudadelas, las que tenían los patios más grandes, pero eran las de más endeble cons- trucción, con pobres materiales. Sobre el papel que estas estructuras ar- quitectónicas de solares y ciudadelas de- sempeñaron dentro del concepto de margi- nalidad, es conveniente tener en cuenta en primer lugar que estaban distribuidas por casi toda la ciudad, o sea, su mar- ginalidad física o de acuerdo con su posi- ción es algo relativo, pues desde un punto de vista espacial están presentes en todos sus barrios. Sin embargo, hay algunos en donde se agrupó históricamente una po-

blación más pobre y donde éstas alcanza- ban mayores índices. No se trata, por tan- to, de una exclusión absoluta. Los solares habaneros también experi- mentaron ciertas tendencias de asimila- ción al tejido urbano, de corte mimético, que trataron de disfrazarlos o hacerlos menos perceptibles como realidad social, anteponiéndoles unas soluciones de fa-

chada decorosas que les permitieron con- vivir con viviendas de otra tipología de mayor jerarquía social. No hubo una ac- ción para expulsarlos o segregarlos del territorio de la ciudad, sino más bien para tratar de camuflarlos, disimularlos e in- tegrarlos al mismo, y mantenerlos así en zonas céntricas, intento que se manifes-

tó desde el siglo XIX.

C
C
intento que se manifes- tó desde el siglo XIX . C L OS CORRALES ESPAÑOLES SON

LOS CORRALES ESPAÑOLES SON MÁS CONOCIDOS EN TODA LA LITERATURA DE ESTE TIPO DE VIVIENDA POBRE. IMAGEN TÍPICA DE LA VIDA INTERIOR DE UNO DE ELLOS, DE ACUERDO CON UN GRABADO DEL SIGLO XIX: EL CORRAL DEL CONDE, EN SEVILLA, QUE DATABA DEL SIGLO XVII.

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42 C ATAUR O ABEL PONCE DELGADO Epistemic Considerations on Toxicomania—An Anthropological Approach Nowadays, the

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CATAURO

ABEL

PONCE

DELGADO

Epistemic Considerations on Toxicomania—An Anthropological Approach

Nowadays, the consurnption of legal or illegal drugs is a main health problem in the developed countries. Year by year, the consumption of tobacco, alcohol, and other drugs provoke more deaths, illnesses and disabilities than any other preventable cause. The author focuses on the critical and trouble-oriented reflection of such practices in our context.

ABEL PONCE DELGADO

Psicólogo. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.

El consumo de drogas, 1 ya sean ilegales o legales, constituye hoy el principal proble- ma para la salud pública en los países desa- rrollados. El consumo de tabaco, alcohol y otras drogas producen anualmente más muertes, enfermedades y discapacidades que cualquier otra causa susceptible de ser prevenida. Si a lo anterior añadimos los males so- ciales que provoca el consumo de drogas

1 Pordrogasentendemostodaaquellasustanciaque, introducida en un organismo vivo, puede modificar una o más funciones de éste. Si bien este concepto es lo bastante amplio como para incluir todo tipo de sustancia ya sea legal o ilegal, en este estudio nos referimos a las drogas ilegales, el alcohol y los psicofármacos, por ser los principales protagonistas de este fenómeno social, guiándonos a su vez por el criterio de que son sustancias que provocan cambios en la percepción y la conducta humanas.

y el incremento progresivo del número de

consumidores que aparece a nivel mundial hoy en día, tenemos más que suficiente para actuar sobre este fenómeno social. Pero la urgencia de la acción no debe anular el pla- no reflexivo que apunte a un análisis crítico de esta problemática en nuestro contexto. Esto último constituye el centro del pre-

sente trabajo: convocar a la reflexión crítica

y problemizante de algunas cuestiones que

necesariamente deben tenerse en cuenta a

la hora de abordar esta problemática desde

las ciencias sociales. Este trabajo es el resultado de una serie de reflexiones sobre el tema que surgen a partir de mi experiencia acumulada duran- te siete años de trabajo en este campo. Los primeros cinco años (1998-2002) estuvieron relacionados con una investigación de cor- te etnográfico 2 en la que se analizó de ma- nera crítica el problema en los marcos de una consulta de atención ambulatoria para el tratamiento de las adicciones. El servicio en cuestión era de carácter provincial y sin límite de edad, por lo que los sujetos con quienes se trabajó eran de todas las edades y municipios de la capital, incluso algunos llegaban desde la provincia de La Habana. Este recorrido investigativo

tiene su punto culminante en la realización de mi tesis de licenciatura en Psicología, en

la que, además de los casos trabajados en los

marcos de la consulta, se incluyeron, con fines comparativos, estudios de casos de consumidores que no habían pasado por un tratamiento y ni siquiera deseaban hacerlo. En este contexto se tomó como proce- dimiento-matriz la observación participan-

te, aunque fue complementada con entre- vistas, técnicas proyectivas, cuestionarios y estudios de casos. Los dos años posteriores (2003 y 2004) responden a mi experiencia de atención clí- nica 3 a pacientes con problemas de adicción

a las drogas; el método clínico, construido

desde una visión psicoanalítica, se ha con- vertido en un propicio espacio de reflexión antropológica. Todo mi recorrido lo he realizado aten- diendo al universo de las culturas juveniles. Estudiar las adicciones en el contexto de lo juvenil muestra su pertinencia, pues, según coinciden todas las publicaciones e investi- gaciones sobre el tema, constituye el grupo humano que con mayor dramatismo viven-

cia este fenómeno. Por cultura juvenil en- tendemos el conjunto de experiencias so- ciales que son expresadas por los jóvenes colectivamente mediante la construcción de estilos de vida distintivos. Estas culturas las abordo en mis investigaciones desde sus dos dimensiones: la identitaria y la de las imá- genes culturales. Sobre esta última avanza- remos más adelante en una de sus dimen- siones estructurantes: los mitos. En lo que sigue no se encontrarán ver- dades acabadas, sino un conjunto de ideas

e hipótesis con las cuales trabajo actual-

mente, apuntando intencionalmente a provocar el debate en ciertas aristas del pro- blema que hoy día se encuentran adormeci- das y relegadas a un segundo plano, sin las cuales no podríamos avanzar efectivamente tanto hacia el entendimiento del fenómeno en cuestión como hacia su erradicación. Si al final de la lectura del presente ensayo

2 Abel Ponce Delgado: “Los enigmas de la droga. Una aproximación a su representación social”, trabajo de diploma, Facultad de Psicología, Universidad de La Habana, 2002.

3 En el Centro de Orientación y Atención Psicológica, perteneciente a la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.

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CATAURO

queda usted con algunas dudas e inconformidades, se ha cumplido nuestro objetivo: hacer que el texto trabaje.

PROLEGÓMENO

Según mi opinión, la gran batalla contra las drogas debe realizarse en el terreno que ha sido quizás uno de los más descuidados en materia investigativa en ciencias sociales sobre este tema: el campo de la cultura. Tomar la cultura como eje central y pun- to de partida para adentrarnos en la temáti- ca de las toxicomanías, implica entender la misma como matriz generadora de compor- tamientos, lenguajes, valores y relaciones sociales, es decir, como el espacio donde se construyen significados y se generan senti- dos personales. 4 Como resultado de mis investigaciones,

defiendo la tesis, sin demeritar la importancia que tiene seguir avanzando en el estudio de los referidos contextos, de que el centro de la adicción a las drogas, desde una mirada sociológica y cultural, no es el objeto en sí (su dimensión farmacodinámica) ni sus efec- tos biológicos en el organismo (tolerancia,

dependencia física,

sino el universo de

significados que sostiene y transmite la expe- riencia toxicómana para el sujeto. En uno de sus textos más importantes, El

malestar en la cultura, el eminente padre del

psicoanálisis, Sigmund Freud, lanza la si- guiente interrogante: “¿cuál es el propósito o aspiración suprema de la vida humana?” La respuesta no se hace esperar: se aspira a la felicidad. Para ello se destacan dos vías

),

esenciales: avanzar evitando el dolor y el displacer o hacerlo experimentando inten- sas sensaciones placenteras. En su análisis Freud reserva el término “felicidad” para la segunda vía, y acto seguido comienza a re- flexionar sobre una serie de eventos que sus- tentan su hipótesis; sin embargo, cuando lle- ga el turno de la droga, el análisis toma un giro interesante. En las toxicomanías ambas vías se unen, es decir: buscar intensas sen- saciones placenteras evitando el dolor y el displacer. Asociado a lo anterior, Freud nos muestra la imposibilidad de realización de este pro- yecto en los marcos de nuestra cultura, lo cual determina los avatares del deseo, carac- terizado en su dimensión dinámica por una incansable e interminable búsqueda de satis- facción. Producto de este “malestar en la cultura”, nos enfrentamos a una disyuntiva del deseo, marcada por la diferencia existen- te entre placer esperado y placer logrado. Llevemos esto al tema que nos ocupa. En el esquema que presento a continuación, producto del trabajo de campo y los estudios de casos realizados, podemos observar la frac- tura en la dialéctica del deseo que se pro- duce en la experiencia toxicómana. Vemos cómo esta búsqueda constante de satisfacción, provocada por el “malestar en la cultura”, cuando es capturada por el en- tramado simbólico de las toxicomanías se detiene ante la ilusión de un encuentro que brinda la satisfacción total. Si entendemos que la estructura del de- seo se conforma desde el significante, es decir, su composición interna está determinada por el sentido y el significado, bien podemos

4 En psicología realizamos una distinción conceptual entre sentido y significado. El significado hace referencia a la forma negociada en que los miembros de una cultura interpretan lo real. El sentido marca la interpretación individual que el sujeto hace de lo real. Sentido y significado tienen una relación dialógica y recursiva, lo cual pone de manifiesto su esencia relacional compleja.

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CATAURO

 

Evasión de un malestar cotidiano de carácter inconsciente (bien inespecífico)

 
   
   
 
 

Captura del deseo por el entramado simbólico del objeto droga. Consumo marcado por una búsqueda de placer sin límites. Fin de la búsqueda de alternativas para la satisfacción del deseo.

Vivencias

 

Curiosidad por

 

subjetivas de

soledad o

abandono

subjetivas de soledad o abandono experimentar en espacios que presentan promesas Búsqueda de satisfacciones

experimentar en

espacios que

presentan promesas

de soledad o abandono experimentar en espacios que presentan promesas Búsqueda de satisfacciones sustitutivas

Búsqueda de

satisfacciones

sustitutivas

de soledad o abandono experimentar en espacios que presentan promesas Búsqueda de satisfacciones sustitutivas
 

de bienestar

   
 

Proceso de superindividuación:

desesperanza

soledad definitiva

ausencia total de proyecto de vida

soledad definitiva ausencia total de proyecto de vida La droga como amo del saber. Nuevo conjunto

La droga como amo del saber. Nuevo conjunto de problemas (en sus relaciones con el otro social) que se conectan con las iniciales.

hipotetizar que la captura que experimenta

el sujeto ante el encuentro con el objeto dro-

ga se efectúa fundamentalmente a nivel simbólico. Estamos hablando entonces de una “pa-

tología del sentido” en la cultura, que se propone a sí misma como respuesta absoluta al malestar en la cultura y los efectos de las relaciones de poder. En este mismo sentido, otro aspecto que hemos logrado constatar es el lugar de saber absoluto que le confieren los consumidores

a su relación con la droga. La droga como

“amo del saber”, único garante de la ver- dad, de hecho aplica la duda cartesiana como principio para todo, menos para la droga; se puede dudar de todo menos de las bonda- des del consumo, en el cual toda responsa- bilidad con su malestar queda ubicada en el otro social por fuera de la relación sujeto-

droga. Incluso cuando se quiere dejar de consumir, la principal problemática que apa- rece es que el sujeto no ve más allá de su relación con el tóxico; es decir, le cuesta repensarse como sujeto más allá de esta re- lación. De esta forma se va produciendo un proce- so lento pero continuo de superindividuación en el sujeto, típico de nuestra sociedad postmoderna, en el que progresivamente se va autosegregando de lo social y va quedando poco a poco a solas con la droga. Este desplazamiento epistémico que pro- pongo para el campo de estudio de las toxi- comanías (del objeto droga al sujeto que con- sume, de sus características farmacodinámicas al universo de significados que desde la cul- tura sostiene al acto del consumo), implica no sólo situar en el centro del problema las concepciones del placer en juego (el deseo),

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sino también el tema de la responsabilidad subjetiva.

En el texto que venimos comentando, Freud nos enseña que el sujeto no es el alma bella que padece como víctima de su cultu- ra de origen (visión de la condición humana legada por el humanismo y el existen- cialismo), sino que padece en la cultura misma y desde ésta, lo cual lo convierte en

el máximo responsable de tal situación. Esta

misma visión será destacada años más tarde por Gramsci con su concepción acerca de la hegemonía. Trátase entonces, en el campo de las toxi- comanías, de borrar la visión que se tiene actualmente del sujeto que consume como víctima del “poder” que ejerce la droga sobre él. Con esto quiero poner énfasis en que la relación sujeto-droga no se agota en la ima-

gen del amo y el esclavo, pues no nos deja ver que en dicha relación hay un sujeto que con- siente dicha posición como acto de elección individual para la satisfacción del deseo. Tomar en cuenta esto último nos permite situar la responsabilidad subjetiva, condición necesaria e indispensable para provocar la subvención de la estructura de poder que se da en la relación sujeto-droga. Es necesario destacar que responsabilidad no es sinónimo de culpabilidad. No se trata de buscar culpables, sino de provocar la emer- gencia de sujetos responsables con un cam- bio necesario, quienes, como actores de la experiencia, son los únicos capaces de sub- vertir la ya mencionada relación de poder. Estas reflexiones epistémicas nos llevan al plano metodológico. No podemos estu- diar el tema de la droga desde la cultura con los presupuestos que el positivismo legó

a las ciencias sociales. Las toxicomanías, como fenómeno social, no son el resultado de la sumatoria de un conjunto de variables susceptibles de ser

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identificadas (mediante cuestionarios) y, por consiguiente, manipuladas para extirparlo o eliminarlo de una vez y para siempre. Esto responde al ideal positivista, cada vez más cuestionado, de lograr una sociedad perfec- ta, uniforme y homogénea, realizando inter- venciones quirúrgicas en su interior. Las toxicomanías, como todo fenómeno social, responden al complejo entramado de relaciones de poder que compone nuestra cultura, y se constituyen como respuesta posible al malestar. No se trata de extirpar un mal social —por ese camino sólo se llega al delirio colectivo—, sino de subvertir un conjunto de relaciones de poder que sostie- nen nuestra cultura y que constituyen la causa del malestar subjetivo para el cual las toxico- manías se erigen como respuesta posible. Por ello, potenciar los procedimientos investigativos que garanticen la participación responsable de los sujetos actores de la expe- riencia, parece ser la opción más adecuada. Otra de mis hipótesis centrales en este tema, y en estrecha relación con lo anterior, es la referida a considerar que las toxi- comanías no son una patología deslindada de su contexto cultural. No se trata de una afección temporal. Si bien la droga como objeto no constituye novedad alguna, sí lo es la forma en que las toxicomanías se pre- sentan en nuestra época. Estas formas de presentación están determinadas por el en- trecruzamiento de los discursos que hacen de ella su objeto y que, en suma, constitu- yen su propio concepto. Por consiguiente, soy defensor de la idea de que las toxicomanías, como fenómeno social, no son una formación ajena a lo que de ella se diga y a lo que con ella se haga. Cualquier tipo de acción que se tome al respecto, repercutirá en su manera de pre- sentarse, creándose nuevas redes de rela- ción de significados en su interior.

De esto se desprende la importancia extre- ma que reviste el hecho de investigar y estu- diar los efectos que sobre este fenómeno van teniendo todas y cada una de las acciones que actualmente se toman contra la droga en nuestro contexto, ya sea a nivel de en- frentamiento, la prevención (a todos sus ni- veles y en todas sus modalidades) o la asis- tencia clínica, lo cual permitirá adentrarnos

y reorientarnos una y otra vez en el complejo

mundo de las mutaciones significantes de los

fenómenossociales,adecuandocadavezmás

nuestras acciones futuras.

LA ELECCIÓN TOXICÓMANA. EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN

Para contribuir a ilustrar un poco esta úl- tima idea, y en consonancia con lo hasta aquí desarrollado, quiero destacar una de

lasdimensionessignificantesmásimportantes

y más mutables en términos de contenido

que pueblan el universo simbólico de las toxi- comanías: los mitos. Sobre este particular resulta imprescin- dible tener en cuenta que lo que presento a continuación son algunos resultados investigativos que aún se encuentran en fase de profundización, pero que de por sí dan pistas y contribuyen a nuestra reflexión. A su vez, esta presentación está matizada por un análisis crítico que no se queda en el momento de la enunciación del mito, sino que lanza propuestas que brindan posibles puntos de entrada para su desmontaje. En investigación social el estudio de los mitos no debe tomarse a la ligera, pues ellos dan forma discursiva a algo que está, al mis- mo tiempo, dentro y fuera de la verdad. Es decir, la verdad, más allá de lo absoluto, sólo puede ser atrapada de manera mítica.

A su vez, y relacionado con lo anterior, los

mitos constituyen uno de los elementos sig- nificantes de mayor importancia dentro de una representación social que un grupo hu- mano se hace sobre un objeto social deter- minado, a causa de que no sólo transmite significados, sino que contribuye a la cris- talización y legitimación de saberes so- ciales que guían la acción del individuo justificándolo. En el caso particular de las toxicomanías, el estudio de los mitos que se entretejen a su alrededor, guarda especial significación para entender su mecanismo de funciona- miento y acción social, pero para ello debe- mos tener en cuenta que surgen en con- textos histórico-culturales específicos que determinan tanto su particularidad como sus modalidades de expresión. Por ello hay que tener en cuenta que las extrapolaciones poco pensadas de cono- cimientos obtenidos en otros contextos pue- den traer terribles consecuencias a la hora de introducirlos en contextos diferentes, más aún cuando intentamos transformar una rea- lidad social. Según lo anterior, pasaremos a exponer los principales mitos que sobre la droga he encontrado en mis investigaciones sobre el tema con jóvenes consumidores cubanos, no con el objetivo de que sirvan como último criterio de verdad, sino como punto de par- tida para futuras reflexiones. No son los úni- cos existentes, pero podemos decir que, de- bido a su consistencia lógica en términos de significados, ocupan un lugar privilegiado dentro de la estructura de la representación social que sobre el tema tienen los consumi- dores de drogas.

La lucha por la felicidad en prevención

de

la miseria humana

Podríamos decir que éste constituye el mito fundador del consumo de drogas, alrededor

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del cual se va a ir estructurando el resto:

búsqueda de sensaciones placenteras que impiden percibir estímulos desagradables. Con ello quiero destacar que no sólo está en juego la búsqueda de un placer inmediato, sino también un gran anhelo de independencia con respecto al mundo exterior, construyen- do para sí una especie de bastión personal que permita escapar al paso de lo real. Todo ser humano existe y se desarrolla de acuerdo con ciertos límites necesarios para su convivencia en sociedad. Así se da un proceso de adecuación de las exigencias personales (formadas socialmente) a las exigencias sociales. En el caso de las toxico- manías, puede observarse cómo los consumi- dores intentan expandir lo más posible el cam- po de las exigencias personales en detrimento de las exigencias sociales; de esta forma, equi- paran lo personal con la liberación e inde- pendencia, únicos caminos válidos para al- canzar la felicidad y lo social con los obstáculos y la miseria humana. Comienza entonces un “dejarse arrastrar” hacia esta promesa de li- bertad absoluta, la cual implica un “salirse de los límites” de manera constante. Aparece entonces el mecanismo de la re- petición compulsiva que no sólo se da a nivel biológico —necesidad de consumir mayor cantidad de sustancias para lograr efectos si- milares (tolerancia)—, sino también a nivel psicosocial, dado por la búsqueda de este es- pacio de “redención personal” que promete la felicidad en términos de libertad. Por todos es conocido la curiosidad natu- ral de los jóvenes y su deseo incontenible por experimentar o vivenciar personalmente las cosas de la vida. Es la edad en la que la concepción del mundo, la autovaloración, los ideales y el desarrollo intelectual reci- ben un impulso decisivo, dado por esta in- contenible energía juvenil que implica una nueva posición en su relación con el otro.

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Todo ello produce nuevas generaciones de pensadores, deportistas, artistas y científicos que de alguna manera también trascienden ciertos límites, para lo cual repiten su ac- ción una y otra vez —el científico deberá corroborar sus datos una y otra vez para lle- gar a conclusiones precisas; el deportista deberá repetir su entrenamiento para alcan- zar el rendimiento óptimo—, muchas veces por fuera de los procedimientos estableci- dos. No obstante, existe una diferencia esen- cial entre el acto creativo (descrito ante- riormente) y el acto toxicómano: el primero tiene un fin social bien determinado en sí mismo en estrecha relación con el otro, mien- tras que el segundo carece de este fin de manera absoluta. No hay creación en el acto toxicómano, pues nunca queda muy claro hacia dónde se va, pues cada vez se va dejando más de lado la relación con el otro social (amigos,

sólo va quedando la

familiares, pareja,

ilusión de poder alcanzar la felicidad por fuera de todo y de todos. No queda claro cómo hacerlo al principio, y a medida que avanza el consumo, ello va quedando me- nos claro. Es necesario introducir en este punto un personaje que constituye una constante en casi todos los casos de consumo que he vis- to: “el buen amigo”. Este personaje, como buen conocedor de esta curiosidad natural y de los deseos de vivenciar cosas nuevas que presentan los jóvenes, trata de explo- tarlos al máximo. Hablamos aquí de los expendedores. Ellos aparecen un buen día como los “me- jores amigos”, abriendo las puertas de un mundo lleno de supuestas comprensiones a sus problemas y libertades para hacer, sepa- rándoles paulatinamente de familiares y amigos cotidianos. Para esto se basan en este mecanismo de la búsqueda de la felicidad,

);

ya descrito anteriormente, y en algunos otros mitos que pasaremos a presentar enseguida. Otro elemento a destacar es que, uti- lizando este mito como bandera, se comienza a observar la aparición de ciertos grupos que inician un proceso de estructuración iden- titaria alrededor del consumo, creando co- munidades de resistencias muy patológicas por su falta de diálogo y tolerancia para con el otro social. Sin duda alguna este mito constituye un fenómeno que merece una cuidadosa atención, pues resulta una de las mutaciones más peligrosas de las toxicoma- nías hoy en nuestro contexto como fenóme- no social.

El control sobre el consumo

Uno de los primeros “aprendizajes” del “re- cién iniciado” una vez que llega al grupo- consumo, es que aquella aventura puede tener el precio de la adicción; pero lejos de frenarlos, constituye un reto, pues sostienen la idea de que el consumo es controlable. Este mito se sostiene a partir de un supuesto saber todo sobre el consumo y la droga des- de un acto de experiencia; es decir, yo la conozco, pues yo la consumo. Claro está, lo que no tienen en cuenta es que este saber siempre va a estar guiado por el grupo-consumo y los “buenos ami- gos”. Este pequeño detalle que pasa inad- vertido para el consumidor, inclina la ba- lanza reflexiva hacia las bondades del consumo, situando todo el mal que trae consigo en una especie de perfil negativo que caracteriza al adicto, siempre desde un saber vivencial-popular. 5

Resulta ser un fenómeno similar al que vemos en el alcoholismo (adicción también):

“Yo tomo alcohol, pero no soy alcohólico”, o como una vez me dijo un paciente: “Yo soy alcohólico, pero no soy borracho”, puesto que el borracho, según él, hacía toda una serie de cosas que él no hacía. El adicto a las drogas, para quien ésta no es un proble- ma, siempre va a decir que es un consumi- dor y no un adicto, pues con esta última referencia se nomina todo aquello que es condenado socialmente, fenómeno que prefieren mantener lejos y así justificar su consumo. Esto les transmite una cierta sensación de poder, pues “controlan a la fiera”. Sin embargo, relacionado con lo anterior (y lo más peligroso) lo que encontramos en la base es la creencia de que, en relación con el tóxico, el sujeto deviene adicto o consumidor a partir de un acto de elec- ción personal. Aquí se ignora casi por com- pleto el fenómeno de la tolerancia, es de- cir, la adaptación biológica del organismo a la nueva sustancia que se le introduce, lo que implica la necesidad de consumir cada vez más para lograr efectos simila- res a los deseados. Empero, más allá de esto olvidan que la dependencia no es sólo física, sino que a su vez y sobre todo es psicológica, ya que de esta forma la droga se irá situando poco a poco y de manera imperceptible en el centro del de- sarrollo psicológico del individuo, que- dando como la única capaz de dar res- puestas aceptadas y literalmente el único

partenaire del sujeto.

5 Este tipo de saber vivencial coincide en ocasiones y en otras no con el saber científico. Pero ésa no es la cuestión, lo que realmente importa es darse cuenta de que se trata de una elaboración discursiva que transmite significado y mueve al individuo a la acción. Conocer estas elaboraciones discursivas es de vital importancia para el trabajo tanto preventivo como terapéutico, pues generalmente el saber científico sólo puede llegar a través de esos canales, nutriéndose a su vez de los mismos.

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La droga como facilitador para el encuentro con el otro sexo

En este mito se engloban todas aquellas creencias, estereotipos y valores que rela- cionan el sexo con la droga. En primer lugar se encuentran los elementos que vinculan la droga con el aumento de la vitalidad sexual; sobre todo se habla de las bondades de la marihuana y de algunos psicofármacos. Nada más lejos de la realidad, pues por sólo mencionar algo, he encontrado casos de impotencia sexual en consumidores de ma- rihuana con amplios historiales en términos temporales de consumo, sin contar con los distintos males que tiene para la salud el fenómeno de la automedicación. Pero, a fin de cuentas, cuando profun- dizamos más en este mito llegamos a la con- clusión de que su esencia apunta a algo más allá de esta creencia sobre el aumento de la vitalidad sexual: apunta al plano relacional. Veámoslo con mayor detenimiento. Si por un lado tenemos, como ya anali- zamos al inicio, un continuo construido des- de las promesas de libertades absolutas y, por el otro lado, esta necesidad natural de expe- rimentar y conocer lo nuevo que presentan los jóvenes y adolescentes, se puede sostener entonces que el encuentro con el otro sexo es mucho más frecuente en estos grupos que en otros. Esto es algo en lo que coinciden los consumidoresestudiados,convirtiéndoseeste particular en terreno propicio y fuerte argu- mento para seguir consumiendo. En términos de relación, cuando intro- ducimos la droga en nuestra sexualidad, tam- bién introducimos sus males: la voluptuosi- dad, caracterizada por un deseo intenso pero impregnado de cierta ansiedad, deseo que

además de intenso es bastante desordenado e impreciso (manía); de ahí el continuo de maltratos y cambios de parejas, 6 todo ello ma- tizado por un intenso malestar que no puede dejar de repetirse una y otra vez (vicio). Voluptuosidad-manía-vicio: tres acom- pañantes permanentes de la droga que no permiten que exista enriquecimiento alguno de tipo emocional y espiritual de las relacio- nes de pareja en las que la droga esté pre- sente. Por tanto, lo que en un inicio valora- ban en alto grado (tener varias relaciones sexuales), luego de un tiempo se convierte en barrera infranqueable que impide el en- cuentro con aquella persona que realmente nos puede enriquecer personalmente. Por otra parte, el propio consumo, por su carácter de inmediatez y necesidad, va des-

truyendopaulatinamentetodosaquellosasun-

tos por los cuales el sujeto había acudido a su encuentro: el apoyo, la comprensión, el refu- gio y la protección grupal, puesto que la droga va pasando de consumida a consumidora, atra- pando entre sus redes destructoras aquella aparente cohesión grupal que se daba en un inicio. En estas redes destructoras desaparece pulverizado incluso el deseo sexual y todo com- promiso ético-moral con el otro, quedando cada vez más el sujeto a solas con la droga. En este sentido, para la mujer la sexua- lidad va quedando como una forma de pago para lograr nuevos consumos; para el caso de los subgrupos de “jineteras” o mujeres que practican la prostitución, se convierte en

mediador para el logro de relaciones sexua- les no deseadas, aunque al final terminan en el mismo punto referido al inicio de este párrafo. Sin duda alguna, como de costum- bre la droga no tiene nada que ver con el desarrollo humano.

6 Cuando éstas aparecen, ya la droga ocupará en poco tiempo todo el espacio.

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POSIBLES SALIDAS:

EL LUGAR DEL TÓXICO

Hasta aquí hemos tratado los mitos fun- damentales que alrededor de la droga en- tretejen los consumidores en nuestra cultu- ra. De hecho existen otros, pero éstos fueron los que con mayor significación hemos en- contrado en nuestros estudios. Hablar de posibles salidas del mundo de la droga y el lugar de la ciencia al respecto, no resulta tarea fácil, pues el problema en sí no lo es. Sin embargo, que sea difícil no constituye sinónimo de imposibilidad. Todo lo contrario. La enorme complejidad del fe- nómeno implica, precisamente, una multi- plicidad de salidas posibles si entendiéramos el mismo desde su complejidad cultural, en la que los mitos de la droga desempeñan un papel central. A la anterior afirmación dedicaré un próximo trabajo, pues hacerlo aquí compli- caría nuestro estudio. Empero, no puedo re-

sistir la tentación de hacer una especie de conexión entre el presente y lo próximo in- vitando así a futuras reflexiones. Echémosle una ojeada al esquema si- guiente, fruto de la investigación que desde hace algunos años vengo realizando y que intentailustrarlosposiblescaminosquepuede seguir un adicto durante su etapa de recu- peración 7 y los elementos centrales a tener en cuenta. Si analizamos de manera conjunta este último esquema y el anterior, vemos cómo los mitos de la droga inciden para los con- sumidores en dos tiempos diferentes. En el esquema anterior aparece la bús- queda de satisfacciones sustitutivas para su malestar cotidiano justificando la elección del consumo entre otras varias opciones. En el caso del último esquema, reaparecen cuan- do sobreviene el gran vacío de sentidos pro- vocado por el abandono del consumo, el cual hasta ese momento era el amo absoluto de todos los sentidos posibles. En este punto

Repite el ciclo pero con un plus cualitativamente superior Recaída Abandono Gran vacío Angustia del
Repite el ciclo pero con un plus
cualitativamente superior
Recaída
Abandono
Gran vacío
Angustia
del vicio
Implementación
de un ideal
Abandono total
del consumo
Inicio de un cambio
en el estilo de vida
Establecimiento de un
proyecto de vida

7 Ya sea el intento personal, en grupos de autoayuda o asistido profesionalmente.

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el mito afirma al sujeto —teniendo en cuen- ta la experiencia de vacío— que no existe otra elección posible, sobreviniendo la recaída. Como bien podemos observar, los mitos de la droga, amén de las diferencias apre- ciables, desempeñan un papel central, siem- pre en su dimensión justificativa, tanto en el inicio como en el mantenimiento y hasta en el abandono del consumo. Conocer sus particularidades y formas de expresión en nuestra cultura se impone como necesario, pues sólo así podremos estructurar acciones concretas que motiven al sujeto a negociar culturalmente estas opciones de salida a su malestar por fuera del consumo (primer es- quema), o que conviertan la angustia que genera el gran vacío de sentidos, provocado

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por el abandono del consumo, en motor impulsor para la implementación de un ideal, primer escaño necesario que debe al- canzar cualquier consumidor o adicto que intente abandonar el consumo de manera efectiva (segundo esquema). Pero, ¿cómo trabajar desde la prevención esa experiencia subjetiva de soledad y aban- dono?, ¿qué hacer ante el vacío de sentidos luego de abandonado el consumo?, ¿cómo ubicar y trabajar los mitos de la droga en cada uno de estos niveles? Éstas constituyen las interrogantes que actualmente nos ocu- pan en nuestro quehacer investigativo, el cual sin duda alguna tan sólo da los primeros pasos para elucidar el complejo mundo de

los enigmas de la droga.

C
C

HOMERO. La Odisea. Librería Verruga, Madrid, 1937. No se conocía coca ni morfina. Ediciones Grama,

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sidad de La Habana, 2002.

*
*

CONSUELO NARANJO OROVIO MIGUEL ÁNGEL PUIG-SAMPER

Delinquency and racism in Cuba—Israel Castellanos versus Fernando Ortiz

Criminal anthropology greatly developed in Cuba in the 20th century because of Israel Castellanos and Fernando Ortiz, two of the most distinguished anthropologists and ethnologists. Although they received the influence of Italian positivism during the early stage of their formative years and it was present in their early works, their intellectual development marked a difference between them, leading soon their interests into divergent ways. While Castellanos went on studying the subject by means of criminology, Ortiz evolved toward ethnological and anthropological studies, leaving behind morphological analyses in order to investigate social and environmental factors that became the true conditioning premises of the life and behavior of an individual.

CONSUELO NARANJO OROVIO MIGUEL ÁNGEL PUIG-SAMPER

Investigadores de los departamentos de Historia de América y de Historia de la Ciencia, respectivamente, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España.

La antropología criminal en Cuba alcanzó un amplio desarrollo en el siglo XX de la mano de dos de sus antropólogos y etnólogos más des- tacados, Israel Castellanos y Fernando Ortiz. 1 A pesar de que ambos recibieron la influen- cia del positivismo italiano en sus primeros

*Tomado de Rafael Huertas y Carmen Ortiz: Ciencia y fascismo, Editorial Doce Calles,

Madrid,1998,pp.11-23.

1 Trabajo realizado dentro de los Proyectos de Investigación PB94-0060 y PB96-0868 (DGICYT). Agradecemos al doctor Andrés Galera habernos facilitado parte del material de Israel Castellanos que utilizamos en este estudio.

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años de aprendizaje, presente en la obra temprana de los dos antropólogos, sin embar- go, su desarrollo intelectual marcó las dife- rencias entre ambos y pronto dirigió sus in- tereses en diferentes sentidos. Mientras Israel Castellanos continuó profundizando por la vía de la criminología, penitenciaría y policiología, Fernando Ortiz discurrió y evo- lucionó hacia los estudios etnológicos y antropoIógicos, apartándose pronto del aná- lisis morfológico para indagar en los factores sociales y ambientales, que pasaron a ser considerados como los verdaderos con- dicionantes de la vida y actuación del sujeto. Pero antes de pasar a profundizar en el pensamiento de estas dos figuras, quisiéramos hacer algunas precisiones sobre las particu- laridades que tiene el estudio de la delin- cuencia en un país como Cuba; un país multiétnico, receptor de un fuerte aluvión migratorio y de reciente independencia, en el que el tratamiento de la delincuencia como medio de control social está íntima- mente ligado al racismo, al inmigrante y a los intentos de la elite política por lograr una cohesión y uniformidad nacional. Junto a estoselementoshayquetenerpresentesotros factores que intervinieron en la confi- guración del pensamiento político y racial de Cuba como fueron los debates vivos sobre la aclimatación de las “razas”, sobre el papel

de la herencia en la conformación del cor- pus social, sobre el mestizaje y la pureza ra- cial y sobre la identidad e integridad nacio- nal. Asimismo, hay que tener en cuenta el modelo nacional (cultural y social funda- mentalmente) soñado y el peso que en di- cho modelo tuvo el elemento hispano, tanto desde un punto de vista cultural como étnico.

INMIGRACIÓN Y DELINCUENCIA

Otro elemento importante que formó parte esencial del debate político y médico en los siglos XIX y XX fue la inmigración: cómo lo- grar el tipo de población más adecuada y deseable y la manera de alejar de sus tierras a las masas de marginados que, expulsados de sus países, llegaban a Cuba —encontrándo- se entre éstos tanto los antillanos y asiáticos, como los procedentes de países europeos más desarrollados que expulsaban a su población marginal. A través de la inmigración blanca, una inmigración selectiva, se garantizaría la re- producción de la población blanca cubana, ya que se partía de la idea de que el mestizaje provocaba individuos híbridos, incapaces de reproducirse más allá de la tercera o cuarta generación, por lo cual la población de co- lor terminaría extinguiéndose. 2 La entrada

A pesar de la tardía introducción de las teorías de Cesare Lombroso en América, Cuba constituye un caso

singular por la temprana recepción del positivismo italiano. Tan sólo tres años después de ser publicada en Milán L’ uomo delinquente, en 1879 fue presentado en el Ateneo de La Habana un trabajo de Montalvo titulado

“Estudio antropológico sobre los asesinos”, véase Miguel Ángel Puig-Samper y Rafael Huertas, “Los orígenes de

la antropología criminal en Cuba”, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, año VIII, núm. 24,

Madrid, 1988, pp. 95-100.

2 En la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, celebrada en La Habana en 1927, algunos de sus participantes como Rafael Martínez Ortiz, Secretario de la misma, abogaron por la “pureza racial” de los inmigrantes, considerando que la llegada a Cuba de “razas” inferiores sólo perjudicaría a la población, a la que transmitirían sus taras y defectos. Véase Actas de la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura de las Repúblicas Americanas, La Habana, Gobierno de La Habana, 1928, pp. 34-36. Un trabajo en el que se analiza la política inmigratoria cubana y su relación con las teorías científicas, sobre todo

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de pobladores de “razas” consideradas infe- riores fue atacada desde distintos puntos de vista; mientras los médicos higienistas apun- taban el carácter antisanitario de éstas, acu- sándolas de ser portadoras de enfermedades ya erradicadas en Cuba, otros enfatizaban su inferioridad física y psíquica, a la vez que otro grupo hacía mayor hincapié en la con- ducta delictiva de tales poblaciones, bien por ser inferiores y más cercanas al salvaje, o bien por las condiciones de marginalidad en las que vivían. El miedo a determinados sujetos de color por sus prácticas religiosas, como los brujos y ñáñigos, fue continuamente avivado por la prensa, que a menudo publicaba noticias sobre raptos y muertes de niños blancos en manos de los brujos, fundamentalmente haitianos, que los utilizaban en sus ritos ancestrales. La brujería, los brujos, no sólo eran prácticas y elementos antisociales por anormales, sino también por sus componen- tes delictivos. La entrada de estos inmi- grantes impediría el avance cultural, ade- más de incrementar las estadísticas sobre criminalidad. 3 Por otra parte, las estadísticas probaban la conducta delictiva de la población de color, negra, china y mestiza, en mayor por-

centaje que la de los blancos. Los datos pre- sentados por Gustavo Enrique Mustelier corroboraban los temores hacia la población de color que mayoritariamente integraba la población penal, en un 70 %. La posición adoptada por éste es similar a la mantenida por algunos políticos y hombres de ciencia, quienes abogaron por la entrada continua de inmigrantes blancos que contribuyeran al crecimiento del país y sanearan sus cos- tumbres. 4 En el caso de Cuba el color de la piel del inmigrante fue un factor decisivo en la selección de la inmigración. Los vicios tradicionalmente adjudicados a los negros y chinos continuaron presentes en el siglo XX:

el alcoholismo, el consumo de opio, la pros- titución, la sodomía, etc., eran conductas socialmente definidas y asociadas a dichos grupos. En defensa de la integridad nacional, puesta en peligro por la heterogeneidad ét- nica y cultural tanto de los elementos que conformaban la nación, como por los nue- vos inmigrantes, de origen no hispano, que arribaban a sus costas, se levantaron las vo- ces de políticos, intelectuales y sobre todo de médicos y antropólogos. 5 En pro de dicha integridad volvieron a resurgir los fantasmas del pasado, el “miedo al negro” ahora como

procedentes del campo de la medicina, en el siglo xx es el libro de Consuelo Naranjo y Armando García, Medicina y racismo en Cuba. La ciencia ante la inmigración canaria, siglo XX, La Laguna, Tenerife, Casa de la Cultura Popular Canaria, 1996.

3 Juan Pérez de La Riva, “Cuba y la migración antillana 1900-1931”, La república neocolonial. Anuario de Estudios Cubanos, 2 ts., La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, t. 2, 1979, pp. 1-73.

4 Gustavo Enrique Mustelier, La extinción del negro. Apuntes político sociales, La Habana, Imprenta de Rambla, Bouza y Cía., 1912.

5 En las primeras décadas del siglo XX, en Cuba al igual que en otros países, como Argentina, la “defensa social” y los comportamientos sociales y culturales pasaron a ser competencia de los médicos, quienes actuaron como los agentes principales en la lucha contra la delincuencia. Para el caso argentino véase la obra de Rafael Huertas García-Alejo, El delincuente y su patología. Medicina, crimen y sociedad en el positivismo argentino, Madrid, Cuadernos Galileo de Historia de la Ciencia, núm. 12, CSIC, 1991.

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temor a la “africanizacíón” de la isla por la entrada de haitianos y jamaicanos, con lo cual se retomaban viejos postulados que siempre estuvieron vivos y los deseos de lograr una homogeneización del color coronaron las po- líticas migratorias. La integridad nacional se planteó, en general, en términos de exclu- sión del “otro”, al cual había que someter a exámenes, físicos y psíquicos, como medio de prevenir la degeneración de la población. El “otro”, el negro, el mulato, el chino o el inmi- grante no blanco pasan a ser sujetos que ha- bía que controlar, posibles agentes delictivos cuyo estudio debía acometerse. Asimismo, hay que tener presente otro factor que actuó como medio de control so- cial y político de la población, como fue el temor a la “guerra de razas” manejado des- de las últimas décadas del siglo XIX y que se hizo más virulento en los primeros años de la Cuba independiente. Con este trabajo sobre la delincuencia y el racismo pretendemos contribuir al estu-

dio del racismo y de sus múltiples manifes- taciones en distintas esferas de la vida so- cial, económica y política de Cuba en las tres primeras décadas del siglo XX. 6 Es por ello que abordaremos el estudio de la delin- cuencia de forma asociada a la “raza” a la que pertenecían los delincuentes, sobre todo en la obra de Israel Castellanos en la que están íntimamente ligados crimen y “raza”.

ISRAEL CASTELLANOS

La pluralidad étnica de Cuba y el arraigo de criterios pseudocientíficos a comienzos del siglo xx motivó que en la adopción y adapta- ción de las teorías lombrosianas se tuvieran en cuenta otros factores además de los endógenos indicados por el profesor italiano. 7 Por otra parte, las poblaciones de color con rasgos físicos considerados menos evolucio- nados que los de los blancos evidenciaban su proximidad al salvaje; su primitivismo salvaje

6 Es sintomático que apenas existan estudios sobre las condiciones laborales o la vida cotidiana de la población de color en Cuba en el siglo XX. A excepción de los estudios antropológicos y etnológicos de Fernando Ortiz, carecemos de trabajos históricos sobre la población de color, tanto nativa como extranjera. En este sentido hay que mencionar los trabajos de Juan Pérez de La Riva, op. cit. [3] y “Los recursos humanos de Cuba al comenzar

el siglo: inmigración, economía y nacionalidad (1899-1906)”, La república neocolonial. Anuario de Estudios

Cubanos, 2 ts., La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, t. 1, 1979, pp. 7-44; Pedro Serviat, El problema negro en Cuba y su solución definitiva, La Habana, Editorial Política, 1986; Raquel Mendieta, Lucha de clases

y conflicto racial 1878-1895, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1989; Tomás Fernández Robaina, El

negro en Cuba, 1902-1958. Apuntes para la historia de la lucha contra la discriminación racial, La Habana, 1990; Jorge Ibarra, 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1992,

y Cuba: 1898-1958. Estructura y procesos sociales, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1995; Consuelo

Naranjo y Armando García, op. cit. (2); así como los trabajos recientes de Alejandro de la Fuente, “Race and Inequality in Cuba, 1899-1981”, Journal of Contemporary History, 30, 1995, pp. 131-168; “Negros y electores:

desigualdad y políticas raciales en Cuba, 1900-1930”, en C. Naranjo, M. A. Puig-Samper y L. M. García (eds.), La Nación Soñada: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98, Madrid, Ediciones Doce Calles, 1996, pp. 163-177; Rebecca Scott, “Low Whites and the Negro Element: Race and Politics in Santa Clara Province, 1906-1909”, en C. Naranjo, M. A. Puig-Samper y L. M. García (eds.), op. cit., pp. 179-191, y los trabajos de Aline Helg sobre la participación de los afrocubanos en la política tras la independencia de Cuba.

7 Uno de los estudios pioneros de la obra de Lombroso es el libro de José Luis Peset y Mariano Peset Lombroso y

la escuela positivista italiana, Madrid, CSIC, 1975. En un trabajo posterior se analiza la difusión y recepción de

las teorías positivistas italianas en América, véase José Luis Peset, Ciencia y marginación. Sobre negros, locos

y criminales, Barcelona, Editorial Crítica, 1983.

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hacía de ellos delincuentes potenciales que desarrollaban su conducta delictiva en tanto el medio ambiente les era desfavorable. Por ello, en el caso cubano no era tan importante la de- generación del individuo, el atavismo, como la inferioridad de la “raza” del delincuente. De esta manera se reforzaba la vinculación entre “raza” y crimen en una sociedad en la que durante siglos, sobre todo en el siglo XIX, se había perseguido, y en el siglo XX se continuaba haciendo, la homogeneidad ra- cial de su población a través del blanquea- miento. Al igual que los antropólogos criminalistas españoles, Israel Castellanos tuvo en cuen- ta en sus estudios factores exógenos, des- preciados por Lombroso, para quien sólo los factores endógenos o individuales eran cau- santes de la conducta delictiva. 8 A diferen- cia de Fernando Ortiz, al que a menudo cita, Castellanos se mostraba más claramente lombrosiano que su colega al conceder ma- yor importancia a los caracteres antropo- lógicos para la determinación del criminal

nato (conformación muscular, forma geo- métrica de la cara, desarrollo de la mandí- bula, bocas simiescas, etc.). 9

Por otra parte, en la obra de Castellanos se aprecia un propósito permanente de evidenciar

y probar la inferioridad de unas “razas” y la superioridad de otras. Dentro de esta gra- dación el negro cubano ocupaba una posi-

ción superior a la del negro africano, debido

a la evolución antropológica del primero en

Cuba. 10 En otro de sus trabajos publicado en la revista fundada por Lombroso añadía que incluso en el negro criminal cubano se observaban “anomalías progresivas” debidas

a un tipo físico más evolucionado que el del

negro africano, y advertía que el tipo étnico del negro era tan primitivo que la degene- ración criminal lo degradaba mucho menos que al blanco. 11 En su definición del hampa, desde un pun- to de vista etnográfico, incidía en la im- portancia de los factores antropológicos sobre los sociales, y en concreto del elemento afri- cano, llegando a decir que desde un punto

8 Los antecedentes históricos y los factores sociales fueron integrados por los antropólogos y médicos criminalistas españoles y americanos en sus estudios sobre la “mala vida”. La obra de los antropólogos criminalistas españoles ha sido analizada en el libro de Miguel Ángel Puig-Samper y Andrés Galera, La Antropología española en el siglo XIX, Madrid, Cuadernos Galileo de Historia de la Ciencia, núm. 1, CSIC, 1983. Un estudio sobre la introducción de las ideas de Lombroso en España es el libro de Luis Maristany, El gabinete del doctor Lombroso (Delincuencia y fin de siglo en España), Barcelona, Editorial Anagrama, 1973. La labor de Israel Castellanos y su contribución a la antropología criminal en Cuba ha sido analizada en un libro más amplio de Andrés Galera, Ciencia y delincuencia, Sevilla, Cuadernos Galileo de Historia de la Ciencia, núm. 11, CSIC, 1991.

9 Israel Castellanos se declara abiertamente seguidor de C. Lombroso, cuya obra conoció en 1908, en uno de sus primeros artículos, véase Israel Castellanos, “Las teorías de Lombroso”, Gaceta Judicial y de Policía, año IV, núm. 32, La Habana, 20 de noviembre de 1912, pp. 1-2. Su admiración por el profesor italiano, y su adscripción a sus teorías motivaron la publicación de un artículo en el que defendía los planteamientos del positivista contra las críticas lanzadas por Gastón Ruiz Comesaña, véase Israel Castellanos, “Polémica sobre las teorías de Lombroso”, Gaceta Judicial y de Policía, año V, núm. 5, La Habana, 20 de febrero de 1913, pp. 2-3; año V, núm. 7, 15 de marzo de 1913, p. 3; año V, núm. 9, 15 de abril de 1913, pp. 4-5.

10 Israel Castellanos, “El Dr. Julián Betancourt y el tipo criminal”, El Eco de Jesús del Monte, época 3 a , año 14, núm. 4, La Habana, 25 de enero de 1914, p. 2.

11 Israel Castellanos, “Contributo allo studio craneometrico dei negri delinquenti”, Archivio de Psichiatria, Antropología Criminale e Scienze Penali, vol. XXXVIII, fasc. 2, Torino, 1916, pp. 118-123.

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de vista étnico el hampa era africana. Para Castellanos el hampa cubana se reducía a “la genuina representación de una tribu bár- bara en la actual sociedad; tribu que, entre nosotros, tiene todas las características y ta- chas del negrerío africano”. A diferencia de Ortiz, a él no parecen importarle los aconte- cimientos históricos que han ido conforman- do el hampa cubana. El salvajismo africano, comentaba, era el único factor que había permanecido e influido en la psiquis “amorfa” del pueblo cubano. El desprecio por los ele- mentos culturales de los negros le llevó a afirmar que no existían diferencias entre el ambiente de África y el ambiente del delito, donde inmediatamente se incorporó el es- clavo. El ingreso de éste en el hampa no se debió a sus tendencias criminológicas, vol- vía a insistir, sino a su inferioridad psíquica y física “próxima al atavismo antropológico de los adeptos a la mala vida”. 12 En un artículo publicado en 1914, titula- do “Estudio de una centuria cubana de de- lincuentes negros”, tras declarar la impor- tancia de la obra de Lombroso, afirmaba que ésta adolecía del estudio de la criminalidad en las “razas” inferiores, y en consecuencia acometió un examen preliminar de la delin- cuencia entre los negros cubanos. En dicha investigación dividía a los delincuentes en tres grupos: delincuentes contra la propie- dad, delincuentes contra las personas y de- lincuentes brujos. La separación de este úl- timo tipo era justificada porque unas veces se consideraba delincuente contra la pro-

piedad, como en el caso de los timos, y otras era acusado de delinquir contra las perso- nas en tanto que utilizaban, a veces, en sus ritos o para la cura de enfermedades la san- gre o el corazón de niños blancos. Después de realizar el estudio somático de los crimi- nales negros, siguiendo los mismos criterios que en los estudios sobre criminales blan- cos, afirmaba, al igual que su maestro, que el delincuente negro retrocedía evoluti- vamente hacia un tipo físico similar al afri- cano, llegando a decir que en algunos casos encontraba verdaderos monos entre los ase- sinos y homicidas. Esta afirmación la matizó en otros trabajos al considerar la inferiori- dad racial de los negros. 13 Castellanos consideraba que la condición atávica del delincuente no era tanto pro- ducto de un estado degenerativo, como de su estado de evolución pretérita. Así lo ma- nifestaba en sus conclusiones acerca de la conducta delictiva del brujo, al que ca- lificaba como un ser antisocial por la profe- sión que ejercía, como causa de su inferio- ridad racial y de un atavismo psíquico que lo aproximaban al delincuente, tanto ju- rídica como antropológicamente. 14 En con- traste con el ñáñigo, “matón y decidido has- ta la osadía similar en sus rasgos a los homicidas habituales”, definía al brujo como “hipócrita, receloso y hasta tímido”, no pre- sentando claramente caracteres atávicos: “El brujo afro-cubano es un altruista bárbaro, mientras que en el criminal nato el altruis- mo no existe.” 15

12 Israel Castellanos, “Etnología de la hampa cubana”, Vida Nueva, año IV, núm. 3, La Habana, marzo de 1914, pp. 67-69.

13 Israel Castellanos, “Estudio de una centuria cubana de delincuentes negros”, Gaceta Médica del Sur, t. XXXII, cuaderno 31, Granada, 5 de noviembre de 1914, pp. 719-728.

14 Andrés Galera, op. cit. [8], pp. 157-158.

15 Israel Castellanos, “La fisonomía del brujo”, Vida Nueva, año VI, La Habana, 1914, pp. 179-181.

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Con respecto a la criminalidad de los chi- nos, a los que también consideraba inferiores, Castellanos contraponía su estudio de las estadísticas de los presidios cubanos en la primera década del siglo XX con los anteriores de Fernando Ortiz. A diferencia de éste, que afirmaba que la delincuencia de los chinos llegaba a ser seis veces mayor que la de los blancos, 16 Castellanos decía que el número de delincuentes chinos, en contraste con los negros y mestizos, era muy escaso, a los que acusaba de ser los verdaderos integrantes de la “mala vida” cubana. De igual manera, diferenciaba la criminalidad del negro, “bru- tal contra las personas”, de la del asiático, que presentaba formas menos violentas. No obstante, Castellanos acusaba a los chinos de dejarse vencer por los “vicios contra- natura, el garito y el fumadero de opio”, aun- que reconocía su falta de participación en “revueltas y explosiones de barbarie”. Afir- maba que esta población tenía una mayor

tendencia a la locura que a la delincuencia y destacaba la escasa presencia de caracte- res físicos atávicos entre los criminales asiáti- cos, que se acentuaban en los mestizos de chino y negra, quienes tenían una conduc- ta mucho más violenta que la de sus proge- nitores. Como conclusión a sus investiga- ciones sobre el mosaico étnico cubano y como muestra del efecto favorable de la sociedad criolla blanca sobre estas “razas” afirmaba:

erotismo, la impulsividad y el feti-

chismo de los negros, las aberraciones y las ruindades de los chinos, van desga- jándose, lentamente, al poderoso soplo de

el

la cultura hispano-americana, que estre- mece los pesados troncos de dos razas adormecidas, seculares. 17 Asimismo, al tratar sobre la distribución de la población negra en la isla, su mayor asentamiento en Oriente y en el Sur lo expli- caba mediante factores geográficos, psi-

coantropológicos y sociales y climáticos, ade- más del incremento producido por la entrada de haitianos y jamaicanos. Castellanos apro- vechaba el mayor asentamiento de los ne- gros en las zonas rurales para insistir en la

se ha signifi-

cado tácitamente, y con razón, que los ne- gros, en su actual inferioridad orgánica y psíquica, son inadaptables en el ambiente de las ciudades modernas.” 18 El continuo y feroz ataque a los negros, sobre todo después de 1912, sin duda guar- da relación con los acontecimientos de ese año y el estallido de la llamada “guerra de razas”. El estallido de la sublevación de los miembros y seguidores del Partido de Color y, más aún, la virulencia con que fueron acallados fueron utilizados como argumentos en contra de esta población en los años si- guientes. Su estallido daba la razón a todos aquéllos que desde años atrás venían anun- ciando una “guerra de razas” en Cuba. Aparte de su actividad como antropólogo físico, fijó también su atención en aspectos más etnológicos y etnográficos. En este sen- tido al hablar del carnaval como revelador de la inferioridad psíquica - de la “raza” ne-

inferioridad de los mismos: “

gra señalaba que había un contraste entre la celebración del carnaval por los negros,

16 Fernando Ortiz, “La inmigración desde el punto de vista criminológico”, Derecho y Sociología, año I, núm. 5, La Habana, 1906, pp. 54-64.

17 Israel Castellanos, “Los chinos en Cuba. Su criminalidad”, Gaceta Médica del Sur, t. XXXIII, cuaderno 4, Granada, 5 de febrero de 1915, pp. 73-79 y 102-105.

18 Israel Castellanos, “Distribución geográfica de los negros en Cuba, o zonas del negrerío cubano”, Gaceta Médica del Sur, t. XXXII, cuaderno 8, Granada, 15 de marzo de 1914, pp. 169-171.

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que se disfrazaban de monos “cubriendo su rostro, ya de por sí bastante simiesco, con una careta”, con la celebración de los blan- cos, “que se pasean en carruajes adornados con flores”. Esta diferencia demostraba para Castellanos que el alma salvaje de los ne- gros no se corregía con la educación, ya muy extendida entre la población de color, tal como afirmaban Fernando Ortiz y otros so- ciólogos. Para Castellanos, la inferioridad intelectual del negro era la principal causa del primitivismo en sus manifestaciones cul- turales, llegando incluso a sugerir que sólo con la desaparición de la “raza” negra se evitarían las esporádicas explosiones de la “barbarie africana”. 19 También de 1914 es su estudio sobre el baile de los negros en Cuba, realizado con un enfoque etnológico y tomando como re- ferencias algunas obras de Rafael Salillas y Fernando Ortiz, en el que consideraba que “por el ritmo, por la cadencia del movimien- to, por las actitudes, por las partes corpora- les que se interesen en la danza, puede dis- tinguirse la coreografía de las razas inferiores y superiores”. 20 Los elementos de degradación presentes en el baile africano procedían para Cas- tellanos del hampa blanca, en cuya simbio- sis apareció la llamada rumba. 21 Entre sus estudios etnológicos también ocupó su atención el análisis de la jerga de

los delincuentes cubanos, sus orígenes afri- canos y el trasvase de la misma al mundo del hampa blanca. De nuevo se apoyaba en algunos de los primeros trabajos de Fernan- do Ortiz para reforzar la idea de que la “raza” negra era la que marcaba la “mala vida” cubana. Entre sus autores de referencia para el estudio de la jerga criminal también cita- ba a Lombroso, Nicéforo, Salillas, Carpena, Bernaldo de Quirós, etc. Como el líder de la escuela positivista italiana, Castellanos se inclinaba hacia un origen atávico de la jer- ga que le aproximaba al lenguaje primitivo de los salvajes. 22 En la última etapa de su vida, la más lar- ga Castellanos centró su trabajo en la po- liciología, en cuyo campo fue la figura más destacada de Cuba. A partir de los años treinta parece que la actividad de Israel Castellanos se concentró en la antropología criminal, antropometría y dactiloscopia, des- apareciendo sus estudios iniciales de et- nología. Desde 1921 estuvo al frente del Gabinete Nacional de Identificación, des- de donde inició la reforma del código penal. Su actividad destacada en el campo de la identificación delictiva motivó que en 1928, tras la creación de la Junta Nacional Penitenciaria y de un laboratorio central de antropología, le eligieran director. Fue partidario de la pena de muerte como me- dio de control social y como vía más rápida

19 Israel Castellanos, “El carnaval como revelador de la inferioridad psíquica de una raza”, Gaceta Médica del Sur,

t. XXXII, núm. 771, Granada, 1914, pp. 580-584.

20 Israel Castellanos, “Evolución del baile negrero en Cuba”; Vida Nueva, año VI, núm. 7, La Habana, 1914,

p. 151.

21 Ibidem,pp.150-153.

22 Israel Castellanos, “La jerga de los delincuentes”, La Gaceta Judicial y de Policía, La Habana, año IV, núm. 19,

10 de julio de 1912, p. 3; año IV, núm. 20, 20 de julio de 1912, p. 7; año IV, núm. 21, 30 de julio de 1912,

p. 2; año IV, núm. 22, 10 de agosto de 1912, p. 2; año IV, núm. 23, 20 de agosto de 1912, p. 2; año IV, núm. 24,

30 de agosto de 1912, p. 2.

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y efectiva de erradicar el delito y proceder a la higienización social. Apoyándose en Darwin argumentaba que, al igual que en la naturaleza existía la selección natural, la so- ciedad tenía el deber de eliminar a los orga- nismos perjudiciales, como era el caso de los criminales. En la defensa de la pena capital apuntaba que el mejoramiento material y moral de la “raza”, para evitar la degenera- ción, tenía que ser el fin último de todos los médicos. 23 De acuerdo con algunas teorías del momento, sobre todo eugénicas, ya a partir de 1916, Israel Castellanos evolucio- nó hacia posiciones más radicales con res- pecto a los delincuentes y otros degenera- dos sociales, proponiendo la aplicación de medidas que controlasen la reproducción de los seres inferiores, entre ellas hay que ha- cer mención expresa de la prohibición de los “matrimonios patológicos”. 24 Sus concep- ciones enlazan, como dijimos, con las ini- ciativas de algunos médicos que propusie- ron la realización de análisis somáticos y hereditarios como medio de controlar la entrada de inmigrantes y limitarla sólo a los más aptos, la esterilización de los ineptos y la profilaxis matrimonial. En esta linea de pensamiento estaban médicos como Domin- go Ramos y Rafael Martínez Ortiz. 25

FERNANDO ORTIZ

Fue él el antropólogo, etnólogo y sociólogo que mejor definió la cultura y la sociedad cubanas y que con mayor precisión y rigor científico abordó el estudio de sus diferen- tes componentes étnicos y culturales. A pe- sar de que sus primeros trabajos estuvieron impregnados de las teorías positivistas, he- redero como lo era de la tradición española, de los institucionistas juristas y antropólogos a los que leyó y admiró, pronto Ortiz reco- noció que el estudio de la sociedad cubana debía ser hecho a partir de los componentes culturales, de las culturas, y no de Ias “ra- zas”. 26 La correlación entre “raza” y crimi- nalidad sólo se observa en Ortiz en los pri- meros años de su andadura intelectual. Uno de los primeros trabajos se centra en el estu- dio de los brujos, de los ñáñigos y los compo- nentes de la religión afrocubana, al igual que lo hiciera Israel Castellanos. En la pri- mera edición, de 1906, de su libro Hampa

Afro-Cubana.Losnegrosbrujos(Apuntespara un estudio de etnología criminal), que prologa

C. Lombroso, Ortiz se mueve dentro de los planteamientos de la escuela italiana y de algunosinstitucionistasespañolescomoRafael Salillas y Constancio Bernaldo de Quirós, 27

23 Israel Castellanos, “La pena de muerte bajo el punto de vista médico”, Vida Nueva, año VIII, núm. 1, La Habana, enero de 1916, pp. 8-13.

24 Andrés Galera, op. cit. [8], p. 171. Israel Castellanos, “Los matrimonios patológicos o cónyuges delincuentes”, Vida Nueva, año VIII, núm. 4, La Habana, abril de 1916, pp. 87-90. Sobre eugenesia puede consultarse la obra de Raquel Álvarez, Sir Francis Galton, padre de la eugenesia, Madrid, CSIC, Cuadernos Galileo, núm. 4, 1985, y Herencia y eugenesia: Francis Galton, Madrid, Editorial Alianza, 1988.

25 Consuelo Naranjo y Armando García, op. cit. [2], pp. 139-150.

26 Entre los estudios de la obra de Fernando Ortiz hay que destacar a Julio Le Riverend, Órbita de Fernando Ortiz, comp. y prólogo de J. Le Riverend, La Habana, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1973 y “Ortiz y sus contrapunteos”, Debate en Soliloquio y otros ensayos sobre Cuba, México, D.F., Instituto Mora, 1994, pp. 117-143.

27 Miguel Ángel Puig-Samper y Andrés Galera, op. cit. [8].

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mostrando al lector la patología social cubana, los integrantes del hampa y los caracteres diferenciadores de la “mala vida” cubana, fundamentalmente antropológicos, por lo que el factor étnico era esencial su constitución; los inmigrantes, blancos y chinos, y los ne- gros eran los integrantes de distintos ham- pones que guardaban relación con las dis- tintas “razas” de Cuba. 28

El estudio de la “mala vida” posibilitaría, en su opinión, el acercamiento a otros temas de etnología criminal, ciencia en formación, que complementaría a la antropología y so- ciología criminales contemporáneas, que se restringían al examen del delincuente blan- co. En su definición del hampa cubana Ortiz asumió la existencia de “razas” inferiores y superiores y la definición del delito como con- secuencia de un atavismo, de una degenera- ción, una regresión al salvaje. Para él la inferioridad del negro, su primitivismo sal- vaje, era la explicación de su conducta

delictiva: “

pues tan primitiva era su moralidad como su

su psi-

intelectualidad, como sus voliciones

, quis desnuda por falta de estratos que la recubren en todas sus partes.” 29 La primitividad moral de la psiquis de los blancos, de los inmigrantes que integraban el hampa cubana, era producto de un “des- garro parcial de estos estratos psíquicos”, un atavismo moral que los conducía a delin- quir tanto a los blancos como en ocasiones a negros que ya estaban integrados en medios civilizados. Pero a diferencia de los positivistas italia- nos, Fernando Ortiz indicaba la necesidad

la

falta de civilización integral,

de incluir en las investigaciones los factores sociales como determinantes, junto a los antropológicos, de la “mala vida” de cada país. Para él el análisis de los fenómenos sociales era imprescindible para comprender la histo- ria. Además, hay que apuntar como rasgo diferenciador con los criminalistas italianos que Fernando Ortiz nunca prestó excesiva atención a la morfología y craneometría en sus estudios. Ello era recordado por Cesare Lombroso al propio Ortiz en la Carta-Prólogo que hizo a la obra que comentamos, en 1905,

y en la que tras felicitarlo por el estudio de la brujería de los negros como una muestra de atavismo, le aconseja que en los futuros estu- dios de etnología criminal recogiera datos so- bre las anomalías craneales, fisonómicas y de la sensibilidad táctil de un número determi- nado de delincuentes y brujos y en el mismo número entre la población de negros norma- les. Al igual que hiciera Castellanos, Ortiz acusaba a los brujos de delincuentes y cri- minales, llegando a decir que su actividad, la

brujería, era sólo el reflejo de la delictuosidad particular de la psiquis del negro. Su carác- ter antisocial, su amoralidad convertían al brujo, en estos primeros años, en un elemento al que había que castigar en pro de la civili- zación y el progreso; dentro de este grupo Ortiz diferenciaba a los brujos crimino- lógicamente innatos, es decir por convenci- miento, y que normalmente se reducían a los antiguos esclavos africanos, y los brujos criollos, es decir aquellos que se dedicaban

a la brujería como un medio de vida, que

Ortiz consideraba un delito (parasitismo

28 Fernando Ortiz, Hampa Afro-Cubana. Los negros brujos (Apuntes para un estudio de etnología criminal), Madrid, Editorial América, 1917 (segunda edición). Con la edición en 1906 de este libro se inició la publicación de una serie titulada Hampa Afro-Cubana, integrada por Los Negros Esclavos, Los Negros Horros, Los Negros Curros, Los Negros Brujos y Los Negros Náñigos.

29 Ibidem, p. 39.

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social) que debía estar sometido a una de- terminada pena. Por otra parte, Ortiz consideraba en estos primeros años la brujería como un resto del salvajismo africano que había que extirpar de la sociedad a través de la educación. 30 En esta obra está presente en mayor grado que en ninguna otra el determinismo bioló- gico del autor, “biologismo” que abandona en sus estudios posteriores.

En Hampa Afro-Cubana: los negros esclavos,

publicado en 1916, Ortiz manifestaba su adhe- sión a los planteamientos positivistas y evolucionistas. Partiendo de un concepto evolucionista de la sociedad, como un organis- mo vivo, Ortiz defendía sus investigaciones so- bre el hampa, a las que algunos calificaban de racistas, como un medio de conocer la realidad social para posteriormente proceder a su higie- nización. Asimismo, reconocía la gran labor de- sempeñada por la “falange de criminalistas mo- dernos” en el tratamiento tutelar de los

criminales y el valor de los estudios positivistas

sobrelosgruposmarginalesydelincuentes,aña-

diendo una vez más el factor externo como condi- cionante de tales conductas:

que naufragan por la inesta-

bilidad del esquife de su organismo, ju- guetes del enfurecido oleaje del ambien- te; inocentes, sin embargo, de la defectuosidad del primero, que ellos no escogen al embarcarse para el viaje de la vida, y de la procelosidad del segundo que ellos no motivan al tratar de fijarse un rumbo sin brújula y sin timonel. 31 En su estudio contrastaba la “mala vida” con la vida normal, para lo cual se remontaba

infelices

30 Ibidem, p. 383.

al examen de la vida y los caracteres de los esclavos, de sus sistemas de valores y de la in- serción de éstos en la cultura cubana. La es- clavitud, tema profundamente tratado en la vasta obra de Ortiz, era considerada como el factor esencial que arrojó a los negros, chinos

y yucatecos a la “mala vida”, a la que se incor-

poraron en condiciones diferentes a como lo hicieron los blancos. Es por ello que la desadaptación de esta población no blanca enriqueció y diferenció a la “mala vida” cu- bana de la “mala vida” de cualquiera de las capitales europeas. La educación y el pro- greso de Cuba fue una constante preocupa- ción en la obra de Fernando Ortiz. La edu- cación en su sentido más amplio era considerada por este intelectual como único medio de lograr el progreso y la civilización, de conseguir que Cuba llegara a alcanzar

un puesto entre los países civilizados. En esta campaña civilizadora, en la que el compo- nente africano, en los primeros años, toda- vía era considerado un símbolo de salvajis- mo, Ortiz pensaba que la educación era el único medio de regeneración. Una regenera- ción que, al igual que en el caso español, era urgente llevar a cabo en una sociedad desintegrada, ignorante, dividida y con una clase baja integrada por los peores sujetos de cada grupo étnico. A diferencia de otros intelectuales de la época Fernando Ortiz bus- có soluciones al problema de la desintegración nacional a partir de la educación de toda la población, con la creación de universidades populares, la difusión de técnicas agrícolas

y la división de las tierras entre pequeños campesinos. 32

31 Fernando Ortiz, Hampa Afro-Cubana: los negros esclavos, La Habana, Imprenta La Universal, 1916.

32 Los escritos agrupados en este libro fueron escritos entre 1906 y 1911, sobre todo entre 1906 y 1908. En él se ahondaba en los caracteres psicológicos del pueblo cubano que le mantenían estancado, véase Fernando Ortiz,

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Pero junto a la educación, a partir de su concepción biologista de la sociedad y de los criterios evolucionistas, en esta primera etapa Ortiz se preguntaba si la regeneración de Cuba no dependería más de la selección étnica, fisiológica y psíquica, que de la edu- cación, e incluso se lamentaba de que no pudieran aplicarse las leyes de Mendel para conseguir la etnia adecuada. La solución, como otros pensadores americanos, la encontró en parte en la inmigración y en la selección étnica de los inmigrantes. 33 Al igual que otros antropólogos, médicos y juristas americanos, y que el propio Lombroso, Fernando Ortiz consideró la inmigración como un factor negativo para el avance de la so- ciedad. Además de las referencias a ésta en sus libros sobre el Hampa Afro-Cubana, Ortiz prestó particular atención a la inmigración en algunos artículos escritos en sus primeros años, y en los cuales también se aprecia la influencia del positivismo italiano. En con- creto nos referimos a los trabajos “Conside- raciones criminológicas positivistas acerca de la inmigración en Cuba” y “La inmigra- ción desde el punto de vista criminológico”, ambos de 1906. 34 En ellos Ortiz estable- cía una catalogación de las “razas”, al igual que la mayoría de los intelectuales de la época, a partir de la inferioridad bio- lógica de la negra y amarilla frente a la “raza” blanca. Una inferioridad que se mos- traba fundamentalmente en el mayor gra-

do de delincuencia de dichas “razas”, pro- ducto de “su psiquis primitivas o bárbaras que se hallan desnudas de los estratos altruistas”. En la clasificación que Ortiz hacía de las “razas” en función del grado de criminalidad los chinos eran los que presentaban un ma- yor porcentaje, con un grado de delincuen- cia seis veces mayor al de la población blan- ca, seguidos de los negros quienes también tenían una propensión al delito mayor que los blancos, como lo demostraban aquellos casos de negros que, teniendo la misma po- sición social a la de un blanco, presentaban una tasa mayor de delincuencia. De ello se deducía que la inferioridad de los negros, chinos y también de los mestizos era un hecho evidente con tan sólo mirar las estadísticas sobre criminalidad. En la defensa de la inmigración blanca es muy interesante la catalogación que de nue- vo hizo Ortiz sobre los individuos y su pro- pensión a la delincuencia en función de sus lugares de origen, siendo los habitantes de los países meridionales los que presentaban mayores actitudes hacia el crimen. En tér-

minos generales, y así lo hizo en sus estudios particulares sobre regiones de un mismo país

y la conveniencia de unos inmigrantes frente

a otros, destacó a los procedentes del norte

como los individuos más convenientes. El determinismo geográfico, biológico y cultu- ral hacía de estos hombres unos seres supe-