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LA SIRENITA Y EL PESCADOR

LA SIRENITA Y EL PESCADOR

Érase

una

vez

una

Carmenmenchu.

sirena

muy,

muy,

pero

que

muy

guapa

que

se

llamaba

Carmenmenchu era una sirena joven, con largo pelo de color rojizo, y una cara tan bonita que hasta los tiburones, cuando la veían, se hacían buenos y sólo comían algas. Carmenmenchu tenía una voz dorada, muy suave, y cuando cantaba era capaz de domar las olas del mar y hacerlas volver a la calma. Esta sirenita tenía una hermana que se llamaba Crucru, más pequeña, pero igual de guapa. Crucru estaba siempre bailando las canciones que cantaba su hermana, y, juntas, se lo pasaban en grande. En el fondo del mar también vivían sus primos y amigos, con quienes jugaban a diario entre los corales. La mayor de sus primas se llamaba Benbelén. Y cuando la llamaban le gritaban: ¡Ven, Benbelén, ven Benbelén!, y el primo mayor se llamaba Pablocablo, que era, sin duda, el sireno más instruido porque siempre estaba leyendo. Los demás, siempre que estaba leyendo le cantaban:

“siempre leyendo está Pablocablo aprendiendo un nuevo vocablo soñando con visitar un establo a todos nos gusta jugar con Pablocablo” Los demás primos y amigos, con quienes jugaba a diario se llamaban Carlocoperdío, Marinadós, Paulatinamente, Pacomereltenedor, Alvarómetro,Carlamar y Lucíalarropa. Todos eran muy felices jugando bajo el mar, pero Carmenmenchu siempre estaba triste porque había conocido algo que le llamaba mucho la atención pero que su padre le tenía prohibido. Un día, jugando por el mar con sus primos mayores, llegaron hasta un extraño lugar. El agua del mar se unía a una especie de calle que se adentraba en la tierra, pero por donde también circulaba el agua. Al entrar en esa extraña calle de agua comprobaron que el agua era distinta, con menos sal, y hasta dulce.

  • - ¿Sabéis cómo se llama ese lugar? – dijo Pablocablo, recordando un libro que había leído

  • - ¿calle de agua dulce? – preguntó Carmenmenchu, moviendo su cola para mantenerse erguida fuera del agua

  • - no – dijo Pablocablo – se llama río, y es un agua que viene de las montañas.

Asustados continuaron nadando por el río hasta llegar junto a un pequeño barco que llevaba en su interior a un joven que estaba pescando con ayuda de sus viejas y rotas redes. Carmenmenchu, escondida tras una roca, observó a ese muchacho, que no dejaba de echar las redes una y otra vez, pero nunca conseguía sacar otra cosa que no fueran piedras, algún zapato viejo, y hasta una matrícula de coche. Observándolo estuvo toda la tarde hasta que la noche cubrió con su manto de estrellas el cielo y el barco del joven

marinero subió por el río hasta perderse. Carmenmenchu volvió al fondo del mar y

le contó a su padre todo lo que había visto. Su padre, el rey Josafauro, muy enojado, le dijo a ella y a los demás niños del reino de las profundidades que no volvieran nunca más a la superficie, y mucho menos al río, donde los hombres vivían.

  • - No se os ocurra ir hasta allí – les dijo – los hombres son muy malos, y si nos ven nos destruirán… ¿habéis entendido?

  • - síííííí – gritaron todos menos Carmenmenchu, que estaba pensando en otra cosa

  • - ¿me has oído, Carmenmenchu? – preguntó Josafauro enfadado

  • - sí, papá – contestó la bella sirenita.

Pero Carmenmenchu no le había escuchado, y si lo había hecho no estaba muy dispuesta a hacerle caso porque necesitaba volver a ver a ese muchacho que tanto le había llamado la atención. Ese joven tan guapo y triste no podía ser peligroso – pensaba Carmenmenchu, tumbada en su cama de coral. En su cara había mucha ternura y tristeza y ella le ayudaría a encontrar la pesca que necesitaba para alegrar su rostro de nuevo. Así, al día siguiente, y desobedeciendo lo que su padre le había dicho, Carmenmenchu subió a la superficie, nadó hasta el río, y avanzó por él hasta llegar donde estaba la barca del joven. Nadando estaba a su lado cuando, sin esperarlo, una pegadiza y extraña red blanca, cayó sobre ella, atrapándola. Al moverse de un lado a otro, intentando escapar, el joven pescador creyó que había pescado muchos peces, y subió la red sin perder tiempo. Paulatinamente, Marinadós y Alvarómetro, que habían ido tras ella, intentaron ayudarla a salir de la red, pero nada pudieron hacer ante la fuerza del motor que izaba la red.

Carmenmenchu estaba tan asustada que hasta intentó morder la red, pero nada pudo hacer. En menos de un minuto ya estaba en la cubierta del barco, con su cola reluciente y notando cómo el sol quemaba su piel.

  • - ¡Dios mío! – gritó el joven marinero al verla - ¿eres una…?

  • - sí – dijo Carmenmenchu, cada vez más asustada – soy una sirena

  • - no me lo puedo creer. Siempre pensé que las sirenas no existían. ¿De verdad eres una sirena? – le preguntó acariciando

su suave piel escamosa de la cola verde

  • - claro que soy una sirena – dijo muy ofendida, moviendo su cola y apartándola de su lado para que no la tocara

  • - perdona, no quería hacerte daño – dijo el joven marinero – yo me llamo Javi, ¿y tú?

  • - Carmenmenchu – dijo llorando

  • - ¡qué suerte he tenido! – gritó Javi, danzando un extraño baile

en la cubierta de su pequeña embarcación – por fin podré

conseguir dinero para que no echen a mi madre de casa, y podremos dar de comer a mis hermanos pequeños

  • - ¿tienes hermanos? – preguntó sorprendida Carmenmenchu

  • - sí

  • - ¿y cómo vas a conseguir ese dinero del que hablas?

  • - pues vendiéndote al acuario. Seguro

que me dan mucho dinero ¿sabes?

  • - me imagino – dijo Carmenmenchu

secándose las lágrimas con su melena

  • - lo siento mucho – dijo Javi – no me gustaría hacerte ningún daño, pero no

me queda más remedio. Si no conseguimos dinero antes de mañana nos quitarán la casa. Y mis hermanos

pasan mucho hambre ¿sabes? - yo puedo ayudarte, si quieres

  • - ¿cómo? - preguntó Javi emocionado – no quisiera tener que

llevarte al acuario. Allí no estarías cómoda ¿verdad?

  • - y no podría ver a mis padres ni a mi hermana nunca más

  • - no… - dijo más triste aún – pero no se me ocurre nada, y necesito tanto el dinero…

  • - yo podría llevarte a un sitio donde hay tanto pescado que

podrías llenar dos barcos de estos todos los días

  • - ¿de verdad?

  • - sí, y no está muy lejos, pero tendrías que soltarme a cambio

  • - ¿y si todo es un engaño? ¿cómo puedo confiar en ti?

  • - tendrás que confiar sin más

  • - no sé – dijo Javi – es que necesito el dinero ya. ¿Y si te suelto y te escapas?

  • - no lo haré. Tienes que confiar en mí. A veces, confiar en la gente es lo único que tenemos

  • - ya, pero a veces la gente nos falla

  • - yo no te fallaré. Yo quiero ser tu amiga

  • - ¿amiga?

  • - sí, los amigos se ayudan y no se hacen daño. Yo jamás haría nada que pudiera dañarte. Ya te he dicho que quiero ser tu amiga

  • - está bien. Confiaré en ti. Cuando miro a tus preciosos ojos veo

que eres una chica muy buena, y que se puede confiar en ti

  • - no te arrepentirás – le dijo Carmenmenchu.

Javi no estaba muy seguro de lo que iba a hacer, pero al ver el sufrimiento de esa muchacha pensó en sus hermanos. ¿Cómo se sentirían ellos, y su madre, si desapareciera sin más y nunca más pudieran verle? Él no sería feliz haciéndola desdichada a ella aunque le dieran todo el oro del mundo. Él no era así, y prefería seguir siendo pobre a acabar con la felicidad de alguien tan

especial. Y así, cogió a Carmenmenchu en sus brazos y se acercó hasta el borde del barco.

  • - Confía en mí – le dijo Carmenmenchu, abrazándose a él, y

besándole en la mejilla. Javi, sonrojado ante el beso, la soltó, dejándola caer al agua y viéndola desaparecer. Creyendo que le había traicionado y que la sirenita habría desaparecido recogió la red y la guardó para marcharse a casa, una vez más sin pesca alguna. Pero hete ahí que el barco empezó a moverse a gran velocidad, haciéndole caer al suelo.

Cuando se levantó y se acercó a la proa del bote observó a cuatro sirenas más tirando con todas sus fuerzas, llevándole río abajo hasta meterle en el mar. De pronto se detuvieron y cinco preciosas cabezas de sirenas, entre las que destacaba la de Carmenmenchu, sobresalieron del agua mirándole sonrientemente.

  • - Arroja aquí tus redes – le dijo Carmenmenchu, mientras los

demás reían y se zambullían en el agua otra vez. Así, Javi dejó caer las redes sobre el agua y las mismas sirenas volvieron a remolcar el bote, dando varias vueltas hasta que soltaron los cabos.

  • - ¡Venga Javi! – le gritó Carmenmenchu - ¡tira fuerte

Y así Javi encendió el motor y la red empezó a

moverse lentamente. Pero la red pesaba mucho y el motor no pudo sacarla del agua. Así, Carmenmenchu y sus amigos tiraron de la red y le ayudaron a subirla al barco. Javi no podía creer lo que estaba viendo. Jamás había visto tanto pescado junto. Había de todos los tamaños y colores… Con lágrimas en los ojos cayó de rodillas delante de todo el pescado, y emocionado, empezó a llorar como

un niño pequeño. - ¿Qué te pasa? – le preguntó Carmenmenchu - ¿no estás contento?

  • - sí que lo estoy… Lloro de felicidad

  • - no lo entiendo – le dijo Carmenmenchu, con medio cuerpo fuera

del agua, mirándole emocionada

  • - es que con todo este pescado podré dar de comer a mis hermanos y conseguir dinero para pagar la casa de mi madre

  • - y mañana podrás venir otra vez. Aquí tienes pescado para

siempre. Es el banco de peces más grande de por aquí porque

vienen a comer unas algas muy sabrosas que hay en el fondo

  • - muchas gracias Carmenmenchu – dijo emocionado - ¿cómo podré

pagártelo?

  • - siendo mi amigo para siempre

  • - ¿sólo eso?

  • - ¿sólo? – preguntó Pablocablo – no hay mayor tesoro que una

buena amistad. Y Javi se marchó emocionado a la lonja para vender su pescado e ir a su casa a contarle la buena nueva a su madre y a sus hermanos, a los que compró unos juguetes y ropa nueva. Y Carmenmenchu, su hermana, y sus primos, se hicieron amigos de Javi, y siempre que podían jugaban juntos en el mar. Y colorín colorado… De sirena te has disfrazado LA SIRENITA Y EL PESCADOR AZUL

Erase una vez, hace muchos años, una linda y joven sirenita, a quien le gustaba mucho

el color azul, pero sobre todo estaba fascinada

por el azul del mar y del cielo.

Nació

con una cola de color azul plateado y eso dio motivo para que la pusieran por nombre Azulina. A Azulina le gustaba subir todos los días desde el fondo del mar, a sentarse escondida entre rocas y arbustos en un pequeño islote, desde donde podía contemplar durante horas el cielo y el mar, sin que nadie la viera. A menudo observaba desde su escondite un pequeño bote azul, conducido por un joven pescador de piel azulada. El joven se llamaba Alí y pertenecía a las tribus Tuareg

llamados también hombres azules, pues usan siempre vestimentas azules, y el tinte primitivo de sus ropas, acaba por impregnarles la piel de ese color. Alí solía echar sus redes por aquella zona y luego se sentaba en su barca esperando a que sus redes se llenaran y entretenía su espera tocando una vieja armónica. Azulina acostumbrada al silencio del fondo del mar, aquella música le parecía sublime y escuchaba arrobada las distintas melodías que Alí producía con su armónica. Ocurrió que un día el joven ensimismado dejo deslizar su barca y choco estruendosamente con las rocas donde estaba escondida Azulina, ella se sobresalto con el ruido y se lanzó al mar precipitadamente, pero en su loca huída cayó en una de las redes de Alí. El también se sorprendió pero enseguida se dio cuenta de que Azulina estaba en apuros, pues no podía salir de la red y estaba muy asustada. Alí se acercó a ella y le dijo suavemente “No te asustes, yo te sacaré de ahí”. Y tomando su cuchillo cortó la red y Azulina quedó libre. En ese preciso momento Cupido que andaba por aquellos parajes, como siempre enredando y lanzando sus flechas a diestro y siniestro, disparó sendas flechas al corazón de los dos jóvenes, los cuales quedaron instantáneamente enamorados el uno del otro. En lo sucesivo, Azulina y Alí, se reunían todos los días en aquel paraje, y pasaban juntos varias horas, escuchando a música de la armónica y contemplando el cielo y el mar. Pero un día, cuando Azulina se disponía a regresar al fondo del mar, apareció un calamar gigante, que la envolvió con sus tentáculos y se la llevo a su cueva. Alí, pidió desesperadamente ayuda a Tetis, la diosa del mar. Tetis apareció y Alí le explico que él amaba profundamente a Azulina y que necesitaba ayuda para rescatarla pues él no tenía fuerza ni armas para luchar con un monstruo de cuatro metros de largo. Tetis le contestó: “Sólo tú con tú valor puedes ayudarla. Si de veras la amas como dices, debes estar dispuesto a arriesgar tu vida para salvar la de Azulina. Toma este arpón azul y vete a rescatar a tu amada”. Alí se fue decidido a enfrentarse con el monstruo, se introdujo en la cueva del calamar y después de una terrible lucha, logró matar al monstruo con ayuda del arpón azul. Liberó a Azulina y la llevo de regreso al islote. Allí se encontraban Cupido y Tetis, que conmovidos por el amor de los jóvenes, habían decidido convertir a la sirenita en una esbelta joven, para que pudieran casarse y ser felices para siempre. Así lo hicieron, y Azulina y Alí se construyeron una casa azul en un acantilado desde el que se veía el islote donde se conocieron, y allí fueron felices por muchos, muchos años. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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