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Pasiones futbolizadas. Sociedad, contextos y rituales.

Juan Fernando Rivera Gómez. viernes, 10 de agosto de 2007

ENSAYO

(Colombia)

10 de agosto de 2007 ENSAYO juferigo@yahoo.com (Colombia) Este texto forma parte del inicio del tercer

Este texto forma parte del inicio del tercer capítulo de la monografía de pregrado en antropología denominada "Gol Eterno: El partido de fútbol más que noventa minutos, toda una vida de pasión y etnografía". Universidad de Antioquia Medellín - Colombia 2003.

En el fútbol, ritual sublimado de la guerra, once hombres de pantalón corto, son la espada del barrio, la ciudad o

la nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe, en

cada enfrentamiento entre dos equipos entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos. El estadio tiene torres y estandartes, como un castillo, y un foso hondo y ancho alrededor del campo. Al medio,

una raya blanca señala los territorios en disputa, en cada extremo aguardan los arcos que serán bombardeados

a pelotazos, y ante los arcos, el área se llama zona de peligro. En el círculo central, los capitanes intercambian

banderines y se saludan como el rito manda

(Galeano; 1998: 9)

El ser humano, en su afán de manifestarse, identificarse como tal y diferenciarse de los "otros" ha empleado a lo largo de la historia diferentes expresiones, como los mitos y los ritos, que van desde lo físico hasta lo imaginario. El hombre ha buscado marcar un territorio y buscar una identidad propia con respecto a sus semejantes "diferentes de él".

El fútbol, no se escapa ni se aleja de este comportamiento, los estadios se consideran como esa gran mole de cemento "sacralizada" que cada ocho días cobra vida; esta mole se llena de una gran cantidad de sentimientos, pasiones, alegrías y tristezas, y podría decirse que hasta cobra vida. En el estadio del Club Atlético Boca

Juniors de Argentina había una frase fabulística y mítica muy diciente y llena de sentimiento la cual rezaba así:

"La Bombonera no tiembla

de la simbología que dentro de los estadios se observa.

Late", así pues, pueden vislumbrarse desde éste punto de vista las primeras luces

Pero ésta simbología no acontece solo con respecto al estadio como "territorio sagrado", como la casa o como el "templo de oración", no, éste es el espacio propicio para el desarrollo de ritos como el de sacralizar y tratar de dar vida a una construcción, y aunque al mismo tiempo el estadio es un símbolo, es para quienes "le dan vida" a éste, los que presenta esa gran diversidad de comportamientos y representaciones que nos remiten a analizar

el fútbol desde su simbología y entre "tribus" o "bandas" bien diferenciadas, entendiendo como símbolo,

aquellas representaciones materiales o inmateriales que identifican a un grupo específico, y que igualmente remiten a un significado común para todos los individuos de dicho grupo.

Entiendo por ritual una conducta formal prescrita en ocasiones no dominadas por la rutina tecnológica, y relacionada con la creencia en seres o fuerzas místicas. El símbolo es la más pequeña unidad del ritual que todavía conserva las propiedades específicas de la conducta ritual; es la unidad última de estructura especifica en un contexto ritual. Dado que este ensayo es básicamente una descripción y una análisis de la estructura y las propiedades de los símbolos, por el momento bastara que digamos, con el Concise Oxford Dictionary, que un "símbolo" es una cosa de la que, por general consenso, se piensa que tipifica naturalmente, o representa, o recuerda algo, ya sea por la posición de cualidades análogas, ya por asociación de hecho o de pensamiento. Los símbolos que yo observé sobre el terreno eran empíricamente objetos, actividades, relaciones, acontecimientos, gestos y unidades espaciales en un contexto ritual. (Turner; 1980: 21)

Las diferentes dinámicas que se pueden observar entre las personas que asisten a fútbol, me refieren un análisis detallado de las representaciones simbólicas que se presentan y el concepto que estas pueden manejar.

Los hinchas y futboleros que asisten a fútbol, tienen siempre una afición a un equipo en particular, esta afición o seguimiento hace que estas personas se traten de diferenciar de las demás, que aunque pueden estar en el mismo lugar, no tienen las mismas corrientes o no siguen al mismo equipo sino al otro en juego.

Esta diferenciación actúa no solo en el pensamiento o seguimiento de un equipo particular que en algunos casos se da por herencia, sino que ésta se debe volver tangible, en otras palabras ejercerse o ritualizarse, y nos damos cuenta como no solo en el fútbol esta diferenciación se presenta notablemente, sino que también en los diferentes aspectos de la vida cotidiana como la economía, la política, la religión, la guerra, entre otros, se establecen ciertos iconos, representaciones o estandartes que comienzan a establecer dichas identidades, territorialidades y diferenciaciones.

En el fútbol, se puede ver como los diferentes equipos al igual que los países y los grupos sociales, tienen ciertos estandartes que los representan como un himno, una bandera, un escudo, un relato épico, un título alcanzado, entre otras representaciones. Estas para el hincha y el futbolero se convierten en sus bienes mas preciados, "bienes que hasta con la misma sangre se defienden".

Los colores de los equipos, que generalmente son los de su bandera, no solo se portan en esa tela que ondea las tardes y las noches de fútbol, estos hacen parte del corazón y la piel del hincha, aquí puede verse como la pintura corporal entra igualmente a jugar parte fundamental de ese mundo de la diferenciación y establecimiento del territorio, la pintura en la cara identifica e incluye y excluye al mismo tiempo, acepta en un bando y rechaza al otro, la pintura, que generalmente evoca figuras guerreras, códigos y símbolos de connotación bélica, rememoran historias épicas de "sus guerreros" y los títulos obtenidos se configuran como iconos representativos con cierto carácter "totémico".

Pero acompañando la pintura también están los uniformes que igualmente establecen una marcada diferenciación entre ejércitos, el uniforme en este caso difiere notablemente de los que en las guerras tribales, medievales y actuales se veía, el cual era de pies a cabeza, sin embargo su esencia sigue siendo la misma, en el fútbol, la camiseta es la representación de ese uniforme, y para algunos radicales es preferible perder la vida en un enfrentamiento con el rival que perder la camiseta.

La camiseta no identifica al individuo como individuo, sino que lo compromete, lo vincula a un grupo, a una comunidad, a una corriente, lo muestra como una persona que aceptó una "ideología" representada en su equipo, y ponerse la camiseta es revalidar su elección implícita de manera explícita, para mostrarse, identificarse y ser identificado.

Igualmente, la música en el fútbol, esta básicamente canalizada o regulada por instrumentos de percusión y trompetas, y aunque estas últimas tuvieron mucho auge, se han visto relegadas por los famosos bombos; éste, es un símbolo importante para el ambiente futbolístico y para las barras, y en algunas ocasiones mucho más que las banderas, es el que marca el paso de los barristas para saber lo que tienen que hacer, para saber que "rito" se debe ejecutar, sin éste no habría ninguna coordinación, pues con él se ordenan diferentes acciones en la tribuna, las cuales a su vez están mediadas a iniciarse cuando en el centro de la cancha, el "hombre de negro" es decir, el árbitro, con su música monofónica da el pitazo inicial para que el partido en su durante comience y así mismo para determinar el final de esta temporalidad.

El bombo, es igualmente un símbolo de pertenencia y "adoración" en las barras, no cualquier persona puede tocar el bombo, y quien lo hace es porque dentro del grupo ya maneja cierto status y reconocimiento especial dentro de éste; además porque dentro de éstas agrupaciones, algunos toques especiales hacen referencia a acciones determinadas y no todo el mundo sabe manejar ese "código lingüístico sonoro" particular.

Cuando el bombo entra al estadio la gente que lo escucha desde las afueras de este, ya se da cuenta que la fiesta en el estadio o mejor en la tribuna va a comenzar, y que los hinchas del otro equipo deben prepararse porque el bombo como digno representante de los siempre particulares "toques de guerra" va a comenzar a mover la gente. El bombo pues, entra a ser parte de esa gran parafernalia que nos remonta a analizar y comparar las funciones que estos objetos igualmente "cumplían en épocas y acontecimientos bélicos anteriores".

Esta simbología particular dentro del fútbol, se nos muestra pues como la forma en la que las personas que asisten y viven este deporte adquieren cierto tipo de comportamientos que tratan de liberar tensiones y sublimarlas, es enfrentarse al otro y crear "conflicto" pero no de una forma física. Los insultos, las miradas feas y en sí, los diferentes lenguajes proferidos y ejecutados allí por los participantes de la relación cancha - tribuna - otros tiempos y lugares, y todas aquellas otras manifestaciones que se observan, desde que no transgredan la esencia misma de la catarsis de una especie de "conflicto", del espectáculo propiamente dicho, son una

sublimación y simbolización de la cotidianidad, de lo mítico, de lo espiritual, de lo bélico y de otra gran cantidad de condiciones humanas de carácter natural y cultural.

Así, cuando el partido se acabe, lo ideal es que la gente salga totalmente relajada, para que al día siguiente pueda volver a comenzar a llenarse de tensiones en la vida cotidiana o mundo "real" y así al domingo siguiente vuelva a canalizar su tensión y preocupaciones representadas en una marca facial, una camiseta, un insulto, un toque de tambor, un brinco de euforia, un gesto, entre otras, dentro de un colectivo organizador de unos códigos particulares, que le permitan al individuo volver a ejecutar esa experiencia de un partido de fútbol, el cual al comportarse como el estado liminal de aquellos que vivimos este espectáculo desde esta perspectiva, permite continuamente revalidar y ejecutar estas manifestaciones que mucho se han criticado y poco entendido, y que quizá, para acceder a su real dimensión como fenómeno y hecho social, sea pertinente analizarlo desde la perspectiva ritual que éste posee.

Así pues, al encontrar o tratar de establecer esa identidad buscada en el colectivo y al demarcar el territorio por medio de simbolismos, se vive y se disfruta de una fiesta que si no despertara la pasión que representa, con seguridad los estadios no serian considerados como los templos de oración de una "religión pagana" donde lo único que interesa es llevar siempre adentro y consigo, mucho amor, pasión, respeto y respaldo por una camiseta. ALGUNOS ELEMENTOS TEÓRICOS Con el fin de seguir profundizando hacia pensar cuál es la real dimensión de un partido de fútbol, y más aún, siendo éste un artículo que si bien es de corte antropológico, no deja aparte otras disciplinas principalmente de las ciencias sociales, en el animo de trascender de la multidisciplinariedad a la interdisciplinariedad, creo que la temática del ritual y como relacionar a este con las manifestaciones deportivas y específicamente con el fútbol, me permiten pasar a un grado de análisis e interpretación del fenómeno del fútbol y mas concretamente de un partido, donde la interacción social y simbólica que este representa, permite tanto articular aspectos propios de la vida cotidiana como lo político, lo económico y lo social, como mostrar manifestaciones particulares que podrían de una u otra forma considerarse como rituales particulares (del individuo) y generales (del colectivo), en aras a articular también aspectos propios de lo simbólico e ideológico a esta dinámica.

Pensar en una definición exacta del concepto de "ritual" con todas sus connotaciones, es algo que incluso muchos de los "grandes autores" de la antropología que trabajan dicha temática, no han podido definir a ciencia cierta, o al menos una definición concertada y universal, el ritual y todas sus dimensiones, se comporta pues como un tema muy resbaladizo y de una gran cantidad de aristas y percepciones del mismo, que cada vez "dificultan" más la aprehensión de una postura lo mas general posible, creyendo y respetando siempre de modo personal, la posición de que nunca en las cuestiones sociales se dice la última palabra acerca de un concepto, una teoría o una "definición" total y certera, ya que las diferentes posiciones desde que sean bien argumentadas tienen validez y aplicabilidad, lo cual permite, que se conserve un cierto grado de "subjetividad sana" que permite además que los postulados sociales tiendan a no convertirse en dogmas.

Ahora bien, dentro de esta propuesta tomaré principalmente los postulados hechos por Víctor Turner (1980), dentro de los cuales ciertos actos pueden considerarse como rituales, y en esta medida, tratar de relacionar las diferentes manifestaciones que se presentan en un partido de fútbol con la categorización de éste autor, la cual plantea los siguientes pasos como propios de un ritual:

1. Una ruptura de la cotidianidad.

2. Un marco espacio - temporal definido.

3. Un escenario programado que se repite periódicamente en un tiempo cíclico.

4. Palabras proferidas y gestos complementados.

5. Una configuración simbólica.

Podría pensarse pues en esta categorización, como el primer paso para abordar las manifestaciones observadas y vividas durante la investigación y durante mi recorrido de vida dentro del mundo futbolístico, como actos rituales, donde la expresión y elaboración de ciertas manifestaciones agrupadas bajo una representación institucional y "adorada" como el equipo de fútbol, nos daría bases claras para relacionar cierto tipo de comportamientos como actos cargados de un simbolismo particular que desatan en actos rituales o ritualizados desde esta perspectiva. El antropólogo mexicano Rodrigo Díaz Cruz, en su texto La trama del silencio y la experiencia ritual (2000) nos muestra el cómo la antropología ha abordado los rituales, desde dos perspectivas:

Acaso con una insistencia desmesurada, la antropología ha querido dotar los rituales de dos vocaciones: la de cumplir con una función social -bien sea la de promover la integración, solidaridad y cohesión de una comunidad, la de reducir las ansiedades psicológicas de un grupo que padece pobreza en sus conocimientos

científicos y técnicos, o bien la de generar catarsis emocionales que sirvan como válvulas de escape efímeras- y la de ser una fuente de significantes y significados valiosos, constitutivos de una cultura que los celebra -que expresan ya la tradición y la memoria de los pueblos y sus singulares cosmovisiones, ya los códigos culturales

subyacentes o la estructura inconsciente común a todos los hombres

(Díaz; 2000: 59)

Ahora bien, al indagar acerca de la función que las representaciones ejecutadas por los sujetos participantes del ritual del partido de fútbol, es decir aquellas de la relación cancha - tribuna - espacios y tiempos complementarios, debe abarcar estas dos vocaciones que ha tratado de abordar la antropología a la temática ritual, de esta manera, al establecer la analogía entre el ritual y los partidos de fútbol como eventos rituales, se podrá acceder a identificar y analizar aquellos significados y significantes que se pueden observar en la dinámica de los lugares donde se desarrolla el partido de fútbol y sus contextos espaciales y temporales particulares.

Desde la posición de varios autores antropológicos, se ha establecido una estrecha relación entre el mito y el rito, lo cual ha generado diversidad de apreciaciones, las cuales giran entre las meramente taxonómicas de clasificaciones jerárquicas entre mito y rito, tratando de establecer que fue primero, lo cual a mi modo de ver se convierte en posiciones estériles y bizantinas que en el fondo no arrojan ningún resultado.

Durante el transcurso de mi formación como antropólogo, estudiando las teorías antropológicas y más exactamente el estructuralismo, con el también antropólogo Andrés García Becerra, nos preguntamos acerca de las implicaciones de pensar en el mito y el rito como entidades y conceptos complementarios uno del otro, y fundamentados en las lecturas propias del "padre" del estructuralismo Claude Levi-Strauss, y de otros autores como Edmund Leach y Víctor Turner; esto nos dio claves fundamentales para pensar que ésta relación tiene su esencia en su mutua interdependencia, además del cómo tanto mito como rito son manifestaciones cargadas de un gran valor simbólico, material e inmaterial en el momento de tratar de interpretar y acceder a las expresiones mas profundas de una sociedad, tanto como modelo de representación con sus significados y significantes, como un hecho que permite la congregación y agrupación social.

Podría decirse entonces que el mito posee un origen individual, pero se articula con la experiencia colectiva de percepción; para que un mito se constituya como tal, debe trascender este grado personal y entrar a ser parte de una colectividad, intentando ofrecer una explicación e interpretación "del mundo" que particularmente rodea e interacciona con determinado grupo, dentro de un contexto espacio - temporal especifico.

De esta manera el mito constituiría la manera como el ser humano expresa la concepción que tiene de su entorno; es una serie de ideas, aparentemente desordenadas y sin conexión, pero se organizan en un plano psíquico y representan una manera para entender aspectos de su entorno. Luego, el mito conceptualizado en el plano psíquico, sufre su primera materialización y se demuestra a través del lenguaje, el cual hace que el mito adquiera continuidad en el sentido de ser expresado y transmitido al colectivo para su aprehensión y aprendizaje.

El pensamiento mítico se vale de imágenes variadas para construir una representación de la "realidad". Sin embargo, los mitos al momento de ser narrados pueden sufrir ciertos cambios y transformaciones de acuerdo a la versión que se esté emitiendo, pero en el fondo su estructura e intencionalidad se conserva y giran siempre en torno a su motivo central.

El sentido que poseen los mitos depende de la manera como se combinan los elementos que en él intervienen, evidenciando un lenguaje con propiedades especificas que se deben "leer" de manera diferente a como se interpretan las manifestaciones lingüísticas cotidianas.

En este sentido, podría decirse que en el caso que nos convoca, es decir el de los partidos de fútbol, que esta manifestación mítica, podría pensarse de manera ligera, en el momento en el cual los aficionados a este deporte, se inclinan hacia una versión particular, que en este caso seria el equipo de fútbol, el del corazón, así, puede verse como muchas veces estas inclinaciones se dan generalmente por diferentes tipos de filiaciones que van desde las familiares, hasta las políticas, ya que en ocasiones la elección del el equipo del corazón trae consigo la decisión de acuerdo a campañas "épicas" del club, del año del campeonato recordado por todos, de la filiación de sus familiares, o quizá, de la cual sea el grupo social en el cual se está adscrito, también, en

ocasiones, los sentidos de regionalismo se hacen presentes para "determinar" la filiación a una institución

particular.

Así, la elección del club, pasa por una experiencia de dramatización de la sociedad, se elige por descarte, es decir, la gama dentro de la cual en el caso Colombiano se tiene para escoger el equipo, tiene una variable de 18 posibilidades, dentro de las cuales, un solo equipo será el que se lleve a "sus toldas" un hincha más; este proceso comienza desde la infancia, donde las mal llamadas "cosas de hombres" que en últimas pasan a ser "cosas de fútbol" incitan e invitan a los padres a insertar sus hijos en esa inmensa horda de emociones e identidades, es así como el ritual, demanda que los hijos vayan acompañados por sus padres a los estadios, a ver el equipo, a comenzar a articularse en la dinámica de ser un espectador de fútbol, pero no del fútbol en general, sino de aquellos partidos que el equipo del corazón del padre juegue, incluso esa gran prueba que podría denominarse como "destete" de la relación materno - infantil, se da en la medida de insertar al hijo a su grupo de hinchas y seguidores de un equipo (1).

Acompañando a esta "función" paterna, los relatos de hazañas y épocas doradas inciden también notablemente

a la escogencia de los clubes, y es allí, donde se puede ver la diversidad de versiones y relatos que se puedan

hacer con el fin de quizá impresionar a aquellos posibles nuevos integrantes, pero en últimas y como expresaba en el análisis, el fin es el mismo, el de cautivar y recrear las experiencias que cuentan los momentos principales de una historia de una sociedad y su visión del mundo, que en este caso, se refiere a un equipo de fútbol y el dilema de escoger, lo cual podría decirse marcará la "visión" del fútbol y en algunos casos mas extremos del mundo, de aquellos que comienzan a acercarse a este universo futbolístico.

Ahora bien, esto también cumpliría con aquellos parámetros de continuidad y trascendencia, de la afición en este caso, y por consiguiente pasan de generación en generación, ya sea desde relaciones afectivas y/o políticas del individuo en su poder de escogencia pero que naturalmente se deben articular a una comunidad o a un colectivo para ser expresadas por medio de actos y manifestaciones ya no tan sentimentales y emocionales, sino de manera más material, lo cual daría paso a la ejecución de los ritos como una forma de revalidación de su pensamiento e inclinación.

Sin embargo, como lo que me concierne en este caso no es tanto lo mítico (2) sino lo ritual, es necesario decir también que el rito se establece dentro de un colectivo, en él se pronuncian palabras, se realizan actos y se hacen gestos, apoyados por una gran cantidad de parafernalia cargada de simbolismo. En el ritual se pueden establecer tres aspectos fundamentales, la separación de lo cotidiano, el estado liminal del rito y la reintegración

a lo habitual, las cuales en el caso del fútbol, se podrían pensar como el antes, el durante y el después del partido; al igual que en el mito, estos aspectos se experimentan dentro de un contexto espacial y temporal particular para cada sociedad.

Los actos ejecutados en el ritual, son acciones que no se realizan regularmente en la vida cotidiana, sino que tienen un momento específico de desarrollo. En el rito, se manejan ideas que lo constituyen y se expresan de manera gestual, mas no hablada únicamente, y todas las herramientas que el rito emplea tienden a este fin "escénico". Tales objetos, son tomados del medio en el cual se desenvuelve la colectividad y se intervienen simbólica y materialmente para que conformen una entidad organizada capaz de ser interpretada por las personas; dicha intervención se da de tal forma que se puede llegar a la creación de Hierofanías (3)

.

Numerosos autores como Leach (1978), Turner (1980) (1988) y Levi-Strauss (1976) (1997), atribuyen al rito un fuerte carácter comunicacional, viendo éste como una forma de expresar cuestiones relacionadas con la cultura,

al transmitir significados y significantes a sus participantes y al colectivo, lo cual también ratifica su carácter

congregador y articulador.

Al indagar en el ritual, se debe tener en cuenta que este tiene unos códigos particulares propios que se desprenden de los procesos mentales de quienes lo efectúan.

Para hablar de la relación entre mito y rito, es pertinente no tomarla como algo unilineal, sino más bien como aspectos complementarios, de este modo se podría establecer la interdependencia entre ambos, que quizá, harían ver la relación en ambas direcciones como una posibilidad de interpretación particular de aquellos que

expresan su "visión" de acuerdo a sus posiciones subjetivas colectivizadas en un grupo, en este sentido, el mito conceptualizado como una forma de explicar la "concepción del mundo" de un colectivo particular se materializa

al expresarse por medio de la palabra, y así lograr su continuidad y perennidad; sin embargo, ésta primera

materialización no es suficiente, y se debe volver a materializar, es ahí, donde aparece el rito como una

manifestación "material" de esas ideas y relatos concebidos que rodean al individuo y al colectivo.

En este orden de ideas, y profundizando en el caso del fútbol, podríamos ver como el rito esta materializando al mito por segunda vez, más ya no desde una forma hablada sino mas bien escenificada, desde este punto de vista, el rito valida al mito, en el sentido que lo lleva a la "realidad", lo aplica, es decir lo materializa de forma que se convierte nuevamente en un acto comunicativo, donde al validar el mito, al hacerlo aprehensible, no solo al grupo propio sino a los "otros diferentes"; el mito ritualizado, da a conocer la "cosmogonía" o visión del individuo en y del grupo ritualizador.

Ahora bien, esta relación, pasa por un estado de transformación que ocuparía tres espacios en el hombre -y que notablemente tienen que ver con el concepto de interacción simbólica, así, el mito se concibe y se organiza dentro del plano de las ideas o psíquico, luego el plano fisiológico, permite que él o los participantes, lo ritualicen en el momento de expresarlo, hablarlo o ejecutarlo escenificándolo, es decir presenta ciertas capacidades fisiológicas para poder emitir los conceptos antes organizados y estructurados por las ideas; y por ultimo, la materialización como tal del mito, se ubicaría en el plano de lo físico, que son las ideas tratadas de presentar en su materialización pura (4).

Así pues, si establecemos y analizamos la relación entre mito y rito desde una perspectiva lingüística, nos daremos cuenta que las relaciones que se entablan entre estos dos factores netamente culturales están entrelazadas entre sí, y así, categorías como signo y símbolo, mutabilidad, transformación, entre otras, nos muestran cómo la lingüística se encarga de estudiar las diferentes relaciones en el lenguaje, entre el mundo de las ideas y la palabra como tal; el mito y el rito igualmente hacen una representación de ese mismo objetivo de estudio y análisis en el hecho de buscar dónde, cómo y porqué es que se presentan esas vinculaciones entre el mundo de las ideas y en el de lo material, representando este ultimo desde las palabras y la gestualidad, que en últimas se referiría a la ejecución y representación propiamente dicha.

Después de tratar de hacer un análisis de cada uno de estos conceptos y de la naturaleza de su vinculación, se nos presentan diferentes cuestionamientos acerca de la problemática que nos convoca en cuanto a lo teórico, cuestionamientos que se convertirían en el punto de reflexión y análisis a nivel conceptual de ésta reflexión y que basado en las lecturas de los tres autores antes planteados, proporcionan aspectos claves de peso teórico e interpretación de esta problemática.

De acuerdo con lo anterior, algunas de estas preguntas son: ¿Dónde se encuentra realmente la naturaleza del vinculo entre mito y rito?, ¿Será que al ritualizar los mitos, el ser humano lo que busca es transmitirlos no solamente de una forma hablada para buscar la perennidad del mito, o es que lo que busca es una forma más de interpretar el mundo o "su mundo" y darlo a conocer?, ¿Será el vinculo entre mito y rito el eslabón de la cadena que pueda interrelacionar las diferentes culturas y sus manifestaciones?.

El antropólogo Claude Levi-Strauss, en su texto Antropología Estructural I diferencia dos tipos de mitología. Una explícita, que es aquella en la cual existe un hilo conductor bien determinado, conformando un corpus de significado particular; y otra implícita, que consiste en una serie de ideas sueltas expresadas en un ritual, sin una linealidad que la constituya como una unidad coherente en si misma. En numerosas ocasiones se confunde esta última con el ritual, sin diferenciar los campos propios de los que cada uno participa. Los actos rituales presentan conductas que se realizan articuladas a determinada concepción del mundo. El ritual no constituye simplemente una expresión del estado de ansiedad experimentado por sus participantes, aunque en ocasiones puede ser dicho estado el que motive su realización. (Levi-Strauss; 1976)

En este punto, se despiertan controversias con algunos estudiosos sociales que han desarrollado otros puntos de vista de acuerdo con la naturaleza que cada uno piensa, posee el ritual. Leach, afirma que "ante todo el ritual es un medio para comunicar ideas dentro de una colectividad" (Leach; 1978). Turner, habla de que "el ritual consiste principalmente en una serie de medios por los cuales las personas acceden a despertar, canalizar y domesticar emociones fuertes como el miedo, el odio, la ternura y la pena" (Turner; 1980).

Para Levi-Strauss, se presenta un fuerte paralelo entre la mitología explícita, la implícita y el ritual, con el canto vocal, el canto mezclado con instrumentos y la música instrumental respectivamente.

De acuerdo con esto, y basado en las lecturas y análisis de los diferentes textos de este autor, principalmente, El Hombre Desnudo (1976), Pensamiento Salvaje (1997) y Antropología Estructural I (1976), entre otros, la analogía o paralelo, se fundamenta en que la mitología explícita y el canto vocal se valen de la lengua

principalmente para transmitir los mensajes; la mitología implícita y el canto mezclado con instrumentos, utilizan fragmentos de discurso y conductas no lingüísticas; por ultimo, el ritual y la música instrumental, no se relacionan con la lengua y emplean otro tipo de códigos para expresar una serie de ideas relacionadas con procesos cognitivos, engendrando sentimientos específicos que surgen de lo pactado a priori por dichos procesos mentales, lo que en últimas también podría considerarse como códigos lingüísticos.

El ritual, según Levi-Strauss, se vale de la fragmentación y repetición para desempañarse; realiza una profunda división en determinadas actitudes cotidianas, además redunda, valiéndose constantemente por medio de la repetición para su continuidad y para la obtención de los fines que lo han motivado, recogiendo aquellos segmentos de la vida que se escapan al mito, dándole así un tinte de subjetividad personal y colectiva a su representación, de acuerdo al ecosistema5 que rodee al individuo o al grupo.

De esta manera, el rito invierte el recorrido del mito, pues responde a una construcción continua, a partir de lo discontinuo.

Siguiendo con Levi-Strauss, éste nos plantea, que la sensibilidad de organizar el mundo, se aprehende en forma de construcción elaborada por un colectivo y producida en dos relaciones: el discurso ritual, sintagmático o metonímico, referido a las partes en las que se divide la realidad, tomando esas partes como un elemento a su vez divisible; y el discurso paradigmático o metafórico, que por su parte, está encaminado a conformar una idea simbólica de un aspecto mas general que particular o particularizante.

El rito es el fruto de una serie de procesos cognitivos, desempeñados por el ser humano, en la continua búsqueda de dotar de sentido su entorno particular desde su individualidad y su connotación social y colectiva, entorno este que se presta para ser simbolizado "clasificado"; esta actividad, se remite, principalmente a conformar una estructura del tiempo y de la vida, tanto humana como de los ciclos en los que se inserta al exterior, de donde no solo se toma lo requerido para suplir necesidades naturales, sino también para desarrollar actividades de pensamiento y simbolización, propias de un orden cultural.

Finalmente, terminando con la reflexión de los autores, principalmente de Claude Levi-Strauss, el mito y el rito son entidades que, cada una a su manera, ayudan a configurar las labores mentales de una mente humana ávida de conocimientos acerca de la realidad en la cual se desarrolla dentro de una colectividad en la que cada ser desempeña una labor de configuración y procesamiento de esas labores cognitivas, con las cuales continuamente convive.

Son varios los rasgos que diferencian al ritual de otros tipos de comportamiento (Rappaport, 1974). Los rituales son formales, estilizados, repetitivos y estereotipados. Las personas los realizan en lugares especiales (sagrados) y en momentos señalados. Los rituales incluyen ordenes litúrgicas, secuencias de palabras y acciones inventadas antes de la representación actual del ritual en el que se dan. Estos rasgos, vinculan los rituales con las actuaciones teatrales, pero existen diferencias importantes. Estas últimas tienen audiencias en lugar de participantes. Los actores se limitan a representar algo, mientras que los participantes en el ritual - que constituyen congregaciones - van en serio. Los rituales, transmiten información sobre los participantes y sus tradiciones. Repetidos año tras año, generación tras generación, los rituales traducen mensajes duraderos, valores y sentimientos en acción. Los rituales son actos sociales. De modo inevitable, algunos participantes están más entregados que otros a las creencias que subyacen a los ritos. Sin embargo, por el mero hecho de tomar parte en un acto público conjunto, los participantes señalan que aceptan un orden social y moral común, uno que trasciende su status como individuos. (Kottak; 1996: 352)

¿CUMPLE EL PARTIDO DE FÚTBOL LOS PARÁMETROS DE UN RITUAL?

Pensar en la noción de ritual para analizar las manifestaciones deportivas, en este caso el fútbol, puede ayudarnos a comprender la real dimensión que este tiene; sin embargo, constantemente el uso de este concepto de ritual nos presenta una gran diversidad de aspectos que posiblemente también se podrían interpretar desde lo ritualístico, esto, desde el análisis de los diferentes parámetros que tiene un ritual, principalmente desde la concepción de ritual expuesta por Turner (1980), ya que aquellos actos que de una u otra forma cumplan la mayoría de los pasos propuestos por este autor, se considerarían como un ritual o al menos así se ha pensado; en esta medida, aquellos actos, que tengan una periodicidad establecida y se hayan estereotipado, en un lugar determinado, con un lenguaje y gestos propios y particulares, y que además puedan romper con la cotidianidad, se han convertido y se podrían considerar como actos rituales.

Esta dinámica, si bien permite dar una interpretación especial de diferentes tipos de actos, se convierte también en una arma de doble filo, en la medida en que todo deviene un ritual al cumplir con los parámetros establecidos; sin embargo, debe tenerse en cuenta que si bien una gran cantidad de manifestaciones pueden estar cumpliendo con estas condiciones, el agregado simbólico de éstas, es lo que en últimas podrán reforzar la idea de considerarlos como ritual o no, teniendo también presente el cómo para los “ejecutantes” de dichos actos estos poseen una carga simbólica o no.

Con insistencia he hablado sobre los parámetros del ritual propuestos por Turner, los cuales si bien no los considero como una camisa de fuerza, si son cumplidos en gran medida en el caso del fútbol, donde los diferentes personajes y su dinámica en la relación propuesta, es lo que en últimas me permite romper con los estereotipos de la oficialidad de este deporte, demostrando que éste es más que veintidós jugadores detrás de un balón, convirtiéndose en un fenómeno social de dimensiones desbordantes e impensadas hasta hace unos pocos años.

UNA RUPTURA CON LA COTIDIANIDAD

El partido de fútbol, cuenta con tres temporalidades: el antes, el durante y el después, las cuales hacen parte del tiempo del fútbol, estas están sujetas a demarcaciones netamente subjetivas, la delimitación del comienzo y el fin del partido para cada uno de los personajes propuestos (jugadores, árbitros, técnicos, aficionados, directivos, fuerza publica, medios de comunicación y vendedores), parte desde la individualidad, campo donde sería utópico pensar en clasificar, ya que cada individuo desde su rol particular y desde su grado de adhesión al fenómeno manejará su tiempo con relación a su cotidianidad y al partido, sin embargo en el ámbito colectivo es posible hacer ciertas categorizaciones que permiten dar cuenta de una ruptura de lo cotidiano con relación al partido.

La preparación para el partido, su desarrollo y los tiempos que suceden a este trascienden aquellos que demarca la oficialidad del fútbol, es decir estos están en un grado diferente al mero tiempo de la competencia que está demarcada por los “90 minutos reglamentarios”, los cuales se podrían pensar como el corazón de la ruptura con lo cotidiano, más lo previo y lo posterior serian, metafóricamente, la cabeza y los pies de dicho acontecimiento.

Esta dinámica puede verse en cada uno de los personajes descritos así:

Para los oficiantes de la ceremonia del fútbol en uno de los contextos específicos como lo es la cancha, me refiero a los jugadores, técnicos, directivos y árbitros, la cotidianidad se ve interrumpida algunos días previos al partido; estos entran en el llamado tiempo de “concentración” en el cual, se apartan y se resguardan para la ceremonia a realizarse, igual sucede con los árbitros quienes llegan a la ciudad del partido se concentran y salen a su ceremonia, conformando una especie de confraternidad donde la separación les implica estar en un estado “liminal”, antes de su gran escenificación el día del partido.

Aquellos que están en las tribunas, también cumplen con este paso, algunas cábalas y comportamientos ejecutados por los aficionados, de acuerdo a su grado de adhesión, demuestran también ese irrumpir con el desarrollo “normal” de su vida cotidiana. Para aquellos que apenas comienzan a acercarse al fútbol desde su posición de espectadores, la cotidianidad se rompe quizá momentos antes de desplazarse hacia el estadio o incluso solo en el momento de ingresar a este.

Para el hincha, los hábitos de la cotidianidad se ven interrumpidos por lapsos de tiempo más amplios y por manifestaciones que en algunos casos se han considerado como “casos de enfermedad”, algunos, no duermen la noche antes al encuentro o tal vez no son capaces de comer nada el día del mismo, las incestas de licor y alucinógenos son la “salvaguardia” de los nervios para algunos, y otros hacen gala de su estado comiéndose las uñas y consumiendo una cantidad exagerada de cigarrillos que en la cotidianidad no lo harían en todo un día, hay quienes al momento de prepararse para desplazarse hacia el estadio, cumplen con rituales muy particulares que rompen con la cotidianidad y se insertan en la dinámica del partido.

Así mismo, los medios de comunicación, otro de los personajes propios de la tribuna, interrumpe su cotidianidad, en aras al partido que debe cubrir, esto les implica horas extra de recolección de información, de entrevistas a los jugadores, técnicos y directivos concentrados, desplazamientos hacia lugares no muy comunes y largas jornadas de transmisión antes, durante y después del partido.

Ahora bien, la fuerza pública y los vendedores (oficiales y no oficiales) al interior y exterior del estadio, no son ajenos a este comportamiento, como lo había planteado antes, en el análisis anterior, las jornadas de estos se ven modificadas cada vez que en la ciudad hay un evento cultural y/o deportivo en el caso de la fuerza pública, la cual tiene como responsabilidad ser garante de la seguridad de los asistentes a este, la ruptura con y de la cotidianidad implica una amplia capacitación e instrucción previa al evento y la disposición de un gran operativo de seguridad que en ocasiones empieza horas y hasta días previos al desarrollo central del evento y además abarca lugares diferentes a los del partido de fútbol en este caso.

Así, desde la perspectiva económica, para el vendedor, en su función de ofrecer y vender un amplio kit de artículos y comestibles a aquellos asistentes al acto a realizarse, la consecución del dinero para conseguir sus mercancías y proveerse de estas mismas esta implicando una modificación de su cotidianidad, es decir, si bien su labor es esa, la de vender, la mercancía para un partido de fútbol en cierta medida tendrá una especificidad particular, ya que este se convierte también en el distribuidor no solo de los comestibles y las bebidas, sino también de la parafernalia propia de lo futbolístico.

UN MARCO ESPACIAL TEMPORAL DEFINIDO

Desde la oficialidad del fútbol, es el estadio y mas específicamente la cancha el lugar de desarrollo de la actividad, donde además su complemento estructural, la tribuna, es testigo de una gran cantidad de actitudes y comportamientos cargados de sentimentalismos y simbologías propias de un partido de fútbol, que a su vez se ve complementado con las afueras de los mismos, lo cual he denominado los otros tiempos y lugares complementarios, los que al mismo tiempo también hacen parte de ese marco espacial temporal definido que conforma la real dimensión de un partido de fútbol.

Desde dicha oficialidad y desde la jerarquía propia de su orden, el estadio se considera como la estructura física, que posee las condiciones precisas para ser aceptada como tal desde los parámetros del jerarca del fútbol mundial (FIFA). Esta consta de una cancha, unos camerinos y unas graderías que permiten que los asistentes al espectáculo deportivo se ubiquen y observen el partido.

La anterior, es la visión de estadio desde la oficialidad del fútbol, sin embargo y por tratarse este de un análisis de corte social de orden antropológico, el estadio va a trascender mas allá de la concepción “oficialista”, este, aparte de ser esa estructura de concreto, también abarca otras espacialidades complementarias a esta, es decir, si bien la estructura física es el escenario del durante o del corazón del ritual futbolístico, el antes y el después del mismo y los lugares intervenidos, también entran en juego en la configuración mental y hasta espacial del concepto de estadio.

Ahora bien, esta reconfiguración de lo comúnmente establecido, o más bien, este agregado conceptual de la noción de estadio, amplia más el marco espacial de la concepción ritualística del fútbol, para algunos personajes, el estadio abarca los sectores aledaños a este, es decir, lo que se conoce como la “unidad deportiva” la cual aparte de ser depositaria del estadio como estructura, también es un complejo deportivo, donde otras disciplinas tienen su marco espacial; para los aficionados, el estadio podría ser el lugar de encuentro a los alrededores del mismo, mientras que para la policía, el estadio, desde una visión complementaria a la comúnmente definida, es todo el sector demarcado para establecer el operativo de seguridad, donde igualmente la estructura se ubica en el centro del operativo, dando cuenta de la metáfora de que este es el corazón y el espacio central del “durante” del mismo.

De otra parte, para el vendedor del exterior del estadio, su ubicación en los alrededores de este, ya hace parte de su concepción de estadio y para los del interior, este, es su lugar de acción.

Los medios de comunicación, si bien están ubicados en el propio estadio, su labor, permite que dicha configuración espacial y temporal se recree en la mente de aquellos que desde la distancia siguen cada partido, esta recreación se presenta por medio de aquellos medios como el televisor y el radio, los cuales permiten que dichos contextos sean trasladados a aquellos que no ocupan el espacio material del estadio de fútbol.

Otra forma de ver esa transposición de los espacios comúnmente definidos, a un sentido más amplio, es viendo como las denominadas “Barras Bravas”, trasponen el partido de fútbol más allá del durante del mismo, donde haciendo uso de la “creatividad”, la agresión moral y simbólica, y de una forma muy criticada de delimitación de su territorio y de territorialidad, trasponen el partido y por preferencia los clásicos regionales, de la cancha, a la calle y a la ciudad en general, en este sentido, es común ver como los graffitis en cierta medida han “invadido”

las paredes de la ciudad y en particular de ciertos sectores de las ciudades, donde aparte de “tratar” de seguir la “confrontación” de un partido, se juegan por demarcar su territorio y “desterritorializar al rival”, feminizándolo o simplemente borrando su marca para poner la suya.

No pretendo con estos ejemplos decir que el estadio, desde la oficialidad y desde este intento de analizar el fútbol como ritual, deje de ser ese contexto espacial, que cumpla con esas condiciones propias de un ritual según Turner; sino que, pretendo a esta concepción, agregarle y complementarla, con las nuevas temporalidades y espacialidades que trato de articular, lo cual al cumplir este objetivo va a dar una visión mas amplia de un partido de fútbol como hecho social.

UN ESCENARIO PROGRAMADO QUE SE REPITE PERIÓDICAMENTE EN UN TIEMPO CÍCLICO

La oficialidad y el orden futbolístico mundial, se rige por parte del ente mayor del fútbol, la FIFA, quienes manejan desde su organigrama una subdivisión continental que le permite regular los destinos del fútbol en todo el mundo; estas subdivisiones del máximo jerarca del fútbol mundial, se denominan confederaciones, las cuales

a su vez tienen como filiales las federaciones y asociaciones futbolísticas de cada país que corresponda a su “dominio” o jurisdicción.

Esta organización piramidal, es la forma en que, el “deporte rey” como muchos lo han llamado, se estructura para manejar administrativamente las diversas competiciones nacionales e internacionales.

Los campeonatos oficiales de cada país cuentan con un organigrama y programación establecida con anterioridad al mismo, la cual se extiende a cubrir todo un año de competencia.

Esta programación esta sujeta a los compromisos internacionales a los cuales algunos de los equipos de cada

país están invitados, ya sea por cortesía o por derecho ganado, además de esto, ciertos aspectos puntuales de

la sociedad, en cierta medida también “afectan” e influyen en la organización del fixture o calendario de

programación.

Dicha programación, la cual se da a conocer antes de iniciarse el torneo, implica una estructuración adecuada de los escenarios para cumplir con las citas dominicales o entre semana para las cuales se ha programado, así, aparece el primer “condicionamiento” de este rasgo particular de interpretación, el escenario programado, el cual, como ya lo había citado antes en el apartado del marco espacial, es el gran estadio urbano, en el caso del partido y del fútbol, desde lo “oficial”, donde es la estructura denominada estadio, la que entra a representar el escenario programado.

Así, la organización de los calendarios de torneos, permite tener el estadio como el escenario de ejecución de la ceremonia, la parte central. Pero además, deben considerarse esos otros espacios también como espacios programados, no tanto para la ejecución del partido de fútbol en lo que a lo deportivo se trata, pero si para la ejecución de todas aquellas manifestaciones que articuladas con las comúnmente definidas posibilitan mirar el fútbol como un hecho social de grandes dimensiones desde diferentes perspectivas.

Así, las tres temporalidades de un partido, están reguladas por una serie de sucesos precisos y repetidos los cuales no se agotan en el mero hecho del partido de fútbol, sino que trascienden a los tiempos y lugares complementarios, interviniéndolos y articulando a ellos diversidad de aspectos propios del orden oficial del partido de fútbol y todo aquello que lo complementa.

Este escenario programado y repetitivo, permite además que se establezcan cierto tipos de estereotipos que refuerzan la idea de que el partido no solo es la ejecución de un espectáculo cada día que el calendario lo exija, sino que las manifestaciones repetidas y ejecutadas por todos los personajes que conforman la relación establecida, también son parte de esa programación, donde los escenarios que se intervienen y se programan, son preconcebidos con anterioridad y responden además a los diferentes estados de adhesión y representación que desde lo simbólico se tiene de estos.

PALABRAS PROFERIDAS Y GESTOS COMPLEMENTADOS

Como en todo acto ritual, en el fútbol, también se cumple con este cuarto rasgo propuesto, el comportamiento de esta colectividad que tiene también un aspecto ceremonial en su interior, maneja cierta corporalidad y expresiones codificadas que dan cuenta de este aspecto.

Los asistentes a esta ceremonia, donde algunos, a partir de su condición de hinchas, se organizan en grupos determinados o cofradías, expresan su fervorosidad a través de una gran cantidad de manifestaciones corporales de la más alta diversidad, acompañando o afirmando el desarrollo de la ceremonia por medio de palabras y cantos codificados, lo cual cada vez le da mas peso a su mirada desde la condición ritualística.

En este sentido, el canto, que es un canto de común unidad comunidad le da paso al inicio del ritual del fútbol y en su corazón al partido de fútbol; así mismo, la gestualidad que acompaña al canto y a su esencia de acuerdo al significado y significante que estas expresiones tengan están reguladas y atravesadas por un código particular que da cuenta de relaciones y esquemas mentales y sentimentales de amor a su divisa y odio a la contraria en una manera de reforzar los lazos afectivos y emocionales de su colectivo particular y al mismo tiempo el reconocimiento del “otro” por medio del odio hacia este.

Así mismo, los cantos que podrían dividirse entre cantos de amor y de odio, traen consigo una alta carga temporal y espacial determinada por las circunstancias y la emoción que se viva en un momento determinado, cruzado también por un referente histórico que entre equipos e hinchadas pueda existir, ya sea esto expresado en los clásicos regionales entre equipos de la misma ciudad o entre equipos de ciudades diferentes pero con un alto grado de fervorosidad y “odio” entre ambos clubes.

Este comportamiento, da cuenta pues de una primera expresión colectiva a nivel hablado, a nivel de palabra, lo cual se complementa con una corporalidad especifica y preconcebida para la ejecución de este momento.

Así mismo, en el caso de los cantos de tribuna, los cuales se desarrollan durante todo el partido, la corporalidad y la gestualidad, también esta influenciada a determinados contextos que “marcan” el ritmo de los asistentes y ejecutantes de estos, en este sentido, algunos cantos, evocan una corporalidad particular, ya sea por saltos, palmas con las manos, o movimientos del cuerpo al son y ritmo del canto que en el momento se emita y del toque de los instrumentos que acompañan la expresión.

Se puede ver entonces como estas manifestaciones emocionales desarrolladas en su gran mayoría por los aficionados al fútbol en la tribuna, están sujetas al desarrollo de un partido de fútbol, las cuales pueden exteriorizarse en las tres temporalidades del mismo, las cuales además, están cargadas de un gran “gasto gestual” que las complementa y las materializa desde lo hablado y lo corporal, donde la codificación y ritualización de estas demuestran una especie de catarsis y de liberación de emociones que están sujetas a manifestaciones programadas con anterioridad como los cantos y la “coreografía” propia de estos y aquellas que se suceden de acuerdo a la imprevisibilidad del partido, que ocurren espontáneamente.

UNA CONFIGURACIÓN SIMBÓLICA

Podría decirse que el cumplimiento de este quinto rasgo, es uno de los elementos importantes para permitir que se pueda ver el fútbol desde el punto de vista de acto ritual y además recoge en gran medida los planteamientos expuestos en los anteriores; ya que si tratamos de analizarlo desde esta visión, nos encontramos con que en la mayoría de los ritos y fundamentalmente en los ritos religiosos existe una creencia y presencia marcada de seres y fuerzas sobrenaturales que actúan sobre el desarrollo “normal” de la vida cotidiana y en este caso de un partido, desde diferentes posiciones y para cada uno de los personajes, donde la eficacia y la eficiencia simbólica de dichas creencias y manifestaciones se incorpora en el gran universo cultural, colectivo e individual del mundo futbolístico y de sus personajes como ejecutantes de rito.

La imprevisibilidad del resultado, al final del partido, le confiere al fútbol un carácter expectante, para el aficionado al fútbol, para aquel que cada día de partido le da vida a la estructura de concreto, el resultado es toda un recorrido de angustias y padecimientos por noventa minutos en su durante, donde el resultado es una sorpresa, un ahora, no previsible, aun sabiendo que tras de él, el desarrollo y final del partido, quizá, ya se ha fraguado.

Este resultado, que es lo que siempre se espera sea positivo, esta cruzado aparte de lo netamente terrenal, físico y material, por una suerte de “artificios”, amuletos o cábalas que se desarrollan antes, durante y después del partido, básicamente por el equipo técnicos y jugadores y por aquellos que desde un lazo afectivo lo siguen y lo acompañan.

El fin de estas manifestaciones, es tratar de interceder en lo aleatorio, en lo azaroso, en aquello que no se

puede manejar con intención previa; dando como resultado, que se reafirme la creencia cuando los resultados son positivos, mas no se refuta cuando no se alcanza el triunfo, sino que en la derrota, se busca como excusa desde lo sobrenatural, la fuerza demostrativa de más que el rival puso en contra y en competencia de la propia, cargándole a esto todos los males.

Así mismo, aquellos que establecen un lazo afectivo con un equipo, es decir los aficionados y mayormente los hinchas y futboleros, actúan y ejecutan una serie de comportamientos simbólicos que van canalizados hacia manifestaciones particulares y simbolizadas, las cuales hacen parte de su imaginario colectivo en aras a afrontar un partido de fútbol queriendo que su equipo sea el vencedor.

No obstante es común ver a nivel general, como tanto para los personajes antes descritos, existen también

manifestaciones que evocan lo religioso y la fe, al empezar a vivir un partido de fútbol en su antes, su durante y/o su después, de esta manera, siendo el catolicismo la practica religiosa “dominante” en el país, el santiguarse

y la oración colectiva, como algo que refuerza los lazos afectivos y simbólicos, además de ser la ofrenda al “ser sobrenatural”, es un comportamiento muy representativo durante un partido de fútbol para todos los personajes, pidiendo y ofreciendo que su rol, su función y sus necesidades mas urgentes en ese contexto sean cumplidas.

Sin embargo, si bien la mayoría de las manifestaciones articulan aspectos propios de la religión “oficial” o la ejecutada por los individuos, no se debe solo enfocar el cumplimiento de este rasgo particular solo a la concepción religiosa y católica, el mero hecho de que haya un acto ritualizado, repetitivo y simbolizado, ya sea en lo que respecta a lo religioso, lo económico, lo político y lo social, canalizado y expresado dentro del mundo de un partido de fútbol, ya da cumplimiento a este rasgo tratado.

Ahora bien, a nivel colectivo para los demás personajes en su grupo particular, las manifestaciones y ejemplos son muy variados, están los que tienen que ver con lo netamente religiosos, los de la alimentación, los de la ubicación en determinados lugares antes, durante y después, los de la vestimenta y su regularidad, manifestaciones todas estas que van amarradas a concepciones “inmateriales” y simbólicas que a nivel mental dan cabida a una configuración propia dentro de un partido de fútbol y que además, actúan siempre a favor de sus pretensiones, y en contra de aquellos con quienes en el momento se deba “vencer”.

Así, cuando estos “rituales” particulares y colectivos, no logran su cometido, no se les merma su eficacia simbólica y su valor, sino que se reprocha el no haberlo ejecutado bien y se busca en el triunfo y quizás cábalas

y supersticiones del “rival” la razón por la cual lo propio no tuvo efecto.

A este hecho, se le agregan también otra gran cantidad de creencias que demandan una suerte de objetos y

parafernalia particular que actúa a favor de sus intereses particulares y en contra de los del rival, donde los mas

vistosos son aquellos que refuerzan el lazo afectivo con el equipo con una gran cantidad de objetos y emblemas que en cierta medida ejercen como parte de la fuerza demostrativa hacia la institución y entran en el imaginario subjetivo y colectivo como instrumentos que ayudan a “conjurar el mal de una derrota” y ayudan a lograr los resultados esperados.

Así, diferentes tipos de objetos como bufandas, camisetas, cruces, collares con los colores del equipo, medallas religiosas y emblemáticas, entre otras, que están tocando además de lo cabalístico, un factor económico de compra y venta de objetos, lo cual entra a jugar en la dinámica de una relación simbólica y económica en el fútbol, donde el fin de esta parafernalia es apoyar una idea simbólica de eficiencia en la ejecución de cábalas y “ritos” particulares a favor de su equipo.

A manera de ejemplo, en este amplio sincretismo, entre lo netamente religioso y supersticioso con lo material,

es común ver también como en cierta medida se “crean” personajes idolatrados que tuvieron gran relación con

el club ya fallecidos, siendo el caso mas particular el ocurrido con el jugador del Club Atlético Nacional y la

Selección Colombia, Andrés Escobar Saldarriaga, quien después de haber sido asesinado tras la repentina eliminación de la selección en el mundial de USA/94, se convirtió en una suerte de “mártir de la causa futbolística” en Colombia y mas acentuadamente en el Club Atlético Nacional, tanto para jugadores y técnicos como para los hinchas; en este sentido, y como una especie de “santo” se le invoca antes de los partidos y se le agradece por los triunfos, en el camerino del Atlético nacional, una foto de este, comparte su lugar con diferentes figuras propias de la religión católica, para orarle y pedirle por el equipo antes del partido.

Así mismo, la camiseta de este jugador, la que llevaba en la espalda el número 2, cobró también un valor simbólico extra por el hecho de haber sido portada por este jugador inmolado, lo cual me da a entender el

establecimiento de las denominadas “Hierofanías”, concepto propuesto por el filosofo rumano Mircea Eliade, quien en su texto El mito del eterno retorno (1985), habla de este concepto, como aquellos objetos que por si no tienen ningún valor especifico dentro de lo sagrado, pero lo reciben, por el hecho de haber sido utilizado por alguna “deidad”, en este caso “mártir”; siendo así pues la camiseta de este jugador, un objeto que si bien no tiene un valor o importancia diferente de la de las demás camisetas, sin embargo, cobra un “valor sagrado extra” por el hecho de haber sido utilizada por este personaje.

Otros por su parte, convierten su lugar de trabajo o vivienda en un verdadero altar a su equipo o a un jugador en especial como el caso de Andrés Escobar, lo cual refuerza la idea del cumplimiento de este aspecto propio de un ritual en la dinámica de un partido de fútbol.

Finalmente, luego de examinar cada uno de estos rasgos propios de un ritual y ver como se cumplen en el fútbol, por parte de los personajes referenciados, esto me da a entender aun con más fuerza el carácter social que este fenómeno tiene en su interior y todo lo que esta exteriorizando hacia la sociedad.

No pretendo con esto sacralizar el fútbol y sobreponerlo por encima de muchos aspectos propios de la vida social que también nos moldean y modelan en este continuo flujo de interacción social y simbólica, sino mas bien que a partir de una “ritualización” de y mirada desde las ciencias sociales, con todas las implicaciones que esto pueda tener, se piense como ese hecho social que es, el cual quiérase o no, debe tomar la relevancia que se merece como una manifestación holística de la sociedad y quizá como uno de esos pocos momentos y espacios donde la sociedad se confronta así misma y se articula a un concepto común unitario, comunitario para interrelacionarse bajo la “excusa” o pretexto de un partido de un equipo particular y en su máxima expresión de la selección nacional de cada país.

COLOFÓN

Es esta pues una invitación a la academia y a las ciencias sociales preferiblemente, así como a los entes oficiales estatales y no oficiales, a mirar el fútbol, ya no como esa diversión que en el siglo XIX aquellos estudiantes ingleses promovían para divertirse, sino como algo que esta atravesando la sociedad e inclusive el orden mundial, ya sea desde lo político, lo económico, lo social o lo ideológico, o acaso ya se olvidó uno de los fenómenos más que reciente del “renacimiento del fútbol” como hecho y fenómeno social, después de la caída del régimen Talibán en Afganistán y lo que represento para los Afganos ¿el poder volver a jugar un partido de fútbol?, y no por el fútbol como tal, como deporte, sino por las implicaciones en todos los sentidos que este fenómeno tuvo, lo que lo antecedió, lo que esto generó, dando esto a entender una vez más ese amplio espectro que el fútbol y los partidos tienen en su interior, más allá de lo comúnmente definido de este.

No en vano, este desprecio que se le ha hecho al fútbol, alguna vez, el escritor uruguayo y confeso amante del fútbol, Eduardo Galeno, en su texto El Fútbol a Sol y Sombra (1998), se cuestionaba por esto y decía: “¿En que se parece el Fútbol a Dios?, en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.

Ahora bien se que son muchos los cuestionamientos que puede suscitar el fútbol desde la academia y desde las

ciencias sociales básicamente, y estos se basan en las relaciones que con el fútbol se pueden hacer, es decir, podrían y pueden surgir inquietudes investigativas como: fútbol y cultura, fútbol y política, fútbol y economía,

fútbol y genero, fútbol y sociedad, fútbol e identidad, fútbol y

social podrían analizarse e interpretarse en y desde el fútbol, y aun así ¿muchos lo siguen menospreciando?

, sucesivamente diferentes cuestiones de índole

En este sentido, para poder acceder a entrar en cada uno de estos campos es necesario primero saber a que es lo que realmente nos estamos enfrentando, cual es su real dimensión, en este caso el fútbol, podría entonces accederse al conocimiento de cualquiera de la variables antes descritas desde las posiciones oficiales y predefinidas del mismo, sus tiempos y lugares oficiales, de hecho ya se han realizado, y han arrojado resultados importantes, pero desde lo social y lo simbólico ¿estas concepciones serán suficientes?, ¿o habrá que pensar en un espectro más amplio?.

Posiblemente en un futuro se podrán analizar las relaciones antes planteadas de manera más profunda, pero para hacerlo, primero es necesario conocer esa real dimensión que el partido tiene y ofrece, para así no solo desde lo material y oficial del fútbol, sino también desde lo simbólico pueda accederse a un estudio y análisis amplio de este fenómeno.

Al fin y al cabo si el match de fútbol, mucho más que muchos otros agrupamientos convergentes, testimonia y actualiza la continuidad de una experiencia colectiva es porque combina cuatro características fundamentales, raramente reunidas en manifestaciones vecinas en apariencia. Condensa los principales valores de nuestro tiempo. Confrontándonos a nosotros y a los otros, hacen dialogar a lo singular y a lo universal. También permite al grupo explotar lo cotidiano, de celebrar representándose a si mismo en las tribunas y en el terreno. Y poco importa si el fútbol nos gusta o no nos gusta, que se esté en el estadio o no se esté en el estadio, estamos obligados a saber que existe un gran partido de fútbol y aún si se detesta este deporte, no se puede ignorar que existe un partido a una tal hora del día que moviliza a una gran masa enfervorizada.

Por último, el cuarto rasgo de este tipo de espectáculo se presta para una pluralidad de lecturas, desde la

exaltación patriótica hasta la glorificación del trabajo de equipo. A una pluralidad de reacciones emocionales desde la angustia, al reír, de los modos de participación que van desde el aguante en la tensión menor y creo

que por su plasticidad, por su estructura paradojal no es un simple espectáculo

de la historia donde están mezcladas las referencias clasificatorias de las formas de la vida colectiva, donde se

crea entre espectáculo y ritual un nuevo género de ceremonias. En el caso de un gran partido de fútbol se trata del hecho social total por excelencia del mundo contemporáneo, un acontecimiento que conmociona al conjunto de la sociedad y cristaliza las dimensiones mayores de las experiencias individuales y colectivas. (Bromberger; 2001: 10)

Simboliza sin duda un período

Detengámonos a pensar pues, en cuál es la real dimensión que un partido de fútbol como lo particular y el fútbol en general tienen, no solo en nuestro contexto, sino en el ámbito mundial, donde en ocasiones, la posibilidad de romper o transformar las relaciones verticales de la vida cotidiana en relaciones horizontales, mediante la expresión de sentimientos, pasiones e intereses, que incluso no solo se articulan a los contextos espaciales y temporales de la cotidianidad y del “mundo real”, sino que además a los contextos emocionales y circunstanciales de este mismo y viceversa, en un continuo movimiento de representación y parodia de la sociedad, y de la razón y el corazón; nos permite en ciertos casos y bajo ciertos intereses, interpretarnos y conocernos quizá en otros contextos y manifestaciones hasta hace poco desconocidas y poco apreciadas, tal vez por el temor de vernos reflejados en actitudes muchas veces vetadas, pero en últimas tan humanas y sociales como la misma humanidad.

NOTAS

(1) No pretendo decir con esto que el estadio y el fútbol sean solamente una manifestación reservada para los hombres y de promocionar el machismo y/o solo de relación padre - hijo, solo que es una de las formas más representativas que en la sociedad colombiana se da para fortalecer los vínculos de la relación paterna (o al menos así se ha creído), ya que aunque hay lazos sanguíneos, hay también un ingrediente "político" en la relación con el padre, cosa que con la madre es mucho más sanguíneo. Sin embargo, cabe aclarar que el fútbol es un espacio que no se ha cerrado totalmente para las mujeres y cada vez, asistimos a una mayor participación de la mujer en esta manifestación, ya sea desde la posición deportiva y practicante del fútbol, como desde la posición de asistir a los estadios y ser una integrante mas de las relaciones que allí se establecen. Debe recordarse también que la sociedad colombiana mal que bien e históricamente, ha tenido una connotación machista que se expresa en diferentes esferas de lo público y de lo privado, y el fútbol no se puede apartar de esto.

(2) Aunque no descarte que esta temática pueda posteriormente desatar futuras investigaciones, la preocupación fundamental en este momento de mi vida personal y profesional gira en torno a la relación partido de fútbol - ritual, más que partido de fútbol - mito, para lo cual creo pertinente hablar también de lo mítico en aras a entablar la relación con el rito. Por lo tanto, esto no exime que pueda seguirse dando algunas anotaciones con respecto a lo mítico.

(3) Según el filósofo Rumano, Mircea Eliade, en su texto, El Mito del Eterno Retorno (1985), las Hierofanías son objetos que como tal no tienen valor alguno, pero que cobran un valor simbólico, en cuanto tuvieron alguna importancia histórica atribuida, por el uso que realizó de él alguna deidad o un héroe, así, este objeto remite a algo sagrado o representativo para el grupo.

(4) Este concepto de los tres planos, el psíquico, el fisiológico y el físico, fue tomado y trabajado por el lingüista Ferdinand de Saussure, en su texto Curso de Lingüística General (1998), sin embargo, es pertinente también aplicarlo a esta relación entre mito y rito y a su poder comunicacional, ya que esta estructura que si bien cumple estos tres pasos también articula a ella códigos lingüísticos propios del grupo, lo cual particulariza su

intencionalidad de expresión y comunicación.

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¿CÓMO CITAR ESTE TEXTO?

Rivera Gómez, J. F. (2006). Pasiones futbolizadas. Sociedad, contextos, rituales. Texto publicado en la Revista Comunicologí@: indicios y conjeturas, Publicación Electrónica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Primera Época, Número 6, Otoño 2006, disponible en:

http://revistacomunicologia.org/index.php?option=com_content&task=view&id=153&I

temid=125