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COLABORACIÓN

La Psicología Criminal

Por

CARLOS ONECHA SANTAMARÍA

Magistrado.

La Ciencia de los delitos y de las penas tiene que reconocer y va- lorar, de algún modo, al que es autor de una infracción penal, y pos- teriormente destinatario de la sanción aplicable. Estimar jurídicamen- te al delincuente constituye una exigencia insoslayable de cualquier sistema, pues por elevado que sea el objetivismo que pretenda im- plantarse al buscar la reintegración del mal de la pena, por el mal del delito, no se pueden desconocer datos subjetivos como el móvil, la intención, arrepentimiento, finalidad, miedo, premeditación o el tras- torno mental, por citar algunos ejemplos. En cualquier caso, los conocimientos psicológicos son precisos en esta Disciplina jurídica, aunque su peso y valor son dependientes del criterio inspirador del Derecho positivo, ya que según sea o no de orentación subjetiva u objetiva el enfoque y desarrollo del sistema legal, correlativamente crece o disminuye la importancia que cabe atribuir a la Psicología Criminal. Sin embargo, la eficacia del Derecho Penal, en buena medida, está condicionada por el rango jurídico que corresponda a los aspectos relativos a la personalidad del delincuente, pues en definitiva lo que importa socialmente es que la delincuencia disminuya y para ello hay que ahondar en las causas que originan el fenómeno a fin de evitar la aparición del delito. La psicología permite desvelar realidades que permanecen ocultas pero que informan la conducta humana y son sig- nificativas. Cuantos esfuerzos se realicen para conocer los motivos desenca- denantes del crimen serán escasos si se quiere enervar el progresivo crecimiento que de la delincuencia se observa. Para ello, la sociedad tiene que reaccionar catalogando previamente al delincuente y expli- cando el porqué del delito mediante los oportunos estudios crimino- lógicos. No basta con clasificar la culpabilidad estableciendo esos dos apar- tados tradicionales del dolo y la culpa. Clasicismo que, con su simplicidad, históricamente se viene arrastrando sin dar una definitiva entrada en los Códigos penales a una adecuada estimativa de la perso- nalidad del delincuente en el ámbito penal. Si lo que importa es la regeneración y la prevención será preciso otorgar beligerancia a los conocimientos psicológicos como se advier- te, por ejemplo, en el estudio de la incidencia subjetiva de la pena o en la individualización legal, judicial y penitenciaria entre otros casos.

Podrá decirse que una materia que, de suyo, es subjetiva por na- turaleza no es apta para un tratamiento normativo qee siempre opera por vía de generalización, cuando precisamente lo subjetivo es indi- vidual de por sí y, por tanto, de imposible extensión a casos distintos. Sin embargo, acontece que toda individualización debe actuar confor- me a unos esquemas graduales de aplicación sucesiva, pues si son creados unos tipos de autor para luego proceder mediante una tera- pia de grupos, la previa clasificación es condición antecedente para una apreciación posterior de la personalidad por vía judicial y peni- tenciaria. Cabría pensar que las garantías individuales pueden resultar afec- tadas si se sientan como básicos unos principios que toman como eje

a la persona y la conducta contemplada con mera manifestación de la

personalidad. Por el contrario, pensamos que no hay antinomia entre ambos términos de la relación, pues siendo el delito índice de la personalidad del autor, no por eso dejarían de seguir siendo objeto de incriminación, unos comportamientos sin perjuicio de estimar igual- mente el contexto histórico-personal, no sólo a efectos de apreciar la peligrosidad, pues también la culpabilidad es dependiente de antece- dentes imputables al individuo por el modo irregular de conducirse cuando factores económicos, ambientales o familiares le eran favora- bles para su formación moral, frente al que, desgraciadamente, ha tenido que soportar en su desventurada existencia un cúmulo de fac- tores y circunstancias que le han sido fortuitamente adversos. Por eso, el crimen debe ser percibido dentro de un contexto individual, descubriendo el germen de las plurales manifestaciones antisociales de las que el delito es el más agudo y escandaloso exponente.

El problema del rigorismo de un supuesto Derecho Penal repre- sivo se .supera dando cabida y repercusión a imperativos psicológicos. Mas que de proporcionalidad o equivalencia entre el delito y la pena se debe hablar de adecuación. Esa idoneidad se consigue pensando que el mal de la pena es instrumental. Idea que, en la práctica, se ha de hacer valer por no ser fin sino medio y, como tal, de necesaria utilización para el logro de corrección y ejemplaridad en la sanción, apreciando para ello de forma conjugada la gravedad del hecho y 3a disposición para enmendarse. El castigo debe actuar de modo que incite a una reconversión asequible en individuos atendida la edad y peligrosidad de cada caso. Nótese que la acogida de lo psicológico en las diversas penas as- pira a operar en la situación o estado en que se halla una personali- dad moralmente deformada como resultado de la actuación continua- da de una serie de causas. De ahí el valor de presupuesto que corres- ponde a los conocimientos psicológicos que alumbran el fondo anti- social subyacente en todo delito. La psicología criminal no puede que- dar relegada al puesto de una Ciencia auxiliar del Derecho Penal. El delito es resultado de factores endógenos y exógenos y dentro de los primeros hay que distinguir los de origen biológico o antropológico

y psicológico. Pero el valor de la psicología es doble porque permite

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la explicación del delito y sirve también para orientar el tratamiento penitenciario observando periódicamente la reacción de acogida o re- chazo que el penado opone en su caso. Como se encuentra precisamente explicación al delito es atendien- do al entronque o enlace humano que lo origina, advirtiendo el cú- mulo de repercusiones que hacia él convergen. Un análisis psicológico

y

material. Llegando más allá del juicio de reprochabilidad y calando más hondo del simple examen del nexo psíquico cuya existencia hace

o no culpable al autor material de una infracción, la investigación

criminológica indaga las causas de la deformación de una persona- lidad delincuente y si se admite la responsabilidad por el modo de conducirse en la vida se advertirá si las causas primeras, según antes apuntábamos, son o no imputables al sujeto.

La humanización que de ello se sigue para el Derecho Penal es notorio y la Justicia alcanza un logro sometiendo solamente a medidas de seguridad reeductivas a personas que son desgraciadas, para las que la vida ha sido una sucesión de calamidades frente a quienes, desde un principio, han elegido voluntariamente el camino de la delin- cuencia cuando todas las circunstancias facilitaban una adecuada for- mación. Es en éste último caso donde el mayor rigorismo penal tiene su razón de ser. Estamos en presencia de lo que se ha llamado culpa- bilidad en la formación de la personalidad. Una auténtica y profunda individualización penal es consigue con- templando al delito en el marco de una vida. Contrasta actualmente la simplicidad de la pena frente a la complejidad del delito. Aquélla debe prender en el ánimo del autor de manera que éste sea sensible

a su aplicación. La adecuación se consigue atendiendo, no sólo a la

gravedad del hecho, sino, también, a las causas y al estado de defor- midad moral que las mismas han desencadenado configurando singu- larmente al individuo. Este conocimiento es una premisa para hallar luego la vía apropiada que permite enervar la proclividad al delito.

y

positivo, en el cual las tipologías están cercanas a la realidad vital. En

el

La construcción técnico-jurídica del delito de elaboración clásica

el formalismo jurídico han dificultado la creación de un Derecho

Derecho penal de autor se reivindica, por el contrario, el fondo de

la vida, eliminándose las categorías apriorísticas. La lógica y el aná- lisis son otros si cambian el espíritu y los principios.

criminológico es de valor muy superior al estudio de la causalidad

El acoplamiento de la pena con el delito no es factible desde un punto de vista formal, sino solamente desde un ángulo sustancial, siendo el delincuente centro de la temática penal. La comprensión del delito por sus causas generadoras permite abarcar la problemática hu- mana que cada delito encierra y presenta naturalmente facetas diver- sas según la índole del autor. Para hablar de resocialización del de- lincuente es menester remontarse a la génesis del hecho que se con- suma, no sólo porque el protagonista carece de inhibiciones morales, sino, también, porque salta por encima de la resistencia que el re- proche social opone, dada la fuerte inclinación de la voluntad hacia

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la maldad. Voluntad que se potencia en concurrencia con otras que

actúan en el mismo sentido. Si la reforma tiene que calar hasta los estratos más profundos

del alma habrá que vencer el endurecimiento e insensibilidad del de- lincuente descendiendo al plano crudo y descarnado de la existencia humana, percatándose del peculiar modo de ser y conociendo al acu-

sado

formando parte de una serie o cadena de reacciones o línea de conduc-

ta en la. cual aquél se inscribe. Por eso, la reacción jurídica del Estado

con la pena, o la medida de seguridad, atenderá a aquéllo.que demanda .específicamente el caso contemplado, observando periódicamente la •reacción o respuesta favorable o adversa del sometido al tratamiento •

. De lo expuesto se deduce que se impone un método de observación. Es el procedimiento empírico, frente a las especulaciones de los clá- sicos, lo que ha permitido una renovación de los estudios penales. Di- fícilmente se podrá luchar contra la criminalidad si se desconecta el delito.de .su origen personal y no se percibe como lo que es, como una proyección del ser. Las estructuras formales y los posturas analíticas rompen la unidad de la acción. Será mediante la conexión que une con un autor determinado, y sin acudir a abstracciones, como se da aco- gida a jo concreto e individual. En un Derecho Penal de autor se consigue una mejor Defensa so-

cial y, por otro lado, se pueden dejar a salvo las garantías personales

y

incriminación las conductas con plena vigencia del principio de legali- dad, pero cuenta también la actitud de la voluntad tanto como el acto mismo, con lo cual se abre paso a una justificación de las medidas para la prevención del delito gracias, a la estimativa de la peligrosidad social.

Más que sustituir al Derecho Penal sancionador de unos hechos lo que se pretende es complementarlo y así lograr una lucha más eficaz contra la criminalidad. Se mantienen las categorías tradicionales y se fundamenta la responsabilidad, penal en la imputabilidad. La conciencia de la antijuridicidad de un hecho da un conocimiento que unido, a la libre decisión dé la voluntad en cometer una infracción penal constituye, como es sabido, la razón por la que el autor debe responder de su conducta; pero esto resulta insuficiente para poder formar un juicio cabal y completo de cada acto. El ser humano es muy complejo. En él actúan inclinaciones, hábitos y deseos de variar ble intensidad; por otra parteólas circunstancias que lo rodean son particulares y muy distintas en cada caso, y si a esto se añade él hecho de- que la malformación moral puede haber sido fomentada interiormente por la voluntaria creación de una mala tendencia en contraposición a los. efectos que decantan inconscientemente influen- cias forasteras, se verá la necesidad de una revisión que supere las nor- mas todavía vigentes en nuestro Derecho positivo valorando, tanto la actitud o disposición, como también cada acto en concreto.

El delito no es un fenómeno aislado. Se encuadra insertándose y •

impuesto. , .

salvaguardando la seguridad jurídica, pues siguen siendo objeto de

.

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Para formar un juicio certero éste tiene que partir de una amplia base con plenario acogimiento de todos aquellos elementos de juicio que juegan un papel importante. Las restricciones de principio, como viene aconteciendo en el tema de la responsabilidad penal, a la postre falsean las conclusiones jurídicas a que se llega en razón de una limi- tación en el planteamiento del tema, lo cual hace convencional y arti- ficioso el resultado falto de esa última autenticidad que se ha dé pro- curar. Los conocimientos psicológicos precisamente son los que permiten ahondar en ese misterio que se encierra en el ser humano» La psico- logía posibilita el descubrimiento de los resortes que movilizan el obrar y es también la psicología el vehículo de penetración que per- mite sensibilizar moralmente y regenerar al individuo. Por ser lugar de encuentro y estando en el psiquismo el punto de contacto entre la explicación del delito y la procedencia de la pena aplicable, la expiación que mediante ésta se pretenda no puede dejar en el olvido la incidencia de la misma en el ánimo del delincuente para así apartarlo del delito rechazando su reiterado deseo y evitando de este modo la recaída. Si las conclusiones de la Psicología Criminal tienen el valor de condicionamiento no se comprende cómo puede existir eficacia y co- rrespondencia entre delito y pena al margen de unos postulados que respondan a aquella necesidad. Se presenta como arbitraria toda solución que implícitamente no los tenga en cuenta. El caso es que el objetivismo del criterio retributivo sigue presidiendo las bases de nuestro Código Penal desde el pasado siglo, ya qué las sucesivas re- formas son parciales con la creación de nuevas figuras de delito o la simple acomodación del régimen jurídico a la Política imperante en cada momento histórico. Que la individualización no responde a las modernas exigencias que merecen los frutos. obtenidos en las aportaciones actuales de los estudios penales, criminológicos, psicológicos y pedagógicos, lo denota el hecho de que todavía se mantiene, por inercia histórica, la medición de la pena por su alcance temporal, más que por su naturaleza, cuan- do precisamente la individualización cualitativa es más trascendental que la llamada individualización cuantitativa encargada dé medir lá extensión de lá peña, siendo lo que verdaderamente importa la deter- minación de la clase y sentido de la sanción. Constituye piedra de toque para pulsar la idoneidad de la peña el que la sociedad, y és posible que hasta el riiismo penado, sientan como indicada la pena elegida y aunque no sea aceptada de buen grado por el destinatario, como es natural, sin embargo, le obliga a reajustar su disposición interior, situándolo en vías de conversión hacia el bien, fuere por convicción o forzada aceptación. Esta elección de la pena sólo puede efectuarse sobre- la base de conocimientos bio- lógicos, psicológicos, psiquiátricos, sociológicos y pedagógicos. No resulta despreciable atender al proceso psicológico que la inci- dencia subjetiva de la pena desencadena en el psiquismo del individuo.

g

Que la aflicción sea origen de resentimiento, desmoralización o rebel- día o, contrariamente, sea causa de la creación de un respeto y temor a la Ley es algo decisivo, pues de ello depende la readaptación social del penado. Conmueve los fondos del espíritu haciéndole sentir que no puede continuar así en la más absoluta impunidad. La sanción puede alcanzar una eficacia incitante promotora primero de una re- flexión, origen, a su vez, de sanas convicciones que aparten al delin- cuente de incurrir en nuevas transgresiones del orden jurídico. Importa considerar preferentemente el efecto de la pena que el estudio de su finalidad, pues hay que inquirir como puede alcanzarse el resultado resocializador. Teóricamente, se ha distinguido, al abor- dar el aspecto teleológico, entre redistribución, corrección y defensa social, pero si se profundiza un poco quedará superada esa superficial clasificación percatándose de que la sanción es solamente un medio que importa repercuta en el ánimo del condenado para que reaccione persuadiéndose, así, del mal social que todo delito conlleva o abri- gando el temor inherente a la posibilidad de una más enérgica sanción caso de reincidir. Resulta evidente que el logro de la corrección lleva apareiada una defensa social. La ejemplaridad es efecto que de la pena indirectamente se sigue. Estamos ante dos vertientes de una sola necesidad, consistente en arbitrar los medios precisos en la lucha contra la criminalidad. Clara- mente se ve que la finalidad retributiva de reintegración de mal por mal no satisface los imperativos de la Justicia penal, pues se trascien- de de ese fin inicial, de suvo. primario y elemental, aspirando a alcan- zar una toma de conciencia induciendo al penalmente responsable a alinear su voluntad en el sentido reformista socialmente deseable. Una torcida inclinación experimenta la presión psicológica que im- pele al espíritu generando así, con el reto o incitación del estímulo punitivo, una probable transformación moral. La psicología criminal, al profundizar, unifica, por superación, posturas contrapuestas más que antitéticas por el acierto intrínseco de la tesis propugnada idea- lista y realista a la vez. Frente al rigor de un Derecho represivo una mayor espiritualización se obtiene en Derecho Penal con un modo de proceder que es atinado por otorgar estimativa y valorar el elemento subjetivo, y aunque, en términos de Derecho constituido, no tenga esto tanta repercusión, sin embargo, el porvenir del Derecho Penal acogerá, sin duda, los postu- lados de la Psicología Criminal, tanto para la prevención del delito como para su castigo. Sin embargo, para la viabilidad de lo propugnado sería menester la concesión de un mayor arbitrio al juzgador frente a la rigidez de los tipos y la fijeza de las penas preestablecidas. El asentamiento de la Justicia penal sobre nuevas bases tendrá en cuenta imperativos de la Criminología, Psicología y Sociología Criminal que en la actualidad, como también sucede con la Pedagogía Criminal, sólo cobran signifi- cación legal en la fase penitenciaria.

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Es también en la adecuación de las medidas de seguridad al estado peligroso donde se advierte como la ejecución de la sentencia está sometida a los cambios producidos en el individuo mediante revisiones que valoran el arrepentimiento para la reducción en la duración de la medida. Asimismo, un recrudecimiento de la temibilidad será motivo para la prolongación de las medidas. La sentencia indeterminada, que deja abierta una serie de posibili-

dades, tiene sentido en cuanto trata de emitir un juicio de probabili- dad que contiene un margen de incertidumbre. La predisposición de- lictiva, propia del concepto de peligrosidad, es el antecedente sobre el que opera la observación de las sucesivas reacciones individuales

respuestas al tratamiento impuesto. Controlando, periódicamente,

evolución penitenciaria desarrollada con sus cambios y alternativas

es como se puede llegar a la definitiva reinserción del delincuente, La misma privación de libertad debe ser considerada como el mar- co en el cual se proyecta un programa que aspira a una completa rehabilitación del sujeto. Los principios del Derecho represivo se que- dan en la mera reintegración del mal del delito con el mal de la pena, en tanto que instrumentar esta última para hacer de la misma un medio que permite calar en el alma del delincuente y, actuando sobre un estado anímico anterior, promover la resocialización, es algo que supone un planteamiento muy distinto. Ahora bien, la pena no puede resolverlo todo. Importa que una vez cumplida no vuelvan a actuar las causas que llevaron a un sujeto hasta el delito, pues la persistencia de aquéllas puede motivar la rein- cidencia. Por eso, el proceso regenerador tiene que completarse con medidas postcarcelarias que deben contener una ayuda a quien lo precisa, pues la concesión de beneficios, incluso durante el cumpli- miento de las penas privativas de libertad es un remedio de discrecio- nal otorgamiento atendidos los merecimientos. El acicate para obte- ner la enmienda tiene diferente signo según las circunstancias. Unas veces será la aflicción el estímulo del que ha de ser destinatario quien conculca la Ley. En otras ocasiones, cuando se apuntan visos de recu- peración y arrepentimiento, el penado es acreedor a la concesión de una gracia o perdón, a fin de promover su total redención.

Lo antedicho, que tiene un valor condicionante, presupone una ob- servación psicológica de la evolución individualmente experimentada en cada caso, combinando exquisitamente unos fines de aflicción y otros de persuasión, y, para ello, hay que flexibilizar el régimen jurí- dico aplicable. La ley abre el cauce que posibilita el otorgamiento de poderes al juzgador y, luego, al penitenciarista, para así acomodarse a las carac- terísticas propias de cada persona en etapas sucesivas. Imperativos estos que el Derecho Penal debe hacer suyos. Si las declaraciones le- gales son resultado de unos condicionamientos operativos en nuestra disciplina, según vemos, todo lo psicológico debe tener una eficacia informante a fin de que la aplicación de la norma no sea mecánica y uniforme. Todos los estudios acerca del delito y sus circunstancias de

y

la

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nada valen si luego no se traducen en un tratamiento penal eficaz y regenerador. Para ello, vencer la uniformidad inherente a la generali- dad de la Ley, valorando el giro que experimenta la disposición aní- mica del penado, según sea recalcitrante su perversidad o, por el con- trario, remitiendo su malicia, por apreciarse indicios de conversión y rectitud en el obrar, son factores dignos de tener en cuenta por ser aconsejables unas variaciones en el tratamiento, atendidas las expre- sadas circunstancias sobrevenidas con posterioridad a la comisión del delito. Si el Derecho Penal acoge solamente y valora la faz externa de cada acto, objeto de incriminación, el consiguiente predominio de la apariencia y la falta de profundización llevan consigo el desconoci- miento de las raíces donde se hallan las causas del delito e ignorando, por tanto, la génesis del mismo. Como el conocimiento del origen sólfc> -se hace posible con medios psicológicos y sociológicos estos de- ben ser jurídicamente significativos, como acontece con la Crimino- logía. Varias figuras penales, como la enajenación mental, la intimida- ción, la provocación, la inducción, el arrebato u obcecación, la peli- grosidad, la premeditación, entre otros supuestos, apuntan directa- mente al porqué del hecho y de sus circunstancias. Sin embargo, im- porta reconocer en el Derecho positivo, con caracteres de generalidad, la repercusión de las causas criminológicas. No merece idéntico juicio el robo perpetrado por un individuo de baja extracción familiar o so- cial que el realizado por el señorito que de nada ha carecido. Cierto que hay que juzgar de los actos, pero también cuenta la historia in- dividual e influencias a que ha estado sometido y que, según estén cargadas de adversidades o ventajas, acarrean, consiguientemente, la necesidad de una comprensión o de un mayor rigor respectivamente. Formar juicio sobre estas bases convierte en algo más complejo la función de juzgar, porque obliga a dar trascendencia una valoración de la culpabilidad en la causa y es, precisamente, concatenando cada acto con su origen como se individualizará la pena radical y auténti- camente, al formularse una doble apreciación en distintos niveles. A la individualización de cada persona se resiste la generalización de la norma, pues aun siendo los elementos normativos de las tipolo- gías penales extraordinariamente numerosos, sin embargo, en la for- mación de los tipos de autores, clasificados por notas comunes, es indispensable objetivar lo subjetivo formando grupos. Con ello resulta inevitable se incurra en cierta relatividad, pues a una exacta aprecia- ción de la culpabilidad siempre escaparán algunos matices. La prefe- rencia de unos tipos amplios frente a otros rígidos ofrecen holgura de criterio y un juego de posibilidades de amplio margen a las fun- ciones judicial y penitenciaria. No por eso deja de estar salvaguarda- do el principio de legalidad frente a cualquier antojo caprichoso del poder. Asimismo, es preciso salir al paso de posibles interpretaciones políticas augurando peligros de que al socaire de los nuevos principios de Derecho Penal de autor se escondan razones utilitaristas en una

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Política legislativa que pretenda, por esta vía, obtener una fuerte De- fensa social. Por otra parte, señalemos que el delito en abstracto no existe; es un mero concepto ideal en el que se centra una operación logística pura. Las realidades indubitadas son las especies concretas. La vida es anterior a los conceptos, pero el drama de la inteligencia es que puede separarse de la realidad que la fecunda. Basta que el pensamiento desvíe su atención de aquella realidad para encapsularse, exclusiva- mente, en el concepto mismo. La subjetividad creadora puede alejarse de la realidad pensada si la corriente fertilizante que va desde aqué- lla al concepto se quiebra. Si la experiencia viva de esa realidad no alimenta ya el concepto, el conocimiento degenera en arquitectura de fórmulas. El conceptualismo con sus excesos queda divorciado de la vida.

Los esquemas abstractos sustituyen el vigor de una conjunción or- gánica entre inteligencia y realidad y así sobreviene luego el extravío del pensamiento. En lugar de surgir de la experiencia de los seres y las cosas se desemboca en productos que son resultado de laboratorio. Una elaboración cerebral en vez de aprehender por trascendencia la mencionada realidad la encierra en círculos impermeables y opacos. En la mediatización racionalista que va de la realidad al concepto se opera, a veces, una simplificación por la arbitraria o inconsciente eliminación de una porción de realidades que debían ser operantes. Las representaciones e ideas no siempre son fiel expresión de aquello que se quiere plasmar. Por eso, las especulaciones analíticas suscitan

el renacer de las preocupaciones por lo humano.

Pues bien, el antídoto contra los moldes fabricados en el área penal por el gobierno y soberanía de una inteligencia que, con sus elucubra- ciones, se desconecta de la realidad natural y de la experiencia lo será la psicología criminal. Gracias a ella encontramos un resurgimiento del interés por el mundo de lo humano. El delito se contemplará en su estructura biopsíquica. Por un imperativo criminológico el examen médico-forense será necesario en todos los casos y así, previo dicta- men, discernir las causas e influencias a que ha estado sometido el psiquismo del individuo.

Como consecuencia de todo lo expuesto, dos procesos psicológicos

importa conectar. El relativo a la formación del delito y el referente

a la penetración de la sanción penal correspondiente. Es necesario

enervar las influencias creadoras de indisciplina a fin de imbuir otros influjos que hagan posible el autocontrol y con él la regeneración, lo cual es posible en bastantes delincuentes, atendiendo especialmente a

la

edad y grado de peligrosidad. Para la programación de la reforma

se

ha de significar que el coeficiente de variabilidad humana frente a

la

Ley de la constancia de los fenómenos* psíquicos hace que la mayo-

ría de los delincuentes sean irreductibles a tipos preestablecidos. En la Pedagogía criminal son imprescindibles los conocimientos psicológicos. Igualmente, en la prevención del delito el efecto inhibito- rio que evita la trasgresión del orden jurídico será resultado de la

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acción ejercida en el ánimo del sujeto de los diferentes medios psico-

lógicos utilizados. Quien desiste de tomar unas decisiones antisociales

lo

Cuando brotan las acciones de un grupo criminal importa advertir la transmutación operada por obra de la instigación o proposición de otros. No siendo idéntica la participación ni la peligrosidad del orga- nizador o promotor, frente a quienes les siguen aceptando unas inicia- tivas, se precisa, por tanto, un diagnóstico individual, habida cuenta de la diferente temibilidad de unos y otros. Tampoco la psicoterapia aplicable será idéntica en quien delinque por su estado de abandono frente al rigor penal del que es merecedor el criminal habitual que busca las ocasiones de reincidir, o el que comete hechos de extraor- dinaria gravedad.

Para recobrar en la conciencia el sentimiento de probidad, el trata- miento penal debe operar en el ánimo, según indicamos. En la pena se ha de buscar la eficacia a fin de corregir la peligrosidad, lo cual obligará a una adaptación. La dinámica interrelación entre delito y

pena, en función precisamente de las consecuencias, hace que aquéllos no sean conceptos que puedan estudiarse aisladamente como si uno

otro fueran susceptibles de examinarse por separado. Así se hizo y

los resultados todavía los estamos padeciendo. Son conceptos inter- dependientes. El uno reclama la consideración del otro, porque se necesitan mutuamente. La primera condición de toda contestación es que se ajuste plenamente a aquello que pretende responder. Sólo la explicación pertinente puede ser satisfactoria. Si entre delito y pena no hay una profunda conexión psicológica cualquier otro planteamiento será convencional y la unión será super- ficial e inauténtica. Si los efectos de la respuesta penal, por falta de encaje, no operan, calando en las entrañas donde el delito surge, no se extirpará el foco donde está localizado el mal. Los aspectos psicológicos, en los que hemos abundado, sólo podrán percibirse por el observador de manera sintomática, dada la implica- ción de aquellos. Su realidad profunda obliga a un examen indiciario de su existencia, la cual puede ser clara e inequívoca, a efectos proba- torios, a pesar de los medios que es preciso utilizar para su revelación. Los progresos alcanzados, hoy día, por la Psicología aplicada no eran conocidos en la época de la Codificación y como la Escuela Clá- sica informó nuestros Códigos Penales, cuyos principios e ideología todavía permanecen, en consecuencia resultará notorio el retraso de la Política legislativa, no ya en lo relativo a ciertos imperativos de la realidad social que la actualidad demanda, sino más radicalmente en lo que atañe a los fundamentos mismos en los que ha de basarse la legalidad punitiva de todo tiempo que aun no ha encontrado su asen- tamiento definitivo.

y

es, a veces, por el anuncio de la eventual imposición de una pena.