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TRAUMA Y GOCE EN LA MUERTE.

ESPECTADOR Y
PERPETRADOR.

Jimy Leonardo Suárez Oviedo

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS

DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA
TRAUMA Y GOCE EN LA MUERTE. ESPECTADOR Y
PERPETRADOR.

Proyecto de grado para optar por el titulo de Psicólogo

Presentado por:

Jimy Leonardo Suárez Oviedo

Dirigido por:

Carmen Lucia Díaz

Profesora de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS

DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA

Bogotá D. C., noviembre de 2007


La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda
esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas
—obras y sobras— que es cada vida, encuentran en la muerte, ya que no
sentido o explicación, fin. Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza.
Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, se esculpe y vuelve forma
inmutable: ya no cambiaremos sino para desaparecer. Nuestra muerte
ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo
nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte violenta, solemos
decir: "se lo buscó".

Octavio Paz.1

                                                            
1
Octavio Paz, “Todos santos, día de muertos”, en: El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura
Económica, 1973. Pág. 48.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 5

RESUMEN

El escrito gira alrededor de las muertes violentas. Para ello configura el


suceso en tres etapas: la agonía, la muerte real y el duelo, en las cuales se ven
involucrados tres actores principales: la víctima aquel que muere; el sujeto
perpetrador quien es el que lleva comete el acto; y el sujeto espectador que es
alguien con quien la víctima mantenía un lazo social y que está presente durante la
muerte. Los efectos traumáticos sobre este último son analizados, al igual que el
goce que propende el acto para el perpetrador. Finalmente se analizan algunos
caminos provocados por la muerte violenta en el espectador, entre ellos una
particular manifestación, la venganza, como forma de cobrar el daño hecho y a la
vez como empuje para de transgresión del interdicto de no-matarás.

Palabras Clave: Muerte violenta, Sujeto Perpetrador, Sujeto espectador,


Transgresión.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 6

TABLA DE CONTENIDO

INTRODUCCIÓN, 7

1. NOCIÓN DE MUERTE, 9
1.1 La muerte en Occidente, 12
1.2 Buscando la muerte, 15
1.3 De lo real-biológico a lo imaginario, 16
1.4 Aquí yace…, 20
1.5 Yo, el otro y su duelo, 21

2. LA MUERTE VIOLENTA. EL TRAUMA, 24


2.1 Qué es el trauma, 26
2.2 Lo traumático en el sujeto espectador de la muerte violenta, 28
2.3 lo que pone el sujeto perpetrador en el acto de matar, 34
2.4 La muerte, la pérdida y la venganza, 39

3. DEL NO-MATARÁS A LA TRANSGRESIÓN, 44


3.1 Nacimiento de la cultura, 46
3.2 La violencia, 50
3.3 La seducción de la transgresión, 53
3.4 El último reducto: la venganza, 56

REFERENCIAS, 60
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 7

INTRODUCCIÓN

La muerte como suceso natural en la vida del hombre, es vista como una
etapa normal, como un lugar hacia el cual se dirige inexorablemente a medida que
pasan los años, cosa contraria se cree si la muerte es consecuencia de la violencia,
ya sea por medio de actos de guerra, masacres, sicariato o venganzas… sobre este
último punto, las muertes violentas, se han llevado a cabo estudios complejos en
donde se tienen en cuenta aspectos sociales, naturales, culturales y psicológicos del
sujeto, en búsqueda de una explicación pertinente acerca del porqué de estos actos.

Mi interés en el tema parte del conocimiento que tuve de ésta problemática,


al tener contacto con jóvenes desmovilizados de los grupos armados ilegales que
operan en Colombia, conociendo sus historias de vida, el porqué de su ingreso a los
grupos y su permanencia dentro de ellos, encontrando en varias de éstas, que el
punto de partida era una muerte violenta, ya fuera la de un familiar cercano –padre,
madre, hermano, etc.-, la presencia en una masacre o por un ajuste de cuentas. Este
encuentro temprano con la muerte genera en esos sujetos marcas subjetivas
profundas, que los incitan a ingresar por completo a la espiral de violencia con la
que se encuentran cara a cara, convirtiéndolos en generadores, es decir, se pasa de
espectador a perpetrador, transgrediendo los límites y encontrando así, un tipo de
satisfacción perversa con los actos cometidos, ahora desde su nuevo lugar.

¿Qué marcas deja en el sujeto ese encuentro con la muerte violenta? ¿Qué
pasa con la muerte en el sujeto espectador y qué en el sujeto perpetrador? Para
responder estos interrogantes me he valido de algunas herramientas que da el
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 8

psicoanálisis para entender la forma en que la estructura psíquica del sujeto se


enfrenta a este tipo de experiencias, su dinámica interna y su relación con el Otro
como ley, y con el otro como semejante. También me he apoyado en otros
pensadores de la cultura, los cuales me permiten complementar la visión sobre el
fenómeno de la muerte violenta.

El escrito está dividido en tres capítulos: noción de muerte; la muerte


violenta. El trauma; y del no-matarás a la transgresión.

El primero trata la noción de muerte en occidente, haciendo un recorrido


histórico inicial, para luego dar pie a una interpretación de la misma desde lo
simbólico, lo imaginario y lo real, construcción hecha a partir de las subdivisiones
propuestas.

El segundo capítulo tiene como eje central lo traumático del encuentro con la
muerte violenta y varias de sus diferentes formas. Para ello analizo la noción de
trauma, y explicito lo encontrado bajo dos figuras centrales, el sujeto espectador y
el sujeto perpetrador; finalmente termino con un anudamiento del sujeto con la
pulsión de muerte.

El tercer capítulo en donde el tema de la ley o interdictos culturales, sobre


todo el de no-matarás, es puesto sobre la mesa, a la vez que la seducción que
produce su transgresión se considera como la búsqueda de un goce supremo o de
resarcimiento sobre un acto violento cometido de forma anterior, por medio de la
venganza.

Todo este recorrido permite encadenar una serie de conceptos psicoanalíticos


dentro de los cuales se recrea la espiral de violencia en la que se ven involucrados
los sujetos tras tener un encuentro con una muerte violenta.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 9

1. NOCIÓN DE MUERTE.
“Dime cómo mueres y te diré quién eres.”

Octavio paz.2

Reflexionar sobre la muerte trae más incógnitas que respuestas al sujeto,


pues lo retrotrae sobre cuestionamientos que aparentemente han sido resueltos por
medio de adoctrinamientos míticos, religiosos o filosóficos, le despierta miedos y
angustias que generalmente se desean olvidar o pasar por alto, ya que simplemente
saber que se va a morir algún día no implica que no se deba vivir por el miedo a
morir.

Entre los seres vivos del planeta, el hombre es el único que sabe de antemano
que algún día perecerá. Este tipo de conocimiento lo ha llevado a crear
interrogantes y estructuras explicativas acerca del porqué, para qué y qué viene
luego de la muerte. A medida que ha pasado el tiempo éstas respuestas se han
convertido en grandes religiones, parte fundamental de las diferentes culturas y
folklores propios de cada latitud de la tierra.

La muerte no es un acontecimiento individual, todo lo contrario, es un acto


social en donde se involucran la familia, los amigos y vecinos y todos aquellos que
pertenecen al círculo social de la persona que falleció. Ellos se vinculan a
diferentes tipos de ritos funerarios en los que el cadáver se ve envuelto.

La muerte se puede catalogar como un proceso, ya que como tal, tiene unas
etapas de tránsito: la agonía, la muerte real y el duelo. No importando la forma de
                                                            
2
Octavio Paz, op. cit., Pág. 49.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 10

la muerte, las tres fases se encuentran claramente delimitadas y constituidas por


diferentes sentimientos, como la angustia, la soledad, el vacío, en cuanto al plano
emocional, desfiguraciones y putrefacción en la realidad, y la ruptura del lazo
social en lo imaginario.

Durante el inicio del proceso, en la agonía más exactamente, el sujeto intenta


aferrarse a la realidad, ya sea por medio de llamados, pedidos de auxilio, balbuceos,
lloriqueos, o cualquier otro signo de horror, que genera en el sujeto la cercanía de
la parca; algunos se abandonaran sumisa o plácidamente a ésta, cuando se espera
como algo inevitable. Esa búsqueda del otro u Otro, ese intento por no dejarse
llevar, nace de la angustia generada por la soledad, el vacío y la desesperación,
sensaciones que generalmente se hacen presentes en la antesala de la muerte.

Lo siniestro del espectáculo deja en el espectador, profundas huellas, difíciles


de borrar, gracias al peso emocional que acompaña la escena. El temor y lo
ominoso de éste momento se amplifica enormemente cuando esta muerte está
ligada a un acto de violencia cometida por el semejante.

En la segunda etapa, el silencio del muerto predomina, seguido del llanto de


quienes lo acompañan. La desfiguración del cadáver, los signos propios de la
muerte hacen su aparición, la palidez cadavérica, la disminución de la temperatura
corporal y el rigor mortis, indican sólo una cosa: que el cuerpo ya es cadáver y que
su proceso de descomposición ha iniciado. “El difunto es un desaparecido”3, es un
sujeto ya no presente, simplemente el cadáver da cuenta de su lugar, más ya no de
su presencia.

                                                            
3
Louis-Vincent Thomas, “introducción”, en: El cadáver: de la biología a la antropología, Fondo de cultura
económica, México, 1989. Pág. 7.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 11

El lazo social está roto, uno de los integrantes que lo sostenía, ya no está
presente. El vacío en el espectador es palpable, culpas o perdones hacen su
aparición, tristeza y amargura es lo que acompaña al espesor de la saliva, el nudo
en la garganta que impide pero a la vez estimula los lamentos se hace presente, un
último adiós, un beso y una caricia despiden al cuerpo de la imagen de sujeto, para
quedarse en la imagen de cadáver.

La etapa final de este proceso, el duelo, nace como una necesidad de


despedir al muerto, de ensalzarlo, de darle un lugar tanto en lo imaginario como en
la realidad. La soledad, tristeza y vacío que deja el difunto, necesitan ser llenados
con algo. Diferentes ritos religiosos y/o folklóricos hacen parte de las
celebraciones, discursos, monumentos, promesas, etc., son sólo algunos de los
elementos que se ven en este tipo de actos.

Mientras tanto, la imagen del cadáver cambia, en algunas ocasiones se


hincha y desfigura, en otras la apariencia de sólo estar dormido se recrea en el
ambiente, mas sin embargo, la realidad es otra, la muerte rompió la conexión con
los otros. Se ha iniciado la ruptura del vínculo con lo real de quien ha muerto,
quedando lo imaginario y lo simbólico ligado a su recuerdo, a su imagen y a sus
actos anteriores.

En este punto debo decir que construir una noción sobre la muerte,
difícilmente se copa con la descripción realizada en los anteriores párrafos, pues
diferentes son las fuentes de saber que abordan el fenómeno, y que aportan otras
miradas sobre el mismo, es así que creo necesario plasmar de una manera concisa
el recorrido que hice para llegar a lo planteado.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 12

1.1 La muerte en Occidente.

En el caso de occidente, el tema de la muerte ha estado influenciado por el


cristianismo. De acuerdo con un estudio histórico hecho por Ariès (1977), se puede
reconocer una evolución en cuanto a la manera en que el sujeto enfrenta la muerte,
diferenciando cinco formas: “la muerte domada, la muerte propia, la muerte lejana
y próxima, la muerte ajena y la muerte invertida”4. Las cuatro primeras hablan del
pasado europeo y cómo era vista la muerte, la última hace alusión a la forma en que
hoy en día, los europeos y norteamericanos enfrentan este fenómeno.

Hasta principios de la edad media la muerte natural era avisada; el sujeto por
medio de sueños o presentimientos era informado de su proximidad –los santos,
arcángeles y demás figuras religiosas, incluidas antepasados del posible difunto,
hacían los papeles de mensajeros-, por esto los cristianos la sentían como mucho
más cercana, no era extraña a sus vidas, era aceptada sin mayores sobresaltos, era
una muerte domada, eso sí era un acontecimiento de orden social, en donde la
comunidad se unía en los diferentes ritos que se llevaban a cabo desde la agonía en
el propio cuarto del moribundo, hasta el entierro. Pero al contrario sucedía si la
muerte era clandestina o súbita, eso sí teniendo sus excepciones. Los primeros eran
gente del común quienes morían a la orilla del camino, en accidentes o
simplemente los vecinos que morían de un día para otro, sus cadáveres eran
abandonados, no se llevaba a cabo ningún ritual religioso, ya que se consideraba
que esto era una maldición, como un llamado del demonio por ritos satánicos, o
simplemente se creía que era un castigo por parte de Dios; la excepción a esta regla
era la de los jóvenes guerreros de clase noble, a quienes los arropa la iglesia de
forma tal que a pesar de estar en batalla se llevaban a cabo todos los actos
                                                            
4
Phillipe Ariès, “Conclusión. Cinco variaciones sobre cuatro temas” en: El hombre ante la muerte, Taurus Ediciones
S.A, Madrid, 1977. Pág. 500.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 13

religiosos pertinentes a su linaje; “la muerte del caballero estaba considerada por
los clérigos, tanto como por los laicos, como la muerte de un santo”5.

En los primeros años del siglo XI la manera como se enfrentaba la muerte


cambió, ya no era informada, era simplemente el momento en que se rendían las
cuentas de los actos buenos o malos que se habían cometido durante la vida; era la
muerte propia -“Entre el pueblo de Dios nadie tiene segura su salvación, ni
siquiera aquellos que han preferido la soledad de los claustros al mundo
profano”-6. La vida era vista como una biografía en donde se llevaban las cuentas
de todo, para que así, en el momento de la muerte, la balanza del destino designara
hacia donde se debía dirigir el alma. Hacia el cielo con Dios o hacia al infierno con
el demonio. Esto hizo cambiar la concepción de la vida, ahora los sujetos buscaban
dejar un legado, un testamento para la posteridad, algo que no solo fuera
considerado como bueno sino que también permitiera ser recordado, pues se amaba
tanto la vida que la muerte se consideró un fracaso.

Hacia el siglo XV, las élites empezaron a replantearse el papel que cumple la
muerte, es decir, se consideraba el momento de un juicio, ahora se empieza a creer
simplemente en la realidad. Por esto se empieza a dudar de la vida eterna, se
considera que la muerte es el fin y que por ende lo único que sigue es la
descomposición, la podredumbre escatológica.

A partir del siglo XVI la muerte se empieza a ver con temor, pues separa al
sujeto de lo más querido –esposo o esposa, hijos, amigos, etc.-. Deja pérdidas tanto
al muerto como a los vivos al romper el lazo social que los unía. Además de esto,
se combina la concepción macabra de la muerte con la agonía, en donde la
repugnancia a los olores y las secreciones biológicas se hacían presentes; estos
                                                            
5
Ibíd., Pág. 19.
6
Ibíd., Pág. 91.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 14

elementos daban una idea sobre el dolor y sufrimiento que tenía el moribundo,
anunciando lo cercano de la podredumbre, es decir de la muerte. Esas escenas y
sensaciones llevaron a los cristianos a tenerle miedo a la muerte, por esto los
arrepentimientos de último minuto eran constantes, las confesiones y demás ritos
sacramentales eran parte necesaria para salvar el alma del agonizante, aunque
muchas de las veces se considerara que esta no tenía salvación. “Una imagen nueva
de la muerte está formándose: la muerte fea y oculta, y ocultada por fea y sucia”7.
En esos instantes la muerte era mucho más solitaria, en pocas palabras sólo
acompañaban al muerto los familiares, los clérigos y algunos procuradores en sus
moradas, y solo las personas más cercanas asistían a los rituales ceremoniales de
procesión al cementerio. Era una muerte lejana y próxima.

En el siglo XVIII no se tiene tanto miedo a la muerte propia, sino a la muerte


del otro. Está muerte ajena deja pena en los sobrevivientes del círculo social
cercano, cargos de conciencia, culpas no expiadas, silencio y soledad. Estas
sensaciones abren la puerta para que el duelo aparezca como una parte esencial en
el proceso de la muerte, como un complemento válido para poder dar camino a la
descarga emocional del estrés, angustia y desamparo. Las manifestaciones como
rituales religiosos conmemorativos o la demarcación de las tumbas y su visita
continua son sólo un abrebocas sobre las diferentes costumbres acogidas para
enfrentar el dolor causado por la desaparición de un ser querido. Para estos
instantes las diferencias entre las concepciones sobre la muerte natural o la muerte
súbita desaparecen, convirtiéndose en una sola muerte.

La muerte invertida nace con el despertar del siglo XX. A medida que las
grandes urbes crecen, el tiempo se acorta y las posibilidades de ocuparse del

                                                            
7
Ibíd., Pág. 473.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 15

moribundo por parte de la familia disminuyen. A la par de estos cambios los


hospitales aparecen como respuesta para cubrir estas necesidades. La muerte es
alejada de los hogares, ya los enfermos mueren en los hospitales. Esta separación
de la vida normal y de la muerte, lleva a que nazca una nueva concepción en su
relación mucho más salvaje, en algunos casos, impredecible. Es tanto el terreno
que ha separado a la vida de la muerte, al vivo y al moribundo que hoy
prácticamente es un tabú hablar y pensar en la muerte.

1.2 Buscando la muerte.

Como mencioné antes, hoy en día hablar o pensar en la muerte por


enfermedad, parece un tabú, no sólo al tratarse de la propia sino también de la del
otro. Lo intrigante del asunto es que la relación con la muerte súbita o violenta, no
es soterrada, de ella se habla más y también en los actos está más presente. La
pertenencia a grupos armados ilegales, pandillas o tribus urbanas facilita el
encuentro del sujeto con la muerte; por la violencia omnipresente, el sujeto queda
más próximo a los efectos de la pulsión de muerte de tendencia destructiva.

Inconscientemente el sujeto por medio de expresiones artísticas o deportivas


-para el caso de las pandillas y las tribus urbanas, estas últimas en mayor medida-
crea una relación cercana con la muerte. El discurso actual tiene muy presente la
muerte, podría decirse que se mete a ella. Los deportes extremos y el lenguaje -con
su juego “fonético-fonológico”8 y semántico-, giran a su alrededor, retándola de
forma tal que un sólo movimiento en falso, una pequeña equivocación pone muy
cerca del sujeto a la muerte, lugar desde el cual él puede, encontrar lo

                                                            
8
Elsa Blair, “La complacencia en el exceso: muertes violentas de jóvenes en el conflicto urbano”, en: Muertes
violentas. La teatralización del exceso, Editorial universidad de Antioquia, Medellín. 2004. Pág. 89.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 16

verdaderamente fascinante de la vida, momentos de máxima euforia, que vale la


pena vivirlos y que se pueden experimentar gracias a estar vivos, es decir, se
disfruta de la vida haciendo una apología a la muerte. Estas escenas límite desde las
cuales el sujeto se carea con la muerte tienen la posibilidad de dejar salir aquello
ominoso que lo oprime, y que está en constante relación con la pulsión de muerte.

En la misma línea se encuentra a los grupos armados ilegales, en los cuales el


sujeto reta la muerte constantemente, en los combates, enfrentamientos con un
enemigo unificador, hacia el cual se dirigen toda una serie de sentimientos oscuros,
que dan pie para la satisfacción pulsional y que imbuyen al sujeto en lo sombrío de
la vida clandestina y en el goce del asesinato. La lucha constante contra la muerte y
el ser un medio para que ella tenga una presencia física en un lugar, son algunos de
los elementos que hacen que los sujetos queden pegados a estos grupos, sintiendo
así la violencia de su presencia, lo frio de su compañía y lo callado de su voz.

La presencia de todos estos grupos, le permiten a los sujetos darse de baja de


una sociedad tranquila y aburrida, para renacer como otro diferente al interior de
uno de ellos, el ingreso y/o salida de uno de estos grupos es solo la búsqueda de
una muerte simbólica, de un morir como punto final.

1.3 De lo real-biológico a lo imaginario 9.

La muerte compañera fiel de la vida, acecha constantemente al hombre,


seduciéndolo, atacándolo o simplemente arrastrándolo con ella. El despojo de ésta
truculenta relación es el cadáver, fruto inerme, inmóvil, solitario, que poco a poco
se reduce a sus elementos esenciales. En este punto el hombre se ha interesado por
la muerte, bajo estudios biológicos y fisiológicos acerca de qué procesos internos y
                                                            
9
El titulillo de este apartado es una sinonimia del título del libro “El Cadáver: de la Biología a la Antropología de
Thomas, 1989.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 17

externos se recrean en el cuerpo tanto en la agonía, como también en el mismo


momento de la muerte y finalmente en el cadáver.

Los elementos que dejan este tipo de investigaciones giran alrededor de


conocimientos probatorios del deceso, se observan funciones exteriores como el
color de la piel, los ojos, las exudaciones, la imagen cadavérica del conjunto de la
cara, etc.; todas estas descripciones antes y durante la muerte, claro está.

Luego del fenecer, el cuerpo del sujeto inicia toda una serie de procesos de
descomposición que de una u otra forma ha acompañado la imagen de la muerte
durante centurias. El rigor mortis, la aparición de una capa blancuzca que cubre a
los ojos, la contracción muscular, la lividez, la dilatación de los esfínteres, son los
primeros signos de putrefacción que se manifiestan en el cadáver. El olor fuerte
que despide el cuerpo, -combinación entre el formol y la fetidez para aquellos casos
en donde el cadáver se prepara para las exequias, o solo de fetidez por el inicio de
la fermentación de los líquidos internos, para el caso de las muertes súbitas- y que
poco a poco invade el ambiente, es solo una pequeña muestra de la mutación que se
prepara al interior del cuerpo y que en solo un par de días se hará presente ya en el
exterior del mismo.

Al transcurrir unos días la podredumbre escatológica hace su aparición,


iniciando la descomposición del vientre en primer lugar, y demás partes del cuerpo
en donde líquidos intestinales o la sangre se acumulan… estos permiten la
procreación de bacterias y algún otro tipo de vida, que consumen de manera
constante los restos del muerto, tardando en algunos casos meses para la
desaparición de las partes blandas -esto definido por el tipo de lugar en donde se
sepulta el cadáver, su humedad o sequedad- y que como prueba externa tiene la
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 18

aparición en las cercanías del sitio del sepulcro de moscas, mosquitos, gusanos y
demás seres vivos que se encargan de la carroña.

La noción de muerte que tienen la biología y la medicina, está dirigida hacia


la individualidad; y aunque dan respuestas frente a qué sucede después de la
muerte, tienen siempre como único alcance el cadáver. La muerte biológica, se
determina única y exclusivamente por la desaparición de las funciones corporales,
“[…] que resulta del cese de la nutrición celular. Siempre se muere, cualquiera
que sean las causas, por auto-intoxicación del organismo, ya sea porque el
protoplasma no actualiza más los procesos de asimilación y desasimilación que
mantienen la vida, o bien porque el medio en el que evolucionan las células hace
que los intercambios vitales se tornen imposibles”10.

La necesidad de comprobarlo nace del miedo a ser enterrado vivo, que


persiguió al hombre en la edad media. Para ello se utilizaban espejos o plumas
cerca a la nariz, mordiscos, gritos o quemones con velas. Lo díscolo en algunos
casos de las pruebas dieron pie, para que por medio de la investigación científica se
encontraran formas certeras, que descartaran los errores y horrores que provocaban
en el pensamiento el entierro de los vivos. Hoy en día, se utilizan mediciones, que
van desde la temperatura, pasando por pruebas de sangrado, llegando hasta las de
ondas electromagnéticas del cerebro. Todas estas pruebas al final concluyen en la
evidencia de la desaparición o no del cuerpo del sujeto y con ello de su posibilidad
de existencia como ser hablante.

La muerte y la consiguiente descomposición son las únicas cosas seguras que


tiene el hombre, no hay un paso más ni uno menos, simplemente son reglas físicas
que cumple cualquier cuerpo en la realidad. Esta verdad manifiesta, lleva al sujeto
                                                            
10
Louis-Vincent Thomas, op. cit., Pág. 12.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 19

a introducir una idea contigua a la imagen de la muerte –en todo el proceso-


primero lo doloroso que trae consigo la muerte cuando se inicia la agonía, el
silencio sepulcral del suceso y finalmente lo horrible de la descomposición.

Esta idea global es la que maneja la forma en que los sujetos enfrentan la
muerte. La combinación de estas tres imágenes, hacen del tema algo ominoso,
deseablemente exterior a la vida, lejano en cuanto a los pensamientos e
indescifrable sobre el propio yo –idea inconsciente de inmortalidad-.

Lo complejo del asunto es que está ahí, hace parte del saber de cada quien, es
imborrable. Es difícil concebir no sólo la muerte propia sino la del otro cercano, es
contingente a lo impredecible del suceso, en el caso de la muerte súbita o esperada
en el caso de una enfermedad grave, la corrupción del cadáver.

Esta imagen difícil de concebir, hace que en la actualidad el sujeto le tema a


la muerte, ya no sirven los pensamientos religiosos o filosóficos de mundos
extraños, paraísos u otras dimensiones, simplemente ahora lo que maneja la idea de
muerte en el sujeto es lo real, lo imposible de aceptar, el final, la soledad, la
podredumbre. Quienes poseen la creencia del paso con la muerte a una nueva vida,
pueden sobrellevar más fácilmente la idea de la fenecer. Paradójicamente, en ésta
época de mayor temor a la muerte es mayor la cercanía y su reto, también como
una forma de buscar dominársela.

En el imaginario subjetivo y colectivo, y en lo simbólico de la dimensión


social, la ruptura del lazo social a partir de la muerte es la que manda. Lo
imaginario subjetivo del lado de la muerte esta justamente relacionado con el temor
que provoca en el sujeto o en los diversos sentidos que éste le pone a la muerte. De
igual modo se refiere a las formas que toma el deseo de dominársela.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 20

El no volver a ver al difunto, el no compartir más, el que el otro no sea más


objeto de goce y viceversa, hace que la pena por la pérdida sea grande y que sólo
por medio de actos de orden religioso o divino, en algunos casos, o por medio de
sacrificios se pueda primero dar un lugar privilegiado en el imaginario del sujeto,
segundo pedir perdón por las faltas cometidas y tercero darle una vía de trámite al
dolor interno.

1.4 Aquí yace…

La muerte ya ha llegado, ha separado al sujeto de su círculo social próximo,


del otro; la muerte biológica, corporal ya se ha consumado, mientras que la muerte
simbólica parece estar lejos de cumplirse. Mientras se busca iniciar los ritos de
sepultura, la sombra del difunto cubre el pensamiento de los que quedan vivos,
dando la idea de que existe un “más allá de la vida”11. Lo que circula dentro de
los que acompañan al muerto es el propio difunto, su presencia aun viva por la
palabra. Es bajo este reino que el sujeto permanece atado a la vida, pues mientras
haya un significante que lo designe, existirá. “Y es que el viviente en la especie
humana existe como significante más allá de la vida natural, es de algún modo
doblado por la vida significante […] Y esta vida significante está ante todo
presente en el hilo de una cadena significante donde el sujeto es capturado”12.

Los diferentes recuerdos que se traen a colación casi siempre tienen tintes de
exaltación, de apología, tan bueno que era alma bendita, ningún muerto fue
malo… en el discurso de los participantes aparecen las anécdotas como una forma
de retrotraer al difunto de la muerte biológica, elevando este acto un escalón por
encima de la muerte de los otros seres vivos, dándole una potestad de sagrado, un
                                                            
11
Jacques-Alain Miller, “Biología Lacaniana”, en: La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, Editorial
Paidos, Buenos Aires, 2003. Pág. 312.
12
Ibíd., “La muerte Anticipada”, Pág. 330 – 331.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 21

toque especial que le da una permanencia incorpórea o espiritual, dentro del círculo
social cercano.

Temas como la causa de la muerte abren espacios dentro del discurso que se
maneja, promesas y juramentos de venganza hacen su aparición si la muerte fue
causada por otro, algún semejante, un ser humano; simplemente no se perdona la
humillación, el destrozo, la desaparición y la separación que ha provocado este acto
aterrador. En el caso de la muerte natural, se hacen recriminaciones a Dios, en
donde las lamentaciones por lo sucedido permean la escena.

La última morada del cuerpo, su sepultura, está marcada por el simbolismo


local, las lapidas, cruces, piedras y flores, son sólo algunos de los elementos
utilizados para demarcar lo sagrado del lugar en donde reposará el cadáver. La
tumba -ya sea caverna, bóveda o hueco en el suelo- siempre acompañada por el
epitafio, descripción en algunos casos certera de quien está allí, de su lugar al
interior de la familia, de su nombre, y/o también del nuevo lugar en el imaginario
que ocupara el difunto. “aquí yace…”, “adiós padre…”, “madre siempre te…”,
“N.N.”… no importa si no se tiene el nombre como en el caso de los N.N. –No
Nombre- el epitafio es la última forma de dejar inmerso dentro del lenguaje al
muerto.

1.5 Yo, el otro y su duelo.13

La respuesta a la muerte, entre ellas el duelo es la tercera parte del proceso,


momento en el cual el sujeto ya no existe en lo real, simplemente el cadáver es la
prueba fehaciente de su paso por la tierra. El dolor, el llanto, la tristeza y el

                                                            
13
Una definición de duelo es dada por Freud en Duelo y melancolía (1915) “[…] El duelo es, por regla general, la
reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la
libertad, un ideal, etc.[…]”
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 22

abandono son sólo algunas de las sensaciones que tienen los deudos. La imagen
que tienen los parientes sobre el difunto cambia, empieza a buscarse una nueva
forma de relación, que permita seguir manteniendo una conexión entre él y ellos,
entre el otro y el yo.

Los diferentes sentimientos que crean el lazo social quedan en el limbo tras
el deceso. Necesariamente buscan respuestas, pero no las encuentran en primera
medida, solamente el llanto, las promesas de último minuto, los arrepentimientos o
los ritos religiosos dan vía para que estas cargas emocionales sean expresadas al
exterior del sujeto.

Estos rituales mortuorios, tienen como objetivo aplacar los empujes


pulsionales del yo y que van dirigidos al otro, ese otro que ha muerto. En la
antigüedad una gran variedad de ritos seguían el deceso de un miembro de la
comunidad, fiestas, desfiles y ceremonias que podían durar semanas enteras
acompañaban la descomposición del cadáver. En algunos casos como en los de los
sacrificios humanos, los cuerpos eran consumidos como parte del ritual.

Estas formas de interactuar permiten al sujeto diferenciar la imagen del


cadáver de un hombre al de un animal. Aunque suene extraño es cierto, los rituales
mortuorios son una forma de glorificar el cuerpo del otro muerto, y su espíritu,
alma o recuerdo, como quiera que se les llame; todo esto dirigido o como parte del
andamiaje cultural montado sobre las religiones o folklores regionales. Lo que es
verdad es que es necesario diferenciar lo sagrado de lo no-sagrado, el cadáver del
cuerpo muerto del animal.

Desde este nivel se inicia el cambio en el imaginario del sujeto que ha


quedado vivo, del animal al hombre, del vivo al muerto, del semejante a lo
sagrado… un hombre muerto es un buen hombre. Esta nueva concepción permite
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 23

al yo de los deudos, alimentar la esperanza de su resurrección, de un reencuentro o


simplemente de su visita en algún momento, por medio de apariciones o sueños.
Por este motivo, continúa rondando su presencia en el discurso de los sujetos, se
habla con su espíritu, pero también con el otro, acciones estas que hacen que se
recobre la vida, pero desde lo simbólico.

Este tipo de concepciones facilitan el duelo, lo normalizan. Sin embargo, por


la forma en que se llevan a cabo algunos de los ritos mortuorios, pueden dejar al
sujeto pegado a promesas de venganzas o arrepentimientos según sea el caso. Este
tipo de cargas pueden generar en él, búsquedas, ya sea de objetos o semejantes que
llenen el vacío que deja la partida del otro.

En el caso de las muertes violentas, el trauma que queda en los espectadores,


genera odio, resentimientos y/o humillación, sentimientos de venganza que
empujan al sujeto hacia actos de sacrificio, para resarcir lo perdido, encontrar un
lugar o sencillamente por justicia, como en el talión. En este caso el duelo
generalmente es patológico, la melancolía es más grande y fuerte, e incita al sujeto
no salirse de ella, a permanecer pegado a este dolor intenso, encontrando en actos
de venganza un pequeño descanso.

El encuentro con la muerte no es fácil de asimilar, sobre todo cuando es


súbita y violenta, deja huellas imborrables en el espectador, pero también en el
perpetrador. En los primeros son de llanto, de dolor y melancolía, en los segundos
son de goce y expresión de la violencia interna del sujeto.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 24

2. LA MUERTE VIOLENTA. EL TRAUMA.


Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.
C. G. Jung14

Recapitulando un poco, había venido tratando el tema de la muerte como el


centro de la reflexión, principalmente sobre la actitud que hacia ella ha tenido el ser
humano, también sobre el lugar del cadáver en la memoria del viviente, algunas
causas de ésta y la diferencia inicial de postura entre el espectador de la muerte y el
perpetrador. Me inclino en algunas ocasiones hacia la violencia como causa de la
muerte, pero difícilmente la tomo como eje de la reflexión, ya que frente a ésta
característica o tipo de muerte se reacciona de forma extrema, e ingresan toda una
serie de elementos los cuales hacen de este encuentro algo más complicado de
cuando no es violenta, o mejor de cuando no es tan violenta, pues en toda muerte
hay violencia. En el caso de la muerte violenta el sujeto se tropieza contra toda una
serie de cargas emocionales difíciles de engullir, pues es un imprevisto que trae
envuelto a su alrededor dolor y crueldad.

En el caso de Colombia la violencia ha inundado la vida en comunidad,


violencia no solo permeada por la influencia de los grupos armados ilegales que
transitan por las ciudades y campos del país, sino también por la poca tolerancia,
envidia y corrupción que han invadido poco a poco a la nación. Esta atmosfera
violenta ha hecho surgir algunas particularidades en cuanto a la forma en que los

                                                            
14
Citado en: Connie Zweig y Jeremiah Abrams, “…”, en: Encuentro con la sombra. El poder oculto de la naturaleza
humana, 1991.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 25

colombianos enfrentan una agresión violenta -ya sea a su propio ser, o a algún
familiar cercano- inclinando cada vez más sus conductas hacia la venganza -ojo por
ojo, diente por diente- como una forma de hacer justicia.

Una afrenta como el asesinato de un familiar es cobrada con otra muerte, la


del sujeto que mató inicialmente, no importando si dentro de esta ruta, otros
muchos tienen que caer muertos como parte complementaria de lo que se busca.
“[…] La única venganza satisfactoria ante la sangre derramada, consiste en
derramar la sangre del criminal. No media diferencia nítida entre el acto que la
venganza castiga y la venganza misma. La venganza se dice represalia y toda
represalia clama por nuevas represalias. El crimen que la venganza castiga no se
concibe casi nunca en sí mismo como inicial; se dice ya venganza de un crimen
anterior […] La venganza constituye, en consecuencia, un proceso infinito,
interminable”15. Esta espiral de la violencia, en la cual se ven envueltos muchos de
los colombianos, es alimentada en gran medida por los grupos armados ilegales que
aquejan al país. Muchos de los sujetos que los conforman han decidido ingresar a
éstos como una respuesta a la agresión recibida en una época anterior por el grupo
enemigo, estas deudas de sangre, que son cobradas a diario en el país, dejan más
perdedores que vencidos, más lastimados que curados, más solos que
acompañados, es decir, no se logra resarcir nada. 

Las emociones que envuelven la escena de una muerte violenta son difíciles
de enfrentar por parte del sujeto espectador, pero sin de satisfacción para el sujeto
perpetrador. Es así, como surgen dos incógnitas a resolver, ¿Qué marcas deja en el
sujeto ese encuentro con la muerte violenta? ¿Qué pasa con la muerte en el sujeto
espectador y qué en el sujeto perpetrador?
                                                            
15
René Girard, “El sacrificio” en: La violencia y lo sagrado, Ediciones de la biblioteca de la Universidad Central de
Venezuela, Venezuela, 1975. Pág. 22.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 26

El estudio de este tema con algunos tópicos teóricos del psicoanálisis da


varias herramientas interesantes para entender el porqué de estos sucesos, qué
fuerzas internas empujan al sujeto para llevar a cabo estos actos de horror, y qué
queda impreso en el inconsciente de éste; frente a éstos, temas como el trauma, el
duelo y la melancolía acompañan las reflexiones que giran alrededor del sujeto
espectador; y la transgresión y el goce las que están del lado del sujeto
perpetrador.

Es por este motivo, que el capítulo girará alrededor del trauma y sus
particularidades frente al tema de la muerte violenta, teniendo en cuenta los
diferentes posicionamientos del sujeto -sujeto espectador y sujeto perpetrador- y
las consecuencias que traen en la vida de los mismos.

2.1 Qué es el trauma.

En los inicios del psicoanálisis, el trauma se ubica como un elemento central


de estudio, relacionándose en mayor medida con transgresiones sexuales de un
adulto a un infante, en donde sensaciones como el asco, la repulsión, la humillación
y la vergüenza hacen parte de la carga emocional que contiene la escena para el
menor. Según esta concepción el sujeto difícilmente podía recordar de una manera
veraz, lo que había sucedido; junto con esto, escenas posteriores servían como
detonantes para que al interior del sujeto se activen toda una serie de síntomas
neuróticos desadaptativos, que pueden propender al final hacia un malestar
continuo, una represión constante, fobias y demás expresiones que indican el
conflicto interno del sujeto.

Esta descripción de trauma tiene como base los primeros estudios de Freud,
en los cuales los encuentros sexuales abusivos eran determinantes para la
constitución del mismo y en donde la represión aparecía como un factor
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 27

sintomático primordial del sujeto. La evolución del término es paralela a los


cambios en la teoría psicoanalítica freudiana, pasando por escritos como los
caminos de la formación del síntoma (1916), La fijación al trauma, lo inconsciente
(1917), se encuentra ya consolidado como noción en el ensayo llamado Más allá,
del principio del placer (1920) y en el Informe sobre la electroterapia de los
neuróticos de guerra (1920).

En estos escritos, Freud intenta describir al trauma como un acontecimiento


frente al cual el sujeto es incapaz de reaccionar, teniendo una implicación
económica, es decir, una excitación superior que perturba el aparato psíquico
superando su capacidad de respuesta, ya fuera por medio de representaciones
mentales o movimientos motores bruscos.

Esta evolución del concepto permite que se tengan en cuenta toda una serie
de particularidades propias del sujeto, en cuanto a la forma en que se enfrenta a
escenas particulares, con una carga emocional alta. En este caso no sólo escenas de
la infancia y con contenido sexual, son percibidas como traumatizantes, sino
también hechos en los cuales los sujetos corren riesgos superiores, como en los
accidentes, guerras y/o matanzas.

Las patologías que nacen de la vivencia traumática tienen como característica


el enfrentamiento continuo del sujeto con la escena particular que lo ha afectado, en
otros términos, el sujeto queda fijado al trauma, algunas de las expresiones más
comunes son los sueños repetitivos, invasión de la realidad del hecho en cuestión y
“extrañamiento del presente y del futuro”16 -este último concretamente para el caso
de los duelos-.

                                                            
16
Sigmund Freud, “18a Conferencia. La fijación al trauma, lo inconsciente”, en: Obras completas, Standard Edition
versión electrónica.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 28

Sin dejar de lado a Freud, Lacan con su renovada teoría psicoanalítica,


denomina al trauma como lo real, es decir, como lo inasimilable por parte del
sujeto. Para Lacan “[…] el trauma es concebido como algo que ha de ser taponado
por la homeostasis subjetivizante que orienta todo el funcionamiento definido por
el principio de placer”17.

Partiendo de esto, se da por entendido que el trauma es un encuentro fallido,


que debe ser superado ya que tuvo una falta de representación; ésta, que a la vez se
articula con el fantasma, da pie a que la pulsión nazca en el lugar de esa falta.
Asunto que motiva a que el sujeto quede ligado a la repetición, como una forma de
búsqueda de goce, un tanto masoquista.

Esa falta lleva a pensar que el trauma finalmente puede ser representado
como un hueco18, al cual las pulsiones intentan tapar, rellenar; sin embargo, a
medida que pasa el tiempo este agujero crece en tamaño, forzando al sujeto a que
por medio de lo simbólico, cubra aquello que lo está imbuyendo, como un agujero
negro que se come la luz sin importar la luminosidad y cantidad que le llegue.

2.2 Lo traumático en el sujeto espectador de la muerte violenta.

El encuentro con la muerte, sobre todo en la muerte violenta es una


experiencia sin dudas profunda, lo digo sobre todo por las huellas que deja en el
sujeto espectador, marcas que pueden ir desde el orden físico hasta el psíquico.
Varios tipos de muerte violenta se pueden encontrar en el camino, entre ellas están
las ocurridas en las guerras, las masacres, las muertes por sicariato, las que comete
un asesino serial, las que son por equivocación -cuando lo que se busca es cometer

                                                            
17
Jacques Lacan, “Clase 5. Tyche y automaton”, en: Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, versión electrónica.
18
Bejla de Golman, Nuevos nombres del trauma. Totalitarismo-Shoah-Globalización-Fundamentalismo, Libros del
Zorzal, Argentina. 2003.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 29

un robo o un secuestro-, las que nacen de una pequeña rencilla -y terminan como
una novela de terror- o simplemente aquellas que son cometidas por una bala que
nadie que se sepa disparó. Todas ellas al fin de cuentas terminan con un cadáver,
en las que participan un sujeto perpetrador y un sujeto espectador.

Estas escenas violentas tienen un punto de partida: la amenaza de muerte.


Frente a ésta, la cercanía de la muerte se siente en el ambiente, la intimidación con
un cuchillo o con un arma de fuego hacen que se concentre toda la atención del
sujeto espectador en ése que le quiere hacer daño ya a él o a alguien cercano; para
éste es una experiencia nueva en donde su vida o la del semejante ya no están bajo
su propio dominio, sino que pertenecen a la voluntad de quien propicia la amenaza
de muerte. Generalmente se piensa que la angustia y el miedo acompañan al sujeto
espectador, pero no siempre es así, ya que muchas veces ocurre que estas
emociones lo preparan para enfrentarse a ese suceso inesperado, manteniéndolo en
una especie de estado de alerta, en el cual los movimientos de defensa como la
agresión o el escape pueden ser parte del repertorio. Cuando la emoción que
invade al sujeto espectador es el horror, lo deja absorto, inmóvil, petrificado, como
si el cuerpo pesara cientos de toneladas y no le permitiera ninguna reacción
coherente con lo que sucede a su alrededor. El sujeto espectador es sobrepasado
por la escena, como si ésta fuera una aplanadora que lo estampillara a ella, que lo
dejara pegado a aquello que está por llegar.

Lógicamente, que el sujeto espectador no es la víctima central, es decir, no


es aquel a quien van a matar, es simplemente ese otro, un ser querido, un familiar,
un hijo, un primo, etc., que acompaña y que tiene un vínculo sentimental fuerte con
la víctima. “¡lo mataron frente a la esposa y los hijos…!”, “¡iba caminando con el
hijo y le dieron tres tiros…!”, “¡por no dejarse robar lo apuñalearon y murió ahí
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 30

mismo frente al hermano…!”, “!le cortaron a pedacitos la esposa y los hijos los de
la…!”, etc. En algunas de estas muertes violentas, el sujeto espectador puede ser
retirado de la escena por el sujeto perpetrador o encontrarse en un lugar mucho
mas apartado -por ejemplo en un cuarto contiguo, separados por algunos metros de
distancia, etc.- acción ésta que provoca un mayor desasosiego en el sujeto
espectador, pues simplemente los gritos o suplicas aumentas la zozobra sobre las
consecuencias finales de lo que está sucediendo.

Es en estos momentos en donde un vínculo nuevo nace, el de amo y esclavo.


Lo he denominado así, porque no encuentro otro tipo de analogía más precisa, la
víctima es rebajada de su estatus de semejante por parte del sujeto perpetrador; este
cambio en la relación facilita los hechos que ocurrirán, pues coloca a la víctima
como débil, como proclive a sucumbir, como una presa encerrada ya en la trampa
por el cazador, entregándose así, toda la ventaja a ese otro que aterroriza. Es en
estos momentos en donde el sujeto perpetrador se convierte en amo y señor de la
escena, de la vida de los presentes, tiene el poder para decidir quién hace que y
cómo lo hace, tiene el poder de perdonar, en una frase tiene el poder de Dios en sus
manos, se identifica con el amo voraz, implacable que es la muerte ¿Y el sujeto
espectador qué? Él está ahí, petrificado haciendo parte de la escena, en algunas
ocasiones como decorado, en otras como un devoto rogando y suplicando por su
salvación y por la del semejante -siendo otro esclavo-, a ese otro, que en estos
pocos instantes se ha convertido en un todopoderoso.

La cara, el cuerpo, la forma gestual y las palabras que el sujeto perpetrador


lanza al aire jamás serán olvidadas, son escritas en la memoria, literalmente con
sangre y fuego, con una fuerza que sólo el tiempo debilitará. Los primeros días
afloraran las imágenes, sonidos y recuerdos de la escena, después la oscura
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 31

profundidad del inconsciente captará el recuerdo consciente, haciéndolo algunas


veces innombrable, y finalmente ocultándolo con la misma fuerza, en el interior del
sujeto, acosándolo luego de forma extraña por medio de imágenes, sonidos, sueños
o visiones.

La impresionante carga emocional de la escena sólo llega a su cenit cuando


el acto de dar muerte al otro está consumado. Para ello, el sujeto perpetrador se
vale de -en algunos tipos de muertes violentas, cabe aclarar- instrumentos de
tortura, prácticas sádicas que regodean un placer nauseabundo, repugnante, pero
escondido en el interior de él. La víctima como un cordero espera el momento
preciso en que será degollado. Los golpes previos, los pases cercanos al cuerpo
con el cuchillo o el arma, o simplemente la estocada final -un disparo, una
puñalada, o un golpe fuerte con un objeto contundente- son un trago amargo y
grueso, que hacen un nudo terrible en la garganta del sujeto espectador, que lo
horrorizan al extremo, que lo llevan a lo más alto de su resistencia, para luego
dejarlo caer en el vacio de la incertidumbre, en ese agujero que lo absorberá poco a
poco, que se tragará todo lo que produzca, toda su energía, toda su vida, es el
trauma que ha hecho su aparición, un agujero imposible de tapar.

Una muerte violenta rápida o lenta hacen una diferencia abismal para el
sujeto espectador. Si el caso es la primera, la víctima no sufrirá tanto los
vejámenes de la agonía, por ende, se tomará su muerte como algo increíble, como
una amarga pesadilla de la cual se quiere despertar, incrédulo como Tomás -el
discípulo de Jesús, quien para creer en su resurrección hubo de tocar la herida del
costado hecha con la lanza- ; se acercará al cadáver ya inerme en el suelo, llorará y
gritará, e intentará despertarlo con sus llamados, tapar sus heridas, o simplemente
pretenderá reconstruirlo, cual si fuera greda en las manos. Una escena particular y
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 32

que difícilmente alguien no haya visto jamás -en el mundo occidental cabe aclarar-
es la grabación que existe del 22 de noviembre de 1963, en Dallas (USA) en donde
es asesinado el presidente John F. Kennedy de tres disparos, su joven esposa
-sujeto espectador- quien lo acompañaba en su limusina, reacciona en el instante
intentando unir los pedazos de su cabeza destrozada, como si fueran un
rompecabezas, pretendiendo devolver la vida al cadáver en el que se había
convertido su esposo.

Nada, pues, más expresivo que el ejemplo anterior, para demostrar cómo el
hecho de que ocurra una muerte violenta rápida, desconcierta al sujeto espectador,
obligándolo a intentar, con sus esfuerzos vanos, volver la vida o el tiempo hacia
atrás, para así continuar sosteniendo el lazo social que lo vinculaba con el difunto,
es un encuentro con lo inasimilable, con lo real; se intenta ser Dios, pero se
descubre que se es un simple mortal.

Avanzando un poco, se encuentra el segundo tipo de muerte violenta: la


muerte lenta. En está, ingresan sobre todo las muertes que tienen que ver más con
masacres o asesinatos seriales, en donde el sujeto perpetrador tiene un tiempo
suficiente para elaborar de una forma muy particular el asesinato. Además del
horror inicial, el sujeto espectador se encuentra con sentimientos de culpa,
humillación, impotencia y vergüenza, propios de los diferentes pasos por los cuales
transitó el difunto antes de fenecer. Las torturas que envuelven actos sexuales
perversos -como violaciones, homosexualismo y mutilaciones genitales- dejan en la
víctima y en el sujeto espectador, sentimientos de vergüenza, asco y dolor, de
resentimiento total, de deshonra y de impotencia, pues la imagen que se tiene de la
victima cae al suelo y se rompe como un florero de porcelana, mientras que la del
sujeto perpetrador se hace omnipotente. “Una escena de este estilo fue la
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 33

cometida por un guerrillero de las FARC, conocido con el alias del “Negro
Acacio” -Tomas Medina Caracas- quien capturó y violó a un teniente del Ejército
Nacional antes de fusilarlo en las selvas del sur de Colombia”19.

Mas no se trata tan solo de muertes lentas acompañadas de actos sexuales


perversos, también se encuentran aquellas antesalas en donde la mutilación y el
dolor corporal hacen parte estructural de la muerte. En algunos casos cortar las
orejas, la nariz, picar los dedos o simplemente quemar a las víctimas con hierros
incandescentes -como si fueran ganado listo para marcarse-, junto con prácticas
caníbales o auto-caníbales -luego de ser cortada alguna parte del cuerpo de la
víctima se le obliga a que se la coma en frente de todos- son sólo algunos de los
experimentos que estos cirujanos del terror hacen sobre el cuerpo de sus víctimas.
Muchos son los ejemplos que hoy en día se encuentran en boca de todos los
colombianos, gracias a la gran cantidad de fosas comunes que los grupos
paramilitares del país han creado en diferentes lados, -desmembramientos de los
miembros superiores e inferiores hacen parte del menú constantemente-. La culpa
por el sufrimiento de la víctima y la humillación, nacida por la incapacidad en
cuanto a hacer algo que cambie la situación, hacen parte de las marcas más
profundas que acompañaran al sujeto espectador, durante el resto de sus días. En
estos casos, al trauma de la muerte se suma la culpa; ya la culpa de no haber podido
hacer algo o de haber quedado vivo.

Todas estas agresiones a la víctima calan sobre el sujeto espectador, sobre su


yo. Su imagen narcisista es compuesta en este caso por la devolución del otro, que
es al mismo tiempo, por un lado la víctima y por el otro sujeto perpetrador, es
decir, recibe una imagen destrozada identificándose con la víctima y una compacta,
                                                            
19
Canal Carcaol. (Productor ejecutivo), “Noticiero del medio día”, Canal Caracol, 3 de septiembre, Colombia,
Servicio de televisión abierta, 2007.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 34

todopoderosa del sujeto perpetrador. Lo inasimilable de la escena, lo real,


sobrepasa al sujeto espectador, doblegándolo ante su poder y abriéndose paso por
medio de su yo, gracias al agujero que crea lo real en la imagen del sujeto
espectador. Este trauma o, como mencioné al principio del capítulo, este agujero
es un símil hecho a la fosa que se ha abierto para enterrar al muerto; y como este
agujero que representa al trauma ligado al goce, engullirá toda luz y energía que se
le aproxime, no sé durante cuánto tiempo, pero lo que si me atrevo a asegurar es
que triturará todo aquello que se le acerque y que poco a poco elegirá menús más
acordes con su apetito voraz.

Me atrevo a decir, que el yo del sujeto espectador queda fragmentado,


destrozado, cortado, atravesado, es una fiel imagen a la del cuerpo de la víctima,
sufre todos sus vejámenes, pero no fenece, simplemente sobrevive; queda con el
sinsabor que deja el llanto, con la saliva gruesa como si fuera sangre en la boca,
con un dolor que le oprime el pecho y que lo deja sin fuerzas para reaccionar, con
un agujero abierto en lo más profundo de su corazón -y de su inconsciente-, un
vacio inesperado que difícilmente llenará, pues aquel que yace en el suelo, la
víctima, era alguien cercano con quien se compartía el tránsito por el camino de la
vida.

2.3 Lo que pone el sujeto perpetrador en el acto de matar.

En el caso del sujeto perpetrador el encuentro con la muerte es distinto, no


existe la sorpresa traumática, lo que hay es una búsqueda de la muerte. Está nace
como mandato desde diferentes lugares, puede ser desde el propio interior del
sujeto perpetrador, como también del exterior, siendo este último un pedido de
demostración de lealtad, un trabajo o simplemente la reacción frente a algo
agresivo que se avanzaba sobre el sujeto perpetrador. En cuanto al primer caso, el
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 35

que nace del interior va en la misma línea de la pulsión de muerte20, aquella fuerza
interior que busca borrar o extinguir todo aquello que está tanto dentro del sujeto
como fuera del él -el otro, que es semejante, pero también por proyección de lo
propio que se encuentra afuera-, o por su ideal o su mandato superyóico. Aunque
la mayoría de las veces este empuje hacia la destrucción es desviado del acto de
destrucción al discurso, a la palabra en donde también se mata, se extermina o
desaparece, según sea el caso necesario “ojala, se muera ese…”, “ojala se vaya
para nunca volver…”, etc.

En otros términos, la pulsión de muerte, las ganas de matar siempre están


presentes en el ser humano, lo único que al final nos diferencia a unos de otros es el
hecho de llevarlo o no a cabo, el hecho de reprimirlo y sublimarlo o de permitir que
la tendencia actué en toda su magnitud. En muchas ocasiones me he preguntado
qué empuja a los hombres a matar y en la mayoría de los casos, a no sentir ni el
mayor remordimiento sobre su acto, sino al contrario, pareciera que disfrutaran al
extremo de ese terror sembrado con su figura. Un placer siniestro es la respuesta, el
sabor de la sangre parece embriagarlos, mientras que las demandas internas por
más, están en la línea de la devoración, pero no entendida ésta únicamente como
actos caníbales -aunque no los descarto- sino como un pedido interno por una
fuerza superior que maneja al sujeto perpetrador, que le pide que lo llene con
presentes superiores, como son los cuerpos ensangrentados de los hombres; en
resumidas cuentas, parecen sacrificios sagrados a un todopoderoso interior que
goza con esto y que desea poseer más. Ese deseo es el del superyó, que “empuja al
sujeto a ir más allá del principio de placer. Le prescribe más bien el goce”,21 le
                                                            
20
La noción de pulsión de muerte dada por Freud, se encuentra en El Yo y el Ello (1923), “[…] suponemos una
pulsión de muerte, encargada de reconducir al ser vivo orgánico al estado inerte […] se exteriorizaría ahora
-probablemente sólo en parte- como pulsión de destrucción dirigida al mundo exterior y a otros seres vivos[…]”
21
Ronald Chemama y otros, “Superyó”, en: Diccionario de psicoanálisis bajo la dirección de Ronald Chemama,
Versión Electrónica. Folio Views 4.1.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 36

dictamina un camino a seguir, esperando con esto llegar a la plenitud. Esta ansia de
más, sin duda tiene un claro toque de función materna; es decir, la misma fuerza y
apetito de completud del deseo materno es transportado de esta figura mítica a la
propia, esta vez, como una necesidad del otro, de la satisfacción con su cuerpo, con
su dolor, con su llanto, es una búsqueda de hastío sin respuesta.

El momento de actuar llega, el sujeto perpetrador ingresa al instante a una


atmósfera diferente a la de la víctima y a la del sujeto espectador. El plan de
ataque, el acecho inicia con la escogencia de la víctima, en muchos de los casos
estas son ya determinadas por listas de la muerte -hoja de papel en donde se
encuentran escritos los nombres de los que caerán en la matanza- o a dedo,
señalamiento con el dedo índice de quiénes son los que tienen que morir, por
rencillas anteriores -traídas a este momento como deudas de sangre-, o
simplemente como la atracción desviada, rasgo particular de un hombre o mujer
cualquiera, que seduce el mundo interno de un asesino serial. Estas simples
características dan pie para que se inicie una planeación acerca de cuál es la mejor
forma de llevar a cabo el acto de asesinato, si con una emboscada o una toma total
del sitio -si se trata de una matanza-, si en un paraje solitario -implicando secuestrar
a las víctimas, para el caso de ajuste de cuentas- o simplemente en un acto sicarial
-en la calle frente a la multitud-, y/o finalmente mediante el seguimiento y rastreo
de una víctima que cumpla todos los requisitos esenciales para el asesino serial.

La ansiedad previa a abordar las víctimas es una señal inequívoca de que el


sujeto perpetrador está listo, su cuerpo le empieza a pedir sangre, sus músculos se
ponen tensos preparados para los movimientos bruscos que puedan ser necesarios,
su respiración es un poco agitada por la emoción y la excitación ante la cercanía
con un goce pleno. Se ingresa a un terreno diferente, en donde la muerte se volverá
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 37

una compañera fiel, se hace una elección de vida y se vive bajo su sombra, no es
solo la reacción de un momento, es empaparse de las aguas del rio estigio, sobre las
cuales la muerte transita. En la cabeza del sujeto perpetrador solo aparece una
idea, la de matar. Cuando se acerca a la víctima el tiempo empieza a correr en su
contra. Puede ser un acto rápido y certero como un disparo en la cabeza o en el
corazón, o una puñalada en los pulmones o degollando a la víctima, muchas
posibilidades existen, simplemente se debe tomar la decisión correcta de acuerdo al
tiempo que se posea para salir de la escena.

En Colombia durante las últimas décadas se han hecho famosas varias


formas de asesinato: la matanza que cubre siempre de dolor pueblos encerrados en
lo oscuro de la selva, ajustes de cuentas en las ciudades, especialmente en Medellín
y Cali, en donde las vías de salida se prestan muchas veces como espacios para su
ejecución; y finalmente la muerte violenta por rencillas, fácil de encontrar en
cualquier tienducha en donde vendan licor.22 Todas estas formas son posibles
gracias a la falta de movilización de quienes representan la ley, de la no-solidaridad
con el otro, y por el hecho de que mientras no sea conmigo no importa.

Ahora sí, ya se debe actuar, la victima está presente. Para el caso de las
muertes por sicariato o por rencillas, el acto es como un relámpago, es un raponazo
rápido de la vida, sin titubear el sujeto perpetrador se acerca a la víctima, le dispara
o apuñala, en muchas ocasiones no sólo una ni dos veces, sino hasta que se acabe el
proveedor cuando se utiliza un arma de fuego, o si se emplea el puñal, hasta que la
sangre de la víctima unte sus manos. No solo se mata en la realidad, sino que
también se acompañan estos actos de frases crueles -degradación con la palabra-

                                                            
22
Debo aclarar, que no descarto las muertes de asesinos seriales en el país como una cosa frecuente, pero los
prontuarios de estos delincuentes difícilmente están cruzados en una base de datos fidedigna, que de información
veraz.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 38

que dictan el destino final de quien muere, “por sapo se muere…”, “hasta aquí le
llegaron sus…”, “se murió…”, etc.

En el caso de las matanzas, el tiempo es otra cosa, y aunque sí exista la


posibilidad de una huída por la llegada de un ente protector -quien representa la
ley- la verdad, casi nunca sucede. Los dueños de esta barbarie, reúnen a sus
víctimas en lugares determinados en donde los comienzan a matar. El sujeto
perpetrador se dispone, listo para acabar de la manera más cruel con su víctima, el
espectáculo es más vistoso si hay público, es como un show de circo en donde el
trapecista necesita del ánimo de los asistentes para continuar. A pesar de los ruegos
y gritos de auxilio por parte de la víctima o de los espectadores, el sujeto
perpetrador continua, primero corta o golpea, nunca es algo al azar, pues se puede
acabar la fiesta antes de tiempo, siempre se inicia por partes del cuerpo que tienen
una representación especial para el sujeto perpetrador; las orejas, los dedos de las
manos y de los pies, los labios, la nariz, cada una representa una forma de goce
distinta, propia del sujeto perpetrador. Los vejámenes sexuales también hacen
parte de la escena, manoseos grotescos o violaciones son sin duda parte eficaz para
tener una muerte tortuosa. Todas estas conductas no buscan sino dar un lugar al
sujeto perpetrador y otro a la víctima -el de amo y esclavo, ya mencionado antes-,
status desde donde se ve a esta última ya no como un ser humano, sino como un
objeto; cosa mediante la cual se buscan la satisfacción de fantasías oscuras que
provienen muy del interior del sujeto perpetrador, que tienen que ver con su
historia de vida y que sin duda también están en relación con una espiral de
violencia que ha entrado a engrosar, en este caso como uno de los actores.

Ese objeto, esa cosa en la que se ha convertido la víctima, su cuerpo en


especial, se presenta como un lienzo en blanco sobre el cual, el sujeto perpetrador
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 39

inicia a expresar toda una serie de descargas emocionales que lo acompañan y de


las cuales es-presa este cuerpo. Sin duda, este cambio permite que el cuerpo, este
semi-cadáver ensangrentado no sea visto como es, como algo sagrado, al contrario
es visto como un desecho el cual estorba, si ya al escribir sobre su cuerpo no se
obtiene respuesta. Por eso se le mata, y se le mata con rabia y se le remata, pues lo
que se buscaba no se encontró, se escapó por alguna de las tantas heridas abiertas,
sin que el sujeto perpetrador se diera por enterado. Después de la muerte de la
víctima, hay un instante de silencio, que es roto por el llanto del sujeto espectador,
quien impávido ha presenciado la amarga y larga escena.

Después del asesinato, la triada está completada: el sujeto perpetrador, la


víctima y el sujeto espectador. La emoción siniestra que acompañaba el suceso
escolta de forma particular a cada uno, a la víctima con su deceso le sigue también
el fin de la agonía y su carga emocional, al sujeto espectador lo seguirá de forma
particular toda una gama de sentimientos atroces -como culpa, impotencia, dolor y
humillación- asentándose sobre su interior y carcomiéndoselo paulatinamente, y
para el sujeto perpetrador, “el alma de los que uno mata se queda con uno”23. Ese
algo, que se queda, es el goce perverso, sobre el cuerpo del otro, esa pulsión de
muerte, que empuja al sujeto perpetrador a que repita el acto, a que fije su goce a
objetos pérfidos, que le permitan recrear sus fantasías y así, intentar cubrir su falta.

2.4 La muerte, la pérdida y la venganza.

La pérdida de un ser querido a causa de una muerte violenta, es una


experiencia muy difícil de asimilar por parte del sujeto espectador. La imagen
narcisista de éste, tiene un golpe muy fuerte del que no se puede escapar, pues el
vacío dejado por la víctima, no se tapa con nada. La relación que tuvo el sujeto
                                                            
23
Frase de un joven desmovilizado de un grupo armado ilegal que actúa en Colombia.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 40

espectador con el difunto, estaba sellada por fuertes hilos del lazo social, en donde
el amor, la fraternidad, el cariño, el respeto entre otros, hacían parte fundamental
del intercambio propio de la relación. Al romperse el lazo por culpa del asesinato,
todos estos sentimientos del sujeto espectador quedan en el limbo, en el vacío, por
fuera de una realidad aplastante; sin embargo, éste por medio del lenguaje intenta
detener la partida del difunto, muestra plausible de estos son los recuerdos de
historias juntos, anécdotas y demás que generan en el ambiente un momento de
calma, en el cual prácticamente desvanece la muerte -del lenguaje- para únicamente
dejarnos con el cadáver, como única prueba de su partida.

El cuerpo muerto como testimonio, devuelve a la realidad al sujeto


espectador, la muerte ha llegado y no ha podido escapar de ella. El dolor no cesa,
simplemente a medida que se acerca el momento del entierro, aumenta. Ese otro
con el cual tenía un lazo social, que en algunas ocasiones pasaba a ser objeto de
goce suyo, ya no está, no existirá más. Este agujero creado por la muerte violenta
necesita por parte del sujeto espectador ser llenado… lastimosamente como ya
había mencionado, este agujero no tiene fondo reconocible, su apetito es voraz, y
mientras no pase por lo simbólico su pérdida, no podrá taparlo. El imaginario
inicialmente se encarga de buscar objetos que de una u otra forma sacien el apetito
de este agujero, pero poco a poco el sujeto espectador se dará cuenta de que nada
logra su cometido, más al contrario sus necesidades cambian gradualmente al lado
oscuro de su interior, encuentra la violencia atractiva, ésta lo seduce de tal modo
que termina convirtiéndolo en un esclavo, que buscara por todos los medios alabar
a su amada con sacrificios, cosa que por simple lógica redundaría en una hipotética
completud total de su imagen. Lastimosamente abrazar al imaginario implica
amarrarse al engaño, es continuar en un estado melancólico que paulatinamente lo
llevará a buscar mucha más violencia de la que creía necesitar. Es en estos
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 41

momentos en donde muchos de los jóvenes de los campos colombianos ingresan a


los grupos armados ilegales que están en el país. No pocas veces las razones para
ingresar a ellos son las venganzas que buscan exterminar al enemigo de este grupo;
no cabe duda de que la facilidad para encontrar armas y compañía -en cuanto a
respaldo armado- permiten lograr mucho más fácil lo planeado, el asunto se
complejiza y se problematiza más al engancharse más intensamente a lo mortífero,
involucrándose tanto, que al final, los ideales del grupo y la sed de muerte, no les
permite escapar fácilmente de esa espiral de muerte; han quedado anclados a ese
goce. Solamente cuando la imagen que tiene ese Otro que es el grupo, cae por
algún inconveniente menor, su estado melancólico le permite repensar su relación
con el grupo, llevándolo a tomar decisiones de separación, de nuevas búsquedas de
completud, lo que puede provocar la salida del grupo o simplemente el cambio del
objeto de goce, ya se recostándose mucho más hacia la violencia o hacia las armas,
o en otros casos, porque no, tal vez en pocos, la detención de esta vía, la
aceptación del límite, del vacío de la castración.

Junto a este dolor profundo, el sujeto espectador también se enfrenta con el


poder de su palabra. Mencionaba antes que si no se pasa la pérdida -de la víctima-
por lo simbólico, no se puede salir del duelo. Cuando menciono a la palabra, me
refiero a ese discurso que el sujeto espectador profiere sobre a quién pedir
justificaciones de lo sucedido. En el caso de una muerte natural, es el gran Otro,
Dios para el creyente, el destino o la naturaleza para otros, etc., quien tomó la
decisión y no hay poder humano que lo cambie, pero en el caso de una muerte
violenta, es el otro -un semejante- quien ha tenido el poder de decidir sobre el
destino de la víctima. Pero estas explicaciones por más que aparezcan nunca serán
aceptadas, pues fue un igual quien tomó la decisión, quien transgredió una ley
divina, en búsqueda de un fin terrenal. De manera que el discurso del sujeto
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 42

espectador estará marcado por deseos de venganza, lleno de odio y resentimiento,


con un claro mensaje de próxima transgresión de la ley, con un empuje fuerte que
no lo hace temer, ni sentir remordimiento por lo que vaya a hacer.

Esta fuerza interna que lo empuja sin temores hacia el abismo no es más que
la propia pulsión de muerte. Freud explica el aparato psíquico detrás de la pulsión
de muerte como una especie de organismo unicelular el cual crea una barrera que
separa su interior del exterior, pero la cual puede ser traspasada por algún objeto de
fuera dejando una apertura en su capa protectora, por la cual esa energía interior
sale expulsada. Desde mi punto de vista éste mecanismo estaría mucho más
cercano al de un planeta, en donde su centro ígneo -que representaría la fuerza de
las pulsiones- estaría vivo en todo momento, tendría una fuerza infinita, que puede
destruirlo tanto de adentro hacia afuera, como también facilitarle la posibilidad de
crear capas de tierra que lo ayuden a mejorar su estabilidad magnética –equilibrio
entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte-. En este caso las marcas en la
superficie no solo existirán por los golpes de objetos externos, sino también por
movimientos internos que crean repliegues que esconden partes del planeta, no tan
al interior del mismo. Las expulsiones de energía desde el interior del sujeto tienen
la fuerza como para cambiar su exterior, es así, como estos cambios pueden no ser
grandes pero si permanentes, dejando claras pruebas de su existencia.

Para el caso de los sujetos espectadores, la pulsión de muerte expulsada de


su interior, los lleva a transgredir leyes sagradas, que muy seguramente dejan
marcas de goce en el sujeto, y que difícilmente después de sobrepasarlas tendrá el
valor de volverlas a respetar. Estos cráteres que dejan los lugares por donde es
despedida la pulsión de muerte, pueden calmarse pero no secarse, siempre
permanecerá el peligro de que se activen e inicien otra vez la expulsión de energía.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 43

Este tipo de reacciones quedan acopladas perfectamente a lo que sucede con un


sujeto espectador, que por su dura pena, dolor culpa y melancolía, explota, y lanza
hacia fuera de sí toda esta agresividad, todas estas ganas de hacer daño, de matar,
límite que después de transgredirse no se puede regresar. Por eso, este sujeto
cambia de ser un sujeto espectador a ser en poco tiempo un sujeto perpetrador, con
sed de sangre y venganza, con odio hacia todo aquel que tenga nexos con aquel que
lo atacó.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 44

3. DEL NO-MATARÁS A LA TRANSGRESIÓN.

Basta con un solo crimen para que el criminal penetre en un sistema cerrado.
Precisa matar y matar nuevamente, organizar verdaderas masacres, la manera de
suprimir a todos aquellos que, un día u otro, pudieran vengar la muerte de sus
parientes

Jules Henry24

Queda todavía un hilo que no he tratado y considero importante indagar en la


búsqueda de la comprensión del acto de dar muerte o de su exposición a ésta: la
transgresión. Este tema es fecundo en cuanto a las diferentes aproximaciones
hechas desde perspectivas como la sociología, la antropología y el psicoanálisis…
Elementos como la violencia, el erotismo y la venganza son algunas de las
temáticas con las que se relaciona la transgresión, quedando atravesada por
aquellas. Los avances en estos estudios, facilitan la comprensión del por qué
sucede la violación a la norma o a la interdicción cultural, y qué ventajas y
desventajas trae para el sujeto esa transgresión.

De acuerdo con el recorrido hecho hasta el momento, la muerte violenta se


presenta como una violación al interdicto, a la prohibición de dar muerte, a la
violación, al mandato de no-matarás, utilizado en muchas de las culturas antiguas,
como una forma de protegerse de cataclismos que las pudieran destruir. En
conmemoración a algunas fechas o momentos específicos -como la llegada de las
lluvias, movimientos planetarios o encuentro con algún tipo de animal totémico- se
                                                            
24
Citado en: René Girard, “La crisis sacrificial” op. cit., Pág. 70.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 45

permitía, por tradición transgredir algunos de estos interdictos, entre ellos el de no-
matar. Hoy en día, no son solo las leyes fundamentales de la cultura, las que
prohíben actos de esta magnitud, sino que también aparecen normas basadas en el
ordenamiento jurídico y especialmente aquellas que se rigen bajo la doctrina del
derecho penal, las cuales prohíben la agresión al otro, entre éstas, la prohibición del
asesinato.

Aunque no es parte de éste documento hablar sobre el derecho penal, si me


parece pertinente nombrarlo como una fuente de ley, no obstante, a mi parecer, en
la balanza pierda fácilmente frente a aquellos interdictos que en tanto prohibiciones
más fundamentales y más internalizadas, marcan la vida subjetiva de un ser
humano.

Tomo por descontado que esos interdictos tienen una gran antigüedad, que
difícilmente se pueda mencionar una época de aparición, pero que posiblemente
nazcan con el hombre neandertal,25 de quienes se tienen los primeros vestigios
sobre entierros y rituales mortuorios. No se descarta que estos nacieran como parte
del manejo de salubridad, pues la podredumbre escatológica, infectaría todo aquel
espacio cercano a donde reside el cadáver; los expertos señalan que el interdicto
nace como parte de una costumbre social, que poco a poco, con el paso de los años
se convierte en ley, que además, es adornada por toda una serie de creencias que
acompañan la sabiduría popular, arraigándose éstas mucho más al interior del
sujeto. Sin embargo, aunque diferentes son las razones, la principal se sitúa en la
necesidad de lo simbólico, de la trascendencia, necesidad que acompaña al hombre
en su constitución misma. Además de razones explicativas que podrían pensar el
origen de la interdicción, es necesario reconocer el carácter estructural que posee la
                                                            
25
Georges Bataille, El erotismo, Tusquets Editores, Barcelona, 1985.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 46

prohibición en la creación de la cultura. Es decir, siguiendo a Levi-Strauss26 la


prohibición está en la base de la estructuración y organización de la cultura,
concepto que está en concordancia con el planteamiento freudiano a destacar más
adelante.

La violencia que intenta detener el interdicto hace parte constantemente de la


vida en la comunidad, nace como una forma adaptativa de enfrentarse a todo
aquello que lo ataca: la violencia de la naturaleza, la del animal y sobre todo la del
hombre contra el mismo hombre; las comunidades buscan regularse y limitar, a
través de la interdicción, la violencia que está en su seno.

Cierto es también, que los interdictos se dirigen del mismo modo hacia el
propio yo del sujeto y hacia las manifestaciones salvajes reprimidas en su
inconsciente a los que se intenta detener de una forma drástica, pues la libertad total
mata, deja que la violencia corra por las venas de la comunidad o del sujeto,
envenenándolos y enfrentándolos a situaciones que difícilmente se pueden sortear,
si no hay Otro, como ley, que las detenga.

En este capítulo final, intentaré cerrar el círculo de mi propuesta, transitando


por el tema del interdicto de no-matarás y su transgresión, elementos que me
permitirán situar sobre la mesa un tipo de violencia propio: la venganza como el
recurso y el camino privilegiado por los sujetos espectadores para hacer justicia,
llevando a que el sujeto espectador se sitúe entonces como sujeto perpetrador.

3.1 Nacimiento de la cultura.

Muchos son los mitos e historias que se crearon en diferentes tribus o


movimientos culturales acerca de cómo fue su inicio, las elaboraciones giran

                                                            
26
Claude Lévi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco, Paidos, España. 1981.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 47

alrededor de creaciones mágicas o crianzas asombrosas por partes de animales, que


se convertían luego en tótems de las tribus. Uno de estos relatos, mucho más
cercano a la ciencia es el de la horda primordial darwiniana a la que Freud hace
referencia en su escrito Tótem y Tabú (1913). En ella, se relata la historia de un
grupo inicial, en donde un solo hombre poseía las mujeres de la tribu, procreaba
con ellas y expulsaba de ésta a los hombres procreados cuando ya tenían una edad
suficiente para procrear; es decir, mantenía a raya a los posibles rivales. Un día,
estos expulsados, hermanos todos, se aliaron en contra de este padre todo poderoso,
única forma en que podían enfrentársele, matándolo y devorándolo al final.
“[…] Que devoraran al muerto era cosa natural para unos salvajes caníbales. El
violento padre primordial era por cierto el arquetipo envidiado y temido de cada
uno de los miembros de la banda de hermanos. Y ahora, en el acto de la
devoración, consumaban la identificación con él, cada uno se apropiaba de una
parte de su fuerza. El banquete totémico, acaso la primera fiesta de la humanidad,
sería la repetición y celebración recordatoria de aquella hazaña memorable y
criminal con la cual tuvieron comienzo tantas cosas: las organizaciones sociales,
las limitaciones éticas y la religión”.27

Como menciona Freud en su relato, éste es el comienzo de las limitaciones


éticas, es decir de los interdictos. Este acto criminal, de darle muerte al padre
primordial, trae grávidas consecuencias: la ley del padre se interioriza y los hijos se
identifican con él, es decir, la ley real en presencia del padre vivo, se simboliza, se
hace simbólica con su muerte. Pudiéndose señalar entonces, desde el psicoanálisis
el nacimiento de la cultura con un crimen. Con la muerte del padre y a la vez con
su interdicción en lo real para situarlo en una dimensión simbólica; o lo que es lo

                                                            
27
Sigmund Freud, “Tótem y tabú”, en: Obras completas, Standard Edition versión electrónica.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 48

mismo con el asesinato del padre y su prohibición se gesta lo humano, la cultura.


Esto como una forma de evitar peligrosas consecuencias de inestabilidad interna de
la tribu al morir el padre, pues a rey muerto, rey puesto. Así, para evitar que a
consecuencia de la muerte del padre primordial, alguno de los hermanos se
apoderara de su lugar y se convirtiera en otro padre todopoderoso, se crearon las
leyes del tabú y el tótem, y se dio origen a la ley simbólica.

El interdicto de no-matarás, es cercano al del tótem, aunque no es el mismo,


ya que el tótem, es la representación del padre muerto, hace referencia a la culpa;
por ende, de la interdicción hacia él y de la culpa surgían las fiestas totémicas, en
donde se levantaban las prohibiciones y se permitía matar animales que lo
representaban, todo esto como una forma de rendir alabanza, sacralizar y redimirse
frente a lo hecho.

Como mencionaba al comienzo del capítulo, el interdicto de no-matarás,


nace subsecuentemente, con unas características complementarias, pero que abogan
hacia el mantenimiento de un orden al interior y al exterior de las tribus.
Solamente en algunas ocasiones se permite la transgresión, en fechas especiales y
en guerras. Los enfrentamientos con otras tribus, se convierten en los escenarios
propicios para levantar la prohibición, en éstos se permite que el sujeto exteriorice
toda la pulsión de muerte que lo aqueja en su interior, facilitando la aparición de
actos crueles, feroces y brutales en contra de ese otro con el que se enfrentan.
Estos actos son permitidos, pues al final de la guerra, aquellos que vuelvan
vencedores tendrán ritos expiatorios en donde se librarán de las culpas, pedirán
perdón a ese otro que mataron, quitándose la carga que acompaña la transgresión.

El porqué de este interdicto es claro, mantiene la dinámica social al interior


del grupo en un nivel estable. No permite que por un acto delincuencial se genere
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 49

toda una espiral interminable de asesinatos, los cuales puedan finalizar con la
extinción de la raza. Es decir, se prohíbe ese acto para no permitir el final de todo.
En muchos lugares, no solo en tribus, sino también hoy en día en naciones como
Colombia, los actos delincuenciales tienen una consecuencia, un castigo28. En la
antigüedad los derramamientos de sangre se pagaban con sangre, pero no con la de
todos los que podían estar envueltos, sino con la de un chivo expiatorio, un sujeto
sobre el cual recaían todos los odios, rencores y culpas, una “víctima
propiciatoria“.29 Este sujeto era culpado y sacrificado, colocándosele así un coto a
la vorágine que se venía encima. Es difícil creerlo, pero si, así se detiene la
violencia, con una muerte propiciatoria, con una muerte que logre detener la espiral
de la violencia; esto ante todo cuando no funcionan las leyes. En el caso de
Colombia, las venganzas, los ajustes de cuentas, es decir, la mayoría de las formas
de hacer justicia se mueven alrededor de las vendettas, se busca vengar al muerto
por mano propia; no funciona explícitamente la ley, pues es corriente escuchar “las
leyes son para violarlas”, ni ha operado claramente una muerte propiciatoria.

La presencia de éste interdicto, genera al interior del sujeto, una resistencia


frente a la agresión violenta que de sí va dirigida hacia el otro, es decir, previene el
acto de dar muerte; todo nace del mecanismo interno que maneja el ideal del yo, en
donde los interdictos son aprehendidos por el sujeto, manejándose como propios,
como máximas; éstas a la vez hacen que el sujeto reprima la pulsión de muerte que
se genera hacia el otro, sublimándola.

El ideal del yo, como parte de la estructura psíquica, dirige al sujeto,


guiándolo hacia un estado de perfeccionamiento ético -de acuerdo a los interdictos
                                                            
28
Aunque la verdad de nada sirven las diferentes leyes que rigen en el territorio nacional, ya que simplemente no se
cumplen y los castigos para los culpables parecen nubes de humo, que con la menor brisa desaparecen, la impunidad
abunda, hace parte del diario vivir, moldea las conciencias de los colombianos, factor decisivo para mantener éste
rumbo sombrío…
29
René Girard, “Edipo y la víctima propiciatoria” op. cit., Pág. 102.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 50

internos- restringiendo al sujeto, dominándolo y en últimas dictándole la forma en


que debe comportarse con el otro, como deben ser sus intercambios y formas de
crear lazo social. El intento de transgresión de uno de estos interdictos traerá
fuertes recriminaciones al interior del sujeto, haciendo que éste al final reprima su
pulsión para así, mantener en un estado de homeostasis el aparato psíquico, es
decir, lo que busca este mecanismo psíquico es que el sujeto cumpla el ideal de
comportamiento propio de los interdictos culturales de los cuales se ha apropiado.

3.2 La violencia.

Las fuerzas internas que se mueven en el sujeto lo hacen tender hacia la


violencia, y ésta tendencia es montada a su actuar cuando no hay diques claros ni
subjetivos, ni exteriores, y más aún cuando el discurso o los ideales la permean o
más aún, la incitan. Así, el sujeto busca escenarios en los cuales pueda explayar
toda esta carga pulsional que lo ahoga. Por medio del acto de dar muerte, el sujeto
se libera, explota en un paroxismo ilimitado, que sólo encuentra su final cuando el
otro está muerto, y ni aún así para algunos que requieren rematar con toda la
sevicia al muerto.

Esta puesta en escena de la violencia, no es sólo un paso más, es una frontera


contra la que el sujeto se enfrenta, una barrera que después de haberla atravesado
quiebra con algo, se rompe con el pasado, se deja de ser el mismo, se convierte en
otro ser y a partir de ahí, se pueden cometer vejámenes increíbles; se es sádico y
pervertido, se juega con la repugnancia; la nausea parece cosa del pasado, pues
simplemente algo interno pide más, ese algo que muy adentro cruje las entrañas, las
vuelve impávidas y sórdidas, dejando que lo humano pacificante, ordenador
desaparezca por un instante, mientras el monstruo que se ha despertado “juega” con
el otro, surgiendo lo siniestro de lo humano.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 51

Ese monstruo, busca salir cuando cree que encuentra una excusa en el Otro,
o en el otro, en el semejante. El Otro con O mayúscula, que llama al sujeto a la
guerra, lo incita, le pide que todo eso horrible se utilice en pos de un ideal, de un
objetivo, de una religión, dándole como perdón a sus horribles actos, un mandato
exterior al sujeto, es decir, quitándole el peso, la responsabilidad, la culpa; es el
Otro oscuro y siniestro, es decir aquel que incita a la transgresión y a la muerte.
En una frase: utilizando al sujeto como objeto de su goce. Ese Otro también puede
estar internalizado como ideal yoico o superyó, punto que hace más fuerte el
imperativo mortífero.

En el otro caso, cuando se trata del otro en tanto semejante, se pueden


plantear dos tipos de otro: uno incitador líder por naturaleza, que su sola imagen
representa a ese gran Otro; y el otro el semejante, el que se sitúa como mediador
dentro de la dinámica de relación con el sujeto, el que tiene conflictos, rencillas,
encuentros desagradables, el que provoca que al interior del sujeto la pulsión de
muerte arda en ansias de abrazarlo; es desde allí que el sujeto perpetrador crea la
imagen de su víctima como la de un enemigo, como la del desecho, la basura, como
la de alguien que agrede y que lo hace con la fuerza suficiente, como para que
aquel monstruo escondido surja y lo aplaste, es decir, “[…]los transforma
mentalmente en criaturas odiosas, pues, en su perversa moral, es sólo así que
puede justificada y alegremente infligir actos abominables de violencia[…]”.30

Esto motiva a que en ocasiones el sujeto perpetrador lance frases al aire en


las que destaca su no presencia en la escena, diciéndole al mundo y a su interior
mismo que no se encontraba allí, que no recuerda lo que sucedió o simplemente

                                                            
30
Carl P. Malmquist, “Epidemiological aspects of homicide”, en: Homicide. A psychiatric perspective, American
Psychiatric Publishing Inc, USA, 2006. Pág. 41.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 52

que “cuando me da rabia, se me olvida todo lo que hago”31, declarándose no


consciente del acto cometido; pareciera entonces que otro ser estuviera al frente,
acaso “[…] ¿fue Hamlet quien hirió a Laertes? Jamás. Si Hamlet ha salido de sí y,
no siendo él mismo, agravia a Laertes, no es Hamlet quien obra; Hamlet lo niega.
Entonces, ¿quién obra? Su locura […]”32. O si se ve desde otra perspectiva, es
como si lo real fuera tan fuerte, que la carga emocional y el goce propendido por el
acto fueran inasimilables y el sujeto sobrepasado por la escena, simplemente la
escondiera en su interior, en lo profundo, en las catatumbas en donde el
inconsciente manda, a sabiendas que también presente en la superficie.

Monstruo o humano, los dos hacen parte del mismo sujeto, conviven uno al
interior del otro, se unen, se entremezclan, más precisamente, lo monstruoso de lo
humano. Eso primitivo que empuja que aparece es la pulsión de muerte en su
furor, capaz no sólo de acabar al otro, de borrarlo, sino también de dejar en blanco
al sujeto, de hacerlo olvidar la escena, de quitarle peso, para que así, ésta pueda
seguir buscando lugares propicios para su erupción.

El mito de la horda primitiva lo único que permite aclarar, es que el sujeto


como tal nace de la violencia. La lleva anclada al interior, le sirve en algunas
ocasiones como faro, incluso por medio de ésta, inaugura la cultura con el asesinato
del padre primordial por parte de la banda de hermanos, “[…] aparece como
evidencia de "una violencia originaria irreductible", que se halla en el sustrato de
la exclusión generadora de la pugna social […]”,33 es un vestigio vital, conmina al
sujeto a sobrepasar obstáculos, a destruirlos si es necesario, es el combustible con

                                                            
31
Frase de un joven desmovilizado de un grupo armado ilegal que actúa en Colombia.
32
William Shakespeare, “Acto quinto, escena dos”, en: Hamlet, Lito imperio LTDA, Colombia, 2006. Pág. 131.
33
María Clemencia Castro, “Acercamiento a la violencia: un recorrido de varios giros”, en: Transgresión, goce y
profanación. Contribuciones desde el psicoanálisis al estudio de la violencia y la guerra, Universidad Nacional De
Colombia, Facultad De Ciencias Humanas, 2005. Pág. 32.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 53

el que resiste lo difícil de la realidad. Pero paradójicamente, también el sujeto nace


de poder limitar esa violencia, de darle cause por otra vía.

3.3 La seducción de la transgresión.

El interdicto como parte fundamental en la regulación de la dinámica social


está ahí, presente como en el aire, por donde quiera que se mire, es algo obvio que
constantemente se tope con el sujeto, que produzca enfrentamientos en su interior
acerca de si lo respeta o lo transgrede. Del lado del respeto se razona con base en la
paz, el sujeto tiene miedo a la recriminación interna, a los reproches, a la culpa, al
dolor, es un miedo al pecado. Del lado de la transgresión está lo incognoscible, lo
lejano, lo diferente, lo atrayente, lo que al mismo tiempo produce miedo y a la vez
intriga, sobre lo que significa estar del otro lado.

Es claro, no todos piensan en la muerte todo el día, pero si es cierto que en


nuestro interior, ese empuje tiene algunos picos altos, frecuentes en el tiempo.
Llama la atención del porqué si permanece en nuestro interior ésta fuerza, no todos
los sujetos son asesinos, “[…] Nuestro inconsciente no ejecuta el asesinato,
meramente lo piensa y lo desea […] En nuestras mociones inconscientes
eliminamos día tras día y hora tras hora a todos cuantos nos estorban el camino, a
todos los que nos han ultrajado o perjudicado […]”.34 Esto es claro, el interdicto
es más fuerte en ellos, su ideal del yo es concordante con la pulsión de vida y tiene
más potencia que la pulsión de muerte. Sin embargo, ese otro en el que sucede lo
contrario, existe y con frecuencia actúa, demostrando su fuerza o debilidad,
depende de donde se mire, la fuerza de la pulsión de muerte, la debilidad de la
pulsión de vida.

                                                            
34
Sigmund Freud, “De guerra y muerte. Temas de actualidad”, en: Obras completas, Standard Edition versión
electrónica.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 54

Aparece “[…] la angustia, del momento en el que transgredimos el


interdicto, sobre todo en el momento suspendido en el que está todavía el juego y
en el que cedemos no obstante el impulso que se oponía. Si observamos el
interdicto, le estamos sometidos, dejamos de tener conciencia de él. Pero
experimentamos, en el momento de la transgresión, la angustia sin la que el
interdicto no sería tal: es la experiencia del pecado. La experiencia conduce a la
transgresión acabada, a la transgresión lograda, que, manteniendo el interdicto, lo
mantiene para disfrutar de él. La experiencia interior del erotismo requiere, en el
que la vive, una sensibilidad no menos grande para la angustia, que funda el
interdicto, que para el deseo que conduce a infringirlo. Es la sensibilidad religiosa,
que liga siempre al deseo y al pavor, al placer intenso y la angustia”. 35

Es así, como el sujeto queda atrapado en la transgresión, en el acto


transgresor; allí sufre una transformación, rompe su imagen fantasmática y la
recrea en una nueva en donde la falta por la pérdida de ese objeto primordial, se
desvía; se dirige hacia un objeto presente del lado de la transgresión, taponándola.
El deseo de estar del lado de este objeto, se hace inconmensurablemente fuerte,
invoca al sujeto a la transgresión constante, lo enamora, lo seduce, le promete
encontrar satisfacción, por medio de nuevas emociones nunca experimentadas del
lado de la prohibición. Es un ardid maligna, pero que cumple su cometido.

A pesar de la constante transgresión del interdicto o la tendencia a ésta, éste


no pierde su fuerza, al contrario se mantiene en pie, pues la satisfacción que logra
el sujeto está claramente sostenida sobre la violación del límite, es decir: “[…] La

                                                            
35
Georges Bataille, “El erotismo y la experiencia interior”, op. cit., Pág. 56.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 55

transgresión no es la negación del interdicto sino que lo supera y lo


completa […]”36, en este caso no sólo a la prohibición sino también al sujeto.

La atracción que tiene sobre el sujeto el transgredir un interdicto, no sólo


nace de la concepción interior de que pocos son los que se lanzan a alcanzar
semejantes cimas, sino que también, hace parte la forma en que se establece la
relación con el otro, con el semejante.

Como dije en el capitulo anterior, en el momento en que el sujeto


perpetrador lleva a cabo el acto de dar muerte a la víctima, hace su aparición una
nueva forma de relacionarse. En ésta, el sujeto perpetrador pasa a ocupar el lugar
de amo y la víctima el lugar de esclavo, de desecho, de basura. Esta nueva
dinámica social aparece al principio como lo único de humano que se ve dentro de
la escena de muerte, ya que el cuerpo de la víctima, se transforma en un objeto de
goce para el sujeto espectador, y desaparece así, lo poco que queda de humanidad
tanto en el uno como en el otro.

Lo boyante de esta diada, no está en la duración, sino en lo que entrega a los


dos integrantes. A la víctima le da dolor, sufrimiento, angustia, impotencia y como
último el regalo más preciado: la muerte, el descanso, la paz; para el sujeto
perpetrador están en cambio guardados ruegos, suplicas, adoraciones, el erotismo y
la sensualidad propias de las caricias tortuosas con el arma, y la expectación de lo
que sucederá, en una palabra: un goce pleno, que inevitablemente también se pierde
y de ahí su voracidad.

Este nuevo objeto que se orienta al goce se encuentra entremezclado con la


sangre, las vísceras y el cuerpo. Es todo el conjunto y a la vez una sola parte, es la
vida del otro, pero es en el cenit, en su muerte que más se goza. Es así de
                                                            
36
Georges Bataille. “La transgresión”, op. cit., Pág. 90.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 56

complicado explicar, que el goce que da la transgresión del interdicto, su esencia


misma, no nace en hacer cosas que cotidianamente no se hagan, sino en violar la
ley, en sobrepasar el límite, en salirse de la normatividad que ese gran Otro creo
con en lenguaje, en cuestionarse sobre su imagen todopoderosa, en esperar ese algo
que no pasará, en buscar la completud que nunca se tendrá, en intentar regresar a
ese estado primario en donde se era uno, compacto, sin tachaduras, sin grietas, sin
interdictos y en el que finalmente nada existía: el limbo, sin lugar a dudas, reino en
donde la muerte manda.

Este goce pleno se escapa de las manos, pero en las del sujeto perpetrador
cuando mata a su víctima, lo siente llegar pero justo en ese instante ya no está,
desapareció. Es por eso que vuelve a buscar la cercanía de éste, cometiendo otra
vez el acto, y luego volviéndolo a cometer; se queda pegado a él, porque siente que
en cualquier momento lo conquistará, lo hará suyo, sin embargo mientras más lo
busca más se aleja de él. Queda atrapado en ese goce de la muerte y en la
repetición del acto porque algo de lo real se logra aprisionar, algo del goce pleno se
atrapa, aunque sea instantáneo y fugaz. Triste paradoja, pero terrible realidad, el
goce del perpetrador está en la muerte, pero seguramente no en la del otro, en la del
semejante, sino en la propia.

3.4 El último reducto: la venganza.

El sujeto espectador -del cual he hablado poco en este capítulo- retorna a mi


reflexión, lo había ya presentado como parte importante en la escena de un
asesinato, también había mencionado de manera muy superficial como éste se veía
envuelto en una trasformación, convirtiéndose ahora en un sujeto perpetrador. El
porqué de este comportamiento nace de la necesidad de resarcir la imagen de la
víctima, cobrar justicia y darle una vía de salida a aquella carga emocional que trae
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 57

haber presenciado la muerte del otro. No siempre es así, hay diferentes salidas,
pero una de ellas es ése cambio: de espectador a perpetrador.

Sin lugar a dudas, la muerte violenta genera sobre el sujeto espectador una
presión particular, la impotencia generada por el acto, lo amenaza, lo cambia
internamente, lo constriñe, lo muele poco a poco; su imagen fracturada, pisoteada,
destruida, como el cuerpo de la víctima, inicia un proceso de reconstrucción, pero
como en todo objeto roto, varias pequeñas partes se pierden, mientas otras no
calzan del todo bien. Las pequeñas fisuras que quedan, permiten que escape en su
agresión voraz la pulsión de muerte que empuja al sujeto, dándole vía para que
actúe sobre el otro.

Estas pequeñas fisuras o agujeros, no sólo permiten que salgan cosas del
interior volcánico del sujeto, sino que también lleguen, que intenten taparlas, pero
con tan mala suerte, que difícilmente tendrán el poder de resistir lo interno que sale,
y simplemente terminarán siendo devoradas de una forma mordaz, dejando
solamente el agujero vacío, como si aquello que intentaba cubrirlo hubiera
desaparecido, ése es el trauma. Paulatinamente la búsqueda lleva a algunos de los
sujetos a extremos impensados, en donde actos de grueso calibre se abren paso. Un
punto en común siempre tiene que ver con el querer hacer justicia, algunas o muy
pocas de las veces, se busca que un ente legal dimita un juicio de culpa sobre aquel
agresor, en la mayoría de las ocasiones, la toma del poder por las manos propias es
la que impera en el sujeto.

La necesidad de recuperar lo perdido se hace presente y el sujeto se deja


llevar por la pulsión de muerte, cometiendo para ello actos iguales de horribles de
los que él fue espectador o que le fueron hechos a él. En el caso del sujeto
espectador, los actos girarán alrededor de la muerte, gradualmente convirtiéndolo
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 58

en un sujeto perpetrador, que buscará por cualquier medio encontrar la respuesta


del porqué sucedió la primera agresión y como resarcirla.

Sus víctimas serán ahora aquellos sujetos que tuvieron que ver algo con la
primera agresión o que de alguna forma los represente, fácilmente ingresará a
círculos sociales diferentes al suyo, descubriendo en ellos las facilidades para
cometer actos de asesinato, encontrando que la vorágine de su búsqueda hasta
ahora esta comenzado y que el camino que le espera estará rodeado por la violencia
como apaciguadora de sus emociones.

Siguiendo su pregunta, el sujeto hará las veces de sacrificador encontrando


víctimas con las cuales alabar el pedido de respuesta. Muchos se convertirán en
mártires de su causa, incluso los sacrificios cada vez estarán envueltos de más
dolor, más sangre, más crueldad. Sin embargo no recibirá respuesta de ese Otro.

Al parecer las víctimas sacrificiales no son suficientes, la voracidad


incansable de este agujero, pide y pide más, el sujeto tiene la seguridad de que es
con muertos que se tapa, mas sin embargo no es así, ellos también desaparecen al
ingresar allí, pues el sacrificio de una vida no sirve para devolver de la muerte a su
difunto.

En algunas ocasiones estos nuevos sujetos perpetradores, hablan de que falta


una muerte más para quedar en paz. Una última muerte con la cual acabarán todos
esos odios y rencores, en donde no sólo se extinguirá la vida de aquel agresor, sino
que también languidecerá el empuje que llevaba a cometer los actos, es el
comienzo del duelo y por ende el fin de la cacería. Es la ilusión de la presencia de
la muerte que pone límite, de la muerte propiciatoria, la muerte simbólica.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 59

Esta imagen es encarnada en una víctima propiciatoria sobre la cual caen


todos los odios, rencores y esfuerzos para eliminarla, pero que simplemente no
pueden encontrar para cazarla. Para este sujeto mítico, se guarda la última
trasgresión del interdicto de no-matarás, momento soñado, fantaseado en el cual,
el sujeto perpetrador se completará, llegará a la plenitud de su goce, para después
de esto poder descansar en paz. Lógicamente, nunca se encuentra el principio de
todos los males, simplemente porque como lo denomino: la figura mítica, sólo
existe en el interior del sujeto, en su inconsciente, en donde lo ve burlándose,
recriminándolo, humillándolo, y que por medio de sueños, susurros o fantasías le
recuerda la impotencia frente a la agresión antaño vivida.

Estos recuerdos continuos mortifican al sujeto, al punto de no dejarlo de


perseguir durante toda su vida, por más que se logre encontrar al sujeto perpetrador
inicial, el sujeto, ya con la marca de la transgresión a cuestas, resiste salir de la
espiral de la violencia, y a pesar de que le de muerte, no terminará de transitar el
camino de la violencia.

Encontrar el momento para vivir en paz es imposible, pues es buscar la


completud y la unidad, esto simplemente es una utopía odiosa, una forma de
permanecer en una realidad incognoscible que está en frente de él, una forma de
mantenerse ocupado mientras pasa el tiempo y llega la muerte, lugar a donde se
llega sólo, siendo uno y otro o, eso y cadáver.
Trauma y goce en la muerte. Espectador y Perpetrador 60

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