Вы находитесь на странице: 1из 5

CRISTO REY

TEXTO: LUCAS 1:68-79

CULTO IGLESIA BAUTISTA BENDICIÓN 24 DE NOVIEMBRE DE 2013

La monarquía a lo largo de la historia siempre ha sido sinónimo de yugo y dominación. Si observamos, por ejemplo, la trayectoria de las hegemonías europeas durante los últimos cinco

o seis siglos, nos daremos cuenta de cuántas barbaridades y desmanes se han cometido en

nombre de una autoridad real. La sed de poder y de sometimiento plaga cada una de las páginas de la historia de España. Reyes y reinas, príncipes y nobles, todos han contribuido a ensombrecer la figura del monarca como gobernador de los destinos de un pueblo. El capricho, la lujuria y la ambición de muchos de estos reyes han dejado cicatrices imborrables en la memoria del pueblo, por lo que hoy día, cuando hablamos de monarquía simplemente hablamos de volubilidad, de corrupción por causa de su privilegiado estatus, de inconveniencia

y de parasitismo.

Los reyes de Israel también aportaron a la historia sacra una de cal y otra de arena. Algunos monarcas se dedicaron a liderar al pueblo hacia cotas de riqueza y bienestar increíbles, obedeciendo y sirviendo a Dios. Pero otros tantos decidieron servirse a sí mismos, arrebatando al prójimo, como si de depredadores se tratase, de todo aquello que había conseguido con el sudor de su frente. Ahí tenemos los casos de Acab, de Atalía, de Jezabel, de Ocozías, etc., reyes que hicieron lo malo ante los ojos de Dios y que procuraron beneficiarse personalmente de su supuesta herencia aristocrática.

La aparición de la figura del rey nos retrotrae a los tiempos en los que el pueblo de Israel era dirigido y guiado por personajes especialmente escogidos por Dios para enderezar los caminos torcidos de un pueblo que hacía lo que bien le parecía. Estos jueces o caudillos libraban al pueblo oprimido por enemigos extranjeros que en muchas ocasiones eran enviados por Dios para que pudieran recapacitar sobre su infidelidad espiritual. Pero estos adalides elegidos por Dios no fueron suficientes para ellos; deseaban un rey que los liderase en la batalla como era costumbre en otras naciones vecinas. Por ello, ruegan a Samuel, último juez de Israel, que les escoja una persona que lleve a cabo esa labor. Con tristeza, Samuel lleva esta petición ante Dios, y éste concede que puedan realizarse estos deseos de un soberano.

Sin embargo, Dios y Samuel advierten a Israel de los contras de esta decisión. Quien avisa, no es traidor, diríamos hoy. “¿Queréis un rey? Lo tendréis. Pero apechugad con las consecuencias que esto va a comportar.” Samuel enumera las prerrogativas y los derechos que este rey tendrá sobre el pueblo: leva de soldadesca entre los hijos de Israel que deberán ponerse bajo su entero servicio, reclutamiento de personas para trabajar sus posesiones,

elección de doncellas para convertirse en sirvientas del rey, poder para expropiar propiedades

y recursos, impuestos sobre la producción, y esclavitud (1 Samuel 8:1-17) ¿Quién hoy día

estaría dispuesto a someterse bajo un tirano que puede hacer lo que desee con tu vida? Y sin embargo, el pueblo de Israel prefiere humillarse bajo el puño de un hombre pecador y

veleidoso que obedecer a un Dios santo y amoroso.

En estos tiempos, tal vez ya no debemos este tipo de servidumbre a un dirigente. Tenemos nuestros derechos, apelamos a nuestra dignidad personal y denunciamos abiertamente la injusticia que los líderes políticos infligen en la sociedad. No estamos subyugados como esclavos ni nadie puede disponer de nuestra capacidad de razonar y elegir en la vida. Pero, no obstante, nos olvidamos a menudo, de que en esta sociedad errabunda hay un príncipe que continúa gobernando y atenazando el alma humana: Satanás. Este príncipe de las tinieblas aún sigue haciendo leva de entre nuestros hijos, atrayéndolos a vicios y dependencias mortales; aún continúa tentándolos con promesas de felicidad a través de sustancias y de conductas inmorales; va anudando su soga en torno a nuestros adolescentes y nuestros jóvenes invitándolos a rechazar la misericordia de Dios en Cristo para vivir a su manera, sin darse cuenta de que son reclutados por Satanás para buscar su perdición.

Satanás también nos arrebata el gozo y la alegría que emana de los dones de Dios; nos inculca que debemos trabajar de sol a sol para llenar nuestros bolsillos de dinero, olvidándonos de nuestras familias y de nuestra fe; nos encandila con el materialismo, quitándonos la paz y la tranquilidad del alma. Muchos creen que son libres para hacer lo que les venga en gana cuando se sacuden de encima el evangelio de salvación, y sin embargo, lo único que están logrando es caer dentro de las redes de este mundo, de Satanás y de sus deseos desordenados. La esclavitud es un hecho cuando podemos contemplar el mundo en el que nos movemos y vivimos, cuando observamos cuidadosamente a personas que carecen de sentido para sus vidas, y cuando percibimos el desmoronamiento de los principios cristianos dentro de nuestras congregaciones.

El panorama ciertamente es abrumadoramente sombrío; pero es una realidad a la cual no podemos poner paños calientes. Pero aun así, dentro de todo este reinado de maldad y de pecado, de rebeldía y de idolatría, tenemos una esperanza gloriosa que no podemos dejar de comunicar y de predicar al mundo: ¡CRISTO REINA!

A. LAS PROMESAS DE CRISTO REY

“¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, que ha venido a auxiliar y a dar libertad a su pueblo! Nos ha suscitado un poderoso salvador de entre los descendientes de su siervo David. Esto es lo que había prometido desde antiguo por medio de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y del poder de los que nos odian, mostrando así su compasión con nuestros antepasados y acordándose de cumplir su santa alianza.” (vv. 68-72)

En un mundo en el que los conflictos, los problemas y el dolor campan a sus anchas, aquel que cree con todo su corazón que Cristo es el Señor sabe que en él puede hallar el oportuno socorro. Si examinamos nuestras vidas concienzudamente, y determinamos qué clase de dificultades atravesamos, nos daremos cuenta de que nuestro sufrimiento es el resultado, bien de nuestra insensatez e ignorancia, o bien del odio de los demás. Si somos lo suficientemente sinceros como para reconocer que hemos metido la pata hasta el corvejón en ciertos asuntos, nos daremos cuenta de que aún hoy seguimos siendo esclavos de nuestras decisiones pasadas. Hay cosas que no podemos obviar aunque nuestro pecado haya sido perdonado por Dios. Las consecuencias y los frutos de nuestra inconsciencia, de nuestro capricho y de nuestra mala cabeza siguen acompañándonos en nuestro viaje. Sentimos que son como cadenas que lastran nuestras ansias de vivir en paz con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Nos

arrastramos en el día a día cargando una culpa que limita nuestros movimientos. No obstante, si depositamos en las manos de Cristo todo nuestro pesar, todas nuestras cuitas y todas nuestras ansiedades por causa de los efectos de nuestro pecado, tengamos por seguro que Dios va a ser glorificado aún en estas circunstancias.

No consideres las secuelas de tu pecado como algo negativo, como una atadura que se va estrechando cada vez más en torno a ti; míralas como una nueva oportunidad. Considéralas a la luz de la experiencia de conversión y utilízalas para aconsejar a otros. Aunque sea difícil en una primera instancia pretender pensar que las consecuencias del pecado son una bendición, tarde o temprano, Dios te va a convencer de lo contrario, que las secuelas de tu rebeldía hoy pueden servir para alertar a otros y para contemplar con ojos asombrados como en éstas la mano de Dios se hace patente. Cristo, nuestro rey y soberano, ha venido a auxiliarte, a socorrerte, a levantarte y a restaurarte. Cristo no te reprocha ni te trata como un don nadie, sino que está pronto a liberarte y a desprender los grilletes del pecado de tu existencia.

Cristo Rey no solo nos salva de nuestra propia rebeldía y transgresión, sino que también nos protege ante las asechanzas de nuestros enemigos. No solo limpia, cura y venda nuestras heridas causadas por el pecado, sino que también es un escudo protector que evita que seamos dañados por cualquiera de los enemigos de la fe. No hablamos de que no vayamos a sufrir escarnio, burla o insultos. No estamos refiriéndonos a una vida plácida y tranquila. Estamos hablando de que cuando hemos aceptado a Cristo como nuestro Rey y Salvador, nada ni nadie nos va a poder separar del amor de Dios. Enfermaremos, sufriremos ataques de aquellos que no nos quieren bien, seremos tachados de locos o de fanáticos, nuestras familias nos rechazarán, pero todas estas flechas ardientes serán contrarrestadas por el escudo del amor y la misericordia divina. Cristo cumple así con su promesa de librarnos del mal, de salvarnos de la perdición y de rescatarnos de cualquier situación en la que estemos a punto de sucumbir.

B. LAS EXIGENCIAS DE CRISTO REY

“Y este es el firme juramento que hizo a nuestro padre Abrahán: que nos libraría de nuestros enemigos para que, sin temor alguno, le sirvamos santa y rectamente en su presencia a lo largo de toda nuestra vida.” (vv. 73-75)

Cuando Cristo obra en nuestras vidas la liberación de nuestras cargas y el perdón de nuestros pecados, solo queda gratitud en nuestras almas. Y en esa acción de gracias no podemos por menos que obedecerle. No acatamos su voluntad por miedo a las represalias o por cuestión de observar una ley fría e injusta. No servimos a Cristo para recibir recompensas fabulosas o para dar una imagen mojigata de santidad y rectitud de vida. No nos convertimos en súbditos de Cristo por tradición o por causa de una moda pasajera. Somos sus siervos fieles por amor a Él. Obedecemos cada una de sus exigencias porque deseamos que él se agrade en nosotros. Él ha librado la batalla definitiva contra el pecado y contra las potestades demoníacas en la cruz, y ha vencido triunfalmente. La redención de Cristo y la obra de su Espíritu Santo ha cambiado nuestras vidas: ya no tenemos miedo de nada ni de nadie, puesto que Cristo está de nuestro lado, como un soberano vencedor y majestuoso.

Nuestro servicio hacia él debe ser continuo. Cada jornada de nuestras vidas debe reflejar ese amor, esa relación íntima y preciosa con él. Nuestras conductas han de ser la viva imagen del estilo de vida de Cristo, un estilo de vida anclado y fundamentado en la obediencia a un Dios santo. En tu andar cotidiano estarás en la presencia de Dios; tu levantarte y tu acostarte se verá transformado por sus misericordias y fidelidades. Sin miedo ya podemos acercarnos a Dios, a Su trono, con corazones limpios y vidas santas. ¿Son estas exigencias las exigencias de un ser tiránico y despótico? Por supuesto que no. Es lo mínimo que como personas restauradas y salvas habríamos de hacer en amor y agradecimiento por lo que él ha hecho en nosotros, con nosotros y a través de nosotros.

C. PROFETAS DE CRISTO REY

“En cuanto a ti, hijo mío, serás profeta del Dios Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar su venida y anunciar a su pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados. Y es que la misericordia entrañable de nuestro Dios, nos trae de lo alto un nuevo amanecer para llenar de luz a los que viven en oscuridad y sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por caminos de paz.” (vv. 76-79)

Aunque estas palabras proféticas son pronunciadas por Zacarías para expresar la misión futura de su hijo Juan, más conocido como el Bautista, no dejan de ser un llamamiento a una acción evangelizadora. De algún modo, todos los creyentes en Cristo somos profetas de Dios. Hemos sido llamados a preparar los corazones y los espíritus de millones de personas que aún no se han decidido por Cristo. El profeta anuncia la verdad del plan de salvación de Dios, lo cual incluye proclamar el arrepentimiento y la confesión para el perdón de los pecados. ¿Es esto únicamente la labor del evangelista? Claro que no. Este ministerio es propio de cada creyente. Si hemos sido objeto de la compasión y de la salvación de Dios, ¿cómo quedarnos callados ante esto? ¿Cómo no compartir las buenas noticias de una redención tan maravillosa con todos aquellos que se cruzan en nuestros caminos?

Cuando un nuevo amanecer despunta en nuestras vidas, cuando una transformación vital se abre paso en nuestros corazones, y cuando podemos comprobar fehacientemente que el Espíritu de vida está desterrando de nuestras mentes la envidia, la hipocresía, el rencor y la idolatría, esto no sucede para que lo guardemos como un tesoro que apreciar únicamente nosotros. Este amanecer de renovación y restauración debe convertirse en un deseo que compartir con aquellos que transitan por caminos de tinieblas y oscuridad. Este amor que hoy nosotros sentimos, ese entrañable cariño que solo Dios sabe dar, y esa compasión que recibimos sin merecerlo de las manos de Dios, también hemos de ofrecerlo a los abatidos, a los súbditos que están sufriendo entre las garras de Satanás, a aquellos que ignorantemente creen vivir a su antojo pero que están encarcelados en la prisión de su egoísmo.

CONCLUSIÓN

¿Cómo no vamos a querer ser siervos de Cristo Rey? ¿Cómo vamos a rechazar la oferta de ser auxiliados, salvados y restaurados de este soberano tan lleno de gracia y amor? ¿Cómo no vamos a desear servirle, dándole gracias, mil gracias por todo lo que hizo, hace y hará en nuestras vidas? ¿Cómo no testificaremos de las grandes e increíbles cosas que Cristo realiza cada día en nuestras existencias?

LLAMAMIENTO

Si Cristo todavía no es tu Rey, si todavía no te has dado cuenta de aquellas cadenas y grilletes que están coartando tu vida, si aún no has decidido romper con tu pecado para experimentar el amor más asombroso que podrás saborear, hoy es el día en el que has de elegir: servir a Satanás, al influjo de esta sociedad corrupta o a pensamientos insensatos, o embarcarte en la aventura más maravillosa y formidable con el Rey de Reyes y Señor de Señores. No esperes más y toma tu decisión, trae tus pecados ante Su presencia y pídele perdón por ellos. Haz de Cristo tu Rey para toda la vida y nunca te arrepentirás de haber realizado tu elección.

Tal vez tú ya tomaste esa decisión un día. Decidiste que Cristo fuera tu Señor, tu Rey, pero sabes que aún hay obstáculos y barreras en tu comunión con él por causa de las consecuencias de tu pecado. Trae ante Cristo en este día todas tus aflicciones, tus cargas y tus lamentos para que pueda descansar tu alma. Derrama tu espíritu en oración y pídele que él obre con poder sobre cualquier circunstancia que no esté permitiéndote ser un siervo o sierva de Cristo plenamente. Deja que él quebrante las murallas que imposibilitan tener una relación completa, saludable y hermosa con él; y él hará increíbles cosas en tu vida.