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Sergio Paolo Solano D.

Sergio Paolo Solano D. Usos y abusos del censo de 1777 . Sociedad, “razas” y representaciones
Sergio Paolo Solano D. Usos y abusos del censo de 1777 . Sociedad, “razas” y representaciones

Usos y abusos del censo de 1777. Sociedad, “razas” y representaciones sociales en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII

sociales en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII Informe de investigación para ascender

Informe de investigación para ascender a la categoría de Profesor Titular

Sergio Paolo Solano D.

Programa de Historia Facultad de Ciencias Humanas Universidad de Cartagena, Colombia

ssolanod@unicartagena.edu.co

Cartagena, 2013

USO Y ABUSO DEL CENSO DE 1777

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TABLA DE CONTENIDO

Presentación ……………………………………………………………………

3

Tratamiento de los censos del siglo XVIII por la historiografía social …………

10

Los ilustrados organizan sus miradas: el censo de 1777 ………………………

25

Clasificaciones sociales en los padrones locales ………………………………

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Contrastes entre padrones locales y resúmenes provinciales ……………………

50

Militares reformadores y condiciones socio-raciales de las milicias ……………

55

Pleitos por estatus y disensos matrimoniales ……………………………………

72

Relaciones entre “raza”, status y jerarquía social ………………………………

83

Conclusiones……………………………………………………………………

86

Bibliografía………………………………………………………………………

91

Tablas:

Tabla 1:

Categorías sociales usadas en algunos padrones de los Andes centrales neogranadino, 1777 ……………………………………………

36

Tabla 2:

Relación entre libres (blancos y gentes de distintas condiciones), esclavos y no libres (esclavos e indios) en algunas provincias neogranadinas, 1778-1780 ………

38

Tabla 3:

Categorías sociales usadas en algunos padrones de poblaciones de las provincias del Caribe neogranadino, 1777 …………………………………….

44

Tabla 4:

Milicias disciplinadas de la provincia de Cartagena, 1780 …………………………….

62

Tabla 5:

Milicias urbanas Partido de Tierradentro 1787 ………………………………………

68

Tabla 6:

Relaciones entre oficialidad y raza en las milicias urbanas, Partido de Tierradentro 1787 …………………………………………………………

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SERGIO PAOLO SOLANO D.

Presentación*

En 1735 los viajeros españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa visitaron la ciudad de Cartagena de Indias. Sus observaciones las publicaron trece años más tarde en el libro Re- lación histórica del viaje a la América meridional, describiendo a los distintos segmentos de la sociedad de arriba a abajo, empezando por los blancos clasificados en españoles y criollos. Algunos españoles estaban ligados al comercio con la metrópoli, y el resto eran íberos pobres, “reducidos a la miseria, y muchos de ellos a vivir de su trabajo personal”. Los blancos criollos eran los propietarios de la tierra y algunos eran “[…] de mucha distin- ción, porque sus ascendientes pasaron a aquellos parajes con empleos honoríficos […] y han procurado mantenerse en el lustre de sus antepasados casado, o ya con sus iguales del país, o de los europeos, que van en las armadas”. Luego describieron los cruces de los blan- cos pobres con las castas de color e indios: mulatos (blanco y negro), tercerones (mulato y blanco que han avanzado en el proceso de blanqueamiento), cuarterones (blanco y terce- rón), quinterones (blanco y cuarterón).

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Esta es la última que participa de las castas de negros; y cuando llegan a este grado, no es perceptible la diferencia entre los blancos, y ellos, por el color ni facciones. La ge- neración de blanco, y quinterón se llama ya español y se considera como fuera de toda raza de negro; aunque sus abuelos, que suelen vivir, se distinguen muy poco de los mu- latos […]. Antes de llegar al grado o jerarquía de quinterón, se ofrecen muchas inter- cadencias, que les embarazan el llegar a ella, porque entre el mulato y el negro, hay otra casta que llaman zambo originada de la mezcla de alguno de estos dos con indio o entre sí; y fe distinguen también según las castas de donde fueron los padres: entre el tercerón, y mulato; cuarterón, y tercerón […] También todas las mezclas desde negro hasta quinterón con indio se denominan zambos de negro, mulato, tercerón, etc. 1

Ciertos aspectos de la descripción de los viajeros españoles fueron ratificados en 1759 por Fray Juan de Santa Gertrudis luego de recorrer el bajo curso del río Magdalena, 2 y en 1772 por Diego de Peredo, obispo de Cartagena, una vez culminó su visita pastoral a toda la provincia homónima. 3 En 1789 el sacerdote Joaquín de Finestrad recogió las impre- siones de la visita que había hecho en 1781 a las comarcas de la rebelión de los Comuneros (oriente neogranadino), convalidando pasajes de las clasificaciones expuestas por Juan y Ulloa:

* Mis agradecimientos al colega Rafael Acevedo por la lectura y sugerencias realizadas. También a Ann Twinam, Steinar Saether, Katherine Bonil, William San Martin, Alejandra Araya, Eder Gallego y Luis Er- vin Prado por los documentos y textos que me enviaron.

1 Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del viaje a la América meridional, Madrid, Antonio Marín, 1748, p.64. Énfasis nuestros.

2 Fray Juan de Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza t.I, Bogotá, Presidencia de Colombia, 1956, p.52.

3 Diego de Peredo, “Noticia historial de la provincia de Cartagena de las Indias año 1772”, en Anuario Co- lombiano de Historia Social y de la Cultura n.°6-7, Bogotá, Universidad Nacional, 1972, pp.118-154.

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Los que tienen sangre de negro y blanco se apellidan mulatos; los de mulato y negro,

zambos; los de zambo y negro, saltoatrás; los de zambo y zamba, tente en el aire; los de mulato y mulata, lo mismo; los de mulato y blanca, tercerón; los de tercerón y mu- lata, saltoatrás; los de tercerón y tercerona, tente en el aire; los de tercerón y blanca, cuarterón; los de cuarterón y blanca, quinterón; los de quinterón y blanca, español, que ya se reputa fuera de toda raza de negro; y lo mismo la casta de éste hasta quinterón con india se llama zambo; como también la de negro y mulato, tercerón; últimamente

la de español con indio, cholo o mestizo. 4

Promediando el siglo XIX elementos de esas clasificaciones fueron recreadas por el general cartagenero Joaquín Posada Gutiérrez (1797-1881) en su narración de las fiestas de la Virgen de la Candelaria, a las que presentó como una especie de caleidoscopio de la estratificación social de su ciudad natal de finales del siglo XVIII. En estas los bailes de sa- lón realizados en lo alto del cerro de La Popa, se correspondían a la jerarquía y preeminen- cia de los “blancos de Castilla […] que monopolizan el título de caballeros como las blan- cas de señoras […]”. Luego seguían los bailes de pardos y por último el de los negros aco- modados. Los pobres, libres y esclavos de varias condiciones sociales, bailaban en el pie de ese cerro, con música de tambores y flautas de caña. Y los indios bailaban aparte. Además de los bailes de esas cinco categorías socio-raciales, estaba el baile de las

[…] blancas de la tierra, con sus correspondientes blancos de la misma clase, médicos,

boticarios, pintores, plateros, etc. A esta clase pertenecía la aristocracia del mostrador,

o sean los mercaderes. Ella también proveía el seminario y de ella se formaban casi to-

dos los curas […] Las blancas de la tierra, no teniendo entrada en el baile de primera,

mirando con altivez el de segunda y con desprecio el de tercera, se reunían en sus casas

y bailaban con los hombres de su clase y con los blancos de Castilla, con música de

cuerda […]. Y lo singular es que las blancas de Castilla, que resistían admitir en su ca- tegoría las blancas de la tierra, por respetable que fueran, bailaban con ellas en sus pro- pias casas recíprocamente y se trataban como amigas fuera de estos tres casos: en las procesiones; en los paseos en carruajes; en los bailes de ostentación […] aún había otra clase, y en verdad muy interesante: componíase de cuarteronas, color entre el nácar y la canela; de ojos de lucero chispeando fuego y amor y dentadura esmaltada cual hileras de perlas panameñas, solo un grado inferior a las blancas de la tierra, casi pobres, las más cigarreras, costureras, modistas y bordadoras, etc. de traje modes- to de zaraza o muselina y calzado de rasete. Estas, con los mozos de su clase, decen- temente vestidos, bailaban sin otra música que la de una o dos arpas cartageneras que las mismas muchachas tocaban, y aún tocan, maravillosamente, y la de una o dos flautas de aficionados que las acompañaban. Los blancos de Castilla y los blancos de

la tierra se desertaban furtivamente a bailar con ellas, dejando sus salas desiertas y mu-

chas veces se necesitaban enviar comisionados a buscarlos […]. 5

4 Joaquín de Finestrad, El vasallo instruido en el estado del Nuevo Reino de Granada y en sus respectivas obligaciones, Bogotá, Universidad Nacional, 2001, p.135. Énfasis nuestros.

5 Joaquín Posada, Memorias histórico-políticas, t.II, Medellín, Ed. Bedout, 1971, pp.58-65. Énfasis en el original.

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Casi medio siglo más tarde de la visita de Juan y Ulloa se celebró el censo de 1777 en el Nuevo Reino de Granada, el primer intento de contabilizar la totalidad de la población de esta colonia española. Las vicisitudes que se presentaron en la elaboración de este pa- drón y los de los años que le siguieron explican cómo fue el proceso de empalme de sus distintos resultados y la existencia tanto de padrones por poblaciones como de unos resú- menes por provincias y de un resumen general de 1778 para todo el virreinato, el que fue resultado del ensamble de las informaciones parciales de los años de 1777 a 1780.

Llama la atención la utilización de estas informaciones de los viajeros, funcionarios, memorias y censos por la reciente historiografía social sobre el siglo XVIII neogranadino, pues mientras que las observaciones de Juan y Ulloa, Santa Gertrudis, Finestrad, del obispo de la provincia de Cartagena y de Posada Gutiérrez terminan solo referenciándose para ilus- trar que hubo mestizaje o que existieron castas 6 pero sin reflexionar sobre los distintos as- pectos que señalan, los resúmenes del censo de 1777 y de los que le siguieron se emplean de forma recurrente. A primera vista ese uso parece apenas lógico pues se supone que el censo contiene detalles de la población que no aparecen en las citadas obras. Sin embargo, como ya hemos insinuado, vale llamar la atención sobre un aspecto de los padrones de esos años que usualmente es pasado por alto: sus resultados se presentaron en tres niveles. Por un lado están los padrones de 1777 de las poblaciones que en algunos casos registraron datos discriminados sobre libres y esclavos, la condición socio-racial de los habitantes (asignando clasificaciones como las señaladas por los autores citados), edades, ocupaciones y estado civil de la población. Por otra parte están padrones de poblaciones que no hicieron refe- rencia alguna a las condiciones socio-raciales de los habitantes. Y por último están los resúmenes generales de las provincias y de sus distintos partidos, los que ofrecen datos agregados sobre el total de los habitantes de las poblaciones empadronadas y discriminados en las categorías de “eclesiásticos, blancos, indios, libres de todos los colores y esclavos de varios colores”.

Esa triple presentación de los resultados se han aprovechado de manera desigual por la historiografía social colonial, pues mientras que se ha hecho continuo uso de los resúme- nes provinciales y el general del Nuevo Reino, se ha prestado escasa atención a aquellos padrones particulares que brindan información para observar la dinámica social, en especial la demografía, la familia, las ocupaciones, las características socio-urbanas y la distribución de la población en segmentos agrupados con base en las características socio-raciales, y el

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6 Por ejemplo, en su descripción sobre la sociedad de Cartagena de Indias del siglo XVIII Alfonso Múnera emplea la descripción de Juan y Ulloa solo para decir que negros y mulatos eran la mayoría de la pobla- ción, que había blancos pobres y que no había indígenas. La advertencia de Juan y Ulloa sobre los celos de las gentes en conservar su posición social para que no se les bajara de status, hecha a propósito de una compleja gradación socio-racial y del mestizaje (quinterones, cuarterones, tercerones, mestizos, zambos), solo le sirvió a aquel autor para decir que existía “[…] un comportamiento cultural muy significativo”. El fracaso de la nación. Región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1810), Bogotá, Banco de la Re- pública/El Áncora Eds., 1998, pp.80-81.

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cruce entre gentes de distintas condiciones. También se ignora que los resúmenes generales obedecieron a un interés de la Monarquía y de sus funcionarios ilustrados para tener una visión de conjunto de la población bajo su jurisdicción. Ese desconocimiento lleva a que la imagen elaborada por los estudiosos de la sociedad neogranadina del siglo XVIII usualmente quede reducida a “blancos, indios, libre de todos los colores y esclavos de varios colores”. De igual forma, el uso de los resúmenes del censo de 1777 se da sobre la base del escaso conocimiento que se tiene acerca de cómo se llevó a cabo, las técnicas empleadas para re- coger la información, cómo se aplicaban las categorías socio-raciales a las personas, el pa- pel de los empadronadores en la recopilación de los datos, las relaciones entre estos y los empadronados al momento de determinar la condición socio-racial, los mecanismos a los que se acudía para resolver las dudas. Esos y muchos otros aspectos son de vital importan- cia para evaluar tanto la utilidad de estos documentos como su valor como parte de un dis- curso sobre la estratificación de la sociedad colonial.

Respecto de estos temas queremos resaltar cuatro razones que a nuestro entender explican el escaso conocimiento acerca de los orígenes y los procedimientos con que se llevaron a cabo los censos y cálculos de la población neogranadina de 1777 en adelante. 1) Los estudios de demografía histórica realizados entre los años 1960 y 1980, redujeron los censos coloniales a datos cuantitativos y series estadísticas para diseccionar sectores de la población ya fuese por edades, géneros, condiciones socio-raciales y ocupaciones, o para estudiar la familia. Pero se asumía sin el mayor cuestionamiento la construcción de la in- formación contenida en esos padrones por parte de los administradores coloniales. 2) La creencia de que las categorías de “pardos” y “libres de todos los colores” terminaron por desdibujar las anteriores categorías socio-raciales. Esta idea se funda en dos supuestos: en las presiones de los libres por integrarse a la sociedad colonial asumiendo la condición de vecinos y otros mecanismos y espacios que les servían para mostrarse como buenos vasa- llos; también se fundamenta en el interés de los reformadores borbones en tener una imagen simplificada de las categorías socio-raciales. Sobre esto nos referiremos en el siguiente aparte cuando tratemos sobre la historiografía colombiana. 3) El escaso cruce de la infor- mación de los censos con otras fuentes de archivos para tener una imagen más detallada de la configuración socio-racial del Nuevo Reino de Granada, de sus provincias y de sus po- blaciones. 7 Se trata de un recurso metodológico clave pues mientras que los censos presen- tan una imagen inmóvil de las identidades de los individuos y de sus familias, otras infor- maciones de archivos (parroquial, judicial, policial, ayuntamientos y notarial) empleadas en

7 En un reciente balance historiográfico sobre la participación de las gentes de color en la independencia de las provincias caribeñas neogranadinas, Steinar Saether ha señalado con mucha sensatez que la reciente historiografía ha construido un imagen pobre y atenida a fuentes comunes sobre la segunda mitad del si- glo XVIII relativas a esas provincias, destacando el poco esfuerzo por emplear y cruzar nuevas informa- ciones de los archivos. Steinar Saether, “Estudios recientes sobre raza e independencia en el Caribe co- lombiano (1750-1835)”, en Claudia Leal y Carl Langebaek (comps.), Historias de raza y nación en Améri- ca Latina, Bogotá, Universidad de los Andes, 2010, pp.382-383.

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el estudio de la configuración social colonial, han permitido avanzar en la deconstrucción de las categorías socio-raciales y en el conocimiento de las formas de clasificación y de movilidad social de la población. También han servido para mostrar las posibles polidenti- dades, los cambios de estatus y las diferencias que existieron entre las nominaciones, las prácticas sociales y como ambas se asentaron en los registros documentales que emplean los historiadores en sus investigaciones. 8 4) La aplicación de unas hermenéuticas diseñadas para estudiar la sociedad estadounidense, pero poco operativa para explicar el imbricado tejido social de la Hispanoamérica colonial, 9 pues se trata de un modelo que agrupaba a las sociedades coloniales hispanoamericanas en sectores “raciales” primarios (blancos, negros e indios). 10

Los anteriores argumentos remiten al tema de las relaciones entre las representacio- nes sociales construidas por el discurso ilustrado, y el orden social existente a finales del siglo XVIII, en especial las relaciones entre viejas y nuevas categorías de diferenciación y la realidad social. Avanzar en esa dirección implica estudiar cuatro aspectos diferenciados y a la vez complementarios. El primero es el papel de las instituciones y de los discursos oficia- les en la producción del orden social. El segundo son los procesos de construcción de los documentos que crean, reafirman o modifican las representaciones sociales, tarea lamenta- blemente desdeñada por la mayoría de los historiadores pese a que reconocen que aquellos constituyen buena parte de la materia prima con la que construyen sus análisis. El tercero se refiere a la necesidad de contrastar esas construcciones discursivas con los usos que hacían las gentes en sus vidas cotidianas. Y el cuarto obliga a establecer qué sobrevivía de las an- teriores formas de representación social, su presencia en los documentos, y hasta dónde

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8 William San Martín, “Colores oscuros y estatus confusos. El problema de la definición de categorías étnicas

y del estatus de ‘esclavo’ y ‘libres’ en litigios de negros, mulatos y pardos (Santiago a fines del siglo

XVIII)”, en Alejandra Araya y Jaime Valenzuela (eds.), América colonial. Denominaciones, clasificaciones e identidades, Santiago de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile/Universidad de Chile/RIL, 2010,

pp.257-284. Sobre la importancia de los expedientes judiciales ver: María E. Albornoz, “Seguir un delito a

lo largo del tiempo: interrogaciones al cuerpo documental de pleitos judiciales por injuria en Chile, siglos

XVIII y XIX”, en Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2007. http://goo.gl/wiMEe8.

9 S. Saether, “Estudios recientes sobre raza e independencia en el Caribe colombiano (1750-1835)”, pp.382- 383. Un contraste entre las categorías socio-raciales de la sociedad colonial hispanoamericana y las esta- dounidenses puede leerse en Ann Twinam, Vidas públicas, secretos privados. Género, honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica colonial, Buenos Aires, FCE, 2009, pp.51-53.

10 Un ejemplo de cómo ha operado la construcción de una representación bipolar racial de la sociedad esta- dounidense es el caso de Lousiana, donde se crearon las representaciones de “blancos” y “negros” solo en

el último cuarto del siglo XIX. Para ello se suprimieron categorías sociales previas (creole) que se habían

formado en las anteriores centurias cuando ese territorio fue colonia francesa y española, y gracias a las in- fluencias de los pueblos del Caribe, en especial de Haití y Jamaica. La desaparición de la esclavitud des- pués de la guerra civil (1861-1865) que originó el fin de las diferencias entre esclavos y personas libres de color, y la prohibición de matrimonios entre desiguales, llevaron a que en Louisiana se introdujeran ca- tegorías más globales como las de blancos y negros, perdiéndose de la memoria colectiva las anteriores distinciones. Catharine Good, “Reflexiones sobre la raza y el racismo; el problema de los negros, los in- dios, el nacionalismo y la modernidad”, en Dimensión Antropológica n.°14, México, INAH, 1999.

http://goo.gl/6gLMI4.

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pueden sesgar la observación del historiador y llevarlo, tanto a desconocer las nuevas reali- dades que estaban emergiendo, como a creer que estas automáticamente borraban viejas clasificaciones.

Como puede inferir el lector, esa agenda de investigación pone en juego el papel que le asignamos a las prácticas sociales, a las representaciones y a las funciones de las instituciones y de la escritura en la producción de aquellas y del orden social. Ahora bien, como lo ha planteado Roger Chartier, las respuestas a los temas contemplados en esa agen- da no pueden provenir de un viejo modelo histórico-filosófico que solo vio quiebres entre el discurso ilustrado por un lado, y las decisiones institucionales y la sociedad del Antiguo Régimen por otra parte, y que por tanto llevaba a resaltar el papel revolucionario de la ideo- logía que tenía como función volver a reacomodar las relaciones entre el campo discursivo- racional y el campo de la vida social. Tampoco puede proceder de un modelo sociográfico que fija previamente a los grupos sociales y luego les asigna características culturales. Con- sideramos, siguiendo al citado historiador francés, que las relaciones entre el mundo cultu- ral y el social deben ser asumidas desde tres perspectivas: 1) analizando las formas de clasi- ficación producidas por las diversas expresiones del mundo cultural (intelectual, mentalidad colectiva, conciencia de grupo) que permiten que los distintos sectores sociales originen construcciones diversas del mundo social. Se trata de esquemas que generan percepciones, clasificaciones y representaciones que cristalizan en instituciones sociales. 2) Estudiando las distintas expresiones prácticas de las identidades sociales que ponen en escena el status, el rango y la clase. Y 3) prestando atención a las formas como las instituciones objetivan y consagran esas representaciones y prácticas sociales diferenciadoras. 11

En consecuencia la atención debe concentrarse en el análisis tanto de la permanen- cia de tradiciones como también en el surgimiento de nuevas prácticas sociales, en el papel de las instituciones y de los discursos en la administración de esas prácticas y de los espa- cios en que se desarrollan, determinando hasta dónde los discursos y las instituciones reor- ganizan de los sistemas de percepción y de ordenamiento del mundo social. De igual forma se debe analizar las discordancias que existen entre las ideologías que pretenden representar al mundo social y proponen su reorganización, y las prácticas que en su ejecución pueden conservar ya sea viejas ideologías o introducir nuevas distribuciones y clasificaciones. 12

Con base en las anteriores consideraciones creemos conveniente que el estudio de las relaciones entre las formas “tradicionales” de leer, representarse y de actuar en el orden social del siglo XVIII (la gama de categorías socio-raciales), y las novedades políticas intro- ducidas desde 1770 en adelante, debe integrar el espacio de esos posibles cambios políticos con aquellos ámbitos de la vida social en que las personas y familias se relacionaban por

11 Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barce- lona, Ed. Gedisa, 1996, pp.56-57.

12 Roger Chartier, Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa, Barcelona, Ed. Gedisa, 1995, p.30.

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fuera de los vínculos institucionales, pero que a su vez tenían consecuencias legales. Con ese propósito en miras le haremos un seguimiento a las clasificaciones sociales y a las prác- ticas sociales contenidas y organizadas en la documentación escrita, en especial en los pa- drones de poblaciones, listados de milicias disciplinadas y procesos judiciales por ofensas al honor y al status social. Nos detendremos en estas expresiones de la cultura escrita dado que por ser instrumentos de la administración y por lo tanto de un orden, los registros escri- tos desempeñaron un rol particular en la estructuración de las sociedades debido a que eran utilizados por las instituciones dominantes para organizar su propio entendimiento de la vida social, y para clasificar, establecer jerarquías, y diferenciaciones y ordenar el mundo que representaban.

Avanzar en esta dirección requiere una investigación genealógica del censo de 1777, como también que el empleo de los resúmenes de este padrón ceda el lugar y/o se comple- mente con el uso de los padrones detallados de los habitantes de las distintas localidades. También debe seguirse una estrategia metodológica que vincule el estudio de las represen- taciones con las prácticas sociales de las personas y de los grupos. Así las normatividades institucionales adquieren mejor sentido. Para ello debe reducirse la escala de análisis a nivel de las observaciones de cómo se construyó ese censo, las calificaciones que en él se hacen de las personas, y contrastar esas calificaciones con las efectuadas en otras documentacio- nes, las formas como las personas asumían esas clasificaciones, y las consecuencias de es- tas en el orden social e institucional.

Este ensayo explora las relaciones entre la información de archivos, los modelos in- terpretativos usados por algunos historiadores y las imágenes historiográficas sobre la con- figuración social de algunas áreas del Nuevo Reino de Granada (provincias de Cartagena, Riohacha y Tunja) a finales del siglo XVIII. Para ello estudiamos: 1) la genealogía del censo de 1777, mostrando su origen, motivaciones, técnicas empleadas en su construcción y las distintas formas de presentar sus resultados. Se detiene en el análisis de los tres niveles de presentación de sus resultados: los padrones que emplearon las diversas categorías de usos locales para clasificar a las personas; los que no dieron informaciones sobre las condicio- nes socio-raciales de las personas, y los resúmenes generales que expresaron el interés de la administración del virreinato en tener una comprensión agregada de esa diversidad so- cial, dándole certificado de nacimiento a la categoría “libres de todos los colores” y “par- dos”. 2) Como los modelos teóricos aplicados por algunos estudiosos de ese periodo ha llevado a privilegiar el uso de determinados aspectos en detrimento de otros. 3) Los riesgos que se corren al pretender ver la sociedad colonial tardía única y exclusivamente a la luz de los acontecimientos políticos de 1808 en adelante. Como contrapartida cruzamos la infor- mación de algunos padrones locales con los listados de milicias disciplinadas de la pro- vincia de Cartagena y con algunos expedientes judiciales sobre ofensas al status y al honor, para mostrar como los nuevos elementos políticos introducidos por las reformas borbónicas (vecindario, fuero militar a milicianos, esfuerzos por ser vistos como fieles vasallos, cate-

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gorías políticas de “libres de todos los colores” y “pardos”) se mezclaron con las taxono- mías socio-raciales de la época.

La idea central que lo organiza señala que esas nuevas representaciones institucio- nales convivieron con los imaginarios socio-raciales, los que siguieron expresándose en unas jerarquías sociales coronadas por elites y notables formadas por blancos y otras cate- gorías socio-raciales con un alto grado de blanqueamiento (quinterones, cuarterones y mes- tizos), como también en el fraccionamiento de los sectores libres subordinados. Critica el uso de los resúmenes generales porque han llevado a concebir a las sociedades de ese en- tonces como campos de fuerzas polarizados, a sobrevalorar el peso del mestizaje como un espacio en el que se desdibujaron de las diferencias, y a subvalorar la funcionalidad de las taxonomías socio-raciales.

El ensayo está organizado en seis partes. En el primero hacemos un breve recorrido por la historiografía relativa a los censos de las colonias iberoamericanas de finales del si- glo XVIII. En el segundo estudiamos las formas como se organizó el censo de 1777 en la Nueva Granada. En el tercero analizamos las categorías socio-raciales que aparecen en cen- sos de algunas localidades del mundo andino y de las provincias de Cartagena y Riohacha. En el cuarto realizamos un contraste entre esas categorías y las que aparecen en los resú- menes de los censos de ese año. En la sexta parte analizamos la conformación socio-racial de las milicias disciplinadas de la provincia de Cartagena y su transformación, en 1787, en milicias urbanas. Por último presentamos unas conclusiones.

Tratamiento de los censos del siglo XVIII por la historiografía social

Entre las interpretaciones propuestas por los historiadores a propósito de la existencia de una diversidad socio-racial en la Hispanoamérica del siglo XVIII 13 que adquiría sus espe- cificidades acorde con las localidades, comarcas y provincias, 14 queremos resaltar tres dis-

13 David Cahill, “Colores cifrados: categorías raciales y étnicas en el virreinato peruano, 1532-1824”, en Nue- va Síntesis n.°7-8, Lima, Universidad de San Marcos, 2001, pp.29-58; Stuart Schwartz, “Spaniards, ‘par- dos’, and the missing mestizos: identities and racial categories in the early hispanic Caribbean”, in New West Indian Guide vol.71, n.°1-2, Ámsterdam, Royal Netherlands Institute of Southeast Asian and Carib- bean Studies, 1997, pp.5-19. http://goo.gl/4Gu6Sp; Ben Vinson III, “Estudiando las razas desde la periferia:

las castas olvidadas del sistema colonial mexicano (lobos, moriscos, coyotes, moros y chinos)”, en Juan M. de la Serna (ed.), Pautas de convivencia étnica en la América Latina colonial, México, UNAM, 2005, pp.247-307; “Moriscos y lobos en la Nueva España”, en María E. Velásquez (coord.), Debates históricos contemporáneos: africanos y afrodescendientes en México y Centroamérica, México, CEMCA/INAH/IRD/UNAM, 2011, pp.159-178.

14 Por ejemplo, para el caso de la Nueva España durante del siglo XVIII Pilar Gonzalbo solo reconoce la exis- tencia de las categorías de español, indio, negro, mestizo, mulato, castizo, morisco, y ocasionalmente, par- do, chino o zambo, mientras que niega muchas otras registradas en los treinta y más cuadros pintados de las castas, calificándolos de “extravagantes taxonomías” que poco tenían que ver con una realidad de mez- clas de distintos sectores que en sus vida cotidianas no andaban estableciendo diferenciaciones, lo que solo preocupaba a las familias prestantes. Pilar Gonzalbo, “La vida familiar y las móviles fronteras sociales en

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cusiones útiles para los fines de este ensayo. Una se expresó en el debate de finales de los años de 1970 y el decenio siguiente a propósito de qué modelo de análisis seguir a propósito de las características de la sociedad de la Nueva España del siglo XVIII. Otra fue el que llevó a desmontar la idea de la existencia de un sistema rígido de castas que impedía cualquier forma de movilidad social, lo que reducía los mestizajes a procesos biológicos y le negaba cualquier importancia social y política. Y otra interpretación de reciente datación debe su origen a la influencia de algunos modelos teóricos que se preguntan sobre las rela- ciones entre el poder y las características de los discursos y de las escrituras coloniales, extendiéndose el periodo estudiado a los siglos XVI y XVII, sobre los que existen muchos vacíos al estar circunscritas las investigaciones al tema de los contactos iniciales entre es- pañoles, indios y negros. 15

En efecto, algunos estudiosos del pasado colonial defendieron la tesis de la preemi- nencia de la condición socio-racial sobre la de clase. 16 Otros creyeron reconocer en la di- versidad de las categorías socio-raciales los avances del mestizaje y la pérdida de importan- cia de aquellas categorías como elemento de diferenciación social, y en consecuencia la preeminencia que iba logrando la condición de clase en la clasificación de los grupos socia- les. 17 Ambas interpretaciones, que forman parte de un debate desarrollado a propósito de la sociedad de la Nueva España del periodo colonial tardío, 18 hasta cierto punto iluminaron un

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el siglo XVIII novohispano”, en Montalbán n.°34, Caracas, Universidad Andrés Bello, 2001, pp.201-218. Norma Castillo expone parecida idea a propósito de esas imbricadas taxonomías. Cholula. Sociedad mesti- za en ciudad india. Un estudio sobre las causas económicas, sociales y demográficas del mestizaje en una provincia novohispana, México, UAM/Plaza y Valdés, 2001, pp.101-102.

15 Un seguimiento a estos debates en Verena Stolcke, “A propósito de fronteras y mestizajes”, en Monserrat Ventura (ed.), Fronteras de mestizajes. Sistemas de clasificación social en Europa, América y África, Bar- celona, Universidad Autónoma de Barcelona, 2010, pp.19-29.

16 Robert McCaa, “Calidad, clase, and marriage in Colonial Mexico: The case of Parral, 1788-90”, in Hispan- ic American Historical Review vol.64, n.°3, Durham, Duke University Press, 1984, pp.477-501; Robert McCaa, Stuart Schwartz and Arturo Grubessich, “Race and class in Colonial Latin America: A critique”, in Comparative Studies in Society and History vol.XL, n.°3, Cambridge, Cambridge University Press, 1979,

pp.421-433.

17 John Chance and William Taylor, “Estate and class in a colonial city: Oaxaca in 1792”, in Comparative Studies in Society and History vol.XIX, n.°4, Cambridge, Cambridge University Press, 1977, pp.454-487; Patricia Seed, “Social dimensions of race: Mexico City, 1753”, in Hispanic American Historical Review vol.62, n.°4, Durham, Duke University, 1982, pp.569-606; Patricia Seed and Philip Rust, “Estate and class in colonial Oaxaca revisited”, in Comparative Studies in Society and History vol.XXXV, n.°4, Cambridge, Cambridge University Press, 1983, pp.703-710; Rodney Anderson, “Racial and social stratification: A comparison of working-class spaniards, indians and castas in Guadalajara, Mexico in 1821”, in Hispanic American Historical Review vol.LXVIII, n.°2, Durham, Duke University, 1988, pp.209-243.

18 Una buena síntesis sobre el estado del debate sobre el tema de raza, clase y diversidad de mestizajes en Nueva España puede leerse en Patrick J. Carroll, “El debate académico sobre los significados sociales entre clase y raza en el México del siglo XVIII”, en Debates históricos contemporáneos: africanos y afrodescen- dientes en México y Centroamérica, pp.111-142. Sobre los contextos académicos e historiográficos en que se han desarrollado los estudios sobre la población de color de México ver: Ben Vinson III, “Afro-Mexican history: trends and directions in scholarship”, in History Compass n.°3, 2005, pp.1-14.

http://goo.gl/RgB4oz

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buen trayecto del sendero por el cual transcurrieron las investigaciones sobre el resto de colonias de la Hispanoamérica colonial. Algunos historiadores establecieron un término medio y utilizaron ambas perspectivas de análisis de forma complementaria (raza y clase). 19

Otros consideran que se hicieron fluidas las fronteras entre la condición socio-racial

y la condición clasista, las que eran manipuladas por distintos sectores de acuerdo a sus

expectativas. Por ejemplo, en línea de continuidad con ese debate en fecha reciente María Velásquez ha señalado que para enfrentar los intentos de los Borbones para reafirmar el sistema de castas en Nueva España con el propósito de aminorar el poder de los blancos criollos con ascendientes indígenas, estos procedieron, por un lado a exaltar a blancos e indios al tiempo que condenaban a las gentes de color, y por otra parte a disminuir el peso del factor socio-racial y a afirmar el de la clase social. 20

Y por último, sectores de historiadores creyeron que el debate estaba mal plantea- do y que lo que determinaba la ubicación de las personas en el orden social era la “calidad”, concepto de uso colonial que integraba una diversidad de factores tales como la “raza”, la posición económica, la ocupación, el estilo de vida, los lazos de parentescos, las redes so- ciales a que se perteneciera, el sitio de vivienda y otros elementos). 21 Hoy se acepta tanto la existencia de distintas formas de clasificación de acuerdo a los contextos en los que estuvie- ran insertas las personas, como también que en unas situaciones esos elementos podían ope- raban en bloque, y en otras situaciones se privilegiaban uno o unos sobre otros. Aunque este último recurso metodológico ha puesto el debate en un plano mucho más productivo si se le mira por el lado de la importancia de tener en cuenta diversos elementos, se le achaca

el dejar en una situación indeterminada la jerarquía entre esos factores en el establecimiento

del rango social de las personas. Uno de los llamados de atención más importantes al mo- mento de estudiar los significados de las categorías socio-raciales es el de prestar cuidado a las particularidades locales y provinciales.

Lo cierto es que esas discusiones solo mostraron una de las tantas aristas que posee

el tema de las configuraciones socio-raciales de las sociedades coloniales. En fechas más

recientes las preguntas se han hecho más complicadas a medida que se empieza a estudiar las genealogías de las categorías socio-raciales develándose sus complejos orígenes y sus relaciones con el poder y la escritura. 22 De igual forma, se empieza a mostrar la función de

19 Juan C. Garavaglia y Juan C. Grosso, “Criollos, mestizos e indios: etnias y clases sociales en el México colonial a finales del siglo XVIII”, en Secuencia n.°29, México, Instituto Mora, 1994, pp.39-80.

20 María E. Velázquez, Mujeres de origen africano en la capital novohispana, siglos XVII y XVIII, México, PUEG/UNAM/INAH, 2006, pp.312-380. En 1771 el Cabildo de Ciudad de México dirigió una extensa repre- sentación al Rey en nombre de los españoles nacidos allí por los agravios recibidos en un informe que un alto funcionario pasó a la Corona. Ver: Archivo Histórico Nacional (Madrid), Colección de Documentos de Indias, Diversos-Colecciones, 33, n.°53, ff.1r.-97v.

21 Pilar Gonzalbo, La familia y el nuevo orden colonial, México, El Colegio de México, 1998, pp.13-14, 130.

22 Verena Stolcke, “Los mestizos no nacen sino que se hacen”, en Avá n.°14, Tucumán, Universidad Nacional de Misiones, 2009. http://www.scielo.org.ar/pdf/ava/n14/n14a02.pdf; Verena Stolcke y Alexandre Coello

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la iglesia en la construcción de esas categorías y lo que esta legó a otras instancias del po- der colonial. 23 Esto ha llevado a cuestionar las relaciones entre las interpretaciones histo- riográficas y las fuentes documentales empleadas. Términos que en el siglo XVIII tenían una definición establecida, en los dos siglos que le precedieron eran movedizos como lo ha mostrado Berta Ares para el caso del uso de las categorías “mulato” y “zambahigo” en Pe- rú, 24 y Joanne Rappaport en el caso del empleo de la categoría “mestizo” en el área andina neogranadina. 25 Según ambas autoras lo biológico aparecía subsumido en una serie de con- sideraciones morales-culturales (ilegitimidad, molicie, deslealtad, poca religiosidad y urba- nidad) que se mezclaban con la determinación de los rasgos físicos al momento de definir a las gentes de esas condiciones. También reclaman que la instrumentalización de estos con- ceptos por el poder y su reflejo en los documentos oficiales ha tenido el efecto de subra- yar ciertos énfasis y de esconder la existencia de una diversidad social y cultural, la que usualmente queda opaca en los estudios históricos. Marisol de la Cadena ha rastreado los orígenes religiosos y políticos de los fundamentos que dieron origen al término “mestizo” en la España medieval, para mostrar los diversos sustratos culturales de esa categoría, las jerarquías que se establecen entre estos y cómo terminó siendo un concepto naturalizado por los discursos raciales de los siglos XVIII y XIX. 26

Esto ha permitido superar interpretaciones esencialistas que concebían las identida- des socio-raciales como hechos naturales, colocándolas en sus debidos contextos y en los campos relacionales en que las personas desenvolvían sus existencias. Por esta vía los his- toriadores se han planteado preguntas que cobijan muchos más aspectos que las iniciales, y han acudido al empleo de nuevas fuentes de archivos que no se habían tenido en cuenta tales como los expedientes judiciales, las documentaciones notarial, parroquiales y otras que se originaban en los actos de las autoridades locales. Entonces estamos frente a una mayor complejidad en los estudios sobre la sociedad colonial en la medida que hasta las fuentes informativas que se emplean se han constituido en objeto de estudio con el fin de avanzar en la deconstrucción de los discursos de esa época y como dejaban sus improntas en los documentos que nos han legado las personas y las instituciones de ese entonces.

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(comp.), Identidades ambivalentes en América Latina (siglos XVI-XXI), Barcelona, Eds. Bellaterra, 2008. Carlos López Beltrán, “Sangre y temperamento. Pureza y mestizajes en las sociedades de castas america- nas”, en Frida Gorbach y Carlos López-Beltrán (eds.), Saberes locales: ensayos sobre historia de la cien- cia en América Latina, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2008, pp.289-342.

23 Ver pie de páginas 43, 44 y 45.

24 Berta Ares Queija, “Mestizos, mulatos y zambaigos (virreinato del Perú siglo XVI)”, en Berta Ares Queija y Alessandro Stella (coords.), Negros, mulatos, zambaigos. Derroteros africanos en los mundos ibéricos, Pa- rís/Sevilla, CNRS/EEHA, 2000, pp.75-88.

25 Joanne Rappaport, “’Asi lo paresçe por su aspeto’: fisiognomía y construcción de la diferencia en la Bogotá colonial”, en Tabula Rasa n.°17, Bogotá, Universidad Central, 2012, pp.13-42

26 Marisol de la Cadena, “¿son los mestizos híbridos? las políticas conceptuales de las identidades andinas”, en Universitas Humanísticas n.°61, Bogotá, Universidad Javeriana, 2006, pp.51-84.

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Como podrá imaginar el lector, algunos de estos debates han llevado a preguntarse sobre las fuentes informativas empleadas por los historiadores. Este es el caso de los padro- nes del siglo XVIII, sobre los que se han identificado tres bloques de problemas en cuanto al uso que de ellos hacen los historiadores. Un primer conjunto que podemos llamar de base se refiere a las limitaciones que poseen como fuentes de información para el estudio de cualquier sociedad. Relacionado con el anterior un segundo bloque está constituido por las necesidades de conocer cómo se construían los censos por parte de las instituciones colo- niales (iglesia y autoridades civiles y militares), lo que remite a las formas como los fun- cionarios eclesiásticos, burócratas y oficialidad militar concebían a la sociedad y a sus dis- tintos grupos. Y el tercer acumulado de problemas hace referencia a las relaciones entre las clasificaciones socio-raciales consignadas por los empadronadores y las formas como se autoreconocía la población censada y la imagen que tenía la comunidad de cada uno de sus miembros y sus familias.

Sobre el tema de la imagen sincrónica creemos que a estas alturas de los avances de la historiografía no es mucho lo que hay decir. Solo anotemos de paso que el problema radica en el hecho de contener identidades rígidas sobre los individuos y sus familias, los que en la vida real ponían en escenas diversas identidades. El no existir una relación unívo- ca entre las denominaciones sobre las calidades que se registraron en los padrones y las prácticas sociales que relacionaban a los individuos y que crearon los contextos políticos y socio-culturales en que estaban inscritas las denominaciones socio-raciales. Y el no poder mostrar la movilidad de las fronteras entre algunas de las categorías empleadas.

El segundo conjunto de problemas se refiere a la necesidad de conocer las técnicas de recolección de la información por parte de los empadronadores, los significados de las categorías clasificatorias empleadas y las formas identitarias que asumían los empadrona- dos y las que les asignaban los empadronadores. 27 Esas preocupaciones están vinculadas con tres preguntas claves que empiezan a orientar las investigaciones históricas. a) Sobre las relaciones entre las necesidades de las instituciones, autoridades y burocracias públicas coloniales, y la realización y los usos que hacían de los censos. b) Las formas como las burocracias concebían a la sociedad y las relaciones de los distintos grupos con las institu- ciones. 28 Y c) las relaciones entre las imágenes institucionales y las formas como las comu-

27 Un buen resumen sobre algunos problemas de los censos del siglo XVIII de Brasil en Carlos de Almeida Prado Bacellar, “Las listas nominativas de los habitantes de la capitanía de São Paulo, Brasil, bajo una mi- rada crítica”, en Dora Celton, Mónica Ghirardi y Adrián Carbonetti (coords.), Poblaciones históricas. Fuentes, métodos y líneas de investigación, Rio de Janeiro, ALAP, 2009, pp.155-170. Por otras informacio- nes también sabemos que eran común las manipulaciones que los individuos podían hacer de sus condicio- nes socio-raciales de acuerdo con las expectativas que tuvieran. B. Vinson III, “Estudiando las razas desde la periferia”, pp.271-272; J. Garavaglia y J. Grosso, “Criollos, mestizos e indios”, pp.39-80.

28 Steinar Saether, “Counting indians: census categories in late colonial and early republican Spanish Ameri- ca”, in Per Axelsson and Peter Sköld (eds.), Indigenous peoples and demography. The complex relation be- tween identity and statistics, Oxford, Berghahn Books, 2011, p.58.

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nidades leían y asignaban las posiciones de las personas en la jerarquía social, y también a las lecturas que las personas hacían de sí mismas.

Por ejemplo, en 1994 Juan C. Garavaglia y Juan C. Grosso, a propósito de las clasi- ficaciones socio-raciales registradas en el censo de 1791 de la pequeña villa de Tepeaca (Nueva España), consideraron que muchas de las clasificaciones eran el resultado de un conflictivo juego de auto y exoclasificación. En esta última la categorización de las per- sonas en unos compartimientos sociales no dependían de las formas como los habitantes se auto-percibieran sino de la idea que se hacía el empadronador con base en lo que conside- raba una especie de forma “objetiva” de clasificación. 29 En una dirección similar ha traba- jado Brígida Von Mentz quien ha hecho un llamado para que los historiadores tengan en cuenta las relaciones entre registradores y registrados al momento de emplear los censos en sus análisis. Para ello se ha interesado los vínculos entre la tradición nahua de registrar a la población y las innovaciones que introdujeron los españoles durante la conquista, en la ca- pacidad lecto-escritora de los personajes locales que levantaron algunas matrículas de 1540, y sus funciones de intermediarios culturales entre la población empadronada y las institu- ciones coloniales en el área de Cuernavaca. También muestra las modificaciones que se operaron en 1671 cuando los registradores fueron curas franciscanos que se hallaban en conflictos con los habitantes de la comarca, hecho que incidió en que no respetaran las au- todefiniciones de los empadronados, y que todos fueran calificados como “indios”. 30 Algo parecido ha anotado Patrick J. Carroll a propósito de la discusión que involucra las relacio- nes entre raza-clase-calidad, o la combinación de estas categorías, y el papel de los padro- nes de población construidos durante el siglo XVIII en las políticas oficiales y en las puestas en escenas de las distintas identidades de las personas y familias. Por ejemplo, y para decir algo que nos vaya introduciendo en el tema que nos interesa, este historiador considera que los empadronadores (sacerdotes y funcionarios) pudieron aplicar la técnica de “raza por reputación”, asignando condiciones socio-raciales en concordancia con las características mayoritarias de la población de determinado lugar. O que podían proceder motivados por el interés en presentar una imagen reforzada del sistema de castas, estableciendo unas identi- dades colectivas a una totalidad que en términos reales podían estar fraccionada. También piensa que muchas veces los sacerdotes registraban las identidades que declaraban los indi- viduos, los que podían manipular su ubicación en el orden socio-racial, y que en otras oca- siones los curas podían aprovechar un padrón para asignar una condición baja a las perso- nas y sectores con los que tenían conflictos. De igual forma, por sus apegos a la defensa del

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29 J. Garavaglia y J. Grosso, “Criollos, mestizos e indios”, pp.46-47.

30 Brígida von Mentz, “La elaboración de matrículas poblacionales y el contexto social. Análisis de dos tradi- ciones estatales y de la relación entre registradores y registrados en la región de Cuernavaca, 1540-1671”, en América Molina y David Navarrete (coords.), Problemas demográficos vistos desde la historia, Zamo- ra, El Colegio de Michoacán/Ciesas/Conacyt, 2006, pp.29-66.

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sistema de casta los sacerdotes podían ignorar o distorsionar los casos en que los hechos estaban en contravía con ese sistema. 31

Estudios recientes han avanzado algunas ideas a propósito de las relaciones entre las necesidades de las instituciones político-administrativas, los contextos político-sociales en los momentos en que se levantaron los padrones y las características de la información re- colectada, en especial, los motivos que tenían las autoridades para celebrar los censos y la configuración socio-racial en ellos consignadas. A manera de ilustración digamos que el censo de Montevideo de 1772-1773, conocido como el Padrón Aldecoa, fue levantado por necesidades militares, registrado a los pobladores que debían pagar impuestos para el sostenimiento de las milicias, señalando la existencia de indios, negros, negros libres, mestizos, mulatos, pardos, esclavos y muchos otros hombres que por ser españoles y por- tugueses suponemos que debían ser blancos. 32 Ada Ferrer argumenta que los censos reali- zados en Cuba coetáneos y posteriores a la Revolución de Haití (1791-1804) fueron motiva- dos por el temor que suscitaba el que aquella isla también fuese escenario de un parecido levantamiento social de gentes de color. Ese miedo originó el interés en conocer, controlar y vigilar a la población, lo que se expresó en el levantamiento de los padrones (los genera- les de 1791-1792 y 1817 realizados por orden de la Corona, y muchos provinciales realiza- dos por iniciativas de las autoridades locales). 33 También razones de defensa explican, se- gún María Andreazza, que en Curitiba, sur de Brasil, se haya realizado un censo en 1765, el que solo contabilizó a los hombres debido al interés de las autoridades de tener un registro de quienes pudieran tomar las armas para participar en la guerra luso-castellana (1762-1777) y defenderse de las entradas de gentes provenientes de las fronteras con Buenos Aires y Asunción. Por eso las clasificaciones fueron: “ausentes”, “los que han nacido en el reino”, “criminales”, “incapaces”, “indios de la tierra”, pardos”, “negros” y “esclavos”. 34

El censo de Nueva España de 1777, conocido como censo de Bucareli por el nombre del virrey que ordenó realizarlo, se llevó a cabo con el propósito de conocer las característi- cas de la población para efecto de las decisiones gubernamentales, encargándose a los sa-

31 P. Carroll, “El debate académico sobre los significados sociales entre clase y raza en el México del siglo XVIII”, pp.111-142.

32 Archivo General de la Nación (Argentina), División Colonia; Sección Gobierno; Montevideo, leg.76; 1730- 1804; Sala IX, 3-1-8. La transcripción de este padrón puede leerse en la web Pueblos y Números. Rio de La Plata 1760-1860. http://goo.gl/PwKTiK. Un estudio y transcripción de este padrón puede leerse en Juan A. Apolant, “Padrones olvidados de Montevideo del siglo XVIII [II]. Padrón Aldecoa 1772-1773”, en Boletín Histórico n.°106-107, Montevideo, Ejército de Uruguay, 1965, p.51. http://goo.gl/gwDzOa.

33 Ada Ferrer, “Cuba en la sombra de Haití: Noticias, sociedad y esclavitud”, en María González, Consuelo Naranjo, Ada Ferrer y José Opatrný, El rumor de Haití en Cuba: temor, raza y rebeldía, 1789-1844, Sevi- lla, CSIC, 2004, pp.203-209.

34 María Andreazza, “El papel de los censos en la producción de las categorías sociales y espaciales de las colonias americanas”, en Poblaciones históricas. Fuentes, métodos y líneas de investigación, pp.117-135.

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cerdotes la misión de efectuarlo. 35 Estudios de ese censo para otras ciudades novohispanas también se colocan en la misma perspectiva, pero con la particularidad de especificar la diversidad socio-racial de ese entonces, como lo hicieron los padrones de las ciudades de México (españoles, indios, mestizos, mulatos, castizos y otros), 36 y de Durango (castizos, coyotes, españoles, jíbaros, indios, lobos, mulatos, moriscos, mestizos, negros). 37 El padrón de 1778 de Buenos Aires y su provincia no registró unidades familiares, sino a las personas por grupos socio-raciales (“blancos, indios, mulatos y negros”), resaltando el grado militar de los varones. 38 Tiempo atrás, en 1708, se había celebrado en Cartagena de Indias un em- padronamiento de la población masculina debido a que pocos años antes (1697) la ciudad había sido tomada por el barón de Pointis, arrojando la cifra de 622 vecinos (61,7% blancos; 24,2% pardos libres; 13,0% negros libres). 39

De toda Hispanoamérica el censo más estudiado es el de Nueva España de 1791, co- nocido como de Revillagigedo, por el nombre del virrey que lo ordenó. Los estudios por ciudades y provincias han puesto en limpio que este padrón tuvo diversos propósitos:

tributarios con relación a la población indígena. Militares insistiendo en el registro de la población masculina mayor de 12 años. 40 Por este motivo, por ejemplo, en Xalapa (en el área de la sierra que da hacía las costas de Veracruz) solo se contabilizara a la población libre y se excluyeran a los indios y a los esclavos. 41 Y otro con el propósito de conocer a la

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35 Ernest Sánchez, Padrón del arzobispado de México 1777, México, AGN, 2003, pp.15-31. En parecida tónica estuvo el censo de Chile de 1777-1778. Instituto Nacional de Estadística, Retratos de nuestra identidad:

Los censos de población en Chile y su evolución histórica hacia el Bicentenario, Santiago de Chile, INE, 2009, pp.49-54. http://goo.gl/EtWjz3. Carlos Contreras y Claudia Pardo, “La cuenta de feligreses en Pue- bla de los Ángeles en 1777. Población y estructura racial”, en Carlos Contreras y Claudia Pardo (coords.), El Obispado de Puebla. Españoles, indios, mestizos y castas en tiempos del virrey Bucareli, 1777, Puebla, Benemérita Universidad de Puebla/Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, 2007, pp.29-71.

36 Ernest Sánchez, “La población de la Ciudad de México en 1777”, en Secuencia n.°60, México, Instituto Mora, 2004, p.39. Otra categorías socio-raciales de escasa presencia según ese padrón era: mestindios, co- yotes, lobos, moriscos, negros y albinos.

37 María Juárez, Estructura poblacional de Durango en 1778, México, trabajo de grado para obtener el título de Licenciada en Historia UAM-Iztapalapa, 1998, pp.44-69, 91-92. http://goo.gl/BqOVX0.

38 Sandra Olivero, Sociedad y economía en San Isidro colonial. Buenos Aires, siglo XVIII, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2006, pp.49-50.

39 Carmen Gómez, “La población de Cartagena de Indias a principios del siglo XVIII”, en Temas Americanis- tas n.°2, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1983, pp.43-52.

40 Hugo Castro, Primer censo de la población de la Nueva España, 1790. Censo de Revillagigedo “un censo condenado”, México, Dirección General de Estadísticas, 1777. http://goo.gl/VjWWd5; Leticia Mayer, “Los censos novohispanos a finales del siglo XVIII”. Ponencia leída en el Congreso de la Latin American Studies Association, Rio de Janeiro, junio de 2009. http://goo.gl/oZ2ojt.

41 Patrick J. Carroll, “Estudio socio-demográfico de las personas de sangre negra en Jalapa, 1791”, en Histo- ria Mexicana vol.XXIII, n.°1, México, El Colegio de México, 1973, p.114; sobre el propósito militar de este censo también ver: Matilde Souto Mantecón, “Composición familiar y estructura ocupacional de la población de origen español en Jalapa de la Feria (1791)”, en Estudios de Historia de Nueva España n.°27, México, UNAM, 2002, pp.93-95.

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población para establecer políticas gubernamentales y fiscales, en el que se registraron los oficios y las condiciones socio-raciales de los hombres. 42

Algunas investigaciones han alertado sobre lo saludable que es tener una perspecti- va comparativa de diversos censos de una misma población, y han resaltado la necesidad de analizar con cuidado el tratamiento que los empadronadores daban a las personas y familias de acuerdo al estado civil, ocupación y el género. En esta dirección han trabajado María Meriño y Aisnara Perera, quienes han cotejado el registro de unas mismas familias en dis- tintos censos de Santiago de Cuba para mostrar como la clasificación socio-racial podía variar acorde con la ocupación, y de si el jefe de familia estaba vivo o si ya había fallecido. Así, mujeres clasificadas como blancas mientras sus esposos de igual condición estuvieron vivos, una vez enviudaban se les rebajó el status y aparecieron registradas en otros censos como pardas. 43 La relación entre mujeres, estado civil (viudas) y calidad también tiene un papel importante en el censo de 1765 de Curitiba al registrarse solo a las viudas notables como cabezas de familias, mientras que a las que carecían de prestancia se les registraron sin nombre y como cabeza de familia se anotaba el nombre del difunto, lo que quizá tenía que ver con la condición de sociedad de frontera de esta área del virreinato de Brasil y el peso prominente de la población masculina para efectos de la defensa militar. 44

También hay interés en conocer las genealogías de las categorías socio-raciales que organizaban a la población en los censos, y para ello últimamente se coloca el énfasis en estudiar cómo se fueron cruzando las tradiciones eclesiásticas y civiles en la realización de los padrones de población. Estas relaciones entre los censos civiles con los padrones de feligresías y libros de bautismos, matrimonios y defunciones que llevaban las iglesias, están permitiendo determinar cómo las categorías que se empleaban en estos últimos transitaron a un uso generalizado. 45 Por ejemplo, para el caso del Chile colonial Alejandra Araya distin-

42 Celia Wu, “La población de la ciudad de Querétaro en 1791”, en Historias n.°20, México, INAH, 1988, pp.67-88. http://goo.gl/dGzqCI; Carmen Castañeda y Laura Gómez, “La población de Guadalajara de acuerdo con el padrón militar de 1791 y el censo de la intendencia de 1793”, en Historias n.°76, Méxi- co, INAH, 2000, pp.45-66; H. Castro, Primer censo de la población de la Nueva España, 1790. Censo de Revillagigedo “un censo condenado”.

43 María Meriño y Aisnara Perera, Familias, agregados y esclavos. Los padrones de vecinos de Santiago de Cuba (1778-1868), Santiago de Cuba, Eds. Oriente, 2011, pp.138-253.

44 M. Andreazza, “El papel de los censos”, pp.117-135.

45 Ver los orígenes eclesiásticos y las transformaciones operadas en algunas categorías socio-raciales en Nor- ma Castillo, “Informaciones y probanzas de limpieza de sangre. Teoría y realidad frente a la movilidad so- cial de la población novohispana producida por el mestizaje”, en Nikolaus Böttcher, Bernd Hausberger y Max Hering Torres (coords.), El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico, Mé- xico, El Colegio de México, 2011, pp.219-250. De esta autora también ver: Cholula. Sociedad mestiza en ciudad india, pp.76-200. Sobre los orígenes de las categorías mestizo, mulato y zambo en la audiencia de Lima del siglo XVI ver: Kathryn Burn, “Desestabilizando la raza”, en Marisol de la Cadena (ed.), Forma- ciones de indianidad. Articulaciones raciales, mestizaje y nación en América Latina, Popayán, Ed. Envión, 2007, pp.35-54; B. Ares, “Mestizos, mulatos y zambaigos (virreinato del Perú siglo XVI)”, pp.75-88; Tam- bién ver: Alexandre Coello, “De mestizos y criollos en la compañía de Jesús (Perú, siglos XVI-XVII)”, en Revista de Indias vol. LXVIII, n.º 243, Madrid, CSIC, 2008, pp.37-66.

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gue la existencia de una tradición eclesiástica (confesional-parroquial con sus libros de bau- tismos, matrimonios y defunciones, matrículas de feligresías), y otra civil (repartimientos

de indios, visitas a la tierra para tasar tributos, y censos con fines impositivos y militares). Ambas ordenaban a la población por condición socio-racial, lo que se había originado en una disposición real de 1573 para que en las iglesias los ritos religiosos y sacramentos se llevaran en libros separados de acuerdo a las condiciones de las personas que los recibían.

A estas tradiciones en la segunda mitad del siglo XVIII se le sumaron lo que Araya llama

“proto-censal”, caracterizada por técnicas más precisas de contabilización de la pobla- ción y una tradición militar. 46

Solo en fechas recientes la historiografía sobre Colombia ha empezado a preocupar-

se por estudiar los orígenes y la evolución de las categorías socio-raciales, focalizándose los estudios de estos temas en determinadas áreas andinas (jurisdicciones de Santa Fe de Bogo-

tá y Tunja), 47 mientras que para las provincias del Caribe (Cartagena y Santa Marta) solo se

conoce algunos aspectos de las dinámicas de esas categorías en el siglo XVIII, 48 permane- ciendo en penumbras lo sucedido en los siglos XVI y XVII, excepto para las poblaciones de indios y los negros esclavos, libres y cimarrones que cuentan con algunos trabajos signifi- cativos. 49 Para estas provincias un reciente artículo Steinar Saether se preocupa por estudiar

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46 Alejandra Araya, “Registrar a la plebe o el color de las castas: ‘calidad’, ‘clase’ y ‘casta’ en la Matrícula de Alday (Chile, siglo XVIII)”, en América colonial. Denominaciones, clasificaciones e identidades, pp.331- 362; “La Matrícula de Alday (1777-1778): imaginarios sociales y políticos en el siglo XVIII americano”, en Grupo de Estudio de Historia de las Ciencias (eds.), Control social y objetivación: escrituras y tránsitos de las Ciencias en Chile, Santiago de Chile, Universidad de Chile, 2012, pp.15-33.

47 Sobre los orígenes eclesiásticos de algunas categorías socio-raciales en Santa Fe de Bogotá ver Juan Cobo, Mestizos heraldos de Dios. La ordenación de sacerdotes descendientes de españoles e indígenas en el Nuevo Reino de Granada y la racialización de la diferencia 1573-1590, Bogotá, ICANH, 2012, pp.101-126. Sobre los orígenes y dinámica de algunas categorías socio-raciales en esa ciudad ver: J. Rappaport, “’Asi lo paresçe por su aspeto’: fisiognomía y construcción de la diferencia en la Bogotá colonial”, pp.13-42; “Buena sangre y hábitos españoles: repensando a Alonso de Silva y Diego de Torres”, en Anuario Colom- biano de Historia Social y de la Cultura vol.39, n.°1, Bogotá, Universidad Nacional, 2012, pp.19-48; “El mestizo que desaparece: El género en la construcción de redes sociales entre mestizos de élite en Santafé de Bogotá, siglos XVI y XVII”, en Juan Escobar, Sarah de Mojica y Adolfo Maya (eds.), Celebraciones y crisis: Procesos independentistas en Iberoamérica y la Nueva Granada, Bogotá, Universidad Javeriana, 2012, pp.365-386; “¿Quién es mestizo? Descifrando la mezcla racial en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI y XVII”, en Varia Historia vol.25, n.°41, Belo Horizonte, Universidade Federal de Minas Gerais, 2009, pp.43-60. Marta Zambrano, “Ilegitimidad, cruce de sangre y desigualdad: dilemas del porvenir en Santa Fe colonial”, en El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico, pp.251-281. 48 Steinar Saether, Identidades e independencia en Santa Marta y Riohacha, 1750-1850, Bogotá, ICANH, 2005; Aline Helg, Libertad e igualdad en el Caribe colombiano 1770-1835, Medellín, EAFIT/Banco de la República, 2011, pp.151-218.

49 Marta Herrera, “El poblamiento en el siglo XVI y principios del XVII. Contrastes entre el Caribe y el interior andino”, en Haroldo Calvo y Adolfo Meisel (eds.), Cartagena de Indias en el siglo XVI, Cartagena, Banco de la República, 2010, pp.203-237; Julián Ruiz, Los indios de Cartagena bajo la administración española en el siglo XVII, Bogotá, AGN, 1996; “Gobierno, comercio y sociedad en Cartagena de Indias en el siglo XVII”, en Adolfo Meisel y Haroldo Calvo (eds.), Cartagena de Indias en el siglo XVII, Cartagena, Banco de la República, 2007, pp.354-376; María C. Navarrete, Génesis y desarrollo de la esclavitud en Colombia

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la presencia de los indios en los censos del siglo XVIII, insistiendo en que las dificultades que enfrentaron los empadronadores al momento de definirlos, dada la inclinación de estos a eludir el pago del tributo, presentándose como mestizos. Pero así mismo ha llamado la atención sobre las prerrogativas que otorgaba ser clasificado como tal, en especial el tener un status especial que le consagraba el acceso a las tierras de los resguardos y a un status especial dentro del orden colonial, del que carecían los mestizos. 50

Para el último siglo de dominación colonial el único trabajo que ha analizado las ca- tegorías de clasificación social de un área neogranadina (la provincia de Mariquita) cruzan- do el resumen del censo de 1778 con otras informaciones como los expedientes judiciales es el de Katherine Bonil. Su interés se ha centrado en develar las relaciones entre el poder y las clasificaciones sociales, por lo que se ha interesado en quién enuncia, quiénes son cobi- jados por las clasificaciones, cómo estas podían ser instrumentalizarlas de acuerdo a las conveniencias de los distintos actores sociales y las relaciones entre las categorías y las prácticas sociales. Señala la existencia de una diversidad de términos cuyo empleo depen- derá de los contextos locales y comarcanos, y diferencia entre las intenciones de los altos poderes y las labores de los empadronadores que muchas veces negociaban con los censa- dos el empleo de las clasificaciones. 51

También hay interés por ir más allá del uso de las cifras y de las categorías que ofrecen los resúmenes de ese censo, y se ha iniciado un debate sobre las implicaciones me- todológicas e historiográficas que tiene el uso de las categorías agregadas. Marta Herrera ha llamado la atención sobre la necesidad de tener en cuenta los motivos y los significados que tuvieron las distintas administraciones coloniales para agregar en los resúmenes de ese censo a las gentes de diversas condiciones bajo el rubro de “libres de todos los colores”. Asimismo ha invitado a estar pendientes de los hechos que se colocaron en un segundo plano, como también las posteriores implicaciones políticas e historiográficas en descono- cer que muchos de los calificados en distintas categorías socio-raciales podían compartir, por ejemplo, aspectos culturales de comunidades de indios. 52 De igual forma Alfonso Mú- nera ha advertido a la comunidad de historiadores sobre el hecho de que los estudios del

siglos XVI y XVII, Cali, Universidad del Valle, 2012; María Borrego, Cartagena de Indias. La andadura de una vida bajo la Colonia, Bogotá, El Áncora Eds., 2010, pp.23-72, 191-299.

50 S. Saether, “Counting indians”, pp.60-63.

51 Katherine Bonil, Gobierno y calidad en el orden social. Las categorías del mestizaje en la provincia de Mariquita en la segunda mitad del siglo XVIII, Bogotá, Universidad de los Andes, 2011, pp.139-167. El res- to de historiadores colombianos han hecho uso de los resúmenes del censo de 1777, y durante los últimos veinte años del valioso trabajo de compilación y presentación en estadísticas de los censos comprendidos entre 1750 y 1830 realizado por Hermes Tovar, Camilo Tovar y Jorge Tovar, Convocatoria al poder del número. Censos y estadísticas de la Nueva Granada (1750-1830), Bogotá, AGN, 1995.

52 Marta Herrera, “Libres de todos los colores el ordenamiento social en las llanuras del Caribe, siglo XVIII”, en Alberto Abello (comp.), El Caribe en la nación colombiana. (Memorias), Bogotá, Museo Nacional de Colombia/Observatorio del Caribe Colombiano, 2006, pp.252, 259.

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censo han servido para respaldar la imagen excluyente de una nación mestiza, construida del siglo XIX en adelante. 53

Pero otros historiadores han respaldado el empleo de las categorías de los resúme- nes desde dos perspectivas. Una está arraigada en una especie de la relación política presen- te-pasado que tiende a extender hechos políticos de la actualidad al estudio de la historia, arrastrando en muchas ocasiones errores de anacronismos. Y la otra tiene que ver con la reciente historiografía política y de las reconsideraciones introducidas por los nuevos estu- dios sobre las reformas borbónicas.

La primera perspectiva es fruto de la combinación entre los actuales procesos de reinvención de las identidades de las gentes de color y de la aplicación del modelo de la sociedad racial estadounidense a los estudios del pasado neogranadino. Para esta mirada las categorías aglutinantes de los resúmenes de los censos de 1777 en adelante le vienen como anillo al dedo, pues sirven para apuntalar la imagen de una comunidad organizada en torno a la condición racial negra (o parda), no fraccionada, con un imaginario ligado a un hipoté- tico punto de partida de la diáspora (África), y un proyecto colectivo de liberación en el que todos participaban. Por eso, las categorías como las de “libres de todos los colores” y “par- dos” se trastocan rápidamente en las de “afrodescendientes” y “negros”. Se deja de lado el intenso proceso de mestizaje cultural que vivió la población negra, tanto esclava como li- bre, y el fraccionamiento que aquel generó al producir una jerarquía diferenciada basada en el color de la piel. 54

La segunda perspectiva ha sido defendida en la historiografía reciente por varios historiadores y desde modelo distintos. Según Margarita Garrido el origen del concepto “libres de todos los colores” estuvo ligado a la extensión del mestizaje, a las formas de po-

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53 Alfonso Múnera, Fronteras imaginadas, Bogotá, Planeta, 2005, pp.129-152. 54 Una crítica a estas imágenes anacrónicas en Antonio García de León, Tierra adentro, mar en fuera. El puerto de Veracruz y su litoral a Sotavento, 1519-1821, México, FCE/Gobierno del Estado de Vera- cruz/Universidad Veracruzana, 2011, pp.536-555. Para el caso colombiano una crítica a la categoría de “afrodescendientes” en S. Saether, “Estudios recientes sobre raza e independencia en el Caribe colombiano (1750-1835)”, pp.382-383. A propósito de los negros de Cuba un estudio reciente afirma: “El continente africano, en su conjunto, no puede ser admitido como un referente generalizador para los hombres esclavi- zados que fueron arrojados masivamente al Nuevo Mundo. Pocos habían traspasado el territorio de su et- nias, las lenguas que hablaban era diversas, también lo eran sus características físicas, sus sistemas religio- sos y su organización política. Los sistemas de parentesco no constituyeron una excepción en esa diversi- dad […]”. María Barcia, La otra familia. Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba, Santia- go de Cuba, Ed. Oriente, 2009, p.68. Carmen Bernard se ha preguntado hasta dónde sobrevivieron las “na- ciones” de los esclavos traídos de África, y ha resaltado lo que ella llama “el proceso de ladinización”. Carmen Bernard, Negros, esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas, Madrid, Fundación Larra- mendi, 2000, pp.39-68. Testamentos del siglo XVIII de negros y pardos esclavos y libres evidencian hasta dónde había avanzado el proceso de mestización cultural. Ver: Orián Jiménez y Edgardo Pérez (comps.), Voces de esclavitud y libertad. Documentos y testimonios. Colombia 1701-1833, Popayán, Universidad del Cauca, 2013, pp.37-160. Pese a que emplea la categoría de “afrolatinoamericano”, George Reid Andrews muestra el mestizaje que vivieron los descendientes de los negros traídos de distintos puntos de África. Afrolatinoamérica 1800-2000, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert, 2007, pp.46-94.

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blamiento por fuera del control de las autoridades coloniales y a la reforma militar de 1773. Para esta historiadora la conjunción de estos tres elementos abrió fisuras en el orden colo- nial basado en criterios raciales y permitió espacios para la participación política de los sectores subalternos, en especial de aquellos que empezaron a reclamar reconocimiento social gracias a la construcción de un estilo de vida basado en el positivo esfuerzo personal y en el honor. Sin embargo, estas aspiraciones chocaron con los obstáculos que les imponía la condición socio-racial de esas gentes. A finales de la Colonia esto produjo, y esta es una de las ideas más interesantes del texto de esta historiadora, una no correspondencia entre el ordenamiento étnico y el político. 55

Otros estudiosos del pasado defienden el uso de la categoría “libres de todos los co- lores” y la generalización del término “pardo” para denominar a todos los libres no blancos, resaltando las connotaciones políticas de ambas categorías. El modelo que sustenta esta interpretación parte de considerar que durante la Colonia los grupos sociales eran creacio- nes políticas en la medida que la monarquía española definía y reglamentaba su existencia y su orden jerárquico (estamentos de blancos e indios). Al lado de estos estaban las castas originadas en el mestizaje y cuyas existencias no tenían definiciones legales precisas como si la tenían los estamentos. Tanto el mestizaje como las necesidades de la monarquía lleva- ron a que a finales del siglo XVIII los blancos pobres, indios y mestizos fueran redefinidos como el “estado llano” o la “plebe” y que se les otorgara el derecho a participar en las deci- siones públicas, indistintamente de la condición socio-racial. 56 Consideran que esa redefi- nición de los actores sociales y político en buena medida se facilitó y se expresó en el forta- lecimiento de la categoría del vecino, pues en una sociedad de orden corporativo esa condi- ción constituía una categoría de participación política clave para entender la vida de las poblaciones. El libre radicado de forma estable en una población quedaba integrado en la condición política de vecino, con sus derechos y deberes. Y en esto cabían blancos, mesti- zos, mulatos y todas las demás mixturas. 57

Armando Martínez ha sugerido que con las reformas militares borbónicas culminó el proceso de integración de las gentes de color a la sociedad colonial y los términos “par- do” y “moreno” “[…] pasaron de describir una condición racial a asignar un estatus de mi- liciano y servidor de la monarquía”, logrando algunos privilegios como el fuero militar. En consecuencia, muchas de las divisiones de las calidades sociales de las personas (quinterón, cuarterón, zambo, mestizo, mulato) dejaron de funcionar como categorías políticas y termi- naron englobadas en conceptos como blancos, pardos, indios, morenos y negros, gracias a

55 Margarita Garrido, “Libres de todos los colores en Nueva Granada. Identidad y obediencia antes de la Inde- pendencia”, en Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín (coords.), Cultura política en los Andes, Lima, UNMSM/IFEA, 2007, pp.245-266.

56 Claudia Guarisco, “El reformismo borbónico y la participación política de indios y estado llano en el Valle de México” en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas n°40, Viena, Universität Graz, 2003, pp.97-121.

57 Jorge Conde y Edwin Monsalvo, “Las clases del pueblo en ebullición. Pardos y mulatos en la independen- cia de Cartagena 1809-1815”, en Amauta n.°19, Barranquilla Universidad del Atlántico, 2012, pp.33-49.

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los acentos que les otorgaron los encuadramientos institucionales como la incorporación de esos sectores a la doble condición de vecinos y milicianos. Esta idea descansa en tres re- consideraciones historiográficas elaboradas en los últimos años. La primera es que en la Colonia tardía lo que existía era una sociedad de órdenes basada en privilegios representa- dos en los fueros, lo que permite entender tanto la existencia de la condición política del vecino, como de una movilidad social de la que estaría exenta una sociedad organizada por castas. La segunda es que para ese periodo y gracias al encuadramiento institucional de los pardos, el color de la piel perdió peso en las formas de discriminación, basándose esta en la bastardía y en sus implicaciones morales. Y la tercera es que cabalgando sobre una realidad social en la que el mestizaje hacía difusas las fronteras entre algunos grupos de gentes de color, la Monarquía definió ciertos privilegios a estos e intentó integrar a los libres de color en una categoría política agregada como la de los “pardos”. 58

En fecha más recientes Jorge Conde ha centrado sus reflexiones en las modificacio- nes políticas que se fueron escenificando durante los años de la crisis del imperio español (de 1808 en adelante) y durante los primeros decenios de la República. Este autor ha argu- mentado en parecida dirección a la de Armando Martínez al anotar que las reformas borbó- nicas facilitaron a las gentes libres nuevas formas de participación política, y pese a las di- ferencias socio-raciales, laborales y de prestancia, las integraron en el estatuto político del “estado llano” y “plebe”, generándose conflictos con los notables de las poblaciones que vieron amenazados sus privilegios. Para finales de la Colonia, pardos y mulatos habían asimilado los valores de los notables y “[…] constituían una subdivisión o calidad del es- tamento español”. Los factores institucionales que marcaron estas novedades fueron la con- dición de vecinos que generaba espacios para la participación política y la de milicianos. 59

Pues bien, tanto las preocupaciones historiográficas de Marta Herrera y Alfonso Múnera, como las de Armando Martínez y Jorge Conde son de interés por dos razones. 1) Porque obligan a estudiar la genealogía del censo de 1777, y a deconstruir las categorías aglutinantes para ahondar en los propósitos de las administraciones coloniales que las echa- ron a andar, y analizar los procesos de apropiaciones y resignificaciones de que fueron ob- jetos por parte de distintos sectores sociales. 2) Porque la redefinición del estatuto político de los sectores bajos permite entender algunas transformaciones en la esfera de las relacio-

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58 Armando Martínez, “Arrabal, prejuicio moral y demanda de instrucción: elementos para comprender el estatus de los caballeros pardos en la transición a la sociedad republicana”, en Historia Caribe vol.VI, n.°19, Barranquilla, Universidad del Atlántico, 2011, pp.13-41.

59 Jorge Conde, “Los xefes de los pardos: la consolidación de un sector social intermedio durante la indepen- dencia de Cartagena de Indias”, en Historia y Sociedad n.°23, Medellín, Universidad Nacional, 2012, pp.151-153; Buscando la nación. Ciudadanía, clase y tensión racial en el Caribe colombiano, 1821-1855, Medellín, Universidad del Atlántico/La Carreta Eds., 2009. En su primer libro este historiador exploró al- gunos censos de 1777 y resaltó la presencia de una diversidad de categorías como las que estudiaremos en este capítulo. Espacio, sociedad y conflictos en la provincia de Cartagena 1740-1815, Barranquilla, Uni- versidad del Atlántico, 1999, pp.87-116.

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nes entre los individuos, sus familias y la Monarquía y sus instituciones, y del papel de los primeros en los entornos políticos locales. También garantiza situar en un plano muy distin- to la dinámica social y política de finales del siglo XVIII, en especial el estudio de la dialéc- tica entre el conflicto y la integración social, frente a una tradicional mirada historiográfica solo atenida a criterios “raciales”.

Sin embargo, esta última posibilidad demanda estar alerta para que el estudio de los procesos de mayor integración a la sociedad colonial y los logros en materia de reconoci- miento por parte de las gentes libres de color no se haga con el único propósito de explicar la participación de estos sectores en la crisis política que se abrió de 1808 en adelante. Este solo énfasis corre el riesgo de suponer que desaparecieron los llamados factores socio- raciales que ordenaban y jerarquizaban a la sociedad, y que bajo el dominio de los borbones se dio una ruptura tajante con las taxonomías socio-raciales que le precedían. También se puede confundir las intenciones de las autoridades del periodo borbónico con lo que suce- día en las relaciones cotidianas entre las gentes. De igual forma se puede terminar presida- rio de lo que la información oficial nos dice a propósito de un tema sobre el que la expe- riencia historiográfica latinoamericana ha llamado a tener unas miradas desde distintos án- gulos y tomar en cuenta los diferentes campos relacionales de las personas. También se confunde las relaciones de los individuos con las instituciones con el conjunto de las rela- ciones sociales.

Las anteriores prevenciones se corroboran al observar, por ejemplo, la categoría “pardo”. Esta agrupaba tanto un estatuto social de las personas que en la vida diaria podían remarcar sus diferencias en concordancia con el color de la piel, los rasgos físicos, la as- cendencia familiar y los estilos de vida, como un estatuto político definido por las relacio- nes con las instituciones (libres, vasallos y milicianos). Esas dos condiciones muchas veces podían complementarse y/o estar en direcciones opuestas. Así, mientras que desde lo políti- co la condición de pardo podía ser una potencial vía para ir avanzando en el logro del reco- nocimiento social gracias al sistema miliciano y a la condición de vecino, desde lo social siguió marcando exclusiones fundadas en el criterio de las calidades 60 diferenciadas entre las personas. Por eso, el ser pardo constituía una paradoja cuando se le mira en esa triple dimensión, contradicción que se hizo evidente de 1808 en adelante cuando en el intento de salvar al Imperio de la crisis, las autoridades de Madrid pretendieron redefinir las relaciones entre los vasallos y la Monarquía. A partir de ese momento y a propósito de los debates sobre quienes serían los portadores de la ciudadanía se manifestó de forma diáfana esa am- bigüedad entre el elemento político y el social de la condición de los pardos, como también

60 La calificación de las personas era el resultado de una combinación jerarquizada entre factores como el color, el fenotipo, los estilos de vida (incluyendo indumentaria, simbologías y rituales o urbanidad), las ge- nealogías, el trabajo, el sitio de vivienda, estado civil, si se estaba casado por la iglesia y/o si se era hijo le- gítimo o natural, la condición moral, las adscripciones a redes sociales y políticas, la condición letrada o su contrario, y los vínculos con las instituciones. J. Rappaport, “¿Quién es mestizo?”, p.46.

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se expresó la capacidad de movilización de esta categoría política y la posibilidad de sus integrantes para alcanzar conquistas.

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Los ilustrados organizan sus miradas: el censo de 1777

El censo de 1777 se realizó en cumplimiento de una real orden de 10 de noviembre del año anterior que mandó a contabilizar a los habitantes de todas las posesiones españolas en América y las Filipinas, “con la debida distinción de estados, clases y castas, de todas las personas de ambos sexos, sin excluir a los párvulos”. Francisco Moreno y Escandón, fiscal de la Real Audiencia neogranadina justificó su realización como algo “[…] válido y condu- cente al acierto del gobierno […] sirviendo a los gobernadores y jueces de auxilio estas noticias para arreglar sus providencias y conocer a los súbditos […]”. Y Francisco de Itu- rrate, secretario del virrey Manuel Antonio Flórez opinó en igual dirección: “[…] la buena política y civilización de las monarquías consista en los padrones generales por donde se venga en conocimiento de las clases y ocupaciones de cada vecino […]”. 61 Por tres razones ese conocimiento constituía un aspecto clave para una mentalidad ilustrada. 1) Para funda- mentar sus decisiones políticas y administrativas en un saber más detallado de la realidad natural y social sobre las que tenía que actuar. 2) Para definir y cuantificar a la población libre (no india ni esclava) que debía ser involucrada en la defensa militar del imperio (la organización de las milicias disciplinadas y urbanas se hacía con los padrones a la mano para conocer el vecindario de los llamados, sus calidades y edades), 62 y potencialmente para ampliar la base fiscal de la monarquía. 63 3) Para simplificar las representaciones insti- tucionales de la estratificación social, sobre la base de reconocer el peso adquirido por los libres y los avances del mestizaje entre algunos sectores de la sociedad. Las reformas de las milicias iniciadas en 1773, el llamado Código Negrero de 1789 que consagraba normas so- bre el trato a los esclavos, y las Reales Cédulas de Gracias al Sacar (1795-1801) 64 formaron parte de esta última aspiración.

61 Archivo General de la Nación (AGN), Sección Colonia (SC), Censos Redimibles-Censos Varios Departa- mentos (CR-CVD), leg.8, ff.224v.-225v.

62 Ver la disputa de 1807 entre el teniente del gobernador en Valledupar y el Marqués de Valdehoyos por motivo, entre otras razones, del uso de los padrones para enlistar milicianos. AGN, SC, Historia Civil, leg.21, ff.688r.-743v. Ver el informe de 1779 que rindió al virrey el comisionado para organizar las milicias disci- plinadas en la gobernación de Popayán: “[…] no he querido hacer por mí los primeros padrones, con la co- rrespondiente distinción de castas. Los he recibido de las justicias en quienes he debido considerar un cabal conocimiento de cada individuo”. AGN, SC, Milicias y Marina (MM), leg.52, f.443r.

63 Adolfo Meisel Roca, “Crecimiento, mestizaje y presión fiscal en el virreinato de la Nueva Granada, 1761- 1800”, en Cuadernos de Historia Económica y Empresarial n.° 28, Cartagena, Banco de la República,

2011.

64 Santos Rodulfo Cortés, El Régimen de “Las Gracias al Sacar” en Venezuela durante el periodo hispánico, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1978; A. Twinam, Vidas públicas, secretos privados, pp.255-

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La responsabilidad de llevar a cabo el censo se delegó en los gobernadores de las provincias y en los corregidores de los partidos que las formaban. También se comprometió a los alcaldes pedáneos y de barrios (estos últimos en ciudades y villas grandes), a los sa- cerdotes y a otros funcionarios locales menores. Entre marzo y mayo de 1777 se libraron las órdenes a todos los gobernadores de provincias. Las distintas formas en que se realizaron los padrones de las diversas localidades y partidos de las provincias indican las dificultades que tenían las autoridades centrales de estas para coordinar una acción gubernamental. Mientras que en algunos casos los empadronadores dan muestras de haberse atenido a la disposición real de noviembre de 1776, en otros los resultados dan fe de haber seguido cada quien un criterio distinto. Otras disposiciones emitidas en medio del desarrollo del padrón insistieron en que las autoridades locales, de los partidos y de las provincias realizaran las visitas a las viviendas, pues no había dado resultados la experiencia de algunas poblaciones (por ejemplo, parroquia de El Colegio y el pueblo de Anapoima, provincia de Mariquita) de citar a los habitantes durante algunos días para que se presentaran en los locales donde fun- cionaban las autoridades para proceder a empadronarla. 65 A los sacerdotes que seguían el modelo de los censos de feligresías (contar vecinos cabezas de familias y agregar cifras sobre esposas, hijos, agregados y esclavos), se les recordó que un decreto del ministro José Gálvez les ordenaba tener “[…] particular cuidado de formarlos con arreglo, y la misma claridad y distinción que se previene en la real orden de diez de noviembre de setenta y seis […]”, e informar a las autoridades civiles sobre los resultados de las diligencias encomen- dadas. 66 Con base en estas atribuciones las autoridades de los partidos y de las provincias devolvieron algunos padrones para que fueran corregidos, como sucedió con el de la parro- quia de Molagavita (provincia de Tunja). 67

El énfasis de las autoridades centrales del virreinato estaba puesto en la elaboración de los cuadros generales por parte de los gobernadores provinciales y corregidores de parti- dos. Esos resúmenes debían contener, “[…] todos los lugares, villas, pueblos y parroquias de su distrito, y en cada una el número de habitantes, con distinción de clase y condición, sacando el total en guarismo, que remitirá con las diligencias, dejando copia para gobierno en lo venidero en un libro, verificándolo siempre al fin de cada año, con apercibimiento de que cualquier omisión se castigará severamente”. 68 Aún a comienzos de 1778 el virrey Ma- nuel Antonio Flórez se quejaba por la demora en el envío de esos cuadros 69 y explicaba que el interés de las autoridades de Santa Fe de Bogotá radicaba en los sumarios y no en los padrones exhaustivos:

65 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, ff.225r.-226r.

66 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, f.2r4r.

67 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, f.674r.

68 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, ff.224v.-225r.

69 Los resúmenes del censo de 1777 de las provincias de Veragua y Alhange solo fueron elaborados en el segundo semestre de 1778. AGN, Sección Colecciones, Enrique Ortega Ricaurte (SCs., EOR), Caja 12, f.7r.

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Reconocidos los padrones que se me han remitido de algunas provincias […] he adver- tido que contiene demasiada prolijidad, como es la de los nombres de cada persona, y otras menudencias que antes que antes que claridad manifiestan confusión. Para evitar estas, y que se ejecute con más facilidad he mandado formar el planecillo o estado que incluyo para que sirva de pauta, y no halla otra cosa que hacer, sino llenar las casillas que van designadas en él con las sumas que correspondan a cada estado, clase y casta […]. 70

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Los censos detallados debían reposar en manos de las respectivas autoridades loca- les para que anualmente los actualizaran, ya fuese mediante nuevos conteos o por informa- ción sobre nacimientos, muertes y matrimonios suministrada por los sacerdotes y/o por las autoridades locales. Las autoridades provinciales debían estar atentas para que las renova- ciones de los padrones de las poblaciones bajo sus jurisdicciones se realizaran “guardando el mismo método a fin de que formando después uno general del todo de ella me lo dirija con tanta anticipación cuanta es necesaria para que yo pueda hacer formar aquí uno general de todo el virreinato […]”. 71

Tanto la elaboración como el recibo de estos cuadros fue motivo de desavenencias entre las autoridades centrales del virreinato, la iglesia y los gobernadores provinciales y corregidores de partidos, por la falta de uniformidad en la recolección y elaboración de los datos acorde con las expectativas de las autoridades de Santa Fe de Bogotá, la tardanza en la realización de los empadronamientos y por el no envío de muchos listados a aquellas autoridades. Los desacuerdos con la iglesia surgieron, porque los sacerdotes no se atenían a las recomendaciones dadas en la real orden de 1776, 72 y porque el arzobispo de Bogotá don Agustín Alvarado y Castillo recibió ciento trece padrones confeccionados por sacerdotes, y los llevó consigo a España, obligando a su reelaboración: “[…] los demás, que ya se envia- ron al Ilustrísimo Señor Arzobispo, se rehagan y se remitan al Superior Gobierno”. 73 Con las autoridades subalternas de las provincias y partidos también hubo problema, ya fuese por negligencias en los levantamientos, por dificultades debidas a las precarias vías de co- municaciones y por lo extenso del territorio a cubrir. 74 Se trató de una situación recurrente con todos los padrones del último cuarto del siglo XVIII, pues ante los llamados de atención hechos por las autoridades de Santa Fe de Bogotá a los gobernadores provinciales estos se excusaban aduciendo esos problemas. 75 También sucedió que la población de algunos

70 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, f.310r. y v.

71 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, f.310r. y v.

72 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, ff.238r.-239v.

73 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, ff.246r.

74 Sobre las dificultades para llevar a cabo el censo de 1777 ver las exposiciones que elevaron los gobernado- res de las provincias de Guayaquil: AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.435r.-437v.; Panamá: AGN, SC, MM, leg.147, ff.954r.-956v.; Veraguas: AGN, SC, MM, leg.147, ff.946r.-953v.; Portobelo: AGN, SC, MM, leg.147, ff.904r.- 907v.; Isla Margarita: AGN, SC, MM, leg.141, ff.181r.-182v.

75 En la provincia de Mariquita se continuaron presentando problemas para levantar los padrones de 1778 y 1779. AGN, Sección Archivos Anexos, fondo I, subfondo 2, leg.1, ff.169r.-170r.

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sitios se vieron disminuidos debido a que propietarios de esclavos no informaron sobre estos, tal como lo informó el gobernador de la provincia de Neiva a propósito del pa- drón de 1778. 76

El padrón de 1777 tuvo continuidades y diferencias con otras formas de enlistar po- blaciones como fueron las matrículas de indios, de almas de confesión, de gentes obligada a repoblarse y los listados de milicianos. Uno y otras constituyeron prácticas escriturarias realizadas desde el poder, las que se encargaron de crear taxonomías sociales. En la elabo- ración de estas intervinieron diversos aspectos claves para el orden colonial: las relaciones con Dios (estado “civil”: matrimonios y registro por familias), con el poder (vivir poblado y ocuparse en trabajo honesto), la social (calidades) y la política (buen vasallo, libertad, ve- cindario, o en caso contrario tributario, esclavo). Las formas de entender y ordenar esas relaciones dieron origen a unos lenguajes que expresaban diferencias materializadas en prácticas y jerarquías sociales. Una jerarquía primaria basada en la clasificación de blanco, indio y negro fue transversalizada, tanto por los mestizajes que resultaron del cruces de gentes de esas condiciones, como por otros criterios de ordenamiento social (distinguido y plebe; oficios honestos y oficios viles; de buen y de mal vivir), los que a su vez incidieron en aquel ordenamiento social vertical. Además, como ha anotado Berta Ares a propósito de la genealogía de las categorías socio-raciales en el Perú del siglo XVI, “De todas maneras, a la hora de hablar de la población de origen mixto lo más común era recurrir a expresiones englobantes del tipo ‘mestizos, mulatos y demás castas’, que sin duda se corresponden mu- cho mejor con la imagen generalizadora que se desprende de cartas, informes, relaciones,

esto es, del discurso oficial predominante”. 77 Fue este conjunto de elementos

cédulas [

que se combinaron y jerarquizaron de distintas maneras los que definieron las calidades de las personas y de las familias. Pero también intervinieron disposiciones legales como suce- dió con los listados de los indios tributarios que distinguían entre indios útiles, jubilados,

fugitivos, casados, viudos, solteros y párvulos. 78

La iglesia tuvo mucho que ver en la genealogía de estas formas escriturarias de cla- sificación, tanto porque era función de los sacerdotes llevar registros de sus feligresías, co- mo porque por ordenanza real de 1573 79 los libros de bautismos, matrimonios y defunciones debían clasificarse por castas. Por ejemplo, los libros parroquiales de Turbaco (pueblo de indios situados en las goteras de Cartagena de Indias) correspondientes a los años de 1780- 1814, anotaron las condiciones de blancos, libres (no especifican ninguna otra condición),

],

76 AGN, SC, Miscelánea, leg.64, f.326r.

77 Berta Ares Queija, “Mestizos, mulatos y zambaigos (virreinato del Perú siglo XVI)”, en Berta Ares Queija y Alessandro Stella (coords.), Negros, mulatos, zambaigos. Derroteros africanos en los mundos ibéricos, Pa- rís/Sevilla, CNRS/EEHA, 2000, p.84.

78 Ver los censos de los pueblos de indios de Menchiquejo y Chilloa situados cerca de Mompox. AGN, SC, Poblaciones, leg.10, ff.539r.-540v.

79 La ordenanza de 1573 dirigida a la iglesia puede verse en Francisco Solano (ed.), Formación de las rela- ciones geográficas de Indias. Siglos XVI-XIX, Madrid, CSIC, 1988, pp.16-17.

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indios, pardos, morenos, mestizos, negros, mulatos y esclavos. Y los pocos libros supérsti- tes de bautismos y matrimonios de las iglesias de Cartagena del tránsito entre los siglos XVIII y XIX, están organizados en libros de “pardos” y de “blancos”, incluyendo los prime- ros a los “morenos” (negros libres) y esclavos, al igual que los de Santa Marta. 80 Para una sociedad corporativa y ordenada en torno al principio de las dos potestades complementa- rias (poder real y poder divino), los discursos sobre el orden y la condición de buen cris- tiano hicieron de la familia el núcleo básico de la sociedad. De ahí que esa forma de conta- bilizar al pater familie de naturaleza eclesiástica se deslizaba en los padrones de las autori- dades civiles. Así sucedió con el primer censo de Cartagena del siglo XVIII realizado en 1708, pocos años después de la toma de ciudad por las fuerzas de Pointis, con el fin de con- tabilizar a los vecinos libres de cualquier calidad, que estuviesen en condiciones de tomar las armas para defender la ciudad. 81

Se creó entonces una tradición de matricular feligresías de parroquias de acuerdo a los criterios de vecino cabeza de familia, los dependientes de aquel (esposa, hijos y agrega- dos), el total de las “almas de confesión” (feligresía), esclavos y “estado civil”, como se puede ver en las relaciones resultado de las visitas de los sacerdotes a sus parroquias. 82 Por ejemplo, las matrículas de las personas obligadas a repoblarse a mediados del siglo XVIII en ambas orillas del bajo curso del río Magdalena solo señalaron a los cabezas de familias y a las personas que de ellos dependían, pero sin anotar sus calidades, 83 exceptuándose las de los habitantes de los sitios de Nuestra Señora del Carmen de Barrancas, San Fernando de Carvajal y San Zenón, a las que se les registraron la calidad de los pobladores con presencia de blancos, mestizos, zambos y cuarterones de mestizos. 84 Algunos elementos de la tradi- ción eclesiástica marcaron los padrones de 1777, tanto en las poblaciones neogranadinas como en otras colonias, en especial en aquellas que involucraron a los sacerdotes. 85 Ese fue el caso de Molagavita, parroquia de la provincia de Pamplona, cuyo censo cruzó el estado

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80 AGN, SC, Libro de bautizos de Turbaco y Cartagena, rollo único, ff.230r-263r.; 75r-189r; 31r.-180v. Agra- dezco a la joven historiadora Julibeth Pimienta Medina la gentileza de facilitarme esta información. Ilde- fonso Gutiérrez, “Los libros de registro de pardos y morenos en los archivos parroquiales de Cartagena de Indias”, en Revista Española de Antropología Americana n.°XIII, Madrid, Universidad Complutense, 1983, pp.121-141; S. Saether, Identidades e Independencia, pp.85-103.

81 C. Gómez, “La población de Cartagena de Indias a principios del siglo XVIII”, pp.43-52.

82 D. de Peredo, “Noticia historial de la provincia de Cartagena de las Indias año 1772”, pp.118-154.

83 José de Mier (comp.), Poblamientos en la Provincia de Santa Marta. Siglo XVIII, t.I, Bogotá, Colegio Má- ximo de la Academia de Colombia/Libreros Colombianos, 1987, pp.285-290, 311-320, 337-344, 347-351,

355-356.

84 J. de Mier, Poblamientos en la Provincia de Santa Marta. Siglo XVIII, t.I, pp.162-166 y 268-270.

85 En algunas colonias este criterio atravesó los censos realizados de acuerdo a la real orden de 1776. En los casos de los censos de Chile (1778) y de Nueva España los padrones los llevaron a cabo los sacerdotes, y se organizaron en torno a lo que hoy llamamos “estado civil”: solteros/as, casados/as, viudos/as, párvu- los/as, tal como puede verse en el resumen del padrón de Nueva España de 1779. AGI, Mapas y Planos, Va- rios, 38; A. Araya, “Registrar a la plebe”, pp.335-336.

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civil (casado, viudo y soltero) y la calidad (blanco, indio, mestizo y mulato), 86 y el del sitio de Plato (provincia de Santa Marta). 87 O donde se registró a los vecinos cabezas de fami- lias, mientras que las esposas, hijos, agregados y esclavos se anotaron como cifras escuetas, sin dar información sobre nombres, edades y ocupaciones.

Sucedió algo diferente en los lugares donde primó el criterio tributario y de defensa militar, en especial en las áreas costaneras que eran potenciales escenarios de las guerras inter-imperiales, como eran las gobernaciones del Caribe neogranadino. En estas la condi- ción de libre se constituyó en el factor central debido a que al calificar a la población desde esta perspectiva se ampliaba la base social de las gentes con obligaciones para con el Rey, en especial lo relacionado con la defensa militar. La importancia de la libertad también se había resaltado con las reformas poblacionales de mediados del siglo XVIII, que concentró en sitios y parroquias a personas de distintas calidades que tenían en común el no ser escla- vo ni indio tributario, y que adquirían la condición política de vecino. 88 Esclavitud y pue- blos de indios venían manifestando síntomas de estancamiento y decadencia mientras que los libres alcanzaban un protagonismo significativo en el diseño de las políticas guberna- mentales. Para finales de ese siglo la libertad se había convertido en un tema central en la vida de los esclavos y de los indios tributarios, y muchos d estos habían huido de sus pue- blos por deudas atrasadas o por no pago del tributo. 89 El paso de los pueblos de indios a manos de la Corona también subrayó la importancia de la definición de la libertad como línea de separación de quienes estaban obligados a tributar. 90 En parte esto explica que des- de los poderes centrales del virreinato de la Nueva Granada se le haya dado preeminencia a la categoría de “libres de todos los colores”.

En fin, debido a tantas dificultades en la secretaría del virreinato se fueron acumu- lando padrones de localidades y resúmenes provinciales de los años de 1777, 1778 y 1779. En 1780 el virrey Antonio Caballero y Góngora ordenó integrarlos en torno a los datos de 1778 por ser estos los más numerosos. En 1779 en la secretaría del virreinato reposaban los resúmenes del padrón de 1778 de las provincias de Cartagena, Santa Marta, Riohacha, Por- tobelo, Panamá (también uno de 1779), Veragua, Alhange, Darién, Antioquia, Mariquita, Girón, Los Llanos, Jaen, Neiva, Cuenca, Loja, Pamplona, Chocó y Nóvita. También estaba un resumen de 1779 de la provincia de Quito. Faltaban los de las provincias de Tunja, Santa

86 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, f.674r.

87 Ver el padrón de 1777 de Plato (provincia de Santa Marta), AGN, SC, Curas y Obispos, leg.3, ff.946r.-949v.

88 Hugues Sánchez, “Esclavitud, zambaje, ‘rochelas’ y otros excesos en la población libre de las gobernacio- nes de Santa Marta y Cartagena, 1600-1800”, en Yobenj Chicangana-Bayona (comp.), Historia, cultura y sociedad colonial siglos XVI-XVIII, Medellín, La Carreta Eds./Universidad Nacional, 2008, pp.127-157.

89 Acerca de los indios fugitivos de sus resguardos ver las matrículas de los tributarios de Ciénaga (provincia de Santa Marta), La Tablada, Guazo y Yatí (provincia de Cartagena), ver: AGN, SC, Caciques e Indios, leg.9, ff.768r.-788v.; leg.28, ff.588r.-604v.; AGN, SC, Residencias-Bolívar, leg.59, ff.432r.-450v.; AGN, SC, Policía, leg.7, ff.645r.-680r.

90 M. Herrera, Ordenar para controlar, pp.171-198.

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Fe de Bogotá, Macas, Guayaquil, Mainas y Popayán. 91 En su Relación de Mando el virrey Caballero y Góngora escribió: “[…] que de todos los padrones particulares que había en la secretaría se formase uno general, aunque no fuesen todos de un solo año, y en efecto se ha conseguido, fijándose en cuanto ha sido posible en el de 78, de que son más”. 92 Nuevamen- te en 1788 se procedió a realizar otro ensamble de un cuadro general de la población neo- granadina con base en resúmenes provinciales de distintos años. 93

Así que los resúmenes que usualmente emplean los historiadores para analizar la configuración social de todo el virreinato fue producto de un ensamble, y como lo veremos más adelante, de una reducción de una multitud de categorías socio-raciales que fueron integradas bajo el rubro de “libres de todos los colores”. A su vez esto expresó la presencia de una mentalidad ilustrada a partir de 1773 en adelante se esforzó en organizar y restructu- rar las milicias disciplinadas con base en unos criterios institucionales que les permitiera menguar el poder de las elites provinciales y locales y ganar aliados entre los sectores subalternos mediante las asignaciones de nuevas identidades políticas a los habitantes co- munes y corrientes, las que les permitían una relaciones con las instituciones distintas a las que usualmente habían tenido.

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Clasificaciones socio-raciales en los padrones locales

Como el censo se realizaría en todas las posesiones coloniales de América y en las Filipinas era imposible que se especificaran los términos de cada categoría socio-racial a los que se acogieran los empadronadores para definir la calidad de las personas, como tampoco era posible que eso se hiciera al interior de cada virreinato y en las capitanías. Esto porque con el paso del tiempo y el cruce entre blancos, indios y negros se había hecho muy difusas las categorías primarias de clasificación socio-racial, y al interior de cada virreinato o de cada provincia se desarrolló particularidades en las designaciones empleadas para caracterizar la calidad social de las personas y de los grupos.

De manera escueta, entendemos por categorías o grupos socio-raciales, aquellos térmi- nos raciales con que se designaban a las personas o grupos durante la dominación es- pañola […] En toda Hispanoamérica, esos tempranos sistemas de clasificación de gente utilizaron la ascendencia y la apariencia física como criterios dominantes. Sin embargo, con el tiempo también se presentó una preocupación por los grupos de posi- ción intermedia. Estos sistemas de clasificación se volvieron inoperantes porque en la realidad, ni los funcionarios reales ni los sacerdotes, ni las personas en general aplica-

91 AGN, SC, MM, leg.141, ff.140r.-147v. Agradezco a la colega Katherine Bonil Gómez el cederme copia de este documento.

92 Germán Colmenares (ed.), Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada, t.I, Bogotá, Banco Popular, 1989, p.414.

93 El resumen de 1788 puede verse en Archivo Histórico Nacional (Madrid), Diversos-Colecciones, leg.32,

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ban rigurosa y consistentemente análisis genealógicos u otro género de informaciones para otorgar una etiqueta socio-racial a los habitantes de las Indias Occidentales. En consecuencia el abanico de categorías que se empleaban era mucho más reducido de lo que se ha querido sostener. 94

Por ello los términos genéricos de la orden real para empadronar a todas las “clases, estados y castas, incluso los párvulos” permitieron que en muchos casos se emplearan las categorías socio-raciales de cada población, las que podían decir poca cosa a las autorida- des centrales del virreinato y de Madrid interesadas en una imagen de conjunto, pero que si tenían valores significantes para las comunidades que las empleaban y potencialmente mar- caban diferencias entre sus miembros.

En ese sentido los padrones de las poblaciones que dieron detalles sobre sus habi- tantes pueden asumirse como parte de un discurso mucho más amplio y solo perceptible por medio de diversas fuentes de archivos que dan pistas sobre las características de la socie- dad. Como una calificación social tenía distinto significado de acuerdo al lugar donde se empleaba y de quien lo utilizaba y en qué contexto se usaba, los términos de las clasifica- ciones diferían entre las provincias y localidades como lo muestran los padrones de algunas poblaciones del oriente andino neogranadino y de las provincias caribeñas de Cartagena, Riohacha y Portobelo.

De igual forma, pese a que se ordenó que los padrones siguieran un modelo común (nombres, edades, estados y calidades), los que conocemos de algunas poblaciones neogra- nadinas contienen, tanto variaciones formales en la presentación de los registros de los ha- bitantes, como las particularidades de las sociedades locales y de los puntos de vistas de los empadronadores. Muchos de estos eran personas vecinas de las localidades con conoci- mientos de sus habitantes, lo que hace pensar que en no pocos casos la determinación de aquellas fue producto de negociaciones entre la lectura del empadronador, la forma como se auto-percibía el empadronado y lo que había consagrado la tradición social local. En la do- cumentación colonial estas formas de conocer aparecen referenciadas como “de vista, trato y comunicación”. Francisco Moreno y Escandón, fiscal del virreinato lo expresó en una circular que acompañó la orden real, demandando que se realizara la “[…] descripción de los habitadores de su distrito, sin mover disputa para indagar las clases, y castas de cada uno, sino colocándolos en aquellas en cuya posesión estuviesen”. 95 Ese conocimiento era esencial hasta para la elaboración de los listados de las milicias disciplinadas. En 1779 don Diego Antonio Nieto, maestre de campo y encargado de organizar las milicias en la provin- cia de Popayán informaba al virrey Manuel Antonio Flórez su actitud al tener que determi- nar la condición socio-racial de los milicianos:

94 N. Castillo, Cholula. Sociedad mestiza en ciudad india, pp.101-102.

95 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, f.225r.

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[…] deseoso yo de no ser instrumento para promover fastidiosas disputas sobre un asunto en el que concurren muchos intereses por estos parajes, y por evitar otros mayo- res inconvenientes para formar las milicias no he querido hacer por mí los primeros padrones, con la correspondiente distinción de castas. Los he recibido de las justicias en quienes he debido considerar un cabal conocimiento de cada individuo. 96

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En muchos casos los empadronadores procedieron a asignar clasificaciones repu- tadas a los habitantes de determinados lugares, es decir, tendieron a generalizar para todos los habitantes lo que se suponía que era la constitución socio-racial de la población. En otras mostraron desconfianza con las autocalificaciones de estos. En 1790 el cura del pueblo de Venero, jurisdicción de Tamalameque (provincia de Santa Marta), realizó un padrón de los indios Chimilas y de los vecinos libres ahí avecindados. Al final advirtió: “[…] asimis- mo van de bulto las clases, pues algunos de ellos mismos la ignoran, y otros quieren ser más de lo que Dios lo ha hecho”. 97 En algunos casos las dudas sobre la calidad de las per- sonas se intentaban resolver haciendo averiguaciones y recibiendo certificaciones de las autoridades y de los sacerdotes. Así se consignó en el padrón de la ciudad de Salazar de las Palmas (jurisdicción de Pamplona) acerca de una situación dudosa: “Nota. Que esta Favia- na Pérez, siendo hija de matrimonio trató de negar a su padre por ser mulato, apropiándose por padre a un hombre blanco, porque su madre era mestiza, para que sus hijos corriesen por tales de que dio información, y se dio otra de contrario con 15 testigos, y otros certifi- cados, con lo que quedan en el ser de mulatos, en que Dios los creó”. De una familia se dice: “según voz común [pertenece] a la 3ª clase”. 98 O en el caso de un vecino de la parro- quia de San Miguel de quien dijo el empadronador que era “[…] hijo de mujer noble, y por su padre corre por mulato y esta calidad no se explica más por no ser su padre de este lugar […]”. 99 Los tres ejemplos evidencian que en la determinación de la calidad de las personas el conocimiento de la ascendencia familiar era pieza clave, siguiendo en esto un patrón de indagación y determinación muy generalizado, como sucedía con los pleitos judiciales por considerar difamada la honra o menoscabado el estatus social.

Pero las instituciones y los funcionarios también intervenían y podían clasificar a una persona en una situación distinta a la que esta reivindicaba, como también intervenían las estrategias de las personas de eludir el pago de los impuestos mediante el cambio de

96 AGN, SC, MM, leg.52, f.443r. Diego Antonio Nieto había llegado a Cartagena de Indias en 1762. Entre 1764 y 1773 estuvo radicado en Mompox como subteniente y comandante del destacamento militar asignado a ese puerto fluvial. AGN, SC, MM, leg.71, ff.792r.-796v. Luego retornó a Cartagena y en 1778 fue enviado a Popayán a organizar las milicias disciplinadas. En consecuencia, vivió en la provincia de Cartagena tanto la organización de las milicias en 1773, como el levantamiento del censo de 1777. Esto le daba referencias para comparar sociedades en las que las gentes de color eran mayoría y en las que existían distintos siste- mas de clasificaciones socio-raciales.

97 AGN, SC, Curas y Obispos, leg.27, f.811r.

98 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.463v., 466v.

99 AGN, SC, CR-CVD, leg.8, f.538v.

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identidad socio-racial. Quiere esto decir que un factor clave para entender las identidades socio-raciales fue la actitud de las gentes frente a las políticas fiscales de la Corona españo- la y de las autoridades coloniales. Lo que evidencian muchos expedientes de los fondos “Tributos” y “Caciques e indios” como también algunos del fondo “Miscelánea” del Archi- vo General de la Nación de Colombia son los juegos de las identidades socio-raciales desa- rrollados por sectores de la población acorde con sus intereses frente al pago de impuestos. Berta Ares-Queija ha sugerido que en el estudio de estos temas se debe tener presente que durante el siglo XVI fue la política fiscal del tributo la que tuvo un efecto diferenciador so- bre el discurso oficial y eclesiástico relativo a los distintos grupos. Hasta el momento, am- bas autoridades empleaban terminologías genéricas para referirse a las distintas mezclas socio-raciales que se estaban produciendo en el Perú hasta la primera mitad de ese siglo. Pero el tributo que pagaban los indios y los intentos por generalizarlos a los demás sectores de la población produjo actitudes diferenciadores entre los pobladores y en los discursos institucionales. 100

Donde más se nota esto es en los pleitos entablados por personas que fueron enlista- dos como indios para obligarlos a pagar tributos y/o el impuesto del requinto. Mestizos, mulatos y cuarterones acudieron a las autoridades para que recogieran testimonios de per- sonas que los conocían para que declarasen cuáles eran sus ascendencias familiares, cómo eran reputados en las poblaciones que habían nacido o donde vivían. En una consulta ele- vada en 1776 a la Real Audiencia de la provincia de Quito acerca de si los mestizos hijos de indias tenían que tributar el visitador de pueblos de indios temía que declarar lo contra- rio suscitaría enfrentamientos con los rematadores de tributos pues estos tenía registrados a muchos mestizos como indios. 101 De igual forma se generaban conflictos entre personas que no tenían ascendencia indígena, pero que por ciertas circunstancias se vieron preci- sadas a crecer en pueblos de indios, y en consecuencia terminaban matriculadas bajo esta última condición para obligarla a pagar tributo. Esto sucedió en 1778 cuando un indio del pueblo de Bucaramanga casado con una “mestiza cuarterona”, argüía que sus hijos no debían pagar tributo dada la condición de su madre. El indio aludía que su suegra era hija ilegítima de un blanco sin mancha de sangre que había ocupado cargos oficiales importan- tes en esa zona, quien la tuvo con una mestiza. Como la suegra quedó huérfana a temprana edad fue criada entre los indios de Bucaramanga y enlistada como india tributaria. A su vez mostraba que el consorte de su suegra, padre de su esposa, había sido un alférez de milicias blancas. El indio concluía que por ser nieta de un blanco e hija de un blanco, y por tener por vía materna abuela mestiza y madre mestiza, “[…] resulta ser mi mujer blan- ca, y sin mezcla de la tierra, y habiendo yo contraído matrimonio con la dicha […], mis

100 Berta Ares-Queija, “A los hijos de español y de india, o de indio y española, nos llaman mestizos… Cons- trucciones identitarias en la América colonial española”. Conferencia en el Instituto de Estudos Avancados Transdisciplinares-Universidade Federal de Minas Gerais (sin fecha), p.8. http://goo.gl/0hx4J0

101 AGN, SC, Tributos, leg.16, ff.566r.-576v.

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hijos están en la clase de mestizos, libres de tributar […]”. Informaba que el cura doctrine- ro de esa población era renuente a darle los certificados sobre la genealogía de su esposa, amenazándolo con que si los sacaba de la matrícula de los tributarios los retiraba de los servicios que prestaban en la iglesia, “[…] a cuyos oficios los he aplicado, para que en ningún momento les pase perjuicio […]”. 102

Es muy probable que ambas formas de clasificación estuviesen presentes en los padrones de población de 1777, pues la experiencia muestra que así como había personas que se preocupaban por cómo eran vistas y clasificadas, a otras eso lo tenía sin cuidado. Así, el encargado de levantar el censo de 1791 de la villa de Tepeaca (Nueva España) anotó:

“Las familias de la gente común por lo regular ponen al arbitrio de quien se lo pregunta las clases a que corresponden y menos preocupados o más humildes que otros que fingen lo que no son, es necesario informarse de lo que fueron sus padres para deducir su calidad y

les es indiferente que resulten españoles castizos, mestizo, defendiendo solo el degenerar en

103 También es muy seguro que muchos pobladores hayan

aprovechado la oportunidad para mejorar de status. No se olvide que pocos años antes se había reorganizado el sistema miliciano en las poblaciones del Caribe neogranadino, y que los oficiales militares que estuvieron al frente de la creación de las milicias disciplina- das habían manifestado los problemas que se presentaban al intentar organizar compañías ateniéndose solo a estrictos criterios socio-raciales.

Pero mientras se adelantan estudios que despejen esos y otros problemas, algunas peculiaridades de las clasificaciones de las personas empleadas en los padrones se eviden- cian en las tablas 1 y 3. Las lecturas comparadas de los padrones de 1777 de los Andes cen- trales neogranadinos y de las provincias de Cartagena, Riohacha y Portobelo permiten afirmar que en las primeras, donde la presencia de gente de color era mucho menor en comparación a los blancos, indios y mestizos, las categorías sociales eran muchos más sim- ples. Y sucedía lo contrario en las provincias donde las gentes de color tenían presencia significativa. Por ejemplo, en los vecinos no indios registrados en los padrones de los pue- blos de Iza, Monguí, Tota y Pueblo Viejo (jurisdicción de Sogamoso) (ver tabla 1) de fuerte composición indígena, aparecen clasificados como “caballeros”, “blancos”, “mestizos”, “pardos” y “mulatos”. 104 Pero a su vez, la condición de “blanco” era más compleja, como se puede ver en la tabla 1 que agrupa a algunas poblaciones de los Andes centrales neo- granadinos, donde se registraron diferencias entre las personas blancas, al ser clasificados

pardos o indios tributarios [

]”.

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102 AGN, SC, Tributos, leg.17, ff.777r.bis-798v. pleitos parecidos porque corregidores de indios clasificaban

a mestizos y gentes de otras condiciones como indios en el pueblo de Riosucio para que tributaran pue-

den verse en AGN, SC, Tributos, leg.17, ff.691r.-772v. Un caso de 1792 en Neiva en AGN, SC, Tributos, leg.16, ff.987r.-1007v. Cácota (Pamplona) en 1701. AGN, SC, Tributos, leg.16, ff.694r.-701v.

103 Archivo General de la Nación (México), Padrones, vol.38. Citado en J. Garavaglia y J. Grosso, “Criollos, mestizos e indios”, p.46.

104 AGN, SC, Miscelánea, leg.44, ff.924r.-944v.

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algunos como “nobles”, “caballeros”, “blancos de distinción”, “blancos principales”, de- nominaciones que permitían diferenciarlos del resto de los “blancos” o “gente blanca co- mún”.

Tabla 1: Categorías sociales usadas en algunos padrones de los Andes centrales neogranadino, 1777

Parroquias y pueblos

Categorías

Parroquia de Capitanejo

“blancos de distinción”, “cuarterones”, “mestizos”, “indios” y “mula- tos”.

Parroquia de Tequia

“blancos principales”, “indios”, “mestizos”, “pardos”, “mulatos” y “esclavos”.

Parroquia Macaravita

“gente noble”, “mestizos” y “gente de color pardo”.

Parroquia de San Miguel de Oiba

“nobles”, “mulatos”, “cuarterones”, “mestizos”, “de color”, “mestizo puro”, “casta baja”, “de gente revuelta”; “esclavos”, “zambos”, “in- dios”.

Parroquia de Molagavita

“blancos”, “mestizos”, “indios” y “mulatos”.

Parroquia Llano de Enciso

“blancos limpios de sangre”, “mestizos”, “mulatos”.

Parroquia de Poyma

“nobles”, “blancos”, “mestizos”, “pardos” e “indios”.

Ciudad de Salazar de las Palmas

“personas de primera plana que llamamos caballeros, que han goberna- do y pueden gobernar esta ciudad de Salazar de las Palmas”; “personas blancas limpias”; “casta de mestizos”; “casta de mulatos, negros y zambos”; “1ª clase”, “2ª clase”, “3ª clase”.

Parroquias de San Cayetano y Santiago

“gente noble”, “gente blanca del común”, “indios y mestizos”, “mula- tos y negros”, “esclavos”, “gente parda de comunidad”.

Parroquia de Suatá

“blancos”, “mestizos”, “indios” y “mulatos”.

Parroquia de Santa Rosa de Viterbo

Solo se señaló la calidad de los “principales de la parroquia”. En sus agregaciones aparecen “principales”, “mulatos libres” e “indios foraji- dos”.

Parroquia de Cerinza

“clase de blancos”, “clase de mestizos”, “clase de mulatos”, “Clase de indios”.

Parroquia de Sátiva

“blancos”, “indios” y “mulatos”.

Parroquia de la Sinselada

Nobles, esclavos, naturales, pardos.

Pueblos de Firavitoba, Iza, Nobsa, Chámeza, Monguí, Tibaso- sa

“caballeros”, “blancos”, “mestizos” y “pardos”.

Pueblo de Tota

“clase de blancos” y “clase de mestizos”.

Pueblo Viejo

Solo señaló la calidad a los “blancos”.

Pueblo de Sogamoso

A muy pocos se les agregó “noble”, “mestizo”, “mulato”, “liberto”.

Pueblo de Cuítiva

“clase de blancos”, “mestizos”, “indios”, “mulatos”.

Fuentes: AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.376r.-385v., 453r.-470v. y 714r.-716v.; leg.8, ff.366r.-374v.; 420r.-448v., 578r.-590v., 652r.-664v., 669r.-674v., 681r.-702v., 732r.-759v., 846r.-878v., 886r.904v.; AGN, SC, Miscelá- nea, leg.41, ff.993r.-994v., 995r.-998v, 999r.-1003v.; leg.44, ff.924r.-943v.

Esa diversidad era factible en el contexto andino, en especial en la zona cundiboya- cense, debido a que por el predominio de la población indígena y la baja presencia de po- blación negra (en términos comparativos con la de Cartagena) era alta la cifra de los mesti- zos, los que muchas veces podía pasar por blancos. Esa presencia significativa de indios y mestizos determinaban unas particularidades en la conformación de esas sociedades. Para exponer de forma más clara la anterior idea en la tabla 2 hemos establecido las debidas

SERGIO PAOLO SOLANO D.

proporciones entre libres (blancos más personas de las demás condiciones) y esclavos, y entre libres y no libres (esclavos más indios tributarios) en algunas provincias neogranadi- nas entre 1778 y 1780.

También lo hemos hecho para todo el Nuevo Reino de Granada para 1788. Las cifras son elocuentes pues muestran el significativo peso alcanzado por los libres en todo el virreinato, y el escaso peso de la esclavitud en algunas provincias del interior neograna- dino y aún caribeñas como Riohacha y Veragua, mientras que la población indígena tenía una mayor representación en la población total. Y todo lo contrario sucedía en las provin- cias en las que la esclavitud y los indios representaban una mayor proporción con relación a los libres en la composición demográfica de algunas provincias.

Se puede ver que en las provincias de Tunja, Santa Fe, Neiva y Veragua era mucho mayor la proporción de los libres sobre los esclavos. Pero así mismo la proporción dismi- nuía significativamente cuando a los esclavos les sumamos los indios para determinar las relaciones entre libres y no libres. Hubo provincias (Cartagena, Mariquita, Girón y Rioha- cha) en las que esas proporciones eran intermedias. Y en las de Popayán, Antioquia y Chocó la relación libres-esclavos caen dramáticamente en desmedro de los primeros, y se igualaba cuando agregamos los indios a los esclavos.

El censo de la ciudad de Salazar de las Palmas es el que más llama la atención por la forma como se organizó y por las expresiones del empadronador sobre los cruces entre ca- tegorías de personas de distintas condiciones sociales. Su encabezamiento reza:

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Padrón de las personas de primera plana y excepción que son los capitulares que lla- mamos caballeros, que han gobernado y pueden gobernar esta ciudad de Salazar de las Palmas, y cualquier otra en que se avecindaren según su limpio nacimiento y mérito, tanto criollos cono forasteros radicados en ella. Que se forma con distinción de las de- más calidades inferiores y castas de gentes […]. 105

Los habitantes estaban clasificados en “1ª clase” en la que se agrupaban a los blan- cos que poseían los distintivos de “don” y “doña”. Estos blancos eran los prestantes que ocupaban cargos en la república, 106 y al mismo tiempo eran los “caballeros” que vinculaba ese color con la riqueza, tal como lo expresó en 1802 el gobernador de la provincia de Girón al describir la oposición de algunos notables para que determinados sitios no fueran erigi- dos en parroquias: “Los que se llaman caballeros, pobres por su constitución [temperamen- to], aunque dueños de muchas tierras, que la mayor parte tienen sin cultivos o desiertas, acomodados a esta vida silvestre, no aspiran a que se funden poblaciones [pues] la inme- diación a los jueces y curas les haría decaer de aquel predominio que tienen adquirido sobre

105 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, f.453r.

106 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, f.453r.

USO Y ABUSO DEL CENSO DE 1777

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los pobres circunvecinos”. 107 Pero algunos de los miembros de esta clase estaban casados con mujeres a las que se les anotó que pertenecían a la “3ª clase”, y los hijos de estos ma- trimonio a la de “2ª clase”. Es decir, la ubicación social de los hijos la determinaba la con- dición de la esposa. De una familia se dice que pertenecía “según voz común a la 3ª clase”. En algunas familias es la esposa la que encabeza el listado de miembros y luego sigue el esposo de quien se dice “el que consta en la 2ª”. 108

Tabla 2: relación entre libres (blancos y gentes de distintas condiciones), esclavos y no libres (esclavos e indios) por algunas provincias neogranadinas, 1778-1780

   

Población

     

Libres-

Libres-

Provincias

Censo

total

Libres

Esclavos

Indios

Esclavos

no libres

Nueva Granada

1788

1.279.440

751.178

69.529

458.736

11:1

1:1

Tunja

1780

258.617

216.384

6.047

36.186

36:1

5:1

Santa Fe de Bogotá

1779

92.042

59.431

1.166

31.475

33:1

2:1

Neiva

1778

26.442

21.708

884

3.850

25:1

5:1

Veragua

1778

20.207

12.081

520

7.606

23:1

2:1

Cartagena

1779

118.685

89.073

9.103

20.509

10:1

3:1

Mariquita

1778

47.138

37.919

4.143

5.076

9:1

4:1

Girón

1779

6.791

5.729

852

210

7:1

5:1

Riohacha

1778

3.966

2.865

469

632

6:1

3:1

Popayán

1780

68.875

36.338

16.445

16.092

2:1

1:1

Antioquia

1778

420.656

244.683

137.254

38.719

2:1

1:1

Chocó

1778

14.664

3.432

5.756

5.476

1:1

0,3:1

Fuentes: AGN, SC, CVD, leg.6, ff.261r., 360r., 366r., 442r.; leg.8, f.415r.; AGN, Sección Mapas y Planos, Mapo- teca 4, ref.:698-A; AGN, SCs., EOR, Caja 12, ff.5r., 6r., 7r., 11r., 15r., 18r.

Pues bien, la lectura de la tabla 2 permite entender algunas particularidades con re- lación a algunos sectores socio-raciales. 109 Por ejemplo, en algunas provincias del área cundiboyacense tanto la significativa presencia de blancos y gentes de otras condiciones en los términos de los pueblos de indios, como también el peso del mestizaje llevó a que se estableciera una jerarquía entre los primeros. Esto se explica porque donde los blancos tenían un peso de alguna proporción en la población al igual que el mestizaje con indios, los blancos limpios de cualquier mancha de sangre india o negra se vieron obligando a hacer más explícitos los factores de diferenciación. Los “nobles”, “caballeros”, “blancos de distinción”, “blancos principales” comprendían a quienes llevaban el distintivo de “don” y “doña”, y con toda seguridad que también intervenían factores como la riqueza y la pres- tancia. Allí los logros del mestizaje había sido significativos hasta el punto que en 1806 el Tribunal de Cuentas de la Real Audiencia neogranadina al responder una consulta elevada

107 AGN, SC, Poblaciones-Santander, leg.2, f.430r.

108 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.453r.-466v.

109 Se trata de unas relaciones que eran tenidas en cuenta por las autoridades coloniales como lo muestra la carta de Francisco Gil y Lemos, virrey de Perú, al Conde del Campo de Alange, Secretario de Estado de la Guerra, fechada en 1797, en la que relacionaba números de indios, esclavos y libres y blancos para in- ferir con qué fuerza se contaba en caso de sublevación. AGI, Lima, leg.700, exp.11, ff.1r.-5v.

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por el virrey del Nuevo Reino de Granada acerca de si “[…] los hijos naturales habidos de blancos e indias reputados por mestizos” de la jurisdicción de Valledupar (provincia de Santa Marta) tenían que pagar tributo, optó por dejar las decisiones a las costumbres de cada localidad, y agregó que en comparación con zambahigos, mulatos y negros libres, los mestizos

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Mapa 1: Poblaciones de los Andes centrales neogranadinos, siglo XVIII

1: Poblaciones de los Andes centrales neogranadinos, siglo XVIII Tomado de Marta Herrera, Ordenar para controlar

Tomado de Marta Herrera, Ordenar para controlar, p.126

USO Y ABUSO DEL CENSO DE 1777

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[…] son muy distinguidos y privilegiados […] De suerte que por razón de su nacimien- to siendo de legítimo matrimonio no deben ser excluidos del sacerdocio, ni las mesti- zas del estado de monjas, o religiosa profesas. Además vemos altamente recomenda- da su educación en los Colegios Reales destinados para ellos. Pueden traer armas, lo que no es permitido a indios y demás tributarios. Pueden asimismo pasar de una provincia a otra, y avecindarse donde quieran, y aun llevar a España sus mujeres in- dias, juntamente con los hijos […]. 110

Este dictamen de la Real Audiencia no hacía más que reconocer los logros que ve- nían teniendo los mestizos del mundo andino, y permite entender los esfuerzos de los blan- cos por establecer factores de diferenciación.

Luego del listado de la “1ª clase” el empadronador escribió: “Padrón de todas las personas blancas limpias, que comprende esta ciudad de Salazar, desde los mayores hasta los párvulos, con separación de nobles, mestizos y mulatos”, lo que es de suponer que se

refería a los de 2ª clase. A los blancos aquí agrupados no se les anotó el distintivo de “don”;

a algunos se les anotó “este es [de] la 3ª clase”, pero como estaba casado con una mujer de

2ª, aparece en esta registrado. A otros se les registró que sus esposas e hijos estaban en la 3ª

o en la 4ª clase. Sigue luego con “Padrón de todas las personas desde los mayores hasta los

párvulos, de la casta de mestizos, que comprende esta jurisdicción o ciudad de Salazar, con distinción y separación de mulatos, nobles y blancos limpios”. Termina con el “Padrón de la casta de mulatos, negros y zambos, desde los mayores hasta los menores o párvulos, que comprende esta jurisdicción o ciudad de Salazar, con distinción y separación de los nobles, de los blancos limpios y de los mestizos”. 111

Puede pensarse que esas diferencias se establecieron con el fin de marcar límites en- tre los blancos considerados “puros” y los que habían sido el resultado de los procesos de blanqueamientos y que terminaron por hacer maleable esa condición en el siglo XVIII. En efecto, por determinadas circunstancias en algunas áreas neogranadinas el trinomio blanco- riqueza-caballero que colocaba a las personas en el ápice de la pirámide social, podía rom- perse por el punto más débil (la riqueza), y los mestizos podían acceder a la condición de blancos. Nuevamente Diego Antonio de Nieto, organizador de las milicias disciplinadas en Popayán nos ayuda a entender un poco la importancia de la riqueza en la clasificación so- cial y cómo podía romper el esquema de la sola clasificación por condición “racial”. A pro- pósito del tránsito de mestizo a caballero en la provincia de Popayán ese funcionario anotó en 1779: “El cuándo pasan legítimamente de este extremo a el de Caballeros (pues entre los dos no hay medio, según la común inteligencia de estos parajes), no lo sé, ni he encontrado quien me lo diga; pero me parece que deciden los bienes de fortuna”. 112

110 AGN, SC, Tributos leg.16, f.563v.

111 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.376r.-385v.

112 AGN, SC, MM, leg.52, f.443r. Énfasis nuestro.

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Es posible que este proceso haya estado en la base de la consulta que en 1812 elevó Víctor Salcedo de Somodevilla, recién nombrado gobernador de la provincia de Panamá, a propósito de que tenía que levantar el censo para determinar quienes tendrían la condición de ciudadanos de acuerdo con la Constitución de Cádiz que acababa de ser expedida. El problema no radicaba en las familias de principales a las que fácilmente se les reconocía la prestancia. La dificultad radicaba en saber quiénes eran las familias de blancos que “[…] no están tan palpablemente conocidos […]”. Y para evitar causar malestares preguntó a sus superiores:

Tengo entendido que así en esta capital y sus provincias, como en todas las de Améri- ca, se han considerado siempre por hombres blancos, aquellos a quienes se les ha llamado anteriormente españoles (antes que se hubiese dictado la Constitución), y así, a estos hombres aun cuando no sean hidalgos, caballeros ni de una cuna que entera- mente no dimane por sus antiguas generaciones del África, se les ha atendido, y se les atiende, disfrutando de la distinción, y esta se les ha manifestado con la palabra Don. 113

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Y luego agregaba: “[…] no se entienda que a todos los que se le llame con la pala-

bra Don sean comprendidos en los derechos de ciudadanía, porque a la verdad habrá algu- nos que aunque se les titule así por unos pocos, no lo sean en generalidad por todos, respec- to de que se sepa su inmediato origen al África”. 114

Pese a que los padrones de las poblaciones de la provincia de Cartagena no distin- guían estratificación entre los blancos (el del barrio de Santo Toribio diferenció a los españoles de los blancos, lo que con toda seguridad hacía referencia a que estos últimos eran lo que más tarde se llamarían “criollos”), por otras fuentes de archivos sabemos que entre estos también existió una jerarquía, tal como lo expresaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa luego de visitar a Cartagena en 1739. 115 En la calidad de estos, además del color, también incidían otros factores como la prestancia social, la ascendencia familiar, los recur- sos económicos, la ocupación, 116 la forma de vestir, el sitio de vivienda, las redes sociales y políticas a las que estuvieran vinculados. En un proceso judicial de 1759 entre vecinos de Cartagena por motivo de limpieza de sangre, una de las preguntas del cuestionario hecho por una de las partes interrogaba a los testigos acerca de “[…] si saben que no es regular ni cuotidiano en esta dicha ciudad dedicarse a la enseñanza de semejantes oficios [platero y maestro de escuela] personas del todo blancas […]?”. 117 Los testigos respondieron: “no es regular ni cotidiano, que los patricios de esta ciudad, personas del todo blancas se apliquen a los oficios [artesanales]”; “patricios […] siendo personas blancas”; “blancos, finos, patri-

113 AGN, Sección Archivos Anexos, fondo I, subfondo 17, leg.14, f.28v.

114 AGN, Sección Archivos Anexos, fondo I, subfondo 17, leg.14, f.30r.

115 J. Juan y A. de Ulloa, Relación histórica del viaje a la América meridional, p.64.

116 AGN, SC, Genealogías, leg.1, f.302r.

117 AGN, SC, Genealogías, leg.1, ff.42r.-44r.

USO Y ABUSO DEL CENSO DE 1777

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cios”; “enteramente blancos”; “siendo blancos y distinguidos”; “personas distinguidas en su calidad”; “los blancos de casa grande de esta ciudad”; “los que son puramente blancos”; “blancos del todo”; “no es regular ni cotidiano que las personas del todo blancas”. 118 Los censos de artesanos milicianos y matriculados de la mar de los cinco barrios de Cartagena realizados entre 1779-1780 contienen la cifra de 126 artesanos blancos (el 16,3% del total de menestrales de la ciudad), de los que solo 13 llevaban el distintivo de “don”. 119 Y en 1780 en los barrios de Getsemaní y Santo Toribio había 28 pulperos, de los que 19 eran blancos, 8 pardos y 1 moreno (negro libre), 120 y ninguno de los pulperos blancos ostentaba ese dis- tintivo. En un listado de 1795 de 212 hombres blancos de Cartagena con edades entre 15 y 45 años, aptos para prestar el servicio miliciano, solo 3 tienen el título de “don”, entendién- dose que los blancos de la elite no estaban incluidos en esta lista. 101 eran artesanos, 13 pulperos y de los 98 restantes no se dio información. 121

Las diferencias entre los blancos de distintos status se hacían evidentes en determi- nadas circunstancias, en especial si se trataba de ocupar un cargo público por un blanco “plebeyo” que estuviera vinculado a luchas de facciones. En esos momentos los blancos distinguidos movilizaban arsenales de objeciones en varias direcciones: a) las que insistían en que esos nombramientos comprometían la decencia y el prestigio de la república, del sitio en el que vivían; b) porque desdecían del sector de los notables; c) porque los notables no debían obediencia a agentes de menor condición. En otros términos, la capacidad de mando devenía del status social; d) la incapacidad intelectual del nombrado para ejercer el cargo; e) el oficio vil que ejercía; y f) su pobre presentación. Este fue el caso de un pleito acaecido en 1765 por la capitanía de las milicias españolas de Santa Cruz de Lorica, que involucró a don Cayetano López, alférez de esa compañía, carpintero de ribera, blanco, y otras personas notables de igual calidad de esa población. El carpintero de ribera había lo- grado que el gobernador de la provincia de Cartagena lo nombrara capitán. Días después los vecinos españoles de esa parroquia protestaron por este nombramiento ante el alcalde ordinario de la Villa de Tolú que ejercía jurisdicción sobre Lorica. Aducían que esa era,

[…] la única [compañía] que hay de esplendor, y lustre en esta República, como que a ella están agregadas las personas decentes de este partido, habiendo muchos de ellos y de los que firmamos aquí obtenido los honoríficos empleos de Regidores, Alcaldes Ordinarios de la Santa Hermandad de la villa de Tolú, y como el alférez Cayetano Ló- pez, que es el único que ha quedado de la oficialidad de blancos, aspire al ascenso de capitán comandante, siendo esto no solo en vulneración y desaire de muchos vecinos

118 AGN, SC, Genealogías, leg.1, ff.1r.-353v.

119 AGN, SC, Miscelánea, leg.31, ff.148r.-154v., y 1014r.-1015v.; AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.259r.-260v., y 615r.-619v.; AGN, SC, MM, leg.48, ff.725r-734r. Sergio Paolo Solano, “Sistema de defensa, artesanado y so- ciedad en el Nuevo Reino de Granada. El caso de Cartagena de Indias, 1750-1810”, en Memorias vol.10, n.°19, Barranquilla, Universidad del Norte, 2013, pp.92-139.

120 AGN, SC, MM, leg.48, f.725r.-734r.; AGN, SC, Miscelánea, leg.31, ff.148r.-154v.

121 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.63r.-69v.

SERGIO PAOLO SOLANO D.

que aquí nos hallamos, sino en descrédito del sitio y desdoro de las armas de nuestro Católico Monarca […] y en cuyo servicio deseamos emplearnos, sacrificando nuestras vidas y haciendas, lo que no haría el dicho Cayetano López, por ser un hombre de total reputación que solo merece aprecio entre la gente ordinaria, como que es de profesión carpintero, maestro de tienda, y en ella trabaja públicamente en la carpintería, y tam- bién en la playa y ribera de este río, con el traje correspondiente de un calzón largo, por cuyo motivo todos tendrán acaso de menor valer el alistarse en su compañía […]. 122

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Otro caso en Cartagena se vivió en 1785 cuando dos familias elevaron peticiones al Cabildo de la ciudad compitiendo por beca que había estatuido un ex-obispo de aquella ciudad para jóvenes patricios de escasos recursos económicos para que estudiaran en el Colegio del Rosario de Santa Fe de Bogotá. Al joven que se le negó se argumentó el ser blanco más no de familia patricia. 123 Esas diferencias también podían hacerse manifiestas cuando dos jóvenes blancos intentaban contraer matrimonio y los padres de uno podían entablar un juicio de disenso matrimonial, tal como sucedió en la ciudad de Ocaña en 1793, cuando los padres del novio achacaba las diferencias de “[…] educación y moral, sindicán- dole la conducta y su nacimiento […]” a la novia, lo que a su parecer colocaba en entredi- cho y bajo sospecha a la familia de esta. 124

Como ya hemos señalado, en los Andes centrales neogranadinos la base del mesti- zaje estuvo constituida por blancos e indios, mientras que mulatos y pardos se contaban en cantidades menores debido a la baja presencia de esclavos. Según el resumen del padrón del 1779 de la provincia de Tunja solo el 2,3% de su población era esclava, 125 cifra que a falta de datos más específicos sobre las gentes de color nos sirve para explicar la baja pre- sencia de libres de color. Algo parecido sucedía en la jurisdicción de Santa Fe de Bogotá en 1780, área en la que los esclavos ascendían al 1,3% del total de la población (ver tabla 2). 126 Sin embargo, en las jurisdicciones de las ciudades de Girón, Vélez y Pamplona, en las que hubo cultivo de caña de azúcar y minas el empleo de esclavos fue mayor y por tanto la pre- sencia de gente de color fue de alguna significación y las clasificaciones sociales eran más complejas. 127

122 AGN, SC, MM, leg.48, f.737r.-740v.

123 AGN, SC, Genealogías, leg.5, f.703v.

124 AGN, SC, Genealogías, leg.2, ff.1034r.-1050v.

125 AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.261r.-262v.

126 AGN, Mapas y Planos, Mapoteca 4, ref. 698-A.

127 Padrones de negros, mulatos, zambos y zambahigos en el pueblo de Guebsa (1693), en la villa de El Soco- rro (1688), en AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.393r.-403v. En la ciudad de Vélez (1688) AGN, SC, CR-CVD, leg.6, ff.371r.-383v. Sobre los esclavos y la población de color en la jurisdicción de Girón ver: Yoer Castaño, Es- clavos y libertos en la jurisdicción de Girón, 1682-1750, Bucaramanga, tesis de maestría en Historia, 2007. http://goo.gl/RqDtTJ.

USO Y ABUSO DEL CENSO DE 1777

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Tabla 3: Categorías sociales usadas en algunos padrones de poblaciones de las provincias del Caribe neogranadino, 1777

% Calidades Poblaciones
% Calidades
Poblaciones

Habitantes

Blancos

Españoles

Negros

Indios

Zambos

Cholos

Mestizos

Pardos

Cuarterones

Quinterones

Mulatos

Naturales

Morenos

libres

 

Provincia de Cartagena

 

Tacamocho

899

2,1

---

0,4

---

30,8

8,4

8,2

40,4

4,7

0,8

---

---

 

---

El Retiro

1201

7,0

---

11,1

---

23,0

8,8

22,1

19,4

6,5

1,2

---

---

 

---

Santiago

364

0,3

1,6

---

---

10,2

---

30,5

48,9

6,3

---

2,2

---

 

---

**

1023

6,3

1,6

2,6

0,5

39,8

---

29,5

1,1

4,9

---

7,3

7,0

 

0,4

Tacasaluma

619

2,1

---

---

---

36,8

11,5

13,4

28,0

2,1

0,6

---

---

 

5,8

Tacaloa

522

11,9

---

4,2

1,1

29,7

5,7

22,8

4,9

1,5

---

18,2

---

 

---

San Sebastián

844

4,9

---

3,7

0,2

19,2

15,1

25,3

28,4

2,5

0,2

0,6

---

 

---

San Fernando

325

22,5

---

0,9

---

1,2

2,2

57,8

10,2

5,2

---

---

---

 

---

 

Provincia de Riohacha

 

Riohacha

1789

11,5

---

22,4

0,7

17,3

---

---

44,6

---

---

---

---

 

3,7

Moreno

857

1,3

---

8,3*

---

24,6

---

---

63,6

---

---

---

---

 

2,0

Villa de Pedraza

304

6,3

---

6,9*

---

27,3

---

0,3

57,2

---

---

---

---

 

2,0

Camarones

111

---

---

1,8*

---

27,9

---

---

64,9

---

---

---

---

 

5,4

Pueblo de Boro- nata

201

---

---

6,0*