Вы находитесь на странице: 1из 13

S e r món d e l Sa n to C u ra d e A r s S ob re la O ra c i ó n d e

u n Pe c ad o r q u e n o

q u i ere de ja r e l Pe c ad o

n d e l Sa n to C u ra d e A r s S
n d e l Sa n to C u ra d e A r s S

Preparado por: Efraín Hurtado Cerda en http://sermonessantocuraenars.blogspot.mx/

Año 2014

en http://sermonessantocuraenars.blogspot.mx/ Año 2014 Sermón del Santo cura de Ars Sobre la Oración de un

Sermón del Santo cura de Ars Sobre la Oración de un Pecador que no quiere dejar el Pecado

Sermón “Sobre la Oración de un Pecador que no Quiere Dejar el pecado”

Santo Cura de Ars

Cum descendisset Jesus de monte, secutae sunt eum turbea muttae. Et ecce leprosus veniens adorabat eum. Al haber descendido Jesús de la montaña, una gran muchedumbre lo siguió; entonces un leproso vino a él y lo adoró. (S. Mt. VIII, 1-2)

Leyendo estas palabras, hijos míos, me represento el día de una gran fiesta dónde la gente viene en muchedumbre a nuestras iglesias, cerca de Jesucristo, no descendiendo de una montaña, sino en nuestros altares, donde la fe nos lo descubre como un rey en medio de su pueblo, como un padre rodeado de sus niños y, finalmente, como un médico rodeado de sus pacientes. Unos adoran a este Dios, cuyos cielos y tierra no pueden contener la inmensidad, con una conciencia pura, como un Dios que reina en su corazón; es solo el amor que los trae aquí para ofrecerle un sacrificio de alabanzas y de acciones de gracias; están seguros de no retirarse de cerca de este Dios caritativo sin ser colmados de toda clase de bendiciones. Otros aparecen delante de este Dios tan puro y tan santo con una alma totalmente cubierta de pecados; pero volvieron en si mismos, abrieron sus ojos a su lamentable estado, concibieron el horror más profundo de sus desarreglos pasados, y, entonces resuelven cambiar de vida, vienen a Jesucristo llenos de confianza, se echan a los pies del mejor de todos los padres, con el sacrificio de un corazón contrito y humillado. Antes de que salgan de ahí, el cielo les será abierto y el infierno cerrado. Pero después de estos dos tipos de adoradores llega un tercero: es decir, estos cristianos totalmente cubiertos de la basura del pecado y adormecidos en el mal, que no piensan de ninguna manera salir de eso, que sin embargo hacen como otros, vienen a adorar y a orar, al menos en apariencia. No les hablaré de los que vienen con una alma pura y agradable a su Dios: tengo sólo una cosa que hay que decirles, es perseverar. A los segundos, les diré que redoblen sus oraciones, sus lágrimas y sus penitencias; pero qué piensen que, según la promesa de Dios mismo, todo pecador que viene a Él con un corazón contrito y humillado está seguro de encontrar su perdón (Sal. L, 19). Están seguros, dice Jesucristo, de haber recobrado la amistad de su Dios y el derecho de su calidad de hijos de Dios les otorga el cielo. Voy pues a hablarles hoy sólo de estos pecadores que parecen vivir, pero que ya murieron. Conducta extraña, hijos míos, sobre la cual no me atrevería a decir mi pensamiento, si el Espíritu Santo no nos hubiera dicho ya, desde el comienzo del mundo y con los términos adecuados, que la oración de un pecador que no quiere salir de su pecado y que no hace todo lo que debe hacer para salir de el, es aborrecible a los ojos del Señor (Prov. XXVIII, 9). Todavía aumentemos a este endurecimiento, el desprecio de todas las gracias que el cielo le ofrece. Mi intención es

pues mostrarles que la oración de un pecador que no quiere salir del pecado, no es otra cosa que una acción ridícula, plena de contradicción y de mentira, si lo consideramos, o

con relación a las disposiciones del pecador que lo hace, o todavía si lo consideramos con relación a Jesucristo a quien se dirige. Hablemos más claramente, diciendo que la oración de un pecador que permanece en el pecado no es otra cosa que la acción más insultante

y la más impía. Escúcheme bien un instante y, desgraciadamente, ustedes estarán demasiado convencidos.

I. - Mi intención, hijos míos, no es hablarles largamente de las cualidades que debe tener una oración para ser agradable a Dios y provechosa a la persona que la hace; no les diré algo de su poder; les diré solamente por cierto que es una dulce conversación del alma con su Dios, que nos hace reconocer a nuestro creador, nuestro soberano bien y nuestro último fin; es un comercio del cielo con la tierra: enviamos nuestras oraciones y nuestras buenas obras al cielo, y el cielo nos envía las gracias que son necesarias para nuestra santificación. Les diré aún que es la oración la que eleva nuestra alma y nuestro corazón hasta el cielo, y nos hace despreciar el mundo con todos sus placeres. Es aún la oración que hace descender a Dios hasta nosotros. Digámoslo todavía mejor: la oración bien hecha penetra y atraviesa la bóveda de los cielos y sube hasta el trono, del mismo

Jesucristo, desarma la justicia de su Padre, excita y mueve su misericordia, abre los tesoros de las gracias del Señor, los arrebata y, los quita, si me atrevo a hablar así, y vuelve cargada de toda clase de bendiciones hacia el que la envió. Si fuera necesario probar esto, solo tendría que abrir los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Veríamos allí que Dios jamás pudo negar lo que se le pedía por la oración hecha como se debe. Aquí, veo a treinta mil hombres sobre los cuales Dios resolvió descargar el peso de su justa cólera, para destruirlos en castigo de sus crímenes. Moisés solo le pedirá su indulto, y se postra ante el Señor. Apenas su oración es comenzada, que el Señor, que había resuelto su pérdida, cambia su sentencia, los convierte en su amistad, prometiéndoles su protección y todo tipo de bendiciones, y esto de la oración de un solo hombre (Ex. XXXII, 28-34). Allí veo a un Josué quien, encontrando que el sol desciende demasiado rápido, y temiendo no tener tiempo de vengarse de sus enemigos, postra su rostro contra la tierra rogando al Señor, mandar al sol detenerse, y, por un milagro que jamás había llegado y que posiblemente jamás llegará, el sol, digo, suspende su carrera para proteger a Josué y darle el tiempo de perseguir y de destruir a su enemigo (Jos. X). Más lejos, todavía veo a Jonas al que el Señor envía a la gran ciudad de Nínive, esta ciudad tan pecadora, ya que

el Señor, que es la justicia y la misma bondad, había resuelto castigarle y destruirle. Jonas

recorriendo esta gran ciudad le anuncia, por parte del mismo Dios, que su destrucción esta distante sólo de cuarenta días. Ante esta noticia triste y desconsoladora, todos se echan cara contra tierra, todos ellos recurren a la oración. En adelante, el Señor revoca su sentencia y los mira con bondad. Muy lejos de castigarlos, les ama y los colma de toda clase de beneficios (Jon. I-IV). Si me vuelvo por otro lado, veo al profeta Elías quien, para castigar los pecados de su pueblo, ruega a Dios no darles la lluvia. Durante dos años y medio consecutivos el cielo le obedece, y la lluvia cayó sólo cuando el mismo profeta se lo pidió a Dios en oración (III Rey . XVIII, 44).

Si paso del Antiguo Testamento al Nuevo, vemos allí que la oración, muy lejos de perder

su fuerza, llega a ser más poderosa bajo la ley de la gracia. Vean a Magdalena: tan pronto como reza echándose a los pies del Salvador, sus pecados le son perdonados y siete

demonios salen de su cuerpo (Lc VII, 47; VIII, 2). Vean a san Pedro después de negar a su Dios, recurre a la oración; seguidamente el Salvador le echa una mirada y le perdona (Lc XXII, 61-62). Todavía vean al buen ladrón (Lc XXIII, 42-43). Si Judas, el traidor, en lugar de desesperarse, hubiese rogado a dios le perdonara su pecado, el Señor le habría perdonado su culpa. Sí, hijos míos, el poder de la oración bien hecha es tan poderoso que, cuando todo el infierno, todas las criaturas del cielo y de la tierra piden venganza, y que Dios mismo esta armado con todos sus rayos para aplastar al pecador, si este pecador se echa a sus pies pidiéndole misericordia, con pesar de haberle ofendido y el deseo de amarle, él está seguro de su perdón. Es según la promesa que Él mismo nos hizo, diciéndonos que promete concedernos todo lo que le pidamos a su Padre en su nombre (Jn XIV, 13-14). Mi Dios, ¡que es dulce y consolador para un cristiano, de estar seguro de obtener todo lo que le pida a Dios en la oración!.

Pero, me dirá posiblemente, ¿cómo hace falta pues que esta oración sea hecha para que tenga este poder cerca de Dios? - mi amigo, sin andar con rodeos, helo aquí: nuestra oración, para tener esta potencia, debe ser animada por una fe viva, por una esperanza firme y constante, que nos hace creer que, por los méritos de Jesucristo, estamos seguros de obtener lo que vamos a pedir, y aún así de una caridad ardiente.

1° digo, en primer lugar, que hace falta que tengamos una fe viva. - ¿ y por qué me dirás? - mi amigo, helo aquí: el caso es que la fe es el fundamento y la base de todas nuestras buenas obras, y sin esta fe, todas nuestras acciones, aunque son buenas en si mismas, son sólo unas obras sin mérito. Debemos estar tan bien convencidos de la presencia de Dios, delante de la que tenemos la felicidad de ser, que un enfermo al que una fiebre violenta hizo caer en el delirio y que divaga: su espíritu una vez fijado sobre algún objeto, aunque no hubiera nada visible, es tan bien persuadido que ve o toca, que aunque se esfuerza por decirle lo contrario, no quiere creerlo. Sí, hijos míos, fue esta fe violenta, si me atrevo a decirlo así, con la que santa Magdalena buscaba al Salvador, no habiéndole encontrado en su tumba. Estaba tan convencida del objeto que buscaba, que Jesucristo para probarlo, o más bien no pudiendo más esconderse a su amor que lo había provocado, apareció en él bajo la forma de un jardinero, y le preguntó porqué lloraba y que buscaba. Sin decirle que busca al Salvador, exclama: "¡oh! Si eres tú quien lo quitó, dime donde lo pusiste, con el fin de que vaya a traerlo (Jn XX, 15). "Su fe estaba tan viva, tan ardiente, si me atrevo a decirlo, que aunque hubiera estado en el seno de su Padre, lo habría forzado a descender sobre la tierra. Sí, hijos míos, he aquí la fe por la que un cristiano debe ser animado, cuando tiene la felicidad de estar en la presencia de Dios, con el fin de que Dios no pueda negarle nada.

2° En segundo lugar, digo que a la fe hay que añadirle la esperanza, es decir, la esperanza firme y constante que Dios puede y quiere concedernos lo que le pedimos. ¿Quieres un modelo? Aquí vemos a la mujer de Canaán (Mt. XV); su oración fue animada por una fe tan viva, por una esperanza tan firme que el buen Dios podría concederle lo que ella pedía, ella no dejó de rezar, de urgir, o si me atrevo a decir, de forzar a Jesucristo. Por más que se le desaliente, y el mismo Jesucristo; no teniendo más de qué forma se pueda hacer, ella se arroja a sus pies diciéndole por toda súplica: "¡Señor, socórreme! "Y estas palabras pronunciadas con tanta fe encadenan la voluntad del mismo Dios. El Salvador totalmente asombrado exclama: "¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase conforme tu lo

deseas". (1)

Sí, hijos míos, esta fe, esta esperanza nos hacen triunfar de todos los obstáculos que se oponen a nuestra salvación. Vean a la madre de san Sinforiano; su hijo iba al martirio:

"¡Ah! ¡Mi hijo, coraje! ¡Todavía un momento de paciencia, y el cielo será tu recompensa!" Díganme, hijos míos, ¿quién sostenía a todos los mártires santos en medio de sus tormentos? ¿No es esta feliz esperanza? Vean la calma de la que san Lorenzo goza sobre su parrilla de fuego. ¿Qué podía sostenerlo? - es, me dirán ustedes, la gracia. - esto es verdad, pero ¿esta gracia no es la esperanza de una recompensa eterna? Todavía vean a san Vicente a quien se le arrancan las entrañas con ganchos de hierro; ¿quién le dio la fuerza de sufrir tormentos tan extraordinarios y tan horribles? ¿No es esta feliz esperanza ? ¡Pues bien! hijos míos, ¿que debe llevar a un cristiano, que se pone en la presencia de Dios, a rechazar todas estas distracciones que el demonio se esfuerza por darle en sus oraciones, y a vencer el respeto humano? ¿No es el pensamiento de que Dios lo ve, que, si su oración se hace bien, será recompensado con la felicidad eterna?.

3° En tercer lugar, dije que la oración de un cristiano debe tener caridad, es decir que debe amar al buen Dios con todo su corazón y odiar el pecado con todas sus fuerzas. - ¿y por qué, me dirán? - mi amigo, helo aquí: esto es que un cristiano pecador que ruega, debe siempre lamentar sus pecados y el deseo de amar a Dios cada vez más. San Agustín nos da un ejemplo muy sensible. En el momento cuando oraba en el jardín, verdaderamente se cree en la presencia de Dios; espera que, por muy gran pecador que el sea, Dios tendrá misericordia de él; el lamenta su vida pasada, promete al buen Dios cambiar su vida, y hacer, con socorro de su gracia, todo lo que pueda para amarle (Conf. lib. VIII, c. VIII). En efecto, ¿cómo poder amar a Dios y el pecado? No, hijos míos, no, esto jamás será. Un cristiano que verdaderamente ama al buen Dios, ama lo que Dios ama, odia lo que Dios odia; de ahí concluyo que la oración de un pecador que no quiere dejar el pecado, no tiene nada de todo lo que acabamos de decir.

II. - Ahora, van a ver conmigo que considerando la oración del pecador con relación a sus disposiciones, no es otra cosa que un acto ridículo, llena de contradicción y de mentira. Sigámoslo un instante, este cristiano pecador orante, digo un instante, porque ordinariamente, apenas sus oraciones son comenzadas que están ya acabadas; escuchemos a este pobre ciego y este pobre sordo: digo ciego sobre los bienes que pierde y los dolores que se prepara, y sordo a la voz de su conciencia que grita, a la voz de Dios que le llama a grandes gritos. Entremos en materia, estoy seguro que usted desea saber lo que es la oración de un pecador que ni quiere dejar el pecado, ni se arrepiente de haber ofendido a Dios. Escuche: la primera palabra que dice comenzando su oración es una mentira, se contradice a si mismo: "En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo."Mi amigo, párese un instante. Usted dice al comenzar su oración en nombre de las tres personas de la Trinidad Santa. ¿Pero usted pues olvidó que hace sólo ocho días, usted estaba en una compañía dónde le decían que cuando estemos muertos todo estará acabado, y si esto fuera, no había Dios, ni infierno, ni paraíso? Si, mi amigo, en su endurecimiento usted lo cree, usted no viene para rezar; pero solamente para entretenerse y divertirse. - ¡Ah! me dirá, los que tienen este lenguaje son muy raros.- Sin embargo hay entre los que me venden y los que no dejan de rezar de vez en cuando. Y todavía le mostraría, si quisiera, que las tres cuartas partes de los que están aquí en la

iglesia, aunque no lo digan con la boca, a menudo lo dicen con su conducta y su manera de vivir; porque si un cristiano verdaderamente piensa en lo que dice pronunciando los nombres de las tres personas de la Trinidad Santa, no sería presa del miedo a la desesperación, considerando en él la imagen del Padre que desfiguró de manera tan horrible, la imagen del Hijo que esta en su mente, arrastrada y rodada en el fango del vicio y la imagen del Espíritu Santo, de los que su corazón es el templo y el tabernáculo y que ha llenado de basura y de suciedad. Sí, hijos míos, estas tres palabras solas, si este pecador tenía el conocimiento de lo que dice y de lo que es, ¿podría él pronunciarlas sin morir de horror? Escuche a este mentiroso: "mi Dios, creo firmemente que estás aquí presente". ¡Eh qué! mi amigo, ¡usted cree que está en la presencia de Dios delante del que los ángeles, que son intachables, tiemblan y no se atreven a levantar la vista, delante del que se cubren con sus alas que no pueden soportar el brillo de la majestad que el cielo y la tierra no pueden contener! Y ustedes, todos cubiertos de crímenes, están allí con una rodilla por tierra y la otra en el aire. ¡Atrévanse a abrir bien la boca para dejar salir tal abominación! Digan más bien que ustedes hacen como los monos, que ustedes hacen lo que ven hacer a otros, o más bien que es un momento de entretenimiento que ustedes toman fingiendo rezar.

Un cristiano que entra en la presencia de su Dios, que siente lo que le dice al mismo autor de su existencia, ¿no es cogido por espanto viendo, de un lado, su indignidad de aparecer delante de un Dios tan grande y tan temible, y, del otro, su ingratitud? ¿No le parece, a cada instante, que la tierra va a abrirse bajo sus pies para engullirlo? ¿No se mira como entre la vida y la muerte? ¿Su corazón no es devorado de pesar y pleno de reconocimiento? Digo de pesar, pensando cuán lamentable ha sido haber ofendido a un Dios tan bueno, y de agradecimiento, pensando cuanto es necesario que Dios sea paciente y caritativo al admitirlo en su santa presencia, a pesar de su ingratitud y todos los ultrajes de los que fue culpable en todo momento. Pero, para ustedes que oran y no quieren dejar el pecado, por lo menos no todavía, díganme, ¿cuál diferencia ponen entre la iglesia y la sala de baile, si me atrevo a hacer esta comparación horrible, ya que una es la morada de Dios, y la otra, la del demonio (2)? Si ustedes no lo saben, voy a enseñarles, he aquí. Yendo a la sala de baile, ¿de qué se ocupan? Es sin duda de personas a quienes esperan encontrar ahí. Su primer cuidado, al entrar, es pasear sus miradas para ver si los ven, es considerar la manera en la que la sala esta construida, las tapicerías que lo decoran, es de saludar a las personas a quienes conocen, de sentarse de prisa y de charlar allí. No voy más lejos; no hablaré de todos los malos pensamientos, los malos deseos, las malas miradas, dejemos todo esto de lado, y francamente dígame, usted, mi amigo, usted quién debería ser entregado sin cesar a la desesperación, sabiendo el estado horrible donde usted está, ya que usted es cargado de pecados ¿no es esta la conducta que ustedes tienen viniendo a la casa del Señor? Dije que cuando una persona de placer iba a una sala de baile o una danza, se ocupaba sólo de cosas indiferentes, o de sus placeres, y de ninguna manera del buen Dios: cuando viene a la iglesia, ¿piensa delante de quién esta usted, y a quien usted va a hablar? Ustedes estarán de acuerdo conmigo que su conducta es precisamente esa . Dije que al entrar, uno de sus primeros cuidados era considerar la manera en la que la sala es adornada: ¡pues bien! ¡No es lo que ustedes hacen llegando a la casa del Señor! Ustedes miran de la altura abajo, de la esquina de la iglesia al otro (3). Todavía digo que uno de sus primeros cuidados es examinar a las personas a las que conocen y de saludarlos: ¿no es lo que ustedes hacen,

viendo a una persona o un amigo a quién no han visto desde hace algunos días? Usted no hace dificultad en hablarles, en saludarles en este lugar, de darles los buenos días en presencia del buen Dios que está en cuerpo y en alma sobre el altar, que le quiere, que le llama en su presencia santa sólo para perdonarles y colmarles de los más grandes beneficios. Otra ocupación de este tipo de gente, es examinar la manera en la que están arregladas las personas y su belleza; y de ahí nacen las malas miradas, los malos pensamientos, los malos deseos. Ustedes no tienen dificultad en hablarles, en saludarles en este lugar, de darles los buenos días en presencia del buen Dios que está en cuerpo y en alma sobre el altar, que les quiere, que les llama en su presencia santa sólo para perdonarles y colmarles de los más grandes beneficios. Otra ocupación de este tipo de gente, es examinar la manera en la que están arregladas las personas y su belleza; y de ahí nacen las malas miradas, los malos pensamientos, los malos deseos.

¡Pues bien! ¿Mi amigo, dice que esto no le sucede? ¿No se da incluso, hasta durante la Misa santa? Mientras que un Dios se inmola por la justicia de su Padre para satisfacer a sus pecados, usted pasea su miradas para ver como tal o tal esta arreglado, y su belleza. ¿Esto no es causa que usted se origina un número casi infinito de pensamientos que no debería tener y de malos deseos? Abra pues los ojos, mi amigo, y usted verá que todo lo que usted le dice a Dios no es otra cosa que mentira y engaño.

Vayamos más lejos. "Mi Dios, dice usted, te adoro y te quiero con todo mi corazón". Usted se equivoca, mi amigo, ¿no hay que decir al buen Dios, sino su dios y que es su dios? Helo aquí: es esta joven chica a la que usted dio su corazón, la que le ocupa continuamente. ¿Y usted, mi hermana, quién es su dios? ¿No es este hombre joven a quien todos sus cuidados fueron de gustarle, posiblemente mismo parecido la iglesia dónde debe venir sólo para llorar sus pecados y pedirle a Dios su conversión? ¿No es verdad que, mientras que usted reza, los objetos que le gustan ocupan su espíritu, y se presentan delante de usted para hacerse adorar en el sitio de su Dios? ¿No es verdad que por la tarde es el dios de la glotonería quien se presenta delante de usted para hacerse adorar, pensando en lo que usted comerá cuando usted estará en su casa? O, una vez más, el dios de la vanidad, complaciéndose sobre usted mismo, considerándole como digno de merecer la adoración de los hombres? ¿Sabe lo que usted le dice a Dios? Helo aquí: "Señor, dice usted, desciende de vuestro trono, cédeme vuestro sitio ". ¡Mi Dios, que horror, y que abominación! Y, sin embargo, usted dice esto cada vez que usted desea gustarle a alguien. La otra vez, es el dios de la avaricia, de la vanidad, del orgullo, o hasta de la impudicia vinieron delante de usted para hacerse adorar y amar en lugar del verdadero Dios.

¿Quiere que se lo muestre de manera más clara? Escúcheme. Durante la santa Misa, o durante sus oraciones, a usted viene un pensar en odio o en venganza; si usted prefiere al buen Dios que aquellos objetos, usted los cazará prontamente; pero, si usted no los caza, muestra que los prefiere a Dios y que los pone en el sitio del mismo Dios para darles su corazón. Es como si usted dijera a Dios, cuando estos pensamientos le vienen: "mi Dios, sal de mi presencia, y déjame poner en vuestro sitio a aquel demonio para darle las afecciones de mi corazón". Usted convendrá pues conmigo, hijo mío, que no es casi nunca al buen Dios a quien usted adora en su oraciones, sino cada una de estas inclinaciones, es decir, estas pasiones y nada más. - esto, me dirá usted, es un poco

fuerte. - ¿Esto es un poco fuerte, mi amigo? ¡Pues bien! Voy a mostrarle que es la verdad, en toda su plenitud. Dígame, mi hermano, o usted, mi hermana, cuando usted se confiesa, su confesor no le dice: " si deja estos deseos, estos pensamientos, o si usted acaba estas malas costumbres, estos cabarets, le daré a su Dios, ¿usted tendrá la felicidad de recibirlo hoy en su corazón?" - " No, mi padre, lo dice usted, no todavía; no me siento con el coraje de hacer este sacrificio, es decir de dejar estos bailes, estos juegos, estas malas compañías. " - ¿No es verdad que usted prefiere que el demonio reine en su alma en lugar del buen Dios? El confesor dirá a esto enfurecido: "Mi amigo, si usted no perdona a esta persona que le ultrajó, usted no puede tener la felicidad de poseer el Dios de los cristianos. " - "No, mi padre, lo dice usted, prefiero no recibir al buen Dios." - "Mi amigo, todavía dirá el confesor a un avaro, si usted no devuelve este bien que no le pertenece, usted es indigno recibir a su Dios." - "mi padre, no tengo la intención de devolverlo tan temprano;" y así de todos los demás pecados. Esto tan es verdad que, si los que nos gustan aparecen visiblemente, cada uno tendría delante de sí una rama de los siete pecados capitales, y Dios sería para los ángeles solos.

Pero

mentiroso.

vayamos más lejos, y veremos, y oiremos a este charlatán y a este cristiano

Y primero veamos su fe. Decimos que es la fe la que nos descubre la grandeza de la majestad de Dios delante del cual tenemos la felicidad de ser; es esta fe, junto a la esperanza, la que sostenía a los mártires en medio de los tormentos más horribles. Dígame, ¿este pecador puede tener el pensamiento, puede creer, comenzando su oración, que será recompensada? ¡Qué! Una oración llena de toda clase de cosas excepto de Dios solo; ¡una oración hecha vistiéndose o trabajando, el corazón ocupado de su trabajo, posiblemente hasta de odio y de venganza, que sé, de malos pensamientos! ¡Una oración hecha gritando e insultando a sus niños o a sus domésticos! ¿Si esto ha sido, no seríamos forzados a admitir que Dios recompensa el mal?.

2° Digo que el pecador no tiene en absoluto esperanza rezando, sino que pronto estará acabada: he aquí al que se limita toda su esperanza. - pero, me dirá, este pecador, con todo lo pecador que sea, ¿espera bien algo? - ¡ pues bien! Creo que un pecador no cree nada y no espera nada, porque si creyera que hay un juicio, y por consiguiente un Dios que debe pedirle cuenta de cada minuto y los medio minutos de su vida, y que esta cuenta se haga en el momento en el que no pensará en eso; si creía que un solo pecado mortal iba a hacerlo considerar digno de una eternidad de desgracia; si pensaba bien que no había una oración de su vida, ningún deseo, ninguna acción, ningún movimiento de su corazón que no sea escrito en el libro de este sumo juez; Si veía su conciencia cargada de crímenes, posiblemente los más horribles; y qué, posiblemente, él tiene tantos pecados que haría falta para condenarlo con el fuego devorando toda una ciudad de cien mil almas, ¿podría quedarse bien en este estado? No, sin duda, si verdaderamente creía que después de este juicio había para los pecadores un infierno eterno, del que un solo pecado mortal será causa, si muere en este estado; que la cólera de Dios lo agobiara durante toda la eternidad, y que los pecadores caen allá por millares continuamente; ¿no tomaría otras precauciones que no guarda para evitar esta desgracia? Si verdaderamente creía que había un cielo, es decir una felicidad eterna para todos aquellos que habrán practicado escrupulosamente lo que la religión les manda, ¿podría comportarse como lo

hace? No, sin duda. Si, en el momento cuando está dispuesto a pecar, creía que Dios lo veía, que pierde el cielo y se atrae todo tipo de dolores para esta vida y para la otra, ¿tendría el coraje de hacer lo que el demonio le inspira? No, mi amigo, no, esto le sería imposible. De ahí concluyo que un cristiano que pecó y que permanece en su pecado ha perdido totalmente la fe; es un pobre hombre al que los demonios le tiraron los ojos, que esta suspendido por una pequeña cuerda sobre el abismo más horrible; ellos le impiden, tanto como pueden, ver los horrores que le son preparados. Digamos mejor, sus heridas son tan profundas y su dolor tan incurable, que no siente más su estado; es un preso, condenado a perder la vida sobre el cadalso, que se divierte esperando el momento de la ejecución; por más que se le diga que su sentencia es pronunciada, que dentro de poco no será más de este mundo; al verlo, y a la manera en la que se comporta, usted diría que se le anunciaba que acababa de hacerle su fortuna. ¡Oh mi Dios, que el estado de un pecador es tan desafortunado!.

Para la esperanza de un pecador, no hay que hablar de eso, pues, la esperanza de un animal y la suya son la misma cosa; examine la conducta de uno y la conducta del otro, no hay en absoluto diferencia. Una bestia hace consistir toda su felicidad en beber y comer y los placeres de la carne, y usted no encuentra de ahí otros en casa de un pecador que vive en el pecado. - pero me dirán, él va bien a la misa, reza bien todavía.- ¿Y por qué esto? Esto no es, ni el deseo de agradar a Dios y de salvar su alma que le lleva a esta acción, es la costumbre y la rutina que contrajo desde su juventud. Si los domingos vinieran sólo cada año o cada diez años, vendría allá sólo cada año y todavía menos; lo hace porque otros lo hacen. Usted ve bien a la manera en la que él se comporta en todo esto que no es otra cosa; o, para hacerle saber mejor lo que es la esperanza de un cristiano pecador, le digo que él no tiene otra esperanza que la de la bestia de carga; porque estamos perfectamente convencidos que un animal espera sólo aquello de lo que puede gozar sobre la tierra. Un pecador endurecido que ni piensa dejar el placer, ni quiere salir del pecado, tiene otra cosa para esperar, ya que dice y piensa, o por lo menos hace lo que puede para persuadirse que todo está acabado después de la muerte. ¡Es en vano, mi Dios, que tu hayas muerto por estos pecadores! ¡Oh! Mi amigo, creyendo tener espíritu, te envileces muy bajo, ya que te pones al nivel de las bestias y de los animales más viles.

3° Dijimos también que la oración de un buen cristiano debía ser animada por la caridad, es decir por el amor de Dios que lo lleva a amar a Dios de todo corazón, y a odiar y detestar soberanamente el pecado como el más grande de todos los males, con un deseo sincero de no cometerlo más, y de combatirlo y aplastarlo por todas partes dónde lo encontraremos. Ustedes todavía ven que esto no se encuentra en las oraciones de un pecador que no se arrepiente de haber ofendido al buen Dios, ya que lo tiene clavado sobre la cruz de su corazón, y esto tanto tiempo como el pecado reina allí. Ustedes todavía quieren escuchar un instante a este mentiroso, vean y óigalo buscar su acto de contrición. Si ustedes vieron algunas veces actuar una pieza de comedia o de teatro, ustedes saben que todo lo que hacen es sólo falsedad y mentira. ¡Pues bien! Presten un momento sus oídos a la oración de este pecador, y ustedes verán que hace y dice otra cosa; ustedes verán que todo lo que hace es sólo mentira y falsedad. Les sería imposible escucharlo decir su acto de contrición sin sentirse embargados de compasión: "mi Dios, comienza, ve mis pecados, ve también el dolor de mi corazón". Oh mi Dios, ¡podemos

pronunciar bien tal abominación! Sí, sin duda, pobre ciego, el ve bien sus pecados, él no los ve solo demasiado, desgraciadamente.¿Pero tu dolor, dónde está? Diga más bien pues: "mi Dios, que ve mis pecados, ve también el dolor de los santos solitarios en los bosques, donde pasan las noches llorando sus pecados. "Pero, para usted, veo bien que usted no lo tiene en absoluto. Muy lejos de tener el dolor de sus pecados, usted no querría tenerlo, ya que se queda en estos pecados, sin querer dejarlos. "Mi Dios, continúa este mentiroso, tengo un extremo pesar de haberte ofendido. " ¡Pero es muy posible pronunciar tales impiedades y tales blasfemias! Si usted de ahí estaba bien, extremadamente enfadado, ¿usted podría quedarse un mes, dos, tres, posiblemente diez o veinte años con el pecado en su corazón? Una vez más, si usted estaba apenado de haber ofendido a Dios, ¿sería necesario que el ministro del Señor esté continuamente ocupado en describir el castigo que Dios reserva al pecado, para darle horror? ¿ Sería necesario arrastrarle, para decirlo así, a los pies de su Salvador para hacerle dejar el pecado? "Perdóname, mi Dios, dice, porque eres infinitamente bueno e infinitamente amable y porque el pecado te desagrada. "Cállate, mi amigo, no sabes lo que dices. Ciertamente es bueno; si había escuchado sólo su justicia, hace mucho tiempo que arderías en los infiernos. "Mi Dios dice, perdona mis pecados por los méritos de la muerte y la pasión de Jesucristo tu querido Hijo". ¡Por desgracia! Mi amigo, todos los sufrimientos que Jesucristo tuvo la caridad de aguantar por ti, no serán capaces de tocar tu corazón, esta demasiado endurecido. "Dame, dice, la gracia de cumplir la resolución que tomo ahora de hacer penitencia y de no ofenderle jamás". Pero, mi amigo, ¿puedes razonar bien de esa manera? ¿Dónde está pues esta resolución que tomaste de no ofender más al buen Dios? Ya que te gusta el pecado y ya que, muy lejos de querer salir de eso, buscas el lugar y las personas que pueden llevarte allí; di más bien, mi amigo, que estarías bien enfadado, si el buen Dios te concede la gracia de no ofenderlo nunca más, ya que te complaces tanto en revolverte en la basura de tus vicios. Creo, mi amigo, que sería mucho mejor para ti no decir nada que hablar de esa manera.

Pero vayamos más lejos. Leemos en el Evangelio que los soldados que habían llevado a Jesucristo en el pretorio, y estando todos reunidos alrededor de él, lo despojaron de sus vestiduras, echaron sobre sus hombros un manto escarlata, lo coronaron de espinas, lo golpearon en la cabeza con una caña, le abofetearon, le escupieron en la cara, y después de todo esto, doblando una rodilla delante de él, le adoraban. ¿Podemos encontrar un ultraje más horrible? ¡Pues bien! ¿ Esto les asombra? Verdaderamente ver la conducta de un cristiano que está en el pecado y que, ni piensa salir de eso, ni quiere; y digo además, que él sólo hace todo lo que los Judíos hicieron juntos, ya que san Pablo nos dice que a cada pecado que cometemos, hacemos morir al Salvador del mundo (Heb. VI, 6); es decir que hacemos todo lo que haría falta para matarle, si fuera todavía capaz de morir una segunda vez. Mientras el pecado reine en nuestro corazón, tenemos, como los Judíos, a Jesucristo clavado sobre la cruz; con ellos, venimos a insultarlo doblando la rodilla delante de él, pretendiendo orar.

Pero, me dirán, no es mi intención, cuando digo mis oraciones; ¡Dios me guarde de jamás hacer estos horrores! - ¡Bella excusa, mi amigo! El que comete el pecado, no tiene la intención de perder la gracia; sin embargo no deja de perderla; ¿es menos culpable? No, sin duda, porque sabe bien que no puede hacer tal acción o decir tal cosa sin ser culpable de un pecado mortal. Si usted llega aquí, la intención de todos los condenados

que ahora arden, ciertamente no era condenarse; ¿porqué son menos culpables? No, sin duda, porque sabían que se condenarían viviendo como vivieron. Un pecador que reza con pecado en su corazón no tiene la intención de burlarse de Jesucristo, ni de insultarle; si bien es verdad se burla de él, porque sabe bien que se burla de Dios cuando le dice: mi Dios, te amo, mientras que amamos el pecado, o: me confesaré cuanto antes. ¡ Escuche esta última mentira! Hasta no piensa en confesarse ni en convertirse. Pero, dígame, ¿cuál es su intención, cuando usted viene a la iglesia, o cuando usted hace lo que usted llama su oración? - es, me dirán posiblemente, si usted se atreve no obstante a decirlo, de hacer un acto de religión, devolverle a Dios el honor y la gloria que le pertenecen.- ¡Oh horror! ¡oh ceguera! ¡oh impiedad! ¡quieren honrar a Dios con mentiras, es decir quieren honrarlo con aquello qué lo ultraja! ¡Oh abominación! ¡Tener a Jesucristo en la boca y tenerlo crucificado en su corazón, juntar lo que hay más santo con lo que hay más detestable, que es el servicio del demonio! ¡Oh! ¡Qué horror! ¡Ofrecerle a Dios una alma que ya mil veces se ha prostituido al demonio! Oh mi Dios, ¡que el pecador es ciego, y tanto más ciego ya que no se conoce, y hasta no procura conocerse!.

¿No tenía mucha razón, comenzando, de decirles que la oración de un pecador no es otra cosa que un tejido de mentiras y de contradicción? Esto es tan verdad, que el Espíritu Santo mismo nos dice, que la oración de un pecador que no quiere salir del pecado es aborrecible a los ojos del Señor (Prov. XXVIII, 9). - Este estado, dirán conmigo, es muy horrible y muy digno de compasión. - ¡pues bien! ¡Vean cuanto el pecado lo ciega! Sin embargo lo digo sin temor a exagerar, por lo menos la mitad de los que están aquí, los que me escuchan en esta iglesia, son de este número. ¿Es verdad que esto no le afecta, o más bien que esto le molesta, que el tiempo le dure? He aquí, mi amigo, el abismo infausto donde el pecado conduce a un pecador. Primero, usted sabe que hace seis meses, un año o más, que está en el pecado ¿no es que usted esta tranquilo? - Eh sí, me dirán. - esto no es difícil de creer, porque el pecado le tiró los ojos; usted no ve allí nada más, y endureció su corazón con el fin de que usted no sintiera nada más, y estoy tan seguro que todo lo que le dije no le hará hacer ninguna reflexión. ¡Oh mi Dios, en que abismo conduce el pecado!.

¿Pero, me dirá, usted no debe orar, porque nuestras oraciones no son más que insultos que le hacemos a Dios? - no es lo que quería señalar diciéndoles que sus oraciones eran sólo unas mentiras. Pero, en lugar de decir: mi Dios, te quiero, diga: mi Dios, no te quiero, pero concédeme la gracia de amarte. En lugar de decirle: mi Dios, tengo un extremo pesar de haberte ofendido, dígale: mi Dios, no siento ningún pesar de mis pecados, dame todo el dolor que debo tener. Muy lejos de decir: quiero confesarme de mis pecados, dígale más bien: mi Dios, me siento atado a mis pecados, me parece que jamás querría dejarlos; dame este horror que debo sentir, con el fin de que los aborrezca, los deteste y los confiese, para no repetirlos jamás. ¡Oh mi Dios, danos, por favor, este horror eterno del pecado, ya que es vuestro enemigo, y ya que es él que te hizo morir, que nos arranca tu amistad, que nos separa de ti! ¡Ah! ¡Hecho, divino Salvador, que cada vez que venimos a pedirte, lo hagamos con un corazón libre de pecado, un corazón qué te ame, y que, en lo que te diga, diga sólo la verdad! Es la gracia, hijos míos, que les deseo.

San Juan Bautista María Vianney (Cura de Ars).

(1) "Deja de importunarme". "Mi amigo, dame pan, uno de mis amigos acaba de venir, no tengo nada para ofrecerle" (Nota del Cura d' Ars). Estas palabras están tomadas de la parábola de los dos amigos (Lc. XI).

(2) Hay esta diferencia que en un baile no se querría salir , y que, en una iglesia, no este ahí aunque querría estar fuera. (Nota del Cura d' Ars).

(3) Un santo que no había visto el tejado de su celda durante cuatro años. Este santo es san Pedro de Alcántara (Nota del Cura d' Ars.)

Оценить