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TEXTOS

SOCIOLOGICOS

Luc Boltansky

Los usos sociales del cuerpo (primera parte)

PROLOG O

Este trabajo, realizad o co n apoy o de l Centre de Sociologie Européenne (Centre de Sociologie de l'Education et la Culture), bajo la dirección de Pierre Bordieu, se basa fundamentalmente en el análisis secundario de las principales encuestas, publicadas o inéditas, realizadas desde hace diez años por organismos públicos o privados, en la mayor parte de los campos que interesan a la sociología del cuerpo: consum o médico , alimentación , alcoholismo, higiene, sexualidad, prevención de la natalidad, deporte, va- caciones, tratamientos de belleza, etc. El examen sistemátic o de cierto númer o de Sondages, Consommation, Etudes et Conjoncture, Santé de rHomme, Reuue d'histoire économique et sociale, Annales, etc., y la recolecció n de las principales investigaciones relacionadas con la sociología del cuerpo (inéditas en su mayoría), realiza- das por organismos privados, permitieron reunir alrededor de 3000 tablas estadísticas (que se volcaron en fichas de perforación marginal, para facili- tar la clasificación y el análisis). La creación y el examen minucioso de este fichero estadístico tenían por función principal hacer posible la construcción del cuerpo de hipótesis presentado má s adelante y que nos proponemos someter posteriormente a verificación a través de una encuesta basada en una muestra nacional, que permita relacionar sistemáticamente el conjunto de indicadores aqu í utilizados.

INTRODUCCIO N

La dimensión social de los comportamientos

corporales

Si fuera necesario definir el modelo con el cual se relacionan hoy la socio- logía y la etnología del cuerpo no podría, sin duda encontrarse mejor para- digma que el del "coloquio interdisciplinario", espacio de confluencia ficticio y abstracto dond e convergen momentáneament e en torn o de u n mismo ámbito de lo real y de un problema social, percibido y enunciado

como tal por la conciencia común, especialistas provenientes de las má s diversas disciplinas. Com o su objeto de estudio está sólo bosquejado pero no construido sistemáticamente, la sociología del cuerpo parece encerrar- se en los debates y controversias concernientes a la definición de su campo de aplicación, contentándose a menudo co n plantear, en términos que recuerdan a los del derecho y en particular a los del derecho internacional, el problema de sus relaciones con otras disciplinas, al modo de las discusio- nes sobre el reparto de lo s terrenos conquistados o la gestión de las zonas de influencia. O incluso pretende basarse en la voluntad de sintetizar las

distintas ciencias del cuerpo, solución también ligada con la lógica que rige las relaciones entre lo s estados y qu e recuerda, po r su carácter utópic o y por la ideología pragmática subyacente, los esfuerzos de los organismos internacionales por conciliar verbalmente (es decir, borrando las diferencias

artificialmente) los intereses

Los trabajos, po r otra parte escasos, que explícitamente tienen po r

objeto la "sociología del cuerpo" y la relación de los individuos co n su cuerpo —artículos programáticos o ensayos polémicos— se ocupan menos, en realidad, de presentar estudios empíricos, por cierto casi inexistentes, o

de

er el estudio del cuerpo del área de otras disciplinas —antropología física,

tecnología, dietética, sexología, biometría , etc.— para convertirlo e n u n

objeto disponible y , como tal, apto para ser poseído po r

más contrapuestos 1 .

formular los esquemas teóricos que los hicieran posibles, que de sustra-

la sociología,

aunque

sólo sea en forma parcial y casi clandestina 2 . Pero, para hacer su

análisis

sociológico, ¿basta co n la comprobación de la diversidad geográ-

fica e histórica de los usos del cuerpo (acumulando a veces com o "pruebas" los datos más heterogéneos tomados en préstamo de sociedades muy diver- sas y desvinculados d e lo s sistemas culturales qu e les da n sentido) 3 , po- niendo en tela de jucio los postulados naturalistas al afirmar el carácter re- lativamente arbitrario de los hábitos corporales o, lo que es igual, declaran- do qu e ésto s también, se modela n culturalmente ? Ell o podrí a aceptarse s i los estudios empíricos que normalmente deberían generar los trabajos programáticos de los "fundadores" no se detuvieran, en la mayoría de los casos, en el problema de la elección de los instrumentos técnicos requeri-

1 Do este modo, la ciencia del cuerpo seria definida, como la oceanografía, "por la

yuxtaposición de disciplinas diversas que se aplican al mismo campo Bordk'u, J . C . Chumboredon, J . O. Pusseron, Le metier de sociologue,

ed. París, 1968, p. 51, obra a la cual se hará referencia en todo este análisis.

de lo real", Cf. Mouton-Bordas,

* Carecemos aquí' de espacio suficiente como para fundamentar este análisis que,

por lo tanto, corre el riesgo de parecer ligero y esquemático. Se basa en un estudio mi- nucioso, actualmente en curso, de los principales trabajos acerca del cuerpo, que será publicado posteriormente.

nos referimos especialmente a los trabajos de W. L a Barre y G . W. Hewes

basis of emotions and Gestures",

Journal of personnahty, vol. 16, sept. de 1947, pp. 49-68, y a: G . W. Hewes, "World

y, particularmante, a: W. L a Barre, "The

Aquí

cultural

Distribulion of Postural Habits", American Anthropologist,

231-244.

57, 2, 1, abril de 1955, pp .

dos por la práctica de la sociología del cuerpo. E n efecto, quizá sea en el nivel de la elección de las técnicas donde se comprendan mejor las dificul- tades derivadas de la no construcción del objeto: cuando se trata de dar cuenta de comportamientos físicos, por ejemplo de hábitos de consumo corporal, pareciera que la sociología del cuerpo vacilase entre el análisis econométrico, que tiende a disolver el objeto de estudio en la macro-eco- nomía y el análisis microtecnológico, que tiende a disolverlo en la anatomía o la biología, sin encontrar el tipo de aproximación que permitiría rescatar su dimensión específicamente social. Así, el análisis del consuir alimenti- cio parece oscilar perpetuamente entre el estudio muy general de los pre- supuestos familiares y el estudio excesivamente particular del contenido calórico de cada tipo de ración alimenticia. O el estudio de los gestos y del esfuerzo físico, entre un estudio de "los movimientos y los tiempos" de cuño taylorista, en el cual el objeto se diluye en el conjunto de procesos productivos, y un "análisis mecánico del movimiento" que tiende a con- fundirlo con el objeto de la anatomía funcional del aparato locomotor, rama particular de la anatomí a descriptiva".

y toda técnica son un mé -

todo y una técnica de construcción del objeto, la sociología del cuerpo

de las cuales tom a

prestados sus método s y técnicas y tiende a confundirse con las disciplinas

de las que, sin embargo, pretende liberarse. E n consecuencia se niega a sí

misma la posibilidad de romper con las tradiciones científicas que se repar- ten el estudio del cuerpo. Las intenciones de ruptura periódicamente reno- vadas permanecerán vacías y estériles mientras no se asocien a lu construc- ción del objeto en el esfuerzo por recuperar la lógica específica, es decir propiamente sociológica, según la cual se organizan los comportamientos

ser efectuada

corporales 5 . Ahora bien, esta tarea de construcción no puede

parece condenada a reproducir el objeto de las ciencias

De

ese modo , olvidando que tod o

métod o

mediante la transferencia directa y la simple yuxtaposición de los esque- mas teóricos y de las herramientas técnicas empleadas en otras disciplinas.

4 Así , por ejemplo, F . L . Pelosse, que trata de definir "un métod o de conjunto en el cual pueda basarse el análisis de los usos tradicionales de los movimientos corpora- les" y que declara que conviene "evitar el doble escollo de un cierto naturismo o de una abstracción demasiado pronunciada que no permitiría una expresión satisfactoria de los hechos etnológicos " ("Contribution a l'etude des usages corporels traditionnels", Revue Internationale d'ethno-psychologie nórmale et pathologique, Editions Intcrna-

tionales, Tánger, vol. 1. 402, pp. 123-159) presenta (y aplica en sus investigaciones em- píricas) técnicas de análisis que tienen por resultado, en gran medida, la reducción de

lo social a

gistro y de análisis de los movimientos del cuerpo humano elaborada por E.T . Hall o R.

Birdwhistell no permiten captar la dimensión específicamente social de los comporta- mientos físicos reduciéndolos, en buena medida, a su dimensión paralingüística.

lo fisiológico. Sin duda, podrí a tambié n demostrarse que las técnica s de re-

5 Cf. P. Bordieu, J . C. Chamboredon, J. C. Passeron, Le metierde sociologue, op. cit., p. 90: "E l modelo teórico es inseparablamente construcción y ruptura, ya que es necesario haber roto con las semejanzas fenoménica s para construir las analogía s pro- fundas y la ruptura con las relaciones aparentes supone la construcció n de nuevas rela- ciones entre las apariencias".

En efecto, al estar constituidas en tom o a determinadas exigencias sociales, las disciplinas que tienen por objeto principal el estudio del cuerpo sólo

pudieron, en la mayoría de los casos, engendrar teorías parciales del cuerpo y de la relación con el cuerpo. Tomemos, por ejemplo y al azar, las ciencias de la alimentación llamadas a definir las "raciones alimenticias"; el análisis mecánico del movimiento, cuyo proceso se relaciona con los de la división del trabajo y la racionalización de la producción, o bien de la racionaliza- ción de las actividades lúdicas com o el deporte y la danza; la sexología, dominio compartido entre la moral y la medicina (que, por eso, fue parti- cularmente difícil de constituir en forma científica y que, al menos en su origen, parece más moral que médica); el estudio de la comunicación por gestos y expresiones faciales que se origina principalmente en el análisis psiquiátrico de los signos clínicos y, en general, el conjunto de disciplinas que se relacionan, directa o indirectamente, con lo que se ha dado en lla- mar "problemas de higiene y salud" —"higiene social, higiene del trabajo",

o puericultura,

alentados o suscitados a fines del siglo XIX , son correlativos a u n esfuerzo generalizado de moralización y control de las clases populares.

socialmente

por

ejemplo—

cuya

aparición

o

desarrollo

Estos diversos tipos de demanda social definen por sí mismos las for- mas y las categorías de aprehensión del cuerpo ajeno: las problemáticas

específicas de cada una de estas disciplinas particulares (que sólo suelen existir en el estado implícito o semi-sistemático) tienden a reducir la tota- lidad del cuerpo a una y sólo una de sus propiedades o de sus dimensiones —máquina térmica para el nutricionista, sistema de palancas para el analis-

ta del movimiento, emisor involuntario de síntomas o de signos para el

médico o el psiquiatra, etc.- porque las taxonomía s y las categorías de percepción del cuerpo que constituyen y utilizan los especialistas de esas disciplinas surgen de la práctica específica y de la situación en que ésta se

ejerce; en suma porque se basan en la necesidad práctica de dominar el cuerpo en situación, o sea con frecuencia (y especialmente en la relación médico-paciente), de dominar la situación.

Producidas por facultativos obligados a satisfacer una demanda social, croadas por y para la práctica, vale decir directamente adecuadas a la nece- sidad social de manipular el cuerpo ajeno, de guiarlo y de actuar sobre él:

por ejemplo, de suministrarle una determinada cantidad de bienes especia- les (productos alimenticios o farmacéuticos) o de formularle reglas de con- ducta, las teorías del cuerpo implícitas en la fundamentación de las disci- plinas quo lo tienen com o principal campo de investigación, están destina- das a engendrar concepciones del cuerpo puramente funcionalistas. Este se convierto en una suerte de instrumento ajustado a fines especiales, que poseo correlativamente y, en cierto modo por esencia, necesidades especia- les que deben sor satisfechas para que pueda cumplir las funciones que le han sido asignadas socialmente. Ahora bien, solamente rompiendo con la relación "práctica" se supone toda situación en la que el cuerpo es objeto

de una estrategia, terapéutica o ética, para ubicarse com o observador en un punto en el que el cuerpo pueda aparecer con la pluralidad de sus facetas,

se podrá realizar, primero la construcción del sistema de relaciones entre el

conjunto de comportamientos corporales de los miembros de un mismo grupo y, segundo, del sistema de relaciones que enlazan los comportamien-

tos corporales en las condiciones objetivas de existencia de ese grupo. Com o se verá a continuación, tales relaciones sólo pueden establecerse si se reali- za un análisis y una descripción de la cultura somática propia de ese grupo. En efecto, si el establecimiento del sistema de relaciones entre las distintas dimensiones del comportamiento corporal implica la ruptura de la situa-

ción práctica definida por una necesidad social, quizá exija, com o

previa, poner en tela de juicio la teoría de las necesidades y de las funciones naturales, ya sea que reduzca la totalidad del cuerpo a una sola de sus "ne- cesidades" o de sus "funciones" o que proceda a la suma de las "necesida-

comú n y por las

ciencias que las reflejan, las sistematizan, la informan y le confieren legiti-

midad.

Una vez definidos los distintos comportamientos corporales simbólicos

o prácticos sociológicamente pertinentes, se puede interrogar a las demás

ciencias del cuerpo y utilizar sus resultados, sustituyendo las preguntas en función de las cuales han sido explícitamente obtenidos, por las cuestiones implícitas que pueden ser respondidas siempre y cuando sean explícita y sistemáticamente planteadas, sin correr así el riesgo de ver desaparecer el

objet o elegid o —es decir , si n verl o extenders e a l infinit o o , l o qu e os igual , perderse en la minucias de todas las disciplinas que pretenden revolar la verdad—. Por cierto, el análisis secundario de un material muy diverso, recogido en función de distintas problemáticas, tropieza con una serio de obstáculos que el trabajo de reinterpretación o retraducción (que exige, en todo caso, un conjunto coherente de indicadores), no siempre permite

neutralizar

o reducir. E l análisis secundario sólo permito que cada indica-

des y funciones" atribuidas al cuerpo por la conciencia

cuestión

dor se analice separadamente sin que puedan establecerse relaciones siste- máticas entre indicadores y, frecuentemente, no permite establecer el sis- tema de relaciones entre las diferentes variables ni definir el peso relativo de cada una de ellas en ese sistema y , por consiguiente, tampoco permite establecer la relación entre el sistema de relaciones entre indicadores y el

sistema de relaciones entre variables. Por eso el análisis secundario obliga a

o de las variaciones

la verificación de las co-variaciones del mism o sentido

de sentido opuesto de los diferentes indicadores en función de cada varia- ble tomada separadamente 6 . Así, por ejemplo no siempre fue posible de-

terminar aqu í el peso funcional de

las variables económicas, cuya acción

sólo se comprendí a indirectamente, por medio de la categoría socio-profe- sional, en el sistema de restricciones que determinan la adopción de una conducta física determinada. Pero quizá convenga no sobreeestimar las con- secuencias de estos obstáculos técnicos. E n efecto no hay forma má s vela- da y complet a de sucumbi r al idealismo culturalista que la de pretender distinguir a toda costa (com o hacen a veces los economistas que rompe n

puede disponerse, simultáneamente y para el mismo indicador, de cua-

dros por sexo, edad, categoría socioprofesional, ingreso, nivel de instrucción, etc., para mencionar sól o las llamadas "variables básicas".

Rara vez

con la economía tradicional, po r lo menos durante la "fase de oposición" que habitualmente sigue al descubrimiento maravillado de la "sociología") lo que, en un comportamiento dado, es imputable a la acción de "variables económicas" y la acción de "variables culturales", porque equivale a supo- ner implícitamente que las normas y las reglas culturales puedan ser otra

cosa qu e la retraducción, en el orde n cultural , de las coacciones económi - cas que pesan en los individuos y determinan hasta sus "necesidades" o sus "deseos". Además , en última instancia, el establecimiento de un a relación d e causalidad entre el tipo de condiciones objetivas (ampliamente reductibles

a condiciones económicas) a las que están sometidos los sujetos sociales y

el tipo de comportamiento corporal que les es propio, no autoriza a omitir

el análisis de sus habitus físicos (dimensió n de sus liabitos de clase) e n tant o

"sistema de las disposiciones orgánicas o mentales y de los esquemas in -

conscientes de pensamiento, de percepción y de acción" que permiten a los agentes generar "e n la ilusión bien fundada de l a creació n de l a novedad imprevisible y de la improvisación libre, todos los pensamientos, percepcio-

nes y acciones ajustados a regularidades

De ese modo, las variaciones del consumo médico de las distintas cla- ses sociales, cuy o análisis constituy e el tema de este trabajo o , s i se prefiere, sirve de introducción al análisis de la cultura somática de las distintas clases (al que también podrí a llegarse tomando com o punto de partida otros accesos posibles, po r ejemplo y al azar, las técnicas de los cuidados corpo- rales, las prácticas sexuales, los gestos o las utilizaciones lúdicas del cuerpo)

." 7 .

análisis econométrico del consumo

imposible desde el

punto de vista práctico) de las necesidades físicas de los integrantes de

cada clase en materia de cuidados médicos, n i tampoco en un a descripción puramente objetivista o conductista del tratamiento o del "régimen" (en

el sentido en que se habla del régimen de u n motor) al que es sometido co-

tidianamente el cuerpo de las distintas clases sociales. Tales explicaciones están condenadas a la parcialidad, porque olvidan que los determinismos sociales nunca se transmiten al cuerpo de manera inmediata a través de una acción que se ejercería directamente en el orden biológico, sino que son modificados por el orden cultural que los traduce y los transforma en reglas, obligaciones, prohibiciones, repulsiones o deseos, gustos y aversiones.

de las diferentes clases, n i en un a evaluación (sin duda

no podrían explicarse ni en u n simple

L A

NECESIDAD

MEDIC A

Al

tratar de dar cuenta

de las variaciones observadas en el consumo de las

distintas clases sociales —de las cuales sabemos que so n sólo levemente im -

P. Bordieu, Un art moyen. essai sur ¡es usages sociaux de la photographie, Edi-

putables a las diferencias de ingreso 1 —debemos interrogarnos sobre la naturaleza y sobre las condiciones de posibilidad de la "necesidad médica " (cuya manifestació n y producto sería el consum o médico) , a menos que nos conformemos co n explicaciones alusivas a las "enfermedades de civili- zación " e invoquemos los efectos benéficos de la "vid a al aire libre " y de "la actividad física" o los efectos maléficos de "l a urbanización " y del "ritm o trepidante de la vida moderna". Com o el consum o médic o se relaciona co n un objeto, el cuerpo, cuy o funcionamiento parece fundamentalmente determinado por coacciones de orden fisiológico o biológico, co n frecuencia se tiende a reducir, al menos implícitamente , la "necesidad médica " a una "necesidad primaria " que, subordinada directamente a las exigencias del cuerpo, tendería , en ausencia de u n obstáculo de índole económic a (com o el precio de un servicio médi- co), ecológica (com o la proximida d de servicios médicos) o técnica, a apa- recer tan pronto com o aparece la enfermedad y a satisfacerse desde que aparece. Ahor a bien, basta co n relacionar dos indicadores comunes, el coe-

mortalidad por mi l a los 35 por categoría socioprofe-

ficiente ajustado de

sional, en tanto indicador del "desgaste físico" de los miembros de cada clase 2 y el consum o médic o en francos por persona y por año , según la ca- tegoría socioprofesional, com o indicador de la morbidez expresada y que da lugar a cuidados 3 , para observar que la brecha entre riesgo de salud co-

1 Cf. principalmente S. Sandrier, "L'influence des facteurs ¿conomiquc s sur ln consommation medícale" Consommation (XIII), 2, 1966, pp. 71-94. Simonr Simdrlor demostró que "los factores económicos ingresos-precios sólo teman una mínima in- fluencia sobre el volumen y el desarrollo de los consumos médicos", cuya flnslicirind c i casi nula. Por otro lado, aunque la influencia del modo de protección social sobro el comportamiento de los individuos en materia de consumo médico parece de mayor im- portancia que la influencia del ingreso, tampoco adquiere demasiada relevancia y sigue siendo, en todo caso, más débil que la influencia de la categoría socio-profesional. El estudio de Liliane Karaimsky acerca de la influencia de la seguridad social sobre los gastos médicos de los agricultores mostró asimismo que su acceso a la seguridad social,

desde 1961, sól o

(excepción hecha de la atención

sécurité sóciale sur les dépenses medicales des exploitants agricoles", Consommation

(XIII) , 2, 1966, pp. 95-102.

había modificado muy levemente sus comportamientos sanitarios

odontológica). Cf. L . Karaimsky, "L'influence de la

J E l estudio realizado por el Centre d'Hygiéne

Appliquée

de Marseillc, bajo la di-

rección del profesor Desanti, sobre diecisiete mil asegurados sociales —cuyo objetivo era determinar, mediante estadística s de salud , el grado de desgaste o envejecimiento de sujetos de cuarenta y cinco a cincuenta años— demuestra que los distintos grupos sociales profesionales se escalonan de manera sensiblemente idéntica, según so los cla- sifique por orden creciente de mortalidad o por orden creciente de "desgaste físico":

personal docente, cuadros de dirección superior, cuadros medios, empleados, patronos, obreros, peones.

morbilidad sentida y expresada varía de una categoría socioprofesional a

otra en el mismo sentido que el consumo médico y aumenta regularmente si se pasa de los agricultores a los pequeños empresarios independientes, a los obreros, a "otros asa- lariados". Cf. M. Magdelaine, A . y A . Mizrahi, G . Rósch: "U n ¡dicaleurde la morbidité appliqué aux données d'une enquéte sur la consommation medícale", Consommation

3 L a

ultore:

de o leados ficina

cuad ñores

cuad ros

ros

medí ios

supe

130+

T-2,5

120 +

110+

 

+

2,0

100 +

90+

80+

 

+

1.5

70+

60+

50

+

+

1.0

4C

+

3C+

 

+

0.6

20+

10

+

a

B

a

o

ti

m

O,

u

8

s

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1 íí

')\ consum o médic o segú n l a cate - goría socio-profesional del jefe de familia, en francos, por persona y por año 4 .

s

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2-3

o

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o

•5

.a

So

I*

o a

El

dad

la categorí a

coeficiente

(por

ajustado de

a

35

años,

mortali-

según

1,000)

socio-profesional 5 .

O. Rósch, J . M . Rempp, M . Magdelaine, "Une enquéte par sondage sommation medícale" Consommation (IX), 1, 1962, pp. 3-84.

sur la con-

5 O . Calot, M. Febvay, "La mortalité différentielle suivant le milieu social, presen-

tation d'une méthode experimentée

Conjoncture (20), 11, 1965, pp. 75-159.

en France sur la période 1955-1960", eludes et

1204-

H

110+

1004-

90+

80+

70

+

60

+

50+

 

40+

30+

»

S

8

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3

2

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"3

0-3

3

6

6

I

5

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Indice de consumo médico referido al coeficiente de mortalidad a los 35 años.

rrido por los sujetos sociales y los medios sanitarios de que se valen para prevenirse contra ese riesgo es mu y desigual en las diferentes clases sociales. Más precisamente esta comparación demuestra, en primer lugar, que las diferencias en el comportamiento sanitario de los miembros de las dis- tintas clases sociales son mucho má s pronunciadas de lo que podrí a supo- nerse teniendo en cuenta únicamente el consumo médico, porque un mis- mo nivel de consumo no tiene el mismo significado si corresponde a cate- gorías sociales cuyos miembros tienen distintas esperanzas de vida: por ejemplo, el consumo médico casi idéntico de los cuadros superiores, los

cuadros medios y los empleados debe relacionarse, para que adquiera tod o su sentido, co n las esperanzas de vida o sea, mutatis mutandis, co n el gra- do de desgaste físico desigual de los miembro s de estas categorías . E n se- gundo lugar, la comparació n muestra que la diferencia entre el riesgo de enfermedad, corrido por los miembros de cada clase y su grado de morbi- dez y los servicios médico s que consumen, aumenta en form a constante

y pronunciada cuando se pasa del personal de dirección superior al perso-

nal medio, patrono s de la industria y el comercio , a los obreros, a los agricultores y a los obreros agrícolas 6 . Si ademá s se tiene en cuenta que la proporció n relativa al consum o farmacéutico o a los análisis de laboratorio prescriptos por el médico , den- tro del consum o médic o en general, sólo varía levemente en funció n de la categoría socio-profesional 1 , se puede encontrar en el consum o de "acto s médicos " o, si se prefiere, en la frecuencia del recurso al médic o según la clase social" —déla cual parece depender el resto de los consumos médicos ,

incluido el consum o médic o sin prescripción 9 — el principal indicador de la

intensidad de la "necesidad médica "

se perciben y toleran

sentida por los miembros de cada cla- mórbidas .

sus sensaciones

6 Sobre la relación entre el desgaste físico y el consumo médico, en función de la

otros: "Recherches sur les besoins

de santé d'une population". Bulletin de l'l.N.S.E.R.M. (24), 3, mayo-junio 1969, pp. 613-732. E n la conclusión de este trabajo, destinado a establecer la correspondencia

entre lns "necesidades sanitarias" de los

E n esos grupos de población (trabajadores agrícolas y

obreros) pocas dolencias se toman en consideración en esta fase inicial. Pocas dolencias consideradas benignas se toman en cuenta y se tratan. De esto se deduce que las afec-

dicos, escribe J. Broyelle:

distintos grupos sociales y sus consumos mé -

categoría socioprofcsional, cf. también J . Hroyelle y

ciones que registramos son más los cuidados son menores".

graves y, a menudo, má s frecuentes. Por el contrario

7 Ln proporción de los gastos de farmacia por prescripción médica dentro del total de los gastos en consum o médico , pasa del 44 Centre los asalariados agrícolas , al 45% entre los agricultores, el 42 "entre los obreros, el 40%entre los patronos, el 40 Centre lo s empleados , el 36% entr e lo s cuadro s medio s de direcció n y e l 35%entre lo s cuadro s superiores. (O. Rósch, J . M. Rempp, M. Magdelaine, loe. cit.).

8 E l total de los actos médicos por cada 100 personas, anualmente, se eleva a:

pora los asalariados agrícolas, 241,2 para los agricultores, 348 para los obreros.

342 para los patronos, 375,6 para los empleados, 442,8 para los cuadros medios y 402 para los cuadros superiores de dirección y los miembros de profesiones liberales. (Op. cit. en nota anterior.)

196,6

9 Simono Sandrier (/oc. cíí. ) demostró que entre 1950 y 1962, los índices medios de progresión de los gastos de los asegurados sociales a causa de compras de medica- mentos prescriptos por el médico y de compras de medicamentos sin receta médica, fuoron muy parejos y se mantuvieron en un 17 o 18 %, aproximadamente. Por otra par- te, el consumo de medicamentos sin prescripción varia de una clase social a otra en forma correlativa al consumo de medicamentos adquiridos con receta. La proporción de medicamentos adquiridos sin prescripción se mantiene relativamente estable y repre- senta, sea cual fuere la clase social, el 40 ^aproximadamente, del consumo farmacéuti- co total. (G . Rósch, J . M. Rempp, M. Magdelaine, loe. cit.).

E n efecto, parecería que las sensaciones mórbidas se percibieran con diferente agudeza en las distintas clases sociales o que las mismas sensacio- nes fueran objeto de una "selección" o de una "atribución " diferente y se experimentaran con mayor o menor intensidad según la clase social de los

sólo u n ejemplo, diremos que las sensaciones

posteriores a la absorción de una comid a rica en féculas y en grasas parecen ser objeto de percepciones mu y diferentes según la clase social. E l sector de individuos que las seleccionan y atribuyen a la clase de sensaciones

mórbidas —sensaciones de "pesadez", "mareos", "adormecimiento" y "molestia"— má s que a la clase de sensaciones de euforia digestiva —sensa- ciones de estar "satisfecho" o "lleno", de "recobrar fuerzas", etc.— aumen- ta regularmente cuando se pasa de las clases populares a las clases superio-

que la sienten 1 0 . Para dar

m

La sensibilidad digestiva según la clase social (en porcentajes)

Piensan que todas las grasas son igualmente fáciles de digerir 1 1 .

Las frituras les caen mal 1 2

No consumen cier- tas carnes por considerarlas "in - digestas" 1 3

Peones

Agricul-

Obreros

Emplea-

Patro-

Cua-

tores

dos

nos

de

dros

 

la ind.

supe-

y

el

rio-

com.

res

65

41

37

31

26

26

11

16.5

16

15

19

10

18

26

I

0

Cf.

I.

K . Zola , Culture

and

Sympton s —an Analysis o f Patients— Presenting

Complaints", American Sociological Reuiew (31),

october 1966,

pp. 615-630.

I

I

J . Cariage.M. Bressard, "L a consommation des matiéres grasses dans le

Bulletin del l'Institut National d'Hygiéne

(17),

4, 1962,

pp. 625-666.

Doubs",

1

2

Melle. Chabert, Mme. Mada, Melle. Pomeau, Mme. Durieu, "L a consommation

des matiére s grasses á Marseille", Bulletin de ¡'Instituí National d'Hygiéne (18), 1,

1963,

pp. 31-104.

1

3

F . Tremoliéres, J . Claudian, Y . Servilles, "L a consommation des viandes á Mar-

seille", Bulletin de l'I.N.S.E.R.M.

(21),

6, 1966,

pp. 1209-1252.

res, tal com o lo testimonian, por ejemplo, las opiniones sobre la digestibili- dad de las grasas o de la carne:

No podría desdeñarse la sensibilidad a las impresiones digestivas si se considera que, en primer término, después de las "enfermedades agudas estacionales" (gripes, anginas, etc.), las "afecciones digestivas" constituyen el segundo motivo de consumo farmacéutico de particulares y representan el 20 % del conjunto de motivos citados por los consumidores de servicios

médicos 1 4 y que,

en segundo

lugar, los "trastornos

funcionales"

afectan

en la mayorí a de los casos (56%) al aparato digestivo o se manifiestan a través de síntomas tales com o gastralgias, trastornos dispépticos, constipa- ciones, diarreas, diskinesias biliares, etc. 1 5 .

La clase de las "enfermedades funcionales" o, má s bien, de los "enfer- mos funcionales", sólo tiene una definición negativa: en el conjunto de su- jetos que tienen una morbidez plenamente sentida y presentan los síntomas al médico incluye a todos aquellos enfermos a los cuales no puede el mé- dico descubrir ninguna lesión orgánica mediante sus habituales procedi- mientos de investigación 1 6 . Por tanto, la propensión a las "enfermedades funcionales" es principalmente el signo de una aptitud para sobreinterpre-

tar los mensajes del cuerpo; vale decir, para observar, seleccionar y atribuir a la clase de las sensaciones mórbidas, las sensaciones que otros individuos no perciben o a las cuales no prestan atención; en suma, una aptitud para convertir la sensación en síntoma. Ahora bien, según los médicos interro- gados, "los enfermos funcionales" —una importante fracción de su cliente- la, ya que en una muestra representativa de 235 facultativos, el 42% dijo

tener entre su clientela de

numérica dentro del

conjunto de los enfermos tratados por los médicos aumenta, al parecer rápidamente 1 * , se encuentran principalmente entre el personal de direc-

u n

10

% a

u n

30 %de enfermos

funcionales y el

58% restante, de

un 30% a 85 %" 7 cuya proporción

M. y C . Magdelaine, J . L . Portos, "L a consommation pharmaceutique des fran-

cali", Consommation (XIII), 3, 1966,

pp.

1-34.

1

s

Les matados fonctionnels, encuesta realizada por "Orthometrie et Information"

(Laboratorios Roche), edición en roneotipo, París,

1969.

1

6

Cf. J. C. Sournia, Logique et Morale du diagnostic, Gallimard, París, 1961,

pp.

77 y ss. Segú n ln actual terminologí a es un enferm o "funcional" cuand o no puede ser

médic o y el diagnóstic o se basa sól o en las vuelve más interesante —agrega J . C. Sour-

nia— si so tiene en cuenta que corresponde a la mayoría de los enfermos que los facul-

tativos examinan en sus consultorios" (p. 78).

descubierta ninguna anomalí n en el examen declaraciones dol paciente. "Esta situación se

1 7 Las malades fonctionels. op.

cit.

1 8 Ln proporción de diagnósticos de "trastornos funcionales" en el conjunto de diagnósticos realizados por una muestra de médicos registró, entre 1963 y 1966, una tasa de crecimiento del 82%. Cf. La consommation des medicaments ("Prospective et Santo Publique"), edic. en roneotipo, París, 1970. Se trata de resultados obtenidos me- diante el análisis periódic o de los diagnóstico s y las prescripciones efectuadas por un grupo do médicos: el equipo DOREMA.

ción y los miembros de las profesiones intelectuales y liberales (55?)

y secundariamente,

(26%) y maestros (17%)' 9 . Lo s cuadros

también proporcionalmente más numerosos (alcanzando el 45 p 0 y el 43% respectivamente, contr a el 36 % de los obreros y el 33 ?,de los agricultores) en las estadísticas referidas a quienes creyeron, en algún momento de su vida haber sido atacados por una "enfermedad grave" (cáncer, en la mayo-

entre los integrantes

de las clases medias,

directivos y

empleados

son

los empleados

ría de los casos) 2 0 ; es decir,

breinterpretado y expresado sensaciones muy diversas o muy difusas, des-

de la "bola que uno siente bajo la piel" o el "bulto que uno siente en la garganta" hasta los "vómitos" , las "pérdidas de sangre" o los "dolores de

la boca del estómago" 2 1 .

Como los enfermos funcionales se definen por la distancia entre los sín- tomas presentados al médico, es decir, los síntomas expresados verbalmen- te y los síntomas o signos físicos, cuyo descubrimiento es el resultado de la intervención del médico y de la aplicación de técnicas específicas, la proporción de enfermos funcionales varía según la aptitud para verbalizar las sensaciones mórbidas y quizá, en general, las sensaciones corporales. Esta aptitud se distribuye en forma muy desigual en las diferentes clases sociales. A l responder a las preguntas del encuestador , que los interroga sobre las principales enfermedades que sufrieron en el curso de los últimoB años, los miembros de las clases superiores y , en menor grado, de las clases, medias, presentan una descripción detallada y estructurada de las modifi- caciones de su estado mórbido y enumeran en orden cronológico o en or- den de importancia creciente los signos cuya aparición precedió y ocasio- nó su consulta con el médico. E n cambio, los miembros de las clases popu-

lares, poc o diestros para la descripció n de l o cyic o/as, üiguiwojyi b. i d& s/er su "experiencia vivida" de la enfermad —por ejemplo, para relatar minu- ciosamente las modificaciones que la enfermedad aport ó a la percepción

repetición de lo que re-

cuerdan haberle escuchado al médico —fragmentos de palabras y de térmi- nos científicos enunciados en desorden y casi con vergüenza, desarrollan- do un discurso entrecortado y desprovisto de coherencia aparente— o se limitan a describir lo que el médico les hizo, las manipulaciones a las que sometió sus cuerpos enfermos, de manera exclusivamente conductista y sin buscar, en apariencia , desentrañar el sentido o la razón de esas mani- pulaciones. Del mismo modo, en presencia del médico y respondiendo a la clásica pregunta que inicia el interrogatorio médico: "¿dónd e le duele?", frecuentemente los enfermos de las clases populares sólo se quejan de "dolores" no localizados o de "debilidad" generalizada, com o si fueran

los má s numerosos en haber

seleccionado, so-

de su cuerpo— se conforman , casi siempre, con la

1 9 Les malodes fonctionnels, op. cit.

2 0 "Les trancáis et leur médecin", Sondages, I.F.O.P., No. 1 y 2, 1960, pp. 9-123.

Estos son, según IDS miembros de las clases superiores y medias, al menos, los principales "signos por los cuales puede reconocerse que uno está afectado por un cán- cer" (encuesta del C.S.E.).

2

1

incapaces —ai decir de los médicos— de "describir correctamente su esta-

d o " o de "entender las preguntas má s médic o síntoma s claros, inteligibles y

síntoma s a los

sencillas", en suma, de presentar al

significativos,

o

sea

cuales la medicina les atribuya sentido po r haberlos reconocido, cataloga- do y descripto 2 2 .

L A

CAPACIDA D

MEDIC A

L a aptitud para entender, identificar y expresar los mensajes corporales

varia segú n la capacidad para verbalizarlos y aument a si se pasa de las cla- ses populare s a las clases superiores, porqu e las sensaciones mórbida s no . tienen el extraordinario privilegio, que les suele atribuir frecuentemente el sentido común , de expresarse sin lenguaje. L a percepció n y la identifica- ción de las sensaciones mórbidas , "acto de desciframiento que se ignora com o tal" 1 , exige po r ello un aprendizaje específic o o general, implícito

o consciente. R . Melzack mostró 2 que el dolor no constituye una respues-

2 2 Las dificultades que los miembros de las clases populares tienen para expresar y describir sus síntoma s al médic o son, a menudo, recogidas por los facultativos. Consti- tuyen para ellos una inagotable fuente de reflexiones decantadas, melancólicas y con- descendientes o incluso bromas despreciativas, tal como lo atestigua el análisis sitemáti- co, on fichas (actualmente en proceso de realización), de una muestra de obras, "rela- tos", "memorias" o "autobiografías", publicadas por médicos desde mediados del siglo

XIX hasta nuestros días. Así , por ejemplo, en un capítulo de su libro Mon pére ce me-

decin (C. M . F. , París, 1955), titulado: "Medicina veterinaria", el doctor Jean Bruneau compara el examen médico de la mujer de un agricultor que "solamente sabía dar griti- tos como una gallina cuando cacarea", con la revisación de una yegua por el veterina-

rio. Dice "

^observación^" tan definitoria. Me pongo en el lugar del veterinario a quien se ha man-

dado llamar para curar a una yegua. Es la única manera de salir del paso", (pp.59-60).

Junto a esto tipo do relatos que enseñan más sobre la ideología de una parte del cuerpo médico que sobre los comportamientos de los enfermos, se encontrará en la obra del doctor Rooul Carson, Les vieilles douleurs (Julliard, París, 1960), compuesta por una

serie do diálogos entre el médic o y sus pacientes —y que, por la exactitud de sus anota-

ciones, puedo ser considerada un sustituto de la observación sociológica de la relación

módico-onfermo— , informacione s mu y ricas sobre la manera de presentar síntoma s por parte de las clases populares.

.E n fin, no es necesario prolongar la diversión, profundizar má s en una

al médic o su6

1 P. Bordiou, "Eléments que". Loe. cit.

pour une théorie sociologique

de la perception artisti-

1 Cf . R . Melzack, "Th e Perception of Pain", Scientific American (204), 2 de fe- brero de 1961. pp. 41-49. Asimismo, tal como lo planteó Howard S. Beker en Outsiders. el fumador novicio de marihuana no experimenta espontánea e inmediatamente las sensaciones que provoca la droga sino que necesita aprender a reconocer sus efectos con los fumadores experimentados. El novicio que no alcanza a "partir" pregunta a los otros fumadores lo que sienten cuando "parten". Aprende as í que ciertas sensaciones, que pudo experimentar sin haberlas identificado, por ejemplo un hambre intenso, son signos de "salida" e indican el comienzo del "viaje". Solamente cuando el novicio haya podido aprender de los fumadores experimentados cóm o reconocer los síntomas de la "partida", podrá a su vez "partir" localizando estos síntoma s entre sus propias sensa- ciones. Luego deberá realizar un segundo aprendizaje para sentir placer con los efectos de la droga y distinguir las sensaciones "placenteras" de las "desagradables". Cf. del citado autor, Outsiders. The Free Press, Glencoe, 1963, pp. 41-57.

ta automática a los estímulos mórbidos, sino que su percepción está deter- minada por las expectativas del sujeto, por sus experiencias pasadas y, má s profundamente, por todo su aprendizaje cultural. L a percepción y la iden- tificación de sensaciones mórbidas, por lo tanto, dependen principalmente del númer o y de la variedad de categorías de percepción del cuerpo de que dispone el sujeto; vale decir que dependen de la riqueza y de la precisión de su vocabulario de la sensación y de su capacidad, socialmente condicio- nada, para manipular y memorizar las taxonomía s mórbidas y sintomáti-

cas. Efectivamente, el lenguaje que sirve para expresar las sensaciones mór- bidas y, en general para hablar de la enfermedad, constituye la experiencia que los sujetos sociales tienen de la enfermedad al mismo tiempo que la

expresa 3 . Sin embargo,

com o las taxonomía s mórbidas en sociedades sin lenguaje escrito, las ta- xonomías mórbidas y sintomáticas corrientes en una sociedad poseedora

de un a cultur a científic a —es decir , las taxonomía s cuy o conocimient o es el único que permite la identificación, la expresión y, en buena medida, la percepción de los síntomas a los que los médicos atribuyen valor y que, acompañados, por así decir, de una sistematización descriptiva constitu-

yen la clase de los

científica. La memorización y manipulación de esas taxonomía s exigen u n apren- dizaje que, aunque sólo se obtiene totalmente por medio de la enseñanza sistemática y específica procurada a los médicos por la institución escolar, puede lograrse parcial y prácticamente por medio de una familiarización progresiva y general, con la cual los sujetos sociales adquirirán un dominio

más o menos completo en la medida en que dispongan de má s o menos medios materiales y culturales propios. Si , com o A . Wallace 5 , diferencia- mos las taxonomía s populares y las científica s —las primeras, a l a inversa de las segundas, son conocidas por todos los miembros de una mism a socie- dad y no requieren u n aprendizaje especial para ser adquiridas y maneja- das—, observaremos que en nuestras sociedades n o existen taxonomía s populares organizadas, coherentes y manejadas conscientemente por los sujetos sociales (al menos en campos com o la medicina, la zoología, la

según reglas explí-

botánica, etc.), sino solamente taxonomía s formuladas

citas y deliberadamente utilizadas por los especialistas (zoólogos, botáni- cos o médicos). Los sujetos sociales poseen un conocimiento má s o menos completo de esas taxonomía s en función de la distancia social que los se- para del mundo intelectual, es decir, en función de su nivel de instrucción.

síntomas legítimos 4 — son un producto de la medicina

lejos de pertenecer al acervo comú n del idioma,

3 Cf. especialmente B. L . Whorf, Linguistique et

y

E . Cassirer,

Anthropologie,

Denoel, París,

Estáis

1963,

"L e langage et la construction du monde des objeta", en

sur le langage, Editions de Minuit, París, 1969,

pp. 36-38.

Sobre el concepto de

134-138.

legitimidad, Cf. P. Bordieu, Un art moyen, op.

cit.,

pp.

s "O n being just Complicated

Enough", Proceding»

Sciences, T. 47, 1961,

pp. 458-464.

of the National Acudemy of

De ello se desprende que, entre otras cosas, no podría trasponerse sin riesgos al estudio del discurso vulgar sobre la enfermedad producido por

los miembros de clases sociales diferentes —en una sociedad jerarquizada

y técnica— los método s

cia por los antropólogos.

La familiarización con las taxonomía s mórbidas y sintomáticas de ori- gen científico y la adquisición de nuevas categorías de percepción del cuer- po provienen de la frecuentación del médico —qué hoy es el principal agente difusor del vocabulario médico— y, secundariamente, de la lectura de artículos u obras de divulgación 6 . Ahora bien, como hemos visto, la frecuencia y la intensidad de las relaciones que los enfermos mantienen con el médico y la calidad del "coloquio singular" aumentan a medida que se sube en la escala social, es decir, a medida que disminuye la distancia

y enfermo. D e ese modo , los miembros de las clases

superiores que, por definición, pertenecen a la misma clase social que su

médico e incluso al mismo "círculo", porque el médico familiar frecuente- mente es amigo o bien miembro de ella, mantiene con él relaciones de fa-

miliaridad 7 . Esto puede constatarse a través de diversos indicadores tales como el rechazo del examen médico si lo realiza un facultativo de seguri- dad social, las reticencias respecto del dispensario o del hospital, la impor- tancia otorgada a la libre elección del médico, a quien a menudo se lo ha conocido en el grupo de relaciones personales, o, también, el conocimien- to del departamento privado del médico. Pueden decir que están "perfec- tamente de acuerdo con sus médicos " o "que con él es fácil el dialogo", por que hablan el mismo lenguaje, tienen los mismos "hábitos mentales", utilizan categorías de pensamientos similares, en suma, estuvieron someti- dos a la influencia de la misma "fuerza de formación de hábitos", consti-

tuida en este caso por el sistema

Por el contrario, los miembros de las clases populares que, en su mayor

de análisis componencial utilizados en la etnocien-

social entre médic o

educativo 8 .

* La lectura do artículos y obras de divulgación médica parece variar en función de la categoría socio-profesional en el mismo sentido que la frecuentación del médico. Así, una oncuestn efectuada por ol I.F.O.P. en 1969 sobre "el interés prestado a la ciencia y a la divulgación científica" muestra que la proporción de quienes declaran intorosarse un poco o mucho en la ciencia pasa del 60 ° 0 entre los obreros al 61 "¿entre los agricultores, ni 79 Centre los empicados y los cuadros medios de dirección y al 94 % entre los cuadros superiores de direcció n y los miembros de las profesiones liberales.

1 E l análisis do las vnriaciones de la relación enfermo-médic o según la clase social

de aquél , podrí a sin duda sor generalizado (con cierta cantidad de variaciones) al con - junto de las situnciones que relacionan a un poseedor de conocimientos específi - cos, altamente escolarizado y de origen social elevado (docentes, abogados, jueces, ote), con "oyentes", "clientes" o "procesados" que poseen de modo desigual —y

capacidad socialmente

condicionada para transformar una relación comúnment e asimétrica en una relación de

tanto más débi l cuanto má s baja sea su extracció n social— la

igual a igual.

Cf. E . Panfsky, Architecture gothique cf pensée

scolastique, traducción y epílo-

go de P. Bordieu, Editions de Minuit, París, 1967,

pp. 83-84.

parte, juzgan que el examen médic o es demasiado rápid o y que consagrar tiemp o al enferm o es un a de las cualidades má s importante s de un médico 9 , que estiman que su médic o no les da suficientes explicaciones o tiende a utilizar palabras incomprensibles 1 0 , que ademá s no hablan de sus proble-

mas

personales co n el médico , están separados de éste po r la distancia so-

cial

que,

en

tod o

caso,

media

entre

u n miembro de las clases superiores,

fuertemente escolarizado y poseedor de u n saber particular, y un miembro

de las clases populares 1 1 . Distancia social duplicada po r la distancia lin-

y sintáctica s

que separan el lenguaje de las clases cultivadas del lenguaje de las clases po- pulares 1 ' . Ta l diferencia de clase, y quizá , en especial, de nivel de instruc-

ción, limita considerablemente la difusión

del saber médic o a través de la

güística, originada a su vez po r las diferencias lexicológicas

consulta médica . E n efecto, en la asimetrí a de la relación enfermo-médico ,

a ventaja estratégic a porqu e sus

funciones le otorga n l a posibilida d materia l y e l derech o legal de manejar

física y moralmente

un a de las parte s el médic o tien e un

al enferm o

en nombre de u n saber que éste ignora.

Las

característica s

específicament e técnicas de la relación terapéutica

Esto vale, sin duda, muy especialmente en el caso de los exámenes practicado* en el medio hospitalario. Asi , sobre 50 consultas observadas en un dispensario da los suburbios parisienses, frecuentado casi exclusivamente por obreros, y en un hospital parisiense en el que se atienden tanto obreros como integrantes de la capa inferior da las clases medias, catorce de ellos duraron 6 minutos o menos; quince, entre 5 y 10 minutos, y siete, entre 15 y 20 minutos.

L a ansiosa constatación del laconismo del médico o del caráctar hermético de su discurso retorna com o un leimotiv en la mayor parte de las entrevistas efectuadas a miembros de las clases populares. "Cuando el médico receta una medicina nunca da ex- plicaciones. Dice el remedio y eso es todo: "Crome esto, volveré pasado mañana d . Nunca dice por qué usted está enfermo. Ese es su temperamento. A m í me gustaría más que explique mejor las cosas. Pero uno, parece que no puede enterarse de más . Un o se acostumbra a que no diga nada". (F., marido agricultor, Fontaine-les-Vervins, 38 años). Esto ocurre principalmente en el medio hospitalario: la institución hospitalaria, que pone un alto número de intermediarios entre el médico, personaje considerado intoca- ble e invisible, y el enfermo o su familia y que reglamenta los contactos entre los enfer- mos y sus médicos , las familias y los enfermos, aumenta con ello la soledad y la ansie- dad de los miembros de las clases bajas frente a la enfermedad y frente a la medicina,

1

0

1

1

Los enfermos de las clases populares se sienten poco inclinados a confiar sus problemas al médico, principalmente porque no poseen el equipo lingüístico y, más específicamente , el vocabulario de la introinspecció n y el lenguaje de las emociones que necesitarían para revelar al facultativo sus problemas y sus inquietudes má s íntimas . Ver sobre este tema B. Bernstein, "Social Class, Speech Systems and Psycho-therapy", British Journal of Sociology (15), 1964, pp. 54-64.

1 2 Cf. P. Bordieu, J . C . Passeron, M . de Saint-Martín, Rapport pédagogique et communication, Mouton, París, 1965. Col. "Cahiers du centre de sociologíe europée- ne", No. 2, E . L . Koos (The Healt of Regionville, Columbia University Press, New York, 1954) mostró que la insatisfacción de los miembros de las clases bajas con respec- to a su médico proviene de la falta de comunicación entre ellos y su médico, debido en parte al hecho de que el médico y su enfermo pertenecen, en este caso, a subculturas diferentes y no hablan el mismo lenguaje.

La relación enfermo-médico, según la clase social del enfermo 1 3 (en porcentajes)

Agricul- Obreros

Emplea-

Comer- Cuadros

 

tores

dos

cian-

prof.

 

tes

libe-

 

rales

Sólo aceptarían ser examinados por su médico personal. Nunca van a consul-

22

16

28

31

43

tar

un dispensario o en

a u n médico en

 

un hospital.

93

75

85

94

89

Atribuyen gran im - portancia al poder elegir libremente su médico

68

63

78

79

90

Conocieron

al médi-

co en su círculo de amigos o de rela- ciones. Conocen el domicilio

2

2

15

11

24

g rivado del médico.

53

42

57

58

67

stiman que el exa- men médico es de-

 

masiado rápido. 12

16

13

12

10

Sostienen que el mé - dico no da explica- ciones suficientes. 29 Estiman que el mé - dico tiene tendencia a usar palabras in-

36

26

26

20

comprensibles.

49

47

36

39

29

Consideran que la cualidad má s impor- tante de un médico es dedicar tiempo al paciente.

15

17

7

4

7

1 3 I.F.O.P.: "Le « francais et leur médecin" , loe. cit. La variación de las respuestas en función de la categoría socio-profesional es más leve para las preguntas concernien- tes n la duración del examen médic o y a las explicaciones suministradas por el faculta- tivo, porque el carácter legítim o del médic o y de sus actos se impone con mayor fuerza a medida que desciende en la escala social; de manera que los integrantes de las clases populares se sienten menos autorizados que los de las clases superiores a emitir un jui- cio, especialmente un juicio desfavorable, sobre el modo como el médico conduce el examen.

bastan para hacer que se convierta en una situación asimétrica y de depen- dencia, porque una de las partes, el enfermo, cumple realmente en ella el

objeto. E l enfermo, desnudo, acostado inmóvil y en silencio, es

el objeto de las manipulaciones físicas del médico, quien, vestido, de pie y libre en sus movimientos, lo ausculta o lo palpa, le ordena sentarse, exten- der las piernas, detener la respiración o toser. Pero además, los médicos frecuentemente acompañan estas manipulaciones físicas con un conjunto de manipulaciones morales que, aunque ejercidas clandestinamente, recu- rren a técnicas de manipulación comprobadas y que apuntan a que el en- fermo reconozca la autoridad del médico, despojándolo de su enfermedad

y también, de algún mod o de su cuerpo y de sus sensaciones. Com o ejem-

plo y para abreviar, podemos citar las siguientes técnicas cuya utilización

pudo observarse: sugerir al enfermo que "no sabe expresarse" respecto a

sus sensaciones mórbidas, ridiculizar

tados por el enfermo que "se escucha demasiado"; mostrar al "enfermo pretencioso" que utiliza términos cuyo sentido ignora; pasar bruscamente de la broma infantilizante a la brutalidad fingida; hablar en voz alta del

enfermo, en su presencia, con otro miembro del personal médico, hacien- do com o si el enfermo estuviese ausente o fuese sordo; aparentar un interés personal en el enfermo y "personalizar" la relación enfermo-médico 1 4 . La simetría crece en la medida en que aumenta la distancia social entre

el médico y el enfermo y correlativamente disminuye la fuerza de la estra-

tegia que el enfermo puede oponer al médico; vale decir que, en esencia, es menor la fuerza del discurso que el enfermo se encuentra en condiciones de oponer al "discurso fuerte" del médico, único detentador de la autori- dad de la ciencia y de la legitimidad médica. Por lo tanto, la información médica que se transmite en el curso de la consulta es menos importante

(cuantitativa y

escala social, por ser menor su capacidad para comprender y manejar el lenguaje científico del médico y resultar, en consecuencia, má s débiles sus medios de presión sobre él. A l sentirse dispensado de dar cuenta al enfer- mo de sus actos y gestos, el médico tiende a transformar la relación tera- péutica en una simple relación de autoridad y a no explicar, e incluso a mantener ocultas las razones de sus preguntas, de sus actos y de sus pres- cripciones. Efectivamente, no debe olvidarse que la relación entre el médi- co y el enfermo es, en primer lugar, una transacción comercial y , por eso, una relación de fuerza. De hecho, por la naturaleza misma de la mercancía que produce, con la cual comercia y cuya característica principal es la de adquirir todo su valor (incluso en el sentido económico) del valor que se le reconoce, en suma, de la legitimidad y especialidad de sus productores legí- timos, el médic o —que vende sus servicios, o sea sus actos y discursos, sus "consejos" y sus "prescripciones"— está obligado no sólo a hacer todo lo

cualitativamente) cuanto má s abajo esté el enfermo en la

o poner en duda los síntoma s presen-

papel de

La voluntad de quebrar la resistencia del enfermo puede provocar, en algunos

ami, Edi-

médicos, el desarrollo de fantasmas extraños. Ver S. Melamet, Toubib mon

posible para que el enfermo reconozca el valor de sus "servicios", acepte su autoridad y acate su voluntad, sino también a limitar en lo factible el control que el enfermo estaría en condiciones de ejercer sobre sus actos; incluso para evitar el peligro de la posible apropiación por el enfermo de una parte de su capacidad y de su discurso (por ejemplo, el conocimiento de los signos clínicos, nombres de enfermedades y nombres de medica- mentos) que permitirían que lo sustituyera en ciertas oportunidades y, por consiguiente, prescindiera de sus servicios al transformarse en "su propio médico" 1 5 . En esas condiciones, puede comprenderse la actitud de una parte con- siderable del cuerpo médico particularmente de los especialistas que tra- bajan dentro del sistema de la medicina privada en relación con lo que se ha dado en llamar "información médica del público". Los médicos decla- ran, con frecuencia, que dan "la información sólo de mala gana", que pre- fieren "una confianza un poco ciega" o que informan "sólo aquello que puede comprenderse sin deformación" y se muestran, sobre todo, muy hostiles a la divulgación médica, considerada "malsana y peligrosa" aunque preconicen el desarrollo de "campañas de educación sanitaria" destinadas a luchar contra "prejuicios y las ignorancias del público " porque la vulgarización, a menudo abandonada a quienes no son médicos

o facultativos al margen de la profesión médica, pretende transmitir a los individuos rudimentos del saber medicinal signos clínicos, tratamientos

o normas de higiene y recetas, permitiéndoles sustituir parcialmente al

médico. En cambio, la educación sanitaria realizada por organismos ofi- ciales tiene por función principal reforzar en el espíritu del público la auto- ridad y el prestigio del médico, inculcando la idea de que existe un saber médico y sólo uno, difundiendo el respeto por la medicina científica y sus legítimos detentadores y , de rebote, acrecentando la frecuencia de las visitas al médico 1 6 . E n suma, pareciera que los médicos y, más frecuente- mente los clínicos que ejercen privadamente, se remitiesen implícita y qui- zá inconscientemente, tanto en su discurso como en su práctica, a una

' Subiendo que la capacidad para apropiarse del discurso médico es máxima en

los enfermos de las

to más información que a los miembros do otras clases. Por una paHe, la razón es que

los onformos do las clases superiores pueden presionar al médic o con má s facilidad que

los miembros de las otras clases (por las razones mencionadas) y obtener la informa- ción ; y, por otra parte, In propensión a prescindir del médic o es mínim a entre las cla-

clases superiores, cabría preguntarse por qu é el médic o les transmi-

ses

superiores, porque la "necesidad médica " es má s fuerte en

ellas, y tambié n porque

los

miembros do los clases superiores, que estuvieron expuestos durante má s tiemp o a

la influencia escolar, están más dispuestos a reconocer la legitimidad de la ciencia medi- en y del facultativo.

1 6 La voluntad de proceder a "la educación sanitaria del público", es decir en últi- mn instancia, de producir usunrios racionales y conformes de la medicina moderna

no es incompatible con el rechazo a librar a la publicidad los principios médicos que

las

cación sanitnrin puede realizarse también de manera autoritaria, ahorrándose las expli- caciones causales pnrn conformarse con ir de lo particular a lo particular.

fundamentan y sostienen las directivas y

prescripciones del médico , ya que la edu-

suerte de punto óptim o de la educación médica del público, capaz de ase-

gurar ei mercado má s vasto posible para ios servicios que brindan. Así los

suficientemente "educados" com o para

percibir sus sensaciones mórbidas y desear recurrir al médico, pero no tan-

sustituir parcial o totalmente al médico o estar en condicio-

nes de pedirle explicaciones o discutir sus decisiones. Puesto que, para ejercerse plenamente, necesita un enfermo educado,

es decir, conforme, pero que no deje, sin embargo, de someterse y siga sien- do, una vez enterado, tan modesto, tan inguenuo y tan confiado ante el

facultativo rrir, com o

ley al mayor númer o posible de individuos y para hacerles reconocer la le-

gitimidad del dogma y la autoridad de sus poseedores. Pero, com o aquél, teme siempre encontrarse con que sus fieles, instruidos y demasido instrui-

dos? discutan el dogma o lo pongan en duda. Por eso, sólo puede ejercerse plenamente haciendo de sus sacerdotes los detentadores de los secretos inaccesibles a los profanos. Y así es com o prefiere inculcar má s en sus fie-

les "l a humilde fe del carbonero " una "fe razonante" 1 7 .

Teniendo en cuenta que, por un lado la divulgación de información

médica durante la consulta es menor cuanto má s bajo esté

escala social y que, por otro, la capacidad del enfermo para mcmorizar nuevas taxonomías e incrementar su competencia médica es más fuerte cuanto más alto se encuentre ubicado en la escala social, se observa que ol efecto propiamente educativo del acto médico resulta menos fuerte entre aquellos cuya formación o transformación exigiría, sin embargo, una incul- cación más sistemática y más continuada. Efectivamente, cuanto mayores

el enfermo en la

que brindarles los medios y el gusto de

com o lo era en su total ignorancia, el poder médico debe recu- el poder religioso, al proselitismo misionero para someter a la

sujetos sociales deberían estar lo

to com o para

sean las diferencias entre el sistema de categorías utilizado por el médico

el paciente, tanto má s difícil será el "trabajo" de

reinterpretación o de "reinvención" que exigirá la asimilación por parte del enfermo del discurso fragmentado, hermético y cifrado del médico, que implica su "comprensión" y memorización. Porque la difusión del co- nocimiento médico, cuando no está racionalmente organizada por la ins-

y el sistema utilizado por

lenguaje religioso de la profanación para hablar

de la divulgación médica: "Nada peor que la semiinstrucción —declara un cirujano—; en lugar de aprender poco y bien se aprende mucho y mal. En lugar de limitarse a no- ciones de higiene general, elemental y moral, en lugar de informar sobre las consecuen-

cias desastrosas del alcohol, del tabaco, se llega al punto de reproducir por televisión,

que nadie puede ni debe comprender

nada, buscando hacer penetrar a la masa en el recinto más recóndito del templo, donde

operaciones up

Por eso

los médico s utilizan el

to

date, del

corazón ,

sobre las

incluso la mayor parte de los médicos no es admitida", "el progreso de la información

y de la divulgación de los conocimientos en general —afirma un clínico de barrio-

quit ó a

cas y sus secretos se la despoj ó de buena parte de su prestigio, paradójicamente, en el momento en que comienza a contar con poderosos medios instrumentales, químicos

la medicina su asoecto casi maravilloso, taumatúrgico. Publicando sus técni-

o biológicos". ("Les médecins vous parlent de la médecine, enquéte et propositioru". Revista Esprint, No. 2, febrero de 1957).

titución escolar, se realiza según la lógica que en general los fenómenos de adopción cultural: un elemento tomado de sistemas integrados y coheren- tes sólo puede integrarse a la cultura preexistente del sujeto que lo recibe a costa de una serie de reinterpretaciones, de modo que su transmisibilidad depende esencialmente de la capacidad para sacar del contexto los "ele- mentos amovibles", como dice Sapir, que son principalmente los que, aú n fuera de contexto, conservan un contexto y pueden ser reinterpretados de

distinta manera

El discurso médico producido en situación de encuesta por los miem- de las clases populares —que consiste, principalmente, en la reproduc-

bros

por las diferentes poblaciones receptoras 1 8 .

ción del discurso producido por el médico en su presencia— se basa entera-

mente sobre algunos términos tomados del discurso de éste, seleccionados y memorizados por el enfermo según lo que la raíz e incluso la sonoridad de las palabras evocan en el idioma común , con cuyos términos puede aso-

ciarse por medio de una falsa etimología. Por ejemplo, el uso por parte del

médico del término

explicar su enfermedad por la presencia de agua en el cuerpo. E n virtud de lo que C.Bally denomina "el instinto etimológico" 1 9 se relaciona "pun- ción " (en francés: ponction) co n "bombeo " (en francés: pompage). Se

cree as í que el enferm o al cual el médic o le

ejemplo una punción lumbar— está "lleno de agua" y que con la punción se logra curarlo vaciando su cuerpo demasiado lleno de agua. De este mo- do, una mujer afirma: "M i cuñado tuvo meningitis. Le hicieron punciones lumbares en la espalda. Estuvo dos meses en el hospital. Se sentía mejor, empeoraba después y así . N o estaba bien. E l docto r lo vio y lo hospitalizó. Sufría. Le hicieron cuatro o cinco punciones, para el dolor, para sacar el agua. Muchas veces le dolía la cabeza. L e hicieron las punciones. Tení a

practic a un a punció n —por

"punción " induce al enfermo de las clases populares a

1

8

Cf. R, Linton, De l'homme, Editions de Minuit, París, 1968,

especialmente pp.

E . Sapir, Anthropologhie, Editions de Minuit, París, 1967, vol. 2, p. 42 yss.

360-380, y

1 9 Cf. C. Bally, Traite de Stylistiquc francaise, C. Klincksieck, París, 1951, vol. I, pp. 32-40. Dado que el sentido de una palabra está sostenido, según P. Guiraud (Le francaia populairc, P.U.F., París, 1963), por dos elementos que son su etimología y su empleo, y que los miembros de las clases populares no conocen ni el empleo, ni a for-

tiori la etimologí a habitualmentc griega

que utiliza el médico, la falsa etimología o etimología popular —que permite relacionar ol término con una serie léxica conocida— será uno de los medios de que disponen para darle sentido a los términos científicos tomados del discurso del médico. A l hablar de la etimología popular, Joseph Vendryes escribe lo siguiente: "el espíritu tiende a esta- blecer relaciones ontrc la forma exterior de las palabras, a veces a contrapelo del senti- do, e inclusive del sentido común. U n leve parecido con alguna palabra de uso más frecuonte o mejor conocida produce a veces una vinculación que origina extrañas de- Conocemos las graciosas formas que a menudo adoptan los nombres téc - nicos do onfermedades o de remedios en la gente de extracción popular. Si <licor para dormir > (francés : liquer á pioneer) —en reemplazo de <<licor opiácio > (francés : li- qucur opiacée)— resulta una expresión sabrosa y llena de sentido, en cambio ninguna razón justifica la <leched e burrito^ (francés: lait d anón) que reemplaza a <láudano > (idém: laudanum)". J. Vendryes, Le langage, introduction linguistique a l'hutoire, Albin Michel, París, 1923 (nueva edición, 1968, pp. 203-204.

o

latina de los palabras del lenguaje científic o

agua, lo dijo el doctor. Eso lo alivió, después andaba mejor" (F . Vervins, marido albañil, 23 años). E n general el trabajo de reinterpretación, que exige la "comprensión "

y la memorización del discurso médico por el enfermo y que se torna más

considerable y difícil si el enfermo carece de "capital cultural" consiste, en lo principal, en aplicar una serie de reducciones analógicas de las cate- gorías de la medicina científica a categorías má s generales que "constante- mente presentes en el lenguaje sin estar necesariamente explícitas" 2 0 son

"casi inseparables del funcionamiento normal del espíritu" 5 1 . Por ejemplo, las categorías espaciales, com o alto y bajo, interior y exterior, derecha e izquierda o las de sustancia, com o delgado y grueso, suave y fuerte, seco

y húmedo 2 2 .

Se afirmará, en ese caso, que algunas enfermedades son causadas po r u n movimient o hacia arriba o hacia abajo de u n órgan o o de u n líquido . Por ejemplo, en la meningitis, "l a sangre se sube a la cabeza" y, en ciertas enfermedades del tubo digestivo, el estómago y los intestinos se despren- den y caen. También, recurriendo a las categorías de interior y exterior, se imaginará el cuerpo como si fuera una especie de saco o envoltura, con una superficie externa visible y con una profundidad, una densidad, donde

se

aloja la enfermedad concebid a com o u n cuerp o extraño . D e ese modo ,

se pensará que la enfermedad debe salir del cuerpo para que el enfermo se

cure. Salir, es decir abandonar el interior y manifestarse en la exterioridad del cuerpo bajo una forma palpable, visible. Así sucede, por ejemplo, con

las

flemas que el acceso de tos permite desprender y arrojar. D e este mod o

en la tos ferina es preciso "expulsar la flema", "cambiar de aire" y "evitar

la niebla" que "asfixia" e "impide que salga lo que uno tiene adentro". Este esquema se utiliza particularmente para hablar de las enfermedades eruptivas, enfermedades que, a poco de haber comenzado, "salen" y se

visible, com o "granos llenos de agua" o

manifiestan por último en forma

como "grandes placas rojas" que muestran que la curación está próxima. Porque si no "salen", si no se manifiestan externamente, quiere decir que

permanecen adentro del cuerpo impidiendo la recuperación y la curación. Asimismo, la idea relativamente compleja de desinfección —que para

p.

2

2

0

1

13.

M.Mauss, Oeuures, Les Editions de Minuit, París, 1967,

p. 28.

E Durkheim, Les formes élémentaires

de la vie religieuse, P.U.F., París,

1960,

2 2 La construcción del discurso popular sobre la enfermedad a partir del discurso

del médic o

con los que permiten dar cuenta de las relaciones entre lenguaje popular y lenguaje culto. Así como la lengua popular tiene tendencia a suprimir la irregularidad por medio de la sustició n sinonímic a y a reducir las formas desconocidas a las conocidas o asimila pa- labras científicas recontruyéndolas en base a un modelo conocido, el pensamiento po- pular tiene tendencia a reducir la diversidad por la comparación y la analogía, sustitu- yendo las categorías de la medicina científic a por categorías má s generales, má s sim- ple y más antiguas. Cf. P. Giraud, Le francais populaire, op. cit., pp. 13-29 y 61-77.

se efectúa según mecanismos que no dejan de tener analogía, como se ve,

ser admitida exige un conocimiento somero de la teoría microbiana— es sustituida frecuentemente por la idea de cicatrización o incluso de "se- cado", que recurre en primer término a categorías de sustancia ya existen-

tes en el habla, seco y húmedo y que, en segundo término , sólo tiene en cuenta propiedades de carácter superficial: la herida húmeda, purulenta, se seca poco a poco, cerrándose bajo los efectos del alcohol de 90° , del mer-

curocromo o de la

"desinfectante que seca la herida". De la misma manera y por analogía, al tratamiento de enfermedades concebidas según el modelo de la herida —ya sean externas com o la úlcera varicosa o internas com o la úlcera estomacal, el cáncer o la pleuresía, se lo verá a menudo como una especie de secado. Así, una mujer a quien el médico le dijo que estaba afectada por una úlce-

ra estomacal y a la que le aplicaron inyecciones intravenosas, afirma: "Tuve una úlcera y me la secaron con inyecciones intravenosas".También el cán- cer puede ser tratado, según una informante, con la ayuda de un "polvo que seca". E l mismo esquema puede ser utilizado para hablar de numero-

sas enfermedades diferentes como , po r ejemplo, la

que el médico dice que las amígdalas están inflamadas o incluso "inchadas", se las imagina llenas de líquido , de agua. De ello se deduce que la técnica de curación consiste en un secado. Se desinflama las amígdalas eliminan- do el agua que contienen: "estuve en tratamiento por las amígdalas. Hice que me las secaran. Co n unos comprimidos que tomaba. N o sent í nada allí. Tenía las amígdalas hinchadas y se me achicaron a la mitad. Tenía un absceso en la amígdala izquierda. Fu i al médico; abrió el absceso. Se olía la podredumbre". (F. Vervins, marido cartero, 29 años).

En resumen, cuanto mayor es la distancia social entre el médico y su enfermo, tanto menos servirán la memorización y la reproducción por parte del enfermo de los términos científicos empleados por el médico para modificar la imagen que el enfermo tiene de su cuerpo o para aumen- tar el númer o y la diversidad de las sensaciones corporales, porque las nuevas categorías tomadas de la ciencia, al igual que las palabras que las sustentan, se verán inmediatamente absorbidas por las categorías má s antiguas y má s generales, que el enfermo utiliza y que le resultan fami- liares.

De este modo, si bien es cierto que la necesidad médica de los sujetos sociales depende, por lo menos en parte, de la capacidad médica de los mismos, la necesidad de los sujetos con menor competencia médica au- mentará más lentamente que la necesidad de los que tienen una mayor frecuentación del médico, la cual es producto a su vez de la mayor nece- sidad médica y, segundo, porque la frecuencia de las visitas al médico contribuye a aumentar la capacidad médica del enfermo cuanto má s alta sea la categoría a la que pertenece en la escala social (siendo mayor, a su vez, su necesidad médica), pues se encuentra en mejores condiciones para pedir explicaciones al médico y para aprovecharlas, memorizarlas, integrar- las y reproducirlas.

De lo dicho se desprende que los individuos situados má s abajo en la

tintura de yodo . Por eso se ve en el mercurocrom o u n

amigdalitis. Debid o a

escala social, que cuentan con ú n vocabulario de la sensación má s limita- do y también má s arcaico —puesto que el lenguaje de las sensaciones com- prende las sucesivas experiencias de la ciencia médica— en primer lugar, sólo pueden identificar un númer o limitado de sensaciones o pueden percibir sensaciones no habituales sin interpretarlas como signos o sínto- mas de enfermedades alarmantes y, si éstos no son demasiado intensos, sin prestarles demasiada atención 2 3 ; en segundo lugar, frecuentemente sentirán sensaciones "que no deberían existir más"* : es decir, sensacio- nes cuya existencia y legitimidad impugnan los médicos de hoy y que los miembros de las clases superiores o de la capa superior de las clases me- dias ya no pueden sentir*, por ejemplo, las extrañas sensaciones de "puntadas" o de "nudos": "puntadas" en la espalda o en los pulmones, "nudos" en el vientre o los ríñones, que con tanta frecuencia aparecen en el lenguaje médico de los miembros de las clases populares 2 4 .

2

3

E n un trabajo

dedicado al análisis de las actividades adoptadas por los

miem-

bros de las clases sociales y de grupos étnico s diferentes en relación con el dolor

Mark Zborowski mostró que cuanto má s elevado es el nivel de instrucción (y también la clase social) más se tiende a tomar el dolor como signo o síntoma de una enferme- dad grave. Cf. "Cultural Components in Responses to Pain", Journal of Social Issues, 8, 1952, pp. 16-30.

físico ,

* Afirmación textual del autor.

(N. del T.)

2 4 Parece que, en general, los dolores causados por enfermedades torácicas (con- gestión pulmonar, pleuresía, tuberculosis, etc.) son percibidos como dolores puntifor- mes. Por el contrario, los dolores abdominales se perciben en forma de dolores esferoi- des. E n la pleuresía se siente un "punto en la espalda" y en las enfermedades del apara-

to digestivo, as í com o en las de origen ginecológico , "un punto o pelota en el vientre". Por ejemplo, una mujer afectada por un quiste ovárico —que, según una enciclopedia médica de reciente aparición, provoca "fenómenos de compresión nerviosa, vascular o

visceral

afirma: "sentía una pelota".

ENSAYOS Y

COLABORACIONES