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Los Atributos Morales de Dios

Los Atributos Morales de Dios Los atributos morales de Dios se refiere a su gobierno o

Los atributos morales de Dios se refiere a su gobierno o dominio sobre las criaturas libres e inteligentes. En tanto que los vínculos morales son esenciales para la existencia y continuación de la sociedad, el conocimiento de Dios siempre será un factor determinante en la vida del hombre en la comunidad. Hay una diferencia marcada entre lo metafísico (atributos absolutos y relativos) y lo ético, o atributos morales. Tanto los atributos metafísicos como los éticos pueden, en cierto sentido, ser comprendidos por el entendimiento finito del hombre. No obstante, lo ético depende más particularmente de la experiencia común para lograr un entendimiento completo. El hombre es hecho a la imagen de Dios, y como ser racional puede, dentro de los límites de su finitud, comprender los atributos naturales de Dios. Sin embargo, el hombre ha caído en pecado, por lo tanto, carece de una base interna personal para la comprensión del carácter moral y espiritual de Dios. Solamente los limpios de corazón verán a Dios. La santidad de Dios es una barrera para el hombre pecador. No puede haber entre ellos base común de comprensión. Solamente a través de la mediación de Jesucristo puede llegar el hombre a participar de la naturaleza divina, y de esa manera conocer a Dios en un sentido más verdadero y más profundo. Sólo así se pueden comprender la santidad y el amor de Dios. Los atributos morales de Dios pueden analizarse de varias maneras. Todos ellos pueden resumirse en dos: su santidad y su amor; o pueden organizarse en tres grupos principales: su santidad, su amor, y su gracia. Para lograr nuestro propósito es necesario que los consideremos por separado y en el orden siguiente: santidad, amor, justicia, rectitud, verdad y gracia.

La Santidad de Dios

Se han tomado tres posiciones generales respecto a la santidad de Dios: Puede considerarse (1) como un atributo complementario o coordinado de otros atributos; (2) como la suma total de los demás atributos; y (3) como la naturaleza de Dios, de la cual los atributos son sólo una expresión. Una de las mejores definiciones de la santidad es la que nos da el doctor William Newton Clarke: “La santidad es la plenitud gloriosa de la excelencia moral de Dios, considerada como el principio de su propia acción y como la norma de sus criaturas”. (Libro: Bosquejo de la teología cristiana). Encontramos aquí, carácter, consistencia y requisito. Primero, la santidad en Dios es la perfección de la excelencia moral que en El existe sin ser originada ni derivada de nadie. “¿Quién

como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?”. (Éxodo 15:11). (Isaías 6:3; Salmo 71:22; Apocalipsis 4:8; Apocalipsis 15:4)

Segundo, la santidad es el principio de la propia actividad de Dios: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Habacuc 1:13) (Salmos 145: 17; Hebreos 1:9) La santidad de Dios es tanto positiva como negativa, e implica la posesión de toda bondad positiva, y la ausencia de toda maldad.

Tercero, la santidad es la norma para las criaturas de Dios. “Yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo” (Levíticos 11:44). (Lucas 1:74-75; 1 Pedro 1:15-16.) El hombre debe ser santo, no es sentido absoluto, ya que la santidad absoluta pertenece a Dios solamente, sino de manera relativa, con aquella santidad que Dios comunica a los ángeles y a los hombres. Pero, ¿Cómo puede un pecador ser santo? Esto se hace posible sólo por la explicación de Cristo, que protege la santidad de Dios y restaura al hombre, haciéndole participante de la naturaleza divina.

El Amor de Dios

Juan declara una profunda verdad cuando dice: “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:16). La naturaleza de Dios es el amor santo. Tanto la santidad como el amor forma parte de la esencia de Dios. La santidad describe la pureza y el carácter moral y la excelencia del amor de Dios. La santidad de Dios requiere siempre que El actúe basado en un amor puro, y el amor siempre debe hacer que su objeto reciba la santidad. El amor de Dios es, de hecho, el deseo de impartir la santidad; y este deseo se satisface sólo cuando los seres que éste busca se vuelven santos. En consecuencia, leemos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8); (1 Juan 4:10).

Se ha señalado frecuentemente que la madre abnegada que se entrega por su hijo, es la que tiene el anhelo más profundo e inextinguible por el amor recíproco del hijo. Sin embargo, a pesar de que el amor se ofrece voluntariamente ya sea en sacrificio o en rendimiento del yo personal, siempre va acompañado de reciprocidad. Pero en la devoción misma de una madre hacia su hijo, la madre afirma su personalidad distinta. La autorrendición como la autoaserción deben ser iguales. Ninguna puede aumentar sin la otra, si es que el amor ha de mantenerse. Si la autoaserción no va acompañada de su equivalente en autorrendimiento, no tendremos amor, sino egoísmo con el disfraz de amor. Si el autorrendimiento no está equilibrado por la autoaserción del yo, no tendremos amor sino debilidad. Así que también en Dios encontramos un impulso dual que tiene el amor, el deseo de poseer a otros y el deseo de impartir de sí mismo a los demás. Mientras más se desarrolla este amor, más se enriquece en lo que respecta a sacrificio de sí mismo, y aumenta su deseo para la posesión del objeto amado. Porque el amor

de Dios es perfecto, es que leemos el texto familiar: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). Por tanto, cuando Juan declara que “nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19) está hablando de ese amor recíproco que deleita el corazón de Dios. El amor se considera comúnmente representado en dos formas principales, el amor de benevolencia, y el amor de formas principales, el amor de benevolencia, y el amor de complacencia. “El amor de benevolencia”, dice el doctor Henrry B. Smith, “es aquella disposición de Dios o aquella forma o modificación del amor divino que hace que Dios desee comunicar o participar de su felicidad a todas sus criaturas, todo lo cual hace que se deleite en su propia felicidad. El amor de complacencia es aquel elemento en el amor divino que hace que Dios se comunique y se deleite en la santidad de sus criaturas. El amor de benevolencia tiene referencia a la felicidad; el amor de complacencia a la santidad, pero ambos forman el amor divino; ambos se complementan, nunca se apartan. La complacencia consiste en agradarse de algo. La benevolencia es el deseo de hacer el bien a todos” (Libro Teología Sistemática de teología cristiana).

La Justicia y la Rectitud de Dios

Los atributos de justicia y rectitud están estrictamente relacionados con la santidad. El doctor Strong los considera el tratamiento de Dios hacia sus criaturas siempre está en armonía con la santidad de su naturaleza. Aunque ambos

atributos están estrictamente relacionados, la justicia y la rectitud se distinguen la una de la otra y, ambas, del atributo de la santidad. El término santidad se refiere

a la naturaleza o esencia de Dios, en tanto que la rectitud es su norma de

actividad de acuerdo con esa naturaleza. La rectitud es el fundamento de la ley divina; la justicia es la administración de esa ley. Cuando consideremos a Dios como el Autor de nuestra naturaleza moral, lo concebimos como santo. Cuando pensamos en El es su naturaleza santo como la norma de su acción, lo concebimos como reto. Cuando pensamos en El como el administrador de su ley impartiendo recompensas y castigos, estamos pensando en El como justo.

El atributo de la justicia se divide comúnmente en: justicia legislativa, que determina el deber moral del hombre y define las consecuencias en recompensas

y penas o castigos, y la justicia judicial, algunas veces conocida como justicia

distributiva, por medio de la cual Dios les da a todos los hombres recompensas y castigos de acuerdo con sus obras. La justicia por medio de la cual recompensa a los obedientes se conoce algunas veces como justicia remunerativa, en tanto que aquella por la cual castiga al culpable se llama justicia retributiva o vindicativa. Pero, ya sea que consideremos a Dios como legislador o como juez, El es eterno y absolutamente justo, de esto no hay duda.

Muchas de las referencias de la Escritura no hacen distinción entre los términos justicia y rectitud. Sin embargo el estudiante cuidadoso debe darse cuenta de los

varios sentidos en que se combinan estos atributos. “Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Salmo 19:9). (Salmo 89:14; Isaías 45:21; Sofonías 3:5; Romanos 2:6; Apocalipsis 15:3).

La Verdad como Atributo de Dios

Como la justicia y la rectitud, el atributo de la verdad está estrechamente relacionado con la santidad. Se trata generalmente como veracidad y fidelidad. Por veracidad queremos decir que todas las manifestaciones de Dios para con sus criaturas están en estricta conformidad con su naturaleza divina. Cuando las Escrituras hablan acerca del Dios verdadero, están presentando la idea de su veracidad. Por fidelidad queremos decir el cumplimiento de las promesas de Dios, ya sea que éstas sean dadas directamente en su Palabra o que estén implicados indirectamente en la naturaleza y constitución del hombre. La Biblia abunda en referencias respecto a la veracidad de Dios: “Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad” (Salmo 31)5), (Salmo 119:160; Juan 14:6; Dt. 32:14; Isaías 40:8; 1 Ts. 5:24; 1 Juan 1:9).

La Gracia y sus Atributos Relativos

Juan se refiere a Cristo como “lleno de gracia y de verdad”. Juan hace de la gracia y de la verdad perfecciones coordinadas de la naturaleza divina. La gracia puede definirse como “fervor inmerecido” y todas las “gracias” no son sino formas variadas de la bondad y del amor de Dos .

Compasión es el amor que se ejerce hacia el miserable, e incluye tanto la piedad como la compasión. (Mateo 9:36) /Ro. 2:4).

El amor de Dios manifestado hacia los hombres se conoce generalmente como bondad o benevolencia. “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres” (Tito 3:4) (Gl. 5:22; Sal. 145:9; Sa. 103:11; Sal. 86:15).