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EL MUNDO CIRCUNDANTE

DEL HOMBRE Y DE LA MUJER


EL MUNDO CIRCUNDANTE
DEL HOMBRE Y DE LA MUJER

"Je ne méprise presque rien".


LEIBNIZ

El hombre es también el animal que sabe sentir.


La sensación es superada por la vida humana hasta
hacer de ella ese fundamento esencial de toda cultu-
ra; sin las sensaciones, o no habría cultura o debería-
mos imaginar para los hombres lo que sólo a los án-
geles corresponde.
Con los sentidos el hombre recoge el universo y lo
forma a su imagen y semejanza. Por los sentidos el
hombre es capaz de simbolizar, de hacer que la vida
en torno presente por doquier significaciones. Los
sentidos en estrecha comunión con la inteligencia ha-
cen posible la elevación de la materia a las esferas
más altas del valor. Si no hubiese sentidos, nuestra
vida sería clara y nítida, sin necesidad de interpre-
taciones; nada aparecería en el allende que fuera
menester interrogar; pero tampoco en el más acá ha-
bría nada que pudiéramos fingir. "En la misma me-
dida en que un hombre es espíritu, escribe Keyser-
ling, es su vida, esencialmente comedia. Es comedia
exactamente en el sentido que Dante fue el primero
en adscribir a tal palabra. Los hechos no cuentan en
la vida propiamente humana más que en la exacta
medida en que son significativos." (1).

I) Meditaciones suramericanas, pág. 382 (Santiago, Chile) .


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sí mismo tapándose la nariz y, con el Papa Inocen-
Es una forma del materialismo la denigración de
cio III, escribe con gesto de desaprobación el catálo-
la vida sensible humana (2); quien en el hombre sólo
go de las enfermedades de la naturaleza ("procrea-
advierte la parte baja de su estirpe, no está todavía
ción impura, nutrición asquerosa en el seno de la
elevado a las más altas formas de la cultura. Hay que
madre, mala cualidad de la sustancia de que el hom-
tener hacia el propio cuerpo la simpatía cordial que
bre saca su desarrollo, mal olor, secreción de saliva,
pide Keyserling (3). Es ella el signo de un hombre
de orina y de excrementos") (4).
superior. Quien en el hombre siente aversión hacia
En forma muy distinta a este enojoso mirar la subs-
lo puramente sensible, sólo muestra en esa aparente
tancia humana, comprendía Aristóteles y tras él San-
nostalgia de lo espiritual, que está sumido muy hon-
to Tomás la misión del cuerpo en las funciones de
damente en la materia y, entonces, su admiración por
la cultura. Una curiosa página se encuentra en la
el espíritu es mera perspectiva de rana, para usar el
Moral a Eudeno del filósofo griego, en que muestra
lenguaje de los pintores. En este sentido tiene razón
la distancia en el ejercicio de los sentidos que va del
Nietzsche al decir: "En su camino hacia el ángel (pa-
hombre al animal: "En cuanto a las otras sensacio-
ra no emplear una palabra más dura), el hombre se
nes agradables, escribe, los animales son casi insen-
ha creado ese estómago enfermizo, y esa lengua sabu-
sibles respecto de ellas por ejemplo, no gozan ni de
rrosa, que no sólo le han inspirado el hastío del goce
la armonía de los sonidos, ni de la belleza de las for-
y la inocencia del animal, sino que le han hecho
mas. No hay entre ellos uno que goce al contemplar
insípida la vida: de suerte que a veces se inclina sobre
las cosas bellas o al oír sonidos armoniosos, fuera de
(2) Cf. El otoño de la Edad Media, J. Huizinga. Tomo algún caso prodigioso. Tampoco se advierte en ellos
pág. 207 (Rev. de Occidente, 1930) . que gocen con los buenos o malos olores, a pesar de
(3) "Así como al comprender la contingencia de todas la
que los animales en general tienen la sensibilidad
morales no se vuelve uno inmoral, sino, por el contrario,
ral de una moralidad superior, así también, la generosidad par más delicada que los hombres. Además, debe obser-
con el 'sí mismo' físico no hace complaciente en el sentido varse que no experimentan placer sino con aquellos
la self-indulgence inglesa. Generosidad no es nunca debilidad olores que atraen indirectamente y no por sí mismos;
sólo los fuertes pueden ser generosos.
y cuando digo por sí mismos me refiero a los olores
"El ser humano que ha alcanzado aquella distancia interior
con relación a su yo gracias a la cual se hacen posibles la le que gozamos por otro motivo que por la esperan-
camaradería y la afección irónica, ha llegado al mismo tiempo za o el recuerdo que engendran. Por ejemplo el olor
nivel en que se puede realizar, por fin, el único género de selfcontrol le los alimentos que se pueden comer o beber no nos
válido: no el del tirano, el gendarme o el dómine, sin
el del amigo de más edad, que lo sabe todo, lo comprende todo
afecta sino indirectamente. Gozamos, en efecto, con
y conduce con mano leve a sus menores hacia su propio bien
(4) Genealogía de la moral, p. 293-94 (Aguilar, 1932) .
(La vida íntima, p. 32-33. Espasa Calpe, 1939.)
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ellos, porque nos causan placeres distintos de los su-
yos propios, esto es, los de comer y beber. Son, por
lo contrario, olores que nos encantan por sí mismos,
los de las flores, por ejemplo. Stratónico tenía razón
al decir que, entre los olores, unos tienen un bello — 2 —
perfume y otros un perfume agradable. Por lo de-
más, los animales, en materia de gusto no gozan de
Los sentidos, por otra parte, son aparatos de se-
un placer tan completo como podría creerse. No gus-
lección. Si como ha dicho Ortega y Gasset, "el hom-
tan de las cosas que hacen impresión solamente en la
bre es un sistema de preferencias", los medios para
extremidad de la lengua; gustan sobre todo de las que
ejercer estas preferencias son, a no dudarlo, los senti-
obran sobre el gaznate; y la sensación que experimen-
dos. Por ellos el hombre se dirige al mundo y toma de
tan se parece más bien a la del tacto que a un verda-
él lo que le sirve para elevarse a la cultura. Con ios
dero gusto. Así, los glotones no desean tener una len-
sentidos el ser humano capta la materia que ha de
gua muy desenvuelta, sino que prefieren, más bien,
levantar hacia los valores,
un cuello largo como de cigüeña, como sucedía a Fi-
El ejercicio de los sentidos es el primer lenguaje y
loxenes de Eris (5).
sigue siendo el único lenguaje que el hombre posee
para decir lo que es. Esa selección peculiar de su
mundo que los sentidos hacen, es lo que puede de-
cirnos adecuadamente lo que el hombre es. En forma
primordial, los sentidos revelan el orden y la jerar-
quía de los valores hacia los cuales tiende la huma-
nidad.
Y "quien posee el ordo amoris de un hombre posee
al hombre", ha dicho Scheler. De suerte que el cono-
cimiento de lo humano no puede avanzar en forma
alguna si no se dirige hacia el sistema de preferencias
que forma su "ordo amoris". "Pues la estructura del
mundo circundante de cada hombre —cuyo conteni-
do total se halla articulado en definitiva por la es-
tructura de sus valores— no se muda y cambia cuan-
(5) Moral a Eudemo, pág. 185 (Espasa Calpe, 1942). do el hombre se desplaza por el espacio. Lo único que
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que todos los instrumentos de movimiento de los


hace es llenarse cada vez con determinadas cosas par- animales parecen estar formados por el contorno: la
ticulares, pero de tal forma que esta impleción acon- aleta, por el agua; el ala, por el aire, forman así tam-
tece también conforme a las leyes que le prescribe la bién, por su parte, al contorno todos los instrumentos
estructura de los valores del medio. Las cosas —bie- de los sentidos. De todos los innumerables efectos del
nes a lo largo de las cuales conduce el hombre su mundo exterior escoge cada órgano de sentido de
vida, las cosas prácticas, las resistencias del querer y cada animal el número de estímulos acomodados a
del hacer con que tropieza su voluntad— todo esto él. Existen miles de disposiciones mecánicas y quími-
se halla penetrado del mecanismo selectivo especial cas que cuidan de que sólo penetren estímulos del
de su ordo amoris y vigilado al mismo tiempo por mundo exterior muy determinadamente escogidos.
é l . . . Las cosas reales suelen anunciarse en el umbral Kilos solos crean el mundo perceptible del animal.
de nuestro mundo circundante por un toque de cor- Únicamente lo que es importante para la vida pe-
neta que precede como una señal a la unidad de la netra hasta el sistema nervioso, y engendra allí el
percepción, una señal que parte de las cosas y no de impulso, que mueve los convenientes instrumentos
nuestras vivencias, como diciendo: 'ahí va eso', y de movimiento de la conveniente manera. Tan indi-
oriundas de las más remotas lejanías del mundo, pe- solublemente enlazada está, por acción recíproca, la
netran como miembros suyos en el mundo circun- amiba con la gota de agua, como la trucha con el río
dante." (6). y el tiburón con el m a r . . . " (7). Y más adelante:
Toda una investigación metódica de los mundos "Kant fue quien nos mostró que el mundo que nos
circundantes del animal se ha propuesto hacer el ba- rodea es nuestro mundo perceptible, y sólo será reco-
rón von Uexküll, después de declarar que es la única nocido rectamente en sus rasgos fundamentales cuan-
forma de psicología animal que hoy es concebible. do las formas que le imprime nuestro punto de vis-
El gran biólogo germano, tomando sus instrumentos ta subjetivo han sido manifestadas como necesa-
de la crítica kantiana, ha mostrado cómo los sentidos rias." (8).
son para el animal algo así como categorías que en Porque lo que en la investigación animal es inelu-
cierto modo tienen ya preformado su mundo. Los ob- dible si se quiere hacer psicología de esos seres, cabe
jetos reales y concretos son distintos para cada ani- también trasplantarse al mundo humano como tal.
mal o para cada especie de animal, porque cada una Algunas sugerencias da el barón de Uexküll en ese
de ellas sólo puede percibir de aquéllos una zona
peculiar a la organización de sus sentidos. "Mientras (7) Ideas para una concepción biológica del mundo, pág. 85,
(Espasa Calpe, 1934).
(6) Ordo Amoris, pág. 110 a 112 (Rev. de Occidente, 1934). (8) Op. cit., pág. 162.
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sentido, pues a cada paso muestra lo que es el inun-
do circundante para el habitante de la ciudad y para-
el del campo, para el artista profesional y para el lego
en pintura, para el hombre medieval y para el mo-
derno. "Represéntese, por ejemplo, lo que significa — 3—
una estrella para el moderno habitante de gran ciu-
dad que alguna vez la ve centellear entre los faroles
Este mundo circundante es el que vamos a estu-
de la calle, y lo que ha sido para un asirio conocedor
diar con algún detalle tanto en el hombre como en
del cielo. Igual estrella es para el uno un inútil punto
la mujer.
de luz y para el otro un signo en el reloj del destino
Hombre y mujer debieron ser el centro de toda
del mundo, que recorre su círculo por el maravilloso
investigación humanística. Las ineludibles dificul-
cuadrante del cielo". . . "Así resulta que cada hom-
tades para penetrar en el mundo del sexo opuesto no
bre está rodeado de un mundo 'adecuado' a él o aco-;
habrían de impedirnos sin embargo, hacer girar toda
modado a él, que llamaremos su 'mundo circundan-
la historia en torno de esa diferencia extrema. Desco-
t e ' " (9).
nocerla me parece un retroceso, porque aspira a re-
unir en un haz común y primitivo, como es el hecho
de que ambos pertenezcan a lo humano in genere, lo
que no sólo biológicamente es distinto, sino también
culturalmente. Y tiene que serlo por la distinta fun-
ción humana que cada sexo desempeña frente al otro.
Y si fuera meramente biológica, querría decir que el
hombre no ha sabido elevar esta parte de su ser ma-
terial a las zonas del espíritu, como sí lo ha hecho
con otras actitudes igualmente corporales, por ejem-
plo, la de comer y dormir.
De donde se infiere que el propósito de buscar en
las diferencias de sexo una honda explicación de la
historia de la humanidad, es un propósito cultural.
La resistencia a hacerlo quizás se deba a que el hom-
bre no se sienta muy seguro de no reducir así la his-
(9) Op. cit., pág. 40.
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toria a un erotismo de baja ley. Por esto creo que concedido profundidad a un cerebro de mujer ni jus-
Freud no sólo puede ser superado, sino que debe ser- ticia a un corazón de mujer. ¿Y no es verdad que, en
lo; sin desconocer que a él se deba muy buena parte resumidas cuentas, 'la mujer' ha sido despreciada, so-
del camino abierto con su tesis de la sublimación: bre todo, por las mujeres, y no por nosotros? Nos-
"sublimar" su misma doctrina sería la mejor manera otros los hombres deseamos que la mujer no continúe
de acercarnos a sus investigaciones sin ánimo gaz- comprometiéndose por declaraciones. Pues misión del
moño. hombre era velar por la mujer, cuando la Iglesia de-
Pero lo que viene en seguida no está inspirado en cretaba: 'mulier taceat in ecclesia.' Por el bien de la
Freud. Más bien ha influido en este estudio la ma- mujer, Napoleón dio a entender a la muy discreta
nera de ver de Simmel. Ojalá pudieran ostentar to- Madame de Stael: 'Mulier tacet in politicis!' Y yo
dos los párrafos de este trabajo esa altura y nobleza creo que un verdadero amigo de las mujeres es el
de pensamiento que puso el filósofo alemán para mi- que grita hoy a las mujeres: 'Mulier taceat de mulie-
rar lo pequeño. re!' " (10).
De las mujeres es difícil hablar; pero es preferible El hombre puede hablar de las mujeres con más
que lo hagan los hombres. La mujer misma nada pue- verdad que ellas de sí mismas, merced a aquella ob-
de decir de su sexo; quizás es más acertada en lo que, jetividad tan suya. Como se ha dicho de la verdad
por sus ademanes, simboliza decir del varón. que es norma de sí misma y del error, también cabe
El hombre tiene la misión en el mundo de objeti- decir del varón que tiene conciencia de sí y de su
var la vida, de darle expresión universal. La mujer contrario, la mujer.
para esto es apenas capaz; talvez no porque, según Mirando al propio y al opuesto sexo, no como cau-
Nietzsche, su gran arte sea la mentira y su más alta sas que producen efectos, sino como actitudes que
preocupación, la apariencia y la belleza. Pero en lo tienen un sentido, un fin, la consideración del hom-
que en seguida afirma el malhumorado solitario qui- bre y de la mujer como seres culturales se hace más
zás no falte la razón: "Confesémoslo, nosotros, los fácil.
hombres, honramos y amamos precisamente ese arte Ya Kant había visto, aunque no muy claramente,
y ese instinto en la mujer; nosotros, que tenemos la esta mutua dependencia que el hombre tiene de la
misión difícil y que nos unimos voluntariamente, mujer, y a la inversa. Partiendo de la tesis de que lo
para alivio nuestro, a seres cuyas manos, cuyas mira- femenino es bello, mientras lo varonil es noble, ha
das, cuyas tiernas locuras hacen aparecer casi como mostrado el influjo recíproco en los sexos para em-
errores nuestra gravedad, nuestra profundidad. En bellecer o ennoblecer cada uno el sentimiento del
fin, yo propongo esta cuestión: jamás la mujer ha (10) Más allá del Bien y del Mal, p. 161-62 (Aguilar, 1932).
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hombres en señoritos empalagosos y a muchas muje-
otro. Sólo que no avanzó hasta la afirmación aquí sos- res en pedantes o amazonas; pero la naturaleza procu-
tenida de que la mujer ama lo bello en su persona, ra siempre restablecer sus disposiciones. Júzguese por
pero lo noble en el varón, precisamente, como su esto del poderoso influjo que la inclinación sexual
mundo circundante, y a la inversa, el hombre. Que el podría ejercer, principalmente sobre el sexo masculi-
hombre sea noble, es una exigencia femenina; que la no, a fin de ennoblecerlo, si en lugar de numerosas y
mujer sea bella, es una exigencia masculina. Pero secas enseñanzas se desarrollase temprano el senti-
oigamos a Kant: miento de la mujer para sentir de un modo conve-
"La mujer tiene un sentimiento preferente para niente lo que corresponde a la dignidad y las subli-
lo bello en lo que a ella misma se refiere; pero en el mes cualidades del otro sexo, y con ello se la prepa-
sexo masculino siente principalmente lo noble. En rase a mirar con desprecio a los fatuos petimetres y
cambio, el hombre prefiere lo noble para sí mismo y a no rendir su corazón a otra cualidad que a los mé-
lo bello cuando se encuentra en la mujer. De ello de- ritos. También es indudable que el poder de sus
bemos deducir que los fines de la naturaleza tienden, encantos podría al cabo ganar con ello, pues la seduc-
mediante la inclinación sexual, a ennoblecer siempre
ción de éstos evidentemente se ejerce sobre almas
más al hombre y a hermosear más a la mujer. A una
nobles: las demás no son lo suficientemente finas
mujer le importa poco no poseer ciertas elevadas vi-
para sentirlos. En este sentido contestó el poeta Si-
siones, ser tímida y no verse llamada a importantes
mónides cuando le aconsejaban que entonase sus
negocios: es bella, cautiva, y le basta. En cambio, exi-
bellos cantos ante las tesalianas: 'Estas mozas son de-
ge todas estas cualidades en el hombre, y la sublimi-
masiado tontas para que puedan ser engañadas por
dad de su alma muéstrase sólo en que sabe apreciar
un hombre como yo.' Por lo demás, ya se ha conside-
todas estas nobles cualidades al encontrarlas en él.
¿Cómo, de otro modo, podría ocurrir que hombres de rado cómo es un efecto del trato con el bello sexo la
grotesca figura, aunque acaso posean grandes méri- dulcificación de las costumbres masculinas, la con-
tos, puedan conseguir tan amables y lindas mujeres? ducta más suave y atenta y la compostura más ele-
En cambio, es el hombre mucho más exigente para gante; pero esto es sólo una ventaja accesoria. Lo
los bellos encantos de la mujer. La figura delicada, la importante es que el hombre se haga más perfecto
ingenuidad alegre y el efecto encantador le indemni- como hombre y la mujer como mujer; es decir, que
zan suficientemente de la falta de erudición líbresca los resortes de la inclinación sexual obren en el sen-
y de otras faltas que su talento puede suplir. La va- tido indicado por la naturaleza, para ennoblecer más
nidad y las modas pueden acaso dar una falsa direc- a uno y hermosear las cualidades de la otra. Puestos
ción a estos instintos naturales y convertir a muchos en un caso extremo, el hombre podrá decir, lleno de
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confianza en su mérito: Aun cuando vosotras no me
comenzase a olvidar radicalmente y por principio su
améis, quiero forzaros a que me estiméis; segura del
perspectiva y su arte, y el de la gracia y el juego, el
poder de sus encantos, responderá la mujer: Aun
arte de disipar las inquietudes, de aligerar las penas,
cuando vosotros interiormente no me estiméis mucho,
¡su habilidad delicada para las pasiones agradables!
os obligo, sin embargo, a amarme. Por falta de tales
Ya se dejan oír voces femeninas que, ¡por San Aristó-
principios se ve a hombres pretender agradar con
fanes!, hacen temblar; se explica con claridad admi-
maneras femeninas, y a mujeres a veces —aunque
rable lo que la mujer 'quiere' en primer término, del
mucho más raramente— afectar una actitud mascu-
hombre. ¿No es una prueba de un supremo mal gus-
lina para inspirar más respeto; pero lo que se hace
to esta furia de la mujer por querer hacerse cientí-
contra la opinión de la naturaleza, se hace siempre
fica? Hasta el presente, a Dios gracias, la explicación
muy mal." (11).
de las cosas era asunto de los hombres, un don mascu-
Después de Kant, Nietzsche, que era más afecto a lino, y así todo quedaba entre 'nosotros'.. . (12).
las mujeres de lo que suele creerse, por las cuales "En ninguna época el sexo débil ha sido tratado
sentía un amor contrariado, expone así, en aparente con tantos miramientos por parte de los hombres co
cólera, la misión de la mujer frente al hombre: mo en nuestra época. Ello es una consecuencia de
"La mujer quiere emanciparse, y por esta razón nuestra inclinación y de nuestro gusto fundamental-
se dispone a explicar al hombre 'la mujer en sí'. Este mente democrático, así como nuestra falta de respeto
es uno de los deplorables progresos de la deformidad por la vejez ¿Habremos de asombrarnos de que estas
general de Europa. Pues ¿qué pueden producir esos consideraciones hayan degenerado en abuso? Se quie-
torpes ensayos de erudición femenina y de despojo de re más, se aprende a exigir, se encuentra, al fin, ese
sí misma, de la mujer? ¡Tiene tantos motivos la mu- tributo de homenaje casi ofensivo, se prefiere la riva-
jer para ser púdica! ¡Oculta tantas cosas pedantes, lidad de derechos, el verdadero combate. En una pa-
superficiales, escolásticas, tanta presunción mezqui- labra, la mujer pierde su pudor. Añadamos a esto
na, tanta pequeñez inmodesta y desenfrenada!: ana- que pierde también el gusto. Se acostumbra a no
lícense, por lo menos, sus relaciones con los niños. En temer al hombre. Pero la mujer que 'olvida el temor'
el fondo, lo que ha reprimido todo esto ha sido el sacrifica sus más femeniles instintos. Que la mujer
'temor' al hombre. Desgraciados de nosotros si las se haga atrevida, cuando lo que inspira el temor en
cualidades 'eternamente enojosas de la mujer' —de el hombre, o, más exactamente, cuando 'el hombre'
que tan rica es— osasen tomar carrera, si la mujer en el hombre no es ya querido, y disciplinado por la
educación, es bastante justo y bastante comprensible.
(11) Lo bello y lo sublime, pág. 55 a 57 (Espasa Calpe.1937) •
(12) Más allá del Bien y del Mal, pág. 161.
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Lo que es más difícil de comprender es que por esto reunir torpemente y con indignación todo lo que re-
mismo, la mujer degenera. Esto es lo que hoy sucede: cordaba la esclavitud y la servidumbre, en la situa-
nosotros no nos engañamos. Dondequiera el espíritu ción que ocupaba aún la mujer en el orden social
industrial ha conseguido la victoria sobre el espíritu (como si la esclavitud fuera un argumento contra la
militar y aristocrático, la mujer tiende a la indepen- alta cultura), ¿qué indica todo esto sino una decaden-
dencia económica y legal de un comisionista. 'La mu- cia del instinto femenino, una mutilación de la mu-
jer comisionista' está a la puerta de la sociedad mo- jer? Sin duda, entre los asnos sabios del sexo masculi-
derna en vías de formación. Mientras se va apoderan-
no, existen bastantes imbéciles, amigos y corruptores
do continuamente' de nuevos derechos, mientras se
de las mujeres, que aconsejan a estas últimas que se
esfuerza por hacerse 'dueña' e inscribe el progreso
despojen de su condición femenina e imiten todas
de la mujer en su bandera, termina en el resultado
las tonterías de que padece en la Europa actual el
contrario con una evidencia terrible: la mujer retro-
'hombre', la 'virilidad' europea, a quienes gustaría
cede.' Desde la Revolución Francesa la influencia de
envilecer a la mujer hasta la 'cultura general' y hasta
la mujer ha disminuido en la medida en que sus de-
la lectura de periódicos y la política. Hasta se quiere
rechos y sus pretensiones han aumentado; y la eman-
convertir a las mujeres en librepensadoras y en gen-
cipación de la mujer, a la que aspiran las mujeres
te de pluma. Como si la mujer, sin piedad, no fuera
mismas (y no sólo cerebros masculinos superficiales),
para el hombre profundo e impío una cosa perfec-
aparece como un notable síntoma del debilitamiento
y del enervamiento creciente de los instintos verda- tameme chocante y ridícula. Casi en todas partes se
deros femeninos. Hay en este movimiento una estu- estropean sus nervios con la más enervante y peligro-
pidez casi masculina, de que una mujer sana —que sa música (nuestra música alemana moderna). Se las
es siempre una mujer sensata— se avergonzaría en vuelve de día en día más histéricas y más ineptas
el fondo de su corazón. Perder el dominio de los me- para llenar su primera y última función, que es echar
dios que conducen más seguramente a la victoria; des- al mundo hijos sanos. Se quiere cultivarlas aún más
preciar el ejercicio de sus vardaderas armas; dejarse y, como suele decirse, 'fortalecer' al 'sexo débil' por
ir delante del hombre, quizá, 'hasta el libro', allí la cultura; como si la historia no nos mostrase clara-
donde en otro tiempo se guardaba la disciplina y una mente que la cultura del ser humano y su debilita-
humildad fina y astuta; quebrantar con audacia vir- miento— es decir, el debilitamiento, la decadencia
tuosa la fe del hombre en un ideal fundamentalmen- de la voluntad— siempre han marchado de la mano,
te diferente 'oculto' en la mujer, en un eterno feme- y las mujeres más poderosas del mundo, las que han
nino cualquiera y necesario; quitar al hombre, con tenido mayor influencia (como la madre de Napo-
insistencia y abundancia, la idea de que la mujer debe león), debían su poder y su imperio entre los hom-
estar alimentada y cuidada como un animal domés- bres a la fuerza de voluntad, y no a los maestros de
tico, tierno, extrañamente salvaje y a veces agradable; escuela. Lo que en la mujer inspira respeto y a veces
temor, es su naturaleza, que es 'más natural' que la
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del hombre, su flexibilidad y su astucia de fiera, su
garra de tigresa bajo el guante, su ingenuidad en el
egoísmo, el salvajismo indomable de sus pasiones y
sus virtudes. .. Lo que, a pesar del temor que se ex-
perimenta, excita la piedad por esta gata peligrosa y —4—
bella que se llama la mujer, es que parece más apta
para sufrir, más frágil, más sedienta de amor que nin- El señor de Marsac. "Porque se empeña usted en
gún otro animal. El temor y la piedad: animado de asociar la idea de caricia a la de belleza. Es usted
estos dos sentimientos, el hombre se ha detenido has- como todas las mujeres. Una mujer que encuentra
ta el presente ante la mujer, siempre con un pie ya bello el cielo es una mujer que lo acaricia. No son
en la tragedia, en esa tragedia que, a la vez que se- ni sus manos, ni sus labios, ni sus mejillas, sino su
duce, desgarra el corazón. ¡Y qué! ¿Esto ha de termi- cerebro el que tiene que hablar." (14).
nar así? ¿Se va a romper el encanto de la mujer? ¿Se Con L'Apollon de Marsac de Jean Giraudoux se
le va a hacer lentamente enojosa? ¡Oh Europa! ¡Co- busca, no sólo mostrar cómo el varón es también sus-
nocida es la bestia de los cuernos que ha tenido ceptible al halago de ser bello, sino también cómo la
siempre para ti tantos atractivos y que todavía tie- mujer podría superarse si empleara los ojos.
nes que temer! ¡Tú antigua leyenda podría ser una Buena parte en la historia humana ha de tener
vez más 'historia', una vez más la prodigiosa estupi- esta incapacidad de la mujer para sentir la visión, y
dez podría adueñarse de su espíritu y arrebatarte! ¡Y esa prodigiosa aptitud del hombre para dejarse arre-
ningún dios se ocultaría en ella, no! ¡Nada más que batar por las formas patentes a la vista.
una 'idea', una 'idea moderna'...!" (13). Por de pronto la moda masculina y la moda feme-
En las teorías de Jung sobre la compensación psi- nina son tan distintas justamente porque el hombre
cológica que él mismo hace el intento de aplicar a sabe ver, en tanto la mujer apenas quiere oír.
los sexos, pueden hallarse valiosos elementos corno A través de los siglos la moda femenina ha hecho
puntos de partida hacia un estudio armónico de lo resaltar las formas y es sabido que el traje de las
que en la historia humana han hecho el hombre y la mujeres fue siempre y sigue siendo una creación de
mujer. los hombres.
El presente propósito es el de averiguar algo de Es verdad que en él ha influido la vanidad muje-
sus respectivos mundos circundantes. ril, pero esa misma vanidad ha sido despertada en el

(13) Loc. cit., pág. 165 a 167. (14) El Apolo de Marsac, versión de El Tiempo, Bogotá,
abril 25 de 1943.
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sentido de las formas, porque la mujer sabe hasta El traje masculino en cualquier época, busca siem-
dónde el hombre es impresionable por los ojos. pre desdibujar las formas y cuando pareciera que se
La historia de los trajes de la mujer es también la quisieran ostentar, es porque una corriente de ura-
historia de lo que el hombre a través de las épocas nismo predomina entonces. Así en el siglo XVIII y en
ha deseado ver. los tiempos socráticos.
Unas veces el traje ha consistido en hacer resaltar Hay una profunda significación espiritual en el
una forma, encubriéndola; otras en resaltarla, de- hecho de que el sacerdote se asemeje a la mujer en
jándola al desnudo. Cuando el tacto se aguza, cuan- el uso del traje talar. El sacerdote de ciertos cultos,
do el varón desea ejercitarlo, entonces crea las modas para quien el celibato es obligatorio, usa ese traje jus-
en que la forma encubierta se revela. Entonces es tamente en la medida en que por medio de él está
porque el hombre se ha afeminado. En cambio, en tanto más lejos de revelar la forma de su cuerpo des-
las épocas más heroicas de la humanidad, la mujer nudo. En cambio, la mujer lo lleva para evitar la irri-
siempre ha podido descubrir algunas de sus formas. tación siempre pronta en el varón por las imágenes
En el siglo XVI, edad de héroes, de guerras y descu- visuales. El hombre puede llegar a usar, para la vida
brimientos, los teólogos católicos llegan a coincidir cotidiana, por mera comodidad, el pantalón que es
en que el busto semidesnudo no implica pecado. más cercano a las formas, pero en el que hay poco pe-
Cuando la moda femenina es demasiado recatada, ligro, ya que la mujer es tan poco apta para la vista.
el hombre está como nunca, dispuesto a la caricia. El hombre feminoide es, en la mayoría de los ca-
La mujer, a su turno, necesita el contacto material sos, exhibicionista. Incluso cuando no está tocado de
de las manos del varón. Por esto en la estación inver- inversión sexual, cree con error que seduce y atrae a
nal y en los climas fríos del trópico, la mujer es tan la hembra con la exposición de su cuerpo. El sím-
impresionable a los contactos, y el hombre tan gene- bolo del perfecto varón está por eso en aquellos em-
roso en las caricias. bozados de edades románticas que, sin mostrar ape-
nas su rostro, se llevaban a la dama y obtenían de
La riqueza visual varonil ha permitido que la por-
ella hasta la posesión total.
nografía de la visión sea siempre para el varón y a
costa de la mujer. El varón desnudo, no tiene, en El mundo de los ojos es un mundo totalmente de-
época de una sexualidad normal, a quién impresio- bido a la creación y a la imaginación de los varo-
nar. La mujer no le sirve de clientela, no sólo porque nes (15).
el hombre no la busque como tal, sino por la escasa (15) "En los ojos y con los ojos aparece la luz como el otro
capacidad en ella para ser seducida por los ojos. polo de la visión. Y por más que el pensamiento abstracto que
medita sobre la luz se empeñe en eliminarla y anularla, susti-
158 159

Quién sabe hasta dónde la plasticidad del cuerpo En suma, puede decirse que el mundo circundante
de mujer sea menos primitiva y natural de lo que del varón es muy distinto del de la mujer.
se podría pensar a primera vista. Parece que es el en- Y donde mejor se advierte el objeto de intereses
canto visual del hombre el que ha hecho que la que constituyen los respectivos mundos circundantes
mujer sea, ante todo, bella; mientras que la capaci- de ambos sexos, tiene que ser, por motivos obvios, en
dad auditiva y tacto-pasiva de la mujer ha llevado lo que el sexo opuesto ostenta a los sentidos y en lo
al hombre a superar sus gestos y a afinar su expre- que oculta.
sión, con mengua de sus posibilidades apolíneas. Sin que sea necesario compartir ninguna especie
de panerotismo, todo ser humano lleva en su persona
luyéndola por un cuadro de ondas y rayos, la vida, la reali-
dad de la vida queda desde ahora circunscrita y envuelta en
signos dirigidos hacia el sexo contrario, que busca
el mundo lumínico de los ojos...". serle grato, e incluso, atraerlo. Consciente o incons-
"Para solaz de sus ojos evoca el hombre los edificios y trans- cientemente es apenas natural que la tensión extre-
forma en relaciones luminosas la percepción táctil y corpórea ma en que se mantienen hombre y mujer, el uno res-
de la tectónica. Religión, arte, pensamiento, han nacido paraa
pecto del otro y que es tan antigua como la especie,
servir a la luminosidad; y las únicas diferencias consisten en
que unas formas se ofrecen a los ojos del cuerpo y otras a lo* tenga buena parte en lo que somos como formas sen-
'ojos del e s p í r i t u ' . . . " . sibles.
"Y los residuos de esos otros mundos sensibles, mundos de 1 La peculiar selección de los ojos femeninos ha
sonidos, de olores, de calores y fríos, han hallado acomodo en
constituido al hombre, tal como hoy lo vemos y tal
e1 espacio visual como 'propiedades' y 'efectos' de las cosas ilu-
minadas. El calor se desprende del fuego 'que vemos'; la rosa como ha sido, en sus diferentes cambios, a través de
q u e contemplamos en el espacio luminoso despide su fragan- la historia.
cia y a nuestros oídos llega el sonido de un violín. Y por lo que
se refiere a los astros, nuestras relaciones con ellos se limitan
a verlos. . .".
"El 'yo' es un concepto visual. Desde este instante, la vida
del yo es una vida al sol. La noche adquiere cierta afinidad
con la muerte. Y así se forma un nuevo sentimiento de terror,
que absorbe todos los demás: el terror a lo invisible, a lo que
sólo podemos oír, sentir, adivinar; a las cosas cuya actuación
percibimos sin poderlas, empero, v e r . . . "
"Por eso el pensamiento humano es pensamiento de los ojos,
y nuestros conceptos son abstraídos de la visión, y la lógica en-
tera es un mundo imaginario de luz." (O. Spengler. La deca-
dencia de Occidente. T. III, págs. 17, 19 y 20. Espasa Calpe,
1926.)
161
de un marcado tipo fisiognómico, cuando se miran
de cerca sus ejemplares individuales, las diferencias
son fuertemente acusadas. Pero ni las culturas, ni las
razas, ni el ambiente social hacen variar mayormente
a las mujeres. Beatriz en el siglo XIV, Madame de Re-
—5—
camier en el siglo XVIII, Norma Shearer en el siglo xx
son como familiares muy próximas. Los artistas va-
Como ya se expresó, la mujer es poco visual. De | rones del cine, por ejemplo, se conocen a primera
esto depende que el varón sea por lo común tosco vista; a las mujeres no siempre es fácil distinguirlas.
y rudo en su apariencia somática. Pero lo es, no sólo Y cuando se va a llevar a la pantalla o al teatro a
porque la mujer no aprecia suavidad en el varón, personajes históricos los tropiezos se encuentran en
sino sobre todo, porque éste sabe que con estas for- hallar el varón parecido a Luis XIV o a Napoleón o
mas suaves no atrae a la mujer. Por esto cultiva el Mussolini, que no a la mujer que nos recuerde a Ca-
músculo fuertemente desarrollado, el pelo y la barba talina o a María Antonieta o a Eugenia. Es que la
hirsutos y los movimientos enérgicos y violentos. mujer no crea un típico rostro en el varón, no lo im-
El mundo de los colores lo desprecia la mujer en pone porque este aspecto que es visual, no le inte-
el varón en cuanto es su mundo circundante: las ves- resa para nada. El hombre, en cambio, de acuerdo
tiduras masculinas más usuales han sido por eso de con los tiempos, determina hasta el detalle, la fiso-
colores sin tono, como el blanco, el gris y el negro, o nomía de sus mujeres. Según esto, lo del gusto mascu-
de aquellos colores con tono más disminuido y dis- lino es, justamente, lo femenino; y lo del gusto feme-
creto. nino es, justamente, lo que llamamos masculino (16).
La estatura del varón ha sido a través de las épo- Si nos detenemos a mirar cómo caminan los hom-
cas, siempre oscilante: desde los más descomunales bres, pocos hallaremos que se asemejen. En cambio,
gigantes hasta las formas liliputienses, pasando por es frecuente confundir a una mujer con otra por su
infinidad de términos medios, y éstos, conviniendo manera de andar, y por su ritmo visible. El hombre
todos en una misma agrupación cultural o racial. Las enamorado encuentra que la silueta y el ritmo de
mujeres, en cambio, muestran siempre una mayor (16) "Mercurio—Los hombres, como los dioses, se imaginan
uniformidad en la estatura. Y es que los gustos varo- que las mujeres no les ven sino de frente. Se adornan con bi-
gotes, con pecheras de plastrón, con colgantes. Ignoran que las
niles se forman a través de los ojos y por eso imponen mujeres fingen quedar deslumbradas por esta cara reluciente,
una estatura también determinada a las mujeres. La pero espían con todo disimulo la espalda. En la espalda de sus
mujer es como si nada supiera de esto. Lo mismo se amantes, cuando éstos se levantan o se retiran, en la espalda
enamora del enano que del hombre corpulento. que no sabe mentir, agobiada, encorvada, es donde ellas adivi-
nan su flaqueza o su cansancio" (J. Giraudoux Anfitrión 38.
Por igual razón, los rostros del varón, en un mismo
Versión de Rev. de Occidente números 84, 85 y 86. 1930.)
grupo social, son todos diferentes. Incluso entre los
162

todas las mujeres se asemejan a las de la mujer ama-


da (17). La mujer enamorada al contrario, como en
ningún otro estado, comprende que su amado no se
parece en esto a nadie más.
— 6 —
Como la mujer no es visual, desde el punto de vis-
ta de las formas y de los colores, los trajes varoniles
son muy poco variados; es decir, hay escaso esmero La mujer es más primitiva que el hombre en el
en combinar unas y otros. Lo contrario, precisamen- mayor sentido que posee para el cuerpo presente y
te, de lo que ocurre en los trajes femeninos. Pero si perfectamente delimitado. Su afición al color rojo
miramos más atentamente, observaremos que dentro y a los demás que delimitan, así lo demuestra. Para
de la discreta invariabilidad de los vestidos del hom- ella los cuerpos son algo dado en sí, algo cerrado y sin
bre, hay multitud de detalles personales y cualitati- vinculaciones posibles con el resto de las cosas cir-
vos que jamás se advierten en los de la mujer. Por cundantes.
esto la moda en el vestido de ellas se divulga más Por esto la mujer no mira a las lejanías ni a los
prontamente y, por lo mismo, más pronto deja de grandes panoramas abiertos. Ninguna obra de arte
ser moda. Una mujer que sea esclava de la moda no representa a la mujer dominando con la vista inmen-
encuentra en torno suyo muchas mujeres atrasadas . sas extensiones. La mujer mira a lo lejos en el tiem-
en este sentido. En cambio, el petimetre, el "glaxo", po, pero no en el espacio; entonces la imaginamos
es decir, los hombres que están pendientes del último con los ojos cerrados avizorando el porvenir: es la si-
tono en la corbata, en la camisa, en el corte del saco,
bila, la profetisa.
hallan que son muy pocos los congéneres que los
acompañan en estos afanes. De ahí la razón de que 1 Por esa razón el arte plástico que la mujer crea no
sea más fácil al hombre parecer "bien vestido" a las llega jamás a lo monumental. En arquitectura no ha
mujeres, que a éstas parecer "bien vestidas" a los descollado nunca, ni en el fresco, la pintura mural o
hombres. El varón ve mucho más que la mujer, y la estatuaria. En cambio, en las porcelanas, en las
como la mayoría de los hombres es de gustos medios, acuarelas que piden proporciones pequeñas, en las
imponen así un tono medio en el vestir femenino. miniaturas, la mujer ha llegado a crear, hasta el pun-
to que puede afirmarse que, en principio, esas artes
(17) Con el traje, la mujer primitiva enamorada se presen- son de origen femenino. Por algo toda una época es-
taba ante el varón. El amor traía a ella la necesidad de cubrir- tética como el rococó se halla presidida por la figura
se. En los estadios posteriores, el amor auténtico se espirituali-
za aún más; así dice Júpiter de Alcmena, en el drama de de María Antonieta.
Giraudoux, Anfitrión 38: "Es la sola mujer que yo soportaría No obstante lo dicho, cuando la mujer asciende al
vestida, velada; cuya ausencia es exactamente igual a su pre- arte ya no ama la forma cerrada, carece entonces del
sencia...".
164
165
sentido del límite. Por lo que la literatura femenina
en ellas relaciones y no limitándose a su contorno na-
es siempre algo personal, subjetivo, confidencial. Por
tural, como primitivamente lo es la mujer, en esa
lo común es literatura de desahogo. La lírica en su
misma medida, digo, el hombre se supera hacia la
sentido más elemental de afirmación del yo frente al
forma cerrada por causa de que la mujer es, en su
mundo, es así muy propia de la mujer Los pueblos
cuerpo, perfectamente formada y limitada. El hom-
latinos, todos patriarcales, no crearon gran lírica has-
bre asciende al espíritu con una aspiración a la for-
ta los tiempos modernos de los grandes italianos cru-
ma, al sentido del límite. Los hombres más varoniles
zados con nórdicos. En cambio, el matriarcalismo de
son aquellos en quienes el espíritu es disciplina, es
los pueblos germánicos hace que casi toda su poesía,
sentido de la renunciación, del sacrificio de lo inútil;
incluso cuando quiere ser más objetiva, resulte emi-
así en arte, como en ciencias, como en moral.
nentemente lírica (18).
El cuerpo femenino es forma; el alma femenina es
La mujer en las zonas del espíritu es hostil a la
informe. Todo lo contrario acontece precisamente en
forma; una mujer con personalidad es casi lo mismo
el alma y el cuerpo del varón. El hombre llega a lo
que una mujer en quien no podemos confiar. Es tem-
espiritual con sentido de la forma, a través de la be-
peramental, caprichosa y voluble (19). Por esto pue-
lleza formal del cuerpo de la mujer. La mujer, al con-
de advertirse una elevación de la mujer en su ten-
trario, en su vía hacia las formas culturales pasa por
dencia hacia el hombre: el varón en su cuerpo es aje-
el cuerpo varonil que es siempre basto y rudo y crea
no a la forma; sus trajes, sus adornos, su mobiliario,
entonces, en el espíritu un dinamismo de las ideas, de
etc., son partes de un paisaje o forman un paisaje: la
las relaciones, de los contornos. El arte barroco que
mujer advierte que el hombre tiñe de su ser todo
es dinámico, florece por primera vez en los pueblos
lo que le rodea. A la mujer la conoce el hombre por
nórdicos que son matriarcales; el arte renacentista
un detalle de su contorno; el hombre se revela a la
que es estático, nace en los pueblos del mediodía, de
mujer por el ambiente total que lo envuelve.
tradiciones patriarcales (20).
En la misma medida en que el hombre es original-
mente dinámico para mirar las cosas, estableciendo
(18) Cf. B. Croce. Breviario de estética, pág. 171, passim (Es-
pasa Calpe, 1938).
(19) En la comedia de O. Wilde, Una mujer sin importan
cia, acto 2 o , dice Lady Stutfield: " . . . E l buen carácter de los
hombres de hoy demuestra que no son tan sensibles como no-
sotras, tan delicados. Esto pone a menudo una barrera entre
marido y mujer." (20) Ver Conceptos fundamentales de la historia del arte,
Enrique Wolffin (Espasa Calpe).
167
h u b i e r a sido descubierta p a r a la mujer, no por la
mujer.
Y sin embargo, el h o m b r e tiene su primera ten-
dencia hacia lo suave y sedoso; sus manos rudas quie-
ren buscar el contraste en la caricia de la tersa piel
femenina y de sus adornos gratos al tacto. Lo feme-
De d o n d e u n a vez más resulta que el m u n d o cir- n i n o es suave al sentido q u e palpa justamente por-
c u n d a n t e del varón es la mujer, y a la inversa. Los q u e el h o m b r e encuentra en eso su peculiar goce sen-
objetos del tacto, sin embargo, revelan todavía me- sible. Lo grato al tacto masculino ha de ser tan sin-
jor esta afirmación (21). gular y tenue q u e apenas se perciba; p e r o esto se bus-
ca q u e las tersas pieles estén dotadas de colores poco
El h o m b r e y sus prolongaciones son todo rudeza,
violentos, antes bien, de tonos suaves, p a r a q u e la
aspereza; las superficies tersas y b r u ñ i d a s apenas le
fuerza visual no e m p a ñ e la atracción p u r a m e n t e tác-
seducen. Desde las telas que emplea en el vestir hasta
til. "La seda amarilla, dice un personaje de Oscar
los muebles q u e lo soportan, lo áspero p r e d o m i n a so-
Wilde, podía consolarle a u n o de todas las miserias
bre lo sutil y tenue. La seda, en cambio, parece que
de la vida." (22).

(21) La mujer, más que el hombre, tiene muy precisa con- Q u e el h o m b r e sea poco táctil explica precisamen-
ciencia del lugar donde se halla; y esto, en su primer origen, te esta tendencia suya hacia la tersura de las super-
se deriva del tacto. Spengler escribe: "Lo que nosotros hoy, ficies; su goce está en otras zonas de los sentidos, y
habiendo llegado a un alto grado de evolución, llamamos en ge- el tacto necesita acompañarse del sentimiento estéti-
neral tocar (tocar con la vista, con el oído, con el entendimien-
co para q u e le produzca un auténtico placer. P o r
to) es la denominación más sencilla que aplicamos a la mo-
esto el m u n d o del tacto no se hace cultura sino m u y
vilidad de los seres y, por tanto, a la necesidad de determinar
incesantemente !a relación del ser con el ambiente. La palabra avanzada la evolución, c u a n d o el varón se ha espiri-
determinar significa, empero, definir el lugar. Por eso, todos tualizado lo bastante. T a l l e y r a n d decía q u e Mme.
los sentidos, por muy desarrollados que estén, por mucho que Grand, su mujer, "possédait les trois charmes q u i ren-
se hayan alejado de su origen primario, son propiamente sen- dent u n a femme parfaite: u n e peau douce, u n a halei-
tidos topográficos: no hay otros. La percepción, sea cual fuere
ne douce et u n e h u m e u r n o n moins douce" (23). (De
su índole, distingue lo propio de lo extraño; y para determi-
nar la posición de lo extraño con respecto a lo propio, sirve esta misma mujer dijo el barón de Frénilly el juicio
el olfato del perro lo mismo que el oído del ciervo y los ojos
(22) El retrato de Dorian Grey, pág. 145 (Espasa Calpe,
del águila. El calor, la claridad, el sonido, el olor, todas las
1938). •
especies posibles de percepción, significan distancia, lejanía, (23) Cit. Franz Blei. Talleyrand, homme d'Etat, pág. 6.
extensión" (Op. cit. Tomo III, pág. 15 a 16.).
169
168
dando gusto a la vista, no hay arte ninguna que re-
más justo: "au font c'etait une bonne femme la bello
sulte ser puramente objeto del sentido de tocar. Bien
et la bete tout ensamble.") (24).
sea por ser predominantemente táctil, la mujer no ha
Pero así como la mujer es suave al tacto y se rodea
creado las artes; o a la inversa, por ser las artes emi-
de cosas suaves a este sentido, todo porque el mundo
nentemente visuales, podríamos decir que la mujer
circundante del hombre en la zona del tacto es lo
no tiene apenas acceso a ellas. Otra cosa será de las
suave y lo terso, de la misma manera el varón es rudo
artes acústicas como veremos después.
en su cuerpo y en sus adornos, porque la mujer es
Continencia llamaba Aristóteles a la virtud que
atraída por lo áspero; la aspereza está en el objeto
consiste en vencer las incitaciones del placer de to-
de su caricia. Para contrastar con su propio cuerpo,
car; y lo más extraño es que añada que por la debili-
pide al de su mundo circundante que sea lo opuesto
dad de la mujer que no puede vencerse en este sen-
al suyo. Por esto la imagen clásica de la mujer que
tido, esa virtud no sea de ella sino puramente varo-
acaricia nos la presenta siempre poniendo la mano en
nil (25).
la cabeza del varón, cuyo pelo es por lo común hir-
suto y tosco. (25) El lugar de Aristóteles dice así: "Pero cuando se deja
La mujer, más táctil que el hombre, no por ello es uno vencer en los casos en que los más de los hombres pueden
resistir, y no es capaz de sostener la lucha, entonces no tiene
más sutil en sus goces táctiles; en esto es puramente defensa, a menos que esta debilidad (la incontinencia) nazca
primitiva; no ha llegado a combinar la sensación de de una organización particular o de alguna enfermedad, como
palpar con el sentimiento estético. Busca la sensación en los reyes de los escitas, en quienes la molicie era una he-
rencia de familia, o como las mujeres, que son, naturalmente,
en sí, en su primitiva rudeza y objeto. La mujer co-
mucho más débiles que los hombres" (Moral a Nicomaco,
lérica tiende a desgarrar, a arañar, con lo cual deja Lib. VII, cap. VII; ver también lib. III, cap. XII, págs. 213 y 105
ver hasta dónde para ella la afirmación de su perso- de la edición de Espasa Calpe, 1942.). Santo Tomás comenta
nalidad está en destruir las posibles superficies tersas ese pasaje de Aristóteles así: " . . . e t secundum hoc quia foemi-
na secundum corpus habet quamdam debilem complexionem,
que encuentra a su paso. fit ut in pluribus quod etiam debiliter inhaereat, quibuscum-
Siendo el arte una creación debida a la capacidad que inhaeret: etsi raro in aliquibus aliter accidit, secundum
de objetivar lo concreto valioso, capacidad que es illud Pro. ult. 10: Mulierem fortem quis inveniet? Et quia id
quod est parvum, vel debile, reputatore quasi nullum, inde est
evidentemente mayor en el varón, es explicable así quod Philos, loquitur de mulieribus, quasi non habentibus
que apenas haya artes que sean puramente táctiles. judicium rationis firmum, quamvis in aliquibus mulieribus
Si prescindimos de los trajes que son más visuales contrarium accidat; et propter hoc dicit, quod mulleres non
dicimus continentes; quia non ducuntur quasi habentes solidam
que palpables, de los adornos de seda y de las super-
rationem, sed ducuntur quasi de facili sequentes passiones"
ficies bruñidas por ser tales juegan en ellas las luces (Summa Theologica, 2a, 2ae. Q. CLVI. Art. 1: (Desclée).

(24) Cit. Franz Blei, op. cit., pág. 84-85.


170

y en la moral de hecho, la mujer es así: pecan más con


el tacto que con la vista; e incluso llegan a concebir
menos mal en aquella falta moral que en la segunda;
la obscuridad en que peligra la mujer, no es opues- —8 —
ta a la caricia sino a la visión. La virtud femenina
desfallece más fácilmente en la obscuridad que a ple- Simmel ha mostrado que el sentido de la vista ge-
na luz meridiana. neraliza más que el sentido del oído: "Nos es mu-
cho más fácil formar un concepto general de hom-
bres a quienes sólo vemos, que de hombres con quie-
nes podemos hablar individualmente." "Evidente-
mente, en una persona se ve mejor lo que tiene de
común con otros; en cambio, es difícil oír lo que hay
de general en ella." (26).
Por otra parte, la vista aprehende lo estático, el
ser; y el oído aprehende lo dinámico, el devenir, se-
gún ha observado también Simmel.
Talvez por ser el varón más objetivo, por su inna-
ta aptitud a las generalizaciones, tenga también más
desarrollo el sentido de la vista en comparación con
la mujer. Esta, en cambio, es particularmente hábil
para oír. Recuérdese el cuadro clásico de dos enamo-
rados: ella escucha mirando sin ver, en tanto él la
habla mirándola a la cara. ¿Quién es el autor de este
cuadro? Nadie, en particular; todo el que pinte se
representará la escena en esta forma general. En una
comedia de Wilde se lee: "Las mujeres son cuadros;
los hombres, problemas. Si desea usted saber lo que
una mujer piensa realmente —cosa, por otra parte
peligrosa— mírela usted y no la escuche" (27).
(26) Sociología, tomo 11, pág. 246 (Espasa Calpe, 1939.).
(27) Una mujer sin importancia, acto 3o.
172 173
Siendo la vista generalizadora, se explica así por las mujeres son en menor número, obreras, que los
qué el varón se representa a las personas con quie- hombres. Si esto es verdad, no quiere decir que no
nes entra en relación, en forma más o menos stan- haya, en general, en los países industriales, un gran
dard. Para el varón hay el tipo humano general del número de mujeres operarías. Y son ellas las más des-
sacerdote, del médico, del militar. La mujer, en cam- piadadamente explotadas por el capitalismo, mucho
bio, más auditiva, aprehende con este sentido el de- más que los varones; no obstante esto, el concepto
venir, los momentos individualizadores. Hay en ella de "obrera" no se ha hecho tan explosivo, tan dema-
una peculiar capacidad para buscar lo que individua- gógico como su par el obrero. Sin contar otras cau-
liza y distingue, antes que lo que generaliza e iguala. sas, no podemos desdeñar esta que apunto: la ex-
Por esto sabemos a menudo de mujeres irreligiosas cesiva capacidad auditiva de la mujer hace que per-
que tienen en un sacerdote su mejor amigo, de mu- ciba en su camarada potencial multitud de elementos
jeres de sensibilidad estéticamente cultivada que se distanciadores que le impiden sentirse compartir con
enamoran de un mozancón; es que son capaces de ella un mismo destino. Esto, por lo demás, dice bien
individualizar, de adivinar, tras la voz, las cualidades de la mujer que, como ya se ha observado, es siem-
más recónditas de una persona que no se reflejan en pre más distinguida que el hombre, es decir, más re-
su aspecto exterior. servada, más distanciadora.
El mismo Simmel encuentra en lo generalizador
Y ante las continuas instigaciones del varón, ante
del sentido de la vista, la formación del moderno
las seducciones masculinas, que, en una forma u otra
concepto de "obrero". En las modernas fábricas en
han servido siempre para exponer a la mujer a múl-
"donde se ven incontables personas sin oírse, se ha
tiples abatimientos, ¿no es de admirar que las muje-
verificado aquella abstracción que reúne lo común a
res no hayan hasta ahora constituido un frente único
todos y que resulta con frecuencia obstaculizado en
para oponerse al hombre y defenderse de él? Pero, en
su desarrollo por lo individual, lo concreto, lo varia-
cambio, es justamente en el amor y en sus simula-
ble, lo que el oído nos transmite" (28).
ciones, en donde la mujer se afirma ante las demás
Pues sacando las últimas consecuencias de este pen-
de su sexo, para huir con el calavera seductor o con
samiento, podríamos así explicarnos también, por una
el don Juan descarado, incluso también, con el hom-
parte, por qué no se ha formado el correspondiente
bre decente, pero en cuya compañía siempre llevará
concepto de "obrera", y, por otra, por qué las muje-
la peor parte. ;
res en general son tan poco colegas entre sí, tan poco
En el ejercicio de los sentidos cabe siempre distin-
camaradas. En primer lugar, no basta observar que
guir la parte de sensación y la parte de percepción.
(28) Op. cit. Tomo 11, pág. 246. Por el primer aspecto, hay placer o hay dolor; por el
174
175
segundo, hay conocimiento. Hay sentidos en que pre-
verdad, este calificativo en más de una ocasión. El
domina ]a función cognoscitiva, como en la vista; en
que esto escribe fue escuchado durante ocho meses
otros, la función sensible, como en el gusto y el ol-
por una adorable mujer en unas abstrusas y difíciles
fato, Lo grato o lo ingrato, el placer y el dolor uni-
investigaciones lógicas. Al cabo del tiempo oyó de
dos a cada sensación, son indudablemente, más próxi-
ella la confesión de que no entendía nada, pero que,
mos del escuchar, del oír, que del mirar, del ver.
cerrando los ojos, todo aquello le parecía tan her-
La mujer, que es siempre subjetiva, amará por esto moso. ..
más el oír que el mirar. A la mujer se le acaricia con La mujer que no espera nada del amor, habla sin
las palabras, por así decir. De ellas toma, no sus sig- cesar. El hombre que no espera nada del amor, es
nificaciones en el allende, sino sus tonalidades y mo- silencioso. La solterona no escucha; el solterón no
dulaciones más próximas. La voz varonil, que es casi mira. Sus respectivos mundos circundantes corres-
palpable, la seduce siempre, y su repulsión hacia el pondientes a su sexo, quedan entre paréntesis tan
afeminado se dirige en primer lugar al que lo de- pronto advierten que para ellos el amor no existe.
muestra en su voz, al que tiene la voz de mujer.
La mujer es tan auditiva, que rara vez la rodea el
silencio. Cuando no escucha, habla. La imagen de la
pura contemplación visual, no tiene forma de mujer.
Y como ama las palabras por sí, la mujer tiene bue-
na culpa en la locuacidad de los oradores, en el ga-
rrulismo, en la demagogia verbal. Ningún hombre
habría podido inventar ese arte de hablar por horas
enteras sin decir nada, si estuviera sólo en presencia
de varones. Sentiría ante ellos el pudor de la subje-
tividad puesta al desnudo. El orador ha pensado
siempre en las mujeres, y si ellas no están, en las ma-
sas, que por algo tienen nombre de mujer. Los filó-
sofos que más han hablado, "los que para decir una
sola cosa hablaron toda la vida", según frase de
Bergson, para todos sus colegas, pero que en reali-
dad tenía la mejor aplicación en su caso, podrían ser
llamados "filósofos de señoras". Bergson recibió, en
177
179

besarla en los labios, el hombre talvez no habría in-


ventado el beso enamorado; sólo apenas el ósculo fra-
ternal o paternal.
El beso en los labios es una actitud recíproca. El
—10— hombre busca, no tanto besar, sino ser besado y co-
nocer directamente en el acto pasivo, la vida activa
Con el gusto apenas se percibe; prima en este sen- de la mujer que lo besa. Como en los otros casos, el
tido la sensación: lo agradable o lo desagradable. hombre aquí es un conocedor.
Por lo mismo, está mucho más desarrollado en la mu- Prescindimos en lo anterior de que los labios son
jer que en el hombre. El hombre es poco refinado en zonas señaladamente erógenas; pues por este aspecto
el comer. Por el gusto, poco sabe de las cosas. Talvez se explica la pasión violenta que algunos hombres
al hombre y no a la mujer se deba la presentación suelen poner en sus besos.
bella a la vista, de los manjares. Y la cocina de más
decoro visual ha estado siempre en manos de varones.
Por el refinamiento femenino en el paladar y en
los labios, el beso se ha inventado como una de las
formas del amor. La mujer siente mucho más el beso
que el varón. Ella lo creó, para quitarle un poco de
rudeza a la posesión total. Las mujeres cierran los
ojos cuando se las besa. Como en otros aspectos, la
vista en ellas poco actúa.
Aunque la forma exterior no lo revele, me atrevo
a afirmar que psíquicamente es la mujer la que besa
al hombre, y no a la inversa. Por esto una mujer que
se deja besar, es más bien una mujer que tolera be-
sar. Talvez por razón igual en ninguna de las formas
del amor se sienta ella más responsable y activa. Y es
que el rostro del varón es más objetivo de besos, que
el de la mujer: los ojos, la frente generalmente am-
plia, la piel barbada, hacen sensible el beso. El rostro
de la mujer pide más ser mirado. Y si no se pudiera